España

Historia contrafactual de la Eurocopa 2008

España había hecho un buen partido. Un muy buen partido. El mejor de aquella Eurocopa. El cuento de siempre. El dominio había sido español de principio a fin. Italia se dedicó a contemporizar y a buscar su ‘kairós’, su momento oportuno. Hubo infinidad de ocasiones durante todo el encuentro, un par de decisiones más que controvertidas del árbitro y unas cuantas manos salvadoras de Buffon. Así se llegó a la prórroga con empate a cero. Ambos equipos esperaron agazapados a que los espantosos penaltis hiciesen su aparición. Dani Güiza falló el cuarto. Iker Casillas fue incapaz de atajar el lanzamiento de Di Natale. Cuando Cesc mandó a un costado el quinto y Buffon adivinó sus intenciones, la suerte estaba echada.

Italia se clasificaba para las semifinales de la Eurocopa de 2008 de Austria y Suiza. España quedaba eliminada en cuartos de final. Otra vez. Otra de tantas veces.

No habría fin del maleficio. Ni lluvia de oro en Sudáfrica.

Los jugadores cariacontecidos pasan por zona mixta. Palabras vacías. Jugamos como siempre y perdimos como nunca. Ah, no, no. Al revés. Jugamos como nunca y perdimos como siempre. Por la sala de prensa pasa Luis Aragonés. Se le estaba esperando cuchillo en mano. La sangre llegará al rio, inundará el mar y provocará un maremoto allá a donde llegue. A Luis hace mucho que se le tienen ganas. Se le espera desde aquella tarde en Suecia en la que le puso una cruz a Raúl González Blanco, el ‘7’ de España. Los periodistas ensayan un monográfico. ¿Va a dimitir? La respuesta es una patada a seguir, pero en su interior Luis sabe que está sentenciado. No hay más preguntas. Bueno, las hay. Pero son idénticas. Cambia la letra, pero es la misma música. Aragonés no explota por vete tú a saber qué. Está apuntito. Mordedura continua de labios. Pero aguanta. En el fondo aquello no cambia nada. Su idea era ya dimitir pasase lo que pasase. Aunque España hubiese ganado la Eurocopa. Estaba quemado y cansado, pero no era el momento de decirlo. No pensaba darle ese gustazo a los plumillas.

Esa noche Ángel María Villar pasa por los micrófonos de la COPE para ser entrevistado por José Antonio Abellán. Considera un buen resultado llegar a cuartos de la Euro. En el fondo es lo habitual y el rival era Italia, vigente campeón mundial. Sin embargo, Villar deja entrever que el ciclo de Aragonés se da por finalizado. En la SER José Ramón de La Morena y Paco González excusan a Luis de la derrota y claman por la inconsistencia, las corruptelas y la falta de proyecto de Villar, el cual lleva tres décadas en la poltrona.

No es sorpresa que apenas cuatro días más tarde Luis Aragonés comparezca ante los medios de comunicación para presentar su dimisión. Lo hace en soledad, sin más compañía que la de su segundo, José Armando Ufarte. No hay nadie de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) presente en el acto. Ni la hay ni se le espera. Luis se marcha con elegancia y deja una reflexión en el aire que será la comidilla de tertulias periodísticas y charlas de bar el resto del verano.

¿Qué es lo que queremos ser? ¿Toro o torero?

Es cierto que Luis Aragonés fue canterano del Real Madrid?
Luis Aragonés

Fuera César Luis Menotti el que acuñara esa expresión unas cuantas décadas más atrás y pronto el siempre hábil Jorge Valdano la hizo suya. Y es que ese era el sempiterno problema de España. Un país cuyos futbolistas han sido históricamente técnicos y pequeños y con gusto por el juego de ataque, pero a los que siempre se les ha exigido pundonor, sacrificio y portento físico. Las legendarias hazañas de la ‘Furia Roja’, del Athletic de Zarra o del Madrid de Di Sréfano configuraron el arquetipo. Jugador valiente, atrevido y técnico, capaz de levantar al público de sus asientos tanto a través de la finta como tras una entrada en área propia.

Esa dicotomía que encumbraba a los Butragueños de turno a la vez que los hacia sospechosos de indolencia, fue siempre la realidad de la selección española de fútbol. ¿Toro o torero? ¿Furia o técnica? ¿Catenaccio o jogo bonito?

Cuando Luis Aragonés es elegido seleccionador nacional en 2004 lo tiene claro. España tiene que ser torero. Las categorías inferiores de la selección llevan años logrando títulos a base de técnica y de un fútbol ofensivo de posesión. Así es como debe manejarse la absoluta. O así cree Aragonés. Pero es comulgar con ruedas de molino. Tiene que tener paciencia. Su revolución es inexistente, hasta que la pronta eliminación en el Mundial de 2006 le da la excusa para hacer lo que verdaderamente está deseando plantear.

Cuando en el primer partido tras el Mundial, un encuentro clasificatorio para la Eurocopa de 2008, España se estrelle en Belfast ante Irlanda del Norte, Luis Aragonés dará un volantazo de 180 grados. Michel Salgado, Cañizares y Raúl no volverán a jugar con ‘La Roja’. Los tres representan al toro y nunca al torero. Lo de Raúl será un debate nacional, especialmente cuando apenas un mes más tarde España vuelva a caer con estrépito, esta vez en Suecia. Fernando Torres y David Villa, los elegidos para la punta de ataque, serán incapaces de tirar a puerta.

Aquello se había zanjado con una rueda de prensa conjunta en la que Raúl pedía paz y daba su bendición a regañadientes a Aragonés. Con esa calma chicha se había llegado a la Eurocopa, pero estaba claro que la eliminación en cuartos ante Italia iba a cambiar nuevamente el ‘statu quo’.

Otra vez tocaba empezar de cero.

Raúl González, el '7' de España - Tribuna Madridista
Raúl ‘el 7 de España’

Tras la Eurocopa había que iniciar el camino de clasificación para el Mundial 2010. Sería en La Condomina murciana ante Bosnia. Pero antes habría que encontrar seleccionador. La terna estaba entre cuatro candidatos; Vicente del Bosque, Quique Sánchez Flores, Joaquín Caparrós y Juande Ramos. Aunque el verdadero sueño de la RFEF, y de buena parte de la prensa, era convencer a Rafa Benítez, por entonces con una relación de vino y rosas con el Liverpool FC. Benítez tenía pedigrí madridista y llevaba una década triunfando a base de orden y disciplina primero en España y más tarde en Inglaterra. Se contactó con el madrileño, pero amablemente declinó la invitación.

Lo de Vicente del Bosque era una boutade financiada con apoyo mediático del Grupo PRISA. Estaba claro que, tras haber sido torero, ahora tocaba ser toro. Como cualquier plan de estudios o económico que se precie, toca cambio con cada legislatura. Villar, apoyado por sus acólitos de la prensa, estaba a favor de volver a la mano dura. Gustaban, y mucho, el par de pelotas de Caparrós, pero el sevillano estaba entonces dirigiendo al Athletic. A Caparrós le iba la marcha. Estaba loco por coger el mando de ‘La Roja’, pero Caparrós, aparte de dos pelotas, era hombre de palabra. Tenía contrato con el Athletic y deseaba cumplirlo.

La opción fácil era Sánchez Flores. Estaba sin equipo, era joven y contaba con buena prensa. Pero su trayectoria se limitaba a una buena temporada en Getafe y luces y sombras en Valencia. Conseguir a Juande Ramos era más factible. Tras triunfar con el Sevilla FC había rescindido unilateralmente su contrato para firmar con el Tottenham en 2007. Había logrado ganar la Carling Cup con los londinenses en la temporada 07/08, pero el curso liguero había resultado irregular. Juande tenía un pie fuera de White Hart Lane.

Es por eso que no fue demasiado difícil conseguir un acuerdo satisfactorio con el Tottenham que se libraba del carísimo contrato de Juande. Harry Redknapp pasaba a ser técnico de los Spurs y Juande Ramos sería el nuevo seleccionador español.

Qué fue de Juande Ramos, el ex jugador y entrenador de fútbol? - Televisión  - COPE
Juande Ramos

La revolución es inmediata. Hay cinco notables bajas respecto a los que habían sido convocados para la Eurocopa. Son Marcos Senna, David Villa, Cesc Fábregas, Jesús Navas y David Silva. Juande mantiene el núcleo, pero vuelve a convocar a David Albelda y a Joaquín, quien pega una rajada monumental contra Luis Aragonés, llama a Javi Navarro, uno de sus pretorianos de cabecera, convoca al navarro Raúl García, al catalán Raúl Tamudo…y también a Raúl González Blanco. El ‘7’ del Madrid, el ‘7’ de España.

La cosa sale bien y se gana con suficiencia a Bosnia. En realidad, el grupo de clasificación de España para el Mundial no es excesivamente complicado y tan sólo inquieta la presencia de los siempre irregulares turcos. España logra la clasificación con claridad a pesar de una derrota en Estambul y un sorprendente empate en Coruña ante Bélgica, pero lo trascendental no es lo qué sino el cómo. Si la España de Aragonés había jugado con cinco jugadores puramente ofensivos por delante de Marcos Senna, la de Juande Ramos apuesta por un 4-2-3-1 con notables precauciones defensivas.

Así, si en aquel fatídico empate ante Italia del 23 de junio de 2008 habían jugado Casillas; Ramos, Puyol, Marchena, Capdevila; Senna; Iniesta (Cazorla), Xavi (Cesc), Silva; Villa y Torres (Güiza); para el 16 de junio de 2010, en el primer partido del Mundial 2010, Juande Ramos decidió alinear a Casillas; Azpilicueta, Ramos, Puyol, Fernando Navarro; Albelda, Xabi Alonso; Joaquín, Raúl García, Raúl y David Villa.

Juande había vuelto a convocar a Villa y le había dado el puesto de ‘9’ colocando a Raúl en una banda ejerciendo de capitán espiritual del grupo. Fernando Torres era suplente al igual que Xavi e Iniesta, en una decisión que provocó ríos de tinta en la prensa catalana. Más polémica había sido la exclusión de la lista de Sergio Busquets, que había completado una gran campaña en el Barça y de Pedrito, que había hecho lo propio bajo el patrocinio de Pep Guardiola. A Piqué ni estaba ni se le esperaba, dado que jamás había congeniado con el seleccionador. En la convocatoria sorprendía la entrada del delantero del Getafe CF Roberto Soldado en lugar de Juan Mata y también de Álvaro Negredo, quien había anotado 11 goles con el Sevilla FC aquella campaña. Otro acalorado debate recalaba en quien debía ocupar la portería, dado que Pepe Reina había disputado los dos partidos amistosos previos al Mundial en lugar de un irregular Iker Casillas.

Finalmente Casillas fue de la partida, tal y como acabamos de escribir. España ganó en un partido horrendo a Suiza con gol de Soldado a escasos minutos del final. Después venció a Honduras con tantos de Villa y Raúl García. El problema es que en el último partido del grupo Chile venció con claridad a España (1-3), en un duelo en el que Juande decidió dar descanso a varios titulares y dar una oportunidad a Xavi, Iniesta y Torres.

Las críticas fueron feroces por el tropiezo, culpando de falta de sangre a los sustitutos. El desliz mandaba a España por el lado complicado del cuadro. Chile sumaba seis puntos al igual que España, pero contaba con mejor diferencia de goles. Por lo que en el cruce de octavos tocaba jugar ante Brasil. Juande Ramos repitió el mismo once que en el encuentro inaugural ante Suiza. Tan sólo Arbeloa sustituía a Azpilicueta quien debía cumplir sanción. España planteó un partido al contraataque. Se parapetó atrás y jugó a la defensiva. Las dos, tanto España como Brasil, pecaban de vacas sagradas y de falta de ambición, pero la lógica dictaba que tendría que ganar aquella selección que apostase por tener el balón. España dejó todo a expensas de la escasa imaginación de Raúl García y ni Villa tuvo espacios ni Raúl era el más indicado para jugar a la contra. Cuando Luis Fabiano y Kaká pongan el 0-2 en el marcador, Torres, Cesc y Soldado saldrán en busca de un milagro que no llegará. Iniesta, sentenciado por su escaso rendimiento ante Chile y por sus continuos problemas de cuádriceps, no llegará ni a calentar.

España quedaba eliminada del Mundial en octavos de final.

Kaká recuerda el éxito de Brasil en 2002: "No teníamos una idea precisa de  la magnitud" | Flashscore.es
Kaká, verdugo español

Semanas más tarde Raúl anunciaba que se retiraba de la selección nacional. Contaba con 33 años. No solo dejaba ‘La Roja’ sino que comenzaba una nueva aventura en Alemania, en las filas del Schalke 04. También anunciaba su retirada de la selección Carles Puyol. Apenas sumaba 32 primaveras, pero ya había dicho antes de viajar a Sudáfrica que su cuerpo había dicho basta y que tocaba descansar durante los veranos.

Quizás el relevo de Puyol pudiese ser Gerard Piqué. Y pudiese ser, ya que tras la destitución de Juande Ramos tocaba buscar nuevo seleccionador. En este caso el elegido fue Rafa Benítez que acababa contrato con el Liverpool FC y no iba a ser renovado por los ingleses. Esa temporada había sido horrenda y la luna de miel de Benítez en la Premier tocaba a su fin.

Con Benítez habría que afrontar otra fase de clasificación para la Eurocopa en la que nuevamente España tendría que partir como toro a la espera de que alguien tuviese arrestos para convertirla en torero y los resultados refrendasen el cambio de apuesta.

Y mientras a seguir sufriendo y a seguir cayendo eliminados en cuartos de final.

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Compró por entonces Luis Ocaña un pastor alemán. La vida le sonreía. Tenía casa propia. A la finca le había puesto de nombre Orcieres-Merlette en honor a aquella calurosa tarde de julio de 1971. Tenía un hogar, una familia y, ahora también, un perro como mascota. No lo dudó. Le puso de nombre Merckx. Lo tenía clarísimo. Le gritaba a todas horas. ¡Ven a mis pies! ¡Merckx soy tu dueño! ¡Merckx túmbate! Hoy diríamos que Ocaña tenía un TOC. Estaba obsesionado. Estaba trastornado. Estaba encantado. Podía mandar en Merckx y Merckx le obedecía.

Para 1973 Eddy Merckx decide no correr el Tour. Quiere ganar la Vuelta a España. Es la única de las tres grandes que no tiene, más que nada, porque nunca la ha corrido. Por entonces Giro y Vuelta se solapaban en primavera y el prestigio de la ronda italiana era infinitamente superior a la de la carrera hispana. Merckx decide correr (y ganar, porque Merckx no corre para ser segundo) la Vuelta y el Giro. Entre la finalización de una y el inicio de la otra hay tan sólo cinco días de diferencia. Una locura.

Para asegurarse la presencia de ‘El Caníbal’, la organización de la Vuelta decide hacer un recorrido amable y así Merckx se anime a acudir. La idea es que regule sus fuerzas y pueda asaltar el Giro en plenitud de facultades. Se introducen muchos sprints bonificables, donde la punta de velocidad de Merckx y el buen hacer del equipo Molteni le facilitaran las cosas. Ganará la Vuelta con 3’46’’ sobre Ocaña, siendo mucho más conservador que de costumbre. Fue la única vez en la historia de la Vuelta en la que ha habido tres ganadores del Tour en el pódium (Merckx, Ocaña y Thevénet).

Ocaña lanzó sapos y culebras por la boca. Si su exhibición en Orcieres-Merlette y su posterior caída en Menté le habían colocado en el santoral de los españoles, de repente tras esa Vuelta volverá a ser considerado francés. Ocaña. Español en Francia y francés en España. Despotrica contra la organización por apoyar con el trazado a Merckx y a los aficionados por animar al belga. “La carrera está preparada para Merckx. Sin cuestas y con bonificaciones. Solo falta que le pongan segundos a la puerta del hotel”. Eddy contesta. “Los sprints están para todos, sólo tiene que aprovecharlos”. En el pódium de San Sebastián (si, San Sebastián, entonces no se acababa en Madrid) la cara avinagrada de Ocaña es de las que quedan en el recuerdo. Años atrás en una Paris-Niza, Merckx pasa silbando al lado de Ocaña. “Silba, silba, que un día silbaré yo”, dicen que dijo por lo bajo el de Cuenca.

El caso es que, tras ganar la Vuelta, Eddy Merckx gana el Giro del 73 en otra hercúlea exhibición y, aunque recibe muchas presiones externas, decide tomarse el mes de julio como descanso. No correrá el Tour.

Es la oportunidad de Luis Ocaña.

En la primera etapa un perro se cruza delante del pelotón. Y Luis Ocaña se cae. Pero esta vez no. Esta vez no. Se viste de amarillo en la séptima etapa camino de los Alpes. No soltará la sagrada prensa. Su mujer lo acompaña día tras día preparándole tisanas para sus recurrentes problemas respiratorios. Pero es otro Ocaña. Sin Merckx, corre más relajado. Su pedaleo resulta hermoso, bello. Su victoria es exuberante. Gana seis etapas y deja a Bernard Thevénet, segundo clasificado, a más de quince minutos. Ocaña arrasa. Ocaña gana a lo Merckx.

Les Orres, Tour 1973: El gran choque de Ocaña y Fuente - Ciclo21
Fuente (i), Thevénet (c) y Ocaña (d)

En aquel Tour, en su Tour, ese del que ahora se cumple medio siglo, sólo se dio un capricho. Moutiers-Les Orres. 237 kilómetros. Telégraphe, Galibier, Izoard y Les Orres. Se van José Manuel Fuente ‘Tarangu’ y Ocaña. Si el conquense era terco, el asturiano era, si cabe, aún más tozudo. Ocaña le propone un acuerdo. La etapa para ti, la general para mí y si tu equipo me echa una mano en el llano yo os dejo ganar todas las etapas que queráis. El Tarangu dice que no. Al loco ni agua. Porque Fuente llamaba loco a Ocaña. El novelista Marcos Pereda dejó escrito que eso era tan irracional como que Miliki llamase payaso a Fofó. El caso es que los dos locos no se ponen de acuerdo. Quedan 150 para meta. Fuente ataca veintiuna veces. ¡21 veces! En todas respondió Ocaña. A la vigesimosegunda el niño del hambre, el niño de mirada taciturna, puso en marcha la burra. Luis Ocaña se fue sólo. Fuente llegó a un minuto, Thevénet a siete, Zoetemelk, sexto en la etapa, a más de 20 minutos. Es un exterminio. Ocaña acaba tan cansado que llega al hotel y se queda dormido con el maillot amarillo con el que es investido en el pódium.

Pero Ocaña no es feliz. Ocaña no está eufórico. Puede que haya ganado el Tour de 1973, pero su Tour era el de 1971. Meses después de su victoria, en julio del 73, tiene lugar el Campeonato del Mundo de Ciclismo en Barcelona. Ocaña es bronce. Irradia felicidad. Mas que en el Tour. Se gana la plaza en el pódium por delante de Merckx al que supera en el sprint y quien finaliza cuarto. El oro es para Gimondi. El italiano aprovechó mucho mejor sus oportunidades y su currículo brilla más que el español. No es así en el corazón de los aficionados. “Siempre salgo a ganar, no estoy satisfecho”, dice a la prensa. Pero sus palabras no acompañan a sus gestos. Es una derrota dulce.

La temporada acaba y toca correr un critérium en Bélgica. En el avión, camino de Bruselas, Merckx y Ocaña comparten asientos. Hablan. Hacen las paces. Nunca fueron íntimos, pero si enterraron el hacha de guerra. Al llegar a tierra se van de copas. Al día siguiente había carrera. Ganó Merckx, quien si no. Pero por la noche no. Por la noche ganó Ocaña. “Siempre me ganó en la carretera, pero nunca me ganó tomando copas”, diría una vez retirado Ocaña sobre Merckx. Y es que Luis Ocaña tuvo una inmensa suerte y una enorme desgracia. Eddy Merckx. Merckx le privó de la gloria, pero sin Merckx jamás hubiese exprimido su talento.

Aquellas peleas de Merckx y Ocaña: sobre Orduña, Torrelavega y la Vuelta de  1973
Ocaña ataca a Merckx. Vuelta 73

Llegamos así a 1974. El año de la verdad. Ocaña contra Merckx. Los dos últimos ganadores del Tour frente a frente. Pero no fue así. Ocaña corre la Vuelta con sus eternos problemas respiratorios. Tose. Hace frío. Va a peor. Debe abandonar. Pero no abandona. Queda cuarto. Y queda tocado. No corre ninguna carrera hasta que reaparece a escasas semanas del Tour. Y entonces se cae. Ocaña siempre se cae. No correrá el Tour. Merckx gana el quinto. Se puso líder el primer día y le metió una minutada a Raymond Poulidor, segundo en la general a sus 38 años.

Y ese fue el fin. El Bic prescindió de Ocaña cansado de pagarle a un corredor que siempre estaba enfermo o lesionado. Ocaña vuelve a España y firma por el modesto SuperSer. Le dio para hacer otro pódium en la Vuelta y fin de la historia. Abandonó en el Tour del 75 y en el 76 quedó decimocuarto. Ese año brilló por última vez. En una etapa de los Pirineos decide tirar de orgullo y hacerle decenas de kilómetros a Lucien Van Impe mientras el belga va camino de ganar el Tour. ¿Por qué? Porque así le hacía la puñeta al otro aspirante, a Joop Zoetemelk, aquel neerlandés chuparuedas que se había caído encima de Ocaña en aquella cerrada curva de izquierdas bajando el Col de Menté.

Genio y figura.

El ocaso de Ocaña es aceleradísimo. Con 32 años está retirado. Está jubilado y tiene toda la vida por delante. Compra unos terrenos en Caupanne. Son 60 hectáreas. Instala una piscina en la finca y levanta los azulejos con sus propias manos acabando con un corte atroz que lo lleva a urgencias. Le dicen que contrate a unos profesionales y se niega en redondo. ¿Qué pensaría su padre? Dicen los que lo conocen que es más feliz que un niño con zapatos nuevos. Es el triunfo de su vida. Tiene casa y tierras. Ha conseguido lo que siempre había soñado. Lo que nunca había logrado su padre. Pero todo es un paripé. Luis no es feliz. Luis nunca es feliz.

Decide dedicarse al armagnac. Todos le dicen que está loco. Que el tiempo del cognac y del armagnac ha pasado. Que son bebidas que no interesan a los jóvenes. No hace caso. Se mantiene rebelde. Como siempre había sido y como siempre será. Llama a Merckx. Le pide ayuda para importar armagnac gracias a su nombre en Bélgica. Eddy acepta. Pero ni Eddy puede levantar un imposible.

Un temporal arrasa con las viñas. Durante tres años no se podrá cultivar. Y no tiene seguro. Luis no había asegurado las viñas. ¿Luis Ocaña con un seguro? No, gracias. Debe volver. Lo hace como director deportivo. Fracaso absoluto. Lo hace como comentarista radiofónico. Clarividente, pero demasiado sincero. Despotrica sin ton ni son. Se gana enemigos en cada esquina. Habla de Franco y asegura que el futuro de Francia es Le Pen.

Y luego está Merckx. La sombra de Merckx. “Nunca te perdonaré que no corrieras el Tour del 73”, le suelta cada vez que coincide con él. “Le doy más valor a lo que hice en el 71 que a la victoria del 73”, dice, melancólico, micrófono en mano. Merckx. Merckx. Siempre Merckx.

Tristón, mustio y abatido, Luis se consume por dentro. Tiene un accidente de coche. Tiene que ser hospitalizado. No pasa de susto, pero durante el susto le hacen una transfusión de sangre. Problema. Hepatitis C. Ocaña se hunde. Su mujer no lo reconoce. Es incapaz de animarlo. Los ataques de ansiedad son constantes.

Una mañana uno de esos ataques zozobra su existencia. Su mujer tiene miedo. Viene su médico de cabecera y también un par de agentes. Porque es un intento de suicidio. Y si es suicidio tiene que acudir la gendarmería. Lo tranquilizan. Su mujer pide internarlo. El médico le dice que no ha sido nada.

Dos días después, la mañana del 19 de mayo de 1994, a Luis Ocaña le da otro ataque de ansiedad. “Yo no pienso pasar mis últimos días sufriendo como mi padre”, cuentan que le dijo a su mujer. Su padre y Merckx. Merckx y su padre. Los demonios de su vida. Su mujer consigue tranquilizarla. Su mujer aprovecha para llamar al médico, pero Luis ha cortado el cable del teléfono. No hay móvil. Estamos en 1994. Pero hay una línea fija inalámbrica. Josiane, que así se llamaba la esposa de Luis, convence a su marido para que se retire a descansar a su despacho. Mientras, corre en búsqueda del inalámbrico. Llama al médico, pero llega tarde. Todo ha sido una artimaña de Luis. Como aquella vez que atacó a Merckx cuando pinchó una rueda. Ocaña lo tenía todo preparado. Aprovechó la ausencia de su mujer para descerrajarse un tiro en la sien.

Luis Ocaña, el español de Mont de Marsan, se suicidaba en el despacho de su casa antes de llegar al medio siglo de vida.

Luis Ocaña fue español en Francia y francés en España. Fue un incomprendido. Un ciclista incontenible y una persona insatisfecha. Ocaña era un orgullo desmedido incapaz de aceptar sumisión alguna. Nunca quiso que lo reconocieran como vencedor, sino como luchador. Esa obsesión fue su grandeza, pero también su condena.

CapoVelo.com - Luis Ocaña
Puro ciclismo

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Los demonios de Ocaña (1ª parte)

1968 era el primer año como profesional de Luis. Aquel verano se dio a conocer logrando la victoria en el Campeonato de España. Obteniendo el jersey con la rojigualda, Luis volvió a cruzar los Pirineos y se encaminó a Mont de Marsan. Allí, equidistante de San Sebastián como de Burdeos, se consumía el señor Ocaña, el padre de Luis. Un cáncer lo absorbía, pero antes de hacerlo su hijo le puso en el regazo aquel maillot con la bandera española. Llorando, Luis recibió de su padre un simple gesto de afirmación con la cabeza. Era un gracias, un orgullo y una felicidad a partes iguales. Días después el padre de Luis Ocaña fallecía.

Luis Ocaña fue francés en España y español en Francia. Aquello le desquició de por vida. Había sido descubierto por Pierre Cescutti, un ex ciclista y un tipo con vida de novela. Cescutti formaba parte del batallón que entró en el Nido del Águila de Hitler escasos días antes del fin de la II Guerra Mundial. Cescutti no puso su vida en peligro, ni pegó un tiro, ni intentó quedarse para el recuerdo con algún enser del Führer. Cescutti se atrincheró en la bodega de la casita de Berchtesgaden y se pilló una cogorza de campeonato mientras los demás jugaban a ser héroes. El caso es que Cescutti habló con su amigo Antonin Magne, doble vencedor del Tour y entonces director del equipo Mercier, para meter en sus filas a Ocaña. Magne le dijo que vale, que sería gregario de Raymond Poulidor y que habría que nacionalizarlo francés. Ocaña dijo que naranjas de la china. Él no iba a ser el segundo de nadie y ni de coña se iba a nacionalizar francés. Sus otros tres hermanos acabarían haciéndolo con el tiempo. A Luis jamás se le pasó por la cabeza.

“Soy más español que Franco”, diría en cierta ocasión.

Luis Ocaña había nacido en Priego, un pueblecito del norte de Cuenca, en 1945. Tiempo de miseria y hambre. A los seis años a su padre le dan un trabajo en una central hidroeléctrica en el valle de Arán y allí se van los seis miembros de la familia. Era republicano. Y lo putearon todo lo que pudieron. Todos eran pobres, pero los Ocaña incluso eran un poco más pobres. Contaba Luis que no supo lo que era una merienda hasta que tuvo doce años, momento en el que sus padres decidieron cruzar la frontera por el puerto del Portillón y buscar una vida mejor. Luis lo cruzó con la cabeza gacha, tímida, y la mirada perdida en busca de las estrellas. Esa mirada acompañó a Luis Ocaña toda su vida. La mirada del desgraciado, del que avergonzado pide perdón allá por donde pasa. Morenísimo, su cuello era propenso a las collejas. Con los años aquella cara de lelo acabará siendo ocultada por unas soberanas patillas.

A los catorce Luis entra como aprendiz de ebanista en Mont de Marsan donde se instala la familia. Es entonces cuando dos días a la semana pasa a entrenar con una bicicleta que le compra Cescutti admirado por el talento del chaval de Priego. A Cescutti le cuesta horrores convencer a su padre para que le permita ser ciclista. Todo se definirá cuando Luis le tire un hacha a la cabeza al capataz de la carpintería al negarse a aceptar una orden. Severo, su padre jamás se lo perdonó. Ocaña nunca acató la autoridad. Ni la de sus jefes ni la de su padre. Con su progenitor nunca tuvo buena relación, aunque siempre lo admiró por su tenacidad. Lástima que el padre no viviese lo suficiente para ver que su hijo tenía el mismo par de huevos que su progenitor.

Porque Luis Ocaña no iba a aceptar la autoridad de nadie. Tampoco la de Eddy Merckx.

Tour de Francia: Victoria de Ocaña en Puy de Dome | RTVE Play
Ocaña (rojo) y Merckx (amarillo)

Luis Ocaña se hizo profesional con el equipo español Fagor. Lo hizo por razones sentimentales, pero también entendía que tenía más opciones de destacar y de progresar en el mercado hispano. En 1969 corrió su primer Tour, hecho que también haría Eddy Merckx. Como finalizó ese Tour marca lo que será una constante en la carrera de dos genios de la bicicleta. Ballon de Alsacia. Merckx ataca y se pone de líder. Primera de muchas. Ocaña se va al suelo durante el descenso, su barbilla choca contra el asfalto y su rostro sangra abundantemente. Es invitado por su director a abandonar. Se niega. Acaba haciendo unos cuantos kilómetros remolcado por sus compañeros. Inconsciente, cruza la línea de meta vomitando. Es entonces cuando cae maduro al suelo y es trasladado al hospital. Solo entonces Luis Ocaña decide abandonar. Merckx lo alaba ante la prensa. A Ocaña eso no le vale para nada.

Y Eddy sigue a lo suyo. Merckx lo que hace es ganar el Tour tal cual ganaba Atila sus batallas. Domina de principio a fin, vence en seis etapas y gana todas las clasificaciones complementarias de aquel 1969, algo que jamás se volverá a repetir. El ogro belga refrenda exhibición en 1970, donde Ocaña (que había firmado por el BIC francés) se desfonda en los Alpes y pierde sus opciones en la general, aunque logra ganar una etapa parcial en los Pirineos.

Eddy Merckx es el gran dictador del ciclismo. No es que gane, es que arrasa. Ya sean clásicas, carreras de una semana o grandes vueltas de veintiún días. Camina hacia su tercer Tour de Francia consecutivo y Luis Ocaña aparece otra vez como aspirante. El respeto hacia ‘El Caníbal’ es inmenso, pero el pelotón es consciente de que contra el crono Ocaña y Merckx son parejos, más en la montaña el español es ligeramente superior. La gran diferencia radicaba en que Eddy era un martillo pilón incasable al desaliento y Luis era al mismo tiempo genio como sumaba pájaras e infortunios de proporciones bíblicas.

Tour 1971. Tras unas etapas de fogueo por el norte de Francia se llega a la séptima jornada con Merckx de amarillo y 52’’ de ventaja sobre Ocaña. Ese día se sube el Puy de Dôme y el de Priego le saca 15’’ al bruselense tras un latigazo. Es exigua renta, pero es la primera vez en tres años que alguien logra aventajar a Merckx en una gran vuelta. Dos días después, rumbo a Grenoble, Merckx pincha, y en ese momento Ocaña aprovecha para atacar. Llegará a la meta junto a Thevenet y Zoetemelk, quien será el que se lleve el premio gordo del liderato, mientras que Merckx se dejará 1’40’’ en la meta.

Llegó entonces el 8 de julio. 134 kilómetros. Salida desde Grenoble y llegada a la estación alpina de Orcieres-Merlette.

“O yo entierro a Merckx o él me entierra a mí”, diría Ocaña.

Nadie cuenta con Zoetemelk que sale de líder. Luis Ocaña está a un segundo. Merckx es cuarto en la general a cerca de un minuto.

Era una etapa corta, cortísima para la época. Apenas dos puertos sin excesiva ostentación al poco de iniciar el día, antes de llegar a Orcieres. En la primera cota, alto de Laffrey, Ocaña ataca y se lleva con él a Van Impe, Agostinho y Zoetemelk. El que no está es Merckx. Ocaña huele la sangre y tira como un poseso. Nadie le da relevos. Tampoco los admite. En el col de Noyer se va solo. Irresistible. Camina o revienta. Quedan 60 para meta. 117 en total de escapada. Entonces no hay pinganillos, sino pizarras llevadas por motoristas que anuncian con tiza donde está el enemigo. Y el enemigo estaba lejos. Muy lejos. Merckx tiraba solo. Estaba sin equipo y nadie le ayudaba. Tanta tiranía tenía al fin cumplida venganza. Cuando la ventaja iba por los seis minutos el director de Ocaña le mandó contemporizar. “¿Por qué?”, cuentan que dijo Luis. “Si son seis, serán siete”, replicó.

Luis Ocaña dio una de las mayores exhibiciones jamás dadas en la larga y brillante historia del Tour de Francia. Con un sol abrasador, gana y se pone el maillot de líder con 8’43’’ sobre Zoetemelk. Merckx era cuarto a cerca de diez minutos. El Tour estaba sentenciado. “El más increíble alarde de poder visto. El emperador (Merckx) fusilado”, título ‘L’Equipé’. “Nos ha matado como El Cordobés mata a los toros”, diría Eddy sobre Luis. En Francia lo adoran. Es uno de los suyos.

Los seis días de Luis Ocaña, emperador del Tour de Francia
El Cordobés en bicicleta

Pero Merckx era Merckx. Y moriría matando. Al día siguiente 251 kilómetros aburridos rumbo a Marsella. Etapa llana. Ocaña firma autógrafos y atiende en la prensa a cola de pelotón, justo cuando se va a dar la salida. Se corta la cinta…y ataca Merckx. El Caníbal no olvida la afrenta de Ocaña cuando había pinchado. Fue una lucha sin cuartel en el llano y dos minutos recortados por el belga. El pelotón llego con horas de adelanto a Marsella. Fue tal el enfado que el alcalde juró que jamás volvería el Tour a tierras provenzanas. Hubo que esperar hasta 1989, justo un año después del fallecimiento del regidor marsellés. Luego viaje en avión rumbo a Albi para una contrarreloj. La organización coloca a Merckx y a Ocaña en asientos contiguos. No se hablan. Ni se miran. Merckx reduce en once lacónicos segundos la distancia.

Y se llega así al 12 de julio de 1971. Primera etapa de montaña de los Pirineos. Desde Revel a Luchon. Se sube el Aspet. Merckx ataca. El cielo es azul. Ocaña va a su estela. Se corona el puerto. Calma tensa. Toca ascender el Col de Menté. Merckx suelta otro latigazo. El cielo es gris. Ocaña se pega a su rueda. Le dicen que lo deje ir. Que queda mucho. Que la ventaja es amplia. Ocaña dice que no con la cabeza. Tiene una misión y no es el amarillo. Su misión es derrotar al hombre perfecto.

Al rebasar la cima del puerto el cielo gris se convierte en una fuerte tormenta de verano. El paraíso se torna en negro. Granizo, relámpagos y barro. Las carreteras no tienen buen asfalto. Cuando besan la cuneta pasan de pastizales a pistas de patinaje. Eddy baja jugándose la vida. Luis no iba a ser menos. Tumbados sobre la burra con los dedos pegados en las palancas de los frenos. Al poco una curva fortísima de izquierdas. Merckx pierde el equilibrio y aterriza sobre la hierba embarrada. Ocaña cae, pero lo hace sobre una piedra. Merckx se levanta y sigue la marcha. Ocaña lo intenta.

Pero entonces llega Joop Zoetemelk.

A Zoetemelk no le van los frenos y cae encima de Ocaña. Tras el neerlandés vienen en tropel Agostinho y después López Carril. Ocaña no puede mover el brazo derecho.

Saldrá del Tour en camilla y lo hará sobrevolando en helicóptero el alto del Portillón.

Precisamente el Col de Portillón.

Porque en aquella etapa camino de Luchon se subía el Portillón y se cruzaba a tierras españoles antes de volver a Francia para finalizar la jornada. Había cuarenta kilómetros de recorrido entre Menté y las primeras estribaciones del Portillón. Lo lógico era que Ocaña dejase marchar a Merckx y fuese precavido bajando por aquella pista de patinaje. Pero para Ocaña el maillot amarillo era lo secundario, lo importante era ganarle a Merckx. Demostrarle que era mejor que él.

Para Ocaña cruzar de amarillo el Portillón por delante de Merckx era enterrar sus recuerdos de la infancia. Demostrarle al Luis niño que su tormento había finalizado. Cruzar el Portillón y ser aclamado por cientos de españoles era indicarle a su padre que los tenía más grandes que él. “Merckx y yo habíamos decidido atacarnos en cada metro de la carrera. Sabíamos que uno de los dos no terminaría el Tour”, diría en la cama del hospital. Pero era mucho más que eso. Cruzar el Portillón en cabeza no era ciclismo. Era un exorcismo.

Era su vida.

Tour Look Back: Luis Ocaña - PezCycling News
C’est fini

José Manuel Fuente ‘El Tarangu’ ganó la etapa y Merckx dio un recital que le valió para recuperar el liderato. El belga recibió insultos y escupitajos subiendo el Portillón y al día siguiente decidió no vestir el maillot amarillo por respeto a Ocaña. “Yo no he ganado el Tour, lo ha perdido él”, diría a la prensa. “Yo quiero que se lo ponga”, contestará el conquense. Dos días después el Tour pasa por Mont de Marsan y Merckx es incitado por los medios para acercarse a casa de Ocaña y saludarlo. Se dan un apretón de manos y sonríen delante de los plumillas y los fotógrafos, pero ni se hablan. El odio mutuo es atroz.

Luis Ocaña fue un gran desafortunado. Como Sísifo empujaba la piedra cuesta arriba en la montaña para llegar a la cima y verla rodar hacia abajo. En 1972 da una exhibición en la Dauphiné Liberé, pero acaba enfermo. Se presenta en el Tour con una bronquitis, recuerdo de una infancia paupérrima en cuidados médicos. Aquel año llegaron primero los Pirineos antes de los Alpes. En el alto de Soulor Ocaña pincha y Merckx ataca. Recuerdos del pasado. Merckx jamás olvidaba los desagravios. Encorajinado, Ocaña inicia una feroz persecución y los riesgos hacen que en la bajada del Gran Cucheron su cuerpo se estampe contra el asfalto. Pierde dos minutos, tiene margen de mejora, pero en la primera etapa de los Alpes decide abandonar. Volverá a casa en coche conduciendo durante horas y tendrá que dar marcha atrás al darse cuenta de se ha dejado las llaves de su hogar en el hotel donde había dormido la noche anterior. Ocaña siempre genio y figura.

Porque Ocaña no se resigna a su rol secundario. Otros sí, otros limitan pérdidas, esperan que Merckx falle, aprovechan ausencias o descansos. Raymond Poulidor aguanta mecha, Bernard Thevénet tendrá el honor de tumbar al Caníbal en su ocaso y Felice Gimondi será el gran rival generacional de Merckx. Gimondi aprovechará las ausencias de Merckx para lograr un palmarés majestuoso, mucho más glorioso que el de Ocaña, pero menos brillante a la hora de juzgar con el corazón. Ocala lo intenta siempre. Siempre. Pase lo que pase.

Son cuatro Tours entre 1969 y 1972. Eddy Merckx los ha ganado todos. Luis Ocaña sólo ha logrado llegar a Paris en una ocasión de cuatro posibles.

Ocaña era un fatalista.

Y lo seguirá siendo también en la victoria.

Continuará.

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Cuando Di Stéfano jugó en el Espanyol

A Di Stéfano lo echó Bernabéu con nocturnidad y alevosía. Daria para otro artículo. El Real Madrid pierde la final de la Copa de Europa de 1964 ante el Inter milanés. Di Stéfano juega mal. En el descanso se lía a gritos con Miguel Muñoz, antaño compañero de aventuras y ahora entrenador blanco. Ambos se culpan de la derrota. Y la cuerda se rompe, aunque por el lado que nadie esperaba. Di Stéfano cuenta con 38 primaveras y una barriga asoma por debajo de su camiseta. Son otros tiempos y el cuidado físico no es el de la actualidad. Sigue la clase y la técnica, pero a Alfredo, un ‘10‘ que a veces es ‘6’ y a veces es ‘9’, le cuesta mucho subir y bajar.

Así que la expedición blanca vuelve a Madrid procedente de Viena, en donde se ha jugado la final, y al día siguiente Alfredo es citado a presentarse en el despacho de Bernabéu. El gran jefe no se anda con miramientos. Le dice que es el mejor, el más grande, el corazón del Madrid y le ofrece un puesto de lo que sea manteniéndole el sueldo. Entrenador juvenil, director deportivo, ojeador, directivo. De lo que sea. De lo que sea, menos en el campo vestido de corto. Di Stéfano explota. Ha jugado 24 partidos de Liga y ha anotado 11 goles. En Europa son cinco chicarros para nueve encuentros. No son los números de su época de esplendor, pero no dejan de ser formidables. Presidente y futbolista se dicen de todo. Será la última vez que ambos egos se dirijan la palabra. Di Stéfano deja de ser jugador del Real Madrid y abandona La Castellana por la puerta de atrás. Bernabéu implanta la norma no escrita de renovar año a año a cualquier jugador, por importante que sea, que rebase la treintena.

Despechado, Di Stéfano quiere seguir vestido de corto. Entonces tenía el RCD Español (hoy Espanyol) como vicepresidente (en breve futuro presidente) a Vilá Reyes, empresario de renombre durante el Franquismo y quien tenía entre ceja y ceja convertir en grande al Español. Gracias a su buen hacer estaba formando un interesante equipo que mezclaba veteranos con noveles. Firmó a Carmelo, leyenda de la portería bilbaína que había sido desplazado por el emergente Iribar, también al ex barcelonista Justo Tejada y a Rodilla procedente del Real Valladolid. La campanada la había dado un par de temporadas atrás con Kubala, quien para la campaña 64-65 parecía que iba a ejercer como jugador-entrenador. El hispano-húngaro había sido la otra gran estrella del fútbol nacional y, al igual que Di Stéfano, también había salido de malas manera del club de sus amores, en su caso el FC Barcelona. Resultaba que Kubala y Di Stéfano eran buenos amigos y el acuerdo se cerró rápidamente. Alfredo sería nuevo jugador periquito.

Di Stéfano fue presentado en la sala presidencial del estadio de Sarriá, en la avenida del mismo nombre donde se encontraba la casa del RCD Español. Como buen famoso que requiere atención llegó tarde a la cita, lo que no fue óbice para que miles de aficionados aclamasen al nuevo fichaje. De repente el Español, que la anterior temporada se había salvado del descenso en la última jornada, pasaba a ser candidato, quizás no al título por resultar excesivo, pero si a encaramarse a los puestos de privilegio de la Primera División.

Di Stéfano había tenido varias novias. El Real Betis en España y el Celtic de Glasgow y el AC Milan fuera de nuestras fronteras. Al parecer la oferta italiana era del agrado de ‘La Saeta’, pero cuando se entera que el AC Milan ofrece al internacional argentino Angelillo (joven figura mundial por entonces) el triple de lo que le ofrecen a él, su ego no lo puede soportar y decide cortar de raíz. Es entonces cuando da un volantazo y decide recalar en la Ciudad Condal.

Nostalgia Futbolera ® on Twitter: "Di Stéfano, presentado como jugador del  RCD Español (RCD Espanyol), 1964. https://t.co/HCyxpLKnaR" / Twitter
Di Stéfano perico

Di Stéfano debuta en un amistoso en Alemania en el que marca un gol y quiso el destino que su primer partido oficial sea el debut liguero en Sarriá…ante el Real Madrid. El acontecimiento es noticia nacional. A los aficionados merengues no les ha sentado nada bien la marcha de Di Stéfano. A fin de cuentas, el Madrid se había proclamado campeón liguero con cinco jornadas de antelación y el club había sido subcampeón de Europa. La mayoría de la gente se decantaba por la marcha de Miguel Muñoz y la continuidad de Di Stéfano. Nadie osaba culpar a Bernabéu, un tótem intocable, pero estaba claro que, o Muñoz empezaba ganando o su puesto iba a estar en entredicho desde muy pronto.

TVE, el único canal de televisión que había entonces, decidió emitir el encuentro que fue trasladado excepcionalmente a la mañana del domingo para no restar público al resto de partidos de la jornada vespertina. Sarriá presentó un lleno absoluto para ver a Di Stéfano vestido de blanquiazul y al Real Madrid con su blanco impoluto habitual. El Madrid jugaba con el mismo once con el que había cerrado la campaña anterior con la única inclusión del canterano Ramón Grosso con el ‘9’ en el centro de ataque en sustitución de ‘La Saeta’.  Comenzó entonces un partido en el que el Español se adelantó y Di Stéfano completó una gran primera parte en la que a punto estuvo de marcar de falta directa. Tras el intermedio, el Real Madrid remontó con dos goles del también veteranísimo Ferenc Puskás y se alzó con la victoria por 1-2. Las dos leyendas, Di Stéfano y Puskás, marcharon abrazados a vestuarios donde intercambiaron sus camisetas.

A Di Stéfano se le hizo largo el partido, como también se le haría larga la temporada. Fueron 24 partidos y 7 goles en ese primer año y 23 encuentros y 4 dianas en el segundo. Mantenía la clase y la técnica, pero se desfondaba sin remedio en las segundas partes. Nunca llegó a someterse a juicio público en Chamartín. Dos oportunas lesiones hicieron que nunca jugase como visitante en el templo blanco.

En la temporada 1965-66, su segunda campaña en el Español y la última como profesional, los periquitos juegan competición europea. Se trata de la Copa de Ferias, el antecesor de la Copa de la UEFA. En dieciseisavos de final pierde en Lisboa ante el Sporting por 2-1. Di Stéfano entonces es una sombra de lo que fue. Si en su primera temporada tiene destellos de grandeza, en la segunda lo más frecuente serán las actuaciones irregulares. No será así en el partido de vuelta. Aquel 24 de noviembre de 1965 no se esperaba mucho de Di Stéfano y menos cuando tras el descanso el marcador en Sarriá era de 0-3 a favor de los portugueses. Pero fue entonces cuando el Español vivió una de las noches más épicas de su historia. Di Stéfano, un ganador como pocos ha habido, apeló al orgullo de sus compañeros, toco arrebato, y los periquitos remontaron el choque para vencer por 4-3 con tantos de Rodilla (2), Miralles y José María. Como entonces no había valor doble de los goles, se tendría que jugar un partido de desempate en el que nuevamente saldría victorioso el Español para pasar a octavos de final.

En octavos el Español venció al Brassov rumano para luego caer en cuartos de final en un derbi ante el FC Barcelona. Por entonces Di Stéfano ni estaba ni se le esperaba. Se comentaba que sus hijas le reñían y le decían que si no le daba vergüenza jugar al fútbol estando tan calvo y tan gordo. Papá Di Stéfano les replicaba que, si querían comer, tocaba trabajar. Di Stéfano dijo adiós al fútbol frisando los 40. Aquellos chavales a los que tutelaba darían un paso al frente y en la siguiente temporada firmarán un tercer puesto en la Liga. Era el conocido como equipo de los Cinco Delfines (Amas, Pina, Re, Rodilla y José María).

Alfredo di stéfano fichó por el espanyol en 1964 | Marca.com
El ‘9’ blanquiazul

Verano de 1967. Alfredo Di Stéfano es entrenador. Su primera experiencia es en Alicante. Entrena al Elche CF. Un día Raúl Cancio y Rafael Marichalar cogen un coche desde Madrid y se presentan por sorpresa a orillas del Mediterráneo. Son dos amigos de Alfredo. El primero, Raúl, es entonces un joven fotoperiodista y hoy, jubilado, es leyenda de la fotografía deportiva española. El caso es que los amigos llegan a Elche y se encuentran a Di Stéfano cenando sólo en el restaurante del hotel donde se hospeda.

Los tres toman un café y Cancio le dice a Di Stéfano que por qué no van a Santa Pola a ver a Don Santiago. En Santa Pola veranea el eterno presidente blanco. De Elche a Santa Pola no van más de quince kilómetros. Alfredo calla y mira a Cancio con ojos firmes y ceño fruncido, como si estuviera a punto de tirar un penalti. Le da un abrazo, no dice nada y se dirige al coche.

Madrugada. Noche cerrada. Timbran en la puerta. Timbra Di Stéfano. Los otros dos esperan agazapados en la retaguardia. Continua el silencio. Continua la penumbra. Tras un rato que parece una eternidad un hombre orondo abre la puerta. Va descalzo y lleva un mandilón de pescador. Es Santiago Bernabéu. Di Stéfano mira al infinito y no abre la boca. Uno de los celestinos, inquieto por la tensión, saluda a Don Santiago y anuncia que vienen a tomar una copa. Otro silencio de los que imponen. De los que acojonan más que una sarta de gritos. El gran hombre calla, hasta que finalmente hace un gesto con su mano para que Di Stéfano y compañía entren dentro del chalet.

Hablaron hasta el amanecer y se despidieron dándose un fuerte abrazo. Meses después el Real Madrid y el Celtic de Glasgow disputaron un partido amistoso como homenaje a ‘La Saeta’ en el Santiago Bernabéu. Di Stéfano jugó el primer cuarto de hora y fue despedido con sonora ovación cuando fue sustituido por Ramón Grosso. Luego, al acabar el homenaje, Santiago Bernabéu le otorgó la insignia de oro y brillantes del Real Madrid a su jugador más famoso. Uno que pasó once temporadas vestido de blanco, pero que tuvo que jugar las dos últimas portando camiseta blanquiazul.

“Si no me acerqué a usted fue porque no quería que creyera que quería un puesto regalado. Lo que gané fue siempre con esfuerzo. Usted como padre me falló. Ahí se ve que nunca tuvo hijos, porque los padres siempre perdonan”. Carta de Alfredo Di Stéfano a Santiago Bernabéu una vez hicieron las paces.

Hemeroteca RMCF on Twitter: "Santiago Bernabéu a bordo de su barca en Santa  Pola, cuyo nombre hacia referencia a Alfredo Di Stéfano.  https://t.co/f58z9nXDdd" / Twitter
Saeta Rubia’, el barco de Bernabéu

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Perder para ganar (Barça vs DiBuffala)

Lo de la Kings League se inventó mucho tiempo atrás. Donde Ibai Llanos y Gerard Piqué estaban José María García y Amancio Amaro. Allá por 1977 el fútbol sala se establece en España a través de una liga de exhibición con el fin de obtener réditos para obras benéficas. Todo gira en torno al equipo creado por el periodista y que se dio en llamar Hora XXV en honor al programa que García dirigía en la Cadena SER. La iniciativa tuvo un éxito esplendoroso avalado por la fiebre de construcción de polideportivos por todos los rincones de España. El Hora XXV se convirtió en Interviú por el patrocinio de la célebre revista y con ese nombre ganó la primera liga oficial de la historia. Con el tiempo aquel bebé se convirtió en un gigante que pronto paso a ser conocido como Interviú Boomerang y luego como Inter Movistar. En aquel primer equipo el buque insignia era Amancio Amaro, recientemente retirado del Real Madrid, y que junto al ex del Atlético José Ufarte daba lustre a un deporte semidesconocido.

Porque el fútbol sala nació entre Uruguay y Brasil en algún momento de la década de 1930. Años después los brasileños estandarizan sus reglas, crean competiciones y lo convierten en fenómeno de masas. En 1982 crearon el primer Mundial oficioso de la categoría que ganarían con solvencia, repetirían título en 1985 y, cuando en 1989 se dispute en Ámsterdam el primer Mundial oficial auspiciado por la FIFA, también resultarán vencedores al derrotar a los anfitriones por 2-1.

Digo todo esto porque entrada la década de 1990 el dominio de Brasil en el fútbol sala era atronador. Hoy no es así. A Brasil se le ha subido a las barbas España, Portugal o Argentina. Son todos países donde la técnica y el rápido pensamiento en espacios reducidos es primordial en las escuelas, tanto de fútbol once como de fútbol sala. Mas también países como Rusia, Ucrania o Kazajistán se han especializado en un deporte del que salen beneficiados al jugarse en polideportivos en los que los niños pueden escapar de los rigores del invierno.

Decía que hoy no es así. Al igual que Inglaterra dominó el fútbol con mano de hierro desde su nacimiento hasta entrada la I Guerra Mundial, Brasil dominó el fútbol sala desde sus inicios hasta que el siglo XXI hizo su aparición.

Era así en 1997. El año que nos ocupa. Brasil primero y luego todos los demás.

En 1997 se iba a celebrar la primera Copa Intercontinental de Clubes de la historia. Tendría lugar en Porto Alegre y el Internacional, club local, partía como indiscutible favorito. Si vencer a un club inglés en 1897 era una quimera para cualquier otro club del resto del orbe, lo mismo sucedía ante la posibilidad de vencer a un conjunto brasileño de fútbol sala en 1997. Y mucho menos en su propia casa.

El formato que la FIFA designó era el de dos grupos de cuatro equipos. Los dos primeros de cada grupo se cruzarían en aspas en semifinales para dar lugar a la gran final. En el grupo A estaban el FP Genk (Bélgica), FC Barcelona (España), DiBuffala SC (Estados Unidos) y CA Peñarol (Uruguay). En el grupo B militaban el Boca Juniors (Argentina), Bunga Melatti (Países Bajos), Universidad (Chile) y el archifavorito Internacional de Porto Alegre (Brasil). Lo esperado era una final entre el Barça y el Internacional.

El Barça. Hablemos del Barça de fútbol sala.

Cuando aquello del Interviú se puso en marcha el Barça también quiso formar parte de ello. Si de algo se vanagloria el FC Barcelona es de ser una entidad polideportiva. Y lo es con gran éxito. Compite con laureles y de forma profesional en deportes tan variopintos como fútbol, baloncesto, balonmano, hockey o fútbol sala, donde, entre unos y otros, acumula cerca de medio centenar de entorchados europeos. La región de Cataluña es un hervidero deportivo de primera magnitud y el Barça ha sabido explotarlo en su beneficio con clarividencia y un éxito indiscutible resumido en el famoso eslogan ‘mès que un club’.

Historia -
Barça futsal. Los inicios

Sin embargo en el caso del fútbol sala la cosa costó lo suyo. El Barça formó parte de la primera Liga en 1980 pero al cabo de un par de temporadas el equipo se disolvió. Años después se refundó y se instaló definitivamente en la máxima categoría, aunque siempre ocupando posiciones modestas. Todo cambió cuando en 2006 se hizo profesional la sección. Desde entonces los títulos son habituales. Pero en 1997 el Barça era un paria en este pequeño mundillo.

El caso es que el Barça de fútbol sala podría ser un paria, pero la marca FCB tenía un prestigio centenario que lo avalaba. Por entonces no había Copa de Europa y aquellos que acudieron en marzo de 1997 a Porto Alegre lo hacían por invitación. El FC Barcelona es el FC Barcelona. Y su nombre era respetado. Así que allí se fue la expedición azulgrana en busca de un imposible. El objetivo era quedar campeón de grupo y así evitar al Internacional hasta una hipotética final.

Sucedió entonces lo imposible.

El Internacional (Ulbra por motivos de patrocinio) humilló sucesivamente al Universidad de Chile (16-1) y a Boca Juniors (8-1), pero luego, relajados y con uso y abuso de los suplentes, cayeron de manera inaudita ante el Bunga Melatti (5-7) neerlandés. Los favoritos pasaban a semifinales como segundos de grupo y los europeos como cabezas de serie. Todo lo preestablecido saltaba por los aires.

El Barça había vencido a Peñarol (9-1) y al Genk (4-2). Mientras, el DiBuffala vencía al Genk (3-2) y empataba con el Peñarol (1-1). Quedaba el choque entre españoles y estadounidenses. El Barça contaba con cuatro puntos y el DiBuffala con tres. Al Barça le valía el empate para ser primero de grupo, mientras que al DiBuffala sólo le valía la victoria.

El problema es que nadie quería quedar primero de grupo. Nadie quería enfrentarse al Internacional de Porto Alegre en semifinales.

Lo que iba a suceder a partir de entonces tendría el calificativo de bochornoso.

El partido comenzó con los dos equipos jugando al gato y al ratón. Bailando pasodobles sin entrar a matar. Al poco llegó el gol de falta de los norteamericanos. Digamos que el portero catalán estuvo lento de reflejos por ser generosos. Nadie se escandalizó por su falta de agilidad. En el pabellón el eco era el sonido más característico.

La segunda parte sería mucho más chabacana. No se sabe bien como, pero el Barça logró empatar el partido. Ese resultado lo dejaba como primero de grupo. Y eso no era lo deseado. El Barça tocaba y tocaba en su propio campo ante un rival que no tenía ganas de robar el balón, hasta que a un iluminado se le encendió la bombilla.

Aprovechando un pase hacia atrás, a Juan Silva, portero azulgrana, le dio por salir de su propia portería. Con un sutil gesto de cabeza le suministró el visto bueno a un compañero para que diera un precioso pase a la red que ponía el 1-2 en el marcador. Fue un hermoso y vergonzoso autogol. Pero aún habría más. Aprovechando el shock, el Barça sacó de centro (eran a los que le habían metido el gol). Se toca el balón en el círculo central, se envía un pase atrás hacía la portería defendida por Silva…y la pelota entra mansamente en la red con ayuda incluida del meta catalán. Dos autogoles. 1-3. Y el segundo puesto asegurado.

Indignados ante lo que estaba ocurriendo los futbolistas del DiBuffala iban a tomar cartas en el asunto. ¿Abandonar el pabellón como protesta ante lo sucedido? No. ¿Plantar una denuncia ante la FIFA? Tampoco. ¿Liarse a mamporros contra los futbolistas del Barça? Jamás.

Heridos en su ¿orgullo?, los jugadores del DiBuffala lo tuvieron claro.

Si ellos pueden meterse goles en propia meta, nosotros también podemos.

Acto seguido ocurre lo más bizarro jamás visto en una pista de fútbol. El portero norteamericano intenta pasarle el balón a sus compañeros para que lo introduzcan en su propia portería. Serán incapaces de hacerlo. ¿Por qué? ¡Porque son los propios jugadores del Barça los que impiden que los goles suban a su propio marcador! Las imágenes son grotescas. En un momento dado todos los jugadores están dentro del área del DiBuffala. El portero norteamericano lanza el balón con la mano hacía su propia portería y un futbolista del Barça saca el balón desde la raya. En otra ocasión es el propio Juan Silva el que impide que el portero del DiBuffala se meta un autogol. El meta americano acabará expulsado tras meter dos autogoles con sus propias manos.

El Barça perdió por 1-3 pero ganó la tan ansiada segunda plaza del grupo. Aquello no tuvo excesiva repercusión porque el fútbol sala todavía era un deporte muy minoritario y aquella edición de 1997 aún tenía un carácter experimental. No obstante, aquel choque entre el Barça y el DiBuffala es el epítome de todo aquello que atenta contra los valores del respeto, la competición y el deporte.

Maquiavelo dejó escrito aquello de que cuando el fin es lícito, también lo son los medios. Al Barça le salió bien la jugada. Derrotó al Bunga Melatti en semifinales por 7-5 y alcanzó la final. El DiBuffala cayó estrepitosamente por 0-11 ante el Internacional y lamentaría durante días su nula capacidad de meterse goles en propia puerta.

Por supuesto el Inter de Manoel Tobias (quizás el mejor de todos los tiempos) logró la victoria ante el Barça (4-2) en la final, aunque con más sufrimiento del esperado. El Barça volvió a Europa con un ¿honroso? subcampeonato.

Quizás el karma castigó a los catalanes cuando una serie de catastróficas desdichas tenga su culminación en el descenso a segunda división al final de esa temporada de 1997/98. Y es que también lo dejó escrito Maquiavelo: “Cuando se hace daño a otro es menester hacérselo de tal manera que le sea imposible vengarse”.

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El más conocido fue Zoco. Nacido en la montaña navarra, jugó tres temporadas en el Club Atlético Osasuna antes de hacer carrera en el Real Madrid donde lograría siete ligas y la sexta Copa de Europa de la entidad merengue. Alto, bregador, fuerte, jugaba de central o de mediocentro con el mismo acierto. Compañeros de Zoco en el éxito continental fueron Pachín o Serena, quienes también vistieron la camiseta rojilla. Andrés Sabido, duro defensa a caballo entre los 70 y los 80, y los delanteros Javier Portillo o Roberto Soldado, ya en el siglo XXI, también jugaron como locales tanto en el Santiago Bernabéu como en El Sadar.

Si el más conocido fue Zoco, el más mediático fue Pedrag Spasic. Serbio, entonces yugoslavo, había destacado en el Mundial de 1990 secando a Julio Salinas en un choque de octavos de final que finalizó con eliminación española. Ramón Mendoza, yuppie metido a presidente, lo fichó a regañadientes para el Real Madrid. ¿El motivo? Spasic era feo y calvo. Contaba con 25 años, pero aparentaba muchos más, su dentadura era descuidada y llevaba siempre una gabardina gris que lo hacía parecer un agente de la Stasi. Hoy sería carne de memes. El caso es que al agente Spasic le iba todo bien hasta que una noche de enero de 1991 le dio por meter un golazo en el Camp Nou…en propia puerta. Se convirtió en ídolo culé y en mofa recurrente en todos los campos de España. Tocado, entró en barrena. No era buena época. Koeman, Laudrup y Stoichkov eran los extranjeros en Can Barça. Spasic, Hagi y un Hugo Sánchez de 33 años eran los merengues. Había diferencia. Hubo que mal vender a Spasic en el siguiente verano y el yugoslavo firmó tres temporadas decentes en Pamplona. Hoy sobrevive en Belgrado gracias a una pensión que le fue otorgada por la Asociación de Veteranos del Real Madrid.

Pedrag Spasic compartió equipo con el protagonista del presente artículo; Eugenio Bustingorri. Lateral zurdo, pero también extremo o mediocentro. Futbolista polivalente, de los que corren por dos y jamás protestan ni tienen una mala cara. Navarro de pura cepa y capitán y leyenda del Osasuna donde militó durante doce temporadas. ‘Busti’ regenta hoy un bar en el centro de Pamplona donde despacha bocatas como antes despachaba pases y entradas.

Pero antes de todo ello Eugenio Bustingorri jugó en el Real Madrid.

¿O no?

Viajamos a la temporada 1989-1990. Se acaba de retirar José Antonio Camacho y el Madrid busca un sustituto en el lateral izquierdo que compita para el puesto con el veterano Rafa Gordillo. El elegido es Bustingorri, quien concluye una temporada estupenda con el Osasuna. Las negociaciones se inician con el jugador, el cual acepta de buen grado con el considerablemente aumento de sueldo adjunto, y finalizan con el acuerdo verbal entre presidentes de ambas entidades.

No obstante, al mismo tiempo que Bustingorri negocia su fichaje por el Real Madrid aparece en escena Sebastián Losada. Era Losada un delantero espigado de apenas 19 años forjado en el Castilla que el año anterior había estado cedido en el RCD Espanyol. Allí había explotado anotando 11 goles en Liga y dos de los tres tantos que los periquitos habían convertido en el partido de ida final de la Copa de la UEFA que los enfrentó al Bayer Leverkusen. Lástima que, en la vuelta jugada en Alemania, el Leverkusen igualase el tanteo de la ida (3-0) y en los penaltis Losada mandase a las nubes el penalti que hacía campeón a los germanos y subcampeones a los catalanes.

El caso es que el Madrid cuenta con recuperar a Losada para la nueva temporada en la que se tienen puestas grandes esperanzas en su desempeño. Es entonces cuando el Atlético de Madrid decide tomar parte del entuerto. Jesús Gil acaba de firmar como entrenador a Javier Clemente, quien el año anterior había sido técnico espanyolista. Clemente solicita una serie de fichajes y entre ellos está el de Sebastián Losada. Gil sabe que no tiene nada que hacer si pretende negociar con Mendoza por lo que decide tirar por la calle de en medio. Abonará la cláusula de rescisión.

Losada acepta y su futuro se encamina a la ribera del Manzanares pero, en un giro del destino, Ramón Mendoza corre a visitar al chaval a su casa. Lo convence de que está cometiendo un error y de que su futuro está en el Madrid. Tendrá oportunidades. Butragueño y Hugo Sánchez están por delante, pero la temporada es muy larga y el futuro es suyo. Losada da marcha atrás, llama a Gil y rechaza la oferta del Atlético de Madrid.

Y Gil y Gil monta en cólera.

Ojo por ojo y diente por diente. Gil se pone en contacto con Bustingorri y le dobla la oferta sin saber siquiera cual es la oferta. No le interesa para nada el navarro. Simplemente quiere dar por culo al Madrid. Convence a Fermín Ezcurra, el histórico presidente del Osasuna, para que acepte la propuesta colchonera. Ezcurra amablemente le dará largas al Madrid. Es un visto y no visto. Un frenesí de apenas 24 horas.

Eugenio Bustingorri jugará en el Atlético de Madrid.

Fue tal la celeridad de la operación que cuando la temporada esté a punto de rodar y las colecciones de cromos hagan su aparición, Eugenio Bustingorri no aparecerá en las páginas del Atlético de Madrid.

Tampoco en las del Club Atlético Osasuna.

Eugenio Bustingorri será jugador del Real Madrid.

Cromo Bustingorri. La verdadera historia del famoso cromo de Bustingorri  con la camiset...
Bustingorri merengue

Era tal el secreto a voces, estaba tan aceptado el fichaje de Bustingorri por el club de la Castelllana, que Ediciones Este decidió adelantarse a Panini, su principal competidor, y sacar un cromo de Bustingorri de blanco. Hoy la tecnología nos permite simulaciones realistas de todo tipo. Entonces la edición era artesanal. Se cogía una fotografía del jugador y se pintaba a mano la camiseta de su nuevo equipo. Bastante chusco, pero efectivo para la época. Luego, semanas después, se realizaba una foto, ahora real, vestido con su nueva equipación y paulatinamente se iba sustituyendo el cromo falso por el verdadero a medida que los niños y no tan niños iban gastando sus pesetas en los ‘sipis’ y en los ‘noes’.

El caso es que Ediciones Este sacó a la venta el cromo de Bustingorri antes de que el fichaje se formalizara. Durante unos breves días formó parte de la colección de unos cuantos niños que tenían en sus manos una suerte de incunable. Hoy el cromo de Bustingorri es objeto de coleccionistas. Lo he visto a la venta por internet por 80 euros. El de Maradona en el Barça, por ejemplo, lo encuentras por 15 euros.

Fiel a su fama a Gil no le duró mucho Clemente. Al vasco le sustituyó Briones y a este último Joaquín Peiró. Con ninguno de los tres tuvo excesiva suerte Bustingorri, quien apenas jugó 12 partidos como colchonero. Al finalizar la temporada regresó a las filas del Osasuna donde volvería como capitán. Peor suerte tendría incluso Sebastián Losada. El canterano tuvo pocas oportunidades en el Bernabéu y finalmente acabaría fichando por el Atlético de Madrid en 1991. Tuvo un mal año con los colchoneros para luego jugar en Sevilla FC y Celta de Vigo retirándose con apenas 27 años asqueado del fútbol profesional e iniciando una fructífera carrera como abogado.

En esos 12 choques a Bustingorri le dio por anotar un gol. Fue de falta directa. Y fue contra el Real Madrid.

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Puede ser un sargento, un brigada o un subteniente. Caza mayor es teniente o comandante. Palabras mayores. El modus operandi se inicia con una vigilancia exhaustiva que oscila entre las semanas o los meses. El objetivo es detectar problemas. Los económicos son los distinguidos. Puedes estar atrapado en deudas o sencillamente deseas mejorar el nivel de vida de los tuyos. Luego están los que meramente son ambiciosos de por sí. O los que no tienen por divisa ni el honor ni la bandera. El caso es dar con un elegido. Detectadas las debilidades, primero la amistad y la codicia y luego, una vez hechizado, el miedo que pronto pasará a ser pánico.

Una vez acabada la caza mayor toca apresar a la caza menor. Suele ser más simple. Ante todo, porque hacen falta menos billetes y menos arrestos. En segundo lugar, porque cuentas con la autoridad y el terror que el oficial impone en el subordinado. Es entonces cuando puede descargar el alijo. Una y otra vez. Captadas las ovejas negras dentro de la Guardia Civil la banda de narcos puede operar a su antojo.

Hay más implicados. Muchos más. Marineros, amas de casa, estanqueros, camioneros, pelagatos variados o empleados de banca que callan, guardan y financian, pero, una vez manoseada la autoridad, todo es mucho más simple. Así funcionó en las Rías Baixas de los 80, así funciona en la actualidad en el Campo de Gibraltar y así operaban, operan y operarán los narcotraficantes tanto en España como en buena parte del globo.

Y con todo hay redadas. Y cuantiosas. Y los narcos caen y los capos acaban en la cárcel. El problema es que el trono está siempre caliente. En todo caso, repito, hay redadas. De vez en cuando el teniente corrupto debe hacer alguna operación y el narco le entrega alguna pieza prescindible para salvaguardar las formas. Pero en las muchas simplemente no puede mantener el control.

No puede porque hay gente que es intocable. Guardias miedosos que no quieren saber nada del asunto o guardias honrados que antes darían la vida que aceptar sobornos. Los más son los que podríamos llamar guardias felices, que disfrutan con su tranquila vida y prefieren mirar para otro lado y cerrar los ojos ante lo que intuyen, pero, angustiados por su conciencia, se ven en la obligación de contarlo cuando lo saben. Son estos los más peligrosos. A los miedosos y a los honrados no se les intenta tocar, pero son los guardias felices, los que conforman la silenciosa mayoría, los que pueden joder la operación. El oficial corrupto tiene que colocarlos en un segundo plano en una acción contra el narcotráfico o simplemente apartarlos deliberadamente de conversaciones o del acceso a papeles que son comprometidos. Porque éstos no sabes cómo respiran. Ni se van a apartar como los miedosos, ni los vas a mandar a hacer otras operaciones de más enjundia como a los honrados. A los otros, a los que conforman esa silenciosa mayoría, los tienes que tener cerca y arriesgarte a que, simplemente, hagan bien su trabajo.

En 2014 el FC Barcelona y el Atlético de Madrid se enfrentaron en el Camp Nou en la última jornada de Liga. El empate bastaba a los colchoneros para obtener el título dos décadas después de su último alirón. Lo lograron (1-1), aunque por el camino Mateu Lahoz anuló un gol por fuera de juego de Leo Messi que le hubiese dado la victoria y el trofeo al Barça.

Desde la ‘cova’ (si, en Barcelona también hay ‘caverna’ como en Madrid y también hay palcos elitistas convertidos en reservados para tejer corruptelas) se vocifera que de haber existido compraventa de árbitros a favor del Barça no se hubiera anulado ese gol a Leo Messi.

El Barça, Gaspart, Laporta o Bartomeu (o a algún directivo al que le carguen el muerto), pónganle el nombre que quieran, es el capo. Es el delincuente. José María Enríquez Negreira el teniente corrupto. Mateu Lahoz, tan buen árbitro como prepotente y cargante, es un guardia civil de los que darían la vida antes que aceptar sobornos. Comprar al teniente no implica tener todo el control. Pero que no tengas todo el control no quiere decir que no puedas realizar tu negocio.

Quién es Enríquez Negreira, el ex árbitro que cobró 1.4 millones del  Barcelona por servicios de asesoramiento | Goal.com Espana
Enríquez Negreira

El árbitro nació como cura, como juez de paz. Fútbol a lo largo, dos palos en el horizonte y un hombre de negro para dictar sentencia. Respetable y respetado. Si el fútbol nació en 1863 el árbitro lo hizo en 1891. Hasta entonces un representante de cada equipo, dos en total, discutían las decisiones comprometidas. Cuando el juego pasó de ser juego a lo más importante de los menos importante, se vio que así no se iba a ningún lado. Se designó un juez neutral y los dos representantes se hubieron de convertir en jueces de línea.

Así fue desde entonces hasta hace bien poco. El árbitro era mayor para imponer respeto. Y era malo. Lo era porque no era profesional. Era periodista, médico, abogado, profesor o quizás policía. Siempre una profesión liberal que le permitiese ausentarse dos o tres días de cuando en cuando para cumplir con su hobby.

Era normal que aquel hombre de negro se equivocase. Lo era porque no era su oficio, aunque lo pareciese, y lo era porque dos ojos siguiendo a veintidós personas, un balón y miles en las gradas escudillando lo que haces es harto complicado. La imagen que tenemos del árbitro es la de un enterrador vestido de negro, sin gracia ni salero y una profunda barriga cervecera. Era así hace 100 años y era así hasta hace poco más de dos décadas. Al Enríquez Martínez, allá a inicios de los 80, le puso de mote José María García ‘míster angulas’ porque el afamado periodista cazó al electico colegiado metiéndose en un lujoso restaurante un platazo de angulas un par de horas antes de un partido en La Romareda.

Esa es otra. El árbitro era tratado con palmitas. No es nada nuevo. Un representante del equipo que ejercía de local solía ir a recibirlo al aeropuerto, taxi pago, estancia en un buen hotel y comida y reloj de regalo. Nada nuevo bajo el sol. Sin televisión o con televisión de pascuas en ramos, miles de almas gritando y un acojone generalizado. ¿Quién es el guapo que iba a pitar en contra del conjunto de casa? Que el valiente levante la mano.

La llegada de la televisión por pago y las decenas de cámaras cambiaron el panorama. También las gradas de asiento. Jugar fuera o en casa no es como antaño. Todo son tapetes verdes, ya no hay ultras y el juez está sobreprotegido. Hasta se cuidan. Ya no hay árbitros gordos y el negro ha pasado a mejor vida. Colores por doquier. Y tienen ayuda. Primero vino el cuarto árbitro, luego la sala VAR, la VOR y un ejército de jueces que deben hacer el trabajo de uno sólo. Y lo hacen peor. Los jueces de línea bajan los brazos a sabiendas de que sus decisiones serán corregidas. Y el árbitro duerme tranquilo sabiendo de que ahora la culpa caerá sobre esos señores de la sala brumosa que habitan en algún lugar de las gradas.

LaLiga Santander 2019 - 20: Los árbitros plantean reducir la presencia en  la sala VOR y mamparas de separación | Marca.com
¿Árbitros?

No se entiende que en un negocio millonario los impartidores de justicia sigan sin ser profesionales. Si el mejor árbitro del mundo es chileno, ¿por qué no arbitra en Inglaterra o en España? Son las federaciones las que manejan los árbitros mientras que las ligas son entidades privadas independientes. He aquí un problema que afecta a todos los países. ¿Cómo entender que si la Premier tiene la mejor liga del planeta no cuente con los mejores árbitros? Con ello se mejoraría la calidad y, de paso, desaparecerían las suspicacias.

Porque suspicacias las hay. La norma indica que un colegiado no puede arbitrar a ningún equipo de su tierra. Un madrileño jamás pitará a Madrid o Atlético, pero tampoco al Leganés o al Rayo Majadahonda. El tal Enríquez Negreira, catalán, nunca pudo arbitrar al Barça. Con esto, se dice, hay neutralidad. Tontería supina. Como si nacer en Cudillero o en Salou impidiese a uno ser del Madrid. Según el CIS los blancos (39%) y los azulgranas (25%) suman el 64% de los forofos en España. Y son muchos más. Porque luego están los que tienen a Madrid o Barça como segundo equipo porque por mucho que adores al Hércules pocas alegrías tendrás en tu vida. Con lo cual, más allá de fallos o errores deliberados, lo que trabaja es el subconsciente. Y hay opciones, muchas opciones, de que toque dirigir un partido de tu equipo favorito ante una atmósfera sobrecogedora de 70 o 80.000 personas y, ante la duda, ya será tu psique quien tome la decisión.

La mayoría de las veces no hay que pagarle a nadie. La mayoría de las veces los colegiados se equivocan inconscientemente a favor de Real Madrid o del FC Barcelona. Algunos hasta benefician al Atlético, el más llorón de los llorones. Son todos los demás los que tienen que ejercer el verdadero derecho del pataleo.

Y con todo, de vez en cuando toca pagar.

El Barça de Laporta bate al de Bartomeu en deuda a corto plazo
Laporta y Bartomeu

“Ya han salido los sepulcros blanqueados, las ratas de sacristía, los blanqueadores de los de siempre, los miserables que han sacado la cabeza de su madriguera de roedores con la lujuria descontrolada de quien apunta el delito ajeno sabiendo perfectamente el funcionamiento del mismo. Ya sabemos quiénes son, los serviles del régimen, los que no hacen periodismo real sino que trabajan como portavoces encubiertos del primer gran club estado que ha tenido el fútbol: el entretenimiento de un régimen dictatorial que tenía al Madrid como el circo necesario para complacer los fines de semana de la población (…) una parte de la España periodística está completamente contaminada por la peste bubónica del poder, y la revuelta debe ser precisamente contra ese ejército de la calumnia que aprovecha las mierdas que nosotros debemos resolver para hundirnos aún un poco más”. Esto es lo que decía ‘L’Esportiu’ cuando el asunto Negreira salió a la luz, nada extraño en un periódico deportivo que desde 2017 luce un lazo amarillo en su portada. Lo llamativo es lo que su editorial decía a continuación:

“Es preocupante ver a Laporta encubriendo a Bartomeu, el presidente de la herencia envenenada, porque resulta que realmente no está protegiendo la verdad, sino que se está cubriendo los hombros porque si tiras atrás llegas a su primer mandato, donde curiosamente, en la directiva estaba el triunvirato de Laporta, Rosell y Bartomeu. Dicho de otro modo, el Laporta del 2023 está salvaguardando el honor del Laporta del 2003 (…) El Barça hace y hará bien en protegerse, pero convendría también que aclarara varios interrogantes para disipar la sombra de duda que genera el caso. La clave no es que el club reciba asesoramiento arbitral. Lo hacen la mayoría, ya sea con empleados en nómina o contratando servicios externos. El problema es el precio desmedido que se ha pagado por el servicio y al que se ha pagado. Que Enríquez Negreira fuera vicepresidente del comité técnico de árbitros mientras una empresa suya cobraba por asesorar a un club genera un conflicto de intereses muy difícil, si no imposible, de justificar (…) La relación es cara, fea y, aunque la investigación se centra entre el 2016 y el 2018, varias directivas reconocen que se prolongó durante muchos años, con distintos mandatos y distintos presidentes. Esto es lo primero que debería aclarar el Barça. ¿Cuándo empezó todo? Han pasado auditorías, se han analizado detalles y han salido facturas entre anecdóticas y ridículas. Y hasta ahora nada había trascendido de eso. Si realmente hace tantos años que dura, ¿lo sabían todos los presidentes? ¿Sabían que la empresa que tenía contratada era propiedad de un cargo arbitral en activo? Éticamente, al menos, cuesta explicar (…) sólo el hecho de relacionar el club y el estamento arbitral en un caso que se está investigando obliga al club a proteger la honorabilidad y la reputación. Con contundencia, y con las explicaciones que haga falta. Cuanta más luz ponga, mejor. No basta con apelar al victimismo”.

Por muchas vueltas que se le dé es difícil explicar lo del asunto Enríquez o caso Negreira, como más les guste. No se le puede adivinar otro fin al dinero que el Barça le estaba dando al vicepresidente del Comité de Árbitros que el que todos estamos pensando. Tampoco ayuda que el periodo de pagos denunciado desde el primer día por SER Catalunya de 2016 a 2018 coincide al milímetro con los 746 días que estuvo el Barça sin recibir un penalti en contra. Un compadreo institucionalizado desde 2001 a 2018, que, casualidades de la vida, finalizó justo cuando Negreira dejó su cargo como vicepresidente.

Investigaciones periodísticas y judiciales seguirán su trabajo pero los años de gloria del Barça, años en los que hasta el madridista más recalcitrante admitía haber visto el fútbol más armonioso jamás conocido, años en los que hasta en la intimidad el líder de los Ultra Sur gritaba con orgullo los goles de Iniesta y Xavi por haberle dado a España su primer y único Mundial, están quedando manchados por fichajes adulterados, espionaje entre compañeros, prebendas, tráficos de favores y negocios entre futbolistas y directivos. El Barça ganó ligas de forma honrada pero por culpa de unos patanes la mancha será eterna.

Y no es cosa de la caverna madridista. La noticia fue dada por el programa ‘Que t’hi jugues’ de SER Catalunya y pronto difundida con celeridad por medios catalanes y simpatizantes del barcelonismo. Porque los pagos parece que vienen de lejos, de 2001, con lo cual no es cosa de un presidente corrupto sino de una línea institucional, de un modus operandi que se remonta atrás en el tiempo.

Ni La Moreneta, en un soberbio acto de fe, puede creerse que el pastizal empleado por el Barça para sobornar a Negreira fuese para otra cosa que obtener un retorno basado en un trato de favor. Lo chusco, y ese es otro tema, es que el tal Enríquez Negreira fuese un listo y no hiciese tanto como prometía. Igual no hubo tantos favores como el Barça pretendía. Es probable. Porque, así y todo, en todos estos años ni el Barça ha ganado todas las ligas ni siempre los árbitros se han equivocado a su favor. Recordemos que hay árbitros, y son la mayoría silenciosa, que como los guardia civiles son intocables. ¿Negreira fue más listo que Laporta y compañía? ¿Fue un vende humos sin demasiada influencia? Pues seguramente sí. Pero eso no excluye de delito.

¿Cómo puede ser que se una auditoria descubriese que Laporta gastó 24 euros en una pollería con la tarjeta del club y que nadie en todos estos años supiese que Enríquez Negreira facturase siete millones de euros? Dicen las hordas barcelonistas que lo hacen todos los clubes. Es cierto, pero las ramas no dejan ver los árboles. El Madrid tiene como asesor a Megia Dávila, un ex árbitro sin cargo alguno, he ahí la diferencia. Y según han manifestado estos días diferentes directivos de Primera todos los equipos cuentan con una figura de este tipo que les indica si fulano o mengano es más propenso a sacar tarjetas, si es dialogante o si ese fin de semana le va a dar por sancionar las manos. El sueldo de estos asesores externos ronda los 25.000 anuales. Al parecer Enríquez Negreira guardaba 500.000 por año trabajado.

El complejo de inferioridad que Cruyff denunció cuando arribó en el 74 y que en buena parte consiguió eliminar con el Dream Team parece instalado en la conciencia del barcelonismo. Da la sensación de que como en el palco del Bernabéu hay tanta influencia el Barça se ve en la necesidad de igualarlo. A pesar de los increíbles éxitos deportivos de los últimos años se entiende que ese complejo de inferioridad solo puede ser rebatido en el palco. La mente enfermiza del entorno del Barça cree que sin tráfico de influencias nunca serán tan poderosos como el Madrid. Como un círculo vicioso retroalimentado por el nacionalismo catalán, lo importante no son tus triunfos, sino pasar por encima de tu alter ego capitalino.

Lleva tantos años el Barca subido a un relato enfermizo que acepta el caso Negreira como hecho ocurrido y vergonzoso, pero con la autoridad de no tener que dar ninguna explicación. El silencio por bandera. Y nadie levantará la voz. Nadie. Si el Barça fuese descendido administrativamente a Segunda ríete tú de las manifestaciones del 11-S. Jamás hubo tanta gente en la calle en Vigo y en Sevilla que cuando allá por los 90 celestes y sevillistas estuvieron a un tris de bajar a 2ºB vía decreto judicial. Ni reconversión industrial, ni crisis, ni muertos, ni nacionalismo. Lo que mueve el cotarro es el fútbol. El sentimiento.

Es el caso Enríquez Negreira como mínimo un inmoral conflicto de intereses. Lo dirá la justicia, no la deportiva, sino la ordinaria (tela marinera lo de este país que tiene más miedo a meterse con un club de fútbol que con un cartel de la droga). Los indicios son demoledores, aunque las pruebas atentan más contra Enríquez Negreira que contra el FC Barcelona. Por ahora se ha cazado al teniente de la Guardia Civil y, aunque todo se intuye, no hay forma de cazar al delincuente. Solo el paso del tiempo dictará sentencia. Hasta quizás tengan razón en Barcelona y todo es producto de la envidia madridista ante la mejor época de la historia blaugrana. Pues hasta quizás. En estos años el Barça ganó 22 títulos nacionales y el Madrid únicamente 10 contando minucias como las supercopas. Pero el caso es que todo esto cheira mal, muy mal. El seny, el mès que un club, está tocado. Con una sombra muy fea sobre el tramo de su historia que más títulos nacionales concentró y con una serie de jugadores maravillosos e irrepetibles que están entre los mejores que ha parido el fútbol mundial.

Y es que la mujer del César no solo debe ser honesta, sino parecerlo.

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Pensilvania es un rectángulo casi perfecto. Uno de esos estados tirados con escuadra y cartabón producto del funcionalismo de los padres fundadores de los Estados Unidos. Fue William Penn el que tomó posesión de esas tierras en nombre del rey de Inglaterra y fue en Pensilvania, concretamente en su capital Philadelphia, donde los descendientes de aquel cuáquero inglés firmaron la Declaración de la Independencia y constituyeron los Estados Unidos de América.

Pensilvania era lugar de profundos bosques (Penn + selva) y generosos pastos. Pero con los años Pensilvania se convertiría en uno de los ejes del rápido crecimiento del país gracias a su industria pesada. La ciudad del acero por excelencia era Pittsburg, urbe situada al oeste del estado. Ahora sin humos, revela un paisaje de fábricas abandonadas de cristal y acero. Pittsburgh era la más conocida de esas ciudades que comenzaron brillando con el siglo XX y acabaron en la penumbra en el XXI. Otra de ellas era Bethlehem (Belén), situada en la otra punta de Pensilvania y lugar donde se asentaba la acería más grande de Norteamérica. Allí, en su época de esplendor, llegaron a censarse ciudadanos de más de ochenta países diferentes, todos emigrados en busca de un futuro mejor.

Entre esos miles y miles de extranjeros los había españoles. Uno de ellos era de Riaño, León, pueblito a los pies de los Picos de Europa. Pronto encontró trabajo en la acería. Había centenares de trabajadores españoles en Bethlehem y estaban muy bien valorados porque no protestaban (quizás también porque no sabían el idioma) y la mayoría tenían experiencia en los altos hornos vizcaínos o en las minas asturianas. De hecho, aquel leonés se había casado con una salmantina cuando trabajaba en los Altos Hornos de Bilbao.

Al poco la citada pareja tuvo un hijo. Le pusieron Pedro José y su apellido era Carrillo. Era 1930. Empezó la escuela chapurreando inglés y deseando acabar las clases para echar una partida a la brisca con su padre y jugar al fútbol con los otros niños españoles del barrio. Pero Pedro estaba mucho tiempo solo. Su padre trabajaba de sol a sol y a la pobre de su madre la perdió el mismo día que vino al mundo su hermana pequeña. Así que con tanto tiempo libre cultivó otras aficiones. Lo que más le gustaba era coger el autobús y acercarse a la cercana Philadelphia a ver los partidos del equipo de baloncesto de la Universidad de Pensilvania. Lo que más le llenaba de la experiencia era decirles a sus amigos que ‘The Palestra’, que así era como se llamaba el histórico pabellón aun en pie, había sido construido con acero fabricado por su padre.

The Palestra - Wikipedia, la enciclopedia libre
The Palestra

Pronto Pedro dejó el soccer y se pasó al baloncesto. No era alto, apenas media 170 centímetros, pero le encantaba aprender y era extremadamente listo. Destacó en el instituto, aunque el básquet universitario ya fue demasiado corte para un chico tan bajo. No obstante, llamó la atención de su técnico, un tal Butch van Breda Kolff. El que con los años acabaría siendo entrenador de Pistons o Lakers entrenaba entonces a la Universidad de Princeton, y antes de salir rumbo a la NBA, dejó un recado en la afamada institución académica: “Conozco al mejor entrenador del mundo, aunque no lo vais a contratar porque es medio calvo, tiene las orejas grandes y viste muy mal. Se llama Pedro”.

Era 1967. Pedro Carrillo iba a dirigir el equipo de baloncesto de Princeton, una universidad de reconocido prestigio en el ámbito académico, pero de nulo éxito en los ambientes deportivos. Princeton forma parte de la Ivy League, la división de la National Collegiate Athletic Association (NCAA) que engloba a universidades de la categoría de Yale, Harvard o Columbia, donde los jugadores no son elegidos en base a sus méritos deportivos sino en relación a sus aptitudes académicas. Un campeón de la Ivy League, sea la universidad que sea, es objeto de derrota cuando se enfrenta a cualquier otro equipo de la NCAA.

Así pues, Pedro Carrillo iba a tener que darle a la mollera si quería sacar rendimiento de aquel equipo. Lo primero que hizo fue convertirse en Pete Carril. Era 1967. No estaban de moda los latinos, ni la multiculturalidad, y un tipo rechoncho llamado Pedro Carrillo nunca obtendría el respeto de sus jugadores.

Longtime Princeton basketball coach Pete Carril dies at 92 - Sports  Illustrated
Pedro Carrillo

Fueron 29 las temporadas que Pete Carril dirigió al equipo de baloncesto de la universidad de Princeton. Y lo hizo con notable éxito, perfeccionando y modificando una forma de atacar que se daría a conocer como ‘ataque Princeton’ y que le granjeó un respeto y una fama que jamás podría haber ni imaginado cuando Pete simplemente era Pedro.

Entendió que con lo limitado que era su equipo debería explotar el juego colectivo a través de una rápida circulación del balón. En el ‘ataque Princeton’ existe el movimiento continuo, con y sin balón, lo que enmascara las debilidades técnicas y físicas de cada individuo. Con esa forma de jugar, Princeton se ganó una merecida fama de matagigantes. Por entonces hasta se pensaba en descalificar a los miembros de la Ivy League de la primera división de la NCAA por su escaso rendimiento, pero todo cambió cuando los bajitos de Princeton aguantaron en pie hasta el último segundo de un recordado partido frente a la temible Georgetown de Dikembe Mutombo (2,18 m) y Patrick Ewing (2,13 m). Antes de aquel histórico partido Newell puso a sus asistentes a defender con escobas en el calentamiento para acostumbrar a sus jugadores a luchar contra gigantes.

“¿De qué sirve ser español si no puedes perseguir molinos?”, dijo Newell en la rueda de prensa de su última victoria como entrenador universitario cuando Princeton venció por dos puntos a la poderosísima UCLA. Un triunfo de David contra Goliat, titularía la prensa norteamericana. Era 1996 y a los 66 años a Carril le llegaba la oportunidad de la NBA.

El sueño de Pedro era jugar como los Boston Celtics de Red Auerbach. Dirigir a un equipo de defensa feroz, transiciones veloces y certero al contraataque. Pero nunca pudo. La limitación de sus plantillas en Princeton le obligó a jugar un baloncesto pausado en el que se llevaba al límite el reloj de posesión. Tenía que ser lento por necesidad y a través del juego colectivo armarse de paciencia para dar con el momento exacto con el que tirar a canasta.

Pero en 1996 a Pete Carril se le abrió el cielo. Tendría el enorme talento de una plantilla de la NBA a su disposición y un entrenador que confiaba en su inteligencia. Porque Carril no sería primer entrenador, simplemente formaría parte del organigrama de Rick Adelman. Pero éste era sabedor de la inteligencia de aquel hijo de españoles y le encargó diseñar las jugadas de ataque y convertir el ‘ataque Princeton’ en la seña de identidad de los Sacramento Kings.

Aquel equipo dirigido por Vlade Divac y Chris Webber, dos hombres altos con mentalidad de bases, se convirtió en una de las escuadras más atractivas de la NBA y solo los Lakers de O’Neal y Kobe Bryant les impidieron convertirse en campeones. Los Sacramento Kings, hasta entonces un equipo sin rumbo, fueron durante un lustro una perfecta combinación de egos donde el pase extra y la solidaridad imperaban sobre todo lo demás y el juego bonito gobernaba por encima de los resultados. A sus 70 años Pete Carril había logrado la perfección con su querido ‘ataque Princeton’.

Kings Statement on Passing of Pete Carril | NBA.com
Pete Carril

La idea de que si la pelota y el jugador no dejan de circular el balón finalmente encuentra su destino, estuvo y estará presente en cualquier cancha de baloncesto. Pero fue aquel hijo de un leonés el primero que, agobiado por la necesidad, diseñó un quinteto con cinco exteriores sin presencia de pívots tan en boga en la actualidad. Mucho antes de que Golden State Warriors ganase cuatro anillos de la NBA con Draymond Green haciendo de pívot sin llegar a los dos metros, los Tigers de Pedro Carrillo ya hacían lo mismo desde la neoyorkina universidad de Princeton.

“Cualquier aficionado al baloncesto poco sofisticado podía admirar y entender a un equipo de Pete Carril a primera vista. También el adicto a los aros más devoto podía ser hechizado por un equipo de Carril en movimiento. Era baloncesto, no de talento, sino de equipo. Puede que no sea la forma en que todo el mundo debería jugar, pero era la forma en que todo el mundo solía intentar jugar». ‘The New York Times’ tras el fallecimiento de Pedro Carrillo (Pete Carril).

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Vivir a la manera de Nava

Una manera de vivir. Así definió Zupo Equisoain la fascinante historia del Club Balonmano Nava. Zupo dirigió al equipo segoviano durante dos temporadas (2000-2022) tras sumar más de 700 partidos en la Liga Asobal y conseguir varios títulos ligueros y la Copa de Europa con el Portland San Antonio de Pamplona. Que Zupo aceptase dirigir a un club de una población de menos de 3.000 habitantes era del todo menos normal.

Pero es que en Nava de la Asunción todo es paranormal. Esta bucólica villa de la campiña segoviana tiene el honor de ser la población más pequeña de España en albergar un equipo deportivo de carácter profesional que haya llegado a la máxima categoría. Un pueblo alejado de la mano de Dios, aunque no tanto, ya que está a menos de 50 kilómetros de la capital provincial y a unos 130 de Madrid.

El caso es que el Balonmano Nava militó durante tres temporadas en la Liga Asobal (2019-2022). Sin ser esto moco de pavo, lo más trascendental es que durante la última década se ha consolidado como cantera de referencia en el balonmano y en club habitual de la segunda categoría. Y lo ha hecho con una idiosincrasia única. El club es el pueblo y el pueblo es la afición.

Los únicos miembros del Balonmano Nava que cobran son el entrenador y los jugadores. En tiempos de Zupo los más afortunados podían llegar a los 2.000 euros brutos mensuales. El resto de los empleados, desde el presidente al utillero, son voluntarios. Han convertido en virtud su mayor pecado. ¿Qué hace falta algo? Participan los vecinos. La construcción del pabellón municipal se hizo tras un referéndum. Y no se concibió a las prisas. Fueron ocho años de proyecto en virtud del presupuesto del ayuntamiento. Hoy entran allí 1.000 personas, un tercio de los censados en Nava de la Asunción.

Lo del censo es importante porque otra característica del club es que obliga a que sus jugadores vivan en Nava. Podrían hacerlo en la cercana Segovia, a media hora en coche, pero eso está prohibido. De hecho, hay resquemor. Es el club deportivo de más categoría de la provincia, pero se sienten abandonados. Los políticos terciaron para llevar el club a la capital, pero en Nava él no ha sido la respuesta. El roce con el pueblo es básico. Todo fichaje es presentado a finales de agosto y se integra al grupo en la semana de fiestas de Nava, las cuales tienen lugar a inicios de septiembre. Después empieza la temporada y también el cole. El nombre del polideportivo (Guerrer@s naver@s) fue escogido por los alumnos del colegio tras voto secreto.

Los jugadores son como dioses. Destacan por su altura y comparten saludos y abrazos. También visitan farmacias, supermercados y bares. Y no pagan. Pero acaban pagando. Lo hacen por vergüenza. Porque quieren. Porque son aceptados como miembros de la comunidad. El presupuesto es cosa de Viveros Herol (50%) y el resto es otorgado por otros patrocinadores (35%) y por los socios (15%). Prácticamente no hay vecino de Nava que no sea socio. Y el que no lo es hará otras cosas. Por ejemplo, lavar las camisetas de los jugadores o preparar la comida para después del entrenamiento.

Nava de la Asunción, otro milagro del balonmano español - MARCA.com
El milagro de Nava

Todo empezó en 1976. Un vecino llamado Quintín Maestro comenzó a practicar balonmano en Coca, la capital de la región. Le gustó tanto la experiencia que decidió montar un club en su Nava natal. El asunto se inició como una afición de un grupo de amigos para luego convertirse en seña de identidad del pueblo. Los partidos se jugaban en un frontón de cemento sin escapadas de fondo de pista. Un lugar peligroso y terrible para jugar, pero que encantaba a todos los rivales porque el ambiente era espectacular.

Hace trece años el Balonmano Nava militaba en la quinta categoría nacional, pero pronto ascenderá hasta llegar a la segunda categoría en 2014 y a la Asobal en 2019. Lo hace apostando por gente de la casa que tuvo que marchar para crecer, pero que vuelve tras la crisis que azota al balonmano español. Es el caso de Carlos Villagrán o Alberto García. Adolescentes que marchaban a León o a Valladolid pero que vuelven a Nava ante la desaparición, refundación o crisis de los antaño gigantes del balonmano hispano.

La hazaña se hace realidad en 2019. El Balonmano Nava es equipo de Asobal. Pero la cosa no marcha. Llega el Covid. Y es cuando aparece Zupo. El antiguo campeón de Europa estaba haciéndose de oro dirigiendo a la selección de Emiratos Árabes Unidos, pero aquella llamada le devolvió la pasión por el balonmano. Esa manera de divertirse, ese frente nava-verde, le hizo centellear, devolverle el brillo a su mirada.

Zupo salvó al Balonmano Nava la primera vez. Pero el milagro no podía ser eterno. En 2022 bajó de categoría. Da igual. El pueblo seguirá sosteniendo al club. Como lo hizo ayer, y como lo hará mañana.

Programa de Fiestas de Nava de la Asunción | Segovia al día | Noticias de  Segovia y provincia
Nava de la Asunción

“Son veinte años como entrenador de élite. Puedo decir que he vivido muchas cosas en mi vida, pero este es el momento más triste de mi carrera deportiva. No tiene comparación con nada”. Zupo Equisoain tras perder la categoría con el Balonmano Nava por un punto de diferencia tras sumar cinco derrotas en las últimas cinco jornadas.

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“Me veo en los cromos vestido de blanco y me da un no sé qué”. “Para un jugador del Barça es gratificante que le piten en el Bernabéu”. “No me acerco ni diez metros a una televisión ni borracho”. “A mí me vale el ritmo, me va la adversidad, porque soy gilipollas”. “Si no te gusta mi estilo me importa un bledo, por decirlo de manera educada”. “Los catalanes son la hostia y están adelantados a los españoles en general”. “Pregunta lo que quieras y yo contesto lo que me apetezca”. “¿Hablar con la prensa? Para mí es un juego de niños”. “Pletórico es un adjetivo calificativo para decir como estoy”. “Soy el mejor seleccionador que hay sobre la faz de la tierra”. “En todos los vestuarios hay un gilipollas”. “¿Convocados? El que tengo aquí colgado”.

Luis Enrique Martínez es un chaval poligonero. No es despectivo. Es el nombre del barrio gijonés donde creció a caballo entre los 70 y los 80. Los años del Naval Xixón, de las barricadas en los altos hornos, de los neumáticos quemados a la entrada de los astilleros. De un tipo de vida que fue y que finalizó por obra y gracia de la Unión Europea. Luis Enrique era un chulo, un ‘playu’, uno de esos lideres del barrio que no se achanta ante nadie. Un tipo con lengua viperina, que va de frente y que todo lo sabe. Cuando el Madrid pagó al Sporting 250 millones por su fichaje lo primero que hizo fue comprarse un deportivo rojo. Lo mismo que tantos y tantos hicieron antes y harán después. Pero Lucho hizo algo más. Se encargó de pasar una tarde calle arriba y calle abajo cruzando el Polígono para que todos vieran quien conducía ese Opel Calibra rojo recién estrenado.

No hace falta que me extienda mucho más para explicar quién es. Jugador de Sporting de Gijón, Real Madrid y FC Barcelona. Reconocido entrenador de los azulgranas y seleccionador nacional. Se trata de Luis Enrique Martínez. Persona maleducada, irrespetuosa y soberbia para algunos. Divertida, sincera y graciosa para otros. Para mí, por cierto, encaja mejor con la primera definición. El caso es que Luis Enrique no deja indiferente a nadie. No existen las medianías con él. Pero no es de Luis Enrique de quien voy a hablar en este artículo, aunque parezca lo contrario.

Vamos a hablar de periodismo.

A Luis Enrique le ha dado por hacer de streamer durante el Mundial de Qatar. ¿Qué es un streamer? Es un anglicismo derivado de la palabra ‘streaming’ que consiste en emitir contenido audiovisual en primera persona, sea en directo o grabado, para compartir ideas, entretenimiento u opiniones con quien se desee. Y aquí está la madre del cordero. Es un mensaje entre el que quiere enviar información y el que la quiere recibir sin que exista un intermediario. Sin que exista un periodista.

He aquí el problema. La profesión periodística ha estallado contra la decisión de Luis Enrique. Ya no era santo de devoción de los medios, pero tras lo del streaming menos todavía. Argumentan que es una forma de Luis para cobrarse facturas y para demostrarle a la prensa que es del todo innecesaria necesaria. Os provoco porque me sois inútiles, viene a decir el seleccionador.

El Sporting, con Luis Enrique y La Roja | El Comercio
Lucho

La realidad es que la decisión de Luis Enrique obedece a dos circunstancias. La primera es su predisposición a atribuirse el mensaje y ser el foco de los medios para llamar la atención y descargar de responsabilidades a sus jugadores. Cuenta Ronaldo Nazario que cuando le dio por hacerse aquel estrafalario peinado en el Mundial de Corea lo hizo porque la prensa debatía sobre si podría jugar la final tras una lesión muscular durante la semifinal. Fue hacerse aquel esperpéntico triángulo en el pelo y nadie volvió referirse a la lesión. Luis Enrique forma parte de esta estirpe de entrenadores que convoca a una cohorte de legionarios que moriría por el centurión a cambio de recibir por ellos todos los golpes venidos del exterior.

La segunda realidad obedece al hecho de comunicar un mensaje. Lo que hace Luis Enrique es, con perdón de la expresión, más viejo que cagar. Se llama comunicación corporativa. Desde que Julio César escribiera en primera persona su crónica sobre la invasión y toma de la Galia por parte del ejército romano hasta que en tiempos presentes a Hugo Chávez le dio por formar su propio programa de televisión bajo el nombre en ‘Aló Presidente’, la comunicación corporativa se basa en controlar el mensaje que queremos transmitir a nuestros clientes (nuestro público). Es lo que hacen las empresas, tanto de forma interna como externa, pero también los particulares, desde el mismo momento en que ellos tienen conciencia por sí mismos ser un hecho noticiable.

Si bien la comunicación corporativa es antigua, el hecho de que un individuo actúe por sí mismo sin la existencia de filtros de forma masiva es reciente. Se debe a la popularización de las redes sociales y a los diferentes canales surgidos gracias a internet, pero también a la existencia de representantes e ingresos ajenos a la práctica deportiva que han convertido al deportista en una empresa. Mientras los deportes minoritarios y los deportistas semi anónimos buscan desesperados a la prensa para contar su relato y obtener visibilidad, una centena de deportistas de élite renuncian a los medios tradicionales sabiéndose poseedores de la potestad de poder controlar el relato y así poder comunicarse con sus seguidores sin intermediarios.

Ese es el quid de la cuestión. El intermediario. Esa es la labor del periodista. Filtrar, interpretar, analizar y transmitir la información al receptor para que este tome sus propias decisiones. Y son dos partes irremplazables e interconectadas. El periodista tiene que coger ese bruto, ponerle forma y a partir de ahí transmitir una idea. Pero ojo. El receptor no debería tomar la palabra del periodista como la palabra de Dios, sino aceptarla y compararla con otras interpretaciones y después tomar una decisión propia.

Esa es pues la función del periodista. La de masticador de la realidad. El receptor no tiene por qué saber de todo y, aunque tenga acceso prácticamente ilimitado a cualquier información a través de la red, ni tiene tiempo para consumirlo todo ni tiene capacidad analítica para interpretar todo lo que le llega. Es por eso que la labor del periodista ni ha desaparecido ni va a desaparecer, porque sin periodista no existe interpretación alguna.

El problema es que el periodista, los medios y la profesión en su totalidad hace tiempo que han dejado de practicar el periodismo. ¿Qué diferencia hay entre en una rueda de prensa y un directo de Twitch? Ninguna si las preguntas están teledirigidas. ¿Qué valor tiene una comparecencia sin preguntas? ¿Qué valor tiene una hagiografía, una entrevista en la que solo hay baño y jabón? No hay entrevistas incisivas, no hay denuncia, no hay investigación. Todo es griterío, espectáculo y oda al deportista. No existen los ataques con fundamento ni la denuncia como sustento.

¿Qué Luis Enrique es streamer? De puertas afuera hay crítica e indignación por la falta de respeto contra la profesión. De puertas adentro es la felicidad absoluta. Cuantas más plataformas, mejor. Cuanto más se hable, más fácil es rellenar parrillas informativas. Twitch no da información, pero da titulares. Los primeros que siguen a Luis Enrique son aquellos que lo critican. No existe forma más sencilla de conseguir contenidos. Podemos saber lo que piensa, cuál es su estado de ánimo, como está la moral de los jugadores, que sucede en la concentración…

A la hora de publicar este artículo España está a las puertas de disputar los octavos de final del Mundial ante Marruecos. De cómo y hasta donde llegue la selección influirán las críticas a Lucho. Una de las más recurrentes es que el deportista metido a streamer (Luis Enrique en este caso) pierde el tiempo con estos asuntos en vez de centrarse en su trabajo. No obstante, ¿no es tan cierto que la hora y media que pasa Luis Enrique como streamer la hubiese pasado en otros tiempos entrando en directo primero en la COPE, luego en la SER, después en Onda Cero, más tarde en RNE y para acabar en Radio Marca? ¿Si las cosas van mal, lo criticarán? Claro. ¿Y si no lo hiciera? Seguro que también.

Luis Enrique debuta en Twitch: "Me gusta mucho lo de Luis Padrique" | Onda  Cero Radio
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Así visto parece que el deportista que decide ser su propio medio de comunicación tiene todas la de ganar. Pero no es oro todo lo que reluce. Iniciar una fuente de preguntas abiertas a todo el mundo obliga a contestar a todos, algo imposible por gustos (haters) o por tiempo. Y, sobre todo, abre un melón informativo en el que todo vale. Si el Luis Enrique de turno permite que el internauta le pregunte sobre su mujer, sobre lo que come, sobre sus vacaciones, sobre el sexo entre su hija y su yerno, o sobre si es hijo de Amunike, da carta blanca al periodista para abrir un melón peligroso en el que se le pueda preguntar lo que se quiera. Decidir exponer tu vida privada al público por decisión propia legitima al periodista a meter las narices en el asunto.

Y ese es un punto de no retorno.

No sabemos si Luis Enrique seguirá como seleccionador después del Mundial. Como dije hace unas líneas dependerá de lo que pasé los próximos días. Pero haga lo que haga en el futuro lo que es seguro es que seguirá haciendo el cabra. Y como él tantos y tantos que reniegan de los medios para transmitir su mensaje. Es legítimo y hasta es beneficioso para el periodista porque tiene más material que comunicar. Pero es peligroso tanto para la profesión como para el receptor. Que el receptor no sea consciente de ello es razonable. Que el periodista no sea capaz de hacer entender al receptor de la importancia de su trabajo es decepcionante. Pero que ni los periodistas ni los medios no sean capaces de ejercer de informantes es humillante e indignante para la profesión.

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