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Jim Thorpe: Un camino iluminado por un gran relámpago

Tras lograr las medallas de oro en las pruebas de decatlón y de pentatlón con unas marcas cósmicas en los Juegos Olímpicos de Estocolmo de 1912, Jim Thorpe se preparó para recibir sendas distinciones olímpicas de manos del rey Gustavo V de Suecia. El monarca, admirado por unos registros que perdurarían durante casi dos décadas, se acercó a aquel piel roja mientras le daba la presea y le espetó: “Usted, señor, es el atleta más grande del mundo”. En 1912 un rey era un rey, pero a Jim Thorpe pareció no importarle en demasía. Se encogió de hombros y contestó con un lacónico “gracias rey”. Cuando un par de semanas después un desfile de miles de personas recorra la Quinta Avenida de Nueva York y Broadway para honrarle, Jim Thorpe sólo acertará a señalar, sin darle la menor importancia al hecho; “Oí a la gente gritar mi nombre y no podía entender cómo una sola persona podía tener tantos amigos”.

Aquel hombre, a la vez tan admirado y tan sencillo, acabaría sus días en la indigencia y feneciendo en el más absoluto olvido.

Jacobus Franciscus ‘Jim’ Thorpe nació en 1888 en una reserva india del estado de Oklahoma. Su raíces serían motivo de escarnio para Donald Trump. Su padre era hijo de un irlandés y de un piel roja. Su madre era hija de un francés y de un indio potawatomi. Aunque le inculcaron la fe católica, Jim fue obligado a cursar sus estudios en la Carlisle School, un programa escolar creado por el Senado norteamericano para ‘civilizar’ a la nación india y que estuvo en funcionamiento hasta 1918. Allí el niño Thorpe era conocido como ‘Wa-tho-huk’, que podríamos traducir como ‘un camino iluminado por un gran relámpago’.

Y un relámpago es lo que era Jim Thorpe. Pasó su niñez pescando, cazando y cultivando con sus propias manos y cuando llegó a la adolescencia era un fornido chaval capaz de destacar en cualquier deporte. Huérfano de padre y madre antes de llegar a la veintena, probó con éxito en el beisbol y en el fútbol americano, hasta que se decantó por el atletismo. Así, con 24 años, adquirirá la gloria olímpica en Suecia. Y apenas unas semanas después de su fastuoso recibimiento en Nueva York se casará con Iva Millar, su amor de juventud.

Todo marchaba sobre ruedas, pero al poco de comenzar 1913 una investigación periodística descubre que Thorpe había cobrado un sueldo por jugar una liga de verano con un club de béisbol. Por entonces los atletas que acudían a los JJ.OO debían de ser amateurs, con lo que estaba penalizado el cobro de cualquier cantidad económica por hacer deporte. En la práctica la gran mayoría de atletas cobraban, ya fuese falsificando su nombre o bien aceptando un trabajo como mera formalidad con el que poder justificar los ingresos percibidos bajo cuerda. Jim Thorpe, un hombre casi analfabeto, pecó de ignorante y ni supo ni quiso defenderse de tales acusaciones. El Comité Olímpico Internacional le retiró sus medallas y la prensa estadounidense tiro de racismo para enfangar su legado.

Tocado, pero no hundido, Jim decidió dedicarse profesionalmente al fútbol americano y aparcar sus sueños olímpicos. Jugó en los New York Giants donde acumuló honores y grandes sumas de dinero que malgastó en tres matrimonios y múltiples desgracias familiares. Como hombre era un despojo, pero el reconocimiento de sus colegas de profesión permanecía intacto. Sus dos medallas de oro permanecieron recluidas en una caja fuerte en la sede central del COI de Lausana porque Ferdinand Bie y Hugo Wieslander, los segundos clasificados en Estocolmo, se negaron a aceptar aquellas preseas ante el fuerte respeto que sentían hacía Jim Thorpe.

En sus últimos años en los Giants apenas jugará víctima de sus abusos con el alcohol y cuando en 1926 se retire lo hará con una gran cantidad de deudas a sus espaldas. Sin el salvavidas del deporte la vida de Jim se hundirá por completo. Hacía años que su vida personal estaba rota. Desde que su hijo mayor falleciese al poco de nacer, Jim se había convertido en un alcohólico empedernido. Se divorcia de su primera esposa que le acusará de abandono del hogar y se casará en segundas nupcias con una mujer que le dilapidará todo su dinero.

Los pocos ahorros que le quedaban se esfumarán por culpa del crack bursátil de 1929 y a partir de ahí Jim Thorpe tendrá que malvivir para sostener a tres mujeres (reincidirá y volverá a pasar por la vicaría) y a siete hijos. Trabajó como albañil, estibador, portero de discoteca, guardia de seguridad y hasta de indio en varias películas de Hollywood. Pero es inútil. Los trabajos duran poco y el dinero se esfuma día tras día tras la barra de un bar.

Olvidado por el gran público, en 1950 salta la noticia de su hospitalización por culpa de un cáncer. Se descubre que vive con su tercera mujer en una caravana, deambulando de un lado a otro de Estados Unidos y presumiendo de ser un jefe indio. Al año siguiente Burt Lancaster protagonizará ‘Jim Thorpe. All-American’, una película que arrasará en taquilla pero por la que Jim no percibe ningún dólar. En 1931 había sido engatusado por un directivo de la Metro para que le cediera los derechos de su vida para el cine, por lo que no obtuvo beneficio alguno del éxito de la película. Cuando se corre la voz de su desgracia comienza una campaña pública para su socorro y afloran las donaciones públicas para ayudar al bueno de Jim. Recauda el dinero necesario para la operación, tiene un golpe de suerte y logra tumbar al cáncer pero el calor del público se desvanece y Thorpe retoma sus costumbres ebrias. Rodeado de sus siete hijos y de su tercera esposa instala su caravana en California donde, entre golpe y golpe de whisky, fallecerá en 1953 víctima de un ataque cardiaco.

No sería hasta 1982 cuando el COI restituya el honor de Jim Thorpe y Juan Antonio Samaranch haga entrega a sus herederos de las dos medallas de oro que le fueron birladas. Años más tarde, en 1999, serían los Estados Unidos los que devolverían el honor a Thorpe y a los piel rojas al considerarlo el tercer mejor deportista de la historia del país, tan sólo por detrás de Babe Ruth y de Michael Jordan. Pocos se acordaban entonces que ya había sido elegido el mejor deportista americano del primer cuarto de siglo y en 1950 el mejor de la primera mitad de la centuria.

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El atletismo se asoma al abismo

El pasado 6 de octubre el etíope Lesisa Desisa entraba triunfal en el estadio Khalifa de Doha y se proclamaba campeón del mundo de maratón. Apenas 5.000 espectadores presenciaron su victoria y menos aún la entrega de medallas. Dicho triunfo le reportó a Desisa, además de la honra y la gloria, una ganancia de 50.000 dólares. Una semana más tarde el keniata Eliud Kipchoge, quien había renunciado a competir en el Mundial, corría en un circuito diseñado ex proceso para su lucimiento en Viena ante 30.000 enfervorizados transeúntes batiendo el récord mundial de maratón. Millones de personas siguieron a través de la televisión y de las redes sociales la hazaña de Kipchoge. Muchas de esas personas lo hicieron sentados en el sofá de sus casas de Doha, cuando una semana antes ninguno de ellos pudo haber visto la victoria de Desisa ya que ninguna televisión qatarí emitió en directo el Mundial de atletismo que su propio país organizaba. Patrocinado por Ineos y por Nike, Kipchoge recibió 1.000.000 de dólares por bajar de las dos horas en el maratón. ¿Qué está pasando? ¿Por qué el atletismo se asoma al abismo?   

El atletismo está en un proceso irremediable de autodestrucción. Como entretenimiento y consumo para los jóvenes está en estado de putrefacción. Escondido de la parrilla televisiva por el desinterés de los millennials. El abandono del atletismo viene de lejos. Desde que a finales de los 80 los héroes de los niños acabaron con los ojos rojos, las manos esposadas y rodeados de periodistas que en vez de preguntar por marcas hacían un doctorado en farmacología. Lo curioso es que mientras el atletismo profesional se hunde el amateur crece sin descanso. Gente de todas las edades corre entre adoquines y senderos y las zapatillas y las sudaderas han sustituido a los zapatos y a la chaqueta como prenda de uso cotidiano.

El atletismo está anquilosado en el pasado. Disciplinas como el lanzamiento de martillo, el decatlón o incluso los 10.000 metros no entran dentro de los gustos de los jóvenes urbanitas. Acostumbrados a la imagen desde el nacimiento y a conseguir todo de forma instantánea, disciplinas como el surf, el básquet 3×3 o el skate combinan la sencillez, la adrenalina, el dinamismo y el movimiento con soberana sencillez.

Los jerarcas del atletismo no han sido capaces de cambiar esta tendencia. Parecía que Sir Sebastian Coe lo iba a lograr, pero una vez retirado Usain Bolt nada ha cambiado. Varios miembros de la IAAF están acusados de corrupción, han perdido la preponderancia en la gestión de los ingresos televisivos en los Juegos Olímpicos y no han sabido tratar ni con respeto ni con coherencia el caso Semenya. Desde su estreno en 1983, los campeonatos mundiales de atletismo han sido degradados en prestigio y en popularidad hasta llegar a su punto más bajo en los recientes celebrados en Qatar. Mal ubicado en el calendario y en un estadio vacío de espectadores, el Mundial de Doha evidencia el declive del más puro de los deportes.

Toda la tecnología y los petrodólares del fastuoso estadio Khalifa no impidieron la desgracia fuera del tartán. En la maratón femenina la mitad de las participantes abandonó bajó una humedad insoportable y con temperaturas superiores a los 30 grados a la 01:00 de la mañana. En el estadio las buenas marcas pasaron inadvertidas. Casi no había espectadores. El gobierno qatarí pagó de su bolsillo las entradas de los inmigrantes africanos que ayudan a levantar los imponentes rascacielos del país. En la final de los 100 metros, la prueba más espectacular y esperada del atletismo, había poco más de 8.000 espectadores en las gradas. La finalista en salto de longitud Ana Peleteiro describió que el silencio y la sensación de calor le recordaban a cuando uno estaba solo en casa cocinando y abre de forma repentina el horno.

Fue un campeonato al aire libre que enjuiciaba a la pista cubierta. El ambiente artificial del estadio, climatizado a 23 grados y en el que no hubo lugar ni para una mísera brisa, ha sido bueno para las marcas dentro del estadio. Si la humedad y el viento están controlados es obvio que las marcas tienen que ser excelentes. Por eso Sebastian Coe sostuvo con orgullo que no recordaba ningún campeonato con tanta calidad en tantas disciplinas. Pero Coe se encarga de obviar lo obvio. Todo fue artificial. Fue un mundial de incógnito.

Siendo el medioambiente la causa de lucha de gran parte de la juventud universal, el Mundial de atletismo de este año se celebró en Qatar, un pequeño país de poco más de 2 millones de habitantes pero que es el quinto mayor emisor de dióxido de carbono del mundo. El estadio Khalifa costó 81 millones de euros y sabe Dios el coste energético y de emisiones de mantener durante 10 días un estadio abierto al sol a 22 grados cuando en el ambiente se superan los 40.

Nuestros hijos van a vivir en un mundo dominado por Asia. El mapa eurocéntrico se ha quedado viejo y en el nuevo mapa mundial Asia está en el centro. El dinero, y con el dinero el futuro, está en Asia. Esto no sólo ocurre en el atletismo. España ha ganado el Mundial de baloncesto en China, con cientos de sillas vacías en las gradas y con chinos vestidos de rojo animando sin ton ni son a jugadores que ni conocen ni quieren conocer. El Mundial de natación se celebró en Corea del Sur, dentro de dos años se celebrará en Japón, en 2023 en Qatar y en 2025 viajará a Rusia, el menos europeo de los países europeos. En Rusia se celebró el de fútbol de 2018 y a Qatar nos iremos en 2022. Para que los países con tradición puedan aspirar a organizar un evento deben unir fuerzas, promover candidaturas conjuntas, como pretenden Argentina, Uruguay, Paraguay y Chile para el 2030. Deportes muy enraizados en la psique como el tenis o el ciclismo han abierto sus fronteras a Asia donde los premios económicos soliviantan el prestigio. Desde Atenas 2004 los Juegos Olímpicos sólo han ido a megalópolis y tan sólo los de invierno, mucho más modestos, aún pueden ser reclamados por urbes manejables.

Pero justo el fin de semana después de que el Mundial se clausurara en la más absoluta clandestinidad mediática, las televisiones de medio mundo abrían sus informativos con la hazaña de Eliud Kipchoge. Sus 1:59:40 lo convirtieron en el primer ser humano que baja de las 2 horas en un maratón. Es una proeza sideral. Significa romper con lo establecido. Significa correr durante 2 horas a 21 km/h.

https://www.youtube.com/watch?v=0q43l_i89y0

La gesta de Kipchoge no es oficial. Una furgoneta marcaba el ritmo ayudándose de una luz verde y cinco atletas en forma de v se encargaron de formar una cuña que evitaba la aparición de una molesta brisa en la pisada. Las liebres de Kipchoge entraron y salieron continuamente para mantener un ritmo brutal cual martillo pilón. Llevaba unas zapatillas Nike con un muelle en la suela que permiten un ligero brinco que aumenta la velocidad realizando un menor gasto energético. Le acompañaron también cuatro asistentes en bicicleta provistos de ordenadores que se encargaron de darle agua y suministrarle cumplida información de su hazaña.

¿Y a alguien le importa que no sea un récord oficial? A nadie. A NADIE le importa que el récord nunca vaya a ser oficial y que haya violado las reglas básicas del atletismo internacional. Kipchoge ha pisado la Luna y ha vuelto para contarlo. A nadie le importa porque las estrellas del atletismo han querido estar con él. Lagat, Barega, Centrowitz o los hermanos Ingebrigtsen, los nuevos niños estrella del atletismo mundial, han querido ser liebres de Kipchoge a pesar de saber que el récord es de mentira.

El reglamento de la IAAF es muy claro y establece en su artículo 143 que “unas zapatillas no deben estar construidas de tal modo que proporcionen a un atleta una ventaja o una ayuda injusta.” Pero el debate es mucho más complejo. La tecnología está reñida con la pasión. Siempre ha habido avances en zapatillas y en camisetas. Hemos pasado de la ceniza al tartán y del bambú a la fibra de carbono. El debate está en si correr es algo natural o si es un desfile militar.

Hace una década se batían día sí y día también récords del mundo de natación con los famosos bañadores de poliuretano. Hubo que retirar el plástico para no matar a la natación. Hoy la natación se ha reconciliado consigo misma. Como en la natación, en el atletismo hay partidarios y detractores en la barra libre de tecnología o de dopaje. Los primeros apuestan por el libre mercado, los segundos consideran que no todos tienen la misma capacidad económica por lo que se debe regular o prohibir los avances.

El problema del atletismo es la ausencia clara de regulación. El atletismo debe encontrar el equilibrio entre tecnología y tradición, pero siempre recordando que el factor humano debe seguir siendo la clave si no se quiere convertir al atletismo en la Fórmula 1. Y lo más importante, debe conseguir que los millennials que van al gimnasio, hacen senderismo y se preocupan por su cuerpo y por el medioambiente, sientan la misma fascinación por aquellos que hacen lo mismo que ellos pero de forma profesional.

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El día que Carl Lewis se pasó de listo

La Santísima Trinidad de la velocidad está compuesta por Jesee Owens, Carl Lewis y Usain Bolt. El paso del tiempo ha convertido a Owens en emblema de la lucha del mundo libre frente al racismo y la represión nazi. La realidad es que después de ganar cuatro medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Berlín, Owens regresó a un Estados Unidos segregacionista que lo ignoró hasta su muerte. Bolt personifica la ruptura de los convencionalismos, el poder de la imagen y de las relaciones públicas en el deporte actual y un cambio de paradigma entre las condiciones biomecánicas y el entrenamiento personal.

Carl Lewis se sitúa cronológicamente entre ambos. A diferencia de Owens y al igual que Bolt, fue capaz de exprimir su carrera durante una década, algo infrecuente en un atleta explosivo. Cálido y sonriente ante los medios, ha mostrado siempre facilidad de palabra y ha gozado y goza de buena prensa. Sin embargo, ‘El hijo del viento’ (como es conocido) está considerado un egocéntrico, un arrogante y un sobrado. Apenas cuenta con amigos en el mundillo del atletismo. Ben Johnson, su némesis en los 80, sigue siendo querido y admirado por los atletas de antes y de ahora a pesar de que varios de sus logros han sido invalidados por culpa del dopaje.

Owens fue el primer velocista en ganar cuatro medallas de oro en unos JJ.OO, hazaña que repitió Lewis en 1984. Bolt se tuvo que conformar con tres, eso sí, logrados en dos citas de forma consecutiva (Londres 2012 y Río 2016). Pero hay algo que diferencia a estas tres bestias en zapatillas. Jesse Owens fue poseedor de los récords de 100, 200 (no oficiales) y de salto de longitud al mismo tiempo. Usain Bolt lleva una década presumiendo de ser el ser humano más rápido en los 100 y los 200 metros lisos.

Carl Lewis sólo poseyó el récord del mundo de los 100 metros lisos durante tres míseros años.

Y a pesar de ganar una decena de medallas mundiales y olímpicas en salto de longitud y en los 200 metros lisos, jamás logró batir ningún récord mundial en ninguna de esas disciplinas.

Tuvo una ocasión para conseguirlo. Pero no le dio la gana. Se pasó de listo. Fue un vago. Fue de sobrado. Se pasó de arrogante.

En 1983, con 21 años, y meses antes de arrasar en los JJ.OO de Los Ángeles, Carl Lewis era la gran estrella en los campeonatos nacionales de atletismo de Estados Unidos. De hecho salió victorioso en las tres pruebas en las que decidió competir (100, 200 y longitud). Ni siquiera Owens había logrado una hazaña que no se repetía desde ¡1886! Las marcas que logró Lewis fueron extraordinarias, pero podrían haberlo sido mucho más.

En salto de longitud el récord del mundo era dominio de Bob Beamon con 8’90 metros. Se consideraba una marca inigualable porque había sido lograda en los JJ.OO de México. La capital azteca, a unos 2.200 metros de altura, fue una bicoca para los velocistas. Con la altura el aire es más liviano por lo que las pruebas anaeróbicas (velocidad y saltos) se ven favorecidas por la escasa concentración de oxígeno en el aire. Además, la resistencia del aire es menor por lo que los humanos podemos desplazarnos más rápido o más lejos. Por el contrario, en las pruebas de resistencia (fondo y medio fondo), que son aeróbicas, esa falta de oxígeno hace mella en los atletas que necesitan competir a baja altura para lograr sus mejores marcas.

Así pues, cuando Lewis realiza su primer salto y marca unos increíbles 8’79 metros batiendo con creces todo lo habido y quedando a escasos 11 centímetros de la estratosférica marca de Beamon la incredulidad se apodera del estadio. Para más inri, los campeonatos se celebraban en Indianápolis, ciudad cercana al nivel del mar, por lo que Lewis era moralmente el récord mundial. Sus 8’79 a ras de suelo eran más meritorios que los 8’90 de Beamon a más de 2.000 metros de altitud.

La sensación era que el récord iba a caer, pero en el segundo salto Lewis retrocedió varios centímetros en su marca. El cielo estaba encapotado y comenzaron a escucharse algunos truenos en la distancia. Con la victoria asegurada, Lewis decidió renunciar a los cuatro saltos que le quedaban y cerrar el concurso para descansar antes de la prueba de los 200 metros lisos.

Según contó después la revista ‘Sport Illustrated’, en el foso de la pista de longitud había un fotógrafo italiano que había estado presente en México cuando Beamon había roto todos los registros. Cuando vio que Carl Lewis renunciaba a seguir saltando fue corriendo hasta él, y al ser ignorado, se propuso parlotear con Bill Lewis, padre de la criatura. El fotógrafo le imploró que su hijo siguiese saltando ya que, según le explicó, las condiciones ambientales y la cantidad de energía electroestática que causaba la tormenta favorecía el salto. Bill Lewis se encogió de hombros y sólo acertó a decir que su hijo era joven y que ya batiría el récord en los JJ.OO del año siguiente. El fotógrafo no se dio por vencido y le reiteró la importancia de las condiciones meteorológicas que eran similares a las que tuvo Beamon cuando saltó. Minutos después el cielo se abrió y ya no pudo volver a saltar con la misma potencia.

Fue en vano. El padre no entró en razón y el hijo ni hizo caso. Preferían conseguir el récord en los Juegos Olímpicos.

Por la tarde tuvo lugar la final de los 200 metros. Efectivamente el fotógrafo tenía buen conocimiento, el cielo se abrió y la tormenta se alejó. Pero con nubes o sin ellas, Lewis lo que gozaba era de buenas piernas. Arrancó la final de los 200 con tal fuerza que al llegar a la curva ya tenía la prueba ganada. Parecía que el record se iba a batir, y así lo interpretó la grada poniéndose de pie, pero, en los últimos 25 metros Lewis se dedicó a sonreír, saludar y levantar los brazos para celebrar su triunfo.

Carl Lewis había corrido los 200 metros en 19’75’’, la segunda mejor marca de todos los tiempos, pero que no superaba los 19’72’’ del italiano Pietro Menea logrados también en la altitud mexicana. Nuevamente Lewis era el recordman de facto, pero nuevamente había dejado pasar la oportunidad de serlo realmente.

La única prueba que Lewis corrió con toda su alma fueron los 100 metros lisos. En las gradas, viendo atentamente el campeonato, estaba un varón negro de mediana edad y con cierto sobrepeso. Se trataba de Jim Hines, poseedor del récord mundial de los 100 metros con un registro de 9’95’’ y que, como no podía ser de otra forma, había sido registrado en 1968 en Ciudad de México.

Carl Lewis hizo una salida perfecta y corrió con toda su alma y con un ligero, y dentro del reglamento, viento a favor. Alguien le dijo en la grada a Hines que su récord había pasado a mejor vida. Este alzó la vista, bajó su sombrero, sonrió con sorna y señaló al marcador. 9’96’’. Por una centésima Carl Lewis no había batido el récord mundial.

Lewis era el primer triple campeón nacional estadounidense de atletismo del siglo XX pero no había logrado ningún récord. La atmósfera de aquella tarde parecía irrepetible y el paso de los años no hizo sino más que confirmar las sensaciones que se vivieron. “Ojalá no hubiese levantado los brazos. Pero no pasa nada. No puede decir que lo sienta. Estoy a 0,01 del récord mundial de los 100 y a 0,03 del récord de los 200. Estoy a 10 centímetros del récord de salto de longitud, así que esta incertidumbre me resulta fascinante. Hace que competir siga siendo divertido”, soltó al concluir los campeonatos.

Al año siguiente Lewis arrasaría en los JJ.OO de Los Ángeles pero no consiguió batir los tres récords, como era su objetivo. En los 100 metros ganó con unos discretos 9’99’’, en los 200 firmó 19’80’’ y en salto de longitud hizo unos mundanos 8’54 metros.

A Lewis nadie le quitará su colección de medallas. Los triunfos son eternos y los récords son efímeros. Pero un campeón egocéntrico como él sabe que su obra no fue completa, como si lo fueron las de Owens y las de Bolt. Quizás ‘El hijo del viento’ siga pensando que de no haber sido tan arrogante y si no se hubiese pasado de listo, aquel viento bien podría haber sido una tempestad.

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La princesa de los pies descalzos

Los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984 se tornaban descafeinados. Bajo órdenes procedentes de Moscú, los países del bloque comunista decidieron no tomar parte de los JJ.OO repitiendo el mismo boicot que Estados Unidos y alguno de sus aliados habían protagonizado en los JJ.OO celebrados en Rusia cuatro años atrás. El deporte no era sino una mano más de la partida de póker que ambas potencias mantenían desde el inicio de la Guerra Fría. Hubo cientos de deportistas que vieron frustrados sus sueños e hicieron inútil un trabajo exhaustivo de preparación. Una de esas atletas era la sudafricana Zola Budd, conocida como la princesa de los pies descalzos.

Con sólo 17 años de edad Zola Budd había batido el récord mundial de los 5.000 metros (15’01’’) corriendo descalza, costumbre que mantenía desde niña emulando a la leyenda africana Abebe Bikila. La proeza de Budd se tornaba sideral. Los atletas suelen centrarse en su juventud en las pruebas de velocidad y sólo alcanzan la plenitud en las de fondo en torno a los 30 años, cuando el cuerpo humano está perfectamente formado para las disciplinas de resistencia.

El problema de Budd iba más allá de comunismo y de capitalismo, de boicots y de Guerra Fría. El problema para Zola Budd es que la IAFF (Federación Internacional de Atletismo) no reconoció su récord mundial. Por aquel entonces Sudáfrica llevaba un par décadas gobernada bajo el régimen del ‘apartheid’ (segregación racial). En un primer momento las grandes potencias, comandadas por Estados Unidos, hicieron oídos sordos a las voces que reclamaban libertad y democracia para Sudáfrica. Sin embargo, en la década de 1980, aprobados y aceptados los derechos civiles para la población negra en Estados Unidos, Sudáfrica estaba totalmente aislada internacionalmente y eso, evidentemente, incluía su exclusión de los eventos deportivos.

Esta situación beneficiaba a la estadounidense Mary Decker. Rubia, guapa, de brillante pelo cardado a la moda de entonces y de sonrisa arrebatadora, era una de esas deportistas que despertaba tanto interés compitiendo como en su vida privada. En aquel entonces ella y Carl Lewis eran los ‘novios de América’. El año anterior había logrado la victoria en los 1.500 y en los 3.000 metros en el Mundial de Atletismo. Su intención era repetir el doblete en Los Ángeles lugar de donde Decker era oriunda. En la prueba de los 1.500 tenía dura competencia con las rumanas Melinte y Puicâ. En los 3.000, y dado que las soviéticas se habían autoexcluido, la medalla de oro estaba virtualmente asegurada. Tan sólo Budd podría inquietarle, pero debido a que la sudafricana tenía vetada su presencia en los JJ.OO se daba por seguro el triunfo de Decker.

No obstante a Budd se le abrió un resquicio por una puerta de la que nadie conocía su existencia. El rotativo británico ‘Daily Mail’ publicó un reportaje en el que exponía que conforme a que el abuelo de Budd era inglés podría solicitar la ciudadanía inglesa y competir con Gran Bretaña en los Juegos Olímpicos. Hubo jarana en Westminster. Mientras que los laboristas denunciaban el pasteleo con el ‘apartheid’, los conservadores, liderados por la primera ministra Margaret Thatcher, resolvieron el papeleo en tiempo récord y Zola Budd adquirió con celeridad la doble nacionalidad.

Los ingredientes estaban en la mesa y sólo quedaba usarlos con tino para crear una epopeya deportiva. Pero aún había más. Zola Budd no se había planteado nunca ser atleta profesional. Tan sólo cuando un devastador cáncer se lleve a su hermana por delante decidirá descargar su rabia contenida corriendo campo a través, siempre descalza. Esa mezcla de rabia y pena la convirtió en una atleta de élite a la tierna edad de 17 años. Pero esa ternura también la convirtió en blanco fácil de un desalmado padre. Con el tiempo el señor Budd se aprovecharía de los éxitos de su hija y se apropiaría de todas sus ganancias. La infancia de Decker tampoco fue idílica. De pequeña fue víctima de abusos sexuales por uno de los tantos novios que una madre desarraigada le traía a casa de cuando en cuando. Sin padre y con su madre ausente, Mary Decker pronto se convirtió en una adolescente presa cómoda de hombres de bragueta fácil.

Así entonces, aquel 11 de agosto de 1984, Budd y Decker se presentaron en la línea de salida del estadio olímpico de Los Ángeles para disputar la final de los 3.000 metros femeninos. La primera defendía los intereses de Gran Bretaña y la segunda de Estados Unidos. La primera iba descalza, la segunda calzaba unas zapatillas de diseño.

La carrera fue extremadamente lenta, lo que en teoría beneficiaba a Decker que poseía un rush final imponente. Decker braceaba y corría pegada a la cuerda gastando la menor cantidad de energía posible. Mediada la carrera Budd decidió ponerse al mando y avivar el ritmo consiguiendo estirar el grupo y provocando la aparición de los primeros cadáveres. Decker, como una sombra, se coloca tras ella.

A falta de tres vueltas Decker, que se mantenía detrás de Budd, comenzó a dar pequeños golpes con sus zapatillas en los talones desnudos de la sudafricana. Sus defensores dirían que son roces habituales de las carreras. Sus detractores dirían que los golpes eran deliberados y que incluso llegó a clavarle los tacos premeditadamente.

El caso es que al tercer impacto Mary Decker tropezó y se fue al suelo.
Milagrosamente Zola Budd aguantó de pie y siguió corriendo.

Los 84.000 espectadores que abarrotaban el estadio olímpico enmudecieron mientras veían a Decker llorando desconsoladamente ante la oportunidad perdida. Cuatro años de entrenamiento se iban al carajo.

Pero la carrera no había terminado. Zola Budd miró hacia atrás y al instante perdió la concentración. Se había mantenido en pie y había conservado el equilibrio, pero su mente ya no estaba allí. El estadio comenzó a chillarle y a increparle. Al mismo tiempo Mary Decker se echaba a los brazos de su novio, el discóbolo olímpico Richard Slaney, alzaba la vista y cambiaba las lágrimas por la rabia y el odio desmedido. Totalmente descentrada, Zola Budd pasó de ir liderando la prueba a caer hasta la séptima plaza de forma incomprensible. El oro acabó en posesión de la rumana Maricica Puicâ.

Mary Decker acabó abandonando el estadio olímpico llorando y cojeando, recibiendo la ovación de un público que veía como su princesa se quedaba sin corona. En ese instante Decker cambió el dictado de su eternidad de ‘la novia de América’ a ‘la llorona de América’.

Zola Budd se marchó corriendo a vestuarios. La prensa americana la tildó de villana y de tramposa y pasó varios días en paradero desconocido pagando por un crimen del que no tenía culpa. Se abrió entonces una crisis internacional alimentada por los medios sensacionalistas de Estados Unidos e Inglaterra y que desencadenó en una crisis política sobre el apoyo al régimen racista sudafricano.

Tuvieron que pasar doce meses para que Decker y Budd se encontraran nuevamente en una pista de atletismo durante una competición en Londres y se estrecharan la mano.

Mary Decker nunca más volvió a ganar una competición de élite. Fracasó en los Juegos Olímpicos de Seúl donde no pasó del octavo puesto. A Budd todo parecía irle de cine cuando en aquella prueba disputada un año más tarde en Londres volvió a batir el récord del mundo de los 5.000 metros y, esta vez sí, la plusmarca fue reconocida por la IAFF, pero fue su canto del cisne. Tras renunciar a competir en los JJ.OO de Seúl víctima de una depresión, Zola Budd reapareció cuatro años más tarde en Barcelona como estrella de la nueva selección sudafricana unificada bajo mandato de Nelson Mandela y ni tan siquiera llegó a clasificarse para la final.

Solo años más tarde Mary Decker reconoció que la culpa había sido suya por no haber sabido situarse bien en el grupo.

Hubo que esperar a 2016, 32 largos años más tarde, para que Zola Budd confesara que, después del tropezón e intimidada por los abucheos del público, decidió perder la carrera aposta por miedo a subir al pódium. Temblaba de pánico al imaginar la pelotera que le podría caer al recibir una medalla de la que fue injustamente privada.

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El regalo de Reyes de Pierre

Pierre pasaba con creces de los 70 pero aquella noche se sentía como un niño con zapatos nuevos. Aquel desconocido de brillante traje blanco, aquel guía con alas, le había cogido con ternura del brazo y le estaba ayudando a sentarse en un cómodo y mullido sofá de terciopelo. Delante de él, una nevada pared con la única salvedad de una enorme pantalla que se asemejaba a aquellos cines de su juventud. Pero aquello no era una sala de cine, más bien parecía el vasto salón de una casa. Pierre llevaba más de 80 años en el otro mundo, pero le habían dicho que por una vez, y como regalo de Reyes, iba a recobrar el cuerpo de anciano con el que había dejado este mundo e iba a presenciar en lo que se había convertido su legado.

Era un favor especial que el más allá le iba a conceder por todo el bien que había legado a la humanidad.

El guía dispuso todo en perfecto orden para que se acomodase y que disfrutase. El show iba a comenzar. Pierre se alisó el cabello, jugueteó con su canoso bigote y abrió los ojos con sumo interés.

La película comenzó con lentitud enlazando imágenes inconexas del joven Pierre. Se vio a sí mismo a los pies de la Torre Eiffel, en la Exposición Universal de 1889, convenciendo al gobierno de Francia a introducir el deporte en los programas de estudio. Vio fotos de sí mismo cogiendo barco tras barco y tren tras tren, recorriendo parte de Estados Unidos y media Europa, convenciendo a crédulos e incrédulos de los beneficios del deporte y de cómo su poder podía convertir las guerras y los conflictos en paz y solidaridad entre pueblos. Y así, tras varios minutos de recuerdos y dulces sonrisas, la proyección se paró en el 26 de junio de 1894. La Universidad de la Sorbona de París lucía esplendida el día que se decide instaurar los Juegos Olímpicos.

Las imágenes viajaron con prontitud al 6 de abril de 1896 para ver aquel inaudito gentío de más de 80.000 personas que se reunieron en el estadio Panathinaikó de Atenas. Tenía lugar un milagro de la modernidad. Al viejo Pierre de Coubertin se le saltaron las lágrimas cuando se reconoció a si mismo pronunciar unas palabras que para siempre iban a estar ligadas a su recuerdo: “Lo importante no es vencer, sino participar”.

La película rodaba seguidamente por todo el orbe. De Atenas a París, pasando por Londres, Estocolmo, Amberes, Ámsterdam o Los Ángeles. El guía, hábilmente, no incluyó imágenes de Saint Louis, donde en 1904 una catastrófica programación estuvo a punto de enterrar los Juegos para siempre. Pierre agradeció con una sincera sonrisa que el guía también obviase los parones en el desarrollo de su obra por culpa de la maldita guerra. Suspiró profundamente cuando recordó el empeño que había puesto en convertir los Juegos en una garantía de paz y advirtió en la pantalla el megalómano desfile que los nazis habían hecho para los Juegos de Berlín. Él mismo, ya frágil y anciano, a escasos meses de su muerte, había dado las gracias a Hitler por aquellos majestuosos Juegos, los más grandes hasta entonces. Maldita mancha. Maldito error.

Todas aquellas escenas, rodadas en blanco y negro, habían sido vividas por Pierre. Poco a poco la pantalla fue apagándose y el guía encendió una magnifica lámpara de estilo rococó que recorría la estancia. Pierre dio las gracias de todo corazón al guía por los gratos recuerdos y señaló que estaba preparado para volver al sueño eterno.

Estaba ya a punto de levantarse del sofá cuando el desconocido de impoluto traje blanco, con un rápido ademán, le dijo que se agarrase nuevamente a su brazo, que el día no había terminado.

Enganchados del brazo, aquellos dos seres recorrieron la estancia y por una pequeña puerta al fondo del salón accedieron a una especie de cuarto oscuro. Viendo que Pierre se asustaba, el guía, con un cálido gesto, se apiadó del anciano y con una franca sonrisa le dijo que no se preocupase por nada.

De pronto, se hizo la luz, y Pierre y su guía estaban sentados en un impresionante estadio olímpico, de una elegancia asombrosa. Pierre no entendía nada. Era un estadio, sí, pero no comprendía de qué material estaba hecho. Era colosal, pero todo daba sensación de ligereza, de caerse en cualquier momento. No veía columnas, tan sólo soportes similares al vidrio y unas estructuras que parecían más frágiles que las cuerdas que amarran a un pequeño navío. El guía procedió entonces a encender los focos y Pierre pegó un salto hacia atrás. El corazón palpitaba con fuerza. Jamás había visto tal cantidad y potencia de luz, ni siquiera en los Campos Elíseos de su querida París. Una vez calmado empezó a escrutar el estadio de arriba a abajo. Había pantallas por todos los lados y una gran cantidad de relojes. O algo parecido a relojes, pero sin agujas. Había también pequeñas pantallas de cine, y ante sus dudas el guía le explicó que eran estudios de televisión. Pierre, profundamente sorprendido, le preguntó si la gente tenía eso en sus casas, a lo que el guía le dijo que se relajase y disfrutase, que todo era muy complicado para su mente. Tan sólo le dijo que el gentío que ahora iba a los estadios lo hacía para disfrutar del ambiente y de la solemnidad de la competición, pero el que únicamente quiere ver las pruebas deportivas lo puede hacer donde quiera y cuando quiera con un pequeño aparato. Sacó del bolsillo derecho de su impoluto traje un smartphone y el anciano cogió el móvil con curiosidad. El guía también le dijo que con ese utensilio se podían sacar fotos y vídeos y comunicarse al instante con cualquier lugar del planeta. Pierre suspiró y recordó sus largos viajes en barco y sus interminables cartas a la luz de las velas.

Dominado por las emociones, Pierre logró preguntar dónde estaba. El guía le dijo con firmeza que estaba en el año 2020, en el estadio olímpico de Tokio. ¿2020? ¿Tokio? ¿Los Juegos han llegado a Asia? Preguntó Pierre y pidió bajar al centro del estadio. El guía le agarró por el brazo izquierdo mientras Coubertin sostenía un bastón con el derecho. Una vez pisó aquella extraña superficie el guía le dijo que era tartán y que gracias a ella los atletas hacen marcas extraordinarias y que no hay riesgo de que sufran una fractura si se caen al suelo.

Pierre balbuceó y pidió una silla para sentarse. El guía se la dio y le explicó que todo lo que veía era obra suya. Pierre volvió a recorrer su bigote de derecha a izquierda como siempre hacía y negaba con la cabeza. El guía le volvió a dedicar un amplía sonrisa y le indicó que le acompañara al palco, que aún tenía que ver algo más. Pierre torció el gesto pensando en todas las escaleras que tenía que subir, pero el guía se acercó con un pequeño vehículo y lo aproximó hasta un coqueto ascensor que lo llevó a las puertas del palco de autoridades.

Ambos se sentaron en el palco y entonces el guía le requirió a Pierre que cerrase los ojos. Le pidió que confiara en él y que se dejara llevar. Que no se asustase y que todo lo que iba a ver era real, por increíble que le pareciese. El anciano dijo que sí, aunque en su fuero interno no estaba muy convencido. Pasado unos segundos, un fuerte griterío asoló el estadio y Pierre abrió los ojos.

A punto estuvo de morir una segunda vez por culpa de un infarto.

Tras el griterío distinguió una nube de flashes y un pistoletazo que daba salida a una carrera que había acabado antes incluso de parpadear. Sin espacio material ni lógica alguna, tan sólo distinguió a un grupo de hombres negros corriendo y discernió que el que acababa de ganar era un tal Usain Bolt de Jamaica, un país que debía ser inventado. 9’59’’. Aquello no podía ser real.

Todo cambió de nuevo, y de repente percibió a Coe luchar codo con codo con Ovett en Moscú. Vio también a Bikila vencer descalzo el maratón de Roma. Y a Michael Johnson ganar carrera tras carrera danzando como un pato mareado. Vio también a Bob Beamon saltar lo imposible y a Fosbury ganar el salto de altura brincando de espaldas como si fuese un rana. Vio a Isinbayeva bailar con la pértiga con una facilidad que despertaría la envidia de los hombres de su tiempo. Y es que vio mujeres. Muchas mujeres. Deportistas, periodistas y aficionadas. Y las vio solas, sin padres y sin maridos. Y vio países, muchos países desconocidos. Y los vio a todos mezclados. A hombres y a mujeres. A negros y a blancos. A creyentes de todo el mundo. Advirtió los Juegos que él quería. Unos Juegos universales, desde Canadá a Nueva Zelanda, desde Sudáfrica a Corea. No entendía, y de hecho, en su mente decimonónica no alcanzaba a comprender tal mezcla de razas y sexos, pero observaba que la gente reía y se divertía.

Y se sintió en paz.

Pero lo que de verdad le impactaba eran las marcas. Todo ocurría a una velocidad que parecía propia del demonio. Vio luego a Bekele arrasar carrera tras carrera y años antes a Laase Viren tropezar, levantarse y recuperar el resuello para ganar a sus rivales. Contempló a Edwin Moses correr y saltar unas vallas como si fuese una gacela. Todo era una ofensiva de estímulos abrumadora.

Fue entonces cuando el guía, que disfrutaba con cada gesto inconsciente de Pierre, le mandó volver a cerrar los ojos. Coubertin, que aunque incrédulo estaba saboreando cada palada de aquel gran regalo, lo hizo sin dudar y cuando los abrió, sucedió lo inimaginable.

El estadio olímpico se convirtió en un gran palacio y vio a una niña llamada Comaneci volar de anilla a anilla y de aro a aro. El palacio de pronto se transformó en una impresionante piscina y distinguió a Spitz ganar medalla tras medalla con un frondoso bigote. Pensó en lo increíble de sus marcas, hasta que vio nadar a un pez con piernas, un tal Michael Phelps. Y vio al joven Mohammed Alí atizar derechazos en un cuadrilátero, y a Greg Louganis saltar al vacío desde un trampolín. Vio a Steffi Graf pegar raquetazos con elegancia y violencia. Vio a Messi hacer diabluras con un balón de fútbol en Pekín, y vio como Estados Unidos no ganaba la medalla de oro en baloncesto en unos Juegos Olímpicos. Y cuando creyó haberlo visto todo, vio a Estados Unidos ganar una medalla de oro en baloncesto cuatro años más tarde en Barcelona con un equipo al que todos llamaban ‘Dream Team’.

Distinguió entonces deportes que no conocía mientras el guía le explicaba los pormenores de su funcionamiento. Natación sincronizada, bádminton, taekwondo, voleibol, tenis de mesa o triatlón entraban en escena ante la incredulidad de Pierre.

La función tocaba a su fin. Poco a poco el guía fue apagando las luces del estadio, y, una vez apagada la última, le dijo a Pierre que el día había terminado. Pierre, un hombre decimonónico, un hombre que no sabía lo que era llorar, estalló en un mar de lágrimas.

Conmovido, el ángel apretó con fuerza la mano del barón Pierre Fredy de Coubertin y de repente, tras un fulgurante estallido, Pierre perdió años de vida y se convirtió en un enjuto niño de mirada inocente y brillante.

El ángel se colocó la chaqueta de su impoluto traje blanco y subió al pequeño Pierre a sus hombros. Le agarró con ternura de los pelos y le dijo con una amplia sonrisa que tenían que volver al mundo de las ánimas, mientras le preguntaba si le había gustado su regalo de Reyes Magos.

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El récord imposible de Marita Koch

En el antaño majestuoso boulevard ‘Unter den linden’ (bajo los tilos) está el corazón de Prusia y el lugar de confraternización y encuentro entre lo que hasta hace apenas tres décadas eran dos Alemanias. Esa amplia avenida berlinesa que comienza en la Puerta de Brandenburgo cuenta con varios edificios de interés. Alguno de ellos consiguió milagrosamente sobrevivir a la II Guerra Mundial. Es el caso del edificio del Arsenal de Artillería que desde 1987 alberga el Museo de Historia de Alemania. Una de las secciones del museo está dedicada a la República Democrática Alemana (RDA), la parte oriental de un país que estuvo casi medio siglo separado por la Guerra Fría. Llama la atención que en una de las vitrinas de la exposición hay una pequeña caja de esteroides. Se trata de unas pastillas conocidas como Oral Turinabol. A través de ese blíster de píldoras se puede trazar la historia del deporte en la RDA. De hecho hasta se puede esbozar la misma historia de la RDA. Una historia de dopaje de Estado.

El legado más perdurable del socialismo de laboratorio no está en obras sociales, ni en colosales construcciones públicas, ni en la calidad de la enseñanza. Está en legendarios registros deportivos. El dopaje de Estado en la RDA está demostrado, comprobado, analizado y reprobado. Algo que en menor medida se verificó en todos los países comunistas, pero que en ningún lugar fue tan descarado y premeditado que en Alemania Oriental. La RDA, un país de 17 millones de habitantes, llegó a ser segundo en la tabla de medallas durante los Juegos Olímpicos de Seúl de 1988 con 102 preseas. Alemania, unificada, con cerca de 80 millones de habitantes, ni se ha acercado a esas cifras, descendiendo de las 82 logradas en Barcelona´92 a las 42 de los Juegos Olímpicos de Río de 2016.

El dopaje de Estado comenzó en la RDA en 1974 y se estima que en década y media unos 15.000 deportistas pasaron por el laboratorio del dopaje. La obra maestra de esta locura pseudocientífica tuvo lugar el 6 de octubre de 1985 en Canberra y estuvo protagonizada por la atleta Marita Koch.

La prueba de los 400 metros lisos está considerada la más agónica del atletismo. Se requiere mantener durante una vuelta al estadio la explosividad de una carrera de velocidad y resistir al déficit de oxígeno y al aumento del ácido láctico con la mentalidad de un fondista. Marita Koch llevaba años siendo la reina de la distancia, pero aquella tarde no sólo ganó, sino que humilló a sus rivales. Pocas veces se ha visto superioridad tan apabullante entre seres supuestamente iguales. La exageración del enunciado adquiere significado al ver la grabación de la carrera. Aupada por un vigoroso tren inferior, Koch sacó una ventaja excesiva a sus rivales desde la curva para marcar un inaudito 47’60’’.

Koch pulverizó el récord mundial de 400 metros femeninos con una facilidad pasmosa. Corriendo por la calle número 2 su suficiencia fue tal que hasta se consideró que no había hecho lo máximo, con la intención de batir el récord en una carrera posterior. Para comprender la magnitud de la marca es necesario señalar que el récord sigue vigente más de 30 años después y que campeonas olímpicas como Marie Jose-Perec, Cathy Freeman o Sanya Richards ni se han acercado a los 48 segundos.

El récord de España de Sandra Myers está en 49’69’’. Comparar la marca de Koch con la de Myers es como comparar el jamón de cebo ibérico con la mortadela siciliana.

Koch nunca dio positivo en los arcaicos controles antidopajes de aquellos años. Hoy, superados los 60, sigue negando la mayor. De sobra es conocido y reconocido por muchos de sus compañeros que el Oral Turinabol, los esteroides que aceleraban el crecimiento muscular sostenido, tenían barra libre en los campus de entrenamiento. El Turinabol, un medicamento diseñado y comercializado en la RDA, es el causante de que muchas de aquellas chicas hoy parezcan hombres e incluso hayan tenido que cambiar de sexo.

El Oral Turinabol era consumido mayoritariamente por mujeres. Era un esteroide anabólico-androgénico que fue creado por Jenapharm, una compañía farmacéutica con sede en Jena, ciudad de renombre gracias a Napoleón. La multinacional sigue en activo gracias a sus progresos en el campo de la fertilidad, algo, cuanto menos chocante, cuando desde hace años se sabe que a las atletas de Alemania Oriental se les inseminaba artificialmente para que la producción de hormonas aumentase durante el embarazo y, una vez alcanzado el rendimiento óptimo para la competición, se les obligaba a abortar.

Koch, como la mayor parte de atletas del bloque comunista, evitaba las competiciones menores para así sortear los controles, participando sólo en las dos o tres pruebas importantes del año logrando victorias cual Sputniks. Una vez logrado el récord del mundo Koch no tenía nada más que demostrar y mucho que ocultar. Alegó problemas en el tendón de Aquiles y se retiró a los 29 años.

Hoy repudiada, lo cierto es que a mediados de los 80 Marita Koch era una figura legendaria. Para el emergente movimiento feminista era una heroína que estaba demostrando que podía romper las leyes biológicas y superar las marcas de los hombres. Además, para sorpresa de machistas y misóginos, Koch no era fea. Se casó con su entrenador (que también era su camello), tuvo una hija, se dejó el pelo largo y pasó de marimacho a mujer atractiva.

Tan solo otra mujer, la checa Jarmila Kratochvilova, consiguió bajar de 48 segundos en los 400 metros. Kratochvilova tiene el otro récord prohibido en el atletismo los 1’53’28’’ en los 800 metros desde 1983, que si bien son estratosféricos parecen más reales que los 400 de Koch. Aunque es ‘vox populi’ que Kratochvilova era producto del doping, su caso se adscribe más al de hombre que nació con el cuerpo de una mujer. De aspecto andrógino, musculada y fisiológicamente hombruna, nunca pareció una fémina. Al igual que le ocurre a la sudafricana Caster Semenya (que en 2018 ha ganado 25 de 28 carreras sin el beneplácito de la IAAF) la controversia radica en su sexo.

Al caer el Muro de Berlín y pasar a ser públicos los archivos de la policía secreta de la RDA se descubrió la existencia del ‘Plan Estatal 14.25’ un programa sistemático de dopaje al que ningún deportista se podía negar y que dio a la RDA más de 400 medallas de oro en competiciones de atletismo y natación durante 15 años. Fue tal la vergüenza que la IAAF intentó en el año 2001 borrar todos los récords existentes en atletismo y empezar de cero, aunque tan controvertida idea no logró materializarse.

Marita Koch sigue diciendo que la única razón por la que se dedicó al atletismo era porque era la única forma que le permitía escapar de la RDA y conocer otros países. Siempre cuenta, medio en broma y medio en serio, que si en su primera competición internacional en vez de disputarse en Atenas hubiese tenido lugar en un sitio menos atractivo como Polonia hubiese dejado el atletismo. Sigue afirmando que nunca se dopó y que no sabe que es el Oral Turinabol.

Siguen siendo curiosas afirmaciones para alguien que además de una atleta voraz y fanática del atletismo es también licenciada en medicina.

“Me siento confuso, y, sin embargo, al término de mi vida, tengo la certeza de que la RDA no fue fundada en vano. Dejó planteado el hecho de que el socialismo puede existir y ser mejor que el capitalismo. Fue un experimento que fracasó. Pero la humanidad no ha abandonado jamás la búsqueda de nuevas verdades y caminos a causa de un experimento fracasado”. Erich Honecker, presidente de la RDA (1976-1989).

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Apuntes sobre el maratón

Existen diversas barreras fisiológicas que los deportistas de élite han roto para así desmontar los tratados de la medicina y de la biología médica. Se ha bajado de los 4 minutos en la milla, de los 10 segundos en los 100 metros lisos y parece que más pronto que tarde también se ultrajarán las 2 horas en la prueba del maratón. Aprovechando la buena climatología y la planísima orografía de la ciudad de Berlín, el keniano Eliud Kipchoge batió el pasado 16 de septiembre de 2018 el récord del mundo de maratón (42 kilómetros y 195 metros), estableciéndolo en 2h 1m 39s, siendo el primer ser humano que baja de las 2h 2m.

La disciplina del maratón es la prueba más simbólica del atletismo. La carrera de la resistencia. Bebe de la leyenda de Filípides, quien en el año 490 a.C. recorrió los aproximadamente 42 kilómetros entre Maratón y Atenas para comunicar a los atenienses que la coalición de ciudades-Estado griegas habían derrotado al ejército persa. Una vez acabado el encargo se dice que Filípides cayó al suelo víctima de un paro cardíaco.

La hazaña es lustrosa, pero es ficción. Aunque lo interesante es que, haciendo válido el dicho, la realidad supera a la ficción. Y con creces.

Según el historiador Herodoto, los vigías de Atenas observaron en un amanecer como la armada persa se dirigía a desembarcar en el puerto de Maratón. Los atenienses encargaron a un joven llamado Filípides que se desplazara a la ciudad aliada de Esparta para pedir refuerzos. En total eran algo más de 200 kilómetros. Parece ser que Filípides pernoctó a mitad de camino, y efectivamente, al llegar a Esparta y dar el mensaje se desplomó en el suelo y falleció en el acto.

Así pues, si a alguien le parece poco un maratón siempre puede emular a Filípides y disputar un sparthalón, la salvajada de carrera entre Atenas y Esparta que se celebra anualmente el último fin de semana de septiembre y que es 6 veces más larga que un maratón.

Cuando en 1896 se disputaron en Atenas los primeros Juegos Olímpicos modernos, el maratón iba a ser la prueba estrella. Se fijó en 42 kilómetros la distancia, en parte por la errónea leyenda de Filípides y en parte porque ya se consideraba de por sí una distancia sobrehumana. Era un trayecto que no formaba parte del concepto moderno del atletismo y que no era practicado en ningún instituto o universidad tanto europea como estadounidense. Sin embargo, Pierre de Coubertin, presidente del Comité Olímpico Internacional, decidió crear esa prueba como homenaje a los orígenes helenos del olimpismo.

Para orgullo del joven nacionalismo griego, el primer vencedor olímpico de maratón fue Spiridon Louis, un vendedor de agua de 24 años que como preparación estuvo un par de días antes del evento sin comer ni beber. Como regalo por su triunfo recibió un carro y un caballo con los que poder ejercer su costoso trabajo por las calles de Atenas sin cargar con pesados barriles de madera llenos del preciado líquido. En Grecia, la expresión ´égine Louis´ (haz como Louis) es sinónimo de hacer algo con mucha celeridad.

Doce años después los Juegos Olímpicos tuvieron lugar en Londres. Se dice que fue la edición que salvó al olimpismo. Por primera vez se construyó un estadio olímpico, se concentró el calendario en dos semanas (salvo un par de deportes) y lo más importante, para el tema que nos ocupa, se estableció la distancia definitiva del maratón, 42 kilómetros y 195 metros.

En plena época imperial, la metrópolis de Londres convirtió el maratón en un homenaje a la realeza británica. La prueba saldría del castillo de Windsor para finalizar en el estadio olímpico, justo delante de la tribuna real, presidida por el rey Jorge V. El problema es que aunque el rey iba a estar en el estadio, el resto de la familia real se quedaría en el castillo. Era un día lluvioso y no se contemplaba que la reina y el Príncipe de Gales bajasen al jardín a mezclarse con la plebe, por lo que hubo que pintar la línea de salida justo debajo del balcón de la puerta Este del castillo. Ese ligero cambio implicó la añadidura de 195 metros a los 42 kilómetros de la prueba, quedando para la posteridad el establecimiento de tan curiosa distancia y dotando de más literatura a la leyenda del maratón.

En aquella edición de 1908 salió victorioso el estadounidense John Hayes, si bien el vencedor moral de la prueba fue el italiano Dorando Pietri. Totalmente deshidratado, Pietri entró en el estadio olímpico en un destacado primer lugar pero desorientado y a un tris del derrumbe. Empezó a dar la vuelta final en sentido contrario, por lo que los jueces tuvieron que ayudarle a girar 180 grados ante los vítores de una multitud compungida. Pietri llegó a caerse al suelo hasta en cinco ocasiones antes de cruzar la línea de llegada, y en todas ellas tanto jueces como aficionados (entre ellos el escritor Arthur Conan Doyle) se ocuparon de levantarlo y redirigirlo hacia la meta. Más mal que bien llegó el primero, pero minutos después fue justamente descalificado por haber recibido ayuda externa. Hayes se llevó el oro olímpico, aunque Pietri se convirtió en una celebridad en la época y hasta recibió un trofeo de plata de manos de la reina Alejandra.

Lo cierto es que el ser humano está programado para recorrer grandes distancias. Según biólogos y antropólogos todo se debe a que, a diferencia de otros mamíferos, tenemos capacidad para disipar el sudor mientras corremos. De ahí que el ser humano pudiese sobrevivir pacientemente en la sabana africana corriendo detrás de sus presas e incluso a la espera de que estas falleciesen a causa de un golpe de calor. Esta misma teoría evolutiva explica porque hemos desarrollado nuestra capacidad de aguante y en contra no hemos hecho lo mismo con la explosividad muscular tan típica de otros mamíferos depredadores.

Está estimado que para correr un maratón en menos de 2 horas hay que mantener una media de 21 km/h, similar, por ejemplo, a la de un ciclista subiendo un puerto con una pendiente media del 10% y con el hándicap de llevar el peso de un utensilio de 7 kilos de peso. En algo más de un siglo se ha rebajado en casi 1 hora el tiempo de Spiridon Louis de 1896.

No sabemos si el hombre que pasará a la historia será Kipchoge o algún otro, pero, se puede asegurar que procederá de África, y rizando el rizo, hasta podríamos ajustar y decir que surgirá de África Oriental. Un estilo de vida donde no existe el transporte a motor y donde la múltiple actividad física realizada desde niño se expone a más de 2.000 metros de altura, concede a keniatas, ugandeses o etíopes una considerable ventaja. Si a esto añadimos que por una cuestión social correr es la única forma de salir de un modo de vida primitivo, tenemos el caldo de cultivo para presenciar un nuevo hito en la evolución de la especie humana.

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Carros de fuego

Verano. Tiempo de los Campeonatos de Europa de Atletismo. Turno de deporte en la calle. Época de correr. Calzarse las zapatillas y disfrutar de jardines, ríos, valles o de la brisa del mar. Insertamos los cascos en los oídos y ponemos nuestra lista de Spotify. Alguno prefiere techno, otros rock duro y los demás chill out o instrumental. Pero entre las canciones más memorables a la hora de quemar el asfalto ninguna como los sintetizadores y los teclados de Vangelis y su ‘Chariots of Fire’.

La banda sonora de la película ‘Carros de fuego’ (1981) ha pasado al imaginario colectivo como la canción por antonomasia para una carrera o para un esfuerzo físico extraordinario. Realmente no mucha gente ha visto la película, y de los que la vieron poco más recordarán que la icónica carrera por la playa y la vanguardista melodía del compositor griego. Pero es lo de menos. Forma parte de la cultura moderna.

De hecho, el filme no es fácil de digerir. Al contrario de lo que pueda parecer por la temática a tratar, es una película lenta, incidiendo, especialmente en la primera parte, en la formación de los dos jóvenes protagonistas, sus miedos, sus vivencias y sus inquietudes personales. En la segunda parte, la trama se centra más en el aspecto deportivo, pero lo que llevó a la película a la gloria fue el uso y la combinación de la cámara superlenta con la banda sonora y una perfecta ambientación, documentación (las escenas fueron rodadas en la pista del estadio olímpico de Colombes y coinciden las calles y los dorsales de todos los atletas) y vestuario de los años 20, cuando se desarrolla la trama. ‘Carros de fuego’, a semejanza de otras películas deportivas como ‘Rocky’ o ‘Evasión o victoria’, alcanzaron la aceptación de público y crítica porque son historias humanas de superación, amistad y compromiso en las que el deporte sólo aparece como instrumento secundario para convertir en éxito el drama social.

‘Carros de fuego’ cuenta la historia de los atletas británicos Harold Abrahams y Eric Lidell y su participación en las pruebas de atletismo de los Juegos Olímpicos de Paris de 1924. Como suele ocurrir en estos casos, son dos formas antagónicas de vida que recorren caminos distintos para llegar a un mismo objetivo. También, como suele ocurrir, la película tiene varias licencias artísticas, siendo la más relevante que Lidell si sabía que la carrera de 100 metros iba a disputarse un domingo antes de partir a Paris, cuando en el filme se dice que se enteró horas antes de la celebración de la prueba. Como veremos, la religión será pieza clave para entender la renuncia de Lidell a correr en domingo. Del mismo modo, en la religión hallaremos la explicación de porqué tan singular título para una película de atletismo, y es que ‘Carros de fuego’ hace referencia a un pasaje de la Biblia que expone como el profeta Elías fue llevado al cielo en un carro de fuego tirado por una cuadriga de caballos.

—Los JJ.OO—

Harold Abrahams (1898-1978) era un inglés hijo de judíos procedentes de Lituania que se hicieron ricos con varios negocios. Abrahams recibió una educación elitista que le llevaría a estudiar Derecho en la Universidad de Oxford y pretendía dejar de correr tras los Juegos de París para abrir su propio bufete de abogados.

Eric Lidell (1902-1945) nació en China, donde vivían sus padres, unos misioneros protestantes escoceses que habían ido al país asiático en misión evangelizadora. Cuando Lidell tenía 6 años regresaron a Escocia iniciando éste una carrera estudiantil en un colegio de misioneros que le llevaría a licenciarse en Ciencias Exactas por la Universidad de Edimburgo. Al mismo tiempo comenzó una carrera deportiva que lo llevaría a disputar 2 torneos del Cinco Naciones de Rugby con la selección escocesa.

Abrahams ya había participado en los JJ.OO de 1920 pero esperaba alcanzar la gloria en 1924. Lidell abandonó el rugby y decidió prepararse en exclusiva para la cita parisina. Abrahams tuvo que dar siempre un poco más de sí ya que su condición de judío le causaba ciertas dificultades en la Inglaterra de la época. Para él, un joven de familia rica, el éxito deportivo era una forma de encajar dentro de la élite postvictoriana. Tenía dinero y un futuro brillante, pero por cuestiones de procedencia y de religión no se sentía aceptado de pleno derecho. Abrahams esperaba cambiar todo esto ganando la medalla de oro en los 200 metros, donde era el favorito, pero acabaría en un decepcionante sexto lugar.

Pero Lidell era el verdadero bicho raro de esta historia. El tiempo que no dedicaba a entrenar lo entregaba a tareas de carácter social o evangelizadoras. Lidell era un predicador protestante y cuando obtenía una victoria siempre exclamaba; “el Señor guía mis pasos”. Así, meses antes de los JJ.OO, y, al contrario de lo que cuenta la película, la organización determinó que la final de los 100 metros lisos tendría lugar el domingo 7 de julio. Lidell tenía prohibido correr un domingo, día sagrado, y renunció a su prueba fetiche ante la presión, las protestas y la incredulidad de la federación británica.

Especialmente en Escocia la decisión fue tomada con gran pena, ya que Eric Lidell era el indiscutible favorito a conseguir el oro olímpico y era un héroe nacional. Al final, Eric tomó la decisión de disputar las pruebas de 200 y 400 metros donde sus posibilidades eran mucho menores. Dedicó los dos últimos meses de preparación a cambiar sus hábitos de entrenamiento para potenciar su resistencia a coste de perder velocidad.

En Gran Bretaña la polémica estaba servida. Muchos medios de comunicación discutieron sobre la decisión de llevar a un “religioso radical” a los JJ.OO. Otros, deslegitimaron a Lidell al considerarlo un antipatriótico escocés nacido en China. La pelotera se haría gigantesca cuando el día anterior a la final de 200 metros Lidell estuvo en varias iglesias parisinas predicando. A pesar de todas las críticas, y con la opinión pública en contra, al día siguiente logró una inesperada medalla de bronce que le daba una vida extra y le descargaba de presión. Se había convertido en el aceptado mientras que Abrahams (con su sexto puesto) era la oveja negra.

A Abrahams le quedaba una bala. La final de los 100 metros lisos. Sin Lidell, el favorito era el estadounidense Charles Paddock, vigente campeón olímpico. Pero Abrahams voló y alcanzó la notoriedad que tanto perseguía logrando el oro olímpico con récord de 10’6’’. Ya iba a ser aceptado como un igual en la élite londinense.

Quedaba la final de los 400 metros.

Cuentan que antes de la final de los 400, Lidell recibió una nota anónima en su habitación que rezaba “aquel que me honra será honrado por mí”, cita del Libro de Samuel. Quien sabe que si con ayuda divina o no, pero Lidell, por la calle siete, sin referencias de sus rivales, corrió como nunca había hecho. Con un estilo poco académico, con la cabeza inclinada y la boca abierta, alcanzó la victoria logrando la medalla de oro y destrozando el récord del mundo. Se acababa de convertir en leyenda en el Reino Unido, y cuando comunicó que también renunciaba a correr el 4 x 100 al disputarse el domingo siguiente a nadie pareció importarle. Sus pecados fueron perdonados.

Después de Paris, Lidell siguió los pasos de sus padres y se marchó a China a seguir con su labor evangelizadora. De hecho, Lidell es el gran protagonista de ‘Carros de fuego’ y su vida, antes y después de los JJ.OO, no necesita de Abrahams para ser digna de elogio (Abrahams se convirtió al catolicismo y hasta su muerte siguió ligado al mundo del atletismo como escritor, comentarista y directivo). En China, Lidell combinará los ejercicios espirituales con los atléticos, ya que también ejercerá de entrenador. Se casó con una canadiense y tuvo 3 hijos, pero su vida cambió radicalmente con el estallido de la II Guerra Mundial y la ocupación de China por tropas japonesas. Su familia emigró a Canadá pero Lidell decidió quedarse por lo que fue capturado y llevado a un campo de concentración. Allí era llamado por todos ‘el tío Eric’ porque estaba siempre levantando la moral de los presos y preparando pruebas deportivas que entretuvieran a los recluidos. Tuvo ocasión de lograr la libertad tras un acuerdo de intercambio de prisioneros entre Japón y el Reino Unido, pero decidió ceder su plaza a una mujer embarazada y afrontar lo que le quedase de vida como cautivo. Allí fallecería en 1945, al parecer por culpa de un tumor cerebral, aunque su salud ya estaba quebrada a causa de las insalubres condiciones del campo.

“¡Ganemos! Pero luzcamos una corona de modestia.”

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La milla de Bannister

La semana pasada el mundo del deporte en España se sobresaltaba por el fallecimiento de Enrique Castro ‘Quini’, excepcional delantero que labró su carrera en el Sporting de Gijón añadiendo un par de brillantes temporadas en el FC Barcelona. Confieso que la imagen que tenía del ariete asturiano era la de un tosco cazagoles, pero visionando alguno de sus mejores tantos que estos días han circulado por la red, me ha sorprendido con un repertorio de recursos técnicos con los que no contaba. El caso es que en esa misma semana, y coincidiendo con la celebración del Campeonato Mundial de Atletismo en Pista Cubierta, también fallecía Roger Bannister, un personaje capital en el deporte internacional. El hombre que derrotó a la milla. El neurólogo del atletismo.

El récord de la milla llevaba anclado en 4´02’’ desde la época de la II Guerra Mundial. El objetivo era bajar de los 4 minutos. 240 segundos. Hoy el récord del mundo está en 3’43’13’’ (Hicham El Guerrouj) pero hace seis décadas reducir la marca por debajo de los 4 minutos se consideraba un límite inexplorado para la humanidad. Era una cifra icónica.

Una milla es algo tan inglés como una taza de té. Corresponde a 1609,34 metros, y a pesar de que es una medida en desuso y de que no es una distancia que forme parte de las disciplinas olímpicas, forma parte de la mitología del atletismo. El deporte moderno había nacido en Inglaterra, y el mundo, hasta 1939, era británico. En 1954 el sistema métrico decimal ya era el que regía los pesos y medidas universales, pero la milla seguía siendo una distancia sagrada para los atletas.

La crónica explica que en una mañana lluviosa del 6 de mayo de 1954, Bannister acabó su trabajo de prácticas en el Hospital de Sant Mary de Londres (en el mismo laboratorio donde Fleming descubrió la penicilina) y al mediodía tomó el tren camino de Oxford. Una vez allí, se quitó el pantalón y la gabardina, se calzó las zapatillas deportivas y se dispuso a acometer la hazaña de batir el récord del mundo. Dos compañeros, Chris Baxter y Cristopher Chataway, hicieron de liebres durante el primer kilómetro.

Todavía estamos en la época de la heroica y de la épica. De la lucha del ser humano contra desafíos naturales y de episodios románticos dignos de elogio. Para Gran Bretaña, tocada y hundida como potencia tras la II Guerra Mundial, se iniciaba un doloroso proceso de descolonización y de pérdida de supremacía global. Hazañas como las de Edmund Hillary, que sólo un año antes había alcanzado la cima del Everest, servían para recuperar el orgullo herido. Bajar de los cuatro minutos en la milla era una de esas gestas herculinas.

Entonces el atletismo era completamente amateur. La pista de ceniza de la Universidad de Oxford sirvió como lugar para cumplir el objetivo ante la atenta mirada de cientos de estudiantes, algún periodista y un par de miembros de la IAAF para corroborar el récord, en caso de que lo hubiese. También había una cámara de la BBC, y, por ello, contamos con unas preciosas imágenes que atestiguan la proeza.

A falta de 440 yardas (unos 400 metros) se consideraba que el récord era imposible. Bannister tenía que recorrer la última vuelta en 59 segundos, en una pista de ceniza encharcada de barro y agua, y con el viento de cara y sin el apoyo de sus liebres. Alto, y de fuerte zancada, Bannister apretó los dientes y se dispuso a dejar un registro para la historia.

No eran tiempos de marcadores electrónicos y el público esperaba ansioso a que el encargado de la megafonía diese a conocer el tiempo cronometrado por los jueces. Cuentan las crónicas que el encargado de tan solemne momento lo hizo con toda la parafernalia que se le presupone a un caballero inglés, tirando de galantería, flema y compostura. Después de dar las gracias a los asistentes por acudir a la carrera, de nombrar la procedencia y el nombre de los corredores presentes y de agradecer a la Universidad de Oxford la cesión de sus instalaciones, afirmó que Bannister había conseguido un nuevo récord británico, récord europeo y mundial. Y sólo entonces, cuando la expectación del respetable era colosal, sólo entonces, lo dijo… 3’59’4’’.

New York Times tituló: “Roger Bannister alcanza uno de los objetivos inalcanzables hasta ahora por el hombre”. Lo curioso es que el récord sólo duró 49 días, momento en el que fue batido por el australiano John Landy. Mes y medio después, Bannister lo volvió a superar. En poco más de un trimestre se consiguió hasta en tres veces lo que nunca antes se había hecho.

Y a partir de ahí nada más. A finales de aquel año Bannister abandonó el atletismo y empezó su carrera como neurólogo. Nunca ganó una medalla olímpica. En 1952 había sido cuarto en los 1.500 metros. Por aquel entonces nadie se ganaba la vida corriendo. De hecho, Bannister fue un afamado neurólogo y en la Facultad de Medicina de Oxford hay una sala de investigación que lleva su nombre. Y no. Contrariamente a lo que se pueda suponer, su nombre está gravado en el alto de la puerta por sus méritos en el campo de la ciencia y no por lo hecho en una pista de atletismo.

En sus memorias, Bannister comentaba que había aprendido a correr como una liebre “bajo la lluvia de bombas de los bombarderos”. En ese mismo libro disertaba: “Es extraño que una acción intrínsecamente simple y sin importancia como poner un pie delante de otro durante 1760 yardas (una milla) lo más rápido posible se haya convertido en un logro deportivo tan importante. Creo que su atractivo reside en su simplicidad; no exige dinero ni equipamiento ni un físico especial, ni sabiduría, ni educación. En un mundo de creciente complejidad tecnológica destaca como una declaración ingenua de la naturaleza humana. Usando simplemente sus dos pies, una persona puede superar tremendas dificultades para alcanzar una cumbre desde la que puede proclamar que nadie había hecho eso antes”.

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Los límites del ser humano

Los deportes individuales tienen un hándicap frente a los colectivos. Estos últimos representan un sentimiento de identidad unitario a los que jamás podrá llegar un único deportista por sí mismo. Ergo, el llanero solitario otorga un plus al aficionado; no sólo compite contra otros, también lo hace contra el tiempo. La gracia del atletismo o de la natación no sólo está en ganar. La emoción, la leyenda y la atención del público radican en batir récords, acabar con lo nunca visto. Luchar contra la historia. Luchar contra el tiempo.

Hace unos años los científicos del Instituto de Investigación Biomédica del Deporte en Francia aseveraron que en dos décadas, allá por 2030 o quizás 2040, la raza humana alcanzará el límite de sus capacidades fisiológicas. No se podrá correr más rápido, saltar más alto ni ser más fuerte. Se analizaron más de 3000 récords mundiales de atletismo, natación, ciclismo y patinaje y testificaron que entre 1896 (año de los primeros Juegos Olímpicos) y 1968 se superaron frecuentemente y con notable margen las diferentes marcas deportivas. Desde entonces esa diferencia se produce de forma más lánguida y paulatina. Consideraron que a comienzo del siglo XX el ser humano funcionaba con el 75% de sus capacidades fisiológicas frente al 99% de la actualidad. Con estos datos científicos aseveraron que en 2027 sólo se mejoraran las marcas mundiales en un 0,05%. Desarrollaron para ello una curva matemática llamada asíntota que llegará al 100% de rendimiento humano en un cuarto de siglo.

Bajo este prisma se supone que en 2050 tendremos que medir los récords del mundo de maratón en centésimas, los de levantamiento de pesas en gramos y para los 100 metros lisos tendremos que decirle al Iphone 50 que nos calcule los nanosegundos de rigor.

¿Se nace o se hace? A grandes rasgos somos todos iguales, pero unos resaltamos más que otros en función de las barreras genéticas. Ahí se nace. Luego existen diferentes barreras alimenticias, de hábitat, sociales y de entrenamiento. Ahí se hace. La superélite necesita nacer y hacerse, fundamentalmente en los deportes contranatura. En las disciplinas de equipo (fútbol) o cara a cara (tenis) es más importante el hacerse que el nacer. En aquellas contra la naturaleza (atletismo) es más importante el nacer que el hacerse.

Tras casi 150 años de historia del deporte moderno, la evolución y profesionalización de los entrenamientos y de los utensilios de apoyo para la competición ha ido borrando e igualando las barreras del hacerse. Cualquier nadador o ciclista aficionado puede igualarse en alimentación o en régimen de entrenamiento con un deportista de élite. Sólo cuestiones económicas pueden impedírselo, pero el hiperprofesionalizado e hiperpublicitario mundo deportivo es quizás el único ámbito de la vida que puede convertir a un pobre en millonario. Todo ello ha eliminado barreras y facilitando que aquellos dotados genéticamente maximicen su potencial y logren la máxima eficacia en una disciplina.

Según el citado estudio francés, se argumenta que mientras se mantengan las actuales reglas y no se permitan que las drogas aumenten la capacidad de los deportistas y los cuerpos no sean modificados con órganos y músculos artificiales, no veremos más récords del mundo. Pero como siempre el ser humano se guarda la capacidad de sorprendernos y de llevarle la contraria a la ciencia. No estaba previsto un Usain Bolt y apareció. Y otro nuevo aparecerá. Porque el ser humano no es sólo cerebro, también es alma.

Mike Powell saltó 8,95 en 1991 batiendo la legendaria marca de Bob Beamon de 8,90. Inalcanzable. Dicen. Se batirá. Claro que se batirá. Se pasará de los 9 metros. Los velocistas practicaban la longitud en tiempos pasados. La falta de interés del público y su menor repercusión económica han dañado a las disciplinas de saltos y de lanzamientos. Ahora mismo no interesan. Pero volverá su momento. Y un patrocinador sabrá aprovecharlo y exprimir los genes de un atleta que salte más de 9 metros.

https://www.youtube.com/watch?v=aU4sT-fqXts

Pero hay otros factores diferenciales. Muchos otros que los científicos franceses no valoraron. Ya se sabe que los profesionales del raciocinio se olvidan frecuentemente del poder del corazón.

La cabeza. El deseo. La voluntad. El arresto. La fe. La ambición. La presión. En definitiva, la psicología. Poder con lo que se te viene encima. Tener avaricia por conseguir lo inalcanzable. Y el rival. Sin un rival no puedes exprimir tus virtudes. Sin rival no hay presión ni ambición. Todo gran campeón necesita su némesis, alguien que le lleve al límite.

Y el tercer factor es la suerte. Ante la dictadura de la tecnología nos olvidamos de que el deporte es un juego de azar. Y todo componente de azar se puede preparar y prevenir pero nunca eliminar. Una caída, una lesión, o una enfermedad pueden trastocar años de preparación. Y `un buen día´ puede convertirte en leyenda.

En un simposio celebrado en 1982 la holandesa Wil van Breukelen, entrenadora de natación, afirmó que “las chicas con las uñas pintadas no ganan nunca”. Entendía que ese aspecto revelaba un interés ajeno al deporte que les convertía en débiles. Evidentemente es una tontería. Pero es el aspecto psicológico de la aseveración lo que hay que analizar. Si la chica en cuestión piensa que si pinta las uñas no va a ganar, no va a ganar. Si el deportista está convencido de que si come una barra energética va a ganar, va a ganar. Si está convencido de que si come un pastel de crema va a ganar, va a ganar. La ciencia seguirá avanzando, los entrenamientos mejorando, los genes serán seleccionados y los caballos continuarán ganando y los asnos perdiendo. Pero una cosa debe quedar clara. Si el asno tiene fe posiblemente no le llegue para ganar, pero un pura sangre – por muy pura sangre que sea- si no tiene fe tampoco ganará.

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