España

Cuando el Madrid se enfrentó al Madrid

Era el 4 de junio de 1980. Final de la Copa del Rey. Estadio Santiago Bernabéu. García Remón; Sabido, Goyo Benito, Pirri, Camacho; Del Bosque, Ángel, Stielike; Juanito, Santillana y Cunningham. En la otra mitad del campo formaban Agustín; Juanito Felipe, Castañeda, Kike Herrero, Casimiro; Ricardo Álvarez, Gallego, Bernal; Pineda, Paco Machín y Cidón. Un total de 22 futbolistas sobre el césped. El partido sería excluido de las casas de apuestas dado lo previsible del resultado.

Todos los allí presentes pertenecían al Real Madrid.

Por entonces en la Copa del Rey participaban todos los clubes de Primera y Segunda División (40 escuadras), Segunda División B (40 conjuntos) y Tercera División (160 equipos). Todos son todos. Sin filtros. Y es que por entonces los filiales podían competir en la Copa del Rey. Uno de esos filiales era el Castilla Club de Fútbol, entonces miembro de la Segunda División.

Existían una serie de clubes del fútbol modesto madrileño que ejercían como lugar de fogueo para futuras promesas blancas. El más destacado de todos ellos era la Agrupación Deportiva Plus Ultra que había sido fundada antes de la Guerra Civil por empleados de la compañía de seguros del mismo nombre. Será en 1946 cuando se fusione con otro club de la zona para firmar un acuerdo de exclusividad al año siguiente con el Real Madrid y convertirse en su filial de forma exclusiva.

El Plus Ultra juega en Chamartín y en 1960 incluso llega a coquetear con ascender a Primera. Ya antes el CD Condal había logrado tal hazaña funcionando como filial del FC Barcelona, por lo que urge cambiar la normativa para no levantar suspicacias. En la teoría estos equipos son independientes, aunque la realidad es radicalmente distinta. Así pues, una orden federativa obliga a que estos clubes pasen a ser legalmente dependientes de su club matriz. En 1972 el Plus Ultra desaparece y su lugar lo ocupa el Castilla Club de Fútbol (desde 2005 Real Madrid Castilla Club de Fútbol). También se cambia su indumentaria. Hasta entonces el Plus Ultra viste con camiseta azul y pantalón blanco. El Castilla pasará a lucir los colores del Real Madrid.

De Plus Ultra a Real Madrid B

En 1978 el Castilla asciende a Segunda División, donde se mantiene en la siguiente campaña que es la que nos ocupa. En primera ronda elimina al Extremadura de Tercera División por un global de 10-2 y en segunda ronda al AD Alcorcón, también de Tercera, por un total de 5-1. En 1/32 de final el rival es el Racing de Santander. En este caso es un equipo de Segunda, misma categoría que el Castilla. No obstante, se vuelve a lograr el pase por un 3-1 en el acumulado. La historia tendría que haber finalizado en 1/16 donde el rival era el Hércules, conjunto de Primera División. Y el tema es que en Alicante la victoria es local por 4-1. Toca vuelta en la antigua ciudad deportiva del Real Madrid en donde el Castilla logra la campanada y consigue un 4-0.

La sorpresa no tiene gran repercusión hasta que llegan los octavos de final. Athletic Club de Bilbao. Un miura. Se vence en San Mamés por 1-2 y en la vuelta se defiende con uñas y dientes el 0-0 en Madrid. Lo sorprendente se vuelve cotidiano y la noticia aparece en las primeras páginas de los periódicos. Pero hay más. En cuartos toca la Real Sociedad. Palabras mayores. Un equipazo que ese año sólo perderá un partido en Liga. Arconada, Satústregui, Zamora y compañía. Se pierde por 2-1 en Atocha y nuevamente se vuelve a levantar una eliminatoria por 2-0 en casa. En semifinales el partido es ante el Sporting de Gijón de Quini, actual subcampeón de Liga y que está ante una inmejorable oportunidad de lograr su primer título. En El Molinón ganan los asturianos por 2-0 y en la vuelta, ya con el Bernabéu engalanado (con entradas gratis para los socios) para disfrutar de los niños, el Castilla da la vuelta a la eliminatoria y vence por 4-1.

Lo nunca visto.

El filial del Real Madrid jugará la final de la Copa del Rey tras echar a Hércules, Athletic, Real Sociedad y Sporting de Gijón; estos dos últimos rivales más complicados que el FC Barcelona a la altura de 1980.

Cada ronda de Copa del Rey fue un espectáculo, mucho más que la final, en las que esos críos se cepillaron a la flor y nata del fútbol español. Y los mayores mientras sufriendo. Eliminaron al Betis en cuartos por el bigotillo de un grillo y hubo que decidir con una tanda de penaltis para clasificarse ante el Atlético de Madrid en semifinales.

¿Y si el Real Madrid pierde ante el Castilla la final?

En la final el Real Madrid se quedó con el blanco y el Castilla vistió de morado, haciendo honor a la franja del escudo originada en los tiempos de la España republicana. Todos se conocían. Era habitual que los canteranos entrenasen con el primer equipo. Ocurre que la semana antes de la final se tornó en imposible. Los veteranos comandados por Pirri, quien se despedía del Madrid tras catorce temporadas, no querían pasar a la historia por culpa de una derrota que se tornaría en humillante. El día anterior Juanito y Santillana hicieron una conjura con los compañeros y cerraron la arenga con un “sin piedad”. El día del partido, cuando los futbolistas esperaban juntos en el túnel antes de saltar al césped, Camacho, con personalidad, pero entonces aun un chaval, declinó saludar a los miembros del Castilla.

A aquellos chavales todo eso los rebasó. Tuvieron que llevarlos la semana anterior a una concentración en Navacerrada donde hubo de todo menos facilidades. Había un silencio velado en todos los estamentos del club con el objetivo de hacerles el vacío, dado que, quien más y quién menos, temblaba a la hora de pensar en la posibilidad de un triunfo del Castilla en la final de la Copa del Rey.

Con todo fue el Castilla el que llevó la iniciativa durante los primeros minutos. Un disparo de Pineda al poco de comenzar dio con el balón en el larguero. El público lamentó la mala fortuna, mientras que en el palco se respiraba de alivio. A los veinte minutos Juanito adelantaba a los mayores. Y a partir de ahí no hubo mucho más que contar. 6-1 fue el resultado final. La segunda parte fue una fiesta merengue, aunque dio la sensación de que para los que estaban en el campo en ningún momento eso fue del todo divertido. Tras el 4-0 de Del Bosque en el minuto 70 se envainaron espadas y dejó de correrse, hasta que el Castilla anotó el de la honra poco después. Fue Juanito el que amonestó a sus compañeros por bajar los brazos y exigió volver a subir revoluciones para poner las cosas nuevamente en su sitio.

Veteranos y noveles. Final 1980

El subcampeón de Copa tuvo un premio extra. Dado que el Real Madrid jugaría la siguiente temporada la Copa de Europa como vigente triunfador liguero, el Castilla fue inscrito en la Recopa, la entonces competición auspiciada por la UEFA para los vigentes vencedores en la copa de su respectivo país. En este caso no existió epopeya castellana. En primera ronda tocó el West Ham inglés. Se venció en el Bernabéu por 3-1, pero se caería dignamente en White Hart Lane por 5-1 tras la disputa de una prórroga. Fue la primera y última vez que un club filial disputaba una competición europea.

También fue la última vez que un filial jugó una final de Copa del Rey. La RFEF modificó su reglamento para vetar la presencia de equipos filiales siempre que sus matrices disputen dicho torneo. Nunca podrán compartir categoría ni torneo clubes que de facto son padre e hijo.

En 1984 el Castilla se proclamó campeón de Segunda División, suceso nunca antes ni después logrado por un filial. Evidentemente se le prohibió el ascenso a Primera. Lo curioso del caso es que se suele entender este éxito como una continuación del equipo finalista de 1980 y nada más lejos de la realidad. En el Castilla victorioso de 1984 figuraban Butragueño, Michel, Pardeza, Martín Vázquez o Sanchís, futbolistas todos de reconocido prestigio y algunos de ellos historia viva del Real Madrid. De los finalistas de Copa del Rey de 1980 tan sólo Ricardo Gallego tuvo una fructífera y reconocida carrera en el primer equipo del Real Madrid.

Curioso.

Agustín (1): Tras la final ascendió al primer equipo donde militó diez temporadas alternando titularidades con suplencias. Fue Trofeo Zamora en 1982, pero la llegada de Paco Buyo fue eclipsando su carrera. Se retiró en 1994 en las filas del UD Tenerife. Formó parte de la plantilla victoriosa en cinco Ligas consecutivas y dos Copas de la UEFA.

Juanito Felipe (2): Lateral derecho. Aunque llegó a debutar en el primer equipo, hubo de marcharse al Real Oviedo en busca de minutos. Se retiró en el Rayo Vallecano con apenas 29 años.

Casimiro (3): Este lateral izquierdo sigue siendo el futbolista que más partidos ha jugado en la historia del Castilla. Se retiró con 32 años tras unas no demasiado fructíferas experiencias en el Elche CF, el Celta o la UD Logroñés.

Castañeda (4). Capitán. Tras la final decidió aceptar una oferta del Osasuna en donde se convirtió en una institución. Fueron once temporadas en Pamplona logrando una histórica participación para disputar la Copa de la UEFA en 1986. A día de hoy es el segundo futbolista rojillo con más partidos en Primera División (349).

Kike Herrero (5). El otro central del equipo debutó en Primera defendiendo los colores de la UD Salamanca, categoría que también defendió brevemente con el Real Murcia. Tras alternar con varios equipos continuó ligado al fútbol como directivo en la UD Mirandés, donde previamente había colgado las botas.

Ricardo Gallego (6). El metrónomo del Castilla fue el único de la plantilla que hizo una larga y fructífera carrera en el primer equipo. Al verano siguiente ya formaba parte del Real Madrid donde sería titular hasta su marcha en 1989, primero como mediocentro y más tarde reciclado como defensa central. Fueron cuatro títulos de Liga y dos Copas de la UEFA. También fue 42 veces internacional disputando el Mundial de 1982 y el de 1986. Jugó también en el Udinese y se retiró en el Rayo Vallecano. Actualmente es colaborador en Real Madrid Televisión y es socio de la empresa que gestiona los palcos VIP del Bernabéu.

Ricardo Álvarez (7). El autor del tanto del Castilla en la final llegó a disputar 29 partidos en Primera defendiendo los colores del Hércules y del Racing de Santander. A partir de ahí la decadencia fue total hasta acabar sus días como futbolista en el Real Ávila.

Pineda (8). Paco Pineda fue junto a Gallego y Agustín uno de los tres integrantes del Castilla que subieron al Real Madrid ese mismo verano. Fueron cinco temporadas como hombre de ataque de las segundas partes, un revulsivo que no llegó a consolidarse. De ahí se marchó al Real Zaragoza para luego retirarse en la UD Málaga con 30 años. Actualmente coordina varias escuelas de fútbol base en la Costa del Sol. En una de ellas surgió el luego futuro campeón de Europa del Real Madrid Isco Alarcón.

Paco Machín (9): Tras Roberto Soldado, es el segundo máximo goleador de la historia del Castilla. Sin embargo, este delantero balear no tuvo suerte en su salto al profesionalismo. Su mejor temporada fue en el Elche en 1986. Fueron 17 goles en Segunda. A los 30 años colgó las botas en Segunda B.

Miguel Bernal (10). El segundo futbolista con más partidos en la historia del Castilla era un mediapunta que jugó cinco temporadas en Primera divididas entre el Racing de Santander y el RCD Mallorca. Se retiró al pasar la treintena en la UD Salamanca.

Cidón (11). Delantero escurridizo, de apenas 1’65 de altura, Valentín Cidón es otro de esos futbolistas que fue fichado por el Racing de Santander procedente del Castilla. Llegó a meter ocho goles en su primera temporada, pero a partir de entonces su carrera fue cuesta abajo. Jugaría en el Atlético Marbella o en el Linares CF de Segunda B.

Sánchez Lorenzo (14). Entró en el descanso de la final. Centrocampista que alternó Primera y Segunda División con el Elche CF y la UD Logroñés.

Balín (15). Disputó los últimos quince minutos de la final. Jugó 20 partidos en Primera entre Osasuna y UD Salamanca hasta que dejó el fútbol con apenas 28 años.

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El día que Molina fue un extremo izquierdo

El reloj marcaba entonces el minuto 76 de partido. Quedaba un escaso cuarto de hora para el final del encuentro. Juanma López, central de la selección, no puede continuar. Ha caído lesionado. En aquel partido amistoso los contendientes habían establecido un total de cinco cambios y seis jugadores en el banquillo en una convocatoria total de 17 futbolistas. La selección española había utilizado cuatro de los cinco cambios disponibles. Quedaban dos futbolistas en el banco. Uno era Sergi Barjuán, lateral izquierdo del FC Barcelona. Se tornaba el cambio lógico. El problema es que, bien por dejadez administrativa o bien por exceso de confianza, nadie había inscrito a Sergi para el acta del partido.

El único futbolista disponible era el guardameta suplente. José Francisco Molina.

Molina era entonces el portero titular del Atlético de Madrid. Semanas después del bizarro suceso se proclamará campeón de Liga y de Copa del Rey con el club rojiblanco además de Trofeo Zamora como el portero menos goleado de La Liga. Era un guardameta con buenos reflejos, pero no especialmente seguro bajo palos. Su fuerte en todo caso gravitaba sobre un excepcional juego de pies, virtud antes desconocida y ahora admirada. La FIFA acababa de prohibir que los porteros cogiesen el balón con las manos tras un pase atrás de un compañero y de repente las habilidades de Molina pasaron a cuadriplicar su valor. Canterano valencianista, había destacado en el Albacete Balompié antes de convertirse en un portero-líbero en el Atlético de Radomir Antic.

El caso es que cuando era un niño Molina había sido centrocampista, de ahí su buena salida de balón con los pies, por lo que la disyuntiva se tornaba más clara. O España afrontaba el último cuarto de hora de partido con un jugador menos y ensayaba una estrategia de encuentro con diez hombres para futuros eventos, o Molina ejercía de sorpresivo futbolista de campo.

Así entonces Molina saltó con el número 13 al terreno de juego. Era un 24 de abril de 1996. Estadio Ulevaal de Oslo. Partido amistoso. Noruega-España. Clemente colocó a Molina como extremo izquierdo y tan solo le dio una consigna; que estuviese tranquilo y que corriese la banda. Era además el debut con España de Molina.

El debut como internacional español del portero valenciano iba a ser como futbolista de campo.

Con el 13 en la espalda, Molina se pegó a la banda izquierda tal y como le había ordenado el seleccionador. Tan malo fue el partido de España aquella fría noche que el único disparo del partido a puerta sería del ojiplático portero. El golpeo vendría en la media luna del área. Un derechazo de Molina que salió a escasos centímetros del palo derecho de la portería noruega.

«Yo hice lo que tenía que hacer. Lo que hace un entrenador. Porque yo en la selección era entrenador y en ese partido se me planteó esa situación, sólo estaba José Molina para jugar, le pregunté si quería y él aceptó encantado como lo que es, un profesional, porque su objetivo era ayudar a la selección. Un entrenador calzonazos y baldragas que no vale para nada seguramente que no lo hubiera hecho. Y algún periodista tampoco”, soltó Clemente. Las críticas fueron sangrientas. Eran años de cuchillos afilados. De La Morena contra García. Prisa contra todos. El tiki-taka antes del tiki-taka contra el patapún arriba de toda la vida.

La decisión de colocar a Molina como jugador de campo era excéntrica, ocurre que también era cierto que era la única opción disponible. Pero a Clemente se le tenían muchas ganas. Habituales eran los partidos donde saltaba al campo con cuatro centrales, reconvirtiendo a dos de ellos como centrocampistas o colocaba como delantero centro a jugadores que jamás habían jugado en esa posición. La bomba estallará en la Eurocopa disputada ese mismo verano en Inglaterra donde el seleccionador y un periodista de la Cadena SER llegarán a las manos.

Aquella España de Clemente, aquella España de hormigón armado, sobrevivió varios años a base de buenos resultados y una fe ciega del vestuario hacia su seleccionador. En el Mundial de 1994 y en la Eurocopa de 1996 el equipo aguantó hasta cuartos, pero la caída fue inevitable tras el estrepitoso fracaso de España en el Mundial de Francia 1998.

Molina nunca más jugó un partido internacional con Clemente como seleccionador. Fue convocado para la Euro 1996 y el Mundial 1998 como tercer portero y no disputó minuto alguno. Eran tiempos de escasas rotaciones y los amistosos se tomaban con mayor seriedad que en la actualidad. La oportunidad para Molina llegaría tras la destitución de Clemente y la elección de José Antonio Camacho como técnico de España.

Retirado Zubizarreta, Camacho apuesta por Molina en detrimento de Cañizares y del imberbe, pero favorito de público y crítica, Iker Casillas. Los últimos siete partidos antes de la Eurocopa 2000 los juega el portero valenciano que afronta como titular el primer encuentro de aquella Euro precisamente ante Noruega. En Rotterdam, España es ampliamente favorita frente a los nórdicos, pero el resultado no varió del 0-0 inicial, hasta que mediada la segunda mitad hay una falta lejana a favor de Noruega. Molina salta con puño cerrado a por el balón, pero mide horriblemente su salida y la cabeza de un tal Iversen se le adelanta para impactar con el esférico e introducir mansamente el balón dentro de la portería española. España perdió el partido y si duras habían sido las críticas de la prensa tras el esperpento de Oslo, ahora tocaba una carnicería publica de proporciones apocalípticas.

Cante por soleá

Santiago Cañizares pasó a ser el titular en el siguiente partido. Molina no volvió a jugar un encuentro con la selección española. Alargaría felizmente su carrera en el RC Deportivo para luego retirarse en su tierra en las filas del Levante UD. Lo hizo con un título liguero en su palmarés, dos copas y nueve internacionalidades, la primera y la última de ellas contra Noruega. Una como extremo izquierdo y la otra tras una cantada extrema.

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La montaña mágica de Cañardo

Cataluña es Barcelona. Barcelona es Cataluña. Situada en un punto privilegiado del globo terráqueo, enclaustrada entre en el mar y la montaña, cerca de todo por tierra y por mar y bendecida con un clima benigno, Barcelona ha sido siempre vanguardia comercial, industrial y cultural. También deportiva. Ciudad olímpica. Hay y ha habido campeonatos mundiales en disciplinas tan diversas como el atletismo, la natación, el patinaje o el polo y otras como el fútbol, el baloncesto o el balonmano cuentan con seguimiento internacional semanal.

El pistoletazo de salida de Barcelona como icono vanguardista deportivo tuvo lugar el día de Reyes de 1911. Narcís Masferrer, director de El Mundo Deportivo, ponía en marcha la Volta a Catalunya, la que hoy es la tercera, tras Tour y Giro, carrera ciclista por etapas más antigua del mundo. La primera edición salió de la barcelonesa plaza de Sarriá para, tras tres jornadas, arribar a escasos metros del anfiteatro romano de Tarragona. La prueba, hoy centenaria, recorre los cuatro puntos cardinales de Cataluña beneficiándose de los hercúleos puertos montañosos de los Pirineos y de las turísticas estampas costeras que van desde la Costa Brava a la Dourada pasando por las tierras del Maresme y del Garraf.

Ocurre que antes de que la Volta fuese un evento internacional, antes de que el Barça fuese mès que un club y mucho antes de que Barcelona quedase siempre ligada a Michael Jordan y a su Dream Team, estaba Montjuic. La montaña mágica de Barcelona.

Dejar la llanura barcelonesa para encaramarse a los 170 metros de altura de Montjuic fue siempre a la vez reto y a la vez hechizo para el paseante. El ciclismo convertirá esos dos mil metros de ascensión en míticos y los vehículos a motor desnudarán su dificultad. Ocurre que antes de esos progresos, Montjuic era un reto. Era una quimera. Un ideal que las bicicletas convirtieron en deporte.

Al fondo…Montjuic

Al costado de Barcino se levantaba el Monte Júpiter. Así lo llamaban los romanos. En el medievo comenzó a conocerse como Monte de los Judíos y de ahí la derivación del topónimo a Montjuic. Ocurre que allí, en lo alto, y con mirada franca al mar, el homo sapiens encontró un lugar ideal para asentarse. Entre el Besós y el Llobregat, aquel promontorio era idóneo para repeler amenazas externas y controlar el llano en caso de revueltas. Con el tiempo sus imponentes cañones apuntarán amenazantes al corazón de la Barcino medieval.

De la montaña de Montjuic se extrajo la piedra del gres, un tesoro autóctono con el que se construyeron los principales edificios barceloneses, la muralla romana o la catedral. De esos talleres salió la piedra que edificó la impresionante Basílica de Santa María del Mar, construida por los ciudadanos de lo que hoy es conocida como la Barceloneta y la Ciudadela.

La magia de Montjuic radica en que está tan cerca como lejos. No queda a pie de paseo como El Retiro y celebrar una tarde bajo su falda requiere dedicación exclusiva. No solicita prisa, más tampoco permite pausas. Y no solo eso. Montjuic imponía. Durante siglos su castillo funcionaba como cazador de espíritus y sus paredes y muros como enclaustradores de ideas. Tras los Juegos Olímpicos de 1992 la ética de la montaña se transformó para siempre en un gran parque temático que se ha rendido al deporte y a la cultura con una oferta museística tanto arqueológica como ilustradora.

Eso es Montjuic. Es también una ascensión de 2,6 kilómetros al 6’5% con picos del 13% de desnivel. Una montaña que siempre estuvo en la psique de los barceloneses y que el ciclismo convirtió en mágica a inicios del siglo XX. Pocos años después de inaugurarse la Volta a Catalunya, allá por 1929, se construyó al pie de la montaña y enfrente del Museo Nacional la fuente de Montjuic. La joya de la corona de una explanada que muere en la Plaza de España y que marcará el pistoletazo de una subida que alcanzaría dimensiones de leyenda una tarde de septiembre de 1939.

— LA SEPTIMA DE MARIANO CAÑARDO —

Terminada la Guerra Civil el 1 de abril de 1939, el deporte pasaba a convertirse en un fundamental instrumento de propaganda del Franquismo. Atraída por su prestigio y su antigüedad, la Volta a Catalunya era pieza clave para fomentar la vuelta a la normalidad. Conviene recordar que si la prueba catalana llevaba en funcionamiento desde 1911 la Vuelta a España hubo de esperar más de dos décadas para ponerse en marcha. La Vuelta había tenido su primera edición en 1935 antes de que las balas y las bombas le pusiesen un pronto final.

Como es de imaginar el estado de las carreteras era paupérrimo. Sólo en Cataluña se contabilizaban la destrucción de más de cien puentes de los que menos de la mitad habían sido reconstruidos al llegar el verano de 1939. Fue el alcalde de Hospitalet y presidente de la Unión Deportiva de Sants, Wenceslao Marín, el que se puso manos a la obra. Consiguió que en septiembre se pusiese en marcha una carrera marcada por la austeridad, aunque su alegría duró apenas unos meses. Poco después fue destituido de la alcaldía acusado de fraude en la venta de material de obra para la reconstrucción del ayuntamiento. Fallecería en la cárcel, lugar que ya había ocupado en tiempos de guerra acusado de colaboracionista por los republicanos. Marín, además de reinventor de la Volta, pasará a la historia por besar barrotes acusado por rojos y también por nacionales.

El caso es que en septiembre de 1939 se pondría en marcha una Volta a Catalunya dulcificada con etapas de un máximo de 170 kilómetros en una época donde la distancia diaria se acercaba habitualmente a los 300, sin grandes puertos de montaña, al evitar los Pirineos, y con apenas cuarenta participantes, todos ellos de nacionalidad española. El claro favorito para llevarse la victoria en una de las más prestigiosas vueltas de una semana del calendario internacional era Mariano Cañardo.

¿Y quién era Mariano Cañardo?

Mariano Cañardo era catalán. Un catalán nacido en Olite. Pasó su infancia entre Navarra y Huesca jugando a fútbol y pelota vasca y dando vueltas a los patios de los Salesianos castigado por los curas. Quiso el destino que a los siete años quedase huérfano de padre y seis años después de madre. Al fallecer el pater familias tuvo que ponerse a pastorear cabras hasta que con 13 años hubo de trasladarse a Barcelona para vivir a cargo de su hermana mayor. Sus pertenencias cabían en una caja de zapatos.

Se instala en el barrio de San Andrés de Palomar (hoy Sant Andreu), sito al noreste de Barcelona e importante centro febril del momento. Cañardo descubre el oficio de carpintero, aunque su sueño es ser conductor de locomotoras. Sin embargo, para 1926, apenas con la veintena cumplida, se compra una bicicleta que debe pagar a plazos. Se enamora. Se apunta a una carrera a la que llegará en calzoncillos y alpargatas dado que no tiene ropa deportiva. Le obligan a ponerse su pantalón de pana y tendrá un accidente al meter la rueda trasera en las vías del tranvía a la altura de Vía Laietana. Dio igual. Quedó entre los quince primeros y nunca más dejaría la burra. Poco después ganó una carrera en Cantabria y acabará tercero en su primera participación en la Volta a Catalunya.

Pronto se convertirá en el primer profesional de la bicicleta. Será segundo en la primera Vuelta a España de la historia, alcanzará por dos veces el séptimo puesto en el Mundial de ciclismo cuando ningún ciclista al sur de los Pirineos se atrevía siquiera a participar, fue el primer español que corrió el Giro de Italia y fue vencedor de etapa en el Tour (únicamente otros dos ciclistas lo habían logrado antes que él) además de amasar un sexto puesto en agosto a finales de julio de 1936, cuando ya la Guerra Civil había estallado. Con el paso del tiempo se convertirá en director deportivo y tendrá cargos en la administración, tanto catalana como española, relacionados con el ciclismo. Su fama como gestor igualará a la de su carácter volcánico. Sirva como anécdota que, en 1946, cuando era director de la Volta a Catalunya, se acercó con su coche a la altura de Miguel Poblet quien, con la pierna llena de sangre tras una caída, estaba a punto de abandonar. Cañardo lo llamó maricón de mierda y se lio con Poblet a puñetazos ofendido por no querer volver subirse a la burra.

Pese a una segunda posición en una Vuelta a España, sus grandes gestas llegaron en su Volta, que ganó en siete ocasiones, aunque Cañardo siempre defendió que lo dejaron sin una octava corona por una sanción injusta, cuando le sorprendieron tomando cerveza un día en que el calor era insoportable. Entonces los ciclistas se detuvieron en plena etapa para tomar algo, en bares en los que era normal encontrar una fotografía de Cañardo, el único deportista capaz de rivalizar con los futbolistas Zamora o Samitier en fervor popular. Hijo del hambre, su salida del anonimato había tenido lugar en 1928, cuando disputó su primer Tour de Francia. Tuvo la oportunidad de competir por la baja de un compañero el día antes del inicio de la prueba. Cañardo se pasó la primera semana sin siquiera salir en las clasificaciones oficiales y en la penúltima etapa se le rompió el cuadro de la bici y tuvo que acabar la etapa con una de paseo que un aficionado tuvo bien en prestarle. Sin comer y sin lavarse, el director de su equipo le hizo dar marcha atrás e ir en busca de la montura destrozada. De esta guisa se presentó en la línea de salida del último día convertido ya en leyenda en toda España y especialmente en Cataluña. Llegó a Paris a base de sidras, medio borracho, y esa noche de gloria acabará quedándose dormido en el ascensor de su hotel.

Mariano Cañardo

Para 1939 Cañardo es, pues, una leyenda próxima al retiro al que la Guerra Civil le ha privado de alguno de los mejores años de su carrera. Son ya más de dos años sin competir en los que Mariano Cañardo ha hecho equilibrismo para pasar de ser un simpatizante republicano a un franquista convencido. Al igual que Ricardo Zamora, Mariano Cañardo vivirá toda su vida con el sambenito de cambia chaquetas. A fin de cuentas, eso era lo de menos. Todo se olvidaría con una nueva victoria.

Las dos primeras etapas de la Volta 1939 fueron muy similares y fueron ganadas al sprint por Cañardo liderando un grupo de primeros espadas. La primera, entre Barcelona y Valls. La segunda entre Valls e Igualada. La tercera etapa empezó a dar forma a la general, aunque Cañardo ya era líder sin sorpresas. Su grupo, de unos quince corredores, estaba al frente al salir de Igualada. Pero al paso por Manresa tomaron un camino incorrecto y recorrieron hasta nueve kilómetros por donde no tocaba. Al darse cuenta, se vieron obligados a dar media vuelta, con un Cañardo malhumorado por la equivocación y que, incluso, hubo de ser convencido para que no abandonara. El de Olite fue quien tomó la iniciativa en la persecución llevando un ritmo altísimo. Por delante, Santiago Ezquerra marchaba de líder virtual, hasta que en el descenso del Alto de Sant Hilari (a 1.000 metros de altura entre el Montseny y Savassona) se va al suelo, rompe la clavícula y debe de abandonar. Eliminado Ezquerra, y a pesar de que Cañardo flaquea en la contrarreloj de San Feliu de Guixols en otra etapa pasada por agua y donde abundan las caídas, Mariano se planta como líder indiscutible con seis minutos de ventaja sobre Diego Cháfer y sobre Fermín Trueba.

El séptimo y último día el pelotón llegaba a Barcelona vía Manresa, tras pasar por Molins del Rei. Era 24 de septiembre y Barcelona celebraba las fiestas de la Mercé. Los corredores dieron ocho vueltas por el circuito de Montjuic en una exhibición de Cañardo que ganaba cuatro etapas y se alzaba a sus 33 años con su séptima Volta a Catalunya, récord aun no superado. En el pódium recibió su jersey de líder, el cual ese año lucía de color azul marino en homenaje a Falange. Luego, en presencia de los generales Luis Orgaz y José Moscardó en calidad de Capitán General de Cataluña y Delegado Nacional de Deportes respectivamente, los 50.000 presentes escucharon el himno nacional y Cañardo depositó un ramo de flores por los caídos en la guerra por la gloria de Dios y de España.

Un trienio atrás en el calendario, en 1936, Mariano Cañardo había logrado su victoria más estruendosa. Competían el belga Frans Bonduel, un grande de la época, y Federico Ezquerra, más joven que Cañardo y considerado su sucesor. En la segunda etapa, camino de Girona, Cañardo perderá 16 minutos por culpa de una avería. Ambos, Ezquerra y Cañardo, competían por el mismo equipo y lo que ocurrió a partir de entonces fue una guerra en toda regla. Al día siguiente Cañardo atacó a Ezquerra contraviniendo las órdenes de equipo y ambos acabaron a mamporros al finalizar la jornada. Luego, en un día de lluvia de 250 kilómetros entre Figueras y Manresa, atacaría en el descenso de Santigosa jugándose la vida en una etapa donde hubo decenas de caídas y abandonos. Al llegar a la meta, con Esquerra perdiendo más de veinte minutos, Cañardo llamó a los periodistas y les reclamó a gritos su trono como mejor ciclista español del momento. Con todo hubo que esperar a la etapa final con subida al circuito de Montjuic para ver si Cañardo o Bonduel se llevaban el triunfo, dado que apenas un puñado de segundos separaban a ambos competidores. Unos 60.000 barceloneses se amontonaron en las faldas de Montjuic para presenciar siete vueltas a la montaña mágica subiendo por la cascada del Font del Gat (en unos meses volvería a ser Fuente del Gato) hasta el estadio y bajando por el Poble Espanyol. En las primeras vueltas, Cañardo tomó las riendas del grupo forzando el ritmo y provocando una selección de un grupo con ocho corredores, entre los que no estaba Bonduel. En el sprint final Esquerra levantaría las manos, pero la gloria sería nuevamente para Cañardo. Lluís Companys, presidente de la Generalitat, otorgaba el trofeo a Cañardo mientras los presentes entonaban con orgullo Els Segadors, el himno catalán cuya letra evoca un levantamiento de campesinos catalanes contra la política expansionista del rey Felipe IV en 1640.

De 1936 a 1939 habían cambiado muchas cosas, pero Montjuic seguía juzgando en silencio a todos aquellos que osaban ponerle un pie encima.

Una vista de BCN desde Montjuic

“Si contemplas la ciudad desde las colinas, ves su lógica, la ciudad cerrada de las antiguas murallas, la ciudad racionalista de la burguesía. Para mí es un modelo de ciudad inexplicable en cualquier lugar que no sea el Mediterráneo (…) En un día de sol, las colinas enfrentadas del Tibidabo y Montjuic aparecen respaldadas por un Mediterráneo que prolonga la sangre de los ribereños hasta los límites de los cuatro puntos cardinales más propicios del mundo. Una fe mediterránea en la vida se apoderó de sus músculos cansados y al llegar a la salida del cinturón de Ronda a la Travesera de las Corts equivocó voluntariamente la ruta de casa para buscar la de la Diagonal (…) Desde el monte Carmel, los inmigrados han podido ver una ciudad con historia, a manera de mancha concentrada alrededor del puerto, a la sombra del castillo de Montjuic que les vigilaba a ellos de forma especial, y una ciudad amable y confiada, la de la mesocracia liberal e individualista que se fue apoderando de todos los ensanches extramuros, subiendo progresivamente hacia las laderas de Collserola y el Tibidabo dominante”. Manuel Vázquez Montalbán.

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Negros en la selección española

No era racismo. O si era. Vete tú a saber. El caso es que era un entrenamiento. Y había cámaras. Y se vio todo. Era el año 2004. Luis Aragonés era el seleccionador. José Antonio Reyes el niño bonito. El de Hortaleza llamó a un aparte al de Utrera y le dijo aquello de al negro de mierda dígale que usted es mejor que él. La arenga iba dirigida contra Thierry Henry, estrella del Arsenal y compañero en la delantera de José Antonio Reyes.

Se lió parda. Racismo, inquisición y todo el rollo de las colonias. En Inglaterra nos pusieron a parir. No los hay más papistas que el papa. ¿Era racismo? No. No era racismo. Era una expresión racista. Son cosas distintas. La primera es repugnante. Yo a la segunda le pondría el calificativo de triste. El racismo está intrínseco a la condición humana. Lo estuvo, lo está y lo estará. Las expresiones racistas se corrigen con educación y valores cívicos. Hay menos de las que hubo y hay más de las que habrá. Las expresiones homófobas, racistas o machistas afortunadamente irán feneciendo generación tras generación. La homofobia, el racismo y el machismo siempre formaran parte de la humanidad. Thomas Jefferson escribió aquello de que todos los hombres han sido criados iguales con derecho a la vida, a la libertad y a la felicidad, pero luego tenía 4.000 hectáreas en propiedad y 135 esclavos a los que les negó la liberación. Al menos no los azotaba como hacía George Washington.

El caso es que en España no abundaban los negros. Luis Aragonés conoció a unos cuantos, pero Luis fue un futbolista de élite que compartió duchas y vestuarios con trancas de color azabache. Para el común de los mortales ver un negro era un asunto paranormal. Mi padre, niño del rural gallego de los 60, siempre cuenta que la primera vez que vio a un negro fue en las fiestas de su pueblo. Era un feriante que acoplaba una atracción. Ningún niño se montó en aquellos caballitos. Todos pasaron la tarde detrás de una pared, ocultos, mirando a aquel joven de tez oscura que parecía un extraterrestre a ojos de aquellos zagales.

Suponemos que en Madrid o Barcelona el relato causará cierta gracia, pero tampoco es que en las grandes ciudades los negros fueran algo común. En 1980 había 200.000 extranjeros en España (0,5 % de la población) y la mayoría eran blancos sudamericanos. En 2020 eran 5.400.000 (11,5 % de los residentes) los extranjeros censados. En 2024, únicamente tres años más tarde, ya eran 6.300.000 (13,1% de los habitantes). La diferencia en cuarenta años ha sido demencial.

Ruta esclavista

La condena de la esclavitud es un hecho históricamente reciente. Todas las sociedades, sin excepción relevante, han contado con esclavos, desde los egipcios a los ingleses pasando, por supuesto, por los españoles. Lo singular del caso hispano es que de todas las potencias esclavistas europeas que ha habido la española ha sido, con diferencia, la más indulgente.

Como tengo dichas en otras ocasiones conviene ponerse las gafas de la historia. En términos morales la esclavitud es algo infame. En términos históricos la esclavitud es una institución económica. Hasta la propagación de la mecanización, el sistema de producción necesitaba de abundante mano de obra. Así nacieron sectores enteros de población cuya naturaleza era esa; la esclavitud. Era esta una vida sin dignidad humana, que no pobre, ya que, principalmente en tiempos antiguos, en la mayoría de las ocasiones vivía mejor el esclavo que el pobre.

La esclavitud pasó a ser un negocio multimillonario a partir del siglo XVI. A través de ese oficio lucrativo, aunque asqueroso, colonizarían bastos territorios de América con un número muy limitado de militares y civiles portugueses, españoles, ingleses, franceses o neerlandeses (también había esclavos blancos pululando los puertos del Mar Negro y de Oriente Medio, ya que rubios eslavos y morenos ibéricos abundaron en las cortes de sultanes otomanos). Los portugueses fueron los que le pusieron el cascabel al gato (el 40% de los esclavos africanos acabaron en Brasil) a lo que siguieron luego los españoles, pero de una manera mucho más residual, a pesar de lo que la Leyenda Negra nos ha hecho creer.

Mujer del Renacimiento y ferviente católica, Isabel patrocinó el viaje de Colón a las Indias no con afanes aventureros ni económicos, sino con la idea de instaurar una monarquía cristiana. La esclavitud era incompatible con su ideal político y religioso. Su misión era evangelizar a todos los nativos. Y ningún cristiano podía ser esclavo. La culminación de este planteamiento es el testamento leído tras la muerte de Isabel la Católica en 1504. Con la mentalidad de la época era algo extravagante e inaudito, pues nunca antes una potencia vencedora había decidido no esclavizar al vencido.

Se establecieron entonces las encomiendas, en las que se concedía a un español un número determinado de indígenas como mano de obra. Eran los líderes indígenas los encargados de movilizar el tributo y la mano de obra asignada. A su vez, los encomenderos debían asegurarse de que los nativos de la encomienda recibieran instrucción en la fe cristiana y en la lengua española y protegerlos de agresiones externas. Hubo problemas. Claro. A 7.000 kilómetros de distancia las órdenes y las sanciones llegaban con meses de retraso, por lo que muchas de esas encomiendas pasaban a ser esclavitudes encubiertas.

Hasta que en 1530 Carlos I reconociese el derecho a la libertad, a la propiedad privada y al cristianismo de todo nativo. Los conquistados en la Pampa, en México o en el Perú nunca serían esclavos. Éste último punto se antoja trascendental y es radicalmente moderno para la época.

Dado que los nativos americanos ya no podían ser esclavos, es entonces cuando se mira al mercado esclavista africano. Por entonces Lisboa era el centro negrero mundial por excelencia. Los portugueses llevaban años cambiando manufacturas y cereales por el oro y los seres humanos que los jefes tribales africanos y los árabes del Magreb les proporcionaban. A ese mercado se sumaron rápidamente los españoles porque, en términos legales, los negros ya eran “esclavos por naturaleza”.

Se calcula que sólo en el siglo XVII llegaron 250.000 esclavos negros a América. Pero eso era sólo el inicio. En 1714, tras el Tratado de Utrecht que puso fin a la hegemonía hispana, Londres ocupó el lugar de Lisboa como puerto mercantil de la esclavitud. Para el siglo XVIII ya eran siete los millones de esclavos africanos enviados a América.

Pero seguimos sin contestar a la pregunta; ¿por qué hay tan pocos negros en las antiguas colonias españolas? La respuesta está en la doctrina católica. Aun siendo esclavos, a todo aquel negro que se convertía al catolicismo se le integraba en la sociedad. Es más, en la América española el esclavo podía comprar su libertad. En las colonias inglesas o neerlandesas, esclava era toda la familia. En las españolas los hijos de un esclavo dejaban de serlo (al menos en la teoría). De ahí que exista abundante documentación de la existencia de cientos de negros que escapasen del dominio inglés para buscar cobijo en la Florida española.

Cuando hace ahora dos siglos llegó el momento de las guerras de independencia en América, la mayor parte de los nativos se alineó con la Corona española. Veían en la metrópolis una institución capaz de garantizar sus libertades y sus costumbres. Los criollos, los hijos del mestizaje (fruto de las revolucionarias ideas de Isabel la Católica el mestizaje diferenció la colonización hispana de todas las demás potencias europeas), eran los que querían acabar con las costumbres indígenas. Cuando Simón Bolívar llegue al sur de Colombia en 1820 escribirá, entre horrorizado y sorprendido, que sus enemigos más encarnizados eran indios nativos.

Perdidas las colonias norteamericanas, desde el Imperio Británico se presiona para abolir la esclavitud, lo cual se hará efectivo en 1833. No es un acto de fe, dado que seguirán esclavizando de facto a los africanos durante el siglo XIX, más los esclavos dejarán de existir como mano de obra en las Islas y se perseguirá y juzgará a aquellos que trafiquen con personas por todo el Atlántico. Presionados por los británicos, el resto de naciones europeas y las nuevas naciones sudamericanas aceptarán la nueva realidad con celeridad.

No será ese el caso de Estados Unidos, que no abolirá la esclavitud hasta 1865 tras una cruenta guerra civil, o de Brasil, que no lo hizo hasta 1888, tras más de medio siglo de independencia. España no acabó con la esclavitud hasta 1880, manteniendo viva esa sucia realidad en Puerto Rico y Cuba para gloria de las compañías negreras de Bilbao, Cádiz o Barcelona. Y con todo habrá que esperar al siglo XX para ver al mayor negrero de la historia, el industrial alemán Alfred Krupp. Cierto día, en una reunión con Hitler, le comentó que antes de gasear, asesinar o encarcelar a elementos desafectos, siempre era mejor hacerlos trabajar hasta la muerte para aumentar la producción bélica. Se estima que en las fábricas Krupp trabajaron unos doce millones de esclavos. Alfred tuvo bajo sus órdenes directas a unos 200.000.

Volvamos al siglo XIX. Es entre 1820 y 1880 cuando la esclavitud financiada por España se torne en real. Se estima que llegaron el doble de esclavos al caribe español en esos sesenta años que en los dos siglos anteriores. Y coincidió en el tiempo cuando desde el Imperio Británico se prohibía y se luchaba contra la esclavitud. De ahí la mala, y en cierto modo injusta, fama española. El malagueño Pedro Blanco, uno de los mayores negreros de la historia, había hecho su fortuna traficando entre Sierra Leona y La Habana hasta que en 1850 sus barcos fueron arrasados por la marina británica. Ese hecho incendió a la opinión pública inglesa en el momento en el que la alfabetización se había generalizado y el periódico era devorado por las masas. Fue así como, a pesar de ser la potencia europea más restrictiva con la esclavitud, la Leyenda Negra y el derrumbe hispano en el siglo XIX hizo que a ojos de la sociedad ilustrada España quedase como un país rancio y anquilosado.

La leyenda negra….

— NEGROS EN LA SELECCIÓN ESPAÑOLA —

El primer partido de la selección española tuvo lugar en 1920 en Amberes. Fue llegar y besar el santo porque España logró la medalla de plata en aquellos Juegos Olímpicos. No estaba allí presente Paulino Alcántara, el hombre con el récord de goles anotados en la historia del FC Barcelona hasta que Leo Messi lo pulverizó en 2014. Paulino debutó con La Roja en 1921 a los 25 años. Antes había sido internacional con Filipinas. Pero la primera gran figura del fútbol español no era negro, sino blanco con ligera tez morena. Hijo de militar español y de una joven filipina había nacido dos años antes de que España perdiese sus colonias en Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

Cubano era Chus Alonso (3 veces internacional), centrocampista del Real Madrid de la posguerra y autor del primer gol en Liga en el Santiago Bernabéu. Alonso había nacido en una Cuba ya independiente, pero sus padres eran asturianos. Para entonces nadie emigraba a España, sino que eran los españoles los que emigraban al extranjero debido a la carestía y la falta de libertades del Franquismo. Y aun así había quien soñaba con vivir bajo el paraguas del Caudillo. Es el caso de Laszlo Kubala (19 partidos) y Ferenc Puskás (4 partidos). Ambos húngaros de nacimiento y ambos acabarían siendo figuras en España e internacionales con su país de adopción. Junto a ellos, a caballo entre los 50 y los 60, estará Alfredo di Stéfano (31 partidos). En todo caso todos ellos eran nacionalizados y todos eran blancos. Caso de los argentinos Rubén Cano (12 internacionalidades) y Juan Antonio Pizzi (22 partidos), el paraguayo Eulogio Martínez (8 internacionalidades) o el brasileño Diego Costa (24 encuentros).

Dado que España durante el Franquismo pasó a ser país de emigrantes también contamos con casos de futbolistas que son hijos de padres que hicieron la maleta buscando un futuro mejor. Es el caso de José Eulogio Gárate (18 internacionalidades) que nació en Argentina, aunque a los pocos meses ya estaba de vuelta en España. Algo más, concretamente ocho años, fue lo que tardó Roberto López Ufarte (15 partidos) en dejar Marruecos y volver a Irún. Cuatro años eran los que tenía Álvaro Cervera (1 encuentro con España) cuando llegó a Tenerife procedente de Guinea Ecuatorial donde trabajaba su padre.

Con los años la diáspora española se europeizó hasta que la llegada de la democracia hizo que esos emigrantes se convirtiesen en retornados. Así muchos niños nacidos en los 60 y 70 pasaron a ser futbolistas españoles de pleno derecho entre la última década del pasado siglo y la primera del presente. Nos referimos al suizo Luis Cembranos (1 partido), al francés Armando Álvarez (2 partidos), al danés Thomas Christiansen (2 partidos) o al nacido en Alemania Curro Torres (5 internacionalidades).

Todos ellos son blancos.

Pizzi (22 veces internacional)

El primer negro de la selección tendría que haber sido Miguel Jones. Jones sí que era negro. Su padre era un destacado político en la entonces colonia española de Guinea, pero al poco se trasladó a vivir a Bilbao. Miguel era hincha del Athletic, pero nunca pudo jugar con el club de sus amores ante la estricta política de fichajes que entonces tenían los leones. De aquella no valía con formarse en Euskalherria, también había que haber nacido en territorio vasco. El caso es que Jones acabaría haciendo carrera en el Atlético de Madrid. Jones llegó a estar convocado para un partido de la selección española ante Rumanía, pero no pasó de hacer ejercicios de calentamiento en la banda y se perdió una oportunidad histórica.

Hubo que dar un salto en el tiempo.

El primer negro que jugó con España fue Vicente Engonga Maté. Debutó un 23 de septiembre de 1998 en Granada en un encuentro amistoso ante Rusia. El seleccionador era José Antonio Camacho que contó con su presencia en 14 partidos y lo convocó para formar parte de la plantilla de España en la Eurocopa 2000. Sus padres eran guineanos y, aunque había nacido en Barcelona, pasó su infancia en Torrelavega. Engonga, y sus tres hermanos, pudieron ser internacionales con Guinea Ecuatorial, pero la federación africana no tenía forma de costear los futuribles viajes de España a África. El tiempo pasó y Vicente, el mejor de ellos, debuta en Primera con el Real Valladolid a los 26 años. Era una edad tardía, pero acababan de comenzar los 90, años de doble pivotes, medios de contención y robar antes que pasar. Engonga era duro y trabajador, un Makelelé a la española. Hizo carrera en el RC Celta antes de formar parte de alguno de los mejores años de la historia del RCD Mallorca.

Engonga. El primer negro

Antes, concretamente cuatro años antes, había debutado Donato Gama da Silva. Negro, negrísimo. Pero no era un negro español. Donato (12 internacionalidades) era brasileño y se había nacionalizado español tras su exitoso paso por Atlético de Madrid y RC Deportivo. También negros nacionalizados eran los brasileños Catanha (3 internacionalidades) o Marcos Senna (28 partidos) el negro más victorioso, ya que llegó a proclamarse campeón de la Eurocopa 2008.

Los nuevos tiempos han hecho que ya no sea extraño ver a un negro vistiendo la camiseta de la selección. Muy recientes son los casos de los mestizos Thiago Alcántara (46 internacionalidades) o Rodrigo Moreno (28 partidos). España es hoy país receptor de emigrantes y se ve en la composición de estos nuevos futbolistas. Adama Traoré (8 partidos) nació en Hospitalet, pero es hijo de padres malienses que se instalaron en Barcelona a finales de los 80. A España también emigraron a inicios de los 90 los Williams, cuyo primer hijo Iñaki (1 partido) nació en Bilbao y el segundo Nico (25 internacionalidades de momento) lo hizo en Pamplona.

Es obvio que cuando se introduzcan en la elite todos aquellos futbolistas nacidos en el nuevo siglo el número de negros en la selección se asemejará a lo que ocurre en otros países europeos del entorno, incluyendo a la hasta no hace mucho aria Alemania. Es cierto que el peso de la emigración latinoamericana mitigará este efecto y España se parecerá más en sus alineaciones a Italia que a Francia o a Portugal, pero es innegable que los tiempos cambiarán y lo que antes era una rareza ahora será una certeza. Se pensaba que el líder de esa generación sería Ansu Fati (10 internacionalidades), un africano que a los seis años vivía en Sevilla junto a su familia y que tres años más tarde entraba en las categorías inferiores del FC Barcelona. No fue así. Lo será el ya campeón de la Eurocopa y también producto de Can Barça Lamine Yamal (17 internacionalidades a los 17 años) de padre marroquí y madre ecuatoguineana criado en Mataró. Quién sabe si será la estrella del Mundial 2026 formando una delantera negra y campeona junto al ya citado Nico Williams y al delantero melillense Samu Omorodion (1 vez internacional de momento). Quizás. Y quizás uno de esos tres marque el gol de la victoria mundialista tras pase de Alejandro Balde (7 internacionalidades), lateral negro barcelonés de madre dominicano y padre bisauguineano.

Lamine. El NEGRO de España

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Talant Dujshebaev

En 1992 no existía la Unión Soviética. El día de Navidad de 1991 se puso fin a la utopía comunista. Ya estaba herida de muerte tiempo atrás, aunque los clavos en el ataúd se habían puesto al caer el Muro de Berlín. Con todo, la retrospectiva es ventajista y ni los analistas ni los servicios secretos de medio mundo podían esperarse semejante colapso en apenas un puñado de años. El caso es que en 1992 se celebran los Juegos Olímpicos de Barcelona. Lituania, Letonia y Estonia compiten como países independientes. Rusia y otros estados de nuevo cuño lo harán bajo una bandera ficticia de color azul bautizada como CEI (Comunidad de Estados Independientes).

La CEI ganará decenas de medallas en Barcelona. Entre ellas la del balonmano masculino. Su jugador estrella es un hombre compacto de ojos rasgados que en vez de eslavo semeja asiático. Se llama Talant Dujshebaev y es nativo de Biskek, capital de Kirguistán. Se trata de un país de Asia Central, lugar de tránsito en la antiquísima ruta de las especias y que en la actualidad ha recobrado el pulso por la circulación de mercancías por tierra entre China y Europa. Antiguo hogar del Imperio Mongol, Kirguistán fue conquistada por la Rusia zarista y luego convertida al comunismo por los herederos de Lenin. Ocurre que, a la altura de 1992, Kirguistán no tenía suficiente fuerza como para volar por sí misma y rechazar el paraguas de la CEI.

Con todo a Dujshebaev no le importaba en demasía. Talant era un convencido comunista. Lamentó mucho la caída de la Unión Soviética. Residía en Moscú desde que fichara por el CSKA en 1986 y allí esperaba finalizar su carrera. De hecho, consumada la hecatombe, Dujshebaev pide la nacionalización como ruso, dado que entiende que es la Federación Rusa la que continuará con la idea de grandeza de la URSS. No será el único. Otro caso muy conocido es el del futbolista Valery Karpin quien, estonio de nacimiento, abrazó también la nacionalidad rusa.

No obstante, los planes no salen siempre como uno desea. La Rusia postcomunista es un caos. La mafia compró a precio de saldo los bienes del Estado y los nuevos ricos movieron miles de millones en efectivo y activos fuera del país en una enorme fuga de capitales. La depresión de la economía condujo al colapso de los servicios sociales y la corrupción extrema y el crimen organizado camparon a sus anchas. Talant es un personaje público y tiene miedo. No en vano un hermano suyo muere en un sospechoso accidente automovilístico mientras compite en Barcelona.

Ese fue el punto de inflexión definitorio para abandonar Moscú. Recibe una jugosa oferta procedente de una modesta ciudad española. Santander. Ciudad de la que, por supuesto, Talant no sabe absolutamente nada.

Dujshebaev

En 1975 se funda un equipo con el nombre de Club Balonmano Cantabria. Inmediatamente pasa a denominarse Club Balonmano Teka, gracias a la inyección de 25.000 pesetas de un empresario llamado José Gómez, gerente de Teka España. Se trataba de una empresa suiza de productos de cocina cuya fábrica y sede en España estaba sita en Santander. Los miles de pesetas pasarán a ser millones y a inicios de la década de 1990 el Teka es una potencia del balonmano. Contratan al portero sueco Mats Olsson y quedan dos veces subcampeones de la Liga Asobal. Para 1992 se sube la apuesta. Caja Cantabria pasa a formar parte del club y tres años después acabará comprándolo. A la larga eso será el fin y desaparición del equipo en 2008. Al Club Balonmano Cantabria le sucederá como a tantos otros equipos; vivirá del dinero público y la crisis financiera de 2008 acabará con el grifo infinito de billetes a coste cero. Pero antes de todo eso, a mediados de la década de 1990, tocarán días de vino y rosas.

Ese año entran en el equipo Mateo Garralda, Alberto Urdiales y se ficha a Talant Dujshebaev, quizás el mejor jugador del mundo. Con Talant en el equipo se ganan dos ligas y se alzan con el triunfo en la Copa de Europa de 1994. Se hacen fuertes en casa, en el pabellón de La Albericia, una pista de apenas 3.000 espectadores, con espacio reducido en los fondos y con un ambiente cargado proveniente del humo del tabaco de los allí presentes. Otros tiempos.

Urdiales, Garralda, Hombrados…todos jugaron en Santander y los tres eran imprescindibles en la selección española. Los resultados eran modestos. Muy modestos. Los cuartos de final eran una barrera infranqueable. Pero entonces Talant tiene un hijo. Su esposa es rusa. Su hijo cántabro. Con el tiempo tendrá otro. Ambos son españoles. Y ambos son jugadores de balonmano. El caso es que Dujshebaev padre solicita la nacionalidad española. El escogido como mejor jugador del mundo en 1994 y 1996 y quien será seleccionado como el segundo mejor balonmanista del siglo XX por la IHF (Federación Internacional de Balonmano) va a ser español. Y todo cambia. Subcampeones europeos en 1996 y 1998 y medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de 1996 y 2000. Con el tiempo, ya sin Dujshebaev, se logrará el máximo al conseguir el Mundial (2005 y 2013).

El 10 de España

Y no fue fácil. Nada fácil. Dujshebaev no comprendía a los españoles. Y aún hoy, con hijos y con media vida en tierras hispanas sigue sin comprenderlos. Echa de menos la disciplina, el poder de lo colectivo. El honor, la lealtad y el respeto son primordiales para su ser.

Talant nunca cuestiona a su entrenador y arquea los ojos cuando otros compañeros lo hacen. No entiende las quejas, no entiende la sobreprotección a los jóvenes y no comprende el aumento de unos salarios que nada tienen que ver con los ingresos. Cuando en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996 se formalice el romance entre Iñaki Urdangarín y la Infanta Cristina solicitará que el nuevo miembro de la Familia Real se aleje del foco para bien del grupo. Y no era una cuestión personal. Considera a Urdangarin un amigo. Pero el colectivo está por encima de cualquier interés propio. Cuando le preguntaron por la entrada en la cárcel del que había sido su compañero fue tajante. Lo que diga la justicia se acata y se acepta. Los chismorreos son cosa de los enemigos. Talant es amigo y cree en la justicia. Ni lo defiende ni lo critica. Calla, comprende y nunca reprocha.

Sus declaraciones, y mucho más cuando años después se convierta en entrenador de éxito (ganador de cuatro Copas de Europa con Balonmano Ciudad Real y KS Kielce), lo han tildado de dictador. Se desprende una añoranza por el orden y la disciplina soviética. Sin ninguna de esas dos cosas no se consigue nada en la vida, según comenta por activa y por pasiva. La democracia tiene cosas positivas y también negativas. Hay un punto de democracia que se transforma luego en anarquía.

Considera que España es un país de maleducados donde todo el mundo puede decir lo que quiera. Afirma que en la Unión Soviética todos eran iguales y no tenían preocupación alguna por no llegar a fin de mes. Para Talant, y para millones de soviéticos, el capitalismo es contrabando y desprotección. No es más que el reflejo de la Rusia de la década de 1990.

Y por todo ello Talant chocaba con todo y con todos. Pide mano dura en la vida y en el deporte. Es un hombre de palabra que exige una lealtad y un compromiso hercúleo. Una energía y una fe total a sus ideales. O estás con Dujshebaev o estás contra él. Como entrenador nunca ha tenido contrato. Ni cuando triunfó en el BM Ciudad Real ni cuando el club desapareció y se convirtió en Atlético de Madrid. Confiaba en Domingo Díaz de Mera, presidente de ambos clubes, y tenía un pacto de palabra que se renovaba año a año. Honor y fidelidad, palabras en peligro de extinción.

Considera que habría que obligar a cada juvenil a aprenderse diez o quince nombres de balonmanistas de todas las décadas. Aquel querubín que no fuese capaz de hacerlo no debería ascender al primer equipo. Talant guarda con una reliquia una cinta VHS de apenas veinte minutos con las imágenes de Hrvoje Horvat, un jugador croata campeón de Europa en los años 70. Para Dujshebaev ver esa cinta una y otra vez con 18 años le valió para no cagarse en los pantalones y asumir el mando de los partidos.

Ese carácter único lo ha hecho inconfundible. Lo ha hecho ser uno de los poquísimos jugadores de balonmano conocidos por el gran público. También le ha dado problemas, kilómetros de problemas. Ser un alma libre le ha servido para ser reconocido, pero también para no ser especialmente querido. Y Talant es consciente de ello. Muy consciente. Su sueño es ser seleccionador nacional. Su palmarés como técnico es colosal.

Pero la llamada nunca llega.

“Cuando era juvenil en el CSKA hubo un accidente disciplinario y como castigo nos enviaron a Siberia en pleno invierno, a finales de febrero. Tres días de tren sólo de ida, durmiendo de pie. Cuando llegamos había como tres o cuatro metros de nieve. Pasamos sólo dos noches, pero fueron suficientes. A nuestro regreso a Moscú, yo había pasado de niño a hombre. Me pareció lo correcto”. Talant Dujshebaev.

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Radiografía del balonmano español (los porqués de un fracaso

Gheorge Gruia (el desconocido rumano que asombró en la prehistoria del balonmano)

La historia de amor de la Infanta Cristina e Iñaki Urdangarín (vía Twitter)

Cuando Sterbik cambió una copa de vino por una medalla de oro (cuando España ganó el Europeo de 2018)

Plata elevada a la cuarta (los eternos subcampeonatos de Suecia)

Vivir a la manera de Nava (el milagro de balonmano en un pequeño pueblo de Segovia)

Cuando el Atlético jugó una final de Copa de Europa de balonmano (la histórica final de 1985 ante la Metaloplastika yugoslava)

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El tío Benito

Benito Diaz nació en 1898 cuando España perdía los retazos que le quedaban de su Imperio y cuando los Borbones aun veraneaban en San Sebastián. Y es que Benito Díaz nació en Donostia. En una familia bien. Sus padres quisieron que estudiara Bellas Artes. También le dio por cantar en el Orfeón Donostiarra. Pero a Benito le iba otra cosa. Una moda importada de Gran Bretaña y que por entonces estaba mal vista en la mayoría de círculos sociales.

El fútbol.

Benito gustaba de lanzar unos tiros en la playa de la Concha y juega partidos en el velódromo de Atocha. Pequeño, bullicioso y de energía infinita, juega en varios equipos de la ciudad hasta que ficha por la Real Sociedad. Corría el año 1917. A Benito pronto le pondrán de apodo ‘rata mecánica’ por su estilo de juego rápido y bregador.

Allí estuvo hasta 1927. No hay mucho que contar de su etapa como jugador. Lo relevante es que por entonces la Real Sociedad era entrenada por un técnico húngaro que respondía a las señas de Lippo Hertzka. En esa época la vanguardia del fútbol europeo se cocía en las entrañas del antiguo Imperio Austrohúngaro. Ocurría que Hertzka era un referente de máxima autoridad. Benito pronto descubrió que los entresijos del juego le gustaban tanto o más que el propio juego. Se convirtió en la voz en el campo de Hertzka y lo acompañó a Hungría para aprender diferentes metodologías de entrenamiento relacionadas con el balompié. Con estos mimbres no era de extrañar que, en 1927, cuando Hertzka abandone Guipúzcoa, Benito Díaz se convierta en nuevo técnico de la Real Sociedad. Ni siquiera ha cumplido 28 años, pero cuenta con el beneplácito de su mentor quien recomienda a los directivos donostiarras que apuesten por Benito a pesar de su juventud.

Benito Díaz recibe una copa

Su primer año fue glorioso. La Real Sociedad llegó a la final de Copa. Será una final heroica ante el Barça que se resolverá en tres partidos tras acabar en empate los dos primeros (entonces no existían ni la prórroga ni los lanzamientos de penaltis). La finalísima dio también para un duelo epistolar entre los poetas Gabriel Celaya y Rafael Alberti. Acabada la final, a Benito lo llaman desde la Federación Española para ser segundo entrenador en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam. El torneo resultó un fiasco, pero parecía un pistoletazo de salida para una carrera legendaria.

No fue así. En 1929 una crisis bursátil dejó en bancarrota a negocios de medio mundo. Entre las empresas afectadas estaba Transportes Díaz. El negocio familiar. Así que en 1930 Benito hubo de dejar el fútbol y dedicarse a las exportaciones. Con ojo clínico vio un filón en la exportación de naranjas y demás cítricos a Francia y pronto el camino Valencia-Irún-Burdeos-Paris se hizo habitual en su vida. Tan habitual que cuando en 1936 estalla la Guerra Civil convertirá esa realidad temporal en permanente y se autoexiliará en Burdeos. Digo autoexilio porque, aunque Díaz simpatizaba con la causa republicana, no era militante. Decidió irse por sí mismo dado que económicamente se podía dar ese lujo. Eso facilitará que cuando quiera hacer el viaje de vuelta y cruzar la frontera y retornar a España en 1942 no tenga ningún tipo de problema para hacerlo.

Mas no adelantemos acontecimientos.

Dicen que un periodista francés lo reconoció y lo puso en contacto con la directiva del Girondins de Burdeos. Otros dicen que fue el propio Benito el que se dirigió a la sede del Girondins a buscar trabajo. Sea como fuese, el caso es que, tras ocho años alejado del fútbol, a Benito Díaz le ofrecieron el puesto de técnico del Girondins. Entonces el conjunto bordelés militaba en la tercera categoría del fútbol galo. Consiguió subir al equipo a Segunda en 1937 y dos años más tarde estaba en la Ligue 1. Díaz haría al conjunto bordelés campeón de Copa en 1941. Fue un campeonato sin brillo, dado que Francia era rehén de los nazis. Había una parte ocupada y una parte mal llamada libre, y los conjuntos del norte del país no compitieron. No obstante, el Girondins había pasado de ser un equipo amateur a establecerse como uno de los grandes de Francia. Pero la cosa iba de mal en peor, así que en 1942 Benito vuelve a San Sebastián, y no para exportar naranjas, sino para ser nuevo técnico de la Real Sociedad.

Benito inicia su segunda etapa en la Real con una innovación táctica debajo del brazo. Entonces la táctica común en todos los equipos era la WM creada por Herbert Chapman en la década de 1920. El 3-2-5 sobre el papel era en realidad un 3-2-2-3 en el que la importancia de los extremos era crucial y el balón largo en diagonal desde la defensa hasta el ataque un arma de primerísimo nivel. Pero en Francia había un técnico suizo llamado Karl Rappan que había diseñado un sistema que se conoció como cerrojo y que pasaría con notable éxito a Italia donde fue exprimido al máximo bajo el nombre de catenaccio. El sistema de Rappan sacaba a un pivote del centro del campo para colocarlo en la línea defensiva y ejercer la marca individual ante el delantero rival. El 3-2-5 se convierte en un 4-2-4 en fase ofensiva (dando lugar al nacimiento de los laterales) y al 4-4-2 en fase defensiva. Distintas evoluciones a lo largo de las décadas llevarían al catenaccio a acumular cinco defensores, pero, lo fundamental del asunto, es que a partir de entonces coexistirán dos formas de entender los partidos; la búsqueda del triunfo a través del ataque y del gol (la genuina) y otra a través de la defensa y el evitar encajar un gol (la nueva).

Estaba entonces la Real Sociedad en Segunda División y Benito Díaz decide apostar por el cerrojo como táctica innovadora. Le va bien. La Real sube a Primera, pero es tildado de técnico defensivo. A los jugadores no les importa. Están enamorados de sus métodos. Eduardo Chillida, entonces portero y después celebre escultor, se presentará a una prueba para entrar en la Real con traje y corbata por orden de Díaz. Tendrá que atajar varios disparos de semejante guisa ante el barro del área chica de Atocha. Una vez visto el poco interés de Chillida en mantenerse limpio y elegante, Benito Díaz dará su OK para incorporarlo a la disciplina de la Real.

La Real 2.0 llegó a otra final de Copa, aunque tocó volver a perder en el partido por el título nuevamente contra el FC Barcelona. Los éxitos de Benito Díaz no pasan por alto y vuelve a ser requerido por la Federación Española de Fútbol para ser entrenador nacional dos décadas después de su primera experiencia. Por entonces había dos cargos. Muñoz Calero, militar y presidente de la FEF, tenía la potestad de escoger un seleccionador y un entrenador. El primero decidía que jugadores iban al Mundial y concluía quienes eran los once elegidos en cada partido. Ese hombre, el seleccionador, era quien pasaría a la posteridad tanto en el triunfo como en la derrota. El entrenador era el que diseñaba la táctica y establecía las rutinas de entrenamiento. A ojos del gran público eran un Don Nadie.

El seleccionador nacional en 1948 escogido con la obligatoriedad de clasificar a España para el Mundial de Brasil en 1950 era Guillermo Eizaguirre. Además de exfutbolista (un excelente portero habitual suplente de Ricardo Zamora con la selección española), Eizaguirre era un voluntario de la Legión, hijo de juez y nieto de militar de alto rango. Contaba con heridas de guerra y portaba tres medallas ganadas durante la Guerra Civil. En Brasil sería el encargado de dar discurso, repartir elogios y salir bien guapo en las fotos con sus sombreros de ala ancha.

El entrenador era un vasco achaparradito que respondía al nombre de Benito Díaz. Siempre vestido de chándal y con txapela sobre la sien, Díaz obligó a que cada seleccionado se leyese un informe diario de 18 páginas sobre los rivales de España en el Mundial, prohibió el alcohol y la presencia de hermosas brasileñas en el hotel de concentración y fue el primero en obligar a que la ropa de entrenamiento fuera uniforme e igual para todos los futbolistas. El genio táctico de Díaz había llevado a España a las victorias en Paris ante Francia (1-5) y en Dublín ante Irlanda (1-4) en la fase clasificatoria.

En el Mundial la selección española alcanzó su cénit tras ganar a Inglaterra (0-1) con el famosísimo tanto de Telmo Zarra y obtener el cuarto puesto en el Mundial. En la foto de la victoria ante la pérfida Albión estaba Eizaguirre, pero no Díaz. Benito volvió de América sin el reconocimiento merecido y fichó por el Atlético de Madrid. La aventura por la capital de España concluyó en 1954 con un infarto que le obligó a dejar los banquillos por recomendación de su médico y obligación de su esposa.

España 1950

Tras unos años de reposo en 1960, con el beneplácito de la FEF, Benito Díaz puso en marcha la primera escuela de entrenadores del país. Donde antes un ex futbolista se sentaba en el banquillo para escoger a once futbolistas y animarlos en su búsqueda del triunfo, Díaz ofrecía unas clases de táctica, organización y entrenamiento que se tornaban en novedosas en España.

Desde su oficina madrileña Díaz fue el primer teórico reconocido de los banquillos españoles hasta que entrada la década de 1970 decidió dar un paso atrás y dejar que sabia nueva hiciese buenas sus enseñanzas. Entonces volvió a su querida San Sebastián y se convirtió en asiduo del palco del campo de Atocha donde disfrutó con la época dorada de su Real y sus títulos en los 80 gracias a Arconada, Satrústegui y compañía bajo la dirección técnica de Alberto Ormaetxea. Benito Díaz murió en 1990, a los 92 años de edad, y su legado permanece en la fenomenal escuela vasca de entrenadores que él inicio y que continuaron Maguregui, Ormaetxea, Clemente, Rojo, Azkargorta, Irureta, Mané, Lotina, Emery, Valverde, Imanol Alguacil, Arteta, Mendilibar, Arrasate, Arteta o Xabi Alonso.

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Gerardo Coque y las 200.000 pesetas de Lola Flores

Los cronistas de nuestro tiempo han sido los grupos musicales. Los jóvenes de los 60 se rebelaron ante un destino que los obligaba a llevar botas y fusil en una mano o mandilón y espátula en caso de cambiar el par de huevos por el de ovarios. Cine, deporte y música. Eso cambió el mundo y dio a los jóvenes un poder que jamás habían tenido en la historia. Hasta entonces se había valorado más la experiencia y la sabiduría de la vejez. De esos ítems la música era el más transgresor de los tres. Creadores de una banda sonora de ágil pavoneo e insolencia sexual interpretada por los riffs de las guitarras, primero el pop y luego el rock, aquellos acordes rompieron con todo lo establecido. Esas canciones personificaban la rebelión, el cinismo y las promesas de toda una generación. The Beatles y The Rolling Stones fueron los buques insignia de una realidad que explotó y vino para quedarse, al menos en Occidente. Músicos de talento, de orígenes oscuros, que se enriquecían con la venta de millones de discos y tocaban en estadios llenos. Volaban por todo el globo en aviones adaptados a sus caprichos y acompañados de séquitos propios de amantes, cortesanas y con tráfico de drogas. Desde entonces han avanzado en la cumbre del prestigio social compartiéndola con las estrellas de cine y los deportistas. Donde antes los ricos eran gordos y fumaban puros ahora visten vaqueros y comen quinoa. En la era del consumo de masas occidental son cantantes, actores y deportistas los que tiene un prestigio comparable al que antes tenían príncipes, papas y cortesanos.

Y en España.

En España teníamos a Lola Flores.

La posguerra es oscurísima en España. Para salir del tedio y del hambre hay folklóricas. No es nada que haya inventado Franco. Las estrellas del canto en la afamada II República también eran folklóricas. Entre ellas estaba Lola Flores. Una fuerza de la naturaleza. Una artista de la que decían que ni cantaba ni bailaba, pero que cantaba y bailaba de una forma nunca antes conocida. No es sólo su arte. Es su personalidad. Dirige su propia compañía, negocia sus contratos, se niega a casarse, habla abiertamente de tener sexo con hombres casados mientras se declara una escrupulosa ama de casa, triunfa en Broadway, rechaza Hollywood para quedarse en España, viste provocativamente y se casa con un gitano siendo ella paya.

Reinaba en el escenario y en su vida. Por eso era La Faraona. Lola Flores era el Mick Jagger español. Cuando la Transición ya cogió a Lola en el declive de su vida, época donde las folklóricas pasarían a ser rancias, le dio exactamente igual. Conquistó a una nueva generación a través del brillo de sus ojos. Habló de drogas, de alcohol, de malos tratos, del aborto, del dinero y hasta de cáncer cuando era más tabú que todo lo anterior citado. Se convirtió en icono femenino y LGTBI. Una estampa cultural indomable. La Lola de España.

La Faraona

Novios enamorados, amantes por necesidad o flechazos cargados de sexo. De los tres tipos tuvo Lola. Las páginas de papel cuché hablan de ellos. En lo que a nosotros nos afecta consideramos dos.

A la vuelta de una gira por América Lola Flores le echó un ojo a un futbolista del FC Barcelona. Se trataba de Gustavo Biosca y no era un cualquiera. Titular en el centro del zaga durante una década, Biosca forma parte del llamado Barça de las Cinco Copas junto a Ramallets, Kubala, César o Basora. Se dice incluso que Santiago Bernabéu lo había convencido para firmar por el Real Madrid, pero el padre de Biosca, acérrimo culé, amenazó con no volver a dirigirle la palabra si dejaba Barcelona.

El caso es que Biosca tenía novia formal. Pero La Faraona era mucha faraona. Comienzan una relación secreta en la que se ven a escondidas en restaurantes y quedan para fornicar en hoteles. Si Lola tiene un brillo especial en los ojos, los profundos ojillos verdes de Biosca no dejan indiferente a nadie. Lo pasan bien, hasta tal punto que Lola adapta el calendario de sus giras para adecuarse a los compromisos de Biosca tanto en el Barça como con la selección española. Fue célebre una noche en la concentración de la selección, en la que Biosca recibió la visita de Lola e invitó a dos compañeros a espiar desde el balcón de la estancia a través de la persiana entrecerrada. Biosca les había dicho que la Lola le bailaba desnuda y ellos no le creían.

El sexo continúa durante unos meses, pero Gustavo tiene remordimientos. No puede dejar de pensar en su novia de siempre. Además, la vida de tablaos, juerga y alcohol que le impone Lola le está afectando a su carrera profesional y decide parar la relación con la folklórica. Lola Flores monta en cólera y decide pasar al ataque.

Biosca

Antes de dar su brazo a torcer y aceptar lo inevitable, Lola decide darle celos a Biosca con otro futbolista. Lo que en un principio es una simple canita al aire se convertirá en toda una relación. Una relación que escandalizará a media España y que acabará con la carrera de Gerardo Coque.

Y es que Gerardo Coque es el nombre del segundo amor futbolero de La Faraona.

Interior derecho, Gerardo Coque logro ascender con el Real Valladolid de Tercera a Primera en dos años y disputar una final de Copa ante el Athletic de Zarra y Gainza. Aunque perdió, Coque marcó en la final. Aquel Valladolid llegó a contar con siete internacionales en sus filas. No era de extrañar pues que en 1953 Gerardo Coque fichase por el Atlético de Madrid a cambio de 6.000 euros, la cifra más alta pagada hasta el momento por un futbolista de nacionalidad española (el pase de Di Stéfano al Madrid en esa misma temporada costó en torno a 8.300 euros al cambio). El Atlético firmaba a un interior de ida y vuelta, de buena técnica y muy bueno en el juego aéreo.

En la temporada 1953-54 Coque tiene un buen desempeño con el Atlético. Son 24 partidos de Liga (se jugaban 30) y anota siete goles. En la siguiente campaña son siete encuentros y la temporada 1955-56 la pasa en blanco. ¿Qué había pasado?

El huracán Lola es lo que había pasado.

Coque fue presa fácil. Estaba prometido con su novia de Valladolid (hermana del también jugador vallisoletano y luego ganador de cinco Copas de Europa con el Real Madrid Rafael Lesmes), pero retrasó la boda y entró en el torbellino de la vida de Lola Flores. No se recataban. Se les veía de noche en los cabarets de moda y más tarde en las ventas de los alrededores, donde apuraban la noche entre humo, finitos, jamón y zapateados. Coque tenía 25 años, pero no hay juventud que pueda hacer compatible esa vida con la del deportista de alto nivel.

La prensa entonces no hablaba abiertamente del tema y la cosa parece que se enfrió. Lola se fue a hacer una gira a América y regresó con un novio panameño. Biosca ya era parte del pasado y Coque pasó por la vicaría para vivir con su sufrida novia, quien fue capaz de perdonar su infidelidad. Todo iba bien, hasta que, a finales de 1954, Lola manda al negro de vuelta a Panamá y le pega un telefonazo a Gerardo. Coque no es capaz de resistir el tracatrá de Lola y reanuda el carrusel de juergas. Su mujer, antes sufrida novia, decide volver a Valladolid con sus padres y dejarlo sólo en Madrid.

Comenzó a faltar a los entrenamientos y el asunto tomó carácter público cuando el Atlético comience a expedientarlo por sus constantes ausencias. La prensa, con el recato que la época marcaba, comienza a hacerse eco del escándalo y los compañeros de Coque se movían entre los que le pedían que volviese con su mujer y los que se ponían los dientes largos escuchando las hazañas sexuales de la Lola.

Todo reventó el 26 de diciembre de 1954. Ese día se estrenaba nueva película de Lola Flores y el Atlético jugaba en casa contra la UD Las Palmas. Hubo empate a dos tantos y Coque marcó uno de ellos, pero ni así acalló las críticas. En la segunda mitad Coque apenas pudo enganchar un par de carreras y cada dos por tres ponía brazos en jarra buscando algo de oxígeno. La pitada del Metropolitano fue de las de época.

Fue la última vez que se le vio.

Lola Flores se fue a su enésima gira. A América. Allí estaría también Coque. Para justificarlo se convirtió en productor ficticio y como tal aparecía en las fotos junto a Lola Flores. El Atlético le denunció ante la Federación Española y el juzgado por incumplimiento de contrato. Cuando lo supo, Lola Flores envió de su pecunio al Atlético 50.000 pesetas, como pago de una parte de la ficha.

No era suficiente. Coque no volvería a pisar un rectángulo de juego en el siguiente año. Se enfrentaba también a una denuncia de su mujer por abandono del hogar. Una noche la policía fue a buscarle a casa de Lola, y allí le encontró escondido. La cosa no fue a mayores porque entonces no era lo mismo una denuncia de una esposa cornuda que la de un esposo cornudo.

Fue tal el encaprichamiento de Lola que preguntó a Coque cuál era su sueldo en el Atlético de Madrid. El montante sumaba 200.000 pesetas (1.300 euros anuales). Para hacernos una idea volvamos a la comparación con Di Stéfano. El as blanco ganaba entonces 4.000 euros al año, aunque al final de su carrera rondará los 25.000 (unos 200 salarios mínimos de entonces, mientras que los Mbappé de la actualidad cobran unos 15 millones de salarios mínimos). Así pues, la Lola, que nadaba en millones, se plantó en las oficinas del Atlético de Madrid con 200.000 pesetas en un sobre cerrado.

“Les compro el contrato de Coque. El Coque sólo tiene que meter goles aquí”.

Dejamos que el lector saque sus propias conclusiones sobre donde es el aquí.

El aquí de Lola.

Gerardo Coque

Pasan los meses y caminamos rumbo a 1957. Entre idas y venidas, celos y broncas, Lola se enamora perdidamente de un guitarrista gitano de nombre Antonio González y apodado El Pescadilla. Con el tiempo será el marido de Lola y padre de sus tres hijos. Así que Coque pasa a ser agua pasada. Con el rabo entre las piernas vuelve a casa y recibe el increíble perdón de su mujer (qué tiempos aquellos). Pero para obtener el perdón del fútbol es ya muy tarde. Da entrevistas en los medios esgrimiendo lesiones inexistentes para explicar sus ausencias en los campos de fútbol.

Tiene 29 años y es tarde. Muy tarde. Vuelve al Real Valladolid en Segunda y luego ficha por el Racing de Santander. Su rendimiento varía entre aceptable y mediocre. Mientras recuperaba la forma, le había alcanzado el tiempo. Remató su carrera en 1962 en la Cultural Leonesa. Sólo fue una vez internacional y apenas disputó un manojo de partidos de calidad con el Atlético, aunque dejó cientos y miles de anécdotas picantes que contar en los vestuarios y en los campos de media España.

Lola Flores escribió sus memorias. De poco se arrepintió La Faraona. Pero entre lo poco estaba Gerardo Coque. Confesó que lo había usado y que nunca había estado enamorado de él, aunque era consciente de que Coque sí que lo estaba.

“¿Sabes por qué yo siempre estoy guapa? Porque el brillo de los ojos no se opera.” Lola Flores.

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Nadal y el efecto Pigmalión

Cuentan que Pigmalión, rey de Chipre, buscó durante años a una mujer con la que casarse. Obsesionado por la perfección era incapaz de encontrar a la dama elegida, por lo que decidió crear una escultura con la que poder moldear a la mujer perfecta. Una de aquellas estatuas, a la que le puso de nombre Galatea, le pareció tan hermosa que acabó enamorándose de ella. Fue entonces cuando la diosa Afrodita, conmovida por el deseo del rey, dotó de vida a Galatea para que pudiese casarse con Pigmalión.

Los psicólogos dieron en llamar efecto Pigmalión al suceso en el que las expectativas de los demás nos llevan a tener un mejor rendimiento. La teoría fue puesta en práctica hace unos años en un instituto norteamericano. Se seleccionó a un grupo de alumnos al azar y se les comentó a los profesores que habían sacado resultados extraordinarios en unos test de inteligencia. Inmediatamente estos alumnos comenzaron a recibir de forma inconsciente un trato diferenciado, con más atención y paciencia por parte de sus educadores. Al finalizar el año, aquellos chicos ‘normales’ conseguían sacar unas notas elevadas con las que nadie contaba.

Estos mismos psicólogos dieron en llamar efecto Galatea al proceso vivido por el propio alumno. Al explicarles que eran unos alumnos brillantes (sin serlos) y viendo que sobre el agraciado se depositaban altas expectativas, el alumno en cuestión se esforzaba para tratar de corresponderlas logrando unas tasas de éxito académicas más altas a posteriori.

Perdía Rafael Nadal ante Daniil Medvedev. La inteligencia artificial le daba un 4% de opciones de triunfo a un Nadal de 35 años. Open de Australia 2022. 2-6 en el primer set. 6-7 en el segundo. En el tercero era un 2-3 para el ruso y un 0-40 con saque a favor del hijo de las estepas. Y aun así el público seguía expectante. Quizás si estuviese Djokovic delante. Quizás si el rival hubiese sido Federer. Pero no. No era ninguno de ellos. Era difícil. Nunca imposible. Y lo imposible es intrínseco a Nadal. Acostumbrados a lo inhumano, a las remontadas increíbles, todos esperábamos un resultado extraordinario de Nadal. Las expectativas del público provocaron un efecto Pigmalión en un Nadal que acabó llevándose el partido para obtener su 21º Grand Slam por 2-6, 6-7, 6-4, 6-4 y 7-5.

Al vencer en el tercer set, y aun estando dos sets a uno en contra, tanto el público que abarrotaba la pista central australiana como aquellos que veían el partido desde su casa, sabían que el favorito era Nadal. Lo sabía también Medvedev, quien comenzó a cometer errores hasta entonces inexistentes en su juego. Pero, esencialmente, lo sabía el propio Nadal. Rafa sabía las altas expectativas que se cernían sobre su tenis, por lo que se esforzó más allá de sus límites para tratar de corresponderlas. A eso se llama efecto Galatea.

Rafael Nadal ha sido un deportista excepcional catalogado por expertos, aficionados y rivales como uno de los más grandes de siempre y el mejor tenista en tierra batida que ha habido. Pero fundamentalmente ha sido un aglutinador de emociones. Rafael Nadal ha sido y será la antítesis de la cultura de la queja. Ha construido su leyenda sobre una ética de autoexigencia.

La figura de Rafa no se puede entender sin la de su tío Toni. No porque haya moldeado su juego, sino porque ha moldeado su mente. Cuando los padres de Rafa decidieron poner el futuro de su hijo en manos del tío Toni no lo fue porque éste fuese preparador físico, sino porque les prometió educación. Durante años, Toni hacía entrenar a Rafa con pelotas en malas condiciones, en pistas estropeadas y le alargaba los entrenamientos indefinidamente porque le interesaba que fortaleciese su carácter. En cierta ocasión Rafa jugaba un torneo cadete en el que perdía por 0-5 en el primer set. Su tío se acercó a él y se dio cuenta de que tenía la raqueta rota, por lo que tuvo que cambiarla. Acabaría perdiendo el partido por 0-6 y 5-7 aunque, evidentemente, su juego había mejorado. Cuando al finalizar el encuentro Toni preguntó a su sobrino porque no le había dicho que tenía rota la raqueta, Rafa contestó:

“No me había dado cuenta y como siempre estoy acostumbrado a que si pierdo la culpa sea mía no pensé que fuera por culpa de la raqueta”.

Mas deliciosa aun si cabe es la anécdota ocurrida tras ganar Rafa un torneo internacional sub-12. Le quisieron hacer una entrevista y bajó de la habitación del hotel en el que se hospedaba con pantalón corto y chanclas. Su tío le mandó de vuelta a la habitación y le exigió ponerse unas bambas y pantalón largo. Luego, tras la entrevista, viendo que Rafa estaba envalentonado, su tío le recitó el nombre de los últimos veinte ganadores de aquel trofeo infantil.

El joven Rafa apenas conocía a uno de ellos. Y apenas un puñado de aquellos niños habían conseguido llegar al circuito profesional.

Toni y Rafa

De Rafael Nadal Parera se han escrito miles de líneas sobre sus triunfos y otras tantas miles sobre su calidad humana. En las academias de tenis siempre aparece como ejemplo por su actitud, jamás sobre su tenis. Ningún profesor recomienda imitar a Nadal. A inicios de su carrera Nadal jugaba a cuatro o cinco metros de la línea de fondo abusando de fuerza física e imprimiendo un top spin a la bola imposible de replicar. Aquellos esfuerzos hercúleos llevaron a decir que su carrera sería extremadamente corta. André Agassi dijo que a los 25 estaría retirado. No fue así. Nadal ha estado presente en varias generaciones. Fue un rebelde de pelo largo con camiseta sin mangas y ha acabado siendo un dandy de cabeza lampiña entrado en años.

La enseñanza de Nadal viene tanto de sus victorias como de sus derrotas. De sus golpes ganadores, del partido del siglo en Wimbledon 2008 ante Federer o de la interminable semifinal de Roland Garros ante Djokovic en 2013. Mas Rafa también es aquel que se desliza de una rueda de prensa del US Open camino de una silla de ruedas y el mismo que llora tras ganar una medalla de oro y compartir pensión y cama con anónimos deportistas en la Villa Olímpica.

Nadal enseñó que no hay que ser un robot, que se puede ser emocional y nervioso, pero siempre concentrado.

Los tenistas jóvenes no te dicen que quieren jugar como Rafa, sino que quieren ser como él. En un país profundamente fragmentado como es España, cierto filósofo dijo en una ocasión que lo único que tenemos en común los españoles es que cuidamos de nuestros mayores y nos ocupamos de los enfermos. Pocas sociedades contemporáneas lo hacen y, al menos de momento, en la antigua Hispania aún se realiza. A pocos deportistas de élite imaginas pasando tarde de hospital con un abuelo o limpiándole el culo a una anciana madre. A Rafa sí. A Rafa Nadal te lo imaginas.

Nadal

Rafa es 14 veces París. Su esplendor está profundamente conectado al Bois de Boulogne, a la tierra de arcilla de la Philippe Chatrier. Eléctrico, magnético, gladiador incomparable y jugador inolvidable. Sufridor y ganador a partes iguales. Para los tenistas no existen escondites. Los futbolistas cuentan con Japón, Qatar o Estados Unidos. El tenista no. Nadal extendió un cheque contra su cuerpo e igual que brilló en Paris fue en Paris donde lo vimos frágil, débil y quebradizo. Pero que fue mejor; ¿verlo reinar en Roland Garros año tras año o verlo caer de rodillas ante un público entregado que le dirigió una ovación interminable en su último baile? Sólo el simple hecho de poder plantearse esta pregunta demuestra la grandeza del personaje.

Las manecillas del reloj giran incluso para los héroes. Valiente, constante, cercano, humilde, pero por encima de todo ello un extremo competidor. Un sufridor y un icono a base de apretar los dientes. Una figura tan colosal, que a media tarde del mes de junio era capaz de tapar el Sol. Rafa Nadal es el mejor deportista español sin discusión alguna y, aunque no fue tan bello como Federer ni tan perfecto como Djokovic es, sin género de dudas, el tenista que más respingones de asiento ha provocado de un lado al otro del planeta. Al gélido Federer, la aparición de Nadal le dotó de pasión y buen temple. Al compacto Djokovic, sus combates con Nadal le obligaron a ser más versátil y a usar al mismo tiempo la cabeza y la ambición. Para Rafa todo fue fe o resiliencia, esa palabra que en tiempos de secularización ha substituido a la religión. Nadal ha vivido siempre al borde del trastorno obsesivo compulsivo, como Merckx, Ali, Jordan, Phelps o Maradona, pero siempre con una buena cara, un buen gesto y con una sonrisa hacia el respetable.

Hay obras maestras de Nadal. Ante Roddick en la Davis de 2004, Coria en Roma 2005, sus noventa golpes ganadores ante Verdasco en Australia 2009, la final interminable de la misma Australia en 2012 ante Djokovic o la de los lloros de Federer en 2009. Antes de la ya citada de Medvedev en 2022 ya le había levantado un 0-2 en contra al ruso en el US Open de 2010. Fueron 92 títulos en su carrera (22 Grand Slam). Entre rodillas, espalda, pies o muñecas fueron más de treinta lesiones en su carrera. Es el cuajo psicológico le que convirtió en grande a Nadal. Es curioso que una sociedad que ha abandonado la cultura del esfuerzo, donde la abolición al mérito es cotidiana y donde la igualdad está en profundo riesgo, a la altura de 2024 un archimillonario como Rafa Nadal dé un ejemplo de pundonor, épica, sacrificio o empeño. Todo lo que queremos ser, pero no somos.

Y es que no fue ni Djokovic ni Federer. No. Ninguno de ellos fue su máximo rival. Tenía Rafa la mayoría de edad recién conseguida y todavía el casillero de Grand Slam sin estrenar cuando abandonaba en cuartos de final de Estoril por culpa de una fractura de estrés en el pie izquierdo. Müller-Weiss. Ese ha sido su máximo rival. Una enfermedad crónica que deforma el escafoides tarsiano, uno de los huesos situados en la parte media del pie y que es esencial para la movilidad del mismo. Una enfermedad que no tenía cura. Y sigue sin tenerla.

Nadal aprendió a jugar, a ganar y a vivir con dolor. Vendajes, plantillas especiales y cambios en la forma de caminar. Desafió a médicos y también a periodistas. Primero se convirtió en un experto del polvo de ladrillo y luego tuvo que volver a adecuar su tobillo a otras latitudes para poder aspirar a ser el más grande y vencer en pista dura.

E incluso eso no fue lo peor. Hombros, espalda, muñeca, cuádriceps y rodilla. Su peor pesadilla. En 2008, tras ganar un partido épico en la hierba de Wimbledon a Roger Federer, empezó a tener molestias en su rodilla derecha. Tendinitis que se convertiría en rotura del tendón rotuliano y que le mantuvo meses fuera de las canchas. Regresó para ganar Roland Garros al año siguiente, pero iniciando una costumbre que le obligó a seleccionar torneos y a finalizar su temporada en septiembre para ahorrar esfuerzos. La intensidad del mallorquín para golpear cada pelota, para correr cada centímetro de la cancha y para pelear cada punto hasta el final fueron desgastando un cuerpo que al principio parecía indestructible. Sus músculos, sus articulaciones y sus huesos le pidieron decir basta una y otra vez.

Fue entonces que apareció su fortaleza mental, la que le permitió reponerse de cada golpe, reinventarse para adaptarse al tenis de sus nuevos rivales y cuidar y preservar lo mejor posible su físico. Por lo que, si hasta 2014 Rafa Nadal fue campeón gracias a físico, técnica y mentalidad por este orden, a partir de 2016 lo fue por mentalidad, técnica y físico en sentido inverso. Sus brazos ya eran pistones alimentados por la madurez de una cabeza capaz de retomar problemas y contratiempos (desde el divorcio de sus padres, la separación profesional con su tío Toni o las dificultades de su esposa para concebir un hijo).

Así que cuando en 2023 Rafa anuncia que lo único que quiere es pasarlo bien y no lamentarse por haberlo intentado, a nadie debió sorprenderle. Él, y todos, sabíamos que no le daba para más. Ni siquiera en Roland Garros, por mucho que lo deseáramos. Lo inesperado sería que un tipo con una disciplina mental de hierro, con una dedicación espartana y con una capacidad de concentración y superación infinita no lo hubiese intentado. Ha sido un año lleno de frustraciones en los que se ha aferrado por no decir adiós. Al final el adiós ha llegado. Pero ha sido tan precioso el viaje como la agónica conclusión.

No en vano Rafa fue capaz de convertir la agonía en placer.

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“Lograr aquello que has soñado te hace feliz, pero, sobre todo, te hace feliz recordar el esfuerzo empleado para lograrlo”. Rafael Nadal.

“Lo que diferencia a Rafa no son los títulos, son sus golpes. Hace golpes que otros no hacen. A veces tengo ganas de saltar la red, pasar al otro lado y chocarle los cinco”. Roger Federer.

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Bahamontes (2ª parte)

Mi anécdota favorita sobre Bahamontes ocurrió en su último Tour. Julio de 1965. En la primera etapa de los Pirineos se deja 50 minutos con Julio Jiménez, vencedor del parcial, y está a punto de llegar fuera de control. El siguiente día, camino del Port d’Aspet, Bahamontes ataca de salida antes de alcanzar siquiera el primer kilómetro de la ruta. En la tercera curva pronunciada se coló entre unos matorrales por no apearse y abandonar a la vista de todos. Un fotógrafo lo cazó, pero Bahamontes lo mandó callar y el pelotón estuvo 20 o 30 kilómetros persiguiendo su sombra, pensando que el bueno de Fede se había escapado. Hubo de pasar cerca de media hora hasta que fue corriendo la noticia de su abandono, primero un rumor, dado que la mayoría pensaba que era un truco del astuto de Fede.

Es esa mi anécdota favorita porque no era entonces Bahamontes un crío. Contaba con 37 castañas, pero seguía comportándose como un lazarillo. La gracia de Bahamontes es que era impredecible. El caos en movimiento. Después de una gesta tocaba una vergüenza. Tras tocar fondo subía a los altares. Siempre con la queja. Siempre con el lloro. Valía más que todos sus compañeros juntos, pero no sabía pedir ayuda. No sabía lo que significaba el verbo compartir, ni conocía lo que quería decir el verbo dar.

Bahamontes era un águila en los ascensos. Un alma libre. Un verso suelto. Era un ciclista, pero desconocía como había que competir. No tenía táctica. Los primeros años de su carrera, aquellos en los que el físico era extraordinario, los perdió en batallas inútiles en el llano, naufragando en las bajadas y perdiendo minutadas en las contrarrelojes. Tras la primera semana del Tour, siete días de kilométricas etapas llanas, Bahamontes ya acumulaba media hora de retraso frente a los favoritos. Luego llegaba la montaña y Fede se exhibía coronando puerto tras puerto y saltando puestos en la clasificación general de diez en diez, ganaba una etapa, la clasificación de la montaña y ahí quedaba la cosa. No era suficiente para batir a Anquetil o a Poulidor, mucho más completos y mucho más eficientes.

Llegó entonces 1959. Semanas atrás, en diciembre de 1958, Bahamontes invitó a Fausto Coppi a una cacería con galgos en una finca toledana. Habían trabado amistad años atrás. Coppi había sido el último gran escalador, aunque ahora ya estaba retirado. Cinco Giros de Italia y dos Tours de Francia ensalzaban a Coppi quien, además de as de las cumbres, dominaba todas las artes del ciclismo y poseía un colmillo depredador del que carecía Bahamontes. El caso es que el piamontés y el manchego almorzaron migas, fueron de caza y se comieron un buen cocido. En los postres Coppi le pidió que fichase por su equipo, la escuadra de la que era director. La Tricofilina (productos capilares). Le permitió hacerse con Campillo y San Emeterio, los dos únicos gregarios en todo el pelotón que tenían afinidad para con Fede. Coppi le convenció de que podía ganar el Tour. Le prometió protección del equipo en el llano y un entrenamiento específico para la contrarreloj. A cambio solo le pidió una cosa; compromiso y mentalización. Autoconvencerse de que podía ganar el Tour.

Las célebres locuras de Fede, las del capricho de pasar el primero todos los puertos de los Pirineos para luego dejarse ir, debían quedar para mejor vida. Tenía 30 años. Era un ahora o nunca. La cosa va bien. Gana en Suiza y hasta finaliza segundo en los campeonatos de España contrarreloj. Pero hay un problema. Por entonces el Tour se corre por selecciones nacionales, por mucha tricofilina que lleves en el maillot. Dalmacio Langarica, seleccionador nacional, decide que Antonio Suárez, vigente vencedor de la Vuelta, sea el líder de la selección en el Tour. Bahamontes quedará como número dos y Loroño como gregario. Jesús Loroño, mucho más querido entre compañeros y aficionados, se rebela y exige ir como líder. No habrá cambio de planes. Loroño se queda en casa y Bahamontes irá a Francia con galones, aunque sin el apoyo de ningún compañero de equipo.

El Tour arranca en Mulhouse, cerca de la frontera con Alemania, y se corre en el sentido contrario a las agujas del reloj. Las nueve primeras etapas son llanas. Fede cumple. En la crono Jacques Anquetil le dobla pero, en vez de dejarse ir, Bahamontes aprieta los dientes y aguanta a su rueda. Cuando llegan los Pirineos está a seis minutos del líder, distancia muy asumible para El Águila de Toledo. Y lo más importante. Antonio Suárez está por detrás en la general. Bahamontes pasa a ser el jefe de filas del combinado español.

Fede

Llegan los Pirineos. Y dan calor. Al gusto de Bahamontes. Se espera toque de corneta de Fede. No lo hay. Coppi le dice que use la cabeza. Bahamontes entra en los Pirineos en decimoséptima posición de la general y sale el cuarto y líder de la clasificación de la montaña, no obstante, no hay chaladuras ni cabalgadas sin ton ni son. Pero elimina rivales tanto externos como internos. Charly Gaul, vigente ganador del Tour, pierde diez minutos. Suárez llega fuera de control en una etapa y se ve obligado a abandonar. El viernes 10 de julio hay una cronoescalada al Puy de Dôme. Son apenas 12’5 kilómetros. Con una bici de 13 kilos y sólo cinco marchas. Lo que hace Bahamontes vale tanto o más que alguna de sus locuras, como aquella del día que se sentó a comer un helado. Le mete 1’26’’ a Gaul, el mejor escalador del momento junto al toledano, 3’ a Anglade, 3’37’’ a Riviere y 3’44’´ a Anquetil. Fede se coloca líder virtual, segundo real, a cuatro segundos de un belga intrascendente que se había colocado días atrás en una escapada.

En los Alpes llueve. A Bahamontes no le gusta el agua. A Gaul sí. Llegan a un pacto. El luxemburgués se lleva la etapa y el español se viste de amarillo con cuatro minutos sobre el ogro Anquetil. Cuando salga de los Alpes serán más de nueve minutos sobre Anquetil, quien le recortará la mitad de la renta en la crono final de 70 kilómetros. Será insuficiente. Habrá paseo triunfante en Paris y eso que Bahamontes, siempre desconfiado, dormirá la noche anterior al paseo parisino con la bici al lado de la cama por miedo a que alguien, amigo o enemigo, le quiera montar una desfeita.

Es 18 de julio, fecha muy esperada entonces, no tanto por ser aniversario del Alzamiento Nacional, sino porque ese día se cobraba la paga extra del verano. Bahamontes sonríe en los Campos Elíseos. En España la gente se coloca un pañuelo amarillo en el bolsillo de la chaqueta. Federico Martin Bahamontes había ganado el Tour de Francia. Lo había hecho sin ser él mismo. Sin sus locuras. Pero había ganado el Tour. Había aprendido a correr. Era tarde. Llegó a quedar segundo y tercero en un par de ocasiones más camino de los 35 años. La pena es que no hubiese usado el cerebro siendo más joven.

Cierto. Como cierto es que, si lo hubiese hecho, no hubiese sido Bahamontes.

Camino del Puy de Dôme

“Si no me buscas en la montaña, no me encontraras nunca. Nadie de los que hay en la actualidad podría seguirme en la montaña. Yo era el mejor subiendo, pero además me echaba agua en las zapatillas por el calor, arreglaba el sillín a martillazos, me metía con 6 o 7 en una bañera después de una etapa y en los avituallamientos comía uvas pasas y pasteles de higos. Hoy el ciclismo ha cambiado para el bien del ciclismo, pero para mal del espectáculo”. Bahamontes en 2015.

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Bahamontes (1ª parte)

Al poco de fallecer, hace ahora un año, se sucedieron los homenajes, afloraron los recuerdos y brotaron los artículos periodísticos. Leídos tiempo atrás alguno siempre queda guardado en la memoria. Por bien escrito, por ameno, por saciar una necesidad cultural. Otros pueden ser divertidos. Chascarrillos. Y esos, rara vez se olvidan. Recuerdo que un periodista, si mi memoria no me falla de ‘El Mundo’, sostenía que en cierta ocasión esperaba a Fede para una entrevista en la sede principal del rotativo. Fede llegó en su Mercedes y lo aparcó en un descampado que había a escasos metros del edificio. Una vez descendió del automóvil, Fede se bajó la bragueta y se puso a miccionar en una esquina. De nada sirvió que el plumilla le incitase a entrar al calor de las oficinas y así acceder de inmediato a un urinario.

No.

Federico Martín Bahamontes mea donde le de la real gana.

La figura de Fede es tan compleja, tan poliédrica, que es difícil enclaustrarla tras unas palabras. Ni siquiera se llamaba Federico, sino Alejandro, pero comenzaron a llamarle Fede en honor a un tío suyo. Tal decisión, adoptar el nombre que le vino en gana, resume su carisma. Hizo durante toda su vida lo que salió de sus mismísimos. Corredor caótico, orgulloso, chulo, personaje irrepetible. Tuvo pocos amigos, pocos compañeros y jamás le importó lo más mínimo.

Su vida está llena de medias verdades. Caso de su amada Fermina. Matrimonio rocoso, duro como el pedernal, de los de antes, irrompible. El héroe y la amada que espera enamorada en casa. Mas al menos dos gemelas reconoció como hijas el bueno de Federico. ¿Quién podría pensar que esa soberbia con la lengua no iba a ser replicada debajo de los pantalones? Medias verdades. Como el día que se comió un helado tras coronar en solitario un puerto. Sucedió en 1954. Primer Tour de Fede. Acabará coronado como rey de la Montaña. Col de la Romeyère. En los Alpes, cerca de Grenoble. Bahamontes ataca y le saca tres minutos al pelotón. Una salvajada. Se baja de la burra y busca un pequeño bar que hay allí en el alto. Se aproxima al vendedor y exclama ¡deux boules! (¡dos bolas!). De vainilla, le dice en castellano. Y allí espera Fede a que llegue el pelotón cucurucho en mano. El pelotón llegará, bajarán juntos el col de la Romeyère y en el siguiente puerto Fede volverá a escaparse. Luego lo pagará con una pájara monumental y, por supuesto, no ganará la etapa. Ni esa ni ninguna. Acabará vigesimoquinto ese Tour. Dio igual. Su chulería, su aureola de excéntrico, su gesto deliberado de superioridad, quedará grabado para la historia.

La realidad es otra. Entonces la tierra y la gravilla son comunes a las carreteras de montaña. En medio de la subida a la Romeyère unas piedras impactan con la rueda delantera de Fede rompiéndose varios radios. Para poder mantener el ritmo, Bahamontes hubo de destensar el freno, por lo que, una vez coronado el puerto, hubiese sido una locura que Fede iniciase el descenso sin radios y sin freno delantero. Tuvo que esperar a que el coche de apoyo del equipo español apareciese con su nueva rueda. Y ahí sí, mientras esperaba, decidió tomarse deux boules de vainilla. Los periodistas inmortalizaron el momento y ni a la prensa, ni por supuesto al ego de Fede, les interesaba desmentir tan jugosa historia.

Deux boules

En Toledo no era dios. Era Padre, Hijo y Espíritu Santo. Fue ‘L’Equipé’ el que le puso el apodo del Águila de Toledo tras un reportaje que le hicieron en la capital manchega. Vieron el águila bicéfala que adornaba una de las puertas que daban entrada a las murallas de la ciudad y el símil estaba hecho. A sus 90 y pico años aun cabalgaba Bahamontes por la ciudad de las tres culturas, donde era reconocido y saludado por ancianos y niños. Siendo él chiquillo colocó una caja en una bicicleta para vender fruta y verdura que previamente robaba de carros y camiones junto a otros truhanes. Otros pillastres esperaban agazapados en un cruce, en un puente, en una empinada cuesta y era Fede el que corría calle arriba o calle abajo moldeando unas piernas que años después someterían a los Pirineos. La fruta y verdura se convertirá en metal, en metralla procedente de bombas perdidas de la Guerra Civil. Bahamontes sobrevivirá a todos, fuerte, duro, alto como roble, espigado como el trigo y siempre esquivando el infortunio. Solo una vez hubo de ser cazado. Escondido en un humedal sorteando a la Guardia Civil a punto estuvo el tifus en llevárselo por delante. Por supuesto Fede consiguió el triunfo.

Pasaba también de los noventa cuando en Toledo se le descubrió una estatua. Por supuesto la figura de bronce simula ascender una cuesta y como no podía ser de otra forma Bahamontes escogió el lugar de Toledo donde quería que fuese ubicada. Está en un mirador, en lo alto de la ciudad. Ese día Bahamontes dio un discurso largo, lleno de anécdotas y chascarrillos porque como él mismo decía “es lo que quiere la gente”. Ese era Fede, al que invitaban a uno y mil saraos. Allí estaba, con traje y corbata, y con decenas de fotos suyas en el interior de la chaqueta dispuestas a ser autografiadas. Daba igual que se la pidieses o no, porque Fede te la iba a dar independientemente de que la quisieses o no la quisieses. Y si la querías, si sabias quien era Bahamontes, si pedias su autógrafo y le recordabas alguna batallita, entonces Fede se señalaba en la foto y luego señalaba al que pedaleaba detrás suya, Gaul, Anquetil, Loroño, el que fuese, para luego añadir: “¿Ves? Yo siempre iba delante subiendo, los demás iban detrás”, para luego soltar una carcajada.

Fede para la posteridad

Bahamontes ganó el Tour de 1959 y fue rey de la Montaña tanto en el Giro como en la Vuelta como en el Tour. En Francia, en la madre de todas las carreras, el de Toledo se coronó como mejor grimpeur hasta en seis ocasiones. Cuando el Tour celebró su centenario en 2013 la organización designó a Bahamontes como el mejor escalador en la historia de tan magna prueba. En su época Bahamontes rivalizó con el luxemburgués Charly Gaul, más regular que Fede, pero sin el punto de magia del toledano. Gaul ya no estaba vivo en 2013, pero si el belga Lucien Van Impe, quien en los 70 también vitoreó seis veces en la montaña y logró ganar un Tour. El belga idolatraba a Bahamontes. Eran otros tiempos. Épocas en los que los grandes se daban guantazos para ganar la clasificación de la montaña. Luego Richard Virenque superó a ambos y logró siete entorchados cuando solo los escapados y las medianías luchaban por el maillot de lunares. Aquello indignaba por igual a Van Impe que a Bahamontes.

Bahamontes decía que el hambre le hacía volar. Como cuando robaba fruta para venderla de estraperlo. Fue un niño del hambre. Nació en 1928. Su primera bici no tenía cambios. Era un medio de transporte, pero un día se apuntó una carrera y la ganó. Vio que eso le daba de comer y se dedicó a recorrer España en bici (literalmente) para ganarse unos cuartos. Subiendo no había quien le tosiera. Tenía un latigazo, un cambio de ritmo endemoniado al que nadie podía seguir. Era listo, pillo, y vio que eso le daba fama y repercusión. Atacaba en cada puerto y pronto comprobó que su popularidad se convertía en portadas de periódicos.

Tuvo muchos rivales. Bobet, Anquetil, Poulidor. Todos mejores que él. Mejores ciclistas. Más completos. Con cabeza. Bahamontes era pollo sin ella. Ni contrarelojeaba ni llaneaba. No tenía táctica. No tenía plan. Pero en la montaña solo Charly Gaul, El Ángel de las Montañas, era capaz de seguirle, especialmente bajo el agua. Y con todo el gran rival de Fede fue uno mucho más mundano, el vasco Jesús Loroño. Loroño es cálido y amable. Bahamontes es solitario y tacaño. En la Vuelta de 1956 Loroño había perdido la carrera contra un semidesconocido italiano por 13 segundos. En la etapa decisiva había conseguido dejarlo, pero Bahamontes, quien era compañero de equipo de Loroño, se puso a perseguirlo llevándose al italiano a su rueda. En su defensa dijo que lo único que buscaba era la victoria de etapa, pero aquello no tenía ni pies de cabeza.

Así que en el 57 Bahamontes corre solo. Le hacen el vacío, pero Fede es libra por libra mejor que Loroño. Ataca en Pajares, gana y se pone de líder, pero nadie quiere que gane, En Tortosa, en una etapa insulsa y llana, Loroño ataca junto a un compañero. Bahamontes salta tras él, pero Luis Puig, seleccionador nacional (entonces se corría por países) se pone con su coche delante de Fede impidiéndole el paso. No solo eso, sus compañeros toman partido por Loroño y amenazan a Fede con tirarlo al suelo si decide perseguirlo. Bahamontes perderá la Vuelta y romperá a llorar al llegar a meta. Loroño, más alto y más fuerte, lo cogerá por la pechera mientras lo amenaza con partirle la cara si sigue llorando. Fede escapará corriendo al hotel mientras sus compañeros, que son los mismos que los de Loroño, no paran de partirse el culo de risa ante lo sucedido.

Loroño siempre lo hizo mejor en la Vuelta que Bahamontes, pero siempre fracasó cuando tocaba dar la vuelta por Francia allá en el mes de julio.

Bahamontes fue un inspirador, el espejo de tantos ciclistas españoles. Fue referente de la España del hambre, de héroes hechos a sí mismos que cruzaban los Pirineos como quien antes intentaba cruzar el Atlántico. Dicharachero con sus ocurrencias, su facilidad de palabra adornaba sus hazañas, hazañas que, por supuesto, eran siempre exageradas.

Bahamontes no tenía gregarios. Era un ave solitaria. Contaba con San Emeterio y Campillo. Los demás no podían ni verle delante. Siempre se quejaba. Siempre lloraba. A veces con razón y a veces sin razón. En el 64 camino de Toulouse. Tour. El día anterior hubo jornada de descanso. Jacques Anquetil, líder de la carrera, se había pegado una mariscada de padre y muy señor mío. Bahamontes arranca nada más empezar el puerto andorrano de Envalira. Corona con varios minutos de ventaja. Pone el Tour patas arriba. Pero Anquetil tiene amigos y Bahamontes no. El pelotón tira fuerte para acercar a Jacques. Los coches de la organización hacen de pantalla para parar el viento. Llegaron todos juntos a Toulouse ante la rabia de Fede.

Fede se queja, pero no guarda rencor. Tenía una agenda telefónica con los contactos de Coppi, Anquetil, Bobet… gente fallecida hace mucho tiempo atrás. Es nostalgia. También fanfarronería. Yo conocí a tal. Yo le gane a cuál. Yo soy amigo de éste.

A Bahamontes lo nombró el Tour el mejor escalador de la historia. “Charly Gaul iba como una rana bajo la lluvia, casi subía tanto como yo”, decía siempre con una sonrisa socarrona. Bahamontes, como Gaul, como Anquetil, se dopaba. Pero no con pastillas. Eso no se llevaba. Lo de Fede era café cargado a tazas y coñac con agua del Carmen en el bidón. Bahamontes también fue el primero que dio una vuelta de honor al Bernabéu subido a una bici y eso que siempre fue seguidor del Barça.

Bahamontes, en fin, era único y su historia bien merece capítulo aparte.

Continuará.

El Águila de Toledo

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