NBA

Gasol (2ª parte): Versión FIBA

Fue en Roma. En 1960. Era la primera vez que la selección española de baloncesto lograba clasificarse para unos Juegos Olímpicos. Estados Unidos ganó el oro humillando a la Unión Soviética en la final. Walt Bellamy (2’11) pasó por encima del rey letón Janis Krumins (2’20). España quedó en penúltima posición. Los dos pívots de la selección, Juan Martos y Alfonso Martínez, medían 1’95 metros, lo mismo que Oscar Robertson, base titular estadounidense. Jerry West, la más rutilante estrella de aquellos Juegos, era un escolta de 1’88 metros. Nino Buscató, el mejor jugador español, medía 178 centímetros.

Medio siglo después España había parido a un chico de 216 centímetros coordinado, fluido, atlético, elegante y con una inteligencia para el juego paranormal. En los JJ.OO de Londres fue un martillo pilón que hizo parecer real una gesta imposible. Durante el tercer cuarto (15 puntos) bailó a sus defensores con una gracilidad y una fiereza no entendible para aquellos que conocimos el baloncesto del viejo testamento (A.G.). Sus 24 puntos, 8 rebotes y 7 asistencias no fueron suficientes para doblegar a Lebron James, Kevin Durant y Kobe Bryant, pero dio igual. Cuando toda la expedición estadounidense rindió pleitesía al vencido, comprendimos que el legado de Pau trascendía a lo universal.

Y es que España iba a por el oro. Gasol iba a por el oro. Ya en China, cuatro años atrás, España había querido hacer posible lo imposible. El francés George Eddy, más de 2.000 partidos comentados a lo largo de su exitosa carrera, declaró que aquella final olímpica de Pekín había sido “el mejor partido FIBA de siempre”. En Pekín se perdió de once puntos y en Londres de siete, pero en ambas ocasiones la sensación fue de miedo, de pánico entre las estrellas estadounidenses. Lo más extraordinario no es que España rozase la victoria, sino que Estados Unidos tuvo que jugar a su máximo nivel para lograrla.

https://www.youtube.com/watch?v=erXOnAsT3-4

Curiosamente en Río la derrota fue más ajustada (seis puntos), pero la sensación de impotencia española afloró por vez primera en una década. Allí, a orillas de Copacabana, Gasol y sus pretorianos ponían el punto final a una escandalosa pléyade de éxitos. Es cierto que Pau quiso darse un homenaje cuasi póstumo en Tokio, como también lo es que Ricky Rubio lideró la victoria española en el Mundial 2019. Pero fue en Río 2016 cuando se clausuró una trayectoria de dominio absoluto en el baloncesto mundial, coronada por aquellas dos platas olímpicas irrepetibles ante un ‘Dream Team’ que, nunca antes y nunca después, sintió tal miedo contando con sus mejores jugadores en la pista.

Pau Gasol fue el alma de esa generación liderada por los llamados ‘juniors de oro’ que en el Mundial sub-20 de 1999 lograron, esta vez sí, derrotar a Estados Unidos. Unos chicos que se iban a comer el mundo hasta tal punto que Gasol sumaría once medallas (cuatro de oro -tres Europeos y un Mundial-) con la selección. 11 medallas en 16 años. A.G. España sumó 6 medallas en 65 años.

Si en la NBA Pau pecó de mordiente y entendió que debía adaptar su juego a un ente superior para conseguir el éxito colectivo, con España se erigió en dueño y señor del equipo. Todos los ataques empezaban con balón al poste bajo para que luego Pau decidiese que hacer con la jugada. Todos, Navarro, Felipe, Calderón, Rudy o Ricky, orbitaban alrededor de un rey Sol que durante más de una década fue un jugador que sembró el terror de Europa cada vez que se ponía la Roja. Con Gasol la selección española pasó de intentar derribar gigantes a ser EL gigante.

31 puntos ante la Alemania de Nowitzki para colgarse el bronce europeo en 2001 (17’3 puntos y 9’7 rebotes de media en el torneo). 31 tantos sólo en la primera parte ante Rusia en la semifinal europea de 2003 (12/14 en tiros) y 36 tantos y 12 rebotes ante Lituania en la final (máximo anotador del torneo con 25’8 puntos de media). Mejor jugador (21’1 puntos y 9’4 rebotes) en el Mundial 2006, en el que no pudo disputar la final tras torcerse el tobillo a 100 segundos del fin de la semifinal ante Argentina (19 puntos y 11 rebotes). Los dos últimos tras anotar un par de tiros libres cojeando.

Y con todo, su sensación de dominio, de ascendencia sobre la cancha, es difícil de expresar en palabras o en datos. Son pálpitos. Inquietudes. Sensaciones. Esa sensación que le hizo estar presente en el interior de cada uno de sus compañeros en aquella final ante Grecia en la que Gasol recibió la medalla de oro apoyado en una sola pierna con lágrimas en los ojos. Esa sensación, que solo tienen los más grandes, de hacer temblar la tierra con su sola presencia. Con cada gesto, con cada mirada, las piernas del adversario tiemblan y las dudas asoman en su cabeza.

De Japón a China, la historia que se repite: un Mundial sin EEUU y con  España en busca del oro
Rodeando al Cid

Gasol convirtió Europa en el patio de su recreo. Su dominio en el planeta FIBA también contó con las dulces derrotas olímpicas, pero fue en el Eurobasket donde cimentó la leyenda de inexpugnable. España fue el ogro. Lo que antes había sido la Unión Soviética y más tarde Yugoslavia. Una entelequia de talento coronado por el jugador más dominante que ha dado el baloncesto FIBA, el de los 40 minutos de partido y el del colectivo antes del individuo. Olvídense de Belov, Tkachenko, Spanoulis, Bodiroga, Sabonis, Petrovic o Kukoc, todos palidecen ante Pau. Y de los Nowitzki, Parker y todos aquellos de brillantes andanzas NBA que claudicaron cada vez que Gasol se vistió de Quijote y se puso España por bandera.

El cénit de ese dominio llegó en 2009 tras alcanzar su máximo apogeo gracias a la tortura mental a la que fue sometido por Kobe Bryant, su ‘hermano mayor’, en los Lakers. En aquel campeonato Scariolo decidió darle la titularidad a Marc Gasol como pívot inicial para que intimidase y tapase espacios. Pau iba a jugar de 4 por vez primera con España. Aquella propuesta no dejó indiferente a nadie y dio lugar a una fuerte discusión popular que amainó cuando se vio que, sin responsabilidades defensivas, Pau iba tener como único límite vencerse a sí mismo.

Su actuación fue imperial. Lideró a España desde el primer minuto del primer partido al último minuto del último encuentro. En octavos le dio por anotar seis triples para machacar a Polonia, en cuartos pasó por encima de Francia con 28 tantos y 9 rebotes y en la final sumó 18+11 ante Grecia. El triunfo de España fue de una suficiencia pocas veces vista y la exhibición al tran tran de Gasol no se recordaba en la vieja Europa. Inteligente, ambicioso, motivado y siempre pendiente de aprender, mejorar y competir, el resultado era un jugador de corte histórico.

Aquello de 2009, como lo del Eurobasket de 2011, fue de un dominio insultante. En 2013 Pau no estuvo presente, y España pasó del oro al bronce. Daba igual. Ese equipo de ensueño, siempre contó con Pau. Su éxito se basó tanto en su faceta de jugador como en su faceta de ser humano. Cuando los rigores y las exigencias norteamericanas le impedían acudir a la llamada de la selección, Pau siempre estaba ahí. Como comentarista, como amigo, entrenando, pero no jugando. En todos y cada uno de los torneos en los que no se puso las zapatillas, Pau estuvo presente. Siempre buscó la forma. Y siempre la encontró. La familia, dieron en llamar a la ÑBA. Y el cabeza de familia siempre fue él. Siempre fue Pau.

Gasol fue un artista, un talento y una figura portentosa que alcanzó cotas inimaginables. A sus cualidades se le unió una cabeza excepcional que le permitió estar a la altura que demandaban sus responsabilidades. Su apogeo y sus éxitos con la ÑBA coincidieron en el tiempo con unos años en los que desde Madrid y desde Barcelona se buscó la apropiación ideológica de su figura. Ha sabido defender con hechos y palabras ambas posturas y sólo los más nacionalistas recalcitrantes han querido incautarse de sus sentimientos.

Pau Gasol: los principales hitos de una carrera de 26.516 puntos - AS.com
España (2001-2021)

Pau quiso despedirse en el parqué y no en una consulta médica. Lo hizo tras rozar con las yemas de los dedos la Euroliga, la única muesca que falta en su revólver, y tras disputar sus quintos Juegos Olímpicos con 41 años ¿Por qué? Porque quiso y punto. Su despedida real había tenido lugar seis años antes, cuando ya contaba con 35 primaveras. Quiso entonces Pau poner el broche de oro no a su carrera, pero sí a sus años de reinado. Cuando nadie lo esperaba, cuando sus años de gloria vislumbraban su fin, a Pau le dio por pintar su ‘magnus opum’, su obra maestra.

El feliz acontecimiento tuvo lugar en Lille, donde Francia pierde su nombre y pasa a ser Bélgica. Allí, ante 27.000 almas, Pau hizo lo que llevaba haciendo durante una década, con la salvedad de que nadie contaba con que lo hiciese en ese momento de su carrera. España había caído derrotada en el Mundial del año anterior ante Francia, ante lo que se dio a pensar que era el fin de una era dorada. Los franceses, más jóvenes y más grandes, eran el futuro.

En Lille, en el Eurobasket 2015, España llegó a semifinales con sufrimiento y con el depósito de gasolina en la reserva. El corderito estaba tierno para asar, pero a Gasol le dio por sacar los colmillos cuando nadie lo esperaba. Firmó 40 puntos (de los 80 de España) y 11 rebotes para un 52 de valoración. Gasol era King Kong. “El Imperio contraataca”, acertó a titular un diario. Pau bailó a un joven Gobert hasta sacarlo del partido por exceso de faltas. La imagen de Pau dándose golpes en el pecho tras machacar el aro francés simbolizaba un reinado. El reinado del ogro de Europa. Con aquel mate Pau ganó la semifinal y ya, de paso, la final ante Lituania.

Nunca fue cosa de títulos. Nunca fue cosa de números. Fueron las sensaciones. Lecciones y más lecciones de como jugar al baloncesto.

https://www.youtube.com/watch?v=ebBIL-lSk5A

“Gasol ha completado un partido colosal, el tercero consecutivo en el que supera la barrera de los 25 puntos en esta fase final. Ha estado monumental. Ha eliminado prácticamente él solo a Francia en la semifinal y nos ha hecho llorar (…) Su actuación ha sido absolutamente monstruosa, formidable, genial y sobrehumana. Ha estado gargantuesco.” Frederic Forte en el diario ‘L’Equipé’, en el análisis de la histórica victoria de España ante Francia en el Eurobasket 2015.

Otras historias relacionadas con la carrera de Pau Gasol

Gasol: Versión NBA (primera parte del artículo dedicada a la carrera NBA de Pau Gasol)

Elogio desmesurado de Lebron James (el mejor jugador de la NBA en el siglo XXI)

La orgía de puntos de Navarro (cuando Navarro se vistió de superhéroe para ganar un Eurobasket)

Felipe Reyes; el último pívot europeo (la legendaria carrera de otro de los juniors de oro)

Los años de Jordan en Washington (cuando Jordan volvió a las pistas por amor al juego)

Bullying a Toni Kukoc (en dos partes la historia del ídolo de la infancia de Pau Gasol)

Los años negros de Estados Unidos (cuando Estados Unidos perdió la hegemonía del baloncesto mundial por culpa de Argentina, Grecia y España)

El experimento Nowitzki (la carrera de laboratorio del ‘Robin Hood’ de la canasta)

Kobe (vida y obra de Kobe Bryant en dos artículos)

A los 20 años de la Copa de Gasol (los inicios de Gasol en Barcelona y su explosión en la Copa del Rey de 2001)

Leer más

Gasol (1ª parte): Versión NBA

El viernes 1 de febrero de 2008 los Memphis Grizzlies traspasaban a Pau Gasol a Los Ángeles Lakers a cambio de Kwame Brown, Aaron McKie, Javaris Crittenton y los derechos de su hermano Marc, por entonces dominador de la ACB en las filas del Basket Girona. Aquel traspaso está considerado el más desigual de la historia de la NBA. Y no es un comentario chauvinista, sino que está refrendado por los periodistas especializados y los directivos más reputados de Estados Unidos.

En Memphis admitieron que el traspaso no les reportaba gran beneficio. Sencillamente lo habían hecho por Pau. Por un tipo racional y reflexivo, solidario y cabal, que jamás tenía una palabra negativa que ofrecer. Dicen los plumillas al otro lado del Atlántico que Pau Gasol era el único jugador que interpelaba a los reporteros por si querían preguntar algo más. Por eso, tras una temporada horrenda en la que se había desmantelado al equipo, todo el mundo en Memphis consideró que aquel larguirucho extremadamente educado merecía una oportunidad para conseguir el anillo.

Gasol había subido al Everest. Era E.T, cómo le hubo de bautizar acertadamente Andrés Montes. Con 216 centímetros de altura era más rápido que sus iguales y más alto que los que alcanzaban a seguirle. Su tiro desde cinco metros era de una amenaza colosal y su inteligencia para entender el juego superaba con creces la media. Había decidido batirse contra los más grandes ante la incredulidad de Aíto García Reneses, el hombre que lo había hecho debutar con el Barça, un ‘old school’ que renegaba de todo lo que atufaba a NBA. Fue escogido por los Atlanta Hawks en el mismo puesto que el Jesús Negro e inmediatamente fue traspasado a Memphis a cambio de Shareef Abdur-Rahim, un jugador que no es necesario recordar.

Trasladados de Vancouver a Memphis, los Grizzlies dejaron la tierra de los osos para irse a los dominios del rock and roll. Suplente en su primer partido, acabaría como ‘Rookie of the year’ y con mate en la cara de Kevin Garnett para ganarse el respeto de la NBA. En Memphis se hizo grande, liderando a un equipo pequeño a tres clasificaciones consecutivas de playoffs, todas históricas y todas finiquitadas con un absoluto fracaso. Son los años de Pau ‘Gasoft’, un juego de palabras para calificar a Pau como blando (soft). Porque eso era Gasol, un buen jugador, con buenos movimientos, pero incapaz de llevar a su equipo a lo más alto. Sus números eran bondadosos (18’8 puntos y 8’6 rebotes de media en Memphis), pero se mantenían estancados temporada tras temporada. No se vislumbraba progresión. No era un primer espada.

Hasta aquel 1 de febrero de 2008. El día que a Gasol se le abre el cielo. En Los Ángeles se convierte en poste de circulación, como un aclarado del juego en el que su talento natural y el estímulo táctico lo promueve. Phil Jackson ve cómo puede perfeccionar el sistema del triángulo ofensivo, esquema que utilizó con éxito en los Bulls de Jordan, pero que siempre estuvo cojo al carecer de un pívot pasador. Lo que algunos no consiguen entender en un curso, Pau lo domina en dos semanas. Ahora con Gasol, Jackson dispone de un hombre que ventile cargas de juego, como una puerta intermedia que dé paso una y otra vez al lado débil y que permita el lucimiento y el descanso de Kobe Bryant. Gasol aporta resolución colectiva y mejora del entorno, lo que en la actualidad se da en llamar IQ. Entender el juego de toda la vida. Comprendió el papel que se le pedía a la perfección y se sintió cómodo. Era el facilitador. Era el pasador. Era el ancla para que los demás se luciesen.

Y era también el defensor. Si en su adolescencia Juan Carlos Navarro le hizo conocer la noche y al mismo tiempo le hizo entender que su mente y su talento extraordinario tenían que escapar de ella, Kobe Bryant se encargó en su madurez de demostrarle que no podía ser primera espada, pero que si se mostraba intenso en defensa sería un jugador inexpugnable. Tras caer ante los Celtics de Garnett en las finales de 2008, Bryant se encargó de preparar mentalmente a Gasol para convertirlo en una máquina insuperable e intimidatoria en defensa.

Gasol quiso ser excepcional y con sus dos títulos (2009, 2010) de la NBA lo consiguió. Aquel chico que soñaba con ser Kukoc, acabó debajo del aro, al igual que el croata, por imperativo NBA. En el primer anillo dejará a Dwight Howard, en aquel momento el mejor pívot del planeta, en menos del 50% de tiros en toda la eliminatoria. Ya Pau había dejado de ser el “hombre del renacimiento” como fue calificado por Phil Jackson, a ser un muro en la zona. En su primer partido de playoffs con Los Ángeles acabaría con 36 puntos, 16 rebotes y 8 asistencias. En el séptimo partido de la final de la NBA de 2010 pasaría por encima de Kevin Garnett con 19 puntos, 18 rebotes y 4 asistencias (con Bryant agotado con un 6/24 en tiros) y cambiando la trayectoria de cada uno de los tiros de los interiores de los Celtics.

Por entonces Pau ya era en Estados Unidos un ser humano, no un jugador de baloncesto. Apareció en una portada de ‘The New York Times’ como una persona culta, curiosa, amable y sencilla. Solo así se entiende que entre sus múltiples premios (dos campeonatos, seis veces ‘All-Star’) acumule el trofeo Walter Kennedy, el premio Magic Johnson y el Impact Player. Traducido: premio al jugador de la NBA más filántropo, premio al jugador con mejor trato con los medios de comunicación y premio al jugador que más ayuda a difundir los valores de la NBA.

Pau se sale de la norma en una competición donde la norma es usar el baloncesto para salir del gueto. Es difícil de entender para un negro norteamericano la, para ellos, riqueza y opulencia de la depauperada clase media europea. Es cierto que Larry Bird fue un niño pobre, tanto, que Magic Johnson quedó impactado cuando visitó a su madre. También lo es que al joven Jordan lo del gueto solo le sonó de oídas o que Stephen Curry es millonario desde la infancia. Pero la realidad es que solo hay escepticismo cuando un chico salta de Europa y se adentra en una competición dominada por el poder negro.

Gasol es raro hasta en Europa. Pau destaca por la variedad y sofisticación de sus aficiones. No es extraño que quisiese hacer oficial su retirada en el Liceu de Barcelona. Lo primero que hizo al llegar a Los Ángeles fue preguntar por el calendario de las obras de teatro, salas de conciertos y exposiciones. “Nunca antes un jugador me había preguntado eso”, confesaría más adelante el relaciones públicas de los Lakers. Como es igual de posible que ningún jugador de la NBA prefiera ir a un concierto de Plácido Domingo que a uno de Daddy Jankee, o que se decante para firmar por un equipo en función de la oferta cultural de la ciudad, como cuando fichó por los Chicago Bulls.

A Chicago llega tras alargar demasiado su estancia en Los Ángeles. Es ya un hombre veterano (35 años) y le toca lidiar con un baloncesto distinto, donde los codos y el juego de pies han dejado paso a los triples imposibles y a las fintas excesivas. Gasol ya no es un rara avis, es uno más entre gigantes de siete pies con coordinación de un seis pies. Sus piernas ya no le permiten percutir en el poste, pero su inteligente lectura de espacios y una impresionante mejoría en el tiro a pie quieto de larga distancia le permite ser un jugador total. Nunca fue un tirador extraordinario, pero si extremadamente agudo para saber cuándo lanzar.

Con los Bulls volverá a ser ‘All-Star’, incluyendo un impagable salto inicial con su hermano Marc. Le dará tiempo a dejar un par de perlas. Marcar el tope de carrera con 46 puntos en un partido al que le añadió 18 rebotes, y firmar un encuentro perfecto con 22 puntos sin fallo en el tiro, 9 rebotes y 6 asistencias, algo nunca visto en un cuarto de siglo en alguien de 36 años.

Los hermanos Gasol en el All Star - NBA
Hermanos estrellas

Gasol ha vivido acomplejado por su comparación con Dirk Nowitzki, el patrón oro de los jugadores europeos. Con talla y peso similar, el alemán contó con un mayor arsenal de movimientos ofensivos y aterrizó en una franquicia que desde el primer momento apostó por él como piedra angular. La carrera NBA de Gasol es fantástica, pero está superada por la del alemán, por la de Antetokoumpo y, en futuro no muy lejano, por la de Luka Doncic.

Y aun así Nowitzki no puede presumir de tener dos anillos ni de sumar en su carrera al menos 20.000 puntos, 10.000 rebotes, 3.500 asistencias y 1.500 tapones. Sólo el de Sant Boi y tres jugadores más han llegado a tal hazaña. Pau consiguió normalizar lo asombroso, cuando lo normal hasta su aterrizaje en la NBA es que nos contentáramos con que un español (realmente cualquier europeo que no fuese yugoslavo) jugase un par de partidos al otro lado del Atlántico.

Gasol estiró “demasiado”, según sus propias palabras, el chicle. Primero en San Antonio y sobre todo en Milwaukee, donde una fractura en el pie abortó la caza de su tercer título. Mas Pau es de esos tipos que eligen cómo y cuándo quieren acabar su carrera. Durante dos años peleó cuando tenía que descansar, ya no para alcanzar la gloria, sino para demostrar que lo podía hacer. Para despedirse con honores vistiendo la camiseta de la selección española. “Soy consciente de que he sido un privilegiado, pero los privilegios conllevan responsabilidades”.

Pero esa, la historia de Pau con España, será otra historia.

“Era maduro, inteligente, poseedor de una profunda comprensión de nuestro deporte y dispuesto a adoptar una función subalterna, si era necesario, con tal de aumentar las probabilidades que tenía el equipo para ganar. Fue la persona correcta en el momento adecuado. En cuanto se incorporó, dejamos de ser un equipo que luchaba por arañar cien puntos por encuentro para transformarnos en una veloz máquina de anotar que promediaba más de 110 puntos y se divertía muchísimo al conseguirlo”. Phil Jackson, entrenador de Gasol en los Lakers.

“Uno de los aspectos más impresionantes de la trayectoria de Pau es como ha sabido hacerse un hueco en la NBA. La NBA está muy dispuesta a adoptar el talento extranjero para mejorar su competición, pero está menos dispuesta a otorgar responsabilidad o representatividad. El respeto a Pau yo le he respirado desde el inicio, en un mundo donde eso cuesta mucho. Y cuesta ganárselo, y mucho, sobre todo si vienes desde otro mundo”. Sergio Scariolo, seleccionador español y campeón de la NBA formando parte del cuerpo técnico de Toronto Raptors.

Otras historias relacionadas con la carrera de Pau Gasol

Elogio desmesurado de Lebron James (el mejor jugador de la NBA en el siglo XXI)

La orgía de puntos de Navarro (cuando Navarro se vistió de superhéroe para ganar un Eurobasket)

Felipe Reyes; el último pívot europeo (la legendaria carrera de otro de los juniors de oro)

Los años de Jordan en Washington (cuando Jordan volvió a las pistas por amor al juego)

Bullying a Toni Kukoc (en dos partes la historia del ídolo de la infancia de Pau Gasol)

Los años negros de Estados Unidos (cuando Estados Unidos perdió la hegemonía del baloncesto mundial por culpa de Argentina, Grecia y España)

El experimento Nowitzki (la carrera de laboratorio del ‘Robin Hood’ de la canasta)

Kobe (vida y obra de Kobe Bryant en dos artículos)

A los 20 años de la Copa de Gasol (los inicios de Gasol en Barcelona y su explosión en la Copa del Rey de 2001)

Leer más

A los 20 años de la Copa de Gasol

Una vez se dé por vencido y admita que ante el tiempo no se puede luchar, Pau Gasol pondrá punto final a una carrera legendaria. Se supone que vivirá a caballo entre Barcelona y Los Ángeles, pero será en la ciudad californiana donde tendrá su cuartel general. En numerosas ocasiones ha manifestado que es un enamorado de la cultura norteamericana y es ‘vox populi’ que más pronto que tarde pedirá la nacionalización estadounidense (quizás para evitarse un futuro problema hispanocatalán). El caso es que en estas dos últimas décadas su vida ha estado en los Estados Unidos. Y lo cierto es que antes de comenzar su idilio con la NBA, hasta en tres ocasiones la nación más poderosa del mundo se cruzó en su camino hacía el estrellato ya fuese de una forma o de otra.

La primera de las veces fue en el verano de 1999. Meses antes un imberbe, rubio, y flacucho chico con la cara despedazada por el acné había debutado en la Liga ACB. Ese verano la selección española juvenil disputó en Portugal el Mundial de la categoría alcanzando la hazaña, por entonces alucinante, de vencer a los imbatibles estadounidenses en la final. Gasol era entonces un jugador de relleno, con un potencial inmejorable, pero débil y con notables carencias tácticas. Germán Gabriel, Raúl López o su íntimo amigo Juan Carlos Navarro llevaban la voz cantante de aquella generación.

Resultado de imagen de pau gasol 1999 españa
Felipe Reyes, Gasol y Navarro

En todo caso aquel verano triunfante hizo que Pau obtuviese el permiso de sus padres para seguir jugando al baloncesto y renunciar a matricularse en la facultad de medicina. La temporada 99/00 fue la primera de Gasol como miembro de derecho en la plantilla del FC Barcelona. Era habitual suplente pero presentaba unas magníficas prestaciones en los pocos minutos de los que disfrutaba. Mantenía una clara fragilidad defensiva, pero partido a partido gozaba con el ataque y aprendía a posicionarse. Aun así a finales de temporada seguía estando detrás de Rentzias y Alston en la rotación aunque, indudablemente, era el favorito de la afición.

Fue entonces cuando Estados Unidos se cruzó por segunda vez en su camino. Esta vez bajo el nombre de Johnny Rogers.

España acudía sin demasiadas expectativas a los Juegos Olímpicos de Sidney. El seleccionador era Lolo Sainz, veterano, de la vieja escuela, no propenso a los artificios. Se decantó por una terna de pívots intimidadores y confió el puesto de ala-pívot a un 4×4 como era Alfonso Reyes. Para rellenar el cupo, como jugador número 12, el clamor nacional era la convocatoria de Pau Gasol. Otros talentos de su generación como Raúl López y Juan Carlos Navarro iban a ser importantes y aunque Pau estaba verde, la opinión generalizada era que la experiencia sería positiva para ese niño de 2,16 al que no se le vislumbraba techo.

Sainz prefirió apostar sobre seguro y llamó como quinto pívot a Johnny Rogers. Nacido en California hacía ya 36 años, Rogers era un interior móvil con buen lanzamiento a 5 metros y que había aterrizado en España en 1988. Por entonces militaba en el Panathinaikos. Sus números eran mejores que los de Gasol pero su convocatoria fue una soberana sorpresa. Llevaba cuatro años nacionalizado pero jamás había sido convocado. Debutó aquel verano con la selección y apenas la mitad de sus 17 años en Europa los pasaría jugando en nuestro país.

El palo para Gasol fue duro, pero lo sería mucho más cuando al empezar la temporada 2000/01 el FC Barcelona contrate a Rony Seikaly. La tercera vez que Estados Unidos se cruzó en su camino antes de su explosión en dirección al estrellato.

Quiso el destino que Seikaly naciese en el Líbano, mas era un estadounidense de tomo y lomo. Conoció España en 1986 cuando formó parte de la selección de Estados Unidos que se proclamó campeona del mundo en tierras hispanas. Después fue número 9 del draft y sostuvo una sólida carrera con medias de 15 puntos y 10 rebotes por partido en una época donde era tan difícil como ahora triunfar en la NBA pero era mucho más complicado jugar. Al Barça llegó con 34 tacos, lastrado por las lesiones pero con vitola de estrella. Con 2 millones de euros de entonces en el bolsillo pasó a ser el jugador mejor pagado del momento.

Seikaly acompañaría a Roberto Dueñas formando un juego interior aterrador. En el banquillo quedaba el electico Efthimios Rentzias, un buen reboteador como Francisco Elson y el veterano Zoran Savic. Gasol tendría que luchar con éste último por arañar unos cuantos minutos en la rotación sabiendo que la experiencia gana en confianza al descaro cuando los nervios hacen su aparición.

Pero la tercera vez que, de una forma u otra, los Estados Unidos hacían aparición en la vida de Gasol su vida iba a dar un vuelco definitivo. Apenas cuatros partidos después de su debut, Seikaly decidió quedarse a pernoctar en Londres tras un partido de la Euroliga y no presentarse al entrenamiento del día siguiente en Barcelona. Aíto García Reneses, hoy entrenador venerado pero entonces técnico criticado por sargento inflexible, lo fulminó al instante. Seikaly dejó Cataluña y acabó su carrera como baloncestista profesional.

Resultado de imagen de rony seikaly
Seikaly. Visto y no visto

—LA COPA DE GASOL—

La opción lógica era colocar a Rentzias junto a Dueñas, pero el ala-pívot griego era un jugador con sangre de horchata que combinaba grandes actuaciones con desconexiones antológicas. Tanto Savic como Elson eran pívots duros y fuertes pero se solapaban con Dueñas. Aíto había sido el primer entrenador que introdujo en España el alero alto cuando convirtió a Andrés Jiménez en un ala-pívot moderno a finales de los 80. Su gusto por el jugador alto capaz de amenazar desde fuera e intimidar debajo del aro le hizo fijarse en Gasol y darle la titularidad apenas un mes después de la fuga de Seikaly.

El resto es historia.

Gasol creció a pasos agigantados. Seguía presentando deficiencias en los tiros libres y en el rebote defensivo, pero su capacidad ofensiva y su comprensión del juego pasaron de la educación primaria a la universitaria en medio año. Fue escogido en el segundo mejor quinteto de la Euroliga disputando apenas seis partidos porque una inoportuna apendicitis le impidió jugar ante el Benetton de Treviso en una sorprendente y temprana eliminación del Barça. En la ACB asombraba su muy respetable 37% en triples con sus 2,16 de altura y con una movilidad para semejante tamaño que en Europa sólo se había visto en Toni Kukoc.

Llegó entonces la Copa del Rey. Un torneo de apenas cuatro días en el que ganas o te vas para casa. En un fin de semana los ocho mejores equipos de España (entre ellos 4 o 5 de los más potentes de Europa) se reúnen ante la atenta mirada de los ojeadores de la NBA. Gasol era el diamante más codiciado y se especulaba con que sería elegido en la primera ronda del draft.

El Barça pasó por encima del Fuenlabrada (98-76) en cuartos con Gasol en modo imperial con 16 puntos y 8 rebotes en apenas 20 minutos. Igual de contundente fue la victoria en semifinales ante el Pamesa Valencia (95-69) aunque más discreta fue la actuación de Pau (13+5). El Barça que empezó la temporada con un exceso de músculo y una clara ausencia de cerebro, había girado 180 grados con un quinteto formado por Jasikevicius, Hawkins (Navarro era su suplente), Karnisovas, Gasol y Dueñas, en el que únicamente este último vivía más de su físico que de su talento.

Pau Gasol fue un cambio total, un avance, un extraterrestre. E.T. como lo bautizó el fallecido Andrés Montes. El primer baloncestista español del siglo XXI. Llevaba varias semanas avisando, pero explotó de forma fugaz antes de cruzar el charco en aquella final de la Copa del Rey ante el Real Madrid.

Meses antes, cuando Barça y Madrid se vieron las caras en partido de Liga, Gasol ya había anotado 20 puntos con 8 rebotes, justo antes de alcanzar la cifra de 23 en un choque de Euroliga. Pero aquel clásico fue ganado de paliza por los catalanes (82-54) por lo que muchos vieron en la estadística un engorde natural producto de los minutos de la basura.

Sabiendo que en altura el Barça era muy superior al Madrid, Aíto se decidió por rotar continuamente a Karnisovas y a Pau Gasol en la posición de 3, lo que en el argot del baloncesto se considera alero alto, un jugador con buena mano en el triple y capaz de percutir en el rebote defensivo y de ataque. El Madrid, entrenado por Sergio Scariolo, contaba con una línea exterior de campanillas con Djordjevic (Raúl López de suplente), Lucio Angulo, Alberto Herreros e Iker Iturbe, pero en el que únicamente Eric Struelens podría ser considerado como un decente jugador interior. Era un equipo notablemente más bajo, en el que Iturbe (1,98 metros) jugaría de 4 y tendría que defender a Gasol (2,16 de altura).

En el citado partido de Liga había sido Alberto Herreros el encargado de emparejarse con Gasol en la posición de alero. Triplista descomunal tras recibir, magnífico saliendo de los bloqueos y lo suficientemente fuerte para postear, Herreros había sido máximo anotador del Mundial de 1998 y era el mejor jugador nacional del momento. Pero Gasol demostró ser lo suficientemente rápido como para aguantar al madridista en el uno contra uno. No perseguía a Herreros, sino que iba por delante de él abriéndose y sorteando rivales para entorpecer las líneas de pase.

Así que Scariolo, sabiendo de su déficit de altura, decidió apretar a media pista e intercambiar diferentes defensas en zona, mientras Iturbe y Milic (un alero esloveno con muelles en los pies) lidiaban con Karnisovas y Gasol de tanto en cuando. El experimento funcionó durante toda la primera parte (31-41) gracias a la sabia labor de dirección de Djordjevic y Raúl López y los puntos de Herreros que hicieron quedar en mal lugar las aptitudes defensivas de Navarro, otro por el que peleaban los ojeadores de la NBA y que quedó muy mal parado tras el torneo.

Llegó el descanso y fue tras la vuelta a la cancha cuando Gasol demostró un dominio pocas veces visto. Sacó del atolladero en el que se vio metido el Barça a medio partido, tiró de todo un equipo en frustración y decidió con una sangre fría “nunca vista desde los tiempos de Drazen Petrovic”, según claudicó Scariolo al término del partido.

Gasol dio un clinic. Recibía en la línea de tres y se llevaba por velocidad a Iturbe y sus 22 centímetros de eje gravitacional a favor. Recibía lejos de los 6,25 metros y anotaba con claridad a pesar de ser el tipo con mayor distancia entre los pies y la cabeza de toda la pista. Después corre zancada tras zancada a toda pista como un prestigiador antes de regalar una asistencia, para acabar su actuación con un mate a una mano ante la cara de un atónito Struelens.

Resultado de imagen de pau gasol  2001 barcelona
E.T.

Firmó 25 puntos, 6 rebotes, 3 asistencias y 3 robos en apenas 31 minutos. Ni siquiera falló en la línea de tiros libres con un magnífico 12/14 cuando en temporada regular arrastraba un flojo 65% de efectividad. El FC Barcelona se llevó la Copa (80-77) y Gasol recibió el trofeo de MVP. La entrega gozó de mayor influjo porque quiso el azar que el encargado de realizarla fuese el Rey Juan Carlos I un habitual en la finales coperas que llevan su nombre cuando de fútbol se trataba pero al que pocas veces se le ha visto en una cancha de baloncesto.

Meses más tarde Gasol repetiría MVP y actuación estelar al dejar una estela de grandeza en semifinales ante el Unicaja de Málaga y arrasar al Madrid en la final de la Liga ACB (3-0). Allí, en el tercer y definitivo partido jugado en la capital, Gasol dejó su imagen más icónica antes de dar el salto a la NBA. Con el Madrid cuatro puntos abajo y presionando a toda pista, Gasol pidió el balón y ejerció de base. Superó a Milic, al que le sacaba una cabeza, con un cambio de mano propio de Harlem y se lanzó a recorrer la pista de una punta a otra antes de dar una asistencia. El siglo XXI era una realidad.

A pesar de que Aíto decía que estaba verde para dar el salto a los Estados Unidos, lo cierto es que esas carencias defensivas de las que el técnico hablaba se compensaban con una ambición, una inteligencia y una excelencia ofensiva jamás vista anteriormente. Cuando aquel verano Gasol sea elegido en tercera posición del draft de la NBA las dudas serían enormes, pero el chico que eclosionó en aquella Copa del Rey de febrero de 2001 marchaba a Estados Unidos para no volver.

Otras historias de baloncesto FIBA

La orgía de puntos de Navarro (la explosión del escolta en el Europeo de 2011)

Felipe Reyes; el último pívot europeo (la estrella olvidada de los años dorados del baloncesto español)

Todos somos un poco del Joventut (apuntes sobre un club pionero)

Iniesta y Navarro. Dos formas de decir adiós (sobre la marcha de dos iconos de la cantera azulgrana)

La Copa de Petrovic (el año que el Mozart del baloncesto pasó en España)

Obradovic y el Partizán de Fuenlabrada (de como un equipo serbio ganó una Euroliga en el exilio español)

¿Por qué en Lituania se juega al baloncesto? (un pequeño país que es potencia mundial de la canasta)

La autocanasta de Alocén (la triquiñuela que cambió las reglas del baloncesto)

Leer más

Nadie anima a Goliat. La historia de Wilt Chamberlain (2ª parte)

Cuando Wilt Chamberlain juega su último partido en la NBA cuenta con 36 años. Es el quinto y definitivo de la final de la NBA de 1973 que los Los Ángeles Lakers, su equipo, pierde ante los New York Knicks. Chamberlain juega los 48 minutos del choque sin descansar ni un mísero segundo al igual que había hecho en todos y cada uno de los partidos de las finales. En ese último choque anotó 23 puntos y capturó 21 rebotes. Durante la temporada apresó más de 18 rechaces por encuentro, siendo el líder estadístico de la NBA en la campaña. Era la undécima vez que lo lograba y tendrían que pasar dos décadas para que Dennis Rodman superase ese registro de 18 capturas.

Estaba claro que Wilt Chamberlain no estaba próximo a la jubilación.

Sin embargo acababa contrato con los Lakers y el club angelino no estaba por la labor de pagarle un sueldo a un hombre, que por muy superhombre que fuese, contaba con 36 años y, he ahí la cuestión, contaba con más derrotas que victorias en su palmarés. Así que el verano pasó y los Lakers no se movieron. Quienes sí lo hicieron fueron los San Diego Conquistadors de la ABA que le ofrecían a Goliat un mega contrato tres veces superior al que Chamberlain tenía (y, ojo, era de los mejores pagados en la NBA).

La ABA (American Basketball Association) se había fundado en 1967 en clara competencia hacia la NBA. En esos tiempos la población negra de Estados Unidos estaba en plena lucha por las libertades y toda institución creada y dirigida por blancos era mal vista. Y mucho más en el básquet, donde había una profunda grieta entre el baloncesto académico, encorsetado y de equipo promulgado por las elites, y el desenfadado, vibrante e individual que se practicaba en los barrios negros de las ciudades estadounidenses.

La ABA apenas sobreviviría durante una década antes de claudicar económicamente y ser absorbida por la NBA, pero en ese decenio le dio tiempo a reinventar el baloncesto. Surgieron la línea de tres puntos, los concursos de mates o el maravilloso balón tricolor. En esos años la competencia entre ambas ligas fue feroz y por ello un jugador no podía pasar de una liga a la otra sin el consentimiento y la renuncia de los derechos del equipo vendedor.

Y los Lakers no iban a permitir que Chamberlain se marchase a San Diego.

Total que Wilt se pasó el año en blanco. Retirado, aunque oficialmente no estaba retirado.

Al verano siguiente recibió una oferta de los New York Knicks, pero algo había cambiado. Durante ese año de asueto Wilt se había dedicado a la buena vida, a invertir en negocios dispares (entre ellos en la liga estadounidense de voleibol) y a relacionarse con el mundo del cine tras comprarse una lujosa mansión. No tenía intención alguna de marcharse de la soleada California rumbo al estrés invernal de la ciudad de Nueva York. Así que, entonces sí, con 37 años, Wilt Chamberlain anunciaba su retirada oficial del baloncesto.

Pero el portento más extraordinario que jamás ha pisado una cancha de baloncesto nunca podría alejarse demasiado de la rumorología del deporte de la canasta. No frecuentaba las pistas ni como espectador ni como invitado, pero sí que era un personaje con continuas apariciones públicas. Y cada vez que el periodista, impactado por una mole de 2,16 metros esculpida a base de músculos, le preguntaba si pensaba volver a la NBA, Chamberlain, entre halagado y egocéntrico, siempre contestaba con evasivas que no hacían más que alimentar el sueño.

En 1979 la rutilante estrella de la NBA era Kareem Abdul-Jabbar. Era éste un extraordinario pívot, grácil y de extraordinarios movimientos que, si bien dominaba por su físico, lo hacía más por su portentosa coordinación. En una entrevista empequeñeció a Chamberlain al considerar que él tenía que lidiar con hombres más altos y más físicos que los que había en la época de Chamberlain (algo de razón tenía). Aquello encendió a ‘Big Dipper’, que negó la mayor y declaró: “Pesó 13 kilos menos que en mi último año de profesional. No tengo duda de que si ahora volviese a jugar dominaría. Lo único que no quiero es volver a una rutina de entrenamientos”. Wilt Chamberlain tenía por entonces 43 años.

Se había abierto la veda. El primer equipo que apareció para intentar ficharlo fueron los Cleveland Cavaliers. Le ofrecieron un contrato por dos temporadas con cláusulas que le liberaban de los entrenamientos diarios y que le permitían jugar un máximo de 20 minutos por partido. Pero nuevamente Wilt no aceptó. No le entusiasmaban los inviernos de Ohio y Cleveland era un equipo perdedor.

Para la temporada 1981/1982, cuando Chamberlain ya contaba con 45 años, fueron los Philadelphia 76rs los que intentaron hacerse con Superman. La cosa era distinta. Philadelphia era uno de los candidatos a ganar la NBA. Chamberlain llegó a viajar a la ciudad de los cuáqueros mientras hacía unas declaraciones a la prensa propias de él: “Si quisiera podría volver a hacerlo. Sin ninguna duda lideraría la NBA en rebotes y tapones. Suena a ególatra, bueno, lo es”. Y sí que sonaba, pero cuando uno ve fotos de ese bicho andante parece increíble que tuviese 45 años. Pasaría por un chaval de veintitantos.

Las mejores frases de Wilt Chamberlain – El Gurú del deporte
Goliat bien entrada la cuarentena

Wilt era natural de Philadelphia y el acuerdo parecía inminente, pero había una discrepancia insalvable. A diferencia de lo que ocurría con los Cavaliers, los 76rs eran una franquicia ganadora y eso implicaba seriedad y compromiso. No habría problema en lo económico, pero si en lo referido a las ausencias de los entrenamientos. Wilt tenía que ser uno más.

Y el acuerdo se rompió.

Y mientras, Wilt seguía haciendo cosas propias de Goliat. Se inscribió en una liga nacional de atletismo para mayores de 40 años. Aunque la mayoría de los participantes eran atletas profesionales retirados, Chamberlain se llevó la victoria en lanzamiento de peso, triple salto, salto de altura y 200 metros lisos. Poco después, en 1984, a punto de cumplir las 48 primaveras, debutaba en la gran pantalla en la película ‘Conan, el bárbaro’ protagonizada por Arnold Schwarzenegger. El actor austríaco, entonces de 37 años y 7 veces campeón del mundo de culturismo, quedó alucinado con la fortaleza de Chamberlain: “No puedo creer que tenga cerca de 50 años. Tiene tanta fuerza que juguetea con una espada y amenaza con hacerte trizas”.

todoarnold+cine on Twitter: "#ConanTheDestroyer Behind the scenes. Wilt  Chamberlain, Anne Strick (unit publicist) and Arnold @Schwarzenegger.  http://t.co/yrtf7Ae9SX"
Y Schwarzenegger se convirtió en un mixiricas

Hubo que esperar a 1991 para un último intento. El más increíble de ellos. Los Ángeles Clippers hacían una nueva oferta a Chamberlain para volver a la NBA. El simple hecho de que un equipo profesional decida interesarse por un ex jugador de entonces 54 años y que llevaba 18 años retirado habla del increíble portento físico que era Chamberlain. Como en otras ocasiones, Wilt declinó la oferta aduciendo que no quería volver a una rutina de viajes y de entrenamiento, y, como de costumbre, tiraba de ego para afirmar que por físico estaría capacitado para jugar con gente que podrían ser sus hijos, y, rizando el rizo, hasta sus nietos: “A lo largo de estos años he tenido muchas más ofertas de las que se han publicado. Es fantástico para el ego que con 53 o 54 años los equipos sigan pensando que puedo jugar. Y personalmente creo que podría, pero no tengo ningún deseo”.

Menos de un año después Goliat ingresaba en un hospital de Los Ángeles debido a una presión arterial que se disparaba por momentos. Aquel corazón se rompería definitivamente el 12 de octubre de 1999 a los 63 años de edad.

El ‘shock’ fue inmenso. Wilt Chamberlain era un monumento humano, una estatua de piedra irrompible a ojos de seres humanos que veían como sus músculos se consumían con el paso del tiempo mientras los suyos permanecían inalterables. Chamberlain no era una leyenda retirada, era un monolito en camiseta de tiras y calzones cortos incapaz de envejecer. Que aquel gigante se derrumbase era una muestra de que la muerte no entiende de músculos.

Se iba el hombre que anotó más de 60 puntos en 32 ocasiones (el siguiente de la lista es Kobe Bryant con seis), el único que ha hecho un doble-triple-doble en un partido (22 puntos, 25 rebotes y 21 asistencias) y que en el total de su carrera promedió 30,1 puntos, 22,9 rebotes y 4,4 asistencias. Pero también el superhombre que tan sólo ganó 2 anillos de la NBA a pesar de su aplastante superioridad, lejos de los 3 de Bird, los 4 de Lebron y de O’Neal, los 5 de Duncan, de Kobe o de Magic, los 6 de Abdul-Jabbar o de Jordan, y, sobretodo, de los 11 de Bill Russell.

“Si pudiera cambiar algo de mi vida, me gustaría saber cómo vive alguien que mide 1,80. Todo el mundo apoya a David, nadie anima a Goliat”. Wilt Chamberlain.

https://www.youtube.com/watch?v=NRgFX3-rc2w
Leer más

Nadie anima a Goliat. La historia de Wilt Chamberlain (1ª parte)

Cuando el 12 de octubre de 1999 el sobrino de Wilt Chamberlain encuentre a su tío tirado en el sofá de su casa víctima de un ataque al corazón, se encontrará con una agenda con las llamadas pendientes para el día siguiente. El segundo en la lista era Bill Russell. Durante más de una década Chamberlain y Russell se pegaron en una cancha de baloncesto. A lo largo de más de un decenio ni se hablaron. Pero entonces, ya encarando la vejez, eran amigos. Bill Russell era el gigante bueno. El hombre que puso su físico al servicio de su equipo para crear una dinastía en la NBA. Chamberlain era Goliat. El hombre que según su propio recuento llegó a acostarse con más de 20.000 mujeres. El deportista que llegó a liderar la NBA en puntos, rebotes y asistencias. Pero también el hombre que fue incapaz de quitarse el sambenito de egoísta y de perdedor.

https://www.youtube.com/watch?v=FPXpGewsDyc

Wilt Chamberlain era un portento físico. El Stephen Hawking de la fisionomía. Era un armario empotrado de 2,16 metros de altura y 130 kilos. Un torrente de músculos desde las uñas de los pies hasta las cejas. Todo él era una gran espalda. Llegó a correr los 400 metros en 49 segundos, lanzar el peso a 16,27 metros o rebotar 1,98 metros en salto de altura. Un ser humano que por envergadura y coordinación estaba medio siglo adelantado a su tiempo.

Era un gigante de dibujos animados. De dimensiones deslumbrantes en una época donde las imágenes en movimiento escaseaban y todo había que fiárselo a las letras y a la fotografía. Se convirtió en un dios griego. Los niños hablaban de un King-Kong. Hay quien decía que tenía tornillos en la cabeza. Otros que no sabía hablar y que solo gruñía. Alguno comentaba que era Frankenstein con un balón de baloncesto. Un hombre que comía niños. Era fascinante. Era despreciable. El villano de un cómic de la Marvel.

Y es que Wilt jugaba entre niños. En el baloncesto de los 60 era Goliat entre lilliputs. Cuando debuta en la NBA y juega su primer ‘All-Star’, la diferencia de corpulencia entre él y el resto de los jugadores es demencial. En aquel partido entre las 24 estrellas más rutilantes del baloncesto mundial apenas hay otros cuatro jugadores que superen los 2 metros, algo inimaginable en la actualidad. Su descomunal planta hizo que ya en su época de instituto fuese una celebridad nacional. Recibió más de 100 becas universitarias, la gran mayoría de ellas con dinero bajo cuerda.

Wilt Chamberlain fue el primer baloncestista que dotó al deporte de la canasta del glamour de la celebridad. Mucho antes de que Lebron James cambiase su natal Cleveland por Los Ángeles con la mirada fijada en su posterior vida tras la retirada, Chamberlain ya había puesto la idea en marcha. ‘Big Dipper’ decidió abandonar Philadelphia (donde ganó un anillo) y mudarse a la soleada California. Al darse cuenta de su valor, no sólo como jugador sino como celebridad, Chamberlain comprendió que su futuro estaba en Los Ángeles, una ciudad con enormes posibilidades y el mercado más atractivo de Estados Unidos junto a Nueva York.

Chamberlain siempre fue un solitario. Era tremendamente egoísta y presuntuoso y siempre aprovechaba para mofarse de sus rivales. Nunca se le conoció pareja. Difícil promover cimientos con 20.000 mujeres de por medio. Lo cierto es que pocos hombres podrían competir con él, aunque sus más allegados, los pocos, consideraban que era una forma de autodefensa porque tenía miedo a que alguien le hiciese daño. Cierto o no, el caso es que siempre quiso profundizar, pero nunca intimar, con ninguna mujer.

Para Wilt el baloncesto nunca fue un juego de equipo. Por lo menos antes de llegar a los Lakers. Luego, también, aunque de forma menos acusada. Los partidos de Chamberlain eran conciertos de solistas. La gente sólo veía en la cancha a Wilt. La noche de 1962 en Nueva York en la que anotó la extraterrestre cifra de 100 puntos, un reportero que asistió al encuentro escribió: “Chamberlain les hizo sentir (a sus compañeros) su insuficiencia y pequeñez. Era grande, luminoso y ocasionalmente ruidoso (…) Él existía aparte de su equipo, orbitando en su propio reino brillante”.

En Los Ángeles, Wilt Chamberlain buscó la atención y el reconocimiento que merecía al ser enjuiciado como el mejor. Invirtió en inmuebles, restaurantes y caballos de carreras. Hasta compró una discoteca en Nueva York, en la época en la que Studio 54 era el centro del universo. Vivía feliz entre artistas y músicos engatusando y presentándose a diferentes mujeres. Le encantaba retar a otro hombre a jugar a cualquier deporte y tras su victoria revolotear cual pavo real delante de sus admiradas pretendientes.

La crítica baloncestística nunca lo trato bien. Para algunos Wilt Chamberlain ha sido el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos. Pero a pesar de su abrumadora superioridad (en 1962 promedió 50’4 puntos y 25’7 rebotes jugando todos y cada uno de los minutos de todos y cada uno de los partidos) nunca tuvo colmillo asesino. No fue Jordan, ni Bird, ni Magic, ni Lebron, ni Kobe. Y tampoco fue Bill Russell. Mientras Chamberlain coleccionaba récords individuales era derrotado una y otra vez en la lucha por el anillo de la NBA ante los Celtics de Russell. Éste, otro portento de 2,06 metros (con una media de más de 22 rebotes por partido en su carrera), posee la plusmarca de anillos de campeón con 11 en 13 temporadas, destacando como capitán y baluarte defensivo de un equipo en el que primaba la solidaridad. A ojos de todos Chamberlain siempre fue el malo de la película. Una estrella incapaz de hacer mejores a sus compañeros y un engreído que socavaba la autoridad de los entrenadores.

Su físico era tan deslumbrante que hubo que adaptar las normas para contenerlo. Cuando jugaba para la Universidad de Kansas al bueno de Wilt le dio por tirar los tiros libres haciendo mates. Es decir, saltar desde la línea a 4,60 metros del aro y machacar. Chamberlain promedió poco más del 50% en lanzamientos libres durante su carrera. Era su kriptonita. Así que vio buena esa solución. Al año siguiente se decretó que los lanzamientos libres se hicieran detrás de la línea de 4,60 prohibiendo expresamente saltar o introducirse dentro de la zona antes de que el balón tocase el aro. Tal y como lo entendemos hoy en día.

Algunos números que dicen que Wilt Chamberlain es el mejor jugador de la  historia de la NBA – Pio Deportes
Un hombre entre niños

La prensa lo retrató como un villano, una estrella meditabunda que destruyó la moral de sus equipos. Chamberlain representó la indulgencia y el individualismo excesivo. «Soy Wilt Chamberlain, una persona. Es mi individualismo lo que más valoro», dijo en una ocasión. Cansado de ser tildado de egoísta hubo un año en el que le dio por liderar la NBA en asistencias. No por compromiso con el equipo, sino para alimentar su egocéntrica personalidad. Sus 2,16 transformaron el baloncesto profesional para llevarlo a las alturas. Wilt Chamberlain hizo de la NBA una curiosidad. Una rareza antropomórfica que había que escrutar.

Tampoco ayudó a Chamberlain que no se significase políticamente. Al principio de su carrera su indiferencia ante la lucha por los derechos civiles de la población negra le granjeó la amistad de la elite blanca. Era un negro bueno. Al contrario, Russell, su némesis, fue portavoz de los deportistas negros que se negaban a alistarse para combatir en Vietnam. Así que cuando a finales de los 60 Chamberlain siguió escabulléndose de las cuestiones políticas, pasó de ser sospechoso a enemigo de la comunidad negra que no entendía que una persona de su relevancia no se implicara. Wilt siempre fue un hombre de ley y orden. Él sólo veía una diferenciación entre razas; el dinero.

Para los demás jugadores (que por entonces eran blancos en su mayoría) se convirtió en una amenaza. Acabará con el juego, decían los puristas. En realidad a lo que jugaba Chamberlain era a un baloncesto 2.0. Era una amenaza. Pero no por monstruoso, lo era por celos y fascinación. Cuando perdía o fallaba se le comparaba con un boxeador mediocre que intentaba entender el juego.

—UNA ORGÍA DE NÚMEROS Y UNA CATARATA DE DERROTAS—

Después de que los 76ers despilfarraran una ventaja de 3-1 ante los Celtics en las finales de la Conferencia Este de 1968, la prensa culpó a Chamberlain. Había llevado a los 76ers al título la temporada anterior, pero la realidad es que tras once temporadas con números monstruosos sólo había sabido saborear la victoria en una ocasión. Fue entonces cuando decidió firmar por Los Ángeles Lakers. A las razones anteriormente esgrimidas, había un par de ellas más profundas. Chamberlain solía acostarse con mujeres blancas, algo todavía tabú en muchas zonas de Estados Unidos, pero no así en la progresista California. Y además, su padre, residente en el Estado del sol, apuraba sus últimos meses de vida por culpa de un cáncer.

Los Lakers acababan de estrenar un fastuoso pabellón decorado con columnas púrpura y oro que obedecían a la disposición del foro imperial de Roma. En ‘The Fabulous Forum’ los Lakers construyeron el primer súper equipo de la historia antes de que Garnett se marchase a Boston, Lebron a Miami o Durant a San Francisco. Para la campaña 1968/69 Los Ángeles Lakers reunían a Elgin Baylor, el primer jugador en volar por encima del aro, a Jerry West, un tirador sublime que dio su imagen al logo de la NBA, y a Wilt Chamberlain. Con Goliat en plantilla los Lakers construían el mejor equipo de baloncesto de la historia.

Los Lakers pasaron como un ciclón en la temporada regular pero acabaron perdiendo en el séptimo partido de las finales ante los Celtics, sumando la que era su séptima derrota ante los de Boston. Wilt Chamberlain también contaba en siete las veces que había caído en un partido decisivo ante Bill Russell. El hombre de los 100 puntos nunca fue capaz de ganar un choque a vida o muerte ante el pívot solidario por excelencia. “Séptimo partido son las palabras más bonitas del baloncesto”, había dicho en una ocasión el bueno de Russell.

El camino de activismo social en la NBA y los inicios de la mano de Bill  Russell y Wilt Chamberlain | NBA.com España | El sitio oficial de la NBA
Russell (6) y Chamberlain (13)

En ese séptimo y decisivo encuentro, Chamberlain se pasó el último cuarto sentado en el banquillo discutiendo a grito pelado con su entrenador. Se dijo que estaba lesionado, pero la realidad es que Wilt no llegaba al 50% en tiros libres. Una vez que le prohibieron machacar el aro lo intentó de diferentes maneras, a cada cual peor. Sus tiros con cuchara espantarían a cualquier entrenador infantil. No era procedente mantenerlo en el partido en un momento caliente. Pero es que además, obsesionado como estaba con cincelar con números sagrados su legado, se había propuesto no ser nunca eliminado por faltas durante un partido. Esto hacía que en los momentos calientes bajara los brazos y su defendido tuviese pista libre para aterrizar en el aro.

Al año siguiente volvería a perder otra final, en este caso ante los Knicks de Reed, Frazier y Bradley. Más, por vez primera, el afecto y la ternura hicieron acto de presencia. Con 34 años y tras cerca de 900 partidos consecutivos, Goliat sufrió una lesión. Su rodilla dijo basta y tuvo que pasar por quirófano. Por vez primera Chamberlain dejaba de ser una bestia del Helesponto y se convertía en humano. “He hecho cosas que ningún hombre hará, pero la gente sigue esperando que me supere, y no puedo hacer eso”, comentó tras su vuelta en una muestra de dolor ajena al superhombre.

Finalmente, durante la temporada 1971-72, Chamberlain encontró la redención renunciando a ser Goliat. Se dedicó a rebotear y a defender dejando que Jerry West se centrase en anotar. Los Lakers se llevaron de una santa vez el campeonato y Chamberlain, por una vez, dejó de ser un perdedor. Para ello tuvo que renunciar a sí mismo. Tuvo que ser Bill Russell.

Pero más importante que el anillo fue la influencia de Chamberlain convirtió para convertir a Los Ángeles en un destino atractivo para jugadores y empresas que elevó a los Lakers al olimpo del baloncesto. “Mi impacto es eterno”, declaró al poco de retirarse.

Al dejar las pistas y al sucederse los años, se hizo ya de por si inevitable la comparación de Chamberlain con Russell, su eterno antagonista contemporáneo y con quien siempre hubo pugna por decidir quién de los dos era mejor. Y no había duda. Wilt siempre salía mal parado cuando se le comparaba con el portento de los Celtics de Boston, quien ganó 11 títulos de la NBA y nunca perdió una serie de playoff o de las finales con el hombre de los 100 puntos.

Y sin embargo Bill Russell estaba en aquella libreta que el sobrino de Chamberlain abrió el día de su muerte. Mucho antes, en aquel séptimo partido de 1969 en el que Goliat pasó el último cuarto en el banquillo supuestamente por una lesión, Russell le había sentenciado: “Para marcharse así de un séptimo partido de una final uno tiene que tener la pierna o la espalda rotas. Si no vas directo al hospital no tiene sentido que salgas de la cancha. Esas lesiones que se pasan a los tres minutos no son propias de campeones”. De todas las críticas que ha recibido en su carrera, esta es la que Chamberlain jamás va a perdonar. “Lo ha ganado todo y aun así sigue siendo un hombre infeliz”, contestará el superhombre.

Años después llegó la reconciliación y la devolución de visitas domiciliaras. Russell fue fiel a sí mismo, y tras una discreta carrera como entrenador se fue alejando de los focos hasta que la NBA lo recuperó para la causa hace poco más de una década. A Chamberlain el corazón se lo llevó poco después de los 60, pero por el camino se negó a envejecer y amenazó una y otra vez con volver a la NBA a impartir justicia.

Pero esa historia quedará para la próxima semana.

Leer más

La perturbadora existencia de un gusano (vida y obra de Dennis Rodman) 2ª parte

Asustados ante el intento de suicidio, los Pistons actuaron como haría cualquier empresa anteponiendo la cabeza al corazón. En el verano de 1993 decidieron traspasar a Dennis Rodman a los San Antonio Spurs. El equipo de Texas era uno de los conjuntos más tradicionales en el mundillo NBA. Estaba liderado por David Robinson, un fenomenal pívot que además era marine de los Estados Unidos. Cuando el día del primer entrenamiento Rodman se presente media hora tarde y con una cresta y el pelo teñido de rubio, la plantilla de San Antonio lo sentenciaría sin apenas conocerlo.

El nuevo Dennis Rodman estaba preparado para gustar a todos. Nunca más se iba a sentir sólo. No quería volver a ser ese niño que no encaja en ningún sitio. Dennis Rodman decidió convertirse en un icono contracultural. Se convirtió en el bufón de la NBA. Un día el ‘gusano’ aparecía con el pelo teñido de verde y al siguiente de azul. Otro día se pintaba las uñas de rosa y al siguiente se ponía un piercing en la oreja. Comenzó a coleccionar tatuaje tras tatuaje, agujeros en cualquier orificio del cuerpo y aros en los lugares más insospechados. Por muy moderno que hoy todo esto pueda parecer, era toda una declaración de intenciones a mediados de los años 90.

Pero entre extravagancia y extravagancia Rodman seguía siendo un loco del rebote. Llegó a promediar más de 18 capturas por choque, unas cifras escandalosas en una época donde el número de lanzamientos por partido era muy bajo. Con apenas dos metros de altura se fajaba con tipos que le superan en 15 o 20 centímetros y en 20 o 30 kilos. Es cierto que acumulaba técnicas en numerosos partidos y que sufría desconexiones en los momentos claves de los partidos, pero para muchos analistas Rodman es el mejor reboteador de la historia de la NBA teniendo en cuenta su notable déficit en centímetros y en prestaciones técnicas.

Rodman era puro deseo.

Fue entonces cuando el adolescente tímido y de orejas de soplillo se convirtió en un icono de la cultura urbana. La leyenda cuenta que Madonna se acercó a ver un partido de los Spurs y exigió bajar a los vestuarios para conocer a Rodman. La estrella del pop, la mujer más deseada del momento, se lanzó a por su gusano. Madonna encontró a su ‘material boy’.

Fue entonces cuando Rodman perdió definitivamente la brújula.

Comenzó a frecuentar fiestas hollywoodienses, a saltarse los entrenamientos y a frecuentar lugares que como poco eran sórdidos. Viajaba en jet privado, follaba con Madonna, se enfadaba con Madonna y se reconciliaba con Madonna. Aparecía en televisión rodeado de mujeres y al poco lo hacía rodeado de unos cuantos hombres. Frecuentaba bares gais, se vestía como un transexual, afirmaba ser bisexual y al poco rato bromeaba de su virilidad. Era el caos hecho carne. Era un show. Pero gustaba a la gente y se gustaba así mismo. Era feliz, o al menos, él consideraba que era feliz.

Aquella tumultuosa aventura finalizó en 1996 al igual que su etapa en unos Spurs en los que nunca llegó a encajar. Al parecer Madonna le propuso tener un hijo a lo que Rodman se negó poniendo fin a la relación. Quizás aún se acordase de aquella chica que había conocido cuando estaba en Detroit y a la que dejó embarazada. Nunca quiso saber nada de aquel bebé y no le quedaron ganas de volver a repetir tan amarga experiencia.

Con 35 primaveras encima y una vida alocada a sus espaldas pocos contaban con que Rodman volviese a jugar en la NBA. De hecho en el verano de 1996 Dennis Rodman hace su primera aparición en una serie de televisión. Al año siguiente ganará el premio al peor actor del año por su pésima actuación en una película de acción con Jean Claude Van Damme. Pero en 1996 los Chicago Bulls deciden apostar por él para formar un quinteto de ensueño junto a Harper, Pippen. Kukoc y Michael Jordan.

Y la cosa funcionó. Vaya que si funcionó. En el primer año los Bulls arrasaron logrando el anillo de campeón con el mejor récord de la NBA hasta aquel momento (72-10). Rodman siguió aumentando el número de escándalos en su biografía pero fue capaz de controlarse. Hubo dos personas que tuvieron gran parte de culpa de ello. Por un lado Michael Jordan, que tras haber pulido a Kukoc, tendría que hacer lo propio con Rodman. Fue más sencillo de lo que imaginaba. Dennis idolatraba a Michael y cuando éste le pidió que estuviese centrado y se dedicase a coger rebotes fue como si Yahvé le pusiera en sus manos el destino de Israel. El otro hacedor fue Phil Jackson. El técnico de los Bulls era un hippy, un hombre contracultural que congenió de inmediato con Rodman. “Si hubiese nacido unos cuantos años antes hubiese ido conmigo al festival de Woodstock”, declaró a la prensa el jefe de los Bulls.

El experimento funcionó tan bien que los Bulls ganaron el título en 1996, 1997 y 1998. Pero a diferencia de los años gloriosos de Detroit, en Chicago Dennis nunca sintió formar parte de una familia. El ‘gusano’ iba por libre.

Y además en el último año todo se complicó un poco más.

En un choque de la temporada 1997/98 el padre de Dennis se presentó en un partido de los Bulls. Quería hacer las paces con su hijo. O más bien aprovecharse de su fama. Después de abandonar a su familia emigró a Filipinas donde se había convertido en una suerte de semental. El fenómeno contaba con cerca de 30 hijos. Y claro, había que mantenerlos. Mientras el padre captaba la atención de la prensa, Dennis se cortocircuitaba. Rodman hijo acumuló en la temporada 1997/98 seis partidos de sanción por darle un cabezazo a un rival y otros tantos por darle una patada a un cámara de televisión. El irrepetible Andrés Montes le pondría el apodo de Cruella de Vil por sus airadas reacciones ante el público rival cada vez que se acercaba a tirar un tiro libre.

El gusano se convierte en una parodia de sí mismo. El chico que tomaba un vaso de leche cuando bajaba a un bar ahora se convierte en el rey de las discotecas. De la cancha, al bar, del bar a la televisión, de la televisión a la discoteca. Todos los días. Todas las semanas. Sin excepción. Como en el día de la marmota. Dicen que no hay persona en Chicago a la que Rodman no haya invitado a un trago. Dicen que un día le retaron a tomarse 40 chupitos de Jagermeister. Lo hizo, y al día siguiente atrapó 11 rebotes en un partido de los Bulls. Era igual de portentoso ante la botella como cazando rebotes.

Tras ganar el anillo de 1998 los Chicago Bulls se deshicieron. Rodman intentó volver a la NBA en los Los Ángeles Lakers pero el experimento no cuajó. Si le sirvió para asentarse en California y casarse con la vigilante de la playa Carmen Electra, convirtiéndose en el hombre más envidiado de medio mundo. Por supuesto el matrimonio duró dos telediarios. Rodman decide montar un bar de copas en Los Ángeles, donde dilapidará su fortuna invitando a falsos amigos y teniendo un par de hijos con una nueva esposa que se pasará día sí y día también borracha junto a Dennis y a su grupo de aduladores. Cuando unos años más tarde ingrese en la salón de la fama del baloncesto, Rodman no parará de llorar y de pedir perdón a todos cuantos le conocieron.

Todo lo que a Rodman le ocurrió en la primera década del siglo XXI era todo menos sorpresivo teniendo en cuenta que su vida se asomaba a un precipicio.

Lo que nadie se podía imaginar es en quien se iba a convertir Dennis Rodman cuando comenzó la década de 2010.

En el año 2013 las televisiones de medio mundo informaban de que la ex estrella de la NBA Dennis Rodman iba a viajar a Corea del Norte para entrevistarse con el dictador Kim Jong-un. Al parecer el líder norcoreano es un fan de los Bulls de Jordan y no se sabe bien cómo alguien hizo las gestiones para que Rodman viajase al país asiático.

Rodman y Kim Jong-un se hicieron grandes amigos. Hubo un total de cuatro encuentros en los que compartieron comida y alcohol (incluyendo un celebérrimo Rodman borrachísimo cantándole el cumpleaños feliz a Kim Jong-un al estilo Marilyn Monroe) y en los que Dennis llegó a jugar un par de partidos de baloncesto de exhibición. Cuando en febrero de 2018 Donald Trump y Kim Jong-un se reunieron en Singapur para negociar la desnuclearización de Corea del Norte, Dennis Rodman también estaba allí.

Por increíble que parezca nadie en la CIA tiene tanta información personal sobre Kim Jong-un como la que tiene Dennis Rodman.

Y eso, da mucho miedo.

Michael Jordan: “Siempre pensé que Dennis no llegaría a los 40 años”

Leer más

La perturbadora existencia de un gusano (vida y obra de Dennis Rodman) 1ª parte

A mediados de los 90 un afamado jugador de la NBA, aún en activo, citaba a los medios y a los fanáticos en una librería neoyorkina de la Quinta Avenida. Los motivos eran dos. Por un lado la presentación de su biografía y por otro lado la celebración de su boda. A pesar de ser una archiconocida estrella de la NBA, nadie sospechaba quien podría ser la afortunada que pasaría por la vicaría. Dennis Rodman apareció vestido de blanco, envuelto en un precioso velo y sentado en un carruaje que arrejuntó a miles de personas por las calles más céntricas de Nueva York. Se había teñido de rubio, y para la ocasión acicaló su pelo con una media melena ligeramente rizada y una perfecta manicura de uñas.

Dennis Rodman se iba a casar consigo mismo.

Quizás esa estrafalaria idea le hubiese venido a la cabeza al recordar su lacónica infancia. Dennis Rodman fue un niño extremadamente tímido. No llegó a conocer a su padre y su madre malvivía para darle de comer a él y a sus hermanas. Rodeado de mujeres, Rodman se acostumbró a jugar con muñecas, a las cocinas y a vestirse con ropa de niñas. Lo que hoy va camino de ser aceptable, para un niño de finales de los 60 era sentencia de bullying. El que años más tarde sería un bigardo de dos metros de altura, era entonces un mocoso débil que tenía que acudir a sus hermanas mayores cada vez que recibía una paliza en el colegio mientras le llamaban maricón.

Además de tímido, Rodman no era muy agraciado. Tenía orejas de soplillo y una piel llena de manchas y pecas, algo no muy frecuente en un negro. Sus hermanas eran bastante más guapas y además unas excelentes deportistas que destacaban en el baloncesto. Por simple imitación, Rodman decidió apuntarse en el equipo del instituto. No destacaba en absoluto, pero era un nervio con patas. Era pura energía. Una vez jugando en los recreativos un paisano se quedó con ese movimiento continuo y le dijo que se movía como un gusano. A Rodman le gustó el apodo y se le quedó ‘in perpetuum’.

Sin amigos y sin aptitudes ni para los estudios ni para el baloncesto, Dennis se convierte en un ‘ni-ni’. Se pasa el día de la cama al sofá y del sofá a la cama. Es un bicho raro y su madre no aguanta más. Le dice que o se pone a trabajar o lo echa de casa. Dicho y hecho. Rodman tiene 20 años cuando pasa su primera noche a la intemperie.

Tardará cerca de una década en volver a ver a su madre. Y, a día de hoy, sigue resentido con aquel ultimátum.

El ‘gusano’ pasará cerca de dos años encadenando trabajos con despidos, multas con pequeños hurtos y durmiendo debajo de puentes y en estaciones de ferrocarril. Como buen gusano se arrastrará por la mierda hasta que el destino le prepare una sorpresa. En el plazo de un año Rodman crecerá cerca de 20 centímetros hasta sumar 2’01 metros de altura. Es una rareza asombrosa y más al suceder una vez pasada la adolescencia.

De vez en cuando, Rodman aparece en una cancha de baloncesto y pide jugar. Es entonces cuando un entrenador de la modestísima universidad estatal de Oklahoma del Sur le ofrece una beca deportiva. Aunque Dennis no había acabado sus estudios secundarios, el hecho de ser una universidad de tercera fila le permite jugar para ellos. En un principio Rodman no acepta, pero es convencido por sus hermanas para trasladarse a la OSU y jugar en su equipo.

Rodman aterriza en una de esas ciudades echas con escuadra y cartabón del medio oeste norteamericano. Es un negro en una tierra de blancos, ganado y escopetas. No tiene ni idea de las reglas básicas del baloncesto. Pero es pura pasión. Se convierte en el mejor anotador y en el mejor reboteador del equipo. Especialmente es en esta última disciplina donde destaca. Se convierte en un maníaco del rebote. Salta, saca los codos, mete el culo. Es la hiperactividad personificada.

Aun así sigue siendo un pobre chico tímido y solitario. Al poco de llegar conoce a un niño de 13 años fan del baloncesto que le invita a pasar la noche a su casa. Rodman, por entonces de 21 años, acepta sin dudarlo. Para él no hay diferencia de edad. Sencillamente es un amigo. Los padres del chaval tienen una plantación a las afueras de la ciudad con un total de 250 cabezas de ganado. Son un matrimonio blanco y tradicional. Quedan impactados cuando ven a aquel armario negro de dos metros de altura, pero acceden a regañadientes. 

Fue la primera de muchas noches. Durante los tres años que Rodman pasó en Oklahoma vivió con aquella familia, durmiendo y comiendo en aquella casa y ayudando como uno más en las tareas agrarias. Con el tiempo hasta llegó a pedir que lo adoptasen y aún hoy son para él su verdadera familia.

En su último año de universidad promedio más de 25 puntos y 15 rebotes y fue escogido como ‘All-American’ en su categoría. Cuando le dieron el premio Rodman tuvo que preguntar qué significaba porque no sabía que ‘All-American’ era un reconocimiento por ser el mejor en su deporte. Nunca había sido el mejor en nada. Fue escogido en el número 27 del draft de la NBA de 1986 por los Detroit Pistons. Tenía 25 años, tres o cuatro años más que la mayoría de los novatos que debutan en la mejor liga de baloncesto del mundo.

Por entonces los Pistons eran una fuerza emergente de la NBA después de años claudicando ante los Celtics de Larry Bird. Contaban con Isiah Thomas, Joe Dumars o Bill Laimbeer, tipos de gran clase pero muy duros. Mientras que la mayoría de equipos practicaban un juego alegre y ofensivo, los Pistons pregonaban el espíritu de equipo, la defensa y el control del ‘tempo’ del partido. Rodman llegó a un vestuario donde no encajaba. Era tímido, tenía miedo y apenas no hablaba. Era como una pieza de arcilla que había que moldear. A todo el mundo le daba pena porque parecía dulce e inocente. Dicen que cuando salía con los compañeros a tomar algo después de los partidos siempre pedía un vaso de leche.

En la Navidad de 1986, la primera de Dennis en Detroit, Chuck Daly, el entrenador de los Pistons, le ofreció pasarlas en su casa. Al igual que no vio diferencia de edad en el niño de Oklahoma tampoco está vez la vio con su entrenador. Daly se convirtió en su amigo, en su padre, en su general y en su confidente. A partir de entonces pasaría decenas de veladas con Daly y le juró fidelidad absoluta.

En un equipo donde había excelsos anotadores, Daly solo le pidió una cosa; que rebotease. El general mandó y el soldado obedeció. La NBA iba a conocer al ‘gusano’. Había nacido el estilo de juego Dennis Rodman. Consistía en salir del banquillo, correr toda la cancha, pelearse por los rebotes y agitar al público pidiendo su apoyo. Él contra el mundo. El juego de Dennis se disparó y cuando los Pistons ganaron su primer título de la NBA en 1989 él era uno de los favoritos del equipo.

Por primera vez en su vida se sentía querido. Se sentía parte importante de una comunidad. Dicen que estuvo tres días sin quitarse la camiseta de campeón de 1989. Pero a diferencia de sus compañeros, el motivo de la alegría de Rodman no era el título en sí, era el hecho de encajar dentro de un grupo. Cuando al año siguiente repita título y le den el premio de mejor defensor de la NBA, Rodman romperá a llorar de agradecimiento. Durante esos años, cada vez que la emoción de la victoria aflore, las lágrimas de Dennis estarán presentes.

Por primera vez encajaba. Por vez primera era feliz.

Dennis Rodman pensaba que la ciudad de Detroit era su casa y los Pistons su familia. Pero no era así. En el 91 los Pistons cayeron en playoffs ante los Bulls de Michael Jordan. El equipo envejecía, se realizaron varios traspasos y en el verano de 1992 Chuck Daly era cesado como técnico del equipo. Rodman, quien pensaba que aquello duraría para siempre, se derrumbó. Su padre adoptivo se marchaba y su familia se rompía. Es en aquel verano cuando el chico bueno y tímido, el que pedía un vaso de leche en las discotecas, se hará el primero de lo que luego serían muchos tatuajes.

Desnortado y desubicado, en la temporada 1992/93 el rendimiento de Rodman cae a proporciones mínimas. Él mismo declara estar desmotivado y sin ganas de jugar al baloncesto. Los aficionados de Detroit lejos de apoyarle comienzan a abuchearlo. La energía del ‘gusano’ pasa de los aspectos deportivos a los aspectos extradeportivos. Acumula rebotes y rebotes, pero también faltas técnicas, peleas con rivales, ausencias en los entrenamientos y lloros e insultos ante las cámaras de televisión.

Está a punto de estallar.

El 11 de febrero de 1993 Dennis Rodman se acercó al pabellón de los Pistons en una camioneta. Era noche cerrada y Rodman estacionó su vehículo en el aparcamiento principal. No había un alma alrededor. Vestido con camisa de cuadros, cogió una escopeta de la parte de atrás de la camioneta, apoyó la culata entre los pies, prescindió del seguro y colocó el cañón debajo de la mandíbula.

A la mañana siguiente unos trabajadores del club lo encontraron durmiendo en el asiento del conductor mientras agarraba la escopeta.

No hubo forma de tapar el intento de suicidio. Hubo que dar parte a la prensa y hubo que obligar a Dennis a acudir a un psicólogo. Rodman no paraba de sonreír y de decir que estaba bien cada vez que los periodistas le preguntaban. Pero no estaba bien.

Aquella noche había muerto el viejo Dennis. Aquella mañana había nacido el nuevo Dennis.

Y el mundo no estaba preparado para lo que el nuevo Dennis Rodman le iba a ofrecer.

Leer más

Kobe (2ª parte): Respeto

El respeto que Kobe Bryant llevaba años demandando tiene fecha de inicio. 22 de enero de 2006. La fórmula yo contra el mundo no había funcionado. El Kobe definitivo, el que emergió después del asunto de Colorado, era el dueño de los Lakers. Era su equipo. El equipo de Kobe. Pero los Lakers no carburaban. Así que decidió que si no podía destacar colectivamente lo haría de forma individual. En la temporada 2005-06 la bestia se iría hasta los 35’4 puntos por partido y aquella tarde de enero alcanzaría los 81 puntos, dejando la sensación de que habría superado los 100 si le hubiese dado la gana. Ese fue el partido. Pero hubo muchos más. Desatado, aquella campaña sumó 27 partidos con más de 40 puntos y hasta 6 superando los 50.

Aun así tuvo que esperar hasta el 2008 para lograr un merecido MVP de la temporada y ganarse el respeto definitivo del mundo del baloncesto. Aquel año sería el de la unión con Pau Gasol, una coalición gestada el verano anterior cuando coincidió con el pívot catalán en Barcelona. Fue entonces cuando Bryant tanteó su traspaso a los Bulls de su venerado Jordan harto de la incompetencia de los Lakers. Fue entonces cuando pidió el traspaso en una entrevista y horas más tarde rectificaba y juraba amor eterno a los Lakers. Fue entonces cuando por primera vez en su vida fue pitado por el público angelino, a lo que el angelito contestó con 45 puntos. Finalmente se quedó en Los Ángeles y en febrero de 2008 Gasol recalaba en los Lakers para ser pieza esencial en la nueva época dorada del club. En su primer partido en California Pau Gasol sumó un triple-doble de 24 puntos, 12 rebotes y 12 asistencias, ante un Bryant que inteligentemente se quedó en un segundo plano anotando 8 puntos, su puntuación más baja en mucho tiempo.

Tras la travesía por el desierto Kobe comprendió que si quería ser Batman necesitaba a un Robin. Habría dos anillos más en 2009 y 2010, éste último en una épica serie ante los Celtics. En el séptimo y definitivo partido de la final Kobe Bryant se fue hasta los 23 puntos y 15 rebotes y Pau Gasol sumó 19+18. Kobe jugó series de playoffs estratosféricas. Antes, en 2008 fundió a los Nuggets con fases de juego incontrolables y selladas con un partido de 49 puntos, 10 asistencias y un 66% en tiros de campo. En 2009 sumó en la final ante Orlando Magic 32’4 puntos, 5’6 rebotes y 7’4 asistencias por noche.

El Kobe Bryant de la primera etapa había sido definido por Phil Jackson, su entrenador – y, cómo no, el ex entrenador de Jordan – como “una piedra en el riñón porque no hay manera de que pase”. El Kobe Bryant de los anillos de 2009 y 2010 comprendió la importancia de no acaparar el balón más de lo necesario y de implicar a los demás compañeros en el juego si quería ser un líder que alcanzase la grandeza en virtud de sus triunfos colectivos. Para llegar al éxtasis Bryant había tenido que tirar de psicología. “Si me ves peleando con un oso, reza por el oso”, comentó en una ocasión. Tras perder la final de 2008, precisamente ante los Celtics, Bryant dejó colgada la medalla de oro que Estados Unidos había logrado ante España en la final olímpica de Pekín en la taquilla de Gasol, para así recordarle al catalán que ser segundo no valía para nada.

Como Jordan, el Bryant de la segunda etapa, el del número 24, se alejó del aire y potenció la tierra. Se hizo obsesivo y desterró la palabra imposible de su diccionario. Afinó el pase, se convirtió en un perro de presa en defensa, aprendió a devorar al rival en el poste y se acostumbró a gobernar el tempo de los partidos. Como Jordan, se convirtió en un experto en recibir de espaldas y buscar el contacto. Hizo del ‘fade away’ su seña de identidad, un demoledor tiro a 5 o 6 metros que los Warriors de Curry han hecho desaparecer de la faz de la tierra. Pero si Jordan realizaba el ‘fade away’ de manera académica con la espalda recta y con una suspensión angelical, Bryant lo hacía tras un ligero encorvamiento y una sensación de sufrimiento que lo hacía más imperfecto, pero al mismo tiempo más humano.

Después del odio y de la envidia vino la redención. Después de la explosión vino el respeto. En unos Lakers en decadencia y con un Bryant enfilando los 35 años el escolta angelino se rompió el talón de Aquiles. Se apostaba por su retirada, pero tras casi un año en blanco volvió y el respeto se convirtió en admiración. Con cerca de 37 años e infinidad de golpes y lesiones entre pecho y espalda promedió más de 22 puntos por partido, mismos números que firmó con 21 años cuando logró su primer título de la NBA.

El día que se retiró, Shaquille O’Neal, su mayor aliado y a la vez su mayor enemigo en un vestuario, le pidió que anotase al menos 50 puntos en un directo televisivo. Kobe sonrió y le dijo que eso era imposible. Llevaba meses dando vueltas de honor y agradeciendo cumplidos por todas las canchas de Estados Unidos, pero el depósito de gasolina estaba en la reserva.

Al final no fueron 50, fueron 60 puntos. La mayor anotación de un jugador en la temporada 2015-2016. El rival fueron los Utah Jazz. El mismo equipo contra el que en su primera visita a los playoffs en 1997 llegó a lanzar cuatro tiros sin tocar aro uniendo la palabra descarado con la de chupón a su carnet de identidad.

Antes de reclamar su lugar en la eternidad a Kobe le dio tiempo a ganar un Óscar hollywoodiense con un precioso documental que él mismo escribió y que acertó en llamar ‘Querido baloncesto’. Se había embarcado también en la literatura infantil y había cautivado a un genio como Paulo Coelho para escribir junto a él un libro sobre baloncesto para niños.

Todo no es más que el resultado del amor por el juego. “Cuando alguien te desafía es que se preocupa por ti. Cuando alguien te ignora es que no le importas”, acertó a decir. Kobe Bryant forma parte de la terna de los mejores de todos los tiempos y hasta el mismo Magic Johnson ha llegado a decir que es el “mejor jugador de la historia de los Lakers”. Y eso es mucho decir si además de Magic la camiseta de púrpura y oro la han vestido bestias como Baylor, Chamberlain, West, Abdul-Jabbar u O’Neal.

Kobe pasó de egoísta a chupón, de chupón a mal compañero, de mal compañero a sobrevalorado y de sobrevalorado a mal líder. Al final no es más que la búsqueda de la crítica a tipos que hacen cosas extraordinarias de forma tan sencilla que nos acaban pareciendo rutina. Casi solapados en el tiempo, Bryant quedó por detrás de Jordan en todos los medidores numéricos y fue incapaz de igualar su carisma y su aurea de imbatibilidad. Kobe ganó una tonelada de partidos con volúmenes de tiro imprudentes, pero también perdió muchos más de los que perdió Jordan. “Mi puesto es shooting guard (escolta). Lleva en su nombre la palabra shoot (tirar), así que no voy a dejar de hacerlo”, contestaba enfadado en una ocasión.

Pero la gran victoria de Kobe, el respeto que se ha llevado a la eternidad, es el ser Kobe. Hasta el encumbramiento de Lebron James, Kobe fue la imagen de la NBA durante el siglo XXI. Ha sabido dejar un legado que bebe del respeto y de la admiración hacia Michael Jordan, pero que tiene sello propio. El sello de Kobe Bryant. El sello de la ‘mamba negra’.

Quizás el discípulo no superó al maestro, pero ha conseguido ser el maestro de muchos otros discípulos.

https://www.youtube.com/watch?v=1vzBFmRYyE0

“Hay jugadores que son especiales por su deseo inquebrantable de ganarte. Kobe puede tener días malos, puede a veces obcecarse por ser egoísta (…) pero ese deseo que tiene de derrotarte es tan poderoso (…) En los últimos cuartos igualados se siente capaz de todo, no tiene miedo a nada. Ni a las mejores defensas colectivas o individuales, ni a dobles o triples marcajes… ¿Veis los tiros que mete? ¡Por favor! ¿Qué se supone que se puede hacer contra eso? Nada, sólo decir ‘bueno, lo ha vuelto a hacer’. Es un ganador, porque hay una diferencia entre jugadores con talento y jugadores ganadores”. George Karl, entrenador de Denver Nuggets tras caer ante los Lakers en los playoffs de 2012 con 43 puntos de Kobe Bryant.

Leer más

Kobe (1ª parte): Odio

Quizás cuando el odio a Kobe Bryant alcanzase su punto álgido fuese en el verano de 2003. Una chica de 19 años acudió a un pequeño pueblo del estado de Colorado para presentar una denuncia ante el escolta de Los Ángeles Lakers por agresión sexual. Bryant fue puesto en libertad bajo fianza y acabaría admitiendo la relación extramatrimonial, pero jamás la violación. Cuando apenas unos meses más tarde tenía lugar el inicio del juicio varias cadenas de televisión por cable se encargaron de retransmitirlo. En esos momentos Kobe Bryant era el villano número 1 de Estados Unidos.

La temporada 2003-2004 fue el fin del inicio y el inicio del fin para Kobe. Había ganado tres anillos consecutivos con los Lakers (2000, 2001 y 2002) pero él sabía que había sido Robin en una epopeya donde Batman había sido Shaquille O’Neal. Tras caer humillados ante San Antonio al año siguiente para la campaña 03-04 los Lakers ficharon a los veteranos Gary Payton y Karl Malone. Aquel equipo fue conocido como los ‘Fantastic Four’. Los cuatro fantásticos, coetáneos de los galácticos del Real Madrid e igual de odiados que las estrellas blancas.

El asunto acabó como suele en estos casos, con una disculpa pública del denunciado, con una lluvia de millones para la denunciante y con promesas de perdón para la esposa humillada (en el caso de Vanessa Bryant a razón de un pedrusco de cuatro millones de dólares). Pero lo extraordinario fueron las exhibiciones semanales del señor Bryant. En casa era un cordero que buscaba el perdón de su familia. En la pista era una serpiente venenosa. Una mamba negra, apodo que, caso insólito, él mismo acuñó para sí y que era digno del mejor redactor deportivo del país.

El nombre había sido usado en la película de culto ‘Kill Bill’ para referirse a Uma Thurman, la protagonista, la anti heroína que clama venganza y que debe asesinar a todo el que se interpone en su camino. Eso es lo que hizo Kobe. Todos los días saltaba a la pista para demostrar que el juicio no influía en su juego. Su trabajo era destruir a todo aquel que tenía enfrente. Todos sus rivales iban a lamentarlo. Durante toda la temporada 2003-2004 Kobe Bryant tuvo que volar prácticamente cada semana a Colorado para declarar en el juicio de su presunta violación. Nunca tomó un día libre. A menudo llegaba a los partidos con ellos empezados, pero eso no apaciguaba su rendimiento. Dio la vuelta a varios encuentros él sólo. Otros días acumulaba fallos cual escopeta de feria. Entonces llegaban las críticas, y al siguiente encuentro decidía dimitir y no tirar a canasta repartiendo asistencias a sus compañeros o simplemente aplicándose en defensa para desaparecer en ataque. En un partido ante Orlando anotó un mísero punto en la primera parte para acabar el choque con 38, incluidos 24 en el último cuarto. La tensión en el vestuario era inaguantable.

https://www.youtube.com/watch?v=JBGw_7ZsY-8

Lo más extraordinario llegó durante los playoffs. Los Lakers acabaron la temporada como un ciclón sumando 11 victorias consecutivas. En el quinto partido de la primera ronda tocaba ir a los juzgados. Durmió durante el vuelo entre Colorado y California, continuó en brazos de Morfeo en el posterior trayecto en taxi desde el aeropuerto hasta el Staples Center y con el partido empezado llegó a la pista y anotó 31 puntos para batir a los Rockets. En segunda ronda, y con los Spurs por delante (2-1), llegó al pabellón con los Lakers perdiendo de 10 puntos. El equipo angelino acabaría ganando por 8 de ventaja con 42 puntos de Kobe Bryant. Aún tendría tiempo de anotar un triple milagroso en la final ante los Pistons, pero Kobe acabó evaporándose ante los de Detroit – 17% en triples y casi más pérdidas (18) que asistencias (22) – y los Lakers, a pesar de todos los esfuerzos, perderían aquella final dando por concluida una época.

Pocas derrotas fueron tan celebradas en el mundo del baloncesto. Los vanidosos cuatro fantásticos habían caído y con ellos Kobe Bryant, el más odiado de todos ellos.

Pero el odio había empezado mucho antes. Cuando con 17 años Kobe llamó a la puerta de la NBA saltando directamente desde el instituto. Michael Cooper, por entonces en el ocaso de su carrera y en los 80 uno de los mejores defensores de la NBA, había estado entrenando con él semanas antes de presentarse al draft de la NBA. “Es mejor que cualquiera de nosotros”, espetó a los ojeadores de los Lakers. Kobe era un talento ya conocido, pero sobretodo tenía unos fundamentos desorbitados para un adolescente de 17 años.

Chico callado y frugal en su vida personal en contraste con lo descarado y arrollador que era en la cancha, Bryant no era un adolescente negro al uso. Había pasado su infancia en Italia donde su padre había sido una estrella del basket europeo. Chapurreaba italiano, tenía un acervo cultural exquisito, era un apasionado del fútbol y disfrutaba de la buena comida europea. Era un chico solitario y reservado que en su infancia se destrozaba los ojos analizando VHS de sus jugadores favoritos. Desde niño decidió concentrarse en el baloncesto sin permitirse ningún tipo de distracción externa. Era la perfecta simbiosis entre un padre loco por el baloncesto que le puso a su hijo el nombre de Kobe en honor a su plato favorito del restaurante asiático que frecuentaba, y a una madre que no dio su brazo a torcer hasta que estudió la historia de Japón, el significado del nombre y la importancia que aquel filete tenía en la cultura nipona.

Era un tipo tan inusual que desde un principio fue visto como antipático, como un bicho raro. Al poco de llegar la pedía a su entrenador que diseñara jugadas para él. “No sale, no va a clubs, no tunea su coche. Es un chico muy sofisticado. Creo que demasiado maduro para su edad”, declaraba Shaquille O’Neal cuando le preguntaban por su joven compañero. Apenas un par de partidos después de su debut, el debut de un niño, los Lakers jugaron ante los Rockets. Otoño de 1996. Fueron apenas cinco minutos y una canasta para Bryant. Llegó al hotel infladísimo y vio en la tele como Allen Iverson metía 35 puntos a los Knicks. Tiró las sillas y la mesa al suelo y destrozó a patadas la televisión del hotel. Dormía solo. Como los genios. Y como los genios no quería compañía. En marzo se enfrentaron a los Sixers de Iverson que se salió con 41 puntos. La comparación era odiosa. Iverson era el otro prodigio. El que había ido a la universidad y estaba destacando. Bryant era el niño mimado del instituto que se había equivocado y que estaba fracasando. Vio mil y un partidos de Iverson aquel verano. Leyó artículos, entrevistas. Buscó debilidades. Se armó de paciencia. Tardaría años en aprender que los tiburones blancos cazan a las focas a base de esperar. Pero lo acabaría consiguiendo. Unos años más tarde Bryant dejaría a Iverson sin anotar en toda una mitad.

Pero si por algo Bryant fue odiado al principio de su carrera, la del número 8 a la espalda, es por su descaro a la hora de compararse con Michael Jordan.

Como el Jordan joven, el Kobe joven era un derroche de explosividad y plasticidad. Como Jordan, Kobe ganó un concurso de mates. Por aclamación popular fue elegido como titular para el All-Star de 1998. Tenía 18 años y ni siquiera era titular en los Lakers. La primera vez que se habían enfrentado, Jordan cogió el balón en la línea de fondo y con un ligero movimiento se escabulló de Bryant. Kobe quedó hechizado y comprendió que primero tocaba trabajar. El partido fue ganado por la Conferencia Este y Jordan fue elegido el MVP gracias a sus 23 puntos. Bryant defendió durante muchos minutos a su ídolo y acabó con 18 puntos. Lanzó más veces a canasta que dos vacas sagradas como Malone y O’Neal juntas. Por supuesto eso no gustó. Y por supuesto eso generó más odio y más rencor. Pero lo cierto es que Kobe crecía a pasos agigantados. Unas semanas más tarde los Bulls y los Lakers se enfrentaron con victoria de los primeros con 36 puntos de Jordan y derrota de los segundos con 33 de Bryant saliendo desde el banquillo. Era su mejor anotación en la NBA hasta ese momento.

Pero aun siendo odiado a Kobe Bryant nunca pareció importarle. Su fe en sí mismo iba más allá del sentido común. Su objetivo era ser él mismo. Como a su ídolo, a Kobe le gustaban los desafíos. Hacer sentir al rival incómodo. Retarlo para buscar lo mejor de sí mismo. En eso, al menos, igualó al maestro. En el amor por el juego. Buscar las fortalezas del rival y analizar cuáles eran sus debilidades. Sus dudas. Tocar el nervio correcto de cada compañero para que diera más de sí. Despertar su mentalidad asesina. Ejercer de concepción dominante. Demostrar liderazgo. Usar las emociones de los demás para hacerlos crecer. Aprender del fracaso y nunca del éxito, porque el halago debilita. Utilizar ese fracaso como combustible para encender el fuego competitivo.

Como Michael Jordan, Kobe Bryant lo sabía todo sobre el juego. Conocía la historia de la NBA, sus récords, los grandes jugadores, los grandes momentos, los fundamentos y el respeto por el legado. Y a diferencia de Jordan sentía un profundo respeto por el baloncesto del resto del mundo y por los grandes jugadores del basket europeo gracias a sus años de vivencia en Italia.

Jordan tuvo que ganar su primer anillo para ser respetado. Bryant tenía tres campeonatos con apenas 24 años, pero era una simple copia del original. Para pasar del odio al respeto necesitaba ser distinto. Tenía las condiciones, pero sobretodo tenía el hambre. Abundan los jugadores con grandes condiciones físicas. Abundan los baloncestistas inteligentes. Pero Bryant, como Jordan, tenía no sólo una plasticidad y una exuberancia juvenil, sino un exacerbado deseo competitivo unido a un gran sentido del juego. Kobe tenía la virtud de hacer lo necesario en cada momento. De intervenir con un triple, un pase, una penetración o un robo en el momento necesario. Hay muy pocos deportistas capaces de controlar el juego. Y Kobe lo hacía mejor que nadie.

Pero para eso necesitó paciencia. Para eso habría que esperar al Kobe de la segunda etapa.

“Si tuviese el poder de viajar en el tiempo jamás lo usaría. Entonces cada momento que viviste pasa a ser absolutamente nada. Podrías volver a hacerlo de nuevo, pero perdería su sabor, su belleza. Las cosas tienen un final. Revivir esos momentos es una tontería para mí.” Kobe Bryant.

“Me siento igual que creo que se debe sentir toda la ciudad de Los Ángeles. Donde pensamos que había una gran y sólida pared, ahora hay un enorme agujero (…) Mi asiento me quedaba justo detrás de él cuando tiraba desde su lado izquierdo. Sólo con verle levantarse ya sabía si el tiro iba a ir dentro.” Jack Nicholson, actor ganador de 3 premios Óscar y asiduo a los partidos de los Lakers desde hace cerca de medio siglo.

Leer más

Los años negros de Estados Unidos (2002-2006)

Con poco más de ocho minutos para el final del partido, Mike Krzyzewski, seleccionador de Estados Unidos, solicitó un tiempo muerto. España se había colocado a dos puntos (91-89) y cabalgaba bajo una inercia positiva que amenazaba la hegemonía del trono estadounidense. Comandados por Kobe Bryant y Lebron James, los 12 jugadores de la plantilla se unieron en torno a su entrenador solícitos para recibir las últimas indicaciones. Durante dos semanas de competición y otras tantas de concentración, Krzyzewski había creado una familia dispuesta a recuperar el orgullo norteamericano. “Representamos al mejor baloncesto del mundo y al mejor país del mundo”, espetó a sus pupilos. La final de los JJ.OO de Pekín representaba una prueba de amor para el baloncesto estadounidense. Representaba pasar página y olvidar los años negros. Los años negros del baloncesto para Estados Unidos.


En 2002 el Mundial de baloncesto se disputó en Indiana, en la capital oficiosa del baloncesto de Estados Unidos. Un lugar de grandes llanuras, plantaciones de trigo y maíz y canastas en cada pueblo. Quizás no tenían un conjunto extraordinario pero Estados Unidos reunió un grupo competitivo y lleno de jugadores ‘All Star’ liderados por el héroe local Reggie Miller, el mejor triplista del mundo por aquel entonces, y jugadores como Baron Davis, Paul Pierce, Shawn Marion, Michael Finley o Ben Wallace, todos instalados en la élite de la NBA y alguno de ellos futuros campeones de la competición.


Desde que el 21 de septiembre de 1991 la selección formó por vez primera con jugadores de la NBA, lo que desde entonces pasó a ser conocido como ‘Dream Team’ encadenó 58 partidos invictos cosechando las victorias en los Juegos Olímpicos de 1992, 1996 y 2000, así como en el Mundial de 1994. Tan sólo en 1998 no consiguieron el título debido a un cierre patronal en la NBA que imposibilitó la presencia de las estrellas norteamericanas. Aunque fueron 58 partidos invictos, competición tras competición el brillo de las estrellas se fue apagando y muchos consideran solo ‘Dream Team’ al original y como mucho a la réplica de 1996. A partir de entonces disminuyó el nivel de los reclutados, pero sobre todo cambió la actitud. Los que en 1992 era una aplastante superioridad basada en el respeto al rival fue convirtiéndose en soberbia, pereza y lujuria. Era inevitable que desde que en 1992 Estados Unidos se embarcara en una estrategia para ganar y vender la superioridad de su baloncesto las distancias se acortasen. Pero con lo que no se contaba era que Estados Unidos cambiase la supremacía por la superioridad, la superioridad por la supervivencia, y la supervivencia por la sumisión.


Estados Unidos comenzó el Mundial de 2002 como de costumbre, pasando a la segunda fase arrasando a Argelia, China y Alemania antes de ingresar en una segunda ronda eliminatoria donde hicieron lo propio frente a Rusia y Nueva Zelanda. Ya clasificados para cuartos de final, los norteamericanos debían competir contra Argentina para dilucidar que selección sería la campeona del grupo.


Argentina, que en los 50 había sido potencia mundial, había bajado hasta las catacumbas del baloncesto hasta que a finales de los 90 germinaron una serie de jugadores comandados por Luis Scola, Fabricio Oberto, Andres Nocioni y especialmente Emmanuel Ginobili. En un pabellón semivacío y ante la indiferencia del público local, un vendaval de determinación y juego esplendoroso pasó por el Conseco Fieldhouse de Indianápolis. Sin prejuicios y con descaro, Argentina pasó por encima de los atónitos NBA’s y llegaron a ponerse con 18 puntos de ventaja antes del descanso. La incredulidad era más acusada en los rostros argentinos que en los norteamericanos. Cada vez que Argentina recibía una canasta en contra el pesimismo y el pavor se apoderaba del banquillo albiceleste que temblaba cuando la ventaja bajaba de 10 puntos. Sólo a falta de un minuto, tras una bandeja de Pepe Sánchez, Argentina y el mundo baloncestístico creyeron como Santo Tomás y contemplaron la proeza conseguida (80-87).



200 aficionados argentinos, la mayoría barras bravas, festejaron la victoria tirando papelitos sobre la pista del pabellón como si de la Bombonera se tratase. “El baloncesto nunca más volverá a ser el mismo” tituló ‘ESPN’. “Una derrota inevitable”, según ‘The New York Times’. “Argentina destroza el mito” endosó `USA Today’.


El mito había muerto. Los cimientos se habían movido. Pero no en Estados Unidos. No era un partido trascendental. Daba igual ganar o perder. Sólo era un choque para saber quién sería campeón de grupo. George Karl, seleccionador yanqui, que antes del torneo dijo a los medios que eran los mejores, admitía en la rueda de prensa postpartido que “el mundo ha llegado al nivel de la NBA”. Pero no era una eliminatoria. Estados Unidos no iba a perder un partido a vida o muerte.


La inesperada derrota provocó que el rival en cuartos de final de Estados Unidos fuese Yugoslavia. Era la final anticipada. La última gran generación yugoslava (ya entonces sólo Serbia y Montenegro) era la vigente campeona mundial. Si había algún equipo que podría plantarle cara a los NBA era el yugoslavo y si algún equipo tenía tanto ego, tanta confianza y al menos tanta soberbia como el estadounidense, ese era el yugoslavo. Y la victoria de Argentina les dio un plus de confianza. Les permitió saber que se podía hacer.


El partido fue igualado desde el comienzo, pero siempre dio la sensación de que Estados Unidos jugaba con el freno de mano puesto. Paul Pierce llevaba el mando de las operaciones y Wallace y O’Neal controlaban el rebote. Un parcial de 12-22 puso a Estados Unidos con 10 de ventaja al inicio del último cuarto y pareció finiquitar el partido. Sin embargo, Yugoslavia hizo un último cuarto rozando la perfección. Y lo hizo a través de tres jugadores de ensueño que no tenían nada que envidiar a los archiconocidos de enfrente. Pero sobre todo lo hizo a través de un arma tan sencilla como básica, tan mortífera como fácil de ejecutar. El ‘pick and roll’. El divide y vencerás.


En la NBA, donde la defensa en zona con ayudas está sancionada y donde el juego posicional se basa en el uno contra el uno, el ‘pick and roll’ es una jugada del pasado. Por entonces, sólo los Utah Jazz de los veteranísimos John Stockton y Karl Malone basaban sus éxitos en esa sencilla acción de ataque. Estados Unidos iba a pagar cara su falta de preparación y su soberbia sobre los fundamentos del juego.


El ‘pick and roll’ se inicia con el base moviendo el balón en la parte alta de la zona (Dejan Bodiroga) mientras solicita la ayuda al pívot, generalmente el jugador más alto del equipo (Vlade Divac) que establece una pantalla para efectuar un bloqueo en el camino del defensor. Entonces el base cambia de dirección. Lo normal es que el defensor del hombre alto acuda a cubrirlo, por lo que pasa el balón a su compañero que tiene vía libre para anotar con facilidad. Si la defensa rival es buena y el cambio defensivo se hace correctamente, el pívot opta por abrir el balón a la línea exterior desde donde el hombre abierto (Pedja Stojakovic) puede anotar de tres con facilidad. Un ‘pick and roll’ bien ejecutado es la base del baloncesto 3×3, del trabajo en equipo, y si el base es agresivo y con buena visión de juego es causa de éxito asegurado.


Durante diez minutos, durante una y otra vez, Bodiroga, Stojakovic y Divac martillearon el aro rival ante la impotencia estadounidense. Ni desde el banquillo ni desde la pista se obtuvieron respuestas para una fórmula que se enseña en las escuelas de baloncesto. Yugoslavia anotó 29 puntos en el último cuarto y se llevó la victoria por 78-81. Ahora si el mito de la imbatibilidad de Estados Unidos había fenecido inexorablemente.


Estados Unidos aún tuvo tiempo de poner un clavo más en su ataúd al perder su tercer partido del torneo ante España en el duelo por el 5º puesto. Ese encuentro de perdedores, un sinsentido de la FIBA, sirvió para que España lograse una victoria histórica (75-81). Durante dos semanas Estados Unidos acusó su falta de profesionalidad y humildad. Sobrevaloraron su ventaja física, su calidad y su capacidad atlética frente a la inteligencia táctica, el esfuerzo y el compañerismo. Fueron humillados y abandonados en su propia casa, en la ciudad considerada la cuna del baloncesto purista.


—JUEGOS OLÍMPICOS DE ATENAS 2004—


A pesar de la hecatombe de 2002 en Estados Unidos no se temía una repetición para los JJ.OO de Atenas de 2004. Al ganador de la NBA se le reconoce como el mejor equipo del mundo. Traducido al román paladino significa que todas las competiciones que traspasan las fronteras estadounidenses no tienen trascendencia alguna. Salvo una. Los Juegos Olímpicos. Es la única competición fuera de la NBA que es admirada y respetada para los yanquis.


Para 2004, y a pesar de las ausencias de Kobe Bryant y Shaquille O’Neal, Estados Unidos conformó un quinteto de ensueño con Allen Iverson, Stephen Marbury, Richard Jefferson, Lamar Odom y Tim Duncan, quizás el mejor jugador del momento. Contaban también con los jovencísimos Carmelo Anthony, Dwyane Wade y Lebron James, tres chicos llamados a liderar el baloncesto internacional. Y en el banquillo estaba Larry Brown, reciente ganador de la NBA, campeón olímpico como jugador en 1964, conocedor del baloncesto internacional y especialista en el juego posicional típico de los europeos en contraprestación a las defensas a media pista y las transiciones rápidas propias de la NBA.


La vergüenza fue mayúscula.


Había dos grupos de competición y Estados Unidos partía como el favorito del segundo de ellos. Sólo Lituania podría causarle algún apuro a aquella pléyade de estrellas. El primer partido era contra Puerto Rico. El país boricua es un Estado Libre Asociado que mantiene su autonomía de los Estados Unidos en la forma, pero que está bajo control del Congreso norteamericano. Que una cuasi colonia pudiese no sólo ganar sino competir contra el autoproclamado mejor país del mundo se antojaba irrisorio.
Con un estilo de juego basado en el lanzamiento tras carrera y el uno contra uno a imagen y semejanza de sus mayores, Puerto Rico destrozó a Estados Unidos (73-92) en una paliza, que con permiso de la hazaña de Argentina dos años atrás, es la sorpresa más grande en la historia del baloncesto contemporáneo. Los héroes boricuas fueron dos jornaleros de la canasta llamados Larry Ayuso y Carlos Arroyo. Ese mismo equipo puertorriqueño había caído por 50 puntos ante España en un amistoso unas semanas atrás.


Las estrellas de la NBA, como de costumbre, no se alojaban en la Villa Olímpica. Lo hacían en el Queen Mary II atracado en el puerto ateniense de El Pireo. Era una tradición que se remontaba a los Juegos Olímpicos de Barcelona y que permitía el anonimato y la relajación de costumbres. Según se cuenta, en Atenas no hubo fiesta alguna sobre las aguas. Fue un golpe durísimo del que nunca se repusieron.


Ganaron a la anfitriona Grecia con dificultad (77-71), luego a Australia (89-79) y volvieron a perder contra Lituania (90-94). A diferencia de lo ocurrido contra Puerto Rico, Estados Unidos completó un buen partido ante los lituanos. Liderados por Allen Iverson y Tim Duncan, apretaron en defensa, cortaron las líneas de pase y corrieron el contraataque, pero se vieron superados por un rival que sencillamente fue superior. A la arrogancia y a la vanidad típica de los yanquis hubo que sumar una asombrosa fragilidad en el lanzamiento de tres (31% en los JJ.OO), faceta en la que el resto del mundo se había especializado ante la incompatibilidad de competir contra la exuberancia física norteamericana en la búsqueda del rebote y en las posiciones interiores.


Esta serie de resultados hizo que Estados Unidos acabase en última posición de su grupo y tuviese que enfrentarse con el primero del otro grupo, España. La selección española había empezado el torneo como un tiro y por resultados y prestaciones partía con un cuerpo de ventaja. En cualquier circunstancia sería la favorita para la victoria, salvo si enfrente no estuviese Estados Unidos. Y Estados Unidos tenía la línea de flotación tocada, pero no estaba hundido.


España defendió en zona, evitó los pases arriesgados que provocasen contraataques y cerró el rebote defensivo, pero perdió. Aquellas estrellas que no sabían tirar triples, resucitaron cuando tenían que hacerlo. Lebron James hizo el mejor partido del campeonato y Stephon Marbury que llevaba un 2/16 en triples en el torneo acabó el choque contra España con un 6/9. Estados Unidos ganó por 102-94 y se clasificó para semifinales.


Esto eran los Juegos Olímpicos, el único torneo importante, y aquí no había hueco para el fracaso. No había lugar para la derrota. Pero como dos años antes la derrota fue harto dolorosa. Y como dos años atrás el verdugo fue Argentina.


Como si de un tango se tratase, Argentina volvió a bailar a su rival al igual que había hecho en Indianápolis. La diferencia es que ahora todo el mundo se lo creyó. Ya no hubo respeto. Además de juego colectivo, solidaridad y acierto exterior, en esta ocasión Argentina aplicó el juego duro. Adiós al acatamiento. Se acabó el desprecio. Hubo muchos golpes y muchos encontronazos, y en todos salió ganando la albiceleste. Manu Ginobili con 29 puntos demostró a su amigo Tim Duncan porque era uno de los mejores jugadores del planeta y Argentina se clasificó para la final en busca del oro (81-89).


Estados Unidos salvó la honrilla ganando la medalla de bronce ante Lituania (104-96), pero el ‘Dream Team’ había fenecido definitivamente. El equipo olímpico estadounidense de 2004 pasaría a la historia no como el equipo de ensueño, sino como el equipo pesadilla (‘Nightmare Dream’).


—LA REDENCIÓN—


El día después del punto y final a la catástrofe en que se había convertido la selección estadounidense, Jerry Colangelo asumió el mando de la federación de baloncesto y meses después ofreció el cargo de seleccionador nacional a Mike Krzyzewski. ‘Coach K’ era un genuino patriota. Había estudiado en la academia militar de West Point y llevaba 25 años dirigiendo a la Universidad de Duke, el proyecto de baloncesto universitario más afamado del país. Ambos tomaron una decisión trascendental. El que quisiera jugar en la selección debía comprometerse a cumplir tres años consecutivos cubriendo un ciclo olímpico y mundialista. Así los jugadores formarían un grupo de compañeros, de amigos, y se podría trabajar con tiempo en formaciones tácticas.


La renovada selección norteamericana se presentó con nuevos bríos al Mundial de Japón de 2006. Sólo Kobe Bryant por culpa de una lesión se perdió la cita. De los demás estaban todos. Chris Paul, Dwyane Wade, Lebron James, Carmelo Anthony, Dwight Howard o Joe Johnson. Y no solo eran estrellas, eran estrellas comprometidas.


Esta vez sí. Estados Unidos ganó los cinco partidos de la primera fase y lo hizo con solvencia, incluyendo una cumplida venganza ante Puerto Rico y dos victorias convincentes ante las competitivas Italia y Eslovenia. En octavos de final apalearon por 40 puntos a Australia y en cuartos a Alemania por 20 de diferencia. Tocaba Grecia en semifinales antes de enfrentarse en la final al ganador del duelo entre Argentina y España. Por razones obvias había un notable deseo de que el ganador fuese Argentina. Pero antes tocaba la correosa selección griega.


Ya Alemania había hecho sudar a Estados Unidos durante media parte al establecer una defensa zonal, pero los alemanes, por mucho que tiraran de Nowitzki, no tenían talento suficiente para plantarles cara. Pero Grecia iba a dejar al descubierto todas las vergüenzas norteamericanas. Falta de rigor, incapacidad para aprender y, sobretodo, despreció por el juego colectivo. Cada uno por su cuenta eran oro, todos juntos eran paja.


Grecia planteó el partido con ambición, trabajo e inteligencia. Perdió el primer cuarto con cierta claridad, hasta que salió a la cancha Theo Papaloukas. El base griego gustaba de empezar los partidos desde el banquillo para analizar las virtudes y defectos del rival. Grecia contaba también con Sofoklis Schortsianitis, un pívot de 160 kilos de peso que era el único capaz de competir físicamente y tirar al suelo a Howard y a las demás bestias de la NBA. Y Papaloukas vio el filón.


Una y otra vez, y como hiciera Yugoslavia en 2002, Grecia empleó el ‘pick and roll’ en todos y cada uno de sus ataques. Papaloukas (12 asistencias) botaba el balón, Schorsianitis (14 puntos con 6/7 en tiros) subía a la parte de la zona a bloquear, y si la continuación del bloqueo fallaba el balón se abría a Spanoulis (22 puntos) que desde fuera martilleaba a Estados Unidos. Grecia ganó el choque (95-101) y los jugadores de Estados Unidos enfilaron el túnel de vestuarios sin acercarse a felicitar a los helenos. Las estrellas de la NBA fracasaban por tercera vez consecutiva y en el corrillo formado por los periodistas la frase que más se escuchaba era “estos tíos son muy buenos pero no saben jugar al baloncesto”.



El tiempo muerto finalizó y Krzyzewski dirigió su mirada hacia Kobe Bryant. La estrella de los Lakers se había comprometido a jugar para su país en los Juegos de Pekín de 2008 y llevaba la voz cantante del ‘Redeem Team’ (equipo de la redención). Bryant le había dicho a sus compañeros que quizás no fuesen un ‘Dream Team’, pero que podían ser el mejor equipo defensivo de la historia del baloncesto. Durante todo el torneo, uno de los más grandes anotadores de la historia se había olvidado de anotar y se había centrado en defender a la estrella rival. Durante los ocho minutos de final que restaban ante España, y con el citado 91-89 en el electrónico, Estados Unidos dio una exhibición de compañerismo, compromiso y defensa como nunca antes se había visto. Y cuando España más apretaba, Bryant dejó la defensa a un lado y se sacó un par de triples imposibles demostrando que el talento no está reñido con el sacrificio. Estados Unidos derrotó a España por 118-107 y se llevó la medalla de oro poniendo fin a los años negros de su baloncesto. Desde entonces, desde aquel mes de agosto de 2008, la imbatibilidad norteamericana vuelve a ser inexpugnable.


“Si perdemos un partido sólo, aunque ganemos el oro, nuestros compañeros de la NBA no nos miraran más a la cara”. Paul Pierce (10 veces All-Star de la NBA) en declaraciones a la prensa el día antes de la inauguración del Mundial de 2002.

Leer más