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Especial Navidad: Entrevista a Schwarzenegger

Fue campeón de culturismo, héroe de acción, gobernador de California y camino de los 80 años se ha convertido en activista contra el cambio climático. A Arnold Alois Schwarzenegger le acaban de poner un marcapasos tras someterse a tres cirugías de corazón abierto. Porque es humano. Arnold es humano. El tipo que encarnó a Conan a El último gran héroe y quien fue Depredador y Terminator es humano. No lo parece al contemplar sus 188 centímetros de altura y sus 110 kilos de músculo. Solo con estrechar su mano con la tuya convierte tu autoestima en un valor que oscila entre el cero y la nada. Pero después Arnold tira de sonrisa y te desarma con la mirada. Así nos recibe en su despacho de su mansión a las afueras de Los Ángeles.

Arnold

Mister Dato (P): ¡Felices Fiestas!

Arnold Schwarzenegger (R): ¡Igualmente para ti y todos tus lectores!

P: Me siento sobrecogido. Temo que si le hago alguna pregunta incómoda me pegue un guantazo que me obligue a pasar las fiestas con mi dentista.

Schwarzenegger (R): (Ríe). No te preocupes. De hecho, es una pregunta que me molesta, pero no pienso matarte a hostias. Puedes quedarte tranquilo.

P: ¿Por qué le molesta?

Schwarzenegger (R): Es que no soy un tipo duro. Soy un tipo fuerte. ¿Recuerdas mis películas? ¿Cuándo hago de malo?

P: En Terminator…pero luego Terminator es bueno.

Schwarzenegger (R): Exacto. Fui Hércules, Conan o Terminator. Bestias físicas de noble corazón. ¿Y Mentiras arriesgadas? Un marido abnegado. Y seguro que recuerdas cuando hacía comedias tronchantes con Danny De Vito. Soy fuerte, pero no soy malo. Hice una de Navidad en la que tenía que ir hasta el Polo Norte a buscarle un regalo a mi hijo.

P: Oído cocina. ¿Sabe qué? Es la primera persona que entrevisto en estos especiales navideños que está viva. Siempre me voy al otro mundo para buscar al entrevistado, pero con usted he hecho una excepción.

Schwarzenegger (R): ¡Poco ha faltado! He sobrevivido a tres cirugías a corazón abierto. En todo caso lo que me acabas de decir no sé si tomarlo como un honor. Te diré algo. La muerte no me intimida. Lo que apesta definitivamente es la vejez. Y creo que, tal vez, estoy sufriendo por eso más que nadie, porque me miro en el espejo y recuerdo que fui alguien que hacía flexiones de banca con 500 kilos de peso sobre mis hombros.

P: ¡Si está usted hecho un chaval! ¡Con el dedo meñique podría tumbarme a mí al suelo y me dobla en la edad!

Schwarzenegger (R): Es muy sencillo, si se sacude, es grasa. Y a ti se te sacude.

P: ¡Hombre, gracias!

Schwarzenegger (R): Es la verdad. Yo estoy viejo y tú eres joven y no estás en forma. Lo cierto es que de repente llegas a una edad en la que ves que tu cuerpo ya no tiene esa forma, aunque tal vez esté mejor que otras personas de mí misma edad. ¿Y qué? Eso me afecta aún más porque sabía lo que podía hacer antes. Todos los días entreno aferrándome a eso, pero también sé que cuando se produce menos testosterona en el cuerpo masculino se engendra menos músculo y, por lo tanto, se necesita mucho más esfuerzo y te lesionas con facilidad. Cuando envejeces, de repente, tienes pequeños problemas de salud y mi vulnerabilidad siempre ha sido el corazón. Lo tengo que vigilar con mucho cuidado. Sin embargo, me siento afortunado de estar en forma y de poder hacer ejercicio todos los días. Me encanta montar en bicicleta todas las mañanas.

P: ¿Por qué sigue machacándose en el gimnasio? Entiendo que quiera estar en forma, pero los tiempos de Míster Olympia ya pasaron. Además, su última operación de corazón ha sido hace apenas unos meses.

Schwarzenegger (R): ¿Por qué he desayunando hoy? Desayuné hoy, desayuné hace diez años, ¿por qué sigo desayunando? ¿Por qué sigo durmiendo? Dormí hace veinte años, dormí hace diez años. Todavía duermo todos los días y todas las noches. El entrenamiento es una parte muy importante de mi vida. Es así de simple. Nada cambiará hasta que muera.

P: ¿No tiene debilidades?

Schwarzenegger (R): Todos los días escucho a alguien decir que está gordo pero que no es capaz de adelgazar. Me odiaría a mí mismo si yo tuviera ese tipo de actitud, si yo fuese tan débil. Sólo se triunfa en la vida con constante esfuerzo.

P: Me han dicho que fuma un puro al día. Eso es una debilidad.

Schwarzenegger (R): No lo considero una debilidad. Será malo para mi salud, nunca para mis músculos. Me gusta el dulce, pero tampoco lo considero una debilidad. ¡Soy austríaco! Helado, strudel de manzana, galletas, chocolate negro con nueces crujientes… Si viene alguien de visita y me trae dulces, estoy en el cielo (ríe).

P: Nacido en Austria, pero asentado en Estados Unidos. No se puede ni imaginar la de veces que he tenido que rectificar al escribir su apellido.

Schwarzenegger (R): Nací en un pueblecito austriaco. Fui un niño pobre. Mi padre era policía, pero durante la guerra había servido a los nazis. Tenía problemas mentales. Supongo que una mezcla de lo que le hicieron pasar y lo que él le hizo pasar a otros. El favorito era mi hermano mayor porque además siempre hubo dudas de si yo era hijo legítimo. El caso es que tanto mi padre como mi hermano eran alcohólicos enfermizos y ambos murieron jóvenes. No teníamos nada. Recuerdo la alegría de mi madre cuando compramos nuestro primer frigorífico. Yo tuve claro mi destino desde siempre. Quería una vida diferente. Tenía ambición y no quería respirar ese ambiente nocivo el resto de mi vida. ¡Quería ser rico! Y para eso hay que ir a Estados Unidos.

P: Sin embargo, fue su exigente padre el que le convino a hacer deporte. Deseaba que siguiera sus pasos y se formase para militar o policía.

Schwarzenegger (R): Mi madre quería que estudiase, pero seguí el consejo de mi padre. El ejercicio se convirtió en una obsesión, al punto de sentir que me enfermaría si me perdía un entrenamiento. Pero no te engañes. Mi padre quería que jugara al fútbol. Cuando vio lo de las pesas frunció el ceño. Pensaba que era asunto de homosexuales.

P: ¿Iba para futbolista?

Schwarzenegger (R): Soy austriaco. A mí no me hables de fútbol americano o de béisbol. Nunca he acabado de entender cómo funciona el fútbol americano. De joven practiqué curling y fútbol. No se me daba mal, pero cuando contaba con quince años mi entrenador me dijo que tenía las condiciones idóneas para fortalecerme en el gimnasio. Fue entrar y descubrir las pesas y sentí que ese era el camino que me iba a llevar a América. Había entonces culturistas que triunfaban en Hollywood haciendo películas de romanos y de aventuras. Mi objetivo era convertirme en el hombre más fuerte del mundo y así poder llegar a ese mundo.

P: Debutó en el cine haciendo de Hércules y fue Míster Olympia siete veces seguidas en los años 70. Hizo que el fisiculturismo fuese reconocido y hoy el Arnold Classic que usted promociona es un evento planetario. ¿Cómo le explicaría a un mundano que es eso del culturismo?

Schwarzenegger (R): El culturismo es como cualquier otro deporte. Para tener éxito, debes dedicarte cien por cien al entrenamiento físico, mental y a la dieta. Las últimas tres o cuatro repeticiones son las que hacen que el músculo crezca. Esa área del dolor divide el campeón de alguien que no es un campeón. Eso es lo que la mayoría de las personas no tienen, las agallas para seguir adelante y decir que van a pasar por el dolor sin importar lo que pase.

P: Y la fortaleza mental.

Schwarzenegger (R): Claro. Tu mente es el límite. Mientras que la mente puede imaginar el hecho de que puedes hacer algo, lo puedes hacer, siempre y cuando realmente lo creas. La fuerza no viene de ganar. Cuando pasas por dificultades y decides no rendirte, eso es la fuerza. Lo peor que puedo ser es lo mismo que los demás. Lo odio.

P: Parece usted un manual de autoayuda. Aprovechando esto último que me acaba de decir me viene al pelo para hablar de su carrera política. Es usted un ferviente liberal y un luchador implacable contra el socialismo y, sin embargo, es abierto en cuestiones sociales y un activista contra el cambio climático.

Schwarzenegger (R): Fui gobernador de California y sólo el haber nacido en Austria me ha impedido ser presidente estadounidense. Antes, la gente se burlaba de mi acento y ahora es mi marca registrada; no tienen que verme para saber que soy yo quien habla. Pero recuerdo mis inicios en los que todo el mundo se burlaba de mí por ser austriaco. ¡Y fíjese ahora! Tengo una fortuna de 450 millones de dólares ¡Eso sólo se consigue en Estados Unidos! ¡Adoro este país! Me gustaría asegurarme de que un niño negro que vive en Atlanta o un latino de Baltimore pueda tener las mismas oportunidades que yo tuve cuando vine a este país. Yo disfruté de un gran sistema educativo, pude obtener un préstamo, comprar un apartamento y echar raíces.

P: No parece el discurso del líder de su partido, el señor Donald Trump.

Schwarzenegger (R): Soy un hombre hecho a mí mismo y eso es un cumplido. Pero a la vez quiero dejar claro que ser un hombre hecho a sí mismo no quiere decir que nadie me ayudase. Mis padres me ayudaron. Mis maestros me ayudaron. Mis entrenadores me ayudaron. Cuando llegué a Estados Unidos me dejaron dinero y un piso, también me ayudaron los agentes y los productores con los que me introduje en el mundo del cine y también me ayudaron los casi seis millones de votantes que me convirtieron en Gobernador de California. ¿Cómo podría decir que me hice Gobernador yo solo? Esto no es una dictadura.

P: Reitero. Parece usted demócrata y no republicano.

Schwarzenegger (R): Lo más importante del liderazgo es tener una visión muy clara de hacia dónde quieres llegar. Esto lo experimenté de primera mano en el fisiculturismo; siempre tuve una visión muy clara de la competencia, los premios y como aumentar el respeto por los culturistas. Y lo mismo se aplica en la política. La clave es dejarle claro a la gente lo que sientes y lo que te apasiona. Trump es sólo una persona. El Partido Republicano tiene un problema de liderazgo. Si yo me pudiese presentar mi liderazgo sería claro. Liberalismo económico a ultranza, respeto a las minorías y luchar contra el cambio climático.

P: Usted es aficionado al Sturm Graz, un modesto club austriaco. Rebautizaron el estadio con su nombre en 1997, pero apenas nueve años más tarde le retiraron el honor. Creo que la política tuvo algo que ver con ello.

Schwarzenegger (R): Las ideas socialistas tan comunes en Europa. Eso fue lo que pasó. El asunto es que en California tenemos pena de muerte y en 2005 tuvimos que ejecutar a un preso. Me tildaron de bárbaro en una campaña contra mi persona liderada por los comunistas. Ellos lo quisieron así. Cuanto más inteligentes nos volvemos, más tontos nos sentimos. Hay algunas personas que se quejan de la privacidad cuando se vuelven famosas, pero yo nunca me he sentido incómodo. Mucha gente se muere de ganas por tener atención. Yo estoy recibiendo toda la atención del mundo sin necesidad de ir al psiquiatra para ello.

P: Siguiendo con el tema fútbol. Me han dicho que simpatiza con el Barça, pero que su jugador favorito es Cristiano Ronaldo.

Schwarzenegger (R): Jugué a fútbol hasta los 15 años, de portero, de centrocampista y de defensa. No sé hasta dónde habría llegado, pero por muy bueno que sea un futbolista necesita apuntalar los músculos de su espalda o de sus piernas. Cristiano Ronaldo es el Terminator del fútbol. Tiene un cuerpo perfecto y una musculación que le permitiría practicar cualquier deporte. Pero sí, amo a la ciudad de Barcelona, sus playas y el Camp Nou.

P: Lo suyo no es el baloncesto, pero en Conan compartió escenas con Wilt Chamberlain, el afamado ex jugador de la NBA. Tengo entendido que nunca antes se había sentido tan pequeño.

Schwarzenegger (R): ¡Ya lo creo! Era 1984. Chamberlain medía más de 2’10. Era un hombre de gimnasio. No me podía creer que tuviera casi 50 años. Tenía tanta fuerza que jugueteaba con la espada como quien juega con un cuchillo.

P: ¿Cómo era su entrenamiento entonces? Ya sé que ahora sigue yendo al gimnasio, pero como era el día a día de Arnold Schwarzenegger cuando tenía 30 años y era el hombre más fuerte del mundo.

Schwarzenegger (R): Cinco horas de entrenamiento diario, practicar las poses y aprender sobre nutrición. Creo que la fuerza física no me viene a la mente cuando pienso en mí. Es más bien un producto secundario de haber sido levantador de pesas y fisiculturista. Pienso que todo lo que he logrado se debe al poder de mi voluntad y a mi capacidad de visualizar los objetivos con mucha claridad y luego ir tras ellos sin descanso. Ahora es distinto. No tengo que seguir una rutina inamovible. La única ventaja de envejecer es que te vuelves más amable y menos egoísta. Cuando uno es joven siempre piensa en su propio mundo y luego, de repente, empieza a pensar en los demás. Te aseguras de que otras personas también puedan mejorar sus vidas.

P: La nutrición es ahora un mantra. Cuando usted comenzó no era así.

Schwarzenegger (R): Para nada. En mi época todo consistía en comer filetes y huevos. Buscar una ingente cantidad de proteínas. Yo lo cambié todo. Quemaba miles y miles de calorías por lo que no importaba tanto si comía comida basura. Luego descubrí que era crucial. Estuve una vez en una granja de cocodrilos en Louisiana y me dijeron que les daban comida de calidad porque así los animales eran más mansos, no se peleaban entre ellos y no se rascaban la piel. Fue entonces cuando descubrí que lo que comemos tiene un impacto tremendo en nuestra vida.

P: Una última antes de despedirnos. Algo de lo que arrepentirse ahora que estamos en época de perdón y buenas voluntades.

Schwarzenegger (R): Sí. En primer lugar, serle infiel a mi mujer. En segundo haber tomado esteroides. En mi época de culturista no estaban prohibidos. Conozco a compañeros que fallecieron por culpa de ellos. Yo siempre lo hice bajo supervisión médica, pero me alegra que ahora se considere dopaje y animo a todos los que hagan deporte a que nunca usen las drogas. Es el camino fácil.

P: Sayonara, baby.

Schwarzenegger (R): Hasta la vista, baby.

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El sueño americano (by Vince Papale)

El sueño americano. ‘The American Dream’. Quizás la epopeya más grande del mundo contemporáneo. El sueño americano sirvió, y aún sirve, para unir a decenas de miles de personas de distintas procedencias en tiempos de crisis social. Estados Unidos era tierra de abundancia, de oportunidades y de destino. El sueño americano garantiza a través de la libertad la posibilidad de tener éxito y prosperidad en la escala social. El sueño americano era justicia social en una Europa de reyes y nobles.

Fue el capitalismo salvaje el que convirtió el sueño americano en una quimera. Con el tiempo el sueño pasó a ser el de conseguir infinitas riquezas y dejó a un lado la democracia social. Pero el sueño americano pervive en la conciencia de medio mundo y no parece que haya lugar mejor que Estados Unidos para que gracias al duro trabajo o a una habilidad especial obtengas la oportunidad que te permita progresar en la vida. La historia de Estados Unidos está llena de pequeñas microhistorias que de cuando en cuando nos recuerdan la existencia del sueño. La realidad es que pocos llegaran al éxito, pero el ideal americano estará mientras creamos que el sueño es alcanzable.

Vince Papale es una de esas elegidas personas que dan forma al ‘American Dream’. Su historia es fascinante, por insospechada, grandilocuente y llamativa. Como en toda buena historia la industria hollywoodiense tuvo la feliz idea de convertirla en película, y como en toda gran epopeya que vanagloria el sueño americano, fue la Disney quien se encargó de producirla. ‘Invencible’ (2006) es un largometraje mediocre, pero dio a conocer a este lado del Atlántico la historia del fichaje de Vince Papale por los Philadelphia Eagles de la NFL.

Los Philadelphia Eagles son uno de los equipos más relevantes de la liga de fútbol americano. Labraron su fama en la década de 1940 y reverdecieron laureles en 2018 al alzarse con el título de la Super Bowl, uno de los espectáculos más excesivos que el mundo ha parido. No obstante entre 1962 y 1976 los Philadelphia Eagles acumularon una única temporada con balance positivo, amontonando decenas de derrotas año tras año.

Para la temporada 1976/77 los Eagles, frustrados y exasperados, deciden dar un cambio de rumbo y contratar a Dick Vermeil como nuevo entrenador. Se trata de la primera experiencia en el banquillo profesional de un joven técnico que no cuenta con la devoción de los fanáticos. Ante el pesimismo generalizado y la moral decaída tanto de directiva como de aficionados, Vermeil decide dar un golpe de efecto que lleve a los Eagles a las portadas de los periódicos de todo el país.

En una llamativa rueda de prensa Vermeil anuncia que todos los ciudadanos de Philadelphia que lo deseen pueden presentarse en las instalaciones del club para realizar una prueba con los Eagles. En caso de que el resultado resulte satisfactorio pasaran a pertenecer a la disciplina de los Eagles de la NFL.

Era algo jamás visto en el deporte profesional. El sueño de todo deportista de sofá. Hacer una prueba con el equipo de tus amores. La riada de gente no se hizo esperar y miles de personas acudieron a la llamada de los Eagles.

Uno de esas personas que sangraba y sudaba por los Eagles era Vince Papale. Acumulaba algo más de una década como socio y jamás se perdía un partido de su equipo a pesar de los malos resultados acumulados temporada tras temporada. Tenía entonces 30 años y vivía ejerciendo de camarero entre semana y de portero de discoteca los sábados y domingos.

Papale sólo había jugado al fútbol americano de manera federada en el instituto. Obtuvo una beca deportiva en atletismo para cursar estudios universitarios y se convirtió en un especialista en salto con pértiga. No brillo en demasía, por lo que se centró en sacar su licenciatura en ADE. Sin embargo no lograba encontrar un trabajo estable y permanecía ahogado por las deudas.

Animado por sus colegas, Vince Papale acude a la llamada de los Eagles. A pesar de que se citan cientos de ex jugadores de fútbol universitarios, y aunque en un principio Vermeil se tomaba la convocatoria como una manera de aumentar la moral de la ciudad y nada más, Papale poco a poco va pasando los cortes ante la incredulidad general y finalmente consigue una plaza como jugador profesional.

Papale sigue siendo el único jugador novato de la historia de la NFL con más de 30 años, y por supuesto, el primero sin ninguna experiencia universitaria en el fútbol americano. Ahí radicaba toda la magia en torno al receptor de los Eagles. Todos los aficionados pasaron a ser Papale, uno de los suyos, la viva encarnación del sueño americano.

Aquel camarero, que sólo había jugado de manera federada al fútbol americano durante su época en el instituto, formaría parte de la plantilla de los Eagles durante tres temporadas. Nunca fue un jugador destacado (41 partidos en un trienio) y en la mayoría de los encuentros disponía de pocos minutos, pero todos sus compañeros siempre lo señalaron como el culpable de que los Eagles volviesen a los playoffs tras muchos años de ausencia y acumulasen tres campañas seguidas en la postemporada. Contaban que no había persona más implicada en los entrenamientos. Su ascendencia fue tal que lo escogieron capitán de los equipos especiales, una especie de jefe de los suplentes.

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Nº 83. Cromo codiciado

Con el tiempo Papale fue elegido dentro del equipo ideal en la historia de los Eagles. Obviamente no por sus aptitudes, pero si por su actitud. La expresión ‘American Dream’ se usa a menudo y muchas veces sin sentido. En este caso son las palabras exactas para definir una historia que ni el mejor guionista de la Disney hubiera creado.

Vince Papale es hoy una leyenda en Philadelphia a la altura de Rocky (de hecho a Papale le suelen llamar el Rocky de verdad) y lo es también para cualquier aficionado al fútbol americano que sueña con jugar alguna vez con el equipo de sus sueños. Hoy Papale trabaja como comentarista de los Eagles en una emisora de radio y es un fiero activista contra el cáncer tras superar un tumor en el colón. Se estima que el número de colonoscopias realizadas en Philadelphia aumentó cerca de un 20% tras una campaña en la que Papale abogaba por acudir con prontitud al médico.

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Nadie anima a Goliat. La historia de Wilt Chamberlain (2ª parte)

Cuando Wilt Chamberlain juega su último partido en la NBA cuenta con 36 años. Es el quinto y definitivo de la final de la NBA de 1973 que los Los Ángeles Lakers, su equipo, pierde ante los New York Knicks. Chamberlain juega los 48 minutos del choque sin descansar ni un mísero segundo al igual que había hecho en todos y cada uno de los partidos de las finales. En ese último choque anotó 23 puntos y capturó 21 rebotes. Durante la temporada apresó más de 18 rechaces por encuentro, siendo el líder estadístico de la NBA en la campaña. Era la undécima vez que lo lograba y tendrían que pasar dos décadas para que Dennis Rodman superase ese registro de 18 capturas.

Estaba claro que Wilt Chamberlain no estaba próximo a la jubilación.

Sin embargo acababa contrato con los Lakers y el club angelino no estaba por la labor de pagarle un sueldo a un hombre, que por muy superhombre que fuese, contaba con 36 años y, he ahí la cuestión, contaba con más derrotas que victorias en su palmarés. Así que el verano pasó y los Lakers no se movieron. Quienes sí lo hicieron fueron los San Diego Conquistadors de la ABA que le ofrecían a Goliat un mega contrato tres veces superior al que Chamberlain tenía (y, ojo, era de los mejores pagados en la NBA).

La ABA (American Basketball Association) se había fundado en 1967 en clara competencia hacia la NBA. En esos tiempos la población negra de Estados Unidos estaba en plena lucha por las libertades y toda institución creada y dirigida por blancos era mal vista. Y mucho más en el básquet, donde había una profunda grieta entre el baloncesto académico, encorsetado y de equipo promulgado por las elites, y el desenfadado, vibrante e individual que se practicaba en los barrios negros de las ciudades estadounidenses.

La ABA apenas sobreviviría durante una década antes de claudicar económicamente y ser absorbida por la NBA, pero en ese decenio le dio tiempo a reinventar el baloncesto. Surgieron la línea de tres puntos, los concursos de mates o el maravilloso balón tricolor. En esos años la competencia entre ambas ligas fue feroz y por ello un jugador no podía pasar de una liga a la otra sin el consentimiento y la renuncia de los derechos del equipo vendedor.

Y los Lakers no iban a permitir que Chamberlain se marchase a San Diego.

Total que Wilt se pasó el año en blanco. Retirado, aunque oficialmente no estaba retirado.

Al verano siguiente recibió una oferta de los New York Knicks, pero algo había cambiado. Durante ese año de asueto Wilt se había dedicado a la buena vida, a invertir en negocios dispares (entre ellos en la liga estadounidense de voleibol) y a relacionarse con el mundo del cine tras comprarse una lujosa mansión. No tenía intención alguna de marcharse de la soleada California rumbo al estrés invernal de la ciudad de Nueva York. Así que, entonces sí, con 37 años, Wilt Chamberlain anunciaba su retirada oficial del baloncesto.

Pero el portento más extraordinario que jamás ha pisado una cancha de baloncesto nunca podría alejarse demasiado de la rumorología del deporte de la canasta. No frecuentaba las pistas ni como espectador ni como invitado, pero sí que era un personaje con continuas apariciones públicas. Y cada vez que el periodista, impactado por una mole de 2,16 metros esculpida a base de músculos, le preguntaba si pensaba volver a la NBA, Chamberlain, entre halagado y egocéntrico, siempre contestaba con evasivas que no hacían más que alimentar el sueño.

En 1979 la rutilante estrella de la NBA era Kareem Abdul-Jabbar. Era éste un extraordinario pívot, grácil y de extraordinarios movimientos que, si bien dominaba por su físico, lo hacía más por su portentosa coordinación. En una entrevista empequeñeció a Chamberlain al considerar que él tenía que lidiar con hombres más altos y más físicos que los que había en la época de Chamberlain (algo de razón tenía). Aquello encendió a ‘Big Dipper’, que negó la mayor y declaró: “Pesó 13 kilos menos que en mi último año de profesional. No tengo duda de que si ahora volviese a jugar dominaría. Lo único que no quiero es volver a una rutina de entrenamientos”. Wilt Chamberlain tenía por entonces 43 años.

Se había abierto la veda. El primer equipo que apareció para intentar ficharlo fueron los Cleveland Cavaliers. Le ofrecieron un contrato por dos temporadas con cláusulas que le liberaban de los entrenamientos diarios y que le permitían jugar un máximo de 20 minutos por partido. Pero nuevamente Wilt no aceptó. No le entusiasmaban los inviernos de Ohio y Cleveland era un equipo perdedor.

Para la temporada 1981/1982, cuando Chamberlain ya contaba con 45 años, fueron los Philadelphia 76rs los que intentaron hacerse con Superman. La cosa era distinta. Philadelphia era uno de los candidatos a ganar la NBA. Chamberlain llegó a viajar a la ciudad de los cuáqueros mientras hacía unas declaraciones a la prensa propias de él: “Si quisiera podría volver a hacerlo. Sin ninguna duda lideraría la NBA en rebotes y tapones. Suena a ególatra, bueno, lo es”. Y sí que sonaba, pero cuando uno ve fotos de ese bicho andante parece increíble que tuviese 45 años. Pasaría por un chaval de veintitantos.

Las mejores frases de Wilt Chamberlain – El Gurú del deporte
Goliat bien entrada la cuarentena

Wilt era natural de Philadelphia y el acuerdo parecía inminente, pero había una discrepancia insalvable. A diferencia de lo que ocurría con los Cavaliers, los 76rs eran una franquicia ganadora y eso implicaba seriedad y compromiso. No habría problema en lo económico, pero si en lo referido a las ausencias de los entrenamientos. Wilt tenía que ser uno más.

Y el acuerdo se rompió.

Y mientras, Wilt seguía haciendo cosas propias de Goliat. Se inscribió en una liga nacional de atletismo para mayores de 40 años. Aunque la mayoría de los participantes eran atletas profesionales retirados, Chamberlain se llevó la victoria en lanzamiento de peso, triple salto, salto de altura y 200 metros lisos. Poco después, en 1984, a punto de cumplir las 48 primaveras, debutaba en la gran pantalla en la película ‘Conan, el bárbaro’ protagonizada por Arnold Schwarzenegger. El actor austríaco, entonces de 37 años y 7 veces campeón del mundo de culturismo, quedó alucinado con la fortaleza de Chamberlain: “No puedo creer que tenga cerca de 50 años. Tiene tanta fuerza que juguetea con una espada y amenaza con hacerte trizas”.

todoarnold+cine on Twitter: "#ConanTheDestroyer Behind the scenes. Wilt  Chamberlain, Anne Strick (unit publicist) and Arnold @Schwarzenegger.  http://t.co/yrtf7Ae9SX"
Y Schwarzenegger se convirtió en un mixiricas

Hubo que esperar a 1991 para un último intento. El más increíble de ellos. Los Ángeles Clippers hacían una nueva oferta a Chamberlain para volver a la NBA. El simple hecho de que un equipo profesional decida interesarse por un ex jugador de entonces 54 años y que llevaba 18 años retirado habla del increíble portento físico que era Chamberlain. Como en otras ocasiones, Wilt declinó la oferta aduciendo que no quería volver a una rutina de viajes y de entrenamiento, y, como de costumbre, tiraba de ego para afirmar que por físico estaría capacitado para jugar con gente que podrían ser sus hijos, y, rizando el rizo, hasta sus nietos: “A lo largo de estos años he tenido muchas más ofertas de las que se han publicado. Es fantástico para el ego que con 53 o 54 años los equipos sigan pensando que puedo jugar. Y personalmente creo que podría, pero no tengo ningún deseo”.

Menos de un año después Goliat ingresaba en un hospital de Los Ángeles debido a una presión arterial que se disparaba por momentos. Aquel corazón se rompería definitivamente el 12 de octubre de 1999 a los 63 años de edad.

El ‘shock’ fue inmenso. Wilt Chamberlain era un monumento humano, una estatua de piedra irrompible a ojos de seres humanos que veían como sus músculos se consumían con el paso del tiempo mientras los suyos permanecían inalterables. Chamberlain no era una leyenda retirada, era un monolito en camiseta de tiras y calzones cortos incapaz de envejecer. Que aquel gigante se derrumbase era una muestra de que la muerte no entiende de músculos.

Se iba el hombre que anotó más de 60 puntos en 32 ocasiones (el siguiente de la lista es Kobe Bryant con seis), el único que ha hecho un doble-triple-doble en un partido (22 puntos, 25 rebotes y 21 asistencias) y que en el total de su carrera promedió 30,1 puntos, 22,9 rebotes y 4,4 asistencias. Pero también el superhombre que tan sólo ganó 2 anillos de la NBA a pesar de su aplastante superioridad, lejos de los 3 de Bird, los 4 de Lebron y de O’Neal, los 5 de Duncan, de Kobe o de Magic, los 6 de Abdul-Jabbar o de Jordan, y, sobretodo, de los 11 de Bill Russell.

“Si pudiera cambiar algo de mi vida, me gustaría saber cómo vive alguien que mide 1,80. Todo el mundo apoya a David, nadie anima a Goliat”. Wilt Chamberlain.

https://www.youtube.com/watch?v=NRgFX3-rc2w
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Evasión o victoria (2ª parte)

La idea de hacer ‘Evasión o victoria’ fue de John Huston. Si no hubiese sido por Huston la Paramount nunca hubiese dado ni un centavo para rodar una película futbolera. John Huston era por entonces un hombre camino del ocaso, uno de los pocos directores vivos que quedaban de la primera era dorada de Hollywood. Huston era el director de ‘El tesoro de Sierra Madre’, de ‘La reina de África’ o de ‘El halcón maltés’ y antes de morir aún le daría tiempo a dirigir ‘El honor de los Prizzi’. Huston también había ejercido de documentalista en la II Guerra Mundial plasmando para la eternidad algunas de las mejores imágenes que se han tomado del conflicto bélico.

Así que la pregunta es obvia. ¿Cómo un director como Huston se iba a embarcar en semejante proyecto?

Y es que a pesar de tener ascendencia europea, a Huston no se le conocía interés alguno por el fútbol. Lo que si tenía Huston era una profunda amistad con Pelé. ‘O Rei’, tan extraordinario futbolista como empresario, había abandonado años atrás el Santos FC para firmar por el New York Cosmos. La idea era pasar una jubilación tranquila para, según sus palabras, “elevar el potencial del fútbol de Estados Unidos”. La realidad era mucho más prosaica. Lo que iba a hacer Pelé en Nueva York era elevar en muchos millones de dólares su cuenta corriente.

El fútbol en Estados Unidos funcionó como una gaseosa y, tras una rápida expansión, en menos de una década caería en la bancarrota. Mas mientras el éxito fue la tónica, Huston conoció a Pelé y advirtió el filón que el fútbol representaba. Pensó que una película futbolera protagonizada por ‘O Rei’ sería un taquillazo y así consiguió venderle el proyecto a Paramount Pictures.

A Pelé, como no podía ser de otra forma, además de darle el papel de estrella del equipo le encargaron que organizase las secuencias de fútbol. Vamos, que fuese el coreógrafo del partido. Todos se pusieron a las órdenes de Pelé, incluido el doble de Michael Caine, que debía de tener dos pies izquierdos, porque tuvo que ser doblado en las escenas llamémoslas de riesgo. Pelé se guardó para sí la icónica escena del gol de chilena, una inoportuna lesión que no le impide ser el mejor del partido y unos cuantos regates de más en el centro del campo.

Pero era ‘O Rei’. Tampoco era cuestión de discutirle nada. Y más cuando la famosa chilena, rodada con una cámara panorámica, la finiquitó en dos tomas idénticas rodadas en distintos ángulos.

Como para llevarle la contraria.

Para los futboleros lo más doloroso de la película era Stallone. Para empezar no era europeo, era estadounidense. Ya lo dice él mismo al poco de iniciarse la película, no tiene ni idea de que es el fútbol. Pero es que sin Stallone no hubiese habido película. Por entonces Sylvester Stallone era una estrella emergente del cine. Había triunfado con ‘Rocky’, no sólo como actor sino como guionista, y aún no había rodado su primer Rambo, por lo que aún no había sido encasillado como machaca ochentero. La Paramount fue clara con Huston. Puede salir Pelé y pueden salir futbolistas famosos, pero sin Stallone no hay película.

El problema para Huston es que si el personaje de Stallone (Robert Hatch) reconocía no saber lo que era un balón de fútbol, el propio Stallone se negaba a admitirlo. Al poco de iniciarse el rodaje apostó 1.000 dólares de la época a Pelé a que conseguía pararle cinco penaltis de diez intentos.

Por supuesto no paró ni uno.

Consiguió tocar el balón una vez.

Y se rompió un dedo.

Stallone exigió todas las comodidades habidas y por haber (que no eran excesivas, pues la película se rodó en la Hungría comunista) y ni siquiera se juntaba con Michael Caine o Von Sydow por considerarlos actores de segunda fila, cuando realmente eran mucho mejores que él. Aprovechaba los descansos en el rodaje para fletar un vuelo privado y viajar a Londres o París. Mientras, Michael Caine rápidamente congenió con los futbolistas, y famosos se hicieron sus anocheceres a base de whisky junto a Booby Moore o Mike Sumerbee.

Los futbolistas. Quizás antes de continuar sería bueno explicar a los menos profanos en la materia quienes eran los futbolistas. Y es que no eran poca cosa (para más detalles ver la ficha técnica del partido en la primera parte del artículo).

Había ex futbolistas. Gente que rondaba los cuarenta y que a lo sumo llevaban dos o tres años retirados. Estaba Pelé, del que considero que no hace falta añadir nada, porque en tal caso no tiene sentido que una persona se acerque a la lectura de este blog. Estaba Bobby Moore, capitán de la selección inglesa campeona del Mundial de 1966 y considerado uno de los mejores centrales de la historia. También el inglés Mike Sumerbee, un centrocampista con una sólida carrera en Inglaterra, de una notable exquisitez técnica, pero más amigo de la mala vida que del balón. Paul Van Himst fue hasta la aparición de la generación de Hazard la gran leyenda del fútbol belga, cuatro veces ganador de la Bota de Oro e insignia del Anderlecht, por entonces un grande del fútbol europeo. Por último estaba Co Prins, un delantero holandés atípico que formó parte de las primeras andanzas del Ajax de Cruyff, pero que decidió cambiar la gloria por el dinero y hacer carrera en Estados Unidos.

Entre los futbolistas en activo estaban Osvaldo Ardiles (campeón del mundo con Argentina en 1978 y estrella del Tottenham), Kazimierz Deyna (uno de los mejores centrocampistas del mundo en la década de los 70 y líder de Polonia en el Mundial de 1974), el noruego Hallvar Thoresen (máximo goleador extranjero en la historia de la liga holandesa y capitán del PSV Eindhoven) y el danés Soren Lindsted (tres veces máximo goleador de su país).

Como se puede observar, y exceptuando a Bobby Moore, hubo una querencia por los jugadores de ataque.

¿Y qué pasa con los alemanes? La escuadra nazi estuvo formada por jugadores húngaros semi profesionales, con la excepción del número 4, el defensa central Baumann, interpretado por Werner Roth. Éste había nacido en Yugoslavia, pero había emigrado de niño a Estados Unidos donde se convirtió en el futbolista más importante de su país en la década de los 70.

Ok. Tenemos a los nazis formados por chicos húngaros a los que se le añadió un futbolista estadounidense. Y tenemos a los Aliados capitaneados por Pelé. Pero si añadimos a la pléyade de estrellas del balón a Michael Caine y a Sylvester Stallone sumamos un total de 11 futbolistas. No obstante, en toda película que se precie hay que añadir una pizca de tensión y unos cuantos giros dramáticos. Y eso en el fútbol son unas lesiones, un arbitraje fraudulento y un par de cambios.

Hacían falta unos cuantos suplentes.

Así que aprovechando un viaje a Inglaterra, uno de los productores de la película se acercó al este del país para acudir a un entrenamiento del Ipswich Town, un modesto conjunto de la Premier dirigido por Bobby Robson. Tras departir con el técnico se pidió voluntarios para salir en una película de Hollywood. Contaban con el visto bueno del club, porque tan sólo tendrían que rodar unas escenas durante un par de días. Así entonces, John Wark (un mediapunta escocés con una sólida carrera en Inglaterra y que acababa de ser elegido futbolista del año en la Premier) y Russell Osman (fornido central con 11 internacionalidades con Inglaterra) se unieron al equipo de los Aliados, mientras que Robin Turner y el portero Laurie Sivell hicieron lo propio con el de los nazis.

Los Aliados estaban formados por futbolistas de distintos países, todas ellas naciones en guerra con los nazis. Tras la caballeresca disputa entre Colby (que representa a un militar que en su juventud había sido futbolista del West Ham) y Karl von Steiner (“Los países deberían resolver sus diferencias en un campo de fútbol” –llegará a decir-), da comienzo la preparación para el partido y la consabida fuga. Una vez solventado el problema de conseguir que los presos alcancen una buena condición física (“como oficial y como caballero está obligado a darme una posibilidad de ganar” –le suelta Colby a von Steiner-), el inglés debe conseguir incorporar al deslenguado Hatch al equipo y convencer a los oficiales británicos que consideran un deshonor jugar un partido frente a los nazis.

Cine en familia, Evasión o Victoria un clásico que tienes que v...
Stallone, Caine, Pelé y Huston

Hatch es igual de coñazo en la ficción como Stallone en la realidad. Se empeña en entrar en el equipo para poder fugarse a pesar de no tener ni idea de jugar. Al final descubren que tiene gran habilidad como portero, por lo que le dan un puesto como guardameta suplente. Pero Hatch no entiende de honor e intenta fugarse antes del partido. Acabará en una celda, por lo que habrá que simular la lesión del portero titular para que von Steiner acepte liberarlo y pueda jugar el partido.

Por el camino veremos sesiones de entrenamiento un tanto histriónicas y hasta un poco de pizarra, que Luis (Pelé) solventará haciendo un dibujito en el que él recibe el balón y se encarga por sí mismo de llevarlo desde el centro del campo hasta la portería rival. Pero la apoteosis se da cuando reciben las equipaciones. Preciosa camiseta blanca con una inmaculada franja vertical con los colores azul, blanco y rojo de la libertad, de la Revolución Francesa. La zamarra de ‘Evasión o victoria’ es una habitual en los listados de las camisetas más hermosas en la historia del fútbol. Pero ni siquiera los nazis le iban a la zaga, vestidos de negro y mangas blancas con medias rojas, en clara similitud al patrón en la elástica del Arsenal, uno de los mejores conjuntos del mundo antes del inicio de la II Guerra Mundial.

Camiseta de Evasión o Victoria Pelé | Retrofootball®
Oh Lá Lá!

Como en la primera parte de este artículo ya se hizo ‘spoiler’, se haya o visto no la película ya se sabe cómo termina. Tras firmar un 4-1 desalentador en el descanso, los Aliados deciden no escapar y salvar su honor como futbolistas aún a costa de sus vidas y a pesar de Hatch, al que Luis tendrá que implorar casi de rodillas que continúe jugando, que más importante que la libertad es acabar aquel partido. Al final acabaran remontando para empatar (4-4), lo cual no será ápice alguno para que consigan escapar y recobrar su libertad al más puro estilo Hollywood.

Durante la media hora de metraje de partido hay lugar para todo. Desde un Stallone preguntando donde se tiene que poner para atajar un córner, un ramillete de entradas violentas de los alemanes que cuentan con el visto bueno del árbitro, un Brady (Bobby Moore) marcando un gol de cabeza como si de un delantero centro se tratase, un estadio con 50.000 almas cantando la Marsellesa mientras los MP40 les apuntan a la cabeza, y hasta a Stallone parando un penalti en versión ‘Rocky’. Pero por supuesto lo mejor es Pelé. Desde su icónico gol de chilena, hasta sus regates con caños incluidos y con el brazo encogido, fruto de una violenta tarascada en el primer tiempo.

La película es la única que ha conseguido describir con cierta similitud las vivencias y la belleza de un partido de fútbol. Y por eso le perdonamos los fallos, las horteradas y hasta las ñoñerías. Como cuando vemos al oficial von Sydow emocionado en el palco, cuando observamos que el público de Colombes viste con vaqueros acampanados y camisas de cuello elefantino como si de ‘Fiebre del sábado noche’ se tratase o como cuando observamos esos entrenamientos, digamos de tercera o cuarta regional, al son de la fanfarria de la música de Bill Conti.

Al final no hubo ni evasión ni hubo victoria. Huston, un director al que le encantaban hacer películas llenas de perdedores, decidió que no habría nada. Tras el empate de Pelé hubo que darle la gloria final a Stallone, y ahí quedó el partido. 4-4. Ni vencedores ni vencidos. Pero era lo de menos. ‘Evasión o victoria’ emociona. Como en la paradoja del gato de Schrödinger, damos por hecho que logran escapar aunque no llegamos a verlo. Caine, Stallone, Pelé y compañía fueron capaces de hacernos vibrar a partes iguales como espectadores de cine y como aficionados al fútbol. Esa fue su gran victoria.

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Evasión o victoria (1ª parte)

Fútbol y cine son como agua y aceite. Sí, hay un buen puñado de largometrajes que tienen el deporte del balón como argumento principal. Desde ‘Quiero ser como Beckham’, ‘Goool’, ‘Kes’, ‘Once pares de botas’ o la legendaria ‘Victory’, o lo que es lo mismo ‘Evasión o victoria’. Incluso hay películas que si bien no tienen el fútbol como eje sí que se sirven de él para trazar una historia. En la oscarizada ‘Volver a empezar’ José Luis Garci, tan apasionado del cine como del fútbol, cuenta la historia de un ex jugador del Sporting de Gijón que se marcha al exilio tras la Guerra Civil y que vuelve a España cuarenta años más tarde convertido en Premio Nobel de Literatura.

Pero lo cierto es que fútbol y cine nunca han casado. El inventario puede ser amplio, pero la calidad no le acompaña. En un principio las artes escénicas siempre renegaron del fútbol. El deporte perennemente ha sido visto por la izquierda como un pasatiempo creado por las élites para tener entretenido y alienado al pueblo. Para la derecha el cine es concebido como un lugar turbulento, contestatario y contracultural. Ha tenido que pasar más de una centuria para que esas aristas se hayan moldeado –que no eliminado- y que fútbol y cultura hayan decidido dejar de mirarse de lado.

Pero hay una causa de fuerza mayor que hace dificultosa la unión de los dos grandes elementos de ocio de nuestro tiempo. Y esa no es otra que la belleza.

Jean Luc-Godard consideraba que “en la avalancha de imágenes filmadas aparece la estrella y su gloria, no el hombre y su miseria”. Quizás el cine pueda reflejar las ansias de una grada enfervorizada, la pasión de los niños frente a sus ídolos o el afán de superación de una chica que derriba muros que parecían inquebrantables. Puede que a través del fútbol se expliquen problemas sociales o políticos, hechos históricos, dramas o amores de adolescencia. Puede. Pero lo que el cine no ha podido lograr es captar la belleza y la pureza del juego.

Hay grandes películas que captan la esencia del baloncesto, el béisbol, las carreras de coches y, especialmente, el boxeo. El género pugilístico ha dado maravillas al séptimo arte. Todos estos deportes tienen la particularidad de la congelación del tiempo. Son deportes que viven del reloj. El cine puede expandir o contraer a su antojo el espacio-tiempo para dirigir el foco al momento esencial que quiere resaltar.

En las películas de fútbol hay un derrumbe general cuando el cineasta se adentra en la belleza del juego. El fútbol es un deporte corrido en el que el único orgasmo es el gol. La incertidumbre del fútbol estriba en saber si entrará o no entrará la pelota. El cine puede estirar esa secuencia hasta el infinito, pero lo que es incapaz de lograr es recrear toda la atmósfera, toda la tensión y toda la incertidumbre que se produce hasta que llega ese momento mágico. De hecho el fútbol es de los escasos deportes, sino el único, que es capaz de mantener su ser incluso si el resultado se torna en inamovible.

Quizás la dificultad estribe en que se juega con los pies, y los pies están a años luz de la cara, que es el más importante de los utensilios de trabajo de un actor. O tal vez el problema es que el fútbol es tremendamente coral y las estrellas se difuminan en la pantalla. O igual es que al ser un deporte poco agraciado en Estados Unidos nunca haya sido tomado en serio por Hollywood. Pero el caso es que fútbol y cine no consiguen filmar una verdadera obra de arte.

Si bien ninguno de estos infructuosos intentos ha logrado pasar a la posteridad con una retahíla de premios, hay una película que está grabada a fuego en las mentes de todo buen aficionado al fútbol. Y lo cierto es que en ‘Evasión o Victoria’ el juego tampoco es bello o armonioso, de hecho, abundan las escenas cómicas más propias de un juego infantil que de un partido a vida o muerte.

‘Evasión o victoria’ es una historia de presos que preparan una gran fuga, con la particularidad de que la fuga va a ser perpetrada mientras se juega un partido de fútbol. La película se asemeja en temática, escenarios y hasta en el tipo de música a ‘La gran evasión’, un drama bélico que convirtió a Steve McQueen y a su motocicleta en estrellas mundiales. Pero la particularidad de ‘Evasión o victoria’ es que se trata de una buena, una muy buena película en la que se juega al fútbol. Es una señora película. El director es John Huston (2 premios Óscar y 12 nominaciones) y los actores principales son Michael Caine (2 premios Óscar y 4 nominaciones) y Sylvester Stallone (3 nominaciones).

Pero es que además, y aquí está el intríngulis, actuaban Bobby Moore, Paul Van Himst, Osvaldo Ardiles o Kazimierz Deyna. Para los menos puestos en historia fílmica e historia futbolística es como si hoy dirigiese ‘Evasión o Victoria’ Martin Scorsese, actuasen Daniel Day-Lewis y Bradley Cooper y la película contase con los participación especial de Sergio Ramos, Kevin de Bruyne, Paul Pogba o Mohamed Salah.

Y también actuaba Pelé.

Camisetas para la historia. 'Evasión o Victoria': la mejor ...
Los Aliados

— EVASIÓN O VICTORIA —

‘Evasión o victoria’ está basada en hechos reales. En 1942 lo que hoy es Ucrania estaba ocupada por la administración nazi. Entre los miles de prisioneros se encontraban varios ex jugadores del Dinamo de Kiev, el equipo de fútbol más importante del país. Ocho de aquellos futbolistas constituyeron un club denominado FC Start al que pronto se incorporaron otros prisioneros. Empezaron a jugar encuentros contra sus carceleros cosechando victoria tras victoria. Con cada uno de esos triunfos se corría la voz entre la población ucraniana y se socavaba la autoridad alemana.

Tras siete derrotas consecutivas, los gerifaltes nazis decidieron formar un equipo con los mejores jugadores disponibles dentro de las filas del ejército. La idea era localizarlos entre la flor y la nata militar, para así poder derrotar a aquellos futbolistas de élite que ahora parecían esqueletos en movimiento. Antes de comenzar el choque, el oficial de las SS al mando advirtió a los ucranianos de que o se dejaban vencer o acabarían todos fusilados. A pesar de la terrible advertencia, los jugadores del FC Start saltaron al campo, se negaron a realizar el saludo nazi y se dispusieron a llevarse la victoria. Los ucranianos ganaron el partido por 5-3 con el beneplácito del público y la ira de las autoridades nacionalsocialistas.

Una semana más tarde la Gestapo detuvo a todos los jugadores acusándolos de ser espías soviéticos. Fueron enviados a un campo de concentración de los que únicamente tres de ellos sobrevivirían al fin de la II Guerra Mundial. Después, y aunque los propios sobrevivientes jamás se declararon comunistas, la URSS se apropió de la historia y la hizo suya como ejemplo de lucha ante el nazismo.

En ‘Evasión o Victoria’ la historia está dulcificada. Ambientada en un campo de prisioneros en el año 1943, el oficial alemán Von Steiner (Max von Sydow) decide organizar un encuentro de fútbol y rememorar los tiempos anteriores a la guerra cuando era un famoso futbolista alemán. Con ese propósito convence al inglés John Colby (Michael Caine) para que organice y entrene a un equipo entre los prisioneros. Colby acepta, pero exige que, en virtud del honor y de la justicia deportiva y para garantizar una igualdad de oportunidades, sea imprescindible aumentar las raciones de los prisioneros. Von Steiner, que encarna el estereotipo del militar de la Wehrmacht que aborrece a los nazis (el mito del nazi bueno), acepta gustoso en una muestra de decencia y caballerosidad.

Es entonces cuando los prisioneros, liderados por el estadounidense Robert Hatch (Sylvester Stallone), planifican una fuga que tendría lugar en el descanso del encuentro. El choque se iba a disputar en el parisino recinto de Colombes, por entonces un majestuoso estadio que en 1938 había albergado la final del Mundial. Para la fuga contarán con la ayuda de la resistencia francesa liderada por Reneé (Carole Laure), quien es la encargada de dirigir la excavación de un túnel de escape en los vestuarios del estadio.

Evasión o victoria (1981) - Filmaffinity
Cartel original de la película

A pesar de que en el descanso los aliados van perdiendo con claridad (4-1) y de que la fuga está preparada, los chicos se auto convencen de la victoria y consideran que, más allá de sus vidas, lo que está en juego es su honor, por lo que deciden no escapar y volver al césped para lograr la victoria. En un final hollywoodiense, la parada de un penalti de Hatch y un precioso gol de chilena de Luis (Pelé) hacen que el resultado pase de un posible 5-3 a favor de los alemanes a un grandilocuente 4-4. El público que abarrota el estadio, y que poco antes entonó la marsellesa a grito pelado con un palco lleno de oficiales nazis (clara mención a ‘Casablanca’), invade el terreno de juego y en el tumulto los futbolistas aprovechan para escapar dando por concluida la película.

‘Evasión o Victoria’ fracasó en Estados Unidos pero se convirtió de inmediato en un éxito de taquilla en Europa y buena parte de Sudamérica. Recaudó el triple de lo que había costado. Fueron cerca de dos horas de metraje de los que 30 minutos se dedicaron al partido de fútbol. Era 1981. Cada cierto tiempo la rumorología habla de una segunda parte o de un ‘remake’ con los ídolos del momento. Pero el caso es que casi cuatro décadas más tarde no se ha vuelto a hacer una película futbolera tan exitosa como ‘Evasión o victoria’.

Y eso que para llevarla a cabo hubo que superar unas cuantas vicisitudes.

Pero eso queda para la segunda parte.  

Como aperitivo, os dejo con la ficha técnica del partido.

—FICHA TÉCNICA—

Estadio de Colombes (París) 15-VIII-1943. 50.000 espectadores. Tarde soleada.

ALEMANIA 4-4 ALIADOS

Alemania

1. Schmidt (Laurie Sivell)

2. Kuntz

3. Reinhardt

4. Baumann

5. Kuntz II

6. Kuntz III

7. Becker

8. Kuntz IV

9. Bronte

10. Schmidt (Robin Turner)

11. Albrecht

Aliados

1. Robert Hutch (USA) Sylvester Stallone

2. Michael Fileu (BEL) Paul Van Himst

3. John Colby (ING) Michael Caine

4. Pieter van Beck (HOL) Co Prins

*sustituido en la segunda parte por Gunnar Nilsson (NOR) Hallvar Thoresen

5. Dough Clure (ING) Russell Osman

6. Terry Brady (ING) Bobby Moore

7. Arthur Hayes (ESC) John Wark

*sustituido en la segunda parte por Paul Wolchek (POL) Kazimierz Deyna

8. Carlos Rey (ARG) Osvaldo Ardiles

9. Sid Harmor (ING) Mike Sumerbee

10. Luis Fernández (GBR) Pelé –Aunque brasileño, en la película Pelé hace de súbdito de una de las colonias del Imperio Británico

11. Eric Borge (DIN) Soren Lindsted

Goles

1-0 (min.14) Albrecht

2-0 (min.35) Bronte

3-0 (min.31) Baumann, de penalti

4-0 (min.41) Albrecht

4-1 (min.44) Brady, tras centro de Borge

4-2 (min.52) Rey, tras driblar a medio equipo alemán

4-3 (min.76) Clure, tras rechace del portero

4-4 (min.88) Luis en una preciosa chilena

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Jim Thorpe: Un camino iluminado por un gran relámpago

Tras lograr las medallas de oro en las pruebas de decatlón y de pentatlón con unas marcas cósmicas en los Juegos Olímpicos de Estocolmo de 1912, Jim Thorpe se preparó para recibir sendas distinciones olímpicas de manos del rey Gustavo V de Suecia. El monarca, admirado por unos registros que perdurarían durante casi dos décadas, se acercó a aquel piel roja mientras le daba la presea y le espetó: “Usted, señor, es el atleta más grande del mundo”. En 1912 un rey era un rey, pero a Jim Thorpe pareció no importarle en demasía. Se encogió de hombros y contestó con un lacónico “gracias rey”. Cuando un par de semanas después un desfile de miles de personas recorra la Quinta Avenida de Nueva York y Broadway para honrarle, Jim Thorpe sólo acertará a señalar, sin darle la menor importancia al hecho; “Oí a la gente gritar mi nombre y no podía entender cómo una sola persona podía tener tantos amigos”.

Aquel hombre, a la vez tan admirado y tan sencillo, acabaría sus días en la indigencia y feneciendo en el más absoluto olvido.

Jacobus Franciscus ‘Jim’ Thorpe nació en 1888 en una reserva india del estado de Oklahoma. Su raíces serían motivo de escarnio para Donald Trump. Su padre era hijo de un irlandés y de un piel roja. Su madre era hija de un francés y de un indio potawatomi. Aunque le inculcaron la fe católica, Jim fue obligado a cursar sus estudios en la Carlisle School, un programa escolar creado por el Senado norteamericano para ‘civilizar’ a la nación india y que estuvo en funcionamiento hasta 1918. Allí el niño Thorpe era conocido como ‘Wa-tho-huk’, que podríamos traducir como ‘un camino iluminado por un gran relámpago’.

Y un relámpago es lo que era Jim Thorpe. Pasó su niñez pescando, cazando y cultivando con sus propias manos y cuando llegó a la adolescencia era un fornido chaval capaz de destacar en cualquier deporte. Huérfano de padre y madre antes de llegar a la veintena, probó con éxito en el beisbol y en el fútbol americano, hasta que se decantó por el atletismo. Así, con 24 años, adquirirá la gloria olímpica en Suecia. Y apenas unas semanas después de su fastuoso recibimiento en Nueva York se casará con Iva Millar, su amor de juventud.

Todo marchaba sobre ruedas, pero al poco de comenzar 1913 una investigación periodística descubre que Thorpe había cobrado un sueldo por jugar una liga de verano con un club de béisbol. Por entonces los atletas que acudían a los JJ.OO debían de ser amateurs, con lo que estaba penalizado el cobro de cualquier cantidad económica por hacer deporte. En la práctica la gran mayoría de atletas cobraban, ya fuese falsificando su nombre o bien aceptando un trabajo como mera formalidad con el que poder justificar los ingresos percibidos bajo cuerda. Jim Thorpe, un hombre casi analfabeto, pecó de ignorante y ni supo ni quiso defenderse de tales acusaciones. El Comité Olímpico Internacional le retiró sus medallas y la prensa estadounidense tiro de racismo para enfangar su legado.

Tocado, pero no hundido, Jim decidió dedicarse profesionalmente al fútbol americano y aparcar sus sueños olímpicos. Jugó en los New York Giants donde acumuló honores y grandes sumas de dinero que malgastó en tres matrimonios y múltiples desgracias familiares. Como hombre era un despojo, pero el reconocimiento de sus colegas de profesión permanecía intacto. Sus dos medallas de oro permanecieron recluidas en una caja fuerte en la sede central del COI de Lausana porque Ferdinand Bie y Hugo Wieslander, los segundos clasificados en Estocolmo, se negaron a aceptar aquellas preseas ante el fuerte respeto que sentían hacía Jim Thorpe.

En sus últimos años en los Giants apenas jugará víctima de sus abusos con el alcohol y cuando en 1926 se retire lo hará con una gran cantidad de deudas a sus espaldas. Sin el salvavidas del deporte la vida de Jim se hundirá por completo. Hacía años que su vida personal estaba rota. Desde que su hijo mayor falleciese al poco de nacer, Jim se había convertido en un alcohólico empedernido. Se divorcia de su primera esposa que le acusará de abandono del hogar y se casará en segundas nupcias con una mujer que le dilapidará todo su dinero.

Los pocos ahorros que le quedaban se esfumarán por culpa del crack bursátil de 1929 y a partir de ahí Jim Thorpe tendrá que malvivir para sostener a tres mujeres (reincidirá y volverá a pasar por la vicaría) y a siete hijos. Trabajó como albañil, estibador, portero de discoteca, guardia de seguridad y hasta de indio en varias películas de Hollywood. Pero es inútil. Los trabajos duran poco y el dinero se esfuma día tras día tras la barra de un bar.

Olvidado por el gran público, en 1950 salta la noticia de su hospitalización por culpa de un cáncer. Se descubre que vive con su tercera mujer en una caravana, deambulando de un lado a otro de Estados Unidos y presumiendo de ser un jefe indio. Al año siguiente Burt Lancaster protagonizará ‘Jim Thorpe. All-American’, una película que arrasará en taquilla pero por la que Jim no percibe ningún dólar. En 1931 había sido engatusado por un directivo de la Metro para que le cediera los derechos de su vida para el cine, por lo que no obtuvo beneficio alguno del éxito de la película. Cuando se corre la voz de su desgracia comienza una campaña pública para su socorro y afloran las donaciones públicas para ayudar al bueno de Jim. Recauda el dinero necesario para la operación, tiene un golpe de suerte y logra tumbar al cáncer pero el calor del público se desvanece y Thorpe retoma sus costumbres ebrias. Rodeado de sus siete hijos y de su tercera esposa instala su caravana en California donde, entre golpe y golpe de whisky, fallecerá en 1953 víctima de un ataque cardiaco.

No sería hasta 1982 cuando el COI restituya el honor de Jim Thorpe y Juan Antonio Samaranch haga entrega a sus herederos de las dos medallas de oro que le fueron birladas. Años más tarde, en 1999, serían los Estados Unidos los que devolverían el honor a Thorpe y a los piel rojas al considerarlo el tercer mejor deportista de la historia del país, tan sólo por detrás de Babe Ruth y de Michael Jordan. Pocos se acordaban entonces que ya había sido elegido el mejor deportista americano del primer cuarto de siglo y en 1950 el mejor de la primera mitad de la centuria.

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La verdadera historia de Rocky

Hace unos cuantos años un grupo de universitarios de Silicon Valley reunieron los datos de todos los combates de Mohammed Ali y de Rocky Marciano y los introdujeron en una potente base de datos. La tecnología se puso en marcha y determinó que el vencedor de un hipotético combate entre los dos mejores boxeadores de pesos pesados de todos los tiempos sería Marciano con una victoria por KO en el decimotercer asalto. Incluso se realizó un docudrama sobre una pelea ficticia que hizo la delicia de unos aficionados a un deporte que, a pesar de su actual decadencia, aún se cuentan por millones.

Antes, mucho antes, de que Sylvester Stallone filmara la película deportiva más famosa de todos los tiempos, hubo un boxeador llamado Rocky Marciano que inspiró al Balboa de la ficción. Aún hoy es el único campeón del mundo que no conoce la derrota con un balance de 49-0, logrando 43 de esas victorias por K.O.

Rocco Marchegiano nació en 1923. Era hijo de padres italianos, como tantos otros de la zona de Massachussets, uno de los primeros lugares estadounidenses adonde llegaba la marabunta emigrante europea de finales del siglo XIX. Su padre trabajaba en una fábrica de zapatos, mientras su madre hacía cabriolas en casa para poder dar de comer a sus hijos.

Cuentan que tenía escasa coordinación física cuando era pequeño. Le encantaba el béisbol, pero era incapaz de destacar con el bate. Comenzó a boxear de forma amateur en su época de militar durante la II Guerra Mundial y sorprendentemente constató que no podía ser tumbado por ningún rival. Con 1’80 de altura golpeaba con la izquierda y se defendía con la derecha, pero tenía escasa técnica. Despectivamente le llamaban `el agazapado´ porque siempre estaba a la defensiva. De hecho, en muchos de los combates acababa con la cara destrozada a pesar de conseguir la victoria. Se limitaba a encajar golpes y cuando el rival estaba agotado soltaba unos cuantos latigazos con la zurda que resonaban como un trueno en el ring y le daban la victoria….como el Rocky de la gran pantalla.

No tenía técnica ni estilo, pero si una descomunal pegada. Según todos los expertos, la mejor pegada en relación a la ecuación altura-peso. Soportaba sin estridencias los golpes del adversario. Dicen que era un luchador inquebrantable, y, al igual que su tocayo del cine, tenía una fe inalterable en la victoria y una falta de interés en conservar un rostro atractivo.

Al licenciarse en el ejército, Rocco comenzó a boxear de forma profesional. Tenía 23 años, una edad tardía para iniciarse en un deporte. Charley Goldman, un entrenador de Nueva York, comenzó a moldearlo y le puso el mote de Rocky (Roca) por su durabilidad y por la potencia de sus golpes de izquierda. Lo de Marciano era por darle un gancho comercial. Sus rivales decían que sus guantes tenían que tener algún tipo de fibra de acero escondida para que fuese capaz de golpear tan fuerte.

Consiguió vencer en sus primeros 16 combates por K.O. El siguiente paso era un duelo ante el italoamericano Roland LaStarza que sumaba 37 peleas invictas como profesional. El duelo se iba a disputar en el Madison Square Garden, la capilla Sixtina del boxeo norteamericano. Con 15.000 espectadores en las gradas, Marciano se alzó con el triunfo y pasó a estar entre la terna de candidatos a campeón de los pesos pesados.

Era 1951. Primeramente tuvo que derrotar al veterano Joe Louis tras dejarlo K.O en el noveno asalto. Para Louis fue su último combate, porque tras la paliza decidió dejar el boxeo. Al acabar el duelo, el bonachón de Marciano corrió a pedirle perdón al mito Louis, su ídolo de juventud, con unas cuantas lágrimas en el rostro. Ya había cambio generacional.

Un año después venció a Joe Walcott convirtiéndose en campeón de los pesos pesados. Después de 13 asaltos recibiendo ostias por doquier, se rehízo y golpeó a su rival en el último asalto con un derechazo. La imagen es muy parecida al combate cinematográfico entre Rocky Balboa y Apollo Creed. La foto del golpe de Marciano destrozándole la mandíbula a Walcott ha pasado a la historia como una de las imágenes más icónicas del deporte. Esa instantánea es replicada en varios planos de la película de Stallone.

Marciano defendió el título en seis ocasiones, hasta que en abril de 1956 anunció su retirada con el impoluto récord antes citado. Lo hizo aburrido ante la falta de rivales y sobretodo atendiendo a las súplicas de su mujer que le insistía una y otra vez que colgase los guantes (al igual que ocurre en la película). Montó una agencia de detectives.

El 31 de agosto de 1969, en un viaje en avioneta junto a un par de amigos, una combinación de imprudencia y mala climatología cortaba la vida de Rocky Marciano a la pronta edad de 46 años. Se iba un hombre sencillo. Un hombre humilde, un trabajador del boxeo. Sin ideales y sin patrocinios. Un deportista sin cerebro, para lo bueno y para lo malo. Bruto y adorable al mismo tiempo. Su único mérito, y su gran mérito, es que era duro como una roca y transparente como el agua. Su muerte puso fin a la era nostálgica del boxeo.

Su vida, fuera y dentro del ring, cautivo a un joven que quería hacer carrera en Hollywood. Su vida cautivó a un neoyorkino hijo de padre italiano llamado Sylvester Stallone. El resto ya es de sobra conocido. El sueño americano en plena ebullición.

“A finales de los 60 se vivía un mundo deportivo totalmente diferente. El impacto de la televisión era innegable. El boxeo ya no era el deporte predominante. Los atletas estaban más politizados, más despiertos socialmente, más sensibles racialmente, y eran más controvertidos que antes. El mundo se había vuelto más complejo (…) la muerte de Marciano era un indicativo de que el viejo orden mundial se estaba desmoronando (…) Rocky era un hombre de los 50 que no entendía el pelo largo, el amor libre, la falta de patriotismo, la falta de respeto a la autoridad y el sentido de la rebeldía.” Russell Sullivan, The Washington Post.

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Carros de fuego

Verano. Tiempo de los Campeonatos de Europa de Atletismo. Turno de deporte en la calle. Época de correr. Calzarse las zapatillas y disfrutar de jardines, ríos, valles o de la brisa del mar. Insertamos los cascos en los oídos y ponemos nuestra lista de Spotify. Alguno prefiere techno, otros rock duro y los demás chill out o instrumental. Pero entre las canciones más memorables a la hora de quemar el asfalto ninguna como los sintetizadores y los teclados de Vangelis y su ‘Chariots of Fire’.

La banda sonora de la película ‘Carros de fuego’ (1981) ha pasado al imaginario colectivo como la canción por antonomasia para una carrera o para un esfuerzo físico extraordinario. Realmente no mucha gente ha visto la película, y de los que la vieron poco más recordarán que la icónica carrera por la playa y la vanguardista melodía del compositor griego. Pero es lo de menos. Forma parte de la cultura moderna.

De hecho, el filme no es fácil de digerir. Al contrario de lo que pueda parecer por la temática a tratar, es una película lenta, incidiendo, especialmente en la primera parte, en la formación de los dos jóvenes protagonistas, sus miedos, sus vivencias y sus inquietudes personales. En la segunda parte, la trama se centra más en el aspecto deportivo, pero lo que llevó a la película a la gloria fue el uso y la combinación de la cámara superlenta con la banda sonora y una perfecta ambientación, documentación (las escenas fueron rodadas en la pista del estadio olímpico de Colombes y coinciden las calles y los dorsales de todos los atletas) y vestuario de los años 20, cuando se desarrolla la trama. ‘Carros de fuego’, a semejanza de otras películas deportivas como ‘Rocky’ o ‘Evasión o victoria’, alcanzaron la aceptación de público y crítica porque son historias humanas de superación, amistad y compromiso en las que el deporte sólo aparece como instrumento secundario para convertir en éxito el drama social.

‘Carros de fuego’ cuenta la historia de los atletas británicos Harold Abrahams y Eric Lidell y su participación en las pruebas de atletismo de los Juegos Olímpicos de Paris de 1924. Como suele ocurrir en estos casos, son dos formas antagónicas de vida que recorren caminos distintos para llegar a un mismo objetivo. También, como suele ocurrir, la película tiene varias licencias artísticas, siendo la más relevante que Lidell si sabía que la carrera de 100 metros iba a disputarse un domingo antes de partir a Paris, cuando en el filme se dice que se enteró horas antes de la celebración de la prueba. Como veremos, la religión será pieza clave para entender la renuncia de Lidell a correr en domingo. Del mismo modo, en la religión hallaremos la explicación de porqué tan singular título para una película de atletismo, y es que ‘Carros de fuego’ hace referencia a un pasaje de la Biblia que expone como el profeta Elías fue llevado al cielo en un carro de fuego tirado por una cuadriga de caballos.

—Los JJ.OO—

Harold Abrahams (1898-1978) era un inglés hijo de judíos procedentes de Lituania que se hicieron ricos con varios negocios. Abrahams recibió una educación elitista que le llevaría a estudiar Derecho en la Universidad de Oxford y pretendía dejar de correr tras los Juegos de París para abrir su propio bufete de abogados.

Eric Lidell (1902-1945) nació en China, donde vivían sus padres, unos misioneros protestantes escoceses que habían ido al país asiático en misión evangelizadora. Cuando Lidell tenía 6 años regresaron a Escocia iniciando éste una carrera estudiantil en un colegio de misioneros que le llevaría a licenciarse en Ciencias Exactas por la Universidad de Edimburgo. Al mismo tiempo comenzó una carrera deportiva que lo llevaría a disputar 2 torneos del Cinco Naciones de Rugby con la selección escocesa.

Abrahams ya había participado en los JJ.OO de 1920 pero esperaba alcanzar la gloria en 1924. Lidell abandonó el rugby y decidió prepararse en exclusiva para la cita parisina. Abrahams tuvo que dar siempre un poco más de sí ya que su condición de judío le causaba ciertas dificultades en la Inglaterra de la época. Para él, un joven de familia rica, el éxito deportivo era una forma de encajar dentro de la élite postvictoriana. Tenía dinero y un futuro brillante, pero por cuestiones de procedencia y de religión no se sentía aceptado de pleno derecho. Abrahams esperaba cambiar todo esto ganando la medalla de oro en los 200 metros, donde era el favorito, pero acabaría en un decepcionante sexto lugar.

Pero Lidell era el verdadero bicho raro de esta historia. El tiempo que no dedicaba a entrenar lo entregaba a tareas de carácter social o evangelizadoras. Lidell era un predicador protestante y cuando obtenía una victoria siempre exclamaba; “el Señor guía mis pasos”. Así, meses antes de los JJ.OO, y, al contrario de lo que cuenta la película, la organización determinó que la final de los 100 metros lisos tendría lugar el domingo 7 de julio. Lidell tenía prohibido correr un domingo, día sagrado, y renunció a su prueba fetiche ante la presión, las protestas y la incredulidad de la federación británica.

Especialmente en Escocia la decisión fue tomada con gran pena, ya que Eric Lidell era el indiscutible favorito a conseguir el oro olímpico y era un héroe nacional. Al final, Eric tomó la decisión de disputar las pruebas de 200 y 400 metros donde sus posibilidades eran mucho menores. Dedicó los dos últimos meses de preparación a cambiar sus hábitos de entrenamiento para potenciar su resistencia a coste de perder velocidad.

En Gran Bretaña la polémica estaba servida. Muchos medios de comunicación discutieron sobre la decisión de llevar a un “religioso radical” a los JJ.OO. Otros, deslegitimaron a Lidell al considerarlo un antipatriótico escocés nacido en China. La pelotera se haría gigantesca cuando el día anterior a la final de 200 metros Lidell estuvo en varias iglesias parisinas predicando. A pesar de todas las críticas, y con la opinión pública en contra, al día siguiente logró una inesperada medalla de bronce que le daba una vida extra y le descargaba de presión. Se había convertido en el aceptado mientras que Abrahams (con su sexto puesto) era la oveja negra.

A Abrahams le quedaba una bala. La final de los 100 metros lisos. Sin Lidell, el favorito era el estadounidense Charles Paddock, vigente campeón olímpico. Pero Abrahams voló y alcanzó la notoriedad que tanto perseguía logrando el oro olímpico con récord de 10’6’’. Ya iba a ser aceptado como un igual en la élite londinense.

Quedaba la final de los 400 metros.

Cuentan que antes de la final de los 400, Lidell recibió una nota anónima en su habitación que rezaba “aquel que me honra será honrado por mí”, cita del Libro de Samuel. Quien sabe que si con ayuda divina o no, pero Lidell, por la calle siete, sin referencias de sus rivales, corrió como nunca había hecho. Con un estilo poco académico, con la cabeza inclinada y la boca abierta, alcanzó la victoria logrando la medalla de oro y destrozando el récord del mundo. Se acababa de convertir en leyenda en el Reino Unido, y cuando comunicó que también renunciaba a correr el 4 x 100 al disputarse el domingo siguiente a nadie pareció importarle. Sus pecados fueron perdonados.

Después de Paris, Lidell siguió los pasos de sus padres y se marchó a China a seguir con su labor evangelizadora. De hecho, Lidell es el gran protagonista de ‘Carros de fuego’ y su vida, antes y después de los JJ.OO, no necesita de Abrahams para ser digna de elogio (Abrahams se convirtió al catolicismo y hasta su muerte siguió ligado al mundo del atletismo como escritor, comentarista y directivo). En China, Lidell combinará los ejercicios espirituales con los atléticos, ya que también ejercerá de entrenador. Se casó con una canadiense y tuvo 3 hijos, pero su vida cambió radicalmente con el estallido de la II Guerra Mundial y la ocupación de China por tropas japonesas. Su familia emigró a Canadá pero Lidell decidió quedarse por lo que fue capturado y llevado a un campo de concentración. Allí era llamado por todos ‘el tío Eric’ porque estaba siempre levantando la moral de los presos y preparando pruebas deportivas que entretuvieran a los recluidos. Tuvo ocasión de lograr la libertad tras un acuerdo de intercambio de prisioneros entre Japón y el Reino Unido, pero decidió ceder su plaza a una mujer embarazada y afrontar lo que le quedase de vida como cautivo. Allí fallecería en 1945, al parecer por culpa de un tumor cerebral, aunque su salud ya estaba quebrada a causa de las insalubres condiciones del campo.

“¡Ganemos! Pero luzcamos una corona de modestia.”

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