África

La primera perla negra (Salif Keïta)

En estas páginas ya he hablado alguna vez sobre el racismo. Al que da patadas se le llama asesino. Al que no es capaz de correr noventa minutos se le tilda de gordo o de viejo. Cabrón si pierde tiempo. Hijo de puta si contesta a la grada. Todo está mal. Pasa y pasa mucho. Y no son minorías. Reflejan el sentir de una sociedad que usa expresiones como ‘ser traidor como judío’, ‘engañar como un chino’ o ‘sudar como un panchito’. El caso es que llamar a alguien negro, atacarlo lanzándole plátanos o mofarse de él simulando gritos de mono dentro de un campo de fútbol no es racismo. Es una forma de desestabilizar al rival. De mal gusto, penable, incluso, pero es una entre tantas formas de ahondar en la mentalidad del oponente y comerle la moral.

Y con todo, no siempre fue así. El racismo no era cuestión en España, básicamente porque no había nadie distinto de nuestra raza en el país salvo un puñado de futbolistas. No éramos racistas, dado que no había necesidad de ello. Contaba mi padre que la primera vez que vio a un negro fue a un feriante en las fiestas de su pueblo. Años 60. Aquella tarde nadie subió a atracción alguna. Todos los niños se escondieron detrás de columnas para presenciar de cerca a aquel junco color de ébano. A aquel Baltasar venido del Lejano Oriente.

Ben Barek, Mendoza, Waldo o Jones pertenecían a esos futbolistas que no es que fueran mal tratados, sino que eran buscados, admirados. Todos eran vistos con la simpatía de lo exótico. Había poquísimos, la mayoría de los equipos no tenían ninguno y si recibían insultos nada tenían que ver con el racismo. Además, todos compartían lengua, costumbres y religión, ya que provenían de América. Y en caso contrario, caso de Ben Barek, lo hacían de Marruecos, país con lazos muy profundos con España.

Hasta que llega 1973.

Ese año se abren fronteras tras una década sin presencia de extranjeros en la liga española. El Barça fichó a Cruyff (Países Bajos) y a Sotil (Perú), el Madrid a Netzer (Alemania) y Más (Argentina) y el Atlético a los también argentinos Ayala y Heredia. Todos ellos blancos. Todos contrastados.

El Valencia CF, siguiendo la línea iniciada con los brasileños Waldo y Walter, decidió apostar por un delantero negro. Ocurre que en este caso indagó en una ruta jamás explorada. El África subsahariana.

El Valencia CF fichó a Salif Keïta.

Era un fichaje extraño para una España donde el Franquismo daba sus últimos coletazos. No obstante, era un fichaje de tronío. Procedía del Olympique de Marsella, era natural de Mali, jugaba como segundo delantero y había sido galardonado con el primer Balón de Oro africano. Ocurre que en Francia estaba muy asentado el fichaje de jugadores africanos. La época colonial había dado hijos afrancesados y el recorrido África-Francia estaba más que formalizado. Se argumentaba que encajaban bien en el país vecino por la misma razón que los sudamericanos se aclimataban con éxito en España. Pero aquello de que un subsahariano pudiese triunfar en la piel de toro no era visto como algo posible. Las editoriales de los periódicos fueron muy críticas con su llegada. En Las Provincias se dijo que el Valencia iba a por un alemán y acabó fichando a un negro. Así. A un negro. Y no pasaba nada. Keïta protestó con educación y ahí quedó la cosa.

Lo cierto es que era sensacional. Había debutado con apenas 16 años con la selección y ahora estaba en el Valencia con 27 años en su periodo de plenitud. Pecaba de individualista y su procedencia africana hacía que el aficionado multiplicase al cubo ese defecto, pero lo cierto es que técnicamente era fantástico y tenía ese gracejo propio del que aprende a jugar en la calle. Debutó con dos goles ante el Real Oviedo y dejó para el recuerdo un golazo ante el Atlético, el día del debut de Luis Aragonés como técnico colchonero, tras tumbar a varios rojiblancos dentro del área.

El debut de Keïta

Keïta había sido captado por un oftalmólogo francés que ejercía en Bamako, capital de Mali. Se lo ofreció a un amigo que era directivo del Saint Étienne, por entonces prima donna del fútbol francés. Era un chico liviano de apenas 62 kilos en unos 178 centímetros de altura. No lo tuvo fácil. En Mali era un símbolo nacional. Tuvo que abandonar Bamako de manera clandestina para coger un vuelo en Liberia temeroso de que el régimen dictatorial de Mali impidiese su salida del país. Salió rumbo al aeropuerto parisino de Orly un día antes de lo establecido para que nadie pudiese interceptar su salida. Así que llegó, solo, a una ciudad donde nadie lo conocía. Se subió a un taxi y puso rumbo a Saint Éttiene para cubrir 500 kilómetros sin un duro en el bolsillo. Tuvo suerte de que el taxista fuese futbolero y confiase en su palabra de que cobraría la carrera de 1.000 francos que le habían prometido.

Y luego estaba lo de aclimatarse. Había llegado a un club que recién se había proclamado campeón, por lo que tendría que funcionar desde el primer minuto. Con su zancada, regate y capacidad de remate se ganó el título, luego tan manoseado, de perla negra. Y eso que le costó. Tardó quince partidos en anotar su primer gol. Luego, subió como cohete. En la temporada 1968-69 marcó 21 dianas y en la siguiente dobló la cifra y se fue a 42 goles. Ese año fue el máximo goleador de Europa tan sólo por detrás de Gerd ´Torpedo’ Müller. En 1971 el Saint Éttiene disputó un amistoso en Paris ante el Santos y Keïta rivalizó en aplausos con el gran Pelé. Salif Keïta era pura belleza en piernas finas y fibrosas.

En Saint Éttiene era un semidios. La bandera con una pantera negra en fondo verde puebla, más de medio siglo después, las gradas del conjunto francés. Durante un tiempo incluso se añadió la pantera al escudo del club. Fueron 125 goles en 149 partidos y un legado incalculable. Luego Salif Keïta fichó por Olympique. No le fue bien. Le incitaron a pedir la nacionalidad francesa para no ocupar plaza de extranjero y se negó. Se enfrentó con los directivos de Marsella y dio el salto a Valencia. Aquí la cosa tampoco cuajó. Le pegaron mucho. No tenía cuerpo para aguantar a los defensas de la época y sufrió lesiones en los dos años que estuvo en la capital del Turia. Y no sólo eso. Por vez primera el racismo aparecía en el fútbol español. Donde antes el negro era visto con simpatía por exótico ahora era visto con desprecio por extraño. Quino Sierra, cinco temporadas en Valencia e internacional con España, dejó en el diario AS una perla para el recuerdo: «Los demás equipos se han reforzado y nosotros tenemos un negro que no rasca bola». Con Keïta también sucedió algo que nunca antes se había visto en un campo español. Los plátanos. Por vez primera aparecieron en el verde cuando Keïta se acercaba a la línea de cal.

Rápidamente la imponente presencia de Kempes en Valencia difuminó el recuerdo de Keïta. Y es una pena. En 1973 la FIFA organizó en el Camp Nou un encuentro amistoso América frente a Europa. Keïta fue el único invitado de otro continente y dio un recital en los 45 minutos en los que defendió la camiseta europea. Su presencia en el fútbol español y en el Valencia CF en particular es notoria como primer subsahariano de una larga lista que en la actualidad parece no tener fin.

El futbolista que cambió un escudo

El presidente del Sporting de Lisboa se enteró a través de una noticia radiofónica que el Valencia quería vender a Keïta. Contactó con el club ché a sabiendas de que no tenía dinero suficiente para pagarle la ficha. Pero Keïta quería jugar en Lisboa y conocer a Eusebio, el africano que goleó como europeo y que llevó el nombre de Portugal y de su Mozambique natal a ser conocido por medio mundo. No tuvo problema en aceptar una fuerte bajada de sueldo. A cambio pidió no entrenar los lunes y decidir si jugar o no jugar a domicilio en función de lo pesado de los desplazamientos.

En Portugal también fue ídolo y querido por sus compañeros. Llegaba siempre una hora antes de los entrenamientos y era el último en marcharse para casa. Gustaba de ejercer de defensa en los partidillos para enseñarle a los jóvenes delanteros como encarar a sus contrarios. En 1979 se convertiría en uno de los primeros africanos que emigraría al fútbol estadounidense para hincharse a ganar el dinero que había perdido en sus años de farándula lisboeta.

Keïta

Salif Keïta es un personaje capital en el deporte africano como precursor de la globalización del fútbol. Además de ganar el Balón de Oro africano, creado por L’Equipé en su honor, fue el primer negro en recibir la Orden del Mérito de la FIFA, fue presidente de la Federación de Fútbol de Mali y, por descontado, fue presidente de honor del Saint Éttiene. Es también tío de dos estupendos futbolistas. Su sobrino Mohamed Sissoko ganó la Copa de la UEFA con el Valencia CF y la liga francesa con el Paris Saint Germain. Otro de sus sobrinos, Seydou Keïta, se formó en la cantera del Olympique de Marsella antes de ganar dos Copas de Europa con el FC Barcelona.

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Manute Bol era una celebridad. El personaje le llevaba varios cuerpos de ventaja al deportista. Evidentemente había deportistas mucho más famosos, pero para Manute era imposible salir a la calle sin recibir, o bien una mirada furtiva o bien una de asombro. Sus 231 centímetros no pasaban desapercibidos allá donde fuese.

Su fama se extendía en Estados Unidos, pero abarcaba toda África. En Sudán alcanzó categoría de deidad. La historia más reciente de este gigantesco país está marcada por la ocupación anglo egipcia liderada por Lord Kitchener (el bigotón del your country needs you) hasta que en 1956 el país logra la independencia de forma pacífica. Poco dura. Inmediatamente comienza una guerra civil. El meollo de la cuestión es que el 70% de la población es musulmana (incluida la capital Jartum) y el 30% instalado en el sur es cristiana. No sólo eso. El norte es desarrollado y el sur es eminentemente rural. Los conflictos fueron continuos, hasta que en 1983 estalló una larga guerra. Fue entonces cuando Estados Unidos instaló bases militares en el país y aportó millones en créditos para el desarrollo que Jartum desplegó en su totalidad en el norte. Cuando al año siguiente una brutal sequía convierta en hambruna el día a día de los sudaneses del sur la guerra se torna en inevitable.

Como ya contamos, Manute se hizo cargo de la situación en 1991, cuando la guerra dejaba ya dos millones de fallecidos. Costeó de su bolsillo alimentos para más de 30.000 niños y se encargó de llevar a unos 2.500 a estudiar a Estados Unidos. Dejó a un lado al baloncesto para acudir a conferencias y conceder miles de entrevistas a medios de comunicación internacionales para dar a conocer la realidad de Sudán. Serán 90 los millones de dólares que se estima que Manute acabará recaudando para la causa sudanesa a lo largo de su vida.

Avanzados los 90 el conflicto se recrudeció ante la llegada de un personaje entonces desconocido. Se trataba de Osama Bin Laden. El estado musulmán sudanés aceptó su ayuda en la guerra, aunque al acabo de un año acabaron expulsándolo del país al ser considerado un radical. El caso es que fue entonces cuando Manute Bol fue invitado a Jartum como representante de los sudaneses del sur para alcanzar un acuerdo de paz. Le dijeron que no fuera, que era una trampa. No hizo caso. Al llegar a la capital le pusieron como primera condición convertirse al islam para dar ejemplo a sus compatriotas. Manute se niega y lo meten en una celda. Es acusado de espía estadounidense y en una rocambolesca vuelta del destino lo acusan de pasarle información privilegiada a Bin Laden y a los yihadistas. Pasa dos años en una casa de Jartum en arresto domiciliario hasta que la presión internacional obliga a liberarlo.

Sudán y Sudán del Sur

De vuelta a Estados Unidos pide una reunión con el Pentágono para advertir del peligro de Bin Laden. Nadie le hace ni caso. Manute entonces está arruinado y empieza a tener problemas de salud. Acepta ir a múltiples saraos donde es usado como atracción de circo para recaudar dinero. No lo quiere para él. Lo usa para construir escuelas. Y no sólo en Sudán del Sur, sino a lo largo y ancho del país, sin distinguir entre musulmanes y católicos. En 2003 estallará el conflicto de Darfur donde los sudaneses del norte usarán a sudaneses del sur esclavizados para matar a sus compatriotas. Ni aun así dejará Manute de apoyar una reconciliación de ambos bandos. Como Nelson Mandela, Manute sólo creía en una paz duradera si el odio dejaba de existir.

Por entonces Manute ya había vendido sus propiedades en Estados Unidos. La otra parte se le había quedado su mujer norteamericana tras un divorcio. Se instaló como jefe de la tribu dinka oficiando bodas, mediando en conflictos de la tribu y aconsejando a los más jóvenes. De cuando en cuando acudía a algún evento en su incasable afán de recaudar dinero. Así, en 2004, en uno de esos viajes por Estados Unidos tuvo un grave accidente de tráfico mientras se desplazaba en un taxi.

Nunca volvió a ser el mismo.

Manute Bol pasa varios días en coma tras romper el bazo, el cuello y un brazo. No gastará salud a partir de entonces. Sus antiguos compañeros organizarán un partido benéfico en su nombre para costear los costes de las diferentes operaciones.

Y mientras todo esto sucedía la larga guerra toca a su fin. En 2007 la ONU decide enviar a 30.000 soldados a Darfur para poner carpetazo a la barbarie. Al final se decide celebrar un referéndum con fecha 9 de enero de 2011 en Sudán del Sur que determinará si una nueva nación alumbra la luz.

La noticia coge a Manute recuperándose en Estados Unidos y decide viajar inmediatamente a Yuba, la ciudad más importante de Sudán del Sur, para hacer campaña por la independencia. Sin saberlo, la medicación que le habían pautado le estaba haciendo daño. Cuando vuelve a Estados Unidos le indican que su salud se ha deteriorado sobremanera y que debe quedarse en Norteamérica en busca de una solución. Es inútil. Es demasiado tarde. Sus riñones se consumen.

Dejaron de funcionar un 19 de junio de 2010. Tenía 47 años oficiales. Sus restos fueron trasladados a Sudán. Luego a Sudán del Sur donde le ofrecieron honores en un funeral de jefe de Estado. Miles y miles de personas esperaron su llegada en cada pueblo y se acercaron al ataúd para dar gracias a aquel gigante bueno.

El 9 de enero de 2011 un 99% de los sudaneses del sur votaron a favor de su independencia. El legado de Manute sigue vivo con la ONG Sudan Sunrise que sigue abriendo escuelas tanto en Sudán del Sur…como en Sudán.

El jefe de su tribu

Un millón de personas acudieron a su funeral, incluido uno de sus hijos, Bol Bol, jugador de la NBA de 220 centímetros de altura. Otro de los que acudió al funeral fue Luol Deng, otro baloncestista de la NBA nacido en Sudán del Sur, en su caso con 2’06 metros de altura. “En Sudán, al hablar de Manute, pensamos inmediatamente en todo lo que hizo para ayudar a su gente, sólo después en sus éxitos deportivos. Hizo cosas que no necesitaba hacer, pero hoy sabemos que no hubiese sido feliz si no ayudaba a su pueblo. Su amor por todos fue enorme y es la razón por la cual yo estoy aquí”, dijo Deng en el sepelio.

¿Quién es Luol Deng? Nacido en 1985 Luol escapó de Sudán con su padre, miembro dinka del parlamento sudanés, rumbo a Egipto. Allí su padre conoció a Manute quien, viendo las extraordinarias cualidades del niño, decidió patrocinar su carrera baloncestística. Los Deng, familia pudiente, consiguieron visado para residir en Inglaterra tras tocar algunas puertas. Luol consiguió la nacionalidad inglesa y empezó a practicar fútbol. Llegó a ser internacional sub-15 y todo parecía indicar que sería futbolista, dada la escasa tradición baloncestística de las Islas Británicas. Pero Luol se negó. Había dado su palabra a Manute. Y no sólo como deportista. También lo hará como persona.

Deng tardaría más de veinte años en volver a su país. Por el camino se convertirá en un reputado alero con una sólida carrera en la NBA (dos veces All-Star) y compitió bajo bandera británica en los Juegos Olímpicos de 2012. Ese año, con Manute fallecido y Sudán del Sur recientemente independizado, Luol Deng decidió crear la Federación de Baloncesto de Sudán del Sur como tabla de salvación de la juventud y para dar a conocer a su país al resto del mundo.

Deng fundó, presidió y entrenó a la selección nacional. También ha sido él quien la ha financiado. En sus primeros años tuvieron que jugar sus partidos como locales fuera de Sudán del Sur al no contar con un pabellón reglamentario. Entrenaban en unas pistas al aire libre muchas veces encharcadas de agua. Y aun así el país con peor Índice de Desarrollo Humano del planeta superó a Egipto, Senegal o Túnez para clasificarse para el Mundial de Baloncesto de 2023 de Filipinas. Allí viajaron por obra y gracia de Luol Deng quien costeó tanto el viaje como la estancia. Y allí volvió a suceder el milagro, dado que los sudaneses vencieron a Angola para lograr el billete africano que da una plaza en los Juegos Olímpicos de Paris. 10.000 personas los recibieron llorando en el aeropuerto de Yuba.

Luol Deng

El país que sobrevive con 1,9 euros al día estuvo en Paris. Y no fueron de paseo. Se dieron el gusto de derrotar a Puerto Rico y perdieron de forma honrosa ante Serbia y Estados Unidos, futuros medalla de bronce y de oro respectivamente de los Juegos Olímpicos.

Y todo gracias al jefe de la tribu. Un hombre que entregó a mucha gente lo que jamás podrán devolverle.

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La etnia dinka es las más alta del mundo. Estos seres humanos de altura colosal habitan en ambas riberas del curso alto del Nilo, mayormente en el territorio que actualmente conforma Sudán del Sur. Reúnen a cerca de cinco millones de personas y su excelencia es tal que se calcula que su estatura media es de 183 centímetros. Puede no parecer excepcional, más teniendo en cuenta el déficit generalizado en medicación y nutrición infantil el número es extraordinario. Con los cuidados occidentales es seguro que se rebasaría con suficiencia los 190 centímetros.

En el siglo XIX nació allí un hombre que llegó a medir 239 centímetros. Lo sabemos porque era jefe de su tribu. Y también lo sabemos porque su magna altura merecía ser registrada en una época en la que no había registros. Aquel gigante contaba con 150 esposas. Uno de sus nietos llegó a medir 221 centímetros y decidió casarse. Una de esas esposas sumaba 206 centímetros. El hijo de ambos, el bisnieto del jefe de la tribu, fue llamado a este mundo con el nombre de Manute. Manute Bol iba a medir 231 centímetros. 2’31 metros.

Manute pasó los primeros quince años de su vida haciendo lo mismo que habían hecho todos sus ancestros. Su vida discurría pastoreando vacas, a veces peleando contra leones y otras recorriendo decenas de kilómetros bajo un sol abrasador en busca de un humedal. Su vida era simple. No contaba con agua corriente y no tenía acceso a la electricidad. Bebía leche de vaca recién ordeñada y cantaba canciones para ligar. A mejor voz, mejores candidatas llamaban a tu puerta para copular. Con cinco años a un dinka le arrancan los dientes de leche para dejar de ser un bebé. A los once años les marcan la cabeza cual ganado en un ritual que establece el paso de niño a hombre.

Bendición especial. Ese es el significado de Manute. Y esta tenía que ser su vida. Ser el jefe de la tribu. Miembro de la nobleza dinka, el fututo de Manute pasaba por convertirse en cabeza de su clan y mantener a unas 200 personas.

No sería así.

No todo era trabajar. Había tiempo para divertirse. Jugaba al fútbol. Lo dejó pronto. Era demasiado alto. Un primo le dijo de jugar al baloncesto. La primera vez que cogió un balón se acercó al aro para machacar y se dio de bruces contra el hierro. Se partió seis dientes. Cuatro de abajo y dos de arriba. Años más tarde su primer sueldo en Estados Unidos sería invertido en una ortodoncia.

Y es que Manute acabó en Estados Unidos. Fue en 1982. Entonces Manute tenía 20 años oficiales. Hay quien dice que andaría cerca de los treinta. El caso es que un entrenador de poca monta que obedecía al nombre de Don Feeley viajó a Sudán para enseñar conceptos básicos a la selección nacional del país. Cuando Feeley vio a Manute Bol creyó encontrar El Dorado. Se lo llevó a Cleveland con la idea de hacerlo profesional.

La intención era inscribirlo en la universidad de Cleveland State pero resultó imposible. Por mucha vista gorda que se hiciese no había forma humana de convertir a Manute en universitario. No sabía lo que era un aspirador, comía pollos enteros con las manos, desconocía lo que era conducir y era prácticamente analfabeto. En su primer año saludaba a la gente con un A jugar palabra usada fuera de contexto que aprendió viendo en la televisión el concurso ‘El precio justo’. Manute malvive con ayuda de Feeney quien busca un comprador para su joya. Consigue que Los Ángeles Clippers lo seleccionen en el draft de la NBA (puesto 97) sin haber jugado ni un partido. Los Clippers se sorprenden al ver que en su pasaporte la altura de Manute es de 1,58. Bol les contesta que el militar sudanés que le hizo el pasaporte lo había medido sentado.

Manute

El caso es que la estrambótica elección de Manute Bol es invalidada y debe buscar otra alternativa. Finalmente, en 1984, consiguen matricularlo en la minúscula universidad de Bridgeport en Connecticut con un programa de inglés para estudiantes extranjeros. Manute Bol promedia 22 puntos y 7 tapones por encuentro. Su longitud de brazos alcanzaba los 2’60 metros. El equipo, que solía reunir unos 500 espectadores, consigue lleno tras lleno semana tras semana reuniendo a 2.000 almas para ver al increíble dinka.

Apenas pasa un año como universitario. Finalmente, los Washington Bullets lo seleccionan en el puesto 31 del draft de la NBA de 1985. Sigue siendo una elección arriesgada. Manute es una máquina de hacer tapones, pero es extremadamente frágil. Mide 2’31 y pesa poco más de 80 kilos. Le hacen beber cerveza, comer hamburguesas y lo ponen a realizar interminables series de pesas. Apenas engorda nueve kilos. Pero es un show. Ágil, coordinado y veloz. Una estrella internacional en los años dorados del baloncesto. En el momento en el que la NBA se abre al mundo. Estaban Jordan, Magic o Bird. Y también Manute. Nunca fue tomado en serio como jugador. Pero era parte del show. Era el epicentro del show. Puro espectáculo. Negocio redondo para la NBA.

En su primera temporada promedió cinco tapones por partido, incluyendo un partido con 12 tapones. Para entender la dimensión de esos números basta con señalar que en los últimos treinta años ningún jugador de la NBA ha llegado a promediar cuatro tapones por partido en una temporada. Manute llegó a los cinco. También sigue siendo el jugador de la NBA que ha logrado diez o más tapones en un partido en hasta 18 ocasiones. En otro memorable momento llegará a poner cuatro tapones consecutivos en un plazo inferior a los diez segundos en un choque ante Orlando Magic.

En aquella primera temporada los campeones de la NBA serán los Boston Celtics. Larry Bird y compañía deciden apostar 600 dólares que serán dados al que consiga hacer un mate en la cara de Manute. Nadie lo consigue y Bol suma 9 tapones ante los Celtics. Al año siguiente los Bullets fichan a Muggsy Bogues, el jugador más bajo que jamás ha competido en la NBA con sus 160 centímetros de altura. Bol y Bogues pasan a ser una atracción de circo que llena estadios y hace ganar dinero a mansalva a sus propietarios.

Nunca tantos minutos jugará Manute como en su primera temporada. El show se traslada a la otra punta del país cuando en 1988 Bol es traspasado a los Golden State Warriors. Allí coincide con Don Nelson, entrenador fanático del ataque, que le incita a lanzar triples (20/91 en su carrera) ya que nadie lo marcará cuando esté situado más allá de los siete metros. Definitivamente nadie se toma en serio a ese gigante. Jamás entrenador alguno le enseñó a defender, ni a posicionarse, ni a moverse como un cisne bajo el aro. Simplemente era un dinka coordinado que parecía una creación de Disney. Había niños que se acercaban a Manute y le preguntaban si era de verdad, a lo que Bol respondía tocándoles la frente con un dedo como si de E.T. se tratase. Jamás fue tratado en serio como un jugador de baloncesto.

En 1993 tuvo su última buena temporada en Philadelphia antes de que la artritis comenzase a destrozarle las articulaciones. En 1995 se retiró a los 32 años (oficiales). Lo dejó con un promedio de un tapón cada cinco minutos de juego. Y es que Manute jugó muy poco. Apenas 18 minutos por partido. Si su cuerpo hubiese aguantado el doble hablaríamos de siete tapones por encuentro en su carrera. Una salvajada. Su físico de cisne le dificultaba mantener una posición bajo el aro ante pívots voluminosos. También sufría de un desgarro en su mano derecha que afectaba a su manejo del balón. Para compensar esta deformidad heredada en su mano derecha, Bol aprendió a driblar, bloquear tiros y rebotear con la izquierda. Promedio más tapones (3,3) en su carrera que puntos (2,6) por partido, algo totalmente inconcebible.

Sin saltar

Con su gran altura y sus larguísimas extremidades Bol se convirtió en la antonomasia de la presencia defensiva. Pero es su vida fuera de las pistas la que da majestuosidad a la grandeza del personaje. Dicen quienes lo trataron que Manute era un reputado bromista, pero que su sempiterna sonrisa se quebró a partir de 1991. Por entonces mantenía a su extensa familia con el dinero que ganaba en la NBA, pero eso no era suficiente para Bol. Sudán llevaba años enfrascado en una terrible guerra civil que se agudizó en esos años. De 1983 a 1991 se estima que hubo más de dos millones de muertos y cuatro millones de desplazados.

Entre esos refugiados estaban un grupo de niños. Decir grupo es un eufemismo. Hablamos de 30.000 menores que marcharon a pie desde el sur de Sudán a Etiopía en busca de libertad. Marcharon cinco meses descalzos comiendo fruta podrida que caía de los árboles y bebiendo agua de los ríos que se encontraban a su paso. Manute se enteró de aquel horror y cogió un avión rumbo a Adis Abeba. Dos días después de su llegada esos niños tenían un plato de comida caliente delante de ellos. Con el tiempo, cientos de esos chavales estudiarán una carrera en Estados Unidos financiada por Manute Bol.

Nunca se hubo de olvidar de sus orígenes, pero desde aquel crucial viaje supo cuál era su misión. Se estima que a lo largo de su vida donó 90 millones de dólares para construir escuelas, carreteras y hospitales en Sudán.

Tan sólo ganó una octava parte de esa cantidad en su carrera en la NBA.

Acabaría enfermo y arruinado. Pero acabará feliz.

El jefe de la tribu completará su misión.

Continuará…

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Nació en 1914. O en 1915. O en 1916. O en 1917. No se sabe a ciencia cierta. El mito procede en parte de la nebulosa sobre sus orígenes. El caso es que nació en Francia. En Casablanca. Y es que Casablanca era entonces protectorado francés. Abd-al-Qadir Larbi Ben Barek jugaba descalzo en la calle, en campos de tierra. De la calle pasó al US Moracaine, donde ganó una liga, igualmente descalzo e igualmente en campos de tierra.

El paso natural era coger el barco y atracar en la metrópoli. Y no hay puerto más multicultural que el de Marsella. Hoy sólo uno de cada diez nacidos en las bocas del Ródano son hijos de la libertad, la igualdad y la fraternidad, pero en tiempos de la romana Massilia ya era ciudad de namibios, egipcios, fenicios y gente de todo tipo y condición.

La perla negra acaba en el Velodróme. Juega una temporada en el Olympique de Marsella y estalla la II Guerra Mundial. Vuelve a casa. Al Wydad Casablanca, club fundado en ese instante. Allí echa seis años. Son oscuros, alejados de tono honor y toda gloria. Es Casablanca lugar de intrigas, miedos y espías. De Bogart y Bergman. La perla negra pierde los mejores años de su vida. Cuando tendría que estar sentando cátedra en los mejores estadios de Europa está jugando descalzo en campos de tierra lejos de los focos del fútbol mundial. Ben Barek es un falso autónomo. No tiene sueldo y tan sólo cobra por partido jugado y ganado. A tiempo parcial también trabaja en una gasolinera.

Durante la guerra jugó muchos partidos defendiendo los intereses de Marruecos. Y es que Ben Barek fue internacional marroquí, pero de aquella manera. Marruecos no era un Estado. Tan sólo se le permitían disputar partidos amigables. Uno de ellos tiene lugar en 1945, semanas antes de que concluya la guerra. El rival es un combinado de prisioneros italianos con pasado futbolístico.

Es entonces cuando Helenio aparece en escena. Argentino criado en Marruecos, futbolista de carrera en Francia, Helenio Herrera acaba de colgar las botas y su encuentra en Casablanca haciendo un curso de la FIFA para iniciar su carrera como entrenador. Pasado el verano irá a dirigir al Stade Français en su primer reto como técnico. Se trata de un reputado club parisino de rugby con una modesta sección futbolística que milita en la segunda categoría gala.

Herrera sabe de sobra quien es Ben Barek. Coincidió con él en los ásperos campos marroquís y es consciente de sus posibilidades. Sin dudar se lo lleva de vuelta a Francia. A la segunda categoría. El primer año ascienden y en el segundo se quedan a las puertas de ganar la Copa de Francia.

Herrera (izq) y Ben Barek (dch)

Por entonces Ben Barek tiene 34 años. O 33. O 32. O 31 años. El Stade Français juega un amistoso en el Metropolitano (en el de verdad, no en el Wanda-Civitas) y deslumbra. Técnicamente es un escándalo, le pega con las dos piernas y dispara fuerte, seco y duro desde fuera del área. Tira los penaltis como los ángeles. Le pega con el exterior del pie derecho hacia el lado izquierdo del portero mientras gira su cuerpo al lado contrario. “¡Al negro! ¡Al negro! ¡Hay que fichar al negro!”, berrea desde el palco Cesáreo Galíndez, presidente del Atlético de Madrid. Pagará 17 millones de francos por su fichaje. Una pasta en la época. Al poco firma también a Helenio Herrera para el banquillo colchonero.

Y el negro se quedó en el Atlético durante seis temporadas. Hasta los 40 años si nació en 1914. Hasta los 37 años si nació en 1917. Ganó dos ligas, jugó 114 partidos y marcó 58 goles. Junto a Perez Payá, Juncosa, Carlsson y Escudero formó la llamada Delantera de Seda bautizada así por lo delicado y transparente de su juego. En un fútbol de cinco delanteros se abarrotaban los estadios para verlos. A Ben Barek y a los otros cuatro. Por este orden.

Luego, a la edad que fuese, volvió a Marsella y lo hicieron internacional de nuevo. Aun hoy sigue siendo el hombre con mayor longevidad en la historia de la tricolor francesa. Pasaron 15 años y 10 meses desde su debut en 1938 hasta su último entorchado en 1954. En el 38 jugó en Nápoles. Italia vs Francia. Fascismo vs democracia. Preludio de la guerra. Hay dos negros sobre el campo. Ben Barek y el francés de origen senegalés Diagne. La pitada es monumental. Gana Italia 1-0, pero la imagen del partido es la de Ben Barek con las venas marcadas en el cuello entonando la Marsellesa.

Al tiempo Marruecos se independizó. Era 1956. Larbi Ben Barek vuelve a casa. Juega tres temporadas en el nuevo país y se convierte en el primer seleccionador marroquí. El primer partido fue una fabulosa victoria por 2-3 en Paris a una selección B francesa. Pero no tuvo éxito. Esas piernas de ébano no tuvieron continuidad detrás de una pizarra. Cuando vestía de corto le podía haber ido mucho mejor, pero se topó con la guerra. El resto de la vida le fue mal. Nació pobre y murió más pobre aún. Sus dos esposas y sus hijos se fueron todos antes que él. Murió sólo. Cuando se encontró su cadáver una mañana de 1992 olía a podre. Llevaba varios días fallecido. Nadie reparó en su ausencia. Los homenajes llegaron después. La FIFA le otorgó la Orden del Mérito a título póstumo y el remozado estadio de Casablanca lleva su nombre.

Ben Barek hoy no es nadie. En Marruecos no se le perdonan sus 19 partidos internacionales con Francia y esas venas marcadas entonando la Marsellesa. En Francia no se le perdona su compromiso por la independencia de Marruecos. Luego vino la guerra de Argelia y acabó de rematarlo todo. En Francia no toleraron su apoyo a los argelinos y en Marruecos fue igualmente visto como el demonio con patas. Sólo en Madrid, al menos en la parte rojiblanca de la ciudad, se ganó el cariño de la gente. Pero sus hazañas, privadas de imágenes, solo son defendibles con palabras. Y las palabras, como el honor y la sinceridad, cada vez tienen menos poder entre la gente.

https://www.youtube.com/watch?v=bee4HgLrpGQ

“Si yo soy el rey del fútbol, Ben Barek es el dios del fútbol”. Pelé.

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Cuando Didier Drogba paró una guerra

¿Es Didier Drogba el mejor futbolista que ha parido África? Poderoso y vertiginoso, los estereotipos propios de su raza ocultaban una fabulosa técnica en patrones físicos portentosos. Fenomenal delantero de área, prestigiador del balón de espaldas a portería y de elegancia y mentalidad inquebrantable, Drogba se convirtió en leyenda goleando para el Chelsea FC. Solo otros iconos africanos como Salah, Weah, Eto’o, Abedi Pelé o Madjer pueden rivalizar con los logros del delantero costamarfileño.

Didier Drogba nació en Abiyán, una de esas megalópolis africanas en continuo crecimiento donde el acuciante calor y la humedad están garantizados. Antigua colonia francesa, los padres de Drogba decidieron que a los cinco años el pequeño Didier se buscase un futuro mejor en Francia. Lo mandaron al norte del país junto a su tío, un tal Michel Goba, que hacía carrera como futbolista en la segunda categoría del fútbol galo. El pequeño Tito, apodado así por su abuela que era una admiradora del entonces presidente yugoslavo, sólo aguantó tres veranos antes de volver a Costa de Marfil. Pero habría un segundo intento. Otra vez Didier hizo las maletas y en este caso se trasladó a Vannes, en la Bretaña francesa. Didier contaba entonces con doce años de edad.

“Queríamos que fuese médico o abogado, nunca quisimos que fuese futbolista”, confirmaría años más tarde papá Drogba. El caso es que el influjo del balón era mayor que el de los estudios y mientras Didier destacaba sobre el rectángulo de juego patinaba cuando estaba sentado en el pupitre. Con 13 años Drogba era un prometedor delantero, pero también un preadolescente a punto de repetir curso. Sus padres no lo iban a consentir y dieron la orden a su tío de obligarlo a abandonar el fútbol en el caso de que las notas no mejorasen. Lejos de enfadarse, aquel joven se dedicó a hincar los codos y al verano siguiente pasó de presentar un expediente con suspensos a otro en el que brillaban los sobresalientes. Tras un curso de castigo sin calzarse las botas, Didier podía volver a jugar al fútbol.

Fue tan radical el cambio de Drogba con los libros que con 18 años se trasladó a Le Mans para empezar la licenciatura de Economía. Pero, aunque su deseo era satisfacer a sus padres, su progreso con el balón era más notorio que el académico. Tendría que dejar de un lado los libros ante su fulgurante salto al estrellato. Ya con sus padres y sus hermanos trasladados a Francia, Drogba aún seguiría empollando hasta los 21 años, hasta que no pudo posponer más la decisión y hubo de centrarse en su carrera futbolística. No sería hasta los 25 cuando explotaría en el Olympique de Marsella antes de dar el salto al Chelsea FC y convertirse durante un lustro en uno de los mejores delanteros del mundo.

Fue una explosión lenta y controlada. Una carrera tardía en un mundo que venera la juventud y la inmediatez. Pero Didier nunca quiso decepcionar a sus padres y no volcó sus esfuerzos con el fútbol hasta que estuvo seguro de que su éxito sería colosal.

Drogba en Marsella

Drogba fichó por el Chelsea FC en el verano de 2004 tras meter más de 30 goles la temporada anterior en Marsella. Al mismo tiempo que Drogba se convertía en el delantero titular del Chelsea FC, Costa de Marfil luchaba para clasificarse por primera vez en su historia para un Mundial. En 2005 Los elefantes afrontaban la fase de clasificación de la zona africana con una generación fabulosa liderada por Drogba y que contaba con Kolo y Yayá Touré, Eboué, Zokora o Kalou.

Ese brillante presente futbolístico coincidía en el tiempo con una feroz guerra civil. Costa de Marfil es un país francófono de mayoría católica. Su privilegiada situación en la Costa de Oro lo hace uno de los países más prósperos de la zona. Eso es motivo para recibir miles de emigrantes de países limítrofes como Guinea Conakry, Liberia o Burkina Faso. Estos tres estados son más pobres y cuentan con una mayoría musulmana. Normalmente suelen asentarse al norte de Costa de Marfil que es donde se encuentran los recursos naturales que son explotados para el progreso y el bienestar del sur, la zona más avanzada del territorio. La dicotomía entre las zonas de interior y las marítimas es una característica intrínseca al progreso de África o de América Latina.

La mayoría de esos emigrantes se instalan en Bouaké, la ciudad más importante del norte del país. De este modo Costa de Marfil queda ‘de facto’ dividida en dos mitades; una musulmana al norte con capital en Bouaké y una católica al sur con capital en Abiyán. Costa de Marfil es entonces una democracia con cimientos de barro afectada por problemas endémicos que se ven agravados con una ley que prohíbe el voto a aquellos cuyos dos padres no hayan nacido en el país, impidiendo que el grueso de los emigrantes y sus descendientes puedan votar.

Costa de Marfil

No es de extrañar que en 2002 estalle una guerra civil que deja unos 3.000 muertos cuando en 2005 la selección de fútbol costamarfileña esté luchando por lograr una plaza en el Mundial a celebrar en Alemania al año siguiente. Tiene entonces lugar el encuentro decisivo ante los ultrafavoritos de Camerún, que derrotan a Costa de Marfil por 3-2 poniendo pie y medio en Alemania. A falta de una jornada para el final, Costa de Marfil debe ganar en Sudán y Camerún tiene que perder o empatar contra un Egipto que no se juega nada para que los costamarfileños logren el milagro.

Costa de Marfil cumple con el trámite derrotando a Sudán en un choque que acaba minutos antes que el encuentro entre cameruneses y egipcios. Los costamarfileños esperan de la mano en el circulo central mientras por la megafonía se retransmiten los últimos compases de un partido que al llega el minuto 93 con un empate entre Camerún y Egipto (1-1). Costa de Marfil está clasificada, pero en ese instante se pita un penalti a favor de Camerún. Un penalti casero tan común en las competiciones africanas.

Fueron varios los minutos de tensión. Los egipcios protestaron y el portero faraón se encomendó en poner nerviosos a Eto’o y compañía. Se suponía que sería la entonces estrella del Barça el que lanzara la pena máxima, pero no supo o no quiso. Tampoco Alex Song, otro que por galones tendría que haber lanzado el penalti, por lo que al final fue Pierre Womé el encargado de ir al patíbulo.

Tras horas de espera Wome dio varios pasos atrás y le pegó al balón con tanta intención que el esférico salió escupido por el poste izquierdo del guardameta. El milagro se había producido.

“Mujeres y hombres de Costa de Marfil, de norte a sur y de centro a oeste, hoy hemos demostrado que todos los costamarfileños pueden coexistir y jugar juntos por un objetivo común: clasificar al país para un Mundial. Os prometimos que la celebración uniría a nuestro pueblo. Hoy os rogamos de rodillas. Perdonad. Perdonad. Perdonad. La única nación africana con tanta riqueza no puede estar en guerra. Por favor, dejad las armas y organicemos unas elecciones. Será lo mejor para todos”. Primero de rodillas, luego de pie y siempre con lágrimas en los ojos, Drogba cogió micrófono en mano y exhortó a sus compatriotas a abandonar las armas en medio del círculo central.

Por esos imposibles que el fútbol hace de vez en cuando posibles, la arenga de Drogba tuvo efecto. Los historiadores dirán que fueron los cascos azules de la ONU, pero lo cierto es que las palabras de Drogba tras el fin del partido tuvieron mucho más efecto que las decisiones de los burócratas del primer mundo. Costa de Marfil se clasificó para el Mundial, la guerra se paró y los 25 millones de habitantes del país se agolparon delante del televisor para ver como aquellos chicos llevaban el nombre de su tierra por todo el mundo.

El pacificador

No pasaría de la primera fase Costa de Marfil ante un terrible calendario que le asignó a Argentina y Países Bajos como rivales. Al menos vencerían a Serbia por 3-2 en la que fue su primera victoria mundialista.

A pesar de la discreta experiencia mundialista, Didier Drogba fue galardonado ese año con el Balón de Oro africano. Laurent Gbagbo, presidente de Costa de Marfil, organizó un acto institucional para entregar el galardón a Drogba. Gbagbo, católico como Drogba y de su misma etnia, instituyó el evento en Abiyán. Su intención era reafirmar su autoridad apoyándose en el hombre más famoso del país. Pero Drogba volvió a tirar de micrófono y hacer un llamamiento al entendimiento: “Señor presidente, me gustaría ir a mostrar este galardón a nuestros hermanos de Bouaké”. Gbabgo esbozó una incomodísima sonrisa ante la afrenta de un Drogba que días después volaba a Bouaké, la capital del norte musulmán, para soltar otra perla pacifista: “La próxima vez no vendré sólo. El próximo partido de la selección lo jugaremos aquí”.

Hacía más de cinco años que la selección no se acercaba al norte del país. Lo haría nuevamente en junio de 2007 con un encuentro amistoso ante Madagascar con clara victoria por 5-0. Tres meses antes se había acordado la paz y se celebraron unas elecciones libres que dieron lugar a un frágil pero ilusionante coalición entre católicos y musulmanes.

Nadie había hecho más por establecer la paz que Didier Drogba. Venerado como un semidios siguió capitaneando a su selección en un total de 105 partidos. En 2010 logró llevar a su país a un Mundial nuevamente, y de nuevo no pudieron pasar de la primera fase. Más dolorosa fue la derrota en la final de la Copa de África de 2012 ante Zambia, en el que fue el último gran torneo internacional de Drogba.

Costa de Marfil nunca ha recuperado el nivel de prosperidad que tuvo en los 90. No obstante, aunque en 2011 los dos candidatos a la presidencia se proclamaron vencedores de las elecciones y hubo un connato de rebelión, parece que el país ha entrado nuevamente en la senda de la estabilidad.

En el momento de escribir estas líneas Didier Drogba va camino de los 46 años. Lleva varios años retirado. Está casado y tiene tres hijos. Él es católico y su mujer es musulmana. Ambos son nacidos en Costa de Marfil y ambos se conocieron en Francia. Didier Drogba posee 17 títulos oficiales, anotó 304 goles y cuenta con una licenciatura en Económicas. No sabemos si los padres de Drogba tienen alguna medalla o trofeo de su hijo en el salón de su casa. Pero no erraríamos ni un ápice si aseveramos que tienen enmarcado el título universitario de un hijo cuyos valores superan con creces sus logros con el balón.

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El rey descalzo

Cuando uno entra en www.misterdato.es lo primero con lo que se encuentra es con una imagen en la que el primer plano es para un atleta que porta una camiseta con el número once. Permanece impertérrita al paso del tiempo, ya que es la misma instantánea que decora el blog en cuanto cada viernes desde mayo de 2017 me puse a esbozar unas historias deportivas. El caso es que el protagonista de la fotografía aparece con aire pensativo, mano izquierda sobre mentón y rictus de esfuerzo. Detrás de él un atleta esculpido sin gramo de grasa, gesto serio, grandes orejas y corte de pelo tradicional.

El que sigue a nuestro protagonista es soviético, lo que ya da una primera pista de la época en la que nos adentramos. Otra la dan los aficionados. Gente de mediana edad, quizás más jóvenes de lo que son, pero vestidos con seriedad y elegancia. No hay atisbo de juventud ni de hedonismo. Un chico vestido de marinero, una señora de negro absoluto y una preciosidad de pulcro blanco, ambas las dos, con el pelo tapado en señal de respeto religioso. Escasea la luz, es de noche. Y hace calor. Al fondo se observan pantalones cortos, de niño, seguro, porque nadie en edad adulta lleva entonces calzón corto.

Lo que la fotografía no nos deja ver son los pies de nuestro protagonista. Pero si ampliásemos el foco y viésemos la totalidad de la instantánea descubriremos el porqué de la importancia de la misma. El motivo por el que yo escogí una imagen de Roma fechada el 10 de septiembre de 1960 como la icónica para este humilde blog. El atleta que porta el número once en el frontal de su camiseta, el atleta que acabará ganando el maratón olímpico, va descalzo.

Se convertirá en el primer campeón olímpico africano de la historia, batirá el récord del mundo vigente y lo hará bajo el inconmensurable marco de la Ciudad Eterna.

Y todo lo hará descalzo.

Repito. Descalzo.

Bikila (11)

Abebe Bikila nació en un pueblo de la montaña etíope en 1932. Sus padres eran pastores, por lo que su vida no se vio especialmente dañada por la ocupación italiana. Tenía cuatro años cuando Mussolini hizo ocupar Etiopía y la convirtió en Abisinia. La vida de Abebe y su hermano Albalongo era correr por las praderas para ver quien era el que se cansaba antes. A oídos de ambos llegó la noticia de que la guardia de élite del emperador daba hogar y abundante comida a quien conseguía plaza en ella. Para aquellos niños desnutridos esa información era gasolina para su cuerpo. Abebe Bikila consiguió salir de la miseria a los 21 años, en 1953, cuando sus condiciones físicas le permitieron ingresar en la Guardia Imperial de Haile Selassie. Aquello le reportaba un futuro sin preocupaciones, con salario fijo y la posibilidad de acceder a comodidades que solo la vida urbana es capaz de ofrecer.

Por entonces los escandinavos eran los tótems del atletismo. En 1956 Etiopia compitió por vez primera en los Juegos Olímpicos. No logró medalla alguna, pero sentó las bases futuras con la contratación de un entrenador y militar sueco llamado Onne Niskanen. Para 1959 Niskanen diseña una maratón por Adís Abeba cuyo ganador será el elegido para competir en Roma el verano siguiente. Una lesión jugando un partido de fútbol impide participar a Wami Biratu, el protegido de Niskanen, pero es entonces cuando el emperador Selassie habla con el sueco y le dice que invite a la prueba al joven Bikila. Le comenta que el tal Bikila gana con márgenes escandalosos a sus compañeros de la Guardia Imperial en todas las pruebas atléticas que organizan los militares.

Así que Abebe Bikila corre cierto día de 1959 el primer maratón de su vida. Lo hace descalzo, por supuesto. Porque no tiene zapatillas y porque siempre ha corrido así. Con el roce de la palma de sus pies y el bamboleo del suelo. Gana el maratón. Y lo hace con un registro 2h 21’23’’. En 1951, tan sólo ocho años atrás, hubiese sido récord del mundo. Niskanen no se cree lo que acaba de ver.

Niskanen apenas tenía unos meses de entrenamiento para moldear a un medallista olímpico. Un diamante en bruto que el mundo no conocía. Y no lo tendría fácil. Su primer mandamiento fue que Bikila se calzase unas zapatillas Adidas que el sueco le había encargado. Abebe se negó. Iba a correr descalzo. Como siempre lo había hecho. Como se corre por la sabana africana.

El rey descalzo

El maratón era la última prueba del programa olímpico. Se disputaría con unos calurosos pero agradables 23 grados y, a su finalización, lo harían también los Juegos Olímpicos. El favorito indiscutible para lograr la medalla de oro era el soviético Sergei Popov, vigente campeón mundial. Muy por detrás estaba el francés Alain Mimoun, vigente campeón olímpico, y el argentino Osvaldo Suárez. El trazado era de una preciosidad insultante. Se salía de la plaza del Campidoglio diseñada por Miguel Ángel en la colina Capitolina y adornada por la agraciada estatua de Marco Aurelio. Después un recorrido con subes y bajas por la capital italiana hasta llegar a los últimos once kilómetros, en los que los atletas pisarían los adoquines con más de dos milenios de vida de la Via Appia Antica. Caída la noche, un grupo de militares portando antorchas darían luz a los fondistas que consiguiesen llegar al Coliseo para poner punto final a los más de 42 kilómetros de la prueba a pies del Arco de Constantino.

Los primeros diez kilómetros fueron gobernados por el británico Kelly y el belga Van Dendriessche seguidos de cerca por otros dos atletas, quienes a partir del kilómetro 20 tomaron el mando de la prueba. Uno era el marroquí Rhadi Ben-Abdesselam, con quien nadie contaba, ya que apenas dos días antes había competido, y sin éxito, en los 10.000 metros. El otro era un etíope de nombre Abebe Bikila que corría en primera posición…y lo hacía descalzo.

Los miles, centenares de miles, de personas que animaban desde las aceras a los atletas no comprendían nada. Los afortunados que por vez primera veían en directo unos Juegos Olímpicos por televisión tampoco. Era un fondista negro. Africano. Lo nunca visto. ¡E iba descalzo! Aquello no tenía sentido ninguno. El boca a boca se expandió con celeridad y el número de romanos que salían a la calle iba en aumento. En el kilómetro 30 la ventaja de los dos fugados era de un minuto sobre el soviético Popov (recordemos que hasta entonces era el gran favorito) y el neozelandés Barry Magee.

El dúo cabecero se adentró en la Via Appia. Hace ya bastantes años quien escribe recorrió ese tramo. Andando. Y lo hizo descalzo. Y duele. Como para hacerlo corriendo. Como para hacerlo corriendo a ritmo de récord del mundo. Son guijarros enormes. Cantos rodados mezclados con arenas. La Via Appia era la reina de las grandes calzadas romanas. Unía la ciudad imperial con el importante puerto de Brindisi al sureste de la Península Itálica. Allí había sido crucificado Espartaco. Y allí pretendía coronarse rey Bikila. Coronarse como rey descalzo.

Bikila recorrió la vía Appia en primera posición, siempre con el marroquí detrás de él. Sus piernas, largas y hermosas, se veían si cabe más estilizadas con aquellas zancadas desprovistas de calzado. Pero Bikila no atacó allí. El momento del asalto tendría lugar en paraje de una simbología apabullante.

Finalizada la Via Appia, superadas las descomunales Termas de Caracalla, se llega a la Piazza di Porta Capena. Allí la plaza ejerce de guardia de tráfico y el transeúnte debe decidir entre continuar en dirección al Circo Máximo y al Tíber o girar hacia la calle de San Gregorio y encarar el encuentro con el Coliseo. Pues allí, en dicha plaza, un impresionante monumento de granito de 150 toneladas preciosamente decorado gobernaba el paisaje. Erigido en el siglo IV, el obelisco de Axum es una pieza funeraria levantada en honor al primer rey cristiano de Etiopía.

No intenten dar con el obelisco en su próxima visita a Roma. El obelisco está en su ubicación original. No lo estuvo entre 1937 y 2008, año en el que fue devuelto a Etiopía por Italia tras más de medio siglo de litigios. Como ya comentáramos párrafos atrás, en 1936 tropas transalpinas habían depuesto al rey etíope y habían ocupado Etiopía rebautizándola como Abisinia. Mussolini decidió llevarse el obelisco a Roma como botín de guerra (en su descargo hay que decir que estaba destrozado y que en Italia fue reparado). Finalizada la II Guerra Mundial, el emperador Halie Selassie fue devuelto al trono con el beneplácito inglés y Etiopía recobró su independencia. Sin embargo, y a pesar de una resolución favorable de Naciones Unidas, Italia hacía oídos sordos a la devolución del obelisco de Axum.

Fue en ese mismo punto, justo al rodear el obelisco de Axum, cuando el etíope Abebe Bikila inició el cambio de ritmo que debía llevarle a la victoria. Ben-Abdesselam fue incapaz de seguir ese ritmo endemoniado y Bikila afrontó en solitario los últimos 1.500 metros de la prueba. Luego de bordear el Coliseo romano llegó a la meta bajo el Arco de Constantino tras dos horas quince minutos y dieciséis segundos de esfuerzo. Era campeón olímpico y había batido el récord del mundo de Popov por apenas un segundo de diferencia. “Quería que el mundo supiera que mi país siempre ha ganado con determinación y heroísmo”, afirmó al llegar a meta. Los cuatro primeros bajaron de las dos horas y veinte minutos, registros que hoy no son gran cosa, pero entonces eran excepcionales, ya que nunca antes en unos JJ. OO se había bajado de ese tiempo. En Roma lo habían hecho cuatro atletas.

Bikila llegó a la meta sin perder resuello. No se detuvo en la llegada, lo tuvieron que agarrar para que se parase. Los servicios médicos no se lo podrían creer. Marcaba un pulso de 88 en pleno esfuerzo, no mostraba signos de agotamiento…y sus pies no tenían ampollas. El médico le preguntó si se veía con fuerzas para ir andando hasta la Villa Olímpica y Bikila le dice que está para hacer otros quince kilómetros corriendo.

Al día siguiente la prensa italiana es unánime. Mussolini necesitó un ejército para conquistar Etiopía, Selassie tan sólo necesito un soldado para conquistar Italia. El emperador regalará un Wolkswagen descapotable a Bikila al ser recibido con honores en Adís Abeba. También lo agasajaron con dinero, pero rechazó la oferta. Lo ganado lo destinó en crear una escuela en su aldea natal.

La hazaña de Bikila pronto recorrió el mundo. Su récord mundial descalzó eclipsó la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos. Y aún había más. Un detalle que pasó desapercibido. Al bordear el obelisco de Axum, durante apenas un par de segundos que se notaron imperceptibles en un mundo que aún no estaba inundado por cámaras, Bikila aflojó la zancada, agachó la cabeza y mostró respeto por los caídos en la guerra italoetíope. Sin esa fugaz parada, el récord de Abebe Bikila hubiese sido aún más mayúsculo.

Axum en Roma

—AUGE Y CAÍDA—

Convertido en icono mundial Abebe Bikila se propuso ser el primer atleta en lograr el doblete en un maratón olímpico. Lo hizo a su ritmo. Con calma. Sólo correría quince maratones a lo largo de su carrera, obteniendo la victoria en doce de ellos. NIskanen estuvo a su lado durante cuatro años y, ahora sí, las zapatillas formarían parte del atuendo del etíope. Adidas no iba a dar su brazo a torcer y en Tokio 1964 Bikila no podría correr descalzo.

El problema vendría por otro lado. A apenas seis semanas de iniciarse los Juegos Olímpicos Bikila es golpeado por una apendicitis. Hay tiempo para recuperarse, pero extremadamente delgado y débil es un contratiempo definitivo para una prueba tan exigente como el maratón. Niskanen le dice a Bikila que se olvide y que ya habrá tiempo para pensar en México 1968, pero un miembro de la Guardia Imperial no se va a rendir tan fácilmente.

El 21 de octubre de 1964, Abebe Bikila entraba en solitario en el Estadio Nacional de Tokio bajo una atronadora ovación para lograr su segundo oro olímpico y marcar un nuevo récord del mundo con un registro de 2h 12’11’’, una marca más de tres minutos mejor que la lograda en Italia. Al cruzar la línea de meta Bikila inició una tabla de gimnasia para estirar los músculos. Cuando llegó el segundo, cinco minutos más tarde, Abebe Bikila estaba duchándose.

Tokio 64

Para México 1968 Bikila buscaba un imposible. Contaba con 36 años y la altura de la capital azteca iba en su contra. Afectado de una lesión crónica de rodilla tuvo que abandonar cuando el maratón encaraba el kilómetro 17. Su semilla, sin embargo, había brotado. Su compatriota Mamo Wolde acabaría logrando la victoria. Al año siguiente, mientras Bikila conducía su descapotable, aquel que el emperador le había regalado, un grupo de manifestantes se presentó en su camino. Hubo de girar con fuerza el volante para esquivarlos, y su coche salió despedido.

Sufrió una paraplejia de la cual no se recuperó jamás.

No volvería a caminar.

«Los hombres de éxito conocen la tragedia. Fue la voluntad de Dios que ganase en los Juegos Olímpicos y fue la voluntad de Dios que tuviera mi accidente. Acepto esas victorias y acepto esta tragedia. Tengo que aceptar ambas circunstancias como hechos de la vida y vivir feliz», dijo entonces. Al año siguiente acudió en Londres a una competición que podríamos llamar precursora de los Juegos Paralímpicos. Competiría en tiro con arco y tenis de mesa. Después, en 1972, tuvo una sentida despedida durante la ceremonia de apertura de los JJ. OO de Múnich, donde fue ovacionado mientras saludaba desde el césped desde su silla de ruedas.

Las complicaciones por las cirugías fueron acabando con su vida que puso fin el 25 de octubre de 1973, hace ahora medio siglo. Contaba con apenas 41 años. Lo que ha cambiado el atletismo mundial y el africano en particular en estos cincuenta años se tornaba en inimaginable entonces. Bikila logró la primera medalla de oro africana en unos Juegos Olímpicos. Pocos sospechaban lo que aquella victoria de aquel desconocido descalzo iba a significar. Se iniciaba una era donde etíopes y después keniatas pasarían a ser los reyes del fondo y el medio fondo. Desde entonces ha habido trece victorias africanas en el maratón olímpico y desde Atenas 2004 un atleta blanco no sabe lo que es ganar el oro en el maratón masculino (2008 en el femenino) y desde Los Ángeles 1984 en los 10.000 metros (1996 en el femenino). Si en 1983, en el primer Mundial de Atletismo de la historia, Etiopía lograba una medalla de plata, en el último, celebrado hace unos meses en Budapest, sumaba ocho metales.

Bikila en Múnich 72

Abebe Bikila fue enterrado con honores militares y su sepelio se convirtió en un funeral de Estado. Asistieron cerca de 70.000 personas, incluido, como no podía ser de otra forma, el emperador Haile Selassie.

«Bikila hizo que nosotros, los africanos, pensáramos que si él puede hacerlo los demás también podemos hacerlo». Haile Gebrselassie, atleta etíope dos veces campeón olímpico de los 10.000 metros.

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Cuando Roger Milla pasó de nadar con delfines a ser la estrella de un Mundial

Marruecos ha tocado el cielo. Es la primera nación árabe que llega a los cuartos de final de un Mundial. Eso al menos. Ahí es donde está Marruecos a la hora de escribir estas líneas, a la víspera de su histórico partido ante Portugal. Quizás, estimado lector, cuando lea esto ya habrá roto Marruecos el techo de cristal y se convierta en la primera nación africana en alcanzar unas semifinales mundialistas. O quizás no. Lo lógico es que caiga en cuartos de final y ponga fin a un sueño que inició con Croacia, se hizo realidad con Bélgica y cristalizó frente a España.

El caso es que es la tercera vez que un equipo africano llega a cuartos de final de un Mundial. Pero es éste un equipo africano diferente. No es una nación del corazón africano. No es una nación negra. Es una nación árabe. Una comunidad de seres humanos que rivalizan conforme a distintas fronteras, pero que tienen un acerbo cultural común desde Mauritania a orillas del Atlántico hasta Irán a las puertas del Océano Índico. Aún así el triunfo de Marruecos es el triunfo de África. El triunfo de un fútbol técnico y físico a partes iguales que lleva años evolucionando gracias a los nietos e hijos de los que buscaron en Occidente una vida mejor. De la plantilla marroquí de 26 convocados un total de 14 nacieron lejos de suelo marroquí, incluidos sus futbolistas más destacados; Bono (Canadá), Achraf (España), Boufal (Francia) y Amrabat, Mazraoui y Ziyech (Países Bajos).

Marruecos da el campanazo, hace historia y elimina a España para avanzar a  Cuartos de Final de Qatar 2022 - Los Angeles Times
Éxtasis marroquí

San Paolo. Nápoles. Junio de 1990. Camerún 0-1 Inglaterra. Descanso. Son los cuartos de final de la Copa del Mundo. Roger Milla entra al campo con el ‘9’ en la espalda sustituyendo a Emmanuel Maboang. Milla va a revolucionar el partido. Eléctrico, móvil, perspicaz, alborota la defensa inglesa y en dos fogonazos Camerún se pone por delante. A falta de ocho minutos para el fin del partido Camerún gana por 2-1. Roger Milla tiene 38 años. Es la primera vez que juega los cuartos de final de un Mundial. Es la primera vez que un país africano juega los cuartos de final de un Mundial.

Un penalti anotado por Gary Lineker condujo el partido a la prórroga y otra pena máxima anotada en el tiempo extra por el entonces delantero del Tottenham daba la victoria a los británicos por 2-3. África no volverá a estar tan cerca de la gloria hasta que la selección de Ghana caiga en la tanda de penaltis ante Uruguay en los cuartos del Mundial de Sudáfrica de 2010. Aquello también fue de traca. Con Luis Suárez expulsado por hacer de portero a escasos minutos del final y con Abreu marcando el tanto de la victoria con un penalti tirado a lo Panenka. Doce años después ha tocado la epopeya de Marruecos en suelo qatarí. Pero la primera vez fue aquella de Camerún. Con un Roger Milla desatado. Anotó cuatro goles en cinco partidos y con 38 años fue elegido en el mejor once del Mundial. Su nombre brillaba junto a los de Matthaüs, Baresi, Maldini, Klinsmann o Maradona.

Cameroon legend Roger Milla regrets they lost to England at Italia 90 | The  Sun
Roger Milla

Camerún es una nación brillante situada en un lugar privilegiado. Desiertos, playas, sabanas y montañas adornaban a un país que se abre al golfo de Guinea. Fueron los portugueses los que bautizaron a esa zona como río de camarones, pero serían los alemanes los que en el siglo XIX explotaron esas tierras a su antojo como fructífera colonia. Tras la I Guerra Mundial lo que desde 1960 será el Camerún independiente fue dividido entre ingleses y franceses. En la parte británica destacaba la fe musulmana, mientras que, en la parte francesa, mucho más numerosa, la facción católica.

Es conveniente hacer esta distinción cuando nos adentramos en los años 70 del siglo pasado. El fútbol africano era ignorado por los medios y los ojeadores europeos. Pero entonces, además de hombres de negocios, eran los misioneros católicos quienes seguían manteniendo los lazos con las antiguas colonias. Así que un joven delantero de potencial inmenso y futuro brillante llamado Roger Miller no podría ni imaginarse lo que sería jugar en un grande de Europa. Por suerte para Milla (con la independencia de Camerún se africanizó el apellido) los lazos religiosos con Francia seguían presentes tras la descolonización.

Fue así como el boca a boca hizo que un club francés se atreviese a apostar por Roger Milla. Pero no era un grande. Ni mucho menos. Quien apostó por el camerunés fue el Valenciennes, escuadra modesta recién ascendida a la Ligue 1. Allí estuvo dos temporadas donde anotaba prácticamente gol por partido. Había llegado a Francia con 25 años y su hambre de gol e instinto asesino lo hicieron brillar de inmediato. Era un delantero de larga zancada, regate a golpe de cadera y disparo certero al primer toque. No era un rematador al uso, pero si un alborotador, un tiburón del área que acechaba a su presa y disparaba tras el primer movimiento. Su valía no se cifraba solo en goles, porque su entusiasmo y su personalidad le hacían echarse encima al equipo en los malos momentos y fabricarse goles por sí mismo si fuese necesario.

Milla firmó entonces por el AS Mónaco, pero ahí su estrellato pronto pasó al olvido. Los monegascos ya eran un grande del futbol galo y por entonces tirar la barrera psicológica que separaba a africanos de europeos parecía inabordable. No consiguió ser titular, se acercaba a la treintena, y los ramalazos de genio que mostraba con su selección eran tildados de frivolidades cuando se ponía la camiseta del AS Mónaco.

Así que hubo que dar otro paso atrás y fichar por el SC Bastia. Y allí fue la explosión. Fueron cuatro temporadas de éxitos, incluyendo un gol histórico que le dio una copa al pequeño club de Cerdeña. Fueron años de champán. Fue elegido jugador africano del año y en 1982 junto a M’Bida o N’Kono disputó el Mundial de 1982 con Camerún quedando eliminados en primera ronda, pero por culpa de la diferencia de goles y sin perder ningún partido.

La carrera de Roger Milla era exitosa para ser un futbolista africano, pero seguía siendo un don nadie. Un completo desconocido. En 1984 lideró a Camerún a la victoria en la Copa de África y repitió hazaña en 1988 añadiendo el título de máximo goleador. Contaba entonces con 36 años y jugaba en el Montpellier HSC al que ayudó a ascender a la Ligue 1 para luego clasificarlo para la Copa de la UEFA. Al año siguiente, en 1989, decidió retirarse dejando una media de nueve goles por temporada en máxima categoría y dieciséis en segunda tras doce temporadas en Francia.

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Milla en el SC Bastia

A sus 38 años Roger Milla iba a gozar de un retiro dorado. Y decidió hacerlo en la Isla de Reunión, un idílico departamento de ultramar francés situado en el Océano Índico. Firmó por un equipo de la isla y decidió meter unos goles mientras disfrutaba de placenteros baños en parajes de ensueño.

Y mientras, ¿qué pasa con Camerún? Los leones indomables son los grandes favoritos para ganar la Copa de África de 1990. Se disputa en marzo, a escasos cuatros meses del Mundial de Italia. Y el fracaso es absoluto. Son superados por Zambia y Senegal y ni siquiera son capaces de pasar de primera ronda. La conmoción en el país es absoluta. Se trata de un equipo joven y con talento, pero en el que, exceptuando al portero del Espanyol Tommy N’Kono, no hay demasiada experiencia en el fútbol europeo.

Urge una solución inmediata.

¡Roger! ¡Roger! ¡Tienes una llamada! Así fue como avisaron a Milla. Y no era para menos. La llamada tenía carácter oficial. Pero tendría que esperar. Milla tendría que dejar su equipo de submarinismo en el barco, antes de cambiarse y poner pie en tierra. Había estado nadando y buceando en aguas cristalinas acompañado de bancos de coral y pequeños delfines. El sempiterno sol brillaba cuando entró en la casa y fue acompañado hasta el teléfono.

Roger escuchó y se cuadró. Al otro lado del teléfono estaba Paul Biya, presidente de la República de Camerún desde hacía una década. Biya y Milla tenían una buena relación y compartían convicciones religiosas. Hablaron durante largo rato y Biya le pidió a Milla que volviera a calzarse las botas, aunque fuese únicamente para ejercer de referente moral. No importaba que jugase o no, pero su sola presencia en el equipo resultaría beneficiosa. Realmente aquello no era una conversación. Era una súplica. Pero procedía de un ser superior. En la psique africana eso era una orden dada por un rey que el noble debía de cumplir.

Roger Milla dejó la arena fina y el agua cristalina bañada por delfines para coger un avión rumbo a Camerún. Su primer movimiento fue hablar con Valery Nepomnyashhchy, el técnico ruso de apellido impronunciable que había fracasado en la Copa de África. El acuerdo fue fácil de conseguir. Milla iría al Mundial como suplente y el ruso salvaría su cabeza. Podría dirigir a los leones indomables en Italia 90.

Pero no todos estaban contentos. Milla podría ser un mito, pero su presencia en Italia era la de un advenedizo. Quien peor se lo tomó fue François Omar-Biyik, delantero fuerte, poderoso, que veía peligrar su puesto en el once titular. Milla lo tranquilizó y le dijo que no se preocupara, que su intención era tan solo apoyar desde el banquillo al equipo.

Y así fue. En el primer partido Camerún se convirtió en la primera selección que derrotaba al vigente campeón en el partido inaugural. La Argentina de Maradona caía ante los africanos gracias a un solitario gol de Oman-Biyik, que fue fervorosamente aplaudido por Milla desde el banquillo.

En el siguiente choque Roger Milla saltó al campo a los 15 minutos de la segunda parte. Camerún vs Rumanía. Lo hizo distraído, con aquella camiseta verde roída del pegote amarillo como escudo. Sin aliñar, con la zamarra mitad por dentro mitad por fuera, Milla anota dos goles. El primero es pillería. Golpe al defensa, salto a destiempo y golpeo seco con la izquierda. El segundo es un tiro áspero con la diestra tras un buen gesto técnico. Camerún se clasifica para octavos con dos goles de Miller, porque sí, a los 38 años, y tras una vida en Francia, Miller sigue siendo un desconocido en los rótulos de la televisión italiana.

Ya clasificado, Camerún se relaja y cae por 0-4 ante la URSS antes de enfrentarse a Colombia en octavos de final. Guiados por Valderrama los sudamericanos dominan el partido mientras los africanos esperaban agazapados para lanzar contragolpes. Se llega así a la prórroga donde el suplente Milla recibe cerca del área grande, se saca de encima a dos colombianos, y anota el primer gol del partido. Luego vendrá la gran locura de Higuita, quien intentará ser un Maradona con guantes cerca del círculo central, lo que aprovechará Roger Milla para anotar el segundo de Camerún. Su baile de celebración con el banderín del córner también pasará a la historia. Los leones indomables estarán en cuartos de final.

Luego vino el histórico partido de cuartos ante Inglaterra, donde el hasta entonces comedido y defensivo Camerún se convirtió en una escuadra agresiva y ofensiva que puso contra las cuerdas a los ingleses. Milla saldría del banquillo para forzar un penalti y dar la asistencia para el segundo gol camerunés. Camerún acabará cayendo, pero llegará más lejos de lo que nunca antes (con permiso de Marruecos) ha llegado una selección africana.

Roger Milla había descolgado las botas y fue aclamado como un héroe a su vuelta a Camerún. Dejó los baños con delfines para su jubilación y firmó por el Tonerre Yaoundé de su ciudad natal. Allí estuvo hasta 1994, cuando con 42 años acudió al Mundial de Estados Unidos y consiguió anotar otro tanto. Por supuesto sigue siendo el futbolista más veterano en anotar un gol en un Mundial.

Por entonces los jugadores de la África negra ya eran más que respetados. Abedi Pelé es estrella del Marsella campeón de la Copa de Europa, Nwankwo Kanu es el delantero del futuro en el Ajax y George Weah gana el Balón de Oro con el AC Milan, en reconocimiento histórico al hasta entonces siempre menospreciado fútbol africano.

Roger Milla colgó las botas en 1996, a los 44 años. Hay quien dice que realmente tenía más y que su pasaporte fue falseado. Sea cierto o no, lo hizo con el reconocimiento de la FIFA como el mejor jugador africano del siglo XX, dos Balón de Oro africanos con 14 años de diferencia (1976 y 1990) y con cinco goles en diez partidos mundialistas. Hoy es embajador de Unicef en África y aspira a ser presidente de un país al que en su día ayudó a poner en el mapa.

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Usted no puede irse al extranjero, entienda que es Patrimonio del Estado

Antes de Mbappé existió Ronaldo. Y antes de Ronaldo existió Eusebio. Pero antes de ser Eusebio, Eusebio fue Magagaga. Magagaga era un velocista con recursos para la finta y para el regate y con una capacidad innata para golpear en seco desde cualquier parte del campo rival. Por eso Magagaga dejó Lourenço Marqués a los 18 años para probar fortuna en Lisboa. Con el paso del tiempo Lourenço Marqués pasará a ser Maputo, Mozambique un país independiente y Eusebio será considerado el mejor futbolista africano del siglo XX.

Pero Eusebio no es africano.

En Mozambique a Eusebio se le admira, pero no se le ama.

Eusebio es bandera de Portugal. Eusebio es Patrimonio del Estado.

En la década de 1960 la selección portuguesa de fútbol se hizo un hueco en el panorama internacional con un fútbol hermoso y ofensivo que tuvo su culmen al alcanzar el tercer puesto en el Mundial de Inglaterra. La base de aquel conjunto era el Benfica, bicampeón europeo y hasta tres veces subcampeón en el plazo de ocho años. En aquel conjunto destacaban varios futbolistas nacidos en las colonias portuguesas de África. Titulares eran Costa Pereira y Joaquim Santana, ambos angoleños, así como Mario Coluna y Eusebio, nacidos en Mozambique.

Todo el amor del que carece Eusebio en África es recogido con profusión por Coluna, el capitán y ancla organizativa de aquel Benfica. Una vez Mozambique declaró su independencia en 1975, Mario Coluna regresó a sus orígenes y se convirtió en el primer presidente de la federación nacional de fútbol. Después ostentaría el cargo de ministro de deportes antes de fallecer en 2014, tras cuatro décadas residiendo en Mozambique.

Eusebio estuvo veinte años sin pisar tierras africanas. Ni siquiera acudió al sepelio de su madre. Con un pánico atroz a los aviones y constantes problemas estomacales, evitó siempre que pudo el viaje hasta que se hizo inevitable. Eusebio falleció en Lisboa, apenas seis meses antes que Coluna, y el Gobierno de Portugal declaró tres días de luto oficial.

Eusebio es un icono portugués que trasciende el paso del tiempo.

Eusebio es Patrimonio Nacional.

Former Portugual captain Mario Coluna dead at 78
Coluna (i) y Eusebio (d)

En el verano de 1964 la Juventus de Turín necesitaba dar un golpe de efecto para recobrar la primacía futbolística. Los turineses seguían siendo el equipo más laureado en Italia, pero tanto el AC Milan como el Inter habían ganado la Copa de Europa. Para más escarnio ambos conjuntos contaban con las dos figuras más rutilantes del país; Gianni Rivera en el caso de los rossoneros y Sandro Mazzola en caso de los neroazurros. Hacía falta una estrella para recuperar la primacía. Con Di Stéfano a punto de retirarse y Cruyff aun imberbe, no existía figura igual en Europa que Eusebio da Silva Ferreira.

Eusebio era un torbellino que alteraba con estruendo todo lo que le rodeaba. Con 19 años había tumbado al Madrid a base de latigazos en la Copa de Europa y con 22 discutía a base de goles el trono del rey Pelé. Era el delantero del momento y del futuro porque tenía años y años de dominio por delante. El Calcio vivía su primera edad de oro y cazaba jugadores de otras ligas con la misma suficiencia con la que las vacas cazan moscas con el rabo. Años atrás el Inter había batido todas las marcas al quitarle a Luis Suárez al Barça. La Juventus tiró de chequera y ofreció al Benfica una oferta irrechazable. Lo que se le daba a Eusebio tampoco era ‘pecata minuta’. El delantero portugués cuadriplicaría su sueldo.

Todo Portugal estaba pendiente de la confirmación del acuerdo, cuando Eusebio fue invitado a comer por el primer ministro Antonio de Oliveira Salazar. La oferta era irrechazable, entre otras cosas, porque lo de primer ministro era un eufemismo, ya que Salazar llevaba ejerciendo el poder de forma autoritaria desde hacia tres décadas atrás. Salazar era la cabeza visible de un régimen dictatorial y conservador, rancio, pero no sanguinario. Se sustentaba en lo que se dio en llamar las tres efes (fado, fútbol y Fátima), aunque, curiosamente, Salazar detestaba el fado y le era indiferente el fútbol.

Pero nadie echa tres décadas en la poltrona si no es astuto e inteligente. Apenas Eusebio se había sentado a la mesa que Salazar le espeta: “Usted no puede irse al extranjero. Entienda que usted es Patrimonio del Estado”. Eusebio, joven, pero con arrestos, alza los ojos y replica: “¿Y cómo es que siendo Patrimonio del Estado tengo que pagar impuestos?” Pero Salazar es perro viejo y rechaza la réplica con un una sonrisa y un par de aspavientos y empieza a hablar con él sobre fútbol como si la discusión no tuviera más de sí. Hablaron del Benfica, del sistema de juego de la selección o del Mundial de Inglaterra que iba a celebrarse un par de años más tarde. Eusebio lo pasó de cine, consiguió pagar unos cuantos miles de escudos menos en impuestos y, una vez retirado, rememorará la charla con afecto admirado ante los conocimientos futbolísticos de Salazar.

Como es de suponer Eusebio se quedó en Portugal.

Salazar e Itália fecharam as portas - Benfica - Jornal Record
Eusebio y Salazar

Eusebio siguió jugando con los encarnados y exhibiéndose por el Viejo Continente, llegando al cénit de su carrera en 1966 cuando quedó máximo goleador del citado Mundial de Inglaterra eclipsando al mismísimo Pelé. ‘O Rei’ no dudó en considerarlo su sucesor a pesar de que apenas era año y medio menor que él.

Tuvo entonces Eusebio una nueva oportunidad. En este caso era el Internazionale milanés quien apostó por su fichaje. El conjunto dirigido por Helenio Herrera era el mejor equipo del momento, aunque carecía de un delantero de campanillas. Los méritos en aquel Mundial le abrieron las puertas y Salazar dio el visto bueno a su marcha. Eusebio firmó por el Inter, le encontraron casa, pasó reconocimiento médico…y todo se fue al carajo. En ese mismo Mundial Italia hizo el ridículo al caer en la fase de grupos ante Corea del Norte. Los mandamases italianos respondieron al fracaso cerrando la entrada a los futbolistas extranjeros durante más de una década.

Así que la ‘Pantera Negra’ se quedaría en Portugal. Y esta vez sería para siempre. Aunque hubo algún que otro rumor las únicas dos ofertas en firme que tuvo fueron las procedentes de tierras italianas. Eusebio siguió rugiendo, pero sus gritos fueron ahogados con el paso del tiempo. Con su Benfica ganaría el Balón de Oro de 1966 y la Bota de Oro en 1968 y 1973, con 43 y 40 goles respectivamente, pero la gran generación portuguesa envejeció y los recambios no estuvieron a la altura.

Cuando por fin salió de Portugal para jugar en Estados Unidos, Eusebio ya superaba los 33 años. Era 1975 y contaba con seis operaciones en la rodilla izquierda y una en la derecha. Magagaga, aquel hijo de África, es Patrimonio del Estado portugués como lo es la Universidad de Coimbra, el Monasterio de los Jerónimos, la Torre de Belem o el Castillo de Guimarães. Hoy, una estatua suya, apoyado sobre una rodilla, con un balón entre una mano y el suelo y una hoja de laurel elevada al cielo con la otra, adorna la entrada principal del estadio Da Luz de Lisboa.   

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De la final de las botellas al caso Guruceta (política, fútbol, dictadura e independencia en la España de los 60 a través de dos artículos)

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¿Por qué Lev Yashin es tan famoso? (la leyenda del único portero que ha ganado el Balón de Oro)

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The Rumble in the Jungle (2ª parte)

“Float like a butterfly, sting like a bee. His hands can’t hit, what his eyes can’t see. Now you see me, now you don’t. George thinks he will, but I know he won’t”. Esta declaración de intenciones de Muhammad Alí ha pasado a la historia por la doble metáfora inicial, poética y directa. Ahora me ves, ahora no me ves. Vuelo como una mariposa y pico como una avispa. Tus ojos no pueden verme, tus manos no pueden tocarme. Adelante y atrás. Una danza, un juego de pies, tan rápido y tan coordinado que aún no ha sido igualado.

La frase ya había sido enunciada por Alí tiempo atrás, pero en esta ocasión su corolario estaba dedicado a George Foreman, el hombre al que tenía la intención de arrebatarle el título de campeón del mundo de los pesados. Foreman era el rey invicto. Un joven pegador imbatido (40-0) que había noqueado a Joe Frazier y a Ken Norton en dos asaltos. Muhammad Alí, siete años mayor, había sufrido lo indecible para tumbar a los citados. La inmensa mayoría de los críticos le otorgaban el cartel de víctima a Alí en su pugna ante Foreman.

El Acorazado Cinéfilo - Le Cuirassé Cinéphile: Muhammad Ali. Films -  Francisco Huertas Hernández. Alicante (Spain)
Alí (i) y Foreman (d)

Muhammad Alí se había ganado a pulso luchar por lo que era suyo. Combatir por el título de campeón del mundo de los pesos pesados. Tras derrotar a Joe Frazier, debía vencer a George Foreman para recobrar la corona que el Gobierno de Estados Unidos le había arrebatado en 1966. Habían pasado ocho años. Alí continúa siendo un atrevido fanfarrón, pero comienza a acusar la edad, el cansancio y las heridas físicas y emocionales. Seguía siendo arrogante, pero, las posibilidades de que no fuese capaz de hacer efectivas sus amenazas sobre el ring eran considerables.

El duelo entre Alí y Foreman no era un combate cualquiera. Muhammad Alí era entonces un semidiós. Su carácter seco y atrevido y su estilo excéntrico habían alcanzado unas cotas que rozaban la locura. Llegaría a combatir contra Supermán en un cómic, combate que, por cierto, ganará el púgil de carne y hueso. Su desmesurado afán por ser el centro de las miradas le había llevado a ser vilipendiado, pero el Estados Unidos de 1974 no tenía nada que ver con el de 1966. Alí había pasado de ser un villano a ser un héroe americano.

George Foreman era el gran favorito. Contaba con 27 años, por los 34 de Alí, y meses atrás había demostrado una pegada descomunal que había dejado seco a Joe Frazier. Era granito con piernas y, aun así, era la antítesis de lo que es un púgil de los pesos pesados. Foreman era querido. Era un buenazo. Un bonachón que una vez retirado acabaría haciéndose reverendo y vendiendo barbacoas a padres de familia a través de la teletienda.

Los ingredientes estaban dispuestos y solo faltaba alguien que los cocinase. Quien sacó el colmillo y vio la oportunidad que allí se presentaba fue un joven afroamericano llamado Don King. Mucho antes de teñir de blanco un mechón de pelo y de ser parodiado en ‘Los Simpsons’, King era un ambicioso promotor que se haría famoso por explotar hasta la extenuación a los boxeadores a cambio de ingentes sumas de dinero.

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Don King

King no era, para nada, el favorito para organizar el evento pugilístico del siglo, pero se le ocurrió una idea tan descabellada como lucrativa. Se reunió con Alí y con Foreman y les prometió a ambos una bolsa de cinco millones de dólares por cabeza. Nunca jamás se había juntado cifra tan desorbitada por un combate. Ambos aceptaron de inmediato. Ahora sólo tocaba saber de dónde sacaría King diez millones de dólares.

Iba a crear “The Rumble in the Jungle” (Un Estruendo en la Jungla). Don King iba a llevar el combate al corazón de África.

Don King tuvo una idea. Y ya se sabe que lo más difícil es tenerla. Pensó. Si Muhammad Ali abandonó su nombre de esclavo (Cassius Clay) para volver a sus raíces y ser el guía moral de los afroamericanos, ¿por qué no llevar a Alí a la tierra natal de todos ellos? ¿Por qué no llevar el combate a África? La idea era magnífica. Pero para llevarla a cabo necesitaba de alguien que invirtiese diez millones de dólares en su plan.

Ese hombre iba a ser Mobutu Sese Seko.

Entonces en Zaire, hoy República Democrática del Congo y anteriormente el Congo belga, gobernaba Mobutu Sese Seko, uno de estos militares apoyados por la CIA que a cambio de engordar una cuenta personal en Suiza acaban liquidando un país. Cuando en 1997 los zaireños le den una patada, la riqueza personal del mariscal será mayor que la deuda externa del país centroafricano.

Con el apoyo estadounidense, temerosos de que el comunismo se expandiese por África, Mobutu Sese Seko acababa de presentar ante las Naciones Unidas lo que él llamo su plan de “autenticidad”. Renombro ciudades y lugares para africanizar el país, prohibió el cristianismo y la vestimenta originaría de Europa y, aquí está el quid de la cuestión, creó una beatificación a su persona y confiscó las empresas extranjeras para dárselas a sus familiares.

Ante tal panorama, Mobutu necesitaba un lavado de cara que, además, fomentase la africanización de su país. Que mejor que invitar a Zaire a Alí, el hombre que renegó de su pasado de esclavo y que se erigió como defensor de los derechos civiles de los negros. Don King supo ver la oportunidad y cerró el acuerdo. ‘The Rumble in the Jungle’ ya era una realidad.

Rumble in the jungle - Canarias3puntocero
Mobutu Sese Seko (i) y Alí (d)

—THE RUMBLE IN THE JUNGLE—

El combate quedó fijado para finales del mes de septiembre. Era 1974. Sin embargo, Foreman se cortó una ceja en un entrenamiento, por lo que hubo que posponer la pelea hasta el 30 de octubre. Y esas semanas de retraso fueron esenciales para convertir a Alí en mito viviente.

Mientras Foreman se encerraba en un gimnasio de Kinshasa, Alí se dedicaba a trotar por las calles y barrios más humildes de la ciudad. Se pasó el mes de octubre juntándose con los niños, visitando a los mayores, y, en definitiva, inhalando sus raíces. Mientras Foreman representaba al ‘Tío Tom’, al esclavo bueno que se ganaba su libertad siendo fiel a su amo, Alí era el hombre que daba dignidad al oprimido. Cuando en el acto de presentación del combate los miles de zaireños allí presentes se unan al grito de ‘¡Alí bomayé! (¡Alí mátalo!) la suerte de Foreman ya estaba echada.

En ‘The Rumble in the Jungle’ Alí iba a demostrar que podía aparcar su condición de estilista y encajar todos los golpes emulando la fortaleza de Foreman. La víspera del combate Alí pidió a los trabajadores del estadio donde se iba a celebrar el combate que con una llave inglesa aflojaran la tensión de las cuerdas del cuadrilátero. “Vas a bailar, Muhammad, esta noche vas a bailar”, cuentan que le dijo su entrenador. La idea era dejarse dominar por Foreman mientras apoyaba la espalda en las cuerdas y aguantaba las embestidas a derecha e izquierda. En el momento justo del impacto, Alí tendría que bailar un paso atrás para amortiguar el golpe y subyugarlo a través de las cuerdas. Al ser más elásticas absorberían la potencia de Foreman a la espera de que éste se cansase y Alí pudiese lanzar su contraataque.

Volar como una mariposa para picar como una abeja.

La pelea comenzó a las 04:00 horas de la madrugada de Kinshasa, para que el combate se viera en horario de máxima audiencia en Estados Unidos. Curiosamente en Zaire no fue retransmitido por ninguna cadena. Menos mal que hasta 60.000 zaireños se apelotonaron en el estadio 20 de mayo (antes Rey Balduino, después Tata Räphael) para desgañitarse animando a Muhammad Alí. 

The Rumble in the Jungle (1974) - IMDb
The Rumble in the Jungle

El combate y todo el contexto político, social y cultural en el que se desarrolló el evento fueron legendarios. Antes del evento hubo un megaconcierto con B.B King, Celia Cruz o James Brown, que cautivó a todos con ‘Say it loud. I’m black and I’m proud’ (‘Dilo alto. Soy negro y estoy orgulloso’). Norman Mailer, ganador de dos premios Pullitzer, decidió coger la pluma y escribir in situ sobre aquel combate. Ya había un ganador antes del inicio. Ese era Don King.

Tras el gong, Alí se mantuvo tranquilo y fanfarrón durante los primeros asaltos. Encajaba golpe tras golpe contra las cuerdas y le hablaba a Foreman al oído. “Me decepcionas, no me estás pegando fuerte”, soltaba Alí, a lo que Foreman respondía sacudiendo enloquecido. Todos los presentes querían la victoria de Alí, pero todos contaban con el triunfo de Foreman.

El plan de Muhammad Alí estaba dando el resultado esperado. En el quinto asalto Foreman comenzó a dar síntomas de fatiga. Alí se había dejado golpear por una mula, pero seguía intacto. Foreman descargó una batería de golpes que hubiesen tumbado a un rinoceronte, pero Alí se mantenía en pie. Se las arregló para que le golpease los brazos y el cuerpo, pero siempre evitando que el puño de Foreman se acercase a su cabeza. “No puedes hacerme daño. No pensé que fueses tan malo”, contestó con una sonrisa el rey del ‘trash-talking’.

En el séptimo asalto Foreman al fin logró impactar contra la mandíbula de Alí. Fue un golpe seco. Terrible. Alí se tambaleó durante unos segundos y cayó a los brazos de Foreman. “¿Eso es todo lo que tienes, George?”, le dijo Alí con una sonrisa, como el que recibe una caricia. Aquel hombre acababa de ser atropellado por un tren de mercancías y seguía intacto. Se dice que fue entonces cuando a un joven italoamericano que estaba viendo el combate por televisión a miles de kilómetros de distancia se le encendió una luz. Al día siguiente comenzó a escribir un guion que le permitiese dejar de un lado un aciago pasado como actor porno para poder brillar en Hollywood.

Era Sylvester Stallone.

Con Foreman exhausto y psicológicamente destrozado, en el octavo asalto Alí decidió salir de la cueva e irse al ataque con las fuerzas que le quedaban. Alí, enrollado entre las cuerdas, no tendría gas para más que un par de asaltos, por lo que tendría que acertar de primeras. A Foreman comenzaron a lloverle derechazos desde el cielo de Kinshasa. Dos relámpagos salieron de los puños de Alí, y tras varios ganchos consiguió arrinconar a Foreman contra las cuerdas. A veinte segundos del final del asalto, Foreman, falto de velocidad por el cansancio, erró su gancho y en una brutal combinación izquierda-derecha, Alí enviaba a la lona al campeón. ¡Alí, bomayé! rugían los 60.000 zaireños como una manada mientras el árbitro comenzaba la cuenta atrás. Foreman llegó a ponerse en pie mientras el colegiado gastaba el último número de la cuenta atrás. Pero el campeón no llegó a tiempo.

Había un nuevo campeón.

Muhammad Alí recuperaba, siete años más tarde, el título de campeón del mundo de los pesos pesados. ¡Alí, bomayé! ¡Alí bomayé! No hubo la danza que había pronosticado Alí, pero sí un dominio táctico y psicológico que pasaría a la historia. Alí recuperaba un cinturón de campeón del mundo que siempre debió ser suyo tras diez segundos apoteósicos. Un contraataque de seis picaduras de avispa que tumbaron a un oso.

George Foreman necesitaría ayuda psicológica para superar la derrota y sumaría dos años sin volver a pelear. La mañana siguiente al combate, aún sin dormir, Muhammad Alí paseaba por las calles de Kinshasa saludando a la gente y hablando de la unión entre los negros de África y de Estados Unidos. Ambos, Foreman y Alí, subirán abrazados a recoger el premio Oscar en 1996 cuando un documental sobre la pelea gane el premio de la academia hollywoodiense.

A Don King le salió bien la jugada porque el evento tuvo tanto éxito que recaudó más de 100 millones de dólares. Diez veces más de lo prometido a los dos púgiles. La televisión lo convirtió en uno de los primeros éxitos a nivel global. Así que para el año siguiente Don King decidió repetir la jugada. Para 1975 Muhammad Alí tendría que defender su corona ante Joe Frazier en Manila, bajo la atenta mirada de Ferdinand Marcos, otro sátrapa derrochador de dinero público.

El evento ’Thrilla in Manila’ (Gorila en Manila) fue otro éxito rotundo. Alí volvería a generar emoción e interés y, de paso, desgaste en su oponente (lo de gorila iba dedicado a Joe Frazier) pero no llegaría a alcanzar el clímax de ‘The Rumble in the Jungle’. En Filipinas hubo que parar el combate a falta de un asalto porque el entrenador de Frazier temía por la vida de su pupilo. Muhammad Alí retendría un título que conservaría durante un trienio, pero jamás volvería a alcanzar en ningún otro combate la mística de aquella legendaria pelea en el corazón de África. La mística de ‘The Rumble in the Jungle’. 

“Luché contra un lagarto. Peleé contra una ballena. Sólo la semana pasada asesiné a una roca, lesioné a una piedra y hospitalicé a un ladrillo. Soy tan malo que hago enfermar a los medicamentos (…) Soy tan rápido que ayer a la noche apagué la luz de la habitación de mi hotel y ya estaba en la cama antes de que el cuarto se pusiese oscuro. Hay dos cosas que son difíciles de ver; una es un fantasma y otra es Muhammad Alí”.

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The Rumble in the Jungle (1ª parte)

A inicios de 1967 Muhammad Alí era el indiscutible campeón mundial de los pesos pesados. Eran tiempos convulsos. Estados Unidos se había embarcado en la que iba a ser una larga y costosa guerra en Vietnam. Alí se negó a alistarse cuando fue llamado a filas y el Gobierno americano abrió un proceso público contra él que acabó con una multa de 100.000 dólares, su encarcelamiento y la desposesión de su título de campeón del mundo. Tenía 25 años y, de pronto, había perdido sus mejores años como boxeador.

No volvió a competir hasta finales de 1970.

Antes de eso Cassius Clay había sido un joven y lenguaraz boxeador que había ganado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma antes de dar el salto al profesionalismo. Combate a combate fue ganando respetabilidad, hasta que en 1964 tuvo la oportunidad de luchar por el título de campeón de los pesados ante Sonny Liston. Ganó. Pero lo relevante es como ganó. Clay recurrió a la provocación llamando vago, oso y feo a su oponente, un bigardo de ancha nariz y pobladas cejas. Escribió un poema en el que decía que lo tumbaría en el octavo asalto. Su conducta escapaba de todo control y fue multado por ello. Dejó también una frase que se convertiría en parte de su existencia: “Flotaré como una mariposa y picaré como una abeja”. Clay ganó y al día siguiente de su victoria decidió cambiar su nombre de esclavo y convertirse al islamismo.

Había nacido Muhammad Alí (El amado de Dios).

Alí se apodó a sí mismo como ‘The greatest’ no sólo por su genio en el cuadrilátero, sino por su ingenio al bajarse del ring. Vinculado a la cultura afroamericana, el ‘trash-talking’ es la utilización del lenguaje para minusvalorar al oponente, para destrozarlo psicológicamente, algo sensacional en una cultura ultra competitiva e individualista como la estadounidense. Alí supo usar sus declaraciones incendiarias para fundirse con la sociedad del momento. Su vida, con sus idas y venidas, explica que significa ser americano y ayuda a comprender como los desgarros sociales de los 60 llegaron a parir un presidente afroamericano en 2008.

Para el mundo eurocéntrico la audacia comunicativa de Alí tiene continuación en el baloncesto, un deporte mucho más popular. Curiosamente fue un blanco, Larry Bird, el más aplicado alumno del ‘trash-talking’ (algo así como lenguaje basura), una práctica hoy en desuso por la fiebre de lo políticamente correcto. Atenazados por el miedo a la ofensa de un chiste, una palabra o una idea, lo que antes era banal y divertido hoy será visto en el mejor de los casos como prepotente y despectivo y, en el peor, como racista o misógino.

Muhammad Alí era un genio en el uso de los adjetivos. Burlón, grosero en exceso, hiperbólico, estúpido, capaz. Arrogante, odioso y creativo, sus palabras brotaban para hacer crecer el interés de la audiencia, multiplicar el dinero, y. sobre todo, desestabilizar al oponente. Alí tenía la imperiosa necesidad de llevar a la lona al contrincante a golpe de diccionario. Era capaz de ganar un combate mediante la palabra, al tener la habilidad de introducirse en la cabeza de aquel al que tenía que sacudirle una hondonada de ostias.

Esa insolencia lo hacía igual de querido que de odiado. La indiferencia no era aplicable a Alí. Tuvo que pelear una segunda vez contra Liston para obtener el título de campeón de los pesados, porque la WBA (World Boxing Association) vio irregularidades en su pelea. La realidad era otra. Nadie quería como campeón a un seguidor de Malcolm X que escupía sapos y culebras por la boca. Dio igual. Alí noqueó a Liston en un segundo combate en apenas trece segundos. La instantánea de la victoria, es, quizás, la fotografía deportiva más conocida de todos los tiempos.

 

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K.O. en trece segundos

Alí se convirtió en un icono atemporal. Un altavoz de los rupturistas y desenfadados años 60. Era atractivo para los medios de comunicación, alzaba la voz contra el sistema, defendía la lucha por los derechos sociales de los negros y se mostraba abiertamente hostil ante la tropelía bélica de Estados Unidos durante la Guerra Fría.

Como comentaba, Muhammad Alí fue llamado a filas para combatir en Vietnam. Presentó sucesivos requerimientos para aplazar la llamada y, dado que era personaje público, si hubiese estado callado Alí hubiese pasado el servicio militar entrenando y tomando unas cervezas con algún teniente coronel. Pero el caso es que Alí alegó razones de conciencia y motivos religiosos para no incorporarse al ejército. “No tengo problemas con los vietcongs. Ellos nunca me llamaron negrata”, diría.

Alí se convirtió de facto en la persona más odiada, al menos, por la mitad del país. Le retiraron su título de campeón del mundo y le imposibilitaron volver a pelear. Jamás acudió a los requerimientos judiciales que lo citaron como Cassius Clay y dedicó su tiempo a dar charlas en universidades de todo Estados Unidos. Cuando las cosas se torcieron en Vietnam y la opinión pública se puso de espaldas ante la guerra, la figura de Alí fue reivindicada y la sanción revocada.

De pronto Muhammad Alí pasaba a ser algo más que un púgil soberbio y bocazas para convertirse en una figura capaz de enfrentarse al país más poderoso del mundo y poner frente al espejo a una sociedad profundamente racista.

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The greatest

El tiempo pasó. Era septiembre de 1970. Habían transcurrido cerca de cuatro años. Alí salió de la cárcel. Ya no era campeón del mundo, pero estaba dispuesto a recuperar lo que en verdad era suyo.

Durante esos cuarenta meses de obligada ausencia, Joe Frazier y George Foreman se disputaron el título de campeón del mundo. Ambos eran dos pegadores con una contundencia descomunal en cada golpe. Ambos eran, además, dos negros queridos por el ‘establishment’. Alí se distinguía por su agilidad, su juego de pies y un combate a distancia a la espera del momento oportuno para conectar un golpe preciso y contundente. Era un estilista. Y era un estilista con labia. Volvió con un discurso ideológico radicalizado. “Me echaron los políticos blancos”, decía. Alí pasó a ser un sujeto perturbador por lo que decía y por como lo decía. Ahora no solo los negros lo adoraban, sino multitud de blancos lo apoyaban. Pasó a ser un icono para los desfavorecidos. Pasó a ser un símbolo del pacifismo.

“Odié cada minuto de entrenamiento, pero no paraba de repetirme; no renuncies, sufre ahora y el resto de tu vida vivirás como un campeón”. Alí volvió más grande, más rápido, más borde, más prepotente y más irreverente que nunca. “Si alguna vez sueñas con vencerme, es mejor que despiertes y me pidas disculpas”, así le espetó a Joe Frazier cuando en 1971 se retaron por el título mundial. El combate fue durísimo y Frazier retuvo el título de los pesados tras los doce asaltos por decisión de los jueces. En este caso no hubo polémica alguna. Tan sólo eran dos mulas dándose estacazos. Por supuesto Alí no estaba de acuerdo con la decisión del jurado. Sacó la lengua a pacer y lo tuvo claro. El único campeón era él.

Tras el combate Alí tuvo que pasar 24 horas en observación en un hospital.

Frazier estaría más de dos semanas ingresado.

El estilista Alí y el fajador Frazier volvieron a enfrentarse a inicios de 1974. El veterano Alí se llevó la victoria tras otro terrible combate resuelto por los jueces tras los doce asaltos. Pero en este caso el premio no era la corona mundial, sino poder retar a George Foreman, por entonces dueño del cinturón de campeón del mundo. Siete años más joven, Foreman lucía un récord de 40-0, incluyendo una eléctrica victoria ante Frazier en tan sólo dos asaltos.

George Foreman era el indiscutible favorito. Muhammad Alí tendría que usar todas sus artimañas para obtener el título. El 30 de octubre de 1974 dos bestias dejarían el ring para pelearse en la selva…

“Imposible solo es una palabra que usan los hombres débiles para vivir fácilmente en el mundo que se les dio sin atreverse a explorar el poder que tienen para cambiarlo. Imposible no es un hecho, es una opinión. Imposible no es una declaración, es un reto. Imposible no es nada”. Muhammad Alí.

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