juegos olímpicos

El cumpleaños de Hitler (2ª parte)

Goebbels y Hitler subieron al Mercedes 280S blindado camino del Estadio Olímpico Adolf Hitler. Según el plan trazado por el ministro de Propaganda, una vez finalizase la ceremonia de inauguración invitarían a subir al auto a Himmler con la excusa de tratar pormenorizadamente el dispositivo antiterrorista de los JJ.OO. Ocurre que, iniciado el camino de vuelta, a la altura de la Avenida de la Victoria (antiguamente Charlottenburger Chaussee) un artefacto explosivo estallaría en los bajos del Mercedes llevándose la vida de los tres jerarcas nazis. Se cumpliría así el deseo del Führer quien, consumido por el alzhéimer, había decidido inmolarse y dejar la dirección del III Reich a Albert Speer.

Para Hitler Berlín era una ciudad decadente. Allí el NSDAP había cosechado históricamente sus peores resultados cuando los nazis aun aceptaban el juego democrático. Como austriaco, consideraba la capital prusiana un lugar alicaído y simple y su objetivo siempre fue convertir a Berlín en un nuevo París, en una Roma imperial, o en una nueva Babilonia.

Los 81 países en los que se dividía el mundo entonces participaron en los Juegos Olímpicos. Se esperaba que el medallero lo liderase el III Reich. A la altura de 1972 Alemania ocupaba la mayor parte del territorio de Europa central y oriental, desde Bruselas al oeste hasta Kiev en el este y desde Tallin al norte hasta Creta al sur. Estados Unidos era el único país capaz de hacerle frente, aunque tanto Gran Bretaña, como Francia e Italia contaban con enormes deportistas con talentos procedentes de sus colonias africanas. Francia poseía la mitad de territorio continental que antaño, pero se le había permitido explotar una vasta zona africana. Se esperaba también gran actuación de las pujantes democracias sudamericanas, de los comunistas chinos y de la India, socio comercial preferente de Estados Unidos y la única democracia exitosa en Asia.

Speer había diseñado el Prachtallee (paseo de los esplendores) que recorría la ciudad de norte a sur. Con Berlín como eje, dicha avenida se tornaba en autopista de más de 3.500 kilómetros de largo conectando Nordstorn, una nueva ciudad creada en el Círculo Polar Ártico, con la Roma regida por Humberto II al paso de numerosos monumentos que recordaban a los caídos en la guerra.

En todo caso, recordemos que la ambición de Hitler era crear un nuevo Berlín a través del tradicional eje este-oeste. Para ello, al oeste de la puerta de Brandemburgo, y para continuar con los bulevares de Under den Linden, se atendió a crear una amplísima y rectilínea avenida que desde la citada puerta atravesase el Tiegarden, bordease la columna de la victoria prusiana y cruzase por un puente el último meandro del río Spree, camino de una zona residencial que culminaría con la explanada del aeropuerto de Tempelhof. Hitler había dado carta blanca a Speer para no escatimar en gastos y usar a terroristas y disidentes como mano de obra esclava. El proyecto había finalizado años atrás, pero se seguían derribando viejos edificios y reinstalando a ciudadanos, dando siempre la sensación de que Berlín era una ciudad en continua transformación que superaba ampliamente los diez millones de habitantes.

Cuando Hitler y Goebbels subieron al Mercedes camino del Estadio Olímpico, el Führer echó la mirada atrás y contempló lo que su mente había trazado y Speer había ejecutado. Abandonó el edificio de la segunda cancillería, su palacio residencial. Allí, había almorzado horas antes junto a los miembros más destacados del equipo olímpico alemán. El refrigerio había tenido lugar en el salón Federico Barbarroja, una descomunal estancia que doblaba en tamaño el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles.

El Versalles nazi

Había hasta tres cancillerías presentes a lo largo de la llamada Avenida Hermann Göring, nombre con el que fue rebautizada ese mismo año la Avenida de la Victoria en honor a la memoria del orondo jefe supremo de la Luftwaffe. Hitler iba a realizar el corto viaje hasta el estadio ante la aclamación de miles de berlineses. Esto era así porque en los desfiles y en las grandes ocasiones el tráfico rodado tenía lugar en el exterior. En el día a día, tan sólo los servicios públicos y los vehículos oficiales compartían trayecto con los transeúntes. El resto del tráfico rodado compartía subsuelo con el metro gracias a un descomunal túnel que seguía el eje de la avenida de forma subterránea.

Al poco de salir de la cancillería y acceder a la Avenida Hermann Goring, en su extremo norte, se ubicaba un gran foro abierto conocido como Grober Platz, con una superficie de alrededor de 350 000 m². El conocido comúnmente como Palacio de los Foros Populares tenía capacidad para albergar a 150.000 personas y era el lugar donde se celebraban los grandes actos del Partido Nazi. La idea era superar al Panteón romano construido 2.000 años atrás y mantenerlo en funcionamiento al menos un par de siglos. En la parte sur de la gran plaza se ubicaba el nuevo edificio de la Wehrmacht. La antes majestuosa Puerta de Brandenburgo palidecía ante la magnitud de los edificios que ahora le hacían sombra. Al sur estaba en construcción la nueva terminal de la estación central de Berlín, con un movimiento de tierras de proporciones gigantescas.

Avanzando hacia el este, ante un estruendoso clamor popular, la comitiva del Führer se dispuso a atravesar el Arco del Triunfo. En total había dos en Berlín y muchos más por todo el III Reich. El más pequeño se situaba al este, dirección Moscú. Tenía tres veces más altura que el parisino y tenía grabado el nombre de todos los caídos en el frente oriental durante la guerra. Estaba situado a las afueras de Varsovia para dar la bienvenida a todos aquellos eslavos que osasen penetrar en Alemania. A partir de ahí, y hasta llegar a Berlín, la autopista estaba adornada con enormes monolitos acabados con la esvástica nazi. Cuando la autopista se convertía en avenida al llegar a los arrabales de Berlín, amplísimos bulevares adornados con artillería soviética capturada durante la guerra recordaban lo sangriento del camino entre Moscú y Berlín.

Pero aquel era el camino a la oscuridad. El camino de la luz, el que de Berlín salía dirección oeste rumbo a París, se iniciaba con un descomunal Arco del Triunfo que superaba en hasta diez veces al diseñado por Napoleón. Hubo de hacerse numerosas pruebas de construcción para ver si el terreno era suficientemente sólido para soportar los pilotes de hormigón. Con sus 500 metros de alto en su interior estaban grabados todos los caídos en el frente occidental tanto durante la I como durante la II Guerra Mundial.

Traspasado el Arco del Triunfo, es turno del Volkschalle, otro edificio granítico diseñado para soportar el peso en terrenos pantanosos. El Volkschalle de 200 metros de altura y con una cúpula diez veces más grande que la basílica de San Pedro, es la sede de una inoperante Comunidad Europea. La inmensidad de su cúpula y la condensación provocada por los allí reunidos provocaban la aparición de una neblina artificial. Allí se reúnen los catorce países que conforman una Unión Europea que funciona bajo los designios del Reich alemán. Las banderas de todos los países se presentan ante la fachada principal, coronada por una enorme esvástica, la más grande del planeta, que en días ventosos es vista prácticamente en cualquier rincón de Berlín.

Avanzada ya la avenida, la comitiva presidida por el Führer, se adentra en el estadio que lleva su nombre. Creado ex proceso para los JJ. OO venía a sustituir al estadio olímpico de 1936. Se trataba de un edificio construido en un tiempo récord de apenas doce meses por más de 4.000 obreros que trabajaban día y noche para acelerar la finalización del edificio. Como reflejan las cifras el esfuerzo en mano de obra era mayúsculo, así como las energías y recursos de sus ingenieros. El granito era el material preferido para todas esas nuevas edificaciones, pero se encontró el problema de que no había suficiente en el Reich como para satisfacer los diferentes proyectos arquitectónicos. Ante la posibilidad de quedarse sin abastecimiento de ladrillos (su materia prima principal) Speer mandó crear una fábrica en el Campo de Concentración de Sachsenhausen, donde los prisioneros trabajaban como esclavos día y noche.

Se trataba de una montaña de granito y acero con capacidad para 400.000 personas. Hubo que cotejar procedimientos matemáticos y usar la tecnología que años atrás había permitido que una bandera nazi ondease en la Luna en un hito jamás antes alcanzado por la humanidad. El estadio se sostenía con cables de acero con ornamentación de mármol y hasta ribetes de oro en el palco, desechando por completo materiales baratos como el PVC, salvo para detalles insignificantes. Los materiales de construcción fueron suministrados de la propia Alemania, los equipos eléctricos de los Países Bajos y la madera de roble para los asientos de los espectadores fueron traídos desde Ucrania. El vidrio se trajo de Bohemia y de los cables de acero se encargó Polonia. Las impresionantes columnas sostenían un espacio de 227.000 m², que tras el evento vería reducida su capacidad a 300.000 asientos. El Estadio Olímpico Adolf Hitler tenía ocho pisos y 60 metros por encima las azoteas del estadio. Contaba también con un pabellón anexo de 60 metros de largo, suficiente para cubrir la sección de los soportes.

Aquello era digno de dioses.

Olympiastadion

Iba a comenzar la ceremonia de inauguración.

Más de 70.000 jóvenes de la Juventudes Hitlerianas proporcionarían un espectáculo imaginativo, armónico y deslumbrante. La música, la danza, la gimnasia y la acrobacia facilitarían dos horas de entretenimiento presencial y televisivo inaudito.

81 países tomaron parte en la sesión inaugural de los Juegos. La salida de los participantes, como es tradicional, se inició con la presencia, en primer lugar, de Grecia. Por orden alfabético fueron desfilando los deportistas. A los comunistas siberianos de la URSS se les permitió desfilar sin bandera como protesta al régimen nazi. El público, aleccionado por la propaganda, reaccionó con un gélido silencio que asustó hasta al más valiente de los rebeldes. Mientras, Estados Unidos y algunas de las democracias sudamericanas decidieron salir con bandera al viento y sonrisa de oreja a oreja, pero torciendo el gesto al pasar por delante del palco presidido por el Führer. Lo cierto es que dio igual. La espectacularidad de la ceremonia fue tal que los gestos reivindicativos y de protesta sonaron ridículos ante la majestuosidad de lo allí preparado por los nazis. Alemania, que cerró el desfile, pasó triunfante dando la vuelta olímpica al estadio con los acordes del himno nacional y una inmensa esvástica.

Por vez primera desfiló el equipo olímpico de Irlanda, compuesto por una docena de deportistas. Tras décadas de conflictos sociales y muertes violentas, los irlandeses lograran el año anterior su independencia bajo el beneplácito de Berlín. Para Londres fue una humillación más a cambio de poder mantener su ya decadente Imperio colonial.

Los 400.000 espectadores del estadio Adolf Hitler respondieron con gran calor ante la presencia de los equipos de los países amigos, y en una graduación de ovaciones podría afirmarse que Italia ganó la medalla de oro. Humberto II, monarca transalpino, aplaudía con júbilo, aunque entre bambalinas se mostró contrariado dado que tuvo que dejar su asiento a la izquierda del Führer a Richard Nixon, presidente de Estados Unidos. En la tribuna de personalidades también estaba Francisco Franco, general español, Emilio Médici, dictador brasileño y firme opositor a las democracias sudamericanas y Yaroslav Hunka, un neonazi que había vencido en las elecciones de Canadá bajo financiación alemana, quienes con ese golpe de efecto pretendían desestabilizar a Estados Unidos.

Pero el gran acontecimiento fue la presencia de Hirohito, emperador de Japón, considerado un semidios y al que sus súbditos sólo le conocieron la voz el día que por radio decretó la victoria japonesa en la II Guerra Mundial. Hirohito, de 70 años, iba por vez primera salir de su país para rendir visita a sus amigos nazis. La presencia de miles de hombres del Kenpeitai japonés en colaboración con la Gestapo alemana consiguieron un milagro que entusiasmó y sorprendió a espectadores de todo el mundo.

Estaba también Pierre Laval, presidente de Francia, y por Gran Bretaña Eduardo IX, el joven rey de Inglaterra. Era un secreto a voces que aquel jovenzuelo era el primer bebe probeta de la historia. Hitler había obligado a Eduardo VIII a divorciarse de Wallis Simpson ante la imposibilidad de la estadounidense a tener hijos. Obligado a casarse con la condesa alemana Irene de Solms, pronto se vio que lo de concebir no era problema femenino, sino masculino. La rubia alemana pudo haber yacido con otro hombre, pero los nazis querían dotar de sangre teutona al futuro rey de Inglaterra. Eduardo IX era joven, guapo, probeta y ferviente admirador del autoritarismo alemán.

Unas filas más abajo se encontraba su prima Isabel II, reina de Canadá y heredera legal del trono británico. Las antiguas colonias africanas británicas se mantenían bajo el control de Londres con el beneplácito de Berlín. No así las asiáticas, controladas desde 1945 por el Imperio Japonés del ya citado Hirohito. Australia se dividía en dos. La parte oriental, la rica, estaba bajo control nazi, mientras que, al occidente, traspasado un desierto infinito, se mantenía un gobierno independiente con el apoyo económico y la simpatía de Estados Unidos y Canadá. El presidente de Australia declinó acudir a la ceremonia de apertura.

Por supuesto estaba Ante Pavelic, dictador croata, el único al que alemanes e italianos permitían gobernar con libertad en Europa. De hecho, Hitler tenía cierto pánico a Pavelic, ya anciano, pero quien bajo sus dominios seguía ordenando gasear a desafectos, medida que los nazis habían ido aparcando con el paso de los años. Especial recibimiento tuvo la formación de Cuba, aclamados con su peculiar paso de oca, aunque menos marcial que el de los relevos de la Adolf Hitler Leibstandarte, la formación más legendaria de las SS. Los suizos portaron ramitos de flores, los mexicanos destacaron por su sobriedad y los húngaros fueron los más elegantes.

Hirohito (1901-1989)

El acto se inició en completa oscuridad con la llegada de una réplica del módulo espacial que tres años antes había llevado a los astronautas alemanes a la Luna. La realización televisiva enfocó en ese momento la mueca de repulsa de Breznev y la sonrisa falsa de Nixon. Millones de violines y trompetas de las SS salieron de las cuatro esquinas del estadio para iluminar el palco cuando en ese momento apareció tras una puerta gigantesca Adolf Hitler. Tras el himno nazi, la orquesta, situada en los bajos del graderío olímpico, anunció, con música de Wagner dirigida por el italiano Ennio Morricone, el comienzo de la segunda parte de la ceremonia. En la pista de atletismo hicieron su aparición grupos ataviados a la manera de la Grecia antigua. Los varones portaron los cinco anillos simbólicos y las hembras rosas de distintos colores. Diez cuadrigas ambientaron este prólogo.

De Grecia a Roma, de Roma a Barbarroja y los nazis salvando al mundo. Para dulcificar el momento y para dar un aire juvenil hubo una actuación de The Beatles, un grupo de popnazi inglés, y una oda al veganismo. Aquello despertó una tímida sonrisa de Hitler, quien hacía años había abrazado la corriente vegana y quien había dado su nombre a una fundación que buscaba el más allá en la comunión con la tierra y la naturaleza, aunque sin demasiado éxito. A pesar de que los nazis habían cortado cualquier financiación a las distintas religiones de su vasto imperio los creyentes de medio mundo seguían yendo a escondidas a sus respectivos lugares de culto. Para los nazis lo más preocupante tenía lugar en Oriente Medio, donde sus grandes reservas petrolíferas se veían siempre amenazadas por musulmanes fundamentalistas.

The Beatles

Tras los actos tocó discurso. Arno Breitmeyer, Reichführer de la Federación Nacionalsocialista para la Educación Física, dirigió unas palabras para luego presentar a Avery Brundage, presidente del COI. Aunque Brundage era estadounidense, era un títere de los nazis. Racista empedernido, había conseguido bloquear que los negros recibiesen cualquier tipo de remuneración por el patrocinio deportivo, coto dedicado en exclusiva al deportista blanco. Un henchido Brundage alabó a la organización nazi antes de invitar a Hitler a inaugurar los Juegos. Visiblemente aquejado de párkinson, Adolf hizo un tosco gesto con la mano para evitar ayuda y consiguió ponerse en pie por sí mismo. Con el brazo en alto Hitler dio por inaugurados los Juegos antes de que las trompetas pusieran música a notas de Beethoven y la multitud comenzase a entonar el ¡Heil Hitler! a viva voz.

Tras ese extasiado momento, y ya con una fresca noche primaveral presente en el estadio, un complejo de luces pasó a iluminar la puerta principal del estadio en donde uno a uno fueron pasando 18 mitos del deporte alemán en representación del número de la suerte de los nazis (1 + 8; la posición en el alfabeto de las letras A y H de Adolf Hitler). Ulrike Meyfarth, Renate Stecher, Armin Hary, Jozef Schmidt y Christoph Höhne (atletismo), Roland Matthes (natación) Hilde Krahwinkel y Gottfried von Cramm (tenis). A la llegada de este último hubo división de opiniones. Tras haber sido encarcelado por homosexual, el régimen nazi le había dado la libertad a von Cramm por sus triunfos en Roland Garros. El peaje para el ya senil von Cramm había sido considerarse culpable y rehabilitado de su enfermedad. Luego aparecieron Herma Bauma (balonmano), Reiner Klimke (hípica), Rudi Altig (ciclismo) y Vera Caslavska (gimnasia), la cual, aunque nacida en Praga, era alemana a todos los efectos. La traca final la pusieron los triples medallistas en gimnasia en 1936 Konrad Frey Max Schmeling y Alfred Schwarzmann, los campeones del mundo de fútbol en 1954 Fritz Walter y Helmut Rahn y el actual capitán de la selección de fútbol Franz Beckenbauer. El sueño nazi era contar con Emil Zatopek, el campeón olímpico de 5.000, 10.000 y maratón en los Juegos de 1952, pero había logrado escapar a América y conseguir la nacionalidad estadounidense, donde hacía fuerte propaganda por la independencia de Checoslovaquia.

El último en salir fue Max Schmeling, el antiguo campeón del mundo de los pesos pesados que también había sido un notable paracaidista durante la Batalla de Creta. Los 400.000 presentes hicieron ondear las bengalas que la organización había dispuesto mientras una enorme esvástica nazi engullía a una gigantesca bandera olímpica. El izado se hizo por fornidos veinteañeros, todos ellos, huérfanos de guerra.

Max Schmeling

El pebetero era totalmente diferente al de 1936. El nuevo estaba localizado encima del palco de autoridades, justo en la vertical del asiento dorado que ocupaba el Führer. Se diseñó un sistema semiautomático que se abriese y elevase desde el centro del estadio la llama olímpica continuando con el tema recurrente del módulo lunar. El cohete que portaba el fuego olímpico, con forma de esvástica, se posó al lado del pebetero, momento en el cual Schmeling se hizo a un lado y en un instante nunca antes visto en la historia del olimpismo cedió los bártulos a Hitler para que encendiese el fuego. Fue una sorpresa. Era Beckenbauer quien tendría que haber encendido el pebetero, pero en el aparte de la reunión matinal en la Cancillería le habían desvelado en secreto el cambio de planes. Todo había sido idea de Goebbels. quien se había empeñado en que ese fuese el último recuerdo que la humanidad tuviese del Führer. Hitler había declinado el ofrecimiento en repetidas ocasiones, pero al final aceptó el capricho de su fiel acólito y se dispuso a encender la llama olímpica. En ese momento un contingente de 20.000 soldados de la Wehrmacht hizo su aparición mientras la Orquesta Filarmónica de Berlín entonaba el himno alemán.

La ceremonia había finalizado.

¡Sieg heil!

Todo había rozado la perfección. La sincronización fue absoluta. Hubo momentos repletos de entradas y salidas trepidantes. El espectáculo se salió de todos los moldes. En la vieja tradición olímpica nunca se había visto algo similar. Los nazis demostraron que a nivel de organización eran insuperables. La anécdota de la tarde la protagonizó un joven norteamericano, quien lució en el graderío una pequeña bandera de su país mientras que con un mechero intentaba quemar un banderín nazi. El acto propagandístico se sabría después, porque no llegó a televisarse. Tan sólo los allí presentes, en los cuatro espectaculares tableros electrónicos del estadio, pudieron apreciar el acto de locura de aquel idealista.

Acabada la ceremonia Hitler saludó a Eduardo IX con sinceridad y le preguntó por la salud de su familia. Se entristeció al ver a Franco tan viejo, y se acordó de todos aquellos que ya no estaban, caso del siempre simpático Mussolini, y que de una forma u otra le habían acompañado en aquellos años macabros de la II Guerra Mundial. Hasta asomó un ápice de angustia en su rostro al recordar el cadáver de Churchill cuando decidió suicidarse con una cápsula de cianuro mientras esperaba sentencia en los Juicios de Nuremberg. El caso es que, al haberle dado la mano flácida e inerte a Franco, se felicitó al haber tomado la decisión de dejar este mundo. Él no iba a acabar así.

Había una cena oficial a la que el Führer declinó acudir tal y como había pactado con Goebbels. Himmler iba a hacerlo en su lugar, pero fue Speer el que ocuparía el asiento en el opíparo banquete. A Himmler le extrañó el cambio de planificación a última hora. Él tendría que haberlo sabido. Mucho más le extrañó que Breznev no acudiese a la cena y enfilase la avenida dirección oeste rumbo a Tempelhof. Aquello no tenía sentido. La ausencia del dirigente comunista era una ofensa en toda regla y ni a Hitler ni a Goebbels les preocupaba lo más mínimo.

Himmler decidió que en cuanto llegase a su despacho haría un par de llamadas para averiguar que estaba a suceder. Mientras tanto se subió al Mercedes blindado y acompañó a Hitler en la parte de atrás. Joseph Goebbels enfilaba el asiento de copiloto. El vehículo tomaba rumbo este en dirección a la Cancillería.

–  La ceremonia ha sido fantástica – dijo Goebbels mientras Hitler asentía con la cabeza -. Creo que superior a la de 1936.

– ¿Sabe? – replicó el Führer -, me gustaría que mis cuadros fuesen expuestos en una galería de arte en Linz, cerca de la casa donde nací.

Himmler alzó la cabeza y miró con extrañeza a Goebbels.

– Ha sido un honor mi Führer. Hubiese matado a mi madre por usted si me lo hubiese pedido sentenció Goebbels -.

Cuando Himmler se dio cuenta de lo que iba a suceder el coche saltó por los aires al poco de traspasar la Puerta de Branderburgo.

Adolf Hitler había muerto.

¡Sieg Heil!

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El cumpleaños de Hitler (1ª parte)

20 de abril de 1972. El día amanecía plomizo, pero las colosales vidrieras de la habitación provocaban que la claridad del amanecer se abalanzase sobre la estancia. Eran las seis de la mañana y Adolf experimentó una fugaz pero brusca sensación de enfado cuando acudieron a despertarle. Se incorporó lentamente y pidió ayuda para salir de la cama. Con parsimonia irguió los brazos y una joven pizpireta le quitó su pijama de lino lavado bordado con sus iniciales. Aquel día Adolf Hitler cumplía 83 años.

No era un cumpleaños cualquiera. Aquejado desde la cincuentena de párkinson y con un alzhéimer galopante, ese día iba a ser el último del Führer presidiendo un acto público. Había gastado millones de reichmarks en buscar inútilmente una cura, fracaso que le había costado la vida a unos cuantos científicos. No obstante, cuando la lucidez se lo permitía, seguía siendo tan implacable como de costumbre. Consumido su cuerpo y abandonada su mente, no tenía intención alguna de ser un estorbo para Alemania. En sus planes no estaba pasar sus últimos días en una institución psiquiátrica. Hitler era un hombre de principios. De escabrosos, deleznables, ruines y asquerosos principios. Pero de principios.

Ordenó a Goebbels que lo asesinarán.

El también enfermo y cojo ministro de Propaganda trazó un plan. Hacía años que Alemania se desangraba en la marca del Este, en las cuencas petrolíferas del Cáucaso y las llanuras ucranianas, donde convivían a partes iguales las casas de veraneo nazis con los campos de trabajo y los fantasmas de sus homólogos de exterminio. La guerra había terminado en 1944 tras la fastuosa victoria en Stalingrado el invierno anterior y la toma de Moscú por parte de la Wehrmacht aquel verano. Una vez caído el frente, Stalin se había suicidado. Regida por Breznev, la URSS seguía existiendo formando un vasto, pero irrelevante territorio, en Siberia, de nulo interés para los nazis.

Pero a inicios de la década de 1960 las colonias orientales comenzaron una guerra de guerrillas alentada por una nueva generación de comunistas. A pesar de los denodados intentos de Goebbels la opinión pública alemana estaba cansada de tanta guerra. La censura no podía parar la ingente llegada de imágenes de niños bombardeados por napalm y de inocentes perseguidos por helicópteros. La gente se defendía casa por casa y granja por granja mientras los ataúdes se acumulaban en el aeropuerto de Tempelhof.

Así pues, Goebbels trazó un plan con el beneplácito del Führer. Hitler acudiría a la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos. Una vez terminado el acto una bomba colocada debajo de su Mercedes 280S blindado acabaría con su vida. Goebbels orquestaría todo para culpar a la URSS y de paso involucrar también a los estadounidenses, los cuales llevaban décadas apoyando económicamente a la resistencia del oriente europeo. De este modo, la previsible rabia de la opinión pública permitiría aumentar el número de soldados enviados al frente.

Tan sólo había un pero; ¿Quién sucedería a Hitler? Joseph Goebbels se había auto descartado. Había decidido inmolarse junto a su Führer. Su mujer, lejos de escandalizarse, asumió con gusto la idea y decidió sumarse a la macabra fiesta. Hermann Göring, el durante décadas poderosísimo número dos, había fallecido en 1956 víctima de un ataque cardíaco. Lo mismo le ocurrió a Martin Bormann cuatro años después. A Adolf Eichmann se lo llevó por delante un cáncer en 1962. Generales victoriosos como von Brauchitsch, Paulus o Nimitz habían ocupado cargos ministeriales en el pasado, pero su presencia era anacrónica en 1972. No hablemos ya de Guderian o de Rommel, este último ya fallecido y convertido en traidor al Reich tras su fuga a Estados Unidos en 1944.

El sucesor natural de Hitler parecía Heinrich Himmler, Reichführer de las SS, pero su ambición le había traicionado. Llevaba años maniobrando para suceder a Hitler y sus cartas estaban sobre la mesa. Además, Heydrich, su fiel mano derecha, había fallecido víctima de un ataque terrorista en Polonia meses atrás. No. Hitler lo descartó por completo. Himmler recordaba a un pasado que los nazis pretendían ocultar. Para Hitler sólo había un posible sucesor. Y ese hombre era Albert Speer, su arquitecto de cabecera.

Para evitar el desacato de las SS y una posible insurrección, Hitler ordenó a Goebbels asesinar también a Himmler. El hombre que creó un sistema centralizado de campos de exterminio también viajaría en aquel Mercedes con rumbo al averno.

Aquel 20 de abril, Himmler, Goebbels y Hitler saltarían por los aires.

¿Quién era Speer? Albert Speer era el arquitecto jefe de Hitler. Durante la guerra había sido el responsable de la distribución de armamentos y producción industrial. Tras la guerra ejerció de ministro de transportes y fomento hasta que fue sustituido por su hijo. Había sido el responsable de diseñar una fastuosa autopista de tres carriles que conectaba las regiones bálticas con el sur de España para goce del turismo alemán. Al borde de los 70, Speer seguía siendo un hombre cautivador, un conversador excepcional y una persona con grandes dotas comunicativas. Speer no era militar ni tampoco un SS. Era un civil. Y eso es lo que buscaba Hitler. Speer era el nazi bueno.

Y sobre todo Speer había hecho realidad el último gran sueño de Hitler. La construcción de Germania. La construcción de un nuevo Berlín. Un nuevo y gigantesco Berlín que el mundo iba a conocer en estos Juegos Olímpicos.

Germania

Ni era la primera vez que Berlín albergaba unos Juegos Olímpicos ni tampoco era la primera ocasión en la que los alemanes ejercían de anfitriones. Pero dado que los nazis solo admitieron a sus aliados en los JJ. OO de Núremberg 1948, hubo que esperar a Roma 1960 para ver en acción a Estados Unidos y a la totalidad de democracias latinoamericanas del bloque occidental. Desde entonces los Juegos Olímpicos se convirtieron en un campo de combate a mayores entre la guerra fría que Estados Unidos y el Imperio nazi estaban librando. Ocurre que los Juegos de Berlín 1972 tenían algo aún más especial. Por vez primera se admitía la presencia de los comunistas siberianos de la URSS y de la China popular. A cambio, Estados Unidos reconocía como país independiente a Taiwán y al régimen nazi cubano que, liderado por Fidel Castro, amenazaba con sus misiles las costas norteamericanas a escasos 40 kilómetros de distancia.

La ceremonia tendría lugar a media tarde. Parecía que, aunque nublado, la lluvia no haría aparición. Lo habitual era competir en verano, pero fue idea de Goebbels hacer coincidir los Juegos con el cumpleaños de Hitler. Aun así, la agenda de Hitler estaba repleta aquella mañana. Hacía años que utilizaba traje y corbata en el día a día, pero continuaba usando el uniforme pardo del partido nazi para los actos oficiales. Con el brazalete en el brazo izquierdo y con la cruz de hierro de la I Guerra Mundial y la medalla como creador de la Gran Alemania de 1944 en el pecho.

Hitler desayunó con Arno Breker, quien había diseñado la primera mascota de la historia de los Juegos Olímpicos. Se trataba de un pastor alemán con un collarín que tenía dibujados los aros olímpicos. La idea de Breker era usar como mascota a un perro salchicha, el más común del país, pero a Hitler le aterraba la idea. Más tarde tuvo una reunión con la cineasta Leni Reifenstahl, que ya se había encargado de la dirección cinematográfica en 1936 y en Núremberg 1948. En esta ocasión le acompañaba un joven de veintitantos llamado Rainer Fassbinder, quien, a pesar de tener un talento descollante, estaba siendo vigilado por la Gestapo por ser un posible elemento disidente.

Para el almuerzo Hitler se reuniría con una representación de los deportistas alemanes llamados a conquistar el oro olímpico. Destacaban Roland Matthes en natación y Renate Stecher y Ulrike Meyfarth en atletismo. Todos lograrían medallas ante sospechas de un dopaje de Estado que los nazis llevaban años practicando en mayor o menor medida. No podrían evitar que el estadounidense Mark Spitz, el finés Lasse Viren, la soviética Olga Korbut o el británico Kipchoge Keino se convirtiesen en reyes de los Juegos. Por suerte, el velocista ucraniano Valeri Borzov competía bajo bandera nazi.

También eran nazis los polacos Lato y Deyna, futbolistas del Schalke 04. Por vez primera los futbolistas profesionales competirían en los Juegos. Era una medalla de oro segura. El FC Bayern era el actual campeón europeo, liderado por Franz Beckenbauer, el cual se afanaba por agradar a Hitler en la mesa siempre encantado de entablar relaciones con las altas esferas. El Bayern había sucedido al Schalke 04 como primer campeón alemán europeo, una fantástica idea promovida por la revista Kicker a mediados de los 50. Era tan superior el nivel de la selección germana que futbolistas del nivel de Ivo Viktor o Oleg Blokhin eran suplentes, mientras que otros como Allan Simonsen alternaban el banquillo con la titularidad.

Finalizado el almuerzo, Hitler deseó suerte a todos los deportistas y tuvo un aparte con Beckenbauer, quien sería el encargado de abanderar a la delegación germana.

Cansado por el trajín de los acontecimientos, médico y enfermera atendieron en privado al Führer. Durante la comida se mostró ausente por momentos, pero sus acólitos se encargaron de ocultar sus defectos. Luego dormiría una breve siesta. Media hora después, una vez examinado y aseado, Hitler exigió la presencia de Goebbels antes de abandonar la Cancillería. El ministro de Propaganda comentó que todavía había tiempo a dar marcha atrás. Hitler, pensativo ante la gran bola del mundo de su despacho, giró la cabeza, contuvo la mirada y exclamó:

¡Sieg Heil!

Goebbels se cuadró, devolvió el saludo y ordenó que el chófer se plantase delante de la Cancillería.

Hitler en 1972

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Halina Konopacka

Leonarda Kazimiera Konopacka-Matuszewska-Szczerbińska nació en 1900 en una pequeña villa del interior de Polonia. Era de familia bien. De ahí su retahíla de apellidos. Eso le permitió que, aun siendo mujer, practicase hípica, natación, patinaje y tenis. Halina, como era conocida, era alta, medía 180 centímetros y tenía la piel morena y los ojos marrones, dado que su padre era tártaro. No era una valkiria polaca, sino que asemejaba ser de otras latitudes. Sorteada la I Guerra Mundial sin mayores problemas para su familia, al acabar la contienda inició sus estudios universitarios en Varsovia donde se aficionó al atletismo, especializándose en lanzamiento de disco. En 1927 estableció el récord del mundo de la especialidad. Con todo practicó distintas disciplinas sumando en su carrera 27 récords nacionales diferentes.

Con esa carta de presentación Halina Konopacka acudió a los Juegos Olímpicos de Ámsterdam de 1928 donde lograría la medalla de oro con un nuevo récord del mundo. Lo mantendría durante cuatro años y nunca jamás sería batida en una competición de disco. Competía siempre con una boina roja muy llamativa y su mezcla de rasgos fasciales, que la hacían sumamente atractiva, le acabaron de dar el apodo de Miss Olimpia. Fue recibida con honores en Polonia, donde fue la primera campeona olímpica del país, antes de retirarse para dedicarse a su marido y a su familia tal y como establecía la sociedad de la época.

Contrajo matrimonio como Ignacy Matuszewski, diplomático, coronel del ejército y ministro de Hacienda en hasta cinco gobiernos polacos diferentes. Con todo, Halina era de todo menos una ama de casa al uso. Y ni su marido pretendía que lo fuese ni lo hubiese conseguido de haberlo deseado. Halina Konopacka siguió practicando deporte. Esquí y tenis, además de escribir artículos deportivos en prensa. Fue invitada de honor en los Juegos Olímpicos de 1936, tanto en su versión invernal como en la veraniega, y en 1938 pasó a formar parte del Comité Olímpico Polaco.

Konopacka hablaba cuatro idiomas diferentes y escribía como los ángeles. Se licenció en filosofía y publicó varios poemarios, especializándose en temas amorosos y en la relación entre iguales del hombre y la mujer.

Halina

Con esto bastaría para una interesante biografía. Bella, erudita, culta y todo en un cuerpo de 1’80 que se movía con gracilidad.

Pero aún hay más.

Cuando Hitler ocupó Praga en marzo de 1939 Ignacy Matuszewski ideó un plan. Consciente que más pronto que tarde los nazis invadirían Polonia, consideró oportuno trasladar las reservas de oro polacas al extranjero. Para llevar a cabo su plan Matuszewski contó con su mujer. Ambos harían viajes en coche aparentando desplazamientos de ocio en pareja para no levantar sospechas. Así movieron el dinero en dirección a Rumanía. Ocurre que la escalada bélica aumentaba por momentos y no estaba claro que el plan pudiese finalizarse antes de que la II Guerra Mundial estallase. Fue entonces cuando Halina dio un paso más y decidió hacerse conductora de autobuses para poder mover una cantidad elevada de lingotes de un lugar a otro.

Llegó septiembre. Y comenzó la contienda.

En cuarenta días el ejército alemán habrá conquistado Polonia. Fueron cuarenta días de viajes interminables. Halina condujo autobuses sin descanso que pilotaba por la noche para evitar los ataques aéreos de la Luftwaffe. De día se ocultaba en bosques o granjas a la espera de un momento de calma. Los alemanes eran conocedores de la salida de las reservas de oro del país y la perseguían, pero Halina y otros valientes compatriotas polacos fueron capaces de llegar a Ucrania a través de Rumanía, descargar allí unas 75 toneladas de oro y transferirlas desde aguas del Mar Negro a barcos británicos. No habían acabado en esa travesía los peligros, pues se encontraban en sus aguas submarinos alemanes que tuvieron que esquivar. Así, llegaron a Estambul, de allí hasta Beirut, donde descargarían el oro en barcos franceses que arribaron al puerto de Marsella.

Ese oro serviría para aportar recursos al gobierno polaco en el exilio. Cuando Francia fue a su vez invadida por los alemanes, el oro se trasladaría a Gran Bretaña.

¿A qué espera Netflix o Amazon para hacer una serie?

Tras lograr el objetivo, y con media Europa ocupada por las fuerzas alemanas, Halina Konopacka y su marido tuvieron que marchar rumbo al exilio. Con un patrimonio considerable y una vasta red de contactos pudieron sobornar a unos cuantos nazis, lo que les permitió librarse del cadalso. Y con todo no fue fácil salir de Polonia. Viajaron por tren y carretera escondidos cruzando Francia hasta llegar a España. Una vez en Madrid lograron esquivar a varios espías nazis antes de establecerse en Lisboa, en donde cogieron un barco rumbo a Brasil. Ya más tranquilos, el matrimonio puso rumbo a Nueva York donde Halina quedaría viuda al poco de llegar debido a un infarto que segó la vida de su marido.

Konopacka y Matuszewski (p,plano)

Era 1946. La II Guerra Mundial había finalizado. Polonia mantenía su independencia, pero bajo un gobierno comunista títere de la Unión Soviética. Halina volvió a casarse, en este caso con un ex tenista, pero de nuevo enviudó. Como no podía ser de otro modo, Halina no quiso quedarse en casa a llorar sus penas.

Abrió una tienda de ropa y se lanzó como diseñadora. Se mudó a Florida y decidió estudiar Bellas Artes con 60 años. Se especializó en cuadros con motivos florales. Aprendió a tocar el piano y la guitarra y comenzó a pilotar coches de rallye. Alguien dijo de ella que era una mujer del Renacimiento. Y lo era. De verdad que lo era.

Únicamente volvió a Polonia en tres ocasiones. Todas bajo el régimen comunista. Falleció en enero de 1989, apenas un año antes de que la democracia volviese a su país. Sus cenizas serían trasladadas a Varsovia y se le daría la Cruz de Plata al Mérito de forma póstuma.

“Polonia es como un tablero de ajedrez en el que unos juegan al ajedrez y otros a las damas. Nadie puede ganar, pero sí todos decir; he ganado”. Lech Walesa, presidente de Polonia (1990-1995).

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A los 100 años del gol olímpico

En 1916, para conmemorar el centenario de su independencia, Argentina organizó un torneo de fútbol al que invitó a Brasil, Uruguay y Chile. La propuesta fue un éxito y tuvo continuidad al año siguiente ya bajo el auspicio de la recién fundada Conmebol (Confederación Sudamericana de Fútbol) con el nombre de Copa América. Aquel juego traído por escoceses a través del Río de la Plata había evolucionado de tal forma que era en Sudamérica donde se practicaba el fútbol más avanzado táctica y técnicamente del planeta, siempre con el permiso de Gran Bretaña. Para muestra un botón. Mientras la Conmebol se crea en 1916 hay que esperar a 1954 para que en Suiza se funde la UEFA (Union des Associations Européennes de Football).

Trasladémonos ahora a 1921. Por aquel entonces tuvo lugar el congreso de la FIFA (Fédération Internationale de Football Association) en el que fue elegido presidente el francés Jules Rimet. Era Jules Rimet un hombre empecinado. Abogado de profesión y árbitro aficionado, nunca jugó al fútbol, pero demostró unas dotes organizativas y políticas de primer nivel. Su deseo era crear una Copa del Mundo de fútbol. Pero era un deseo a medio plazo. Sabía que ante la negativa inglesa a participar (con su flema inglesa se creían por encima del bien y del mal) y con un mundo en proceso de reconstrucción tras el fin de la I Guerra Mundial, debía esperar unos cuantos años. Apostó por una solución de compromiso. La decisión que tomó en aquel congreso de 1921 era que mientras ese momento llegara “la Federación Internacional reconocerá el Torneo Olímpico de Fútbol como un Campeonato del mundo amateur si éste es organizado conforme a los reglamentos”. Así entonces, la competición de fútbol de 1924 a celebrar en los Juegos Olímpicos de Paris iba a tener rango de Copa del Mundo.

En aquellos tiempos el fútbol sudamericano era un desconocido en el Viejo Continente. Fueron escoceses los que llevaron el juego a los puertos de Montevideo y de Buenos Aires. Y este hecho es significativo, dado que, a diferencia de los ingleses, los escoceses propugnaban un juego de pase y movimiento. Pronto los hijos de la inmigración italiana y española convertirían aquello en un fútbol dinámico donde la garra y el gambeteo iban de la mano.

La selección de fútbol de la República Oriental del Uruguay era la vigente campeona de América. Y su fútbol era avanzado. Algunas de las primeras referencias al líbero o al delantero centro móvil las encontramos en Uruguay. Pero por mucho que su nivel fuese excelso, que un país del otro lado del charco viajase a Europa se antojaba harto complicado. Había que afrontar un largo y pesado viaje en barco y solicitar una ausencia de un par de meses en el puesto de trabajo para poder prepararse y competir. La competición sólo daba permiso a la participación de amateurs, aunque era por todos sabido que la mayoría de los futbolistas cobraban bajo cuerda.

Atilio Narancio, presidente de la federación charrúa, vio en los Juegos de 1924 la oportunidad de elevar el nombre de su país a los altares. Vendió varias de sus propiedades para sufragar una expedición que iba a convertir en el sueño de su vida. Convenció a los más escépticos con una serie de partidos amistosos para sacar cuartos y, esencialmente, prometió la gloria eterna a los jugadores que viajasen con él a Francia.

La selección uruguaya desembarcó en el puerto de Vigo el 6 de abril de 1924 con una calurosa bienvenida de los aficionados gallegos, la inmensa mayoría de ellos con familiares repartidos a lo ancho y largo de Sudamérica. Era la primera vez que una selección sudamericana de fútbol viajaba a Europa. Y causó sensación. Disputaron nueve partidos amistosos en España, para saldar el consabido balance de cuentas, y salieron victoriosos en todos ellos. Impresión causaron las contundentes victorias ante el Real Madrid y Athletic de Bilbao, los dos grandes equipos del momento. Habían viajado en tercera clase en un barco que tardó mes y medio en cruzar el Atlántico, pero ya se vislumbraba que volverían a casa con billete de primera.

De Madrid a París serían unas 30 horas de tren y más de 3.000 espectadores (una cifra considerable en la época) verían la fácil victoria de los exóticos uruguayos ante Yugoslavia (7-0) en el primer partido del torneo. Después vencieron a Estados Unidos (3-0), Francia (5-1), Países Bajos (2-1) y a Suiza en la final (3-0). Uruguay había arrasado. El impacto fue tal que se estima en cerca del millón de mapamundis los que se vendieron en París y alrededores tras la victoria uruguaya, para poder así ubicar al pequeño país latinoamericano en el mundo. No era para menos. La ciudad de Paris contaba con más habitantes que la totalidad del Uruguay. En Montevideo se decretó fiesta nacional y se emitieron sellos conmemorativos. No era una victoria deportiva, era un éxito cultural y una prueba de que las jóvenes naciones sudamericanas podían competir contra los viejos estados europeos.

Toda Europa, salvo los orgullosos y profesionales ingleses, celebró el triunfo uruguayo como un triunfo del refinamiento. Las imágenes de la época nos enseñan lo que hoy conocemos como estilo sudamericano. Pases al primer toque y decenas de gambetas. Con un ritmo y una velocidad notablemente inferior al fútbol del siglo XXI, pero muy alejado del prototipo inglés de fuerza, balón el aire y todos al área.

Fue tan extraordinaria la actuación de aquella selección charrúa, que al acabar la final el público parisino que abarrotaba el Estadio Olímpico de Colombes (ahora ya no eran 3.000 sino 45.000 almas) irrumpió con una sonora ovación. Pierre de Coubertin (presidente del COI) se dirigió al seleccionador uruguayo y le propuso dar una vuelta al campo para que los jugadores fuesen saludando al público.

Había nacido la Vuelta Olímpica.

La primera vuelta olímpica

Meses después Uruguay disputó un par de partidos amistosos ante Argentina para conmemorar el triunfo. Primero en Montevideo para luego devolver visita en Buenos Aires. También servía como preparativo para la Copa América que se iba a celebrar dos semanas más tarde. El caso es que no eran unos choques amigables sin más. Ningún duelo entre charrúas y argentinos lo era. En toda Europa alabaron por bello el triunfo de Uruguay. En Argentina no hizo gracia alguna la victoria. Uruguay volverá a ganar los Juegos Olímpicos en 1928 y saldrá campeón del mundo en 1930 al derrotar en la primera final a Argentina. El balance en Copa América a esas alturas era de Uruguay (6) y Argentina (4). Los argentinos hubieron de esperar a finales de los 40 para ponerse en primera posición, pero no fue hasta 1978 cuando lograron su primer Mundial mientras los uruguayos sumaban dos. Aquello dolía hasta en lo más hondo el orgullo argentino. Olvídense de Brasil. No existe mayor odio futbolístico que el que hay entre las dos orillas del Río de la Plata. Y el balance, durante muchas décadas, fue favorable al pequeño país de la República Oriental del Uruguay.

En el campo bonaerense de Barracas (hoy recinto menor, antaño un pequeño coloso para 40.000 almas) la selección argentina recibe a la uruguaya. El partido se celebra un 2 de octubre de 1924. Hace un siglo de ello. En el minuto quince de partido el extremo izquierdo argentino, de nombre Cesáreo Onzari, se dispuso a lanzar un saque de esquina. El balón salió volando desde su pie y se coló en la portería sin que nadie la tocase. El público no lo celebró al no comprender lo que sucedía. Era la primera vez en la historia que se veía algo así. Los uruguayos se quedaron mudos. Cuando consiguieron hablar protestaron y aseguraron que su portero (Antonio Mazzali fue el primer retratado por la vergüenza) había sido empujado irregularmente. El árbitro no hizo caso alguno.

Luego se culpó al viento y se dijo que Onzari había tenido la intención de centrar y nunca de tirar. Él juró toda su vida que aquello había sido un intento de gol. La suspicacia siempre estará presente en este tipo de lanzamientos, pero podemos dar por buena la versión de Onzari. Justo ese año, 1924, la International Board había modificado el reglamento del fútbol. Hasta entonces el saque de córner estaba reglamentado como lanzamiento indirecto, por lo tanto, era ilegal el gol si la pelota no contactaba antes de entrar en la portería con algún jugador. Si Onzari había marcado el primer gol directo desde córner de la historia era, entre otros motivos, porque hasta esa modificación de la regla de 1924 haberlo hecho se hubiese considerado gol ilegal.

El gol de Onzari

El caso es que aquel gol causó impresión y pronto fue bautizado. Era el primer gol que Uruguay encajaba como campeón olímpico y la prensa hablaba del tanto como “el gol de Onzari a los olímpicos”. En adelante se simplificó la expresión para ser llamado gol olímpico. Así fue calificado el tanto de Onzari en parte por admiración al gol y en parte por admiración a esa gran selección uruguaya.

A partir de ese momento al tanto anotado directamente desde saque de esquina se le conocerá como gol olímpico.

— LOS GOLES OLIMPICOS —

Anotado desde el córner, el gol olímpico es el chaflán del fútbol. Si el tanto desde saque de banda (con la mano) está vetado, el de saque de esquina (con el pie) es quizás el más difícil que se le concede al balompié. Requiere ingenio trigonométrico ante la imposibilidad del ángulo, las decenas de cabezas y de piernas que pueblan el área y las manos del arquero siempre atentas a lo que podría significar una afrenta.

El gol olímpico es una suerte extremadamente difícil de ejecutar con éxito. Requiere técnica, pero también valentía para llevarla a cabo, y en el desenlace influye tanto la intención como el azar sin que nunca se sepa a ciencia cierta cuánto hay de cada. Uno de los goles olímpicos más celebrados tuvo lugar en 1953 cuando Hungría derrotó en Wembley a Inglaterra por 3-6 en el duelo que finiquitó para siempre la mal considerada superioridad inglesa. Aquella tarde Ferenc Puskás anotó un tanto ante Billy Wright tras dejarlo sentado en un fastuoso regate y luego convirtió un segundo gol tras saque directo desde la esquina pegándole con el exterior de su pie izquierdo. Muchos años después Roberto Carlos anotaría también un gol olímpico con el exterior defendiendo los colores del Corinthians en el ocaso de su carrera.

El gol olímpico es una suerte que cuenta con muchos más seguidores en América que en Europa. Prueba de ello es que el uruguayo Juan ‘Cococho’ Álvarez es el hombre récord al haber anotado ocho goles olímpicos en su carrera. En una ocasión, defendiendo los colores de Deportivo Cali, anotó dos tantos en un mismo partido disputado ante Deportivo Cúcuta. El más reciente, y también uruguayo, Álvaro ‘Chino’ Recoba cuenta con seis goles olímpicos y decenas de intentos fallidos a lo largo de su trayectoria. Ocho goles también se le contabilizan a Dejan Petkovic, un serbio que con 22 años pasó sin pena ni gloria por el Real Madrid y que luego tuvo una gloriosa carrera en Brasil con el cambio de siglo. Al bético Rogelio (1962-1978), al que apodaban La Zurda de Caoba por su exquisita técnica y que espetaba a los entrenadores aquello de correr es de cobardes porque era igual de bueno que de vago, se le contabilizan diez goles olímpicos entre partidos oficiales y amistosos.

Sigamos en Europa. Bernd Nickel. Doktor Hammer como apodo. Pequeño, pero de fortísimo disparo. Especialista en lanzamientos de falta. Más de 400 partidos defendiendo la camiseta del Eintracht de Frankfurt entre 1967 y 1983. Se le contabilizan cuatro goles olímpicos. ¿Lo reseñable? Uno en cada uno de los cuatro triángulos y los cuatro banderines de las cuatro esquinas de un campo de fútbol. A Charlie Tully, futbolista del Celtic en los años 50, le mandaron repetir lanzamiento tras un gol olímpico dado que el balón estaba fuera del triángulo del córner. Marcó a la primera y también a la segunda. En España destacó la figura de Jesús Landaburu, quien anotó tres goles olímpicos en una misma temporada aprovechando las dimensiones reducidas de Vallecas cuando militaba en el Rayo. Luego jugaría en Barça y en el Atlético, pero sin volver a repetir nunca más la hazaña.

Maradona únicamente anotó un gol olímpico en su carrera, aunque fue uno de los tres que anotó en un mismo partido de la Serie A ante la SS Lazio. No logró anotar ninguno en un Mundial, suceso harto improbable, dado que sólo ha ocurrido en una ocasión. Fue en el Mundial 1962. El colombiano Marcos Coll anotó un gol olímpico que sirvió para lograr el empate ante la Unión Soviética en un partido de la primera ronda. El portero agraviado fue el mítico Lev Yashin al que le llovieron miles de críticas y quien fue recibido a pedradas al volver a Moscú. Llegó a apartarse del fútbol durante unos meses para volver con fuerza al año siguiente y completar un curso brutal en el que únicamente encajo seis goles, lo que le valió el Balón de Oro de 1963. Yashin, por cierto, fue olímpico, y logró la medalla de oro con la URSS.

Por último, y como curiosidad final, en la temporada 2017/18 en el partido entre la ACF Fiorentina y el Bolonia FC de la Serie A se vieron dos goles olímpicos en el mismo encuentro. Jordan Veretout por los primeros y Erick Pulgar por los segundos marcaron un gol olímpico por cada equipo en un plazo de tres minutos.

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Paris 2024. Balance

En Gaza continúa un conflicto (así lo llaman) entre judíos y musulmanes creado por la torpeza occidental hace ochenta años y que lleva doce guerras y otras tantas treguas y las que quedan por venir. En Ucrania siguen esperando a que las negras de los chinos o las blancas de los americanos se cansen de mandar armas y alguien decida firmar unas tablas en la partida de ajedrez. Mientras, Arabía Saudí, Egipto, Etiopía, Emiratos Unidos e Irán forman un G5 alternativo y ponen en alerta a Estados Unidos y a China a la vez que Europa se dedica a mirar para otro lado. Eso sí, la Unión Europea aprueba la Ley de Inteligencia Artificial, el primer marco legal y regulatorio integral del mundo futuro. Ya se sabe que Estados Unidos inventa, China copia y Europa legisla.

En Irlanda deciden clausurar los tiempos del IRA escogiendo como presidente a Simon Harris, un joven político de 36 años líder del Sinn Fein. En el estado estadounidense de Minnesota deciden retirar de su bandera a un indio cabalgando en una pradera por una insulsa pero políticamente correcta estrella de ocho puntas. En Rusia Vladimir Putin es reelegido con el 87% de los votos y lo llaman dictadura mientras que en El Salvador escogen a Nayib Bukele con el 84% de las papeletas y lo llaman democracia. Edmundo González es el tercer presidente electo de la República de Venezuela que viajará por medio mundo encantado de conocerse mientras Nicolás Maduro ejercerá por tercera vez la presidencia de Venezuela desde el Palacio de Miraflores. En el Viejo Continente la extrema derecha da zancadas camino del éxito mientras los mandamases de la Unión Europea siguen sin saber darle la vuelta a una decadencia que comenzó en 2008 y los europeos de a pie seguimos sin entender que se puede ser ateo y defender los valores del humanismo cristiano, a menos que queramos pegarnos un tiro en el pie a medio plazo.

Un streamer de 13 años que responde al nombre de Willis Gibson se convierte en la primera persona del mundo en vencer en el videojuego de Tetris al llegar al nivel 157 y hacer resetear la Nintendo. Un vuelo a Singapur acaba con 321 heridos y un fallecido por culpa de unas turbulencias y después de un siglo de revoloteos por los aires descubrimos el sentido de ponerse un cinto de seguridad a 40.000 pies de altura. Desde el aire cazas de Corea del Sur lanzan panfletos a favor de la democracia y Corea del Norte responde enviando una flota de 260 globos llenos de basura y estiércol para que caigan al sur del paralelo 38.

El Madrid gana la Champions por decimoquinta vez con un delantero gallego llamado José Luis, pero decide fichar a un parisino llamado Kylian Mbappé que no puede asegurar títulos, pero si cientos de millones de euros. Al Papa Francisco se le va la lengua y dice que hay demasiados homosexuales y en Cataluña el gobierno progresista, solidario, europeísta y vanguardista de la Generalitat decide negarse a acoger a 31 menores inmigrantes no tutelados para seguir haciéndole chantaje al superviviente de Pedro Sánchez, mientras que el molt honorable Carles Puigdemont se hace un Arsène Lupin con el beneplácito de La Moncloa.

Fallecen Donald Sutherland y también Paul Auster, conocido por todos y leído por ninguno. Se nos va Akira Toriyama, leído por muchos y visionado por muchísimos más. Toriyama era a Son Goku como Glynis Johns era a Mary Poppins. Personaje, pero de carne y hueso, era también Manuel Ruiz de Lopera quien nos dejó al igual que Mario Zagallo y el Káiser Franz Beckenbauer. En España cambiamos de Káiser dictatorial a uno democrático y aquella crónica de la Transición nos fue relatada por la también finada Victoria Prego.

No fallecieron, pero un atentado estuvo cerca de acabar con la vida del desconocido presidente de Eslovaquia y otro atentado estuvo a punto de acabar con la oreja del archiconocido ex presidente y posible nuevo presidente de Estados Unidos. Los yankees podrán escoger entre Donald Trump, condenado en firme por 34 cargos judiciales diferentes y que supera en tres años la esperanza media de hombres en Estados Unidos, y entre Kamala Harris, una negra rica hija de jamaicano e hindú que le hizo la cama a su mentor porque dentro de su partido se tenía miedo de que en caso de que Joe Biden fuese escogido presidente dentro de cuatro años no se hubiese acordado de haber sido escogido como tal.

Y sí, Carlos Felipe Arturo Jorge, dos años más joven que Trump y seis años más joven que Biden, ya es Carlos III rey de Inglaterra. Tan sólo le quedan 68 años de reinado para igualar a su madre.

¡Al fin!

En Paris tuvieron lugar entre el 26 de julio y el 11 de agosto los Juegos de la XXXIII Olimpiada. La mascota fueron unos gorros frigios, símbolo de la Revolución Francesa. Se vieron poco. Poco o nada. ¿Alguien se acuerda de la mascota? Fueron unos Juegos urbanos y jóvenes fiel imagen de un mundo que desdeña lo rural y desestima a los viejos. Unos Juegos donde convergieron las ideas de la posmodernidad. La ceremonia de inauguración fue una procesión náutica por el Sena. Atrás, como una idea envejecida, queda el estadio olímpico. La llama, espectacular, flotó en globo en los jardines de las Tullerias durante quince días en el mismo lugar en el que los hermanos Montgolfier elevaron artefacto similar en 1782. Un lugar, hermoso, mágico, pero lugar donde hubo paseantes, pero nunca deportistas. El atletismo ya hacía tiempo que había dejado de ser el pivote olímpico, pero en Paris fue sustituido con amargura por calles y monumentos.

Los Juegos fueron devueltos a la gente tras ser enjaulados por culpa de una pandemia. La ceremonia fue una exaltación de una ciudad que es la exaltación con mayúsculas. Fue una postal bellísima donde ni siquiera la lluvia fue capaz de restarle majestuosidad. Pero fue también una ceremonia excesiva donde los deportistas eran simple decorado y se diluyeron como bancos de peces en medio de una red gigantesca. Fue tal el protagonismo de Paris que lo de menos eran los Juegos. La complejidad pensada para el disfrute televisivo y para la excitación de la inclusión acabó con el enfado de millones de católicos y con el gasto de 1.400 millones de euros para que Ana Hidalgo se bañase en el Sena cual Fraga en Palomares y hubiera que suspender por dos veces las pruebas del triatlón por el mal estado de las aguas del maltrecho río parisino.

Durante dos semanas una Francia exhausta por fracturas políticas y años de atentados mandó un mensaje de universalidad, algo que lleva haciendo desde hace 250 años. Y con todo hubo tropezones. Y unos cuantos. 5.000 sin techo fueron enviados a Orleans, Marsella o Lyon en una operación que nada tiene que envidiar a cuando 600 gitanos fueron expulsados de Berlín camino de un campo de concentración en 1936. Sudan del Sur consiguió una histórica participación en baloncesto empañada porque la organización hizo sonar el himno de Sudán en su primer partido (con Corea del Sur y Corea del Norte pasaría lo mismo). Los récords escasearon en la natación porque las piscinas tenían 2’25 de profundidad, cuando el estándar olímpico es 2’95. Por vez primera hubo igualdad de atletas machos y hembras en la Villa Olímpica, la cual estaba provista de centro de estética y un lugar de rezo para siete religiones…pero no contaba con aire acondicionado y sus paredes de cartón impedían dormir a aquel al que no le apeteciese una noche de fiesta, una noche de sexo o ambos placeres combinados.

El judoca argelino Messaoud Dris se retiró de los Juegos para no combatir contra un atleta israelí. A la triple ganadora olímpica Charlotte Dujardin no le permitieron competir por un vídeo suyo en el que le pegaba 24 latigazos a un caballo. Por el contrario, un tal Van de Velde sí que pudo disfrutar de los Juegos por haberse finiquitado su pena por haber violado a una niña de 12 años tiempo atrás. La selección de fútbol de Argentina empata en el último instante su partido contra Marruecos y 196 minutos después, previa invasión de campo, el VAR invalida el tanto del empate. Tom Daley gana la plata en santos de trampolín tras dos años retirado y sin realizar entrenamiento alguno para liberar la mente como si de un libro de autoayuda se tratase.

Una velocista nigeriana no pudo competir en los 100 metros lisos porque su federación se olvidó de hacer la inscripción. El italiano Gianmarco Tamberi perdió su anillo de casado en el Sena y no dudó en pedirle a su esposa que tirase el suyo al agua parisina antes de suplicarle nuevamente matrimonio. La egipcia Nada Hafez llegó a octavos en esgrima embarazada de siete meses y a la brasileña Ana Vieira la expulsaron de los Juegos por visitar la Torre Eiffel en sus horas de entrenamiento. Rayssa Leal sumó dos medallas en skateboard con apenas 16 años y se lo agradece a Jesucristo con lenguaje de signos…Pero para Jesucristo el de Gabriel Medina caminando sobre las aguas en Tahití a más de 10.000 kilómetros de la Villa Olímpica. La imagen de los Juegos.

Jesucristo sobre las aguas

El archiconocido Rafa Nadal fue un ex atleta que brilló en la ceremonia de inauguración mientras que el desconocido Mijain López se convirtió en el único atleta individual de la historia en ganar cinco oros en cinco ediciones consecutivas de los Juegos al participar en lucha grecorromana. Sydney McLaughlin ganó el oro en 400 metros vallas tras batir el récord del mundo dos veces en apenas mes y medio. Sorprendente fue la victoria de un jamaicano en lanzamiento de peso o la del botswano Letsile Tobogo en 200 metros, siendo el primer africano en vencer en pruebas de velocidad. El futuro ya está aquí.

El belga Remco Evenepoel se convirtió en el primer ciclista capaz de ganar los oros en ciclismo en carretera y en ciclismo contrarreloj. Lo hizo en un circuito urbano hermoso donde sorprendió la ascensión a Montmartre. Paris estuvo incrustada hasta los huesos en la competición. Maratón camino de Versalles, baloncesto 3×3 en la Concordia, judo en el Campo de Marte. ¿Qué quieren que les diga? La magia de Europa. Barcelona, Atenas, Londres, Paris…no será lo mismo Los Ángeles y mucho menos Brisbane. Pero volvamos a Paris, que aún estamos con el balance. El baloncesto masculino ganó el oro con sufrimiento gracias al extraterrestre Stephen Curry. Pero el verdadero Dream Team es el femenino, que sufrió más de la cuenta, pero donde Diana Taurasi, su capitana, sumó su sexta medalla áurea.

Hubo quien contaba con el oro y se llevó la nada. Podría ser el caso de la delegación española que sumó casi tantas medallas de chocolate como medallas en total. Una de ellas fue firmada por Carolina Marín en la imagen más desgraciada y dolorosa que nos ha legado estos Juegos. Medalla de chocolate también firmó el noruego bicampeón mundial Jakob Ingebrigtsen, quien hizo de liebre en el 1.500 para que los tres primeros hiciesen la carrera de su vida. Quien no tuvo problema para ganar el oro fue el sueco Mondo Duplantis, el cual regaló a la Torre Eiffel su noveno récord del mundo. Con 1,81 de altura, registro modesto para un saltador de pértiga, Duplantis es un ovni de una fuerza descomunal que usa una pértiga más larga que los demás, entra a tabla más rápido que el resto y hace la batida más cerca que cualquiera. Es perfecto, y es el único ser humano capaz de subirse a un segundo piso con un palo y lanzarse sin red al vacío.

Mondo Duplantis

Hubo varias reinas en los Juegos y un único rey. Entre las damas Katie Ledecky se convirtió en la mujer con más oros de la historia (9) y en el tercer atleta con más metales (14). Ledecky destaca en la natación de fondo y es de lo poco a lo que se puede agarrar Estados Unidos que únicamente sumó 8 oros de 34 posibles en la piscina, su peor porcentaje de éxitos desde 1956. Pero Estados Unidos puede presumir de Simone Biles. Recuperada psicológicamente tras su espantada en Tokio, Biles volvió de los infiernos para ganar tres medallas de oro más después de las ganadas ocho años atrás (una longevidad sideral para una gimnasta) en Río de Janeiro. Biles también demostró que es humana al caerse de la viga de equilibro. Pero dio igual. Biles es el equilibrio del exceso. Sus imprecisiones al recepcionar se deben a la dificultad de controlar tanta potencia. La diferencia con las demás es que Biles vuela y la elevación a la hora de ejecutar los elementos es fascinante. Majestuosa es en suelo, donde ejecuta dos movimientos que llevan su nombre y que son de máxima dificultad. En atletismo Sifan Hassan tocó metal en 5.000, 10.000 y en la maratón. Entre la carrera de los 42.000 metros y la de los 10 kilómetros apenas habrían 33 horas de distancia. No consiguió los tres oros de Zatopek de 1952 pero sí sumó un oro y dos bronces. Una salvajada. Hassan fue etíope en su infancia hasta que se convirtió en neerlandesa a los 15 años. Una prueba más de un mundo donde las fronteras cada vez son más liquidas.

Sifan Hassan

El rey de los Juegos no estuvo en la pista de atletismo, tan secundaria en esta cita parisina. El rey hay que buscarlo en la piscina. El éxtasis francés hizo de todos los recintos magia y en todos La Marsellesa era un cántico que surgía de las gargantas del pueblo. Los parisinos, y los franceses, aparcaron los lamentos y se entregaron a los Juegos con tal pasión que la resaca puede ser fenomenal. Pues no hubo lugar más exaltado que la piscina olímpica. Allí Léon Marchand hizo lo nunca visto. Firmó cuatro oros y cuatro récords olímpicos. Sus rivales eran Spitz, Lochte, Thorpe o Phelps. Estaban en la historia, nunca en el presente. Marchand es un nadador bajo (1,85) sin un físico extraterrestre pero capaz de brillar en las cuatro especialidades de la natación. Ganó los 200 mariposa y los 200 braza en apenas dos horas de diferencia. Ningún nadador había ganado un par de pruebas en el mismo día y mucho menos en dos disciplinas tan diversas. 17.000 franceses enfervorizados (Macron en mangas de camisa a la cabeza) vieron como ganaba sobrado los 200 braza (piernas) y culminaba un milagro en 200 mariposa (brazos) remontando en el último 50 ayudado por una vuelta a la piscina perfecta donde vio pasar el tiempo buceando debajo del agua.

El medallero fue liderado por Estados Unidos con 40 medallas áureas, en una durísima pugna que se resolvió el último día a favor de los norteamericanos frente a los chinos. Ambos gigantes sumaron la misma cantidad de preseas de oro. La diferencia radicó en que Estados Unidos sumó un total de 126 y China se quedó en 91 entre oro, plata y bronce. Francia sumó 64 medallas, un éxito descomunal dado que ya habían batido su registro histórico con ocho días de competición por delante. España firmó 18 medallas y una vez más no pudo superar su marca histórica de Barcelona 92. Y no habrá otra ocasión igual. Hubo un país que cuatro años atrás firmara 71 preseas. En Paris 2024 únicamente llevó a 15 deportistas a la competición olímpica. Fueron 0 medallas. Cero. Ese país es Rusia. Se supone que dentro de cuatro años no habrá guerra en Ucrania (se supone) y esas 50, 60 o 70 medallas volverán al cauce original.

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Caminada por millones de pies y gastada por miles de ruedas surge tras un enjambre de edificios perfectamente alienados la única batalla donde la luna saca bandera blanca y se retira desconsolada. Lugar de bulevares tan sublimes como crédulos, de museos fastuosos y restaurantes obscenos, de bosques magníficos y museos aparatosos, de colinas bohemias y puentes dispendiosos, de actores presuntuosos y de enmascarados sublimes, de piedra bañada en perfume y poetas que guardan guillotinas, de monárquicos republicanos y de ciudadanos del mundo de divino chovinismo.

Allí, donde el poeta dijo que todos tendríamos que ser enterrados porque es fiesta, allí, donde Enrique IV consideró que bien valía una misa, allí, donde los ojos café de Bogard nos aseguraron que siempre nos quedará, allí, donde la playa brotaba debajo de los adoquines, allí, donde quien no la visita nunca podrá ser considerado elegante. Allí es Paris. Dicen del que nace en Viena qué lo hace para vivir en Paris. Hay quien osa decir que morir de hambre en una calle de Paris es un arte. Y los hay, al otro lado del Atlántico, quienes sostienen que un buen estadounidense resucitará de entre los muertos para vivir en Paris.

Añádele tres letras y tienes paraíso, dijo Jules Renard.

Paris 2024

Paris era un universo dentro de un país. Sin embargo, era hueco, sucio y esquivo. Napoleón lo dotó de sueños, derechos y universalidad. Su sobrino era tan liberal como romántico, tan socialista como tradicionalista y tan ambicioso como incapaz. Y lo que su sobrino Napoleón III era, sin ningún género de duda, peor emperador que su tío. En cambio, fue mejor alcalde. Apoyado en el urbanista George Haussmann dotó a Paris de edificios altos y perfectos, iglesias mágicas y grandes alamedas que acabaron con las angostas, sinuosas e inmutables calles medievales.

Todo fue abrazado por unas gentes volátiles y complacidas que disfrutaban de su recién estrenada libertad en las galerías, en los teatros y en los cafés dando luz al genio, a la filosofía, a la frivolidad, al arte y, ¿por qué no?, también a la santidad y a la guerra. Todo el mundo fuera de esta realidad se hundía en la oscuridad y quería acercarse a ella, porque todo Paris era bueno, era bello y era esencial.

Los árboles majestuosos se afeitaban y se acicalaban para proteger con sus ramas a unas calles en las que los desamparados y los descarriados guardaban sus esperanzas en las aguas ensangrentadas y sudorosas del Sena. En Paris la conciencia era igual de corazón que de razón. Era Paris el lugar elegido por Dios para bajar a la Tierra. “Sus libros, sus periódicos, su teatro, su industria, su arte, su ciencia, sus modas, lo bueno y lo malo, el bien y el mal. Todo Paris agita a las naciones del mundo y las guía”, dirá Víctor Hugo cuando el plan urbanístico de la ville lumière termine en 1867 y escriba la que es considerada primera guía moderna de la ciudad.

Y fue entonces cuando apareció ella.

Para 1889 Paris iba a albergar la Exposición Universal y de paso celebrar el centenario de la Revolución Francesa. Hoy suceso menor, entonces se trataba de un acontecimiento extraordinario en el que se presentaban inventos, nuevos materiales y nuevas ideas desde un marco incomparable. En apenas unos kilómetros cuadrados se concentraban algunas de las mentes más brillantes del planeta en una época en la que los grandes desplazamientos seguían siendo una quimera.

En la Exposición de Paris 1889 más de 30 millones de visitantes en seis meses contemplaron maravillados los progresos en el campo de la electricidad y de las comunicaciones. También observaron con curiosidad la nueva cerveza de la casa neerlandesa Heineken, al temido Buffalo Bill convertido en una atracción de circo con indígenas, frutas exóticas como la piña y hasta música hawaiana, la cual cautivaría a un Claude Debussy quien semanas después compone Claro de Luna.

No obstante, la Expo de 1889 es la exposición del ferrocarril. Las locomotoras diseñadas en Gran Bretaña hacen las delicias de los visitantes, pero Francia guarda un as bajo la manga. Francia quiere demostrarle a los británicos que está preparada para rivalizar con ellos por el mando del mundo. Se crean galerías coronadas con cúpulas monumentales y pabellones dispersos por los jardines de todo Paris. La joya de la corona es la Galería de las Máquinas, con una extensión de 420 metros por 110 metros sin ningún punto de apoyo y que entonces es el edificio más grande del mundo.

Mas eso no era suficiente. El Gobierno francés quería algo majestuoso para conmemorar el centenario. En aquellos días los avances industriales y científicos son acelerados. Es lo que se dará en llamar la Segunda Revolución Industrial. Se desarrolla el capitalismo, se acepta el darwinismo, surgen los barcos de vapor, aparece la organización del tiempo del trabajo, los fertilizantes multiplican el rendimiento del campo y el acero y el aluminio cambiarán el sistema de producción. Semejantes avances hacen que el ser humano comience a cuestionar la existencia de un dios y pasa a creerse por sí mismo un dios propio. Y no hay mejor formar que conmemorar el progreso y mostrar tu divinidad que llegar a los cielos.

Y eso es lo que Francia se propone hacer para la Exposición de 1889.

No olvidemos que Julio Verne ya había ido a la Luna, recorrido 20.000 leguas en submarino y había dado la vuelta al mundo en 80 días. No había escritor más leído en el mundo en aquel momento y sus fantasías pseudocientíficas fascinaban de igual manera a los hombres que pisaban moqueta que a aquellos que pasaban hambre. Todos los países industrializados soñaban con construir un edificio de 1.000 pies, una frontera que se consideraba inabarcable para el ser humano. Esos 1.000 pies (300 metros) era el reto que Francia iba a presentar al mundo.

Se presentaron dos proyectos tan costosos como dificultosos. El primero era una torre de granito de 1.000 pies de forma circular y que en su cima tendría unos focos gigantescos que servirían para iluminar de noche buena parte de Paris a través de un sistema de espejos. Edison acaba de presentar un sistema de iluminación eléctrico que sustituía al gas y a las velas de las calles neoyorkinas. Era, pues, una idea con todos los visos de victoria. Era útil, arquitectónicamente perfecta, pero se tenían ciertas dudas sobre su viabilidad.

El otro proyecto consideraba una torre de hierro forjado de tres niveles con la posibilidad de crear dos terrazas a distintas alturas para que los visitantes pudiesen contemplar Paris a vista de pájaro. Para salvar la altura del segundo al tercer nivel se construirían un grupo de ascensores, invención presentada por Elisha Otis, y que permitía por vez primera hacer viable la construcción de rascacielos. Esta idea fue presentada por el ingeniero civil Gustave Eiffel y era de una perfección técnica envidiable. El problema es que era inútil y costosa.

Y fea.

El hierro era visto como un material de construcción. En las construcciones se usaba en vigas y se escondía para no dañar a la vista. Su uso ornamental era inexistente. Todos los intelectuales de Paris criticaban la construcción de una torre que haría minúsculo Notre Dame o el Arco del Triunfo y que destrozaba la estética clásica que Haussmann le había dado a Paris. Eiffel tiene todas las de perder, pero el Gobierno francés no quiere gastar miles de millones de francos en un proyecto del que no tiene la seguridad de que funcione, así que descarta la torre de granito y decide negociar con Eiffel.

La construcción

Eiffel recibirá un crédito que tendrá que devolver en un plazo de diez años. A cambio Gustave Eiffel tendrá el total control de los beneficios de explotación en los siguientes 25 años. No podrá construir la torre en el Campo de Marte para no dañar la estética parisina, por lo que tendrá que ensamblar las piezas en su taller de las afueras de Paris y trasladarlas de cuanto en cuanto a lo largo de dos años y gracias a la ayuda de 250 obreros. Un contratiempo que hará aumentar los costes. Por último, le imponen al arquitecto Charles Garnier, un firme opositor de la Torre Eiffel, para que ejerza de mano derecha y asesore a los ingenieros en términos de hermosura.

Con 330 metros la Torre Eiffel es inaugurada en marzo de 1889. Fue durante cuatro décadas el edificio más alto del mundo hasta que en 1930 se construyó el Edificio Chrysler de Nueva York. En tres años Gustave Eiffel recuperó el dinero invertido gracias al éxito obtenido. Un día se registraron más de 400.000 visitantes. Para entender la magnitud de la cifra basta recordar que en la actualidad el número medio de afluencia es de 25.000 por jornada.

La Torre Eiffel le permitió al hierro formar parte de la vida urbana, no sólo como material de construcción, sino también de ornamento. Mas no fue fácil. Poco antes de acabar la concesión se daba por hecho que se desmantelaría. Fue entonces cuando un alto mando del Ejército Francés se puso en contacto con Eiffel para instalar en lo alto un sistema de radio que permitiese salvar amplias distancias y poner en contacto inmediato a Paris con los cuarteles militares de la frontera francogermana. Eiffel aceptó de buen grado, corrió él con los gastos y la Torre siguió en pie. A partir de la década de 1960 recuperó el brillo de antaño resistiendo a los efectos de la corrosión y se convertirá en un éxito masivo y constante para el turismo además del símbolo universal de Francia tan bello como cualquiera de los bulevares y de los edificios diseñados por el Barón Housemann.

Ohh la lá!

El resplandor de Paris no necesita del deporte. Entonces tampoco necesita del fútbol. Por lo menos no lo ha necesitado hasta ahora.

Ha habido 23 equipos que han ganado la Copa de Europa de fútbol representando a un total de 21 ciudades diferentes (Milán y Mánchester tienen dos equipos campeones). Si nos detenemos a examinar a estas urbes observaremos tres tipos distintos de localidades. Ciudades provinciales con fuerte desarrollo industrial (Turín, Liverpool, Mánchester, Birmingham, Nottingham, Hamburgo, Dortmund, Rotterdam, Eindhoven y Marsella), ciudades provinciales que funcionan como segunda capital por motivos económicos, históricos o culturales (Milán, Glasgow, Barcelona, Ámsterdam, Múnich y Oporto) y capitales de países que necesitaron del deporte para reafirmarse durante una dictadura (Madrid, Lisboa, Bucarest y Belgrado).

La excepción a la regla es Londres (Chelsea FC) y no lo fue hasta 2012 por el empeño de un magnate ruso de los hidrocarburos llamado Roman Abramovich. Es decir, por causas externas. Exceptuando Londres (la segunda), las otras tres capitales más grandes de Europa no tienen representación en este listado. Moscú, Paris y Berlín. La quinta en la clasificación es Madrid, quince veces victoriosa. Pero la sexta, Roma, tampoco ha ganado nunca la Copa de Europa de fútbol. Y si seguimos bajando en la escala nos encontramos a Viena, otra ciudad huérfana de éxitos con el balompié. Ninguna de estas magníficas ciudades ha tenido la necesidad de enfatizar su relevancia a través de un club de fútbol. Todo lo que Víctor Hugo aplicaba a París puede ser aprovechado a todas ellas. Roma es igual al Coliseo; Moscú a la Plaza Roja; Berlín a la Puerta de Brandemburgo y Londres al Big Ben.

Dortmund es el Borussia, Eindhoven el PSV, Mánchester es (o era) el United y Turín es la Juventus.

Alguien exclamará, ¡pero el Chelsea ha ganado la Copa de Europa para Londres! ¡Y dos veces! Cierto. Ahí es a donde quería llegar. La victoria del Chelsea no es el esfuerzo de una ciudad, ni es fruto del desarrollo histórico de un club de fútbol. Ni siquiera el Chelsea es el gran equipo londinense, honor que ostenta el Arsenal o en su defecto el Tottenham. El triunfo del Chelsea es el reflejo de como el fútbol se ha convertido en el pasatiempo primordial de nuestro tiempo y en el principal motor económico de la cultura de ocio. El Chelsea es hoy una gran escuadra porque un acaudalado ruso decidió invertir una fortuna en comprar el equipo. En el siglo XIX, cuando Hausemann diseñaba buhardillas, apartamentos y palacetes, mandabas construir una piscina de oro en tu mansión, encargabas alfombras persas e invitabas a tus conocidos para regodearte. Hoy, si eres millonario, compras un club de fútbol y haces lo mismo que se hacía en los palacetes en el palco VIP de tu estadio.

Los parisinos nunca han tenido la necesidad de poseer un gran club de fútbol. Un parisino es ciudadano de la capital del mundo. Un parisino crea la Copa de Europa y observa como el resto del mundo lucha por conseguir el trofeo. Un parisino crea los Juegos Olímpicos para demostrar que la civilización griega y la francesa son el corazón y el alma del progreso. Un parisino organiza exposiciones universales porque su ciudad es el jardín de Occidente.

El Paris Saint Germain es un club relativamente joven. Fue creado en 1970 tras la fusión del Paris Football Club y el Stade Saint Germanois. Cuatro años después de su fusión alcanzaron la primera categoría del fútbol galo. En su escudo aparecen representados la Torre Eiffel y la flor de Lis de la monarquía borbónica, debido a que la corte de Luis XIV fue la que proporcionó notoriedad al arrabal parisino de Saint Germain. El club no ganó ningún título liguero hasta 1986 y no tuvo su primera época de esplendor hasta la década de 1990 cuando fue comprado por Canal +. La corporación mediática fue la primera en intuir que la globalización del fútbol iba a hacer de Paris un mercado muy apetecible e infinitamente superior al de ciudades de provincia como Burdeos, Nantes o Lille. Luego, con el PSG asentado como grande de Francia, vendrían Pauleta o Ronaldinho.

El gran cambio se producirá en 2011 tras la compra del club por parte de Qatar Investement Authority. Primero desbandarán a sus contrincantes franceses adquiriendo a las estrellas de otros equipos y luego asaltarán el mercado mundial a base de petrodólares. Pero no funciona. La máquina gripa. El PSG juega en el Parque de los Príncipes, una coqueta instalación insertada en el Bosque de Boulogne y cerca de las pistas de Roland Garros. Todo es très chic. No existe estadio que al ser imaginado evoque menos pasión y sudor. Todo lo contrario. Parece que vamos a acudir a ver una ópera o una obra de teatro y que bajando las escaleras del palco brotaran las pelucas, los tacones y los vestidos de vuelo. El Parque de los Príncipes. Es curioso. No hay nada más glamuroso y más monárquico que París, la capital de la democracia republicana.

El Paris Saint Germain va a ganar la Copa de Europa. ¿Cuándo? No se sabe. Igual que la ganó el Chelsea. E igual que la ganará la Roma o el Hertha de Berlín si algún magnate decide invertir su fortuna en el fútbol. Pero, por muchos trofeos que levante el PSG, para los parisinos y para el resto de los mortales (los turistas), Paris seguirá siendo la Torre Eiffel, Notre Dame, los Campos Elíseos y el Sena, pero nunca, nunca, nunca será un club de fútbol.

¿Quién quiere fútbol?

Por eso en Paris 2024 la Ceremonia de Inauguración no tuvo lugar en un estadio olímpico. No. Transcurrió en Paris. En sus calles. Bordeando el Sena. Paris no tiene que crear grandes instalaciones deportivas, ni rehabilitar barrios deprimidos ni engalanar sus aceras. No hace falta. Sólo tiene que decidir si hoy viste de Givenchy, mañana de Dior y el domingo de Chanel. Por eso el mejor escenario de los Juegos está en la calle.

Y no existe mejor lugar que a los pies de la Torre Eiffel.

El Campo de Marte es uno de los espacios verdes más reconocidos en todo el mundo. Encajonado entre la Escuela Militar al sur y la Torre Eiffel y el Sena al norte, esta explanada verde fue utilizada durante siglos como terrenos de entrenamiento y marcha por el ejército francés y hoy es lugar de sándwiches y refrescos para parisinos de diario y parisinos de vuelos baratos.

Todos los años se aprovecha el lugar para celebrar una competición de hípica, aunque curiosamente la vieja dama de hierro no vera caballos bajo sus pies. En el Campo de Marte se edificó un recinto temporal de 10.000 metros cuadrados que albergó las competiciones de judo y de lucha libre. Mientras, la arena cubrió el césped para darle a los competidores en vóley-playa las mejores vistas de todos los Juegos.

La playa de Paris

La Torre Eiffel gana a los lejos y pierde de cerca como una vieja dama bien arreglada. Lo que es inalterable al asombro humano es su fastuosa altura. Desde los orígenes ha sido escenario de múltiples hazañas deportivas. En 1905 tuvo lugar la primera competición que premiaba a aquel que subiese en menor tiempo los 674 peldaños de la Torre. Luego dejarán subir los 1665 completos. Los casi 1.000 de diferencia están cerrados al gran público y sólo se pueden salvar vía ascensores. Antes ya se había circundado la Torre Eiffel a base de dirigibles y motocicletas y después se hará con aviones y automóviles.

La Torre Eiffel también ha sido escenario de competiciones paracaidistas y de descensos y ascensos en bicicleta. En 1964, para celebrar su 75 aniversario, dos montañeros franceses treparon por sus remaches de hierro y años después se permitirán hazañas de equilibrismo desde la Vieja Dama. No pasará lo mismo con el puénting, que es penado por ley. Sin embargo, sí que se han organizado cursos de buceo en piscinas instaladas en la planta baja de la Torre o se han celebrado competiciones de patinaje en el mismo lugar.

En el año 2015 se da una vuelta de tuerca con la celebración de La Verticale, una carrera que se disputa subiendo a pie las escaleras de la torre hasta la cima. Fue un éxito y su crecimiento es exponencial año tras año. La Verticale invita a los aspirantes a subir los escalones del monumento hasta el tercer piso, donde se encuentra la línea de llegada, tras trepar 1665 escalones para llegar a su cima y sobrepasar los cerca de 300 metros de desnivel. Los candidatos al trofeo superan la centena y se enfrentan al reto por turnos siguiendo un orden establecido por la organización. La carrera se celebra en marzo y su salida se programa a las 20.00 horas cuando la noche ya le gana al día y termina más de dos horas después coronando al rey de la Torre Eiffel.

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En cada edición de los Juegos Olímpicos hay una estrella. Un deportista que es la excelencia dentro de la excelencia. En ocasiones ese elegido entre los elegidos no es uno solo. Pueden ser dos o hasta tres. Un rey o una reina sobre el tartán, otr@ surcando las aguas y un tercero entre anillas, potros y colchonetas. Lo curioso de Paris no es que hubiese uno ni dos ni tres. Es que hubo uno en directo y otros dos en diferido.

Fue en 1981. Medio siglo más tarde. Chariots of fire (Carros de fuego) gana cuatro Oscars, entre ellos el Oscar a la mejor película. Entre los que pusieron la pasta, por cierto, estaba el hijo de un multimillonario egipcio llamado Dodi Al-Fayed. Años después fallecerá en un accidente de tráfico junto a Lady Di, princesa de Gales, que en ese mismo 1981 contraía nupcias con el hoy coronado Carlos III del Reino Unido. El caso es que Chariots of fire ha pasado al imaginario colectivo gracias a los sintetizadores y al teclado de Vangelis y su banda sonora, canción por antonomasia para una carrera o un esfuerzo físico extraordinario. Realmente no mucha gente ha visto la película, y de los que la vieron poco más recordarán que la icónica carrera por la playa y la vanguardista melodía del compositor griego. Pero es lo de menos. Forma parte de la cultura moderna.

Carros de fuego cuenta la historia de los atletas británicos Harold Abrahams y Eric Liddell y su participación en las pruebas de atletismo de los Juegos Olímpicos de Paris de 1924. Como suele ocurrir en estos casos, son dos formas antagónicas de vida que recorren caminos distintos para llegar a un mismo objetivo. También, como suele ocurrir, la película tiene varias licencias artísticas, siendo la más relevante que Liddell si sabía que la carrera de 100 metros iba a disputarse un domingo antes de partir a Paris, cuando en el filme se dice que se enteró horas antes de la celebración de la prueba. Como veremos, la religión será pieza clave para entender la renuncia de Liddell a correr en domingo. Del mismo modo, en la religión hallaremos la explicación de por qué tan singular título para una película de atletismo. Y es que Carros de fuego hace referencia a un pasaje de la Biblia que expone como el profeta Elías fue llevado al cielo en un carro de fuego tirado por una cuadriga de caballos.

Harold Abrahams (1898-1978) era un inglés hijo de judíos procedentes de Lituania que se hicieron ricos con varios negocios. Abrahams recibió una educación elitista que le llevaría a estudiar Derecho en la Universidad de Oxford. Pretendía dejar de correr tras los Juegos de París para abrir su propio bufete de abogados. Eric Liddell (1902-1945) nació en China, donde vivían sus padres, unos misioneros protestantes escoceses que habían ido al país asiático en misión evangelizadora. Cuando Liddell tenía seis años regresaron a Escocia iniciando éste una carrera estudiantil en un colegio de misioneros que le acarrearía licenciarse en Ciencias Exactas por la Universidad de Edimburgo. Al mismo tiempo comenzó una carrera deportiva que lo llevaría a disputar dos torneos del Cinco Naciones de Rugby con la selección escocesa.

Abrahams tuvo que dar siempre un poco más de sí, ya que su condición de judío le causaba ciertas dificultades en la Inglaterra de la época. Para él, un joven de familia rica, el éxito deportivo era una forma de encajar dentro de la élite postvictoriana. Tenía dinero y un futuro brillante, pero por cuestiones de procedencia y de religión no se sentía aceptado de pleno derecho. Abrahams esperaba cambiar todo esto ganando la medalla de oro en los 200 metros, donde era el favorito, pero acabaría en un decepcionante sexto lugar.

Liddell era el verdadero bicho raro de esta historia. El tiempo que no dedicaba a entrenar lo entregaba a tareas de carácter social o evangelizadoras. Liddell era un predicador protestante. Así, meses antes de los Juegos, y, al contrario de lo que cuenta la película, la organización determinó que la final de los 100 metros lisos tendría lugar el domingo 7 de julio. Liddell tenía prohibido correr un domingo, día sagrado, y renunció a su prueba fetiche ante la presión, las protestas y la incredulidad de la federación británica.

Especialmente en Escocia la decisión fue tomada con gran pena, ya que Eric Liddell era el indiscutible favorito a conseguir el oro olímpico y un héroe nacional. Al final, Eric tomó la decisión de disputar las pruebas de 200 y 400 metros donde sus posibilidades eran mucho menores. Dedicó los dos últimos meses de preparación a cambiar sus hábitos de entrenamiento para potenciar su resistencia a coste de perder velocidad. En Gran Bretaña la polémica estaba servida. Muchos medios de comunicación discutieron sobre la decisión de llevar a un religioso radical a los Juegos. Otros, deslegitimaron a Liddell al considerarlo un antipatriótico escocés nacido en China. La pelotera se haría gigantesca cuando el día anterior a la final de 200 metros Liddell se presente en varias iglesias parisinas predicando. A pesar de todas las críticas, y con la opinión pública en contra, al día siguiente logró una inesperada medalla de bronce que le daba una vida extra y le descargaba de presión. Se había convertido en el aceptado mientras que Abrahams (con su sexto puesto) era la oveja negra. A Abrahams le quedaba una bala. La final de los 100 metros lisos. Sin Liddell, el favorito era el estadounidense Charles Paddock, vigente campeón olímpico. Pero Abrahams voló y alcanzó la notoriedad que tanto perseguía logrando el oro olímpico con récord de 10’6’’. Ya iba a ser aceptado como un igual en la élite londinense.

Faltaban los 400 metros. Por la calle siete, sin referencias y con un estilo poco académico de boca abierta y cabeza inclinada, Eric Liddell lograba la medalla de oro y destrozaba el récord del mundo. Se acababa de convertir en leyenda en el Reino Unido, y cuando comunicó que también renunciaba a correr el 4 x 100 al disputarse el domingo siguiente, a nadie pareció importarle. Sus pecados fueron perdonados.

SI Abrahams y Liddell fueron reyes de los Juegos en diferido, Paavo Nurmi se convirtió en el flamante campeón entre los campeones de Paris 1924. En el primus inter pares. Lo hizo de una forma irrepetible. Taciturno, arisco, serio, pesimista y sin amigos conocidos, Nurmi huía de los focos como de la peste. Una vez llegó a declarar que “la fama y la reputación son menos valiosos que un arándano podrido”. Nurmi ya había logrado cuatro medallas en Amberes 1920, pero lo de Paris estuvo a otro nivel.

Llegó a París para los Juegos Olímpicos de 1924 como el gran favorito y dispuesto a reventar todos los récords existentes. Y vaya si lo hizo. Fue un suceso sobrehumano. Obtuvo cinco medallas de oro olímpicas (fondo por equipos, 1.500 metros, 3.000 metros, 5.000 metros y cross campo a través -8.000 metros-) en seis días. Un programa de competición extenuante que jamás se ha vuelto a ver. Pero más allá de las preseas, lo que lo convirtió en un mito es cuando logró el doblete en 1.500 y 5.000 en poco menos de una hora.

Aquella semana de julio fue una de las más calurosas de la historia parisina con máximas que rondaron los 40 grados. Bajo ese sol acuciante Paavo Nurmi venció en la prueba de los 1.500 metros marcando un nuevo récord olímpico. Apenas una hora más tarde, exactamente 55 minutos después, tenía lugar la final de los 5.000 metros cuando el termómetro se acercaba peligrosamente a los 43 grados. Los rivales de Nurmi asumieron que estaría exhausto y corrieron a ritmo de récord del mundo desde el inicio para acabar con el finés. Viendo que sus competidores se distanciaban, Nurmi tiró su cronómetro al suelo (siempre llevaba uno en mano en una época en la que nadie controlaba el tiempo durante la carrera), se dejó de pamplinas y protagonizó una remontada que lo llevaría a ganar el oro sumando un nuevo récord olímpico.

Pero es que al día siguiente el termómetro en París se fue hasta los 45 grados, que en una metrópolis y con alta humedad daba una sensación térmica cerca de cinco grados a mayores. Era la jornada en la que tendría lugar la prueba de campo a través. De los 38 participantes tan sólo 15 consiguieron finalizar la prueba. Las crónicas dicen que hubo un atleta que, aunque logró terminar, cayó al suelo desmayado. La cantidad de colapsos que hubo entre espectadores y atletas hizo que el COI suspendiese por perpetuidad la prueba de campo a través del programa olímpico. Jamás se ha vuelto a disputar. Pero Paavo Nurmi ni se inmutó. Logró la victoria con una ventaja de más de un minuto sobre el segundo clasificado. Lejos del cansancio, clamaría más tarde que la eliminación de la disciplina era una injusticia inclasificable.

Su velocidad le hizo poseedor del apodo de Finlandés volador, pero su esquiva personalidad también le granjeó el seudónimo de Finlandés fantasma y El gran silencioso. Por entonces los atletas escandinavos eran los favoritos en las pruebas atléticas de los Juegos Olímpicos. El pionero fue Hannes Kolehmainen y Nurmi decidió seguir sus pasos. Comenzó a realizar una serie de entrenamientos espartanos. Añadía pesos a sus botas para dificultar la zancada o se agarraba al parachoques trasero de los trenes obligándose a correr a su mismo ritmo. Su estoicidad llegó al extremo de desfilar con una mochila llena de piedras a la espalda por voluntad propia mientras ejercía el servicio militar. Empezó a entrenarse por intervalos utilizando para ello los postes telefónicos que encontraba en los caminos, combinando intensidad larga y series explosivas. En una época donde las máquinas eran la modernidad, Paavo Nurmi era reflejo de su tiempo.

Nurmi convirtió esa zancada harmoniosa y regular en el arquetipo del corredor de medio fondo que desde entonces ha llegado a nuestros días. Pero corría siempre solo y, en caso de que alguien fuera lo suficientemente atrevido para acompañarle, aumentaba su ritmo y rápidamente lo agotaba. Sus propios compañeros de la selección finesa admitieron que tenían poco más que espiarlo para aprender algo de él. Y entre esos compañeros había auténticas leyendas. Ville Ritola ganó la carrera de 10.000 metros y de 3000 obstáculos y Finlandia se mantuvo en la elite del atletismo hasta que en los 60 el África negra cambió las tornas del juego.

Nurmi. El finlandés volador

Hubo otros deportistas más que destacables. William Delhart Hubbard se convirtió en el primer afroamericano en ganar una medalla de oro en salto de longitud. Lo curioso es que Robert LeGrende logró el récord del mundo en salto de longitud, pero dentro de la prueba del pentatlón, por lo que su hazaña solo le valió una medalla de bronce en su categoría. Harold Osborn logró el récord del mundo en salto de altura y Mariechen Wehselau el de 100 metros en natación de estilo libre. Se batieron hasta nueve récords del mundo y diez olímpicos.

La esgrima femenina hizo su debut en estos Juegos Olímpicos y la danesa Ellen Osiier obtuvo el título con una victoria rotunda sin perder ni un solo punto con sus rivales. Francia venció en waterpolo, rompiendo la hegemonía que había mantenido Gran Bretaña, que había vencido en los cuatro Juegos Olímpicos donde se había celebrado. Mientras, Gertrude Ederle venció en 200 metros en natación y dos años después se convirtió en la primera mujer en cruzar a nado el Canal de la Mancha. Por último, el sueco Oscar Swahn se convirtió en el olímpico de más edad al participar en tiro con 72 años. Cuando contaba 60 ya había conseguido tres medallas olímpicas y acabaría su carrera con seis preseas.

En fútbol Uruguay maravilló al mundo a través de continuas exhibiciones en el estadio de Colombes. Todos los participantes eran europeos salvo Estados Unidos y los charrúas quienes se embarcaron en un largo viaje en barco con destino al puerto de Vigo. Una vez en España disputaron un total de nueve amistosos que se saldaron con nueve triunfos. Uruguay practicaba un juego que era denostado en el Viejo Continente al usar y abusar del regate y al mover la habitual línea estática de cinco delanteros para buscar superioridades en el centro del campo. El juego de toque charrúa se llevó el oro tras vencer sucesivamente a Estados Unidos, Francia, Países Bajos y Suiza. Repetirán triunfo en Ámsterdam 1928 y obligarán a la FIFA a crear el Mundial en 1930. Para tan magno acontecimiento Uruguay será elegida sede de ese primer campeonato del mundo. Se construirá el estadio Centenario, llamado así porque en 1930 se celebraban los 100 años de la primera Constitución uruguaya. Los cuatro sectores del estadio serán bautizados como Tribuna América, Tribuna Olímpica, Tribuna Ámsterdam y Tribuna Colombes.

Y una cosa más. Meses después de la victoria uruguaya en los Juegos Olímpicos de Paris se disputó en Buenos Aires un partido amistoso entre Argentina y Uruguay. Vencieron los primeros por 2-1 gracias a un tanto de Cesáreo Onzari, quien lanzó un saque de esquina que entró sin tocar en ningún jugador en la portería defendida por el guardameta uruguayo. Aquello fue digno de mención y se aprovechó de una reciente reforma del reglamento ya que antes no se permitían los goles directos de lanzamiento de córner. El tanto pasaría al relato popular como el gol que Onzari le marcó a los olímpicos. Y, de este modo, con el tiempo el gol anotado directamente desde el saque de esquina será conocido como gol olímpico.

Vuelta olímpica uruguaya

La participación española fue un completo desastre. Lo habitual hasta Barcelona 1992. España contó con una delegación compuesta por 111 atletas, entre los cuales por primera vez se incluyeron dos mujeres, que fueron las tenistas Lili Álvarez y Rosa Torras, de las que la primera alcanzó los cuartos de final en tenis femenino. Álvarez había sido dos veces subcampeona en Wimbledon. No hubo medallas. El mejor puesto fue el obtenido por el aristocrático equipo de polo, que se quedó a las puertas del podio. También en cuarto lugar quedó Santiago Amat en la clase finn de vela.

Fueron unos Juegos en los que el cine y el deporte estuvieron estrechamente relacionados. Los noticieros ya se encargaban de informar de las hazañas de los deportistas y, aunque el sonido aun no estaba presente, en lo audiovisual la radio daba voz a los héroes y hacia omnipresentes a los periodistas. La relación entre el séptimo arte y los Juegos Olímpicos fue tal que no sólo Abrahams y Liddell tendrán su epílogo en forma de celuloide. Habrá un deportista con seis medallas olímpicas (cinco de oro) y un total de 67 récords mundiales al que los focos de los Juegos se le harán pequeños y acabará convirtiéndose en leyenda en los platós de Hollywood.

Nacido en Timisoara (hoy Rumanía entonces Imperio Austrohúngaro y de padres alemanes) Peter Johan Weismüller logró en Paris 1924 tres medallas de oro en natación y una de bronce en waterpolo. De joven había emigrado con sus padres a Chicago donde pasó a ser conocido como Johnny. Comenzó a destacar en la adolescencia con una técnica de estilo libre revolucionaria en la que giraba la cabeza para respirar y avanzaba con una patada oscilante. Eso le permitió batir varias veces todos los récords del mundo en estilo libre desde los 50 a los 800 metros. Su récord en los 100 metros libres se mantuvo en pie durante 17 años. Tras los Juegos de 1928 se retiraría sin haber perdido ni una final del campeonato estadounidense de natación ni de los Juegos Olímpicos.

De anchas espaldas, bien parecido y de 191 centímetros de altura, en 1932 la Metro-Goldwyn-Mayer le ofrece a Weismüller encarnar el papel de Tarzán, un gigante de enormes facultades físicas que tras perder a sus padres de niño es criado en la selva por una manada de simios. Weismüller hará un total de doce películas de la saga Tarzán en las siguientes dos décadas sin obtener el fervor de la crítica, pero convirtiéndose en uno de los actores más queridos por niños y mayores entre la década de 1930 y la de 1950.

Tarzán en la piscina

Weismüller contribuyó con sus cuatro medallas en Paris a que Estados Unidos liderase el medallero olímpico. Lo hizo con una superioridad aplastante al lograr un total de 99 preseas de las cuales 45 fueron de oro. En segunda posición quedó Finlandia, comandada por Nurmi y su excelente cosecha de atletas, quienes sumaron 14 medallas áureas para un total de 37 metales. El tercer lugar del pódium sería para la anfitriona Francia con 13 medallas de oro y un acumulado de 38 medallas.

“Creo que Dios me creó con un propósito. Si dejara de correr lo estaría despreciando”. Eric Liddell, campeón de los 400 metros lisos.

“Cuanto mayor sea el nivel de vida de un país, peores serán los resultados en los eventos que piden trabajo y problemas. Me gustaría advertir a esta generación, a los países con mayor bienestar, que no dejen que esta vida cómoda los haga perezosos. No dejen que los nuevos medios de transporte maten sus instintos de ejercicio físico”. Paavo Nurmi, a finales de la década de 1960, cuando le preguntaron porque Finlandia pasó de obtener 37 medallas en Paris 1924 a cuatro metales en México 1968.

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Todo había comenzado apenas dos décadas más atrás. Paris ya había sido sede de los Juegos Olímpicos de 1900. La idea inicial era que Atenas fuese sede permanente de los Juegos, pero Coubertin se empeñó en hacerlos globales. Así que tras Grecia en 1896 tocaba Francia en el año 1900. Hubo unanimidad. SI los primeros tenían que ser en Atenas como homenaje a Platón, Sócrates y compañía los segundos tendrían que ser en Paris para contentar a Pierre Fredy de Coubertin, el aristócrata galo que había resucitado los Juegos Olímpicos.

Fueron un desastre. Se celebraron a lo largo de siete meses entre mayo y octubre de 1900. Se trataba de un calendario extensísimo que se adaptaba a la Exposición Universal de Paris de ese año. Y es que, a pesar de los esfuerzos de Coubertin, los Juegos estuvieron supeditados a la Exposición. No hubo ni ceremonia de inauguración ni de clausura ni se construyó estadio olímpico alguno. El grueso de pruebas se disputó en el Bosque de Vincennes, al sureste de Paris, porque allí tenían los stands los países participantes de la Exposición Universal y porque hasta allí llegaba la primera línea de metro parisina. Fueron un fracaso absoluto. Heridos de muerte, hubo voces para que volviesen a Grecia de forma perpetua y hubo miembros del Comité Olímpico Internacional (COI) que pelearon por su cancelación definitiva. Paris 1900 estuvo a punto de cargarse los Juegos.  

Coubertin nunca fue capaz de digerir ese fracaso en su villa natal. Así que cuando en el congreso del COI de 1921 anuncie su renuncia al cargo tras los Juegos de 1924 solicitará a los allí presentes que Paris sea sede de sus últimos Juegos como presidente. Poco se le podía negar al hombre que había resucitado los Juegos de la Antigüedad y los había dotado de modernidad. Además de Paris había otras seis ciudades candidatas. Las europeas Ámsterdam, Praga, Lyon, Barcelona y Roma y la americana Los Ángeles. Alguna inmediatamente (Ámsterdam en 1928) y otras tras una larga espera (Barcelona 1992) han conseguido celebrar el sueño olímpico, exceptuando a la capital de Chequia y a la provinciana Lyon. De todas, la elección ilógica era la de Paris, pero resultó ser la ganadora con soberana facilidad. Fue el empeño de Pierre de Coubertin lo que le dio a la Ciudad de la Luz su segunda olimpiada en un lapso de tiempo a todas luces irrisorio.

Lo que no consiguió fue la presencia de Alemania a pesar de que Coubertin insistió en invitar a los germanos para cerrar las heridas de la guerra y que el deporte primara sobre la política. El COI se negó a dar pábulo deportivo a los considerados inductores de la I Guerra Mundial. En todo caso los oficialmente conocidos como los Juegos de la VIII Olimpiada fueron un éxito con 44 naciones presentes frente a las 29 de la edición anterior. Se celebraron entre el 5 y el 27 de julio de 1924 (aunque algunas pruebas comenzaron el 4 de mayo). La sede acogió a 3089 atletas; 2956 hombres y 136 mujeres en 126 pruebas diferentes. Aún quedaba mucho que hacer por la paridad. Paris se convirtió en capital mundial, aunque dejó migajas para Reims y para Le Havre, ésta última donde se celebrarían las pruebas marítimas.

Paris 1924

En un principio la organización no fue eficiente. Retrasos y desidias en las obras hicieron que Coubertin amenazase con llevarse los Juegos a Los Ángeles. Sonó a bravuconada. Meses después repitió amenaza y propuso Lyon. Era más factible esta decisión ya que contaba con la financiación del Estado francés. De pronto, el Ayuntamiento de Paris aceleró las obras para alegría de Coubertin. Los parisinos se enmendaron y Lutecia construyó un nuevo estadio para los Juegos Olímpicos; Colombes. Situado en el Gran Paris, al noreste de la capital, contaba con capacidad para 60.000 espectadores, un enorme marcador de 30×15 y un sistema de megafonía sin hilos que permitió por vez primera a los espectadores escuchar discursos, avisos y seguir con mayor facilidad todo lo que ocurría dentro de la vorágine competitiva. En Colombes ganará Uruguay el oro en fútbol tras pasar por encima de todos sus rivales y demostrar que el juego asociativo sudamericano superaba con creces al europeo basado en la fuerza. El éxito charrúa llevará a la FIFA a crear el Mundial de fútbol años más tarde y en 1938 Colombes será la sede de la final de la edición celebrada en Francia. Allí también habrá un Pelé-Eusebio que conmocionará al mundo. Colombes traspasará las fronteras futboleras al ser durante varias décadas el lugar donde se celebre el fin de fiesta en el Tour de Francia y del estadio de Colombes será de donde Pelé, Stallone y compañía escapen en la icónica Evasión o Victoria, la mejor película futbolera que jamás se ha hecho.

La idea era inicial era construir un coloso de 100.000 plazas, pero la falta de fondos imposibilitó llevar a cabo la obra. No sería obra nueva, sino una gigantesca ampliación del Parque de los Príncipes, un estadio municipal situado en los límites del Bosque de Boulogne, donde se encuentran las pistas de Roland Garros y no excesivamente alejado de la Torre Eiffel. Finalmente, el cicatero Ayuntamiento de Paris rehusó hacerse cargo de las obras y fue la Comuna del Gran Paris la que decidió financiar la mitad de las obras que se harían en Colombes, allá donde el Sena surca en meandros y abandona Paris. El otro 50% de las obras corrió a cargo del Racing Club, quien sería el beneficiario una vez finalicen los Juegos. El Racing era y es un afamado club de rugby y en aquella época el gran club de fútbol del Gran Paris. En 1928 el estadio fue rebautizado con el nombre de Yves de Manoir, un fantástico jugador de rugby que falleció a los 24 años tras un accidente aéreo. Una vez finiquitados los Juegos el estadio se acomodó en unas 45.000 plazas que hoy se reducen únicamente en 14.000. La creación del Paris Saint Germain y la reforma integral del Parque de los Príncipes en 1972 y, en segundo lugar, la construcción del Stade de France en 1998, hirieron de muerte a Colombes, que en Paris 2024 únicamente albergará la competición de hockey sobre hierba.

Colombes 1924

En las pistas de ceniza de Colombes se citarán cientos de atletas. Es el atletismo el deporte rey de los Juegos y merece un escenario de tronío. También la reina. Y la reina de los Juegos es la natación. Y un palacio se le fue construido. Para la competición de natación se edificó un complejo de piscinas en Tourelles, al sureste de Paris, cerca de la Bastilla, en la otra punta de Lutecia. La espectacular estructura contaba con una piscina de 50 metros en la que por vez primera los finalistas estaban divididos en ocho calles delimitadas por cuerdas coronadas por boyas de colores. Las piscinas siguen hoy en pie, impertérritas al paso del tiempo, y forman parte del paisaje de Paris como el Palacio de Versalles, el Hipódromo de Longchamp, el Campo de Marte, la Plaza de la Concordia o la esplanada a los pies de los Inválidos, lugares que sirvieron de atrezo para los Juegos de 1924 como también lo fueron para los de 1900 y lo son para los de 2024.

Entre las novedades también estuvo la construcción de un palacio de deportes y de un velódromo nacional. Más reseñable fue la asunción del eslogan CItius, Altius, Fortius (más rápido, más alto, más fuerte) que fue serigrafiado en el anverso de las medallas olímpicas, así como en los carteles y sellos conmemorativos. Se usó también un logo que se compone de un escudo monocromo que contiene una galera con las velas desplegadas que reinterpreta el escudo medieval de la ciudad parisina. El cartel oficial presentaba unos jóvenes deportistas con el torso desnudo mientras levantaban la mano para hacer el saludo romano. Cuando se diseñó aun no tenía la connotación fascista que el brazo en alto asumirá en la siguiente década. También se obligó a que los atletas vistiesen de gala en la Ceremonia de Inauguración en vez de portar ropa deportiva, mientras en la Ceremonia de Clausura se izaron por vez primera un total de tres banderas; la del COI, la del país de anfitrión y la del próximo país organizador.

Villa olímpica 1924

Más de mil periodistas acudieron a París para informar al mundo sobre la cita olímpica. Todos ellos juntos sumaban tantos seres humanos como un tercio de los deportistas allí citados. La radio haría acto de presencia como gran novedad. Fue la primera vez que Irlanda participó como país independiente tras una guerra civil que acabó con la hegemonía inglesa y la partición de la isla en dos mitades. También fue la primera vez de Australia y Nueva Zelanda como entes diferenciados. Sudáfrica fue la representante de África en el medallero y Haití logró una histórica medalla de bronce.

Fue la primera vez que se habilitó una Villa Olímpica como residencia de los deportistas. Se construyó cerca del estadio de Colombes al igual que en 2024 (con el triple de atletas, eso sí). Se edificó a cinco minutos del lugar que en el presente ocupa el estadio de Saint Denis. La villa olímpica de Colombes fue un avance, pero era un adelanto lamentable. Constituían barracones con frecuentes problemas en el suministro de agua caliente. Allí se hospedaban los hombres mientras a que a las mujeres las instalaron en pensiones para evitar tentaciones relacionadas con otro tipo de destreza que también merecería el calificativo de olímpico. Los acomodados estadounidenses, quejosos de las malas condiciones de los barracones, declinaron el ofrecimiento y se instalaron en hoteles de la capital francesa. Más o menos lo que hoy siguen haciendo las estrellas de la NBA.

Fueron también, y por expreso deseo de Coubertin, los Juegos donde el arte formo parte del movimiento olímpico. Arquitectura, literatura, música, pintura y escultura estuvieron presentes en Paris. Coubertin, bajo pseudónimo, había ganado una medalla de oro en 1912 en la competición de literatura con una oda al deporte. Sólo dos personas han logrado medalla como atletas y como artistas. El otro fue el húngaro Alfred Hajós (el cual ya conocemos por este blog), quien ganó dos oros en natación en 1896 y la medalla de plata en arquitectura en 1924 con un diseño de un estadio olímpico.

Hubo deportes de exhibición. Hasta cinco contaron en Paris 1924. Voleibol, piragüismo, pelota vasca, boxeo francés (una especie de kick boxing) y pesca deportiva. Solo los dos primeros se convertirán en disciplinas olímpicas con el transcurrir de los años. Desaparecieron el hockey sobre hierba, el tiro con arco y el tiro a la cuerda. Tan solo éste último se perdería para siempre. También hubo tenis y rugby por última vez. El tenis no volvió al programa olímpico acusado de profesionalismo hasta 1988 y el rugby a siete no lo hará hasta 2016. Para Paris 2024 habrá break-dance, algo difícil de explicar incluso para Josephine Baker y para el resto de presentes en el Follies-Bergère de 1924.

En 1924 las competiciones de vela se celebraron en Normandía, Le Havre y en Meulan-en-Yvelines, a orillas del Sena. En 2024, será en Marsella, a orillas del Mediterráneo. El surf, otras de esas cosas que en 1924 no se entenderían, tendrá lugar en Tahití, en la Polinesia francesa, a 15.000 kilómetros de Paris. En 2024 la esgrima se disputará en el Grand Palais, un precioso palacio con entrada por los Campos Elíseos. En cambio, en París 1924, se celebró en el Velódromo de Invierno, un velódromo cubierto de la calle Nélaton, que durante la Segunda Guerra Mundial sería el escenario de un trágico arresto a 15.000 judíos que luego fueron enviados a Auschwitz. En 1959 fue destruido.

Vélodrome d’hiver

Paris 1924 fue un éxito. Una despedida fabulosa para Coubertin y la consolidación definitiva de los Juegos Olímpicos. Tras el impase forzoso de la I Guerra Mundial y los austeros Juegos de Amberes en 1920, el movimiento olímpico se aprovechó del brillo de Paris para afianzarse como el espectáculo de masas definitivo. La radio y el cine los hicieron vivos y marcaron el pistoletazo de salida para un crecimiento inimaginable.

Continuará…

“En el mundo moderno, lleno de poderosas posibilidades, que amenazan al mismo tiempo poderosas decadencias, el Olimpismo debe ser el vehículo capaz de mantener el equilibrio a través de sus cultores. El porvenir depende de los Juegos Olímpicos.” Pierre de Coubertin en la Ceremonia de Inauguración de Paris 1924.

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Alice Milliat

En 1896 no existía país alguno en el que las mujeres tuviesen derecho al voto. Tampoco había país del mundo en el que, una vez casadas, tuviesen potestad de gestionar alguna de las propiedades que poseían cuando estaban solteras sin el consentimiento de sus esposos. Era pues, lógico y evidente, que de los 241 atletas que participaron en los I Juegos Olímpicos de 1896 no hubiese presencia femenina. Para Pierre de Coubertin el mayor logro de una mujer sería alentar a sus hijos a ser distinguidos en el deporte y aplaudir el esfuerzo de los hombres. Y la opinión de Coubertin era la mayoritaria.

En realidad, hubo una intrépida que se saltó las reglas. Una mosca cojonera. Una griega de treinta años, de nombre Stamata Revithi, se plantó en la línea de salida en el pequeño pueblo de Maratón con la intención de cubrir los 42 kilómetros de la prueba. Oficialmente fue rechazada al no estar inscrita. Extraoficialmente un par de policías la invitaron amablemente a marcharse a su casa. Al día siguiente volvió al punto de inicio con la intención de correr el maratón por su cuenta. Consiguió que un juez firmase un documento atestiguando la hora y el lugar de salida y un cargo militar testificó la hora y el lugar de llegada a las puertas del Estadio Panathinaikó. Y digo a las puertas porque los organizadores no le dejaron entrar en el estadio olímpico. Tardó cinco horas y media, por las cerca de tres que necesitó Spiridon Louis, el campeón masculino. Habría que esperar treinta años (1926) para que dejasen a una mujer participar en un maratón cronometrado y a 1984 para que una mujer pudiese participar en un maratón olímpico.

Stamata Revithi

El caso de Stamata se perdió en el polvo de la historia, pero estuvo muy vivo y presente en el pensamiento de Alice Million. Francesa, nacida en Nantes, Alice contaba con doce años cuando se celebraron los Juegos Olímpicos de Atenas. Por entonces ella ya practicaba con fervor numerosos deportes como tenis, natación, vela, hípica o golf. Obviamente podía hacerlo al formar parte de una familia acomodada que le permitía privilegios vetados para muchos hombres y para muchísimas más mujeres. Casada en 1904 pasó a rebautizarse como Alice Milliat y se trasladó a Londres donde comenzó a ejercer como maestra.

Su desgracia fue que al poco de casarse enviudó. Cuatro años después de trasladarse a Inglaterra su marido falleció repentinamente. La suerte para Alice es que no tenía hijos por lo que pudo reponerse y empezar una nueva vida sin cargas ni perjuicios sociales a sus espaldas.

Y su nueva vida iba a ser el deporte. Retomó sus actividades, aunque exploró nuevas disciplinas como el hockey o el remo. Fue este último el deporte que más le enamoró y decidió dedicarse a él por completo. Pero claro, para ganarse la vida eso no era suficiente. El deporte no daba réditos económicos. Y el profesorado le impedía viajar a distintas competiciones. Así pues, decidió dejar la enseñanza y operar como traductora. Se instaló entre Estados Unidos e Inglaterra vendiendo sus servicios como traductora de francés y dedicando su vida al remo.

Poco después estalló la I Guerra Mundial. En plena contienda, en 1915, a Alice la eligen como presidenta de la Federación Francesa de Sociedades Deportivas. En esos años deja la practica activa del deporte y como tantas otras mujeres se dedica a la defensa activa del país ocupando puestos de trabajo que los hombres han dejado libres al acudir a primera línea de batalla. Es entonces, al acabar la contienda y comprobar que el esfuerzo bélico de las mujeres es olvidado y se les incita a volver a las cocinas de sus casas, cuando decide pelear con todas sus fuerzas para que las mujeres formen parte del movimiento olímpico.

Tras denodados esfuerzos consigue organizar varias reuniones con los representantes de la IAAF (Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo) para conseguir que el atletismo femenino tenga la misma representación que el masculino en la competiciones nacionales e internacionales. Su propuesta es rechazada. Consigue luego una reunión con Pierre de Coubertin con la intención de que el atletismo femenino forme parte del programa olímpico. Hay vagas promesas que pronto se diluyen en vaso de agua.

Así pues, en 1921, en la acomodada Montecarlo, Alice Milliat decide organizar un certamen atlético en el que forman parte mujeres de cinco países diferentes. La iniciativa es un éxito y en 1922 se celebran los primeros Juegos Olímpicos atléticos femeninos. Aquello es una revolución. Son los años 20. Los corsés dejan paso a las faldas por encima del tobillo. La mujer es objeto político y tiene conciencia por sí misma. Lo que era impensable apenas un lustro antes se torna ahora en esperanzador futuro. Tras la victoriosa edición de Montecarlo la edición de 1926 de los Juegos atléticos femeninos tendrá lugar en Gotemburgo.

El COI entra en pánico y se aviene a negociar.

Juegos atléticos 1922

Pierre de Coubertin acaba de dejar la presidencia. Su sucesor, el belga Baillet-Latour, es igual de aristocrático, pero es más pragmático que su antecesor. Le promete a Milliat que para los Juegos Olímpicos de Ámsterdam 1928 habrá cinco pruebas atléticas femeninas a cambio de que desista de celebrar esos Juegos femeninos alternativos. Milliat acepta y firma la paz no sin reservas. Incluso el Papa Pio XI bramará en contra de la posibilidad de que las mujeres pongan en peligro sus cuerpos y eso les imposibilite ser madres en el futuro.

La competición atlética femenina queda reservada para salto de altura, lanzamiento de disco, 100 metros lisos, relevo 4 x 100 y 800 metros. En esta última prueba resultó vencedora la alemana Lina Radke y varias participantes cruzarían la línea de meta con visibles muestras de fatiga. Los cambios sociales y el retiro de Coubertin habían permitido que las mujeres cruzasen una nueva frontera dejando a un lado a la natación y al tenis, considerados deportes menos masculinos. Pero las fotografías de aquellas chicas llegando exhaustas al final de los 800 metros volvieron a cambiar el statu quo. Los miembros más conservadores del COI, auspiciados por periodistas afines, fomentaron la imagen de esas mujeres cansadas tras el esfuerzo por lo que Baillet-Latour es conminado a eliminar la prueba de 800 metros del programa olímpico de tal forma que no volverá a disputarse hasta Roma 1960.

Todo era fruto de una exageración. SI bien es cierto que hubo finalistas que llegaron al límite de sus fuerzas, también lo era que lo hicieron con la misma cara de esfuerzo con la que lo hacían sus homólogos masculinos tras sobrepasar los límites de su resistencia. Milliat estalla ante la actitud del COI y vuelve a poner en marcha los Juegos atléticos femeninos. En 1930 celebra una nueva edición en Praga. El COI y la IAAF contratacan considerando ilegales todas las marcas que se consigan en esos Juegos alternativos. A Milliat le da soberanamente igual. Habrá nueva edición en Londres 1934 y lo hará con récord de participantes. Visto el éxito, Milliat sube el órdago. Para 1938 no sólo habrá Juegos atléticos femeninos sino Juegos Olímpicos femeninos. Todas las mujeres deportistas son invitadas formalmente.

El terremoto es colosal. Alice Milliat y Baillet-Latour deben negociar. Finalmente, la activista francesa se sale con la suya. La edición de los Juegos atléticos femeninos de 1938, a celebrar en Viena, pasará a ser el I Campeonato del Mundo de Atletismo. Será auspiciado por la IAAF y participarán en igual de condiciones hombres y mujeres. Además, para los JJ. OO de 1940 habrá nueve pruebas atléticas femeninas incluyendo los 200 metros, los 100 metros vallas o el lanzamiento de jabalina. Las pruebas de resistencia siguen vetadas, pero el avance es asombroso.

Por culpa de la II Guerra Mundial hubo que esperar a la edición de Londres 1948 para ver hechos realidad todos estos avances. Por entonces ya no estaba presente Alice Milliat. La IAAF y el COI aceptaron todos esos adelantos con una única condición; que Alice Milliat desapareciese de escena. Fue apartada de los focos y vivió en soledad sus últimas dos décadas de vida. Cuando murió en 1957 fue enterrada en el anonimato. En una lápida que ni siquiera tenía placa. Era mujer en el olvido. Hasta la década de 1980 no se volverá a ver a una mujer en un puesto de responsabilidad en un organismo deportivo y hasta que llegue el siglo XXI no existirá igualdad de participantes masculinos y femeninos en los Juegos Olímpicos.

En gran medida todo ello fue gracias al impulso de Alice Milliat, una mujer que se alejó de la fama para que muchas otras pudiesen optar a ella. Sólo en los últimos años su figura comienza a ser reivindicada en su Francia natal renombrando instalaciones deportivas o bautizando con su nombre becas deportivas destinadas para mujeres. Algo es, pero insuficiente para la mujer que más hizo por la paridad entre el deporte femenino y el masculino.

Alice Milliat

“Paris 2024 es una realidad gracias a dos personas. El señor Coubertin, padre fundador del olimpismo, y la señora Milliat, la gran embajadora del deporte femenino”. Dennis Masseglia, presidente del Comité Olímpico Francés, en 2021.

“La única misión de las mujeres en el deporte es coronar a los campeones con guirnaldas”. Pierre de Coubertin en 1900.

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Alfred Hajos

Fue Temístocles quien otorgó el mar a Atenas. Paladín de la democracia, a Temístocles le tocó gobernar la polis griega en tiempos de guerra ante los persas. A través de su agraciada oratoria consiguió convencer a los nobles y al pueblo ateniense de la necesidad de construir una flota de 200 trirremes, lo que equivaldría a paralizar o cancelar todas las demás medidas de gasto público de la polis. Aquello era inaudito. Atenas no tenía ni tiene mar. Se creó un puerto y unos astilleros en El Pireo, a once kilómetros de la capital, y se diseñaron unos muros largos, una suerte de dos murallas que debían impedir el paso de los invasores y permitir un tránsito libre entre Atenas y El Pireo. Aquella controvertida decisión consiguió que Atenas y sus aliados doblegasen a un rival diez veces superior en número, pero que fracasó al enfangarse primero en las Termópilas y luego en la batalla naval de Salamina, donde los pasos estrechos marítimos beneficiaron sobremanera a la rápida y pequeña flota diseñada por Temístocles.

Dos milenios más tarde la antaño prospera y legendaria Atenas iba a ser la sede de los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna. Era la primavera de 1896. Eran diez los deportes que formarían parte de la competición. Y uno de esos deportes tenía que ser la natación, disciplina que, junto al atletismo, forma parte del alfa y omega de los Juegos Olímpicos.

El caso es que en 1896 no existían las piscinas olímpicas. Tardarían aún un par de décadas en hacerse realidad. Los problemas de construcción eran inmensos ya que era complejo crear estructuras capaces de soportar dimensiones tan grandes de agua y al mismo tiempo que fuesen impermeables en sus exteriores. El coste era elevadísimo y no sería hasta bien entrado el siglo XX cuando Estados Unidos las popularizase. Así pues, la competición de natación de 1896 no tendría lugar en piscina alguna, sino en mar abierto. Concretamente en el puerto de El Pireo.

Seguía siendo entonces El Pireo un pueblo marinero instalado en un promontorio rocoso con un gran puerto natural protegido de las inclemencias del normalmente tranquilo Mar Mediterráneo. Habría tres pruebas en liza, todas ellas masculinas. 100, 400 y 1.200 metros. El pronóstico era nadar en un mar tranquilo y caluroso, sin más complicaciones que la del flujo del agua al entrar y salir del puerto. Nada más lejos de la realidad. Un inusual temporal azotó la costa griega el día anterior a la celebración de la competición. El mismo día de autos las olas llegaban a los cuatro metros y la temperatura descendió hasta los 13 grados, unos diez menos de los considerados ideales para practicar natación.

Entre los participantes se encontraba un chico húngaro de 18 años que respondía al nombre de Alfred Hajos. Había nacido como Arnold Guttmann en el seno de una familia judía. Contaba con 13 años cuando decidió cambiarse de nombre. Fue entonces cuando su padre murió ahogado en el Danubio. Aquel fatídico día tomó dos decisiones; cambiarse el apellido para no ser insultado y menospreciado como huérfano judío y aprender a nadar para no acabar con el mismo destino que su progenitor.

Hajos en húngaro quiere decir marinero.

Hajos estudiaba arquitectura cuando se presentó en los Juegos Olímpicos. Era un excelente deportista. Uno de esos chicos entusiastas que en los albores del deporte destacaba en cualquier modalidad. Llegaría a ser campeón húngaro de 100 metros lisos, 400 metros vallas, lanzamiento de disco, árbitro internacional y delantero y capitán de Hungría del primer partido internacional de fútbol disputado por los húngaros en Viena que acabaría con triunfo austriaco por 5-0. Tal cantidad de éxitos, que hoy serían loados hasta la saciedad, se tornaban en vulgares en la época. Tras incorporarse a las aulas una vez finalizados los Juegos Olímpicos recibiría un sonoro aplauso de sus compañeros de estudios a los que el decano de la Universidad Politécnica de Budapest contestó con un rotundo: “Sus medallas no me interesan, lo que me interesan son sus respuestas en su próximo examen”.

El caso es que Hajos logró la victoria con facilidad en los 100 metros libres. Horas después intentaría lograr el oro en los 1.200 metros, prueba de resistencia con gran desgaste físico. El mar estaba embravecido y el viento comenzaba a azotar con fuerza. No había ni rastro del tan cacareado sol griego.

Los organizadores llevaron en tres lanchas a los nueve participantes para luego subirlos a un barco anclado exactamente a 1.200 metros de la costa. El frío era tal que Hajos decidió embadurnarse el cuerpo de grasa, algo más propio de aquellos nadadores que lo hacen en mar abierto en el Atlántico y en el norte de Europa. La carrera comenzó y la altitud de las olas hacían complicado el resistir. A mitad de recorrido Hajos decidió retirarse, pero, ante su sorpresa, las lanchas de rescate no hacían acto de aparición. Frente el mal tiempo decidieron vergonzosamente ir a resguardarse en el puerto de El Pireo. Exhausto, Alfred Hajos decidió continuar nadando con tal fuerza que acabaría llegando a la costa al borde del ahogamiento, pero también como primer y heroico clasificado con un tiempo de 18’22’’. Una eternidad que le servía para encaramarse al olimpo de los vencedores.

“Mi deseo de vivir era superior a mis ansias de ganar”, declaró a la prensa cuando recuperó el aliento con los pies en la arena de la playa de El Pireo. El miedo a morir pudo mucho más que la posibilidad de lograr la gloria olímpica. Al fondo, las lanchas de rescate hacían con tardanza su trabajo y rescataban a los supervivientes. Únicamente tres de los nueve participantes consiguieron finalizar la prueba. El segundo, el griego Ioannis Andreou, llegó a más de tres minutos de Hajos.

La proeza de Hajos impactó a la sociedad de la época. En la gala fin de fiesta organizada por la casa real griega para honrar a todos los vencedores de la medalla de oro, el entonces príncipe Constantino, luego rey, se acercó a Alfred Hajos y le preguntó a viva voz para que le oyeran todos los presentes: “Dígame, muchacho, ¿dónde aprendió usted a nadar de esta manera?”. Hajos, manteniendo el tono elevado, contestó con retranca: “En el agua”.

Alfred Hajos

Contaba antes que Hajos retornó a sus estudios de arquitectura. Por entonces, una vez acabada la carrera, no se concebía seguir practicando el deporte. No existía el profesionalismo en ninguna disciplina salvo en el fútbol y éste con muchos matices. Así pues, aquel joven de pelo engominado y de bigote ridículamente perfecto tal y como marcaba la moda de entonces, acabó sus estudios y se dedicó a ejercer la arquitectura.

Primero entró en un estudio como asociado, aunque rápidamente decidió ejercer por libre. El gusanillo del deporte no se le había olvidado a Alfred Hajos quien decidió presentarse a los Juegos Olímpicos de Paris, pero no como deportista. Lo haría como arquitecto. Desde 1912 a 1952 en el programa olímpico se habilitó lo que se dio en llamar competencias artísticas. La profesionalización y el negocio actual ha llevado al olvido la consideración del deporte como arte. Arquitectura, escultura, literatura, pintura y música hacían su aparición en los Juegos con la intención de unir a estas artes con el deporte.

En la edición de 1924 Alfred Hajos ganaría la medalla de plata (la de oro quedaría desierta) con el proyecto de creación de un estadio olímpico en una gran ciudad. De estilo Art Nouveau en sus estructuras, con el tiempo decidiría encajar un formalismo más modernista en sus planteamientos. Sus ideas y su amor por el deporte se vieron plasmados con la construcción del Complejo Acuático Deportivo de Hungría, con sede en la isla Margaret, una instalación verde enclavado en el Danubio entre Buda y Pest. Fue aquella la primera piscina cubierta del país y, en la actualidad, reformada y ampliada, sigue celebrando competiciones internacionales rebautizada como complejo deportivo Alfred Hajos.

Hajos y su Complejo Deportivo

Los años de la II Guerra Mundial significaron para Hajos un exilio forzoso por su condición de judío, pero su arte fue reclamado una vez finalizada la contienda. Sus éxitos como deportista le libraron de la cárcel y llegaría a refugiar a varios deportistas en su casa para librarse primero de los fascistas y más tarde de las purgas estalinistas. Tras la contienda recuperará honores y se convertirá en el arquitecto deportivo de referencia en Centroeuropa. En su Budapest natal diseñará el coqueto estadio de Ujpest, un velódromo y en sus últimos años de vida el cementerio y memorial del Holocausto judío.

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