Chicago Bulls

La asquerosamente maravillosa vida de un perfecto desconocido

El culo. Dícese trasero porque lleva sirvientes a todos los miembros del cuerpo delante de sí y tiene sobre ellos particular señorío. Francisco Quevedo decía que el culo se provee a sí mismo y que el ojo del culo es más provechoso que los dos de la cara. Desafiante, crítico y con un uso y abuso del léxico desmesurado, Quevedo escribió un total de diecisiete desgracias del ojo del culo en honor a una tal Doña Juana a la que calificaba de montón de carne por arrobas. Podemos vivir sin los dos ojos de la cara, ¿pero podríamos vivir sin el ojo del culo?, se preguntaba un genio de las letras que en los tiempos que corren viviría amortajado por culpa de su lengua viperina.

Quevedo escandalizó a propios y extraños ya que nada hay más indigno que el ojo del culo. Montón de basura, feo y asqueroso, es improcedente hablar de él. Y sin embargo se habla. Al mundo venimos en paños menores y del mundo nos vamos en esos mismos paños. En Francia a los recién nacidos se les rodeaba la cuna de medallas de la Virgen, de ahí que aún se mantenga la expresión avoir le cul bordé de médailles (tener el culo rodeado de medallas) para referirse a la buena suerte. Che culo Della Madonna! (¡Qué culo de la Virgen!) exclaman los italianos ante un golpe de fortuna. Schwein gehabt (tener cerdo) comentan los alemanes, refiriéndose a lo gordas y grasosas que son nuestras posaderas. ¡Pero, qué culo!, gritan en Argentina. En tierras españolas era costumbre plantar alguna flor hermosa en medio de los huertos para tener suerte con la cosecha. Como no podía ser de otro modo, el abono era estiércol y el estiércol, mis queridos lectores urbanitas, es mierda. Así pues; ¿Qué hay más opuesto a la mierda? Una bella flor. De ahí que tener una flor en el culo sea sinónimo de buena suerte.

Quevedo. Mr. Culo

Ganar un anillo de la NBA es tremendamente complicado. Compiten treinta equipos a razón de un mínimo de 82 partidos y un máximo de 110 para lograr el triunfo. A diferencia de lo que ocurre en el resto del planeta aquí no hay premios menores a razón de copas nacionales o torneos internacionales secundarios. En la NBA o eres un ganador o eres un perdedor. Karl Malone, Charles Barkley, Elgin Baylor, John Stockton, Chris Paul, Steve Nash, Pat Ewing, Allen Iverson, James Harden, Reggie Miller o Russell Westbrook pertenecen a la categoría de superestrellas que no lograron un campeonato. Steve Nash, elegido en dos ocasiones MVP de la temporada, ni siquiera llego a disputar una final de la NBA.

Son carreras legendarias, pero nunca formarán parte del Olimpo porque falta el culmen de sus sueños. El ansiado anillo de campeón.

Y luego están los tipos que tienen una flor en el culo.

Joe Kleine es uno de esos.

Kleine nació en Colorado Springs un día invernal de 1962. Bonito lugar para crecer. Cerca de las Montañas Rocosas, de esplendorosa naturaleza y ciudad puntera en tecnología por ser sede de la Academia de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos. Kleine es un bigardo de dimensiones considerables. Mide 2’11 metros y es un tío guapo. No es un guaperas. Es guapo. Facciones marcadas y pelo con raya al lado. Si midiese treinta centímetros menos sería un excelente ejecutivo. Con 211 centímetros tocaba jugar al baloncesto. Y Kleine lo hace aceptablemente bien. Juega para la Universidad de Arkansas donde destaca especialmente en un partido contra la Universidad de Carolina del Norte consiguiendo 20 puntos y 10 rebotes. En Carolina del Norte jugaba un tal Michael Jordan. Es un buen día, pero no es la norma. La Universidad de Arkansas es menor y Kleine patina cuando se enfrenta contra los mejores. En esos años destaca otro joven pívot llamado Hakeem Olajuwon a quien pronto se le apoda como The Dream (El Sueño) por su excelso juego de piernas.

A Joe Kleine los periodistas lo apodaron The Nightmare (La Pesadilla).

Pero era alto. Y era blanco. Y en el baloncesto estadounidense es una combinación muy apreciada porque la demanda permanece inalterable mientras que la oferta desciende de forma alarmante. Así que Joe Kleine fue convocado para disputar el Mundial de baloncesto de 1982. Era una escuadra norteamericana de segunda fila, pero aun así lograron el subcampeonato tras perder la final ante la Unión Soviética. Joe Kleine no llegó a vestirse de corto en la final. Ocurre que, recibió una medalla de plata igualmente.

De más enjundia fue su segunda y última convocatoria para defender la camiseta nacional. Los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984. Ahí iban a estar todas las estrellas universitarias del momento. Patrick Ewing, Chris Mullin, Sam Perkins, Alvin Robertson…y Michael Jordan. Estados Unidos pasó por encima de todos sus rivales y se llevó la medalla de oro, incluido un Joe Kleine que ponía bloqueos y cogía rebotes como pocos. No fue titular y apenas amasó tres puntitos por partido, pero estuvo en el lugar adecuado en el momento oportuno.

Con esas credenciales a Joe lo escogieron los Sacramento Kings en la sexta posición del draft de la NBA de 1985. Palabras mayores. Aunque tiene truco. Fue el sexto en la lista, pero el cuarto si sólo consideramos pívots. Dicho de otro modo. Lo seleccionaron porque era alto. Sin más. Si Kleine capturaba rebotes y ayudaba a sus compañeros a base de codazos en ataque cuando aún era un universitario, esas peculiares cualidades se tornaron en inútiles tras su salto a la NBA. Incapaz de anotar bajo oposición, incapaz de saltar con potencia e irremediablemente lento, Kleine pasó de ser una promesa a un jugador de banquillo. Los Kings eran un equipo menor, ideal para que Kleine se foguease y se hiciese un nombre en la NBA y sin embargo acabo siendo el suplente de un tal Lasalle Thompson, un completo desconocido sin oficio ni beneficio.

Así pues, Joe Kleine finalizó su contrato de tres temporadas y debía pelear por conseguir un modesto lugar en alguna plantilla de la NBA. O eso, o hacer las maletas rumbo a Europa.

Y entonces a Joe Kleine le volvió a salir una flor en el culo.

Joe Kleine

Los Boston Celtics se fijaron en Kleine para ejercer de pívot suplente del veterano Robert Parish. Era 1988. Era un sueño. Los Celtics de Bird habían iniciado su declive, pero seguían formando parte de la aristocracia de la canasta. Kleine se las arregló para aguantar cinco temporadas en Boston donde saltaba a la pista para disputar un puñado de minutos, capturar tres o cuatro rebotes y, con suerte, anotar un par de canastas y cometer unas cuentas faltas. Su labor era residual, pero siempre necesaria en cualquier equipo. Tras el obligado retiro de Bird por sus problemas lumbares tocó hacer tabla rasa y Joe Kleine fue traspasado a Phoenix en 1993. Habían sido cinco temporadas en la franquicia más laureada de la historia de la NBA.

Phoenix no era tampoco mal destino. Los Suns acababan de perder la final de la NBA ante los Bulls. Eran un candidato al anillo y Kleine volvió a hacer lo que le pedían. Ser fuerte en los entrenamientos, poner bloqueos, hacer unas cuantas faltas y coger unos cuantos rebotes al saltar a la pista. Es lo que siempre había hecho, pero con el inconveniente de que la edad hacia sus efectos. Son tres añitos en Arizona. Al ser traspasado a los Lakers en 1996 pasará prácticamente la temporada en blanco. Tiene 35 años cuando a mitad de esa misma campaña vuelve a hacer las maletas desde Los Ángeles rumbo a Nueva Jersey.

Y entonces otro golpe de suerte. Otra flor en el culo.

Vuelve a ser agente libre y sopesa la retirada. Pero recibe una llamada de última hora para completar el fondo del banquillo de los Chicago Bulls. Será el suplente del pívot suplente de los Bulls. Luc Longley es el titular, Bill Wennington el suplente…y luego está Joe Kleine. Pero son los Bulls. ¡Los Chicago Bulls de Michael Jordan! Kleine promedia ocho minutos por partido en un total de 46 partidos sobre 82 posibles. Básicamente juega los minutos de la basura. Y en playoffs ni siquiera llega a vestirse de corto. Es lo mismo. Los Chicago Bulls ganan la NBA. Joe Kleine gana la NBA. Las cámaras lo captarán llorando a moco tendido celebrando el triunfo. En un momento dado, Michael Jordan se acerca a él y le recriminará sus lágrimas.

“¿Por qué lloras? Yo gané este campeonato por ti”, le espetará His Airness.

El anillo de campeón lo recibirá en Phoenix a donde volvió la temporada siguiente, antes de acabar su carrera con 38 años en las filas de Portland Trail Blazers promediando unos míseros 4’8 puntos y 4’1 rebotes en sus dieciséis temporadas en la NBA.

Una larga carrera en la que ganó la medalla de oro olímpica en Los Ángeles 84 y el anillo de la NBA con los Chicago Bulls en 1998.

Kleine y Jordan

Bien, ¿no?

Indaguemos un poco más en el currículo.

No existe mayor honor para un jugador (también entrenador, árbitro o directivo) que incluyan tu nombre en el Naismith Basketball Hall of Fame (Salón de la Fama del Baloncesto). Es tal la dificultad de formar parte de ese club que valga como ejemplo que tan solo hay tres españoles contenidos camino del siglo de historia; los entrenadores Pedro Ferrándiz y Antonio Díaz-Miguel y el jugador Pau Gasol. Indudablemente Joe Kleine nunca formará parte de este selecto club. Pero Joe Kleine tiene otro título.

Joe Kleine es el jugador que ha compartido su carrera con mayor número de Hall of Famers.

Nadie puede presumir de haber compartido vestuario con más superestrellas.

Comencemos con el verano olímpico de 1984. Kleine saltaba a la pista junto a Pat Ewing, Michael Jordan, Chris Mullin y Alvin Robertson, éste último más desconocido por culpa de sus problemas extradeportivos, pero entonces un jugador de renombre en el concierto internacional. Una vez convertido en profesional, y tras un discreto paso por Sacramento, Joe Kleine compartirá aventuras en Boston junto a Larry Bird, Kevin McHale, Robert Parish, Dennis Johnson y Danny Ainge, el mítico quinteto ganador de los Celtics en los 80. Ya veterano firma por Phoenix Suns donde jugó junto a Charles Barkley, del que se hará íntimo amigo, Kevin Johnson y A.C. Green.

Tal y como señalé anteriormente en ese momento Joe Kleine estuvo al borde de la retirada, pero disfrutará de un breve paso en Los Ángeles Lakers junto a Nick Van Exel, Eddie Jones, Robert Horry, Byron Scott, Kobe Bryant y Shaquille O’Neal. Luego logró el título de la NBA con los Bulls. En Chicago compartiría duchas con Toni Kukoc, Ron Harper, Steve Kerr, Dennis Rodman, Scottie Pippen y Michael Jordan. Y aún le daría para volver a Phoenix junto a Steve Nash y Jason Kidd y retirarse en Portland con Detlef Schrempf, Damon Stoudamire, Rasheed Wallace o Arvydas Sabonis.

Como quien se acerque a este blog no tiene por qué ser ducho en baloncesto y mucho menos conocer a estos jugadores de antaño, vamos a poner en consideración la afirmación de que Joe Kleine es el jugador de la NBA con la flor en el culo más grande que jamás ha existido.

Además de decenas de buenos jugadores, Joe Kleine compartió vestuario con un total de 16 Hall of Fame de la NBA en el siguiente orden cronológico:

1. Pat Ewing: 11 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.

2. Chris Mullin: 5 veces All-Star y un oro olímpico.

3. Larry Bird: 3 veces elegido MVP de la NBA, 3 veces campeón de la NBA, 12 veces All-Star y un oro olímpico.

4. Kevin McHale: 3 veces campeón de la NBA y 7 veces All-Star.

5. Robert Parish: 4 veces campeón de la NBA, 9 veces All-Star y jugador que más partidos ha disputado en la historia de la NBA.

6. Dennis Johnson: 3 veces campeón de la NBA y 5 veces All-Star.

7. Charles Barkley: 1 vez elegido MVP de la NBA, 11 veces All-Star y oro olímpico.

8. Steve Nash: 2 veces elegido MVP de la NBA y 8 veces All-Star.

9. Jason Kidd: 1 vez campeón de la NBA, 10 veces All-Star y oro olímpico.

10.Kobe Bryant: 1 vez elegido MVP de la NBA, 5 veces campeón de la NBA, 18 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.

11. Shaquille O’Neal: 1 vez elegido MVP de la NBA, 4 veces campeón de la NBA, 15 veces All-Star y oro olímpico.

12. Michael Jordan: 5 veces elegido MVP de la NBA, 6 veces campeón de la NBA, 14 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.

13. Scottie Pippen: 6 veces campeón de la NBA, 7 veces All-Star y dos medallas de oro olímpicas.

14. Dennis Rodman: 5 veces campeón de la NBA, una vez elegido Mejor Defensor y 2 veces All-Star.

15. Toni Kukoc: 3 veces campeón de la NBA, 3 veces campeón de Europa, una vez campeón del mundo de selecciones y dos veces campeón europeo de selecciones.

16. Arvydas Sabonis: Un oro olímpico, una vez campeón de Europa, una vez campeón del mundo de selecciones y una vez campeón europeo de selecciones.

Patrick Ewing, Chris Mullin, Charles Barkley, Steve Nash y Arvydas Sabonis nunca ganaron un anillo de la NBA.

Joe Kleine sí.

Kevin McHale, Robert Parish, Dennis Johnson, Steve Nash, Dennis Rodman y Toni Kukoc no tienen un oro olímpico.

Joe Kleine sí.

Steve Nash no tiene ni un anillo de campeón ni un oro olímpico.

Joe Kleine sí.

Charles Barkley y Joe Kleine en 2025

“La buena suerte es como el humo; no puedes atraparla con las manos, pero puede rodearte”. Anónimo.

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La camiseta número 12 de Michael Jordan

La de su última victoria con aquel tiro en suspensión ante los Utah Jazz fue vendida por más de diez millones de dólares marcando un récord aun no superado. En 2020, cerca de dos décadas después de su segunda y última retirada, la réplica de su camiseta roja de los Chicago Bulls seguía siendo el producto de la NBA más vendido por Amazon. No existe ni existirá deportista más relacionado con una elástica que Michael Jordan. El 23 de los Bulls. Su número 23. Conocido por aficionados y por profanos del baloncesto.

Lo curioso es que a Jordan no le gustaba el número 23. Su número favorito era el 45, dígito que portaba su hermano Larry. Un año mayor que Michael, Larry destacaba en el equipo de baloncesto del instituto de Wilmington. Cuando Michael se unió al equipo en su primer año de college Michael decide que, ya que no puede lucir el 45 en honor a su compañero de equipo e idolatrado hermano, partirá la cifra por la mitad. El resultado de 22’5 será irrealizable por lo que redondeará al alza y se quedará con el 23.

Ese 23 lo llevará a la eternidad. La feroz competencia con su hermano acabará diluyéndose cuando el mayor de los Jordan no consiga pasar de los 172 centímetros y tenga que conformarse con un futuro como administrativo y el pequeño ascienda hasta los 198 y se convierta en el deportista más famoso de todos los tiempos.

Michael Jordan es un icono entre otras razones porque fue el primero en hacer decenas de cosas. Entre ellas en portar el número 23. Bill Russell y Julius Erving eran el 6, Wilt Chamberlain el 13, Magic Johnson el 32, Abdul-Jabbar y Larry Bird el 33 y Jerry West el 44. David Thompson, la estrella de la Universidad de Carolina del Norte de la que era fanático Jordan, lucía el número 33. Michael Jordan inauguró el mito del 23 que continúa en la actualidad Lebron James.

El número 23

Sin embargo, a pesar de que el 23 es el número mítico del mito, Michael Jordan ha lucido varios números más. Con la selección norteamericana portó el 9 que le dio el oro en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 y en los de Barcelona 1992. También lució su tan querido 45. Fue tras su primera retirada. Era 1993. Aquel verano su padre fue asesinado tras una trifulca por culpa de un robo. Destrozado, Jordan decidió dejar las pistas de baloncesto e intentarlo como jugador de béisbol, el deporte favorito de su progenitor. Aquellos meses de asueto demostraron que Jordan era un ser humano de carne y hueso portando el 45 de los Birmingham Barons y de paso nos dejaron un tete à tete con Bugs Bunny en Space Jam.

Michael Jordan regresa a las pistas de la NBA ya muy avanzada la temporada 1994-95, veinte meses después de su último partido. No lo puede hacer con el número 23 ya que la camiseta había sido elevada a los altares del United Center, la casa de los Chicago Bulls. Decide hacerlo con el 45 en la espalda en una temporada que acabará en fracaso al caer en las eliminatorias por el título. Para el inicio de la siguiente campaña Michael Jordan retornará su icónico 23 con el que ganará tres títulos consecutivos incluyendo el último en 1998 tras una victoria conseguida con una canasta suya en los últimos segundos antes del fin del partido ante los Utah Jazz.

El partido de la camiseta de los 10,1 millones de dólares.

Lo que es de desconocimiento público es lo ocurrió un 14 de febrero de 1990. Aquel día los Chicago Bulls viajaban a Florida para jugar un partido ante los Orlando Magic. Los Bulls contaban con un balance de 29 victorias y 19 derrotas. Jordan iba camino de su cuarto título consecutivo de máximo anotador, pero aún no había conseguido elevar a los Bulls a los altares. Ese año los Detroit Pistons acabarían con Jordan y compañía en las finales de la Conferencia Este. Por su parte los Magic malvivían en el fondo de la clasificación con un raquítico balance de 14-33.

El caso es que la expedición de los Bulls se instaló en el pabellón con sus pertenencias. Llegaron al vestuario, se quitaron la ropa de calle, se pusieron la ropa deportiva y se dispusieron a hacer breves ejercicios de tiro en la cancha de juego. Tras unos minutos desentumeciendo los músculos los miembros de los Bulls regresaron al vestuario. Jordan abrió su bolsa de deportes, se acercó a la parte del banco que le había sido asignada por su utillero y se dispuso a ponerse su camiseta de juego.

Pero no.

La camiseta no aparecía por ningún lado.

El 23 no estaba. Había sido robada. Los gritos pronto sustituyeron al asombro. Los compañeros de Jordan volvieron a la pista para el inicio del partido mientras Michael esperaba sentado en el vestuario con el torso desnudo. De repente comenzó una búsqueda del tesoro a cámara rápida. El servicio de seguridad se dedicó a interrogar a todos los empleados del pabellón mientras el circuito cerrado de televisión hacía un escrutinio asiento por asiento buscando a algún aficionado que portase el 23 de los Bulls que pudiese prestarle al ídolo. Lo cierto es que había unos cuantos miembros del Orlando Arena que portaban el 23 de los Bulls, pero ninguno que cupiese en un cuerpo moldeado a base de músculos de 198 centímetros.

Los minutos pasaban y el partido iba a comenzar. Michael tuvo que saltar a la pista para el momento de presentación de los equipos. El speaker del Orlando Arena comenzó a desgranar el quinteto titular de los Chicago Bulls. Con el 10 BJ Armstrong, con el 24 Bill Cartwright, con el 54 Horace Grant, con el 33 Scottie Pippen y con el 12… Michael Jordan.

La incredulidad en el pabellón tan sólo fue igualada por la incredulidad de todos aquellos que veían el partido por televisión desde el sofá de sus casas. No se dio ninguna explicación. Simple y llanamente no la había. El utillero de los Bulls había encontrado una camiseta con el 12 en el fondo de una bolsa. Por supuesto no estaba serigrafiada. Sencillamente era una zamarra de los Bulls en la que cabía Jordan.

Orlando venció a Chicago por 135-129 tras una prórroga. Jordan estuvo en pista 47 minutos de los 52 posibles y anotó 49 puntos. Hizo un excelso partido, pero su malestar fue visible tanto dentro de la pista como al finalizar el encuentro. La derrota tuvo mucho que ver, pero el cabreo se había visto triplicado por culpa del desconocido número 12. Maniático hasta lo enfermizo, aquel cambio de planes no había gustado nada a Air Jordan.

Y con el 12….Michael Jordan

A día de hoy sigue sin saberse nada de aquella camiseta 23 de los Chicago Bulls que fue sustraída de los vestuarios del Orlando Arena un 14 de febrero de 1990. ¿Cuál sería su valor si apareciese? Incalculable. La única certeza es que la camiseta fue sustraída en algún momento del día del partido entre la sesión de tiro y el salto inicial. Un rumor sostiene que fue escondida en el falso techo del vestuario rival y que, una vez cerrado el pabellón, el ladrón la cogió y se llevó el tesoro consigo. Lo único cierto es que nunca nadie la ha devuelto y seguimos sin conocer el misterio de una camiseta con muchos ceros detrás de ella.

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Gasol (1ª parte): Versión NBA

El viernes 1 de febrero de 2008 los Memphis Grizzlies traspasaban a Pau Gasol a Los Ángeles Lakers a cambio de Kwame Brown, Aaron McKie, Javaris Crittenton y los derechos de su hermano Marc, por entonces dominador de la ACB en las filas del Basket Girona. Aquel traspaso está considerado el más desigual de la historia de la NBA. Y no es un comentario chauvinista, sino que está refrendado por los periodistas especializados y los directivos más reputados de Estados Unidos.

En Memphis admitieron que el traspaso no les reportaba gran beneficio. Sencillamente lo habían hecho por Pau. Por un tipo racional y reflexivo, solidario y cabal, que jamás tenía una palabra negativa que ofrecer. Dicen los plumillas al otro lado del Atlántico que Pau Gasol era el único jugador que interpelaba a los reporteros por si querían preguntar algo más. Por eso, tras una temporada horrenda en la que se había desmantelado al equipo, todo el mundo en Memphis consideró que aquel larguirucho extremadamente educado merecía una oportunidad para conseguir el anillo.

Gasol había subido al Everest. Era E.T, cómo le hubo de bautizar acertadamente Andrés Montes. Con 216 centímetros de altura era más rápido que sus iguales y más alto que los que alcanzaban a seguirle. Su tiro desde cinco metros era de una amenaza colosal y su inteligencia para entender el juego superaba con creces la media. Había decidido batirse contra los más grandes ante la incredulidad de Aíto García Reneses, el hombre que lo había hecho debutar con el Barça, un ‘old school’ que renegaba de todo lo que atufaba a NBA. Fue escogido por los Atlanta Hawks en el mismo puesto que el Jesús Negro e inmediatamente fue traspasado a Memphis a cambio de Shareef Abdur-Rahim, un jugador que no es necesario recordar.

Trasladados de Vancouver a Memphis, los Grizzlies dejaron la tierra de los osos para irse a los dominios del rock and roll. Suplente en su primer partido, acabaría como ‘Rookie of the year’ y con mate en la cara de Kevin Garnett para ganarse el respeto de la NBA. En Memphis se hizo grande, liderando a un equipo pequeño a tres clasificaciones consecutivas de playoffs, todas históricas y todas finiquitadas con un absoluto fracaso. Son los años de Pau ‘Gasoft’, un juego de palabras para calificar a Pau como blando (soft). Porque eso era Gasol, un buen jugador, con buenos movimientos, pero incapaz de llevar a su equipo a lo más alto. Sus números eran bondadosos (18’8 puntos y 8’6 rebotes de media en Memphis), pero se mantenían estancados temporada tras temporada. No se vislumbraba progresión. No era un primer espada.

Hasta aquel 1 de febrero de 2008. El día que a Gasol se le abre el cielo. En Los Ángeles se convierte en poste de circulación, como un aclarado del juego en el que su talento natural y el estímulo táctico lo promueve. Phil Jackson ve cómo puede perfeccionar el sistema del triángulo ofensivo, esquema que utilizó con éxito en los Bulls de Jordan, pero que siempre estuvo cojo al carecer de un pívot pasador. Lo que algunos no consiguen entender en un curso, Pau lo domina en dos semanas. Ahora con Gasol, Jackson dispone de un hombre que ventile cargas de juego, como una puerta intermedia que dé paso una y otra vez al lado débil y que permita el lucimiento y el descanso de Kobe Bryant. Gasol aporta resolución colectiva y mejora del entorno, lo que en la actualidad se da en llamar IQ. Entender el juego de toda la vida. Comprendió el papel que se le pedía a la perfección y se sintió cómodo. Era el facilitador. Era el pasador. Era el ancla para que los demás se luciesen.

Y era también el defensor. Si en su adolescencia Juan Carlos Navarro le hizo conocer la noche y al mismo tiempo le hizo entender que su mente y su talento extraordinario tenían que escapar de ella, Kobe Bryant se encargó en su madurez de demostrarle que no podía ser primera espada, pero que si se mostraba intenso en defensa sería un jugador inexpugnable. Tras caer ante los Celtics de Garnett en las finales de 2008, Bryant se encargó de preparar mentalmente a Gasol para convertirlo en una máquina insuperable e intimidatoria en defensa.

Gasol quiso ser excepcional y con sus dos títulos (2009, 2010) de la NBA lo consiguió. Aquel chico que soñaba con ser Kukoc, acabó debajo del aro, al igual que el croata, por imperativo NBA. En el primer anillo dejará a Dwight Howard, en aquel momento el mejor pívot del planeta, en menos del 50% de tiros en toda la eliminatoria. Ya Pau había dejado de ser el “hombre del renacimiento” como fue calificado por Phil Jackson, a ser un muro en la zona. En su primer partido de playoffs con Los Ángeles acabaría con 36 puntos, 16 rebotes y 8 asistencias. En el séptimo partido de la final de la NBA de 2010 pasaría por encima de Kevin Garnett con 19 puntos, 18 rebotes y 4 asistencias (con Bryant agotado con un 6/24 en tiros) y cambiando la trayectoria de cada uno de los tiros de los interiores de los Celtics.

Por entonces Pau ya era en Estados Unidos un ser humano, no un jugador de baloncesto. Apareció en una portada de ‘The New York Times’ como una persona culta, curiosa, amable y sencilla. Solo así se entiende que entre sus múltiples premios (dos campeonatos, seis veces ‘All-Star’) acumule el trofeo Walter Kennedy, el premio Magic Johnson y el Impact Player. Traducido: premio al jugador de la NBA más filántropo, premio al jugador con mejor trato con los medios de comunicación y premio al jugador que más ayuda a difundir los valores de la NBA.

Pau se sale de la norma en una competición donde la norma es usar el baloncesto para salir del gueto. Es difícil de entender para un negro norteamericano la, para ellos, riqueza y opulencia de la depauperada clase media europea. Es cierto que Larry Bird fue un niño pobre, tanto, que Magic Johnson quedó impactado cuando visitó a su madre. También lo es que al joven Jordan lo del gueto solo le sonó de oídas o que Stephen Curry es millonario desde la infancia. Pero la realidad es que solo hay escepticismo cuando un chico salta de Europa y se adentra en una competición dominada por el poder negro.

Gasol es raro hasta en Europa. Pau destaca por la variedad y sofisticación de sus aficiones. No es extraño que quisiese hacer oficial su retirada en el Liceu de Barcelona. Lo primero que hizo al llegar a Los Ángeles fue preguntar por el calendario de las obras de teatro, salas de conciertos y exposiciones. “Nunca antes un jugador me había preguntado eso”, confesaría más adelante el relaciones públicas de los Lakers. Como es igual de posible que ningún jugador de la NBA prefiera ir a un concierto de Plácido Domingo que a uno de Daddy Jankee, o que se decante para firmar por un equipo en función de la oferta cultural de la ciudad, como cuando fichó por los Chicago Bulls.

A Chicago llega tras alargar demasiado su estancia en Los Ángeles. Es ya un hombre veterano (35 años) y le toca lidiar con un baloncesto distinto, donde los codos y el juego de pies han dejado paso a los triples imposibles y a las fintas excesivas. Gasol ya no es un rara avis, es uno más entre gigantes de siete pies con coordinación de un seis pies. Sus piernas ya no le permiten percutir en el poste, pero su inteligente lectura de espacios y una impresionante mejoría en el tiro a pie quieto de larga distancia le permite ser un jugador total. Nunca fue un tirador extraordinario, pero si extremadamente agudo para saber cuándo lanzar.

Con los Bulls volverá a ser ‘All-Star’, incluyendo un impagable salto inicial con su hermano Marc. Le dará tiempo a dejar un par de perlas. Marcar el tope de carrera con 46 puntos en un partido al que le añadió 18 rebotes, y firmar un encuentro perfecto con 22 puntos sin fallo en el tiro, 9 rebotes y 6 asistencias, algo nunca visto en un cuarto de siglo en alguien de 36 años.

Los hermanos Gasol en el All Star - NBA
Hermanos estrellas

Gasol ha vivido acomplejado por su comparación con Dirk Nowitzki, el patrón oro de los jugadores europeos. Con talla y peso similar, el alemán contó con un mayor arsenal de movimientos ofensivos y aterrizó en una franquicia que desde el primer momento apostó por él como piedra angular. La carrera NBA de Gasol es fantástica, pero está superada por la del alemán, por la de Antetokoumpo y, en futuro no muy lejano, por la de Luka Doncic.

Y aun así Nowitzki no puede presumir de tener dos anillos ni de sumar en su carrera al menos 20.000 puntos, 10.000 rebotes, 3.500 asistencias y 1.500 tapones. Sólo el de Sant Boi y tres jugadores más han llegado a tal hazaña. Pau consiguió normalizar lo asombroso, cuando lo normal hasta su aterrizaje en la NBA es que nos contentáramos con que un español (realmente cualquier europeo que no fuese yugoslavo) jugase un par de partidos al otro lado del Atlántico.

Gasol estiró “demasiado”, según sus propias palabras, el chicle. Primero en San Antonio y sobre todo en Milwaukee, donde una fractura en el pie abortó la caza de su tercer título. Mas Pau es de esos tipos que eligen cómo y cuándo quieren acabar su carrera. Durante dos años peleó cuando tenía que descansar, ya no para alcanzar la gloria, sino para demostrar que lo podía hacer. Para despedirse con honores vistiendo la camiseta de la selección española. “Soy consciente de que he sido un privilegiado, pero los privilegios conllevan responsabilidades”.

Pero esa, la historia de Pau con España, será otra historia.

“Era maduro, inteligente, poseedor de una profunda comprensión de nuestro deporte y dispuesto a adoptar una función subalterna, si era necesario, con tal de aumentar las probabilidades que tenía el equipo para ganar. Fue la persona correcta en el momento adecuado. En cuanto se incorporó, dejamos de ser un equipo que luchaba por arañar cien puntos por encuentro para transformarnos en una veloz máquina de anotar que promediaba más de 110 puntos y se divertía muchísimo al conseguirlo”. Phil Jackson, entrenador de Gasol en los Lakers.

“Uno de los aspectos más impresionantes de la trayectoria de Pau es como ha sabido hacerse un hueco en la NBA. La NBA está muy dispuesta a adoptar el talento extranjero para mejorar su competición, pero está menos dispuesta a otorgar responsabilidad o representatividad. El respeto a Pau yo le he respirado desde el inicio, en un mundo donde eso cuesta mucho. Y cuesta ganárselo, y mucho, sobre todo si vienes desde otro mundo”. Sergio Scariolo, seleccionador español y campeón de la NBA formando parte del cuerpo técnico de Toronto Raptors.

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La perturbadora existencia de un gusano (vida y obra de Dennis Rodman) 2ª parte

Asustados ante el intento de suicidio, los Pistons actuaron como haría cualquier empresa anteponiendo la cabeza al corazón. En el verano de 1993 decidieron traspasar a Dennis Rodman a los San Antonio Spurs. El equipo de Texas era uno de los conjuntos más tradicionales en el mundillo NBA. Estaba liderado por David Robinson, un fenomenal pívot que además era marine de los Estados Unidos. Cuando el día del primer entrenamiento Rodman se presente media hora tarde y con una cresta y el pelo teñido de rubio, la plantilla de San Antonio lo sentenciaría sin apenas conocerlo.

El nuevo Dennis Rodman estaba preparado para gustar a todos. Nunca más se iba a sentir sólo. No quería volver a ser ese niño que no encaja en ningún sitio. Dennis Rodman decidió convertirse en un icono contracultural. Se convirtió en el bufón de la NBA. Un día el ‘gusano’ aparecía con el pelo teñido de verde y al siguiente de azul. Otro día se pintaba las uñas de rosa y al siguiente se ponía un piercing en la oreja. Comenzó a coleccionar tatuaje tras tatuaje, agujeros en cualquier orificio del cuerpo y aros en los lugares más insospechados. Por muy moderno que hoy todo esto pueda parecer, era toda una declaración de intenciones a mediados de los años 90.

Pero entre extravagancia y extravagancia Rodman seguía siendo un loco del rebote. Llegó a promediar más de 18 capturas por choque, unas cifras escandalosas en una época donde el número de lanzamientos por partido era muy bajo. Con apenas dos metros de altura se fajaba con tipos que le superan en 15 o 20 centímetros y en 20 o 30 kilos. Es cierto que acumulaba técnicas en numerosos partidos y que sufría desconexiones en los momentos claves de los partidos, pero para muchos analistas Rodman es el mejor reboteador de la historia de la NBA teniendo en cuenta su notable déficit en centímetros y en prestaciones técnicas.

Rodman era puro deseo.

Fue entonces cuando el adolescente tímido y de orejas de soplillo se convirtió en un icono de la cultura urbana. La leyenda cuenta que Madonna se acercó a ver un partido de los Spurs y exigió bajar a los vestuarios para conocer a Rodman. La estrella del pop, la mujer más deseada del momento, se lanzó a por su gusano. Madonna encontró a su ‘material boy’.

Fue entonces cuando Rodman perdió definitivamente la brújula.

Comenzó a frecuentar fiestas hollywoodienses, a saltarse los entrenamientos y a frecuentar lugares que como poco eran sórdidos. Viajaba en jet privado, follaba con Madonna, se enfadaba con Madonna y se reconciliaba con Madonna. Aparecía en televisión rodeado de mujeres y al poco lo hacía rodeado de unos cuantos hombres. Frecuentaba bares gais, se vestía como un transexual, afirmaba ser bisexual y al poco rato bromeaba de su virilidad. Era el caos hecho carne. Era un show. Pero gustaba a la gente y se gustaba así mismo. Era feliz, o al menos, él consideraba que era feliz.

Aquella tumultuosa aventura finalizó en 1996 al igual que su etapa en unos Spurs en los que nunca llegó a encajar. Al parecer Madonna le propuso tener un hijo a lo que Rodman se negó poniendo fin a la relación. Quizás aún se acordase de aquella chica que había conocido cuando estaba en Detroit y a la que dejó embarazada. Nunca quiso saber nada de aquel bebé y no le quedaron ganas de volver a repetir tan amarga experiencia.

Con 35 primaveras encima y una vida alocada a sus espaldas pocos contaban con que Rodman volviese a jugar en la NBA. De hecho en el verano de 1996 Dennis Rodman hace su primera aparición en una serie de televisión. Al año siguiente ganará el premio al peor actor del año por su pésima actuación en una película de acción con Jean Claude Van Damme. Pero en 1996 los Chicago Bulls deciden apostar por él para formar un quinteto de ensueño junto a Harper, Pippen. Kukoc y Michael Jordan.

Y la cosa funcionó. Vaya que si funcionó. En el primer año los Bulls arrasaron logrando el anillo de campeón con el mejor récord de la NBA hasta aquel momento (72-10). Rodman siguió aumentando el número de escándalos en su biografía pero fue capaz de controlarse. Hubo dos personas que tuvieron gran parte de culpa de ello. Por un lado Michael Jordan, que tras haber pulido a Kukoc, tendría que hacer lo propio con Rodman. Fue más sencillo de lo que imaginaba. Dennis idolatraba a Michael y cuando éste le pidió que estuviese centrado y se dedicase a coger rebotes fue como si Yahvé le pusiera en sus manos el destino de Israel. El otro hacedor fue Phil Jackson. El técnico de los Bulls era un hippy, un hombre contracultural que congenió de inmediato con Rodman. “Si hubiese nacido unos cuantos años antes hubiese ido conmigo al festival de Woodstock”, declaró a la prensa el jefe de los Bulls.

El experimento funcionó tan bien que los Bulls ganaron el título en 1996, 1997 y 1998. Pero a diferencia de los años gloriosos de Detroit, en Chicago Dennis nunca sintió formar parte de una familia. El ‘gusano’ iba por libre.

Y además en el último año todo se complicó un poco más.

En un choque de la temporada 1997/98 el padre de Dennis se presentó en un partido de los Bulls. Quería hacer las paces con su hijo. O más bien aprovecharse de su fama. Después de abandonar a su familia emigró a Filipinas donde se había convertido en una suerte de semental. El fenómeno contaba con cerca de 30 hijos. Y claro, había que mantenerlos. Mientras el padre captaba la atención de la prensa, Dennis se cortocircuitaba. Rodman hijo acumuló en la temporada 1997/98 seis partidos de sanción por darle un cabezazo a un rival y otros tantos por darle una patada a un cámara de televisión. El irrepetible Andrés Montes le pondría el apodo de Cruella de Vil por sus airadas reacciones ante el público rival cada vez que se acercaba a tirar un tiro libre.

El gusano se convierte en una parodia de sí mismo. El chico que tomaba un vaso de leche cuando bajaba a un bar ahora se convierte en el rey de las discotecas. De la cancha, al bar, del bar a la televisión, de la televisión a la discoteca. Todos los días. Todas las semanas. Sin excepción. Como en el día de la marmota. Dicen que no hay persona en Chicago a la que Rodman no haya invitado a un trago. Dicen que un día le retaron a tomarse 40 chupitos de Jagermeister. Lo hizo, y al día siguiente atrapó 11 rebotes en un partido de los Bulls. Era igual de portentoso ante la botella como cazando rebotes.

Tras ganar el anillo de 1998 los Chicago Bulls se deshicieron. Rodman intentó volver a la NBA en los Los Ángeles Lakers pero el experimento no cuajó. Si le sirvió para asentarse en California y casarse con la vigilante de la playa Carmen Electra, convirtiéndose en el hombre más envidiado de medio mundo. Por supuesto el matrimonio duró dos telediarios. Rodman decide montar un bar de copas en Los Ángeles, donde dilapidará su fortuna invitando a falsos amigos y teniendo un par de hijos con una nueva esposa que se pasará día sí y día también borracha junto a Dennis y a su grupo de aduladores. Cuando unos años más tarde ingrese en la salón de la fama del baloncesto, Rodman no parará de llorar y de pedir perdón a todos cuantos le conocieron.

Todo lo que a Rodman le ocurrió en la primera década del siglo XXI era todo menos sorpresivo teniendo en cuenta que su vida se asomaba a un precipicio.

Lo que nadie se podía imaginar es en quien se iba a convertir Dennis Rodman cuando comenzó la década de 2010.

En el año 2013 las televisiones de medio mundo informaban de que la ex estrella de la NBA Dennis Rodman iba a viajar a Corea del Norte para entrevistarse con el dictador Kim Jong-un. Al parecer el líder norcoreano es un fan de los Bulls de Jordan y no se sabe bien cómo alguien hizo las gestiones para que Rodman viajase al país asiático.

Rodman y Kim Jong-un se hicieron grandes amigos. Hubo un total de cuatro encuentros en los que compartieron comida y alcohol (incluyendo un celebérrimo Rodman borrachísimo cantándole el cumpleaños feliz a Kim Jong-un al estilo Marilyn Monroe) y en los que Dennis llegó a jugar un par de partidos de baloncesto de exhibición. Cuando en febrero de 2018 Donald Trump y Kim Jong-un se reunieron en Singapur para negociar la desnuclearización de Corea del Norte, Dennis Rodman también estaba allí.

Por increíble que parezca nadie en la CIA tiene tanta información personal sobre Kim Jong-un como la que tiene Dennis Rodman.

Y eso, da mucho miedo.

Michael Jordan: “Siempre pensé que Dennis no llegaría a los 40 años”

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La perturbadora existencia de un gusano (vida y obra de Dennis Rodman) 1ª parte

A mediados de los 90 un afamado jugador de la NBA, aún en activo, citaba a los medios y a los fanáticos en una librería neoyorkina de la Quinta Avenida. Los motivos eran dos. Por un lado la presentación de su biografía y por otro lado la celebración de su boda. A pesar de ser una archiconocida estrella de la NBA, nadie sospechaba quien podría ser la afortunada que pasaría por la vicaría. Dennis Rodman apareció vestido de blanco, envuelto en un precioso velo y sentado en un carruaje que arrejuntó a miles de personas por las calles más céntricas de Nueva York. Se había teñido de rubio, y para la ocasión acicaló su pelo con una media melena ligeramente rizada y una perfecta manicura de uñas.

Dennis Rodman se iba a casar consigo mismo.

Quizás esa estrafalaria idea le hubiese venido a la cabeza al recordar su lacónica infancia. Dennis Rodman fue un niño extremadamente tímido. No llegó a conocer a su padre y su madre malvivía para darle de comer a él y a sus hermanas. Rodeado de mujeres, Rodman se acostumbró a jugar con muñecas, a las cocinas y a vestirse con ropa de niñas. Lo que hoy va camino de ser aceptable, para un niño de finales de los 60 era sentencia de bullying. El que años más tarde sería un bigardo de dos metros de altura, era entonces un mocoso débil que tenía que acudir a sus hermanas mayores cada vez que recibía una paliza en el colegio mientras le llamaban maricón.

Además de tímido, Rodman no era muy agraciado. Tenía orejas de soplillo y una piel llena de manchas y pecas, algo no muy frecuente en un negro. Sus hermanas eran bastante más guapas y además unas excelentes deportistas que destacaban en el baloncesto. Por simple imitación, Rodman decidió apuntarse en el equipo del instituto. No destacaba en absoluto, pero era un nervio con patas. Era pura energía. Una vez jugando en los recreativos un paisano se quedó con ese movimiento continuo y le dijo que se movía como un gusano. A Rodman le gustó el apodo y se le quedó ‘in perpetuum’.

Sin amigos y sin aptitudes ni para los estudios ni para el baloncesto, Dennis se convierte en un ‘ni-ni’. Se pasa el día de la cama al sofá y del sofá a la cama. Es un bicho raro y su madre no aguanta más. Le dice que o se pone a trabajar o lo echa de casa. Dicho y hecho. Rodman tiene 20 años cuando pasa su primera noche a la intemperie.

Tardará cerca de una década en volver a ver a su madre. Y, a día de hoy, sigue resentido con aquel ultimátum.

El ‘gusano’ pasará cerca de dos años encadenando trabajos con despidos, multas con pequeños hurtos y durmiendo debajo de puentes y en estaciones de ferrocarril. Como buen gusano se arrastrará por la mierda hasta que el destino le prepare una sorpresa. En el plazo de un año Rodman crecerá cerca de 20 centímetros hasta sumar 2’01 metros de altura. Es una rareza asombrosa y más al suceder una vez pasada la adolescencia.

De vez en cuando, Rodman aparece en una cancha de baloncesto y pide jugar. Es entonces cuando un entrenador de la modestísima universidad estatal de Oklahoma del Sur le ofrece una beca deportiva. Aunque Dennis no había acabado sus estudios secundarios, el hecho de ser una universidad de tercera fila le permite jugar para ellos. En un principio Rodman no acepta, pero es convencido por sus hermanas para trasladarse a la OSU y jugar en su equipo.

Rodman aterriza en una de esas ciudades echas con escuadra y cartabón del medio oeste norteamericano. Es un negro en una tierra de blancos, ganado y escopetas. No tiene ni idea de las reglas básicas del baloncesto. Pero es pura pasión. Se convierte en el mejor anotador y en el mejor reboteador del equipo. Especialmente es en esta última disciplina donde destaca. Se convierte en un maníaco del rebote. Salta, saca los codos, mete el culo. Es la hiperactividad personificada.

Aun así sigue siendo un pobre chico tímido y solitario. Al poco de llegar conoce a un niño de 13 años fan del baloncesto que le invita a pasar la noche a su casa. Rodman, por entonces de 21 años, acepta sin dudarlo. Para él no hay diferencia de edad. Sencillamente es un amigo. Los padres del chaval tienen una plantación a las afueras de la ciudad con un total de 250 cabezas de ganado. Son un matrimonio blanco y tradicional. Quedan impactados cuando ven a aquel armario negro de dos metros de altura, pero acceden a regañadientes. 

Fue la primera de muchas noches. Durante los tres años que Rodman pasó en Oklahoma vivió con aquella familia, durmiendo y comiendo en aquella casa y ayudando como uno más en las tareas agrarias. Con el tiempo hasta llegó a pedir que lo adoptasen y aún hoy son para él su verdadera familia.

En su último año de universidad promedio más de 25 puntos y 15 rebotes y fue escogido como ‘All-American’ en su categoría. Cuando le dieron el premio Rodman tuvo que preguntar qué significaba porque no sabía que ‘All-American’ era un reconocimiento por ser el mejor en su deporte. Nunca había sido el mejor en nada. Fue escogido en el número 27 del draft de la NBA de 1986 por los Detroit Pistons. Tenía 25 años, tres o cuatro años más que la mayoría de los novatos que debutan en la mejor liga de baloncesto del mundo.

Por entonces los Pistons eran una fuerza emergente de la NBA después de años claudicando ante los Celtics de Larry Bird. Contaban con Isiah Thomas, Joe Dumars o Bill Laimbeer, tipos de gran clase pero muy duros. Mientras que la mayoría de equipos practicaban un juego alegre y ofensivo, los Pistons pregonaban el espíritu de equipo, la defensa y el control del ‘tempo’ del partido. Rodman llegó a un vestuario donde no encajaba. Era tímido, tenía miedo y apenas no hablaba. Era como una pieza de arcilla que había que moldear. A todo el mundo le daba pena porque parecía dulce e inocente. Dicen que cuando salía con los compañeros a tomar algo después de los partidos siempre pedía un vaso de leche.

En la Navidad de 1986, la primera de Dennis en Detroit, Chuck Daly, el entrenador de los Pistons, le ofreció pasarlas en su casa. Al igual que no vio diferencia de edad en el niño de Oklahoma tampoco está vez la vio con su entrenador. Daly se convirtió en su amigo, en su padre, en su general y en su confidente. A partir de entonces pasaría decenas de veladas con Daly y le juró fidelidad absoluta.

En un equipo donde había excelsos anotadores, Daly solo le pidió una cosa; que rebotease. El general mandó y el soldado obedeció. La NBA iba a conocer al ‘gusano’. Había nacido el estilo de juego Dennis Rodman. Consistía en salir del banquillo, correr toda la cancha, pelearse por los rebotes y agitar al público pidiendo su apoyo. Él contra el mundo. El juego de Dennis se disparó y cuando los Pistons ganaron su primer título de la NBA en 1989 él era uno de los favoritos del equipo.

Por primera vez en su vida se sentía querido. Se sentía parte importante de una comunidad. Dicen que estuvo tres días sin quitarse la camiseta de campeón de 1989. Pero a diferencia de sus compañeros, el motivo de la alegría de Rodman no era el título en sí, era el hecho de encajar dentro de un grupo. Cuando al año siguiente repita título y le den el premio de mejor defensor de la NBA, Rodman romperá a llorar de agradecimiento. Durante esos años, cada vez que la emoción de la victoria aflore, las lágrimas de Dennis estarán presentes.

Por primera vez encajaba. Por vez primera era feliz.

Dennis Rodman pensaba que la ciudad de Detroit era su casa y los Pistons su familia. Pero no era así. En el 91 los Pistons cayeron en playoffs ante los Bulls de Michael Jordan. El equipo envejecía, se realizaron varios traspasos y en el verano de 1992 Chuck Daly era cesado como técnico del equipo. Rodman, quien pensaba que aquello duraría para siempre, se derrumbó. Su padre adoptivo se marchaba y su familia se rompía. Es en aquel verano cuando el chico bueno y tímido, el que pedía un vaso de leche en las discotecas, se hará el primero de lo que luego serían muchos tatuajes.

Desnortado y desubicado, en la temporada 1992/93 el rendimiento de Rodman cae a proporciones mínimas. Él mismo declara estar desmotivado y sin ganas de jugar al baloncesto. Los aficionados de Detroit lejos de apoyarle comienzan a abuchearlo. La energía del ‘gusano’ pasa de los aspectos deportivos a los aspectos extradeportivos. Acumula rebotes y rebotes, pero también faltas técnicas, peleas con rivales, ausencias en los entrenamientos y lloros e insultos ante las cámaras de televisión.

Está a punto de estallar.

El 11 de febrero de 1993 Dennis Rodman se acercó al pabellón de los Pistons en una camioneta. Era noche cerrada y Rodman estacionó su vehículo en el aparcamiento principal. No había un alma alrededor. Vestido con camisa de cuadros, cogió una escopeta de la parte de atrás de la camioneta, apoyó la culata entre los pies, prescindió del seguro y colocó el cañón debajo de la mandíbula.

A la mañana siguiente unos trabajadores del club lo encontraron durmiendo en el asiento del conductor mientras agarraba la escopeta.

No hubo forma de tapar el intento de suicidio. Hubo que dar parte a la prensa y hubo que obligar a Dennis a acudir a un psicólogo. Rodman no paraba de sonreír y de decir que estaba bien cada vez que los periodistas le preguntaban. Pero no estaba bien.

Aquella noche había muerto el viejo Dennis. Aquella mañana había nacido el nuevo Dennis.

Y el mundo no estaba preparado para lo que el nuevo Dennis Rodman le iba a ofrecer.

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Bullying a Toni Kukoc (2ª parte)

Tras conseguir el título de la NBA en la temporada 1990/91, los Chicago Bulls repitieron hazaña en la campaña 1991/92. Michael Jordan estaba a un nivel sideral y Scottie Pippen se había convertido en uno de los mejores jugadores del mundo. Mientras tanto, Toni Kukoc era el líder que permitía a la Benetton de Treviso ganar la primera liga italiana de su historia. Todo iba bien para unos y para otros, y en todo aquel año no hubo movimiento alguno para que Kukoc fuese a la NBA. El asunto se daba por concluido. Jordan y Pippen no lo querían allí y a Kukoc le daba pánico cruzar el charco y recalar en los Chicago Bulls.

Llegó el verano, y al acabar la temporada de 1992 se disputaron en Barcelona los Juegos Olímpicos. En el torneo de baloncesto, el sorteo fue caprichoso he hizo que en primera ronda coincidieran en el mismo grupo Estados Unidos y Croacia. Ambos equipos estaban ya matemáticamente clasificados para cuartos de final cuando les toco medirse, pero Pippen consideró el encuentro como el más importante de su carrera. Pidió expresamente cubrir a Kukoc y midió sus minutos en pista en función de los del alero croata. Por si fuese poco, Pippen contaba con la inestimable ayuda defensiva de Jordan para ejecutar un 2 contra 1 cuando le hiciese falta. El bullying a Kukoc pasaba de las declaraciones a la prensa a la pista de juego. Kukoc, asfixiado y atosigado, acabó con un paupérrimo 2/11 en el tiro y acumuló 7 pérdidas de balón ante la satisfecha sonrisa de Pippen que, visiblemente contento, mandaba un recado a la directiva de los Bulls al término del choque: “Quería que todo el mundo viese ese uno contra uno, deseaba que Krause lo viese por televisión. Quería avergonzar a Kukoc ya que no puedo jugar contra Krause y la directiva. Le di la mano a Kukoc antes y después del partido. No se me puede reprochar nada”, declaró. Lo cierto es que tanto Jordan como Pippen eran dos consumados defensores, pero mientras que Jordan era un competidor nato, en raras ocasiones se había visto a Pippen comportarse con tal agresividad ante un rival. Sus ojos irradiaban odio.

Sin embargo, unos días después Estados Unidos y Croacia volvieron a enfrentarse con motivo de la final olímpica. En esta ocasión el fuego era real y los estadounidenses volvieron a ganar con claridad, cómo era lo esperado, pero Kukoc completó un gran encuentro con 16 puntos, 9 asistencias y 5 rebotes. Consiguió zafarse de Pippen y hasta tuvo un par de buenas acciones en las que consiguió rebasar a Jordan.

Debió ser tan buena la actuación del croata, que al acabar el encuentro Jordan, en el éxtasis del triunfo, se acercó a Kukoc, le estrechó la mano, y tras darle un abrazo le dijo que le gustaría que jugase con él en Chicago.

Michael Jordan había separado las aguas turbias del Mar Rojo y Kukoc tenía el camino libre para acceder a la NBA. Pero la aceptación de Jordan no hizo otra cosa sino aumentar la cólera de Pippen.

Aún pasaría un año más, pero en el verano de 1993 Kukoc decidió que no tenía nada más que ganar en Europa y con 25 años resolvió rescindir su contrato italiano y probar fortuna en los Chicago Bulls. Tenía el beneplácito de la directiva, pero lo que era más importante, mucho más importante, tenía el beneplácito de ‘Air’ Jordan en persona.

El problema es que Jordan no iba a estar allí para recibirlo. En el mes de julio el padre de Jordan fue víctima de un atraco, tras el cual fue abatido a tiros por sus asaltantes. El shock fue tan colosal que Jordan anunciaba su primera retirada del baloncesto profesional. Los Bulls de Jordan pasaban a ser los Bulls de Pippen.

Como ya sabemos, había varios jugadores en la plantilla que no querían a Kukoc. Y había uno que lo odiaba en lo más profundo de sus entrañas. Y ese era Scottie Pippen.

La temporada 1993/94, la primera de Kukoc en la NBA, fue la temporada de Pippen. Sin Jordan a su lado, Pippen asumió toda la responsabilidad y se erigió en el líder del equipo llevándolo al tercer puesto de la liga regular, cuando en algunos mentideros de la liga se asumía la caída en picado de los Bulls. Para Toni Kukoc fue una temporada muy complicada. Saliendo desde el banquillo tuvo que pelear minuto a minuto se participación en el equipo, y no sería hasta bien entrada la temporada cuando su peso en la rotación pasase a ser definitorio. Aun así, raras eran las veces en las que Pippen y Kukoc coincidían en pista y más raro aún era ver una asistencia del estadounidense para canasta del europeo. A fin de cuentas uno era una estrella y el otro era un novato. Kukoc lo pasó mal. Muy mal. Y no sólo en el aspecto deportivo. Los peores años de la guerra en Croacia habían acaecido, pero seguía temiendo por su familia a miles de kilómetros de casa. Había roto relaciones con jugadores como Djordjevic, Divac o Danilovic, amigos y ex compañeros de origen serbio, y recientemente había fallecido en accidente de tráfico Drazen Petrovic, el alma mater de la selección croata y el jugador europeo más relevante de la NBA.

Estaba muy solo.

A trompicones con la llegada de la primavera también llegaron los playoffs y los Chicago Bulls se enfrentaban a los New York Knicks. Por vez primera en un lustro los primeros no eran los favoritos. Los Knicks ganaron los dos encuentros inaugurales en casa y se disponían a sentenciar la serie en el tercer encuentro a domicilio. A falta de 17 segundos para el final de ese choque Scottie Pippen dispuso de una oportunidad para ganar el partido, pero fue incapaz de zafarse de su defensor y acabó lanzando a la desesperada por encima del tablero. Su frustración, como no, fue a parar a Kukoc al que le recriminó que no le apoyara con un bloqueo. En la siguiente posesión Ewing empató para New York. A falta de 2 segundos para el final el marcador era 102-102 con posesión para los Bulls.

Tiempo muerto.

Todo hacía indicar que el partido iría a la prórroga si Pippen no lo remediaba con un lanzamiento salvador.

Eso es lo que dictaba la lógica, pero Phil Jackson, entrenador de los Bulls, preparó un aclarado para que el último tiro corriera a cargo de Toni Kukoc. Cuando Pippen observó en la pizarra lo que había dibujado su entrenador se sentó en el banquillo y en una mezcla de ataque de petulancia y pataleta infantil soltó: “Si esa es la jugada, yo no juego más. Me quedo aquí sentado”. Jackson perdió los nervios y le llamó de todo, pero Pippen se mantuvo en sus trece y en la última jugada del partido la estrella de los Bulls no iba a estar presente.

Es cierto que Kukoc ya había anotado un tiro ganador contra Indiana en esa temporada, pero que fuese el elegido en un partido de playoffs era toda una declaración de intenciones por parte de Phil Jackson.

Y así, con sólo 13 minutos de juego en el partido, con un estado de ánimo próximo a la depresión y bajo la gélida mirada de Pippen, Toni Kukoc recibió el balón en la parte superior de la bombilla, y, tras un escorzo de 180 grados, anotaba una increíble canasta que hacía estallar de júbilo al pabellón y que daba la victoria a los Chicago Bulls.

A partir de ahí todo cambió para Kukoc. Fue aceptado de pleno por el resto de la plantilla, mientras que Pippen pasó a ser el villano para los medios. Los Bulls acabarían perdiendo la serie ante los Knicks tras una estúpida falta intencionada de Pippen en el quinto partido. No le quedó más remedio que pedir perdón, aunque lo hizo a su manera: “Pedí disculpas a Phil (el entrenador) y al resto del equipo. No creo que deba pedírselas a nadie más”.

A mediados de la temporada siguiente Michael Jordan decidió que el duelo por su padre ya se había acabado y retornó a la NBA. Los Chicago Bulls consiguieron tres títulos de forma consecutiva (1996, 1997 y 1998) con un equipo legendario formado por el mejor jugador de todos los tiempos, Ron Harper, Dennis Rodman y, por supuesto, Scottie Pippen y Toni Kukoc.

Kukoc nunca llegó a ser el jugador que había deslumbrado en Europa. En Estados Unidos fue obligado a aumentar en casi 15 kilos su peso corporal y perdió en movilidad y plasticidad. Fue reciclado a jugar como alero alto y se convirtió en un especialista en el tiro, aunque mantuvo intacta su extraordinaria visión de juego. Fue jugador capital en los 3 títulos de los Bulls y alargó su carrera hasta los 38 años manteniéndose como un hombre de rotación importante en la NBA. Pippen no consiguió sacarse el estigma de escudero de Jordan y aunque el paso del tiempo le hizo ganarse el respeto de público y crítica, nunca llegó a ser el macho alfa ni en los Bulls, ni en posteriores aventuras en los Rockets y en los Trail Blazers.

Hoy en día Kukoc y Jordan son buenos amigos y pareja habitual en torneos de golf. Pippen y Kukoc limaron asperezas y, aunque no tienen gran amistad, mantienen una relación cordial e incluso coincidieron en labores de despacho en los Bulls una vez retirados.

Kukoc: “Jordan y Pippen me torturaron, pero no cambiaría ni una sola cosa de mi carrera en la NBA. Ni siquiera la experiencia de pasar por esos primeros momentos duros. Ganar títulos es impagable”.

Pippen: “Nos aprovechamos de un chico muy joven. Y creo que habíamos escuchado tanto sobre Kukoc que pensamos que teníamos mucho que demostrarle. Tenía claro que iba a darle duro (…) No fui justo con él, pero realmente creo que fue bueno para él todo por lo que pasó”.

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Bullying a Toni Kukoc (1ª parte)

Los triples no llegaron a la NBA hasta tan tardía fecha como 1979 y aún tardarían otros cinco años más hasta llegar al baloncesto FIBA. Aunque tenemos en la cabeza los icónicos lanzamientos de Larry Bird en los 80, lo cierto es que hasta bien entrada la década de 1990 el triple no fue usado como arma cotidiana de ataque. Por eso, cuando en el Mundial juvenil de 1987 un larguirucho espécimen anotó 11/12 ante los todopoderosos norteamericanos la noticia causó conmoción y corrió como la pólvora en el planeta baloncestístico. Un desconocido había masacrado a Estados Unidos, la realeza del deporte de la canasta.

Toni Kukoc era un jugador nunca visto. Con 2’10 metros de altura y una extrema delgadez se movía cual gacela por todas las partes de la pista. Era un excelso anotador, tenía criterio en la dirección y era capaz de asistir y rebotear con la misma diligencia. Era llamado ‘la pantera rosa’ por su frágil constitución, aunque pronto fue comparado con ‘Fido dido’, el personaje de la bebida espirituosa ‘7up’, muy de moda en esos años. Por si fuera poco era un jugador altruista. Era difícil de odiar. Era imposible no quererlo. En sus años de gloria en Europa gustaba de quedarse en el banquillo cuando su equipo iba ganando para que sus compañeros disfrutasen del partido. Solo pedía a su entrenador saltar a pista cuando observaba que su presencia era necesaria.

En Estados Unidos se habían dado cuenta de que con sus universitarios no era suficiente para ganar al baloncesto europeo en los Juegos Olímpicos y habían empezado a mirar con buenos ojos abrir las fronteras y captar talento extranjero para la NBA. Y en Europa no había más talento que en Yugoslavia. Destacaban Vlade Divac, Drazen Petrovic, Zarko Paspalj, Dino Radja o Aleksander Djordjevic. Pero ninguno tenía un balance talento-coordinación tan excelso como Toni Kukoc.

Así pues, en junio de 1990, poco después de ganar su segunda Copa de Europa con la Jugoplastika de Split y meses antes de ganar el Mundial de baloncesto con Yugoslavia, Toni Kukoc era elegido en el puesto 29 del draft de la NBA por Chicago Bulls. La posición, poca glamurosa con la perspectiva de la actualidad, era magnífica para un jugador europeo de entonces. El equipo, los Bulls de Michael Jordan, el mejor destino posible. La elección fue una decisión personal de Jerry Krause, manager general del equipo, que desde el famoso día del 11/12 en triples estaba obsesionado con fichar a Kukoc.

El problema es que aparte de Krause no había nadie más en los Bulls que quisiese a Kukoc.

En 1990 los Chicago Bulls eran el equipo de Michael Jordan. Pero era un Jordan perdedor. Año tras año la franquicia caía en los playoffs y año tras año los medios se cebaban con Jordan tildándolo de egoísta y de simple matador, obviando todas sus otras excelsas cualidades. Los Bulls aún no habían ganado ningún título. Ni siquiera sabían lo que era jugar una final de la NBA. Jordan exigía refuerzos y amenazaba con marcharse del equipo si la directiva no cumplía con sus demandas. El problema no eran los fichajes en sí. Era el trato. Krause era el típico millonario gordo y seboso de condición sumisa y de carácter débil que no gustaba a nadie. Vale la pena echar un vistazo en Google para ver fotos del personaje. Jordan lo odiaba. Krause presumía ante empresarios y políticos de que gracias a él los Bulls generaban millones de dólares y eran conocidos en todo el mundo. Jordan quería más dinero, más fichajes, pero, sobre todo, más respeto.

Así pues, cuando ese verano Krause comenzó con la caza de Kukoc, Jordan se puso manifiestamente en contra del yugoslavo. Rechazó colaborar con Krause en un viaje de promoción que hizo por Europa y contestaba a los medios con evasivas y con rechazo cuando le preguntaban por aquel desconocido jugador croata. Un día, cuando vio unas imágenes de ‘La Pantera Rosa’ se echó a reír y le auguró un máximo de una semana en Estados Unidos hasta que recibiera los primeros empujones y codazos en la NBA. En otra ocasión, Krause le entregó a Jordan unas cintas de vídeo con imágenes de partidos de Kukoc para que observara por sí mismo su extraordinario potencial. Una vez vistas, le pidió que lo llamase y le dijera que le encantaría que jugase con él en los Bulls.

Jordan levantó la mirada del suelo con asco y ni siquiera contestó a la sugerencia de Krause. Las cintas siguieron guardadas en la misma caja con el logo de los Bulls en las que venían empaquetadas.

Todo esto llegó a oídos de Toni Kukoc, un joven talento de 22 años, pero también un inseguro baloncestista sin la determinación, el deseo y la convicción que podía tener su compatriota Drazen Petrovic. Por si fuera poco, y con la guerra civil yugoslava a punto de estallar, Kukoc se veía incapaz de alejarse de su familia, por lo que declinó firmar por los Bulls y continuar una temporada más en la Jugoplastika de Split.

Pasado el verano, la temporada 1990/91 comenzó, pero Krause no quería dar su brazo a torcer. Tenía 2 millones de dólares de masa salarial reservados para fichar a Kukoc en cualquier momento, por lo que en enero de 1991 nuevamente viajó a Croacia para tratar de meter en vereda al alero de Split. De hecho, se llevó a Europa a un intérprete y a un representante de la comunidad yugoslava de Chicago. Nuevamente fue en vano. Kukoc dijo que no. Que sabía que no sería bien recibido en ese vestuario.

Y ahí todo se torció un poco más.

No hay nada que fastidie más a un deportista que obtenga por negativa la petición de un aumento de sueldo a sabiendas que el club tiene liquidez. Y eso es lo que pasaba en los Chicago Bulls. Se posponían renovaciones y subidas de salario, porque había 2 millones de dólares en reserva para un semidesconocido yugoslavo. El base titular John Paxson y el pívot Bill Cartwright sufrieron negativas por respuesta ante la demanda de ampliación del contrato. Pero el caso más doloroso era el de Scottie Pippen, uno de los valores emergentes en la NBA y además lugarteniente de Jordan. Para más inri, Pippen compartía muchas cualidades con Kukoc y ocupaba el mismo lugar en la pista.

El caso es que Pippen terminaba su contrato en 1991 y veía pasar los meses sin que los Bulls le ofreciesen la renovación, por lo que cuando el viaje de Krause a Croacia de enero trascendió a los medios, la plantilla en bloque decidió tomar cartas en el asunto. Los jugadores se negaron a aparecer en actos oficiales y dejaron de dirigirle la palabra a Krause. El más explícito de todos fue Michael Jordan, quien comunicó a la directiva que abandonaría los Bulls si se fichaba a Kukoc, mientras dejaba un duro recado ante la prensa: “La directiva no está interesada en ganar. Sólo en vender entradas, cosa que están haciendo a mí costa. Y luego está el tal Kukoc. De verdad que me asquea ese tema. Están perdiendo el tiempo en perseguir a ese chico”.

A pesar del mal ambiente la temporada siguió su curso y lo hizo con notable éxito para los Bulls, que iban embalados hacía el primer puesto de la temporada regular. Aún hubo un último intento de fichar a Kukoc en marzo, antes de los playoffs. En este caso fue Phil Jackson, entrenador de los Bulls, quien, persuadido por la directiva, llamó telefónicamente a Kukoc prometiéndole un papel importante en el equipo. Pero Kukoc volvió a decir que no. Preguntó por Jordan y Pippen, no obtuvo respuesta, y dijo que no. Había incluso otro problema a mayores. Kukoc tenía una oferta de la Benetton de Treviso que superaba económicamente a la de los Bulls. En aquella época las ‘vedettes’ europeas aún podían darle algún susto a un equipo de la NBA. Y además la ciudad italiana de Treviso tenía la ventaja de estar solo a unas horas en coche de Croacia. Kukoc intentaría en lo sucesivo sacar a sus padres de un país en guerra, pero ante la negativa de sus progenitores, siempre pretendió estar lo más cerca posible de su familia.

Así pues, y tras un último viaje a Europa en primavera con visita a los padres de Kukoc incluida, Krause tuvo que aceptar que no habría fichaje. Llamó a Pippen y le ofreció la renovación, aunque a la baja, y le prometió que si la siguiente temporada Kukoc tampoco aceptaba jugar en la NBA se le subiría el sueldo. Pippen aceptó a regañadientes, pero la ya manía que le tenía al croata se convirtió en un odio visceral. Los Bulls estaban jugando los playoffs por el título cuando se confirmó que Kukoc había firmado por la Benetton. Scottie Pippen fue claro y rotundo con la prensa: “Me parece fantástico. Puede que por fin consiga ahora mi nuevo contrato”, soltó de inmediato, mientras Jordan esbozaba una amplia sonrisa detrás de las cámaras.

Tan solo tres semanas más tarde los Chicago Bulls conseguían ganar el título de la NBA al derrotar en la final a Los Ángeles Lakers de Magic Johnson por un claro 4-1. Michael Jordan dejó de tener detractores y se convirtió en el nuevo rey del baloncesto. Scottie Pippen recibía un merecido aumento de sueldo y el resto de jugadores titulares veían ampliados sus contratos. Y mientras, a miles de kilómetros de distancia, Toni Kukoc ganaba por tercer año consecutivo la Copa de Europa y por segunda vez el premio MVP al mejor jugador.

Parecía que el asunto Kukoc había pasado para no volver. Pero a Toni Kukoc aún le quedaba mucho por sufrir.

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