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Croacia. Hija aventajada de Yugoslavia

Al concluir la I Guerra Mundial, los gerifaltes mundiales decidieron crear unos cuantos países nuevos en Europa. Abierta la caja de pandora de los nacionalismos en el siglo XIX, utilizaron como excusa las teorías de la evolución social para proponer y diseñar nuevas fronteras. Para ello no escatimaron en sandeces. Crearon Polonia a cambio de desmembrar Alemania, abandonaron las repúblicas bálticas a los designios de Rusia, se olvidaron de Ucrania, cambiaron lindes en Rumanía y Bulgaria, juntaron a checos y eslovacos sin ‘lev motiv’ aparente y, el sinsentido más grande de todos, fundaron Yugoslavia (el Reino de los eslavos del Sur).

En Yugoslavia había eslavos. Pero no eran todos iguales. Los había católicos (Eslovenia y Croacia) y ortodoxos (Serbia y Montenegro). Los primeros miraban a Europa Occidental. Los segundos tenían sus raíces en Europa del Este. Al sur estaba Macedonia, un batiburrillo lleno de albaneses y gitanos romanís. Además, en lo que hoy son los países de Bosnia y Kosovo estaba la mayor comunidad de musulmanes por km2 de Europa (sin contar Estambul). Para unir esta macedonia cultural se inventaron a un rey, Aleksandar I, que procedía de una dinastía serbia. Y ahí radicaba el gran problema. Yugoslavia bebía su nacimiento de la Gran Serbia y eran los serbios, de marcada influencia rusa, los que iban a dictar las órdenes formando la república más fuerte en ese nuevo Estado.

El contrapeso al poder serbio radicaba en Croacia, que por población y economía, era la única de las repúblicas que podía mirar de tú a tú a Belgrado. De hecho, Croacia llegó a ser independiente (1941-1945) pero bajo un régimen fascista títere de los nazis que muchos croatas prefieren omitir.

A partir de 1945 Yugoslavia fue un Estado Comunista. En teoría cada república era independiente, pero todos los conflictos acabaron explotando con el fin del comunismo y el inicio de la guerra en 1991. Durante esas cuatro décadas, la planificación central del Estado también se vio reflejada en el deporte, donde aprovechando las excelentes condiciones innatas de la raza eslava y una planificada y cuidada ética de trabajo, llevaron a Yugoslavia a la excelencia en la gran parte de los deportes de equipo, destacando mundialmente en balonmano o baloncesto.

Y por supuesto en fútbol.

Antes de que Europa Occidental invirtiese ingestas sumas de dinero público y privado en el fútbol, Yugoslavia era una potencia del balompié. Fue subcampeona de Europa en 1960 y 1968 y semifinalista en el Mundial de 1962. Mucho antes, en 1930, había sido también semifinalista en el primer Mundial de la historia. En los años 60 Galic, Durkovic, Acimovic y especialmente Dragan Dzajic (futbolista del gusto del mismísimo Pelé), deleitaban en los campos europeos con un fútbol de alto nivel técnico pero sobretodo con una mezcla exacta de organización y caos. Yugoslavia también llegó a semifinales en la Eurocopa de 1976 y, ‘ergo’, era un país que solía llegar a las rondas finales de la competición que disputase.

Al acabar la guerra surgieron nuevos Estados. Croacia disputó su primera competición internacional en la Eurocopa de 1996 y dos años después alcanzó las semifinales en el Mundial de 1998. Croacia cuenta aproximadamente con la mitad de habitantes que Serbia. El Estrella Roja, el único campeón yugoslavo de la Copa de Europa, es de Belgrado. Que Croacia encadenase éxitos no entraba dentro del guión previsto.

Antes de la guerra, en 1987, Yugoslavia se había proclamado campeona mundial sub-20 de fútbol. Las estrellas de aquel equipo eran croatas. Prosinecki, Boban, Suker, Pavlicic o Stimac habían sido criados en Zagreb o Split. Ninguno era de Belgrado. Ninguno era serbio. Cuando en 1998 comandaron a una selección con apenas un lustro de vida como Croacia a disputar unas semifinales mundialistas ante Francia (tras eliminar a Alemania en cuartos de final) el planeta fútbol se convulsionó.

Con la independencia, Serbia mantuvo el nombre de Yugoslavia. Era la república heredera y principal de la antigua nación. Sólo en el siglo XXI, y tras la independencia de Montenegro, Serbia abandonó su antigua denominación. Pero, tras Mijatovic, Savicevic o Stojkovic ha habido la nada. Serbia no juega una Eurocopa desde el año 2000 y cuando se clasifica para un Mundial no supera la primera ronda.

En Croacia el terremoto de 1998 ha abierto unas brechas que alcanzan el presente. Desde hace una década Croacia no ha parado de generar buenos jugadores, mientras que Serbia sigue sin encontrar la tecla. Srna, Corluka, Olic, Robert Kovac, Pletikosa sirvieron de puente a la generación actual. Modric y compañía han llevado a un pequeño país de 4 millones de habitantes y que no está ni entre los 50 con mayor PIB del mundo, a ser un habitual de las rondas finales en Europa y en la Copa del Mundo.

Un habitual quiere decir ser un ‘outsider’. Un equipo complicado de primera ronda, que con un buen calendario puede plantarse en cuartos de final. Lo que nadie imaginaba es que Croacia alcanzase ser ganador de un Mundial. Nadie pensaba que Croacia pudiese ser la Uruguay del siglo XXI. Que en plena era de la globalización y de los grandes Estados, un minúsculo país de 55.000 kilómetros cuadrados (no mucho más grande que Aragón) se plantase en la final de la madre de todas las competiciones deportivas.

No lo había conseguido nunca Yugoslavia. Croacia llega a la final tras tres prórrogas, las dos primeras resueltas por tandas de penaltis y la tercera por un gol agónico de Mandzukic. Queda para la discusión si todo es fruto del trabajo mental y físico o de la buena suerte. Venció a Argentina en la primera fase, y luego se midió a rivales inferiores (Dinamarca), inferiores pero con nombre (Rusia) y similares con mucho nombre (Inglaterra). También queda para el debate sin tan favorable calendario fue suerte o destino.

Croacia lo ha logrado siendo fiel al ideario yugoslavo. Modric y Rakitic son los abanderados de la exquisita calidad técnica del conjunto. Y jugadores como Rebic, Strinic o Perisic aportan ese caos organizado, futbolistas desgarbados y hasta aparentemente toscos pero dotados de grandes recursos y que mantienen una entrega constante a favor del grupo. No hay que olvidar que Croacia no es una potencia mundial (por lo menos no lo era) pero su once inicial está plagado de futbolistas que son primeras espadas en los principales conjuntos de Europa.

En menos de 48 horas sabremos si lo de Croacia queda en el recuerdo como la hazaña sin premio de un pequeño país (Hungría en 1938, 1954; Checoslovaquia en 1934 y 1962; Holanda en 1974 y 1978; Suecia en 1958) o si por el contrario podemos afirmar que Croacia es el Uruguay del siglo XXI y aparte del centro histórico de Dubrovnik, las ruinas romanas de Split, la majestuosa Zagreb o las playas del Adriático, los croatas también pueden presumir de ser campeones del Mundial de Fútbol.


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