La etnia dinka es las más alta del mundo. Estos seres humanos de altura colosal habitan en ambas riberas del curso alto del Nilo, mayormente en el territorio que actualmente conforma Sudán del Sur. Reúnen a cerca de cinco millones de personas y su excelencia es tal que se calcula que su estatura media es de 183 centímetros. Puede no parecer excepcional, más teniendo en cuenta el déficit generalizado en medicación y nutrición infantil el número es extraordinario. Con los cuidados occidentales es seguro que se rebasaría con suficiencia los 190 centímetros.
En el siglo XIX nació allí un hombre que llegó a medir 239 centímetros. Lo sabemos porque era jefe de su tribu. Y también lo sabemos porque su magna altura merecía ser registrada en una época en la que no había registros. Aquel gigante contaba con 150 esposas. Uno de sus nietos llegó a medir 221 centímetros y decidió casarse. Una de esas esposas sumaba 206 centímetros. El hijo de ambos, el bisnieto del jefe de la tribu, fue llamado a este mundo con el nombre de Manute. Manute Bol iba a medir 231 centímetros. 2’31 metros.
Manute pasó los primeros quince años de su vida haciendo lo mismo que habían hecho todos sus ancestros. Su vida discurría pastoreando vacas, a veces peleando contra leones y otras recorriendo decenas de kilómetros bajo un sol abrasador en busca de un humedal. Su vida era simple. No contaba con agua corriente y no tenía acceso a la electricidad. Bebía leche de vaca recién ordeñada y cantaba canciones para ligar. A mejor voz, mejores candidatas llamaban a tu puerta para copular. Con cinco años a un dinka le arrancan los dientes de leche para dejar de ser un bebé. A los once años les marcan la cabeza cual ganado en un ritual que establece el paso de niño a hombre.
Bendición especial. Ese es el significado de Manute. Y esta tenía que ser su vida. Ser el jefe de la tribu. Miembro de la nobleza dinka, el fututo de Manute pasaba por convertirse en cabeza de su clan y mantener a unas 200 personas.
No sería así.
No todo era trabajar. Había tiempo para divertirse. Jugaba al fútbol. Lo dejó pronto. Era demasiado alto. Un primo le dijo de jugar al baloncesto. La primera vez que cogió un balón se acercó al aro para machacar y se dio de bruces contra el hierro. Se partió seis dientes. Cuatro de abajo y dos de arriba. Años más tarde su primer sueldo en Estados Unidos sería invertido en una ortodoncia.
Y es que Manute acabó en Estados Unidos. Fue en 1982. Entonces Manute tenía 20 años oficiales. Hay quien dice que andaría cerca de los treinta. El caso es que un entrenador de poca monta que obedecía al nombre de Don Feeley viajó a Sudán para enseñar conceptos básicos a la selección nacional del país. Cuando Feeley vio a Manute Bol creyó encontrar El Dorado. Se lo llevó a Cleveland con la idea de hacerlo profesional.
La intención era inscribirlo en la universidad de Cleveland State pero resultó imposible. Por mucha vista gorda que se hiciese no había forma humana de convertir a Manute en universitario. No sabía lo que era un aspirador, comía pollos enteros con las manos, desconocía lo que era conducir y era prácticamente analfabeto. En su primer año saludaba a la gente con un A jugar palabra usada fuera de contexto que aprendió viendo en la televisión el concurso ‘El precio justo’. Manute malvive con ayuda de Feeney quien busca un comprador para su joya. Consigue que Los Ángeles Clippers lo seleccionen en el draft de la NBA (puesto 97) sin haber jugado ni un partido. Los Clippers se sorprenden al ver que en su pasaporte la altura de Manute es de 1,58. Bol les contesta que el militar sudanés que le hizo el pasaporte lo había medido sentado.
Manute
El caso es que la estrambótica elección de Manute Bol es invalidada y debe buscar otra alternativa. Finalmente, en 1984, consiguen matricularlo en la minúscula universidad de Bridgeport en Connecticut con un programa de inglés para estudiantes extranjeros. Manute Bol promedia 22 puntos y 7 tapones por encuentro. Su longitud de brazos alcanzaba los 2’60 metros. El equipo, que solía reunir unos 500 espectadores, consigue lleno tras lleno semana tras semana reuniendo a 2.000 almas para ver al increíble dinka.
Apenas pasa un año como universitario. Finalmente, los Washington Bullets lo seleccionan en el puesto 31 del draft de la NBA de 1985. Sigue siendo una elección arriesgada. Manute es una máquina de hacer tapones, pero es extremadamente frágil. Mide 2’31 y pesa poco más de 80 kilos. Le hacen beber cerveza, comer hamburguesas y lo ponen a realizar interminables series de pesas. Apenas engorda nueve kilos. Pero es un show. Ágil, coordinado y veloz. Una estrella internacional en los años dorados del baloncesto. En el momento en el que la NBA se abre al mundo. Estaban Jordan, Magic o Bird. Y también Manute. Nunca fue tomado en serio como jugador. Pero era parte del show. Era el epicentro del show. Puro espectáculo. Negocio redondo para la NBA.
En su primera temporada promedió cinco tapones por partido, incluyendo un partido con 12 tapones. Para entender la dimensión de esos números basta con señalar que en los últimos treinta años ningún jugador de la NBA ha llegado a promediar cuatro tapones por partido en una temporada. Manute llegó a los cinco. También sigue siendo el jugador de la NBA que ha logrado diez o más tapones en un partido en hasta 18 ocasiones. En otro memorable momento llegará a poner cuatro tapones consecutivos en un plazo inferior a los diez segundos en un choque ante Orlando Magic.
En aquella primera temporada los campeones de la NBA serán los Boston Celtics. Larry Bird y compañía deciden apostar 600 dólares que serán dados al que consiga hacer un mate en la cara de Manute. Nadie lo consigue y Bol suma 9 tapones ante los Celtics. Al año siguiente los Bullets fichan a Muggsy Bogues, el jugador más bajo que jamás ha competido en la NBA con sus 160 centímetros de altura. Bol y Bogues pasan a ser una atracción de circo que llena estadios y hace ganar dinero a mansalva a sus propietarios.
Nunca tantos minutos jugará Manute como en su primera temporada. El show se traslada a la otra punta del país cuando en 1988 Bol es traspasado a los Golden State Warriors. Allí coincide con Don Nelson, entrenador fanático del ataque, que le incita a lanzar triples (20/91 en su carrera) ya que nadie lo marcará cuando esté situado más allá de los siete metros. Definitivamente nadie se toma en serio a ese gigante. Jamás entrenador alguno le enseñó a defender, ni a posicionarse, ni a moverse como un cisne bajo el aro. Simplemente era un dinka coordinado que parecía una creación de Disney. Había niños que se acercaban a Manute y le preguntaban si era de verdad, a lo que Bol respondía tocándoles la frente con un dedo como si de E.T. se tratase. Jamás fue tratado en serio como un jugador de baloncesto.
En 1993 tuvo su última buena temporada en Philadelphia antes de que la artritis comenzase a destrozarle las articulaciones. En 1995 se retiró a los 32 años (oficiales). Lo dejó con un promedio de un tapón cada cinco minutos de juego. Y es que Manute jugó muy poco. Apenas 18 minutos por partido. Si su cuerpo hubiese aguantado el doble hablaríamos de siete tapones por encuentro en su carrera. Una salvajada. Su físico de cisne le dificultaba mantener una posición bajo el aro ante pívots voluminosos. También sufría de un desgarro en su mano derecha que afectaba a su manejo del balón. Para compensar esta deformidad heredada en su mano derecha, Bol aprendió a driblar, bloquear tiros y rebotear con la izquierda. Promedio más tapones (3,3) en su carrera que puntos (2,6) por partido, algo totalmente inconcebible.
Sin saltar
Con su gran altura y sus larguísimas extremidades Bol se convirtió en la antonomasia de la presencia defensiva. Pero es su vida fuera de las pistas la que da majestuosidad a la grandeza del personaje. Dicen quienes lo trataron que Manute era un reputado bromista, pero que su sempiterna sonrisa se quebró a partir de 1991. Por entonces mantenía a su extensa familia con el dinero que ganaba en la NBA, pero eso no era suficiente para Bol. Sudán llevaba años enfrascado en una terrible guerra civil que se agudizó en esos años. De 1983 a 1991 se estima que hubo más de dos millones de muertos y cuatro millones de desplazados.
Entre esos refugiados estaban un grupo de niños. Decir grupo es un eufemismo. Hablamos de 30.000 menores que marcharon a pie desde el sur de Sudán a Etiopía en busca de libertad. Marcharon cinco meses descalzos comiendo fruta podrida que caía de los árboles y bebiendo agua de los ríos que se encontraban a su paso. Manute se enteró de aquel horror y cogió un avión rumbo a Adis Abeba. Dos días después de su llegada esos niños tenían un plato de comida caliente delante de ellos. Con el tiempo, cientos de esos chavales estudiarán una carrera en Estados Unidos financiada por Manute Bol.
Nunca se hubo de olvidar de sus orígenes, pero desde aquel crucial viaje supo cuál era su misión. Se estima que a lo largo de su vida donó 90 millones de dólares para construir escuelas, carreteras y hospitales en Sudán.
Tan sólo ganó una octava parte de esa cantidad en su carrera en la NBA.
Acabaría enfermo y arruinado. Pero acabará feliz.
El jefe de la tribu completará su misión.
Continuará…
Otras historias de celebridades de la NBA
Kobe (vida y obra de Kobe Bryant a través dos artículos)
Era viernes. 17 de junio de 1994. El verano tocaba nudillos en la puerta. En Berlín tropas británicas, francesas y estadounidenses abandonan sus puestos en los cuarteles de Berlín Occidental. Días más tarde lo harán los soviéticos del antes llamado Berlín Oriental poniendo fin a la Guerra Fría y al siglo XX antes de tiempo. Estados Unidos es dueño del planeta. Gran parte de su triunfo se debía a un poder blando labrado durante décadas en el que el deporte era eje trascendental.
Aquel 17 de junio la oferta deportiva en Estados Unidos iba a paralizar al país y a medio mundo. Desde primera hora de la mañana en Oakmont, Pensilvania, tendría lugar la segunda y última ronda del US Open de golf. Luego, a las 14:00 hora local, se inauguraría el Mundial de fútbol en el Soldier Field de Chicago con un encuentro entre Bolivia y Alemania, entonces vigente campeón. Con una hora de adelanto por mor de los usos horarios, la ciudad de Nueva York se paralizaría con miles de personas en sus aceras para ver los festejos que coronaban a los Rangers como campeones de la Stanley Cup de la NHL tras más de medio siglo de espera. Y luego, como fin de fiesta, el Madison Square Garden de la Gran Manzana sería testigo del quinto partido de las finales de la NBA que enfrentaba a los New York Knicks contra los Houston Rockets y que en aquel momento mostraban un empate a dos victorias al mejor de siete partidos.
Lo de las finales de la NBA estaba siendo el clímax de la aridez y de la aprensión. Knicks y Rockets disputaban una serie de playoffs siderúrgica con defensas agresivas y con anotaciones bajísimas, sinónimos de la negación del común de los aficionados. Si el baloncesto de la década de los 90 fue condenadamente duro, las finales de la NBA de 1994 fueron batallas en trincheras en cada jugada. Duro, ultra físico, con acometidas de hombres con pelos en el pecho. El culmen final de una época de hermetismo postindustrial. De hijos que a través del deporte honraban a sus padres y a sus abuelos obreros. Cuando para ganarse la vida había que TRABAJAR con mayúsculas. Los últimos coletazos de los Stallone, Schwarzenegger o Willis. La última época dorada de los hombres que no lloran.
Eran unas finales que pivotaban en dos hombres altos. Hakeem Olajuwon era un gigante con pajarita. Podría pasar por diplomático nigeriano con un puñado menos de centímetros. Criado baloncestísticamente en Houston buscaba para los Rockets su primer título de la NBA a través de unos pasos de baile que hipnotizaban a sus rivales debajo del aro. Mientras, Patrick Ewing era una montaña de músculos que había devuelto el orgullo a Nueva York, la meca del baloncesto. Los Knicks eran la franquicia más valiosa de la NBA, pero acumulaban dos décadas de fracasos en busca de un título que era primordial para la ciudad de Nueva York.
Cinco días antes del que sería un legendario 17 de junio, los Houston Rockets se ponían 2-1 en la eliminatoria recuperando la ventaja de campo al vencer por 89-93 en Nueva York. Sería esa la anotación más alta de una serie de defensas hipermusculadas y tensión armamentística. Olajuwon firmaba 21 puntos, 11 rebotes y 7 asistencias, pero era incapaz de emocionar a los televidentes. Michael Jordan se había retirado por vez primera para jugar al beisbol, Bird y Magic ya no estaban y la audiencia televisiva de la NBA había caído un 30%. Lo verdaderamente importante el 12 junio, cinco días antes del día D, era que los cadáveres de Nicole Brown Simpson y Ronald Goldman aparecieron rodeados de un charco de sangre en un barrio residencial de Los Ángeles. La brutalidad había sido tal que Nicole tenía la laringe a la vista y Ronald era un coladero con agujeros en todo su cuerpo. Horas después la conmoción se adueñó de Estados Unidos cuando se encontraron manchas de sangre en el coche de OJ Simpson a apenas unos kilómetros de la escena del crimen. Era el principal sospechoso del asesinato de un crimen que se tornaba en pasional.
OJ Simpson y Nicole Brown
Aquel golpe de mortero conmocionó a Estados Unidos. Orenthal James Simpson era una celebridad. MVP de la NFL de 1973, considerado uno de los mejores jugadores de fútbol americano de siempre, su fama como deportista se mantenía tras su retirada gracias a su sonrisa, su encanto y su éxito como comentarista televisivo. Llevaba dos años divorciado de su segunda esposa, una camarera llamada Nicole. Simpson era negro. Nicole blanca, rubia y de ojos azules. Nicole mantenía entonces una relación con Ronald, un actor de poca monta.
Millones de estadounidenses se engancharon a la televisión para seguir todas las novedades sobre el caso con la única excepción de los neoyorkinos. El martes 14 de junio en el Madison Square Garden de Nueva York los Rangers vencerán a los Vancouver Canucks en el séptimo partido de la final de la NHL logrando la Stanley Cup de hockey para la ciudad de Nueva York por vez primera en medio siglo. Brian Leetch recibía el premio MVP como mejor jugador de la final y exaltaba a los aficionados a colapsar las calles del centro de Nueva York para celebrar el éxito en el paseo triunfal que tendría lugar el viernes 17 de junio. La Gran Manzana sería la capital mundial del hockey sobre hielo.
Un día antes, jueves 16, en la otra punta del país, a más de 4.000 kilómetros de distancia, se da eterna sepultura al cuerpo y al alma de Nicole. OJ Simpson había llegado a estar esposado, sin embargo, le permitieron acudir al último adiós a su ex esposa. De riguroso luto y con gafas de sol, Simpson se agachó ante el féretro descubierto y besó el rostro sin vida de la que había sido su segunda esposa. La mayoría de los presentes en la ceremonia abrieron los ojos entre estupefactos y conmovidos por lo visto. Justo al finalizar el entierro la policía hacía público un informe de cinco años atrás en los que se detallaba una paliza que OJ le había propinado a su mujer tras una discusión. Aquello llevó al juez a dictar la orden de detención que se haría efectiva el 17 de junio de aquel año 1994 tras la negociación con los abogados del acusado.
Nacía así el viernes 17 de junio de 1994. Día de sillon-ball. Salsa rosa, crónica negra y deporte. Mucho deporte.
Simpson pasó aquella noche en casa de Robert Kardashian (abogado amigo suyo y padre de las celebérrimas hermanas). Prensa de medio país esperaba a las puertas del domicilio a que OJ saliese y se presentase en la comisaría de policía correspondiente. OJ Simpson decidió tomárselo con calma. Mientras esto sucedía se iniciaba la penúltima jornada del US Open de golf en Pensilvania. Colin Montgomerie, gran favorito, pasó el corte rumbo a la ronda final en primera posición, aunque acabaría cediendo el título dos días más tarde ante el sudafricano Ernie Els. Sin embargo, lo trascendental de aquella mañana fue el último putt de Arnold Palmer quien era incapaz de pasar el corte y quedaba eliminado. Se ponía así fin a la carrera de Palmer, el hombre que popularizó el golf por todo el mundo. The King, como era conocido, logró a través de sus modestos orígenes y una popularidad basada en hablar sin pelos en la lengua, a que el golf pasase de jugarse en campos privados y elitistas a que fuese accesible para las clases medias mediante la construcción de campos públicos. La retirada de Palmer auguraba un 17 de junio lleno de emociones.
El adiós de Palmer
Mientras Simpson se negaba a salir de la mansión de los Kardashian en Los Ángeles, en el Medio Oeste, en el estadio Soldier Field de Chicago, tendría lugar la inauguración del Mundial de fútbol de 1994. A diferencia de los otros hechos del día, el fútbol pasaría sin más pena que gloria en el corazón de los estadounidenses, mas no así en el resto del mundo que aguardaba impaciente el inicio del evento deportivo más seguido del planeta. En todo caso, aquel Mundial era un intento de la FIFA de volver a introducirse con éxito en el mercado más suculento del planeta tras aquel primer éxito de los 70 con el Cosmos de Pelé. Era por ello que la ceremonia de inauguración, el único evento del Mundial que tendría por seguro la atención de los estadounidenses, debería salir perfecta.
A las 14.00 hora local echaba a rodar el balón. Alemania, vigente campeona, derrotaba a Bolivia por 1-0 en un mal partido que dejaba intuir los problemas que los teutones iban a tener para revalidar el título. Minutos antes del inicio del choque, Diana Ross, actriz y cantante de The Supremes, había sido la elegida para hacer disfrutar al público presente en el estadio y al que seguía el evento desde sus casas. Zapatillas blancas y traje rojo, la voluptuosa Ross comenzó a cantar I’m going out mientras se dirigía hacía una de las áreas rodeada de bailarines.
Allí había una portería preparada para partirse en dos cuando Diana convirtiera el gol pateando un penalti. También esperaba un grandilocuente arquero dando saltos con buzo amarillo y pantalón blanco con la única intención de dejarse marcar un gol. Diana se dispuso a marcar el tanto de su vida micrófono en mano y dio un puntapié con la derecha… que se fue un par de metros más allá del palo derecho. Los fuegos artificiales explotaron, la portería se abrió como el Mar Rojo ante Moisés y Diana Ross actuó como una reina del espectáculo. Le dio todo igual, se abrió camino hasta el escenario mientras la gente seguía aplaudiendo sin saber que había pasado ya que, al fin y al cabo, la mayoría de los allí presentes de fútbol sabían más bien poco.
https://www.youtube.com/watch?v=EyAC4bPe0wY
— OJ SIMPSON Y LA FINAL DE LA NBA —
Al mismo tiempo que en Chicago el teutón Jurgen Kiinsmann anotaba el primer gol del Mundial, la calle Broadway se atestaba de fanáticos del hockey para seguir a la comitiva de los Rangers camino al City Hall con las entonces fastuosas Torres Gemelas al fondo. La fiesta fue de aúpa, pero irremediablemente tuvo que acabar pronto porque a las 20.30 hora local el Madison Square Garden se volvía a vestir de gala para el quinto partido de la final de la NBA entre Knicks y Rockets. El resultado entonces era 2-2 y los Knicks tenían la oportunidad de ponerse por delante antes de que la serie viajase a Houston para los dos últimos encuentros. El choque iba a comenzar poco después del segundo y último partido de la jornada inaugural del Mundial de fútbol. Se trató del sorprendente empate a dos goles entre España y Corea del Sur en partido disputado en Dallas. Aquella igualada dejaba a los de Javier Clemente con la obligatoriedad de sacar algo positivo del siguiente choque ante Alemania para aspirar a los octavos de final.
Y a todo esto OJ Simpson seguía atrincherado en casa agotando hasta el límite su entrega ante la policía.
Knicks y Rockets se encontraban en titánica disputa cuando un ciudadano alerta a la policía de que ha visto a OJ Simpson empuñando un revólver viajando en un Ford Bronco. Era poco después de las 18.30 (hora de Los Ángeles) cuando OJ Simpson logró sortear a periodistas y curiosos para salir de casa junto a un amigo de la infancia, quien al volante de un Ford Bronco blanco llevaba a OJ Simpson en el asiento del copiloto. Mientras la camioneta avanzaba por las calles de Los Ángeles, OJ Simpson portaba una pistola sobre su sien anunciando a grito pelado que estaba dispuesto a quitarse la vida. La policía necesitó más de una hora para que el ex jugador accediera a salir del auto, tras prometerle que podría llamar por teléfono a su madre.
Aquello era la bomba. La caída de un héroe americano en pleno directo. Todas las cadenas de televisión conectaron para ver al Ford Blanco avanzando por la interestatal 405 con la policía de Los Ángeles persiguiéndole los talones. Y cuando digo todas las cadenas, digo todas. 120 millones de televidentes, incluidos los de la NBC. Fue tal el suceso que en pleno tercer cuarto con 59-53 a favor de los Knicks, la NBC decidió cortar la final de la NBA para ver el que quizás fue el primer reality show de la historia. David Stern, el mandamás de la NBA, cogió el teléfono para bufar y despotricar a los directivos de la NBC a quienes exigía que se volviese a conectar con el Madison. Lo más que consiguió fue que, en un pequeño recuadro y escudriñando la vista, pudiésemos ver a Ewing y a Olajuwon fajarse en medio de la zona buscando canastas imposibles. El resto de la pantalla era para aquel Ford Bronco rodeado de innumerables helicópteros y al menos una veintena de coches de policía.
La persecución duro cerca de hora y media a lo largo de unos 80 kilómetros. Varios ex compañeros y John McKay, el entrenador de Simpson en su época universitaria, conectaron con OJ a través de la radio para pedir que se entregara y no se matara. “Soy el único que merezco morir” y “voy al encuentro de Nicole” fueron dos de las escasas sentencias que Simpson acertó a decir. Finalmente, tras aparcar la camioneta delante de la puerta de su casa, la policía le ordenó soltar el arma y le permitió entrar en su domicilio. Allí, una vez dentro, le dio un beso a su hijo, otro a su madre, bebió un zumo de naranja (sí, verídico, no es una licencia artística) y se entregó a la policía mientras recibía una sonora ovación de los curiosos que allí se congregaban.
Iba OJ Simpson camino de la comisaría cuando Patrick Ewing emergió para con 25 puntos y 12 rebotes darle la victoria por 91-84 a los Knicks y ponerlos 3-2 por delante en la eliminatoria ante la indiferencia de todo el país. El único lugar de Estados Unidos donde no se hablaba de OJ Simpson era en Nueva York donde tras 54 años se había logrado la Stanley Cup de hockey y donde los Knicks estaban a un partido de lograr el anillo de la NBA tras el conseguido veintiún años atrás en 1973.
Olajuwon (izq) y Ewing (dch)
Acusado de doble asesinato, el juicio de OJ Simpson fue la muestra de cómo un buen equipo de abogados (cobraron en torno a seis millones de dólares) son capaces de hacer que la justicia no sea igual para todos. El juicio pasó de hacerse en la elitista y blanca Santa Mónica a celebrarse en una corte del centro de Los Ángeles para así asegurarse de que el jurado estuviese formado por una mayoría negra y jugar la baza de la discriminación racial (cabe recordar que OJ Simpson era negro y su ex mujer era blanca). Otra jugada maestra se dio cuando el abogado principal concedió una entrevista en televisión donde reveló grabaciones y datos personales del inspector de policía que llevaba el caso demostrando que era un racista compulsivo.
En todo caso la clave de la absolución de OJ Simpson fueron los guantes ensangrentados que fueron encontrados en su casa al poco del asesinato y que fueron congelados y descongelados varias veces durante el proceso. Tras requerimiento de su abogado, Simpson se los probó delante del jurado y entre muecas y gruñidos no lograba ponérselos argumentando que le quedaban pequeños. Aquella obra teatral convenció al jurado de la inocencia del acusado. Fueron 150 millones de personas las que siguieron en vilo los 134 días de juicio y la sentencia dada el 3 de octubre de 1995 que lo daba por no culpable. Había muestras de ADN de Simpson en toda la escena del crimen, las huellas de sus zapatos y los famosos guantes. Pero Simpson se libró de la cárcel.
En 1997 se celebró un juicio civil por el mismo crimen y ese jurado sí declaró a Simpson responsable del crimen, pero no suponía una revisión del juicio penal. Simplemente fue condenado a pagar 33 millones de dólares a los familiares de las dos víctimas. Un dinero que nunca llegó a abonar. Por entonces incluso el Estados Unidos negro dudaba de OJ Simpson, aunque mantenía esa aura de intachable gracias a un atractivo y a un carisma que explotaba en continuas apariciones en shows televisivos.
Con el tiempo, OJ Simpson fue apartado de la opinión pública. Sus desvaríos le llevaron a bromear sobre el tema e incluso a escribir una autobiografía en la que explicaba como habría asesinado a su ex mujer en el hipotético caso de haberlo hecho. Apartado entonces de la vida pública, sin apoyo social y acusado por las deudas fue detenido y condenado a prisión en 2008 por intento de robo a mano armada en Las Vegas. Saldría en libertad diez años después justo cuando la aparición de una navaja ensangrentada en una finca de su propiedad parecía reabrir el caso. Portaba ADN de Nicole, pero el caso nunca se pudo reabrir al no haber causa federal. Así pues, OJ Simpson fallecería en 2024 víctima de un cáncer sin nunca haber sido penado por un crimen que nadie duda ya que no hubiese cometido.
¿Y la final de la NBA? Justo al caer derrotados en el Madison Square Garden los ojos de Hakeem Olajuwon se clavaron en los del resto de sus compañeros y de su boca salieron palabras de tranquilidad y sosiego. Cuando la NBA lo había nombrado MVP el gigante nigeriano se había negado a recoger el premio sin que sus compañeros estuviesen delante. Estaba convencido de que iban a ser campeones. Mas a pesar del optimismo de Olajuwon los Knicks estuvieron a una canasta de proclamarse campeones. En el sexto encuentro, Olajuwon taponó un lanzamiento triple de John Starks en el último segundo, dando a los Rockets la victoria por 86-84 y forzando el séptimo partido. En el encuentro definitivo un Olajuwon sublime (27 puntos, 10 rebotes y 7 asistencias) le daba el título a Houston en un choque que quedará en el recuerdo por el horrendo partido de John Starks (0/11 en triples y 2/18 en tiros) quien, psicológicamente afectado por su fallo en el choque anterior, puso los clavos para cerrar la tumba de los Knicks en el encuentro final y decisivo.
El juicio de OJ Simpson duró año y medio y fue el fiel reflejo de como la raza, el dinero y la televisión pueden distorsionar e influir en el sistema judicial. OJ Simpson se convirtió en icono de la cultura popular estadounidense y en muestra clara de sus virtudes y sus defectos. Diversos estudios indican que, durante el veredicto, el uso de telefonía se redujo en un 60% y también descendió el uso de agua porque la gente no se atrevía a ir al baño para no perderse nada. El número de operaciones que se realizaron en Wall Street bajó un 41% aquel día e incluso el presidente Bill Clinton abandonó sus funciones para seguir lo que sucedía. Fueron 150 millones de televidentes, cerca del triple de los que siguieron la investidura de Barack Obama. La actuación de OJ Simpson fue perturbadoramente increíble, como lo fue la de Olajuwon en una serie de baloncesto memorable que se asemejó más a un duelo de rugby que a uno de baloncesto. Fueron siete partidos resueltos por una media de siete puntos de diferencia. Se tardaría más de una década en ver un séptimo partido de la final de la NBA, pero dio exactamente igual. Lo único que aquel 17 de junio de 1994 importaba era ver a OJ Simpson cabalgando en aquel legendario Ford Bronco de color blanco.
OJ y los guantes de la discordia
P.D: Ford decidió retirar la producción del Ford Bronco lo que tuvo el efecto no deseado de convertir a aquella furgoneta en un objeto de deseo. En 2021 Ford volvió a anunciar su producción, pero, por el camino, Mike Gilbert, ex agente de OJ Simpson, se hizo con la camioneta y la mantuvo en buen estado hasta que años después intentó su venta por un millón de dólares. Pecó de avaricioso y la venta no cuajó. Ahora el Ford Bronco reposa en el Museo Nacional del Crimen de Estados Unidos donde, evidentemente, es la estrella del recinto.
Otras historias típicamente estadounidenses
Jim Thorpe (un camino iluminado por un gran relámpago)
Verano de 1986. Antes de su tercer año universitario David Rivers encontró trabajo en Portapit Barbacue, una empresa de catering de Indiana. Una noche, después de acabar su turno, estaba sentado en el asiento del copiloto de una furgoneta conducida por un amigo y también jugador universitario de Notre Dame. Iban por la Ruta 30 cuando un coche en dirección contraria invadió su carril. Kenny Barlow, así se llamaba su compañero, giró bruscamente el volante hacia la derecha para impedir el impacto y el coche cayó rodando por un terraplén, dio varias vueltas de campana por el aire y acabó destrozado a treinta metros de la calzada. Rivers, quien no llevaba puesto el cinturón de seguridad, salió volando por el parabrisas y aterrizó a más de seis metros, en medio de un campo de maíz.
Tenía una herida de cuarenta centímetros en el estómago.
Se le salían las entrañas.
Barlow puso una camisa encima del estómago de su amigo para intentar controlar el flujo de sangre. Mientras Barlow apenas tenía un par de cortes en las piernas, RIvers era un moribundo con el torso ensangrentado. Lo llamativo es que hablaba y razonaba con normalidad y apenas tenía dolor. Cogió con las dos manos sus órganos y se dispuso a aguantarlos mientras se debatía entre la vida y la muerte.
Y fue mucho tiempo de espera.
Era un paraje desierto. No había teléfonos móviles y la circulación era escasa a esas horas de la madrugada. Barlow tardó quince minutos en encontrar ayuda y la ambulancia aún tardaría diez minutos más en llegar a la escena del accidente.
Trasladado al hospital, a David Rivers le dijeron que había sobrevivido por siete centímetros. Esa era la distancia que separaba al corte que tenía en el estómago de su corazón. Perdió un litro de sangre y, cuando tras la operación le preguntó al cirujano cuantos puntos le habían dado, éste ni se dignó en contestarle.
Pasó ocho días en el Hospital de Elkhart antes de empezar una durísima rehabilitación. Sus días de jugador de baloncesto parecían finiquitados, pero en una mezcla de determinación y cabezonería volvió con fuerza a Notre Dame promediando 15 puntos a su vuelta y 22 en su último curso.
Fue escogido en el puesto número 25 del draft de la NBA de 1988 por Los Ángeles Lakers. Pasaba de ser un moribundo a formar parte del mejor equipo de baloncesto del planeta.
Rivers en la Universidad
David Rivers era un jugador en peligro de extinción. En sus años de instituto fue elegido como uno de los mejores bases de Estados Unidos. Su futuro era prometedor. Era un base rapidísimo, con un excepcional manejo del balón y con un fantástico lanzamiento exterior. Pero era un jugador de apenas 183 centímetros y 77 kilos de peso. Eso no fue motivo para no destacar en la universidad. Su endiablada velocidad le seguía haciendo prácticamente infranqueable para cualquier defensor, pero aquel accidente de circulación pondría todo patas arriba. Rivers perdió rapidez, por lo que decidió suplirlo con fuerza y con una mayor eficacia en el lanzamiento. Aquello le valió para reinventarse y seguir progresando en la universidad. Sin embargo, fue su carta de defunción cuando dio el salto a la NBA.
Rivers botaba la pelota tan baja que no había manera de seguirlo cuando cambiaba de ritmo, pero la faltaba intensidad, instinto defensivo y la estatura necesaria para defender a bases rivales. Rivers había llegado a la NBA en un momento donde los jugadores de su estatura ya comenzaban a ser una excepción. Su gran valor radicaba en su increíble velocidad, pero al perder ese punch inicial su suerte estaba echada. David Rivers era un pequeño diablo que podía anotar cualquier tiro en suspensión…
…dependiendo quien lo defendiera.
En su primer año entre profesionales, en la temporada 1988/89, David Rivers fue base suplente de Magic Johnson. Normal, dado que el genio de los Lakers era el mejor jugador de la NBA en esos momentos. Rivers apenas jugó nueve minutos por partido. Los Lakers llegaron a la final de la NBA y se enfrentaron a los Detroit Pistons. Quiso el destino que Magic sufriese una lesión en el muslo en la disputa del segundo partido de la serie lo que limitó sus minutos en el tercer choque e imposibilitó su presencia en el cuarto duelo. David Rivers sería el base titular de los Lakers en ese cuarto partido. La cima para cualquier jugador. Titular en los Lakers en la final de la NBA. Era la oportunidad de su vida. Enfrente tendría a Isiah Thomas, el base de los Detroit Pistons. Si Johnson medía 206 centímetros, Thomas era un base de los de antes de apenas 185 centímetros. Los 183 de Rivers frente a los 185 de Thomas. El duelo era igualado. Pero sólo lo fue sobre el papel. Rivers apenas pudo anotar una canasta y los Lakers perdieron el partido para ser barridos por 0-4 ante los Pistons.
Aquel verano los Lakers decidieron prescindir de Rivers quien encontró acomodo en el otro equipo de la ciudad. Sus minutos en los Clippers, un equipo de menor entidad, fueron tan limitados como en los Lakers, por lo que en el verano de 1990 se encontró sin equipo con apenas 25 años de edad. Ficharía por un par de conjuntos de ligas semiprofesionales de Estados Unidos antes de disputar un puñado de encuentros más con los Clippers cubriendo un par de bajas por lesión. No había mucho más que rascar. Tocaba vestirse de civil y buscar trabajo.
Y entonces su agente le hizo una llamada.
Le ofrecía un contrato de una temporada en Francia. El sueldo no era nada del otro mundo, pero le permitía continuar jugando al baloncesto. Además, el Olympique Antibes, que era el club interesado, correría con los gastos de alojamiento y le ponía un coche a su disposición. Rivers se negó en primera instancia. Ir a Europa era dar carpetazo a su sueño de volver a la NBA. Él había jugado en los Lakers. Había sido el suplente de Magic Johnson ¡Por el amor de Dios! Su agente fue claro. Con sus limitaciones físicas nunca conseguiría ser un jugador triunfante en la NBA. En Europa tenía la oportunidad de ser alguien. De labrarse una carrera. Y por si los motivos baloncestísticos no fueran suficiente, su agente le habló de Antibes, de la Costa Azul, del sol perpetuo, de las botellas de vino y de las chicas francesas. Tocaba pues, subirse al avión, y empezar una vida alternativa.
Rivers en Europa
Todas las limitaciones de Rivers en la NBA quedaron ocultas en su desembarco europeo. El motivo estructural era la altura. Los 183 centímetros de Rivers aún no eran rara avis en el Viejo Continente. Aquel año el Limoges ganó la final de la Euroliga ante el Benetton Treviso. En los italianos el base titular era Chris Corchiani de 1’85 de altura. Al año siguiente ganaría la Euroliga el Joventut de Badalona con los hermanos Rafael y Tomás Jofresa de bases, ambos de 183 centímetros sobre el suelo. Y en la temporada posterior sería el turno del Real Madrid con José Miguel Antúnez (1’83) ante el Olympiakos de Milan Tomic (1’90). El motivo coyuntural era el tipo de baloncesto que se practicó en la década de los 90. Posesiones largas, juego interior y ultradefensivo. Un baloncesto lentísimo, donde Rivers iba a destacar por su rapidez. Y un baloncesto donde toda la suerte en ataque se destinaba a los hombres altos, por lo que cualquier jugador exterior con buena mano iba a destacar sobremanera.
Así pues, David Rivers promedia 22 puntos y cerca de 6 asistencias en el Antibes, números antológicos en un baloncesto donde los equipos rondan los 60 puntos al final del partido. El primer año queda subcampeón de Liga y al siguiente consigue el título francés, algo inimaginable para el pequeño equipo de la Costa Azul. Es entonces cuando le llueve un contrato millonario y es fichado por el Olympiakos.
El gigante griego quiere ganar su primera Euroliga y convertirse así en el primer conjunto heleno en conseguir la corona continental. Rivers se convierte en el faro sobre la cancha de Olympiakos y los guía en la consecución de Liga y Copa, pero fracasa en Europa al perder en cuartos de final ante el Real Madrid. Para más inri es el Panathinaikos, su odiado rival, quien logra el entorchado europeo. Para la temporada siguiente el Olympiakos dobla la apuesta con un quinteto formado por Rivers, Tomic, Sigalas, Fassoulas y Tarlac donde el norteamericano es la estrella y el jugador mejor pagado. Tras deshacerse del Olimpia Ljubliana en semifinales de la Final Four toca partido por el título ante el FC Barcelona dirigido por Aleksandar Djordjevic (188 centímetros).
El Olympiakos pasó por encima del Barça en esa final y Rivers hizo lo propio ante Djordjevic, el mejor base europeo de su generación. Rivers anotó 26 puntos, cogió seis rebotes y robó tres balones para liderar a su equipo a una victoria por quince tantos de diferencia (73-58) la más amplia en 35 años y lograr la Euroliga 1997. Rivers fue elegido MVP de la Final Four llevando a su antojo el ritmo del partido en el tramo final del choque ante la impotencia azulgrana.
David Rivers había alcanzado la gloria. No era la gloria que se imaginaba cuando jugaba en las calles de Nueva Jersey. Tampoco era la gloria que esperaba cuando era elegido uno de los mejores jugadores de instituto de Estados Unidos. Y por supuesto no era la gloria que estaba en su mente cuando compartía vestuario con Magic Johnson y el resto de leyendas vivas de Los Ángeles Lakers. Pero era la gloria al fin y al cabo lo que había encontrado. Mucho más que lo que el destino parecía haberle reservado cuando sus entrañas peleaban por no escurrirse entre sus ensangrentados dedos.
Endiosado, David Rivers aceptó una mareante oferta de la Fortitudo Bolonia que lo juntó contiguo a Dominique Wilkins, Gregor Fucka y Carlton Myers. El proyecto fracasó y Rivers se marchó a continuar con su carrera a Turquía antes de volver con 35 años a ser un jugador residual en su querido Olympiakos. Por entonces Ken Barlow, aquel amigo que hizo girar el volante camino del averno en una aciaga madrugada, ya había colgado las botas. También había sido elegido por los Lakers en el draft, aunque en su caso no pasó de un par de entrenamientos a inicios del verano. Barlow también ganó la Euroliga (en Milán) y tuvo una consistente y larga carrera deambulando por numerosos equipos italianos dejando su mejor recuerdo de rendimiento y fidelidad en el Maccabi israelita.
A diferencia de su amigo, David Rivers no manejaba la opción de volver a Estados Unidos. Había quedado enamorado del sol y del buen comer de la Costa Azul y allí es a donde se destinarían sus pasos. Regreso a Antibes, un paraíso de tranquilidad tan diferente a su Nueva Jersey natal. Entonces el Antibes Basket estaba en la segunda categoría del modesto baloncesto francés. Era lo de menos. Rivers jugó hasta los 39 años y aun le daría tiempo a coger ocho rebotes en un partido y firmar marca personal camino de la cuarentena con sus 183 centímetros de altura.
Elegido mejor jugador europeo de 1997, siendo el primer estadounidense en recibir dicha mención, Rivers se instaló en Europa para ejercer como entrenador en categorías inferiores en diferentes equipos. Mantiene también un campus veraniego donde hace especial hincapié a aquellos niños cuyas excelencias con el balón no sean acordes con los centímetros con los que fueron agasajados por la madre naturaleza.
“No tengo quejas. Todo fue a pedir de boca” David Rivers
La de su última victoria con aquel tiro en suspensión ante los Utah Jazz fue vendida por más de diez millones de dólares marcando un récord aun no superado. En 2020, cerca de dos décadas después de su segunda y última retirada, la réplica de su camiseta roja de los Chicago Bulls seguía siendo el producto de la NBA más vendido por Amazon. No existe ni existirá deportista más relacionado con una elástica que Michael Jordan. El 23 de los Bulls. Su número 23. Conocido por aficionados y por profanos del baloncesto.
Lo curioso es que a Jordan no le gustaba el número 23. Su número favorito era el 45, dígito que portaba su hermano Larry. Un año mayor que Michael, Larry destacaba en el equipo de baloncesto del instituto de Wilmington. Cuando Michael se unió al equipo en su primer año de college Michael decide que, ya que no puede lucir el 45 en honor a su compañero de equipo e idolatrado hermano, partirá la cifra por la mitad. El resultado de 22’5 será irrealizable por lo que redondeará al alza y se quedará con el 23.
Ese 23 lo llevará a la eternidad. La feroz competencia con su hermano acabará diluyéndose cuando el mayor de los Jordan no consiga pasar de los 172 centímetros y tenga que conformarse con un futuro como administrativo y el pequeño ascienda hasta los 198 y se convierta en el deportista más famoso de todos los tiempos.
Michael Jordan es un icono entre otras razones porque fue el primero en hacer decenas de cosas. Entre ellas en portar el número 23. Bill Russell y Julius Erving eran el 6, Wilt Chamberlain el 13, Magic Johnson el 32, Abdul-Jabbar y Larry Bird el 33 y Jerry West el 44. David Thompson, la estrella de la Universidad de Carolina del Norte de la que era fanático Jordan, lucía el número 33. Michael Jordan inauguró el mito del 23 que continúa en la actualidad Lebron James.
El número 23
Sin embargo, a pesar de que el 23 es el número mítico del mito, Michael Jordan ha lucido varios números más. Con la selección norteamericana portó el 9 que le dio el oro en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 y en los de Barcelona 1992. También lució su tan querido 45. Fue tras su primera retirada. Era 1993. Aquel verano su padre fue asesinado tras una trifulca por culpa de un robo. Destrozado, Jordan decidió dejar las pistas de baloncesto e intentarlo como jugador de béisbol, el deporte favorito de su progenitor. Aquellos meses de asueto demostraron que Jordan era un ser humano de carne y hueso portando el 45 de los Birmingham Barons y de paso nos dejaron un tete à tete con Bugs Bunny en Space Jam.
Michael Jordan regresa a las pistas de la NBA ya muy avanzada la temporada 1994-95, veinte meses después de su último partido. No lo puede hacer con el número 23 ya que la camiseta había sido elevada a los altares del United Center, la casa de los Chicago Bulls. Decide hacerlo con el 45 en la espalda en una temporada que acabará en fracaso al caer en las eliminatorias por el título. Para el inicio de la siguiente campaña Michael Jordan retornará su icónico 23 con el que ganará tres títulos consecutivos incluyendo el último en 1998 tras una victoria conseguida con una canasta suya en los últimos segundos antes del fin del partido ante los Utah Jazz.
El partido de la camiseta de los 10,1 millones de dólares.
Lo que es de desconocimiento público es lo ocurrió un 14 de febrero de 1990. Aquel día los Chicago Bulls viajaban a Florida para jugar un partido ante los Orlando Magic. Los Bulls contaban con un balance de 29 victorias y 19 derrotas. Jordan iba camino de su cuarto título consecutivo de máximo anotador, pero aún no había conseguido elevar a los Bulls a los altares. Ese año los Detroit Pistons acabarían con Jordan y compañía en las finales de la Conferencia Este. Por su parte los Magic malvivían en el fondo de la clasificación con un raquítico balance de 14-33.
El caso es que la expedición de los Bulls se instaló en el pabellón con sus pertenencias. Llegaron al vestuario, se quitaron la ropa de calle, se pusieron la ropa deportiva y se dispusieron a hacer breves ejercicios de tiro en la cancha de juego. Tras unos minutos desentumeciendo los músculos los miembros de los Bulls regresaron al vestuario. Jordan abrió su bolsa de deportes, se acercó a la parte del banco que le había sido asignada por su utillero y se dispuso a ponerse su camiseta de juego.
Pero no.
La camiseta no aparecía por ningún lado.
El 23 no estaba. Había sido robada. Los gritos pronto sustituyeron al asombro. Los compañeros de Jordan volvieron a la pista para el inicio del partido mientras Michael esperaba sentado en el vestuario con el torso desnudo. De repente comenzó una búsqueda del tesoro a cámara rápida. El servicio de seguridad se dedicó a interrogar a todos los empleados del pabellón mientras el circuito cerrado de televisión hacía un escrutinio asiento por asiento buscando a algún aficionado que portase el 23 de los Bulls que pudiese prestarle al ídolo. Lo cierto es que había unos cuantos miembros del Orlando Arena que portaban el 23 de los Bulls, pero ninguno que cupiese en un cuerpo moldeado a base de músculos de 198 centímetros.
Los minutos pasaban y el partido iba a comenzar. Michael tuvo que saltar a la pista para el momento de presentación de los equipos. El speaker del Orlando Arena comenzó a desgranar el quinteto titular de los Chicago Bulls. Con el 10 BJ Armstrong, con el 24 Bill Cartwright, con el 54 Horace Grant, con el 33 Scottie Pippen y con el 12… Michael Jordan.
La incredulidad en el pabellón tan sólo fue igualada por la incredulidad de todos aquellos que veían el partido por televisión desde el sofá de sus casas. No se dio ninguna explicación. Simple y llanamente no la había. El utillero de los Bulls había encontrado una camiseta con el 12 en el fondo de una bolsa. Por supuesto no estaba serigrafiada. Sencillamente era una zamarra de los Bulls en la que cabía Jordan.
Orlando venció a Chicago por 135-129 tras una prórroga. Jordan estuvo en pista 47 minutos de los 52 posibles y anotó 49 puntos. Hizo un excelso partido, pero su malestar fue visible tanto dentro de la pista como al finalizar el encuentro. La derrota tuvo mucho que ver, pero el cabreo se había visto triplicado por culpa del desconocido número 12. Maniático hasta lo enfermizo, aquel cambio de planes no había gustado nada a Air Jordan.
Y con el 12….Michael Jordan
A día de hoy sigue sin saberse nada de aquella camiseta 23 de los Chicago Bulls que fue sustraída de los vestuarios del Orlando Arena un 14 de febrero de 1990. ¿Cuál sería su valor si apareciese? Incalculable. La única certeza es que la camiseta fue sustraída en algún momento del día del partido entre la sesión de tiro y el salto inicial. Un rumor sostiene que fue escondida en el falso techo del vestuario rival y que, una vez cerrado el pabellón, el ladrón la cogió y se llevó el tesoro consigo. Lo único cierto es que nunca nadie la ha devuelto y seguimos sin conocer el misterio de una camiseta con muchos ceros detrás de ella.
Shaquille O’Neal. Más de una década después de su retirada su nombre es de sobra conocido, también para los profanos en baloncesto. O’Neal se asocia a alguien grande, gigante, a una especie de ogro bueno. Un Shrek con pelota naranja. El último gran pívot que ha habido. No uno de esos chicos ágiles y móviles de hoy en día que tiran triples y suben el balón. No. O’Neal fue el mejor recibiendo de espaldas al aro y usar sus kilos para hundir a su rival y machacar el aro. Así ganó tres títulos con los Lakers y así se convirtió en uno de los mejores jugadores de siempre. La fama de O’Neal también se debe a su lengua viperina, su sonrisa perenne, sus bromas, unas al prójimo y otras en contra de su propio cuerpo, y a un aura de niño mimado o de adulto sin cerebro, lo que el lector prefiera. Entre sus joyas está su afirmación de que la Tierra es plana. El caso es que no se le presupone un exceso de neuronas.
Y sin embargo el respeto y la educación por los niños y los mayores siempre han sido parte de su ser. Cuando en el año 2005 un tal George Mikan fallezca a los 86 años víctima de las complicaciones de una diabetes, Shaquille O’Neal correrá en búsqueda de los medios para declarar con un rictus serio impropio de su figura: “Sin el número 99 yo no hubiese existido. Sé quién era él y sé lo que hizo. Era un gran hombre y tuvimos muchas conversaciones. Lo respeto muchísimo”. O’Neal correrá a cubrir los gastos del entierro al conocer los problemas económicos que dejaba a su familia George Mikan.
¿Quién era George Mikan? El primer gran hombre. La primera gran estrella de la NBA. Un jugadorazo desconocido y olvidado a partes iguales. Campeón universitario, cinco veces ganador de la NBA (siete si se cuenta su antecesora), tres veces máximo anotador de la NBA y elegido el mejor jugador de la primera mitad del siglo XX. Cuando en 1996 Shaquille O’Neal firme por los Lakers la revista Sport Illustrated juntará a los cuatro grandes pívots de los Lakers y, con permiso de Bill Russell, de la historia de la NBA; Mikan, Chamberlain (ausente), Abdul-Jabbar y O’Neal. Nada sabía entonces el bueno de Shaq de aquel gigante blanco con gafas que se movía en silla de ruedas. De ahí nacerá una entrañable conexión que duraría hasta el día del fallecimiento de Mikan.
Abdul-Jabbar, O’Neal y Mikan
Alto, rubio y fortísimo, George era hijo de croatas que crecería en un suburbio de Chicago. Pasaba las tardes jugando al baloncesto con sus hermanos en la parte de atrás de la cervecería que regentaban sus padres. Habían hecho el aro con el fondo de un barril de cerveza, pero George no podría disfrutar mucho del invento. Una tonta caída le hizo fracturarse una rodilla. Pasó más de un año postrado en una cama. Era la década de 1930. Tampoco ayudaba que una astilla manipulada por uno de sus hermanos acabase en uno de sus ojos agravando su ya notable miopía. Durante los meses de soledad y aburrimiento George decidió acercarse a Dios y hacerse sacerdote.
Pero es que George tenía que dedicarse al baloncesto. Sus 208 centímetros y 110 kilos de peso eran una razón de peso, valga la redundancia. Era grande, pero mucho más para la época, donde eran escasas las personas que rebasaban los dos metros. Y además era móvil, algo absolutamente inusual. Entonces los jugadores altos se colocaban debajo de la canasta e intentaban aprovechar su altura para anotar. Eran torpes y apenas sabían botar y lanzar. Mikan no era así. Jugaba al tenis y al béisbol y también le gustaba bailar. Era insultantemente ágil para su altura.
No fue pues raro que la Universidad de DePaul de Chicago le diese una beca universitaria. Bien sabía Mikan que entonces uno no se podía ganar la vida con un balón y menos en medio de la II Guerra Mundial, por lo que abrazó con fuerza la posibilidad de conseguir un título universitario. Mas su destino estaba más que escrito. No era raro el partido en el que se acercaba o sobrepasaba los 50 puntos en una época donde las anotaciones eran mucho más bajas que en la actualidad. Y era normal, porque Mikan además de grande, era listo y aplicado. Cumplía con todo lo que le decía su entrenador y comenzó a practicar boxeo con el fin de aprender a soportar los agarrones, codazos y puñetazos con los que era obsequiado en cada partido. Su técnico también le incitó a saltar a la comba, a aprender a tocar el piano para agilizar los dedos y a sacar a bailar a chicas cuanto más bajas posibles para dificultarle los pasos y así ganar en destreza.
Patentó el llamado Mikan Drill (Taladro Mikan) un sistema de entrenamiento que aún se usa en la actualidad. Consiste en lanzar una bandeja con la mano derecha, recoger el balón debajo del aro con la izquierda para elevarlo nuevamente ante el tablero y anotar canasta. Esa facilidad en el tiro unido a su lanzamiento de gancho y a su certeza en los tiros libres con cerca del 80%, cuando los jugadores altos rara vez pasaban del 60%, lo hicieron indefendible. Cuando en 1945 George Mikan anote 53 puntos en la final de la NCAA la liga universitaria dijo basta.
Tocaba un cambio de rumbo.
Mikan no solo dominaba en ataque, también lo hacía en defensa. Se colocaba debajo del aro y frustraba con tapones los intentos de sus rivales. En el verano de 1945 la NCAA pasó a considerarse ilegal los tapones a lanzamientos que se encontraran en trayectoria descendiente en el momento del contacto con el defensor. Es decir, si la parábola del balón inició su descenso y el defensor realiza el tapón la canasta se considerará válida entre o no entre la pelota en el aro. Es una regla Anti-Mikan.
En 1946 George Mikan da el salto al profesionalismo. Lo hace en la NBL una de las antecesoras de la NBA. Los Chicago American Gears le hacen un contrato multianual millonario que nunca se hará efectivo. Jamás le pagarán. Pero a Mikan le da para jugar siete partidos, ser el máximo anotador de la competición y ganar el título. Al año siguiente firmará nuevo título, ya con los Minneapolis Lakers con los que iniciará la costumbre de firmar año a año para evitar sinsabores pasados. George Mikan se incorporó a los angelinos en el quinto partido de la temporada, y ahí nace otra imagen icónica con una buena intrahistoria. Los Lakers no tenían un uniforme para él, así que le dieron la camiseta más grande que encontraron. Por eso, su primer partido con los Lakers lo jugó con el dorsal 21 en lugar de su habitual 99. Y aunque el detalle no se aprecie en el blanco y negro, los pantalones que llevó eran de los Chicago Gears, porque tampoco había ninguno de su talla.
El dominio de Mikan entre los profesionales es tal que cuando en 1948 se crea la NBA inmediatamente se establece la prohibición del tapón en descenso al igual que se había hecho en la liga universitaria para intentar evitar el efecto Mikan. La NBA nace de la fusión de la NBL, que tenía a los mejores jugadores, y la BAA, que tenía a las mejores franquicias (Nueva York, Boston o Philadelphia). Es entonces cuando Mikan pasa de jugar en teatros y gimnasios a hacerlo en grandes pabellones. Celebre es la anécdota de una noche que los Lakers viajan a Nueva York para enfrentarse a los Knicks. En el luminoso del Madison Square Garden se anunciaban con grandes letras de imprenta: Wed basketball Geo Mikan vs Knicks (miércoles, baloncesto, George Mikan vs Knicks)”. Cuando Mikan entró en el vestuario sus compañeros le estaban esperando con ropa de calle y, bromeando, le indicaron que ya que era él el único que iba a jugar contra los Knicks ellos se quedarían tranquilamente descansando en el vestuario.
Mikan viajaba en ocasiones antes que el resto del equipo para esas sesiones publicitarias. El partido anterior, el plato fuerte, era baloncesto universitario (NCAA), porque en aquella época aún tenía mucho más éxito que el profesional. Si en Nueva York la NBA se disputaba en el icónico Garden era exclusivamente por culpa de Mikan. De lo contrario, habría sido en una nave de las instalaciones deportivas que el ejército tenía a las afueras de Nueva York alejada de la mano de Dios.
Tonight: George Mikan
Mikan explotó definitivamente. El hecho de jugar sus partidos en casa en el Minneapolis Auditorium también influyó en ello, ya que el parqué era un par de metros más estrecho que el de otras canchas, lo que favorecía su juego interior. Pero era mucho más que eso. Se instaló en cerca de los 30 puntos y 13 rebotes por partido y se convirtió también en el máximo asistente de los Lakers. En las finales de la NBA de 1949 jugó los tres últimos partidos por el título con la muñeca rota y aun así logró el campeonato promediando 30’3 puntos por choque.
Los Lakers, llamados así por los miles de lagos que hay en Minnesota (hasta 1962 no se mudarán a la soleada Los Ángeles en California) ganaron los siguientes campeonatos basándose en ataques estáticos y lentos esperando a que Mikan se incorporase al ataque. Llegaron a jugar una eliminatoria a siete partidos con los Harlem Globetrotters, por entonces no un equipo de circo sino el mejor equipo negro del mundo, dado que a los jugadores de color se les había vetado la presencia en la NBA. Ganaron los Lakers con Mikan como estrella y ese fue uno de los motivos por el cual los blancos perdieron el miedo y permitieron la aparición de negros en la NBA.
El dominio era tal que se producían situaciones esperpénticas. En un partido de la temporada 1950-51 los Pistons se pusieron por delante y decidieron retener el balón en sus manos para ganar por un ridículo 19-18. Entonces no había reloj de posesión y se podía hacer semejantes barbaridades. Mikan acabó con 15 puntos de los 18 de su equipo, casi todos ellos a través de tiros libres. Aquel año no llegó a jugar los playoffs al lesionarse la rodilla que se había fracturado de niño, pero volvió con fuerza para competir al año siguiente.
Tocó un nuevo cambio de paradigma. Una nueva reinvención.
La NBA reaccionó para evitar que Mikan siguiese devorando a los rivales cerca del aro y acabara con la competición. De hecho, se llamó Mikan Rule (la regla Mikan) a la ampliación de la zona en la que solo se podía estar tres segundos, que pasó en 1951 de situarse a 1’8 metros a ampliarse a 3’6 del aro (algo que se movería años más tardes a 4’9, de nuevo, por culpa de un gigante, en este caso Wilt Chamberlain). Era el primer intento de separar a un gran pívot dominante, aunque tosco y rudimentario para nuestros estándares, de su zona de influencia.
Los porcentajes de acierto de Mikan descendieron del 43 al 38%, pero no fue suficiente. Lo tenía más difícil, pero también lo tenían los demás. Los defensores igualmente hubieron de alejarse de la zona y colocarse más distantes entre sí. Era más difícil que Mikan sufriese un 2 contra 1 en defensa y, de hecho, la Mikan rule, inauguró de facto el baloncesto de 1 contra 1 en el juego interior. Por vez primera Mikan no fue el máximo anotador del año, pero volvió a llevarse el título al derrotar los Lakers a los Knicks en el séptimo y decisivo duelo de la final por 82-65 con 32 puntos de George Mikan.
Para intentar neutralizarlo, la NBA llegó a probar en un partido con subir la canasta 60 centímetros, pero suspendieron la idea al darse cuenta de que lo único que hacían era favorecer, precisamente, a los más altos.
Aún le daría a Mikan a ganar un par de títulos más. Los años pasaban y por vez primera bajó de los 20 puntos por temporada, pero seguía imponiendo su ley en el rebote. En 1954 llevaba siete títulos (cinco de la NBA) y tocaba otro cambio de rumbo.
Otra vuelta de tuerca al reglamento.
El reloj de posesión también llegó por Mikan
En 1954 la NBA adoptó el cambio que pondría patas arriba el baloncesto. El establecimiento del reloj de posesión de 24 segundos (de 30 segundos en la FIBA) supuso la línea divisoria entre el baloncesto primitivo y el baloncesto moderno. Mikan llevaba a los Lakers a la victoria a través de un ritmo muy bajo para poder operar por la pista con comodidad. Los rivales comprendieron que la única forma de pararlo era alargar al máximo las posesiones si conseguían ponerse por delante. Aquello, aunque no llegase al nivel enfermizo de los Pistons, provocaba partidos soporíferos, por lo que la NBA reaccionó e introdujo el reloj para transformar el ritmo y la intensidad.
Pero Mikan ya no estaba. En 1954 decidió retirarse. Siempre fue un caballero y nunca alzó la voz, pero los agarrones, las cargas, los golpes y los placajes habían hecho mella en su cuerpo. Ed Macauley, uno de sus enconados rivales en Celtics y Hawks, bromeaba que cuando chocaba despistado con una columna fuese en un hotel o un aeropuerto siempre pedía perdón por el tropezón al señor Mikan. El caso es que George había perdido frescura y, además, de aquella el baloncesto no permitía vivir de rentas, por lo que tocaba salir al mercado laboral.
Las críticas fueron feroces y lo fueron aún más cuando tras un año de ausencia Mikan decida volver a la NBA. Fue una temporada muy dura en la que, aun firmando unos números decentes, se vio desarbolado por la rapidez que entonces se le había imprimido al juego gracias al reloj de posesión.
Mikan. 1950
George Mikan fue un gigante, una superestrella. Shaquille O’Neal con medio siglo de antelación. Pero es desconocido. Olvidado hasta por aquellos que viven de la canasta. Jamás fue estético (jugaba con gafas), las fotos que tenemos de él son en blanco y negro y apenas hay imágenes en movimiento. En 1954 se estableció una línea. Lo de antes no importa. Lo de antes es primitivo. Lo de antes es George Mikan. Pero conviene recordar que lo que vino después de 1954 no hubiese existido si la tiranía de George Mikan no hubiese obligado a cambiar unas cuantas reglas.
Fue la primera estrella del baloncesto profesional, un pívot cuyo dominio cambió las reglas de este deporte. Y no fue una vez, sino hasta tres las veces que se cambió el reglamento para intentar pararlo. Sobre sus hombros empezó a levantarse la dinastía de los Lakers, aunque la franquicia, que vive de espaldas a todo lo anterior a su mudanza a Los Ángeles, no quiso retirar su número hasta hace apenas unos años.
«No habría tenido ese gancho si no hubiera aprendido los fundamentos de Mikan», dijo Abdul-Jabbar. Todos los grandes pívots jugaron en los Lakers. Wilt Chamberlain promedió 30’1 puntos y 22’9 rebotes para dos títulos, Kareem Abdul-Jabbar 24’6 y 11’2 para seis campeonatos y Shaquille O’Neal 23’7 y 10’9 para cuatro títulos. George Mikan 23’1 y 13’4 para siete entorchados (cinco de ellos de la NBA).
Otras historias sobre tiempos pasados en la NBA
Jo Jo White (el mejor en el mejor partido que jamás se ha jugado nunca en la historia de la NBA)
El partido prohibido (negros contra blancos rompiendo las reglas de los Estados Unidos de los 40)
19.08.06. España vs Nueva Zelanda. La selección inició su presencia en el Mundial de Japón en la ciudad de Hiroshima. Lo hizo con el mismo patrón con el que ganará el resto de partidos. Ritmo alto, posesiones cortas y gran volumen de lanzamientos. El objetivo es que al llegar el tercer cuarto de los partidos el equipo rival cayese desfondado ante la sinfonía hispana. Garbajosa, Navarro y, especialmente, Pau Gasol martilleaban el aro rival hasta lograr el triunfo.
01.09.06. España vs Argentina. Semifinales. Minuto 5. Primera canasta en juego de España en el partido. Esto no era lo esperado. 2-13 arrancó el encuentro ante los argentinos. Comandados por Ginobili, los sudamericanos pusieron cloroformo al balón y a base de paciencia y defensa agresiva impedían que España corriese y jugase como le gustaba. A los ocho minutos el parcial era de 8-17 y Oberto y Scola sumaban más rebotes ofensivos que los que tendría la selección en toda la primera parte.
06.08.06. España vs Argentina (preparación). Que se podía hacer algo grande se intuía durante la preparación. Fueron nueve amistosos y nueve victorias, con, al menos, once puntos de ventaja. El más disputado se produjo ante Argentina cuando un golpe de Luis Scola a Felipe Reyes en el cuello provocó que el pívot cordobés tuviese que irse a los vestuarios con dolores en las lumbares. Reyes se perdería los primeros partidos y no se contaba con su presencia al menos hasta los octavos de final. Reyes y Scola, de hecho, se las tuvieron tiesas camino de los vestuarios tras aquel encuentro, aunque Felipe asegura que el que le había provocado la lesión había sido otro pívot, Gabriel Fernández. El caso es que España tendría que afrontar el inicio del campeonato con únicamente tres referencias interiores; Pau Gasol, Jorge Garbajosa y el discutido Marc Gasol.
01.09.06. España vs Argentina. Semifinales. Minuto 14. Calderón y Cabezas. Esa era la pareja de bases de España durante el Mundial. El tercero en discordia era un entonces jovencísimo Sergio Rodríguez, jugador de enorme talento, pero por entonces excesivamente irregular. Con Navarro naufragando en el triple (0/6) entró también en pista el mallorquín Rudy Fernández. Ambos, Sergio y Rudy, ambos sin apenas presencia durante el torneo, cambiaron el ritmo del partido. Un parcial del 13-1 ponía a España por vez primera delante en el partido (32-30). A partir de ahí el choque estaría marcado por la igualdad.
24.08.06. España vs Japón. 104-55. Primera fase. Ese fue el resultado del último encuentro de una primera fase inmaculada que otorgaba la clasificación como primero de grupo a los octavos de final. ¿El premio? Evitar al ogro estadounidense hasta una hipotética final. En octavos España vencería (87-75) a Serbia. Cuando acabe la final, aquel grupo de colegas se sentarán haciendo el corro de la patata mientras simulan jugar a la pocha en el centro de la pista. Ni Play ni farrapos de gaita. En ese día de espera antes de la llegada de las eliminatorias directas comprarán también unas bandanas con la bandera nipona que más tarde lucirán en su cabeza durante los festejos por el título.
01.09.06. España vs Argentina. Semifinales. 96 segundos para el final. España vence por 71-69. En un reverso por la línea de fondo, el pie izquierdo de Pau Gasol dijo basta y se rompió. Antes de que aquel gigante de barba descuidada abandonase entre lágrimas la pista le dio tiempo a anotar cojeando un par de tiros libres que ampliaban la ventaja a seis puntos (73-67). La final estaba cerca, aunque Pau no estaría en la final.
29.08.06. España vs Lituania. Cuartos de final. Aquella generación de estrellas había sumado medallas en Europeos, pero hasta entonces los cuartos habían sido el tope en Mundial y Juegos Olímpicos. El rival era la siempre respetable Lituania. Ese día el maleficio se rompió. Fue el mejor partido de España dentro de un campeonato que fue excelso en su totalidad. Del 11-0 al 28-11 y del 28-11 al 47-30. Al final fue un 89-67 y con los bálticos maquillando el resultado en los minutos de la basura. Una actuación grupal dirigida por José Manuel Calderón y rubricada por Pau Gasol (25 puntos).
01.09.06. España vs Argentina. Semifinales. 77 segundos para el final. Un rápido triple de Pepe Sánchez acercaba a tres puntos a los sudamericanos (73-70). En la siguiente jugada el propio Sánchez hacía falta a Calderón. Era una mala idea. Registraba un 10/11 en el torneo. Era un fenomenal lanzador de libres. En la temporada 07/08 conseguiría el mejor registro histórico en la historia de la NBA sumando un 98,1% de efectividad. Parecía imposible que fallase un tiro. Pero lo hizo. Anotó únicamente uno de los dos y luego una acción rápida de Ginobili y un par de tiros libres anotados por Scola lograban que los argentinos ponían el empate en el marcador (74-74).
01.09.06 España vs Argentina. Semifinales. 19 segundos. Por extraño que parezca Argentina decide cometer una falta rápida para tener la última posesión y apuesta por hacérsela a Calderón. Aunque hubiese fallado un tiro libre instantes antes parecía imposible que repitiese error. Pero no. Calderón falló el primero, aunque anotó el segundo (75-74) ante la nerviosa y estupefacta cara de asombro de Pau Gasol que se mordía las uñas desde el banquillo. Argentina contaba con la última posesión. Aclarado para Ginobili que inició la penetración, defensa perfecta española y Manu, ante la imposibilidad de anotar, dobla a la esquina donde Nocioni espera abierto para el triple. Ejecución perfecta del ataque. Pero el balón rebota en el aro, Rudy coge el rebote y España por vez primera en la historia se clasifica para la final de un Mundial.
03.09.08. España vs Grecia. Final. Minuto 7. Pau Gasol se había lesionado y no podía jugar la final ante Grecia. Sus compañeros, sin decirle nada, salieron a calentar a la cancha con una camiseta que ponía ‘Pau también juega’, una idea en la que tuvo mucho que ver Manolo Rubia, delegado en aquel momento de la selección. Pau, apoyado en unas muletas, alucinó al ver a unos compañeros decididos a demostrar que eran mucho más que una estrella de la NBA. Pepu Hernández decidió suplir a Pau Gasol por Felipe Reyes para formar el quinteto inicial. El cordobés empezó el partido como un ciclón, con la misma agresividad con la que se había pegado con Scola en las semis de dos días antes, anotando los seis primeros puntos españoles de un partido que comenzó con numerosos errores por ambas partes. 10-9 era el marcador cerca de la finalización del primer cuarto.
06.08.2006. Concentración para el Mundial. Con fuertes dolores en la espalda, Fran Vázquez abandonaba la concentración de la selección española. Introvertido como pocos, el pívot gallego nunca llegó a encajar en un grupo del que solo formó parte en contadas ocasiones. Se relataba que el madridista Hernández Sonseca, preseleccionado anteriormente, sería su sustituto, mas el puesto fue otorgado para Marc Gasol. De vacaciones, el hermano pequeño de Pau tuvo que afrontar su primera convocatoria con España. Inteligente y con enorme presencia, apenas había contado con minutos en el Barça y lastraba continuos problemas de peso. La mayoría vieron en la elección de Marc una forma de rellenar la plantilla de doce elegidos y de paso tener contento a Pau Gasol.
03.09.08. España vs Grecia. Final. Descanso. 43-23. España ya se había encaramado a la cima del mundo. La segunda parte fue un dejar pasar el tiempo. Grecia, que en semis había doblegado a la todopoderosa Estados Unidos metiéndole más de cien puntos, se iba a quedar en la final con unos míseros 47. La victoria griega ante los yankis se había basado en una defensa zonal 2-3 y un juego de ‘pick and roll’ entre Papaloukas y Schortsianitis. Para pararlos en la segunda parte salieron los secundarios. Cabezas y Berni Rodríguez se deslomaron en defensa para frenar al genial base griego. Pero lo más memorable fue lo de Marc. El pequeño de los Gasol secó a Schortsianitis, conocido en el mundillo como ‘Baby Shaq’. El mastodonte griego de 150 kilos resultó un torbellino imparable para Estados Unidos, pero apenas pudo anotar dos puntos frente a España. Aquel Mundial, y esencialmente aquel partido, cambió la perspectiva de la carrera de Marc, quien con el tiempo acabará ganando el premio a mejor defensor de la NBA.
Campeones del mundo
02.09.08 (el día antes de la final). El seleccionador, Pepu Hernández, supo horas antes de la final que su padre hacía fallecido. Se lo comunicó al resto del cuerpo técnico y a los directivos de la FEB, pero les pidió que no dijesen nada a los jugadores para no afectar a su concentración. Él siguió como si nada y los jugadores a lo suyo. Juan Carlos Navarro había acabado la rueda de prensa con un categórico: “¿No hay más preguntas? Pues si no os importa me voy que tengo un torneo de pocha”. Nunca se sabrá quienes eran los vencedores de aquellas partidas maratonianas porque todos aseguran que eran los mejores con la baraja. Aquellos chavales de vieja escuela, de partida de cartas mientras escuchaban ‘Hombre despechado’ una canción ligera que hablaba de un tipo al que la novia lo abandonaba tras pagarle un implante de tetas, y que deambulaban por mercadillos japoneses en vez de frecuentar discotecas, contaban con proclamarse campeones del mundo la noche siguiente.
Verano de 1996. East Rutherford. Quincuagésima cuarta edición del Draft de la NBA. Con el fin de garantizar una liga competitiva, evitando grandes desequilibrios entre los equipos participantes, en 1947 se introdujo en la NBA el sistema de draft. Cada verano, los equipos, en orden de peor a mejor clasificación (con ciertos matices que no vienen al caso), elegirían a los jugadores interesados en entrar en la NBA. La tradición dicta que los designados procedan del sistema universitario norteamericano, pero, desde finales de los 90 el draft, progresivamente, se ha abierto al mercado internacional.
Ese año el mejor jugador elegible en el draft era un chico de 17 años. Su nombre era Kobe Bean Bryant.
La norma dictaba que todo jugador que se presentase al draft debía haber acudido a la universidad o haber contado con contrato profesional fuera de Estados Unidos. Mas en 1995 se abolió esa norma permitiendo que las estrellas de instituto saltasen directamente al draft de la NBA. Minnesotta Timberwolves había apostado por un tal Kevin Garnett en el puesto número 5 y el resultado había sido discreto, pero también prometedor. Solo en el tramo final de esa primera temporada se llegó a vislumbrar lo que Garnett podía llegar a ser.
Así que el dictamen de los expertos era claro. Esos chicos eran potenciales estrellas, pero tardarían años en desarrollar ese potencial. Los dueños de los clubes tenían miedo de elegir a un jugador tan joven solo para dedicarle años de maduración y cuidados con el riesgo de que se marchara después, en cuanto fuera agente libre y justo cuando estuviera alcanzando su primer pico de máximo rendimiento. Eran hipotecas a medio y largo plazo. Y en el deporte profesional solo existe el corto plazo. La NBA era lugar para hombres curtidos, formados y musculosos. Y mucho más en los 90 donde el baloncesto ultradefensivo era el predominante. No. No era lugar para chavales que aún no tienen permiso para beber una cerveza.
Kobe Bryant era fantástico. Un extraordinario escolta con un irrefrenable deseo de ganar. Pero era un saco de huesos con muelles en los pies. Si alguna franquicia quisiese apostar por un ‘wonder boy’ lo haría por uno alto y engreído, capaz de hacerse fuerte en la zona y dominarla con su cuerpo. Garnett cumplía de largo con esa definición. Moses Malone lo había hecho ganando tres MVP de la NBA. Malone, una fuerza de la naturaleza de 206 centímetros, había renunciado a ir a la universidad en 1974 y, tras dos años de profesional en la ABA, había entrado en la NBA por la puerta grande en 1976 erigiéndose en buque insignia de los Houston Rockets. Pero Malone, al igual que Kevin Garnett, eran pívots. Y Kobe era un escolta.
En ese torbellino habitual de juegos psicológicos que es el draft todos los ojeadores admitían que el mejor era Bryant. Y no sólo era el talento. Había algo más. Para acceder a la División I de la NCAA se requerían unas notas de elegibilidad académica que muchos no tenían. Es cierto que se hacían trampas, pero ni las universidades más permisivas podían ocultar lo imposible. Así que muchos jugadores se iban a Europa durante un año a ganar dinero antes de presentarse al draft de la NBA. Garnett, horripilante estudiante, había roto con ese modelo de acción y no le había ido del todo mal.
No era el caso de Bryant. Kobe era un estudiante modélico, pero no quería ir a la universidad. Sencillamente su objetivo, su único objetivo, era la NBA. No sólo era un voraz anotador, Kobe era inteligente y competitivo, con soberana capacidad de concentración, con la expresa idea de ser el mejor, un ego desmedido y, en tiempos de ropas anchas y cadenas de oro, vestía siempre con traje y corbata. No sólo impresionó a los ojeadores, también a los psicólogos.
Pero tenía 17 años. 17 malditos años. Todas las franquicias admiran sus condiciones, no obstante tan sólo tres están interesadas en contratarlo.
Bryant a los 17
La primera es Philadelphia 76rs. Kobe Bryant es de Philadelphia. Había abandonado el instituto Lower Merion como el máximo anotador de su historia superando a Wilt Chamberlain y había sido escogido en el quinteto ideal sub-18 de Estados Unidos. Además, Joe Bryant, padre de Kobe, había tenido una sólida carrera como suplente en los 76rs. Kobe era el ídolo local y la elección se tornaba en lógica. Sin embargo, los 76rs contaban con la primera elección del draft y sería un suicidio dársela a un chaval de 17 años. La elección lógica era la de Allen Iverson, estrella de la Universidad de Georgetown, capaz de masacrar al rival a golpe de fintas y canastas o de sofocarlo con defensas extenuantes. Era un proyecto hecho y derecho.
El siguiente en la lista son los New Jersey Nets. Tienen la elección número 8 y buscan un jugador exterior. Kobe Bryant encaja con el modelo. Además, los Nets pertenecen al gran mercado de la ciudad de Nueva York, la cual es urbe relativamente cerca de Philadelphia, por lo que los padres de Bryant aplauden con las orejas la idea. Sin embargo, los Nets cuentan con nuevo entrenador. Se trata de John Calipari, afamado técnico universitario, que afronta su primera aventura profesional en la NBA. A Calipari le gusta Bryant, pero sabe que tiene que ganar desde el primer día. Tiene dudas sobre el tiempo que necesitará para que Kobe pase al siguiente nivel.
El otro equipo interesado es Los Ángeles Lakers. Su director deportivo entonces es Jerry West, logo de la liga y quizás el mejor escolta de la historia de la NBA hasta la aparición de Michael Jordan. West decide montar un entrenamiento secreto en Los Ángeles para Bryant. Será un uno contra uno. Cita a Michael Cooper, fenomenal defensor ya retirado de los Lakers que acaba de cumplir 40 años. Bryant lo humilla y West lo tiene claro. “Es mejor jugador que cualquiera de los que tenemos actualmente en la plantilla”. Los Lakers irán a por Kobe Bryant.
El problema es que los Lakers no tienen una elección alta en el draft. No escogen hasta el puesto 24º y es harto complicado que Bryant caiga a cifra tan baja. Es seguro que los Nets (8º) lo escogerán, pero si los de New Jersey se echasen atrás, había más candidatos. Los Sacramento Kings (14º) y los Phoenix Suns (15º) buscan jugadores exteriores y no tienen urgencia por ganar. Si Bryant está a tiro, lo escogerán. Y mucho más cuando escuchen que el gran Jerry West apuesta por Kobe. Las dudas de los Nets y de Calipari desaparecerán cuando el gran tótem de los Lakers de su visto bueno al prometedor adolescente.
Para enrevesar más el asunto, Kobe Bryant necesitaba imperiosamente ser seleccionado entre los quince primeros del draft de la NBA. Arn Tellem, su agente deportivo, había negociado un fabuloso acuerdo de patrocinio de un millón de dólares con Adidas que sólo se haría válido si Bryant estaba entre los quince mejores. Joe y Kobe Bryant se habían lanzado a un precipicio sin red. Al padre le habían ofrecido el cargo de entrenador asistente de la Universidad de La Salle sólo para captar a su hijo. Rechazarlo significaba también perder su puesto de trabajo. Duke, North Carolina o UCLA también cortejaron a Kobe, pero fue en vano. No habría carrera universitaria. Pero el plan, el atajo para ir a la NBA, dependía de ser elegido entre los quince primeros.
Si los Lakers quieren a Kobe Bryant tendrán que hacer magia.
West y Bryant en 2010
Llega así la noche del draft. El talento presente es tremendo. No en vano el paso del tiempo lo dictará como uno de los mejores drafts de la historia. Como está cantado en el primer puesto Philadelphia escoge a Allen Iverson. Los siguientes puestos también son secretos a voces y son para jugadores que acabaran siendo campeones de la NBA (Ray Allen y Antoine Walker), All-Stars (Stephon Marbury y Abdur-Rahim) y también un mejor defensor de la temporada (Marcus Camby).
La séptima posición del draft es para Los Ángeles Clippers, el segundo equipo de la ciudad californiana.
Los Ángeles. Y aquí conviene hacer un inciso.
Arn Tellem, el agente del joven Bryant, tiene un acuerdo con Sonny Vaccaro. ¿Quién es Vaccaro? El hombre que en nombre de Nike había convertido a Michael Jordan en una mina de oro. Vaccaro acababa de lanzarle un órdago a Nike en forma de subida de sueldo y, rechazado, se había ofrecido a Adidas. Y Vaccaro sabía que su Jordan era Kobe. El Jordan de Adidas. Vaccaro era consciente de que no bastaba con meter canastas, había que vender, vender y vender. Y no existe mejor mercado para el capitalismo que California. Tellem y Vaccaro lo tienen claro. Kobe Bryant tiene que irse a Los Ángeles.
Pero no. Los Clippers prefieren ir a lo seguro. Son el eterno perdedor de la NBA y la mofa del resto de equipos. Podrían echarle bemoles y romper el mercado, pero el miedo es mucho mayor. No van a elegir a un chaval de 17 años y convertirse en el hazmerreír del mundillo. Y Kobe opina lo mismo. Él es un ganador y no piensa irse a un equipo perdedor.
Así que los Clippers seleccionan a Lorenzo Wright, un correcto pívot de 2’11 que hará una consistente pero discreta carrera en la NBA.
Llega la elección número 8.
El draft de la NBA tiene su aquel. En las primeras elecciones, entre una y la otra, hay un receso de tiempo. Y mientras hay llamadas. Muchas llamadas. Que yo te cambio mi puesto por esto y lo otro. Que yo te vendo a fulanito si tú me dejas elegir a menganito. Es en el último momento cuando el director deportivo del equipo llama al comisionado de la NBA para decirle el nombre del escogido. Hasta entonces muchas cosas pueden suceder.
La mañana del draft tiene lugar una última sesión de contacto con los jugadores. Unas postreras impresiones. Esa mañana Kobe Bryant rechazó reunirse con los representantes de los New Jersey Nets. También con los de Sacramento Kings y con los de Charlotte Hornets. Esa mañana Sonny Vaccaro llamó a Calipari y la amenaza fue clara: “Tengo un acuerdo con los Lakers, si tú y tu equipo lo estropeáis, lo lamentaréis”.
Kerry Kittles
Y hubo algo más. Arn Tellem y David Falk eran los representantes del momento. ¿Quién era David Falk? El representante de más de 100 jugadores…entre ellos Michael Jordan. Falk llevaba los asuntos de Kerry Kittles, un escolta de la universidad de Villanova, área cercana a Nueva Jersey, y donde Kittles quería jugar a toda costa. Kittles era un gran escolta, mejor en esos momentos que Bryant (luego, años después, diría que había compartido entrenamientos con Kobe aquel verano y que si él hubiese sido el dueño de una franquicia habría apostado por Bryant sin dudarlo) por lo que era una buena elección. Falk usó su poder de convicción (o sus dotes de mafioso, como ustedes prefieran enfocarlo) para advertir a los Nets de que, en caso de no escoger a Kittles, se olvidasen de seguir haciendo asuntos con sus negociados.
Llegamos entonces al momento de la elección. Se produce entonces una llamada. Los Lakers ofrecen el traspaso de Vlade Divac, su entonces pívot titular, a cambio de los derechos de la elección de los Nets. Los Nets rechazan el acuerdo. No se van a desprender de su número 8. Ellos necesitan un escolta. Pero todas las tácticas intimidatorias surten efecto.
Los New Jersey Nets escogen a Kerry Kittles con el número 8 del draft de la NBA de 1996. Será titular en las dos finales de la NBA que los Nets jugarán y perderán en 2002 y 2003. Una de ellas contra los Lakers. En aquella final Kittles promedió 12’1 puntos. Kobe Bryant 26’6 dianas. Kittles se retiró en 2005. El año de su retirada Bryant anotó 27’6 puntos por partido. Aun jugaría once campañas más.
Llega entonces el momento de tomar decisiones erróneas. Las siguientes franquicias solo buscan pívots. Y lo que hay no es gran cosa. Samaki Walker, Erick Dampier, Todd Fuller y Vitaly Potapenko. Cuatro jugadores prescindibles de la mente de cualquier persona sea o no sea aficionado al baloncesto. Llegamos pues a la elección número 13. Pertenece a Charlotte Hornets.
Los Hornets también quieren un pívot. Y no hay mucho donde escoger. Y ahí es donde Jerry West debe hacer magia. Hace el mismo ofrecimiento que le había hecho a los Nets. Sacrifica a su pívot titular a cambio de la elección número 13. Su objetivo es evitar que se llegue a la siguiente elección, la número 14, la de los Sacramento Kings, porque los Kings sí que quieren a Kobe Bryant.
Los Hornets aceptan. Y no es mala decisión. Divac forma parte del estrellato de la NBA. Es uno de los primeros jugadores europeos en triunfar al otro lado del Atlántico. Los Hornets pasarán de no clasificarse para playoffs a sumar 54 victorias y plantarle cara a Knicks y Bulls en la lucha por el título. Pero eso se sabrá después. Divac amenazará con volver a Europa si se consuma su traspaso a los Hornets, aunque al final acabará dando su brazo a torcer. En 1998 firmará por los Kings donde se convertirá en leyenda junto a su compatriota Peja Stojakovic, escolta escogido en el puesto 14, justo después de Kobe Bryant, en el draft de 1996.
Así pues, los Charlotte Hornets seleccionan a Kobe Bryant con el número 13 del draft de la NBA de 1996. Bryant se hace la foto con la gorra de los Hornets e inmediatamente después se venden sus derechos y se convierte en jugador de Los Ángeles Lakers.
Bryant 13ª Charlotte Hornets
Como Ray Allen o Antoine Walker, Peja Stojakovic también fue campeón de la NBA. Steve Nash (dos veces MVP), Jermaine O’Neal o Zydrunas Ilgauskas fueron los otros jugadores que fueron All-Stars. Junto a los de 1984 y 2003, el draft de 1996 forma parte del pódium de las mejores camadas de baloncestistas de todos los tiempos. Todos los citados fueron grandes jugadores, pero ninguno alcanzó ni por asomo los éxitos y el legado de Kobe Bryant, campeón de la NBA cinco veces con los Lakers, MVP de la NBA y 18 veces All-Star.
“No te lo vas a creer, Jerry, pero te he conseguido al mejor jugador de este draft”. Jerry West en conversación con Jerry Buss (propietario de los Lakers) tras hacerse con los derechos de Kobe Bryant.
Cuando la primavera muere y el verano acecha los playoffs de la NBA alcanzan su esplendor. Los playoffs son una figura deportiva intrínseca a la mentalidad norteamericana y, aunque para nosotros está asociada al baloncesto, los encontramos en cualquier otro acontecimiento deportivo con sello estadounidense. Sea fútbol americano, béisbol o hockey, las eliminatorias para decidir al campeón otorgan drama a un espectáculo ya de por si agonístico.
La existencia de los playoffs se remonta al inicio del deporte. La vasta extensión de Estados Unidos y Canadá hizo obligatorio dividir por territorios a los distintos equipos profesionales de ambos países. Las divisiones comarcales no permitían establecer un campeón nacional y se antojaba imposible instaurar una liga que cubriese semana tras semana los más de 4.000 kilómetros de distancia entre la Costa Este y la Costa Oeste de Norteamérica.
La solución consistió en dividir Estados Unidos por divisiones geográficas. Cada división en la NBA (hoy son seis) contaría con unas franquicias (hoy son cinco) que se enfrentarían entre ellas para lograr un primer puesto que les permitiese disputar unos playoffs por el título contra otros campeones de división. Al hacer esto se reducen los costes de los viajes y se gana en intensidad y dramatismo.
Choca esto con la mentalidad del Viejo Continente. El deporte europeo se basa en tres tipos de resultados: victoria local, empate y victoria visitante. De igual modo, cuando existe un torneo de eliminatoria directa se establece un sorteo. Dicho sorteo funcionaba como una lotería donde el azar hacía su aparición. Solo en tiempos modernos e, influido por la tendencia estadounidense, se establecieron los condicionantes y los cabezas de serie. En el Nuevo Continente toda liga sirve como un proceso de selección natural en el que los mejores se clasifican para un torneo final eliminatorio donde los cabezas de serie se eligen por el porcentaje de victorias.
En la opinión del que escribe esta diferencia radica en el concepto de justicia. Para un europeo el resultado de una liga regular demuestra quien ha sido el mejor a lo largo de un recorrido, quien ha sido el más fuerte a lo largo de una temporada. Esto implica que los mejores ganarán, pero, por un sentido de justicia y caridad, deben existir otros torneos donde el débil tenga su oportunidad. En las eliminatorias (copas) el azar sirve como balanza de la justicia que demuestra que, aparentemente, todos somos iguales. Es como el pan de los pobres que mantiene la ilusión de la felicidad.
Para un estadounidense no existe sentido de la justicia que pueda hacer creer que los últimos clasificados de una liga merezcan tener alguna opción de victoria. Sin embargo, crean ligas que irremediablemente cuentan con ‘playoffs’ por el título para demostrar que la justicia es igual para todos. Los mejores siempre parten con ventaja, pero deben demostrarlo, tanto a la larga como en las distancias cortas. Aquí el que manda juega con las cartas marcadas, pero siempre tiene que jugar. La justicia es igual para todos. La incertidumbre del resultado, y he aquí el quid de la cuestión, es mayor en el deporte norteamericano, aunque la sensación para el aficionado es que es mayor en el deporte europeo.
Al principio las series de playoffs estaban reservadas a cuatro equipos. El meollo del deporte norteamericano se concentraba en las 13 colonias originales y se extendía más allá de los Apalaches hasta los Grandes Lagos. Por el medio la nada, pero a lo lejos, muy a lo lejos, quedaba el interesantísimo mercado de California. La pujanza de ciudades como San Francisco y Los Ángeles y la expansión de los vuelos comerciales obligaron a crear la Conferencia Este y la Conferencia Oeste y dividir el pastel en dos mitades.
De este modo, los equipos de una misma división juegan cuatro veces entre ellos, entre tres o cuatro veces contra otras divisiones de una misma conferencia y dos veces al año contra los de otra conferencia para completar un total de 82 partidos de liga regular de la NBA. Por poner un ejemplo, los Boston Celtics juegan cuatro veces por temporada contra los New York Knicks (350 km de distancia), tres o cuatro contra los Chicago Bulls (1.500 km de distancia) y dos veces frente a Los Ángeles Lakers (4.800 km de distancia). Dado que los Celtics optan a enfrentarse a Knicks o Bulls en playoffs, el número de desafíos puede llegar hasta la decena en una temporada. Mientras, Celtics y Lakers sólo podrían ampliar sus duelos en una hipotética final de la NBA. Este sistema fomenta las rivalidades regionales y hace mucho más interesantes y especiales los duelos contra equipos de otras latitudes.
Si bien la división geográfica ha variado con el paso del tiempo, lo que nunca lo ha hecho es el número de partidos para decidir el campeón. Son más de 75 temporadas desde del nacimiento de la NBA y son los mismos años del alumbramiento del ‘game seven’, las dos palabras más hermosas del deporte norteamericano. Si bien las primeras rondas llegaron a jugarse al mejor de tres o de cinco encuentros, el choque decisivo por el título siempre se ha decidido al mejor de siete partidos.
Desde 2003 las cuatro rondas (primera ronda, semifinales de conferencia, finales de conferencia y finales de la NBA) se juegan al mejor de siete, por lo que cada año tenemos hasta 15 opciones diferentes de llegar a un séptimo partido. Todas las franquicias de la NBA han jugado un ‘game seven’ y los Celtics, como no, tienen el récord de triunfos en el instante decisivo. Michael Jordan sólo jugó tres ‘game seven’ y ninguno de ellos en las finales de la NBA. Lebron James se llevó el título en 2016 tras remontar un 1-3 por vez primera en la historia tras un agónico séptimo partido. Y Bill Russell jugó diez y ganó los diez, incluyendo el séptimo partido de la final de 1957 que los Celtics ganaron a los Hawks tras dos prórrogas, hecho inaudito hasta la fecha.
Russell, el señor de los anillos
Las rondas de playoffs al mejor de siete encuentros se juegan en formato 2-2-1-1-1 siendo los dos primeros partidos en casa del mejor clasificado y el último, si fuese necesario, también. Entre 1984 y 2013 el formato de las finales NBA cambió a 2-3-2 emulando el usado en la NHL (hockey sobre hielo), para luego recuperar el tradicional. Se dice que ganar el tercero es clave y que el que se pone 3-2 a favor en el quinto es virtual campeón. La estadística también confirma que un 2-0 o un 3-1 es definitivo, aunque el deporte vive de la épica. Y la épica nace al quebrar lo cotidiano.
Nunca un equipo ha remontado un 0-3 en contra. Existen un par de casos en la NHL, pero ninguno en la NBA. Tan solo existen tres casos de un 0-3 que se convirtió en un 3-3 para acabar muriendo en el séptimo decisivo. Una serie entre Jazz y Nuggets en 1994, otra entre Mavericks y Blazers en 2003 y la final de la NBA de 1951 cuando los Knicks remontaron a los Rochester Royals (hoy Sacramento Kings) para claudicar en un doliente ‘game seven’.
Aquella de 1951 fue la primera final de la NBA decidida en un ‘game seven’. Hasta la fecha, 19 campeones se han decidido en el definitivo ‘win or go home’. Icónica fue la victoria de los Knicks con un Willis Reed a lo Cid Campeador en 1970, la victoria de Bird contra Magic en 1984 o el último Lakers-Celtics en 2010. Pero nada igual como la ya comentada remontada de los Cavaliers de Lebron en 2016 ante Golden State Warriors que aquel año había logrado el récord de victorias en temporada regular (73-9).
Aunque a Europa le costó en un principio, los playoffs pronto se convirtieron en norma en el baloncesto FIBA. No sólo en el baloncesto, sino también para el béisbol o el hockey sobre hielo, éste último con abundantes seguidores en Europa del Este. Para los deportes creados en la vieja Europa los playoffs no son una opción. Alguna liga de fútbol menor como la belga los usa sin demasiado éxito y en las ligas mayores ni se plantea. Hubo un intento a mediados de los 80 en España que acabó con la paciencia de hasta los más calmados y que posee materia para un largo artículo.
Sin embargo, el problema de las distancias no es ajeno a Europa. Las primeras competiciones deportivas (pongamos por caso el fútbol) se disputaban en torneo de copa ante la imposibilidad de cubrir grandes distancias semanales para implantar una liga. Inglaterra, pequeña e industrializada, pronto lo solucionó gracias al ferrocarril, pero países como España o Italia tardarían décadas en remediarlo. Incluso la avanzada Alemania tuvo que esperar a los años 60 para implantar una liga nacional tras la barbarie de la II Guerra Mundial y las diferentes disputas regionales de los länders.
A diferencia de los playoffs donde el vencedor lo es tras ganar un número determinado de partidos (hay ligas de baloncesto como la turca que juegan al mejor de siete pero lo normal en Europa es jugar al mejor de cinco y en algunos casos al mejor de tres), la solución europea fue implantar el sistema de ‘knockout’. El formato copero de ida y vuelta garantiza beneficios de taquilla en cada estadio y minimiza al máximo los gastos de desplazamiento. En competiciones europeas se sigue utilizando el mismo formato ya bien andado el siglo XXI.
El problema es que si bien en un sistema de playoffs la victoria o la derrota de un equipo es igual de válida sea en el último segundo o se consume una paliza de proporciones bíblicas, en el ‘knockout’ una amplia victoria en el partido de ida deja en la intrascendencia el de vuelta. Para ello se inventó la final en campo neutral, en una suerte de ‘game seven’ decisivo. Y aquí fue Estados Unidos quien copió a Europa creando para el fútbol americano, su deporte estrella, la Super Bowl, un binomio que, como el ‘game seven’, está lleno de encanto, presión, ardor, épica y héroes que nacen e historias que mueren.
Pensilvania es un rectángulo casi perfecto. Uno de esos estados tirados con escuadra y cartabón producto del funcionalismo de los padres fundadores de los Estados Unidos. Fue William Penn el que tomó posesión de esas tierras en nombre del rey de Inglaterra y fue en Pensilvania, concretamente en su capital Philadelphia, donde los descendientes de aquel cuáquero inglés firmaron la Declaración de la Independencia y constituyeron los Estados Unidos de América.
Pensilvania era lugar de profundos bosques (Penn + selva) y generosos pastos. Pero con los años Pensilvania se convertiría en uno de los ejes del rápido crecimiento del país gracias a su industria pesada. La ciudad del acero por excelencia era Pittsburg, urbe situada al oeste del estado. Ahora sin humos, revela un paisaje de fábricas abandonadas de cristal y acero. Pittsburgh era la más conocida de esas ciudades que comenzaron brillando con el siglo XX y acabaron en la penumbra en el XXI. Otra de ellas era Bethlehem (Belén), situada en la otra punta de Pensilvania y lugar donde se asentaba la acería más grande de Norteamérica. Allí, en su época de esplendor, llegaron a censarse ciudadanos de más de ochenta países diferentes, todos emigrados en busca de un futuro mejor.
Entre esos miles y miles de extranjeros los había españoles. Uno de ellos era de Riaño, León, pueblito a los pies de los Picos de Europa. Pronto encontró trabajo en la acería. Había centenares de trabajadores españoles en Bethlehem y estaban muy bien valorados porque no protestaban (quizás también porque no sabían el idioma) y la mayoría tenían experiencia en los altos hornos vizcaínos o en las minas asturianas. De hecho, aquel leonés se había casado con una salmantina cuando trabajaba en los Altos Hornos de Bilbao.
Al poco la citada pareja tuvo un hijo. Le pusieron Pedro José y su apellido era Carrillo. Era 1930. Empezó la escuela chapurreando inglés y deseando acabar las clases para echar una partida a la brisca con su padre y jugar al fútbol con los otros niños españoles del barrio. Pero Pedro estaba mucho tiempo solo. Su padre trabajaba de sol a sol y a la pobre de su madre la perdió el mismo día que vino al mundo su hermana pequeña. Así que con tanto tiempo libre cultivó otras aficiones. Lo que más le gustaba era coger el autobús y acercarse a la cercana Philadelphia a ver los partidos del equipo de baloncesto de la Universidad de Pensilvania. Lo que más le llenaba de la experiencia era decirles a sus amigos que ‘The Palestra’, que así era como se llamaba el histórico pabellón aun en pie, había sido construido con acero fabricado por su padre.
The Palestra
Pronto Pedro dejó el soccer y se pasó al baloncesto. No era alto, apenas media 170 centímetros, pero le encantaba aprender y era extremadamente listo. Destacó en el instituto, aunque el básquet universitario ya fue demasiado corte para un chico tan bajo. No obstante, llamó la atención de su técnico, un tal Butch van Breda Kolff. El que con los años acabaría siendo entrenador de Pistons o Lakers entrenaba entonces a la Universidad de Princeton, y antes de salir rumbo a la NBA, dejó un recado en la afamada institución académica: “Conozco al mejor entrenador del mundo, aunque no lo vais a contratar porque es medio calvo, tiene las orejas grandes y viste muy mal. Se llama Pedro”.
Era 1967. Pedro Carrillo iba a dirigir el equipo de baloncesto de Princeton, una universidad de reconocido prestigio en el ámbito académico, pero de nulo éxito en los ambientes deportivos. Princeton forma parte de la Ivy League, la división de la National Collegiate Athletic Association (NCAA) que engloba a universidades de la categoría de Yale, Harvard o Columbia, donde los jugadores no son elegidos en base a sus méritos deportivos sino en relación a sus aptitudes académicas. Un campeón de la Ivy League, sea la universidad que sea, es objeto de derrota cuando se enfrenta a cualquier otro equipo de la NCAA.
Así pues, Pedro Carrillo iba a tener que darle a la mollera si quería sacar rendimiento de aquel equipo. Lo primero que hizo fue convertirse en Pete Carril. Era 1967. No estaban de moda los latinos, ni la multiculturalidad, y un tipo rechoncho llamado Pedro Carrillo nunca obtendría el respeto de sus jugadores.
Pedro Carrillo
Fueron 29 las temporadas que Pete Carril dirigió al equipo de baloncesto de la universidad de Princeton. Y lo hizo con notable éxito, perfeccionando y modificando una forma de atacar que se daría a conocer como ‘ataque Princeton’ y que le granjeó un respeto y una fama que jamás podría haber ni imaginado cuando Pete simplemente era Pedro.
Entendió que con lo limitado que era su equipo debería explotar el juego colectivo a través de una rápida circulación del balón. En el ‘ataque Princeton’ existe el movimiento continuo, con y sin balón, lo que enmascara las debilidades técnicas y físicas de cada individuo. Con esa forma de jugar, Princeton se ganó una merecida fama de matagigantes. Por entonces hasta se pensaba en descalificar a los miembros de la Ivy League de la primera división de la NCAA por su escaso rendimiento, pero todo cambió cuando los bajitos de Princeton aguantaron en pie hasta el último segundo de un recordado partido frente a la temible Georgetown de Dikembe Mutombo (2,18 m) y Patrick Ewing (2,13 m). Antes de aquel histórico partido Newell puso a sus asistentes a defender con escobas en el calentamiento para acostumbrar a sus jugadores a luchar contra gigantes.
“¿De qué sirve ser español si no puedes perseguir molinos?”, dijo Newell en la rueda de prensa de su última victoria como entrenador universitario cuando Princeton venció por dos puntos a la poderosísima UCLA. Un triunfo de David contra Goliat, titularía la prensa norteamericana. Era 1996 y a los 66 años a Carril le llegaba la oportunidad de la NBA.
El sueño de Pedro era jugar como los Boston Celtics de Red Auerbach. Dirigir a un equipo de defensa feroz, transiciones veloces y certero al contraataque. Pero nunca pudo. La limitación de sus plantillas en Princeton le obligó a jugar un baloncesto pausado en el que se llevaba al límite el reloj de posesión. Tenía que ser lento por necesidad y a través del juego colectivo armarse de paciencia para dar con el momento exacto con el que tirar a canasta.
Pero en 1996 a Pete Carril se le abrió el cielo. Tendría el enorme talento de una plantilla de la NBA a su disposición y un entrenador que confiaba en su inteligencia. Porque Carril no sería primer entrenador, simplemente formaría parte del organigrama de Rick Adelman. Pero éste era sabedor de la inteligencia de aquel hijo de españoles y le encargó diseñar las jugadas de ataque y convertir el ‘ataque Princeton’ en la seña de identidad de los Sacramento Kings.
Aquel equipo dirigido por Vlade Divac y Chris Webber, dos hombres altos con mentalidad de bases, se convirtió en una de las escuadras más atractivas de la NBA y solo los Lakers de O’Neal y Kobe Bryant les impidieron convertirse en campeones. Los Sacramento Kings, hasta entonces un equipo sin rumbo, fueron durante un lustro una perfecta combinación de egos donde el pase extra y la solidaridad imperaban sobre todo lo demás y el juego bonito gobernaba por encima de los resultados. A sus 70 años Pete Carril había logrado la perfección con su querido ‘ataque Princeton’.
Pete Carril
La idea de que si la pelota y el jugador no dejan de circular el balón finalmente encuentra su destino, estuvo y estará presente en cualquier cancha de baloncesto. Pero fue aquel hijo de un leonés el primero que, agobiado por la necesidad, diseñó un quinteto con cinco exteriores sin presencia de pívots tan en boga en la actualidad. Mucho antes de que Golden State Warriors ganase cuatro anillos de la NBA con Draymond Green haciendo de pívot sin llegar a los dos metros, los Tigers de Pedro Carrillo ya hacían lo mismo desde la neoyorkina universidad de Princeton.
“Cualquier aficionado al baloncesto poco sofisticado podía admirar y entender a un equipo de Pete Carril a primera vista. También el adicto a los aros más devoto podía ser hechizado por un equipo de Carril en movimiento. Era baloncesto, no de talento, sino de equipo. Puede que no sea la forma en que todo el mundo debería jugar, pero era la forma en que todo el mundo solía intentar jugar». ‘The New York Times’ tras el fallecimiento de Pedro Carrillo (Pete Carril).
Es relativamente habitual que cuando un licenciado estadounidense acabe su carrera cruce el charco y haga una tournée por Europa. Algunos visitan Londres, muchos Roma y todos Paris. Hablamos de gente de cierto nivel intelectual, cultural e incluso económico. Gente que admira el estado de bienestar europeo y ese gusto por trabajar por vivir y no el vivir por el trabajar tan propio de Estados Unidos. Ven Europa con ojos románticos, como una suerte de club de países pequeños con PIB extraordinarios. Un paraíso para disfrutar de una jubilación que se antoja de las más longevas y satisfactorias del planeta.
Y, sin embargo, todos esos jóvenes bien alimentados y bien educados que critican la venta de armas en Estados Unidos y admiran los hospitales públicos europeos, se echan las manos a la cabeza cuando ven que nadie tiene secadora.
Algo propio del tercer mundo.
El 90% de los habitantes de Estados Unidos tienen secadora. Así como casas más grandes, armas en el salón y multitud de problemas cardiacos. Dicen que eso sucede porque el alcohol protege de los problemas de corazón y como los europeos están siempre borrachos bebiendo vino en las comidas…Que un norteamericano tenga una secadora no es una cuestión geográfica, sino cultural. Tanto la tiene el habitante invernal de Wisconsin como el del verano perpetuo de Florida. Tender la ropa al viento es de pobres. Antiguamente era cosa de negros. Los blancos, los blancos más humildes y de casas húmedas del interior de Chicago, tendían la ropa al lado de la caldera. Desde que en los 50 la secadora se hizo accesible y popular a nadie, independientemente de su nivel de renta, se le ocurriría tender la ropa al viento.
En Europa no es así. La ratio de ventas de secadoras es de 1/9 en relación a la de las lavadoras. Sólo en las grandes ciudades, en pisos de metros cuadrados escasos, se le ocurre a alguien montar una secadora. Y no es una cuestión geográfica. Puede que en el sur de Europa el sol abunde, pero de los Pirineos para arriba el astro rey suele desaparecer con prontitud. La construcción de patios de luces, los recovecos de un ático o un sencillo sótano o trastero son válidos para tender la ropa. Incluso se puede colgar al aire libre en pleno invierno. En Manchester o en Oslo a las camisetas se les da la vuelta en el radiador como de un filete se tratase. Es, simplemente, una cuestión cultural. Incluso medioambiental en las zonas más progres del Viejo Continente.
Aunque a menudo Occidente se considera como un todo, la evolución histórica, geográfica y sociopolítica de sus diferentes lugares ha dado lugar a notables diferencias culturales. La amplia extensión de ambos mundos hace que cada región tenga sus particularidades. Con todo, la cohesión de Estados Unidos como única nación hace más fácil la homogeneidad que en Europa. Así un irlandés o un polaco tiende a parecerse más al prototipo americano que a buena parte de los europeos. Peso a lo cual, las secadoras escasean tanto en Dublín como en Varsovia.
Secado Made in Europe
Escasean las secadoras al igual que las distancias y el tiempo permanecen en dimensiones distintas. Si una iglesia del siglo XIX es moderna para un europeo es antigua para un estadounidense. Si una ciudad está de la playa a unos 100 kilómetros es lejos para un europeo, pero cerca para un estadounidense. Lo haremos en un coche manual y pequeño, frente a los automáticos y grandes de un norteamericano, los cuales no tendrán problema para aparcar en los parkings gigantes que abundan por Estados Unidos. Nuestra semana empieza el lunes, mes y año. La de ellos es mes, domingo y año. Sus colegios son de pago y nadie tiene la obligatoriedad de aprender otro idioma, cuando aquí en el sistema público chapurreas, al menos, tres hablas. Nuestras calles están llenas de historia y las suyas de números, al igual que sus nombres de pila suelen ser también apellidos y sus políticos han de servir en el ejército antes de dar el salto a la política.
Y el deporte. En Europa la historia deportiva se ha cimentado sobre el fútbol. A su alrededor pivotan multitud de disciplinas, pero ninguna de ellas forma parte del tronco central del deporte estadounidense. Tan solo el baloncesto ha conseguido penetrar en el acervo colectivo de ambos continentes. Pero fútbol americano, béisbol y hockey sobre hielo son elementos extraños para el común de los europeos.
Empero, no es la diferencia de gustos lo que separa a europeos y a estadounidenses. La diferencia radica en la forma de concebir que es el deporte. Podemos identificar hasta tres diferencias fundamentales en torno a dicha concepción: a) aficionados; b) sistema de competición; c) objetivos de los clubes.
A) Aficionados:
En Europa las simpatías tienen una dimensión cultural y geográfica. De lo local a lo nacional y de lo nacional a lo internacional. El conglomerado de ligas regionales, nacionales y europeas certifica y pone en valor los sentimientos de cada forofo. Esta distinción es irreal para un estadounidense. Para ellos el campeón de la NFL, la NBA, o la NHL o la MLB es el campeón del mundo. Solo los Juegos Olímpicos son considerados para los estadounidenses un verdadero test internacional en el que enarbolar la bandera nacional.
La densidad de población de Europa Occidental es enorme lo que unido a un número considerable de países hace fácil el desplazamiento de aficionados para ver a su equipo. Esto convierte un partido fuera de casa en una aventura y crea una identidad cultural social entre los aficionados y su equipo. La inmensidad de Estados Unidos (donde caben hasta 18 Francias) limita al televisor el seguimiento del deporte, por lo que hace poco permeable la identificación con los colores.
B) Sistema de competición:
El deporte europeo se basa en tres tipos de resultados: victoria local, empate y victoria visitante. De igual modo, cuando existe un torneo de eliminatoria directa se establece un sorteo. Dicho sorteo funcionaba como una lotería donde el azar hacía su aparición. Solo en tiempos modernos e, influido por la tendencia estadounidense, se establecieron los condicionantes y los cabezas de serie. Al otro lado del Atlántico toda liga sirve como un proceso de selección natural en el que los mejores se clasifican para un torneo final eliminatorio en el que los cabezas de serie se eligen por el porcentaje de victorias.
En la opinión del que escribe está diferencia radica en el concepto de justicia. Para un europeo el resultado de una liga regular demuestra quien ha sido el mejor a lo largo de un recorrido, Quien ha sido el más fuerte a lo largo de una temporada. Esto implica que los mejores ganarán, pero, por un sentido de justicia y caridad, deben existir otros torneos donde el débil tenga su oportunidad. En las eliminatorias (copas) el azar sirve como balanza de la justicia que demuestra que, aparentemente, todos somos iguales. Es como el pan de los pobres que mantiene la ilusión de la felicidad.
Para un estadounidense no existe sentido de la justicia que pueda hacer creer que los últimos clasificados de una liga merezcan tener alguna opción de victoria. Sin embargo, crean ligas que irremediablemente cuentan con ‘playoffs’ por el título para demostrar que la justicia es igual para todos. Los mejores siempre parten con ventaja, pero deben demostrarlo, tanto a la larga como en las distancias cortas. Aquí el que manda juega con las cartas marcadas, pero siempre tiene que jugar. La justicia es igual para todos. La incertidumbre del resultado, y he aquí el quid de la cuestión, es mayor en el deporte norteamericano, aunque la sensación para el aficionado es que es mayor en el deporte europeo.
C) Objetivos de los clubes:
El objetivo de cualquier club es lograr el éxito. En Europa existe un sistema de ascensos y descensos en el que los fondos económicos se distribuyen en función de la categoría y de forma solidaria entre clubes a través de entes nacionales e internacionales. Trepar en el escalafón, sea como sea, es el objetivo para lograr el éxito deportivo. En Estados Unidos un club es una franquicia, donde un propietario, a través de su dinero, mantiene a su equipo en una liga independientemente de sus resultados deportivos. Todo se basa en la solvencia y en el crecimiento económico, y solo a través de la financiación correcta se puede alcanzar el objetivo deportivo.
Este sistema repercute directamente en los deportistas. En Europa sus sueldos dependen de las vicisitudes de su equipo y son altamente variables. En Estados Unidos dependen de sus méritos deportivos y son intocables tanto a la baja como al alza hasta que vencen sus compromisos contractuales.
Esto lleva directamente a una forma frontalmente distinta de entender la captación del talento.
Fiesta universitaria
— ¿POR QUE LOS DODGERS NO SON EL MADRID NI MESSI ES LEBRON? —
Pocos conocerán a Randy Livingston. Normal. En doce años de carrera profesional jugó en infinidad de equipos. Concretamente en catorce equipos. En alguno de ellos de manera testimonial. Fueron dos los partidos que jugó con los Golden State Warriors y cinco en los que defendió la camiseta de los Chicago Bulls. En los Idaho Stampede de la liga de desarrollo de la NBA llegó a militar en cinco diferentes ocasiones en un espacio de ocho años. Y sin embargo Randy Livingston es un jugador de baloncesto venerado allí donde nació.
Porque en Nueva Orleans, en el estado de Louisiana, Randy Livingston es una leyenda viva. Asistió al instituto Newman de su ciudad natal con cuyo equipo de baloncesto logró el título de mejor jugador de secundaria de Estados Unidos en 1992 y 1993. Después logró una beca deportiva que le permitía ir a cualquier universidad del país. Decidió quedarse en casa y estudiar en la LSU, la Universidad Estatal de Louisiana. Que luego una lesión de rodilla cerciorase su carrera fue del todo inoperante. Randy Livingston es un icono de su comunidad.
Historia parecida es la de Herschel Walker. Nacido en Wrightswille, en el estado de Georgia, Walker compitió en el instituto de su pequeño pueblo donde logró la hazaña de guiar a su colegio a ganar el campeonato estatal de secundaria de fútbol americano en 1979. Al igual que Livingston, Herschel Walker decidió quedarse en casa y apostar por la Universidad de Georgia, donde también fue elegido mejor jugador del país y en 1981 ganó el campeonato universitario de Estados Unidos. Pero a diferencia de Livingston, Walker tuvo una carrera profesional fructífera que le llevó de Nueva Jersey a Dallas y de Dallas a Minneapolis, aunque jamás alcanzó los éxitos que logró como amateur en Georgia. Hoy Walker lucha por ser senador republicano por su Georgia natal.
Viajemos a Europa. Zlatan Ibrahimovic nació en Malmö, la ciudad más meridional de Suecia. De padre bosnio y madre croata, apenas jugó 40 partidos con el club sueco antes de firmar por el Ajax de Ámsterdam. Ahí inició una carrera antológica que le ha llevado a anotar más de 500 goles y a ganar títulos con algunos de los clubes más importantes del mundo, caso del FC Barcelona, el Manchester United, el PSG o las tres grandes escuadras italianas (Inter, Milan y Juve). Ibra es un dios del fútbol. Su carrera profesional es infinitamente superior a la de Walker o Livingston. Pero Ibra no es un dios en Suecia. Nunca ha tenido una actuación relevante con su selección. Es más. Ha renunciado sistemáticamente a defender la camiseta nacional y ha solicitado regresar cuando le ha convenido. Ni siquiera en Malmö es un ídolo. A la estatua de Ibrahimovic que daba la bienvenida a la ciudad de Malmö le fue amputada la nariz y fue tirada al suelo cuando Zlatan decidió entrar en el accionariado del Hammarby IF, club de Estocolmo y tradicional rival del equipo de Malmö. No, definitivamente Ibrahimovic no es un referente para su comunidad.
En Estados Unidos no existen las subvenciones estatales deportivas. Tan solo aportes económicos de la administración local. La economía del país obedece a la ley de la oferta y la demanda, y así funciona su sistema deportivo. Son los colegios los que tratan de captar talento en función de la disciplina, la productividad, el trabajo y el control. No se busca el modelo europeo de ‘fair play’ sino el modelo de excelencia. Ganar por encima de todo. A través de donaciones, publicidad y eventos financian los colegios su estructura académica. Del colegio se pasa al instituto (high school), donde se crea un vínculo con la sociedad. Esos deportistas llevan el nombre del instituto a lo largo del estado (o del país) y dan notoriedad a los mecenas que han llevado a esa institución al éxito.
Esos deportistas son captados por universidades que ofrecen becas deportivas para completar unos estudios que son prohibitivos para buena parte de los estadounidenses. A cambio, la universidad podrá obtener ingentes beneficios gracias a los ingresos televisivos, venta de mercadotecnia o control de derechos de imagen. Hay que tener en cuenta que los partidos universitarios reúnen a miles de espectadores en directo y a millones por televisión. Un entrenador universitario de fútbol americano o de baloncesto gana más dinero que el rector de la universidad.
Los más exitosos de estos atletas pasarán a la rueda del deporte profesional, mientras que la mayoría de ellos acabarán sus licenciaturas y entrarán en el mercado de trabajo. Suceda lo que suceda habrán formado parte de una comunidad. Quizás Michael Jordan sea el deportista más grande de todos los tiempos. Y lo es por sus hazañas con los Chicago Bulls, pero Jordan lo que es, es un ‘Tar Heel’ de la universidad de Carolina del Norte. Allí se formó como persona y como deportista. Fue allí donde decidió vivir una vez retirado y fue allí donde decidió invertir millones de dólares para comprar una franquicia de la NBA y no en el Chicago donde se convirtió en el hombre más famoso del mundo.
No sucede lo mismo en Europa. Aquí el deporte es diversión y formación. Está tutelado por los entes públicos, los cuales construyen los recintos deportivos. La idea es crear buenos hábitos, fomentar el compañerismo y desarrollar las capacidades psicomotrices de los niños. Salvo casos extraordinarios, solo cuando el niño se convierte en adolescente se empieza a pensar en su carrera profesional como deportista.
Y aquí estriba la gran diferencia. Ibrahimovic no jugó para un instituto ni para una universidad. Fue captado por un club privado quien lo formó en sus categorías inferiores y lo convirtió en profesional cuando consideró que estuvo preparado. No existió red de seguridad. Tuvo que escoger entre estudiar o dedicarse al fútbol. En Europa nadie es recordado por los goles que metió en la universidad. Simplemente porque esa opción no existe para el deportista de élite. Tomas el control de tu vida joven, seguramente excesivamente joven, y a cambio eres libre de decidir donde y para quien jugar. Quizás construyas un vínculo con una ciudad y su club de fútbol, pero lo normal es que no eches raíces ni edifiques vínculos e intentes labrarte una carrera de éxito por ti mismo sin tener en cuenta a tu comunidad.
Herschel Walker
Lionel Messi nació en la ciudad argentina de Rosario y se formó en las categorías inferiores de Newell’s Old Boys. Allí estuvo hasta los doce años, por lo que pocos tienen recuerdo de él. Es así porque las categorías inferiores fuera de Estados Unidos son objeto de divertimiento y recuerdo y solo en épocas recientes los datos y las estadísticas han tenido una razón de ser. Es el salto al profesionalismo lo que marca la diferencia en Europa. Es así que Messi se convirtió en profesional con el FC Barcelona a los 16 años. Es en Barcelona donde ha cosechado sus éxitos por todos conocidos y es en la Ciudad Condal donde se ha convertido en una figura imperecedera que traspasa los límites del deporte. Messi es argentino de corazón y de sentimiento y anhela ganar el Mundial con su país para sentirse querido y reconocido por los que lo vieron nacer. Pero por mucho que quiera y por mucho que lo desee Messi jamás será rosarino. Nunca será Maradona. Messi ha sido criado, modelado y tutelado por Can Barça. Messi es patrimonio catalán, a pesar de que nunca ha hablado catalán.
Lebron James nació en un barrio marginal de Akron, suburbio al sur de Cleveland. Estudió en el instituto católico de Saint Vicent y Saint Mary donde sus estadísticas fueron contabilizadas al milímetro y se convirtió en campeón nacional y mejor jugador del país. Declinó declinar formarse en una universidad y dio el salto al profesionalismo a través de los Cleveland Cavaliers. De inmediato se convirtió en el hombre del momento, aunque tuvo que marcharse a Miami para ganar su primer anillo de la NBA. En aquel instante se convirtió en un Judas, pero con el tiempo regresó a Cleveland para hacer campeones por vez primera a los Cavaliers. Hoy Lebron James es una de las pocas figuras deportivas que pueden hacer sombra a Leo Messi a nivel global, pero su impacto a nivel local es inimaginable para el bueno de Leo. Ha construido escuelas, orfanatos o museos en su ciudad natal y, sobre todo, se ha convertido en ejemplo y referente para la comunidad de Akron y de Cleveland, a la que siempre hace referencia en cada una de sus intervenciones públicas.
Al igual que en el caso de Lebron, es habitual que el deportista estadounidense devuelva parte de lo que le fue otorgado por su comunidad. Obviamente el sistema de bienestar europeo hace impensable que sea un mecenas quien tenga que construir una residencia de ancianos o una biblioteca. No solo eso. La existencia de un mecenas es criticable por cierta parte de la sociedad. La necesidad del mecenas en Estados Unidos es reflejo de un sistema social y económico opuesto. Pero en el caso que nos ocupa, la figura del mecenas deportista en Europa es difícil de ver debido a esa inexistencia de vínculos primigenios con la comunidad formativa.
Lebron King Caridad
El Real Madrid fue fundado en 1902. Camino de los 125 años de historia posee el palmarés más exitoso del fútbol mundial y en sus filas han militado alguno de los jugadores más famosos de todos los tiempos. Pero el Real Madrid podría estar un siglo sin ganar título alguno y su fama se mantendría inquebrantable. Su estadio es un museo en movimiento que se mantiene en el corazón de la ciudad desde tiempos pasados y su escudo y su camiseta apenas han sufrido pequeños cambios inapreciables para el aficionado medio. El club, aun profesionalizado y convertido en una empresa multinacional, sigue siendo propiedad de unos socios que con sus críticas y reproches pueden hacer cambiar el devenir de la entidad de una semana para otra. El Real Madrid es un club global, español, pero, sobre todo, es un club madrileño. No se entiende la ciudad de Madrid sin su Real.
Los Ángeles Dodgers son junto a los Yankees de Nueva York el club de béisbol más valioso del mundo. Son el buque insignia de una ciudad de cerca de cuatro millones de habitantes y un área metropolitana de 20 millones. Han ganado siete veces las Series Mundiales y su estadio es el de mayor capacidad del país. Pero los Dodgers no son de Los Ángeles. No lo son porque no son un club, son una franquicia. Los Dodgers nacieron en 1883 en la otra punta del país, concretamente en el barrio neoyorkino de Brooklyn. Allí estuvieron hasta 1957, cuando el propietario decidió trasladar al equipo a California. Por el camino hay títulos en Brooklyn como en Los Ángeles, al igual que los Lakers de la NBA poseen entorchados en Minneapolis como en Los Ángeles. Nadie duda que los Dodgers son el equipo de L.A, pero ni su historia ni si cultura ni, quizás, su futuro, están en la ciudad que vio nacer a Hollywood.
La emoción es una pauta filogénicamente aprendida que se desencadena por un suceso intenso. La pertenencia, la identidad y la identificación con unos valores agravan ese sentimiento. En Europa ser de un club de fútbol es sinónimo de ser habitante de esa ciudad. Las rivalidades entre clubes crean resentimientos entre ciudades, aunque los odios solo ocupen el plano deportivo. Pertenecer a un equipo de fútbol es pertenecer a una secta religiosa con tradiciones centenarias. Implica formar parte de una tradición y un legado en el que por lo general el árbol genealógico ha tomado parte.
De padres a hijos
“En Estados Unidos todo el mundo es de la opinión de que no tiene superiores sociales, ya que todos los hombres son iguales, pero no admitir que tiene inferiores sociales, ya que la doctrina de que todos los hombres son iguales sólo se aplica hacia arriba, y no hacia abajo”. Bertrand Russell.
“El ejemplo de Estados Unidos es absurdo. Si Estados Unidos estuviese en el centro de Europa no resistiría ni dos años la presión del resto de las monarquías”. Napoleón Bonaparte.