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Steve Prefontaine y el origen de las zapatillas Nike

El 30 de mayo de 1975 Steve Prefontaine acudió a una fiesta universitaria. El día anterior había competido en una carrera y, como en él era costumbre, la había resuelto con una victoria. Cuando llegó al festejo era el amo del cotarro. Repartió unos cuantos abrazos, saludó a algunos amigos, departió con unos cuantos desconocidos y coqueteó con alguna chica. Pero estaba cansado y decidió retirarse pronto. Subió a su coche con el objetivo de volver a casa. A la mañana siguiente tocaba entrenamiento. Aquel día había chispeado, y entre eso y el calor primaveral, la noche se presentaba húmeda. La niebla baja afectaba a un camino sombrío dominado por la vegetación. Se sucedieron un par de malas curvas y en una de ellas un coche se cruzó en su camino. Prefontaine dio un volantazo para evitarlo y acabó estrellándose contra un abeto. Un par de días después se celebró en Hayward Field, el estadio de la Universidad de Oregón, su funeral. Bill Bowerman leyó un conmovedor panegírico alabando al chico que nunca se rendía, instantes antes de que el coche fúnebre diese la vuelta al estadio a la velocidad a la que Prefontaine solía acabar sus carreras. El público caminó esos últimos 400 metros en un profundo silencio.

Fue la única vez que Steve Prefontaine corrió en ese estadio sin el rugido de sus aficionados.

Tenía 24 años.

En los años 70 Estados Unidos estaba sumido en una profunda depresión. A la revolución por los derechos civiles de la minoría negra y al levantamiento juvenil que había aflorado en la década anterior, se le añadía la confirmación del desastre estadounidense en la guerra de Vietnam. Estados Unidos cambió de la noche a la mañana. Y entre esa nueva forma de entender la vida estaba el correr por correr. En las grandes metrópolis los yupis empezaron a hacer footing y el aficionado norteamericano comenzó a considerar suyos a los atletas de medio fondo.

Steve Prefontaine era el abanderado de su tiempo. Llegó a poseer al mismo tiempo todos los récords nacionales desde 1.500 a 10.000 metros. Era un icono de la juventud. Un icono de los 70. Ayudaba su imagen, sus piernas, su carisma y su aspecto desaliñado. “La gente compite para ver quién es más rápido, yo para ver quien tiene más agallas”, exclamaba con firmeza. Era diferente por su forma de pensar y de actuar. La gente le adoraba y en la Universidad de Oregón empezaron a circular por todo el campus sudaderas y camisetas con su nombre en lugar de con el nombre del centro. La gente cursaba sus estudios en la de universidad Steve Prefontaine.

Prefontaine había ingresado en la Universidad de Oregón en 1970. Situado en la región más lluviosa de Estados Unidos, el Estado de Oregón es uno de los que más fervientes aficionados al atletismo tiene en todo el país. El responsable del reclutamiento era Bill Bowerman, quien estaba convencido de que Prefontaine se iba a convertir en el mejor atleta del mundo. Bowerman era un ex militar que descubrió a Prefontaine en un campeonato infantil. Era un técnico estudioso, detallista y metódico. Un gurú. Tenía una máxima que rezaba; “Dios determina lo rápido que vas a correr. Yo me ocupo de la mecánica”. Adelantado a su época, diseñaba sus propias zapatillas en el garaje de su casa con la ayuda de su mujer. Estaba obsesionado con mejorar el rendimiento de sus discípulos, aunque para ello tuviese que adentrarse en terrenos insospechados.

Pero mientras seguía innovando con sus zapatillas caseras, Bowerman se dedicó a preparar a Prefontaine. Steve asombró en las clasificatorias estadounidenses y con sólo 21 años se veía favorito para los Juegos de Múnich. Aunque tenía varias marcas válidas en diferentes distancias, se decantó por correr los 5.000 metros. Empezó la final fiel a su estilo, a ritmo de mitin y con continuos cambios de cadencia que levantaban al público de sus asientos. Pero, como era de esperar, le acabó traicionando su carácter explosivo y su inconformismo. Fundido, acabó cuarto y sin tocar metal, en una prueba que concluyó ganando el finés Larse Viren.

Bowerman ya le había advertido de que sería necesario que se guardase fuerzas para el final, pero Prefontaine no le hizo caso. No se puede domar a un caballo salvaje. Cogía la cuerda de la pista y ya no la soltaba hasta el final. O eso, o moría en el intento. Se había convertido en una celebridad corriendo así y así lo seguiría siendo siempre.

Y a la gente le encantaba. Era todo corazón. Era puro arte.

A pesar del apoyo de la gente, a Prefontaine le costó superar aquel fracaso. Por entonces los atletas eran amateurs y a Steve le ofrecieron millones por disputar mítines en ciudades de medio mundo. Estuvo tentando a aceptarlo, pero finalmente no lo hizo. Con ayuda de Bowerman se propuso lograr el oro en los Juegos Olímpicos de 1976. Y para ello iba a tener el auxilio de unas zapatillas revolucionarias.

Por entonces la firma predominante en el tartán era Adidas. Las zapatillas alemanas eran el referente mundial y sus éxitos en los Juegos Olímpicos las convirtieron en la primera opción para cualquier deportista. De hecho, aunque Prefontaine usó alguna vez zapatillas Puma, en su victoria más celebrada en los clasificatorios estadounidenses para los Juegos de 1972 calzaba unas Adidas. En aquella celebre carrera en la que estableció un nuevo récord del mundo de los 5.000 metros acabó dando una vuelta de honor con una icónica camiseta que ponía ‘Stop Pre’, y que pronto se convirtió en prenda de culto en la cultura hippie.

Concretamente las zapatillas de Prefontaine eran unas ‘Adidas Tokyo’ que, como es fácil de deducir, fueron arrojadas al mercado en los Juegos Olímpicos de dicha ciudad. Como por entonces no se lanzaban nuevos modelos cada dos por tres, ese revolucionario diseño estuvo en vigencia desde 1964 hasta 1972. Eran unas zapatillas, hoy legendarias, con una lengüeta blanca y una X en el talón. Con alguna variación, es el modelo habitual de las barrigas cerveceras que sudan una vez por semana en las pistas de fútbol sala.

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Adidas Tokyo. Un clásico

Pero en 1973 Prefontaine iba a calzar por vez primera unas nuevas zapatillas. Se trataban de unas ‘Nike Pre Montreal’, pensadas y diseñadas para él, de ahí que llevaran el sufijo de ‘Pre’. Se trataba de unas zapatillas de una sola pieza y sin costuras que combinaban el verde y el amarillo, los colores de la Universidad de Oregón.

Por entonces las zapatillas eran un peso muerto contra el que los atletas tenían que luchar. No solo era el viento y los rivales, también había que pelear contra una enorme carga aerodinámica que se convertía en lastre para cualquier atleta. El objetivo era aligerar la zancada al golpear el pie con el suelo. El objetivo era buscar el dopaje tecnológico.

Para diseñar sus zapas revolucionarias, Bowerman había determinado que si conseguía quitar 28 gramos a la suela de una zapatilla los corredores se ahorrarían el esfuerzo de levantar 50 kilos de peso por cada milla recorrida. La pregunta era cómo hacerlo y fue su mujer quien le sugirió la idea una mañana mientras preparaba unos gofres. Bowerman esparció caucho líquido por la plancha de los gofres y el resultado fue una suela con forma de rejilla, más ligera y capaz de amortiguar las pisadas.

Bowerman tenía sus zapatillas y tenía claro quién iba a ser el primero que las probara. Steve Prefontaine las vio y frunció el ceño, pero tras dar una vuelta a la pista lo tuvo claro. Esas eran las zapatillas. Bowerman le diseñó unas exclusivas y adaptadas a sus pies que apenas pensaban 85 gramos cada una.

Mientras Bowerman le daba a la materia gris, un ex atleta suyo llamado Phil Knight se convirtió en representante de Estados Unidos de la, por entonces, modestísima marca japonesa de zapatillas Asics. Knight le pidió a Bowerman que le vendiera unos cuantos modelos a sus alumnos, pero la respuesta de Bowerman fue otra. Convenció a Knight para que se convirtiera en su socio y a través de la base de Asics crear una marca nueva y modificarla. Dicho y hecho, hicieron un primer pedido a Japón de 500 pares y tras introducir varias modificaciones con los diseños de Bowerman crearon la marca Onitsuka Cortez.

Era de esperar que Asics comenzara un litigio por los derechos de las nuevas zapatillas. Y así fue. Por lo que en 1972 los dos empresarios estadounidenses fundaron Nike. Escogieron el nombre en honor a la diosa griega de la victoria, capaz de volar y de correr a gran velocidad y cuya efigie aparece en el anverso de muchas de las medallas olímpicas.

Fue así como Prefontaine se convirtió en icono y en primer deportista patrocinado por Nike. Las zapatillas que Prefontaine popularizó llevaron el nombre de Oregon Waffle (gofre en inglés) y en los Juegos Olímpicos de 1976 ya eran mayoría entre los atletas estadounidenses. Quien no las pudo calzar fue el propio Prefontaine, que falleció en el referido accidente de coche que sesgó su vida con apenas 24 años mientras se preparaba para los que iban a ser sus Juegos. “Se ha muerto el alma de Nike”, sentenció Bowerman.

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Las primeras Nike. Todo a base de gofres.

Cuando la década de 1980 esbozaba sus inicios, las zapatillas deportivas pasaron de ser un objeto de deportistas a integrarse en la cultura urbana. Por entonces Nike seguía viviendo de la fama de Steve Prefontaine, pero sus competidores habían desarrollado sus propios modelos y se encontraban en una posición mucho mejor para afrontar el nuevo mundo de patrocinio y ventas que se les avecinaba.

Todo cambiaría cuando en 1984 Michael Jordan firme un contrato astronómico con Nike.

Pero esa es otra historia.

“Para mí el mejor ritmo es un ritmo suicida. Cualquier día de carrera es un gran día para morir.”, Steve Prefontaine.

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Una historia del catenaccio

‘Catenaccio’. Foneticamente hermoso. Deslucido en su significado. Palabra italiana usada en el argot futbolístico, el ‘catenaccio’ más que un estilo de juego es un estado de ánimo. La paradoja estriba en que en un país donde las reglas las dictamina el imperio de la belleza, el fútbol es la única actividad donde se suprime esta regla. En Italia el refinamiento y la retórica inundan todas las disciplinas, ya sea para pintar un cuadro, fabricar un coche o hacer la comida. Pero en el fútbol se predica lo pragmático, lo astuto y lo austero. En Italia el regate es un intruso, es el enemigo. Un lugar donde el músculo siempre vence a la técnica. El ‘catenaccio’ no es más que un arte. Es el arte de defender.

El ‘catenaccio’ es al fútbol, lo que el confinamiento es al coronavirus.

Toda idea necesita que sea difundida, y en el ‘catenaccio’ no existió mayor ministro de propaganda que Gianni Brera. Nacido en 1917 en la provincia de Pavía, Brera está considerado la pluma más sobresaliente en la historia del periodismo deportivo italiano. Antes de convertirse en el redactor más joven en acceder a la dirección de ‘La Gazzetta dello Sport’, Brera había formado parte de la resistencia italiana frente a los nazis que luchaba al norte de Milán. En esos meses finales de 1944 Brera aprendió a agazaparse, golpear rápido y volver a esconderse. A luchar como un guerrillero. Como un partisano.

A defender, y salir al contraataque.

Brera estaba convencido de que el italiano era un ser débil. Mediocres en talla y en fuerza frente a los rubios o pecosos habitantes del norte de Europa, pensaba que el soldado italiano no tenía nada que hacer si no recibía ayuda norteamericana. Trasladado al fútbol, Brera rumiaba que Italia podía producir defensas resueltos y correosos o delanteros oportunistas y escurridizos, pero que era incapaz de formar hombres enérgicos y rudos que sujetaran al equipo en el centro del campo. Por ello consideraba que los italianos tenían que esperar cerrados en defensa, burlar el medio del campo con pases largos y aprovechar las pocas oportunidades durante el partido con rápidos contraataques. Sólo así, según Brera, un equipo italiano podría batir a una escuadra superior.

Gianni Brera – Cartas Esféricas
Gianni Brera. La pluma de la defensa.

El apóstol difundía sus ideas, pero pocos lo escuchaban. Italia era una potencia futbolística y lo era gracias a un juego de enorme belleza… y la ayuda de unos cuantos argentinos nacionalizados. Los ‘azzurri’ habían ganado el Mundial de 1934 y 1938 con el sistema WM (3-2-2-3) o con su variante más defensiva (3-2-3-2), táctica creada por el inglés Herbert Chapman a comienzos de esa década y que era utilizada por la inmensa mayoría de los equipos. Una de las pocas excepciones era la modesta Suiza, que se plantó en los cuartos de final de 1938 con un sistema mucho más defensivo ideado por Karl Rappan, del que hablaremos más adelante.

Tras el fin de la II Guerra Mundial, Italia siguió siendo una selección ofensiva, poderosa y ganadora, que combinaba la gambeta sudamericana con el orden europeo. Pero en 1949 un avión se estrellaba a los pies de la basílica de Superga cerca de Turín. En ese aeroplano viajaba la plantilla del AC Torino, por entonces uno de los clubes más fuertes del mundo y que aportaba entonces 10 de los 11 titulares de la selección italiana. Los ‘azzurri’ viajaron a Brasil para disputar el Mundial de 1950 en un clima de pesimismo y claudicaron con estrépito. Para 1958 ni siquiera lograron clasificarse.

Italia se iba a convertir en un conjunto pequeño y ultradefensivo para agachar sus notables carencias. El ‘catenaccio’ iba a tener su oportunidad. No habría nunca más hueco en Italia para el fútbol ofensivo.

Gianni Brera vio entonces como sus soflamas y su prosa brillante iban a tener acogida. Necesitaba un ideólogo que las plasmara sobre el césped.

Y ese ideólogo iba a ser Nereo Rocco.

Rocco era el típico padre-entrenador de la época. Severo y huraño, pero querido por sus jugadores. En los años 50 había dirigido a la Triestina y al Pádova, dos conjuntos modestos a los que llevó a puestos altos del Calcio ganándose la inquina de media Italia mientras la otra mitad admiraba que con tan pocos mimbres consiguiera tanto éxito. Cuando la ‘azzurra’ no logró clasificarse para el Mundial de 1958, Rocco recibió su gran oportunidad y se le dio el mando de la selección olímpica italiana en los Juegos de Roma de 1960.

Rocco basaba su esquema de fútbol en una variante de la WM, en la que uno de los centrocampistas retrocedía para colocarse detrás de la defensa (4-3-3). Hoy podría parecer una táctica ofensiva, pero en un fútbol que hasta dos décadas antes aún jugaba con dos defensas y cinco delanteros, lo que proponía Rocco era un sacrilegio.

Rocco seguía la teoría de Brera de que si eras un equipo menor lo mejor era defenderse y jugar al contraataque. Pero Rocco no era el primero que intentaba algo parecido. Él sólo introdujo el ‘catenaccio’ en Italia. El verdadero ideólogo era Karl Rappan, el hombre que había llevado a Suiza a los cuartos de final del Mundial de 1938.

Austriaco de nacimiento, Rappan inventó el ‘verrou’ (cerrojo) cuando dirigía al Servette antes de ponerlo en práctica en la selección nacional de Suiza. Retrocediendo al centrocampista a la línea defensiva lo dejaba libre de obligaciones de marca, con la única función de asegurar la cobertura defensiva cuando el atacante lograba zafarse de su marcador. Con ese esquema de cuatro defensores siempre habría uno que estaría libre para la ayuda. Luego sería Brera quien a través de ‘La Gazzetta dello Sport’ convirtió el ‘verrou’ en ‘catenaccio’ y llamó líbero (libre en italiano) al futbolista que se situaba detrás de la defensa ejerciendo de escoba.

Aunque se sabe que en Francia y en la Unión Soviética hubo entrenadores que pusieron en marcha la técnica del ‘verrou’ en la década de los 40, nunca tuvieron excesivo éxito porque se consideraba que jugar a la defensiva atentaba contra la idea básica y los conceptos del fútbol.

Volvemos pues a Rocco, al que en 1961 le llegó su gran oportunidad al ofrecérsele el cargo de entrenador del AC Milan. Es entonces cuando el ‘catenaccio’ pasa a ser glorificado al alzarse los milaneses con la victoria en la liga italiana, pero sobre todo al lograr el triunfo en la Copa de Europa al derrotar a la sublime máquina ofensiva que era el SL Benfica de Eusebio.

—HELENIO HERRERA—

Pero si hay un hombre que popularizó el ‘catenaccio’ y lo convirtió en religión fue Helenio Herrera. Argentino afrancesado, a Herrera siempre le había gustado el fútbol físico pero sin renunciar al virtuosismo. Antes de ser Mourinho antes de Mourinho, Herrera no era un técnico ultradefensivo. De hecho, para Brera, amigo íntimo de Rocco, Herrera era un charlatán y un cambia chaquetas.

El caso es que Herrera llega al Inter de Milan en 1960 y lleva el ‘catenaccio’ a una nueva dimensión. Tras el nacimiento de la Copa de Europa, el industrializado norte de Italia (conviene aclarar la acotación geográfica) se hinchó a gastar dinero en la locura del fútbol. A finales de los 50 llegaron los suecos (Nordhal, Liedholm, Gren) y los 60 fueron turno para los británicos (John Charles, Law) o los españoles (Luis Suárez, Del Sol, Peiró) y a partir de los 80 los mejores futbolistas del momento estaban en Italia (Platini, Zidane, Maradona, Batistuta, Zico, Ronaldo, Rummenigge, Matthaüs, Gascoigne, Laudrup, Van Basten, Gullit). Así que desde los 60 el ‘catenaccio’ pasó a estar formado por una tropa de italianos abnegados al esfuerzo y a un par de extranjeros extraordinarios que marcasen la diferencia. Y es importante acotar lo de extranjero. Porque si el futbolista que se salía de la norma era italiano (Rivera, Mazzola, Conti, Baggio, Del Piero, Totti) la duda era acusada.

De la pizarra de Herrera salía una orden clara. Todo el equipo, desde los defensores hasta los atacantes, se volcaría en defensa cuando los rivales tuvieran el balón. Herrera buscaba explotar las cualidades defensivas de sus jugadores. Y dobló la apuesta. Retrasó a un jugador más creando un 1-4-2-3, donde el quinto defensa actuaba de libre ejerciendo de escoba detrás de la línea de 4 (5-2-3). Además, los tres jugadores de ataque ayudaban en defensa, por lo que lo que era un 1-4-2-3 (5-2-3) sobre el papel se convertía en un 1-4-5-1 (5-5-1) en labores defensivas. Con ese esquema en el que Picchi era el 1, el líbero que se situaba delante del portero, los laterales Burgnich y Fachetti eran locomotoras que subían y bajaban la banda y Jair o Mazzola eran liebres al ataque, el Inter consiguió 3 títulos ligueros y 2 Copas de Europa en cuatro temporadas.

El Inter de Helenio Herrera era un conjunto compacto, efectivo y resolutivo. Exigencia, disciplina y sacrificio desde la defensa hasta el ataque. Y tuvo un plus a mayores. Además de los éxitos, también contó con las imágenes televisivas. Aquel Inter fue uno de los primeros equipos exitosos seguidos y admirados a través de la pequeña pantalla.

El ‘catenaccio’ perfeccionado por Herrera se basaba en zagueros extraordinarios y en una rápida transición defensa-ataque. El mediocampo pasó a estar despoblado, ya que los equipos, viendo el éxito italiano, pasaron a formar en su vertiente ofensiva con un 4-2-4. El cuarto defensor ya era innegociable. Es en esa época cuando en España se empieza a hablar de ‘zona ancha’ para referirse al centro del campo, ya que normalmente estaba despoblado. Es por ello que para el triunfo del ‘catenaccio’ era indispensable un centrocampista fuerte, disciplinado, con férrea condición física y capaz de dar pases milimétricos a 30 o 40 metros de distancia. Ese hombre era Luis Suárez. Sin el coruñés, Herrera nunca habría tenido su ‘Grande Inter’.

El ‘catenaccio’ sufrió un duro golpe en el Mundial de 1970, cuando Brasil arrasó a Italia con un fútbol angelical. “El catenaccio no tiene ninguna posibilidad de subsistir”, declaró Pelé. Por lo general los 70 no sentaron bien a los italianos, porque en los Países Bajos iba a nacer el ‘fútbol total’, un balompié de genios que menospreciaba el ganar por ganar. Pero el ‘catenaccio’ había llegado para no marcharse. “Los italianos no te pueden ganar, pero tú puedes perder contra ellos”, dijo en una ocasión Johan Cruyff. En 1982 una Italia mediocre se alzó con el Mundial contando con un delantero corriente (Paolo Rossi) y una línea defensiva sucia y durísima liderada por Gentile y Scirea. Fue un milagro táctico y psicológico que aquel equipo derrotase a Brasil, Argentina, Polonia y Alemania. Aquello fue el culmen del ‘catenaccio’.

https://www.youtube.com/watch?v=qxUQaBkgJRE

A finales de los 80 el fútbol vivía su penúltima revolución. Un desconocido técnico llamado Arrigo Sacchi iba a devolver al AC Milan a la cima europea con una idea revolucionaria. Si en el fútbol total los once jugadores tenían libertad, para Sacchi los once jugadores eran uno sólo. A través de un rígido 4-4-2 en el que los futbolistas estaban juntísimos, presionando la salida del balón y adelantando la defensa para hacer caer al rival en el fuera de juego. Aquel equipo era ofensivo, pero tenía una disciplina física y técnica brutal que hacía que estrellas como Van Basten pareciesen obreros de una fábrica.

¿Qué hicieron los italianos? Quedarse con lo de la disciplina y olvidarse del ataque. Capello o Lippi cogieron las ideas de Sacchi pero las adaptaron al ‘catenaccio’. Si, era un 4-4-2 y los jugadores estaban juntos y ordenados, pero ni presionaban ni atacaban. Los dos puntas se colocaban a la altura del centro del campo, y a esperar la salida al contraataque. “Solo se han preocupado de vencer. En Italia el fútbol siempre fue sinónimo de sufrimiento, nunca de alegría o de felicidad. Son las arenas romanas, donde había que ir a morir”, explicaba Sacchi, quien siempre ha renegado de los entrenadores defensivos que dicen haberse inspirado en él.

Durante décadas los italianos ganaron a base de disciplina, encorsetamiento táctico y rigidez defensiva. Los brasileños aprendían a defender, los argentinos encajaban por su fiereza, los alemanes por su disciplina y todos, fuesen del país que fuesen, aprendían a sufrir y a jugar como equipo. Los equipos eran italianos por mucha estrella extranjera que tuviesen. Las plantillas funcionaban como una fábrica de montaje y los futbolistas creativos eran vanagloriados por su capacidad de transición defensiva y se esperaba que desnivelaran un partido en momentos puntuales.

Hoy el ‘catenaccio’ está en la UCI, pero nunca estará muerto, porque la gracia del fútbol es que no siempre ganan los que juegan mejor.

Perdón. Jugar mejor es una soflama. Rectifico. No siempre ganan los que practican un fútbol más ofensivo.

 “Somos campeones del mundo, no nos interesa el fútbol de toque”. Marcelo Lippi, seleccionador italiano, contestando a las críticas recibidas por el mal juego de Italia tras proclamarse vencedora del Mundial de 2006.

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Obradovic y el Partizan de Fuenlabrada

Una agradable mañana de mayo de 1991 Zelimir ‘Zeljko’ Obradovic recibió una llamada telefónica. Al otro lado del aparato estaba Dragan Kikanovic, leyenda y director deportivo del Partizan de Belgrado. Éste le sobresaltó ofreciéndole el cargo de entrenador para la siguiente temporada. Por entonces Obradovic era el base titular del Partizan. Contaba con 31 años de edad, estaba en plenitud física, era un especialista defensivo de primer nivel y el verano anterior había formado parte de la plantilla yugoslava que había ganado el Mundial de 1990. Por el camino había pasado cerca de un año en prisión por homicidio involuntario al atropellar a una mujer con su coche. La única condición que le impuso Kikanovic era la de colgar las botas y dedicarse en exclusiva a la faceta de entrenador. Eso implicaba que Obradovic tendría que renunciar a acudir con su selección al Europeo de ese verano (donde Yugoslavia era la virtual ganadora) y dedicar los meses estivales a preparar tácticas y métodos de entrenamientos.

Obradovic aceptó, y hoy, a las puertas de disputar como el Fenerbahçe su 18ª Final Four de la Euroliga y optar a su décimo título, es el técnico más laureado del Continente. En el momento de escribir estas líneas Obradovic posee 9 títulos de Euroliga. Si Obradovic fuese un club sería el segundo más triunfante de Europa tan sólo por detrás del Real Madrid. Ha ganado títulos con todos los equipos a los que ha entrenado e incluso le ha dado tiempo a conquistar un Mundial como técnico en un breve interludio que se tomó para dirigir a la ya desmembrada selección de Yugoslavia. Obradovic es un zorro con mil trucos. Patentó los entrenamientos con grabaciones de chillidos y gritos a todo volumen para que sus jugadores se adaptasen al ruido ensordecedor de las canchas de basket más temibles de Europa.

Pero antes de toda esta retahíla de títulos hubo una primera vez. Su primera vez. Con sólo 31 años, con una guerra en perspectiva y dirigiendo al equipo de sus amores, el Partizan de Belgrado. O lo que es lo mismo, el Partizan de Fuenlabrada.

Tras un verano ajetreado Obradovic se puso a los mandos del Partizan. El equipo serbio se había clasificado para la Euroliga de la temporada 1991/92, pero tras el estallido de la Guerra de los Balcanes su participación en la competición estaba en entredicho. En junio de 1991 Eslovenia y Croacia declaraban unilateralmente su independencia y se iniciaba una guerra que ‘grosso modo’ iba a enfrentar a Serbia y a Croacia por la hegemonía de lo que durante siete décadas había sido Yugoslavia. Vista la escalada de violencia, en septiembre la FIBA decidió que los partidos de los equipos yugoslavos de Euroliga se tendrían que disputar en otros países debido al “clima de inseguridad reinante”. En el plazo de una semana, Partizan de Belgrado (Serbia), Cibona de Zagreb (Croacia) y KK Split (Croacia y vigente campeón) tendrían que comunicar a la FIBA donde iban a jugar como locales con la amenaza de expulsión de la competición sobre sus cabezas.

La casualidad hizo que el mismo día del comunicado en una ciudad dormitorio al sur de Madrid se inaugurase un pabellón con el nombre de Fernando Martín, la joven estrella del basket español que unos años atrás había fallecido en un accidente de tráfico. Un pívot serbio llamado Milenko Savovic que jugaba en España acudió a ver aquel partido inaugural. Allí coincidió con un representante de Dorna, una empresa de gestión y representación deportiva que había financiado la construcción del pabellón y que acababa de adquirir los derechos del Mundial de Motociclismo. Hablaron sobre la posibilidad de que el Partizan jugase sus partidos en España. Al acabar la charla Savovic cogió el teléfono y llamó a Obradovic, amigo de la adolescencia, y le dijo que aquel pabellón era perfecto para disputar la Euroliga.

Había nacido el Partizan de Fuenlabrada.

Era la época de esplendor del baloncesto yugoslavo y solo la guerra pudo desgajar a una generación que era descollante. Dorna se encargó de trasladar a aquellos genios de la canasta de la ruina de la guerra del fin de semana al oasis de felicidad hispano entre semana. Durante aquella temporada europea de 1991/92 los vecinos de Fuenlabrada pudieron disfrutar con el Partizan de Belgrado, los habitantes de A Coruña con el KK Split, mientras que los gaditanos de Puerto Real vibraron con la Cibona de Zagreb.

La comunión entre la grada del Fernando Martín y el Partizan fue instantánea. Para Fuenlabrada era un acontecimiento sideral y para los chicos era una forma de evadirse de los horrores de la guerra. “La cancha se convirtió en nuestra salvación”, declaró Sasha Djordjevic, base de aquel equipo. “Nadie de nosotros sintió nostalgia de Belgrado”, contaba Danilovic, la otra estrella yugoslava.

Cuando tocaba partido europeo la expedición del Partizan cogía un vuelo en Belgrado y se desplazaba a Madrid. Desde allí un corto viaje en autobús hasta Fuenlabrada. Obradovic tenía miedo a que en los partidos no hubiese gente que los apoyase por lo que trazó un plan que contó con el beneplácito de las autoridades de la ciudad. Antes de cada partido concurrían a colegios e institutos donde la plantilla acudía a firmar autógrafos y regalar gorras o camisetas.

El pabellón era coqueto pero ni siquiera estaba homologado por la FIBA. Durante la primera semana de entrenamiento del Partizan en Fuenlabrada se dieron cuenta de que las canastas no cumplían con los requisitos mínimos. Eran de quita y pon. Por las noches la plantilla asistía a un bingo para pasar el rato, pero con la aguda intención de aprender los números en castellano. Esperaban que salieran las bolas del bombo con el objetivo de conocer la pronunciación en su país de acogida de los números que llevaban tras sus espaldas.

Así, sin darse cuenta, en el primer partido de la Euroliga había 4.000 fuenlabreños en el Pabellón Fernando Martín vitoreando a un equipo de Belgrado, una ciudad distante en unos 2.500 kilómetros.

El primer partido se disputó el 7 de noviembre ante el Racing de Malinas, la cenicienta del grupo. Se ganó con suma facilidad y la gente se marchó encantada a sus casas. Muchos consideran que el equipo de Fuenlabrada que hoy es un habitual de la Liga ACB nació aquella noche de comunión con aquel equipo de baloncestistas yugoslavos.

El Partizan no era favorito para ganar la Euroliga. La competición estaba formada por dos grupos de ocho equipos de los que los cuatro primeros se clasificaban para cuartos de final. El Partizan compartía cuadro con el Joventut y el Estudiantes. Los conjuntos españoles se clasificaron con facilidad mientras que el Partizan lo hizo en la cuarta y última posición con un balance de 9-5.

Fueron siete partidos en tierras madrileñas y ganaron todos salvo el que disputaron ante el Estudiantes. En el duelo ante el ‘Estu’ la afición se decantó por el equipo colegial, pero el choque más especial fue ante el Joventut. El Partizan ganó por 76-75 gracias a un tiro libre en el último segundo. Ese día el pabellón Fernando Martín fue una caldera hirviendo de apoyo al Partizan de Fuenlabrada con abucheos continuos a los jugadores del Joventut. Al día siguiente la prensa española se echó encima y criticó el apoyo a un equipo extranjero. El Joventut era por entonces el equipo de moda en España y Badalona sede del torneo olímpico de baloncesto del verano siguiente que iba a contar con la rutilante presencia de las estrellas de la NBA.

Todos los jugadores del Partizan eran serbios excepto el ala-pívot croata Ivo Nakic. Decidió quedarse en el equipo a pesar de las presiones y de las continuas amenazas que sufrió su familia. Se encontraba en territorio enemigo. Sólo pudo jugar la Euroliga porque le fue vetada su presencia en los partidos ligueros para evitar altercados. Otros, como Danilovic, que era serbiobosnio, trataron de evacuar a su familia de la zona de conflicto con escaso éxito.

En la eliminatoria de cuartos de final el Partizan se iba a enfrentar a los archifavoritos de la Virtus Bolonia. Se daba la curiosidad de que el base titular de los italianos era Juri Zdovc, el hombre que sustituyó a Obradovic en el Europeo de año anterior cuando decidió colgar las zapatillas. Era al mejor de tres partidos. El primero se iba a disputar en Fuenlabrada pero la FIBA hizo una excepción y permitió que se jugase en un Belgrado ya azotado por las bombas. El Partizan quiso tener un detalle con la ciudad que le había acogido e invitó a una nutrida delegación madrileña a Serbia. La fiesta fue completa porque el Partizan ganó el partido. Cayeron en el segundo disputado en Bolonia, pero dieron la campanada y vencieron en el tercero y último también disputado en tierras italianas. El Partizan se había clasificado para la Final Four.

Nuevamente el Partizan partía como cenicienta. En aquel fin de semana de baloncesto estaba sólo ante el peligro. Por motivos obvios en las gradas del Abdi Ipekci de Estambul había una ridícula presencia de aficionados serbios. En la semifinal se iban a enfrentar al Olimpia Milano, un equipo hecho a golpe de talonario liderado por Darryl Dawkins un ex número 1 del draft de la NBA. Ganó el Partizan (82-75) con un estelar Sasha Danilovic con 22 puntos y 10 rebotes. Fue la puesta de largo de un chaval de 22 años que estaba llamado a ser el gran escolta europeo de la década.

La final enfrentó al Partizan de Belgrado contra el Joventut de Badalona. Dos novatos frente a frente. Ninguno sabía lo que era coronarse como campeón de Europa, pero los catalanes partían con un cuerpo de ventaja. La final fue igualadísima y se decidió en los instantes finales. A falta de nueve segundos Tomás Jofresa encara a su derecha y finta a la izquierda. Penetra e intenta una bandeja que a falta de fuerza se queda en un lanzamiento corto que entra llorando. 68-70 en el marcador a favor del Joventut. Koprivica saca de fondo con rapidez y pone el balón en las manos de Djordjevic. El Joventut decide no hacer falta y defender el posible triple del Partizan. Djordjevic corre la línea lateral próxima a los banquillos con rivales y compañeros con pie y medio dentro del campo. Bota con la derecha mientras se protege con la izquierda. A falta de tres segundos se cuadra, salta cual conejo y lanza en escorzo con los dos pies juntos y los brazos perfectamente alineados en uno de los lanzamientos más icónicos de la historia del baloncesto europeo. 71-70. El Partizan de Belgrado. El Partizan de Fuenlabrada acababa de proclamarse campeón de la Euroliga.

“Aquel tiro nos cambió la vida a todos. La emoción que sentí con aquel título no la he vuelto a sentir en mi vida”. Zeljko Obradovic.

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Eres más retrasado que tu hijo

Hace unos cuantos días, con ayuda de las decenas de cámaras que a modo de Gran Hermano pululan por los campos de fútbol, veíamos dos desplantes típicos del deporte profesional actual. Por un lado reparábamos como Gareth Bale rechazaba uno a uno a sus compañeros del Real Madrid cuando se acercaban a él para felicitarle por la consecución de un gol. El egocentrismo de Bale, siendo bíblico, empequeñece al de Kepa. El portero vasco montó un pollo de tres pares de narices cuando su entrenador, Maurizio Sarri, le ordenó salir del campo para ser sustituido. La falta de autoridad del técnico es una muestra más del poder del futbolista y de toda su corte de aduladores, entrenadores personales y representantes. El Chelsea apenas ha sancionado a Kepa con una semana sin sueldo, mientras que Sarri queda desprestigiado y al pie de los caballos.

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Broncas entre jugadores y entrenadores las ha habido siempre. Bien es cierto que la autoridad del técnico se ha disuelto cual azucarillo al aumentar las libertades de los futbolistas, por lo que son más comunes en la actualidad. Si a eso añadimos que las cámaras llegan a entrenamientos, vestuarios y estadios, en el siglo XXI es harto complicado que las broncas escapen del ojo público.

Echando la vista atrás, pero no mucho atrás, hay varias tanganas que son dignas de ser recordadas. En España es resonada aquella entre Djalminha y Javier Irureta, que acabó con cabezazo del brasileño al pecho del técnico vasco del RC Deportivo aunque sin la fuerza suficiente para tumbarlo, como sí que hizo años después Materazzi contra Zidane. Aquello sucediera en un entrenamiento, no como cuando Luis Aragonés agarró por la pechera a Samuel Eto’o y lo zarandeó sentado en el banquillo cuando el delantero camerunés no paraba de quejarse por haber sido sustituido. En el plano internacional el enemigo público número 1 es Mario Balotelli. Las ha tenido de todos los colores, aunque las imágenes en un entrenamiento del Manchester City en el que tiene que ser agarrado por varios compañeros para que no le arrancase la cabeza a su entrenador son impagables.

También ha habido peleas al acabar un partido. El entrenador del Swindon Town Paolo di Canio enfiló con calma el camino a los vestuarios al acabar un partido pero, y aún no se sabe porque, se le cruzaron los cables y se tiró encima de uno de sus pupilos instantes más tarde. Otros encontronazos no han acabado en hostias, pero si en desplantes e insurrecciones similares al de Kepa. En un encuentro del FC Barcelona, Guardiola ordenó a Eto’o que se pegara a la banda para que Messi ocupase el centro de ataque. Eto’o desobedeció la orden y a los pocos minutos anotó un gol. Entonces se acercó a la banda, señaló al técnico y gritó a los cuatro vientos para que todo el mundo lo escuchase; “te lo dije”.

Pero la más bizarra de todas las historias fue la protagonizada por el entonces técnico italiano de la Fiorentina Delio Rossi y el delantero serbio Adem Ljalic allá por la temporada 2011/2012.

Delio Rossi era un técnico de amplia experiencia en la Serie A. Aquella era su primera temporada en Florencia tras dejar buenos recuerdos en la Lazio y en el Palermo. Ljalic era en aquel momento un prometedor delantero internacional que cumplía su segunda campaña en Florencia. Había deslumbrado en su primer año llamando la atención del Manchester United pero en aquel segundo año había bajado notablemente su rendimiento y no contaba con la confianza de Delio Rossi.

El caso es que en mayo, a apenas dos jornadas para el final del campeonato y con la Fiorentina en tierra de nadie, Delio Rossi decidió sacar de titular a Ljalic en un intrascendente partido ante el Novara.

Al poco de iniciarse el choque la Fiorentina ya perdía por un claro 0-2. El ritmo de los florentinos era parsimonioso y el choque parecía una pachanga de pretemporada. A falta de cinco minutos para el final de la primera parte Delio Rossi decidió hacer un cambio. No es plato de buen gusto ser sustituido antes de ir a vestuarios y el elegido para tan dudoso honor fue el punta serbio. Ljalic lo hizo lentamente y se dirigió visiblemente molesto al banquillo. En Florencia los asientos para los suplentes están por debajo del nivel del terreno de juego por lo que Ljalic pasó por detrás de su técnico. A mitad de camino se puso a aplaudir irónicamente a su entrenador, lo señaló y le gritó en perfecto serbio: “Viste više odloženi nego vaš sin”. O lo que es lo mismo; “eres más retrasado que tu hijo”.

Y es que el hijo de Delio Rossi tenía y tiene una deficiencia mental.

Con lo que no contaba Ljalic es que Rossi había entrenado a muchos futbolistas serbios a lo largo de su carrera. Contaba con ciertas nociones de tan complicado idioma. Y teniendo en cuenta que tenía un hijo retrasado sólo tuvo que sumar dos más dos para traducir al italiano el improperio.

Rossi se giró y no lo dudo en ningún momento. Se abalanzó sobre Ljalic y lo agarró por el cuello dispuesto a ahogarlo, mientras por su boca salían unos cuantos insultos por todos imaginados. Varios miembros del banquillo se echaron encima de él, pero en décimas de segundo se rehízo y le lanzó a Ljalic un gancho de derechas como si fuese Floyd Mayweather. Luego varios miembros de la plantilla se encargaron de que la sangre no llegase al río.

Al loro con las consecuencias. Inmediatamente Delio Rossi fue despedido como técnico de la Fiorentina e inhabilitado por la Serie A para dirigir a cualquier club en un plazo de tres meses. Ljalic, ni corto ni perezoso, denunció al día siguiente a su técnico por agresión.

“Mi gesto ha sido deplorable, pero humanamente comprensible”, sentenció Delio Rossi en la rueda de prensa que pronunció un par de días después. Guste o no guste, la afición tenía otra opinión. Rossi era un técnico respetado, educado y hasta tímido, de esos que hacen largas y dignas carreras a pesar de no lograr ningún título. La afición viola decidió tomar parte por él. “Un niñato como Ljalic merece dos guantazos” apareció escrito en una pancarta en los campos de entrenamiento de la Fiorentina a los dos días de la marcha de Rossi. Luego, en el estadio, apareció otra con la foto del técnico despedido en la que se podía leer: “Rossi ha demostrado que es un hombre que está rodeado de mercenarios”.

En un editorial de ‘Il Corriere de la Sera’ tras la justa y necesaria crítica a Rossi por su agresión, sentenciaban con tino: “Todos nos sentimos moralmente superiores a Rossi porque hasta ahora no nos hemos encontrado en nuestro camino a nuestro Ljalic”.

Hasta la fecha Ljalic no se ha referido al incidente. Su entorno deslizó que nunca se había metido con el hijo discapacitado de su entrenador, pero cuesta creerlo. Aquel verano fue expulsado de la selección serbia por mala conducta en los entrenamientos y por negarse a cantar el himno antes de los partidos (puede que parezca una chorrada, pero en una nación con una historia reciente tan convulsa como Serbia es un sacrilegio). La directiva de la Fiorentina se dijo a sí misma pelillos a la mar. Llegó el verano, nuevo entrenador, nuevos fichajes y a otra cosa mariposa. Pensaron que tenían un diamante en bruto y no iban a cargárselo por una tontería.

Al final Ljalic no llegó a eclosionar. Pasó por la Roma y por el Inter, siempre como estrella de futuro y siempre como sonoro fracaso. Actualmente milita en el Besiktas y ha vuelto a las convocatorias de su selección. Es un buen jugador, pero ni por asomo es aquello que se pensaba que iba a ser.

Delio Rossi no levantó cabeza desde entonces. Fracasó en la Sampdoria y en el Bolonia y actualmente, a punto de cumplir los 60 años, está sin equipo.

BONUS TRACK: “Tengo una pila de buenos momentos, pero mi favorito es cuando le di una patada a un hooligan”. Eric Cantona.

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Una de entrenadores. La regla de los 10 años

Cuando en un anterior artículo escribí sobre los inicios de Mourinho como entrenador lo hice teniendo en cuenta que hoy por hoy está en franco declive. Tras dejar tierra quemada en Madrid, tuvo el canto del cisne en Londres y si bien, estoy seguro, que alcanzará éxitos con el Manchester United, ni serán de renombre, ni los jugadores ni la afición están a pies juntillas con sus ataques al entorno para mantener intacta la coraza directa de amor hacia su persona y su disciplina.

A raíz de ello, he querido versar sobre la excelencia del entrenador. Esa excelencia no puede ser eterna. Hace unos cuantos años leí en un artículo médico que un futbolista de élite puede jugar 450 partidos al máximo nivel, es decir, 45 por temporada en una carrera de una década.

Se puede argumentar que con los avances en alimentación y entrenamiento este margen se ha ampliado. Y es cierto. Solo hay que ver la longevidad en la élite de Messi o de Cristiano Ronaldo. Pero se debe tener en cuenta que aunque un futbolista de élite juegue en la actualidad en torno a 70 partidos al año, no quiere decir que los dispute al máximo nivel. Cuando Messi compite contra el Leganés, el Anderlecht o la selección de Venezuela, no lo hace exprimiendo su cuerpo.

En el deporte, como en cualquier otra disciplina que requiere esfuerzo físico o mental, el tiempo máximo de excelencia está determinado. Esta plenitud se sustenta en una horquilla que oscila entre los 10 y los 15 años. Es lo que yo he llamado ‘LA REGLA DE LOS 10 AÑOS’.

En todas las disciplinas de la cultura contemporánea vemos como los más laureados o bien constriñeron su obra en un espacio corto de años o bien han alargado su obra durante décadas. Pero en este último caso, por mucho que el artista sea longevo, se puede comprobar como su plenitud y el legado que dejará para la posteridad está concentrado temporalmente.

En todos los rankings y listas elaborados por expertos musicales aparecen grupos tan variopintos y diferentes como The Beatles (1960-1970), Nirvana (1987-1994), The Doors (1965-1973) o ABBA (1972-1982). En estos grupos advertimos como la regla de los 10 años también se cumple. Ya fuese por decisión propia o por causa de fallecimiento dejaron su legado en apenas una década. Otros como The Rolling Stones, AC/DC o U2 superan con creces las dos décadas sobre los escenarios, pero sus grandes éxitos están ligados a un periodo muy concreto de tiempo. Si cambiamos de registro y hablamos de cantantes en solitario tipo Julio Iglesias, Frank Sinatra o Raphael nos sucede lo mismo. Los números 1 de que encumbraron a Julio Iglesias (‘La vida sigue igual’, ‘Gwendolyne’, ‘Un canto a Galicia’, ‘Me olvide de vivir’, ‘Soy un truhán’…) fueron compuestos en un plazo de 10-15 años.

En el cine, donde los directores pueden alargar sus carreras incluso más allá de medio siglo, sucede tres cuartas partes de lo mismo. Orson Welles dirigió ‘Ciudadano Kane’ y ‘La dama de Shanghai’ en espacio de cinco años. Francis Ford Coppola nunca superará sus obras de los 70 comandadas por ‘El Padrino’ y ‘Appocalypsis Now’. Alfred Hitchcock, a pesar de su basta y maravillosa filmografía, realizó en el plazo de 7 años obras maestras como ‘Psicosis’, ‘Los pájaros’, ‘El hombre que sabía demasiado’ y ‘Vértigo’. Algo parecido le pasa a Steven Spielberg, que aunque sigue fabricando películas por doquier nunca superará el binomio bélico de ‘La lista de Schindler’ (1993) y ‘Salvar al soldado Ryan’ (1997). Si nos vamos a la comedia, repetimos escenario. Billy Wilder triunfó en los 50 y 60, y del gran Charles Chaplin siempre gozaremos de su aptitud como director y actor entre 1925 y 1940, desde ‘La quimera del oro’ a ‘El gran dictador’.

Pero es que si cambiamos de registro y si se me permite la comparación (sacrílega para muchos) entre deporte y pintura (lo cual será corriente en el futuro, de igual manera que hoy el cine se considera arte) todos los estudiosos consideran que Velázquez pintó sus obras cumbres en su última década de vida. Goya concentró en 15 años obras como ‘La familia de Carlos IV’, ‘La Maja desnuda’ o ‘Los fusilamientos del 2 de mayo’. Y hasta Pablo Picasso, inventor o perfeccionista de múltiples estilos pictóricos en más de 90 años de vida, concentra sus obras maestras en algo menos de dos décadas (‘Maternidad’, ‘Arlequín’, ‘Las señoritas de Avignon’…). La única excepción; ‘Guernica’.

Lo excepcional es tener una vida plagada de éxitos. Lo corriente es tener unos años dorados por los que ser recordado.

—Entrenadores de fútbol—

Así que los entrenadores (sean de fútbol o de otros deportes) no pueden ejercer su maestría en los banquillos con la misma firmeza e innovación por los siglos de los siglos. No he analizado en esta clasificación a aquellos que han dirigido a selecciones nacionales, un trabajo a tiempo parcial, que no se parece en absoluto a tutelar diariamente a un club. A ese cargo se llega o bien por ser un hombre de la federación de turno (Joachim Löw) o bien como premio después de una fructífera y/o larga trayectoria (Marcelo Lippi).

También hay notables entrenadores que han logrado inmensas hazañas con equipos de baja categoría. Pero la élite es aquella que colecciona títulos. Y la élite entre la élite está formada por aquellos entrenadores que o bien han transformado la historia de un club convirtiéndolo para la posteridad en una referencia o bien aterrizaron en un club ya de por si grande y tuvieron la responsabilidad y la obligación de seguir ganando. Las obras cumbres de Velázquez se concentran en 10-15 años, pero toda su obra es incomparable porque es un genio. Lo que se discute es la perfección dentro de la perfección. Eso es la élite.

La presión de entrenar a un equipo de élite quita años de vida. Además, las innovaciones técnicas y tácticas dejan de sorprender y de tener efecto entre tus rivales e incluso son adaptadas por ellos al crear tendencia. Pero hay otro problema a mayores. El vestuario, el grupo humano que uno dirige, deja de prestar atención y no te considera como referente por lo que tu profesionalidad se ve quebrada por el paso del tiempo.

Es por ello que un entrenador está en la élite una media de 10 años, 15 a lo sumo. Lo normal es que llegue a los banquillos una vez retirado (fuese jugador de primer nivel o de categoría regional) en torno a los 40 años, por lo que al alcanzar los 50 o 55 debería dejar su lugar y retirarse en la cúspide.

Siempre habrá técnicos como Claudio Rainieri, Luis Aragonés o Javier Irureta en los que lo mejor de tu carrera llega en la edad de jubilación. Son éstos entrenadores de larguísima trayectoria y modestos méritos, pero que se han ganado la fama de ser respetados por sus jugadores. Pero sus éxitos se deben más a una gestión de vestuario y a una pizca de suerte. En cuatro décadas en banquillos de primera categoría tarde o temprano conseguirás ganar. Es una cuestión de probabilidad. Es como los grupos de música que sacan un hit del que viven toda su carrera.

He consultado diversas fuentes para ver cuáles son los entrenadores más laureados en la historia. La dificultad del fútbol, a diferencia de otros deportes como el balonmano, tenis, beisbol u otros de similar rango, es que no existe una competición que sobresalga por encima de las demás. Es cierto, está la Liga de Campeones, pero es prácticamente imposible valorar más o menos un título liguero o copero en Inglaterra, España o Italia. Y muchas veces depende de la época, ya que por ejemplo hoy ganar un título en Francia da mucho más pedigrí que en Holanda, algo impensable hace 20 o 30 años.

Una vez puesto los datos sobre la mesa, he comprobado como el patrón, la regla de los 10-15 años, se cumple fidedignamente. He escogido a los más laureados en bloques de países, con la excepción de España (Guardiola) y Mourinho (Portugal), los únicos de la lista aún en activo.

Podemos diferenciar:

1. 10/15 años en la élite

A) —Walter Smith— (1991-2002) y (2007-2012): Campeón de 10 Ligas escocesas y finalista de la UEFA con el Glasgow Rangers en dos etapas.
—Jock Stein— (1960-1978): Campeón de 10 Ligas escocesas y 1 Copa de Europa con el Celtic de Glasgow.

B) —Pep Guardiola— (2009-): Tricampeón liguero en Alemania con el Bayern Münich y bicampeón de Europa con el FC Barcelona.
—Jose Mourinho— (2001-): Bicampeón de Europa con el Oporto y el Internazionale y campeón de ligas en Portugal, Inglaterra, Italia y España.

C) —Bob Paisley— (1974-83): Campeón de 6 ligas inglesas y 3 Copas de Europa con el Liverpool.
—Bill Shankly— (1959-1974): Ascendió al Liverpool de categorías inferiores y lo convirtió en un grande ganando tres títulos ligueros y 1 Copa de la UEFA.

D) —Arrigo Sacchi— (1984-1991) y (1996-2000): Bicampeón de Europa con el AC Milan y creador de un estilo de juego que le llevó a ganar ligas desde la Serie C italiana a la Serie A.
—Fabio Capello— (1991-2007): Campeón liguero con Real Madrid, Roma, Juventus y Milan y ganador de la Copa de Europa con este último.

E) —Johan Cruyff— (1985-1996): Campeón de 4 ligas españolas y 1 Copa de Europa con el FC Barcelona y de la Recopa con el Ajax.
—Louis Van Gaal— (1991-2000) y (2002-2011) y (2014-2016): Campeón de Europa con el Ajax y vencedor liguero en España u Holanda.

2. Largas trayectorias en los banquillos y éxitos concentrados en 10 años

—Giovanni Trapattoni— (1974-2000) y (2004-2008): Cimentó su fama entre 1977 a 1989 con el Inter, y principalmente la Juventus consiguiendo 7 Ligas italianas y 1 Copa de Europa. Acabó entrenando en Austria.

—Ottmar Hitzfeld— (1984-2008): Consiguió 7 Ligas alemanas y 2 Copas de Europa entrenando a Borussia Dortmund y Bayern Münich entre 1995 y 2003.

—Valery Lobanovsky— (1974-2001): A pesar de que siempre mantuvo al Dinamo Kiev como referente en Europa Oriental, sus grandes logros europeos tuvieron lugar de 1975 a 1986.

—Brian Clough— (1967-1993): El niño prodigio de los banquillos ingleses tuvo tiempo entre 1972 de ascender a Primera y ganar la Liga con el modesto Derby County y de ganar 2 Copas de Europa con el aún más modesto Nottingham Forest. A partir de entonces coleccionó fracaso tras fracaso.

—Helenio Herrera— (1948-1981): El mago está rodeado de un aura de invencibilidad, pero fue despedido de muchos banquillos. Sus grandes éxitos tuvieron lugar entre 1959 y 1969 con FC Barcelona e Internazionale (5 ligas, 2 Copa de Europa y 1 Copa de la UEFA).

—Ernst Happel— (1962-1991): De 1969 a 1983 fue campeón de liga en Holanda, Bélgica y Alemania y alzó 2 Copas de Europa con Feyenoord y Hamburgo.

—Rinus Michels (1965-1992): Sí, es cierto, entrenó en 4 épocas distintas a la selección holandesa logrando éxitos hacia el final de su carrera. Pero su legado, la revolución del fútbol total, se concentra en 8 años, los que pasó dirigiendo al Ajax y al FC Barcelona.

3. La excepción que confirma la regla

—Alex Ferguson— (1975-2013). Ganó la liga escocesa y una Recopa con el modesto Aberdeen y desembarcó en el Manchester United en 1986. Si bien es cierto que tardó tres años en ganar su primer título, desde 1990 hasta su retiro en 2013, únicamente en 5 de sus 23 años en el banquillo su equipo no consiguió un trofeo, ya fuese nacional o internacional.

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