NBA

Bill Bradley (el hombre perfecto)

Bill Bradley nació en 1943 en Missouri, en una villa del Medio Oeste de Estados Unidos llamada Crystal City cuyo nombre proviene de la industria del vidrio pujante en la región. Desde pequeño destacó por su facilidad tanto para el estudio como para con el deporte y, además, con los 1’96 metros que llegó a desarrollar en la adolescencia se convirtió en celebridad tanto por su intelecto como por su físico. Tenía facilidad de palabra, era simpático, bien parecido, virtuoso, un buen ciudadano y su fama era conocida en kilómetros a la redonda. El hombre de Vitruvio hecho carne. A la hora de plantearse que estudiar y a que universidad acudir, Bill Bradley llegó a tener hasta 75 ofertas de universidades que buscaban su excelencia ya fuese en las aulas o en el baloncesto.

Y es que Bill había destacado en el instituto como un extraordinario alero. Eso le abrió las puertas de los más prestigiosos centros baloncestísticos del país como Duke, North Carolina, Kentucky o UCLA. Pero como sus notas eran tan o más extraordinarias que sus cualidades con el balón también fue tentado por los más prestigiosos centros académicos del país entre los que destacaban Harvard, Yale o Columbia. Al final se decidió por la universidad de Princeton a caballo entre Philadelphia y Nueva York y alma mater de presidentes de Estados Unidos como John. F. Kennedy o Woodrow Wilson y matemáticos como Alan Turing o John Nash.

Bradley comenzó su doble licenciatura en historia y políticas en el otoño de 1961 a la vez que compaginaba entrenamientos y partidos con el equipo de baloncesto y también con el de béisbol. En el verano de 1964 fue seleccionado para participar con el equipo de Estados Unidos en los JJ.OO de Tokio. Por aquel entonces acudían a la convocatoria los jugadores de último año antes de dar el paso a la NBA. Bill Bradley lo hizo a mitad del ciclo universitario siendo en aquel momento el jugador más joven en ir convocado con la selección. Como no podía ser de otra forma Estados Unidos ganó la medalla de oro en baloncesto en tierras japonesas.

La temporada siguiente llevó a Princeton a la Final Four de la NCAA algo inaudito para una universidad de prestigio académico pero sin peso en el baloncesto. Promedió más de 30 puntos por partido y fue elegido como ‘All American’, un galardón que premiaba a los cinco mejores jugadores de Estados Unidos y que ya había recibido en su época de instituto. En la Final Four la Universidad de Princeton cayó contra Michigan, pero Bill Bradley se llevó el trofeo de MVP a pesar de la derrota al haber anotado 58 puntos.

Por aquel entonces Bill estudiaba unas ocho horas al día y dedicaba otras cuatro a entrenar. Poseía una increíble visión periférica que le permitía contemplar el juego en toda su perfección y adelantarse a los movimientos de sus rivales a pesar de no ser demasiado rápido. Según contaba, entrenaba con pesos en las zapatillas para atenuar su lentitud y potenciar el uso de su cerebro y así poder ganar a rivales más dotados físicamente. Esa capacidad unida a una verborrea y una simpatía innata era la que aplicaba bajo los focos de un aula.

Ya licenciado Bradley se presentó al draft de la NBA donde los New York Knicks lo escogieron como su primera elección. Pero Bill tenía más alternativas al baloncesto para dirimir que hacer con su futuro. Ese verano es seleccionado y galardonado con una beca Rhodes que incluía gastos de viaje, estancia y manutención para realizar una tesis doctoral en la prestigiosa Universidad de Oxford.

Se le presentaba una disyuntiva entre mente y cuerpo. Y sabedor de que la segunda opción es finita, Bradley optó por la primera. Aparcó la NBA temporalmente y viajó a Inglaterra para hacer un máster sobre diplomacia internacional y una tesis sobre el ex presidente estadounidense Harry Truman.

Pero no abandonó el baloncesto. Un directivo del Olimpia Milano, que frecuentaba Estados Unidos buscando jugadores para el equipo, viajó hasta Oxford y convenció a Bradley para que se enrolase en el conjunto italiano. ‘Dollar Billy’, como empezaba a ser conocido por sus habilidades en los negocios, aceptó jugar únicamente con el Olimpia los partidos de la Copa de Europa. Bradley disputó un total de 12 partidos con los transalpinos. El día antes del encuentro cogía un avión en Londres, entrenaba un par de horas con sus compañeros y saltaba a la pista. En la temporada 1965/66 Bill Bradley se convertía en campeón de Europa de baloncesto como quien no quiere la cosa.

Para el verano de 1966 los Knicks no quisieron esperar más y exigieron a Bradley que se integrara en su plantilla. Pero Bill supo jugar sus cartas. Dado que tenía que hacer el servicio militar obligatorio pidió una excedencia especial para hacerlo en Inglaterra en una de las bases castrenses que Estados Unidos mantenía en Europa y de paso acabar su tesis y especializarse en diplomacia internacional. A los Knicks no les quedó más remedio que esperar un poco más, pero la espera valió la pena.

A mitad de su primer año con los Knicks, Bill Bradley era titular, al segundo ya estaba considerado el mejor especialista defensivo de la liga y en el tercero ya era un ‘All Star’ y ayudaba a los New York Knicks a ganar su primer título de la NBA en la temporada 1969/70. A la hora de escribir estas líneas Bill Bradley es junto al argentino Manu Ginobili el único baloncestista que ha ganado el oro olímpico, la Copa de Europa de baloncesto y la NBA.

En 1976, en el que iba a ser su último año en la NBA y ya con 34 primaveras a sus espaldas, Bill Bradley preparó su asalto a la política. Consiguió un puesto de ayudante del director de la oficina de oportunidades económicas de Washington, algo así como un secretariado de industria y de inversiones. Cuando al año siguiente cuelga las botas (con dos campeonatos y su camiseta retirada en el Madison Square Garden de Nueva York) ‘Dollar Bill’ anuncia su candidatura como senador por el Estado de Nueva Jersey para las elecciones de 1978. Consigue la victoria con más del 60% de los votos y mantendrá el cargo ininterrumpidamente hasta 1999.

Aunque demócrata, siempre fue un verso libre dentro del partido. Fue un izquierdista si se puede ser de izquierdas dentro del acérrimo capitalismo americano. Durante dos décadas fue un abanderado en la reducción del control de armas y tendió puentes con la Unión Soviética. Aprovechó sus contactos en Europa para estrechar lazos con la Unión Europea. Destacó por sus ingestas sumas de dinero en programas de fomento del deporte entre niños y fue uno de los adalides en la década de los 90 de la creación de un sistema de Seguridad Social. Sin embargo, fue siempre una mosca cojonera para los demócratas al apoyar a los republicanos en temas de defensa nacional y al rechazar la doctrina de partido.

A Bill Bradley, al hombre perfecto, le faltaba poco para llegar a la cima. Para las elecciones del año 2000, Bradley se enfrentó a Al Gore como candidato del Partido Demócrata. El vencedor buscaría la presidencia frente al republicano George. W. Bush.

Al Gore basó su campaña en el despertar del ecologismo y en el papel de Estados Unidos como garante de la paz y del bienestar económico mundial. Apoyado por el expresidente Bill Clinton y por el aparato del partido, contaba con el favoritismo de las encuestas. Bill Bradley hizo campaña abogando por el reforzamiento de las ayudas sociales y el derecho de las minorías. Contaba con el apoyo del voto de latinos y de negros. En unas primarias ajustadas, Al Gore consiguió el 56% de los sufragios y lograba ser elevado a categoría de presidenciable.

‘Dólar Bill’ comprendió entonces que su exitosa vida pública se había acabado. Se retiró a su casa de Nueva Jersey y se propuso disfrutar de su jubilación junto a sus recuerdos y a su familia, escribir sus memorias y dar conferencias en empresas de primer nivel y charlas en organizaciones deportivas. Y así fue hasta que en el año 2007 un senador de Chicago llamado Barack Obama lo llamó de su retiro para que lo apoyase en la campaña para las elecciones de 2008. Así fue como ‘Dollar Bill’, el alero de 1’96 metros de la poco baloncestística Universidad de Princeton, se recorrió de Oeste a Este el país pidiendo el voto para el que iba a ser el primer presidente negro de la historia de Estados Unidos.

“Convertirse en el número uno es más fácil que seguir siendo el número uno” Bill Bradley.

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El anillo perdido de Larry Bird

En 1985 Larry Bird era el mejor jugador de baloncesto en el mundo. Había ganado el MVP (Most Valuable Player) en 1984, lo ganaría en 1985 y repetiría por tercera y última vez en 1986. Era el jugador más arrogante, más orgulloso y más soberbio del equipo más arrogante, más orgulloso y más soberbio de la NBA. Los Boston Celtics habían logrado el campeonato en 1984 y pocos dudaban de que volvieran a lograr el título en 1985. Sólo los Lakers de Magic Johnson aparecían en el horizonte como una amenaza plausible, pero a mediados de la temporada el nivel de Larry Bird estaba rozando lo paranormal.

A poco más de un mes para finalizar la temporada regular, los Celtics encabezan la NBA con un margen de victorias sobre los Lakers que oscila entre los 6 y los 8 partidos. Habían puesto velocidad de crucero y Bird estaba demostrando porque era el mejor jugador del momento. Encadenaba triple-doble tras triple-doble e incluso batió el récord de anotación en la historia de los Celtics al anotar 60 puntos a Atlanta Hawks con una exhibición de lanzamientos desde todas las esquinas de la pista que rozaba lo obsceno. En otro encuentro encestó 47 puntos con la mano izquierda, a pesar de ser diestro, porque según él “estaba aburrido de tirar con la derecha y de vez en cuando necesita descansar”. Los Celtics finalizaron la liga regular con un total de 63 victorias y Bird se convirtió en el primer jugador que, sin ser pívot, alcanzaba el título de MVP de forma consecutiva.

A pesar de su arrogancia, Bird era querido y respetado por todos sus compañeros. Como todos los grandes líderes deportivos Bird era el primero en llegar a los entrenamientos y el último en irse, el que siempre competía a pesar del dolor y el que estaba dispuesto a reducir su sueldo si con ello podía favorecer a otros compañeros. Ante tal ejemplo, y a pesar de sus gritos y de su fuerte exigencia, no había nadie que estuviese en disposición de replicar a Bird. Los Celtics se preparaban para afrontar unos playoffs que se antojaban un paseo militar.

En primera ronda los Celtics ganaron a Cleveland (3-1) y acto seguido despacharon a los Pistons (4-2). La final de la Conferencia Este iba a ser contra los Philadelphia 76rs. Boston ganó cómodamente sus dos primeros partidos en casa. El tercero tendría lugar en la ciudad del amor fraterno.

Entre el segundo (martes) y el tercer partido (sábado) había cuatro días de diferencia. K.C. Jones, técnico de los Celtics, decidió que el jueves sus chicos tuviesen el día libre. Todo iba bien y marchaba según lo previsto.

Aquel jueves Larry Bird decidió pasar la tarde con Nick Harris, un vendedor de coches que había trabado una fuerte amistad con el alero de Indiana. Con unas cuantas cervezas encima se unió a la tertulia Quinn Buckner. Éste último había sido oro olímpico y un jugador aceptable en la NBA, pero en 1985 ocupaba el último lugar en el fondo del banquillo de los Celtics.

Trago tras trago la noche hizo su aparición y el terceto abandonó la casa de Bird para acercarse al centro de Boston a tomarse la última. Todo iba con total normalidad hasta que Harris le echó el ojo a una atractiva mujer que estaba en el local. Al parecer Harris entendió que había motivos para acercarse a ella e invitarla a tomar algo, pero, o bien no entendió las señales, o, lo más probable, se pasó de listo. Más tarde trascendería que Harris, además de vendedor de coches, tenía a sus espaldas pequeños delitos de falsificación y de posesión de drogas.

El caso es que la joven apartó a Harris de su lado y pidió socorro a un hombre de anchas espaldas que servía copas en el local y que resultó ser el novio de la chica en cuestión. Inmediatamente Harris fue noqueado de un derechazo y Bird no pudo reprimir sus instintos. Se abalanzó sobre el desconocido para proteger a su amigo y los 2,06 metros de altura y 100 kilos de peso de un deportista profesional de 29 años de edad cayeron de golpe sobre el púgil, que, en buena lógica, acabó ingresado en el hospital.

Bird, Buckner y Harris se marcharon corriendo de allí. Aquella misma noche la víctima pondría una denuncia contra Larry Bird.

Nada de esto se sabría hasta un par de meses después. Pero aún muchas cosas tendrían que ocurrir hasta entonces.

Bird se metió en la cama, pero era incapaz de dormir. Tenía el dedo índice de la mano derecha completamente deformado y el dolor saltaba como un resorte por todo el brazo. A la mañana siguiente el equipo tomó un avión rumbo a Philadelphia y Bird lo hacía con una seriedad inquietante y con la mano derecha siempre tapada por una sudadera.

Hubo dos partidos en Philadelphia. En el primero Bird estuvo gris, pero en el segundo sencillamente dio asco. La actuación de Larry Bird en aquel partido fue lamentable. Firmó un pobre 4/12 en el tiro y perdió ocho balones. No robó ningún balón cuando promediaba más de tres por partido, y apenas capturó un triste rebote. En las imágenes televisivas los comentaristas llamaban a su dedo “polish sausage”, un tipo de salchicha típico de la zona de Indiana. Bird estuvo todo el partido botando con la mano izquierda y llevándose la derecha al estómago de forma instintiva.

Por supuesto al final del encuentro hubo lluvia de preguntas y por supuesto Larry Bird, fiel a sí mismo, contestó con retranca y con evasivas. Los Celtics cerraron filas con su estrella y se limitaron a decir que había sufrido un golpe sin importancia en el calentamiento.

Así las cosas los Celtics regresaron a Boston para el quinto encuentro y los rumores no cesaban. Un día antes del choque Bird hizo de Bird y decidió tirar de orgullo y marcar el ‘tempo’ del conflicto. Escogió como diana a Dan Shaughnessy, un periodista del ‘Boston Globe’ que había escrito un artículo insinuando que el dedo hinchado del alero de Indiana había sido fruto de un incidente fuera de la cancha de entrenamiento. Bird había repetido hasta la saciedad que era inquebrantable al dolor y que el dedo hinchado no afectaba a su rendimiento y retó al plumilla a tirar 100 tiros libres con las dos manos vendadas.

El periodista podría tirar libre de vendajes. Naturalmente.

El periodista aceptó la apuesta y anotó un digno 60/100.

Larry Bird, con las dos manos rodeadas de cinta adhesiva y esparadrapo, se marcó un 79/100.

Cuando la prensa marchó, Bird se quitó los vendajes y según se supo más tarde anotó 161 tiros libres sin fallo. Puede que el dedo estuviera hinchado, pero su orgullo lo estaba mucho más.

Los Celtics ganaron el quinto partido a los 76rs gracias a un robo decisivo de Bird y, por lo menos visualmente, parecía que la inflamación había bajado. Aun así Larry Bird seguía lejos de sus porcentajes habituales y firmó un discreto 6/17.

En esos tres partidos con el dedo hinchado ante Philadelphia el flamante MVP había bajado del 40% en porcentaje de tiro por primera vez en toda la temporada y había visto reducida su producción de puntos (-8) y de rebotes (-3).

— CELTICS vs LAKERS—

El primer partido de la final de la NBA demostró porque los Celtics eran superiores a los Lakers y los grandes favoritos al título. Humillaron a los angelinos por 148-114 en un partido que pasaría a la posteridad como ‘Memorial Day Massacre’. Sin embargo, el partido de Bird fue otra vez discreto. Por primera vez en todo el año encadenó su tercer partido consecutivo por debajo de los 20 puntos. En el segundo se consumó la sorpresa y los Lakers ganaron en otro mal partido de Bird, pero sería en el tercero disputado en Los Ángeles donde la serie definitivamente se inclinó para los de California. Magic Johnson y compañía devolvieron la paliza (136-111) y Bird firmó un horrendo encuentro con un 8/21 en el tiro y varias pérdidas de balón decisivas. “No puedo jugar peor que hoy. Tú lo habrías hecho esta noche mejor que yo”, sentenció Bird ante la pregunta de un periodista.

En el cuarto partido los Celtics tiraron de su legendario orgullo y consiguieron empatar la serie (2-2) a base de casta. El duelo se decidió en la última jugada. Todo estaba preparado para que Bird lanzase el tiro decisivo como en él era habitual, pero en el último momento dobló el balón para que Dennis Johnson anotara con facilidad. Es cierto que Bird tenía dos defensores encima, pero también lo era que si no tuviese el dedo hinchado hubiese encontrado la manera de lanzar él el tiro definitivo.

Los Lakers ganarían el quinto encuentro en casa y sellarían el título ganando el sexto partido en el Boston Garden (2-4). Era la primera vez que los Celtics perdían una final de la NBA en casa. Kareem Abdul-Jabbar fue elegido MVP con 38 años y Magic Johnson ya tenía su vendetta tras la derrota del año anterior. En los Celtics tan sólo Kevin McHale elevó su nivel de la temporada regular. Larry Bird no había jugado unas malas finales, pero no había demostrado la excelencia de la temporada regular. No al nivel que había demostrado antes de aquella funesta noche de cervezas con un par de amigos.

Antes del aciago puñetazo Larry Bird promediaba 28’7 puntos, 10’5 rebotes y 6’6 asistencias. Después del guantazo 23’8 puntos, 8’8 rebotes y 5 asistencias. Pero lo más significativo eran los porcentajes. Antes del puñetazo tenía un 52’2 % en tiros de dos y un espectacular 42’7 % en tiros de tres. Después de la famosa noche los porcentajes bajaron al 44’9% en los de dos y al 33’3 % en triples.

Dos días después de la debacle, el médico de los Celtics declaraba a los medios que Bird tenía una lesión en el codo y que después de varias pruebas médicas se había determinado que lo mejor para la recuperación era el reposo, descartando cualquier intervención quirúrgica. Era todo mentira. No se hizo mención alguna al dedo ni se había hecho prueba alguna.

No sería hasta dos meses después cuando el asunto saldría a la luz. Aún hubo que esperar a noviembre, con la siguiente temporada ya en marcha, para que Larry Bird asumiese su culpa públicamente y pagara una multa de 20.000 dólares al denunciante, dando por finiquitado para siempre el incidente.

Larry Bird y los Celtics volverían a reinar en la NBA en 1986 y perderían la final ante los Lakers en 1987. A partir de ahí, problemas de espalda y en los talones hicieron que el alero nacido en Indiana tuviese que acortar su carrera prematuramente.

Larry Bird ganó tres anillos de la NBA y Magic Johnson logró cinco. En su fuero interno Bird sabía que el título de 1985 era suyo y que aquella disputa entre archirrivales tendría que haber acabado en empate a cuatro.

Cuando más de 20 años después un periodista le preguntó por la famosa pelea, Bird dio por zanjada la entrevista y se levantó de su asiento. En ninguna de sus biografías autorizadas hay mención alguna al asunto. Bird habla abiertamente en todas ellas de su infancia en la indigencia, del suicidio de su padre, de sus problemas de sociabilidad o de su miedo a la muerte. Pero en ninguna de esas biografías y en ninguno de los documentales televisivos en los que ha participado jamás hace mención alguna sobre aquella infausta pelea.

Sólo aquella noche y aquel anillo perdido consiguieron doblar el orgullo de Larry Bird.

“No importa lo bueno que soy, sigo siendo un paleto de Indiana.” Larry Bird sobre sí mismo.

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El experimento Nowitzki

Con toda la fastuosa y emotiva parafernalia del ‘show business’ estadounidense esta semana el mundo del baloncesto despedía a Dirk Nowitzki. Lo hizo tras un emotivo homenaje de los directivos, empleados y seguidores de los Dallas Mavericks, club en el que ha militado de forma ininterrumpida durante 21 temporadas, récord absoluto en la NBA. Lo hizo tras un soberbio partido con 30 puntos, uno de esos encuentros diseñados para el lucimiento del homenajeado. Nowitzki se retira con 1 título de la NBA (2011), 1 título de MVP de la temporada (2007. Primer y único europeo en lograrlo), 13 presencias en el All-Star, 4 presencias en el mejor quinteto de la NBA y entre otras muchas cosas como uno de los tres únicos jugadores en la historia que han sido capaces de promediar más de 25 puntos y 10 rebotes durante los playoffs, el momento en el que se separa el grano de la paja.

Se retira Nowitzki y se retira el primer jugador de baloncesto del siglo XXI. Nowitzki fue el primer jugador híbrido. Grandes que juegan por fuera, pequeños que juegan por dentro. El basket del siglo XXI. El baloncesto multiplataforma. Fue el primer siete pies (más de 2’10 metros) cuyo radio de acción se encontraba fuera de la zona. Jugador con excelso lanzamiento de tres puntos y soberbio tiro a contrapié a 5-6 metros, fue el primer jugador alto que huyó del poste para buscar el exterior. Indefendible para hombres altos y pesados por fuera e indefendible para hombres rápidos y pequeños por dentro. Nowitzki también fue el primer jugador de élite que triunfó sin pasar por ninguna universidad americana ni por ninguna cantera del baloncesto europeo. Nowitzki fue un producto de laboratorio, un chaval hecho a sí mismo que fue descubierto por el mundo en un torneo de verano y que fue modelado por un semidesconocido llamado Holger Geschwindner, que, como si de un plan quinquenal soviético se tratase, diseñó un método para convertir a aquel espigado chaval alemán en uno de los mejores jugadores de todos los tiempos.

En 1993, a punto de cumplir los 50 años, Geschwindner mataba el tiempo jugando en la tercera división alemana de baloncesto. Había llegado a disputar los Juegos Olímpicos de Münich con la selección germana, pero ni había sido un gran jugador ni Alemania era nada en el mundo de la canasta por aquellos tiempos. El caso es que en uno de esos partidos de tercera coincidió con Dirk Nowitzki, por entonces un flaco y larguirucho adolescente de 15 años hijo de un padre voleibolista y una madre baloncestista. Geschwindner engatusó a los padres de Dirk y los convenció de lo arriesgado de mandar a su hijo a una universidad estadounidense (California) o de ingresar en las filas de la cantera de un gran club (FC Barcelona). Según Geschwindner lo que iban hacer con los 2’13 metros de Nowitzki era enterrarlos debajo de la canasta, obligarlos a hacer pesas para ganar masa muscular y convertirlos en un tosco pívot.

Geschwindner tenía otros planes. Se ofreció a cuidarlo como si fuese su hijo y se propuso convertirlo en un jugador total. En algo nunca visto. Comenzó así una relación que ya dura un cuarto de siglo y por la que Geschwindner se ha negado siempre a cobrar ni un céntimo. Nowitzki tan sólo le paga la estancia y la manutención allá donde vaya.

El experimento de Geschwindner fue criticado hasta la saciedad. Comenzó a diseñar entrenamientos técnicos pensados en mantener el equilibrio. Nowitzki se pasaba horas tirando sobre una pierna y con un peso en la otra. Después era obligado a elevar el balón lo máximo viable a través de un arco imposible que alcanzara el cielo antes de iniciar su descenso hacia el aro. Le llamaron el tiro del arcoíris. Cuando al año siguiente el Wurzburg, equipo de segunda división de la ciudad natal de Dirk, intentó ficharlo, Geschwindner puso dos condiciones; él tendría que ser el entrenador y Nowitzki tendría que jugar de alero tirador, nunca como pívot.

El experimento se dio en llamar ‘Institute of applied nonsense’ (Instituto del sinsentido aplicado). En los ratos libres Nowitzki tenía prohibido hacer pesas. En los 90, tiempos del baloncesto ultradefensivo, de jugadores hipermusculados y de gemelos como rocas, Geschwindner se empeñó en pulir la técnica de Dirk y olvidarse de sus pectorales. Por las noches dormía sobre el parqué para adaptarse al tacto de una pista de baloncesto y por la mañana temprano cogía una barcaza y remaba por un lago durante horas mientras Geschwindner le daba lecciones de historia, música, filosofía y sobre todo física.

Amante de los ordenadores, de la física y de la tecnología, Geschwindner había calculado que el tiro perfecto tenía que tener un arco de 60 grados. Ya lo había establecido con papel y lápiz cuando él era un base de 1’92 metros, pero cuando pudo plasmar sus ideas en un programa informático y vio los 2’13 metros de Nowitzki se sintió como san Pablo cuando cayó del caballo y comprendió cual era el sentido de su existencia. Durante años pulió el lanzamiento de Dirk a capa y espada. Todo estuvo milimetrado, desde el roce con el balón, la resistencia del viento, la presión de los pulgares o la longitud de los brazos. Ese tiro, ese bello lanzamiento de arco imposible le dio el apodo a Nowitzki de ‘Robin Hood’, porque con aquellos enormes y largos brazos extendidos la plasticidad del lanzamiento se asemejaba a la de un arco del medievo en plenitud de su tensión.

La idea de Geschwindner era clara. Nowitzki tendría que lanzar decenas, cientos, miles, millones de tiros con la mano derecha. Cuando fuese capaz de tener un porcentaje de aciertos próximo a la perfección debería a empezar a hacer lo mismo con la mano siniestra. Su razonamiento era simple. Si no era capaz de anotar sin oponentes, ¿cómo iba a ser capaz de encestar rodeado de rivales en un partido? Por ello, cuando el tiro ya estuvo perfeccionado, Geschwindner obligaba a cambiar a Nowitzki el arco de su lanzamiento con continuos golpes, pisotones y empujones para que se adaptase a la realidad de un partido.

Lo de remar durante horas era asueto en comparación con otras pruebas a las que era sometido Nowitzki. En verano, Dirk trabajaba durante un mes en una granja de sol a sol con el objetivo de aprender el valor del sacrificio y fortalecer grupos musculares que no se ejercitaban en el baloncesto. Cuando un par de años más tarde llegó a Estados Unidos, Geschwindner llevó a Nowitzki a escalar el Gran Cañón del Colorado. Una vez en la cima le dijo que en vez de mirar hacia abajo mirase hacia la inmensidad del cielo. Era su forma de decirle que aunque estuviese en la NBA el sacrificio estaba lejos de finalizar. Siempre había más por lo que luchar.

Todo ese arduo entrenamiento dio como resultado un lanzamiento antológico que más que una técnica deportiva se asemejaba a un paso de baile. El apodo que triunfaría sería el de ‘Robin Hood’, aunque a mí siempre me gustó más el menos conocido de ‘Flamingo’. Y es que, tirando de imaginación, el icónico tiro a una pierna de Nowitzki es la viva imagen de la silueta de un flamenco. Como diría años más tarde el bicampeón de la NBA Kevin Durant: “Tiene muchísimos movimientos que intento robar, sobretodo su paso de baile del flamenco.”

Y es que Nowitzki bailaba sobre una pista de baloncesto. Según se cuenta, en el programa de Geschwindner había ideas tomadas prestadas de violinistas y de pianistas. Al parecer gustaba de que Nowitzki lanzara a canasta mientras por los altavoces sonaban piezas de jazz con el objetivo, según él, de “darle al baloncesto sentido científico para liberarlo de su belleza natural”. Años después Nowitzki tocaría la guitarra en la boda de su hermana. Geschwindner le había obligado a aprender a tocarla durante su entrenamiento. Entiende el baloncesto como una suerte de danza con música de fondo. Un paso hacia adelante y otro hacía atrás. Giros continuos, dribblings y lanzamientos quirúrgicos. Desplazamientos laterales y arranques verticales. El deporte como ciencia y como arte. “El baloncesto es música. Cinco muchachos pueden ser reyes en su instrumento pero deben hacerlos sonar juntos para tocar una pieza. Uno de ellos puede ser clave, pero si no escucha a los demás no conseguirá nada”, comentó el mentor en una de sus escasas entrevistas.

Las comparaciones con Larry Bird fueron constantes, aunque las diferencias entre ambos fueron siempre mayores que las similitudes. “Tira mejor que yo, rebotea mejor que yo, corre más que yo, pero no es mejor jugador que yo”, contestó el siempre irónico Larry Bird cuando le preguntaron por Nowitzki. Lo cierto es que el alemán fue un arma ofensiva imparable por su combinación de lanzamiento exterior y movimientos al poste. En lugar de ir al choque, ‘Robin Hood’ usaba su increíble capacidad de equilibrio para alejarse de su defensor y anotar con facilidad. Quizás adolecía de capacidad de pase y, según muchos críticos norteamericanos, de capacidad defensiva, si bien, para el mundo NBA, el arquetipo de jugador europeo blanco es una máquina de fundamentos ofensivos con fallos estructurales en defensa.

Nowitzki no fue Bird porque no fue una estrella, fue una antiestrella. Espécimen tímido, huidizo de los focos, de esos que a través del silencio cimentan su liderazgo. Nunca soberbio, querido por todos. Sin ser humilde, siempre respetuoso. Se ha convertido en un hombre respetado y respetable en Dallas. Integrado en la vida norteamericana es frecuente verlo en actos benéficos, apoyando luchas sociales e interesándose vivamente y no de palabra por el futuro de su ciudad. Cuando en 2010 acordó un nuevo contrato a razón de 20 millones de dólares anuales lo hizo con un simple apretón de manos y le dijo a Mark Cuban (presidente de los Dallas Mavericks) que no hacía falta firmar nada, que con su palabra era más que suficiente. Geschwindner también hizo un excelente trabajo en el aspecto humano.

Nowitzki se va. Y lo hace como el mejor jugador europeo por trayectoria NBA, como uno de los mejores ¿ala-pívots? de la historia, y, sobre todo, como el primer jugador del siglo XXI, como el Usain Bolt del baloncesto, el primer siete pies que gobernó el baloncesto siendo alto pero sin precisar de su altura para gobernar.

“Lo que más agradezco de aquellos tiempos es que Geschwindner me llevó un día a ver Parsifal de Wagner al festival de Bayreuth” Dirk Nowitzki.

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Bullying a Toni Kukoc (2ª parte)

Tras conseguir el título de la NBA en la temporada 1990/91, los Chicago Bulls repitieron hazaña en la campaña 1991/92. Michael Jordan estaba a un nivel sideral y Scottie Pippen se había convertido en uno de los mejores jugadores del mundo. Mientras tanto, Toni Kukoc era el líder que permitía a la Benetton de Treviso ganar la primera liga italiana de su historia. Todo iba bien para unos y para otros, y en todo aquel año no hubo movimiento alguno para que Kukoc fuese a la NBA. El asunto se daba por concluido. Jordan y Pippen no lo querían allí y a Kukoc le daba pánico cruzar el charco y recalar en los Chicago Bulls.

Llegó el verano, y al acabar la temporada de 1992 se disputaron en Barcelona los Juegos Olímpicos. En el torneo de baloncesto, el sorteo fue caprichoso he hizo que en primera ronda coincidieran en el mismo grupo Estados Unidos y Croacia. Ambos equipos estaban ya matemáticamente clasificados para cuartos de final cuando les toco medirse, pero Pippen consideró el encuentro como el más importante de su carrera. Pidió expresamente cubrir a Kukoc y midió sus minutos en pista en función de los del alero croata. Por si fuese poco, Pippen contaba con la inestimable ayuda defensiva de Jordan para ejecutar un 2 contra 1 cuando le hiciese falta. El bullying a Kukoc pasaba de las declaraciones a la prensa a la pista de juego. Kukoc, asfixiado y atosigado, acabó con un paupérrimo 2/11 en el tiro y acumuló 7 pérdidas de balón ante la satisfecha sonrisa de Pippen que, visiblemente contento, mandaba un recado a la directiva de los Bulls al término del choque: “Quería que todo el mundo viese ese uno contra uno, deseaba que Krause lo viese por televisión. Quería avergonzar a Kukoc ya que no puedo jugar contra Krause y la directiva. Le di la mano a Kukoc antes y después del partido. No se me puede reprochar nada”, declaró. Lo cierto es que tanto Jordan como Pippen eran dos consumados defensores, pero mientras que Jordan era un competidor nato, en raras ocasiones se había visto a Pippen comportarse con tal agresividad ante un rival. Sus ojos irradiaban odio.

Sin embargo, unos días después Estados Unidos y Croacia volvieron a enfrentarse con motivo de la final olímpica. En esta ocasión el fuego era real y los estadounidenses volvieron a ganar con claridad, cómo era lo esperado, pero Kukoc completó un gran encuentro con 16 puntos, 9 asistencias y 5 rebotes. Consiguió zafarse de Pippen y hasta tuvo un par de buenas acciones en las que consiguió rebasar a Jordan.

Debió ser tan buena la actuación del croata, que al acabar el encuentro Jordan, en el éxtasis del triunfo, se acercó a Kukoc, le estrechó la mano, y tras darle un abrazo le dijo que le gustaría que jugase con él en Chicago.

Michael Jordan había separado las aguas turbias del Mar Rojo y Kukoc tenía el camino libre para acceder a la NBA. Pero la aceptación de Jordan no hizo otra cosa sino aumentar la cólera de Pippen.

Aún pasaría un año más, pero en el verano de 1993 Kukoc decidió que no tenía nada más que ganar en Europa y con 25 años resolvió rescindir su contrato italiano y probar fortuna en los Chicago Bulls. Tenía el beneplácito de la directiva, pero lo que era más importante, mucho más importante, tenía el beneplácito de ‘Air’ Jordan en persona.

El problema es que Jordan no iba a estar allí para recibirlo. En el mes de julio el padre de Jordan fue víctima de un atraco, tras el cual fue abatido a tiros por sus asaltantes. El shock fue tan colosal que Jordan anunciaba su primera retirada del baloncesto profesional. Los Bulls de Jordan pasaban a ser los Bulls de Pippen.

Como ya sabemos, había varios jugadores en la plantilla que no querían a Kukoc. Y había uno que lo odiaba en lo más profundo de sus entrañas. Y ese era Scottie Pippen.

La temporada 1993/94, la primera de Kukoc en la NBA, fue la temporada de Pippen. Sin Jordan a su lado, Pippen asumió toda la responsabilidad y se erigió en el líder del equipo llevándolo al tercer puesto de la liga regular, cuando en algunos mentideros de la liga se asumía la caída en picado de los Bulls. Para Toni Kukoc fue una temporada muy complicada. Saliendo desde el banquillo tuvo que pelear minuto a minuto se participación en el equipo, y no sería hasta bien entrada la temporada cuando su peso en la rotación pasase a ser definitorio. Aun así, raras eran las veces en las que Pippen y Kukoc coincidían en pista y más raro aún era ver una asistencia del estadounidense para canasta del europeo. A fin de cuentas uno era una estrella y el otro era un novato. Kukoc lo pasó mal. Muy mal. Y no sólo en el aspecto deportivo. Los peores años de la guerra en Croacia habían acaecido, pero seguía temiendo por su familia a miles de kilómetros de casa. Había roto relaciones con jugadores como Djordjevic, Divac o Danilovic, amigos y ex compañeros de origen serbio, y recientemente había fallecido en accidente de tráfico Drazen Petrovic, el alma mater de la selección croata y el jugador europeo más relevante de la NBA.

Estaba muy solo.

A trompicones con la llegada de la primavera también llegaron los playoffs y los Chicago Bulls se enfrentaban a los New York Knicks. Por vez primera en un lustro los primeros no eran los favoritos. Los Knicks ganaron los dos encuentros inaugurales en casa y se disponían a sentenciar la serie en el tercer encuentro a domicilio. A falta de 17 segundos para el final de ese choque Scottie Pippen dispuso de una oportunidad para ganar el partido, pero fue incapaz de zafarse de su defensor y acabó lanzando a la desesperada por encima del tablero. Su frustración, como no, fue a parar a Kukoc al que le recriminó que no le apoyara con un bloqueo. En la siguiente posesión Ewing empató para New York. A falta de 2 segundos para el final el marcador era 102-102 con posesión para los Bulls.

Tiempo muerto.

Todo hacía indicar que el partido iría a la prórroga si Pippen no lo remediaba con un lanzamiento salvador.

Eso es lo que dictaba la lógica, pero Phil Jackson, entrenador de los Bulls, preparó un aclarado para que el último tiro corriera a cargo de Toni Kukoc. Cuando Pippen observó en la pizarra lo que había dibujado su entrenador se sentó en el banquillo y en una mezcla de ataque de petulancia y pataleta infantil soltó: “Si esa es la jugada, yo no juego más. Me quedo aquí sentado”. Jackson perdió los nervios y le llamó de todo, pero Pippen se mantuvo en sus trece y en la última jugada del partido la estrella de los Bulls no iba a estar presente.

Es cierto que Kukoc ya había anotado un tiro ganador contra Indiana en esa temporada, pero que fuese el elegido en un partido de playoffs era toda una declaración de intenciones por parte de Phil Jackson.

Y así, con sólo 13 minutos de juego en el partido, con un estado de ánimo próximo a la depresión y bajo la gélida mirada de Pippen, Toni Kukoc recibió el balón en la parte superior de la bombilla, y, tras un escorzo de 180 grados, anotaba una increíble canasta que hacía estallar de júbilo al pabellón y que daba la victoria a los Chicago Bulls.

A partir de ahí todo cambió para Kukoc. Fue aceptado de pleno por el resto de la plantilla, mientras que Pippen pasó a ser el villano para los medios. Los Bulls acabarían perdiendo la serie ante los Knicks tras una estúpida falta intencionada de Pippen en el quinto partido. No le quedó más remedio que pedir perdón, aunque lo hizo a su manera: “Pedí disculpas a Phil (el entrenador) y al resto del equipo. No creo que deba pedírselas a nadie más”.

A mediados de la temporada siguiente Michael Jordan decidió que el duelo por su padre ya se había acabado y retornó a la NBA. Los Chicago Bulls consiguieron tres títulos de forma consecutiva (1996, 1997 y 1998) con un equipo legendario formado por el mejor jugador de todos los tiempos, Ron Harper, Dennis Rodman y, por supuesto, Scottie Pippen y Toni Kukoc.

Kukoc nunca llegó a ser el jugador que había deslumbrado en Europa. En Estados Unidos fue obligado a aumentar en casi 15 kilos su peso corporal y perdió en movilidad y plasticidad. Fue reciclado a jugar como alero alto y se convirtió en un especialista en el tiro, aunque mantuvo intacta su extraordinaria visión de juego. Fue jugador capital en los 3 títulos de los Bulls y alargó su carrera hasta los 38 años manteniéndose como un hombre de rotación importante en la NBA. Pippen no consiguió sacarse el estigma de escudero de Jordan y aunque el paso del tiempo le hizo ganarse el respeto de público y crítica, nunca llegó a ser el macho alfa ni en los Bulls, ni en posteriores aventuras en los Rockets y en los Trail Blazers.

Hoy en día Kukoc y Jordan son buenos amigos y pareja habitual en torneos de golf. Pippen y Kukoc limaron asperezas y, aunque no tienen gran amistad, mantienen una relación cordial e incluso coincidieron en labores de despacho en los Bulls una vez retirados.

Kukoc: “Jordan y Pippen me torturaron, pero no cambiaría ni una sola cosa de mi carrera en la NBA. Ni siquiera la experiencia de pasar por esos primeros momentos duros. Ganar títulos es impagable”.

Pippen: “Nos aprovechamos de un chico muy joven. Y creo que habíamos escuchado tanto sobre Kukoc que pensamos que teníamos mucho que demostrarle. Tenía claro que iba a darle duro (…) No fui justo con él, pero realmente creo que fue bueno para él todo por lo que pasó”.

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Bullying a Toni Kukoc (1ª parte)

Los triples no llegaron a la NBA hasta tan tardía fecha como 1979 y aún tardarían otros cinco años más hasta llegar al baloncesto FIBA. Aunque tenemos en la cabeza los icónicos lanzamientos de Larry Bird en los 80, lo cierto es que hasta bien entrada la década de 1990 el triple no fue usado como arma cotidiana de ataque. Por eso, cuando en el Mundial juvenil de 1987 un larguirucho espécimen anotó 11/12 ante los todopoderosos norteamericanos la noticia causó conmoción y corrió como la pólvora en el planeta baloncestístico. Un desconocido había masacrado a Estados Unidos, la realeza del deporte de la canasta.

Toni Kukoc era un jugador nunca visto. Con 2’10 metros de altura y una extrema delgadez se movía cual gacela por todas las partes de la pista. Era un excelso anotador, tenía criterio en la dirección y era capaz de asistir y rebotear con la misma diligencia. Era llamado ‘la pantera rosa’ por su frágil constitución, aunque pronto fue comparado con ‘Fido dido’, el personaje de la bebida espirituosa ‘7up’, muy de moda en esos años. Por si fuera poco era un jugador altruista. Era difícil de odiar. Era imposible no quererlo. En sus años de gloria en Europa gustaba de quedarse en el banquillo cuando su equipo iba ganando para que sus compañeros disfrutasen del partido. Solo pedía a su entrenador saltar a pista cuando observaba que su presencia era necesaria.

En Estados Unidos se habían dado cuenta de que con sus universitarios no era suficiente para ganar al baloncesto europeo en los Juegos Olímpicos y habían empezado a mirar con buenos ojos abrir las fronteras y captar talento extranjero para la NBA. Y en Europa no había más talento que en Yugoslavia. Destacaban Vlade Divac, Drazen Petrovic, Zarko Paspalj, Dino Radja o Aleksander Djordjevic. Pero ninguno tenía un balance talento-coordinación tan excelso como Toni Kukoc.

Así pues, en junio de 1990, poco después de ganar su segunda Copa de Europa con la Jugoplastika de Split y meses antes de ganar el Mundial de baloncesto con Yugoslavia, Toni Kukoc era elegido en el puesto 29 del draft de la NBA por Chicago Bulls. La posición, poca glamurosa con la perspectiva de la actualidad, era magnífica para un jugador europeo de entonces. El equipo, los Bulls de Michael Jordan, el mejor destino posible. La elección fue una decisión personal de Jerry Krause, manager general del equipo, que desde el famoso día del 11/12 en triples estaba obsesionado con fichar a Kukoc.

El problema es que aparte de Krause no había nadie más en los Bulls que quisiese a Kukoc.

En 1990 los Chicago Bulls eran el equipo de Michael Jordan. Pero era un Jordan perdedor. Año tras año la franquicia caía en los playoffs y año tras año los medios se cebaban con Jordan tildándolo de egoísta y de simple matador, obviando todas sus otras excelsas cualidades. Los Bulls aún no habían ganado ningún título. Ni siquiera sabían lo que era jugar una final de la NBA. Jordan exigía refuerzos y amenazaba con marcharse del equipo si la directiva no cumplía con sus demandas. El problema no eran los fichajes en sí. Era el trato. Krause era el típico millonario gordo y seboso de condición sumisa y de carácter débil que no gustaba a nadie. Vale la pena echar un vistazo en Google para ver fotos del personaje. Jordan lo odiaba. Krause presumía ante empresarios y políticos de que gracias a él los Bulls generaban millones de dólares y eran conocidos en todo el mundo. Jordan quería más dinero, más fichajes, pero, sobre todo, más respeto.

Así pues, cuando ese verano Krause comenzó con la caza de Kukoc, Jordan se puso manifiestamente en contra del yugoslavo. Rechazó colaborar con Krause en un viaje de promoción que hizo por Europa y contestaba a los medios con evasivas y con rechazo cuando le preguntaban por aquel desconocido jugador croata. Un día, cuando vio unas imágenes de ‘La Pantera Rosa’ se echó a reír y le auguró un máximo de una semana en Estados Unidos hasta que recibiera los primeros empujones y codazos en la NBA. En otra ocasión, Krause le entregó a Jordan unas cintas de vídeo con imágenes de partidos de Kukoc para que observara por sí mismo su extraordinario potencial. Una vez vistas, le pidió que lo llamase y le dijera que le encantaría que jugase con él en los Bulls.

Jordan levantó la mirada del suelo con asco y ni siquiera contestó a la sugerencia de Krause. Las cintas siguieron guardadas en la misma caja con el logo de los Bulls en las que venían empaquetadas.

Todo esto llegó a oídos de Toni Kukoc, un joven talento de 22 años, pero también un inseguro baloncestista sin la determinación, el deseo y la convicción que podía tener su compatriota Drazen Petrovic. Por si fuera poco, y con la guerra civil yugoslava a punto de estallar, Kukoc se veía incapaz de alejarse de su familia, por lo que declinó firmar por los Bulls y continuar una temporada más en la Jugoplastika de Split.

Pasado el verano, la temporada 1990/91 comenzó, pero Krause no quería dar su brazo a torcer. Tenía 2 millones de dólares de masa salarial reservados para fichar a Kukoc en cualquier momento, por lo que en enero de 1991 nuevamente viajó a Croacia para tratar de meter en vereda al alero de Split. De hecho, se llevó a Europa a un intérprete y a un representante de la comunidad yugoslava de Chicago. Nuevamente fue en vano. Kukoc dijo que no. Que sabía que no sería bien recibido en ese vestuario.

Y ahí todo se torció un poco más.

No hay nada que fastidie más a un deportista que obtenga por negativa la petición de un aumento de sueldo a sabiendas que el club tiene liquidez. Y eso es lo que pasaba en los Chicago Bulls. Se posponían renovaciones y subidas de salario, porque había 2 millones de dólares en reserva para un semidesconocido yugoslavo. El base titular John Paxson y el pívot Bill Cartwright sufrieron negativas por respuesta ante la demanda de ampliación del contrato. Pero el caso más doloroso era el de Scottie Pippen, uno de los valores emergentes en la NBA y además lugarteniente de Jordan. Para más inri, Pippen compartía muchas cualidades con Kukoc y ocupaba el mismo lugar en la pista.

El caso es que Pippen terminaba su contrato en 1991 y veía pasar los meses sin que los Bulls le ofreciesen la renovación, por lo que cuando el viaje de Krause a Croacia de enero trascendió a los medios, la plantilla en bloque decidió tomar cartas en el asunto. Los jugadores se negaron a aparecer en actos oficiales y dejaron de dirigirle la palabra a Krause. El más explícito de todos fue Michael Jordan, quien comunicó a la directiva que abandonaría los Bulls si se fichaba a Kukoc, mientras dejaba un duro recado ante la prensa: “La directiva no está interesada en ganar. Sólo en vender entradas, cosa que están haciendo a mí costa. Y luego está el tal Kukoc. De verdad que me asquea ese tema. Están perdiendo el tiempo en perseguir a ese chico”.

A pesar del mal ambiente la temporada siguió su curso y lo hizo con notable éxito para los Bulls, que iban embalados hacía el primer puesto de la temporada regular. Aún hubo un último intento de fichar a Kukoc en marzo, antes de los playoffs. En este caso fue Phil Jackson, entrenador de los Bulls, quien, persuadido por la directiva, llamó telefónicamente a Kukoc prometiéndole un papel importante en el equipo. Pero Kukoc volvió a decir que no. Preguntó por Jordan y Pippen, no obtuvo respuesta, y dijo que no. Había incluso otro problema a mayores. Kukoc tenía una oferta de la Benetton de Treviso que superaba económicamente a la de los Bulls. En aquella época las ‘vedettes’ europeas aún podían darle algún susto a un equipo de la NBA. Y además la ciudad italiana de Treviso tenía la ventaja de estar solo a unas horas en coche de Croacia. Kukoc intentaría en lo sucesivo sacar a sus padres de un país en guerra, pero ante la negativa de sus progenitores, siempre pretendió estar lo más cerca posible de su familia.

Así pues, y tras un último viaje a Europa en primavera con visita a los padres de Kukoc incluida, Krause tuvo que aceptar que no habría fichaje. Llamó a Pippen y le ofreció la renovación, aunque a la baja, y le prometió que si la siguiente temporada Kukoc tampoco aceptaba jugar en la NBA se le subiría el sueldo. Pippen aceptó a regañadientes, pero la ya manía que le tenía al croata se convirtió en un odio visceral. Los Bulls estaban jugando los playoffs por el título cuando se confirmó que Kukoc había firmado por la Benetton. Scottie Pippen fue claro y rotundo con la prensa: “Me parece fantástico. Puede que por fin consiga ahora mi nuevo contrato”, soltó de inmediato, mientras Jordan esbozaba una amplia sonrisa detrás de las cámaras.

Tan solo tres semanas más tarde los Chicago Bulls conseguían ganar el título de la NBA al derrotar en la final a Los Ángeles Lakers de Magic Johnson por un claro 4-1. Michael Jordan dejó de tener detractores y se convirtió en el nuevo rey del baloncesto. Scottie Pippen recibía un merecido aumento de sueldo y el resto de jugadores titulares veían ampliados sus contratos. Y mientras, a miles de kilómetros de distancia, Toni Kukoc ganaba por tercer año consecutivo la Copa de Europa y por segunda vez el premio MVP al mejor jugador.

Parecía que el asunto Kukoc había pasado para no volver. Pero a Toni Kukoc aún le quedaba mucho por sufrir.

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El partido prohibido. Negros contra blancos

En 1944 los estadounidenses de raza negra eran seres humanos de segunda categoría. Sí, es cierto, desde 1865 eran libres, pero no tenían los mismos derechos que el resto de sus compatriotas. No sólo le sucedía a los negros, también a los latinos, a los asiáticos e incluso a algún que otro eslavo. Y no sólo ocurría con los negros de Estados Unidos, sino también con los que residían en otras partes del globo. Pero el hecho de que la tierra de la libertad, la nación que enarbolaba y enarbola la bandera de la democracia hiciera tal distinción entre seres iguales, era algo, cuanto menos, chirriante.

Por entonces negros y blancos compartían país pero no vida. Escuelas, tiendas, restaurantes, trenes o lavabos estaban segregados evitando en la medida de lo posible que negros y blancos se relacionasen. Concretamente la ley establecía de forma tajante que “quedaba prohibida la actividad compartida entre seres humanos de raza blanca con los de raza negra”.

Obviamente lo mismo ocurría en el deporte. No es que no pudiesen jugar entre ellos, es que ni siquiera se podían enfrentar blancos contra negros. Negros contra blancos.

Jack Burgess era un estudiante de Montana, uno de los estados menos poblados de EE.UU. Montañoso y fronterizo con Canadá tenía y tiene una paupérrima densidad de habitantes por kilómetro cuadrado. En Montana no existían leyes raciales, básicamente porque apenas había negros. Por eso Burgess no podía tener una educación racista y por eso Burgess no entendía porque blancos y negros no podían competir en un partido de baloncesto, su deporte favorito.

Tras acabar el instituto Burgess se trasladó a la ciudad de Durham, en Carolina del Norte, en la otra punta del país, para comenzar sus estudios universitarios. Joven de familia acomodada, Burgess se matriculó en la facultad de medicina de la Universidad de Duke. A parte de hincar los codos, Jack formaba parte del equipo de baloncesto de Duke, uno de los programas formativos de basket más relevantes del mundo. A mediados de la temporada 1943-44 estaban invictos.

Ferviente creyente, Burgess tenía contacto con varios alumnos del otro centro de estudios de la ciudad, la Universidad para Negros de Carolina del Norte (hoy en día Universidad Central de Carolina del Norte). Ambos, blancos y negros, se reunían en la iglesia y compartían confidencias en el único lugar donde ambas razas se podían mezclar sin el repudio social. A través de esos fructíferos contactos a Burgess se le ocurrió organizar un partido de baloncesto entre ambas universidades.

Las dos partes estaban de acuerdo. Los blancos estaban invictos en la liga universitaria de blancos. Los negros llevaban un récord de 28-1 aquella temporada de la liga universitaria de negros. Ambos querían enfrentarse y ambos conjuntos pensaban que eran los mejores.

El problema era como disputar un partido en el más absoluto secreto. Era un partido prohibido. Era 1944.

Se puso como fecha el domingo 12 de marzo a las 12.00 de la mañana. Se escogió ese momento porque se pensaba que la mayoría de la población de la ciudad (incluidos los agentes de policía) o bien estarían durmiendo o bien estarían en la iglesia. El pabellón elegido fue el de la Universidad para Negros. Hubo que robar las llaves para poder entrar en las instalaciones. Ningún chaval tenía los arrestos necesarios para pedírselas a un miembro de la junta académica.

El gran problema era como aquellos chicos (sobre todo los visitantes de Duke) se iban a acercar al pabellón sin ser vistos. Declinaron hacerlo en autobús y resolvieron ir en varios coches alquilados. Tuvieron que dar varias vueltas por la ciudad para no ir por la ruta habitual. Cuando bajaron de los vehículos llevaban sombreros y sudaderas tapándoles la cara para que nadie los reconociese.

Una vez dentro cerraron el pabellón y bajaron las luces. En el interior estaban los jugadores, entrenadores, el árbitro y un periodista de ´The Carolina Times´ bajo promesa de no publicar nada al respecto. El plumilla estaba en aquel pabellón para hacer de testaferro.

Según lo que contaron años más tarde, tanto unos como otros, el encuentro fue un cúmulo de nervios y sentimientos exacerbados. Nadie sabía lo que podía pasar si había un golpe o un enfrentamiento. Los blancos no querían hacerle faltas a los negros porque temían las consecuencias. Lo mismo sucedía en el lado opuesto de la pista. Todos, absolutamente todos, dijeron que el resultado era lo de menos.

Pero el resultado no era lo de menos.

Universidad Negra de Carolina del Norte 88-44 Universidad de Duke.

Los negros corrían, driblaban, saltaban y eran agresivos. Los puristas blancos, acostumbrados a dar pases y más pases y a hacer lanzamientos seguros, minusvaloraban un tipo de baloncesto calificado de circense. Una vez que unos y otros jugaron entre sí se demostró que el espectáculo además de circense era efectivo. Muy efectivo.

Para aquellos jóvenes fue un shock. Pero fue un shock pasajero. No se puede decir que hubiese un antes y un después porque el encuentro fue clandestino. Pasarían años antes de que un negro jugase en la NBA y décadas antes de que un negro fuese entrenador de una escuadra profesional.

Pero, lo gordo, lo verdaderamente gordo, ocurrió al finalizar el encuentro. Comprobada la superioridad de los negros, alguien lanzó la pregunta más esperada, ¿y si jugamos otro partido y nos mezclamos para que sea más igualado? Todas las barreras raciales estaban a punto de saltar por los aires.

Jugaron una pachanga todos contra todos, blancos con negros y negros con blancos. Al acabar el encuentro, los negros (los anfitriones) invitaron a los blancos (los visitantes) a tomar unas cervezas. Por supuesto en los vestuarios y a escondidas. Era inviable salir a la luz del día. “Fue un día de alegría. Todos éramos hijos de Dios”, manifestó uno de los chicos.

Todo esto estuvo en el más absoluto secreto hasta cinco décadas más tarde. Hasta la década de 1990. Fue entonces cuando el historiador Scott Ellsworth decidió entrevistar a John McLendon en un estudio sobre la historia del baloncesto negro. McLendon era una leyenda por haber sido el primer entrenador negro en una universidad blanca, el primer entrenador negro en unos Juegos Olímpicos, uno de los primeros entrenadores profesionales….y también había sido el entrenador de la Universidad Negra de Carolina del Norte en 1944.

McLendon habló largo y tendido de lo que ocurrió aquella mágica mañana en la que varios chavales decidieron romper con los cánones establecidos. El partido secreto salió de la clandestinidad y de pronto se convirtió en un mito. Los chicos que quedaban vivos empezaron a dar entrevistas y la NBA difundió la historia y cumplió haciéndoles varios homenajes.

“Los deportes tienen el poder de cambiar el mundo. Tienen el poder de inspirar. Tienen el poder de unir a la gente. Puede crear esperanza donde antes solo hubo desesperanza. El deporte es más poderoso que el gobierno para acabar con el racismo”. Nelson Mandela

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Los años de Jordan en Washington

Entre sus anillos de campeón, sus suspensiones imposibles y sus mates con la lengua de fuera, Michael Jordan hizo dos altos en el camino. En el primero de ellos, hastiado de la fama, con problemas de adicción al juego y sin retos a los que enfrentarse en las canchas, decidió echarse a un lado en su plenitud como baloncestista y dejar la NBA. Durante año y medio, aprovechó para rodar `Space Jam` junto a Bugs Bunny y a deambular por las canchas de béisbol mientras lloraba la pérdida de su padre.

La segunda retirada parecía la definitiva. Había ganado su sexto título con los Chicago Bulls tras una canasta majestuosa en los últimos segundos del encuentro por el título ante Utah Jazz. Era 1998, tenía 35 años y renunciaba al baloncesto en lo más alto con la vitola de ser el mejor jugador de la historia, y, para muchos, también el mejor deportista de todos los tiempos.

Aquel verano la NBA se enfrentaba a una huelga de jugadores, quienes solicitaban un aumento de sus contratos en relación a los crecientes beneficios de patrocinio de la competición. Una huelga provocada en parte por Jordan, porque fue él, junto a Magic y Bird, el que convirtió la NBA en un negocio. Así, con la NBA paralizada, aún tendrían que pasar varios meses hasta que en enero de 1999 Jordan anunciase oficialmente su adiós. A partir de entonces, largas noches en el casino, compromisos publicitarios por medio mundo y días enteros fumando habanos y jugando al golf.

Pero `Air` Jordan, espécimen competitivo por antonomasia, no soportaba estar lejos de la acción. En el año 2000 se hizo cargo de la mayoría de las acciones de los Washington Wizards y se convirtió en propietario de la franquicia de la capital de Estados Unidos. Jordan pronto demostró que como propietario era un desastre con una serie de decisiones catastróficas. No obstante, a la plantilla de los Wizards le traía sin cuidado. De cuando en cuando, `Air` se quitaba la corbata, se enfundaba unas zapatillas y jugaba una pachanga con los que eran sus empleados.

En abril del año 2001 se dispararon las especulaciones cuando Jordan declaró en un programa de radio que estaba perdiendo peso y entrenando por su cuenta. Meses después, en plenas vacaciones estivales, se le caza jugando partidos de entrenamiento contra jugadores universitarios y también frente a jugadores de la NBA de distinto pelaje. Al parecer tiene diversos problemas musculares pero, aún así y a pesar de su larga inactividad, sigue manejando los partidos a su antojo y domando a los rivales en la pista.

Aunque era un rumor muy extendido, el 26 de septiembre de 2001, casi 3 años después de su segunda retirada, y ya con 38 años a sus espaldas, Michael Jeffrey Jordan anunciaba en rueda de prensa su vuelta a la NBA simple y llanamente por su “amor al baloncesto”. Estaba aburrido. Así de simple. Cuentan que un directivo de los Wizards cazó a Jordan con la mirada perdida en la ventana de su despacho durante cerca de un cuarto de hora. Cuando le preguntó que estaba mirando, Jordan, de forma melancólica, sólo acertó a decir que había visto pasar a un niño botando una pelota de baloncesto y se estaba preguntando a donde iría a jugar. Volvía por aburrimiento. Y no volvía con los Bulls, sino con los Wizards, el equipo del que era copropietario. La NBA rebuscó en sus estatutos y le obligó a vender sus acciones. No entraba en la mollera que alguien fuese directivo y jugador al mismo tiempo.

En Washington la gente enloqueció. Se empezó a hablar de campeonato, aunque cualquiera que entendiese un poco de baloncesto sabía que eso era imposible. Los Wizards eran un equipo que deambulaba por la competición. Entre sus compañeros estaban Chris Whitney, Kwame Brown, Hubert Davis o Popeye Jones, nombres y apellidos que son simples retales en el libro de los recuerdos de la NBA. ´Air´ firmó por dos temporadas a razón de 1 millón de dólares por campaña (el sueldo mínimo para veteranos) que donó a las víctimas de los atentados del 11-S.

Volvió a las pistas ante los New York Knicks y se vio a un Jordan con unos cuantos kilos de más y sin pizca de agilidad. No obstante, mantenía intacta su técnica y su precisión quirúrgica en los lanzamientos. Anota 19 puntos, pero también aporta 6 asistencias, 5 rebotes y 4 robos de balón. Su talento y su competitividad estaban indemnes.

En todos y cada uno de los encuentros que Jordan disputó en esta segunda etapa recibía una sonora ovación cada vez que soltaba a la cancha. En la segunda y definitiva campaña, tuvo que salir a saludar al público en todos los encuentros, y en el último, disputado en Philadelphia, recibió una ovación que duró cerca de diez minutos. Por el camino también fue seleccionado para disputar su último ´All-Star Game´, que se planteó como un homenaje a su carrera. En Washington, pasaron a ser el segundo equipo más taquillero de la NBA aumentando cerca de un 40% los ingresos por venta de entradas.

Pero todo fue mucho más complicado de lo que él pensaba.

Jordan hizo dos buenas temporadas. Defensivamente era el Jordan de siempre. Intenso en la custodia exterior, de manos rápidas y siempre al quite a la hora de poner tapones como segundo defensor. En ataque, la fórmula de jugar cambió ostensiblemente. Aunque siguió marcando territorio y amasando el balón, se prodigó en lanzamientos de 5-6 metros (rango de tiro casi en desuso en la actualidad), sin hacer entradas a pecho descubierto y evitando fajarse bajo los aros como había hecho a lo largo de su carrera. Aunque dejo algún mate para el recuerdo, el Jordan de Washington era un cuarentón que no quería ser carnaza para los veinteañeros.

Atormentó a su cuerpo, pero su mente estaba tan clara como de costumbre. En vez de ese primer paso rápido que aniquilaba a su defensor, perfeccionó el ´fade-away´, un lanzamiento con paso hacia atrás que funciona cual asesino silencioso.

El 27 de diciembre de aquel año, a dos meses de cumplir 39 castañas, Jordan anotó 6 puntos, la primera vez en su carrera en la que bajaba de los dos dígitos. Al acabar el encuentro le preguntó a Doug Collins, el entrenador, sí todavía creía que podía jugar. Collins, buen amigo y conocedor de la psique de Jordan, le contestó afirmativamente aunque era una opinión falta de verdad. Dos días después le endosó 51 a los Charlotte Hornets y luego metió 45 ante los Nets. Con problemas en las rodillas se perdió 22 partidos de la temporada pero aun así promedió 22’9 puntos, 5’7 rebotes y 5’2 asistencias, cifras lejanas a sus números en los Bulls, pero dignas de un jugador de primerísimo nivel. Al año siguiente, ya con 40 años a sus espaldas, firmó 20 puntos, 6’1 rebotes y 3’8 asistencias. Y por supuesto dejó un récord difícilmente superable, ser el primer jugador de más de 40 años en anotar más de 40 puntos en un encuentro, concretamente 43 en un duelo ante los New Jersey Nets.

Pero no consiguió ser un líder. Por primera vez en su vida, Michael Jordan tuvo que jugar a la defensiva. Algo a lo que no estaba acostumbrado. Algo a lo que no sabía jugar.

Varios de sus compañeros de equipo se quejaban de que no recibían la atención que merecían y que estaban asfixiados por la presión y las constantes comparaciones. Las críticas más duras las pronunció Larry Hughes, por entonces un escolta muy prometedor y que vio como sus minutos se reducían drásticamente. En la segunda temporada se apreció como en algunos partidos los compañeros no obedecían las instrucciones de Collins y decidían no pasar el balón a ´Air´ en algunos ataques posicionales.

Jordan se llevaba bien con Rip Hamilton (luego campeón de la NBA con los Pistons) y con viejos conocidos como Charles Oakley, Courtney Alexander o Jerry Stackhouse. Pero cuentan que fue muy duro con los novatos, especialmente con Kwame Brown, número 1 del draft, y al que Jordan hacía llorar constantemente en los entrenamientos enervado por su falta de agresividad. La plantilla admiraba la capacidad de sacrificio y de trabajo de un hombre que lo había ganado todo, pero no soportaban los gritos ni las malas caras de un Jordan cuya vida profesional había estado basada en la adulación continua.

Hoy, 20 años después, en los mentideros de la NBA se dice que Jordan se arrepiente de haber jugado aquellas dos temporadas en los Wizards. Que emborronaron su legado. Que nunca tendría que haber vuelto. Es cierto que no se retiró como un héroe. De hecho, fue un final un tanto moñas, con exceso de homenajes. Pero no fue un mal final. Para nada.

Basta con dejar a un lado los recuerdos que uno tenga de Jordan y los Bulls. Una vez hecho este ejercicio de reflexión, llega con apreciar lo que es capaz de hacer una persona de 40 años, con unas rodillas machacadas tras un cuarto de siglo en el deporte de élite, compitiendo en la liga de baloncesto más física y atlética que existe.

https://www.youtube.com/watch?v=ozcoNo_IFJ4

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Jo Jo White. El mejor en el mejor partido que se ha jugado nunca

Tras unos años en el olvido por la combinación de un tumor cerebral y la afectación del alzhéimer, la semana pasada fallecía Jo Jo White. Uno de los mejores jugadores de baloncesto de una de las peores épocas para ser jugador de baloncesto. La década de 1970 es tiempo de cocaína en los vestuarios, apuestas extradeportivas, problemas raciales, peleas en las pistas y pabellones vacíos. Cuando el basket volvió a despegar, Jo Jo ya no formaba parte de la magia.

White era un base fiable, elegante, pulcro y correcto. De esos que adoran los entrenadores y que calan en los vestuarios. Recaló en los Celtics en 1969, cuando los miembros del equipo victorioso de los 60 ya habían colgado las zapatillas. Dicen los historiadores que cuando una institución es fuerte la persona no es relevante. Es decir, cuando la monarquía tiene buenos cimientos el objeto de las críticas es el rey como persona. El problema se da cuando se venera al individuo y se critica a la institución. En la España actual a esto se le llamó ‘Juancarlismo’. Jo Jo White era el base del equipo de las leyendas. Era el base de los Boston Celtics, una de las entidades deportivas más enérgicas de los Estados Unidos. Jugar en ese equipo te convierte en leyenda. No importa quien seas, sólo eres una pieza más de una institución inquebrantable. Año tras año tuvo que luchar contra un fantasma. No era un jugador que dignificó a un equipo. Él era el dignificado por vestir de blanco y verde.

White ganó dos títulos con los Celtics, en 1974 y 1976. Fue siete veces ‘All Star’ y los Celtics le hicieron un homenaje después de su retirada en 1981. Era un caballero dentro y fuera de la pista y se ganó minuto a minuto el respeto de la franquicia y de la NBA. Pero Jo Jo White será recordado para siempre por ser el mejor jugador del mejor partido que se ha jugado nunca.

En la final de la NBA de 1976 se enfrentaron los Boston Celtics y los Phoenix Suns. Los primeros eran y son el equipo más condecorado de los Estados Unidos. La leyenda verde. Los segundos eran una joven franquicia con apenas un lustro de existencia y que habían logrado alcanzar la final tras derrotar en las eliminatorias a los Seattle Supersonics y a los Golden State Warriors, vigentes campeones y grandes favoritos. Los Suns tenían dos baloncestistas destacados en sus filas; un exjugador de Boston llamado Paul Westphal y a un ala-pívot novato que respondía al nombre de Alvin Adams. Por su parte, en los Celtics destacaba Jo Jo White, el pívot Dave Cowens y John Havlicek, máximo anotador del equipo, y todos ellos mitos del baloncesto.

Las finales de la NBA se disputan al mejor de 7 partidos. Los dos primeros encuentros fueron ganados con solvencia por Boston y los dos siguientes, diputados en Phoenix, resultaron ser mucho más reñidos y conquistados por los Suns por un margen muy estrecho. Para el quinto partido de la serie, con 2-2 de parcial, nuevamente la ciudad costera de Nueva Inglaterra iba a servir de anfitriona.

Arropados por su público, los Celtics se pusieron rápidamente 20-5 para acabar llegando al descanso con una clara ventaja de 61-45 bajo la fulgurante actuación de John Havlicek. Tras el intermedio, los Suns, comandados por Westphal, se fueron aproximando poco a poco hasta que un tiro libre a escasos segundos del final les daba una ventaja de 94-95.

Tras una jugada trastabillada, con sólo 3 segundos para el final, Havlicek tuvo dos tiros libres para lograr la victoria. Anotó el primero, pero falló el segundo. Tras recoger el rebote de ataque lanzó a canasta y nuevamente el balón golpeó en el hierro. La estrella de Boston había fallado y el partido tendría una prórroga. 95-95.

En la prórroga el partido se convirtió en una sucesión de canastas, y aunque los Celtics llegaron a tener una ventaja de 4 puntos, los Suns recortaron poco a poco. Otra vez tuvieron los de Boston la oportunidad de ganar. Jo Jo White falló una última posesión y el electrónico permaneció inalterable. 101-101. Y segunda prórroga.

Durante esa segunda prórroga sucedieron dos hechos imprescindibles para entender el devenir de los acontecimientos. Dave Cowens, el pívot titular de los Celtics, fue eliminado por faltas con 26 puntos y 19 rebotes en su casillero. Al mismo tiempo John Havlicek había sufrido un esguince de tobillo y cojeaba por la pista.

En el último minuto, Jo Jo White se echó el equipo a la espalda y tras una espectacular entrada a canasta colocó una ventaja de 3 puntos a falta de 19 segundos para el final. Dado que por aquel entonces no había línea de triples, parecía una distancia insalvable. Rápidamente, los Suns sacan de banda y Van Arsdale en una preciosa suspensión anota. 109-108. Los Celtics tienen todo bajo control. Siguen un punto por delante y tienen la posesión del balón. El suplente de Cowens, Jim Ard, saca de fondo y con los nervios hace un horrendo pase que es cortado en el aire por Westphal. El base de los Suns asiste a un compañero que falla en primera instancia, pero tras un agónico rebote anota en un segundo esfuerzo. En un abrir y cerrar de ojos, los Phoenix Suns dan la vuelta al partido y se ponen 1 punto por delante a falta de 5 segundos.

Los Celtics solicitan tiempo muerto. En la pizarra la primera opción es Jo Jo White. Sin embargo, asfixiado por el marcaje no puede recibir y el balón fue a parar a manos de John Havlicek. Él mismo lo explicaría años después: “Estaba lesionado y no fue mi mejor partido. Recibí el balón y fui corriendo hasta la canasta y me levanté en suspensión con un giro de 45 grados. Lancé a tabla porque a esa velocidad sabía que el tiro iba muy fuerte y rebotaría en el aro”. El balón entró y la gente invadió la pista. Los Celtics habían ganado 111-110.

A partir de entonces la locura. En medio de las celebraciones los jugadores de los Suns acudieron a la mesa de arbitraje reclamando que cuando Havlicek anota todavía quedaba 1 segundo de posesión. El árbitro, Richie Powers, pide calma y solicita el apoyo de la policía. Entremedias es zarandeado por varios aficionados. Tras casi 10 minutos de discusiones, se decide conceder a los Suns una última posesión de 1 único segundo de duración.

Mientras todo esto sucedía, los jugadores de los Celtics estaban en el vestuario celebrando el triunfo. De hecho, Jo Jo White se había quitado las vendas y los protectores de los tobillos y estaba desnudo en frente de la ducha. Se volvió a vestir a regañadientes mientras todo el mundo se preguntaba, ¿qué puede suceder durante 1 segundo?

Lo que vino a continuación, con el público pisando parte de la pista, forma parte de la historia del deporte.

Paul Westphal tuvo una idea. Pidió tiempo muerto. A los Suns no le quedaban. El árbitro se quedó extrañado y le preguntó si estaba seguro. Dijo que sí. Era falta técnica y se castigaba con un tiro libre. Jo Jo White anotaba y el marcador era favorable a Boston por 112-110. ¿Qué había sucedido? Tras la técnica, los Suns podían sacar desde medio campo en vez de hacerlo desde línea de fondo. Con 1 segundo por disputarse si alguna opción tenían los de Arizona de empatar era con un tiro rápido. A mayor cercanía de la canasta, mayores posibilidades de acierto. Westphal sacrificó un improbable lanzamiento de la victoria, por un posible lanzamiento para el empate.

Con un ambiente que rozaba la agresión, el alero Garfield Heard recibió el balón en lo que hoy sería la línea de triple. Tras darse media vuelta en décimas de segundo lanzó una suspensión sumamente arqueada que increíblemente entró dentro. El silencio en el Boston Garden fue sepulcral. Habría tercera prórroga.

El partido iba camino de los 63 minutos y con muchos jugadores eliminados por faltas o al borde del agotamiento. Aquel período fue el momento de gloria de Glen McDonald, un suplente de los Celtics que anotó varias canastas decisivas. Aun así los Suns llegaron a ponerse a dos puntos a falta de 20 segundos, e incluso Westphal estuvo a punto de robar otro balón decisivo, pero Jo Jo White supo esconder la pelota y conseguir al final la victoria por un ajustado 128-126 tras tres prórrogas.

Otra vez hubo invasión de pista, aunque esta vez resultó definitiva. En el vestuario varios jugadores tuvieron que recibir atención sanitaria ante el esfuerzo acometido. Tom Heinsohn, entrenador de los Celtics, hubo de ser intervenido por problemas cardíacos al igual que varios aficionados en Boston y en Phoenix. Varios fans tuvieron que ser ingresados en el hospital por ataques de nervios. El partido había durado casi 5 horas y, de hecho, el comentarista televisivo había llegado a decir; “hoy es viernes. No se preocupen, mañana no hay colegio. Chicos pedid otra Coca Cola a vuestro padre”, lenguaje inaudito en la televisión de aquel entonces.

El partido acabó de madrugada, otro problema televisivo, en una época donde no se veía la caja tonta más allá de las 22:00 horas. De hecho, y ante el temor de que algo así volviese a suceder, la CBS, propietaria de los derechos, programó el sexto partido de la final para el domingo a las 09:00 de la mañana. Física y psicológicamente agotados, ambos equipos disputaron un encuentro lleno de errores del que Boston salió victorioso consiguiendo un nuevo título de la NBA.

Jo Jo White fue el héroe de la eliminatoria. La noche de las tres prórrogas jugó 60 minutos y anotó 33 puntos y 9 asistencias. Promedió 21,7 puntos, 5,8 asistencias y 4,3 rebotes en los 6 partidos de la final. Y se ganó para la historia el título honorífico de ‘hombre de hierro’ y mejor jugador del mejor partido que se ha jugado nunca.

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Elogio desmesurado de Lebron James

Se está haciendo viral un video en Youtube del cuarto partido de las finales de la NBA con el título “Lebron James incredible basketball IQ”. En apenas minuto y medio se desarrolla la inteligencia baloncestística del alero de los Cavaliers en dos jugadas. En la primera, Irving sube el balón y solicita un bloqueo en el poste alto. En el check, los dos defensores de los Warriors eluden dicho bloqueo y manos arriba cortan las líneas de pase. La continuación es efectiva, pero un tercer jugador desde la esquina (Stephen Curry) adivina la intención de Irving y corta el pase, dando lugar a un fulgurante contraataque.

Después de ser espectador en la primera, en la siguiente jugada es Lebron James el que sube el balón. Parece que vuelve a caer en la trampa y sucumbir a la defensa asfixiante de los Warriors, tal y como le había sucedido a Irving. Sin embargo, el alero de Akron finta el pase interior en el momento en el que Curry da el primer paso y a quien envía su asistencia es al jugador que deja libre Curry, quien totalmente solo y desde la esquina anota un triple.

https://www.youtube.com/watch?v=K2k1pVzceWQ

Uno de los principales motivos de porqué el fútbol es el deporte más exitoso a nivel mundial es lo democrático que resulta. No requiere dinero para instalaciones o para equipaciones. Se puede jugar con un número indeterminado de personas y es apto para todas las edades, alturas o pesos. Al fútbol puede destacar un tirillas o un atleta y un marginado social o un niño bien, para entendernos. En el baloncesto, la condición física es una ventaja añadida, muy especialmente a temprana edad. Es por ello que nos identificamos con aquellos jugadores débiles, parecidos a nosotros y que son capaces de llegar al éxito a través de la garra o de la inteligencia. Por eso no nos gusta Lebron James. Es el asqueroso abusón. Un niño que abusaba de adolescentes y un adolescente que abusaba de adultos.

Lebron James siempre fue un jugador odiado. Dotado de una capacidad física exuberante es capaz de jugar en cualquier posición de la cancha con total suficiencia. Lo admito, yo también lo odiaba. A los 15 años era el jugador más solicitado del país y se ganó el apodo de The Chosen One. Era el elegido. La nueva referencia del baloncesto. El hombre que iba a suceder en el trono a Michael Jordan sin ser todavía profesional. Los puristas nos rasgábamos las vestiduras y vomitábamos sapos y culebras ante un niñato que amasaba millones.

Para el gran público español, las primeras referencias de Lebron James son en los JJOO de Atenas. Con 19 años vimos a un jugador con graves carencias en el tiro, con dificultades para defender dos contra uno y con altos signos de desconexión durante gran parte de los encuentros. Un bluff. Sólo veíamos a otro negro descomunal que arrasaba en la zona e intimidaba en las entradas a canasta. Trece años después la evolución es sideral.

Resistencia. Velocidad. Tiro a corta, media y larga distancia. A tabla. Defensa. Mucha defensa. Contraataques. Cambios de ritmo. Rebote. Pase. Manejo de balón. Fuerza. Agresividad. Liderazgo. Leyenda. Los número son (y serán) de espectáculo. Tan sólo dos datos como muestra. En las finales de Conferencia de 2007 (22 añitos) anotó los últimos 25 puntos de su equipo (prórroga incluida) para eliminar a los Pistons en el séptimo partido. Un segundo dato. En la temporada 2012-2013 promedió un 56 % en tiros de campo, una barbaridad para un jugador con un rango de tiro óptimo de 5-6 metros.

Los detractores de Lebron argumentan que de 8 finales de NBA que ha disputado tan sólo ha ganado tres. Un looser. Podrá ser muy bueno, pero le falta el aura de imbatibilidad que hace ¿imposible? la comparación con Jordan o con otros coetáneos como Kobe Bryant. Lo cierto es que exceptuando la final de 2011 que perdió ante los Mavericks de Nowitzki con unas lamentables decisiones ofensivas, toda la carrera de Lebron es digna de elogio y admiración. Poco o nada más pudo haber hecho. Colocó a unos Cavaliers insulsos y sin jugadores de renombre en una final de la NBA y varias finales de conferencia. Ganó dos títulos con Miami y perdió otro ante los Spurs en la mayor exhibición coral de un equipo de los últimos 25 años. Y remontó un 1-3 en contra ante uno de los dos o tres mejores equipos de la historia, los Warriors de Stephen Curry.

A medida que los años pasan, esa animadversión que tenemos por los cachorros que quieren ocupar el sitio de nuestros ídolos, se vuelve éxtasis, admiración y respeto a medida que intuimos su ocaso. El fin de Lebron todavía no se vislumbra, pero ya empezamos a apreciar con respeto su baloncesto, que ha pasado de ser insolente a venerado. Sus derrotas no hacen sino que afianzar una grandeza que lo convierten en el jugador más completo de las últimas dos décadas.

https://www.youtube.com/watch?v=aFL3_WkOa9M

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