Estados Unidos

Mardy Fish; el segundo que nunca quiso ser primero

Durante décadas la supremacía del tenis fue capitaneada por Estados Unidos. De cuando en cuando surgían fueras de serie desde Australia hasta Suecia, pero siempre había, al menos, un estadounidense en la cima del tenis mundial. En los 70 Jimmy Connors era el abanderado, para los 80 fue el turno de John McEnroe, Jim Courier cabalgó entre los 80 y los 90, Pete Sampras dominó los 90 y André Agassi dio su último coletazo ganando el Open de Australia de 2003.

Ese mismo año, un chico de Nebraska de apenas 21 años de edad conseguiría ser proclamado número 1 del mundo tras lograr la victoria en el Open de Estados Unidos. Se llamaba Andy Roddick, y aquel tendría que ser el primero de muchos Grand Slam. Debía ser el próximo abanderado del dominio estadounidense en el mundo del tenis masculino.

No fue así.

Andy Roddick era el elegido. Había sido modelado en Boca Ratón, un lugar paradisíaco a orillas del Caribe donde los mandamases del tenis norteamericano preparan a los niños con potencial para alcanzar el estrellato. En Boca Ratón centenas de candidatos reciben una educación espartana donde se les enseña a no quejarse por el dolor y a no mostrar debilidad tras una derrota. De cuando en cuando leyendas como McEnroe y Courier aparecían por las instalaciones y advertían a los aspirantes de que, sin sufrimiento, jamás alcanzarían la excelencia.

De toda aquella generación de preadolescentes modelada a mediados de los 90, cuando Sampras y Agassi brillaban en los torneos internacionales, destacaba sobremanera Andy Roddick. Con 1’88 de altura y un saque descomunal que superaba de largo los 200 km/h, Roddick será perfecto para el juego de saque y volea común de las pistas rápidas. Roddick era catalogado por todos como un número 1 mundial y como el futuro ganador de varios Grand Slam.

El sparring de Roddick era un chico totalmente opuesto a él. No tenía excesivo talento, tenía pies planos y, aunque disfrutaba del tenis, tenía una perspectiva amplia de la vida. Un verano, cuando eran quinceañeros, Roddick le invitó a pasar las vacaciones con su familia mientras acumulaban partido tras partido entre chapuzón y chapuzón. Se hicieron compañeros de entrenamiento al tiempo que afianzaban su amistad. Para Roddick era el amigo ideal. Nunca le hacía sombra y le permitía maximizar al máximo su preparación.

Aquel chico respondía al nombre de Mardy Fish.

Fish no era un don nadie. Era la segunda mejor raqueta juvenil de Estados Unidos. Su proyección estimada es que podría estar entre los diez mejores del mundo en sus años de esplendor y que sería capaz de llegar a las rondas finales de los Grand Slam. No era poca cosa. Pero nada especial para un tenis acostumbrado a la excelencia como es el estadounidense.

Los pronósticos se cumplieron, aunque solo en parte. Tras ganar el US Open de 2003 Roddick se instaló en la élite del tenis mundial, pero tras aquella victoria sumo derrotas y más derrotas ante un talento imperecedero como es Roger Federer. Después del suizo surgirá Rafa Nadal y tras éste Novak Djokovic. Las críticas se ceban contra Roddick. Lo cierto es que no es culpable. Es un gran tenista, pero está compitiendo ante dioses.

También en parte los pronósticos acertaron al hablar del futuro de Mardy Fish. Claramente era la segunda raqueta estadounidense, pero ni de lejos estaba entre los mejores del mundo. Entre torneo y torneo Fish sumaba fiesta tras fiesta, pizza tras pizza y gin-tonic tras gin-tonic. Disfrutaba de la vida, competía sin tensión y gozaba de ser tenista profesional sin tener detrás la presión de ser la esperanza de una nación.

Hasta que llega el año 2009. Aquel verano Roger Federer supera en la final de Wimbledon a Andy Roddick en el quinto set por 16-14 tras un maratoniano partido. Era la enésima derrota. La cuarta en una final de Grand Slam. Y la más cruel de todas. Roddick es incapaz de superarlo. Entra en una espiral de malos resultados que acabarán originando continuos problemas físicos y mentales. Mientras todo esto sucede Roddick y Fish se enfrentan en Cincinnati. Es la décima vez que ocurre desde que ambos son profesionales y es la primera vez que Fish logra alzarse con la victoria.

No había ocurrido antes. Mardy Fish es la primera raqueta estadounidense. Nunca antes a lo largo de su carrera había tenido la responsabilidad de defender el prestigio de su país.

Mardy decide intentarlo. Deja la noche, entrena como nunca y se prepara para ser el mejor. No es un niño. Se acerca a la treintena. Pero se va a dejar la piel en ello. Comienza 2010 como un tiro y gana fácilmente en Newport y Atlanta. De repente Mardy Fish es el número 7 del mundo y sólo Djokovic y Federer son capaces de vencerlo en las rondas finales de un Grand Slam.

La inercia positiva continúa en 2011 cuando Novak Djokovic tenga que sudar sangre para derrotarlo en la final del Masters Series de Montreal, pero, y aunque él no se da cuenta, la presión está haciendo mella en su interior. Mardy está siendo agresivo, tenaz, egoísta y ambicioso. Está siendo alguien que no es.

Todo estallará en 2012. La temporada se inicia con el anuncio de Roddick de retirarse tras la disputa del US Open durante el mes de agosto. Apenas tiene 29 años, pero para Roddick ha sido suficiente. No ha logrado dominar el tenis mundial, pero su carrera ha sido francamente buena. Cuando Juan Martín del Potro lo elimine en octavos final del torneo neoyorkino las lágrimas acompañarán su rostro y una retahíla de aplausos inundarán Flushing Meadows.

Ese 2012 es tremendo para Fish. El anuncio de la retirada de Roddick y sus dos buenas temporadas anteriores convierten a Mardy Fish en la única esperanza norteamericana. Es un veterano, pero detrás de él hay un erial. Estados Unidos es incapaz de generar una nueva estrella, en un tiempo donde el tenis europeo presenta una supremacía cruel. Fish acusa la presión y encadena derrota tras derrota a inicios de 2012. El pánico es tal que en Miami tiene que ser tratado en mitad del torneo por culpa de una taquicardia. Los médicos le dicen que ha sido una arritmia sin mucha importancia. Chapa y pintura. Pero desde entonces nada será igual.

Apenas horas después de la derrota y retirada de Roddick ante Del Potro, Mardy Fish debe enfrentarse a Roger Federer en otro partido de los octavos de final del US Open 2012. Fish apenas es entonces el número 24 del mundo tras un horrendo año. Federer acaba de recuperar la primera posición mundial tras ganar por séptima vez Wimbledon. Ambos tienen la misma edad, pero ambos comparten una realidad muy diferente.

Por alguna extraña razón los medios norteamericanos tienen esperanza en la victoria de Fish. Lo cierto es que ha estado jugando muy bien, mientras que Federer se ha mostrado más bien discreto, pero todo parece obedecer a una estrategia de mercadotecnia ante la única esperanza que tienen los estadounidenses de ver triunfar a uno de los suyos en casa. El partido se disputará en la pista central y será retransmitido en horario de máxima audiencia.

Mardy está a punto de jugar contra el mejor de todos los tiempos y tiene la posibilidad de conseguir el mejor resultado de su vida en su torneo favorito. Lo hará en su pista, en su casa, bajo el escrutinio de la CBS y el día del cumpleaños de su padre. Lo hará con su mujer en las gradas y con el apoyo de un público que lo adora.

Con sus raquetas al hombro y su siempre pulcra vestimenta, Federer aparece en la pista de juego preparado para el duelo.

Mardy Fish no.

No está. No aparece. No es un retraso.

Sencillamente no va a jugar.

Rumores y rumores. Especulaciones varias. Nada en concreto. Fish no ha aparecido y Federer es ganador de la eliminatoria por incomparecencia.

Nadie entiende nada.

La presión por ser el mejor acumulada durante los últimos 24 meses explotó aquella noche en Nueva York. Fish se estaba volviendo loco. Su éxito era destructivo. Sabía que le estaba yendo mejor, pero sabía que no era lo suficientemente bueno. Hubo que esperar a la mañana siguiente para encontrar luz en las sombras. Mardy Fish se ha colapsado. Los nervios le habían vencido. La ansiedad se había apoderado de su ser. Su cabeza dijo basta.

No jugó ante Federer. No lo haría nunca más. Tiempo después anunciaría públicamente una retirada del tenis profesional que hacía meses que era efectiva.

“Tenía problemas para conciliar el sueño. No podía dormir solo. Tuve que llevar a mi esposa conmigo, a todos lados, siempre. Tenía que tener a alguien en el cuarto siempre. Era un tipo que amaba estar solo, viajar solo, esa soledad. Me traía paz apagar el móvil y pasar un largo vuelo. Pero ya no podía viajar solo. Mis padres tuvieron que venir a Wimbledon. Necesitaba personas conmigo todo el tiempo. Punto. Pero seguía teniendo estos pensamientos, esta ansiedad. Y estaba consumido por ese agotador y confuso temor. Entonces, los ataques comenzaron a ser peores”, declaró.

Fish tuvo que recurrir a ayuda psicológica para salir de aquel pozo negro. Contó con la ayuda de Roddick, con el que continuamente hablaba de todo menos de tenis. La herida fue cicatrizando y en 2015, tres años más tarde, Mardy Fish y Andy Roddick se animarán a participar en un torneo de dobles. Era la primera vez en dos décadas que los siempre rivales, las dos primeras raquetas americanas, competían juntos en una cancha de tenis. Fish incluso logro una invitación para participar en el US Open por última vez y despedirse, esta vez sí, dentro de la cancha de tenis.

Hoy Mardy Fish es el orgulloso capitán estadounidense de la Copa Davis. Intenta devolver parte de su grandeza a un país que durante décadas dominó el tenis mundial. En el momento de escribir estas líneas la mejor raqueta estadounidense es John Isner, que ocupa la vigesimotercera posición del ranking mundial. Isner, de 36 años, compartió andanzas con Roddick y Fish.

No se vislumbra a ningún estadounidense que vaya a ser el mejor del mundo en la próxima década.

Quizás Fish era mejor jugador de lo que la gente pensaba.

Olympic Medalist Mardy Fish Seemingly Had It All — Until Anxiety Hit
Mardy Fish

“Preferiría ser el primero en este pueblo, que el segundo en Roma”. Dijo Julio César a sus legiones cuando estas se burlaban de las costumbres de una aldea gala.

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The Rumble in the Jungle (2ª parte)

“Float like a butterfly, sting like a bee. His hands can’t hit, what his eyes can’t see. Now you see me, now you don’t. George thinks he will, but I know he won’t”. Esta declaración de intenciones de Muhammad Alí ha pasado a la historia por la doble metáfora inicial, poética y directa. Ahora me ves, ahora no me ves. Vuelo como una mariposa y pico como una avispa. Tus ojos no pueden verme, tus manos no pueden tocarme. Adelante y atrás. Una danza, un juego de pies, tan rápido y tan coordinado que aún no ha sido igualado.

La frase ya había sido enunciada por Alí tiempo atrás, pero en esta ocasión su corolario estaba dedicado a George Foreman, el hombre al que tenía la intención de arrebatarle el título de campeón del mundo de los pesados. Foreman era el rey invicto. Un joven pegador imbatido (40-0) que había noqueado a Joe Frazier y a Ken Norton en dos asaltos. Muhammad Alí, siete años mayor, había sufrido lo indecible para tumbar a los citados. La inmensa mayoría de los críticos le otorgaban el cartel de víctima a Alí en su pugna ante Foreman.

El Acorazado Cinéfilo - Le Cuirassé Cinéphile: Muhammad Ali. Films -  Francisco Huertas Hernández. Alicante (Spain)
Alí (i) y Foreman (d)

Muhammad Alí se había ganado a pulso luchar por lo que era suyo. Combatir por el título de campeón del mundo de los pesos pesados. Tras derrotar a Joe Frazier, debía vencer a George Foreman para recobrar la corona que el Gobierno de Estados Unidos le había arrebatado en 1966. Habían pasado ocho años. Alí continúa siendo un atrevido fanfarrón, pero comienza a acusar la edad, el cansancio y las heridas físicas y emocionales. Seguía siendo arrogante, pero, las posibilidades de que no fuese capaz de hacer efectivas sus amenazas sobre el ring eran considerables.

El duelo entre Alí y Foreman no era un combate cualquiera. Muhammad Alí era entonces un semidiós. Su carácter seco y atrevido y su estilo excéntrico habían alcanzado unas cotas que rozaban la locura. Llegaría a combatir contra Supermán en un cómic, combate que, por cierto, ganará el púgil de carne y hueso. Su desmesurado afán por ser el centro de las miradas le había llevado a ser vilipendiado, pero el Estados Unidos de 1974 no tenía nada que ver con el de 1966. Alí había pasado de ser un villano a ser un héroe americano.

George Foreman era el gran favorito. Contaba con 27 años, por los 34 de Alí, y meses atrás había demostrado una pegada descomunal que había dejado seco a Joe Frazier. Era granito con piernas y, aun así, era la antítesis de lo que es un púgil de los pesos pesados. Foreman era querido. Era un buenazo. Un bonachón que una vez retirado acabaría haciéndose reverendo y vendiendo barbacoas a padres de familia a través de la teletienda.

Los ingredientes estaban dispuestos y solo faltaba alguien que los cocinase. Quien sacó el colmillo y vio la oportunidad que allí se presentaba fue un joven afroamericano llamado Don King. Mucho antes de teñir de blanco un mechón de pelo y de ser parodiado en ‘Los Simpsons’, King era un ambicioso promotor que se haría famoso por explotar hasta la extenuación a los boxeadores a cambio de ingentes sumas de dinero.

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Don King

King no era, para nada, el favorito para organizar el evento pugilístico del siglo, pero se le ocurrió una idea tan descabellada como lucrativa. Se reunió con Alí y con Foreman y les prometió a ambos una bolsa de cinco millones de dólares por cabeza. Nunca jamás se había juntado cifra tan desorbitada por un combate. Ambos aceptaron de inmediato. Ahora sólo tocaba saber de dónde sacaría King diez millones de dólares.

Iba a crear “The Rumble in the Jungle” (Un Estruendo en la Jungla). Don King iba a llevar el combate al corazón de África.

Don King tuvo una idea. Y ya se sabe que lo más difícil es tenerla. Pensó. Si Muhammad Ali abandonó su nombre de esclavo (Cassius Clay) para volver a sus raíces y ser el guía moral de los afroamericanos, ¿por qué no llevar a Alí a la tierra natal de todos ellos? ¿Por qué no llevar el combate a África? La idea era magnífica. Pero para llevarla a cabo necesitaba de alguien que invirtiese diez millones de dólares en su plan.

Ese hombre iba a ser Mobutu Sese Seko.

Entonces en Zaire, hoy República Democrática del Congo y anteriormente el Congo belga, gobernaba Mobutu Sese Seko, uno de estos militares apoyados por la CIA que a cambio de engordar una cuenta personal en Suiza acaban liquidando un país. Cuando en 1997 los zaireños le den una patada, la riqueza personal del mariscal será mayor que la deuda externa del país centroafricano.

Con el apoyo estadounidense, temerosos de que el comunismo se expandiese por África, Mobutu Sese Seko acababa de presentar ante las Naciones Unidas lo que él llamo su plan de “autenticidad”. Renombro ciudades y lugares para africanizar el país, prohibió el cristianismo y la vestimenta originaría de Europa y, aquí está el quid de la cuestión, creó una beatificación a su persona y confiscó las empresas extranjeras para dárselas a sus familiares.

Ante tal panorama, Mobutu necesitaba un lavado de cara que, además, fomentase la africanización de su país. Que mejor que invitar a Zaire a Alí, el hombre que renegó de su pasado de esclavo y que se erigió como defensor de los derechos civiles de los negros. Don King supo ver la oportunidad y cerró el acuerdo. ‘The Rumble in the Jungle’ ya era una realidad.

Rumble in the jungle - Canarias3puntocero
Mobutu Sese Seko (i) y Alí (d)

—THE RUMBLE IN THE JUNGLE—

El combate quedó fijado para finales del mes de septiembre. Era 1974. Sin embargo, Foreman se cortó una ceja en un entrenamiento, por lo que hubo que posponer la pelea hasta el 30 de octubre. Y esas semanas de retraso fueron esenciales para convertir a Alí en mito viviente.

Mientras Foreman se encerraba en un gimnasio de Kinshasa, Alí se dedicaba a trotar por las calles y barrios más humildes de la ciudad. Se pasó el mes de octubre juntándose con los niños, visitando a los mayores, y, en definitiva, inhalando sus raíces. Mientras Foreman representaba al ‘Tío Tom’, al esclavo bueno que se ganaba su libertad siendo fiel a su amo, Alí era el hombre que daba dignidad al oprimido. Cuando en el acto de presentación del combate los miles de zaireños allí presentes se unan al grito de ‘¡Alí bomayé! (¡Alí mátalo!) la suerte de Foreman ya estaba echada.

En ‘The Rumble in the Jungle’ Alí iba a demostrar que podía aparcar su condición de estilista y encajar todos los golpes emulando la fortaleza de Foreman. La víspera del combate Alí pidió a los trabajadores del estadio donde se iba a celebrar el combate que con una llave inglesa aflojaran la tensión de las cuerdas del cuadrilátero. “Vas a bailar, Muhammad, esta noche vas a bailar”, cuentan que le dijo su entrenador. La idea era dejarse dominar por Foreman mientras apoyaba la espalda en las cuerdas y aguantaba las embestidas a derecha e izquierda. En el momento justo del impacto, Alí tendría que bailar un paso atrás para amortiguar el golpe y subyugarlo a través de las cuerdas. Al ser más elásticas absorberían la potencia de Foreman a la espera de que éste se cansase y Alí pudiese lanzar su contraataque.

Volar como una mariposa para picar como una abeja.

La pelea comenzó a las 04:00 horas de la madrugada de Kinshasa, para que el combate se viera en horario de máxima audiencia en Estados Unidos. Curiosamente en Zaire no fue retransmitido por ninguna cadena. Menos mal que hasta 60.000 zaireños se apelotonaron en el estadio 20 de mayo (antes Rey Balduino, después Tata Räphael) para desgañitarse animando a Muhammad Alí. 

The Rumble in the Jungle (1974) - IMDb
The Rumble in the Jungle

El combate y todo el contexto político, social y cultural en el que se desarrolló el evento fueron legendarios. Antes del evento hubo un megaconcierto con B.B King, Celia Cruz o James Brown, que cautivó a todos con ‘Say it loud. I’m black and I’m proud’ (‘Dilo alto. Soy negro y estoy orgulloso’). Norman Mailer, ganador de dos premios Pullitzer, decidió coger la pluma y escribir in situ sobre aquel combate. Ya había un ganador antes del inicio. Ese era Don King.

Tras el gong, Alí se mantuvo tranquilo y fanfarrón durante los primeros asaltos. Encajaba golpe tras golpe contra las cuerdas y le hablaba a Foreman al oído. “Me decepcionas, no me estás pegando fuerte”, soltaba Alí, a lo que Foreman respondía sacudiendo enloquecido. Todos los presentes querían la victoria de Alí, pero todos contaban con el triunfo de Foreman.

El plan de Muhammad Alí estaba dando el resultado esperado. En el quinto asalto Foreman comenzó a dar síntomas de fatiga. Alí se había dejado golpear por una mula, pero seguía intacto. Foreman descargó una batería de golpes que hubiesen tumbado a un rinoceronte, pero Alí se mantenía en pie. Se las arregló para que le golpease los brazos y el cuerpo, pero siempre evitando que el puño de Foreman se acercase a su cabeza. “No puedes hacerme daño. No pensé que fueses tan malo”, contestó con una sonrisa el rey del ‘trash-talking’.

En el séptimo asalto Foreman al fin logró impactar contra la mandíbula de Alí. Fue un golpe seco. Terrible. Alí se tambaleó durante unos segundos y cayó a los brazos de Foreman. “¿Eso es todo lo que tienes, George?”, le dijo Alí con una sonrisa, como el que recibe una caricia. Aquel hombre acababa de ser atropellado por un tren de mercancías y seguía intacto. Se dice que fue entonces cuando a un joven italoamericano que estaba viendo el combate por televisión a miles de kilómetros de distancia se le encendió una luz. Al día siguiente comenzó a escribir un guion que le permitiese dejar de un lado un aciago pasado como actor porno para poder brillar en Hollywood.

Era Sylvester Stallone.

Con Foreman exhausto y psicológicamente destrozado, en el octavo asalto Alí decidió salir de la cueva e irse al ataque con las fuerzas que le quedaban. Alí, enrollado entre las cuerdas, no tendría gas para más que un par de asaltos, por lo que tendría que acertar de primeras. A Foreman comenzaron a lloverle derechazos desde el cielo de Kinshasa. Dos relámpagos salieron de los puños de Alí, y tras varios ganchos consiguió arrinconar a Foreman contra las cuerdas. A veinte segundos del final del asalto, Foreman, falto de velocidad por el cansancio, erró su gancho y en una brutal combinación izquierda-derecha, Alí enviaba a la lona al campeón. ¡Alí, bomayé! rugían los 60.000 zaireños como una manada mientras el árbitro comenzaba la cuenta atrás. Foreman llegó a ponerse en pie mientras el colegiado gastaba el último número de la cuenta atrás. Pero el campeón no llegó a tiempo.

Había un nuevo campeón.

Muhammad Alí recuperaba, siete años más tarde, el título de campeón del mundo de los pesos pesados. ¡Alí, bomayé! ¡Alí bomayé! No hubo la danza que había pronosticado Alí, pero sí un dominio táctico y psicológico que pasaría a la historia. Alí recuperaba un cinturón de campeón del mundo que siempre debió ser suyo tras diez segundos apoteósicos. Un contraataque de seis picaduras de avispa que tumbaron a un oso.

George Foreman necesitaría ayuda psicológica para superar la derrota y sumaría dos años sin volver a pelear. La mañana siguiente al combate, aún sin dormir, Muhammad Alí paseaba por las calles de Kinshasa saludando a la gente y hablando de la unión entre los negros de África y de Estados Unidos. Ambos, Foreman y Alí, subirán abrazados a recoger el premio Oscar en 1996 cuando un documental sobre la pelea gane el premio de la academia hollywoodiense.

A Don King le salió bien la jugada porque el evento tuvo tanto éxito que recaudó más de 100 millones de dólares. Diez veces más de lo prometido a los dos púgiles. La televisión lo convirtió en uno de los primeros éxitos a nivel global. Así que para el año siguiente Don King decidió repetir la jugada. Para 1975 Muhammad Alí tendría que defender su corona ante Joe Frazier en Manila, bajo la atenta mirada de Ferdinand Marcos, otro sátrapa derrochador de dinero público.

El evento ’Thrilla in Manila’ (Gorila en Manila) fue otro éxito rotundo. Alí volvería a generar emoción e interés y, de paso, desgaste en su oponente (lo de gorila iba dedicado a Joe Frazier) pero no llegaría a alcanzar el clímax de ‘The Rumble in the Jungle’. En Filipinas hubo que parar el combate a falta de un asalto porque el entrenador de Frazier temía por la vida de su pupilo. Muhammad Alí retendría un título que conservaría durante un trienio, pero jamás volvería a alcanzar en ningún otro combate la mística de aquella legendaria pelea en el corazón de África. La mística de ‘The Rumble in the Jungle’. 

“Luché contra un lagarto. Peleé contra una ballena. Sólo la semana pasada asesiné a una roca, lesioné a una piedra y hospitalicé a un ladrillo. Soy tan malo que hago enfermar a los medicamentos (…) Soy tan rápido que ayer a la noche apagué la luz de la habitación de mi hotel y ya estaba en la cama antes de que el cuarto se pusiese oscuro. Hay dos cosas que son difíciles de ver; una es un fantasma y otra es Muhammad Alí”.

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The Rumble in the Jungle (1ª parte)

A inicios de 1967 Muhammad Alí era el indiscutible campeón mundial de los pesos pesados. Eran tiempos convulsos. Estados Unidos se había embarcado en la que iba a ser una larga y costosa guerra en Vietnam. Alí se negó a alistarse cuando fue llamado a filas y el Gobierno americano abrió un proceso público contra él que acabó con una multa de 100.000 dólares, su encarcelamiento y la desposesión de su título de campeón del mundo. Tenía 25 años y, de pronto, había perdido sus mejores años como boxeador.

No volvió a competir hasta finales de 1970.

Antes de eso Cassius Clay había sido un joven y lenguaraz boxeador que había ganado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma antes de dar el salto al profesionalismo. Combate a combate fue ganando respetabilidad, hasta que en 1964 tuvo la oportunidad de luchar por el título de campeón de los pesados ante Sonny Liston. Ganó. Pero lo relevante es como ganó. Clay recurrió a la provocación llamando vago, oso y feo a su oponente, un bigardo de ancha nariz y pobladas cejas. Escribió un poema en el que decía que lo tumbaría en el octavo asalto. Su conducta escapaba de todo control y fue multado por ello. Dejó también una frase que se convertiría en parte de su existencia: “Flotaré como una mariposa y picaré como una abeja”. Clay ganó y al día siguiente de su victoria decidió cambiar su nombre de esclavo y convertirse al islamismo.

Había nacido Muhammad Alí (El amado de Dios).

Alí se apodó a sí mismo como ‘The greatest’ no sólo por su genio en el cuadrilátero, sino por su ingenio al bajarse del ring. Vinculado a la cultura afroamericana, el ‘trash-talking’ es la utilización del lenguaje para minusvalorar al oponente, para destrozarlo psicológicamente, algo sensacional en una cultura ultra competitiva e individualista como la estadounidense. Alí supo usar sus declaraciones incendiarias para fundirse con la sociedad del momento. Su vida, con sus idas y venidas, explica que significa ser americano y ayuda a comprender como los desgarros sociales de los 60 llegaron a parir un presidente afroamericano en 2008.

Para el mundo eurocéntrico la audacia comunicativa de Alí tiene continuación en el baloncesto, un deporte mucho más popular. Curiosamente fue un blanco, Larry Bird, el más aplicado alumno del ‘trash-talking’ (algo así como lenguaje basura), una práctica hoy en desuso por la fiebre de lo políticamente correcto. Atenazados por el miedo a la ofensa de un chiste, una palabra o una idea, lo que antes era banal y divertido hoy será visto en el mejor de los casos como prepotente y despectivo y, en el peor, como racista o misógino.

Muhammad Alí era un genio en el uso de los adjetivos. Burlón, grosero en exceso, hiperbólico, estúpido, capaz. Arrogante, odioso y creativo, sus palabras brotaban para hacer crecer el interés de la audiencia, multiplicar el dinero, y. sobre todo, desestabilizar al oponente. Alí tenía la imperiosa necesidad de llevar a la lona al contrincante a golpe de diccionario. Era capaz de ganar un combate mediante la palabra, al tener la habilidad de introducirse en la cabeza de aquel al que tenía que sacudirle una hondonada de ostias.

Esa insolencia lo hacía igual de querido que de odiado. La indiferencia no era aplicable a Alí. Tuvo que pelear una segunda vez contra Liston para obtener el título de campeón de los pesados, porque la WBA (World Boxing Association) vio irregularidades en su pelea. La realidad era otra. Nadie quería como campeón a un seguidor de Malcolm X que escupía sapos y culebras por la boca. Dio igual. Alí noqueó a Liston en un segundo combate en apenas trece segundos. La instantánea de la victoria, es, quizás, la fotografía deportiva más conocida de todos los tiempos.

 

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K.O. en trece segundos

Alí se convirtió en un icono atemporal. Un altavoz de los rupturistas y desenfadados años 60. Era atractivo para los medios de comunicación, alzaba la voz contra el sistema, defendía la lucha por los derechos sociales de los negros y se mostraba abiertamente hostil ante la tropelía bélica de Estados Unidos durante la Guerra Fría.

Como comentaba, Muhammad Alí fue llamado a filas para combatir en Vietnam. Presentó sucesivos requerimientos para aplazar la llamada y, dado que era personaje público, si hubiese estado callado Alí hubiese pasado el servicio militar entrenando y tomando unas cervezas con algún teniente coronel. Pero el caso es que Alí alegó razones de conciencia y motivos religiosos para no incorporarse al ejército. “No tengo problemas con los vietcongs. Ellos nunca me llamaron negrata”, diría.

Alí se convirtió de facto en la persona más odiada, al menos, por la mitad del país. Le retiraron su título de campeón del mundo y le imposibilitaron volver a pelear. Jamás acudió a los requerimientos judiciales que lo citaron como Cassius Clay y dedicó su tiempo a dar charlas en universidades de todo Estados Unidos. Cuando las cosas se torcieron en Vietnam y la opinión pública se puso de espaldas ante la guerra, la figura de Alí fue reivindicada y la sanción revocada.

De pronto Muhammad Alí pasaba a ser algo más que un púgil soberbio y bocazas para convertirse en una figura capaz de enfrentarse al país más poderoso del mundo y poner frente al espejo a una sociedad profundamente racista.

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El tiempo pasó. Era septiembre de 1970. Habían transcurrido cerca de cuatro años. Alí salió de la cárcel. Ya no era campeón del mundo, pero estaba dispuesto a recuperar lo que en verdad era suyo.

Durante esos cuarenta meses de obligada ausencia, Joe Frazier y George Foreman se disputaron el título de campeón del mundo. Ambos eran dos pegadores con una contundencia descomunal en cada golpe. Ambos eran, además, dos negros queridos por el ‘establishment’. Alí se distinguía por su agilidad, su juego de pies y un combate a distancia a la espera del momento oportuno para conectar un golpe preciso y contundente. Era un estilista. Y era un estilista con labia. Volvió con un discurso ideológico radicalizado. “Me echaron los políticos blancos”, decía. Alí pasó a ser un sujeto perturbador por lo que decía y por como lo decía. Ahora no solo los negros lo adoraban, sino multitud de blancos lo apoyaban. Pasó a ser un icono para los desfavorecidos. Pasó a ser un símbolo del pacifismo.

“Odié cada minuto de entrenamiento, pero no paraba de repetirme; no renuncies, sufre ahora y el resto de tu vida vivirás como un campeón”. Alí volvió más grande, más rápido, más borde, más prepotente y más irreverente que nunca. “Si alguna vez sueñas con vencerme, es mejor que despiertes y me pidas disculpas”, así le espetó a Joe Frazier cuando en 1971 se retaron por el título mundial. El combate fue durísimo y Frazier retuvo el título de los pesados tras los doce asaltos por decisión de los jueces. En este caso no hubo polémica alguna. Tan sólo eran dos mulas dándose estacazos. Por supuesto Alí no estaba de acuerdo con la decisión del jurado. Sacó la lengua a pacer y lo tuvo claro. El único campeón era él.

Tras el combate Alí tuvo que pasar 24 horas en observación en un hospital.

Frazier estaría más de dos semanas ingresado.

El estilista Alí y el fajador Frazier volvieron a enfrentarse a inicios de 1974. El veterano Alí se llevó la victoria tras otro terrible combate resuelto por los jueces tras los doce asaltos. Pero en este caso el premio no era la corona mundial, sino poder retar a George Foreman, por entonces dueño del cinturón de campeón del mundo. Siete años más joven, Foreman lucía un récord de 40-0, incluyendo una eléctrica victoria ante Frazier en tan sólo dos asaltos.

George Foreman era el indiscutible favorito. Muhammad Alí tendría que usar todas sus artimañas para obtener el título. El 30 de octubre de 1974 dos bestias dejarían el ring para pelearse en la selva…

“Imposible solo es una palabra que usan los hombres débiles para vivir fácilmente en el mundo que se les dio sin atreverse a explorar el poder que tienen para cambiarlo. Imposible no es un hecho, es una opinión. Imposible no es una declaración, es un reto. Imposible no es nada”. Muhammad Alí.

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Gasol (1ª parte): Versión NBA

El viernes 1 de febrero de 2008 los Memphis Grizzlies traspasaban a Pau Gasol a Los Ángeles Lakers a cambio de Kwame Brown, Aaron McKie, Javaris Crittenton y los derechos de su hermano Marc, por entonces dominador de la ACB en las filas del Basket Girona. Aquel traspaso está considerado el más desigual de la historia de la NBA. Y no es un comentario chauvinista, sino que está refrendado por los periodistas especializados y los directivos más reputados de Estados Unidos.

En Memphis admitieron que el traspaso no les reportaba gran beneficio. Sencillamente lo habían hecho por Pau. Por un tipo racional y reflexivo, solidario y cabal, que jamás tenía una palabra negativa que ofrecer. Dicen los plumillas al otro lado del Atlántico que Pau Gasol era el único jugador que interpelaba a los reporteros por si querían preguntar algo más. Por eso, tras una temporada horrenda en la que se había desmantelado al equipo, todo el mundo en Memphis consideró que aquel larguirucho extremadamente educado merecía una oportunidad para conseguir el anillo.

Gasol había subido al Everest. Era E.T, cómo le hubo de bautizar acertadamente Andrés Montes. Con 216 centímetros de altura era más rápido que sus iguales y más alto que los que alcanzaban a seguirle. Su tiro desde cinco metros era de una amenaza colosal y su inteligencia para entender el juego superaba con creces la media. Había decidido batirse contra los más grandes ante la incredulidad de Aíto García Reneses, el hombre que lo había hecho debutar con el Barça, un ‘old school’ que renegaba de todo lo que atufaba a NBA. Fue escogido por los Atlanta Hawks en el mismo puesto que el Jesús Negro e inmediatamente fue traspasado a Memphis a cambio de Shareef Abdur-Rahim, un jugador que no es necesario recordar.

Trasladados de Vancouver a Memphis, los Grizzlies dejaron la tierra de los osos para irse a los dominios del rock and roll. Suplente en su primer partido, acabaría como ‘Rookie of the year’ y con mate en la cara de Kevin Garnett para ganarse el respeto de la NBA. En Memphis se hizo grande, liderando a un equipo pequeño a tres clasificaciones consecutivas de playoffs, todas históricas y todas finiquitadas con un absoluto fracaso. Son los años de Pau ‘Gasoft’, un juego de palabras para calificar a Pau como blando (soft). Porque eso era Gasol, un buen jugador, con buenos movimientos, pero incapaz de llevar a su equipo a lo más alto. Sus números eran bondadosos (18’8 puntos y 8’6 rebotes de media en Memphis), pero se mantenían estancados temporada tras temporada. No se vislumbraba progresión. No era un primer espada.

Hasta aquel 1 de febrero de 2008. El día que a Gasol se le abre el cielo. En Los Ángeles se convierte en poste de circulación, como un aclarado del juego en el que su talento natural y el estímulo táctico lo promueve. Phil Jackson ve cómo puede perfeccionar el sistema del triángulo ofensivo, esquema que utilizó con éxito en los Bulls de Jordan, pero que siempre estuvo cojo al carecer de un pívot pasador. Lo que algunos no consiguen entender en un curso, Pau lo domina en dos semanas. Ahora con Gasol, Jackson dispone de un hombre que ventile cargas de juego, como una puerta intermedia que dé paso una y otra vez al lado débil y que permita el lucimiento y el descanso de Kobe Bryant. Gasol aporta resolución colectiva y mejora del entorno, lo que en la actualidad se da en llamar IQ. Entender el juego de toda la vida. Comprendió el papel que se le pedía a la perfección y se sintió cómodo. Era el facilitador. Era el pasador. Era el ancla para que los demás se luciesen.

Y era también el defensor. Si en su adolescencia Juan Carlos Navarro le hizo conocer la noche y al mismo tiempo le hizo entender que su mente y su talento extraordinario tenían que escapar de ella, Kobe Bryant se encargó en su madurez de demostrarle que no podía ser primera espada, pero que si se mostraba intenso en defensa sería un jugador inexpugnable. Tras caer ante los Celtics de Garnett en las finales de 2008, Bryant se encargó de preparar mentalmente a Gasol para convertirlo en una máquina insuperable e intimidatoria en defensa.

Gasol quiso ser excepcional y con sus dos títulos (2009, 2010) de la NBA lo consiguió. Aquel chico que soñaba con ser Kukoc, acabó debajo del aro, al igual que el croata, por imperativo NBA. En el primer anillo dejará a Dwight Howard, en aquel momento el mejor pívot del planeta, en menos del 50% de tiros en toda la eliminatoria. Ya Pau había dejado de ser el “hombre del renacimiento” como fue calificado por Phil Jackson, a ser un muro en la zona. En su primer partido de playoffs con Los Ángeles acabaría con 36 puntos, 16 rebotes y 8 asistencias. En el séptimo partido de la final de la NBA de 2010 pasaría por encima de Kevin Garnett con 19 puntos, 18 rebotes y 4 asistencias (con Bryant agotado con un 6/24 en tiros) y cambiando la trayectoria de cada uno de los tiros de los interiores de los Celtics.

Por entonces Pau ya era en Estados Unidos un ser humano, no un jugador de baloncesto. Apareció en una portada de ‘The New York Times’ como una persona culta, curiosa, amable y sencilla. Solo así se entiende que entre sus múltiples premios (dos campeonatos, seis veces ‘All-Star’) acumule el trofeo Walter Kennedy, el premio Magic Johnson y el Impact Player. Traducido: premio al jugador de la NBA más filántropo, premio al jugador con mejor trato con los medios de comunicación y premio al jugador que más ayuda a difundir los valores de la NBA.

Pau se sale de la norma en una competición donde la norma es usar el baloncesto para salir del gueto. Es difícil de entender para un negro norteamericano la, para ellos, riqueza y opulencia de la depauperada clase media europea. Es cierto que Larry Bird fue un niño pobre, tanto, que Magic Johnson quedó impactado cuando visitó a su madre. También lo es que al joven Jordan lo del gueto solo le sonó de oídas o que Stephen Curry es millonario desde la infancia. Pero la realidad es que solo hay escepticismo cuando un chico salta de Europa y se adentra en una competición dominada por el poder negro.

Gasol es raro hasta en Europa. Pau destaca por la variedad y sofisticación de sus aficiones. No es extraño que quisiese hacer oficial su retirada en el Liceu de Barcelona. Lo primero que hizo al llegar a Los Ángeles fue preguntar por el calendario de las obras de teatro, salas de conciertos y exposiciones. “Nunca antes un jugador me había preguntado eso”, confesaría más adelante el relaciones públicas de los Lakers. Como es igual de posible que ningún jugador de la NBA prefiera ir a un concierto de Plácido Domingo que a uno de Daddy Jankee, o que se decante para firmar por un equipo en función de la oferta cultural de la ciudad, como cuando fichó por los Chicago Bulls.

A Chicago llega tras alargar demasiado su estancia en Los Ángeles. Es ya un hombre veterano (35 años) y le toca lidiar con un baloncesto distinto, donde los codos y el juego de pies han dejado paso a los triples imposibles y a las fintas excesivas. Gasol ya no es un rara avis, es uno más entre gigantes de siete pies con coordinación de un seis pies. Sus piernas ya no le permiten percutir en el poste, pero su inteligente lectura de espacios y una impresionante mejoría en el tiro a pie quieto de larga distancia le permite ser un jugador total. Nunca fue un tirador extraordinario, pero si extremadamente agudo para saber cuándo lanzar.

Con los Bulls volverá a ser ‘All-Star’, incluyendo un impagable salto inicial con su hermano Marc. Le dará tiempo a dejar un par de perlas. Marcar el tope de carrera con 46 puntos en un partido al que le añadió 18 rebotes, y firmar un encuentro perfecto con 22 puntos sin fallo en el tiro, 9 rebotes y 6 asistencias, algo nunca visto en un cuarto de siglo en alguien de 36 años.

Los hermanos Gasol en el All Star - NBA
Hermanos estrellas

Gasol ha vivido acomplejado por su comparación con Dirk Nowitzki, el patrón oro de los jugadores europeos. Con talla y peso similar, el alemán contó con un mayor arsenal de movimientos ofensivos y aterrizó en una franquicia que desde el primer momento apostó por él como piedra angular. La carrera NBA de Gasol es fantástica, pero está superada por la del alemán, por la de Antetokoumpo y, en futuro no muy lejano, por la de Luka Doncic.

Y aun así Nowitzki no puede presumir de tener dos anillos ni de sumar en su carrera al menos 20.000 puntos, 10.000 rebotes, 3.500 asistencias y 1.500 tapones. Sólo el de Sant Boi y tres jugadores más han llegado a tal hazaña. Pau consiguió normalizar lo asombroso, cuando lo normal hasta su aterrizaje en la NBA es que nos contentáramos con que un español (realmente cualquier europeo que no fuese yugoslavo) jugase un par de partidos al otro lado del Atlántico.

Gasol estiró “demasiado”, según sus propias palabras, el chicle. Primero en San Antonio y sobre todo en Milwaukee, donde una fractura en el pie abortó la caza de su tercer título. Mas Pau es de esos tipos que eligen cómo y cuándo quieren acabar su carrera. Durante dos años peleó cuando tenía que descansar, ya no para alcanzar la gloria, sino para demostrar que lo podía hacer. Para despedirse con honores vistiendo la camiseta de la selección española. “Soy consciente de que he sido un privilegiado, pero los privilegios conllevan responsabilidades”.

Pero esa, la historia de Pau con España, será otra historia.

“Era maduro, inteligente, poseedor de una profunda comprensión de nuestro deporte y dispuesto a adoptar una función subalterna, si era necesario, con tal de aumentar las probabilidades que tenía el equipo para ganar. Fue la persona correcta en el momento adecuado. En cuanto se incorporó, dejamos de ser un equipo que luchaba por arañar cien puntos por encuentro para transformarnos en una veloz máquina de anotar que promediaba más de 110 puntos y se divertía muchísimo al conseguirlo”. Phil Jackson, entrenador de Gasol en los Lakers.

“Uno de los aspectos más impresionantes de la trayectoria de Pau es como ha sabido hacerse un hueco en la NBA. La NBA está muy dispuesta a adoptar el talento extranjero para mejorar su competición, pero está menos dispuesta a otorgar responsabilidad o representatividad. El respeto a Pau yo le he respirado desde el inicio, en un mundo donde eso cuesta mucho. Y cuesta ganárselo, y mucho, sobre todo si vienes desde otro mundo”. Sergio Scariolo, seleccionador español y campeón de la NBA formando parte del cuerpo técnico de Toronto Raptors.

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Apuntes sobre la Ryder Cup

La Ryder Cup nació en 1927 como un enfrentamiento entre Estados Unidos y Gran Bretaña, los dos países que aglutinaban el interés mundial por el golf en aquella época. Para ser más precisos, los orígenes del golf tienen sus raíces en Escocia y la Costa Este de Estados Unidos. Y es que fue en tierras escocesas donde juegos similares al golf o al hockey sobre hierba empezaron a practicarse desde la Edad Media y sería en Edimburgo donde a mediados del siglo XVIII se crearon las reglas del golf moderno. Luego los emigrantes escoceses introducirían el nuevo deporte en las colonias británicas, que más tarde serían el germen de los Estados Unidos.

En la década de 1920 el golf ya era un deporte preponderante entre la alta sociedad y a cada lado del Atlántico se jactaban de practicar el mejor golf conocido. En ese debate entre jugadores y aficionados surgió la idea de Samuel Ryder, un empresario del maíz residente en Londres. La afición de Ryder al golf comenzó cuando ya frisaba los 50 años. Fue debido a una recomendación médica cuando la práctica del deporte se convirtió en cotidiana para él. Comenzó con poco gusto, pero al poco tiempo se había convertido en un fanático. Su acomodada posición económica le permitió contratar a un golfista profesional como tutor personal y construirse un campo de golf en su mansión situada en Wessex.

Ryder Cup, el legado de una amistad - Crónica Golf
Samuel Ryder

Dicho tutor era un tal Abe Mitchell al que había conocido en 1926 durante un torneo benéfico disputado en Sant Albans, al norte de Londres, con participación de deportistas de ambos continentes. Fascinado por la calidad de los contendientes, Samuel Ryder decide financiar un torneo que enfrente a Estados Unidos con Gran Bretaña bianualmente. Su idea y su forma de estructurar la competición a través de un duelo hoyo a hoyo (‘match play’) revolucionó el golf. Ryder puso en juego una copa de oro de 12 quilates que aún hoy se mantiene en liza.

En aquella primera edición celebrada en Massachusetts en junio de 1927 los estadounidenses demostrarían una superioridad que mantendrían con el transcurrir de los años. El barco ‘Aquitania’ llevó a los británicos al Nuevo Continente tras seis días de travesía en la que no pudo participar Mitchell por una inoportuna apendicitis. Mitchell había sido designado por Samuel Ryder como capitán del equipo británico, pero tendría que esperar a la siguiente edición disputada en Europa para lucir capitanía.

Y es que esas son las dos grandes señas de identidad de la Ryder Cup. Por un lado, es un torneo grupal en el que cada escuadra cuenta con 12 golfistas a los que hay que añadir un capitán. La fórmula de competición (la ya citada forma del ‘match play’) se basa en el juego por hoyos durante tres días, en los que primero se compite por parejas y en la jornada del domingo se finaliza con 12 duelos individuales. En la modalidad de juego por parejas cada miembro del dúo alterna las salidas (uno sale en los hoyos pares y otro en los impares) y los golpes hasta acabar el hoyo. Para puntuar cuenta el mejor resultado de uno de los miembros de la pareja en cada hoyo.

La segunda característica es su sistema bianual rotatorio entre continentes Tan sólo el periodo entre 1939 y 1945, cuando tuvo que ser cancelada debido a la Segunda Guerra Mundial, y la edición del año 2001, que tuvo que ser retrasada un año porque iba a tener lugar pocos días después de los atentados del 11-S, alteraron su curso. Es por eso que desde el año 2002 el torneo se celebraba en los años pares, hasta que el coronavirus hizo retrasar la edición de 2020. De esta forma en 2021 se ha vuelto al sistema de años impares.

En 1973, tras un dominio arrollador por parte estadounidense en el que los británicos tan sólo lograron una victoria en cuatro décadas, se decidió ampliar a Irlanda el equipo europeo. Sería con la aparición fulgurante del español Severiano Ballesteros cuando todos los golfistas de la Europa Continental optaron a entrar en el equipo de la Ryder. Gracias a la influencia de Ballesteros la Ryder Cup salió por vez primera de las Islas Británicas para disputarse en Valderrama (Cádiz) en 1997. En 2018 sería turno de Paris. Desde ese 1979 el torneo es mucho más interesante, ya que el número de victorias se ha igualado (Europa 12- Estados Unidos 10).

El torneo asume sus particularidades. Cuenta con ceremonia de inauguración y desfile con izada de banderas y entonación de himnos. Más tarde tiene lugar la cena de gala con los equipos al completo en compañía de sus parejas, si es menester. Asisten también invitados de renombre, patrocinadores y grandes personalidades. Los 24 jugadores que forman parte de la Ryder Cup están obligados a visitar al sastre y vestir impecablemente, tanto dentro como fuera del campo de golf, durante toda la semana.

Para la mayoría de los entendidos no existe Ryder más legendaria que la de 1969. El duelo iba empatado en el último hoyo del último enfrentamiento, cuando el estadounidense Jack Nicklaus dio por finalizado el choque antes de que el británico Tony Jacklin golpease la bola. ‘La concesión’, como así quedó el hecho reflejado para la posteridad, permite que un golfista de por acabada para su rival la disputa de un hoyo antes de embocar definitivamente. Se da por hecho que el golfista va a embocar y así se le libra del mal trago de fracasar. Jacklin tenía que meter la bola a menos de un metro para empatar, pero en caso de fallar su equipo perdería el torneo y, de paso, su reputación quedaría tocada de por vida. “No creo que hubieses fallado, pero mejor no darte la oportunidad”, le comentó Nicklaus a su oponente.

Lo cierto es que desde aquel primer torneo de 1927 en el que Samuel Ryder donó una copa de oro como premio al equipo ganador, la Ryder Cup ha crecido de tal forma que hoy es un monstruo que genera cientos de millones de euros y tiene una audiencia planetaria estimada en 600 millones de telespectadores. Curiosamente, los golfistas no perciben ni un euro, siendo la Ryder Cup el único torneo del circuito en el que la gloria y el honor sustituyen al profesionalismo.

Los golfistas: la Ryder Cup encarna los valores del golf | Europa Digital
Ceremonia Ryder 2018

“El golf es un juego en el que se coloca una bola de unos centímetros de diámetro sobre otra bola de 12.000 kilómetros de diámetro. Todo consiste en darle a la bola pequeña sin tocar la grande”. Charles Chaplin, actor y golfista aficionado.

«En el tenis, el número uno del mundo pasa el 90 por ciento de su tiempo ganando, mientras que el golfista número uno del mundo se pasa el 90 por ciento de su tiempo perdiendo. El golf es el juego de los grandes perdedores». David Feherty, golfista profesional.

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Alguien todavía más fuerte que evite pelear

La reunión fue corta. Rickey no tenía ninguna duda de la valía de Robinson como jugador. Sabía que el béisbol seguía siendo un deporte de blancos jugado por blancos, pero la II Guerra Mundial había terminado y el mundo había cambiado. Muchas plantillas habían perdido hombres y, la sociedad, aunque a paso de tortuga, iba abriendo nuevos horizontes. Un buen lugar para buscar nuevos jugadores era acudir a la Negro League, donde abundaban los beisbolistas de calidad. El caso era atreverse a dar el paso.

Branch Rickey era el dueño de los Dodgers de Brooklyn. Antes en el corazón de Nueva York y desde 1958 en Los Ángeles, los Dodgers son uno de los transatlánticos de la Major League Baseball (MLB). Aquel hombre camino de la vejez, siempre ataviado con una pajarita y sus eternas gafas redondas, había concertado una cita con un joven de los Kansas Monarchs que destacaba en la liga para negros.

El chico en cuestión se llamaba Jackie Robinson.

Rickey fue claro. Le explicó a Robinson que le insultarían, quizás hasta le pegarían. Cada vez que jugase un partido el público intentaría acobardarle. Los rivales le provocarían y alguno de sus compañeros ni siquiera le dirigiría la palabra. Tras su primer error la prensa se abalanzaría sobre él y su familia tendría que convivir con ese infierno. Robinson, por entonces de 26 años y una estrella del béisbol negro, no entendía lo que aquel hombre quería de él. No hablaron de béisbol. Ni le preguntaron por su promedio de bateo de 34,9 ni por sus 40 bases robadas en una temporada. Robinson no entendía nada y se limitó a contestar:

“Usted necesita un jugador fuerte que pueda pelear”.

A lo que Rickey contestó:

“No. Lo que necesito es alguien todavía más fuerte que evite pelear”.

Robinson asintió con la cabeza y apretó la mano de Rickey. Jackie Robinson iba a ser jugador de los Brooklyn Dodgers. Iba a ser el primer negro en jugar en la MLB.

El acuerdo existía, pero la MLB tendría que aprobarlo. Racista empedernido, Kenasaw Landis era el mandamás de la competición y llevaba años fomentando la segregación. Pero quiso el destino que falleciese de un ataque al corazón en 1944. Su sucesor, un tal Albert Chandler, consiguió convencer al resto de los equipos y al resto de los negacionistas para hacer realidad el acuerdo. Era 1946.

Jackie Robinson and Branch Rickey: Together in history | Newsday
Robinson (i) y Rickey (d)

Nacido en 1919, Jackie Robinson había sido criado por su madre después de que su padre abandonase a la familia antes de que cumpliese su primer año. Uno de sus hermanos mayores había ganado la medalla de plata en los 200 metros lisos en los JJ.OO de Berlín por detrás del aclamado Jesse Owens. A Jackie le gustaba el fútbol americano, pero se decantó por el béisbol en sus ratos libres en el ejército tras ser alistado meses después del ataque japonés en Pearl Harbor. Se licenció con honores, a pesar de ser arrestado por negarse a dejar su asiento a un soldado blanco en un convoy militar.

Esa mentalidad y ese compromiso era lo que el dueño de los Dodgers buscaba en Robinson. El 15 de abril de 1947 Jackie Robinson debutaba como jugador profesional en un duelo entre Brooklyn y Boston. Una nueva barrera racial se resquebrajaba en Estados Unidos.

Por muy miembro de los Dodgers que fuera, Jackie tuvo que hacer frente a situaciones humillantes. En sus primeros desplazamientos con el equipo tenía que alojarse en la casa de algún afroamericano mientras sus compañeros disfrutaban de las comodidades de un hotel. Al principio se trasladaba con su mujer, pero los insultos y los gritos desde las gradas hicieron que su esposa dejase pronto los viajes. Se suspendieron entrenamientos con la excusa de incumplir una ley que impedía la actividad física conjunta entre negros y blancos. Una vez un periodista preguntó qué haría cuando los pitchers le tirasen las bolas a la cara, a lo que Robinson contestó “agacharme y esquivarla, como haríais vosotros”.

Alguien todavía más fuerte que evite pelear.

No fue un año sencillo. Pese a que venía del equipo filial (le obligaron a pasar meses allí antes de ir al primer equipo), para Robinson la llegada a Brooklyn suponía partir de cero. Además, su bienvenida fue una carta firmada por varios compañeros en la que expresaban su negativa a jugar con él y que trasladaron en persona al presidente Rickey. La situación se solucionó tras una reunión entre Rickey, los técnicos y los jugadores. El dueño les recordó a algunos de ellos su origen extranjero y les hizo recapacitar sobre la irracionalidad de su petición. Pero la rebelión fue sofocada por Leo Durocher, técnico de los Dodgers, con una cita que ha quedado para el recuerdo:

“No me importa si este tío es amarillo o negro o si tiene rayas como una puta cebra. Soy entrenador de este equipo y os digo que va a jugar. Es más. Os digo que nos va a hacer ricos a todos”. La frase está en el ideario deportivo de Estados Unidos junto a la de Wee Reese, compañero de Robinson, que meses después dejó otra cita antológica: “Se puede odiar a un hombre por muchas razones, pero el color de la piel no es una de ellas”.

Su estoicismo le hizo triunfar. No más que su forma de jugar. Fue elegido novato del año fundamentalmente por su capacidad para robar bases y sembrar de dudas al lanzador rival. Sangrantes eran sus viajes a Pittsburgh o Cincinatti, donde incluso jugadores rivales se negaban a disputar el encuentro si Robinson era de la partida. Sonada fue la actitud del entrenador de Philadelphia que se pasaba todo el partido insultando a Robinson desde la banda en vez de dar consignas a su plantilla. En Philadelphia los Dodgers tuvieron que cambiar el hotel al que llevaban décadas acudiendo cuando se desplazaban a la ciudad del amor fraterno, porque lo que Robinson recibía en el hall del local era de todo menos afecto.

Los años pasaron y si bien en Brooklyn fue poco a poco aceptado, cada vez que Jackie Robinson viajaba a alguna ciudad como visitante tenía que soportar lo indecible. Algunos le escupían en los pies, otros le lanzaban las bolas deliberadamente al cuerpo y, sobretodo, le insultaban una y otra vez. Robinson aguantó con estoicidad, mostrándose fuerte para evitar la pelea, tal y como le había prometido a Rickey. Jamás contestó o agredió a un rival en las diez temporadas que estuvo compitiendo en la MLB.

Jackie Robinson. Mejores Jugadores de la Historia | Pitcheos Salvajes
Evitando la pelea

Jackie Robinson derrumbó una puerta que en la actualidad ha sido demolida no sólo por los negros, sino por una amplía comunidad hispana que hoy representa el 30% de los jugadores de la MLB. Jackie Robinson aguantó humillaciones varias y, aun así, además de novato del año, fue seis veces elegido para el ‘All-Star’, en una ocasión MVP del campeonato y ayudó a los Dodgers a alzarse con el título de las Series Mundiales de la MLB en 1958.

Jackie Robinson murió en 1972, a los 53 años de edad. Desde el año 2004 todos los 15 de abril, el día que debutó, se celebra el ‘Jackie Robinson’s Day’ una conmemoración en la que se recuerda la fecha en la que el béisbol se convirtió fehacientemente en el deporte nacional. La trascendencia del primer afroamericano que jugó en la MLB es tal que todos y cada uno de los equipos del país tienen retirado su camiseta con el número 42.     

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A los 20 años de la Copa de Gasol

Una vez se dé por vencido y admita que ante el tiempo no se puede luchar, Pau Gasol pondrá punto final a una carrera legendaria. Se supone que vivirá a caballo entre Barcelona y Los Ángeles, pero será en la ciudad californiana donde tendrá su cuartel general. En numerosas ocasiones ha manifestado que es un enamorado de la cultura norteamericana y es ‘vox populi’ que más pronto que tarde pedirá la nacionalización estadounidense (quizás para evitarse un futuro problema hispanocatalán). El caso es que en estas dos últimas décadas su vida ha estado en los Estados Unidos. Y lo cierto es que antes de comenzar su idilio con la NBA, hasta en tres ocasiones la nación más poderosa del mundo se cruzó en su camino hacía el estrellato ya fuese de una forma o de otra.

La primera de las veces fue en el verano de 1999. Meses antes un imberbe, rubio, y flacucho chico con la cara despedazada por el acné había debutado en la Liga ACB. Ese verano la selección española juvenil disputó en Portugal el Mundial de la categoría alcanzando la hazaña, por entonces alucinante, de vencer a los imbatibles estadounidenses en la final. Gasol era entonces un jugador de relleno, con un potencial inmejorable, pero débil y con notables carencias tácticas. Germán Gabriel, Raúl López o su íntimo amigo Juan Carlos Navarro llevaban la voz cantante de aquella generación.

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Felipe Reyes, Gasol y Navarro

En todo caso aquel verano triunfante hizo que Pau obtuviese el permiso de sus padres para seguir jugando al baloncesto y renunciar a matricularse en la facultad de medicina. La temporada 99/00 fue la primera de Gasol como miembro de derecho en la plantilla del FC Barcelona. Era habitual suplente pero presentaba unas magníficas prestaciones en los pocos minutos de los que disfrutaba. Mantenía una clara fragilidad defensiva, pero partido a partido gozaba con el ataque y aprendía a posicionarse. Aun así a finales de temporada seguía estando detrás de Rentzias y Alston en la rotación aunque, indudablemente, era el favorito de la afición.

Fue entonces cuando Estados Unidos se cruzó por segunda vez en su camino. Esta vez bajo el nombre de Johnny Rogers.

España acudía sin demasiadas expectativas a los Juegos Olímpicos de Sidney. El seleccionador era Lolo Sainz, veterano, de la vieja escuela, no propenso a los artificios. Se decantó por una terna de pívots intimidadores y confió el puesto de ala-pívot a un 4×4 como era Alfonso Reyes. Para rellenar el cupo, como jugador número 12, el clamor nacional era la convocatoria de Pau Gasol. Otros talentos de su generación como Raúl López y Juan Carlos Navarro iban a ser importantes y aunque Pau estaba verde, la opinión generalizada era que la experiencia sería positiva para ese niño de 2,16 al que no se le vislumbraba techo.

Sainz prefirió apostar sobre seguro y llamó como quinto pívot a Johnny Rogers. Nacido en California hacía ya 36 años, Rogers era un interior móvil con buen lanzamiento a 5 metros y que había aterrizado en España en 1988. Por entonces militaba en el Panathinaikos. Sus números eran mejores que los de Gasol pero su convocatoria fue una soberana sorpresa. Llevaba cuatro años nacionalizado pero jamás había sido convocado. Debutó aquel verano con la selección y apenas la mitad de sus 17 años en Europa los pasaría jugando en nuestro país.

El palo para Gasol fue duro, pero lo sería mucho más cuando al empezar la temporada 2000/01 el FC Barcelona contrate a Rony Seikaly. La tercera vez que Estados Unidos se cruzó en su camino antes de su explosión en dirección al estrellato.

Quiso el destino que Seikaly naciese en el Líbano, mas era un estadounidense de tomo y lomo. Conoció España en 1986 cuando formó parte de la selección de Estados Unidos que se proclamó campeona del mundo en tierras hispanas. Después fue número 9 del draft y sostuvo una sólida carrera con medias de 15 puntos y 10 rebotes por partido en una época donde era tan difícil como ahora triunfar en la NBA pero era mucho más complicado jugar. Al Barça llegó con 34 tacos, lastrado por las lesiones pero con vitola de estrella. Con 2 millones de euros de entonces en el bolsillo pasó a ser el jugador mejor pagado del momento.

Seikaly acompañaría a Roberto Dueñas formando un juego interior aterrador. En el banquillo quedaba el electico Efthimios Rentzias, un buen reboteador como Francisco Elson y el veterano Zoran Savic. Gasol tendría que luchar con éste último por arañar unos cuantos minutos en la rotación sabiendo que la experiencia gana en confianza al descaro cuando los nervios hacen su aparición.

Pero la tercera vez que, de una forma u otra, los Estados Unidos hacían aparición en la vida de Gasol su vida iba a dar un vuelco definitivo. Apenas cuatros partidos después de su debut, Seikaly decidió quedarse a pernoctar en Londres tras un partido de la Euroliga y no presentarse al entrenamiento del día siguiente en Barcelona. Aíto García Reneses, hoy entrenador venerado pero entonces técnico criticado por sargento inflexible, lo fulminó al instante. Seikaly dejó Cataluña y acabó su carrera como baloncestista profesional.

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Seikaly. Visto y no visto

—LA COPA DE GASOL—

La opción lógica era colocar a Rentzias junto a Dueñas, pero el ala-pívot griego era un jugador con sangre de horchata que combinaba grandes actuaciones con desconexiones antológicas. Tanto Savic como Elson eran pívots duros y fuertes pero se solapaban con Dueñas. Aíto había sido el primer entrenador que introdujo en España el alero alto cuando convirtió a Andrés Jiménez en un ala-pívot moderno a finales de los 80. Su gusto por el jugador alto capaz de amenazar desde fuera e intimidar debajo del aro le hizo fijarse en Gasol y darle la titularidad apenas un mes después de la fuga de Seikaly.

El resto es historia.

Gasol creció a pasos agigantados. Seguía presentando deficiencias en los tiros libres y en el rebote defensivo, pero su capacidad ofensiva y su comprensión del juego pasaron de la educación primaria a la universitaria en medio año. Fue escogido en el segundo mejor quinteto de la Euroliga disputando apenas seis partidos porque una inoportuna apendicitis le impidió jugar ante el Benetton de Treviso en una sorprendente y temprana eliminación del Barça. En la ACB asombraba su muy respetable 37% en triples con sus 2,16 de altura y con una movilidad para semejante tamaño que en Europa sólo se había visto en Toni Kukoc.

Llegó entonces la Copa del Rey. Un torneo de apenas cuatro días en el que ganas o te vas para casa. En un fin de semana los ocho mejores equipos de España (entre ellos 4 o 5 de los más potentes de Europa) se reúnen ante la atenta mirada de los ojeadores de la NBA. Gasol era el diamante más codiciado y se especulaba con que sería elegido en la primera ronda del draft.

El Barça pasó por encima del Fuenlabrada (98-76) en cuartos con Gasol en modo imperial con 16 puntos y 8 rebotes en apenas 20 minutos. Igual de contundente fue la victoria en semifinales ante el Pamesa Valencia (95-69) aunque más discreta fue la actuación de Pau (13+5). El Barça que empezó la temporada con un exceso de músculo y una clara ausencia de cerebro, había girado 180 grados con un quinteto formado por Jasikevicius, Hawkins (Navarro era su suplente), Karnisovas, Gasol y Dueñas, en el que únicamente este último vivía más de su físico que de su talento.

Pau Gasol fue un cambio total, un avance, un extraterrestre. E.T. como lo bautizó el fallecido Andrés Montes. El primer baloncestista español del siglo XXI. Llevaba varias semanas avisando, pero explotó de forma fugaz antes de cruzar el charco en aquella final de la Copa del Rey ante el Real Madrid.

Meses antes, cuando Barça y Madrid se vieron las caras en partido de Liga, Gasol ya había anotado 20 puntos con 8 rebotes, justo antes de alcanzar la cifra de 23 en un choque de Euroliga. Pero aquel clásico fue ganado de paliza por los catalanes (82-54) por lo que muchos vieron en la estadística un engorde natural producto de los minutos de la basura.

Sabiendo que en altura el Barça era muy superior al Madrid, Aíto se decidió por rotar continuamente a Karnisovas y a Pau Gasol en la posición de 3, lo que en el argot del baloncesto se considera alero alto, un jugador con buena mano en el triple y capaz de percutir en el rebote defensivo y de ataque. El Madrid, entrenado por Sergio Scariolo, contaba con una línea exterior de campanillas con Djordjevic (Raúl López de suplente), Lucio Angulo, Alberto Herreros e Iker Iturbe, pero en el que únicamente Eric Struelens podría ser considerado como un decente jugador interior. Era un equipo notablemente más bajo, en el que Iturbe (1,98 metros) jugaría de 4 y tendría que defender a Gasol (2,16 de altura).

En el citado partido de Liga había sido Alberto Herreros el encargado de emparejarse con Gasol en la posición de alero. Triplista descomunal tras recibir, magnífico saliendo de los bloqueos y lo suficientemente fuerte para postear, Herreros había sido máximo anotador del Mundial de 1998 y era el mejor jugador nacional del momento. Pero Gasol demostró ser lo suficientemente rápido como para aguantar al madridista en el uno contra uno. No perseguía a Herreros, sino que iba por delante de él abriéndose y sorteando rivales para entorpecer las líneas de pase.

Así que Scariolo, sabiendo de su déficit de altura, decidió apretar a media pista e intercambiar diferentes defensas en zona, mientras Iturbe y Milic (un alero esloveno con muelles en los pies) lidiaban con Karnisovas y Gasol de tanto en cuando. El experimento funcionó durante toda la primera parte (31-41) gracias a la sabia labor de dirección de Djordjevic y Raúl López y los puntos de Herreros que hicieron quedar en mal lugar las aptitudes defensivas de Navarro, otro por el que peleaban los ojeadores de la NBA y que quedó muy mal parado tras el torneo.

Llegó el descanso y fue tras la vuelta a la cancha cuando Gasol demostró un dominio pocas veces visto. Sacó del atolladero en el que se vio metido el Barça a medio partido, tiró de todo un equipo en frustración y decidió con una sangre fría “nunca vista desde los tiempos de Drazen Petrovic”, según claudicó Scariolo al término del partido.

Gasol dio un clinic. Recibía en la línea de tres y se llevaba por velocidad a Iturbe y sus 22 centímetros de eje gravitacional a favor. Recibía lejos de los 6,25 metros y anotaba con claridad a pesar de ser el tipo con mayor distancia entre los pies y la cabeza de toda la pista. Después corre zancada tras zancada a toda pista como un prestigiador antes de regalar una asistencia, para acabar su actuación con un mate a una mano ante la cara de un atónito Struelens.

Resultado de imagen de pau gasol  2001 barcelona
E.T.

Firmó 25 puntos, 6 rebotes, 3 asistencias y 3 robos en apenas 31 minutos. Ni siquiera falló en la línea de tiros libres con un magnífico 12/14 cuando en temporada regular arrastraba un flojo 65% de efectividad. El FC Barcelona se llevó la Copa (80-77) y Gasol recibió el trofeo de MVP. La entrega gozó de mayor influjo porque quiso el azar que el encargado de realizarla fuese el Rey Juan Carlos I un habitual en la finales coperas que llevan su nombre cuando de fútbol se trataba pero al que pocas veces se le ha visto en una cancha de baloncesto.

Meses más tarde Gasol repetiría MVP y actuación estelar al dejar una estela de grandeza en semifinales ante el Unicaja de Málaga y arrasar al Madrid en la final de la Liga ACB (3-0). Allí, en el tercer y definitivo partido jugado en la capital, Gasol dejó su imagen más icónica antes de dar el salto a la NBA. Con el Madrid cuatro puntos abajo y presionando a toda pista, Gasol pidió el balón y ejerció de base. Superó a Milic, al que le sacaba una cabeza, con un cambio de mano propio de Harlem y se lanzó a recorrer la pista de una punta a otra antes de dar una asistencia. El siglo XXI era una realidad.

A pesar de que Aíto decía que estaba verde para dar el salto a los Estados Unidos, lo cierto es que esas carencias defensivas de las que el técnico hablaba se compensaban con una ambición, una inteligencia y una excelencia ofensiva jamás vista anteriormente. Cuando aquel verano Gasol sea elegido en tercera posición del draft de la NBA las dudas serían enormes, pero el chico que eclosionó en aquella Copa del Rey de febrero de 2001 marchaba a Estados Unidos para no volver.

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El sueño americano (by Vince Papale)

El sueño americano. ‘The American Dream’. Quizás la epopeya más grande del mundo contemporáneo. El sueño americano sirvió, y aún sirve, para unir a decenas de miles de personas de distintas procedencias en tiempos de crisis social. Estados Unidos era tierra de abundancia, de oportunidades y de destino. El sueño americano garantiza a través de la libertad la posibilidad de tener éxito y prosperidad en la escala social. El sueño americano era justicia social en una Europa de reyes y nobles.

Fue el capitalismo salvaje el que convirtió el sueño americano en una quimera. Con el tiempo el sueño pasó a ser el de conseguir infinitas riquezas y dejó a un lado la democracia social. Pero el sueño americano pervive en la conciencia de medio mundo y no parece que haya lugar mejor que Estados Unidos para que gracias al duro trabajo o a una habilidad especial obtengas la oportunidad que te permita progresar en la vida. La historia de Estados Unidos está llena de pequeñas microhistorias que de cuando en cuando nos recuerdan la existencia del sueño. La realidad es que pocos llegaran al éxito, pero el ideal americano estará mientras creamos que el sueño es alcanzable.

Vince Papale es una de esas elegidas personas que dan forma al ‘American Dream’. Su historia es fascinante, por insospechada, grandilocuente y llamativa. Como en toda buena historia la industria hollywoodiense tuvo la feliz idea de convertirla en película, y como en toda gran epopeya que vanagloria el sueño americano, fue la Disney quien se encargó de producirla. ‘Invencible’ (2006) es un largometraje mediocre, pero dio a conocer a este lado del Atlántico la historia del fichaje de Vince Papale por los Philadelphia Eagles de la NFL.

Los Philadelphia Eagles son uno de los equipos más relevantes de la liga de fútbol americano. Labraron su fama en la década de 1940 y reverdecieron laureles en 2018 al alzarse con el título de la Super Bowl, uno de los espectáculos más excesivos que el mundo ha parido. No obstante entre 1962 y 1976 los Philadelphia Eagles acumularon una única temporada con balance positivo, amontonando decenas de derrotas año tras año.

Para la temporada 1976/77 los Eagles, frustrados y exasperados, deciden dar un cambio de rumbo y contratar a Dick Vermeil como nuevo entrenador. Se trata de la primera experiencia en el banquillo profesional de un joven técnico que no cuenta con la devoción de los fanáticos. Ante el pesimismo generalizado y la moral decaída tanto de directiva como de aficionados, Vermeil decide dar un golpe de efecto que lleve a los Eagles a las portadas de los periódicos de todo el país.

En una llamativa rueda de prensa Vermeil anuncia que todos los ciudadanos de Philadelphia que lo deseen pueden presentarse en las instalaciones del club para realizar una prueba con los Eagles. En caso de que el resultado resulte satisfactorio pasaran a pertenecer a la disciplina de los Eagles de la NFL.

Era algo jamás visto en el deporte profesional. El sueño de todo deportista de sofá. Hacer una prueba con el equipo de tus amores. La riada de gente no se hizo esperar y miles de personas acudieron a la llamada de los Eagles.

Uno de esas personas que sangraba y sudaba por los Eagles era Vince Papale. Acumulaba algo más de una década como socio y jamás se perdía un partido de su equipo a pesar de los malos resultados acumulados temporada tras temporada. Tenía entonces 30 años y vivía ejerciendo de camarero entre semana y de portero de discoteca los sábados y domingos.

Papale sólo había jugado al fútbol americano de manera federada en el instituto. Obtuvo una beca deportiva en atletismo para cursar estudios universitarios y se convirtió en un especialista en salto con pértiga. No brillo en demasía, por lo que se centró en sacar su licenciatura en ADE. Sin embargo no lograba encontrar un trabajo estable y permanecía ahogado por las deudas.

Animado por sus colegas, Vince Papale acude a la llamada de los Eagles. A pesar de que se citan cientos de ex jugadores de fútbol universitarios, y aunque en un principio Vermeil se tomaba la convocatoria como una manera de aumentar la moral de la ciudad y nada más, Papale poco a poco va pasando los cortes ante la incredulidad general y finalmente consigue una plaza como jugador profesional.

Papale sigue siendo el único jugador novato de la historia de la NFL con más de 30 años, y por supuesto, el primero sin ninguna experiencia universitaria en el fútbol americano. Ahí radicaba toda la magia en torno al receptor de los Eagles. Todos los aficionados pasaron a ser Papale, uno de los suyos, la viva encarnación del sueño americano.

Aquel camarero, que sólo había jugado de manera federada al fútbol americano durante su época en el instituto, formaría parte de la plantilla de los Eagles durante tres temporadas. Nunca fue un jugador destacado (41 partidos en un trienio) y en la mayoría de los encuentros disponía de pocos minutos, pero todos sus compañeros siempre lo señalaron como el culpable de que los Eagles volviesen a los playoffs tras muchos años de ausencia y acumulasen tres campañas seguidas en la postemporada. Contaban que no había persona más implicada en los entrenamientos. Su ascendencia fue tal que lo escogieron capitán de los equipos especiales, una especie de jefe de los suplentes.

Amazon.com: 1977 Topps # 397 Vince Papale Philadelphia Eagles (Football  Card) NM/MT Eagles St Joseph's (PA): Collectibles & Fine Art
Nº 83. Cromo codiciado

Con el tiempo Papale fue elegido dentro del equipo ideal en la historia de los Eagles. Obviamente no por sus aptitudes, pero si por su actitud. La expresión ‘American Dream’ se usa a menudo y muchas veces sin sentido. En este caso son las palabras exactas para definir una historia que ni el mejor guionista de la Disney hubiera creado.

Vince Papale es hoy una leyenda en Philadelphia a la altura de Rocky (de hecho a Papale le suelen llamar el Rocky de verdad) y lo es también para cualquier aficionado al fútbol americano que sueña con jugar alguna vez con el equipo de sus sueños. Hoy Papale trabaja como comentarista de los Eagles en una emisora de radio y es un fiero activista contra el cáncer tras superar un tumor en el colón. Se estima que el número de colonoscopias realizadas en Philadelphia aumentó cerca de un 20% tras una campaña en la que Papale abogaba por acudir con prontitud al médico.

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Lance Armstrong: El fraude de un campeón (2ª parte)

Lance Armstrong es un gran campeón. De eso no hay duda. No se ganan siete Tour de Francia si no lo eres. Con EPO o sin EPO. Armstrong odiaba a todos y cada uno de sus rivales y tenía el colmillo asesino de los grandes egos. Dominaba a sus compañeros, controlaba el pelotón y era un genio de la táctica en carrera. Tan sólo mostraba respeto y temor por Jan Ullrich, el eterno segundo, la némesis necesaria que le permitía brillar.

Pero Lance Armstrong era sobre todo el adalid contra el cáncer. Tras ganar su primer Tour se convirtió en el hombre más famoso del mundo. En Estados Unidos, un país donde el ciclismo era residual, evocaba a un semidiós que se codeaba con políticos y estrellas de Hollywood. Armstrong consiguió que ser adolescente y tener cáncer pasase de ser vergonzante a convertirse en un reto motivacional.

Su lucha y su compromiso contra el cáncer ni estuvieron ni están puestos en duda, pero Lance supo usarlos como escudo contra aquellos que lo acusaban de doparse. Cuando la prensa, liderada por el irlandés David Walsh, comenzó a lanzar informaciones basadas en fuentes anónimas que aseguraban que Armstrong se dopaba, éste, con presteza, usó el cáncer en su beneficio. Lance salía a la palestra visiblemente indignado e invariablemente su discurso se parecía a un “vengo de una sentencia de muerte, ¿de verdad alguien puede creer que voy a doparme por algo tan insignificante como un deporte?”.

Se antojaba difícil luchar contra esa argumentación.

Pero se hizo. Los primeros en abandonar el barco fueron sus compañeros de equipo. Tras años cumpliendo el papel de gregarios, muchos de aquellos prometedores ciclistas estadounidenses que admiraban a Lance decidieron hacer camino por sí mismos. El primero de ellos fue Tyler Hamilton, que logró acabar a las puertas del pódium del Tour en 2003. Para la siguiente campaña contaba con alcanzar la victoria, no obstante el destino quiso que un par de meses antes de la cita francesa diese positivo. Hamilton estaba estupefacto. Y lo estaría mucho más cuando tiempo después averiguó que Armstrong alertó del fraude a Verbruggen, presidente de la UCI. Cuando el mandamás de la UCI preguntó a Lance que hacer, el texano fue tajante. Hamilton iría de cabeza al patíbulo.

Aquello rompió los cimientos del entramado. Dolidos y traicionados, sus compañeros no entendían porque Armstrong tenía barra libre mientras ellos tenían que acatar las normas.

Y es que antes de aquello, el citado Walsh había destapado el esqueleto del fraude de Armstrong gracias a la confesión de Emma O’Reilly, fisioterapeuta del US Postal, y el arrepentimiento de Frankie Andreu y Jonathan Vaughters, ex compañeros de equipo de Lance. Sin embargo, la falta de pruebas (palabra contra palabra), la aureola de santo de Armstrong (una mentira es verdad si la repites 1.000 veces) y, esencialmente, el apoyo sin fisuras de la UCI, hicieron que la causa no fuera a mayores.

David Walsh described Tom Humphries as 'a great, great man' after child sex  allegations
Walsh y el Sunday Times. Azote de Armstrong

En todo caso, y tras convertirse en el primer ciclista en superar la marca de Anquetil, Merckx, Hinault e Induráin de cinco Tours, Armstrong comenzó a pensar en la retirada para salvaguardar su honor. Por el camino lograría el sexto en 2004, el mismo año que el doctor Ferrari tuvo que pasar por los tribunales, y en 2005 el último y séptimo maillot amarillo con un nuevo equipo, tras la renuncia de US Postal que se negó a pagarle varios pluses de su contrato ante la sospecha de su reiterado dopaje.

Con dudas, con incontables dudas, Lance lo había logrado. Todo eran rumores, no había certezas. El ciclismo parecía ya un deporte limpio y una vez que el Mesías estaba fuera de la circulación ya nada hacía temer que el castillo de naipes se derrumbase.

Sin Armstrong, el Tour de Francia de 2006 iba a ser al fin el Tour de Jan Ullrich (campeón en 1997 y subcampeón en cinco ocasiones). Pero semanas antes del inicio de la prueba, la Guardia Civil destapa un entramado de dopaje bajo el nombre de ‘Operación Puerto’ liderado por un médico que obedecía al nombre de Eufemiano Fuentes. Entre sus clientes había ‘prima donnas’ como Roberto Heras, Iván Basso o el citado Ullrich. Se inició una nueva cacería y, ya sin Armstrong, el ciclismo parecía ahora herido de muerte.

En estas que el Tour se inicia sin un claro favorito y se convierte en un carrusel de desfallecimientos y actuaciones heroicas que lo vuelven el más fascinante desde finales de los 80. Y es un espíritu libre, un joven norteamericano que nunca congeniara con Armstrong, el que se lleva la victoria. Floyd Landis gana el Tour de 2006 siendo el más humano de los ganadores y reavivando la esperanza de un ciclismo limpio.

Pero Landis estaba igual de manchado que los demás y al poco de acabar el Tour dará positivo por testosterona. Lo negará, mas Landis no sabe mentir y acabará sin Tour, sancionado y con una depresión de caballo que lo llevará a refugiarse en el alcohol. En el medio de la cacería decide pedir ayuda a Armstrong obteniendo el silencio por respuesta.

Landis es una bomba de relojería. Deprimido y traicionado principia a comprender que la vara de medir es distinta para unos y para otros y empieza a arremeter contra la UCI y contra Lance Armstrong. Una vez cumplida su sanción de dos años por dopaje solicita volver al pelotón internacional pero se encuentra con la negativa de todos los equipos y con una respuesta común que le llegará a lo más fondo del corazón: “Eres radioactivo”.

Mientras todo esto sucede, limpio, pero con la credibilidad bajo mínimos, Lance Armstrong decide volver de su retiro e intentar ganar su octavo Tour de Francia en 2009 camino de los 38 años. Para demostrar su inocencia anuncia que pasará controles antidopaje a diario. Es cierto. Pero también lo es que el doctor Ferrari viajará con él etapa tras etapa en un coche privado. Con Bruyneel como director, pero con otro gallo como Alberto Contador en el equipo, se tuvo que conformar con la tercera posición. Lance no estaba contento, pero, dopado o no, esa demostración de poderío y autoridad tras tres años retirado le volvió a granjear el amor del gran público.

Entretanto Armstrong se llevaba la gloria, Landis seguía aferrado a la botella de whisky. No comprendía que si en el ciclismo funcionaba la ‘omertá’ nadie le ayudase. La mafia era un club cerrado donde a cambio de tu silencio recibías ayuda. En el ciclismo no sucedía lo mismo. Landis estaba callado, pero en vez de ayuda recibía amenazas, lo llamaban loco y tenía que cargar con las culpas de toda una generación.

Asustado, resentido y frustrado, Landis decidió pasar a la acción.

Envió un correo electrónico a la AMA con fechas, horas y detalles de una red de más de una década de dopaje. Contó sus secretos, los de Armstrong y los de todos sus compañeros del US Postal. Eran palabras. Sólo palabras. Pero o ese hombre decía la verdad o bien tenía una imaginación desbordante.

Floyd Landis monta un equipo con el dinero del cannabis y de delatar a  Armstrong | Marca.com
Landis (d) quiso morir matando

Aun sin pruebas el juez vio indicios para sentar a Armstrong en el banquillo. Lance nunca había dado positivo y nuevamente se libró de la condena, pero por vez primera algo había cambiado. Verbruggen había dejado su lugar en la UCI a Pat Mcquaid y éste había decidido drenar la ciénaga y limpiar el ciclismo. Se reunió con ex compañeros de Armstrong y les prometió la redención si confesaban. Fue así como George Hincapié, compañero de equipo, de habitación y mejor amigo de Armstrong durante quince años, decidió romper la ley de la ‘omertá’.

Puede que nunca hubiese habido un positivo. Pero no hizo falta. El mundo de Armstrong se abrió bajo sus pies.

La UCI le quitó todos sus trofeos, sus siete Tour de Francia y la medalla olímpica de 2000. Todos sus ex compañeros declararon mediante juramento que en sus victorias hubo consumo de productos dopantes. Al no existir controles fuera de la competición programaba las inyecciones para estar óptimo en carrera. Armstrong lo siguió negando, pero todos sus patrocinadores cancelaron sus contratos. Se convirtió en un paria y hasta tuvo que malvender su mansión para obtener liquidez. Con todo, el poder de la mentira y de la terquedad de Lance era tal que siguió negando la verdad por activa y por pasiva.

Armstrong contaba con que la tempestad pasaría y su vida resurgiría. Pero cierto día recibió la llamada de un directivo de ‘Livestrong’ en el que se le anunciaba que había sido expulsado de su propia fundación. Aquello le hizo hundirse. Más allá del ciclismo, su legado era la lucha contra el cáncer. Lo consideró una traición, y, por vez primera, comprendió que tal vez tendría que confesar la verdad.

Así, a inicios de 2013, tras cerca de dos décadas sosteniendo una mentira, Lance Armstrong acudía al programa de Oprah, uno de los más seguidos de Estados Unidos, para decir la verdad. Fue una dura entrevista en la que Oprah tiró a degüello con cinco preguntas de respuesta cerrada (si o no) en las que Armstrong confesó lo inconfesable. Dijo la verdad, pero apenas expresó sus sentimientos. No mostró arrepentimiento y hasta se negaba a darle la razón a quien le acusaba: “Me dopé por arrogancia y por instinto insaciable de victoria”.

https://www.youtube.com/watch?v=9SV4K1nBIwA

Siempre seremos escépticos ante Lance Armstrong, pero es evidente que fue un deportista excepcional dotado de ese colmillo competitivo exclusivo de los grandes campeones. Ha sido amado y odiado y, hoy, simplemente, es un apestado. Ha sido un líder inapropiado y un hombre aborrecible y al mismo tiempo fue un ser que utilizó el deporte para dar esperanzas a millones de personas con cáncer. De su pasado ciclista sólo mantiene relación con Jan Ullrich, el único que consiguió motivarle, otro campeón apestado y la única persona por la que se le ha visto llorar en público. Pero mientras Ullrich ha tenido que acudir a un centro psiquiátrico para espiar sus pecados, Armstrong sigue disfrutando de la vida sin ningún remordimiento. Porque, dopado o no, para él nunca habrá un ciclista que sea capaz de superarlo.

Guste o no guste, Lance Armstrong ha dejado una impronta en el ciclismo y un legado de esperanza y superación en la lucha contra el cáncer. Y ahí surge la incómoda pregunta. ¿Se le puede perdonar por todo lo que ha hecho? Este es el quid de la cuestión y el verdadero fondo del problema.

En la mayor parte de Estados Unidos y en buena parte de Europa lo tienen claro. No hay nada que lo compense. Una sociedad que no exija responsabilidades es una sociedad condenada a marchitarse. Es el liberalismo puro y duro. Vive como quieras, pero asume los riesgos y las consecuencias. Para el sur de Europa y para América Latina esto no es así. Y no lo es por el influjo del catolicismo.

Para los protestantes todo cristiano es un sacerdote en potencia, por lo que encontrará su salvación a través de un ejercicio moral intachable consigo mismo y con la sociedad. En consecuencia, todo el mundo está interesado en que le vaya bien pero también que ocurra lo mismo en su comunidad. Para los católicos la salvación pasa por seguir los preceptos de la Iglesia y el error siempre puede ser subsanado en acto de contrición.

En un mundo secularizado la religión ha perdido importancia, pero la tradición pesa en las costumbres y el cristianismo forma parte de nuestra cultura. En las sociedades protestantes las faltas morales y las corruptelas siguen siendo terribles, mientras que en las católicas suelen ser perdonadas. Por eso Armstrong aún tiene gran aceptación entre la amplia comunidad católica de Texas y Nuevo México, pero es vilipendiado en el resto de Estados Unidos.

Maquiavelo dijo que el fin justifica los medios.

Pero es que Maquiavelo era católico.

“Duermo muy bien por las noches. No cambiaría nada de lo que hice. No me arrepiento de nada. Si mi hijo, que está jugando al fútbol (americano) en la universidad, me dice que se quiere dopar le diría que no lo hiciese. Si mi hijo llega a ser profesional y me lo pregunta entonces, le diría; cuéntame y hablamos”. Lance Armstrong, en una entrevista de 2019.

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Lance Armstrong: El fraude de un campeón (1ª parte)

En el año 2004 Lance Armstrong estaba en la cúspide de su existencia. Se preparaba para acudir en julio a Francia, darle una vuelta al hexágono galo y ser el primer ser humano en sumar seis Tours en su palmarés. La temporada siguiente remataría semejante hazaña logrando un séptimo y definitivo título para autoproclamarse el más grande de todos los tiempos. Pero antes, al inicio de aquel año, presentó en la sede de ‘Livestrong’, su fundación contra el cáncer, una pulsera amarilla de plástico que se pondría a la venta por 1 euro y cuya recaudación iría íntegramente al estudio e investigación de proyectos oncológicos.

‘Livestrong’ contaba con vender cinco millones de pulseras en todo el planeta. Se estima que fueron ochenta los millones de ellas que adornaron las muñecas de medio mundo, incluidas las de los más grandes deportistas durante los Juegos Olímpicos de Atenas de 2004.

Y es que Lance Armstrong era un héroe. Era el hombre que había vencido al cáncer. Fue en octubre de 1996, cuando apenas contaba con 25 años de edad. Aquel verano ya había renunciado a correr por una complicada bronquitis, aunque la realidad es que tenía molestias al sentarse en el sillín porque uno de sus testículos estaba hinchado sobremanera. Por vergüenza calló, hasta que pasados unos meses comenzó a esputar sangre. Era un cáncer testicular de estadio 4 con metástasis en los pulmones y en el cerebro. Al día siguiente del diagnóstico ya estaba tumbado en la mesa de operaciones con menos de un 20% de posibilidades de supervivencia según le expresó su urólogo.

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Pero pocos enemigos tan implacables iba a tener el cáncer como Lance Armstrong. Aquel joven texano, que no aceptaba las reglas y que siempre vivía al límite, se iba a defender con uñas y dientes. Como cuando falsificó su fecha de nacimiento para poder competir en su primer triatlón. O como cuando salpicaba a sus rivales en la piscina para lograr la victoria. Era el mismo chico que insultaba a sus compañeros de equipo cuando subía un puerto y los llamaba nenazas porque no eran capaces de seguir su diabólico ritmo.

Lance era un bocazas y un irresponsable, pero también una bestia parda que encontró en el triatlón una forma de desahogo y que vio en el ciclismo una manera de hacerse millonario. Con 18 años se pasó a las dos ruedas y decidió quedarse con el apellido Armstrong de un padre adoptivo al que detestaba, porque lo consideraba más comercial que el Gunderson de un progenitor biológico que le abandonó al poco de nacer. Desde niño aprendió a odiar y a afilar un colmillo competitivo que es santo y seña de los grandes campeones.

Por eso era evidente que si alguien podría formar parte de ese 20% de supervivencia tenía que ser Lance. Apenas dos meses después de operarse, y con los pulmones aún encharcados, se volvió a subir a la burra. A finales del año siguiente ya formaba parte de un nuevo equipo norteamericano de ciclismo, el US Postal, dirigido por un ex corredor belga llamado Johan Bruyneel. Pero Armstrong tuvo que empezar de cero. Todo el respeto que se había ganado como ciclista había sido sustituido por cautela y escepticismo.

El Lance Armstrong de antes de la operación había sido campeón del mundo en 1993 por delante del mismísimo Miguel Induráin. Armstrong era el macho alfa del equipo americano Motorola, un ‘rara avis’ en el ciclismo, un deporte eminentemente europeo. Y si bien los españoles suelen ser humildes, los belgas metódicos, los italianos astutos y los franceses arrogantes, a los estadounidenses ni se les conocía ni se les esperaba. Armstrong resultó ser lo que es. Un texano de pura cepa. Odioso, ilógico y sin pelos en la lengua. Podría ganar muchas carreras, pero Lance Armstrong nunca podría ganar un concurso de popularidad.

Armstrong no era una persona equilibrada. Ni antes ni después. Pero cuando uno está a punto de morir cambia de principios. Si no tiene algo, lo quiere. Y lo quiere rápido. Así que Armstrong no iba a aceptar ser un don nadie. Lance Armstrong quiso volver a ser grande.

Concretamente decidió que iba a ser el más grande.

Y no existía camino más rápido para lograrlo que a través del dopaje.

El dopaje. Ah, el dopaje. El doping es tan intrínseco al ciclismo como los Alpes o los Pirineos. Desde el comienzo de los tiempos, desde que a alguien se le ocurrió recorrer más de 4.000 kilómetros sobre una bicicleta subiendo y bajando montañas en apenas unos días, se hizo necesaria la ayuda externa para afrontarlo. Eso es lo conocido como dopaje legal. Al principio fueron chorros de alcohol, para, poco a poco, sofisticar el asunto. La burra cabalga a través de los analgésicos, las anfetaminas, la cortisona, y, sí, también, cocaína.

Antes del cáncer Armstrong ya se dopaba. Y como él todos. O casi todos. No vaya a ser que alguien se ofenda. Cortisona y anfetaminas estaban a la orden del día. Eso era lo permitido. Lo otro o pasó de moda (alcohol) o era rotundamente ilegal (cocaína). Pero he aquí que a finales de los 80 un médico italiano llamado Michele Ferrari empieza a experimentar con la eritropoyetina, más conocida como EPO. Se trata de una sustancia que aumenta la capacidad para transportar oxígeno amplificando la cantidad de glóbulos rojos en sangre. Esto implicaba que a través de una transfusión se podía minimizar la fatiga y aumentar el rendimiento en altitud. A mediados de los 90 era práctica común en el pelotón internacional. Todos lo intuían, pero, y aquí está el matiz, se trataba de dopaje ilegal. No estaba permitido.

Para 1998 la burbuja estalló cuando en un control rutinario de la policía durante el Tour se descubrieron en los tráileres de varios equipos sustancias dopantes a nivel industrial. El llamado ‘caso Festina’ fue algo semejante al salvaje oeste. Una carnicería deportiva, pero, y aquí está el quid de la cuestión, un escándalo con consecuencias legales y penales. Se creó la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) y el ciclismo prometió limpieza. No obstante ya se sabe que tanto la justicia como la ciencia son lentas, por lo que aún tendría que pasar una década para que los vampiros fuesen por delante de los ciclistas.

Y mientras todo esto sucedía, mientras el ciclismo se asomaba al averno, Lance Armstrong se convertía en un icono de la lucha contra el cáncer y creaba su propia fundación para ayudar a los pacientes oncológicos testiculares. Así fue en un principio, pero su fulgurante éxito convirtió en pocos años a ‘Livestrong’ en un gigante de la investigación contra todo tipo de cáncer y de apoyo asistencial a pacientes en Estados Unidos.

Ah, pero mientras todo esto sucedía, mientras Lance Armstrong decidía volcar sus esfuerzos para luchar contra el cáncer, determinó dar el paso y viajar a orillas del Lago Como para visitar al doctor Ferrari. Era 1998, y entretanto el ciclismo mundial entraba en una espiral de autodestrucción, Lance Armstrong comenzaba a suministrarse con regularidad la famosa EPO.

Para 1999 Estados Unidos volvía al Tour de Francia a través del equipo US Postal. Era el Tour de la redención. Se redujeron los kilómetros y las etapas de montaña para minimizar los esfuerzos de los ciclistas. Pero la realidad es que la EPO seguía siendo indetectable. No había forma de averiguar su consumo en competición. El Tour de la redención, el Tour más humano, resulta que fue el Tour más rápido de la historia. Y fue el Tour de Lance Armstrong, que lideró la carrera con absoluta suficiencia.

Era el gran héroe americano. El hombre que había derrotado al cáncer ahora ganaba la prueba ciclista más dura del mundo. Era el mesías del ciclismo. Pero había fraude. Y se sabía. Y la gran diferencia es que mientras a mediados de los 90 se estaba al tanto de que los ciclistas de elite usaban EPO, igualándose mutuamente en términos de fuerza y estafa, después de 1998 había una clara línea que separaba a los que hacían trampa de los que no. El problema era averiguar quién era cada cual.

A punto se estuvo.

A mediados de aquel Tour la prensa francesa desvelaba que Lance Armstrong había dado positivo en cortisona en una prueba de orina. La cortisona, aceptada antes de 1998, pasaba ahora a ser prohibida salvo para dolores intramusculares justificados. Hein Verbruggen, presidente de la Unión Ciclista Internacional (UCI), defendió públicamente a la gallina de los huevos de oro. Absolución total. El ciclismo tenía a su redentor, a la gran estrella del deporte mundial, y nada ni nadie iba a impedir que Lance Armstrong se coronase en los Campos Elíseos de Paris.

El problema es que Lance Armstrong también habría dado positivo en EPO si se hubiesen podido detectar las muestras de eritropoyetina por aquel entonces.

Dos años después la AMA ya estaba en condiciones de detectar la EPO en cada control. Para 2002 nadie podría inyectarse EPO sin ser detectado.

No habría más fraude. Los tramposos iban a ser cazados.

Y sin embargo Lance Armstrong ganó sus siete Tour de Francia sin dar jamás positivo. En 1999, 2000, 2001, 2002, 2003, 2004 y 2005.

Continuará…

Armstrong presume en una foto en su twitter de sus 7 Tours - AS.com
Y dos más que no salen en la foto

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