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Nadal y el efecto Pigmalión

Cuentan que Pigmalión, rey de Chipre, buscó durante años a una mujer con la que casarse. Obsesionado por la perfección era incapaz de encontrar a la dama elegida, por lo que decidió crear una escultura con la que poder moldear a la mujer perfecta. Una de aquellas estatuas, a la que le puso de nombre Galatea, le pareció tan hermosa que acabó enamorándose de ella. Fue entonces cuando la diosa Afrodita, conmovida por el deseo del rey, dotó de vida a Galatea para que pudiese casarse con Pigmalión.

Los psicólogos dieron en llamar efecto Pigmalión al suceso en el que las expectativas de los demás nos llevan a tener un mejor rendimiento. La teoría fue puesta en práctica hace unos años en un instituto norteamericano. Se seleccionó a un grupo de alumnos al azar y se les comentó a los profesores que habían sacado resultados extraordinarios en unos test de inteligencia. Inmediatamente estos alumnos comenzaron a recibir de forma inconsciente un trato diferenciado, con más atención y paciencia por parte de sus educadores. Al finalizar el año, aquellos chicos ‘normales’ conseguían sacar unas notas elevadas con las que nadie contaba.

Estos mismos psicólogos dieron en llamar efecto Galatea al proceso vivido por el propio alumno. Al explicarles que eran unos alumnos brillantes (sin serlos) y viendo que sobre el agraciado se depositaban altas expectativas, el alumno en cuestión se esforzaba para tratar de corresponderlas logrando unas tasas de éxito académicas más altas a posteriori.

Perdía Rafael Nadal ante Daniil Medvedev. La inteligencia artificial le daba un 4% de opciones de triunfo a un Nadal de 35 años. Open de Australia 2022. 2-6 en el primer set. 6-7 en el segundo. En el tercero era un 2-3 para el ruso y un 0-40 con saque a favor del hijo de las estepas. Y aun así el público seguía expectante. Quizás si estuviese Djokovic delante. Quizás si el rival hubiese sido Federer. Pero no. No era ninguno de ellos. Era difícil. Nunca imposible. Y lo imposible es intrínseco a Nadal. Acostumbrados a lo inhumano, a las remontadas increíbles, todos esperábamos un resultado extraordinario de Nadal. Las expectativas del público provocaron un efecto Pigmalión en un Nadal que acabó llevándose el partido para obtener su 21º Grand Slam por 2-6, 6-7, 6-4, 6-4 y 7-5.

Al vencer en el tercer set, y aun estando dos sets a uno en contra, tanto el público que abarrotaba la pista central australiana como aquellos que veían el partido desde su casa, sabían que el favorito era Nadal. Lo sabía también Medvedev, quien comenzó a cometer errores hasta entonces inexistentes en su juego. Pero, esencialmente, lo sabía el propio Nadal. Rafa sabía las altas expectativas que se cernían sobre su tenis, por lo que se esforzó más allá de sus límites para tratar de corresponderlas. A eso se llama efecto Galatea.

Rafael Nadal ha sido un deportista excepcional catalogado por expertos, aficionados y rivales como uno de los más grandes de siempre y el mejor tenista en tierra batida que ha habido. Pero fundamentalmente ha sido un aglutinador de emociones. Rafael Nadal ha sido y será la antítesis de la cultura de la queja. Ha construido su leyenda sobre una ética de autoexigencia.

La figura de Rafa no se puede entender sin la de su tío Toni. No porque haya moldeado su juego, sino porque ha moldeado su mente. Cuando los padres de Rafa decidieron poner el futuro de su hijo en manos del tío Toni no lo fue porque éste fuese preparador físico, sino porque les prometió educación. Durante años, Toni hacía entrenar a Rafa con pelotas en malas condiciones, en pistas estropeadas y le alargaba los entrenamientos indefinidamente porque le interesaba que fortaleciese su carácter. En cierta ocasión Rafa jugaba un torneo cadete en el que perdía por 0-5 en el primer set. Su tío se acercó a él y se dio cuenta de que tenía la raqueta rota, por lo que tuvo que cambiarla. Acabaría perdiendo el partido por 0-6 y 5-7 aunque, evidentemente, su juego había mejorado. Cuando al finalizar el encuentro Toni preguntó a su sobrino porque no le había dicho que tenía rota la raqueta, Rafa contestó:

“No me había dado cuenta y como siempre estoy acostumbrado a que si pierdo la culpa sea mía no pensé que fuera por culpa de la raqueta”.

Mas deliciosa aun si cabe es la anécdota ocurrida tras ganar Rafa un torneo internacional sub-12. Le quisieron hacer una entrevista y bajó de la habitación del hotel en el que se hospedaba con pantalón corto y chanclas. Su tío le mandó de vuelta a la habitación y le exigió ponerse unas bambas y pantalón largo. Luego, tras la entrevista, viendo que Rafa estaba envalentonado, su tío le recitó el nombre de los últimos veinte ganadores de aquel trofeo infantil.

El joven Rafa apenas conocía a uno de ellos. Y apenas un puñado de aquellos niños habían conseguido llegar al circuito profesional.

Toni y Rafa

De Rafael Nadal Parera se han escrito miles de líneas sobre sus triunfos y otras tantas miles sobre su calidad humana. En las academias de tenis siempre aparece como ejemplo por su actitud, jamás sobre su tenis. Ningún profesor recomienda imitar a Nadal. A inicios de su carrera Nadal jugaba a cuatro o cinco metros de la línea de fondo abusando de fuerza física e imprimiendo un top spin a la bola imposible de replicar. Aquellos esfuerzos hercúleos llevaron a decir que su carrera sería extremadamente corta. André Agassi dijo que a los 25 estaría retirado. No fue así. Nadal ha estado presente en varias generaciones. Fue un rebelde de pelo largo con camiseta sin mangas y ha acabado siendo un dandy de cabeza lampiña entrado en años.

La enseñanza de Nadal viene tanto de sus victorias como de sus derrotas. De sus golpes ganadores, del partido del siglo en Wimbledon 2008 ante Federer o de la interminable semifinal de Roland Garros ante Djokovic en 2013. Mas Rafa también es aquel que se desliza de una rueda de prensa del US Open camino de una silla de ruedas y el mismo que llora tras ganar una medalla de oro y compartir pensión y cama con anónimos deportistas en la Villa Olímpica.

Nadal enseñó que no hay que ser un robot, que se puede ser emocional y nervioso, pero siempre concentrado.

Los tenistas jóvenes no te dicen que quieren jugar como Rafa, sino que quieren ser como él. En un país profundamente fragmentado como es España, cierto filósofo dijo en una ocasión que lo único que tenemos en común los españoles es que cuidamos de nuestros mayores y nos ocupamos de los enfermos. Pocas sociedades contemporáneas lo hacen y, al menos de momento, en la antigua Hispania aún se realiza. A pocos deportistas de élite imaginas pasando tarde de hospital con un abuelo o limpiándole el culo a una anciana madre. A Rafa sí. A Rafa Nadal te lo imaginas.

Nadal

Rafa es 14 veces París. Su esplendor está profundamente conectado al Bois de Boulogne, a la tierra de arcilla de la Philippe Chatrier. Eléctrico, magnético, gladiador incomparable y jugador inolvidable. Sufridor y ganador a partes iguales. Para los tenistas no existen escondites. Los futbolistas cuentan con Japón, Qatar o Estados Unidos. El tenista no. Nadal extendió un cheque contra su cuerpo e igual que brilló en Paris fue en Paris donde lo vimos frágil, débil y quebradizo. Pero que fue mejor; ¿verlo reinar en Roland Garros año tras año o verlo caer de rodillas ante un público entregado que le dirigió una ovación interminable en su último baile? Sólo el simple hecho de poder plantearse esta pregunta demuestra la grandeza del personaje.

Las manecillas del reloj giran incluso para los héroes. Valiente, constante, cercano, humilde, pero por encima de todo ello un extremo competidor. Un sufridor y un icono a base de apretar los dientes. Una figura tan colosal, que a media tarde del mes de junio era capaz de tapar el Sol. Rafa Nadal es el mejor deportista español sin discusión alguna y, aunque no fue tan bello como Federer ni tan perfecto como Djokovic es, sin género de dudas, el tenista que más respingones de asiento ha provocado de un lado al otro del planeta. Al gélido Federer, la aparición de Nadal le dotó de pasión y buen temple. Al compacto Djokovic, sus combates con Nadal le obligaron a ser más versátil y a usar al mismo tiempo la cabeza y la ambición. Para Rafa todo fue fe o resiliencia, esa palabra que en tiempos de secularización ha substituido a la religión. Nadal ha vivido siempre al borde del trastorno obsesivo compulsivo, como Merckx, Ali, Jordan, Phelps o Maradona, pero siempre con una buena cara, un buen gesto y con una sonrisa hacia el respetable.

Hay obras maestras de Nadal. Ante Roddick en la Davis de 2004, Coria en Roma 2005, sus noventa golpes ganadores ante Verdasco en Australia 2009, la final interminable de la misma Australia en 2012 ante Djokovic o la de los lloros de Federer en 2009. Antes de la ya citada de Medvedev en 2022 ya le había levantado un 0-2 en contra al ruso en el US Open de 2010. Fueron 92 títulos en su carrera (22 Grand Slam). Entre rodillas, espalda, pies o muñecas fueron más de treinta lesiones en su carrera. Es el cuajo psicológico le que convirtió en grande a Nadal. Es curioso que una sociedad que ha abandonado la cultura del esfuerzo, donde la abolición al mérito es cotidiana y donde la igualdad está en profundo riesgo, a la altura de 2024 un archimillonario como Rafa Nadal dé un ejemplo de pundonor, épica, sacrificio o empeño. Todo lo que queremos ser, pero no somos.

Y es que no fue ni Djokovic ni Federer. No. Ninguno de ellos fue su máximo rival. Tenía Rafa la mayoría de edad recién conseguida y todavía el casillero de Grand Slam sin estrenar cuando abandonaba en cuartos de final de Estoril por culpa de una fractura de estrés en el pie izquierdo. Müller-Weiss. Ese ha sido su máximo rival. Una enfermedad crónica que deforma el escafoides tarsiano, uno de los huesos situados en la parte media del pie y que es esencial para la movilidad del mismo. Una enfermedad que no tenía cura. Y sigue sin tenerla.

Nadal aprendió a jugar, a ganar y a vivir con dolor. Vendajes, plantillas especiales y cambios en la forma de caminar. Desafió a médicos y también a periodistas. Primero se convirtió en un experto del polvo de ladrillo y luego tuvo que volver a adecuar su tobillo a otras latitudes para poder aspirar a ser el más grande y vencer en pista dura.

E incluso eso no fue lo peor. Hombros, espalda, muñeca, cuádriceps y rodilla. Su peor pesadilla. En 2008, tras ganar un partido épico en la hierba de Wimbledon a Roger Federer, empezó a tener molestias en su rodilla derecha. Tendinitis que se convertiría en rotura del tendón rotuliano y que le mantuvo meses fuera de las canchas. Regresó para ganar Roland Garros al año siguiente, pero iniciando una costumbre que le obligó a seleccionar torneos y a finalizar su temporada en septiembre para ahorrar esfuerzos. La intensidad del mallorquín para golpear cada pelota, para correr cada centímetro de la cancha y para pelear cada punto hasta el final fueron desgastando un cuerpo que al principio parecía indestructible. Sus músculos, sus articulaciones y sus huesos le pidieron decir basta una y otra vez.

Fue entonces que apareció su fortaleza mental, la que le permitió reponerse de cada golpe, reinventarse para adaptarse al tenis de sus nuevos rivales y cuidar y preservar lo mejor posible su físico. Por lo que, si hasta 2014 Rafa Nadal fue campeón gracias a físico, técnica y mentalidad por este orden, a partir de 2016 lo fue por mentalidad, técnica y físico en sentido inverso. Sus brazos ya eran pistones alimentados por la madurez de una cabeza capaz de retomar problemas y contratiempos (desde el divorcio de sus padres, la separación profesional con su tío Toni o las dificultades de su esposa para concebir un hijo).

Así que cuando en 2023 Rafa anuncia que lo único que quiere es pasarlo bien y no lamentarse por haberlo intentado, a nadie debió sorprenderle. Él, y todos, sabíamos que no le daba para más. Ni siquiera en Roland Garros, por mucho que lo deseáramos. Lo inesperado sería que un tipo con una disciplina mental de hierro, con una dedicación espartana y con una capacidad de concentración y superación infinita no lo hubiese intentado. Ha sido un año lleno de frustraciones en los que se ha aferrado por no decir adiós. Al final el adiós ha llegado. Pero ha sido tan precioso el viaje como la agónica conclusión.

No en vano Rafa fue capaz de convertir la agonía en placer.

https://www.youtube.com/watch?v=YYDr9RSODyA

“Lograr aquello que has soñado te hace feliz, pero, sobre todo, te hace feliz recordar el esfuerzo empleado para lograrlo”. Rafael Nadal.

“Lo que diferencia a Rafa no son los títulos, son sus golpes. Hace golpes que otros no hacen. A veces tengo ganas de saltar la red, pasar al otro lado y chocarle los cinco”. Roger Federer.

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Cuando Michael Chang lanzó globos para ganar Roland Garros

Ivan Lendl y Michael Chang se enfrentaron en alguna primera ronda en algún torneo del año 1988. Lendl, primera raqueta mundial, apabulló a aquel adolescente de 16 años en dos plácidos sets. Al acabar el choque ambos se saludaron en el centro de la pista hasta que Chang se dirigió a las gradas para saludar a sus padres, dos inmigrantes taiwaneses que habían emigrado a Estados Unidos para brindarle un futuro mejor a Michael y al resto de sus hermanos. Fue entonces cuando Lendl, tan dechado de virtudes en la pista como ordinario fuera de ella, se acercó a Chang y le dijo: “No tienes saque ni tienes un segundo servicio decente. Por mucho que corras no podrás sobrevivir en la pista sino desarrollas un arma más poderosa para vencerme”.

El extracto de esta conversación la daría Michael Chang muchos años después cuando, con esas mismas miseras armas, acumule una década entre los diez mejores jugadores del mundo y haya disputado tres finales de Grand Slam, además de haber ganado Roland Garros en 1989.

A finales de la década de 1980 una serie de jóvenes estadounidenses se habrían paso a zancadas entre los mejores tenistas del mundo. El más mediático era André Agassi. También hijo de inmigrantes, en su caso iranies, Agassi era una estrella del rock empuñando una raqueta. Sin llegar a los 18 ya estaba entre los cinco mejores del mundo y sabía lo que era llegar a semifinales de un Grand Slam. Era un producto consumista perfecto con su melena cardada, sus camisetas de colores, su nervio visceral y con una sonrisa igual de agresiva que cautivadora. Era un producto grunge camino de ser el mejor tenista del planeta.

Agassi era el sucesor moderno de McEnroe. O del clasicista Connors. Ninguno de ellos había conseguido ganar nunca Roland Garros. De hecho, desde que en 1955 Tony Trabert había ganado en París ya iban más de tres décadas sin triunfo norteamericano en las pistas de arcilla. El favorito era el checoeslovaco Lendl que tantas y tantas veces había frustrado los intentos de McEnroe de salir victorioso en la tierra batida. Tenían opciones Edberg o Becker, pero ambos eran hombres de pista dura. Si había alguien que tenía que ganar en 1989 Roland Garros tenía que ser el adolescente André Agassi.

A excepción de Lendl, todos cayeron antes de octavos de final. Agassi cayó ante Jim Courier, un pelirrojo mozo estadounidense que era el favorito de los puristas. Con el tiempo Courier acabaría ganando Roland Garros, pero entonces aquello fue una sorpresa. Por lo tanto, el camino quedaba expedito para que Ivan Lendl ganase por cuarta vez en su carrera Roland Garros.

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Lendl; tres veces campeón

Una de las pequeñas piedras que Lendl se iba a encontrar por el camino era un tal Michael Chang. Como Agassi, Michael Chang era un prometedor adolescente, pero a diferencia de éste era un chico apocado y desapercibido. Era un hijo de taiwaneses que cumplía a la perfección con todos los estereotipos que el mundo le tenía asignado. Era delgado, pequeño, con cara de no haber roto un plato, de ojos rasgados, grandes orificios nasales y pelo desordenado. Era una tachuela enfrentándose a un terremoto.

Con 15 años había ganado su primer partido en el US Open, el más joven en alcanzar dicho logro, y con 16 su primer trofeo ya decoraba el salón de casa de sus padres. Con 17 afrontaba Roland Garros como decimoquinta raqueta del planeta.

Había hecho tanto o más que Agassi, pero nadie lo tomaba en serio. Era carne de mobbing escolar. Pocos creían que fuese a tener recorrido en el circuito profesional. Lo cierto es que su día a día en el torneo fue un lento pesar. Pasaba ronda con sufrimiento. Pero pasaba. Uno de los derrotados fue Pete Sampras, otro adolescente estadounidense entonces ni entre los 100 mejores del mundo, pero que con el tiempo se convertirá en uno de los mejores tenistas en pista rápida de la historia.

En octavos de final a Chang le tocaba enfrentarse con Lendl. David contra Goliat. Uno un niño de colegio de curas. El otro un Apolo en pantalón corto. Con el tiempo quedó en la retina como la final de Roland Garros 1989. La realidad es que no era más que un partido de cuarta ronda. ¡Pero qué partido!

Durante los dos primeros sets Ivan Lendl cumplió con el pronóstico y pasó por encima del imberbe estadotaiwanense con más claridad de lo que dictaba el electrónico (6-4 y 6-4). En el tercer set llegó a romper el servicio de Chang en lo que parecía una victoria clara y rotunda. No fue así. Chang se recompuso y empezó a devolver siempre un golpe más que su rival. Desde el fondo de la pista mandaba la bola hacia uno y otro lado convirtiéndose en una pared infranqueable. La misma pared y el mismo juego de contraataque que lo convertirá en un muro de elite durante la siguiente década.

En un abrir y cerrar de ojos, Chang había conseguido remontar el tercer set y se ponía también por delante en el cuarto (3-5). El día anterior los tanques del ejército popular chino habían entrado en la plaza de Tiananmén causando un número indeterminado de muertos. Chang era como aquellos estudiantes que se colocaron delante de los blindados reclamando libertad. Era terco y obstinado y no tenía miedo a nada.

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Michael Chang

Lendl había perdido los nervios, situación completamente inusual en el checo. No había derrochado una manga en todo el torneo y de repente estaba a un tris de perder dos. Comenzó a discutir con el juez de silla por cualquier nimiedad y emprendió a juguetear con los pantalones, con la bola, con el pelo o con la toalla. Todo le estaba mal.

Lo cierto es que por mucho que Chang acabase con la paciencia de Lendl, claudicar y dimitir del partido era lo que tendría que suceder. Su físico de niño endeble estaba a punto de finar. Los calambres hacían su aparición y la boca era incapaz de cerrarse. Con ese 3-5 y saque para finiquitar el cuarto set, Chang se dio cuenta de que era un moribundo. Empezó a tirar globos a campo contrario. Lendl golpeaba con todas sus fuerzas y Chang se limitaba a enviar bolas altas para poder recuperar el aliento entre golpe y golpe. Eran globos muy largos, groseramente altos, que obligan a Lendl a marcharse fuera de la pista para poder restar y seguir con el juego.

A los silbidos le siguieron las risas del entendido público parisino, pero lo cierto es que el ejercicio de supervivencia de Chang tuvo éxito y ganó el set por 3-6. Con aquel tenis de urbanización con piscina estaba ganando al mejor especialista en tierra batida del último lustro. La táctica de enviar la bola a la Luna surtió efecto en el quinto y definitivo set y Chang rompió el saque de Lendl para adelantarse por dos juegos de diferencia. Entonces los calambres volvieron a hacer su aparición y Lendl sacó a relucir su físico de granito para poner el 2-2 en el electrónico.

Según confesó Chang al acabar el torneo, en ese momento, después del 2-2 y con unos calambres insoportables, Chang se acercó al juez de silla con la intención de abandonar el partido. A escasos metros de la llegada decidió darse la vuelta y continuar con el choque. “Tengo 17 años, si la primera vez que me encuentro en una situación así, me retiro, ¿qué haré la cuarta o la quinta? Retirarme también”, comentaría a la prensa.

Luchando contra los elementos Michael Chang consiguió volver a romper el saque de Lendl y con ese nuevo break se ponía 4-3 a favor y con servicio para poner un 5-3 que se antojaba definitorio.

Con 15-30 para Lendl, y viendo que iba a perder su servicio, Michael Chang iba a idear un truco digno de niño de preescolar. Si lo de lanzar globos era tenis de urbanización con piscina lo que ahora pretendía realizar era tenis infantil de palas y bañador. Chang flexiona las rodillas, estira el brazo, inicia la rutina de saque…y saca de abajo a arriba.

Saca de cuchara.

Ojiplático, Lendl se ve obligado a correr hacia la red lo que acaba siendo una dejada. Como es un superclase lo consigue, pero Chang tiene todo de su mano para lanzar una derecha que firma el 30-30. El público ríe y aplaude a partes iguales, mientras Lendl revienta los labios a base de dentelladas de impotencia.

Chang logra el 5-3 de ventaja y se enfrenta al servicio de Lendl. Aún le quedaba otro truco en la recámara al hijo de taiwaneses. Lendl falla el primer servicio y Chang se coloca para el segundo al borde de la red. Un suicidio. Algo propio del tenis de dobles o del pádel, jamás de un partido a campo abierto entre dos tenistas. Otra vez el griterío hace su aparición entre incrédulo y jocoso, y otra vez Lendl pierde los nervios. El checo saca y la doble falta se consuma.

Michael Chang acabó ganando el partido en cinco sets (4-6, 4-6, 6-3, 6-3 y 6-3) para luego vencer en cuartos y en semifinales siempre remontando un set en contra. En la final le tocaba el sueco Stefan Edberg, el cual se puso dos sets a uno a favor. Chang no tiró de trucos en este caso, pero llegó a salvar hasta once bolas de break e incluso volvió a remontar un 0-2 en contra en el último set para al final salir victorioso por 6-2.

Con 17 años y tres meses Michael Chang se proclamaba campeón de Roland Garros. El día anterior otra adolescente de 17 años y, en este caso cinco meses, llamada Arantxa Sánchez Vicario se proclamaba vencedora en el torneo femenino.

Ivan Lendl ganó su último Grand Slam en Australia a inicios del año siguiente antes de dejar las pistas en 1994 como uno de los más grandes. Michael Chang no volvió a disputar una final de Roland Garros hasta 1995 donde perdió con claridad ante el austriaco Thomas Muster tras vencer en semifinales al español Sergi Bruguera. Con el tiempo Chang y Lendl han compartido tardes de pesca, aunque al parecer jamás han vuelto a hablar de aquel partido ni de aquellos globos propios de tenis de urbanización con piscina.

El tenista más joven en ganar un Grand Slam – El Gurú del deporte
Campeón a los 17

“Como haga lo mismo en Wimbledon y gane, prometo quitarme los calzoncillos en plena pista central”, John McEnroe sobre la victoria de Chang ante Lendl en los octavos de final de Roland Garros 1989.

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Vilas; un rey sin corona

22.545 resultados de partidos de tenis en 542 torneos distintos que equivalen a más de 300.000 filas de Excel en 50 columnas diferentes. Esa es la cruzada a la que durante años se enfrascó el periodista Eduardo Puppo para restablecer la memoria de Guillermo Vilas. Su batalla y empecinamiento personal duró más de una década, recopilando archivos personales, documentación de la ATP y entrevistando y aliándose con matemáticos para obtener respuesta a la gran duda.

¿Por qué Guillermo Vilas no fue nunca número 1 del mundo?

Melena al viento, revés descomunal y una resistencia asombrosa que lo hacían casi infalible en el quinto set, Guillermo Vilas fue el único cacique capaz de competir en tierra batida con Björn Borg y uno de los pocos habilitados para coquetear con la sombra de Rafa Nadal en el polvo de arcillas. Vilas forma parte de esa estirpe de niños que son obligados por su padre a practicar un deporte. Mas lo curioso en su caso es que su progenitor no le prometió ni fama, ni dinero ni gloria. Papá Vilas le dijo que si prosperaba como tenista podría aprender inglés y viajar gratis a cualquier ciudad de Europa.

Cuando en 1970 Guillermo Vilas comenzaba a dar sus primeros pasos en el circuito, el tenis estaba herido de muerte. Había una división pestosa entre profesionales y amateurs, y los tenistas se debatían entre ganar dinero y no poder acudir a los grandes torneos o acumular telarañas en los bolsillos y llenar su palmarés de gloria eterna. Para 1972 se produjo el gran cambio con la creación de la Asociación de Tenistas Profesionales (ATP) que admitía el profesionalismo en torneos de realengo como Wimbledon o Roland Garros.

Al año siguiente la recién creada ATP decidió instaurar un ranking que determinaría a los mejores tenistas del mundo y que establecería los cuadros eliminatorios de los distintos torneos. Acabada la dicotomía entre profesionales y amateurs el objetivo era crear un “método histórico objetivo basado en méritos para determinar la aceptación y siembra en todos los torneos para individuales y dobles”.

La idea era buena, pero en exceso ambiciosa. ¿Cómo contabilizar el sistema de puntos? En 1973 los métodos informáticos estaban en pañales. La ATP tardaba varios días en actualizar los datos y en más de una ocasión tenían que rectificar. Al inicio de un torneo aún no se habían trasladado al ranking los puntos del torneo anterior. Se tomaban notas provisionales a la espera de ser revisadas.

No sólo eso. Una victoria en Roland Garros valía lo mismo que una victoria en El Espinar.

Actualmente se otorgan determinados puntos en función de la categoría del torneo. Los Grand Slam (Australia, Roland Garros, Wimbledon y US Open) reparten desde 2.000 puntos por ganar a 25 por participar. Los Masters 1000 (9 en total) reparten entre 1.000 y 12, los ATP 500 (14 en total) entre 500 y 10 y los ATP 250 (38 en total) entre 250 y 5. El sistema es sencillo de aplicar y rápido de ejecutar y actualizar. Así lo es, y así lo parece. Pero no era así en 1973.

Entonces el ranking ATP no distinguía de torneos, únicamente distinguía victorias. Se contaba el promedio de puntos obtenido en función de los partidos disputados. Pongamos como ejemplo un caso extremo. Un tenista podría obtener la victoria en 5 torneos y obtener un promedio perfecto, mientras que otro que jugando 30 torneos hubiese ganado 25, tendría un promedio inferior. Esta circunstancia era posible porque, ante la incapacidad de la ATP para contar todas las semanas, los rankings no se actualizaban. De hecho, de las 280 semanas disponibles en el lustro 1973-1978, tan sólo en 128 se publicó el ranking ATP.

Ese es el gran lustro de Vilas. En 1975 pierde la final de Roland Garros ante Borg pero antes y después de la final parisina vence en hasta cinco torneos en tierra batida. Sin embargo, ni Vilas ni Borg están en lo más alto del ranking de la ATP. El agraciado es el norteamericano Jimmy Connors, que será número 1 del mundo desde principio a fin de año. Eso es lo que llama la atención de Puppo que no comprende como Connors puede estar 365 días seguidos en lo alto de la clasificación de la ATP sin haber ganado ningún torneo de Grand Slam.

Eduardo Puppo, el biógrafo de Vilas: "A Guillermo le corresponde el N° 1" |  Perfil
Vilas (i) y Puppo (d)

El problema radica en que oficialmente Connors sólo estuvo en lo alto de la clasificación durante 13 semanas. Las 39 restantes fueron adjudicadas al tenista norteamericano ‘ad hoc’. Connors había pasado de ganar tres Grand Slam el año anterior a perder tres finales y eso tendría que haberse notado en el ranking, porque aunque Vilas tampoco lograr ganar ningún Grand Slam, sí que había triunfado en múltiples torneos menores. Su ascenso respecto al año anterior era meteórico.

Revisando los datos y actualizando el ranking semana tras semana se constata que Vilas tenía que haber sido número 1 mundial durante cinco semanas entre el mes de septiembre y octubre de 1975 y también un par de ellas a inicios de 1976.

Pero lo que Puppo descubrió y presentó al mundo hace unos años se torna en un secreto a voces cuando el año a analizar es 1977. No hizo falta ninguna revisión matemática ni ningún loco periodista para que la comunidad tenística no alzara la voz sobre la injusticia cometida con Guillermo Vilas en 1977.

En plenitud física y mental, con 25 años cumplidos, en 1977 Guillermo Vilas alcanzó la victoria en Roland Garros y el US Open alargando su excelente estado de forma saliendo victorioso en enero del año siguiente en el Open de Australia. En el 77 Vilas ganó un total de 16 torneos y sumó 46 victorias seguidas en todas las superficies (récord aun no superado) y 53 victorias consecutivas en tierra batida, hazaña que pareció inalterable hasta la aparición de Nadal.

Ganó Roland Garros perdiendo tan sólo un set en todo el torneo y destrozó a Jimmy Connors (2-6, 6-3, 7-6 y 6-0) en la final del US Open. Y sin embargo no fue número 1. Aquello sí que resultaba inconcebible. Connors fue otra vez líder todo el año exceptuando una semana de agosto en la que en lo más alto de la lista estaba el sueco Björn Börg. En 1977 Connors no ganó ningún Grand Slam. Lo más sangrante es que ni siquiera participó ni en Australia ni en Paris. Borg también se ausentó de los dos primeros grandes de año, aunque logró el triunfo en Wimbledon.

No había que ser matemático para saber que Vilas tendría que ser número 1. En una edición especial la revista ‘World Tennis’, la más influyente del mundo de la raqueta, sacaba una portada con Vilas en la que explicaba que el argentino era el verdadero número 1. Ese año Vilas había ganado 14 torneos de la ATP (2 Grand Slam), Connors 9 (ningún Grand Slam) y Borg 7 (1 Grand Slam)

Según la ATP su sistema de clasificación de tenistas es totalmente fiable. Argumentan que los posibles fallos del sistema en los años 70 son indetectables y que es imposible obtener los datos de todos los partidos jugados de aquella época. Tras aportar un extenso ensayo con más de 1.000 folios con el apoyo de un reputado matemático, Puppo obtuvo para Vilas el reconocimiento de tenistas, medios y público… así como el silencio por parte de la ATP que sigue sin reconocer la evidencia.

Jimmy Connors seguiría siendo número 1 en diferentes semanas desde ese 1977 hasta 1983, compartiendo el trono o bien con su compatriota John McEnroe o bien con Borg. Vilas volvió a ganar el Open de Australia en 1979 y consiguió alcanzar otra final de Roland Garros en 1982, pero jamás volvió a mostrar aquel excelente nivel de 1977, cuando fue el mejor tenista del planeta.

Aunque fuese de manera oficiosa.

https://www.youtube.com/watch?v=x-EqoIZ1MrE

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La retirada de Björn Borg

A finales de la década de 1970 Björn Borg era el mejor tenista del mundo. Poseía un revés a dos manos que era inquebrantable y una profesionalidad y meticulosidad no conocida hasta entonces. Sus golpes liftados desde el fondo de la pista y su colocación en los saques mostraron el camino para el tenis moderno. Era conocido como ‘Iceberg’ porque no mostraba emoción alguna ni en la pista ni fuera de ella. Era como un bloque de hielo impertérrito a golpes externos que navegaba con extrema seguridad por la inmensidad del océano. Contaba con más de treinta raquetas que tenían que ser tensadas noche tras noche, no se afeitaba si estaba en medio de un torneo, usaba las mismas toallas partido tras partido y nunca variaba de hotel, comida o transporte mientras obtuviese la victoria. Sus manías rozaban el paroxismo.

Durante tres años consecutivos (1978, 1979, 1980) hizo doblete en Roland Garros y en Wimbledon, proeza jamás igualada y que difícilmente se volverá a lograr dado el extremadamente difícil cambio entre la superficie lenta de arcilla a la rápida de hierba en poco más de treinta días. Años atrás había ganado la Copa Davis para Suecia, por entonces primer equipo europeo con la excepción de Francia en lograrlo.

Y sin embargo, en 1982, a los 26 años de edad y en plena efervescencia física, Björn Borg, vigente campeón de Roland Garros y finalista de Wimbledon y del Open de Estados Unidos anunciaba su retirada del tenis.

¿Por qué? En 1979 surgió de la nada un joven neoyorquino llamado John McEnroe. En su habitación contaba con un poster de Borg, pero no podía ser más opuesto al sueco. Explotaba durante los partidos, contestaba bruscamente en las ruedas de prensa, se reía de sus rivales cuando los derrotaba e insultaba al público y al juez de silla cuando tomaba decisiones controvertidas. McEnroe había tenido una disciplina espartana desde niño y el tenis era su válvula de escape. Borg había sido un niño rebelde y gracias al tenis se convirtió en un hombre meticuloso.

En 1980 Borg y McEnroe se enfrentaron en la final de Wimbledon. El primero perseguía conseguir ser el primer tenista en enlazar 5 títulos consecutivos. El segundo buscaba su primer trofeo en Londres. El choque fue considerado el mejor partido en la historia del tenis hasta que Nadal y Federer se enfrentaron en la final de 2008. Tras perder claramente el primer set y tras un interminable ‘tie-break’ en el que McEnroe llegó a tener 7 puntos de partido, Borg se llevó el título tras cinco agotadores mangas (1-6, 7-5, 6-3, 6-7, 8-6).

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Borg se había llevado el título, pero había acabado mentalmente exhausto. Durante años se había propuesto ser el mejor y ocultar sus dudas y frustraciones ante rivales y aficionados. Por el camino se había vuelto introvertido y lloraba a escondidas mientras miles de jovencitas y afilados publicistas llamaban a su puerta. Era una estrella del pop. El primer tenista con entrenador personal y con un batallón de guardaespaldas. Y ahora, por primera vez, tenía un rival enfrente al que creía que no podría derrotar.

Meses después ambos tenistas se enfrentaron en el Open de Estados Unidos. Borg nunca había ganado en Nueva York y en 1980 tampoco iba a lograrlo. McEnroe se llevó el triunfo y otra vez fueron necesarios cinco agotadores sets (7-6, 6-1, 6-7, 5-7, 6-4).

Por el camino Borg se casó con su novia, una joven rumana que había surgido de la nada, y empezó a barajar abandonar el tenis mientras era tentado una y otra vez a jugar en torneos de exhibición y los patrocinadores le llevaban de un estudio a otro a grabar anuncios.

Así pues, la temporada de 1981 dio comienzo y Borg volvió a barrer en Roland Garros logrando su sexto título en tierra batida. Poco después tocaba el turno de obtener el doblete y vencer en la hierba de Wimbledon. Pero esta vez el ganador fue McEnroe en cuatro ajustados sets. Borg salió de la pista central convencido de que todo había acabado. Para McEnroe la felicidad no fue completa, porque se convirtió en el primer campeón de la historia que no era invitado a la cena oficial debido a sus exabruptos durante el torneo.

Aún hubo una última vez para Borg. Nuevamente en la final del Open de Estados Unidos y nuevamente con McEnroe como rival. El estadounidense se proclamó vencedor con cierta comodidad. Borg jugaría un par de torneos más y tras cuatro meses de ausencia reapareció por sorpresa en Montecarlo en abril de 1982 para anunciar en rueda de prensa que dejaba el tenis profesional a los 26 años.

Borg sabía que podía competir físicamente con McEnroe y con otros jóvenes colosos como Lendl o Connors. Pero mentalmente estaba muerto. Le tocó ser una ‘vedette’ cuando sólo quería jugar al tenis. Llevaba desde los 15 años siendo controlado 24 horas al día los 365 días del año y tenía ganas de ser libre.

Fue una decisión que nadie entendió. Y el que menos la entendió fue McEnroe. Nada más enterarse de la noticia, McEnroe convocó una rueda de prensa con el único fin de pedirle a Borg que no se retirase, que quería seguir jugando contra él. Necesitaba a su némesis. Aquel año no ganaría ningún título de Grand Slam. Perdió la estimulación de luchar contra un campeón y aunque en 1984 tendría un año estratosférico logrando 13 títulos, lo cierto es que siempre dio la sensación de que si Borg hubiese estado en pista su tenis habría sido de más quilates.

Borg quiso recuperar el tiempo perdido y cual volcán entró en erupción una vez retirado. Acumuló bodas y divorcios con la misma facilidad con la que golpeaba la bola, empezó a practicar orgias con prostitutas, intentó suicidarse y fue un adicto al juego y a la cocaína. Acabó arruinado y tuvo que volver a las pistas cuando contaba con 35 primaveras para enjuagar su cuenta corriente. Fue un rotundo fracaso porque quiso jugar con su antigua raqueta de madera en vez de utilizar las modernas de aluminio. En 2006 pretendió subastar sus trofeos de Wimbledon para conseguir liquidez y sólo la intervención telefónica de McEnroe consiguió paralizar la venta.

“Sé que podría haber ganado más títulos. Me retiré con 26 años y podía haber estado cinco años más entre los 10 mejores del mundo y habría ganado algún Grand Slam más. Pero perdí la motivación. Si hubiese venido alguien a hablar conmigo y me hubiese dicho que no me retirase, le hubiese escuchado”. Björn Borg.

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La revolución feminista de Suzanne Lenglen

El llamado techo de cristal se está resquebrajando a pasos agigantados. En pocos sitios esa grieta es tan vasta como en el deporte. La importancia de las mujeres deportistas en unos Juegos Olímpicos no tiene nada que envidiar a la expresada hacia los hombres. Los patrocinadores advierten como invertir en competiciones femeninas es sinónimo de aceptación popular. Las ligas de fútbol, balonmano o baloncesto forman parte de la agenda de los medios con mayor asiduidad. Es un triunfo de la mujer.

Un arduo triunfo que tiene su base en las pioneras. La pionera no es la mejor, pero si la que debe ser recordada y reverenciada. Es aquella que fue la primera en sacar los codos y estirar el cuello. Es aquella que consiguió lograr lo prohibido. Revolución feminista. Pioneras hay muchas. En España surgen rápido en cualquier conversación nombres como los de Blanca Fernández Ochoa, Lydia Valentín o Carolina Marín. A nivel mundial son pioneras Annika Sorenstam (golf), Alice Coachman (atletismo) o Lucy Harris (baloncesto).

Si hay un deporte donde se le ha dado popularidad a la mujer desde hace décadas ese es el tenis. Pero no siempre fue así. Existe una mujer que se puede considerar pionera, pero no únicamente como pionera con la raqueta. Es la primera deportista que fue ídolo de masas, que superó en relevancia y notoriedad a los hombres, que fue un referente para niños y niñas de todo el mundo y que fue respetada por políticos, hombres de negocios y por la jet-set de su tiempo. Se trata de Suzanne Lenglen y su particular revolución feminista.

Lenglen vino al mundo cuando el siglo XIX estaba a punto de fenecer. Era una niña parisina acomodada. La empresa de transportes de la familia había sustituido los caballos por el coche a motor y se presagiaba un futuro esplendoroso. Sin embargo, Suzanne se pasaba las semanas en la cama aquejada de diversas dolencias de índole respiratorio. El padre de Suzanne, un hombre de mundo, decidió comprarle una raqueta a su hija alentándole de los beneficios del deporte y en contra de las recomendaciones de reposo de los médicos. Habilitó una pista en la mansión de la casa familiar y colocaba en la otra punta palos de madera a los que Suzanne tenía que acertar desde el otro lado de la cancha. Con 15 años recién cumplidos, Suzanne era una muchacha fuerte y sana que ganaba contra pronóstico Roland Garros.

Conquistó la final en tres sets y al mes siguiente estalló la I Guerra Mundial. En ese interludio bélico de cinco años Suzanne pasaría de ser una niña a una mujer.

Después de más de 20 millones de muertos el mundo que surgió tras el fin de la guerra no podía ser el mismo. Las mujeres estaban en lucha por la consecución del derecho al voto y, tras haber salido de la cocina de su hogar para mantener en pie la economía de sus países durante el conflicto, no estaban dispuestas a dar marcha atrás. Cuando en el verano de 1919 se vuelve a poner en marcha el torneo de Wimbledon nada es ya lo mismo.

Lenglen apareció en las pistas del ‘All England Club’ con una cinta en la cabeza, un vestido en el que dejaba los hombros al descubierto y las pantorrillas al aire. El escándalo fue inmenso. Hasta ese momento las tenistas jugaban con un vestido que les tapaba todo el cuerpo, a excepción de los tobillos, y la mayoría saltaban a la pista con sombrero. Los jueces se miraron incrédulos sin saber qué hacer. Las normas de Wimbledon tan sólo especificaban que las tenistas tenían que jugar de blanco impoluto. Suzanne cumplía con las norma, por lo que no les quedó más remedio que aceptar lo evidente.

La sorpresa se convirtió en estupor cuando, en un descanso para el cambio de set, Suzanne se sentó en el banco y sacó de su bolsa de deportes una botella de coñac, se pegó un par de lingotazos y volvió a la pista. Eso fue el terremoto total. La gente comenzó a cuchichear y la fama de Suzanne subió como la espuma.

Pero claro, nada de esto importaría si no fuese una buena tenista. Y lo era. Según las crónicas se movía en la pista cual mariposa. De pequeña además de tenis había practicado ballet y dado que era bajita parecía que jugueteaba flotando en el aire. Consiguió llegar a la final y derrotar a la británica Dorothea Douglass en la que durante muchos años fue considerada la gran final de todos los tiempos (10-8; 4-6; 9-7). A pesar de que su rival era inglesa, el público londinense dio una sonora ovación a Lenglen al término del choque. Fue la primera vez en su vida que jugaba un torneo sobre hierba. Su leyenda había comenzado.

A partir de entonces todos los torneos se desvivieron para tener a Suzanne en su cuadro de participantes. Los niños y las niñas esperaban al término de los partidos para pedirle un autógrafo, un recuerdo o simplemente para saludarla. Era un ídolo de masas en todo el mundo, pero especialmente en Francia. Los galos, masacrados por la guerra, necesitaban algo a lo que aferrarse y Suzanne era un cúmulo de alegrías constantes suscitando, por supuesto, la envidia de los deportistas masculinos.

Amiga del modisto Jean Patou, abanderó el llamado movimiento ‘flapper’ con el que las mujeres reivindicaban su independencia a través de una ruptura con el vestuario tradicional. Suzanne aparecía siempre con el pelo corto, blusas sin mangas y chaquetas de punto. Aflora en traje de baño en revistas de moda como Vogue. ‘Le divin’ (la divina), como fue bautizada por la prensa francesa, era un torbellino dentro y fuera de la pista. En la década de 1920 llegó a contar con una línea de zapatillas con su nombre y por supuesto era perseguida por la prensa rosa en busca de romances. Que los tenía. Y a pares. En los torneos menores exigía jugar sus partidos en horario vespertino y así poder salir a bailar y a beber hasta altas horas de la madrugada.

Suzanne ganó dos medallas de oro (individual y dobles mixtos) y una de bronce (dobles femeninos) en los Juegos Olímpicos de Amberes. Triunfó en Wimbledon cinco años seguidos (1919, 1920, 1921, 1922 y 1923) y durante tres años hizo doblete con Roland Garros (1921, 1922, 1923). Acumuló 181 partidos consecutivos sin perder. Era tan digna y competitiva que obligó a cambiar las reglas. Hasta 1920 la vigente campeona de Wimbledon pasaba directamente a la final. Lenglen se negó en rotundo y exigió disputar todas las rondas de aquella edición. A partir de entonces la regla fue abolida.

Nunca triunfó en Estados Unidos. En 1921 hizo un pesado viaje en barco hasta el otro lado del Atlántico para jugar una serie de partidos propagandísticos y recaudar fondos para la reconstrucción de Francia. Por el camino contrajo la tosferina y cuando le propusieron jugar el Open de Estados Unidos no le quedó más remedio que aceptar por imperativo de la Federación Francesa de Tenis. Se tuvo que retirar en segunda ronda con fuertes dolores. El público estadounidense la despidió con abucheos mientras la prensa norteamericana la llamaba “niña consentida”.

La salud de Suzanne, ya de por si débil (también padecía de migrañas crónicas), no llegó nunca a recuperarse del todo de aquel episodio. En 1924 no logra ningún Grand Slam, pero se rehace en 1925 para volver a lograr el doblete Roland Garros-Wimbledon. Al año siguiente vuelve a vencer en el torneo parisino y, como era menester, decide celebrarlo a lo grande.

Al mes siguiente, durante la celebración del torneo de Wimbledon, Suzanne no se encuentra bien. La vida nocturna y su mala salud no son buenas compañeras. Cuando iba a disputar un partido de tercera ronda se encontraba tan indispuesta que llegó una hora tarde a la pista. La mala suerte para ella es que en la tribuna estaba la reina María de Inglaterra deseosa de verla en acción. Al llegar al estadio Lenglen comunicó que no estaba en condiciones de jugar, se desmayó y se tuvo que retirar del torneo. Por primera vez fue abucheada en Londres y recibió sonoras críticas. Incluso el Gobierno de Francia le exigió que se disculpase públicamente. Así, entre rabiosa y avergonzada, Lenglen decidió retirarse y emigrar a Estados Unidos para disputar lucrativos partidos de exhibición. Tenía tan sólo 27 años.

A partir de entonces se le consideró una suerte de proscrita en Europa. Eso no haría más que aumentar su rebeldía. Y en Estados Unidos encontró el país ideal para sus propósitos. En 1928 disputó cerca de 40 partidos de exhibición con los que ganó 75.000 dólares, una cifra desorbitada para la época. Era la primera mujer que vivía, y se hacía inmensamente rica, gracias al deporte.

En Estados Unidos se carisma y su ‘glamour’ la convertirán en una asidua de los estudios hollywoodienses. Aparecerá en anuncios publicitarios y tendrá breves papeles en películas. Entabló profunda amistad con el matrimonio de Douglas Fairbank y Mary Pickford, el más famoso en el mundo del celuloide de la época.

A los 35 decide dejar la raqueta y vuelve a Paris para montar una escuela de tenis (que hoy es la residencia oficial de cientos de niños y niñas que sueñan con ser profesionales) y escribir varios libros de iniciación al tenis. Por desgracia, en junio de 1938 anuncia que padece de leucemia. De aquella no había trasplante de médula ni Fundación Carreras, por lo que al mes siguiente fallece en su casa a los 38 años de edad. Su funeral en Notre Dame fue apoteósico y su traslado al cementerio parisino de Saint Ouen estuvo seguido de miles de compatriotas.

Después de que Lenglen rompiese las convenciones, en la década de 1930 se dieron nuevos pasos revolucionarios para la mujer. En 1931 la española Lili Álvarez compitió en Roland Garros con una suerte de falda-pantalón y un par de años después Eileen Bennett se atrevió a llevar un pantalón de hombre en Wimbledon.

Hoy, como no podía ser de otro modo, una estatua de Suzanne con la falda al aire, la cinta en la cabeza y a punto de finiquitar un juego con su implacable revés irradia la entrada de la pista de Roland Garros bautizada con su nombre.

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