gimnasia

La gimnasta eterna

Oksana Chusovitina y su marido estaban a punto de coger un avión que los llevase de vuelta a Uzbekistán. Acababan de terminar los Juegos Asiáticos donde Bahtier, el esposo de Oksana y renombrado luchador grecorromano, había perdido la disputa por alcanzar la medalla de bronce. Para Oksana había sido su despedida de la alta competición. Tres años atrás había decidido ser madre y, tras un enorme esfuerzo físico y mental, consiguió clasificarse para los Juegos de Sidney y cerrar su carrera con dos medallas en los citados Juegos Asiáticos de 2002 celebrados en Corea del Sur. Tenía entonces 27 años y había decidido dejar definitivamente el deporte profesional.

Cuando el matrimonio se disponía a embarcar, Oksana recibió una llamada de su madre. El tono de voz de la abuela era preocupante y los lloros pronto harían su aparición. A Alisher, el pequeño de la familia, le acababan de diagnosticar una leucemia linfocítica aguda.

Alisher contaba con tres años de edad.

Tras un vuelo infinito, Oksana pudo comprobar en primera persona la gravedad de la situación. Alisher había tosido sangre y decidieron trasladarlo al hospital en una ambulancia con sospechas de que podría tratarse de una neumonía. No lo era. Era algo mucho peor. Oksana supo inmediatamente que en Uzbekistán sería imposible salvar a su hijo. Los médicos aconsejaron a la familia trasladarse al hospital alemán de Colonia, donde Alisher recibiría el tratamiento adecuado.

El problema es que no había dinero para pagarlo.

El matrimonio mal vendió su apartamento de tres dormitorios y sus dos coches, pero con eso no consiguieron ni cubrir el coste de la mitad del tratamiento. Hubo que recurrir a la ayuda popular. Tantos años dando alegrías deportivas a sus compatriotas tuvo su recompensa y Oksana y su marido consiguieron recaudar el dinero necesario para cubrir la parte inicial del tratamiento.

Lo más difícil se había logrado, pero ahora el matrimonio debía iniciar una nueva vida en Colonia. Sin vivienda, sin trabajo, sin conocer el idioma y, sobre todo, sin un céntimo. Fue entonces cuando Shanna Brüggemann, entrenadora de la selección alemana de gimnasia, se puso en contacto con Oksana para ofrecerle competir por el país teutón. Eso era la salvación para la uzbeka, ya que los emolumentos por ser deportista en Alemania eran muy superiores a los percibidos en la antigua república soviética. Oksana tuvo que volar a Taskent y pedir entre lágrimas una autorización especial para obtener la nacionalidad germana. En Uzbekistán no gustó aquella decisión, pero al final dieron su brazo a torcer. Oksana Chusovitina sería alemana.

Uzbekistán liberó a Chusovitina para competir por Alemania en 2003. Sin embargo, debido a que la legislación teutona no otorga la nacionalidad hasta cumplir tres años de residencia, estuvo hasta 2006 entrenando y compitiendo a nivel local en Alemania, pero representando a Uzbekistán en los torneos internacionales. El esfuerzo era terrible. Oksana pasaba de los 30 años en un deporte donde las mejores no llegan a la veintena y siempre con el miedo a que una lesión acabase con su carrera y le impidiese seguir ganando dinero y sostener el día a día de su hijo.

Iba a continuar así una historia que había comenzado mucho antes, allá por 1991, cuando a sus tiernos dieciséis Oksana Chusovitina lograba la victoria en el ejercicio de suelo de los Mundiales de Gimnasia. Al año siguiente obtendría otra medalla áurea, en este caso por equipos, formando parte del conjunto de la CEI (la extinta Unión Soviética) que acudió a los Juegos Olímpicos de Barcelona. Tras el desmembramiento de la URSS, Chusovitina pasó a representar a la nueva república de Uzbekistán. Lo hará en Atlanta, Sidney y Atenas, pero, aunque logró múltiples medallas internacionales, jamás consiguió presea alguna representando a Uzbekistán en los JJ.OO.

Gymnast Oksana Chusovitina, 46, Got Standing Ovation at 8th Olympics
Oksana Chusovitina. Barcelona 92. 16 años y 11 meses.

Lo cierto es que las condiciones de entrenamiento en Taskent eran muy diferentes a las de Moscú. El material escaseaba y las instalaciones eran deficientes. Oksana tenía que poner de su peculio para competir a nivel internacional y todo esto sucedía mientras sus mejores años volaban sin remedio alguno.

Pero ese afán por contentar a su nuevo país y esa lucha titánica para ver a su hijo recuperado hacen que Chusovitina logre para Alemania una medalla de bronce en el Mundial de Gimnasia de 2007. Oksana tiene entonces 32 años y será la gimnasta más veterana en participar en los Juegos Olímpicos del año siguiente, donde logra una inesperada medalla de plata en la prueba de salto.

Ese inesperado éxito se unió en el tiempo con la feliz recuperación de su hijo. El tratamiento había dado resultado y la leucemia había sido superada. Oksana se planteó entonces dejar la gimnasia e iniciar una carrera como entrenadora, pero ahora estaba presionada por la federación alemana que la incitaba a seguir compitiendo. Dolida, pero agradecida, Chusovitina ganó unas cuantas medallas más a nivel europeo y mundial, batiendo siempre los registros de edad conocidos, hasta que, en 2012, en los que eran sus sextos Juegos Olímpicos, logró la quinta plaza en el concurso individual.

Tenía 37 años y, ahora sí, había decidido retirarse.

Pero algo rondaba la cabeza de Oksana. Sentía que había traicionado a su país. Sus compatriotas la habían apoyado cuando su hijo estaba enfermo y se sentía en deuda con ellos. Había ganado medallas olímpicas en su juventud defendiendo la bandera soviética y en una inesperada madurez bajo los colores alemanes. Y, sin embargo, durante su plenitud física, no había podido subirse al cajón olímpico defendiendo los intereses uzbekos.

Tras unas semanas de dudas decidió volver al ruedo. Solicitó permiso para cambiar una vez más de nacionalidad y poder competir nuevamente con Uzbekistán. En esta ocasión no hubo traba alguna. Tanto en Berlín como en Taskent estuvieron de acuerdo y el COI (Comité Olímpico Internacional) hizo la vista gorda y entendió la excepcionalidad del cambio.

Representando de nuevo a Uzbekistán, Chusovitina compitió en Río 2016, donde fue séptima en el evento de salto. Aquella prueba fue ganada por Simone Biles, 22 años más joven que Oksana y tan sólo dos años mayor que Alisher, antes niño enfermo y ahora un robusto adolescente. A pesar de no lograr una presea, Chusovitina tuvo que subir al pódium ante el clamor popular, mientras el video marcador del pabellón mostraba imágenes de sus mejores momentos. Era un más que merecido homenaje.

Pero había llegado demasiado pronto.

Seguía sin conseguir una medalla olímpica para Uzbekistán y seguía fija en su empeño. Atentando contra todas las leyes de la naturaleza, Oksana pretendía estar en Japón para los Juegos de 2020. Por entonces tendría 45 años, una edad asombrosa para cualquier deportista profesional e inaudita en gimnasia donde la flexibilidad es intrínseca a su dificultad. El Covid alejó su objetivo en doce meses, pero Oksana siguió entrenando hasta competir en Tokio a los 46 años de edad.

Aquel 25 de julio de 2021 saltó al tatami por enésima vez. No logró superar la ronda previa y no consiguió la nota necesaria para clasificarse para la final olímpica de gimnasia. Dio igual. Jueces, rivales, entrenadores y periodistas se pusieron en pie para dar una cerrada ovación a Chusovitina. Rodeada de flashes y de un mar de lágrimas tuvo que volver al centro del tartán para dar las gracias. Lástima de pandemia que impidió que el gentío se sumase a la fiesta.

Fiel a sí misma, y a pesar de haber declarado que tras Tokio se retiraría, actualmente Oksana Chusovitina apura sus opciones para clasificarse para los Juegos Asiáticos de 2022. A pesar de contar con dos medallas olímpicas y más de una decena en pruebas mundiales, Oksana Chusovitina no es una leyenda de la gimnasia por sus logros. Lo es por su infinita longevidad, por una capacidad de sacrificio espartana y por demostrar que la voluntad y el amor de una madre es una fuerza que mueve montañas.

Tokio 2020: la gimnasta Oksana Chusovitina demuestra a sus 46 que la edad  es solo un número
Oksana Chusovitina. Tokio 21. 46 años y 1 mes.

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Tokio 2020. Balance

En Rusia se prohíbe enseñar un idioma extranjero en los colegios públicos ante el escándalo de una Unión Europea que permite que varios de sus miembros legislen con tintes homófobos. El Reino Unido celebra el brexit y proclama como día de la libertad el fin de las restricciones por Covid mientras baten récord veraniego de infectados. En España lo que se baten son récords de precariedad laboral, descrédito económico y pesimismo generalizado y aun así la calle solo arde para amparar la libertad de un rapero de pésimo gusto.

En Lyon se realiza el primer trasplante de hombros y brazos al mismo tiempo que un cacharro con cuatro ruedas se da un paseo por Marte. En Cuba siguen instalados en 1959 y siguen imaginando, como imaginó John Lennon hace ahora medio siglo. En Canadá mueren más de 700 personas por una ola de calor que supera los 50 grados mientras que en Alemania más de 200 fallecen por culpa de unas riadas en pleno mes de julio.

Media América celebra el bicentenario del fin del dominio español cuestionando la democracia, mientras la democracia más antigua del planeta echa democráticamente a un loco del sillón presidencial que alentó el asalto del Capitolio de Estados Unidos por un grupo de tarados.

Joe Biden, un anciano de 78 años, es elegido el hombre más poderoso del mundo. Putin tiene 69, Xi Jiping 68 y el desconocido presidente de India 76 primaveras. En Europa cuanto más joven e inexperto, mucho mejor. El drama de la belleza efímera ataca a Miss Universo por pasarse con los retoques virtuales. Virtuales son los youtubers, los blogueros, los instagramers y los bitcoins, que llegaron a cotizarse a 50.000 dólares al mismo tiempo que una empresa centenaria como Hertz se iba al carajo incapaz de menear sus más de 200.000 coches por culpa de la pandemia.

Fallece Larry King y Albert Roux, el hombre que convirtió el comer en un placer. Placenteras eran las caderas de Raffaella Carra que durante años demostró que para menearse había que viajar al sur. Mucho más lejos viajó Michael Collins, el desafortunado al que le tocó hacer de conductor mientras sus compañeros borrachos se pegaban un fiestón gravitando por la Luna. También falleció Felipe de Edimburgo. Lástima. Pero ese no era el que tenía que marcharse al otro mundo. El príncipe Carlos ya suma 69 años esperando para ser coronado Rey de Inglaterra.

Fueron los Juegos de la XXXII Olimpiada. Se iban celebrar en 2020 pero al final se pospusieron a 2021 coincidiendo con el 150 aniversario de los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna celebrados en Atenas. Fueron los Juegos del silencio. Japón quería erradicar, no mitigar el coronavirus. Pudieron ser los Juegos de la quiebra financiera. El gobierno nipón admitió que de cancelarlos no tendría forma de devolver el dinero ingresado por los derechos televisivos. Sin alcohol en los bares solo la borrachera de oros japonesa hizo fluir tickets de metro gratuitos para que la fiesta de la villa olímpica se trasladase a la noche de Tokio.

Quisieron ser los Juegos de la igualdad, desde Suecia a Arabia Saudí a pesar de que Brunei no pudiese llevar a una abanderada porque solo contaba con machos en su delegación. Hubo luces, drones y fuegos artificiales para disfrute del consumidor televisivo mientras los atletas saludan al vacío.

Fueron los Juegos de deportes sospechosos de considerarse como tales caso de la escalada (en rocódromo), el baloncesto (3×3) o el skate, gobernado por niños que gritan y ríen a ritmo de Foo Fighters o Pennywise cuando no tienen edad para estrenar las camas antisexo de la villa olímpica. Lo curioso es que para aquellos que consideran sospechoso el skate no lo es que un señor de 62 años gane una medalla de oro por subirse a lomos de un caballo.

Y es que el mundo está en continuo cambio. En Alemania se manifiestan contra el sacrificio de un caballo olímpico tras los servicios prestados. Gavin Hubbard, antes Laurel, se convierte en el primer transexual de los JJ.OO. La namibia Christine Mboma compite como mujer ante la duda de sus tasas de testosterona. El equipo germano de gimnasia estrena una equipación asexual para su concurso cuando las adolescentes de medio mundo se pasan el día en leggins y leotardos. Una lanzadora de peso estadounidense obtiene la plata, pero gana la medalla de platino por su peinado, sus mascarillas y sus declaraciones a favor del movimiento LGTBI. Una japonesa de tez oscura enciende el pebetero olímpico.

Tokyo 2020: Naomi Osaka fue la encargada de encender el pebetero olímpico -  Los Pleyers
Empieza la fiesta

‘The New York Times’ y la ‘NBC’ cambian el orden tradicional del medallero para que Estados Unidos supere a China y vuelven al original en la última jornada cuando los americanos dan el ‘sorpasso’ gracias a un último oro. Las parejas chinas de dobles mixtos de tenis de mesa y la masculina de bádminton tienen que pedir perdón públicamente por perder el oro ante los odiados taiwaneses y japoneses respectivamente. La orgía de oros de Japón hace dudar de la importancia del público para el anfitrión. Australia domina en la piscina, Italia es un cohete y Kosovo gana el doble de medallas de oro que la India con 1.000 veces menos habitantes. Rusia se convierte en el Comité Olímpico Ruso y cambia su himno por el concierto para piano número uno de Tchaikowsky.

Un atleta iraní gana la medalla de oro en tiro y Estados Unidos pide que se la retiren por estar en su lista de terroristas más buscados. Aditi Ashok gana la medalla de chocolate en golf tras cambiar a su padre por su madre buscando un caddie que no le gritase tanto. García Bragado compite en sus octavos JJ.OO en la misma prueba donde un español se pasa 49 kilómetros y 850 metros saboreando la plata para en los últimos 150 metros acabar fuera del podio. Se considera una oda al olimpismo que un italiano y un qatarí compartan medalla de oro en salto de altura y nadie se pregunta porque no compartieron la de plata.

Ninguno de los fondistas, velocistas o saltadores de Estados Unidos gana la medalla de oro en Tokio. Desaparecida Rusia, el atletismo ha recuperado a Europa para la causa tras décadas abandonado por la audiencia ante la ausencia de repercusión de sus atletas. Más de la mitad de los finalistas del 1.500 son europeos por vez primera desde tiempos inmemorables, y aunque muchos son hijos de africanos, parece que la Europa multiétnica le ha vuelto a coger el gusto al correr.

Italoestadounidense es Marcell Jacobs, el italiano que se convirtió en el primer europeo campeón de los 100 metros desde Barcelona 92. De origen etíope es Sifan Hassan la neerlandesa que logró doblete en 5.000 y 10.000 metros. Rubios y arios son Ingebrigtsen y Warholm, este último bajando de 46 segundos en los 400 vallas cuando reducir los 47 se consideraba ciencia ficción. De otro planeta también es el récord de Yulimar Rojas en longitud. Allyson Félix sumó 11 medallas en cinco Juegos superando la decena del Hijo del Viento.

La preparación y las suelas de fibra de carbono con tecnología Mercedes han ayudado a obtener buenas marcas y a batir unos cuantos récords con la proporción adecuada para que su excepcionalidad siga siendo su gran valor. No sucedía así con la piscina, donde en la época del poliuterano las marcas eran una fiesta y ha habido que esperar a Tokio para batir aquellos tiempos mentirosos.

Caeleb Dressel sucedió a Phelps con cinco oros en la piscina, pero su falta de magnetismo le impidió ser el rey de los Juegos. La reina abdicó por culpa de unos demonios que entraron en su cabeza y aunque Elaine Thompson, Sifan Hassan o Katie Ledecky reclamaron su trono atufan a republicanismo.

Jamaica sigue humillando a Estados Unidos en la velocidad y Kenia y Etiopía deben ponerse las pilas sino quieren perder la hegemonía del fondo en África. Un tifón aplaza la competición de vela para alegría de los surferos. El calor, la humedad y las cigarras hacen que una tenista tenga que volver a la villa olímpica en silla de ruedas. Djokovic lo hace en taxi tras dejar en la estacada a su compañera de dobles mixtos. Pau Gasol se va de sus últimos Juegos sin medalla en la enésima fiesta del baloncesto NBA.

Fueron los Juegos de las babas, de los test diarios de saliva. Los Juegos de las camas de poliéster 100 x 100% recicladas. De los platos de cartón y los vasos de papel reciclados. De los podios hechos con impresoras 3D fabricados con desechos plásticos. Fueron los Juegos de los coches eléctricos y de las medallas hechas con desechos de teléfonos móviles inservibles.

Fueron, en definitiva, los mejores Juegos de la historia. Los de 2020 celebrados en 2021. Hasta que dentro de tres años, en Paris, volvamos a tener los mejores Juegos de la historia.

Las mejores imágenes de la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos -  Infobae
Arigato

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Hacerse un Biles

Poseedor de una vasta hacienda, Cayo era uno de los consejeros más acaudalados y afamados de Octavio Augusto. Sin la presencia de este noble romano Augusto no se hubiese convertido en emperador, ya que fue su labor diplomática la que convenció al Senado de que la única forma de acabar con la guerra civil era finiquitar el triunvirato surgido tras el asesinato de Julio César. Ayudar a colocar la corona de laureles sobre la cabeza de Augusto tiene su aquel, mas no fue eso lo que hizo pasar a Cayo a la posteridad. Con su inmensa riqueza, Cayo apoyó y protegió a numerosos eruditos, siendo los más conocidos los poetas Horacio y Virgilio. Cayo Mecenas, como así era conocido, dio nombre a aquel que patrocina la cultura de forma desinteresada.

Cayo Mecenas es epónimo de mecenas y de mecenazgo. Los epónimos son usados desde hace siglos para nombrar pueblos, conceptos, descubrimientos o inventos. Entre los más conocidos epónimos de diferentes tipologías podríamos citar a Américo Vespucio (América), Cristóbal Colón (Colombia), Louis Braille (sistema Braille), San Cirilo (alfabeto cirílico), Mijail Kalashnikov (fusil Kalashnikov), Louis Pasteur (pasteurización), Karl Marx (marxismo) o Charles Darwin (darwinismo). Entre los epónimos a destacar también los hay irrelevantes para el desarrollo humano, pero ampliamente gratificantes como bechamel (Louis de Bechameil), jacuzzi (Cándido Jacuzzi) o sándwich (Conde de Sándwich). Pasar a la posteridad como un epónimo es dejar un legado imperecedero en la sociedad.

Simone Biles no solo es la gimnasta más laureada de todos los tiempos, sino que ha ligado su nombre a la historia a través de unos movimientos jamás antes practicados. En gimnasia a la ejecución se le añade la dificultad. El ‘Biles’ es un salto de extrema dificultad que Simone ejecutó en 2013 y que desde entonces ha ido perfeccionando. Se trata de un doble salto mortal o dos vueltas con el cuerpo completamente extendido, pero, en la última vuelta, se da un giro en el otro sentido, combinando los dos ejes de rotación. La extrema dificultad radica en que, en vez de caer mirando al suelo, uno lo hace hacía adelante a ojos ciegos.

“A veces me pregunto qué pensará mi madre biológica sobre todo esto”, acertó a comentar Simone Biles la primera vez que consiguió una medalla. Y es que la atleta afroamericana fue acogida por sus abuelos al poco de cumplir tres años. Inmersa en la droga y el alcoholismo, los servicios sociales no dudaron en quitar la custodia a la madre biológica de Biles.

Ahora, convertida en leyenda deportiva, Simone mantiene el contacto con ella por respeto a sus abuelos. El destino quiso que cuando Simone contaba con seis años el mal tiempo cancelase una excursión prevista en el colegio. Los profesores decidieron invertir la mañana en la visita a un centro deportivo cercano. Allí, aquella niña risueña quedó fascinada por los saltos y las piruetas que daban las gimnastas. A partir de ahí no hubo actividad que distrajese a Biles de su objetivo. Llegaría a entrenar durante cinco horas al día sin descuidar ni un ápice sus notas. No existieron otras actividades extraescolares, ni fiestas de cumpleaños con los amigos. En 2013, con 16 primaveras recién cumplidas, ya era campeona del mundo. Sólo entonces hubo vacaciones.

Simone Biles es la única gimnasta de la historia que ha sido tres veces consecutivas campeona del mundo en el concurso general de gimnasia (2013, 2014, 2015). Son 19 victorias mundiales y 25 medallas ganadas. Pero más allá de su creatividad, destaca su longevidad, extrema para una gimnasta. Si Nadia Comaneci era equilibrio y gracilidad, Simone Biles es un estallido continuo de potencia con una sonrisa en el rostro. SI la rumana era ballet, la estadounidense es rock and roll. Con una estatura que apenas supera los 140 centímetros, sus casi 50 kilos de puro músculo combinan la flexibilidad con la fuerza. Sus acrobacias son rapidísimas y sus aterrizajes seguros. Su centro de gravedad tan bajo la favorece en el ejercicio de suelo, pero dificulta sobremanera su ejercicio en el potro. Como Michael Jordan, Simone Biles tiene la capacidad de anular la ley de la gravedad.

Pero Biles quiso más. En el Mundial de 2019, Simone consiguió llevar a cabo una acrobacia que ninguna otra gimnasta femenina había conseguido hacer. Este salto en concreto se trataba de un triple-doble, o sea, un doble mortal hacia atrás con triple giro sobre sí misma en su ejercicio de suelo. Un salto sin precedentes. Tal fue el asombro y la admiración por ese movimiento que a partir de ese momento quedó bautizado como «Biles II». Su segundo epónimo.

https://youtube.com/watch?v=C6bLy43Qd4s

El secreto de Biles, como explicaban de forma fantástica en un especial olímpico del ‘The New York Times’, es su capacidad para incluir más movimientos en cada serie. Por ejemplo, cuando en el ejercicio de suelo Biles encara desde una esquina la diagonal del tablero, necesita correr menos para generar la misma potencia que el resto de sus competidoras. Así, puede pasar más tiempo en el aire, incluyendo más elementos y ofreciendo concursos más espectaculares. La complejidad de sus ejercicios la empuja a cometer errores en barra, pero la altísima dificultad de la que parte, y su capacidad para mantenerse constante durante el resto de sus series, hace que los jueces la coloquen de forma invariable por encima de los 15.000 puntos en todas sus intentonas.

Y así, esa mujer que ejecuta actuaciones que los hombres solo pueden soñar, se plantó en Tokio con la intención de lucir el ‘Biles II’ en los Juegos Olímpicos, y, según los rumores, con alguna que otra sorpresa en la recámara. Antes de los concursos individuales, la escuadra olímpica de Estados Unidos competía en la prueba de equipos. Minutos antes de enfundarse los leotardos, y ante el estupor general, Simone Biles anuncia que se retira de la competición. Lo que en un primer momento se anuncia como molestias en el tobillo acaba siendo un colapso mental. No participará tampoco en las pruebas individuales.

Biles acaba de hacer un ‘Biles’. El ‘Biles III’. Pero esta vez el epónimo no obedece a sus fastuosas actuaciones. ‘Hacerse un Biles’ quedará como epónimo del colapso mental del deportista de élite.

Biles, como otras hijas de la gimnasia, ha sido exigida, reprimida y explotada desde niña. Al igual que la rítmica, la gimnasia artística es un deporte de niñas, de niñas que son élite cuando no conocen la menstruación. Niñas que demuestran coraje y valentía, sacrificio y dedicación, y que son manejadas desde lo más alto por quienes ven en ella objetos con día presto para la caducidad.

¿Por qué Biles tardó tanto en comprender que su cabeza estaba llena de demonios? Con todo ganado, a lo que Biles aspiraba en Tokio era a la eternidad. Tras cuatro (cinco) años de preparación, imposiciones y obsesiones, Simone Biles tuvo miedo a perder. Se sentía como un hámster en la rueda, acertó a decir un periodista. A Biles se le cayó la capa de superheroína. Un dolor invisible, acrecentado por la pandemia, le ha producido un bloqueo mental. Pasó de tener una estructura ordenada al vacío por rutina. Su éxito está construido sobre un esfuerzo y un talento descomunal, pero también sobre lacras que ayudan a comprender su fragilidad. Es la imagen y fuente de ingresos de una federación que apoyó el terror físico y psicológico promovido por el matrimonio Karloyi, los mismos que hace casi 45 años atormentaron a una niña rumana que vendió su alma a cambio de ser la reina de Montreal.

Y es que la excelencia se cultiva en ambientes tóxicos, pero el deportista de élite hace poco por acotarlos. La niña Biles era voluble y manejable. La mujer Biles es una deportista empoderada, un icono racial y una voz capaz de crear estados de opinión. Por eso cuesta entender que no echara antes el freno. Es la presión, sí, de patrocinadores, de entrenadores, de directivos y hasta de aficionados, pero sobretodo es la autoexigencia. Fue ella la que quiso hacer el ‘Biles’, el ‘Biles II’ y coronarse en Tokio quien sabe si con un ‘Biles III’. Hay sargentos que deciden no ser tenientes, profesores que declinan ser directores, currelas que no quieren ser jefes. Nadie obligó a Biles ser leyenda. Lo quiso ella.

Simone Biles realizó una ejecución limpia y concentrada, aunque menos espectacular de lo acostumbrado. Y se mostró feliz de salir nuevamente al tabloncillo.
El Ángel domó al demonio

Fue Johan Cruyff el que se inventó lo de la presión externa. Cuando de adolescente saltó a la fama, decidió que un futbolista tenía que traspasar los límites del terreno de juego. Se convirtió en hombre anuncio porque quiso y abrió el camino del terror capitalista en el que se ha convertido el deporte de élite. Pero el propio Cruyff fue víctima de su ambición, porque el hombre que anunció su retirada a los 30 tuvo que estirar su carrera a disgusto hasta cerca de la cuarentena para cumplir con todo con lo que su ambición se había comprometido.

Sin presión no existiría el deporte profesional. Novak Djokovic lo dijo al ser interpelado por el caso Biles: “Si ansias ser el mejor en tu deporte debes aprender a hacer frente a la presión en la pista y fuera de ella”. Gestionar la duda debe formar parte del entrenamiento. Hay una asociación, quizás peligrosa pero muy real, entre la ansiedad y la alta competición, como la hay entre la ansiedad y un trabajo de éxito. Y como también la hay entra la ansiedad y el fracaso. O entre la ansiedad y la falta de trabajo. Todo es agotador, porque la vida es agotadora.

Puede que a Simone Biles, ante la soledad del dolor mental y la vergüenza al ser juzgada, se la hayan comido los demonios. De Tokio se lleva una medalla de bronce que siempre recordará como un oro. Su séptima medalla olímpica. De todas, la más brillante. La que le hizo recuperar la sonrisa. Quizás los demonios se hayan ido ya y una tarde cualquiera el ‘Biles III’ haga su aparición.

Quién sabe.

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Vitaly Scherbo

Era guapo. Muy guapo. Con una sonrisa que rompía cualquier corazón. Parecía de todo menos soviético. Pero era el arquetipo del nuevo hombre soviético. Soberbio y bravucón. Distante, altruista, saludable y culto. Un stajanovista en el cuerpo de un Apolo.

Vitaly Scherbo (Vitali Shcherbo) era bielorruso. Nacido en Minsk, encarna la típica figura de niño hiperactivo al que los padres le buscan una ocupación para que los deje tranquilos. Scherbo encontró esa válvula de escape en la gimnasia. Con 15 años ya estaba en Moscú en la selección soviética de gimnasia. Tenía 16 cuando se disputaron los JJOO de Seúl. Con cualquier otra nación habría sido olímpico, con el alto nivel de la gimnasia soviética tuvo que esperar 4 años más. Su momento tendría lugar en Barcelona 92. Pero ya no existía la Unión Soviética.

Se plantó en Barcelona defendiendo la bandera del Equipo Unificado, una amalgama de repúblicas, entre las que se encontraba su Bielorrusia natal, en la que fue una idea del COI para acoger a todos aquellos atletas que con la ruptura de la URSS se encontraban sin patria deportiva. Scherbo compitió vestido de negro, y, sin que nadie lo esperase, se convirtió en la estrella de los JJOO. Ni siquiera era el favorito en su propio equipo, distinción que defendía Grigory Misutin.

Ganó 6 medallas de oro en 5 días. Tan sólo los nadadores Mark Spitz y Michael Phelps lograron más medallas áureas en unos mismos Juegos Olímpicos. Venció en paralelas, salto, anillas, caballo con arco y en las competiciones por equipos y en el individual. Por supuesto ningún otro gimnasta ha completado una actuación similar.

Todo era felicidad para Scherbo. Era joven. Era apuesto. Era elegante. Era una estrella. El año de Barcelona se había casado con Irina, su novia desde la adolescencia. En 1993, mientras seguía ganando en Europeos y Mundiales, tuvo a Kristina, su única hija. La vida le sonreía y la recién creada República de Bielorrusia lo escogía como cara visible de la nueva nación, participando en múltiples actos públicos.

A pesar de ello no todo era tan idílico. La convulsa realidad social de la Europa postcomunista afectó a la familia Scherbo. En un país convulso y en construcción recibió amenazas de muerte a cambio de altas sumas de dinero. En otra ocasión varios ladrones entraron en su casa. No le robaron las medallas olímpicas. Ya se lo temía, y estaban guardadas en casa de su madre.

Scherbo se planteó emigrar a Estados Unidos. El punto de inflexión se dio cuando la policía echó al traste un intento de secuestrar a su hija. Eligió como destino una pequeña ciudad cerca de Philadelphia. Allí prosiguió con su carrera con la ilusión de defender la bandera bielorrusa en los JJOO de Atlanta de 1996, a donde acudiría como indiscutible favorito.

Sin embargo, el 13 de diciembre de 1995 su esposa Irina sufría un gravísimo accidente de automóvil. Su BMW impactó contra un poste telefónico partiendo el coche en dos. Estuvo casi 2 horas atrapada en el asiento del conductor hasta que los bomberos lograron excarcelarla. Cuando Scherbo llega al hospital se encuentra a su mujer en coma y los médicos le anuncian que tiene un 99% de posibilidades de fallecer.

Destrozado, Scherbo abandona los entrenamientos a escasos 8 meses del inicio de los JJOO. Al principio acude diariamente al hospital y se afana por cuidar a su hija y ocultarle la gravedad de la enfermedad de su madre. Va al hospital y lava a su mujer, la acaricia, le corta el pelo. Pero es todo fachada. Cuando llega a casa se derrumba. Se ve incapaz. Al cabo de una semana, su rutina es pasarse las noches bebiendo. Su entrenador lo encuentra día sí y día también borracho a primera hora de la mañana.

Pero un día, al igual que se había quedado dormida, Irina despertó.

Faltaban tres meses para ir a Atlanta. Vitaly no quería. No estaba en forma y no quería hacer el ridículo. Irina le insistía. Que fuera, que lo hiciese por ella. Que ya vería como todo iría bien. Y además hacía falta el dinero en casa. Scherbo era un atleta de éxito, pero los costes de la operación y de la estancia en el hospital eran muy altos. Al final Vitaly dio el brazo a torcer, pero no tenía muchas ganas de entrenar. Acude a su primera competición de esa primavera. Es en Paris y tiene una actuación lamentable. Hasta se daña el hombro al estar pasado de peso. “La peor competición de mi vida. Incluso cuando era niño lo hacía mejor”, declara.

Mientras tanto Irina encadena operación con operación. El coma es cosa del pasado, pero la recuperación es larga. Costillas, pelvis y bazo. Eterno viaje por el quirófano.

Scherbo vuelve de Paris y habla con su mujer. Le vuelve a preguntar. Ella le mira a los ojos y le dice que es el mejor gimnasta del mundo y le explica que lo es no por su talento, sino porque es el más fuerte mentalmente. Ella sigue con la rehabilitación. Él le vuelve a preguntar. Le dice que si de verdad quiere que vaya a los JJOO debe ir a Minsk, abandonarla y recluirse de todo y de todos. Ella le dice que sí. Scherbo llama a su entrenador y se marcha a Bielorrusia donde va a entrenar como un poseso. Llega a tiempo para ganar una competición en Puerto Rico. Al final Scherbo irá a Atlanta. Como una incógnita. Pero irá.

Era Vitaly Scherbo. El ganador de 6 medallas de oro en Barcelona. Pero no estaba en forma. Por lo menos no estaba en plena forma. Incluso el seleccionador bielorruso dudaba de él. El nombre imponía, los aficionados le daban vencedor. Los entendidos no le daban ninguna posibilidad. Había gimnastas más jóvenes, pero sobretodo más preparados.

Ganó 4 medallas de bronce, en la competición individual, salto, barras paralelas y barra fija. La ovación fue de órdago. La que más aplaudía era Irina, que con dificultades se había desplazado al pabellón olímpico.

Aun así Scherbo no estaba contento. Era un ganador y no le gustaba la autocomplacencia. No quiso atender a los medios. No estaba de humor. No había atisbos de la sonrisa que había enamorado a los barceloneses. Sólo atendió a la llamada de su mujer. Y cuentan que una vez que habló con ella, comprendió que aquellos 4 bronces tenían mucha más valía que los 6 oros de Barcelona.

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