NBA

El gigante que cambió las reglas (George Mikan)

Shaquille O’Neal. Más de una década después de su retirada su nombre es de sobra conocido, también para los profanos en baloncesto. O’Neal se asocia a alguien grande, gigante, a una especie de ogro bueno. Un Shrek con pelota naranja. El último gran pívot que ha habido. No uno de esos chicos ágiles y móviles de hoy en día que tiran triples y suben el balón. No. O’Neal fue el mejor recibiendo de espaldas al aro y usar sus kilos para hundir a su rival y machacar el aro. Así ganó tres títulos con los Lakers y así se convirtió en uno de los mejores jugadores de siempre. La fama de O’Neal también se debe a su lengua viperina, su sonrisa perenne, sus bromas, unas al prójimo y otras en contra de su propio cuerpo, y a un aura de niño mimado o de adulto sin cerebro, lo que el lector prefiera. Entre sus joyas está su afirmación de que la Tierra es plana. El caso es que no se le presupone un exceso de neuronas.

Y sin embargo el respeto y la educación por los niños y los mayores siempre han sido parte de su ser. Cuando en el año 2005 un tal George Mikan fallezca a los 86 años víctima de las complicaciones de una diabetes, Shaquille O’Neal correrá en búsqueda de los medios para declarar con un rictus serio impropio de su figura: “Sin el número 99 yo no hubiese existido. Sé quién era él y sé lo que hizo. Era un gran hombre y tuvimos muchas conversaciones. Lo respeto muchísimo”. O’Neal correrá a cubrir los gastos del entierro al conocer los problemas económicos que dejaba a su familia George Mikan.

¿Quién era George Mikan? El primer gran hombre. La primera gran estrella de la NBA. Un jugadorazo desconocido y olvidado a partes iguales. Campeón universitario, cinco veces ganador de la NBA (siete si se cuenta su antecesora), tres veces máximo anotador de la NBA y elegido el mejor jugador de la primera mitad del siglo XX. Cuando en 1996 Shaquille O’Neal firme por los Lakers la revista Sport Illustrated juntará a los cuatro grandes pívots de los Lakers y, con permiso de Bill Russell, de la historia de la NBA; Mikan, Chamberlain (ausente), Abdul-Jabbar y O’Neal. Nada sabía entonces el bueno de Shaq de aquel gigante blanco con gafas que se movía en silla de ruedas. De ahí nacerá una entrañable conexión que duraría hasta el día del fallecimiento de Mikan.

Abdul-Jabbar, O’Neal y Mikan

Alto, rubio y fortísimo, George era hijo de croatas que crecería en un suburbio de Chicago. Pasaba las tardes jugando al baloncesto con sus hermanos en la parte de atrás de la cervecería que regentaban sus padres. Habían hecho el aro con el fondo de un barril de cerveza, pero George no podría disfrutar mucho del invento. Una tonta caída le hizo fracturarse una rodilla. Pasó más de un año postrado en una cama. Era la década de 1930. Tampoco ayudaba que una astilla manipulada por uno de sus hermanos acabase en uno de sus ojos agravando su ya notable miopía. Durante los meses de soledad y aburrimiento George decidió acercarse a Dios y hacerse sacerdote.

Pero es que George tenía que dedicarse al baloncesto. Sus 208 centímetros y 110 kilos de peso eran una razón de peso, valga la redundancia. Era grande, pero mucho más para la época, donde eran escasas las personas que rebasaban los dos metros. Y además era móvil, algo absolutamente inusual. Entonces los jugadores altos se colocaban debajo de la canasta e intentaban aprovechar su altura para anotar. Eran torpes y apenas sabían botar y lanzar. Mikan no era así. Jugaba al tenis y al béisbol y también le gustaba bailar. Era insultantemente ágil para su altura.

No fue pues raro que la Universidad de DePaul de Chicago le diese una beca universitaria. Bien sabía Mikan que entonces uno no se podía ganar la vida con un balón y menos en medio de la II Guerra Mundial, por lo que abrazó con fuerza la posibilidad de conseguir un título universitario. Mas su destino estaba más que escrito. No era raro el partido en el que se acercaba o sobrepasaba los 50 puntos en una época donde las anotaciones eran mucho más bajas que en la actualidad. Y era normal, porque Mikan además de grande, era listo y aplicado. Cumplía con todo lo que le decía su entrenador y comenzó a practicar boxeo con el fin de aprender a soportar los agarrones, codazos y puñetazos con los que era obsequiado en cada partido. Su técnico también le incitó a saltar a la comba, a aprender a tocar el piano para agilizar los dedos y a sacar a bailar a chicas cuanto más bajas posibles para dificultarle los pasos y así ganar en destreza.

Patentó el llamado Mikan Drill (Taladro Mikan) un sistema de entrenamiento que aún se usa en la actualidad. Consiste en lanzar una bandeja con la mano derecha, recoger el balón debajo del aro con la izquierda para elevarlo nuevamente ante el tablero y anotar canasta. Esa facilidad en el tiro unido a su lanzamiento de gancho y a su certeza en los tiros libres con cerca del 80%, cuando los jugadores altos rara vez pasaban del 60%, lo hicieron indefendible. Cuando en 1945 George Mikan anote 53 puntos en la final de la NCAA la liga universitaria dijo basta.

Tocaba un cambio de rumbo.

Mikan no solo dominaba en ataque, también lo hacía en defensa. Se colocaba debajo del aro y frustraba con tapones los intentos de sus rivales. En el verano de 1945 la NCAA pasó a considerarse ilegal los tapones a lanzamientos que se encontraran en trayectoria descendiente en el momento del contacto con el defensor. Es decir, si la parábola del balón inició su descenso y el defensor realiza el tapón la canasta se considerará válida entre o no entre la pelota en el aro. Es una regla Anti-Mikan.

En 1946 George Mikan da el salto al profesionalismo. Lo hace en la NBL una de las antecesoras de la NBA. Los Chicago American Gears le hacen un contrato multianual millonario que nunca se hará efectivo. Jamás le pagarán. Pero a Mikan le da para jugar siete partidos, ser el máximo anotador de la competición y ganar el título. Al año siguiente firmará nuevo título, ya con los Minneapolis Lakers con los que iniciará la costumbre de firmar año a año para evitar sinsabores pasados. George Mikan se incorporó a los angelinos en el quinto partido de la temporada, y ahí nace otra imagen icónica con una buena intrahistoria. Los Lakers no tenían un uniforme para él, así que le dieron la camiseta más grande que encontraron. Por eso, su primer partido con los Lakers lo jugó con el dorsal 21 en lugar de su habitual 99. Y aunque el detalle no se aprecie en el blanco y negro, los pantalones que llevó eran de los Chicago Gears, porque tampoco había ninguno de su talla.

El dominio de Mikan entre los profesionales es tal que cuando en 1948 se crea la NBA inmediatamente se establece la prohibición del tapón en descenso al igual que se había hecho en la liga universitaria para intentar evitar el efecto Mikan. La NBA nace de la fusión de la NBL, que tenía a los mejores jugadores, y la BAA, que tenía a las mejores franquicias (Nueva York, Boston o Philadelphia). Es entonces cuando Mikan pasa de jugar en teatros y gimnasios a hacerlo en grandes pabellones. Celebre es la anécdota de una noche que los Lakers viajan a Nueva York para enfrentarse a los Knicks. En el luminoso del Madison Square Garden se anunciaban con grandes letras de imprenta: Wed basketball Geo Mikan vs Knicks (miércoles, baloncesto, George Mikan vs Knicks)”. Cuando Mikan entró en el vestuario sus compañeros le estaban esperando con ropa de calle y, bromeando, le indicaron que ya que era él el único que iba a jugar contra los Knicks ellos se quedarían tranquilamente descansando en el vestuario.

Mikan viajaba en ocasiones antes que el resto del equipo para esas sesiones publicitarias. El partido anterior, el plato fuerte, era baloncesto universitario (NCAA), porque en aquella época aún tenía mucho más éxito que el profesional. Si en Nueva York la NBA se disputaba en el icónico Garden era exclusivamente por culpa de Mikan. De lo contrario, habría sido en una nave de las instalaciones deportivas que el ejército tenía a las afueras de Nueva York alejada de la mano de Dios.

Tonight: George Mikan

Mikan explotó definitivamente. El hecho de jugar sus partidos en casa en el Minneapolis Auditorium también influyó en ello, ya que el parqué era un par de metros más estrecho que el de otras canchas, lo que favorecía su juego interior. Pero era mucho más que eso. Se instaló en cerca de los 30 puntos y 13 rebotes por partido y se convirtió también en el máximo asistente de los Lakers. En las finales de la NBA de 1949 jugó los tres últimos partidos por el título con la muñeca rota y aun así logró el campeonato promediando 30’3 puntos por choque.

Los Lakers, llamados así por los miles de lagos que hay en Minnesota (hasta 1962 no se mudarán a la soleada Los Ángeles en California) ganaron los siguientes campeonatos basándose en ataques estáticos y lentos esperando a que Mikan se incorporase al ataque. Llegaron a jugar una eliminatoria a siete partidos con los Harlem Globetrotters, por entonces no un equipo de circo sino el mejor equipo negro del mundo, dado que a los jugadores de color se les había vetado la presencia en la NBA. Ganaron los Lakers con Mikan como estrella y ese fue uno de los motivos por el cual los blancos perdieron el miedo y permitieron la aparición de negros en la NBA.

El dominio era tal que se producían situaciones esperpénticas. En un partido de la temporada 1950-51 los Pistons se pusieron por delante y decidieron retener el balón en sus manos para ganar por un ridículo 19-18. Entonces no había reloj de posesión y se podía hacer semejantes barbaridades. Mikan acabó con 15 puntos de los 18 de su equipo, casi todos ellos a través de tiros libres. Aquel año no llegó a jugar los playoffs al lesionarse la rodilla que se había fracturado de niño, pero volvió con fuerza para competir al año siguiente.

Tocó un nuevo cambio de paradigma. Una nueva reinvención.

La NBA reaccionó para evitar que Mikan siguiese devorando a los rivales cerca del aro y acabara con la competición. De hecho, se llamó Mikan Rule (la regla Mikan) a la ampliación de la zona en la que solo se podía estar tres segundos, que pasó en 1951 de situarse a 1’8 metros a ampliarse a 3’6 del aro (algo que se movería años más tardes a 4’9, de nuevo, por culpa de un gigante, en este caso Wilt Chamberlain). Era el primer intento de separar a un gran pívot dominante, aunque tosco y rudimentario para nuestros estándares, de su zona de influencia.

Los porcentajes de acierto de Mikan descendieron del 43 al 38%, pero no fue suficiente. Lo tenía más difícil, pero también lo tenían los demás. Los defensores igualmente hubieron de alejarse de la zona y colocarse más distantes entre sí. Era más difícil que Mikan sufriese un 2 contra 1 en defensa y, de hecho, la Mikan rule, inauguró de facto el baloncesto de 1 contra 1 en el juego interior. Por vez primera Mikan no fue el máximo anotador del año, pero volvió a llevarse el título al derrotar los Lakers a los Knicks en el séptimo y decisivo duelo de la final por 82-65 con 32 puntos de George Mikan.

Para intentar neutralizarlo, la NBA llegó a probar en un partido con subir la canasta 60 centímetros, pero suspendieron la idea al darse cuenta de que lo único que hacían era favorecer, precisamente, a los más altos.

Aún le daría a Mikan a ganar un par de títulos más. Los años pasaban y por vez primera bajó de los 20 puntos por temporada, pero seguía imponiendo su ley en el rebote. En 1954 llevaba siete títulos (cinco de la NBA) y tocaba otro cambio de rumbo.

Otra vuelta de tuerca al reglamento.

El reloj de posesión también llegó por Mikan

En 1954 la NBA adoptó el cambio que pondría patas arriba el baloncesto. El establecimiento del reloj de posesión de 24 segundos (de 30 segundos en la FIBA) supuso la línea divisoria entre el baloncesto primitivo y el baloncesto moderno. Mikan llevaba a los Lakers a la victoria a través de un ritmo muy bajo para poder operar por la pista con comodidad. Los rivales comprendieron que la única forma de pararlo era alargar al máximo las posesiones si conseguían ponerse por delante. Aquello, aunque no llegase al nivel enfermizo de los Pistons, provocaba partidos soporíferos, por lo que la NBA reaccionó e introdujo el reloj para transformar el ritmo y la intensidad.

Pero Mikan ya no estaba. En 1954 decidió retirarse. Siempre fue un caballero y nunca alzó la voz, pero los agarrones, las cargas, los golpes y los placajes habían hecho mella en su cuerpo. Ed Macauley, uno de sus enconados rivales en Celtics y Hawks, bromeaba que cuando chocaba despistado con una columna fuese en un hotel o un aeropuerto siempre pedía perdón por el tropezón al señor Mikan. El caso es que George había perdido frescura y, además, de aquella el baloncesto no permitía vivir de rentas, por lo que tocaba salir al mercado laboral.

Las críticas fueron feroces y lo fueron aún más cuando tras un año de ausencia Mikan decida volver a la NBA. Fue una temporada muy dura en la que, aun firmando unos números decentes, se vio desarbolado por la rapidez que entonces se le había imprimido al juego gracias al reloj de posesión.

Mikan. 1950

George Mikan fue un gigante, una superestrella. Shaquille O’Neal con medio siglo de antelación. Pero es desconocido. Olvidado hasta por aquellos que viven de la canasta. Jamás fue estético (jugaba con gafas), las fotos que tenemos de él son en blanco y negro y apenas hay imágenes en movimiento. En 1954 se estableció una línea. Lo de antes no importa. Lo de antes es primitivo. Lo de antes es George Mikan. Pero conviene recordar que lo que vino después de 1954 no hubiese existido si la tiranía de George Mikan no hubiese obligado a cambiar unas cuantas reglas.

Fue la primera estrella del baloncesto profesional, un pívot cuyo dominio cambió las reglas de este deporte. Y no fue una vez, sino hasta tres las veces que se cambió el reglamento para intentar pararlo.  Sobre sus hombros empezó a levantarse la dinastía de los Lakers, aunque la franquicia, que vive de espaldas a todo lo anterior a su mudanza a Los Ángeles, no quiso retirar su número hasta hace apenas unos años.

«No habría tenido ese gancho si no hubiera aprendido los fundamentos de Mikan», dijo Abdul-Jabbar. Todos los grandes pívots jugaron en los Lakers. Wilt Chamberlain promedió 30’1 puntos y 22’9 rebotes para dos títulos, Kareem Abdul-Jabbar 24’6 y 11’2 para seis campeonatos y Shaquille O’Neal 23’7 y 10’9 para cuatro títulos. George Mikan 23’1 y 13’4 para siete entorchados (cinco de ellos de la NBA).

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El draft de Kobe Bryant

Verano de 1996. East Rutherford. Quincuagésima cuarta edición del Draft de la NBA. Con el fin de garantizar una liga competitiva, evitando grandes desequilibrios entre los equipos participantes, en 1947 se introdujo en la NBA el sistema de draft. Cada verano, los equipos, en orden de peor a mejor clasificación (con ciertos matices que no vienen al caso), elegirían a los jugadores interesados en entrar en la NBA. La tradición dicta que los designados procedan del sistema universitario norteamericano, pero, desde finales de los 90 el draft, progresivamente, se ha abierto al mercado internacional.

Ese año el mejor jugador elegible en el draft era un chico de 17 años. Su nombre era Kobe Bean Bryant.

La norma dictaba que todo jugador que se presentase al draft debía haber acudido a la universidad o haber contado con contrato profesional fuera de Estados Unidos. Mas en 1995 se abolió esa norma permitiendo que las estrellas de instituto saltasen directamente al draft de la NBA. Minnesotta Timberwolves había apostado por un tal Kevin Garnett en el puesto número 5 y el resultado había sido discreto, pero también prometedor. Solo en el tramo final de esa primera temporada se llegó a vislumbrar lo que Garnett podía llegar a ser.

Así que el dictamen de los expertos era claro. Esos chicos eran potenciales estrellas, pero tardarían años en desarrollar ese potencial. Los dueños de los clubes tenían miedo de elegir a un jugador tan joven solo para dedicarle años de maduración y cuidados con el riesgo de que se marchara después, en cuanto fuera agente libre y justo cuando estuviera alcanzando su primer pico de máximo rendimiento. Eran hipotecas a medio y largo plazo. Y en el deporte profesional solo existe el corto plazo. La NBA era lugar para hombres curtidos, formados y musculosos. Y mucho más en los 90 donde el baloncesto ultradefensivo era el predominante. No. No era lugar para chavales que aún no tienen permiso para beber una cerveza.

Kobe Bryant era fantástico. Un extraordinario escolta con un irrefrenable deseo de ganar. Pero era un saco de huesos con muelles en los pies. Si alguna franquicia quisiese apostar por un ‘wonder boy’ lo haría por uno alto y engreído, capaz de hacerse fuerte en la zona y dominarla con su cuerpo. Garnett cumplía de largo con esa definición. Moses Malone lo había hecho ganando tres MVP de la NBA. Malone, una fuerza de la naturaleza de 206 centímetros, había renunciado a ir a la universidad en 1974 y, tras dos años de profesional en la ABA, había entrado en la NBA por la puerta grande en 1976 erigiéndose en buque insignia de los Houston Rockets. Pero Malone, al igual que Kevin Garnett, eran pívots. Y Kobe era un escolta.

En ese torbellino habitual de juegos psicológicos que es el draft todos los ojeadores admitían que el mejor era Bryant. Y no sólo era el talento. Había algo más. Para acceder a la División I de la NCAA se requerían unas notas de elegibilidad académica que muchos no tenían. Es cierto que se hacían trampas, pero ni las universidades más permisivas podían ocultar lo imposible. Así que muchos jugadores se iban a Europa durante un año a ganar dinero antes de presentarse al draft de la NBA. Garnett, horripilante estudiante, había roto con ese modelo de acción y no le había ido del todo mal.

No era el caso de Bryant. Kobe era un estudiante modélico, pero no quería ir a la universidad. Sencillamente su objetivo, su único objetivo, era la NBA. No sólo era un voraz anotador, Kobe era inteligente y competitivo, con soberana capacidad de concentración, con la expresa idea de ser el mejor, un ego desmedido y, en tiempos de ropas anchas y cadenas de oro, vestía siempre con traje y corbata. No sólo impresionó a los ojeadores, también a los psicólogos.

Pero tenía 17 años. 17 malditos años. Todas las franquicias admiran sus condiciones, no obstante tan sólo tres están interesadas en contratarlo.

Kobe Bryant: las leyendas son eternas
Bryant a los 17

La primera es Philadelphia 76rs. Kobe Bryant es de Philadelphia. Había abandonado el instituto Lower Merion como el máximo anotador de su historia superando a Wilt Chamberlain y había sido escogido en el quinteto ideal sub-18 de Estados Unidos. Además, Joe Bryant, padre de Kobe, había tenido una sólida carrera como suplente en los 76rs. Kobe era el ídolo local y la elección se tornaba en lógica. Sin embargo, los 76rs contaban con la primera elección del draft y sería un suicidio dársela a un chaval de 17 años. La elección lógica era la de Allen Iverson, estrella de la Universidad de Georgetown, capaz de masacrar al rival a golpe de fintas y canastas o de sofocarlo con defensas extenuantes. Era un proyecto hecho y derecho.

El siguiente en la lista son los New Jersey Nets. Tienen la elección número 8 y buscan un jugador exterior. Kobe Bryant encaja con el modelo. Además, los Nets pertenecen al gran mercado de la ciudad de Nueva York, la cual es urbe relativamente cerca de Philadelphia, por lo que los padres de Bryant aplauden con las orejas la idea. Sin embargo, los Nets cuentan con nuevo entrenador. Se trata de John Calipari, afamado técnico universitario, que afronta su primera aventura profesional en la NBA. A Calipari le gusta Bryant, pero sabe que tiene que ganar desde el primer día. Tiene dudas sobre el tiempo que necesitará para que Kobe pase al siguiente nivel.

El otro equipo interesado es Los Ángeles Lakers. Su director deportivo entonces es Jerry West, logo de la liga y quizás el mejor escolta de la historia de la NBA hasta la aparición de Michael Jordan. West decide montar un entrenamiento secreto en Los Ángeles para Bryant. Será un uno contra uno. Cita a Michael Cooper, fenomenal defensor ya retirado de los Lakers que acaba de cumplir 40 años. Bryant lo humilla y West lo tiene claro. “Es mejor jugador que cualquiera de los que tenemos actualmente en la plantilla”. Los Lakers irán a por Kobe Bryant.

El problema es que los Lakers no tienen una elección alta en el draft. No escogen hasta el puesto 24º y es harto complicado que Bryant caiga a cifra tan baja. Es seguro que los Nets (8º) lo escogerán, pero si los de New Jersey se echasen atrás, había más candidatos. Los Sacramento Kings (14º) y los Phoenix Suns (15º) buscan jugadores exteriores y no tienen urgencia por ganar. Si Bryant está a tiro, lo escogerán. Y mucho más cuando escuchen que el gran Jerry West apuesta por Kobe. Las dudas de los Nets y de Calipari desaparecerán cuando el gran tótem de los Lakers de su visto bueno al prometedor adolescente.

Para enrevesar más el asunto, Kobe Bryant necesitaba imperiosamente ser seleccionado entre los quince primeros del draft de la NBA. Arn Tellem, su agente deportivo, había negociado un fabuloso acuerdo de patrocinio de un millón de dólares con Adidas que sólo se haría válido si Bryant estaba entre los quince mejores. Joe y Kobe Bryant se habían lanzado a un precipicio sin red. Al padre le habían ofrecido el cargo de entrenador asistente de la Universidad de La Salle sólo para captar a su hijo. Rechazarlo significaba también perder su puesto de trabajo. Duke, North Carolina o UCLA también cortejaron a Kobe, pero fue en vano. No habría carrera universitaria. Pero el plan, el atajo para ir a la NBA, dependía de ser elegido entre los quince primeros.

Si los Lakers quieren a Kobe Bryant tendrán que hacer magia.

Jerry West still can't believe no one else drafted Kobe Bryant in 1996 |  Sporting News
West y Bryant en 2010

Llega así la noche del draft. El talento presente es tremendo. No en vano el paso del tiempo lo dictará como uno de los mejores drafts de la historia. Como está cantado en el primer puesto Philadelphia escoge a Allen Iverson. Los siguientes puestos también son secretos a voces y son para jugadores que acabaran siendo campeones de la NBA (Ray Allen y Antoine Walker), All-Stars (Stephon Marbury y Abdur-Rahim) y también un mejor defensor de la temporada (Marcus Camby).

La séptima posición del draft es para Los Ángeles Clippers, el segundo equipo de la ciudad californiana.

Los Ángeles. Y aquí conviene hacer un inciso.

Arn Tellem, el agente del joven Bryant, tiene un acuerdo con Sonny Vaccaro. ¿Quién es Vaccaro? El hombre que en nombre de Nike había convertido a Michael Jordan en una mina de oro. Vaccaro acababa de lanzarle un órdago a Nike en forma de subida de sueldo y, rechazado, se había ofrecido a Adidas. Y Vaccaro sabía que su Jordan era Kobe. El Jordan de Adidas. Vaccaro era consciente de que no bastaba con meter canastas, había que vender, vender y vender. Y no existe mejor mercado para el capitalismo que California. Tellem y Vaccaro lo tienen claro. Kobe Bryant tiene que irse a Los Ángeles.

Pero no. Los Clippers prefieren ir a lo seguro. Son el eterno perdedor de la NBA y la mofa del resto de equipos. Podrían echarle bemoles y romper el mercado, pero el miedo es mucho mayor. No van a elegir a un chaval de 17 años y convertirse en el hazmerreír del mundillo. Y Kobe opina lo mismo. Él es un ganador y no piensa irse a un equipo perdedor.

Así que los Clippers seleccionan a Lorenzo Wright, un correcto pívot de 2’11 que hará una consistente pero discreta carrera en la NBA.

Llega la elección número 8.

El draft de la NBA tiene su aquel. En las primeras elecciones, entre una y la otra, hay un receso de tiempo. Y mientras hay llamadas. Muchas llamadas. Que yo te cambio mi puesto por esto y lo otro. Que yo te vendo a fulanito si tú me dejas elegir a menganito. Es en el último momento cuando el director deportivo del equipo llama al comisionado de la NBA para decirle el nombre del escogido. Hasta entonces muchas cosas pueden suceder.

La mañana del draft tiene lugar una última sesión de contacto con los jugadores. Unas postreras impresiones. Esa mañana Kobe Bryant rechazó reunirse con los representantes de los New Jersey Nets. También con los de Sacramento Kings y con los de Charlotte Hornets. Esa mañana Sonny Vaccaro llamó a Calipari y la amenaza fue clara: “Tengo un acuerdo con los Lakers, si tú y tu equipo lo estropeáis, lo lamentaréis”.

Kerry Kittles Photo Gallery | NBA.com
Kerry Kittles

Y hubo algo más. Arn Tellem y David Falk eran los representantes del momento. ¿Quién era David Falk? El representante de más de 100 jugadores…entre ellos Michael Jordan. Falk llevaba los asuntos de Kerry Kittles, un escolta de la universidad de Villanova, área cercana a Nueva Jersey, y donde Kittles quería jugar a toda costa. Kittles era un gran escolta, mejor en esos momentos que Bryant (luego, años después, diría que había compartido entrenamientos con Kobe aquel verano y que si él hubiese sido el dueño de una franquicia habría apostado por Bryant sin dudarlo) por lo que era una buena elección. Falk usó su poder de convicción (o sus dotes de mafioso, como ustedes prefieran enfocarlo) para advertir a los Nets de que, en caso de no escoger a Kittles, se olvidasen de seguir haciendo asuntos con sus negociados.

Llegamos entonces al momento de la elección. Se produce entonces una llamada. Los Lakers ofrecen el traspaso de Vlade Divac, su entonces pívot titular, a cambio de los derechos de la elección de los Nets. Los Nets rechazan el acuerdo. No se van a desprender de su número 8. Ellos necesitan un escolta. Pero todas las tácticas intimidatorias surten efecto.

Los New Jersey Nets escogen a Kerry Kittles con el número 8 del draft de la NBA de 1996. Será titular en las dos finales de la NBA que los Nets jugarán y perderán en 2002 y 2003. Una de ellas contra los Lakers. En aquella final Kittles promedió 12’1 puntos. Kobe Bryant 26’6 dianas. Kittles se retiró en 2005. El año de su retirada Bryant anotó 27’6 puntos por partido. Aun jugaría once campañas más.

Llega entonces el momento de tomar decisiones erróneas. Las siguientes franquicias solo buscan pívots. Y lo que hay no es gran cosa. Samaki Walker, Erick Dampier, Todd Fuller y Vitaly Potapenko. Cuatro jugadores prescindibles de la mente de cualquier persona sea o no sea aficionado al baloncesto. Llegamos pues a la elección número 13. Pertenece a Charlotte Hornets.

Los Hornets también quieren un pívot. Y no hay mucho donde escoger. Y ahí es donde Jerry West debe hacer magia. Hace el mismo ofrecimiento que le había hecho a los Nets. Sacrifica a su pívot titular a cambio de la elección número 13. Su objetivo es evitar que se llegue a la siguiente elección, la número 14, la de los Sacramento Kings, porque los Kings sí que quieren a Kobe Bryant.

Los Hornets aceptan. Y no es mala decisión. Divac forma parte del estrellato de la NBA. Es uno de los primeros jugadores europeos en triunfar al otro lado del Atlántico. Los Hornets pasarán de no clasificarse para playoffs a sumar 54 victorias y plantarle cara a Knicks y Bulls en la lucha por el título. Pero eso se sabrá después. Divac amenazará con volver a Europa si se consuma su traspaso a los Hornets, aunque al final acabará dando su brazo a torcer. En 1998 firmará por los Kings donde se convertirá en leyenda junto a su compatriota Peja Stojakovic, escolta escogido en el puesto 14, justo después de Kobe Bryant, en el draft de 1996.

Así pues, los Charlotte Hornets seleccionan a Kobe Bryant con el número 13 del draft de la NBA de 1996. Bryant se hace la foto con la gorra de los Hornets e inmediatamente después se venden sus derechos y se convierte en jugador de Los Ángeles Lakers.

Abejorro por unos instantes - foto 28 - MARCA.com
Bryant 13ª Charlotte Hornets

Como Ray Allen o Antoine Walker, Peja Stojakovic también fue campeón de la NBA. Steve Nash (dos veces MVP), Jermaine O’Neal o Zydrunas Ilgauskas fueron los otros jugadores que fueron All-Stars. Junto a los de 1984 y 2003, el draft de 1996 forma parte del pódium de las mejores camadas de baloncestistas de todos los tiempos. Todos los citados fueron grandes jugadores, pero ninguno alcanzó ni por asomo los éxitos y el legado de Kobe Bryant, campeón de la NBA cinco veces con los Lakers, MVP de la NBA y 18 veces All-Star.

“No te lo vas a creer, Jerry, pero te he conseguido al mejor jugador de este draft”. Jerry West en conversación con Jerry Buss (propietario de los Lakers) tras hacerse con los derechos de Kobe Bryant.

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¿Por qué en la NBA se juegan playoffs?

Cuando la primavera muere y el verano acecha los playoffs de la NBA alcanzan su esplendor. Los playoffs son una figura deportiva intrínseca a la mentalidad norteamericana y, aunque para nosotros está asociada al baloncesto, los encontramos en cualquier otro acontecimiento deportivo con sello estadounidense. Sea fútbol americano, béisbol o hockey, las eliminatorias para decidir al campeón otorgan drama a un espectáculo ya de por si agonístico.

La existencia de los playoffs se remonta al inicio del deporte. La vasta extensión de Estados Unidos y Canadá hizo obligatorio dividir por territorios a los distintos equipos profesionales de ambos países. Las divisiones comarcales no permitían establecer un campeón nacional y se antojaba imposible instaurar una liga que cubriese semana tras semana los más de 4.000 kilómetros de distancia entre la Costa Este y la Costa Oeste de Norteamérica.

La solución consistió en dividir Estados Unidos por divisiones geográficas. Cada división en la NBA (hoy son seis) contaría con unas franquicias (hoy son cinco) que se enfrentarían entre ellas para lograr un primer puesto que les permitiese disputar unos playoffs por el título contra otros campeones de división. Al hacer esto se reducen los costes de los viajes y se gana en intensidad y dramatismo.

Choca esto con la mentalidad del Viejo Continente. El deporte europeo se basa en tres tipos de resultados: victoria local, empate y victoria visitante. De igual modo, cuando existe un torneo de eliminatoria directa se establece un sorteo. Dicho sorteo funcionaba como una lotería donde el azar hacía su aparición. Solo en tiempos modernos e, influido por la tendencia estadounidense, se establecieron los condicionantes y los cabezas de serie. En el Nuevo Continente toda liga sirve como un proceso de selección natural en el que los mejores se clasifican para un torneo final eliminatorio donde los cabezas de serie se eligen por el porcentaje de victorias.

En la opinión del que escribe esta diferencia radica en el concepto de justicia. Para un europeo el resultado de una liga regular demuestra quien ha sido el mejor a lo largo de un recorrido, quien ha sido el más fuerte a lo largo de una temporada. Esto implica que los mejores ganarán, pero, por un sentido de justicia y caridad, deben existir otros torneos donde el débil tenga su oportunidad. En las eliminatorias (copas) el azar sirve como balanza de la justicia que demuestra que, aparentemente, todos somos iguales. Es como el pan de los pobres que mantiene la ilusión de la felicidad.

Para un estadounidense no existe sentido de la justicia que pueda hacer creer que los últimos clasificados de una liga merezcan tener alguna opción de victoria. Sin embargo, crean ligas que irremediablemente cuentan con ‘playoffs’ por el título para demostrar que la justicia es igual para todos. Los mejores siempre parten con ventaja, pero deben demostrarlo, tanto a la larga como en las distancias cortas. Aquí el que manda juega con las cartas marcadas, pero siempre tiene que jugar. La justicia es igual para todos. La incertidumbre del resultado, y he aquí el quid de la cuestión, es mayor en el deporte norteamericano, aunque la sensación para el aficionado es que es mayor en el deporte europeo.

Al principio las series de playoffs estaban reservadas a cuatro equipos. El meollo del deporte norteamericano se concentraba en las 13 colonias originales y se extendía más allá de los Apalaches hasta los Grandes Lagos. Por el medio la nada, pero a lo lejos, muy a lo lejos, quedaba el interesantísimo mercado de California. La pujanza de ciudades como San Francisco y Los Ángeles y la expansión de los vuelos comerciales obligaron a crear la Conferencia Este y la Conferencia Oeste y dividir el pastel en dos mitades.

De este modo, los equipos de una misma división juegan cuatro veces entre ellos, entre tres o cuatro veces contra otras divisiones de una misma conferencia y dos veces al año contra los de otra conferencia para completar un total de 82 partidos de liga regular de la NBA. Por poner un ejemplo, los Boston Celtics juegan cuatro veces por temporada contra los New York Knicks (350 km de distancia), tres o cuatro contra los Chicago Bulls (1.500 km de distancia) y dos veces frente a Los Ángeles Lakers (4.800 km de distancia). Dado que los Celtics optan a enfrentarse a Knicks o Bulls en playoffs, el número de desafíos puede llegar hasta la decena en una temporada. Mientras, Celtics y Lakers sólo podrían ampliar sus duelos en una hipotética final de la NBA. Este sistema fomenta las rivalidades regionales y hace mucho más interesantes y especiales los duelos contra equipos de otras latitudes.

Si bien la división geográfica ha variado con el paso del tiempo, lo que nunca lo ha hecho es el número de partidos para decidir el campeón. Son más de 75 temporadas desde del nacimiento de la NBA y son los mismos años del alumbramiento del ‘game seven’, las dos palabras más hermosas del deporte norteamericano. Si bien las primeras rondas llegaron a jugarse al mejor de tres o de cinco encuentros, el choque decisivo por el título siempre se ha decidido al mejor de siete partidos.

Desde 2003 las cuatro rondas (primera ronda, semifinales de conferencia, finales de conferencia y finales de la NBA) se juegan al mejor de siete, por lo que cada año tenemos hasta 15 opciones diferentes de llegar a un séptimo partido. Todas las franquicias de la NBA han jugado un ‘game seven’ y los Celtics, como no, tienen el récord de triunfos en el instante decisivo. Michael Jordan sólo jugó tres ‘game seven’ y ninguno de ellos en las finales de la NBA. Lebron James se llevó el título en 2016 tras remontar un 1-3 por vez primera en la historia tras un agónico séptimo partido. Y Bill Russell jugó diez y ganó los diez, incluyendo el séptimo partido de la final de 1957 que los Celtics ganaron a los Hawks tras dos prórrogas, hecho inaudito hasta la fecha.

Remembering Bill Russell's 1954 record-setting performance at Mackay  Stadium | Nevada Sports Net
Russell, el señor de los anillos

Las rondas de playoffs al mejor de siete encuentros se juegan en formato 2-2-1-1-1 siendo los dos primeros partidos en casa del mejor clasificado y el último, si fuese necesario, también. Entre 1984 y 2013 el formato de las finales NBA cambió a 2-3-2 emulando el usado en la NHL (hockey sobre hielo), para luego recuperar el tradicional. Se dice que ganar el tercero es clave y que el que se pone 3-2 a favor en el quinto es virtual campeón. La estadística también confirma que un 2-0 o un 3-1 es definitivo, aunque el deporte vive de la épica. Y la épica nace al quebrar lo cotidiano.

Nunca un equipo ha remontado un 0-3 en contra. Existen un par de casos en la NHL, pero ninguno en la NBA. Tan solo existen tres casos de un 0-3 que se convirtió en un 3-3 para acabar muriendo en el séptimo decisivo. Una serie entre Jazz y Nuggets en 1994, otra entre Mavericks y Blazers en 2003 y la final de la NBA de 1951 cuando los Knicks remontaron a los Rochester Royals (hoy Sacramento Kings) para claudicar en un doliente ‘game seven’.

Aquella de 1951 fue la primera final de la NBA decidida en un ‘game seven’. Hasta la fecha, 19 campeones se han decidido en el definitivo ‘win or go home’. Icónica fue la victoria de los Knicks con un Willis Reed a lo Cid Campeador en 1970, la victoria de Bird contra Magic en 1984 o el último Lakers-Celtics en 2010. Pero nada igual como la ya comentada remontada de los Cavaliers de Lebron en 2016 ante Golden State Warriors que aquel año había logrado el récord de victorias en temporada regular (73-9).

Aunque a Europa le costó en un principio, los playoffs pronto se convirtieron en norma en el baloncesto FIBA. No sólo en el baloncesto, sino también para el béisbol o el hockey sobre hielo, éste último con abundantes seguidores en Europa del Este. Para los deportes creados en la vieja Europa los playoffs no son una opción. Alguna liga de fútbol menor como la belga los usa sin demasiado éxito y en las ligas mayores ni se plantea. Hubo un intento a mediados de los 80 en España que acabó con la paciencia de hasta los más calmados y que posee materia para un largo artículo.

Sin embargo, el problema de las distancias no es ajeno a Europa. Las primeras competiciones deportivas (pongamos por caso el fútbol) se disputaban en torneo de copa ante la imposibilidad de cubrir grandes distancias semanales para implantar una liga. Inglaterra, pequeña e industrializada, pronto lo solucionó gracias al ferrocarril, pero países como España o Italia tardarían décadas en remediarlo. Incluso la avanzada Alemania tuvo que esperar a los años 60 para implantar una liga nacional tras la barbarie de la II Guerra Mundial y las diferentes disputas regionales de los länders.

A diferencia de los playoffs donde el vencedor lo es tras ganar un número determinado de partidos (hay ligas de baloncesto como la turca que juegan al mejor de siete pero lo normal en Europa es jugar al mejor de cinco y en algunos casos al mejor de tres), la solución europea fue implantar el sistema de ‘knockout’. El formato copero de ida y vuelta garantiza beneficios de taquilla en cada estadio y minimiza al máximo los gastos de desplazamiento. En competiciones europeas se sigue utilizando el mismo formato ya bien andado el siglo XXI.

El problema es que si bien en un sistema de playoffs la victoria o la derrota de un equipo es igual de válida sea en el último segundo o se consume una paliza de proporciones bíblicas, en el ‘knockout’ una amplia victoria en el partido de ida deja en la intrascendencia el de vuelta. Para ello se inventó la final en campo neutral, en una suerte de ‘game seven’ decisivo. Y aquí fue Estados Unidos quien copió a Europa creando para el fútbol americano, su deporte estrella, la Super Bowl, un binomio que, como el ‘game seven’, está lleno de encanto, presión, ardor, épica y héroes que nacen e historias que mueren.

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Cuando Pedro Carrillo se convirtió en Pete Carril

Pensilvania es un rectángulo casi perfecto. Uno de esos estados tirados con escuadra y cartabón producto del funcionalismo de los padres fundadores de los Estados Unidos. Fue William Penn el que tomó posesión de esas tierras en nombre del rey de Inglaterra y fue en Pensilvania, concretamente en su capital Philadelphia, donde los descendientes de aquel cuáquero inglés firmaron la Declaración de la Independencia y constituyeron los Estados Unidos de América.

Pensilvania era lugar de profundos bosques (Penn + selva) y generosos pastos. Pero con los años Pensilvania se convertiría en uno de los ejes del rápido crecimiento del país gracias a su industria pesada. La ciudad del acero por excelencia era Pittsburg, urbe situada al oeste del estado. Ahora sin humos, revela un paisaje de fábricas abandonadas de cristal y acero. Pittsburgh era la más conocida de esas ciudades que comenzaron brillando con el siglo XX y acabaron en la penumbra en el XXI. Otra de ellas era Bethlehem (Belén), situada en la otra punta de Pensilvania y lugar donde se asentaba la acería más grande de Norteamérica. Allí, en su época de esplendor, llegaron a censarse ciudadanos de más de ochenta países diferentes, todos emigrados en busca de un futuro mejor.

Entre esos miles y miles de extranjeros los había españoles. Uno de ellos era de Riaño, León, pueblito a los pies de los Picos de Europa. Pronto encontró trabajo en la acería. Había centenares de trabajadores españoles en Bethlehem y estaban muy bien valorados porque no protestaban (quizás también porque no sabían el idioma) y la mayoría tenían experiencia en los altos hornos vizcaínos o en las minas asturianas. De hecho, aquel leonés se había casado con una salmantina cuando trabajaba en los Altos Hornos de Bilbao.

Al poco la citada pareja tuvo un hijo. Le pusieron Pedro José y su apellido era Carrillo. Era 1930. Empezó la escuela chapurreando inglés y deseando acabar las clases para echar una partida a la brisca con su padre y jugar al fútbol con los otros niños españoles del barrio. Pero Pedro estaba mucho tiempo solo. Su padre trabajaba de sol a sol y a la pobre de su madre la perdió el mismo día que vino al mundo su hermana pequeña. Así que con tanto tiempo libre cultivó otras aficiones. Lo que más le gustaba era coger el autobús y acercarse a la cercana Philadelphia a ver los partidos del equipo de baloncesto de la Universidad de Pensilvania. Lo que más le llenaba de la experiencia era decirles a sus amigos que ‘The Palestra’, que así era como se llamaba el histórico pabellón aun en pie, había sido construido con acero fabricado por su padre.

The Palestra - Wikipedia, la enciclopedia libre
The Palestra

Pronto Pedro dejó el soccer y se pasó al baloncesto. No era alto, apenas media 170 centímetros, pero le encantaba aprender y era extremadamente listo. Destacó en el instituto, aunque el básquet universitario ya fue demasiado corte para un chico tan bajo. No obstante, llamó la atención de su técnico, un tal Butch van Breda Kolff. El que con los años acabaría siendo entrenador de Pistons o Lakers entrenaba entonces a la Universidad de Princeton, y antes de salir rumbo a la NBA, dejó un recado en la afamada institución académica: “Conozco al mejor entrenador del mundo, aunque no lo vais a contratar porque es medio calvo, tiene las orejas grandes y viste muy mal. Se llama Pedro”.

Era 1967. Pedro Carrillo iba a dirigir el equipo de baloncesto de Princeton, una universidad de reconocido prestigio en el ámbito académico, pero de nulo éxito en los ambientes deportivos. Princeton forma parte de la Ivy League, la división de la National Collegiate Athletic Association (NCAA) que engloba a universidades de la categoría de Yale, Harvard o Columbia, donde los jugadores no son elegidos en base a sus méritos deportivos sino en relación a sus aptitudes académicas. Un campeón de la Ivy League, sea la universidad que sea, es objeto de derrota cuando se enfrenta a cualquier otro equipo de la NCAA.

Así pues, Pedro Carrillo iba a tener que darle a la mollera si quería sacar rendimiento de aquel equipo. Lo primero que hizo fue convertirse en Pete Carril. Era 1967. No estaban de moda los latinos, ni la multiculturalidad, y un tipo rechoncho llamado Pedro Carrillo nunca obtendría el respeto de sus jugadores.

Longtime Princeton basketball coach Pete Carril dies at 92 - Sports  Illustrated
Pedro Carrillo

Fueron 29 las temporadas que Pete Carril dirigió al equipo de baloncesto de la universidad de Princeton. Y lo hizo con notable éxito, perfeccionando y modificando una forma de atacar que se daría a conocer como ‘ataque Princeton’ y que le granjeó un respeto y una fama que jamás podría haber ni imaginado cuando Pete simplemente era Pedro.

Entendió que con lo limitado que era su equipo debería explotar el juego colectivo a través de una rápida circulación del balón. En el ‘ataque Princeton’ existe el movimiento continuo, con y sin balón, lo que enmascara las debilidades técnicas y físicas de cada individuo. Con esa forma de jugar, Princeton se ganó una merecida fama de matagigantes. Por entonces hasta se pensaba en descalificar a los miembros de la Ivy League de la primera división de la NCAA por su escaso rendimiento, pero todo cambió cuando los bajitos de Princeton aguantaron en pie hasta el último segundo de un recordado partido frente a la temible Georgetown de Dikembe Mutombo (2,18 m) y Patrick Ewing (2,13 m). Antes de aquel histórico partido Newell puso a sus asistentes a defender con escobas en el calentamiento para acostumbrar a sus jugadores a luchar contra gigantes.

“¿De qué sirve ser español si no puedes perseguir molinos?”, dijo Newell en la rueda de prensa de su última victoria como entrenador universitario cuando Princeton venció por dos puntos a la poderosísima UCLA. Un triunfo de David contra Goliat, titularía la prensa norteamericana. Era 1996 y a los 66 años a Carril le llegaba la oportunidad de la NBA.

El sueño de Pedro era jugar como los Boston Celtics de Red Auerbach. Dirigir a un equipo de defensa feroz, transiciones veloces y certero al contraataque. Pero nunca pudo. La limitación de sus plantillas en Princeton le obligó a jugar un baloncesto pausado en el que se llevaba al límite el reloj de posesión. Tenía que ser lento por necesidad y a través del juego colectivo armarse de paciencia para dar con el momento exacto con el que tirar a canasta.

Pero en 1996 a Pete Carril se le abrió el cielo. Tendría el enorme talento de una plantilla de la NBA a su disposición y un entrenador que confiaba en su inteligencia. Porque Carril no sería primer entrenador, simplemente formaría parte del organigrama de Rick Adelman. Pero éste era sabedor de la inteligencia de aquel hijo de españoles y le encargó diseñar las jugadas de ataque y convertir el ‘ataque Princeton’ en la seña de identidad de los Sacramento Kings.

Aquel equipo dirigido por Vlade Divac y Chris Webber, dos hombres altos con mentalidad de bases, se convirtió en una de las escuadras más atractivas de la NBA y solo los Lakers de O’Neal y Kobe Bryant les impidieron convertirse en campeones. Los Sacramento Kings, hasta entonces un equipo sin rumbo, fueron durante un lustro una perfecta combinación de egos donde el pase extra y la solidaridad imperaban sobre todo lo demás y el juego bonito gobernaba por encima de los resultados. A sus 70 años Pete Carril había logrado la perfección con su querido ‘ataque Princeton’.

Kings Statement on Passing of Pete Carril | NBA.com
Pete Carril

La idea de que si la pelota y el jugador no dejan de circular el balón finalmente encuentra su destino, estuvo y estará presente en cualquier cancha de baloncesto. Pero fue aquel hijo de un leonés el primero que, agobiado por la necesidad, diseñó un quinteto con cinco exteriores sin presencia de pívots tan en boga en la actualidad. Mucho antes de que Golden State Warriors ganase cuatro anillos de la NBA con Draymond Green haciendo de pívot sin llegar a los dos metros, los Tigers de Pedro Carrillo ya hacían lo mismo desde la neoyorkina universidad de Princeton.

“Cualquier aficionado al baloncesto poco sofisticado podía admirar y entender a un equipo de Pete Carril a primera vista. También el adicto a los aros más devoto podía ser hechizado por un equipo de Carril en movimiento. Era baloncesto, no de talento, sino de equipo. Puede que no sea la forma en que todo el mundo debería jugar, pero era la forma en que todo el mundo solía intentar jugar». ‘The New York Times’ tras el fallecimiento de Pedro Carrillo (Pete Carril).

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Cuando Bill se convirtió en entrenador

Era una jornada anodina de abril de 1966. Faltaban escasos días para que dieran comienzo los playoffs de la NBA. Bill cruzó la puerta del despacho de Red. Era una de tantas. Ni podría aproximar un número de las veces que había acometido ese recorrido. Siempre tenía que hacerlo tras una acentuada postración, dado que sus 205 centímetros de altura bordeaban el dintel de la puerta. Bill tomó asiento y frente a él un despacho minúsculo, una mesa de roble y un aire pegajoso y cargado apestado de tabaco.

Red fue al grano. Llevaban diez años juntos. Podía ir al grano. Fue Red quien había jugado al póker para conseguir llevarse a Bill en el draft de 1956. Él sabía que la capacidad defensiva de Bill cambiaría para siempre el devenir de los Boston Celtics. Desde entonces año sí y año también los Celtics habían gobernado la NBA hasta crear la dinastía más exitosa del deporte estadounidense. Pero Red estaba cansado. No solo mentalmente, sino que motivacionalmente. Su deseo era dejar de ser entrenador y dar el salto a los despachos.

Y su deseo era que Bill Russell ejerciese de entrenador.

Como Judas, Bill negó tres veces el ofrecimiento. Red dio otra calada a su puro y aceptó la negativa, pero con una condición. Le pidió a Bill que pusiera en un papel cinco posibles entrenadores y él haría lo mismo. Al día siguiente quedarían en el despacho y entre los dos escogerían al candidato. Si no lograban contratar a nadie del gusto de Russell, él mismo tendría que aceptar ser el técnico de los Celtics.

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Russell y Auerbach

Es complicado describir lo que unía a aquel blanco judío hijo de un emigrante ruso y a aquel negro enorme nacido en las profundidades de Louisiana. Bill Russell había visto a su abuelo defender un colegio de niños negros ante una banda del Ku Klux Khan o a su madre insultada por policías blancos que le acusaban de vestir demasiado bien un domingo que iba a la iglesia. Después de ganar dos títulos universitarios siendo minusvalorado por el color de su piel, escogió a los Celtics porque su técnico, Red Auerbach, se dirigió personalmente a él, mientras que los demás equipos hablaban directamente con su entrenador universitario. Red lo trató como una persona y se fraguó una amistad y una lealtad inquebrantable.

Juntos hablaban de su infancia. Una la de un negro que cambió Louisana por California con escaso éxito. Una vez viajaba con su padre en el coche y vio cómo se les era negado el servicio en una gasolinera hasta que todos los clientes blancos hubieran sido atendidos. Cuando su padre intentó marcharse y buscar otra gasolinera, el encargado del establecimiento le pegó con una escopeta en la cara amenazándolo de muerte con que se quedara y esperara pacientemente su turno. Auerbach se reía de su tragedia diciéndole que no sabía lo que era ser un judío pelirrojo en el Nueva York de la Gran Depresión. La complicidad era tal que Auerbach nunca se enfadaba con Russell a sabiendas que llevaba muy mal las críticas. De cuando en cuando tenía que hacerlo delante del resto del equipo para demostrar que no había distinciones, pero siempre era una pantomima perpetrada y preparada por las dos partes.

Bill sabía que no podía jugar para otro entrenador que no fuese Red. Había sido MVP y había llevado a los Celtics a la cima. Sumaba título tras título, pero jamás fue aceptado. Por entonces Boston era una de las ciudades más racistas del norte de Estados Unidos. Una vez, tras una actuación portentosa de Russell, un aficionado de los Celtics se le acercó y le dijo que era un bostoniano de cuarta generación y que hiciese lo que hiciese Boston jamás lo aceptaría como uno de los suyos. Red era especialista en contestar a esa gente con fina ironía o restarle importancia a los hechos cuando Bill se lo contaba en confianza.

Era impensable que Bill no jugase para Red.

Bill Russell lideró a los Celtics a ocho títulos consecutivos. Lo hizo a través de la defensa, cuando entonces los pívots lo único que hacían era anotar. Ponía tapón tras tapón en lo que se dio llamar las Wilsonburguers, por aquello de que entonces la pelota era de la marca Wilson, y el balón salía despedido a sus compañeros que anotaban en rápidos contraataques. Era una leyenda. Pero era un negro que no se callaba. Cuando los Celtics retiraron su camiseta no se presentó a la ceremonia enfadado por el trato que los aficionados le habían dado. Cuando fue elegido para el Salón de la Fama del baloncesto, más de lo mismo. Hubieron de pasar un par de décadas para que la NBA, la sociedad americana y la ciudad de Boston hiciesen las paces con el jugador más laureado del deporte estadounidense.

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Bill Russell (6)

Por todo ello era tan difícil encontrar a un entrenador que permitiese a Bill liderar a través de la defensa y que lo aceptase tanto como deportista y como persona en una época de efervescencia de derechos sociales y lucha racial. De esta forma cuando Russell y Auerbach se citaron al día siguiente en el despacho las listas no llegaban a los cinco nombres preestablecidos. La de Russell, de hecho, estaba vacía.

El plan de Russell era demostrarle a Auerbach que no había quien lo sustituyese, por lo que no le quedaría más remedio que seguir en los banquillos muy a su pesar. Pero Auerbach le dio un nombre de los que tenía en su lista. Bill negó con la cabeza. Sabía que fulanito era un gran técnico, pero también un racista empedernido. Auerbach probó con el segundo de la lista. Misma respuesta. Éste también era buen técnico, pero se oponía al matrimonio entre negros y blancos.

Auerbach, satisfecho en su interior, se encogió de hombros y le dijo a Russell que no sabía quien podría entrenar a los Celtics. Russell, enojado, se marchó a casa y prometió a Auerbach encontrar el hombre adecuado.

Por más vueltas y vueltas que le daba no había forma de encontrar a un entrenador de su gusto. Fue con Red con quien había viajado a aquel hotel en el que no le dejaron entrar por “tener mal olor”. Red sacó a Russell y a sus compañeros de aquel sitio y buscó otro donde aceptasen a negros y blancos. Cuando fue lapidado por apoyar a Muhammed Alí y posicionarse en contra de la guerra de Vietnam, allí estaba el viejo Red para defender que un deportista pudiese expresarse y tener sus propias ideas políticas. Y fue Red el que le dio un contrato de 100.001 dólares cuando los Lakers firmaron a Wilt Chamberlain a razón de 100.000 anuales. «Si eres el mejor, también tienes que ser el mejor pagado”, dicen que le dijo Auerbach.

Acariciando la medianoche, Bill descolgó el teléfono y llamó a Red.

“Acepto el trabajo”, dijo Russell.

“¿Seguirás jugando al mismo tiempo que harás de entrenador?”, contestó Auerbach.

“De eso se trata”, respondió Russell.

“Una última cosa – cuentan que le dijo Auerbach -. Escribirán que eres el primer negro en entrenar a un equipo de la NBA. Cállate, no les hagas el menor caso y demuéstrales que se equivocan. Demuéstrales que eres el nuevo entrenador de los Boston Celtics”.

Sexto Hombre on Twitter: "Tercero: fue el primer coach y ejecutivo  afroamericano en la historia de la NBA, lo que marcó un gran precedente en  la asociación. Ah, y al mismo tiempo
El primer técnico negro

Los Celtics ganaron su octavo título consecutivo y el noveno de Russell y Auerbach (1957 y 1959-66). La temporada 1966/67 comenzó con Bill Russell como entrenador-jugador y respondiendo a cientos y cientos de preguntas sobre si estaba capacitado para su trabajo y como sería capaz de mantener la calma cuando un problema racial hiciese su aparición. Ese año los Celtics perdieron la final de la NBA ante los Philadelphia 76rs de Wilt Chamberlain. Pero los Celtics se rehicieron y volvieron a ganar la NBA en 1968 y 1969, en la que fue la última temporada de Bill Russell como entrenador y jugador de los Boston Celtics.

Bill Russell es uno de los únicos baloncestistas que ha ganado la NCAA, el oro olímpico y la NBA. Fue cinco veces MVP de la competición y sumó un récord inalcanzable de 11 anillos de la NBA. Once como jugador y dos como entrenador, concretamente como el primer entrenador afroamericano de la historia del deporte profesional estadounidense.

“Aprendí a hacerme un caparazón cuando era joven. Luego pasé el resto de mi vida esperando que alguien metiese la mano dentro y me tocase. Pero solo tocarme; cualquier cosa más que eso sería demasiado para mí”. Bill Russell.

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Origen, evolución y explosión del lanzamiento exterior (2ª parte)

Cuando la década de 1990 hace su aparición los triples ya forman parte de la mecánica del juego. Son años de baloncesto ultradefensivo, tráfico en las zonas y tediosos encuentros al límite de la posesión. Pero del mismo modo es un tiempo donde el triplista adquiere categoría de especialista y se le considera indispensable en cualquier conjunto que aspire a lo más alto.

Reggie Miller (1987-2005) será el arquetipo del ‘clutcher’, ese jugador indefectible en los finales de partido y el encargado de llevar a su equipo a la gloria o al desastre. Jordan o Petrovic también son ‘clutch players’, pero lo que hace a Miller especial es que todos sus lanzamientos sobre la bocina son más allá de la línea de tres puntos. La repercusión de Reggie Miller en los escenarios de mayor temperatura lo convierte en una leyenda atemporal que obliga a un visionado continuo de sus mejores jugadas y a encender la televisión aun sabiendo que la derrota es inminente, porque con él en la pista todo se antoja posible. Quizás no es el mejor tirador, pero si es el que hasta la aparición de Stephen Curry acumuló más actuaciones descomunales en momentos cumbres.

Para entonces, además de grandes tiradores que acumulan puntos y más puntos con lanzamientos de tres, ya hay jugadores que apenas suman 9 o 10 tantos por encuentro, pero son todos triples y todos en momentos decisivos. El más representativo es Steve Kerr, un jugador muy secundario en los Bulls de Jordan, pero que llegará a sumar un 52% en triples con alta frecuencia en el último cuarto de los partidos. Seguidores de Kerr serán Korver, J.J. Redick o el último Peja Stojakovic, que a pesar de una gravísima lesión de espalda conseguirá alargar años su carrera instalándose en una esquina del parqué y martilleando el aro rival.

El Stojakovic primigenio, como Allen de inicio a fin, representan al tirador perfecto. Quizás la mecánica de Jerry West y de Ray Allen (1996-2014) sea idéntica, pero lo que hace de este último excepcional – 40 años más tarde – es la velocidad de ejecución, lo que minimiza el éxito de las ayudas defensivas. Es abismal la diferencia de los tiradores actuales con los de antaño si nos centramos en la rapidez al armar el tiro y al soltar el balón.

Los Suns de Nash (1996-2015) cambian el ecosistema establecido. Lo que había sido un recurso pasó a ser una virtud. El tiro de tres puntos se convirtió en una exigencia. Los equipos más fuertes pasan a ser los que tienen más artillería y dejan arrinconados a los pívots. Los jugadores grandes son importantes por su movilidad y su amenaza exterior y los pequeños por la rapidez de la ejecución y por ser capaces de lanzar tanto por sí mismos (Klay Thompson) como tras liberarse tras un bloqueo (J.R. Smith). La intimidación y los hombros 4×4 han dejado de ser atributos indispensables de la defensa a cambio de la movilidad y la rapidez de piernas. Del mejor ataque es una buena defensa se ha pasado al mejor ataque es un buen ataque y la mejor defensa un mejor ataque. En los Warriors dos ‘pequeños’ de menos de dos metros como Draymond Green y André Iguodala funcionaban como una batería antiaérea capaz de tapar mil agujeros. De igual modo P.J. Tucker, un jugador de escaso talento e interés, es uno de los jugadores más demandados por la élite por su capacidad de cambiar de defensor.

En la NBA no se defiende, pero porque es imposible defender. Se ha pasado de buscar grandes cuerpos y largos brazos para la defensa a ir en la búsqueda de piernas cortas de excelente desplazamiento lateral que no caigan en el desaliento. El prototipo de jugador actual es un ser anfibio, capaz de hacer todo, desde proteger el aro a lanzar con éxito desde el parking.

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Green, base y pívot 2 en 1

Esa forma de jugar rápida y en la búsqueda constante del lanzamiento tiene su origen en 2004. Cuando a finales de los 80 los Pistons finiquitaron primero al perfecto juego coral de los Celtics de Bird y luego la excelencia ofensiva de los Lakers de Magic, entablaron una forma de jugar (y de ganar) basada en una asfixiante defensa llevada a los límites del reglamento. Aquella violenta forma de jugar se extendió por todo el mundo como la lepra llegando a su paroxismo en 1998 cuando en la final de la Euroliga el AEK de Atenas se quede en 44 puntos (en 40 minutos) y en la de la NBA los Utah Jazz firmen 54 (en 48 minutos). Una época en la que no se permitían bandejas y los partidos se ganaban en la línea de tiros libres.

Mientras Michael Jordan existió el juego sobrevivió. Cuando el ‘Jesús negro’ se echó a un lado, la NBA contempló como la gente escapaba de pabellones y televisiones asqueada por un juego del todo soporífero. La NBA lo comprendió con premura (siempre lo comprende con mucha más celeridad que la FIBA) y eliminó la defensa ilegal, prohibió postear más de tres segundos, se limitó a ocho segundos el tiempo para cruzar el medio campo y, esencialmente, se consideró falta el ‘hand-cheking’.

La regla del ‘hand-cheking’, fechada en el citado 2004, prohíbe tocar con la mano o apoyarse con ella ante el oponente a menos que éste esté de espaldas al aro. Traducido al román paladino. Sólo puedes tocar a tu rival si está pivotando. En caso contrario es intocable. Esa medida implicaba mucho más ritmo, dado que los jugadores exteriores podían penetrar gracias a su velocidad sabiéndose intocables. Del mismo modo, dado que el control de los partidos pasaba de los interiores a los exteriores, el juego de pases se ha visto gratificado y las esquinas exprimidas en busca de la mejor posición para lanzar.

Los ya citados Phoenix Suns dirigidos por Mike D’Antoni desde el banquillo y Steve Nash en la cancha (2004-2008) fueron los primeros en comprender esta revolución y lo harían de forma tan radical como los jacobinos la Revolución. En el ‘seven seconds or less’ (siete segundos o menos), los Suns se deshicieron de los pívots y rizaron el rizo al proponer un baloncesto de transiciones y de ausencia defensiva. Las ideas de los Suns derribaron los barrotes defensivos y calaron en la conciencia popular, pero su propuesta radical no obtuvo títulos y, al igual que le pasó a Robespierre, D’Antoni y Nash quedaron como el ejemplo de que el exceso es tan perjudicial como la escasez.

Y llegamos así a Stephen Curry (2009-), un extraterrestre cuya nave nodriza es capaz de lanzar desde cualquier lugar de la cancha. Curry es un excelente base tanto en labores de tiro como en el control del juego, como ha habido tantos otros a lo largo de las décadas, pero con el mayor y más sofisticado arsenal de tiro jamás existido. Nunca ha bajado del 40% en triples con picos de 45% anotando (a la hora de escribir estas líneas) más de 3.000. De los 50 tiradores con más triples de la historia no sólo es el que más ha anotado, sino el que mejor porcentaje tiene. Y los ha anotado en partidos durísimos, en momentos decisivos, en finales de la NBA y la mayoría de ellos más allá de los ocho metros de distancia. Nunca ha existido un jugador con semejante volumen de acierto con tal brutal volumen de lanzamientos.

Técnicamente es un tirador de canon, pero tanto su velocidad de ejecución como su parábola es superior a la de la mayoría. A diferencia de Bird, al cual el triple se la soplaba, Curry es un estajanovista de la línea de tres puntos. Su objetivo no es practicar tiros, sino anotarlos. Puede llegar a anotar 500 en un día si se lo propone. Y en sus series introduce lanzamientos desde 20 o 25 metros. Su excelencia es tal que considera erróneos los triples que son canasta tras haber tocado el aro. Talento, repetición y trabajo dan como resultado el tirador con la mejor coordinación ojos-manos que ha existido, según su técnico, y antes afamado triplista, Steve Kerr.

Sergio Llull intentó a muy menor escala hazañas similares, pero son Damian Lillard y, sobre todo, Trae Young los únicos capaces de acercarse a Curry, entre otras cosas porque éste último creció idolatrando al dos veces MVP de la NBA. Pero a día de hoy no hay nadie que pueda compararse con Curry. No existe arma defensiva capaz de frenarlo. Su autonomía como lanzador, sea tras bote o amasando el balón, y su capacidad para lanzar desde cualquier lugar y ante cualquier defensor lo hace indescifrable. Su binomio en los Golden State Warriors con Klay Thompson (2011-) los hicieron prácticamente indestructibles durante un lustro, hasta que las lesiones consiguieron lo que los rivales fueron incapaces de gestionar.

A Curry no se le considera un genio del nivel de Jordan, Bryant o Lebron James. No lo es porque no se come codos, no espanta rivales con las manos ni eyecta sus pies del suelo en dirección al aro. Instalado a nueve metros de la canasta parece que Curry vive ajeno al juego cuando lo cierto es que, desde que en 1954 se instauró el reloj de posesión, no ha habido un cambio tan profundo en el baloncesto como el que Curry ha liderado con su batería infinita de lanzamientos. Nadie antes de Curry había reducido la distancia a la menor expresión.

Y así llegamos a la tercera década del siglo XXI donde todo buen jugador tiene la obligación de ser un tirador. Los hombres de siete pies (por encima del 2’10) ya no utilizan el triple como recurso sino como amenaza propia de un especialista. Esta es la única innovación en relación al tirador que proviene de Europa. La mayor riqueza coral y táctica de Europa y el exceso de celo sobre los kilos y la altura en Estados Unidos hicieron que hombres como Arvydas Sabonis (2’21) fuesen aplaudidos cada vez que intentasen el triple y otros como Ralph Sampson (2,24) fuesen reprendidos cada vez que hiciesen lo mismo. De Sabonis se pasó a Kukoc (2,08) y de ahí a Dirk Nowitzki (2’13), jugador que abre por sí solo una categoría que permite estimarle como el mejor tirador alto de la historia.

Hoy todos los hombres altos, estadounidenses o no, se defienden en el triple o estrictamente son grandes tiradores. Pero cuando a inicios de este siglo Estados Unidos perdió la hegemonía mundial de la canasta lo hizo asediado por jugadores altos con buena mano en la larga distancia. Divac, Scola o Garbajosa abrieron el camino a gigantes actuales que usan el triple a diestro y siniestro como Danilo Gallinari, Nikola Vucevic o el dos veces MVP Nikola Jokic.

Dirk Nowitzki On His One-Legged Fadeaway: "I Made It Up On The Fly,  Honestly...." - Fadeaway World
Nowitzki fadeaway

Pasó poco más de un lustro desde que surgieron los Suns hasta que los Warriors de Curry comprendieron y mejoraron aquella radical propuesta. En 2010 el 20% de los puntos llegaban desde la línea de tres. Actualmente estamos a punto de rebasar el 50%. Comprendidos que los espacios son inmensos y que los jugadores grandes ya no son necesarios, hubo quien percibió que daba más rédito sumar de tres en tres que anotar bandeja tras bandeja. James Harden (2009-) es un apóstol de esta idea que llevó al paroxismo en unos Houston Rockets que llegaron a despreciar el tiro de dos puntos de forma inimaginable. Con varios pequeños en la cancha y moviendo el balón, cualquier jugador con buena mano liberado tendrá un porcentaje de éxito cercano al 50%. La suma es fácil. Anotar dentro de la zona ronda de media el 65%, la media distancia el 45% y el triple el 36%. Si un jugador olvida la media distancia y se centra en penetrar para obtener bandejas fáciles y en lanzar de tres con mayor asiduidad (lo que implica más práctica y a su vez mayor porcentaje de éxito) los puntos serán mayores. 45/100 en tiros de dos son 90 puntos. 36/100 en tiros de tres son 108 puntos.

Es este un nuevo baloncesto. Totalmente distinto al conocido durante más de un siglo. Igual que Mikan, Chamberlain, Kareem u O´Neal fueron dueños y señores del juego, Stephen Curry ha sido el arma nuclear definitoria para llevar el baloncesto a una nueva dimensión. Curry y sus Golden State Warriors consiguieron ampliar la pista sin tocar su anchura, desertizando amplias zonas del parqué y elevando el rango de tiro a distancias estratosféricas que van más allá de los diez metros. El tiro desde el logo es el cénit del tirador, una conjunción perfecta de técnica y fuerza.

Y algo nunca antes visto ni concebido por mente alguna.

VIDEO: Stephen Curry Hit a Half-Court Shot Against the Clippers
Desde su casa

Es probable que hayamos llegado al éxtasis definitorio del tirador. En el verano de 2020 la NBA introdujo una nueva regla que eliminaba las faltas tras tiro en las que el atacante exageraba el contacto tras lanzar. “Nos hemos olvidado del defensor y debemos ayudarlo”, comentó Adam Silver, el mandamás de la NBA. El número de tiros libres se ha visto reducido considerablemente y el defensor exterior tiene ahora un arma más para incrementar su defensa. En todo caso harían falta muchas más reglas regresivas para volver a un mundo donde el baloncesto se juegue cerca del aro. El triplismo ha fundido las tres posiciones altas del juego para convertir a los pívots en aleros multifunción que cubran tareas antaño destinadas al base, como si cada vez fuera más difícil distinguir unas de otras en un molde uniforme donde el lanzamiento lo justifica todo.

“Cualquiera puede encestar, pero no cualquiera sabe lanzar”. Stephen Curry.

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Origen, evolución y explosión del lanzamiento exterior (1ª parte)

El profesor James Naismith se aburria. Sus alumnos también. La nieve y el hielo eran comunes durante meses. La hierba se convertía en escarcha y las manos se entumecían al salir a la calle. Aquel profesor de educación física de Nueva Inglaterra, el estado más septentrional de Estados Unidos, necesitaba convertir los tediosos inviernos de gimnasio en tan atractivos como los veranos de fútbol americano. Con la ayuda de dos cestos de mimbre y una pelota ideó un nuevo juego. Colocó los cestos en el dintel de las puertas del gimnasio, las cuales estaban exactamente a 3,05 metros de altura, dividió a sus chicos en dos equipos y los invitó a intentar introducir el balón en el cesto rival.

Había nacido el baloncesto.

En aquel primigenio partido no se podía tocar al rival ni desplazarse con el balón. La clave del juego estaba en la asociación entre semejantes. El pase era la llave que abría el candado del baloncesto. Cuenta Naismith en su diario que en aquel primer partido celebrado en diciembre de 1891 hubo una única canasta convertida a unos siete metros y medio del aro (del cesto, para ser más precisos).

Hoy hubiese sido un triple. De aquella no. Faltaban más de ochenta años para que naciese el tiro de tres puntos.

Naismith concibió un deporte con unas reglas. Un deporte pensado en la solidaridad y el trabajo en equipo, pero sin teoría ni conceptos. La mecánica de tiro como concepto no existía en un principio. El lanzamiento se producía cuando el cerebro equilibraba la posibilidad de conseguir una canasta en función del espacio-tiempo. Al igual que hay quien escribe sin sujetar correctamente el bolígrafo o quien come sin poseer con eficacia el tenedor, cada cual lanzaba a canasta como buenamente podía. De hecho, hubieron de pasar décadas antes de que alguien considerase que era correcto y que no era para lanzar a canasta.

En un principio el lanzamiento más habitual era el de cuchara. Hoy sigue presente en los niños que se niegan a jugar a minibasket y aspiran a elevar la pelota a 3,05 metros del suelo. También a aquellos que por edad carecen de fuerza física para coger el balón o simplemente porque es la primera vez que se presentan ante tal reto. Para todos los demás hay carcajada asegurada. Pero en un principio ese era el lanzamiento estándar.

El tiro consta de tres partes bien diferenciadas. En primer lugar se coge el balón con las dos manos, bien sea tras bote o sea tras pase, lo que se da en conocer como ‘catch and shoot’. La teoría sostiene que colocar las manos en forma de ‘T’, siendo una la que sujeta y otra la que apunta, es la correcta. La práctica dice que lo importante es la comodidad del lanzador al sujetar la pelota.

Sea cual sea la forma elegida para coger el balón, será crucial para las dos siguientes fases del lanzamiento. El siguiente paso es la tracción y el impulso, donde tanto la fuerza como el arco del brazo determinarán el lanzamiento. Hay decenas de desarrollos distintos de la técnica, todos igual de válidos, que serán cruciales para la tercera parte que podríamos denominar terminal. Aquí es cuando además de las manos, adquiere importancia el resto del cuerpo, fundamentalmente las piernas, que sirven de contrapeso para equilibrar el lanzamiento. Luego hay jugadores que al despedir el balón de sus manos atentan contra la gravedad dejándolas al aire como una continuación del lanzamiento. Es este un recurso más mental que físico, del que solo se sirven los tiradores maestros que advierten con suma nitidez el acierto (Larry Bird).

Villanos: Larry Bird, el rubio que se cagaba en tu árbol genealógico
Larry Bird

Más allá de la teoría, es la práctica la que determina quien es un buen repetidor. Todos los grandes tiradores, sea cual sea su mecánica, lo son por una tremenda ética de trabajo. Si la comprensión del juego, la búsqueda de espacios para el pase, la posición defensiva o la técnica de colocación para atrapar un rebote se pueden estudiar, el tiro, aun teniendo una basta teoría, se basa en la repetición. Por ello hay múltiples formas de lanzamiento y todas son válidas mientras alcancen su objetivo.

Como cualquier otro deporte el baloncesto ha ido evolucionando (y mejorando) pero hay aspectos en los que lo ha hecho de forma más notoria que en otros. Si uno observa imágenes de archivo de tiempos pasados verá como la posición para defender o para alcanzar un rebote no dista mucho de la actual. Observará sin embargo una gran diferencia en el manejo del balón y en el lanzamiento. Acerca del manejo de balón hace años que se llegó a la cima y no hay más margen de mejora. Intrépidos jugadores con diabluras con derecha e izquierda existen desde hace medio siglo. Igualmente, poco más hay que inventar respecto a vuelos sin motor por encima del aro. Sin embargo, la explosión del lanzamiento exterior ha sido relativamente reciente y a unos niveles que se antojan inexplicables.

Desde aquella tarde de 1891 hubo de existir pequeños jugadores que prefirieron lanzar a cinco o seis metros del aro en vez de recibir golpes y codazos dentro de la zona. Debió haberlos, pero no los conocemos. Fue el historiador John Christgau el que estableció en la década de 1930 el nacimiento del tiro en suspensión. Hasta entonces el lanzamiento se hacía con los pies parados y sacando los brazos desde el pecho. No había necesidad de hacer más fuerza dado que los lanzamientos o bien eran bandejas (por parte de los pequeños) o cómodos tiros desde cerca del aro (por parte de los grandes). Christgau considera que es por entonces cuando dos pequeños llamados John Cooper y Kenny Sailors deciden tomar impulso con un salto para poder lanzar desde más lejos y evitar a los hombres altos rivales.

El primer tirador del que tenemos datos reales es Frank Selvy, al que le dio por anotar 100 puntos en un partido de la NCAA (la liga universitaria estadounidense) en 1954. Al menos una docena de sus 41 lanzamientos habrían sido triples de haber existido la línea, lo que da muestra de que hablamos de un lanzador con un gran rango de tiro. No es casualidad que 1954 sea el año en el que eclosione Selvy. En ese año se estableció la regla de los 24 segundos de posesión (30 en el mundo FIBA) que penalizaba el juego estático bajo el aro y favorecía la rápida circulación de balón. Hasta entonces los marcadores eran bajos, ya que el equipo que se ponía por delante solo tenía que administrar la ventaja manteniendo el balón en posesión de sus intocables hombres altos. George Mikan, un colosal jugador de 2,08 metros, lideró hasta a cinco campeonatos de la NBA a los Minneapolis Lakers antes de que el reloj de posesión acabase con su dominio del juego.

What to do next is problem for Lakers' Frank Selvy — Calisphere
Frank Selvy con el balón

Tras la norma de los 24 segundos de posesión los tiradores exteriores dejaron de ser una rareza para convertirse en un arma de ataque mortífera. En los 60 Paul Arizin representó al primer gran tirador del que se tiene constancia. Lo hizo no sólo por sus números, sino por ser la primera estrella en levantar los pies del suelo para pasar por encima del lanzador. Arizin (1950-62) fue el divulgador del tiro en suspensión que permitía lanzar con claridad al dejar las manos del defensor atrás durante unas décimas de segundo. Al calor de la innovación de Arizin surgirán leyendas como Bill Sharman, Elgin Baylor o Sam Jones ‘The Shooter’. Este último, ganador de diez anillos de la NBA con los Celtics (1957-69), convirtió el tiro en suspensión apoyándose del tablero en un arte precioso y efectivo, hoy, lamentablemente, en desuso.

Pero el primer gran tirador, el hombre que convertirá el lanzamiento exterior en un arma ofensiva sin parangón, será Jerry West. El ‘logo’, el hombre que con su silueta representa la NBA, fue durante 14 temporadas (1960-74) la vanguardia del lanzamiento en movimiento. West no contaba con puntuales aciertos, sino con una exhibición de tiros con un porcentaje de conversión altísimo. West es el primer exterior que se va más allá del 50% de acierto en tiros anotando entre 25 y 30 puntos por partido. Con él ya está modelada la mecánica de tiro estándar que ha llegado a nuestros días. Suspensión de pies, alzar el tronco y tiro frontal en un rango de seis metros. En tres décadas, el crecimiento de porcentaje de tiro en la NBA aumenta cerca de un 15% por ciento. No es de extrañar que los mejores reboteadores de todos los tiempos se citen en los 60. A partir de entonces el número de fallos desciende y con ello también el número de rechaces.

NBA Finals: Jerry West's fire burns as deep as ever with Warriors - Sports  Illustrated
Jerry West

Véase que me estoy adscribiendo únicamente al baloncesto NBA. Es cierto que jugadores como Emiliano o Manuel Raga fueron consumados tiradores, pero no será hasta el cambio de la década de 1970 con la de 1980 cuando el baloncesto del resto del mundo, concretamente europeo, pueda debatirle ciertos aspectos a la NBA. Hasta entonces los mejores jugadores del planeta jugaban sin discusión en territorio norteamericano. Armenak Alachachian, base armenio del CSKA, era a inicios de los 60 el mejor en su posición en competiciones FIBA. Asombraba a sus compañeros y a sus rivales lanzando el balón a tablero para luego coger el rebote y anotar. El truco de magia levantaba al público de sus asientos, pero evidenciaba la carencia de Alachachian para lanzar a canasta más allá de cinco metros.

Para los 70 el tiro exterior es un arma reconocible. El empleo de la muñeca para abrir defensas y minusvalorar el peso y la altura convierte en leyendas a David Thompson, Julius Erving, George Gervin y, más adelante, a Alex English o Andrew Toney. De igual modo lo hará al otro lado del Atlántico con Serguei Belov y años después con Juan Antonio San Epifanio ‘Epi’. Aun así, convivían estructuras del Antiguo Régimen con otras más propias de la modernidad. Rick Barry (1965-80), excepcional escolta que llegó a promediar 35’6 puntos en una temporada, combinaba una perfecta y refinada suspensión a seis metros con un preciso lanzamiento a cuchara de tiros libres con una efectividad superior al 90%.

En todo caso ya era tan común y estaba tan perfeccionado el tiro de larga distancia que era necesario romper una nueva frontera. Por ello la ABA (American Basketball Association) creó una competición más desenfadada y más pegada al baloncesto callejero que, entre otras innovaciones, planteó la creación de una línea de tres puntos a unos siete metros del aro (oscila entre 6’75 y 7’25 en función de si estamos enfrente de la canasta o lanzamos desde un lateral). Aquella liga feneció abatida por las drogas, las deudas y la falta de público, pero ideas como el triple o el concurso de mates no tardarán en llegar a la NBA.

La ABA era una competición que repugnaba al establishment blanco de la NBA. Así que tuvo que ser un blanco el que rompiera los códigos establecidos. Pete Maravich (1970-80) aún posee el récord de anotación en una temporada en liga universitaria (44’2 puntos sin triples). En su década en la NBA además de acumular jugadas inverosímiles también sumó lanzamientos de siete u ocho metros sin que existiera la línea de triple. En pleno debate sobre la conveniencia o no del triple, aquel blanco irreverente, que no fue más porque no quiso, acumula orgías anotadoras a distancia con lanzamientos a dos pies parados en movimiento que parecen varias décadas adelantadas a su tiempo.

Toda esta evolución en el lanzamiento desde que 80 años antes naciese este deporte dará como resultado el establecimiento en la NBA de 1979 de la línea de tres puntos. En el mundo FIBA hubo que esperar a 1984 para una modesta línea triple de 6’25 metros (corregida a 6’75 de la vertical del aro en la actualidad). La maniobra es concebida para descargar las zonas y hacer más interesante el juego, abriendo la pista ante el continuo aumento de talla de los jugadores y explorando un tipo de baloncesto más rápido y menos espeso.

No One Can Cap The Pistol: Twilight for Pete Maravich, hoops' most talented  loser - Sports Illustrated
Pete ‘Pistol’ Maravich

El experimento comenzó con mucha modestia. Surgieron jugadores que hicieron del tiro de tres puntos su modo de vida como Danny Ainge, Craig Hodges, Dale Ellis o Glen Rice en Estados Unidos o Vladimir Valters, Rimas Kurtinatis, Antonello Riva, Chicho Sibilio, Andrew Gaze o Danko Cvejeticanin en el resto del planeta, pero en general el triple seguía siendo un ‘rara avis’. Los porcentajes aun eran bajos (en torno al 25% general frente al cerca del 40% actual) y los grandes tiradores seguían prefiriendo la media distancia. Chris Mullin, Allan Houston, Drazen Petrovic, el ya citado Epi o el incombustible Óscar Schmidt son recordados como excelsos triplistas, cuando la mayoría de sus puntos provenían de la media distancia.

Quizás el caso más carismático de esta dualidad entre lo viejo y lo nuevo sea el del gran Larry Bird (1979-92). Al igual que en el caso del brasileño Óscar Schmidt (1977-96), la iconografía nos habla de francotiradores cuando la realidad es bien distinta. Cuando Bird estableció su récord personal de 60 puntos en 1985 apenas anotó 1/4 en triples. Pero ‘Larry Legend’ es la viva expresión del triplista, del tirador con rachas de acierto místicas e incomprensibles. Bird dotó de personalidad al triplista que dispone del último tiro para ganar el partido y contribuyó a definir las rachas de tiro como la mayor virtud, esencia y particularidad del tirador, cualidad a la que ningún otro jugador puede llegar. Bird lo hizo a golpe de partidos y títulos de la NBA, pero también gracias a los concursos de triple que él elevó a la categoría de arte al ganarlos con una elegancia y una suficiencia jamás repetida.

Con Bird se inició además una era en la que, paso a paso, el juego pasó a estar definido por los tiradores y no por los interiores. No tenían que ser necesariamente triplistas (Michael Jordan o Dejan Bodiroga), pero el eje del juego pasó de los hombres altos a los exteriores, hasta tal punto que obligó a los pívots a transformarse en tiradores, como veremos más adelante.

Larry Bird también es el tirador lateral más perfecto que nunca haya existido. Según el periodista y estudioso Gonzalo Vázquez (con el que nada tengo que ver) existen cuatro tipos de tiradores: frontal, oblicuo, elevado y lateral. Bird realizaba un lanzamiento lateral, el menos común pero también el más específico gesto de un tirador. Su característica reside en que en la formación del tiro el jugador desplaza el balón a un lado de la cabeza. Al colocarse de perfil la belleza geométrica es cuasi perfecta generando una hermosura para añadir al amplio arco del lanzamiento. Dirk Nowitzki es un genuino seguidor de Bird, y lanzadores laterales también fueron John Stockton, Derek Fischer o Jordi Villacampa.

El más habitual de los cuatro es el lanzamiento frontal. El factor de fuerza cae únicamente en un brazo mientras el izquierdo (si eres diestro) únicamente sirve de apoyo. Existen jugadores que ni siquiera necesitarían del brazo de apoyo para lanzar (Adrian Smith, Dejan Bodiroga), mientras que otros conseguirán unir ambos para lograr resultados excelsos (Allen Iverson, Lebron James, Alberto Herreros o Juan Carlos Navarro).

John Havlicek, como más adelante harán Charles Barkley, Scottie Pippen, Jason Terry o José Manuel Calderón, abría los codos y descargaba la fuerza del lanzamiento en los dos brazos. Este tipo de lanzamiento es llamado el oblicuo, quizás uno de los menos agraciados a la vista. Por último, nos queda el tirador elevado. Como su propio nombre indica en esta posición el balón se pone por encima de la cabeza usando mayor fuerza en los brazos y menos en la suspensión de las piernas. Este tipo de lanzamiento es muy habitual entre los pívots (McHale Olajuwon, Ewing, Duncan, Pau y Marc Gasol), aunque también es usado por jugadores pequeños especializados en lanzamientos de cuatro o cinco metros para sortear tapones del rival (Tracy McGrady o Nikos Galis).

FrontalARRASTRE
Tipos de lanzamiento

“Nunca practiqué el triple. La única vez que practiqué fue para el concurso de 1988. Danny Ainge cogía los rebotes y yo lanzaba desde el lugar correspondiente. Pero nunca en mi carrera me puse a tirar 100 triples después de cada entrenamiento. No sé el motivo por el que no me gustaba el triple. Sólo lo veía necesario en determinadas situaciones”. Larry Bird, un triplista que nunca tiraba triples.

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El virgen de hierro

La noche ya era cerrada cuando alguien llamó a la puerta. Era extraño. Por entonces todos los componentes del equipo debían estar dormidos. Tan sólo contaban con un par de horas para abrazar a Morfeo. El partido había terminado tarde y a primera hora tendrían que coger un vuelo a Los Ángeles. A.C. Green dejó el libro en la mesilla, se puso las zapatillas y abrió la puerta. Al otro lado estaba una escultural mujer. Guapa, rubia, de ojos penetrantes y labios lascivos. Era esbelta y sus pechos se abrían paso con fuerza entre las ranuras de un vestido transparente. “Hola, guapo”, le dijo, mientras su lengua circulaba entre sus labios. Sorprendido y halagado, A.C. le devolvió la sonrisa mientras decía:

“No degradarás a tu hija haciendo que se prostituya, para que la tierra no se entregue a la prostitución ni se llene de corrupción”. Levítico 19:29.

NBA: A.C. Green: vuelve la historia del 'virgen de hierro' de la NBA -  AS.com
A.C. Green

En un mundo rebosante de testosterona y adrenalina, A.C. Green era como una fuerza exotérica que cabalgaba en contra de todo lo conocido. Durante los primeros seis meses de su primera temporada en la NBA, Green fue asaltado en numerosas ocasiones por mujeres de todo tipo que intentaron hacerle caer en la tentación. Para todas ellas tenía la misma respuesta. Una sonrisa agradable y un versículo de la Biblia. Al cabo de ese primer año sus compañeros de los Lakers lo dieron por imposible. Nadie se tragaba lo de su virginidad, pero los hechos corroboraban su franqueza moral. A.C. Green era irreductible.

Su caso fue único y diría que hasta patológico en la NBA. Y mucho más en los 80. Es la década de la cocaína, de la música glam de marcado carácter sexual y del capitalismo yuppie a gran escala. En una época donde las mieles de lo prohibido eran pan de cada día, pocos lugares gozaban de tan promiscuidad como el vestuario de Los Ángeles Lakers. Aparte de enamorar con sus triunfos, aquel equipo también se ganó una fama en las madrugadas californianas. El líder, de día y de noche, era Magic Johnson. Célebres eran las entrevistas de Magic tras una reunión en la sauna con alguna animadora de los Lakers y más apoteósicas aún fueron sus visitas a la sala ‘Bagdad’ de Barcelona durante los Juegos Olímpicos. Y es que el bueno de Magic demostró fehacientemente que el sida no era solo cosa de homosexuales.

En aquel equipo, y en aquellos años, aterrizó el bueno de A.C (Amanda y Chester eran sus abuelos paternos, de ahí su nombre) Green. La realidad es que el muchacho fue criado en un ambiente no muy diferente al de la mayoría de los niños de su entorno. Más allá de las rarezas de papá y mamá con el nombre, su infancia no tuvo nada de especial, hasta que en algún momento dado de la adolescencia Green escuchó un sermón dominical que hablaba del cielo y del infierno. Tal fue el impacto de las palabras del sacerdote que A.C. lo tuvo claro. No cataría mujer hasta el día en que pasase por la vicaría. Si eso era lo que el cristianismo pedía, él lo cumpliría.

Aquella fue la primera promesa de Green. Tras graduarse en un instituto cristiano fue a la universidad donde, además de licenciarse, se consagró como uno de los mejores ala-pívots del país. Por entonces se le diagnosticó un hipo de tipo crónico que le afectaba día y noche y que solo era capaz de controlar cuando realizaba alguna actividad deportiva. Apenas dormía un par de horas al día. Era joven y podía haber hecho todo tipo de cosas. Permitidas y prohibidas. A.C. Green decidió centrarse en las consentidas. Su vida eran los estudios y el deporte. Y era como un roble. Jamás se perdió una clase y jamás se perdió un partido.

Esa irremediable sensación de estar siempre en plena forma y jugar todos y cada uno de los partidos como si la vida le fuese en ello, convertiría a A.C. Green en una leyenda de la NBA. Tan sólo en su segunda temporada tuvo que ausentarse durante tres encuentros. ‘Iron Man’ (el hombre de hierro) saltó a una cancha de la NBA un 19 de noviembre de 1986 y se mantuvo en ella hasta el 18 de abril de 2001. Fueron un total de 1.192 partidos consecutivos sin interrupciones, una barbaridad de difícil repetición. No se le conoce lesión. Tan sólo la pérdida de un par de dientes tras un choque. Por descontado, eso no le impidió seguir jugando.

Evidentemente las bromas y las ofensas fueron el pan de cada día para el bueno de Green. Además de la aparición de despampanantes mujeres en la puerta de su habitación, en otras ocasiones eran hombres los que eran contratados por sus compañeros. Y visto que ni carne ni pescado, también se intentó con travestis. Dicen que en cierta ocasión Magic Johnson le invitó a pasar la tarde en su casa. Magic cerró con llave y desapareció por la puerta de atrás dejando al bueno de Green con media docena de supermodelos desnudas deambulando por la mansión.

No se sabe si A.C. Green rompió una ventana, la puerta o si simplemente se encerró en el baño esperando que alguien lo rescatase.

Su ascetismo era tal que tampoco fumaba ni bebía alcohol. Cuando el champán corría por los vestuarios de los Lakers tras la consecución de un anillo, Green desaparecía de la escena negándose a rociar de champaña a sus compañeros. Las apuestas entre los jugadores de la NBA sobre cuando perdería la virginidad alcanzaron los miles de dólares. Los rivales le tentaban en los partidos con tal amiga o tal conocida e ingentes sumas de dinero, pero, el caso, es que Green se mantuvo incólume.

Más allá de todo eso A.C. Green era un jugador soberbio. Era el pegamento de los Lakers. El obrero que ponía el sudor para que los dóciles movimientos de Kareem Abdul-Jabbar bajo el aro funcionasen, el que ponía bloqueos ofensivos para que Worthy penetrase o el que acudía al rescate de Magic en una ayuda defensiva para que el genio de los Lakers descansase.

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Magic, Scott, Worthy, Green y Abdul-Jabbar

Llegó a ser ‘All-Star’ en 1990 y fue un jugador básico en los Lakers durante cerca de una década. Mientras sus cualidades baloncestísticas crecían, las burlas y los insultos decrecían. De vez en cuando acudía a platós televisivos y, en uno de ellos, en el programa de la celebérrima Oprah, tuvo ocasión de exponer su concepto de la vida. Criticó a sus compañeros por pensar únicamente en lo material, confesó que muchas mujeres se le abalanzaban y reflexionó sobre el uso de los condones entre la juventud, cuando en su opinión lo mejor era no practicar sexo hasta el matrimonio.

El caso es que su estilo de vida dio óptimos resultados en la cancha. Se fue cuando quiso, porque daba la sensación de poder seguir jugando eternamente. Ganó tres títulos con los Lakers, dos a finales de los 80 con Magic y un último en el año 2000 pasados los 35 años y como titular en un equipo comandado por Shaquille O’Neal y Kobe Bryant. Su récord de 1192 partidos es impresionante y más sabiendo que su fortaleza mental era proporcional a la fiereza con la que se exponía debajo del aro.

Se retiró el 18 de abril de 2001. Y el 20 de abril de 2002, prácticamente un año después de su retirada, contraía matrimonio con Veronique, su novia de toda la vida.

Tenía entonces 37 años.

Ya sé. Sé cuál es la pregunta que os está atormentando. Si había que casarse para poder fornicar; ¿por qué esperó hasta los 37 para pasar por la vicaría? El propio A.C. contesta a vuestra pregunta: “En estos tiempos el sexo es el alfa y omega de todo. Soy virgen porque Dios me lo designó y por el gran respeto que tengo a mi cuerpo y también a mi cerebro. En estos años me he encontrado con tentaciones y situaciones complicadas en las que he tenido que poner a prueba mi fortaleza mental de jugador profesional”.

Mientras A.C. Green jugase al baloncesto el matrimonio no tendría lugar. Y si no hay matrimonio, no hay lugar para el sexo.

The NBA's 38-Year-Old Virgin: A.C. Green, the Iron Man with the Iron Will
Se mira, pero no se toca

“Es mejor que el hombre no toque a ninguna mujer. Sin embargo, en vista de que la inmoralidad sexual es tan común, que cada hombre tenga su propia esposa y que cada mujer tenga su propio esposo. La esposa no es quien tiene autoridad sobre su propio cuerpo, sino su esposo. Del mismo modo, el esposo no es quien tiene autoridad sobre su propio cuerpo, sino su esposa. No se priven el uno del otro, a menos que los dos estén de acuerdo y que sea por un tiempo fijado para dedicarse a orar y luego volver a estar juntos. Así Satanás no podrá tentarlos por su falta de autocontrol. Ahora bien, les digo esto como una concesión, no como un mandato. Con todo, me gustaría que todos los hombres fueran como yo. Sin embargo, cada uno recibe de Dios su propio don; unos de una manera y otros de otra”. San Pablo a los Corintios 7:1-7.

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Jo Jo White (el mejor en el mejor partido que se ha jugado nunca)

Los años de Jordan en Washington (el ocaso del dios del baloncesto)

Bill Bradley: el hombre perfecto (ganador de la NBA y congresista de EE.UU.)

El partido prohibido (negros contra blancos en los años 40)

Bullying a Toni Kukoc (el viacrucis de la estrella croata en los Bulls de Jordan en dos partes)

El experimento Nowitzki (el entrenamiento especial de un jugador diferente)

El anillo perdido de Larry Bird (de como una pelea de bar privó a Bird de un título de la NBA)

Los años negros de Estados Unidos (cuando el baloncesto mundial superó a Estados Unidos)

Kobe Bryant (amor y odio de una leyenda en dos artículos)

Dennis Rodman (la tormentosa vida de un gusano en dos mitades)

Nadie anima a Goliat (la carrera de Wilt Chamberlain en dos partes)

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El mágico All-Star de Magic Johnson

El 7 de noviembre de 1991 Earvin ‘Magic’ Johnson convocaba a los medios para una rueda de prensa en el centro de entrenamiento de Los Ángeles Lakers. Hacía un par de semanas que estaba de baja. Oficialmente por culpa de una gripe. Extraoficialmente el motivo era otro. Buena parte de la prensa sabía que esa mañana todo iba a cambiar, aunque nadie acertaba a saber el porqué. Tan sólo su mujer, su representante, el dueño del club y los doctores estaban al corriente de lo que sucedía. Horas antes de dar la noticia se enteraron David Stern, comisionado de la NBA, el cuerpo técnico y la plantilla de los Lakers. A falta de pocos minutos antes del inicio del acto, Magic decidió informar con una breve llamada a su ex entrenador Pat Riley y a sus amigos y megaestrellas de la NBA Isiah Thomas, Michael Jordan y Larry Bird.

“Buenas tardes a todos. A causa de haber adquirido el VIH tengo que retirarme de los Lakers hoy mismo. Quiero dejar claro que no tengo la enfermedad del sida. Soy portador del virus”.

Aquello fue un shock a nivel mundial. Se estima que la foto de Magic fue portada en unos 1.200 diarios de más de 140 países. En Estados Unidos de las 4.000 consultas diarias a la red telefónica preguntando por el sida se pasaron a 40.000 en apenas una hora. Al día siguiente del anuncio el presidente George Bush notificó un aumento en el gasto público para combatir el sida, una lacra que por entonces afectaba con igual fuerza tanto al corazón de África como al mundo desarrollado.

Y había algo más. Magic no era homosexual. No había sido castigado por la providencia por ser una oveja descarriada. Magic era un mujeriego de antología. Fornicaba en el jacuzzi del vestuario de los Lakers haciendo gala del amor libre para luego enrollarse una toalla y responder a las preguntas de los periodistas. Si de algo pecaba Earvin ‘Magic’ Johnson era de ponerle los cuernos a su esposa con toda mujer atractiva que se pusiese a su alcance.

La noche siguiente Magic Johnson fue de nuevo Magic. Apareció en un late-show por expreso deseo suyo y, fiel a su estilo, lo hizo con una sonrisa de oreja a oreja. “No os preocupéis por mí. Sí muero mañana, os aseguro que habré tenido la mejor vida que ningún ser humano pueda imaginar”. En Estados Unidos la audiencia de aquella entrevista fue superior a cualquiera de los partidos de las finales de la NBA que el base de los Lakers había disputado.

Tienes que llamar a Larry”: el VIH y el día que Magic Johnson conmocionó al  mundo - AS.com
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Hoy sabemos que el sida no es sinónimo de muerte segura. Pero en 1991 el desconocimiento de la enfermedad era abrumador. Hoy Magic es un empresario de éxito y utiliza su magnetismo y su don de gentes para ganar millones donde antes ganaba partidos de baloncesto.

Pero en 1991 el VIH estaba al mismo nivel que la lepra. No sólo era la muerte en vida, sino que estigmatizaba socialmente. Aunque te llamases Magic Johnson y fueses la estrella de baloncesto más rutilante del momento.

Pasaron las semanas y el escaso conocimiento de la enfermedad daba a pensar en un paulatino empeoramiento de la salud de Magic Johnson. Pero bien por el buen funcionamiento de los fármacos, por su extraordinaria condición física o por su eterna actitud positiva, Magic se encontraba como siempre. Se convirtió en imagen pública de la investigación contra el VIH y siguió con sus rutinas de entrenamiento. Se había retirado por prescripción médica, pero tenía 31 años y se encontraba en plena forma.

Magic quería jugar, pero los médicos no le dejaban. No sólo eso. No tenía con quien jugar. Tan sólo Pat Riley se acordó de él. Riley había sido el arquitecto del ‘showtime’, un tipo de baloncesto ofensivo y pícaro que con él en el banquillo y Magic en la cancha le había dado a los Lakers cinco anillos en la década de los 80. Riley se encontraba entonces en la otra punta del país dirigiendo a los Knicks de Nueva York, pero no dudó en dar su tiempo y su amistad a Magic para que se siguiese manteniendo activo.

En febrero, como todos los febreros desde 1951, tiene lugar el All-Star de la NBA. Se trata de un partido amistoso a mitad de temporada en el que se enfrentan dos equipos con los mejores jugadores de la NBA. Tradicionalmente desafiaba a los mejores de la Conferencia Oeste con los de la Conferencia Este, aunque el sistema ha cambiado recientemente. Para seleccionar a los jugadores hay una mezcla de votos entre entrenadores, periodistas y aficionados.

Aquel fin de semana de febrero de 1992 el All-Star de la NBA se iba a celebrar en Orlando, la ciudad donde se halla Disneylandia, el paraíso terrenal de la imaginación. Fue un fin de semana mágico. Desde la fiesta de bienvenida de los jugadores hasta el alojamiento de los mismos tendría lugar en el mundo Disney.

Y en 1992 el jugador que más votos recibió por parte de los aficionados era uno que no había jugado ni un minuto en toda la temporada. Uno que se entrenaba en solitario y que no tenía con quien jugar.

Earvin ‘Magic’ Johnson. El más mágico de todos.

La NBA hizo los deberes. Se consultó a los mejores especialistas del mundo. Los eruditos comentaron que era imposible que hubiese un contagio. Tendría que ser entre una herida abierta y otra, y, aun así, las posibilidades eran escasísimas. Los facultativos hasta recomendaron la presencia de Johnson para dar visibilidad al hecho de que el sida no era sinónimo de fallecimiento. Hubo muchas llamadas de apoyo a la oficina del comisionado David Stern, pero hubo otras tantas llamadas amenazantes, incluidas de varios directivos que veían con preocupación que alguna de sus estrellas pudiese contagiarse con el VIH.

No todo iba a ser de color de rosa.

La pega más liviana era la ausencia de Larry Bird. El hombre junto al que Magic cimentó la leyenda de la NBA en la década de los 80 no iba a poder disputar el partido por culpa de sus sempiternos problemas de espalda. Mucho más duro para Magic fueron las declaraciones de Charles Barkley, al que consideraba un amigo. Barkley había pedido cambiar el número de su camiseta a mitad de temporada para llevar el 32 de Magic Johnson como homenaje a la estrella de los Lakers. No obstante, y fiel a su fama, Barkley comentó a los medios que le parecía injusto que un jugador retirado como Magic pudiese disputar el All-Star y que debería haber renunciado a hacerlo.

Pero todo eso eran nimiedades ante el hostil recibimiento que Magic iba a tener.

Magic fue el primer jugador que llegó a Disneylandia. Lo hizo junto a su mujer y junto a la responsable de su fundación contra el VIH, la cual se pasó el fin de semana tranquilizando a los demás jugadores y a sus familias sobre las opciones de contagio. Al parecer dio una charla sobre la enfermedad desmontado mitos, para lo que usó imágenes y declaraciones de varios enfermos que dejó a los presentes conmocionados. Pero no a todos. Otros arquearon las cejas. Cuando después de cenar Magic acompañó a su mujer al castillo de Blancanieves para ver los fuegos artificiales, sabía que al día siguiente se tendría que ganar a sus compañeros de vestuario.

La tarde posterior Magic entró el último en las dependencias de la Conferencia Oeste. Cuando hizo su aparición, los saludos fueron cordiales, pero distantes. Nada de abrazos ni carantoñas. Nada de apretones de manos. Muchos jugadores lo habían defendido en público, pero en privado tenían miedo. Magic se quedó petrificado. Por primera vez en toda la semana la sonrisa se desvaneció de su cara. Al fondo del vestuario estaba Karl Malone, la viva imagen de la virilidad, un excepcional jugador forrado de músculos y conocido por sus ideas ultraconservadoras.

Ni siquiera le miró a los ojos.

Minutos más tarde, y tras una atronadora ovación del público de Orlando a Magic, los jugadores de ambos equipos formaron dos filas en torno a la línea del centro del campo antes de iniciar la rueda de calentamiento. La tensión se cortaba con un cuchillo. Fue entonces cuando Isiah Thomas, miembro del equipo rival, rompió la línea de saludo y se acercó a darle un abrazo a su amigo mientras los flashes de los fotógrafos se hicieron eco del momento.

Se desata la guerra más sucia entre Isiah Thomas y Magic Johnson - MARCA.com
Johnson & Thomas

Fue algo catártico. Detrás de Thomas fueron todos los demás.

En ese mismo momento Magic recuperó la sonrisa.

El partido comenzó, pero en el ambiente flotaba la sensación de que el encuentro no era normal. Se había hablado, y mucho, si los jugadores se atreverían a dar codazos o a luchar por un rebote y buscar el contacto ante un seropositivo. Pero en la primera jugada del partido Magic se acercó a la canasta rival mientras era defendido por Dennis Rodman, el más malo de los chicos malos de la NBA. Éste rompió todas las reglas. Defendió con fiereza a Johnson, le metió el codo en la espalda y cuerpeó pecho con espalda. Magic anotó, y dos cosas quedaron claras. Que Magic no se había olvidado de jugar y que si Rodman iba a ser duro con él, los demás también lo serían.

Mickey, Donald y compañía habían hecho magia. Magic corrió, asistió, sudó, dio un par de pases prodigiosos y los demás se dieron cuenta de que era el de siempre. Magic hizo una finta, después una puerta atrás, lanzó un par de tiros imposibles de tres que entraron y facilitó unos cuantos pases sin mirar. Puro espectáculo. Ahí si hubo choques de manos, abrazos y carantoñas sin vacilación. El partido transcurrió con normalidad y la fiesta siguió su curso hasta la traca final.

Llegados a los últimos minutos y con el partido más que sentenciado por la Conferencia Oeste (la de Magic), Isiah Thomas invitó a su amigo Magic a un uno contra uno más allá de la línea del triple. Thomas jugueteaba con el balón entre las piernas mientras Magic le retaba con la mano a que se atreviese a encararle. No pudo. Magic era inquebrantable. Y Thomas tuvo que lanzar un desesperado tiro en suspensión que ni tocó el aro. Magic había salido victorioso. El público reventó el audímetro del pabellón.

En la jugada siguiente, y por aclamación popular, fue Michael Jordan el que se citó con Magic. La sucesión del trono en diez segundos de clímax. El público decidió ponerse de pie mientras el resto de los contendientes se abrían como el Mar Rojo ante Moisés para que los dos elegidos se citaran frente a frente. Jordan no se anduvo con chiquilladas. Fintó a su izquierda y comenzó una penetración hacia su derecha para lanzar una suspensión por encima de un Magic que llegó justó a tiempo para inhabilitar el lanzamiento. Agua. El tiro rebotó en el aro, pero no entró. Disneylandia volvió a rugir. Magic 2. NBA 0.

Ahora a Magic le tocaba atacar. Quedaban menos de veinte segundos para el fin del partido. Magic cuerpeaba a Isiah más allá de la línea de 7’25, hasta girar 180 grados y lanzar un tiro de tres puntos a una mano que finiquitaba el partido. Voltaire había dicho que la suerte sucede cuando la preparación y la oportunidad se encuentran y se fusionan. Aquel hombre era mágico. Pero no era cuestión de suerte. Había sido el mejor durante diez años y ninguna enfermedad por desconocida y mortífera que fuese iba a impedir que lo siguiese demostrando.

Magic saboreó todos y cada uno de los minutos de aquel partido. Todo lo que se vio allí fue la viva imagen de la vida. Abrazos, sonrisas, caricias y cientos de avalanchas de gestos de simpatía a todos los niños que se acercaban a saludarlo. Cada vez que veía una cámara de televisión Magic se aproximaba para hacer un chascarrillo. Cada vez que veía a un compañero allí estaba él para hacerle una carantoña. Aquel hombre era todo lo contrario a la definición de enfermo. Era el reverso brillante de la muerte.

El Oeste ganó con facilidad el encuentro ante el Este por 153-113. Magic fue declarado el mejor jugador del partido (MVP) por aclamación popular, pero también al haber sido el máximo anotador del choque con 25 puntos a los que añadió 9 asistencias.

Aquello fue un espejismo, hermoso, pero un espejismo. Justo una semana más tarde los Celtics visitaron a los Lakers en Los Ángeles. En el descanso del encuentro se aprovechó para realizar la ceremonia de homenaje de la retirada de la camiseta de Magic. Y, ahí sí, micrófono en mano, estaba su antagonista Larry Bird para decirle adiós, a pesar de que su espalda seguía martirizándolo. Bird hizo entrega a Magic de un trozo del parqué del Boston Garden, y, por vez primera, Magic entendió que todo había acabado. Johnson era un hombre emocionalmente destrozado. Él sabía que podía jugar, pero el mundo se empeñaba en enterrarlo.

The Magic Number: Los Angeles Lakers retire Magic Johnson's number in 1992  - New York Daily News
Johnson & Bird

—BARCELONA 92—

Aquel era año olímpico. Ya se había experimentado cuatro años antes en Seúl, pero en Barcelona 92 el amateurismo quedaba enterrado para la posteridad. Y no habría estrellas más rutilantes que las de la NBA. Tras la victoria soviética comandada por Sabonis en 1988, Estados Unidos quería demostrar al mundo que no existía ninguna nación baloncestística que pudiese competir con ellos.

Esa pléyade de estrellas fue conocida como el ‘Dream Team’. Estuvieron los mejores del momento, en una colección de talento que aún no ha sido igualada por h o por b en otras convocatorias olímpicas. El equipo estaba comandado por Michael Jordan, el cual ya había sido campeón olímpico en 1984. No obstante, había dos figuras en el ocaso de sus carreras que no habían participado nunca en unos JJ.OO. Una de ellas era Larry Bird. El alero de los Celtics no tenía muchas ganas de acudir. De hecho, había decidido retirarse.

El otro era Magic. Y Magic hizo de aquella convocatoria una cruzada. Persistió hasta convencer tanto a Jordan como a Bird. No veía mejor forma de despedirse del baloncesto que reuniendo a los mejores. Sin ellos tres el ‘Dream Team’ no hubiera sido tal. La federación estadounidense estaba encantada y dio el visto bueno a la presencia de Johnson. Magic seguía en plena forma y el All-Star de meses atrás había demostrado que el riesgo era cuasi inexistente.

Estados Unidos ganó el oro arrollando a sus rivales con una media de 43 puntos de diferencia. Ahora sí, Magic decía adiós.

Pero Magic no quería decir adiós.

Se sentía fuerte, joven y en plena forma y con el OK de los médicos se dispuso a retornar a las canchas para la campaña 1992/93. En una rueda de prensa multitudinaria declaró que, aunque infectado por el virus, no había ningún riesgo de contagio para con sus rivales. Pero con la pretemporada en marcha, un periodista le preguntó a Karl Malone que le parecía la vuelta de Magic a las canchas. El pívot de los Jazz señaló los cortes de sus brazos y de sus piernas y se limitó a arquear los hombros y señalar “que no hay ningún jugador de la NBA que no haya pensado en todos los riesgos”. Desatado y visiblemente molesto, Malone dio la sentencia definitiva: “Cuando haya que defenderlo mi instinto me pedirá ir a por él, pero me preocupan las consecuencias de lo que pueda ocurrir. Y yo estoy aquí para ganar”.

Karl Malone, el Cartero de Utah | Alley-oop!
Malone; el malo de la película

Que Karl Malone, uno de los jugadores más duros de la NBA y que acababa partido tras partido con múltiples cortes en su cuerpo, fuese tan taxativo fue muy duro para Magic. Peor aún. Magic y Malone habían compartido equipo olímpico en Barcelona. Aquello era puro rencor.

Quiso el destino que días después, en un amistoso disputado en Carolina del Norte, un pequeño reguero de sangre corriese del brazo de Magic tras un encontronazo. El silencio en el pabellón fue sepulcral. Cuando el médico de los Lakers se puso unos guantes para solucionar el corte con unas vendas y un poco de algodón, los murmullos se sucedieron de una punta a otra de la cancha.

Fue ver la muerte en vida.

“Pude ver el miedo en la gente tras aquel corte. Fue suficiente para mí”.

Magic no necesitó leer la prensa ni ver las noticias para darse cuenta de lo que aquellos murmullos significaban.

Sabía que, ahora sí, no habría más magia.

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Cuando Santa Claus se hizo hincha de los New York Knicks

De familia más que acomodada, Nicolás tenía a su alcance todo aquello que fuese deseo terrenal para su imaginación. Pronto su inmaculada infancia se vio privada tras la muerte de sus padres a causa de la peste. Apesadumbrado, decidió ordenarse sacerdote y dar su vida a la oración, por lo que no dudo en regalar todos sus bienes y todas las propiedades de sus progenitores a aquellos que más lo necesitaban.

Nicolás acabaría siendo obispo en Mira, una ciudad, hoy desaparecida, situada en la moderna Turquía. Su querencia por hacer el bien atendía con efusividad a los niños. Se cuentan decenas de historias sobre pequeños a los que hacía regalos. Pero la más conocida no está relacionada con pequeños, sino con tres muchachas a punto de casarse. Se dice que existían unas hermanas que iban camino de la soltería al no disponer de dote para encontrar marido. Al parecer, enterado del asunto, Nicolás entró en secreto por la ventana del domicilio y colocó unas monedas de oro en los calcetines de las tres hermanas.

Siglos más tarde los restos del obispo Nicolás fueron trasladados a la italiana Bari, donde sus reliquias son veneradas. A San Nicolás de Bari se le rinde pleitesía en múltiples templos y es patrono en países tan dispares como Grecia o Turquía.

Por una serie de mezclas de tradiciones paganas y rituales cristianos, de una forma u otra, la leyenda de San Nicolás fue tomando forma. Uno de esos lugares fueron los Países Bajos. Allí, la noche del 5 al 6 de diciembre, San Nicolás (Sint-Nicolaas o Sinterklaas) entregaba a los niños sus regalos. Dado que San Nicolás era de Bari, por entonces dominio español del reino de Nápoles, se decía, y aun se dice, que viene de España, del mismo modo que los españoles dicen que los Reyes Magos vienen de Oriente. ‘Sinterklaas’ cuenta con un ayudante, un chico español llamado Pedrito el negro (Zwarte Piot) que es quien desciende por las chimeneas y se cuela en los salones de los niños que se han portado bien. Al que se portaba mal, Pedro se lo llevaría consigo a Alicante, lugar desde el que decían partía el barco que llevaba a San Nicolás desde España todos los 5 de diciembre.

Con el paso del tiempo Sinterklaas pasaría a ser Santa Claus, de igual modo que Nueva Ámsterdam pasó a ser Nueva York. Aquellos emigrantes neerlandeses que se asentaron a orillas del río Hudson en el siglo XVII llevaron consigo la tradición de la festividad de San Nicolás. Cuando los colonos ingleses y sus hijos estadounidenses conviertan aquella ciénaga en Nueva York, Santa Claus pasará a convertirse en el gran icono navideño al otro lado del Atlántico. Realmente los yanquis hicieron con Santa Claus lo mismo que con Halloween o con el Día de Acción de Gracias. Absorber, asimilar y transformar. Santa Claus era neerlandés, Halloween irlandés y Acción de Gracias español. Todos acabaron siendo estadounidenses.

Aquel Santa Claus fue medrando en el tiempo hasta que a finales del siglo XIX hizo el camino inverso y regreso a Europa. En Francia le dieron por llamar ‘Bonhomme Noël’, y con el cambio de siglo, a Papa Noel se le dio por mudarse al Polo Norte y comprarse un trineo tirado por unos renos para que le facilitasen el viaje. Mientras en los Países Bajos la fiesta siguió adscrita al 5 de diciembre, en el resto del mundo se estableció para la noche del 24 para honrar al niño más famoso en la historia de la Humanidad. Luego vendría el afamado anuncio de Coca-Cola y el color rojo…

San Nicolás - ACI Prensa
San Nicolás

Pero todo esto fue un proceso lento, muy lento. Desde que San Nicolás pasó a ser Santa Claus hubieron de pasar cerca de dos siglos. No conocemos la existencia del moderno Santa Claus hasta el 6 de diciembre de 1809. Concretamente en un libro llamado ‘Historia de Nueva York’ firmado por un tal Diedrich Knickerbocker.

El libro contaba la historia de la ciudad desde la llegada de los primeros emigrantes neerlandeses hasta entonces. El ensayo no hubiese tenido relevancia alguna si no fuese porque su autor se desvaneció sin dejar rastro. La prensa informó de la desaparición del tal Knickerbocker, descrito como un caballero menudo, entrado en años, con pantalones bombachos, sombrero de tres puntas y un viejo abrigo negro. Al parecer una noche no había vuelto al hotel en el que se hospedaba y se solicitaba la búsqueda ciudadana para dar con él.

Ante la ausencia de novedades sobre el paradero del historiador neerlandés, un mes después se informa de que en la habitación del señor Knickerbocker se ha encontrado un libro no publicado llamado ‘Historia de la ciudad de Nueva York’ y que de inmediato se iba a imprimir y poner a la venta con el objetivo de saldar las deudas impagadas del señor Knickerbocker con el hotel. Aquel 6 de diciembre de 1809, festividad de San Nicolás, las librerías de la ciudad inundan sus escaparates con la novedad editorial.

El morbo y la expectación de los neoyorkinos va en aumento y, como era de suponer, el libro es un éxito de ventas. Lo será no sólo por el morbo, sino porque el libro parece ser una interesante obra de dos volúmenes amena, divertida y con menudos detalles sobre las costumbres políticas y sociales de aquellos primeros neerlandeses. Era una oda a una generación que puso los cimientos para lo que ya entonces era una de las ciudades más importantes del mundo. El libro se convirtió en un ‘best-seller’, porque además rastreaba los orígenes de algunas de las empresas y ciudadanos más notables del momento cuando, para ser un verdadero neoyorkino, era importantísimo contar con antepasados de origen neerlandés.

Fue así como Diedrich Knickerbocker pasó a convertirse en una leyenda. Y fue así como San Nicolás pasó de ser una pequeña tradición familiar a colarse en las casas de todo niño neoyorkino. Más adelante penetrará en el salón de cada niño estadounidense con el nombre de Santa Claus. El pasaje en el que se habla sobre la hermosa tradición de la festividad de San Nicolás fue de los más aplaudidos por los lectores. Fue ese libro lo que convirtió a Santa Claus en una celebridad.

Lo curioso es que Diedrich Knickerbocker jamás apareció. Nunca dieron con su paradero.

De hecho, nunca existió.

Fue todo obra de la mente del célebre escritor estadounidense Washington Irving (de origen escocés, por cierto) en una de las primeras grandes operaciones publicitarias conocidas. Su editorial se inventó la desaparición de un desconocido escritor neerlandés dejando tras de sí un manuscrito en la habitación de un hotel. Con el beneplácito del dueño del hospedaje y un suculento contrato de colaboración con el ‘Evening Post’, la maquinaria se puso en marcha con un resultado fastuoso.

Cuando se supo toda la verdad dio exactamente igual. El libro era tan bueno y había calado de tal manera en el subconsciente de aquellos neoyorkinos que ‘Historia de Nueva York’ pasó a formar parte de la idiosincrasia de la Gran Manzana. Tal fue el éxito de la invención de Irving que, a los oriundos de Nueva York, a aquellos considerados genuinamente neoyorkinos, comenzó a llamárseles knickerbockers. Hoy se sigue aplicando a todos los habitantes de Nueva York, sean de donde sean, pero siguen siendo aquellos que habitan en Manhattan (la isla donde se asentó Nueva Ámsterdam) los que son auténticos knickerbockers.

Mucho más tarde, cuando Santa Claus campaba a sus anchas por medio mundo con su gorda barriga embutida en un traje rojo, un tal Ned Irish decidió fundar una franquicia de baloncesto para que compitiese en la recién creada NBA (National Basketball Association). Esa franquicia es una de las tres (junto a Celtics y Warriors) que 75 años después se mantienen en pie. Para decidir el nombre, Ned Irish reunió a sus hombres de confianza y les pidió que pensasen en un apodo.

Tras un sorteo la elegida fue ‘Knickerbockers’.

Habían nacido los New York Knickerbockers.

Habían nacido los New York Knicks.

Durante sus primeras dos décadas de vida la mascota de los Knicks fue un señor vestido con unos pantalones bombachos típicos de los primeros emigrantes neerlandeses y sombrero de tres puntas. Era conocido como ‘Father Knickerbocker’.

‘Father Knickerbocker’. Aquel escritor que jamás escribió nada. Aquel escritor que convirtió a Santa Claus en una celebridad.

New York Knicks Logo - Significado, História e PNG
New York Knickerbockers

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