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La autocanasta de Alocén (la autocanasta de Ferrándiz)

Imaginemos un baloncesto diferente. Un baloncesto donde no existe el triple. Baloncesto donde no consta el campo atrás. Un baloncesto donde no se halla el tiro libre adicional. Ese era el baloncesto en 1958, el año en el que se disputó la primera edición de la Copa de Europa y que acabó con triunfo de los soviéticos del ASK Riga en una final a doble partido ante los búlgaros del Akademik de Sofía. Así, en formato de ida y vuelta, se disputaron las cuatro primeras finales europeas hasta que en 1962 la autocanasta de Alocén sacudió los cimientos del baloncesto FIBA.

En el baloncesto existen dos realidades yuxtapuestas. La primera es la NBA, donde están los mejores jugadores del planeta y en cuyas reglas han primado siempre la movilidad, el espectáculo y el juego ofensivo. La segunda realidad es la del baloncesto FIBA que desde Europa regula ‘grosso modo’ un juego más técnico y táctico. Los europeos siempre se han jactado de guardar las esencias y la tradición de todos los deportes, pero no han podido hacerlo jamás con el baloncesto, que es, junto al fútbol, el deporte con mayor aceptación a nivel mundial. Dado que el basket fue inventado por los norteamericanos, desde esta parte del globo nunca hemos conseguido concretar una forma efectiva de poder.

En el deporte estadounidense no existe el empate. Sólo la victoria y la derrota. Prima la cultura del vencedor. El deporte en Europa, influenciado por la Inglaterra victoriana y la Grecia clásica, fomenta la competitividad entre caballeros. Además de la victoria, incorporó el empate. El baloncesto hizo el camino inverso al del resto de deportes y viajó de Estados Unidos para llegar a Europa. Lo hizo con su propia idiosincrasia, pero Europa lo reformuló a su imagen y semejanza.

Así pues, mientras que en Estados Unidos una eliminatoria entre dos equipos se dilucide en número de victorias siempre impares (al mejor de 3, 5 ó 7) en el baloncesto FIBA se implantaron las eliminatorias de ida y vuelta con la posibilidad de desempate en caso de igualdad. El problema es que, a diferencia del siempre presente fútbol, en el baloncesto las anotaciones son numerosas por lo que aumentaba considerablemente la complejidad de la ecuación. Se sumaban los puntos conseguidos en ambos partidos para obtener el resultado final. Y por tanto era muy importante ganar por muchos puntos de diferencia. O no perder por abultado tanteo.

Para la temporada 1961/62 la FIBA introdujo una novedad. Eliminaba los empates en las eliminatorias de ida y vuelta e introducía el tiempo suplementario. En caso de igualada al final de los 40 minutos se jugarían otros cinco de prórroga hasta que hubiese un vencedor.

Se suponía que se solucionaba el problema. Estaban muy equivocados.

El enero de 1962 el Ignis Varese y el Real Madrid disputaban los octavos de final de la Copa de Europa. Por aquel entonces las diferencias entre jugar en casa y fuera eran abismales. El público invadía la cancha constantemente, había injerencias en el reloj de posesión por parte de los miembros de la mesa arbitral, los colegiados solían ser caseros y además la ausencia de ojeadores y vídeos hacía que hubiese un frecuente desconocimiento del rival. Lo normal es que el equipo casero ganara en su pabellón, por lo que era fundamental salvar los muebles cuando se jugaba fuera para poder remontar en casa.

Esa era la idea del Real Madrid que entonces entrenaba Pedro Ferrándiz. Había llegado al banquillo del conjunto blanco en 1959 y se mantendría en el cargo hasta 1975 sumando 12 ligas y 4 Copas de Europa en su palmarés. Hombre agrio, mal encarado, pero inteligentísimo y aplicado, el día que dejó los banquillos lo hizo porque según indicó se había cansado de ganar. Ya anciano, es reacio a dedicar elogios y sólo se anima con aquellos entrenadores o jugadores que le puedan rebatir su palmarés, caso de Lolo Sainz o Felipe Reyes.

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Pero en 1962 el Real Madrid aun no era campeón de nada y viajó a Italia con múltiples precauciones. Sorpresivamente los madrileños fueron por delante durante toda la primera mitad con diferencias que rozaban los 10 puntos, liderados por Emiliano Rodríguez y Wayne Hightower. Sin embargo, en la segunda parte los italianos fueron reduciendo progresivamente la diferencia hasta que a falta de dos segundos para el final el Varese empató el partido (80-80) y todo parecía indicar que el encuentro se decidiría en la prórroga.

La posesión era para el Real Madrid que aún tendría una última oportunidad para ganar el partido. Ferrándiz pidió tiempo muerto y diseñó la jugada final. Una jugada que cambiaría los cimientos del baloncesto FIBA. El Madrid había perdido por acumulación de faltas a Carlos Sevillano y a Stanley Morrison, su pívot titular, en la jugada del empate del Varese, y Ferrándiz sabía que si el partido se iba a la prórroga los italianos ganarían el choque con facilidad.

Sólo podía aspirar a cambiar el sino del partido con esa jugada final. Con esos dos segundos de inspiración. Antes de volver a la pista, Ferrándiz cogió a Alocén del brazo y le susurró al oído; “ya sabes lo que tienes que hacer”.

Lluis Cortés sacó de fondo y pasó el balón a Lorenzo Alocén, habitual pívot suplente del Real Madrid. Alocén recibió la bola debajo de su propio aro y ante la sorpresa general lanzó a tabla y encestó en su propia canasta. Hizo una autocanasta. El Varese ganaba el partido por 82-80 con una autocanasta de un jugador del Real Madrid.

Fueron los dos únicos puntos de Alocén en todo el partido. Y los anotó a favor del Varese.

El público de Varese empezó a saltar de júbilo y a reírse del infeliz de Alocén. Pero pasados los primeros segundos de estupor los jugadores y la afición del Varese comprendieron lo que había sucedido. El primero en darse cuenta fue el varesino Lajos Toth que corrió junto a los árbitros para pedir la anulación de la canasta. El público se dio cuenta de la treta y empezaron a volar mecheros, cajas de cerillas con monedas en su interior y botellas sobre la pista. Pero a pesar de la indignación no había motivo alguno para anularla. Nada decía el reglamento sobre las autocanastas.

Pedro Ferrándiz sabía que una desventaja de dos puntos era remontable en el encuentro de vuelta. Sin Sevillano y sin Morrison, con Hightower tocado y con Lolo Saínz y Lluís Cortés con cuatro faltas personales, Ferrándiz lo tenía claro y cristalino. Mejor perder de 2 que ir a una prórroga y perder de 10 o de 15. Le dijo a Lorenzo Alocén que convirtiese una autocanasta a sabiendas de la derrota porque estaba seguro que en el Frontón Fiesta Alegre de Madrid la remontada era factible.

Según contó más tarde Alocén la jugada ya había sido ideada tiempo atrás. Ferrándiz había inculcado a sus muchachos que en caso de marcador ajustado siempre era mejor perder el partido de ida por una canasta que verse obligados a jugar una prórroga. Hubo una representación teatral digna de Buster Keaton. Ferrándiz se llevaba las manos a la cabeza y los compañeros de Alocén le gritaban y le zarandeaban mientras los rivales no daban crédito a lo sucedido y el público jaleaba con sorna al madridista con gritos de ¡Lorenzini!

Los días siguientes hubo un acalorado debate sobre lo sucedido pero, ante tanta nebulosidad, todo sucedió como Ferrándiz había previsto. En el partido de vuelta el Real Madrid pasó por encima del Varese (83-62) y se clasificó para los cuartos de final de la Copa de Europa de 1962.

Inmediatamente la FIBA convocó una reunión extraordinaria. Se homologó el resultado de la eliminatoria pero se cambió el reglamento con efecto inmediato. Se prohibieron las autocanastas deliberadas bajo multa de 1.000 francos suizos y eliminación del equipo infractor de la competición. Por otro lado se volvió a permitir el empate en las eliminatorias a doble partido descartando la opción de la prórroga. Aquel año se jugaría la primera final de Copa de Europa a partido único con victoria del Dinamo de Tiblisi (90-83) ante el Real Madrid de Pedro Ferrándiz y Carlos Alocén.

Ferrándiz seguiría impartiendo cátedra y a día de hoy es uno de los dos únicos entrenadores españoles (el otro es Díaz Miguel) que forman parte del Hall of Fame del baloncesto. Lorenzo Alocén acabaría siendo pieza importante en la selección española tras dejar el Madrid y convertirse en estrella en Zaragoza y en el desaparecido Picadero de Barcelona, que jugaba sus partidos en las que hoy son las instalaciones polideportivas del Palau Blaugrana del FC Barcelona.

Las eliminatorias europeas aún seguirían jugándose a doble partido hasta bien entrado el siglo XXI.

“Aproveché un resquicio legal. Como decimos en España, hecha la ley, hecha la trampa”. Pedro Ferrándiz.


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