política

Usted no puede irse al extranjero, entienda que es Patrimonio del Estado

Antes de Mbappé existió Ronaldo. Y antes de Ronaldo existió Eusebio. Pero antes de ser Eusebio, Eusebio fue Magagaga. Magagaga era un velocista con recursos para la finta y para el regate y con una capacidad innata para golpear en seco desde cualquier parte del campo rival. Por eso Magagaga dejó Lourenço Marqués a los 18 años para probar fortuna en Lisboa. Con el paso del tiempo Lourenço Marqués pasará a ser Maputo, Mozambique un país independiente y Eusebio será considerado el mejor futbolista africano del siglo XX.

Pero Eusebio no es africano.

En Mozambique a Eusebio se le admira, pero no se le ama.

Eusebio es bandera de Portugal. Eusebio es Patrimonio del Estado.

En la década de 1960 la selección portuguesa de fútbol se hizo un hueco en el panorama internacional con un fútbol hermoso y ofensivo que tuvo su culmen al alcanzar el tercer puesto en el Mundial de Inglaterra. La base de aquel conjunto era el Benfica, bicampeón europeo y hasta tres veces subcampeón en el plazo de ocho años. En aquel conjunto destacaban varios futbolistas nacidos en las colonias portuguesas de África. Titulares eran Costa Pereira y Joaquim Santana, ambos angoleños, así como Mario Coluna y Eusebio, nacidos en Mozambique.

Todo el amor del que carece Eusebio en África es recogido con profusión por Coluna, el capitán y ancla organizativa de aquel Benfica. Una vez Mozambique declaró su independencia en 1975, Mario Coluna regresó a sus orígenes y se convirtió en el primer presidente de la federación nacional de fútbol. Después ostentaría el cargo de ministro de deportes antes de fallecer en 2014, tras cuatro décadas residiendo en Mozambique.

Eusebio estuvo veinte años sin pisar tierras africanas. Ni siquiera acudió al sepelio de su madre. Con un pánico atroz a los aviones y constantes problemas estomacales, evitó siempre que pudo el viaje hasta que se hizo inevitable. Eusebio falleció en Lisboa, apenas seis meses antes que Coluna, y el Gobierno de Portugal declaró tres días de luto oficial.

Eusebio es un icono portugués que trasciende el paso del tiempo.

Eusebio es Patrimonio Nacional.

Former Portugual captain Mario Coluna dead at 78
Coluna (i) y Eusebio (d)

En el verano de 1964 la Juventus de Turín necesitaba dar un golpe de efecto para recobrar la primacía futbolística. Los turineses seguían siendo el equipo más laureado en Italia, pero tanto el AC Milan como el Inter habían ganado la Copa de Europa. Para más escarnio ambos conjuntos contaban con las dos figuras más rutilantes del país; Gianni Rivera en el caso de los rossoneros y Sandro Mazzola en caso de los neroazurros. Hacía falta una estrella para recuperar la primacía. Con Di Stéfano a punto de retirarse y Cruyff aun imberbe, no existía figura igual en Europa que Eusebio da Silva Ferreira.

Eusebio era un torbellino que alteraba con estruendo todo lo que le rodeaba. Con 19 años había tumbado al Madrid a base de latigazos en la Copa de Europa y con 22 discutía a base de goles el trono del rey Pelé. Era el delantero del momento y del futuro porque tenía años y años de dominio por delante. El Calcio vivía su primera edad de oro y cazaba jugadores de otras ligas con la misma suficiencia con la que las vacas cazan moscas con el rabo. Años atrás el Inter había batido todas las marcas al quitarle a Luis Suárez al Barça. La Juventus tiró de chequera y ofreció al Benfica una oferta irrechazable. Lo que se le daba a Eusebio tampoco era ‘pecata minuta’. El delantero portugués cuadriplicaría su sueldo.

Todo Portugal estaba pendiente de la confirmación del acuerdo, cuando Eusebio fue invitado a comer por el primer ministro Antonio de Oliveira Salazar. La oferta era irrechazable, entre otras cosas, porque lo de primer ministro era un eufemismo, ya que Salazar llevaba ejerciendo el poder de forma autoritaria desde hacia tres décadas atrás. Salazar era la cabeza visible de un régimen dictatorial y conservador, rancio, pero no sanguinario. Se sustentaba en lo que se dio en llamar las tres efes (fado, fútbol y Fátima), aunque, curiosamente, Salazar detestaba el fado y le era indiferente el fútbol.

Pero nadie echa tres décadas en la poltrona si no es astuto e inteligente. Apenas Eusebio se había sentado a la mesa que Salazar le espeta: “Usted no puede irse al extranjero. Entienda que usted es Patrimonio del Estado”. Eusebio, joven, pero con arrestos, alza los ojos y replica: “¿Y cómo es que siendo Patrimonio del Estado tengo que pagar impuestos?” Pero Salazar es perro viejo y rechaza la réplica con un una sonrisa y un par de aspavientos y empieza a hablar con él sobre fútbol como si la discusión no tuviera más de sí. Hablaron del Benfica, del sistema de juego de la selección o del Mundial de Inglaterra que iba a celebrarse un par de años más tarde. Eusebio lo pasó de cine, consiguió pagar unos cuantos miles de escudos menos en impuestos y, una vez retirado, rememorará la charla con afecto admirado ante los conocimientos futbolísticos de Salazar.

Como es de suponer Eusebio se quedó en Portugal.

Salazar e Itália fecharam as portas - Benfica - Jornal Record
Eusebio y Salazar

Eusebio siguió jugando con los encarnados y exhibiéndose por el Viejo Continente, llegando al cénit de su carrera en 1966 cuando quedó máximo goleador del citado Mundial de Inglaterra eclipsando al mismísimo Pelé. ‘O Rei’ no dudó en considerarlo su sucesor a pesar de que apenas era año y medio menor que él.

Tuvo entonces Eusebio una nueva oportunidad. En este caso era el Internazionale milanés quien apostó por su fichaje. El conjunto dirigido por Helenio Herrera era el mejor equipo del momento, aunque carecía de un delantero de campanillas. Los méritos en aquel Mundial le abrieron las puertas y Salazar dio el visto bueno a su marcha. Eusebio firmó por el Inter, le encontraron casa, pasó reconocimiento médico…y todo se fue al carajo. En ese mismo Mundial Italia hizo el ridículo al caer en la fase de grupos ante Corea del Norte. Los mandamases italianos respondieron al fracaso cerrando la entrada a los futbolistas extranjeros durante más de una década.

Así que la ‘Pantera Negra’ se quedaría en Portugal. Y esta vez sería para siempre. Aunque hubo algún que otro rumor las únicas dos ofertas en firme que tuvo fueron las procedentes de tierras italianas. Eusebio siguió rugiendo, pero sus gritos fueron ahogados con el paso del tiempo. Con su Benfica ganaría el Balón de Oro de 1966 y la Bota de Oro en 1968 y 1973, con 43 y 40 goles respectivamente, pero la gran generación portuguesa envejeció y los recambios no estuvieron a la altura.

Cuando por fin salió de Portugal para jugar en Estados Unidos, Eusebio ya superaba los 33 años. Era 1975 y contaba con seis operaciones en la rodilla izquierda y una en la derecha. Magagaga, aquel hijo de África, es Patrimonio del Estado portugués como lo es la Universidad de Coimbra, el Monasterio de los Jerónimos, la Torre de Belem o el Castillo de Guimarães. Hoy, una estatua suya, apoyado sobre una rodilla, con un balón entre una mano y el suelo y una hoja de laurel elevada al cielo con la otra, adorna la entrada principal del estadio Da Luz de Lisboa.   

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El último partido de la República

Camiseta roja, pantalón azul oscuro y medias sombrías. Con esa indumentaria dijo adiós España al Mundial de Italia 1934 tras caer en un partido de desempate ante los anfitriones y posteriores campeones. Aquel fue uno de los dieciséis partidos que la selección española de fútbol jugó durante la II República. No era más que el sujeto político de la nación que esos futbolistas representaban. Pero España es la España republicana. También en términos futbolísticos.

Del morado en aquella España solo se le conocen los ribetes de las medias. Por lo demás el rojo era el color nacional. El escudo republicano elimina la flor de lis borbónica y la corona real con crucifijo por una muralla almenada que simboliza el poder civil. España nunca jugó de morado. Por si alguien lo pensaba. Si lo hizo en un par de partidos de blanco y en otros de azul celeste, color que se recuperó efímeramente como segunda equipación para le Eurocopa de 2012.

Y fue de azul celeste y pantalón negro como España se enfrentó a Suiza en el estadio Neufeld de Berna el 3 de mayo de 1936. Coqueto estadio de coquetos bancos de madera y que aún hoy mantiene una preciosa pista de atletismo.

Aquel sería el último partido de la selección española de fútbol en época republicana. Habrían de pasar cinco largos años hasta que España vuelva a jugar un partido de fútbol internacional. De los presentes aquella tarde en tierras helvéticas tan sólo Guillermo Gorostiza volverá a enfundarse ’La Roja’.

Aquella mañana, flanqueando las ocho calles de ceniza para atletas y rodeado de vallas publicitarias que hacían de los relojes el producto nacional suizo, la selección española de fútbol formó con Blasco; Zabalo, Aedo, Zubieta; Muguerza, Roberto Arruti; Vantolrá, Luis Regueiro, Lángara, Lecue y Gorostiza. En la segunda parte entraría Vega en lugar de Muguerza por lesión de este último. Quien no disputaría el encuentro sería Guillermo Eizaguirre, guardameta suplente. España se llevaría la victoria por 0-2, tantos anotados en la segunda parte por el fantástico Isidro Lángara y por Simón Lecue con apenas un par de minutos de diferencia.

SELECCIÓN DE ESPAÑA contra Suiza 13/05/1936
El último partido de la República

En aquel equipo no estaba Gaspar Rubio, el delantero que firmó la primera derrota inglesa fuera de las Islas allá por 1929. Tampoco formaban parte del once Jacinto Quincoces y Ciriaco Errasti, la fabulosa pareja de defensores que había deslumbrado en el Mundial de Italia pero que, ya veteranos, no habían sido convocados para este amistoso. Quincoces había formado parte del once ideal de aquel Mundial en el que también brilló Ricardo Zamora, el mejor portero de su tiempo y que apenas unas semanas más tarde iba a jugar su último partido como profesional defendiendo la portería del Real Madrid ante el FC Barcelona. Disputada en Valencia será la última Copa del Presidente de la República, para ser luego del Generalísimo y ahora de Su Majestad El Rey.

En Berna tampoco estuvieron José Samitier, el hombre que había hecho grande al Barça, o el deportivista Chacho, el único futbolista capaz de meter seis goles en un partido con la camiseta nacional. Tampoco Campanal, máximo goleador de la historia del Sevilla FC y artífice de la única Liga que posee el club andaluz. Sirva estos apuntes para calibrar la enjundia futbolística de España, que era una de las candidatas a ganar el siguiente Mundial. Junto a Italia, Austria, y a la espera de saber si los uruguayos cruzarían el Atlántico, muchos apostaban por una victoria hispana en Francia 38.

El caso es que aquel 3 de mayo de 1936 la selección de fútbol jugaría su último partido bajo el escudo republicano. Apenas dos meses más tarde amplia parte del ejército se sublevaría y daría paso a una cruenta guerra que no finalizaría hasta cerca de tres años más tarde con la victoria del autoproclamado bando nacional.

Antes, en 1937, cuando el resultado de la guerra aún era incierto, José Antonio Aguirre organizó una selección para recaudar fondos para la contienda y de paso dar a conocer la situación política de Euskadi en el resto del mundo. Aguirre era entonces Lehendakari y en su juventud había sido jugador del Athletic Club de Bilbao. Aquel equipo se estrenó en Paris y viajó por buena parte de Europa hasta integrarse en la liga mexicana en la temporada 1938-39 bajo el nombre Club Deportivo Euskadi, para luego disolverse con el fin de la Guerra Civil.

La estrella de aquel equipo era Isidro Lángara, un fastuoso goleador del que ya hablamos en artículos anteriores. Lángara es el único delantero que ha conseguido encadenar tres ‘hat-tricks’ consecutivos en la Liga y fue pichichi tanto en España como en México y en Argentina. En América se labró una fama de leyenda y es recordado con devoción. Volvió a España en su vejez, olvidado y exiliado del recuerdo ante la falta de grabaciones que atestigüen su grandeza.

Junto a Lángara otros seis jugadores de Berna formaron parte de la selección de Euskadi. Gregorio Blasco, Serafín Aedo, Ángel Zubieta, Roberto Arruti, José Muguerza y Luis Regueiro. Todos lo hicieron por supervivencia más que por compromiso político. Serafín Aedo era un aldeano que abandonó por vez primera Barakaldo para enrolarse en el Betis al que lideró desde el centro de la defensa a su único título de Liga en 1935. Había firmado una millonada con el Barça para el verano de 1936, pero su ropa y sus enseres quedaron para siempre en una pensión sevillana. Aedo echó raíces en México donde falleció a los 80 años.

Idéntico viaje hizo Gregorio Blasco, tres veces portero menos goleado de la Liga con el Athletic. Como Lángara o Aedo, Blasco triunfó en el Real Club España mexicano donde fallecería también a una larga edad. Casi calcadas se podrían considerar las biografías de José Muguerza (Athletic) o Luis Regueiro (Real Unión de Irún y Real Madrid). Todos fallecerían en la capital federal mexicana en el marco temporal de una década.

No fue esta una decisión política. Fue una decisión deportiva que tuvo consecuencias políticas. O si se prefiere fue simple y pura supervivencia. Aquellos chicos llevaban ocho meses sin jugar al fútbol y el gobierno vasco les daba la posibilidad de escapar del horror de la guerra. Cuando la guerra avance y la victoria franquista sea más que evidente, bien fuese por miedo, por honor o por convicción, la posibilidad de regresar a España se había evaporado. Todos dejaron atrás a alguien. Padres, novias, hermanos. Y todos sabiendo que no era un hasta luego, sino un irremediable adiós.

De aquellos que integraron la selección vasca tan solo Roberto Arruti decidió volver. Una vez las tropas franquistas ocupen el País Vasco se expondrá una oferta de amnistía para que todos aquellos exiliados sin delitos de sangre vuelvan a través de Irún a territorio español. Solo Arruti y Gorostiza (del que hablaremos después) decidirán regresar a España. Arruti pasará a usar entonces su otro apellido, dejará el fútbol y vivirá una vida tranquila y anónima siendo conocido como Roberto Echevarría.

Pero volvamos a México. También allí echará raíces Martín Ventolrá, un fabuloso extremo catalán de fuertes convicciones nacionalistas e izquierdistas. Ventolrá también formó parte de una gira futbolística con fines recaudatorios y propagandísticos, en este caso la que el FC Barcelona hizo por América en 1937. Decidió quedarse en México donde, aparte de hartarse a marcar goles, hizo campaña a favor de la República, a lo que ayudó su matrimonio con una sobrina del presidente mexicano Lázaro Cárdenas. Uno de los hijos de Ventolrá jugará el Mundial de 1970 defendiendo los colores mexicanos. José Ventolrá fue 30 veces internacional azteca.

En aquella última selección de España en tiempos de la II República había también un andaluz y un gallego. Guillermo Eizaguirre era un portero sevillano que llegó a ser seleccionador español en el histórico cuarto puesto del Mundial de Brasil de 1950. Para Eizaguirre el fútbol se acabó al estallar la guerra al igual que para el gallego José Vega (Real Club Celta) que también decidió colgar las botas tras los primeros tiros. También se retiró Ramón Zabalo (nacido en Inglaterra, pero catalán de adopción) aunque este primero escapó a Francia para luego aprovechar la amnistía e instalarse en Viladecans.

Otro que volvió es Ángel Zubieta, pero en el caso de este descomunal centrocampista lo hizo para luego volver a marchar. Su historia es similar a la de Lángara, extranjero en España y español en el extranjero.

Con 17 años Zubieta era el más joven de aquella selección. De hecho, solo fue dos veces internacional con España, aquel día en Suiza y apenas dos meses antes en otro amistoso contra Checoslovaquia. Su récord de precocidad se mantuvo inalterable hasta que el barcelonista Gavi lo batió en 2021. Apenas 21 partidos había jugado Zubieta con el Athletic hasta el estallido de la guerra. Acabó en Argentina y será leyenda de San Lorenzo de Almagro, donde aún hoy es el tercer jugador con más partidos disputados. Celebérrima fue se gira con ‘el ciclón’ por España en 1946 aprovechando los fastos entre Perón y Franco. La gente redescubrió a aquel chaval que era la batuta de un equipo legendario. Zubieta regresó a España con 34 años para jugar cuatro temporadas en el RC Deportivo y luego entrenar a varios equipos con escaso éxito, hasta que decidió volver a Argentina donde falleció en 1985 como icono del balón.

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Ángel Zubieta (izq)

El otro prodigio de aquella selección que contaba entre las favoritas para el Mundial 1938 era Simón Lecue, el autor del último gol en tiempos republicanos. ‘El niño de oro’ era el Iniesta de la década de los 30. Estaba llamado a liderar a la selección en el Mundial. Tras ganar la Liga con el Betis firmó por el Real Madrid donde se esperaba que llevase a los blancos a la gloria. Cuando estalla la guerra Lecue pasaba el verano en su Arrigorriaga natal. Un directivo del Madrid lo trasladó en coche a la capital tras un rocambolesco viaje vía Barcelona, donde se le ocultó como buenamente se pudo. Allí jugó varios partidos benéficos y al acabar la guerra fue sancionado por seis años por “jugar donde no debía”. La pena pronto se rebajó a seis meses y Lecue recuperó su estatus de estrella futbolística en la depauperada España de los 40 tanto en el Real Madrid como en el Valencia CF. Falleció en Madrid en 1984 con tres ligas y una copa en su palmarés.

El único de estos 13 futbolistas que se mostró abiertamente franquista fue Guillermo Gorostiza. Irónicamente apodado ‘Bala Roja’, Gorostiza fue un extremo izquierdo profundo y goleador que formó parte de una delantera histórica del Athletic que lograría ganar tres de los primeros torneos ligueros que se disputaron. Gorostiza se unirá a la selección de Euskadi en 1937 pero, al poco tiempo y sin decirle nada a sus compañeros, resuelve abandonarlos y regresar a España. Es recibido por loor de multitudes por los gerifaltes del bando franquista y Gorostiza pronto se alistará en el requeté carlista. El que había sido dos veces Pichichi de la Liga poco hará más que posar con el fusil con fines propagandísticos, pero su compromiso con el llamado bando nacional era claro.

Al acabar la Guerra Civil volvió al Athletic, pero en la temporada 1940/41 fue traspasado al Valencia CF. Formó la llamada delantera eléctrica junto a Mundo o Epi, y con el apoyo del mencionado Lecue en el centro del campo, aquel conjunto che logró dos ligas y un título copero. Se marchó de Valencia con 37 años, pero estiró su carrera hasta pasados los 40. Acostumbraba a desaparecer durante días y regresaba borracho a los entrenamientos. No supo gestionar su fama y su dinero y acabaría sus días con graves problemas de alcohol. Murió antes de los 60, solo, en una clínica bilbaína, sin el apoyo y el agradecimiento de aquellos que en 1937 lo recibieron con el brazo en alto.

Gorostiza fue el único superviviente futbolístico de aquella tarde primaveral de 1936. Cuando el 12 de enero de 1941 España juegue un amistoso en Portugal (el único país con el que era viable jugar en medio de la II Guerra Mundial) Gorostiza formará en el ala izquierda del ataque español. Lo hizo con el Águila de San Juan en el pecho, incorporada al escudo por los Reyes Católicos y recuperada por el Generalísimo Franco. Lo hizo también sustituyendo los ribetes republicanos de las medias por las rojigualdas y lo hizo con una camiseta azul oscura sobre el torso. Porque al igual que Gorostiza dejo de ser una bala roja tras la Guerra Civil, España pasaría a vestir de azul falangista hasta 1947.

Guillermo Gorostiza of Athletic de Bilbao in 1935. | Athletic, Athletic  club de bilbao, Fútbol
Gorostiza: ‘Bala roja’

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Copa Mitropa; el torneo que tuteó a una guerra

Antes, mucho antes, de la creación por parte de la UEFA de la Copa de Europa existía la Copa Mitropa. Y antes, mucho antes, de que se creara el Campeonato Europeo de la UEFA (por todos conocido como Eurocopa) ya existía la Copa Mitropa. Y, por supuesto, antes de que se creasen competiciones de dudoso interés como la Liga Europa Conferencia de la UEFA o la Liga de Naciones de la UEFA, también existía la Copa Mitropa. Y, desde luego, antes de que una pandemia obligase a aplazar partidos y torneos ya había guerras que ponían patas arriba al mundo, y por ende, al planeta fútbol.

La Copa de la Europa Central fue creada en 1927 impulsada por Hugo Meisl, afamado entrenador y arquitecto del ‘Wunderteam’ austriaco que asombraría al mundo en la década de 1930. Hasta entonces los clubes tenían que demostrar su valía internacional en encuentros amistosos. La idea de la Copa Mitropa era crear un torneo entre los mejores equipos de Europa Central. Los motivos eran dos. Por un lado, el nivel del fútbol centroeuropeo era entonces sobresaliente y ya reputadas voces consideraban que al menos igualaba al británico. Por otro parte, la excelente red de ferrocarriles de la zona y la escasa distancia entre las principales capitales centroeuropeas permitían desarrollar un campeonato de corta duración.

En las dos primeras ediciones participaron los campeones y los subcampeones de Austria, Hungría, Checoslovaquia y Yugoslavia. En 1929 los italianos reemplazaron a los yugoslavos, quienes estaban a punto de iniciar una guerra civil, y en 1934 se decidió la ampliación del torneo a cuatro escuadras por país. En 1936 entró en liza Suiza, y la última reforma data de 1937 cuando se unieron los clubes de Rumanía y se reincorporaron los de Yugoslavia. La Copa de la Europa Central pronto pasó a ser conocida como Copa Mitropa por la empresa que la patrocinaba. Mitropa era la compañía de restauración que operaba en las líneas férreas de Centroeuropa. De hecho, Mitropa no es más que el acrónimo de ‘Mittleuropa’, que es el término alemán para definir la Europa central.

Durante la década de 1930 la Copa Mitropa vio desfilar a algunos de los mejores futbolistas del momento. Ganadores en esos años fueron el Sparta de Praga de Nejedly (máximo goleador del Mundial de 1934), el Bolonia FC de Schiavo, Andreolo o Ceresoli (bicampeones en el Mundial de 1934 y 1938), el Slavia de Praga de Josef Bican (futbolista con el mayor número de goles de la historia) y, especialmente, el Austria Viena del maravilloso e icónico Matthias Sindelar. El sistema de participación era simple. Campeones ligueros como cabezas de serie y eliminatorias a ida y vuelta hasta quedar un único contendiente.

MATTHIAS SINDELAR, el futbolista que desafió a Hitler.
Sindelar; el Mozart del fútbol

Para 1939 la Copa Mitropa comenzó con una ausencia significativa. Tras el ‘Anschluss’ del año anterior, Austria pasaba a ser una provincia más del Tercer Reich alemán. Sindelar aparecería muerto en su casa por culpa de una intoxicación por monóxido de carbono. Aún hoy se discute si fue un accidente, un suicidio o el asesinato de un futbolista judío. Pero la historia de Sindelar no es la que nos ocupa hoy. El caso es que en 1939 ningún equipo austriaco pudo participar en la que fue la última Copa Mitropa antes del inicio de la guerra.

Y es que en septiembre de 1939 estallaba la II Guerra Mundial.

Con Europa en guerra lo normal es que la competición se parase.

Pero no fue así.

El torneo ocupaba dos meses en el calendario, generalmente junio y julio, a imagen de los torneos internacionales de selecciones de la actualidad. En el verano de 1940 Austria y Chequia eran provincias alemanas, Italia empezaba a lamentarse de haber retado a Gran Bretaña por la hegemonía del Mediterráneo y Suiza se dedicaba a contemporizar. La Copa Mitropa de 1940 contó con ocho equipos y, entre los participantes en esos cuartos de final, sólo había escuadras húngaras (3), yugoslavas (3) y rumanas (2).

Copa Mitropa | Wanderers
Copa Mitropa

Cuando el 17 de junio se disputan los partidos de ida de los cuartos de final, Francia estaba a punto de capitular ante el fulgurante avance de las tropas alemanas. Cinco días después Alemania controlaba un territorio que iba desde Hendaya, a orillas del Cantábrico, hasta Memel, bañado por el Mar Báltico. La intención de los alemanes para ese verano de 1940 era reorganizarse y preparar el asalto de Gran Bretaña por mar y aire.

Así, la relativa calma de Europa central permitía continuar con la Copa Mitropa aunque fuese bajo mínimos. Rumanía había sido el país más beneficiado en Europa central tras el fin de la I Guerra Mundial. Prácticamente había doblado su territorio. Favorecido además por la existencia de pozos petrolíferos, el rey Carol II firmó un acuerdo con los nazis para suministrarles crudo a cambio de su neutralidad. Sin embargo, tras el inicio de las hostilidades, la Unión Soviética, con la que Rumanía compartía frontera, exigió a los rumanos la devolución de la Besarabia, una región que había sido adquirida por Rumanía al término de la I Guerra Mundial. Todavía nazis y comunistas mantenían la paz, pero era obvio que Rumanía iba a tener que elegir bando.

En cambio, Hungría había sido la gran derrotada en la I Guerra Mundial. Lo que antes había sido un inmenso Imperio ahora era un pequeño Estado sin voz ni voto en las decisiones importantes de Europa. Hungría alcanzó la II Guerra Mundial con un régimen fascista que simpatizaba con los nazis, pero sin atreverse a aliarse con ellos. El gran escollo era Eslovaquia. Tras considerar Chequia provincia alemana, los nazis crearon Eslovaquia como un país títere bajo su control. Sin embargo, el territorio que había servido para crear Eslovaquia era reclamado por Hungría como propio. Para complicar más la situación los húngaros exigían también la devolución de parte del territorio rumano. Lo cierto es que los nazis estaban de acuerdo con los húngaros, pero no estaban dispuestos a perder el apoyo de los rumanos y, con ello, perder también el control de los pozos petrolíferos.

Yugoslavia era en 1940 un paraje de paz en medio de la tormenta. Pero era un país débil. Estaba gobernado por una regencia con apoyo militar en la que había que hacer malabares para contentar a serbios y a croatas, a anglófilos y filonazis. A medida que los designios de la guerra iban dando vencedor a los alemanes, era más que evidente que el país iba a estallar en mil pedazos.

Un ‘cacao maravillao’. Pero conviene explicar el contexto histórico para entender lo que sucedió después.

Europa ocupada por la Alemania nazi - Wikipedia, la enciclopedia libre
Europa 1941. El triunfo nazi

Cuando Rapid de Bucarest, Gradanski Zagreb (antecesor del Dinamo de Zagreb), Ferencvaros y OFK Belgrado se clasifican para semifinales, los alemanes están haciendo el Desfile de la Victoria a los pies del Arco del Triunfo parisino. Alarmados ante el éxito de los nazis y sabedores de que sus tropas están ocupadas en el oeste, la Unión Soviética decide dar un paso al frente. El 26 de junio de 1940 Stalin lanza un ultimátum a Rumanía exigiéndole la devolución de la Besarabia, a sabiendas de que Hitler no se interpondrá por ahora en su camino al necesitar la Wehrmacht un más que evidente descanso.

Rumanía pide ayuda a Alemania. Los teutones se hacen los suecos y recomiendan a los rumanos que pidan una prórroga a los soviéticos para responder al ultimátum. Mientras todo esto ocurre tienen lugar las semifinales. El Ferencvaros se clasifica derrotando por un global de 2-1 al OFK Belgrado. En el otro duelo Rapid de Bucarest y Gradanski tienen que jugar un tercer partido de desempate en la yugoslava ciudad de Subotica al acabar en empate sin goles los dos partidos.

El desempate está fechado para el 10 de julio. Pero ya entonces la Besarabia es parte de la URSS tras una rápida intervención militar. También lo son Lituania, Letonia y Estonia. Hitler tiene los ojos puestos en Gran Bretaña y deja hacer a Stalin. En el ámbito futbolístico el partido de desempate también acaba en tablas (1-1), por lo que hay que dictaminar por sorteo quien se clasifica para la final. La diosa fortuna sonríe al Rapid que se convierte en el primer equipo rumano en disputar una final de la Copa Mitropa.

La final entre Rapid de Bucarest y Ferencvaros estaba programada para el 21 y el 28 de julio de 1940. El partido de ida sería en Rumanía y el de vuelta en Hungría.

Fue entonces cuando Hungría decidió dar un paso al frente. Viendo la debilidad rumana, los húngaros contemplaron la posibilidad de hacerse con la Transilvania, el territorio que demandaban desde el fin de la I Guerra Mundial a Rumanía. Hungría consideraba que, si la URSS podía recuperar la Besarabia, ellos también podrían hacer lo propio con Transilvania.

Ocupación soviética de Besarabia y el norte de Bucovina - Wikipedia, la  enciclopedia libre
Transilvania (oeste) y Besaravia (este)

Rumanía se niega y moviliza sus tropas. Hungría hace lo mismo. En Alemania estalla la preocupación. Hitler ve como sus dos aliados, uno por su petróleo y el otro por razones étnicas e ideológicas, están a punto de estallar en guerra. Los diplomáticos van y vienen y se establece un arbitraje tras reunión a tres bandas para el 30 de agosto en Viena. Hitler manejaba con destreza la lisonja. Cuando tenía formada una opinión sobre un asunto, consultaba con aquellos que sabía que la compartían. Cuando tenía tomada una decisión en firme, la persona que había sido consultada, halagada por haber sido llamado por Hitler, se sentía doblemente agradecida al pensar que había influido en la decisión del Führer. También tenía la cualidad extraordinaria de memorizar pasajes de libros y datos estadísticos, utilizando el viejo truco de halagar a los subordinados conociendo pasajes de su vida profesional y personal.

El caso es que el partido se aplaza y se fijan como fechas alternativas el 18 y el 25 de agosto. Pero en estas el Ferencvaros se niega a jugar en Rumanía, por lo que hay que buscar una solución de compromiso. Se decide celebrar una final en campo neutral en Viena…el 30 de agosto.

Justo el 30 de agosto.

No hubo final.

A primera hora de aquel 30 de agosto se dividió en dos Transilvania. El norte pasó a pertenecer a Hungría y el sur a Rumanía. Lejos de resolver el problema lo enquistó. Más de 1.000.000 de rumanos pasaron a ser ciudadanos húngaros y medio millón de húngaros siguieron siendo rumanos. A partir de ahí Hitler actuaría con inteligencia contentando los deseos de unos y de otros. El temor de que Alemania cediese la totalidad de la Transilvania a uno de los dos bandos ayudó a que en 1941 rumanos y húngaros se conviertan en aliados activos de los nazis y participen en la invasión de la URSS.

El partido entre Ferencvaros y Rapid de Bucarest nunca llegó a disputarse. Tras el fin de la II Guerra Mundial, Transilvania volvió a ser rumana. Besarabia hubo de esperar a 1991 para lograr su independencia. La mayoría de su territorio forma hoy Moldavia, aunque otras zonas se reincorporaron a Ucrania en el norte y a Rumanía en el sur. Por su parte Rumanía tuvo que ceder territorio a Bulgaria, Hungría se quedó como estaba y Yugoslavia se volvió a unir tras fragmentarse en mil pedazos. Todo, por supuesto, bajo control de Moscú, que desde 1945 sustituyó a Berlín como centro de decisión de la zona.

La Copa Mitropa no volvería a disputarse hasta 1951, aunque a partir de entonces su interés y su nivel registraron un constante declive. En 1949 se había creado la Copa Latina que contaba con conjuntos españoles, portugueses, italianos y franceses, cuyo nivel de fútbol estaba en continua progresión y que pronto iba a dejar muy atrás al de Centroeuropa. Después, la creación de la Copa de Europa en 1955 acabaría por enterrar definitivamente a este tipo de competiciones.

La Copa Latina feneció en 1957 tras ocho ediciones, mientras que la Copa Mitropa sobrevivió hasta 1992. Lo hizo de mala manera, con equipos de segunda fila, muchos de ellos no profesionales. Acabó siendo un torneo amateur exactamente igual a aquellos que pretendía sustituir. Pero lo que nadie le podrá quitar a la Copa Mitropa es ser la competición pionera en la construcción de una cohesión europea a través del fútbol. Y, sobre todo, la Copa Mitropa seguirá siendo esa competición capaz de tutear a una guerra y estar a un único partido de vencerla.

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Vasas de Budapest. 6 títulos de Copa Mitropa

Otros torneos alterados por una guerra

¡No tinc por! (el terrorismo en el mundo del deporte)

¿Por qué Israel juega en Europa? (de como los judíos pasaron a ser de apestados a protegidos por la élite europea)

Cuando la Vuelta abandonó el País Vasco (ETA y los duros años de la Transición a golpe de pedal)

De cuando se perdonó al rugby en Irlanda (católicos y protestantes; fútbol y rugby; república y monarquía)

Obradovic y el Partizán de Fuenlabrada (de como un club de exiliados ganó una Copa de Europa de baloncesto)

Cuando el rugby convirtió a Sudáfrica en un país (Mandela y el poder del rugby para impedir una guerra civil)

Berlín 1916 (de como la I Guerra Mundial canceló los Juegos Olímpicos de 1916)

De Helsinki a Tokio (de como la II Guerra Mundial canceló los Juegos Olímpicos de 1940 y 1944)

A los 30 años de la Guerra de Yugoslavia (la perspectiva deportiva de la última guerra europea del siglo XX a través de dos artículos)

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A los 30 años de la Guerra de Yugoslavia (2ª parte)

Tras los incidentes de mayo de 1990 que dejaron cerca de un centenar de heridos en la conocida como ‘Batalla de Maksimir’ (véase primera parte), la siguiente cita de relevancia para el deporte yugoslavo era el Mundial de baloncesto de 1990. Tras ganar el Eurobasket del año anterior, el Mundial de Argentina fue un paseo militar para Yugoslavia, incluyendo una convincente victoria ante Estados Unidos que fue la causa definitoria para que los norteamericanos decidiesen reclutar a sus estrellas de la NBA a partir de entonces. Liderados por el croata Drazen Petrovic, el equipo se complementaba con los también croatas Dino Radja y Toni Kukoc, los serbios Vlade Divac y Sasha Danilovic, el esloveno Juri Zdovc y el montenegrino Zarko Paspalj.

Todas las decisiones importantes dentro y fuera del vestuario eran tomadas por Drazen Petrovic, el mejor jugador de aquella generación y, sobre todo, la personalidad más fuerte del grupo. El único que era capaz de alzar la voz y llevarle la contraria al llamado Mozart del baloncesto era el serbio Vlade Divac, un bigardo de 215 centímetros tan sobrado de talento como de malas pulgas.

Drazen Petrovic. La historia de sus 112 puntos - Respirando Basket
Petrovic

La final ante la Unión Soviética (92-75) fue tan plácida para los yugoslavos que comenzaron a celebrar la victoria antes de la conclusión del partido. Una vez finaliza y suena la bocina se produce una invasión de seguidores en el centro de la cancha. Es entonces cuando un aficionado se acerca a Petrovic para entregarle una bandera croata. Divac reacciona con rabia y le quita la tela de la mano para luego tirarla al suelo. Petrovic se gira y le grita a la cara “yo no soy yugoslavo”, a lo que Divac reacciona empujándolo y escapando de la delicada escena para buscar una bandera serbia. No la encuentra, pero sí un blasón yugoslavo. Inmediatamente se reúne con varios compañeros en el centro de la pista y celebra el título bajo el emblema yugoslavo, en una escena en la que no están ni Petrovic ni el resto de los croatas.

Serbia es Yugoslavia. Croacia no es Yugoslavia.

Los dos egos chocan y el grupo se rompe. Las amistades dejan de existir. El año 1991 fue el del derrumbe definitivo del Telón de Acero. A efectos deportivos significó la desmembración (y posterior desaparición) de dos gigantes: la Unión Soviética y Yugoslavia. Para el baloncesto es hacer tabla rasa. Un antes y un después. Entre la URSS y Yugoslavia acumulan 19 títulos de 23 posibles en los Eurobasket disputados tras la II Guerra Mundial.

Quedaba el acto final. En el verano de 1991 la selección de baloncesto de Yugoslavia iba a disputar el que sería su último Eurobasket.

Drazen Petrovic no estaría presente. Oficialmente renunció a jugar para centrarse en su carrera en la NBA. La realidad es que lanzó un órdago al seleccionador Dusan Ivkovic, quien decidió contar con Divac (compatriota y amigo) en lugar de con Petrovic. La decisión tuvo un efecto rebote. Hasta entonces Petrovic había vetado la presencia de Aleksandar Djordjevic en la selección. El talentoso base serbio había exteriorizado en más de una ocasión su desafecto hacia los croatas. Ahora tenía el sitio asegurado.

El campeonato fue otro paseo para Yugoslavia que arrolló a Italia en la final disputada en Roma el 2 de julio. Tres días antes de dicha final Eslovenia declaró su independencia de forma unilateral. El presidente esloveno, Milan Kucan, llamó a Juri Zdovc, base titular de los plavi, y le ordenó que no disputase ni la semifinal ni la final. No sólo eso, sino que le obligaron a quedarse encerrado en su habitación del hotel sin ni siquiera poder comunicarse con sus compañeros. Tanto él como su familia habían recibido amenazas de muerte por parte de los ultranacionalistas eslovenos si osaba disputar aquella final.

La ausencia de Zdovc fue muy lamentada por sus compañeros. El aplicado base esloveno era muy querido en el vestuario. A diferencia del resto de repúblicas, Eslovenia tenía una gran cohesión étnica y territorial. Los eslovenos prácticamente no sintieron los efectos de la guerra. En 1988 la selección estaba formada por siete croatas, tres serbios, un esloveno y un montenegrino. En 1991 por seis serbios, cuatro croatas, un montenegrino y un esloveno. Petrovic y los croatas habían perdido la hegemonía a favor de Divac y los serbios. Esa era la lucha. Tanto en el deporte como en la política como en el campo de batalla. Los eslovenos no hacían daño a nadie. Zdovc no hacía daño a nadie. De hecho, sus compañeros le dedicaron la victoria.

JURE ZDOVC - 101 Greats of European Basketball

No pasaron muchos días desde el fin del Eurobasket hasta el comienzo de las hostilidades entre serbios y croatas. Un periodista estadounidense acertó a entrevistar a Petrovic, el cual fue taxativo en la respuesta: “No competiré nunca más por un país que se dedica a bombardear nuestros hogares y matar a nuestros amigos y compatriotas”.

A Petrovic le resultaba terrible que le llamaran yugoslavo. En el primer partido de la temporada 1991-92 para su equipo, los New Jersey Nets, cogió un micrófono y exigió al speaker de los Nets que le llamase croata y nunca yugoslavo cuando anunciase al público el quinteto inicial. Durante esa temporada su rendimiento decrecería en algunos partidos. En cierta ocasión, tras encadenar numerosos fallos en el tiro, fue sustituido recibiendo pitos por parte del público. Sentado en el banquillo, Sam Bowie, su mejor amigo en los Nets, trató de consolarlo en ese momento difícil, a lo que Petrovic replicaría: “¿Situación difícil? Yo describiría como tal la escena en la que llamas a tu casa y tu madre te comunica que un amigo de la infancia ha muerto en la guerra”.

Mientras, en la otra punta de Estados Unidos, Vlade Divac haría campaña defendiendo los intereses serbios aprovechando el altavoz que le daba su presencia en Los Ángeles Lakers. A diferencia de Petrovic, Divac poseía una gran conversación y era capaz de sonreír bajo cualquier circunstancia. Evitó los comentarios incendiarios en los medios de comunicación y decidió, de forma inteligente, usar su imagen para conseguir fondos patrocinando numerosos actos y conferencias, ganándose ‘in saecula saeculorum’ una fama de gentleman.

Lakers Profile: Vlade Divac was more than the guy traded for Kobe - Silver  Screen and Roll
Un serbio en el equipo más famoso del planeta

De vuelta en Europa, durante esa temporada 1991-92, los equipos yugoslavos que jugaban competiciones europeas tuvieron que emigrar para disputar sus partidos como locales. Se dio la circunstancia de que los grandes transatlánticos del baloncesto yugoslavo eligieron España como su nueva casa. La Cibona de Zagreb (campeona de Europa en 1985 y 1986) escogió Puerto Real, el Partizán de Belgrado (campeón de Europa, precisamente en 1992) eligió Fuenlabrada, mientras que los ciudadanos de A Coruña tuvieron el placer de disfrutar de la Jugoplastika Split (tricampeona de Europa en 1989, 1990 y 1991).

Todo esto sucedía mientras las ligas deportivas yugoslavas dejaban de contar con representantes eslovenos y croatas para la campaña 92/93. Aquel verano de 1992 la selección yugoslava de fútbol fue excluida de la Eurocopa apenas unos días antes del inicio del torneo, exclusión que se tornó más dramática cuando se extendió a los Juegos Olímpicos de Barcelona. Para la 93/94 abandonarían la competición los macedonios y los bosnios (éstos últimos tuvieron que formar ligas bosnio-musulmanas, bosnio-croatas y bosnio-serbias durante esos trágicos años), hasta que en 2006 se produjo la última escisión al formar los montenegrinos sus propias ligas deportivas (en 2008 fue turno de Kosovo, aunque su liga no fue reconocida hasta el 2017 por la UEFA). Será entonces cuando Serbia, heredera de Yugoslavia durante los 90 e inicios del siglo XXI, pasé a ser simplemente Serbia.

Para los serbios todo aquel proceso fue un ultraje. Fueron excluidos de toda competición internacional entre los años 1992 y 1995, y no así los nuevos Estados ya reconocidos, a pesar de que la guerra aún no había terminado. Serbia siempre fue vista como agresora y Croacia y los demás países como víctimas.

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La nueva Yugoslavia

—LA PRIMERA VEZ TRAS LA GUERRA—

Serbia (y Montenegro) se enfrentó por vez primera a Croacia tras el fin de la guerra en el Eurobasket de 1997 celebrado en España. En el Palau Olímpic de Badalona un triple de Djordjevic en el último segundo dio la victoria a los serbios (64-62) en un partido en el que no hubo que lamentar incidentes gracias a unas fortísimas medidas de seguridad.

Pero el verdadero día D tuvo lugar en un partido de fútbol clasificatorio para la Eurocopa 2000 que se tenía que celebrar en Belgrado en marzo de 1999. Por entonces Yugoslavia ya se había desmembrado, pero Serbia mantenía el conflicto armado con Kosovo, una región autónoma de mayoría musulmana que no lograría su independencia de forma unilateral, aún no reconocida por diferentes países como Rusia, China o España, hasta 2008. En estas circunstancias Serbia y Croacia se iban a enfrentar en un duelo que trascendía lo deportivo.

“Este partido tiene una importancia especial y no podemos ignorarlo. Es inútil pretender que sea sólo deporte. Cada victoria de la selección croata es un triunfo de su pueblo. Si ganamos, dedicaré la victoria al pueblo croata, porque sé que estará con nosotros en cuerpo y alma”, manifestó el técnico croata Miroslav Blazevic. Éste, antiguo miembro del ejército yugoslavo, protagonizó un incidente en el Mundial de 1998 cuando en una conferencia de prensa se retiró cuando le fue asignada una intérprete serbia. Por su parte, Vujadin Boskov, seleccionador yugoslavo (serbio-montenegrino) indicó: “No quiero que esto se convierta en una cuestión política, pero las circunstancias han motivado que así sea. Se ha convertido en un asunto de orgullo nacional. Si ganamos, tendremos algo de lo que sentirnos orgullosos ante nuestro país”.                                               

El choque debió haberse disputado un 27 de marzo pero, ante la amenaza de un bombardeo de la OTAN sobre Belgrado, se decidió el aplazamiento hasta agosto. Por esas fechas, el secretario general de la Federación Yugoslava de Fútbol, Branko Bulatovic, y el ex líder de los radicales del Estrella Roja, Zeljko Raznatovic, estaban siendo buscados por la OTAN acusados de crímenes de guerra. Al final el encuentro se disputó días después, mas, a pesar de todo, el choque fue boicoteado por los ultras del Estrella Roja (el partido se disputó en el Crevna Zvezda de Belgrado) que lucieron pancartas contra los croatas y también contra el presidente serbio Slobodan Milosevic, al que culpaban de los reveses de la guerra: “Milosevic nos ha traicionado. Es un croata”, declaró un joven radical a las cámaras de televisión.

Para evitar incidentes se impidió el acceso a seguidores croatas y únicamente se pusieron a la venta la mitad de las 55.000 entradas disponibles. Jugadores como Boban (el de la célebre patada en el Maksimir), Jarni, Suker o Simic se relamían mientras escuchaban por vez primera, y de forma oficial, en Belgrado los acordes del himno croata. Enfrente tenían a Djukic, Mihajlovic, Stankovic o Stojkovic, con los que habían compartido selección apenas nueve años antes. Mas no todo era pureza étnica, como ambos bandos querían difundir. Entre los titulares del equipo croata estaba Mario Stanic y por parte de los serbios Slavo Milosevic. Ambos eran, y son, bosnios, pero declinaron jugar con Bosnia-Herzegovina, una nación minúscula en el panorama futbolístico, para tener opciones de disputar un Mundial. Stanic escogió Croacia porque es católico y Milosevic hizo lo propio con Serbia porque es ortodoxo.

https://www.youtube.com/watch?v=wUbKKxLsTjY

A pesar de la tensión no hubo que lamentar fallecidos, pero la UEFA tomó buena nota del asunto. Desde entonces cada federación puede vetar el enfrentamiento con otra federación. Es por ello que se tendrían que alinear todos los astros para ver un duelo entre Ucrania y Rusia o entre Dinamo de Kiev y CSKA Moscú, o entre Grecia y Macedonia del Norte o entre Kosovo y Serbia.

“La región de los Balcanes tiene tendencia de producir más historia de la que suele consumir” Winston Churchill, primer ministro británico (1940-1945 y 1951-1955).

“Nosotros, los ganadores de la II Guerra Mundial, creamos un país junto a los Aliados llamado Yugoslavia. Nuestros enemigos, los croatas y los musulmanes, perdieron la guerra junto a los nazis. Si países como Francia o Gran Bretaña están ahora a favor de la existencia de un Estado musulmán (Bosnia-Herzegovina y Kosovo), ¿por qué no darles la posibilidad de hacerlo en París o en Londres?”. Ratko Mladic, jefe del Estado Mayor de Serbia durante la guerra (1991-1995).

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A los 30 años de la Guerra de Yugoslavia (1ª parte)

A mediados de los 80, Yugoslavia era una potencia mundial en dos deportes; baloncesto (campeón del mundo en 1978 y bronce en los mundiales de 1982 y 1986) y balonmano (subcampeón del mundo en 1982 y campeón en 1986). Contaba también con poderosas selecciones y equipos en disciplinas como el fútbol, el voleibol y el waterpolo. Esa fortaleza estaba cimentada en pies de barro. Tras la muerte del mariscal Tito, el hombre que había liderado la lucha ante los nazis, el partido comunista implosionó y se convirtió en un nido de corrupción en el que las hienas buscaban su pedazo de podredumbre.

Yugoslavia era un país complejo. Creado en 1918 para contentar a los diversos pueblos de los Balcanes, nunca contentó a nadie. Fue la lucha contra el nazismo lo que logró cierta unión bajo el auspicio de Tito a través de complejos equilibrios identitarios. Fue Tito el que estableció que las empresas nacionales (y las selecciones deportivas) estarían repartidas con “un 40% de serbios, 20% de croatas, 20% de bosnios, 10% de eslovenos, 10% de montenegrinos y algún macedonio”. Yugoslavia era un crisol de culturas y una coctelera de ideas, pero también era el país del bloque comunista más abierto y que menos dependía de Moscú. Fue el único país del Este que no necesitó ayuda externa para derrotar a los nazis. A diferencia de Bulgaria, Polonia, la RDA o Rumania, los yugoslavos podían realizar viajes al extranjero con afán turístico y a sus deportistas se les permitía fichar por un club de la Europa Occidental a los 28 años, una edad tardía, pero muy permisiva en comparación con el resto de países miembros del Pacto de Varsovia.

La Yugoslavia de Josip Broz Tito - El Orden Mundial - EOM
Josip Broz ‘Tito’

Las rivalidades no sólo eran nacionales, también existían dentro de una misma comunidad. En Serbia, Estrella Roja de Belgrado (Crevna Zvezda) y Partizán de Belgrado (FK Partizan) encarnan valores tradicionalistas y profesan sentimiento anticroata, a pesar de que el primero fue fundado por los comunistas y el segundo simpatiza con las derechas. Los seguidores del Estrella Roja adornaban los partidos con cánticos del tipo “Estrella Roja es Serbia, nunca Yugoslavia” y silbaban y abucheaban el himno yugoslavo cada vez que se presentaba la ocasión. Para los blanquinegros del Partizán la bandera yugoslava era válida, pero solo porque, según ellos, representaba a la Gran Serbia. Las pancartas a favor de las minorías serbias de Krajina y Kosovo poblaban el estadio, así como los cánticos de “esto es Serbia, no es Yugoslavia”.   

A diferencia de lo que ocurre en Serbia, la rivalidad entre las potencias futbolísticas de Croacia no se da en una misma ciudad. En Zagreb, el equipo hegemónico por excelencia es el Dinamo, escuadra fundada por la policía comunista en 1945, tras la obligada fusión del Ha-K y el Grandanski, los dos clubes más populares hasta la fecha. Sus hinchas más radicales se autodenominan ‘Bad Blue Boys’ y se autodefinen como “defensores de Croacia”. A orillas del Adriático, en Split, se encuentra el Hajduk, el único de los grandes clubes pre-comunistas que sobrevivió a los dictámenes deportivos del nuevo régimen. Fundado en 1911 es el más apolítico de los grandes clubes y, de hecho, ni su estadio ni sus seguidores fueron foco de problemas antes del estallido de la Guerra Civil.

Una 'jaula' con dos facciones enemigas del Dinamo Zagreb - Estadio deportivo
Los croatas del BBB

Esta tensión racial, cultural e ideológica encontrará en los estadios de fútbol un lugar privilegiado para manifestarse. Durante la década de los 80 se extiende por todo el mundo el movimiento hooliganista, que años atrás había surgido en Gran Bretaña como respuesta a un cóctel perpetrado por la crisis económica, los cambios de hábitos juveniles y la continua pérdida de identidad grupal. Los distintos grupos ultras ligados a movimientos extremistas, tanto de derechas como de izquierdas, iban a tener en la desmembración de Yugoslavia un papel protagonista. 

—LA BATALLA DE MAKSIMIR—

El 6 de mayo de 1990 se efectuaron en Yugoslavia las primeras elecciones libres tras la caída del Muro de Berlín. Hubo victoria de los partidos nacionalistas en cada uno de los seis estados federados que componían el país. En Croacia venció la Unión Democrática Croata (HDZ), cuyo líder era Franjo Tudjman, el cual fomentaba abiertamente la independencia. Que Macedonia o Eslovenia votasen a favor de su independencia era irrelevante. Que Croacia lo hiciese era destrozar el ‘status quo’ existente. Eran Serbia y Croacia las dos naciones más industrializadas, con el mayor número de habitantes y además compartían frontera y reivindicaciones territoriales. Slobodan Milosevic, presidente de Serbia, encarnaba la visión de los serbios que consideraban a Yugoslavia una unión de repúblicas indisoluble bajo mando de Belgrado. Que Croacia se independizase era inconcebible para cualquier serbio.

Notorious leader Milosevic revived in the Slobodan Show - BBC News
Milosevic, primer presidente electo de Serbia

Apenas una semana después de la convocatoria electoral tendría lugar el duelo liguero entre el Dinamo de Zagreb y el Estrella Roja, con el título casi decidido para este último. Justo antes del partido, Javier Wimer, embajador de México en Yugoslavia, comentaba en el palco a sus allegados que la guerra era inevitable y que estallaría tarde o temprano. La declaración fue filtrada a la prensa de forma deliberada. Pública fue la declaración de Bora Milutinovic, afamado entrenador serbio presente en el estadio aquella tarde, que espetó en la televisión; “serbios y croatas son enemigos a muerte, pero fuera se muestran unidos porque les interesa para formar un Estado fuerte”. Para completar el cúmulo de declaraciones incendiarias, Dragan Djazic, ex jugador y en aquellos momentos director deportivo del Estrella Roja, declaraba: “Nuestra obligación no es sólo ganar, también humillar”.

No era de extrañar que el partido acabase en batalla campal. Los problemas comenzaron antes del pitido inicial cuando los jugadores del Dinamo Zagreb saltaron al campo con un chándal de cuadros blancos y rojos, los colores de la Croacia independiente. En las gradas, los 3.000 radicales del Estrella Roja lanzaban bengalas al campo y botellas de ácido a las vallas de contención para derretirlas y poder acceder al césped.

Apenas un cuarto de hora después del pitido inicial, los ‘Bad Blue Boys’ saltaron al terreno de juego con la intención de llegar al fondo contrario ocupado por los ‘Delije’. Dirigidos por Arkan Raznatovic (años después juzgado como genocida), los ultras del Estrella Roja llevaban desde el inicio del partido cantando lindezas como «Zagreb es serbia» o «Te asesinaremos, Tudjman», mientras arrancaban los asientos y las vallas publicitarias más cercanas y mostraban cuadros con la imagen de diferentes santos ortodoxos (los croatas son católicos y los serbios ortodoxos). Los ‘Bad Blue Boys’ eran mayoría, pero en medio del camino se encontraron con la policía, de amplia suma serbia, por lo que la contienda se igualó por momentos. Los gases lacrimógenos, las porras y los cañones de agua hacen frente a los cuchillos y a las bengalas en una desigual lucha entre los seguidores croatas y la policía, mientras los ‘Delije’ atacan a los aficionados que se agolpaban a su alrededor.

Tras una hora de disturbios, más de un centenar de heridos o intoxicados por gas yacen en el césped del Maksimir. Son 68 según las cifras oficiales. El partido finalmente no se llegó a jugar y el Estrella Roja ganó una liga que quedaría interrumpida antes de su jornada final.

La imagen que quedó de aquel enfrentamiento fue la de Zvonimir Boban propinando una patada a un policía que aporreaba a un ‘Bad Blue Boys’. El centrocampista croata fue sancionado con seis meses de suspensión y no pudo disputar con la selección de Yugoslavia el Mundial de Italia 1990. No pareció que le afectara en demasía: «No me importa arriesgar mi vida, mi carrera y mi fama por la causa de Croacia”. El agente que recibió su patada no era serbio, sino bosnio, y al cabo de los años le perdonaría. La llamada ‘Batalla de Maksimir’ es para los croatas el punto de inicio de la guerra. Muchos de los allí presentes volverían a coincidir con fusil en mano. Hoy, un monumento a las puertas del estadio recuerda a los aficionados del Dinamo que iniciaron la guerra de independencia en mayo de 1990. Para el Gobierno croata el 13 de mayo es el día del levantamiento popular.

Zvonimir Boban: el romántico nacionalista que con un golpe incendió los  Balcanes - LA NACION
La patada de Boban

Aún faltaba más de un año para que la guerra estallase, pero los ecos de Maksimir se mantendrían en el tiempo. El citado Raznatovic tutelaría la formación de los ‘Tigres’, batallones de paramilitares compuestos por ultras de Estrella Roja y el Partizán que cometerían atrocidades genocidas durante la contienda. Tal fue la influencia de este grupo paramilitar que el himno creado con motivo de la obtención de la Copa Intercontinental por parte del Estrella Roja en 1991 (‘Srbija do Tokija’ – Serbia hacia Tokio -) sería adoptado como canción oficiosa por los serbios antes de cada batalla.

En los festejos con motivo de la celebración del título mundial, un hito que difícilmente podrá ser igualado por ningún equipo de la ex Yugoslavia, los ‘Delije’ mostraron a los fotógrafos el letrero robado de una aldea croata cuya población había sido ocupada por los paramilitares serbios. Durante la guerra cada aldea bosnia o croata por la que pasaban los paramilitares tenía escrito en sus paredes dicho lema. Años después se ampliaría a ‘Srbija do Tokija al preko Milkovija’ (Serbia hacia Tokio pasando por Milwaukee) cuando en 1999 las fuerzas de la OTAN decidieron intervenir en Kosovo. 

Srbija do Tokija - Wikipedia
Un grito aún hoy presente

“Europa hoy es un barril de pólvora y sus líderes son como hombres fumando en un arsenal. Una simple chispa desatará una explosión que nos consumirá a todos. No puedo decirles cuándo tendrá lugar la explosión, pero sí puedo decirles dónde: alguna maldita estupidez en los Balcanes la desatará”. Otto von Bismarck, canciller de Alemania, en 1878, cuatro décadas antes de que estallara la I Guerra Mundial tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo.

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A propósito del despropósito de la vacunación

Ahora que ya nos hemos alejado en el tiempo y los árboles que no nos permitían ver el bosque han sido talados, conviene hacer una reflexión a propósito del despropósito de la vacunación de la selección española de fútbol. Una chapuza de matrícula de honor donde se han visto involucrados el Gobierno de la Nación, la Real Federación Española del Fútbol y políticos y periodistas de distinta categoría. Reveladora, por lo que a mí respecta, la actuación del gremio deportivo del cuarto poder dejando a la altura del betún a todo aquel que en algún momento ha ejercido la profesión.

Antes de que a una semana del inicio de la Eurocopa, allá por el 6 de junio, la noticia saltase con el positivo por Covid-19 de Sergio Busquets, ningún medio informativo se preocupó de tratar la posible vacunación de la selección española. Sería el mes de febrero cuando los medios se manifestaron ante dicha posibilidad como algo baladí e insustancial. Rubiales, presidente de la RFEF, declararía, cuando la tormenta estaba en su auge, que llevaba dos meses luchando para obtener el visto bueno del Gobierno, el cual negó la mayor. No es que la palabra del Gobierno vaya a misa, de hecho no suele ni pisarla, pero es más fiable que la de Rubiales teniendo en cuenta que ningún medio ni periodista se hizo eco de dichas peticiones o exigencias hasta que todo estalló.

Lo cierto es que antes de que Busquets diese positivo el mundo del periodismo deportivo estaba a otras cosas. Unos comentando que “la selección no representa a España porque no lleva a nadie del Real Madrid” o “Laporte es un francés que ni siente el himno, ni el escudo, ni la camiseta” y otros replicando que “preguntar a un jugador si se siente español es xenofobia” o argumentando que “los jugadores que mejor rinden en la selección son aquellos a los que no les importa España”.

En esto estaba la materia gris de este país cuando estalló el positivo. La noticia pilló a los jefazos de la prensa con fin de semana de asueto. Con Eurocopa y Juegos Olímpicos en el horizonte había que aprovechar entre el fin de la Liga y el inicio de la competición para coger unos días libres. Del mismo modo los futbolistas contaron con unos exiguos días de descanso antes de penetrar en la burbuja de Las Rozas. Y aquí vino el problema, ya que Sergio Busquets estuvo en contacto con un positivo y, fruto de ello, llegó el contagio.

Es probable, querido lector, que no sepa que ese fue el motivo del contagio. La noticia fue dada con sordina en ‘La Razón’ y ‘ABC’ y también en ‘La Sexta’, para luego ser replicada a lo bajini en otros medios. Pronto se tapó. No hay que estudiar Ciencias de la Información para saber porque dos periódicos de editorial conservadora con sede en Madrid son los únicos que explican los motivos del positivo del centrocampista catalán del FC Barcelona. Un poco más avispado hay que estar para saber porque ‘La Sexta’ destapa la información. Dado que los derechos televisivos de la Eurocopa los tiene Mediaset (Telecinco y Cuatro), lo que para éstos será cerrar filas contra cualquier información negativa, para Atresmedia (La Sexta y Antena 3) es una oportunidad de dañar a la competencia.

Será Mediaset quien desvele un par de días después la inmensa preocupación en el seno de la RFEF tras el positivo de Diego Llorente y el más que probable de Thiago Alcántara. Y es que el centrocampista del Liverpool FC es el compañero de habitación de Busquets. Atresmedia nos contará que el verdadero motivo de la preocupación fue la salida a cenar en un restaurante madrileño de los ya citados.

Todo esto sucedía mientras la RFEF y el mundo periodístico deportivo mostraba su indignación y su preocupación ante la falta de respuesta del Gobierno y la negligencia mostrada al no haber vacunado a la selección. El aficionado medio se enervaba con tales comentarios pero, alguno, más reflexivo, se preguntaba. ¿Cómo pudieron ir a cenar a un restaurante cualquiera si están en una burbuja?, ¿cómo se le puede dar un fin de semana libre a miembros de una burbuja?, ¿cómo hacen vida en común si nos dijeron que comen por separado y que no comparten duchas en el vestuario?

Preguntas que no obtuvieron respuesta.

Crece la polémica tras positivo por COVID para Sergio Busquets, ¿Le  pidieron cuarentena a España?
De salud bien, gracias

Una vez que Sergio Busquets fue apartado del grupo y comenzaron las rutinas de entrenamiento individuales y los protocolos PCR para el resto de la expedición, se montó la marimorena. Inmediatamente se exteriorizó la indignación de la RFEF y se inició una campaña exprés a favor de la vacunación clamando por el buen nombre de España y su prestigio internacional. Se contaron un par de gruesas mentiras que conviene examinar antes de seguir con la cronología de los hechos:

A) España es el único país que no ha vacunado a su selección: Mediaset lo soltó a las primeras de cambio y luego hubo efecto rebote y rectificaciones varias. Lo cierto es que Italia y Turquía eran las únicas dos selecciones vacunadas entre las 24 participantes al inicio del campeonato. En Alemania, Austria, Eslovaquia, Chequia o Inglaterra se descartó por completo la vacunación y en Francia, Polonia o Portugal se le dio libertad a cada jugador para que se vacunase por su cuenta y riesgo si así lo desease. Dinamarca, Finlandia o Suecia también descartaron la posibilidad y ésta última aceptó con resignación y estoicismo los casos de coronavirus. En Bélgica y en los Países Bajos se les fueron ofrecidas, pero los propios jugadores las rechazaron ante el temor de sufrir efectos secundarios en los primeros partidos. En Rusia se vacunó al cuerpo técnico y a algún miembro de la expedición por cuestión de edad, pero no así a los futbolistas.

B) Los olímpicos fueron vacunados por el Gobierno: Es una media verdad. El COI (Comité Olímpico Internacional) se puso en contacto el año pasado con los Gobiernos de todo el mundo para establecer un protocolo de vacunación con todos los deportistas olímpicos. Para ello el COI se ofreció a pagar el doble de precio del mercado por cada vacuna inyectada a un deportista. Algunos países, caso de España, donaron esa plusvalía a países subdesarrollados y asumieron ellos mismos la vacunación de los deportistas. Todos los deportistas de los más de 200 países del COI estarán vacunados en Tokio por iniciativa privada, programada hace un año y ejecutada hace un par de meses.

Fueron estos los dos ejes sobre los que pivotó un debate banal y pestoso que dio lugar a diferentes consideraciones políticas. “Se les inmuniza en función de su cuenta corriente”, dijo una ministra del Gobierno español como apóstol, apóstola u apóstole de la miseria. Como si esas 60 vacunas fuesen a destrozar el erario público o como si se las fueran a quitar a unas viejecitas del bolso. El debate no es ese. Ahí se equivoca la izquierda. Como el debate no es que haya que vacunarlos por patriotismo y porque “defienden la honra, el orgullo y la decencia de España en el extranjero”, como argumenta la derecha mal llamada patriótica con verborrea chatarrera. Alimentando las llamas de la pira separatista.

¿Se tenía que haber vacunado a la selección española de fútbol? Si se quería haber vacunado a la selección se tendría que haber hecho hace un par de meses. La RFEF insiste en que así lo solicitó en repetidas ocasiones y en las mismas su solicitud fue denegada. Sanidad dice no saber nada y al ministro de Cultura y Deportes (sí, existe) nadie le vio el pelo hasta hace unos días. El problema es que nadie sabía hace 60 días quién iba ir a la Eurocopa. Ni siquiera Luis Enrique. Que le pregunten a Robert Sánchez. La opción de haber vacunado a la selección hace dos meses era irrealizable (imagínense haber vacunado al entonces intocable Sergio Ramos o a Aymeric Laporte para que luego fuese requerido por Francia).

El COI decidió vacunar a todos los deportistas con marcas mínimas para ir a Tokio, aun sabiendo que algunos de ellos no disputarían los Juegos Olímpicos. ¿Habría que haber vacunado a todos los futbolistas seleccionables? ¿A todos los futbolistas de élite? Llevamos desde marzo de 2020 en esta situación y se han disputado campeonatos nacionales e internacionales. Año y medio de nueva normalidad en el que hemos visto situaciones absurdas e incomprensibles. Futbolistas que comparten mascarilla en el banquillo para luego echarse el aliento a la cara mientras juegan. Entrenadores que dan instrucciones con máscara y luego organizan comidas de confraternización con decenas de personas. Clubes que separan a sus jugadores en hoteles y vestuarios y luego les permiten libre albedrio la noche antes y la noche después del partido. O campos vacíos de lloros y alegrías para luego celebrar títulos en reuniones multitudinarias de futbolistas y aficionados. ¿Y ahora nos rasgamos las vestiduras por un positivo?

Los futbolistas no han hecho nada que no hayan hecho la mayoría de los mortales en estos tiempos de pandemia. Pero ya hace un par de milenios se sabía que la mujer del César no solo debe serlo, sino parecerlo. O en la versión moderna, un gran poder conlleva una gran responsabilidad. La selección española de fútbol no es un conjunto de futbolistas, sino los seleccionados para representar a España en una competición internacional. Eso implica privilegios, pero también obligaciones. Si esos futbolistas nos representan (guste o no guste), también lo hace el Rey, los miembros del Gobierno o hasta el alcalde de tu pueblo (guste o no guste). Y también Rafa Nadal. O Ferran Adriá. O Blas Cantó en Eurovisión. Y ninguno fue vacunado ‘ad hoc’.

El problema, claro está, es que la vacunación es de carácter público. Justo cuando el caso Busquets estalló la prensa anunciaba que ‘El Corte Inglés’ empezaba a vacunar a aquellos empleados que por tramo de edad aún no habían sido vacunados, como antes hicieron o harán otras empresas. La RFEF (de base pública y fondos privados) pudo haber tomado esa decisión y no lo hizo, sencillamente porque nadie pensó en la vacunación hasta el fatídico domingo 6 de junio.

También pudo haber buscado la vacunación grupal la UEFA, pero no quiso. Sus criterios tendrían pero decidieron apostar por la responsabilidad individual y flexibilizar al máximo sus normas. Permitieron modificar la convocatoria hasta el pasado sábado a las 21:00 horas, cuando ya la Eurocopa contaba con cuatro partidos en liza, algo totalmente extraordinario. Lo cierto es que aunque el medallero es por países, los Juegos Olímpicos son una competición individual donde un positivo trastoca cuatro años de trabajo. La Eurocopa es una competición de equipo en la que se establece que con la mitad de los integrantes en condiciones (13/26) se permite seguir compitiendo.

Y es que en previsión de positivos por coronavirus la UEFA permitió extender las listas a 26 futbolistas cuando lo habitual era llevar a 23 seleccionados. Del mismo modo llevan año y medio permitiendo cinco cambios en los partidos y el aplazamiento sin coste deportivo alguno en caso de un brote que afecte a más de la mitad de la plantilla. Esas son las reglas, fueron conocidas y así fueron aceptadas y permitidas. No vale ahora quejarse.

Luis Enrique perdió el mismo día que dio la lista. Y él lo sabía. Y le daba igual. Esnob con tendencia a la confrontación, quizás algo bueno saque de tanto lio como amante que es del buen fango. Pero al no llevar a 26 jugadores y ante el miedo a una réplica del terremoto Busquets, surgió el pánico. Hubo que buscar culpables e iniciar una vacunación a toda pastilla.

Explicado ya los motivos por los cuales la selección de fútbol no fue vacunada a inicios del mes de mayo, volvamos a la semana del 7 de junio y sigamos con la cronología de una esperpéntica vacunación.

Aquel lunes el ministro de Cultura y Deporte asegura que en 24 horas la selección será vacunada a lo que contestará la titular de Sanidad al día siguiente para corroborar sus palabras y, 24 horas más tarde – ya en miércoles -, asegurar que no es competencia del ministerio y que debe ser la Comisión de Salud Pública la que tiene que tomar la decisión en función de criterios clínicos. Ese día la selección sub-21 de fútbol sustituye a la absoluta en un amistoso ante Lituania que RTVE decide emitir por ‘Teledeporte’ en vez de por ‘La 1’ ante la indignación de la RFEF. Rubiales manifestará pena por lo que él considera “falta de apoyo a la selección”. Mientras, los que debieron ser en principio 26 y se quedaron en 24 son ahora 24-2+4+1+1+11=39, en tres burbujas paralelas. Y Luis Enrique, siempre por encima del bien y del mal, manifestando que volvería a convocar a 24 en vez de a 26.

Y a todo esto, ¿qué hacía el mundo del periodismo deportivo? Pues poca cosa. Porque mientras la parodia nacional aumentaba la RFEF sacaba un comunicado que rezaba lo siguiente: “Se ha reforzado la burbuja y se mantienen las distancias”. ¿Cómo que se ha reforzado la burbuja? ¿Es que se puede reforzar una burbuja?

Es que no ha habido burbuja. Ni en Las Rozas, ni en la Liga, ni en la Copa de Europa ni tampoco la habrá en la Eurocopa. ¿Burbuja en la Eurocopa? Ni la competición se disputa en una única sede, ni todos los futbolistas están recluidos en un mismo complejo hotelero. Ni siquiera en la misma ciudad. Ni siquiera se prohíben los días libres en el exterior. La UEFA establece un protocolo que cada selección cumple o no cumple, porque la culpa es poca y el control es mínimo.

Ese control podría venir del periodismo. Es exasperante y frustrante para la profesión ver como la beligerancia es ausente cuando el fútbol hace su aparición. Los periodistas deportivos ejercen de palmeros incapaces de criticar todo aquello que rodea al juego. Corrupción, apuestas, exigencias contractuales, discusiones o ausencias a los entrenamientos o hasta denuncias sexuales nunca son motivo de investigación. El periodista vive del ego, de la oportunidad de la exclusiva, de la amistad con tal y con cual. Y meterse con uno o con otro resta poder de decisión.

La política se acerca al periodismo por interés. Necesita de los medios para exponer su argumentario y su apoyo mediático para derribar al rival. Desde el más humilde hasta el más poderoso. Los deportes minoritarios también se afanan por buscar al periodista, pero no ocurre así con el fútbol de élite, donde el contacto es a la inversa. El medio y el periodista tratan al futbolista como ídolo intocable besando el suelo que pisa. La crítica sólo se produce en la derrota, y el chivo expiatorio nunca es el sistema, siempre un particular, generalmente un extranjero fácilmente criticable por no ser objeto de entrevista.

Cada presidente, cada club o cada futbolista de élite cuentan con su grupo de palmeros. También los directivos o incluso el estamento arbitral. Pero nadie osa arremeter contra los dejes y los fallos del sistema. Contra el fútbol como un todo. Contrasta esto con la facilidad con la que se suelta el látigo en la política, donde cada error es pagado con suma beligerancia. A pesar de su abuso de poder, su lengua viperina y su ego desmedido, de vez en cuando se echa de menos al rey de la noche. Al menos mostraba credibilidad y contaba las verdades del barquero.

Y así los palmeros se pusieron “al servicio de España y del fútbol español” para solicitar que a los futbolistas se les pusiese la vacuna de Janssen, la de una única dosis. Todo alimentado por unas oportunas declaraciones de Luis Enrique en las que manifestaba sus dudas sobre una vacunación que podría causar efectos secundarios en los futbolistas.

Se establece que en la mañana del jueves 11 la expedición española, compuesta por unas 60 personas, sería vacunada con Pfizer en una primera dosis por sanitarios del Ejército, siendo la segunda el 1 de julio, con tal desatino que, cuando tocase la segunda dosis, los jugadores podrían estar luchando por ganar la Eurocopa o bañándose en las aguas de Bali. Si el objetivo era inmunizarlos para mejorar la convivencia y restar preocupaciones a los ya preocupados futbolistas, que baje Dios y lo vea.

Tras más profusos debates y exclusivas varias (la SER y la COPE peleando por ver quien lo dijo primero) hay una nuevo giro de guión. La RFEF se niega a vacunar a sus futbolistas con Pfizer y exigen la monodosis de Janssen. Se pospone todo para el viernes y en caso de que el Gobierno no ceda se decidiría no vacunar a los futbolistas.

¿Pero no era tan trascendental vacunarlos?

Y nuevamente lo importante se deja de lado y nadie hace las preguntas necesarias. Ningún medio (incluidos los generalistas) se preguntan porque si el Comité de Sanidad Pública recomendó Pfizer en 24 horas se cambia de decisión para suministrar la monodosis de Janssen. Con la cantidad de mentiras, medias verdades y contradicciones con las que las diferentes autoridades nos llevan obsequiando año y medio ya nada sorprende, pero si el Comité de Sanidad Pública considera que la más segura es la de Pfizer no habría nada más que añadir. Entiendo que todo el mundo quiere pincharse con una sola dosis, pero entiendo también que cuando a los españoles de entre 20 y 30 años les toque vacunarse les pondrán Janssen. ¿O dirán que no es recomendable por sus efectos secundarios?

El caso es que al final fue la monodosis de Janssen la elegida y el viernes 11 de junio el día de autos. Como se ve, no había preocupación alguna por los efectos secundarios, tan solo presión mediática para evitar las dos dosis. En realidad se le administró Janssen a los futbolistas vírgenes y una dosis de Pfizer a aquellos que, o bien habían pasado el coronavirus o bien ya se les había administrado una dosis.

Sí, querido lector, otro tema tratado con sordina y en el que no se ha profundizado. Si usted ha pasado el Covid-19 y tiene más de 65 años le pondrán dos dosis. Si tiene menos de 65 años deben pasar seis meses desde que tuvo el Covid-19 para ser vacunado. ¿No ha sido así? Normal. En la práctica se le pone doble dosis a todo el mundo. Pero si usted es futbolista ni hace falta esperar seis meses ni tampoco una segunda dosis. Y sí, querido lector, hay futbolistas que ya tenían una dosis. O bien porque en el país en el que trabajan los protocolos sanitarios lo establecían, o bien porque tiraron de billetera y se vacunaron por decisión propia.

La Selección se vacuna a tres días de su estreno en la Eurocopa 2020 ante  Suecia en Sevilla - Eurosport
Todo por España

El pasado lunes el balón asomó y las vísperas turbulentas se olvidaron. O por lo menos lo hicieron hasta que Morata se hinchó a fallar goles y los pitos superaron a los aplausos. Las tertulias periodísticas debatían sobre si habría que cambiar a Morata por Gerard Moreno en el segundo partido y también sobre si es patriótico o no silbar a un delantero de la selección española. En ninguna de esas tertulias escuche que la inquina a Morata, además de por su falta de gol, quizás fuese porque un par de días antes había censurado a los que criticaban la vacunación de la selección en una entrevista. “Hay una España que apoya y otra que no”.

Quizás, sólo quizás, el enfado de la afición se deba no sólo a que la pelotita no entre sino a semejante esperpento. Quizás, la gente se pregunte como no se ha vacunado a la selección española femenina de baloncesto que ha perdido a Alba Torrens y a Tamara Abalde por culpa del Covid-19 en vísperas del inicio del Eurobasket. Torneo que, además, se va a disputar en tierras españolas. Quizás no muevan ni tanta gente ni tanto dinero como los chicos del fútbol, pero en la última década han defendido la marca España consiguiendo tres Eurobasket y el subcampeonato mundial y olímpico. Pero ni el Gobierno ni, por supuesto, el mundo del periodismo deportivo han puesto el grito en el cielo.

Con Llorente y Busquets incorporados al grupo sólo los designios del balón nos dirán como será recordada esta chapuza. Que la selección masculina de fútbol es uno de los mayores argumentos de cohesión nacional y representación internacional es innegable (de ahí que catalanes o vascos se afanen por hacer lo mismo). Que se haya favorecido de forma chapucera y vertiginosa su vacunación era esperable y hasta entendible. En Francia se canceló el toque de queda durante una noche por la disputa de la semifinal de Roland Garros entre Djokovic y Nadal. Nada nuevo bajo el sol.

Mas el fútbol debe entender que, lenta pero inexorablemente, está perdiendo el contacto con la realidad. El foco suele ponerse en la volatilidad de los jóvenes, su aprecio por la inmediatez y su incapacidad para consumir un producto deportivo de larga duración. Pero el otro gran problema radica en que la distancia entre seguidores y futbolistas cada vez es más grande. El fútbol fue creciendo de la mano de la sociedad. Pero hace décadas que mientras la curva social o bien se mantiene o bien desciende, la del fútbol crece sin descanso alcanzando proporciones estratosféricas.

Los debates se centrarán en si tenían que haber sido vacunados o no. O en si son unos privilegiados millonarios o unos representantes de España en el mundo. O si 60 vacunas deben ser pagadas con fondos públicos o con fondos privados. Y mientras todo eso ocurre el fútbol y los futbolistas seguirán alejándose de la realidad, perdiendo adeptos y alimentando frustraciones.

Siempre y cuando la pelota no entre…

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La decadencia de Europa (un primer comentario en relación a la Superliga)

Existe una corriente historiográfica que considera que la llegada del hombre a la Luna marca el cénit de Occidente, iniciándose a partir de entonces un periodo de decadencia en el que nos encontramos. Otros atrasan el inicio a 1973 con la crisis del petróleo y algunos a 2001 con el atentado de las Torres Gemelas. En Europa, el declive se torna en más acusado, a pesar de un paréntesis de optimismo desmesurado en los 90 tras la caída del Muro de Berlín. Conviene apuntar que decadencia no es desaparición. Decadencia es falta de crecimiento. Estancamiento. Desde que el Imperio Romano entró en decadencia pasaron cerca de cuatro siglos para qué implosionara y, realmente, su legado sigue presente en la actualidad.

Podemos considerar en cinco los factores que contribuyen a la decadencia de Europa:

1. El peso demográfico: La caída de la tasa de natalidad en Occidente (Europa, Estados Unidos, Asia Oriental) limita el futuro crecimiento del PIB y el encarecimiento de los programas sociales. La sociedad envejecida es más precavida, vive de rentas y el emprendimiento y el riesgo cae en picado. Se necesita mano de obra extranjera, generalmente poco cualificada y generalmente joven. Éstos chocan con los nativos envejecidos que, destrozados por el choque cultural, se frustran ante los cambios y observan como los beneficios del futuro serán aprovechados por los inmigrantes y no por esos hijos que no han tenido.

2. El exceso de endeudamiento: Irá a más a medida que los hijos del ‘baby boom’ envejezcan y haya que pagar las facturas sanitarias previstas. El déficit se convertirá en un obstáculo imperecedero para la inversión pública y el crecimiento será ilusorio y estará destinado a evaporarse por tipos de interés bajos. Europa pasará a ser controlada financieramente por fondos de inversión y por el nuevo imperio mundial; China.

3. Restricciones a la educación: Hace 100 años menos del 5% de la población occidental era universitaria y en el sur de Europa las tasas de analfabetismo se acercaban al 60%. Hoy las tasas de licenciados en la Unión Europea superan el 30% de la población. Esos cambios en la educación solo se pueden producir una vez. Cualquier mejora en materia educativa es un proceso arduo y además está condicionado por las propias capacidades humanas. De hecho, en el norte de Europa ya se está constatando que por vez primera el cociente intelectual se ha atascado y no aumenta generación tras generación, como ocurría antaño.

4. Las restricciones del medio ambiente: El desmesurado crecimiento de Europa en el siglo XIX, de Estados Unidos en el XX y el del Asia Oriental en lo que va de siglo XXI se debe al destrozo de la naturaleza y al aprovechamiento de terrenos improductivos. Ahora el medio ambiente es una prioridad. Todas las innovaciones referidas a energías renovables y sostenibles no suponen una innovación, sino que son un medio para mantener el nivel de vida actual. Los avances ecologistas del siglo XXI buscan conservar nuestra forma de vida, no revolucionarla. Revolución fue el automóvil y el motor de gasolina. El coche eléctrico no causará una revolución mundial.

5. El estancamiento tecnológico: Llevemos a una persona en un viaje en el tiempo de un hogar de clase media de 1900 a uno de 1960. Se quedaría de piedra al comprobar como hay luz y agua corriente, como una máquina mantiene la comida fresca en la cocina, otro artilugio lava la ropa o dentro de un aparato que está en el salón hay gente que habla y ríe. En el jardín un hombre subido a un vehículo sin caballos está cortando el césped. Dentro, aunque es invierno, se está caliente y eso que no hay ningún fuego encendido. También hay un tubo parlante desde el que se habla con otra persona a distancia. Son madre e hijo. El hijo dice que mañana estará en casa a pesar de que vive a 4.000 kilómetros de distancia.

Subamos a esa misma persona a la máquina del tiempo. Ahora de un hogar de 1960 a otro de 2020. Ve que avanzó 60 años, pero le parece imposible. Casi no ha habido cambios. El diseño se ha alterado, pero nada sustituye a la nevera, a la lavadora, al cortacésped o a la calefacción. Sí, el teléfono no tiene cable, y la gente parece mejor alimentada, con ropa más cara y es más alta. Pero poco más. Sí, en vez de ver una caja con gente en blanco y negro, puede entrar en Youtube y ver lo que le apetezca en el momento que quiera. Aparte de esto, poco más.

Se puede decir que estoy subestimando las maravillas de Internet (lo más importante es que madre e hijo pueden verse a kilómetros de distancia sin necesidad de avión). Y puede que estéis en lo cierto. Pero aunque Internet es lo más importante que ha sucedido en el último medio siglo, nadie (en su sano juicio) sacrificaría el agua corriente, la calefacción o la lavadora a cambio de tener acceso instantáneo a una enciclopedia, a una película, a un disco de música o a la posibilidad de no salir de casa para hacer la compra. A la espera de que en los próximos decenios la robótica y la genética cambien de arriba a abajo nuestras vidas, la sensación es que, aunque seguimos avanzado, se ha ralentizado la velocidad a la que cambiamos el mundo.

Traslademos estos cinco factores de decadencia europea al deporte. Concretamente al fútbol. Es interesante recordar que el fútbol es un invento creado, impulsado y explotado por los europeos. Es el eje vertebrador de la cultura de ocio nacida en la Revolución Industrial y el más global de los ‘inventos’ europeos. En parte, la decadencia del fútbol es una consecuencia de la decadencia de Europa:

1. El peso demográfico: La caída de la tasa de natalidad ha obligado a Occidente a hacer una llamada a la inmigración para paliar la falta de recursos humanos que ayuden a pagar los programas sociales. La inmensa mayoría de estos inmigrantes lo hacen sin estudios superiores y buena parte de ellos ni siquiera tienen formación básica. Para muchos de ellos el fútbol es la entrada más sencilla no sólo al mercado laboral, sino a la obtención del estatus social necesario. La libre apertura de fronteras a raíz de la creación de la Ley Bosman ha convertido el fútbol europeo en una amalgama de futbolistas de cualquier lugar del globo. Es un proceso imparable y en permanente crecimiento. El fútbol en África y en buena parte de Sudamérica es la única forma de ascender en la escala social. En Europa era cultura y entretenimiento. Ahora también es una forma de escalar.

2. El exceso de endeudamiento: Tan solo tenemos que irnos un par de décadas más atrás para ver clubes de fútbol con un puñado de empleados en los que uno de ellos tenía las llaves que daba acceso al campo de entrenamiento. Con el beneplácito de los contratos televisivos y la permisividad fiscal de los gobiernos de turno, los clubes de fútbol se han convertido en empresas gigantescas con multitud de empleados. A los consejeros, se unen cuerpos técnicos de tamaño desmesurado, plantillas con exceso de futbolistas carne de cesión y gastos variados en agentes y mercadotecnia. Al igual que ocurre con la deuda externa de los gobiernos europeos, la deuda de los clubs de fútbol está siendo asumida por inversores asiáticos, arábicos o estadounidenses.

3. Restricciones a la educación: Cualquier mejora en materia educativa es un proceso arduo y además está condicionada por las propias capacidades humanas. La evolución técnica del fútbol lleva décadas estancada. El último progreso ha sido el de los centrales que salen con el balón jugado. Todos los avances actuales y futuros del fútbol se sustentan en las capacidades físicas. De hecho, para muchos analistas, las excelentes condiciones de equipamiento (ya no hay barro, ni charcos, ni balones pesados) hacen que la técnica haya sufrido un retroceso. Además, el hecho de que los niños futbolistas estén codificados en escuelas deportivas ha dejado a un lado la inventiva y ha vuelto más predecible y aburrido el juego. El fútbol es hoy repetición. Como la música, el cine, el arte, la moda o la gastronomía, se ha vuelto repetitivo. No hay nada más que inventar.

4. Las restricciones al medio ambiente: El crecimiento del deporte en general y del fútbol en particular se ha sustentado en un avance de las infraestructuras. De descampados se pasó a coliseos romanos y de estos últimos a edificios multiusos que además de estadios también son salas de concierto, centros comerciales, museos y restaurantes. De hacer carreras campo a través se pasó a entrenar en instalaciones públicas y de éstas últimas se pasó a ciudades deportivas que son más ciudades que deportivas. Todas estas innovaciones han llegado a un punto muerto. Cualquier avance de este tipo ya no es aceptado por un aficionado que prefiere mantenerse fiel a unas tradiciones (estadios) y que está en contra de proyectos megalómanos (mundiales, juegos olímpicos) por responsabilidad económica, social y medioambiental.

5. El estancamiento tecnológico: Uno de los motivos del éxito del fútbol radica en su sencillez. Cuando en 1863 se creó el primer reglamento contaba con 18 artículos. Años más tarde sería reducido a 13 y para 1930 estaban establecidas 17 reglas básicas. Por el contrario, en las últimas dos décadas el número de reglas ha aumentado en más de un tercio. El número fijo para cada futbolista, el gol de oro, el gol de plata, el tiempo exacto del descuento, las manos voluntarias e involuntarias, el aumento en el número de sustituciones, los tiempos muertos en medio de los partidos…Son todo parches que no han producido avances. Desde que en 1992 se les prohibió a los porteros coger el balón con las manos tras el pase de un compañero, no ha habido ningún cambio en las reglas que haya hecho evolucionar al fútbol.

No sólo evolucionar, sino involucionar. A la deidad tecnológica de la modernidad y el progreso había que buscarle un lugar en el fútbol. Ese invento diabólico es el VAR. Se podrá decir que el VAR es una maravilla que reduce los fallos en los penaltis y en los fueras de juego. La realidad es que sólo lo hace en los errores de bulto y, a cambio, enmaraña más el juego, resta autoridad al árbitro principal y hace más soporífero el partido alargándolo innecesariamente. El VAR está alejando de los estadios tanto a los aficionados veteranos como a los millennials, a los que no les gusta un juego que cada vez es más lento y soporífero.

VAR: cuando ni la tecnología salva al fútbol de la polémica
El progreso…o eso dicen

—SUPERLIGA—

A través de todo este cóctel de tradición, decadencia, estancamiento y búsqueda de nuevas oportunidades, se puede comprender como un conjunto de pudientes dirigentes de los clubes más opulentos de Europa se han atrevido a lanzar lo que se ha venido en llamar Superliga. Una liga que comenzó con 12 integrantes y la promesa de ser 15, pasó a 6, luego a 4, más tarde a 3 y al final quedará, ironías del destino, en un acuerdo fallido entre Barça y Madrid.

Si llaman al Vasco de Gama, el Dépor hace un cuadrangular de aúpa. Un Teresa Herrera de los de antaño.

La bomba se ha desactivado, pero que nadie dude que acabará estallando. Han vuelto al redil, pero por poco tiempo.

Dicen los impulsores que el fútbol está arruinado. Es falso. Los arruinados son ellos. Los que en una espiral de gasto indecente pagan millonadas a intermediarios, agentes y futbolistas. Los que deciden pagar 23 kilos por despedir a Mourinho en mitad del mes de abril. “No hacen falta más ingresos. Hay que reducir gastos”. No lo dijo un aficionado de bufanda, lo dijo Karl-Heinz Rummenigge, dos veces Balón de Oro y director general del FC Bayern, cuarto club más rico del mundo, cuando le preguntaron por la Superliga.

Dicen que cuando se creó la Copa de Europa en los años 50 también se hizo de la misma forma. Es falso. Entonces se juntaron varios equipos y acordaron invitar a los campeones de todas las ligas. Una vez llegado el acuerdo, solicitaron a la UEFA su aprobación. Y sí, la UEFA vio la oportunidad y aceptó encantada. Bernabéu, al que tanto nombra Florentino, asumía que si el Madrid no ganaba la Liga española no podría jugar la Copa de Europa. Era un proyecto de construcción europea que buscaba el beneficio económico. Lo de ahora es una idea de un cártel de empresas para eliminar a la competencia.

Salvo los extraños casos de los equipos españoles y de la Juve, propiedad de la FIAT de Agnelli, el resto de equipos fundadores de la Superliga están regidos por capital estadounidense o asiático. De ahí la importancia de llegar a 5.000 millones de televidentes e internautas (Netflix, Amazon TV o Inditex TV, vete tú a saber) para que paguen la fiesta de los archimillonarios. Son éstos los clubes arruinados. Los que hace tiempo convirtieron el estadio en un teatro global donde sí se estornuda en Yakarta se coge un constipado en Londres.

Se dice que el fútbol es aburrido. Que los jóvenes no ven los partidos contra equipos menores. Es falso. Los jóvenes no ven nada. Ni los partidos importantes ni los insustanciales. Los millennials viven en la cultura de la inmediatez. Si algún millennial ha entrado en este blog habrá dejado de leer hace unos cuantos párrafos ante la falta de contenido audiovisual. Todos los deportes tradicionales están en crisis ante una juventud a la que le cuesta ver una competición que dure horas (y no digamos ya con el p*** VAR). Pero, aun así, es mucho más atractivo un Barça-Juve al año que uno cada dos semanas. Es de Perogrullo. Los millenials lo que harán es suscribirse a una plataforma de pago ‘low cost’ para ver los ‘highlights’ (sí es que no piratean la señal). Serán amplía minoría los que paguen decenas de euros para ver todos los partidos.

Se dice que el sistema es abierto, que habrá sitio para los campeones nacionales. Falso. El sistema se dice abierto porque faltaba el Bayern y el PSG. Las invitaciones libres serán al mejor postor (con preferencia para los magnates rusos o turcos). En la Euroliga de baloncesto la escisión se produjo hace unos años. Es cierto que hay plazas abiertas, pero año a año se van reduciendo. Lo que ahora es apertura de mano será cerrazón cuando la fuerza y la razón acompañen a los promotores.

Florentino se ha pasado de frenada. Los ingleses, tan ingleses ellos, no han contado con una plebe a la que repulsa todo lo que suene a Europa y minusvalore su querida Premier. Los magnates dueños del ‘Big Six’ se mueven en aviones privados, en establecimientos exclusivos y no han pisado la vieja Britania. Han tenido miedo. El miedo a la afición más fiel del continente. Si en España es el Madrid, en Italia la Juve, en Portugal el Benfica o en Alemania el Bayern, en Inglaterra es la nada. En Inglaterra eres del equipo de tu tierra, vas al campo a ver los partidos y te desplazas con tus chicos sea verano o invierno. Ganen la FA Cup o desciendan a la Championship.

La tropelía ha salido rana por un fallo de estrategia, de fondo, de forma y de contenido. No se entiende como el presidente de la Superliga sale a comunicar la noticia a las 00.00 horas en un canal minoritario español, en vez de hacer una rueda de prensa a media mañana convocando a medio mundo y junto a los otros 11 presidentes implicados. Laporta es igual de culpable que Florentino y saldrá de rositas de este jaleo. No se entiende que el responsable de comunicación del Real Madrid permita decir a su presidente “los clubes estamos arruinados” a los cuatro vientos. “Si no tienen pan que coman pasteles”, razonó María Antonieta.

Pero que nadie se confunda, tardará más o menos, pero la Superliga (o algo parecido) saldrá adelante. Boris Johnson, Emmanuel Macron y compañía ladran, pero no muerden. Los campeonatos regionales, las copas de verano, los campeonatos entre naciones limítrofes (Copa Latina, Copa Mitropa…) pasaron a mejor vida. La evolución del transporte y la apertura de fronteras hacen inevitable que unas competiciones mueran y otras nazcan. Los grandes clubes son avariciosos. La FIFA y la UEFA también. No son hermanitas de la caridad. Son un monopolio ¿Qué son sino la Liga de Naciones de la UEFA o el Mundial de Clubes de la FIFA? Nuevas y estúpidas formas de ganar más dinero. ¿Qué es sino la Supercopa de Italia en Qatar o la de España en Arabia Saudí?

Si bien la UEFA y la FIFA tienen un as en la manga. Dejar a los futbolistas sin jugar con sus selecciones. Y se lo pueden permitir. A pocos le interesaría una Copa de Europa sin Madrid, Juve o United, pero el Mundial seguiría siendo Mundial aún sin Cristiano o Messi. El Mundial de fútbol es una festividad deportiva que se celebra cada cuatro años donde, aficionado o no, el interés está en ver lo que hacen tus compatriotas. Seguimos la competición de judo de los Juegos Olímpicos donde participa un atleta del que no sabes su nombre porque defiende los colores de tu país. De igual modo, cualquier aficionado seguiría a su selección en un Mundial, jugase quien jugase.

Y ese es el futuro, guste o no guste (yo soy de estos últimos). Ahora mismo no hay Superliga porque las cosas se hicieron rematadamente mal y, ojo, porque Francia y Alemania (PSG y Bayern) no han querido. El día que se animen, se acabará el debate. Al igual que pasó con el baloncesto es posible que haya un año de transición hasta llegar a un acuerdo. Menos probable es que, como en el básket, veamos partidos de selecciones sin las grandes estrellas. Pero no es descartable. La solución de compromiso será sustituir la Copa de Europa y la Europa League por dos o tres ligas europeas que garanticen cerca de 40 partidos al año y en el que haya ascensos y descensos. Está claro que el Madrid o el Liverpool no iban a descender. Eso sería cosa de Ajax o de Tottenham. De este modo, veríamos como el Barça forma una plantilla de 35 o 40 futbolistas, con un equipo A para Europa y un equipo B para la liga nacional.

Ahora bien. Una pequeña advertencia a los millonarios. Al cabo de unos años -y no serán muchos- los futbolistas tendrán el control total del negocio, tal y como ocurre en los deportes norteamericanos. Habrá límite salarial, sí, pero también libre control de destino. Podrán declararse en huelga para reclamar más trozo del pastel y, sobretodo, podrán escoger donde y con quien jugar. Se empoderaran, se declararán en rebeldía y los agentes harán el trabajo. El Madrid tendrá músculo financiero para tener a Mbappé a Haaland o a Rita la Cantaora si le da la gana. Y ellos querrán jugar juntos. Como en la NBA.

Y aunque la NBA es una liga cerrada todo el mundo sabe que los Grizzlies nunca la ganarán.

La gente quiere jugar en los Lakers.

La gente sueña con jugar en el Real Madrid. Otros en la Juve. Menos en el Chelsea. Pocos en el Atlético.

Si yo fuese el presidente del Atlético, o del Tottenham, o del Arsenal, o incluso del actual AC Milan –que como los Celtics tiene mucho pedigrí pero poco tirón- me pensaría muy mucho entrar en la Superliga. Dentro de unos años captaran jóvenes jugadores a los que cuando les salgan los dientes estarán pidiendo el traspaso. Ganaran mucho más dinero, pero verán multiplicadas sus opciones de fracasar temporada tras temporada. Es mejor ser tercero en tu liga nacional y perder la final de copa que acabar undécimo temporada tras temporada en la Superliga.

Y esto sigue siendo la vieja Europa. Ya puede decir el presidente que el club ha ganado mucho dinero que como una turba de aficionados tome la Bastilla y se plante en el palacio real, al presidente de turno no le quedará más remedio que dimitir si no quiere acabar guillotinado.

Florentino Pérez ya se siente Bernabéu: "Salvé al Madrid y ahora voy a  salvar el fútbol"
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Lutz Eigendorf: El Beckenbauer del Este

Una de las múltiples diferencias que había entre la Alemania del Este (RDA) y la Alemania Occidental (RFA) estaba en la posibilidad de adquirir un vehículo. En la RDA había un número limitado de modelos de fabricación propia a los que se podía acceder en función del estatus laboral y de la disposición familiar. Para alcanzar un coche de importación hacía falta un salvoconducto oficial, un muy probable soborno y una espera de meses o incluso años. En la RFA el acceso al vehículo obedecía a términos capitalistas. Si tienes dinero te lo compras. Si no lo tienes no te lo compras. Así que una de las primeras cosas que Lutz Eigendorf hizo al escapar a la RFA fue comprarse un deportivo, un Alfa Romeo GTV-6.

Mucho antes de realizar tal compra, Lutz Eigendorf era el ojito derecho de los jefazos de la RDA. En 1974 la RFA había ganado el Mundial de fútbol en el que habían ejercido como anfitriones, pero a la RDA le quedó la satisfacción de haber vencido a sus vecinos en la fase de grupos tras un gol de Sparwasser que se tornó en mítico. Aquello, unido a los éxitos internacionales del Magdeburgo, envalentonó a los dirigentes de la RDA en su pesquisa por lograr el éxito a través del deporte. Fueron los inicios del dopaje de Estado y también de la búsqueda del nuevo Franz Beckenbauer, el jugador alemán nacido al otro lado del muro que por entonces era una de las estrellas más rutilantes del planeta fútbol.

El elegido fue Lutz Eigendorf, un elegante futbolista que militaba en el Dinamo de Berlín. Tenía porte, buena presencia y una notable calidad técnica. Erich Mielke lo nombró capitán con apenas 22 años. Es preciso explicar que Mielke, además de máximo responsable del Dinamo de Berlín, era el director de la Stasi, la policía secreta de la RDA. Mucho antes, de jovenzuelo, combatiera en la Guerra Civil española enrolado en las Brigadas Internacionales. Cuando sus obligaciones de espionaje y de asesinatos se lo permitían, a Mielke le encantaba dirigir la Oberliga a su antojo y promover los amaños necesarios para que su Dinamo se proclamase campeón.

Eigendorf era un privilegiado. Era tratado en palmitas por el Partido Comunista. Se había casado con la chica más popular del instituto y era padre de una niña de dos años. Tenía una buena casa y acceso al mejor coche que la RDA le podía dar. Pronto fue apodado el Beckenbauer del Este y pasó a ser cara cotidiana en los medios como representación del éxito en la Alemania comunista.

Pero Eigendorf no era feliz. Desde que fuese reclutado como joven proyecto futbolista a los 14 años vivía bajo estricto control. Le decían lo que tenía que hacer, cuando y como hacerlo. Se ahogaba. Y tenía envidia. Tenía envidia del verdadero Beckenbauer y de todo lo que se estaba perdiendo. Así que, sin comunicárselo a su esposa, decidió emprender una nueva vida.

El Dinamo de Berlín jugaba un partido amistoso ante el FC Kaiserlautern a más de 600 kilómetros rumbo a la libertad. El encuentro se disputó sin mayor noticia y en el viaje de vuelta el autobús paró para repostar antes de entrar en la RDA. A pesar de la vigilancia, era en esas ocasiones cuando los futbolistas aprovechaban para hacer alguna compra e introducir objetos de contrabando en el país. Las autoridades solían hacer la vista gorda, para así mantener a sus estrellas contentas. Pero Eigendorf tenía otro plan en la cabeza. Se escabulló, subió a un taxi y le dijo al conductor que lo llevase de vuelta a Kaiserlautern, concretamente a las oficinas del club renano. Una vez bajó del vehículo, se reunió con el presidente, se ofreció como defensa central y firmó un papel en blanco.

Acababa de ser contratado por el FC Kaiserlautern. Acababa de desertar.

Dado que tenía mujer e hija, la Stasi jamás se podría haber imaginado que Eigendorf desertase. Mielke estalló en cólera y puso en marcha la llamada ‘Operación Rosa’ con el objetivo de hacerle la vida imposible a Eigendorf. Pusieron en nómina a un agente encubierto, un tal Peter Hommann, con el objetivo de seducir a la mujer de Eigendorf y ponerla en su contra.

Erich Mielke - Maestro del miedo | TV | DW | 06.02.2018
Mielke. Maestro del terror

Quién sabe lo que pensaría esa mujer de un marido que en su búsqueda de la libertad había convertido en infierno su vida y la de su hija, pero el caso es que Gabriele, así se llamaba la mujer, acabó pidiendo el divorcio y casándose con el tal Hommann. Es más, el agente, no se sabe si por celo amoroso o por celo laboral, acabaría también adoptando a la hija del desertor.

Quién sabe, también, lo que pensaría aquel joven en busca de la libertad. Eigendorf tenía larvada una insatisfacción. Se había casado muy pronto y había tenido una hija que no quería. Hay documentación al respecto. Como que cometió al menos un par de infidelidades al poco de casarse. Al igual que cualquier veinteañero estaba fascinado por la libertad. Habitaba en lo más profundo de su ser una frustración por no haber vivido al límite, por no haber tenido aventuras. Pesó mucho más la fascinación por cruzar el Muro que el pesar por dejar mujer e hija al otro lado.

Así que el plan de Mielke, la ‘Operación Rosa’, no había dado los frutos previstos. Mielke se subía por las paredes y su paciencia se agotó cuando Eigendorf dio una entrevista a una televisión occidental pegado al propio Muro y con un plano televisivo en el que al fondo se veían los focos del Friedrich-Ludwig-Jahn-Sportpatk, la casa del Dinamo. Aquello era intolerable. Por si su deserción fuese poca afrenta, Eigendorf aprovechaba toda ocasión para denunciar en público las condiciones de vida de la RDA y al régimen comunista.

En todas y cada una de las reuniones que Mielke mantenía en su despacho con sus subordinados de la Stasi recordaba que el objetivo número uno era Eigendorf. Ni disidentes políticos, ni espías occidentales. El diablo con patas era ese sucio futbolista. Mielke se sentía dolido, engañado y humillado, y no precisamente por ese orden.

Según los papeles desclasificados una vez que Alemania volvió a ser una, Lutz Eigendorf llegó a tener hasta 50 agentes diferentes de la Stasi ocupándose de su vigilancia. Todas las noches un par de espías de la Stasi hacían vigilancia en las puertas de su casa de Braunschweig donde volvió a casarse y tuvo un segundo hijo. Uno de esos agentes era un tal Klaus Schlosser que velozmente lo engatusó hasta convertirse en su mejor amigo.

Y es que Eigendorf pronto cambió el FC Kaiserlautern por el más modesto Eintracht Braunschweig. Ya fuese porque el nivel en la Oberliga era inferior a la Bundesliga (lo cual se certificó con la caída del Muro), o quizás mentalmente exhausto y deprimido al sentirse perseguido, Eigendorf bajó considerablemente su rendimiento. Fueron tres años mediocres en Renania antes de pasar a las filas del modesto conjunto cuya ciudad es más conocida por un licor de hierbas llamado Jägermeister que por su club de fútbol.

Y así llegamos a la noche del 6 de marzo de 1983. Como tantas otras veces Eigendorf salió a pasar el rato y como tantas otras veces cogió su Alfa Romeo GTV-6 para acercarse a su bar habitual. El caso es que cuando cerca de las once de la noche se dirigía a su casa perdió el control del vehículo y se estrelló contra un árbol falleciendo en el acto. La tasa de alcohol en sangre era de 2,2 por lo que la conclusión era obvia. Estaba borracho. Muy borracho. Muy, muy borracho.

El problema es que Eigendorf apenas bebía. Si acaso un par de cervezas. Se interrogó a los que estaban en el bar aquella noche y todos dijeron que apenas había consumido. Sus compañeros de equipo y amigos dijeron lo mismo. Era imposible que Eigendorf hubiese bebido tanto. Además, estaba haciendo un cursillo de piloto de avionetas y tenía clase al día siguiente. Conociendo lo importante que era aquello para él, todos descartaban por completo que se hubiese emborrachado.

Lutz Eigendorf... el día que un futbolista 'condenado a muerte' jugó en el  Bernabéu | Marca.com
El Alfa Romeo hizo pum

Hubo que esperar al año 2010 para que un antiguo colaborador de la Stasi presentase de forma anónima en unos juzgados unos documentos fechados en 1983 en la RDA en la que se contemplaban las órdenes para asesinar a Eigendorf. Al parecer dos agentes de la Stasi habrían secuestrado al futbolista obligándole a ingerir una alta cantidad de alcohol antes de dejarle volver a coger el coche para provocar su accidente.

Una vez que el escándalo salió a la luz, a las pesquisas policiales le siguieron las investigaciones históricas y los reportajes periodísticos. Se desveló un probable envenenamiento a través de la piel, y la existencia de un segundo vehículo (del que nada se supo en 1983) que deslumbró a Eigendorf desde un lateral de la carretera justo en el momento en el que perdió el control de su vehículo. Estas certezas echaron por tierra la teoría popular, comúnmente aceptada, de que la Stasi, simple y llanamente, lo que había hecho era cortarle los frenos del Alfa Romeo.

Se estima que sólo en la década de 1970 más de 500 deportistas desertaron de la RDA. Ninguno tan importante como Lutz Eigendorf. Su aventura apenas duró tres años antes de ser asesinado con 26 primaveras. De su primera mujer no se supo mucho más. De su segunda mujer se sabe que vivió con miedo y con antidepresivos hasta que el Muro cayó. Schlosser, su supuesto mejor amigo, recibió 500 marcos en forma de gratificación por parte de la Stasi y hoy disfruta de una apacible jubilación sin admitir preguntas. Tras la reunificación alemana de 1990, el Dinamo de Berlín deambula por categorías regionales y Mielke tuvo que pasar un par de años en prisión, aunque por su avanzada edad pudo fallecer plácidamente en su hogar a los 92 años de edad.

Un total de 66 años más de los que vivió Lutz Eigendorf.

El «Beckenbauer del Este» que fue víctima de la Stasi
El Beckenbauer del Este
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Old Firm

Al principio no había mayor antagonista que el de la calle de enfrente. Y no existe antagonismo que se pueda comparar con el ‘Old Firm’. La rivalidad futbolística por excelencia es la de Glasgow. Católicos contra protestantes. Irlandeses contra unionistas. Odio, tensión religiosa e intimidación. El ‘Old Firm’ condiciona la vida cotidiana como ningún otro partido del mundo. Las diferencias no están en el balón, están en el pensamiento. Futbolísticamente los hay mejores, pero por intensidad un Celtic-Rangers solo es comparable a un Boca-River. Por condicionantes extradeportivos sólo un Barça-Madrid puede subírsele a las barbas. Pero es que un Madrid-Barça no es un derbi.

La palabra ‘derby’ (castellanizado a derbi y aceptado por la Real Academia Española de la Lengua) da nombre a una carrera de caballos considerada como la decisiva en una competición. Su uso data de finales del siglo XVIII y no se sabe bien como medio siglo más tarde era usado como sinónimo de una competición deportiva entre clubes de una misma ciudad.

Este detalle es importante. No existe el derbi gallego ni el derbi vasco. Un derbi no enfrenta a regiones ni a ciudades rivales. La acepción correcta sólo debe usarse cuando compiten dos equipos de la misma villa. Si nos paramos a pensarlo veremos que tiene toda lógica. El concepto de hincha visitante no se popularizó hasta bien entrado el siglo XX, cuando la mejora de la comunicaciones y el adelanto de las condiciones laborales de los trabajadores permitió que los aficionados se desplazaran a otras ciudades.

Atravesada por el río Clyde de este a oeste, Glasgow es una ciudad con dos partes bien diferenciadas. Al suroeste de los meandros del río se instalaron los protestantes. Al noreste se creó el barrio católico. Todos nacieron de la miseria y buscaron en Glasgow olvidarse de ella. Pero los del noroeste eran los campeones de la indigencia. La mayoría eran inmigrantes irlandeses que huían de la gran hambruna de la patata que azotó a la isla de San Patricio a mediados del siglo XIX. Los más atrevidos y los que menos tenían que perder iniciaron una aventura en Estados Unidos. Los más comedidos escogieron la escocesa y compasiva Glasgow por delante de la hostil e inglesa Londres.

Próspero durante el siglo XIX gracias al transporte fluvial de mercancías, el puerto de Glasgow es el único de Escocia que está resguardado de los vientos del Mar del Norte. El clima en Glasgow es mucho más agradable que en el resto del país gracias a las corrientes cálidas del estuario del Clyde y a las montañas que protegen el sur de la ciudad. Glasgow presume de universidad de primer nivel, de una fabulosa arquitectura victoriana y es lugar de peregrinaje en el arte grafitero. Y sin embargo no es buen lugar para vivir. Tiene uno de los menores índices de esperanza de vida del Reino Unido y unos cuantos barrios conflictivos. Vivir en Glasgow y transitar por sus anchas avenidas bajo un cielo plomizo es sinónimo de obesidad, depresión, drogas y alcohol.

Los sociólogos consideran que es un fenómeno reciente. Con la desindustrialización, miles de personas que trabajaban en astilleros y fábricas quedaron sin trabajo. Las grandes compañías daban al trabajador una identidad cultural y grupal que el nuevo sector de servicios es incapaz de igualar. Si bien el área metropolitana de Glasgow cuenta con cerca de millón y medio de habitantes, la ciudad tiene hoy unos 600.000 cuando poco después de la II Guerra Mundial superaba el millón. Se ha disipado el orgullo y Glasgow ha perdido buena parte de su tradición cultural.

En ese punto está también el fútbol. Celtic y Rangers fueron hasta los años 80 del siglo pasado dos grandes del balompié mundial y orgullo de Escocia. La globalización e internacionalización del deporte menguaron el atractivo de un país pequeño y poco acogedor para el futbolista, y con ello descendió el nivel de los equipos escoceses. Este declive también ha afectado en el día a día del ciudadano. Y por ello el ‘Old Firm’ es aún más importante que en tiempos pasados. Es la única vez en todo el año en el que Glasgow vuelve a estar en el centro del mundo.

Desde 1888 se ha desarrollado una rivalidad que no sólo es futbolística, también identitaria, religiosa y cultural. Ese año se jugó el primer ‘Old Firm’ con victoria del Celtic por 5-2. Hoy, 132 años más tarde, aún se aprecian mayor cantidad de rubios y pelirrojos en las gradas de Celtic Park que en las del Ibrox Stadium.

El Celtic fue fundado como club católico en 1887 por el padre Walfrid en la Iglesia de los Maristas. Su idea era crear un club de fútbol que entretuviese a los adolescentes y los alejase del vandalismo, y al mismo tiempo recaudar dinero para los niños huérfanos de la ciudad. Los de rayas blancas y verdes juegan desde 1892 en Celtic Park, el estadio más grande de Escocia. El primer césped que se plantó contaba con una mata de tréboles para recordar su influencia irlandesa. Permanece inamovible en su ubicación en un precioso parque al noreste de la ciudad, a pesar de las profundas remodelaciones que ha sufrido a lo largo del tiempo.

El Rangers fue fundado en 1872 en la otra punta de la ciudad por los hermanos McNeil. Conocidos como los puritanos, tomaron su nombre y su color azul de un equipo de rugby inglés considerado el mejor del momento. Juegan desde 1899 en Ibrox Park, al suroeste de Glasgow. Aunque el estadio ha sufrido sucesivas remodelaciones, continúa manteniendo su característica grada principal de ladrillo victoriano creada por Archibald Leitch, el arquitecto que nos legó la mística del fútbol inglés en estadios de dos alturas de estilo industrial como Old Trafford, Anfield o Highbury.

En las gradas de Celtic Park ondean banderas irlandesas e insignias del IRA. Los ultras del Celtic están hermanados con aficiones de izquierdas como las del Liverpool, hasta el punto de tomar como propio el famoso himno ‘You’ll never walk alone’. Los hinchas del Rangers portan símbolos del Reino Unido como ‘The Union Jack’ y están hermanados con los ultras del Chelsea. De este modo en el ‘Old Firm’ no se ve ninguna bandera escocesa en el estadio. Para eso hay que ir a Hampden Park.

La inquina entre los enemigos es tal que la selección escocesa juega sus encuentros en Hampden Park, uno de los estadios más legendarios para cualquier amante del fútbol. El estadio es casa del Queen’s Park, el club más antiguo de Escocia y que aún hoy se mantiene como amateur por convicción, a pesar de competir en ligas profesionales. Hampden Park se encuentra al sur de la ciudad, formando un perfecto triángulo con Celtic Park e Ibrox Stadium. La distancia entre los tres coliseos es prácticamente similar en un ejercicio de equilibrismo para satisfacción y calma de todos los fanáticos.

Aunque Celtic y Rangers disputaron el primer ‘Old Firm’ en 1888 el nombre data de unos cuantos años más tarde. En 1909, en una final de Copa, el partido entre ambos terminó en empate y, como entonces no había ni penaltis ni prórroga, se pasó a un segundo partido. Dicho encuentro transcurría por los mismos derroteros, por lo que las aficiones de Celtic y Rangers invadieron Hampden Park indignados por lo que consideraban un amaño. Hubo que suspender el choque y el título quedó desierto. El periódico ‘The scottish referee’ denominó el derbi escocés como ‘The old firm of Rangers-Celtic Ltd’ (Antigua empresa del Rangers-Celtic S.L.) por la sospecha de que los partidos importantes estaban arreglados desde siempre para que se repitiesen y así generar una nueva taquilla. Desde entonces al choque se le conoce como ‘Old Firm’ (Vieja Empresa).

Y lo cierto es que, aunque el odio que se profesan es atroz, en pleno siglo XXI siguen usando el ‘Old Firm’ en contra del resto de clubes escoceses. Ambos se benefician económicamente de la rivalidad que se profesan. Negocian juntos los patrocinios, los derechos de televisión e incluso han pedido conjuntamente ingresar en la Premier inglesa. Y habitualmente han compartido patrocinador, porque ninguna empresa es tan inconsciente como para invertir el dinero en uno generando inquina en los seguidores del otro.

El ‘Old Firm’ ha sido lugar de múltiples desgracias. En 1931, durante un encuentro entre Celtic y Rangers, John Thomson y Sam English fueron a por el balón al mismo tiempo y la rodilla de English chocó con la cabeza de Thomson. Éste, portero del Celtic de 22 años, salió peor parado y acabó con una fractura de cráneo falleciendo horas más tarde en el hospital. Hoy una canción en honor de Thomson es tarareada en todos los partidos del Celtic. Célebre por violenta también es la final de Copa de 1980 en la que el Celtic consiguió el título con un gol en el descuento originando una celebración por el título que acabó en una batalla campal en el césped de Hampden Park. Pero el ‘Old Firm’ más popular por aciago fue el disputado en Ibrox en 1971. Una avalancha de espectadores, también causada por un gol de última hora aunque en este caso del Rangers, acabó con 66 fallecidos, muchos de ellos menores. El siniestro provocó una remodelación de Ibrox que lo convirtió en uno de los primeros estadios del mundo con medidas de escape y de seguridad. 

Aunque la mayoría de los astilleros de Glasgow tenían vetada la presencia de trabajadores católicos, la convivencia entre los forofos de las dos religiones se mantuvo en calma hasta la década de 1920. Tras un trágico proceso que duró seis años (1916-1922) Irlanda obtuvo su independencia. Es entonces cuando en Glasgow la mayoría protestante comienza a hostilizar a la minoría católica, iniciando una inquina entre ambas comunidades que aún no ha sido resuelta.

La ferocidad de la rivalidad hace difícil que un jugador pueda defender los colores de las dos escuadras. Se cuentan con los dedos de las manos los futbolistas que han militado en los dos equipos a lo largo de la historia. Con la aprobación de la ley Bosman todo ha cambiado y los mercados a los que pueden acceder ambos conjuntos son enormes, pero hasta 1995 el mercado principal era el nacional. El caso más desgarrador para ambas aficiones fue el de Mo Johnston. Graeme Souness, técnico del Rangers, solicitó a la directiva el fichaje de Johnston, un fenomenal delantero internacional con Escocia que jugaba en la liga francesa pero que había triunfado años atrás en las filas del Celtic. Mo Johnston, además de ex estrella del Celtic, era católico, y se convirtió en el primero de ellos que jugó en el Rangers en más de medio siglo. De este modo Mo Johnston pasó a ser un traidor para la afición del Celtic, pero tampoco fue aceptado por la del Rangers. Muchos aficionados protestantes quemaron su camiseta y su abono de temporada hasta que en un ‘Old Firm’ jugado meses más tarde Johnston pasaría a ser amado por la afición del Rangers al anotar el gol de la victoria.

Y es que el Celtic representa a los irlandeses, católicos, republicanos y en menor medida a las izquierdas y a los trabajadores. El Rangers es el equipo de los protestantes, de los partidarios de la unión del Imperio Británico, de los monárquicos y de forma más rehusada de las derechas y de los burgueses. Celtic y Rangers son instituciones preponderantes en la vida escocesa con un grado de significación social y cultural inimaginable en cualquier otro club de fútbol del mundo. La rivalidad se cierne en una serie de conflictos políticos y en una competencia sectaria y en ocasiones racista y violenta. 

El Rangers puede presumir de ser el club de fútbol con más ligas (54) no sólo en Escocia sino en que cualquier otra liga en el mundo, si bien es cierto que con una condena en ese historial. El Rangers tuvo que refundarse en 2012 al caer en bancarrota. Desde entonces, el nuevo Rangers, aún no sabe lo que es un título liguero. La caída en desgracia de los protestantes será ‘in secula seculorum’ motivo de júbilo para los católicos, con menos ligas (50) pero que son el único club escocés triunfante en una Copa de Europa (1967). Además, para el sempiterno orgullo Celtic, su victoria ante el Inter (2-1) se logró con un once inicial de jugadores nacidos en Glasgow o en sus alrededores.

“Hay gente que insiste en que otras rivalidades futbolísticas pueden generar tanta intensidad como los choques entre Rangers y Celtic. Creedme, no hay nada comparable”. Alex Ferguson,  nacido en Glasgow, y uno de los entrenadores más exitosos de todos los tiempos dirigiendo al Manchester United.

P.D: Había decidido escribir sobre el ‘Old Firm’ porque era el único evento deportivo que quedaba en pie para este fin de semana. Se iba a jugar este domingo, pero escasamente un par de horas antes de publicar este artículo, el ‘Old Firm’ era suspendido hasta nueva orden.

En las próximas semanas seguiré hablando de deporte, aunque el deporte permanezca parado. Porque el deporte no es más que algo secundario. El puñetero coronavirus, que aún estamos empezando a sufrir, nos deja de momento dos reflexiones. La primera la importancia de la libertad. Nos podemos empeñar en obtener reconocimiento social y laboral, pero el bien más preciado de un ser humano es su libertad. El segundo es la salud. Este blog nada a contracorriente. Pone el ojo en el pasado. Cuenta historias, anécdotas y describe el porqué de las cosas, o lo intenta, de forma pausada y amena a través de la palabra. Nada a contracorriente porque el siglo XXI es el siglo de la inmediatez, del futuro, de la imagen y de la tecnología. El coronavirus nos recuerda que no somos dioses. Somos simples, insignificantes y frágiles seres humanos. Como siempre hemos sido y como siempre seremos, por muy rápido que queramos avanzar.

“Cuando las expectativas de uno se reducen a cero, uno aprecia realmente todo lo que tiene.” Stephen Hawking.

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Cuando en Inglaterra estaba prohibido el fútbol femenino

Dado que el fútbol fue parido en Gran Bretaña es más que lógico que fuese en Inglaterra donde las mujeres diesen las primeras patadas al balón. Si bien es cierto que el deporte, primero en su vertiente amateur y más adelante en la profesional, fue concebido sin ningún tipo de connotación sexual, se daba por lógico que era una práctica pensada para los hombres. Mas eso no fue impedimento para que las mujeres jugasen al fútbol.

Y de hecho lo hicieron sin dilación desde mediados del siglo XIX. Hay constancia de decenas de partidos por toda Inglaterra y en tan temprana fecha como 1890 hay registros de encuentros en los que se superaban los 10.000 espectadores, cifras que rivalizan con las acometidas por los hombres en aquel momento. Por supuesto, y tal y como ocurre en el presente, había firmes detractores de la presencia de la mujer en un campo de fútbol y presagiaban que era una moda pasajera que no duraría mucho en el tiempo.

Y sin embargo en 1921 la Football Asociation (FA) tomo la decisión salomónica de prohibir el fútbol femenino en Inglaterra. La medida estuvo en vigor durante medio siglo hasta que fue abolida en 1971. ¿Por qué?

El cambio de paradigma tuvo lugar en 1914. En ese momento las mujeres inglesas lideradas por Emmeline Pankhurst están en el momento álgido en la lucha por el sufragio femenino. Pero a pesar de sus loables intentos estaban muy lejos de conseguir sus objetivos. Muchas de ellas eran tildadas de lesbianas, otras tantas fueron reprobadas por sus padres o maridos y unas cuantas de ellas jugaban al fútbol con asiduidad. Una mujer estaba diseñada para tener hijos y recibir un golpe en una manifestación o un balonazo durante un partido podría dejarlas tocadas por perpetuidad. El ‘British Medical Journal’ sentenciaba que «de ninguna manera podemos aprobar la exposición imprudente a la violencia de los órganos femeninos, que en la experiencia común ha llevado a las mujeres a protegerse de cualquier forma».

Pero en agosto de 1914 la I Guerra Mundial detonó y el mundo cambió.

Con cientos de miles de hombres yendo a los campos de batalla las mujeres ocuparon sus lugares en las fábricas. De pronto, las mujeres pasaron de la cocina a la oficina y de sonreír detrás de un mostrador a ensamblar las piezas que componen un obús. Pero al mismo tiempo que las mujeres se convirtieron en las máquinas que hacían funcionar a la industria bélica, también se convirtieron en las máquinas que hacían funcionar a la industria del ocio. Aquellos chicos que se fueron a morir a los campos de Francia no volverían a jugar al fútbol. Y alguien tendría que hacerlo.

La I Guerra Mundial tuvo el imprevisto efecto de empoderar a las mujeres inglesas. Al igual que se incorporaron a las cadenas de montaje y empezaron a llevar a cabo trabajos que se consideraban ´peligrosos´ para el sexo débil, no tardaron en formar equipos de fútbol y jugar entre ellas en los descansos del trabajo.

De repente las fábricas comenzaron a organizarse y a fundar sus propios clubes de fútbol, los cuales rápidamente formaron un sucedáneo de liga. El más destacado era el Kerr’s Ladies FC, de la fábrica de municiones del mismo nombre situado en Preston, una de esas ciudades que fueron motor de la Revolución Industrial y que por entonces era uno de los lugares más respetados en el mundillo futbolístico. El Kerr’s Ladies FC ganó poco a poco cientos de seguidores, especialmente cada vez que se enfrentaba a un equipo masculino y lo derrotaba.

Su estrella era Lily Parr, una brava y enérgica delantera con gran toque de balón. Se trataba de una chica que empezó a jugar y a trabajar con apenas 14 años y que se estima que anotó más de 1.000 goles en 30 años de carrera. Se dice que un guardameta le dijo que una mujer sería incapaz de meterle un gol desde lejos. Parr aceptó el reto a lo Oliver y Benji, disparó y metió un gol con tal potencia que acabó partiendo el brazo del pobre hombre en su intento de atajar el balón. Obviamente es una leyenda, pero contribuyó al mito de Parr y a empoderar la lucha de aquellas mujeres futbolistas.

El Kerr’s Ladies FC gozó del favor de los dirigentes más retrógrados porque durante los cuatro años que duró la I Guerra Mundial donó el dinero recaudado en todos sus partidos a beneficio de las víctimas de la contienda. Disputaron encuentros por toda Gran Bretaña y lograron juntar hasta 600 libras en un partido, que en los parámetros actuales se situarían en torno al millón de euros.

Poco después del fin de las hostilidades, en marzo de 1919, el Kerr’s Ladies FC jugó un encuentro ante un combinado francés que reunió a 35.000 espectadores. Al año siguiente inició una gira por toda Europa para recaudar dinero para los soldados mutilados. En 1920 el Kerr’ Ladies FC congregó a 53.000 espectadores en el Goodison Park de Liverpool ante el Saint Helen’s Ladies. Las chicas de la fábrica de Kerr disputaron 67 partidos en doce meses y se vieron forzadas a rechazar más de 120 invitaciones. Era 1920, y por entonces había más de 150 equipos femeninos federados en Inglaterra.

El fútbol femenino estaba en su apogeo, pero de repente todo iba a volver a cambiar. Las mujeres habían conseguido ya el derecho al voto, pero la sociedad aún no estaba preparada para un cambio tan brusco. Los hombres que consiguieron volver del infierno pretendían regresar a sus vidas de 1914. Esperaban retornar a sus trabajos y que las mujeres volviesen a sus quehaceres domésticos. Aquellos hombres habían dado los mejores años de su vida y no estaban dispuestos a perder lo que según ellos habían defendido en las trincheras francesas.

De un día para otro se consideró a las mujeres como incapacitadas para jugar al fútbol. Los médicos (y las médicas) volvieron a alertar de los peligros del fútbol para las mujeres, de como un golpe en el lugar inadecuado podía incapacitar a una mujer para tener hijos. Los expertos alertaban de la pérdida de población de la nación y de cómo la mujer tenía que dotar de vástagos al país para recuperar sus cifras de natalidad. La doctora y tenista Eustace Miles llegó a afirmar: «Las patadas son un movimiento brusco para las mujeres y la presión es severa. La complexión física de una mujer tiende a ser más redonda que la del hombre, pero el fútbol obliga a movimientos menos redondos y más angulares”.

La campaña fue cruenta hasta que el 5 de diciembre de 1921 la FA ordenó a los clubes pertenecientes a la asociación que no permitieran el uso de los recintos para los partidos entre mujeres. Así pues, las féminas no podrían usar ningún estadio profesional bajo las excusas ya conocidas sobre los peligros físicos. Pero había otro motivo velado. Se acusaba a las mujeres de ser incapaces de ver el beneficio económico del fútbol, ya que únicamente sabían recaudar sumas de dinero con fines benéficos.

Aun así las mujeres podrían seguir jugando con tal de que encontrasen un rectángulo habilitado para la práctica del fútbol. Pero la FA fue más lejos todavía. Prohibió que un colegiado o juez de línea federado pudiese arbitrar en un partido de fútbol femenino. Las mujeres protestaron, evidentemente, pero ni era el momento ni el lugar. Ningún partido político, sindicato o medio de comunicación consideró de relevancia sus protestas. «El órgano controlador de la FA lleva cientos de años de retraso y sus acciones son simples prejuicios de género. Ninguna de nosotras ha sufrido ningún efecto dañino debido a la práctica del fútbol», declaraba la capitana del Plymouth Ladies, en una de las escasas entrevistas a las que las mujeres obtuvieron acceso.

La gran mayoría de clubes femeninos desaparecieron de un día para otro. El Kerr’s Ladies FC fue el único que aguantó con la nueva denominación Preston Ladies FC. Jugaron numerosos partidos en Canadá y Estados Unidos, muchos de ellos arbitrados por Tom Finney, internacional inglés nacido en Preston y que siempre apoyó la causa. El equipo se disolvió en 1965 en medio de enormes medidas de presión de la FA, la cual consiguió cancelar muchos de sus encuentros.

Hubo que esperar a 1969 para que en Inglaterra se formara la Asociación Femenina de Fútbol aprovechando el éxito de los chicos en el Mundial celebrado tres años antes. Y en 1971 la FA permitió medio siglo después que las mujeres pudiesen jugar en los estadios de los equipos profesionales.

Habría que esperar aún un poco más, hasta 1984, para que se celebrase la primera Eurocopa femenina, a 1991 para el primer Mundial femenino y a 2002, ayer como quien dice, para el primer torneo europeo de clubes femenino.

Y aún así, no hay equipo femenino que aglutine 30 o 40.000 espectadores en cada encuentro como hacían las Kerr’s Ladies FC a inicios de 1920.

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