España

Franco ha muerto

Eso fue un jueves. Lo de Franco ha muerto. Ya saben a las 04:20 de la madrugada. Realmente llevaba agonizando un par de semanas, pero se había intentado alargar al máximo la fecha para que los más recalcitrantes franquistas (bautizados como ‘El bunker’) pudiesen atar un presidente de las Cortes afín a sus ideas para final de mes. Fue imposible. El Caudillo no dio para más. Era un 20 de noviembre. El jueves 20 de noviembre de 1975. A las 06:00 de la mañana Radio Nacional emitía la noticia y a las 10:00 a.m. el entonces presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, prorrumpía su famoso lacrimógeno comunicado por televisión: “Españoles, Franco ha muerto”.

Decía que eso fue un jueves. Antes vino el domingo. Concretamente el domingo 16. Aquel fin de semana no había Liga. Hubo parón de selecciones. Fase de clasificación para la Eurocopa de 1976. España jugaba en Bucarest. Los rumanos llevaban ocho años sin perder en su capital. A España le valía el empate para clasificarse. Los ‘Kubala-Boys’ no habían logrado disputar el Mundial de dos años atrás y constituían un conjunto rocoso pero escaso de calidad. El equipo que formó en Rumanía estaría representado por Miguel Ángel; Sol, Migueli, Goyo Benito, Camacho; Villar, Pirri, Del Bosque; Quini, Santillana y Chechu Rojo. La selección se adelantó por 0-2 con goles de Ángel María Villar y Carlos Santillana, pero acabaría agonizando y empatando milagrosamente el partido (2-2). El objetivo se había cumplido y España estaría en los cuartos de final de la Eurocopa.

A ojos de hoy puede parecer poca cosa, pero entonces era un éxito absoluto. Por entonces a la fase final de la Eurocopa solo acudían cuatro equipos y tras las rondas clasificatorias había que jugar unos terribles cuartos de final. Ahí, entre los ocho mejores de Europa, estaría España tras derrotar a Rumanía, Escocia y Dinamarca. Ahí, en los cuartos de final, ni siquiera estarían Italia o Inglaterra. Y ahí, en los cuartos de final, le tocaría a España enfrentarse a Alemania a ida y vuelta. Acabaría perdiendo con claridad, pero eso sería en abril del año siguiente.

Clasificación Euro 1976 | Grupo 4 | España se clasificó por delante de  rumanos y escoceses - AS.com
Victoria en Rumanía (a la izq Juan Cruz Sol)

Volvamos al domingo 16 de noviembre de 1975. El mejor del partido había sido el madridista Pirri. Del Real Madrid, en este caso de baloncesto, también era Walter Szczerbiak, quien con 45 puntos había liderado la victoria madridista ante el entonces llamado Vasconia en la entonces llamada Liga Nacional de Baloncesto. El líder era el FC Barcelona que derrotó por la mínima al entonces llamado Juventud de Badalona. Digo sorprendente porque los blancos sumaban 15 de las anteriores 16 ediciones del campeonato, aunque aquel Barça de Zeravica daría que hablar. El yugoslavo hizo debutar a Solozábal, De la Cruz y a Herminio San Epifanio, el hermano mayor del legendario Epi, quien puso como condición para fichar por el Barça que también se firmase a su entonces hermano de 16 años, el cual en pocos años convertiría al Barça en referencia indiscutible del básket europeo.

Llegó después el miércoles. El miércoles 19. Ese día hubo noticia grande. El congreso de la FIFA designaba a Argentina como sede del Mundial de 1978. Faltaban menos de 24 meses, pero el general Jorge Videla había prometido un campeonato de campanillas. Según las casas de apuestas el favorito era Brasil (6/1), seguido de Alemania y Países Bajos (7/1), vigentes campeones y subcampeones respectivamente, Argentina (10/1) y la Unión Soviética (14/1). La victoria de España se pagaba 59 a 1. Aunque primero habría que clasificarse, lo cual, por entonces no se vislumbraba. Ese día alemanes y yugoslavos certificaron su pase a los cuartos de final de la Eurocopa en jornada de entre semana y el quince veces campeón de motociclismo Giacomo Agostini anunciaba que cambiaba Yamaha para volver a la italiana MV Agusta.

Esos días sin fútbol liguero lo que ocupaba la portada de los periódicos deportivos era el caso Caselzy. El delantero chileno, entonces estrella del RCD Español, se había negado a darle la mano al dictador Pinochet en una recepción oficial. Carlos Caselzy siempre se había mostrado beligerante con la dictadura y aprovechaba cualquier ocasión para reclamar la vuelta de la democracia a su país. Se había convertido en jugador de renombre en Europa, pero se le había prohibido volver a vestir la camiseta de la selección chilena. Aquello era un escándalo en Sudamérica y no le dejarían regresar a su país hasta 1979.

Uživatel Olympia na Twitteru: „Carlos Caszely. RCD Espanyol (1975-1978)  #rcde https://t.co/XiZ2UAY7BA“ / Twitter
Carlos Caselzy

Y llegamos al jueves 20. El día de la muerte del Caudillo. Algunos lloran, otros ríen. La mayoría calla. En el deporte la duda es simple. ¿Habrá jornada de Liga? La Delegación Nacional de Deportes lanza un comunicado a media tarde.

“Nunca un español ha unido a tantos españoles en un común sentimiento; nunca esta unida, noble y entrañablemente querida España nuestra sintió, como una oleada estremecida, un dolor tan firmemente compartido. Ha muerto Francisco Franco y el deporte español quiere expresar su sentimiento, quiere decir que lo siente en su propia carne, en los corazones de millones de jóvenes y maduros deportistas (…) esos hombres saben que el Caudillo de España nos ha legado un ejemplo permanente (..) un alto sentido de la convivencia y solidaridad, inasequible a todos los desalientos, que hoy es, en nuestro estremecido dolor, el espíritu del deporte español”.

El comunicado acababa diciendo que como el luto oficial de tres días finalizaba el domingo día 23 a las 15:00 horas. La totalidad de la jornada deportiva se podría desplazar al domingo por la tarde.

Un gran alivio.

Así que habría fútbol. Pero eso sería el domingo. Antes vino el sábado. En la India estaba Manuel Orantes. El tenista, quien apenas un par de meses antes había salido triunfador en el Open de Estados Unidos, se clasificaba para la final del torneo de Calcuta. Lo hace tras jugar con brazalete negro en honor al Caudillo. Negro se vía el futuro del FC Bayern que caía humillado en Frankfurt ante el Eintracht por 6-0 en un lamentable partido. Mientras, en Inglaterra el Derby County de Brian Clough se mantenía firme en el liderato perseguido de cerca por el Manchester United.

Ese sábado Eddy Merckx anunciaba que en 1976 acometería el asalto a su sexto Giro y a su sexto Tour tras el fracaso que supuso la temporada de 1975 en la que había claudicado ante Bernard Thevenet. Pero la noticia del día en España no era ni Orantes ni Merckx. La noticia del día era el nombramiento de Juan Carlos I como jefe del Estado. El Borbón, apodado por sus enemigos como Juan Carlos ‘El Breve’, sorprendería por su calculada ambivalencia y pasará de ser títere de Franco a garante de la Constitución en un abrir y cerrar de ojos.

Juan Carlos I, el hombre que supo reinar
Juan Carlos I ‘El Breve’

Y llegó así el domingo 23 de noviembre. La jornada se disputaría a las 16:30 horas. Antes, por la mañana, había sido el entierro de Franco en el Valle de los Caídos. La cobertura televisiva será exhaustiva, de ahí que el partido televisado se retrase hasta las 20:00 horas. Dicho encuentro enfrentará al Real Oviedo contra el Atlético de Madrid. Ganarán por 0-2 los colchoneros que se encaramarán a la tercera posición dejando a los carballones como colistas.

En Oviedo, como en todas las ciudades de España, se guardará un minuto de silencio en nombre del Caudillo, de manera que se portarán brazaletes negros. También en Segunda División, donde destaca el duelo entre el Coruña (así se llamaba entonces el Dépor) y el Celta que acaba con victoria local por 2-0. En la categoría de plata el líder es el CD Tenerife y el segundo el sorprendente Calvo Sotelo, que no era otro que el CD Puertollano que entonces pertenecía a la Empresa Nacional Calvo Sotelo de Combustibles Líquidos y Lubricantes. Vamos, un antecesor del antecesor de Repsol situado en la refinería castellanomanchega. También por Segunda andaba el CD Ensidesa, club asturiano perteneciente a la industria siderúrgica nacional. En 1983 desapareció y se fusionó con el Real Avilés.

Decía que en el Carlos Tartiere se guardó un minuto de silencio. Hubo actuaciones más sentidas. En Mestalla (Valencia CF 0-0 Sporting de Gijón) el capitán Mestres rezó un responso en honor al Caudillo. En Sarriá (RCD Español 2-0 Elche CF) fue el presidente Manuel Meler el que se animó con un Padre Nuestro en honor al Generalísimo. En el resto sentido silencio y sonoro aplauso. El aplauso se extendería de forma extrema en Alicante donde el Hércules con su victoria ante el Granada CF por 2-0 se colocaba como segundo clasificado del campeonato. El equipo dirigido por Arsenio Iglesias opositaba a revelación de la temporada.

Aquel domingo en el que el COI anunciaba que Montreal acumulaba cinco semanas de retraso en la construcción del estadio olímpico, el Real Madrid se refrendaba en el liderato al vencer por 3-2 al Real Zaragoza en el Bernabéu tras un gol agónico de Roberto Martínez. Mientras el Barça, sin el lesionado Cruyff, se hundía en la clasificación tras perder en el Villamarín ante el Real Betis por culpa de un gol de Cardeñosa. El técnico alemán Weisweiler había apostado por dos adolescentes de la cantera en la delantera; Francisco Fortes y Miquel Mir. Ninguno triunfará en el Camp Nou.

Cuando llegue mayo de 1976 el Real Madrid se proclamará campeón de Liga, mientras que Barça, Atlético y Español se clasificarían junto a los blancos para disputar competición europea. A Segunda bajarán el Granada y los dos equipos asturianos. El Sporting lo hará a pesar de los 21 goles de Quini que lo harán vencedor en el trofeo Pichichi. El guardameta gallego del Real Madrid Miguel Ángel ganará el trofeo Zamora. Para entonces, apenas seis meses después de la muerte del Caudillo, Francisco Franco comenzaba a ser una nebulosa dada la pasmosa facilidad con la que la sociedad española quiso dar carpetazo y patada adelante a una etapa que comenzó un 18 de julio de 1936 y que finalizó la madrugada del 20 de noviembre de 1975.

Quini "El Brujo" del gol - Odio Eterno Al Futbol Moderno
Enrique Castro ‘Quini’

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El padre del fútbol

Por el antiguo testamento el partido duraba noventa minutos según el reloj del árbitro, que sólo lo detenía por causas visibles y aceptadas por todos. Cuando había una interrupción extraordinaria el árbitro paraba el reloj y lo reactivaba al resolverse el problema. El tiempo real de juego venía a ser de algo menos que una hora (..) Aquello era sencillo, pero eran otras circunstancias. No había cambios, salvo el del portero en caso de lesión y en la Copa de Europa ni eso. Llegaron los cambios y fueron subiendo: dos, tres, cinco por la pandemia que ya quedaron, uno más en la prórroga… Apareció la moda de echar el balón fuera cada vez que uno se cae o se tira. Vino el cuarto árbitro y trajo las broncas con los banquillos. Más el VAR, con las pelmazas reflexiones de sus sexadores de pollos en la sala brumosa. Y las pausas para hidratación, que camuflan tiempos muertos para los entrenadores (..) No me olvido del árbitro advirtiendo en todos y cada uno de los córners a los jugadores de que no pueden, cosa que ya saben desde pequeñitos (…) Todas esas adherencias en mayoría absurdas con que se ha ido cargando el fútbol desbordan la capacidad del árbitro. Y el final es difuso. Por el antiguo testamento, el tiempo terminaba en la muñeca del árbitro (…) La vieja sencillez del fútbol ha sido batida por muchos flancos en un proceso de autolesión continua (…) De un tiempo acá el fútbol viene tomando muchas cosas del baloncesto y otros deportes americanos: cambios, números fijos en las camisetas, proliferación de árbitros, estadísticas, revisión tecnológica, entrenador de pie dando gritos, volatilidad de las plantillas, bloqueos, sobeteo continuo de reglas… Lo siguiente será la medición del tiempo”. Alfredo Relaño, director del Diario AS (1996-2019).

Al principio de los tiempos el fútbol obedecía a su origen rural. Se juega en hierba, el objetivo está en el horizonte y un árbitro (una suerte de cura o juez de paz) dicta las normas. El partido dura lo que dura, hasta que alguien meta pongamos diez goles. Si, fueron los hijos de Eton, Harrow o Winchester los que crearon las reglas, pero fueron esos campesinos convertidos en obreros que buscaban una identidad grupal los que hicieron del fútbol una religión. Aquellos campesinos que formaban comunidades fuertes fundadas gracias a lazos familiares se convirtieron en individuos anónimos bajo el control de la ciudad y el Estado. El fútbol sirvió como argamasa para construir una nueva identidad asociativa.

El fútbol era rural. El baloncesto es urbanita. Se juega en espacio menor y suelo artificial, el objetivo está arriba, como los edificios, lo controla una tropilla de burócratas, con sistemas de alta tecnología, en lugar del viejo reloj del viejo árbitro de fútbol. Los jugadores entran y salen frenéticamente, registrados en una estricta contabilidad estadística.

Pues el fútbol esta yendo a eso. Esta perdiendo irremediable y tristemente su esencia. Sus reglas, inmutables desde 1925, que eran tan impasibles como los 10 mandamientos de Moisés se retocan año a año con novedades que dicen resolver problemas de los que no teníamos constancia. Decía Relaño en el fin del texto al que hago referencia al inicio de este artículo que no es de los que piensan que el pasado fue mejor, salvo en el caso de la fruta. Pero lo cierto es que aunque los balones, las botas, la tele en la que vemos el fútbol o los propios futbolistas sean mejores todos los cambios en el reglamento están destrozando una religión que se mantenía fuerte e inalterable.

Historia de las Reglas del Fútbol - El fútbol y más allá
Los origenes

Sir Frederick Wall era el secretario de la FA (Football Association – Federación Inglesa -). Había sido un notable jugador amateur en los albores del balompié y su rango abolengo le hacía ser desdeñoso ante los jóvenes advenedizos que se lucraban jugando al fútbol. Al finalizar la I Guerra Mundial decidió poner en marcha una iniciativa solidaria para ayudar con 200 libras a futbolistas y exfutbolistas que hubiesen sufrido penurias durante la contienda. Fue tal el caso de Frederick Pentland, quien pasó cuatro años en un campo de prisioneros en Alemania y que años después se convertiría en Míster Pentland, el afamado técnico con el que el Athletic ganó 2 ligas y 5 copas antes de la Guerra Civil.

Pero Wall odiaba a los pusilánimes. Y en su opinión Jimmy Hogan era un pusilánime. Hogan residía en Austria cuando comenzó la guerra. Era 1914. Tenía entonces 32 años. Al igual que Pentland, Hogan fue encarcelado, pero pasaría pocos días en prisión. Llegó a un acuerdo con sus carceleros para entrenar al MTK Budapest durante los años de conflicto llevando una existencia cuanto menos plácida. Al finalizar la guerra, hablamos de 1918, Hogan volvió a Inglaterra, pidió cita con Wall y solicitó la ayuda de 200 libras. Es cierto que no había estado en primera línea de combate ni había sido víctima de alemanes o austrohúngaros, pero también lo era que estaba en la miseria. Ante su solicitud, Wall se levantó de su asiento, abrió un cajón y sacó un par de calcetines de color caqui. “Para ti. Es lo mismo que enviábamos a los muchachos en el frente y ellos estaban agradecidos”.

Hogan fue considerado un traidor y tuvo que volver a buscar cobijo en Austria.

La historia del fútbol estaba a punto de cambiar.

Sir Frederick Wall, secretary of the FA (Photos Prints, Framed, Posters,  Cards,...) #23150498
Sir Frederick Wall

Antes, mucho antes, de la transición defensiva, de la profundidad ofensiva, del marcaje en zona, del bloque bajo o de la presión alta, estaba Jimmy Hogan. Antes, mucho antes, de Guardiola, Ferguson, Cruyff o Sacchi también estaba Jimmy Hogan. Y antes, mucho antes, de la España del 2010, de la Francia champagne de los 80, de la Naranja mecánica o del Brasil del 70, estaba Jimmy Hogan.

Y es que Jimmy Hogan es el apóstol que sacó una veta madre de una isla y desparramó su esencia por todo el globo.

Ya bien avanzado el siglo XIX, el fútbol tenía dos concepciones ideológicas; la inglesa y la escocesa. Los primeros se decantaban por el ‘kick and run’ (patear y correr) y los segundos por el ‘passing game’ (juego de pases). Quiso el destino que triunfase la concepción inglesa ya que desde 1888 el fútbol pasó a ser un deporte profesional en el que los resultados se convirtieron en más importantes que el buen juego. Por contra, fue el sistema escocés de juego socializado y colectivo fundamentado en la asociación a través del balón lo que convirtió al fútbol en el deporte de más éxito a nivel mundial. Fueron los marinos escoceses, militares y empresarios mercantes, los que llevaron el ‘passing game’ por toda Europa y por Sudamérica remontando el Río de la Plata. La gambeta argentina jamás hubiese existido si no fuese por sus padres escoceses.

Jimmy Hogan estaba cerca de la treintena cuando apuraba sus últimos años de profesional como centrocampista del Bolton Wanderers. Había nacido en Inglaterra, pero de padres irlandeses y criado futbolísticamente en Escocia, su concepción del fútbol se basaba en el ‘passing game’. En el verano de 1910 el Bolton Wanderers iba a disputar una serie de partidos amistosos en los Países Bajos como una forma de dar a conocer el progreso del fútbol por el Viejo Continente. Hogan no era un futbolista muy reconocido, y, de hecho, su forma de entender el fútbol no era aceptada en Inglaterra. Por ello aprovechó el viaje para ofrecerse a la selección neerlandesa, colgar las botas y ejercer de entrenador.

Por aquel entonces que un inglés se ofreciese a dirigir tu selección era como si un alto cargo de Inditex se ofreciese a pilotar tu empresa. Así que Hogan tenía carta blanca para hacer lo que le viniese en gana. Se olvidó de la fuerza y de la resistencia y empezó a moldear la técnica individual de los futbolistas a través de los ejercicios con balón. Los pases y la movilidad pasaron a ser vitales en las pizarras de cualquier entrenamiento.

En los Países Bajos permanecerá apenas un par de temporadas, en las que la diminuta y desconocida Holanda acabará derrotando por vez primera a Alemania. La estancia de Jimmy Hogan fue breve, pero al marchar recomendó para el puesto a un amigo suyo llamado Jack Reynolds. Éste pasaría a ser tras la I Guerra Mundial técnico de un club judío de Ámsterdam conocido como AFC Ajax y ostentaría el cargo hasta finales de los años 40. En su última temporada dirigiría a un delantero centro llamado Rinus Michels, el ideólogo del ‘fútbol total’ comandado por Johan Cruyff.

Todo encaja.

AFC Ajax on Twitter: "Already 15 years without one of the greatest coaches  ever… Rinus Michels. ♥️💫 https://t.co/sKwsiqevvc" / Twitter
Michels (Mr. Mármol)

Pero volvamos a Jimmy Hogan. Tras ese par de años de voluntario exilio vuelve a Inglaterra con la intención de encontrar un puesto de entrenador en un equipo de la Premier. No tendrá éxito. En la cuna del fútbol el estilo de pase largo y dominio físico del partido es aún innegociable. Entonces Hogan se pone en contacto con Hugo Meisl, presidente de la OFB (Asociación Austriaca de Fútbol), visionario y padre de la Copa Mitropa, embrión de la futura Copa de Europa.

Y es aceptado. En 1913 Jimmy Hogan pasa a tener el control total del fútbol austríaco, desde los profesionales hasta los conjuntos infantiles. Y lo hace con pasión. Todos los equipos bajo sus órdenes pasan a tener el pase y la pared como elementos básicos del juego. Los problemas comienzan a resolverse a través del regate y la ocupación de espacios, desechando la fuerza física y el juego duro. El control al primer toque se convierte en innegociable para todos y cada uno de los integrantes de la plantilla.

Pero cuando aún no se había asentado en su puesto, la I Guerra Mundial estalla y Jimmy Hogan pasa a ser un enemigo. Gran Bretaña y el Imperio Austrohúngaro están en guerra y la presencia de un inglés en Viena no es bien recibida. Hogan es encarcelado, pero su buena fama hace que pronto sea dado en libertad y enviado a Hungría. Allí, es puesto al mando del MTK de Budapest, y en medio de la guerra se encargó de hacer entender a los futbolistas húngaros la importancia de la creatividad y el fin lúdico y estético del fútbol.

Al igual que había pasado en los Países Bajos, la estancia de Hogan en Hungría se limitó a un par de temporadas, pero al igual que había sucedido con la selección Orange no se puede entender el éxito de los magiares mágicos sin Jimmy Hogan. “Jimmy nos enseñó todo lo que sabemos”, contó Sandor Barcsl presidente de la MLSZ (Federación Húngara de Fútbol) cuando Hungría infrinja a los ingleses la primera derrota en casa de su historia, un doloroso 3-6 en Wembley en 1953. Aquel equipo conocido como el ‘equipo de oro’ estaba dirigido por Gusztav Sebes, el técnico inventor del llamado ‘fútbol socialista’, un sistema colectivo de pases que encumbró a Puskás y compañía.

Nuevamente todo encaja.

Equipo de oro - Wikipedia, la enciclopedia libre
La fabulosa Hungría de los 50

Una vez terminada la guerra, siendo un proscrito en su país y un extranjero en Budapest, Hogan cogió nuevamente las maletas y puso rumbo a la neutral suiza. Allí impartió cátedra durante un par de años llevando a Suiza a la medalla de plata en los JJ.OO. de 1924, un hecho que se antoja irrepetible para la pequeña selección helvética. La huella de Hogan en Suiza no parece profunda teniendo en cuenta la trayectoria de los clubes suizos y de su selección a lo largo de la historia, pero quizás si lo es si nos fijamos en quien era el segundo entrenador de Hogan en aquellos Juegos Olímpicos.

Su segundo era un amigo húngaro llamado Dori Kurschner. Éste, ejerció de entrenador del Grasshoppers hasta que en 1937 decidió cruzar el charco y probar fortuna primero en el Flamengo y luego en el Botafogo. Kurschner llevó a Brasil las ideas de Hogan, germen de lo que hoy es el ‘jogo bonito’. De hecho, fue él quien introdujo en el país la táctica WM (3-2-3-2) y el hombre que impulsó la explosión de los delanteros negros en la selección para que luego pudiesen surgir los Ademir, Didí, Garrincha o Pelé.

Todo encaja. Por enésima vez.

Jimmy Hogan, el primer romántico del fútbol - La Opinión de Málaga
Jimmy Hogan

Volvamos al bueno de Jimmy Hogan. Tras triunfar en Suiza fue llamado nuevamente por el MTK de Budapest, antes de ser contratado por la DFB (Federación Alemana de Fútbol) para dar charlas y seminarios por todo el país. Y es que Alemania, por increíble que parezca hoy en día, era insignificante cuando de fútbol se trataba. Allí no dirigió a ningún equipo, pero se encargó de explicar tácticas a jóvenes entrenadores y explorar las esencias del juego con adolescentes que pretendían ser grandes futbolistas. Uno de aquellos chicos fue Helmut Schön, seleccionador alemán en los 60 y 70, que tras alzarse victorioso en el Mundial de 1974 le dedicó el triunfo a Jimmy Hogan al que llamó “padre del fútbol moderno”.

Es inevitable repetirse. Todo encaja.

Pero la Alemania de inicios de los 30 pasaba por momentos convulsos, así que cuando Meisl llamó a la puerta de Hogan para volver a Viena, no se lo pensó ni dos veces, y más sabiendo que contaba con una generación de oro, el llamado ‘Wunderteam’.

Un adelantado a su tiempo - Panenka
Hogan y el Wunderteam

Aquella selección austriaca estaba conformada por una serie de exquisitos jugadores coronados por un incomprendido que respondía al nombre de Matthias Sindelar. Era un delantero frágil, pero con un endiablado cambio de ritmo, una exquisita técnica y, sustancialmente, una gran conducción del balón y una bellísima estética. Sindelar fue conocido como ‘Der Papierene’ (el hombre de papel) y se convertiría en el primer delantero centro que cambió la ortodoxia y bajaba al centro del campo para ayudar a construir el juego y echar un capote al generar situaciones de desequilibrio en la ofensiva.

La llamada ‘Escuela del Danubio’ que Jimmy Hogan había sembrado entre Viena y Budapest tendría su culmen con un equipo que sería conocido como el ‘Wunderteam’ (equipo maravilla) y que durante tres años se mantendría invicto salvo por una derrota en Stamford Bridge ante los poderosos y profesionales ingleses. Pero más allá de los triunfos, aquel equipo maravillaba por su querencia a jugar a ras de césped y por el ensalzamiento de la colectivización del juego frente a las acciones individuales.

Austria se presentó como gran favorita para ganar el Mundial de 1934 de Italia, pero cayó ante los anfitriones en semifinales tras un encuentro bronco en el que los transalpinos dispusieron de enormes ayudas arbitrales. El palo fue duro para los austriacos que aun así siguieron maravillando durante un par de años hasta que en la final de los Juegos Olímpicos de 1936 volvieron a caer ante los italianos y, esta vez sí, de manera justa.

Fue el canto del cisne de un equipo y del estilo de juego de Hogan. No había ganado, pero aquel equipo pasaría a la historia por su influencia en el enriquecimiento del fútbol y las nuevas alternativas que había aportado. Quizás por vez primera en la historia, el fútbol pasaba a ser algo más que un juego y la derrota era considerada como bella. Cuando un par de años después la Alemania de Hitler se anexione Austria, el ‘Wunderteam’ quedará desmantelado y su recuerdo perecerá ante la ausencia de imágenes televisivas.

Pero quedará su impronta. El logro final es lo más importante, pero también el camino para recorrido para alcanzarlo.

Jimmy Hogan volvió a Inglaterra y, esta vez sí, logró acomodo en un club. Era 1936 y sus éxitos con la selección austriaca le fueron reconocidos en las Islas Británicas. Firmó por el Aston Villa, y tras la II Guerra Mundial se convirtió en el entrenador de su fútbol base. Por primera vez un club inglés instauraba la idea del pase-movimiento-pase e introducía el juego con balón en los entrenamientos. Su interrelación con la pelota influiría en una generación de futbolistas ingleses que a finales de los 60 desterraría –aunque sólo en parte- la idea prehistórica de la concepción del juego que se defendía en Inglaterra. Su alumno más aventajado en el Aston Villa fue Ron Atkinson quien nunca llegó a debutar con el primer equipo de los villanos, pero que se convirtió en un respetado técnico de longeva trayectoria, de escaso éxito, pero siempre considerado el entrenador con el libreto más atractivo de toda Gran Bretaña.

Salvó en Argentina y en Uruguay donde fueron los empresarios, soldados y marinos escoceses de entre siglos los que llevaron el regate y el juego de pase al fútbol sudamericano (Alexander Watson Hutton, sería el Hogan del Río de la Plata), todos los demás países le deben a Jimmy Hogan la autoría de un nuevo tipo de fútbol. E incluso al otro lado del Atlántico le deben mucho a Hogan, ya que Imre Hirschl, un grande en los banquillos de River Plate o Peñarol de Montevideo, era un húngaro que había sido discípulo de Hogan.

Como siempre. Todo encaja.

Brian Little on Twitter: "A visit to Burnley today .. where a new Headstone  was Unveiled for Former Aston Villa Manager, Burnley Player and Legendary  Hungarian Coach..Jimmy Hogan.. https://t.co/gqeB7oSS4k" / Twitter
Jimmy Hogan (1882-1974)

El caso es que, de una forma u otra, todos los equipos que han perdurado en la memoria por una innovación táctica ofensiva y por un tipo de fútbol que ha trascendido más allá del resultado le deben su origen a Jimmy Hogan.

De Países Bajos a España: Jimmy Hogan, Jack Reynolds, Rinus Michels, Johan Cruyff, Pep Guardiola. Del fútbol total al ‘tiki-taka’.

De Hungría a Brasil: Jimmy Hogan, Dori Kurschner, Gustav Sebes, Vicente Feola, Bela Guttmann. Del equipo de oro al ‘jogo bonito’.

Alemania: Jimmy Hogan, Helmut Schön, Hennes Weismeller.

Inglaterra: Jimmy Hogan, Ron Atkinson.

Austria: Jimmy Hogan, Hugo Meisl.

Argentina y Uruguay: Jimmy Hogan, Imre Hirschl.

“Estaba viendo el partido, pero no en el palco, sino en las gradas rodeado de los juveniles del Aston Villa. Inglaterra tuvo que reflexionar sobre la complejidad del ataque-defensa. Habíamos dejado atrás el talante presuntuoso y triunfamos con un fútbol comunicativo”. Jimmy Hogan, ya anciano, hablando con orgullo sobre la victoria inglesa en el Mundial de 1966.

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Lorenzo Brown

El martes 5 de julio de 2002 el Boletín Oficial del Estado publicaba que Lorenzo D’Ontez Brown era español por carta de naturaleza, un procedimiento excepcional que permite otorgar la nacionalidad española regulada por el artículo 21 del Código Civil español. Lorenzo Brown nació en Roswell, una ciudad del Estado norteamericano de Georgia el 26 de agosto de 1990. Hasta hace unas semanas nunca había pisado España. No va a descubrir una cura para el alzhéimer, ni conoce un método para crear lluvia artificial, ni es un erudito que sabe cien idiomas, ni sabe detener la inflación ni va a acabar con la prostitución, las drogas y el hambre en el mundo.

Es un jugador de baloncesto.

Pero ni siquiera es el mejor jugador de baloncesto. Ni uno de los mejores. Ni siquiera uno de los mejores entre los menos mejores. No es quien de llenar pabellones por sí mismo. Sus habilidades no son capaces de alegrar la vida de miles de personas. De hecho, sus destrezas, aun siendo muy notables, no son representativas de lo que el cuerpo humano puede lograr en su máxima expresión.

Lorenzo Brown no tiene que ser la reencarnación de Einstein. Ni se le pide. Pero “un procedimiento excepcional” se tiene que dar a quien es excepcional en su trabajo. Un deportista excepcional es tan importante como el erudito que sabe cien idiomas o el científico que descubra la cura para el alzhéimer. Lo es porque a través de sus actos vuelve acertada una vida anodina, crea vínculos e ilusiones sociales, construye un relato común que se traslada de generación en generación y muestra la excelencia del cuerpo humano a través de una perfecta unión entre el físico y la mente.

Pero es que Lorenzo Brown no es excepcional. Nada excepcional.

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El marrón de Lorenzo

Cuando en 1935 la selección española de baloncesto juega el primer partido de la historia en el Europeo de Suiza lo hará con cuatro extranjeros en sus filas. Serán los hermanos cubanos Emilio y Pedro Alonso, el costarricense Rafael Ruano y el salvadoreño Rafael Martin. Aquellos cuatro hombres ayudaron a que España se proclamase subcampeona de Europa. Pero todos ellos tenían fuertes vínculos con España. Todos eran hijos de españoles.

En 1984 España conseguiría otra histórica medalla de plata, en este caso en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. En aquel conjunto formaba el argentino Juan Domingo de la Cruz. Hijo de españoles, ‘Lagarto’ De la Cruz nació en Sudamérica antes de pasar 21 años de su carrera en tierras hispanas. También estuvo toda su vida deportiva en España Chicho Sibilio, quien, tras debutar a los 17 años con la selección dominicana, tuvo que esperar tres años antes de hacer acto de aparición con España, camiseta que defendió en 87 ocasiones. Con ellos dos coincidiría José Aleksandrovich Biriukov. Su madre había sido una de esas niñas vascas que había sido enviada a Moscú en tiempos de la Guerra Civil. Chechu Biriukov llegó a jugar 22 partidos con la Unión Soviética antes de firmar 57 internacionalidades con España.

También existen deportistas que hicieron carrera en España pero que ni por idioma ni por antepasados tenían vínculo alguno con el país. Son los casos de Mike Smith en los 90 y de Chuck Kornegay o Johhny Rogers a inicios de siglo. Éste último, californiano, se casó con una española y se asentó en Valencia donde reside feliz, pero nunca fue perdonado por la opinión pública al quitarle el puesto a un imberbe Pau Gasol en los Juegos de Sidney. Más conocidas fueron las nacionalizaciones de Wayne Brabender y Clifford Luyk en los años 60. Ambos pasaron a ser españoles al poco de aterrizar en España, pero ambos echaron raíces y aquí siguen desde entonces. Uno y otro siguen estando en el Top-10 de los jugadores con más puntos anotados en la historia de la selección (Brabender fue MVP del Eurobasket 1973).

Mas recientes para el aficionado moderno son los casos de Serge Ibaka o Nikola MIrotic. Son dos casos coetáneos y que reflejan la laxidad de fronteras fruto de la globalización. Nacido en el Congo, Ibaka llegó de adolescente a España donde se formó como jugador. El grueso de su carrera se ha labrado en Estados Unidos, pero decidió representar a España declinando la oferta del Congo. Nikola MIrotic nació en Montenegro. No pasó hambre de niño ni pretendía buscar una vida mejor. Simplemente fue captado como infante por el Real Madrid y sus padres decidieron que era lo mejor para él. Al igual que Ibaka tuvo dos selecciones para escoger, y decidió hacerlo con España. Su caso es similar al de Luka Doncic, aunque éste último resolvió defender los intereses del país que lo vio nacer. Otros, como el griego Antetokoumpo, son griegos con todas las de la ley, aunque ese físico privilegiado y ese apellido tan poco helénico hubiese permanecido en el anonimato si los padres de Giannis no hubiesen dejado Nigeria en busca de la prosperidad en la vieja Europa.

$70M Giannis Antetokounmpo announced he and his brothers will represent  Greece and left Nigerian National Basketball Team in dismay - The SportsRush
Los cuatro hermanos Antetokoumpo

Lorenzo Brown pertenece a otra estirpe. A una en la que no hay casuística ni nexo de unión alguno con el país. No es situación común, pero si existente en otras latitudes. El estadounidense Bo McCalebb ayudó a que Macedonia llegase a semifinales del Europeo de 2011 sin haber residido ni haber jugado en la antigua república yugoslava. El también norteamericano Anthony Randolph puede presumir de ser campeón de Europa con el Real Madrid y campeón de Europa de selecciones defendiendo los intereses de Eslovenia, sin haber jugado jamás en el país donde nació Luka Doncic.

El mismo día en que en España nacionalizaba a Lorenzo Brown, en Francia se hacía lo propio dando pasaporte galo a Joel Embiid. Nacido en Camerún, Embiid ha sido el primer jugador extranjero en liderar en anotación una temporada en la NBA y la campaña pasada acabó segundo en la votación por ser el MVP de la competición. El caso de Embiid se asemeja más a la del “procedimiento excepcional” en busca de un bien mayor y de interés común. Y aun así a Embiid se le puede rebuscar una relación peregrina con su nuevo país a través del idioma, las costumbres o de la amplísima colonia camerunesa que reside en Francia. No en vano entre 1889 y 1960 el territorio de Camerún perteneció al Imperio Francés.

No es una situación ajena en Europa, pero no por ello es ética o correcta. El vivero de Estados Unidos es capaz de aportar jugadores al mundo a la misma velocidad que Henry Ford lo motorizaba. Otros nueve jugadores estadounidenses estarán en el Eurobasket. Los hay como Shane Larkin (Turquía) o Tyler Dorsey (Grecia), quienes han tenido la decencia de jugar en sus países de adopción. Otros como Dee Bost (Bulgaria), Thad McFadden (Georgia), AJ Slaughter (Polonia) o Mike Tobey (Eslovenia) ni han llegado a esos mínimos de decencia.

Repito. No es situación ajena, pero no por ello es ética o correcta.

La nacionalización exprés de Lorenzo Brown es una incongruencia y un sin sentido que habla más de los dislates del poder que de lo que a una realidad deportiva se refiere. Otorgar residencia a un semiconocido jugador de baloncesto para conceder mayor poderío de forma circunstancial a la selección por un capricho del seleccionador es una tropelía vergonzante. Es una gota en un mar, pero es una gota que muestra a la perfección cuan alejados están los representantes del pueblo de ese pueblo al que dicen representar.

Siempre ha existido un hilo del que tirar. Hasta cuando en los 60 el fútbol español se llenaba de oriundos se rebusca un abuelo o un bisabuelo emigrante para poder darle nacionalidad a los Lobo Diarte, Roberto Martínez y compañía. A otros como Kubala o Puskas se les daba la nacionalidad por aquello de ser refugiados políticos, por escapar de las garras del comunismo. No era mucho, pero era algo. Con Lorenzo Brown no hay nada que se pueda rascar.

Son millones los inmigrantes que residen en España y cientos de miles los que lo hacen sin papeles. La gran mayoría latinoamericanos, con los que hay un convenio de preferencia por aquello de la madre patria, y aun así toca esperar un par de años antes de poder jurar la Constitución. Y ni siquiera hablo de currelas. Vinicius, jugador del Real Madrid, lleva cuatro años residiendo y trabajando en España, cumple con los requisitos legales y aún no ha le han dado la nacionalidad española. Dudo mucho que Lorenzo Brown sea más conocido que Vinicius Junior, y no hablemos ya del poder legal, político o mediático que podría ejercer el Real Madrid.

Lorenzo Brown no es español por mucho que jurase la Constitución en un despacho de Atlanta a miles de kilómetros de la Península Ibérica. No lo es, ni nunca quiso serlo. Otros llegaron en patera arriesgando sus vidas para conseguir unos papeles que les devolviesen la dignidad. Lorenzo Brown ha sido una inocentada de Scariolo y Garbajosa que elevaron su petición a unas instancias superiores para recorrer a la velocidad del rayo unos trámites hasta que el papel fue firmado por la ministra de Justicia en, teoría, por el bien de la Nación.

La selección española tiene un jugador más. Quizás anote una canasta decisiva o haga una defensa definitoria y gracias a él España logre una medalla. Quizás. Pero la sensación de agravio comparativo y de bochorno es inaudita.

En tiempos donde los equipos son una especie de ONU con pantalones cortos, las selecciones nacionales se baten por garantizar una idea común en el imaginario colectivo. No es una cuestión de sentir los colores, besar la bandera o defender el orgullo de una nación. Eso son simplezas superfluas. Es una cuestión de identificarse con una serie de chicos que tienen un pasado, un presente y un futuro común y un acervo cultural similar. Quizás ninguno de nosotros sea Rudy Fernández, pero en algún momento de nuestras vidas hemos desayunado la misma marca de leche que él, compramos su misma ropa, fuimos a un colegio parecido, vimos los mismos dibujos en la tele, escuchamos la misma música, estudiamos las mismas asignaturas, jugamos a los mismos juegos, sus padres serán igual de pesados que los nuestros, votamos en colegios electorales similares, celebramos las navidades con el mismo tipo de familia que la nuestra y sus preocupaciones, más allá de lo que el dinero y el deporte profesional conlleva, son similares a las de cualquiera de nosotros.

Pocos españoles coincidirán en la misma rutina de vida con el bueno de Lorenzo Brown.

Lo que ha hecho la selección española de baloncesto es despreciar con nocturnidad y alevosía a una serie de jugadores que sen han batido (y se baten) en las famosas ventanas de clasificación. Chicos que, en ausencia de los mejores, luchan por un bien común. Deportistas que igual no rayan en la excelencia, pero que cumplen con aquello que se pide a los que forman parte de un combinado nacional deportivo.

Ser los mejores en su especialidad y se merecen representar a su país. Algo que Lorenzo Brown, con pasaporte o sin él, no se merece.

Ojalá lo llegue a merecer hacer algún día.

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Rumbo a Berlín

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El show de Perico

El Tour de 1989 comenzaba con un gran favorito. No era otro que Pedro Delgado. El escalador segoviano era el vigente campeón del Tour y apenas un par de meses atrás había vitoreado en la Vuelta. Había progresado notablemente en las contrarrelojes y mantenía su mística relación con la alta montaña. De hecho, su triunfo en España se finiquitó en una clara victoria en la crono final de Medina del Campo. En la lista de notorios también estaban tres campeones del Tour; Laurent Fignon (1983 y 1984), Greg Lemond (1986) y Stephen Roche (1987), pero todos ellos parecían por detrás del español porque, ya fuese de una forma u otra, las lesiones habían cercenado sus carreras. Ya más lejos quedaban el francés Charly Mottet o el irregular escalador colombiano Lucho Herrera.

Aquel año el Tour realizaba un recorrido contrario a las agujas del reloj. Se salía de Luxemburgo para pasar las primeras etapas en tierras belgas. Luego traslado aéreo hasta Normandía para recorrer la costa atlántica dirección sur hasta tropezar con los Pirineos. Transición por la Provenza, los colosos de los Alpes y fin de fiesta en Paris. La salida tendría lugar el 1 de julio en Luxemburgo. Era la primera vez que la ‘Gran Depart’ se acometería en el Gran Ducado, un minúsculo país incrustado entre Alemania, Bélgica y Francia.

Se trataba de una etapa prólogo. Una contrarreloj de 7.800 metros de longitud con salida en una rampa con cabina acristalada colocada en la Plaza de Paris y meta en la amplía Avenida de la Libertad. El cielo es gris, pero es capaz de contener la lluvia. Como vigente ganador del Tour, Pedro Delgado saldrá el último. Lo hará con el número 1 a la espalda de su maillot. Su turno será a las 17.17 hora local.

Justo antes que Perico el corredor que tiene que salir es el irlandés Sean Kelly. Lo hace un minuto antes que Delgado. En ese momento lo normal es que el ciclista del Reynolds estuviese cercano a la rampa, en la escalerilla que da acceso al soporte desde donde dos jueces lo mantendrían en vertical antes de liberarlo.

Pero Pedro no está.

En la escena se ve a un hombre haciendo aspavientos. Se trata de Carlos Vidales, su mecánico de confianza, desesperado al no encontrar por ningún lado al vigente ganador del Tour. También exasperado, pero básicamente con un cabreo de tres pares de c… está José Miguel Echávarri, director del equipo, y que espera al volante del coche que va a seguir durante toda la etapa el recorrido del ciclista segoviano.

Los segundos pasan volando.

Y Perico sigue sin aparecer.

Son las 17.17 horas. Los jueces ponen el crono en marcha. Un señor de llamativa americana de color rojo encoge los hombros en señar de incredulidad. Detrás de él otro juez de corte marcial echa un vistazo a su reloj mientras dicta sentencia con su mirada. Echávarri sale del coche como pollo sin cabeza y pega gritos a los cuatro vientos. Vidales había desaparecido de la escena mientras proclamaba el nombre de ¡Perico! con la ayuda de las decenas de periodistas que salen tras él.

El caso es tremebundo. Aparece también en escena Arturo Romaní, vicepresidente del Banco Español de Crédito (Banesto), que estaba en el Tour para firmar el acuerdo por el que Reynolds, el equipo navarro del papel de aluminio, se iba a convertir en el gigante Banesto. Romaní no entiende nada. ¡Pero es que nadie entiende nada!

De pronto una estela amarilla ilumina el plomizo día luxemburgués. Con pelo ensortijado, cinta envolviendo la cabeza y bicicleta con rueda lenticular trasera, se abre paso Pedro Delgado. Atolondrado, se enfrenta a las cámaras de televisión y a los fotógrafos de la prensa. Hay codazos, insultos y kilos y kilos de tensión hasta que Perico aparece en la rampa.

Se baja de la bici y sube con ella a cuestas la escalerilla. Se sienta. Recibe el empujón del juez principal y comienza la etapa.

Lo hace a las 17.19 horas de la tarde y 26 segundos. O lo que es lo mismo. Con dos minutos y 26 segundos de retraso.

La bronca que le cayó a Vidales debió ser de aúpa. Lo cierto es que había sido Delgado el que le había dicho al mecánico que quería estar solo, por lo que Vidales se acercó a atender a William Palacio, colombiano del equipo Reynolds. Aunque peor debió de ser la diatriba que Romaní hubo de echarle a Echávarri preguntándose donde narices estaba invirtiendo su dinero.

El neerlandés Erik Breukink ganó el prólogo y se vistió con el maillot amarillo. Entre los favoritos los mejores situados fueron Greg Lemond y Laurent Fignon, ambos a seis segundos de Breukink. A la misma distancia también quedó Sean Kelly. Mottet llegó nueve segundos más tarde e Induráin lo hizo a 10 segundos del vencedor de la etapa. Con todo lo sucedido, los nervios, la rabia y la tensión, Pedro Delgado no hizo mala contrarreloj al acabar a 14 segundos de distancia del vencedor.

A 14 segundos si no se tiene en cuenta el retraso inicial.

Pedro Delgado, el vigente ganador del Tour, comenzaba el Tour de 1989 como farolillo rojo a 2’40’’ del maillot amarillo.

Una auténtica burrada tras menos de ocho kilómetros de Tour a sus espaldas.

Delgado cruza la línea de meta y una horda de periodistas acude a su encuentro. Se muestra sonriente, sereno. Podría ser una cara de póker, pero para aquellos que conocen a Perico no es más que su pose habitual. Simpático y cercano, su éxito lleva años fraguándose tanto dentro como fuera de las carreras. Lo que en otros podría parecer impostura, en Perico es naturalidad. Atiende a Televisión Española con una media sonrisa y explica que lo sucedido ha sido un despiste. Un estúpido despiste del que sólo él tiene culpa. Mas se muestra confiado y tranquilo a pesar del tiempo perdido y argumenta que por delante hay 21 etapas y más de 3.000 kilómetros de recorrido para darle la vuelta a la situación.

Pocos hubiesen tomado con tal naturalidad semejante error. Pero así era Delgado. Jocoso, simpático, despistado y alocado. ‘Le fou’. Ese fue el apodo que años atrás le pusieron en Francia tras un descenso a tumba abierta por los Pirineos a más de 90 km/h con la cabeza besando la rueda delantera. Perico era una celebridad por su forma de correr y por valorar con la misma naturalidad las victorias y las derrotas.

Pero tan sencilla explicación no era válida en un mundo racional. ¿Cómo narices va a llegar tarde a la salida el deportista principal del mayor espectáculo ciclista jamás realizado? Lo cierto es que entonces no existía una separación estricta entre deportistas, prensa y espectadores como ocurre en la actualidad. La delimitación con vallas era precaria. Además, el caos solía ser especial cuando las etapas salían o llegaban fuera de Francia, donde los países se veían superados por el volumen de gente y mercancías que mueve el Tour. Era la primera vez que el Tour salía de Luxemburgo y no existía ni el rigor ni la disciplina ni la meticulosidad necesaria para llevar todo a buen puerto.

No obstante, la culpa era de Perico. Tampoco había que darle más vueltas. En una contrarreloj en una Paris-Niza estuvo a punto de pasarle lo mismo. Entonces no existían los rodillos para hacer calentamiento, por lo que a Delgado le gustaba estirar las piernas y forzar el tiempo al máximo. Como había hecho su tocayo, estuvo jugando con el lobo hasta que acabó comiéndose a las ovejas.

Perdidos: cuando el ciclista no llega
Inexplicable

Durante esos primeros días la prensa se hizo eco de varias posibles causas del famoso despiste intentando dar explicación a lo inexplicable. Se dijo que Perico había llegado tarde porque estaba tomando un café. También se comentó que el retraso se debía a una amenaza de atentado por parte de ETA. Fuera de España se insinuó que la tardanza había sido pactada con la organización del Tour para compensar el cerrar de ojos por un positivo por dopaje en la edición del año anterior, donde Perico había salido victorioso. Otra parte de la prensa aceptó las explicaciones de Perico y sencillamente se dedicaron a llamar tonto al segoviano. Lo cual, por cierto, no era faltar a la verdad.

Con los años la versión oficial de que simple y llanamente había sido un despiste salió victoriosa. No obstante, hubo un ‘casus belli’ que permitió a Delgado salir del paso. El día anterior Romaní había traído un obsequio en nombre de Mario Conde, director de Banesto, para todos los componentes del equipo. Se trataba de un reloj con tres agujas en forma de B, una blanca, otra azul y la última roja, cumpliendo con los colores del nuevo patrocinador. Era original, pero no era demasiado práctico para conocer la hora. Ni a Delgado ni al resto del equipo les entusiasmaba el reloj, pero se vieron en la obligación de usarlo durante el prólogo como acto de buena fe. El caso es que Delgado intuyó en esas agujas que tenía diez minutos de margen…y el resultado es historia.

Sonriente y despreocupado Delgado dejó pasar la tarde esperando que el trascurrir del tiempo volviese poner todo a su sitio. Error. Llegó el ocaso y la tensión hizo estallar todo en mil pedazos. Jodido, no pegó ojo en toda la noche. Primero serio, después triste y finalmente lloroso, se dio cuenta de que la cagada había sido hercúlea. La culpa se hizo suya. Porque jamás culpó a nadie del estropicio. Siempre se culpó a sí mismo. Aquella larguísima noche de insomnio se vio entre la espada y la pared. Se le ofreció un somnífero, pero lo rechazó. Ya había probado la medicina de Morfeo cuando abandonó el Tour de 1986 tras el fallecimiento de su madre y tras la acusación de dopaje del Tour del año anterior, pero en este caso rechazó la pastilla. Tenía que mantener hacia el exterior la imagen de que estaba bien, de que no había ningún problema.

Sin pegar ojo, un Delgado con muy mala cara se presenta la mañana del 2 de julio para disputar la segunda etapa del Tour. Nadie cuenta con que vaya a ganar la carrera, pero sí en que se convierta en el agitador oficial, en el hombre que a base de espectáculo determine quién y cómo la ganará. La prensa acorrala al segoviano, pero esta vez sin éxito. No hay sonrisas ni contestaciones dicharacheras. Solo respuestas secas y rostro circunspecto.

La segunda etapa contaba con dos sectores. Práctica habitual en el Tour de hace décadas, consistía en una etapa en línea matutina y en una contrarreloj vespertina. En este caso era una vuelta por el Gran Ducado de unos 150 kilómetros y una crono por equipos por los alrededores de la ciudad de Luxemburgo de 46 kilómetros. Y será en la crono donde se le vean las costuras a Perico. La tensión y la falta de sueño harán que a diez kilómetros del final se quede. El Reynolds tiene que aflojar el ritmo e Induráin y Gorospe se ponen a su lado para protegerlo. La carretera tiende ligeramente a bajar y parece que el problema se soluciona, pero en el siguiente repecho Delgado vuelve a quedarse. Es el quinto ciclista el que marca el tiempo en la crono por equipos y existía la opción de abandonarlo a su suerte. Pero por entonces nadie se planteaba dar todos los galones a Induráin. A fin de cuentas, Delgado seguía siendo el vigente ganador del Tour.

Parlamento Ciclista - Pedro Delgado Robledo - El Baúl de los Recuerdos
Reynolds 1989

Total, que sus compañeros le esperan y traspasan la línea de meta con Delgado formando parte de los nueve ciclistas del Reynolds. El equipo navarro es el último en la contrarreloj. A 4’32’’ del Super-U de Laurent Fignon. El francés le sacaba ya a Perico 7’20’’ en la general. Era la segunda etapa y el Tour era una quimera.

Y aun hubo más. Antes de la jornada de descanso de tres días después, el Tour tenía que afrontar dos larguísimas etapas de 250 kilómetros por tierras belgas. Fignon se encargaría de colocarse en paralelo de Delgado para hacer ‘trash-talking’ y recordarle una y otra vez al español que había tirado el Tour por la borda. Todo aquello minaba la moral de un Delgado que malgastaba fuerzas en ataques sin sentido contra el pelotón buscando la heroica ante las risas del parisino.

Tras la jornada de descanso, Delgado realizó una descomunal contrarreloj en la que prácticamente igualó los tiempos de Lemond y Fignon, dos consumados especialistas. Después llegaron los Pirineos con exhibiciones día sí y día también de Delgado y con victoria de etapa de un Induráin que pedía paso. Luego Perico se consolida como el mejor en la subida al Alpe d’Huez, culminando una prodigiosa remontada desde el último puesto de la clasificación que lo lleva al tercer lugar de la clasificación general.

Greg Lemond gana el Tour de Francia de 1989 tras una emocionante contrarreloj final por tan solo ocho segundos de ventaja a Laurent Fignon. Pedro Delgado es tercero a 3’34’’ del estadounidense. Les ha quitado más de tres minutos a ambos si descontamos lo perdido en las dos primeras etapas.

Aquel Tour tenía que haber sido de Perico.

Perico más fuerte y Lemmond más listo. Fignon el pupas - La Grada Sports
Fignon, Lemond y Delgado

Cuando al año siguiente Pedro Delgado se presente en Poitiers, en el parque temático de Futuroscope, para acometer el prólogo del Tour de 1990 las preguntas son inevitables. Con esa actitud desenfadada, delgadiana, podríamos decir, ante la vida, comenta ante los medios que había pedido salir ese año a la organización del Tour con 2’40’’ de ventaja. Con el tiempo el propio Delgado fabricará sus propios memes en cada una de las entrevistas que le hagan. Una vez diría que le había detenido la policía por culpa de una infracción de tráfico. Otra vez que se había ido a calentar con una chica. En cierta ocasión dijo que había sido abducido por un OVNI. Daba igual si tenía gracia o no, pero Pedro Delgado siempre consiguió darle normalidad a un suceso del todo anormal.

“Nunca me sentí tan bien como aquel año, ni siquiera el año que gané el Tour. Fue mi ocasión perdida. Me encontraba tan bien físicamente que andaba con una pierna”. Pedro Delgado sobre el Tour de Francia de 1989.

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La final de los García

Por parte del Real Madrid jugaron: Agustín; García Cortes, García Navajas, Sabido, Camacho; Ángel, Del Bosque, Stielike; Juanito, Santillana y Cunningham. En la segunda parte entró Pineda. Formaron por parte del Liverpool FC: Clemence; Neal, Thompson, Hansen, Alan Kennedy; Lee, McDermott, Souness, Ray Kennedy; Dalglish y Johnson. En la segunda parte entró Case. Esas fueron las alineaciones que ambos conjuntos presentaron en el Parque de los Príncipes de París el 27 de mayo de 1981 con motivo de la final de la Copa de Europa. Para el Real Madrid, entonces hexacampeón, era su primera finalísima en 15 años. Para el Liverpool FC, entonces bicampeón, era su tercera final en un lustro. Los españoles contaban con los hados de la historia. Los ingleses con el favoritismo.

La temporada blanca no auguraba proeza semejante. Al contrario. Hacía estragos el sol del verano cuando en un amistoso en Múnich el FC Bayern le endosa un humillante 9-1 al Real Madrid. Es un amigable, pero escuece como pocas derrotas han escocido antes. Entrena a los merengues Vujadin Boskov, un hombre de verborrea simple, pero autor de algunas de las frases más recordadas de la historia del balompié. A su famoso ‘el fútbol es fútbol’ acuñado para esas acciones de difícil explicación, dejará otra sentencia para los anales al acabar el duelo de Alemania: “Mejor perder un partido por nueve goles, que nueve partidos por un gol”.

Bayern Múnich, 9 - Real Madrid, 1. La risa va por barrios - Madrid-Barcelona
Mejor perder un partido por nueve…

Lo cierto es que el fútbol español no da para mucho más. Los setenta son una década horrenda en la que se escapan las clasificaciones para el Mundial de 1970 y 1974. La Liga apenas cuenta con estrellas y se abusa del fútbol de raza y defensivo. Son más famosos fuera de nuestras fronteras los defensas de pelo en pecho (el estereotipo es Goyo Benito) que los jugadores habilidosos. Ingleses, italianos y, esencialmente, alemanes, parecen cazas a reacción con coraza de acero cada vez que vienen a España. Son 13 años sin títulos internacionales desde la Copa de Europa del Real Madrid de 1966 hasta la Recopa del FC Barcelona de 1979. Es, sin duda, la época más oscura del fútbol español, no tanto por los títulos, sino por la sensación de impotencia ante el extranjero.

Y si hay club representativo de la fortaleza de España en Europa ese es el Real Madrid. Desde la consecución de la sexta Copa de Europa en 1966 el Madrid deambula por el continente como alma en pena. Sigue reinando en España, aunque en los 70 su rival vecinal será capaz de discutirle la hegemonía. De hecho, el Atlético alcanzará el subcampeonato europeo en 1974 algo con lo que el Madrid sólo podrá soñar. Más aún cuando a finales de esa década tanto Amancio como Pirri, últimos supervivientes del gran Madrid, se retiren. A la altura de 1980 el siempre resolutivo Santillana y el corazón de Juanito intentan mantener a flote a un grupo de meritorios.

A la pareja citada se unen dos extranjeros. El primero, Uli Stielike, es un internacional alemán de sólida carrera capaz de jugar tanto de libre como en el centro del campo. Sin embargo, al igual que Juanito o Santillana, aun siendo buenos futbolistas no eran para nada estrellas de categoría mundial. El otro foráneo es Laurie Cunningham, el primer jugador de raza negra en ser internacional inglés, una bellísima persona pero que no consiguió destacar sobremanera como extremo. El resto del equipo está formado por meritorios, jugadores de la casa, algunos mejores que los otros, pero la mayoría de ellos futbolistas de perfil bajo que en cualquier otra época no hubiesen pasado de jugar un par de partidos con el Real Madrid.

Buena parte de ellos tenían como apellido García. Es García el más común de los apellidos en lengua castellana. Ser un García es ser un ser desapercibido. Uno entre cientos. Y así eran aquellos meritorios del Real Madrid. Un equipo de desconocidos que todos juntos formaban un ente. Había hasta cinco (García Cortés, García Navajas, García Hernández, García Remón, Pérez García) y junto a otros comunes mortales como Ángel, Pineda, Sabido o Isidro estuvieron a punto de devolverle la grandeza al Real Madrid.

Y así pasaron a la historia. Si hubo un ‘Madrid de Di Stéfano’, un ‘Madrid-Yé-Yé’, una ‘Quinta del Buitre’, un ‘Madrid de los Galácticos’ o un ‘Madrid de Zidane’, también hubo un ‘Madrid de los García’.

En las dos primeras rondas el Madrid elimina con facilidad al Limerick FC irlandés y al Honved de Budapest recordando glorias pasadas. En esta eliminatoria (3-0 de parcial) destaca la actuación de Cunningham, en uno de sus mejores partidos con la camiseta blanca. En cuartos de final el Real Madrid viaja a Moscú para enfrentarse al Spartak. Allí sobrevive al asedio ruso con una actuación estelar de García Remón recordando a aquella de años atrás ante el Dinamo de Kiev que le valió el apodo de ‘Gato de Odesa’. En la vuelta, la entrada de Isidro por Del Bosque en la segunda parte cambiará el signo de la eliminatoria. Isidro batirá en dos ocasiones a Rinat Dassaev para darle a los blancos la clasificación para semifinales. ‘San Isidro goleador’ era un futbolista multidisciplinar al que Boskov colocaba tanto de lateral izquierdo como de delantero con el mismo aceptable rendimiento. Como un Lucas Vázquez de la actualidad, Isidro representaba a ese meritorio que nunca protesta cuando no juega y que siempre rinde cuando se le necesita.

Real Madrid Crónicas de aquel Real Madrid: San Isidro Goleador - AS.com
Gol de Isidro

Por el otro lado del cuadro avanzaba el Liverpool FC. A diferencia de lo que le ocurrió al Madrid, la década de los 70 fue gloriosa por los ‘reds’. Desde que el escocés Billy Shankly cogió las riendas del club en 1959 cuando militaba en la segunda categoría inglesa, no hizo más que hacerlo crecer hasta llegar al estrellato europeo. Lo hizo identificando al club con una forma de jugar que se dio en llamar ‘passing Liverpool game’ basada en el juego de toque, muy al contrario de lo que se estilaba en la Inglaterra de entonces donde el ‘kick and run’ (lanzar y correr) formaba parte del ABC del fútbol. Eso, y una comunión casi sagrada con los socios y trabajadores de la ciudad (Shankly fue el que hizo colocar la placa de ‘This is Anfield’ en el túnel de vestuarios para enfervorizar a los suyos y hacer temblar a los visitantes) hizo del Liverpool FC un grande en pocos años.

A Shankly lo sucedió su segundo, Bob Paisley, en 1974. Desde ese año y hasta 1981 el Liverpool FC había sumado 4 Premier, la Copa de la UEFA de 1976 y las Copas de Europa de 1977 y 1978. El esqueleto del equipo estaba formado por el portero Ray Clemence, el lateral derecho Phil Neal, los centrales Alan Hansen y Phil Thompson, el pivote Terry McDermott y, esencialmente, los escoceses Graeme Souness y Kenny Dalglish. El primero era un oso con la delicia de un violinista. Era un ‘box to box’ capaz de morder a ambos lados del campo. El segundo era un estilista, pequeño y pillo, de gran técnica y no excesivamente goleador, pero si capaz de anotar en el momento preciso.

El Liverpool FC elimina en primera ronda al Limerick FC irlandés y al OPS (10-1 en el global) finés antes de jugar en cuartos ante el CSKA Sofía. Allí Souness firmó una actuación memorable con tres goles en una eliminatoria que se resolvió por 6-1 en el global a favor de los ‘reds’. En semifinales tocó el FC Bayern. En Inglaterra el partido acabó sin goles a pesar de las numerosas ocasiones del Liverpool FC. Quedaba la vuelta. Los muniqueses no habían perdido partido alguno en casa durante la temporada. Y así seguiría la cosa. Dalglish se lesionó al poco del inicio, pero el Liverpool FC se las apañó para aguantar el 0-0, hasta que a falta de siete minutos Ray Kennedy anotaba el 0-1. Poco antes del final Rummenigge empataba el encuentro, pero el valor doble de los goles en campo contrario daba el pase a la final a los ingleses.

Trent, Lovren, Garcia and more: Kop 10 wins over German teams - Liverpool FC
Ray Kennedy (Liv) y Paul Breitner (Bay)

Al Madrid le tocó en suerte en semifinales el Internazionale milanés. En el Bernabéu los blancos barrieron al Inter con un monumental cabezazo de Santillana y un derechazo de Juanito. En la vuelta, el liderazgo de Stielike y una gran actuación del portero Agustín en su debut europeo darán el pase al Real Madrid a pesar de perder por 1-0. Agustín había debutado semanas atrás tras lesionarse García Remón y sería titular en la primera final de Copa de Europa para el Real Madrid en quince años.

El Madrid llegaba a París con urgencias históricas y también recientes. No hubo Liga ni Copa del Rey. Era todo o nada. El Liverpool FC también había fracasado esa temporada, por lo que sólo la Copa de Europa podía salvar su campaña. Jugarían Dalglish y Alan Kennedy, ambos recientemente recuperados de sus lesiones. Se especulaba con que el emergente Ian Rush sustituiría a Dalglish, pero no fue así. También Cunningham, que volviera a los terrenos de juego diez días antes tras seis meses de lesión, sería de la partida. Arbitraba el húngaro Palotai, quien ya dirigiera la final de 1976 y que es uno de los excepcionales casos de colegiados con notable carrera futbolística en el pasado.

El Liverpool FC dominó el partido y el Real Madrid se dedicó a defender y a salir a la contra. Aun así, las ocasiones fueron escasas, salvó un remate a bocajarro de Souness. En la segunda parte se mantuvo la misma tónica, pero el Madrid estuvo a punto de anotar en una cabalgada de Camacho que se marchó por encima del larguero. Llegó a tener alguna ocasión más, pero fue malgastada por Juanito, quien sería fuertemente criticado al finalizar el partido por exceso de individualismo.

Se llegó así al minuto 81, cuando un error al despejar un saque de banda de García Cortés dejó solo a Agustín ante Alan Kennedy que le fusiló. Los blancos reclamaron que el saque de banda les favorecía y Alan Kennedy acabaría confesando que su intención era centrar y no tirar. Lo cierto que es era el futbolista más tosco de los 22 que había el campo y tal sería su suerte que también anotaría el penalti decisivo en la tanda que en 1984 le daría al Liverpool FC otra Copa de Europa.

El Madrid de los García no pudo alzarse con el título, pero llegar hasta la final habla realmente bien de un grupo que igual era limitado, pero quizás menos de lo que se les atribuía por lo común de los apellidos con los que fueron bautizados. Fue la tercera Copa de Europa del Liverpool FC y un intento perdido para el Real Madrid. La revancha llegaría en 2018 con la consecución de la 13ª Copa de Europa blanca gracias a una prodigiosa chilena de Gareth Bale y una descomunal cantada de Karius. En 2022 toca el desempate.

Conocidos y admirados a partes iguales los Stielike, Del Bosque, Camacho, Juanito, Santillana o Cunningham, recordemos quien eran los García y sus allegados:

Mariano García Remón (1971-1984): Trece temporadas como portero alternando titularidad y suplencia. Es junto a Casillas el único guardameta nacido en Madrid con éxito defendiendo el arco blanco. Sus paradas ante el Dinamo de Kiev le valieron el mote de ‘Gato de Odesa’. Fue efímeramente entrenador del Real Madrid.

Francisco García Hernández (1978-1983): Habitual suplente, era un centrocampista multiusos utilizado con frecuencia por todos sus entrenadores. Canterano y madrileño, tras dejar el Madrid jugó cinco temporadas en el CD Castellón en Segunda División. Tras retirarse fue ojeador de las categorías inferiores merengues.

Rafel García Cortés (1978-1982): Lateral derecho y buen lanzador de faltas, pasó un año cedido en Burgos antes de afianzarse como titular. También madrileño, ganó una Copa del Rey con el Real Zaragoza y se retiró en el Rayo Vallecano a inicios de los 90. En la actualidad forma parte del organigrama de la Fundación Real Madrid.

Antonio García Navajas (1979-1982): Procedente de la cantera del Real Burgos, fue suplente habitual, aunque formó parte de la defensa titular en la final de París. Después militó en el Real Valladolid y en el Rayo Vallecano.

Ángel Pérez García (1979-1982): Lateral izquierdo canterano que saltó a la fama por un descomunal marcaje a Kevin Keegan en semifinales de Copa de Europa de 1980. Sin embargo, se diluyó como un azucarillo y pronto marchó al Elche CF antes de retirarse en el Real Murcia. Fallecido.

Andrés Sabido (1977-1982): El más conocido de los desconocidos. Un defensa de los que primero daban y después preguntaban. Madrileño y canterano, cerró su carrera en el CA Osasuna tras militar en el RCD Mallorca.

Isidro Díaz (1977-1985): ‘San Isidro Goleador’ es una de esas personas que sólo tiene amigos. Defensa, centrocampista, delantero…cumplía siempre que salía desde el banquillo. Nacido en Guijuelo y formado en la cantera merengue se retiró en el Elche CF tras pasar antes por el Racing de Santander.

Ángel de los Santos (1979-1985): A diferencia de los anteriores, el andaluz Ángel llegó al Real Madrid como futbolista consagrado. Tras destacar en la UD Salamanca se hizo fuerte en la sala de máquinas del Real Madrid durante varios años para colgar las botas en el Bernabéu en 1985 ya relegado al ostracismo del banquillo.

Francisco Pineda (1980-1985): También era García, pero no usaba su segundo apellido. Delantero voluntarioso que tras triunfar en el Castilla no lo pudo hacer en el primer equipo. Jugará también en el Real Zaragoza y se retirará en 1990 en el CD Málaga.

El Madrid de los García | Cuadernos de Fútbol
El Madrid de los García

Otras historias sobre el Real Madrid

El miedo escénico (90 minuti en el Bernabéu son molto longo)

Cuando Puyol secó a Figo (una traición aun no superada y un marcaje que encumbró a un canterano)

El caso Di Stéfano (a través de dos artículos la intrahistoria del fichaje que cambió la historia del Madrid -y del Barça -)

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La quinta Copa de Europa del Real Madrid (la obra maestra del Madrid de Di Stéfano)

Y el Madrid lo ha vuelto a hacer (como el Bernabéu consiguió albergar una final de la Copa Libertadores)

De la final de las botellas al caso Guruceta (catalanismo, españolismo, botellas, almohadillas y malos arbitrajes en la España de los 60 – en dos artículos -)

La mandíbula alargada de Robert Prosinecki (el fracaso del hombre que iba a devolver la grandeza al Madrid en la década de los 90)

Cuando Jopie conoció a Gento (como un ídolo y un alumno que acabaría superándolo se conocieron en una final de la Copa de Europa)

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El miedo escénico (90 minuti en el Bernabéu son molto longos)

Como el caballo de Atila. Así se puede resumir la historia del Real Madrid de Di Stéfano. La historia del Madrid de las cinco Copas de Europa. Aquel huracán blanco arrasó a sus rivales. Sí, hubo eliminatorias igualadas contra el Rapid Viena o el Manchester United y hasta un partido de desempate frente al Atlético de Madrid, pero la sensación de superioridad era manifiesta. Es cierto que en tanto en la primera como en la quinta hubo de remontar goles iniciales del Stade de Reims y del Eintracht respectivamente, empero, salvo en la final de 1957 frente al AC Milan (3-2 en la prórroga), no existió nunca la sensación de que el Real Madrid podía ser batido.

Fueron los años en los que se formó la leyenda del Real Madrid. Una leyenda creada por dos hombres a cada cual con más carácter y más autoridad; Santiago Bernabéu y Alfredo di Stéfano. El primero había sido jugador, entrenador y secretario técnico del Real Madrid cuando el club merengue no podría ni concebir lo que es en la actualidad. Fue Bernabéu el que firmó a Samitier del FC Barcelona (una suerte de Luis Figo) y a Ricardo Zamora, una de las estrellas más rutilantes del mundo en tiempos pretéritos. Tras el fin de la Guerra Civil se empeñó en construir un estadio descomunal en el extrarradio madrileño para la modesta masa social que entonces tenía el conjunto blanco. Mas pronto que tarde ese estadio se bautizará como Santiago Bernabéu y pronto el Real Madrid se convertirá en el club más legendario de Europa.

Alfredo di Stéfano aterrizó en España en 1953. Por entonces el Real Madrid sumaba dos ligas en dos décadas. Con ‘La Saeta Rubia’ sumó ocho en un decenio amen de las cinco primeras Copas de Europa. Es ahí cuando nace el mito del Madrid. Ganar, ganar y volver a ganar, como bien explicó Luis Aragonés, un símbolo, pero un símbolo de la otra parte de Madrid. Ganar por encima de todo, pero siempre con señorío. ¿Y qué es el señorío? El señorío es actuar como Di Stéfano. Correr, encimar, protestar, defender y gritar durante 90 minutos. Ser igual de genio como de perro en el campo. Ser igual de admirado que odiado, pero, al finalizar el encuentro, ni regocijarse por la victoria ni mostrar rencor por la derrota.

Esas han sido las líneas maestras del Real Madrid desde entonces y con ellas se ha hecho grande y respetado hasta la saciedad. Pero la historia del Madrid no ha sido siempre una historia de éxito. Fueron 32 años sin ganar la Copa de Europa. Si el Madrid no llega a sumar la séptima un 20 de mayo de 1998 es probable que no fuese elegido por la FIFA como el mejor club del siglo XX. No hacía mucho que el Spartak de Moscú (1-3) o el desconocido Odense (0-2) habían eliminado al Madrid de Europa en el Bernabéu.

El caso es que hubo un tiempo en el que el Madrid acumulaba fracaso en Europa año tras año. Eso incluye también mancillar el sagrado coliseo de la Avenida de la Castellana. Desde que en 1962 el Real Madrid perdió por primera vez un partido en casa en Copa de Europa (fue ante la Juventus por 0-1) han sido muchos más. Y no hay que retrotraerse demasiado en el tiempo para ver actuaciones desconcertantes y humillantes. Ni siquiera hay que rememorar la década ominosa (2003-2013) en la que el Real Madrid caía una vez y otra vez en octavos de final. En los gloriosos años recientes el Madrid ha perdido en casa ante el Spartak Moscú (0-3), el AFC Ajax (1-4), y esta misma temporada ante el todopoderosísimo Sheriff Tiraspol (1-2).

Así pues, ni el Santiago Bernabéu es intocable ni su leyenda está ligada al Real Madrid victorioso de Alfredo Di Stéfano.

¿De dónde viene entonces la leyenda del Santiago Bernabéu?

Nostalgia Futbolera ® on Twitter: "Estadio Santiago Bernabéu, Real Madrid.  Entre 1970-diciembre 1972. https://t.co/9rrrGkoT1M" / Twitter
Santiago Bernabéu. Año 1970.

En esa longa noite de pedra que vivió el Real Madrid durante más de tres décadas hubo momentos mejores y peores. A los blancos les tocó de cuando en cuando abandonar su tan querida Copa de Europa y arrastrarse por la segunda competición continental, la por entonces Copa de la UEFA. A decir verdad, la UEFA no tendría el prestigio ni la pomposidad de la Copa de Europa, pero su nivel era ciertamente superior. Si a la ‘Champions’ iban solo los campeones ligueros a la UEFA iban el segundo, tercero y cuarto de las ligas más potentes del continente.

Durante dos campañas consecutivas (84/85 y 85/86) el Real Madrid logró alzarse con la Copa de la UEFA. Hoy son dos títulos arrinconados en la sala de trofeos de la Castellana. Por entonces fueron un balón de oxígeno para un club que había perdido el respeto de Europa.

Fue entonces cuando se creó el mito de la indestructibilidad del viejo Chamartín. Cualquier derrota fuera de casa era levantada en el Bernabéu por un pandemónium inexplicable a través de unos futbolistas que, además de manosear con belleza a la pelota, corrían, encimaban, protestaban, defendían y gritaban en comunión con un estadio y con el apoyo y el patrocinio de una camiseta y un escudo predestinado.  

Todo empezó con el RSC Anderlecht. Atlético de Madrid, Real Betis, Real Valladolid y Real Madrid. Esos eran los cuatro participantes españoles en la Copa de la UEFA 1984/85. A dieciseisavos de final solo llegaron los merengues. Su rival era el conjunto belga, que contaba con Morten Olsen, Scifo o Vercauteren en sus filas. En ida ganaron con claridad (3-0) y parecía imposible que remontaran. El público acudió escéptico al campo, pero en quince minutos ya iban dos goles y al descanso el Madrid ganaba por 4-0 (Valdano (2), Sanchís y Butragueño). Por entonces el Bernabéu ya era una olla a presión y luego sería un festival cuando el Buitre anote otros dos tantos en la segunda parte para un choque que acabó 6-1.

El nombre de Butragueño había sido coreado por vez primera en el Bernabéu en la eliminatoria anterior. El HNK Rijeka, hoy croata entonces yugoslavo, había vencido por 3-1 en la ida. En la vuelta el marcador al descanso era 0-0. Fue entonces cuando entró al campo Butragueño, por entonces un meritorio suplente de Santillana y Valdano. El madrileño fue el revulsivo para la remontada (3-0), empequeñecida por la que semanas después se perpetró ante el Anderlecht.

‘Revista de Occidente’ es la publicación de divulgación cultural más antigua editada en España. Fundada por Ortega y Gasset, en 2023 cumplirá un siglo de vida, tan solo apagada en las primeras décadas del Franquismo. Es ‘Revista de Occidente’ lugar de filósofos, ensayistas y eruditos, y fue un punto de encuentro político durante la Transición. Bajo ese paraguas académico llegará a escribir un artículo Jorge Valdano. Además de fenomenal delantero (gol incluido en la final de un Mundial), Valdano era, y es, un filósofo del balón. Tras colgar las botas, ha escrito varios libros y ha sido galardonado por sus artículos y su trabajo periodístico. Así entonces, que un futbolista de 31 años escribiese un artículo en ‘Revista de Occidente’ titulado ‘Miedo escénico’ era una rareza en el mundo del fútbol, pero que se torna en corriente conociendo al personaje.

Valdano cogió prestado el término ‘miedo escénico’ acuñado por el escritor colombiano García Márquez en un artículo escrito años atrás hablando sobre los diferentes miedos del ser humano. Márquez consideraba el escénico (hablar en público, relacionarse con los demás, encajar) como el mayor de los miedos. Para Valdano, lo que el Anderlecht había padecido en el Bernabéu era miedo escénico, y lo describía de la siguiente manera: «Cada miércoles europeo, un carnaval a destiempo, ruidoso y orgullosamente disfrazado de blanco, nos espera en nuestro feudo con una confianza casi irresponsable en nuestras posibilidades. Resultados escandalosamente desfavorables fueron superados frente a gloriosos representantes gracias a actuaciones poco menos que milagrosas, pero que son enteramente explicables apelando a elementos que van más allá de lo estrictamente futbolístico. Las razones técnicas, tácticas e incluso físicas que dan a un equipo su fisonomía, que hacen su estilo, responden, en primer lugar, a las peculiaridades de cada jugador y, en segundo término, a las pretensiones del entrenador (…) Pero un equipo es, sobre todo, un estado de ánimo, y el Real Madrid ha sabido cuajar un carácter tan peculiar y cimentado que ha terminado por convertirse marca registrada que el público exige, obligando al jugador, y que se va perpetuando en el tiempo. Así pues, aun entendiendo que los grandes equipos se hacen a partir de grandes jugadores, hay aspectos puramente emocionales de importancia trascendental en el desarrollo de un encuentro futbolístico. Sabemos que el escudo del Real Madrid no tiene el poder de las hadas para hacer ganar sin esfuerzo, capacidad y organización (…) Sacrificio, orden y un. equipo en tecnicolor son atributos indiscutibles de un grupo preparado para las grandes exigencias, que valora y utiliza la confianza de 90.000 entusiasmados deseos que, al mismo tiempo, cuelgan en cada jugador adversario una mochila cargada de inseguridad, timidez y miedo”.

Plano Deportivo Jorge Valdano, elegido para el Salón de la Fama del Futbol
El poeta del balón

El artículo fue acogido con entusiasmo en los mentideros del fútbol. Se había creado el sustrato que iba a sostener como parte del Madrid la magia del Bernabéu y el espíritu de las remontadas. Aún habría algo más. En cuartos el rival era el Tottenham. Aquí la ida tocó en casa. 1-0. Para la vuelta se esperaba una derrota. Se acusaba al Madrid de blandito. Contaba con veteranos como Camacho, Santillana o Stielike, pero también como imberbes como Sanchís o el citado Butragueño. El Tottenham salió a muerte en White Hart Lane. Al descanso el resultado era 0-0, pero era cuestión de tiempo que llegase el gol inglés. No fue así. En el intermedio Amancio, entonces técnico madridista, no dijo nada. Únicamente se bajó los pantalones y enseñó a sus jugadores las cicatrices y marcas de guerra de sus gloriosos años como futbolista.

Nadie se achantó. El Madrid aguantó el 0-0 y se clasificó para semifinales. Eso también es la grandeza del Madrid.

En semis tocaba el Inter. Los italianos eran muy favoritos. En la ida jugada en Italia hay un 2-0 en un horripilante partido madridista. Pero lo peor no fue la derrota. Butragueño acabó tocado y Amancio se acercó a la habitación del Buitre para ver cómo estaba. No había nadie. Pero escuchó jaleo en otra habitación. La sorpresa del técnico coruñés fue mayúscula al ver a Butragueño leyendo un libro mientras Juanito y Lozano intimaban con dos italianas. Habría sanción económica a los dos conquistadores por el escándalo y la injusta destitución de Amancio como técnico merengue. La realidad es que el equipo marchaba mal en la Liga y el núcleo duro (Salguero, Miguel Ángel, Juanito, Stielike, Camacho) lo culpaba de favorecer a los jóvenes.

Se le da las riendas a Luis Molowny, habitual apagafuegos. Toca otra machada. A diferencia del día del RSC Anderlecht ahora el Bernabéu si cree en la remontada. Hay pancartas que hablan del miedo escénico. Era un Bernabéu distinto al actual. Ya tenía la marquesina cubierta instalada un par de años antes con motivo del Mundial de 1982 y había reducido su aforo de los 120.000 espectadores originales a 90.000 para dotar de asientos al estadio. Pero era un Bernabéu donde las calvas eran habituales. Muchas familias se habían alejado del campo por culpa de la televisión (en color -un bombazo-) y por la creciente presencia de ultras detrás de la portería. Además, la instalación de vallas preventivas creaba una barrera de separación entre jugadores y aficionados que no favorecía la comunión del estadio.

Ese día no. Chamartín estaba a rebosar. El Bernabéu amedrentó a los italianos. Santillana en el 12 tras un rechace y luego antes del descanso con otro de sus cabezazos eternos igualaba la eliminatoria. El éxtasis llego al poco de iniciarse la segunda parte cuando un tiro cruzado de Michel bata a Walter Zenga. El público, en pie, gritaba ¡Así, así, así gana el Madrid! Al acabar el choque Collovati atiende a los medios y dice comprender como al Anderlecht le pudieron caer seis.

La final a ida y vuelta fue un paseo ante el Videoton húngaro que sorpresivamente había derrotado en los penaltis al Manchester United. Carlos Santillana ejercía como capitán y levantaba un trofeo tras años de sin sabores en Europa.

1984/85: Madrid awake from European slumber | UEFA Europa League | UEFA.com
UEFA 84/85

A decir verdad, la primera hazaña del Real Madrid en Europa se había producido años atrás. Aun no estaban ni Valdano ni Juanito, pero si Camacho o Santillana. Eran los octavos de final de la Copa de Europa de 1976. El rival el Derby County. Por entonces el favoritismo no era lo abrumador que sería en la actualidad. Al contrario. El Derby County había vencido en la ida por 4-1 con una autoridad aplastante. Jamás el Madrid había remontado hasta entonces una diferencia de tres goles en Europa. Roberto Martínez anotó al poco de empezar a pase de Santillana, pero hubo que esperar a la segunda parte ver un 3-0. El Derby anotó un gol más y en un arreón final Pirri marcó el 4-1 de penalti llevando el partido a la prórroga, donde Santillana hizo el 5-1 que clasificaba al Madrid. Fue el éxtasis, pero fue efímero. El FC Bayern pasó por encima del Madrid en el que fue el último partido europeo de Amancio.

Para la temporada 1985/86 el Real Madrid repetía participación en la UEFA. El Barça había ganado la Liga y jugaría la Copa de Europa. Es un Madrid más fuerte. Ramón Mendoza es el nuevo presidente y firma a Maceda, Gordillo y Hugo Sánchez. Santillana y Juanito pasan a ser suplentes habituales y la ‘Quinta del Buitre’ da el paso definitivo hacia el estrellato. Esa será la primera de las cinco ligas consecutivas que ganará el Madrid. En la UEFA se plantará en octavos junto al Athletic Club que caerá ante el Sporting de Portugal. Al Real Madrid en octavos le toca jugar ante el Borussia Mönchengladbach. Será el primero de otro camino lleno de sobresaltos como visitante y de heroicidades como local.

Se pierde 5-1 en Alemania y el ‘miedo escénico’ debe hacer de nuevo su aparición en el Bernabéu. Un gol de Carlos Santillana en el último minuto desde el suelo y tras infinidad de rechaces, resume la fe, el corazón y los bemoles que dan cuerpo a las remontadas blancas. Antes de eso tocó arrebato y nueva clase magistral de pandemónium. Hay decenas de ataques en oleadas con Maceda ejerciendo de todocampista y con balones de área a área dejando inerte el centro del campo. En el minuto 19 Valdano ya había colocado el 2-0, pero no sería hasta los diez minutos finales cuando Santillana apelase a la épica para firmar el 4-0 definitivo.

Por entonces el ‘miedo escénico’ había calado en el madridismo, pero falta un aquel que llegara al corazón de los madridistas. Era una suerte de evangelio basado en las entrañas de la religión, pero su redacción había estado a cargo de un erudito. No solo Valdano tenía de todo menos pinta de futbolista. Había muchos chicos buenos y hasta a unos cuantos de ellos les dio por sacarse una carrera. Pero en el vestuario también los había de pelo en pecho, de esos que hablaban tanto con el estómago como con la lengua. Estaban Camacho, Maceda o Hugo Sánchez. Y para que el ‘miedo escénico’ llegase a las masas y se quedara en el acervo colectivo del madridismo hacía falta algo más.

Hacía falta que hablara Juanito.

Como Raúl, Juanito pasó por la cantera del Atlético de Madrid antes de convertirse en ‘pope’ blanco. Juan Gómez era un talentoso mediapunta de fuertísimo carácter y profundamente temperamental. Alguien dejó escrito que tenía el demonio de los extremos y, siendo diestro, la sensibilidad de un zurdo. Era un buen futbolista, pero palidecería en el vestuario del Real Madrid actual. Sin embargo, pocos podrán superar a Juanito en amor y lealtad merengue. Nadie representa como él a aquellos que ven en la camiseta del Real Madrid una segunda piel.

Juan Gómez González "Juanito". - Mundo Real Madrid
El ‘7’ maravilla

En semifinales vuelve a tocar el Inter. En San Siro ganan los italianos por 3-1. Al acabar el choque Juanito se retira con una sonrisa camino de los vestuarios y lanza una boutade para que sea escuchada al mismo tiempo por sus rivales y por la prensa, para que los plumillas se encarguen de difundirla a los cuatro vientos: “90 minuti en el Bernabéu son molto longo”.

Juanito sabía de italiano tanto como yo de arameo. Nada. Cero. Pero la frase resonó como un trueno durante la semana siguiente. Si Valdano había sido el erudito, Juanito había traducido su relato para que fuese entendido por la masa. El ‘miedo escénico’ pasó a ser ‘el espíritu de las remontadas’. Y cuando años más tarde un coche se lleve por delante al genio de Fuengirola, ‘el espíritu de las remontadas’ pasará a ser ‘el espíritu de Juanito’.

El partido fue de escándalo. Al descanso se llegó con 1-0 con gol de Hugo. Luego anotó Gordillo y recortó Brady, hasta que Hugo de penalti puso el 3-1. En la prórroga fue Santillana, suplente casi todo el año, el que anotó dos cabezazos poniendo el 5-1 definitivo y recordando porque años atrás era el mejor rematador de cabeza del mundo.

90 minutos en el Bernabéu habían sido ‘molto longos’, pero en la final la ida tocaba en casa. Fue un vendaval de juego. Una completa exhibición, quizás el mejor encuentro en dos años. Aquí no hubo testosterona, sino clase y calidad. Y hasta hubo remontada porque el FC Colonia se adelantó por medio de Klaus Allofs. Acabaría ganando el Madrid por 5-1 haciendo bueno el 2-0 de la vuelta donde Schumacher, Littbarski y compañía apretaron, pero un par de paradas formidables de Agustín cerraron el partido dándole al Real Madrid su segunda Copa de la UEFA consecutiva.

Madrid-Inter, un duelo 'vintage' - AS.com
Siempre gol de Santillana

La temporada siguiente el Real Madrid volvía a la Copa de Europa. Se remontó al Young Boys en dieciseisavos (1-0 en Suiza y 5-0 en España) y al Estrella Roja en cuartos (4-2 en Belgrado y 2-0 en Madrid) pero en semifinales el FC Bayern ejerció de bestia negra y humilló al Madrid con el famoso pisotón de Juanito a Matthäus incluido.

Sería el último choque de Juanito en Europa y sería también el fin de la mística. Habría alguna que otra remontada, especialmente golosa una ante el FC Bayern en tiempos de Raúl, pero ni rastro de la magia del Bernabéu salvó a cuentagotas. No sería hasta esta temporada cuando las animaladas perpetradas por Benzema y compañía ante PSG, Chelsea y Manchester City hagan retraernos a los tiempos del ‘miedo escénico’ y a los del ’90 minuti en el Bernabéu son molto longos’.

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El último partido de la República

Camiseta roja, pantalón azul oscuro y medias sombrías. Con esa indumentaria dijo adiós España al Mundial de Italia 1934 tras caer en un partido de desempate ante los anfitriones y posteriores campeones. Aquel fue uno de los dieciséis partidos que la selección española de fútbol jugó durante la II República. No era más que el sujeto político de la nación que esos futbolistas representaban. Pero España es la España republicana. También en términos futbolísticos.

Del morado en aquella España solo se le conocen los ribetes de las medias. Por lo demás el rojo era el color nacional. El escudo republicano elimina la flor de lis borbónica y la corona real con crucifijo por una muralla almenada que simboliza el poder civil. España nunca jugó de morado. Por si alguien lo pensaba. Si lo hizo en un par de partidos de blanco y en otros de azul celeste, color que se recuperó efímeramente como segunda equipación para le Eurocopa de 2012.

Y fue de azul celeste y pantalón negro como España se enfrentó a Suiza en el estadio Neufeld de Berna el 3 de mayo de 1936. Coqueto estadio de coquetos bancos de madera y que aún hoy mantiene una preciosa pista de atletismo.

Aquel sería el último partido de la selección española de fútbol en época republicana. Habrían de pasar cinco largos años hasta que España vuelva a jugar un partido de fútbol internacional. De los presentes aquella tarde en tierras helvéticas tan sólo Guillermo Gorostiza volverá a enfundarse ’La Roja’.

Aquella mañana, flanqueando las ocho calles de ceniza para atletas y rodeado de vallas publicitarias que hacían de los relojes el producto nacional suizo, la selección española de fútbol formó con Blasco; Zabalo, Aedo, Zubieta; Muguerza, Roberto Arruti; Vantolrá, Luis Regueiro, Lángara, Lecue y Gorostiza. En la segunda parte entraría Vega en lugar de Muguerza por lesión de este último. Quien no disputaría el encuentro sería Guillermo Eizaguirre, guardameta suplente. España se llevaría la victoria por 0-2, tantos anotados en la segunda parte por el fantástico Isidro Lángara y por Simón Lecue con apenas un par de minutos de diferencia.

SELECCIÓN DE ESPAÑA contra Suiza 13/05/1936
El último partido de la República

En aquel equipo no estaba Gaspar Rubio, el delantero que firmó la primera derrota inglesa fuera de las Islas allá por 1929. Tampoco formaban parte del once Jacinto Quincoces y Ciriaco Errasti, la fabulosa pareja de defensores que había deslumbrado en el Mundial de Italia pero que, ya veteranos, no habían sido convocados para este amistoso. Quincoces había formado parte del once ideal de aquel Mundial en el que también brilló Ricardo Zamora, el mejor portero de su tiempo y que apenas unas semanas más tarde iba a jugar su último partido como profesional defendiendo la portería del Real Madrid ante el FC Barcelona. Disputada en Valencia será la última Copa del Presidente de la República, para ser luego del Generalísimo y ahora de Su Majestad El Rey.

En Berna tampoco estuvieron José Samitier, el hombre que había hecho grande al Barça, o el deportivista Chacho, el único futbolista capaz de meter seis goles en un partido con la camiseta nacional. Tampoco Campanal, máximo goleador de la historia del Sevilla FC y artífice de la única Liga que posee el club andaluz. Sirva estos apuntes para calibrar la enjundia futbolística de España, que era una de las candidatas a ganar el siguiente Mundial. Junto a Italia, Austria, y a la espera de saber si los uruguayos cruzarían el Atlántico, muchos apostaban por una victoria hispana en Francia 38.

El caso es que aquel 3 de mayo de 1936 la selección de fútbol jugaría su último partido bajo el escudo republicano. Apenas dos meses más tarde amplia parte del ejército se sublevaría y daría paso a una cruenta guerra que no finalizaría hasta cerca de tres años más tarde con la victoria del autoproclamado bando nacional.

Antes, en 1937, cuando el resultado de la guerra aún era incierto, José Antonio Aguirre organizó una selección para recaudar fondos para la contienda y de paso dar a conocer la situación política de Euskadi en el resto del mundo. Aguirre era entonces Lehendakari y en su juventud había sido jugador del Athletic Club de Bilbao. Aquel equipo se estrenó en Paris y viajó por buena parte de Europa hasta integrarse en la liga mexicana en la temporada 1938-39 bajo el nombre Club Deportivo Euskadi, para luego disolverse con el fin de la Guerra Civil.

La estrella de aquel equipo era Isidro Lángara, un fastuoso goleador del que ya hablamos en artículos anteriores. Lángara es el único delantero que ha conseguido encadenar tres ‘hat-tricks’ consecutivos en la Liga y fue pichichi tanto en España como en México y en Argentina. En América se labró una fama de leyenda y es recordado con devoción. Volvió a España en su vejez, olvidado y exiliado del recuerdo ante la falta de grabaciones que atestigüen su grandeza.

Junto a Lángara otros seis jugadores de Berna formaron parte de la selección de Euskadi. Gregorio Blasco, Serafín Aedo, Ángel Zubieta, Roberto Arruti, José Muguerza y Luis Regueiro. Todos lo hicieron por supervivencia más que por compromiso político. Serafín Aedo era un aldeano que abandonó por vez primera Barakaldo para enrolarse en el Betis al que lideró desde el centro de la defensa a su único título de Liga en 1935. Había firmado una millonada con el Barça para el verano de 1936, pero su ropa y sus enseres quedaron para siempre en una pensión sevillana. Aedo echó raíces en México donde falleció a los 80 años.

Idéntico viaje hizo Gregorio Blasco, tres veces portero menos goleado de la Liga con el Athletic. Como Lángara o Aedo, Blasco triunfó en el Real Club España mexicano donde fallecería también a una larga edad. Casi calcadas se podrían considerar las biografías de José Muguerza (Athletic) o Luis Regueiro (Real Unión de Irún y Real Madrid). Todos fallecerían en la capital federal mexicana en el marco temporal de una década.

No fue esta una decisión política. Fue una decisión deportiva que tuvo consecuencias políticas. O si se prefiere fue simple y pura supervivencia. Aquellos chicos llevaban ocho meses sin jugar al fútbol y el gobierno vasco les daba la posibilidad de escapar del horror de la guerra. Cuando la guerra avance y la victoria franquista sea más que evidente, bien fuese por miedo, por honor o por convicción, la posibilidad de regresar a España se había evaporado. Todos dejaron atrás a alguien. Padres, novias, hermanos. Y todos sabiendo que no era un hasta luego, sino un irremediable adiós.

De aquellos que integraron la selección vasca tan solo Roberto Arruti decidió volver. Una vez las tropas franquistas ocupen el País Vasco se expondrá una oferta de amnistía para que todos aquellos exiliados sin delitos de sangre vuelvan a través de Irún a territorio español. Solo Arruti y Gorostiza (del que hablaremos después) decidirán regresar a España. Arruti pasará a usar entonces su otro apellido, dejará el fútbol y vivirá una vida tranquila y anónima siendo conocido como Roberto Echevarría.

Pero volvamos a México. También allí echará raíces Martín Ventolrá, un fabuloso extremo catalán de fuertes convicciones nacionalistas e izquierdistas. Ventolrá también formó parte de una gira futbolística con fines recaudatorios y propagandísticos, en este caso la que el FC Barcelona hizo por América en 1937. Decidió quedarse en México donde, aparte de hartarse a marcar goles, hizo campaña a favor de la República, a lo que ayudó su matrimonio con una sobrina del presidente mexicano Lázaro Cárdenas. Uno de los hijos de Ventolrá jugará el Mundial de 1970 defendiendo los colores mexicanos. José Ventolrá fue 30 veces internacional azteca.

En aquella última selección de España en tiempos de la II República había también un andaluz y un gallego. Guillermo Eizaguirre era un portero sevillano que llegó a ser seleccionador español en el histórico cuarto puesto del Mundial de Brasil de 1950. Para Eizaguirre el fútbol se acabó al estallar la guerra al igual que para el gallego José Vega (Real Club Celta) que también decidió colgar las botas tras los primeros tiros. También se retiró Ramón Zabalo (nacido en Inglaterra, pero catalán de adopción) aunque este primero escapó a Francia para luego aprovechar la amnistía e instalarse en Viladecans.

Otro que volvió es Ángel Zubieta, pero en el caso de este descomunal centrocampista lo hizo para luego volver a marchar. Su historia es similar a la de Lángara, extranjero en España y español en el extranjero.

Con 17 años Zubieta era el más joven de aquella selección. De hecho, solo fue dos veces internacional con España, aquel día en Suiza y apenas dos meses antes en otro amistoso contra Checoslovaquia. Su récord de precocidad se mantuvo inalterable hasta que el barcelonista Gavi lo batió en 2021. Apenas 21 partidos había jugado Zubieta con el Athletic hasta el estallido de la guerra. Acabó en Argentina y será leyenda de San Lorenzo de Almagro, donde aún hoy es el tercer jugador con más partidos disputados. Celebérrima fue se gira con ‘el ciclón’ por España en 1946 aprovechando los fastos entre Perón y Franco. La gente redescubrió a aquel chaval que era la batuta de un equipo legendario. Zubieta regresó a España con 34 años para jugar cuatro temporadas en el RC Deportivo y luego entrenar a varios equipos con escaso éxito, hasta que decidió volver a Argentina donde falleció en 1985 como icono del balón.

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Ángel Zubieta (izq)

El otro prodigio de aquella selección que contaba entre las favoritas para el Mundial 1938 era Simón Lecue, el autor del último gol en tiempos republicanos. ‘El niño de oro’ era el Iniesta de la década de los 30. Estaba llamado a liderar a la selección en el Mundial. Tras ganar la Liga con el Betis firmó por el Real Madrid donde se esperaba que llevase a los blancos a la gloria. Cuando estalla la guerra Lecue pasaba el verano en su Arrigorriaga natal. Un directivo del Madrid lo trasladó en coche a la capital tras un rocambolesco viaje vía Barcelona, donde se le ocultó como buenamente se pudo. Allí jugó varios partidos benéficos y al acabar la guerra fue sancionado por seis años por “jugar donde no debía”. La pena pronto se rebajó a seis meses y Lecue recuperó su estatus de estrella futbolística en la depauperada España de los 40 tanto en el Real Madrid como en el Valencia CF. Falleció en Madrid en 1984 con tres ligas y una copa en su palmarés.

El único de estos 13 futbolistas que se mostró abiertamente franquista fue Guillermo Gorostiza. Irónicamente apodado ‘Bala Roja’, Gorostiza fue un extremo izquierdo profundo y goleador que formó parte de una delantera histórica del Athletic que lograría ganar tres de los primeros torneos ligueros que se disputaron. Gorostiza se unirá a la selección de Euskadi en 1937 pero, al poco tiempo y sin decirle nada a sus compañeros, resuelve abandonarlos y regresar a España. Es recibido por loor de multitudes por los gerifaltes del bando franquista y Gorostiza pronto se alistará en el requeté carlista. El que había sido dos veces Pichichi de la Liga poco hará más que posar con el fusil con fines propagandísticos, pero su compromiso con el llamado bando nacional era claro.

Al acabar la Guerra Civil volvió al Athletic, pero en la temporada 1940/41 fue traspasado al Valencia CF. Formó la llamada delantera eléctrica junto a Mundo o Epi, y con el apoyo del mencionado Lecue en el centro del campo, aquel conjunto che logró dos ligas y un título copero. Se marchó de Valencia con 37 años, pero estiró su carrera hasta pasados los 40. Acostumbraba a desaparecer durante días y regresaba borracho a los entrenamientos. No supo gestionar su fama y su dinero y acabaría sus días con graves problemas de alcohol. Murió antes de los 60, solo, en una clínica bilbaína, sin el apoyo y el agradecimiento de aquellos que en 1937 lo recibieron con el brazo en alto.

Gorostiza fue el único superviviente futbolístico de aquella tarde primaveral de 1936. Cuando el 12 de enero de 1941 España juegue un amistoso en Portugal (el único país con el que era viable jugar en medio de la II Guerra Mundial) Gorostiza formará en el ala izquierda del ataque español. Lo hizo con el Águila de San Juan en el pecho, incorporada al escudo por los Reyes Católicos y recuperada por el Generalísimo Franco. Lo hizo también sustituyendo los ribetes republicanos de las medias por las rojigualdas y lo hizo con una camiseta azul oscura sobre el torso. Porque al igual que Gorostiza dejo de ser una bala roja tras la Guerra Civil, España pasaría a vestir de azul falangista hasta 1947.

Guillermo Gorostiza of Athletic de Bilbao in 1935. | Athletic, Athletic  club de bilbao, Fútbol
Gorostiza: ‘Bala roja’

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Nueve años, nueves meses y nueve días

Edwin era un portento deportivo de tal magnitud que no era de extrañar que le ofrecieran una beca deportiva para cursar sus estudios universitarios. Más raro fue su elección. Edwin decidió hacer un doble grado en física e ingeniería en la Universidad de Atlanta. Que un chico que aspira a ser atleta profesional decida cursar dos carreras al mismo tiempo era y es inaudito. Pero Edwin lo hará. Y lo hará con éxito.

Y es que la vida de Edwin Moses es física e ingeniería. Elasticidad + vallas. Su fórmula del éxito.

Edwin Moses había destacado desde pequeño en las pruebas cortas de velocidad, pero a los 20 años decidió cambiar de distancia y apostar por los 400 metros vallas. Pocos contaban con que lograra clasificarse para la citada distancia en los trials estadounidenses de 1976, pero lo consiguió logrando el mejor registro. Mayor fue la sorpresa cuando obtenga la medalla de oro ese verano en los Juegos Olímpicos de Montreal logrando una marca de 47’’64 que significaba un nuevo récord del mundo.

Era el verano de 1976. Edwin Moses había vapuleado a sus rivales. Su compatriota Mike Shine entró más de un segundo después para lograr la medalla de plata. A más de dos segundos logró el bronce el soviético Gavrilenko. Eran diferencias descomunales para tan transitoria distancia.

Aquella victoria convirtió a Moses en una estrella mundial. Fue la única medalla de oro que logró el atletismo estadounidense en dichos Juegos Olímpicos. Moses fue la luz en la época más oscura de la historia yanki. Los 70 son la década del desastre en Vietnam y del principio del fin del ideal de perfección del ‘American way of life’. Necesitado de héroes, Moses es uno radiante. Es joven, negro, estudiado y educado. La perfección hecha carne.

Empezó entonces una de las tiranías más longevas que ha parido el deporte. Pronto Moses batirá su propio récord del mundo haciéndolo en hasta cuatro veces para dejar el registro definitorio en 47’’02. Sería en 1983 y, aún hoy, cerca de cuarenta años más tarde, sigue siendo la sexta mejor marca de todos los tiempos.

Por el camino logró 122 victorias consecutivas en los 400 metros vallas, incluida lo lograda en el primer Mundial de atletismo de la historia celebrado en 1983. Desde que el 26 de agosto de 1977 perdió en Berlín ante el alemán Harald Schimdt ganó todo lo que se puede ganar salvo la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1980, donde no pudo participar debido al boicot estadounidense a Moscú con motivo de la invasión soviética de Afganistán.

Como acabo de comentar, por entonces no existía ni el Mundial de atletismo ni la Golden League y los atletas hacían carrera y dinero compitiendo en mítines. Uno de los más respetados de Europa era el que se celebraba en Madrid, concretamente en las instalaciones deportivas del barrio de Vallehermoso, limítrofe con el grueso de las facultades de la Universidad Complutense de Madrid.

La primera reunión atlética de Vallehermoso tuvo lugar en 1961, pero habría que esperar ocho años más para contar con presencia internacional al instalar la primera pista de material sintético (tartán) de España. Durante las décadas de 1970 y 1980 Vallehermoso se llenaba ‘sine die’ para ver a las estrellas nacionales e internacionales del momento. Celebres fueron los duelos en 1.500 entre José Luis González y José Manuel Abascal, las visitas de Linford Christie, Said Aouita, Sebastian Coe o Javier Sotomayor o los récords mundiales de Carl Lewis o Yelena Isinbayeva.

Pero si hay una carrera que está a conciencia en la memoria de Vallehermoso es la acontecida el 4 de junio de 1987. Aquella tarde a Carl Lewis se le había ocurrido correr los 200 metros en 19’’92, por entonces la mejor marca mundial conseguida en tierras europeas. Pocos pensaban que tan soberbio acontecimiento iba a quedar en el olvido por lo ocurrido en los 400 metros vallas.

Edwin Moses había aterrizado en Barajas apenas 48 horas antes del evento. Faltaban únicamente dos meses para el Mundial que tendría lugar en Roma. Concedió varias entrevistas a los medios, tanto de información general como a los deportivos, avidos de noticias ante la ausencia veraniega del fútbol. De entre los muchos titulares destacó uno perpetrado por ‘El País’ que rezaba un categórico “jamás me he planteado la posibilidad de que nadie me gane” en boca de Moses.

El outsider era Danny Harris. Estadounidense también, pero diez años más joven que Moses, había acabado detrás de él en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, posición que repetía si se encontraban en los mítines. Solía pedir más dinero si sabía que al evento acudiría Moses, asegurando que iba a vencerlo. Lo cierto es que era un interesante doble juego. Por un lado, si Harris no acudía al mitin de turno no habría posibilidad alguna de que Moses cayese derrotado. Por otro Harris sabía que iba a perder, así que se salvaguardaba de la enésima humillación incrementando sus ganancias.

La realidad es que Harris, ofendido, pocas veces aceptaba acudir. En Madrid iba a percibir 250.000 pesetas (1.500 euros) por los algo más de dos millones (12.000 euros) que percibiría Moses. Pero lo cierto es que, si bien Moses era el rey Sol, llevaba tres años sin mejorar su marca, mientras que el aspirante iba año a año limando las distancias.

Moses salió dos calles por delante de Harris. Al partir desde el anillo exterior no podía ver la progresión de su rival, por lo que en la teoría salía con desventaja. Las 12.000 almas que llenaban Vallehermoso comenzaron a palidecer cuando a mitad de carrera, en torno a la segunda curra, Harris había ganado la compensación al rey Sol. Moses tiró de arrestos para volver a recuperar la cabeza en la siguiente curva, por lo que a la falta de la recta final había un empate virtual entre los dos contendientes. Sería en la última valla cuando Moses, tantas veces un prodigio de la técnica, perdió unas centésimas al tropezar con el último obstáculo. Harris vio el cielo abierto y estableció su marca personal (47’’56) obteniendo la victoria con trece centésimas de ventaja sobre Moses.

Exultante, Harris declaraba a la televisión que era el día más feliz de su vida. Mas nadie le hacía caso. Con el rostro desencajado y los ojos luchando por no escupir lágrimas, Moses daba una vuelta de honor a la pista de Vallehermoso mientras el público coreaba su nombre.

Madrid lloraba por una derrota. Era el 4 de junio de 1987. Hacía nueve años, nueve meses y nueve días que Edwin Moses no perdía una carrera. 122 veces consecutivas que firmaban su fin.

Edwin Moses pierde 9 años después - MARCA.com
No había fútbol

Al final a Harris le pagaron el doble de lo acordado por haber logrado la victoria. Semanas más tarde lograría derrotar de nuevo a Moses en Paris, donde la lluvia que horas antes había caído en el tartán hace que Edwin tropiece con una valla y se vaya al suelo. Todo hace indicar que en el Mundial de Roma se oficiará el entierro de Moses, pero éste sacará el genio que lleva dentro y vencerá agonísticamente a Harris con dos centésimas de ventaja.

A partir de ahí todo estallará por los aires. Danny Harris se lesionará y no podrá acudir a los Juegos Olímpicos de Seúl de 1988 donde era el gran favorito. Entrará en depresión y acabará siendo un adicto a la cocaína. Mientras, Edwin Moses si estará en Seúl en la búsqueda de su tercera medalla de oro. Se tendrá que conformar con un bronce e inmediatamente anunciará su retirada con 33 años de edad.

Ya licenciado, Edwin comenzó a trabajar en ‘General Dynamics’ pero no pasa mucho tiempo hasta que decide volver a dedicarse al deporte. Le da por practicar bobsleigh y en apenas un par de años su talento le otorga una medalla de bronce mundialista. Y aún hay más. En 2003, con 48 años, anuncia su vuelta a los 400 metros vallas con el objetivo de disputar los Juegos Olímpicos de Atenas. No lo logrará, pero el simple hecho de haberlo intentado pondrá en solfa al mundo del atletismo ante el temor a otra tiranía de nueve años, nueve meses y nueve días.

Qué fue de Edwin Moses? - AS USA
Edwin Moses

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Cuando Jopie conoció a Gento

“Gento era el jugador que ponía en pie al Bernabéu. Sus carreras, locas y descontroladas en un primer año en el que llegó a ser martirizado con burlas, terminaron por ser la delicia del estadio y el terror de los rivales. Di Stéfano le salvó ante Bernabéu, que al final de la primera temporada lo quería devolver al Racing de Santander (…) Fue arrollador. No era un estilista, pero su velocidad y potencia de tiro le mantuvieron por encima (…) Deja en su palmarés 23 títulos. De ellos, 12 son de Liga y 6 de Copa de Europa, récords impresionantes. Jugó el solemne partido Inglaterra-Resto del Mundo, celebración Centenario del fútbol. Dos veces mundialista. Si quieren ver una jugada que le defina, busquen en ‘google’ su carrera ante México en Chile-62; lástima que lleva el ‘9’ y no su ’11’ (…) En su tiempo fue un trueno, en el campo y fuera de él. Con razón se le apodó ‘La Galerna del Cantábrico’”. Alfredo Relaño, Diario AS.

Jopie trabajaba en una tienda de deportes. Apenas los pelos comenzaban a asomar por su cuerpo. El dinero no sobraba en casa. A papá se lo había llevado la muerte. Mamá limpiaba retretes y fregaba suelos a destajo. Jopie no era muy habitual de los libros. Aquel chaval flacucho y respondón era amigo de saltarse las clases y pasar el día en los billares o jugando con el balón.

A Jopie le aburría su trabajo. Cargar y desembalar cajas, poner etiquetas a los artículos u ordenar ropa en los estantes. Pero el dueño de la tienda era un antiguo jugador de fútbol y Jopie aprovechaba para hacerle toda clase de preguntas. Porque si algo caracterizaba a Jopie era su lengua afilada. Siempre quería hablar con gente mayor que él para aprender cosas nuevas. Nunca se cansaba de hacer preguntas. Se sabía en un estrato superior a la gente de su edad y sólo mostraba respeto por aquellos que consideraba mejores que él.

Los cuales eran la excepción.

Leo, que así se llamaba el dueño de la tienda, acudía los sábados a suministrar material nuevo a su antiguo club de fútbol. O a limpiar alguna que otra cosa. O a arreglar cualquier otra. Pronto Jopie se convertiría en el encargado de dicha tarea. Gracias a su lengua viperina, aquello rapidamente se convertiría en una oportunidad fantástica para preguntar, charlar y debatir de forma insolente con aquellos hombres hechos y derechos que se ganaban la vida pateando un balón de fútbol.

Por entonces Jopie tenía 14 años. Su talento no pasaba desapercibido y hubo de falsificar su fecha de nacimiento para ser aceptado en un equipo juvenil que sólo permitía acceso a los 16 años. Era éste un tema trascendental, porque tener ficha juvenil implicaba recibir un pequeño sueldo que, combinado con el trabajo en la tienda de deportes, le permitiría convencer a su madre de dejar de forma definitiva los estudios.

Las posibilidades de que Jopie pudiese vivir del fútbol eran ínfimas. No por su talento, descomunal para su edad, sino por las condiciones del fútbol en su país. El profesionalismo apenas había sido aprobado cinco años atrás y la selección se conformaba con ganar a Luxemburgo y buscar el milagro del empate ante los gigantes europeos. Abe Lenstra, un referente para Jopie y para todos los niños del país, tuvo que compaginar el fútbol con su trabajo como funcionario del ayuntamiento.

Pronto se vería que Jopie era diferente. Jugando con chicos que le superaban en dos años de edad apresuradamente se convirtió en el mejor jugador juvenil del momento. Una vez metió 17 goles en un partido de 40 minutos de juego. Destacaba por un regate y un cambio de ritmo nunca vistos. Con un simple giro de tobillo era capaz de parar el juego. También era veloz. Muy veloz. Al ser tan escuálido había aprendido a correr con el balón pasándoselo indistintamente de un pie a otro para evitar las patadas de los rivales.

Pero lo más sorprendente era su confianza. No paraba de gritar y ordenar a sus compañeros donde colocarse. Otras veces se acercaba a la banda para discutir la táctica a seguir con el entrenador. Era inaguantable. Deliciosamente inaguantable. Con 17 años firmará su primer contrato profesional y cambiará la vida de su equipo y del fútbol de su país para siempre.

Pero antes, apenas una semana después de que Jopie cumpliese los 15 años, un suceso iba a convencerlo definitivamente de que había nacido para jugar al fútbol.

A Jopie le encantaba acercarse a De Meer los domingos por la tarde para ver que hacían los profesionales. También acudía al Estadio Olímpico de vez en cuando para presenciar algún encuentro de la selección neerlandesa. Analizaba lo que sucedía en el campo, pero no se sentía satisfecho. De hecho, en De Meer jugaba el AFC Ajax. Ese era su equipo. El equipo de origen judío al que los sábados suministraba material y en el que los domingos se calzaba las botas para defender los intereses del juvenil. Era también el club cuyas estancias eran limpiadas y acicaladas día tras día por su abnegada madre, trabajadora del servicio de limpieza. Pero era un mal equipo. En ocasiones hasta era superado por el DWS Amsterdam, la otra escuadra de la ciudad.

Pero el caso es que el 2 de mayo de 1962 el Estadio Olímpico de Ámsterdam sería la sede de la final de la Copa de Europa que iba a enfrentar a Real Madrid y SL Benfica. Para un neerlandés era lo nunca visto. Di Stéfano contra Eusebio. El equipo de las cinco coronas frente a su heredero en el trono europeo.

Era fútbol de altísima calidad al que Jopie iba a acceder por vez primera.

Y le costó lo suyo. El Ajax jugaba en De Meer, un modesto estadio con capacidad para 19.000 espectadores, mientras que el DWS o el FC Amsterdam jugaban en el Olímpico con sus 65.000 plazas disponibles. Así que los recogepelotas de estos dos últimos equipos serían los afortunados de escoltar a las rutilantes estrellas merengues y encarnadas al círculo central. Tras dimes y diretes al Ajax le permitieron llevar a dos chavales y, uno de ellos, evidentemente, tenía que ser Jopie.

Jopie tenía claro con quien querría posar cuando sonasen los himnos. Su ídolo era el número 11 que vestía de blanco. Se trataba de un extremo zurdo de tremenda velocidad y elasticidad. Un huracán. Un vendaval. Era capaz de coger el balón en campo propio, cosérselo a la bota y pararse en seco para retornar inmediatamente la carrera. Era eso lo que más le llamaba la atención de Jopie. La parada en seco. Iba a practicarla una y otra vez hasta conseguir para el tiempo.

Para el flacucho Jopie aquel número 11 era un gigante. Y eso que Francisco Gento no era muy alto. Pero todo lo que Jopie había leído sobre Gento y todas las filmaciones que había podido ver de él lo tenían hipnotizado. Ese despliegue físico y ese ritmo endiablado lo tenían cautivado. Veía en Gento un reflejo del futbolista que quería ser él. De cómo a través de la velocidad y los desplazamientos en diagonal cara a la portería se podía sortear a rivales más grandes y fuertes.

Así que allí estaba Jopie con su sudadera de entrenamiento del AFC Ajax acompañando al legendario extremo cántabro mientras sonaban los himnos. Luego se acomodaría detrás de la portería donde se anotarían seis de los ocho goles de aquella final que el SL Benfica se llevaría por 5-3. Desde allí Jopie vio a Gento, pero también al maravilloso Puskas que anotó tres tantos, uno de ellos exquisito tras cazar un rechace, sortear a un rival y ajustar a la base del poste. Y también vio al joven Eusebio, apenas cinco años mayor que él, emerger por el ancho de la zona de ataque y soltar latigazos con su pierna derecha desde cualquier lugar del campo.

Y por supuesto vio a Alfredo Di Stefano. Pasado de kilos, y ya con 35 años, Di Stéfano seguía dirigiendo la orquesta merengue. Jopie se fijaba en como mandaba y en cómo se colocaba en el campo. Y es que mientras la mayoría adoraba al Di Stéfano goleador, Jopie se propuso analizar lo que hacía cuando no tenía el balón.

Así que Jopie lo tenía claro. Una vez acabase el partido tendría que preguntarles a esos ases como lo hacían. En 1962 el fútbol seguía siendo familiar. El partido finalizó y el público neerlandés invadió el campo de forma pacífica. A Eusebio lo llevaron a hombros al vestuario mientras agarraba como un tesoro la ‘9’ merengue de Don Alfredo.

Así que Jopie aprovechó el tumulto para colarse en los vestuarios. Por todos era conocido, a todos conocía y la pillería hizo el resto. Allí estaban todos. Santamaría, Del Sol, Puskas y, sobre todo, Alfredo Di Stéfano y Paco Gento.

Quiso Jopie hablar con ‘La Saeta’ pero le fue imposible. Un gruñido de lo más profundo de la pampa salió de la boca de Di Stéfano, que estaba tratando de digerir la que él sabía era su última oportunidad de conquistar otra Copa de Europa. Entonces los ojos sagaces de Jopie se fijaron en Gento, el cual contestó al chaval con una franca sonrisa.

Embelesado y desconocedor del castellano, Jopie trató de preguntarle a Gento como hacía para frenar en seco. Aquel huracán embravecido, aquella galerna del Cantábrico, se encogió de hombros en una respuesta con doble significado. Ni entendía lo que le preguntaban ni sabía desvelar cual era la pócima de su secreto.

Real Madrid: el mítico exfutbolista Paco Gento falleció a los 88 años de  edad | LaLiga | España | Copas de Europa | NCZD | FUTBOL-INTERNACIONAL |  DEPOR
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Para Jopie aquel fue el mejor partido que vio en su vida. No muchos años después Jopie se convertirá en Johan Cruyff y se encargará de que otros chavales sueñen con ser profesionales de igual forma que el soñó el día que vio volar a ras de césped a Paco Gento.

Johan Cruyff acabará superando a Gento. No tendrá nunca la velocidad del extremo cántabro, pero mejorará tanto su capacidad de desborde como su regate con ambas piernas. De hecho, será una versión mejorada de Di Stéfano, con su misma capacidad de mando, su entendimiento del juego y con el punto de maldad necesario para emerger en los instantes decisivos de los partidos. La comparación entre Di Stéfano y Cruyff será constante, pero no será otro sino Gento el que hizo posibles los sueños de Jopie.

Algo tendría aquel alocado extremo cuando Cruyff lo convirtió en su ídolo y Di Stéfano lo catalogó como su mejor compañero.

“Tiene velocidad y le pega al balón como un cañón. Sigue, arranca y frena durante todo el partido en carreras de 50 metros. Sabe correr, pero lo más importante es que sabe interpretar el fútbol. Yo, los balones todos a Gento”. Alfredo Di Stéfano; compañero en el Real Madrid durante más de una década.

“Gento corría tan rápido que no podías cogerle nunca en fuera de juego. Técnica con velocidad, la más rápida que nunca he visto”. Bobby Charlton, ex jugador del Manchester United y Balón de Oro.

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El caso Di Stéfano (verdades y mentiras sobre el fichaje de Di Stéfano por el Real Madrid en dos partes)

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Cuando la izquierda acabó con el boxeo español

Londres. 1968. José Legrá, un cubano que apenas unos años antes había obtenido el pasaporte español, se enfrenta en Gales a Howard Winstone con la intención de lograr el título mundial de peso pluma. El combate es transmitido en directo por Televisión Española y serán legión los que vean el triunfo del ‘Puma de Baracoa’ y su celebración en el ring entonando el ‘La, la, la’ de Massiel junto a Matías Prats padre. Cuando Legrá aterrice en Barajas, cientos de españoles le estarán esperando en la terminal del aeropuerto. Aquellos cientos se convertirán en miles cuando Legrá se pasee por el centro de Madrid camino de una audiencia en el Pardo con Francisco Franco.

k98k on Twitter: "Y si Don José Legrá llegar a ganar una medalla olímpica,  Franco le hace alcalde del Ferrol. https://t.co/T9LQMdC9gr" / Twitter
Franco (i) y Legrá (d)

Quizás fue ese el cénit del boxeo español. En los años 20 y 30 del siglo pasado había brillado Paulino Uzcudun, un aizcolari que llegó a luchar por el título de los pesados ante Primo Carnera. También fue loor de multitudes Baltasar Sangchili, que en 1935 obtuvo el título de campeón del mundo en peso gallo. Pero fue tras el triunfo de José Legrá cuando aparecieron campeones como Perico Fernández o José Durán, a los que la televisión se encargó de convertir en celebridades. De hecho, los más populares, caso de Alfredo Evangelista, José Manuel Urtain o Pedro Carrasco, se convirtieron en fenómenos audiovisuales sin lograr el cetro universal.

El boxeo formaba entonces parte de la trilogía clásica del deporte español. Junto al fútbol y el ciclismo, el boxeo contaba con multitud de simpatizantes y practicantes. No existía una conciencia deportiva ni había un desarrollo económico ligado al hecho deportivo, por lo que el resto de disciplinas vivían de la aparición de locos visionarios. Pioneros como Santana, Nieto, Fernández Ochoa, Buscató, Perramón o Ballesteros eran gotas en medio del mar, un mar bravo y agitado que no hacía prisioneros. Porque si el tenis, el esquí o hasta el baloncesto eran vistos como deportes de ricos o de patio de colegio, el boxeo, al igual que el fútbol y el ciclismo, compartían la etiqueta del esfuerzo y el sacrificio.

Eran tiempos donde los futbolistas eran hombres de pelo en pecho que metían la pierna sin hacer preguntas. Tiempo de ciclistas agonistas a los que se le exigía dejarse la bilis en puertos interminables de carreteras impracticables y tiempo, también, de boxeadores feroces que pensasen más en su alma que en su rostro. En definitiva, tres deportes y tres formas de entender esos deportes, en los que el coraje, el arrojo y la bravura eran intrínsecos a la disciplina. Simplemente eran el reflejo del momento. Todos compartían valores socialmente admirados.

Esto fue así hasta que la sociedad española decidió cambiar su escala de valores. Como bien dijo Alfonso Guerra, que en los 80 sería vicepresidente del Gobierno, “a España no la iba a conocer ni la madre que la parió”. Lo cierto es que la secularización del país fue vertiginosa, el surgimiento del feminismo voraz y la liberación sexual colosal. Todo ello alentando por las instituciones públicas a través de una cultura juvenil íntegramente nueva que tendrá en prensa, música, cine o moda un lienzo por estrenar.

Son los 80 los años de nacimiento del pijoprogre. En esencia un ser que presume de cultura y bagaje lector (sea real o no) y que vive en un mundo simbólico más que material, aunque en realidad suele hacer lo contrario de lo que dice. Ven al pueblo como una masa a la que hay que instruir, pero no tienen el menor interés en comprender su cultura o en hacerles partícipes de la transformación en marcha. No es nada nuevo en la historia. Los progres siempre han errado al descalificar a los otros. Siempre los han considerado inferiormente intelectuales, ya fuese durante el Renacimiento o bien en época de la Ilustración. En la nueva España democrática ‘Extremoduro’ llenaba pabellones y ‘Camela’ se hinchaba a vender casetes, mientras en ‘El País’ o en ‘Diario 16’ las portadas eran para grupos de la movida madrileña que juntaban a 400 o 500 personas en una sala de conciertos. Pero lo primero era ‘carca’ y lo segundo era ‘progre’. Son tiempos de leer el ‘Marca’ a escondidas y de llevar ‘El País’ con orgullo debajo del brazo.

Evidentemente sigue habiendo hombres con pelo en pecho y voluntad de acero, que no se andan con circunloquios y que tienen los pulmones negros de tanto fumar. La garra, el coraje, la lucha o el sacrificio, todos adjetivos adscritos a la hombría, siguieron, y aún siguen, formando parte del acervo cultural. El fútbol de golpes en la cadera y patadas a la espinilla claudicó ante el primer toque y los estadios de diseño, pero el esfuerzo y la furia siguen siendo valores esenciales para un aficionado al deporte rey. El ciclismo abandonó el rechinar de dientes y las etapas kilométricas por los potenciómetros y los pinganillos, pero la valentía y las penalidades siguen siendo indispensables para alentar a la afición. El boxeo, en cambio, no ha sabido adaptarse a una nueva realidad.

Ni supo, ni sabe, ni le dejaron.

En mayo de 1976 salía a la calle el diario ‘El País’, un proyecto de clara vocación democrática que junto a su coetáneo ‘Diario 16’ tenía como objetivo dar una bocanada de aire fresco a una prensa que hasta entonces estaba dirigida por el Régimen. Con esa aura de modernidad que buscaba alejarse con celeridad de un pasado que consideraban rancio, los jóvenes redactores de ‘El País’ no encontraban sinónimo más acertado de arcaico que el boxeo. De este modo, en noviembre de 1977 reflejaban en su libro de estilo que quedaba prohibido informar de boxeo bajo los siguientes términos: “El periódico no publica informaciones sobre la competición boxística, salvo las que den cuenta de accidentes sufridos por los púgiles o reflejen el sórdido mundo de esta actividad”.

Tras el golpe de Estado fracasado del 23-F ‘El País’ se consagrará como el diario hegemónico en lengua española, liderazgo que aun ostenta en la actualidad. Juan Luis Cebrián, director en aquellos años, era un claro enemigo del boxeo y bajo su mandato asestó una herida profunda a un deporte que comenzaba una larga decadencia.

La herida pasó de ser profunda a mortal cuando el PSOE arrase en las elecciones generales de 1982 y la izquierda alcance el poder en España casi cinco décadas después. La nueva dirección de RTVE decide suprimir el boxeo de la programación televisiva con el mismo afán de modernidad que propugnaba ‘El País’. Durante tres años (1986-1989) Pilar Miró, sorprendentemente, recuperó el boxeo para la televisión, pero tras la llegada a la dirección de Luis Solana fue definitivamente suprimido. “Ofrecer imágenes de unos señores pegándose bofetadas es lamentable. Eso no es deporte, y recuerda más a los gladiadores del circo romano, por su violencia descarnada y gratuita”.

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Juan Luis Cebrián (1976)

No solo es que no se emitiesen combates, fuesen en directo o en diferido, es que tampoco había lugar para reportajes o crónicas en los informativos diarios. La polémica fue de aúpa, dado que por entonces el madrileño Poli Díaz era campeón de Europa de peso ligero y a sus veladas tenían acudido los entonces ministros Manuel Chaves o Joaquín Almunia. Este último declaró preguntado al respecto: “El boxeo tiene aspectos demasiado duros, pero también es deporte y arte. Pero como aficionado no me preocupo. Ahora vendrán los canales privados”. Ya en su congreso de 1978, el PSOE había hecho público el comunicado siguiente para posicionarse en la polémica: «El boxeo exige, más que ningún otro deporte, unas medidas de seguridad que quienes lo asumen como negocio ignoran porque no están atentos a otra cosa que, a la productividad de dicho negocio, con desprecio absoluto a los que lo protagonizan”.

‘El País’ decidió en su momento no recoger el nombre de víctimas de violación o de protagonistas de suicidios, decisiones que contaron con el aplauso de colegas de profesión y del público general. Lo del boxeo tuvo sus defensores y sus detractores, pero lo que saltaba a la vista era el uso del término “sórdido”. Era sórdido porque el boxeo incitaba a lo primitivo, a la violencia entre seres humanos, al espectáculo de la masa que pide sangre de los gladiadores. Para ‘El País’ el boxeo “no es un deporte, es una pelea de gallos entre personas que atenta contra la dignidad del ser humano”. Curiosamente ‘El País’ considera a los toros anacrónicos y crueles con el toro, pero nunca sórdidos porque el mundo que lo rodea no lo es y no existe violencia entre seres humanos.

El golpe de gracia tuvo lugar cuando en 1993 el grupo PRISA, del que formaba parte ‘El País’, decide adquirir el diario deportivo ‘As’. Para dirigir el rotativo madrileño se elige a Julián García Candau, antiguo jefe de deportes de ‘El País’. Una de sus primeras decisiones es suprimir el boxeo de las páginas de ‘As’. La decisión es un impacto de terribles consecuencias, y mucho más teniendo en cuenta que, cuando a finales de los 60 ‘As’ lanza su entonces revolucionario suplemento a color, el boxeo acumulará decenas de portadas y cientos de reportajes.

Paradójicamente, mientras la prensa de izquierdas boicoteaba el boxeo para hacerse progre, urdía un plan para sacar redito empresarial a costa de los púgiles. Como había dicho el ministro Joaquín Almunia, no había de que preocuparse. Era el fin de la televisión pública como único método de información y entretenimiento. En 1990 se inauguraba en España la televisión privada y PRISA fundaba ‘Canal +’, que contaba con la particularidad de que muchos de sus contenidos eran de pago. La apuesta era adquirir los derechos del fútbol nacional e internacional y de películas de primer nivel para luego obligar al televidente a adscribirse. Lo que muchos olvidan es que en sus primeros años la mayor rentabilidad de ‘Canal +’ estuvo en el cine porno, los toros y el boxeo. Todo muy carca y nada progre.

De esta forma, la misma izquierda que renegaba del boxeo en papel gustaba de ofrecer combates de Mike Tyson o del Poli Diaz. ‘El Potro de Vallecas’ recuperó el interés por un deporte en clara decadencia y convirtió sus combates por el título europeo y mundial en acontecimientos televisivos. Será su caída en desgracia por culpa de la cocaína y la heroína lo que aparque al boxeo de forma definitiva del primer plano y, de paso, llene de argumentos a la izquierda para cerrar de una vez por todas el mundo del boxeo a ojos de la opinión pública.

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En la actualidad el boxeo profesional es irrelevante en la realidad del deporte español. Tan sólo Javier Castillejo a finales de los 90 brilló como una supernova en este oscuro universo. Sin embargo, el boxeo vive un repentino auge en gimnasios y academias de toda índole como formula desestresante para combatir la vorágine del día a día. Es significativo su éxito entre las mujeres (Joana Pastrana fue campeona del mundo de peso mínimo) para adquirir conocimientos de autodefensa y como tratamiento psicológico para mejorar la autoestima.

El fenómeno no es exclusivo de España. El boxeo internacional lleva años en franca decadencia. Los expertos consideran que los promotores ascienden al olimpo a púgiles mediáticos y con carisma con independencia de cuál sea su nivel en el ring. Se habla de campeones prefabricados a los que se le buscan rivales de nivel medio para asegurarse de que se mantengan en la cima durante mucho tiempo. Otros entendidos consideran que el gran problema es la variedad de pesos y campeonatos a nivel mundial y claman ante la imperiosa necesidad de unificar criterios para que los campeones ganen credibilidad.

Sin ser estos motivos irrelevantes, el problema en cuestión es ajeno al boxeo. Para el mundo occidental el boxeo es una suerte de justa medieval donde dos seres humanos combaten noblemente para ver quién es el más fuerte. Al desterrar los puños por la ley y el ojo por ojo en beneficio de la balanza de la justicia, el boxeo ha quedado como algo arcaico y rancio. En Asia, el uso de armas de fuego en combate fue más tardío lo que, unido a una idea del combate como bien cultural, bien educativo y de buena salud, hizo de las artes marciales un reclamo progresista. El resto fue cosa de la globalización. Donde antes mandaba el boxeo ahora lo hace el karate, el kick boxing o el muay thai.

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