Para todos aquellos que tienen un mínimo de interés en el fútbol la historia es más o menos conocida. En el siglo XIX los alumnos de los colegios privados de Inglaterra dedicaban su tiempo de asueto en jugar al fútbol. Cada institución académica tenía sus propias reglas y eran tan variadas que en algunas academias se podían usar las manos (Rugby o Marlborough) y en otras únicamente los pies (Winchester, Eton o Cambridge). A mediados de siglo, y gracias al desarrollo de la red de ferrocarril, comenzaron a disputarse competiciones entre las distintas universidades, por lo que se hizo necesario establecer unas reglas comunes. En octubre de 1863 se constituyeron las reglas básicas del fútbol y, años después, los disidentes harían lo propio implantando las reglas básicas del rugby.
El fútbol es más antiguo que la bombilla, el cine o el automóvil.
A partir de ahí el fútbol se extenderá con rapidez por todo el planeta. Soldados, marineros, funcionarios de las colonias, hombres de negocios, ingenieros y maestros ejercerán de apósteles. El balompié se convertirá en el deporte hegemónico por antonomasia. El rugby quedará anclado en las Islas Británicas y sólo tendrá aceptación en las colonias del Imperio y, de forma sorpresiva, en Francia.
Los triunfantes ingleses siempre se han orgullecido de ser los inventores del fútbol. Fue un invento de la Inglaterra Victoriana para escapar de los aburrimientos de los domingos y llenar de ocupación el nuevo tiempo de ocio de la sociedad contemporánea. Y es cierto. Pero hay matices. Muchos matices.
¿Quiénes son los responsables de hacer del fútbol un deporte divertido y sugerente para buena parte de la humanidad? ¿Quiénes lograron que se convirtiese en el ariete primordial entre todos los deportes? No. No fueron los ingleses. Fueron los escoceses.
El primer partido
En 1707 Escocia pasó a formar parte del Reino de Gran Bretaña. A partir de entonces (y de forma errónea) los escoceses pasaron a ser para el resto de la humanidad ingleses. Sucede que cuando el Imperio Británico conquiste los cinco continentes a través de su armada y de su ejército o cuando una empresa británica vacíe una mina de carbón, cree una industria textil o explote un pozo de petróleo, a ojos de la humanidad será un hito de la comunidad inglesa. Para el nativo el británico era sinónimo de inglés. Ni existía el escocés, ni el galés ni el irlandés.
La realidad es que un alto porcentaje de los militares y de los comerciantes británicos eran escoceses. Por un lado, las durísimas condiciones climatológicas y un terreno verde, pero pedregoso y de paupérrimo nivel de cultivo, hacían del escocés un pueblo proclive a la emigración. En la otra vertiente, las diferencias religiosas y la pérdida de propiedades y estatus tras la absorción de los ingleses del Reino de Escocia hicieron que las familias de renombre, o bien marchasen a Londres a probar fortuna, o por la contra se convirtieran en ricos comerciantes y en ávidos empresarios bajo el mandato de la Corona inglesa.
Así pues, fueron los comerciantes y los trabajadores escoceses los que llevaron el fútbol a través del mar más allá de las Islas Británicas.
¿Cómo se convirtió el fútbol en el deporte ganador? ¿Por qué lo que triunfó fue el fútbol y no el rugby? ¿Por qué en Escocia el balón redondo le ganó la partida al balón ovalado?
Los escoceses eran conocidos por ofrecer un buen trato con el balón, dar muchos pases y hacer un gran juego colectivo. Los ingleses preferían encarar por bandas y el ‘up and under’ (el patadón), un tipo de fútbol más individualista y que tenía su razón de ser en el rugby. El fútbol de ‘passing game’ y ‘dribbling’ escocés triunfaría. El juego propuesto por los escoceses, tan atractivo para el público, fue lo que hizo que el fútbol le ganara la batalla al rugby o al cricket por la supremacía mundial y que fuese aceptado y asimilado rápidamente en todos los puntos del globo.
Escoceses eran la gran mayoría de británicos que comerciaron en España en el siglo XIX, los cuales introdujeron el fútbol en nuestro país. La familia católica y escocesa Gordon montó un imperio bodeguero en Jerez y el también escocés Hugh Matheson consiguió la concesión para explotar las minas del Río Tinto cerca de la ciudad de Huelva. Fueron los trabajadores de las minas quienes fundaron el Huelva Recreation Club (Recreativo de Huelva) en 1889, cuyo primer presidente fue el también escocés Charles Adams, quien dirigía una empresa de gas en la capital onubense. Los escoceses (en las crónicas siempre confundidos por ingleses) fundaron los primeros clubes en Sevilla, Bilbao o Barcelona, ciudades con fuerte presencia de capital extranjero.
En los arrabales de Barcelona se crea una gran industria textil que atrae a numerosos escoceses y que contribuirá a que lugares como Sabadell o Terrasa pasen de ser pueblos a ciudades. En Barcelona, un día de 1898, el suizo Hans Gamper se acercó a las instalaciones del Gimnasio Tolosa para integrarse en su club de fútbol. El club estaba formado por escoceses y le denegaron el acceso, pero no por motivo de su nacionalidad, sino por culpa de sus creencias, ya que Gamper era protestante y el club estaba integrado por escoceses católicos. A finales de ese año Gamper decide crear su propio club de fútbol, en el que, además de a suizos, también permitirá la presencia a ingleses y a escoceses protestantes. Es el FC Barcelona.
En otra punta de España, en Galicia, una zona aislada pero perfectamente conectada por mar con Gran Bretaña, tuviera lugar años atrás el primer partido de fútbol documentado en territorio español. Es en agosto de 1873 cuando atraca en Vilagarcía de Arousa el barco militar británico de nombre Go-Go. Según relatan las crónicas, los marineros aprovecharon los días de descanso para comer, bailar, ligar y, al parecer, jugar un partido de fútbol en un descampado situado en la parte trasera de la capilla de San Roque. El primer equipo de esta ciudad fue el Real Alfonso XII creado en 1901 y cuyo presidente era Cameron Walker, nacido en Trípoli, pero de madre escocesa.
Fútbol en Vilagarcía
Como hemos visto son los lugares con acceso al mar los primeros en recibir la buena nueva futbolística. La potente Bilbao y su industria pesada, la periférica, pero con excelente fachada marítima, Galicia y la parte atlántica de Andalucía, próxima a Gibraltar y nudo de comunicaciones por mar. Barcelona, ciudad en expansión y conectada a Europa, también adelantó a Madrid en el asunto deportivo. ¿Y qué pasó en el Mediterráneo?
Importante mar comercial pero desorientado en relación a Gran Bretaña, el fútbol tardó unos cuantos años más en llegar a Levante. Lo curioso es que en este caso sabemos con certeza y exactitud el lugar y momento de la aparición del balompié. Fue un 28 de mayo de 1900 en la playa ilicitana de Tamarit.
¿Cómo ello es posible?
Aquel 28 de mayo fondeó en Elche una expedición de la British Astronomical Association, a bordo del buque de guerra HMS Theseus. Al mando el almirantazgo británico, pero también dos astrónomos, quiénes más tarde documentarían para la posteridad los asuntos del viaje. Alquilaron un bar con azotea en lo que calificaron como “una pintoresca localidad morisca” para instalar cámaras fotográficas y telescopios.
Y es que tocaba afinar cálculos y lentes dado que aquel 28 mayo se iba a producir un eclipse solar y la costa levantina era el lugar más privilegiado de Europa para disfrutarlo.
Sucedió que, mientras los científicos afinaban las matemáticas, los marineros del HMS Theseus encontraron otra forma de pasar el tiempo. En la arena de la playa de Tamarit, improvisaron porterías, formaron dos equipos y comenzaron a correr tras una pelota. No sabían que estaban haciendo historia. Jóvenes curiosos se acercaban a mirar, intentando comprender aquel juego rápido, físico, y lleno de reglas desconocidas.
El diario alicantino El Liberal, en su edición de esos días, describía el espectáculo como “un violento ejercicio que realizan con una pelota de goma, valiéndose de la cabeza y los pies, con prohibición absoluta de las manos y los brazos”.
El eclipse solar del 28 de mayo de 1900 fue uno de los tres primeros eclipses totales de sol del siglo XX, conocidos internacionalmente como los eclipses españoles, dado que España fue lugar privilegiado para su observación. La sombra de la Luna atravesó la Península Ibérica de noroeste a sureste, comenzando por el sur de Oporto (Portugal), pasando por Ciudad Real y saliendo aproximadamente por Alicante. Eso hizo que durante 80 segundos lugares como la cacereña Navalmoral de la Mata o la alicantina Elche fuesen centro del planeta.
Elche, una ciudad en aquellos momentos de apenas 30.000 habitantes, recibió unos 25.000 visitantes, duplicando temporalmente su población. Llegaron desde Inglaterra, Escocia, Francia, de diferentes puntos de España y de muchos otros países. Con ello trajeron consigo no solo instrumentos científicos sino también curiosidad, cultura y una presencia internacional inédita desconocida en aquellos lares. Aquel eclipse fue el primero en la historia en ser filmado en movimiento gracias a una cámara. Así que, aquel 28 de mayo de 1900, hubo en Elche un eclipse de sol, por vez primera se vio una cámara de cine y, por supuesto, se jugó el primer partido de fútbol conocido a orillas del Levante español.
Nacido en 1872, hijo de un capitán de la marina, Roald Amundsen decidió que su futuro pasaría por ser explorador polar. En 1905 se convertiría en el primer ser humano en cruzar el gran paso del Noroeste que conecta el Océano Pacífico con el Océano Atlántico. Aquello no tenía entonces utilidad práctica, dado que la mayor parte del año aquella ingente masa de agua estaba bloqueada por el hielo. Era lo de menos. Se trataba de alcanzar la gloria y progresar en el conocimiento y en la manifestación simbólica de la capacidad humana de abarcar el mundo.
La historia había comenzado años antes, cuando el joven Amundsen leía sobre exploradores en la casa que sus padres habían construido al borde de un precipicio. Y es que Roald Amundsen era noruego y vivía en la entrada de uno de los muchos fiordos que embellecen la costa noruega. Aquella casa, por cierto, hubo de ser hipotecada cuando la Sociedad Noruega de Geografía hubiese de aceptar la loca expedición de Amundsen. Aquel intrépido explorador vendió sus pertenencias y solicitó donaciones populares para lograr su objetivo. Tuvo la suerte de que Noruega había obtenido su independencia en 1905 y la realeza noruega puso todo su empeño en que la aventura acabase en buen puerto como una forma de reconocimiento internacional del joven país. Noruega había aprobado el derecho al voto femenino y había creado un seguro sanitario. Era un país vanguardista, pero necesitaba un objetivo que revalorizara su nombre.
El objetivo era plantar la bandera noruega en el Polo Norte.
Pero no.
Había llegado la hora del deporte de masas. Empiezan a construirse estadios de futbol y velódromos en buena parte de Europa y se crean ligas profesionales de fútbol americano, hockey sobre hielo y beisbol en Estados Unidos. Al avanzar el último cuarto del siglo XIX, los periódicos dedican páginas a la información deportiva y promueven y patrocinan competiciones variopintas. Ese fervor de la prensa respondía a una lógica empresarial para vender el relato deportivo. Esto era esencial en el ciclismo, en donde ningún espectador podría contemplar una carrera en su totalidad. En ese contexto, el relato de una carrera de exploradores en competición para ser el primero en llegar a los polos era fascinante.
Y es que era una carrera. En 1904 un tal Adolf Nordenskjöld fue el primero en intentarlo. Naufragó. Pero su expedición tuvo un éxito enorme. Un periodista francés llamado Gaston Leroux, tuvo la feliz idea de ir a su encuentro al puerto español de Vigo a donde fueron remolcados Nordenskjöld y el resto de su tripulación. Fueron tres semanas de convivencia antes de que los aventureros llegasen a Noruega. Aquel relato fue vendido a un periódico francés por fascículos y se considera la primera exclusiva de la historia de la prensa deportiva.
Cuando Nordenskjöld llegó a Noruega ya no tenía nada nuevo que contar. Ya no era noticioso.
A partir de entonces hubo una carrera contrarreloj para llegar al punto abstracto donde la inclinación magnética terrestre es igual a 90º. Esa carrera fue ganada un 9 de abril de 1910 por un ingeniero de la marina estadounidense llamado Robert Peary, quien plantó la bandera de las barras y estrellas sobre el casquete polar. Sin embargo, a su regreso descubrió que otro estadounidense llamado Frederick Cook afirmaba haber llegado al Polo Norte meses antes. Aunque las pruebas de Peary parecían irrefutables e incluso el Congreso de Estados Unidos le había dado el reconocimiento de su hazaña, Cook era multimillonario y pagó a diversos periódicos para ser nombrado vencedor de la carrera. La polémica no cesaría durante varios años y es una de las primeras muestras del poder del sensacionalismo mediático.
Robert Peary
Fuese Peary o fuese Cook, lo que era irrefutable es que Noruega no podría llegar al Polo Norte, lugar que geográficamente le pertenecía. Amundsen pidió audiencia con el rey y lanzó un órdago. El objetivo sería el Polo Sur.
La Antártida.
Amundsen había comprado en Groenlandia cien perros de tiro que podrían servirle tanto como bestias de carga como de alimento. Junto a una veintena de tripulantes se embarcó en el Fram, nombre con el que había bautizado su barco, con el objetivo de llegar al centro geográfico del Polo Sur. Pero hizo algo más. Comprendiendo el valor de los medios de comunicación, hizo llevar a bordo a un camarógrafo profesional para realizar fotografías y grabar películas. El cine acababa de ser inventado y era la prueba más fehaciente de credibilidad.
Pero había que llegar a la Antártida.
La Antártida.
La Antártida es el último continente. Fue el último en bautizarse, el último en representarse y el último en conquistarse. Si en nuestros mapamundis aparece apretujado es solo porque lo vemos en una escala distinta con el sistema clásico de proyección. La realidad es que su tamaño es enorme y representa una décima parte de la masa terrestre del planeta. A principios del siglo XX era el único lugar de la Tierra que permanecía aislado de la voracidad de los Imperios.
Durante siglos lo que se conocía como Terra Incógnita se consideraba un continente utópico poblado por gentes felices. A partir del siglo XVIII se comprendió que lo que allí había eran ballenas y focas felices que pronto dejarían de serlo por las ballestas y barcos de hombres no tan felices.
La conquista del Polo Sur era una epopeya que pretendía rellenar el último espacio en blanco del mapa mundial. También era una expedición científica, pero, esencialmente, era una ambiciosa conclusión a la Era de los Descubrimientos que los europeos habían iniciado en el siglo XV poniendo las bases para el dominio de Occidente y que pretendían cerrar con la Antártida a inicios de siglo XX.
Noruega tenía un poderosísimo rival. El Reino Unido. Los británicos dominaban el mundo. Habían dedicado el siglo XIX a cubrir los espacios en blanco del mapamundi. Si lo que se conocía de África y hasta de ciertas partes de Asia, América y Oceanía eran las costas y tierras próximas, ahora tocaba adentrarse en el corazón de los continentes. A todos nos viene a la cabeza Stanley y Livingstone, pero no fue hasta tan tardía fecha como 1902 cuando una expedición angloamericana redescubriese el Machu Picchu, lugar de esplendorosa belleza al que no consiguieron llegar los españoles con el transcurrir de los siglos.
El Reino Unido estaba en su apogeo. Acaba de finalizar la Era Victoriana. La conquista del Polo Sur era el último refugio en la cultura de la exploración y cautivó al súbdito británico. Era una conquista sin dominación, sin exterminio, sin derramamiento de sangre. Era una conquista dotada de pureza y eso, para la rígida, monolítica y puritana sociedad británica, era música para sus oídos.
Además de británicos y noruegos, también japoneses y franceses se sumaron a la competición. Y eso gustaba. Gustaba a la gente y a los medios. En 1896 se habían puesto en marcha los Juegos Olímpicos y, aunque esa no había sido la idea inicial, pronto se vio que era escenario ideal para fomentar las rivalidades nacionales. Los anillos olímpicos representaban los cinco continentes y había un sexto que conquistar. En 1908 se habían celebrado en Londres. Para 1912 tendrían lugar en Estocolmo. Los países escandinavos y el Imperio Británico presumían de logros. Y la Antártida era lugar ideal para demostrarlo.
Cuando Amundsen se puso en marcha decidió escribir un diario de a bordo. Tanto las fotografías, como las películas, como el diario no tenían valor científico, pero le podrían hacer ganar el valor del relato. Amundsen traza recetas de pingüino con bechamel o de ragú de foca, describe amaneceres prodigiosos, pero se cuida mucho y bien de hablar de que los tripulantes del Fram que llegaron a comerse a sus propios perros. Escribía por y para la audiencia.
En el otro lado del ring estaba Robert Falcon Scott, oficial de la Royal Navy británica, naturalista y geofísico. Su expedición era meramente científica y había llegado a un acuerdo con Amundsen para apoyarse mutuamente. En teoría Amundsen iría primero al Polo Norte para coger unas muestras naturales que luego habría que comparar en el Polo Sur. Una vez hecho el trabajo, Amundsen y Scott irían codo con codo y ambos ostentarían el honor de ser los primeros en pisar el centro geográfico del Polo Sur. Se plantarían banderas de Reino Unido y Noruega tras un acuerdo apalabrado por las casas reales de Londres y Oslo.
Ese era el plan general.
No era el plan de Amundsen.
Amundsen nunca se planteó ir al Polo Norte y puso rumbo a la Antártida de inmediato. Su objetivo era llegar al Polo Sur antes que nadie. Y nadie tenía que saberlo. Ni siquiera Scott.
El 17 de enero de 1912 los hombres de la expedición de Scott llegaron al Polo Sur. Meses atrás les habían informado de la traición de Amundsen y se habían puesto manos a la obra en solitario. Con mucho sufrimiento habían cumplido con el objetivo. Extenuados por un viaje durísimo, no pudieron más que sollozar cuando vieron a lo lejos ondeando una bandera noruega. Roald Amundsen había llegado antes. Concretamente dos meses antes. El 14 de diciembre de 1911. En un alarde de crueldad, Amundsen les había dejado una carta al pie del mástil de la bandera en la que felicitaba a Scott por ser segundo y le pedía que comunicara a todos su hazaña, porque él había decidido tomarse la vuelta con calma y darse un largo paseo por la Antártida.
La conquista del Polo Sur
Scott nunca tendría tiempo a propinarle a Amundsen un puñetazo en la cara dado que tanto él, como todos los miembros de su expedición, perecerían víctimas del frío durante el camino de vuelta. Scott maldeciría haber escogido ponis de Mongolia en vez de perros de Groenlandia. Apostó por la velocidad, en lugar de por la durabilidad. Los caballos de Scott tenían que cargar sacos con avena para su alimentación, lo cual aumentaba su peso y sus posibilidades de hundirse en la nieve. Otra desventaja era que a los caballos el sudor se les congela en la piel, mientras que los perros son capaces de regular su temperatura corporal sin sudar.
Todo esto se sabrá muchos meses más tarde cuando se localice el cadáver congelado de Scott junto a varias fotografías y la carta de Amundsen. En 1913 se le hizo un funeral conmemorativo en la catedral de San Pablo de Londres y su trágica historia de héroe británico de los hielos pasaría a ser lectura escolar de carácter obligatorio.
¿Y Amundsen?
Ante la falta de premura en las comunicaciones, el éxito de Amundsen no fue anunciado públicamente hasta marzo de 1912, cuando su expedición arribó en Australia. Todo su viaje sería narrado en un libro y semanas después sería recibido como un héroe en Noruega donde fue agasajado por el rey con esplendidos honores. En el Reino Unido, lo que en esos momentos cabía decir que era medio mundo, Amundsen fue tildado de sádico, pero su labor propagandística y el éxito de su libro hicieron que pronto se olvidase su egoísmo.
Amundsen vs Scott
Convertido en celebridad, Amundsen cambió el mar por el aire. Junto al ingeniero italiano Umberto Nobile se propuso sobrevolar en dirigible tanto el Polo Sur como el Polo Norte. Como no podía ser de otra forma pronto surgieron las desavenencias y la pareja separó sus caminos. Ambos se disputarían el honor de ser los primeros en haber surcado el Ártico en un Zeppelin hasta que Nobile desaparezca en el viaje de vuelta. Quién sabe si con remordimiento de conciencia por lo sucedido con Scott, el caso es que Amundsen formará parte del equipo de rescate que salió en un hidroavión en busca de Nobile y que el 18 de junio de 1928 se estrellará en una isla del mar de Barents. El cuerpo de Amundsen nunca será encontrado. No así el de Umberto Nobile, quien fue arrastrado por el mar a la costa noruega y que increíblemente se salvaría de la muerte.
Lo que está destinado para ti, tarde o temprano llega a tu vida.
Polo Sur
Fue en 1911. El fin. Fue cuando se rellenaron los últimos espacios en blanco del mapa. Desde entonces el mundo es finito. La conquista del Polo Sur fue un hito que coincidió en el tiempo con la invención de las prácticas deportivas reguladas y los relatos novelescos periodísticos. Coincidió al mismo tiempo con la invención del cinematógrafo y del avión. El mundo era distinto. Completamente distinto en el espacio-tiempo.
Al ser el mundo finito, se comenzó a mirar hacia las estrellas. La fe comenzó a perder adeptos a velocidad constante y el hombre pasó a ser el centro del universo. La vuelta al mundo (a vela, en coche, andando o hasta en avión) pasó a ser la nueva aventura. El ser humano se dispuso a conquistar el tercer polo, el polo en vertical, su punto más alto, y en 1953 se llegó al Everest. Dieciséis años más tarde el ser humano ponía el pie en la Luna. La conquista de los Polos fue el inicio del fin del mundo inexplorado. Inauguró una nueva era de conocimiento de la Tierra.
Fue la conquista del Polo Sur y la aceptación de que el mundo es finito y diminuto en comparación con la inmensidad del universo lo que ayudó a un cambio en el paradigma. Desde entonces se crearon los primeros parques naturales para conservación de la naturaleza y se crearon comunidades geopolíticas de ámbito global como la Sociedad de Naciones. Fue, en fin, cuando comenzaron a derretirse los casquetes polares y el ser humano comprendió que forma parte de una comunidad con un mismo destino y enfrentada a una misma amenaza, para lo cual es necesario una unidad de acción.
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Desconozco si ha hecho más daño Enríquez Negreira al arbitraje o si la responsabilidad del VAR es mayor que la del interfecto que cobraba a sueldo del FC Barcelona. Y me explico. Para el que quiera mirar desapasionadamente esta historia vayamos al trienio ignominioso del Real Madrid, cuando en época de los Galácticos se acumularon tres años sin títulos, algo nunca visto desde tiempos de la Guerra Civil. El Barça apoyó a Ángel María Villar como presidente de la RFEF mientras que el Real Madrid (Florentino) echó los restos por Gerardo González. El Madrid perdió esa batalla y la consecuencia fueron años de trato arbitral sospechoso al que el periodista Alfredo Relaño bautizaría como Villarato. Coincidió esos malos años con dudas y errores que, una vez conocidos los pagos, confirmaron las acusaciones de conspiración provenientes de Madrid. Luego alcanzaría Ramón Calderón la presidencia merengue y las aguas volverían a su causa. Las jugadas fronterizas seguirían existiendo, los de Barcelona echarán la culpa a los de Madrid, los de Madrid a los de Barcelona y los años duros del procés harán de todo un drama. Pero lo cierto es que la mano de Negreira no hay que verla en los años de excelencia prolongada de Guardiola y Messi (campeones sin ningún género de duda), sino más atrás en el tiempo, cuando Negreira mandaba de verdad y Florentino aun no era un semidios y hubo de dimitir en 2006 al haber “malcriado a sus jugadores”.
Ocurre que lo de Negreira forma parte de la inocencia. El fútbol de siempre. El de la calle. El trampas. El de la mano de Dios. A mi Dépor le quitaron una Liga unos maletines. Un quítame allá esas pajas. Guruceta es el nombre del premio que se otorga al mejor árbitro de la temporada ¡A Guruceta lo condenaron por aceptar un maletín del Anderlecht en un partido de Copa del UEFA! ¡Y es el árbitro más reputado de nuestra historia! (y uno de sus linieres era Enríquez Negreira) El fútbol es imperfecto. El fútbol es un juego rural, jugado a lo largo, hacia el horizonte, basado en unas reglas simples y básicas y en el que un juez (el árbitro) determina aciertos y faltas. El baloncesto, su alter ego capitalino, es un juego urbano, jugado a lo alto, hacia el cielo, basado en unas reglas complejas y donde son necesarios interponer dos o tres jueces que dictaminen sentencia. El básket tiene múltiples parones, mientras que el fútbol fluye. Dado que un partido de fútbol puede terminar sin un tanto, la diversión radica en todo lo que ocurre, lícito e ilícito, durante hora y media de juego. En el básket la polémica es secundaria dado que en cada minuto veremos al menos una canasta.
Árbitros caseros, defensas que pegan patadas o delanteros que simulan penaltis forman parte de la imperfección. El VAR es otra cosa. El VAR lo ha jodido todo.
Uno de los motivos del éxito del fútbol radica en su sencillez. Cuando en 1863 se creó el primer reglamento contaba con 18 artículos. Años más tarde sería reducido a 13 y para 1925 estaban establecidas las 17 reglas básicas. Por el contrario, en las últimas dos décadas el número de reglas ha aumentado en más de un tercio. El número fijo para cada futbolista, el gol de oro, el gol de plata, el tiempo exacto del descuento, las manos voluntarias e involuntarias, el aumento en el número de sustituciones, los tiempos muertos en medio de los partidos…Son todo parches que no han producido avances. Desde que en 1992 se les prohibió a los porteros coger el balón con las manos tras el pase de un compañero, no ha habido ningún cambio en las reglas que haya hecho evolucionar al fútbol.
No sólo evolucionar, sino involucionar. A la deidad tecnológica de la modernidad y el progreso había que buscarle un lugar en el fútbol. Ese invento diabólico es el VAR. Se podrá decir que el VAR es una maravilla que reduce los fallos en los penaltis y en los fueras de juego. La realidad es que sólo lo hace en los errores de bulto y, a cambio, enmaraña más el juego, resta autoridad al árbitro principal y hace más soporífero el partido alargándolo innecesariamente. El VAR está alejando de los estadios tanto a los aficionados veteranos como a la Generación Z, a los que no les gusta un juego que cada vez es más lento y cansino.
En Derecho Civil existe la ‘teoría de la interpretación objetiva de la ley’. Se trata de una interpretación dinámica de la ley orientada al sentido que tienen las propias normas en el momento de ser aplicadas. Se basa en la creencia de que la ley, una vez promulgada y en vigor, adquiere vida propia y va conformando su contenido normativo en función de las circunstancias y necesidades sociales…Hagámoslo más fácil. Si no hubiese interpretación no habría ‘una primera vez` o ‘un primer caso’, ni haría falta contratar a un abogado. Sin interpretación, todos los casos serían idénticos. Con interpretación, existen condicionantes. Es más, si no hubiese interpretación no haría falta ni médicos, ni policías, ni profesores, ni jueces, ni periodistas. Cualquiera podría aprenderse la teoría y ejecutarla. No habría falta nadie especializado para interpretarla.
El problema se da en las jugadas opinables, donde la frontera entre el acierto y el error es muy fina. Donde la subjetividad es parte del arbitraje. Es aquel que estudia el reglamento el que tiene capacidad para adaptar la ley al contexto existente.
El reglamento arbitral está lleno de interpretaciones. Decisiones que no debe resolver la inteligencia artificial. En el fútbol, la infracción por tocar el balón con las manos está entre los tradicionales objetos de disputa. En España un pase interceptado con las manos suele ser tarjeta amarilla, en competición europea es raro que eso suceda. Ambas son decisiones correctas. El reglamento sugiere que es el colegiado el que debe interpretar si existe voluntariedad y si afecta al discurrir del juego. Lo mismo sucede con la, ya muy aceptada por el público, ley de la ventaja, acción totalmente interpretativa por el árbitro. Y así podríamos seguir con varios ejemplos más, como el tiempo añadido (el cuarto árbitro dictamina un tiempo estimativo informativo, pero el árbitro principal puede acortarlo o alargarlo a su antojo, por muchas protestas que haya) o el fuera de juego, donde es el colegiado el que tiene potestad para aplicarlo o no aplicarlo en caso de duda.
¿He dicho sugiere? Tendría que haber dicho sugería. Todo esto es pasado.
Diez ojos no solucionan un problema de interpretación. Y 35 cámaras tampoco lo hacen.
Las XVII reglas
El VAR se pensó para cosas gordas. Cosas gordas era un fuera de juego clamoroso, un penalti escandaloso o una entrada con los tacos terrorífica. Desde que entró en cosas menores se ha liado. Y, peor, no todos los árbitros de esa sala maléfica se entrometen en lo mismo. No todos ven las cosas igual, sobre todo las manos, con las que tanto lío se ha armado y que cada verano cambian de criterio. Antes era simple. Mano que va a balón es infracción. Balón que va a mano es involuntaria. Ahora en cada pretemporada se cambia de criterio. Lo mismo sucede con los pisotones, convertidos en chivo expiatorio de una caza de brujas. En las áreas se empuja y se agarra a placer, pero con los pisotones y las manos a los ejecutores de la sala de las mil pantallas se les hace la boca agua. Hay más árbitros de VAR que de campo: 22. No existe arbitraje, sino un pandemónium que convierte este arbitraje a dúo en algo variable e irritante por caprichoso. Estamos peor. Mucho peor.
Tiempos pasados fueron mejores.
Si. El balón es mejor, los campos son mejores, los aficionados también lo son. ¿Los presidentes? Por descontado. ¿La realización televisiva? Por supuesto. ¿Los jugadores? Más rápidos y más atléticos. ¿Los técnicos? Excelentemente mejor preparados. ¡Hasta la corrupción! Se da por hecho que ningún futbolista profesional cobra en B y a nadie se le pasa por la cabeza que un colegiado acepte sobornos en 2025. El fútbol de hoy es mejor que el de antes, salvo en un asunto. Un asunto crucial.
El reglamento y su interpretación. El VAR.
Cuando se empezaba a discutir sobre si VAR sí o VAR no, algunos sostenían que el rechazo procedía de quienes temían que desaparecieran las polémicas, de las que existiría una dependencia morbosa. Con el VAR todo sería cristalino. Una tesis ingenua, de gente ignorante en fútbol. Pues no. Antes, dictaba la norma, en caso de dudas ante un fuera de juego el árbitro daba por buena la posición. ¿Fulanito tiene la pezuña por delante del defensa? Siga el juego. Error inapreciable. Ahora no. Hay que tirar una línea. Si la pezuña sale del mapa, se cancela la jugada. Bueno, antes hay que ver como sigue la jugada, se marca el gol, se celebra, luego se revisa y más tarde se cancela. ¿En caso de duda? Paramos el juego y el VAR decide. No decide, dicen los defensores del bicho. Pero indica. Si tú ante 60.000 gargantas no lo has visto y un fulano sentado tranquilamente delante del televisor te insinúa tu error, ¿cómo narices no le vas a hacer caso? Ahora hay, en la práctica, dos árbitros, el de campo y el de fuera. Guste o no, cada árbitro es un factor de irritación, y ahora tenemos dos en vez de uno. Dos fuerzas que pretenden colaborar, pero que son diametralmente opuestas.
Los agarrones en el área se permiten ya abiertamente, salvo casos de inmovilización extrema. O a los porteros se les deja perder el tiempo a su libre albedrío, nunca se aplica la norma de los seis segundos y el consiguiente castigo con indirecto. ¿Libre indirecto? ¿Alguien recuerda un libre indirecto en la última década? La visión clásica del juego. Eso no existe. El fútbol es simple y sencillo. De ahí su éxito. Ahora no. Se han inculcado mil y una instrucciones estúpidas a los árbitros y se ha perdido la esencia natural del fútbol. No existe el libre albedrío, ni de jugadores ni de árbitros.
Se les ha privado de la facultad de interpretar la ley. Ya no son árbitros. Son marionetas. Donde antes había instinto y dominio de la filosofía de juego ahora tiramos unas líneas con unos muñecos 3D.
Tirando líneas…
Hace un par de años Sergio Busquets dijo aquello de que jugaban a ciegas; que ya no sabían qué es mano y qué no. Nos han quitado la ilusión. Al menos al que escribe. El VAR llegó para remover cimientos. Retocar reglas y enredar interpretaciones con resultado catastrófico. Cada intervención del VAR es un parón y un reinicio. Aumentan los arrebatos y las piruetas. Las celebraciones de gol están untadas de cloroformo.
El fútbol se ha americanizado. Estados Unidos colonizó el mundo libre durante el siglo XX y sólo el deporte resistió a sus cantos de sirena. Unicamente el baloncesto, deporte norteamericano, tiene presencia universal. Se dice que el fútbol no tiene éxito en Estados Unidos por la escasez de tantos. Ocurre que la razón fundamental es que al estadounidense lo que le gusta es el deporte que, a través de la televisión, le permite ejercer de entrenador. Eso es el VAR. Americanizar el juego. Hacerlo netamente televisivo. Es indiferente que el periodista esté en el campo para narrar el choque. Lo hace desde el plató televisivo. Es indiferente que el árbitro esté mal colocado. Llega con que desde el VAR analicen bien la repetición de la jugada. El frame es el nuevo reglamento. El frame es palabra de Dios.
Antes todo era sencillo. Comprensible para un niño o para el adulto que se acercaba por primera vez al juego. Todo ligaba a una lógica natural basada en la regla matriz; prohibido el uso de las manos. A partir de eso, unas faltas graves, sancionables con libre directo, unas leves, con libre indirecto, el fuera de juego, muy entendible si se capta su esencia, y un principio de lealtad al juego y de obediencia al árbitro. Eso, las medidas del campo, del balón, del tiempo y demás, todo bien sintetizado en XIV Reglas de redacción sencilla y traducibles a mil lenguas. Cristalinas, cortas y naturales.
Como explicaba párrafos atrás, el catecismo fue redactado en 1863 y en 1925 se le dio su estructura actual añadiendo la modificación de la regla del fuera de juego. Se pasó de 14 a 17. Las XVII reglas del fútbol. Y no fue una ocurrencia de una mañana. Fueron seis décadas de materia gris.
La regla XVIII era el sentido común.
Eso ya no existe. Se ha perdido para siempre. Las reglas del inglés Stanley Rous son ahora confusas y continuamente manoseadas por burócratas tecnológicos.
Andar con descubrimientos para mejorar el fútbol cuando ya tiene un siglo y medio requiere la audacia del ignorante. Hasta al siempre ilustre Pierluigi Collina, ahora mandamás del silbato, se le ha ocurrido prohibir los rechaces tras penalti. Si es gol, gol. Si el portero rechaza o el balón va al palo, el juego se para y se saca de puerta. Tremenda chorrada. Como el saque de centro para atrás (revisen al Brasil de los 70 y como nada más sacar de centro iban al ataque), el bote neutral alterno tras disputa y gilipolleces varias.
Fútbol moderno
¿Y qué hacer? No lo sé. La tecnología vino para no marchar. Pero la solución sigue estando en mejorar la formación de los árbitros. Se dice que son unos ladrones, que están comprados. No. No es eso. Son malos. Y son humanos. Tienen sus equipos favoritos (como todos nosotros), les aflige la presión y el ambiente, y les afecta la importancia del encuentro y de los jugadores a los que están dirigiendo. Les falta personalidad. ¡Y aún encima tienen a unos colegas intrigando en una sala brumosa llamada VAR!
¡Pueden estar solos! No necesitan ayudas externas. Lo que les falta es profesionalización.
El arbitraje está regulado por la FIFA y sus distintas federaciones. No existe un mercado libre como ocurre con el de los futbolistas. De este modo, las distintas ligas europeas no pueden contratar a los mejores colegiados. Árbitros como el polaco Szymon Marciniak, el húngaro Victor Kassai, el suizo Massimo Busacca o el eslovaco Damir Skomina, todos ellos galardonados con el título de mejor colegiado del mundo, tuvieron que arbitrar en ligas menores. Lo lógico sería que arbitrasen en España, Inglaterra o Italia, con un sueldo millonario que les permitiese dedicarse en exclusiva al arbitraje y sin la sospecha de favorecer a uno u a otro equipo dada su condición de extranjero. Según el CIS el 46% de los españoles son del Real Madrid y el 35% del FC Barcelona. O lo que es lo mismo; 81 de cada 100 españoles son del Madrid y del Barça. O lo que es lo mismo; 8 de cada 10 árbitros tiene un sesgo subjetivo a favor o en contra del Barça y del Madrid. ¿No sería mejor localizar a los colegiados fuera de nuestras fronteras en busca de la imparcialidad?
Esa sí que sería la verdadera revolución del arbitraje y no llenar el terreno de juego de cámaras y de colegiados. Que el VAR se meta en lo gordo y que deje el resto a la libre interpretación del trencilla. Porque a veces da la sensación de que nos olvidamos que el fútbol está pensado para los que juegan y para los que se acercan al campo a verlo y no para los que se sientan en el sofá con el mando en la mano. Esos, aunque ahora ya no lo parezca, deberían ser los menos importantes.
Al comenzar la primera manga el Australia II salió como una centella. La tradición decía que el velero que sortease en primer lugar la boya inicial se proclamaría campeón de la Copa América. Y esa era la primera vez que un retador pasaba por delante de un defensor. El Australia II superaba en el giro al Liberty y se disponía a cobrar franca ventaja cuando una explosión sonó en el barco. Se había roto el timón. De repente todo cambia. El Liberty estadounidense sobrepasa al varado Australia II como un ciclón y gana la primera manga por incomparecencia. Dos días después tendría lugar la segunda manga. Otra vez ventaja australiana y otra vez una rotura. Esta vez en el enganche de la driza, el cabo que une la base del mástil y su punto más alto. Estados Unidos gana por un claro 2-0. El sueño australiano de vencer en la Copa América de vela se torna en imposible. Estamos en 1983.
USA vs Australia 1983
Vencer en la Copa América de vela era un reto. Un reto tecnológico, económico y psicológico. Era una lucha contra el país más poderoso del mundo. Desde que en 1851 se puso en marcha la competición de veleros más prestigiosa del planeta se habían celebrado 25 ediciones con victoria estadounidense. Eran 132 años de hegemonía cuatrienal solo cancelada por la I y la II Guerra Mundial. Aquella primera edición se hubo de pelear en Londres, pero la victoria había sido para un velero estadounidense patrocinado por el Club Náutico de Nueva York. Es por ello que desde entonces la competición se celebraba en las aguas de Newport, Rhode Island, dado que el defensor del título escogía aguas y el retador se debía adaptar a ellas. Dado que el triunfo siempre era estadounidense, Newport era de facto el hogar de la Copa América.
Cada tres o cuatro años había una guerra sin disparos. País contra país. Barco contra barco. El título se celebra al mejor de siete mangas. Pero el defensor espera pacientemente. Mientras, los meses anteriores, hay eliminatorias hasta que solo un velero queda en pie. Tradicionalmente el retador era un velero británico, pero desde inicios de los 70 el eterno subcampeón es australiano. No gustan. No gustan nada. El Club Náutico de Nueva York apesta a Vanderbilt, Rockefeller y Morgan. Ricos asquerosos con aura de invencibilidad. Salones de lujo con ventanas que imitan barcos del siglo XVIII. Los australianos son plebe. Ni siquiera son respetados como los ingleses. Y son machacados. Por tres veces consecutivas. En 1974, 1977 y 1980.
Para 1983 el patrón australiano John Bertrand se propone acabar con esa maléfica racha. Fallecido su padre al poco de nacer, Bertrand había sido criado por su bisabuelo constructor de barcos y por su abuelo marinero. Vive por y para el mar y decide hacer de su vida ganar la Copa América. Es por ello que resuelve coger el toro por los cuernos. Tras perder en 1980 consigue matricularse en el MIT de Boston, la universidad tecnológica de referencia de Estados Unidos, donde hará su doctorado en arquitectura naval. Su tesis titulada “Angulo de ataque óptimo para ganar la Copa América” es toda una declaración de intenciones.
Pero para ganar la Copa América hace falta mucho más. Concretamente mucho más dinero. La Copa América es una competición deportiva donde la tecnología es preponderante. El único requisito es que el barco debe ser construido y financiado por el mismo país y tripulado por el mismo club náutico. Se dará así la paradoja en el futuro de que un país inmensamente rico, pero sin mar como Suiza, gane la Copa América. Y tenga que defender título en Valencia, dado que la Sociedad Náutica de Ginebra puede tener un bonito lago, pero anda escaso de mar. Pero esa es otra historia. Decía que John Bertrand podría ser un gran patrón, pero sin dinero no podría hacer nada. Necesitaba 100 millones de dólares. Y su casa, el Real Club de Yates de Perth, no contaba con ese presupuesto.
John Bertrand (centro con bigote)
Aparece entonces Alan Bond. ¿Quién es? Un promotor inmobiliario australiano con ganas de expandirse a Estados Unidos y ser aceptado en las altas esferas. Bond acepta y financia el reto. Y Bertrand comienza el desafío. Contrata a ingenieros y a regatistas y a todos los somete a un test de 14 páginas. Solo los acepta si el resultado del test psicológico demuestra que cuentan con un ego desmesurado. Les dice que hay que matar por el objetivo. Que solo creyéndose los mejores serán capaces de derrotar a los mejores.
Y con todo ello los recursos de Australia son limitados. Si en Estados Unidos hay treinta diseñadores del velero de competición, en Australia la tarea recala en un solo hombre, un tal Ben Lexcen. Lexcen no ha tenido estudios universitarios y se dedica al arte. Es uno de esos seres humanos que no acepta las reglas, que no encaja entre la gente, un genio incomprendido socialmente. Pero es el jefe. El ingeniero jefe. Un hombre extraño que siempre va descalzo, medio loco, y en el que Bertrand deposita todas sus esperanzas.
Lexcen viaja a los Países Bajos y comienza a probar diseños en los túneles del viento que los holandeses tienen en los canales. Con el tiempo llama a Bertrand y le dice que ya lo tiene. Se trata de una quilla revolucionaria. Una quilla que está del revés. Una quilla con alas. En siglo de regatas de veleros de doce metros nunca se ha visto nada así. Es como poner las ruedas de un coche en el techo. Es algo radical y se necesita la aprobación de Bond. La aceptación del que pone el dinero. Se le dice que la ganancia es de 20 minutos, aunque la realidad es que es de 20 segundos. Bond pica el anzuelo y acepta.
Algo radical estaba a punto de comenzar.
Las eliminatorias comienzan y el Australia II (como es bautizado el velero) arrasa. Machaca a Italia y a Canadá en los cuartos y en las semifinales. Ganan 47 mangas de 52 posibles. Jamás un barco retador ha contado con semejante récord en los parciales. La tripulación entrena diariamente al aire libre desde las seis de la mañana solo para infundir miedo a sus rivales. Y mientras todo esto sucede los estadounidenses no saben cómo es la quilla mágica. Una lona tapa la quilla en el trayecto que va desde que el velero es remolcado en el puerto hasta que es lanzado en mar abierto. Los australianos contratan seguridad privada durante las 24 horas del día para que nadie ose saber nada de su secreto.
Viendo que el espionaje industrial es posible, los australianos deciden crear una artimaña. Lexcen dibuja un boceto falso de la quilla y lo deja olvidado intencionalmente en una tienda de Newport. Al poco los estadounidenses intentan descifrar esa quilla misteriosa, pero no le encuentran sentido. Y hay miedo. Mucho miedo. Para Newport la Copa América es la gallina de los huevos de oro. Millones y millones en repercusión y turismo. Y turismo del bueno. Si gana Australia, la siguiente edición será en Oceanía. Para el Club Náutico de Nueva York es mucho peor. De perder, el testigo será cogido por otro club náutico del país rompiendo una tradición de siglo y medio.
Así que la guerra se recrudece. Se acusa a los australianos de hacer trampa. Se dice que es imposible que un iletrado como Lexcen sea capaz de hacer un barco así. Se manda a una delegación a Ámsterdam para destapar el fraude. Y lo que se destapa es el bochorno. Un ingeniero naval neerlandés afirma que dos hombres neoyorkinos le incitaron a firmar un documento en el que afirme ser el creador del Australia II a cambio de una fuerte suma de dinero.
Estados Unidos está tocado. Y con un pie bajo el agua.
Volvamos al inicio de este relato.
Ben Lexcen
Con 2-0 a favor de Estados Unidos parece que el asunto de la quilla está más que olvidado. Tiene lugar la tercera manga. La noche anterior John Bertrand escupe sapos y culebras por la boca y exige una revisión minuciosa del velero para que ninguna avería técnica sea causa de la derrota. El Australia II es un ciclón. Fueron cuatro horas de carrera electrizantes donde la quilla voladora hizo estragos ante un mar embravecido por el viento. El parcial era 2-1 para el USA Team. Pero la manga ganada por los australianos era la victoria con mayor ventaja de la historia de la competición.
Los nervios vuelven a ser estadounidenses. A Dennis Conner, patrón del Liberty, lo incitan a dar lo mejor de sí. Y lo hace. Da una clase maestra de movimientos estratégicos y de curvas perfectas junto a la boya para ganar el siguiente parcial y ponerse 3-1 con ventaja. En Newport se celebra la victoria. Solo un triunfo parcial más y la Copa América se quedará en casa por enésima ocasión.
Fue entonces cuando sale en escena Bob Hawke, primer ministro de Australia. Llama a Bertrand y le da las gracias por lo que están haciendo por el país, tanto por el orgullo nacional como por la gesta deportiva como por el desarrollo tecnológico. Y deja una frase para el recuerdo cuando dice en televisión que ningún empleado será despedido por su empresa si falta al trabajo por ver las regatas de la Copa América. Envalentonados, para la quinta manga Bertrand cuelga una bandera con un canguro boxeando del mástil del Australia II. Luego entonan el himno nacional mientras van camino del mar antes de que un destructor lance un cañonazo que de por iniciada la manga. El Australia II gana claramente y también derrota al Liberty en la sexta. El resultado es 3-3. Quien gane la séptima manga será el vencedor de la Copa América.
El canguro boxeador
Totalmente desesperados, Conner y sus hombres modifican la quilla del Liberty la noche antes de la séptima manga. Era algo totalmente ilegal. Pero nadie en Newport iba a decir nada. Aquellos hombres poderosos, podían tener buenos modales, pero sobre todo tenían ego y ansias de victoria. Cuando un destructor de la marina estadounidense dé el cañonazo de salida, el Australia II saldrá como un tiro y gira primero en la boya, pero un error de Bertrand hizo que el Liberty se colocara de primero. No se sabe lo que habían hecho los estadounidenses en la quilla, pero el velero claramente era más rápido. Después de la cuarta y penúltima boya la ventaja era de 55 segundos.
Fue entonces cuando el viento cambió de dirección y comenzó a azotar con fuerza. Bertrand decidió arriesgarse y navegar a babor, justo lo contrario a lo que estaba haciendo Conner. Era una medida desesperada. Pero funcionó. La quilla volaba a favor de viento como un águila con las alas desplegadas. El Australia II superaba al Liberty poco antes de la última boya y segundos después se alzaba con la victoria.
Australia era la vencedora de la Copa América. 3-4 en el total. Estados Unidos perdía por vez primera en 132 años.
¡132 años!
Cuatro años después Estados Unidos recuperaba el título al ganar en aguas australianas a los anfitriones por un claro 0-4. Pero desde entonces la Copa América ha viajado también a Nueva Zelanda o a Suiza (vía Valencia). Incluso ha habido finales en las que ni siquiera han estado presentes los estadounidenses, como en la que en 2021 enfrentó a Nueva Zelanda contra Italia. Aquel año los dos veleros finalistas presentaban una quilla al revés, una quilla voladora, una quilla que surca las olas y desafía a la aerodinámica, evolución de aquella que le dio la victoria a Australia en 1983 y que hoy es la usada por todos los veleros de competición.
Tras la rotura del ligamento cruzado sufrida por Gavi en un partido amistoso disputado el pasado mes de noviembre por la selección española en Valladolid ríos de tinta han corrido sobre la explotación de los jugadores y la presión del calendario. El FC Barcelona está de uñas con Luis de la Fuente, seleccionador nacional, por incluir a Gavi en dos partidos sin demasiada trascendencia con apenas tres días de diferencia. No es diferente el enfado del Barça al del Real Madrid respecto a Brasil con Vinicius o a Francia con Camavinga. Tampoco estaban muy contentos en las oficinas del Villarreal CF (Mandi), Real Sociedad (Oyarzábal) o Real Mallorca (Muriqi).
La culpa es del Virus FIFA dicen. ¿Qué sentido tiene jugar un Francia-Gibraltar que acaba con un 14-0 a favor de los galos? Poco sentido. Aunque quizás algo más que jugar un partido amistoso en Corea del Sur ante el Jeonbuk Motors cinco días antes de debutar en Liga ante el Lorient. Aquel día de agosto el PSG no pasó del empate en casa. Hay quien se olvida que Courtois, Militao o De Bruyne llevan lesionados desde el pasado verano, y no por culpa del Virus FIFA, sino por estúpidas, aunque lucrativas giras, alrededor del planeta. También los hay quienes silencian que Yeremy Pino también se rompió el ligamento cruzado al igual que Gavi, pero fue en un simple entrenamiento con el Villarreal. Lo de Gavi no fue muscular. No fue culpa de la sobrecarga de partidos. Al menos estrictamente. Al menos en causa-efecto. Al lesionarse De Bruyne, su técnico, Pep Guardiola, clamó contra el sinsentido del calendario. Un sinsentido que es queja habitual de entrenadores y jugadores, pero aún no se ha dado el caso de que uno de ellos decida tomar posición de fuerza y plantarse ante los organismos rectores.
La pela es la pela.
Y digo lo de la pela es la pela como topicazo catalán porque lo de Gavi ha dolido y mucho en la Ciudad Condal. Han salido informaciones varias que señalaban a Gavi como el futbolista que más partidos ha jugado con 19 años en la historia del fútbol. 136 suma en esa lista. Jude Bellingham, la juvenil estrella del Real Madrid, sumaba cuando se hizo esa lista 134. El también barcelonista Pedri agregaba 116, por los 91 de Raúl o Fernando Torres. Andrés Iniesta, con 19 castañas, tan sólo firmaba 12 partidos en la élite.
Lo cierto es que Gavi ha sido exprimido. En primer lugar, por Xavi, quien falto de estrellas decidió (con acierto) tirar de cantera cuando accedió al banquillo azulgrana. Gavi tan sólo jugó un par de partidos en el Barça B antes de estrenarse en Primera. Después debutó imberbe en la selección, culpa de Luis Enrique y su obsesiva idea de llamar a juveniles capaces de seguir pies juntillas su discurso. Mas tan evidente como que Gavi llegó a la selección absoluta antes de acumular méritos para merecerlo, también lo es que pocos partidos necesitó sobre el césped para convertirse en imprescindible.
Gavi
Para entender la acumulación de partidos del andaluz del Barça tomemos en consideración a los cinco grandes. Con 19 primaveras Leo Messi sumaba 43 partidos en la élite, exactamente los mismos que Johan Cruyff. Alfredo Di Stéfano, estrella de carburación diésel, tan sólo había jugado un partido con el primer equipo de River Plate. Casos diametralmente opuestos eran Maradona y Pelé. El Pelusa llevaba tantos encuentros como Gavi y O Rei firmaba 145 (a lo que hay que añadir una porrea de amistosos) y un Mundial ganado a sus espaldas.
Hay más. Ronaldo Nazario, el Balón de Oro más joven de la historia, sumaba 93 encuentros a los 19 años. El otro Ronaldo, Cristiano, no llegaba a la cuarentena. Jóvenes prodigios como George Best (97) o Michael Owen (58) tampoco llegaban a las tres cifras. Y las dos bestias llamadas a dominar el fútbol mundial en los próximos años tampoco igualaban los números de Gavi a su edad. Erling Haaland acababa de fichar por el Dortmund con 73 encuentros a sus espaldas y Mbappé por el PSG con 114 partidos oficiales en las piernas.
Es por tanto el caso Gavi (o el de Bellingham) excepcional, pero no por ello común. Es propio de los tiempos que corren, no obstante, igual de propio que era en otros tiempos. Empero, la corriente de opinión nos indica que cada vez los calendarios son más apretados y los futbolistas están más expuestos a más riesgos en su salud tanto física como mental.
¿Es eso cierto?
Veamos pues el ejemplo de la temporada 2022-23. El Mundial se llevó al mes de diciembre por vez primera por obra y gracias de Qatar. Los encuentros ligueros y coperos se comprimieron iniciando su andanza en el verano europeo. En el caso del FC Barcelona fueron 53 partidos oficiales y 8 amistosos.
Los futbolistas de la actualidad son superatletas. Cada detalle de su preparación física, alimentación y descanso está cuidado al máximo. Sin embargo, siguen siendo humanos y su cuerpo tiene un límite. De los 53 oficiales el más utilizado fue Ansu Fati que sumó 51 partidos. Si el Barça hubiese llegado a la ronda final de la Copa de Europa y de la Copa del Rey podría haber disputado un máximo de 62 partidos. Si España hubiese llegado a la final del Mundial habrían sido 14 partidos internacionales que Ansu Fati podría haber jugado. Por lo tanto, lo máximo que podría haber jugado un futbolista de élite azulgrana serían 76 partidos (y 8 amistosos con el Barça).
Retrocedamos en el tiempo. Temporada 1985-86. Aquel año el Barça se proclamó subcampeón de Europa al perder el partido final ante el Steaua y al llegar el verano hubo Mundial en México. Por entonces el FC Barcelona sumó un total de ocho partidos amistosos y 60 partidos oficiales. Alexanco jugó 53 de esos 60 encuentros. Fueron los máximos que podría haber disputado porque ganó la Copa del Rey y llegó a la final de la Copa de Europa. Mientras, la selección española jugó esa temporada 11 encuentros, los cuales hubiesen sido como máximo 13 de haber llegado la selección a la final del Mundial. Por lo tanto, lo máximo que podría haber jugado un internacional del Barça hubiesen sido 73 partidos (y 8 amistosos con el Barça).
Hagamos una última comparativa con tiempos más recientes. Temporada 2005/06. La de la Copa de Europa de Ronaldinho. Fueron 57 partidos oficiales y 7 amistosos. Carles Puyol disputó 52 de esos encuentros. Si el Barça hubiese llegado a la final de la Copa del Rey habrían sido un total de 60 encuentros oficiales. La selección española sumó 16 encuentros que hubiesen sido un sumatorio de 19 en caso de que hubiese llegado a la final del Mundial de Alemania. Lo máximo que Puyol podría haber disputado serían 79 encuentros.
Un máximo de 73 partidos en 1986, 79 encuentros en 2006 y 76 choques en 2023.
Para la campaña 2024/25 con la nueva Copa de Europa de 36 equipos y el Mundial de Clubes de 32 escuadras (que es cada cuatro años y que nunca coincidirá con un Mundial de selecciones), un futbolista de élite del FC Barcelona podría llegar a los 80 encuentros contando su presencia en la selección nacional.
La diferencia es inapreciable.
Puyol (593 partidos con el Barça y 100 con España)
Con la carga de partidos es habitual que aparezcan lesiones. Contracturas y desgarros musculares son los más frecuentes. El sobreesfuerzo y la repetición de movimientos agravan las dolencias de futbolistas que promedian un partido cada cinco días durante unos cuantos años. Jugar con dolor, con fibras desgarradas, es más habitual de lo que se cree y los antiinflamatorios, la cortisona y las inyecciones están a la orden del día en un deporte donde los controles antidopaje tienen vara alta.
Los huesos y las articulaciones también sufren la cantidad de partidos de los futbolistas. El esfuerzo constante puede sobrepasar la capacidad de regeneración de los tejidos óseos, de modo que se produce una fractura por estrés que obliga a una baja que se aproxima a los dos meses como regla general. El estrés también provoca cansancio, agotamiento para la mente, depresión y todo ello también facilita que haya una lesión muscular. En definitiva, nada que no ocurra en cualquier otro trabajo de ritmo elevado.
Antes de ser entrenador, Javier Clemente era un fino interior zurdo llamado a portar el ‘10’ del Athletic durante más de una década. Llevaba como titular desde los 18 años, pero una dura entrada de Marañón acabó con una de sus rodillas a los 19 años. Mal operado, pasó a romperse la tibia. Fueron cinco operaciones antes de retirarse definitivamente a los 24 tras un par de temporadas sin tocar balón. Era 1969 cuando se lesionó.
Hoy no es así. David Villa, el máximo goleador de la historia de la selección, rompió tibia y peroné antes de ganar el Mundial. A Gavi le estiman una recuperación de nueve meses. Volverá. Y debería ser jugador de élite en el Barça. Si no llega a ese nivel de excelencia, si su rodilla no vuelve a ser la misma, se refugiará en un equipo menor y tendrá una buena carrera profesional. En tiempos de Clemente no había alternativa. O el todo o la nada.
Hay más. Hasta cinco cambios se permiten en la actualidad. Eran tres hasta hace nada y dos mirando atrás en el tiempo. En época de Di Stéfano o de Pelé directamente no existían. Los más de 50 partidos de Ansu Fati están plagados de encuentros donde ha jugado 20, 30 o 40 minutos. Los más de 50 partidos de Migueli en la temporada 1985-86 son encuentros de 90 minutos.
Entonces, ¿hay tantos excesos de partidos como decimos? ¿Están explotados los futbolistas de hoy en comparación con los de antaño?
No. Realmente están mejor tratados.
La diferencia radica en dos conceptos diferentes. La exigencia y oda por la juventud y la longevidad del deportista.
Recientemente visualicé un documental sobre David Beckham. Viene al caso porque se comentaba la trayectoria del United cuando ganó la Copa de Europa en la temporada 1998/99. En el partido de ida de cuartos de final jugado en Old Trafford ante el Internazionale, David Beckham era el futbolista más joven sobre el campo con 23 años. Me dio por comparar con los 22 presentes en el FC Barcelona-Real Madrid de Liga jugado hace dos meses. En Montjuic había hasta ocho jugadores menores de 23 años en el once inicial que saltó al césped. Gavi, Fermín, Balde y Ferran Torres por parte azulgrana y Tchouameni, Rodrygo, Bellingham y Vinicius del lado merengue.
La cultura de la juventud impregna todos los ámbitos sociales. Donde antes tener años era sinónimo de sabiduría ahora lo es de decadencia. Los niños aceleran su infancia para ser adolescentes y los adultos frenan su ocaso para volver a ser jóvenes. No es ajeno el fútbol a este movimiento. Las estrellas van y vienen con una velocidad pasmosa. A golpe de tuit se cambia a un ídolo por otro. Las plantillas varían año tras año y los fichajes y las caras nuevas son exigibles aun cuando los éxitos acompañen al equipo. Donde antes una plantilla se componía de jugadores en torno a los 27-30 años, ahora se busca a adolescentes que ronden la veintena. Es un proceso común a cualquier otra disciplina y viene ayudado también por la mejora en la nutrición y el entrenamiento físico que permite formar a adolescentes y prepararlos para el deporte de élite aun estando su cuerpo en formación.
Esa búsqueda de la eterna juventud y esa necesidad de convertir en oro unas piernas frescas llevan a la sobreexposición. Los amistosos son los mismos hoy que hace medio siglo. Pero donde antes estaban el Ramón de Carranza, el Teresa Herrera o el partido de pretemporada ante un equipo de tu provincia ahora están exigentes amistosos ante campeones de Europa jugados en Japón, Singapur y Estados Unidos. Nadie se quiere perder un Madrid-Barça o un Juve-Inter aunque se disputen a finales de julio. Donde antes una Supercopa se jugaba tras un cómodo viaje en tren o en avión dentro de tus fronteras, ahora se disputa a miles de kilómetros de tu hogar tras horas y horas de vuelo. Y donde antes había 18 o 19 jugadores nacionales en una plantilla de 25 ahora apenas se llega a la decena. Donde antes un jugador sudamericano o africano jugando en Europa era la excepción, ahora es lo común. Y con ello hay interminables vuelos transoceánicos para disputar encuentros internacionales que machacan sine die al futbolista.
Los partidos son los mismos, los cambios son mayores y las plantillas más profundas. Pero las horas de exposición al riesgo son mucho mayores. El aumento de las distancias, las horas de viaje y los compromisos publicitarios reducen los entrenamientos. Los partidos no han variado, pero se entrena menos y peor. Los encuentros se alargan más allá de los 100 minutos, la intensidad y el ritmo son infinitamente más elevados. Cuando un equipo de Tercera se enfrenta a un Primera en Copa es capaz de aguantar una parte. Lo que marca la diferencia no es tanto la calidad, sino la intensidad, que se vuelve insoportable para el equipo pequeño al transcurrir los minutos. Gento, Puskás y Di Stéfano eran al menos igual de buenos que Bale, Benzema o Cristiano, pero serían incapaces de aguantar los 90 minutos de un partido con el ritmo y la intensidad de la actualidad.
Puskás (720 partidos y 709 goles -barriga incluida-)
La oda a la juventud y el acortamiento de plazos antes de llegar a la élite marcan una diferenciación fundamental entre el fútbol de antaño y el actual. Pero la gran diferencia es otra. La gran diferencia radica en la longevidad del futbolista.
Hace unos cuantos años leí en un artículo médico que un futbolista de élite puede jugar 450 partidos al máximo nivel, es decir, 45 por temporada en una carrera de una década. Es evidente que con los avances en alimentación y entrenamiento este margen se ha ampliado. Solo hay que ver la longevidad en la élite de Messi o de Cristiano Ronaldo. Pero se debe tener en cuenta que, aunque un futbolista de élite juegue en la actualidad en torno a 70 partidos al año, no quiere decir que los dispute al máximo nivel. Cuando Mbappé compite contra el Valenciennes FC, el Anderlecht o la selección de San Marino, no lo hace exprimiendo su cuerpo.
En el deporte, como en cualquier otra disciplina que requiere esfuerzo físico o mental, el tiempo máximo de excelencia está determinado. Esta plenitud se sustenta en una horquilla que oscila entre los 10 y los 15 años. En todas las disciplinas de la cultura contemporánea vemos como los más laureados o bien constriñeron su obra en un espacio corto de años o bien han alargado su obra durante décadas. Pero en este último caso, por mucho que el artista sea longevo, se puede comprobar como su plenitud y el legado que dejará para la posteridad está concentrado temporalmente.
En todos los rankings y listas elaborados por expertos musicales aparecen grupos tan variopintos y diferentes como The Beatles (1960-1970), Nirvana (1987-1994), The Doors (1965-1973) o ABBA (1972-1982). En estos grupos advertimos como la regla de los diez años también se cumple. Ya fuese por decisión propia o por causa de fallecimiento dejaron su legado en apenas una década. Otros como The Rolling Stones, AC/DC o U2 superan con creces las dos décadas sobre los escenarios, pero sus grandes éxitos están ligados a un periodo muy concreto de tiempo. Si cambiamos de registro y hablamos de cantantes en solitario tipo Julio Iglesias, Frank Sinatra o Raphael nos sucede lo mismo. Los números 1 de que encumbraron a Julio Iglesias (La vida sigue igual, Gwendolyne, Un canto a Galicia, Me olvide de vivir, Soy un truhan…) fueron compuestos en un plazo de 10-15 años.
En el cine, donde los directores pueden alargar sus carreras incluso más allá de medio siglo, sucede tres cuartas partes de lo mismo. Orson Welles dirigió Ciudadano Kane y La dama de Shanghai en espacio de cinco años. Francis Ford Coppola nunca superará sus obras de los 70 comandadas por El Padrino y Appocalypsis Now. Alfred Hitchcock, a pesar de su basta y maravillosa filmografía, realizó en el plazo de siete años obras maestras como Psicosis, Los pájaros, El hombre que sabía demasiado y Vértigo. Algo parecido le pasa a Steven Spielberg, que, aunque sigue fabricando películas por doquier, nunca igualará el binomio bélico de La lista de Schindler (1993) y Salvar al soldado Ryan (1997). Si nos vamos a la comedia, repetimos escenario. Billy Wilder triunfó en los 50 y 60, y del gran Charles Chaplin siempre gozaremos de su aptitud como director y actor entre 1925 y 1940, desde La quimera del oro a El gran dictador.
Pero es que si cambiamos de registro y si se me permite la comparación (sacrílega para muchos) entre deporte y pintura (lo cual será corriente en el futuro, de igual manera que hoy el cine se considera arte) todos los estudiosos consideran que Velázquez pintó sus obras cumbres en su última década de vida. Goya concentró en 15 años obras como La familia de Carlos IV, La Maja desnuda o Los fusilamientos del 2 de mayo. Y hasta Pablo Picasso, inventor o perfeccionista de múltiples estilos pictóricos en más de 90 años de vida, concentra sus obras maestras en algo menos de dos décadas (Maternidad, Arlequín, Las señoritas de Avignon…). La única excepción; Guernica.
Lo excepcional es tener una vida plagada de éxitos. Lo corriente es tener unos años dorados por los que ser recordado.
Pues bien, en el fútbol esa horquilla se ha ampliado. Y de una manera escandalosamente generosa. Cristiano y Messi son los ejemplos más palpables. Es cierto que ambos se han refugiado en un fútbol menor, pero siguen siendo referencia de sus selecciones nacionales. Su éxito supera los quince años y se aproxima a los veinte. Una auténtica locura. Sergio Ramos cumple 20 años en la élite, al igual que Modric o el portugués Pepe. Lewandowski va camino de su decimocuarta temporada metiendo al menos 25 goles al año entre Alemania y España. Antes ya goleaba en la modesta competición polaca. Ibrahimovic, Dani Alves, Buffon o Ribery son otros ejemplos de futbolistas recién retirados.
Vamos a Balones de Oro. Siempre jugando en elite, nada de ligas menores (Pepe ha bajado el nivel, pero sigue compitiendo en Champions anualmente como titular en el Oporto). Nos centramos en aquellos que ya comentamos, aquellos que despuntaron como jóvenes. Las carreras de Maradona y Cruyff superan por poco la decena de años (en la élite, reitero). Lo mismo le sucedió a Best, Van Basten, Owen, Beckenbauer, Ronaldo o Platini. Ejemplos de longevidad en la élite fueron Pelé o Di Stéfano con quince años a pleno rendimiento como faros del fútbol mundial. Pero eran excepciones. Lo de Messi o Cristiano es hoy norma. No son los únicos. Ellos dos son superestrellas, pero futbolistas como Claudio Bravo, Álvaro Negredo, Jesús Navas, Raúl Albiol, Radamel Falcao, Christian Stuani, Iago Aspas o Ivan Rakitic siguen jugando al máximo nivel camino de la cuarentena, un fenómeno inexplicable hace apenas un par de décadas.
Jesús Navas. Internacional con 38 años
Así luego la diferencia no radica en el calendario ni en el número de partidos. No ha habido grandes cambios. La diferencia radica en la longevidad. El que antes se rompía el cruzado, la tibia o el peroné debía olvidarse de volver a su nivel. Hoy significa un paréntesis en una carrera. El que antes debutaba en Primera a los 18 se retiraba con treinta y pocos. Hoy debuta con 18 y alarga su carrera hasta cerca de los cuarenta.
Lo que ha cambiado no es la exigencia. Lo que ha cambiado es nuestro cuerpo. En 1960 la esperanza de vida estaba en 71 años, hoy lo está en los 83 y en el futuro superará fácilmente los 90. Si antes un futbolista estaba mental y físicamente acabado a los 30, hoy lo está a los 37. El día de mañana habrá decenas de jugadores que conseguirán alargar sus carreras acercándose a los 45 años.
Heather Seymour ‘Judy’ Guinness era hija del banquero y político irlandés Henry Seymour Guinness. Éste fue senador y director del Banco de Irlanda tras lograr la independencia y antes había sido pieza clave para dotar a los rebeldes de infraestructura económica para sostener la guerra contra el ejército británico. La familia Guinness poseía importantes activos a través de la banca, la política, la religión y, esencialmente, la fabricación de cerveza. El caso es que Judy era hija de este afamado prohombre irlandés.
Cosmopolita y aristocrática, Judy era un tanto rebelde. Más allá de prepararse para encontrar un marido adecuado gustaba de practicar deporte, hecho en su mayoría insólito a principios del siglo XX. Pronto destacó en esgrima y consiguió clasificarse como una de las favoritas para lograr la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1932. Judy Guinness tenía entonces 22 años y estaba ante un hecho extraordinario. Y es que tan sólo cuatro años antes se había abierto la autorización para que las féminas compitiesen en los Juegos Olímpicos. Entre la primera edición fechada en 1896 y los de París de 1924 tuvieron lugar siete ediciones en los que los únicos participantes habían sido hombres.
Guinness fue pasando eliminatorias hasta que se encontró en la final con la austriaca Ellen Preiss. Nacida en Berlin, Preiss vivía en Viena desde que tenía 18 años. Era una estrella de la esgrima e incluso acabaría siendo nombrado deportista del año en Austria por encima de futbolistas o esquiadores. Logrará tener el récord Guinness (curiosamente) de ser la deportista olímpica con la vida deportiva más longeva al haber competido en Los Ángeles 1932 y en Melbourne 1956. Por tanto, aquellos de Los Ángeles serían sus primeros Juegos Olímpicos. Quiso competir por Alemania, como era de recibo, pero le fue denegado el derecho. Lo haría siempre bajo bandera austriaca, incluyendo la edición de Berlín 1936 donde será una de las pocas deportistas judías que conseguiría una presea olímpica.
La final de esgrima individual femenina de 1932 tenía por tanto a Preiss como favorita frente a Guinness. Sin embargo, la trayectoria de Judy a lo largo de la competición había sido tan notoria como la de Ellen. De hecho, ambas llegaron a la final empatadas en número de victorias y en número de tocados, por lo que hizo falta un combate de desempate para dictaminar a la ganadora de la medalla de oro.
La modalidad en la que Guinness y Preis competían era la de florete. La esgrima consta de tres especialidades; espada, sable y florete y todas ellas tienen su propia reglamentación. En el florete se obtiene un punto cuando se toca el torso del oponente. Cualquier otro lugar atacado tanto por encima como por debajo de la cintura es inválido. Cada toque en el torso del rival otorga un punto ganando aquel que obtiene más toques en un determinado tiempo. La duración del combate y el número de tocadas ha ido variando con el transcurrir de los años.
Así pues, Judy Guinness iba venciendo por 4-3 en una final que ganaba la primera que llegaba a cinco tocados o cuando finalizase el límite del tiempo. Y es entonces, a un escaso espadazo de la medalla de oro, cuando decide parar el combate.
Se acerca a los jueces y explica que la victoria debe ser para Preis. Al inicio del combate hubo un tocado de la austriaca que no fue contabilizado. Un error de ese tipo era más que habitual. Estamos en 1932 y no hay tecnología suficiente para adjudicar puntos de forma automática. Práctica común eran fallos de los árbitros y minutos y minutos de deliberación, fundamentalmente en las carreras de velocidad del atletismo, para decidir los puestos en el pódium.
Guinness explica que no le dio importancia a ese error. Sabía que podía suceder y que seguramente el ‘favor arbitral’ le sería devuelto a Preis a lo largo del duelo. Sin embargo, no fue así, sino todo lo contrario. Al poco de acabar Judy Guinness notó como la espada volvía a impactar sobre su torso sin que los jueces lo apercibiesen. Habían sido dos veces. Dos errores a su favor. Si lo jueces se hubiesen percatado, el triunfo tendría que haber sido para Preis por 4-5.
Aquello fue un acontecimiento notorio. Algunos la tildaron de estúpida, de ingenua, de niña tonta. Pronto fue tachada de adolescente inmadura y muchos hombres criticaron el parco espíritu competitivo de las mujeres. Una muestra más de que debiera ser vetada la presencia de las féminas en la práctica deportiva. Otros clamaron por su sentido de la justicia, por su excelsa educación y por mostrar los valores del deporte olímpico, algo, que, para muchos otros, demostraba la excelencia moral de la mujer.
El caso es que Judy Guinness acababa de renunciar a la medalla de oro. Se auto conformaba con la presea de plata.
Preis (centro) y Guinness (derecha)
Con la medalla de plata al cuello Judy cumplió con lo que su padre y la sociedad le demandaba y pasó por la vicaría. Pero Judy no se iba a casar con un hombre al uso. El elegido fue un aristócrata, sí, pero no un aristócrata de traje de tweed y puro al calor de una chimenea. Judy se casó con un piloto de carreras. Así que si él podía disfrutar del deporte ella no iba a ser menos. Para los Juegos Olímpicos de 1936 habría un nuevo duelo entre Judy Guinness y Ellen Preis. Mejor dicho, entre Judy Hughes, que era su apellido de casada, y Ellen Preis.
Judy y Ellen se enfrentaron en los octavos de final de florete individual y la victoria fue nuevamente para la austriaca. Esta vez de forma rotunda. Ambas se dieron un fuerte abrazo y continuaron con sus caminos. Ellen Preis lograría el bronce y repetiría el tercer puesto en Londres 1948. Acabaría siendo catedrática de Artes Escénicas en la Universidad de Viena y dando gracias eternas a Guinness por su honradez. Sin ella, nunca habría sido oro olímpico.
Para Judy Guinness fueron sus últimos Juegos Olímpicos. Su temerario marido falleció en un accidente de avión y hubo de casarse en segundas nupcias con un hacendado. Estalló la II Guerra Mundial y pasó a ejercer de ama de casa en Rhodesia, hoy Zimbabue. Enfermó y falleció joven, a los 42 años de edad.
Judy Guinness
Pocos años después del icónico gesto de Judy Guinness nacía en tierras ucranianas, entonces Unión Soviética, Boris Onishchenko. A la altura de 1976 había sido campeón mundial de pentatlón moderno y campeón mundial y olímpico por equipos. Los de 1976 iban a ser sus terceros Juegos Olímpicos y la última oportunidad de salir victorioso en la prueba individual de la mayor competición deportiva del planeta.
El pentatlón moderno consta de cinco pruebas; natación (200 metros), salto ecuestre, atletismo (800 metros), tiro con pistola y esgrima. Onishchenko marchaba detrás del británico Jim Fox cuando tendría lugar la prueba de esgrima en la modalidad de espada. Onishchenko ganó por un punto de diferencia, pero la delegación británica pronto emitió una protesta. Estamos en 1976. Ya existe tecnología. Cuando el cuadro de puntuación del traje nota una estocada con una fuerza superior a 750 gramos un interruptor salta y formaliza el punto. Cuando Onishchenko embiste con la espada se ve claramente como su estocada es al aire y, sin embargo, el interruptor de Fox se acciona. Aquello no tenía sentido.
Rápidamente se descubrió que la espada de Onishchenko había sido modificada ilegalmente para incluir un interruptor que le permitía registrar un toque sin hacer ningún contacto con su oponente. Aquel escándalo se resolvió con la expulsión del soviético de los Juegos Olímpicos tras uno de los actos de mayor mezquindad de la historia del deporte. A Onishchenko se le prohibió a perpetuidad practicar deporte de competición y le fueron retiradas todas las condecoraciones y privilegios que la Unión Soviética le hubiera otorgado.
Dietrich Mateschitz estaba a miles de kilómetros de casa. En otro de esos cargantes viajes de negocios. Suerte que entre reunión y reunión siempre se podía sacar unas horas de asueto. Acabada la jornada decidió probar las aguas del Índico. Disfrutar de una de las playas paradisiacas de Tailandia. Allí, con los pies besando la arena, probó una bebida desconcertante. Se llamaba Krating Daeng. Era refrescante, pero sobre todo adictiva. Y, es más. Era mucho mejor que el café. Era ideal para superar el jet-lag de vuelta a casa. Una vez probó la primera, Dietrich ya no pudo parar. Preguntó, indagó, se informó y acabó consiguiendo una cita con un tal Chaleo Yoovidhya, el padre de la criatura. Pronto llegaron a un acuerdo. Yoovidhya vendió su receta a Mateschitz, quien únicamente añadió el dióxido de carbono a la composición original para hacerla más agria. Era 1987.
Acababa de nacer el Red Bull. La bebida energética por excelencia.
Apenas un cuarto de siglo después de aquello a Mateschitz le dio por enviar un hombre al espacio. Félix Baumgartner fue el primer ser humano en romper la barrera del sonido al tirarse en caída libre saltando a unos 40.000 metros de altura. Hubo tal cantidad de gente que vio el acontecimiento que los servidores de Youtube estuvieron a punto de romperse. El evento fue seguido por una audiencia quince veces mayor que la de unos Juegos Olímpicos y llevó a Red Bull a la cima de su fama. Aquella mezcla entra gesta y espectáculo fue el origen de la transmisión remota y móvil en las retransmisiones deportivas.
Quizás ese fue el cenit de Red Bull.
Pero, ¿cuál es el origen?
Antes de ese viaje a Tailandia Dietrich Mateschitz trabajaba para una empresa de cosméticos. Licenciado en marketing, se dedicaba a diseñar campañas publicitarias y era ampliamente reconocido en su mundo laboral. Cuando vuelve de Asia decide dejarlo todo e invertir sus ahorros para comercializar su nueva bebida. Su primera misión es conquistar el mercado de su Austria natal y para ello decide regalar el Red Bull como forma de darlo a conocer. Resuelve suministrarlo en las puertas de universidades e institutos y lo hace con rápido éxito. Dietrich no bebe alcohol y sabe que el Red Bull funcionará en un entorno estresante como el de los estudios. Lo considera ideal para mantenerse despierto en noches de exámenes o en madrugadas de fiesta, tanto para aquellos que beben alcohol como para quienes lo rehúsan.
Una vez conseguido el conocimiento entre los jóvenes lo siguiente es asociar el Red Bull con el riesgo, el vigor y la velocidad, ecuación perfecta para aquellos que rondan la veintena. Ahora ya se puede vender el Red Bull en discotecas, restaurantes y supermercados, pero hace falta un gancho que haga que la genta decida invertir su dinero en esa nueva bebida. Lo primero que hizo Mateschitz fue basarse en el guion habitual. Aquí no hubo improvisación, sino determinación. Decidió invertir una buena suma en Gerhard Berger, por entonces piloto austriaco de Fórmula 1 de la escudería Ferrari. Desde ese primer momento, velocidad y Red Bull harían un binomio inseparable. Las alas del toro rojo se incorporarán al casco de Berger y años después lo harán en el chasis de la escudería Sauber. Berger será la cara que hará al Red Bull popular primero en Austria y rápidamente en el resto de Centroeuropa.
El siguiente paso fue comprar una escudería. Se trataba de un camino mucho más ambicioso, pero Mateschitz, como buen hombre de negocios, sabia cuadrar con perfección el riesgo con el beneficio. En 2004 Ford decidió deshacerse de Jaguar ante una tremenda crisis de ventas. Hubo que despedir a miles de trabajadores de Estados Unidos y deshacerse del equipo de Fórmula 1 en tiempo récord. Mateschitz se hizo cargo de las deudas y compró la plaza de Jaguar por un simbólico e insignificante dólar. Inmediatamente bautizó al equipo como Red Bull y adquirió a mayores la escudería italiana Minardi para convertirla en Toro Rosso (Red Bull) y ser usada como captación de talentos y banco de pruebas. Con motores Ferrari alcanzaría la cima logrando cuatro títulos consecutivos con Sebastián Vettel y dos más con Max Verstappen, el último de ellos con motor propio fabricado en Austria, el último paso del ambicioso proyecto de la escudería de la bebida energética.
Red Bull F1 2022
Pero antes de eso hubo mucho más. Para expandirse y salir de las fronteras austriacas Red Bull necesitaba algo más cuantioso que un piloto de Fórmula 1. Por entonces, hablamos de mediados de los 90, el dinero gastado en Berger había vaciado las arcas del departamento de publicidad. Por lo que cumplía cambiar de estrategia. Así que Mateschitz decidió apostar por deportes minoritarios, baratos, en los que no habría que inyectar mucho dinero. La ecuación a seguir fue la misma: riesgo + juventud + velocidad. Se apuesta por deportes urbanos como el skateboard, el parkour o por el ciclismo de montaña del BMX, el windsurf o el snowboard. Red Bull se introduce también en el automovilismo de velocidad o en pruebas de parapente. El lema ‘Red Bull te da alas’ da la vuelta al mundo y es sinónimo de desenfado y juventud. La imagen pública es que Red Bull es algo guay, genial, ‘cool’. Luego se decide patrocinar eventos de lo más descabellados que pretenden ser récord Guinness y donde la velocidad, siempre, debe estar presente. En un momento donde se hace efectiva la prohibición de anunciar bebidas de alta graduación y la inmensa mayoría de países impiden el alcohol en la conducción de vehículos a motor, Red Bull es un soplo de aire fresco que tiene el éxito garantizado.
Red Bull te da alas
Se había logrado la internacionalización y estabilización del producto. Pero faltaba la caza mayor. El fútbol.
Como siempre Dietrich decidió empezar por casa para abrirse al mundo. Mateschitz es de Salzburgo y de pequeño animaba al SV Salzburgo, un modesto club austriaco que desde los 80 era patrocinado por la cadena de supermercados Casino. Desde entonces el Casino Salzburgo creció a nivel local y en 1994 llegó a la final de la Copa de la UEFA que perdió ante el Inter milanés. Era un pequeño éxito, pero mucho más lo será cuando en 2005 Red Bull compre el equipo. Fiel a su ideario, Mateschitz no se contentará con patrocinarlo, sino que al adquirirlo cambia la historia de un club fundado en 1933 que es finiquitado y rebautizado como Red Bull Salzburgo. Se renombra el estadio (Red Bull Arena), se modifica el escudo (dos toros rojos) y se cambian los colores del equipo, pasándose al rojo y blanco corporativos. A pesar de las discrepancias iniciales la ciudad se vuelca con su mecenas y su nuevo club que, desde entonces, ha ganado 13 de 16 ligas posibles y se ha convertido en un habitual de la fase de grupos de la Liga de Campeones.
El mismo año que se fundaba el Red Bull Salzburgo se ponía en marcha en Estados Unidos el Red Bull New York, el cual no ha tenido tanto éxito deportivo, pero es lo de menos. Lo que se buscaba al otro lado del Atlántico, abrazados por la ciudad más famosa del mundo, era conseguir respeto y resonancia para abrirse al mercado más goloso del planeta.
Ese era el primer paso. Pero, como siempre, era el preludio del siguiente. Mateschitz pone sus ojos en Alemania, donde por idioma y cultura, está el mercado más importante al que debe acceder un austriaco. Es Leipzig ciudad de tronío. Cuna de la imprenta y junto con Dresde el núcleo más importante de Alemania del Este. Allí estaba el Dinamo Dresde, imponente club en la época comunista y desde finales de los 90 escuadra que deambula entre la segunda y la tercera categoría. Cuando el Zentralstadion acoja varios partidos del Mundial 2006 el club más representativo de la ciudad era el FC Sachsen Leipzig, por entonces en la cuarta categoría del fútbol teutón. Aquel gigante de cemento con capacidad para 45.000 espectadores apenas conseguía, con suerte, ocupar una quinta parte de sus asientos.
Hasta que en mayo de 2009 se fundaba el Rasen Ball Sport Leipzig. Contrariamente a lo que se pueda pensar la R y la B no son las iniciales de Red Bull, aunque la intencionalidad está fuera de toda duda. El significado del nombre es “deporte de pelota y césped” y venía a sortear la normativa alemana que impide asociar un club con una casa comercial. Mateschitz adquirió la plaza del SSV Markranstädt, un club del extrarradio de Leipzig, y comenzó a competir en la quinta categoría alemana. Meses después le compró al ayuntamiento la propiedad del Zentralstation y lo renombró como Red Bull Arena. Tras cinco ascensos consecutivos el Red Bull Leipzig llegaba a la Bundesliga en 2016. Era el cuarto equipo de Alemania Oriental que lograba tal hazaña.
Desde ese año ha sido el tercer equipo que más ha invertido en fichajes tras el Bayern y el Dortmund y en 2022 consiguió su primer título al vencer en la final de copa al SC Friburgo. Ni aun así ha logrado la aceptación popular, ya que raras veces el estadio se llena para ver al Red Bull. El Dinamo Dresde sigue superando en abonados a un club que es visto con inquina tanto en la ciudad como en el resto de Alemania, al incumplir la norma no escrita de que la propiedad del club debe ser de los socios.
Hoy además del RB Salzburgo, New York y Leipzig también existe el Red Bull Bragantino, con el objetivo de captar a los jóvenes talentos del fútbol brasileño. No en vano, de la academia de fútbol de Red Bull han salido futbolistas de primer nivel como Lukas Klostermann, Dayot Upamecano, Naby Keita, Timo Werner, Joshua Kimmich, Sadio Mané y, especialmente, Erling Haaland.
El ultimo sueño de Dietrich Mateschitz fue conquistar la Copa América de vela. Puso a disposición toda la maquinaria de su equipo de Fórmula 1 para alinearse con el Alinghi suizo y formar el equipo Red Bull de vela con más de 100 personas a pleno rendimiento. Eso sería en 2024. Pero Mateschitz falleció víctima de un infarto antes de ver cumplido el objetivo. Hoy Red Bull cuenta con más de 13.000 trabajadores por todo el orbe y suma más de 8.000 millones anuales en ingresos. Su crecimiento y consolidación está ligado a una revolucionaria iniciativa de expansión comercial a través del patrocinio deportivo. Junto a las motos KTM y la joyería de Swarowski, en la actualidad no existe empresa austriaca más reconocida a nivel mundial que Red Bull.
Paciente y metódico, Albert Einstein me recibe con una mezcla de despiste y parsimonia. Lleva un jersey roído, unos pantalones que le quedan excesivamente grandes y, a su inconfundible bigote, le acompaña un pelo que hace mucho tiempo que no visita un peine. Es un honor entrevistar al físico que desarrolló la Teoría de la Relatividad y que es considerado el padre de la bomba atómica, a pesar de ser un firme defensor del pacifismo y del federalismo mundial. Estimado el científico más relevante en la historia de la humanidad junto a Isaac Newton tiene, además, el logro de ser el único científico capaz de convertirse en un icono social.
Einstein
Misterdato (P): Es un honor que me haya recibido señor Einstein. Tengo que confesarle que, aunque sé que usted es un pilar básico para el desarrollo de la humanidad, no comprendo en exceso sus teorías. Siempre se dice que usted y Newton cambiaron los paradigmas conocidos. Y si bien la Teoría de la Gravedad es comprensible, no lo es tanto la de la Relatividad. ¿Podría explicarme lo de E=mc²?
Einstein (R): ¿Me puede usted explicar cómo se fríe un huevo?
P: Sí, claro.
Einstein (R): Pues hágalo, pero imagine que yo no sé lo que es un huevo, ni una sartén, ni el aceite, ni el fuego.
P: Eso es imposible.
Albert Einstein (R): Si usted no tiene unos conocimientos de física y de matemáticas previos no puedo ayudarle. Es suficiente con que sepa que el sistema de posicionamiento GPS que usa continuamente es posible gracias a la Teoría de la Relatividad.
P: Sin embargo, aunque todo el mundo le conoce por dicha teoría, usted ganó el Premio Nobel por sus contribuciones al efecto fotoeléctrico.
Einstein (R): Correcto. Gracias a ello ustedes pueden usar un láser, desarrollar el código de barras, crear placas solares o algo tan banal como entrar en un ascensor o encender una farola en función de si una persona está o no está cerca. También desarrollé el Teorema de Fluctuación-Disipación cuyas ecuaciones son usadas diariamente en Wall Street.
P: Sinceramente no tengo ni idea de que me está hablando. Yo soy periodista deportivo.
Einstein (R): No entiendo entonces el motivo de esta entrevista.
P: No le falta razón…Querría hablar con usted un poco de deporte. Es algo que suelo hacer en fechas navideñas con personajes relevantes que no están ligados al mundo deportivo.
Einstein (R): La Navidad…
P: Sí. Creo que usted tiene sentimientos encontrados con el mundo religioso. Según algunos usted es ateo. Para otros es la prueba de que hay científicos que creen en Dios.
Einstein (R): Esto sí que es fácil de explicar. Procedo de una familia judía y fui criado en la doctrina de la Fe. Pero, como comprenderá, eso de que el pueblo judío es el elegido es pura superstición. En mi opinión la Biblia es una colección de leyendas venerables donde la palabra de Dios es la expresión y el producto de las debilidades humanas.
P: Por lo tanto, usted es ateo.
Einstein (R): No comprendo esa diferenciación entre religión y ciencia. La mente humana, no importa cuán altamente capacitada esté, no puede comprender el universo. Somos como un niño pequeño entrando en una biblioteca cuyas paredes están cubiertas hasta el techo de libros en diferentes idiomas. Intente usted penetrar en los secretos de la naturaleza y, detrás de todo lo perceptible, siempre encontrará algo sutil, intangible e inexplicable. Esa es mi religión. No hay leyes sin un legislador. Mi religión es una admiración hacía ese ilimitado espíritu superior.
P: ¿Agnóstico?
Einstein (R): De acuerdo.
P: Antes de entrar en materia y hablar de deporte me gustaría hacerle una última cuestión. Al igual que unos dicen que es religioso y otros que es ateo, también hay quien le considera un asesino por crear la bomba atómica y otros un pacifista por oponerse a su uso.
Einstein (R): En primer lugar, yo no creé nada. A través de mis teorías se desarrolló la bomba atómica. En segundo lugar, yo soy un pacifista convencido, pero cuando los nazis llegaron al poder me puse al servicio de los Estados Unidos para, a través del Proyecto Manhattan, crear una bomba atómica que acabase con la barbarie nazi.
P: Y después se arrepintió.
Einstein (R): Sí, creo que fue una gran desgracia. Yo escapé de Alemania porque Hitler era la encarnación del mal. Imagínese lo que me hubiese obligado a hacer si me hubiese puesto a su servicio. Usar la bomba contra el nazismo era un mal menor. Una vez eliminado Hitler no era necesario tener la bomba. Además, me di cuenta de que una vez creada una se podían crear muchas más. Me llamaron comunista cuando dije que si nosotros la teníamos también la tenían que tener los rusos, pero creía firmemente que sería bueno para el bienestar mundial. De hecho, se ha demostrado que el miedo de unos ha sido igualado por el miedo de los otros. Pero ya se sabe lo que es correcto no siempre es popular y lo que es popular no siempre es correcto. También le digo otra cosa. Roosevelt no hubiese lanzado la bomba. Fue cosa del pusilánime de Truman.
P: Hablemos si le parece sobre el deporte. Tengo entendido que usted considera al béisbol el rey de los deportes.
Einstein (R): Yo no tenía ni idea de lo que era el béisbol hasta que llegue a Nueva York en 1933. Era la época de Babe Ruth y los Yankees y quedé fascinado por el juego. Para mí es el rey de los deportes porque es bellísimamente complejo. Le diré más. Usted aprenderá la relatividad más rápido que yo aprenderé los entresijos del béisbol.
P: Me parece harto complicado. Creo que también le gustaba andar en bicicleta.
Einstein (R): En eso se equivoca. Yo dije que la vida es como andar en bicicleta, que para mantener el equilibrio debes seguir moviéndote. De esa frase alguien sacó que me gustaba andar en bici. Es falso. Como que soy un tipo solitario y alejado de mi familia o que tenía el mismo conjunto de pantalón y jersey repetido en mi armario para poner una y otra vez. Sencillamente soy un tipo tímido y de pocas palabras. Pero tengo unos hijos maravillosos y no compro ropa porque me parece algo insustancial.
P: ¿Es cierto que nunca llevaba calcetines?
Einstein (R): Lo es. Tampoco usaba el peine. Me parecía una pérdida de tiempo innecesaria. ¡Si tu intención es aprender y abrir la mente hazlo con sencillez, la elegancia déjasela a los sastres! Tanto lo uno como lo otro. Y si observa, normalmente visto con chaqueta de cuero. Eso es porque tengo alergia a la lana. ¡Y no busque muchos libros en mi biblioteca! Lo único que necesito es una papelera para poder tirar todos mis errores.
P: Volvamos al deporte. Quizás ese gusto por el béisbol se debe a que usted era un hombre paciente. El béisbol es un deporte de paso lento que requiere concentración y paciencia y donde las matemáticas forman parte de su idiosincrasia.
Einstein (R): Yo soy un hombre con mucha paciencia, aunque no me considero un buen profesor. Y es cierto que en el béisbol hace falta paciencia, pero también imaginación. No puedes repetir un mismo lanzamiento. Si quieres un resultado distinto no puedes hacer siempre lo mismo. Recuerde que la imaginación es más importante que el conocimiento.
P: Me decía antes que no era cierto lo de que le gustara andar en bicicleta. Lo que sí será cierto es que era un auténtico andarín.
Einstein (R): Efectivamente. La mejor manera de liberarse de la tensión mental es dando un largo paseo. A menudo estaba tan absorto en mi trabajo que olvidaba almorzar, pero lo que nunca perdonaba era mi paseo diario. Podía hacerlo solo o con mi mujer. En verano también me gustaba salir a navegar con mi bote. Es maravilloso para la mente.
P: Es llamativo que un científico se interese por el béisbol. En realidad, es llamativo que se interese por cualquier deporte. No suele ser una relación que tenga muchos adeptos.
Einstein (R): Al contrario. Yo simplemente era observador de un juego y me dedicaba a dar un largo paseo diario, de unos diez kilómetros, pero hay científicos que eran amplios devotos de la disciplina deportiva. Un paisano suyo, Ramón y Cajal, era un obsesionado de las pesas. Una vez perdió un pulso con un amigo y decidió fortalecer sus bíceps y sus pectorales. Tenía una circunferencia torácica de 112 centímetros.
P: Vaya.
Einstein (R): Hubble, el astrónomo, fue un gran peso pesado que dejó el boxeo para dedicarse por completo a la ciencia. Alan Turing, el matemático, corría maratones para desestresarse. Era tan bueno que estuvo a punto de ir a los Juegos Olímpicos de 1948. Su mejor marca apenas excedía en 11 minutos al ganador de aquellos Juegos. Y luego también estaba Rosalind Franklin, la descubridora del ADN, que era una atleta de primer nivel. Destacaba en cricket, tenis, ciclismo y hockey.
P: Interesante. Una última cuestión, señor Einstein. Usted es, entre otras cosas, un icono del pop tras aquella famosa fotografía con la lengua de fuera. ¿Me podría explicar cómo se le ocurrió posar así?
Einstein (R): Fue tras una cena. Había ido a un restaurante a celebrar mi 72º cumpleaños. A la salida había un montón de periodistas y me saqué la lengua con la idea de que las fotos fuesen malas y no las publicasen. Y ya ve, luego se convirtió en mi imagen más célebre. ¡Qué le vamos a hacer!
P: Ha sido un placer señor Einstein. Ya sé que no he estado a la altura, espero por lo menos haber sido de su agrado.
Einstein (R): No se martirice. Recuerde que todos somos muy ignorantes, lo que pasa es que no todos ignoramos las mismas cosas. Y recuerde, el día que usted se muera no sabrá que está muerto y no sufrirá por ello, pero será duro para los que lo rodean… Lo mismo sucede cuando eres un imbécil.
Cuentan que, cuando en la década de 1960 la NASA entrenaba a sus astronautas para llevar al ser humano al cosmos, se adentraron en parajes desérticos de aspecto lunar en el que habitaban comunidades de nativos americanos. Un anciano sioux observaba en silencio a aquellos hombres de trajes galácticos cuando uno de ellos se acercó a saludarlo. El anciano se le arrimó y le dijo: “La gente de mi tribu cree que en la Luna viven espíritus sagrados; ¿Le puedo dar un mensaje para cuando lleguen allí arriba?”. El astronauta asintió y el sioux pronunció unas extrañas palabras en su lengua nativa. El conductor espacial le preguntó que significaban, pero, sin suerte, ya que el anciano le dijo que era un secreto. Fue cuando llegó a las instalaciones de la NASA cuando un traductor, tras soltar una carcajada, le comunicó cual era el mensaje que el anciano sioux quería enviar a los espíritus de la Luna:
“No creáis ni una palabra de lo que os diga esta gente blanca. Solo han venido hasta aquí para robaros vuestras tierras”.
¿Por qué Europa conquistó el mundo? La historia de Europa es una historia de ambición y de expansión del conocimiento. Cuando en 1492 un grupo de intrépidos hombres al bordo de una carabela de nombre Santa María aviste tierra en el Caribe lo harán por el afán de obtener riquezas y poder, pero, mayormente, para obtener nuevos conocimientos. Quizás lo reos que poblaban el barco no pensasen así, mas la intención de Colón era aumentar su saber. ¿Qué hay más allá de ese punto? Comprender como el continente más pequeño en extensión y de escasos recursos naturales pudo dominar el mundo es entender un acervo de conocimientos jurídicos, culturales o religiosos. Las expediciones eran una forma de buscar respuestas.
Luego vino la Revolución Industrial y transformó los horarios convirtiendo el tiempo en patrón para todas las actividades humanas. En el medievo había un reloj en la plaza del pueblo. Ahora Greenwich dicta los designios de la vida. La cadena de montaje, los medios de comunicación y la familia son esclavos del reloj. El progreso lo hizo trastornando la sociedad. La urbanización, la desaparición del campesinado y aumento del proletariado, la atribución del poder al individuo, la democratización o la cultura juvenil. Pero todos estos trastornos quedan empequeñecidos ante el cambio más trascendental en la historia de la humanidad: el fin de la familia y la comunidad en sustitución por el Estado y el mercado.
Hasta tiempos no muy lejanos los humanos vivían en comunidades pequeñas y su vida giraba alrededor de una familia. Cuando una persona enfermaba, la familia cuidaba de ella. Cuando envejecía, la familia le asistía y los hijos eran el fondo de pensiones. Cuando uno moría, la familia se hacía cargo de los huérfanos. Si quería construir una casa, se le echaba una mano. Si quería montar un negocio, se le prestaba dinero. Si quería casarse, la familia daba el visto bueno. Y si el problema era tan grande que la familia no lo podía solucionar, era la comunidad la que se encargaba de ejercer de banco y policía sin pedir nada a cambio.
Se trabajaba en el negocio familiar o en el de un vecino. La familia constituía el sistema educativo, el de salud, el fondo de pensiones o la industria de la construcción. Y el banco o las noticias o la policía eran proporcionados por la comunidad en la que se vivía.
Hoy así solo viven los gitanos.
Había reinos e imperios, claro que sí. Construían carreteras y pedían impuestos. Pero era un ente lejano que no se metía en el día a día de la comunidad. No había excedentes y lo poco que se conseguía de más era dado al señor a cambio de protección. Pero los reinos no hacían de trabajadores sociales, médicos o profesores. Además, las dificultades logísticas y de transportes hacían inviable intervenir en asuntos que se consideraban entonces triviales.
Esto implicaba que una persona que perdiera a su familia o, simplemente, una familia que no fuese aceptada por su comunidad, solo tuviese como alternativa para sobrevivir emigrar o convertir a sus hijos en soldados y a sus hijas en criadas o furcias.
Todo cambió de manera radical hace apenas dos siglos, algo ínfimo en la historia de la humanidad. La Revolución Industrial proporcionó al Estado medios de comunicación y transporte y puso a disposición del gobierno un ejército de funcionarios. Al principio las familias y sus comunidades fueron reacias a que sus hijos fuesen adoctrinados por sistemas educativos nacionalistas, que se alistasen en el ejército o que se trasladasen a la deshumanizada ciudad. Pero, con una celeridad inusitada, esos cambios se hicieron efectivos.
El Estado enviaba a sus policias para solucionar las disputas familiares y el mercado ofrecía más y más productos que eliminaba las costumbres de las comunidades.
Pero la forma en la que el Estado derrumbó para siempre el concepto de familia fue cuando convirtió al individuo en un ser superior. En un dios por sí mismo. Se le dijo al ser humano que era libre de casarse o no, de conseguir trabajo en cualquier lugar y de vivir donde uno quisiera. Ya se encargaría el Estado de ejercer de sustento, refugio, educación y bienestar. Ya se encargaría el mercado en darte todo cuanto te puedas imaginar. Ni siquiera Dios era ya un impedimento real. Ni el sexo ni la apariencia (aborto, cirugía estética) están fuera de nuestro alcance.
Y todo esto surgió en Europa debido a un proceso evolutivo que llevó a buscar respuestas a las preguntas. A usar la lógica y la razón. A explorar nuevos horizontes por el simple hecho de saber.
Rumbo a lo desconocido
Volvamos al inicio de esta historia. Cuatro siglos antes que las carabelas españolas arribasen en lo que hoy es la República Dominicana, dragones vikingos llegaron a tierras norteamericanas. Siete décadas antes que Cristóbal Colón perpetrase lo imposible el almirante chino Zhou Man exploró las costas sudamericanas. Quizás los escandinavos no tenían la tecnología adecuada para ir más allá de Terranova, pero los asiáticos contaban con los medios suficientes. ¿Por qué entonces el avance vino desde Europa? Porque para los europeos el objetivo era expandir su conocimiento y abrir nuevos mundos. La expedición de Zhou Man pretendía demostrar que se podía hacer. La de Colón tenía como objetivo hacerlo para comprender porque se podía hacer.
De igual modo el deporte contribuyó a unir diferentes culturas y hacer más fácil la comprensión entre los que llamamos colonizadores y colonizados. Facilitando la comunicación y la razón, el deporte une diferentes mundos y ayuda a romper barreras culturales e idiomáticas. Cuando en el siglo XIX los docentes británicos codifiquen los deportes, el rugby o el criquet servirán de quilla para penetrar en lo desconocido.
El carácter emprendedor está en la misma idea de deporte. Para los británicos la idea de récord deportivo o la idea de apuestas está intrínsicamente ligada a la obtención de beneficios. El mensaje social era el de que quien obtuviera mejores resultados tendría garantizada una mejor y mayor producción industrial. Para ello era esencial el reglamento o la figura del árbitro que, como las leyes o el juez, garantizaba una pelea socialmente justa por un bien mayor.
Se crearon clubes deportivos por todo el mundo que emulaban a los fundados en Europa (concretamente Gran Bretaña) para reforzar las redes sociales de la élite, pero, al mismo tiempo, para dar voz y presencia a lo desconocido. No existió mayor forma de integración y comprensión de nuevas realidades que a través de la expansión del deporte.
La culminación de este proceso es la creación de los Juegos Olímpicos modernos en la Atenas de 1896. En los Juegos sólo existen disciplinas de origen eurocéntrico. Tan solo con el transcurrir de las décadas los deportes norteamericanos (baloncesto, voleibol…) cuestionarán tal afirmación, aunque desde mediados del siglo XIX todos conforman lo que llamamos Occidente. Solo el paso del tiempo, y un largo paso del tiempo, hará participes de los Juegos a deportes no europeos como el judo (Japón) o el taekwondo (Corea).
Al igual que le paso a Zhou Man, al resto de los chinos nunca les interesó expandirse más allá de sus fronteras. En tan milenaria y rica historia tan sólo cuentan con las últimas tres décadas como experiencia en política internacional. Fueron los europeos los que establecieron comunicación e intercambio con los asiáticos que, con la excepción de los mongoles, jamás experimentaron la necesidad de expandir sus conocimientos y buscar respuestas más allá de sus fronteras.
Al igual que el fútbol, el tenis o el rugby surgieron en la Gran Bretaña victoriana, otros deportes nacieron en Asia en la época contemporánea. En Tailandia surgió el sepak takraw, un deporte parecido al voleibol en el que solo puedes pasar la pelota al otro campo con los pies o con la cabeza. El kaddadi, deporte nacional en Bangladesh, es una especie de balón prisionero que levanta pasiones en el Asia meridional. Luego hay otras disciplinas mucho más conocidas y expandidas como el judo (Japón), taekwondo (Corea) o bádminton (India), pero aun así de escasa relevancia fuera del continente asiático. El ping-pong, deporte nacional chino, es practicado en millones de plazas y parques de todo el país gracias a la extensísima red de tablas de tenis instaladas desde los años 60. Y, no obstante, el ping-pong fue inventado en Gran Bretaña.
Ninguno de estos deportes ha sido capaz de servir de ariete para la expansión cultural asiática o como acerbo de comunicación y de intercambio de conocimientos. Si los europeos fundaron clubes deportivos por todo el mundo y alentaron la presencia y la práctica deportiva de los nativos, los asiáticos nunca cultivaron esa necesidad. La apertura y el crecimiento de Asia en las últimas décadas se mide en términos económicos, nunca en culturales. Es más, la integración de las artes marciales (las disciplinas más cosmopolitas de Asia) se debe al interés y la curiosidad occidental, jamás a una ambición asiática de extenderse más allá de sus fronteras.
Sepak tekraw
Son el tenis, el baloncesto y el futbol los tres deportes que podríamos catalogar como globales, con amplia red de consumo y práctica en los cinco continentes. El primero es un deporte individual y los otros dos grupales, pero tanto en el baloncesto como en el fútbol la búsqueda del ídolo es incesante.
El individualismo. El individualismo es un proceso que va más allá de la Revolución Industrial. Es la era del posconsumismo o del posfordismo. Una era donde la individualidad es religión. La autoridad de los padres era sagrada. Hoy es violada continuamente. Cada vez se comprende más que un hijo desobedezca a sus padres y que los jóvenes culpen a sus padres de todo lo que no funciona en sus vidas. El individualismo no es una realidad surgida en Europa. Es estadounidense. Estados Unidos es el hijo que desobedece al padre. Juntos, norteamericanos y europeos, conforman el dominio de la cultura occidental.
Pero la individualidad ha tenido un precio. Por sí mismo el individuo no es capaz de enfrentarse al Estado. Al perder la noción de familia, el individuo se siente alienado y amenazado. Ha perdido sus necesidades íntimas, ha perdido lo que se daría en llamar ‘el sentido de la vida’.
Un sentido que ahora le otorga el consumo. Porque no somos individuos, somos consumidores que afrontamos continuos cambios radicales que nos impiden ser intergeneracionales. Confusos y solos hemos abandonado la fe por la razón ya que, ¿para qué creer en una vida mejor si esta vida nos ofrece todo lo que se puede soñar? Pero la razón no lo es todo en la vida, porque la vida es por definición imperfecta, pero somos tan tercos, tan necios, que en vez de buscar refugio en lo que fuimos renegamos de ello y buscamos otros referentes que nos hagan ser felices.
Ahí es donde el consumismo gana adeptos. Cuanto todos pensamos, hablamos, vestimos o comemos como se nos manda. O en el nacionalismo, glorificando mitos, símbolos y personajes a los que hemos exprimido para hacer propios. Y es en el deporte donde estas dos nuevas religiones terrenales, el consumismo y el nacionalismo, confluyen para llenar los espíritus vacíos de le era postindustrial.
Fue en Europa donde surgió el deporte, el romanticismo, las ideas nacionalistas y el consumo de masas. Es la vieja Europa la de la cultura, los mitos, el amor, las pasiones nacionalistas y la que dicta los cánones de la moda. Y es la vieja Europa la que comprendió el poder del deporte para colonizar, para vislumbrar y para intercambiar conocimientos. Fue Occidente, y solo Occidente, quien tuvo la audacia, el ingenio y, mayormente, la inquietud y la curiosidad de buscar respuestas y rebasar los límites del conocimiento.
Deporte de masas
“Una comunidad política no se sostiene de la nada o por conveniencia racional. Si no hay un cuento común a todos sus miembros (un cuento se puede discutir, matizar y reescribir) no hay forma de que un país funcione. Pero si el cuento es demasiado rígido y unívoco, como ocurre cuando está en manos de nacionalistas y se impone por decreto, la comunidad política acaba también disgregándose por asfixia. Un país obsesionado por su mitología es una dictadura inhabitable. Un país sin mitología, en cambio, no existe. Encontrar el equilibrio es el reto del patriotismo constitucional reformulado que no desprecia los sentimientos, aunque sí el sentimentalismo”. Sergio del Molino. “Contra la España vacía”:
Otras historias donde el deporte no es el tema principal
En Rusia se prohíbe enseñar un idioma extranjero en los colegios públicos ante el escándalo de una Unión Europea que permite que varios de sus miembros legislen con tintes homófobos. El Reino Unido celebra el brexit y proclama como día de la libertad el fin de las restricciones por Covid mientras baten récord veraniego de infectados. En España lo que se baten son récords de precariedad laboral, descrédito económico y pesimismo generalizado y aun así la calle solo arde para amparar la libertad de un rapero de pésimo gusto.
En Lyon se realiza el primer trasplante de hombros y brazos al mismo tiempo que un cacharro con cuatro ruedas se da un paseo por Marte. En Cuba siguen instalados en 1959 y siguen imaginando, como imaginó John Lennon hace ahora medio siglo. En Canadá mueren más de 700 personas por una ola de calor que supera los 50 grados mientras que en Alemania más de 200 fallecen por culpa de unas riadas en pleno mes de julio.
Media América celebra el bicentenario del fin del dominio español cuestionando la democracia, mientras la democracia más antigua del planeta echa democráticamente a un loco del sillón presidencial que alentó el asalto del Capitolio de Estados Unidos por un grupo de tarados.
Joe Biden, un anciano de 78 años, es elegido el hombre más poderoso del mundo. Putin tiene 69, Xi Jiping 68 y el desconocido presidente de India 76 primaveras. En Europa cuanto más joven e inexperto, mucho mejor. El drama de la belleza efímera ataca a Miss Universo por pasarse con los retoques virtuales. Virtuales son los youtubers, los blogueros, los instagramers y los bitcoins, que llegaron a cotizarse a 50.000 dólares al mismo tiempo que una empresa centenaria como Hertz se iba al carajo incapaz de menear sus más de 200.000 coches por culpa de la pandemia.
Fallece Larry King y Albert Roux, el hombre que convirtió el comer en un placer. Placenteras eran las caderas de Raffaella Carra que durante años demostró que para menearse había que viajar al sur. Mucho más lejos viajó Michael Collins, el desafortunado al que le tocó hacer de conductor mientras sus compañeros borrachos se pegaban un fiestón gravitando por la Luna. También falleció Felipe de Edimburgo. Lástima. Pero ese no era el que tenía que marcharse al otro mundo. El príncipe Carlos ya suma 69 años esperando para ser coronado Rey de Inglaterra.
Fueron los Juegos de la XXXII Olimpiada. Se iban celebrar en 2020 pero al final se pospusieron a 2021 coincidiendo con el 150 aniversario de los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna celebrados en Atenas. Fueron los Juegos del silencio. Japón quería erradicar, no mitigar el coronavirus. Pudieron ser los Juegos de la quiebra financiera. El gobierno nipón admitió que de cancelarlos no tendría forma de devolver el dinero ingresado por los derechos televisivos. Sin alcohol en los bares solo la borrachera de oros japonesa hizo fluir tickets de metro gratuitos para que la fiesta de la villa olímpica se trasladase a la noche de Tokio.
Quisieron ser los Juegos de la igualdad, desde Suecia a Arabia Saudí a pesar de que Brunei no pudiese llevar a una abanderada porque solo contaba con machos en su delegación. Hubo luces, drones y fuegos artificiales para disfrute del consumidor televisivo mientras los atletas saludan al vacío.
Fueron los Juegos de deportes sospechosos de considerarse como tales caso de la escalada (en rocódromo), el baloncesto (3×3) o el skate, gobernado por niños que gritan y ríen a ritmo de Foo Fighters o Pennywise cuando no tienen edad para estrenar las camas antisexo de la villa olímpica. Lo curioso es que para aquellos que consideran sospechoso el skate no lo es que un señor de 62 años gane una medalla de oro por subirse a lomos de un caballo.
Y es que el mundo está en continuo cambio. En Alemania se manifiestan contra el sacrificio de un caballo olímpico tras los servicios prestados. Gavin Hubbard, antes Laurel, se convierte en el primer transexual de los JJ.OO. La namibia Christine Mboma compite como mujer ante la duda de sus tasas de testosterona. El equipo germano de gimnasia estrena una equipación asexual para su concurso cuando las adolescentes de medio mundo se pasan el día en leggins y leotardos. Una lanzadora de peso estadounidense obtiene la plata, pero gana la medalla de platino por su peinado, sus mascarillas y sus declaraciones a favor del movimiento LGTBI. Una japonesa de tez oscura enciende el pebetero olímpico.
Empieza la fiesta
‘The New York Times’ y la ‘NBC’ cambian el orden tradicional del medallero para que Estados Unidos supere a China y vuelven al original en la última jornada cuando los americanos dan el ‘sorpasso’ gracias a un último oro. Las parejas chinas de dobles mixtos de tenis de mesa y la masculina de bádminton tienen que pedir perdón públicamente por perder el oro ante los odiados taiwaneses y japoneses respectivamente. La orgía de oros de Japón hace dudar de la importancia del público para el anfitrión. Australia domina en la piscina, Italia es un cohete y Kosovo gana el doble de medallas de oro que la India con 1.000 veces menos habitantes. Rusia se convierte en el Comité Olímpico Ruso y cambia su himno por el concierto para piano número uno de Tchaikowsky.
Un atleta iraní gana la medalla de oro en tiro y Estados Unidos pide que se la retiren por estar en su lista de terroristas más buscados. Aditi Ashok gana la medalla de chocolate en golf tras cambiar a su padre por su madre buscando un caddie que no le gritase tanto. García Bragado compite en sus octavos JJ.OO en la misma prueba donde un español se pasa 49 kilómetros y 850 metros saboreando la plata para en los últimos 150 metros acabar fuera del podio. Se considera una oda al olimpismo que un italiano y un qatarí compartan medalla de oro en salto de altura y nadie se pregunta porque no compartieron la de plata.
Ninguno de los fondistas, velocistas o saltadores de Estados Unidos gana la medalla de oro en Tokio. Desaparecida Rusia, el atletismo ha recuperado a Europa para la causa tras décadas abandonado por la audiencia ante la ausencia de repercusión de sus atletas. Más de la mitad de los finalistas del 1.500 son europeos por vez primera desde tiempos inmemorables, y aunque muchos son hijos de africanos, parece que la Europa multiétnica le ha vuelto a coger el gusto al correr.
Italoestadounidense es Marcell Jacobs, el italiano que se convirtió en el primer europeo campeón de los 100 metros desde Barcelona 92. De origen etíope es Sifan Hassan la neerlandesa que logró doblete en 5.000 y 10.000 metros. Rubios y arios son Ingebrigtsen y Warholm, este último bajando de 46 segundos en los 400 vallas cuando reducir los 47 se consideraba ciencia ficción. De otro planeta también es el récord de Yulimar Rojas en longitud. Allyson Félix sumó 11 medallas en cinco Juegos superando la decena del Hijo del Viento.
La preparación y las suelas de fibra de carbono con tecnología Mercedes han ayudado a obtener buenas marcas y a batir unos cuantos récords con la proporción adecuada para que su excepcionalidad siga siendo su gran valor. No sucedía así con la piscina, donde en la época del poliuterano las marcas eran una fiesta y ha habido que esperar a Tokio para batir aquellos tiempos mentirosos.
Caeleb Dressel sucedió a Phelps con cinco oros en la piscina, pero su falta de magnetismo le impidió ser el rey de los Juegos. La reina abdicó por culpa de unos demonios que entraron en su cabeza y aunque Elaine Thompson, Sifan Hassan o Katie Ledecky reclamaron su trono atufan a republicanismo.
Jamaica sigue humillando a Estados Unidos en la velocidad y Kenia y Etiopía deben ponerse las pilas sino quieren perder la hegemonía del fondo en África. Un tifón aplaza la competición de vela para alegría de los surferos. El calor, la humedad y las cigarras hacen que una tenista tenga que volver a la villa olímpica en silla de ruedas. Djokovic lo hace en taxi tras dejar en la estacada a su compañera de dobles mixtos. Pau Gasol se va de sus últimos Juegos sin medalla en la enésima fiesta del baloncesto NBA.
Fueron los Juegos de las babas, de los test diarios de saliva. Los Juegos de las camas de poliéster 100 x 100% recicladas. De los platos de cartón y los vasos de papel reciclados. De los podios hechos con impresoras 3D fabricados con desechos plásticos. Fueron los Juegos de los coches eléctricos y de las medallas hechas con desechos de teléfonos móviles inservibles.
Fueron, en definitiva, los mejores Juegos de la historia. Los de 2020 celebrados en 2021. Hasta que dentro de tres años, en Paris, volvamos a tener los mejores Juegos de la historia.