A los 50 años de la perfección

A los 50 años de la perfección

Fue un 18 de julio de 1976. Hace ahora medio siglo. Fueron 17 segundos de espera. Fue un momento de inspiración y coraje que ha trascendido los tiempos. Aquel día veraniego de 1976 una niña rumana alcanzó la inmortalidad. Tras un perfecto ejercicio de barras asimétricas y tras 17 largos segundos de suspense, el marcador electrónico de la marca Omega emitió un 1,00. Aquel aparato no estaba preparado para la perpetuidad.

10

Nadia nació en Onesti, en el interior de Rumanía. A los seis años ya practicaba gimnasia y con ocho años logró ser campeona nacional junior. Luego, con tan sólo 12 años, comenzó a entrenar con el prestigioso Bela Karoly en sesiones de ocho horas a razón de seis días semanales.

Eran otros tiempos. Rumanía era un país comunista dirigido por el ególatra Nicolae Ceauçescu. Como en cualquier otra nación al otro lado del Muro de Berlín, la gimnasia era objeto de respeto. Con la excepción de Japón en 1964 y de Estados Unidos en 1984, en todas las competiciones olímpicas desde el fin de la II Guerra Mundial hasta la caída del comunismo el ejercicio de gimnasia artística de los Juegos Olímpicos será ganado por la Unión Soviética.

Atletas húngaras, rumanas o checas rivalizaban con las soviéticas. Para Moscú era una afrenta que un país satélite pudiese superarlas. La más grande de siempre era Larisa Latynina. Sumó 18 medallas olímpicas (nueve de oro) en tres Juegos Olímpicos diferentes, siendo la mujer más laureada en la historia del olimpismo. Latynina era la cara visible de un engranaje perfecto, pero en las distancias cortas era inferior a la checa Vera Caslavska (11 medallas, siete de ellas de oro).

Caslavska ostenta el récord de títulos individuales olímpicos y también es la única gimnasta del mundo que ha ganado el oro en todas las pruebas individuales; prueba general, barra de equilibrio, salto de potro, barras asimétricas y suelo. La hazaña de ganar en todas las pruebas no se ha logrado aún en la rama masculina. Aquello fue entre 1964 y 1968 y escoció en Moscú. Más aún porque Caslavska firmó un manifiesto a favor de la democracia. Eso le obligó a entrenarse en bosques usando ramas de árboles como si fueran barras de gimnasia, ya que le fue prohibida toda ayuda gubernamental para acudir a los Juegos de México 1968. Dio igual, Ganó y la URSS se conjuró para que no surgiera nunca más otra Caslvaska.

Así que la Unión Soviética, aun pensado siempre en el poder de la colectividad, diseñó a una joven estrella a la que le dejaron sonreír e incluso aprendió a llorar. Se llamaba Olga Korbut. Logró el éxito en 1972 e invirtió los cánones en la gimnasia artística. Korbut era insultantemente joven ya que apenas contaba con 17 años y pobremente medía 152 centímetros. Hoy parece normal, pero hasta entonces las atletas tenían más cuerpo y la puntuación se otorgaba en función de la elegancia. Korbut era una niña sonriente, ligera y dio importancia a las acrobacias por delante de la elegancia. Olga se convirtió en leyenda porque alguno de sus ejercicios acabarán siendo prohibidos por su peligrosidad. Lo que antes tenía que ver con el ballet, con la elegancia, ahora se iba al terreno de la técnica y el riesgo. Fue un soplo de aire fresco y hasta en Moscú decidieron abrir mínimamente la mano y permitirle hacer un par de anuncios publicitarios. Ocurrió que Olga cogió el brazo donde estaba la mano y llegaría a decir que el estadounidense Richard Nixon era una persona muy agradable.

Error.

Y entonces, cuando la revolución parecía haber finalizado, llegó ella.

Contaba con 14 años y 160 centímetros. Pero no era soviética. Era rumana. Se llamaba Nadia Comaneci. Había ganado el oro en los europeos del año anterior, pero la favorita era la rusa Ludmila Tourischeva. Hija de un mecánico, en su primera competición con apenas ocho años tuvo un error. Karoly, su recto entrenador, le echó un rapapolvo descomunal para que aprendiera a entender el fracaso. Hundida, desde ese instante aprendió a odiar los fallos hasta el punto de considerar corriente la perfección de sus ejercicios. Tal sería el grado de perfeccionismo que, tiempo después, cuando le pregunten por el famoso 10, llegará a confesar que jamás llegó a sentir nada especial, dado que entendía que simplemente había hecho bien su trabajo.

Creciendo con carencias alimenticias y basando su dieta diaria en botellas de agua y dientes de ajo, bajo unos entrenamientos draconianos y con insultos y vejaciones que antes se tenían por cotidianos y que en la actualidad serían denunciables, Nadia Comaneci se presentó en los Juegos Olímpicos de Montreal de 1976 como alternativa al dominio soviético. Se contaba con que ese momento tuviese lugar en 1980, sin embargo, la bomba iba a estallar en tierras canadienses. Competiría en las cuatro pruebas individuales; barras asimétricas, barras de equilibrio, suelo y concurso individual. También, por supuesto, en la competición por equipos junto a sus compañeras de la escuadra rumana. Consiguió una medalla de bronce en suelo y una de plata por equipos por detrás de las intratables soviéticas.

También consiguió tres oros. Uno en barra de equilibro y otro en el ejercicio individual.

Un tercero en asimétricas.

En la barra asimétrica, Comaneci combinaba técnica y precisión. Era diferente a todo lo visto anteriormente. Su concentración y sus movimientos eran tan coordinados que no se le movía ni el pelo del flequillo. El ejercicio incluye danza, gimnasia y acrobacia. Debe contener diez elementos diferenciados y un tope de cuatro seguidos en un plazo máximo de 90 segundos. Son dos barras flexibles situadas a diferentes alturas separadas por metro y medio y con apenas cinco centímetros de ancho. Nadia era perfecta en la barra. Toda precisión de sus movimientos desprendía balance y simetría en cada ejecución.

Nadia era estética, contaba con elegancia y una fuerza en los brazos que no era proporcionada ni a su edad ni a su altura, cambiando los cánones de la gimnasia para siempre. Aquel día deleitó al respetable con sus grandes giros. En su vuelo de salida su cuerpo está en tan perfecta sincronía que esa imagen sigue siendo una de las más bellas de la historia olímpica.

Comaneci ya había logrado un 10 el año anterior, pero en un torneo de exhibición. La nota se achacaba más como un cariño hacía una niña que otra cosa. Ocurrió que Nadia no tiró la puerta, sino que arrasó con ella. Aquel 10 volvió loco al sistema de computadores, pero también a la Federación Internacional de Gimnasia.  Hubieron de publicar una secuencia oficial movimiento por movimiento. Su histórico 10 consistió de, precisamente, 10 fases: salto de entrada al apoyo en la barra baja, balanceo y transición a la barra alta, molino gigante en la barra alta (muy novedoso por aquel entonces), pirueta sobre la barra alta, cambio de barra, serie de balanceos en la barra baja, nueva transición a la barra alta, balanceos de gran amplitud, preparación para la salida y salida mortal hacia atrás, con un aterrizaje simplemente perfecto. Sin errores, con unas líneas corporales perfectas, con las piernas y pies completamente estirados, un ritmo continuo, una gran amplitud en los balanceos y un aterrizaje clavado. A los jueces, basándose en el Código de Puntuación de la época, no les quedó otra que rendirse a Nadia Comaneci.

“El 10 me puso en el foco, pero creo que la palabra perfección es algo que sigue evolucionando. Es una escalera que nunca dejas de subir para llegar a tu mejor versión»; declararía la niña prodigio. El gobierno rumano debió pensar algo parecido. Aquel ejercicio gimnástico perfecto supuso un éxito de política exterior. Una fuente de legitimidad. Nadia era una heroína idónea para el consumo interno. Tanto fue así que, caído Ceauçescu, tanto tiempo después, la sociedad rumana todavía sigue lidiando con los problemas de conciencia de aquella pasión nacional por la gimnasia. Con el comunismo se forzó a las chicas hasta el límite hasta el punto de que en los años 80 se les llegaría a negar la comida durante días buscando la delgadez extrema. Nadia sufrió la fama. En lo personal sus padres acabarían divorciándose y su entrenador exiliándose a Estados Unidos. De cara al público se convirtió en un objeto de feria introvertido que apenas podía articular palabra cuando era exhibido como ganado por escuelas, fábricas y medios de comunicación de la órbita soviética.

En esos años Nadia Comaneci decidió saltarse todas las normas y se puso a comer. Tuvo un declive profesional, pero se rehízo para lograr dos oros más en los Juegos de Moscú de 1980. Contaba con 18 años. Para volver a ser competitiva tuvo que pasar por una tortura que le impedía andar tras cada sesión de entrenamiento. Meses más tarde decidía retirarse al llegar a la veintena.

Nadia 1976

En 1989, con 27 primaveras, resolvió escapar de Rumanía. Se le había relacionado sentimentalmente con el hijo de Ceauçescu. La realidad es que el acercamiento sexual había tenido lugar sin el consentimiento de la gimnasta. Pero el caso es que ese no fue el motivo de la marcha de Nadia. Ceauçescu padre, decidido a aumentar la tasa de natalidad de las rumanas, decidió confiscar para el Estado parte del sueldo de las mujeres que no tenían hijos. Nadia Comaneci, la niña 10, la heroína del pueblo rumano, no tenía dinero para pagar la calefacción. Junto a unos amigos caminó durante toda la noche hasta llegar a la frontera con Hungría. Una pareja de policías la reconoció y decidieron hacer la vista gorda. Una vez en Hungría tardaron unos días en acercarse a Austria en donde pidieron asilo político en la embajada de Estados Unidos.

Nadia Comaneci se nacionalizó estadounidense. Se casó, ejerció de entrenadora y ganó millones de dólares gracias a contratos publicitarios. Hoy es un miembro activo del Comité Olímpico Internacional. Y hoy, ayer y mañana, seguirá siendo la niña perfecta de la gimnasia.

El 10 eterno.

Nadia 2026

“En 1976 era demasiado joven para comprender aquel 10. La perfección no es algo permanente, tan sólo duro un instante (…) Podría haberlo hecho mejor, Pero, en esa época, lo que hice era mucho mejor que lo que hacía el resto y realicé algunos elementos que nadie había hecho antes”. Nadia Comaneci.

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