familia

All Blacks; la psique de Nueva Zelanda

En aquellos tiempos que un hombre con el uniforme del servicio postal golpease la puerta de tu casa no era nada halagüeño. El telegrama procedía del War Office, el Ministerio de la Guerra. Ya imaginaba que le iban a decir. Era su hijo. Era octubre de 1915. Días antes una ofensiva lanzada por el general Haig en Loos, a las afueras de Lille, cerca de la frontera francobelga, se había saldado con cerca de 50.000 bajas británicas entre muertos, heridos y desaparecidos. Y justamente eso era lo que decía el telegrama. El hijo de Rudyard y Carrie Kipling había desaparecido en combate. No se le daba por muerto. Pero como si lo estuviese.

Rudyard Kipling era entonces uno de los escritores más famosos del mundo. Nacido en la India británica, el autor de ‘El libro de la selva’ o ‘El hombre que pudo ser rey’ consiguió a través de sus escritos darle dignidad a las colonias que entonces dominaba Gran Bretaña. Bien considerado, utilizó todos sus contactos y su inmensa fortuna en tratar de descubrir el paradero de su hijo. Peinó todos los hospitales y todas las cárceles en una lucha desesperada. Ya había perdido a su hija a los seis años por culpa de una neumonía y no estaba dispuesto a que la parca le hiciese lo mismo a su primogénito de 18 primaveras.

Fueron cuatro años de lucha rogando a todo a quien quisiese oírlo que no declarase muerto a su hijo, sino simplemente desaparecido. Al acabar la guerra viajó hasta Francia a rastrillar la zona en la que combatió su vástago buscando el cuerpo sin suerte. Hubo de aceptar lo inevitable y Jack Kipling fue declarado muerto oficialmente.

Frustrado y dolido, Kipling utilizó la poesía para dar rienda suelta a sus sentimientos. En ‘Epitafios de la guerra’ dejó unas perlas que aún resuenan en la actualidad; “Si alguien pregunta porque hemos muerto diles que fue porque nuestros padres mintieron”. Y en ‘Mi hijo Jack’ dejó una frase que fue pronto aceptada primero por Gran Bretaña y luego por el resto de los países para recordar a los desaparecidos en combate: ‘Known to God’ (Conocido solo por Dios). La inscripción adorna desde entonces la tumba de los soldados desconocidos y también la de Jack Kipling quien, finalmente, fue identificado en una fosa común en el norte de Francia en 1992, más de 75 años después de su muerte y más de medio siglo más tarde del fallecimiento de su padre.

Rudyard Kipling

Robert Stanley Black se convirtió en All Black un 18 de julio de 1914. Fue en Tasmania. Nueva Zelanda derrotó con claridad a Australia por 21-0. Hijo de inmigrantes británicos, no existía mayor honor para Robert que formar parte de la selección neozelandesa de rugby. Ser un All Black era una forma de aceptación en la comunidad. Apenas unos días más tarde Robert embarcó rumbo a Inglaterra junto a sus compañeros. Los rostros de la alegría y las palmadas de autoafirmación brotaban de proa a popa para unos chicos que emprendían la primera gira en la historia de los All Blacks. Aquellos jugadores iban a dar a conocer la existencia de Nueva Zelanda, un país de poco más de medio siglo de vida, por toda Gran Bretaña.

Tras tan largo viaje, a Robert le dio para jugar otro partido internacional nada más llegar a tierras británicas. Dos semanas más tarde el rey Jorge V anunciaba que el Imperio Británico estaba en guerra contra el Imperio Alemán y sus aliados. Las sonrisas se tornaron en mesura cuando Robert y parte de sus compañeros se alisten en el batallón de Canterbury. Poco le duró la gloria militar a Robert quien al poco, el 21 de septiembre, dejaba su vida en un lodazal de un pueblo belga.

En tres meses pasó de ser un chaval que cumplía el sueño de jugar un partido con su selección, a embarcarse en un difuso viaje camino de la entonces lejanísima Gran Bretaña, jugar ante los inventores del juego, calzarse un traje militar y empuñar un arma por vez primera en su vida y perderla en un extraño paraje a miles de kilómetros de su hogar.

Nueva Zelanda pagó un precio terrible por su participación en la Gran Guerra. En términos porcentuales encabezó la lista de muertos y heridos. Con una población entonces de poco más de un millón de personas envió a 110.000 hombres a batalla de los cuales 18.000 murieron y 55.000 quedaron heridos. En total un 66% de bajas. Galípoli, Somme, Messines Ridge o Passchendaele. Son los sitios donde se formó una nación orgullosa, valiente y decidida. Autosuficiente, animosa en espíritu y preparada para aceptar su diversidad.

Aunque ya explorada por españoles y luego ocupada por británicos, no fue hasta bien entrado el siglo XIX cuando los europeos pusieron sus ojos en Nueva Zelanda. Los colonizadores se asentaron en la isla norte, de más fácil acceso, pero afectada por peor clima. Con una vegetación espectacular, los británicos tuvieron que adentrarse tierra adentro luchando contra las inclemencias del tiempo. Solo los más fuertes consiguieron asentarse y echar raíces y pronto el conflicto con los maorís se hizo evidente. Pobladores originarios de las islas, los maorís eran grandes cazadores y pescadores y habían aprendido a domar la naturaleza a su antojo.

Las trifulcas y la violencia se hicieron comunes al día a día en Nueva Zelanda. El hombre blanco intentó acabar con el maorí, suceso que nunca ocurrió porque los maorís mantuvieron su raza y su cultura a salvo alejándose de los núcleos de población. Sin embargo, hubo un nexo de unión entre conquistados y conquistadores que pronto serviría para vertebrar el futuro del país.

El rugby.

En Nueva Zelanda el fútbol no caló entre la población. Hombres y mujeres, blancos y maorís, compartían fortaleza y destreza física. El rugby gustaba porque era una lucha cuerpo a cuerpo, una batalla de iguales en la que no había artificios. Solo dos cuerpos luchando entre sí. “Se juega como se trabaja”, gusta decir en Nueva Zelanda. Al rugby se podía jugar en la playa o en medio de la selva. Gustó. Y unió a las dos razas en un único objetivo. El rugby sería el objeto que daría identidad a la nueva nación.

Hasta trece miembros de los All Blacks fallecieron durante la I Guerra Mundial. El ANZAC (Australian and New Zealand Army Corps) representa desde entonces lo que es ser australiano o neozelandés; gente de distintos orígenes y clases sociales que demostraron valor en el combate, honor bajo presión y siempre dándole una mano a un compañero. Esta esencia se le llama el espíritu del ANZAC: las cualidades de valor, sacrificio y compañerismo que son las hoy defendidas a través del deporte especialmente representadas por los All Blacks. Las heroicas acciones neozelandesas durante la I Guerra Mundial sirvieron también para que Gran Bretaña reconociese a Nueva Zelanda como país y no como un apéndice colonial.

Si uno rasca bajo las colosales odas que glosan sus hazañas y ese místico aura que recubre a estos semidioses maoríes, encontrará que en esencia los All Blacks son simple y llanamente el mejor equipo de la historia del deporte mundial. Su porcentaje de victorias supera el 70%, pero más que su registro es su forma de someter a sus adversarios lo que les ha convertido en un referente que trasciende a la disciplina del rugby e incluso a los límites del deporte. Una historia de superación, discriminación racial, honor, sabotajes, derrotas aleccionadoras y sobre todo victorias, cientos de triunfos. Una historia que comenzó una soleada tarde de agosto de 1903 y que únicamente se vio interrumpida por una guerra en la que sus componentes cambiaron el balón por el fusil con la misma determinación y valentía.

Valentía que demostró Dave Gallagher, otro de aquellos hombres que ayudó a construir la psique neozelandesa. Carnicero de profesión, formó parte de los primeros All Blacks, aquellos que debutaron en 1903. Retirado, en 1907 se convirtió en seleccionador nacional, pero, aunque exento de conscripción debido a su edad, en 1916 decidió dejar a un lado su vida acomodada para alistarse en el ejército. El sargento Dave Gallagher tuvo que ver como dos de sus hermanos caían en el campo de batalla hasta que él mismo fue herido en combate en octubre de 1917 por un trozo de metralla que atravesó su casco. Al día siguiente fallecía en un hospital de campaña a los 43 años de edad.

Enterrado en el cementerio británico de Poperinge, cerca de Ypres, al oeste de Bélgica, su lápida tiene grabado un helecho plateado, planta propia de Nueva Zelanda y emblema de la selección neozelandesa de rugby. Desde 1922, cuando los All Blacks se embarcan en una gira por Europa, sea para jugar un partido amistoso o una competición oficial, es de obligado cumplimiento que la expedición se acerque a Poperinge a mostrarle sus respetos a Gallagher y por ende a todos aquellos que a través del rugby ayudaron a construir la psique de la nación.

La costumbre, que cuenta con un siglo de vida, no ha sido alterada ni lo será, a pesar de los continuos problemas del saturado calendario profesional y de las presiones de los diferentes patrocinadores.

Poperinge. Dave Gallagher

P.D: Nueva Zelanda es en la actualidad el país del mundo con más practicantes de deportes extremos por habitante, lo que demuestra el carácter de agresividad, aventura y fortaleza física extrema de la nación.

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Kopa Brand

Queda en las nebulosas del olvido, pero Raymond fue el primero. Mbappé, Zidane, Platini y Kopa. Mismo talento, orden inverso. Raymond Kopa fue futbolista grande, imponente, de los de mando en plaza. El primer gran futbolista francés, un país de bicicletas y balones ovalados que sólo ha ido abrazando el fútbol rendido a la evidencia de lo inevitable.

Raymond Kopaszewski era hijo de emigrantes polacos que se instalaron en el norte de Francia buscando una mejor vida. Kopa perdió el dedo índice de su mano izquierda trabajando en una mina de carbón en tiempos de la II Guerra Mundial. Tenía 14 años cuando acabó la contienda y dos decenas cuando firmó como futbolista profesional con el Stade de Reims. Es Reims una ciudad magistral. Capital del champán, a una jornada de trayecto de Paris, destaca por sus cuidados viñedos, sus bodegas elitistas y por una majestuosa catedral gótica bautismal de los reyes de Francia. Bombardeaba por los alemanes durante la I Guerra Mundial, la catedral fue rápidamente reconstruida por los franceses quienes conforman el país más monárquico con corte republicana.

Raymond Kopa - Perfil del jugador | Transfermarkt
Raymond Kopa

Kopa era pequeño, hábil, fuerte y escurridizo al mismo tiempo. Su versatilidad le hacía destacar como mediapunta o incluso como delantero centro. Y ahí radicaba el problema. Aquel puesto estaba reservado en el Real Madrid a Alfredo Di Stéfano. Hubo de ubicarse como extremo derecho a regañadientes. Era habilidoso, aunque carente de velocidad. Antes había convertido al Stade de Reims en un gigante europeo y en el club de referencia en Francia. Formó equipo con Michel Hidalgo y aun le daría tiempo a compartir un año con Just Fontaine antes de que una lesión de rodilla acabase con la formidable trayectoria del goleador magrebí. Kopa era el buque insignia de un Stade de Reims que en 1956 perdió en Paris la primera final de la Copa de Europa ante el Real Madrid.

Al año siguiente era Kopa el que levantaba el trofeo portando la camiseta merengue. Será el primero de tres títulos consecutivos en los que Raymond se erige como pieza fundamental. Aun hoy sigue siendo el futbolista que más asistencias de gol ha dado en finales de Copa de Europa. Por el camino también hubo un Balón de Oro y unas semifinales de Mundial con Francia en 1958, un Everest para el balompié galo de entonces.

Kopa era feliz en el Madrid. Las reticencias iniciales por su posición en el campo pronto se acabaron y trabó franca amistad con Di Stéfano. “Jugar con él era como llevar paracaídas cuando viajas en avión”, diría sobre ‘La Saeta’. Kopa comprendió que por muy bueno que fuese, el ‘capo’ y el mejor sobre el campo era Di Stéfano.

Sin embargo, había un pequeño agujero en la vida de Kopa que día tras día se agrandaba hasta convertirse en un cráter. Se trataba de Christiane, la esposa de Raymond. No le gustaba Madrid y no se adaptaba a la vida en España. Aquella capital gris bajo los auspicios de una dictadura en poco se parecía a la tranquila y provinciana Reims. Su deseo era volver a casa junto a su familia y sus amistades. Si la balanza estaba igualada un hecho terrible la inclinó del lado de Christiane de forma definitiva. El matrimonio Kopa hubo de convivir esos años con la fatídica noticia del diagnóstico de un cáncer en uno de sus hijos. Por aquel entonces la enfermedad derivó en muerte sumiendo en un oscuro agujero negro al matrimonio y al resto de la familia.

Santiago Bernabéu dio el visto bueno y tras tres años de ensueño en lo deportivo Kopa decidió volver a casa. El problema es que el Stade de Reims no tenía forma de pagarle a Raymond lo que demandaba. Bastante tenían ya el conjunto francés con mantener a Fontaine en el equipo. Aunque tanto el Madrid como el jugador fuesen magnánimos, en ese trienio el caché de Kopa había subido tanto que su vuelta a Francia se tornaba en imposible. Italia era entonces la cuna de oro del fútbol mundial y el lugar al que el futuro de Kopa parecía predestinado.

Pero apareció entonces un empresario de Angers que le propuso darle su nombre a una bebida refrescante, agua con gas, de gran éxito en el país galo. Cuajó, pero fue la espita para algo más grande. Un empresario textil le propuso a Kopa venderse a sí mismo. Ejercer de hombre anuncio. Crear la marca ‘Kopa’. ‘Kopa Brand’. Camisetas ‘Kopa’. Botas ‘Kopa’. Era algo inaudito. Si, ya en 1934 el brasileño Leónidas había sido imagen para una marca de chocolates o más recientemente Di Stéfano había sido el icono de una casa de medias (sí, han leído bien), pero aquello era desconcertante. Una muestra radicalmente distinta.

Kopa no hacía anuncios. Kopa era su propio anuncio. Controlaba el mensaje. Era anuncio y anunciante al mismo tiempo. Aquello se llamaba derechos de imagen. Era un ‘brand’, una marca. Estaba controlando su propio destino.

Y la cosa no fue bien. El Stade de Reims volvió a ganar la liga con Kopa pero veía como la brecha con españoles, británicos, italianos y hasta portugueses se agrandaba. Y la gente, tan tradicional en lo que a fútbol se refiere, la tomó con el bueno de Raymond. En cada partido del Reims había sonido de viento cuando el crack francés se equivocaba en un pase o fallaba una ocasión clara de gol. Si es tan importante como para tener su propia marca, si está por encima de los demás, que lo demuestre en el campo, era el sentir general.

Así que Kopa se dijo a sí mismo que era más que suficiente y decidió dejar Reims con el beneplácito de su esposa. Pero no le era posible. Existía entonces el derecho de retención por el cual un jugador no podía abandonar un club si no había consentimiento previo. Los clubes eran los propietarios de la ficha del futbolista y tan sólo tenían la obligación de aumentar un 10 % el salario de un futbolista anualmente para mantenerlo en nómina per secula seculare aunque fuese en contra de su voluntad. Dado que el Reims no tenía intención de traspasarlo, y menos tras la prematura retirada de Fontaine por culpa de las lesiones, Kopa no podría salir de Francia por mucho que lo desease.

Así que, en 1963, a los 32 años, Kopa dio una entrevista a ‘France Dimanche’. Fue duro. Había sido minero en su juventud. Era un inmigrante hijo y nieto de mineros. Era un hombre de tiempos bravos. Y no se cortó ni un pelo. Habló de explotación laboral. Era 1963. Época de cambios sociales, pero quizás Kopa se adelantó un lustro o una década a lo que la sociedad demandaba. El caso es que tanto el Reims como la Federación Francesa de Fútbol reaccionaron furiosos y se sancionó a Kopa con seis meses sin jugar. Kopa intentó acudir a la justicia ordinaria, pero fue en vano, dado que entonces los trapos sucios del deporte se lavaban en la intimidad.

Kopa volvería a jugar, mas nada volvería a ser lo mismo. El Reims pagó cara esa ausencia de seis meses y bajó a Segunda. Ascendería de nuevo, pero Kopa era un bicho raro, una mosca cojonera en un panel de miel. Pleiteó con tesón, aunque tuvo que esperar para estar retirado para que la justicia le diese la razón. A él no le valdría de nada, pero trajo justicia a los que le sucedieron. Era 1968 y el mundo además de playa debajo de los adoquines convertía a los futbolistas en trabajadores con derechos sociales.

A partir de ahí vino todo lo demás. Pocos años después Cruyff firma un gran contrato con Puma. Resultó que la selección holandesa contrató con Adidas y suministró la ropa con las consabidas tres rayas en las mangas. Cruyff se negaba a ponérsela porque hacerlo contravenía su acuerdo con Puma. Tras un largo tira y afloja, se la puso, pero quitando una de las tres tiras. Aquella foto fue célebre. Y no paso nada. Los derechos de imagen eran una realidad. Con el tiempo se olvidó y Florentino Pérez usó esa estratagema para llenar el Madrid de galácticos, pero pronto los futbolistas (y sus representantes) se dieron cuenta de que ahí residía el negocio. A Kylian Mbappé le disuadieron en 2022 de fichar por el Real Madrid por 225 millones de euros a razón de tres temporadas…y 125 a mayores de compromisos publicitarios organizados por el Paris Saint Germain. Mbappe se ha negado más de una vez a cumplir con alguno de esos compromisos que estaban en conflicto con otros de la selección francesa más otros que el mismo ha adquirido a título personal.

Hoy Raymond Kopa es un mito del fútbol francés y europeo. Da nombre al trofeo del mejor jugador sub-21 del planeta y está considerado el pionero del sindicalismo y el hombre que permitió que los futbolistas fuesen los dueños de su propio destino. Pero antes de todo eso Kopa lo pasó mal. Gastó mucho dinero en abogados y tuvo que vender su Balón de Oro acusado por las deudas. Después se rehízo y su marca ‘Kopa’ diseñó la línea deportiva de Adidas que vistió a Uruguay, Chile, Suecia y Yugoslavia en el Mundial de 1974. Hoy ‘Kopa’ ya no existe, pero en 1998 unos chicos neerlandeses fundaron una marca de camisetas de fútbol vintage de preciosos diseños y de éxito mundial. No le pudieron poner ‘Kopa’ por derechos de imagen. Pero no dudaron en bautizarla como ‘Copa’.

SportMob – Raymond Kopa Biography
Kopa

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Los demonios de Ocaña (2ª parte)

Compró por entonces Luis Ocaña un pastor alemán. La vida le sonreía. Tenía casa propia. A la finca le había puesto de nombre Orcieres-Merlette en honor a aquella calurosa tarde de julio de 1971. Tenía un hogar, una familia y, ahora también, un perro como mascota. No lo dudó. Le puso de nombre Merckx. Lo tenía clarísimo. Le gritaba a todas horas. ¡Ven a mis pies! ¡Merckx soy tu dueño! ¡Merckx túmbate! Hoy diríamos que Ocaña tenía un TOC. Estaba obsesionado. Estaba trastornado. Estaba encantado. Podía mandar en Merckx y Merckx le obedecía.

Para 1973 Eddy Merckx decide no correr el Tour. Quiere ganar la Vuelta a España. Es la única de las tres grandes que no tiene, más que nada, porque nunca la ha corrido. Por entonces Giro y Vuelta se solapaban en primavera y el prestigio de la ronda italiana era infinitamente superior a la de la carrera hispana. Merckx decide correr (y ganar, porque Merckx no corre para ser segundo) la Vuelta y el Giro. Entre la finalización de una y el inicio de la otra hay tan sólo cinco días de diferencia. Una locura.

Para asegurarse la presencia de ‘El Caníbal’, la organización de la Vuelta decide hacer un recorrido amable y así Merckx se anime a acudir. La idea es que regule sus fuerzas y pueda asaltar el Giro en plenitud de facultades. Se introducen muchos sprints bonificables, donde la punta de velocidad de Merckx y el buen hacer del equipo Molteni le facilitaran las cosas. Ganará la Vuelta con 3’46’’ sobre Ocaña, siendo mucho más conservador que de costumbre. Fue la única vez en la historia de la Vuelta en la que ha habido tres ganadores del Tour en el pódium (Merckx, Ocaña y Thevénet).

Ocaña lanzó sapos y culebras por la boca. Si su exhibición en Orcieres-Merlette y su posterior caída en Menté le habían colocado en el santoral de los españoles, de repente tras esa Vuelta volverá a ser considerado francés. Ocaña. Español en Francia y francés en España. Despotrica contra la organización por apoyar con el trazado a Merckx y a los aficionados por animar al belga. “La carrera está preparada para Merckx. Sin cuestas y con bonificaciones. Solo falta que le pongan segundos a la puerta del hotel”. Eddy contesta. “Los sprints están para todos, sólo tiene que aprovecharlos”. En el pódium de San Sebastián (si, San Sebastián, entonces no se acababa en Madrid) la cara avinagrada de Ocaña es de las que quedan en el recuerdo. Años atrás en una Paris-Niza, Merckx pasa silbando al lado de Ocaña. “Silba, silba, que un día silbaré yo”, dicen que dijo por lo bajo el de Cuenca.

El caso es que, tras ganar la Vuelta, Eddy Merckx gana el Giro del 73 en otra hercúlea exhibición y, aunque recibe muchas presiones externas, decide tomarse el mes de julio como descanso. No correrá el Tour.

Es la oportunidad de Luis Ocaña.

En la primera etapa un perro se cruza delante del pelotón. Y Luis Ocaña se cae. Pero esta vez no. Esta vez no. Se viste de amarillo en la séptima etapa camino de los Alpes. No soltará la sagrada prensa. Su mujer lo acompaña día tras día preparándole tisanas para sus recurrentes problemas respiratorios. Pero es otro Ocaña. Sin Merckx, corre más relajado. Su pedaleo resulta hermoso, bello. Su victoria es exuberante. Gana seis etapas y deja a Bernard Thevénet, segundo clasificado, a más de quince minutos. Ocaña arrasa. Ocaña gana a lo Merckx.

Les Orres, Tour 1973: El gran choque de Ocaña y Fuente - Ciclo21
Fuente (i), Thevénet (c) y Ocaña (d)

En aquel Tour, en su Tour, ese del que ahora se cumple medio siglo, sólo se dio un capricho. Moutiers-Les Orres. 237 kilómetros. Telégraphe, Galibier, Izoard y Les Orres. Se van José Manuel Fuente ‘Tarangu’ y Ocaña. Si el conquense era terco, el asturiano era, si cabe, aún más tozudo. Ocaña le propone un acuerdo. La etapa para ti, la general para mí y si tu equipo me echa una mano en el llano yo os dejo ganar todas las etapas que queráis. El Tarangu dice que no. Al loco ni agua. Porque Fuente llamaba loco a Ocaña. El novelista Marcos Pereda dejó escrito que eso era tan irracional como que Miliki llamase payaso a Fofó. El caso es que los dos locos no se ponen de acuerdo. Quedan 150 para meta. Fuente ataca veintiuna veces. ¡21 veces! En todas respondió Ocaña. A la vigesimosegunda el niño del hambre, el niño de mirada taciturna, puso en marcha la burra. Luis Ocaña se fue sólo. Fuente llegó a un minuto, Thevénet a siete, Zoetemelk, sexto en la etapa, a más de 20 minutos. Es un exterminio. Ocaña acaba tan cansado que llega al hotel y se queda dormido con el maillot amarillo con el que es investido en el pódium.

Pero Ocaña no es feliz. Ocaña no está eufórico. Puede que haya ganado el Tour de 1973, pero su Tour era el de 1971. Meses después de su victoria, en julio del 73, tiene lugar el Campeonato del Mundo de Ciclismo en Barcelona. Ocaña es bronce. Irradia felicidad. Mas que en el Tour. Se gana la plaza en el pódium por delante de Merckx al que supera en el sprint y quien finaliza cuarto. El oro es para Gimondi. El italiano aprovechó mucho mejor sus oportunidades y su currículo brilla más que el español. No es así en el corazón de los aficionados. “Siempre salgo a ganar, no estoy satisfecho”, dice a la prensa. Pero sus palabras no acompañan a sus gestos. Es una derrota dulce.

La temporada acaba y toca correr un critérium en Bélgica. En el avión, camino de Bruselas, Merckx y Ocaña comparten asientos. Hablan. Hacen las paces. Nunca fueron íntimos, pero si enterraron el hacha de guerra. Al llegar a tierra se van de copas. Al día siguiente había carrera. Ganó Merckx, quien si no. Pero por la noche no. Por la noche ganó Ocaña. “Siempre me ganó en la carretera, pero nunca me ganó tomando copas”, diría una vez retirado Ocaña sobre Merckx. Y es que Luis Ocaña tuvo una inmensa suerte y una enorme desgracia. Eddy Merckx. Merckx le privó de la gloria, pero sin Merckx jamás hubiese exprimido su talento.

Aquellas peleas de Merckx y Ocaña: sobre Orduña, Torrelavega y la Vuelta de  1973
Ocaña ataca a Merckx. Vuelta 73

Llegamos así a 1974. El año de la verdad. Ocaña contra Merckx. Los dos últimos ganadores del Tour frente a frente. Pero no fue así. Ocaña corre la Vuelta con sus eternos problemas respiratorios. Tose. Hace frío. Va a peor. Debe abandonar. Pero no abandona. Queda cuarto. Y queda tocado. No corre ninguna carrera hasta que reaparece a escasas semanas del Tour. Y entonces se cae. Ocaña siempre se cae. No correrá el Tour. Merckx gana el quinto. Se puso líder el primer día y le metió una minutada a Raymond Poulidor, segundo en la general a sus 38 años.

Y ese fue el fin. El Bic prescindió de Ocaña cansado de pagarle a un corredor que siempre estaba enfermo o lesionado. Ocaña vuelve a España y firma por el modesto SuperSer. Le dio para hacer otro pódium en la Vuelta y fin de la historia. Abandonó en el Tour del 75 y en el 76 quedó decimocuarto. Ese año brilló por última vez. En una etapa de los Pirineos decide tirar de orgullo y hacerle decenas de kilómetros a Lucien Van Impe mientras el belga va camino de ganar el Tour. ¿Por qué? Porque así le hacía la puñeta al otro aspirante, a Joop Zoetemelk, aquel neerlandés chuparuedas que se había caído encima de Ocaña en aquella cerrada curva de izquierdas bajando el Col de Menté.

Genio y figura.

El ocaso de Ocaña es aceleradísimo. Con 32 años está retirado. Está jubilado y tiene toda la vida por delante. Compra unos terrenos en Caupanne. Son 60 hectáreas. Instala una piscina en la finca y levanta los azulejos con sus propias manos acabando con un corte atroz que lo lleva a urgencias. Le dicen que contrate a unos profesionales y se niega en redondo. ¿Qué pensaría su padre? Dicen los que lo conocen que es más feliz que un niño con zapatos nuevos. Es el triunfo de su vida. Tiene casa y tierras. Ha conseguido lo que siempre había soñado. Lo que nunca había logrado su padre. Pero todo es un paripé. Luis no es feliz. Luis nunca es feliz.

Decide dedicarse al armagnac. Todos le dicen que está loco. Que el tiempo del cognac y del armagnac ha pasado. Que son bebidas que no interesan a los jóvenes. No hace caso. Se mantiene rebelde. Como siempre había sido y como siempre será. Llama a Merckx. Le pide ayuda para importar armagnac gracias a su nombre en Bélgica. Eddy acepta. Pero ni Eddy puede levantar un imposible.

Un temporal arrasa con las viñas. Durante tres años no se podrá cultivar. Y no tiene seguro. Luis no había asegurado las viñas. ¿Luis Ocaña con un seguro? No, gracias. Debe volver. Lo hace como director deportivo. Fracaso absoluto. Lo hace como comentarista radiofónico. Clarividente, pero demasiado sincero. Despotrica sin ton ni son. Se gana enemigos en cada esquina. Habla de Franco y asegura que el futuro de Francia es Le Pen.

Y luego está Merckx. La sombra de Merckx. “Nunca te perdonaré que no corrieras el Tour del 73”, le suelta cada vez que coincide con él. “Le doy más valor a lo que hice en el 71 que a la victoria del 73”, dice, melancólico, micrófono en mano. Merckx. Merckx. Siempre Merckx.

Tristón, mustio y abatido, Luis se consume por dentro. Tiene un accidente de coche. Tiene que ser hospitalizado. No pasa de susto, pero durante el susto le hacen una transfusión de sangre. Problema. Hepatitis C. Ocaña se hunde. Su mujer no lo reconoce. Es incapaz de animarlo. Los ataques de ansiedad son constantes.

Una mañana uno de esos ataques zozobra su existencia. Su mujer tiene miedo. Viene su médico de cabecera y también un par de agentes. Porque es un intento de suicidio. Y si es suicidio tiene que acudir la gendarmería. Lo tranquilizan. Su mujer pide internarlo. El médico le dice que no ha sido nada.

Dos días después, la mañana del 19 de mayo de 1994, a Luis Ocaña le da otro ataque de ansiedad. “Yo no pienso pasar mis últimos días sufriendo como mi padre”, cuentan que le dijo a su mujer. Su padre y Merckx. Merckx y su padre. Los demonios de su vida. Su mujer consigue tranquilizarla. Su mujer aprovecha para llamar al médico, pero Luis ha cortado el cable del teléfono. No hay móvil. Estamos en 1994. Pero hay una línea fija inalámbrica. Josiane, que así se llamaba la esposa de Luis, convence a su marido para que se retire a descansar a su despacho. Mientras, corre en búsqueda del inalámbrico. Llama al médico, pero llega tarde. Todo ha sido una artimaña de Luis. Como aquella vez que atacó a Merckx cuando pinchó una rueda. Ocaña lo tenía todo preparado. Aprovechó la ausencia de su mujer para descerrajarse un tiro en la sien.

Luis Ocaña, el español de Mont de Marsan, se suicidaba en el despacho de su casa antes de llegar al medio siglo de vida.

Luis Ocaña fue español en Francia y francés en España. Fue un incomprendido. Un ciclista incontenible y una persona insatisfecha. Ocaña era un orgullo desmedido incapaz de aceptar sumisión alguna. Nunca quiso que lo reconocieran como vencedor, sino como luchador. Esa obsesión fue su grandeza, pero también su condena.

CapoVelo.com - Luis Ocaña
Puro ciclismo

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Los demonios de Ocaña (1ª parte)

1968 era el primer año como profesional de Luis. Aquel verano se dio a conocer logrando la victoria en el Campeonato de España. Obteniendo el jersey con la rojigualda, Luis volvió a cruzar los Pirineos y se encaminó a Mont de Marsan. Allí, equidistante de San Sebastián como de Burdeos, se consumía el señor Ocaña, el padre de Luis. Un cáncer lo absorbía, pero antes de hacerlo su hijo le puso en el regazo aquel maillot con la bandera española. Llorando, Luis recibió de su padre un simple gesto de afirmación con la cabeza. Era un gracias, un orgullo y una felicidad a partes iguales. Días después el padre de Luis Ocaña fallecía.

Luis Ocaña fue francés en España y español en Francia. Aquello le desquició de por vida. Había sido descubierto por Pierre Cescutti, un ex ciclista y un tipo con vida de novela. Cescutti formaba parte del batallón que entró en el Nido del Águila de Hitler escasos días antes del fin de la II Guerra Mundial. Cescutti no puso su vida en peligro, ni pegó un tiro, ni intentó quedarse para el recuerdo con algún enser del Führer. Cescutti se atrincheró en la bodega de la casita de Berchtesgaden y se pilló una cogorza de campeonato mientras los demás jugaban a ser héroes. El caso es que Cescutti habló con su amigo Antonin Magne, doble vencedor del Tour y entonces director del equipo Mercier, para meter en sus filas a Ocaña. Magne le dijo que vale, que sería gregario de Raymond Poulidor y que habría que nacionalizarlo francés. Ocaña dijo que naranjas de la china. Él no iba a ser el segundo de nadie y ni de coña se iba a nacionalizar francés. Sus otros tres hermanos acabarían haciéndolo con el tiempo. A Luis jamás se le pasó por la cabeza.

“Soy más español que Franco”, diría en cierta ocasión.

Luis Ocaña había nacido en Priego, un pueblecito del norte de Cuenca, en 1945. Tiempo de miseria y hambre. A los seis años a su padre le dan un trabajo en una central hidroeléctrica en el valle de Arán y allí se van los seis miembros de la familia. Era republicano. Y lo putearon todo lo que pudieron. Todos eran pobres, pero los Ocaña incluso eran un poco más pobres. Contaba Luis que no supo lo que era una merienda hasta que tuvo doce años, momento en el que sus padres decidieron cruzar la frontera por el puerto del Portillón y buscar una vida mejor. Luis lo cruzó con la cabeza gacha, tímida, y la mirada perdida en busca de las estrellas. Esa mirada acompañó a Luis Ocaña toda su vida. La mirada del desgraciado, del que avergonzado pide perdón allá por donde pasa. Morenísimo, su cuello era propenso a las collejas. Con los años aquella cara de lelo acabará siendo ocultada por unas soberanas patillas.

A los catorce Luis entra como aprendiz de ebanista en Mont de Marsan donde se instala la familia. Es entonces cuando dos días a la semana pasa a entrenar con una bicicleta que le compra Cescutti admirado por el talento del chaval de Priego. A Cescutti le cuesta horrores convencer a su padre para que le permita ser ciclista. Todo se definirá cuando Luis le tire un hacha a la cabeza al capataz de la carpintería al negarse a aceptar una orden. Severo, su padre jamás se lo perdonó. Ocaña nunca acató la autoridad. Ni la de sus jefes ni la de su padre. Con su progenitor nunca tuvo buena relación, aunque siempre lo admiró por su tenacidad. Lástima que el padre no viviese lo suficiente para ver que su hijo tenía el mismo par de huevos que su progenitor.

Porque Luis Ocaña no iba a aceptar la autoridad de nadie. Tampoco la de Eddy Merckx.

Tour de Francia: Victoria de Ocaña en Puy de Dome | RTVE Play
Ocaña (rojo) y Merckx (amarillo)

Luis Ocaña se hizo profesional con el equipo español Fagor. Lo hizo por razones sentimentales, pero también entendía que tenía más opciones de destacar y de progresar en el mercado hispano. En 1969 corrió su primer Tour, hecho que también haría Eddy Merckx. Como finalizó ese Tour marca lo que será una constante en la carrera de dos genios de la bicicleta. Ballon de Alsacia. Merckx ataca y se pone de líder. Primera de muchas. Ocaña se va al suelo durante el descenso, su barbilla choca contra el asfalto y su rostro sangra abundantemente. Es invitado por su director a abandonar. Se niega. Acaba haciendo unos cuantos kilómetros remolcado por sus compañeros. Inconsciente, cruza la línea de meta vomitando. Es entonces cuando cae maduro al suelo y es trasladado al hospital. Solo entonces Luis Ocaña decide abandonar. Merckx lo alaba ante la prensa. A Ocaña eso no le vale para nada.

Y Eddy sigue a lo suyo. Merckx lo que hace es ganar el Tour tal cual ganaba Atila sus batallas. Domina de principio a fin, vence en seis etapas y gana todas las clasificaciones complementarias de aquel 1969, algo que jamás se volverá a repetir. El ogro belga refrenda exhibición en 1970, donde Ocaña (que había firmado por el BIC francés) se desfonda en los Alpes y pierde sus opciones en la general, aunque logra ganar una etapa parcial en los Pirineos.

Eddy Merckx es el gran dictador del ciclismo. No es que gane, es que arrasa. Ya sean clásicas, carreras de una semana o grandes vueltas de veintiún días. Camina hacia su tercer Tour de Francia consecutivo y Luis Ocaña aparece otra vez como aspirante. El respeto hacia ‘El Caníbal’ es inmenso, pero el pelotón es consciente de que contra el crono Ocaña y Merckx son parejos, más en la montaña el español es ligeramente superior. La gran diferencia radicaba en que Eddy era un martillo pilón incasable al desaliento y Luis era al mismo tiempo genio como sumaba pájaras e infortunios de proporciones bíblicas.

Tour 1971. Tras unas etapas de fogueo por el norte de Francia se llega a la séptima jornada con Merckx de amarillo y 52’’ de ventaja sobre Ocaña. Ese día se sube el Puy de Dôme y el de Priego le saca 15’’ al bruselense tras un latigazo. Es exigua renta, pero es la primera vez en tres años que alguien logra aventajar a Merckx en una gran vuelta. Dos días después, rumbo a Grenoble, Merckx pincha, y en ese momento Ocaña aprovecha para atacar. Llegará a la meta junto a Thevenet y Zoetemelk, quien será el que se lleve el premio gordo del liderato, mientras que Merckx se dejará 1’40’’ en la meta.

Llegó entonces el 8 de julio. 134 kilómetros. Salida desde Grenoble y llegada a la estación alpina de Orcieres-Merlette.

“O yo entierro a Merckx o él me entierra a mí”, diría Ocaña.

Nadie cuenta con Zoetemelk que sale de líder. Luis Ocaña está a un segundo. Merckx es cuarto en la general a cerca de un minuto.

Era una etapa corta, cortísima para la época. Apenas dos puertos sin excesiva ostentación al poco de iniciar el día, antes de llegar a Orcieres. En la primera cota, alto de Laffrey, Ocaña ataca y se lleva con él a Van Impe, Agostinho y Zoetemelk. El que no está es Merckx. Ocaña huele la sangre y tira como un poseso. Nadie le da relevos. Tampoco los admite. En el col de Noyer se va solo. Irresistible. Camina o revienta. Quedan 60 para meta. 117 en total de escapada. Entonces no hay pinganillos, sino pizarras llevadas por motoristas que anuncian con tiza donde está el enemigo. Y el enemigo estaba lejos. Muy lejos. Merckx tiraba solo. Estaba sin equipo y nadie le ayudaba. Tanta tiranía tenía al fin cumplida venganza. Cuando la ventaja iba por los seis minutos el director de Ocaña le mandó contemporizar. “¿Por qué?”, cuentan que dijo Luis. “Si son seis, serán siete”, replicó.

Luis Ocaña dio una de las mayores exhibiciones jamás dadas en la larga y brillante historia del Tour de Francia. Con un sol abrasador, gana y se pone el maillot de líder con 8’43’’ sobre Zoetemelk. Merckx era cuarto a cerca de diez minutos. El Tour estaba sentenciado. “El más increíble alarde de poder visto. El emperador (Merckx) fusilado”, título ‘L’Equipé’. “Nos ha matado como El Cordobés mata a los toros”, diría Eddy sobre Luis. En Francia lo adoran. Es uno de los suyos.

Los seis días de Luis Ocaña, emperador del Tour de Francia
El Cordobés en bicicleta

Pero Merckx era Merckx. Y moriría matando. Al día siguiente 251 kilómetros aburridos rumbo a Marsella. Etapa llana. Ocaña firma autógrafos y atiende en la prensa a cola de pelotón, justo cuando se va a dar la salida. Se corta la cinta…y ataca Merckx. El Caníbal no olvida la afrenta de Ocaña cuando había pinchado. Fue una lucha sin cuartel en el llano y dos minutos recortados por el belga. El pelotón llego con horas de adelanto a Marsella. Fue tal el enfado que el alcalde juró que jamás volvería el Tour a tierras provenzanas. Hubo que esperar hasta 1989, justo un año después del fallecimiento del regidor marsellés. Luego viaje en avión rumbo a Albi para una contrarreloj. La organización coloca a Merckx y a Ocaña en asientos contiguos. No se hablan. Ni se miran. Merckx reduce en once lacónicos segundos la distancia.

Y se llega así al 12 de julio de 1971. Primera etapa de montaña de los Pirineos. Desde Revel a Luchon. Se sube el Aspet. Merckx ataca. El cielo es azul. Ocaña va a su estela. Se corona el puerto. Calma tensa. Toca ascender el Col de Menté. Merckx suelta otro latigazo. El cielo es gris. Ocaña se pega a su rueda. Le dicen que lo deje ir. Que queda mucho. Que la ventaja es amplia. Ocaña dice que no con la cabeza. Tiene una misión y no es el amarillo. Su misión es derrotar al hombre perfecto.

Al rebasar la cima del puerto el cielo gris se convierte en una fuerte tormenta de verano. El paraíso se torna en negro. Granizo, relámpagos y barro. Las carreteras no tienen buen asfalto. Cuando besan la cuneta pasan de pastizales a pistas de patinaje. Eddy baja jugándose la vida. Luis no iba a ser menos. Tumbados sobre la burra con los dedos pegados en las palancas de los frenos. Al poco una curva fortísima de izquierdas. Merckx pierde el equilibrio y aterriza sobre la hierba embarrada. Ocaña cae, pero lo hace sobre una piedra. Merckx se levanta y sigue la marcha. Ocaña lo intenta.

Pero entonces llega Joop Zoetemelk.

A Zoetemelk no le van los frenos y cae encima de Ocaña. Tras el neerlandés vienen en tropel Agostinho y después López Carril. Ocaña no puede mover el brazo derecho.

Saldrá del Tour en camilla y lo hará sobrevolando en helicóptero el alto del Portillón.

Precisamente el Col de Portillón.

Porque en aquella etapa camino de Luchon se subía el Portillón y se cruzaba a tierras españoles antes de volver a Francia para finalizar la jornada. Había cuarenta kilómetros de recorrido entre Menté y las primeras estribaciones del Portillón. Lo lógico era que Ocaña dejase marchar a Merckx y fuese precavido bajando por aquella pista de patinaje. Pero para Ocaña el maillot amarillo era lo secundario, lo importante era ganarle a Merckx. Demostrarle que era mejor que él.

Para Ocaña cruzar de amarillo el Portillón por delante de Merckx era enterrar sus recuerdos de la infancia. Demostrarle al Luis niño que su tormento había finalizado. Cruzar el Portillón y ser aclamado por cientos de españoles era indicarle a su padre que los tenía más grandes que él. “Merckx y yo habíamos decidido atacarnos en cada metro de la carrera. Sabíamos que uno de los dos no terminaría el Tour”, diría en la cama del hospital. Pero era mucho más que eso. Cruzar el Portillón en cabeza no era ciclismo. Era un exorcismo.

Era su vida.

Tour Look Back: Luis Ocaña - PezCycling News
C’est fini

José Manuel Fuente ‘El Tarangu’ ganó la etapa y Merckx dio un recital que le valió para recuperar el liderato. El belga recibió insultos y escupitajos subiendo el Portillón y al día siguiente decidió no vestir el maillot amarillo por respeto a Ocaña. “Yo no he ganado el Tour, lo ha perdido él”, diría a la prensa. “Yo quiero que se lo ponga”, contestará el conquense. Dos días después el Tour pasa por Mont de Marsan y Merckx es incitado por los medios para acercarse a casa de Ocaña y saludarlo. Se dan un apretón de manos y sonríen delante de los plumillas y los fotógrafos, pero ni se hablan. El odio mutuo es atroz.

Luis Ocaña fue un gran desafortunado. Como Sísifo empujaba la piedra cuesta arriba en la montaña para llegar a la cima y verla rodar hacia abajo. En 1972 da una exhibición en la Dauphiné Liberé, pero acaba enfermo. Se presenta en el Tour con una bronquitis, recuerdo de una infancia paupérrima en cuidados médicos. Aquel año llegaron primero los Pirineos antes de los Alpes. En el alto de Soulor Ocaña pincha y Merckx ataca. Recuerdos del pasado. Merckx jamás olvidaba los desagravios. Encorajinado, Ocaña inicia una feroz persecución y los riesgos hacen que en la bajada del Gran Cucheron su cuerpo se estampe contra el asfalto. Pierde dos minutos, tiene margen de mejora, pero en la primera etapa de los Alpes decide abandonar. Volverá a casa en coche conduciendo durante horas y tendrá que dar marcha atrás al darse cuenta de se ha dejado las llaves de su hogar en el hotel donde había dormido la noche anterior. Ocaña siempre genio y figura.

Porque Ocaña no se resigna a su rol secundario. Otros sí, otros limitan pérdidas, esperan que Merckx falle, aprovechan ausencias o descansos. Raymond Poulidor aguanta mecha, Bernard Thevénet tendrá el honor de tumbar al Caníbal en su ocaso y Felice Gimondi será el gran rival generacional de Merckx. Gimondi aprovechará las ausencias de Merckx para lograr un palmarés majestuoso, mucho más glorioso que el de Ocaña, pero menos brillante a la hora de juzgar con el corazón. Ocala lo intenta siempre. Siempre. Pase lo que pase.

Son cuatro Tours entre 1969 y 1972. Eddy Merckx los ha ganado todos. Luis Ocaña sólo ha logrado llegar a Paris en una ocasión de cuatro posibles.

Ocaña era un fatalista.

Y lo seguirá siendo también en la victoria.

Continuará.

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Cuando Pedro Carrillo se convirtió en Pete Carril

Pensilvania es un rectángulo casi perfecto. Uno de esos estados tirados con escuadra y cartabón producto del funcionalismo de los padres fundadores de los Estados Unidos. Fue William Penn el que tomó posesión de esas tierras en nombre del rey de Inglaterra y fue en Pensilvania, concretamente en su capital Philadelphia, donde los descendientes de aquel cuáquero inglés firmaron la Declaración de la Independencia y constituyeron los Estados Unidos de América.

Pensilvania era lugar de profundos bosques (Penn + selva) y generosos pastos. Pero con los años Pensilvania se convertiría en uno de los ejes del rápido crecimiento del país gracias a su industria pesada. La ciudad del acero por excelencia era Pittsburg, urbe situada al oeste del estado. Ahora sin humos, revela un paisaje de fábricas abandonadas de cristal y acero. Pittsburgh era la más conocida de esas ciudades que comenzaron brillando con el siglo XX y acabaron en la penumbra en el XXI. Otra de ellas era Bethlehem (Belén), situada en la otra punta de Pensilvania y lugar donde se asentaba la acería más grande de Norteamérica. Allí, en su época de esplendor, llegaron a censarse ciudadanos de más de ochenta países diferentes, todos emigrados en busca de un futuro mejor.

Entre esos miles y miles de extranjeros los había españoles. Uno de ellos era de Riaño, León, pueblito a los pies de los Picos de Europa. Pronto encontró trabajo en la acería. Había centenares de trabajadores españoles en Bethlehem y estaban muy bien valorados porque no protestaban (quizás también porque no sabían el idioma) y la mayoría tenían experiencia en los altos hornos vizcaínos o en las minas asturianas. De hecho, aquel leonés se había casado con una salmantina cuando trabajaba en los Altos Hornos de Bilbao.

Al poco la citada pareja tuvo un hijo. Le pusieron Pedro José y su apellido era Carrillo. Era 1930. Empezó la escuela chapurreando inglés y deseando acabar las clases para echar una partida a la brisca con su padre y jugar al fútbol con los otros niños españoles del barrio. Pero Pedro estaba mucho tiempo solo. Su padre trabajaba de sol a sol y a la pobre de su madre la perdió el mismo día que vino al mundo su hermana pequeña. Así que con tanto tiempo libre cultivó otras aficiones. Lo que más le gustaba era coger el autobús y acercarse a la cercana Philadelphia a ver los partidos del equipo de baloncesto de la Universidad de Pensilvania. Lo que más le llenaba de la experiencia era decirles a sus amigos que ‘The Palestra’, que así era como se llamaba el histórico pabellón aun en pie, había sido construido con acero fabricado por su padre.

The Palestra - Wikipedia, la enciclopedia libre
The Palestra

Pronto Pedro dejó el soccer y se pasó al baloncesto. No era alto, apenas media 170 centímetros, pero le encantaba aprender y era extremadamente listo. Destacó en el instituto, aunque el básquet universitario ya fue demasiado corte para un chico tan bajo. No obstante, llamó la atención de su técnico, un tal Butch van Breda Kolff. El que con los años acabaría siendo entrenador de Pistons o Lakers entrenaba entonces a la Universidad de Princeton, y antes de salir rumbo a la NBA, dejó un recado en la afamada institución académica: “Conozco al mejor entrenador del mundo, aunque no lo vais a contratar porque es medio calvo, tiene las orejas grandes y viste muy mal. Se llama Pedro”.

Era 1967. Pedro Carrillo iba a dirigir el equipo de baloncesto de Princeton, una universidad de reconocido prestigio en el ámbito académico, pero de nulo éxito en los ambientes deportivos. Princeton forma parte de la Ivy League, la división de la National Collegiate Athletic Association (NCAA) que engloba a universidades de la categoría de Yale, Harvard o Columbia, donde los jugadores no son elegidos en base a sus méritos deportivos sino en relación a sus aptitudes académicas. Un campeón de la Ivy League, sea la universidad que sea, es objeto de derrota cuando se enfrenta a cualquier otro equipo de la NCAA.

Así pues, Pedro Carrillo iba a tener que darle a la mollera si quería sacar rendimiento de aquel equipo. Lo primero que hizo fue convertirse en Pete Carril. Era 1967. No estaban de moda los latinos, ni la multiculturalidad, y un tipo rechoncho llamado Pedro Carrillo nunca obtendría el respeto de sus jugadores.

Longtime Princeton basketball coach Pete Carril dies at 92 - Sports  Illustrated
Pedro Carrillo

Fueron 29 las temporadas que Pete Carril dirigió al equipo de baloncesto de la universidad de Princeton. Y lo hizo con notable éxito, perfeccionando y modificando una forma de atacar que se daría a conocer como ‘ataque Princeton’ y que le granjeó un respeto y una fama que jamás podría haber ni imaginado cuando Pete simplemente era Pedro.

Entendió que con lo limitado que era su equipo debería explotar el juego colectivo a través de una rápida circulación del balón. En el ‘ataque Princeton’ existe el movimiento continuo, con y sin balón, lo que enmascara las debilidades técnicas y físicas de cada individuo. Con esa forma de jugar, Princeton se ganó una merecida fama de matagigantes. Por entonces hasta se pensaba en descalificar a los miembros de la Ivy League de la primera división de la NCAA por su escaso rendimiento, pero todo cambió cuando los bajitos de Princeton aguantaron en pie hasta el último segundo de un recordado partido frente a la temible Georgetown de Dikembe Mutombo (2,18 m) y Patrick Ewing (2,13 m). Antes de aquel histórico partido Newell puso a sus asistentes a defender con escobas en el calentamiento para acostumbrar a sus jugadores a luchar contra gigantes.

“¿De qué sirve ser español si no puedes perseguir molinos?”, dijo Newell en la rueda de prensa de su última victoria como entrenador universitario cuando Princeton venció por dos puntos a la poderosísima UCLA. Un triunfo de David contra Goliat, titularía la prensa norteamericana. Era 1996 y a los 66 años a Carril le llegaba la oportunidad de la NBA.

El sueño de Pedro era jugar como los Boston Celtics de Red Auerbach. Dirigir a un equipo de defensa feroz, transiciones veloces y certero al contraataque. Pero nunca pudo. La limitación de sus plantillas en Princeton le obligó a jugar un baloncesto pausado en el que se llevaba al límite el reloj de posesión. Tenía que ser lento por necesidad y a través del juego colectivo armarse de paciencia para dar con el momento exacto con el que tirar a canasta.

Pero en 1996 a Pete Carril se le abrió el cielo. Tendría el enorme talento de una plantilla de la NBA a su disposición y un entrenador que confiaba en su inteligencia. Porque Carril no sería primer entrenador, simplemente formaría parte del organigrama de Rick Adelman. Pero éste era sabedor de la inteligencia de aquel hijo de españoles y le encargó diseñar las jugadas de ataque y convertir el ‘ataque Princeton’ en la seña de identidad de los Sacramento Kings.

Aquel equipo dirigido por Vlade Divac y Chris Webber, dos hombres altos con mentalidad de bases, se convirtió en una de las escuadras más atractivas de la NBA y solo los Lakers de O’Neal y Kobe Bryant les impidieron convertirse en campeones. Los Sacramento Kings, hasta entonces un equipo sin rumbo, fueron durante un lustro una perfecta combinación de egos donde el pase extra y la solidaridad imperaban sobre todo lo demás y el juego bonito gobernaba por encima de los resultados. A sus 70 años Pete Carril había logrado la perfección con su querido ‘ataque Princeton’.

Kings Statement on Passing of Pete Carril | NBA.com
Pete Carril

La idea de que si la pelota y el jugador no dejan de circular el balón finalmente encuentra su destino, estuvo y estará presente en cualquier cancha de baloncesto. Pero fue aquel hijo de un leonés el primero que, agobiado por la necesidad, diseñó un quinteto con cinco exteriores sin presencia de pívots tan en boga en la actualidad. Mucho antes de que Golden State Warriors ganase cuatro anillos de la NBA con Draymond Green haciendo de pívot sin llegar a los dos metros, los Tigers de Pedro Carrillo ya hacían lo mismo desde la neoyorkina universidad de Princeton.

“Cualquier aficionado al baloncesto poco sofisticado podía admirar y entender a un equipo de Pete Carril a primera vista. También el adicto a los aros más devoto podía ser hechizado por un equipo de Carril en movimiento. Era baloncesto, no de talento, sino de equipo. Puede que no sea la forma en que todo el mundo debería jugar, pero era la forma en que todo el mundo solía intentar jugar». ‘The New York Times’ tras el fallecimiento de Pedro Carrillo (Pete Carril).

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Es relativamente habitual que cuando un licenciado estadounidense acabe su carrera cruce el charco y haga una tournée por Europa. Algunos visitan Londres, muchos Roma y todos Paris. Hablamos de gente de cierto nivel intelectual, cultural e incluso económico. Gente que admira el estado de bienestar europeo y ese gusto por trabajar por vivir y no el vivir por el trabajar tan propio de Estados Unidos. Ven Europa con ojos románticos, como una suerte de club de países pequeños con PIB extraordinarios. Un paraíso para disfrutar de una jubilación que se antoja de las más longevas y satisfactorias del planeta.

Y, sin embargo, todos esos jóvenes bien alimentados y bien educados que critican la venta de armas en Estados Unidos y admiran los hospitales públicos europeos, se echan las manos a la cabeza cuando ven que nadie tiene secadora.

Algo propio del tercer mundo.

El 90% de los habitantes de Estados Unidos tienen secadora. Así como casas más grandes, armas en el salón y multitud de problemas cardiacos. Dicen que eso sucede porque el alcohol protege de los problemas de corazón y como los europeos están siempre borrachos bebiendo vino en las comidas…Que un norteamericano tenga una secadora no es una cuestión geográfica, sino cultural. Tanto la tiene el habitante invernal de Wisconsin como el del verano perpetuo de Florida. Tender la ropa al viento es de pobres. Antiguamente era cosa de negros. Los blancos, los blancos más humildes y de casas húmedas del interior de Chicago, tendían la ropa al lado de la caldera. Desde que en los 50 la secadora se hizo accesible y popular a nadie, independientemente de su nivel de renta, se le ocurriría tender la ropa al viento.

En Europa no es así. La ratio de ventas de secadoras es de 1/9 en relación a la de las lavadoras. Sólo en las grandes ciudades, en pisos de metros cuadrados escasos, se le ocurre a alguien montar una secadora. Y no es una cuestión geográfica. Puede que en el sur de Europa el sol abunde, pero de los Pirineos para arriba el astro rey suele desaparecer con prontitud. La construcción de patios de luces, los recovecos de un ático o un sencillo sótano o trastero son válidos para tender la ropa. Incluso se puede colgar al aire libre en pleno invierno. En Manchester o en Oslo a las camisetas se les da la vuelta en el radiador como de un filete se tratase. Es, simplemente, una cuestión cultural. Incluso medioambiental en las zonas más progres del Viejo Continente.

Aunque a menudo Occidente se considera como un todo, la evolución histórica, geográfica y sociopolítica de sus diferentes lugares ha dado lugar a notables diferencias culturales. La amplia extensión de ambos mundos hace que cada región tenga sus particularidades. Con todo, la cohesión de Estados Unidos como única nación hace más fácil la homogeneidad que en Europa. Así un irlandés o un polaco tiende a parecerse más al prototipo americano que a buena parte de los europeos. Peso a lo cual, las secadoras escasean tanto en Dublín como en Varsovia.

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Secado Made in Europe

Escasean las secadoras al igual que las distancias y el tiempo permanecen en dimensiones distintas. Si una iglesia del siglo XIX es moderna para un europeo es antigua para un estadounidense. Si una ciudad está de la playa a unos 100 kilómetros es lejos para un europeo, pero cerca para un estadounidense. Lo haremos en un coche manual y pequeño, frente a los automáticos y grandes de un norteamericano, los cuales no tendrán problema para aparcar en los parkings gigantes que abundan por Estados Unidos. Nuestra semana empieza el lunes, mes y año. La de ellos es mes, domingo y año. Sus colegios son de pago y nadie tiene la obligatoriedad de aprender otro idioma, cuando aquí en el sistema público chapurreas, al menos, tres hablas. Nuestras calles están llenas de historia y las suyas de números, al igual que sus nombres de pila suelen ser también apellidos y sus políticos han de servir en el ejército antes de dar el salto a la política.

Y el deporte. En Europa la historia deportiva se ha cimentado sobre el fútbol. A su alrededor pivotan multitud de disciplinas, pero ninguna de ellas forma parte del tronco central del deporte estadounidense. Tan solo el baloncesto ha conseguido penetrar en el acervo colectivo de ambos continentes. Pero fútbol americano, béisbol y hockey sobre hielo son elementos extraños para el común de los europeos.

Empero, no es la diferencia de gustos lo que separa a europeos y a estadounidenses. La diferencia radica en la forma de concebir que es el deporte. Podemos identificar hasta tres diferencias fundamentales en torno a dicha concepción: a) aficionados; b) sistema de competición; c) objetivos de los clubes.

A) Aficionados:

En Europa las simpatías tienen una dimensión cultural y geográfica. De lo local a lo nacional y de lo nacional a lo internacional. El conglomerado de ligas regionales, nacionales y europeas certifica y pone en valor los sentimientos de cada forofo. Esta distinción es irreal para un estadounidense. Para ellos el campeón de la NFL, la NBA, o la NHL o la MLB es el campeón del mundo. Solo los Juegos Olímpicos son considerados para los estadounidenses un verdadero test internacional en el que enarbolar la bandera nacional.

La densidad de población de Europa Occidental es enorme lo que unido a un número considerable de países hace fácil el desplazamiento de aficionados para ver a su equipo. Esto convierte un partido fuera de casa en una aventura y crea una identidad cultural social entre los aficionados y su equipo. La inmensidad de Estados Unidos (donde caben hasta 18 Francias) limita al televisor el seguimiento del deporte, por lo que hace poco permeable la identificación con los colores.

B) Sistema de competición:

El deporte europeo se basa en tres tipos de resultados: victoria local, empate y victoria visitante. De igual modo, cuando existe un torneo de eliminatoria directa se establece un sorteo. Dicho sorteo funcionaba como una lotería donde el azar hacía su aparición. Solo en tiempos modernos e, influido por la tendencia estadounidense, se establecieron los condicionantes y los cabezas de serie. Al otro lado del Atlántico toda liga sirve como un proceso de selección natural en el que los mejores se clasifican para un torneo final eliminatorio en el que los cabezas de serie se eligen por el porcentaje de victorias.

En la opinión del que escribe está diferencia radica en el concepto de justicia. Para un europeo el resultado de una liga regular demuestra quien ha sido el mejor a lo largo de un recorrido, Quien ha sido el más fuerte a lo largo de una temporada. Esto implica que los mejores ganarán, pero, por un sentido de justicia y caridad, deben existir otros torneos donde el débil tenga su oportunidad. En las eliminatorias (copas) el azar sirve como balanza de la justicia que demuestra que, aparentemente, todos somos iguales. Es como el pan de los pobres que mantiene la ilusión de la felicidad.

Para un estadounidense no existe sentido de la justicia que pueda hacer creer que los últimos clasificados de una liga merezcan tener alguna opción de victoria. Sin embargo, crean ligas que irremediablemente cuentan con ‘playoffs’ por el título para demostrar que la justicia es igual para todos. Los mejores siempre parten con ventaja, pero deben demostrarlo, tanto a la larga como en las distancias cortas. Aquí el que manda juega con las cartas marcadas, pero siempre tiene que jugar. La justicia es igual para todos. La incertidumbre del resultado, y he aquí el quid de la cuestión, es mayor en el deporte norteamericano, aunque la sensación para el aficionado es que es mayor en el deporte europeo.

C) Objetivos de los clubes:

El objetivo de cualquier club es lograr el éxito. En Europa existe un sistema de ascensos y descensos en el que los fondos económicos se distribuyen en función de la categoría y de forma solidaria entre clubes a través de entes nacionales e internacionales. Trepar en el escalafón, sea como sea, es el objetivo para lograr el éxito deportivo. En Estados Unidos un club es una franquicia, donde un propietario, a través de su dinero, mantiene a su equipo en una liga independientemente de sus resultados deportivos. Todo se basa en la solvencia y en el crecimiento económico, y solo a través de la financiación correcta se puede alcanzar el objetivo deportivo.

Este sistema repercute directamente en los deportistas. En Europa sus sueldos dependen de las vicisitudes de su equipo y son altamente variables. En Estados Unidos dependen de sus méritos deportivos y son intocables tanto a la baja como al alza hasta que vencen sus compromisos contractuales.

Esto lleva directamente a una forma frontalmente distinta de entender la captación del talento.

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Fiesta universitaria

— ¿POR QUE LOS DODGERS NO SON EL MADRID NI MESSI ES LEBRON? —

Pocos conocerán a Randy Livingston. Normal. En doce años de carrera profesional jugó en infinidad de equipos. Concretamente en catorce equipos. En alguno de ellos de manera testimonial. Fueron dos los partidos que jugó con los Golden State Warriors y cinco en los que defendió la camiseta de los Chicago Bulls. En los Idaho Stampede de la liga de desarrollo de la NBA llegó a militar en cinco diferentes ocasiones en un espacio de ocho años. Y sin embargo Randy Livingston es un jugador de baloncesto venerado allí donde nació.

Porque en Nueva Orleans, en el estado de Louisiana, Randy Livingston es una leyenda viva. Asistió al instituto Newman de su ciudad natal con cuyo equipo de baloncesto logró el título de mejor jugador de secundaria de Estados Unidos en 1992 y 1993. Después logró una beca deportiva que le permitía ir a cualquier universidad del país. Decidió quedarse en casa y estudiar en la LSU, la Universidad Estatal de Louisiana. Que luego una lesión de rodilla cerciorase su carrera fue del todo inoperante. Randy Livingston es un icono de su comunidad.

Historia parecida es la de Herschel Walker. Nacido en Wrightswille, en el estado de Georgia, Walker compitió en el instituto de su pequeño pueblo donde logró la hazaña de guiar a su colegio a ganar el campeonato estatal de secundaria de fútbol americano en 1979. Al igual que Livingston, Herschel Walker decidió quedarse en casa y apostar por la Universidad de Georgia, donde también fue elegido mejor jugador del país y en 1981 ganó el campeonato universitario de Estados Unidos. Pero a diferencia de Livingston, Walker tuvo una carrera profesional fructífera que le llevó de Nueva Jersey a Dallas y de Dallas a Minneapolis, aunque jamás alcanzó los éxitos que logró como amateur en Georgia. Hoy Walker lucha por ser senador republicano por su Georgia natal.

Viajemos a Europa. Zlatan Ibrahimovic nació en Malmö, la ciudad más meridional de Suecia. De padre bosnio y madre croata, apenas jugó 40 partidos con el club sueco antes de firmar por el Ajax de Ámsterdam. Ahí inició una carrera antológica que le ha llevado a anotar más de 500 goles y a ganar títulos con algunos de los clubes más importantes del mundo, caso del FC Barcelona, el Manchester United, el PSG o las tres grandes escuadras italianas (Inter, Milan y Juve). Ibra es un dios del fútbol. Su carrera profesional es infinitamente superior a la de Walker o Livingston. Pero Ibra no es un dios en Suecia. Nunca ha tenido una actuación relevante con su selección. Es más. Ha renunciado sistemáticamente a defender la camiseta nacional y ha solicitado regresar cuando le ha convenido. Ni siquiera en Malmö es un ídolo. A la estatua de Ibrahimovic que daba la bienvenida a la ciudad de Malmö le fue amputada la nariz y fue tirada al suelo cuando Zlatan decidió entrar en el accionariado del Hammarby IF, club de Estocolmo y tradicional rival del equipo de Malmö. No, definitivamente Ibrahimovic no es un referente para su comunidad.

En Estados Unidos no existen las subvenciones estatales deportivas. Tan solo aportes económicos de la administración local. La economía del país obedece a la ley de la oferta y la demanda, y así funciona su sistema deportivo. Son los colegios los que tratan de captar talento en función de la disciplina, la productividad, el trabajo y el control. No se busca el modelo europeo de ‘fair play’ sino el modelo de excelencia. Ganar por encima de todo. A través de donaciones, publicidad y eventos financian los colegios su estructura académica. Del colegio se pasa al instituto (high school), donde se crea un vínculo con la sociedad. Esos deportistas llevan el nombre del instituto a lo largo del estado (o del país) y dan notoriedad a los mecenas que han llevado a esa institución al éxito.

Esos deportistas son captados por universidades que ofrecen becas deportivas para completar unos estudios que son prohibitivos para buena parte de los estadounidenses. A cambio, la universidad podrá obtener ingentes beneficios gracias a los ingresos televisivos, venta de mercadotecnia o control de derechos de imagen. Hay que tener en cuenta que los partidos universitarios reúnen a miles de espectadores en directo y a millones por televisión. Un entrenador universitario de fútbol americano o de baloncesto gana más dinero que el rector de la universidad.

Los más exitosos de estos atletas pasarán a la rueda del deporte profesional, mientras que la mayoría de ellos acabarán sus licenciaturas y entrarán en el mercado de trabajo. Suceda lo que suceda habrán formado parte de una comunidad. Quizás Michael Jordan sea el deportista más grande de todos los tiempos. Y lo es por sus hazañas con los Chicago Bulls, pero Jordan lo que es, es un ‘Tar Heel’ de la universidad de Carolina del Norte. Allí se formó como persona y como deportista. Fue allí donde decidió vivir una vez retirado y fue allí donde decidió invertir millones de dólares para comprar una franquicia de la NBA y no en el Chicago donde se convirtió en el hombre más famoso del mundo.

No sucede lo mismo en Europa. Aquí el deporte es diversión y formación. Está tutelado por los entes públicos, los cuales construyen los recintos deportivos. La idea es crear buenos hábitos, fomentar el compañerismo y desarrollar las capacidades psicomotrices de los niños. Salvo casos extraordinarios, solo cuando el niño se convierte en adolescente se empieza a pensar en su carrera profesional como deportista.

Y aquí estriba la gran diferencia. Ibrahimovic no jugó para un instituto ni para una universidad. Fue captado por un club privado quien lo formó en sus categorías inferiores y lo convirtió en profesional cuando consideró que estuvo preparado. No existió red de seguridad. Tuvo que escoger entre estudiar o dedicarse al fútbol. En Europa nadie es recordado por los goles que metió en la universidad. Simplemente porque esa opción no existe para el deportista de élite. Tomas el control de tu vida joven, seguramente excesivamente joven, y a cambio eres libre de decidir donde y para quien jugar. Quizás construyas un vínculo con una ciudad y su club de fútbol, pero lo normal es que no eches raíces ni edifiques vínculos e intentes labrarte una carrera de éxito por ti mismo sin tener en cuenta a tu comunidad.

Herschel Walker says he's been transparent about past violence - has he?
Herschel Walker

Lionel Messi nació en la ciudad argentina de Rosario y se formó en las categorías inferiores de Newell’s Old Boys. Allí estuvo hasta los doce años, por lo que pocos tienen recuerdo de él. Es así porque las categorías inferiores fuera de Estados Unidos son objeto de divertimiento y recuerdo y solo en épocas recientes los datos y las estadísticas han tenido una razón de ser. Es el salto al profesionalismo lo que marca la diferencia en Europa. Es así que Messi se convirtió en profesional con el FC Barcelona a los 16 años. Es en Barcelona donde ha cosechado sus éxitos por todos conocidos y es en la Ciudad Condal donde se ha convertido en una figura imperecedera que traspasa los límites del deporte. Messi es argentino de corazón y de sentimiento y anhela ganar el Mundial con su país para sentirse querido y reconocido por los que lo vieron nacer. Pero por mucho que quiera y por mucho que lo desee Messi jamás será rosarino. Nunca será Maradona. Messi ha sido criado, modelado y tutelado por Can Barça. Messi es patrimonio catalán, a pesar de que nunca ha hablado catalán.

Lebron James nació en un barrio marginal de Akron, suburbio al sur de Cleveland. Estudió en el instituto católico de Saint Vicent y Saint Mary donde sus estadísticas fueron contabilizadas al milímetro y se convirtió en campeón nacional y mejor jugador del país. Declinó declinar formarse en una universidad y dio el salto al profesionalismo a través de los Cleveland Cavaliers. De inmediato se convirtió en el hombre del momento, aunque tuvo que marcharse a Miami para ganar su primer anillo de la NBA. En aquel instante se convirtió en un Judas, pero con el tiempo regresó a Cleveland para hacer campeones por vez primera a los Cavaliers. Hoy Lebron James es una de las pocas figuras deportivas que pueden hacer sombra a Leo Messi a nivel global, pero su impacto a nivel local es inimaginable para el bueno de Leo. Ha construido escuelas, orfanatos o museos en su ciudad natal y, sobre todo, se ha convertido en ejemplo y referente para la comunidad de Akron y de Cleveland, a la que siempre hace referencia en cada una de sus intervenciones públicas.

Al igual que en el caso de Lebron, es habitual que el deportista estadounidense devuelva parte de lo que le fue otorgado por su comunidad. Obviamente el sistema de bienestar europeo hace impensable que sea un mecenas quien tenga que construir una residencia de ancianos o una biblioteca. No solo eso. La existencia de un mecenas es criticable por cierta parte de la sociedad. La necesidad del mecenas en Estados Unidos es reflejo de un sistema social y económico opuesto. Pero en el caso que nos ocupa, la figura del mecenas deportista en Europa es difícil de ver debido a esa inexistencia de vínculos primigenios con la comunidad formativa.

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Lebron King Caridad

El Real Madrid fue fundado en 1902. Camino de los 125 años de historia posee el palmarés más exitoso del fútbol mundial y en sus filas han militado alguno de los jugadores más famosos de todos los tiempos. Pero el Real Madrid podría estar un siglo sin ganar título alguno y su fama se mantendría inquebrantable. Su estadio es un museo en movimiento que se mantiene en el corazón de la ciudad desde tiempos pasados y su escudo y su camiseta apenas han sufrido pequeños cambios inapreciables para el aficionado medio. El club, aun profesionalizado y convertido en una empresa multinacional, sigue siendo propiedad de unos socios que con sus críticas y reproches pueden hacer cambiar el devenir de la entidad de una semana para otra. El Real Madrid es un club global, español, pero, sobre todo, es un club madrileño. No se entiende la ciudad de Madrid sin su Real.

Los Ángeles Dodgers son junto a los Yankees de Nueva York el club de béisbol más valioso del mundo. Son el buque insignia de una ciudad de cerca de cuatro millones de habitantes y un área metropolitana de 20 millones. Han ganado siete veces las Series Mundiales y su estadio es el de mayor capacidad del país. Pero los Dodgers no son de Los Ángeles. No lo son porque no son un club, son una franquicia. Los Dodgers nacieron en 1883 en la otra punta del país, concretamente en el barrio neoyorkino de Brooklyn. Allí estuvieron hasta 1957, cuando el propietario decidió trasladar al equipo a California. Por el camino hay títulos en Brooklyn como en Los Ángeles, al igual que los Lakers de la NBA poseen entorchados en Minneapolis como en Los Ángeles. Nadie duda que los Dodgers son el equipo de L.A, pero ni su historia ni si cultura ni, quizás, su futuro, están en la ciudad que vio nacer a Hollywood.

La emoción es una pauta filogénicamente aprendida que se desencadena por un suceso intenso. La pertenencia, la identidad y la identificación con unos valores agravan ese sentimiento. En Europa ser de un club de fútbol es sinónimo de ser habitante de esa ciudad. Las rivalidades entre clubes crean resentimientos entre ciudades, aunque los odios solo ocupen el plano deportivo. Pertenecer a un equipo de fútbol es pertenecer a una secta religiosa con tradiciones centenarias. Implica formar parte de una tradición y un legado en el que por lo general el árbol genealógico ha tomado parte.

Descubre las peñas del Real Madrid | Real Madrid C.F.
De padres a hijos

“En Estados Unidos todo el mundo es de la opinión de que no tiene superiores sociales, ya que todos los hombres son iguales, pero no admitir que tiene inferiores sociales, ya que la doctrina de que todos los hombres son iguales sólo se aplica hacia arriba, y no hacia abajo”. Bertrand Russell.

“El ejemplo de Estados Unidos es absurdo. Si Estados Unidos estuviese en el centro de Europa no resistiría ni dos años la presión del resto de las monarquías”. Napoleón Bonaparte.

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La búsqueda de la felicidad de Alexandre Pato

Aun se abalanzaban sobre los asientos del Camp Nou los socios que habían salido esa tarde de trabajar, los que siempre llegan tarde o los que, aun siendo metódicos en su preparación, se habían visto atrasados por culpa de un atasco. El caso es que los rossoneros sacaron de centro y los azulgranas iniciaron una profunda presión que obligó a los primeros a retrasar el balón a los pies de Abbiati. El portero del AC Milan envió el balón de una fuerte patada al círculo central. Alexandre Pato recibió por delante de Keita y con un inteligente golpeo con el interior se adelantó el balón. En un parpadeo se llevó por delante a dos defensas del Barça, se plantó en un mano a mano delante de Víctor Valdés y batió al cancerbero catalán con un fuerte disparo que se arrojó por debajo de sus piernas.

Por entonces Alexandre Pato acababa de cumplir 22 años. Su presente y su futuro eran esplendorosos. Semanas atrás el Chelsea había puesto encima de la mesa 85 millones de euros para hacerse con sus servicios. Esa fue la cima de la carrera de Pato. Días después de marcar aquel gol ante los azulgranas tuvo la primera de las muchas lesiones que le han atormentado desde entonces. Cuando al final de esa temporada, la 2011/12, el AC Milan repita enfrentamiento ante el FC Barcelona, en esta ocasión en los cuartos de final de la Copa de Europa, Alexandre Pato, suplente, saldrá al terreno de juego mediada la segunda mitad y apenas podrá aguantar diez minutos sobre el campo antes de retirarse lesionado bajo un mar de lágrimas.

Pato tenía 17 años cuando escogió al AC Milan por delante del Real Madrid. Los italianos eran los vigentes campeones europeos y confiaban en ese niño brasileño para acompañar a Pirlo, Seedorf o Kaká y sustituir a ya un veteranísimo Filippo Inzaghi. Meses atrás había estallado en el firmamento exhibiéndose en la final del Mundial de clubes en la que el Internacional de Portalegre derrotó al Barça de Ronaldinho. Rápido, técnico y de una elegancia pasmosa, su futuro era el futuro del fútbol.

Todo iba sobre ruedas. Nadie sospechaba entonces que los rossoneros iban camino de una larga decadencia. El Inter había tomado el mando de la Serie A, pero no existía promesa mayor que Pato en el horizonte. A Alexandre le había tocado lidiar con ser bandera milanesa y de la canarinha. Junto a Neymar, estaba destinado a reemplazar a Ronaldo y a Ronaldinho en las esperanzas de la verdeamarela que en 2014 debía ganar un Mundial cuya final tendría lugar en Rio de Janeiro. Para entonces, con 24 años, Pato debía ser el delantero total de un Brasil con el que ya había debutado a los 18 y a quien lideró en la punta de ataque en la Copa América de 2011.

No fue así.

No fue así porque desde el año 2011 Alexandre Pato encadenó lesión tras lesión. En los dos años siguientes apenas jugó 15 encuentros con el AC Milan antes de intentar recuperar su mejor nivel en Brasil. De ahí un par de intentos fallidos con vuelta en Europa, primero con el Chelsea y luego en Villarreal, un retiro antes de tiempo en China y una segunda juventud en Estados Unidos, donde sigue ya bien cumplidos los 30.

Antes, lágrimas. Unas cuantas. Antidepresivos, lloros, enfados y discusiones. Pato entraba al campo con miedo, con terror a lesionarse cada vez que tocaba el balón. Cada vez que se recuperaba de un problema muscular, otro surgía en su cabeza. Incomprendido, llegó a ocultar sus lesiones para que nadie lo tildase de blando. Jugaba con el tobillo hinchado y abusaba de los corticoides para intentar complacer a los que le rodeaban.

Tampoco es que fuese la primera vez. Con once años dejó su pueblo natal para asentarse en Portalegre. Nunca había jugado al fútbol grande. Siempre al fútbol sala. Dio igual. Un cazatalentos del Internacional les dijo a sus padres que aquel niño era una veta gigante de la que se podría extraer un filón de oro. Era causa menor que el chico se rompiera el brazo izquierdo por el mismo lugar en dos ocasiones. El dolor era tremendo y se descubrió que allí habitaba un tumor. El médico propuso la amputación, pero el Internacional buscó una segunda opinión. El tumor era benigno. El brazo estaba salvado.

Pato había salvado el brazo, pero hubo de vender su alma.

Fue entonces cuando ese niño se convirtió en hombre y hubo de saber lo que era la presión. Tuvo que sacar un hueso de la cadera para convertirlo en su nuevo brazo izquierdo. Inyecciones e inyecciones a cambio de una promesa de cientos de goles. Quizás entonces comenzaron los problemas en algún lugar de su cerebro.

Internacional se hacía cargo de las costosas operaciones, pero no del alojamiento. A fin de cuentas, Pato era un paciente, no un jugador. Los padres de Pato no tenían mucho dinero. Su madre estaba enferma y el padre apenas ganaba lo suficiente para mantenerla a ella y a sus dos hijos. Decidieron alojar a su hijo en un motel con vistas al estadio Beira-Rio, coliseo del Internacional. Allí, mientras aquel niño peleaba para recuperar una de sus extremidades, en las habitaciones de al lado hombres hechos y derechos soltaban unos cuantos dólares a cambio de dar rienda suelta al más significativo músculo masculino.

A los 17 Pato llegó a Italia. Carletto lo acogió como a un hijo. El técnico sin libreto, el hombre exitoso sin método científico, tiró de su mano izquierda para adoptar a un diamante falto de un joyero que le diese brillo. Ancelotti incluso llamo Pato a su perro. Llevaba a Alexandre a casa y allí cenaba un buen plato de pasta casero elaborada por su esposa. En otras ocasiones Alex se iba de fiesta y acudía presto a la ayuda de papá Carlo para aguantar una mala cara, pero un presto desayuno. No es que Carlo fuera como un padre, más bien era como un abuelo que todo lo consentía con tal de ver feliz a su nieto.

Aquel niño había sufrido tanto que ahora vivía en un mundo de fantasía. Hasta que Carletto dejó el AC Milan. Fue en 2009. El año que Pato ganó el Golden Boy, el Balón de Oro del futuro. La imaginación de Alexandre viajó a lugares inhóspitos. La noche se hizo su dueño. Empezó a salir con Bárbara, la hija de Silvio Berlusconi. El gran jefe. Dicen que había más cuernos que en una ganadería. De ambos lados de la pista. Enfados, besos y sobredosis. Pero seguía habiendo goles. No pasaba nada. Viva la vida.

Alexandre Pato: "Sería un sueño volver al Milan"
¿Balón de Oro?

Pero aquellos dos años plagados de dolores quebraron la voluntad de aquel chaval. Tobillo, aductor, tendón de Aquiles y decenas de lesiones musculares. Todo empezó a pasar factura y no se vislumbraba el fin. En enero de 2013 se marchó al Corinthians en busca de una vuelta al inicio. Viajaba por Sao Paulo con guardaespaldas. Falló un penalti que le costó a su equipo un título por lanzarlo a lo Panenka. Escapó al Sao Paulo FC. Al otro lado de la ciudad. Hubo bates, cuchillos y hasta bombas lacrimógenas. Su vida se convirtió en un infierno. No disfrutaba jugando.

Pero en el Sao Paulo FC pasó una temporada sin lesionarse. Todo un logro. Se acordó de él el Chelsea FC. Parecía una segunda oportunidad. Pero la cosa no iba. Banquillo tras banquillo. Pequeño paso atrás hasta El Madrigal castellonense. Mas de lo mismo. Toca ir a ganar millones a China. Pato apenas tiene 27 años.

Mientras todos esto sucedía Alexandre Pato rompe con Rebeca, una vieja amiga brasileña convertida en fugaz novia. Viaja a China con un colega. Los dos vivirán solos en un lujoso apartamento a cuerpo de rey. Pato mete goles, cumple con el bajo nivel exigido y se dedica a disfrutar de su soltería. Las mejores copas, los mejores coches, los mejores hoteles, las mejores compañías.

Cierto día decide coger un vuelo privado y dar una vuelta por la noche de Los Ángeles. Allí, rodeado de lujo nocturno, tiene una revelación. Sentado, junto a una espectacular rubia de escote interminable, Pato esnifa una raya de coca. Una de tantas. Pero aquella no era una dosis más. Algo en su interior despertó. De repente se levantó y salió del local. Sentado, miró al cielo estrellado y se hizo una promesa a sí mismo.

Envió un WhatsApp a su amiga Rebeca. Quedaron para tomar un café. En cuestión de segundos le prometió una vida limpia y feliz a su lado. Lo hizo tras comprarse una Biblia. Le hizo una promesa inquebrantable. A Dios, a ella y a sí mismo.

E iba a cumplirla.

Vuelve a Tianjin y decide visitar a un fisioterapeuta. Amablemente invita a su amigo a salir de su vida. A ese, y otros tantos como ese. Aprovecha el anonimato de China para escapar a la calle y jugar al fútbol clandestinamente en parques y plazas. Vuelve a ser feliz. Recupera una infancia que le fue arrebatada. Aprende chino en unos meses, cuando antes había sido incapaz de hablar italiano tras dos años. Hace rollitos de primavera, arroz de distintos tipos y se convierte en un experto de los fideos.

Mete 30 goles y vuelve al Sao Paulo FC. No lo hace mal, pero la presión le exige demasiado. Llega el Covid. Escapa a Estados Unidos. Se lesiona la rodilla. Pero le da igual. Es otro Pato. Es feliz. Tiene novia y pretende tener hijos. Su salud mental es excelente.

Pato nunca llegó a ser Balón de Oro. Ni fue el sucesor de Ronaldo. Ni pudo ser la estrella del Mundial de Brasil. De hecho, nunca ha jugado un Mundial. Pero Alexandre Pato es hoy un hombre feliz. Tiene 32 años, juega al fútbol profesional en Orlando y cuenta con una familia a la que adora. Le ofrecieron una cantidad indecente de dinero por jugar al fútbol en Irak. Le ofrecieron una oportunidad por volver al escaparate del fútbol europeo. Ambas veces dijo que no. No es tiempo de fiesta. Ni tampoco es tiempo de ambiciones. Es tiempo de vivir. Es tiempo de ser feliz. Es tiempo de volver a ser niño.

La lujosa camioneta con la que Alexandre Pato sacude a la MLS | TORK Autos  de Lujo
Pato

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El virgen de hierro

La noche ya era cerrada cuando alguien llamó a la puerta. Era extraño. Por entonces todos los componentes del equipo debían estar dormidos. Tan sólo contaban con un par de horas para abrazar a Morfeo. El partido había terminado tarde y a primera hora tendrían que coger un vuelo a Los Ángeles. A.C. Green dejó el libro en la mesilla, se puso las zapatillas y abrió la puerta. Al otro lado estaba una escultural mujer. Guapa, rubia, de ojos penetrantes y labios lascivos. Era esbelta y sus pechos se abrían paso con fuerza entre las ranuras de un vestido transparente. “Hola, guapo”, le dijo, mientras su lengua circulaba entre sus labios. Sorprendido y halagado, A.C. le devolvió la sonrisa mientras decía:

“No degradarás a tu hija haciendo que se prostituya, para que la tierra no se entregue a la prostitución ni se llene de corrupción”. Levítico 19:29.

NBA: A.C. Green: vuelve la historia del 'virgen de hierro' de la NBA -  AS.com
A.C. Green

En un mundo rebosante de testosterona y adrenalina, A.C. Green era como una fuerza exotérica que cabalgaba en contra de todo lo conocido. Durante los primeros seis meses de su primera temporada en la NBA, Green fue asaltado en numerosas ocasiones por mujeres de todo tipo que intentaron hacerle caer en la tentación. Para todas ellas tenía la misma respuesta. Una sonrisa agradable y un versículo de la Biblia. Al cabo de ese primer año sus compañeros de los Lakers lo dieron por imposible. Nadie se tragaba lo de su virginidad, pero los hechos corroboraban su franqueza moral. A.C. Green era irreductible.

Su caso fue único y diría que hasta patológico en la NBA. Y mucho más en los 80. Es la década de la cocaína, de la música glam de marcado carácter sexual y del capitalismo yuppie a gran escala. En una época donde las mieles de lo prohibido eran pan de cada día, pocos lugares gozaban de tan promiscuidad como el vestuario de Los Ángeles Lakers. Aparte de enamorar con sus triunfos, aquel equipo también se ganó una fama en las madrugadas californianas. El líder, de día y de noche, era Magic Johnson. Célebres eran las entrevistas de Magic tras una reunión en la sauna con alguna animadora de los Lakers y más apoteósicas aún fueron sus visitas a la sala ‘Bagdad’ de Barcelona durante los Juegos Olímpicos. Y es que el bueno de Magic demostró fehacientemente que el sida no era solo cosa de homosexuales.

En aquel equipo, y en aquellos años, aterrizó el bueno de A.C (Amanda y Chester eran sus abuelos paternos, de ahí su nombre) Green. La realidad es que el muchacho fue criado en un ambiente no muy diferente al de la mayoría de los niños de su entorno. Más allá de las rarezas de papá y mamá con el nombre, su infancia no tuvo nada de especial, hasta que en algún momento dado de la adolescencia Green escuchó un sermón dominical que hablaba del cielo y del infierno. Tal fue el impacto de las palabras del sacerdote que A.C. lo tuvo claro. No cataría mujer hasta el día en que pasase por la vicaría. Si eso era lo que el cristianismo pedía, él lo cumpliría.

Aquella fue la primera promesa de Green. Tras graduarse en un instituto cristiano fue a la universidad donde, además de licenciarse, se consagró como uno de los mejores ala-pívots del país. Por entonces se le diagnosticó un hipo de tipo crónico que le afectaba día y noche y que solo era capaz de controlar cuando realizaba alguna actividad deportiva. Apenas dormía un par de horas al día. Era joven y podía haber hecho todo tipo de cosas. Permitidas y prohibidas. A.C. Green decidió centrarse en las consentidas. Su vida eran los estudios y el deporte. Y era como un roble. Jamás se perdió una clase y jamás se perdió un partido.

Esa irremediable sensación de estar siempre en plena forma y jugar todos y cada uno de los partidos como si la vida le fuese en ello, convertiría a A.C. Green en una leyenda de la NBA. Tan sólo en su segunda temporada tuvo que ausentarse durante tres encuentros. ‘Iron Man’ (el hombre de hierro) saltó a una cancha de la NBA un 19 de noviembre de 1986 y se mantuvo en ella hasta el 18 de abril de 2001. Fueron un total de 1.192 partidos consecutivos sin interrupciones, una barbaridad de difícil repetición. No se le conoce lesión. Tan sólo la pérdida de un par de dientes tras un choque. Por descontado, eso no le impidió seguir jugando.

Evidentemente las bromas y las ofensas fueron el pan de cada día para el bueno de Green. Además de la aparición de despampanantes mujeres en la puerta de su habitación, en otras ocasiones eran hombres los que eran contratados por sus compañeros. Y visto que ni carne ni pescado, también se intentó con travestis. Dicen que en cierta ocasión Magic Johnson le invitó a pasar la tarde en su casa. Magic cerró con llave y desapareció por la puerta de atrás dejando al bueno de Green con media docena de supermodelos desnudas deambulando por la mansión.

No se sabe si A.C. Green rompió una ventana, la puerta o si simplemente se encerró en el baño esperando que alguien lo rescatase.

Su ascetismo era tal que tampoco fumaba ni bebía alcohol. Cuando el champán corría por los vestuarios de los Lakers tras la consecución de un anillo, Green desaparecía de la escena negándose a rociar de champaña a sus compañeros. Las apuestas entre los jugadores de la NBA sobre cuando perdería la virginidad alcanzaron los miles de dólares. Los rivales le tentaban en los partidos con tal amiga o tal conocida e ingentes sumas de dinero, pero, el caso, es que Green se mantuvo incólume.

Más allá de todo eso A.C. Green era un jugador soberbio. Era el pegamento de los Lakers. El obrero que ponía el sudor para que los dóciles movimientos de Kareem Abdul-Jabbar bajo el aro funcionasen, el que ponía bloqueos ofensivos para que Worthy penetrase o el que acudía al rescate de Magic en una ayuda defensiva para que el genio de los Lakers descansase.

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Magic, Scott, Worthy, Green y Abdul-Jabbar

Llegó a ser ‘All-Star’ en 1990 y fue un jugador básico en los Lakers durante cerca de una década. Mientras sus cualidades baloncestísticas crecían, las burlas y los insultos decrecían. De vez en cuando acudía a platós televisivos y, en uno de ellos, en el programa de la celebérrima Oprah, tuvo ocasión de exponer su concepto de la vida. Criticó a sus compañeros por pensar únicamente en lo material, confesó que muchas mujeres se le abalanzaban y reflexionó sobre el uso de los condones entre la juventud, cuando en su opinión lo mejor era no practicar sexo hasta el matrimonio.

El caso es que su estilo de vida dio óptimos resultados en la cancha. Se fue cuando quiso, porque daba la sensación de poder seguir jugando eternamente. Ganó tres títulos con los Lakers, dos a finales de los 80 con Magic y un último en el año 2000 pasados los 35 años y como titular en un equipo comandado por Shaquille O’Neal y Kobe Bryant. Su récord de 1192 partidos es impresionante y más sabiendo que su fortaleza mental era proporcional a la fiereza con la que se exponía debajo del aro.

Se retiró el 18 de abril de 2001. Y el 20 de abril de 2002, prácticamente un año después de su retirada, contraía matrimonio con Veronique, su novia de toda la vida.

Tenía entonces 37 años.

Ya sé. Sé cuál es la pregunta que os está atormentando. Si había que casarse para poder fornicar; ¿por qué esperó hasta los 37 para pasar por la vicaría? El propio A.C. contesta a vuestra pregunta: “En estos tiempos el sexo es el alfa y omega de todo. Soy virgen porque Dios me lo designó y por el gran respeto que tengo a mi cuerpo y también a mi cerebro. En estos años me he encontrado con tentaciones y situaciones complicadas en las que he tenido que poner a prueba mi fortaleza mental de jugador profesional”.

Mientras A.C. Green jugase al baloncesto el matrimonio no tendría lugar. Y si no hay matrimonio, no hay lugar para el sexo.

The NBA's 38-Year-Old Virgin: A.C. Green, the Iron Man with the Iron Will
Se mira, pero no se toca

“Es mejor que el hombre no toque a ninguna mujer. Sin embargo, en vista de que la inmoralidad sexual es tan común, que cada hombre tenga su propia esposa y que cada mujer tenga su propio esposo. La esposa no es quien tiene autoridad sobre su propio cuerpo, sino su esposo. Del mismo modo, el esposo no es quien tiene autoridad sobre su propio cuerpo, sino su esposa. No se priven el uno del otro, a menos que los dos estén de acuerdo y que sea por un tiempo fijado para dedicarse a orar y luego volver a estar juntos. Así Satanás no podrá tentarlos por su falta de autocontrol. Ahora bien, les digo esto como una concesión, no como un mandato. Con todo, me gustaría que todos los hombres fueran como yo. Sin embargo, cada uno recibe de Dios su propio don; unos de una manera y otros de otra”. San Pablo a los Corintios 7:1-7.

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Elogio desmesurado de Lebron James (sinopsis de un jugador excepcional)

Jo Jo White (el mejor en el mejor partido que se ha jugado nunca)

Los años de Jordan en Washington (el ocaso del dios del baloncesto)

Bill Bradley: el hombre perfecto (ganador de la NBA y congresista de EE.UU.)

El partido prohibido (negros contra blancos en los años 40)

Bullying a Toni Kukoc (el viacrucis de la estrella croata en los Bulls de Jordan en dos partes)

El experimento Nowitzki (el entrenamiento especial de un jugador diferente)

El anillo perdido de Larry Bird (de como una pelea de bar privó a Bird de un título de la NBA)

Los años negros de Estados Unidos (cuando el baloncesto mundial superó a Estados Unidos)

Kobe Bryant (amor y odio de una leyenda en dos artículos)

Dennis Rodman (la tormentosa vida de un gusano en dos mitades)

Nadie anima a Goliat (la carrera de Wilt Chamberlain en dos partes)

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Cuando Santa Claus se hizo hincha de los New York Knicks

De familia más que acomodada, Nicolás tenía a su alcance todo aquello que fuese deseo terrenal para su imaginación. Pronto su inmaculada infancia se vio privada tras la muerte de sus padres a causa de la peste. Apesadumbrado, decidió ordenarse sacerdote y dar su vida a la oración, por lo que no dudo en regalar todos sus bienes y todas las propiedades de sus progenitores a aquellos que más lo necesitaban.

Nicolás acabaría siendo obispo en Mira, una ciudad, hoy desaparecida, situada en la moderna Turquía. Su querencia por hacer el bien atendía con efusividad a los niños. Se cuentan decenas de historias sobre pequeños a los que hacía regalos. Pero la más conocida no está relacionada con pequeños, sino con tres muchachas a punto de casarse. Se dice que existían unas hermanas que iban camino de la soltería al no disponer de dote para encontrar marido. Al parecer, enterado del asunto, Nicolás entró en secreto por la ventana del domicilio y colocó unas monedas de oro en los calcetines de las tres hermanas.

Siglos más tarde los restos del obispo Nicolás fueron trasladados a la italiana Bari, donde sus reliquias son veneradas. A San Nicolás de Bari se le rinde pleitesía en múltiples templos y es patrono en países tan dispares como Grecia o Turquía.

Por una serie de mezclas de tradiciones paganas y rituales cristianos, de una forma u otra, la leyenda de San Nicolás fue tomando forma. Uno de esos lugares fueron los Países Bajos. Allí, la noche del 5 al 6 de diciembre, San Nicolás (Sint-Nicolaas o Sinterklaas) entregaba a los niños sus regalos. Dado que San Nicolás era de Bari, por entonces dominio español del reino de Nápoles, se decía, y aun se dice, que viene de España, del mismo modo que los españoles dicen que los Reyes Magos vienen de Oriente. ‘Sinterklaas’ cuenta con un ayudante, un chico español llamado Pedrito el negro (Zwarte Piot) que es quien desciende por las chimeneas y se cuela en los salones de los niños que se han portado bien. Al que se portaba mal, Pedro se lo llevaría consigo a Alicante, lugar desde el que decían partía el barco que llevaba a San Nicolás desde España todos los 5 de diciembre.

Con el paso del tiempo Sinterklaas pasaría a ser Santa Claus, de igual modo que Nueva Ámsterdam pasó a ser Nueva York. Aquellos emigrantes neerlandeses que se asentaron a orillas del río Hudson en el siglo XVII llevaron consigo la tradición de la festividad de San Nicolás. Cuando los colonos ingleses y sus hijos estadounidenses conviertan aquella ciénaga en Nueva York, Santa Claus pasará a convertirse en el gran icono navideño al otro lado del Atlántico. Realmente los yanquis hicieron con Santa Claus lo mismo que con Halloween o con el Día de Acción de Gracias. Absorber, asimilar y transformar. Santa Claus era neerlandés, Halloween irlandés y Acción de Gracias español. Todos acabaron siendo estadounidenses.

Aquel Santa Claus fue medrando en el tiempo hasta que a finales del siglo XIX hizo el camino inverso y regreso a Europa. En Francia le dieron por llamar ‘Bonhomme Noël’, y con el cambio de siglo, a Papa Noel se le dio por mudarse al Polo Norte y comprarse un trineo tirado por unos renos para que le facilitasen el viaje. Mientras en los Países Bajos la fiesta siguió adscrita al 5 de diciembre, en el resto del mundo se estableció para la noche del 24 para honrar al niño más famoso en la historia de la Humanidad. Luego vendría el afamado anuncio de Coca-Cola y el color rojo…

San Nicolás - ACI Prensa
San Nicolás

Pero todo esto fue un proceso lento, muy lento. Desde que San Nicolás pasó a ser Santa Claus hubieron de pasar cerca de dos siglos. No conocemos la existencia del moderno Santa Claus hasta el 6 de diciembre de 1809. Concretamente en un libro llamado ‘Historia de Nueva York’ firmado por un tal Diedrich Knickerbocker.

El libro contaba la historia de la ciudad desde la llegada de los primeros emigrantes neerlandeses hasta entonces. El ensayo no hubiese tenido relevancia alguna si no fuese porque su autor se desvaneció sin dejar rastro. La prensa informó de la desaparición del tal Knickerbocker, descrito como un caballero menudo, entrado en años, con pantalones bombachos, sombrero de tres puntas y un viejo abrigo negro. Al parecer una noche no había vuelto al hotel en el que se hospedaba y se solicitaba la búsqueda ciudadana para dar con él.

Ante la ausencia de novedades sobre el paradero del historiador neerlandés, un mes después se informa de que en la habitación del señor Knickerbocker se ha encontrado un libro no publicado llamado ‘Historia de la ciudad de Nueva York’ y que de inmediato se iba a imprimir y poner a la venta con el objetivo de saldar las deudas impagadas del señor Knickerbocker con el hotel. Aquel 6 de diciembre de 1809, festividad de San Nicolás, las librerías de la ciudad inundan sus escaparates con la novedad editorial.

El morbo y la expectación de los neoyorkinos va en aumento y, como era de suponer, el libro es un éxito de ventas. Lo será no sólo por el morbo, sino porque el libro parece ser una interesante obra de dos volúmenes amena, divertida y con menudos detalles sobre las costumbres políticas y sociales de aquellos primeros neerlandeses. Era una oda a una generación que puso los cimientos para lo que ya entonces era una de las ciudades más importantes del mundo. El libro se convirtió en un ‘best-seller’, porque además rastreaba los orígenes de algunas de las empresas y ciudadanos más notables del momento cuando, para ser un verdadero neoyorkino, era importantísimo contar con antepasados de origen neerlandés.

Fue así como Diedrich Knickerbocker pasó a convertirse en una leyenda. Y fue así como San Nicolás pasó de ser una pequeña tradición familiar a colarse en las casas de todo niño neoyorkino. Más adelante penetrará en el salón de cada niño estadounidense con el nombre de Santa Claus. El pasaje en el que se habla sobre la hermosa tradición de la festividad de San Nicolás fue de los más aplaudidos por los lectores. Fue ese libro lo que convirtió a Santa Claus en una celebridad.

Lo curioso es que Diedrich Knickerbocker jamás apareció. Nunca dieron con su paradero.

De hecho, nunca existió.

Fue todo obra de la mente del célebre escritor estadounidense Washington Irving (de origen escocés, por cierto) en una de las primeras grandes operaciones publicitarias conocidas. Su editorial se inventó la desaparición de un desconocido escritor neerlandés dejando tras de sí un manuscrito en la habitación de un hotel. Con el beneplácito del dueño del hospedaje y un suculento contrato de colaboración con el ‘Evening Post’, la maquinaria se puso en marcha con un resultado fastuoso.

Cuando se supo toda la verdad dio exactamente igual. El libro era tan bueno y había calado de tal manera en el subconsciente de aquellos neoyorkinos que ‘Historia de Nueva York’ pasó a formar parte de la idiosincrasia de la Gran Manzana. Tal fue el éxito de la invención de Irving que, a los oriundos de Nueva York, a aquellos considerados genuinamente neoyorkinos, comenzó a llamárseles knickerbockers. Hoy se sigue aplicando a todos los habitantes de Nueva York, sean de donde sean, pero siguen siendo aquellos que habitan en Manhattan (la isla donde se asentó Nueva Ámsterdam) los que son auténticos knickerbockers.

Mucho más tarde, cuando Santa Claus campaba a sus anchas por medio mundo con su gorda barriga embutida en un traje rojo, un tal Ned Irish decidió fundar una franquicia de baloncesto para que compitiese en la recién creada NBA (National Basketball Association). Esa franquicia es una de las tres (junto a Celtics y Warriors) que 75 años después se mantienen en pie. Para decidir el nombre, Ned Irish reunió a sus hombres de confianza y les pidió que pensasen en un apodo.

Tras un sorteo la elegida fue ‘Knickerbockers’.

Habían nacido los New York Knickerbockers.

Habían nacido los New York Knicks.

Durante sus primeras dos décadas de vida la mascota de los Knicks fue un señor vestido con unos pantalones bombachos típicos de los primeros emigrantes neerlandeses y sombrero de tres puntas. Era conocido como ‘Father Knickerbocker’.

‘Father Knickerbocker’. Aquel escritor que jamás escribió nada. Aquel escritor que convirtió a Santa Claus en una celebridad.

New York Knicks Logo - Significado, História e PNG
New York Knickerbockers

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La gimnasta eterna

Oksana Chusovitina y su marido estaban a punto de coger un avión que los llevase de vuelta a Uzbekistán. Acababan de terminar los Juegos Asiáticos donde Bahtier, el esposo de Oksana y renombrado luchador grecorromano, había perdido la disputa por alcanzar la medalla de bronce. Para Oksana había sido su despedida de la alta competición. Tres años atrás había decidido ser madre y, tras un enorme esfuerzo físico y mental, consiguió clasificarse para los Juegos de Sidney y cerrar su carrera con dos medallas en los citados Juegos Asiáticos de 2002 celebrados en Corea del Sur. Tenía entonces 27 años y había decidido dejar definitivamente el deporte profesional.

Cuando el matrimonio se disponía a embarcar, Oksana recibió una llamada de su madre. El tono de voz de la abuela era preocupante y los lloros pronto harían su aparición. A Alisher, el pequeño de la familia, le acababan de diagnosticar una leucemia linfocítica aguda.

Alisher contaba con tres años de edad.

Tras un vuelo infinito, Oksana pudo comprobar en primera persona la gravedad de la situación. Alisher había tosido sangre y decidieron trasladarlo al hospital en una ambulancia con sospechas de que podría tratarse de una neumonía. No lo era. Era algo mucho peor. Oksana supo inmediatamente que en Uzbekistán sería imposible salvar a su hijo. Los médicos aconsejaron a la familia trasladarse al hospital alemán de Colonia, donde Alisher recibiría el tratamiento adecuado.

El problema es que no había dinero para pagarlo.

El matrimonio mal vendió su apartamento de tres dormitorios y sus dos coches, pero con eso no consiguieron ni cubrir el coste de la mitad del tratamiento. Hubo que recurrir a la ayuda popular. Tantos años dando alegrías deportivas a sus compatriotas tuvo su recompensa y Oksana y su marido consiguieron recaudar el dinero necesario para cubrir la parte inicial del tratamiento.

Lo más difícil se había logrado, pero ahora el matrimonio debía iniciar una nueva vida en Colonia. Sin vivienda, sin trabajo, sin conocer el idioma y, sobre todo, sin un céntimo. Fue entonces cuando Shanna Brüggemann, entrenadora de la selección alemana de gimnasia, se puso en contacto con Oksana para ofrecerle competir por el país teutón. Eso era la salvación para la uzbeka, ya que los emolumentos por ser deportista en Alemania eran muy superiores a los percibidos en la antigua república soviética. Oksana tuvo que volar a Taskent y pedir entre lágrimas una autorización especial para obtener la nacionalidad germana. En Uzbekistán no gustó aquella decisión, pero al final dieron su brazo a torcer. Oksana Chusovitina sería alemana.

Uzbekistán liberó a Chusovitina para competir por Alemania en 2003. Sin embargo, debido a que la legislación teutona no otorga la nacionalidad hasta cumplir tres años de residencia, estuvo hasta 2006 entrenando y compitiendo a nivel local en Alemania, pero representando a Uzbekistán en los torneos internacionales. El esfuerzo era terrible. Oksana pasaba de los 30 años en un deporte donde las mejores no llegan a la veintena y siempre con el miedo a que una lesión acabase con su carrera y le impidiese seguir ganando dinero y sostener el día a día de su hijo.

Iba a continuar así una historia que había comenzado mucho antes, allá por 1991, cuando a sus tiernos dieciséis Oksana Chusovitina lograba la victoria en el ejercicio de suelo de los Mundiales de Gimnasia. Al año siguiente obtendría otra medalla áurea, en este caso por equipos, formando parte del conjunto de la CEI (la extinta Unión Soviética) que acudió a los Juegos Olímpicos de Barcelona. Tras el desmembramiento de la URSS, Chusovitina pasó a representar a la nueva república de Uzbekistán. Lo hará en Atlanta, Sidney y Atenas, pero, aunque logró múltiples medallas internacionales, jamás consiguió presea alguna representando a Uzbekistán en los JJ.OO.

Gymnast Oksana Chusovitina, 46, Got Standing Ovation at 8th Olympics
Oksana Chusovitina. Barcelona 92. 16 años y 11 meses.

Lo cierto es que las condiciones de entrenamiento en Taskent eran muy diferentes a las de Moscú. El material escaseaba y las instalaciones eran deficientes. Oksana tenía que poner de su peculio para competir a nivel internacional y todo esto sucedía mientras sus mejores años volaban sin remedio alguno.

Pero ese afán por contentar a su nuevo país y esa lucha titánica para ver a su hijo recuperado hacen que Chusovitina logre para Alemania una medalla de bronce en el Mundial de Gimnasia de 2007. Oksana tiene entonces 32 años y será la gimnasta más veterana en participar en los Juegos Olímpicos del año siguiente, donde logra una inesperada medalla de plata en la prueba de salto.

Ese inesperado éxito se unió en el tiempo con la feliz recuperación de su hijo. El tratamiento había dado resultado y la leucemia había sido superada. Oksana se planteó entonces dejar la gimnasia e iniciar una carrera como entrenadora, pero ahora estaba presionada por la federación alemana que la incitaba a seguir compitiendo. Dolida, pero agradecida, Chusovitina ganó unas cuantas medallas más a nivel europeo y mundial, batiendo siempre los registros de edad conocidos, hasta que, en 2012, en los que eran sus sextos Juegos Olímpicos, logró la quinta plaza en el concurso individual.

Tenía 37 años y, ahora sí, había decidido retirarse.

Pero algo rondaba la cabeza de Oksana. Sentía que había traicionado a su país. Sus compatriotas la habían apoyado cuando su hijo estaba enfermo y se sentía en deuda con ellos. Había ganado medallas olímpicas en su juventud defendiendo la bandera soviética y en una inesperada madurez bajo los colores alemanes. Y, sin embargo, durante su plenitud física, no había podido subirse al cajón olímpico defendiendo los intereses uzbekos.

Tras unas semanas de dudas decidió volver al ruedo. Solicitó permiso para cambiar una vez más de nacionalidad y poder competir nuevamente con Uzbekistán. En esta ocasión no hubo traba alguna. Tanto en Berlín como en Taskent estuvieron de acuerdo y el COI (Comité Olímpico Internacional) hizo la vista gorda y entendió la excepcionalidad del cambio.

Representando de nuevo a Uzbekistán, Chusovitina compitió en Río 2016, donde fue séptima en el evento de salto. Aquella prueba fue ganada por Simone Biles, 22 años más joven que Oksana y tan sólo dos años mayor que Alisher, antes niño enfermo y ahora un robusto adolescente. A pesar de no lograr una presea, Chusovitina tuvo que subir al pódium ante el clamor popular, mientras el video marcador del pabellón mostraba imágenes de sus mejores momentos. Era un más que merecido homenaje.

Pero había llegado demasiado pronto.

Seguía sin conseguir una medalla olímpica para Uzbekistán y seguía fija en su empeño. Atentando contra todas las leyes de la naturaleza, Oksana pretendía estar en Japón para los Juegos de 2020. Por entonces tendría 45 años, una edad asombrosa para cualquier deportista profesional e inaudita en gimnasia donde la flexibilidad es intrínseca a su dificultad. El Covid alejó su objetivo en doce meses, pero Oksana siguió entrenando hasta competir en Tokio a los 46 años de edad.

Aquel 25 de julio de 2021 saltó al tatami por enésima vez. No logró superar la ronda previa y no consiguió la nota necesaria para clasificarse para la final olímpica de gimnasia. Dio igual. Jueces, rivales, entrenadores y periodistas se pusieron en pie para dar una cerrada ovación a Chusovitina. Rodeada de flashes y de un mar de lágrimas tuvo que volver al centro del tartán para dar las gracias. Lástima de pandemia que impidió que el gentío se sumase a la fiesta.

Fiel a sí misma, y a pesar de haber declarado que tras Tokio se retiraría, actualmente Oksana Chusovitina apura sus opciones para clasificarse para los Juegos Asiáticos de 2022. A pesar de contar con dos medallas olímpicas y más de una decena en pruebas mundiales, Oksana Chusovitina no es una leyenda de la gimnasia por sus logros. Lo es por su infinita longevidad, por una capacidad de sacrificio espartana y por demostrar que la voluntad y el amor de una madre es una fuerza que mueve montañas.

Tokio 2020: la gimnasta Oksana Chusovitina demuestra a sus 46 que la edad  es solo un número
Oksana Chusovitina. Tokio 21. 46 años y 1 mes.

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