familia

Jim Thorpe: Un camino iluminado por un gran relámpago

Tras lograr las medallas de oro en las pruebas de decatlón y de pentatlón con unas marcas cósmicas en los Juegos Olímpicos de Estocolmo de 1912, Jim Thorpe se preparó para recibir sendas distinciones olímpicas de manos del rey Gustavo V de Suecia. El monarca, admirado por unos registros que perdurarían durante casi dos décadas, se acercó a aquel piel roja mientras le daba la presea y le espetó: “Usted, señor, es el atleta más grande del mundo”. En 1912 un rey era un rey, pero a Jim Thorpe pareció no importarle en demasía. Se encogió de hombros y contestó con un lacónico “gracias rey”. Cuando un par de semanas después un desfile de miles de personas recorra la Quinta Avenida de Nueva York y Broadway para honrarle, Jim Thorpe sólo acertará a señalar, sin darle la menor importancia al hecho; “Oí a la gente gritar mi nombre y no podía entender cómo una sola persona podía tener tantos amigos”.

Aquel hombre, a la vez tan admirado y tan sencillo, acabaría sus días en la indigencia y feneciendo en el más absoluto olvido.

Jacobus Franciscus ‘Jim’ Thorpe nació en 1888 en una reserva india del estado de Oklahoma. Su raíces serían motivo de escarnio para Donald Trump. Su padre era hijo de un irlandés y de un piel roja. Su madre era hija de un francés y de un indio potawatomi. Aunque le inculcaron la fe católica, Jim fue obligado a cursar sus estudios en la Carlisle School, un programa escolar creado por el Senado norteamericano para ‘civilizar’ a la nación india y que estuvo en funcionamiento hasta 1918. Allí el niño Thorpe era conocido como ‘Wa-tho-huk’, que podríamos traducir como ‘un camino iluminado por un gran relámpago’.

Y un relámpago es lo que era Jim Thorpe. Pasó su niñez pescando, cazando y cultivando con sus propias manos y cuando llegó a la adolescencia era un fornido chaval capaz de destacar en cualquier deporte. Huérfano de padre y madre antes de llegar a la veintena, probó con éxito en el beisbol y en el fútbol americano, hasta que se decantó por el atletismo. Así, con 24 años, adquirirá la gloria olímpica en Suecia. Y apenas unas semanas después de su fastuoso recibimiento en Nueva York se casará con Iva Millar, su amor de juventud.

Todo marchaba sobre ruedas, pero al poco de comenzar 1913 una investigación periodística descubre que Thorpe había cobrado un sueldo por jugar una liga de verano con un club de béisbol. Por entonces los atletas que acudían a los JJ.OO debían de ser amateurs, con lo que estaba penalizado el cobro de cualquier cantidad económica por hacer deporte. En la práctica la gran mayoría de atletas cobraban, ya fuese falsificando su nombre o bien aceptando un trabajo como mera formalidad con el que poder justificar los ingresos percibidos bajo cuerda. Jim Thorpe, un hombre casi analfabeto, pecó de ignorante y ni supo ni quiso defenderse de tales acusaciones. El Comité Olímpico Internacional le retiró sus medallas y la prensa estadounidense tiro de racismo para enfangar su legado.

Tocado, pero no hundido, Jim decidió dedicarse profesionalmente al fútbol americano y aparcar sus sueños olímpicos. Jugó en los New York Giants donde acumuló honores y grandes sumas de dinero que malgastó en tres matrimonios y múltiples desgracias familiares. Como hombre era un despojo, pero el reconocimiento de sus colegas de profesión permanecía intacto. Sus dos medallas de oro permanecieron recluidas en una caja fuerte en la sede central del COI de Lausana porque Ferdinand Bie y Hugo Wieslander, los segundos clasificados en Estocolmo, se negaron a aceptar aquellas preseas ante el fuerte respeto que sentían hacía Jim Thorpe.

En sus últimos años en los Giants apenas jugará víctima de sus abusos con el alcohol y cuando en 1926 se retire lo hará con una gran cantidad de deudas a sus espaldas. Sin el salvavidas del deporte la vida de Jim se hundirá por completo. Hacía años que su vida personal estaba rota. Desde que su hijo mayor falleciese al poco de nacer, Jim se había convertido en un alcohólico empedernido. Se divorcia de su primera esposa que le acusará de abandono del hogar y se casará en segundas nupcias con una mujer que le dilapidará todo su dinero.

Los pocos ahorros que le quedaban se esfumarán por culpa del crack bursátil de 1929 y a partir de ahí Jim Thorpe tendrá que malvivir para sostener a tres mujeres (reincidirá y volverá a pasar por la vicaría) y a siete hijos. Trabajó como albañil, estibador, portero de discoteca, guardia de seguridad y hasta de indio en varias películas de Hollywood. Pero es inútil. Los trabajos duran poco y el dinero se esfuma día tras día tras la barra de un bar.

Olvidado por el gran público, en 1950 salta la noticia de su hospitalización por culpa de un cáncer. Se descubre que vive con su tercera mujer en una caravana, deambulando de un lado a otro de Estados Unidos y presumiendo de ser un jefe indio. Al año siguiente Burt Lancaster protagonizará ‘Jim Thorpe. All-American’, una película que arrasará en taquilla pero por la que Jim no percibe ningún dólar. En 1931 había sido engatusado por un directivo de la Metro para que le cediera los derechos de su vida para el cine, por lo que no obtuvo beneficio alguno del éxito de la película. Cuando se corre la voz de su desgracia comienza una campaña pública para su socorro y afloran las donaciones públicas para ayudar al bueno de Jim. Recauda el dinero necesario para la operación, tiene un golpe de suerte y logra tumbar al cáncer pero el calor del público se desvanece y Thorpe retoma sus costumbres ebrias. Rodeado de sus siete hijos y de su tercera esposa instala su caravana en California donde, entre golpe y golpe de whisky, fallecerá en 1953 víctima de un ataque cardiaco.

No sería hasta 1982 cuando el COI restituya el honor de Jim Thorpe y Juan Antonio Samaranch haga entrega a sus herederos de las dos medallas de oro que le fueron birladas. Años más tarde, en 1999, serían los Estados Unidos los que devolverían el honor a Thorpe y a los piel rojas al considerarlo el tercer mejor deportista de la historia del país, tan sólo por detrás de Babe Ruth y de Michael Jordan. Pocos se acordaban entonces que ya había sido elegido el mejor deportista americano del primer cuarto de siglo y en 1950 el mejor de la primera mitad de la centuria.

Leer más

Auge y caída de Nikolai Starostin (un retrato del stalinismo) 2ª parte

Dado que a través del fútbol no podía luchar contra Starostin y su Spartak, Lavrenti Beria y su NKVD decidieron cambiar de táctica. Tras unos primeros meses caóticos, la URSS consiguió frenar al ejército alemán a las puertas de Moscú en diciembre de 1941. Establecido el frente, el NKVD obtuvo vía libre para apresar, juzgar, encarcelar y ejecutar a cualquier ciudadano acusado de supuesta o real traición al régimen. El 20 de marzo de 1942 Lavrenti Beria ordenó la detención de Nikolai Starostin y de sus tres hermanos acusándolos de traición a la patria. Como dictaba la costumbre de la época, Nikolai fue llevado a la ‘Lubianka’ para un primer interrogatorio.

La escena era terrible. En un sótano, apenas iluminado y con fuerte hedor a cloaca y humedad, el acusado se sentaba tras una mesa aguardando ser interrogado. Tras una espera que podía contarse en horas y después de un tenso silencio, un comisario político preguntaba al detenido si estaba dispuesto a confesar. Muchos revelaban cualquier cosa esperando que la NKVD se mostrara compasiva. Otros callaban sabiendo del riesgo de mantener su inocencia. Nikolai Starostin fue uno de estos últimos.

Desde ese momento el acusado sabía que su suerte estaba echada. Durante semanas Nikolai estuvo subsistiendo en poco más de tres metros cuadrados. La luz estaba encendida día y noche para imposibilitar que Starostin pudiese conciliar el sueño. Desde las 22:00 horas hasta las 07:00 horas del día siguiente era llevado a una sala de interrogatorios donde únicamente le preguntaban si estaba dispuesto a confesar, mientras sus captores le sometían a golpes y patadas por todo el cuerpo que aumentaban en frecuencia en la misma medida que se multiplicaban los vasos de vodka.

Pasado un tiempo, y ante la fortaleza y fama del preso, la NKVD tuvo que buscar una acusación. Se le atribuyó la preparación de un atentado contra Stalin el día del famoso partido de exhibición de la Plaza Roja. Nikolai lo tuvo fácil para defenderse. Argumentó que era imposible que desde el terreno de juego pudiese atacar a Stalin y que bajo la camiseta y el pantalón de deportes era inverosímil que lograse esconder un arma. Además, Stalin estaba rodeado de miembros del ejército y de la NKVD, incluido Beria. Ante esos argumentos a los acusadores no les quedó más remedio que callar, porque acusar a Starostin de atentar contra Stalin equivalía a proclamar la incompetencia de la NKVD y de su líder supremo.

Al igual que Nikolai sus hermanos estaban aislados en zulos similares. No se sabe bien como, pero NIkolai consiguió hacerles llegar una nota en la que les indicaba que se mantuviesen firmes y callados y que cuando se les acusase de algo tan sólo dijesen que no tenían ni idea de nada. Lo único que tenían que decir es que quien estaba al tanto de todo era su hermano mayor. Al final, a Beria no le quedó más remedio que acusar a Nikolai Starostin y a sus hermanos de fomentar el deporte burgués. Era una acusación fácil de demostrar y ante la que no se podrían defender. Era una pena menor, si por menor se puede concebir pasar diez años de trabajos forzados en un gulag, campos de trabajo en lugares extremos de la estepa siberiana. Se habían librado de la muerte aunque iban a ser enterrados en vida. Nikolai ordenó a sus hermanos que aceptasen la condena y que manifestaran su amor por el deporte burgués como un mal menor. La acusación final alegaba que “los hermanos Starostin han vivido por encima de sus posibilidades, han recibido regalos del extranjero y han dado premios especiales para motivar a los deportistas”.

Dentro de la desgracia Nikolai Starostin fue un afortunado. Era un personaje de gran fama en toda Rusia y si no hubiese sido por el fútbol la condena hubiese sido mucho mayor. Aun así, Starostin recorrió la geografía de la URSS junto a miles de sus compatriotas ayudando a industrializar el país bajo condiciones infrahumanas. La Rusia campesina del zar Nicolás II pasó a ser una potencia industrial bajo Stalin gracias a unos planes quinquenales basados en la expropiación y en los trabajos forzados. En la ciudad siberiana de Ujta, a la que llegó tras un viaje de tres meses en tren, Nikolai Starostin tuvo la suerte de trabajar como enfermero en el hospital (forma eufemística de decir que transportaba cadáveres de la cámara mortuoria al crematorio) y allí conoció a un médico que lo reconoció y que consiguió que le dieran el encargo de crear un equipo de fútbol para mejorar la condición física de los reclusos. En su autobiografía Nikolai recordaba que veía pasar frente a sus ojos a unos cuarenta muertos al día. Pronto fue llamado de gulag a gulag para ejercer de entrenador. Con el paso de los meses los jefes de los distintos campos de trabajo se lo rifaban para tenerlo a sus órdenes.

Una noche de 1948, con seis años de condena a cuestas y con la II Guerra Mundial ya finalizada, despertaron a Starostin en plena madrugada. Tenía una llamada de teléfono de Stalin. Pero no del gran líder, sino de su hijo, Vasili Stalin, vástago del dictador. Vasili era el jefe de las Fuerzas Aéreas, un loco del fútbol, un alcohólico reconocido, y, lo más importante, mantenía una conocida rivalidad en las esferas de poder con Lavrenti Beria, quien había salido muy reforzado del conflicto bélico y era el candidato más plausible para suceder a Stalin padre. El objetivo de Vasili era contratar a Starostin como entrenador del VVS (el equipo de las fuerzas aéreas) y de paso fastidiar al Dinamo de Moscú de Beria que durante esos años de posguerra reinaba a sus anchas en la liga soviética.

A pesar del poder del hijo de Stalin la autoridad de Beria era mucho mayor, por lo que Vasili Stalin tardó dos años en sacar a Starostin del gulag de Amur (a orillas del Pacífico) en el que se encontraba para trasladarlo a Moscú. El problema es que Beria, inteligente como era, sólo le regalaría la libertad a Starostin a cambio de que no volviese nunca más a Moscú. A Stalin hijo no le valía de nada tener a Nikolai libre si no podía llevarlo a la capital para que entrenase a su equipo de fútbol.

La solución fue propia de un loco. Vasili Stalin se puso al mando de un comando de asalto formado por hombres de su regimiento, abordó el gulag, metió a Starostin en un avión del ejército y lo trasladó en secreto a su dacha de las afueras de Moscú. Lo confinó en su propia habitación. Sólo salía de allí para ir al baño. Cada vez que tenía que dirigir un entrenamiento del VVS una patrulla militar lo acompañaba para mantenerlo protegido de la NKVD de Beria. Al volver del campo de entrenamiento, Starostin tenía que regresar directamente a la habitación de Vasili. Incluso en ocasiones, cuando Vasili estaba borracho –lo cual era su estado natural- Nikolai compartía lecho con el hijo de Stalin y su arma reglamentaria (que siempre quedaba debajo de la almohada).

La situación kafkiana se sostuvo durante un par de meses. Una noche, aprovechando una de las bacanales de Vasili, Nikolai Starostin escapó por una ventana y se marchó a su casa. Por primera vez en ocho años iba a ver a su mujer y a su hijo. Es de imaginar la emoción del momento. Más quizás podría engañar al borracho de Vasili pero nunca a la sanguijuela de Beria. Al levantase, poco antes del alba, dos hombres del NKVD de Beria estaban en la puerta de su casa preparados para detenerlo. Ni tan siquiera Vasili Stalin logró contener la ira del líder de la NKVD, por lo que Starostin le pidió que no se entrometiera y le dijo a Beria que estaba dispuesto a seguir cumpliendo con su condena.

Aun así la victoria del líder de la NKVD no pudo ser plena. Intentó enviarlo nuevamente a un gulag pero ya no fue posible. A pesar del control estatal la gente de Moscú seguía teniendo vivo el recuerdo de Starostin. Los últimos años de condena de Nikolai fueron más llevaderos. Los pasó en una cárcel de Alma Ata (Kazajstan) viviendo en un régimen de semiarresto, durmiendo en una celda, pero ejerciendo de entrenador del equipo de la población local.

Nikolai se encontraba en su celda de Alma Ata cuando el 5 de marzo de 1953 Iosef Stalin moría víctima de una insuficiencia cardiaca. Durante las siguientes semanas hubo una lucha por el control del Partido Comunista entre Molotov, Malenkov, Kruschev y Beria. A pesar de que éste último se hizo con el mando en un primer momento, Kruschev supo ganarse a los dos primeros y acusó a Beria de traición y de actividades capitalistas (malversación de fondos y cohecho). Lavrenti Beria probó de su propia medicina y fue ejecutado en junio de aquel año. Nikita Kruschev inició entonces su mandato, una década de medrosas aperturas y búsqueda de las esencias del comunismo. Un proceso que se dio a conocer como desestalinización, o lo que es lo mismo, la eliminación del culto a Stalin.

Así, en 1955, los cuatro hermanos Starostin, al igual que miles de soviéticos, fueron liberados de los gulags poniendo fin a dos décadas de campos de concentración, represión, muerte y trabajos forzados. Para Nikolai Starostin, con 53 años, comenzaba una nueva vida. Una vida que pasaba por y para el fútbol.

Nikolai fue recibido por miles de personas a su llegada a Moscú y hábilmente fue rehabilitado. Fue nombrado presidente del Spartak de inmediato y se le dio el cargo de entrenador de la selección soviética de fútbol.

El Spartak había quedado desmantelado durante la guerra y no volvió a ganar una Liga hasta 1953, justo el mismo año de la muerte de Stalin y de Beria. A pesar todo, Nikolai demostró tener cintura y comprender que sin perdón no habría paz. Cuando en 1956 la URSS se proclame vencedora en el torneo de futbol de los Juegos Olímpicos de Melbourne, el once inicial estará formado por una mezcla de jugadores del Dinamo, liderados por Lev Yashin y del Spartak, comandados por Igor Netto. Esos dos jugadores serían la base del equipo que ganaría la primera Eurocopa de la historia cuatro años más tarde.

Starostin había vuelto de la muerte y con la victoria en los JJ.OO se había convertido en un héroe nacional. Pidió permiso para centrarse en la presidencia de su Spartak y abandonó el cargo de técnico de la selección con el visto bueno de un Kruschev que vio en Starostin una forma de afianzar su poder delante del pueblo.

Nikolai Starostin fue presidente del Spartak de Moscú hasta 1994. Tuvo tiempo de sufrir un descenso, pero también de disfrutar con la hegemonía de su equipo en los años finales del comunismo y en los primeros del postcomunismo liderados por la última gran generación ‘spartakista’ de Dasaev, Mostovoi, Popov, Radchenko, Onopko o Karpin. Tuvo además la visión de transformar a un club amateur en uno capitalista, y de hecho, el Spartak fue el único club soviético que mantuvo su estructura ejerciendo un dominio en la nueva Liga rusa hasta que en el siglo XXI los millones del gas y el petróleo hicieron su aparición.

En 1996, a los 94 años de edad, Nikolai Starostin falleció. A pesar de ser el mayor fue el más longevo de sus hermanos. En una de sus últimas declaraciones afirmaba que “los futbolistas de hoy tienen dinero pero no cultura. Sólo se interesan por los vídeos y el rock. En mi época yo me codeaba con la élite cultural, dramaturgos, bailarines y pintores”. Palabras que recogen lo mejor del ciudadano soviético dichas por un hombre que sufrió la represión comunista.

https://www.youtube.com/watch?v=xsH5RSrqRfI

Una estatua suya de bronce preside hoy la entrada del Spartak Arena, el flamante estadio del Spartak de Moscú construido con motivo de la celebración del Mundial de Rusia de 2018.

Leer más

Auge y caída de Nikolai Starostin (un retrato del stalinismo) 1ª parte

El fútbol no alcanzó tierras rusas hasta inicios del siglo XX y lo hizo a cuentagotas. Era una moda foránea que se estableció únicamente en las ciudades, esencialmente en Moscú. Se crearon diversos equipos de barrio que iban y venían y se jugaban torneos locales en estadios improvisados y sin apoyo federativo. Prueba del bajo nivel ruso es que en los Juegos Olímpicos de 1912 Rusia fue derrotada por un esclarecedor 16-0 ante Alemania. Bajo ese iniciático panorama emergió la figura de Nikolai Starostin (1902-1996) el mayor de cuatro hermanos apasionados por el fútbol y el hombre que iba a liderar el auge y crecimiento del balompié soviético.

Esta es la historia de los hermanos Starostin. De Nikolai, Andrei, Aleksandr y Piotr. Es una historia de la URSS. De gulags y de revolución. Una historia de Stalin y de Beria. De miedo y de represión. De stalinismo y de desestalinización. Pero es sobre todo una historia de supervivencia a través del fútbol.

Cuando la Revolución Rusa triunfa en 1917 los clubes de fútbol –al igual que el resto de sociedades privadas- o pasan a control estatal o bien son liquidados. En el ámbito que nos ocupa, y dado que el deporte está considerado amateur, los equipos polideportivos pasan a depender del Estado. Así, surgen por toda la Unión Soviética los CSKA (equipo del ejército), Dinamo (policía y asuntos secretos), Lokomotiv (ferrocarril y sistemas eléctricos), Zenit (acero e industria pesada) o Torpedo (industria de la automoción). Todos los futbolistas cobraban bajo cuerda con un contrato de trabajo ficticio de la empresa estatal correspondiente. Por causas obvias el CSKA y el Dinamo eran los clubes más potentes y los que gozaban de mayores ventajas públicas.

Nikolai Starostin tenía otros planes. Era el capitán y estrella del Krasnaja Presnya, un club de barrio considerado entonces el mejor equipo de Moscú. Al disolverse el club, y con el apoyo de sus hermanos menores, propuso al Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos la creación de un nuevo equipo que no dependiese del Estado. Para su sorpresa la petición fue aceptada, pero con unas condiciones draconianas. Podía crear un nuevo club, pero tendría que hacerlo sin dinero. No podía invertir ni un rublo en esa nueva escuadra.

Starostin consiguió lo imposible. Congregó a más de 2.000 vecinos que en sus horas libres le ayudaron a levantar un estadio de fútbol para más de 10.000 espectadores en un descampado del barrio. Lidero diversos actos benéficos, bailes y partidos de exhibición para conseguir fondos que hábilmente donó a un conglomerado de alimentación, una de las pocas empresas semiprivadas que quedaban en la ciudad, y que serviría de coartada para dar un ‘trabajo’ a sus futbolistas. Y así, en 1922, nacía el Spartak de Moscú. El nombre no fue escogido al azar. Se denominó Spartak en honor al esclavo romano Espartaco, quien lideró una sublevación de gladiadores y esclavos ante la República romana y que ha pasado a la posteridad como símbolo de la lucha por la libertad. El Spartak era un club de fútbol singular dentro de la URSS y el único que hoy, casi tres décadas después del fin del comunismo, tiene miles de seguidores más allá de la frontera rusa.

Aunque hasta tan tardía fecha como 1936 no se disputaría la primera liga soviética, el Spartak era ‘de facto’ el mejor equipo ruso. Consiguió derrotar al Racing de Paris y a la selección de Euskadi en sendos amistosos, hazañas de renombre por aquel entonces para el incipiente fútbol del país. En la URSS no tenían rival y Nikolai Starostin pronto pasó a ser una figura reconocida y venerada en todo el país.

Tal era la fama de Starostin y del Spartak que en julio de 1936 el Komsomol (la organización juvenil del Partido Comunista) decidió celebrar un partido de fútbol en la Plaza Roja de Moscú. El objetivo era dar a conocer el nuevo deporte al líder supremo, Iosif Stalin. Se fabricó una enorme alfombra de fieltro de más de 10.000 metros cuadrados sobre el empedrado de la plaza que tuvo que ser tejida en horario nocturno para no entorpecer el trajín del día a día. El responsable de los actos era Nikolai Starostin, presidente, entrenador y aún capitán a sus 34 años del Spartak de Moscú. El acto central de los festejos era un choque de exhibición entre el primer y el segundo equipo del Spartak bajo la atenta mirada de Stalin y del resto de miembros del Politburó desde la tribuna presidencial, cuidadosamente situada junto al mausoleo de Lenin. Se trataba de un encuentro de media hora de duración que más bien era una representación teatral en la que habría goles de todo tipo para satisfacción de papá Stalin “el mejor amigo de los deportistas”. Si antes de esa media hora Stalin daba síntomas de aburrimiento, un camarada desde el palco agitaría parcamente un pañuelo para que Starostin se diese cuenta y parase el partido. Al parecer Stalin disfrutó de su primera experiencia futbolística y, no sólo aceptó de buen grado la media hora, sino que exigió jugar un cuarto de hora más para regocijo de Nikolai Starostin y de todos los presentes.

Todos salvo uno.

Lavrenti Beria, por entonces secretario del Partido Comunista en Georgia, había jugado al fútbol contra Starostin cuando era un adolescente y había sido humillado partido tras partido. Beria era un apasionado del fútbol pero pronto descubrió que no tenía nivel suficiente para competir y orientó sus esfuerzos en escalar en el terreno de la política. Ya entonces era considerado una sanguijuela, pero su fama de hombre implacable crecería hasta el infinito cuando un par de años más tarde, en 1938, pasaría a ser el director del Comisionado del Pueblo para Asuntos Internos, o lo que es lo mismo, del NKVD –hoy KGB-, el órgano represivo más temido de la Unión Soviética.

https://www.youtube.com/watch?v=qKAwAaeJ8SU

Cuando en 1936 se celebra la primera liga soviética el Spartak se convierte en el vencedor. Al año siguiente, ya con Nikolai Starostin ejerciendo únicamente de entrenador, el campeón será el Dinamo, pero el Spartak (con los tres hermanos menores de Nikolai en la plantilla) logra vencer nuevamente en 1938 y 1939. Es algo que Beria no puede tolerar. Al acceder al cargo de director del NKVD, Beria pasó automáticamente a ser presidente del Dinamo de Moscú (el equipo de la policía y los asuntos secretos). En teoría era una formalidad. Su antecesor no tenía el más mínimo interés en el cargo, pero Beria, como apasionado del balompié que era, se propuso que su Dinamo fuese el club más poderoso de la Unión Soviética.

Beria estaba presente en cada uno de los encuentros del Dinamo. Según se cuenta amenazaba a sus jugadores con fusilamientos y continuas visitas a los calabozos de la ‘Lubianka’, el nombre popular del gigantesco edificio de ladrillos amarillos sede de la NKVD. El Dinamo ganó la liga de 1937 bajo sospechas, pero tanto en 1938 como en 1939 no pudo hacer nada ante la superioridad del Spartak, campeón tanto del torneo liguero como del copero. Aun así Beria lo intentó de todas las formas posibles. Incluso haciendo uso de otros ‘Dinamos’, conjuntos que estaban en su área de influencia.

En las semifinales de Copa de 1939 el Spartak de Moscú derrotó por 1-0 al Dinamo de Tiblisi. Estos últimos denunciaron que en el gol del Spartak el balón no había traspasado totalmente la línea de gol. A pesar de que el Spartak derrotó en la final al Leningrado días después, Beria mandó repetir la semifinal tres semanas más tarde. Nuevamente se enfrentaron Spartak y Dinamo y nuevamente ganaron los primeros por 3-1. Como ya comentamos, aunque Beria sólo era presidente del Dinamo de Moscú también era ‘de facto’ presidente de todos los ‘Dinamos’. Estuvo presente en el choque, y, tras el tercer gol del Spartak, se marchó airadamente del palco y ordenó el fusilamiento de los periodistas que publicasen la reseña del partido. La lógica dictaba que también habría que repetir la final pero Beria se dio por derrotado y se decidió dar por buena la ya jugada. Así pues el Spartak se proclamó rocambolesco campeón tras disputar una semifinal tras haber ganado una final.

A pesar de todo el poder de Beria y del NKVD éste se veía incapaz de contrarrestar el fervor popular de Nikolai Starostin y de su Spartak de Moscú. Pero a las 03:15 horas del 22 de junio de 1941 cerca de 5 millones de soldados alemanes y más de 8.000 carros blindados y aviones cruzaron la frontera soviética dando lugar al inicio de la guerra entre la Alemania de Hitler y la URSS de Stalin. Un holocausto que cambiaría por completo la vida de millones de personas, entre la cuales estaban tanto Nikolai Starostin como Lavrenti Beria.

Leer más

Eres más retrasado que tu hijo

Hace unos cuantos días, con ayuda de las decenas de cámaras que a modo de Gran Hermano pululan por los campos de fútbol, veíamos dos desplantes típicos del deporte profesional actual. Por un lado reparábamos como Gareth Bale rechazaba uno a uno a sus compañeros del Real Madrid cuando se acercaban a él para felicitarle por la consecución de un gol. El egocentrismo de Bale, siendo bíblico, empequeñece al de Kepa. El portero vasco montó un pollo de tres pares de narices cuando su entrenador, Maurizio Sarri, le ordenó salir del campo para ser sustituido. La falta de autoridad del técnico es una muestra más del poder del futbolista y de toda su corte de aduladores, entrenadores personales y representantes. El Chelsea apenas ha sancionado a Kepa con una semana sin sueldo, mientras que Sarri queda desprestigiado y al pie de los caballos.

https://www.youtube.com/watch?v=ZRtvGVHa8i4

Broncas entre jugadores y entrenadores las ha habido siempre. Bien es cierto que la autoridad del técnico se ha disuelto cual azucarillo al aumentar las libertades de los futbolistas, por lo que son más comunes en la actualidad. Si a eso añadimos que las cámaras llegan a entrenamientos, vestuarios y estadios, en el siglo XXI es harto complicado que las broncas escapen del ojo público.

Echando la vista atrás, pero no mucho atrás, hay varias tanganas que son dignas de ser recordadas. En España es resonada aquella entre Djalminha y Javier Irureta, que acabó con cabezazo del brasileño al pecho del técnico vasco del RC Deportivo aunque sin la fuerza suficiente para tumbarlo, como sí que hizo años después Materazzi contra Zidane. Aquello sucediera en un entrenamiento, no como cuando Luis Aragonés agarró por la pechera a Samuel Eto’o y lo zarandeó sentado en el banquillo cuando el delantero camerunés no paraba de quejarse por haber sido sustituido. En el plano internacional el enemigo público número 1 es Mario Balotelli. Las ha tenido de todos los colores, aunque las imágenes en un entrenamiento del Manchester City en el que tiene que ser agarrado por varios compañeros para que no le arrancase la cabeza a su entrenador son impagables.

También ha habido peleas al acabar un partido. El entrenador del Swindon Town Paolo di Canio enfiló con calma el camino a los vestuarios al acabar un partido pero, y aún no se sabe porque, se le cruzaron los cables y se tiró encima de uno de sus pupilos instantes más tarde. Otros encontronazos no han acabado en hostias, pero si en desplantes e insurrecciones similares al de Kepa. En un encuentro del FC Barcelona, Guardiola ordenó a Eto’o que se pegara a la banda para que Messi ocupase el centro de ataque. Eto’o desobedeció la orden y a los pocos minutos anotó un gol. Entonces se acercó a la banda, señaló al técnico y gritó a los cuatro vientos para que todo el mundo lo escuchase; “te lo dije”.

Pero la más bizarra de todas las historias fue la protagonizada por el entonces técnico italiano de la Fiorentina Delio Rossi y el delantero serbio Adem Ljalic allá por la temporada 2011/2012.

Delio Rossi era un técnico de amplia experiencia en la Serie A. Aquella era su primera temporada en Florencia tras dejar buenos recuerdos en la Lazio y en el Palermo. Ljalic era en aquel momento un prometedor delantero internacional que cumplía su segunda campaña en Florencia. Había deslumbrado en su primer año llamando la atención del Manchester United pero en aquel segundo año había bajado notablemente su rendimiento y no contaba con la confianza de Delio Rossi.

El caso es que en mayo, a apenas dos jornadas para el final del campeonato y con la Fiorentina en tierra de nadie, Delio Rossi decidió sacar de titular a Ljalic en un intrascendente partido ante el Novara.

Al poco de iniciarse el choque la Fiorentina ya perdía por un claro 0-2. El ritmo de los florentinos era parsimonioso y el choque parecía una pachanga de pretemporada. A falta de cinco minutos para el final de la primera parte Delio Rossi decidió hacer un cambio. No es plato de buen gusto ser sustituido antes de ir a vestuarios y el elegido para tan dudoso honor fue el punta serbio. Ljalic lo hizo lentamente y se dirigió visiblemente molesto al banquillo. En Florencia los asientos para los suplentes están por debajo del nivel del terreno de juego por lo que Ljalic pasó por detrás de su técnico. A mitad de camino se puso a aplaudir irónicamente a su entrenador, lo señaló y le gritó en perfecto serbio: “Viste više odloženi nego vaš sin”. O lo que es lo mismo; “eres más retrasado que tu hijo”.

Y es que el hijo de Delio Rossi tenía y tiene una deficiencia mental.

Con lo que no contaba Ljalic es que Rossi había entrenado a muchos futbolistas serbios a lo largo de su carrera. Contaba con ciertas nociones de tan complicado idioma. Y teniendo en cuenta que tenía un hijo retrasado sólo tuvo que sumar dos más dos para traducir al italiano el improperio.

Rossi se giró y no lo dudo en ningún momento. Se abalanzó sobre Ljalic y lo agarró por el cuello dispuesto a ahogarlo, mientras por su boca salían unos cuantos insultos por todos imaginados. Varios miembros del banquillo se echaron encima de él, pero en décimas de segundo se rehízo y le lanzó a Ljalic un gancho de derechas como si fuese Floyd Mayweather. Luego varios miembros de la plantilla se encargaron de que la sangre no llegase al río.

Al loro con las consecuencias. Inmediatamente Delio Rossi fue despedido como técnico de la Fiorentina e inhabilitado por la Serie A para dirigir a cualquier club en un plazo de tres meses. Ljalic, ni corto ni perezoso, denunció al día siguiente a su técnico por agresión.

“Mi gesto ha sido deplorable, pero humanamente comprensible”, sentenció Delio Rossi en la rueda de prensa que pronunció un par de días después. Guste o no guste, la afición tenía otra opinión. Rossi era un técnico respetado, educado y hasta tímido, de esos que hacen largas y dignas carreras a pesar de no lograr ningún título. La afición viola decidió tomar parte por él. “Un niñato como Ljalic merece dos guantazos” apareció escrito en una pancarta en los campos de entrenamiento de la Fiorentina a los dos días de la marcha de Rossi. Luego, en el estadio, apareció otra con la foto del técnico despedido en la que se podía leer: “Rossi ha demostrado que es un hombre que está rodeado de mercenarios”.

En un editorial de ‘Il Corriere de la Sera’ tras la justa y necesaria crítica a Rossi por su agresión, sentenciaban con tino: “Todos nos sentimos moralmente superiores a Rossi porque hasta ahora no nos hemos encontrado en nuestro camino a nuestro Ljalic”.

Hasta la fecha Ljalic no se ha referido al incidente. Su entorno deslizó que nunca se había metido con el hijo discapacitado de su entrenador, pero cuesta creerlo. Aquel verano fue expulsado de la selección serbia por mala conducta en los entrenamientos y por negarse a cantar el himno antes de los partidos (puede que parezca una chorrada, pero en una nación con una historia reciente tan convulsa como Serbia es un sacrilegio). La directiva de la Fiorentina se dijo a sí misma pelillos a la mar. Llegó el verano, nuevo entrenador, nuevos fichajes y a otra cosa mariposa. Pensaron que tenían un diamante en bruto y no iban a cargárselo por una tontería.

Al final Ljalic no llegó a eclosionar. Pasó por la Roma y por el Inter, siempre como estrella de futuro y siempre como sonoro fracaso. Actualmente milita en el Besiktas y ha vuelto a las convocatorias de su selección. Es un buen jugador, pero ni por asomo es aquello que se pensaba que iba a ser.

Delio Rossi no levantó cabeza desde entonces. Fracasó en la Sampdoria y en el Bolonia y actualmente, a punto de cumplir los 60 años, está sin equipo.

BONUS TRACK: “Tengo una pila de buenos momentos, pero mi favorito es cuando le di una patada a un hooligan”. Eric Cantona.

Leer más

Vitaly Scherbo

Era guapo. Muy guapo. Con una sonrisa que rompía cualquier corazón. Parecía de todo menos soviético. Pero era el arquetipo del nuevo hombre soviético. Soberbio y bravucón. Distante, altruista, saludable y culto. Un stajanovista en el cuerpo de un Apolo.

Vitaly Scherbo (Vitali Shcherbo) era bielorruso. Nacido en Minsk, encarna la típica figura de niño hiperactivo al que los padres le buscan una ocupación para que los deje tranquilos. Scherbo encontró esa válvula de escape en la gimnasia. Con 15 años ya estaba en Moscú en la selección soviética de gimnasia. Tenía 16 cuando se disputaron los JJOO de Seúl. Con cualquier otra nación habría sido olímpico, con el alto nivel de la gimnasia soviética tuvo que esperar 4 años más. Su momento tendría lugar en Barcelona 92. Pero ya no existía la Unión Soviética.

Se plantó en Barcelona defendiendo la bandera del Equipo Unificado, una amalgama de repúblicas, entre las que se encontraba su Bielorrusia natal, en la que fue una idea del COI para acoger a todos aquellos atletas que con la ruptura de la URSS se encontraban sin patria deportiva. Scherbo compitió vestido de negro, y, sin que nadie lo esperase, se convirtió en la estrella de los JJOO. Ni siquiera era el favorito en su propio equipo, distinción que defendía Grigory Misutin.

Ganó 6 medallas de oro en 5 días. Tan sólo los nadadores Mark Spitz y Michael Phelps lograron más medallas áureas en unos mismos Juegos Olímpicos. Venció en paralelas, salto, anillas, caballo con arco y en las competiciones por equipos y en el individual. Por supuesto ningún otro gimnasta ha completado una actuación similar.

Todo era felicidad para Scherbo. Era joven. Era apuesto. Era elegante. Era una estrella. El año de Barcelona se había casado con Irina, su novia desde la adolescencia. En 1993, mientras seguía ganando en Europeos y Mundiales, tuvo a Kristina, su única hija. La vida le sonreía y la recién creada República de Bielorrusia lo escogía como cara visible de la nueva nación, participando en múltiples actos públicos.

A pesar de ello no todo era tan idílico. La convulsa realidad social de la Europa postcomunista afectó a la familia Scherbo. En un país convulso y en construcción recibió amenazas de muerte a cambio de altas sumas de dinero. En otra ocasión varios ladrones entraron en su casa. No le robaron las medallas olímpicas. Ya se lo temía, y estaban guardadas en casa de su madre.

Scherbo se planteó emigrar a Estados Unidos. El punto de inflexión se dio cuando la policía echó al traste un intento de secuestrar a su hija. Eligió como destino una pequeña ciudad cerca de Philadelphia. Allí prosiguió con su carrera con la ilusión de defender la bandera bielorrusa en los JJOO de Atlanta de 1996, a donde acudiría como indiscutible favorito.

Sin embargo, el 13 de diciembre de 1995 su esposa Irina sufría un gravísimo accidente de automóvil. Su BMW impactó contra un poste telefónico partiendo el coche en dos. Estuvo casi 2 horas atrapada en el asiento del conductor hasta que los bomberos lograron excarcelarla. Cuando Scherbo llega al hospital se encuentra a su mujer en coma y los médicos le anuncian que tiene un 99% de posibilidades de fallecer.

Destrozado, Scherbo abandona los entrenamientos a escasos 8 meses del inicio de los JJOO. Al principio acude diariamente al hospital y se afana por cuidar a su hija y ocultarle la gravedad de la enfermedad de su madre. Va al hospital y lava a su mujer, la acaricia, le corta el pelo. Pero es todo fachada. Cuando llega a casa se derrumba. Se ve incapaz. Al cabo de una semana, su rutina es pasarse las noches bebiendo. Su entrenador lo encuentra día sí y día también borracho a primera hora de la mañana.

Pero un día, al igual que se había quedado dormida, Irina despertó.

Faltaban tres meses para ir a Atlanta. Vitaly no quería. No estaba en forma y no quería hacer el ridículo. Irina le insistía. Que fuera, que lo hiciese por ella. Que ya vería como todo iría bien. Y además hacía falta el dinero en casa. Scherbo era un atleta de éxito, pero los costes de la operación y de la estancia en el hospital eran muy altos. Al final Vitaly dio el brazo a torcer, pero no tenía muchas ganas de entrenar. Acude a su primera competición de esa primavera. Es en Paris y tiene una actuación lamentable. Hasta se daña el hombro al estar pasado de peso. “La peor competición de mi vida. Incluso cuando era niño lo hacía mejor”, declara.

Mientras tanto Irina encadena operación con operación. El coma es cosa del pasado, pero la recuperación es larga. Costillas, pelvis y bazo. Eterno viaje por el quirófano.

Scherbo vuelve de Paris y habla con su mujer. Le vuelve a preguntar. Ella le mira a los ojos y le dice que es el mejor gimnasta del mundo y le explica que lo es no por su talento, sino porque es el más fuerte mentalmente. Ella sigue con la rehabilitación. Él le vuelve a preguntar. Le dice que si de verdad quiere que vaya a los JJOO debe ir a Minsk, abandonarla y recluirse de todo y de todos. Ella le dice que sí. Scherbo llama a su entrenador y se marcha a Bielorrusia donde va a entrenar como un poseso. Llega a tiempo para ganar una competición en Puerto Rico. Al final Scherbo irá a Atlanta. Como una incógnita. Pero irá.

Era Vitaly Scherbo. El ganador de 6 medallas de oro en Barcelona. Pero no estaba en forma. Por lo menos no estaba en plena forma. Incluso el seleccionador bielorruso dudaba de él. El nombre imponía, los aficionados le daban vencedor. Los entendidos no le daban ninguna posibilidad. Había gimnastas más jóvenes, pero sobretodo más preparados.

Ganó 4 medallas de bronce, en la competición individual, salto, barras paralelas y barra fija. La ovación fue de órdago. La que más aplaudía era Irina, que con dificultades se había desplazado al pabellón olímpico.

Aun así Scherbo no estaba contento. Era un ganador y no le gustaba la autocomplacencia. No quiso atender a los medios. No estaba de humor. No había atisbos de la sonrisa que había enamorado a los barceloneses. Sólo atendió a la llamada de su mujer. Y cuentan que una vez que habló con ella, comprendió que aquellos 4 bronces tenían mucha más valía que los 6 oros de Barcelona.

Leer más

En el nombre del padre

La película ‘In the name of the father’ (En el nombre del padre), narra una historia social de denuncia de la violencia policial en la Irlanda de los años de plomo. Pero el fondo del filme, y lo que hace que fuese aceptada por crítica y especialmente por el público, trata sobre un hijo y su padre. En la negación de la adolescencia y en la aceptación en la madurez. Del honor de un padre y de la lucha por dejar vivo un legado.

El Día del Padre (así, en mayúsculas) fue instaurado el tercer domingo del mes de junio de 1924 por parte de Calvin Coolidge, uno de los presidentes más irrelevantes de los Estados Unidos. Parece ser que su origen se remonta un par de décadas más atrás cuando en los inicios de la lucha del movimiento feminista unas cuantas mujeres lideradas por Smart Dood quisieron destacar el papel del padre en la educación de sus hijas. Concretamente la tal Dood era la hija pequeña de un hombre que perdió a su mujer tras el parto por lo que tuvo que criar sólo a sus 6 hijas.

Este día fue exportado prácticamente por todo el orbe, aunque con variaciones en la fecha. En el caso de España, al igual que en otros países católicos, se celebra el 19 de marzo coincidiendo con la festividad de San José. Parece ser que la primera vez que se gozó de la fecha fue en 1948 en un colegio madrileño. Fue radiado con estrépito y difundido con éxito por la prensa y, rápidamente, Galerías Preciados (para los no iniciados lo que hoy sería El Corte Inglés) se apropió de la idea. Desde 1953 San José pasó de ser una celebración religiosa a una festividad comercial.

En el deporte, como en tantos otros ámbitos de la vida, hay numerosos hijos que han querido seguir los pasos de sus padres. Por supuesto, hay diversos grados de éxito. El porqué de que una saga familiar se perpetúe tiene dos razones básicas. La primera es genética y la segunda responde a la imitación. Si los genes y el deseo de imitar se unen, lo habitual es que el hijo mejore al padre. Pero existe un aspecto adyacente; el hábitat. El padre no tuvo presión y probablemente tuvo que escalar socialmente desde abajo para llegar a la cima. El hijo tiene muchas puertas abiertas pero también una presión asfixiante y una comodidad que puede provocar o bien su renuncia o bien su fracaso.

1) HIJO, NO HAS LLEGADO A MI NIVEL

Pocas cosas hay más cruentas para un hijo que su padre sea uno de los grandes del fútbol mundial. Eso le pasó a Jordi CRUYFF un buen delantero con una larga carrera pero minusvalorada por el éxito de su padre. Mucho peor le fue al hijo de PELÉ, un portero brasileño que tuvo que retirarse antes de tiempo por no aguantar las comparaciones constantes y que incluso acabó en la cárcel por tráfico de drogas.

https://www.youtube.com/watch?v=BWFiSultQeM

Saga de porteros es la de los daneses SCHMEICHEL. El padre fue una leyenda en la selección y en el Manchester United, el hijo se ha labrado una buena carrera en la Liga inglesa pero muy lejos de los estándares de excelencia del primero.

Uno de los sucesos más curiosos es el de la familia BARRY. Brent, el padre, fue uno de los grandes jugadores de la NBA en las décadas de los 60 y 70. Sus tres hijos llegaron a jugar al baloncesto profesional pero ninguno alcanzó ni de lejos los logros de su progenitor. Lo mismo le sucedió a Luke WALTON que pasó sin pena ni gloria por la NBA cuando su padre llegó a ser MVP de la Final de 1977.

Es muy duro ser hijo cuando tu padre ha sido el mejor en la historia de su deporte. Le pasó a Edinho, el retoño de Pelé, y también le sucedió a Axel MERCKX, un buen ciclista de finales de la década de 1990 pero que vivió bajo la sombra de Eddy, el ganador de 5 Tours y 5 Giros, el ‘caníbal’ del ciclismo. Otro ganador del Tour fue el irlandés Stephen ROCHE nivel al que no ha podido llegar todavía su vástago.

A otros que les pasa lo mismo es a los RIVERA. Valerio, el padre, fue estrella del Barcelona como jugador y como entrenador. El hijo (que también se llama Valerio) ha tenido una carrera mucho más modesta aunque consiguió ser campeón del mundo de balonmano….y su padre también, porque era el seleccionador.

2) PAPÁ, TE HE SUPERADO

Pocos mediocentros existen en la actualidad con la jerarquía de Sergio BUSQUETS. Su padre defendió la portería del FC Barcelona a mediados de los 90 pero será el hijo el que inscriba su nombre con letras de oro en la historia del club azulgrana. Otro que superó a su progenitor y con claridad fue Frank LAMPARD, uno de los mejores futbolistas ingleses de la historia y que tras formarse en el West Ham como su padre acabó siendo leyenda en el Chelsea.

En el deporte de la canasta, la NBA está plagada de sagas familiares. Stephen CURRY es quizás el mejor jugador de la actualidad y ha dejado en nada la trayectoria de su padre Dell. Lo mismo hizo Kobe BRYANT cuyo padre tuvo que deambular por equipo en equipo mientras que su hijo ganó 5 anillos de la NBA con Los Ángeles Lakers.

En el deporte de las dos ruedas, uno de los pocos ciclistas que consiguió batir a Contador en su época de esplendor fue Andy SCHLECK, siempre bajo el paraguas de su hermano Frank quien le ayudaba con un último esfuerzo en las etapas de montaña. Ambos superaron al patriarca de la familia, el cual también fue ciclista profesional.
Y qué decir de Floyd MAYWEATHER junior, el boxeador más laureado del momento y sucesor de su padre, que ni por asomo podía siquiera imaginar en lo buen púgil que se iba a convertir su retoño.

3) ESTAMOS EMPATADOS

Manuel SANCHÍS padre y Manuel SANCHÍS hijo fueron dos extraordinarios defensas del Real Madrid. Ambos fueron campeones de Europa y ambos disputaron un Mundial. Otra saga ilustre de defensas es la de Cesare MALDINI y Paolo MALDINI. Y aunque es cierto que el hijo superó al padre, ambos pueden presumir de títulos europeos y de presencias en la selección italiana. Caso parecido es el de Perico ALONSO y Xabi ALONSO. El hijo superó las prestaciones de su progenitor, aunque la carrera del primero es digna de vitrina al igual que la de su vástago. Otros casos similares son los de los VERÓN en Argentina o el clan de los CHICHARITOS en México.

Cuestión parecida a los Maldini es la de los también italianos MENEGHIN. En este caso, Dino, el padre, tiene más trofeos en la estantería que el hijo (Andrea), pero ambos fueron campeones con la selección italiana de baloncesto.
Existen también padres e hijos que comparten genes pero deciden llevar sus habilidades a diferentes disciplinas. Yannick NOAH fue un excelente tenista francés ganador de Roland Garros. Joakim, el hijo, nacido en Estados Unidos, se ha labrado una excelente carrera como pívot en la NBA.

También los DUJSHEBAEV se pueden sentar cara a cara para hablar de sus éxitos. Si bien el padre está considerado uno de los mejores jugadores de balonmano de la historia, su hijo (aún en activo) ya es campeón de Europa de clubes y con la selección española.

“Cuando yo tenía 14 años mi padre era tan ignorante que no podía soportarle. Pero cuando cumplí los 21, me parecía increíble lo mucho que mi padre había aprendido en siete años”. Mark Twain.

Leer más