Leonarda Kazimiera Konopacka-Matuszewska-Szczerbińska nació en 1900 en una pequeña villa del interior de Polonia. Era de familia bien. De ahí su retahíla de apellidos. Eso le permitió que, aun siendo mujer, practicase hípica, natación, patinaje y tenis. Halina, como era conocida, era alta, medía 180 centímetros y tenía la piel morena y los ojos marrones, dado que su padre era tártaro. No era una valkiria polaca, sino que asemejaba ser de otras latitudes. Sorteada la I Guerra Mundial sin mayores problemas para su familia, al acabar la contienda inició sus estudios universitarios en Varsovia donde se aficionó al atletismo, especializándose en lanzamiento de disco. En 1927 estableció el récord del mundo de la especialidad. Con todo practicó distintas disciplinas sumando en su carrera 27 récords nacionales diferentes.
Con esa carta de presentación Halina Konopacka acudió a los Juegos Olímpicos de Ámsterdam de 1928 donde lograría la medalla de oro con un nuevo récord del mundo. Lo mantendría durante cuatro años y nunca jamás sería batida en una competición de disco. Competía siempre con una boina roja muy llamativa y su mezcla de rasgos fasciales, que la hacían sumamente atractiva, le acabaron de dar el apodo de Miss Olimpia. Fue recibida con honores en Polonia, donde fue la primera campeona olímpica del país, antes de retirarse para dedicarse a su marido y a su familia tal y como establecía la sociedad de la época.
Contrajo matrimonio como Ignacy Matuszewski, diplomático, coronel del ejército y ministro de Hacienda en hasta cinco gobiernos polacos diferentes. Con todo, Halina era de todo menos una ama de casa al uso. Y ni su marido pretendía que lo fuese ni lo hubiese conseguido de haberlo deseado. Halina Konopacka siguió practicando deporte. Esquí y tenis, además de escribir artículos deportivos en prensa. Fue invitada de honor en los Juegos Olímpicos de 1936, tanto en su versión invernal como en la veraniega, y en 1938 pasó a formar parte del Comité Olímpico Polaco.
Konopacka hablaba cuatro idiomas diferentes y escribía como los ángeles. Se licenció en filosofía y publicó varios poemarios, especializándose en temas amorosos y en la relación entre iguales del hombre y la mujer.
Halina
Con esto bastaría para una interesante biografía. Bella, erudita, culta y todo en un cuerpo de 1’80 que se movía con gracilidad.
Pero aún hay más.
Cuando Hitler ocupó Praga en marzo de 1939 Ignacy Matuszewski ideó un plan. Consciente que más pronto que tarde los nazis invadirían Polonia, consideró oportuno trasladar las reservas de oro polacas al extranjero. Para llevar a cabo su plan Matuszewski contó con su mujer. Ambos harían viajes en coche aparentando desplazamientos de ocio en pareja para no levantar sospechas. Así movieron el dinero en dirección a Rumanía. Ocurre que la escalada bélica aumentaba por momentos y no estaba claro que el plan pudiese finalizarse antes de que la II Guerra Mundial estallase. Fue entonces cuando Halina dio un paso más y decidió hacerse conductora de autobuses para poder mover una cantidad elevada de lingotes de un lugar a otro.
Llegó septiembre. Y comenzó la contienda.
En cuarenta días el ejército alemán habrá conquistado Polonia. Fueron cuarenta días de viajes interminables. Halina condujo autobuses sin descanso que pilotaba por la noche para evitar los ataques aéreos de la Luftwaffe. De día se ocultaba en bosques o granjas a la espera de un momento de calma. Los alemanes eran conocedores de la salida de las reservas de oro del país y la perseguían, pero Halina y otros valientes compatriotas polacos fueron capaces de llegar a Ucrania a través de Rumanía, descargar allí unas 75 toneladas de oro y transferirlas desde aguas del Mar Negro a barcos británicos. No habían acabado en esa travesía los peligros, pues se encontraban en sus aguas submarinos alemanes que tuvieron que esquivar. Así, llegaron a Estambul, de allí hasta Beirut, donde descargarían el oro en barcos franceses que arribaron al puerto de Marsella.
Ese oro serviría para aportar recursos al gobierno polaco en el exilio. Cuando Francia fue a su vez invadida por los alemanes, el oro se trasladaría a Gran Bretaña.
¿A qué espera Netflix o Amazon para hacer una serie?
Tras lograr el objetivo, y con media Europa ocupada por las fuerzas alemanas, Halina Konopacka y su marido tuvieron que marchar rumbo al exilio. Con un patrimonio considerable y una vasta red de contactos pudieron sobornar a unos cuantos nazis, lo que les permitió librarse del cadalso. Y con todo no fue fácil salir de Polonia. Viajaron por tren y carretera escondidos cruzando Francia hasta llegar a España. Una vez en Madrid lograron esquivar a varios espías nazis antes de establecerse en Lisboa, en donde cogieron un barco rumbo a Brasil. Ya más tranquilos, el matrimonio puso rumbo a Nueva York donde Halina quedaría viuda al poco de llegar debido a un infarto que segó la vida de su marido.
Konopacka y Matuszewski (p,plano)
Era 1946. La II Guerra Mundial había finalizado. Polonia mantenía su independencia, pero bajo un gobierno comunista títere de la Unión Soviética. Halina volvió a casarse, en este caso con un ex tenista, pero de nuevo enviudó. Como no podía ser de otro modo, Halina no quiso quedarse en casa a llorar sus penas.
Abrió una tienda de ropa y se lanzó como diseñadora. Se mudó a Florida y decidió estudiar Bellas Artes con 60 años. Se especializó en cuadros con motivos florales. Aprendió a tocar el piano y la guitarra y comenzó a pilotar coches de rallye. Alguien dijo de ella que era una mujer del Renacimiento. Y lo era. De verdad que lo era.
Únicamente volvió a Polonia en tres ocasiones. Todas bajo el régimen comunista. Falleció en enero de 1989, apenas un año antes de que la democracia volviese a su país. Sus cenizas serían trasladadas a Varsovia y se le daría la Cruz de Plata al Mérito de forma póstuma.
“Polonia es como un tablero de ajedrez en el que unos juegan al ajedrez y otros a las damas. Nadie puede ganar, pero sí todos decir; he ganado”. Lech Walesa, presidente de Polonia (1990-1995).
La cita tendría lugar una agradable mañana de agosto en Portland. Un audaz responsable de marketing llamado Rob Strasser haría de guía. Las sencillas instalaciones de Nike serían escrutadas tanto por Michael Jordan como por su agente, antes de que el trío decidiese tomar un refresco y centrarse en los detalles de la oferta. Strasser le propuso a Mike (por entonces Michael era Mike) crear una línea propia de calzado con su imagen, las Nike Jordan, y el jugador tendría un porcentaje de las ventas que se estimaba en 250.000 dólares de la época. Si la cosa iba bien, de la línea propia de calzado se pasaría a una línea de ropa deportiva, incluyendo camisetas, sudaderas y accesorios.
La idea era novedosa y la cifra era todo un fortunón para un jugador, que por excelente que fuese, aún no había disputado ni un partido en la NBA. Pero Jordan no estaba impresionado. Al contrario, era puro escepticismo. El sueño de adolescente de Michael era firmar con Adidas, por lo que miró a los ojos a Strasser y se tiró un farol: “Muy bien, ahora me voy a ver a los de Converse y luego a Alemania a la sede de Adidas”.
Por entonces todo el mundo usaba las Converse All-Star. Creadas hace más de un siglo, la fama de las Converse se las dio un ex jugador metido a empresario llamado Chuck Taylor, quien fue el ideólogo de su famoso acabado y de su estrella lateral. Hasta bien finalizada la década de 1960 raro era ver un deportista norteamericano sin sus Converse. Y hasta todo soldado del ejército estadounidense llevaba un par de ellas para cuando estaban de permiso.
Michael Jordan usaba las zapatillas Converse de rigor. Las mismas que usaban todos y cada uno de los jugadores de la NBA, incluidos sus dos grandes iconos; Magic Johnson y Larry Bird. Converse era la marca del baloncesto y era la casa comercial de las zapatillas de Jordan cuando empezaba a deslumbrar vistiendo la camiseta de la Universidad de North Carolina.
Así que todo el mundo usaba las mismas zapas blancas con la estrella en negro o su alternativa opuesta. La única variedad radicaba en la citada estrella. Por ejemplo, en las de Jordan y sus compañeros de North Carolina la estrella era celeste haciendo honor a los colores del equipo. Aun así, la tradicional y elitista Converse se dio cuenta de que debía de cambiar si no quería quedarse atrás, por lo que en los 80 se permitió un par de cambios. Unas All-Star amarillas y moradas y otras verdes y blancas. Las de Magic Johnson y las de Larry Bird. Curiosamente fue en la grabación de ese spot publicitario donde dos enemigos como Magic y Bird se conocieron y se hicieron grandes amigos. Pero esa es otra historia.
A Michael Jordan jamás le gustaron las Converse. Jamás. Años más tarde, cuando su nombre estaba ya asociado per secula seculorum con Nike, confesaría que su sueño era vestir unas zapatillas Adidas. Para un hombre místico, serio y disciplinado como él, la marca de las tres rallas alineadas parecería la opción perfecta.
Pero Jordan nunca vistió Adidas.
La temporada comenzaba en noviembre, pero en el verano Jordan lideró a un extraordinario conjunto universitario a la victoria de Estados Unidos en los JJ.OO. de Los Ángeles 1984. Díaz Miguel, entrenador español y rival de los norteamericanos en la final, llegaría a declarar que cambiaría a todos sus pupilos por tener la opción de dirigir a Michael Jordan. De esta forma, y antes de dar el salto a la NBA, a la rutilante estrella que ya estaba en boca de todos le esperaba un verano lleno de ofertas y compromisos publicitarios.
Días después de ganar el oro, David Falk, agente de Jordan, recibió una invitación para acudir a Portland, ciudad sede de la firma deportiva Nike. La hoy colosal multinacional distaba entonces de serlo. Se había convertido en un icono contracultural y había logrado un hueco entre los urbanitas estadounidenses a través del atletismo y de la cultura del running, pero la prematura muerte de Steve Prefontaine dio un hachazo a sus aspiraciones. Prefontaine, plusmarquista estadounidense en siete distancias distintas del medio fondo, falleció a los 24 años víctima de un accidente automovilístico. Nike necesitaba un nuevo icono y unos nuevos objetivos.
Como hemos visto, por muy jugosa que fuese la oferta, Jordan no estaba por la labor de calzarse unas Nike. La realidad es que Falk trató de usar su diplomacia para convencer a su representado de la bondad de la oferta de Nike, pero Jordan era todo terquedad. Converse le había hecho la misma oferta estándar que presentaba a todos los novatos, muy por debajo de lo prometido por Nike. Y Adidas, que no hubiese tenido que ofrecer gran cosa para convencer a Jordan, ni estaba ni se le esperaba. Por entonces el baloncesto y la NBA era terreno inexplorado por la marca alemana.
Total, que Falk tuvo que llamar a mamá Jordan para que hiciese entrar al chico en razón. No se sabe la cantidad de gritos e improperios que esa buena mujer soltaría a su vástago, pero el caso es que Jordan agachó las orejas, llamó a Strasser y el acuerdo se cerró a los pocos días.
El resto es historia.
Air
El matrimonio de Nike con Jordan fue como cuando al jamón ibérico se le ocurrió juntarse con el tomate y el aceite de oliva. Nike se decidió a romper todos los códigos establecidos y fabricar unas botas rojas y negras, bastante horteras, pero muy aceptadas en la cultura urbana, que impactaron en la juventud blanca y negra y que desbancaron para siempre a los zapatos como prenda cotidiana para el americano medio.
Las Air Jordan I fueron un shock. Jordan osaba equipararse a Bird y a Magic al tener sus propias zapatillas. Eran rojas y el código de vestimenta de la NBA exigía que fuesen blancas o negras. Rápidamente llegaron las multas. Primero fueron 1.000 dólares por partido, después 3.000 y en el siguiente 5.000. Nike daba palmas con las orejas. Para tener un impacto similar tendrían que haber gastado millones de dólares en campañas de promoción. Que hablen de ti, aunque hablen mal, reza el dicho.
Converse contraatacó y pidió su prohibición. Se decía que eran ilegales, que tenían una cámara de aire que hacía que Jordan saltase más. El efecto fue contraproducente. Michael Jordan fue a partir de entonces Air Jordan, un jugador con un salto sobrenatural y una estética perfecta que hizo que durante unos segundos pensásemos que el hombre podía volar. Las Air Jordan I siguen fabricándose en la actualidad y continúan siendo las zapatillas más vendidas de la historia.
Air Jordan I
Las ventas se dispararon y Nike pasó a convertirse en el gigante que es en la actualidad. Michael Jordan transitó de jugador de baloncesto a mito, y a medida que el mito crecía también lo hacía su propia industria, lo que podríamos llamar Jordan S.A. Fue el negocio del siglo, y el momento exacto en el que el deporte pasó a ser un business profesional y una verdadera industria capitalista del entretenimiento. Al año siguiente la NBA permitió que cada equipo llevase las Converse con los colores correspondientes a su equipo. Daba igual. Converse jugaba con las cartas marcadas. Su suerte estaba echada.
Jordan empieza a rodar anuncios televisivos con Nike que son prohibidos por la NBA y que no hacen más que aumentar las ventas. Se investiga si la famosa cámara de aire es motivo de doping tecnológico y eso no hace más que avivar el fuego. Las Air Jordan III rompen con todos los cimientos habidos y por haber. Son las zapatillas del famoso concurso de mates. Las de la saga icónica de Jordan saltando. Las de Jordan en movimiento. El jumpman desde la línea de tiros libres.
Fue el movimiento y la televisión lo que multiplicó exponencialmente esa realidad. Una vez que la NBA se dio cuenta del filón que era Michael Jordan inmediatamente del enfado se pasó al beneplácito. Nike se hinchó a grabar anuncios que se escuchaban y se movían. Contrató para ello a Spike Lee, un cineasta negro estampa de la cultura urbana neoyorkina. La publicidad alcanzó un nuevo estándar, mientras Jordan ganaba concursos de mates y volaba en las canchas.
No son anuncios. Es cine.
En total son 35 las Air Jordan que han salido al mercado. Además de las citadas, conviene destacar las Air Jordan VI (el primer anillo, últimas con referencia a Nike y con lengüeta reflectante), las Air Jordan VII (las de Barcelona 92, las primeras globales), las Air Jordan XI (las únicas azules, las que llevó junto a Bugs Bunny en Space Jam, las de las 72 victorias y, según los frikis, las más bonitas de todas), las Air Jordan XIII (las que parecían un Ferrari -personalmente mis favoritas- totalmente negras con el jumpman en rojo y que fueron las calzadas en su último tiro ante los Utah Jazz), las Air Jordan XVIII (las de su última temporada en Washington y que venían con un CD y un maletín para guardarlas) y las Air Jordan XXXIII (las primeras sin cordones).
Air Jordan XIII
Aquellos 250.000 dólares acabaron convirtiéndose rápidamente en más de 30 millones anuales, y, aún hoy, Jordan sigue facturando gracias a Nike. Se estima que Michael lleva ganado más de 1.000 millones de dólares gracias a la firma de Oregón, con diferencia el mayor ingreso de patrocinio deportivo de la historia. De hecho, ni siquiera sumando sus ingresos como jugador y el resto de sus contratos publicitarios se llegaría a igualar la indecente cifra que ha cobrado gracias a Nike.
Michael Jordan lo cambió todo. Si antes todos llevaban pantalones ceñidos, Jordan impuso la tendencia de llevarlos largos y más holgados hasta las rodillas. Al cabo de un lustro ya no quedaba un mísero pantalón ajustado. Mas adelante la cabeza afeitada de Jordan tuvo un impacto planetario. Cuando la alopecia comenzó a afectarle, se afeitó lo que le quedaba de pelo y empezó a darse cera en la calva (una cúpula aerodinámica que parecía futurista, dijo su biógrafo). Logró lo impensable, que ser calvo fuese algo guay.
Hoy Jordan tiene su propia marca, Jordan Brand, que se ha desligado de su matriz. En cifras pre pandemia facturaba más de 3.000 millones de dólares anuales. Antes de que fuese traspasado a los Lakers, le habían hecho una oferta descomunal a Luka Doncic, el nuevo prodigio del baloncesto, a razón de 20 millones anuales y la promesa de una línea propia de calzado y ropa en función de ciertos parámetros deportivos. No es el primero al que se le ofrecen ni será el último. Da lo mismo. Haga lo que haga jamás hará saltar el mercado por los aires como un día de 1984 hicieron Nike y Michael Jordan.
Los cronistas de nuestro tiempo han sido los grupos musicales. Los jóvenes de los 60 se rebelaron ante un destino que los obligaba a llevar botas y fusil en una mano o mandilón y espátula en caso de cambiar el par de huevos por el de ovarios. Cine, deporte y música. Eso cambió el mundo y dio a los jóvenes un poder que jamás habían tenido en la historia. Hasta entonces se había valorado más la experiencia y la sabiduría de la vejez. De esos ítems la música era el más transgresor de los tres. Creadores de una banda sonora de ágil pavoneo e insolencia sexual interpretada por los riffs de las guitarras, primero el pop y luego el rock, aquellos acordes rompieron con todo lo establecido. Esas canciones personificaban la rebelión, el cinismo y las promesas de toda una generación. The Beatles y The Rolling Stones fueron los buques insignia de una realidad que explotó y vino para quedarse, al menos en Occidente. Músicos de talento, de orígenes oscuros, que se enriquecían con la venta de millones de discos y tocaban en estadios llenos. Volaban por todo el globo en aviones adaptados a sus caprichos y acompañados de séquitos propios de amantes, cortesanas y con tráfico de drogas. Desde entonces han avanzado en la cumbre del prestigio social compartiéndola con las estrellas de cine y los deportistas. Donde antes los ricos eran gordos y fumaban puros ahora visten vaqueros y comen quinoa. En la era del consumo de masas occidental son cantantes, actores y deportistas los que tiene un prestigio comparable al que antes tenían príncipes, papas y cortesanos.
Y en España.
En España teníamos a Lola Flores.
La posguerra es oscurísima en España. Para salir del tedio y del hambre hay folklóricas. No es nada que haya inventado Franco. Las estrellas del canto en la afamada II República también eran folklóricas. Entre ellas estaba Lola Flores. Una fuerza de la naturaleza. Una artista de la que decían que ni cantaba ni bailaba, pero que cantaba y bailaba de una forma nunca antes conocida. No es sólo su arte. Es su personalidad. Dirige su propia compañía, negocia sus contratos, se niega a casarse, habla abiertamente de tener sexo con hombres casados mientras se declara una escrupulosa ama de casa, triunfa en Broadway, rechaza Hollywood para quedarse en España, viste provocativamente y se casa con un gitano siendo ella paya.
Reinaba en el escenario y en su vida. Por eso era La Faraona. Lola Flores era el Mick Jagger español. Cuando la Transición ya cogió a Lola en el declive de su vida, época donde las folklóricas pasarían a ser rancias, le dio exactamente igual. Conquistó a una nueva generación a través del brillo de sus ojos. Habló de drogas, de alcohol, de malos tratos, del aborto, del dinero y hasta de cáncer cuando era más tabú que todo lo anterior citado. Se convirtió en icono femenino y LGTBI. Una estampa cultural indomable. La Lola de España.
La Faraona
Novios enamorados, amantes por necesidad o flechazos cargados de sexo. De los tres tipos tuvo Lola. Las páginas de papel cuché hablan de ellos. En lo que a nosotros nos afecta consideramos dos.
A la vuelta de una gira por América Lola Flores le echó un ojo a un futbolista del FC Barcelona. Se trataba de Gustavo Biosca y no era un cualquiera. Titular en el centro del zaga durante una década, Biosca forma parte del llamado Barça de las Cinco Copas junto a Ramallets, Kubala, César o Basora. Se dice incluso que Santiago Bernabéu lo había convencido para firmar por el Real Madrid, pero el padre de Biosca, acérrimo culé, amenazó con no volver a dirigirle la palabra si dejaba Barcelona.
El caso es que Biosca tenía novia formal. Pero La Faraona era mucha faraona. Comienzan una relación secreta en la que se ven a escondidas en restaurantes y quedan para fornicar en hoteles. Si Lola tiene un brillo especial en los ojos, los profundos ojillos verdes de Biosca no dejan indiferente a nadie. Lo pasan bien, hasta tal punto que Lola adapta el calendario de sus giras para adecuarse a los compromisos de Biosca tanto en el Barça como con la selección española. Fue célebre una noche en la concentración de la selección, en la que Biosca recibió la visita de Lola e invitó a dos compañeros a espiar desde el balcón de la estancia a través de la persiana entrecerrada. Biosca les había dicho que la Lola le bailaba desnuda y ellos no le creían.
El sexo continúa durante unos meses, pero Gustavo tiene remordimientos. No puede dejar de pensar en su novia de siempre. Además, la vida de tablaos, juerga y alcohol que le impone Lola le está afectando a su carrera profesional y decide parar la relación con la folklórica. Lola Flores monta en cólera y decide pasar al ataque.
Biosca
Antes de dar su brazo a torcer y aceptar lo inevitable, Lola decide darle celos a Biosca con otro futbolista. Lo que en un principio es una simple canita al aire se convertirá en toda una relación. Una relación que escandalizará a media España y que acabará con la carrera de Gerardo Coque.
Y es que Gerardo Coque es el nombre del segundo amor futbolero de La Faraona.
Interior derecho, Gerardo Coque logro ascender con el Real Valladolid de Tercera a Primera en dos años y disputar una final de Copa ante el Athletic de Zarra y Gainza. Aunque perdió, Coque marcó en la final. Aquel Valladolid llegó a contar con siete internacionales en sus filas. No era de extrañar pues que en 1953 Gerardo Coque fichase por el Atlético de Madrid a cambio de 6.000 euros, la cifra más alta pagada hasta el momento por un futbolista de nacionalidad española (el pase de Di Stéfano al Madrid en esa misma temporada costó en torno a 8.300 euros al cambio). El Atlético firmaba a un interior de ida y vuelta, de buena técnica y muy bueno en el juego aéreo.
En la temporada 1953-54 Coque tiene un buen desempeño con el Atlético. Son 24 partidos de Liga (se jugaban 30) y anota siete goles. En la siguiente campaña son siete encuentros y la temporada 1955-56 la pasa en blanco. ¿Qué había pasado?
El huracán Lola es lo que había pasado.
Coque fue presa fácil. Estaba prometido con su novia de Valladolid (hermana del también jugador vallisoletano y luego ganador de cinco Copas de Europa con el Real Madrid Rafael Lesmes), pero retrasó la boda y entró en el torbellino de la vida de Lola Flores. No se recataban. Se les veía de noche en los cabarets de moda y más tarde en las ventas de los alrededores, donde apuraban la noche entre humo, finitos, jamón y zapateados. Coque tenía 25 años, pero no hay juventud que pueda hacer compatible esa vida con la del deportista de alto nivel.
La prensa entonces no hablaba abiertamente del tema y la cosa parece que se enfrió. Lola se fue a hacer una gira a América y regresó con un novio panameño. Biosca ya era parte del pasado y Coque pasó por la vicaría para vivir con su sufrida novia, quien fue capaz de perdonar su infidelidad. Todo iba bien, hasta que, a finales de 1954, Lola manda al negro de vuelta a Panamá y le pega un telefonazo a Gerardo. Coque no es capaz de resistir el tracatrá de Lola y reanuda el carrusel de juergas. Su mujer, antes sufrida novia, decide volver a Valladolid con sus padres y dejarlo sólo en Madrid.
Comenzó a faltar a los entrenamientos y el asunto tomó carácter público cuando el Atlético comience a expedientarlo por sus constantes ausencias. La prensa, con el recato que la época marcaba, comienza a hacerse eco del escándalo y los compañeros de Coque se movían entre los que le pedían que volviese con su mujer y los que se ponían los dientes largos escuchando las hazañas sexuales de la Lola.
Todo reventó el 26 de diciembre de 1954. Ese día se estrenaba nueva película de Lola Flores y el Atlético jugaba en casa contra la UD Las Palmas. Hubo empate a dos tantos y Coque marcó uno de ellos, pero ni así acalló las críticas. En la segunda mitad Coque apenas pudo enganchar un par de carreras y cada dos por tres ponía brazos en jarra buscando algo de oxígeno. La pitada del Metropolitano fue de las de época.
Fue la última vez que se le vio.
Lola Flores se fue a su enésima gira. A América. Allí estaría también Coque. Para justificarlo se convirtió en productor ficticio y como tal aparecía en las fotos junto a Lola Flores. El Atlético le denunció ante la Federación Española y el juzgado por incumplimiento de contrato. Cuando lo supo, Lola Flores envió de su pecunio al Atlético 50.000 pesetas, como pago de una parte de la ficha.
No era suficiente. Coque no volvería a pisar un rectángulo de juego en el siguiente año. Se enfrentaba también a una denuncia de su mujer por abandono del hogar. Una noche la policía fue a buscarle a casa de Lola, y allí le encontró escondido. La cosa no fue a mayores porque entonces no era lo mismo una denuncia de una esposa cornuda que la de un esposo cornudo.
Fue tal el encaprichamiento de Lola que preguntó a Coque cuál era su sueldo en el Atlético de Madrid. El montante sumaba 200.000 pesetas (1.300 euros anuales). Para hacernos una idea volvamos a la comparación con Di Stéfano. El as blanco ganaba entonces 4.000 euros al año, aunque al final de su carrera rondará los 25.000 (unos 200 salarios mínimos de entonces, mientras que los Mbappé de la actualidad cobran unos 15 millones de salarios mínimos). Así pues, la Lola, que nadaba en millones, se plantó en las oficinas del Atlético de Madrid con 200.000 pesetas en un sobre cerrado.
“Les compro el contrato de Coque. El Coque sólo tiene que meter goles aquí”.
Dejamos que el lector saque sus propias conclusiones sobre donde es el aquí.
El aquí de Lola.
Gerardo Coque
Pasan los meses y caminamos rumbo a 1957. Entre idas y venidas, celos y broncas, Lola se enamora perdidamente de un guitarrista gitano de nombre Antonio González y apodado El Pescadilla. Con el tiempo será el marido de Lola y padre de sus tres hijos. Así que Coque pasa a ser agua pasada. Con el rabo entre las piernas vuelve a casa y recibe el increíble perdón de su mujer (qué tiempos aquellos). Pero para obtener el perdón del fútbol es ya muy tarde. Da entrevistas en los medios esgrimiendo lesiones inexistentes para explicar sus ausencias en los campos de fútbol.
Tiene 29 años y es tarde. Muy tarde. Vuelve al Real Valladolid en Segunda y luego ficha por el Racing de Santander. Su rendimiento varía entre aceptable y mediocre. Mientras recuperaba la forma, le había alcanzado el tiempo. Remató su carrera en 1962 en la Cultural Leonesa. Sólo fue una vez internacional y apenas disputó un manojo de partidos de calidad con el Atlético, aunque dejó cientos y miles de anécdotas picantes que contar en los vestuarios y en los campos de media España.
Lola Flores escribió sus memorias. De poco se arrepintió La Faraona. Pero entre lo poco estaba Gerardo Coque. Confesó que lo había usado y que nunca había estado enamorado de él, aunque era consciente de que Coque sí que lo estaba.
“¿Sabes por qué yo siempre estoy guapa? Porque el brillo de los ojos no se opera.” Lola Flores.
Otras historias del fútbol español de los 50
Ben Barek (el marroquí que hizo historia en el Atlético de Madrid)
Cuentan que Pigmalión, rey de Chipre, buscó durante años a una mujer con la que casarse. Obsesionado por la perfección era incapaz de encontrar a la dama elegida, por lo que decidió crear una escultura con la que poder moldear a la mujer perfecta. Una de aquellas estatuas, a la que le puso de nombre Galatea, le pareció tan hermosa que acabó enamorándose de ella. Fue entonces cuando la diosa Afrodita, conmovida por el deseo del rey, dotó de vida a Galatea para que pudiese casarse con Pigmalión.
Los psicólogos dieron en llamar efecto Pigmalión al suceso en el que las expectativas de los demás nos llevan a tener un mejor rendimiento. La teoría fue puesta en práctica hace unos años en un instituto norteamericano. Se seleccionó a un grupo de alumnos al azar y se les comentó a los profesores que habían sacado resultados extraordinarios en unos test de inteligencia. Inmediatamente estos alumnos comenzaron a recibir de forma inconsciente un trato diferenciado, con más atención y paciencia por parte de sus educadores. Al finalizar el año, aquellos chicos ‘normales’ conseguían sacar unas notas elevadas con las que nadie contaba.
Estos mismos psicólogos dieron en llamar efecto Galatea al proceso vivido por el propio alumno. Al explicarles que eran unos alumnos brillantes (sin serlos) y viendo que sobre el agraciado se depositaban altas expectativas, el alumno en cuestión se esforzaba para tratar de corresponderlas logrando unas tasas de éxito académicas más altas a posteriori.
Perdía Rafael Nadal ante Daniil Medvedev. La inteligencia artificial le daba un 4% de opciones de triunfo a un Nadal de 35 años. Open de Australia 2022. 2-6 en el primer set. 6-7 en el segundo. En el tercero era un 2-3 para el ruso y un 0-40 con saque a favor del hijo de las estepas. Y aun así el público seguía expectante. Quizás si estuviese Djokovic delante. Quizás si el rival hubiese sido Federer. Pero no. No era ninguno de ellos. Era difícil. Nunca imposible. Y lo imposible es intrínseco a Nadal. Acostumbrados a lo inhumano, a las remontadas increíbles, todos esperábamos un resultado extraordinario de Nadal. Las expectativas del público provocaron un efecto Pigmalión en un Nadal que acabó llevándose el partido para obtener su 21º Grand Slam por 2-6, 6-7, 6-4, 6-4 y 7-5.
Al vencer en el tercer set, y aun estando dos sets a uno en contra, tanto el público que abarrotaba la pista central australiana como aquellos que veían el partido desde su casa, sabían que el favorito era Nadal. Lo sabía también Medvedev, quien comenzó a cometer errores hasta entonces inexistentes en su juego. Pero, esencialmente, lo sabía el propio Nadal. Rafa sabía las altas expectativas que se cernían sobre su tenis, por lo que se esforzó más allá de sus límites para tratar de corresponderlas. A eso se llama efecto Galatea.
Rafael Nadal ha sido un deportista excepcional catalogado por expertos, aficionados y rivales como uno de los más grandes de siempre y el mejor tenista en tierra batida que ha habido. Pero fundamentalmente ha sido un aglutinador de emociones. Rafael Nadal ha sido y será la antítesis de la cultura de la queja. Ha construido su leyenda sobre una ética de autoexigencia.
La figura de Rafa no se puede entender sin la de su tío Toni. No porque haya moldeado su juego, sino porque ha moldeado su mente. Cuando los padres de Rafa decidieron poner el futuro de su hijo en manos del tío Toni no lo fue porque éste fuese preparador físico, sino porque les prometió educación. Durante años, Toni hacía entrenar a Rafa con pelotas en malas condiciones, en pistas estropeadas y le alargaba los entrenamientos indefinidamente porque le interesaba que fortaleciese su carácter. En cierta ocasión Rafa jugaba un torneo cadete en el que perdía por 0-5 en el primer set. Su tío se acercó a él y se dio cuenta de que tenía la raqueta rota, por lo que tuvo que cambiarla. Acabaría perdiendo el partido por 0-6 y 5-7 aunque, evidentemente, su juego había mejorado. Cuando al finalizar el encuentro Toni preguntó a su sobrino porque no le había dicho que tenía rota la raqueta, Rafa contestó:
“No me había dado cuenta y como siempre estoy acostumbrado a que si pierdo la culpa sea mía no pensé que fuera por culpa de la raqueta”.
Mas deliciosa aun si cabe es la anécdota ocurrida tras ganar Rafa un torneo internacional sub-12. Le quisieron hacer una entrevista y bajó de la habitación del hotel en el que se hospedaba con pantalón corto y chanclas. Su tío le mandó de vuelta a la habitación y le exigió ponerse unas bambas y pantalón largo. Luego, tras la entrevista, viendo que Rafa estaba envalentonado, su tío le recitó el nombre de los últimos veinte ganadores de aquel trofeo infantil.
El joven Rafa apenas conocía a uno de ellos. Y apenas un puñado de aquellos niños habían conseguido llegar al circuito profesional.
Toni y Rafa
De Rafael Nadal Parera se han escrito miles de líneas sobre sus triunfos y otras tantas miles sobre su calidad humana. En las academias de tenis siempre aparece como ejemplo por su actitud, jamás sobre su tenis. Ningún profesor recomienda imitar a Nadal. A inicios de su carrera Nadal jugaba a cuatro o cinco metros de la línea de fondo abusando de fuerza física e imprimiendo un top spin a la bola imposible de replicar. Aquellos esfuerzos hercúleos llevaron a decir que su carrera sería extremadamente corta. André Agassi dijo que a los 25 estaría retirado. No fue así. Nadal ha estado presente en varias generaciones. Fue un rebelde de pelo largo con camiseta sin mangas y ha acabado siendo un dandy de cabeza lampiña entrado en años.
La enseñanza de Nadal viene tanto de sus victorias como de sus derrotas. De sus golpes ganadores, del partido del siglo en Wimbledon 2008 ante Federer o de la interminable semifinal de Roland Garros ante Djokovic en 2013. Mas Rafa también es aquel que se desliza de una rueda de prensa del US Open camino de una silla de ruedas y el mismo que llora tras ganar una medalla de oro y compartir pensión y cama con anónimos deportistas en la Villa Olímpica.
Nadal enseñó que no hay que ser un robot, que se puede ser emocional y nervioso, pero siempre concentrado.
Los tenistas jóvenes no te dicen que quieren jugar como Rafa, sino que quieren ser como él. En un país profundamente fragmentado como es España, cierto filósofo dijo en una ocasión que lo único que tenemos en común los españoles es que cuidamos de nuestros mayores y nos ocupamos de los enfermos. Pocas sociedades contemporáneas lo hacen y, al menos de momento, en la antigua Hispania aún se realiza. A pocos deportistas de élite imaginas pasando tarde de hospital con un abuelo o limpiándole el culo a una anciana madre. A Rafa sí. A Rafa Nadal te lo imaginas.
Nadal
Rafa es 14 veces París. Su esplendor está profundamente conectado al Bois de Boulogne, a la tierra de arcilla de la Philippe Chatrier. Eléctrico, magnético, gladiador incomparable y jugador inolvidable. Sufridor y ganador a partes iguales. Para los tenistas no existen escondites. Los futbolistas cuentan con Japón, Qatar o Estados Unidos. El tenista no. Nadal extendió un cheque contra su cuerpo e igual que brilló en Paris fue en Paris donde lo vimos frágil, débil y quebradizo. Pero que fue mejor; ¿verlo reinar en Roland Garros año tras año o verlo caer de rodillas ante un público entregado que le dirigió una ovación interminable en su último baile? Sólo el simple hecho de poder plantearse esta pregunta demuestra la grandeza del personaje.
Las manecillas del reloj giran incluso para los héroes. Valiente, constante, cercano, humilde, pero por encima de todo ello un extremo competidor. Un sufridor y un icono a base de apretar los dientes. Una figura tan colosal, que a media tarde del mes de junio era capaz de tapar el Sol. Rafa Nadal es el mejor deportista español sin discusión alguna y, aunque no fue tan bello como Federer ni tan perfecto como Djokovic es, sin género de dudas, el tenista que más respingones de asiento ha provocado de un lado al otro del planeta. Al gélido Federer, la aparición de Nadal le dotó de pasión y buen temple. Al compacto Djokovic, sus combates con Nadal le obligaron a ser más versátil y a usar al mismo tiempo la cabeza y la ambición. Para Rafa todo fue fe o resiliencia, esa palabra que en tiempos de secularización ha substituido a la religión. Nadal ha vivido siempre al borde del trastorno obsesivo compulsivo, como Merckx, Ali, Jordan, Phelps o Maradona, pero siempre con una buena cara, un buen gesto y con una sonrisa hacia el respetable.
Hay obras maestras de Nadal. Ante Roddick en la Davis de 2004, Coria en Roma 2005, sus noventa golpes ganadores ante Verdasco en Australia 2009, la final interminable de la misma Australia en 2012 ante Djokovic o la de los lloros de Federer en 2009. Antes de la ya citada de Medvedev en 2022 ya le había levantado un 0-2 en contra al ruso en el US Open de 2010. Fueron 92 títulos en su carrera (22 Grand Slam). Entre rodillas, espalda, pies o muñecas fueron más de treinta lesiones en su carrera. Es el cuajo psicológico le que convirtió en grande a Nadal. Es curioso que una sociedad que ha abandonado la cultura del esfuerzo, donde la abolición al mérito es cotidiana y donde la igualdad está en profundo riesgo, a la altura de 2024 un archimillonario como Rafa Nadal dé un ejemplo de pundonor, épica, sacrificio o empeño. Todo lo que queremos ser, pero no somos.
Y es que no fue ni Djokovic ni Federer. No. Ninguno de ellos fue su máximo rival. Tenía Rafa la mayoría de edad recién conseguida y todavía el casillero de Grand Slam sin estrenar cuando abandonaba en cuartos de final de Estoril por culpa de una fractura de estrés en el pie izquierdo. Müller-Weiss. Ese ha sido su máximo rival. Una enfermedad crónica que deforma el escafoides tarsiano, uno de los huesos situados en la parte media del pie y que es esencial para la movilidad del mismo. Una enfermedad que no tenía cura. Y sigue sin tenerla.
Nadal aprendió a jugar, a ganar y a vivir con dolor. Vendajes, plantillas especiales y cambios en la forma de caminar. Desafió a médicos y también a periodistas. Primero se convirtió en un experto del polvo de ladrillo y luego tuvo que volver a adecuar su tobillo a otras latitudes para poder aspirar a ser el más grande y vencer en pista dura.
E incluso eso no fue lo peor. Hombros, espalda, muñeca, cuádriceps y rodilla. Su peor pesadilla. En 2008, tras ganar un partido épico en la hierba de Wimbledon a Roger Federer, empezó a tener molestias en su rodilla derecha. Tendinitis que se convertiría en rotura del tendón rotuliano y que le mantuvo meses fuera de las canchas. Regresó para ganar Roland Garros al año siguiente, pero iniciando una costumbre que le obligó a seleccionar torneos y a finalizar su temporada en septiembre para ahorrar esfuerzos. La intensidad del mallorquín para golpear cada pelota, para correr cada centímetro de la cancha y para pelear cada punto hasta el final fueron desgastando un cuerpo que al principio parecía indestructible. Sus músculos, sus articulaciones y sus huesos le pidieron decir basta una y otra vez.
Fue entonces que apareció su fortaleza mental, la que le permitió reponerse de cada golpe, reinventarse para adaptarse al tenis de sus nuevos rivales y cuidar y preservar lo mejor posible su físico. Por lo que, si hasta 2014 Rafa Nadal fue campeón gracias a físico, técnica y mentalidad por este orden, a partir de 2016 lo fue por mentalidad, técnica y físico en sentido inverso. Sus brazos ya eran pistones alimentados por la madurez de una cabeza capaz de retomar problemas y contratiempos (desde el divorcio de sus padres, la separación profesional con su tío Toni o las dificultades de su esposa para concebir un hijo).
Así que cuando en 2023 Rafa anuncia que lo único que quiere es pasarlo bien y no lamentarse por haberlo intentado, a nadie debió sorprenderle. Él, y todos, sabíamos que no le daba para más. Ni siquiera en Roland Garros, por mucho que lo deseáramos. Lo inesperado sería que un tipo con una disciplina mental de hierro, con una dedicación espartana y con una capacidad de concentración y superación infinita no lo hubiese intentado. Ha sido un año lleno de frustraciones en los que se ha aferrado por no decir adiós. Al final el adiós ha llegado. Pero ha sido tan precioso el viaje como la agónica conclusión.
No en vano Rafa fue capaz de convertir la agonía en placer.
https://www.youtube.com/watch?v=YYDr9RSODyA
“Lograr aquello que has soñado te hace feliz, pero, sobre todo, te hace feliz recordar el esfuerzo empleado para lograrlo”. Rafael Nadal.
“Lo que diferencia a Rafa no son los títulos, son sus golpes. Hace golpes que otros no hacen. A veces tengo ganas de saltar la red, pasar al otro lado y chocarle los cinco”. Roger Federer.
A finales de los 70 había dos fuerzas extraordinarias en el circuito femenino. Una era Chris Evert. Tenista brillante por su juego de pies desde el fondo de la pista con un potente golpeo en carrera que le permitió ser la reina de la tierra batida. La otra era Martina Navratilova. Jugadora de ataque con un revés a una mano infalible que le permitió dominar el circuito durante una década. Cuando Navratilova restaba al fondo contaba con un revés liftado precioso y si subía a la red utilizaba el revés cortado para cambiar el ritmo de juego. Eran tan antagonistas en el juego como en su vida. Evert era guapísima. Sonrisa perenne, cuerpo perfecto, rubia de bote. Casada con otro tenista de cuerpo escultural. La novia de América. Navratilova no era mal parecida, pero no se ayudaba. De largas piernas, pero de rictus serio, desaliñada y corte de pelo desfavorecedor. Navratilova era checoslovaca. Del otro lado del Telón de Acero.
Sus grandes batallas tendrían lugar entrados los años 80. Antes de eso ya se habían visto las caras en incontables ocasiones. Fueron hasta cuatro finales de Grand Slam con un balance de tres victorias para Martina y una para Chris (al final de sus carreras serán 14 finales con diez triunfos para Navratilova y cuatro para Evert). El tema es que cuando Chris ganaba eran todo elogios y aplausos y cuando perdía también recibía la misma recompensa. Navratilova era la mala de la película. Pero no por mala, sino por fría. Aún por encima el guaperas de marido del novio de Evert le puso los cuernos y el público, que ya adoraba a la novia de América, pasó a amarla.
Navratilova (i) y Evert (d)
El caso es que, tras unos excelentes resultados en los años anteriores, la temporada de 1980 fue mala para Martina. No se le ve disfrutar en la pista y su actitud se torna agria en las ruedas de prensa. Se filtra que su mal juego y su mal humor se deben a las presiones del régimen comunista checo que le impiden conseguir la nacionalidad estadounidense. Martina había nacido como Subertova en 1956. Tres años después sus padres se divorciaron y en 1962 su madre se volvió a casar. Martina adoptó el apellido Navratilova del que sería su padrastro, quien también se convirtió en su primer entrenador de tenis. Miroslav, como se llamaba el interfecto, era un gran entrenador y también un acérrimo comunista. Cuando en 1975 Martina viaje por vez primera a Estados Unidos para disputar un torneo decidirá coger un avión sin billete de vuelta. Decide solicitar asilo político y dejar atrás a su madre y al resto de su familia.
Martina llevaba entonces cinco años pinchando en hueso. Debería ser más fácil conseguir la nacionalidad y más para una deportista reconocida como ella, pero desde Checoslovaquia no se lo iban a facilitar. Así que su carácter agrio y sus malos resultados parecían tener causa concreta.
Pero había algo más.
Algo más trascendental.
Martina iba camino de los 25 y no se le conocía pareja alguna. Ni oficial ni extraoficial. Era un ciborg diseñado por los soviets que únicamente se dedicaba al tenis. Hasta que estalló la bomba.
Y menuda bomba.
A inicios de 1981 Martina consiguió finalmente la nacionalidad estadounidense. Para celebrarlo le concedió una entrevista al New York Daily News donde confesó que era lesbiana y que tenía una relación con una mujer. Sin embargo, Martina acordó con el periodista no publicar el artículo hasta que hablase con su pareja y hasta que acabase la gira europea. Entonces, Martina estaba enfrascada en la disputa de Roland Garros y Wimbledon y su idea era que la entrevista saliese a la luz en agosto, antes de la disputa del Open USA.
Fuese por el motivo que fuese el periodista no respetó los tiempos y el mundo descubrió que Martina Navratilova era lesbiana mientras se celebraba el torneo de Wimbledon de 1981.
Fue un shock.
Recordemos que la homosexualidad estuvo penada en Gran Bretaña hasta 1967. Apenas catorce años atrás.
En España se despenalizó en 1978. Tres años antes.
En Estados Unidos hubo que esperar a una ley federal aprobada en 2003.
Faltaban casi veinte años.
En su autobiografía Martina confiesa que de joven sentía atracción por ambos sexos pero que fue al cumplir los 18 años cuando mantuvo su primera relación íntima con una mujer descubriendo que su orientación sexual era lésbica. Confesaría también que había decidido mantenerlo en secreto, ya que pensaba que de saberse eso le habría imposibilitado obtener la nacionalidad estadounidense. De ahí que decidiese salir del armario una vez conseguido el pasaporte.
Inmediatamente hubo reacciones desde Checoslovaquia. Sus padres se sintieron perturbados al descubrir la orientación sexual de su hija. Su padre (padrastro) lo calificó de enfermedad y sostuvo que hubiese preferido que Martina hubiese sido prostituta. Visiblemente afectada, Martina respondió a esas palabras comentando que en Checoslovaquia a los gais se les enviaba a manicomios y a las lesbianas ni se les daba esa posibilidad, porque ninguna lesbiana sería capaz de confesar públicamente sus sentimientos. Se descubría también que la huida de Martina de Checoslovaquia se debía más a temas personales que a políticos.
Así, una tocada Martina se clasifica para las semifinales de Wimbledon. En la final ya espera Chris Evert, quien ha apabullado a todas sus rivales en las rondas previas. Ironías de la vida, Martina se enfrenta en semifinales ante la checa Hana Mandalikova. Pierde el primer set por 5-7 y gana el segundo por 6-4. Comienza el tercero y definitivo y Martina pierde su servicio. Desde ese momento su juego se torna en errático con fallos groseros en cada resto. Su rostro compungido nunca antes había sido mostrado. Otro error le da la victoria a Mandalikova por 1-6.
Es entonces cuando Martina Navratilova se echa a llorar. Lo nunca visto.
Todos los presentes en el All England Club de Wimbledon su pusieron a aplaudir mientras vitoreaban a Martina. Nadie hacia el menor caso a la vencedora. La protagonista era aquella hermética chica. Había asumido el papel de mala ante Chris Evert a pesar de sus numerosos triunfos y ahora una derrota la convertía en querida y amada por el público. Los vítores poco tenían que ver con el tenis. Eran aplausos de aceptación, de respeto, incluso de cariño. Martina nunca había sentido algo así en su vida. Le estaban animando como persona, no como tenista. Nunca se había sentido tan querida.
Las lágrimas de Martina
Semanas más tarde Martina llegó a la final del Open de Estados Unidos. Perdería contra la local Tracy Austin y las escenas de Londres se repitieron en Nueva York. El público ni prestó atención a las dobles faltas de saque que cometió Navratilova durante el choque. No estaban animando a Martina la tenista, ni a la perdedora, ni a la checa, ni a la desertora. Animaban a la persona, a la valiente, a aquella que había decidido abandonar sus miedos y abrirse al mundo. Otra vez hubo lloros y, nuevamente, los aplausos y los vítores a la perdedora superaron con creces a los de la vencedora cuando tuvo lugar la entrega de trofeos.
En los siguientes seis años, de 1982 a 1987, Martina Navratilova ganó un total de 14 Grand Slams de 20 posibles. Sumó 6/6 en Wimbledon, 4/6 en el Open USA y 2/6 y 2/6 en el Open de Australia y en Roland Garros. Se convirtió en la favorita del público tanto dentro como fuera de la pista. Tanto en Estados Unidos como en su Checoslovaquia natal, a donde volvió por vez primera en 1990 tras la caída del comunismo y el restablecimiento de la democracia. Lo hizo como heroína deportiva e icono lésbico.
Era viernes. 17 de junio de 1994. El verano tocaba nudillos en la puerta. En Berlín tropas británicas, francesas y estadounidenses abandonan sus puestos en los cuarteles de Berlín Occidental. Días más tarde lo harán los soviéticos del antes llamado Berlín Oriental poniendo fin a la Guerra Fría y al siglo XX antes de tiempo. Estados Unidos es dueño del planeta. Gran parte de su triunfo se debía a un poder blando labrado durante décadas en el que el deporte era eje trascendental.
Aquel 17 de junio la oferta deportiva en Estados Unidos iba a paralizar al país y a medio mundo. Desde primera hora de la mañana en Oakmont, Pensilvania, tendría lugar la segunda y última ronda del US Open de golf. Luego, a las 14:00 hora local, se inauguraría el Mundial de fútbol en el Soldier Field de Chicago con un encuentro entre Bolivia y Alemania, entonces vigente campeón. Con una hora de adelanto por mor de los usos horarios, la ciudad de Nueva York se paralizaría con miles de personas en sus aceras para ver los festejos que coronaban a los Rangers como campeones de la Stanley Cup de la NHL tras más de medio siglo de espera. Y luego, como fin de fiesta, el Madison Square Garden de la Gran Manzana sería testigo del quinto partido de las finales de la NBA que enfrentaba a los New York Knicks contra los Houston Rockets y que en aquel momento mostraban un empate a dos victorias al mejor de siete partidos.
Lo de las finales de la NBA estaba siendo el clímax de la aridez y de la aprensión. Knicks y Rockets disputaban una serie de playoffs siderúrgica con defensas agresivas y con anotaciones bajísimas, sinónimos de la negación del común de los aficionados. Si el baloncesto de la década de los 90 fue condenadamente duro, las finales de la NBA de 1994 fueron batallas en trincheras en cada jugada. Duro, ultra físico, con acometidas de hombres con pelos en el pecho. El culmen final de una época de hermetismo postindustrial. De hijos que a través del deporte honraban a sus padres y a sus abuelos obreros. Cuando para ganarse la vida había que TRABAJAR con mayúsculas. Los últimos coletazos de los Stallone, Schwarzenegger o Willis. La última época dorada de los hombres que no lloran.
Eran unas finales que pivotaban en dos hombres altos. Hakeem Olajuwon era un gigante con pajarita. Podría pasar por diplomático nigeriano con un puñado menos de centímetros. Criado baloncestísticamente en Houston buscaba para los Rockets su primer título de la NBA a través de unos pasos de baile que hipnotizaban a sus rivales debajo del aro. Mientras, Patrick Ewing era una montaña de músculos que había devuelto el orgullo a Nueva York, la meca del baloncesto. Los Knicks eran la franquicia más valiosa de la NBA, pero acumulaban dos décadas de fracasos en busca de un título que era primordial para la ciudad de Nueva York.
Cinco días antes del que sería un legendario 17 de junio, los Houston Rockets se ponían 2-1 en la eliminatoria recuperando la ventaja de campo al vencer por 89-93 en Nueva York. Sería esa la anotación más alta de una serie de defensas hipermusculadas y tensión armamentística. Olajuwon firmaba 21 puntos, 11 rebotes y 7 asistencias, pero era incapaz de emocionar a los televidentes. Michael Jordan se había retirado por vez primera para jugar al beisbol, Bird y Magic ya no estaban y la audiencia televisiva de la NBA había caído un 30%. Lo verdaderamente importante el 12 junio, cinco días antes del día D, era que los cadáveres de Nicole Brown Simpson y Ronald Goldman aparecieron rodeados de un charco de sangre en un barrio residencial de Los Ángeles. La brutalidad había sido tal que Nicole tenía la laringe a la vista y Ronald era un coladero con agujeros en todo su cuerpo. Horas después la conmoción se adueñó de Estados Unidos cuando se encontraron manchas de sangre en el coche de OJ Simpson a apenas unos kilómetros de la escena del crimen. Era el principal sospechoso del asesinato de un crimen que se tornaba en pasional.
OJ Simpson y Nicole Brown
Aquel golpe de mortero conmocionó a Estados Unidos. Orenthal James Simpson era una celebridad. MVP de la NFL de 1973, considerado uno de los mejores jugadores de fútbol americano de siempre, su fama como deportista se mantenía tras su retirada gracias a su sonrisa, su encanto y su éxito como comentarista televisivo. Llevaba dos años divorciado de su segunda esposa, una camarera llamada Nicole. Simpson era negro. Nicole blanca, rubia y de ojos azules. Nicole mantenía entonces una relación con Ronald, un actor de poca monta.
Millones de estadounidenses se engancharon a la televisión para seguir todas las novedades sobre el caso con la única excepción de los neoyorkinos. El martes 14 de junio en el Madison Square Garden de Nueva York los Rangers vencerán a los Vancouver Canucks en el séptimo partido de la final de la NHL logrando la Stanley Cup de hockey para la ciudad de Nueva York por vez primera en medio siglo. Brian Leetch recibía el premio MVP como mejor jugador de la final y exaltaba a los aficionados a colapsar las calles del centro de Nueva York para celebrar el éxito en el paseo triunfal que tendría lugar el viernes 17 de junio. La Gran Manzana sería la capital mundial del hockey sobre hielo.
Un día antes, jueves 16, en la otra punta del país, a más de 4.000 kilómetros de distancia, se da eterna sepultura al cuerpo y al alma de Nicole. OJ Simpson había llegado a estar esposado, sin embargo, le permitieron acudir al último adiós a su ex esposa. De riguroso luto y con gafas de sol, Simpson se agachó ante el féretro descubierto y besó el rostro sin vida de la que había sido su segunda esposa. La mayoría de los presentes en la ceremonia abrieron los ojos entre estupefactos y conmovidos por lo visto. Justo al finalizar el entierro la policía hacía público un informe de cinco años atrás en los que se detallaba una paliza que OJ le había propinado a su mujer tras una discusión. Aquello llevó al juez a dictar la orden de detención que se haría efectiva el 17 de junio de aquel año 1994 tras la negociación con los abogados del acusado.
Nacía así el viernes 17 de junio de 1994. Día de sillon-ball. Salsa rosa, crónica negra y deporte. Mucho deporte.
Simpson pasó aquella noche en casa de Robert Kardashian (abogado amigo suyo y padre de las celebérrimas hermanas). Prensa de medio país esperaba a las puertas del domicilio a que OJ saliese y se presentase en la comisaría de policía correspondiente. OJ Simpson decidió tomárselo con calma. Mientras esto sucedía se iniciaba la penúltima jornada del US Open de golf en Pensilvania. Colin Montgomerie, gran favorito, pasó el corte rumbo a la ronda final en primera posición, aunque acabaría cediendo el título dos días más tarde ante el sudafricano Ernie Els. Sin embargo, lo trascendental de aquella mañana fue el último putt de Arnold Palmer quien era incapaz de pasar el corte y quedaba eliminado. Se ponía así fin a la carrera de Palmer, el hombre que popularizó el golf por todo el mundo. The King, como era conocido, logró a través de sus modestos orígenes y una popularidad basada en hablar sin pelos en la lengua, a que el golf pasase de jugarse en campos privados y elitistas a que fuese accesible para las clases medias mediante la construcción de campos públicos. La retirada de Palmer auguraba un 17 de junio lleno de emociones.
El adiós de Palmer
Mientras Simpson se negaba a salir de la mansión de los Kardashian en Los Ángeles, en el Medio Oeste, en el estadio Soldier Field de Chicago, tendría lugar la inauguración del Mundial de fútbol de 1994. A diferencia de los otros hechos del día, el fútbol pasaría sin más pena que gloria en el corazón de los estadounidenses, mas no así en el resto del mundo que aguardaba impaciente el inicio del evento deportivo más seguido del planeta. En todo caso, aquel Mundial era un intento de la FIFA de volver a introducirse con éxito en el mercado más suculento del planeta tras aquel primer éxito de los 70 con el Cosmos de Pelé. Era por ello que la ceremonia de inauguración, el único evento del Mundial que tendría por seguro la atención de los estadounidenses, debería salir perfecta.
A las 14.00 hora local echaba a rodar el balón. Alemania, vigente campeona, derrotaba a Bolivia por 1-0 en un mal partido que dejaba intuir los problemas que los teutones iban a tener para revalidar el título. Minutos antes del inicio del choque, Diana Ross, actriz y cantante de The Supremes, había sido la elegida para hacer disfrutar al público presente en el estadio y al que seguía el evento desde sus casas. Zapatillas blancas y traje rojo, la voluptuosa Ross comenzó a cantar I’m going out mientras se dirigía hacía una de las áreas rodeada de bailarines.
Allí había una portería preparada para partirse en dos cuando Diana convirtiera el gol pateando un penalti. También esperaba un grandilocuente arquero dando saltos con buzo amarillo y pantalón blanco con la única intención de dejarse marcar un gol. Diana se dispuso a marcar el tanto de su vida micrófono en mano y dio un puntapié con la derecha… que se fue un par de metros más allá del palo derecho. Los fuegos artificiales explotaron, la portería se abrió como el Mar Rojo ante Moisés y Diana Ross actuó como una reina del espectáculo. Le dio todo igual, se abrió camino hasta el escenario mientras la gente seguía aplaudiendo sin saber que había pasado ya que, al fin y al cabo, la mayoría de los allí presentes de fútbol sabían más bien poco.
https://www.youtube.com/watch?v=EyAC4bPe0wY
— OJ SIMPSON Y LA FINAL DE LA NBA —
Al mismo tiempo que en Chicago el teutón Jurgen Kiinsmann anotaba el primer gol del Mundial, la calle Broadway se atestaba de fanáticos del hockey para seguir a la comitiva de los Rangers camino al City Hall con las entonces fastuosas Torres Gemelas al fondo. La fiesta fue de aúpa, pero irremediablemente tuvo que acabar pronto porque a las 20.30 hora local el Madison Square Garden se volvía a vestir de gala para el quinto partido de la final de la NBA entre Knicks y Rockets. El resultado entonces era 2-2 y los Knicks tenían la oportunidad de ponerse por delante antes de que la serie viajase a Houston para los dos últimos encuentros. El choque iba a comenzar poco después del segundo y último partido de la jornada inaugural del Mundial de fútbol. Se trató del sorprendente empate a dos goles entre España y Corea del Sur en partido disputado en Dallas. Aquella igualada dejaba a los de Javier Clemente con la obligatoriedad de sacar algo positivo del siguiente choque ante Alemania para aspirar a los octavos de final.
Y a todo esto OJ Simpson seguía atrincherado en casa agotando hasta el límite su entrega ante la policía.
Knicks y Rockets se encontraban en titánica disputa cuando un ciudadano alerta a la policía de que ha visto a OJ Simpson empuñando un revólver viajando en un Ford Bronco. Era poco después de las 18.30 (hora de Los Ángeles) cuando OJ Simpson logró sortear a periodistas y curiosos para salir de casa junto a un amigo de la infancia, quien al volante de un Ford Bronco blanco llevaba a OJ Simpson en el asiento del copiloto. Mientras la camioneta avanzaba por las calles de Los Ángeles, OJ Simpson portaba una pistola sobre su sien anunciando a grito pelado que estaba dispuesto a quitarse la vida. La policía necesitó más de una hora para que el ex jugador accediera a salir del auto, tras prometerle que podría llamar por teléfono a su madre.
Aquello era la bomba. La caída de un héroe americano en pleno directo. Todas las cadenas de televisión conectaron para ver al Ford Blanco avanzando por la interestatal 405 con la policía de Los Ángeles persiguiéndole los talones. Y cuando digo todas las cadenas, digo todas. 120 millones de televidentes, incluidos los de la NBC. Fue tal el suceso que en pleno tercer cuarto con 59-53 a favor de los Knicks, la NBC decidió cortar la final de la NBA para ver el que quizás fue el primer reality show de la historia. David Stern, el mandamás de la NBA, cogió el teléfono para bufar y despotricar a los directivos de la NBC a quienes exigía que se volviese a conectar con el Madison. Lo más que consiguió fue que, en un pequeño recuadro y escudriñando la vista, pudiésemos ver a Ewing y a Olajuwon fajarse en medio de la zona buscando canastas imposibles. El resto de la pantalla era para aquel Ford Bronco rodeado de innumerables helicópteros y al menos una veintena de coches de policía.
La persecución duro cerca de hora y media a lo largo de unos 80 kilómetros. Varios ex compañeros y John McKay, el entrenador de Simpson en su época universitaria, conectaron con OJ a través de la radio para pedir que se entregara y no se matara. “Soy el único que merezco morir” y “voy al encuentro de Nicole” fueron dos de las escasas sentencias que Simpson acertó a decir. Finalmente, tras aparcar la camioneta delante de la puerta de su casa, la policía le ordenó soltar el arma y le permitió entrar en su domicilio. Allí, una vez dentro, le dio un beso a su hijo, otro a su madre, bebió un zumo de naranja (sí, verídico, no es una licencia artística) y se entregó a la policía mientras recibía una sonora ovación de los curiosos que allí se congregaban.
Iba OJ Simpson camino de la comisaría cuando Patrick Ewing emergió para con 25 puntos y 12 rebotes darle la victoria por 91-84 a los Knicks y ponerlos 3-2 por delante en la eliminatoria ante la indiferencia de todo el país. El único lugar de Estados Unidos donde no se hablaba de OJ Simpson era en Nueva York donde tras 54 años se había logrado la Stanley Cup de hockey y donde los Knicks estaban a un partido de lograr el anillo de la NBA tras el conseguido veintiún años atrás en 1973.
Olajuwon (izq) y Ewing (dch)
Acusado de doble asesinato, el juicio de OJ Simpson fue la muestra de cómo un buen equipo de abogados (cobraron en torno a seis millones de dólares) son capaces de hacer que la justicia no sea igual para todos. El juicio pasó de hacerse en la elitista y blanca Santa Mónica a celebrarse en una corte del centro de Los Ángeles para así asegurarse de que el jurado estuviese formado por una mayoría negra y jugar la baza de la discriminación racial (cabe recordar que OJ Simpson era negro y su ex mujer era blanca). Otra jugada maestra se dio cuando el abogado principal concedió una entrevista en televisión donde reveló grabaciones y datos personales del inspector de policía que llevaba el caso demostrando que era un racista compulsivo.
En todo caso la clave de la absolución de OJ Simpson fueron los guantes ensangrentados que fueron encontrados en su casa al poco del asesinato y que fueron congelados y descongelados varias veces durante el proceso. Tras requerimiento de su abogado, Simpson se los probó delante del jurado y entre muecas y gruñidos no lograba ponérselos argumentando que le quedaban pequeños. Aquella obra teatral convenció al jurado de la inocencia del acusado. Fueron 150 millones de personas las que siguieron en vilo los 134 días de juicio y la sentencia dada el 3 de octubre de 1995 que lo daba por no culpable. Había muestras de ADN de Simpson en toda la escena del crimen, las huellas de sus zapatos y los famosos guantes. Pero Simpson se libró de la cárcel.
En 1997 se celebró un juicio civil por el mismo crimen y ese jurado sí declaró a Simpson responsable del crimen, pero no suponía una revisión del juicio penal. Simplemente fue condenado a pagar 33 millones de dólares a los familiares de las dos víctimas. Un dinero que nunca llegó a abonar. Por entonces incluso el Estados Unidos negro dudaba de OJ Simpson, aunque mantenía esa aura de intachable gracias a un atractivo y a un carisma que explotaba en continuas apariciones en shows televisivos.
Con el tiempo, OJ Simpson fue apartado de la opinión pública. Sus desvaríos le llevaron a bromear sobre el tema e incluso a escribir una autobiografía en la que explicaba como habría asesinado a su ex mujer en el hipotético caso de haberlo hecho. Apartado entonces de la vida pública, sin apoyo social y acusado por las deudas fue detenido y condenado a prisión en 2008 por intento de robo a mano armada en Las Vegas. Saldría en libertad diez años después justo cuando la aparición de una navaja ensangrentada en una finca de su propiedad parecía reabrir el caso. Portaba ADN de Nicole, pero el caso nunca se pudo reabrir al no haber causa federal. Así pues, OJ Simpson fallecería en 2024 víctima de un cáncer sin nunca haber sido penado por un crimen que nadie duda ya que no hubiese cometido.
¿Y la final de la NBA? Justo al caer derrotados en el Madison Square Garden los ojos de Hakeem Olajuwon se clavaron en los del resto de sus compañeros y de su boca salieron palabras de tranquilidad y sosiego. Cuando la NBA lo había nombrado MVP el gigante nigeriano se había negado a recoger el premio sin que sus compañeros estuviesen delante. Estaba convencido de que iban a ser campeones. Mas a pesar del optimismo de Olajuwon los Knicks estuvieron a una canasta de proclamarse campeones. En el sexto encuentro, Olajuwon taponó un lanzamiento triple de John Starks en el último segundo, dando a los Rockets la victoria por 86-84 y forzando el séptimo partido. En el encuentro definitivo un Olajuwon sublime (27 puntos, 10 rebotes y 7 asistencias) le daba el título a Houston en un choque que quedará en el recuerdo por el horrendo partido de John Starks (0/11 en triples y 2/18 en tiros) quien, psicológicamente afectado por su fallo en el choque anterior, puso los clavos para cerrar la tumba de los Knicks en el encuentro final y decisivo.
El juicio de OJ Simpson duró año y medio y fue el fiel reflejo de como la raza, el dinero y la televisión pueden distorsionar e influir en el sistema judicial. OJ Simpson se convirtió en icono de la cultura popular estadounidense y en muestra clara de sus virtudes y sus defectos. Diversos estudios indican que, durante el veredicto, el uso de telefonía se redujo en un 60% y también descendió el uso de agua porque la gente no se atrevía a ir al baño para no perderse nada. El número de operaciones que se realizaron en Wall Street bajó un 41% aquel día e incluso el presidente Bill Clinton abandonó sus funciones para seguir lo que sucedía. Fueron 150 millones de televidentes, cerca del triple de los que siguieron la investidura de Barack Obama. La actuación de OJ Simpson fue perturbadoramente increíble, como lo fue la de Olajuwon en una serie de baloncesto memorable que se asemejó más a un duelo de rugby que a uno de baloncesto. Fueron siete partidos resueltos por una media de siete puntos de diferencia. Se tardaría más de una década en ver un séptimo partido de la final de la NBA, pero dio exactamente igual. Lo único que aquel 17 de junio de 1994 importaba era ver a OJ Simpson cabalgando en aquel legendario Ford Bronco de color blanco.
OJ y los guantes de la discordia
P.D: Ford decidió retirar la producción del Ford Bronco lo que tuvo el efecto no deseado de convertir a aquella furgoneta en un objeto de deseo. En 2021 Ford volvió a anunciar su producción, pero, por el camino, Mike Gilbert, ex agente de OJ Simpson, se hizo con la camioneta y la mantuvo en buen estado hasta que años después intentó su venta por un millón de dólares. Pecó de avaricioso y la venta no cuajó. Ahora el Ford Bronco reposa en el Museo Nacional del Crimen de Estados Unidos donde, evidentemente, es la estrella del recinto.
Otras historias típicamente estadounidenses
Jim Thorpe (un camino iluminado por un gran relámpago)
Leí no hace mucho un texto sobre la victoria. Decía que lo mejor de la victoria no es lograrla, sino exhibirla. Tras un triunfo uno se ve obligado a hacerlo público, a darle valor, como el primate que se golpea furibundo el pecho en señal de victoria. La monstruosidad del triunfo militar está en el desfile de la victoria. El éxito del jefe reside en la invitación a una buena cena a aquellos que tiene como subordinados. La conquista entre familiares y amigos es la exhibición pública de fotografías y videos que demuestren unas vacaciones de alto copete. Lo peor que hizo Christophe Fauviau no fue drogar a adolescentes con somníferos y ansiolíticos para lograr la victoria en unos partidos de tenis, sino invitar a sus allegados a que admirasen su impresionante colección de trofeos, sabedor de que todos ellos fueron fruto de una farsa.
Incluso lo peor de Christophe Fauviau no es lo que hizo a esos adolescentes envenenados; es lo que les hizo a sus propios hijos. Destrozarle sus vidas. Quebrar sus sueños. Y es que Christophe no era tenista. Eran sus dos hijos. Christophe Fauviau era un militar retirado que residía cerca de Mont-de-Marsan, capital de Las Landas, una región del sur de Francia a apenas hora y media de la frontera con España. En Mont-de-Marsan es donde Luis Ocaña jugueteaba con sus viñas hasta que su cabeza dijo basta y un disparo intencionado acabó con su vida. El caso es que Christophe quería convertir a sus retoños en gigantes del tenis y lo hizo con la misma determinación con la que pilotaba helicópteros de combate. Tenía el varón (Maxime) y la fémina (Valentine), contrató entrenadores personales y llevó a sus hijos a las mejores academias de la contorna.
Pero no funcionaba. Sus hijos eran buenos, pero no lo suficiente como para destacar en una piscina llena de tiburones como es el tenis profesional. Mucho más en el competitivo mercado francés. La más destacada era Valentine, pero apenas estaba entre las 20 mejores tenistas alevines del país, hecho reseñable, pero insuficiente para llegar a la grandeza. Christophe no se perdía ninguno de los partidos de sus hijos y desde las gradas daba raquetazos imaginarios víctima de su impotencia. Ésta aumentará exponencialmente cuando ambos retoños empiecen a competir en torneos fuera de Francia y se den cuenta de que su nivel no es suficiente para competir con las mejores raquetas de Europa.
Valentine
Es entonces cuando Fauviau decide tomar cartas en el asunto. Serán 27 las víctimas antes de que la tragedia haga explotar todo por los aires. Christophe decide echar somníferos y ansiolíticos en botellas de agua que sigilosamente coloca en el banco donde se van a sentar los rivales de sus hijos. Hablamos de tenis amateur, sin medidas de seguridad y donde, quien más y quien menos, se conoce. Nadie sospecha de Christophe y a nadie se le ocurre llevar sus propias botellas de agua.
La dedicación del papá se había convertido en algo siniestro. Su medicamento de cabecera es Lorazepam, indicado para alcohólicos en abstinencia, como es su caso, por lo que le es sencillo conseguir pastillas y pastillas. La farsa surtió efecto durante un par de años y el efecto fue inmediato para Maxime y Valentine. La chica llegó a colocarse como la mejor raqueta del país sub-15 y aspirar a la cima mundial para orgullo de Christophe, que veía un futuro esplendoroso para la pequeña de la saga. El chico, tres años mayor, no llega tan alto, pero se consolida como un buen tenista dentro del mercado francés.
Todo se torció una mañana de julio de 2003. El padre de un chico, abogado de profesión, había presentado una denuncia en los juzgados acusando a Christophe Fauviau de intento de envenenamiento al manipular la botella de su hijo en un torneo de tenis. El chaval en cuestión, alertado por su padre, no había bebido aquella agua misteriosa y, de hecho, venció a Maxime Fauviau, por lo que el caso parecía no tener mayor recorrido. Pero quiso el destino que un par de días más tarde un tal Alexandre Lagardere muriese en un accidente de tráfico al quedarse dormido al volante. Se podía pensar que había sido la inexperiencia de un novato, pero la autopsia reveló que Lagardere tenía un alto contenido de Lorazepam en sangre.
Y Lagardere acababa de jugar un partido de tenis contra Maxime Fauviau.
Dado que Valentine había subido en el ranking cada vez le era más difícil a su padre seguir con su treta. A más ranking, más público, más medios y más seguridad. Christophe decidió centrarse más en ayudar a Maxime, pero se topó con la otra cara del problema. Maxime ya no era un niño. Ya era mayor de edad. Su independencia frenaba el ímpetu de su padre de merodear la pista y también dificultaba mucho que Christophe se pudiese acercar a los rivales de su hijo. No es lo mismo echar droga en la botella de agua de un niño de 13 años que en la de un hombre de 19. No son los mismos arrestos.
El caso es que aquel abogado había conservado la botella sospechosa y la mandó a analizar. Como no podía ser de otro modo allí había una alta concentración de Lorazepam. Cuando se descubrió lo que había en la sangre de Lagardere todo encajó. La absorción del Lorazepam es rápida, de ahí que fuese usada por Fauviau, pero sus efectos pueden durar hasta 12 horas, con lo que el riesgo fuera de las pistas se mantenía. Era lo que le había pasado a Lagardere quien, tras el partido, no se encontraba bien y decidió echarse en el sofá de un amigo que vivía cerca de las pistas antes de coger el coche. Una hora después se puso al volante sin saber que el Lorazepam seguía haciéndole efecto hasta que se empotró con un muro y falleció en el acto.
La tragedia permitió a la policía francesa llegar a cabo una investigación que pronto reveló la verdad. Christophe Fauviau fue declarado culpable de al menos 27 envenenamientos (6 contra los oponentes de su hijo y 21 contra los de su hija) y fue condenado a veinte años de prisión. La noche que fue llevado a prisión terminaba de regresar de Egipto donde su hija Valentine acababa de caer en las semifinales del torneo de El Cairo.
El escándalo en Francia fue de aúpa. Nadie lo entendía y, entre aquellos que le buscaban un razonamiento (si es que lo hubiese), decían comprenderlo en caso de Valentine, pero no en caso de Maxime. En aquel torneo en el que Lagardere se dejó la vida el premio para el vencedor era de 200 euros. ¿Eso es lo que vale una vida? Titulaba un periódico en aquellos días.
Maxime Fauviau no volvió a jugar al tenis. A Valentine le animaron a seguir jugando con el apoyo de un psicólogo. Lo intentó, pero pronto decidió renunciar ante el escarnio del público. Ellos son dos víctimas. Dos mártires para mayor gloria del César. Su padre. Hoy, en Francia, no existen los ránquines nacionales de tenis hasta los 13 años. Hasta entonces se dan insignias de colores a los niños en función de su pericia a semejanza de los cinturones que tienen los judokas. Pero no existe ni el número 1, ni el 50 ni el 500. Todo para que los niños vuelvan a ser niños y los padres vuelvan a ser padres y no parásitos con dos patas.
Christophe Fauviau
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La marcha de los campeones (cuando McEnroe decidió centrarse y convertirse en el mejor tenista del mundo)
Reciben los tres con túnicas coloreadas, amplias sonrisas y frondosas barbas. Melchor, Gaspar y Baltasar. Europeo, asiático y africano, representando las tres razas y los tres continentes de la Edad Media. No se sabe si eran reyes, ni si eran magos (sacerdotes en persa), ni si eran tres, simplemente conocieron la existencia de Jesús de Nazaret y allá se fueron a presentarle sus respetos. Ejemplo de integración, solo falta una mujer en la ecuación, los Reyes Magos hacen realidad los sueños de los niños, y los no tan niños, cada madrugada del 5 al 6 de enero en España y en gran parte de Hispanoamérica.
Misterdato (P): ¡Feliz Día de Reyes! Me siento como un niño con zapatos nuevos.
Reyes Magos (R): ¡Todos somos niños! Hoy es el día de la ilusión. La noche más especial del año ¡Hoy todos somo niños!
P: ¿Cómo van los preparativos? Imagino que no tendrán ni un minuto de descanso.
Reyes Magos (R): Imagínese. Son millones de hogares por todo el mundo y toneladas y toneladas de regalos que debemos de repartir. Y ya no somos jovencitos, ¿sabe? Ya hemos pasado de los 2.000 años y los achaques son continuos. El mes pasado a Baltasar hubo que ponerle un stent y a Gaspar tuvimos que operarlo de la cadera antes del verano.
P: Todos valoramos sus esfuerzos y hablo en nombre de todos cuando les doy las gracias por su labor. ¿Hay algo que podamos hacer para ayudarles?
Reyes Magos (R): Claro. Desde aquí hacemos un llamamiento a los niños de todo el mundo para que nos ofrezcan vasos de leche desnatada. El colesterol nos está matando, especialmente a Melchor que le encantan los embutidos. También le pedimos a los papás y a las mamás que se fijen en la sección de galletas en unas que tienen un sello de la Fundación Española del Corazón que, dentro de lo malo, son bajas en azúcares y sales y son cardiosaludables.
P: Tomamos nota. ¿Qué le podemos ofrecer a los camellos?
Reyes Magos (R): A los camellos un poco de hierba seca les gusta mucho. También les encantan las zanahorias crudas, los trocitos de manzanas, el pan seco y las hojas de lechuga. Pero lo más importante es que les dejéis un buen cuenco de agua o tres vasos de leche tibia. Son miles y miles de kilómetros y acaban la noche sedientos.
P: ¿Y ustedes? ¿Algo mejor que leche desnatada?
Reyes Magos (R): Deber no debemos, pero hay cosas sanas que nos gustan y, la verdad, no solemos encontrarlas en las casas de los niños. En general nos encanta la comida de Oriente Próximo que es donde somos nativos. A mí (Melchor) me vuelve loco el zaatar, que es una mezcla de especias que condimenta cualquier carne o pescado. A Gaspar le gusta mucho el hummus con un chorrito de aceite de oliva y a Baltasar le encantan los huevos escalfados con tomate.
P: Saben que en España el favorito de niños y niñas es Baltasar.
Reyes Magos (R): ¡Lo sabemos! De hecho, a Baltasar le hipnotiza la tortilla de patatas. Siempre que ve un trocito que nos dejan en alguna mesa es el primero que le hinca el diente.
P: Tengo que preguntarles por el tema deportivo, que al final es el motivo de esta entrevista. No sé qué me pueden decir al respecto.
Reyes Magos (R): Al igual que la alimentación saludable, debemos tener en cuenta los regalos saludables que fomenten la actividad física. Patines, patinetes, ropa deportiva o bicicletas son nuestros regalos favoritos. Y balones. Muchos balones. El fútbol compite con Dios en omnipresencia.
P: ¿Prohibirían los videojuegos?
Reyes Magos (R): Nunca. Prohibir es una palabra que no está en nuestro vocabulario. Los videojuegos fomentan el ingenio, los reflejos y hasta el trabajo en equipo. Se trata de compaginar. Pero es imprescindible fomentar. La cifra de niños de entre 5 y 14 años que no realizan ninguna actividad física habitualmente es del 12%. Es algo terrible. Y entre los 14 y los 18 se eleva por encima del 45%.
P: ¿Ustedes realizan ejercicio físico?
Reyes Magos (R): Caminamos todos los días unos diez kilómetros por el desierto. Debemos estar en forma para cumplir con nuestras obligaciones. Y participamos también de forma habitual en carreras de camellos.
P: Cuéntenme.
Reyes Magos (R): Son muy populares por nuestra zona, por todo Oriente Próximo y también en otros lugares como Australia o Mongolia. Poca gente sabe que los camellos pueden llegar a alcanzar los 65 km/h y sostener una velocidad de 40 km/h al trote durante cerca de una hora. Hay carreras de niños y de adultos, pero los verdaderos protagonistas son los camellos. Se ha llegado incluso a hacer carreras con jockeys que son robots para minimizar el peso de la carga y mejorar la velocidad del camello.
P: Creo que en países como Qatar, a pesar de haberse gastado miles de millones en futbolistas, carreras de Fórmula 1 o Mundiales de todo tipo de especialidad deportiva, no existe evento más seguido que las carreras de camellos.
Reyes Magos (R): En Qatar hay un canal de televisión dedicado en exclusiva a ello. Y las más seguidas y valoradas son aquellas en las que no hay jockey, para que se dé cuenta de la importancia que tienen los camellos en todo este asunto. La temporada empieza en octubre y finaliza en abril. La carrera principal se llama Festival Anual por la Espada, donde el ganador del primer premio se lleva la Golden Sword (espada de oro) que es entregada por el Emir de Qatar.
P: ¿Tienen nombre sus camellos?
Reyes Magos (R): Lo cierto es que no. De hecho, en nuestros primeros viajes llegamos a recorrer el mundo en elefantes y en caballos, aunque luego nos decidimos por los camellos. Los pobres acaban tan cansados que año a año tenemos que cambiarlos. Les cogemos muchísimo cariño y decidimos no bautizarlos con ningún nombre para no encariñarnos tanto.
P: Por cierto. Un par de curiosidades para finalizar. ¿Es cierto que hubo un cuarto rey mago?
Reyes Magos (R): No es cierto. Es un cuento, bonito, pero un cuento, de finales del siglo XIX. El relato dice que un tal Artabán partió con diamantes para Jesús (regalo mucho mejor que el incienso y la mirra). En mitad del camino, se encontró con un hombre moribundo tras ser atacado por bandidos; le sanó sus heridas y le dio un diamante para que reemprendiera su vida. Los cuatro habíamos quedado en un punto de encuentro para ir a Belén y al ver que Artabán no llegaba a tiempo nosotros tres partimos en busca del Mesías. Artabán llegó a Belén con días de retraso, cuando Jesús ya no estaba y Herodes ya había mandado matar a los recién nacidos. Artabán dio todos sus diamantes a hombres de Herodes como soborno para salvar la vida de muchos de esos infantes que iban a ser asesinados. Luego Artabán fue condenado a prisión durante treinta años.
P: Un cuento muy hermoso.
Reyes Magos (R): Hay más. Treinta años después, justo tras ser liberado, Artabán descubrió que Jesucristo iba a ser crucificado en el Gólgota, por lo que se dispuso a ir allí para entregarle el diamante que le quedaba como tardía ofrenda. En el camino vio cómo un padre vendía a su hija para saldar sus deudas. Artabán utilizó así la última piedra preciosa que le quedaba para liberarla, momento en el que Jesús murió, iniciando un temblor de tierra, lo que provocó que una piedra le golpeara en la cabeza y quedara gravemente herido en el suelo. Entre la muerte y el sueño, Artabán recibió una visita de un ángel: «Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me curaste, me hicieron prisionero y me liberaste», ante lo que dijo no saber cuándo lo había hecho: «Lo que hiciste por tus hermanos, lo hiciste por mí», afirmó Jesús, momento en el que Artabán falleció, siendo elevado al cielo.
P: Hermoso, reitero. Y la otra curiosidad; ¿tenemos que dejarles un zapato, una zapatilla o un calcetín para que nos dejen los regalos?
Reyes Magos (R): La tradición dice que un amigo de Jesús de Nazaret, triste por verle siempre descalzo, le dejó unos zapatos por la noche en su ventana. A la mañana siguiente los zapatos estaban en el mismo sitio, pero el niño Jesús los había llenado de dulces para que se los llevara ese niño de buen corazón…y esa es la moraleja de la historia. Da igual que dejéis un zapato, una zapatilla o un calcetín, lo importante es que tengáis un buen corazón.
P: Se intenta. Me iré a la cama temprano y espero que mañana por la mañana mi esfuerzo haya sido recompensado. Ha sido un placer compartir un ratillo con ustedes.
Reyes Magos (R): El placer ha sido mutuo. Ahora a dormir y a soñar con los tres Reyes Magos.
Que vienen, que vienen
Otras historias navideñas
El regalo de Reyes de Pierre (un paseo por la historia de los Juegos Olímpicos con el Barón Pierre de Coubertin)
Tras el exitazo del Mundial de 1954 Adidas se había convertido en la marca deportiva por excelencia. A Adi ya lo acompaña su hijo Horst, el cual decide ampliar el negocio fabricando balones de fútbol. Y en 1969 lo más de lo más. Adi y Horst ponen en marcha las Adidas Superstar, zapatillas conocidas como de pezuña de camello (camel toe) por su peculiar punta y que, a día de hoy, siguen siendo el calzado deportivo más vendido de todos los tiempos.
Adidas Superstar
La irrupción del nazismo, la guerra y la posguerra habían provocado una brecha insalvable entre los hermanos Dassler. Justo antes de la disputa del tan cacareado Mundial de 1954 Rudolf había decidido abandonar a su hermano y fundar su propia marca de zapatillas deportivas. La bautizó como Ruda, que era el apodo con el que era conocido entre sus amigos cuando era pequeño.
Cumple recordar que Adi era el cerebro, mientras que Rudolf era el relaciones públicas. Y Rudolf decide apostar a escalera de color. Se presenta ante Sepp Herberger, director técnico de la selección alemana, y le ofrece la posibilidad de que sus chicos porten unas Ruda durante el Mundial. Según dicen una diferencia de 100 marcos de la época hacen que Herberger rechace la oferta y la selección alemana calce zapatillas Adidas. Luego vendrá la histórica victoria ante Hungría, el llamado milagro de Berna, gracias a los famosos tacos extraíbles patentados por Adidas. El resto es historia.
Así que Adi era el triunfador y Rudolf era el perdedor. En Herzogenaurach, a un lado del rio Aurach, estaba la imponente y gigantesca fábrica de Adidas en continuo crecimiento. Al otro lado del río, a apenas 500 metros, estaba la modestísima sede de Ruma.
Herzogenaurach
Pero Rudolf no se iba a rendir. Llevaba años soñando con una venganza ante su hermano. En 1968 decide cambiar el nombre de la fábrica y rebautizarla como Puma. No es algo insustancial. El puma es un felino salvaje, feroz, veloz y fuerte. Es exótico, y su elección fomenta la imagen con la que Rudolf quería que fuese conocida la marca. Hablamos de finales de los 60. Época de revolución juvenil. Época de profundos cambios. La idea de Rudolf es que si Adidas es la marca del establishment Puma sea la marca de los rebeldes.
Adi ve el peligro y utiliza todas sus influencias para vetar la presencia de Puma en los Juegos Olímpicos de México 1968. Unta al Comité Olímpico Internacional y a los dirigentes mexicanos para que la marca de su hermano no tenga repercusión global. Aquello supondrá un antes y un después. Tras el suceso ambos hermanos se reúnen y deciden verbalizar un pacto de no agresión por el que ninguno de los dos entraría a competir en el mercado del otro. Nunca más volverían a verse las caras.
Evidentemente no era un pacto de iguales. Adidas era un tiburón y Puma un caballito de mar.
Pero que Rudolf hubiese aceptado no quiere decir que fuese a respetar el acuerdo.
El siguiente gran evento internacional era el Mundial de fútbol de 1970. México 70. El primer Mundial con televisión en satélite a todo color. Si querías ser alguien, tenías que estar ahí. Y Puma estaría ahí.
Edson Arantes do Nascimento era el jugador más destacado del mundo del fútbol. A sus 29 años Pelé era O Rei, aunque sólo en el campo de fútbol. Lo de los negocios y el patrocinio no llego hasta los 70 (en buena parte gracias a Cruyff) cuando Pelé se aproximaba a la retirada. Así pues, Pelé se presentó en México calzando unas botas de fútbol de la modestísima marca inglesa Stylo, que le reporta exiguos beneficios.
Con sus Stylo, Pelé dio recital tras recital hasta comandar a Brasil a una histórica final ante Italia que dirimiría que selección se proclamaría campeona del mundo por tercera ocasión. Fue entonces cuando Rudolf Dassler hizo un viaje relámpago a Ciudad de México para reunirse con Hans Henningsen, representante del astro brasileño. Rudolf le dio lo que no tenía. 24.000 euros por la final y 100.000 para los siguientes cuatro años. Tuvo que pedir un par de créditos. Era el todo o la nada. Hoy parece poco. Entonces eran cifras escandalosas.
Llegó la final. La del gol de cabeza de Pelé elevándose por encima de las nubes. La del pase al vacío para el tanto de Carlos Alberto. “Antes del partido, me dije a mí mismo que era de carne y hueso como todo el mundo, pero ero estaba equivocado», diría el defensa italiano Tarcisio Burgnich. Pelé fue dios aquel día sobre el campo. Y lo hizo con unas Puma en los pies. Y bien que se encargó de recordarlo. La cámara captó perfectamente como, en un momento dado, Pelé se agachaba y se ataba los cordones con parsimonia para que el logo de Puma fuese bien visto en los hogares de todo el planeta. Era una táctica pactada antes de la final con Rudolf Dassler.
Las Puma de Pelé
Desde entonces Puma creció y, si bien nunca ha alcanzado el volumen de ventas de Adidas, forma parte del olimpo junto a Nike, Reebok o Converse. Aquel día de calor mexicano de 1970 supuso también el fin de la ya entonces deteriorada relación entre Adi y Rudolf. Rudolf falleció en 1974. Adidas ni se dignó a emitir un comunicado sobre su muerte y Adi no se presentará al entierro de su hermano. Enviará a su hija como representante familiar. Cuando Adi fallezca en 1978 se mantendrá el desprecio, en este caso por parte de la familia de Rudolf. Adi será enterrado en una lápida situada justo en el extremo opuesto donde reposan los restos de su hermano Rudolf. Si alguien quiere visitar a ambos en el cementerio de Herzogenaurach tendrá que pegarse una pequeña caminata.
A Adi lo sucedería su hijo Horst, quien amplió el negocio y convirtió a Adidas en el mayor fabricante de artículos deportivos del mundo. Además, en 1973, ya había creado la compañía de fabricación de artículos para la natación Arena. Pero lo más señalado de su dirección fue cuando en la década de 1980 decida invertir en patrocinio para controlar el deporte internacional. A finales del siglo pasado Adidas manejaba entre bambalinas los mayores eventos deportivos del planeta, especialmente el Mundial de fútbol, relación cultivada a base de amistad y buenas dosis de dinero con el entonces presidente de la FIFA Joâo Havelange.
A Rudolf lo sucedió su hijo Armin, el cual cambió completamente el enfoque de Puma. Creó zapatillas a bajo coste, menos duraderas, pero donde el diseño rompedor captó la esencia del desenfado de la juventud. Se centró en el atletismo como banco de pruebas, pero decidió dejar la costosísima carrera de competir por los grandes eventos deportivos. Puma es agresividad, velocidad y transgresión. Y es, básicamente, la antítesis de Adidas.
Puma
A Herzogenaurach se le conoce como la ciudad de los cuellos doblados ya que lo primero que se hace cuando te encuentras con alguien es bajar la cabeza para ver que zapatillas calza. En los años más crudos de la rivalidad el matrimonio entre empleados de distintas fábricas estaba terminantemente prohibido. Los logos de ambas marcas se pueden ver hasta en las alcantarillas de la ciudad, diferenciando perfectamente en qué lado del río estás y con quien estás.
Hoy la sede de ambas multinacionales se ha trasladado a las afueras de la ciudad, pero unas marcas rojas en el suelo recuerdan donde estaban las fábricas originales y que barrios de Herzogenaurach (25.000 habitantes a unos 20 kilómetros de Nuremberg que supera el medio millón) pertenecían a cada bando. Al norte del río Aurach estaba Adidas y al sur de la corriente se localizaba Puma. Dado que el equipo del fútbol de la ciudad tenía su campo de juego al sur del río siempre ha sido patrocinado por Puma, quien le otorga todo tipo de material de forma gratuita. Adidas decidió entonces inyectar dinero en un club de colegio de la zona norte para potenciarlo y que rivalizase con su equivalente de la zona sur. Y, como no, el alcalde de Herzogenaurach no viste traje y corbata sino ropa deportiva. Tiene la obligación de alternar Adidas y Puma en sus labores diarias y, ha habido ocasiones, donde al alcalde de turno se le ha visto con una zapatilla Adidas en su pie derecho y una Puma en su pie izquierdo.
Como eran Adi y Rudolf. Como Caín y Abel. Como Adidas y Puma.
Herzogenaurach, Baviera. A unos 200 kilómetros de Múnich. Adi Dassler era el diseñador. Cauto, inteligente y tímido. Rudolf Dassler era el relaciones públicas. Carismático, sonrisa perenne y bueno con los números. Eran como el agua y el aceite. Como el ying y el yang. Pero se querían ¡Claro que se querían! Eran hermanos. Adi (1900) era el pequeño y Rudolf (1898) era el mayor. Los dos eran amantes del deporte. Y los dos vieron una oportunidad de negocio. Fundaron Gebrüder Dassler Schuhfabrik (Fabrica de Zapatos de los Hermanos Dassler) en 1924.
No parece un año propicio para fundar una empresa. Entonces Alemania vivía sumida en la hiperinflación. En enero de 1923 una barra de pan valía 250 marcos. Nueve meses más tarde costaba 200 millones. Tampoco es que le fuera mucho mejor al resto del planeta. En 1929 los países avanzados se verían superados por el caos económico del crack de la Bolsa de Nueva York de 1929. En los siguientes meses las economías del mundo civilizado recibieron una hostia de realidad y la peste pronto se extendería entre los países menos favorecidos.
No fue así en Alemania. La década de 1930 es una década de esplendor para Germania. Trabajo para todos, bienes de consumo para un populacho que años atrás sufría horas de cola para obtener un mendrugo de pan. Pero no era sólo comer. Era alegría de vivir. Una sensación de pertenencia, de comunidad y un orgullo nacional que jamás ha sido igualado.
Claro. Si eras ario y no hacías muchas preguntas. Si fueses homosexual, gitano, judío, religioso, mujer o si simplemente estabas en contra del discurso oficial, la cosa cambiaba. Porque Herzogenaurach estaba en Baviera. Y Baviera pertenece a Alemania. Y en Alemania, en los años 30, gobierna el nacionalsocialismo. Los nazis.
Total, que la empresa empieza a rodar y marcha bien. Muy bien. La economía experimenta un fuerte crecimiento y la prosperidad lleva a los alemanes a gastar dinero en el deporte. Porque aún no le he dicho, pero los hermanos Dassler confeccionaban zapatillas y pantuflas sin marca adquirida, y también calzado con clavos para deportistas. Esa era la idea inicial, aunque en los primeros años se dedican al calzado convencional. Pero resulta que en 1931 el Comité Olímpico Internacional (COI) designa a Berlín como sede para los Juegos Olímpicos de 1936. Toca una carrera vertiginosa para calzar a todos aquellos alemanes que disfrutarán con los JJ. OO de la muestra más palpable del progreso de los nuevos tiempos. Toca hacer bambas, tenis, playeras.
Toca hacer zapatillas deportivas.
La fábrica original
Resultó entonces que Rudolf, el relaciones públicas, tiene una idea. El deporte es vigor, acción, peligro, juventud…velocidad. No existe prueba atlética que aúne todos estos conceptos con mayor exactitud que los 100 metros lisos. El recordman mundial era un chico negro, estadounidense, llamado Jesee Owens. Lo de que su raza no fuese blanca caucásica quizás no fuera del agrado de Hitler y sus secuaces. Así que, aunque Owens era el objetivo, Rudolf decide ofrecer sus zapatillas de forma gratuitas a todos los atletas que compitan en pruebas atléticas como cortina de humo para su verdadero objetivo. Calzar a Jesee Owens. Así la artimaña estaría fuera de toda duda.
Y Jesse Owens ganó cuatro medallas de oro. Y se ganó el corazón de todos los alemanes. Hasta el de unos cuantos nazis, los cuales siempre aborrecieron más a los eslavos y a los polacos que a los negros. Y Owens se enamoró de Alemania. «Sentí más racismo en mi vuelta a Estados Unidos que compitiendo en Alemania», diría el hombre que en la cena de celebración en Nueva York tras su éxito tuvo que entrar al restaurante por la puerta del personal de servicio.
El caso es que Owens triunfó y lo hizo con las zapatillas de los hermanos Dassler. Unas preciosas zapatillas negras de clavos con tres franjas oblicuas de color blanco. Unas zapatillas Adidas que aún no eran Adidas.
Las Adidas de Jesse Owens
Fue un boom. En los siguientes meses las zapatillas de los hermanos Dassler se vendieron como churros. Recordemos que no eran Adidas. Eran Gebrüder Dassler Schuhfabrik, nombre tan bávaro como poco comercial. Todo iba como la seda hasta que en 1939 da comienzo la II Guerra Mundial. Al principio las ventas no se resienten, pero pronto las zapatillas darán paso a los zapatos. Al cabo de un par de años los zapatos se cambiarán por botas militares. La empresa es requisada y transformada por los nazis en beneficio de la economía de guerra.
Lo peor viene después.
Viene después porque la guerra va mal. Va mal para los nazis, claro. La empresa deja las botas militares y comienza a fabricar panzerfaust, un lanzagranadas antitanque de fácil uso y que pronto se convirtirá en el arma portátil más icónica de la guerra.
Pasa algo más. Rudolf es movilizado y enviado al frente. Adi no. Adi se mantiene dirigiendo la fábrica.
Rudolf sobrevive a la guerra, pero jamás volverá a confiar en su hermano. Indaga, pregunta, observa e intuye lo que ha pasado. Adi ha negociado. El callado, el vergonzoso, es más listo de lo que parece. Y es imprescindible. Diseña los panzerfaust y vende su alma a los nazis a cambio de seguir con su vida civil y mantenerse como director de la fábrica. Y vende a su hermano. Rudolf, el relaciones públicas, el cual es fácilmente sustituible.
Total, que la guerra acaba y la fábrica está destruida. La fábrica, o mejor dicho lo que queda de ella, es requisada por los norteamericanos, dado que Baviera está en manos estadounidenses. Alemania es repartida en cuatro mitades por los vencedores con la feliz idea de colocar un bozal en el perro alemán para no dejarlo morder nunca más. Mas resultó que el lobo alemán daba menos miedo que el oso soviético y los estadounidenses decidieron rearmar (económicamente) a Alemania para convertirla en locomotora capitalista de Europa en su lucha contra el comunismo.
Y como resulta que los americanos eran y son unos fanáticos del deporte concedieron a los hermanos Dassler créditos a coste ínfimo para levantar una empresa que les fue devuelta y que, nuevamente, se dedicaría a fabricar zapatillas deportivas.
Y así es como en 1949 nacía una nueva empresa con nombre nuevo. Nacía Adidas.
Adi (izq) y Rudolf (dch) Dassler
El nombre de la marca de las tres rayas horizontales proviene del juego de palabras entre Adi (nombre del creador) y Das (del apellido Dassler). Porque sí, los dos hermanos eran los dueños de la empresa antes de la II Guerra Mundial, pero los americanos sólo se dignaron a hablar con el bueno de Adi. Rudolf ya no era nadie. Donde antes había una empresa de iguales, ahora había dos hermanos claramente diferenciados.
Y no sólo eso. Como cualquier pareja de hermanos que nace de una misma semilla, germinada y crecida, cada brote siguió su camino. Adi se casó y tuvo hijos, hijos a los que pensaba dejarles una empresa. Rudolf hizo lo propio. Cada cual miraba por sus intereses.
En esa estamos cuando llegó el Mundial de fútbol de 1954. A Alemania, por su pasado nazi, se le había prohibido competir en cualquier evento deportivo de corte internacional. El Mundial de Suiza de 1954 iba a significar la primera oportunidad de la Alemania democrática de brillar en la escena internacional. Sorpresivamente los teutones llegaron a la final donde se enfrentarían a la archifavorita Hungría de Hidegkuti, Kocsis y Puskás que llevaba dos años sin perder un partido y que en la fase de grupos había vapuleado a los teutones por 8-3.
El milagro de Berna, que daría para un artículo por sí mismo, acabó con victoria alemana por 3-2 tras remontar un 0-2 en contra. El choque se decidió gracias a las botas con tacos extraíbles. Así, tras comprobar que el césped del estadio Wankdorf de Berna se iba encharcando con el paso del tiempo, los alemanes jugaron la segunda parte con tacos más largos, más apropiados para ese tipo de terreno resbaladizo y embarrado. El portero húngaro resbaló en el momento del 3-2 final y Alemania ganó el Mundial.
Aquellas botas de tacos convirtieron a Adi Dassler y a Adidas en fenómeno global y catapultó de inmediato a Adidas en la marca deportiva por excelencia.
Por entonces Rudolf ya había abandonado el barco. Se preparaba para una dulce venganza.
Esa será otra historia. El viernes que viene…
Adidas
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