Los Juegos de Tokio de 1964 se recuerdan por ser los primeros emitidos en color y por las retransmisiones vía satélite por todo el mundo. Al menos por el mundo que sabía lo que era una transmisión televisiva. Fueron conocidos como los Juegos de la ciencia ficción en una época donde nada parecía imposible y el ser humano se disponía a asaltar el espacio. Quizás el recuerdo más vivido de aquellos Juegos sean las líneas futuristas del ‘Nippon Budokan’, donde por primera vez en la historia olímpica se celebraría la competición del judo, deporte nacional japonés.
Fueron también los Juegos de la descolonización. Hasta diez países de nueva aparición desfilaron por tierras japonesas y las banderas de naciones como Senegal, Níger o Malí fueron reconocidas en los cinco continentes. Fueron también los primeros Juegos en los que se vetó la presencia de Sudáfrica por culpa del régimen del ‘apartheid’. No sería hasta Barcelona 92, ya con Mandela en libertad, cuando los sudafricanos volviesen a tener representantes olímpicos.
Y aunque no lo parezca hubo deporte, mucho deporte. Fueron los Juegos de Don Schollander y de Larissa Latinina. El estadounidense se convirtió en el primer nadador en lograr cuatro medallas de oro en los mismos Juegos Olímpicos. La ucraniana (entonces soviética) sumó dos nuevas medallas en gimnasia haciendo el total de 18 en tres ediciones diferentes. Es la mujer más laureada de la historia olímpica (nueve oros, cinco platas y cuatro bronces) y su elegancia y su técnica la convertirían en el referente para las gimnastas que más allá del Telón de Acero dominaron esta disciplina durante décadas.
Latinina. La reina de la gimnasia
Fue también la primera vez del voleibol. Inventado en Estados Unidos como un deporte veraniego, como todo lo que venía de Estados Unidos (otra sorpresa) fue aceptado con entusiasmo por los japoneses. La selección femenina, liderada por Masae Kanai, derrotó en la final a la selección soviética que llevaba una década sin perder un encuentro. Miles de personas se agolparon en los escaparates de los comercios para animar a aquel equipo que cautivó a los nipones. Compaginaban sus entrenamientos de 10 horas diarias con sus trabajos o sus estudios.
También destacó la actuación de Osamu Watanabe en lucha libre, que fue oro tras una trayectoria impoluta en la que acumuló triunfo tras triunfo. Takehide Nakatani también hizo historia convirtiéndose en el primer ganador de una presea dorada en judo en unos Juegos Olímpicos. Aquellos que siguieron los Juegos también recordarán al maratoniano Abebe Bikila que revalidó la medalla de oro de Roma 1960, esta vez con zapatillas, o al americano Billy Mills, que, a pesar de que no le gustaba correr, consiguió la primera y hasta la fecha única presea de Estados Unidos en 10.000 metros en unos Juegos Olímpicos. La historia de Mills es fascinante porque era un sioux que experimentó con el suicidio tras quedar huérfano y ser enviado a una reserva india. Diabético desde niño y discriminado durante su infancia, llegó a convertirse en un portento físico que acabó descollando en campeón olímpico.
Fueron también los Juegos de Ann Packer, primera británica en ganar un oro en los 800 metros y de Bob Hayes que firmó un 8’60’’ en su relevo del 4×100, una marca estratosférica que ni Usain Bolt logró alcanzar. Y fueron los Juegos de Tamara e Irina Press, dos hermanas soviéticas que fueron campeonas olímpicas en Japón. Tamara lo fue en lanzamiento de peso y de disco e Irina en pentatlón.
Sobre la actuación española poco que contar. A Japón viajaron 53 deportistas y no se logró medalla alguna. Uno de esos olímpicos fue Valentín Lorén, un chico zaragozano olímpico en boxeo en la categoría de peso pluma. En su segundo combate fue derrotado por un chino que respondía al nombre de Hen-Huang por doble amonestación. Ni corto ni perezoso, a Valentín le pareció tal injusticia la descalificación que le pegó un derechazo al árbitro del combate propinándolo un sonoro K.O. Lorén fue expulsado de la Villa Olímpica y vetado de perpetuidad en cualquier competición internacional.
— DICK ROTH —
Pero la historia más emotiva de los Juegos fue la protagonizada por Dick Roth. Era este un nadador estadounidense de rasgos marcados y amplia espalda que con 17 años iba a intentar subirse al cajón en los 400 metros estilos. Tras la ceremonia de inauguración Roth se encaminó a la Villa Olímpica para descansar, ya que al día siguiente tendría lugar la ronda clasificatoria de los 400 estilos.
Poco antes de acostarse comenzó a experimentar un fuerte dolor en el estómago. Arqueado con el malestar solicitó ayuda médica y al momento fue enviado al Hospital Militar de Estados Unidos, el cual estaba a una hora de distancia de la Villa Olímpica. Allí le fue diagnosticada una apendicitis aguda y el médico le instó a que se operarse inmediatamente.
Viendo que su sueño olímpico se desvanecía, Roth se negaba en ser operado. Al ser menor de edad hubo que localizar a sus padres. La suerte es que ambos estaban instalados en un hotel de Tokio ya que se habían desplazado a Japón para animar a su hijo y de paso para disfrutar de sus primeras vacaciones en 20 años. Los padres, asustados, no dudaron en mandar a Dick operarse, pero el chico se mantenía en sus trece. Hubo de llorar y suplicar en una mezcla de dolor y desesperación para que sus padres le permitiesen evitar la operación.
Dick había salvado el primer escollo, pero su participación en la final de los 400 metros seguía siendo una utopía. Le suministraron analgésicos en tropel, pero el dolor seguía presente. Sin pegar ojo se presentó en la piscina olímpica para disputar las semifinales. En el hospital contaban con él al terminar ya que nadie esperaba que lograse clasificarse. Roth sacó fuerzas sabe dios de donde y logró clasificarse con el último tiempo para la final. Su marca empeoró en 15 segundos su mejor registro. Pero había sido suficiente.
Lo primero, pero no lo más difícil, estaba conseguido. Ahora tendría que aguantar 48 horas más el dolor para poder competir en la final. Los médicos le exigieron que estuviese en cama esos dos días y que no entrenase bajo ningún concepto. Además, un par de veces al día le hacían análisis de sangre y los calmantes seguían formando parte de su dieta diaria. Roth se propuso aguantar un par de días más antes de la gran final.
La fuerza mental tendría que ser mayor que el dolor físico si Roth pretendía conseguir una medalla. Antes de la inflamación del apéndice los pronósticos le daban la medalla de bronce por detrás de su compatriota Roy Saari y del alemán Gerhard Hetz. Ahora nadie contaba con que superase la última plaza entre los finalistas.
Roth comenzó a ritmo lento, manteniéndose heroicamente en torno al tercer y cuarto puesto en las vueltas a la piscina con estilo mariposa y con espalda. Después aumentó la velocidad en la tercera posta, cuando toca el estilo braza. La sorpresa vino en la última vuelta cuando en el estilo libre Roth imprimió un ritmo brutal que le llevó a la victoria marcando un tiempo de 4:45’4’’ logrando la medalla de oro y batiendo el récord mundial vigente.
Oro y quirófano en el mismo día
Roth salió de la piscina, alzó los brazos y se hizo las fotos de rigor con la bandera estadounidense. Abrazó a su entrenador, saludó a sus compañeros y besó a sus padres. Después esperó pacientemente a la ceremonia de entrega de las medallas. Escuchó con mano en el pecho ‘The Star-Spangled Banner’ y agachó la cabeza para recibir su galardón en forma de esfera dorada.
Dos horas más tarde a Dick Roth le extirpaban el apéndice en quirófano. El apéndice ya no estaba inflamado. Ahora estaba roto. Roth tardaría una semana en volver a casa.
En la mañana del 2 de septiembre de 1945 varios representantes del Imperio Japonés accedían al USS Missouri, un portaviones anclado en la bahía de Tokio. Allí les esperaba el Comandante Supremo Aliado Douglas McArthur para firmar la rendición incondicional y poner fin a la II Guerra Mundial. El emperador japonés dejaba de ser un dios. Quedaba prohibido ondear la bandera nipona durante el siguiente trienio. Se establecía una constitución diseñada a imagen y semejanza de la estadounidense. Japón tuvo que renunciar a su ejército y fue obligado a formar parte del libre comercio para mercadear con Estados Unidos. 350.000 soldados norteamericanos ocuparían durante una década un país desolado y arrasado, con más de dos millones de muertos a sus espaldas, con decenas de miles de personas sin hogar, con una reducción del 44 % del PIB y con seis millones de refugiados. Moralmente destrozados, los japoneses fueron catalogados, con justicia, como culpables de provocar una guerra en la que acabarían siendo arrasados inhumanamente por dos bombas nucleares.
Menos de 14 años después, exactamente el 26 de mayo de 1959, el Comité Olímpico Internacional (COI) seleccionaba a Tokio por delante de Detroit, Viena y Bruselas como ciudad organizadora de los Juegos Olímpicos de 1964.
¿Cómo narices fue posible?
Toda la disciplina japonesa y el poder de una industria bélica que llevó a un país diminuto y sin recursos naturales a desafiar a Estados Unidos y al Imperio Británico, fue reorganizada para el bien del país. La Guerra de Corea (1950-1953) permitió que Japón volviese a fabricar armas o misiles y, también, a reconstruir bases navales, en este caso, a beneficio de Estados Unidos. A finales de los 50 Japón pasó de depender comercialmente de los norteamericanos a invadirlos con productos mejorados y más económicos. Y había una cosa más. Llegada la década de los 60 más de la mitad de la población de Japón – y también de Alemania, la otra potencia agresora – comprendía de los 15 hasta los 50 años. El llamado milagro japonés hizo que en 1964, cuando los Juegos tuvieron lugar, Japón superase puntualmente a Estados Unidos en PIB mundial y se asentase plácidamente en una segunda plaza que tan sólo Alemania Federal osaba disputar.
Pero días antes de que los Juegos se iniciasen el mundo no tenía ni idea de lo que ocurría en Japón. A excepción de la gente de negocios estadounidense y de algún que otro académico europeo nadie sabía nada acerca de los nipones. Era un pequeño país asiático extraño y con un pasado terrible y belicoso. Muy pocos podían esperar la sorpresa con la que Japón obsequió al mundo.
Los Juegos de la ciencia ficción, como fueron bautizados por un periodista inglés, tuvieron lugar en 1964, pero en ciertas cosas fueron los últimos del siglo XX. Los primeros que anunciaron una nueva era tecnológica. Los primeros que rompieron con el mundo que existía antes de la II Guerra Mundial. Los Juegos que anunciaban una nueva era. Los Juegos que anunciaban el poder de la juventud.
El estadio olímpico no representó ninguna hazaña significativa ya que fue levantado en el Parque Meiji, en el mismo lugar donde tendría que haberlo hecho en 1940. Y es que Japón hubiese organizado los Juegos dos décadas antes si la guerra no lo hubiese evitado. El estadio es más conocido por los futboleros por ser el lugar donde se disputaba la Copa Intercontinental antes de ser derruido. Se trataba de un recinto ovalado con vistas a los rascacielos de la ciudad y con una única tribuna cubierta. Allí, más de 10.000 crisantemos, cientos de fuegos artificiales y cinco aviones, con sus estelas dibujando los aros olímpicos, dieron la bienvenida a los Juegos Olímpicos.
Si el estadio olímpico no representó ninguna hazaña, no sería este el caso del ‘Nippon Budokan’ (Estadio de artes marciales de Japón) una de las construcciones más bellas que nos ha dejado la arquitectura olímpica. Con una forma octogonal y con un techo que recuerda al monte Fuji, cuenta en sus instalaciones con su propia universidad y con una escuela de caligrafía japonesa. Es la casa del judo japonés (ahí se disputará también la competición de 2021 así como la de karate) y es un recinto casi sagrado en el que en todas sus estancias debe ondear una bandera nipona.
Los JJ.OO de Tokio 64 fueron los de la retransmisión en satélite a todo color (allá donde el color llegase). La NASA y el gobierno nipón lanzaron un satélite de comunicaciones al espacio pensado única y exclusivamente para llevar los Juegos a un tercio del planeta (básicamente al tercio que tenía aparato televisivo). Los Juegos tecnológicos aceleraron la ampliación de la línea de metro de la ciudad, así como la construcción de hoteles, parques y un sistema nuevo de alcantarillado. Fueron también los del monorraíl y los de los trenes balas que llevaban a público y atletas con precisión milimétrica a todos los puntos de la ciudad. No se conoció tren que sumase más de cinco segundos de retraso sobre su horario previsto.
Fueron los JJ.OO de las repeticiones a cámara lenta y de los micrófonos a pie de pista, que por vez primera permitieron acercar las sensaciones del deportista a todos y cada uno de los aficionados sin necesidad de la intervención del periodista. Fueron los JJ.OO de la informática, que consintió mostrar el tiempo de los atletas sobreimpresionado en pantallas que entonces eran futuristas. Se pudieron contabilizar las marcas en centésimas de segundo y se logró vincular el reloj de cuarzo a la pistola de salida en las pruebas atléticas de velocidad.
Tokio 1964 también fueron los Juegos del diseño gráfico. Se introdujeron los pictogramas que hoy son un elemento imprescindible para seguir la agenda olímpica de cada jornada. De hecho, Tokio 2020 ha llevado este legado aún más lejos al crear los primeros pictogramas deportivos cinéticos para los Juegos Paralímpicos.
Pictogramas Tokio 64
La combinación de modernidad y tradición resultó prodigiosa mezclando grafismos rupturistas con objetos cotidianos como el abanico o las camisetas. La simpleza y la vanguardia de los carteles oficiales recibieron infinidad de premios al combinar el blanco y el rojo presentes en la bandera japonesa con el cielo y el sol. La medalla olímpica diseñada para Japón estaría en vigencia durante casi cuatro décadas debido a su belleza y harmonía.
Una belleza y harmonía que fue otoñal, porque los Juegos se celebraron en otoño. La caravana olímpica se acercó por vez primera a Asia durante una quincena de octubre. Pero nunca otoño fue tan primaveral. Para Japón los Juegos de Tokio 1964 fueron el renacer. Como lo serían para Alemania en el 72 o para España en el 92. Pero Japón no sólo resucitó, sino que sorprendió. La antorcha fue diseñada en el entonces poco usado aluminio. Para elevarla a los altares se seleccionó a un chaval que respondía al nombre de Yoshinori Sakai, conocido como ‘el niño de Hiroshima’ por venir a este mundo el mismo día que la humanidad tocaba fondo y lanzaba la primera bomba atómica de la historia. El silencio del momento fue tan desgarrador que forma parte de la memoria colectiva japonesa.
De Hiroshima al cielo
Tokio mostró un Japón nuevo y moderno y abrió a sus propios ciudadanos al mundo. Unos nativos que apenas un par de décadas antes consideraban a su familia real divina y que formaban (y aún forman) una de las civilizaciones más herméticas y más homogéneas étnicamente del mundo. Se compraron más de dos millones de entradas para los eventos, una cifra bestial en la época. Hubo que realizar cuatro recorridos diferentes con la antorcha olímpica ante la aclamación de las gentes del país del sol naciente hasta su llegada final a los pies del Palacio Imperial, donde fue recibida por el Emperador.
Japón proyectaba confianza, cultura y liderazgo tecnológico. Pero también éxitos deportivos. Japón logró 16 medallas de oro y quedó tercero en el medallero tan sólo por detrás de Estados Unidos y la Unión Soviética. Fueron 12 preseas doradas más que las logradas cuatro años atrás.
En 1964 Tokio fue sede de sus primeros Juegos Olímpicos. Supusieron un punto de inflexión para un país devastado y humillado apenas dos décadas antes. Desde entonces la comunidad internacional ve a Japón como un país pacifista, una potencia industrial global y un exportador de bienes tecnológicos de alta calidad. Para 2021 Japón buscará un nuevo renacimiento, esta vez de orden mundial, que de por zanjado año y medio de tristeza y que olvide para siempre la pesadilla del coronavirus. Casi 60 años después palabras como renacimiento y resiliencia vuelven a ser importantes.
Pero antes de ver y disfrutar de las hazañas de Tokio 2020 (en 2021) esperaremos a la semana que viene para hablar de las hazañas deportivas de Tokio 1964.
Ahora que ya nos hemos alejado en el tiempo y los árboles que no nos permitían ver el bosque han sido talados, conviene hacer una reflexión a propósito del despropósito de la vacunación de la selección española de fútbol. Una chapuza de matrícula de honor donde se han visto involucrados el Gobierno de la Nación, la Real Federación Española del Fútbol y políticos y periodistas de distinta categoría. Reveladora, por lo que a mí respecta, la actuación del gremio deportivo del cuarto poder dejando a la altura del betún a todo aquel que en algún momento ha ejercido la profesión.
Antes de que a una semana del inicio de la Eurocopa, allá por el 6 de junio, la noticia saltase con el positivo por Covid-19 de Sergio Busquets, ningún medio informativo se preocupó de tratar la posible vacunación de la selección española. Sería el mes de febrero cuando los medios se manifestaron ante dicha posibilidad como algo baladí e insustancial. Rubiales, presidente de la RFEF, declararía, cuando la tormenta estaba en su auge, que llevaba dos meses luchando para obtener el visto bueno del Gobierno, el cual negó la mayor. No es que la palabra del Gobierno vaya a misa, de hecho no suele ni pisarla, pero es más fiable que la de Rubiales teniendo en cuenta que ningún medio ni periodista se hizo eco de dichas peticiones o exigencias hasta que todo estalló.
Lo cierto es que antes de que Busquets diese positivo el mundo del periodismo deportivo estaba a otras cosas. Unos comentando que “la selección no representa a España porque no lleva a nadie del Real Madrid” o “Laporte es un francés que ni siente el himno, ni el escudo, ni la camiseta” y otros replicando que “preguntar a un jugador si se siente español es xenofobia” o argumentando que “los jugadores que mejor rinden en la selección son aquellos a los que no les importa España”.
En esto estaba la materia gris de este país cuando estalló el positivo. La noticia pilló a los jefazos de la prensa con fin de semana de asueto. Con Eurocopa y Juegos Olímpicos en el horizonte había que aprovechar entre el fin de la Liga y el inicio de la competición para coger unos días libres. Del mismo modo los futbolistas contaron con unos exiguos días de descanso antes de penetrar en la burbuja de Las Rozas. Y aquí vino el problema, ya que Sergio Busquets estuvo en contacto con un positivo y, fruto de ello, llegó el contagio.
Es probable, querido lector, que no sepa que ese fue el motivo del contagio. La noticia fue dada con sordina en ‘La Razón’ y ‘ABC’ y también en ‘La Sexta’, para luego ser replicada a lo bajini en otros medios. Pronto se tapó. No hay que estudiar Ciencias de la Información para saber porque dos periódicos de editorial conservadora con sede en Madrid son los únicos que explican los motivos del positivo del centrocampista catalán del FC Barcelona. Un poco más avispado hay que estar para saber porque ‘La Sexta’ destapa la información. Dado que los derechos televisivos de la Eurocopa los tiene Mediaset (Telecinco y Cuatro), lo que para éstos será cerrar filas contra cualquier información negativa, para Atresmedia (La Sexta y Antena 3) es una oportunidad de dañar a la competencia.
Será Mediaset quien desvele un par de días después la inmensa preocupación en el seno de la RFEF tras el positivo de Diego Llorente y el más que probable de Thiago Alcántara. Y es que el centrocampista del Liverpool FC es el compañero de habitación de Busquets. Atresmedia nos contará que el verdadero motivo de la preocupación fue la salida a cenar en un restaurante madrileño de los ya citados.
Todo esto sucedía mientras la RFEF y el mundo periodístico deportivo mostraba su indignación y su preocupación ante la falta de respuesta del Gobierno y la negligencia mostrada al no haber vacunado a la selección. El aficionado medio se enervaba con tales comentarios pero, alguno, más reflexivo, se preguntaba. ¿Cómo pudieron ir a cenar a un restaurante cualquiera si están en una burbuja?, ¿cómo se le puede dar un fin de semana libre a miembros de una burbuja?, ¿cómo hacen vida en común si nos dijeron que comen por separado y que no comparten duchas en el vestuario?
Preguntas que no obtuvieron respuesta.
De salud bien, gracias
Una vez que Sergio Busquets fue apartado del grupo y comenzaron las rutinas de entrenamiento individuales y los protocolos PCR para el resto de la expedición, se montó la marimorena. Inmediatamente se exteriorizó la indignación de la RFEF y se inició una campaña exprés a favor de la vacunación clamando por el buen nombre de España y su prestigio internacional. Se contaron un par de gruesas mentiras que conviene examinar antes de seguir con la cronología de los hechos:
A) España es el único país que no ha vacunado a su selección: Mediaset lo soltó a las primeras de cambio y luego hubo efecto rebote y rectificaciones varias. Lo cierto es que Italia y Turquía eran las únicas dos selecciones vacunadas entre las 24 participantes al inicio del campeonato. En Alemania, Austria, Eslovaquia, Chequia o Inglaterra se descartó por completo la vacunación y en Francia, Polonia o Portugal se le dio libertad a cada jugador para que se vacunase por su cuenta y riesgo si así lo desease. Dinamarca, Finlandia o Suecia también descartaron la posibilidad y ésta última aceptó con resignación y estoicismo los casos de coronavirus. En Bélgica y en los Países Bajos se les fueron ofrecidas, pero los propios jugadores las rechazaron ante el temor de sufrir efectos secundarios en los primeros partidos. En Rusia se vacunó al cuerpo técnico y a algún miembro de la expedición por cuestión de edad, pero no así a los futbolistas.
B) Los olímpicos fueron vacunados por el Gobierno: Es una media verdad. El COI (Comité Olímpico Internacional) se puso en contacto el año pasado con los Gobiernos de todo el mundo para establecer un protocolo de vacunación con todos los deportistas olímpicos. Para ello el COI se ofreció a pagar el doble de precio del mercado por cada vacuna inyectada a un deportista. Algunos países, caso de España, donaron esa plusvalía a países subdesarrollados y asumieron ellos mismos la vacunación de los deportistas. Todos los deportistas de los más de 200 países del COI estarán vacunados en Tokio por iniciativa privada, programada hace un año y ejecutada hace un par de meses.
Fueron estos los dos ejes sobre los que pivotó un debate banal y pestoso que dio lugar a diferentes consideraciones políticas. “Se les inmuniza en función de su cuenta corriente”, dijo una ministra del Gobierno español como apóstol, apóstola u apóstole de la miseria. Como si esas 60 vacunas fuesen a destrozar el erario público o como si se las fueran a quitar a unas viejecitas del bolso. El debate no es ese. Ahí se equivoca la izquierda. Como el debate no es que haya que vacunarlos por patriotismo y porque “defienden la honra, el orgullo y la decencia de España en el extranjero”, como argumenta la derecha mal llamada patriótica con verborrea chatarrera. Alimentando las llamas de la pira separatista.
¿Se tenía que haber vacunado a la selección española de fútbol? Si se quería haber vacunado a la selección se tendría que haber hecho hace un par de meses. La RFEF insiste en que así lo solicitó en repetidas ocasiones y en las mismas su solicitud fue denegada. Sanidad dice no saber nada y al ministro de Cultura y Deportes (sí, existe) nadie le vio el pelo hasta hace unos días. El problema es que nadie sabía hace 60 días quién iba ir a la Eurocopa. Ni siquiera Luis Enrique. Que le pregunten a Robert Sánchez. La opción de haber vacunado a la selección hace dos meses era irrealizable (imagínense haber vacunado al entonces intocable Sergio Ramos o a Aymeric Laporte para que luego fuese requerido por Francia).
El COI decidió vacunar a todos los deportistas con marcas mínimas para ir a Tokio, aun sabiendo que algunos de ellos no disputarían los Juegos Olímpicos. ¿Habría que haber vacunado a todos los futbolistas seleccionables? ¿A todos los futbolistas de élite? Llevamos desde marzo de 2020 en esta situación y se han disputado campeonatos nacionales e internacionales. Año y medio de nueva normalidad en el que hemos visto situaciones absurdas e incomprensibles. Futbolistas que comparten mascarilla en el banquillo para luego echarse el aliento a la cara mientras juegan. Entrenadores que dan instrucciones con máscara y luego organizan comidas de confraternización con decenas de personas. Clubes que separan a sus jugadores en hoteles y vestuarios y luego les permiten libre albedrio la noche antes y la noche después del partido. O campos vacíos de lloros y alegrías para luego celebrar títulos en reuniones multitudinarias de futbolistas y aficionados. ¿Y ahora nos rasgamos las vestiduras por un positivo?
Los futbolistas no han hecho nada que no hayan hecho la mayoría de los mortales en estos tiempos de pandemia. Pero ya hace un par de milenios se sabía que la mujer del César no solo debe serlo, sino parecerlo. O en la versión moderna, un gran poder conlleva una gran responsabilidad. La selección española de fútbol no es un conjunto de futbolistas, sino los seleccionados para representar a España en una competición internacional. Eso implica privilegios, pero también obligaciones. Si esos futbolistas nos representan (guste o no guste), también lo hace el Rey, los miembros del Gobierno o hasta el alcalde de tu pueblo (guste o no guste). Y también Rafa Nadal. O Ferran Adriá. O Blas Cantó en Eurovisión. Y ninguno fue vacunado ‘ad hoc’.
El problema, claro está, es que la vacunación es de carácter público. Justo cuando el caso Busquets estalló la prensa anunciaba que ‘El Corte Inglés’ empezaba a vacunar a aquellos empleados que por tramo de edad aún no habían sido vacunados, como antes hicieron o harán otras empresas. La RFEF (de base pública y fondos privados) pudo haber tomado esa decisión y no lo hizo, sencillamente porque nadie pensó en la vacunación hasta el fatídico domingo 6 de junio.
También pudo haber buscado la vacunación grupal la UEFA, pero no quiso. Sus criterios tendrían pero decidieron apostar por la responsabilidad individual y flexibilizar al máximo sus normas. Permitieron modificar la convocatoria hasta el pasado sábado a las 21:00 horas, cuando ya la Eurocopa contaba con cuatro partidos en liza, algo totalmente extraordinario. Lo cierto es que aunque el medallero es por países, los Juegos Olímpicos son una competición individual donde un positivo trastoca cuatro años de trabajo. La Eurocopa es una competición de equipo en la que se establece que con la mitad de los integrantes en condiciones (13/26) se permite seguir compitiendo.
Y es que en previsión de positivos por coronavirus la UEFA permitió extender las listas a 26 futbolistas cuando lo habitual era llevar a 23 seleccionados. Del mismo modo llevan año y medio permitiendo cinco cambios en los partidos y el aplazamiento sin coste deportivo alguno en caso de un brote que afecte a más de la mitad de la plantilla. Esas son las reglas, fueron conocidas y así fueron aceptadas y permitidas. No vale ahora quejarse.
Luis Enrique perdió el mismo día que dio la lista. Y él lo sabía. Y le daba igual. Esnob con tendencia a la confrontación, quizás algo bueno saque de tanto lio como amante que es del buen fango. Pero al no llevar a 26 jugadores y ante el miedo a una réplica del terremoto Busquets, surgió el pánico. Hubo que buscar culpables e iniciar una vacunación a toda pastilla.
Explicado ya los motivos por los cuales la selección de fútbol no fue vacunada a inicios del mes de mayo, volvamos a la semana del 7 de junio y sigamos con la cronología de una esperpéntica vacunación.
Aquel lunes el ministro de Cultura y Deporte asegura que en 24 horas la selección será vacunada a lo que contestará la titular de Sanidad al día siguiente para corroborar sus palabras y, 24 horas más tarde – ya en miércoles -, asegurar que no es competencia del ministerio y que debe ser la Comisión de Salud Pública la que tiene que tomar la decisión en función de criterios clínicos. Ese día la selección sub-21 de fútbol sustituye a la absoluta en un amistoso ante Lituania que RTVE decide emitir por ‘Teledeporte’ en vez de por ‘La 1’ ante la indignación de la RFEF. Rubiales manifestará pena por lo que él considera “falta de apoyo a la selección”. Mientras, los que debieron ser en principio 26 y se quedaron en 24 son ahora 24-2+4+1+1+11=39, en tres burbujas paralelas. Y Luis Enrique, siempre por encima del bien y del mal, manifestando que volvería a convocar a 24 en vez de a 26.
Y a todo esto, ¿qué hacía el mundo del periodismo deportivo? Pues poca cosa. Porque mientras la parodia nacional aumentaba la RFEF sacaba un comunicado que rezaba lo siguiente: “Se ha reforzado la burbuja y se mantienen las distancias”. ¿Cómo que se ha reforzado la burbuja? ¿Es que se puede reforzar una burbuja?
Es que no ha habido burbuja. Ni en Las Rozas, ni en la Liga, ni en la Copa de Europa ni tampoco la habrá en la Eurocopa. ¿Burbuja en la Eurocopa? Ni la competición se disputa en una única sede, ni todos los futbolistas están recluidos en un mismo complejo hotelero. Ni siquiera en la misma ciudad. Ni siquiera se prohíben los días libres en el exterior. La UEFA establece un protocolo que cada selección cumple o no cumple, porque la culpa es poca y el control es mínimo.
Ese control podría venir del periodismo. Es exasperante y frustrante para la profesión ver como la beligerancia es ausente cuando el fútbol hace su aparición. Los periodistas deportivos ejercen de palmeros incapaces de criticar todo aquello que rodea al juego. Corrupción, apuestas, exigencias contractuales, discusiones o ausencias a los entrenamientos o hasta denuncias sexuales nunca son motivo de investigación. El periodista vive del ego, de la oportunidad de la exclusiva, de la amistad con tal y con cual. Y meterse con uno o con otro resta poder de decisión.
La política se acerca al periodismo por interés. Necesita de los medios para exponer su argumentario y su apoyo mediático para derribar al rival. Desde el más humilde hasta el más poderoso. Los deportes minoritarios también se afanan por buscar al periodista, pero no ocurre así con el fútbol de élite, donde el contacto es a la inversa. El medio y el periodista tratan al futbolista como ídolo intocable besando el suelo que pisa. La crítica sólo se produce en la derrota, y el chivo expiatorio nunca es el sistema, siempre un particular, generalmente un extranjero fácilmente criticable por no ser objeto de entrevista.
Cada presidente, cada club o cada futbolista de élite cuentan con su grupo de palmeros. También los directivos o incluso el estamento arbitral. Pero nadie osa arremeter contra los dejes y los fallos del sistema. Contra el fútbol como un todo. Contrasta esto con la facilidad con la que se suelta el látigo en la política, donde cada error es pagado con suma beligerancia. A pesar de su abuso de poder, su lengua viperina y su ego desmedido, de vez en cuando se echa de menos al rey de la noche. Al menos mostraba credibilidad y contaba las verdades del barquero.
Y así los palmeros se pusieron “al servicio de España y del fútbol español” para solicitar que a los futbolistas se les pusiese la vacuna de Janssen, la de una única dosis. Todo alimentado por unas oportunas declaraciones de Luis Enrique en las que manifestaba sus dudas sobre una vacunación que podría causar efectos secundarios en los futbolistas.
Se establece que en la mañana del jueves 11 la expedición española, compuesta por unas 60 personas, sería vacunada con Pfizer en una primera dosis por sanitarios del Ejército, siendo la segunda el 1 de julio, con tal desatino que, cuando tocase la segunda dosis, los jugadores podrían estar luchando por ganar la Eurocopa o bañándose en las aguas de Bali. Si el objetivo era inmunizarlos para mejorar la convivencia y restar preocupaciones a los ya preocupados futbolistas, que baje Dios y lo vea.
Tras más profusos debates y exclusivas varias (la SER y la COPE peleando por ver quien lo dijo primero) hay una nuevo giro de guión. La RFEF se niega a vacunar a sus futbolistas con Pfizer y exigen la monodosis de Janssen. Se pospone todo para el viernes y en caso de que el Gobierno no ceda se decidiría no vacunar a los futbolistas.
¿Pero no era tan trascendental vacunarlos?
Y nuevamente lo importante se deja de lado y nadie hace las preguntas necesarias. Ningún medio (incluidos los generalistas) se preguntan porque si el Comité de Sanidad Pública recomendó Pfizer en 24 horas se cambia de decisión para suministrar la monodosis de Janssen. Con la cantidad de mentiras, medias verdades y contradicciones con las que las diferentes autoridades nos llevan obsequiando año y medio ya nada sorprende, pero si el Comité de Sanidad Pública considera que la más segura es la de Pfizer no habría nada más que añadir. Entiendo que todo el mundo quiere pincharse con una sola dosis, pero entiendo también que cuando a los españoles de entre 20 y 30 años les toque vacunarse les pondrán Janssen. ¿O dirán que no es recomendable por sus efectos secundarios?
El caso es que al final fue la monodosis de Janssen la elegida y el viernes 11 de junio el día de autos. Como se ve, no había preocupación alguna por los efectos secundarios, tan solo presión mediática para evitar las dos dosis. En realidad se le administró Janssen a los futbolistas vírgenes y una dosis de Pfizer a aquellos que, o bien habían pasado el coronavirus o bien ya se les había administrado una dosis.
Sí, querido lector, otro tema tratado con sordina y en el que no se ha profundizado. Si usted ha pasado el Covid-19 y tiene más de 65 años le pondrán dos dosis. Si tiene menos de 65 años deben pasar seis meses desde que tuvo el Covid-19 para ser vacunado. ¿No ha sido así? Normal. En la práctica se le pone doble dosis a todo el mundo. Pero si usted es futbolista ni hace falta esperar seis meses ni tampoco una segunda dosis. Y sí, querido lector, hay futbolistas que ya tenían una dosis. O bien porque en el país en el que trabajan los protocolos sanitarios lo establecían, o bien porque tiraron de billetera y se vacunaron por decisión propia.
Todo por España
El pasado lunes el balón asomó y las vísperas turbulentas se olvidaron. O por lo menos lo hicieron hasta que Morata se hinchó a fallar goles y los pitos superaron a los aplausos. Las tertulias periodísticas debatían sobre si habría que cambiar a Morata por Gerard Moreno en el segundo partido y también sobre si es patriótico o no silbar a un delantero de la selección española. En ninguna de esas tertulias escuche que la inquina a Morata, además de por su falta de gol, quizás fuese porque un par de días antes había censurado a los que criticaban la vacunación de la selección en una entrevista. “Hay una España que apoya y otra que no”.
Quizás, sólo quizás, el enfado de la afición se deba no sólo a que la pelotita no entre sino a semejante esperpento. Quizás, la gente se pregunte como no se ha vacunado a la selección española femenina de baloncesto que ha perdido a Alba Torrens y a Tamara Abalde por culpa del Covid-19 en vísperas del inicio del Eurobasket. Torneo que, además, se va a disputar en tierras españolas. Quizás no muevan ni tanta gente ni tanto dinero como los chicos del fútbol, pero en la última década han defendido la marca España consiguiendo tres Eurobasket y el subcampeonato mundial y olímpico. Pero ni el Gobierno ni, por supuesto, el mundo del periodismo deportivo han puesto el grito en el cielo.
Con Llorente y Busquets incorporados al grupo sólo los designios del balón nos dirán como será recordada esta chapuza. Que la selección masculina de fútbol es uno de los mayores argumentos de cohesión nacional y representación internacional es innegable (de ahí que catalanes o vascos se afanen por hacer lo mismo). Que se haya favorecido de forma chapucera y vertiginosa su vacunación era esperable y hasta entendible. En Francia se canceló el toque de queda durante una noche por la disputa de la semifinal de Roland Garros entre Djokovic y Nadal. Nada nuevo bajo el sol.
Mas el fútbol debe entender que, lenta pero inexorablemente, está perdiendo el contacto con la realidad. El foco suele ponerse en la volatilidad de los jóvenes, su aprecio por la inmediatez y su incapacidad para consumir un producto deportivo de larga duración. Pero el otro gran problema radica en que la distancia entre seguidores y futbolistas cada vez es más grande. El fútbol fue creciendo de la mano de la sociedad. Pero hace décadas que mientras la curva social o bien se mantiene o bien desciende, la del fútbol crece sin descanso alcanzando proporciones estratosféricas.
Los debates se centrarán en si tenían que haber sido vacunados o no. O en si son unos privilegiados millonarios o unos representantes de España en el mundo. O si 60 vacunas deben ser pagadas con fondos públicos o con fondos privados. Y mientras todo eso ocurre el fútbol y los futbolistas seguirán alejándose de la realidad, perdiendo adeptos y alimentando frustraciones.
Lance Armstrong es un gran campeón. De eso no hay duda. No se ganan siete Tour de Francia si no lo eres. Con EPO o sin EPO. Armstrong odiaba a todos y cada uno de sus rivales y tenía el colmillo asesino de los grandes egos. Dominaba a sus compañeros, controlaba el pelotón y era un genio de la táctica en carrera. Tan sólo mostraba respeto y temor por Jan Ullrich, el eterno segundo, la némesis necesaria que le permitía brillar.
Pero Lance Armstrong era sobre todo el adalid contra el cáncer. Tras ganar su primer Tour se convirtió en el hombre más famoso del mundo. En Estados Unidos, un país donde el ciclismo era residual, evocaba a un semidiós que se codeaba con políticos y estrellas de Hollywood. Armstrong consiguió que ser adolescente y tener cáncer pasase de ser vergonzante a convertirse en un reto motivacional.
Su lucha y su compromiso contra el cáncer ni estuvieron ni están puestos en duda, pero Lance supo usarlos como escudo contra aquellos que lo acusaban de doparse. Cuando la prensa, liderada por el irlandés David Walsh, comenzó a lanzar informaciones basadas en fuentes anónimas que aseguraban que Armstrong se dopaba, éste, con presteza, usó el cáncer en su beneficio. Lance salía a la palestra visiblemente indignado e invariablemente su discurso se parecía a un “vengo de una sentencia de muerte, ¿de verdad alguien puede creer que voy a doparme por algo tan insignificante como un deporte?”.
Se antojaba difícil luchar contra esa argumentación.
Pero se hizo. Los primeros en abandonar el barco fueron sus compañeros de equipo. Tras años cumpliendo el papel de gregarios, muchos de aquellos prometedores ciclistas estadounidenses que admiraban a Lance decidieron hacer camino por sí mismos. El primero de ellos fue Tyler Hamilton, que logró acabar a las puertas del pódium del Tour en 2003. Para la siguiente campaña contaba con alcanzar la victoria, no obstante el destino quiso que un par de meses antes de la cita francesa diese positivo. Hamilton estaba estupefacto. Y lo estaría mucho más cuando tiempo después averiguó que Armstrong alertó del fraude a Verbruggen, presidente de la UCI. Cuando el mandamás de la UCI preguntó a Lance que hacer, el texano fue tajante. Hamilton iría de cabeza al patíbulo.
Aquello rompió los cimientos del entramado. Dolidos y traicionados, sus compañeros no entendían porque Armstrong tenía barra libre mientras ellos tenían que acatar las normas.
Y es que antes de aquello, el citado Walsh había destapado el esqueleto del fraude de Armstrong gracias a la confesión de Emma O’Reilly, fisioterapeuta del US Postal, y el arrepentimiento de Frankie Andreu y Jonathan Vaughters, ex compañeros de equipo de Lance. Sin embargo, la falta de pruebas (palabra contra palabra), la aureola de santo de Armstrong (una mentira es verdad si la repites 1.000 veces) y, esencialmente, el apoyo sin fisuras de la UCI, hicieron que la causa no fuera a mayores.
Walsh y el Sunday Times. Azote de Armstrong
En todo caso, y tras convertirse en el primer ciclista en superar la marca de Anquetil, Merckx, Hinault e Induráin de cinco Tours, Armstrong comenzó a pensar en la retirada para salvaguardar su honor. Por el camino lograría el sexto en 2004, el mismo año que el doctor Ferrari tuvo que pasar por los tribunales, y en 2005 el último y séptimo maillot amarillo con un nuevo equipo, tras la renuncia de US Postal que se negó a pagarle varios pluses de su contrato ante la sospecha de su reiterado dopaje.
Con dudas, con incontables dudas, Lance lo había logrado. Todo eran rumores, no había certezas. El ciclismo parecía ya un deporte limpio y una vez que el Mesías estaba fuera de la circulación ya nada hacía temer que el castillo de naipes se derrumbase.
Sin Armstrong, el Tour de Francia de 2006 iba a ser al fin el Tour de Jan Ullrich (campeón en 1997 y subcampeón en cinco ocasiones). Pero semanas antes del inicio de la prueba, la Guardia Civil destapa un entramado de dopaje bajo el nombre de ‘Operación Puerto’ liderado por un médico que obedecía al nombre de Eufemiano Fuentes. Entre sus clientes había ‘prima donnas’ como Roberto Heras, Iván Basso o el citado Ullrich. Se inició una nueva cacería y, ya sin Armstrong, el ciclismo parecía ahora herido de muerte.
En estas que el Tour se inicia sin un claro favorito y se convierte en un carrusel de desfallecimientos y actuaciones heroicas que lo vuelven el más fascinante desde finales de los 80. Y es un espíritu libre, un joven norteamericano que nunca congeniara con Armstrong, el que se lleva la victoria. Floyd Landis gana el Tour de 2006 siendo el más humano de los ganadores y reavivando la esperanza de un ciclismo limpio.
Pero Landis estaba igual de manchado que los demás y al poco de acabar el Tour dará positivo por testosterona. Lo negará, mas Landis no sabe mentir y acabará sin Tour, sancionado y con una depresión de caballo que lo llevará a refugiarse en el alcohol. En el medio de la cacería decide pedir ayuda a Armstrong obteniendo el silencio por respuesta.
Landis es una bomba de relojería. Deprimido y traicionado principia a comprender que la vara de medir es distinta para unos y para otros y empieza a arremeter contra la UCI y contra Lance Armstrong. Una vez cumplida su sanción de dos años por dopaje solicita volver al pelotón internacional pero se encuentra con la negativa de todos los equipos y con una respuesta común que le llegará a lo más fondo del corazón: “Eres radioactivo”.
Mientras todo esto sucede, limpio, pero con la credibilidad bajo mínimos, Lance Armstrong decide volver de su retiro e intentar ganar su octavo Tour de Francia en 2009 camino de los 38 años. Para demostrar su inocencia anuncia que pasará controles antidopaje a diario. Es cierto. Pero también lo es que el doctor Ferrari viajará con él etapa tras etapa en un coche privado. Con Bruyneel como director, pero con otro gallo como Alberto Contador en el equipo, se tuvo que conformar con la tercera posición. Lance no estaba contento, pero, dopado o no, esa demostración de poderío y autoridad tras tres años retirado le volvió a granjear el amor del gran público.
Entretanto Armstrong se llevaba la gloria, Landis seguía aferrado a la botella de whisky. No comprendía que si en el ciclismo funcionaba la ‘omertá’ nadie le ayudase. La mafia era un club cerrado donde a cambio de tu silencio recibías ayuda. En el ciclismo no sucedía lo mismo. Landis estaba callado, pero en vez de ayuda recibía amenazas, lo llamaban loco y tenía que cargar con las culpas de toda una generación.
Asustado, resentido y frustrado, Landis decidió pasar a la acción.
Envió un correo electrónico a la AMA con fechas, horas y detalles de una red de más de una década de dopaje. Contó sus secretos, los de Armstrong y los de todos sus compañeros del US Postal. Eran palabras. Sólo palabras. Pero o ese hombre decía la verdad o bien tenía una imaginación desbordante.
Landis (d) quiso morir matando
Aun sin pruebas el juez vio indicios para sentar a Armstrong en el banquillo. Lance nunca había dado positivo y nuevamente se libró de la condena, pero por vez primera algo había cambiado. Verbruggen había dejado su lugar en la UCI a Pat Mcquaid y éste había decidido drenar la ciénaga y limpiar el ciclismo. Se reunió con ex compañeros de Armstrong y les prometió la redención si confesaban. Fue así como George Hincapié, compañero de equipo, de habitación y mejor amigo de Armstrong durante quince años, decidió romper la ley de la ‘omertá’.
Puede que nunca hubiese habido un positivo. Pero no hizo falta. El mundo de Armstrong se abrió bajo sus pies.
La UCI le quitó todos sus trofeos, sus siete Tour de Francia y la medalla olímpica de 2000. Todos sus ex compañeros declararon mediante juramento que en sus victorias hubo consumo de productos dopantes. Al no existir controles fuera de la competición programaba las inyecciones para estar óptimo en carrera. Armstrong lo siguió negando, pero todos sus patrocinadores cancelaron sus contratos. Se convirtió en un paria y hasta tuvo que malvender su mansión para obtener liquidez. Con todo, el poder de la mentira y de la terquedad de Lance era tal que siguió negando la verdad por activa y por pasiva.
Armstrong contaba con que la tempestad pasaría y su vida resurgiría. Pero cierto día recibió la llamada de un directivo de ‘Livestrong’ en el que se le anunciaba que había sido expulsado de su propia fundación. Aquello le hizo hundirse. Más allá del ciclismo, su legado era la lucha contra el cáncer. Lo consideró una traición, y, por vez primera, comprendió que tal vez tendría que confesar la verdad.
Así, a inicios de 2013, tras cerca de dos décadas sosteniendo una mentira, Lance Armstrong acudía al programa de Oprah, uno de los más seguidos de Estados Unidos, para decir la verdad. Fue una dura entrevista en la que Oprah tiró a degüello con cinco preguntas de respuesta cerrada (si o no) en las que Armstrong confesó lo inconfesable. Dijo la verdad, pero apenas expresó sus sentimientos. No mostró arrepentimiento y hasta se negaba a darle la razón a quien le acusaba: “Me dopé por arrogancia y por instinto insaciable de victoria”.
https://www.youtube.com/watch?v=9SV4K1nBIwA
Siempre seremos escépticos ante Lance Armstrong, pero es evidente que fue un deportista excepcional dotado de ese colmillo competitivo exclusivo de los grandes campeones. Ha sido amado y odiado y, hoy, simplemente, es un apestado. Ha sido un líder inapropiado y un hombre aborrecible y al mismo tiempo fue un ser que utilizó el deporte para dar esperanzas a millones de personas con cáncer. De su pasado ciclista sólo mantiene relación con Jan Ullrich, el único que consiguió motivarle, otro campeón apestado y la única persona por la que se le ha visto llorar en público. Pero mientras Ullrich ha tenido que acudir a un centro psiquiátrico para espiar sus pecados, Armstrong sigue disfrutando de la vida sin ningún remordimiento. Porque, dopado o no, para él nunca habrá un ciclista que sea capaz de superarlo.
Guste o no guste, Lance Armstrong ha dejado una impronta en el ciclismo y un legado de esperanza y superación en la lucha contra el cáncer. Y ahí surge la incómoda pregunta. ¿Se le puede perdonar por todo lo que ha hecho? Este es el quid de la cuestión y el verdadero fondo del problema.
En la mayor parte de Estados Unidos y en buena parte de Europa lo tienen claro. No hay nada que lo compense. Una sociedad que no exija responsabilidades es una sociedad condenada a marchitarse. Es el liberalismo puro y duro. Vive como quieras, pero asume los riesgos y las consecuencias. Para el sur de Europa y para América Latina esto no es así. Y no lo es por el influjo del catolicismo.
Para los protestantes todo cristiano es un sacerdote en potencia, por lo que encontrará su salvación a través de un ejercicio moral intachable consigo mismo y con la sociedad. En consecuencia, todo el mundo está interesado en que le vaya bien pero también que ocurra lo mismo en su comunidad. Para los católicos la salvación pasa por seguir los preceptos de la Iglesia y el error siempre puede ser subsanado en acto de contrición.
En un mundo secularizado la religión ha perdido importancia, pero la tradición pesa en las costumbres y el cristianismo forma parte de nuestra cultura. En las sociedades protestantes las faltas morales y las corruptelas siguen siendo terribles, mientras que en las católicas suelen ser perdonadas. Por eso Armstrong aún tiene gran aceptación entre la amplia comunidad católica de Texas y Nuevo México, pero es vilipendiado en el resto de Estados Unidos.
Maquiavelo dijo que el fin justifica los medios.
Pero es que Maquiavelo era católico.
“Duermo muy bien por las noches. No cambiaría nada de lo que hice. No me arrepiento de nada. Si mi hijo, que está jugando al fútbol (americano) en la universidad, me dice que se quiere dopar le diría que no lo hiciese. Si mi hijo llega a ser profesional y me lo pregunta entonces, le diría; cuéntame y hablamos”. Lance Armstrong, en una entrevista de 2019.
En el año 2004 Lance Armstrong estaba en la cúspide de su existencia. Se preparaba para acudir en julio a Francia, darle una vuelta al hexágono galo y ser el primer ser humano en sumar seis Tours en su palmarés. La temporada siguiente remataría semejante hazaña logrando un séptimo y definitivo título para autoproclamarse el más grande de todos los tiempos. Pero antes, al inicio de aquel año, presentó en la sede de ‘Livestrong’, su fundación contra el cáncer, una pulsera amarilla de plástico que se pondría a la venta por 1 euro y cuya recaudación iría íntegramente al estudio e investigación de proyectos oncológicos.
‘Livestrong’ contaba con vender cinco millones de pulseras en todo el planeta. Se estima que fueron ochenta los millones de ellas que adornaron las muñecas de medio mundo, incluidas las de los más grandes deportistas durante los Juegos Olímpicos de Atenas de 2004.
Y es que Lance Armstrong era un héroe. Era el hombre que había vencido al cáncer. Fue en octubre de 1996, cuando apenas contaba con 25 años de edad. Aquel verano ya había renunciado a correr por una complicada bronquitis, aunque la realidad es que tenía molestias al sentarse en el sillín porque uno de sus testículos estaba hinchado sobremanera. Por vergüenza calló, hasta que pasados unos meses comenzó a esputar sangre. Era un cáncer testicular de estadio 4 con metástasis en los pulmones y en el cerebro. Al día siguiente del diagnóstico ya estaba tumbado en la mesa de operaciones con menos de un 20% de posibilidades de supervivencia según le expresó su urólogo.
Duro golpe de juventud
Pero pocos enemigos tan implacables iba a tener el cáncer como Lance Armstrong. Aquel joven texano, que no aceptaba las reglas y que siempre vivía al límite, se iba a defender con uñas y dientes. Como cuando falsificó su fecha de nacimiento para poder competir en su primer triatlón. O como cuando salpicaba a sus rivales en la piscina para lograr la victoria. Era el mismo chico que insultaba a sus compañeros de equipo cuando subía un puerto y los llamaba nenazas porque no eran capaces de seguir su diabólico ritmo.
Lance era un bocazas y un irresponsable, pero también una bestia parda que encontró en el triatlón una forma de desahogo y que vio en el ciclismo una manera de hacerse millonario. Con 18 años se pasó a las dos ruedas y decidió quedarse con el apellido Armstrong de un padre adoptivo al que detestaba, porque lo consideraba más comercial que el Gunderson de un progenitor biológico que le abandonó al poco de nacer. Desde niño aprendió a odiar y a afilar un colmillo competitivo que es santo y seña de los grandes campeones.
Por eso era evidente que si alguien podría formar parte de ese 20% de supervivencia tenía que ser Lance. Apenas dos meses después de operarse, y con los pulmones aún encharcados, se volvió a subir a la burra. A finales del año siguiente ya formaba parte de un nuevo equipo norteamericano de ciclismo, el US Postal, dirigido por un ex corredor belga llamado Johan Bruyneel. Pero Armstrong tuvo que empezar de cero. Todo el respeto que se había ganado como ciclista había sido sustituido por cautela y escepticismo.
El Lance Armstrong de antes de la operación había sido campeón del mundo en 1993 por delante del mismísimo Miguel Induráin. Armstrong era el macho alfa del equipo americano Motorola, un ‘rara avis’ en el ciclismo, un deporte eminentemente europeo. Y si bien los españoles suelen ser humildes, los belgas metódicos, los italianos astutos y los franceses arrogantes, a los estadounidenses ni se les conocía ni se les esperaba. Armstrong resultó ser lo que es. Un texano de pura cepa. Odioso, ilógico y sin pelos en la lengua. Podría ganar muchas carreras, pero Lance Armstrong nunca podría ganar un concurso de popularidad.
Armstrong no era una persona equilibrada. Ni antes ni después. Pero cuando uno está a punto de morir cambia de principios. Si no tiene algo, lo quiere. Y lo quiere rápido. Así que Armstrong no iba a aceptar ser un don nadie. Lance Armstrong quiso volver a ser grande.
Concretamente decidió que iba a ser el más grande.
Y no existía camino más rápido para lograrlo que a través del dopaje.
El dopaje. Ah, el dopaje. El doping es tan intrínseco al ciclismo como los Alpes o los Pirineos. Desde el comienzo de los tiempos, desde que a alguien se le ocurrió recorrer más de 4.000 kilómetros sobre una bicicleta subiendo y bajando montañas en apenas unos días, se hizo necesaria la ayuda externa para afrontarlo. Eso es lo conocido como dopaje legal. Al principio fueron chorros de alcohol, para, poco a poco, sofisticar el asunto. La burra cabalga a través de los analgésicos, las anfetaminas, la cortisona, y, sí, también, cocaína.
Antes del cáncer Armstrong ya se dopaba. Y como él todos. O casi todos. No vaya a ser que alguien se ofenda. Cortisona y anfetaminas estaban a la orden del día. Eso era lo permitido. Lo otro o pasó de moda (alcohol) o era rotundamente ilegal (cocaína). Pero he aquí que a finales de los 80 un médico italiano llamado Michele Ferrari empieza a experimentar con la eritropoyetina, más conocida como EPO. Se trata de una sustancia que aumenta la capacidad para transportar oxígeno amplificando la cantidad de glóbulos rojos en sangre. Esto implicaba que a través de una transfusión se podía minimizar la fatiga y aumentar el rendimiento en altitud. A mediados de los 90 era práctica común en el pelotón internacional. Todos lo intuían, pero, y aquí está el matiz, se trataba de dopaje ilegal. No estaba permitido.
Para 1998 la burbuja estalló cuando en un control rutinario de la policía durante el Tour se descubrieron en los tráileres de varios equipos sustancias dopantes a nivel industrial. El llamado ‘caso Festina’ fue algo semejante al salvaje oeste. Una carnicería deportiva, pero, y aquí está el quid de la cuestión, un escándalo con consecuencias legales y penales. Se creó la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) y el ciclismo prometió limpieza. No obstante ya se sabe que tanto la justicia como la ciencia son lentas, por lo que aún tendría que pasar una década para que los vampiros fuesen por delante de los ciclistas.
Y mientras todo esto sucedía, mientras el ciclismo se asomaba al averno, Lance Armstrong se convertía en un icono de la lucha contra el cáncer y creaba su propia fundación para ayudar a los pacientes oncológicos testiculares. Así fue en un principio, pero su fulgurante éxito convirtió en pocos años a ‘Livestrong’ en un gigante de la investigación contra todo tipo de cáncer y de apoyo asistencial a pacientes en Estados Unidos.
Ah, pero mientras todo esto sucedía, mientras Lance Armstrong decidía volcar sus esfuerzos para luchar contra el cáncer, determinó dar el paso y viajar a orillas del Lago Como para visitar al doctor Ferrari. Era 1998, y entretanto el ciclismo mundial entraba en una espiral de autodestrucción, Lance Armstrong comenzaba a suministrarse con regularidad la famosa EPO.
Para 1999 Estados Unidos volvía al Tour de Francia a través del equipo US Postal. Era el Tour de la redención. Se redujeron los kilómetros y las etapas de montaña para minimizar los esfuerzos de los ciclistas. Pero la realidad es que la EPO seguía siendo indetectable. No había forma de averiguar su consumo en competición. El Tour de la redención, el Tour más humano, resulta que fue el Tour más rápido de la historia. Y fue el Tour de Lance Armstrong, que lideró la carrera con absoluta suficiencia.
Era el gran héroe americano. El hombre que había derrotado al cáncer ahora ganaba la prueba ciclista más dura del mundo. Era el mesías del ciclismo. Pero había fraude. Y se sabía. Y la gran diferencia es que mientras a mediados de los 90 se estaba al tanto de que los ciclistas de elite usaban EPO, igualándose mutuamente en términos de fuerza y estafa, después de 1998 había una clara línea que separaba a los que hacían trampa de los que no. El problema era averiguar quién era cada cual.
A punto se estuvo.
A mediados de aquel Tour la prensa francesa desvelaba que Lance Armstrong había dado positivo en cortisona en una prueba de orina. La cortisona, aceptada antes de 1998, pasaba ahora a ser prohibida salvo para dolores intramusculares justificados. Hein Verbruggen, presidente de la Unión Ciclista Internacional (UCI), defendió públicamente a la gallina de los huevos de oro. Absolución total. El ciclismo tenía a su redentor, a la gran estrella del deporte mundial, y nada ni nadie iba a impedir que Lance Armstrong se coronase en los Campos Elíseos de Paris.
El problema es que Lance Armstrong también habría dado positivo en EPO si se hubiesen podido detectar las muestras de eritropoyetina por aquel entonces.
Dos años después la AMA ya estaba en condiciones de detectar la EPO en cada control. Para 2002 nadie podría inyectarse EPO sin ser detectado.
No habría más fraude. Los tramposos iban a ser cazados.
Y sin embargo Lance Armstrong ganó sus siete Tour de Francia sin dar jamás positivo. En 1999, 2000, 2001, 2002, 2003, 2004 y 2005.
Allá por 1994 España vivía los mejores años de su historia reciente. 1992 había sido el ‘annus mirabilis’, según Nuñez Seixas “el año en el que España se reencuentra a sí misma”. Es un tiempo próspero ateniéndonos a criterios de riqueza y de cohesión social entre las diferentes sensibilidades que conforman la nación. El deporte ocupó un lugar destacado en este labor de orgullo y optimismo a partes iguales. En lo colectivo los Juegos Olímpicos de Barcelona pusieron a España en el mapa. En lo individual Miguel Induráin se convirtió en el español perfecto.
Durante cinco años (1991-1995) Miguel Induráin humilló a los franceses a golpe de pedal. Francia es el país más europeo de Europa y el que geográfica, cultural y políticamente a lo largo de los siglos ha impedido que España se sienta europea, dotándola de un complejo de inferioridad que se arrastra perennemente. Induráin rompía con unos cuantos estereotipos que del español se tenía más allá de los Pirineos. Era hijo del rural y vástago de agricultores, pero ni era bajo, ni débil, ni dicharachero, ni zafio ni vago. Era todo lo contrario. En esos cinco años instauró una dictadura en el Tour de Francia que aún no ha tenido réplica. Fue apodado ‘el extraterrestre’ por unos y ‘el campeón tranquilo’ por otros. Era El Cid. Y a El Cid hubo que buscarle una espada.
La ‘Espada’.
El récord de la hora era entonces una prueba alejada de la mano de Dios. Como no es muy difícil de comprender, consistía en recorrer el mayor kilometraje posible en el espacio de una hora. Se realizaba en el circuito ovalado de un velódromo y había tenido su apogeo a mediados del siglo XX con las victorias de Fausto Coppi, Jacques Anquetil o Eddy Merckx. Desde entonces había dejado de tener interés para los ciclistas de carretera.
Fue en 1994 cuando el inglés Chris Boardman batió por primera vez en una contrarreloj del Tour de Francia a Induráin. Su triunfo causó perplejidad. Nadie había osado batir al extraterrestre en su prueba fetiche. Eso causó sorpresa en Induráin que, de pronto, pasó a interesarle batir el récord de la hora. Era una forma de demostrar que si él también llevase una bicicleta de diseño, ni Boardman ni nadie podría discutirle el trono de mejor rodador del planeta.
Los contrarrelojistas como Induráin basaban su éxito en un extraordinario motor, en una fuerza física descomunal que permitía mover grandes desarrollos. Aun eran pocos los que comprendían que con desarrollos bajos, una posición aerodinámica perfecta y una bicicleta ultraligera se podían ganar preciados segundos. Fueron los británicos los primeros que comprendieron el poder de la tecnología en el ciclismo y Chris Boardman el hombre capaz de derrotar a Induráin en unas cuantas pruebas contra el crono. Una vez retirado, Boardman llegó a declarar que en aquel Tour de 1994 era como si él corriera con una bici profesional e Induráin con una comprada en una tienda Decathlon.
José Miguel Echavarrí, director del equipo Banesto, rediseñó el calendario de la temporada. Tras el Giro y el Tour, Induráin renunciaría a competir en los campeonatos del mundo con el único objetivo de batir el récord de la hora. La idea era que después de la finalización del Tour, a finales de julio, Induráin descansase, cambiase sus rutinas de entrenamiento para adaptarse a la pista del velódromo, y aprovechase su pico de forma antes de dar por terminada la temporada.
Pero hacía falta una bicicleta para batir el récord. Una tan aerodinámica como la de Boardman.
Hacía falta una ‘Espada’. La madre de todas las espadas.
Por entonces la empresa que suministraba las bicis a Banesto era la italiana Pinarello. En aquel tiempo los italianos de Treviso competían por la hegemonía en el mundo de las dos ruedas con la francesa Look o la norteamericana Cannondale. Giovanni Pinarello, el papá de la fábrica, contacto con Marco Giacchi, un ingeniero de los automóviles Lamborghini, para crear la ‘Espada’. Posteriormente hubo que echar mano de unas resinas especiales que usaban los deportivos ‘Bugatti’ para el chasis del casco de fibra de carbono. Todo ‘piu bello’.
A pesar de la fuerza monetaria de la entidad bancaria presidida por Mario Conde, el Banesto no contaba con un presupuesto muy elevado. Hubo que tirar de promesas y créditos para crear la Espada. A la sazón, los medios tecnológicos de sus rivales de la ONCE eran muy superiores. Manolo Saiz, director del equipo patrocinado por los ciegos, era un adelantado a su tiempo y contaba con los materiales más atrevidos del momento. Hay especialistas que consideran que si Induráin hubiese corrido en la ONCE hubiese ganado más Tours.
Supermán tuvo que aprender a adaptarse en apenas unas semanas a un entrenamiento innovador. Conoció lo que era el túnel del viento y las posturas aerodinámicas, pero nunca dio muestras de adaptarse a ellas. Induráin declinó la horquilla inicial así como un manillar lunar con forma de ala delta. Aún por encima, como el presupuesto de Banesto era limitado, Induráin tuvo que entrenarse con una ‘Espada’ de mentira. Pinarello no entregó la original hasta finales de agosto, por lo que al ciclista navarro no le quedó más remedio que utilizar un cuadro de contrarreloj estándar al que hubo que adaptarle tubos de otros manillares.
El peso total de la bici era de 7,2 kilos. El cuadro estaba fabricado por una sola pieza de fibra de carbono. Los pedales estaban concebidos para que encajaran en unas zapatillas especiales con un sistema de enganche que fue adaptado por todos los fabricantes poco después. Las ruedas eran lenticulares y también fabricadas en fibra de carbono y el sillín estaba adaptado a la forma de las posaderas de ‘Miguelón’.
En años posteriores se hicieron varias réplicas. En total hay 6 espadas perdidas por el mundo. Se estima que el valor de cada una es superior a los 100.000 euros.
El futuro sobre dos ruedas
Sobre el papel el récord era pan comido. El mejor ciclista con la mejor bicicleta. Pero Induráin no era un hombre del siglo XXI. Quizás ni del siglo XX. No tenía experiencia negociando las curvas peraltadas, no podía moverse prácticamente ni un milímetro de su posición y el hecho de estar encerrado dando vueltas al mismo sitio le agotaba mentalmente. Dicen que a Induráin jamás le preocupó ni le interesó ni la mecánica ni la tecnología. A él le daban una bici, se subía, pedaleaba entre llanuras y montañas y en paz. Se cuenta que una vez retirado fue hasta una tienda de Pamplona a comprar una bicicleta de competición como las que él usaba. Cuando le dijeron el precio le dijo al comerciante que aquello era demasiado dinero por una simple bicicleta y se marchó a su casa sin comprarla.
—EL RÉCORD DE LA HORA—
Batir el récord de la hora era una prueba exótica y mucho más para los españoles que tienen en el Tour, la Vuelta y las hazañas en puertos de montaña la única forma de entender el ciclismo. Pero si El Cid quería ganar una nueva batalla, toda España iba a estar con él. Canal Plus ofreció un escandaloso contrato de televisión para retransmitir la prueba. Medios como Antena 3 o el diario Marca siguieron durante todo el mes de agosto a Induráin mientras entrenaba en un tramo de carretera totalmente llano de cerca de 20 kilómetros en la planicie navarra.
El récord de la hora es como la Medalla de Honor del ciclismo. Su atractivo se basa en su simplicidad. Una persona en una bicicleta intentando ser más rápido que su rival sin la aparición de imponderables que puedan hacer surgir el dubitativo y sí. O se consigue o no se consigue. No hay caídas, ni pinchazos, ni lluvia, ni viento. El ciclista no tiene donde esconderse, por lo que la concentración de esfuerzos es constante. Ni hay curvas para dejar de pedalear, ni descensos para descansar, ni compañeros para ayudar.
Se estimó correr en el velódromo de Anoeta en San Sebastián, pero finalmente se optó por programar el intento en Burdeos para el viernes 2 de septiembre de 1994. Es todo tan moderno y tan ‘chic’ que hay que ir a Francia. Más de 1.500 personas viajarán desde Navarra con sus bocadillos en la mochila para ver a Induráin batir el récord. No pudieron entrar hasta minutos antes del inicio de la prueba para no comprometer la temperatura ni la humedad del velódromo. De hecho, miembros del cuerpo de bomberos de Burdeos estaban de retén dentro del recinto por si las condiciones de humedad no eran las adecuadas y tenían que echar unos cuantos manguerazos hacia el techo.
Todo esto era conocido para los que no teníamos ni idea de estas técnicas tan revolucionarias a través de los comentarios televisivos de Canal Plus. La cadena de pago preparó una superproducción al puro estilo futbolístico. Yo, como tantos niños, dejé la playa en busca del chiringuito. Con la ya icónica cabecera de la banda sonora de ‘Desafío Total’ vimos la entrada de Induráin y de la Espada en el velódromo. Un jovencísimo Carlos Martínez retransmitió vuelta tras vuelta como si de un partido de Liga se tratase, Pedro Delgado hacía uno de sus primeros comentarios técnicos y Josep Pedrerol recogía la impresión del público, incluidos los comentarios de la siempre callada esposa de Miguel Induráin, preocupada por lo que más tarde sabríamos que era una rozadura que Supermán tenía en el culo y que le impidió estar en plenitud de facultades.
Induráin había viajado una semana antes a Burdeos para realizar unos cuantos entrenamientos previos. El récord de la hora era entonces posesión del escocés Graeme Obree con 52,713 km/h. Induráin lo batió en pruebas cortas de apenas 20 minutos, pero Echávarri pronto se dio cuenta que el problema iba a ser que Induráin aguantase la hora entera en una posición aerodinámica.
Pero no hubo problema. A falta de 20 minutos ya se sabía que Induráin iba a batir el récord. Sólo perdió en la comparativa con Obree en la arrancada. A partir de ahí se puso a mover un bestial desarrollo de 59 x 14 alcanzando los 53,040 km/h tras una hora sobre la bicicleta. 5.949 pedaladas sobre la burra.
En las gradas el gran Eddy Merckx aplaudía la escena mientras Echávarri rompía a llorar ante la prensa. Los propios comisarios de la Unión Ciclista Internacional (UCI) comentaron que había sido una victoria física y mental de Induráin, a pesar del bombo que se le había dado a la ‘Espada’.
Total, que la ‘Espada’ e Induráin causan una conmoción en el mundillo ciclista. De repente una prueba que estaba olvidada pasa a un primer plano. Las casas comerciales deciden invertir en tecnología y crear bicicletas ultraligeras. Las marcas ciclistas comienzan a gastar dinero en ingenieros como si de la Fórmula 1 se tratase. Apenas unas cuantas semanas más tarde, Tony Rominger batirá también en Burdeos el récord de la hora. Un par de meses después Boardman conseguirá un nuevo récord con una bicicleta estrafalaria, hasta que en el año 2000 la UCI decida prohibir las bicicletas de diseño en las pruebas de velódromo cuyo objetivo sea batir el récord de la hora.
La UCI desechó el uso de ruedas especiales y de los cuadros y de los cascos contrarreloj. Se desecharon todas la marcas y dieron como última válida los 49,431 km/h de Eddy Merckx en 1971, al entender que había sido el último récord obtenido con una bicicleta convencional.
A partir de entonces tan sólo Chris Boardman y el checo Ondrej Sosenka lograron batir el registro de Merckx. Pero eran éstos ciclistas de pista y no de carretera. Los grandes dejaron de interesarse en el récord de la hora por lo que la UCI tuvo que dar marcha atrás y volvió a cambiar la reglamentación en 2014 permitiendo las bicicletas tecnológicas.
Hoy la marca supera los 55 km/h pero no es causa de desvelo de los Valverde, Nibali, Froome, Bardet, Bernal, Dumoulin o Evenepoel. No hay interés alguno en la prueba. No hay un Induráin que le de prestigio al récord de la hora. Y mucho menos hay una ‘Espada’ que le de prestigio a la bicicleta.
El 30 de mayo de 1975 Steve Prefontaine acudió a una fiesta universitaria. El día anterior había competido en una carrera y, como en él era costumbre, la había resuelto con una victoria. Cuando llegó al festejo era el amo del cotarro. Repartió unos cuantos abrazos, saludó a algunos amigos, departió con unos cuantos desconocidos y coqueteó con alguna chica. Pero estaba cansado y decidió retirarse pronto. Subió a su coche con el objetivo de volver a casa. A la mañana siguiente tocaba entrenamiento. Aquel día había chispeado, y entre eso y el calor primaveral, la noche se presentaba húmeda. La niebla baja afectaba a un camino sombrío dominado por la vegetación. Se sucedieron un par de malas curvas y en una de ellas un coche se cruzó en su camino. Prefontaine dio un volantazo para evitarlo y acabó estrellándose contra un abeto. Un par de días después se celebró en Hayward Field, el estadio de la Universidad de Oregón, su funeral. Bill Bowerman leyó un conmovedor panegírico alabando al chico que nunca se rendía, instantes antes de que el coche fúnebre diese la vuelta al estadio a la velocidad a la que Prefontaine solía acabar sus carreras. El público caminó esos últimos 400 metros en un profundo silencio.
Fue la única vez que Steve Prefontaine corrió en ese estadio sin el rugido de sus aficionados.
Tenía 24 años.
En los años 70 Estados Unidos estaba sumido en una profunda depresión. A la revolución por los derechos civiles de la minoría negra y al levantamiento juvenil que había aflorado en la década anterior, se le añadía la confirmación del desastre estadounidense en la guerra de Vietnam. Estados Unidos cambió de la noche a la mañana. Y entre esa nueva forma de entender la vida estaba el correr por correr. En las grandes metrópolis los yupis empezaron a hacer footing y el aficionado norteamericano comenzó a considerar suyos a los atletas de medio fondo.
Steve Prefontaine era el abanderado de su tiempo. Llegó a poseer al mismo tiempo todos los récords nacionales desde 1.500 a 10.000 metros. Era un icono de la juventud. Un icono de los 70. Ayudaba su imagen, sus piernas, su carisma y su aspecto desaliñado. “La gente compite para ver quién es más rápido, yo para ver quien tiene más agallas”, exclamaba con firmeza. Era diferente por su forma de pensar y de actuar. La gente le adoraba y en la Universidad de Oregón empezaron a circular por todo el campus sudaderas y camisetas con su nombre en lugar de con el nombre del centro. La gente cursaba sus estudios en la de universidad Steve Prefontaine.
Prefontaine había ingresado en la Universidad de Oregón en 1970. Situado en la región más lluviosa de Estados Unidos, el Estado de Oregón es uno de los que más fervientes aficionados al atletismo tiene en todo el país. El responsable del reclutamiento era Bill Bowerman, quien estaba convencido de que Prefontaine se iba a convertir en el mejor atleta del mundo. Bowerman era un ex militar que descubrió a Prefontaine en un campeonato infantil. Era un técnico estudioso, detallista y metódico. Un gurú. Tenía una máxima que rezaba; “Dios determina lo rápido que vas a correr. Yo me ocupo de la mecánica”. Adelantado a su época, diseñaba sus propias zapatillas en el garaje de su casa con la ayuda de su mujer. Estaba obsesionado con mejorar el rendimiento de sus discípulos, aunque para ello tuviese que adentrarse en terrenos insospechados.
Pero mientras seguía innovando con sus zapatillas caseras, Bowerman se dedicó a preparar a Prefontaine. Steve asombró en las clasificatorias estadounidenses y con sólo 21 años se veía favorito para los Juegos de Múnich. Aunque tenía varias marcas válidas en diferentes distancias, se decantó por correr los 5.000 metros. Empezó la final fiel a su estilo, a ritmo de mitin y con continuos cambios de cadencia que levantaban al público de sus asientos. Pero, como era de esperar, le acabó traicionando su carácter explosivo y su inconformismo. Fundido, acabó cuarto y sin tocar metal, en una prueba que concluyó ganando el finés Larse Viren.
Bowerman ya le había advertido de que sería necesario que se guardase fuerzas para el final, pero Prefontaine no le hizo caso. No se puede domar a un caballo salvaje. Cogía la cuerda de la pista y ya no la soltaba hasta el final. O eso, o moría en el intento. Se había convertido en una celebridad corriendo así y así lo seguiría siendo siempre.
Y a la gente le encantaba. Era todo corazón. Era puro arte.
A pesar del apoyo de la gente, a Prefontaine le costó superar aquel fracaso. Por entonces los atletas eran amateurs y a Steve le ofrecieron millones por disputar mítines en ciudades de medio mundo. Estuvo tentando a aceptarlo, pero finalmente no lo hizo. Con ayuda de Bowerman se propuso lograr el oro en los Juegos Olímpicos de 1976. Y para ello iba a tener el auxilio de unas zapatillas revolucionarias.
Por entonces la firma predominante en el tartán era Adidas. Las zapatillas alemanas eran el referente mundial y sus éxitos en los Juegos Olímpicos las convirtieron en la primera opción para cualquier deportista. De hecho, aunque Prefontaine usó alguna vez zapatillas Puma, en su victoria más celebrada en los clasificatorios estadounidenses para los Juegos de 1972 calzaba unas Adidas. En aquella celebre carrera en la que estableció un nuevo récord del mundo de los 5.000 metros acabó dando una vuelta de honor con una icónica camiseta que ponía ‘Stop Pre’, y que pronto se convirtió en prenda de culto en la cultura hippie.
Concretamente las zapatillas de Prefontaine eran unas ‘Adidas Tokyo’ que, como es fácil de deducir, fueron arrojadas al mercado en los Juegos Olímpicos de dicha ciudad. Como por entonces no se lanzaban nuevos modelos cada dos por tres, ese revolucionario diseño estuvo en vigencia desde 1964 hasta 1972. Eran unas zapatillas, hoy legendarias, con una lengüeta blanca y una X en el talón. Con alguna variación, es el modelo habitual de las barrigas cerveceras que sudan una vez por semana en las pistas de fútbol sala.
Adidas Tokyo. Un clásico
Pero en 1973 Prefontaine iba a calzar por vez primera unas nuevas zapatillas. Se trataban de unas ‘Nike Pre Montreal’, pensadas y diseñadas para él, de ahí que llevaran el sufijo de ‘Pre’. Se trataba de unas zapatillas de una sola pieza y sin costuras que combinaban el verde y el amarillo, los colores de la Universidad de Oregón.
Por entonces las zapatillas eran un peso muerto contra el que los atletas tenían que luchar. No solo era el viento y los rivales, también había que pelear contra una enorme carga aerodinámica que se convertía en lastre para cualquier atleta. El objetivo era aligerar la zancada al golpear el pie con el suelo. El objetivo era buscar el dopaje tecnológico.
Para diseñar sus zapas revolucionarias, Bowerman había determinado que si conseguía quitar 28 gramos a la suela de una zapatilla los corredores se ahorrarían el esfuerzo de levantar 50 kilos de peso por cada milla recorrida. La pregunta era cómo hacerlo y fue su mujer quien le sugirió la idea una mañana mientras preparaba unos gofres. Bowerman esparció caucho líquido por la plancha de los gofres y el resultado fue una suela con forma de rejilla, más ligera y capaz de amortiguar las pisadas.
Bowerman tenía sus zapatillas y tenía claro quién iba a ser el primero que las probara. Steve Prefontaine las vio y frunció el ceño, pero tras dar una vuelta a la pista lo tuvo claro. Esas eran las zapatillas. Bowerman le diseñó unas exclusivas y adaptadas a sus pies que apenas pensaban 85 gramos cada una.
Mientras Bowerman le daba a la materia gris, un ex atleta suyo llamado Phil Knight se convirtió en representante de Estados Unidos de la, por entonces, modestísima marca japonesa de zapatillas Asics. Knight le pidió a Bowerman que le vendiera unos cuantos modelos a sus alumnos, pero la respuesta de Bowerman fue otra. Convenció a Knight para que se convirtiera en su socio y a través de la base de Asics crear una marca nueva y modificarla. Dicho y hecho, hicieron un primer pedido a Japón de 500 pares y tras introducir varias modificaciones con los diseños de Bowerman crearon la marca Onitsuka Cortez.
Era de esperar que Asics comenzara un litigio por los derechos de las nuevas zapatillas. Y así fue. Por lo que en 1972 los dos empresarios estadounidenses fundaron Nike. Escogieron el nombre en honor a la diosa griega de la victoria, capaz de volar y de correr a gran velocidad y cuya efigie aparece en el anverso de muchas de las medallas olímpicas.
Fue así como Prefontaine se convirtió en icono y en primer deportista patrocinado por Nike. Las zapatillas que Prefontaine popularizó llevaron el nombre de Oregon Waffle (gofre en inglés) y en los Juegos Olímpicos de 1976 ya eran mayoría entre los atletas estadounidenses. Quien no las pudo calzar fue el propio Prefontaine, que falleció en el referido accidente de coche que sesgó su vida con apenas 24 años mientras se preparaba para los que iban a ser sus Juegos. “Se ha muerto el alma de Nike”, sentenció Bowerman.
Las primeras Nike. Todo a base de gofres.
Cuando la década de 1980 esbozaba sus inicios, las zapatillas deportivas pasaron de ser un objeto de deportistas a integrarse en la cultura urbana. Por entonces Nike seguía viviendo de la fama de Steve Prefontaine, pero sus competidores habían desarrollado sus propios modelos y se encontraban en una posición mucho mejor para afrontar el nuevo mundo de patrocinio y ventas que se les avecinaba.
Todo cambiaría cuando en 1984 Michael Jordan firme un contrato astronómico con Nike.
Pero esa es otra historia.
“Para mí el mejor ritmo es un ritmo suicida. Cualquier día de carrera es un gran día para morir.”, Steve Prefontaine.
El deportista: ¿nace o se hace? La pregunta del millón. No es complicado deducir que no hay blanco ni negro. Siempre predomina la equidad. Condiciones innatas, trabajo espartano y una pizca de diosa fortuna. Uno de los libros que adornan mi estantería y que he vuelto a releer durante el confinamiento es ‘El gen deportivo’ de David Epstein. Licenciado en ciencias medioambientales y en periodismo, Epstein es el referente mundial en temas de investigación deportiva y dopaje, así como de genética o entrenamiento científico. En su libro, un sesudo ensayo, Epstein pretende dar respuesta científica a la eterna pregunta: ¿El deportista nace o se hace?
“Es difícil definir si nace o se
hace (…) Los deportistas de élite tienen talento deportivo, lo cual se traduce
en una mayor capacidad de mejora (…) Esa capacidad tiene un componente
genético, pero también psicológico y de entorno”, reflexiona Epstein. Con el
avance del siglo XX las evidencias científicas fueron determinando que en
función de las características fisiológicas, un deportista era más o menos apto
según qué deporte. Comenzó así una selección artificial que produjo que los
cuerpos de los deportistas se hiperespecializaran en función de las diferentes
disciplinas. El siguiente paso fue someter a esos cuerpos perfectos al mismo
entrenamiento, pero, oh, sorpresa, se comprobó que el mismo tipo de cuerpo y el
mismo tipo de entrenamiento no obtenían idénticos resultados.
Epstein explica que en 2003,
cuando se secuenció el genoma humano, se descubrieron los diferentes genes que
hacen al ser humano propenso al éxito deportivo. Es el caso del ATCN3, que
produce una proteína trascendental para la contracción muscular. También el
ACE, básico para la regulación de la presión sanguínea en momentos de esfuerzo.
Sin embargo, se ha demostrado que eso no determina a un gran deportista. En
primer lugar porque se puede tener el gen pero no activarlo, y en segundo lugar
porque los factores ambientales y de trabajo decretarán el rendimiento del gen.
Y es que Epstein indaga tanto en los determinantes físicos como en el ambiente cultural, y enlaza ambas ideas. Explica que los keniatas, concretamente los de la tribu Kalenjin, tienen unas piernas extremadamente largas y delgadas y unas caderas estrechas que los hacen perfectos para las carreras de larga distancia. Es una evolución natural para un pueblo nómada que hubo de buscarse alimento en el altiplano keniano superando distancias kilométricas y esfuerzos a gran altitud. Que hoy salgan grandes corredores de allí es fruto del entorno y de una oportunidad laboral (el deporte) que por vez primera en la historia ha permitido convertir a pastores en deportistas profesionales.
El último factor para forjar a un
gran deportista no está en los genes, sino en las neuronas. Un superatleta
tiene que tener una mente privilegiada capaz de soportar la presión, pero
también debe ser capaz de mantener una concentración excelsa. Poseer un cerebro
de genio competente para responder en décimas o milésimas de segundo al golpeo
de una pelota o al giro del cuerpo. Como en una especie de examen psicotécnico extremo,
el deportista de élite es capaz de percibir lo que va a suceder antes de que
suceda, tomando decisiones prácticamente de forma irracional.
Es por ello que aunque la ciencia
dictamina una respuesta basada en los datos, Epstein lo tiene claro. Es una
acumulación de genes, neuronas, entrenamiento y hábitat. Y es por ello que no
existe una respuesta científica que determine quien será o no será un
deportista de élite.
Y aquí es a donde yo quería
llegar.
Hay una diferencia entre ser
rápido y pensar rápido.
Hoy vivimos con la ansiedad de
validar todo con datos. Pero que me perdonen. Es al revés. Algo es importante
porque puede ser medido. No se mide para ser importante. En Estados Unidos hace
años que se usa la ‘combine’ para seleccionar a los jugadores de los distintos
deportes antes de acceder a la universidad o al profesionalismo. Pero la
‘combine’ mide si eres rápido, no si piensas rápido. Diagnostica, pero no mide
la creatividad. Ayuda, pero no puede ser definitivo. Si las estadísticas
predominan sobre el criterio, es que no tienes criterio alguno.
Cuando se descifró el genoma
humano se esperaba que cada secuencia de ADN fuese individual. La realidad es
compleja y cada secuencia interactúa con la otra. Lo que parece que conducía a
un resultado, puede acabar conduciendo a un opuesto.
Cuando a Pelé se le pregunta
quién es el mejor jugador que ha visto en un campo de fútbol siempre dice que
es Garrincha. Extremo fabuloso, los genes de Garrincha determinaban que no
podría caminar. Él convirtió esa discapacidad en sus piernas en un regate
imprevisible y demoledor. Rocky Marciano era el más liviano y bonachón de los
pesos pesados y, para más inri, tenía los brazos cortos, por lo que su alcance
era limitado. Pero aprendió a agacharse y escabullirse para crear un boxeador
intrépido que lo hizo invencible. Algo parecido le pasó a Wayne Gretzky, el
mejor jugador de hockey sobre hielo de la historia. Corto de estatura, aprendió
a colocarse detrás de la portería para no recibir golpes y transformó un juego
que dependía de la velocidad y de la fuerza, en sentido común, engaño y
creatividad.
Los factores biológicos otorgan
una ventaja competitiva, pero hay que trabajarla. Tiger Woods golpeaba pelotas
de golf con cuatro años, misma edad en la que las hermanas Williams estaban aleccionadas
por su padre día y noche a pegar raquetazos. Michael Jordan iba a clase botando
el balón y luego echaba canastas en la parte trasera de su casa hasta que su
madre le mandaba ir a la cama. Eso es trabajo. ¿Pero cuantos Woods o Jordan
hicieron lo mismo y se quedaron por el camino? No hay blanco ni negro. Siempre
hay matices.
Fundamental no es sólo entrenar,
sino tener libertad. De pequeño hay que jugar. Está demostrado que practicar
varios deportes desarrolla la creatividad y la imaginación. Se debe
experimentar y cometer errores para aprender. Hoy los padres de los niños
escogen un deporte desde muy pequeños y los inscriben en escuelas donde todo
responde a una organización que recuerda a un penal. El control es excesivo. Se
debe practicar un deporte, no porque sea bueno para ti, sino porque te hace
feliz. Las decisiones y la presión ya te llegarán en la adolescencia. Pelé hizo
karate, de donde consiguió esa flexibilidad extraordinaria para jugar al fútbol,
que le permitía caer con inteligencia tras sufrir una fuerte tarascada. Jordan enredaba
continuamente con el beisbol. Bob Hayes, campeón de los 100 metros lisos en los
JJ.OO de 1964, aprendió a correr como los dioses con el casco de fútbol
americano. Y la también velocista Marion Jones usó su aprendizaje en el
baloncesto para perfeccionar sus saltos de longitud.
En definitiva, todo se resume en
un don que hay que trabajar. Sin uno no hay lo otro, y viceversa. Wayne Gretzky
tenía un hermano menor que jugaba al hockey las mismas horas que él y que fue a
los mismos equipos infantiles que él. Uno acabó siendo leyenda y el otro no
pasó de las categorías inferiores. Otros, como las hermanas Williams, acaban
llegando a la élite, pero ni aunque fueran gemelas podrían clonar resultados y
rendimiento.
A mayores de genes y de
entrenamiento, una característica que distingue a los genios del resto de
deportistas es la innovación. Son alteradores del paradigma. Dominan lo esencial
de su deporte y les aburre hacer siempre lo mismo. Son una especie que se nutre
de ideas e imaginación. De ahí la importancia del cerebro.
Laary Bird jugaba como si la pelota se le ralentizara en sus manos. No es que sus dedos fuesen más rápidos, es que iban al sitio al que tenían que ir antes de que las cosas sucediesen. Durante un partido en la temporada de 1985 se le ocurrió tirar a canasta con la mano izquierda, prohibiéndose a sí mismo hacerlo con la derecha. Roger Federer ha confesado que en los partidos de primeras rondas de los torneos se motiva a si mismo buscando golpes imposibles en las esquinas. Michael Jordan empapelaba el vestuario con recortes de prensa, a veces inventados, de sus rivales criticándole para auto motivarse antes de un duelo intrascendental.
Estas cosas no son medibles en
datos. No hay ‘big data’ capaz de computar el instinto asesino de un campeón.
Los campeones son como los perros de trineo. Si los paras, se deprimen.
Se necesita la furia por dominar
una materia y la capacidad para aprenderla. Necesitas la creatividad y
necesitas los datos. Dick Fosbury inventó una forma de saltar revolucionaria al
ser el primero en superar el listón de espaldas. Hoy la ciencia corrobora que
es la mejor forma de hacerlo en función de la masa y del arco que forma el
cuerpo, pero el mérito de Fosbury es que lo hizo antes de que la ciencia lo
afirmase. Él contaba con los conocimientos científicos para saberlo (era
ingeniero), pero tuvo la valentía y la creatividad necesaria para ponerlo en
marcha.
Se dice que se puede enseñar a
defender, pero no a meter goles. Los grandes entrenadores son sargentos detrás
de los focos, pero fantasmas delante de las luces para que las estrellas sean
deportistas libres. No son números. Hay que saber hacer sentir incómodo al
genio, pero al mismo tiempo ser su mejor amigo. Ser estratega y ser un
filósofo. A Michael Jordan lo encauzó Phil Jackson. A Rafa Nadal su tío Toni.
Vivimos en un mundo en el que sólo existe el ahora. Todo el mundo quiere emocionarse y ver algo que nunca ha visto, que no esté medido. Pero eso requiere espontaneidad. Y la espontaneidad va en contra del ‘big data’. Maradona nunca habría pasado una ‘combine’ norteamericana. Sus números, sus datos y sus títulos palidecen ante otros genios del balón. Y sin embargo, es un semidios.
Y si todo estuviese medido, nunca hubiese habido ‘una mano de dios’.
“He luchado con caimanes, peleado
con ballenas. He esposado relámpagos, metido truenos en la cárcel. Soy malo. He
asesinado a una roca, herido a una piedra y a un ladrillo hospitalicé. Soy tan
malo que a la medicina enfermé. Soy tan rápido que podría atravesar un huracán
y no mojarme”, Muhammad Alí, uno de los más grandes deportistas de todos los
tiempos.
El pasado 6 de octubre el etíope
Lesisa Desisa entraba triunfal en el estadio Khalifa de Doha y se proclamaba
campeón del mundo de maratón. Apenas 5.000 espectadores presenciaron su
victoria y menos aún la entrega de medallas. Dicho triunfo le reportó a Desisa,
además de la honra y la gloria, una ganancia de 50.000 dólares. Una semana más
tarde el keniata Eliud Kipchoge, quien había renunciado a competir en el
Mundial, corría en un circuito diseñado ex proceso para su lucimiento en Viena
ante 30.000 enfervorizados transeúntes batiendo el récord mundial de maratón.
Millones de personas siguieron a través de la televisión y de las redes
sociales la hazaña de Kipchoge. Muchas de esas personas lo hicieron sentados en
el sofá de sus casas de Doha, cuando una semana antes ninguno de ellos pudo
haber visto la victoria de Desisa ya que ninguna televisión qatarí emitió en
directo el Mundial de atletismo que su propio país organizaba. Patrocinado por
Ineos y por Nike, Kipchoge recibió 1.000.000 de dólares por bajar de las dos
horas en el maratón. ¿Qué está pasando? ¿Por qué el atletismo se asoma al
abismo?
El atletismo está en un proceso
irremediable de autodestrucción. Como entretenimiento y consumo para los
jóvenes está en estado de putrefacción. Escondido de la parrilla televisiva por
el desinterés de los millennials. El abandono del atletismo viene de lejos.
Desde que a finales de los 80 los héroes de los niños acabaron con los ojos
rojos, las manos esposadas y rodeados de periodistas que en vez de preguntar
por marcas hacían un doctorado en farmacología. Lo curioso es que mientras el
atletismo profesional se hunde el amateur crece sin descanso. Gente de todas
las edades corre entre adoquines y senderos y las zapatillas y las sudaderas han
sustituido a los zapatos y a la chaqueta como prenda de uso cotidiano.
El atletismo está anquilosado en
el pasado. Disciplinas como el lanzamiento de martillo, el decatlón o incluso
los 10.000 metros no entran dentro de los gustos de los jóvenes urbanitas. Acostumbrados
a la imagen desde el nacimiento y a conseguir todo de forma instantánea,
disciplinas como el surf, el básquet 3×3 o el skate combinan la sencillez, la
adrenalina, el dinamismo y el movimiento con soberana sencillez.
Los jerarcas del atletismo no han
sido capaces de cambiar esta tendencia. Parecía que Sir Sebastian Coe lo iba a
lograr, pero una vez retirado Usain Bolt nada ha cambiado. Varios miembros de
la IAAF están acusados de corrupción, han perdido la preponderancia en la
gestión de los ingresos televisivos en los Juegos Olímpicos y no han sabido
tratar ni con respeto ni con coherencia el caso Semenya. Desde su estreno en
1983, los campeonatos mundiales de atletismo han sido degradados en prestigio y
en popularidad hasta llegar a su punto más bajo en los recientes celebrados en
Qatar. Mal ubicado en el calendario y en un estadio vacío de espectadores, el
Mundial de Doha evidencia el declive del más puro de los deportes.
Toda la tecnología y los petrodólares del fastuoso estadio Khalifa no impidieron la desgracia fuera del tartán. En la maratón femenina la mitad de las participantes abandonó bajó una humedad insoportable y con temperaturas superiores a los 30 grados a la 01:00 de la mañana. En el estadio las buenas marcas pasaron inadvertidas. Casi no había espectadores. El gobierno qatarí pagó de su bolsillo las entradas de los inmigrantes africanos que ayudan a levantar los imponentes rascacielos del país. En la final de los 100 metros, la prueba más espectacular y esperada del atletismo, había poco más de 8.000 espectadores en las gradas. La finalista en salto de longitud Ana Peleteiro describió que el silencio y la sensación de calor le recordaban a cuando uno estaba solo en casa cocinando y abre de forma repentina el horno.
Fue un campeonato al aire libre
que enjuiciaba a la pista cubierta. El ambiente artificial del estadio,
climatizado a 23 grados y en el que no hubo lugar ni para una mísera brisa, ha
sido bueno para las marcas dentro del estadio. Si la humedad y el viento están
controlados es obvio que las marcas tienen que ser excelentes. Por eso Sebastian
Coe sostuvo con orgullo que no recordaba ningún campeonato con tanta calidad en
tantas disciplinas. Pero Coe se encarga de obviar lo obvio. Todo fue
artificial. Fue un mundial de incógnito.
Siendo el medioambiente la causa
de lucha de gran parte de la juventud universal, el Mundial de atletismo de
este año se celebró en Qatar, un pequeño país de poco más de 2 millones de habitantes
pero que es el quinto mayor emisor de dióxido de carbono del mundo. El estadio
Khalifa costó 81 millones de euros y sabe Dios el coste energético y de
emisiones de mantener durante 10 días un estadio abierto al sol a 22 grados
cuando en el ambiente se superan los 40.
Nuestros hijos van a vivir en un
mundo dominado por Asia. El mapa eurocéntrico se ha quedado viejo y en el nuevo
mapa mundial Asia está en el centro. El dinero, y con el dinero el futuro, está
en Asia. Esto no sólo ocurre en el atletismo. España ha ganado el Mundial de
baloncesto en China, con cientos de sillas vacías en las gradas y con chinos
vestidos de rojo animando sin ton ni son a jugadores que ni conocen ni quieren
conocer. El Mundial de natación se celebró en Corea del Sur, dentro de dos años
se celebrará en Japón, en 2023 en Qatar y en 2025 viajará a Rusia, el menos
europeo de los países europeos. En Rusia se celebró el de fútbol de 2018 y a
Qatar nos iremos en 2022. Para que los países con tradición puedan aspirar a
organizar un evento deben unir fuerzas, promover candidaturas conjuntas, como
pretenden Argentina, Uruguay, Paraguay y Chile para el 2030. Deportes muy
enraizados en la psique como el tenis o el ciclismo han abierto sus fronteras a
Asia donde los premios económicos soliviantan el prestigio. Desde Atenas 2004
los Juegos Olímpicos sólo han ido a megalópolis y tan sólo los de invierno,
mucho más modestos, aún pueden ser reclamados por urbes manejables.
Pero justo el fin de semana
después de que el Mundial se clausurara en la más absoluta clandestinidad
mediática, las televisiones de medio mundo abrían sus informativos con la
hazaña de Eliud Kipchoge. Sus 1:59:40 lo convirtieron en el primer ser humano
que baja de las 2 horas en un maratón. Es una proeza sideral. Significa romper
con lo establecido. Significa correr durante 2 horas a 21 km/h.
https://www.youtube.com/watch?v=0q43l_i89y0
La gesta de Kipchoge no es
oficial. Una furgoneta marcaba el ritmo ayudándose de una luz verde y cinco atletas
en forma de v se encargaron de formar una cuña que evitaba la aparición de una
molesta brisa en la pisada. Las liebres de Kipchoge entraron y salieron
continuamente para mantener un ritmo brutal cual martillo pilón. Llevaba unas
zapatillas Nike con un muelle en la suela que permiten un ligero brinco que
aumenta la velocidad realizando un menor gasto energético. Le acompañaron
también cuatro asistentes en bicicleta provistos de ordenadores que se
encargaron de darle agua y suministrarle cumplida información de su hazaña.
¿Y a alguien le importa que no
sea un récord oficial? A nadie. A NADIE le importa que el récord nunca vaya a
ser oficial y que haya violado las reglas básicas del atletismo internacional.
Kipchoge ha pisado la Luna y ha vuelto para contarlo. A nadie le importa porque
las estrellas del atletismo han querido estar con él. Lagat, Barega, Centrowitz
o los hermanos Ingebrigtsen, los nuevos niños estrella del atletismo mundial,
han querido ser liebres de Kipchoge a pesar de saber que el récord es de
mentira.
El reglamento de la IAAF es muy
claro y establece en su artículo 143 que “unas zapatillas no deben estar construidas
de tal modo que proporcionen a un atleta una ventaja o una ayuda injusta.” Pero
el debate es mucho más complejo. La tecnología está reñida con la pasión.
Siempre ha habido avances en zapatillas y en camisetas. Hemos pasado de la
ceniza al tartán y del bambú a la fibra de carbono. El debate está en si correr
es algo natural o si es un desfile militar.
Hace una década se batían día sí
y día también récords del mundo de natación con los famosos bañadores de poliuretano.
Hubo que retirar el plástico para no matar a la natación. Hoy la natación se ha
reconciliado consigo misma. Como en la natación, en el atletismo hay
partidarios y detractores en la barra libre de tecnología o de dopaje. Los
primeros apuestan por el libre mercado, los segundos consideran que no todos
tienen la misma capacidad económica por lo que se debe regular o prohibir los
avances.
El problema del atletismo es la
ausencia clara de regulación. El atletismo debe encontrar el equilibrio entre
tecnología y tradición, pero siempre recordando que el factor humano debe
seguir siendo la clave si no se quiere convertir al atletismo en la Fórmula 1. Y
lo más importante, debe conseguir que los millennials que van al gimnasio,
hacen senderismo y se preocupan por su cuerpo y por el medioambiente, sientan
la misma fascinación por aquellos que hacen lo mismo que ellos pero de forma
profesional.
Con toda la fastuosa y emotiva parafernalia del ‘show business’ estadounidense esta semana el mundo del baloncesto despedía a Dirk Nowitzki. Lo hizo tras un emotivo homenaje de los directivos, empleados y seguidores de los Dallas Mavericks, club en el que ha militado de forma ininterrumpida durante 21 temporadas, récord absoluto en la NBA. Lo hizo tras un soberbio partido con 30 puntos, uno de esos encuentros diseñados para el lucimiento del homenajeado. Nowitzki se retira con 1 título de la NBA (2011), 1 título de MVP de la temporada (2007. Primer y único europeo en lograrlo), 13 presencias en el All-Star, 4 presencias en el mejor quinteto de la NBA y entre otras muchas cosas como uno de los tres únicos jugadores en la historia que han sido capaces de promediar más de 25 puntos y 10 rebotes durante los playoffs, el momento en el que se separa el grano de la paja.
Se retira Nowitzki y se retira el primer jugador de baloncesto del siglo XXI. Nowitzki fue el primer jugador híbrido. Grandes que juegan por fuera, pequeños que juegan por dentro. El basket del siglo XXI. El baloncesto multiplataforma. Fue el primer siete pies (más de 2’10 metros) cuyo radio de acción se encontraba fuera de la zona. Jugador con excelso lanzamiento de tres puntos y soberbio tiro a contrapié a 5-6 metros, fue el primer jugador alto que huyó del poste para buscar el exterior. Indefendible para hombres altos y pesados por fuera e indefendible para hombres rápidos y pequeños por dentro. Nowitzki también fue el primer jugador de élite que triunfó sin pasar por ninguna universidad americana ni por ninguna cantera del baloncesto europeo. Nowitzki fue un producto de laboratorio, un chaval hecho a sí mismo que fue descubierto por el mundo en un torneo de verano y que fue modelado por un semidesconocido llamado Holger Geschwindner, que, como si de un plan quinquenal soviético se tratase, diseñó un método para convertir a aquel espigado chaval alemán en uno de los mejores jugadores de todos los tiempos.
En 1993, a punto de cumplir los 50 años, Geschwindner mataba el tiempo jugando en la tercera división alemana de baloncesto. Había llegado a disputar los Juegos Olímpicos de Münich con la selección germana, pero ni había sido un gran jugador ni Alemania era nada en el mundo de la canasta por aquellos tiempos. El caso es que en uno de esos partidos de tercera coincidió con Dirk Nowitzki, por entonces un flaco y larguirucho adolescente de 15 años hijo de un padre voleibolista y una madre baloncestista. Geschwindner engatusó a los padres de Dirk y los convenció de lo arriesgado de mandar a su hijo a una universidad estadounidense (California) o de ingresar en las filas de la cantera de un gran club (FC Barcelona). Según Geschwindner lo que iban hacer con los 2’13 metros de Nowitzki era enterrarlos debajo de la canasta, obligarlos a hacer pesas para ganar masa muscular y convertirlos en un tosco pívot.
Geschwindner tenía otros planes. Se ofreció a cuidarlo como si fuese su hijo y se propuso convertirlo en un jugador total. En algo nunca visto. Comenzó así una relación que ya dura un cuarto de siglo y por la que Geschwindner se ha negado siempre a cobrar ni un céntimo. Nowitzki tan sólo le paga la estancia y la manutención allá donde vaya.
El experimento de Geschwindner fue criticado hasta la saciedad. Comenzó a diseñar entrenamientos técnicos pensados en mantener el equilibrio. Nowitzki se pasaba horas tirando sobre una pierna y con un peso en la otra. Después era obligado a elevar el balón lo máximo viable a través de un arco imposible que alcanzara el cielo antes de iniciar su descenso hacia el aro. Le llamaron el tiro del arcoíris. Cuando al año siguiente el Wurzburg, equipo de segunda división de la ciudad natal de Dirk, intentó ficharlo, Geschwindner puso dos condiciones; él tendría que ser el entrenador y Nowitzki tendría que jugar de alero tirador, nunca como pívot.
El experimento se dio en llamar ‘Institute of applied nonsense’ (Instituto del sinsentido aplicado). En los ratos libres Nowitzki tenía prohibido hacer pesas. En los 90, tiempos del baloncesto ultradefensivo, de jugadores hipermusculados y de gemelos como rocas, Geschwindner se empeñó en pulir la técnica de Dirk y olvidarse de sus pectorales. Por las noches dormía sobre el parqué para adaptarse al tacto de una pista de baloncesto y por la mañana temprano cogía una barcaza y remaba por un lago durante horas mientras Geschwindner le daba lecciones de historia, música, filosofía y sobre todo física.
Amante de los ordenadores, de la física y de la tecnología, Geschwindner había calculado que el tiro perfecto tenía que tener un arco de 60 grados. Ya lo había establecido con papel y lápiz cuando él era un base de 1’92 metros, pero cuando pudo plasmar sus ideas en un programa informático y vio los 2’13 metros de Nowitzki se sintió como san Pablo cuando cayó del caballo y comprendió cual era el sentido de su existencia. Durante años pulió el lanzamiento de Dirk a capa y espada. Todo estuvo milimetrado, desde el roce con el balón, la resistencia del viento, la presión de los pulgares o la longitud de los brazos. Ese tiro, ese bello lanzamiento de arco imposible le dio el apodo a Nowitzki de ‘Robin Hood’, porque con aquellos enormes y largos brazos extendidos la plasticidad del lanzamiento se asemejaba a la de un arco del medievo en plenitud de su tensión.
La idea de Geschwindner era clara. Nowitzki tendría que lanzar decenas, cientos, miles, millones de tiros con la mano derecha. Cuando fuese capaz de tener un porcentaje de aciertos próximo a la perfección debería a empezar a hacer lo mismo con la mano siniestra. Su razonamiento era simple. Si no era capaz de anotar sin oponentes, ¿cómo iba a ser capaz de encestar rodeado de rivales en un partido? Por ello, cuando el tiro ya estuvo perfeccionado, Geschwindner obligaba a cambiar a Nowitzki el arco de su lanzamiento con continuos golpes, pisotones y empujones para que se adaptase a la realidad de un partido.
Lo de remar durante horas era asueto en comparación con otras pruebas a las que era sometido Nowitzki. En verano, Dirk trabajaba durante un mes en una granja de sol a sol con el objetivo de aprender el valor del sacrificio y fortalecer grupos musculares que no se ejercitaban en el baloncesto. Cuando un par de años más tarde llegó a Estados Unidos, Geschwindner llevó a Nowitzki a escalar el Gran Cañón del Colorado. Una vez en la cima le dijo que en vez de mirar hacia abajo mirase hacia la inmensidad del cielo. Era su forma de decirle que aunque estuviese en la NBA el sacrificio estaba lejos de finalizar. Siempre había más por lo que luchar.
Todo ese arduo entrenamiento dio como resultado un lanzamiento antológico que más que una técnica deportiva se asemejaba a un paso de baile. El apodo que triunfaría sería el de ‘Robin Hood’, aunque a mí siempre me gustó más el menos conocido de ‘Flamingo’. Y es que, tirando de imaginación, el icónico tiro a una pierna de Nowitzki es la viva imagen de la silueta de un flamenco. Como diría años más tarde el bicampeón de la NBA Kevin Durant: “Tiene muchísimos movimientos que intento robar, sobretodo su paso de baile del flamenco.”
Y es que Nowitzki bailaba sobre una pista de baloncesto. Según se cuenta, en el programa de Geschwindner había ideas tomadas prestadas de violinistas y de pianistas. Al parecer gustaba de que Nowitzki lanzara a canasta mientras por los altavoces sonaban piezas de jazz con el objetivo, según él, de “darle al baloncesto sentido científico para liberarlo de su belleza natural”. Años después Nowitzki tocaría la guitarra en la boda de su hermana. Geschwindner le había obligado a aprender a tocarla durante su entrenamiento. Entiende el baloncesto como una suerte de danza con música de fondo. Un paso hacia adelante y otro hacía atrás. Giros continuos, dribblings y lanzamientos quirúrgicos. Desplazamientos laterales y arranques verticales. El deporte como ciencia y como arte. “El baloncesto es música. Cinco muchachos pueden ser reyes en su instrumento pero deben hacerlos sonar juntos para tocar una pieza. Uno de ellos puede ser clave, pero si no escucha a los demás no conseguirá nada”, comentó el mentor en una de sus escasas entrevistas.
Las comparaciones con Larry Bird fueron constantes, aunque las diferencias entre ambos fueron siempre mayores que las similitudes. “Tira mejor que yo, rebotea mejor que yo, corre más que yo, pero no es mejor jugador que yo”, contestó el siempre irónico Larry Bird cuando le preguntaron por Nowitzki. Lo cierto es que el alemán fue un arma ofensiva imparable por su combinación de lanzamiento exterior y movimientos al poste. En lugar de ir al choque, ‘Robin Hood’ usaba su increíble capacidad de equilibrio para alejarse de su defensor y anotar con facilidad. Quizás adolecía de capacidad de pase y, según muchos críticos norteamericanos, de capacidad defensiva, si bien, para el mundo NBA, el arquetipo de jugador europeo blanco es una máquina de fundamentos ofensivos con fallos estructurales en defensa.
Nowitzki no fue Bird porque no fue una estrella, fue una antiestrella. Espécimen tímido, huidizo de los focos, de esos que a través del silencio cimentan su liderazgo. Nunca soberbio, querido por todos. Sin ser humilde, siempre respetuoso. Se ha convertido en un hombre respetado y respetable en Dallas. Integrado en la vida norteamericana es frecuente verlo en actos benéficos, apoyando luchas sociales e interesándose vivamente y no de palabra por el futuro de su ciudad. Cuando en 2010 acordó un nuevo contrato a razón de 20 millones de dólares anuales lo hizo con un simple apretón de manos y le dijo a Mark Cuban (presidente de los Dallas Mavericks) que no hacía falta firmar nada, que con su palabra era más que suficiente. Geschwindner también hizo un excelente trabajo en el aspecto humano.
Nowitzki se va. Y lo hace como el mejor jugador europeo por trayectoria NBA, como uno de los mejores ¿ala-pívots? de la historia, y, sobre todo, como el primer jugador del siglo XXI, como el Usain Bolt del baloncesto, el primer siete pies que gobernó el baloncesto siendo alto pero sin precisar de su altura para gobernar.
“Lo que más agradezco de aquellos tiempos es que Geschwindner me llevó un día a ver Parsifal de Wagner al festival de Bayreuth” Dirk Nowitzki.