atletismo

El salto que nunca existió

Verano de 1987. Se celebra la II edición del Mundial de Atletismo. Roma. La internacionalización del atletismo ya es un hecho, aunque en Roma la Vieja Europa aún mantiene sus constantes vitales. Kenia, Marruecos, Jamaica o Cuba asoman la patita, pero los países europeos siguen liderando el medallero. La hermética y dopada República Democrática Alemana (RDA) consigue 31 medallas, mientras que Estados Unidos y la Unión Soviética suman entre ambas 45 preseas. Después Bulgaria, Reino Unido, Finlandia, Portugal, Suecia, Francia y la Alemania buena, la RFA. Entre todas ellas Italia, la anfitriona. Con un magnífico resultado de 5 metales (dos oros, dos platas y un bronce).

Competir en casa siempre es un plus en cualquier disciplina, pero mucho más lo es en atletismo. Son dos los motivos fundamentales; uno cuantitativo y otro cualitativo. En primer lugar, el hecho de organizar un evento internacional permite contar con atletas en todas y cada una de las disciplinas en liza. Se consigue así mayor exposición, visibilidad y capacidad de lograr éxitos. Por otro lado, al ser el atletismo un deporte en muchos casos semiprofesional, la organización de un Mundial implica una dotación de recursos económicos tanto públicos como privados que los atletas nunca antes y nunca después vivirán, por lo que doblegan sus esfuerzos en los entrenamientos para conseguir sus mejores marcas y puestos al calor de su público.

Así pues, la expedición italiana en el Mundial de 1987 iba con la firme intención de mejorar sus resultados (de hecho, doblaron sus resultados de cuatro años antes y cuadriplicaron sus resultados de cuatro años después) por su propio bien y por el bien, tanto del erario público como por el de todas las empresas que apostaron por publicitar el evento.

Con estos mimbres no es de extrañar que la victoria de Giovanni Evangelisti fuese una cuestión de Estado.

Evangelisti era una estrella de su época. Competía en salto de longitud, quizás la disciplina más glamurosa de aquel entonces. En ello el bueno de Evangelisti tenía poco que ver. La culpa era de Carl Lewis. El Hijo del Viento, además de pulverizar registros en los 100 metros lisos, tenía entre ceja y ceja batir el monstruoso récord de Bob Beamon cosechado en la altitud de México allá por 1968. Lewis ganaría más de 60 concursos consecutivos y tendrá 15 de las mejores 20 marcas de todos los tiempos y, sin embargo, será incapaz de batir el registro de Beamon. El caso es que Lewis venció con suficiencia tanto en el Mundial de 1983 como en los Juegos Olímpicos de 1984. Sus saltos eran seguidos por millones de espectadores en busca del récord imposible. Y detrás, cerca, pero a la vez lejos, estaba Evangelisti. Plata europea, bronce mundial y bronce olímpico, Evangelisti llegaba a la cita de Roma a punto de cumplir 26 años y habiendo pulverizado su registro personal apenas semanas atrás firmando un salto de 8’43 metros.

Hay un sueño en el Olímpico de Roma. Se programa el salto de longitud en horario de máxima audiencia. Se desea que Carl Lewis consiga batir el récord del mundo y que Evangelisti le acompañe a su diestra al subir al pódium. En la terna está el soviético Robert Enmiyan, el hombre que habitualmente arrebata a Evangelisti la gloria europea, y el estadounidense Larry Myricks.

Cerca de 80.000 almas comenzaron a tocar palmas cuando Giovanni inició su carrera hacia la eternidad. El salto fue bello, pero su pie talonado pisó espacio prohibido. Salto nulo. El concurso de salto de longitud consta de seis intentos. Los tres primeros sirven para separar la paja del grano y seleccionar a los ocho finalistas. Los tres últimos sirven para arriesgar al talonar y poder ir ascendiendo progresivamente en la clasificación. La perversión del sistema radica en que el nivel de fatiga física y emocional va en aumento, por lo que suele ser más sencillo realizar un buen salto al inicio de la competición que al final de la misma.

Tras un nuevo error al saltar, en el tercer intento Evangelisti voló hasta los 8’19. Era un buen brinco, pero insuficiente para tocar metal. Lewis, Enmiyan y Myricks, por dicho orden, le precedían, por lo que en aquel momento Evangelisti era cuarto y medalla de chocolate.

La cuarta ejecución de Giovanni fue lamentable. Fue un salto con miedo que apenas superó por escasos centímetros los siete metros y medio. En el quinto el pánico ya era atroz. El bueno de Giovanni decidió arriesgar y se volvió a equivocar al poner el pie en el firmamento. Nulo. Al mismo tiempo Myricks había mejorado sus prestaciones y había puesto el listón de la medalla de bronce en una respetable marca de 8’33 metros. Mientras Lewis se aseguraba el oro con 8’67 y Enmiyan la plata con 8’53 metros.

Quedaba el sexto y último salto de Evangelisti. Firmando su marca personal, aquella registrada apenas semana atrás, sería medalla de bronce. Camiseta azul, pantalón blanco, bronceado extremo, Evangelisti inicia la carrera hacia la gloria. Son dos decenas de zancadas que finalizan con un precioso aspaviento de brazos y piernas camino de la arena. Giovanni cae sobre seguro y de un respingo se levanta. Alza la mano derecha y con gesto serio saluda al público que agradece el esfuerzo y aplaude el amargo cuarto puesto. Luego Giovanni espera la medición oficial mientras observa en el videomarcador la repetición de su salto. Se ha dejado unos cuantos centímetros al talonar y el salto no ha llegado a los ocho metros.

Fue entonces cuando el videomarcador anuncia lo inesperado. Son 8’38 metros. El público estalla de alegría y Evangelisti se une a la fiesta lanzado al aire una toalla y arrojándose las manos a la cara. Nadie esperaba que ese salto fuese tan largo. Aquel brinco le daba a Evangelisti y a Italia una medalla de bronce.

El salto que nunca existió

Nadie entendía lo que había sucedido. Por entonces no se contaba más que con la cámara fija de televisión y con lo que los fotógrafos aportasen a pie de pista. Era obvio que aquel salto no engañaba a los ojos. El brinco no había superado los ocho metros. Pero la tecnología de entonces no era palabra de Dios. La palabra del Altísimo era la palabra de los jueces. Dada la complejidad y la precisión del asunto, hasta ocho jueces eran necesarios para validar una caída. Así que si dieciséis ojos consideraban que el vuelo era de 8’38 metros no habría nada que objetar.

A Evangelisti le dieron el bronce, pero el run-run no cesaba. Las evidencias eran tan abrumadoras que el escándalo no concluía. Era por entonces presidente de la Federación Internacional de Atletismo (IAAF) el italiano Primo Niebolo y conocía de sobra lo que había sucedido. En un momento de ardor nacionalista, los jueces decidieron inflar el salto de Evangelisti para darle una medalla de bronce a Italia. Niebolo no tenía culpa alguna como actor de la película, pero sí que era responsable por omisión, ya que conoció de primera mano el escándalo e hizo todo lo posible por ocultarlo.

Primo Niebolo

Al final era cuestión de tiempo que el remordimiento de conciencia surgiese en algún interfecto. Fue el caso de Sandro Donati, responsable de entrenamientos de la selección italiana, quien confesó en una entrevista lo que a todas luces era evidente. Inmediatamente se abrió una investigación que acabó con ocho culpables y con la entrega, nueve meses después, de la medalla de bronce a Larry Myricks tras habérsela retirado a Giovanni Evangelisti.

Entre los condenados estaba Luciano Berra, quien tuvo que dimitir de su cargo de secretario general de la Federación Italiana de Atletismo. A pesar de ser mano derecha de Primo Niebolo, éste salió de rositas de todo este asunto. Fallecería en 1999 víctima de un ataque al corazón ocupando la presidencia de la IAAF, cargo al que había accedido en 1981 y en el que se mantuvo a pesar del griterío. Peor suerte corrió Sandro Donati, el entrenador con cargo de conciencia, quien fue despedido de su puesto en la Federación Italiana. Tras varios años olvidado del mundo, se convirtió en un activista antidopaje y acabaría siendo un mandamás del Comité Olímpico Nacional Italiano con un férreo mandato en contra de las trampas por doping.

¿Y qué pasó con Evangelisti? Quedo exculpado de todo el proceso. Fue el tonto útil. Confesaría que siempre fue consciente de que era imposible que aquel salto fuese de 8’38 metros, pero que no iba a ser él quien negase la mayor. Al año siguiente acabaría cuarto en los Juegos Olímpicos de Seúl y en el siguiente Mundial apenas alcanzó un séptimo puesto. Se retiró en 1994 con un bronce olímpico y tres bronces mundiales (en pista cubierta), pero siempre será recordado por aquel salto de 7’89 metros que unos jueces convirtieron en un 8’38.

Giovanni Evangelisti

“No tengo nada en contra de Evangelisti. Él fue una víctima igual que yo. Sabía que algo estaba pasando, no sólo en el salto de Evangelisti, sino en muchos otros. Me alegra verlos admitir que algo se hizo mal. No es consuelo suficiente, pero sí algo de consuelo (…) Si obtengo la medalla ahora todo estará bien. Pero estar allí con el estadio abarrotado, con toda la gente en casa mirándolo por la televisión, es un momento que nunca voy a tener. Evangelisti aprovechó el momento. Esa es una oportunidad que para mí ya no existe”. Larry Myricks tras serle otorgada la medalla de bronce que Evangelisti le había arrebatado injustamente.

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Cuando Franco prohibió el atletismo en España (el extraño caso de Jordi Torremadé)

Los restos de los obuses y la metralla todavía impregnan las fachadas de los edificios de Madrid, Barcelona y otras grandes urbes. En el campo no hay dinero para fertilizantes y se siembra sin red de seguridad. La política autárquica dispara la inflación, provoca una bajada de los salarios y las insuficientes cartillas de racionamiento son complementadas con el mercado negro y el estraperlo. Miseria, muerte y pensamiento único, podría ser el resumen.

“Madrid era el fantasma de una ciudad, una desolación de perros y tranvías, con la Cibeles recién desvendada, como una momia, la Puerta de Alcalá como un pecho de piedra y de metralla, carteros muertos en las esquinas y la derrota comiendo de sí misma, en los solares, entre los gatos y los perros que desayunaban muerte y cenaban fusilado a media noche, bajo la luna grande del miedo”; así describía el escritor Francisco Umbral sobre el Madrid de 1941. “España, en la actualidad, está en peores condiciones que nunca antes en su historia. El gobierno es miserable, no hay comida, medio millón de personas están en la cárcel y un ejército enemigo se halla en la frontera. Esta situación obliga a la gente a pasar el tiempo en mórbidas reflexiones sobre sus infortunios y les impide tomar decisiones y actuar”, relatará el embajador británico Samuel Hoare en carta escrita a Winston Churchill en ese 1941.

En las cárceles la comida que se servía día sí y día también era caldo de nabos podridos. Inmunda, pero no mucho mejor que la de millones de hogares de la época que hacían maravillas con hierbas cocinadas con sal. En provincias como Córdoba hubo más muertos de hambre en ese 1941 que fusilados durante toda la Guerra Civil. Hay estudios que señalan que, en 1941, cuando los nazis estaban en su cénit, las calorías que los alemanes daban a sus presos eran superiores a las que consumía un español medio. Hambre, debilitamiento, desnutrición, enfermedad y muerte.

Una vista del Madrid de 1940

Ocurre que había otra España. Una parte de la sociedad que compraba zapatos, iba al cine, adquiría productos farmacéuticos, tomaba café con pastas e iban los fines de semana a un restaurante. Los había que tenían una villa con jardín en el barrio del Guinardó y un piso de techos altos, con ascensor de rejas y portero en la entrada en el ensanche barcelonés. Esa gente podía hacer cosas que se tornaban inimaginables para la época. Sucesos que entonces podrían ser concebidos como diabólicos. Sucesos que hoy nos parecen inconcebibles dado que jamás hubiésemos pensado que podrían haber sucedido en la oscuridad de la España de 1941.

Una operación de cambio de sexo.

El 9 de enero de 1923 nacía en el hospital de Sant Pau de Barcelona una niña a la que sus padres llamaron María Amparo Rita. Su apellido era Torremadé, un burgués de la época de familia bien. El caso es que la madre no las tenía todas consigo cuando expulsó a su retoño, por lo que preguntó a la comadrona por el sexo del recién nacido. Es una niña, parece que afirmó la comadrona. No tiene vulva, parece que le contestó la madre. Tampoco tiene pene, replicó la comadrona. Y así quedó el asunto. El caso es que María Amparo Rita, en adelante María, tenía una gran inflamación en sus partes delicadas. Según los médicos la inflamación se iría sola y al venir su primera regla todo volvería a la normalidad.

El caso es que la abnegada madre le ponía lazos a la niña y la vestía con preciosas faldas, pero el asunto no arrancaba. A María la tildaban de marimacho y era siempre la primera en ser escogida por los niños para jugar un partido de fútbol en la escuela mixta en la que estudiaba antes de que estallase la Guerra Civil. A María le gustaban las chicas y, a pesar de su aspecto hombruno, parece ser que ligaba. Tenía labia y contaba que era un espía soviético que estaba de incognito y tenía que ir disfrazado para que nadie lo reconociese. Llevaba consigo una foto de un guapo aviador y las convencía de que ese era su verdadero yo. En todo caso, el asunto no pasaba de cuatro o cinco besos dado que la inflamación, que era bulto, pero nunca palo largo, seguía escondida debajo de una falda.

Total, que María hubo de liberar testosterona y le dio por hacer deporte. Tuvo la fortuna de ser mujer para librarse de ir al frente, y lo que hizo fue dedicarse por activa y por pasiva a romper récords. Y es que María Torremadé llegó a poseer al mismo tiempo todas las plusmarcas del atletismo femenino. Campeona de España de 100, 200 y 800 metros lisos además de campeona en salto de altura y salto de longitud. También practicó baloncesto y hockey hierba y en los 60 metros lisos además de plusmarquista española también fue europea. Sus éxitos le hicieron ser recibida por el presidente Lluís Companys en el Palau de la Generalitat poco antes de que el molt honorable fuese fusilado.

María Torremadé

Poco después María Torremadé comenzó sus estudios universitarios (ya expliqué antes que era una chica de buena familia) y en un campamento del SEU (Sindicato Español Universitario) el bulto seguía sin ser palo al intentar ligar con una chica. Fue entonces cuando María sentó seriamente a sus padres a la mesa, les explicó que tenía 19 años y seguía sin saber lo que era una regla y que había que ir a un médico y cortar por lo sano. En caso de ser mujer aguantarse y seguir con un pendiente en cada oreja. En caso de ser hombre, coger bisturí y arreglar el asunto.

El padre de la criatura hubo de mover Roma con Santiago. No existía Irene Montero y la legislación no contemplaba de manera alguna un cambio de sexo. Hubo jaleo de papeles, visitas a los juzgados, desnudos públicos para cerciorarse de que el bulto era un bulto y no un palo, unos cuantos ceros menos en el banco y al final María Torremadé pasó por quirófano para convertirse en Jordi Torremadé. La cuestión técnica era calificada como Síndrome de Morris y consiste en una alteración genética ligada al cromosoma X donde las células son insensibles a los andrógenos, provocando que personas genéticamente masculinas se desarrollen físicamente como mujeres.

Aquello se silenció porque el papá de Torremadé tenía buenos contactos en la prensa. Pero, claro, María Torremadé era una atleta famosísima y parecía que se la había tragado la tierra. Hubo de ir a vivirse durante unos meses a casa de unos tíos. Allí estuvo entrenándose para ser hombre. Se movía con brusquedad, contestaba con palabrotas y aprendió a hacerse el nudo de la corbata. Un día, cuando se sintió seguro, decidió ir al encuentro de algún conocido y, al darse cuenta de no haber sido reconocido, convino que era el momento de empezar una nueva vida. A ello ayudó al carácter extrovertido de Torremadé, quién nunca sintió vergüenza por lo sucedido mientras que era su interlocutor el que saltaba del susto.

Lo primero que hizo fue ir junto a su padre y pedirle dinero. El progenitor le dio carta blanca durante un año finalizado el cual tendría que sentar la cabeza y ponerse a trabajar. Durante ese año lujurioso, Jordi Torremadé decidió recuperar el tiempo perdido a base de juergas, cabarets y sexo desenfrenado. Al final el bulto ya era palo.

Tarde o temprano el asunto tendría que estallar. Fue el diario Informaciones el que a inicios de 1942 daba cuenta del cambio de sexo de María Torremadé. No fue un escándalo, dado que desde la Sección de Prensa se decide acallar el griterío. Con todo, la bomba ya había sido lanzada.

Para las élites franquistas, el papel de la mujer había de ceñirse exclusivamente a las tareas del hogar. Pilar Primo de Rivera, fundadora de la Sección Femenina de la Falange, escribía artículos donde afirmaba con rotundidad que “lo más importante es la educación de la mujer como madre”, formarles “una conciencia basada en la doctrina de Cristo y en nuestras normas Nacional-Sindicalistas para que sepan distinguir claramente en cada momento el bien del mal”. La escuela estaba empapada de clericalismo y todo se impartía en base al dogma católico.

¿Cómo compaginar esto con un cambio de sexo en el año 1941?

La Delegación Nacional de Deportes, bajo la presión de la Sección Femenina de Falange, decide a través de decreto ley prohibir la práctica deportiva del atletismo femenino. A Jordi Torremadé, por su parte, se le prohibirá practicar cualquier deporte como hombre durante un año. Todas las marcas de María Torremadé pasarán a desaparecer de los registros oficiales a perpetuidad.

Jordi Torremadé siguió con su vida. De hecho, llegó a ser campeón de Cataluña de 100 metros masculinos. En 1952 contrajo matrimonio con Catalina Pons Bofill tras haber sido desheredado por su padre, quien se negó al enlace. Emigró a Paris donde trabajó como comercial en una multinacional hasta su jubilación cuando volvió a Barcelona. Vivió felizmente casado hasta fallecer de un paro cardiaco camino de las ocho décadas de vida.

María y Jordi Torremadé

La vida no fue tan agradable para las mujeres que querían ser atletas. Fueron 20 años de prohibición. Desde 1943 a 1963 ninguna mujer pudo saltar una valla, correr 800 metros o lanzar un martillo en una pista de atletismo. Aquella España de 1963 ya era muy diferente de la de 1943 y el clamor social logró cambiar una ley con dos décadas de vida.

Los récords de Torremadé serán pulverizados por una chica nacida en 1955, ocho años antes del fin de la prohibición. Carmen Valero fue la primera mujer en representar a España en atletismo en unos Juegos Olímpicos amen de lograr dos oros en mundiales de campo a través. Pero antes de eso Carmen Valero tuvo que realizar un examen del Servicio Social de Falange para demostrar sus habilidades de costura. Sólo así pudo inscribirse como atleta a pesar de ser, según el presidente de la Federación Española de Atletismo de la época, culona y pechugona.

Justo como le gustaban al bueno de Torremadé.

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Al siglo de la primera San Silvestre

Fue en el año 313. La historia se mezcla con la leyenda. Aún hoy se debate cuánto había de decisión política y cuánto de fe religiosa. Al parecer en el año anterior, durante la batalla de Puente Milvio, el emperador Constantino tuvo una visión y vio aparecer una cruz en el horizonte. Cautivado, Constantino ordenó pintar una cruz en el escudo de sus soldados y aquella batalla fue ganada por quien había de dirigir al Imperio Romano en el que sería su último momento de esplendor. Un año después de la batalla, en el citado 313, Constantino promulgó el Edicto de Milán donde permitía la libertad de culto y consideraba al cristianismo la religión oficial del Imperio. Hizo entonces Constantino su acto de conversión y pasó a bautizarse. Para ello llamó al Papa, cuyo pontificado respondía al nombre de Silvestre.

Silvestre I fue el primer dirigente de la Iglesia que no hubo de esconderse. Hasta entonces los cristianos oraban en sus casas, en las catacumbas o en el bosque. Ahora ya no. Durante dos décadas (314-335) Silvestre I inició las obras de algunos de los templos más representativos del cristianismo. Se proyectó la iglesia de San Pablo Extramuros y la primigenia iglesia de San Pedro en el mismo lugar donde se levanta la Basílica del Vaticano. Constantino también le regaló a Silvestre una tiara, una especie de sombrero con triple corona que en la actualidad se usa para la ceremonia de coronación del papado.

Silvestre I no fue un santo mártir y es difícil calificarlo de santo confesor. Silvestre fue el primer papa oficial, dejando atrás la clandestinidad. Y si hoy es recordado como San Silvestre lo es quizás por su componente político. Y es que lo más relevante de su pontificado es haber logrado por parte del emperador Constantino un documento en el que le da a la Iglesia Católica la propiedad de unos terrenos que pasarían a ser conocidos como Estados Pontificios. Aunque hoy los historiadores consideran el documento como apócrifo, otorgó al Papa el control sobre la región del Lazio y en su máximo apogeo, durante la Edad Media, el control de ciudades como Roma, Ancona, Perugia, Parma, Módena, Rávena, Ferrara y hasta la francesa Avignon. Hoy, el minúsculo y anacrónico Estado del Vaticano, sólo puede ser comprendido en su totalidad conociendo la historia de aquel documento supuestamente sellado entre Constantino y Silvestre I.

La construcción de la Iglesia de San Pedro

El caso es que Silvestre falleció el 31 de diciembre de 335. Una vez ascendido a los Cielos y convertido en San Silvestre quiso ese ser el último día del santoral anual. Lo es así para la Iglesia Cristiana dado que se rige por el calendario gregoriano. Para los ortodoxos, en gran medida el este de Europa, San Silvestre se celebra el 2 de enero, ya iniciado el siguiente año.

Esto último tiene relevancia para la historia que voy a contar. No podía haber ocurrido en país que no fuese católico. Y así tuvo lugar. Ocurrió un 31 de diciembre de 1925, hace ahora cien años. Ocurrió en Brasil, país con profundas raíces católicas y que apenas un siglo antes se había independizado del aún más católico Portugal.

Tal y como había sucedido y sucederá con multitud de pruebas deportivas, la idea surgió del cerebro de un periodista. El plumilla obedecía al nombre de Casper Líbero, quien además era abogado y, por lo que a nosotros nos afecta, era director y propietario de A Gazeta de Sâo Paulo, un rotativo vespertino. Líbero había adquirido el periódico en 1918 y lo había modernizado endeudándose para comprar una nueva rotativa y modernizándolo hasta el punto de crear un suplemento deportivo independiente del diario original.

Así fue que para conmemorar el lanzamiento del nuevo suplemento deportivo tuvo la idea de crear una carrera por Sâo Paulo con el gallo de la celebración del Fin de Año. Es por ello que la carrera fue conocida como la San Silvestre, en correspondencia con el santoral cristiano. Aquella primera carrera constó de poco más de seis kilómetros y, en realidad, año a año fue cambiando de distancia dado que no había nada establecido. La única premisa de Líbero era disputar una carrera por el centro de Sâo Paulo sin considerar distancia ni recorrido. Su idea primigenia era que la carrera finalizase exactamente a las 00.00 horas del día de Año Nuevo y para eso calculaba la hora de salida en función de los kilómetros a recorrer.

Durante sus tres primeras décadas de vida la San Silvestre de Sâo Paulo osciló entre los 5.000 y los 8.000 metros de longitud. Será en 1945, cuando por primera vez se permita la inscripción de extranjeros, cuando se establezcan los 7.000 metros como distancia oficial. A partir de entonces, lustro a lustro, la distancia fue aumentando progresivamente hasta los 9 y los 12 kilómetros para, finalmente, en 1991 hacer oficiales los 15.000 metros como recorrido definitivo. Leyendas del atletismo como Emil Zátopek, Frank Shorter o Paul Tergat han salido victoriosos en el recorrido paulista.

San Silvestre 1925

A decir verdad, Líbero había sido un imitador. El día de Año Nuevo de 1925 Casper Líbero estaba en Paris. Allí contempló una carrera en la que los participantes llevaban antorchas para iluminar sus pasos en la noche parisina. De ahí cogió la idea Líbero para la celebración de la San Silvestre y la promoción de su periódico. Se trata pues de una carrera distinta. Festiva. Los corredores llevan atuendos navideños y antes o después de la prueba se toma una copa y se engullen dulces navideños. Eso siempre ha sido así, aunque en los últimos años la tendencia se ha agudizado y junto a los atletas profesionales también hay los corredores de domingo que aparecen en la línea de salida ataviados cual carnaval y llegan a la línea de meta tras hacer decenas o centenas de eses por el camino.

En aquella primera prueba de 1925 participaron 600 atletas. Hoy la cifra se acerca a los 20.000 inscritos. La liturgia corredora de fin de año se extendió paso a paso por el resto del mundo. En un primer lugar fueron diferentes ciudades de Brasil para luego cruzar el charco y que la tradición se asentase en Portugal. Luego la plaga se extendió por diferentes países católicos. Después se cambió de fe y lugares como Londres, Tokio o Estambul pasaron a tener Su San Silvestre. En todo caso la usanza festivo religiosa hace que, además de la San Silvestre de Sâo Paulo, el pódium las más famosas sean las de Oporto o Funchal (Portugal), Bolzano (Italia), Barranquilla (Colombia) y, especialmente, la de Madrid en España.

La primera San Silvestre realizada en España tuvo lugar en Galdácano, en el Gran Bilbao, en el año 1961. Tres años después en el barrio madrileño de Vallecas comenzó a celebrarse la San Silvestre por excelencia. Fue concebida por Antonio Sabugueiro, un orensano emigrado a Madrid que practicaba atletismo con asiduidad en la pista del antiguo estadio de Vallecas. La idea era celebrarla al caer la noche, pero antes de la cena, en contraposición a la brasileña que se disputaba camino de la madrugada. En aquella primera prueba los hombres corrieron 2.700 metros y las mujeres 400 metros. Al vencedor masculino le dieron 15.000 pesetas y a la femenina una cubertería y un picardía de color rojo para celebrar la Nochevieja. En la actualidad la prueba consta de 10.000 metros y 40.000 inscritos entre varones y hembras, que compiten en igualdad de dificultad y de premios. Con todo, en la San Silvestre de Sâo Paulo hubo que esperar hasta 1975 para que se permitiese la presencia de la mujer como motivo de ser ese el Año Internacional de la Mujer.

En la actualidad, sólo en España, hay más de dos centenares de carreras de San Silvestre a celebrar el 31 de diciembre. Ya no se regalan cuberterías ni se montan fiestas con regalos tras la carrera, dado que la propia carrera es una fiesta. En la primera edición de la Vallecana el vencedor fue el madrileño Jesús Hurtado, plusmarquista español de 10.000 metros, pero un completo desconocido en el panorama internacional. El último vencedor fue el etíope Berihu Aregawi, medallista olímpico en Paris 2024.

Los tiempos cambian, la tradición se mantiene.

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Cuando en 1896 se ponen en marcha los Juegos Olímpicos lo hacen con una prueba de nuevo cuño. De viejo cuño eran cinco. Tiro, esgrima, lucha, gimnasia y atletismo. Tal y como habían sido concebidos los Juegos en la Antigua Grecia. Dentro de la disciplina del atletismo, a los nuevos griegos se les ocurrió crear una prueba que tenía un cóctel que empezaba por lo mitológico, se barnizaba de histórico y contaba con tintes nacionalistas. Se trató de una carrera de 42 kilómetros bautizada con el nombre de Maratón, en honor a la batalla de dicho nombre en la que una coalición de fuerzas helenas venció a los invasores persas en el año 490 a.C.

Su origen se basa en la historia sobre el soldado griego Filípides, quien murió de un infarto provocado por la fatiga de haber corrido los aproximadamente 42 kilómetros desde Maratón hasta Atenas para anunciar la victoria sobre el ejército persa. En realidad, Filípides recorrió el camino hasta Atenas, donde descansó, y luego retomó la marcha hasta Esparta para pedir refuerzos, sumando otros 200 kilómetros al asunto. Dicha carrera, de un total de 246 kilómetros, también se realiza anualmente bajo el nombre de Spartathlon, aunque afortunadamente nadie ha tenido la osadía de incorporarla al programa olímpico.

El caso es que nunca antes se habían corrido 42 kilómetros en una prueba cronometrada. La primera vez tendría lugar en los aclamados Juegos de 1896. El coronel Papadiamantopoulos, cual Filípides a caballo, dio la noticia de que un griego iba en cabeza. Se trataba de Spiridon Louis, quien se proclamó el primer campeón olímpico de maratón tras casi tres horas de carrera, un tercio más de lo que lleva en la actualidad. De profesión aguador, en una Atenas que entonces no contaba con agua corriente, Spiridon Louis recibió como regalo por parte del rey de Grecia una mula y un carro para poder facilitar su trabajo. Con el tiempo, Louis conseguiría una plaza como policía y se le regalarán servicios como peluquería o zapatos gratis de por vida en mérito a lo conseguido.

Spiridon. El primer maratoniano

Y es que Spiridon Louis se convirtió en leyenda. Inmediatamente fue percibido que el espectador se embobaba a partes iguales por saber quién era el campeón de los 100 metros lisos y el vencedor en el maratón. El más rápido sobre la faz de la tierra y también el más resistente.

Para el año 1900 se clasificaron 19 valientes de cinco países distintos para disputar la maratón de los Juegos de París. El recorrido partía del Palacio de Versalles para finalizar en la antigua Lutecia, en un trayecto que más tarde repetirá varias veces el Tour de Francia para su contrarreloj final. Sucedió que como hacía un calor infernal se cambió el trazado el día anterior para recorrer en varias vueltas el Bois de Boulogne. Aquello no gustó. Hubo que descalificar a un francés que conocía el parque e hizo trampas saltándose varios tramos. A un estadounidense lo atropelló una bicicleta de un transeúnte, dado que la organización se había olvidado de acotar el bosque y avisar a la gendarmería para evitar la entrada de los lugareños. El ganador fue un tal Newton, también norteamericano, quien siguió corriendo una vez llegó a meta, dado que nadie le comunicó que había sido vencedor hasta minutos más tarde.

Pierre de Coubertin estaba apenado. Lo que fuera un éxito en Atenas se había tornado en fracaso en París. Tenían lugar ahora los Juegos Olímpicos de 1904 en Saint Louis, en el corazón de Estados Unidos. Volverán a ser descafeinados y, de hecho, sino llega a ser por el éxito de Londres 1908 es más que probable que el invento olímpico hubiese finalizado para siempre con el estallido de la I Guerra Mundial. Comentaba pues, que los Juegos de 1904 fueron un desastre organizativo y de público, a excepción hecha del maratón, cuya celebración empezaba a tener condición de leyenda por su condición de desafío descomunal para la condición humana.

El 30 de agosto de 1904 participan 32 valientes, de los cuales 19 son estadounidenses y 9 de ellos griegos. Es un duro trazado con subida a diferentes colinas y que tras cinco vueltas finaliza en el estadio olímpico. Todo el recorrido estará abarrotado de público. Única vez que ocurre en estos Juegos Olímpicos de Saint Louis.

En el kilómetro 15 un tal Fred Lorz decide retirarse y se sube a un coche de la organización. El vehículo se dirige al estadio para que Lorz pueda ducharse y recoger su ropa de paisano. No obstante, en un punto del recorrido, exactamente a siete kilómetros del final, revienta una rueda del coche, el cual queda varado en una cuneta. Lorz, ya descansado, comienza a caminar y más tarde a trotar. Los jueces son conscientes de lo que está a suceder, pero Lorz replica que únicamente va al estadio a recoger su ropa y que llegará antes trotando que si espera a un nuevo coche escoba.

Fred Lorz. El impostor

¿Qué sucedió? Lo que todos imaginamos. Lorz llegó al estadio, la gente comenzó a vitorearlo, y él alzó las manos proclamándose vencedor. No había información al instante. No había televisión y tampoco contábamos con la radio. Alice Roosevelt, hija del presidente Theodore Roosevelt, bajó del palco para felicitar al campeón.

El caso es que la voz de la conciencia surge en un momento dado y entre foto y foto Lorz se escapa al vestuario con la excusa de ir al baño. Allí se ducha, se viste y se escapa por una puerta de emergencia mientras el resto de deportistas empiezan a entrar en el estadio olímpico.

Quince minutos después llega Thomas Hicks, el verdadero vencedor, cual piltrafa y apunto de desmallarse. El público y la señorita Roosevelt no entienden nada. Mientras los jueces corren en dirección a los vestuarios para dar un escarmiento a Lorz quien por entonces ya ha tomado las de Villadiego. Al mismo tiempo, Hicks cruza la línea de meta y cae inconsciente.

Tardará tres horas en recuperarse.

La argucia de Lorz le causará una sanción a perpetuidad. Semanas después, ante el Comité Olímpico, se desguazará en excusas, soltará miles de lágrimas, pedirá indulgencia…y al año siguiente correrá y ganará el maratón de Boston.

Entre el desastre de 1900 en el Bois de Boulogne y la argucia de Lorz parecía que el maratón olímpico estaba herido de muerte… pero contábamos con Hicks, el héroe que había logrado el oro para luego caer inconsciente en la línea de meta.

¿Quién era Thomas Hicks? Nacido en 1876 en Inglaterra, había emigrado de niño a Estados Unidos donde ejercía como trabajador febril y payaso de circo a partes iguales. Conseguirá una beca deportiva en la YMCA de Cambridge debido a su infatigable labor como atleta.

En la maratón de Sant Louis, Hicks va en cabeza desde la tercera de las siete vueltas al circuito. El sol aprieta y los caminos sin asfaltar hacen que el polvo se introduzca en los ojos y en las bocas de los atletas provocando una molesta sequedad. A la altura del kilómetro 24, Hicks nota que sus piernas comienzan a flaquear. Su entrenador, desde el coche de la YMCA, le da un vaso con una clara de huevo. No es suficiente. Tiene que parar. En ese momento se acerca al vehículo y una jeringuilla asoma tras la puerta del bólido. Le inyectan un gramo de estricnina, sustancia que estimula el sistema nervioso.

Sigue.

Llega el kilómetro 29. Nueva crisis. Dos claras de huevo con agua extraída del radiador del coche. Nada. Lo remolcan en una pendiente tirándole de los brazos mientras su entrenador saca una mano por la ventanilla agarrándole de la muñeca.

Tampoco.

En el kilómetro 34 Hicks se para. No puede más. Va a abandonar. Le inyectan otro gramo de estricnina y le animan a continuar dado que va en cabeza. Tiene un amago de desmayo y pone las manos en el suelo, pero lo levantan y continuará corriendo hacia la meta.

Llegará a meta entre empujones y ánimos y como moribundo, pero se proclamará campeón olímpico con un tiempo notablemente superior a los registrados por los hasta entonces únicos dos vencedores olímpicos del maratón.

Como comenté líneas atrás, se tardaron tres horas en reanimar a Thomas Hicks. El médico que lo atendió advirtió de que una tercera dosis de estricnina le hubiese causado la muerte.

La estricnina es un estimulante.

También es la base química para elaborar los raticidas.

Aquel fue el primer caso de ayuda química registrado en el deporte.

El primer campeón olímpico dopado.

A partir de su caso se establecieron las primeras, aunque muy ligeras, medidas contra las sustancias químicas en el deporte.

Thomas Hicks. Remolcado.

P.D: Cuarto clasificado finalizó un cubano llamado Félix Carvajal. Pobre, de apenas 155 centímetros de altura, mendigó en su La Habana natal para costearse un pasaje a Estados Unidos. Llegó a Sant Louis como polizón en vagones de ganado, robando fruta para comer y ayudado por buenas gentes. Corrió con un pantalón de trabajo y sin camiseta. Se convirtió en un héroe y Coubertin pagó de su bolsillo el pasaje de vuelta a Cuba en donde fue recibido con vítores y ejerció de cartero hasta su fallecimiento.

El Comité Olímpico Internacional explotó en los años siguientes la historia de Félix Carvajal hasta la saciedad y ocultó lo máximo posible el nombre de Thomas Hicks como campeón olímpico.

Hicks fue el primer dopado y también el primer proscrito.

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La locomotora humana

1922. Grandes orejas y raquítico esqueleto. Todo unido por el cuello a su cabeza hacia que Emil pareciese un chupa chups. Ni tenía un cuerpo destacable ni tampoco era especialmente aplicado con los libros. Era anodino. Uno entre tantos. Un niño nacido en la Europa de entreguerras, en un lugar llamado Koprivnice, en el año 1922. Aquel pueblo estaba situado en Checoslovaquia, una entelequia de país que apenas contaba con tres años de existencia. Aquel niño, hijo de carpintero, se llamaba Emil. Emil Zátopek. No había evidencia alguna de que ese niño se pudiese convertir en un gran deportista. Era enérgico y gustaba de ir corriendo de la escuela a casa en competición con otros niños. Poco más. Jugaba al fútbol por convención social, pero no le resultaba especialmente interesante. No había talento alguno que desarrollar porque no había talento alguno que descubrir.

1936. Parece ser que con motivo de las fiestas del pueblo el preadolescente Emil se apuntó a una carrera alrededor de la villa. Según se cuenta el recorrido era circular y contaba con aproximadamente un kilómetro de longitud. Resultaba vencedor aquel que lograse completar más vueltas antes de retirarse. Era pues una prueba de resistencia y no de velocidad. Niños y no tan niños comenzaron a trotar. Alguno corrió dos o tres vueltas, unos cuantos seis o siete y hubo uno que llegó a las diez. Sólo quedaba Emil. Ya había ganado. Pero siguió corriendo. La tarde iba transcurriendo mientras vecinos y más vecinos hacían su aparición para aplaudir vuelta tras vuelta al pequeño Zátopek. Cuando contaba con 13 giros lo mandaron parar. Lo hizo a regañadientes. Al día siguiente hizo el mismo recorrido por su cuenta. Sus hermanos mayores afirmarían que llegaría a dar 30 vueltas.

1938. Checoslovaquia fue dada en bandeja de plata a Hitler meses antes del inicio de la II Guerra Mundial. Tenía Emil 16 años. Hubo de ponerse a trabajar en una fábrica de zapatos que pronto cambiará los tacones y las zapatillas por las botas militares al servicio del ejército alemán. Emil se salva de un reclutamiento forzoso por su condición de atleta. Es llevado de un lado a otro en carreras de exhibición para el beneplácito de los mandamases. Lo hace sin entrenar. Ni le dejan en la fábrica ni tampoco su padre, quien le pide que se centre en trabajar y en obedecer a sus superiores. Lo de dedicarse al atletismo se convierte en una entelequia.

1945. Todo cambia en 1945. Checoslovaquia vuelve a ser un país. Emil cuenta con 23 primaveras. Goza de buena salud. Su país no. Ya no es la Checoslovaquia de antes de la guerra. La democracia ha sido sustituida por la dictadura del proletariado. Las autoridades comunistas apuestan por el deporte como forma de convencer al mundo de las bondades del sistema. A Emil lo sacan de la fábrica y le obligan a entrar en el ejército. Lo inscriben en el Dukla Praga, el conjunto de los militares. Tendrá consideración de suboficial a cambio de dedicarse en cuerpo y alma al atletismo. En contraprestación debe dar triunfos y gloria a la Checoslovaquia comunista. O todo o nada.

1948. A Emil Zátopek lo mandan a los Juegos Olímpicos de Londres. Es el actual plusmarquista checo en 10.000 metros. Pero no es favorito. Es un completo desconocido. A mitad de carrera va instalado en el grupo. Entonces acelera la marcha y empieza a adelantar rivales a los que va dejando atrás uno a uno, cual locomotora desengancha sus vagones. La locomotora humana gana la medalla de oro logrando un nuevo récord olímpico y aventajando al segundo clasificado en más de 50 segundos. En la carrera de 5.000 metros Zátopek logra la medalla de plata al perder el sprint final ante el belga Gaston Reiff. Aquel éxito lo convierte en una celebridad. Batirá el récord mundial de los 10.000 metros cuatro veces consecutivas en cuatro años seguidos. Zátopek tiene carta libre para dedicarse a los entrenamientos. Son años de cambios. Zátopek estaba en medio de la revolución del entrenamiento por intervalos que estaba modificando drásticamente el entrenamiento deportivo a mediados del siglo XX. Pero mientras que el adiestramiento por intervalos se centraba en mezclar series de carreras ligeras, medias y duras, Zátopek solo conocía una configuración; dura. En sus primeras excursiones por el bosque, Emil simplemente corría, explorando en lugar de entrenar de forma concentrada. Pronto se cansó de matar el tiempo sin un objetivo. Una sesión típica implicaba veinte series de 200 metros y otras veinte de 400 metros. Después de ello, sumaba otros 10.000 metros en carrera. Así todos los días. Zátopek no usaba cronómetro. Las unidades que le interesaban medir eran las del esfuerzo. Muhammad Ali comentó una vez que, cuando hacía abdominales, solo empezaba a contarlos cuando empezaban a doler porque era los únicos que contaban. Zátopek era de la misma opinión. “En el límite entre el dolor y el sufrimiento es donde se separan los hombres de los niños”, diría en cierta ocasión.

17 de julio de 1952. Dos días antes del inicio de los Juegos Olímpicos, Emil Zátopek está en el aeropuerto de Praga junto a Dana, su esposa y lanzadora de jabalina, y el resto del equipo checoslovaco. El avión pone rumbo a Helsinki donde tendrán lugar los Juegos Olímpicos. Quien no está es Stanislav Jungwirth (apodado Jogurt). Al compañero de entrenamientos de Zátopek se le habían negado las credenciales para abandonar el país. Su padre estaba en prisión por oponerse al régimen comunista y, aunque le habían prometido a Zátopek que no habría consecuencias para su hijo, finalmente el gobierno checo decidió impedir el vuelo de Jogurt para evitar que desertase. Meses antes, de hecho, ya se había arrestado a varios integrantes del equipo de hockey sobre hielo (vigentes campeones mundiales) por miedo a más deserciones. Zátopek fue claro y rotundo; o Jogurt viajaba a Helsinki o Zátopek se quedaba en tierra. Cogió su chándal de entrenamiento, le pidió a Jogurt el suyo y entregó ambos a un alto funcionario del Ministerio de Deportes. Inmediatamente se fue a entrenar y dijo que no lo molestaran hasta que le devolviesen el pasaporte a Jogurt.

19 de julio de 1952. Ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos. Toda la prensa internacional pregunta por Emil Zátopek. Una inoportuna lesión le impide estar en Helsinki, pero se confía en que esté listo para el día que se celebre la carrera de 10.000 metros. Esa es la versión oficial. Lo cierto es que Emil está en rebeldía. A su esposa Dana la aíslan en una habitación y le prohíben mantener contacto con nadie. Finalmente, el Partido Comunista Checo acepta que tanto Zátopek como Jogurt viajen a Helsinki. Eso sí. Hay advertencia para Zátopek. Se le exige el oro tanto en 5.000 como en 10.000 metros, al ahora ascendido a capitán del ejército checoslovaco. O el todo o la nada. En el mismo ascenso estaba el riesgo. Podría volver convertido en héroe o acabar olvidado y aislado en una penitenciaria.

20 y 24 de julio de 1952. En un plazo de ocho días Emil Zátopek iba a realizar un desafío nunca antes intentado, nunca después pretendido y nunca jamás conseguido. Primero fueron los 10.000, en los que vence con suficiencia por delante del francés Alain Mimoun, quien también había sido plata cuatro años atrás. Cuatro días después tienen lugar los 5.000 metros. Cinco corredores llegan a la última vuelta con opciones de medalla. Reiff, vigente campeón, lanza una carga final que pronto es contestada por Zátopek, Mimoun y el alemán Shade. En ese momento Zátopek marcha cuarto con su zancada desgarbada, boca abierta y cabeza echada. Los otros, con un paso académico, marchan por delante. Pero la victoria aún estaba al alcance de la locomotora checa. Los demás se estaban cansando. Los demás no tenían esas 40.000 vueltas rápidas en sus piernas. Los demás podían ser derrotados. Al entrar en la curva final, había cerrado la brecha. A mitad de la misma Zátopek lanzó un nuevo ataque, pasando por delante de sus tres rivales en una agonizante confusión de brazos agitados y piernas golpeando. Mimoun y Schade respondieron, y durante una tentadora fracción de segundo, los tres estuvieron uno al lado del otro…hasta que Emil vuela hacia la meta, gana el oro y establece un nuevo récord olímpico.

27 de julio de 1952. Tras ganar el oro en los 5.000 y los 10.000 metros, Emil Zátopek se dispone a completar un maratón. La primera vez en su vida en la que correrá un maratón. Con el número 903 sobre el pecho, el checo pretende completar algo extraordinario. Son un total de 66 atletas representado a 32 países por un circuito al norte de Helsinki. En los primeros diez kilómetros un grupo de 9 escapados aventaja a un pelotón donde se mantiene impertérrito el bueno de Zátopek. A media maratón, Zátopek alcanza la tercera posición tras Jim Peters y Gustaf Jansson. Al rebasar el kilómetro 32 empieza a balancear su cabeza en su muestra de esfuerzo característica para colocarse líder y llegar diez kilómetros después ganando el maratón con dos minutos de ventaja sobre el argentino Reinaldo Gorno, segundo clasificado. 70.000 personas aclaman en pie a un Zátopek que acaba de ganar su tercera medalla de oro y quien recibe el abrazo de Dana nada más cruzar la línea de meta. Su esposa, por cierto, había ganado el oro en lanzamiento de jabalina horas antes.

Zátopek en cabeza

1956. Con 34 años Zátopek intentó defender su medalla de oro en maratón en los Juegos Olímpicos de Melbourne. Había sido campeón de Europa de 10.000 nuevamente, pero su cuerpo ya no era capaz de competir en varias pruebas en un corto espacio de tiempo. La forma de correr de Zátopek con giros constantes de cabeza y balanceándose de lado a lado no era productiva a largo plazo. Se dice que, cuando le preguntaban por sus torturadas expresiones faciales, Zátopek respondía: «No es gimnasia ni patinaje artístico, ¿sabe?». Además, se entrenaba con cualquier tiempo, incluida la nieve, y a menudo lo hacía con pesadas botas de trabajo en lugar de zapatillas especiales para correr. Esa brutalidad le llevó a tener una lesión en la ingle que lo mantuvo hospitalizado seis semanas. En 1956, acabaría sexto en el maratón. Con todo, seguía siendo el gran Emil Zátopek y tuvo honores en su retirada al regresar a Praga. El Partido Comunista no le tuvo en cuenta sus manifestaciones públicas a favor de una apertura democrática con motivo de la revuelta húngara de ese mismo año. Aun entonces el coronel (nuevo ascenso) Zátopek era intocable, pero no sería así para siempre…

1968. Zátopek seguía siendo una personalidad aun habiéndose retirado en la década anterior. Mantenía fuerte contacto con Alexander Dubcek, presidente checo, que, aunque miembro del Partido Comunista, apostaba por la apertura de prensa, la concesión de libertades y el comercio con Occidente. Aquel arriesgado juego acabó con los tanques soviéticos entrando en Praga en agosto de 1968. Miles de checos se habían congregado en los alrededores de la sede de la radio pública nacional (que desde esa primavera emitía sin censura). Fue una notable muestra de unidad popular y desafío. Y el símbolo más visible de ese desafío fue un hombre calvo de mediana edad con una chaqueta arrugada, de pie sobre un pedestal junto a la estatua de San Wenceslao. Era Emil Zátopek. En un momento dado, Zátopek se precipitó hacia un grupo de soldados soviéticos, anunció su nombre y sus títulos deportivos y luego fue de un tanque a otro hablando en ruso con los soldados pidiéndoles que bajasen las armas.

Defendiendo la libertad

1972. Tras el fin de la llamada Primavera de Praga más de 16.000 personas fueron detenidas y se ejecutaron a una centena de ellas. Debido a su estatus de leyenda, a Emil Zátopek ni lo enviaron a un campo de trabajo ni estuvo delante de un pelotón de fusilamiento. Sin embargo, se le destituyó de su cargo honorífico del ejército y se le quitó su vivienda y pensión. Peor aún. Su nombre fue borrado de los libros de la historia. En ningún texto checo o del área soviética podía aparecer récord o logro alguno de Zátopek. A Emil lo mandaron a trabajar a las minas de uranio. Meses después le permitieron volver a su pueblo, a la que había sido su casa familiar, donde sobrevivía plantando verduras y hortalizas y donde los lugareños se acercaban a hacerle agasajos a escondidas en forma de costillas de cerdo o filetes de ternera. Durante cuatro años ese fue el día a día de Zátopek, hasta que el Comité Olímpico Internacional exigió su presencia como invitado para los Juegos de Múnich de 1972. El gobierno checo se negó a otorgarle un pasaporte. Ocurrió que las protestas arreciaron y, al cabo de varias semanas de negociaciones, se permitió que Zátopek viajase a Alemania para recibir un sentido homenaje. Después, vuelta a casa, y nuevamente a pasar desapercibido entre patatas, zanahorias y cebollas.

1983. Ese año tiene lugar el I Campeonato del Mundo de Atletismo. Se celebra en Helsinki. Allí, cuatro décadas antes, Zátopek lograra el triplete 5.000, 10.000 y Maratón en los Juegos Olímpicos. Su presencia es obligada. Esta vez se le permite ir. Es un anciano y no se le considera peligroso. Tras volver de Múnich, a Zátopek le acabarían dando un trabajo en el servicio de basuras. Se cuenta que, al ser reconocido, la gente vaciaba los contenedores en su lugar y tiraban ellos mismo las bolsas en los camiones. Aquello era inaceptable por el régimen y fue despedido. Por entonces llevaba años apartado de su mujer. El padre de Dana había sido alto cargo del ejército y en 1968 movió hilos para separar al matrimonio. Al fallecer el padre, los Zátopek retomaron su vida de casados. A Emil le permitieron volver a reunirse con Dana en Praga a cambio de aceptar un trabajo como censor de periódicos deportivos durante 14 horas diarias. Era humillante. Terriblemente humillante. Una entre tantas. Pero el poder estar con su querida Dana inclinó la balanza a favor de la aceptación de lo inaceptable. Así que cuando llegó a Helsinki y miles y miles de personas lo aclamaron, Zátopek debió sentirse en la Luna. Ni siquiera cuando el comunismo cayó y su nombre y sus registros fueron rehabilitados el sentimiento popular fue el mismo. Tampoco cuando falleció en 2000. Al fin y al cabo, los homenajes cuando uno está muerto no son precisamente disfrutables. Pero las dos semanas de Helsinki de 1983 que Zátopek se pasó entre apretones de brazos, aplausos y cálidas sonrisas debieron compensar, al menos en parte, todos los sufrimientos de esos largos, duros y penosos últimos años.

Emil Zátopek, el hombre que ganó 5.000, 10.000 y maratón en unos Juegos Olímpicos. Hazaña que nunca jamás será igualada.

La locomotora humana

“Correr lento; ¿para qué? No quiero ir detrás de un rival para ganarle al final. A mí no me importa cansarme. Para eso entreno”. Emil Zatopek, contestando a un periodista que le preguntaba porque siempre se ponía en cabeza para tirar desde un principio en vez de esperar al tramo final.

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Team Hoyt

El 10 de enero de 1962 fue miércoles. Un día como otro cualquiera. No para Dick. Ese mismo día nació Rick. Fue el mayor de tres hermanos. El primer hijo de Dick. El padre de todos ellos. El apellido era Hoyt. El caso es que el nacimiento de Rick Hoyt fue del todo menos fácil. Llegó al mundo con el cordón umbilical enrollado al cuello.

El oxígeno no pudo llegar al cerebro del pequeño.

Rick Hoyt nacía con una severa e irreversible lesión cerebral.

Viviría en estado vegetativo el resto de sus días.

Sus padres se negaron a aceptar lo inevitable y volcaron todo su amor, tiempo y dedicación en su hijo mayor. Fue duro. Durísimo. Con los años pudieron advertir que su hijo los seguía con la mirada. No era poco para un ser humano en estado vegetal. Y, por supuesto, ningún médico pensó que pudiese llegar a hacerlo.

Ningún médico animó ni apoyó a los padres de Rick.

Fueron considerados unos locos.

Con 11 años Rick Hoyt ya reaccionaba a las bromas con una mueca de satisfacción y, tras una larga lucha y una notable cantidad de dinero, lograron que unos ingenieros de la Universidad de Tufts (Massachusetts) crearan una especie de ordenador como el que luego haría famoso el celebérrimo Stephen Hawking. La primera palabra de Rick fue ‘¡Go Bruins!’, el grito de guerra de los Boston Bruins, el equipo de hockey de la capital de Massachusetts.

De esta forma Rick pudo comunicarse con el mundo y matricularse en la universidad con el paso de los años. Una vez licenciado se convirtió en un hombre de mediana edad que ejercía como profesor y que, aún con ayuda, vivía en casa propia.

Sólo esto que acabo de contar está al alcance de unos pocos seres humanos.

Unos poquísimos seres humanos.

Pero hay más.

Mucho más.

Rick (silla) y Dick (padre)

Cuando Rick contaba con quince años un compañero suyo de instituto sufrió un accidente que lo dejaría paralítico. Se celebró entonces una carrera benéfica para recaudar fondos en esa escuela y en otras de la contorna para ayudar al chico y a su familia. Rick sintió que era necesario que él también participase en la carrera para demostrar que la vida podía ser igual de satisfactoria aun viviéndola en una silla de ruedas.

Es entonces cuando Dick, el abnegado padre, entra en escena. A estas alturas es bueno apuntar que Dick era un teniente coronel del Ejército de Estados Unidos. Caminaba cerca de los 40 años, pero su condición física era extraordinaria. Así que no lo dudó ni un instante. Cogió a su hijo, lo subió a una silla de ruedas y juntos corrieron la carrera benéfica. Fueron ocho kilómetros en los que Dick no paró de sonreír y donde descubrió que paso a paso su deficiencia desaparecía.

Acaba de nacer el Team Hoyt.

Desde 1977 hasta 2005 el Team Hoyt participó en un total de 911 eventos, incluyendo 206 triatlones (6 de los cuales fueron competiciones Ironman) y 64 maratones, incluyendo 24 Maratones de Boston consecutivas. Dick ha empujado y tirado de su hijo por todo Estados Unidos, pasando por cientos de líneas de meta. Cuando Dick corre, Rick está en una silla de ruedas que Dick va empujando. Cuando Dick va en bicicleta, Rick está en un asiento especial sujeto al frente de la misma. Cuando Dick nada, Rick está en una pequeña balsa, estabilizada firmemente, que es empujada por Dick. En cierta ocasión, en 1992, el Team Hoyt corrió más de 4.000 kilómetros en bicicleta durante mes y medio.

Durante más de tres décadas, Dick, desde los cuarenta hasta pasados los setenta, empujó y tiró de su hijo por todo el país.

Y Dick no se había subido a una bicicleta desde que tenía seis años. Y Dick nadaba al estilo perrito. En su época no era obligatorio saber nadar para entrar en el Ejército de Tierra.

Empezó de cero. Empezó de la nada.

Al inicio los demás atletas le hacían el vacío al Team Hoyt. Con el tiempo no había corredor que no se acercase a hacerse una foto con los miembros del Team Hoyt. El gran cambio se dio cuando compitieron en 1981 en su primera maratón de Boston. Creada en 1897 y disputada siempre el tercer lunes de abril, los 42’195 kilómetros de Boston son la competición de larga distancia más antigua del planeta llegándose a correr ininterrumpidamente a pesar de la I Guerra y la II Guerra Mundial y sólo cancelada en 2020 por culpa del Covid. El caso es que a inicios de los 70 se había creado una carrera paralela para personas en silla de ruedas. En 1981 los Hoyt se negaron a participar en ella y exigieron competir en la abierta a todo tipo de personas. Todos los miraban, todos cuchicheaban, pero el Team Hoyt no sólo acabó la carrera, sino que quedó entre los 5.000 primeros en una prueba en la que se superan las 25.000 inscripciones.

Team Hoyt

Dick Hoyt falleció a los 80 años de edad en 2021. Su hijo Rick lo hizo dos años más tarde a los 61 años. El caso, es que, en 2005, cuando dejaron de competir, lo hicieron porque a Dick le había dado un infarto leve durante un maratón. Los médicos descubrieron que una de las arterías de Dick estaba completamente obstruida e inutilizada. Le comentaron a Dick que de no haber estado en tan buena forma probablemente hubiese fallecido una o dos décadas más atrás.

Así que se puede decir que el padre salvó al hijo.

Y también que el hijo salvó al padre.

“Cuando Rick tenía ocho meses, los doctores nos dijeron que deberíamos sacrificarlo, que estaría en estado vegetal toda su vida, ese tipo de cosas. Bueno, esos doctores ya no están vivos ahora, me gustaría que pudieran ver a Rick en este mismo momento”. Dick Hoyt en 2005 tras su última competición.

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Halina Konopacka

Leonarda Kazimiera Konopacka-Matuszewska-Szczerbińska nació en 1900 en una pequeña villa del interior de Polonia. Era de familia bien. De ahí su retahíla de apellidos. Eso le permitió que, aun siendo mujer, practicase hípica, natación, patinaje y tenis. Halina, como era conocida, era alta, medía 180 centímetros y tenía la piel morena y los ojos marrones, dado que su padre era tártaro. No era una valkiria polaca, sino que asemejaba ser de otras latitudes. Sorteada la I Guerra Mundial sin mayores problemas para su familia, al acabar la contienda inició sus estudios universitarios en Varsovia donde se aficionó al atletismo, especializándose en lanzamiento de disco. En 1927 estableció el récord del mundo de la especialidad. Con todo practicó distintas disciplinas sumando en su carrera 27 récords nacionales diferentes.

Con esa carta de presentación Halina Konopacka acudió a los Juegos Olímpicos de Ámsterdam de 1928 donde lograría la medalla de oro con un nuevo récord del mundo. Lo mantendría durante cuatro años y nunca jamás sería batida en una competición de disco. Competía siempre con una boina roja muy llamativa y su mezcla de rasgos fasciales, que la hacían sumamente atractiva, le acabaron de dar el apodo de Miss Olimpia. Fue recibida con honores en Polonia, donde fue la primera campeona olímpica del país, antes de retirarse para dedicarse a su marido y a su familia tal y como establecía la sociedad de la época.

Contrajo matrimonio como Ignacy Matuszewski, diplomático, coronel del ejército y ministro de Hacienda en hasta cinco gobiernos polacos diferentes. Con todo, Halina era de todo menos una ama de casa al uso. Y ni su marido pretendía que lo fuese ni lo hubiese conseguido de haberlo deseado. Halina Konopacka siguió practicando deporte. Esquí y tenis, además de escribir artículos deportivos en prensa. Fue invitada de honor en los Juegos Olímpicos de 1936, tanto en su versión invernal como en la veraniega, y en 1938 pasó a formar parte del Comité Olímpico Polaco.

Konopacka hablaba cuatro idiomas diferentes y escribía como los ángeles. Se licenció en filosofía y publicó varios poemarios, especializándose en temas amorosos y en la relación entre iguales del hombre y la mujer.

Halina

Con esto bastaría para una interesante biografía. Bella, erudita, culta y todo en un cuerpo de 1’80 que se movía con gracilidad.

Pero aún hay más.

Cuando Hitler ocupó Praga en marzo de 1939 Ignacy Matuszewski ideó un plan. Consciente que más pronto que tarde los nazis invadirían Polonia, consideró oportuno trasladar las reservas de oro polacas al extranjero. Para llevar a cabo su plan Matuszewski contó con su mujer. Ambos harían viajes en coche aparentando desplazamientos de ocio en pareja para no levantar sospechas. Así movieron el dinero en dirección a Rumanía. Ocurre que la escalada bélica aumentaba por momentos y no estaba claro que el plan pudiese finalizarse antes de que la II Guerra Mundial estallase. Fue entonces cuando Halina dio un paso más y decidió hacerse conductora de autobuses para poder mover una cantidad elevada de lingotes de un lugar a otro.

Llegó septiembre. Y comenzó la contienda.

En cuarenta días el ejército alemán habrá conquistado Polonia. Fueron cuarenta días de viajes interminables. Halina condujo autobuses sin descanso que pilotaba por la noche para evitar los ataques aéreos de la Luftwaffe. De día se ocultaba en bosques o granjas a la espera de un momento de calma. Los alemanes eran conocedores de la salida de las reservas de oro del país y la perseguían, pero Halina y otros valientes compatriotas polacos fueron capaces de llegar a Ucrania a través de Rumanía, descargar allí unas 75 toneladas de oro y transferirlas desde aguas del Mar Negro a barcos británicos. No habían acabado en esa travesía los peligros, pues se encontraban en sus aguas submarinos alemanes que tuvieron que esquivar. Así, llegaron a Estambul, de allí hasta Beirut, donde descargarían el oro en barcos franceses que arribaron al puerto de Marsella.

Ese oro serviría para aportar recursos al gobierno polaco en el exilio. Cuando Francia fue a su vez invadida por los alemanes, el oro se trasladaría a Gran Bretaña.

¿A qué espera Netflix o Amazon para hacer una serie?

Tras lograr el objetivo, y con media Europa ocupada por las fuerzas alemanas, Halina Konopacka y su marido tuvieron que marchar rumbo al exilio. Con un patrimonio considerable y una vasta red de contactos pudieron sobornar a unos cuantos nazis, lo que les permitió librarse del cadalso. Y con todo no fue fácil salir de Polonia. Viajaron por tren y carretera escondidos cruzando Francia hasta llegar a España. Una vez en Madrid lograron esquivar a varios espías nazis antes de establecerse en Lisboa, en donde cogieron un barco rumbo a Brasil. Ya más tranquilos, el matrimonio puso rumbo a Nueva York donde Halina quedaría viuda al poco de llegar debido a un infarto que segó la vida de su marido.

Konopacka y Matuszewski (p,plano)

Era 1946. La II Guerra Mundial había finalizado. Polonia mantenía su independencia, pero bajo un gobierno comunista títere de la Unión Soviética. Halina volvió a casarse, en este caso con un ex tenista, pero de nuevo enviudó. Como no podía ser de otro modo, Halina no quiso quedarse en casa a llorar sus penas.

Abrió una tienda de ropa y se lanzó como diseñadora. Se mudó a Florida y decidió estudiar Bellas Artes con 60 años. Se especializó en cuadros con motivos florales. Aprendió a tocar el piano y la guitarra y comenzó a pilotar coches de rallye. Alguien dijo de ella que era una mujer del Renacimiento. Y lo era. De verdad que lo era.

Únicamente volvió a Polonia en tres ocasiones. Todas bajo el régimen comunista. Falleció en enero de 1989, apenas un año antes de que la democracia volviese a su país. Sus cenizas serían trasladadas a Varsovia y se le daría la Cruz de Plata al Mérito de forma póstuma.

“Polonia es como un tablero de ajedrez en el que unos juegan al ajedrez y otros a las damas. Nadie puede ganar, pero sí todos decir; he ganado”. Lech Walesa, presidente de Polonia (1990-1995).

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Un soviético, un alemán y un francés en la Carrera de la Paz (un Tour de Francia al otro lado de Telón de Acero)

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Paris 2024. Balance

En Gaza continúa un conflicto (así lo llaman) entre judíos y musulmanes creado por la torpeza occidental hace ochenta años y que lleva doce guerras y otras tantas treguas y las que quedan por venir. En Ucrania siguen esperando a que las negras de los chinos o las blancas de los americanos se cansen de mandar armas y alguien decida firmar unas tablas en la partida de ajedrez. Mientras, Arabía Saudí, Egipto, Etiopía, Emiratos Unidos e Irán forman un G5 alternativo y ponen en alerta a Estados Unidos y a China a la vez que Europa se dedica a mirar para otro lado. Eso sí, la Unión Europea aprueba la Ley de Inteligencia Artificial, el primer marco legal y regulatorio integral del mundo futuro. Ya se sabe que Estados Unidos inventa, China copia y Europa legisla.

En Irlanda deciden clausurar los tiempos del IRA escogiendo como presidente a Simon Harris, un joven político de 36 años líder del Sinn Fein. En el estado estadounidense de Minnesota deciden retirar de su bandera a un indio cabalgando en una pradera por una insulsa pero políticamente correcta estrella de ocho puntas. En Rusia Vladimir Putin es reelegido con el 87% de los votos y lo llaman dictadura mientras que en El Salvador escogen a Nayib Bukele con el 84% de las papeletas y lo llaman democracia. Edmundo González es el tercer presidente electo de la República de Venezuela que viajará por medio mundo encantado de conocerse mientras Nicolás Maduro ejercerá por tercera vez la presidencia de Venezuela desde el Palacio de Miraflores. En el Viejo Continente la extrema derecha da zancadas camino del éxito mientras los mandamases de la Unión Europea siguen sin saber darle la vuelta a una decadencia que comenzó en 2008 y los europeos de a pie seguimos sin entender que se puede ser ateo y defender los valores del humanismo cristiano, a menos que queramos pegarnos un tiro en el pie a medio plazo.

Un streamer de 13 años que responde al nombre de Willis Gibson se convierte en la primera persona del mundo en vencer en el videojuego de Tetris al llegar al nivel 157 y hacer resetear la Nintendo. Un vuelo a Singapur acaba con 321 heridos y un fallecido por culpa de unas turbulencias y después de un siglo de revoloteos por los aires descubrimos el sentido de ponerse un cinto de seguridad a 40.000 pies de altura. Desde el aire cazas de Corea del Sur lanzan panfletos a favor de la democracia y Corea del Norte responde enviando una flota de 260 globos llenos de basura y estiércol para que caigan al sur del paralelo 38.

El Madrid gana la Champions por decimoquinta vez con un delantero gallego llamado José Luis, pero decide fichar a un parisino llamado Kylian Mbappé que no puede asegurar títulos, pero si cientos de millones de euros. Al Papa Francisco se le va la lengua y dice que hay demasiados homosexuales y en Cataluña el gobierno progresista, solidario, europeísta y vanguardista de la Generalitat decide negarse a acoger a 31 menores inmigrantes no tutelados para seguir haciéndole chantaje al superviviente de Pedro Sánchez, mientras que el molt honorable Carles Puigdemont se hace un Arsène Lupin con el beneplácito de La Moncloa.

Fallecen Donald Sutherland y también Paul Auster, conocido por todos y leído por ninguno. Se nos va Akira Toriyama, leído por muchos y visionado por muchísimos más. Toriyama era a Son Goku como Glynis Johns era a Mary Poppins. Personaje, pero de carne y hueso, era también Manuel Ruiz de Lopera quien nos dejó al igual que Mario Zagallo y el Káiser Franz Beckenbauer. En España cambiamos de Káiser dictatorial a uno democrático y aquella crónica de la Transición nos fue relatada por la también finada Victoria Prego.

No fallecieron, pero un atentado estuvo cerca de acabar con la vida del desconocido presidente de Eslovaquia y otro atentado estuvo a punto de acabar con la oreja del archiconocido ex presidente y posible nuevo presidente de Estados Unidos. Los yankees podrán escoger entre Donald Trump, condenado en firme por 34 cargos judiciales diferentes y que supera en tres años la esperanza media de hombres en Estados Unidos, y entre Kamala Harris, una negra rica hija de jamaicano e hindú que le hizo la cama a su mentor porque dentro de su partido se tenía miedo de que en caso de que Joe Biden fuese escogido presidente dentro de cuatro años no se hubiese acordado de haber sido escogido como tal.

Y sí, Carlos Felipe Arturo Jorge, dos años más joven que Trump y seis años más joven que Biden, ya es Carlos III rey de Inglaterra. Tan sólo le quedan 68 años de reinado para igualar a su madre.

¡Al fin!

En Paris tuvieron lugar entre el 26 de julio y el 11 de agosto los Juegos de la XXXIII Olimpiada. La mascota fueron unos gorros frigios, símbolo de la Revolución Francesa. Se vieron poco. Poco o nada. ¿Alguien se acuerda de la mascota? Fueron unos Juegos urbanos y jóvenes fiel imagen de un mundo que desdeña lo rural y desestima a los viejos. Unos Juegos donde convergieron las ideas de la posmodernidad. La ceremonia de inauguración fue una procesión náutica por el Sena. Atrás, como una idea envejecida, queda el estadio olímpico. La llama, espectacular, flotó en globo en los jardines de las Tullerias durante quince días en el mismo lugar en el que los hermanos Montgolfier elevaron artefacto similar en 1782. Un lugar, hermoso, mágico, pero lugar donde hubo paseantes, pero nunca deportistas. El atletismo ya hacía tiempo que había dejado de ser el pivote olímpico, pero en Paris fue sustituido con amargura por calles y monumentos.

Los Juegos fueron devueltos a la gente tras ser enjaulados por culpa de una pandemia. La ceremonia fue una exaltación de una ciudad que es la exaltación con mayúsculas. Fue una postal bellísima donde ni siquiera la lluvia fue capaz de restarle majestuosidad. Pero fue también una ceremonia excesiva donde los deportistas eran simple decorado y se diluyeron como bancos de peces en medio de una red gigantesca. Fue tal el protagonismo de Paris que lo de menos eran los Juegos. La complejidad pensada para el disfrute televisivo y para la excitación de la inclusión acabó con el enfado de millones de católicos y con el gasto de 1.400 millones de euros para que Ana Hidalgo se bañase en el Sena cual Fraga en Palomares y hubiera que suspender por dos veces las pruebas del triatlón por el mal estado de las aguas del maltrecho río parisino.

Durante dos semanas una Francia exhausta por fracturas políticas y años de atentados mandó un mensaje de universalidad, algo que lleva haciendo desde hace 250 años. Y con todo hubo tropezones. Y unos cuantos. 5.000 sin techo fueron enviados a Orleans, Marsella o Lyon en una operación que nada tiene que envidiar a cuando 600 gitanos fueron expulsados de Berlín camino de un campo de concentración en 1936. Sudan del Sur consiguió una histórica participación en baloncesto empañada porque la organización hizo sonar el himno de Sudán en su primer partido (con Corea del Sur y Corea del Norte pasaría lo mismo). Los récords escasearon en la natación porque las piscinas tenían 2’25 de profundidad, cuando el estándar olímpico es 2’95. Por vez primera hubo igualdad de atletas machos y hembras en la Villa Olímpica, la cual estaba provista de centro de estética y un lugar de rezo para siete religiones…pero no contaba con aire acondicionado y sus paredes de cartón impedían dormir a aquel al que no le apeteciese una noche de fiesta, una noche de sexo o ambos placeres combinados.

El judoca argelino Messaoud Dris se retiró de los Juegos para no combatir contra un atleta israelí. A la triple ganadora olímpica Charlotte Dujardin no le permitieron competir por un vídeo suyo en el que le pegaba 24 latigazos a un caballo. Por el contrario, un tal Van de Velde sí que pudo disfrutar de los Juegos por haberse finiquitado su pena por haber violado a una niña de 12 años tiempo atrás. La selección de fútbol de Argentina empata en el último instante su partido contra Marruecos y 196 minutos después, previa invasión de campo, el VAR invalida el tanto del empate. Tom Daley gana la plata en santos de trampolín tras dos años retirado y sin realizar entrenamiento alguno para liberar la mente como si de un libro de autoayuda se tratase.

Una velocista nigeriana no pudo competir en los 100 metros lisos porque su federación se olvidó de hacer la inscripción. El italiano Gianmarco Tamberi perdió su anillo de casado en el Sena y no dudó en pedirle a su esposa que tirase el suyo al agua parisina antes de suplicarle nuevamente matrimonio. La egipcia Nada Hafez llegó a octavos en esgrima embarazada de siete meses y a la brasileña Ana Vieira la expulsaron de los Juegos por visitar la Torre Eiffel en sus horas de entrenamiento. Rayssa Leal sumó dos medallas en skateboard con apenas 16 años y se lo agradece a Jesucristo con lenguaje de signos…Pero para Jesucristo el de Gabriel Medina caminando sobre las aguas en Tahití a más de 10.000 kilómetros de la Villa Olímpica. La imagen de los Juegos.

Jesucristo sobre las aguas

El archiconocido Rafa Nadal fue un ex atleta que brilló en la ceremonia de inauguración mientras que el desconocido Mijain López se convirtió en el único atleta individual de la historia en ganar cinco oros en cinco ediciones consecutivas de los Juegos al participar en lucha grecorromana. Sydney McLaughlin ganó el oro en 400 metros vallas tras batir el récord del mundo dos veces en apenas mes y medio. Sorprendente fue la victoria de un jamaicano en lanzamiento de peso o la del botswano Letsile Tobogo en 200 metros, siendo el primer africano en vencer en pruebas de velocidad. El futuro ya está aquí.

El belga Remco Evenepoel se convirtió en el primer ciclista capaz de ganar los oros en ciclismo en carretera y en ciclismo contrarreloj. Lo hizo en un circuito urbano hermoso donde sorprendió la ascensión a Montmartre. Paris estuvo incrustada hasta los huesos en la competición. Maratón camino de Versalles, baloncesto 3×3 en la Concordia, judo en el Campo de Marte. ¿Qué quieren que les diga? La magia de Europa. Barcelona, Atenas, Londres, Paris…no será lo mismo Los Ángeles y mucho menos Brisbane. Pero volvamos a Paris, que aún estamos con el balance. El baloncesto masculino ganó el oro con sufrimiento gracias al extraterrestre Stephen Curry. Pero el verdadero Dream Team es el femenino, que sufrió más de la cuenta, pero donde Diana Taurasi, su capitana, sumó su sexta medalla áurea.

Hubo quien contaba con el oro y se llevó la nada. Podría ser el caso de la delegación española que sumó casi tantas medallas de chocolate como medallas en total. Una de ellas fue firmada por Carolina Marín en la imagen más desgraciada y dolorosa que nos ha legado estos Juegos. Medalla de chocolate también firmó el noruego bicampeón mundial Jakob Ingebrigtsen, quien hizo de liebre en el 1.500 para que los tres primeros hiciesen la carrera de su vida. Quien no tuvo problema para ganar el oro fue el sueco Mondo Duplantis, el cual regaló a la Torre Eiffel su noveno récord del mundo. Con 1,81 de altura, registro modesto para un saltador de pértiga, Duplantis es un ovni de una fuerza descomunal que usa una pértiga más larga que los demás, entra a tabla más rápido que el resto y hace la batida más cerca que cualquiera. Es perfecto, y es el único ser humano capaz de subirse a un segundo piso con un palo y lanzarse sin red al vacío.

Mondo Duplantis

Hubo varias reinas en los Juegos y un único rey. Entre las damas Katie Ledecky se convirtió en la mujer con más oros de la historia (9) y en el tercer atleta con más metales (14). Ledecky destaca en la natación de fondo y es de lo poco a lo que se puede agarrar Estados Unidos que únicamente sumó 8 oros de 34 posibles en la piscina, su peor porcentaje de éxitos desde 1956. Pero Estados Unidos puede presumir de Simone Biles. Recuperada psicológicamente tras su espantada en Tokio, Biles volvió de los infiernos para ganar tres medallas de oro más después de las ganadas ocho años atrás (una longevidad sideral para una gimnasta) en Río de Janeiro. Biles también demostró que es humana al caerse de la viga de equilibro. Pero dio igual. Biles es el equilibrio del exceso. Sus imprecisiones al recepcionar se deben a la dificultad de controlar tanta potencia. La diferencia con las demás es que Biles vuela y la elevación a la hora de ejecutar los elementos es fascinante. Majestuosa es en suelo, donde ejecuta dos movimientos que llevan su nombre y que son de máxima dificultad. En atletismo Sifan Hassan tocó metal en 5.000, 10.000 y en la maratón. Entre la carrera de los 42.000 metros y la de los 10 kilómetros apenas habrían 33 horas de distancia. No consiguió los tres oros de Zatopek de 1952 pero sí sumó un oro y dos bronces. Una salvajada. Hassan fue etíope en su infancia hasta que se convirtió en neerlandesa a los 15 años. Una prueba más de un mundo donde las fronteras cada vez son más liquidas.

Sifan Hassan

El rey de los Juegos no estuvo en la pista de atletismo, tan secundaria en esta cita parisina. El rey hay que buscarlo en la piscina. El éxtasis francés hizo de todos los recintos magia y en todos La Marsellesa era un cántico que surgía de las gargantas del pueblo. Los parisinos, y los franceses, aparcaron los lamentos y se entregaron a los Juegos con tal pasión que la resaca puede ser fenomenal. Pues no hubo lugar más exaltado que la piscina olímpica. Allí Léon Marchand hizo lo nunca visto. Firmó cuatro oros y cuatro récords olímpicos. Sus rivales eran Spitz, Lochte, Thorpe o Phelps. Estaban en la historia, nunca en el presente. Marchand es un nadador bajo (1,85) sin un físico extraterrestre pero capaz de brillar en las cuatro especialidades de la natación. Ganó los 200 mariposa y los 200 braza en apenas dos horas de diferencia. Ningún nadador había ganado un par de pruebas en el mismo día y mucho menos en dos disciplinas tan diversas. 17.000 franceses enfervorizados (Macron en mangas de camisa a la cabeza) vieron como ganaba sobrado los 200 braza (piernas) y culminaba un milagro en 200 mariposa (brazos) remontando en el último 50 ayudado por una vuelta a la piscina perfecta donde vio pasar el tiempo buceando debajo del agua.

El medallero fue liderado por Estados Unidos con 40 medallas áureas, en una durísima pugna que se resolvió el último día a favor de los norteamericanos frente a los chinos. Ambos gigantes sumaron la misma cantidad de preseas de oro. La diferencia radicó en que Estados Unidos sumó un total de 126 y China se quedó en 91 entre oro, plata y bronce. Francia sumó 64 medallas, un éxito descomunal dado que ya habían batido su registro histórico con ocho días de competición por delante. España firmó 18 medallas y una vez más no pudo superar su marca histórica de Barcelona 92. Y no habrá otra ocasión igual. Hubo un país que cuatro años atrás firmara 71 preseas. En Paris 2024 únicamente llevó a 15 deportistas a la competición olímpica. Fueron 0 medallas. Cero. Ese país es Rusia. Se supone que dentro de cuatro años no habrá guerra en Ucrania (se supone) y esas 50, 60 o 70 medallas volverán al cauce original.

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Alice Milliat

En 1896 no existía país alguno en el que las mujeres tuviesen derecho al voto. Tampoco había país del mundo en el que, una vez casadas, tuviesen potestad de gestionar alguna de las propiedades que poseían cuando estaban solteras sin el consentimiento de sus esposos. Era pues, lógico y evidente, que de los 241 atletas que participaron en los I Juegos Olímpicos de 1896 no hubiese presencia femenina. Para Pierre de Coubertin el mayor logro de una mujer sería alentar a sus hijos a ser distinguidos en el deporte y aplaudir el esfuerzo de los hombres. Y la opinión de Coubertin era la mayoritaria.

En realidad, hubo una intrépida que se saltó las reglas. Una mosca cojonera. Una griega de treinta años, de nombre Stamata Revithi, se plantó en la línea de salida en el pequeño pueblo de Maratón con la intención de cubrir los 42 kilómetros de la prueba. Oficialmente fue rechazada al no estar inscrita. Extraoficialmente un par de policías la invitaron amablemente a marcharse a su casa. Al día siguiente volvió al punto de inicio con la intención de correr el maratón por su cuenta. Consiguió que un juez firmase un documento atestiguando la hora y el lugar de salida y un cargo militar testificó la hora y el lugar de llegada a las puertas del Estadio Panathinaikó. Y digo a las puertas porque los organizadores no le dejaron entrar en el estadio olímpico. Tardó cinco horas y media, por las cerca de tres que necesitó Spiridon Louis, el campeón masculino. Habría que esperar treinta años (1926) para que dejasen a una mujer participar en un maratón cronometrado y a 1984 para que una mujer pudiese participar en un maratón olímpico.

Stamata Revithi

El caso de Stamata se perdió en el polvo de la historia, pero estuvo muy vivo y presente en el pensamiento de Alice Million. Francesa, nacida en Nantes, Alice contaba con doce años cuando se celebraron los Juegos Olímpicos de Atenas. Por entonces ella ya practicaba con fervor numerosos deportes como tenis, natación, vela, hípica o golf. Obviamente podía hacerlo al formar parte de una familia acomodada que le permitía privilegios vetados para muchos hombres y para muchísimas más mujeres. Casada en 1904 pasó a rebautizarse como Alice Milliat y se trasladó a Londres donde comenzó a ejercer como maestra.

Su desgracia fue que al poco de casarse enviudó. Cuatro años después de trasladarse a Inglaterra su marido falleció repentinamente. La suerte para Alice es que no tenía hijos por lo que pudo reponerse y empezar una nueva vida sin cargas ni perjuicios sociales a sus espaldas.

Y su nueva vida iba a ser el deporte. Retomó sus actividades, aunque exploró nuevas disciplinas como el hockey o el remo. Fue este último el deporte que más le enamoró y decidió dedicarse a él por completo. Pero claro, para ganarse la vida eso no era suficiente. El deporte no daba réditos económicos. Y el profesorado le impedía viajar a distintas competiciones. Así pues, decidió dejar la enseñanza y operar como traductora. Se instaló entre Estados Unidos e Inglaterra vendiendo sus servicios como traductora de francés y dedicando su vida al remo.

Poco después estalló la I Guerra Mundial. En plena contienda, en 1915, a Alice la eligen como presidenta de la Federación Francesa de Sociedades Deportivas. En esos años deja la practica activa del deporte y como tantas otras mujeres se dedica a la defensa activa del país ocupando puestos de trabajo que los hombres han dejado libres al acudir a primera línea de batalla. Es entonces, al acabar la contienda y comprobar que el esfuerzo bélico de las mujeres es olvidado y se les incita a volver a las cocinas de sus casas, cuando decide pelear con todas sus fuerzas para que las mujeres formen parte del movimiento olímpico.

Tras denodados esfuerzos consigue organizar varias reuniones con los representantes de la IAAF (Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo) para conseguir que el atletismo femenino tenga la misma representación que el masculino en la competiciones nacionales e internacionales. Su propuesta es rechazada. Consigue luego una reunión con Pierre de Coubertin con la intención de que el atletismo femenino forme parte del programa olímpico. Hay vagas promesas que pronto se diluyen en vaso de agua.

Así pues, en 1921, en la acomodada Montecarlo, Alice Milliat decide organizar un certamen atlético en el que forman parte mujeres de cinco países diferentes. La iniciativa es un éxito y en 1922 se celebran los primeros Juegos Olímpicos atléticos femeninos. Aquello es una revolución. Son los años 20. Los corsés dejan paso a las faldas por encima del tobillo. La mujer es objeto político y tiene conciencia por sí misma. Lo que era impensable apenas un lustro antes se torna ahora en esperanzador futuro. Tras la victoriosa edición de Montecarlo la edición de 1926 de los Juegos atléticos femeninos tendrá lugar en Gotemburgo.

El COI entra en pánico y se aviene a negociar.

Juegos atléticos 1922

Pierre de Coubertin acaba de dejar la presidencia. Su sucesor, el belga Baillet-Latour, es igual de aristocrático, pero es más pragmático que su antecesor. Le promete a Milliat que para los Juegos Olímpicos de Ámsterdam 1928 habrá cinco pruebas atléticas femeninas a cambio de que desista de celebrar esos Juegos femeninos alternativos. Milliat acepta y firma la paz no sin reservas. Incluso el Papa Pio XI bramará en contra de la posibilidad de que las mujeres pongan en peligro sus cuerpos y eso les imposibilite ser madres en el futuro.

La competición atlética femenina queda reservada para salto de altura, lanzamiento de disco, 100 metros lisos, relevo 4 x 100 y 800 metros. En esta última prueba resultó vencedora la alemana Lina Radke y varias participantes cruzarían la línea de meta con visibles muestras de fatiga. Los cambios sociales y el retiro de Coubertin habían permitido que las mujeres cruzasen una nueva frontera dejando a un lado a la natación y al tenis, considerados deportes menos masculinos. Pero las fotografías de aquellas chicas llegando exhaustas al final de los 800 metros volvieron a cambiar el statu quo. Los miembros más conservadores del COI, auspiciados por periodistas afines, fomentaron la imagen de esas mujeres cansadas tras el esfuerzo por lo que Baillet-Latour es conminado a eliminar la prueba de 800 metros del programa olímpico de tal forma que no volverá a disputarse hasta Roma 1960.

Todo era fruto de una exageración. SI bien es cierto que hubo finalistas que llegaron al límite de sus fuerzas, también lo era que lo hicieron con la misma cara de esfuerzo con la que lo hacían sus homólogos masculinos tras sobrepasar los límites de su resistencia. Milliat estalla ante la actitud del COI y vuelve a poner en marcha los Juegos atléticos femeninos. En 1930 celebra una nueva edición en Praga. El COI y la IAAF contratacan considerando ilegales todas las marcas que se consigan en esos Juegos alternativos. A Milliat le da soberanamente igual. Habrá nueva edición en Londres 1934 y lo hará con récord de participantes. Visto el éxito, Milliat sube el órdago. Para 1938 no sólo habrá Juegos atléticos femeninos sino Juegos Olímpicos femeninos. Todas las mujeres deportistas son invitadas formalmente.

El terremoto es colosal. Alice Milliat y Baillet-Latour deben negociar. Finalmente, la activista francesa se sale con la suya. La edición de los Juegos atléticos femeninos de 1938, a celebrar en Viena, pasará a ser el I Campeonato del Mundo de Atletismo. Será auspiciado por la IAAF y participarán en igual de condiciones hombres y mujeres. Además, para los JJ. OO de 1940 habrá nueve pruebas atléticas femeninas incluyendo los 200 metros, los 100 metros vallas o el lanzamiento de jabalina. Las pruebas de resistencia siguen vetadas, pero el avance es asombroso.

Por culpa de la II Guerra Mundial hubo que esperar a la edición de Londres 1948 para ver hechos realidad todos estos avances. Por entonces ya no estaba presente Alice Milliat. La IAAF y el COI aceptaron todos esos adelantos con una única condición; que Alice Milliat desapareciese de escena. Fue apartada de los focos y vivió en soledad sus últimas dos décadas de vida. Cuando murió en 1957 fue enterrada en el anonimato. En una lápida que ni siquiera tenía placa. Era mujer en el olvido. Hasta la década de 1980 no se volverá a ver a una mujer en un puesto de responsabilidad en un organismo deportivo y hasta que llegue el siglo XXI no existirá igualdad de participantes masculinos y femeninos en los Juegos Olímpicos.

En gran medida todo ello fue gracias al impulso de Alice Milliat, una mujer que se alejó de la fama para que muchas otras pudiesen optar a ella. Sólo en los últimos años su figura comienza a ser reivindicada en su Francia natal renombrando instalaciones deportivas o bautizando con su nombre becas deportivas destinadas para mujeres. Algo es, pero insuficiente para la mujer que más hizo por la paridad entre el deporte femenino y el masculino.

Alice Milliat

“Paris 2024 es una realidad gracias a dos personas. El señor Coubertin, padre fundador del olimpismo, y la señora Milliat, la gran embajadora del deporte femenino”. Dennis Masseglia, presidente del Comité Olímpico Francés, en 2021.

“La única misión de las mujeres en el deporte es coronar a los campeones con guirnaldas”. Pierre de Coubertin en 1900.

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El salto al vacío de Yago Lamela

Fue al amanecer. No era tiempo de smartphone. Fue al encender la radio. O al hojear el periódico de la mañana. 8’56 cm. Esa era la marca. Eran palabras mayores entonces y son palabras mayores ahora. Había ocurrido de madrugada en una ciudad japonesa que obedecía al nombre de Maebashi. Sucedió un 7 de marzo de 1999. Hace ahora un cuarto de siglo.

Un semidesconocido avilesino de 21 años de edad aparecía como fuerza desestabilizadora del orden atlético mundial. En la final de salto de longitud del Campeonato Mundial de Atletismo en pista cubierta había saltado 8’10 en el primer intento y voló hasta los 8’29 cm en el segundo, lo que significaba romper el récord de España que llevaba vigente desde 1980. La proeza se consumó en el tercer salto donde la marca registrada fueron 8’42.

Su rival para conseguir la medalla de oro era el cubano Iván Pedroso, uno de los mejores saltadores de longitud de todos los tiempos. Pedroso es el único ser humano que ha conseguido sobrepasar los nueve metros, aunque la marca le fue invalidada por saltar con el viento a favor. Era el archifavorito y el vigente campeón mundial, pero al llegar al sexto y último salto todos los pronósticos estaban a punto de estallar en mil pedazos. En el último vuelo Yago Lamela alcanza los 8’56 cm. Su cara al abandonar la arena reflejaba la emoción y la sorpresa por lo logrado. Sus manos en rezo denostaban inconsciencia, registro para el que su mente no estaba preparada. 8’56 era nuevo récord de Europa y virtualmente le daban el título de campeón del mundo.

Tuvo entonces el sexto y último salto Iván Pedroso. Un campeón lo es por sus títulos y sus marcas, pero esencialmente por saber competir en los grandes momentos. Pedroso realizó el mejor salto de la tarde y lograba 8’62. El cubano sería medalla de oro y el asturiano se conformaba con una espectacular presea de plata.

El recibimiento en Barajas fue apoteósico y los honores en Asturias se sucedieron semana tras semana. Yago Lamela pasó de ser un desconocido a un fenómeno popular. Es 1999. No hay Nadal, ni Alonso, ni Gasol. Induráin hace un par de años que está retirado y la selección española de fútbol sigue cayendo en cuartos de final. Lo de Yago es un logro espectacular. Nadie esperaba esa marca. Él tampoco. Es una disciplina con escasa tradición en España y tradicionalmente dominada por atletas de raza negra.

Ayuda además la imagen de Yago. Joven, fresca, siempre sonriendo. Es hijo de gente humilde, tiene carisma y luce una preciosa melena. Es un tío guapo. Empieza a aparecer en eventos, hace moda. Se convierte en el centro de atención. Algo que no le gusta. Confía en que sea suceso pasajero. No será así. El boom Lamela viene para quedarse.

Llega el verano. La pista cubierta deja paso a la pista al aire libre. Campeonato Mundial de Atletismo al aire libre de 1999. En Sevilla. La Cartuja. Aquel estadio que se había construido con la irreal pretensión de organizar unos Juegos Olímpicos hacía méritos para tener sentido de vida. Aquello fue una locura. Lamela era una de las escasísimas oportunidades que tenía España de lograr una medalla de oro. La expectación era terrible. Yago tuvo que acudir al estadio olímpico camuflado en un coche policial para que la horda de seguidores no lo reconociesen. En La Cartuja 70.000 personas golpeaban con sus manos sus asientos animando a Lamela cada vez que iniciaba la carrera hacia el salto.

Atenazado por los nervios, los dos primeros vuelos se saldaron con dos nulos. En el tercero se fue a los 8’40. Buena marca, pero no igualaba los registros logrados en Japón. Pedroso se iba hasta los 8’55 cm y con eso ya le daba para repetir triunfo mundial.

El balance era magnífico. Lamela tenía el futuro garantizado. Con 21 años era la única alternativa real de Pedroso, el cual enfilaba ya la treintena. Aquella bomba de energía que entrenaba saltando en la playa de Avilés, que sumaba marca personal año a año y que con 15 primaveras ya había sido campeón asturiano absoluto, iba camino del estrellato. Fortísimo, con cada pisada suya levantaba el tartán.

Pedroso y Lamela. 1999

El año 2000 era año olímpico. Sídney. Australia. La progresión es excelente. Se huele el oro. Pero semanas antes de viajar a las antípodas Yago se rompe al iniciar la carrera para un salto. No es nada grave. Lesión muscular en los isquiotibiales. Pero da por culo. Cualquier molestia es mortal para un saltador. Llega a Sídney con problemas, lejos de su mejor forma y no alcanza a superar los 7’98. Ni siquiera llega a clasificarse entre los ocho primeros y queda lejos de la final.

Al volver a España decide dar un cambio radical en su vida. Se marcha de Asturias rumbo a Madrid. Es incapaz de adaptarse. La gran ciudad no es para Yago. Sus resultados son pobres y resuelve dar otra vuelta de tuerca y establecerse en Valencia. Allí se pone en las manos de Rafa Blanquer, un antiguo saltador que entonces era considerado el mejor entrenador de España. Comienzan exhaustas dobles jornadas de entrenamiento y una cuidadosa y escrupulosa dieta diseñada para volver a llevar a Lamela a la élite. Los resultados vuelven a aparecer. En 2002 medallas europeas con registros modestos, pero en 2003 el gran Yago aparece. Se proclama subcampeón del mundo y firma un registro de 8’53 que lo acerca a su mejor marca.

Así pues, todos esperan que los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 sean los de Lamela. El propio Yago también lo aguarda. Así tendría que haber sido, pero el infortunio no entiende a razones. Meses antes de los Juegos Yago se lesiona el tendón de Aquiles. Volverá a acudir renqueante a una cita olímpica y nuevamente firma un insuficiente 7’98 que lo coloca en un triste undécimo puesto lejísimos de la medalla de oro firmada por el británico Dwight Phillips con 8’59.

Con miedo al ir a tabla, con el pie doliente, Yago decide marcharse a operarse a Finlandia, donde reside uno de los mejores especialistas en la materia. 2005 será un año en blanco que se agravará a finales del mismo cuando un accidente de tráfico corte su recuperación. Es entonces cuando Lamela decide volver a su Avilés natal y refugiarse en los suyos para intentar una epopeya en los Juegos de Pekín 2008.

Oficialmente Yago no está retirado, pero es como si lo estuviese. Lejos están las portadas de revistas y los campeonatos internacionales. Una lesión del tendón de Aquiles es letal para un saltador. Lamela es una sombra de lo que había sido. Alterna las idas y las venidas y es incapaz de superar los ocho metros. Es incapaz de conseguir la marca mínima necesaria para acudir a Pekín y en 2009, con apenas 31 años, anuncia su retirada. Retirada que ya era efectiva desde cuatro años antes.

Desamparado, Lamela comienza a abusar de la medicación que tiempo atrás le habían recetado para superar sus dolores en el tendón de Aquiles. Necesita apoyo psiquiátrico. Pasará una semana internado en un psiquiátrico de Oviedo. Esto se sabrá después. Entonces es tabú. Lo de la salud mental seguía siendo asunto de Estado. Sale medicado pero apto, pero con una fuerte advertencia de los médicos. La medicación es incompatible con el ejercicio físico. Aquello lo mata. No puede correr por la playa ni acercarse a su gimnasio de cabecera en Avilés.

Decide entonces retomar sus estudios de informática, aquellos que iniciara en Estados Unidos con una beca deportiva de la Universidad de Iowa cuando era un joven prometedor. Lo intenta, pero es incapaz de concentrarse e hincar los codos. Resuelve luego sacarse el título de piloto de helicópteros, algo incompatible con su historial médico. Desorientado, sus amigos le animan a que se convierta en entrenador. Que viaje a Madrid a sacarse el título nacional y que se dedique a buscar el potencial de jóvenes talentos.

En eso estaba. Decidido a viajar a Madrid. No llegó a subirse al coche. El 8 de mayo de 2014 Yago Lamela aparecía muerto en su casa de Avilés. Contaba con 36 años. La autopsia confirmó un infarto de miocardio por intoxicación medicinal.

Yago Lamela fue un atleta elegante y de una fiereza descomunal. Un deportista con luz propia. El mejor saltador español de siempre y uno de los dos o tres mejores saltadores de raza blanca del último medio siglo. Lo fue con apenas un par de años de brillo. El resto fue de total oscuridad. Con aquella marca de 8’56 lograda en Japón hace un cuarto de siglo Yago Lamela hubiese sido campeón olímpico en cinco de los últimos seis Juegos Olímpicos.

Una vida en la arena

“Pudo haber sido esto, pudo haber sido aquello, pero se le ama y se le odia por lo que es”. Rudyard Kipling.

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Tito Margaride (de como el infortunio se convirtió en un sueño olímpico)

Nueve años, nueve meses y nueve días (cuando Edwin Moses perdió su imbatibilidad)

Leña al moro (Cacho, Estévez, El Guerrouj y una portada de prensa de leyenda negra)

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