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Un cuento de Navidad

Otto von Bismarck había dicho en 1878 que “Europa es un barril de pólvora y sus líderes son como hombres fumando en un arsenal. Una simple chispa desatará una explosión que nos consumirá a todos. No puedo decirles cuando será la explosión, pero sí puedo decirles dónde: alguna maldita estupidez en los Balcanes la desatará”. Hoy son palabras proféticas, pero en 1914 se las consideraba una estupidez de un viejo resentido. Al inicio de aquel verano era inimaginable que la próspera Europa se viera asolada por una guerra que pondría la primera piedra del fin de su hegemonía mundial y que se saldaría con un cambio en la concepción de la vida y de la muerte. A comienzos del otoño se creía que ese conflicto bélico remataría a las pocas semanas y todo volvería a su cauce. A finales de diciembre tanto las tropas como la población tenían asumida que aquella sería una guerra larga y muy gravosa.

Aunque luego fuese declarada mundial, hubo dos frentes de combate principales. En uno de ellos se retaron austrohúngaros y alemanes contra rusos en las llanuras del Vístula. Al mismo tiempo, francobritánicos y alemanes dejaban sus vidas en Bélgica y la Picardía, que junto a Alsacia y Lorena son las regiones donde se han librado siglo tras siglo las luchas de poder para conseguir el control de Europa. En esa línea que comprende desde Amberes a Estrasburgo tuvo lugar la llamada guerra de trincheras, un proceso en el que los combates eran sangrientos y los avances minúsculos. Entre la batalla de Verdún, del Somme y de Passchendaele fallecieron cerca de 2,5 millones de personas y los avances no llegaron a los 50 kilómetros.

El 24 de diciembre de 1914 hacía mucho frío. Las heladas y la nieve fueron habituales durante un mes especialmente gélido que se había cobrado víctimas no con armas, sino con enfermedades propagadas por los insectos que correteaban por las trincheras. Para levantar la moral en Nochebuena, el káiser Guillermo decidió enviar al frente raciones extras de pan, salchichas y alcohol así como algún abeto y adornos ante la nostalgia de los soldados de pasar las navidades a cientos de kilómetros de sus seres queridos. Al caer la noche, los cañones callaron y cientos de alemanes rompieron el silencio entonando a coro el ‘Stille nacht’ (Noche de paz) un villancico austriaco compuesto a inicios del siglo XIX y hoy símbolo de la Navidad.

Tras la sorpresa inicial, los británicos contraatacaron con sus propios villancicos. A través de las cartas y de los testimonios orales recogidos, sabemos que por toda la línea del frente se dieron situaciones parecidas y, como no todos somos iguales y en cada pandilla hay algún chistoso y desvergonzado, surgieron soldados que, ni cortos ni perezosos, brotaron de sus trincheras sin permiso y arriesgando sus vidas para felicitar las pascuas al bando enemigo, mientras muchos otros quedaron agazapados y muertos de miedo, y los menos echaban pestes y decían que había que aprovechar el descuido para abalanzarse sobre sus rivales. Cuentan que los alemanes regalaban salchichas a los británicos mientras ellos daban chocolate y cigarrillos a los germanos. “Los alemanes nos dijeron en inglés que si no disparábamos, ellos tampoco lo harían –contaba el sargento británico Bernard Brooks-. Encendieron fuegos fuera de sus trincheras, se sentaron alrededor y empezaron un concierto”.

Al día siguiente, 25 de diciembre, la tregua continuó, esta vez con la oposición de los mandos del ejército. Sin embargo, prefirieron no soliviantar a las tropas y dejar que la farsa continuase un día más. Es entonces cuando circulan numerosas historias apócrifas sobre partidos de fútbol que se disputaron ese día. Es posible que se celebrasen por todo el frente. Es probable que fuesen casos aislados y se haya exagerado todo a posteriori. Lo único cierto es que en un descampado a orillas de una iglesia en el pueblo belga de Yprés se disputó uno de esos encuentros. Y lo sabemos porque nos ha llegado una carta del teniente alemán Johannes Niemman en la que explica que pasó aquel día de Navidad.

“Un soldado apareció cargando un balón de fútbol. No sé de donde lo sacó. Ellos hicieron su portería con unos sombreros extraños, mientras que nosotros hicimos lo mismo. No era sencillo jugar en un lugar congelado, pero eso no nos detuvo. Mantuvimos las reglas del juego aunque el partido sólo duró una hora y no había árbitro”. El encuentro acabó con victoria británica por 3-2 y de tan extraño y admirable suceso también se hizo eco el general inglés Walter Congrave, que a pesar de no formar parte del juego, sí que vio como sus soldados disputaban el choque: “Ha pasado algo extraordinario. Esta mañana un alemán gritó que quería una tregua de un día. Así que, con mucha cautela, uno de nuestros hombres se levantó por encima del parapeto y vio como un alemán hacía lo mismo. Uno de mis informantes me dijo que había podido fumarse un cigarrillo con el mejor tirador del ejército alemán, quien no tenía más de 18 años pero ya había matado tantos hombres como 12 soldados juntos”.

Un reportero de Manchester escribió sobre aquel y otros muchos partidos, pero al ser el único periodista que habló del tema siempre quedó la duda sobre cuánto de verdad habría. Se dice también que el alto mando no deseaba que se publicitara estos hechos entre la población para no ablandar la moral de los ciudadanos por lo que se censuró la información. No hay pruebas que demuestren más casos, pero es obvio que hubo más partidos, y, de hecho, un soldado francés contaba en un periódico inglés que en el encuentro que disputó su batallón se puso en liza una liebre como trofeo para el vencedor.

EL 17 de diciembre de 2014, para conmemorar el centenario de tan bella historia, se celebró en aquella iglesia belga de Saint Martin de Ypres una ceremonia organizada por la UEFA y con la presencia de los jefes de estado de Reino Unido, Bélgica, Francia, Italia y Alemania. Paradojas de la historia, San Martín es el santo soldado, ya que antes de ayudar a los mendigos y propagar las enseñanzas de Cristo en Francia fue miembro de la guardia imperial romana.

Bajo su auspicio se erigió un monumento en el mismo sitio en el que se improvisó el duelo futbolístico. Michel Platini, por aquel entonces presidente de la UEFA, cerró la ceremonia recordando que “hace un siglo se expresó la humanidad en un partido de fútbol escribiendo un capítulo en la construcción de la unidad europea que debe servir de ejemplo a las jóvenes generaciones”.

“Lo que sudes en la paz, no lo sangrarás en la guerra”.

P.D: En el vídeo el narrador comenta que el vencedor del partido fue Alemania. Falso. Fueron los británicos.

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