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Historia contrafactual del Balón de Oro de los entrenadores (1930-2024)

Volvemos con una de las secciones favoritas de mis pocos, pero fieles lectores. Las historias contrafactuales. Lo hacemos con nuestro tema fetiche, el Balón de Oro. En este blog ya le hemos dado los siete que merece a Pelé, hemos otorgado un Balón de Oro a porteros y defensas olvidados por la dictadura del jugador ofensivo o hemos dado un salto atrás en el tiempo para recordar a los mejores jugadores del mundo antes de que en 1956 se pusiese en marcha el trofeo individual más prestigioso del mundo del balompié.

En este caso vamos a tirar de aquellos que no le pegan patadas a un balón. De aquellos teóricos de la táctica, pequeños dictadores, eruditos de la palabra, hombres tocados por la diosa fortuna o psicólogos a tiempo completo. Hablamos de los entrenadores. Seres omnipresentes en un vestuario, cara pública de una institución y diana favorita de prensa y afición.

Los entrenadores empezaron siendo simplemente alineadores. Todo club contaba con un preparador físico y luego las alineaciones eran consensuadas por el capitán junto a sus compañeros. Mas tarde los antiguos jugadores fueron convertidos en alineadores y Herbert Chapman, mediada la década de 1920, fue el primero que decidió que un entrenador podía ejercer de preparador técnico y físico a tiempo completo. Luego vendrán los ojeadores, los entrenadores que decidan innovar tácticamente, el segundo entrenador, el entrenador de porteros, el psicólogo y los entrenadores que ni siquiera hayan tenido una carrera como futbolistas profesionales. Hoy, cualquier club profesional, cuenta con un equipo técnico que supera o se acerca a la decena de profesionales y posee herramientas digitales de análisis que harían pensar a Chapman y a sus coetáneos que en vez de fútbol hablamos de ingeniería aeroespacial.

Herbert Chapman (1930, 1931 y 1933)

Como ya he indicado en otras ocasiones, la labor del periodista, del periodista deportivo en este caso, es contar, juzgar, verificar y explicar los sucesos que ocurren. Y para ello el receptor no necesita ver el partido. Y ni siquiera viéndolo, sea en vivo o a través de la televisión, tendrá una visión ecuánime, ya que le faltarán perspectivas que no alcanzará a poseer. Echar la vista atrás es una labor de investigación válida, aun sin YouTube en nuestras manos.

Obviamente lo ideal es que cada uno de nosotros leyese, escuchase y viese varias interpretaciones del mismo hecho, porque el periodista tiene un componente subjetivo intrínseco a la condición humana. Aunque haya un patrón común, hay diferentes sesgos. Eso sería lo ideal, pero nadie lo hace. Porque el receptor lo que quiere es leer, escuchar y ver su verdad, por lo que escoge cual es la información que quiere absorber.

Y como tampoco me voy a repetir (para eso están los enlaces a otros artículos que encontrareis al final de éste), sencillamente conviene aclarar para neonatos que una historia contrafactual es una historia alterna en la que se responde a la pregunta; ¿Qué hubiera pasado sí? Es un ejercicio de abstracción y ficción, pero desde un punto de vista histórico. Mi labor es devanarse los sesos, convertirse en una rata de biblioteca, navegar durante unas cuantas horas a través de la web, desempolvar unos cuantos libros de la estantería y comerse con la vista unas cuantas clasificaciones de revistas y de federaciones internacionales. No es decir voy a escoger a tal o a cuál como el mejor porque me sale de los mismísimos.

Para crear la historia contrafactual del Balón de Oro de los entrenadores he tenido que seleccionar un punto de divergencia. He tomado como inicio el año 1930, al igual que hice en otras ocasiones. ¿Motivo? Es entonces cuando se celebra el primer Mundial de fútbol, que marca el punto de inflexión de la globalización de un deporte inventado por los británicos a mediados del siglo XIX. Por otro lado, en 1930 la profesionalización ya es una realidad en gran parte de los países occidentales. De hecho, la creación del Mundial obedece a ello. Dado que los profesionales no podían competir en los Juegos Olímpicos, las victorias uruguayas de 1924 y 1928 se ponían en entredicho al no haber podido participar los mejores futbolistas de Europa.

Para realizar este listado he tenido en cuenta clasificaciones oficiales de FIFA, UEFA y trofeos individuales o clasificaciones de prestigiosas instituciones como IFFHS así como las de las publicaciones deportivas más importantes de Europa, Argentina y Brasil. Alguna licencia personal ha habido. La más significativa está en el presente. Carlo Ancelotti, ganador de Liga y Copa de Europa con el Real Madrid, es, quizás, el mejor técnico del mundo en 2024. Lo he premiado. También por una cuestión de justicia divina, dado que el técnico que más trofeos de Liga de Campeones ha celebrado no está entre los más señeros de la historia. Y sin embargo yo soy consciente de que no era lo correcto. Su lugar debía haber sido ocupado por Xabi Alonso, campeón de Bundesliga, Copa y finalista de la Liga Europa. El Leverkusen firmó la primera liga de su historia y permaneció invicto toda la temporada perdiendo únicamente la final de la Liga Europa. Un fútbol de autor, unos jugadores semidesconocidos capitaneados por un neonato de los banquillos llamado Xabi Alonso. Él debería haber sido el triunfador.

Alonso ¿Futuro Balón de Oro?

No sólo de trofeos vive el gran entrenador. Se han valorado otros muchos aspectos. Los resultados son lo primero, pero no lo único. El legado, la personalidad, la innovación o el contrasentido en la toma de decisiones, la gestión de grupos o la evolución en el sistema de juego. Se ha premiado a aquellos que hicieron mucho con poco (siempre es más difícil conseguir que tus jugadores defiendan a que ataquen) pero al mismo tiempo se ha premiado la armonía y la fascinación. En definitiva, el juego colectivo es el que premia a un buen entrenador más allá de las etiquetas defensivo u ofensivo.

Comentaba antes que los equipos pasaron de tener simples alineadores a disponer de batallones de expertos técnicos y tácticos en sus organigramas. Herbert Chapman fue un visionario que implantó la táctica defensiva a raíz de la modificación del fuera de juego. Carlo Ancelotti cuenta con más recursos, más sabiduría y más riqueza técnica, táctica y conocimiento de las cuestiones físicas que Chapman, pero no es un innovador. Ni lo es ni lo podrá ser. Hubo unos visionarios que lo inventaron todo (Chapman, Rocco, Michels…) y otros que aun siendo mentes brillantes (Guardiola) se dedican a darle vueltas de tuerca a lo ya inventado. ¿Son mejores los Klopp, Ancelotti, Guardiola o Mourinho que los Chapman, Pozzo o Guttmann? Seguramente lo sean, pero no es licito comparar épocas distintas. Lo que hay valorar es que cada uno de ellos fuesen los mejores (por títulos, por innovación, por gestión o por todas esas cosas juntas) en sus respectivas épocas.

Hay otra variable a tener en cuenta. En el campo de los entrenadores los hay que dirigen a un club y los que hay que dirigen a una selección. De ambos tipos habrá en este hipotético Balón de Oro. Se apreciará que cuanto más nos alejemos en el tiempo más seleccionadores nacionales harán su aparición. Es explicable. Contaba Luis Suárez que cuando jugaba en el Dépor tan sólo entrenaba una o dos veces a la semana. Fue dar el salto al Barça y pasó a hacerlo cuatro veces, mientras que en el Inter el entrenamiento era diario. Hasta la década de 1960 sólo los grandes equipos tenían esquemas tácticos y ejercicios físicos de alto nivel. Donde siempre los hubo fue en las selecciones. Eran concentraciones de uno o dos meses antes de un gran torneo y los entrenadores impactaban con sus esquemas tácticos. Con el transcurrir de las décadas el seleccionador nacional se ha convertido en una suerte de motivador extraordinario que forma a un grupo coral para ser exprimido durante tres semanas cada par de años. Al contrario, el status de entrenador de club ha sido glorificado hasta el punto de que los hay que instalan su hogar dentro de los campos de entrenamiento buscando un perfeccionamiento basado en métricas, alimentación perfeccionada y exhaustivos estudios de los puntos débiles de cada futbolista contrario. Hay quien los llama videntes del balón.

Pep Guardiola (2009, 2011, 2021 y 2023)

Entre esos visionarios los hay quien no han conseguido ganar un Balón de Oro. Lo hay de todo tipo y es justo una miscelánea recordatoria. Jimmy Hogan (1910-1939 -años como entrenador-) se encargó de llevar por Centroeuropa toda la carga técnica y táctica de su Escocia natal. No en vano es considerado el padre del fútbol en Austria o Hungría. Al igual que al brasileño Flavio Costa (1934-1966) o al paraguayo Manuel Fleitas (1922-1971) se les considera ideólogos del 4-2-4 tan común en la Sudamérica de mediados del siglo XX.

Hay entrenadores triunfadores que no han ganado el Balón de Oro contrafactual. Willie Maley (1897-1940) dirigió durante más de cuatro décadas al Celtic para ganar 16 ligas. El inglés Jack Greenwell (1913-1942) convirtió al Barça en un grande antes de ganar una Copa América con Perú. Emil Seifert (1939-1953) hizo del Slavia Praga el mejor equipo de una Europa devastada por los nazis para luego hacerlo resurgir bajo el yugo comunista. El uruguayo José Pedro Cea era un futbolista campeonísimo que luego como entrenador ganó la Copa América para su país. Mientras, Luigi Ferrero (1939-1968) puso las bases del Grande Torino en la década de los 40.

Luego los hay que son dioses en sus países, aunque con escaso recorrido internacional. Walter Winterbottom (1946-1962) fue durante 16 años seleccionador inglés. Fernando Daucik (1942-1977) ganó ligas con Barça y Athletic. Albert Batteux (1950-1981) hizo lo propio con Stade Reims y Saint-Ettiene. Técnicos con pedigrí también son Mircea Lucescu en Europa del Este, al igual que Massimiliano Allegri lo es en Italia, Javier Clemente o Luis Molowny lo fueron en España, Terry Venables, Kenny Dalglish, Bobby Robson o Don Revie lo fueron en Inglaterra, Hennes Weisweiler sentó cátedra en Alemania, Luis Cubilla en Paraguay o Fatih Terim en Turquía. Otros fueron profetas en otras tierras como el italiano Claudio Rainieri, quien ganó con el modesto Leicester una liga inglesa, el francés Gerard Houllier, que impartió cátedra en el Liverpool FC, el neerlandés Leo Beenhakker, que lo hizo en el Real Madrid al igual que también hiciera el serbio Miljan Miljanic, o como Tomislav Ivic o Vic Buckingham lo consiguieron en el Ajax.

Buckingham, el hombre que descubrió a Cruyff

Los hay que ganaron el Mundial como Alf Ramsey (Inglaterra), César Luis Menotti (Argentina), Enzo Bearzot (Italia), Franz Beckenbauer (Alemania), Joachim Low (Alemania), Carlos Alberto Parreira (Brasil), Didier Deschamps (Francia), Aimé Jacquet (Francia) o Lionel Scaloni (Argentina) pero ¡no me caben todos! Juan López fue el hombre que llevó a Uruguay al título Mundial de 1950. Nadie lo conoce. Aquel título es del ‘Negro’ Varela, el hombre que cogió el balón tras el gol brasileño, mandó callar Maracaná y les dijo a sus compañeros (Varela era el capitán) que podían ganar el partido.

Otros ganaron Eurocopa o Copa América como fueron Luis Aragonés (España), Otto Rehhagel (Grecia), Berti Vogts (Alemania), Richard Möller-Nielsen (Dinamarca) o Pacho Maturana (Colombia). Y, también los hay que han ganado Copa de Europa caso de Luis Carniglia (Real Madrid), Udo Lattek (Bayern), Guus Hiddink (PSV), Raymond Goethals (Marsella), Frank Rijkaard (FC Barcelona) o Thomas Tuchel (Chelsea). Todos, todos ellos, han estado en la terna final, pero no han conseguido ganar el Balón de Oro contrafactual. Otros no serán conocidos por el gran público, pero merecen estar allí. A Viktor Maslov le he dado el Balón de Oro de los entrenadores de 1960. Estoy seguro de que ninguno de mis lectores lo conoce. Pero Maslov ganó ese año liga y copa con el Torpedo de Moscú aplicando un 4-4-2, un esquema nunca antes visto y que pronto será el común en medio planeta.

Viktor Maslov (1960)

Para ir finalizando un par de aclaraciones sobre aquellos técnicos que serán igual que discutidos que Maslov. Dettmar Crammer (1976) cumple el estereotipo de persona que está en el lugar adecuado en el momento oportuno. Es, quizás, el entrenador menos reputado de la lista y sus logros son ínfimos en consideración a otros técnicos que han sido descartados. Pero Crammer contaba con el visto bueno de Beckenbauer (la famosa mano izquierda de Del Bosque o Heynckes) y compañía y logró ganar dos Copas de Europa consecutivas con el Bayern en 1975 y 1976. También es chirriante la presencia de Zlatko Dalic (2018). Ese año Zidane ganó la Copa de Europa dirigiendo al Real Madrid o Didier Deschamps ganó el Mundial con Francia. Pero de igual modo que no he premiado a Xabi Alonso en 2024 sí que he considerado hacer justicia con Dalic en 2018. El desconocido técnico croata consiguió llevar a su pequeño país de menos de 4 millones de habitantes al subcampeonato del mundo en 2018 a lo que añadirá un tercer puesto en 2022, una hazaña más propia de tiempos pretéritos tras tumbar a Argentina, Inglaterra, Bélgica o Brasil. Modric, Rakitic, Mandzukic o Perisic ya estaban antes de Dalic y nunca pasaban de la fase de grupos.

Así pues, vamos con la lista de los ganadores del Balón de Oro de los entrenadores. Además de haber sido grandes futbolistas, muchos de ellos pertenecen a la época más romántica del fútbol, sin bases de datos, sin ayudantes, sin millones y sin la saturación de los medios de comunicación. No son más que los ganadores de un trofeo. Pudieron tener un gran año, una gran trayectoria, pertenecer a un gran club o tener la suerte de no coexistir con otros grandes campeones. No es más que una lista. No es más que un trofeo. Pero son la fotografía de un instante. Una base que nos permite recordar a los grandes entrenadores del pasado.

La idea es que, una vez leída la lista, os pique la curiosidad y echéis un vistazo en la Wikipedia (seguro que no sabéis quien fue Árpad Weisz o Stefan Kovacs y os sorprenderá conocer la trascendencia que para el fútbol han tenido Valeri Lobanovski o Tele Santana). Comprobareis entonces que habrá técnicos con inmensas colecciones de trofeos (Alex Ferguson o Marcello Lippi), los habrá quienes destaquen por llevar a un modesto a la gloria (Brian Clough o José Mourinho), alguno contribuirá a un cambio táctico o teórico en el mundo del fútbol (Gusztav Sebes o Rinus Michels) y sólo los elegidos podrán tener en plural alguno de estos atributos (Helenio Herrera o Arrigo Sacchi). Por naciones Italia consigue 14 trofeos (lo que manifiesta su tradicional superioridad táctica), Argentina 12, Inglaterra 11 y Hungría 10, pequeño país centroeuropeo que en la primera mitad del siglo XX exportó por el mundo el juego de toque y posesión húngaro. Pep Guardiola, Helenio Herrera y Vittorio Pozzo son los plusmarquistas al contar con cuatro trofeos.

Vittorio Pozzo (1934, 1935, 1936 y 1938)

Los ganadores entre 1930 y 2024 serían los siguientes:

1930 Herbert Chapman (Inglaterra) Arsenal FC

1931 Herbert Chapman (Inglaterra) Arsenal FC

1932 Hugo Meisl (Chequia) Selección Austria        

1933 Herbert Chapman (Inglaterra) Arsenal FC

1934 Vittorio Pozzo (Italia) Selección Italia        

1935 Vittorio Pozzo (Italia) Selección Italia

1936 Vittorio Pozzo (Italia) Selección Italia

1937 Árpad Weisz (Hungría) Bolonia FC

1938 Vittorio Pozzo (Italia) Selección Italia

1939 Bela Guttmann (Hungría) Újpest FC    

1940 Héctor Castro (Uruguay) Club Nacional   

1941 Renato Cesarini (Italia) River Plate    

1942 Alfred Schaffer (Hungría) AS Roma   

1943 András Kuttik (Hungría) Torino FC

1944 Alfredo Garasini (Argentina) CA Boca Juniors

1945 Carlos Peucelle (Argentina) River Plate

1946 Guillermo Stábile (Argentina) Racing Avellaneda y Selección Argentina

1947 Bill Struth (Escocia) Glasgow Rangers

1948 George Raynor (Inglaterra) Selección Suecia  

1949 Emérico Hirschl (Hungría) CA Peñarol  

1950 Helenio Herrera (Argentina) Atlético de Madrid

1951 Lajos Czeizler (Hungría) AC Milan

1952 Gusztáv Sebes (Hungría) Selección Hungría

1953 Gusztáv Sebes (Hungría) Selección Hungría    

1954 Sepp Herberger (Alemania) Selección Alemania  

1955 José María Minella (Argentina) River Plate

1956 Matt Busby (Inglaterra) Manchester United 

1957 José Villalonga (España) Real Madrid

1958 Vicente Feola (Brasil) Selección Brasil  

1959 Helenio Herrera (Argentina) FC Barcelona

1960 Viktor Maslov (Rusia) Torpedo Moscú   

1961 Bela Guttmann (Hungría) SL Benfica     

1962 Bela Guttmann (Hungría) SL Benfica

1963 Nereo Rocco (Italia) AC Milan

1964 Helenio Herrera (Argentina) Internazionale

1965 Helenio Herrera (Argentina) Internazionale

1966 Miguel Muñoz (España) Real Madrid  

1967 Jock Stein (Escocia) Celtic Glasgow

1968 Osvaldo Zubeldia (Argentina) Estudiantes La Plata

1969 Nereo Rocco (Italia) AC Milan  

1970 Rinus Michels (Países Bajos) AFC Ajax   

1971 Rinus Michels (Países Bajos) AFC Ajax       

1972 Stefan Kovacs (Rumanía) AFC Ajax               

1973 Bill Shankly (Escocia) Liverpool FC   

1974 Helmut Schön (Alemania) Selección Alemania  

1975 Valeri Lobanovski (Ucrania) Dinamo Kiev            

1976 Dettmar Crammer (Alemania) FC Bayern  

1977 Giovanni Trapattoni (Italia) Juventus FC

1978 Ernst Happel (Austria) Club Brujas y Selección Países Bajos

1979 Brian Clough (Inglaterra) Nottingham Forest  

1980 Brian Clough (Inglaterra) Nottingham Forest

1981 Bob Paisley (Inglaterra) Liverpool FC             

1982 Sven-Göran Eriksson (Suecia) IFK Goteborg

1983 Ernst Happel (Austria) Hamburgo SV

1984 Michel Hidalgo (Francia) Selección Francia        

1985 Giovanni Trapattoni (Italia) Juventus FC   

1986 Carlos Bilardo (Argentina) Selección Argentina

1987 Óscar Washington Tábarez (Uruguay) CA Peñarol          

1988 Rinus Michels (Países Bajos) Selección Países Bajos   

1989 Arrigo Sacchi (Italia) AC Milan              

1990 Arrigo Sacchi (Italia) AC Milan                   

1991 Vujadin Boskov (Serbia) UC Sampdoria

1992 Johan Cruyff (Países Bajos) FC Barcelona

1993 Tele Santana (Brasil) Sao Paulo FC   

1994 Fabio Capello (Italia) AC Milan 

1995 Louis Van Gaal (Países Bajos) AFC Ajax                 

1996 Luiz Felipe Scolari (Brasil) Gremio FB 

1997 Ottmar Hitzfeld (Alemania) Borussia Dortmund

1998 Arsene Wenger (Francia) Arsenal FC

1999 Alex Ferguson (Escocia) Manchester United

2000 Carlos Bianchi (Argentina) Boca Juniors

2001 Carlos Bianchi (Argentina) Boca Juniors

2002 Vicente del Bosque (España) Real Madrid

2003 José Mourinho (Portugal) FC Porto

2004 José Mourinho (Portugal) FC Porto  

2005 Rafael Benítez (España) Liverpool FC

2006 Marcello Lippi (Italia) Selección Italia

2007 Alex Ferguson (Escocia) Manchester United

2008 Alex Ferguson (Escocia) Manchester United  

2009 Josep Guardiola (España) FC Barcelona

2010 José Mourinho (Portugal) Internazionale

2011 Josep Guardiola (España) FC Barcelona

2012 Jürgen Kloop (Alemania) Borussia Dortmund 

2013 Jupp Heynckes (Alemania) FC Bayern

2014 Diego Pablo Simeone (Argentina) Atlético Madrid

2015 Luis Enrique Martínez (España) FC Barcelona

2016 Unai Emery (España) Sevilla FC

2017 Zinedine Zidane (Francia) Real Madrid  

2018 Zlatko Dalic (Croacia) Selección Croacia  

2019 Jürgen Kloop (Alemania) Liverpool FC

2020 Hansi Flick (Alemania) FC Bayern

2021 Josep Guardiola (España) Manchester City  

2022 Carlo Ancelotti (Italia) Real Madrid

2023 Josep Guardiola (España) Manchester City

2024 Carlo Ancelotti (Italia)Real Madrid

Ante lo cual, y según la historia contrafactual formulada, la lista del Balón de Oro de los entrenadores entre 1930 y 2023 sería la siguiente:

1. Vittorio Pozzo (Selección Italia) (1934, 1935, 1936 y 1938) 4

1. Helenio Herrera (Atlético, FC Barcelona, Inter) (1950, 1959, 1964 y 1965) 4

1. Josep Guardiola (FC Barcelona, Manchester City) (2009, 2011, 2021 y 2023) 4

2. Herbert Chapman (Arsenal FC) (1930, 1931 Y 1933) 3

2. Bela Guttmann (Újpest FC, SL Benfica) (1939, 1961 y 1962) 3  

2. Rinus Michels (Ajax y Selección Países Bajos) (1970, 1971 y 1988) 3

2. Alex Ferguson (Manchester United) (1999, 2007 y 2008) 3

2. José Mourinho (FC Porto e Internazionale) (2003, 2004 y 2010) 3

3. Gusztáv Sebes (Selección Hungria) (1952 y 1953) 2

3. Nereo Rocco (AC Milan) (1963 y 1969) 2

3. Ernst Happel (Club Brujas, Hamburgo SV y Selección Países Bajos) (1978 y 1983) 2

3. Brian Clough (Nottingham Forest) (1979 y 1980) 2

3. Giovanni Trapattoni (Juventus FC) (1977 Y 1985) 2

3. Arrigo Sacchi (AC Milan) (1989 y 1990) 2

3. Carlos Bianchi (Boca Juniors) (2000 y 2001) 2

3. Jürgen Kloop (Borussia Dortmund y Liverpool FC) (2012 Y 2019) 2

3. Carlo Ancelotti (Real Madrid) 2022 y 2024) 2

Helenio Herrera (1950, 1959, 1964 y 1965)

Para finalizar, conviene señalar a aquellos que serían Balón de Oro contrafactual tanto en su carrera como futbolista como en su carrera como entrenador. Dos ejemplos, además, de técnicos profundamente influyentes (Cruyff) o irresistiblemente ganadores (Zidane) que si no tienen más trofeos es porque coincidieron en el tiempo con otros grandes técnicos.

A – Johan Cruyff

Jugador: 1971, 1973 y 1974 (AFC Ajax y FC Barcelona)

Entrenador: 1992 (FC Barcelona)

B – Zinedine Zidane

Jugador: 1998 (Juventus FC)

Entrenador: 2017 (Real Madrid)

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El inventor de los números (2ª parte)

La maravillosa creación de Herbert Chapman tuvo recorrido hasta 1993. Ese año la Football Association (FA) tuvo la ocurrencia de hacer permanentes los números de las camisetas. Así pues, un futbolista, independientemente de ser o no ser titular, conservaría la misma cifra toda la campaña. El portero ya no era el ‘1’ ni el extremo derecho el ‘7’. Ahora el ‘8’ podría no jugar en todo el año y el ‘17’ ser el jugador estrella del equipo. No fue casualidad que la FA escogiese un encuentro de copa entre el Arsenal FC y el Sheffield Wednesday como el primer partido con la nueva numeración. Se trataba del mismo encuentro disputado el 25 de agosto de 1928, sesenta y cinco años atrás, cuando la idea de Chapman de numerar a los futbolistas del 1 al 11 se hacía convertido en realidad.

En los siguientes cinco años las ligas de todo el mundo adoptaron el nuevo sistema a lo que inmediatamente se le añadió el nombre en la parte de atrás de la zamarra. Los 90 culminaron con el cambio anual en el diseño de la camiseta por parte del suministrador deportivo y la aparición de una segunda y hasta una tercera equipación donde los colores habituales del club pasaron a mejor vida. Los números y los colores ya no están pensados para el que va al campo. De hecho, hay combinaciones tan asquerosas que dañan la vista del más avispado. Los números hoy se diseñan para vender y para ser visibles por televisión. Lo vimos con el Covid o con el Mundial de Qatar. El respeto a las camisetas deja lugar al negocio. El aficionado que va al campo ha dejado lugar al forofo a distancia.

Aquel desastre del Athletic…

Volvamos atrás en el tiempo. Aunque en los 90 los números dejaron de ser sagrados desde 1954 ya habían dejado de serlo cada cuatro años. En el Mundial de Suiza 1954 la FIFA estableció que cada selección eligiese un número fijado entre el 1 y el 22 a cada uno de los seleccionados de forma inamovible. Por entonces no existía el marketing y las situaciones que la historia nos ha dejado pueden ser calificadas, al menos, como curiosas.

En 1958 la selección brasileña se olvidó de enviar la lista numerada de los jugadores a la FIFA en tiempo. Esto hizo que se escogiesen los números al azar desde la sede del máximo organismo. En la Brasil campeona en Suecia estaba el portero Gilmar ‘3’, Garrincha jugó con el ‘11’ en vez de con su clásico ‘7’ y Pelé fue el ‘10’ por una simple cuestión de azar, dado que, antes del Mundial, era un chico de 17 años muy conocido en Brasil, pero desconocido en el resto del mundo. No hay que olvidar que empezó el campeonato como suplente.

Más surrealista fue la decisión tomada por Argentina. En 1966 decidieron colocar sus tres primeros números a los porteros para luego seguir con el mismo orden con defensas, medios y delanteros. El arquero Hugo Gatti llevaba el ‘3’, el lateral zurdo Silvio Marzolini el ‘7’, el pivote defensivo Antonio Rattin el ‘10’ y el goleador Luis Artime el ‘19’. Si la decisión tomada en 1966 fue surrealista la escogida para las siguientes ediciones fue igual de racional que de rocambolesca. Desde 1974 a 1986, la época gloriosa de Argentina que incluyo dos victorias del Mundial, los jugadores fueron ordenados alfabéticamente. Los centrocampistas Beto Alonso y Osvaldo Ardiles fueron campeones mundiales en 1978 portando el ‘1’ y el ‘2’ respectivamente. El portero Ubaldo Fillol llevó el ‘5’ y el capitán y defensa central Daniel Passarella lució el ‘19’. Al igual que había sucedido con Pelé, quiso la casualidad que el delantero del Valencia CF y estrella de la selección Mario Alberto Kempes portase el número ‘10’.

La AFA (Asociación del Fútbol Argentino) no quiso volver a tentar a la suerte y aunque siguió usando el orden alfabético en los siguientes campeonatos mundiales decidió hacer una excepción. A Diego Armando Maradona se le dio el número ‘10’ por decreto. Eso suscitó envidias. A Daniel Passarella, el hombre que levantó la copa de 1978, se le permitió llevar su querido número ‘6’ y a Jorge Valdano, un futbolista menor, pero con gran ascendencia sobre el grupo, se le otorgó lucir el ‘11’. Aun así, en el Mundial victorioso de 1986 el delantero Sergio Almirón era el ‘1’, el mediapunta Ricardo Bochini el ‘3’, el lateral izquierdo José Cuciuffo el ‘9’ y el guardameta Nery Pumpido el ‘18’.

Retornando a 1978 se dio la curiosidad de que la final del Mundial fue la más estrafalaria en cuanto a numerología se refiere. Las manías argentinas derivan del fracaso de no clasificarse para el Mundial 1958. Tras eso, la AFA decidió dar un volantazo en su metodología que incluía lo de pasarse de rosca eligiendo los números. Lo de Países Bajos no tenía razón de ser. En 1974 jugaron su primer Mundial. Fuese por lo voluble de la época o por un afán de rebeldía se optó por numerar a los jugadores en función de un sorteo. El delantero Ruud Geels lució el ‘1’, el mediocentro Ari Haan fue el ‘2’, el centrocampista Van Hanegem el ‘3’, el portero Jan Jongbloed el ‘8’ o el delantero Johnny Rep el ‘16’. Por supuesto Johan Cruyff escogió el ‘14’ y punto. El caso es que en 1978 se descartó el estrambótico método, pero, dado que en 1974 los neerlandeses llegaron a la final, muchos jugadores decidieron repetir método para 1978. Así en la final entre Argentina y Países Bajos de 1978 además de Ardiles con el ‘2’ también estaban el mediocentro Arie Haan con el ‘9’, el delantero Rob Resenbrink con el ‘12’ o el volante Johan Neeskens con el ‘13’.

Para el Mundial de 1990 tuvo lugar la última estrafalaria ocurrencia de una selección. Italia, que ejercía de anfitriona, copió la idea de los argentinos en 1966 con la salvedad de darle el 1, 12 y 22 a los porteros. La FIFA ya andaba con la mosca detrás de la oreja y años después declararía obligatorio que el ‘1’ fuese designado obligatoriamente a un cancerbero. El caso es que hubo sus cositas. Los defensas Paolo Maldini y Pietro Vierchowod llevaron el ‘7’ y el ‘8’ respectivamente, el centrocampista Carlo Ancelotti el ‘9’, el mediapunta Roberto Baggio el ‘15’ y el delantero Gianluca Vialli el ‘21’. La gota que colma el vaso en ese Mundial es la de Escocia. Exceptuando al portero y número ‘1’ Jim Leighton, los escoceses decidieron ordenar a los futbolistas en función del número de veces que habían sido internacionales. La rareza salió más o menos bien porque quiso la casualidad que los tres futbolistas con más participaciones fuesen defensas y a los delanteros titulares les tocase el ‘7’ y el ‘9’. En todo caso el central del Liverpool FC Gary Gillespie portó el número ‘11’.

Maldini….empezó siendo el ‘7’.

En el futbol los números retirados escasean. En las selecciones directamente no existen. En 2001 la AFA quiso retirar el ‘10’ de Maradona. La FIFA prohibió tal medida y, aunque Argentina envió una lista de 23 jugadores del 1 al 24 omitiendo el número ‘23’ para el Mundial de 2002, la FIFA no hizo caso a la propuesta y exigió un cambio en la lista. Finalmente, Ariel Ortega luciría el ‘10’ y la prohibición de la FIFA permitirá que en 2022 Argentina vuelva a proclamarse vencedor mundial con Lionel Messi de capitán y luciendo el icónico número ‘10’.

Como vemos lo de llevar números superiores al ‘11’ es una costumbre en el Mundial desde hace tres cuartos de siglo. Sin embargo, hay una limitación más allá del ‘23’. No ocurre lo mismo en el fútbol de clubes. Desde que se dio carta libre a los futbolistas para abandonar la numerología tradicional se les autorizó llevar cualquier cifra entre el 1 al 99. Dicho número, por cierto, no puede ser cambiado a lo largo de una temporada con la salvedad de cambio de club por traspaso o cesión.

Uno de los más estrambóticos es el del lateral Alexander-Arnold. Luce el ‘66’ porque fue ese el número con el que debutó. En el Liverpool FC a los canteranos se les da números muy altos al debutar con el primer equipo para que tengan la motivación de progresar y conseguir un número mejor. No es el caso Alexander-Arnold feliz y titularísimo con su ‘66’. Anteriormente John Terry tuvo una carrera legendaria de dos décadas con el Chelsea FC con el ‘26’ por la misma razón. Los hay aún más curiosos. El chileno Iván Zamorano se encontró con la imposibilidad de llevar el ‘9’ al fichar por el Internazionale por lo que decidió lucir un ‘18’ al que añadió entre ambas cifras un +. Jamás se ha vuelto a ver algo parecido salvo en el caso del colombiano Freddy Rincón que usó un ‘35’ con un + en el Santos FC al no poder llevar su clásico ’8’.

Igual Zamorano tuvo esa idea porque en Chile la normativa es más laxa. Porteros como Vitor Baia o Gianluigi Donnarumma lucen el ‘99’, pero es que en Chile se puede ir más allá. Sergio Vargas llevó el ‘188’ y el delantero Marco Olea, al ver que el titular Marcelo Salas portaba el ‘11’, no se cortó y solicitó el ‘111’. También inusual es el ‘01’ que lució el portero brasileño Rogerio Ceni , el ‘3’ del cancerbero argentino Roberto Vilar o el ‘9’ del mexicano Jorge Campos.

Zamorano 1+8

Lo que es más común es lo de escoger como número tu fecha de nacimiento. Bixente Lizarazu (69) o Angelo Peruzzi (70) iniciaron la moda. En el AC Milan lo hicieron Andrei Shevchenko (76), Ronaldinho (80) o Flamini (84). Ronaldinho subió la apuesta al portar el ‘49’ en el Atlético Mineiro conmemorando el año de nacimiento de su madre. El también brasileño Ronaldo llevó el ‘99’ en sus años en Milán al no estar libre el ‘9’ y el italiano Antonio Cassano también lo lució en varios equipos en su caso porque 9+9 son 18 y el ’18’ era su número fetiche. También hay delanteros que han lucido el ‘2’. Unos cuantos en España. Gaizka Toquero, Aruna Koné o Borja Mayoral lo han portado. Diego Forlán fue el ‘5’ en el Villarreal FC. Falcao llevó el ‘3’ en el Rayo Vallecano en honor a su padre.

Cuando Mesut Özil decidió fichar por el Fenerbahce apostó por el ‘67’. ¿Motivo? Es el número que en Turquía se le asigna a la matrícula de los coches de donde son originarios sus padres. El ‘0’ fue portado por el marroquí Hicham Zerouali que militaba en el club escocés del Aberdeen. Fue el primero y el último en hacerlo porque la FIFA prohibió el uso de la cifra que por sí misma no es nada. Y por último nos quedamos con Gianluigi Buffon, candidato a mejor portero de todos los tiempos. Su longeva carrera está ligada al número ‘1’ pero también lució el ‘99’ con el que debutó en la Serie A. En cierta temporada quiso sorprender al público y optó por el ‘88’ pero se armó un fuerte revuelo dado que es el número simbólico del nazismo. La octava letra del alfabeto es la h. Y el 88 se asocia a HH (Heil Hitler). Visto el revuelo decidió sustituirlo por el ‘77’ que, según dijo, le recordaba a las piernas de una mujer.

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El inventor de los números (1ª parte)

Se supone que en las cavernas a alguien le dio por contar el número de lobos, osos, rinocerontes o hipopótamos. Usarían los dedos. Supongo. O conchas. O piedras. O palos de madera. Suponemos. Pero el caso es que fueron los babilonios los que dejaron registro en tablillas de arcilla de unos símbolos que podríamos llamar números. Casi al mismo tiempo un pueblo próspero y comerciante necesitaba algo más que eso para plasmar las grandes transacciones que realizaban. Eran los egipcios. Y necesitaban escribir millones. Agruparon sus símbolos en base a diez y permitieron hacer grandes operaciones.

El tema es que tanto los egipcios, como luego los chinos, los griegos y los romanos usaban símbolos. Habían conseguido agrupar grandes cantidades, pero el sistema era complejo y farragoso. El método romano, aún usado hoy, se mantuvo en primacía en el mundo occidental para la contabilidad de las empresas hasta el siglo XVIII. Era simple y efectivo para sumas y restas, pero inabarcable para grandes operaciones con multiplicaciones o divisiones. Todos estos sistemas mantenían, eso sí, un símbolo común; el 1. Todas las civilizaciones representaron el 1 con un palo, pictograma universal. Pero, como comentaba, el fallo radicaba en que era un sistema farragoso para grandes operaciones. Y de ahí derivaba otro problema. La inexistencia del 0. Sin este número no existirían las operaciones algebraicas. Y no era lo único. Al colocarse el 0 a la derecha de la cantidad aumenta su valor sin tener que aumentar los grafismos.

Lo del 0 fue cosa de los hindúes. Allá por el siglo VII a los matemáticos de aquellas tierras les dio por utilizar el cero no sólo como cantidad nula sino como sumando de números positivos y negativos. Los árabes adquirieron el conocimiento y gracias a la yihad lo expandieron por los tres continentes. De este modo cuando Al-Juarismi (Alghoritmi en latín) lo introdujo en Europa a través de Al-Andalus en el siglo IX, los números, tal y como los conocemos en la actualidad, pasarán a llamarse arábigos. No obstante, tal y como señalé antes, los romanos mantuvieron su hegemonía hasta tres siglos más tarde. Fue entonces cuando Gerardo de Cremona tradujo al latín el libro matemático de Al-Juarismi y los números arábigos adquieren notoriedad. Y aun con todo, habría que esperar hasta la invención de la imprenta para que los números romanos claudicasen.

¡A contar!

El fútbol reglamentado, cuya fecha de nacimiento data de 1863, sufrió en la década de 1920 el que seguramente haya sido su cambio más trascendental. La regla del fuera de juego fue modificada pasando de ser tres los futbolistas que tenían que estar entre el atacante y la línea de fondo para señalar el fuera de juego a ser únicamente dos. Al ser uno de esos dos el portero en la práctica dejaba en uno contra uno el pitar o no pitar la infracción. La regla fue modificada para contrarrestar un juego que se había vuelto tedioso al pitarse decenas de fueras de juego por partido. Tan sólo uno de los defensores tenía que adelantarse para que el delantero cayera en la infracción.

Con la nueva regla el defensor tenía que pensarse muy y mucho en anticiparse dado que, si fallase, aunque sólo fuera por una décima de segundo, el delantero rival quedaría en un mano a mano contra el portero. La idea inicial de la FA (Football Association) era impulsar el juego ofensivo. En un primer momento lo consiguió aumentándose el número de goles por encuentro. No obstante, la alegría ofensiva tuvo su reverso tenebroso. Ante el pánico de encajar goles, varios técnicos decidieron retrasar a un mediocampista a posiciones defensivas. Por vez primera en la historia del fútbol se pasaba de luchar por la victoria a luchar por no perder. El cambio en la regla del fuera de juego le dio al balompié años de fútbol ofensivo (de 1925 a 1955 se incrementaron año a año el número de goles por partido) pero por otra parte impulsó la creación de sistemas defensivos, líberos, carrileros donde antes había extremos y cerrojazos que ya nunca nos abandonarán como teoría táctica.

El primer gran teórico defensivo que el fútbol parió fue Herbert Chapman. Hasta entonces no existían entrenadores. Eran ex futbolistas que funcionaban como preparadores físicos y que se limitaban a dar la alineación. Los jugadores eran autosuficientes y su objetivo era marcar el mayor número de goles posibles. Herbert Chapman era uno de esos ex jugadores, pero su mentalidad era distinta. Tras el fin de la I Guerra Mundial se convirtió en técnico del Huddersfield Town y pronto llamó la atención por sus innovadoras ideas que entonces eran consideradas estrafalarias. Propuso la instalación de luz artificial en los campos, se mostró a favor de que la radio entrara en los estadios de fútbol, programó partidos amistosos contra equipos europeos superando el aislacionismo inglés, introdujo los masajes en los entrenamientos y obligó a que el segundo equipo jugase con el mismo sistema táctico que el primer equipo.

Y fue lo del sistema táctico lo que cambió todo lo antes establecido. Fue el primero que dotó al fútbol de musculatura estratégica. Chapman detecta el agujero creado por el cambio en la táctica del fuera de juego y retrasa a un centrocampista pasando del 2-3-5 universal usado por todos los equipos a un 3-2-5. El sistema pasará a ser conocido como WM y cambiará de forma radical la manera de entender el fútbol. Aunque en la práctica es ofensivo, el 3-2-5 se convierte en un 3-4-3 en juego posicional y hasta en un 5-2-3 en fase defensiva. El sistema se caracterizaba por la incrustación de un central en la defensa para detener al delantero contrario, ampliando el espacio de actuación de los laterales, que podrían contener a los extremos rivales. Chapman advirtió la importancia de los espacios libres a la espalda y ensayó con la ocupación de los laterales en el mediocampo en fase de ataque y con jugar con los extremos a pierna cambiada para aprovechar los lanzamientos desde fuera del área.

La WM era rompedora, pero a ojos actuales era profundamente estática. Cada jugador ocupaba una zona determinada del terreno de juego y no podía actuar libremente fuera de ella. Por tal motivo, en Sudamérica rechazarán a la WM para primar el juego de regates y filigranas. Por ello Alfredo DI Stefano cambiará con lo conocido en gran parte de Europa al salir de su posición de delantero centro a cualquier parte del campo haciendo estallar en mil pedazos a la WM. Antes lo habían hecho austriacos o húngaros, pero con el altavoz de la Copa de Europa, Di Stéfano lo hará universal y firmará el acta de defunción de la WM.

Chapman (al centro)

Chapman gana dos ligas con el modesto Huddersfield antes de ser contratado por una millonada por el Arsenal FC en 1925. En el club londinense perfecciona sus ideas y da pábulo a alguna otras. Impulsa la instalación de un marcador en el estadio de Highbury, la dotación de megafonía en el campo o la creación de las distintivas mangas blancas que luce el Arsenal en su camiseta. Chapman consideraba que la gran mayoría de clubes jugaba de rojo (lo cual es cierto), por lo que quiso dotar al Arsenal de algo característico que los diferenciase de todos sus rivales.

Y Chapman hizo algo más. Una genialidad. Solicitó por activa y por pasiva serigrafiar números en las camisetas de los jugadores. Chapman consideraba que poner números en el dorso de las zamarras era una manera práctica y sencilla de que el espectador que acudiese al campo distinguiese a los jugadores fácilmente. Chapman se basaba en la facilidad de su sistema (sistema que ya todos imitaban desde que firmara por el Arsenal) para colocar a los jugadores en el campo. Los defensores tenían los números del 2 al 4 (central derecho, central izquierdo y defensa central), los centrocampistas el 5 y el 6 (centrocampista defensivo derecho e izquierdo) y los delanteros del 7 al 11 (extremo derecho, interior derecho, delantero centro, interior izquierdo, extremo izquierdo). El portero, lógicamente, llevaba el 1.

La FA dio su brazo a torcer para la temporada 1928/29. El 25 de agosto de 1928 el Arsenal FC se enfrentó al Sheffield Wednesday con los números bordados en la parte trasera de sus camisetas. Esa misma jornada, también en Londres, el choque entre el Chelsea FC y el Swansea City también contó con la misma innovación. Fue un éxito tremebundo. «Me imagino que la idea ha llegado para quedarse. Todo lo que se requería era un pionero y Londres lo ha suministrado”, se podía leer en el Daily Mail. En la temporada siguiente todos los clubes de la liga inglesa contaban con números en sus camisetas.

En honor a la verdad hay que hablar de otros pioneros. La primera vez que se tiene constancia del uso de los números en las camisetas de fútbol fue en un partido jugado en 1914 en un encuentro amistoso entre English Wanderers contra el Corinthians londinense. Después hay referencias de otro uso de los números en la selección argentina en un amigable en 1923 y en encuentros de una liga de Estados Unidos en 1924.

Todos ellos fuegos de artificio, banco de pruebas. Pero la revolución iba a ocurrir de manos de Chapman. Para 1930 era obligatorio en toda Inglaterra, aunque aún tardaría varios años en imponerse en el resto del mundo. En diciembre de 1932 el seleccionador Hugo Meisl rechazó portar números en un amistoso que Austria iba a jugar frente a Inglaterra en Wembley. Aquello fue visto como una descortesía en la Gran Bretaña. La FIFA recomendó el uso de números, aunque no lo haría obligatorio hasta años después. En el Mundial 1954 instauró la obligatoriedad de llevar un número fijo durante todo el torneo a los 22 seleccionados por cada equipo.

El hombre de las mil ideas aun tendría otra idea más. Entonces no existían los ojeadores. Los encuentros ante rivales se hacían muchas veces a ciegas, especialmente cuando el rival era foráneo. La mejor manera de saber cómo se organizaba tu rival era fijarte en los números. El que portaba el número 11 tenía que ser un zurdo rápido y habilidoso y el que llevaba el 2 un defensa diestro fuerte y que iba bien de cabeza. Así que Chapman decide cambiar el orden de los números de cuando en cuando para despistar al rival. Le da el 5 a un central y el 4 a un centrocampista o el 6 a un interior y el 8 a un centrocampista defensivo. De inmediato otros clubes ingleses como Everton FC y Manchester City adoptaron dicha estrategia e incluso, y en más tardías fechas, se verá hacer lo mismo al primer gran Real Madrid o a la selección de Brasil.

Los vestigios del sistema permanecen hasta el día de hoy. La formación 4-4-2, que tras la WM es la más repetida en la historia del balompié, generalmente enumera a los jugadores siguiendo el sistema estándar de derecha a izquierda. Sin embargo, mientras que en países como España, Italia o Alemania el 4 y el 5 obedecen al central en Inglaterra el 6 sustituye al 5 en la posición de central, rastro de las ideas de Chapman. Del mismo modo el 10 suele ser para uno de los delanteros, mientras que en la mayor parte de Europa el 10 es centrocampista y el delantero es el número 11.  

A partir de esa base cada país tiene sus particularidades. En Brasil triunfó el sistema 4-2-4 que acabará evolucionando en 4-3-3. El 6 en Brasil tradicionalmente es usado por un lateral izquierdo y el 3 por un defensa central. En Argentina el 4 es el centrocampista organizador. Lo que fue común a cada país fue el dar el número 12 al primer sustituto y el 13 al segundo. Esta excepción se da en los países católicos donde se considera maldito (el número de Judas) y el 13 le toca al portero suplente. Ese pobrecillo que nunca salta al campo.

Ballack…un 13 protestante

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Cuando Arsenio estuvo en Maracaná

Entonces no existía Arteixo. Eso es moderno. Sostenida por la AC-552, a un lado y al otro de la carretera se asentaron construcciones deficientes en la loca carrera en busca del urbanismo que llevó a miles y miles de aldeanos en pesquisa del progreso. Mas tarde llegó el polígono industrial, luego Inditex y hoy Arteixo es una caótica y pujante ciudad dormitorio de A Coruña.

Seguramente los más jóvenes y los no tan jóvenes no sepan que antes de Arteixo estaba A Baiuca. En un mapa o en un atlas de los 90 aun encontraremos el topónimo de A Baiuca donde hoy topamos Arteixo. En A Baiuca estaba y está el balneario y estaba y está el ayuntamiento. Hoy sobrevive como un barrio, alejado del ajetreo de los camiones, de los vehículos y de la carretera principal. Perdura como la zona más bella de la villa, con su río, su paseo verde y alguna que otra casa señorial, la del médico, la del abogado, la del profesor o la del dueño de la sala de fiestas y del balneario.

Y allí, en A Baiuca, está todavía la casa familiar de Arsenio Iglesias. Hoy imponente y bella, antaño una ‘sobeira’, pequeña, húmeda y escasa de luz, rodeada de barro y charcos en invierno y de arena y piedras con el buen tiempo. Allí nació en 1930 Arsenio Iglesias Pardo.

Menor de nueve hermanos, Arsenio pasó horas trabajando en el agro y otras tantas corriendo detrás de pelotas de trapo. Horas y horas descalzo por las leiras y fochancas de A Baiuca. Con 16 años tuvo la fortuna de llamar la atención de periodistas coruñeses y ojeadores del RC Deportivo. Por entonces el club herculino cubría de cuando en cuando los 15 kilómetros que van desde la capital hasta a A Baiuca y se entrenaba en las instalaciones del balneario. Ficha entonces Arsenio por el Ciudad Jardín, club modesto de la ciudad mientras empieza a trabajar en los trolebuses de Coruña. Al año siguiente es contratado por el Bergantiños de Carballo que militaba en la tercera categoría nacional e inicia los estudios de perito industrial al mismo tiempo que trabaja en la línea de montaje de los trolebuses.

De ahí fichará por el Fabril. Es un interior fuerte, técnico y con carácter. Pasa del juvenil al segundo equipo como una exhalación y tras apenas seis partidos le llega la oportunidad con el primer equipo. Temporada 1951/52. Camp Nou. Barça vs Dépor. Ganan los de casa por 6-1, pero Arsenio marca el gol deportivista. A partir de ahí fueron 13 años en Primera en una época donde había menos equipos y menos futbolistas por escuadra, lo que hace más meritorio el registro que en la actualidad. Arsenio Iglesias llegó a ser internacional B, jugó partidos de Copa de Europa con el Sevilla FC, fue leyenda en el Granada CF, donde logró un subcampeonato de copa, y disputó su última temporada con el Real Oviedo al que salvó del descenso con un gol en la última jornada en San Mamés.

Pero Arsenio es deportivista. Es coruñés. Su ídolo era Juan Acuña. Porque Arsenio quería ser portero. En 1945, cuando Arsenio aun soñaba con ser futbolista, la selección española disputó un partido amistoso en Coruña. El motivo era la inauguración del estadio de Riazor. Se concentraron en el balneario de A Baiuca. Y allí estaban todos. Acuña. Eizaguirre, César, Gaínza, Zarra…ahí supo Arsenio que quería dejar de trabajar la leira y pisar el césped.

Muere a los 92 años el exrojiblanco Arsenio Iglesias | Ideal
Arsenio (agachado, primero a la derecha)

Pero para triunfar Arsenio hubo de emigrar. Y no fue el único. Cerca de un millón de gallegos probaron fortuna en América tan sólo entre 1945 y 1960. Hubo muchos más antes y aun habría cierto goteo en años posteriores. No era para tanto extraño que el RC Deportivo fuera llamado a gritos por esos miles de gallegos para jugar unos cuantos partidos en tierras sudamericanas.

El 14 de junio de 1954 un autocar puso rumbo a Lisboa desde el centro de A Coruña. Viajaban 16 jugadores, entre ellos dos veteranísimos. Uno era Ángel Zubieta, un colosal mediocentro internacional que había hecho carrera en Argentina tras escapar de España con 18 años al iniciarse la Guerra Civil. Tras tres lustros de exilio había vuelto a España para finalizar su carrera en el Dépor. El otro era Pahíño, un delantero centro de tronío que hubo de abandonar el Madrid ante la llegada de Di Stéfano. El joven Arsenio también iba rumbo a Portugal. Que aquel niño descalzo de A Baiuca fuese a subirse a un avión solo era un milagro de los que el fútbol sabe cumplir. Iban también los periodistas Orestes Vara, el masajista, el tesorero del club y Antonio Martínez Rumbo, presidente del RC Deportivo. A base de empanadas y entonaciones más o menos afortunadas de la Rianxeira llegaron a Lisboa, donde el día 16 tomaron un avión con destino a Montevideo, con escalas en Recife y Rio de Janeiro.

El día 20, en el colosal estadio Centenario de Montevideo, el Club Nacional iba a enfrentarse al RC Deportivo. El partido fue suspendido por fuertes lluvias y se jugó el 4 de julio con victoria local por 2-1. Días después el Dépor empató en el CA Peñarol (2-2) con gol de Arsenio e igualó (1-1) con Rampla Juniors. Por el camino actos, ofrendas, homenajes y comidas. Luego derrota por 2-1 en Buenos Aires ante River Plate y empate a dos goles contra San Lorenzo de Almagro.

Pero el plato fuerte es el día 25 de julio. El día de Galicia. Santiago Apóstol. Flamengo vs RC Deportivo. Maracaná. El más legendario de los estadios. Allí iba a estar aquel chaval de A Baiuca. 40.000 espectadores, la inmensa mayoría gallegos, vieron la derrota blanquiazul por 4-1. Eso era lo de menos. Otero; Ortega, Rodolfo, Tomás; Moll, Lechuga; Corcuera, Sara, Pahíño, Arsenio y Moreno fueron los elegidos. Tres días después fue el Fluminense el que venció a los coruñeses por 3-0.

El breve paso del legendario Arsenio Iglesias por el Sevilla
Arsenio (1957/1958)

El Dépor no venció en Maracaná. Ni en ninguno de los siete partidos de la gira. La oportunidad de romper el maleficio no tendría lugar hasta cerca de cuarenta años después. Hasta el 24 de marzo de 1993.

Por entonces Arsenio Iglesias era el entrenador del Dépor. Del Superdépor. Tras años de sufrimiento en Segunda, Arsenio había ascendido a los coruñeses a Primera y por entonces eran la revelación de la temporada al ocupar la tercera posición de la tabla. Lo hacían gracias a Mauro Silva y Bebeto, dos internacionales brasileños que habían sido fichados el año anterior.

Antes de tomar rumbo a Europa, Bebeto jugaba en el Vasco da Gama, club por el que había firmado para cubrir el ocaso de Roberto Dinamite, la leyenda vasquense que sumaba 711 goles en 1140 partidos. Dinamite había tenido un fugaz paso por el FC Barcelona, sin embargo el grueso de su carrera se había desarrollado en Brasil. Aquel día de marzo tendría lugar su partido homenaje y su amistad con Bebeto fructificó en que los deportivistas fueran los invitados de honor.

La expedición partió del aeropuerto de Alvedro rumbo a Madrid tras ganar 5-0 al Burgos CF en partido de Liga. Iban todos y Mauro y Bebeto tenían la prebenda de viajar con sus familias. De Madrid llegaron a Río de Janeiro donde sorpresivamente fueron recibidos con fanfarria. Luego se supo que la fanfarria era por la selección sub-20 brasileña que también estaba en el aeropuerto carioca y que acababa de proclamarse campeona del mundo de la categoría.

Cuando la expedición llegó a Brasil se llevó un gran chasco. Había múltiples periodistas buscando declaraciones de Mauro y hasta había quien narraba los entrenamientos de Bebeto en directo, pero la expectación por el resto del grupo fue nula. Luego Aldana y Claudio tuvieron que hacer el camino inverso y volver a España porque acababan de ser convocados por la selección para jugar un trascendental partido contra Dinamarca clasificatorio para el Mundial 1994.

Pero la verdadera decepción tuvo lugar al arribar a Maracaná. Estaba tal cual lo recordaba Arsenio. Y eso no era bueno. Estaba viejo, abandonado. La hierba estaba alta, los accesos anticuados y desatendidos y las gradas necesitaban una mano de pintura. Pero era lo de menos. Era Maracaná. Arsenio prohibió la playa y los jugadores se quedaron sin chapuzón en Copacabana. Había que ganar el partido.

Ante 50.000 espectadores el RC Deportivo formó con Liaño; Mariano, Albisteguí, Djukic, Ribera, Nando; José Ramón, Mauro Silva, Fran; Marcos Vales y Bebeto. Por el Vasco da Gama también formo Zico, estrella del Flamengo y gran rival de Dinamite, quien por un día vestiría la camiseta blanquinegra de Vasco. El Dépor ganó con claridad el duelo por 0-2 con goles de Bebeto y Nando.

Tras el partido Roberto Dinamite regaló un reloj a cada uno de los presentes y tuvo lugar una fiesta en la discoteca Scala, un local propiedad de Chico Recarey, un empresario originario de Coristanco, un pueblo de la provincia de A Coruña. Fue una fiesta, un amistoso, un partido para recordar para un club modesto como el RC Deportivo. Para Arsenio Iglesias fue una segunda vez. La segunda vez que pisaba Maracaná. Y está vez quería lograr la victoria.

“Queríamos quedar bien, representábamos a Galicia. Yo no vine a Maracaná a tirar el prestigio”. Arsenio Iglesias, ex jugador y ex entrenador del RC Deportivo.

Otras historias del deporte gallego

Escollendo ao mellor deportista de Galicia (un repaso por los grandes del deporte gallego en dos artículos)

La aldea gala del hockey (como el HC Liceo destronó a los grandes del hockey catalán)

El penalti de Djukic (el último minuto del último partido de la Liga más agónica jamás vivida)

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Delio Rodríguez (el gran ciclista gallego plusmarquista de triunfos en la Vuelta a España)

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El Mundial de Clubes que nunca se jugó (cuando el Dépor y Riazor iban a organizar un Mundial)

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Cuando Pedro Carrillo se convirtió en Pete Carril

Pensilvania es un rectángulo casi perfecto. Uno de esos estados tirados con escuadra y cartabón producto del funcionalismo de los padres fundadores de los Estados Unidos. Fue William Penn el que tomó posesión de esas tierras en nombre del rey de Inglaterra y fue en Pensilvania, concretamente en su capital Philadelphia, donde los descendientes de aquel cuáquero inglés firmaron la Declaración de la Independencia y constituyeron los Estados Unidos de América.

Pensilvania era lugar de profundos bosques (Penn + selva) y generosos pastos. Pero con los años Pensilvania se convertiría en uno de los ejes del rápido crecimiento del país gracias a su industria pesada. La ciudad del acero por excelencia era Pittsburg, urbe situada al oeste del estado. Ahora sin humos, revela un paisaje de fábricas abandonadas de cristal y acero. Pittsburgh era la más conocida de esas ciudades que comenzaron brillando con el siglo XX y acabaron en la penumbra en el XXI. Otra de ellas era Bethlehem (Belén), situada en la otra punta de Pensilvania y lugar donde se asentaba la acería más grande de Norteamérica. Allí, en su época de esplendor, llegaron a censarse ciudadanos de más de ochenta países diferentes, todos emigrados en busca de un futuro mejor.

Entre esos miles y miles de extranjeros los había españoles. Uno de ellos era de Riaño, León, pueblito a los pies de los Picos de Europa. Pronto encontró trabajo en la acería. Había centenares de trabajadores españoles en Bethlehem y estaban muy bien valorados porque no protestaban (quizás también porque no sabían el idioma) y la mayoría tenían experiencia en los altos hornos vizcaínos o en las minas asturianas. De hecho, aquel leonés se había casado con una salmantina cuando trabajaba en los Altos Hornos de Bilbao.

Al poco la citada pareja tuvo un hijo. Le pusieron Pedro José y su apellido era Carrillo. Era 1930. Empezó la escuela chapurreando inglés y deseando acabar las clases para echar una partida a la brisca con su padre y jugar al fútbol con los otros niños españoles del barrio. Pero Pedro estaba mucho tiempo solo. Su padre trabajaba de sol a sol y a la pobre de su madre la perdió el mismo día que vino al mundo su hermana pequeña. Así que con tanto tiempo libre cultivó otras aficiones. Lo que más le gustaba era coger el autobús y acercarse a la cercana Philadelphia a ver los partidos del equipo de baloncesto de la Universidad de Pensilvania. Lo que más le llenaba de la experiencia era decirles a sus amigos que ‘The Palestra’, que así era como se llamaba el histórico pabellón aun en pie, había sido construido con acero fabricado por su padre.

The Palestra - Wikipedia, la enciclopedia libre
The Palestra

Pronto Pedro dejó el soccer y se pasó al baloncesto. No era alto, apenas media 170 centímetros, pero le encantaba aprender y era extremadamente listo. Destacó en el instituto, aunque el básquet universitario ya fue demasiado corte para un chico tan bajo. No obstante, llamó la atención de su técnico, un tal Butch van Breda Kolff. El que con los años acabaría siendo entrenador de Pistons o Lakers entrenaba entonces a la Universidad de Princeton, y antes de salir rumbo a la NBA, dejó un recado en la afamada institución académica: “Conozco al mejor entrenador del mundo, aunque no lo vais a contratar porque es medio calvo, tiene las orejas grandes y viste muy mal. Se llama Pedro”.

Era 1967. Pedro Carrillo iba a dirigir el equipo de baloncesto de Princeton, una universidad de reconocido prestigio en el ámbito académico, pero de nulo éxito en los ambientes deportivos. Princeton forma parte de la Ivy League, la división de la National Collegiate Athletic Association (NCAA) que engloba a universidades de la categoría de Yale, Harvard o Columbia, donde los jugadores no son elegidos en base a sus méritos deportivos sino en relación a sus aptitudes académicas. Un campeón de la Ivy League, sea la universidad que sea, es objeto de derrota cuando se enfrenta a cualquier otro equipo de la NCAA.

Así pues, Pedro Carrillo iba a tener que darle a la mollera si quería sacar rendimiento de aquel equipo. Lo primero que hizo fue convertirse en Pete Carril. Era 1967. No estaban de moda los latinos, ni la multiculturalidad, y un tipo rechoncho llamado Pedro Carrillo nunca obtendría el respeto de sus jugadores.

Longtime Princeton basketball coach Pete Carril dies at 92 - Sports  Illustrated
Pedro Carrillo

Fueron 29 las temporadas que Pete Carril dirigió al equipo de baloncesto de la universidad de Princeton. Y lo hizo con notable éxito, perfeccionando y modificando una forma de atacar que se daría a conocer como ‘ataque Princeton’ y que le granjeó un respeto y una fama que jamás podría haber ni imaginado cuando Pete simplemente era Pedro.

Entendió que con lo limitado que era su equipo debería explotar el juego colectivo a través de una rápida circulación del balón. En el ‘ataque Princeton’ existe el movimiento continuo, con y sin balón, lo que enmascara las debilidades técnicas y físicas de cada individuo. Con esa forma de jugar, Princeton se ganó una merecida fama de matagigantes. Por entonces hasta se pensaba en descalificar a los miembros de la Ivy League de la primera división de la NCAA por su escaso rendimiento, pero todo cambió cuando los bajitos de Princeton aguantaron en pie hasta el último segundo de un recordado partido frente a la temible Georgetown de Dikembe Mutombo (2,18 m) y Patrick Ewing (2,13 m). Antes de aquel histórico partido Newell puso a sus asistentes a defender con escobas en el calentamiento para acostumbrar a sus jugadores a luchar contra gigantes.

“¿De qué sirve ser español si no puedes perseguir molinos?”, dijo Newell en la rueda de prensa de su última victoria como entrenador universitario cuando Princeton venció por dos puntos a la poderosísima UCLA. Un triunfo de David contra Goliat, titularía la prensa norteamericana. Era 1996 y a los 66 años a Carril le llegaba la oportunidad de la NBA.

El sueño de Pedro era jugar como los Boston Celtics de Red Auerbach. Dirigir a un equipo de defensa feroz, transiciones veloces y certero al contraataque. Pero nunca pudo. La limitación de sus plantillas en Princeton le obligó a jugar un baloncesto pausado en el que se llevaba al límite el reloj de posesión. Tenía que ser lento por necesidad y a través del juego colectivo armarse de paciencia para dar con el momento exacto con el que tirar a canasta.

Pero en 1996 a Pete Carril se le abrió el cielo. Tendría el enorme talento de una plantilla de la NBA a su disposición y un entrenador que confiaba en su inteligencia. Porque Carril no sería primer entrenador, simplemente formaría parte del organigrama de Rick Adelman. Pero éste era sabedor de la inteligencia de aquel hijo de españoles y le encargó diseñar las jugadas de ataque y convertir el ‘ataque Princeton’ en la seña de identidad de los Sacramento Kings.

Aquel equipo dirigido por Vlade Divac y Chris Webber, dos hombres altos con mentalidad de bases, se convirtió en una de las escuadras más atractivas de la NBA y solo los Lakers de O’Neal y Kobe Bryant les impidieron convertirse en campeones. Los Sacramento Kings, hasta entonces un equipo sin rumbo, fueron durante un lustro una perfecta combinación de egos donde el pase extra y la solidaridad imperaban sobre todo lo demás y el juego bonito gobernaba por encima de los resultados. A sus 70 años Pete Carril había logrado la perfección con su querido ‘ataque Princeton’.

Kings Statement on Passing of Pete Carril | NBA.com
Pete Carril

La idea de que si la pelota y el jugador no dejan de circular el balón finalmente encuentra su destino, estuvo y estará presente en cualquier cancha de baloncesto. Pero fue aquel hijo de un leonés el primero que, agobiado por la necesidad, diseñó un quinteto con cinco exteriores sin presencia de pívots tan en boga en la actualidad. Mucho antes de que Golden State Warriors ganase cuatro anillos de la NBA con Draymond Green haciendo de pívot sin llegar a los dos metros, los Tigers de Pedro Carrillo ya hacían lo mismo desde la neoyorkina universidad de Princeton.

“Cualquier aficionado al baloncesto poco sofisticado podía admirar y entender a un equipo de Pete Carril a primera vista. También el adicto a los aros más devoto podía ser hechizado por un equipo de Carril en movimiento. Era baloncesto, no de talento, sino de equipo. Puede que no sea la forma en que todo el mundo debería jugar, pero era la forma en que todo el mundo solía intentar jugar». ‘The New York Times’ tras el fallecimiento de Pedro Carrillo (Pete Carril).

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El padre del fútbol

Por el antiguo testamento el partido duraba noventa minutos según el reloj del árbitro, que sólo lo detenía por causas visibles y aceptadas por todos. Cuando había una interrupción extraordinaria el árbitro paraba el reloj y lo reactivaba al resolverse el problema. El tiempo real de juego venía a ser de algo menos que una hora (..) Aquello era sencillo, pero eran otras circunstancias. No había cambios, salvo el del portero en caso de lesión y en la Copa de Europa ni eso. Llegaron los cambios y fueron subiendo: dos, tres, cinco por la pandemia que ya quedaron, uno más en la prórroga… Apareció la moda de echar el balón fuera cada vez que uno se cae o se tira. Vino el cuarto árbitro y trajo las broncas con los banquillos. Más el VAR, con las pelmazas reflexiones de sus sexadores de pollos en la sala brumosa. Y las pausas para hidratación, que camuflan tiempos muertos para los entrenadores (..) No me olvido del árbitro advirtiendo en todos y cada uno de los córners a los jugadores de que no pueden, cosa que ya saben desde pequeñitos (…) Todas esas adherencias en mayoría absurdas con que se ha ido cargando el fútbol desbordan la capacidad del árbitro. Y el final es difuso. Por el antiguo testamento, el tiempo terminaba en la muñeca del árbitro (…) La vieja sencillez del fútbol ha sido batida por muchos flancos en un proceso de autolesión continua (…) De un tiempo acá el fútbol viene tomando muchas cosas del baloncesto y otros deportes americanos: cambios, números fijos en las camisetas, proliferación de árbitros, estadísticas, revisión tecnológica, entrenador de pie dando gritos, volatilidad de las plantillas, bloqueos, sobeteo continuo de reglas… Lo siguiente será la medición del tiempo”. Alfredo Relaño, director del Diario AS (1996-2019).

Al principio de los tiempos el fútbol obedecía a su origen rural. Se juega en hierba, el objetivo está en el horizonte y un árbitro (una suerte de cura o juez de paz) dicta las normas. El partido dura lo que dura, hasta que alguien meta pongamos diez goles. Si, fueron los hijos de Eton, Harrow o Winchester los que crearon las reglas, pero fueron esos campesinos convertidos en obreros que buscaban una identidad grupal los que hicieron del fútbol una religión. Aquellos campesinos que formaban comunidades fuertes fundadas gracias a lazos familiares se convirtieron en individuos anónimos bajo el control de la ciudad y el Estado. El fútbol sirvió como argamasa para construir una nueva identidad asociativa.

El fútbol era rural. El baloncesto es urbanita. Se juega en espacio menor y suelo artificial, el objetivo está arriba, como los edificios, lo controla una tropilla de burócratas, con sistemas de alta tecnología, en lugar del viejo reloj del viejo árbitro de fútbol. Los jugadores entran y salen frenéticamente, registrados en una estricta contabilidad estadística.

Pues el fútbol esta yendo a eso. Esta perdiendo irremediable y tristemente su esencia. Sus reglas, inmutables desde 1925, que eran tan impasibles como los 10 mandamientos de Moisés se retocan año a año con novedades que dicen resolver problemas de los que no teníamos constancia. Decía Relaño en el fin del texto al que hago referencia al inicio de este artículo que no es de los que piensan que el pasado fue mejor, salvo en el caso de la fruta. Pero lo cierto es que aunque los balones, las botas, la tele en la que vemos el fútbol o los propios futbolistas sean mejores todos los cambios en el reglamento están destrozando una religión que se mantenía fuerte e inalterable.

Historia de las Reglas del Fútbol - El fútbol y más allá
Los origenes

Sir Frederick Wall era el secretario de la FA (Football Association – Federación Inglesa -). Había sido un notable jugador amateur en los albores del balompié y su rango abolengo le hacía ser desdeñoso ante los jóvenes advenedizos que se lucraban jugando al fútbol. Al finalizar la I Guerra Mundial decidió poner en marcha una iniciativa solidaria para ayudar con 200 libras a futbolistas y exfutbolistas que hubiesen sufrido penurias durante la contienda. Fue tal el caso de Frederick Pentland, quien pasó cuatro años en un campo de prisioneros en Alemania y que años después se convertiría en Míster Pentland, el afamado técnico con el que el Athletic ganó 2 ligas y 5 copas antes de la Guerra Civil.

Pero Wall odiaba a los pusilánimes. Y en su opinión Jimmy Hogan era un pusilánime. Hogan residía en Austria cuando comenzó la guerra. Era 1914. Tenía entonces 32 años. Al igual que Pentland, Hogan fue encarcelado, pero pasaría pocos días en prisión. Llegó a un acuerdo con sus carceleros para entrenar al MTK Budapest durante los años de conflicto llevando una existencia cuanto menos plácida. Al finalizar la guerra, hablamos de 1918, Hogan volvió a Inglaterra, pidió cita con Wall y solicitó la ayuda de 200 libras. Es cierto que no había estado en primera línea de combate ni había sido víctima de alemanes o austrohúngaros, pero también lo era que estaba en la miseria. Ante su solicitud, Wall se levantó de su asiento, abrió un cajón y sacó un par de calcetines de color caqui. “Para ti. Es lo mismo que enviábamos a los muchachos en el frente y ellos estaban agradecidos”.

Hogan fue considerado un traidor y tuvo que volver a buscar cobijo en Austria.

La historia del fútbol estaba a punto de cambiar.

Sir Frederick Wall, secretary of the FA (Photos Prints, Framed, Posters,  Cards,...) #23150498
Sir Frederick Wall

Antes, mucho antes, de la transición defensiva, de la profundidad ofensiva, del marcaje en zona, del bloque bajo o de la presión alta, estaba Jimmy Hogan. Antes, mucho antes, de Guardiola, Ferguson, Cruyff o Sacchi también estaba Jimmy Hogan. Y antes, mucho antes, de la España del 2010, de la Francia champagne de los 80, de la Naranja mecánica o del Brasil del 70, estaba Jimmy Hogan.

Y es que Jimmy Hogan es el apóstol que sacó una veta madre de una isla y desparramó su esencia por todo el globo.

Ya bien avanzado el siglo XIX, el fútbol tenía dos concepciones ideológicas; la inglesa y la escocesa. Los primeros se decantaban por el ‘kick and run’ (patear y correr) y los segundos por el ‘passing game’ (juego de pases). Quiso el destino que triunfase la concepción inglesa ya que desde 1888 el fútbol pasó a ser un deporte profesional en el que los resultados se convirtieron en más importantes que el buen juego. Por contra, fue el sistema escocés de juego socializado y colectivo fundamentado en la asociación a través del balón lo que convirtió al fútbol en el deporte de más éxito a nivel mundial. Fueron los marinos escoceses, militares y empresarios mercantes, los que llevaron el ‘passing game’ por toda Europa y por Sudamérica remontando el Río de la Plata. La gambeta argentina jamás hubiese existido si no fuese por sus padres escoceses.

Jimmy Hogan estaba cerca de la treintena cuando apuraba sus últimos años de profesional como centrocampista del Bolton Wanderers. Había nacido en Inglaterra, pero de padres irlandeses y criado futbolísticamente en Escocia, su concepción del fútbol se basaba en el ‘passing game’. En el verano de 1910 el Bolton Wanderers iba a disputar una serie de partidos amistosos en los Países Bajos como una forma de dar a conocer el progreso del fútbol por el Viejo Continente. Hogan no era un futbolista muy reconocido, y, de hecho, su forma de entender el fútbol no era aceptada en Inglaterra. Por ello aprovechó el viaje para ofrecerse a la selección neerlandesa, colgar las botas y ejercer de entrenador.

Por aquel entonces que un inglés se ofreciese a dirigir tu selección era como si un alto cargo de Inditex se ofreciese a pilotar tu empresa. Así que Hogan tenía carta blanca para hacer lo que le viniese en gana. Se olvidó de la fuerza y de la resistencia y empezó a moldear la técnica individual de los futbolistas a través de los ejercicios con balón. Los pases y la movilidad pasaron a ser vitales en las pizarras de cualquier entrenamiento.

En los Países Bajos permanecerá apenas un par de temporadas, en las que la diminuta y desconocida Holanda acabará derrotando por vez primera a Alemania. La estancia de Jimmy Hogan fue breve, pero al marchar recomendó para el puesto a un amigo suyo llamado Jack Reynolds. Éste pasaría a ser tras la I Guerra Mundial técnico de un club judío de Ámsterdam conocido como AFC Ajax y ostentaría el cargo hasta finales de los años 40. En su última temporada dirigiría a un delantero centro llamado Rinus Michels, el ideólogo del ‘fútbol total’ comandado por Johan Cruyff.

Todo encaja.

AFC Ajax on Twitter: "Already 15 years without one of the greatest coaches  ever… Rinus Michels. ♥️💫 https://t.co/sKwsiqevvc" / Twitter
Michels (Mr. Mármol)

Pero volvamos a Jimmy Hogan. Tras ese par de años de voluntario exilio vuelve a Inglaterra con la intención de encontrar un puesto de entrenador en un equipo de la Premier. No tendrá éxito. En la cuna del fútbol el estilo de pase largo y dominio físico del partido es aún innegociable. Entonces Hogan se pone en contacto con Hugo Meisl, presidente de la OFB (Asociación Austriaca de Fútbol), visionario y padre de la Copa Mitropa, embrión de la futura Copa de Europa.

Y es aceptado. En 1913 Jimmy Hogan pasa a tener el control total del fútbol austríaco, desde los profesionales hasta los conjuntos infantiles. Y lo hace con pasión. Todos los equipos bajo sus órdenes pasan a tener el pase y la pared como elementos básicos del juego. Los problemas comienzan a resolverse a través del regate y la ocupación de espacios, desechando la fuerza física y el juego duro. El control al primer toque se convierte en innegociable para todos y cada uno de los integrantes de la plantilla.

Pero cuando aún no se había asentado en su puesto, la I Guerra Mundial estalla y Jimmy Hogan pasa a ser un enemigo. Gran Bretaña y el Imperio Austrohúngaro están en guerra y la presencia de un inglés en Viena no es bien recibida. Hogan es encarcelado, pero su buena fama hace que pronto sea dado en libertad y enviado a Hungría. Allí, es puesto al mando del MTK de Budapest, y en medio de la guerra se encargó de hacer entender a los futbolistas húngaros la importancia de la creatividad y el fin lúdico y estético del fútbol.

Al igual que había pasado en los Países Bajos, la estancia de Hogan en Hungría se limitó a un par de temporadas, pero al igual que había sucedido con la selección Orange no se puede entender el éxito de los magiares mágicos sin Jimmy Hogan. “Jimmy nos enseñó todo lo que sabemos”, contó Sandor Barcsl presidente de la MLSZ (Federación Húngara de Fútbol) cuando Hungría infrinja a los ingleses la primera derrota en casa de su historia, un doloroso 3-6 en Wembley en 1953. Aquel equipo conocido como el ‘equipo de oro’ estaba dirigido por Gusztav Sebes, el técnico inventor del llamado ‘fútbol socialista’, un sistema colectivo de pases que encumbró a Puskás y compañía.

Nuevamente todo encaja.

Equipo de oro - Wikipedia, la enciclopedia libre
La fabulosa Hungría de los 50

Una vez terminada la guerra, siendo un proscrito en su país y un extranjero en Budapest, Hogan cogió nuevamente las maletas y puso rumbo a la neutral suiza. Allí impartió cátedra durante un par de años llevando a Suiza a la medalla de plata en los JJ.OO. de 1924, un hecho que se antoja irrepetible para la pequeña selección helvética. La huella de Hogan en Suiza no parece profunda teniendo en cuenta la trayectoria de los clubes suizos y de su selección a lo largo de la historia, pero quizás si lo es si nos fijamos en quien era el segundo entrenador de Hogan en aquellos Juegos Olímpicos.

Su segundo era un amigo húngaro llamado Dori Kurschner. Éste, ejerció de entrenador del Grasshoppers hasta que en 1937 decidió cruzar el charco y probar fortuna primero en el Flamengo y luego en el Botafogo. Kurschner llevó a Brasil las ideas de Hogan, germen de lo que hoy es el ‘jogo bonito’. De hecho, fue él quien introdujo en el país la táctica WM (3-2-3-2) y el hombre que impulsó la explosión de los delanteros negros en la selección para que luego pudiesen surgir los Ademir, Didí, Garrincha o Pelé.

Todo encaja. Por enésima vez.

Jimmy Hogan, el primer romántico del fútbol - La Opinión de Málaga
Jimmy Hogan

Volvamos al bueno de Jimmy Hogan. Tras triunfar en Suiza fue llamado nuevamente por el MTK de Budapest, antes de ser contratado por la DFB (Federación Alemana de Fútbol) para dar charlas y seminarios por todo el país. Y es que Alemania, por increíble que parezca hoy en día, era insignificante cuando de fútbol se trataba. Allí no dirigió a ningún equipo, pero se encargó de explicar tácticas a jóvenes entrenadores y explorar las esencias del juego con adolescentes que pretendían ser grandes futbolistas. Uno de aquellos chicos fue Helmut Schön, seleccionador alemán en los 60 y 70, que tras alzarse victorioso en el Mundial de 1974 le dedicó el triunfo a Jimmy Hogan al que llamó “padre del fútbol moderno”.

Es inevitable repetirse. Todo encaja.

Pero la Alemania de inicios de los 30 pasaba por momentos convulsos, así que cuando Meisl llamó a la puerta de Hogan para volver a Viena, no se lo pensó ni dos veces, y más sabiendo que contaba con una generación de oro, el llamado ‘Wunderteam’.

Un adelantado a su tiempo - Panenka
Hogan y el Wunderteam

Aquella selección austriaca estaba conformada por una serie de exquisitos jugadores coronados por un incomprendido que respondía al nombre de Matthias Sindelar. Era un delantero frágil, pero con un endiablado cambio de ritmo, una exquisita técnica y, sustancialmente, una gran conducción del balón y una bellísima estética. Sindelar fue conocido como ‘Der Papierene’ (el hombre de papel) y se convertiría en el primer delantero centro que cambió la ortodoxia y bajaba al centro del campo para ayudar a construir el juego y echar un capote al generar situaciones de desequilibrio en la ofensiva.

La llamada ‘Escuela del Danubio’ que Jimmy Hogan había sembrado entre Viena y Budapest tendría su culmen con un equipo que sería conocido como el ‘Wunderteam’ (equipo maravilla) y que durante tres años se mantendría invicto salvo por una derrota en Stamford Bridge ante los poderosos y profesionales ingleses. Pero más allá de los triunfos, aquel equipo maravillaba por su querencia a jugar a ras de césped y por el ensalzamiento de la colectivización del juego frente a las acciones individuales.

Austria se presentó como gran favorita para ganar el Mundial de 1934 de Italia, pero cayó ante los anfitriones en semifinales tras un encuentro bronco en el que los transalpinos dispusieron de enormes ayudas arbitrales. El palo fue duro para los austriacos que aun así siguieron maravillando durante un par de años hasta que en la final de los Juegos Olímpicos de 1936 volvieron a caer ante los italianos y, esta vez sí, de manera justa.

Fue el canto del cisne de un equipo y del estilo de juego de Hogan. No había ganado, pero aquel equipo pasaría a la historia por su influencia en el enriquecimiento del fútbol y las nuevas alternativas que había aportado. Quizás por vez primera en la historia, el fútbol pasaba a ser algo más que un juego y la derrota era considerada como bella. Cuando un par de años después la Alemania de Hitler se anexione Austria, el ‘Wunderteam’ quedará desmantelado y su recuerdo perecerá ante la ausencia de imágenes televisivas.

Pero quedará su impronta. El logro final es lo más importante, pero también el camino para recorrido para alcanzarlo.

Jimmy Hogan volvió a Inglaterra y, esta vez sí, logró acomodo en un club. Era 1936 y sus éxitos con la selección austriaca le fueron reconocidos en las Islas Británicas. Firmó por el Aston Villa, y tras la II Guerra Mundial se convirtió en el entrenador de su fútbol base. Por primera vez un club inglés instauraba la idea del pase-movimiento-pase e introducía el juego con balón en los entrenamientos. Su interrelación con la pelota influiría en una generación de futbolistas ingleses que a finales de los 60 desterraría –aunque sólo en parte- la idea prehistórica de la concepción del juego que se defendía en Inglaterra. Su alumno más aventajado en el Aston Villa fue Ron Atkinson quien nunca llegó a debutar con el primer equipo de los villanos, pero que se convirtió en un respetado técnico de longeva trayectoria, de escaso éxito, pero siempre considerado el entrenador con el libreto más atractivo de toda Gran Bretaña.

Salvó en Argentina y en Uruguay donde fueron los empresarios, soldados y marinos escoceses de entre siglos los que llevaron el regate y el juego de pase al fútbol sudamericano (Alexander Watson Hutton, sería el Hogan del Río de la Plata), todos los demás países le deben a Jimmy Hogan la autoría de un nuevo tipo de fútbol. E incluso al otro lado del Atlántico le deben mucho a Hogan, ya que Imre Hirschl, un grande en los banquillos de River Plate o Peñarol de Montevideo, era un húngaro que había sido discípulo de Hogan.

Como siempre. Todo encaja.

Brian Little on Twitter: "A visit to Burnley today .. where a new Headstone  was Unveiled for Former Aston Villa Manager, Burnley Player and Legendary  Hungarian Coach..Jimmy Hogan.. https://t.co/gqeB7oSS4k" / Twitter
Jimmy Hogan (1882-1974)

El caso es que, de una forma u otra, todos los equipos que han perdurado en la memoria por una innovación táctica ofensiva y por un tipo de fútbol que ha trascendido más allá del resultado le deben su origen a Jimmy Hogan.

De Países Bajos a España: Jimmy Hogan, Jack Reynolds, Rinus Michels, Johan Cruyff, Pep Guardiola. Del fútbol total al ‘tiki-taka’.

De Hungría a Brasil: Jimmy Hogan, Dori Kurschner, Gustav Sebes, Vicente Feola, Bela Guttmann. Del equipo de oro al ‘jogo bonito’.

Alemania: Jimmy Hogan, Helmut Schön, Hennes Weismeller.

Inglaterra: Jimmy Hogan, Ron Atkinson.

Austria: Jimmy Hogan, Hugo Meisl.

Argentina y Uruguay: Jimmy Hogan, Imre Hirschl.

“Estaba viendo el partido, pero no en el palco, sino en las gradas rodeado de los juveniles del Aston Villa. Inglaterra tuvo que reflexionar sobre la complejidad del ataque-defensa. Habíamos dejado atrás el talante presuntuoso y triunfamos con un fútbol comunicativo”. Jimmy Hogan, ya anciano, hablando con orgullo sobre la victoria inglesa en el Mundial de 1966.

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Cuando Bill se convirtió en entrenador

Era una jornada anodina de abril de 1966. Faltaban escasos días para que dieran comienzo los playoffs de la NBA. Bill cruzó la puerta del despacho de Red. Era una de tantas. Ni podría aproximar un número de las veces que había acometido ese recorrido. Siempre tenía que hacerlo tras una acentuada postración, dado que sus 205 centímetros de altura bordeaban el dintel de la puerta. Bill tomó asiento y frente a él un despacho minúsculo, una mesa de roble y un aire pegajoso y cargado apestado de tabaco.

Red fue al grano. Llevaban diez años juntos. Podía ir al grano. Fue Red quien había jugado al póker para conseguir llevarse a Bill en el draft de 1956. Él sabía que la capacidad defensiva de Bill cambiaría para siempre el devenir de los Boston Celtics. Desde entonces año sí y año también los Celtics habían gobernado la NBA hasta crear la dinastía más exitosa del deporte estadounidense. Pero Red estaba cansado. No solo mentalmente, sino que motivacionalmente. Su deseo era dejar de ser entrenador y dar el salto a los despachos.

Y su deseo era que Bill Russell ejerciese de entrenador.

Como Judas, Bill negó tres veces el ofrecimiento. Red dio otra calada a su puro y aceptó la negativa, pero con una condición. Le pidió a Bill que pusiera en un papel cinco posibles entrenadores y él haría lo mismo. Al día siguiente quedarían en el despacho y entre los dos escogerían al candidato. Si no lograban contratar a nadie del gusto de Russell, él mismo tendría que aceptar ser el técnico de los Celtics.

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Russell y Auerbach

Es complicado describir lo que unía a aquel blanco judío hijo de un emigrante ruso y a aquel negro enorme nacido en las profundidades de Louisiana. Bill Russell había visto a su abuelo defender un colegio de niños negros ante una banda del Ku Klux Khan o a su madre insultada por policías blancos que le acusaban de vestir demasiado bien un domingo que iba a la iglesia. Después de ganar dos títulos universitarios siendo minusvalorado por el color de su piel, escogió a los Celtics porque su técnico, Red Auerbach, se dirigió personalmente a él, mientras que los demás equipos hablaban directamente con su entrenador universitario. Red lo trató como una persona y se fraguó una amistad y una lealtad inquebrantable.

Juntos hablaban de su infancia. Una la de un negro que cambió Louisana por California con escaso éxito. Una vez viajaba con su padre en el coche y vio cómo se les era negado el servicio en una gasolinera hasta que todos los clientes blancos hubieran sido atendidos. Cuando su padre intentó marcharse y buscar otra gasolinera, el encargado del establecimiento le pegó con una escopeta en la cara amenazándolo de muerte con que se quedara y esperara pacientemente su turno. Auerbach se reía de su tragedia diciéndole que no sabía lo que era ser un judío pelirrojo en el Nueva York de la Gran Depresión. La complicidad era tal que Auerbach nunca se enfadaba con Russell a sabiendas que llevaba muy mal las críticas. De cuando en cuando tenía que hacerlo delante del resto del equipo para demostrar que no había distinciones, pero siempre era una pantomima perpetrada y preparada por las dos partes.

Bill sabía que no podía jugar para otro entrenador que no fuese Red. Había sido MVP y había llevado a los Celtics a la cima. Sumaba título tras título, pero jamás fue aceptado. Por entonces Boston era una de las ciudades más racistas del norte de Estados Unidos. Una vez, tras una actuación portentosa de Russell, un aficionado de los Celtics se le acercó y le dijo que era un bostoniano de cuarta generación y que hiciese lo que hiciese Boston jamás lo aceptaría como uno de los suyos. Red era especialista en contestar a esa gente con fina ironía o restarle importancia a los hechos cuando Bill se lo contaba en confianza.

Era impensable que Bill no jugase para Red.

Bill Russell lideró a los Celtics a ocho títulos consecutivos. Lo hizo a través de la defensa, cuando entonces los pívots lo único que hacían era anotar. Ponía tapón tras tapón en lo que se dio llamar las Wilsonburguers, por aquello de que entonces la pelota era de la marca Wilson, y el balón salía despedido a sus compañeros que anotaban en rápidos contraataques. Era una leyenda. Pero era un negro que no se callaba. Cuando los Celtics retiraron su camiseta no se presentó a la ceremonia enfadado por el trato que los aficionados le habían dado. Cuando fue elegido para el Salón de la Fama del baloncesto, más de lo mismo. Hubieron de pasar un par de décadas para que la NBA, la sociedad americana y la ciudad de Boston hiciesen las paces con el jugador más laureado del deporte estadounidense.

NBA: Bill Russell, el hombre que pudo con todo | Marca
Bill Russell (6)

Por todo ello era tan difícil encontrar a un entrenador que permitiese a Bill liderar a través de la defensa y que lo aceptase tanto como deportista y como persona en una época de efervescencia de derechos sociales y lucha racial. De esta forma cuando Russell y Auerbach se citaron al día siguiente en el despacho las listas no llegaban a los cinco nombres preestablecidos. La de Russell, de hecho, estaba vacía.

El plan de Russell era demostrarle a Auerbach que no había quien lo sustituyese, por lo que no le quedaría más remedio que seguir en los banquillos muy a su pesar. Pero Auerbach le dio un nombre de los que tenía en su lista. Bill negó con la cabeza. Sabía que fulanito era un gran técnico, pero también un racista empedernido. Auerbach probó con el segundo de la lista. Misma respuesta. Éste también era buen técnico, pero se oponía al matrimonio entre negros y blancos.

Auerbach, satisfecho en su interior, se encogió de hombros y le dijo a Russell que no sabía quien podría entrenar a los Celtics. Russell, enojado, se marchó a casa y prometió a Auerbach encontrar el hombre adecuado.

Por más vueltas y vueltas que le daba no había forma de encontrar a un entrenador de su gusto. Fue con Red con quien había viajado a aquel hotel en el que no le dejaron entrar por “tener mal olor”. Red sacó a Russell y a sus compañeros de aquel sitio y buscó otro donde aceptasen a negros y blancos. Cuando fue lapidado por apoyar a Muhammed Alí y posicionarse en contra de la guerra de Vietnam, allí estaba el viejo Red para defender que un deportista pudiese expresarse y tener sus propias ideas políticas. Y fue Red el que le dio un contrato de 100.001 dólares cuando los Lakers firmaron a Wilt Chamberlain a razón de 100.000 anuales. «Si eres el mejor, también tienes que ser el mejor pagado”, dicen que le dijo Auerbach.

Acariciando la medianoche, Bill descolgó el teléfono y llamó a Red.

“Acepto el trabajo”, dijo Russell.

“¿Seguirás jugando al mismo tiempo que harás de entrenador?”, contestó Auerbach.

“De eso se trata”, respondió Russell.

“Una última cosa – cuentan que le dijo Auerbach -. Escribirán que eres el primer negro en entrenar a un equipo de la NBA. Cállate, no les hagas el menor caso y demuéstrales que se equivocan. Demuéstrales que eres el nuevo entrenador de los Boston Celtics”.

Sexto Hombre on Twitter: "Tercero: fue el primer coach y ejecutivo  afroamericano en la historia de la NBA, lo que marcó un gran precedente en  la asociación. Ah, y al mismo tiempo
El primer técnico negro

Los Celtics ganaron su octavo título consecutivo y el noveno de Russell y Auerbach (1957 y 1959-66). La temporada 1966/67 comenzó con Bill Russell como entrenador-jugador y respondiendo a cientos y cientos de preguntas sobre si estaba capacitado para su trabajo y como sería capaz de mantener la calma cuando un problema racial hiciese su aparición. Ese año los Celtics perdieron la final de la NBA ante los Philadelphia 76rs de Wilt Chamberlain. Pero los Celtics se rehicieron y volvieron a ganar la NBA en 1968 y 1969, en la que fue la última temporada de Bill Russell como entrenador y jugador de los Boston Celtics.

Bill Russell es uno de los únicos baloncestistas que ha ganado la NCAA, el oro olímpico y la NBA. Fue cinco veces MVP de la competición y sumó un récord inalcanzable de 11 anillos de la NBA. Once como jugador y dos como entrenador, concretamente como el primer entrenador afroamericano de la historia del deporte profesional estadounidense.

“Aprendí a hacerme un caparazón cuando era joven. Luego pasé el resto de mi vida esperando que alguien metiese la mano dentro y me tocase. Pero solo tocarme; cualquier cosa más que eso sería demasiado para mí”. Bill Russell.

https://www.youtube.com/watch?v=ony_ocSPtBo

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Cuando un volcán derrotó al Barça

En 2010 el FC Barcelona era un ciclón. Con Busquets como guardia de tráfico y una cuadrilla de virgueros rodeando al balón, aquel Barça practicaba un juego primoroso y ordenado en el que, de vez en cuando, Messi se salía de la norma para elevar la elegancia a arte. La temporada anterior aquel conjunto había logrado el sextete, incluyendo un histórico 2-6 en el Bernabéu en el día que Pep Guardiola se inventó lo del falso nueve y pasó de pupilo de Cruyff a ser reverenciado por su maestro.

Con Xavi e Iniesta a los mandos, Guardiola había formado un equipo legendario a través de un juego de toque y de una presión en campo rival jamás vista en el fútbol de élite. Aquel Barça machacaba a los rivales en los primeros minutos de partido con un ritmo asfixiante para luego ampliar el marcador por simple inercia. Ese Barça se estaba ganando a pulso un hueco entre los equipos más fastuosos de la historia del futbol.

En la primavera de 2010 se barruntaba otro sextete, pero una descomunal actuación del portero sevillista Andrés Palop en la Copa del Rey hizo añicos dicha posibilidad. Lo que estaba encaminado era el doblete Liga-Champions. A pesar de la vuelta a la presidencia de Florentino Pérez y de los fichajes de Cristiano Ronaldo y Kaká, el Real Madrid era incapaz de meterle mano a los azulgranas. Sumaron la escandalosa cifra de 96 puntos, pero fue insuficiente para doblegar a un FC Barcelona que ganó los dos duelos directos ante los merengues y que tan sólo perdió un partido (2-1 ante el Atlético de Madrid) en toda la Liga.

Liga Española - FC Barcelona: La evolución de Messi del primer Balón de Oro  al sexto | MARCA Claro Usa
Barça 09/10

Aun así, todo eran migajas a falta del premio gordo. El Madrid naufragó en octavos ante el Olympique de Lyon, en la que fue la sentencia deportiva del técnico Manuel Pellegrini. En aquel 2010 la final de la competición fetiche por excelencia tendría lugar en el Santiago Bernabéu. El aficionado merengue veía con pánico como el Barça destrozaba al VFB Sttutgart (5-1 en el global) y al Arsenal (6-3 en el global) y se plantaba en semifinales a dos pasos de levantar la orejona en el Santiago Bernabéu.

El Barça era el gran favorito para alzarse con el título y, por ende, para ganar su semifinal. Y más cuando se supo que su rival era el Inter de Milán. Ambos conjuntos ya se habían enfrentado en la fase de grupos. Hubo empate en tierras italianas (0-0) y una clara victoria del Barça (2-0) en el Camp Nou, a pesar de la ausencia por lesión de Lionel Messi y de Zlatan Ibrahimovic.

Sin embargo, había un hombre que se mostraba confiado de lograr la victoria. José Mourinho era tan histriónico y voluble como en la actualidad, pero por entonces el personaje todavía no había devorado al entrenador. Mou estaba en la cumbre de su capacidad motivacional y estratégica. Se barruntaba ya que la temporada siguiente sería él el encargado de dirigir al Real Madrid, pero antes debía demostrar que su kriptonita era la adecuada para batir a Pep Guardiola.

Con lo que nadie podía contar es que con la kriptonita llegase de Islandia.

A unos 3.000 kilómetros de Milán a un volcán de nombre impronunciable (Eyjafjallajökull) le dio por estallar unos días antes de la disputa del partido de ida en el Giuseppe Meazza. La explosión hizo brotar fragmentos de vidrio que ascendieron por la columna de ceniza del volcán. Los vulcanólogos dictaminaron que su presencia en las capas altas de la atmósfera dificultaba la presencia de vuelos aéreos, por lo que durante una semana más de 17.000 vuelos fueron cancelados en Europa Occidental.

Tras unos días de incertidumbre, el Barça tuvo que tomar la decisión de viajar a Milán por carretera. Se descartó el tren por culpa de una huelga ferroviaria en Francia, paso obligatorio antes de llegar a Italia. La expedición cubrió en dos autobuses los 980 kilómetros entre Barcelona y Milán parando a dormir en Cannes, para que el exceso de horas en autocar afectara lo menos posible a los futbolistas. Partieron el domingo a las 14.30 horas de Barcelona y llegaron el lunes a última hora de la mañana a tierras lombardas. Allí estaba la prensa, que acababa de completar el viaje de un tirón aprovechando la noche. Todo era trastorno para el siempre metódico Guardiola, que contaba con un plácido vuelo de una hora hasta Milán.

Barça: Diez años del volcán, el viaje en autocar y Benquerença
Rumbo a Milán

Mas si alguna perturbación hubo, aplacada quedó. El Inter despreció la posesión y decidió agazaparse y esperar. Con Xavi en modo imperial el Barça arrinconó al Inter y en el minuto 19 Pedro (entonces aún Pedrito) ponía en franca ventaja la eliminatoria para el Barça. Tuvo Messi otra que Julio César calmó con la parada de su carrera antes de que Sneijder anotase el 1-1 en una jugada aislada cuando ya avanzaba el primer tiempo.

La segunda mitad fue rock and roll. Pandev, Milito y Eto’o descuajeringaron al Barça con contraataques a velocidad de vértigo hasta que Maicon puso por delante a los neroazurros. Quizás fatigado por el viaje o tal vez derrengado por el esfuerzo acumulado tras jugar ante Real Madrid y Espanyol la semana anterior, el Barça se vino abajo y el Inter pico cual avispa hasta poner el 3-1 por obra de Diego Milito. Cierto que éste último tanto fue en fuera de juego, como que cierto es que hubo un claro penalti sobre Dani Alves, pero más cierto fue que el Inter fue el justo vencedor del encuentro.

“Aún van a decir que tengo un amigo en el volcán y he sido yo quien ha provocado su erupción. Un equipo que gana siempre a veces no sabe perder”, soltó Mourinho en rueda de prensa. Lo cierto es que la prensa catalana disculpó al Barça por el cansancio acumulado y culpó a Olegario Benquerença, árbitro del encuentro y paisano de Mourinho, de la derrota. Fuese el volcán o fuese el trencilla, pocos dudaban en la Ciudad Condal de que el traspiés había sido eso, un traspiés, y que la victoria en el partido de vuelta estaba asegurada. “90 minutos en el Camp Nou son muy largos”, había advertido Guardiola haciendo suya una sentencia de la biblia madridista.

No necesitaba más Mourinho para poner a sus pretorianos en guardia. Durante las siguientes dos semanas su humor de trazo grueso se encargó de hacer ver a sus chicos que su esfuerzo no era valorado por nadie. Sus chicos era hombres. Los otros eran niños que se quejaban de no haber descansado lo suficiente. Era el Inter el que había derrotado al Barça, no aquel volcán islandés de nombre impronunciable. Si el Barça estaba cansado no era por el viaje, sino por el partidazo de sus chicos.

Había que demostrarlo en el partido de vuelta.

El ambiente en el Camp Nou era el de las grandes ocasiones. Cientos de aficionados tuvieron que ser dispersados la noche anterior al partido por presentarse en la puerta del hotel del Inter con la intención de no dejar pegar ojo a los italianos. La tarde del encuentro los hinchas acompañaron con sus motos al autocar azulgrana en su camino al Camp Nou. El Barça salió hipermotivado y el Inter acobardado. Mourinho dispuso una línea de cinco defensas y a Guardiola le dio un ataque de entrenador y colocó a Gabi Milito de lateral izquierdo. En el minuto 28 Motta golpeó a Busquets, quien convirtió un homicidio en un asesinato a sangre fría. Expulsado el italobrasileño, la siguiente hora el Inter se dispuso a defender la renta con un futbolista menos.

El Barça tuvo un 73% de posesión, lanzó 14 veces a puerta y dispuso de nueve saques de esquina a favor. El Inter tiró una vez entre los tres palos. Fue un asedio. Fue la guerra. Pero el Inter resistió. Pocos recuerdan que Mou no hizo su primer cambio hasta el minuto 81. Tras la expulsión no tocó al equipo. Colocó a Eto’o de lateral derecho, tan dañino para la vista como inolvidable de ver. Le dijo a Luis Figo, por entonces recién retirado y delegado del Inter, que saltase a protestar al campo en cada jugada. Sonido de viento para el Camp Nou. Leña al fuego. Pocas veces se ha visto a un equipo de élite defender tan atrás. Y pocas veces se ha visto a un equipo de élite tan entregado, solidario y sacrificado por el bien común.

Piqué anotó en el 84, pero fue insuficiente. Bojan lo haría más tarde, pero su gol fue anulado (esta vez correctamente). Fue el mejor día de la carrera de Mourinho. Edificó un castillo que Guardiola no pudo asaltar. Si el Barça pintaba un cuadro el Inter arañaba el marco. El brillante repliegue y la implicación defensiva de los atacantes del Inter no eran válidos para un restaurante de estrella Michelin, pero saciaban de hambre al más hambriento de los comensales.

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El Inter acababa de batir al equipo imbatible. Un torrente de euforia viajaba desde Milán a Madrid. Mourinho atravesó el Camp Nou de una punta a otra con el brazo levantado y dedo acusador mientras se dirigía a la grada donde se encontraban los aficionados del Inter. Sus aspavientos enervaron a Víctor Valdés que agarró por el cuello al portugués. Para que la sangre no llegase al río alguien tuvo la feliz idea de poner en marcha los aspersores del Camp Nou. Mourinho y sus pretorianos tuvieron que abandonar el césped y siguieron con la fiesta en los vestuarios.

El Inter acabó ganando aquella Copa de Europa y el Barça recuperaría el trono continental la temporada siguiente, tras uno de los mayores recitales de juego colectivo que se recuerdan ante el Manchester United. Durante tres años (2009-2011) el Barça fue, y con diferencia, el mejor equipo del mundo, pero, en 2010, el Inter modelado por Mourinho demostró que a un equipo vestido para matar no le hace falta jugar.

El volcán Mourinho consiguió desgastar a Guardiola que, hastiado, acabaría abandonando Barcelona. No obstante, a Pep le dio tiempo a humillar a Mou unas cuantas veces cuando el portugués dirigía al Real Madrid. Alimentando así la excéntrica teoría, muy arraigada en Barcelona, de que el Barça hubiese sumado tres Copas de Europa seguidas si un volcán de nombre impronunciable no se hubiese cruzado en su camino.

“¿Autobús? Ese día en el Camp Nou no pusimos el autobús, pusimos un A-340 con las alas bien desplegadas”. José Mourinho.

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El sueño americano (by Vince Papale)

El sueño americano. ‘The American Dream’. Quizás la epopeya más grande del mundo contemporáneo. El sueño americano sirvió, y aún sirve, para unir a decenas de miles de personas de distintas procedencias en tiempos de crisis social. Estados Unidos era tierra de abundancia, de oportunidades y de destino. El sueño americano garantiza a través de la libertad la posibilidad de tener éxito y prosperidad en la escala social. El sueño americano era justicia social en una Europa de reyes y nobles.

Fue el capitalismo salvaje el que convirtió el sueño americano en una quimera. Con el tiempo el sueño pasó a ser el de conseguir infinitas riquezas y dejó a un lado la democracia social. Pero el sueño americano pervive en la conciencia de medio mundo y no parece que haya lugar mejor que Estados Unidos para que gracias al duro trabajo o a una habilidad especial obtengas la oportunidad que te permita progresar en la vida. La historia de Estados Unidos está llena de pequeñas microhistorias que de cuando en cuando nos recuerdan la existencia del sueño. La realidad es que pocos llegaran al éxito, pero el ideal americano estará mientras creamos que el sueño es alcanzable.

Vince Papale es una de esas elegidas personas que dan forma al ‘American Dream’. Su historia es fascinante, por insospechada, grandilocuente y llamativa. Como en toda buena historia la industria hollywoodiense tuvo la feliz idea de convertirla en película, y como en toda gran epopeya que vanagloria el sueño americano, fue la Disney quien se encargó de producirla. ‘Invencible’ (2006) es un largometraje mediocre, pero dio a conocer a este lado del Atlántico la historia del fichaje de Vince Papale por los Philadelphia Eagles de la NFL.

Los Philadelphia Eagles son uno de los equipos más relevantes de la liga de fútbol americano. Labraron su fama en la década de 1940 y reverdecieron laureles en 2018 al alzarse con el título de la Super Bowl, uno de los espectáculos más excesivos que el mundo ha parido. No obstante entre 1962 y 1976 los Philadelphia Eagles acumularon una única temporada con balance positivo, amontonando decenas de derrotas año tras año.

Para la temporada 1976/77 los Eagles, frustrados y exasperados, deciden dar un cambio de rumbo y contratar a Dick Vermeil como nuevo entrenador. Se trata de la primera experiencia en el banquillo profesional de un joven técnico que no cuenta con la devoción de los fanáticos. Ante el pesimismo generalizado y la moral decaída tanto de directiva como de aficionados, Vermeil decide dar un golpe de efecto que lleve a los Eagles a las portadas de los periódicos de todo el país.

En una llamativa rueda de prensa Vermeil anuncia que todos los ciudadanos de Philadelphia que lo deseen pueden presentarse en las instalaciones del club para realizar una prueba con los Eagles. En caso de que el resultado resulte satisfactorio pasaran a pertenecer a la disciplina de los Eagles de la NFL.

Era algo jamás visto en el deporte profesional. El sueño de todo deportista de sofá. Hacer una prueba con el equipo de tus amores. La riada de gente no se hizo esperar y miles de personas acudieron a la llamada de los Eagles.

Uno de esas personas que sangraba y sudaba por los Eagles era Vince Papale. Acumulaba algo más de una década como socio y jamás se perdía un partido de su equipo a pesar de los malos resultados acumulados temporada tras temporada. Tenía entonces 30 años y vivía ejerciendo de camarero entre semana y de portero de discoteca los sábados y domingos.

Papale sólo había jugado al fútbol americano de manera federada en el instituto. Obtuvo una beca deportiva en atletismo para cursar estudios universitarios y se convirtió en un especialista en salto con pértiga. No brillo en demasía, por lo que se centró en sacar su licenciatura en ADE. Sin embargo no lograba encontrar un trabajo estable y permanecía ahogado por las deudas.

Animado por sus colegas, Vince Papale acude a la llamada de los Eagles. A pesar de que se citan cientos de ex jugadores de fútbol universitarios, y aunque en un principio Vermeil se tomaba la convocatoria como una manera de aumentar la moral de la ciudad y nada más, Papale poco a poco va pasando los cortes ante la incredulidad general y finalmente consigue una plaza como jugador profesional.

Papale sigue siendo el único jugador novato de la historia de la NFL con más de 30 años, y por supuesto, el primero sin ninguna experiencia universitaria en el fútbol americano. Ahí radicaba toda la magia en torno al receptor de los Eagles. Todos los aficionados pasaron a ser Papale, uno de los suyos, la viva encarnación del sueño americano.

Aquel camarero, que sólo había jugado de manera federada al fútbol americano durante su época en el instituto, formaría parte de la plantilla de los Eagles durante tres temporadas. Nunca fue un jugador destacado (41 partidos en un trienio) y en la mayoría de los encuentros disponía de pocos minutos, pero todos sus compañeros siempre lo señalaron como el culpable de que los Eagles volviesen a los playoffs tras muchos años de ausencia y acumulasen tres campañas seguidas en la postemporada. Contaban que no había persona más implicada en los entrenamientos. Su ascendencia fue tal que lo escogieron capitán de los equipos especiales, una especie de jefe de los suplentes.

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Con el tiempo Papale fue elegido dentro del equipo ideal en la historia de los Eagles. Obviamente no por sus aptitudes, pero si por su actitud. La expresión ‘American Dream’ se usa a menudo y muchas veces sin sentido. En este caso son las palabras exactas para definir una historia que ni el mejor guionista de la Disney hubiera creado.

Vince Papale es hoy una leyenda en Philadelphia a la altura de Rocky (de hecho a Papale le suelen llamar el Rocky de verdad) y lo es también para cualquier aficionado al fútbol americano que sueña con jugar alguna vez con el equipo de sus sueños. Hoy Papale trabaja como comentarista de los Eagles en una emisora de radio y es un fiero activista contra el cáncer tras superar un tumor en el colón. Se estima que el número de colonoscopias realizadas en Philadelphia aumentó cerca de un 20% tras una campaña en la que Papale abogaba por acudir con prontitud al médico.

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La autocanasta de Alocén (la autocanasta de Ferrándiz)

Imaginemos un baloncesto diferente. Un baloncesto donde no existe el triple. Baloncesto donde no consta el campo atrás. Un baloncesto donde no se halla el tiro libre adicional. Ese era el baloncesto en 1958, el año en el que se disputó la primera edición de la Copa de Europa y que acabó con triunfo de los soviéticos del ASK Riga en una final a doble partido ante los búlgaros del Akademik de Sofía. Así, en formato de ida y vuelta, se disputaron las cuatro primeras finales europeas hasta que en 1962 la autocanasta de Alocén sacudió los cimientos del baloncesto FIBA.

En el baloncesto existen dos realidades yuxtapuestas. La primera es la NBA, donde están los mejores jugadores del planeta y en cuyas reglas han primado siempre la movilidad, el espectáculo y el juego ofensivo. La segunda realidad es la del baloncesto FIBA que desde Europa regula ‘grosso modo’ un juego más técnico y táctico. Los europeos siempre se han jactado de guardar las esencias y la tradición de todos los deportes, pero no han podido hacerlo jamás con el baloncesto, que es, junto al fútbol, el deporte con mayor aceptación a nivel mundial. Dado que el basket fue inventado por los norteamericanos, desde esta parte del globo nunca hemos conseguido concretar una forma efectiva de poder.

En el deporte estadounidense no existe el empate. Sólo la victoria y la derrota. Prima la cultura del vencedor. El deporte en Europa, influenciado por la Inglaterra victoriana y la Grecia clásica, fomenta la competitividad entre caballeros. Además de la victoria, incorporó el empate. El baloncesto hizo el camino inverso al del resto de deportes y viajó de Estados Unidos para llegar a Europa. Lo hizo con su propia idiosincrasia, pero Europa lo reformuló a su imagen y semejanza.

Así pues, mientras que en Estados Unidos una eliminatoria entre dos equipos se dilucide en número de victorias siempre impares (al mejor de 3, 5 ó 7) en el baloncesto FIBA se implantaron las eliminatorias de ida y vuelta con la posibilidad de desempate en caso de igualdad. El problema es que, a diferencia del siempre presente fútbol, en el baloncesto las anotaciones son numerosas por lo que aumentaba considerablemente la complejidad de la ecuación. Se sumaban los puntos conseguidos en ambos partidos para obtener el resultado final. Y por tanto era muy importante ganar por muchos puntos de diferencia. O no perder por abultado tanteo.

Para la temporada 1961/62 la FIBA introdujo una novedad. Eliminaba los empates en las eliminatorias de ida y vuelta e introducía el tiempo suplementario. En caso de igualada al final de los 40 minutos se jugarían otros cinco de prórroga hasta que hubiese un vencedor.

Se suponía que se solucionaba el problema. Estaban muy equivocados.

El enero de 1962 el Ignis Varese y el Real Madrid disputaban los octavos de final de la Copa de Europa. Por aquel entonces las diferencias entre jugar en casa y fuera eran abismales. El público invadía la cancha constantemente, había injerencias en el reloj de posesión por parte de los miembros de la mesa arbitral, los colegiados solían ser caseros y además la ausencia de ojeadores y vídeos hacía que hubiese un frecuente desconocimiento del rival. Lo normal es que el equipo casero ganara en su pabellón, por lo que era fundamental salvar los muebles cuando se jugaba fuera para poder remontar en casa.

Esa era la idea del Real Madrid que entonces entrenaba Pedro Ferrándiz. Había llegado al banquillo del conjunto blanco en 1959 y se mantendría en el cargo hasta 1975 sumando 12 ligas y 4 Copas de Europa en su palmarés. Hombre agrio, mal encarado, pero inteligentísimo y aplicado, el día que dejó los banquillos lo hizo porque según indicó se había cansado de ganar. Ya anciano, es reacio a dedicar elogios y sólo se anima con aquellos entrenadores o jugadores que le puedan rebatir su palmarés, caso de Lolo Sainz o Felipe Reyes.

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Pero en 1962 el Real Madrid aun no era campeón de nada y viajó a Italia con múltiples precauciones. Sorpresivamente los madrileños fueron por delante durante toda la primera mitad con diferencias que rozaban los 10 puntos, liderados por Emiliano Rodríguez y Wayne Hightower. Sin embargo, en la segunda parte los italianos fueron reduciendo progresivamente la diferencia hasta que a falta de dos segundos para el final el Varese empató el partido (80-80) y todo parecía indicar que el encuentro se decidiría en la prórroga.

La posesión era para el Real Madrid que aún tendría una última oportunidad para ganar el partido. Ferrándiz pidió tiempo muerto y diseñó la jugada final. Una jugada que cambiaría los cimientos del baloncesto FIBA. El Madrid había perdido por acumulación de faltas a Carlos Sevillano y a Stanley Morrison, su pívot titular, en la jugada del empate del Varese, y Ferrándiz sabía que si el partido se iba a la prórroga los italianos ganarían el choque con facilidad.

Sólo podía aspirar a cambiar el sino del partido con esa jugada final. Con esos dos segundos de inspiración. Antes de volver a la pista, Ferrándiz cogió a Alocén del brazo y le susurró al oído; “ya sabes lo que tienes que hacer”.

Lluis Cortés sacó de fondo y pasó el balón a Lorenzo Alocén, habitual pívot suplente del Real Madrid. Alocén recibió la bola debajo de su propio aro y ante la sorpresa general lanzó a tabla y encestó en su propia canasta. Hizo una autocanasta. El Varese ganaba el partido por 82-80 con una autocanasta de un jugador del Real Madrid.

Fueron los dos únicos puntos de Alocén en todo el partido. Y los anotó a favor del Varese.

El público de Varese empezó a saltar de júbilo y a reírse del infeliz de Alocén. Pero pasados los primeros segundos de estupor los jugadores y la afición del Varese comprendieron lo que había sucedido. El primero en darse cuenta fue el varesino Lajos Toth que corrió junto a los árbitros para pedir la anulación de la canasta. El público se dio cuenta de la treta y empezaron a volar mecheros, cajas de cerillas con monedas en su interior y botellas sobre la pista. Pero a pesar de la indignación no había motivo alguno para anularla. Nada decía el reglamento sobre las autocanastas.

Pedro Ferrándiz sabía que una desventaja de dos puntos era remontable en el encuentro de vuelta. Sin Sevillano y sin Morrison, con Hightower tocado y con Lolo Saínz y Lluís Cortés con cuatro faltas personales, Ferrándiz lo tenía claro y cristalino. Mejor perder de 2 que ir a una prórroga y perder de 10 o de 15. Le dijo a Lorenzo Alocén que convirtiese una autocanasta a sabiendas de la derrota porque estaba seguro que en el Frontón Fiesta Alegre de Madrid la remontada era factible.

Según contó más tarde Alocén la jugada ya había sido ideada tiempo atrás. Ferrándiz había inculcado a sus muchachos que en caso de marcador ajustado siempre era mejor perder el partido de ida por una canasta que verse obligados a jugar una prórroga. Hubo una representación teatral digna de Buster Keaton. Ferrándiz se llevaba las manos a la cabeza y los compañeros de Alocén le gritaban y le zarandeaban mientras los rivales no daban crédito a lo sucedido y el público jaleaba con sorna al madridista con gritos de ¡Lorenzini!

Los días siguientes hubo un acalorado debate sobre lo sucedido pero, ante tanta nebulosidad, todo sucedió como Ferrándiz había previsto. En el partido de vuelta el Real Madrid pasó por encima del Varese (83-62) y se clasificó para los cuartos de final de la Copa de Europa de 1962.

Inmediatamente la FIBA convocó una reunión extraordinaria. Se homologó el resultado de la eliminatoria pero se cambió el reglamento con efecto inmediato. Se prohibieron las autocanastas deliberadas bajo multa de 1.000 francos suizos y eliminación del equipo infractor de la competición. Por otro lado se volvió a permitir el empate en las eliminatorias a doble partido descartando la opción de la prórroga. Aquel año se jugaría la primera final de Copa de Europa a partido único con victoria del Dinamo de Tiblisi (90-83) ante el Real Madrid de Pedro Ferrándiz y Carlos Alocén.

Ferrándiz seguiría impartiendo cátedra y a día de hoy es uno de los dos únicos entrenadores españoles (el otro es Díaz Miguel) que forman parte del Hall of Fame del baloncesto. Lorenzo Alocén acabaría siendo pieza importante en la selección española tras dejar el Madrid y convertirse en estrella en Zaragoza y en el desaparecido Picadero de Barcelona, que jugaba sus partidos en las que hoy son las instalaciones polideportivas del Palau Blaugrana del FC Barcelona.

Las eliminatorias europeas aún seguirían jugándose a doble partido hasta bien entrado el siglo XXI.

“Aproveché un resquicio legal. Como decimos en España, hecha la ley, hecha la trampa”. Pedro Ferrándiz.

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