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Ronaldinho y el partido del gazpacho

En el verano de 2002 el FC Barcelona era un club con un cuadro clínico de profunda depresión. En la temporada recién finalizada el Barça había acabado en una vergonzosa sexta posición, su peor clasificación en década y media, y había quedado eliminado de la Copa del Rey ante el modestísimo Novelda FC. Pasarían hasta tres entrenadores distintos por un Camp Nou en el que apenas se alcanzaba la media entrada. En febrero, Joan Gaspart había presentado su dimisión tras una vicepresidencia victoriosa de dos décadas y un bienio negro como presidente que se iniciara con la fuga de Luis Figo rumbo a Madrid.

En julio se iban a celebrar elecciones. Se necesitaba un revulsivo. El Barça llevaba un lustro sumido en el desánimo a lo que no ayudaba una nueva edad de oro del Real Madrid que aquel año logró su tercera Copa de Europa en color. El total ya era de nueve. El Barça vivía del recuerdo de Wembley 92.

Joan Laporta no era el favorito para ganar las elecciones. Pero al igual que había hecho Florentino con Figo años atrás para conseguir el trono madridista, Laporta hizo una promesa electoral que le garantizaría la victoria. Repitió por activa y por pasiva que si ganaba David Beckham sería futbolista del FC Barcelona. Además de guapo y una máquina expendedora de dinero, el centrocampista inglés era un volante de exquisita técnica que estaba considerado uno de los mejores jugadores del mundo.

En realidad todo era un farol. Sabedor de que Beckham era objetivo del Madrid, Laporta lo que hizo fue torpedear la operación y encarecer la compra. El Manchester United llega a un acuerdo con el FC Barcelona, pero Beckham prefiere firmar por el Madrid. A los merengues no les quedaría más remedio que subir la oferta para llevarse finalmente al centrocampista inglés. Pero mientras todo esto sucedía Laporta ya era presidente del Barça. Todo había salido tal y como había planeado.

El objetivo de Laporta era otro. Su vicepresidente era Sandro Rosell, el cual gestionaba los intereses publicitarios de Nike con la selección brasileña. Rosell tenía una excelente relación con Ronaldinho, un descomunal talento que por entonces militaba en el Paris Saint Germain. Había ganado el Mundial, pero eclipsado por futbolistas como Ronaldo y Rivaldo y militando en un equipo que por entonces era menor, tenía menos cartel que Beckham. Curiosamente el Barça hubo de luchar con el United para firmarlo, pero la resistencia fue mínima. Ronaldinho era nuevo jugador azulgrana.

Se cumplen 18 años de la presentación de Ronaldinho
Un nuevo ’10’

Ronaldinho será un desfibrilador que reviva el corazón de un club moribundo. El vestuario es otro. Ronaldinho es alegría, risas e infinidad de bromas. Es un artista que hace malabarismos con el balón mientras se ducha. Es un soñador que pone música en el vestuario y da toques al balón mientras saborea una caipirinha.

Ronaldinho debutó el sábado 30 de agosto de 2002 en San Mamés. Habría victoria azulgrana, pero con actuación individual decepcionante. Días después, el miércoles 3 de septiembre, tendría lugar el debut liguero en el Camp Nou. Aquella jornada se había adelantado porque el siguiente fin de semana había compromisos internacionales de selecciones. Brasil tenía una cita en Barranquilla ante Colombia la madrugada del sábado 6 al domingo 7 según el horario europeo.

Aunque el choque se tenía que disputar el miércoles, el FC Barcelona solicitó su adelanto para el martes. La decisión estaba falta de lógica dado que así los jugadores tendrían un día menos para descansar. Era un mal mayor. El miércoles Ronaldinho debía viajar a Brasil para incorporarse con su selección. No podría estar en el Camp Nou. Era indispensable su presencia. Se esperaba un Camp Nou lleno. Algo nunca visto en toda la temporada anterior. De hecho, en muchos choques no se había llegado ni al tercio de la entrada. Ronaldinho era el mesías. Habría que jugar el martes sí o sí. Sin la estrella no habría fiesta.

El problema es que el Sevilla FC, rival del Barça para aquella jornada entre semana, venía de vencer la tarde noche del domingo anterior al Atlético de Madrid en el Sánchez Pizjuán. Según la normativa vigente tenía que pasar un mínimo de 48 horas antes de poder disputarse otro encuentro. Así pues, el sueño del Barça era irrealizable. Ronaldinho no estaría aquella noche en el Camp Nou.

Pero ya se sabe que un hombre con una nueva idea es un loco hasta que la idea triunfa. Y Laporta tuvo una idea de loco. O al menos fue de loco hasta que se hizo real. Dado que el choque del Sevilla y el Atleti había terminado entorno a las 23:50 horas del domingo la junta directiva lo tuvo claro. Todo consistía en programar el choque para las 00:00 del miércoles, cumpliendo así con las 48 horas de rigor establecidas. Para evitar suspicacias y problemas alguien comentó que mejor programarlo para las 00:05 horas, no fuera a ser que la Liga considerase que las 00.00 horas seguía siendo un horario prohibido.

Dicho y hecho. El partido entre FC Barcelona y Sevilla FC tendría lugar a las 00:05 horas del miércoles 3 de septiembre cumpliendo con las 48 horas de descanso que establecía la Liga y permitiendo que Ronaldinho jugase el encuentro antes de coger un avión rumbo a Río de Janeiro. Tres días después de defender al Barça, Ronnie vestiría la verdeamarela en tierras cafeteras y así todos acabarían contentos.

Pero ya se sabe que a la masa no se le convence con consignas, sino con la satisfacción de sus necesidades.

Fue un partido especial, único. Diferente a todos los demás. Fue el inicio de todo. Pero no bastaba con Ronnie. Hacía falta algo más. Era un día de semana y el partido finalizaría a las dos de la madrugada. La mayoría no se abrazaría a la almohada hasta bien pasadas las tres del alba. Hacía falta un buen cebo.

Se organizaron un par de conciertos y actividades de ocio familiares en los aledaños del Camp Nou. Las entradas rebajaron su precio considerablemente y todo aquel que resolvió acudir al coliseo azulgrana recibió un vaso con su ración de gazpacho. Aquel día el Barça decidió homenajear a su rival andaluz, y de paso a los miles que desde las largas tierras de labranza se aventuraron a mejorar su fortuna en la industrial y cosmopolita Barcelona, regalando a todos los presentes una sopa fría con tomate, pimiento, ajo y pan.

Barcelona-Sevilla, el partido del gazpacho
Si la vida te da tomates…¡gazpacho!

Al que pasaría a la posteridad como el partido del gazpacho acudieron algo más de 81.000 espectadores. No se llenó el Camp Nou, pero fue una entrada colosal teniendo en cuenta el delirante horario. De todo ello nos hubimos de enterar al día siguiente, porque ningún canal de televisión quiso pujar por un partido que se antojaba deficitario. Lo disfrutaron los allí presentes. Como disfrutaron del gazpacho…y del pan, del chocolate, del fuet, del jamón y de la crema catalana. Porque todo era bueno para combatir el insomnio. Y el gazpacho refresca. Pero sólo con gazpacho no se llena el estómago.

Quedaba saber si Ronaldinho cumpliría con las expectativas.

Y Ronnie no falló.

El duelo ‘after hours’ no defraudó. Se adelantaron los sevillistas poco antes del minuto 10 tras un penalti transformado por el hoy malogrado y entonces imberbe José Antonio Reyes. Era aquel un Sevilla de corte menor, comandado por Caparrós en el banquillo y con Javi Navarro y Alfaro dando estopa en el campo, pero en el que los brotes verdes surgían por las esquinas. El Barça acusó el golpe, pero a medida que la primera mitad avanzaba recuperaba el mando por medio de Xavi, mientras los más hambrientos agotaban sus reservas sin esperar siquiera al descanso para tomar el postre.

Cuando la segunda parte hizo su aparición de Ronaldinho se sabía poco. Había dejado un taconazo en dirección a Luis Enrique que el asturiano malogró con un mal control. Como el buen dulce, el gusto por el taconazo fue efímero pero sus consecuencias terribles. El público esperaba algo más que un gesto técnico y sólo los estómagos agradecidos evitaban los murmullos.

Corría el minuto 59 cuando a Ronaldinho se le ocurrió demostrar que la entrada valía algo más que un vaso de gazpacho. Recogió el balón a la altura del círculo central, escorado en la banda izquierda. El brasileño montó el contraataque encarando a Martí, al que dribla con un golpe de cintura. Conduce con la derecha y con un cambio de ritmo deja atrás a otro sevillista para soltar un latigazo a 30 metros de la portería defendida por Notario. El balón describe una parábola perfecta y se cuela por la escuadra derecha del meta andaluz tras golpear el larguero.

Eran la 1:26 de la madrugada. El Instituto Geográfico Nacional detectó un breve movimiento sísmico en el barrio barcelonés de Les Corts. Más de 81.000 personas se levantaron de sus asientos. Dio exactamente igual que el Barça no marcase más goles y que el partido no pasase del empate. Aquel día se produjo un flechazo entre el Camp Nou y Ronaldinho. Ronnie iba a ser más que un jugador. Era una inyección anímica. Aquel día los socios del Barça dejaron el Prozac.

Lo cierto es que jugando de madrugada lo anormal era que Ronnie no jugase bien. Aquel malabarista de eterna sonrisa era un adicto a los partidos de la NBA e intentaba copiar jugadas realizadas con las manos a través de sus pies. Ronnie jugaba para divertirse y para que la gente se divirtiese. Era un funambulista del balón. Un pícaro con botas.

Tras estirar, ducharse y suponemos que cenar algo, Ronaldinho se acercó hasta el aeropuerto del Prat donde a las 07:00 de la mañana de aquel 3 de septiembre cogió un vuelo rumbo a Brasil para cumplir con su selección. La ‘canarinha’ vencería por 1-2 en Bogotá y Ronaldinho no llegaría a vestirse de corto.

Tanta historia para nada.

Ronaldinho sacó de la UCI al Barça y puso los cimientos para la época más gloriosa de su historia. Con el tiempo hubo que sacarlo de Barcelona para que sus devaneos nocturnos no corrompiesen a aquel enjuto argentino criado en La Masía que miraba a Ronnie con ojos embobados. Pero antes de que Messi dominase el fútbol contemporáneo, Ronaldinho fue durante un par de años el mejor futbolista del mundo liderando al FC Barcelona a la conquista de su segunda Copa de Europa y exhibiéndose hasta el punto de que el Bernabéu acabaría aplaudiendo su genio.

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