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Paris 1924. La revancha de Coubertin (2ª parte)

En cada edición de los Juegos Olímpicos hay una estrella. Un deportista que es la excelencia dentro de la excelencia. En ocasiones ese elegido entre los elegidos no es uno solo. Pueden ser dos o hasta tres. Un rey o una reina sobre el tartán, otr@ surcando las aguas y un tercero entre anillas, potros y colchonetas. Lo curioso de Paris no es que hubiese uno ni dos ni tres. Es que hubo uno en directo y otros dos en diferido.

Fue en 1981. Medio siglo más tarde. Chariots of fire (Carros de fuego) gana cuatro Oscars, entre ellos el Oscar a la mejor película. Entre los que pusieron la pasta, por cierto, estaba el hijo de un multimillonario egipcio llamado Dodi Al-Fayed. Años después fallecerá en un accidente de tráfico junto a Lady Di, princesa de Gales, que en ese mismo 1981 contraía nupcias con el hoy coronado Carlos III del Reino Unido. El caso es que Chariots of fire ha pasado al imaginario colectivo gracias a los sintetizadores y al teclado de Vangelis y su banda sonora, canción por antonomasia para una carrera o un esfuerzo físico extraordinario. Realmente no mucha gente ha visto la película, y de los que la vieron poco más recordarán que la icónica carrera por la playa y la vanguardista melodía del compositor griego. Pero es lo de menos. Forma parte de la cultura moderna.

Carros de fuego cuenta la historia de los atletas británicos Harold Abrahams y Eric Liddell y su participación en las pruebas de atletismo de los Juegos Olímpicos de Paris de 1924. Como suele ocurrir en estos casos, son dos formas antagónicas de vida que recorren caminos distintos para llegar a un mismo objetivo. También, como suele ocurrir, la película tiene varias licencias artísticas, siendo la más relevante que Liddell si sabía que la carrera de 100 metros iba a disputarse un domingo antes de partir a Paris, cuando en el filme se dice que se enteró horas antes de la celebración de la prueba. Como veremos, la religión será pieza clave para entender la renuncia de Liddell a correr en domingo. Del mismo modo, en la religión hallaremos la explicación de por qué tan singular título para una película de atletismo. Y es que Carros de fuego hace referencia a un pasaje de la Biblia que expone como el profeta Elías fue llevado al cielo en un carro de fuego tirado por una cuadriga de caballos.

Harold Abrahams (1898-1978) era un inglés hijo de judíos procedentes de Lituania que se hicieron ricos con varios negocios. Abrahams recibió una educación elitista que le llevaría a estudiar Derecho en la Universidad de Oxford. Pretendía dejar de correr tras los Juegos de París para abrir su propio bufete de abogados. Eric Liddell (1902-1945) nació en China, donde vivían sus padres, unos misioneros protestantes escoceses que habían ido al país asiático en misión evangelizadora. Cuando Liddell tenía seis años regresaron a Escocia iniciando éste una carrera estudiantil en un colegio de misioneros que le acarrearía licenciarse en Ciencias Exactas por la Universidad de Edimburgo. Al mismo tiempo comenzó una carrera deportiva que lo llevaría a disputar dos torneos del Cinco Naciones de Rugby con la selección escocesa.

Abrahams tuvo que dar siempre un poco más de sí, ya que su condición de judío le causaba ciertas dificultades en la Inglaterra de la época. Para él, un joven de familia rica, el éxito deportivo era una forma de encajar dentro de la élite postvictoriana. Tenía dinero y un futuro brillante, pero por cuestiones de procedencia y de religión no se sentía aceptado de pleno derecho. Abrahams esperaba cambiar todo esto ganando la medalla de oro en los 200 metros, donde era el favorito, pero acabaría en un decepcionante sexto lugar.

Liddell era el verdadero bicho raro de esta historia. El tiempo que no dedicaba a entrenar lo entregaba a tareas de carácter social o evangelizadoras. Liddell era un predicador protestante. Así, meses antes de los Juegos, y, al contrario de lo que cuenta la película, la organización determinó que la final de los 100 metros lisos tendría lugar el domingo 7 de julio. Liddell tenía prohibido correr un domingo, día sagrado, y renunció a su prueba fetiche ante la presión, las protestas y la incredulidad de la federación británica.

Especialmente en Escocia la decisión fue tomada con gran pena, ya que Eric Liddell era el indiscutible favorito a conseguir el oro olímpico y un héroe nacional. Al final, Eric tomó la decisión de disputar las pruebas de 200 y 400 metros donde sus posibilidades eran mucho menores. Dedicó los dos últimos meses de preparación a cambiar sus hábitos de entrenamiento para potenciar su resistencia a coste de perder velocidad. En Gran Bretaña la polémica estaba servida. Muchos medios de comunicación discutieron sobre la decisión de llevar a un religioso radical a los Juegos. Otros, deslegitimaron a Liddell al considerarlo un antipatriótico escocés nacido en China. La pelotera se haría gigantesca cuando el día anterior a la final de 200 metros Liddell se presente en varias iglesias parisinas predicando. A pesar de todas las críticas, y con la opinión pública en contra, al día siguiente logró una inesperada medalla de bronce que le daba una vida extra y le descargaba de presión. Se había convertido en el aceptado mientras que Abrahams (con su sexto puesto) era la oveja negra. A Abrahams le quedaba una bala. La final de los 100 metros lisos. Sin Liddell, el favorito era el estadounidense Charles Paddock, vigente campeón olímpico. Pero Abrahams voló y alcanzó la notoriedad que tanto perseguía logrando el oro olímpico con récord de 10’6’’. Ya iba a ser aceptado como un igual en la élite londinense.

Faltaban los 400 metros. Por la calle siete, sin referencias y con un estilo poco académico de boca abierta y cabeza inclinada, Eric Liddell lograba la medalla de oro y destrozaba el récord del mundo. Se acababa de convertir en leyenda en el Reino Unido, y cuando comunicó que también renunciaba a correr el 4 x 100 al disputarse el domingo siguiente, a nadie pareció importarle. Sus pecados fueron perdonados.

SI Abrahams y Liddell fueron reyes de los Juegos en diferido, Paavo Nurmi se convirtió en el flamante campeón entre los campeones de Paris 1924. En el primus inter pares. Lo hizo de una forma irrepetible. Taciturno, arisco, serio, pesimista y sin amigos conocidos, Nurmi huía de los focos como de la peste. Una vez llegó a declarar que “la fama y la reputación son menos valiosos que un arándano podrido”. Nurmi ya había logrado cuatro medallas en Amberes 1920, pero lo de Paris estuvo a otro nivel.

Llegó a París para los Juegos Olímpicos de 1924 como el gran favorito y dispuesto a reventar todos los récords existentes. Y vaya si lo hizo. Fue un suceso sobrehumano. Obtuvo cinco medallas de oro olímpicas (fondo por equipos, 1.500 metros, 3.000 metros, 5.000 metros y cross campo a través -8.000 metros-) en seis días. Un programa de competición extenuante que jamás se ha vuelto a ver. Pero más allá de las preseas, lo que lo convirtió en un mito es cuando logró el doblete en 1.500 y 5.000 en poco menos de una hora.

Aquella semana de julio fue una de las más calurosas de la historia parisina con máximas que rondaron los 40 grados. Bajo ese sol acuciante Paavo Nurmi venció en la prueba de los 1.500 metros marcando un nuevo récord olímpico. Apenas una hora más tarde, exactamente 55 minutos después, tenía lugar la final de los 5.000 metros cuando el termómetro se acercaba peligrosamente a los 43 grados. Los rivales de Nurmi asumieron que estaría exhausto y corrieron a ritmo de récord del mundo desde el inicio para acabar con el finés. Viendo que sus competidores se distanciaban, Nurmi tiró su cronómetro al suelo (siempre llevaba uno en mano en una época en la que nadie controlaba el tiempo durante la carrera), se dejó de pamplinas y protagonizó una remontada que lo llevaría a ganar el oro sumando un nuevo récord olímpico.

Pero es que al día siguiente el termómetro en París se fue hasta los 45 grados, que en una metrópolis y con alta humedad daba una sensación térmica cerca de cinco grados a mayores. Era la jornada en la que tendría lugar la prueba de campo a través. De los 38 participantes tan sólo 15 consiguieron finalizar la prueba. Las crónicas dicen que hubo un atleta que, aunque logró terminar, cayó al suelo desmayado. La cantidad de colapsos que hubo entre espectadores y atletas hizo que el COI suspendiese por perpetuidad la prueba de campo a través del programa olímpico. Jamás se ha vuelto a disputar. Pero Paavo Nurmi ni se inmutó. Logró la victoria con una ventaja de más de un minuto sobre el segundo clasificado. Lejos del cansancio, clamaría más tarde que la eliminación de la disciplina era una injusticia inclasificable.

Su velocidad le hizo poseedor del apodo de Finlandés volador, pero su esquiva personalidad también le granjeó el seudónimo de Finlandés fantasma y El gran silencioso. Por entonces los atletas escandinavos eran los favoritos en las pruebas atléticas de los Juegos Olímpicos. El pionero fue Hannes Kolehmainen y Nurmi decidió seguir sus pasos. Comenzó a realizar una serie de entrenamientos espartanos. Añadía pesos a sus botas para dificultar la zancada o se agarraba al parachoques trasero de los trenes obligándose a correr a su mismo ritmo. Su estoicidad llegó al extremo de desfilar con una mochila llena de piedras a la espalda por voluntad propia mientras ejercía el servicio militar. Empezó a entrenarse por intervalos utilizando para ello los postes telefónicos que encontraba en los caminos, combinando intensidad larga y series explosivas. En una época donde las máquinas eran la modernidad, Paavo Nurmi era reflejo de su tiempo.

Nurmi convirtió esa zancada harmoniosa y regular en el arquetipo del corredor de medio fondo que desde entonces ha llegado a nuestros días. Pero corría siempre solo y, en caso de que alguien fuera lo suficientemente atrevido para acompañarle, aumentaba su ritmo y rápidamente lo agotaba. Sus propios compañeros de la selección finesa admitieron que tenían poco más que espiarlo para aprender algo de él. Y entre esos compañeros había auténticas leyendas. Ville Ritola ganó la carrera de 10.000 metros y de 3000 obstáculos y Finlandia se mantuvo en la elite del atletismo hasta que en los 60 el África negra cambió las tornas del juego.

Nurmi. El finlandés volador

Hubo otros deportistas más que destacables. William Delhart Hubbard se convirtió en el primer afroamericano en ganar una medalla de oro en salto de longitud. Lo curioso es que Robert LeGrende logró el récord del mundo en salto de longitud, pero dentro de la prueba del pentatlón, por lo que su hazaña solo le valió una medalla de bronce en su categoría. Harold Osborn logró el récord del mundo en salto de altura y Mariechen Wehselau el de 100 metros en natación de estilo libre. Se batieron hasta nueve récords del mundo y diez olímpicos.

La esgrima femenina hizo su debut en estos Juegos Olímpicos y la danesa Ellen Osiier obtuvo el título con una victoria rotunda sin perder ni un solo punto con sus rivales. Francia venció en waterpolo, rompiendo la hegemonía que había mantenido Gran Bretaña, que había vencido en los cuatro Juegos Olímpicos donde se había celebrado. Mientras, Gertrude Ederle venció en 200 metros en natación y dos años después se convirtió en la primera mujer en cruzar a nado el Canal de la Mancha. Por último, el sueco Oscar Swahn se convirtió en el olímpico de más edad al participar en tiro con 72 años. Cuando contaba 60 ya había conseguido tres medallas olímpicas y acabaría su carrera con seis preseas.

En fútbol Uruguay maravilló al mundo a través de continuas exhibiciones en el estadio de Colombes. Todos los participantes eran europeos salvo Estados Unidos y los charrúas quienes se embarcaron en un largo viaje en barco con destino al puerto de Vigo. Una vez en España disputaron un total de nueve amistosos que se saldaron con nueve triunfos. Uruguay practicaba un juego que era denostado en el Viejo Continente al usar y abusar del regate y al mover la habitual línea estática de cinco delanteros para buscar superioridades en el centro del campo. El juego de toque charrúa se llevó el oro tras vencer sucesivamente a Estados Unidos, Francia, Países Bajos y Suiza. Repetirán triunfo en Ámsterdam 1928 y obligarán a la FIFA a crear el Mundial en 1930. Para tan magno acontecimiento Uruguay será elegida sede de ese primer campeonato del mundo. Se construirá el estadio Centenario, llamado así porque en 1930 se celebraban los 100 años de la primera Constitución uruguaya. Los cuatro sectores del estadio serán bautizados como Tribuna América, Tribuna Olímpica, Tribuna Ámsterdam y Tribuna Colombes.

Y una cosa más. Meses después de la victoria uruguaya en los Juegos Olímpicos de Paris se disputó en Buenos Aires un partido amistoso entre Argentina y Uruguay. Vencieron los primeros por 2-1 gracias a un tanto de Cesáreo Onzari, quien lanzó un saque de esquina que entró sin tocar en ningún jugador en la portería defendida por el guardameta uruguayo. Aquello fue digno de mención y se aprovechó de una reciente reforma del reglamento ya que antes no se permitían los goles directos de lanzamiento de córner. El tanto pasaría al relato popular como el gol que Onzari le marcó a los olímpicos. Y, de este modo, con el tiempo el gol anotado directamente desde el saque de esquina será conocido como gol olímpico.

Vuelta olímpica uruguaya

La participación española fue un completo desastre. Lo habitual hasta Barcelona 1992. España contó con una delegación compuesta por 111 atletas, entre los cuales por primera vez se incluyeron dos mujeres, que fueron las tenistas Lili Álvarez y Rosa Torras, de las que la primera alcanzó los cuartos de final en tenis femenino. Álvarez había sido dos veces subcampeona en Wimbledon. No hubo medallas. El mejor puesto fue el obtenido por el aristocrático equipo de polo, que se quedó a las puertas del podio. También en cuarto lugar quedó Santiago Amat en la clase finn de vela.

Fueron unos Juegos en los que el cine y el deporte estuvieron estrechamente relacionados. Los noticieros ya se encargaban de informar de las hazañas de los deportistas y, aunque el sonido aun no estaba presente, en lo audiovisual la radio daba voz a los héroes y hacia omnipresentes a los periodistas. La relación entre el séptimo arte y los Juegos Olímpicos fue tal que no sólo Abrahams y Liddell tendrán su epílogo en forma de celuloide. Habrá un deportista con seis medallas olímpicas (cinco de oro) y un total de 67 récords mundiales al que los focos de los Juegos se le harán pequeños y acabará convirtiéndose en leyenda en los platós de Hollywood.

Nacido en Timisoara (hoy Rumanía entonces Imperio Austrohúngaro y de padres alemanes) Peter Johan Weismüller logró en Paris 1924 tres medallas de oro en natación y una de bronce en waterpolo. De joven había emigrado con sus padres a Chicago donde pasó a ser conocido como Johnny. Comenzó a destacar en la adolescencia con una técnica de estilo libre revolucionaria en la que giraba la cabeza para respirar y avanzaba con una patada oscilante. Eso le permitió batir varias veces todos los récords del mundo en estilo libre desde los 50 a los 800 metros. Su récord en los 100 metros libres se mantuvo en pie durante 17 años. Tras los Juegos de 1928 se retiraría sin haber perdido ni una final del campeonato estadounidense de natación ni de los Juegos Olímpicos.

De anchas espaldas, bien parecido y de 191 centímetros de altura, en 1932 la Metro-Goldwyn-Mayer le ofrece a Weismüller encarnar el papel de Tarzán, un gigante de enormes facultades físicas que tras perder a sus padres de niño es criado en la selva por una manada de simios. Weismüller hará un total de doce películas de la saga Tarzán en las siguientes dos décadas sin obtener el fervor de la crítica, pero convirtiéndose en uno de los actores más queridos por niños y mayores entre la década de 1930 y la de 1950.

Tarzán en la piscina

Weismüller contribuyó con sus cuatro medallas en Paris a que Estados Unidos liderase el medallero olímpico. Lo hizo con una superioridad aplastante al lograr un total de 99 preseas de las cuales 45 fueron de oro. En segunda posición quedó Finlandia, comandada por Nurmi y su excelente cosecha de atletas, quienes sumaron 14 medallas áureas para un total de 37 metales. El tercer lugar del pódium sería para la anfitriona Francia con 13 medallas de oro y un acumulado de 38 medallas.

“Creo que Dios me creó con un propósito. Si dejara de correr lo estaría despreciando”. Eric Liddell, campeón de los 400 metros lisos.

“Cuanto mayor sea el nivel de vida de un país, peores serán los resultados en los eventos que piden trabajo y problemas. Me gustaría advertir a esta generación, a los países con mayor bienestar, que no dejen que esta vida cómoda los haga perezosos. No dejen que los nuevos medios de transporte maten sus instintos de ejercicio físico”. Paavo Nurmi, a finales de la década de 1960, cuando le preguntaron porque Finlandia pasó de obtener 37 medallas en Paris 1924 a cuatro metales en México 1968.

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Todo había comenzado apenas dos décadas más atrás. Paris ya había sido sede de los Juegos Olímpicos de 1900. La idea inicial era que Atenas fuese sede permanente de los Juegos, pero Coubertin se empeñó en hacerlos globales. Así que tras Grecia en 1896 tocaba Francia en el año 1900. Hubo unanimidad. SI los primeros tenían que ser en Atenas como homenaje a Platón, Sócrates y compañía los segundos tendrían que ser en Paris para contentar a Pierre Fredy de Coubertin, el aristócrata galo que había resucitado los Juegos Olímpicos.

Fueron un desastre. Se celebraron a lo largo de siete meses entre mayo y octubre de 1900. Se trataba de un calendario extensísimo que se adaptaba a la Exposición Universal de Paris de ese año. Y es que, a pesar de los esfuerzos de Coubertin, los Juegos estuvieron supeditados a la Exposición. No hubo ni ceremonia de inauguración ni de clausura ni se construyó estadio olímpico alguno. El grueso de pruebas se disputó en el Bosque de Vincennes, al sureste de Paris, porque allí tenían los stands los países participantes de la Exposición Universal y porque hasta allí llegaba la primera línea de metro parisina. Fueron un fracaso absoluto. Heridos de muerte, hubo voces para que volviesen a Grecia de forma perpetua y hubo miembros del Comité Olímpico Internacional (COI) que pelearon por su cancelación definitiva. Paris 1900 estuvo a punto de cargarse los Juegos.  

Coubertin nunca fue capaz de digerir ese fracaso en su villa natal. Así que cuando en el congreso del COI de 1921 anuncie su renuncia al cargo tras los Juegos de 1924 solicitará a los allí presentes que Paris sea sede de sus últimos Juegos como presidente. Poco se le podía negar al hombre que había resucitado los Juegos de la Antigüedad y los había dotado de modernidad. Además de Paris había otras seis ciudades candidatas. Las europeas Ámsterdam, Praga, Lyon, Barcelona y Roma y la americana Los Ángeles. Alguna inmediatamente (Ámsterdam en 1928) y otras tras una larga espera (Barcelona 1992) han conseguido celebrar el sueño olímpico, exceptuando a la capital de Chequia y a la provinciana Lyon. De todas, la elección ilógica era la de Paris, pero resultó ser la ganadora con soberana facilidad. Fue el empeño de Pierre de Coubertin lo que le dio a la Ciudad de la Luz su segunda olimpiada en un lapso de tiempo a todas luces irrisorio.

Lo que no consiguió fue la presencia de Alemania a pesar de que Coubertin insistió en invitar a los germanos para cerrar las heridas de la guerra y que el deporte primara sobre la política. El COI se negó a dar pábulo deportivo a los considerados inductores de la I Guerra Mundial. En todo caso los oficialmente conocidos como los Juegos de la VIII Olimpiada fueron un éxito con 44 naciones presentes frente a las 29 de la edición anterior. Se celebraron entre el 5 y el 27 de julio de 1924 (aunque algunas pruebas comenzaron el 4 de mayo). La sede acogió a 3089 atletas; 2956 hombres y 136 mujeres en 126 pruebas diferentes. Aún quedaba mucho que hacer por la paridad. Paris se convirtió en capital mundial, aunque dejó migajas para Reims y para Le Havre, ésta última donde se celebrarían las pruebas marítimas.

Paris 1924

En un principio la organización no fue eficiente. Retrasos y desidias en las obras hicieron que Coubertin amenazase con llevarse los Juegos a Los Ángeles. Sonó a bravuconada. Meses después repitió amenaza y propuso Lyon. Era más factible esta decisión ya que contaba con la financiación del Estado francés. De pronto, el Ayuntamiento de Paris aceleró las obras para alegría de Coubertin. Los parisinos se enmendaron y Lutecia construyó un nuevo estadio para los Juegos Olímpicos; Colombes. Situado en el Gran Paris, al noreste de la capital, contaba con capacidad para 60.000 espectadores, un enorme marcador de 30×15 y un sistema de megafonía sin hilos que permitió por vez primera a los espectadores escuchar discursos, avisos y seguir con mayor facilidad todo lo que ocurría dentro de la vorágine competitiva. En Colombes ganará Uruguay el oro en fútbol tras pasar por encima de todos sus rivales y demostrar que el juego asociativo sudamericano superaba con creces al europeo basado en la fuerza. El éxito charrúa llevará a la FIFA a crear el Mundial de fútbol años más tarde y en 1938 Colombes será la sede de la final de la edición celebrada en Francia. Allí también habrá un Pelé-Eusebio que conmocionará al mundo. Colombes traspasará las fronteras futboleras al ser durante varias décadas el lugar donde se celebre el fin de fiesta en el Tour de Francia y del estadio de Colombes será de donde Pelé, Stallone y compañía escapen en la icónica Evasión o Victoria, la mejor película futbolera que jamás se ha hecho.

La idea era inicial era construir un coloso de 100.000 plazas, pero la falta de fondos imposibilitó llevar a cabo la obra. No sería obra nueva, sino una gigantesca ampliación del Parque de los Príncipes, un estadio municipal situado en los límites del Bosque de Boulogne, donde se encuentran las pistas de Roland Garros y no excesivamente alejado de la Torre Eiffel. Finalmente, el cicatero Ayuntamiento de Paris rehusó hacerse cargo de las obras y fue la Comuna del Gran Paris la que decidió financiar la mitad de las obras que se harían en Colombes, allá donde el Sena surca en meandros y abandona Paris. El otro 50% de las obras corrió a cargo del Racing Club, quien sería el beneficiario una vez finalicen los Juegos. El Racing era y es un afamado club de rugby y en aquella época el gran club de fútbol del Gran Paris. En 1928 el estadio fue rebautizado con el nombre de Yves de Manoir, un fantástico jugador de rugby que falleció a los 24 años tras un accidente aéreo. Una vez finiquitados los Juegos el estadio se acomodó en unas 45.000 plazas que hoy se reducen únicamente en 14.000. La creación del Paris Saint Germain y la reforma integral del Parque de los Príncipes en 1972 y, en segundo lugar, la construcción del Stade de France en 1998, hirieron de muerte a Colombes, que en Paris 2024 únicamente albergará la competición de hockey sobre hierba.

Colombes 1924

En las pistas de ceniza de Colombes se citarán cientos de atletas. Es el atletismo el deporte rey de los Juegos y merece un escenario de tronío. También la reina. Y la reina de los Juegos es la natación. Y un palacio se le fue construido. Para la competición de natación se edificó un complejo de piscinas en Tourelles, al sureste de Paris, cerca de la Bastilla, en la otra punta de Lutecia. La espectacular estructura contaba con una piscina de 50 metros en la que por vez primera los finalistas estaban divididos en ocho calles delimitadas por cuerdas coronadas por boyas de colores. Las piscinas siguen hoy en pie, impertérritas al paso del tiempo, y forman parte del paisaje de Paris como el Palacio de Versalles, el Hipódromo de Longchamp, el Campo de Marte, la Plaza de la Concordia o la esplanada a los pies de los Inválidos, lugares que sirvieron de atrezo para los Juegos de 1924 como también lo fueron para los de 1900 y lo son para los de 2024.

Entre las novedades también estuvo la construcción de un palacio de deportes y de un velódromo nacional. Más reseñable fue la asunción del eslogan CItius, Altius, Fortius (más rápido, más alto, más fuerte) que fue serigrafiado en el anverso de las medallas olímpicas, así como en los carteles y sellos conmemorativos. Se usó también un logo que se compone de un escudo monocromo que contiene una galera con las velas desplegadas que reinterpreta el escudo medieval de la ciudad parisina. El cartel oficial presentaba unos jóvenes deportistas con el torso desnudo mientras levantaban la mano para hacer el saludo romano. Cuando se diseñó aun no tenía la connotación fascista que el brazo en alto asumirá en la siguiente década. También se obligó a que los atletas vistiesen de gala en la Ceremonia de Inauguración en vez de portar ropa deportiva, mientras en la Ceremonia de Clausura se izaron por vez primera un total de tres banderas; la del COI, la del país de anfitrión y la del próximo país organizador.

Villa olímpica 1924

Más de mil periodistas acudieron a París para informar al mundo sobre la cita olímpica. Todos ellos juntos sumaban tantos seres humanos como un tercio de los deportistas allí citados. La radio haría acto de presencia como gran novedad. Fue la primera vez que Irlanda participó como país independiente tras una guerra civil que acabó con la hegemonía inglesa y la partición de la isla en dos mitades. También fue la primera vez de Australia y Nueva Zelanda como entes diferenciados. Sudáfrica fue la representante de África en el medallero y Haití logró una histórica medalla de bronce.

Fue la primera vez que se habilitó una Villa Olímpica como residencia de los deportistas. Se construyó cerca del estadio de Colombes al igual que en 2024 (con el triple de atletas, eso sí). Se edificó a cinco minutos del lugar que en el presente ocupa el estadio de Saint Denis. La villa olímpica de Colombes fue un avance, pero era un adelanto lamentable. Constituían barracones con frecuentes problemas en el suministro de agua caliente. Allí se hospedaban los hombres mientras a que a las mujeres las instalaron en pensiones para evitar tentaciones relacionadas con otro tipo de destreza que también merecería el calificativo de olímpico. Los acomodados estadounidenses, quejosos de las malas condiciones de los barracones, declinaron el ofrecimiento y se instalaron en hoteles de la capital francesa. Más o menos lo que hoy siguen haciendo las estrellas de la NBA.

Fueron también, y por expreso deseo de Coubertin, los Juegos donde el arte formo parte del movimiento olímpico. Arquitectura, literatura, música, pintura y escultura estuvieron presentes en Paris. Coubertin, bajo pseudónimo, había ganado una medalla de oro en 1912 en la competición de literatura con una oda al deporte. Sólo dos personas han logrado medalla como atletas y como artistas. El otro fue el húngaro Alfred Hajós (el cual ya conocemos por este blog), quien ganó dos oros en natación en 1896 y la medalla de plata en arquitectura en 1924 con un diseño de un estadio olímpico.

Hubo deportes de exhibición. Hasta cinco contaron en Paris 1924. Voleibol, piragüismo, pelota vasca, boxeo francés (una especie de kick boxing) y pesca deportiva. Solo los dos primeros se convertirán en disciplinas olímpicas con el transcurrir de los años. Desaparecieron el hockey sobre hierba, el tiro con arco y el tiro a la cuerda. Tan solo éste último se perdería para siempre. También hubo tenis y rugby por última vez. El tenis no volvió al programa olímpico acusado de profesionalismo hasta 1988 y el rugby a siete no lo hará hasta 2016. Para Paris 2024 habrá break-dance, algo difícil de explicar incluso para Josephine Baker y para el resto de presentes en el Follies-Bergère de 1924.

En 1924 las competiciones de vela se celebraron en Normandía, Le Havre y en Meulan-en-Yvelines, a orillas del Sena. En 2024, será en Marsella, a orillas del Mediterráneo. El surf, otras de esas cosas que en 1924 no se entenderían, tendrá lugar en Tahití, en la Polinesia francesa, a 15.000 kilómetros de Paris. En 2024 la esgrima se disputará en el Grand Palais, un precioso palacio con entrada por los Campos Elíseos. En cambio, en París 1924, se celebró en el Velódromo de Invierno, un velódromo cubierto de la calle Nélaton, que durante la Segunda Guerra Mundial sería el escenario de un trágico arresto a 15.000 judíos que luego fueron enviados a Auschwitz. En 1959 fue destruido.

Vélodrome d’hiver

Paris 1924 fue un éxito. Una despedida fabulosa para Coubertin y la consolidación definitiva de los Juegos Olímpicos. Tras el impase forzoso de la I Guerra Mundial y los austeros Juegos de Amberes en 1920, el movimiento olímpico se aprovechó del brillo de Paris para afianzarse como el espectáculo de masas definitivo. La radio y el cine los hicieron vivos y marcaron el pistoletazo de salida para un crecimiento inimaginable.

Continuará…

“En el mundo moderno, lleno de poderosas posibilidades, que amenazan al mismo tiempo poderosas decadencias, el Olimpismo debe ser el vehículo capaz de mantener el equilibrio a través de sus cultores. El porvenir depende de los Juegos Olímpicos.” Pierre de Coubertin en la Ceremonia de Inauguración de Paris 1924.

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17 de junio de 1994

Era viernes. 17 de junio de 1994. El verano tocaba nudillos en la puerta. En Berlín tropas británicas, francesas y estadounidenses abandonan sus puestos en los cuarteles de Berlín Occidental. Días más tarde lo harán los soviéticos del antes llamado Berlín Oriental poniendo fin a la Guerra Fría y al siglo XX antes de tiempo. Estados Unidos es dueño del planeta. Gran parte de su triunfo se debía a un poder blando labrado durante décadas en el que el deporte era eje trascendental.

Aquel 17 de junio la oferta deportiva en Estados Unidos iba a paralizar al país y a medio mundo. Desde primera hora de la mañana en Oakmont, Pensilvania, tendría lugar la segunda y última ronda del US Open de golf. Luego, a las 14:00 hora local, se inauguraría el Mundial de fútbol en el Soldier Field de Chicago con un encuentro entre Bolivia y Alemania, entonces vigente campeón. Con una hora de adelanto por mor de los usos horarios, la ciudad de Nueva York se paralizaría con miles de personas en sus aceras para ver los festejos que coronaban a los Rangers como campeones de la Stanley Cup de la NHL tras más de medio siglo de espera. Y luego, como fin de fiesta, el Madison Square Garden de la Gran Manzana sería testigo del quinto partido de las finales de la NBA que enfrentaba a los New York Knicks contra los Houston Rockets y que en aquel momento mostraban un empate a dos victorias al mejor de siete partidos.

Lo de las finales de la NBA estaba siendo el clímax de la aridez y de la aprensión. Knicks y Rockets disputaban una serie de playoffs siderúrgica con defensas agresivas y con anotaciones bajísimas, sinónimos de la negación del común de los aficionados. Si el baloncesto de la década de los 90 fue condenadamente duro, las finales de la NBA de 1994 fueron batallas en trincheras en cada jugada. Duro, ultra físico, con acometidas de hombres con pelos en el pecho. El culmen final de una época de hermetismo postindustrial. De hijos que a través del deporte honraban a sus padres y a sus abuelos obreros. Cuando para ganarse la vida había que TRABAJAR con mayúsculas. Los últimos coletazos de los Stallone, Schwarzenegger o Willis. La última época dorada de los hombres que no lloran.

Eran unas finales que pivotaban en dos hombres altos. Hakeem Olajuwon era un gigante con pajarita. Podría pasar por diplomático nigeriano con un puñado menos de centímetros. Criado baloncestísticamente en Houston buscaba para los Rockets su primer título de la NBA a través de unos pasos de baile que hipnotizaban a sus rivales debajo del aro. Mientras, Patrick Ewing era una montaña de músculos que había devuelto el orgullo a Nueva York, la meca del baloncesto. Los Knicks eran la franquicia más valiosa de la NBA, pero acumulaban dos décadas de fracasos en busca de un título que era primordial para la ciudad de Nueva York.

Cinco días antes del que sería un legendario 17 de junio, los Houston Rockets se ponían 2-1 en la eliminatoria recuperando la ventaja de campo al vencer por 89-93 en Nueva York. Sería esa la anotación más alta de una serie de defensas hipermusculadas y tensión armamentística. Olajuwon firmaba 21 puntos, 11 rebotes y 7 asistencias, pero era incapaz de emocionar a los televidentes. Michael Jordan se había retirado por vez primera para jugar al beisbol, Bird y Magic ya no estaban y la audiencia televisiva de la NBA había caído un 30%. Lo verdaderamente importante el 12 junio, cinco días antes del día D, era que los cadáveres de Nicole Brown Simpson y Ronald Goldman aparecieron rodeados de un charco de sangre en un barrio residencial de Los Ángeles. La brutalidad había sido tal que Nicole tenía la laringe a la vista y Ronald era un coladero con agujeros en todo su cuerpo. Horas después la conmoción se adueñó de Estados Unidos cuando se encontraron manchas de sangre en el coche de OJ Simpson a apenas unos kilómetros de la escena del crimen. Era el principal sospechoso del asesinato de un crimen que se tornaba en pasional.

OJ Simpson y Nicole Brown

Aquel golpe de mortero conmocionó a Estados Unidos. Orenthal James Simpson era una celebridad. MVP de la NFL de 1973, considerado uno de los mejores jugadores de fútbol americano de siempre, su fama como deportista se mantenía tras su retirada gracias a su sonrisa, su encanto y su éxito como comentarista televisivo. Llevaba dos años divorciado de su segunda esposa, una camarera llamada Nicole. Simpson era negro. Nicole blanca, rubia y de ojos azules. Nicole mantenía entonces una relación con Ronald, un actor de poca monta.

Millones de estadounidenses se engancharon a la televisión para seguir todas las novedades sobre el caso con la única excepción de los neoyorkinos. El martes 14 de junio en el Madison Square Garden de Nueva York los Rangers vencerán a los Vancouver Canucks en el séptimo partido de la final de la NHL logrando la Stanley Cup de hockey para la ciudad de Nueva York por vez primera en medio siglo. Brian Leetch recibía el premio MVP como mejor jugador de la final y exaltaba a los aficionados a colapsar las calles del centro de Nueva York para celebrar el éxito en el paseo triunfal que tendría lugar el viernes 17 de junio. La Gran Manzana sería la capital mundial del hockey sobre hielo.

Un día antes, jueves 16, en la otra punta del país, a más de 4.000 kilómetros de distancia, se da eterna sepultura al cuerpo y al alma de Nicole. OJ Simpson había llegado a estar esposado, sin embargo, le permitieron acudir al último adiós a su ex esposa. De riguroso luto y con gafas de sol, Simpson se agachó ante el féretro descubierto y besó el rostro sin vida de la que había sido su segunda esposa. La mayoría de los presentes en la ceremonia abrieron los ojos entre estupefactos y conmovidos por lo visto. Justo al finalizar el entierro la policía hacía público un informe de cinco años atrás en los que se detallaba una paliza que OJ le había propinado a su mujer tras una discusión. Aquello llevó al juez a dictar la orden de detención que se haría efectiva el 17 de junio de aquel año 1994 tras la negociación con los abogados del acusado.

Nacía así el viernes 17 de junio de 1994. Día de sillon-ball. Salsa rosa, crónica negra y deporte. Mucho deporte.

Simpson pasó aquella noche en casa de Robert Kardashian (abogado amigo suyo y padre de las celebérrimas hermanas). Prensa de medio país esperaba a las puertas del domicilio a que OJ saliese y se presentase en la comisaría de policía correspondiente. OJ Simpson decidió tomárselo con calma. Mientras esto sucedía se iniciaba la penúltima jornada del US Open de golf en Pensilvania. Colin Montgomerie, gran favorito, pasó el corte rumbo a la ronda final en primera posición, aunque acabaría cediendo el título dos días más tarde ante el sudafricano Ernie Els. Sin embargo, lo trascendental de aquella mañana fue el último putt de Arnold Palmer quien era incapaz de pasar el corte y quedaba eliminado. Se ponía así fin a la carrera de Palmer, el hombre que popularizó el golf por todo el mundo. The King, como era conocido, logró a través de sus modestos orígenes y una popularidad basada en hablar sin pelos en la lengua, a que el golf pasase de jugarse en campos privados y elitistas a que fuese accesible para las clases medias mediante la construcción de campos públicos. La retirada de Palmer auguraba un 17 de junio lleno de emociones.

El adiós de Palmer

Mientras Simpson se negaba a salir de la mansión de los Kardashian en Los Ángeles, en el Medio Oeste, en el estadio Soldier Field de Chicago, tendría lugar la inauguración del Mundial de fútbol de 1994. A diferencia de los otros hechos del día, el fútbol pasaría sin más pena que gloria en el corazón de los estadounidenses, mas no así en el resto del mundo que aguardaba impaciente el inicio del evento deportivo más seguido del planeta. En todo caso, aquel Mundial era un intento de la FIFA de volver a introducirse con éxito en el mercado más suculento del planeta tras aquel primer éxito de los 70 con el Cosmos de Pelé. Era por ello que la ceremonia de inauguración, el único evento del Mundial que tendría por seguro la atención de los estadounidenses, debería salir perfecta.

A las 14.00 hora local echaba a rodar el balón. Alemania, vigente campeona, derrotaba a Bolivia por 1-0 en un mal partido que dejaba intuir los problemas que los teutones iban a tener para revalidar el título. Minutos antes del inicio del choque, Diana Ross, actriz y cantante de The Supremes, había sido la elegida para hacer disfrutar al público presente en el estadio y al que seguía el evento desde sus casas. Zapatillas blancas y traje rojo, la voluptuosa Ross comenzó a cantar I’m going out mientras se dirigía hacía una de las áreas rodeada de bailarines.

Allí había una portería preparada para partirse en dos cuando Diana convirtiera el gol pateando un penalti. También esperaba un grandilocuente arquero dando saltos con buzo amarillo y pantalón blanco con la única intención de dejarse marcar un gol. Diana se dispuso a marcar el tanto de su vida micrófono en mano y dio un puntapié con la derecha… que se fue un par de metros más allá del palo derecho. Los fuegos artificiales explotaron, la portería se abrió como el Mar Rojo ante Moisés y Diana Ross actuó como una reina del espectáculo. Le dio todo igual, se abrió camino hasta el escenario mientras la gente seguía aplaudiendo sin saber que había pasado ya que, al fin y al cabo, la mayoría de los allí presentes de fútbol sabían más bien poco.

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— OJ SIMPSON Y LA FINAL DE LA NBA —

Al mismo tiempo que en Chicago el teutón Jurgen Kiinsmann anotaba el primer gol del Mundial, la calle Broadway se atestaba de fanáticos del hockey para seguir a la comitiva de los Rangers camino al City Hall con las entonces fastuosas Torres Gemelas al fondo. La fiesta fue de aúpa, pero irremediablemente tuvo que acabar pronto porque a las 20.30 hora local el Madison Square Garden se volvía a vestir de gala para el quinto partido de la final de la NBA entre Knicks y Rockets. El resultado entonces era 2-2 y los Knicks tenían la oportunidad de ponerse por delante antes de que la serie viajase a Houston para los dos últimos encuentros. El choque iba a comenzar poco después del segundo y último partido de la jornada inaugural del Mundial de fútbol. Se trató del sorprendente empate a dos goles entre España y Corea del Sur en partido disputado en Dallas. Aquella igualada dejaba a los de Javier Clemente con la obligatoriedad de sacar algo positivo del siguiente choque ante Alemania para aspirar a los octavos de final.

Y a todo esto OJ Simpson seguía atrincherado en casa agotando hasta el límite su entrega ante la policía.

Knicks y Rockets se encontraban en titánica disputa cuando un ciudadano alerta a la policía de que ha visto a OJ Simpson empuñando un revólver viajando en un Ford Bronco. Era poco después de las 18.30 (hora de Los Ángeles) cuando OJ Simpson logró sortear a periodistas y curiosos para salir de casa junto a un amigo de la infancia, quien al volante de un Ford Bronco blanco llevaba a OJ Simpson en el asiento del copiloto. Mientras la camioneta avanzaba por las calles de Los Ángeles, OJ Simpson portaba una pistola sobre su sien anunciando a grito pelado que estaba dispuesto a quitarse la vida. La policía necesitó más de una hora para que el ex jugador accediera a salir del auto, tras prometerle que podría llamar por teléfono a su madre.

Aquello era la bomba. La caída de un héroe americano en pleno directo. Todas las cadenas de televisión conectaron para ver al Ford Blanco avanzando por la interestatal 405 con la policía de Los Ángeles persiguiéndole los talones. Y cuando digo todas las cadenas, digo todas. 120 millones de televidentes, incluidos los de la NBC. Fue tal el suceso que en pleno tercer cuarto con 59-53 a favor de los Knicks, la NBC decidió cortar la final de la NBA para ver el que quizás fue el primer reality show de la historia. David Stern, el mandamás de la NBA, cogió el teléfono para bufar y despotricar a los directivos de la NBC a quienes exigía que se volviese a conectar con el Madison. Lo más que consiguió fue que, en un pequeño recuadro y escudriñando la vista, pudiésemos ver a Ewing y a Olajuwon fajarse en medio de la zona buscando canastas imposibles. El resto de la pantalla era para aquel Ford Bronco rodeado de innumerables helicópteros y al menos una veintena de coches de policía.

La persecución duro cerca de hora y media a lo largo de unos 80 kilómetros. Varios ex compañeros y John McKay, el entrenador de Simpson en su época universitaria, conectaron con OJ a través de la radio para pedir que se entregara y no se matara. “Soy el único que merezco morir” y “voy al encuentro de Nicole” fueron dos de las escasas sentencias que Simpson acertó a decir. Finalmente, tras aparcar la camioneta delante de la puerta de su casa, la policía le ordenó soltar el arma y le permitió entrar en su domicilio. Allí, una vez dentro, le dio un beso a su hijo, otro a su madre, bebió un zumo de naranja (sí, verídico, no es una licencia artística) y se entregó a la policía mientras recibía una sonora ovación de los curiosos que allí se congregaban.

Iba OJ Simpson camino de la comisaría cuando Patrick Ewing emergió para con 25 puntos y 12 rebotes darle la victoria por 91-84 a los Knicks y ponerlos 3-2 por delante en la eliminatoria ante la indiferencia de todo el país. El único lugar de Estados Unidos donde no se hablaba de OJ Simpson era en Nueva York donde tras 54 años se había logrado la Stanley Cup de hockey y donde los Knicks estaban a un partido de lograr el anillo de la NBA tras el conseguido veintiún años atrás en 1973.

Olajuwon (izq) y Ewing (dch)

Acusado de doble asesinato, el juicio de OJ Simpson fue la muestra de cómo un buen equipo de abogados (cobraron en torno a seis millones de dólares) son capaces de hacer que la justicia no sea igual para todos. El juicio pasó de hacerse en la elitista y blanca Santa Mónica a celebrarse en una corte del centro de Los Ángeles para así asegurarse de que el jurado estuviese formado por una mayoría negra y jugar la baza de la discriminación racial (cabe recordar que OJ Simpson era negro y su ex mujer era blanca). Otra jugada maestra se dio cuando el abogado principal concedió una entrevista en televisión donde reveló grabaciones y datos personales del inspector de policía que llevaba el caso demostrando que era un racista compulsivo.

En todo caso la clave de la absolución de OJ Simpson fueron los guantes ensangrentados que fueron encontrados en su casa al poco del asesinato y que fueron congelados y descongelados varias veces durante el proceso. Tras requerimiento de su abogado, Simpson se los probó delante del jurado y entre muecas y gruñidos no lograba ponérselos argumentando que le quedaban pequeños. Aquella obra teatral convenció al jurado de la inocencia del acusado. Fueron 150 millones de personas las que siguieron en vilo los 134 días de juicio y la sentencia dada el 3 de octubre de 1995 que lo daba por no culpable. Había muestras de ADN de Simpson en toda la escena del crimen, las huellas de sus zapatos y los famosos guantes. Pero Simpson se libró de la cárcel.

En 1997 se celebró un juicio civil por el mismo crimen y ese jurado sí declaró a Simpson responsable del crimen, pero no suponía una revisión del juicio penal. Simplemente fue condenado a pagar 33 millones de dólares a los familiares de las dos víctimas. Un dinero que nunca llegó a abonar. Por entonces incluso el Estados Unidos negro dudaba de OJ Simpson, aunque mantenía esa aura de intachable gracias a un atractivo y a un carisma que explotaba en continuas apariciones en shows televisivos.

Con el tiempo, OJ Simpson fue apartado de la opinión pública. Sus desvaríos le llevaron a bromear sobre el tema e incluso a escribir una autobiografía en la que explicaba como habría asesinado a su ex mujer en el hipotético caso de haberlo hecho. Apartado entonces de la vida pública, sin apoyo social y acusado por las deudas fue detenido y condenado a prisión en 2008 por intento de robo a mano armada en Las Vegas. Saldría en libertad diez años después justo cuando la aparición de una navaja ensangrentada en una finca de su propiedad parecía reabrir el caso. Portaba ADN de Nicole, pero el caso nunca se pudo reabrir al no haber causa federal. Así pues, OJ Simpson fallecería en 2024 víctima de un cáncer sin nunca haber sido penado por un crimen que nadie duda ya que no hubiese cometido.

¿Y la final de la NBA? Justo al caer derrotados en el Madison Square Garden los ojos de Hakeem Olajuwon se clavaron en los del resto de sus compañeros y de su boca salieron palabras de tranquilidad y sosiego. Cuando la NBA lo había nombrado MVP el gigante nigeriano se había negado a recoger el premio sin que sus compañeros estuviesen delante. Estaba convencido de que iban a ser campeones. Mas a pesar del optimismo de Olajuwon los Knicks estuvieron a una canasta de proclamarse campeones. En el sexto encuentro, Olajuwon taponó un lanzamiento triple de John Starks en el último segundo, dando a los Rockets la victoria por 86-84 y forzando el séptimo partido. En el encuentro definitivo un Olajuwon sublime (27 puntos, 10 rebotes y 7 asistencias) le daba el título a Houston en un choque que quedará en el recuerdo por el horrendo partido de John Starks (0/11 en triples y 2/18 en tiros) quien, psicológicamente afectado por su fallo en el choque anterior, puso los clavos para cerrar la tumba de los Knicks en el encuentro final y decisivo.

El juicio de OJ Simpson duró año y medio y fue el fiel reflejo de como la raza, el dinero y la televisión pueden distorsionar e influir en el sistema judicial. OJ Simpson se convirtió en icono de la cultura popular estadounidense y en muestra clara de sus virtudes y sus defectos. Diversos estudios indican que, durante el veredicto, el uso de telefonía se redujo en un 60% y también descendió el uso de agua porque la gente no se atrevía a ir al baño para no perderse nada. El número de operaciones que se realizaron en Wall Street bajó un 41% aquel día e incluso el presidente Bill Clinton abandonó sus funciones para seguir lo que sucedía. Fueron 150 millones de televidentes, cerca del triple de los que siguieron la investidura de Barack Obama. La actuación de OJ Simpson fue perturbadoramente increíble, como lo fue la de Olajuwon en una serie de baloncesto memorable que se asemejó más a un duelo de rugby que a uno de baloncesto. Fueron siete partidos resueltos por una media de siete puntos de diferencia. Se tardaría más de una década en ver un séptimo partido de la final de la NBA, pero dio exactamente igual. Lo único que aquel 17 de junio de 1994 importaba era ver a OJ Simpson cabalgando en aquel legendario Ford Bronco de color blanco.

OJ y los guantes de la discordia

P.D: Ford decidió retirar la producción del Ford Bronco lo que tuvo el efecto no deseado de convertir a aquella furgoneta en un objeto de deseo. En 2021 Ford volvió a anunciar su producción, pero, por el camino, Mike Gilbert, ex agente de OJ Simpson, se hizo con la camioneta y la mantuvo en buen estado hasta que años después intentó su venta por un millón de dólares. Pecó de avaricioso y la venta no cuajó. Ahora el Ford Bronco reposa en el Museo Nacional del Crimen de Estados Unidos donde, evidentemente, es la estrella del recinto.

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Alfred Hajos

Fue Temístocles quien otorgó el mar a Atenas. Paladín de la democracia, a Temístocles le tocó gobernar la polis griega en tiempos de guerra ante los persas. A través de su agraciada oratoria consiguió convencer a los nobles y al pueblo ateniense de la necesidad de construir una flota de 200 trirremes, lo que equivaldría a paralizar o cancelar todas las demás medidas de gasto público de la polis. Aquello era inaudito. Atenas no tenía ni tiene mar. Se creó un puerto y unos astilleros en El Pireo, a once kilómetros de la capital, y se diseñaron unos muros largos, una suerte de dos murallas que debían impedir el paso de los invasores y permitir un tránsito libre entre Atenas y El Pireo. Aquella controvertida decisión consiguió que Atenas y sus aliados doblegasen a un rival diez veces superior en número, pero que fracasó al enfangarse primero en las Termópilas y luego en la batalla naval de Salamina, donde los pasos estrechos marítimos beneficiaron sobremanera a la rápida y pequeña flota diseñada por Temístocles.

Dos milenios más tarde la antaño prospera y legendaria Atenas iba a ser la sede de los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna. Era la primavera de 1896. Eran diez los deportes que formarían parte de la competición. Y uno de esos deportes tenía que ser la natación, disciplina que, junto al atletismo, forma parte del alfa y omega de los Juegos Olímpicos.

El caso es que en 1896 no existían las piscinas olímpicas. Tardarían aún un par de décadas en hacerse realidad. Los problemas de construcción eran inmensos ya que era complejo crear estructuras capaces de soportar dimensiones tan grandes de agua y al mismo tiempo que fuesen impermeables en sus exteriores. El coste era elevadísimo y no sería hasta bien entrado el siglo XX cuando Estados Unidos las popularizase. Así pues, la competición de natación de 1896 no tendría lugar en piscina alguna, sino en mar abierto. Concretamente en el puerto de El Pireo.

Seguía siendo entonces El Pireo un pueblo marinero instalado en un promontorio rocoso con un gran puerto natural protegido de las inclemencias del normalmente tranquilo Mar Mediterráneo. Habría tres pruebas en liza, todas ellas masculinas. 100, 400 y 1.200 metros. El pronóstico era nadar en un mar tranquilo y caluroso, sin más complicaciones que la del flujo del agua al entrar y salir del puerto. Nada más lejos de la realidad. Un inusual temporal azotó la costa griega el día anterior a la celebración de la competición. El mismo día de autos las olas llegaban a los cuatro metros y la temperatura descendió hasta los 13 grados, unos diez menos de los considerados ideales para practicar natación.

Entre los participantes se encontraba un chico húngaro de 18 años que respondía al nombre de Alfred Hajos. Había nacido como Arnold Guttmann en el seno de una familia judía. Contaba con 13 años cuando decidió cambiarse de nombre. Fue entonces cuando su padre murió ahogado en el Danubio. Aquel fatídico día tomó dos decisiones; cambiarse el apellido para no ser insultado y menospreciado como huérfano judío y aprender a nadar para no acabar con el mismo destino que su progenitor.

Hajos en húngaro quiere decir marinero.

Hajos estudiaba arquitectura cuando se presentó en los Juegos Olímpicos. Era un excelente deportista. Uno de esos chicos entusiastas que en los albores del deporte destacaba en cualquier modalidad. Llegaría a ser campeón húngaro de 100 metros lisos, 400 metros vallas, lanzamiento de disco, árbitro internacional y delantero y capitán de Hungría del primer partido internacional de fútbol disputado por los húngaros en Viena que acabaría con triunfo austriaco por 5-0. Tal cantidad de éxitos, que hoy serían loados hasta la saciedad, se tornaban en vulgares en la época. Tras incorporarse a las aulas una vez finalizados los Juegos Olímpicos recibiría un sonoro aplauso de sus compañeros de estudios a los que el decano de la Universidad Politécnica de Budapest contestó con un rotundo: “Sus medallas no me interesan, lo que me interesan son sus respuestas en su próximo examen”.

El caso es que Hajos logró la victoria con facilidad en los 100 metros libres. Horas después intentaría lograr el oro en los 1.200 metros, prueba de resistencia con gran desgaste físico. El mar estaba embravecido y el viento comenzaba a azotar con fuerza. No había ni rastro del tan cacareado sol griego.

Los organizadores llevaron en tres lanchas a los nueve participantes para luego subirlos a un barco anclado exactamente a 1.200 metros de la costa. El frío era tal que Hajos decidió embadurnarse el cuerpo de grasa, algo más propio de aquellos nadadores que lo hacen en mar abierto en el Atlántico y en el norte de Europa. La carrera comenzó y la altitud de las olas hacían complicado el resistir. A mitad de recorrido Hajos decidió retirarse, pero, ante su sorpresa, las lanchas de rescate no hacían acto de aparición. Frente el mal tiempo decidieron vergonzosamente ir a resguardarse en el puerto de El Pireo. Exhausto, Alfred Hajos decidió continuar nadando con tal fuerza que acabaría llegando a la costa al borde del ahogamiento, pero también como primer y heroico clasificado con un tiempo de 18’22’’. Una eternidad que le servía para encaramarse al olimpo de los vencedores.

“Mi deseo de vivir era superior a mis ansias de ganar”, declaró a la prensa cuando recuperó el aliento con los pies en la arena de la playa de El Pireo. El miedo a morir pudo mucho más que la posibilidad de lograr la gloria olímpica. Al fondo, las lanchas de rescate hacían con tardanza su trabajo y rescataban a los supervivientes. Únicamente tres de los nueve participantes consiguieron finalizar la prueba. El segundo, el griego Ioannis Andreou, llegó a más de tres minutos de Hajos.

La proeza de Hajos impactó a la sociedad de la época. En la gala fin de fiesta organizada por la casa real griega para honrar a todos los vencedores de la medalla de oro, el entonces príncipe Constantino, luego rey, se acercó a Alfred Hajos y le preguntó a viva voz para que le oyeran todos los presentes: “Dígame, muchacho, ¿dónde aprendió usted a nadar de esta manera?”. Hajos, manteniendo el tono elevado, contestó con retranca: “En el agua”.

Alfred Hajos

Contaba antes que Hajos retornó a sus estudios de arquitectura. Por entonces, una vez acabada la carrera, no se concebía seguir practicando el deporte. No existía el profesionalismo en ninguna disciplina salvo en el fútbol y éste con muchos matices. Así pues, aquel joven de pelo engominado y de bigote ridículamente perfecto tal y como marcaba la moda de entonces, acabó sus estudios y se dedicó a ejercer la arquitectura.

Primero entró en un estudio como asociado, aunque rápidamente decidió ejercer por libre. El gusanillo del deporte no se le había olvidado a Alfred Hajos quien decidió presentarse a los Juegos Olímpicos de Paris, pero no como deportista. Lo haría como arquitecto. Desde 1912 a 1952 en el programa olímpico se habilitó lo que se dio en llamar competencias artísticas. La profesionalización y el negocio actual ha llevado al olvido la consideración del deporte como arte. Arquitectura, escultura, literatura, pintura y música hacían su aparición en los Juegos con la intención de unir a estas artes con el deporte.

En la edición de 1924 Alfred Hajos ganaría la medalla de plata (la de oro quedaría desierta) con el proyecto de creación de un estadio olímpico en una gran ciudad. De estilo Art Nouveau en sus estructuras, con el tiempo decidiría encajar un formalismo más modernista en sus planteamientos. Sus ideas y su amor por el deporte se vieron plasmados con la construcción del Complejo Acuático Deportivo de Hungría, con sede en la isla Margaret, una instalación verde enclavado en el Danubio entre Buda y Pest. Fue aquella la primera piscina cubierta del país y, en la actualidad, reformada y ampliada, sigue celebrando competiciones internacionales rebautizada como complejo deportivo Alfred Hajos.

Hajos y su Complejo Deportivo

Los años de la II Guerra Mundial significaron para Hajos un exilio forzoso por su condición de judío, pero su arte fue reclamado una vez finalizada la contienda. Sus éxitos como deportista le libraron de la cárcel y llegaría a refugiar a varios deportistas en su casa para librarse primero de los fascistas y más tarde de las purgas estalinistas. Tras la contienda recuperará honores y se convertirá en el arquitecto deportivo de referencia en Centroeuropa. En su Budapest natal diseñará el coqueto estadio de Ujpest, un velódromo y en sus últimos años de vida el cementerio y memorial del Holocausto judío.

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A los 100 años de los Juegos Olímpicos de Invierno

Era 1896 cuando Atenas alumbró la primera edición de los Juegos Olímpicos modernos. En gran medida la iniciativa se debía a Pierre de Coubertin, un apasionado de las virtudes del ejercicio físico y de la cultura grecolatina. Fue en el siglo XIX cuando Grecia logró su independencia tras una guerra de liberación ante el Imperio Otomano. Para la victoria helena tuvo gran peso el apoyo francés y británico (sangre de Lord Byron incluida) quienes, junto a los alemanes, iniciaron desde entonces un proceso de excavación, redescubrimiento y expolio de la Grecia Clásica. La fiebre por la Antigua Grecia se trasladó al deporte y fue Pierre de Coubertin el ideólogo al combinar la mística, el espíritu y el honor de los Juegos Olímpicos de la Antigüedad con las normas, las reglas y los beneficios higiénicos del deporte británico nacido en dicho siglo.

Ciclismo, tenis, tiro, gimnasia, esgrima, y, por supuesto, natación y atletismo formaron parte del programa deportivo de 1896. Pero claro, faltaban cosas. Muchas otras cosas. Desde un primer momento se discutió la inclusión del patinaje artístico, suceso que cristalizó en Londres 1908. Pero no era suficiente.

En aquel entonces Europa era dueña del mundo. Una quinta parte del orbe era de dominio británico. China aún era un gigante dormido y Estados Unidos un corpulento adolescente que aun respetaba a sus padres. Los Juegos fueron ideados, impulsados y cristalizados por europeos. Sus gustos se establecerían como universales. Pero no todos los europeos se veían representados en esos Juegos. Más allá del Báltico estaban Finlandia, Suecia, Noruega y Dinamarca. Escandinavia. Un tal Viktor Balck, militar y representante sueco en el Comité Olímpico Internacional (COI), sugirió la posibilidad de introducir los deportes de invierno en el programa olímpico. La idea fue rechazada por peregrina ya que eran escasas las ciudades que dispusiesen de las infraestructuras necesarias para llevarla a cabo.

Así que Balck decide montar en 1901 los Juegos Nórdicos, competición invernal deportiva a celebrar cada cuatro años. Así mismo, el Club Alpino Francés, decide organizar desde 1907 una Semana Internacional de deportes de invierno. Ambas ideas convivieron durante un tiempo hasta que en 1921 el COI designó a Paris sede de los Juegos Olímpicos de 1924. Entonces Coubertin hace una proclama que finaliza con un categórico “los Juegos Olímpicos son los juegos de todos los deportes”. Con el apoyo de canadienses y suizos, los delegados franceses convencen a los escandinavos de abandonar la idea de unos Juegos Nórdicos y formar parte de la familia olímpica. A cambio se comprometen a organizar un evento independiente del principal y buscar una sede que reúna todas las condiciones materiales y técnicas necesarias para celebrar deportes invernales.

Iban a nacer los Juegos Olímpicos de Invierno.

Fueron tres las ciudades francesas que optaron por hacerse cargo de la primera edición. Geradmer, en la región de los Vosgos, Bagneres de Luchon, en el Alto Garona cerca del Tourmalet, y Chamonix, al pie del Mont Blanc. Cuatro años antes la comuna de Chamonix había construido un teleférico para unir al pueblo con el Mont Blanc, el pico más alto de Europa. Aquello fue el punto de inflexión para escoger en febrero de 1923 a Chamonix como sede olímpica.

La premura de la decisión y cierta improvisación dificultaron la tarea. En menos de un año todo tenía que estar listo. De este modo, y temiendo un sonoro fracaso, el COI decidió retirar parte de su apoyo. Lo que eran los Juegos Olímpicos pasarían a ser conocidos como Semana Internacional de Invierno Conferencia Deportiva Paris 1924. Luego, visto el éxito, y de forma retrospectiva, pasará a los anales de la historia como I Juegos Olímpicos de Invierno Chamonix 1924.

Chamonix 1924

Se construyó una pista de hielo, una pista de bobsleigh y una pista de salto de esquí en apenas ocho meses. La financiación procedió de empresas privadas y del Estado francés. La joya de la corona fue la construcción de un estadio olímpico para 10.000 espectadores. Podría parecer poca cosa, no obstante suponía un aforo tres veces superior a los habitantes censados en el pueblo. A orillas del río Arve, Chamonix contaba también con un polideportivo y una pista de hielo, la cual, por entonces, era la pista de hielo artificial más grande del mundo. La nieve, al pie del Mont Blanc, estaba más que asegurada.

El 25 de enero de 1924, hace ahora un siglo, tenía lugar la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Chamonix. El programa deportivo era corto. Contaba con 16 finales distribuidas en nueve deportes diferentes. Bobsleigh, patinaje artístico, patinaje de velocidad, hockey sobre hielo, esquí de fondo, salto de esquí, curling, combinado nórdico y patrulla militar. Este último deporte era una mezcla de esquí de fondo, montañismo y tiro al blanco mezclando pruebas tópicas de las tropas de montaña de los ejércitos europeos. Hoy su legado lo porta el biatlón.

Charles Jewtraw, de Estados Unidos, ganó la primera medalla de oro en la prueba de 500 metros de patinaje de velocidad. La competición tuvo lugar tras un desfile de inauguración que recorrió Chamonix y finalizó en el estadio olímpico. Son 16 los países participantes, siendo Austria el primero en desfilar por orden alfabético y Yugoslavia el último. Todos los países son europeos con excepción de Estados Unidos y Canadá. Los franceses (39) son los que presentan a más deportistas junto a Gran Bretaña (28), mientras que Letonia únicamente envía a dos atletas. La madrileña Lili Álvarez, quien en verano participaría en los Juegos de Paris en la competición de tenis, iba a representar a España en patinaje artístico pero una lesión le hizo renunciar a escasos días del inicio de la competición.

Quien compitió en patinaje artístico fue una niña noruega llamada Sonja Henie. A sus once años quedó ultima, pero lograría la medalla de oro en las siguientes tres ediciones de los Juegos Olímpicos. Canadá ganó en hockey venciendo a Suecia, Checoslovaquia y Suiza con un acumulado de 85 goles a favor por ninguno en contra. No obstante, la estrella de los Juegos fue el esquiador noruego Thorleif Haug quien logró tres medallas de oro en las pruebas de esquí de fondo de 18 kilómetros, esquí de fondo de 50 kilómetros y en combinado nórdico (salto de esquí + esquí de fondo). Sumaría también una medalla de bronce en salto de esquí, pero se le fue retirada póstumamente casi medio siglo después y relegado al cuarto lugar al observase un error en el cronometraje. El otro gran triunfador fue el finés Clase Thunberg con un total de cinco preseas en pruebas de patinaje a las que sumaría otras dos en los siguientes Juegos para acabar su carrera olímpica con cinco oros, una plata y un bronce.

La ceremonia de clausura tuvo lugar el 5 de febrero de 1924 bajo un agradable sol invernal, el mismo que lució durante los doce días de competición. Pierre de Coubertin, ausente en la ceremonia de inauguración, se sumó al carro para el cierre visto el éxito conseguido. Ese día se hizo entrega de las medallas a todos los deportistas. El despropósito organizativo hizo que la mayoría de los premiados ya hubiesen vuelto a sus lugares de residencia. Noruega (17) lideró el medallero, seguida de Finlandia (11) y Austria (3). Francia sumó tres medallas de bronce. Si en los Juegos Olímpicos de Verano el único país organizador con la vergüenza de quedarse sin medalla áurea es Canadá (1976), en su homólogo invernal unos cuantos igualaron a Francia (1924). Chamonix inauguró una infausta tradición que continuó Saint Moritz (1928 – Suiza), Sarajevo (1984 – Yugoslavia) y Calgary (1988 – Canadá).

Entrega de medallas

El éxito internacional fue total. Las pérdidas financieras inmediatas también. No obstante, al cabo de una década Chamonix era lugar de peregrinaje vacacional para gente de elevadas rentas. La década de 1930 ve como Francia decide invertir en decenas de estaciones de esquí y atraer a los grandes campeones escandinavos para promocionarlas. Hoy Chamonix es un centro internacional afamado de vacaciones y deportes de invierno. Para los Juegos Olímpicos de Cortinna d’Ampezzo de 2026 se esperan cerca de 3.000 atletas que competirán en más de 100 pruebas, hasta diez y seis veces respectivamente más de lo ocurrido en Chamonix 1924. Es tal el volumen de gente que mueven los Juegos Olímpicos de Invierno que, aunque las pistas de esquí de Cortina verán buena parte de las pruebas, la masa de deportistas se establecerá en Milán, a más de 400 kilómetros de la dolomítica Ampezzo.

Tras la II Guerra Mundial el COI decidió dejar de compatibilizar sedes veraniegas e invernales. Los británicos no tenían ningún tipo de interés en organizar unos Juegos de Invierno por lo que a Londres 1948 le iría a preceder la suiza Saint Moritz. El último gran cambio llegó en 1984. Aquel año el COI decidió que los de 1992 (Barcelona y Albertville) fuesen los últimos Juegos que compartiesen año. Para darle más brillo a las ediciones invernales se decidió intercalarlas entre las veraniegas. La noruega Lillehammer (1994) precedió a la veraniega Atlanta (1996) para que después la japonesa Nagano (1998) continuase un recorrido que llega hasta la actualidad.

Eso sí, tanto en 1924 como en 2026, se da por hecho que Noruega liderará el medallero. Hay cosas que nunca cambian.

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Especial Año Nuevo: Entrevista a los Reyes Magos

Reciben los tres con túnicas coloreadas, amplias sonrisas y frondosas barbas. Melchor, Gaspar y Baltasar. Europeo, asiático y africano, representando las tres razas y los tres continentes de la Edad Media. No se sabe si eran reyes, ni si eran magos (sacerdotes en persa), ni si eran tres, simplemente conocieron la existencia de Jesús de Nazaret y allá se fueron a presentarle sus respetos. Ejemplo de integración, solo falta una mujer en la ecuación, los Reyes Magos hacen realidad los sueños de los niños, y los no tan niños, cada madrugada del 5 al 6 de enero en España y en gran parte de Hispanoamérica.

Misterdato (P): ¡Feliz Día de Reyes! Me siento como un niño con zapatos nuevos.

Reyes Magos (R): ¡Todos somos niños! Hoy es el día de la ilusión. La noche más especial del año ¡Hoy todos somo niños!

P: ¿Cómo van los preparativos? Imagino que no tendrán ni un minuto de descanso.

Reyes Magos (R): Imagínese. Son millones de hogares por todo el mundo y toneladas y toneladas de regalos que debemos de repartir. Y ya no somos jovencitos, ¿sabe? Ya hemos pasado de los 2.000 años y los achaques son continuos. El mes pasado a Baltasar hubo que ponerle un stent y a Gaspar tuvimos que operarlo de la cadera antes del verano.

P: Todos valoramos sus esfuerzos y hablo en nombre de todos cuando les doy las gracias por su labor. ¿Hay algo que podamos hacer para ayudarles?

Reyes Magos (R): Claro. Desde aquí hacemos un llamamiento a los niños de todo el mundo para que nos ofrezcan vasos de leche desnatada. El colesterol nos está matando, especialmente a Melchor que le encantan los embutidos. También le pedimos a los papás y a las mamás que se fijen en la sección de galletas en unas que tienen un sello de la Fundación Española del Corazón que, dentro de lo malo, son bajas en azúcares y sales y son cardiosaludables.

P: Tomamos nota. ¿Qué le podemos ofrecer a los camellos?

Reyes Magos (R): A los camellos un poco de hierba seca les gusta mucho. También les encantan las zanahorias crudas, los trocitos de manzanas, el pan seco y las hojas de lechuga. Pero lo más importante es que les dejéis un buen cuenco de agua o tres vasos de leche tibia. Son miles y miles de kilómetros y acaban la noche sedientos.

P: ¿Y ustedes? ¿Algo mejor que leche desnatada?

Reyes Magos (R): Deber no debemos, pero hay cosas sanas que nos gustan y, la verdad, no solemos encontrarlas en las casas de los niños. En general nos encanta la comida de Oriente Próximo que es donde somos nativos. A mí (Melchor) me vuelve loco el zaatar, que es una mezcla de especias que condimenta cualquier carne o pescado. A Gaspar le gusta mucho el hummus con un chorrito de aceite de oliva y a Baltasar le encantan los huevos escalfados con tomate.

P: Saben que en España el favorito de niños y niñas es Baltasar.

Reyes Magos (R): ¡Lo sabemos! De hecho, a Baltasar le hipnotiza la tortilla de patatas. Siempre que ve un trocito que nos dejan en alguna mesa es el primero que le hinca el diente.

P: Tengo que preguntarles por el tema deportivo, que al final es el motivo de esta entrevista. No sé qué me pueden decir al respecto.

Reyes Magos (R): Al igual que la alimentación saludable, debemos tener en cuenta los regalos saludables que fomenten la actividad física. Patines, patinetes, ropa deportiva o bicicletas son nuestros regalos favoritos. Y balones. Muchos balones. El fútbol compite con Dios en omnipresencia.

P: ¿Prohibirían los videojuegos?

Reyes Magos (R): Nunca. Prohibir es una palabra que no está en nuestro vocabulario. Los videojuegos fomentan el ingenio, los reflejos y hasta el trabajo en equipo. Se trata de compaginar. Pero es imprescindible fomentar. La cifra de niños de entre 5 y 14 años que no realizan ninguna actividad física habitualmente es del 12%. Es algo terrible. Y entre los 14 y los 18 se eleva por encima del 45%.

P: ¿Ustedes realizan ejercicio físico?

Reyes Magos (R): Caminamos todos los días unos diez kilómetros por el desierto. Debemos estar en forma para cumplir con nuestras obligaciones. Y participamos también de forma habitual en carreras de camellos.

P: Cuéntenme.

Reyes Magos (R): Son muy populares por nuestra zona, por todo Oriente Próximo y también en otros lugares como Australia o Mongolia. Poca gente sabe que los camellos pueden llegar a alcanzar los 65 km/h y sostener una velocidad de 40 km/h al trote durante cerca de una hora. Hay carreras de niños y de adultos, pero los verdaderos protagonistas son los camellos. Se ha llegado incluso a hacer carreras con jockeys que son robots para minimizar el peso de la carga y mejorar la velocidad del camello.

P: Creo que en países como Qatar, a pesar de haberse gastado miles de millones en futbolistas, carreras de Fórmula 1 o Mundiales de todo tipo de especialidad deportiva, no existe evento más seguido que las carreras de camellos.

Reyes Magos (R): En Qatar hay un canal de televisión dedicado en exclusiva a ello. Y las más seguidas y valoradas son aquellas en las que no hay jockey, para que se dé cuenta de la importancia que tienen los camellos en todo este asunto. La temporada empieza en octubre y finaliza en abril. La carrera principal se llama Festival Anual por la Espada, donde el ganador del primer premio se lleva la Golden Sword (espada de oro) que es entregada por el Emir de Qatar.

P: ¿Tienen nombre sus camellos?

Reyes Magos (R): Lo cierto es que no. De hecho, en nuestros primeros viajes llegamos a recorrer el mundo en elefantes y en caballos, aunque luego nos decidimos por los camellos. Los pobres acaban tan cansados que año a año tenemos que cambiarlos. Les cogemos muchísimo cariño y decidimos no bautizarlos con ningún nombre para no encariñarnos tanto.

P: Por cierto. Un par de curiosidades para finalizar. ¿Es cierto que hubo un cuarto rey mago?

Reyes Magos (R): No es cierto. Es un cuento, bonito, pero un cuento, de finales del siglo XIX. El relato dice que un tal Artabán partió con diamantes para Jesús (regalo mucho mejor que el incienso y la mirra). En mitad del camino, se encontró con un hombre moribundo tras ser atacado por bandidos; le sanó sus heridas y le dio un diamante para que reemprendiera su vida. Los cuatro habíamos quedado en un punto de encuentro para ir a Belén y al ver que Artabán no llegaba a tiempo nosotros tres partimos en busca del Mesías. Artabán llegó a Belén con días de retraso, cuando Jesús ya no estaba y Herodes ya había mandado matar a los recién nacidos. Artabán dio todos sus diamantes a hombres de Herodes como soborno para salvar la vida de muchos de esos infantes que iban a ser asesinados. Luego Artabán fue condenado a prisión durante treinta años.

P: Un cuento muy hermoso.

Reyes Magos (R): Hay más. Treinta años después, justo tras ser liberado, Artabán descubrió que Jesucristo iba a ser crucificado en el Gólgota, por lo que se dispuso a ir allí para entregarle el diamante que le quedaba como tardía ofrenda. En el camino vio cómo un padre vendía a su hija para saldar sus deudas. Artabán utilizó así la última piedra preciosa que le quedaba para liberarla, momento en el que Jesús murió, iniciando un temblor de tierra, lo que provocó que una piedra le golpeara en la cabeza y quedara gravemente herido en el suelo. Entre la muerte y el sueño, Artabán recibió una visita de un ángel: «Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me curaste, me hicieron prisionero y me liberaste», ante lo que dijo no saber cuándo lo había hecho: «Lo que hiciste por tus hermanos, lo hiciste por mí», afirmó Jesús, momento en el que Artabán falleció, siendo elevado al cielo.

P: Hermoso, reitero. Y la otra curiosidad; ¿tenemos que dejarles un zapato, una zapatilla o un calcetín para que nos dejen los regalos?

Reyes Magos (R): La tradición dice que un amigo de Jesús de Nazaret, triste por verle siempre descalzo, le dejó unos zapatos por la noche en su ventana. A la mañana siguiente los zapatos estaban en el mismo sitio, pero el niño Jesús los había llenado de dulces para que se los llevara ese niño de buen corazón…y esa es la moraleja de la historia. Da igual que dejéis un zapato, una zapatilla o un calcetín, lo importante es que tengáis un buen corazón.

P: Se intenta. Me iré a la cama temprano y espero que mañana por la mañana mi esfuerzo haya sido recompensado. Ha sido un placer compartir un ratillo con ustedes.

Reyes Magos (R): El placer ha sido mutuo. Ahora a dormir y a soñar con los tres Reyes Magos.

Que vienen, que vienen

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Especial Navidad: Entrevista a JFK

Trigésimo quinto presidente de Estados Unidos, cuarto y último en morir asesinado, y el más joven en ocupar el cargo presidencial al llegar al mismo con 43 años. John Fitzgerald Kennedy pertenecía a la cuarta generación norteamericana de la familia irlandesa Kennedy que, con sus riquezas, su status y su glamour es conocida como La Familia Real de América. Alto, musculoso, elegante, eternamente bronceado y juvenil, de sonrisa perenne y dentadura perfecta, JFK fue el hombre que cedió a su orgullo para evitar una guerra nuclear, que se empeñó en llevar a la humanidad a la Luna, que se declaró berlinés, que puso los cimientos para igualar de derechos a negros y blancos, pero también fue el presidente que inició una costosa y larga guerra en Vietnam. JFK nos recibe en su espacioso y bien decorado despacho para iniciar esta entrevista.

Más guapo que Perrosanxe

Misterdato (P): Antes de nada, felices fiestas. Imagino que para un católico practicante como usted serán unas fechas señaladas.

John Fitzgerald Kennedy (R): Déjeme a mí también felicitar las fiestas a todos sus lectores. Y sí, efectivamente y como usted indica, para mí la Navidad es una época especial y me congratulo con que Estados Unidos vuelve a tener un presidente católico por segunda vez en su larga historia. Aun así, no se engañe, tanto yo como el presidente Biden velamos por el interés de todos y cada uno de nuestros conciudadanos independientemente de su credo, su sexo y su color de piel. Un presidente de Estados Unidos no adquiere esa responsabilidad para servir intereses de grupo o clase sino a la Constitución, al pueblo todo.

P: ¿Ha tenido tiempo en el otro mundo de charlar con Lee Harvey Oswald o es tema que le provoque dolor de cabeza?

John Fitzgerald Kennedy (R): …

P: Discúlpeme si le ha incomodado la pregunta. Me habían dicho que usted tenía un excelente sentido del humor.

John Fitzgerald Kennedy (R): Y lo tengo, pero en las distancias cortas y en la intimidad de mi casa o de mi despacho.

P: Retiro la pregunta. Usted se convirtió en presidente al derrotar en el primer debate televisivo, nunca antes jamás realizado, a Richard Nixon. Inauguró el poder de la imagen. Y, todo hay que decirlo, es usted bien parecido. Su mujer Jacqueline también lo era y, si me permite decírselo, su amante Marilyn Monroe también lo era.

John Fitzgerald Kennedy (R): Jackie fue el amor de mi vida, una víctima necesaria de mis ambiciones y mis deseos que veía y callaba. Marilyn era puro fuego, pero era inestable.

P: ¿Hubo que acabar con ella?

John Fitzgerald Kennedy (R): Al igual que hubo que acabar conmigo…pero la gente se centra siempre en Marilyn, ¡mis conquistas abarcan todo el planeta!

P: Vaya, pensé que no le gustaba bromear en público, que quería mantener un perfil presidencial.

John Fitzgerald Kennedy (R): ¡Pero esto es sexo! (ríe a carcajadas) ¡Bromee todo lo que quiera! ¿Sabe cuánto tarde en tirarme a mi primera empleada en la Casa Blanca? Cuatro días ¡Y perdí una apuesta con mi hermano Bobby por tardar demasiado! Luego pocas quedaron en pie. Entre usted y yo, aquellas que eran gordas y viejas.

P: Pues tengo entendido que una de esas viejas, como usted dice, no quedó muy satisfecha con su rendimiento.

John Fitzgerald Kennedy (R): ¿Esta me la tenía guardada por lo de Oswald?

P: Pues sí.

John Fitzgerald Kennedy (R): Bien jugado. ¿Quiere dedicarse a la política?

P: Si supiera cual es el que va a ganar…pero no me esquive la pregunta.

John Fitzgerald Kennedy (R): No se preocupe. Usted habla de Marlene Dietrich, la actriz alemana. Tenía unos quince años más que yo y ya había sido amante de mi padre. Dijo aquello de que yo no duraba mucho en la cama y que mi padre era mucho mejor amante. ¿Qué quiere que le diga? Acabo despechada al cambiarla por una más joven.

P: Vamos al tema, que en nuestro caso es el deporte. Usted ha sido un deportista consumado, según tengo entendido como toda su familia.

John Fitzgerald Kennedy (R): Tanto yo como mis otros tres hermanos jugamos al fútbol americano en la Universidad de Harvard. Yo llegue a formar parte del equipo en mis dos primeros años universitarios, aunque sin demasiado éxito. Ya desde adolescente tuve problemas en las lumbares. Aunque lo mejor de la universidad no es el deporte, son los estudios. No lo olvide nunca; un niño mal educado es un niño perdido.

P: De sus problemas lumbares viene su gusto por la natación.

John Fitzgerald Kennedy (R): Correcto. En el instituto comencé a practicar la natación porque un médico me comentó que era el mejor deporte para los dolores de espalda. Después abandoné el equipo de fútbol americano en Harvard para pasarme al equipo de natación y también me dediqué a practicar golf y tenis. La verdad es que durante mis años universitarios mi actividad deportiva fue frenética. Recuerde que cuando fui escogido presidente escribí un artículo en Sports Illustrated donde decía aquello de que mi objetivo no era que nuestros hijos fuesen una generación de espectadores, sino practicantes de una vida vigorosa. El deporte activo tiene que formar parte de la vida de todos y cada uno de los norteamericanos.

P: Tengo entendido que sus dotes de nadador ayudaron a salvar vidas durante la II Guerra Mundial.

John Fitzgerald Kennedy (R): El triunfo tiene muchos padres y a la derrota nadie la quiere. Aquello salió bien, como podía haber salido mal. Fue el 2 de agosto de 1943. Fuimos abordados por un destructor japonés mientras participamos en una misión nocturna en las Islas Salomón. Caímos de la lancha y ayudé a otros diez compañeros a ponerse a salvo en tierra. Mis años en la Marina son aquellos de los que me siento más orgulloso.

P: Aquel día se agravó aún más su lesión de espalda. Lo cierto es que ha cultivado una imagen de sex-symbol, fuerte, guapo, joven, hasta le crearon el sobrenombre JFK, algo modernísimo cuando nadie usaba iniciales. Y luego uno ve el parte médico, a la tierna edad de 40 años, y asusta. Úlcera de estómago, úlcera de colón, escarlatina, tosferina, una leucemia benigna, problemas crónicos de espalda…de hecho fue rechazado como voluntario en el ejército en 1940. Sólo pudo entrar en la Marina a finales de 1941 cuando Estados Unidos declaró la guerra a Japón y a Alemania.

John Fitzgerald Kennedy (R): Todas las madres quieren que sus hijos crezcan para ser presidentes, pero no quieren que se conviertan en políticos en el proceso, ¿verdad? Yo no estaba bien, y el cargo no ayudaba. Tenga en cuenta que durante la presidencia de Franklin Delano Roosevelt (1933-1945) la mayoría de los estadounidenses apenas sabían que estaba postrado en una silla de ruedas a causa de la poliomielitis; cuando lo llevaban con dificultad al estrado. Entonces la prensa no se metía en asuntos privados y se ocultaban este tipo de cosas. Ningún norteamericano conocía mis dolencias y para eso ayudaba mucho el deporte. Fotos mías jugando al fútbol, navegando por la bahía de Boston o cabalgando en la finca de Jackie en Virginia contribuían a silenciar mis dolencias.

P: Realmente no cabalgaba.

John Fitzgerald Kennedy (R): Un hombre inteligente es aquel que sabe ser tan inteligente como para contratar a gente más inteligente que él. Me rodee de los mejores, también en el asunto de la imagen. El doctor Jacobson me recetaba a diario anfetaminas, vitaminas, cortisona y tranquilizantes…. no me quedaba otra, me debía a mi país. Ya sabe usted; no se pregunte lo que su país puede hacer por usted, sino lo que usted puede hacer por su país.

P: Si tengo entendido que practicaba tenis.

John Fitzgerald Kennedy (R): Mi hermano Bobby era muy bueno, yo lo intentaba, pero la espalda me mataba. Como aficionado el tenis siempre me gustó al igual que el béisbol. Siempre fui fan de los Boston Red Sox, amaba el golf, la vela… en general valoraba el esfuerzo. Recuerdo una vez que critique en público al equipo nacional de hockey hielo por recibir una paliza en el Mundial. Si un buen marine puede recorrer 50 millas en 20 horas, ¿no se puede jugar duro a un deporte? El que no esté preparado es una nenaza.

P: Hoy no podría decir algo así, señor presidente. Su sex-appeal dejaría de funcionar.

John Fitzgerald Kennedy (R): Y lo respeto y me parece maravilloso. Fíjese lo que cambió América en los tres años que fui presidente. El cambio es la ley de la vida, y aquellos que solo miran al pasado o al presente seguramente perderán el futuro. Nuestro progreso como nación no puede ser más rápido que nuestro progreso en educación. La mente humana es nuestro recurso fundamental. Recuerde que el ser humano sigue siendo la computadora más extraordinaria de todas.

P: Volviendo al tema deportivo, creo que su madre era una excelente tenista.

John Fitzgerald Kennedy (R): Mi madre tenía un carácter fuertísimo y el tenis le ayudaba a relajarse. En nuestra mansión familiar teníamos una pista reglamentaria y allí aprendimos todos a jugar. Yo tenía un buen nivel en golf, pero no en tenis, no obstante, pronto me di cuenta de que el tenis era el deporte del futuro en Estados Unidos. Toda urbanización de los 50 contaba con su pista de tenis y sabía que era una herramienta económica fundamental. He cerrado muchos acuerdos tras un partido de tenis. La que era una fenomenal jugadora era mi esposa Jackie que me hizo contratarle un entrenador personal y crear un torneo anual para los funcionarios y trabajadores de la Casa Blanca.

P: Imagino que querrá volver con su familia y disfrutar de estas fechas. No le robo más tiempo. Han pasado sesenta años y sigue siendo un placer hablar con usted. Sigue siendo uno de los presidentes más valorados y sigue siendo el presidente que soñó en pisar la Luna.

John Fitzgerald Kennedy (R): Elegimos ir a la Luna antes de que finalizara la década de 1960 no porque fuese fácil, sino porque era difícil. La tecnología que ustedes tienen hoy es fascinante. El mundo es muy diferente ahora. Porque el hombre tiene en sus manos mortales el poder de abolir todas las formas de pobreza humana y todas las formas de vida humana. Necesitamos personas que puedan soñar con cosas que nunca han existido. Y debemos unirnos todos, ser todos uno. Como hombres libres, donde quiera que vivamos.

P: Ich bin ein Berliner.

John Fitzgerald Kennedy (R): Ich bin ein Berliner.

El discurso de la esperanza

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Caín y Abel calzándose unas zapatillas (2ª parte)

Tras el exitazo del Mundial de 1954 Adidas se había convertido en la marca deportiva por excelencia. A Adi ya lo acompaña su hijo Horst, el cual decide ampliar el negocio fabricando balones de fútbol. Y en 1969 lo más de lo más. Adi y Horst ponen en marcha las Adidas Superstar, zapatillas conocidas como de pezuña de camello (camel toe) por su peculiar punta y que, a día de hoy, siguen siendo el calzado deportivo más vendido de todos los tiempos.

Adidas Superstar

La irrupción del nazismo, la guerra y la posguerra habían provocado una brecha insalvable entre los hermanos Dassler. Justo antes de la disputa del tan cacareado Mundial de 1954 Rudolf había decidido abandonar a su hermano y fundar su propia marca de zapatillas deportivas. La bautizó como Ruda, que era el apodo con el que era conocido entre sus amigos cuando era pequeño.

Cumple recordar que Adi era el cerebro, mientras que Rudolf era el relaciones públicas. Y Rudolf decide apostar a escalera de color. Se presenta ante Sepp Herberger, director técnico de la selección alemana, y le ofrece la posibilidad de que sus chicos porten unas Ruda durante el Mundial. Según dicen una diferencia de 100 marcos de la época hacen que Herberger rechace la oferta y la selección alemana calce zapatillas Adidas. Luego vendrá la histórica victoria ante Hungría, el llamado milagro de Berna, gracias a los famosos tacos extraíbles patentados por Adidas. El resto es historia.

Así que Adi era el triunfador y Rudolf era el perdedor. En Herzogenaurach, a un lado del rio Aurach, estaba la imponente y gigantesca fábrica de Adidas en continuo crecimiento. Al otro lado del río, a apenas 500 metros, estaba la modestísima sede de Ruma.

Herzogenaurach

Pero Rudolf no se iba a rendir. Llevaba años soñando con una venganza ante su hermano. En 1968 decide cambiar el nombre de la fábrica y rebautizarla como Puma. No es algo insustancial. El puma es un felino salvaje, feroz, veloz y fuerte. Es exótico, y su elección fomenta la imagen con la que Rudolf quería que fuese conocida la marca. Hablamos de finales de los 60. Época de revolución juvenil. Época de profundos cambios. La idea de Rudolf es que si Adidas es la marca del establishment Puma sea la marca de los rebeldes.

Adi ve el peligro y utiliza todas sus influencias para vetar la presencia de Puma en los Juegos Olímpicos de México 1968. Unta al Comité Olímpico Internacional y a los dirigentes mexicanos para que la marca de su hermano no tenga repercusión global. Aquello supondrá un antes y un después. Tras el suceso ambos hermanos se reúnen y deciden verbalizar un pacto de no agresión por el que ninguno de los dos entraría a competir en el mercado del otro. Nunca más volverían a verse las caras.

Evidentemente no era un pacto de iguales. Adidas era un tiburón y Puma un caballito de mar.

Pero que Rudolf hubiese aceptado no quiere decir que fuese a respetar el acuerdo.

El siguiente gran evento internacional era el Mundial de fútbol de 1970. México 70. El primer Mundial con televisión en satélite a todo color. Si querías ser alguien, tenías que estar ahí. Y Puma estaría ahí.

Edson Arantes do Nascimento era el jugador más destacado del mundo del fútbol. A sus 29 años Pelé era O Rei, aunque sólo en el campo de fútbol. Lo de los negocios y el patrocinio no llego hasta los 70 (en buena parte gracias a Cruyff) cuando Pelé se aproximaba a la retirada. Así pues, Pelé se presentó en México calzando unas botas de fútbol de la modestísima marca inglesa Stylo, que le reporta exiguos beneficios.

Con sus Stylo, Pelé dio recital tras recital hasta comandar a Brasil a una histórica final ante Italia que dirimiría que selección se proclamaría campeona del mundo por tercera ocasión. Fue entonces cuando Rudolf Dassler hizo un viaje relámpago a Ciudad de México para reunirse con Hans Henningsen, representante del astro brasileño. Rudolf le dio lo que no tenía. 24.000 euros por la final y 100.000 para los siguientes cuatro años. Tuvo que pedir un par de créditos. Era el todo o la nada. Hoy parece poco. Entonces eran cifras escandalosas.

Llegó la final. La del gol de cabeza de Pelé elevándose por encima de las nubes. La del pase al vacío para el tanto de Carlos Alberto. “Antes del partido, me dije a mí mismo que era de carne y hueso como todo el mundo, pero ero estaba equivocado», diría el defensa italiano Tarcisio Burgnich. Pelé fue dios aquel día sobre el campo. Y lo hizo con unas Puma en los pies. Y bien que se encargó de recordarlo. La cámara captó perfectamente como, en un momento dado, Pelé se agachaba y se ataba los cordones con parsimonia para que el logo de Puma fuese bien visto en los hogares de todo el planeta. Era una táctica pactada antes de la final con Rudolf Dassler.

Las Puma de Pelé

Desde entonces Puma creció y, si bien nunca ha alcanzado el volumen de ventas de Adidas, forma parte del olimpo junto a Nike, Reebok o Converse. Aquel día de calor mexicano de 1970 supuso también el fin de la ya entonces deteriorada relación entre Adi y Rudolf. Rudolf falleció en 1974. Adidas ni se dignó a emitir un comunicado sobre su muerte y Adi no se presentará al entierro de su hermano. Enviará a su hija como representante familiar. Cuando Adi fallezca en 1978 se mantendrá el desprecio, en este caso por parte de la familia de Rudolf. Adi será enterrado en una lápida situada justo en el extremo opuesto donde reposan los restos de su hermano Rudolf. Si alguien quiere visitar a ambos en el cementerio de Herzogenaurach tendrá que pegarse una pequeña caminata.

A Adi lo sucedería su hijo Horst, quien amplió el negocio y convirtió a Adidas en el mayor fabricante de artículos deportivos del mundo. Además, en 1973, ya había creado la compañía de fabricación de artículos para la natación Arena. Pero lo más señalado de su dirección fue cuando en la década de 1980 decida invertir en patrocinio para controlar el deporte internacional. A finales del siglo pasado Adidas manejaba entre bambalinas los mayores eventos deportivos del planeta, especialmente el Mundial de fútbol, relación cultivada a base de amistad y buenas dosis de dinero con el entonces presidente de la FIFA Joâo Havelange.

A Rudolf lo sucedió su hijo Armin, el cual cambió completamente el enfoque de Puma. Creó zapatillas a bajo coste, menos duraderas, pero donde el diseño rompedor captó la esencia del desenfado de la juventud. Se centró en el atletismo como banco de pruebas, pero decidió dejar la costosísima carrera de competir por los grandes eventos deportivos. Puma es agresividad, velocidad y transgresión. Y es, básicamente, la antítesis de Adidas.

Puma

A Herzogenaurach se le conoce como la ciudad de los cuellos doblados ya que lo primero que se hace cuando te encuentras con alguien es bajar la cabeza para ver que zapatillas calza. En los años más crudos de la rivalidad el matrimonio entre empleados de distintas fábricas estaba terminantemente prohibido. Los logos de ambas marcas se pueden ver hasta en las alcantarillas de la ciudad, diferenciando perfectamente en qué lado del río estás y con quien estás.

Hoy la sede de ambas multinacionales se ha trasladado a las afueras de la ciudad, pero unas marcas rojas en el suelo recuerdan donde estaban las fábricas originales y que barrios de Herzogenaurach (25.000 habitantes a unos 20 kilómetros de Nuremberg que supera el medio millón) pertenecían a cada bando. Al norte del río Aurach estaba Adidas y al sur de la corriente se localizaba Puma. Dado que el equipo del fútbol de la ciudad tenía su campo de juego al sur del río siempre ha sido patrocinado por Puma, quien le otorga todo tipo de material de forma gratuita. Adidas decidió entonces inyectar dinero en un club de colegio de la zona norte para potenciarlo y que rivalizase con su equivalente de la zona sur. Y, como no, el alcalde de Herzogenaurach no viste traje y corbata sino ropa deportiva. Tiene la obligación de alternar Adidas y Puma en sus labores diarias y, ha habido ocasiones, donde al alcalde de turno se le ha visto con una zapatilla Adidas en su pie derecho y una Puma en su pie izquierdo.

Como eran Adi y Rudolf. Como Caín y Abel. Como Adidas y Puma.

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Caín y Abel calzándose unas zapatillas (1ª parte)

Herzogenaurach, Baviera. A unos 200 kilómetros de Múnich. Adi Dassler era el diseñador. Cauto, inteligente y tímido. Rudolf Dassler era el relaciones públicas. Carismático, sonrisa perenne y bueno con los números. Eran como el agua y el aceite. Como el ying y el yang. Pero se querían ¡Claro que se querían! Eran hermanos. Adi (1900) era el pequeño y Rudolf (1898) era el mayor. Los dos eran amantes del deporte. Y los dos vieron una oportunidad de negocio. Fundaron Gebrüder Dassler Schuhfabrik (Fabrica de Zapatos de los Hermanos Dassler) en 1924.

No parece un año propicio para fundar una empresa. Entonces Alemania vivía sumida en la hiperinflación. En enero de 1923 una barra de pan valía 250 marcos. Nueve meses más tarde costaba 200 millones. Tampoco es que le fuera mucho mejor al resto del planeta. En 1929 los países avanzados se verían superados por el caos económico del crack de la Bolsa de Nueva York de 1929. En los siguientes meses las economías del mundo civilizado recibieron una hostia de realidad y la peste pronto se extendería entre los países menos favorecidos.

No fue así en Alemania. La década de 1930 es una década de esplendor para Germania. Trabajo para todos, bienes de consumo para un populacho que años atrás sufría horas de cola para obtener un mendrugo de pan. Pero no era sólo comer. Era alegría de vivir. Una sensación de pertenencia, de comunidad y un orgullo nacional que jamás ha sido igualado.

Claro. Si eras ario y no hacías muchas preguntas. Si fueses homosexual, gitano, judío, religioso, mujer o si simplemente estabas en contra del discurso oficial, la cosa cambiaba. Porque Herzogenaurach estaba en Baviera. Y Baviera pertenece a Alemania. Y en Alemania, en los años 30, gobierna el nacionalsocialismo. Los nazis.

Total, que la empresa empieza a rodar y marcha bien. Muy bien. La economía experimenta un fuerte crecimiento y la prosperidad lleva a los alemanes a gastar dinero en el deporte. Porque aún no le he dicho, pero los hermanos Dassler confeccionaban zapatillas y pantuflas sin marca adquirida, y también calzado con clavos para deportistas. Esa era la idea inicial, aunque en los primeros años se dedican al calzado convencional. Pero resulta que en 1931 el Comité Olímpico Internacional (COI) designa a Berlín como sede para los Juegos Olímpicos de 1936. Toca una carrera vertiginosa para calzar a todos aquellos alemanes que disfrutarán con los JJ. OO de la muestra más palpable del progreso de los nuevos tiempos. Toca hacer bambas, tenis, playeras.

Toca hacer zapatillas deportivas.

La fábrica original

Resultó entonces que Rudolf, el relaciones públicas, tiene una idea. El deporte es vigor, acción, peligro, juventud…velocidad. No existe prueba atlética que aúne todos estos conceptos con mayor exactitud que los 100 metros lisos. El recordman mundial era un chico negro, estadounidense, llamado Jesee Owens. Lo de que su raza no fuese blanca caucásica quizás no fuera del agrado de Hitler y sus secuaces. Así que, aunque Owens era el objetivo, Rudolf decide ofrecer sus zapatillas de forma gratuitas a todos los atletas que compitan en pruebas atléticas como cortina de humo para su verdadero objetivo. Calzar a Jesee Owens. Así la artimaña estaría fuera de toda duda.

Y Jesse Owens ganó cuatro medallas de oro. Y se ganó el corazón de todos los alemanes. Hasta el de unos cuantos nazis, los cuales siempre aborrecieron más a los eslavos y a los polacos que a los negros. Y Owens se enamoró de Alemania. «Sentí más racismo en mi vuelta a Estados Unidos que compitiendo en Alemania», diría el hombre que en la cena de celebración en Nueva York tras su éxito tuvo que entrar al restaurante por la puerta del personal de servicio.

El caso es que Owens triunfó y lo hizo con las zapatillas de los hermanos Dassler. Unas preciosas zapatillas negras de clavos con tres franjas oblicuas de color blanco. Unas zapatillas Adidas que aún no eran Adidas.

Las Adidas de Jesse Owens

Fue un boom. En los siguientes meses las zapatillas de los hermanos Dassler se vendieron como churros. Recordemos que no eran Adidas. Eran Gebrüder Dassler Schuhfabrik, nombre tan bávaro como poco comercial. Todo iba como la seda hasta que en 1939 da comienzo la II Guerra Mundial. Al principio las ventas no se resienten, pero pronto las zapatillas darán paso a los zapatos. Al cabo de un par de años los zapatos se cambiarán por botas militares. La empresa es requisada y transformada por los nazis en beneficio de la economía de guerra.

Lo peor viene después.

Viene después porque la guerra va mal. Va mal para los nazis, claro. La empresa deja las botas militares y comienza a fabricar panzerfaust, un lanzagranadas antitanque de fácil uso y que pronto se convirtirá en el arma portátil más icónica de la guerra.

Pasa algo más. Rudolf es movilizado y enviado al frente. Adi no. Adi se mantiene dirigiendo la fábrica.

Rudolf sobrevive a la guerra, pero jamás volverá a confiar en su hermano. Indaga, pregunta, observa e intuye lo que ha pasado. Adi ha negociado. El callado, el vergonzoso, es más listo de lo que parece. Y es imprescindible. Diseña los panzerfaust y vende su alma a los nazis a cambio de seguir con su vida civil y mantenerse como director de la fábrica. Y vende a su hermano. Rudolf, el relaciones públicas, el cual es fácilmente sustituible.

Total, que la guerra acaba y la fábrica está destruida. La fábrica, o mejor dicho lo que queda de ella, es requisada por los norteamericanos, dado que Baviera está en manos estadounidenses. Alemania es repartida en cuatro mitades por los vencedores con la feliz idea de colocar un bozal en el perro alemán para no dejarlo morder nunca más. Mas resultó que el lobo alemán daba menos miedo que el oso soviético y los estadounidenses decidieron rearmar (económicamente) a Alemania para convertirla en locomotora capitalista de Europa en su lucha contra el comunismo.

Y como resulta que los americanos eran y son unos fanáticos del deporte concedieron a los hermanos Dassler créditos a coste ínfimo para levantar una empresa que les fue devuelta y que, nuevamente, se dedicaría a fabricar zapatillas deportivas.

Y así es como en 1949 nacía una nueva empresa con nombre nuevo. Nacía Adidas.

Adi (izq) y Rudolf (dch) Dassler

El nombre de la marca de las tres rayas horizontales proviene del juego de palabras entre Adi (nombre del creador) y Das (del apellido Dassler). Porque sí, los dos hermanos eran los dueños de la empresa antes de la II Guerra Mundial, pero los americanos sólo se dignaron a hablar con el bueno de Adi. Rudolf ya no era nadie. Donde antes había una empresa de iguales, ahora había dos hermanos claramente diferenciados.

Y no sólo eso. Como cualquier pareja de hermanos que nace de una misma semilla, germinada y crecida, cada brote siguió su camino. Adi se casó y tuvo hijos, hijos a los que pensaba dejarles una empresa. Rudolf hizo lo propio. Cada cual miraba por sus intereses.

En esa estamos cuando llegó el Mundial de fútbol de 1954. A Alemania, por su pasado nazi, se le había prohibido competir en cualquier evento deportivo de corte internacional. El Mundial de Suiza de 1954 iba a significar la primera oportunidad de la Alemania democrática de brillar en la escena internacional. Sorpresivamente los teutones llegaron a la final donde se enfrentarían a la archifavorita Hungría de Hidegkuti, Kocsis y Puskás que llevaba dos años sin perder un partido y que en la fase de grupos había vapuleado a los teutones por 8-3.

El milagro de Berna, que daría para un artículo por sí mismo, acabó con victoria alemana por 3-2 tras remontar un 0-2 en contra. El choque se decidió gracias a las botas con tacos extraíbles. Así, tras comprobar que el césped del estadio Wankdorf de Berna se iba encharcando con el paso del tiempo, los alemanes jugaron la segunda parte con tacos más largos, más apropiados para ese tipo de terreno resbaladizo y embarrado. El portero húngaro resbaló en el momento del 3-2 final y Alemania ganó el Mundial.

Aquellas botas de tacos convirtieron a Adi Dassler y a Adidas en fenómeno global y catapultó de inmediato a Adidas en la marca deportiva por excelencia.

Por entonces Rudolf ya había abandonado el barco. Se preparaba para una dulce venganza.

Esa será otra historia. El viernes que viene…

Adidas

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Reyes de la noche (2ª parte)

Eurocopa 1996. Fue la última vez que periodistas y futbolistas compartieron hotel de concentración. En cada rueda de prensa de Javier Clemente, seleccionador nacional, acudían los 23 convocados a ver como Javi la emprendía a insultos ante las amenazas de los plumillas. Clemente era íntimo de García. De La Morena no podía verlo delante. El primero recibía información de primera mano, el segundo estaba deseoso en acabar con ambos. En cierto momento Clemente le tirará el micrófono de la SER al suelo a Jesús Gallego, entonces meritorio de la cadena, lo insultará y alzará el puño para pegarle. Nunca llegará el impacto a producirse. Dio lo mismo. Fue portada en el AS y el Grupo Prisa poco menos que tildó de terrorista a Clemente. El follón, por supuesto, estaba servido.

El puñetazo (i); Relaño (director del AS -derecha-)

Fue el punto más álgido de una guerra mediática nauseabunda donde los dos reyes tenían su propia guardia de corps que atizaba de lo lindo. Ese año García se dedica a insultar a De La Morena cada noche hasta el punto de que en su desesperación perderá el sentido común. Es habitual que los periodistas, durante la temporada, disputen una liga de medios en paralelo a la liga profesional. Suelen complementar los equipos con exfutbolistas ya retirados que ejercen de comentaristas. No era el caso entonces. Todos los exfutbolistas declinaban amablemente la poco gustosa invitación. Tras uno de esos broncos encuentros, García dedicó buena parte de su programa a leer el acta arbitral en el que se reseñaba del comportamiento violento de varios periodistas de la SER expulsados por roja directa. Aquello no tenía sentido ninguno y demostraba la desesperación del que, durante dos décadas, había sido el número uno.

García hasta perdió el toque con la Casa Real en 1999 cuando tuvo que esperar en directo al Príncipe Felipe en un incomodísimo silencio para felicitar a los ganadores del Mundial de fútbol sub-20. Aquello no tuvo perdón. Cuatro años atrás, Miguel Induráin, tras ganar su quinto Tour, había estado esperando pacientemente en un hotel parisino a que el Rey Juan Carlos I entrase en la COPE con García mientras los periodistas de la SER allí reunidos no paraban de tirarle cosas a la cara y clamaban porque colgase el teléfono. En el 99 las tornas han cambiado. La cosa no funciona. García marcha de la COPE y es la voz cantante de Telefónica Sport, conglomerado mediático con el que pretende hacer frente a Prisa. Exige pleno control, pero sólo se lo dan en la radio y no tiene voz ni voto en las decisiones corporativas. Se siente traicionado por Telefónica y por José María Aznar, al que nunca le perdonará que no le diese el mismo apoyo que Felipe González le había dado a Prisa. Pero es que Aznar no se casa con nadie y menos con un muerto viviente. García sigue teniendo momentos de lucidez como cuando consigue detener una huelga de Iberia en riguroso directo o como cuando lucha contra Florentino Pérez por la recalificación de la ciudad deportiva blanca, pero ya no es su tiempo. Se retira sin despedirse en 2002 en los micrófonos de Onda Cero con medio millón de oyentes, tres veces menos con los que contaba apenas una década más atrás.

De La Morena es el rey. En 1995 alcanzará una primera posición que ya nunca dejará y llegará a rozar los dos millones de oyentes con la huida de García. No le viene bien. El programa coral, la risa, el lenguaje soez, todo va en aumento. ‘El Larguero’ sirve de imitación para los demás y también para los programas deportivos nocturnos televisivos. Y De La Morena se ve desubicado. Quiere hacer algo más personal, algo más íntimo, quiere denunciar, investigar, algo a lo que le obligaba su rivalidad con García. En 2010 lo echan de la SER, no tanto por malos resultados, sino porque no concuerda con la línea editorial tan desenfadada de la cadena. Al igual que García dará sus últimos coletazos en Onda Cero siendo no ya el segundo, sino el tercero de las madrugadas deportivas.

El último De La Morena

Había sido una batalla tan épica como grotesca. Tan brillante como soez. José María García hablaba pegando patadas al diccionario y al código penal. El objetivo no era tener la mejor entrevista, sino el primer invitado. Conseguir que el deportista de turno fuese el primero en salir a las 00.00 horas era el ‘lev motiv’ de la rivalidad. Para ello se hacía de todo, desde secuestrar telefónicamente al invitado o colocar una grabación en antena simulando un falso directo.

Que García era el emperador del insulto es algo fuera de discusión. El Tribunal Supremo y el Constitucional le condenaron por llamar a Ramón Mendoza “zafio”, “histérico”, “tonto”, “tontito”, “pobre y ruin”, “presidente con el pelo blanco y la conciencia negra”. Sobre De la Morena, García dijo cosas como: “En todos los pueblos hay un tonto, y éste es el tonto de Brunete”, “está loco” o “en vez de acabar conmigo, igual el tontito acaba derrotando él mismo al imperio del monopolio del Grupo Prisa”.

De la Morena también se quedó a gusto: “García es un delincuente acostumbrado a extorsionar, manipular y chantajear”. ”García es el pistolero de la noche. El drama de este país es que ha pasado de la dictadura de Franco a la de José María García. Tiene bajo su bota a todo el mundo del deporte”. “La radio de García ha sido siempre radio hostias”, además de las constantes alusiones a su rival como «pequeñín» o «superratón». Incluso llegó al paroxismo de llevar al estudio a una persona vestida de butanero al que entrevistó como si se tratase de García.

Retrocedamos y demos unos cuantos pasos atrás. 1981. José Ramón De la Morena tenía 24 años cuando entró en la SER como becario… de José María García. El día que le hicieron la prueba, De la Morena (que vive en Brunete, a 22 kilómetros de la capital) apareció en Madrid a las tres de la madrugada. Le habían citado a las 06.00 a.m. pero los nervios le hicieron ser más que puntual. Al final no lo recibieron hasta las 11 de la mañana. “Pasé ocho horas dando vueltas por la Gran Vía. Yo no tenía ni idea de nada, venía del pueblo, pensaba que, si llegaba un minuto tarde, le darían mi puesto a otro”, recordaba De la Morena entre risas.

Aquel día le dieron el puesto, aunque la ironía es que aquel chaval de pueblo acabaría siendo el azote de García. En ‘El Larguero’ llegará a tener una sección en la que se dedicaban varios minutos diarios a mofarse de García. De la Morena se convertirá en un soldado de Polanco, defendiendo durante años la postura de Prisa y amparando acciones que poco o nada tienen que ver con el periodismo. En 1994, en plena guerra, Prisa llegará a comparar a García con Hitler en una polémica campaña.

El fanático hitleriano de García

Volvamos al inicio de esta historia. 1996. El ‘sorpasso’ se había dado el año anterior, pero en 1996 se enfanga del todo. Antonio Asensio (Antena 3-Grupo Zeta), asesorado por García, comienza a hacer ofertas a los equipos de Primera División de forma individual por sus derechos de retransmisión, algo que hace saltar el tablero de juego, ya que los derechos los venía explotando Prisa, a través de Canal Plus, que los negociaba directamente con la Liga.

Era fétido y obsesivo. Parte del equipo de De la Morena se dedicaba a escuchar en directo a García y seleccionar fragmentos de sus alocuciones para acumular munición y viceversa. Pero es una locura que beneficia a De la Morena, quien en el cuerpo a cuerpo sale ganando. Su audiencia, más juvenil, más gamberra, disfruta con las burlas a García. Llena el estudio de público; la mayoría son estudiantes universitarios. Están admitidos los aplausos, las risas y el pataleo. García se niega a aceptar que eso sea un programa deportivo y lo califica de circo. Tiene las de perder. Cuando dice algo en contra de ‘El Larguero’ inmediatamente es replicado por De La Morena, el cual cuenta con la ventaja de las carcajadas de la chavalada en el estudio. García sigue a solas con sus silencios y su micrófono. De La Morena se transforma en líder al convertir a García en el protagonista de su programa. Otra curiosa ironía.

A García sus excesos acabaron pensándole, pero hay que reconocer que era él solo contra el mundo. Tenía sus influencias, pero ni siquiera dentro de su propio grupo empresarial recibía el apoyo que necesitaba. El ejército de Pancho Villa como García le llamaba. Prisa era un ejército que funcionaba coordinado liderado no sólo por un general, sino por varios. El cambio de guardia definitivo se dio con el fichaje de Figo en el año 2000 por el Real Madrid. García sostiene que es humo, que es mentira. Cuando el capitán del Barça va camino del Bernabéu, tal y como adelanta De La Morena, toda España es consciente de quien es el nuevo rey de la noche.

Hoy García y De La Morena han hecho las paces. Ambos han afirmado que aquellos excesos no tenían ni pies ni cabeza. Mas, lo cierto, es que no era una guerra entre ellos dos, era una guerra empresarial de dimensiones colosales entre poderes fácticos que usaron para su propio beneficio el ego de los dos periodistas que revolucionaron el sentido de la radio española.

“Muchas noches, cuando competía con García y acababa el programa, me sentía sucio y pringoso”. José Ramón de La Morena.

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