Verano de 1987. Se celebra la II edición del Mundial de Atletismo. Roma. La internacionalización del atletismo ya es un hecho, aunque en Roma la Vieja Europa aún mantiene sus constantes vitales. Kenia, Marruecos, Jamaica o Cuba asoman la patita, pero los países europeos siguen liderando el medallero. La hermética y dopada República Democrática Alemana (RDA) consigue 31 medallas, mientras que Estados Unidos y la Unión Soviética suman entre ambas 45 preseas. Después Bulgaria, Reino Unido, Finlandia, Portugal, Suecia, Francia y la Alemania buena, la RFA. Entre todas ellas Italia, la anfitriona. Con un magnífico resultado de 5 metales (dos oros, dos platas y un bronce).
Competir en casa siempre es un plus en cualquier disciplina, pero mucho más lo es en atletismo. Son dos los motivos fundamentales; uno cuantitativo y otro cualitativo. En primer lugar, el hecho de organizar un evento internacional permite contar con atletas en todas y cada una de las disciplinas en liza. Se consigue así mayor exposición, visibilidad y capacidad de lograr éxitos. Por otro lado, al ser el atletismo un deporte en muchos casos semiprofesional, la organización de un Mundial implica una dotación de recursos económicos tanto públicos como privados que los atletas nunca antes y nunca después vivirán, por lo que doblegan sus esfuerzos en los entrenamientos para conseguir sus mejores marcas y puestos al calor de su público.
Así pues, la expedición italiana en el Mundial de 1987 iba con la firme intención de mejorar sus resultados (de hecho, doblaron sus resultados de cuatro años antes y cuadriplicaron sus resultados de cuatro años después) por su propio bien y por el bien, tanto del erario público como por el de todas las empresas que apostaron por publicitar el evento.
Con estos mimbres no es de extrañar que la victoria de Giovanni Evangelisti fuese una cuestión de Estado.
Evangelisti era una estrella de su época. Competía en salto de longitud, quizás la disciplina más glamurosa de aquel entonces. En ello el bueno de Evangelisti tenía poco que ver. La culpa era de Carl Lewis. El Hijo del Viento, además de pulverizar registros en los 100 metros lisos, tenía entre ceja y ceja batir el monstruoso récord de Bob Beamon cosechado en la altitud de México allá por 1968. Lewis ganaría más de 60 concursos consecutivos y tendrá 15 de las mejores 20 marcas de todos los tiempos y, sin embargo, será incapaz de batir el registro de Beamon. El caso es que Lewis venció con suficiencia tanto en el Mundial de 1983 como en los Juegos Olímpicos de 1984. Sus saltos eran seguidos por millones de espectadores en busca del récord imposible. Y detrás, cerca, pero a la vez lejos, estaba Evangelisti. Plata europea, bronce mundial y bronce olímpico, Evangelisti llegaba a la cita de Roma a punto de cumplir 26 años y habiendo pulverizado su registro personal apenas semanas atrás firmando un salto de 8’43 metros.
Hay un sueño en el Olímpico de Roma. Se programa el salto de longitud en horario de máxima audiencia. Se desea que Carl Lewis consiga batir el récord del mundo y que Evangelisti le acompañe a su diestra al subir al pódium. En la terna está el soviético Robert Enmiyan, el hombre que habitualmente arrebata a Evangelisti la gloria europea, y el estadounidense Larry Myricks.
Cerca de 80.000 almas comenzaron a tocar palmas cuando Giovanni inició su carrera hacia la eternidad. El salto fue bello, pero su pie talonado pisó espacio prohibido. Salto nulo. El concurso de salto de longitud consta de seis intentos. Los tres primeros sirven para separar la paja del grano y seleccionar a los ocho finalistas. Los tres últimos sirven para arriesgar al talonar y poder ir ascendiendo progresivamente en la clasificación. La perversión del sistema radica en que el nivel de fatiga física y emocional va en aumento, por lo que suele ser más sencillo realizar un buen salto al inicio de la competición que al final de la misma.
Tras un nuevo error al saltar, en el tercer intento Evangelisti voló hasta los 8’19. Era un buen brinco, pero insuficiente para tocar metal. Lewis, Enmiyan y Myricks, por dicho orden, le precedían, por lo que en aquel momento Evangelisti era cuarto y medalla de chocolate.
La cuarta ejecución de Giovanni fue lamentable. Fue un salto con miedo que apenas superó por escasos centímetros los siete metros y medio. En el quinto el pánico ya era atroz. El bueno de Giovanni decidió arriesgar y se volvió a equivocar al poner el pie en el firmamento. Nulo. Al mismo tiempo Myricks había mejorado sus prestaciones y había puesto el listón de la medalla de bronce en una respetable marca de 8’33 metros. Mientras Lewis se aseguraba el oro con 8’67 y Enmiyan la plata con 8’53 metros.
Quedaba el sexto y último salto de Evangelisti. Firmando su marca personal, aquella registrada apenas semana atrás, sería medalla de bronce. Camiseta azul, pantalón blanco, bronceado extremo, Evangelisti inicia la carrera hacia la gloria. Son dos decenas de zancadas que finalizan con un precioso aspaviento de brazos y piernas camino de la arena. Giovanni cae sobre seguro y de un respingo se levanta. Alza la mano derecha y con gesto serio saluda al público que agradece el esfuerzo y aplaude el amargo cuarto puesto. Luego Giovanni espera la medición oficial mientras observa en el videomarcador la repetición de su salto. Se ha dejado unos cuantos centímetros al talonar y el salto no ha llegado a los ocho metros.
Fue entonces cuando el videomarcador anuncia lo inesperado. Son 8’38 metros. El público estalla de alegría y Evangelisti se une a la fiesta lanzado al aire una toalla y arrojándose las manos a la cara. Nadie esperaba que ese salto fuese tan largo. Aquel brinco le daba a Evangelisti y a Italia una medalla de bronce.
El salto que nunca existió
Nadie entendía lo que había sucedido. Por entonces no se contaba más que con la cámara fija de televisión y con lo que los fotógrafos aportasen a pie de pista. Era obvio que aquel salto no engañaba a los ojos. El brinco no había superado los ocho metros. Pero la tecnología de entonces no era palabra de Dios. La palabra del Altísimo era la palabra de los jueces. Dada la complejidad y la precisión del asunto, hasta ocho jueces eran necesarios para validar una caída. Así que si dieciséis ojos consideraban que el vuelo era de 8’38 metros no habría nada que objetar.
A Evangelisti le dieron el bronce, pero el run-run no cesaba. Las evidencias eran tan abrumadoras que el escándalo no concluía. Era por entonces presidente de la Federación Internacional de Atletismo (IAAF) el italiano Primo Niebolo y conocía de sobra lo que había sucedido. En un momento de ardor nacionalista, los jueces decidieron inflar el salto de Evangelisti para darle una medalla de bronce a Italia. Niebolo no tenía culpa alguna como actor de la película, pero sí que era responsable por omisión, ya que conoció de primera mano el escándalo e hizo todo lo posible por ocultarlo.
Primo Niebolo
Al final era cuestión de tiempo que el remordimiento de conciencia surgiese en algún interfecto. Fue el caso de Sandro Donati, responsable de entrenamientos de la selección italiana, quien confesó en una entrevista lo que a todas luces era evidente. Inmediatamente se abrió una investigación que acabó con ocho culpables y con la entrega, nueve meses después, de la medalla de bronce a Larry Myricks tras habérsela retirado a Giovanni Evangelisti.
Entre los condenados estaba Luciano Berra, quien tuvo que dimitir de su cargo de secretario general de la Federación Italiana de Atletismo. A pesar de ser mano derecha de Primo Niebolo, éste salió de rositas de todo este asunto. Fallecería en 1999 víctima de un ataque al corazón ocupando la presidencia de la IAAF, cargo al que había accedido en 1981 y en el que se mantuvo a pesar del griterío. Peor suerte corrió Sandro Donati, el entrenador con cargo de conciencia, quien fue despedido de su puesto en la Federación Italiana. Tras varios años olvidado del mundo, se convirtió en un activista antidopaje y acabaría siendo un mandamás del Comité Olímpico Nacional Italiano con un férreo mandato en contra de las trampas por doping.
¿Y qué pasó con Evangelisti? Quedo exculpado de todo el proceso. Fue el tonto útil. Confesaría que siempre fue consciente de que era imposible que aquel salto fuese de 8’38 metros, pero que no iba a ser él quien negase la mayor. Al año siguiente acabaría cuarto en los Juegos Olímpicos de Seúl y en el siguiente Mundial apenas alcanzó un séptimo puesto. Se retiró en 1994 con un bronce olímpico y tres bronces mundiales (en pista cubierta), pero siempre será recordado por aquel salto de 7’89 metros que unos jueces convirtieron en un 8’38.
Giovanni Evangelisti
“No tengo nada en contra de Evangelisti. Él fue una víctima igual que yo. Sabía que algo estaba pasando, no sólo en el salto de Evangelisti, sino en muchos otros. Me alegra verlos admitir que algo se hizo mal. No es consuelo suficiente, pero sí algo de consuelo (…) Si obtengo la medalla ahora todo estará bien. Pero estar allí con el estadio abarrotado, con toda la gente en casa mirándolo por la televisión, es un momento que nunca voy a tener. Evangelisti aprovechó el momento. Esa es una oportunidad que para mí ya no existe”. Larry Myricks tras serle otorgada la medalla de bronce que Evangelisti le había arrebatado injustamente.
El asunto dio el pistoletazo de salida en 1930. La idea era que participasen 16 selecciones nacionales a razón de cuatro grupos con cuatro equipos. Acudieron 13 combinados internacionales, dado que tres europeos se bajaron del carro al considerar el coste de cruzar el Atlántico inasumible. Dio igual. Se construyeron tres grupos de tres escuadras y uno con cuatro conjuntos. El sistema de 16 participantes se mantuvo inamovible hasta 1982, cuando en el Mundial de España se amplió el abanico hasta 24 escuadras. Tenía su lógica. Lo que antes era un monopolio Europa-América ahora se abría al mundo. Con la descolonización surgieron numerosos estados de nuevo cuño tanto en Asia como, esencialmente, en África.
A partir de entonces todo sucedió a fume de carozo. Para Francia 1998 se aumentó a 32 el número de participantes asegurando un reparto más ecuánime e introduciendo en la ecuación a Oceanía, hasta entonces apartada del negocio del fútbol. La última vuelta de tuerca ha tenido lugar en la presente edición de 2026 con un total de 48 participantes repartidos en ¡12! grupos de cuatro conjuntos. De este modo el Mundial es universal y permite un total de 17 selecciones europeas, 6 ó 7 de Sudamérica, 6 ó 7 de la Concacaf, 9 ó 10 de África, 7 u 8 de Asia y 1 ó 2 de Oceanía. El sistema es más permeable y democrático a costa de desvirtuar el nivel de juego y convertir las primeras rondas en un ejercicio tedioso y pastoso que aumenta grotescamente el número de goles.
El caso, pues, es que acudir a un Mundial es mucho más fácil en la actualidad que en el pasado. Pongamos un ejemplo que lo certifique. Es muy probable que Erling Haaland sea el mejor delantero centro del momento. Hace unas semanas disputó con su selección su primer Mundial. Todo se lo debe a la ampliación a 48 equipos de la competición. Noruega había participado en el Mundial de 1938 (13 equipos europeos de 16 participantes), en el de 1994 y en el de 1998. Hacía casi tres décadas que Noruega no disputaba un Mundial, por lo que Haaland le debe una bien gorda a Gianni Infantino.
Al igual que Haaland es un delantero de tronío, también lo era José Eulogio Gárate. No era tan bueno como el ciborg escandinavo, pero no hay que desdeñar a un icono del Atlético de Madrid que fue máximo goleador de la Liga española en 1969, 1970 y 1971, así como ganador de tres ligas y finalista de la Copa de Europa con los colchoneros. No era Haaland, pero comparemos a Gárate con Falcao o Diego Costa. El caso es que Gárate no disputó ningún Mundial dado que España no se clasificó ni para la edición de 1970 ni para la de 1974. Si para acudir a la de 2026 la selección española únicamente tuvo que quedar entre los dos primeros en un benigno grupo formado por Turquía, Georgia y Bulgaria, en la de 1970 había que ser campeón en un grupo donde estaban Bélgica (semifinalista Eurocopa 72), Yugoslavia (subcampeona Eurocopa 68) y Finlandia.
Con todo, lo más sangrante ocurre cuando ponemos el foco en África. A la altura de 1990 el mejor jugador de África era Abedi Pelé. Triple vencedor del Balón de Oro africano y héroe del Olympique de Marsella campeón europeo en 1993, jamás disputó un Mundial. Por entonces únicamente dos países africanos accedían a la fase final de la Copa del Mundo. En la actualidad pueden ser diez. La Ghana de Abedi Pelé tenía que pasar dos eliminatorias a ida y vuelta antes de formar un grupo de cuatro participantes donde únicamente el vencedor era el que obtenía el pase. Ghana no pudo con Argelia o Camerún en los años de esplendor de Pelé. En 2026 Ghana se clasificó al vencer en un sencillo grupo donde, a excepción de Malí, todos los demás países eran unos parias del nivel de Comores, Madagascar o Chad. No es de extrañar que Ghana se haya clasificado para cinco de las últimas seis ediciones. Lástima que estos tiempos no fuesen los de Abedi Pelé.
Abedi Pelé
Así pues, vamos a intentar dilucidar quienes son los 10 mejores futbolistas que no han participado en un Mundial. Para ello le daremos más valor a aquellos personajes del pasado en detrimento del presente. ¿Es un buen futbolista Henrij Mkhitaryan? Lo es. Y muy bueno. El mejor en la historia de Armenia. Jugador en Dortmund, Manchester United, Arsenal, AS Roma o Internazionale y ganador de títulos con todos ellos. ¿Era un buen futbolista Valentino Mazzola? Sin duda mejor que Mkhitaryan. No en vano a mediados de la década de 1940 Mazzola era considerado el mejor jugador de Europa. Ocurre que si bien es complicado que Armenia se clasifique para un Mundial (no imposible, dado que en su grupo para 2026 cayó ante Irlanda y Hungría) para Mazzola no hubo opción. Desde 1938 hasta 1950 no se celebró el Mundial, así que, para Mazzola, fallecido en 1949 en la tragedia aérea de Superga, las opciones sumaban cero sobre cero.
¿A quiénes dejamos fuera? A unos cuantos fueras de serie. Empecemos con un ramillete de sudamericanos. En el pasado reciente contamos con cuatro futbolistas de cuatro países que se quedaron fuera, o bien por incompetencia de sus selecciones o bien por no estar disponibles en el momento adecuado. Además de leyenda del Real Zaragoza, Gustavo Poyet fue el eje de operaciones de Uruguay a mediados de los 90. Sin embargo, las charrúas no lograron clasificarse ni para el Mundial de 1994 ni para el de 1998. La que no jugó un Mundial ni en 1998 ni nunca es Venezuela, lo que lastró las opciones de Juan Arango, el mejor futbolista de la Vinotinto y con sólida carrera en España y Alemania. Norberto Solano aún posee el récord de asistencias de un jugador latinoamericano en la Premier League, ocurre que sus casi 100 partidos como internacional nunca lo vieron en un Mundial del que Perú se mostró ausente desde 1982 hasta 2018. Mejor futbolista que los tres citados fue Alberto Spencer. Con razón es el máximo goleador de la historia de la Copa Libertadores. Leyenda de Peñarol, campeón de la Intercontinental ante Benfica y Real Madrid, Spencer nunca jugó un Mundial dado que defendió los colores de Ecuador, una selección que siempre fue un paria internacional y que no acudiría a su primer Mundial hasta 2002.
Por último, hagamos mención a José Manuel Moreno. Palabras mayores. Moreno rivalizó con Mazzola como mejor jugador del mundo en los 40. Muñoz, Pedernera, Labruna, Loustau y el citado Moreno formaron en River Plate una delantera conocida como La Máquina, de la que quedaría prendado un adolescente llamado Di Stéfano. De todos los citados tan sólo Ángel Labruna concurrió en un Mundial allá por 1958. Además de Moreno, Adolfo Pedernera, Juan Carlos Muñoz y Félix Loustau se vieron perjudicados tanto por la II Guerra Mundial como por las eliminaciones en fases de clasificación de 1950 y 1954.
Moreno
África. Nacido en Marruecos cuando era protectorado francés, Larbi Ben Barek goleó para Francia además de jugar partidos amistosos con los marroquís. Bicampeón liguero con el Atlético de Madrid (50 y 51) jamás disputó un Mundial. Mejor suerte tuvo Salif Keïta, quien nació en Bamako cuando era territorio de Francia, pero que conseguiría ser internacional con Malí al proclamarse la independencia. Salif fue el primer Balón de Oro africano, pero jamás tuvo oportunidad real de disputar un Mundial. Lo tendría más cerca su sobrino, quien fue elegido mejor jugador del Mundial sub-20 de 1999. Llegaría a ser 102 veces internacional amén de ganar dos Copas de Europa con el FC Barcelona, pero Seydou Keïta tampoco consiguió que Mali se clasificase para un Mundial. Por esa misma época goleaba el también maliense Frederic Kanouté en el Sevilla FC donde perforará redes en siete fabulosas temporadas. No será suficiente para disputar un Mundial, al igual que tampoco lo fue para el egipcio Mido goleador en Ajax y Tottenham que penó por el hecho de que Egipto se ausentase del Mundial entre 1994 y 2014. Con todo, Mido no es nadie en comparación con Pierre-Emerick Aubameyang, máximo goleador en Alemania (Dortmund) e Inglaterra (Arsenal), pero quien ha tenido la carga de defender la bandera del modestísimo Gabón, que nunca ha jugado un Mundial. Po último, recordar al portero zimbabuense Bruce Grobelaar, héroe en la tanda de penaltis de la Copa de Europa de 1984 que le dio el triunfo al Liverpool FC ante la AS Roma. Titular en la portería red durante más de una década, fue incapaz de clasificar a Zimbabue para un Mundial a pesar de intentarlo entre 1982 y 1998.
Aubameyang
En la vieja Europa podríamos clasificar en dos los biotipos de jugadores que nunca fueron a un Mundial; los de primeras potencias y los de segundas espadas. En el caso de los primeros, el alto nivel del fútbol de dichos países impidió que nunca consiguiesen jugar un Mundial al no ser seleccionados. Por citar unos cuantos ejemplos estarían los españoles Fran González y Mikel Arteta, el inglés Matthew Le Tissier, el alemán Mehmet Scholl, el francés Jocelyn Angloma o el italiano Fabrizio Ravanelli, todos ellos internacionales, pero no tan excelentes para ser elegidos para formar parte de un Mundial. Tampoco logró alcanzar el sueño mundialista Duncan Edwards. Estrella del United, había logrado debutar con la selección inglesa a los 18 años, pero, al igual que le había sucedido a Valentino Mazzola años atrás, un accidente aéreo (la tragedia de Múnich) segó su vida con apenas 21 primaveras.
No era este el caso de David Ginola. Jugador de fantasía, estrella en PSG y Newcastle United, era titular indiscutible en la Francia de 1994. Ocurre que Francia cayó ante la Bulgaria de Hristo Stoichkov y no se clasificó para esa edición al igual que tampoco lo había hecho en 1990. Fueron años negros para los franceses, del mismo modo que 2018 (Suecia), 2022 (¡Macedonia!) y 2026 (Bosnia) lo fueron para Italia. Nicoló Barella o Gianluigi Donnarumma forman parte de este oscuro listado, aunque aún mantienen abierta una última puerta a la esperanza para 2030. De no lograrlo, a buen seguro que el actual portero del Manchester City podría pasar a formar parte de los diez mejores futbolistas que nunca han ido a un Mundial.
En el caso de los segundos espadas, hablamos de enormes futbolistas que vitorearon en selecciones menores. Los hay que aún están a tiempo de jugar un Mundial como el excelente portero esloveno Jan Oblak (seis trofeos como portero menos goleado en España con el Atlético de Madrid) o el georgiano Khvicha Kvaratskhelia (ganador de la Copa de Europa con el PSG y mejor jugador de la histórica Serie A ganada por el SSC Nápoles en 2023), pero no parece que pueda suceder. Tampoco lo logró en su día Eidur Gudjohnsen, buen delantero de inicios de siglo en Chelsea y FC Barcelona, pero que poco pudo hacer por su Islandia natal en sus 88 partidos como internacional. Tampoco logró mucho el búlgaro Dimitar Berbatov, máximo goleador histórico de una Bulgaria que ya estaba lejos de los tiempos de vino y rosas de inicios de 1990. Más llamativo es el caso de Andrei Arshavin, estrella de la Eurocopa de 2008 a lomos de Rusia, quizás no una superpotencia, pero si una selección de renombre. Pero justo en 2006 y 2010, los años de gloria de Arshavin, Rusia no logró clasificarse para un Mundial. Por último, y no menos importante, citar a Ian Rush, extraordinario goleador galés. Máximo cañonero de la historia del Liverpool FC, segundo máximo goleador de la historia de la FA Cup y campeón europeo con los ingleses, jamás tuvo opciones de disputar un Mundial en sus 73 entorchados con Gales.
Ian Rush
Vamos pues con los que he considerado los 10 mejores futbolistas que jamás disputaron un Mundial. Como cualquier clasificación es digna de ser rebatida, no obstante, se ha tenido en cuenta la carrera individual del jugador, su palmarés, su impacto en los equipos donde militó y también se le ha aplicado un filtro valorando la importancia que han tenido en función de la época que les hubo de tocar vivir.
10 Jari Litmanen (Finlandia): Un ‘10’ de los de antes. Habilidoso, escurridizo, frágil y un as en el lanzamiento de faltas. Litmanen empezó a jugar en su Finlandia natal antes de dar el salto al Ajax con 20 años. Allí se convirtió en el director de orquesta de un equipo que arrasó en Holanda y que ganó la Copa de Europa de 1995. Ese año Litmanen ganaría el Balón de Bronce y la temporada siguiente sería proclamado máximo goleador de la Champions League. Luego las lesiones le harían fracasar en Barcelona y en Liverpool, pero alargaría su carrera con la selección de su país hasta los 39 años. Jugó la fase de clasificación para el Mundial de 1990, 1994, 1998, 2002, 2006 y 2010 con escaso éxito a pesar de compartir andanzas con Sami Hypiaä un rocoso central que hizo carrera en Liverpool FC. El dueto lo tuvo cerca en 1998, pero un empate en el último partido ante Hungría en Helsinki les privó de acceder a una repesca ante Serbia.
Litmanen
9 Arsenio Erico (Paraguay): Considerado por la FIFA el octavo mejor jugador sudamericano del siglo XX, el puesto de Erico en esta lista debería ser más elevado. Sucede que su carrera se desarrolló en tiempos oscuros y para nada globalizados. Máximo goleador de la liga argentina de todos los tiempos, sentaría cátedra en Independiente de Avellaneda (1934-1946) con tres temporadas consecutivas anotando más de 45 goles en poco más de 30 partidos. Era un delantero centro fuerte, alto, supremo en el juego aéreo y a la vez excelente en la técnica. Para los anales un gol que anotó haciendo el escorpión, mucho antes de que fuese ejecutado por Di Stéfano y popularizado por René Higuita desde la portería. Erico no tuvo posibilidad alguna de demostrar su instinto asesino en un Mundial. No era asumible para la federación paraguaya plantearse acudir a Europa a disputar las ediciones de 1934 (Italia) y 1938 (Francia). Paraguay ni siquiera llegó a inscribirse en la fase clasificatoria y, para cuando el Mundial vuelva al ruedo en 1950, Arsenio Erico ya había colgado las botas y emprendido una corta carrera como entrenador.
Arsenio Erico
8 Ryan Giggs (Gales): Giggs debutó con el Manchester United el día que cumplió 17 años. Serian 24 temporadas de fidelidad a unos colores. Además de ganar 13 títulos de la Premier League logró salir victorioso en dos ediciones de la Copa de Europa. Extremo izquierdo, de gran capacidad asociativa, incasable al desaliento, en sus últimos años se refugió en el centro del campo gracias a su extraordinaria visión de juego. Con la selección de Gales intentó, sin éxito, acudir a las ediciones mundialistas de 1994, 1998, 2002 y 2006. Fue en la fase de clasificación para Estados Unidos 1994 cuando Gales lo tuvo en su mano. Con un Ryan Giggs entonces muy joven y con una veterana dupla de ataque formada por Ian Rush y Mark Hughes (goleador en el United y con presencia en FC Barcelona y FC Bayern) llegaron a la última jornada dependiendo de sí mismos para clasificarse. Jugaban en Cardiff ante Rumanía y debían ganar. Perdieron por 1-2 por culpa de los tantos de Raducioiu y Hagi y dejaron escapar la opción más cercana que nunca después hubo de tener Ryan Giggs.
Ryan Giggs
7 Eric Cantona (Francia): En enero de 1995 el Manchester United jugaba en campo del Crystal Palace. En un momento dado un aficionado del Palace insultó a Eric Cantona. El mediapunta francés giró el cuello, echó a correr, saltó la valla publicitaria y le pegó una patada de karateka al sujeto al que luego siguieron unos cuantos puñetazos. A Cantona lo sancionaron ocho meses sin poder disputar un partido y Aimé Jacquet, seleccionador de Francia, aprovechó la sanción para no volver a convocarlo con la selección. La decisión era arriesgada. Eric Cantona era un enfant terrible, que acabaría traspasado del Olympique marsellés tras diversos episodios polémicos. Contra todo pronóstico este anarquista del balón encontró en Inglaterra su hábitat ideal. Técnico, con olfato de gol y fuertísimo carácter, llevó al Leeds United a ganar una Premier contra todo pronóstico, antes de convertirse en faro y capitán del Manchester United en donde fue considerado Balón de Bronce. El caso es que un empate ante Chipre y una derrota en Glasgow hizo que Francia no se clasificase para Italia 90. Cuatro años después los franceses lo tenían hecho ante Bulgaria, pero un gol de Emil Kostadinov en Paris en el minuto 90 impidió la clasificación gala de 1994. Así que, apartado Cantona, surgió como ‘10’ francés Zinedine Zidane, mucho más callado, con entonces escasa incidencia en el grupo, con menos gol, pero con mayor capacidad técnica y asociativa. Zidane fue el héroe en la victoria francesa en 1998 y Eric Cantona vio desde el sofá de su casa como Francia ganaba su primer Mundial.
Cantona
6 Laszlo Kubala (Hungría y España): La vida de Kubala es digna de película. De hecho, hay películas sobre Kubala. Nacido en 1927 en Budapest empezó a jugar al fútbol profesional en 1945 justo al acabar la II Guerra Mundial. Internacional húngaro, al año siguiente emigró a Checoslovaquia y obtendría la nacionalidad siendo también internacional con su nuevo país. Luego, en 1949, decidió escapar del comunismo y llegó oculto en un camión a Austria. A punto estuvo de fichar por el Torino FC, justo antes de que Valentino Mazzola y compañía perdiesen la vida en la tragedia aérea de Superga. Acusado de delincuente y estafador por Hungría, Kubala estuvo un año sin jugar hasta que la FIFA dio el visto bueno para su fichaje por el FC Barcelona. Allí se convirtió en un dios. Técnicamente portentoso, elevo el nivel del conjunto culé a unas cotas de éxito nunca antes vistas. Hubo títulos, pero esencialmente lo que hubo fue la primera identificación del Barça con el juego de toque ofensivo. En 1957 se inauguró un Camp Nou del que Kubala tiene gran parte de culpa ante la necesidad de un estadio con mayor capacidad para atender a la ingente demanda de entradas para verlo. Pasó entonces a ser Kubala internacional con España. Tendría dos ocasiones para jugar un Mundial. En 1954 España ganó a Turquía (4-1) en casa para caer 1-0 en Estambul. Como entonces no contaban la diferencia de goles hubo de jugarse un desempate en Roma en el que Kubala estuvo ausente. Hubo otro empate y el azar clasificó a los otomanos. En 1958 España tenía un equipazo con Ramallets, Luis Suárez, Gento, Di Stéfano y Kubala, pero empataría en Suiza y caería con estrépito ante Escocia, en la que fue la última oportunidad de Laszlo de disputar un Mundial.
Laszlo
5 Bernd Schuster (Alemania): He aquí un caso insólito. Schuster no fue a un Mundial porque no le dio la real gana. Pocos futbolistas han dejado una huella tan profunda como la de Schuster en la Eurocopa 1980. Con 21 años era un mediocentro con capacidad de pase en corto y en largo, fuerte de cuerpo, rápido en la conducción y con un disparo certero desde fuera del área. Schuster fue Balón de Plata en 1980 y Balón de Bronce al año siguiente. La década de los 80 iba a ser suya. Fichó entonces por el FC Barcelona que contaba con una dupla de extranjeros fantasiosa formada por el rubio teutón y por Diego Maradona. Llegó entonces marzo de 1983. Alemania juega un amistoso ante Albania y Schuster es convocado. Dice que no. Su tercer hijo estaba a punto de nacer y declina el ofrecimiento. Su fuerte carácter chocó con el del seleccionador Jupp Derwall, quien le insistió en acudir a la concentración a la espera de que hubiese o no hubiese nacimiento. Schuster volvió a negarse y Derwall dijo que nunca más lo convocaría. Al órdago contestó Schuster renunciando a la selección. Tenía 23 años y 21 internacionalidades a sus espaldas. Alemania sería subcampeona del mundo en 1986 y campeona en 1990 con Franz Beckenbauer en el banquillo. Ni Schuster pidió nunca ser convocado ni Beckenbauer hizo ademán alguno de recuperarlo para la causa. Bernd Schuster ganaría títulos con FC Barcelona, Real Madrid y Atlético de Madrid, pero jamás llegaría a ser campeón del mundo por su cabezonería.
Schuster
4 Gunnar Nordahl (Suecia): Mucho antes del Milan de los holandeses de Rijkaard, Gullit y Van Basten existió el Milan de los suecos. La delantera Gre-No-Li estaba formada por Gunnar Gren, Gunnar Nordahl y Nils Liedholm. Gren y Liedholm serían subcampeones del mundo con Suecia en el Mundial de 1958. A Gunnar Nordahl le pilló muy mayor. Tenía entonces 37 años. Y fue una pena. Había sido cuatro veces máximo goleador de la liga sueca en tiempos de guerra y posguerra además de ganar el oro olímpico con los escandinavos en 1948. En la temporada 48-49 firmaría por el AC Milan. Serían ocho temporadas de ensueño ganando ligas y dos Copas Latinas (una de las antecesoras de la Copa de Europa) amén de cinco títulos de capocannonieri. En la actualidad Nordahl sigue siendo el máximo goleador de la historia del AC Milan y el cuarto en la historia de la Serie A. ¿Por qué entonces Nordahl no compitió en el Mundial de 1950 en el que Suecia acabaría como subcampeona? Por entonces el fútbol sueco era aficionado y cualquier jugador profesional tenía vetado su acceso a la selección. En el mismo momento en el que Nordahl firmó por el AC Milan renunció de facto a defender los colores suecos a pesar de sus 44 goles en 30 entorchados internacionales. La absurda norma se aboliría para el Mundial que Suecia organizó en 1958. De este modo Nils Liedholm (doce temporadas en Italia) y Gunnar Gren (siete temporadas en Italia) pudieron acudir a un Mundial al que a Nordahl ya lo pillaría retirado.
Nordahl
3 George Weah (Liberia): En 1995 France Football decidió abrir a los jugadores de todo el mundo el trofeo del Balón de Oro. Por su gran rendimiento ese año y como homenaje a aquellos futbolistas no europeos que nunca pudieron optar al trofeo, el Balón de Oro de ese año fue concedido a George Weah. Combinando la agilidad de una gacela y la fuerza de un tigre, Weah era un delantero letal en campo abierto con una definición prodigiosa. Despuntó en el AS Mónaco, antes de convertirse en el líder de la primera gran etapa del PSG. Luego fue el faro de un AC Milan de entretiempo entre la era de Baresi y la de Schevchenko. Weah era liberiano. Liberia es un modesto país de apenas cuatro millones de habitantes y que en tiempos de Weah se vio envuelto en una guerra civil. Con todo, el primer (y único) Balón de Oro africano estuvo a punto de obrar el milagro en hasta dos ocasiones. En la fase clasificatoria de 1990 Liberia derrotó contra todo pronóstico a la poderosa Ghana para luego quedar segunda en el grupo definitivo por detrás de Egipto. Luego, en 2002, con Weah lastrado por las lesiones y ejerciendo de capitán en el campo y segundo entrenador desde el banquillo a partes iguales, el milagro aun estaría más cerca. Llegaron a la última jornada como primeros de grupo a la espera de lo que sucediese en el Nigeria-Ghana. El empate o la victoria de los ghaneses le daba la clasificación a Liberia. No pudo ser. Nigeria logró la victoria y dejo a George Weah sin Mundial de forma definitiva.
Weah
2 George Best (Irlanda del Norte): Hablamos de uno de los cuatro o cinco mejores futbolistas de la historia si comprimimos su carrera en apenas un lustro. Y es que George Best fue profesional desde 1963 a 1983 pero su apogeo tuvo lugar entre 1966 y 1971 el resto del tiempo, y como él mismo afirmó, lo dedicó al alcohol, los coches y las mujeres. El llamado Quinto Beatle hizo su aparición planetaria en un baile que le dedicó al Benfica de Eusebio en la Copa de Europa de 1966. Su zurda de seda era capaz de tejer sueños en campo que pisaba. Héroe de la Champions que el United ganó en 1968 junto a Charlton y Best (La Santísima Trinidad) fue Balón de Oro en 1968 y Balón de Bronce en 1971. Con Irlanda del Norte, George Best fue únicamente 37 veces internacional con actuaciones esporádicas a lo largo de 13 años. En 1970, cuando Best estaba en su mejor momento, Irlanda del Norte no se presentó a la fase clasificatoria en medio de un conflicto civil armado. Para 1974 no tuvieron opción alguna en un grupo con Bulgaria y Portugal. Lo había tenido más cerca en 1966, con apenas 20 añitos, donde llegó a la última jornada con opciones de clasificación, pero un inesperado empate en Albania les privó de un puesto que obtuvo Suiza al vencer sorprendentemente a Holanda. Lo curioso es que en 1982 Irlanda del Norte obtuvo una insospechada clasificación al superar en su grupo a Suecia y a Portugal. Por entonces George Best contaba con 36 años y llevaba seis meses retirado. Comenzó entonces una campaña a su favor para que acudiese al Mundial de España 82. Billy Bingham, seleccionador norirlandés, tuvo que dar una rueda de prensa para confirmar la ausencia de Best en el Mundial: “Sigue siendo bueno y su toque y control de balón son magníficos. Incluso sus pases son aún buenos, pero ha perdido la aceleración, el ritmo y la fuerza. Sólo muestra destellos y es una lástima”.
El quinto Beatle
1 Alfredo Di Stéfano (Argentina y España): El hombre que hizo grande al Madrid. El primer todocampista. Cinco Copas de Europa consecutivas. Uno de los cinco grandes. ¿Su debe? Jamás disputó un Mundial. Alfredo Di Stéfano nació argentino. Tenía 21 años cuando debutó con la albiceleste. Serán seis partidos y seis tantos para ayudar a Argentina a ganar la Copa América de 1947. Ocurrió que en 1949 fichó con por CD Millonarios de Bogotá. Hasta 60 futbolistas argentinos emigraron en aquella época a Colombia donde los sueldos triplicaban y cuadriplicaban a los de Argentina. Algunos se fueron por las buenas otros, como Di Stéfano, por las bravas, y por el camino Argentina renunció por discrepancias políticas con Brasil a disputar el Mundial de 1950. Tampoco los argentinos estarán en Suiza 54. Por entonces Di Stéfano ya había fichado por el Real Madrid y en 1954 inició el proceso para obtener la nacionalidad española. Jugará un total de 37 partidos (29 goles) con España debutando en enero de 1957. Para el Mundial 1958 Di Stéfano era dios en pantalón corto. Balón de Oro en 1957 y en 1959, no le dieron el de 1958 porque las reglas de entonces impedían dar el premio en años consecutivos. Antes, en 1956, año en el que se otorgó el primer galardón, se le fue concedido a Stanley Matthews como homenaje a la Inglaterra inventora del fútbol. Así pues, Don Alfredo tendría que contar con cuatro esferas doradas. El caso es que, en 1958 Gento, Kubala, Luis Suárez y Di Stéfano fueron incapaces de superar a Suiza y a Escocia en una de las mayores sorpresas en la historia de las fases de clasificación. Para 1962 Di Stéfano ya estaba en la cuesta abajo de su carrera. Con todo, dos goles suyos ante Gales y otros dos en la repesca ante Marruecos clasificaron a España para el Mundial de 1962. Ocurrió que en un partido de preparación antes de viajar a Chile el astro hispanoargentino caería lesionado. Llegaría a viajar con el resto de convocados en busca de un milagro, pero al final no lograría recuperarse a tiempo y acabaría su legendaria carrera sin disputar el mayor acontecimiento del universo futbolístico.
Un helicóptero se planta sobre el cráneo del venezolano Nicolás Maduro y su cabeza y el resto de su cuerpo son trasladados a Estados Unidos en una razzia patrocinada y aplaudida por un presidente de Estados Unidos que se comunica con el pueblo a través de su propia red social. La vicepresidenta Delcy Rodríguez, asociada a las FARC, al Tren de Aragua y al Cártel de Sinaloa, al igual que Nicolás Maduro, es ascendida por el mismo presidente de Estados Unidos tuitero a cambio de millones de barriles de petróleo. El mismo día, un agente del Servicio de Control de Inmigración de Estados Unidos, asesina con tres disparos a una ciudadana blanca estadounidense por manifestarse a favor de aquellos venezolanos que buscaban fortuna en Norteamérica escapando de la pobreza venezolana. El 4 de julio, la autoproclamada como cuna de la libertad, celebró su 250 aniversario.
En Suiza se firma una paz entre Estados Unidos e Irán mientras Israel sigue bombardeando el Líbano por una guerra que nadie acierta a saber bien en razón de qué se inició. Dos semanas después al zumbado de Trump le da por llamar locos a los ayatolás y vuelve a lanzar bombas a destajo. En Ucrania la duración de la contienda supera a la de la I Guerra Mundial. Es un pozo sin fondo en el que los drones suicidas de 500 euros pueden alargar el conflicto tanto tiempo que igual alguien acaba reconociendo que conoció a Jeffrey Epstein. Rusia y Estados Unidos ponen fin al tratado de limitación de armas nucleares estratégicas y China sigue creando islas artificiales en el Pacífico que sirven de base para sus submarinos termonucleares.
Los groenlandeses prefieren malo conocido que bueno por conocer y votan masivamente por partidos prodaneses. Los gibraltareños pasan a tener todos los derechos de los europeos sin ser miembros de la Unión Europea. En Suiza un 45% de votantes declaran en referéndum que no quieren más inmigrantes, cuando todos sabemos que no existe suizo de ocho apellidos suizos. Quien no sigue en el poder es el húngaro Viktor Orban, aunque la ultraderecha avanza a pasos agigantados en toda Europa y el cordón sanitario ya parece un fino hilo de seda. A Orban lo sucedió un conservador católico, pero la izquierda europea lo celebró como si fuese la segunda venida de Lenin. La extrema derecha sólo rasca trono en Italia, país que acumula doce años sin acudir a un Mundial, aunque celebró unos Juegos Olímpicos de Invierno de impecable factura.
Wikipedia cumple un cuarto de siglo acorralada por la IA. Elon Musk se convierte en el primer billonario conocido. Quizás los millones le permitan a Musk viajar a Marte, pero mientras tanto la nave Artemis II se convirtió en la primera embarcación tripulada en pisar la Luna en medio siglo. Ahora el big-bang está en entredicho ya que dicen que han encontrado azúcar en el espacio e igual todos somos hijos de una diabetes universal. Un barco lleno de turistas se infecta de hantavirus y las reservas de papel higiénico vuelven a colapsar los trasteros de las casas acomodadas. El 12 de agosto parece que habrá un eclipse solar. Se han vendido millones de gafas solares sin que nadie parezca haberse percatado que el 12 de agosto igual amanece nublado o pingan unas cuantas gotas, dado que Galicia no es California.
El CIS realiza hasta nueve preguntas sobre el eclipse de sol considerándolo interés general, cuando nunca se dignó ni a hacer pregunta alguna sobre la Ley de Amnistía. En Córdoba un descarrilamiento de tren por mal mantenimiento de vías deja 39 fallecidos y el ministro español del ramo se disculpa ante las víctimas diciendo que él no había soldado el raíl. Pedro Sánchez continúa como presidente del Gobierno y ya supera en tiempo a Rajoy. Quizás sabremos si también sus iniciales superan a las de Don Mariano, pero, mientras tanto, las iniciales que han caído en desgracia son las del amante de las joyas antiguamente conocido como el austero y progre ZP.
Se celebra Eurovisión, pero en España nadie se entera dado que no nos presentamos en la muestra más estúpida y cobarde jamás conocida de protesta por un genocidio. En la piel de toro también fallece plácidamente Antonio Tejero a los 93 años. Chuck Norris no logra vencer a la muerte tras una pelea de 86 años. La muerte venció, pero se marchó acojonada. Fallecen el empresario Ted Turner, el filósofo Jürgen Habermas y el reverendo Jesee Jackson. Nos dejan el consegliere Robert Duvall, el doble Balón de Oro Kevin Keegan, el diseñador Valentino y Tsutomu Shibayama, más conocido por crear al gato cósmico Doraemon.
El cine confirma su falta de ideas. Se estrena la quinta de Toy Story, la segunda de El diablo viste de Prada, la cuarta de 28 días después, la sexta de Jack Ryan, la séptima de Scream, la tropecientas versión de Spiderman y la tropecientas de Torrente, la cual, por supuesto, se convierte en la película más vista en España. Menos mal que nos queda Christopher Nolan para contar la historia de Ulises 2.800 años después. No obstante, para película la que se montó en el fútbol de África, donde a Marruecos le dieron el título de campeón africano dos meses después de que Senegal se proclamase campeona sobre el césped.
En Estados Unidos, México y Canadá se disputa la XXIII Copa del Mundo de fútbol. Participaron 48 países entre los cuales debutaron Jordania, Uzbekistán, Cabo Verde y la diminuta isla de Curaçao. Fue un Mundial de excesos y récords. 104 partidos y una semana más de torneo como forma de entrar de una puñetera vez en un mercado de 350 millones de personas. 980 cromos de Panini a 1’5 el sobre de siete cromos para hacer saltar el presupuesto familiar antes de que llegue la cuesta de septiembre. Precios disparados, accesos denegados para entrar como espectador, tres ceremonias de inauguración distintas…y sin Italia una vez más. Pero el fútbol lo aguanta todo. Hasta dividir los partidos en cuatro tiempos para el bienestar de los futbolistas incapaces de soportar temperaturas de 18 grados en estadios techados e hiperventilados.
Se exige sinceridad. Que digan que es para contentar a los patrocinadores. Pausas publicitarias.
Total. Acabaremos aguantándolo y aceptándolo todo. Si los futbolistas callan y aceptan y son los que tienen la sartén por el mango, imagínense que haremos los sufridos aficionados.
¡A beber!
La inauguración tuvo lugar por tercera vez en el Azteca, aunque el cogollo del asunto tuvo lugar en Estados Unidos. Tal fue la cosa que Canadá se convirtió en el primer anfitrión en jugar fuera de su país como local. Hubo entradas a 10 dólares y otras que superaron los 30.000. Para un mexicano típico hubiesen hecho falta 18 años de salario medio para poder acudir a ver la final. Hubo 150.000 agentes desplegados en el Mundial tripartito, nueve árbitros por partido, cinco segundos cronometrados por saque de banda, diez segundos para dejar el campo tras el cambio, un minuto para volver al césped tras ser atendido y una parafernalia preciosa para escuchar los himnos. Eso sí, alguien debió darse cuenta de que no era viable enfocar a los 26 convocados y al final las cámaras decidieron quedarse con los 11 protagonistas de inicio.
La FIFA está decidida a convencernos de que el fútbol necesita compañía para entretenernos. Nunca antes los futbolistas se parecieron tanto entre sí y nunca los países quisieron ser tan distintos. El descanso de la final duró cerca de media hora. Partidos de 100 minutos en cuatro partes. Se rompen inercias, se ajustan presiones, se corrigen marcas y se rescata a equipos que estaban contra las cuerdas. Es un tiempo muerto de libro. La televisión mexicana se negó a poner anuncios, mientras que la estadounidense FOX se comió varios segundos de los partidos para meter un par de spots a mayores. ¿Grandiosidad o gigantismo? A las debutantes les dio exactamente lo mismo. Disfrutaron de su momento. A excepción de la minúscula Curaçao (con menos habitantes que A Coruña y a base de descartes neerlandeses) todos compitieron dignamente. Cabo Verde hasta le arrancó un empate a España y puso de los nervios a Argentina.
Cabo Verde había montado su equipo a base de anuncios en Linkedin y su estrella fue un portero de 40 años llamado Vozinha. Las redes hicieron famoso a un delantero neozelandés, la mitad de la plantilla iraquí era analfabeta, Irán tuvo que entrenar en México para poder jugar en Estados Unidos, al mejor árbitro de África no se le concedió el visado por miedo terrorista y dos goles de un delantero sueco nacido en Túnez acaban con su país de nacimiento y, de paso, con su seleccionador, aun sin acabar la primera fase. Marruecos se presentó por vez primera en la historia un once con jugadores no nacidos en el país (cuatro en Francia, tres en España, dos en Holanda, uno en Bélgica y otro en Canadá). 19 de los 26 seleccionados eran hijos de la emigración. Se podía haber dicho que Marruecos era una plantilla de altísimo nivel sin marroquís. La tautología Rajoliana hubiese sido la misma que con Francia.
La reacción del pueblo no.
Marruecos sin marroquís
El seleccionador de Haití, un francés llamado Sebastian Migne, tras más de un año en el cargo, sigue sin haber pisado jamás la isla caribeña. Hubo más audiencia en los partidos de fútbol de Estados Unidos que en los de los playoffs de la NBA, lo que hizo que Donald Trump se implicase en el asunto y le pidiera a Infantino una ayuda arbitral para ayudar a los socceros frente a Bélgica. Lo consiguió, y si la podredumbre de la FIFA se midiera en millones de dólares, ni siquiera Amancio Ortega sería capaz de aguantar la comparación.
Hubo más partidos y menos nivel. ¿Resultado? Muchos más goles y diez o quince paradas por partido (récord del mundo para el guardameta de Curaçao) de guardametas que encajan una pila de tantos. ¿Más espectáculo? En los resúmenes seguro que sí. En los partidos seguro que no. Messi metió tres goles a una semana de cumplir los 39. Cristiano marcó con 41 en el que fue su sexto Mundial, dato que habla muy bien de los dos, pero muy mal del nivel de los rivales. Destacaron varios goleadores. Messi apenas necesitó moverse, Haaland casi no tocó balón, VInicius sobrevivió por sí mismo, Kane explotó su lentitud, Mbappé reventó los espacios y Cristiano vivió a la espera. Todos tuvieron su momento, aunque el título de máximo goleador fue para el francés del Real Madrid y el título de rey del Mundial sería para un delantero de la desconocida Real Sociedad.
En Ecuador rebajaron el impuesto de la cerveza para celebrar una clasificación agónica a dieciseisavos. Ya fue más de lo que logró Uruguay, dado que Muslera le negó la vida competitiva a su país. Tampoco logró la clasificación Escocia y ya van nueve torneos consecutivos sin pasar a la fase eliminatoria. En 1/16 también se quedó la Argelia de Zidane hijo, que no se parece en nada al padre, ni tan siquiera en la nacionalidad. En la misma ronda perdieron en los penaltis los alemanes por vez primera en su historia. Cayeron ante un portero paraguayo de casi dos metros que tuvo que vender todas sus posesiones para pagar una operación que salvase la vida de su hija y ante una ministra que, primero rajó de los germanos, para luego soltar basura racista contra Mbappé.
El caso es que Alemania ya no es fiable. Van tres Mundiales seguidos haciendo el ridículo. Al menos se clasifican, no como Italia. Alemania no es fiable. Y Holanda aburre a las ovejas. Ambas selecciones contaban con un fondo común innegociable basado en atacar, buscar la victoria hasta el extremo y en el que la derrota se asumía como parte del proceso. Todo eso ha desaparecido. Al menos el gobierno de turno no abrió una comisión de investigación para conocer los motivos del fracaso deportivo como sucedió en Corea. En su vecina Japón diseñaron un libro de estilo en 2018 llamado Japan Way con el objetivo de ganar el Mundial antes de 2050. Siguen en ello.
A Japón la echó Brasil. A Brasil la echó Erling Haaland. Se culpó a Ancelotti. Culpa no tiene alguna. Croacia jugó una final y accedió a una semifinal con Rakitic, Perisic y un Modric que fue capaz de ganar un Balón de Oro en tiempos plenos de Messi y Cristiano. Un país de cuatro millones de habitantes tardará un par de generaciones en reunir semejante colección de talento. Brasil cuenta con 200 millones de habitantes y hasta las piedras juegan al fútbol. ¿Son mejores Bruno Guimaraes y Mattheus Cunha o Martin Odegaard y Erling Haaland? Tras Ronaldo, Ronaldinho y Rivaldo no ha habido nada. El juego de Brasil es discreto, su estrella (Vinicius) es poco resplandeciente, cuentan con dos laterales burocráticos y desconocidos y una falta de talento alarmante.
Suiza se plantó en cuartos por vez primera desde 1954 pinchando el globo del buen juego de Colombia. México destapó el jarrón de la felicidad, hasta que cayó ante Inglaterra (viagra de por medio) y Egipto clamó por la existencia del VAR después de generar el mejor gol del Mundial. Ay. El VAR. Ese instrumento que iba a traer la paz y que determina una justicia selectiva que habitualmente perjudica al débil para favorecer al grande. En Bélgica, Courtois, Meunier, Lukaku y De Bruyne se reunieron con el grupo, quitaron el mando al entrenador y lograron llegar hasta cuartos donde plantaron cara a España hasta que los cuádriceps de Courtois decidieron que el partido se inclinase hacia los herederos del Duque de Alba. Marruecos también llegó hasta cuartos, pero Francia fue rival de otra galaxia. Ocurre que siendo negro el futuro de los belgas, el de los moros es esplendoroso. Medio siglo de fenómenos migratorios y sociales han hecho que Marruecos cuente con futbolistas seleccionables en las mejores academias de fútbol de Europa. Respeto da lo que el talento, el dinero y la bajada de pantalones de Infantino pueda provocar en el Mundial 2030.
España apareció en el Mundial con medio país dándole la espalda. No había ningún jugador del Real Madrid. Resultó que Unai Simón transmutó en Iker Casillas, Mikel Oyarzabal en Raúl y Mikel Merino en Joselu Mato. España fue de menos a más. Patinó con Cabo Verde, echó como de costumbre a Portugal y dio una clase avanzada de juego asociativo en cuartos. Luego vino Francia, un miura que fabrica futbolistas de elite en serie. España rebajó a Mbappé y compañía a la nada, con una actuación histórica cargada de personalidad y genialidad de un Rodri superlativo y con Fabián y Olmo abrillantando su Balón de Oro. Ayudó también una torpeza en forma de patada de Digne, uno de los pocos franceses con pinta de francés.
Gracias Digne
Messi mostró dos velocidades y ambas buenas. Ocurre que pensamos que los héroes y los hijos nunca envejecen. Sucede que envejecen tan despacio que tardamos en darnos cuenta. Lo cierto es que Leo y Argentina jamás estuvieron exigidos y aun así poco faltó para el naufragio ante los minúsculos cañones de los dragaminas de Egipto y Suiza. Argentina fue de angustia en angustia hasta que la Royal Navy, capitaneada por Harry Kane, pareció hundir al General Belgrano. Sucedió que se descubrió que Tuchel era un espía alemán que decidió poner cuatro centrales, encular al equipo y darle el título de inmortal a un Messi que tardó 35 años en ganar un Mundial y con 39 se plantó en otra final.
El partido decisivo no fue ni un partido. Argentina sumaba 16 partidos marcando gol. España 37 sin perder. ¿Resultado? Argentina no tiró a puerta hasta el minuto 115. España desmanteló a Argentina, la abrasó con su juego y la fue pinchando con tiros blandos hasta que acabó rematándola con un zurdazo de Ferrán Torres. Un goleador igual de imprevisible que el seleccionador, un tipo llamado Luis de la Fuente que hace un lustro era un completo desconocido y que en la España plurichupimegaflower de 2026 presume de católico, taurino y orgulloso de la rojigualda. En Argentina todos jugaron para que no se acabase Messi, como hinchas los del campo y como futbolistas los de las gradas. Pero no bastó. No hubo ni cosquillas. España ama el balón y el balón ama a España. Es un amor tan profundo que España ya es Brasil.
La Brasil del siglo XXI.
El máximo goleador del Mundial fue el francés Kylian Mbappé con diez tantos, para acumular un total de 22 y ser el Pichichi de la tabla histórica. El mejor jugador fue el madrileño Rodrigo Hernández el cual, tras años de mofa, está en disposición de mirar por encima del hombro a otro Hernández, de nombre Xavi. La FIFA nombró mejor jugador joven a Pau Cubarsí, pero luego no permitió que fuese seleccionable para el once ideal. Unai Simón fue escogido como mejor portero, pero la FIFA abrió la votación a internautas de todo el planeta y lo ningunearon. La oligarquía es la forma idónea de gobierno, ocurre que hay que aceptar la democracia por aquello del qué dirán. Así que, según la plebe llevada al monte como borregos por pastores de la FIFA, el once ideal del Mundial estuvo formado por: Vozinha (Cabo Verde); Porro (España), Lisandro Martinez (Argentina), Upamecano (Francia), Cucurella (España); Rodri (España), Bellingham (Inglaterra), Olise (Francia); Mbappé (Francia), Haaland (Noruega) y Messi (Argentina).
¡Campeones!
Otros resúmenes mundialistas
Rusia 2018 (Balance del Mundial ganado por Francia)
Qatar 2022 (Balance del Mundial ganado por Argentina)
Al principio de los tiempos estaba Inglaterra. Bueno. Inglaterra y Escocia. La batalla duró poco más de un decenio. A finales de la década de 1880 ya se sabía que la mejor selección del planeta era Inglaterra. Su dominio era hegemónico y así lo fue durante medio siglo. Habían inventado el cotarro, presumían de profesionales y contaban con una generación de ventaja. Hasta la llegada de la II Guerra Mundial, y a pesar de los éxitos de uruguayos, argentinos o italianos, nadie osaba discutir la primacía de los ingleses.
Sucedió que tras la vuelta al ruedo en 1950 con la Copa del Mundo celebrada en Brasil todo el sistema saltaría por los aires. El fútbol continental y sudamericano ya superaba al inglés. En Europa destacaron los tres títulos mundiales de Alemania (1954, 1974 y 1990) y una prodigiosa secuencia entre 1966 y 1990, cuando alcanzaron las semifinales en seis torneos de siete posibles. La fiabilidad teutona era contestada al otro lado del Atlántico por los cuatro trofeos brasileños (1958, 1962, 1970 y 1994) y por una serie de tres finales consecutivas (1994, 1998 y 2002), que culminará con el quinto entorchado a inicios del presente siglo.
Brasil o Alemania. Sin ningún género de dudas las dos mejores selecciones nacionales de fútbol del siglo XX. Brasil dejó algo más. Dejó un estilo. Todo niño soñaba con ser brasileño. Toda cantera de fútbol soñaba con replicar el modelo de jogo bonito. Brasil exportó una manera de jugar al fútbol respetada, y, a mayores del modelo alemán, admirada.
Sucede que con esos bueyes ya no se puede arar.
España es Brasil. Es en España donde se practica el mejor fútbol del planeta. Es España la selección más respetada y admirada en lo que va de siglo XXI. Todo niño quiere ser español. Toda escuela de fútbol quiere replicar el modelo de juego asociativo (tiki-taka lo bautizó Andrés Montes, entre burlas del personal) que tantos éxitos ha dado. Nadie ama el balón como España, sensible y delicada en la ofensiva e impenetrable en la defensiva. A través del colectivo, del uno para todos y todos para uno, minimiza egos y convierte en superlativos a futbolistas simplemente aseados. Italia y Alemania, dos bicharracos ultra competitivos el siglo pasado, buscan replicar el modelo español sin suerte y sin saber, ya perdido el norte, si mantener su esencia pasada o abrazar el estilo de este Brasil europeo.
Tan sólo Francia parece rivalizar con España en este siglo XXI. A través de una perfecta gestión de las migajas de su Imperio colonial, Francia ha replicado el modelo de fiabilidad alemana (tres semifinales consecutivas en 2018, 2022 y 2026). Y ese baluarte galo convierte el triunfo español aún en más extraordinario. España no ha necesitado de una revolución social ni demográfica para convertir una historia de fracaso futbolístico en un éxito perpetuo. Hay excepciones (Lamine Yamal o Nico Williams) y sin embargo no es tiempo de mestizos ni de hijos de inmigrantes ni de descendientes de africanos. Ese momento llegará, pero, parafraseando a Mariano Rajoy, por el momento España gana con españoles.
Oyarzabal(un tipo corriente)
El relator de estas líneas nació en 1985. Había habido éxitos. Las seis Copas de Europa del Madrid y la Eurocopa de 1964 con Franco en el palco y derrotando a los soviéticos en el campo. Era cosa del pasado. En blanco y negro. España no acudió al Mundial del 1970 ni al de 1974 y era normal que los clubes peninsulares cayesen en las primeras rondas europeas ante las bestias europeas. Así fui yo criado. Con la idea de que España era inferior. Caímos en cuartos de final del Mundial de 1994, el primero del que tengo memoria. No la tengo de la Eurocopa de 1992, dado que ni siquiera España llegó a clasificarse. Cuartos de la Euro del 96, ridículo en Francia 98, otra vez cuartos en la Euro 2000, cuartos en el Mundial 2002, otro ridículo en la Euro 2004, octavos en el Mundial 2006…
Para una persona nacida únicamente quince años más tarde, allá por el año 2000, justo en el albor del nuevo siglo, el cambio es radical. Es como pasar del Antiguo Régimen a la separación de poderes de la Revolución Francesa. Su primer recuerdo será la victoria de la Eurocopa 2008 tras vencer a ¡Italia! en los penaltis de los cuartos de final y a ¡Alemania! en el partido decisivo. Luego el Mundial de 2010, la Eurocopa de 2012…la Eurocopa de 2024, ¿Mundial 2026?
Brutal.
España jugará ante Argentina la final del Mundial este domingo. Lo hará tras ser la mejor del ranking FIFA de 2008 a 2014 y de estar entre las tres mejores desde el 2024. Lo hará con mayor o menor éxito, pero lo hará con un estilo propio e inconfundible. Como Brasil, gane o pierda, siempre será admirada. España únicamente se ha enfrentado una vez en un Mundial ante la albiceleste. Fue en 1966. Ganó Argentina. Los sudamericanos eran favoritos. En 1966 nadie tenía estrellas en el pecho. Los argentinos ahora cuentan con tres. Son los actuales campeones, pero no son favoritos. En 2026 el favoritismo es español. Gane quien gane todos sabemos que la posesión del balón será española. Y gane quien gane todos sabemos que el relato del juego será propiedad española. Será el último partido de Lionel Messi en un Mundial. Es de justicia que sea ante España, el país donde aprendió a asociarse y a entender el juego desde cualquier lugar del campo. Esos conocimientos, añadidos a su talento innato para acariciar el balón, han convertido a Leo en inmortal.
La jerarquía española en el siglo XXI abarca mil y un lugares. España había logrado el oro olímpico en 1992, suceso que repitió en 2024, amén de dos platas (2000 y 2020). En lo que va de siglo XXI la selección sub-21 suma tres entorchados europeos y la sub-19 alcanza una cifra récord de nueve títulos continentales. Antes, en 1999, la selección sub-20 de Casillas o Xavi había ganado el Mundial de la categoría para dar el pistoletazo de salida al prodigioso siglo XXI.
Di Stéfano había ganado el Balón de Oro siendo español adoptado. El gallego Luis Suárez replicó el éxito. Después tocó un erial. Rodrigo, un tipo corriente con la extraordinaria habilidad de acariciar el balón y colocarlo siempre en el sitio correcto, ganó un Balón de Oro en 2024. En el siglo XXI tocaron pódium Raúl, Fernando Torres, Iniesta, Xavi, Lamine Yamal y los que queden por venir. Y todo ello con un sistema de juego colectivo que impide que un jugador destaque por encima del grupo.
Cuando yo coleccionaba cromos el Real Madrid sumaba 32 años sin levantar una Copa de Europa. Rompió el maleficio en 1998 y en el siglo XXI ha vitoreado otras ocho veces. Una Liga de Campeones tenía el Barça en el siglo XX y ahora cuenta con cinco coronas. Atlético de Madrid y Valencia CF han llegado a finales de Copa de Europa, amén de ganar el segundo trofeo europeo. Trofeo que también han levantado el Villarreal CF o el Sevilla FC con hasta ¡siete! Europa League en el siglo XXI. Athletic, RCD Espanyol y Deportivo Alavés se quedaron a las puertas. Hasta mi RC Deportivo, un equipo ascensor hasta los años 90, consiguió llegar a una semifinal de la Copa de Europa.
La Liga española fue nombrada la mejor Liga del mundo entre 2000 y 2004 y entre 2010 y 2019 de forma ininterrumpida. Actualmente es considerada la segunda mejor del planeta detrás de la inglesa y desde los años 90 siempre ha estado entre las tres mejores del orbe. Esto, en los 70 y los 80, era ciencia ficción. Por cierto, cuatro de los seis primeros equipos clasificados en la Premier inglesa de la temporada pasada contaban con un técnico made in Spain. En 18 de los últimos 26 años un club español siempre ha ganado un trofeo internacional. Los clubes hispanos suman un total de 87 títulos internacionales en toda su historia por los 61 de escuadras inglesas, los 55 de instituciones italianas y los 35 de clubes alemanes.
Durante el siglo XX Alemania logró tres Copas del Mundo y tres Eurocopas. Italia sumó tres Mundiales y una Eurocopa. España contaba con una Eurocopa. En el último cuarto de siglo, los alemanes suman un Mundial más y los transalpinos un Mundial y una Eurocopa a mayores. España también logró una Copa del Mundo amén de tres Eurocopas.
Si España logra este domingo la victoria ante Argentina y así sumar su segundo Mundial, serán un total de dos títulos mundiales y cuatro europeos. Cinco de los cuales logrados en un espacio de 18 años.
Sólo Brasil ha logrado tal hazaña.
Y la Copa América, a diferencia de la Eurocopa, se organiza de forma bianual.
Si España gana el Mundial, alcanzará el Olimpo.
Ocurre que, aunque caiga derrotada, seguirá siendo la mejor selección de fútbol del siglo XXI.
La mejor y a la que todos los niños del planeta se quieren asemejar.
España
Otras historias de la selección española
Villalonga (el entrenador campeón en la Eurocopa 1964)
Cuando el 17 de junio de 1994 la vigente campeona Alemania venza a la advenediza Bolivia por 1-0 en el primer partido del Mundial, los teutones no harán otra cosa más que reforzar su favoritismo. Vencedores en 1990 y unificados como una sola nación tras el fin de la Guerra Fría ese mismo año, se cernía una época de gloria y dominio germano. No obstante, y como de costumbre, Alemania comenzó al tantarantán y únicamente los cuatro goles de Jürgen Klinsmann en tres partidos le hicieron pasar primera en un grupo donde el segundo fue España. ¡Y menuda España! Dirigida por el polémico Javier Clemente, éste se había cargado a la Quinta del Buitre enemistándose con medio país. Jugaba con un 5-4-1 (3-4-2-1 en ofensiva) donde los centrales Hierro y Nadal eran mediocentros, el lateral Sergi jugaba como extremo y el polivalente Luis Enrique era a menudo la referencia ofensiva. España era ultradefensiva, pero era un bloque granítico y Clemente había creado una unión con sus jugadores que había disparado la ilusión en todo el país.
España se había calificado para el Mundial sufriendo ante Irlanda y venciendo agónicamente a Dinamarca en un partido donde jugó 80 minutos con un hombre menos por expulsión de Zubizarreta, lo cual permitió el debut internacional de Santi Cañizares. Sufrió, pero se clasificó. No así Inglaterra que perdió ante Holanda y certificó su fracaso al caer en Oslo frente a Noruega. Aún más dura fue la caída de la Francia de Cantona, Deschamps y Ginola. A falta de dos partidos lo tenía hecho. Vencía por 2-0 a Israel, pero en un plazo de siete minutos los macabeos remontaron el duelo. En el último partido, a jugar en Paris, Francia y Bulgaria se enfrentaban por una plaza mundialista. A los galos les valía el empate. 1-1 y córner a favor de Francia. Minuto 90. Despeja la defensa búlgara y en el contraataque siguiente Kostadinov lograba el 1-2 y el histórico pase. Hristo Stoichkov y aquel resto de anárquicos jugadores harían las Américas.
Con todo, lo que tenía en ascuas al mundo era sí Maradona resurgiría de sus cenizas cocainómanas para liderar a Argentina. Sin el Pelusa, la albiceleste cayó por 0-5 en Buenos Aires ante una maravillosa Colombia liderada por Valderrama, Asprilla y Rincón. Argentina tuvo que vencer en la repesca a Australia y Maradona acudió con 34 años y prácticamente sin haber jugado al fútbol en el último bienio al que iba a ser su último Mundial.
Y Maradona volvió contra Australia
Aunque parezca mentira Colombia era clara favorita a dar la campanada. Fracasaron. Perdieron contra la Rumanía de Gica Hagi para luego jugarse el pase contra los anfitriones. Nadie esperaba que un gol en propia puerta resultase tan trágico. Andrés Escobar, lateral cafetero, anotó un autogol que clasificaba a Estados Unidos y mandaba a la lona a Colombia. Días después era asesinado cuando salía de tomar algo con unos amigos en un bar de Medellín. Su asesinato fue achacado al narcotráfico. Se habían movido millones de dólares en apuestas al pase de Colombia a octavos y aquello no entraba dentro de los planes.
El Mundial, por cierto, siguió como si nada.
A quien daba como favorito las casas de apuestas era a Brasil. Contaban con una dupla de ataque pantagruélica con los fabulosos Romario y Bebeto y con ellos como finalizadores se había formado un bloque compacto y sólido que, si bien no enamoraba como los de antaño, era más que fiable. Romario marcó tres goles en tres partidos y sólo cedió un empate ante la Suecia de Dhalin y Larsson. Quedaron fuera el Camerún de Roger Milla, quién anotó con 42 años su último tanto mundialista, y Rusia, aunque el delantero del Logroñés Oleg Salenko llegó a firmar cinco chicharros en un encuentro, hazaña jamás antes realizada.
El otro candidato al título era Alemania. En el ambiente flotaba la sensación de que por vez primera una selección europea sería capaz de conquistar América. Esa era Alemania, siempre favorita y que desde la unificación era considerada invencible. Como ya se comentó líneas atrás, comenzó a medio gas, pero le fue suficiente para clasificarse por delante de una España que opositaba a underdog mundialista. Como tercer aspirante quedaba Italia que mantenía el bloque de 1990 con Arrigo Sacchi a los mandos y un Roberto Baggio en el mejor momento de su carrera. Y si Alemania había empezado sin fuerza, no lo sería menos Italia. Cayeron ante Irlanda en un nefasto partido para luego vencer con la soga al cuello a Noruega. Luego empataron ante México y pasaron a octavos como uno de los mejores terceros gracias a la diferencia de goles. No pintaba bien la cosa…pero muchos recordaban la edición de 1982 donde Italia había ganado el título sin vencer durante la primera fase.
Pero la gran historia de esa primera fase tuvo lugar en el grupo de Argentina. En el primer choque los rioplatenses doblegaron a Grecia en Boston por 4-0. Batistuta metió dos y Maradona pegó un zapatazo que se coló por la escuadra. Cuatro días después Argentina vencía a Nigeria y se clasificaba para octavos. Maradona se marchaba a vestuarios sonriente acompañado de dos bellas enfermeras. El ‘10’ volvió a caer en su propia trampa. El contranálisis confirmó su positivo por cinco sustancias diferentes. “Me cortaron las piernas”, clamaría Maradona al saber la sentencia. Tocada y huérfana de su líder y guía espiritual, Argentina cayó en el último partido del grupo ante Bulgaria, lo que posibilitó la clasificación de Hristo Stoichkov y sus compañeros. Eran los búlgaros un equipo precioso de ver. Anárquico, combinaba fases de buen juego con desconexiones clamorosas. Sus jugadores pasaban más tiempo bebiendo cervezas en la piscina del hotel de concentración que entrenando. Muchos de ellos confesarían que jugaron varios partidos de ese Mundial con una resaca de campeonato.
Hristo Stoichkov
Bajo lo que podríamos llamar síndrome Maradona, Argentina cayó en octavos ante Rumanía. Apagados, adormecidos y desconectados, los rumanos aprovecharon el bajón argentino para colarse en unos cuartos donde les esperaba Suecia. El duelo más aguardado de los octavos enfrentó a Brasil con Estados Unidos. Jamás un encuentro de fútbol había tenido tal repercusión en Yankeelandia. Bebeto acabó con un sueño americano que concurría a convertirse en leyenda.
En Brasil aparecían Romario y Bebeto. Hubo que esperar al minuto 89 de octavos de final para que apareciese en Italia Roberto Baggio. Hasta entonces los transalpinos caían ante la Nigeria de Oliseh, Finidi, Okocha o Amunike. Nigeria le jugó de tú a tú a Italia hasta que Baggio empató el partido para luego resolverlo en la prórroga. En cuartos les tocaría una España agigantada que había vencido a Suiza por 3-0 jugando con un 5-4-1 que masacró a los helvéticos al contraataque.
Y en cuartos sucedió lo que tenía que suceder. España se merendó a Italia llevando la manija del partido y con un fútbol primoroso. Puestos a jugar al contraataque, nadie puede mejorar a los italianos. A tres minutos del final Julio Salinas tuvo una clarísima que pegó en los pies de Pagliuca. Acto seguido un mano a mano de Roberto Baggio acababa con Zubizarreta acostado a su derecha y con Il Divino Codino anotando el gol del triunfo. Luego, en el descuento, Tassotti le pegaba un codazo en la nariz a Luis Enrique (jóvenes lectores, no existía el VAR) y la imagen de Lucho chorreando sangre pasará a los anales de las desgracias hispanas como el hundimiento de la Armada Invencible o la pérdida de Cuba.
El codazo a Lucho
Si trágico, aunque esperado fue lo de España, lo que ocurrió el 10 de julio de 1994 en Nueva York fue una hecatombe inesperada. La Bulgaria de Hristo Stoichkov eliminaba a Alemania en cuartos de final. Aquello fue una bomba que sería desactivada por Italia al conseguir superar a los búlgaros en semifinales con dos golazos de Baggio tras sendas jugadas personales. Pero volvamos a los cuartos. Se adelantó Alemania de penalti, pero a quince minutos del final Stoichkov empataba el duelo. Después, el alopécico Letchkov anotaba de cabeza ante la incredulidad general. En la otra semifinal se presentó otro país inesperado. Suecia echó por penaltis a Rumania y se metió entre los cuatro mejores donde cayó ante Brasil gracias a una diana de cabeza de Romario. Brasil, por cierto, había vencido en un precioso choque de cuartos de final a Holanda (quien se había clasificado con un calendario favorable). El partido fue bello, dignificando el primer y último esfuerzo de Dennis Bergkamp de coger un avión para disputar un Mundial. Vencieron por 3-2 los brasileños el día que Bebeto patentó la celebración acunando a un bebé imaginario para conmemorar el nacimiento de su hijo.
Gol de Bebeto (c)
El once ideal de aquel Mundial fue el formado por Preud’homme (Bélgica); Jorginho (Brasil), Maldini (Italia), Marcio Santos (Brasil); Dunga (Brasil), Hagi (Rumanía), Balakov (Bulgaria), Brolin (Suecia); Romario (Brasil), Stoichkov (Bulgaria) y Roberto Baggio (Italia). Los máximos goleadores fueron el ruso Salenko y Romario empatados a seis dianas.
¿Y el mejor jugador?
La final enfrentó a Brasil y a Italia en busca de ser el primer país en sumar cuatro títulos mundialistas. Fue la primera final de la historia que acabó sin goles, lo que irremediablemente llevó el partido a los penaltis. Bajo el cielo de California, la final no tuvo momentos de buen fútbol, pero le sobró emoción y dramatismo. Romario tuvo una que repelió el palo, madera que se llevó un beso de agradecimiento de Gianluca Pagliuca. Las hadas, sin embargo, acabarían abandonando al guardameta italiano. En los penaltis, Franco Baresi, imperial durante todo el partido, falló su lanzamiento y Roberto Baggio mandó el suyo a las nubes para felicidad de un Brasil que ganó el Mundial siendo menos brasileño de lo que nunca antes había sido.
El mejor jugador sería Romario.
Brasil ganó su cuarto Mundial apelando al sacrificio. La parte táctica adquirió una importancia predominante. El seleccionador Parreira arrinconó a los jugadores creativos como Raí para apostar por un trivote de hormigón armado formado por Mazinho, Dunga y Mauro Silva. La velocidad de Jorginho y Branco dotaban de balones a dos delanteros de tronío como Romario y Bebeto. Por cierto, en el banquillo, un niño de 17 años se proclamaba campeón mundial sin jugar ni un solo minuto. Se llamaba Ronaldo Nazario.
Antes del Mundial muy pocos en Estados Unidos lo conocían.
Después del Mundial muchos en Estados Unidos se iban a interesar por aquella extraordinaria carrera que estaba a punto de arrancar.
Y es que el Mundial fue un exitazo. El fútbol había vuelto a Estados Unidos tras el fracaso de la NASL en los años 70.
Esta vez lo hacía para quedarse.
El soccer había encontrado su hueco.
Brasil 94
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Mundial 1994 (primera parte del presente artículo)
La cosa resultó de tal forma. Desde que en 1930 la FIFA decidiese poner en marcha el primer Mundial todas y cada una de las ediciones tuvieron lugar en un país de fuerte tradición futbolera. Quizás Suiza fuese la decisión más rechinante entre el conglomerado de países. Sucedió que en la Europa de 1954 aun había países hechos girones tras la II Guerra Mundial. El caso es que Alemania, Inglaterra, Francia, Italia y España habían organizado el Mundial, al igual que Argentina y Brasil. Incluso lo habían hecho países como Uruguay, Chile o Suecia, que hoy no tienen estadios, ni hoteles, ni infraestructura suficiente para albergar un bicharraco de 48 países, decenas de miles de aficionados y cientos de medios de comunicación, pero que por entonces podían ser dignos y capaces anfitriones de un evento de manejable tamaño.
Resultó que en los años 80 el fútbol empezaba a ser global. La televisión a color estaba implantada por todo el orbe, las fronteras cada vez eran más permeables y el dinero inundaba todos y cada uno de los poros de tan bello deporte. Resultó que había un jugoso mercado de más de 300 millones de personas que estaba sin explotar. Y no era un mercado cualquiera. Era el mercado más esplendoroso del planeta. En Estados Unidos nadie se interesaba por el soccer. Y es que allí el fútbol era, y es, el fútbol americano. El soccer (abreviatura de association football) era un deporte europeo y sudamericano que apenas era seguido y practicado en crepúsculos aislados de las grandes ciudades. En 1968 se había puesto en marcha la primera liga profesional del país (NASL) en la que se invirtieron millones de dólares. Empresas como Warner Bros o AG y multimillonarios del incipiente Silicon Valley o de la tradicional industria del petróleo crearon equipos de la nada que apenas consiguieron atraer público a los estadios. Y eso que se apostó fuerte. Johan Neeskens, Eusebio, Carlos Alberto, Hugo Sánchez, Bobby Moore, Gerd Müller, Teófilo Cubillas, Trevor Francis, Elías Figueroa, Gordon Banks, Johan Cruyff o Franz Beckenbauer jugaron en la NASL. Y por supuesto Pelé. Únicamente O Rei movilizaba multitudes con su NY Cosmos, lo que hizo que el equipo neoyorkino fuese de los pocos en ser rentables. Al final el inventó feneció en 1984 cuando los inversores pusieron pies en polvorosa antes de quedar totalmente arruinados.
“Aquí el fútbol es el deporte del futuro y siempre lo será”, sentenciará en un famoso editorial el Washington Post. Pero la semilla estaba plantada y la FIFA estaba decidida a echar el resto. La idea era llevar el Mundial de fútbol al país más rico del mundo y así se estableció en el Congreso de la FIFA de 1986. Aquello no gustó demasiado. Ni gustó en Sudamérica ni en Europa. A los primeros no les gustó dado que consideraban que la edición de 1994 tendría que tener lugar en tierra del hemisferio sur. En 1986 el Mundial había ido a México y en 1990 tocaba Italia. Se apostaba por Chile, el país más rico de Sudamérica, como candidatura de 1994. A la UEFA (Europa) simplemente no le gustaba el asunto porque todo lo que rompa con la tradición nunca es bien visto en primera instancia por el establishment del Viejo Continente.
Sucedió que Chile se retiró de la carrera meses antes de la meta, en medio de un referéndum por una nueva constitución que puso el primer clavo a la dictadura de Augusto Pinochet. A contrapié y a destiempo entró en la carrera Brasil, con el hándicap de que apenas tres décadas antes ya había organizado el Mundial. Con Brasil fuera de juego, el duelo estaba definido entre Estados Unidos y Marruecos. Los magrebís ofertaban buenas instalaciones, la posibilidad de ser el primer estado africano en organizar un Mundial e intentaron ganarse a los europeos apelando a la proximidad (hecho clave para los derechos televisivos, dado que los partidos se jugarían en horario de máxima audiencia de Europa Occidental).
La votación tendría lugar en diciembre de 1988. Brasil sumó dos votos, Marruecos siete votos y Estados Unidos logró diez papeletas. Finalmente se apostó por la seguridad económica y empresarial de los americanos. El fútbol caminaba hacia lo desconocido.
Fútbol y dinero se darían un abrazo que nunca jamás se rompería.
And the winner is…
Había miedo. Mucho miedo. ¿Quién irá a los estadios? Y, antes de nada; ¿Habría estadios? Y es que no había estadios. Había instalaciones de fútbol americano. Y no eran estatales. Eran de franquicias. De empresas. ¿Querrían cederlos para adecuarlos al soccer y ser sede del Mundial? Hubo que poner dinero. Hubo que invertir. Millones y millones en publicidad. Cuando comenzó el Mundial menos del 25% de los estadounidenses sabían que se iba a celebrar en su país. La FIFA lanzó un órdago. En caso de salir bien habría millones para todos. En caso de salir mal, tocaba la ruina absoluta.
Aconteció que todo encajó a su debido tiempo. Dos años después, en 1996, tendrían que celebrarse los Juegos Olímpicos. Eran los del centenario tras la reaparición de la fiesta del olimpismo en 1896. Atenas los pidió y se afanó por conseguirlos. No obstante, dado que en 1992 se habían celebrado en Barcelona, no parecía muy probable que los griegos venciesen debido a la norma no escrita de la rotación de continentes. Hubo cinco votaciones y en las tres primeras Atenas iba en primera posición, pero, finalmente, la estadounidense Atlanta logró la victoria absoluta en el quinto intento. Tras México (1968 y 1970) y Alemania (1972 y 1974), era la tercera ocasión en la que un país albergaba en un plazo de 24 meses los dos eventos deportivos más importantes del planeta.
Dada la magnitud del territorio estadounidense sería la primera vez en la que todos los desplazamientos de las diferentes selecciones se realizarían por vía aérea. Se llegó a un acuerdo con las instituciones para desplazar a los jugadores en vuelos regulares, demostrando la infinita capacidad aérea de un país que no vio necesario reclutar vuelos chárteres. Hubo nueve sedes tan dispares como lo es el conjunto de los Estados Unidos. Desde la frescura oceánica de Boston al clima mediterráneo de San Francisco. Pero, sobre todo, hubo calor y humedad. En Nueva York o en Washington se jugaba a las 12.30 del mediodía para que los europeos se sentaran delante del televisor a media tarde. Aquello fue duro, pero lo sería mucho más cuando toque jugar debajo de una niebla de contaminación en Los Ángeles, bajo el tórrido sol de Dallas o en la tropical Orlando. En la megalópolis de Chicago se alcanzarán los 41º grados con fútbol a las tres de la tarde hora local.
Fue la última Copa Mundial que contó con 24 selecciones participantes, lo que permitía la clasificación para octavos de final de los cuatro mejores terceros de la fase de grupos. Se llegó a un frutífero acuerdo con las franquicias de la NFL y las nueve sedes lucieron espectaculares. La FIFA tiró el precio de las entradas y los hijos y nietos de europeos y la numerosísima comunidad latina acudió en masa a los estadios. Los estadios no tendrían vallas ni fosos y todos los asistentes lo harían sentados en su asiento, algo nunca visto antes. La media de espectadores por encuentro rozó las 70.000 almas, cifra que tiene pinta de no ser superada, dado que no hay lugar en el planeta con tal cantidad de coliseos de tan magna cantidad como Estados Unidos.
Se reservó el Soldier Field de Chicago para los partidos de Alemania en la primera fase debido a la numerosa colonia de origen germano que hay en Illinois. Situado en un parque de Chicago a escasa distancia del Lago Michigan, el Soldier Field es un hermoso estadio para 61.500 espectadores inaugurado en 1922. El estadio honraba a los caídos en la I Guerra Mundial (campo del soldado) y no tenía un uso definido hasta que en los años 70 se convirtió en el hogar de los Chicago Bears campeones de la NFL en nueve ocasiones. El recinto tiene una característica forma ovalada que recuerda a una bala y durante muchos años contó con hierba sintética en una época donde se pensaba que aquello era progreso y futuro. Lo más característico del Soldier Field era su fachada, una conjunción de columnas grecorromanas que se elevaban por encima de las gradas. Esto hizo que con el tiempo el estadio fuese declarado patrimonio nacional, pero una profunda reforma acometida en 2003 hizo que se le fuese retirado el título.
Justo lo contrario ocurre con el Sanford Stadium de San Francisco. Cuando se levantó, allá por 1927, el arquitecto hizo firmar un documento por el que si en el futuro se realizaban remodelaciones en el recinto sería de obligado cumplimiento mantener la estructura original. Y así ha sido. En el espacio de un siglo se han puesto luces, se han levantado nuevas gradas, se han creado palcos de prensa y se añadieron tribunas de lujo hasta dejar el aforo actual en 92.000 almas. Y todo manteniendo la característica estructura original con un fondo abierto a la ciudad y al famoso Silicon Valley. Se reservó para los partidos iniciales de Brasil.
Sin duda el más llamativo de los nueve recintos fue el Silverdome de Detroit. Fue el primer estadio en albergar bajo cubierta un partido del Mundial. Hubo que cambiar el césped artificial por el natural para que la FIFA diese el visto bueno. Antes de albergar el Mundial, en sus 75.000 asientos se había disfrutado del último gran concierto de Elvis Pressley o de un partido de la NBA entre los Boston Celtics y los Detroit Pistons que sigue marcando el récord de espectadores en la competición.
Pero las joyas de la corona estaban en otras latitudes. En Nueva York el Giants Stadium albergaría una de las semifinales. Integrado dentro de un complejo deportivo hoy ya demolido, se trataba de un estadio muy abierto, donde el público no se apilaba y las gradas eran sumamente verticales. 80.000 personas podían entonces acudir a ver los partidos de la NFL, como antes lo habían hecho para ver al NY Cosmos de Pelé.
La final se jugaría en la otra punta del país. En el Rose Bowl de Pasadena, en las afueras de Los Ángeles. Siglos atrás Pasadena era uno de esos lugares donde los misioneros españoles levantaron templos para cultivar la fe católica. Hoy Pasadena ha sido engullida como ciudad satélite de la gigantesca Los Ángeles. Pues allí, un medio de un parque, se proyectó el Rose Bowl con la finalidad de celebrar anualmente un partido que enfrentase a los lideres de fútbol americano del este y el oeste del país para determinar al campeón nacional. El estadio, y así mismo el torneo, pasó a llamarse coloquialmente como Bowl (tazón), dado que el recinto tenía dicha forma. De ahí que todos los torneos finales de fútbol americano desde entonces se llamen ‘Bowl’, incluido el hoy archiconocido torneo final de la Superbowl de la NFL. El Rose Bowl no solo alberga partidos de fútbol americano, sino que ha sido sede de las pruebas de ciclismo en pista en los JJ. OO de 1932 o del torneo de fútbol en los JJ. OO de 1984.
Fue proyectado en 1922 para 40.000 espectadores y con forma de herradura, pero pronto se hizo pequeño y en 1928 fue cerrado para darle su luego icónica forma de tazón. Actualmente son 88.000 almas las que pueden presenciar los partidos de los Bruins de la Universidad de UCLA, aunque para la final del Mundial pudieron acudir 95.000 espectadores. Hoy el camino de entrada está rodeado de rosas de diversos colores que alegran la llegada de los aficionados. Pero el problema es que el camino puede ser odioso, dado que el Rose Bowl solo tiene una carretera de acceso, por lo que se pueden llegar a tardar más de dos horas en cubrir el escaso kilómetro que hay desde la salida de la autopista de Los Ángeles hasta la entrada del estadio.
Rose Bowl
La maquinaría económica de Estados Unidos decidió convertir 1994 en un éxito como prólogo a los Juegos de 1996. Los estudios de animación de Warner Bros crearon una mascota futbolera a la que vistieron con la bandera de las barras y estrellas. Se trataba de un perro al que llamaron Striker (delantero). Fue un pelotazo en todo el país. Adidas creó el balón Questra envuelto en espuma de poliestireno que lo hacía mucho más ligero. Fue un pelotazo en medio mundo. Televisivamente aquello fue un desmadre. Cámaras superlentas, planos desde helicópteros y la novedosa cámara escorpio la cual, montada sobre un brazo hidráulico, podría moverse bajo cualquier dirección bajo control remoto. Por vez primera los árbitros dejaban de ser funerarios y vistieron de colores. A rayas blancas y negras o rojas o amarillas, al más puro estilo americano. Las entradas por detrás serían sancionadas con tarjeta roja y se prohibió que el portero cogiese el balón con las manos tras cesión para agilizar el espectáculo. La FIFA dio una indicación a los trencillas que se tornó en trascendental. En caso de duda no señalar fuera de juego y en caso de contacto dentro del área, por pequeño que fuese, señalar penalti. “Es necesario que haya más goles”, declaró Joseph Blatter, secretario general de la FIFA.
Hubo de crearse una nueva liga. Y es que Estados Unidos organizó un Mundial sin contar con una liga profesional. Se firmó un acuerdo para que en la campaña 1994/95 se celebrase la primera temporada de la MLS (Major League Soccer). En esa nueva liga habría tres cambios por equipo y tres puntos por victoria. Los jugadores llevarían número fijo y nombre detrás de la espalda, todos los futbolistas lesionados tendrían que salir del campo en una camilla motorizada y todos los estadios contarían con videomarcadores para ver la repetición de los goles. Todas esas innovaciones de la MLS tuvieron su primera implantación en el Mundial de Estados Unidos.
Árbitros de colores
Era viernes. 17 de junio de 1994. El verano tocaba nudillos en la puerta. En Berlín tropas británicas, francesas y estadounidenses abandonan sus puestos en los cuarteles de Berlín Occidental. Días más tarde lo harán los soviéticos del antes llamado Berlín Oriental poniendo fin a la Guerra Fría y al siglo XX antes de tiempo. Estados Unidos es dueño del planeta. Gran parte de su triunfo se debe a un poder blando labrado durante décadas en el que el deporte es eje trascendental.
Aquel 17 de junio la oferta deportiva en Estados Unidos iba a paralizar al país y a medio mundo. Desde primera hora de la mañana en Oakmont, Pensilvania, tendría lugar la segunda y última ronda del US Open de golf. Con una hora de adelanto por mor de los usos horarios, la ciudad de Nueva York se paralizaría con miles de personas en sus aceras para ver los festejos que coronaban a los Rangers como campeones de la Stanley Cup de la NHL tras más de medio siglo de espera. Y luego, como fin de fiesta, el Madison Square Garden de la Gran Manzana sería testigo del quinto partido de las finales de la NBA que enfrentaba a los New York Knicks contra los Houston Rockets y que en aquel momento mostraban un empate a dos victorias al mejor de siete partidos.
Luego, a las 14:00 hora local, se inauguraría el Mundial de fútbol en el Soldier Field de Chicago con un encuentro entre Bolivia y Alemania, entonces vigente campeón. Alemania derrotaba a Bolivia por 1-0 en un mal partido que dejaba intuir los problemas que los teutones iban a tener para revalidar el título. Minutos antes del inicio del choque, Diana Ross, actriz y cantante de The Supremes, había sido la elegida para hacer disfrutar al público presente en el estadio y al que seguía el evento desde sus casas. Zapatillas blancas y traje rojo, la voluptuosa Ross comenzó a cantar I’m going out mientras se dirigía hacía una de las áreas rodeada de bailarines.
Allí había una portería preparada para partirse en dos cuando Diana convirtiera el gol pateando un penalti. También esperaba un grandilocuente arquero dando saltos con buzo amarillo y pantalón blanco con la única intención de dejarse marcar un gol. Diana se dispuso a marcar el tanto de su vida micrófono en mano y dio un puntapié con la derecha… que se fue un par de metros más allá del palo derecho. Los fuegos artificiales explotaron, la portería se abrió como el Mar Rojo ante Moisés y Diana Ross actuó como una reina del espectáculo. Le dio todo igual, se abrió camino hasta el escenario mientras la gente seguía aplaudiendo sin saber que había pasado ya que, al fin y al cabo, la mayoría de los allí presentes de fútbol sabían más bien poco.
Diana Ross
Luego, en el mismo grupo, Corea del Sur daba el primer pelotazo del Mundial al arañar un empate (2-2) ante la España de Javier Clemente. Nadie en Estados Unidos hizo caso de tal asunto. OJ Simpson, un famoso jugador de fútbol americano, protagonizaba una persecución policial retransmitida minuto a minuto en televisión tras ser acusado del asesinato de su ex esposa.
La cosa pintaba mal. Pero al día siguiente debutaba Estados Unidos. Empató ante Suiza frente a 70.000 espectadores. Nadie contaba con ello. Luego jugó y convenció Brasil y más tarde Maradona resucitaba de entre los muertos en una exhibición de Argentina. Y cuatro días después Estados Unidos sorprendía a la Colombia de Valderrama, Rincón y Asprilla y sumaba un inesperado triunfo por 2-1 que hizo que el soccer se colase en las casas de todos los estadounidenses.
Pues sí. Aquella arriesgada apuesta se iba a convertir en un pelotazo.
Continuará.
“El fútbol es un juego que los estadounidenses enseñamos a nuestros niños hasta que son suficientemente mayores para hacer algo interesante”. Dicho popular estadounidense.
El asunto fue que la selección de Estados Unidos de fútbol se constituyó hace ahora 100 años. Formaron parte de los Juegos Olímpicos de 1924 y de 1928, no por su nivel futbolístico, sino por la fuerza de un país capacitado de llevar deportistas de cualquier disciplina hasta los confines del mundo. En 1928, como muestra que sirva de ejemplo de sus escasas facultades futbolísticas, cayeron por 11-2 en la primera ronda del torneo olímpico ante Argentina.
Resultó que en 1930 se celebró el primer Mundial de fútbol. La organización recayó en Uruguay, vigente campeón olímpico. Hubo espantada europea dado que por entonces había que acudir a América en un largo viaje en barco y la mayoría de los futbolistas compaginaban el balón con otro trabajo. Así que Estados Unidos acudió a ese primer Mundial por falta de alternativas. Venció por 3-0 a Paraguay con triplete de Bert Patenaude, quién se convirtió en el primer (y olvidado) futbolista en anotar un hat-trick en un Mundial. Patenaude, por cierto, era estadounidense de padres europeos, como lo eran todos los componentes del once titular (alguno incluso había nacido directamente en Escocia o en Irlanda). Luego, Estados Unidos venció a una Bélgica recién bajada de cubierta tras 40 días de viaje. Así el milagro estadounidense se clasificó para semifinales donde caería masacrado por Argentina (1-6). Pero la cosa no acabó ahí. Forrados de dólares, los Estados Unidos fueron de los pocos países no europeos que se presentaron en Italia para disputar el Mundial de 1934. El asunto no resultó tan poético entonces. Cayeron en la primera ronda eliminatoria ante Italia por 1-7. El gol americano fue anotado por Aldo Donelli, quién, como es fácil de adivinar, era hijo de italianos.
Pateunade. Primer hat-trick mundialista
Luego vino la II Guerra Mundial y el Mundial no volvería a celebrarse hasta 1950 cuando Brasil coja el relevo de Francia, país que le había dado carpetazo al asunto en 1938. Se intentó que esa edición de 1950 fuese la primera global. Eran 16 participantes. 8 europeos, 5 sudamericanos, 2 norteamericanos y un asiático. México arrasó en su grupo clasificatorio y Estados Unidos obtuvo su plaza al lograr una victoria en el encuentro decisivo ante Cuba.
Era el tercer Mundial para Estados Unidos.
Iba a ser el primero para Inglaterra.
Los ingleses inventaron las reglas del fútbol en 1863 y lo extendieron por el mundo al tiempo que sus ferrocarriles, pero cuando en 1904 se creó la FIFA no quisieron tratos con advenedizos. Cambiaron de idea en 1908, dado que Londres iba a celebrar los Juegos Olímpicos. La FIFA se bajó los pantalones de tal modo que expulsaron con celeridad al presidente en vigor para darle la presidencia al inglés Daniel Woolfall. Como no podía ser de otro modo vencieron en 1908 y en 1912 (compitiendo como Gran Bretaña) antes de que estallase la I Guerra Mundial. Al finalizar el conflicto, los ingleses exigieron que los países perdedores de la guerra fuesen expulsados de la FIFA, pero perdieron la votación. Así que decidieron salirse de la FIFA nuevamente.
Con el francés Jules Rimet en la presidencia se cuajó la celebración de un Mundial de fútbol cada cuatro años a partir de 1930. Los ingleses amagaron con volver, pero le echaron la culpa al profesionalismo encubierto. Ya entonces se sabía que la flema inglesa era en realidad temor. Era evidente que había alumnos que estaban al mismo nivel que los maestros. Inglaterra no sabía aun lo que era perder en casa ante equipos continentales, pero ya había caído en amistosos como visitante en España (1929), Francia (1931), Hungría (1934), Checoslovaquia (1934), Austria (1936) o Bélgica (1936). Cuando en 1938 caiga en Zúrich ante Suiza ya pocos creerán en la superioridad inglesa. Los ingleses habían estado a punto de perder ante Italia (doble campeona mundial) en Londres unos años antes y desde entonces se cuidaban muy y mucho de invitar a otro país a pisar el terreno de su inexpugnable isla.
Finalizada la II Guerra Mundial, esta vez sí la FIFA decidió vetar la presencia en el Mundial de 1950 de Alemania y de Japón, las dos grandes agresoras. Italia se salvó por su respetado presidente de la FIGC (Federación Italiana de Fútbol) Ottorino Barassi, quién, como vigente campeón, custodiaba la Copa Jules Rimet y logró mantenerla a salvo escondiéndola de los nazis. Así, Inglaterra, y esta vez de forma definitiva, decidía formar parte de la familia del fútbol y afiliarse a la FIFA.
Como raritos que eran, Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda decidieron formar un grupo propio clasificatorio. Inglaterra arrasó y se clasificó para el Mundial. El entrenador y preparador físico era Walter Winterbottom. Y digo bien entrenador porque no era seleccionador. Eso era tarea de un comité técnico que decidía que jugadores acudirían a Brasil. El galimatías aun le duraría a los flemáticos ingleses una década más. El caso es que Inglaterra venció en su último amistoso antes del Mundial a Italia en Turín por 0-4. Era un equipazo. Matthews, Mortensen, Lawton, Mannion y Finney formaban un ataque temible. El extremo diestro Stanley Matthews, por entonces ya con 35 años, era considerado el mejor driblador del planeta.
Tras día y medio de viaje en avión con sus correspondientes escalas, la expedición llegó a Rio de Janeiro donde fueron recibido como semidioses. El sorteo les colocó como cabezas de grupo en un cuadro junto a España, Chile y Estados Unidos. Únicamente el primero se clasificaría para semifinales.
Inglaterra 1950
Inglaterra debutó venciendo a Chile por 2-0 en Maracaná en un día donde llovió a chuzos. Antes España había vencido a Estados Unidos por 3-1. Zarra y compañía repetirán triunfo ante Chile mientras que ingleses y estadounidenses se enfrentarán en la segunda jornada. Se da por hecho un claro triunfo británico y un duelo definitivo en la última fecha entre España e Inglaterra para dilucidar que país logra el pase a semifinales.
Sólo acudieron 10.000 personas al estadio de Belo Horizonte. Winterbottom decidió dar descanso a Matthews pensando en el partido decisivo ante España. Estados Unidos no tenía tirón alguno ni en Brasil ni en el país de las barras y estrellas. Únicamente un periodista de Saint Louis acudió a seguir al equipo y lo hizo pagándose el viaje de su propio bolsillo.
Y sucedió lo imposible.
Inglaterra salió arrollando. En los primeros diez minutos tuvo seis ocasiones de gol incluyendo dos disparos a la madera. A partir de ahí, se hizo la noche. Estados Unidos se revolvió y salió a jugar de tú a tú a Inglaterra. Hasta que, superada la mitad de la primera parte, lograron adelantarse en el marcador. A partir de entonces pusieron el autobús. Inglaterra repetía ataques y más ataques sin un mínimo de fantasía y las paradas milagrosas de un tal Borghi obraron el milagro. Frank Borghi (otro de padre italiano) era jugador de beisbol antes de meterse a portero de fútbol. Había acudido a Brasil tras una bronca con su madre por desantender sus obligaciones en la funeraria, empresa que era el sustento familiar. Su heroicidad se completó cuando a ocho minutos para el final una caída de Stan Mortensen (máximo goleador de la liga inglesa) dentro del área acabó en penalti. Alf Ramsey, entonces lateral derecho y con el tiempo el seleccionador inglés campeón del mundo, ejecutó el lanzamiento y Borghi adivinó sus intenciones.
Si Borghi fue el héroe defensivo, el líder ofensivo había sido Joe Gaetjens. En el minuto 38 el portero inglés se confió en un centro bombeado que parecía ofensivo y un remate en plancha de Gaetjens acabaría siendo el tanto de la noche. ¿Quién era Gaetjens? Era haitiano. De muy buena familia. Había sido enviado a Estados Unidos a estudiar a una carrera y por entonces se encontraba trabajando de lavaplatos en un restaurante para pagarse sus gastos. Jugaba en un club patrocinado por dicho restaurante y había sido captado tras meterle un gol a Borghi en un partido de un torneo organizado por la federación estadounidense antes del Mundial.
Y es que aquellos jugadores no es que fuesen modestos, eran modestísimos. Joe Maca era belga, Ed McIlvenny era escocés y tanto Charlie Colombo como Gino Paniani eran italoamericanos. Todos jugaban al fútbol en sus ratos libres. También lo era Frank Valicenti, quién se cambió el apellido por Wallace cuando decidió alistarse en el ejército para combatir a los fascistas en Italia. John Souza, elegido en el once ideal del campeonato, era un sudamericano nacionalizado que ni siquiera pertenecía a equipo alguno en el momento de la disputa del Mundial. Entre los citados había funerarios, carteros, encofradores o fontaneros. Walter Bahr, considerado el mejor jugador de la historia de Estados Unidos hasta la aparición en el siglo XXI de Landon Donovan, era profesor de educación física en un instituto.
Si aquello no fue la mayor sorpresa de todos los tiempos, anda muy cerca.
Borghi. Portero. 1950
En la previa del partido las casas de apuestas pagaban 500 a 1 ante la opción de triunfo estadounidense. Cuando la agencia de noticias Reuters mande el cable telegráfico a Europa con el resultado final (1-0), toda la prensa de la Vieja Europa pensó que se trataba de un error en la transmisión de los cables y que el resultado real era de 10-1 a favor de los ingleses. De hecho, varios periódicos británicos se resistieron a publicar el resultado en sus primeras ediciones exigiendo una rectificación a Reuters.
“Lo arreglaremos ante España”, anunció el capitán Billy Wright. No fue así. Inglaterra jugó muy bien, pero España lo hizo excelentemente. El famosísimo gol de Zarra les daba el triunfo a los hispanos y con ello la clasificación para semifinales. Estados Unidos, a pesar de su histórica victoria, acabaría como última de grupo al caer por 2-5 ante Chile.
El Daily Herald publicó una espectacular portada con una esquela que rezaba lo siguiente: “Nuestro afectuoso recuerdo al fútbol inglés, que falleció en Río de Janeiro el 2 de julio de 1950. Un numeroso círculo de amigos lamenta su dolorosa pérdida. R.I.P. Nota: El cadáver será incinerado y sus cenizas trasladadas a España”. “Los viejos maestros deben volver a la escuela”, declararía, en un acto que lo honra, Walter Winterbottom.
El fin del mito de la superioridad inglesa fenecería definitivamente en 1953 cuando Ferenc Puskás y el resto de magiares mágicos dobleguen por vez primera a los ingleses en Londres al vencer por 3-6 en una morrocotuda exhibición vespertina en Wembley. Cinco meses más tarde será en Budapest donde Hungría ponga los clavos de la lápida al vencer por 7-1. Cuando Uruguay eche a Inglaterra en cuartos de final del Mundial de 1954 se considerará un resultado esperado y luego, ya en 1958, los ingleses caerán en la primera fase del Mundial al ser incapaces de vencer ni al Brasil de Pelé ni a la Unión Soviética de Yashin. Nadie lo considerará sorpresa alguna.
Y Puskás acabó con el mito inglés
Estados Unidos no volvería a disputar un Mundial hasta 1990, cuatro décadas después de la hazaña de Belo Horizonte. Desde entonces ha organizado un Mundial (1994) y lo va a hacer de nuevo con el segundo (2026). Ayudado por la ampliación de participantes, se ha convertido en un fijo en los mundiales y en 2002 alcanzó su techo moderno al conseguir colarse en los cuartos de final.
A Joe Gaetjens, el autor del gol, aquello lo convirtió en una celebridad. Breve, pero intensa. Había disputado el Mundial sin tener nacionalidad estadounidense y únicamente firmando un documento donde se comprometía a solicitarla. Jamás lo hizo. Volvió a Haití y montó una empresa de lavanderías automáticas. A los pocos meses fue fichado por el Racing de París. Apenas aguantó año y medio en Francia antes de volver a su país, darle un par de patadas más al balón y colgar las botas. Su vida acabaría trágicamente. Gaetjens estaba involucrado en la política y cuando en 1964 Louis Déjoie se convierta en presidente vitalicio y dictador de facto de Haití, se encargará de ajustar cuentas contra los disidentes políticos. La familia de Gaetjens escapará del país pero él se quedará pensando que al ser una celebridad nadie podría hacer nada en su contra.
Nunca más se supo de él.
Joe Gaetjens a hombros
“Han pasado 60 años. En lo que a mí respecta, he tratado de olvidarlo con todas mis fuerzas». Bert Williams, guardameta de Inglaterra en 1950 en una entrevista concedida en 2010.
“No es normal aguantar tanto tiempo frente a un rival que es tan superior. Sobre todo, después de haber marcado un gol relativamente pronto. Nos habríamos ido contentos con perder por dos goles de diferencia. Ni en nuestros mejores sueños imaginábamos que podríamos ganar”. Walter Bahr, defensa de Estados Unidos en 1950.
En 1994 España no había ganado un Mundial de fútbol. Tampoco uno de baloncesto ni de balonmano. En 1994 Rafael Nadal tenía ocho años y Fernando Alonso trece. Marc Márquez llevaba pañal. En 1994 España vivía de éxitos esporádicos y pasados en tenis, motociclismo, boxeo y ciclismo. Cierto que había brotes verdes nacidos de la gloria de los Juegos Olímpicos de Barcelona, pero la realidad es que éramos unos parias en relación a nuestros semejantes europeos. Había una excepción y se llamaba Miguel Induráin. Vencedor del Tour de Francia, que es algo así como el Mundial de ciclismo, en 1991, 1992, 1993 y 1994, si lograba la victoria en el verano siguiente (spoiler: lo consiguió) podría ser catalogado como el mejor ciclista de la historia.
Un español como el mejor del planeta.
En 1994 toda España era del Team Induráin.
Y entonces nos llega una noticia. Resulta que en Ecuador se disputa el Mundial de ciclismo junior reservado para deportistas de 17 y 18 años. El campeonato empezó a diputarse en 1975 y entre los vencedores los hay ilustres de las dos ruedas como Roberto Visentini, Greg Lemond o Pavel Tonkov. Sucedía que en dos décadas de prueba ningún español había quedado si quiera entre los tres primeros clasificados. Y resultó que en 1994 se proclamó campeón del mundo un tal Miguel Morrás.
Nunca antes ni nunca después un español volverá a ser campeón del mundo juvenil.
Había nacido el nuevo Induráin. Las comparaciones surgieron y lo hicieron con fuerza. Morrás era navarro como Miguel. Había nacido en Sesma, a unos 50 kilómetros de Villava, lugar de nacimiento del entonces Miguel más conocido de la Península Ibérica. Luego Morrás emigró a Francia con sus padres. Allí practicó atletismo, judo y natación, pero lo que le de verdad le gustaba era el fútbol. Al volver a España se enroló en las filas del Izarra, uno de los múltiples equipos que están en la órbita del Athletic. Se le daba bien el balón, era extremo izquierdo, y de hecho llegó a enfrentarse a futuras estrellas como Guti o Iván de la Peña en campeonatos nacionales. Ocurrió que en plena edad de oro de Induráin lo convencieron para enrolarse en el Club Ciclista de Estella. Fue una aparición. Una centella. Sumó 32 victorias en 64 carreras en 1994, todas ellas por aplastamiento, amén de proclamarse subcampeón de España para luego vitorear a nivel mundial en Ecuador. Lo hizo tras escaparse en solitario a falta de 40 kilómetros para la línea de meta. Una portentosa exhibición.
Miguel Morrás
Miles de personas se concentraron en su pueblo para recibirle con honores. En los balcones, pancartas con su rostro. Todos querían felicitar a un campeón que, poco tiempo después, recibiría un Premio Marca y el reconocimiento a Mejor Deportista del Año en Navarra. Banesto se frotaba las manos. Las comparaciones con Induráin, que hasta entonces se comentaban en pequeños círculos, adquirieron una nueva dimensión. Era el elegido. Volaba. Iba sobrado y, lo mejor, tenía un margen de progresión inimaginable.
Era ágil de piernas, tenía motor, un gran ataque y además era buen compañero. Únicamente entrenaba hora y media al día y le era más que suficiente. Tenía un don. Físicamente superdotado para su edad, no tiene rival entre los chicos de su edad. Es así, que, al inicio de 1996, poco antes de cumplir los 20 años, pasa a categoría profesional. Hoy puede considerarse algo rutinario, por entonces era impensable. Nadie saltaba a profesionales hasta los 23 o 24 años. Hacerlo nada más llegar a la veintena era una auténtica locura. En 1996 Miguel Morrás era el ciclista profesional más joven del pelotón internacional.
Lo hace en las filas de la ONCE, el rival del Banesto. Morrás había crecido viendo a Perico Delgado ganar el Tour de Francia y admirando a Miguel Induráin tocayo y paisano. Ocurrió que la ONCE estaba dirigida por Manolo Saiz. Licenciado en INEF, Manolo Saiz había revolucionado el ciclismo español al introducirlo en un mundo científico. En la ONCE se trabajaba la aerodinámica, la planificación de entrenamientos, la nutrición o los ejercicios de compensación para la espalda. Aquello cautivó a Morrás, un tipo que tenía algo más en la cabeza que las dos ruedas.
La extrema calidad de su musculatura, la facilidad para dominar cualquier terreno y su voraz apetito de triunfos lo hacían candidato a todo en un equipo plagado de vedettes como Álex Zülle, Laurent Jalabert o Melchor Mauri. Pero pronto Manolo Saiz detectó un problema. Miguel Morrás era muy listo. Era demasiado listo para ser ciclista.
Manolo Saiz
El primer año Miguel Morrás disputó dos docenas de carreras. Únicamente corrió una vuelta por etapas. Salía y entraba del pelotón cada dos por tres. Sobrecargas musculares, problemas en los tobillos, dolores en los gemelos y finalmente una lesión de rodilla. Se segunda temporada acabó prácticamente en blanco. Manolo Saiz puso todo su empeño y la ONCE no escatimó en medios. Fue atendido por el doctor Guillén, una eminencia deportiva, y más tarde por Müller-Wohlfarth, galeno de la selección alemana de fútbol. La conclusión era clara; el problema de Miguel Morrás era únicamente psicológico.
Antes de comenzar una carrera Morrás se aquejaba de ciertos dolores. En las pruebas médicas no se detectaba nada, pero se le hacía caso al paciente. Luego, comenzaba la rutina de los entrenamientos y nuevamente comenzaban los dolores. Así una y otra vez. Una y otra vez. Mientras, Morrás se sacaba a distancia la carrera de económicas. Los meses pasaban, los estudios continuaban y las pruebas médicas seguían sin ser concluyentes. Se dijo que la postura de la bicicleta le descompensaba la musculatura, que sus piernas arqueadas aplican una presión excesiva sobre la parte externa de la rodilla. Hasta se le buscó una bici a medida dado que tenía una pierna unos milímetros más larga que la otra. Nada funcionaba. Miguel se sentía inútil y no avanzaba. Todo lo contrario que en los estudios, donde progresaba con celeridad y excelentes cualificaciones.
Iba tan bien el asunto que decidió cursar unos estudios de posgrado en Londres. Fue entonces cuando Manolo Saiz quiso tener una seria charla con él. O ciclismo o estudios. O sacrificio sentado en el sillón o dejamos la burra. Por entonces iban tres años en los que la ONCE le había pagado religiosamente su contrato y la escuadra de los ciegos veía como Morrás se alejaba irremediablemente del deporte profesional.
No habría vuelta atrás.
Miguel Morrás no sería el nuevo Induráin.
“El primer año, todo el mundo te dice que estés tranquilo, El segundo, todavía eres joven. El tercero: bueno, a ver… Y, para el cuarto, en mi mente ya había otros retos profesionales. No sé si hubiese ganado una gran vuelta, pero sí que hubiese sido un gran contrarrelojista”, diría Morrás cuando anunció su retirada como ciclista con apenas 23 años. La ONCE le pagó los cuatro años de contrato y Manolo Saiz nunca pudo entender que es lo que había sucedido. Aquel chico tenía todas las cualidades para ser una superestrella, pero una vez llegado a la elite su mente se bloqueó de tal manera que su calvario se tradujo en lesiones más cercanas a la ficción que a la realidad.
Miguel Morrás acabó sus estudios en Londres y acabó siendo contratado por el banco suizo UBS. En la actualidad vive en Singapur donde compra y vende activos financieros en mercados online a corto plazo para diversos bancos japoneses. Lleva cerca de dos décadas ejerciendo una labor donde cuenta con una cartera de activos que ronda los 750 millones de dólares. Tras más de una década sin saberse nada de él, hace un par de años apareció como aficionado VIP en una Paris-Roubaix en la que pidió conocer a Enric Mas, el jefe de filas del Movistar, patrocinador principal de la antigua estructura de Banesto.
Cuando a Mas le dijeron que estaba delante de un campeón del mundo de ciclismo pensó que le estaban tomando el pelo.
En el momento en el que estas líneas salen a la luz se están a dirimir las últimas plazas mundialistas. Ayer, en Bérgamo, Italia derrotó a Irlanda del Norte en el primero de los dos partidos de repesca necesarios para acudir al Mundial. La tetracampeona del mundo lleva dos citas (2018 y 2022) sin acudir a la fiesta grande del fútbol. De no hacerlo por tercera vez consecutiva sería la vez primera que un campeón mundial se ausenta ¡12! años (que serían ¡16! en el 2030) del torneo de referencia. Sería una catástrofe para Italia con el agravante de que para esta edición se ha ampliado a 48 el número de participantes.
A quien no le ha hecho falta jugar repesca es a España. Desde 1978 no ha faltado a la cita del fútbol universal. En el caso de Argentina la racha hubo de comenzar en 1974 y ya supera el medio siglo de éxito. Con todo, tal día como hoy, 27 de marzo de 2026, se iba a disputar un partido entre España y Argentina en Qatar. Se le dio en llamar Finalísima como un enfrentamiento intercontinental entre los vigentes campeones de América y de Europa. El estallido de la Guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán y la negativa de los argentinos de disputar el partido en territorio europeo, al ser imposible de celebrar en Qatar, ha hecho cancelar el encuentro. Lo cierto es que, millones al margen, había ciertos recelos para un enfrentamiento entre las máximas favoritas a menos de cien días para que empiece el Mundial. ¿Quién sería capaz de levantarse de una dura derrota a tres meses de desafiarse en una hipotética final? En este momento es España (6 euros por euro jugado) el preferido en las casas de apuestas seguida por Argentina y Francia (8 euros por euro apostado). Una victoria o una derrota en la Finalísima hubiese significado el fortalecimiento de uno y un jarro de agua fría para el perdedor.
Finalísima cancelada
Hay constancia de que en la Antigua Grecia ya se hacían apuestas deportivas en los Juegos Olímpicos. Los romanos lanzaron un órdago sobre el asunto y apostaban por todo. Desde carreras de cuadrigas a muertos en la arena. Las apuestas eran un negocio en sí mismo. No obstante, hay que esperar a finales del siglo XVIII para que la costumbre se vuelva a retomar en Gran Bretaña alrededor de las carreras de caballos y de galgos.
En 1923, Littlewoods estableció su base en Liverpool, y se convirtió en la primera casa de apuestas en permitir pronósticos combinados. Menos de una década después nacía William Hill, la casa de apuestas más popular del mundo que gestó su imperio de forma semiilegal al no blindar por ley las apuestas de bajo importe lo que, al mismo tiempo, permitía que todo tipo de público accediese al mundo del juego. En la actualidad se estima que el mercado mundial de apuestas deportivas supera los 150.000 millones de dólares anuales de los cuales un 70% se realiza de forma online. El fútbol es el deporte que más dinero mueve en este mercado. Se estima que 1/6 parte de esos 150.000 millones provienen del fútbol. El beisbol es el segundo deporte más demandado por los apostantes.
Así que cuando se celebró en 1930 el primer Mundial de fútbol de la historia había favoritos y aspirantes. Había apuestas dobles y sencillas, algún afortunado y muchos fracasados. Cojamos la máquina del tiempo y analicemos las apuestas deportivas del pasado. ¿Quién o quiénes eran los favoritos para ganar el Mundial de 1930, el de 1954 o el de 1998? ¿Se cumplieron los pronósticos? ¿Hubo sorpresas? Comprobaremos que campeones que hoy nos parecen obvios no lo eran entonces y también reafirmaremos que hay casos donde el favorito no deja lugar alguno a la sorpresa. Para ello bucearemos en la base de datos de William Hill y veremos cual ha sido la tasa de éxito.
URUGUAY 1930
Favorito: Uruguay. Uruguay había ganado con suficiencia la competición de fútbol en los dos anteriores Juegos Olímpicos. Tal éxito hizo que la FIFA crease el Mundial de fútbol cada cuatro años (siempre alternos con las Olimpiadas) y otorgó a los charrúas la organización como muestra de respeto. Hubo desbandada europea. Y algo más. Inglaterra no aceptaría jugar un Mundial hasta 1950 en una muestra de soberbia y suficiencia. Sólo Argentina, vigente vencedor de la Copa América, parecía poder hacer frente a los uruguayos.
Campeón: Uruguay. Argentinos y uruguayos arrasaron como era de esperar. Ambos ganaron sus respectivas semifinales por 6-1. En la final se jugaría media parte con un balón propiedad de la federación uruguaya y la otra con un esférico propiedad argentina. La primera mitad, con pelota argentina, se la anotarían los visitantes por 1-2. En el segundo periodo, con balón charrúa, Uruguay anotaba tres tantos para vencer por 4-2, hacer buenos los pronósticos y convertirse en el primer país campeón mundial.
Veredicto: Acierto.
Uruguay 30
ITALIA 1934
Favorito: Austria. Los uruguayos decidieron aplicar la ley de talión. El boicot de cuatro años atrás se repetía ahora a la inversa. Sin Uruguay, la indiscutible favorita era Austria. El Wunderteam (equipo maravilla) sumaba 14 partidos invicto con sonoras goleadas a Escocia (5-0), Alemania (5-0) o Hungría (8-2) por el camino. Dirigidos por Hugo Meisl y liderados en el campo por Matthias Sindelar, conocido como Mozart del fútbol, nadie dudaba de la victoria austriaca. Su juego de movilidad posicional en el que Sindelar abandonaba su puesto de delantero centro para organizar el juego desde el centro del campo era algo tan poco frecuente como indefendible.
Campeón: Italia. Benito Mussolini puso todo su empeño para que el Mundial fuese perfecto. Construyó estadios, arregló carreteras, agasajó a periodistas extranjeros, metió a disidentes en la cárcel y nacionalizó a varios futbolistas argentinos (alguno de ellos subcampeones mundiales) buscándoles padres y abuelos italianos. Con todo, su influencia fue más notoria en dos aspectos; motivar a los integrantes de la selección italiana diciéndoles que la victoria era cuestión de vida o muerte (literalmente) y pagando bajo cuerda a los árbitros para obtener un beneficio arbitral. Así logró Italia superar a España en cuartos de final tras un partido tan escandaloso que la FIFA decidió prohibir arbitrar de por vida al suizo que se prestó a dirigir aquel choque. En semifinales Italia jugó contra Austria. Los transalpinos anotaron tras falta no señalada al poco de iniciar, pero en los siguientes 80 minutos de partido el trencilla no tuvo culpa de la derrota austriaca. Italia demostró que no tenía la calidad en las piernas de su adversario, pero si una solidaridad y una fortaleza colectiva que se convertirá en su seña de identidad perpetua. Austria perdería también en el partido por el tercer puesto e Italia se proclamará campeón al vencer en la final a Checoslovaquia por 2-1.
Veredicto: Error.
Italia: Vencer o morir
FRANCIA 1938
Favorito: Italia y Austria. Las casas de apuestas daban favorita a Austria. Aunque envejecido, el Wunderteam seguía siendo formidable. Ocurrió que con el sorteo del Mundial ya celebrado, las tropas alemanas ocuparon territorio austriaco y lo anexionaron al III Reich por orden de Adolf Hitler. El partido de octavos de final que debía celebrarse en Lyon entre Suecia y Austria jamás tendría lugar. Se les ofreció a los austriacos ingresar en las filas de la selección alemana pero la mayoría de ellos declinó la invitación, incluido un Matthias Sindelar que aparecerá muerto en su apartamento meses después en circunstancias nunca aclaradas. Sin Austria el favorito indiscutible era Italia, vigente campeón mundial y olímpico, escuadra que ya no contaba con nacionalizados en su once ideal. Había ganado en automatismos y jugaba un fútbol más alegre.
Campeón: Italia. En un ambiente hostil (una Francia gobernada por el Frente Popular) y sin ninguna ayuda arbitral por el camino, Italia se reconcilió con el planeta fútbol y se convirtió en bicampeón mundial. Liderados por el fantástico Giuseppe Meazza vencieron a Noruega y aplastaron a Francia antes de enfrentarse a Brasil en semifinales, en la que fue la final anticipada. Meazza contra Leónidas. Un duelo en el que vencieron con autoridad los europeos quienes acabarían siendo despedidos por aplausos por un público que hora y media antes los había recibido con una sonora pitada. En la final Italia venció por 4-2 a Hungría, los cuales se habían beneficiado de no tener a Austria por su lado del cuadro.
Veredicto: Acierto.
Giuseppe Meazza
BRASIL 1950
Favorito: Brasil. El año anterior los brasileños habían ganado la Copa América anotando en un año natural 48 goles a favor por tan sólo 7 en contra. Contaban con Zizinho y Ademir y habían construido un descomunal estadio en el que entraban unas 150.000 almas que era conocido como Maracaná. Jugaban en casa y eran archifavoritos. Italia había perdido a 10 de sus 11 titulares en la tragedia aérea de Superga del año anterior e Inglaterra era una incógnita dispuesta a participar en su primer Mundial.
Campeón: Uruguay. La FIFA tuvo la estúpida idea (nunca jamás repetida y esperemos que nunca jamás rescatada) de sustituir la final por una liguilla semifinal de cuatro equipos en formato todos contra todos. A esa liguilla llegaron Suecia, Uruguay, España y Brasil. Inglaterra había caído humillada ante Estados Unidos e Italia no tenía ni fútbol ni moral. Brasil venció a Suecia (7-1) y luego a España (6-1). Uruguay sufrió ante Suecia (3-2) y empató ante España (2-2). A Brasil le valía el empate, aunque se contaba con ganar. En siete de los últimos nueve enfrentamientos entre Brasil y Uruguay los brasileños habían resultado vencedores. Jules Rimet, presidente de la FIFA, tenía en el bolsillo de su chaqueta escrito el discurso que tendría que dar en la fiesta posterior preparada para Brasil, el más que seguro ganador. No fue así. Brasil se adelantó, pero Uruguay remontó con goles de Schiaffino y Ghiggia. “Sólo Sinatra, el Papa y yo hemos conseguido silenciar Maracaná”, diría años más tarde Alcides Ghiggia. Fue la sorpresa del siglo. Si por entonces se pudiesen hacer apuestas minuto a minuto algún valiente se habría hecho de oro apostando por Uruguay cuando caía por 1-0 mediada la segunda parte.
Veredicto: Error.
Gol de Ghiggia: Maracanazo
SUIZA 1954
Favorito: Hungría. Si el Wunderteam era favorito en 1934 que decir del Aranycsapat (Equipo de oro) húngaro en 1954. Nunca ha habido tan claro favorito en un Mundial como en la edición de 1954. Hungría sumaba 32 partidos consecutivos sin perder, había ganado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1952 y había asombrado a medio mundo al vencer por 3-6 en Wembley para luego machacar por 7-1 a Inglaterra en Budapest. Kocsis, Hidegkuti, Czibor y Ferenc Puskás representaban una revolución futbolística. El fútbol total antes del fútbol total. Movimiento continuo con y sin balón. Tan sólo Uruguay, vigente campeón, rivalizaba con los húngaros. No se consideraba a nadie más por el título.
Campeón: Alemania. Uruguay y Hungría se enfrentaron en semifinales. Fue catalogado como el mejor partido en los primeros 25 años de Mundiales. Vencieron los húngaros por 4-2 con dos tantos de Kocsis en la prórroga. Para llegar a ese momento Hungría había vencido a Brasil (4-2), Corea del Sur (9-0) y Alemania (8-3). En aquel partido de la primera fase los germanos habían jugado con suplentes sabedores de que iban a perder de cualquier manera. Los alemanes habían vencido a Austria en semifinales (por entonces una sorpresa) y se presentaban como víctimas en la final. Hungría se adelantó por 2-0 a los ocho minutos bajo un manto de lluvia. Ocurre que los alemanes estrenaban unas botas de tacos extraíbles inventadas por Adidas que se adaptaban a los campos encharcados. Los alemanes danzaban y los húngaros resbalaban. Del 2-0 se pasó al 2-3 con un tanto de Helmut Rahn a falta de seis minutos para el final. Puskás, que jugó todo el partido visiblemente cojo por un esguince de tobillo, empataría con el tiempo cumplido. El gol sería anulado por fuera de juego. Hungría nunca más volverá a estar en condiciones de jugar una final y Alemania recuperará el orgullo perdido tras la caída de la II Guerra Mundial e iniciará un idilio con los dioses del fútbol basado en la fiabilidad y la invencibilidad.
Veredicto: Error.
El milagro alemán
SUECIA 1958
Favorito: Alemania. Como vigentes campeones los teutones eran los favoritos. Con todo, sus estrellas estaban envejecidas, por lo que asomaban dos aspirantes. Uno era la Unión Soviética del portero Lev Yashin. Los soviéticos afrontaban su primera participación mundialista tras décadas haciendo de menos un deporte que consideraban capitalista. Sin embargo, desde que acudieron por vez primera a los Juegos Olímpicos en 1952, habían apostado por la competición deportiva como una forma de vencer en el discurso ideológico de la Guerra Fría. El otro outsider era Yugoslavia que había arrasado en la fase clasificatoria a Italia (6-1) e Inglaterra (5-0).
Campeón: Brasil. Alemania despachó en cuartos a una Yugoslavia que decepcionó durante el torneo. En semifinales Alemania caería sorprendentemente ante los anfitriones, quienes disponían de un buen equipo comandado por Gren, Liedholm y Hamrin, todos ellos con fructíferas carreras en la Serie A italiana. Los suecos, por cierto, habían derrotado a la Unión Soviética en cuartos de final en un partido que dominaron con autoridad. El otro lado del cuadro estaba mucho más abierto. El choque entre Gales y Brasil iba camino del empate sin goles hasta que el técnico brasileño metió en el partido a Garrincha (24 años) y a Pelé (17 años), quién anotó el gol de la victoria. En semifinales, con los dos chicos en el campo ante la insistencia del vestuario y a pesar de la negativa de Feola (así se llamaba el entrenador), Brasil venció por 5-2 a Francia en una de las mayores exhibiciones de fútbol ofensivo en la casi centenaria historia del Mundial de fútbol. En la final Brasil repitió resultado ante Suecia (5-2) en la que fue la coronación de un adolescente como O Rei del fútbol. Brasil lograba su primera corona y desde esa edición en adelante, Pelé y sus sucesores siempre pasarán a estar entre los favoritos al triunfo.
Veredicto: Error.
O Rei
CHILE 1962
Favorito: Brasil. La canarinha sumaba 14 partidos seguidos con victoria cuando arribó a Santiago de Chile. Pelé era el mejor jugador del planeta a años de luz de los demás. Brasil era, pues, indiscutible favorito. La Unión Soviética, vigente campeona europea, y Yugoslavia volvían a aparecer como aspirantes.
Campeón: Brasil. Ocurrió que, en el segundo partido, un empate sin goles ante Checoslovaquia, Pelé es cazado con una brutal entrada y se marchará cojeando del campo. No volverá a jugar en lo que resta de Mundial. En su lugar emergió el suplente Amarildo (tres goles en el torneo) y, esencialmente, Garrincha. El ángel de las piernas torcidas hará un torneo descomunal, una exhibición legendaria antes de que el alcohol y las mujeres le hagan abandonar prematuramente su carrera. Garrincha bailará a Inglaterra en cuartos (3-1) y a Chile (4-2) en semifinales. Chile había eliminado sorprendentemente a la URSS en cuartos con arbitraje favorable y fallo inesperado de Yashin. Una ronda más aguantará Yugoslavia, que perderá ante Checoslovaquia en semifinales. En la final, y aunque Masopust (Balón de Oro) adelante a los europeos, Brasil remontará con facilidad para proclamarse bicampeón mundial.
Veredicto: Acierto.
Garrincha en movimiento
INGLATERRA 1966
Favorito: Brasil. No podía ser de otra manera que Pelé y Brasil repitiesen como favoritos en las casas de apuestas. O Rei tenía ganas de resarcirse del Mundial anterior. Como alternativas se tenía fe en Inglaterra, por el hecho de ser anfitriona, y de Portugal. Los lusos, con Eusebio de referente y con la base del Benfica que sumaba dos entorchados europeos y dos subcampeonatos en el lustro anterior, habían eliminado a Checoslovaquia, vigente subcampeón, en la fase clasificatoria.
Campeón: Inglaterra. A Pelé volvieron a cazarlo como animal en campo abierto. En este caso Brasil no tuvo forma de levantarse del golpe. Hungría venció a Brasil en fase de grupos, por lo que el último partido de dicha ronda era en la práctica un octavo de final entre Brasil y Portugal. Pelé marchó llorando del campo y dos años después la FIFA implantará las tarjetas para intentar frenar el juego violento tan habitual durante los años 60. El caso es que un imperial Eusebio lidera a Portugal (3-1) y elimina a los favoritos en primera ronda. Portugal camina hasta las semifinales donde, con un Wembley a rebosar, Inglaterra vence (2-1) en duelo entre Bobby Charlton y Eusebio. En el otro lado del cuadro la Alemania de Uwe Seeler y de un joven Beckenbauer despacha a la URSS en semifinales (2-1) para acceder a la final. El duelo, tan sólo 20 años después del fin de la II Guerra Mundial, es mucho más que fútbol. Ingleses y germanos empatan en los 90 minutos de juego y será en la prórroga cuando Inglaterra venza (4-2) con gol polémico de Hurst tras balón que golpea en el larguero y bota en la línea de meta. No fue gol, y no lo pareció, pero el árbitro, a instancias del linier, lo daría por bueno. Según se dice Tofik Bakhramov, el juez de línea soviético culpable del asunto, en su lecho de muerte susurró al oído de su nieto; “Stalingrado” cuando le preguntó si aquel gol concedido a los ingleses fue o no fue real. El caso es que entonces no había VAR y los ingleses festejaron el que, hasta la fecha, es su único entorchado mundial.
Veredicto: Error.
Los inventores del fútbol
MEXICO 1970
Favorito: Brasil e Inglaterra. Inglaterra contaba con un combinado incluso mejor que el que se había proclamado vencedor cuatro años antes. Italia sumaba dos años invicto tras vencer en la Eurocopa de 1968 gracias a Facchetti, Rivera, Mazzola y Riva. Alemania rebosaba talento y era clara aspirante al título. Las tres selecciones estaban muy bien valoradas, pero por encima de todos volvía a estar Brasil. Gerson, Tostao, Jairzinho, Rivelino y Pelé. Cinco ‘10’ de primerísimo nivel. La única duda era si un balón sería suficiente para todos ellos.
Campeón: Brasil. Inglaterra y Brasil coincidieron en la primera fase. El vencedor tendría un recorrido más favorable camino de la final. Fue un duelo de poder a poder que fue solventado por Brasil el día de la famosa parada de Gordon Banks a cabezazo de Pelé. En cuartos, sin Banks por una gastroenteritis, Inglaterra vencía a Alemania por 2-0 en el minuto 70 cuando Alf Ramsey decidió sustituir a Bobby Charlton para darle descanso. Los germanos forzaron la prórroga y doblegaron a los ingleses en el añadido. En semis, en el llamado partido del siglo, Italia fue quien venció a Alemania en la prórroga por 4-3 tras un empate a un tanto en los primeros 90 minutos. Brasil, pues, tuvo el camino más favorable al vencer a Perú y a Uruguay. La final no tuvo color y Brasil pasó por encima de Italia (4-1) en la que fue la última obra de arte de Pelé, quién sumaba su tercer Mundial (récord inigualado) con apenas 29 años.
Veredicto: Acierto.
Brasil del 70
ALEMANIA 1974
Favorito: Alemania. En los últimos cinco torneos los germanos encadenaban victoria, semifinales, cuartos, final y semifinales. Eran vigentes campeones de Europa y jugaban en casa. Beckenbauer, Netzer, Müller y Maier eran archifavoritos. Brasil, envejecida y sin Pelé, iniciaba un duro proceso de transición. Como alternativa en las casas de apuestas aparecía Holanda, primeriza en un Mundial y que había sufrido para lograr clasificarse. Los holandeses eran una apuesta arriesgada a pesar de sumar sonoros triunfos (9-0 a Noruega y 4-1 a Argentina) meses antes de iniciarse el Mundial.
Campeón: Alemania. La final fue la esperada. Alemania vs Holanda. El camino, no obstante, no tuvo nada de esperado. Alemania había maravillado en la Eurocopa de 1972. En 1974 Alemania era un transatlántico encallado. Pasó la primera fase sufriendo tras perder contra sus vecinos de la RDA, y luego vencieron a Suecia y a Polonia sin merecer el triunfo en ninguno de los dos partidos. Por su parte, Holanda fue una bocanada de aire fresco pocas veces antes disfrutada. El fútbol total, con diez jugadores presionando por todo el campo y alternando sus posiciones, maravilló a espectadores y a televidentes. Holanda destrozó a las naciones sudamericanas que se orgullecían de ser las garantes del espectáculo frente a la rigidez europea. Países Bajos humilló a Uruguay (2-0), Argentina (4-0) y en semifinales despachó a Brasil (2-0) en la que seguramente es la mayor diferencia de nivel que se ha visto en un partido de poder a poder en un Mundial. El resultado no refleja la impotencia de unos brasileños que acabaron desquiciados corriendo tras un balón que apenas tocaron. En la final, Cruyff se escapó de cuanto defensor tuvo y provocó un penalti que ponía a Holanda por delante antes del minuto de juego. Holanda lo tenía en la mano, pero entró en pánico. Beckenbauer y compañía pusieron a funcionar el rodillo, dieron la vuelta al encuentro y Holanda clamará para siempre que nadie se acordará del ganador y sí del vencido.
Veredicto: Acierto.
Cruyff y Beckenbauer
ARGENTINA 1978
Favorito: Alemania. Los actuales campeones del mundo volvían a ejercer de favoritos en las casas de apuestas. Era un equipo más industrial ya sin Netzer, Müller ni Beckenbauer, pero contaban con Karl-Heinz Rummenigge y ese colmillo asesino de las grandes ocasiones. Dado que nunca un país europeo había vitoreado en Mundial jugado en América también contaba en los pronósticos como aspirante Brasil, que mantenía a Rivelino y contaba con el extraordinario Zico. La que estaba a años luz en los pronósticos era Argentina que no había superado los cuartos de final de un Mundial desde 1930, llevaba dos décadas sin ganar la Copa América y no había conseguido vencer en ninguno de los cuatro amistosos disputados antes del Mundial.
Campeón: Argentina. Liderada por un central de apenas 174 centímetros llamado Daniel Passarella, los argentinos arañaron un empate ante Brasil a golpe de raza, coraje y alguna mala arte que les daba la llave para llegar a la final siempre y cuando venciesen a Perú por cuatro goles de diferencia. Con un arbitraje casero y una actitud escasamente interesada de los peruanos, la sombra del amaño por parte de la dictadura militar argentina siempre planeará sobre dicho encuentro. Cierto o no, Argentina venció a Perú (6-0) y se clasificó pasmosamente para la final. En el otro lado del cuadro, Holanda (sin Cruyff) sorprendió a Italia, mientras que Alemania caía con estrépito ante la Austria de Krankl dejando que los tulipanes repitiesen final cuando nadie contaba con ellos. En el duelo definitivo, un partido malo y lleno de nervios, se llegaría a la prórroga. Emergió entonces Mario Alberto Kempes (dos goles en la final y seis en el torneo) para darle la victoria a Argentina cuando pocos contaban con ella.
Veredicto: Error.
Argentina 78
ESPAÑA 1982
Favorito: Brasil. A España 82 acudió Brasil con un equipo que recordaba al fabuloso de 1970. Zico era el Pelé blanco y Falcao, Sócrates y Toninho Cerezo acompañaban al director de orquesta. Brasil sumaba 20 partidos sin perder incluyendo victorias en Londres ante Inglaterra, en Paris ante Francia y ante Alemania en Stuttgart. Como aspirantes estaban la Francia de Platini y la Alemania de Rummenigge, vigente campeona europea. Con todo, aquello que no fuese una victoria brasileña sería considerada una sorpresa.
Campeón: Italia. Brasil pasó como elefante en una cacharrería por delante de Escocia y la Unión Soviética antes de ganar con facilidad a la Argentina de Maradona. En un simulacro de cuartos de final (realmente era un grupo de segunda fase) le tocó Italia. Los europeos habían pasado la primera fase de carambola tras empatar sus tres partidos y antes del Mundial habían perdido con Suiza, Dinamarca y la RDA. Ya era un milagro que se hubiesen clasificado. Paolo Rossi, su delantero centro, estuvo dos años sancionado por un escándalo de apuestas deportivas y por entonces sumaba cuatro partidos y cero goles. El caso es que, en una preciosa tarde veraniega en Barcelona, Claudio Gentile secó a Zico y Paolo Rossi revivió con un hat-trick. Brasil abandonaría para siempre el jogo bonito e Italia, tras deshacerse de Polonia en semifinales, se clasificaba para el partido decisivo. En el otro lado del cuadro era Francia la que enamoraba, pero será Alemania la que se lleve el gato al agua. En otro memorable partido, en este caso bajo la noche estrellada de Sevilla, hasta cuatro goles en la prórroga llevarán el partido a los penaltis donde los teutones se mostrarán más acertados. En la final, una Alemania fundida tras 120 minutos a casi 40 grados en Andalucía no tendrá opción ante una hipermotivada Italia que sumará su tercer título cuando nadie lo esperaba.
Veredicto: Error.
Paolo Rossi
MEXICO 1986
Favorito: Brasil. Tocaba Mundial en América y todos los favoritos provenían del Nuevo Continente como mandaba la tradición. Junior, Falcão, Sócrates y Zico ya superaban la treintena y estaban ante su última oportunidad. Tele Santana seguía de seleccionador, pero había cambiado de táctica y apostaba por un 3-5-2 mucho más conservador que el 4-2-2-2 con laterales ultraofensivos de cuatro años atrás. Como outsider aparecía Uruguay, vigente campeona americana, y que había reverdecido viejos laureles gracias a Enzo Francescoli. Muy por detrás asomaban Francia, Alemania y una Argentina que contaba con Maradona, pero que acumulaba resultados pobres tanto en los amistosos previos como en la fase de clasificación.
Campeón: Argentina. Los brasileños avanzaron hasta cuartos de final de forma inmaculada sin brillar, pero también sin encajar un tanto. Tocó entonces encuentro ante Francia. Fue el mejor partido de aquel Mundial. Un choque de poder a poder entre Zico y Platini que se decantó del lado europeo en la tanda de penaltis. En semifinales los galos eran favoritos ante Alemania, que nuevamente sacó el rodillo cuando hacía falta tras haber sufrido, y mucho, en las rondas previas ante Escocia, Marruecos o México. En el otro lado del cuadro Uruguay decepcionaría al caer en octavos ante Argentina. Emilio Butragueño, delantero español, declararía que cualquier clasificada para octavos que hubiese contado en su plantilla con Maradona se hubiese proclamado campeón del Mundial. Lo cierto que es el Pelusa hizo cuatro partidos seguidos pluscuamperfectos que le darían a Argentina el triunfo con un equipo mediocre en muchas de sus posiciones. Maradona dirigió la victoria ante Uruguay, luego se convirtió en un dios ante Inglaterra (al cielo siendo un barrilete cósmico y al infierno con una mano divina), más tarde aplastó a Bélgica con su pie izquierdo y en la final dirigió la orquesta albiceleste ante los fieros alemanes. Argentina venció a Alemania por 3-2 ganando su segunda corona y haciendo que Rummenigge se despidiese del fútbol con dos derrotas consecutivas en la final del Mundial.
Veredicto: Error.
D10S
ITALIA 1990
Favorito: Italia. La Nazionale tenía un equipazo. Su línea defensiva era imponente con Ferri, Baresi, Bergomi y Maldini y Walter Zenga en la portería. Llegaron al Mundial con ocho partidos sin recibir un gol en contra. Arriba tenían a Giannini, Vialli y al magnífico Roberto Baggio. Jugaban en casa y eran indiscutibles favoritos. Como alternativa en las casas de apuestas estaban Holanda y Alemania. Los tulipanes eran vigentes campeones europeos y tenían a Koeman, Gullit, Rijkaard y Van Basten. Los germanos acababan de reunificarse y estaban en plena efervescencia nacional. Quizás no contaban con un equipo tan redondo como el de ediciones anteriores, pero la unificación parecía llevar en volandas a toda la nación.
Campeón: Alemania. Italia fue el ciclón que todos esperaban. Sumó otros cinco partidos sin encajar un gol antes de plantarse en semifinales. Cierto es que el camino no fue sumamente complicado, pero cumplieron con el objetivo. Quien no cumplió con su cometido fue Países Bajos que, tras empates con Egipto e Irlanda, pasó con la soga al cuello a octavos. Así pues, tocó enfrentamiento prematuro Alemania-Países Bajos en octavos de final. Frank Rijkaard fue expulsado por escupir en la cara a Rudi Völler y Alemania pasó con justicia a cuartos. En su semifinal Alemania fue inferior a Inglaterra que, liderada por Gascoigne, hizo su mejor fútbol en años. Ocurre que, fiel a la tradición, fueron los alemanes los que se clasificaron para su tercera final consecutiva tras vencer en la tanda de penaltis. En la otra semifinal, en un partido terriblemente aburrido, Italia encajaba su primer gol (1-1) y también perdía en los penaltis en este caso ante Argentina. La final comenzó precedida por una sonora pitada a Maradona, verdugo italiano, quien en semifinales había pedido a su público napolitano que apoyase a su dios en vez de a la Nazionale. Como era de esperar los espectadores fueron con Italia y no con Argentina y aquello hizo que Maradona cavase su propia tumba al llamar hijos de puta a los napolitanos. Así pues, con 75.000 romanos animando a Alemania, en otro partido terriblemente malo, Lotthar Matthaüs y sus compañeros superaron a los argentinos para lograr la victoria mundialista.
Veredicto: Error.
Alemania unificada
ESTADOS UNIDOS 1994
Favorito: Brasil y Alemania. Las casas de apuestas daban un empate técnico entre el eterno favorito y el vigente campeón. Brasil contaba con una dupla de ataque con los fabulosos Romario y Bebeto y con ellos como finalizadores se había formado un bloque compacto y sólido que, si bien no enamoraba como los de antaño, era más que fiable. Sin embargo, en el ambiente flotaba la sensación de que por vez primera una selección europea sería capaz de conquistar América. Esa era Alemania, siempre favorita y que desde la unificación era considerada invencible. Como tercer aspirante quedaba Italia que mantenía el bloque de 1990 con Arrigo Sacchi a los mandos y un Roberto Baggio en el mejor momento de su carrera.
Campeón: Brasil. Hubo dos gigantescas sorpresas en el Mundial de Estados Unidos. Una fue Bulgaria. Un 10 de julio de 1994 en Nueva York los de Hristo Stoichkov eliminaban a Alemania en cuartos de final. Aquello fue una bomba que sería desactivada por Italia al conseguir superar a los búlgaros en semifinales, tras haber echado previamente en octavos a Nigeria y en cuartos a España. La otra sorpresa la dio Suecia que consiguió meterse en semis con un calendario favorable. Allí fue eliminada por un gol de Romario, pero la verdadera prueba de fuego de los brasileños había tenido lugar una eliminatoria antes cuando en un precioso choque lograron superar a Holanda por 3-2 el día que Bebeto patentó la celebración acunando a un bebé imaginario para conmemorar el nacimiento de su hijo. La final enfrentó a Brasil y a Italia en busca de ser el primer país en sumar cuatro títulos mundialistas. Fue la primera final de la historia que acabó sin goles, lo que irremediablemente llevó el partido a los penaltis. Allí, Franco Baresi falló su lanzamiento y Roberto Baggio mandó el suyo a las nubes para felicidad de un Brasil que ganó el Mundial siendo menos brasileño de lo que nunca antes había sido.
Veredicto: Acierto.
Mazinho, Bebeto y Romario
FRANCIA 1998
Favorito: Brasil. No había discusión alguna. Brasil era favorita por mayoría aplastante. Era un equipo compacto que había añadido como arma ofensiva a un chico de 21 años que esa temporada sumó 50 goles. Se trataba de un Ronaldo Nazario que opositaba para ser uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. No existía alternativa alguna al dominio brasileño. Alemania tenía el peor equipo en años, Inglaterra e Italia no eran gran cosa y Argentina contaba con un buen equipo, pero era sabido que a la hora de la verdad solía fallar. Hasta España se asomaba por el retrovisor al sumar 31 partidos sin conocer la derrota. La opción más aceptada para el otro puesto de finalista era Francia, pero más por ser anfitriona que por creer de verdad en sus posibilidades. Los galos eran tremendamente irregulares y había un run-run constante entre la titularidad de Zidane o bien de Djorkaeff en la mediapunta.
Campeón: Francia. Como era de esperar España decepcionó. Incluso más de lo habitual dado que feneció en la primera fase. Inglaterra caería en octavos ante Argentina y Argentina hizo lo propio en cuartos ante Holanda. Para Alemania la derrota fue aún más dura. Tras caer ante la advenediza Bulgaria en 1994 en esta ocasión hubo de soportar un humillante 0-3 ante Croacia, entonces en su primera participación en un Mundial. Así pues, la final esperada por anfitriones y aficionados parecía lista para hacerse realidad. Brasil tumbó a Chile (4-1), Dinamarca (3-2) y a Holanda en los penaltis (1-1) con un Ronaldo imperial para llegar a la final. Francia perdió a Zidane por una estúpida expulsión y sudó sangre para echar a Paraguay (1-0) en octavos. Ya con Zidane, volvió a sufrir ante Italia (0-0 y penaltis) para voltear un 0-1 ante Croacia y ganar por 2-1 con dos tantos de Thuram, sus dos únicos goles en 142 partidos internacionales, en semifinales. Horas antes de la final Ronaldo sufrió un ataque epiléptico y, aunque estuvo presente en cuerpo, su mente y su alma no jugaron la final del Mundial. Si lo hizo Zidane, quién se convirtió en héroe nacional (marsellés de padres magrebís) al anotar dos cabezazos que, junto al gol de Petit, le dieron el triunfo a Francia (3-0) y su primer entorchado mundial.
Veredicto: Error.
Francia multicolor
COREA Y JAPÓN 2002
Favorito: Argentina y Francia. La Francia de Zidane era una máquina arrolladora. Vigente campeona mundial y europea tenía mejor equipo que en 1998 dado que había incorporado a la delantera a un Thierry Henry en el mejor momento de su carrera. Con todo compartía favoritismo con Argentina que había ganado la fase clasificatoria sudamericana con 12 puntos de ventaja sobre el segundo. Justo antes del Mundial, Argentina salió victorioso de un amistoso ante Italia en Roma y de otro ante Alemania en Stuttgart. Zanetti, Simeone, Verón, Aimar, Hernán Crespo o Batistuta. Más atrás en los pronósticos estaba Brasil, con un Ronaldo mermado que venía de jugar una decena de partidos en dos años y medio víctima de dos devastadoras lesiones de rodilla.
Campeón: Brasil. El primer Mundial en Asia estuvo lleno de cataclismos. Francia perdió con Senegal y Dinamarca y se fue para casa en la fase de grupos. Lo mismo le ocurrió a Argentina, aunque de forma mucho más cruel tras empatar a puntos con Suecia y tener peor diferencia de goles. Hubo más. Corea del Sur llegó a semifinales tras echar a Italia y a España con arbitrajes caseros. Allí fueron frenados por una Alemania de entretiempo que se benefició de las escabechinas francesa y argentina. Por el otro lado del cuadro el momento estrella tuvo lugar en cuartos con el duelo entre Brasil e Inglaterra. Por entonces ya se sabía que Ronaldo quizás no tenía las rodillas de antes, pero seguía siendo igual de extraordinario como lo era antes. La tripleta Ronaldinho-Ronaldo-Rivaldo fue demasiado para un más que decente conjunto inglés. En semis Ronaldo ajustició a Turquía y en la final se disputó el primer Brasil-Alemania en 72 años de Copa del Mundo. Vencieron los brasileños (2-0) en parte gracias a una pifia de Oliver Kahn, quién con sus paradas había sostenido a los alemanes durante todo el torneo, pero que emborronó su trayectoria con un tachón en el día decisorio.
Veredicto: Error.
La resurrección de Ronaldo
ALEMANIA 2006
Favorito: Brasil. Otra vez Brasil era favorito. Y otra vez lo hacía como indiscutible favorito. Ronaldinho era Balón de Oro, un Ronaldo pasado de peso seguía goleando y el sitio de Rivaldo era ocupado por el sensacional Kaká. Por si fuera poco, en el banquillo aguardaban Robinho y Adriano, siendo este último una versión 2.0 del Ronaldo antes de la lesión de rodilla. Todo lo que no fuera un triunfo de la verdeamarela era una sorpresa. Como aspirante asomaba Alemania, no tanto por su capacidad futbolística, sino por su competitividad y por el hecho de jugar como anfitriona. Bastante más atrás en las apuestas aparecían Inglaterra y Portugal, con un formidable cuarteto atacante formado por Cristiano Ronaldo, Deco, Figo y Pauleta.
Campeón: Italia. Ocurrió que en la primera fase Suiza superó a Francia. Eso tuvo dos efectos colaterales. Por un lado del cuadro permitió que Italia tuviera un camino favorable (aunque, fiel a su estilo, sufrió ante Australia) hasta semifinales. Allí se encontró con una Alemania que antes había superado a Argentina en un duelo memorable. Igual de memorable fue esta semifinal que se resolvería en la prórroga y que llevó a Italia al partido decisivo con un gol en el minuto 119 y otro en el 120. Por el otro lado del cuadro, la derrota de Francia le llevó a enfrentarse con primmas donnas en las que siempre partía como víctima. En octavos tocó España. Los hispanos eran jóvenes y los galos unos viejos. Zidane, quien se retiraba al finalizar el Mundial, hizo magia y Francia venció a España (3-1). En cuartos tocaba Francia-Brasil. Ronaldinho nunca llegó a carburar en ese Mundial y ni Ronaldo ni Kaká dieron ni la mitad de su valor. Dos veteranos Zidane y Henry sí que dieron lo mejor de sí mismos y Francia pasó de ronda sorpresivamente. En semis Francia fue inferior a Portugal, pero tiraría de oficio, veteranía y alguna decisión arbitral polémica para colarse en la final. Allí, Zidane adelantó a Francia con un penalti a lo Panenka y luego Materazzi empató de cabeza. Precisamente una cabezada de Zidane a Materazzi tras una provocación verbal del central italiano acabó con Zidane expulsado el día de su último partido. Zizou tuvo que sufrir desde los vestuarios una tanda de penaltis que le dio a Italia su cuarto título mundialista.
Veredicto: Error.
¡Qué tiempos! ¡Cuándo Italia ganaba!
SUDAFRICA 2010
Favorito: España. Sumó entonces la selección española 35 partidos sin conocer la derrota incluyendo la victoria en la Eurocopa 2008. Realizaba un juego fabuloso de combinación que se dio a bautizar como tiki-taka. Contaba con Casillas, Puyol, Ramos, Xavi e Iniesta seguramente los mejores del mundo en sus correspondientes puestos. Por vez primera España iba de favorita a un Mundial y no se vislumbraba respuesta alguna a su reinado. En un segundo escalón, pero muy lejos en las apuestas, aparecía una Brasil que asustaba más por sus cinco estrellas en el pecho que por su plantilla, la Argentina de Leo Messi en el campo y los bemoles de Maradona desde el banquillo e Inglaterra. Era la última oportunidad de una brillante generación capitaneada por Beckham y en la que maravillaban Terry, Ferdinand, Gerrard, Lampard y Rooney.
Campeón: España. Con más de un 70% de posesión España avasalló a Suiza, pero un contraataque aislado les daría el triunfo a los helvéticos. El pánico se apoderó de la opinión pública, sin embargo, los pilares de la selección eran sólidos y dieron pronta vuelta a la situación. Se ganó con solvencia a Chile, Portugal y Paraguay, aunque siempre por la mínima al no ser capaces de trasladar en goles un dominio insultante. En semifinales un gol de cabeza de Carles Puyol tumbó a una Alemania que venía de jubilar a Beckham en octavos (4-1) y de invalidar el carnet de entrenador de Maradona en cuartos (4-0). En el otro lado del cuadro Holanda superó a Brasil antes de deshacerse de la mejor Uruguay en medio siglo (Forlán, Cavani y Luis Suárez) por 3-2. En la final Holanda fue del todo menos fiel a su memoria. Se dedicó a encerrarse atrás y salir al contraataque cediéndole el balón a España. Una milagrosa parada de Casillas en un mano a mano ante Robben y un gol de Iniesta en la prórroga le otorgó el primer Mundial a España en la que fue la primera Copa del Mundo disputada en África.
Veredicto: Acierto.
Tiki-taka
BRASIL 2014
Favorito: Argentina y Brasil. Brasil jugaba en casa y contaba con la mejor línea defensiva que había producido en su larga historia; Alves, David Luiz, Thiago Silva y Marcelo. En la delantera contaban con Neymar, pero tenían graves problemas a la hora de crear juego en el centro del campo. Con todo ello; ¿quién podría dudar de Brasil? Argentina tenía un equipo de ensueño con Agüero, Di María, Higuain y Leo Messi. La Pulga estaba en el mejor momento de su vida anotando 60 goles y dando 30 asistencias por temporada. Era evidente que el Mundial, de una forma u otra, tendría que quedarse en Sudamérica. La única opción real de victoria procedente de Europa era la selección española que encadenaba victoria en Eurocopa-Mundial-Eurocopa.
Campeón: Alemania. España cayó con estrépito en la primera fase incluyendo un 1-5 ante Países Bajos. También Italia e Inglaterra fueron incapaces de meterse en octavos. Quien se metió en las rondas eliminatorias como un ciclón fue Argentina, aunque la gasolina se le acabó al pasar a octavos de final. Prevaleció por la mínima ante Bélgica, necesitó de una prórroga ante Suiza y superó en los penaltis a Holanda en semifinales, en la que fue la despedida internacional de Sneijder, Van Persie y Robben. En el otro lado del cuadro Neymar bailó a México y a Camerún, pero un golpe ante Chile lo dejó fuera del Mundial a la altura de cuartos de final. Sin su faro ofensivo, Brasil sufrió para vencer a Colombia y fue un pelele en manos de una Alemania que vencía por 0-5 a la media hora del inicio de la semifinal. Aquello acabó con un 1-7 y pasó a ser conocido como Mineirazo, tragedia nacional que una década después sigue sin ser superada. Antes de soberana paliza, los alemanes ya había dado cuenta de Portugal (4-0) o Francia (1-0) con un imperial Manuel Neuer bajo palos, un Philip Lahm haciendo de todo campista y una dupla perfecta formada por Miroslav Klose y Thomas Müller. Ocurrió que fue, Mario Götze, habitual suplente, el que dio el triunfo en la final a los alemanes con un gol en la prórroga tras varios errores groseros de los argentinos comandados por una tarde aciaga de Gonzalo Higuain.
Veredicto: Error.
Primer europeo que conquista América
RUSIA 2018
Favorito: Alemania y Brasil. Alemania había ganado la Copa Confederaciones del año anterior con una plantilla de 23 jugadores alternativa formada en su mayoría por sub-21 ¡Qué no iba a hacer con su equipo titular! Se contaba con un paseo militar germano. La alternativa venía del otro lado del Atlántico. A pesar del bochorno del Mineirazo, Brasil seguía contando con una línea defensiva fortísima, tenía portero (Allison), ahora también un mediocentro (Casemiro) y Neymar era mejor jugador que cuatro años atrás. Tite, el seleccionador, jugaba a la defensiva y les iba bien. Arrasaron en la fase de clasificación. Como outsiders las apuestas hablaban de Argentina (con Messi, pero con peor equipo que en 2014), Francia (con un equipazo enclaustrado en el corsé de su entrenador) y Bélgica, que encandilaba con su fútbol ofensivo comandado por el tridente Hazard, De Bruyne y Lukaku.
Campeón: Francia. Alemania se convirtió en el tercer campeón vigente en caer en una fase de grupos. El descalzaperros germano perdió ante México y Corea del Sur. A Brasil le fue bien hasta que en cuartos de final le tocó enfrentarse a Bélgica. Los europeos demostraron que, independiente de las modas, un centro del campo técnico siempre debe primar sobre el físico y se llevaron el duelo por 2-1. El camino de la sorprendente Bélgica se frenó en seco ante Francia en semifinales. Antes, en octavos, un explosivo Francia-Argentina (4-3) parecía encumbrar a Mbappé y jubilar a Leo Messi. En el otro lado del cuadro, los ingleses se beneficiaban de la caída alemana para abrirse paso hasta las semifinales. Su rival, una Croacia que venía de ganar en los penaltis a Dinamarca y a Rusia. En este caso Inglaterra perdió su enésima oportunidad al caer en la prórroga ante Croacia (1-2) gracias a un gol decisivo de Mandzukic. La epopeya croata liderada por Luka Modric (Balón de Oro) finalizó en el duelo definitivo al perder ante la Francia de Pogba, Griezmann y Mbappé por 2-4. El gallo sumaba su segundo kikiriki mundialista.
Veredicto: Error.
Mbappé y compañía
QATAR 2022
Favorito: Francia. Las casas de apuestas daban como favorito a Francia, vigente campeón mundial. El equipo era fortísimo y Mbappé era un jugador maduro y mucho más completo que cuatro años atrás. Había problemas por la exclusión de Benzema del equipo nacional, pero pocos podían competir en técnica y en fortaleza física con los galos. Por vez primera la Inteligencia Artificial hizo un pronóstico y el suyo fue que Brasil seria la selección vencedora. Parecía poco probable, especialmente por la falta de un delantero de tronío, pero la realidad es que los brasileños sumaban victoria tras victoria antes del Mundial. Como alternativas estaban España, dirigida por el polémico Luis Enrique, e Inglaterra, reciente subcampeona europea y con una joven generación ilusionante. Mucho más detrás estaba la Argentina de un Leo Messi que se había borrado los últimos meses de sus responsabilidades en el PSG en su última oportunidad para ganar el Mundial.
Campeón: Argentina. Aquel raro Mundial que se disputó en diciembre lo hizo con Alemania, Bélgica y Uruguay cayendo en la primera fase. En octavos se despidió España tras perder en los penaltis ante Marruecos. Los africanos doblegarán en cuartos a Portugal y a un lloroso Cristiano Ronaldo. El sueño magrebí feneció en semifinales al perder ante Francia (0-2), que antes se había cepillado a Inglaterra en un precioso partido de cuartos de final sentenciado por el infatigable Oliver Giroud. Por el otro lado del cuadro, Brasil venció a Corea (verdugo de Uruguay) pero tropezó con una Croacia que volvió a aferrarse a los penaltis para plantarse por segunda edición consecutiva en las semifinales. Ahí ya Messi olía sangre. Tapando sus carencias físicas propias de los años y atrasando su posición para ser organizador, Messi dirigió la orquesta argentina que sufrió ante Holanda (2-2 y penaltis) pero que apabulló a Croacia (3-0). En la final, la más hermosa en medio siglo, los franceses remontaron un 2-0 para llevar el partido a la prórroga. Un tanto más de Messi y otro de Mbappé (tres en la final) firmaron un 3-3 en el que el semidesconocido arquero Emiliano Martínez le regaló a Messi un Mundial para, quizás, darle el trono de mejor futbolista de todos los tiempos.
Veredicto: Error.
¿El más grande?
NORTEAMERICA 2026
Favorito: España y Argentina. Vigente campeona europea, España parte en la primera posición entre los favoritos. Los españoles suman 30 partidos invictos, tienen dos jugadores intercambiables por posición y cuentan con Lamine Yamal, una rutilante estrella que aún no ha cumplido los 20 años de edad. Argentina va al Mundial como vigente campeona. Scaloni ha dotado al grupo de una moral de hierro. Messi ejerce como organizador escoltado por De Paul y McAllister y arriba la dupla formada por Lautaro Martínez y Julián Álvarez es formidable. Como outsiders están la Portugal del incasable Cristiano Ronaldo y un poco más atrás se espera que en algún momento explote la fantástica generación de jóvenes de Inglaterra o que Carlo Ancelotti resucite a Brasil de sus cenizas.
Navidades de 1989. Llevaban más de tres años sin hablarse. El teléfono sonó en casa de los Stein. La esposa respondió a la llamada. “Es Franz”, le dijo a su marido. El cónyuge era Uli Stein, de profesión, portero de fútbol. Franz era Franz Beckenbauer, por entonces seleccionador nacional alemán y en el pasado mejor futbolista de la historia del fútbol teutón.
Beckenbauer: ¿Qué tal Uli? En 1986 dijiste que te retirabas de la selección. ¿Te gustaría volver?
Stein: Por supuesto. Representar a tu país es lo más grande que puedes hacer.
Beckenbauer: Bien. Me alegra saberlo. El año que viene seremos campeones del mundo y no puedo serlo sólo con Illgner y Köpke, te necesito a ti también.
Stein: Estaré preparado para lo que necesites.
Beckenbauer: Ahora me voy de vacaciones. En enero te volveré a llamar.
Uli Stein jamás recibió esa llamada.
Beckenbauer se convirtió en la primera y única persona en ser campeón del mundo como capitán en el campo y como seleccionador en el banquillo.
Lo hizo con Bodo Illgner como portero titular, Andreas Köpke como guardameta suplente…y Raimond Aumann como tercer portero.
La venganza es un plato que se sirve frío.
Beckenbauer y Stein
Tras fracasar en la Eurocopa de 1984, la Federación Alemana de Fútbol (DFB) decidió confiar el puesto de seleccionador a Franz Beckenbauer. Era una decisión arriesgada. Beckenbauer se había retirado apenas doce meses antes como una leyenda, pero no tenía experiencia alguna como seleccionador. Era un líder y se esperaba que transmitiese esa aura al vestuario. Ocurre que no era fácil. Al igual que Johan Cruyff, su íntima némesis, Beckenbauer se frustraba cuando ordenaba hacer algo a sus jugadores y observaba que eran incapaces de cumplir con su cometido. Franz pensaba que lo que para él era sencillo cuando calzaba botas de tacos también lo era para los demás. Nada más lejos de la realidad.
Alemania (República Federal Alemana u Alemania Occidental para ser más exactos) se presentó con solvencia para el Mundial de 1986 por delante de Portugal y Suecia en su grupo clasificatorio. Con todo había dudas. Se sufrió para ganar en Malta (2-3), se empató en casa ante Checoslovaquia (2-2) y se perdió en Stuttgart ante Portugal (0-1). Los críticos acusaban a Beckenbauer de actuar de manera impulsiva e intuitiva sin una estrategia clara de partido. Usaba un 5-3-2 apoyándose en el extraordinario físico y en la fortaleza defensiva de su selección perjudicando un juego técnico del que él era garante como futbolista. Preparaba durante altas horas de la madrugada sesiones de vídeo que luego era incapaz de trasladar a sus seleccionados, dado que él mismo las consideraba soporíferas.
Sucedía algo más. Beckenbauer no tenía pelos en la lengua. Decía lo que quería sabiendo que era voz autorizada y respetada. Antes del Mundial consideró que Alemania podría salir campeona, pero describió a sus chicos como “un conjunto sin talento” y consideró a la Bundesliga “un montón de basura” por ser incapaz de retener a futbolistas que marchaban a la Serie A italiana. Karl-Heinz Rummenigge, jugador del Internazionale y en el pasado compañero de Beckenbauer en el FC Bayern, exigió una reunión. Rummenigge era el capitán de Alemania y una voz tan autoritaria y respetada como la de Beckenbauer. Se limaron asperezas y el Káiser rebajó el tono de sus declaraciones al mismo tiempo que cuestionaba la indispensabilidad de Rummenigge en clara muestra de resentimiento al haberse sentido discutido.
Pero Rummenigge no era el único que alzó la voz en un vestuario donde los egos campaban a sus anchas. Si Rummenigge era la estrella, la voz cantante de aquel equipo era Toni Schumacher. En 1982 había golpeado al francés Battiston en una salida kamikaze que acabó con el galo hospitalizado y con el teutón mascando chicle con fría indiferencia. Sin embargo, en 1986 no estaba en su mejor momento y en el último amistoso antes del Mundial, frente a Países Bajos, Beckenbauer decidió darle la titularidad al habitual suplente Uli Stein, el cual realizó un excepcional partido.
Con todo este conglomerado de sensaciones la selección alemana viajó a México con semanas de antelación. En aquel Mundial todos los países tenían pánico a las condiciones extremas de los mexicas con partidos que se iban a disputar rozando los 40 grados centígrados y a más de 2.000 metros de altura. Con el objetivo de aclimatarse, las selecciones europeas se atrincheraron en hoteles haciendo tediosa y larguísima la espera. Coincidió, además, que todavía no estaba fracturada la tradicional relación entre prensa y deportistas (ni tampoco era tan ancha la diferencia salarial), por lo que era más que habitual que plumillas y futbolistas compartiesen hospedaje. Era, pues, cuestión de tiempo que todo estallase en el hotel de concentración alemán en la ciudad de Querétaro.
Alemania 86
Llegó el 4 de junio de 1986 y Alemania se dispuso a enfrentarse a Uruguay en el primer partido del grupo E del Mundial. No será hasta una hora antes del encuentro cuando Beckenbauer anuncie que Harald ‘Toni’ Schumacher será el portero titular y que Uli Stein será suplente. También será suplente Rummenigge, quién había llegado al Mundial con molestias en el tobillo. Entonces todo salta por los aires. Rummenigge acusa a Schumacher de sabotear su regreso a la titularidad para promover a Pierre Littbarski y a Klaus Allofs, sus compañeros en el FC Colonia. Rummenigge llamará mafioso a Schumacher y el asunto casi llega a las manos antes de que ambos amenacen con volverse a Alemania. Beckenbauer conseguirá sortear el conflicto, Schumacher será titular, Rummenigge entrará como suplente en el minuto 70 y Alemania empatará 1-1 ante Uruguay con gol de Allofs, uno de los mafiosos de Colonia. Ocurrió que, fiel a su estilo, Beckenbauer no se callará la boca y en la rueda de prensa posterior al choque soltará una perlita: “Una guardería no es nada comparable con el vestuario de esta selección”.
Al Káiser se le estaba yendo el asunto de las manos. Alemania venció a Escocia (2-1) pero sucumbió ante Dinamarca (0-2), por lo que se clasificó, pero únicamente como segunda de grupo. Se supo entonces que en las comidas de la plantilla había una mesa de disidentes integrada por los habituales suplentes Klaus Augenthaler, Dieter Hoeness, Ditmar Jakobs y Uli Stein donde las críticas a Beckenbauer eran implacables. Rummenigge seguía a su aire y Schumacher se hacía la víctima.
Fue entonces cuando la bomba explosionó. Días antes un periodista mexicano había publicado un artículo en el que contaba que varios jugadores alemanes escapaban de la concentración para dormir en casas particulares o en otros hoteles. Era obvio que había quien lo hacía por diversión, otros por sexo y otros, simplemente, porque no aguantaban estar encerrados. Beckenbauer cargó públicamente contra el periodista en términos racistas y se armó la marimorena. Y, peor aún fue cuando Beckenbauer quiso rectificar sus palabras y lo justificó como un comportamiento “sumamente alemán”. Quedaba claro que aquello se le iba de las manos.
Y así fue que la noche antes del partido ante Marruecos de octavos de final y, sabedores de que iban a ser suplentes, los cuatro jugadores de la mesa de frustrados decidieron irse de juerga. Augenthaler, Jakobs, Hoeness y Stein no volverían al hotel de concentración hasta pasadas las tres de la madrugada y lo harán gritando y bailando. Despertarán a toda la delegación, periodistas incluidos.
A la mañana siguiente Beckenbauer, exaltado y a grito pelado, llamó a los cuatro disidentes idiotas, pero Hoeness no se quedó atrás y replicó al Kaiser con igual fuerza. Beckenbauer decidió multar económicamente a los cuatro futbolistas siendo la multa más alta aplicada a Stein dado que se le consideraba la mente pensante de la fuga. La reacción de Stein fue furibunda anunciando que renunciaba a la selección y que se volvía para Alemania. Ante la sorpresa generalizada Augenthaler y Hoeness exigieron también sus billetes de vuelta para Europa y al órdago también se sumó un entonces adolescente de 20 años llamado Olaf Thon, quien le soltó otra bomba a Beckenbauer: “No voy a aprender nada aquí”.
Para desactivar la bomba la federación instó a Beckenbauer que retirase las multas, a lo que el Káiser hubo de aceptar no sin antes desafiar a los disidentes e incitarles a marchar ahora que habían sido perdonados. Nadie lo hizo, Beckenbauer quedó a los pies de los caballos, y en un partido horrible Alemania derrotó a Marruecos con un gol de Lotthar Matthäus en el último minuto.
Coach Beckenbauer
Alemania estaba en cuartos donde se enfrentaría a México. Pero las aguas estaban lejos de volver a su cauce. El run run era otro. ¿Por qué Beckenbauer había decidido que la multa a Stein fuese superior a la del resto de disidentes? No pasaron muchas horas antes de que se supiese la verdad.
El incidente de la sopa.
El payaso de la sopa.
Suppenkasper-Affäre (el caso del payaso de la sopa).
SK.
El día de autos, al mediodía, en la sobremesa, los futbolistas se inventaron un juego. Nombrar a las personas que estaban en el comedor, solo por unas iniciales. Cuando le tocó el turno al guardameta Uli Stein dijo SK. Todos se pusieron a pensar, a nadie se le ocurría quién podría ser. No había ningún jugador ni nadie del cuerpo técnico, ni siquiera los cocineros, con esas iniciales. Entonces, reveló de quién se trataba: “Suppenkasper, que está ahí sentado”. Todo el mundo se partió de risa menos Franz Beckenbauer.
Hay un cuento infantil alemán titulado Der Suppenkasper (el payaso de la sopa), de Heinrich Hoffmann, en 1845, que tiene como protagonista a un niño que se niega a comer sopa y se va poniendo enfermo progresivamente hasta que se muere. Es un cuento moralizante, bastante duro, y muy conocido en Alemania. Tanto que el término suppenkasper se ha quedado como insulto para alguien que tiene un comportamiento ñoño o infantil, también para alguien a quien no te puedes tomar en serio.
Y había algo más. En los 60, cuando Beckenbauer se destapaba como una estrella, protagonizó una campaña televisiva a favor de las sopas instantáneas Knorr. SK. Soup Knorr. Fuese gracioso o no lo fuese, la broma estaba bien tirada.
Llegados a este punto es necesario responder a la pregunta. ¿Quién era Uli Stein? Era especialmente bueno con los lanzamientos lejanos y también en el uno contra uno. Se posicionaba muy bien para cubrir los ángulos y era especialmente seguro atrapando centros laterales. No era de los que despejaba, sino de los que blocaba. No era tan espectacular ni era tan capaz de reflejos como Schumacher, pero era muy fiable. Para trasladarlo a términos españoles, Stein era Cañizares y Schumacher era Casillas. Uli Stein era un porterazo. Uli Stein era el portero del HSV Hamburgo con el que había sido campeón de la Bundesliga en 1982 y 1983 y campeón de la Copa de Europa ese mismo año.
Total, que el chiste de SK, el chiste de la sopa, circula de jugadores a periodistas y es replicado de inmediato por prensa y televisión de toda Alemania. Hoy diríamos que se convirtió en suceso viral y en carne de meme. Las burlas hacia Beckenbauer eran generalizadas y eso era mucho decir con una figura mitificada como era el Káiser.
Beckenbauer actuó con rapidez. Informó a Stein de que no lo incluiría en la convocatoria para el siguiente partido. Stein interpretó esto como una medida disciplinaria y pidió volver a Alemania. En este caso ningún compañero salió en su defensa (estaban a tres partidos de la final y los valientes se convirtieron en cobardes) y Stein cruzó el charco convirtiéndose en el único jugador alemán y en uno de los poquísimos en la historia que fue expulsado durante un Mundial por cuestiones disciplinarias. Al llegar al aeropuerto de Frankfurt, Uli Stein anunció a través de los medios de comunicación que se retiraba de la selección germana.
Uli Stein
Alemania superó con dificultades a México, vapuleó a Francia en semifinales y cayó en la final ante Argentina, en donde Rummenigge volvió a ser suplente y salió en la segunda parte para forzar una prórroga en una actuación prodigiosa. Aquel subcampeonato le dio una vida extra a Beckenbauer quien a partir de entonces se mostró más sereno y decidido. Pasó de ser un exjugador a un entrenador. Cayó en semifinales de la Eurocopa 1988 y resolvió darle el mando del equipo a Matthaüs, armar un equipo inquebrantable en defensa y apostar por el joven Klinsmann en la delantera en lugar del retirado Rummenigge. Alemania, ya unificada, lograría alzarse con el Mundial de Italia 90 con esta nueva configuración.
Uli Stein pasó a ser el chico malo del deporte germano. Desmantelado el HSV Hamburgo campeón tan sólo encontró acomodo en el Eintracht de Frankfurt. Pero, aunque fuese en un equipo menor, Stein siguió demostrando ser un portero de nivel. A la altura de la temporada 1989-90 la discusión estaba en si el mejor portero alemán era Illgner o si era Stein. Aumann, el portero del FC Bayern, era más que discutido y Köpke, entonces en el FC Nüremberg, era un proyecto aún verde.
Fue entonces cuando Franz Beckenbauer llamó por teléfono a Uli Stein.
Y fue entonces cuando ejecutó su venganza.
“La vengeance est un plat qui se mange froid (la venganza es un plato que se sirve frío)”. Expresión que tiene su origen en la novela Les liaisons dangereuses (Las amistades peligrosas) escrita por el francés Pierre Choderlos de Laclos en 1782.