estadios de fútbol

Buenos Aires

Brown, Buchanan, Watson Hutton o Moore. Esos eran los nombres de los futbolistas rioplatenses a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX. Británicos que llegaron a Sudamérica para trabajar, cuyos hijos fueron a colegios ingleses y cuyos nietos acabarán siendo criollos. Por ende, sus bisnietos cien por cien rioplatenses. En el cauce suroeste del río fueron en busca de progreso italianos, húngaros y hasta brasileños, combinando una maraña de sangres e ideas. Los argentinos, quienes habitaban esa ribera del estuario de La Plata, mezclaron lo propio con lo foráneo e inauguraron un estilo criollo (elegante e improvisado) que combinaron con el británico (fuerza y disciplina). A este estilo le llamaron jugar a la argentina y ya en el siglo XXI el marketing hizo lo suyo y pasó a llamarse jugar a la nuestra.

El fútbol pronto se convirtió en el deporte nacional en Argentina. Al juego táctico se le unió el de potrero. Al británico fuerte y corpulento el criollo enjuto y habilidoso. Al tiro largo, el regate interminable. El Río de la Plata era una marmita de creatividad sin igual y en cada barrio de Buenos Aires iba a surgir un club. Cada equipo tiene su estadio, una peculiaridad que comparten con las escuadras ingleses evitando así su dependencia del poder público. Además, cada club tiene su sede social y deportiva. Las sedes sociales, en muchos casos con bibliotecas o salas de teatro, articularon la actividad cultural y recreativa de cada barrio durante gran parte del siglo XX. Bailes populares, bodas, bautizos y comuniones, carnavales o fiestas regionales de los distintos emigrados serán usados en los espacios de estos clubes deportivos.

Argentina es Buenos Aires. Y Buenos Aires es el Rio de la Plata. Tras zarpar de A Coruña, Diego García de Moguer descubrió para los europeos un inmenso estuario navegable donde años después se fundó la ciudad de Buenos Aires, asentada en torno a una plaza principal, hoy conocida como Plaza de Mayo. Los españoles le dieron vida, los italianos la reanimaron y los ingleses la capitalizaron. Sus hijos, los criollos que de allí surgieron, gobiernan una Ciudad-Estado, un ente independiente del resto del país, con su propia idiosincrasia y tenedor de las más grandes riquezas y de las más terribles de las pobrezas.

Donde el tango nació, de criollo corazón, suburbio que hoy reina en el mundo, cantaba Carlos Gardel. Hay tango, pero sobre todo hay fútbol. El Gran Buenos Aires, unos catorce millones de habitantes (la ciudad pasa de los tres) cuenta con 36 estadios con aforo superior a las 10.000 localidades. Madrid, con ciudad de tres millones y zona de influencia de más de seis, únicamente cuenta con cinco recintos y un sexto, Vallehermoso, en el que el fútbol es testimonial. Ciudad dual, el Paris de América, es Buenos Aires también la ciudad del mundo con más librerías por habitante. Dos corazones, el visceral del balón y el cerebral de la pluma. Británico y criollo. Dos mundos en uno.

Buenos Aires

De la Casa Rosada en la Plaza de Mayo hasta la Plaza Miserere, de la inmensidad de la Avenida 9 de julio a visitar boutiques, deambular por mercados y comer en un bochinche en Palermo o vagar por el bohemio barrio de San Telmo para seguir las huellas de Mafalda. Ese es el Buenos Aires del turista, del visitante. Luego hay otro. El Buenos Aires del bonaerense, el Buenos Aires puro.

Cada distrito, cada barrio, hasta cada calle, tiene su equipo de fútbol. Entre 1901 y 1912 se fundaron los clubes clásicos del fútbol argentino y rioplatense. River Plate, Boca Juniors, San Lorenzo de Almagro, Huracán, Vélez Sarfield, Racing, Argentinos Juniors, Chacarita, Atlanta, Independiente o Ferro Carril Oeste. A estos hay que añadir otros menores como Barracas, Defensores de Belgrano o San Telmo. Pero hay muchísimos más como Lanús, Defensa y Justicia, Banfield, Quilmes, Arsenal de Sarandí, Tigre, Nueva Chicago, Temperley…

El primer club que gobernó Buenos Aires y por ende Argentina fue el Alumni Athletic Club fundado en 1898. Club de estirpe inglesa, juego largo y balón a la olla. De 1901 a 1911 logró diez títulos ligueros consecutivos. Fundado por el escocés Alexander Watton Hutton, el Alumni tuvo su sede al norte de Buenos Aires, en el barrio de Belgrano, cuya distinción recuerda al prócer de la bandera albiceleste. Era y es Belgrano lugar residencial y de pasmosa elegancia, de casas palaciegas, colegios privados (Buenos Aires English High School fue el origen del Alumni), amplias avenidas, torres residenciales de buen vivir y, ya bien andado el siglo XX, incluso hogar del barrio chino bonaerense.

Desmantelado el Alumni con la llegada del profesionalismo, en el barrio de Belgrano surgió un nuevo equipo. Pronto recibirá el apodo de Los Millonarios y pasará a ser la envidia del resto de la ciudad. En Bajo Belgrano, en una zona de parques y adosados, se encuentra el estadio Vespucio Liberti, más conocido por todos como Monumental. La casa de Club Atlético River Plate, el rey de la zona norte de la ciudad. Mas lo cierto es que River es club rico por accidente. Los orígenes de River están mucho más al sur, en la desembocadura del Río Riachuelo, en el barrio portuario de La Boca, justo en el lugar donde se asentaron los primeros españoles para establecer una cabeza de puente que les permitiese avanzar tierra adentro.

La Boca. Barrio difícil y marginal. En la calle Caminito el colorido es inigualable. Artistas callejeros, casas de chapa y madera vertidas en mil colores, calles empedradas y brillo en los ojos. El Club Atlético Boca Juniors surgió en el barrio del mismo nombre. Boca y River compartieron orígenes italianos, pero mientras uno mudó en busca de la buena vida el otro se quedó a pie de puerto. El barrio y el río sirven de frontera entre el Buenos Aires ayuntamiento y el Gran Buenos Aires. Donde antes había miseria y estibadores ahora hay turismo, tango y arte, aunque los peligros siguen acechando al caer de la noche. Las famosas fachadas de colores dan vida a un barrio que tiene como colofón el azul y amarillo del Alberto Armando, más conocido como La Bombonera, la caja de bombones donde Diego Armando Maradona esparció su cátedra semana tras semana.

La Bombonera

Decíamos que el río, Matanza en su nacimiento y Riachuelo al fallecer, separa la ciudad de la provincia. Al otro lado del río está Avellaneda, antaño ciudad libre, hoy parte del Gran Buenos Aires. El Racing Club de Avellaneda fue el primer campeón argentino que ganó con once criollos en su escuadra inicial. Lo hicieron a través del juego corto, preciso, artístico e improvisado, de ahí que pronto fuesen conocidos como La Academia. Si la rivalidad entre River y Boca es enfermiza, no lo es menos la que hay entre Racing e Independiente. Lo más curioso es que El Rojo, el club que más veces ha ganado la Copa Libertadores, tiene su sede a escasos 400 metros de la su archirrival. Y es que Independiente y Racing pueden estar jugando como locales y escuchar los goles rivales sin molestarse en levantarse de su asiento.

Rivalidad a 400 metros de distancia

Regresando al corazón de Buenos Aires encontramos el barrio de Almagro, de origen italiano, agitada vida nocturna y que en estándares europeos denominaríamos como un barrio seguro. Allí se sitúa el quinto grande del fútbol argentino. El Ciclón gobierna una de las zonas más comerciales de Buenos Aires, pero sus orígenes fueron mucho más humildes. El Club Atlético San Lorenzo fue fundado por los salesianos con la idea de sacar de la calle a los niños del barrio de Boedo. El club tuvo sus orígenes en el proletario distrito del citado nombre a principios del siglo XX en el que luego surgirán los cafetines, el tango y los poetas. San Lorenzo fue el equipo de los españoles, de Isidro Lángara o de Ángel Zubieta, y luego lo fue del Papa Francisco.

San Lorenzo mantiene enconada rivalidad con sus rivales del sureste del barrio de Parque Patricios. Allí tiene su sede el Club Atlético Huracán, barrio donde se pastoreaba el ganado que llegaba del interior y en cuyos alrededores con el tiempo se abrió un gran parque en el momento que bloques de pisos sustituían a las antiguas industrias.

Volvemos a salir de los límites de la ciudad de Buenos Aires para viajar a la zona norte. Antes de adentrarse en los bajos del río Paraná, el Gran Buenos Aires dejará una sorpresa en dirección septentrional. Zona de marismas, clubes náuticos, barrios privados y centros tecnológicos. En la residencial Florida se asienta el Club Atlético Platense. En la más modesta y ligada al ferrocarril villa de Victoria está el Club Atlético Tigre. Ambos disputan el clásico del norte de Buenos Aires.

Ciudad del fútbol

Volviendo a las arterias principales de la ciudad de Buenos Aires nos encontramos con Chacarita Juniors. Nombre derivado de un colegio de la Compañía de Jesús y de la voz nativa chacra que significa granja. De la granja de los colegiales se pasó a Chacarita Juniors. Barrio de tradición militar y ferroviaria (como todo Buenos Aires) posee el mayor cementerio del país. Allí reposa Carlos Gardel, objeto de idolatría y símbolo cultural de Argentina tan solo igualado de Diego Armando Maradona.

Es curioso que tres de los cinco más grandes futbolistas de siempre sean argentinos. Más curioso aun es que ni Di Stefano ni Messi sean bonaerenses. El único que nació en la capital fue Diego Armando Maradona en la barriada de Villa Fiorito, como él mismo dijo barrio privado de agua y de luz. Si bien Maradona era de Villa Fiorito, sus primeros pasos los dio más al norte en el barrio de La Paternal defendiendo la camiseta de Argentinos Juniors. Barrio de origen obrero, hoy combina zonas comerciales y residenciales con otros inseguros y de construcción desenfrenada. Por último, y limitando con el barrio de La Paternal como con el de Chacarita, está Villa Crespo, barrio de moda, donde se ubica el Club Atlético Atlanta, el cual mantiene una fortísima rivalidad con Chacarita Juniors. Mientras los primeros son los bohemios, éstos últimos son los funerarios.

Ahora en el centro, antes en el oeste, el barrio de Caballito, barrio de cafés, conversaciones y restaurantes, destaca por el inmenso Parque del Centenario que conmemora la Independencia de Argentina. Hasta ahí llegaba el ferrocarril que salía cargado de reses desde el interior del país, la Pampa, para suministrar de carne a la capital y exportarla por todo el planeta. En 1904 los empleados ferroviarios fundaron el Club Ferro Carril Oeste, uno de los 18 clubes constituyentes de la primera liga de futbol y el club más laureado del país en materia de baloncesto. Con el paso de los años la industrialización hizo crecer la ciudad mucho más hacia el oeste y así sigue siendo hoy en día, ya que son los barrios donde se asientan migrantes internos y bolivianos, peruanos o venezolanos que buscan una vida mejor de la que tienen en sus lugares de origen. El Club Atlético Vélez Sarfield recogió la simpatía de muchos de ellos. Ambos conforman una encona rivalidad de la que Vélez es claro ganador. Al fin, de extracción social mucho más modesta es el Club Atlético Nueva Chicago del barrio de Mataderos, cuyo nombre ya evoca su origen criollo y rural. Las reses del ferrocarril del oeste eran procesadas en el barrio de Mataderos al que pronto se le comparó con la estadounidense Chicago por ser el centro de la industria de la carne norteamericana. Nueva Chicago mantiene también una bonita y enconada rivalidad con Club Almirante Brown.

Vélez Sarfield

Pero es en el sur de Buenos Aires donde se asientan los barrios de nivel socioeconómico más humilde. Más allá del Río Matanza se instalaron las industrias, los asentamientos irregulares y la violencia de los bajos fondos nacida del resquemor de los que trabajaban río abajo para pagar la vida de los que disfrutaban río arriba. Al sur de Avellaneda está el Arsenal de Sarandí (1957) que rivaliza por la hegemonía de la zona con el Quilmes Atlético Club (1887), el decano del fútbol argentino y que da nombre al barrio donde a finales del siglo XIX se ubicó la fábrica de cervezas más famosa de Latinoamérica.

Sarandí y Quilmes son dos ciudades satélites que nacieron y crecieron por la pujanza de Buenos Aires y al calor del mar y de la desembocadura del Río de la Plata. Cuando ambas crecieron se expandieron hacia el interior a donde estaban los entonces pueblos de Lanús y Banfield. Uno de esos grandes empresarios que hizo crecer Buenos Aires a golpe de explotar a sus conciudadanos fue el terrateniente Anacarsis Lanús, quien compró unos terrenos para crear una ciudad a su antojo. El Club Atlético Lanús nace al poco de consolidarse la ciudad al igual que el Club Atlético Banfield nace en la ciudad homónima. CA Banfield fue fundado en el siglo XIX por trabajadores ferroviarios de origen inglés y adquirió gran fama a mediados del siglo XX al ser el equipo del que era simpatizante Evita Perón.

Ya más al sur, en los límites del Gran Buenos Aires, está la ciudad de Florencio Varela, hasta no hace tanto zona rural y lugar de veraneo. Allí se fundó en 1935 el Club Social y Deportivo Defensa y Justicia, uno de los equipos con nombre más curioso que ha parido el mundo del fútbol. Defensa y Justicia es junto a Arsenal de Sarandí, Lanús, Argentinos Juniors (1 Copa Libertadores), San Lorenzo (1), Vélez Sarfield (1), Racing Club (1), River Plate (4), Boca Juniors (6) e Independiente de Avellaneda (7) los clubes bonaerenses con títulos internacionales.

Monumental (River Plate)

Y, por último, cumple señalar a Club Estudiantes y Club de Gimnasia y Esgrima, ambos de la ciudad de La Plata. No forman parte del Gran Buenos Aires, aunque si se sitúan dentro de la provincia de Buenos Aires. Los pincharratas de Estudiantes son otro de los grandes del fútbol sudamericano con sus cuatro Libertadores y la Copa Intercontinental de 1968.

“El fútbol inglés será más técnico y más efectivo, pero hay victorias sin pena ni gloria y existen derrotas que son amplios triunfos a puntos (…) solamente a los ingleses se les ocurre el fútbol con un pizarrón. Allá hay que ir a la escuela para hacer una rabona. Allá la técnica depurada, severa, concienzuda; aquí la gambeta, la gracia y la improvisación (…) mil veces los nuestros, aunque pierdan, porque dejaran un chachito de gracia en cada apilada, un granito de emoción en cada conquista”. Ricardo Borocotó, periodista deportivo argentino en 1928.

Otras historias del fútbol argentino

River Plate- Boca Juniors (una de las rivalidades más enconadas del fútbol mundial)

Y el Madrid lo ha vuelto a hacer (la final de la Copa Libertadores que se disputó en el Bernabéu)

Cuando la Intercontinental era una carnicería (años de plomo liderados por los pncharratas de Bilardo)

Antes de que Nápoles amase a Maradona (cuando ‘El Pelusa’ era discutido a los pies del Vesubio)

Maradona (ángel y demonio en dos partes)

El camino a casa de Isidro Lángara (el gran delantero español al que la Guerra Civil llevó a Argentina)

Apuntes sobre una final (Messi contra Mbappé en busca de la victoria en el Mundial de Qatar

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A los 40 años de la tragedia de Heysel

Los algoritmos fomentan la indignación en lugar de la compasión. Ni siquiera los mayores críticos de Facebook, Tik-Tok o Youtube pueden sostener que los ingenieros o directivos de esas compañías sean propensos a la violencia. La verdad es más sencilla y a la vez más preocupante. El éxito de las redes sociales implica mayor número de clics y mayor tiempo de exposición. Al aumentar la implicación, aumenta la recopilación de datos, se venden más anuncios, se adquiere mayor proporción en el mercado de la información y como resultado final se gana más dinero. De acuerdo con ese modelo los ingenieros lo que hacen es programar el algoritmo para conseguir mayor implicación del usuario. Así, tras experimentar con millones de usuarios, la IA llega a la conclusión de que a los humanos nos gusta más la indignación en vez de la compasión. Un video de una caída, de un accidente, de una explosión, de un trio sexual, de un sacrilegio o de un asesinato tiene muchos más seguidores que uno de un sermón, de una conversación, de una buena acción, de un amor casto o de un suceso cotidiano.

Cuando uno teclea “Heysel” encontrará vídeos, fotos y artículos sobre muerte y tragedia. Todo extremadamente macabro. Es lo que el algoritmo ha diseñado para nosotros dado que es lo que nosotros queremos ver. Heysel es un precioso barrio verde de Bruselas. En Heysel está el Atomium. En Heysel hay un parque acuático y una exposición permanente de Europa. Nada de eso aparece en el algoritmo. En Heysel también ganó Alemania su primera Eurocopa ante la Unión Soviética o logró el Real Madrid su tercer título europeo al derrotar en la final al AC Milan o el sexto ante el Partizán. En Heysel también fue donde el Atlético perdió una final a doble partido ante el Bayern de Beckenbauer. Tampoco aparece nada de eso.

Si uno teclea “Copa de Europa de 1985” el algoritmo le hablará de la tragedia. Intercalará imágenes de celebración por la victoria con otras de muertos y avalanchas. El cielo y el infierno. Morbo. No es lo que el algoritmo escoge. O mejor dicho, es lo que el algoritmo escoge dado que es un ser inteligente y sabe cómo obtener más clics. Es un ser inorgánico, pero es capaz de aprender. El algoritmo sabe lo que queremos ver y el algoritmo nos lo ofrece. Un peligro que se retroalimenta. Y un poder que le hemos dado a la IA y que a buen seguro acabará con el ser humano como ejecutor de la realidad.

Por eso, cuarenta años después, todo aficionado al fútbol sabe que es la Tragedia de Heysel. Y pocos, muy pocos, saben quién ganó la Copa de Europa de ese año.

Heysel 1985

29/V/85. 16:00. La policía de Bruselas sabía que iba a ser un día muy largo cuando recibió la orden para evacuar la Grand Place. Miles de hooligans ingleses habían aterrorizado a las reservas de cerveza de la capital belga. Caballos armados guiaban los pasos de aquellos bebedores de cebada que iban a ser trasladados al estadio de Heysel callejeando por la zona vieja de Bruselas antes de afrontar el paso de amplias avenidas. Por el camino varios robos, algunos empujones, otros tantos agarrones y unas cuantas navajas confiscadas. Por el suelo restos y más restos de comida y una marea de latas de agua, malta, lúpulo y levadura.

11/V/85. Bradford. Inglaterra. Partido de Tercera División. Si el Bradford gana su partido ascenderá de categoría. Minutos antes del descanso se inicia un incendio en una de las gradas. Las llamas se extendieron por toda la hilera de la grada principal a un ritmo imparable. Se perdieron 53 vidas y más de 200 personas resultaron heridas. Días más tarde, las investigaciones determinaron que el fuego había sido ocasionado por una colilla mal apagada. El estadio estaba construido sobre bases de postes de madera y debajo de la estructura había basura que se acumulaba desde hacía varios años. La caída del cigarro en la mugre inició el fuego y la facilidad de los postes de madera para arder hizo el resto. Una tragedia que podría haberse evitado y que se sumaba a otras que permanecían en el recuerdo como la de Ibrox Park 1971 (66 fallecidos) y la del Luzhnikí de Moscú en 1982 (curiosamente también 66 fallecidos).

29/V/1985. 18:15. Un hincha de la Juventus se enfrenta a otro del Liverpool. El italiano acabará hospitalizado. Será el primero de la tarde. Acabarán siendo 375. Todo ocurre fuera del estadio. Dentro, ya se roza el lleno. Se está jugando la final juvenil como antesala de la gran final de la Copa de Europa. Son 60.000 espectadores. Las entradas se han repartido equitativamente entre ingleses e italianos dejando 10.000 para venta en taquilla. En el fondo oeste, a los pies y a la vez a la sombra de los focos del Atomium, la organización ha dispuesto que se coloquen los radicales del Liverpool. Enfrente, en el fondo este, se disponen los radicales de la Juve. Ocurre que las gradas del sector X, contiguo al Z, estaban pensadas para dar cobijo a aficionados belgas. Éstos vieron el negocio, por lo que revendieron los tickets a italianos llegados a última hora. El sector X, condenado a funcionar en teoría como un cordón sanitario espontáneo, acaba siendo lugar donde se instalan aficionados italianos, muchos de ellos padres con hijos. En pocos minutos, lo que la policía consideraba el único lugar donde la gente podía respirar, y por lo tanto estaba prácticamente sin vigilancia, desapareció. Los controles son escasos, casi inexistentes. Hay muchos policías, pero todos parecen ocupados inspeccionando las zonas alrededor del estadio.

1973. El hooliganismo existe desde que hay fútbol. Enfrentamientos entre pueblos a golpe de pedradas. Pero es en 1973 cuando el fenómeno se convierte en grupal, masivo y radical. La subida de los precios por culpa de la crisis del petróleo de ese año tuvo un impacto bestial en Europa. Italia fue el primer lugar donde jóvenes y no tan jóvenes formaron grupos paramilitares para, a base de alcohol y armas blancas, hacer de su equipo de fútbol el faro de una vida que de pronto estaba vacía. Ocurre que es en el Reino Unido donde el impacto de la crisis es mucho mayor dado que a ésta se le sumó una huelga de mineros en el invierno del 73-74 que dejó al Reino Unido sin calefacción durante meses, hizo subir el paro siete puntos y puso las bases para que Margaret Thatcher sacase la rebarbadora años más tarde. Es en Inglaterra donde el hooliganismo se convierte en una religión. Desde finales de los 70 e inicios de los 80 cualquier encuentro internacional en el que formen parte equipos británicos se convertirá en una pesadilla para las fuerzas del orden.

29/V/1985. 18:30. Los británicos cantan, beben, saltan y observan con avizor la tierra de nadie entre ellos y los transalpinos. Al poco ocurre el primer incidente de importancia. Un italiano saca del bolsillo una bandera fascista y ante la reprimenda del gendarme lo golpea violentamente. No se sabe ni el cómo ni el por qué, pero eso excita al respetable que comienza a lanzar latas de cerveza al aire. Empiezan los empujones y la tierra de nadie ya es directamente territorio inglés.

16/I/85. Supercopa de Europa. Juegan el Liverpool FC, vigente campeón de la Copa de Europa, frente a la Juventus FC, vigente campeón de la Recopa. Partido único. Ganan los italianos por 2-0 con un doblete de Boniek. Meses después la Juve buscará su primera Copa de Europa frente al Liverpool que defiende un título logrado el año anterior en Roma y que ya se había saldado con incidentes entre radicales en las gradas. Los ingleses son un equipo veterano y sólidamente armado en el que destacan el capitán Phil Neal (cuatro Copas de Europa con el Liverpool) y el delantero galés Ian Rush. La Juve cuenta con el citado Boniek y con Tardelli, Cabrini, Scirea o Rossi, todos ellos campeones del mundo con Italia tres años atrás. Pero la estrella de la Juve es el francés Michel Platini. Tras perder la final de la Copa de Europa en 1983 frente al HSV Hamburgo, la Juve decidió fichar al mejor jugador del planeta, con permiso de Maradona, para alzarse de una santa vez con el trofeo de los trofeos.

29/V/1985. 19:00. Un hombre de mediana edad se desploma. Es un visto y no visto. Es belga. Podría tratarse de un desmayo provocado por la basta cantidad de gente y el calor sofocante. No. No es eso. Al poco se descubre que tiene una herida de cuchillo en el estómago. Sangra y hay que evacuarlo. Los hooligans asaltan entonces el sector Z. Son todos jóvenes. Hay menores de edad. Van armados con cuchillos y hasta portan barras de hierro. En pocos instantes la valla de separación claudica ante el envite. Comienza la batalla. Parece el medievo. Ocurre que el enfrentamiento es desigual. Son hooligans ante chavales que no están armados. Los tifosi, los radicales de la Juve, están en la otra punta del estadio. Aquí, en el sector Z, la abrumadora mayoría es pacífica. Hay familias. Sólo piensan en escapar, mas no hay escapatoria. Los rojos están desatados, avanzan en oleadas, tiran piedras, tienen garrotes metálicos y trozos de botellas. Están excitados por la huida del enemigo. La policía no es consciente de la algarabía. Con el muro no se va nada y tardarán en reaccionar. Los juventinos buscan una escapatoria. Ilusos, no saben que están llamando a las puertas del infierno.

Las puertas del infierno

29/V/1985. 19:24. Hay unos 5.000 italianos. Están siendo empujados y espoleados en busca de una salida. Hay vallas. Por entonces hay vallas. Separan a los aficionados del césped con el fin de evitar incidentes y ocupaciones ilegales del césped. Detrás de las vallas hay un muro de dos metros de alto. Llegado el momento se buscará la llave de la valla. No aparece. Ley de Murphy. Cuando todo sale mal, siempre puede empeorar. Hay dos puertas. Ambas están cerradas. Supuestamente por razones de seguridad. De las puertas, del muro, hasta el terreno de juego, hay otra caída de otros dos metros de altura. De repente se derrumba. El muro se derrumba. La valla cae sobre los italianos. El alambre de púas cae sobre los italianos. Los espárragos de Rommel están listos para el combate.

29/V/1985. 19:32. Silencio. Más de un centenar de personas no dan señales de vida. Gritos. Lloros. Con el muro y la valla decenas han caído a plomo. Son 39. Treinta y nueve. Por entonces poco se sabe. Pero se intuye. Serán 39 muertos. La policía detiene a un innombrable que aprovecha la tragedia para buscar carteras en los bolsillos. El ser humano es depreciable. Los ingleses, borrachos, orinan. Mean sobre los cuerpos sin vida de los juventinos. Se llama a todo médico disponible en Bruselas y los taxis hacen de ambulancias improvisadas. Es un pandemónium.

29/V/1985. 19:40. En las gradas hay caos y confusión. Aquellos con un transistor lo encienden. Los periodistas dan cuentan de lo sucedido. Lo hacen gracias a un español. Se llama Alejandro Andreu y es el responsable de comunicación de Coca-Cola, principal patrocinador de la Copa de Europa. Va arriba y abajo. Del campo a la tribuna de prensa. Los periodistas de la RAI movilizan a todo plumilla disponible para ayudar a los servicios de emergencia y llevar camillas al terreno de juego.

1989. Únicamente catorce personas fueron condenadas. Todos fueron absueltos tras recuso al entenderse que el homicidio había sido involuntario. Ni la UEFA ni los propietarios de Heysel ni las autoridades belgas fueron inculpadas. Ni el estadio de Heysel (en la actualidad profundamente remodelado) ni ningún otro recinto belga volvió a acoger una competición internacional hasta 1995. No se permitió el acceso de ningún club inglés a una pugna europea hasta 1990 y al Liverpool hasta 1991. Se consideró que el comportamiento de los hooligans no era un hecho aislado, sino un patrón que había que corregir. A finales de la década de 1980 las familias huían de los campos de futbol por miedo a la violencia, lo que fue motivo, entre otros factores, a un importante aumento en seguidores y practicantes del baloncesto. Hoy, el fútbol sigue siendo el deporte rey y vuelve a ser un evento familiar en el que se han incorporado con éxito niñas y mujeres de cualquier edad.

29/V/1985. 20:33. Se discute. Se negocia. En ningún momento se habla de la opción de suspender el partido. La policía belga se niega en rotundo. Y da sus razones. Da sus motivos. El ejército va a decretar el estadio de sitio. Se cierran bares, cines y restaurantes. Todo bruselense va de cabeza a su casa. Argumentan que necesitan entre tres y cuatro horas para mover a las 60.000 almas que hay en Heysel. Si el partido se suspende, ¿a dónde va toda esa gente? Con toda seguridad habrá vendetta y los muertos podrían ascender a miles. Son las ocho de la tarde y hasta la 01.00 de la madrugada no salen ni los vuelos chárteres rumbo a Liverpool ni los autobuses que cogerán la autopista camino de Turín. Hay que jugar el partido y luego sacar a toda esa marabunta del campo y en orden. Los últimos serán los periodistas.

29/V/1985. 21:03. Hace algo más de una hora que tenía que haber empezado el partido. No lo ha hecho todavía. Los futbolistas saben lo que sucede. En la puerta de los vestuarios hay gente ensangrentada. Otros lloran en busca de sus familias. Antonio Cabrini, futbolista de la Juve, se une a ellos. Boniek, delantero polaco blanquinegro, solloza. Pero en ese momento los jugadores se preparan para que el simulacro dé comienzo. El jefe de la policía belga, capitán Johan Mahieu, y el alcalde de Bruselas, Hervé Brouhon, apelan a jugar el partido para evitar una guerra civil. La plantilla de la Juventus y su cuerpo técnico se niegan a disputar el choque.

29/V/1985. 21:15. El partido comenzará. Lo hará por razones de orden público. Lo hará con 75 minutos de retraso. Lo hará con cerca de 400 personas hospitalizadas. Lo hará con el ejército belga movilizado por lo que pudiese suceder. Gaetano Scirea y Phil Neal, capitanes de Juventus y Liverpool respectivamente, salen micrófono en mano para leer un comunicado en medio del campo de batalla y explicar a los allí presentes que el espectáculo debía continuar. Ni Scirea ni ningún miembro de la Juventus quería jugar el partido. Nadie comprendió lo que estaba a suceder.

29/V/2025. 22:29. Minuto 58 de partido. La primera parte había sido un truño. La segunda había comenzado con la misma sensación de parálisis. Pase en largo de Platini a la carrera de Boniek. Controla de cabeza y es derribado. Cae. Penalti. Alza los brazos. No lo es ni por asomo. Ha caído a un metro del área tras la zancadilla de Gary Gillespie. Nadie protesta. El locutor de la RAI no avista emoción alguna. Todos aceptan la decisión como hecho consumado. Michel Platini engaña a Bruce Grobelaar y adelanta a la Juve. Platini corre agitando el brazo derecho con el puño cerrado al frente del sector Z. Luego se arrepentirá de aquella celebración. El hedor de la muerte flotaba en el aire. Cuarenta años después sigue arrepintiéndose. Cuatro décadas más tarde Heysel sigue hediendo a cadáver. La final, como consecuencia del trágico suceso, se disputó en un clima enrarecido y con algunos cadáveres todavía visibles desde ciertas zonas del estadio.

29/V/1985. 23:30. La Juventus ha ganado su primera Copa de Europa. Hay vuelta de honor. Es un rodeo fugaz. Hay ira, tristeza y vacío. Unos 2.300 agentes conducen a la multitud por oscuros pasillos de camiones y los escoltan bajo vigilancia camino de numerosos autobuses. De ahí no se va ni dios a pie. De allí no se forma ningún grupito con ganas de venganza bajo ningún concepto. Bruselas está bajo control del ejército. No hay un alma en las calles. Sólo sirenas. Sirenas de policía. Sirenas de ambulancia. Ocurre que la tragedia calma los ánimos. Sólo hay ocho detenciones. Todas inglesas. Hay un silencio atónito.

30/V/1984. 06:30. Amanece. Los barcos han partido del puerto de Ostende para transportar a los ingleses a su isla. Los aeropuertos ya dieron buena cuenta de unos y otros a altas horas de la madrugada. El tráfico en las autopistas vuelve a su normalidad tras acotar varios carriles que llevaban a los italianos rumbo sur a Turín. En un hospital militar de Bruselas los médicos forenses dan cuenta de las primeras autopsias. Serán 39 fallecidos. Treinta y dos italianos, cuatro belgas, dos franceses y un inglés. Nadie llegaba a los 60 años. La mayoría están en la flor de la vida. Hay un niño de diez años. Iba con su padre.

30/V/2025. Hoy Heysel no existe. O sí. Existe. Pero es otro estadio. Cuenta con capacidad para 50.000 espectadores todos con localidades de asiento. Es un coliseo de máxima categoría UEFA en términos de accesibilidad y comodidad. Se rebautizó en 1995 con el nombre de Estadio Rey Balduino, en honor al que fue rey de Bélgica durante cuatro décadas. A las afueras hay un monumento iluminado con 39 luces en conmemoración a cada uno de los fallecidos. En la grada Z hay dos vallas, ambas abiertas, para recordar aquello que nunca tendría que haber sucedido.

29/V/1985

“El partido no debería haberse jugado. No podemos estar orgullosos de esa Copa de Europa. No repetiría el desfile de la victoria alrededor del campo. Esos 39 muertos merecen respeto”. Michel Platini, futbolista del Juventus FC.

“Solo quería acabar el partido y ver que mi familia estaba bien. Me daba igual el penalti en contra. Ganar o perder era secundario”. Ian Rush, futbolista del Liverpool FC.

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Cuando se cayó la portería del Bernabéu

Al Madrid sólo puedes darle por muerto cuando yace con el corazón atravesado por una estaca y cierras el ataúd con cien clavos de plata. Y ni así puedes darle por muerto. Eso es lo que todos pensamos. Pero no fue siempre así. Ahora semeja una nebulosa en el recuerdo, empero es notorio recordar que el Real Madrid estuvo treinta y dos largos años sin ganar la Copa de Europa. 32 años. Se dice pronto, mas es cansino en el pasar. Lo de la mística, el aura mágica, las remontadas y lo de que el Madrid siempre gana juegue bien o juegue mal no tiene tanto recorrido. Tras ganar la sexta en 1966 el Madrid se dio de bruces año tras año cuando disputaba la Copa de Europa. En esas tres décadas yermas el todopoderoso Real Madrid acumuló tan sólo siete decepcionantes semifinales y un doloroso subcampeonato. Cuando en el año 2000 la FIFA otorgó a los de Chamartín el título honorífico de mejor club del siglo XX mucho tuvo que ver la consecución de la Copa de Europa, la famosísima séptima, en 1998. Sin ese ansiado trofeo lo más probable es que no hubiese habido reconocimiento. Y sin ese título jamás se hubiese abierto la espita a la explosión obscena de trofeos que ha ganado el Real Madrid en los que llevamos de siglo XXI.

Así pues, cuando el Real Madrid avance a semifinales de la Copa de Europa de 1998 es de todo menos favorito. La camiseta blanca es venerada con respeto por su historia, pero ni infunde terror ni da superpoderes. Tras eliminar al Bayer Leverkusen, el Real Madrid tendrá que enfrentarse en semifinales al Borussia Dortmund. No es moco de pavo. Los germanos son los actuales campeones europeos y, en caso de lograr pasar, en la final tocará la Juventus de Turín, por entonces, y con diferencia, el mejor equipo del momento. Para añadir más dificultad al asunto, el factor campo estará en contra del Real Madrid ya que el partido de ida se jugará en el estadio Santiago Bernabéu.

Aquel 1 de abril de 1998 el Bernabéu vestía sus mejores galas para recibir al Dortmund. Lleno a reventar. Detrás de una portería, aquella a la izquierda en el tiro de cámara televisivo, los Ultra Sur. ¿Quiénes son los Ultra Sur? Se trata de unos fanáticos madridistas, con claras connotaciones fascistas, que progresaron con el beneplácito de la presidencia durante las dos últimas décadas del siglo pasado. Hoy la inmensa mayoría de estos grupos, comunes a todos los clubes, han ido perdiendo su beligerancia dado que se les han ido quitando diferentes prebendas como el pago de viajes o de entradas a la posibilidad de guardar sus enseres en los bajos del estadio. Entonces, en la primavera de 1998, los Ultra Sur eran una poderosa fuerza dentro de la familia madridista.

El caso es que mientras los últimos rezagados iban entrando al campo, los Ultra Sur ya llevaban cerca de una hora saltando y cantando detrás de una de las porterías del Bernabéu. Faltaban dos minutos para el inicio del choque, con los dos equipos formando en el círculo central preparados para escuchar el imponente himno de la Champions League, cuando la portería se vino abajo. Ambos postes cedieron por el peso y el zarandeo de un numeroso grupo de ultras que estaban subidos a la valla metálica que separaba el fondo del campo de las gradas. Por una extraña razón nunca explicada la valla soportaba el tensor de la red de portería.

Sí, han leído bien. Una de las porterías del Santiago Bernabéu se desplomó. No es ciencia ficción. Y sin dos porterías no hay partido.

Los veintidós jugadores y el trio arbitral formaban en fila en el círculo central cuando un ruido estruendoso hizo retumbar al Bernabéu. Lo primero que se vino a la cabeza fue un atentado terrorista, pero inmediatamente un giro de cabeza y unos ojos abiertos de incredulidad observan como una portería se había derrumbado ¡Menuda locura! ¿Cómo puede caerse una portería? Estaba a punto de iniciarse una película de hora y cuarto de duración que a punto estuvo de tirar el prestigio ganado durante años por el Real Madrid a la papelera de la historia.

El neerlandés Mario Van der Ende, colegiado del encuentro, caminó presto hasta el área damnificada. Se acercó a uno de los postes y vio que estaba completamente partido a una distancia próxima a los diez centímetros de la base. Todo el mundo había entrado en pánico. Utillero, jardinero, delegado…todos intentaban hablar con el colegiado para explicarle que no pasaba nada y que aquello tenía arreglo. Con rollos de cinta adhesiva se podía intentar pegar las dos partes. Van der Ende negaba con la cabeza. ¡Estaba roto! ¡Cómo se iba a arreglar! Tenía que acercarse a la banda y departir con un responsable de la UEFA para ver qué decisión tomar.

Mientras todo esto sucedía los jugadores se miraban perplejos a la vez que se preguntaban si tenían que volver o no al vestuario. Lorenzo Sanz, presidente del Real Madrid, no paraba de hablar por el móvil, presumiblemente buscando algún tipo de solución. Fernández Trigo, gerente blanco y quien hasta la llegada de Florentino Pérez fue durante décadas el hombre para todo del club, solicita a la UEFA tiempo para pensar e indica que lo mejor es que los jugadores se vayan para la caseta. Todos, españoles y alemanes, marchan a vestuarios, entre ellos Fernando Sanz, hijo del presidente y que aquella noche debutaba en partido de Copa de Europa, y quien confesaría, a posteriori, que estaba tan nervioso que ni se llegó a enterar de que se había caído la portería ni llegó a ser consciente del motivo de tener que volver a los vestuarios.

Van der Ende se tomó el asunto con humor y decidió en un aparte charlar con el madridista Manolo Sanchís y el teutón Stefan Reuter, capitanes de ambos equipos, para quitarle hierro a lo sucedido y pedirles un poco de paciencia. En esos momentos de pánico Van der Ende era el punto de información. Jugadores, directivos, periodistas…todos se acercaban a él para saber que iba a suceder. Van der Ende sonreía y pedía mesura. En unos minutos retirarían la portería rota y pondrían una nueva en su lugar. Le habían asegurado que la operación ya estaba en marcha.

Pero no. Nada estaba en marcha.

Fernández Trigo daba por hecho que alguna portería habría en el Bernabéu. Alguna de repuesto, alguna usada para algún entrenamiento.

Agustín Herrerín, delegado del Real Madrid, miró a Fernández Trigo con rictus serio.

No. No había nada.

Hubo que informar a la UEFA. Los mandamases europeos fruncían el ceño. ¡Era imposible! Por primera vez se habla de suspender el partido.

Mientras todo esto sucede en el vestuario del Real Madrid hay algo que preocupa tanto o más que saber si el partido finalmente se va a disputar. Por lo menos le preocupa a uno de sus jugadores. Clarence Seedorf cumplía ese día 22 años y había organizado una cena con compañeros y amigos en un restaurante al acabar el partido. Cada par de minutos Seedorf se acercaba a Van der Ende y le preguntaba si había alguna novedad. No la había. Y el pobre de Seedorf no sabía qué hacer. Hubo de llamar al restaurante donde, indudablemente, estaban al tanto de todo. Al final acabará habiendo cena…aunque a las tres de la mañana.

Pero esa es otra historia.

Entretanto en el seno del Borussia Dortmund se empieza a hablar de suspender el partido. Presentan una queja formal ante la UEFA y los jugadores deciden que si en cinco minutos no se arregla el problema se marchan y no juegan. Nevio Scala, entrenador del Dortmund, habla con su presidente y le dice algo así como que sus chicos ya no están enchufados y que si finalmente se juega el partido la derrota está asegurada. El Dortmund había viajado a Madrid con las bajas por lesión de Andy Möller y Jürgen Köhler, sus dos mejores hombres. Una retirada a tiempo era una victoria. Y el reglamento de la UEFA era muy claro. Si pasados 45 minutos el partido no se pone en marcha y uno de los dos equipos decide no jugarlo será derrota para el culpable por 0-3.

En román paladino. Si a las 21.45 no hay portería y el Dortmund decide marcharse del Bernabéu el Real Madrid será sancionado y perderá el partido por 0-3.

Bodo Illgner, portero alemán del Real Madrid, fue llamado al vestuario del Dortmund para ejercer de interprete. Van der Ende, en posición neutral, escuchaba atentamente y asentía con la cabeza. La posibilidad del 0-3 se tornaba una realidad.

Fue el presidente germano, Gerhard Niebaum, quien apagó el incendio. Bajó al vestuario junto a Lorenzo Sanz y no consintió que sus jugadores abandonasen el campo. Era algo que el reglamento permitía, pero no era cortés ni honrado. Lo de la portería no era una artimaña. Lo de la portería era una desgracia incontrolable. Niebaum consideraba que había que dejarle al Madrid la oportunidad de resolverlo. Así que no. No habría espantada ni 0-3. Tocaba esperar.

Al final la mística del Real Madrid siempre aparece cuando menos te lo esperas. El escudo infunde respeto. Aunque lleve 32 años sin levantar una Copa de Europa.

Mientras todos esto sucedía, Fernández Trigo puso en marcha una operación rescate. Dos empleados del club cogieron una moto mientras otros los seguían en un coche escoltados por un furgón de la Policía Nacional que les iba abriendo paso. Al frente del operativo el ex portero Miguel Ángel y Agustín Herrerín. El objetivo era llegar a la Ciudad Deportiva del Real Madrid y coger una de las porterías que allí había para luego trasladarla al Bernabéu.

El despropósito era tal que a nadie se le ocurrió como llevar la portería de marras al Bernabéu. La suerte estuvo en que por el camino vieron una camioneta que estaba descargando materiales en una tienda de telefonía. Allí fueron a solicitar ayuda a aquel camión marca Pegaso cuyo conductor imaginamos que, entre halagado y acojonado por la presencia de la policía, accedió a formar parte de la comitiva de rescate.

Aún habría que darle otra vuelta de tuerca al asunto. Hay camión y sabemos dónde hay portería. Pero cuando aquel grupo de intrépidos llega a la puerta de acceso de la Ciudad Deportiva…nadie tiene llaves….

Si. Nadie tiene llaves.

Tal cual una película de Berlanga.

Se piensa en llamar a los bomberos, pero no hay tiempo. Así que tocaba alunizaje. Marcha atrás al camión, acelerador a fondo y a golpear la puerta. Por suerte no hubo que tirarla abajo. Llegó con sacudir con fuerza la cerradura para que cediese el candado. Una vez dentro coger la portería fue relativamente sencillo, ya que contaba con ruedas. Luego hubo que quitarle la lona al camión, subir los cuatro hierros, y a toda pastilla hasta el Paseo de la Castellana.

Escoltados por los gendarmes, tardaron ocho minutos en completar un recorrido de siete kilómetros con un cuarto de portería fuera del camión. Se supone que quien más o quien menos estaba al tanto de todo gracias a la radio, pero la incredulidad de los conductores al ver saltarse semáforos en rojo y direcciones prohibidas a un camión con una portería (que ni siquiera llegaron a amarrar por culpa de las prisas) escoltada por la policía tuvo que ser harto interesante. En cada curva currada la portería amenazaba con quedarse dormitando en una acera de Madrid para desesperación de Herrerín y compañía.

Llegaron al Bernabéu entrando por la esquina donde antaño había un centro comercial porque era la única pueta por donde entraba la portería…o eso creían. El hueco era tan justo que hubo que poner en marcha a otros cuantos voluntarios más. Alguien escribiría después que las imágenes de la portería por el pasillo angosto del estadio recordaban a las de un torero, en brazos de su cuadrilla, dirigiéndose a la enfermería. Todo muy chusco. Un vodevil. Todo muy español. A las 21:45 horas, una hora después del horario previsto para el inicio del partido, la portería se manifestó sobre el césped.

¡Aleluya!

El Bernabéu la ovacionó como si de un galáctico se tratase.

No acabó ahí el asunto. Había que complicarlo aún más. Resulta que la portería de marras no tenía las medidas oficiales. Era un par de centímetros más baja de lo reglamentario. Los jugadores del Real Madrid asentían entre ellos. La habían reconocido. Entrenaban con ella todos los días y sabían que esa, justamente esa, era la portería de las medidas antirreglamentarias.

Afortunadamente para el Real Madrid Mario Van der Ende o bien no se dio cuenta o simplemente no quiso darse cuenta.

Tras un brevísimo estiramiento, a las 22:00 hora local, exactamente 75 minutos después del inicio previsto, el Real Madrid disputaba su novena semifinal de Copa de Europa en 32 años. Nevio Scala tenía razón. Sus jugadores estaban ausentes. Ante cualquier decisión arbitral, por clara que fuese, los jugadores del Dortmund saltaban en busca de Van der Ende fuera de sus casillas. Tras el partido llegarán a decir que avanzada la segunda parte a muchos les entraba el sueño. El caso es que el Madrid ganó claramente con un gol de Fernando Morientes y otro de Christian Karembeu, éste último el punterazo más famoso en la larga y frondosa historia merengue.

Tras ese partido la UEFA dictaminó que en todos los partidos de competición internacional sería obligatorio tener una portería de repuesto, obligatoriedad que aun hoy se mantiene en vigor. Cándido Gómez, el propietario y conductor del camión Pegaso que salvó la aciaga noche, recibió una gratificación de 470 euros de la época por parte del club. Días después fue llamado por Fernández Trigo a las oficinas madridistas donde le entregaron un chándal, un balón, una insignia y un joyero para su esposa. Gómez, socio del Real Madrid, quedó encantado por todo, aunque lamentaría que se le negaron las cuatro entradas que pidió para la final de Ámsterdam del 20 de mayo.

Y es que el Real Madrid salió vivo del Westfalenstadion (0-0) donde brillaron el advenedizo Fernando Sanz y la clase de Fernando Redondo. Se clasificó pues para la final de la Copa de Europa donde sorpresivamente derrotaron a la Juventus con un gol de Mijatovic que le dio la archifamosa séptima Copa de Europa al Real Madrid.

Buena parte de ello se lo deben a Gerhard Niebaum, aquel honrado presidente del Dortmund que impidió que su equipo hiciese una espantada en el Bernabéu.

El Real Madrid fue multado por la UEFA con un millón de euros y un partido de clausura del estadio en la primera ronda de la siguiente edición. A pesar de la victoria europea lo de la portería fue un dardo en la línea de la flotación blanca. Aquello fue el hazmerreír de todo el continente y Lorenzo Sanz jamás conseguirá recuperarse de ese bochorno. Sanz hubo de darle una vuelta al club para dejar de lado la estructura familiar de la entidad dando paso a una estructura profesional que después culminó Florentino Pérez con su llegada al poder. Fernández Trigo hubo de abandonar la casa blanca tras más de dos décadas y Florentino ganó las elecciones a la presidencia del verano del 2000 a pesar de que Lorenzo Sanz presumía en su gestión de la consecución de dos Copas de Europa (1998 y 2000).

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Un puente peatonal sujeto por más de 13.000 tornillos comunica la estación intermodal que une la parada con el estadio. Enjambres de aficionados cruzan la pasarela para luego atravesar la entrada del majestuoso coliseo de Wembley. Hace unos cuantos años, cuando visité el estadio, recuerdo que me habían dicho que desde el circulo central hasta la Abadía de Westminster hay una distancia de 22 kilómetros. Londres es un monstruo de madera, cemento, hormigón y acero y llegar a Wembley no es tarea sencilla. El caso es que a aquel puente, inaugurado a comienzos de este siglo para descongestionar el tránsito en la zona, hubo que bautizarlo con un nombre. La opción ganadora tenía que ser la de Geoff Hurst, el delantero que anotó tres goles en la única victoria de Inglaterra en un Mundial tras vencer por 4-2 a Alemania en la final celebrada en Wembley en 1966.

Hurst quedó segundo en la votación. El nombre escogido fue ‘White Horse Bridge’. Es decir, Puente del Caballo Blanco.

Hace ahora 100 años.

La FA Cup (Football Association Cup) es el torneo de fútbol más antiguo del mundo. La copa inglesa comenzó su andadura en 1872 y conserva intacta su mística gracias a su particular sistema de competición. Existen catorce rondas de eliminación que emprenden su andadura por el mes de agosto con equipos procedentes de la décima categoría del sistema de ligas inglés y galés. Cuando quedan 64 clubes en pie entran en juego las escuadras profesionales de las dos primeras categorías. El sábado siguiente al final de la Premier League, tradicionalmente a finales de mayo, tiene lugar la gran final y el fin de fiesta de un torneo con diez meses de duración.

Salvo las rondas de clasificación iniciales, donde se realiza un sorteo con condicionantes geográficos para abaratar gastos de transporte a los equipos más modestos, todas las eliminatorias se celebran sin cabezas de serie y sin condicionante alguno. Se juega a un partido y, en caso de empate, (no hay penaltis) se disputa un encuentro de desempate en el campo del conjunto que en el primer partido había ejercido como visitante. Este partido es conocido como ’replay’. Si el ‘replay’ también finaliza con una igualada entonces el vencedor se decidirá tras una tanda de penaltis.

Es tal la magnitud del torneo que cada año participan unos 700 clubes. 44 de ellos han logrado proclamarse campeones. El sueño de todos ellos es subir las escaleras que conducen desde el césped al ‘Royal Box’, donde un miembro de los Windsor hará acto de entrega al capitán de la escuadra ganadora de la copa de hojalata más valiosa de las Islas Británicas.

La FA Cup no tendrá partidos de desempate en la temporada 2020-21
FA Cup

Pero el caso es que no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que Wembley no era más que una quimera.

Cuando en 1872 el Wanderers FC derrotó al Royal Engineers por 1-0 para alzarse con la primera FA Cup de la historia, la final se disputó en el Kennigton Oval de la capital, un campo de criquet, aun hoy en funcionamiento, en el que también se disputó el primer partido internacional de todos los tiempos entre Inglaterra y Escocia. Se puede visitar. Échenle un ojo si van a Londinium. Hubo también finales en el hoy desaparecido campo de Crystal Palace, donde se había celebrado la Expo 1851, y en Stamford Bridge, el recinto ubicado en el exclusivo barrio de Chelsea.

Y sin embargo había excepciones. El fútbol no era cosa de londinenses. Una vez se hizo profesional, el fútbol pasó a ser propiedad de los Midlands, de Yorkshire y Lancashire y del industrial norte fronterizo con Escocia. Sheffield, Blackburn, Nottingham, Birmingham, Liverpool, Bolton, Manchester, Newcastle, Huddersfield o Bolton. Eso es el fútbol inglés. Unos permanecen y otros palidecieron. Pero allí está la esencia del deporte rey. Entre chimeneas, acero y campos embarrados. Por ello hubo finales en Old Trafford, Goodison Park o en el legendario Bramall Lane de Sheffield, inaugurado en 1855 y aún vivito y coleando.

Finalizada la I Guerra Mundial la disputa de la final le fue otorgada al londinense campo de Stamford Bridge. Mas lo hizo con escaso éxito. Fueron tres las ediciones contendidas tras la guerra y el caso es que la afluencia no había sido masiva. En 1922 se enfrentaron el Huddersfield Town y el Preston North End, dos modestos del norte del país que apenas consiguieron movilizar aficionados en una época de carestía. Los londinenses, poco interesados por el choque, no llenaron el estadio.

Mas algo estaba sucediendo durante ese trienio. Finiquitada la contienda bélica se promovió la construcción de un estadio nacional en Londres para dar trabajo y conferir patriotismo a partes iguales. Existía en Londres el White City construido en 1908 en el barrio de Hammersmith para la celebración de los Juegos Olímpicos, pero su capacidad de transformación era menor y se usaba para carreras de galgos y exhibiciones automovilísticas. En su interior incluso se había habilitado una piscina olímpica. Allí llegó a jugar sus partidos como local en ciertos periodos el Queen’s Park Rangers, hasta que el estadio fue demolido en 1984. Y por supuesto había múltiples recintos capitalinos como el citado Stamford Bridge, White Hart Lane o Highbury, pero todos estaban asociados a un club y no representaban al conjunto de la nación.

London 1908 | www.elhistoriador.es
White City 1908

Para 1924 Londres iba a acoger la Exposición Universal. Lo de las Expo era una idea francesa originaria a raíz de la acelerada industrialización del siglo XIX. Su objetivo era mostrar la grandeza del país al resto del mundo en una época donde la movilidad, el transporte y el comercio llegaba por vez primera a los cinco continentes. No menos importante era exponer la fortaleza del imperio y asombrar a ciudadanos y extranjeros con el poder de la nación. Si en el siglo XIX lo significativo era manifestar los avances tecnológicos, para el siglo XX tomaba relevancia la cultura. Hoy las expos languidecen, aunque se mantienen como instrumento de autopromoción de la ciudad y su región.

El caso es que Gran Bretaña quería revelar la fortaleza de su Imperio a través de un gran estadio. Acababa de perder Irlanda y se mostraba más débil que antes de la I Guerra Mundial por lo que debía dar un golpe en la mesa que recordase a propios y extraños quien era el dueño del planeta.

El conocido como Empire Stadium (Estadio del Imperio) fue concebido por los arquitectos John Simpson y Maxwell Ayrton en 1922. Se esperaba tenerlo finalizado para dos años después, pero fue tal la celeridad del proyecto que, al año siguiente, meses antes del inicio de la Exposición Universal, ya se pudo inaugurar. Fueron 1.500 obreros y 300 días seguidos de trabajo. Costó 750.000 libras, el equivalente a unos 50 millones de euros actuales, y fue levantado en unos terrenos situados al noroeste de Londres propiedad del duque de York. La idea era demoler el estadio al finalizar la Expo para levantar allí edificios de viviendas, pero fue tal el éxito del recinto que, afortunadamente, se mantendría en pie desde entonces.

Wembley. Basta el nombre para evocar al mito. Ganar allí no es como ganar en otro lugar. Wembley es un templo del fútbol mundial lleno de encanto.

Fue un trabajo de vanguardia. Una única tribuna parcialmente cubierta con un anillo para 125.000 espectadores de los cuales algo menos de la mitad tenían asiento, algo extraordinario para la época. Mientras las columnas imposibilitaban las vistas en la mayoría de los campos ingleses, en Wembley todo era vistoso y funcional a partes iguales. Esa majestuosidad lo ha diferenciado siempre del resto de estadios británicos caracterizados por una arquitectura básica, integrada en el entorno y poco llamativa. La suntuosidad del proyecto se coronaba con los 39 escalones que llevan al Palco Real, donde un miembro de los Windsor recibe a los vencedores. En Wembley, en la Catedral del Fútbol como fue bautizada por Pelé, son numerosos los legendarios partidos disputados a la sombra de aquellas 39 gradas que te introducen por derecho propio en la historia del balompié.

The Old Wembley Stadium - for the 1999 F.A Cup Final between Newcastle Utd  v Man.Utd :) | Estadio de futbol, Estadios del mundo, Arquitectura de  estadios
Wembley 1966

Al menos lo de los 39 escalones se mantiene en la actualidad, no así las dos distintivas torres gemelas blancas de estilo victoriano de 40 metros de alto que daban la bienvenida al aficionado en la cara norte del estadio. Cuando fueron demolidas en 2002 se quebró la magia del Wembley original que pronto dio paso a un arco de 113 metros símbolo del nuevo Wembley. Se mantiene la mística, pero se ha perdido parte del encanto. ¿Qué hubiese costado haberlas mantenido? ¿Modernizar en vez de destruir? ¿O trasladar esas torres a un nuevo estadio? El hilo conductor de un estadio que nunca debería haber sido demolido, siguen siendo los 39 escalones camino de la gloria.

Ingeniería y Computación: Wembley Stadium, moderno estadio multipropósito.
Wembley 2023

Pero volvamos a 1923.

Decíamos que el estadio se finaliza antes de tiempo y hay ganas de ponerlo en funcionamiento. No existía mejor forma de inaugurarlo que con la final de la FA Cup. El torneo más proverbial del fútbol había encontrado el marco propicio para ser exhibido. Desde entonces serán todas, pero aquella iba a ser la primera. La final de la FA Cup de 1923 tendría lugar un 28 de abril de 1923 en el estadio de Wembley bajo presencia del rey Jorge V del Reino Unido, hijo de la reina Victoria y abuelo de la reina Isabel II.

Las autoridades de la Federación Inglesa se mostraban inseguras ante tan magno acontecimiento. Los precedentes no eran alentadores y se temía que se registrase una floja entrada en aquella mole con capacidad para 126.407 aficionados.  A mayores de todo, a la final habían llegado dos conjuntos modestos. Perteneciente a una ciudad fabril de la zona del Gran Manchester, el Bolton Wanderers era miembro fundador de la Football League, pero jamás había logrado un título. Iniciaba en la década de 1920 los mejores años de su historia donde acabaría logrando tres de los cuatro títulos coperos que adornan su palmarés. El otro finalista era el West Ham, entonces conjunto de segunda división y que jamás había jugado en la máxima categoría. Era, eso sí, una escuadra londinense con fuerte arraigo entre los trabajadores del acero y de los astilleros del estuario del Támesis.

Temerosos ante la baja afluencia de público, la FA puso en marcha una fastuosa campaña publicitaria para promocionar el partido. El nuevo estadio de Wembley y la presencia del rey eran el gancho perfecto. A medida que se acercaba el día 28 el ambiente fue creciendo y se supo que 5.000 seguidores del Bolton acompañarían a su equipo en la capital. Dado que el West Ham era un conjunto capitalino se contaba con que al menos se sobrepasara con creces la media entrada.

A las 11:30 del mediodía, tres horas y media antes de la hora prevista para el inicio del partido, las puertas de Wembley se abrieron y el goteo de público comenzó sin mayores problemas. A medida que pasaban los minutos era evidente que lo de la media entrada era marca más que superada. No era cuestión de fútbol, era curiosidad popular. Wembley era símbolo de los nuevos tiempos, un formidable coliseo y el deseo era formar parte de la eternidad.

A eso de la 13:30 el estadio estaba prácticamente lleno. Aquello había sido demencial. Los 5.000 aficionados del Bolton habían aparecido en la estación de Picadilly vía tren, pero el problema es que eran bastante más que 5.000. Mas ahí no radicaba el problema. La contrariedad era lo acontecido con los londinenses. Esa mañana se vendieron más de 200.000 tickets de metro con destino a Wembley. Y no solo eso. Riadas de gente formaban hileras que llegaban a los diez kilómetros de largo rumbo al oeste de Londres. La marabunta era absolutamente terrible y decididamente maravillosa. De nada sirvió que desde las estaciones de metro parejas de policías imploraran a la gente que se abstuvieran de transitar camino a Wembley.

Así pues, a eso de las 13.45 horas una masa tremenda de seres humanos había entrado en Wembley con o sin entrada. Aquella gran ola de humanidad, aquella ingente masa sólida de personas, había sucumbido a los encantos del fútbol y de una preciosa mañana soleada de primavera para convertirse en una marabunta que saltaba torniquetes y ocupaba las gradas bajas del estadio ante una organización incapaz de colocar a la turba en las gradas altas del coliseo.

Fue entonces cuando la policía cerró las puertas de Wembley impidiendo que nadie más accediera a su interior. La muchedumbre siguió creciendo y los empujones y los insultos hicieron acto de presencia. Asustados y alarmados, los policías se apartaron y la turba derribó una de las puertas de acceso. Después de la primera, cayeron las demás. Por entonces no existía la venta anticipada, por lo que la gran mayoría de esas personas sencillamente se había acercado para ver el choque sin saber lo que les esperaba. Contaban con llegar, comprar su entrada y ver el partido tranquilamente. Viendo que ni con el dinero en la mano podían entrar, decidieron tomarse la justicia por su cuenta.

Todo fue en vano.

A eso de las 14.15 horas una última gran masa de gente irrumpió en las gradas. Aquellos que estaban en los escalones más bajos se vieron aplastados, por lo que tuvieron que saltar las vallas para no quedar atrapados. De pronto el césped empezó a cubrirse de gentío hasta que al cabo de un par de minutos el verde brillaba por su ausencia. La totalidad del 105 x 70 estaba ocupado. Los futbolistas no podían saltar al césped a realizar ejercicios de calentamiento. Parafraseando a los estudiantes de la Sorbona, el césped estaba debajo de los adoquines.

El verde era una ilusión.

La gente protesta, grita y ríe, cuando a las 14.45 horas el rey Jorge V llega al palco. Su sorpresa fue mayúscula. La de los directivos de la FA también. Se temía no poder superar la media entrada y ahora se estimaba que cerca de 300.000 personas okupaban Wembley. Si, okupaban, con K.

Y de pronto el silencio. Suena el himno. El God Save The King. 300.000 almas entonan a pleno pulmón.

Pura magia.

The Black-And-White Years: The Chaos, Crowds And Confusion Of The 1923 'White  Horse' FA Cup Final At Wembley (Photos) | Who Ate all the Pies
Wembley. 14.45. 28/IV/1923

Los acordes callan y toca tomar una decisión. La policía estaba desbordada y se maneja hacer uso de la fuerza. La otra alternativa era suspender el partido. Un alto cargo de la policía y otro de la comitiva real comenta a los jugadores que se disputará un choque amistoso para calmar los ánimos y que al día siguiente, a puerta cerrada, se disputará la verdadera final. La propuesta, cierta o no, no pasa de anécdota, aunque habrá jugadores del West Ham que declaren años después que no sabían que estaban jugando la verdadera final hasta llegado el descanso. Son precisamente los futbolistas del West Ham, que evidentemente eran los que contaban con más aficionados en las gradas, los que saltan al campo intentando hacer razonar al respetable.

Lo único que consiguen son palmadas de apoyo, ser manteados y no pasar de poco más que el túnel de vestuarios.

Son las 15.10. Van diez minutos de retraso sobre el horario previsto. 300.000 almas ocupan un recinto cerrado con no demasiadas escapatorias. Parece que la única decisión posible es hacer uso de la fuerza.

Fuese esa u otra la decisión a tomar, todas parecen un suicidio.

Aquello iba a acabar en tragedia.

Fue entonces cuando apareció Billie.

Crin brillante, chirriar de dientes, aire natural, galope a cuatro tiempos, Billie comienza a danzar. Billie emprende un giro sobre sí mismo. Avanza en bípedo diagonal, primero de izquierda y luego de derecha, siempre haciendo círculos. Sobre Billie está un tal George Scorey, policía del distrito metropolitano de Londres. Un Bobby. Un booby sobre corcel blanco.

Scorey acaricia las riendas de Billie y el caballo, paso a paso, va aumentando la circunferencia de su baile. Nadie encuentra una explicación a lo que sucedió entonces. Los de la primera fila se agarraron las manos e iban presionando suavemente hacia atrás, intercalando más y más gente entre ellos. Al poco comenzó a verse una mancha verde en el centro del campo. Después un vasto césped, luego las áreas y más tarde el rectángulo en su plenitud. La gente se había ido apartando a medida que aumentaban los radios de la circunferencia del equino. Poco a poco el público fue abandonando el césped y apelotonándose detrás de la línea que marca el fin del terreno de juego.

A medida que Scorey y Billie hacían su magia otros policías imitaron la escena y el público acabó apiñándose entre las gradas. Fueron más de 1.000 personas las que hubieron de ser atendidas con heridas leves y tan sólo 22 tuvieron que pasar por el hospital. No hubo ningún fallecido entre los 300.000 presentes.

Aquello fue un milagro.

White Horse Final: 100 years since Bolton became the first team to win the  FA Cup at Wembley | Daily Mail Online
Billie

A las 15.45, con cerca de una hora de retraso, dio comienzo la final. Los jugadores se quejaron de que en las bandas solo había surcos y agujeros provocados por los caballos que trotaban de un lado hacia el otro impidiendo que el público ocupara de nuevo el terreno de juego. El descanso apenas duró cinco minutos, dado que los futbolistas fueron incapaces de alcanzar los vestuarios ante la que allí había montada. Bebieron un trago de agua, cambiaron de campo y vuelta a empezar.

En medio del caos ganó el Bolton 2-0. Se adelantaron al poco del inicio. David Jack se aprovechó de que su marcador se había quedado atrapado entre la multitud tras un saque de banda. El segundo gol tuvo lugar en el segundo tiempo. Fue un chut que entró y fue sacado por un seguidor que estaba detrás de la portería. Pero los futbolistas del West Ham reclamaron que no había cruzado la línea y que el balón había pegado en el poste. Fuese como fuese, el 2-0 hizo que muchos se fuesen de Wembley antes del final de los 90 minutos viendo que el partido estaba decidido y permitiendo que el desalojo del coliseo fuese pacífico y sin incidentes.

En las portadas de los periódicos del día siguiente no estaba el capitán del Bolton ni el rey Jorge V, sino Billie, el caballo que salvó la final. Un caballo gris, pero que el vigor del blanco y negro del metraje y de la fotografía convirtió en un blanco nieve para la eternidad. Durante las siguientes semanas en el Parlamento Británico se debatió por vez primera sobre el fenómeno hooligan y sobre la necesidad de aumentar la seguridad en los estadios de fútbol. Se decretó la obligatoriedad de colocar tornos antes de las puertas de entrada y se habilitó la posibilidad de comprar entradas con antelación para los grandes eventos.

A Billie le dieron alfalfa de por vida y a George Scorey entradas para ver las finales de la FA Cup en Wembley desde aquel entonces hasta el día de su muerte. Murió en 1965 sin acudir nunca más al coliseo londinense. No le gustaba el fútbol.

O tempora, o mores.

Ascenso Inglés on Twitter: "Mundialmente conocida como la White Horse Final  o Final del caballo blanco. Por esta imagen de un oficial montado  intentando retener a los hinchas que invadían el terreno
White Horse Final

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Como el caballo de Atila. Así se puede resumir la historia del Real Madrid de Di Stéfano. La historia del Madrid de las cinco Copas de Europa. Aquel huracán blanco arrasó a sus rivales. Sí, hubo eliminatorias igualadas contra el Rapid Viena o el Manchester United y hasta un partido de desempate frente al Atlético de Madrid, pero la sensación de superioridad era manifiesta. Es cierto que en tanto en la primera como en la quinta hubo de remontar goles iniciales del Stade de Reims y del Eintracht respectivamente, empero, salvo en la final de 1957 frente al AC Milan (3-2 en la prórroga), no existió nunca la sensación de que el Real Madrid podía ser batido.

Fueron los años en los que se formó la leyenda del Real Madrid. Una leyenda creada por dos hombres a cada cual con más carácter y más autoridad; Santiago Bernabéu y Alfredo di Stéfano. El primero había sido jugador, entrenador y secretario técnico del Real Madrid cuando el club merengue no podría ni concebir lo que es en la actualidad. Fue Bernabéu el que firmó a Samitier del FC Barcelona (una suerte de Luis Figo) y a Ricardo Zamora, una de las estrellas más rutilantes del mundo en tiempos pretéritos. Tras el fin de la Guerra Civil se empeñó en construir un estadio descomunal en el extrarradio madrileño para la modesta masa social que entonces tenía el conjunto blanco. Mas pronto que tarde ese estadio se bautizará como Santiago Bernabéu y pronto el Real Madrid se convertirá en el club más legendario de Europa.

Alfredo di Stéfano aterrizó en España en 1953. Por entonces el Real Madrid sumaba dos ligas en dos décadas. Con ‘La Saeta Rubia’ sumó ocho en un decenio amen de las cinco primeras Copas de Europa. Es ahí cuando nace el mito del Madrid. Ganar, ganar y volver a ganar, como bien explicó Luis Aragonés, un símbolo, pero un símbolo de la otra parte de Madrid. Ganar por encima de todo, pero siempre con señorío. ¿Y qué es el señorío? El señorío es actuar como Di Stéfano. Correr, encimar, protestar, defender y gritar durante 90 minutos. Ser igual de genio como de perro en el campo. Ser igual de admirado que odiado, pero, al finalizar el encuentro, ni regocijarse por la victoria ni mostrar rencor por la derrota.

Esas han sido las líneas maestras del Real Madrid desde entonces y con ellas se ha hecho grande y respetado hasta la saciedad. Pero la historia del Madrid no ha sido siempre una historia de éxito. Fueron 32 años sin ganar la Copa de Europa. Si el Madrid no llega a sumar la séptima un 20 de mayo de 1998 es probable que no fuese elegido por la FIFA como el mejor club del siglo XX. No hacía mucho que el Spartak de Moscú (1-3) o el desconocido Odense (0-2) habían eliminado al Madrid de Europa en el Bernabéu.

El caso es que hubo un tiempo en el que el Madrid acumulaba fracaso en Europa año tras año. Eso incluye también mancillar el sagrado coliseo de la Avenida de la Castellana. Desde que en 1962 el Real Madrid perdió por primera vez un partido en casa en Copa de Europa (fue ante la Juventus por 0-1) han sido muchos más. Y no hay que retrotraerse demasiado en el tiempo para ver actuaciones desconcertantes y humillantes. Ni siquiera hay que rememorar la década ominosa (2003-2013) en la que el Real Madrid caía una vez y otra vez en octavos de final. En los gloriosos años recientes el Madrid ha perdido en casa ante el Spartak Moscú (0-3), el AFC Ajax (1-4), y esta misma temporada ante el todopoderosísimo Sheriff Tiraspol (1-2).

Así pues, ni el Santiago Bernabéu es intocable ni su leyenda está ligada al Real Madrid victorioso de Alfredo Di Stéfano.

¿De dónde viene entonces la leyenda del Santiago Bernabéu?

Nostalgia Futbolera ® on Twitter: "Estadio Santiago Bernabéu, Real Madrid.  Entre 1970-diciembre 1972. https://t.co/9rrrGkoT1M" / Twitter
Santiago Bernabéu. Año 1970.

En esa longa noite de pedra que vivió el Real Madrid durante más de tres décadas hubo momentos mejores y peores. A los blancos les tocó de cuando en cuando abandonar su tan querida Copa de Europa y arrastrarse por la segunda competición continental, la por entonces Copa de la UEFA. A decir verdad, la UEFA no tendría el prestigio ni la pomposidad de la Copa de Europa, pero su nivel era ciertamente superior. Si a la ‘Champions’ iban solo los campeones ligueros a la UEFA iban el segundo, tercero y cuarto de las ligas más potentes del continente.

Durante dos campañas consecutivas (84/85 y 85/86) el Real Madrid logró alzarse con la Copa de la UEFA. Hoy son dos títulos arrinconados en la sala de trofeos de la Castellana. Por entonces fueron un balón de oxígeno para un club que había perdido el respeto de Europa.

Fue entonces cuando se creó el mito de la indestructibilidad del viejo Chamartín. Cualquier derrota fuera de casa era levantada en el Bernabéu por un pandemónium inexplicable a través de unos futbolistas que, además de manosear con belleza a la pelota, corrían, encimaban, protestaban, defendían y gritaban en comunión con un estadio y con el apoyo y el patrocinio de una camiseta y un escudo predestinado.  

Todo empezó con el RSC Anderlecht. Atlético de Madrid, Real Betis, Real Valladolid y Real Madrid. Esos eran los cuatro participantes españoles en la Copa de la UEFA 1984/85. A dieciseisavos de final solo llegaron los merengues. Su rival era el conjunto belga, que contaba con Morten Olsen, Scifo o Vercauteren en sus filas. En ida ganaron con claridad (3-0) y parecía imposible que remontaran. El público acudió escéptico al campo, pero en quince minutos ya iban dos goles y al descanso el Madrid ganaba por 4-0 (Valdano (2), Sanchís y Butragueño). Por entonces el Bernabéu ya era una olla a presión y luego sería un festival cuando el Buitre anote otros dos tantos en la segunda parte para un choque que acabó 6-1.

El nombre de Butragueño había sido coreado por vez primera en el Bernabéu en la eliminatoria anterior. El HNK Rijeka, hoy croata entonces yugoslavo, había vencido por 3-1 en la ida. En la vuelta el marcador al descanso era 0-0. Fue entonces cuando entró al campo Butragueño, por entonces un meritorio suplente de Santillana y Valdano. El madrileño fue el revulsivo para la remontada (3-0), empequeñecida por la que semanas después se perpetró ante el Anderlecht.

‘Revista de Occidente’ es la publicación de divulgación cultural más antigua editada en España. Fundada por Ortega y Gasset, en 2023 cumplirá un siglo de vida, tan solo apagada en las primeras décadas del Franquismo. Es ‘Revista de Occidente’ lugar de filósofos, ensayistas y eruditos, y fue un punto de encuentro político durante la Transición. Bajo ese paraguas académico llegará a escribir un artículo Jorge Valdano. Además de fenomenal delantero (gol incluido en la final de un Mundial), Valdano era, y es, un filósofo del balón. Tras colgar las botas, ha escrito varios libros y ha sido galardonado por sus artículos y su trabajo periodístico. Así entonces, que un futbolista de 31 años escribiese un artículo en ‘Revista de Occidente’ titulado ‘Miedo escénico’ era una rareza en el mundo del fútbol, pero que se torna en corriente conociendo al personaje.

Valdano cogió prestado el término ‘miedo escénico’ acuñado por el escritor colombiano García Márquez en un artículo escrito años atrás hablando sobre los diferentes miedos del ser humano. Márquez consideraba el escénico (hablar en público, relacionarse con los demás, encajar) como el mayor de los miedos. Para Valdano, lo que el Anderlecht había padecido en el Bernabéu era miedo escénico, y lo describía de la siguiente manera: «Cada miércoles europeo, un carnaval a destiempo, ruidoso y orgullosamente disfrazado de blanco, nos espera en nuestro feudo con una confianza casi irresponsable en nuestras posibilidades. Resultados escandalosamente desfavorables fueron superados frente a gloriosos representantes gracias a actuaciones poco menos que milagrosas, pero que son enteramente explicables apelando a elementos que van más allá de lo estrictamente futbolístico. Las razones técnicas, tácticas e incluso físicas que dan a un equipo su fisonomía, que hacen su estilo, responden, en primer lugar, a las peculiaridades de cada jugador y, en segundo término, a las pretensiones del entrenador (…) Pero un equipo es, sobre todo, un estado de ánimo, y el Real Madrid ha sabido cuajar un carácter tan peculiar y cimentado que ha terminado por convertirse marca registrada que el público exige, obligando al jugador, y que se va perpetuando en el tiempo. Así pues, aun entendiendo que los grandes equipos se hacen a partir de grandes jugadores, hay aspectos puramente emocionales de importancia trascendental en el desarrollo de un encuentro futbolístico. Sabemos que el escudo del Real Madrid no tiene el poder de las hadas para hacer ganar sin esfuerzo, capacidad y organización (…) Sacrificio, orden y un. equipo en tecnicolor son atributos indiscutibles de un grupo preparado para las grandes exigencias, que valora y utiliza la confianza de 90.000 entusiasmados deseos que, al mismo tiempo, cuelgan en cada jugador adversario una mochila cargada de inseguridad, timidez y miedo”.

Plano Deportivo Jorge Valdano, elegido para el Salón de la Fama del Futbol
El poeta del balón

El artículo fue acogido con entusiasmo en los mentideros del fútbol. Se había creado el sustrato que iba a sostener como parte del Madrid la magia del Bernabéu y el espíritu de las remontadas. Aún habría algo más. En cuartos el rival era el Tottenham. Aquí la ida tocó en casa. 1-0. Para la vuelta se esperaba una derrota. Se acusaba al Madrid de blandito. Contaba con veteranos como Camacho, Santillana o Stielike, pero también como imberbes como Sanchís o el citado Butragueño. El Tottenham salió a muerte en White Hart Lane. Al descanso el resultado era 0-0, pero era cuestión de tiempo que llegase el gol inglés. No fue así. En el intermedio Amancio, entonces técnico madridista, no dijo nada. Únicamente se bajó los pantalones y enseñó a sus jugadores las cicatrices y marcas de guerra de sus gloriosos años como futbolista.

Nadie se achantó. El Madrid aguantó el 0-0 y se clasificó para semifinales. Eso también es la grandeza del Madrid.

En semis tocaba el Inter. Los italianos eran muy favoritos. En la ida jugada en Italia hay un 2-0 en un horripilante partido madridista. Pero lo peor no fue la derrota. Butragueño acabó tocado y Amancio se acercó a la habitación del Buitre para ver cómo estaba. No había nadie. Pero escuchó jaleo en otra habitación. La sorpresa del técnico coruñés fue mayúscula al ver a Butragueño leyendo un libro mientras Juanito y Lozano intimaban con dos italianas. Habría sanción económica a los dos conquistadores por el escándalo y la injusta destitución de Amancio como técnico merengue. La realidad es que el equipo marchaba mal en la Liga y el núcleo duro (Salguero, Miguel Ángel, Juanito, Stielike, Camacho) lo culpaba de favorecer a los jóvenes.

Se le da las riendas a Luis Molowny, habitual apagafuegos. Toca otra machada. A diferencia del día del RSC Anderlecht ahora el Bernabéu si cree en la remontada. Hay pancartas que hablan del miedo escénico. Era un Bernabéu distinto al actual. Ya tenía la marquesina cubierta instalada un par de años antes con motivo del Mundial de 1982 y había reducido su aforo de los 120.000 espectadores originales a 90.000 para dotar de asientos al estadio. Pero era un Bernabéu donde las calvas eran habituales. Muchas familias se habían alejado del campo por culpa de la televisión (en color -un bombazo-) y por la creciente presencia de ultras detrás de la portería. Además, la instalación de vallas preventivas creaba una barrera de separación entre jugadores y aficionados que no favorecía la comunión del estadio.

Ese día no. Chamartín estaba a rebosar. El Bernabéu amedrentó a los italianos. Santillana en el 12 tras un rechace y luego antes del descanso con otro de sus cabezazos eternos igualaba la eliminatoria. El éxtasis llego al poco de iniciarse la segunda parte cuando un tiro cruzado de Michel bata a Walter Zenga. El público, en pie, gritaba ¡Así, así, así gana el Madrid! Al acabar el choque Collovati atiende a los medios y dice comprender como al Anderlecht le pudieron caer seis.

La final a ida y vuelta fue un paseo ante el Videoton húngaro que sorpresivamente había derrotado en los penaltis al Manchester United. Carlos Santillana ejercía como capitán y levantaba un trofeo tras años de sin sabores en Europa.

1984/85: Madrid awake from European slumber | UEFA Europa League | UEFA.com
UEFA 84/85

A decir verdad, la primera hazaña del Real Madrid en Europa se había producido años atrás. Aun no estaban ni Valdano ni Juanito, pero si Camacho o Santillana. Eran los octavos de final de la Copa de Europa de 1976. El rival el Derby County. Por entonces el favoritismo no era lo abrumador que sería en la actualidad. Al contrario. El Derby County había vencido en la ida por 4-1 con una autoridad aplastante. Jamás el Madrid había remontado hasta entonces una diferencia de tres goles en Europa. Roberto Martínez anotó al poco de empezar a pase de Santillana, pero hubo que esperar a la segunda parte ver un 3-0. El Derby anotó un gol más y en un arreón final Pirri marcó el 4-1 de penalti llevando el partido a la prórroga, donde Santillana hizo el 5-1 que clasificaba al Madrid. Fue el éxtasis, pero fue efímero. El FC Bayern pasó por encima del Madrid en el que fue el último partido europeo de Amancio.

Para la temporada 1985/86 el Real Madrid repetía participación en la UEFA. El Barça había ganado la Liga y jugaría la Copa de Europa. Es un Madrid más fuerte. Ramón Mendoza es el nuevo presidente y firma a Maceda, Gordillo y Hugo Sánchez. Santillana y Juanito pasan a ser suplentes habituales y la ‘Quinta del Buitre’ da el paso definitivo hacia el estrellato. Esa será la primera de las cinco ligas consecutivas que ganará el Madrid. En la UEFA se plantará en octavos junto al Athletic Club que caerá ante el Sporting de Portugal. Al Real Madrid en octavos le toca jugar ante el Borussia Mönchengladbach. Será el primero de otro camino lleno de sobresaltos como visitante y de heroicidades como local.

Se pierde 5-1 en Alemania y el ‘miedo escénico’ debe hacer de nuevo su aparición en el Bernabéu. Un gol de Carlos Santillana en el último minuto desde el suelo y tras infinidad de rechaces, resume la fe, el corazón y los bemoles que dan cuerpo a las remontadas blancas. Antes de eso tocó arrebato y nueva clase magistral de pandemónium. Hay decenas de ataques en oleadas con Maceda ejerciendo de todocampista y con balones de área a área dejando inerte el centro del campo. En el minuto 19 Valdano ya había colocado el 2-0, pero no sería hasta los diez minutos finales cuando Santillana apelase a la épica para firmar el 4-0 definitivo.

Por entonces el ‘miedo escénico’ había calado en el madridismo, pero falta un aquel que llegara al corazón de los madridistas. Era una suerte de evangelio basado en las entrañas de la religión, pero su redacción había estado a cargo de un erudito. No solo Valdano tenía de todo menos pinta de futbolista. Había muchos chicos buenos y hasta a unos cuantos de ellos les dio por sacarse una carrera. Pero en el vestuario también los había de pelo en pecho, de esos que hablaban tanto con el estómago como con la lengua. Estaban Camacho, Maceda o Hugo Sánchez. Y para que el ‘miedo escénico’ llegase a las masas y se quedara en el acervo colectivo del madridismo hacía falta algo más.

Hacía falta que hablara Juanito.

Como Raúl, Juanito pasó por la cantera del Atlético de Madrid antes de convertirse en ‘pope’ blanco. Juan Gómez era un talentoso mediapunta de fuertísimo carácter y profundamente temperamental. Alguien dejó escrito que tenía el demonio de los extremos y, siendo diestro, la sensibilidad de un zurdo. Era un buen futbolista, pero palidecería en el vestuario del Real Madrid actual. Sin embargo, pocos podrán superar a Juanito en amor y lealtad merengue. Nadie representa como él a aquellos que ven en la camiseta del Real Madrid una segunda piel.

Juan Gómez González "Juanito". - Mundo Real Madrid
El ‘7’ maravilla

En semifinales vuelve a tocar el Inter. En San Siro ganan los italianos por 3-1. Al acabar el choque Juanito se retira con una sonrisa camino de los vestuarios y lanza una boutade para que sea escuchada al mismo tiempo por sus rivales y por la prensa, para que los plumillas se encarguen de difundirla a los cuatro vientos: “90 minuti en el Bernabéu son molto longo”.

Juanito sabía de italiano tanto como yo de arameo. Nada. Cero. Pero la frase resonó como un trueno durante la semana siguiente. Si Valdano había sido el erudito, Juanito había traducido su relato para que fuese entendido por la masa. El ‘miedo escénico’ pasó a ser ‘el espíritu de las remontadas’. Y cuando años más tarde un coche se lleve por delante al genio de Fuengirola, ‘el espíritu de las remontadas’ pasará a ser ‘el espíritu de Juanito’.

El partido fue de escándalo. Al descanso se llegó con 1-0 con gol de Hugo. Luego anotó Gordillo y recortó Brady, hasta que Hugo de penalti puso el 3-1. En la prórroga fue Santillana, suplente casi todo el año, el que anotó dos cabezazos poniendo el 5-1 definitivo y recordando porque años atrás era el mejor rematador de cabeza del mundo.

90 minutos en el Bernabéu habían sido ‘molto longos’, pero en la final la ida tocaba en casa. Fue un vendaval de juego. Una completa exhibición, quizás el mejor encuentro en dos años. Aquí no hubo testosterona, sino clase y calidad. Y hasta hubo remontada porque el FC Colonia se adelantó por medio de Klaus Allofs. Acabaría ganando el Madrid por 5-1 haciendo bueno el 2-0 de la vuelta donde Schumacher, Littbarski y compañía apretaron, pero un par de paradas formidables de Agustín cerraron el partido dándole al Real Madrid su segunda Copa de la UEFA consecutiva.

Madrid-Inter, un duelo 'vintage' - AS.com
Siempre gol de Santillana

La temporada siguiente el Real Madrid volvía a la Copa de Europa. Se remontó al Young Boys en dieciseisavos (1-0 en Suiza y 5-0 en España) y al Estrella Roja en cuartos (4-2 en Belgrado y 2-0 en Madrid) pero en semifinales el FC Bayern ejerció de bestia negra y humilló al Madrid con el famoso pisotón de Juanito a Matthäus incluido.

Sería el último choque de Juanito en Europa y sería también el fin de la mística. Habría alguna que otra remontada, especialmente golosa una ante el FC Bayern en tiempos de Raúl, pero ni rastro de la magia del Bernabéu salvó a cuentagotas. No sería hasta esta temporada cuando las animaladas perpetradas por Benzema y compañía ante PSG, Chelsea y Manchester City hagan retraernos a los tiempos del ‘miedo escénico’ y a los del ’90 minuti en el Bernabéu son molto longos’.

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Vanguardia y horror en el Donbass Arena

En el verano de 2012 la selección española de fútbol completó un cuatrienio inigualable. Conquistó una segunda Eurocopa consecutiva para añadir al que había sido su primer Mundial. La victoria se fraguó en una redonda final en la que bailaron a Italia por 4-0 en, quizás, el mejor encuentro enarbolado por esa maravillosa generación de futbolistas. Tan magna exhibición fue perpetrada en Kiev, en un histórico estadio cercano al siglo de existencia, pero recientemente remodelado para exhibir la prosperidad y la pujanza de la moderna Ucrania. Se reconstruyó el anillo inferior, se techaron todas las gradas, se creó un palco de lujo y se edificó un hotel de 13 plantas adjudicado a la empresa Sheraton anexo al coliseo.

No fue tarea fácil semejante loor a la modernidad. Ucrania tuvo que organizar la Eurocopa de la mano con Polonia y vencer a Italia en la votación propuesta por la UEFA. Tras apenas dos décadas de existencia como nación independiente, para los ucranianos era una oportunidad única para demostrar al mundo que el comunismo era un asunto del pasado y para implorar a la Unión Europea un puente que les permitiese cruzar a Occidente. Hubo que gastar una ingente cantidad de dinero en acondicionar estadios, construir redes de transporte y crear plazas hoteleras, y hasta varios ministros acabarían dimitiendo ante el cataclismo económico creado por el shock financiero de 2008.

Con todo, la organización fue exitosa y, durante un mes, Ucrania (y Polonia) fueron el centro de Europa. Uno de esos lugares felices en aquel verano fue Donetsk, una ciudad de cerca de millón de habitantes y capital de la región del Donbass, comarca situada al este de Ucrania y de mayoría rusófila. En Donetsk se jugaron tres partidos de la primera fase (incluyendo dos derrotas ucranianas) y el partido de cuartos de final y la semifinal disputada por España ante Francia y Portugal, respectivamente. Era el colofón para un estadio en el que la celebérrima Beyoncé había dado un concierto para inaugurar la nueva era.

Apenas tres años de vida tenía el Donbass Arena, un coloso para 50.000 espectadores que emerge en el interior del parque Lenin, una imponente colección de naturaleza y escultura con reminiscencias del Parque Güell. Erigido como una copia a menor escala del Allianz Arena (como tantos muchos después) consta con un techo ovalado que se camufla con el paisaje y le da aspecto de platillo volante, mucho más acentuado cuando las tinieblas hacen su aparición y el milagro de la luz artificial ilumina la ciudad.

Fotos de Concursos, Cielo, Que, Azul., Eurocopa 2012 - Imagen de © Leonardi  #7230741
Donbass Arena

Cuando el Donbass Arena se inauguró se cumplían dos décadas de la caída del Muro de Berlín y cerca de nueve decenios desde la muerte de Lenin. El estadio, instalado en el parque bautizado en honor al hombre que hizo carne el ideal comunista, está rodeado por un entorno forestal donde cada árbol conmemora a un miembro fallecido en la Gran Guerra Patriótica. La Guerra Patriótica es como denominan los rusos a la II Guerra Mundial. Concretamente a los años que van desde 1941 a 1945, cuando la URSS y la Alemania Nazi utilicen los ideales y las ambiciones del pueblo para destruir millones de vidas humanas. El otro bienio, el que va de 1939 a 1941, es convenientemente borrado de la historia para hacer desaparecer el pacto de amistad que imperó esos años entre Stalin y Hitler.

Y es que el Donbass es una región eminentemente prorusa. Cuando en 2014 las tropas rusas ocupen Crimea tras la llamada revolución del Euromaidán lo harán certificando la clara división del país. Mientras el oeste de Ucrania vote a favor de los partidos proeuropeos (más del 85%) las regiones del este limítrofes con Rusia (tanto el Donbass como Crimea) apenas apoyarán en un 20% a los candidatos favorables a la integración con la Unión Europea.

Uno de esos ucranianos filorusos era el multimillonario Rinat Ajmetov. Rubio, de nariz aguileña y mirada firme, Ajmetov amasó su fortuna comprando sociedades mineras de la cuenca del Don, y su fama adquiriendo la propiedad del FK Shakhtar Donetsk en 1996. El Shakhtar había sido un equipo irrelevante durante el período soviético y su estatus tampoco hubo de mejorar con la independencia ucraniana. No será hasta 2002 cuando el Shakhtar gane su primera liga.

Lithuanian to head the company of Ukraine's richest man Rinat Akhmetov -  the Lithuania Tribune
Rinat Ajmetov

Desde entonces el crecimiento será imparable. El Shakhtar ganará ocho ligas en una década y tocará el cielo al lograr la Copa de la UEFA de 2009 meses antes de la inauguración del Donbass Arena. Lo hará con Mircea Lucescu en el banquillo y con una acertada política de fichajes basada en cazar a jóvenes promesas brasileñas y ofrecerles el escaparate del Shakhtar para progresar en Europa. Fernandinho, Alex Teixeira, Fred, Douglas Costa, William o Luiz Adriano son algunos de los que portaron la zamarra naranja de los mineros del Donbass.

Tras la inauguración del Donbass Arena y la instalación perpetua en la fase de grupos de la Champions League, el objetivo del Shakhtar era asentarse en la élite europea y convertirse en el equipo referencial de Europa del Este. Pero los sueños de grandeza se toparon con la realidad política del país y con una guerra a punto de estallar.

El Shakhtar estrena su palmarés europeo | UEFA Europa League | UEFA.com
La gloria europea

En 2013 se destapó una serie de escándalos de corrupción que hicieron tambalear a Viktor Yanukovich, presidente ucraniano. El problema de fondo es que Yanukovich era prorruso y había paralizado varios acuerdos económicos y de seguridad con la Unión Europea. Las manifestaciones y protestas fueron aumentando hasta convertirse en disturbios. Será en febrero de 2014 cuando estalle el llamado Euromaidán, una revolución ciudadana que hizo dimitir a Yanukovich, el cual, inmediatamente, buscó cobijo en la vecina Rusia.

El problema es que mientras en Kiev y buena parte de Ucrania Yanukovich era odiado, para los rusófilos del Donbass y de Crimea lo que se había cometido era una traición. Entre los dolidos estaba Rinat Ajmedov que había financiado generosamente las campañas electorales de Yanukovich. Alentado por ese apoyo rusófilo, Vladimir Putin ordenará a las tropas rusas ocupar Crimea y bombardear el Donbass ante la callada por respuesta de Occidente. Las democracias tardarán ocho años en darse cuenta de la realidad de una guerra que ya contaba con cerca de 20.000 muertos.

Desde ese verano de 2014 la vida se paraliza en el Donbass. Ese otoño los jugadores brasileños del Shakhtar aprovechan la disputa de un partido ante el Olympique de Lyon para huir y no volver a Ucrania. Días después dos bombas estallan en la entrada principal del Donbass Arena haciéndolo inservible. Las guerrillas acabarán también con el suministro de energía del estadio y quemando las instalaciones deportivas anexas al recinto.

Al Shakhtar no le quedó más remedio que exiliarse para continuar con su actividad deportiva. El equipo fijo su sede en Kiev. Allí se entrenaba a diario, pero debía desplazarse a Lviv (Leópolis) para jugar sus encuentros como local. Más de 1.000 kilómetros separan a Donetsk de Lviv. Pero la diferencia va más allá del kilometraje. Situada a apenas 70 kilómetros de la frontera polaca, Lviv es la ciudad más proeuropea de Ucrania. Desmoralizado, falto de apoyo en las gradas y con continuos abucheos y desplantes, los resultados del Shakhtar cayeron en picado. En 2017 decidieron mudarse nuevamente, en este caso a Járkov, a unos 45 kilómetros de Rusia y lugar de una de las batallas más inhumanas de la II Guerra Mundial. En Járkov el Shakhtar se encontró con mayores dificultades logísticas, pero con un público más dócil. En esas estaban cuando el Covid-19 hizo su aparición y la plantilla del Shakhtar tuvo que hacer un tercer y último traslado, en este caso a la capital Kiev.

Por entonces Ajmetov había comprendido la peligrosidad de aliarse con los intereses rusos. Por culpa de la guerra en el Donbass había perdido el control de varios de sus activos. Dejó de aparecer en público y optó por un perfil más bajo. Entre bambalinas promovió varios acercamientos entre el gobierno ucraniano y el ruso y, cuando percibió que el acuerdo era inverosímil, decidió apostar fuertemente por Ucrania.

Cuando el 24 de febrero de 2022 comience la ofensiva rusa el Donbass Arena pasará a ser un centro logístico para el ejército ruso. Ajmetov, que en el pasado llegó a financiar un golpe de Estado contra el gobierno ucraniano presidido por Zelenski, declaró que todo su poder financiero estaría enfocado a la ayuda a los desplazados, tanto para ayudar a los refugiados como para conseguir comida o medicamentos para aquellos que decidiesen quedarse en Ucrania, bien por compromiso, o bien por necesidad.

Ajmetov también anunció que se llevaría su poder industrial desde el Donbass hasta Mariupol, y si esta ciudad portuaria también era ocupada, no cejaría hasta encontrar un lugar desde el que seguir combatiendo la ocupación. Ayudó también a que los activos brasileños del club abandonasen Ucrania comprometiéndose a liberarlos de sus relaciones contractuales si lo considerasen necesario.

Mapas de la situación de la invasión de Rusia a Ucrania
Ucrania en guerra a finales de febrero de 2022

Hasta trece futbolistas brasileños militaban esta temporada en el Shakhtar Donetsk. El día 24 se reunieron todos ellos en un hotel de Kiev junto a sus familias mientras pedían auxilio al embajador brasileño. Entre ellos estaba Maycon, futbolista carioca de 24 años que llevaba un lustro deambulando de un lado a otro de Ucrania defendiendo los intereses del Shakhtar. El caso más complicado fue el del delantero Junior Moraes que, nacionalizado ucraniano desde 2019, es internacional por su país de adopción. Según la orden del presidente Zelenski ningún varón ucraniano entre 18 y 60 años puede abandonar el país y tiene que estar dispuesto a combatir contra los rusos si es llamado a filas. Moraes tuvo que salir de incógnito por la frontera camino de Moldavia y desde allí tomar un bus hasta Paris y volar hacia la libertad a través del aeropuerto Charles de Gaulle. Para salvaguardar su honor hizo una donación de miles de euros para ayudar a las víctimas de la guerra.

A la hora de escribir estas líneas se antoja inverosímil ver al Shakhtar en la próxima edición de la Copa de Europa. Para los habitantes de Donetsk el concierto del Beyoncé en el Donbass Arena es un recuerdo en blanco y negro. O quizás no. Igual es en un vivida luz de colores que los retrotrae a aquel verano de 2012 cuando España bailó a Italia en la final de una Eurocopa que convirtió a Ucrania por unos días en el centro del planeta y la llevó en volandas a la modernidad y a la prosperidad.

“Con humanidad y democracia nunca han sido liberados los pueblos” Adolf Hitler.

«Crimea, Ucrania y Leningrado. Después, Moscú» Adolf Hitler.

¿Democracia? ¿Creen que quiero para Rusia la democracia que tiene Irak? Vladimir Putin.

«Aquel que no echa de menos a la Unión Soviética es que no tiene corazón» Vladimir Putin.

«La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre con excepción de todos los demás» Winston Churchill.

«Los fascistas del futuro se llamaran a si mismos antifascistas» Winston Churchill.

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A los 30 años de la Guerra de Yugoslavia (1ª parte)

A mediados de los 80, Yugoslavia era una potencia mundial en dos deportes; baloncesto (campeón del mundo en 1978 y bronce en los mundiales de 1982 y 1986) y balonmano (subcampeón del mundo en 1982 y campeón en 1986). Contaba también con poderosas selecciones y equipos en disciplinas como el fútbol, el voleibol y el waterpolo. Esa fortaleza estaba cimentada en pies de barro. Tras la muerte del mariscal Tito, el hombre que había liderado la lucha ante los nazis, el partido comunista implosionó y se convirtió en un nido de corrupción en el que las hienas buscaban su pedazo de podredumbre.

Yugoslavia era un país complejo. Creado en 1918 para contentar a los diversos pueblos de los Balcanes, nunca contentó a nadie. Fue la lucha contra el nazismo lo que logró cierta unión bajo el auspicio de Tito a través de complejos equilibrios identitarios. Fue Tito el que estableció que las empresas nacionales (y las selecciones deportivas) estarían repartidas con “un 40% de serbios, 20% de croatas, 20% de bosnios, 10% de eslovenos, 10% de montenegrinos y algún macedonio”. Yugoslavia era un crisol de culturas y una coctelera de ideas, pero también era el país del bloque comunista más abierto y que menos dependía de Moscú. Fue el único país del Este que no necesitó ayuda externa para derrotar a los nazis. A diferencia de Bulgaria, Polonia, la RDA o Rumania, los yugoslavos podían realizar viajes al extranjero con afán turístico y a sus deportistas se les permitía fichar por un club de la Europa Occidental a los 28 años, una edad tardía, pero muy permisiva en comparación con el resto de países miembros del Pacto de Varsovia.

La Yugoslavia de Josip Broz Tito - El Orden Mundial - EOM
Josip Broz ‘Tito’

Las rivalidades no sólo eran nacionales, también existían dentro de una misma comunidad. En Serbia, Estrella Roja de Belgrado (Crevna Zvezda) y Partizán de Belgrado (FK Partizan) encarnan valores tradicionalistas y profesan sentimiento anticroata, a pesar de que el primero fue fundado por los comunistas y el segundo simpatiza con las derechas. Los seguidores del Estrella Roja adornaban los partidos con cánticos del tipo “Estrella Roja es Serbia, nunca Yugoslavia” y silbaban y abucheaban el himno yugoslavo cada vez que se presentaba la ocasión. Para los blanquinegros del Partizán la bandera yugoslava era válida, pero solo porque, según ellos, representaba a la Gran Serbia. Las pancartas a favor de las minorías serbias de Krajina y Kosovo poblaban el estadio, así como los cánticos de “esto es Serbia, no es Yugoslavia”.   

A diferencia de lo que ocurre en Serbia, la rivalidad entre las potencias futbolísticas de Croacia no se da en una misma ciudad. En Zagreb, el equipo hegemónico por excelencia es el Dinamo, escuadra fundada por la policía comunista en 1945, tras la obligada fusión del Ha-K y el Grandanski, los dos clubes más populares hasta la fecha. Sus hinchas más radicales se autodenominan ‘Bad Blue Boys’ y se autodefinen como “defensores de Croacia”. A orillas del Adriático, en Split, se encuentra el Hajduk, el único de los grandes clubes pre-comunistas que sobrevivió a los dictámenes deportivos del nuevo régimen. Fundado en 1911 es el más apolítico de los grandes clubes y, de hecho, ni su estadio ni sus seguidores fueron foco de problemas antes del estallido de la Guerra Civil.

Una 'jaula' con dos facciones enemigas del Dinamo Zagreb - Estadio deportivo
Los croatas del BBB

Esta tensión racial, cultural e ideológica encontrará en los estadios de fútbol un lugar privilegiado para manifestarse. Durante la década de los 80 se extiende por todo el mundo el movimiento hooliganista, que años atrás había surgido en Gran Bretaña como respuesta a un cóctel perpetrado por la crisis económica, los cambios de hábitos juveniles y la continua pérdida de identidad grupal. Los distintos grupos ultras ligados a movimientos extremistas, tanto de derechas como de izquierdas, iban a tener en la desmembración de Yugoslavia un papel protagonista. 

—LA BATALLA DE MAKSIMIR—

El 6 de mayo de 1990 se efectuaron en Yugoslavia las primeras elecciones libres tras la caída del Muro de Berlín. Hubo victoria de los partidos nacionalistas en cada uno de los seis estados federados que componían el país. En Croacia venció la Unión Democrática Croata (HDZ), cuyo líder era Franjo Tudjman, el cual fomentaba abiertamente la independencia. Que Macedonia o Eslovenia votasen a favor de su independencia era irrelevante. Que Croacia lo hiciese era destrozar el ‘status quo’ existente. Eran Serbia y Croacia las dos naciones más industrializadas, con el mayor número de habitantes y además compartían frontera y reivindicaciones territoriales. Slobodan Milosevic, presidente de Serbia, encarnaba la visión de los serbios que consideraban a Yugoslavia una unión de repúblicas indisoluble bajo mando de Belgrado. Que Croacia se independizase era inconcebible para cualquier serbio.

Notorious leader Milosevic revived in the Slobodan Show - BBC News
Milosevic, primer presidente electo de Serbia

Apenas una semana después de la convocatoria electoral tendría lugar el duelo liguero entre el Dinamo de Zagreb y el Estrella Roja, con el título casi decidido para este último. Justo antes del partido, Javier Wimer, embajador de México en Yugoslavia, comentaba en el palco a sus allegados que la guerra era inevitable y que estallaría tarde o temprano. La declaración fue filtrada a la prensa de forma deliberada. Pública fue la declaración de Bora Milutinovic, afamado entrenador serbio presente en el estadio aquella tarde, que espetó en la televisión; “serbios y croatas son enemigos a muerte, pero fuera se muestran unidos porque les interesa para formar un Estado fuerte”. Para completar el cúmulo de declaraciones incendiarias, Dragan Djazic, ex jugador y en aquellos momentos director deportivo del Estrella Roja, declaraba: “Nuestra obligación no es sólo ganar, también humillar”.

No era de extrañar que el partido acabase en batalla campal. Los problemas comenzaron antes del pitido inicial cuando los jugadores del Dinamo Zagreb saltaron al campo con un chándal de cuadros blancos y rojos, los colores de la Croacia independiente. En las gradas, los 3.000 radicales del Estrella Roja lanzaban bengalas al campo y botellas de ácido a las vallas de contención para derretirlas y poder acceder al césped.

Apenas un cuarto de hora después del pitido inicial, los ‘Bad Blue Boys’ saltaron al terreno de juego con la intención de llegar al fondo contrario ocupado por los ‘Delije’. Dirigidos por Arkan Raznatovic (años después juzgado como genocida), los ultras del Estrella Roja llevaban desde el inicio del partido cantando lindezas como «Zagreb es serbia» o «Te asesinaremos, Tudjman», mientras arrancaban los asientos y las vallas publicitarias más cercanas y mostraban cuadros con la imagen de diferentes santos ortodoxos (los croatas son católicos y los serbios ortodoxos). Los ‘Bad Blue Boys’ eran mayoría, pero en medio del camino se encontraron con la policía, de amplia suma serbia, por lo que la contienda se igualó por momentos. Los gases lacrimógenos, las porras y los cañones de agua hacen frente a los cuchillos y a las bengalas en una desigual lucha entre los seguidores croatas y la policía, mientras los ‘Delije’ atacan a los aficionados que se agolpaban a su alrededor.

Tras una hora de disturbios, más de un centenar de heridos o intoxicados por gas yacen en el césped del Maksimir. Son 68 según las cifras oficiales. El partido finalmente no se llegó a jugar y el Estrella Roja ganó una liga que quedaría interrumpida antes de su jornada final.

La imagen que quedó de aquel enfrentamiento fue la de Zvonimir Boban propinando una patada a un policía que aporreaba a un ‘Bad Blue Boys’. El centrocampista croata fue sancionado con seis meses de suspensión y no pudo disputar con la selección de Yugoslavia el Mundial de Italia 1990. No pareció que le afectara en demasía: «No me importa arriesgar mi vida, mi carrera y mi fama por la causa de Croacia”. El agente que recibió su patada no era serbio, sino bosnio, y al cabo de los años le perdonaría. La llamada ‘Batalla de Maksimir’ es para los croatas el punto de inicio de la guerra. Muchos de los allí presentes volverían a coincidir con fusil en mano. Hoy, un monumento a las puertas del estadio recuerda a los aficionados del Dinamo que iniciaron la guerra de independencia en mayo de 1990. Para el Gobierno croata el 13 de mayo es el día del levantamiento popular.

Zvonimir Boban: el romántico nacionalista que con un golpe incendió los  Balcanes - LA NACION
La patada de Boban

Aún faltaba más de un año para que la guerra estallase, pero los ecos de Maksimir se mantendrían en el tiempo. El citado Raznatovic tutelaría la formación de los ‘Tigres’, batallones de paramilitares compuestos por ultras de Estrella Roja y el Partizán que cometerían atrocidades genocidas durante la contienda. Tal fue la influencia de este grupo paramilitar que el himno creado con motivo de la obtención de la Copa Intercontinental por parte del Estrella Roja en 1991 (‘Srbija do Tokija’ – Serbia hacia Tokio -) sería adoptado como canción oficiosa por los serbios antes de cada batalla.

En los festejos con motivo de la celebración del título mundial, un hito que difícilmente podrá ser igualado por ningún equipo de la ex Yugoslavia, los ‘Delije’ mostraron a los fotógrafos el letrero robado de una aldea croata cuya población había sido ocupada por los paramilitares serbios. Durante la guerra cada aldea bosnia o croata por la que pasaban los paramilitares tenía escrito en sus paredes dicho lema. Años después se ampliaría a ‘Srbija do Tokija al preko Milkovija’ (Serbia hacia Tokio pasando por Milwaukee) cuando en 1999 las fuerzas de la OTAN decidieron intervenir en Kosovo. 

Srbija do Tokija - Wikipedia
Un grito aún hoy presente

“Europa hoy es un barril de pólvora y sus líderes son como hombres fumando en un arsenal. Una simple chispa desatará una explosión que nos consumirá a todos. No puedo decirles cuándo tendrá lugar la explosión, pero sí puedo decirles dónde: alguna maldita estupidez en los Balcanes la desatará”. Otto von Bismarck, canciller de Alemania, en 1878, cuatro décadas antes de que estallara la I Guerra Mundial tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo.

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La copas vascas. Las dos finales de Copa del Rey de 1910

Athletic y Real Sociedad rememoran sus años gloriosos de los 80 y protagonizan en Sevilla las habituales finales vascas de Copa de la época anterior a la Guerra Civil. Será una final sin Aduriz o sin Zurutuza, dos leyendas a los que las mentes pensantes les birlaron la oportunidad de cerrar una sólida carrera para que la final se disputase en campo lleno con bufandas al viento. Doce meses después el público ni está ni se le espera, pero, por lo menos, las mentes pensantes se ahorrarán de escuchar una sonora pitada al himno, a la bandera y a Felipe VI. Para la Real es la final de las finales. Para el Athletic es la primera bala. Lo absurdo del momento le hará jugar dos finales coperas en quince días. “Una bilbainada insuperable” sentenció Alfredo Relaño.

Los jugadores vascos evolucionaron con más rapidez que el resto de sus contemporáneos peninsulares. En primer lugar, los norteños eran más físicos y tenían una talla media más elevada. En segundo lugar, los puertos éuscaros eran lugar de entrada de innovaciones procedentes del Reino Unido, y el Athletic, y demás conjuntos vascos, contaron desde sus inicios con técnicos ingleses de primer nivel. Por último, los jugadores del norte estaban acostumbrados a jugar en campos encharcados y bajo la lluvia, lo que en un fútbol donde el balón, las botas o las camisetas triplicaban el peso actual, era un plus importantísimo. El fútbol vino de Gran Bretaña donde como en Euskadi había verde, llovía y el barro era frecuente. Los trabajadores de los puertos y los altos hornos abrazaron con celeridad ese deporte que se veía bravo y temerario. Si en Sudamérica se desarrolló la escuela del ‘passing game’ y el regate gracias al influjo escocés, en el norte de España el ‘kick and run’ de juego directo fue introducido por los ingleses.

En tres décadas, desde la primera edición de la Copa del Rey en 1903 hasta 1933, únicamente en tres ocasiones no hubo un participante vasco en la final copera. Por entonces el Athletic sumaba 13 títulos, cuando en los cerca de 90 años posteriores apenas ha ampliado en 10 trofeos su palmarés. Pero asimismo Real Unión de Irún (4), Arenas de Guecho (1) y Real Sociedad (1) podían presumir de campeonatos, formando un selecto club que solo alcanzaban FC Barcelona (8), Real Madrid (5) y RCD Espanyol (1) -datos de 1933-.

Hoy olvidados, el Real Unión y el Arenas eran dos conjuntos potentísimos antes de que la profesionalización del fútbol los hiciesen languidecer ante sus gigantes rivales provinciales. El Arenas FC era un club burgués situado en el barrio del mismo nombre. Guecho era, y es, la zona residencial en la orilla pudiente del Nervión. Si el Athletic era el club de los trabajadores del puerto que comerciaban con Gran Bretaña, en el Arenas formaban los hijos de la burguesía que iban a estudiar a Inglaterra. El Arenas FC consiguió el título de Copa en 1919 y sigue siendo uno de los 14 conjuntos que poseen al menos un título liguero o copero.

Ciudad aduanera y nudo ferroviario a apenas 20 kilómetros de San Sebastián, en la pujante Irún convivían el Racing y el Sporting. El primero de ellos lograría la Copa de 1913 y contaba con Patricio Arabolaza como gran figura, delantero que pasó a la historia al ser el primer goleador de la selección española. En 1915 ambos conjuntos se fusionaron creando el Real Unión de Irún que conseguiría otros tres entorchados (1918, 1924 y 1927). Suma el doble de títulos coperos que el Betis o que la Real Sociedad, su rival por antonomasia.

Ambos equipos ya disputaron una histórica final vasca en 1927 tras eliminar a Real Madrid y FC Barcelona en semifinales y a los gigantes vascos en una ronda previa, ya que por entonces había eliminatorias regionales para clasificarse. El Real Unión venció por 1-0 al Arenas en la prórroga, en el que fue el canto del cisne de ambos equipos. Nunca jamás han vuelto a acercarse a tales logros. Ambos formaron parte de la creación de la Liga en 1928. Los irundarras aguantaron cuatro temporadas en la élite mientras que los de Guecho estiraron el sueño durante siete años.

Real Unión de Irun y Arenas de Getxo disputaron la última final vasca en la  Copa de 1927 | Kirolak | Naiz
Final 1927. Estadio Torrero de Zaragoza

Ya años atrás había habido dos finales vascas. En 1913 Irún celebró su primer título con un triunfo ante el Athletic (3-2) y en 1910 fue el Athletic el que se proclamó campeón tras derrotar al Vasconia (1-0) en la final. Pero estas dos finales y, esencialmente, la de 1910, cuando el Vasconia pasó a ser la Real Sociedad, merece comentario aparte.

—LA OTRA FINAL ENTRE ATHLETIC Y REAL SOCIEDAD. LAS DOS COPAS DE 1910—

La Copa del Rey es el motivo del nacimiento del Athletic. Si bien el club fuera fundado en 1898, convivía con el Bilbao FC a orillas del Nervión. Al anunciarse la celebración del primer torneo de fútbol nacional, ambos equipos se fusionaron dando lugar al Athletic Club de Bilbao. Durante esa primera década el éxito del Athletic se cimentó en su excelente nivel, pero también en una sucursal del club que estableció en Madrid, por lo que, en función del partido, podía optar por alinear a futbolistas del Athletic de Bilbao o del Athletic de Madrid. No sería hasta 1912 cuando el Atlético de Madrid obtenga su independencia. Por entonces el Athletic ya era un coloso que sumaba cuatro trofeos coperos.

El Athletic era el ogro de la época. Contrataba entrenadores ingleses cuando la mayoría de los equipos ni sabían lo que era un técnico.  En aquel tiempo los clubes se apuntaban a jugar la Copa sin más. Había que tener infraestructura y dinero suficiente para viajar a Madrid. Los participantes no llegaban a los dobles números y no existía club más organizado que el Athletic. Vencer a los leones no era tarea sencilla. Estaba Madrid y Barcelona, pero si una ciudad vasca podía competir con Bilbao tenía que ser San Sebastián.

El San Sebastián FC fue fundado en 1908 con la única idea de disputar la Copa de 1909. Legalmente no podía hacerlo porque entonces tenía que pasar un año para que un club pudiese inscribirse en el torneo. Así, el club llegó a un acuerdo con el Club Ciclista de San Sebastián, que era más antiguo, para bajo ese nombre poner a 11 futbolistas a disposición de aquel club velocípedo. Fue así como el Club Ciclista ganó sorprendentemente la final de Copa de 1909. Aquel título es hoy aceptado como de la Real Sociedad, porque realmente aquellos jugadores pertenecían al San Sebastián FC. Semanas más tarde de aquel inesperado éxito, el San Sebastián FC y el Club Ciclista se fusionaban, dejaban de lado las bicis, y se convertían oficialmente en la Real Sociedad que hoy conocemos.

A la sazón la final de la Copa siempre se celebraba en Madrid porque el organizador del torneo era el Real Madrid. Fue el club merengue el que ideó la competición para conmemorar la mayoría de edad de Alfonso XII obteniendo un trofeo de plata obsequio del Rey para poner en disputa. Pero en 1909 se fundó la Federación Española de Clubs de Fútbol (FECF). Dado que ahora el organizador del torneo era la FECF, se llegó a un acuerdo verbal para que la final dejase de disputarse en Madrid y se contendiese en el campo del vigente campeón.

Y aquí viene el meollo del problema.

A la hora de la verdad la FECF se negó a reconocer esa posibilidad y tanto la Real como el Athletic (se supone que por cuestiones de vecindad) se declararon en rebeldía. La bomba explotó cuando el Real Madrid también lo hizo y los tres conjuntos formaron la Unión Española de Clubes de Fútbol (UECF) junto al Racing de Irún. La posición del Real Madrid aún es hoy sujeto de debate. Pero lo cierto es que para los aficionados merengues sigue siendo la primera gran muestra de caballerosidad de un club que prefirió ceder el privilegio de jugar en casa porque consideraba que ganar una Copa sin la participación del Athletic no era un título que tuviese valor.

La Real organizó un torneo paralelo en San Sebastián. Sin embargo, aunque la UECF apoyaba llevar el torneo a Guipúzcoa tampoco podía reconocer a la Real como vigente campeona sino al Club Ciclista. Es más, dado que la Real había sido fundada en septiembre de 1909 y la final de la Copa de 1910 iba a ser en marzo, tampoco el equipo blanquiazul podría jugar la Copa, ya que no habían pasado doce meses desde su fundación.

El embrollo era colosal porque tampoco la Real podría jugar esta nueva edición de la Copa con su propio nombre. Otra vez tuvo que tomar prestada la licencia de otro club de barrio y acudir a esa Copa del Rey bajo la denominación Vasconia Sporting Club. Aquella Copa del Rey acabó deparando una final entre Athletic y Vasconia 110 años antes de la que se celebra estos días en Sevilla. Entonces los rojiblancos vencieron por 1-0. A pesar de que en los libros se recoge el nombre de Vasconia, los historiadores aceptan que la Real Sociedad nació con un título (1909) y un subcampeonato (1910) de Copa del Rey bajo el brazo, aunque ninguno de los dos hubiesen sido bajo su auténtica denominación.

Un par de meses más tarde, en un campo colindante al parque del Retiro madrileño, tenía lugar final organizada por la FECF en la que el FC Barcelona derrotó al Español de Madrid.

Ambos torneos, y ambos campeones, son hoy reconocidos.

La FECF decidió aplacar el cisma con una decisión salomónica dándole al Athletic la organización de la final de 1911 como campeón copero y al FC Barcelona la fase final de 1912 como el otro campeón copero. La solución de compromiso duró lo justo hasta que en 1913 la FECF programó una final en Madrid mientras la UECF hizo lo propio en Barcelona, dado que los azulgranas habían ganado la edición de 1912.

Otra vez el galimatías estaba montado. Para 1913 nuevamente habría dos campeones reconocidos en dos finales reconocidas (Racing de Irún en una y FC Barcelona en la otra). Tras el segundo desastre, ambos organismos se fusionaron y se creó la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) acordando el fin de la libre inscripción de equipos, el establecimiento de rondas eliminatorias regionales y la disputa de la final, fuese donde fuese, siempre en terreno neutral.

1910: Extasis en el primer gran derbi en rojo y blanco - IRATZAR - Athletic  Club Bilbao
Los leones de 1910

“Para mí, un equipo de fútbol perfecto siempre tiene que contar con algún vasco”. Johan Cruyff

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La semana mágica de Paolo Rossi

29 de junio de 1982. Barcelona. Estadio de Sarriá. 44.000 espectadores en las gradas. 18:30 horas. Alrededor del minuto 60 de partido. Paolo Rossi, el delantero centro de la selección italiana, recibe en solitario al contraataque, se interna en el área pequeña y es incapaz de levantar el balón por encima de Fillol, cancerbero argentino. Es un mano a mano clarísimo. Era el cuarto partido consecutivo en el que Rossi salía de titular en el Mundial y el cuarto consecutivo en que abandonaba el encuentro sin anotar un tanto. Italia triunfa, pero Rossi fracasa, titula la prensa transalpina. Italia venció a Argentina y se jugará el pase a semifinales ante Brasil, la indiscutible favorita del torneo.

Con 14 años Luciano Moggi lo captó para la Juventus procedente de la Cattolica de Virtus. Era un delantero oportunista, no exento de técnica, pero que destacaba por estar en el lugar preciso en el momento justo. Paolo Rossi era una prometedora estrella pero sufre tres lesiones distintas de menisco antes de los 18 años. Se recuperaría, pero a los 30 ya estaría retirado. El caso es que la Juve se deshace de él y lo manda al Vicenza que estaba en la Serie B. El primer año es el máximo goleador de Segunda y asciende a Primera. La segunda temporada repite ‘Pichichi’ en la Serie A y deja a su modesto equipo en puestos europeos. Pablito había renacido.

Va al Mundial del 78 y se sale. Italia alcanza las semifinales. Y llega el escándalo. El Perugia, un modesto, ofrece una millonada. La Juve se echa atrás. Entonces los italianos sólo podían salir del país con el equivalente a 65 euros de la actualidad. El fichaje de Rossi cuesta 5 millones de hoy, pero el sueldo de Rossi sigue siendo modesto. Los jugadores exigen cobrar más. Los equipos pagar menos impuestos. Se rumorea que se amañan partidos. Nunca se probó que Paolo Rossi cobrara ninguna mordida, pero al igual que a la hora de meter goles estaba en el lugar preciso en el momento justo, el escándalo del ‘Tottonero’ le salpicará de lleno. Un coloso como el AC Milan es castigado con el descenso a la Serie B y una figura como Paolo Rossi estará dos años sancionada sin jugar. Era 1980.

Archivo:Paolo Rossi Vicenza.jpg - Wikipedia, la enciclopedia libre
Pablito

Enzo Bearzot siempre creyó en su inocencia. El seleccionador ‘azzurro’ lo estimaba como futbolista y como hombre. Fue su medicina durante dos largos años. Creía en ese delantero oportunista. Tras sólo tres partidos jugados en dos largos años decide convocarlo para el Mundial 82. Le da la posibilidad de forjarse un destino. Rossi jugará la primera fase del Mundial como un futbolista encadenado. La prensa quiere a Roberto Pruzzo y no a un chico tramposo y falto de forma. Bearzot decide que ningún jugador hable con los medios. Sólo hablará él. Dice que pone a Rossi de titular “por una cuestión moral”. El escándalo está servido. Italia está a punto de irse a casa en la primera fase. Las críticas son duras. Pero Rossi, con el 20 a la espalda, seguirá siendo el 9 titular.

5 de junio de 1982. Barcelona. Estadio de Sarriá. 44.000 espectadores. 17:20. Minuto 5 de partido. Centro al área, Rossi arranca una décima de segundo antes que su defensor y de cabeza cruza el balón. Es el gol más importante de la carrera de Pablito. El que le abre las puertas del paraíso tras 365 minutos en el averno. Luego vendría el segundo en el que Rossi volvió a ser Pablito el oportunista al ganarle el balón a Toninho Cerezo y anotar un gol de pillería. En el tercero demostró que nadie era capaz de defenderlo. Aquella tarde sólo un hombre podía entrometerse entre Brasil y las semifinales. Rossi anotó un ‘hat-trick’ en el que fue el partido más hermoso de todo el Mundial.

https://www.youtube.com/watch?v=fser8knw8Ws

Brasil del 82 era como el Brasil del 70 pero no tenía ni portero ni gol. Era como bailar con tu hermana. Todo era hermoso hasta que llegabas al final. Rossi, el proscrito, el delantero que había jugado tres partidos en dos años, que no había marcado ningún gol en el Mundial, volvió a ser Pablito. En una época donde se marcaba al hombre, Rossi era el delantero que se escabullía, el pillo que se escurría y bailaba con el balón hasta llevarlo a la línea de gol.

8 de junio de 1982. Barcelona. Camp Nou. 60.000 espectadores. 17:15 horas. Italia contra Polonia. Semifinales. Italia ya no tenía a un delantero. Tenía a un héroe nacional. Paolo Rossi anotó otros dos goles tocando apenas un par de balones. No podía haber escogido un mejor momento para resucitar. Italia volvía a la final de un Mundial tras haber perdido ante Brasil doce años antes.

Cuando Enzo Bearzot llegó a la ‘Nazionale’ siete años atrás decidió apostar por algunos jóvenes que conocía de las categorías inferiores. Concretamente dos de ellos se mostraron indispensables. Antonio Cabrini en la defensa y Paolo Rossi en la delantera. Esos dos futbolistas eran innegociables. Bearzot era un hombre culto. No era un entrenador al uso, era como un pintor que sabía cómo combinar colores. Y Paolo Rossi era como el azul, el azul de Italia, el azul del cielo y del mar. Como ese color que permite enlazar con los demás.

11 de junio de 1982. Madrid. Santiago Bernabéu. 90.000 espectadores. 20:00 horas. Italia contra Alemania Federal. Final del Mundial. El sueño de una vida. Minuto 57 de partido. Tardelli abre a la derecha, Gentile recibe el balón y centra al área donde cayendo y todo potencia aparece Rossi que entre su cabeza y su corazón abre el marcador. Esta vez solo fue un gol, pero se dice que en una final el primero vale por tres. Alemania venía de una extenuante prórroga ante Francia, Rummenigge estaba tocado y los teutones bajaron los brazos. Italia acabaría ganando 3-1 y lograría el que hasta el momento era su tercer Mundial.

Paolo Rossi jugó 7 partidos en aquel Mundial y anotó 6 goles distribuidos en apenas 230 minutos. Fue el máximo goleador. En dos años disputó únicamente 10 partidos oficiales marcando 7 tantos. Al acabar el Mundial firmó por la Juventus, su amor de adolescencia, tuvo un par de años mediocres y se apagó. Paolo Rossi fue una estrella fugaz. Fue un héroe que entró en combustión durante una semana mágica para ingresar en el olimpo de los dioses. Es uno de los únicos 8 futbolistas que han ganado la Copa de Europa, el Mundial y el Balón de Oro. Un Balón de Oro, aquel de 1982, que es uno de los más baratos de siempre, porque a Paolo Rossi tan sólo le hizo falta una semana para justificar un año. Para justificar una carrera. Para justificar una vida.

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Old Firm

Al principio no había mayor antagonista que el de la calle de enfrente. Y no existe antagonismo que se pueda comparar con el ‘Old Firm’. La rivalidad futbolística por excelencia es la de Glasgow. Católicos contra protestantes. Irlandeses contra unionistas. Odio, tensión religiosa e intimidación. El ‘Old Firm’ condiciona la vida cotidiana como ningún otro partido del mundo. Las diferencias no están en el balón, están en el pensamiento. Futbolísticamente los hay mejores, pero por intensidad un Celtic-Rangers solo es comparable a un Boca-River. Por condicionantes extradeportivos sólo un Barça-Madrid puede subírsele a las barbas. Pero es que un Madrid-Barça no es un derbi.

La palabra ‘derby’ (castellanizado a derbi y aceptado por la Real Academia Española de la Lengua) da nombre a una carrera de caballos considerada como la decisiva en una competición. Su uso data de finales del siglo XVIII y no se sabe bien como medio siglo más tarde era usado como sinónimo de una competición deportiva entre clubes de una misma ciudad.

Este detalle es importante. No existe el derbi gallego ni el derbi vasco. Un derbi no enfrenta a regiones ni a ciudades rivales. La acepción correcta sólo debe usarse cuando compiten dos equipos de la misma villa. Si nos paramos a pensarlo veremos que tiene toda lógica. El concepto de hincha visitante no se popularizó hasta bien entrado el siglo XX, cuando la mejora de la comunicaciones y el adelanto de las condiciones laborales de los trabajadores permitió que los aficionados se desplazaran a otras ciudades.

Atravesada por el río Clyde de este a oeste, Glasgow es una ciudad con dos partes bien diferenciadas. Al suroeste de los meandros del río se instalaron los protestantes. Al noreste se creó el barrio católico. Todos nacieron de la miseria y buscaron en Glasgow olvidarse de ella. Pero los del noroeste eran los campeones de la indigencia. La mayoría eran inmigrantes irlandeses que huían de la gran hambruna de la patata que azotó a la isla de San Patricio a mediados del siglo XIX. Los más atrevidos y los que menos tenían que perder iniciaron una aventura en Estados Unidos. Los más comedidos escogieron la escocesa y compasiva Glasgow por delante de la hostil e inglesa Londres.

Próspero durante el siglo XIX gracias al transporte fluvial de mercancías, el puerto de Glasgow es el único de Escocia que está resguardado de los vientos del Mar del Norte. El clima en Glasgow es mucho más agradable que en el resto del país gracias a las corrientes cálidas del estuario del Clyde y a las montañas que protegen el sur de la ciudad. Glasgow presume de universidad de primer nivel, de una fabulosa arquitectura victoriana y es lugar de peregrinaje en el arte grafitero. Y sin embargo no es buen lugar para vivir. Tiene uno de los menores índices de esperanza de vida del Reino Unido y unos cuantos barrios conflictivos. Vivir en Glasgow y transitar por sus anchas avenidas bajo un cielo plomizo es sinónimo de obesidad, depresión, drogas y alcohol.

Los sociólogos consideran que es un fenómeno reciente. Con la desindustrialización, miles de personas que trabajaban en astilleros y fábricas quedaron sin trabajo. Las grandes compañías daban al trabajador una identidad cultural y grupal que el nuevo sector de servicios es incapaz de igualar. Si bien el área metropolitana de Glasgow cuenta con cerca de millón y medio de habitantes, la ciudad tiene hoy unos 600.000 cuando poco después de la II Guerra Mundial superaba el millón. Se ha disipado el orgullo y Glasgow ha perdido buena parte de su tradición cultural.

En ese punto está también el fútbol. Celtic y Rangers fueron hasta los años 80 del siglo pasado dos grandes del balompié mundial y orgullo de Escocia. La globalización e internacionalización del deporte menguaron el atractivo de un país pequeño y poco acogedor para el futbolista, y con ello descendió el nivel de los equipos escoceses. Este declive también ha afectado en el día a día del ciudadano. Y por ello el ‘Old Firm’ es aún más importante que en tiempos pasados. Es la única vez en todo el año en el que Glasgow vuelve a estar en el centro del mundo.

Desde 1888 se ha desarrollado una rivalidad que no sólo es futbolística, también identitaria, religiosa y cultural. Ese año se jugó el primer ‘Old Firm’ con victoria del Celtic por 5-2. Hoy, 132 años más tarde, aún se aprecian mayor cantidad de rubios y pelirrojos en las gradas de Celtic Park que en las del Ibrox Stadium.

El Celtic fue fundado como club católico en 1887 por el padre Walfrid en la Iglesia de los Maristas. Su idea era crear un club de fútbol que entretuviese a los adolescentes y los alejase del vandalismo, y al mismo tiempo recaudar dinero para los niños huérfanos de la ciudad. Los de rayas blancas y verdes juegan desde 1892 en Celtic Park, el estadio más grande de Escocia. El primer césped que se plantó contaba con una mata de tréboles para recordar su influencia irlandesa. Permanece inamovible en su ubicación en un precioso parque al noreste de la ciudad, a pesar de las profundas remodelaciones que ha sufrido a lo largo del tiempo.

El Rangers fue fundado en 1872 en la otra punta de la ciudad por los hermanos McNeil. Conocidos como los puritanos, tomaron su nombre y su color azul de un equipo de rugby inglés considerado el mejor del momento. Juegan desde 1899 en Ibrox Park, al suroeste de Glasgow. Aunque el estadio ha sufrido sucesivas remodelaciones, continúa manteniendo su característica grada principal de ladrillo victoriano creada por Archibald Leitch, el arquitecto que nos legó la mística del fútbol inglés en estadios de dos alturas de estilo industrial como Old Trafford, Anfield o Highbury.

En las gradas de Celtic Park ondean banderas irlandesas e insignias del IRA. Los ultras del Celtic están hermanados con aficiones de izquierdas como las del Liverpool, hasta el punto de tomar como propio el famoso himno ‘You’ll never walk alone’. Los hinchas del Rangers portan símbolos del Reino Unido como ‘The Union Jack’ y están hermanados con los ultras del Chelsea. De este modo en el ‘Old Firm’ no se ve ninguna bandera escocesa en el estadio. Para eso hay que ir a Hampden Park.

La inquina entre los enemigos es tal que la selección escocesa juega sus encuentros en Hampden Park, uno de los estadios más legendarios para cualquier amante del fútbol. El estadio es casa del Queen’s Park, el club más antiguo de Escocia y que aún hoy se mantiene como amateur por convicción, a pesar de competir en ligas profesionales. Hampden Park se encuentra al sur de la ciudad, formando un perfecto triángulo con Celtic Park e Ibrox Stadium. La distancia entre los tres coliseos es prácticamente similar en un ejercicio de equilibrismo para satisfacción y calma de todos los fanáticos.

Aunque Celtic y Rangers disputaron el primer ‘Old Firm’ en 1888 el nombre data de unos cuantos años más tarde. En 1909, en una final de Copa, el partido entre ambos terminó en empate y, como entonces no había ni penaltis ni prórroga, se pasó a un segundo partido. Dicho encuentro transcurría por los mismos derroteros, por lo que las aficiones de Celtic y Rangers invadieron Hampden Park indignados por lo que consideraban un amaño. Hubo que suspender el choque y el título quedó desierto. El periódico ‘The scottish referee’ denominó el derbi escocés como ‘The old firm of Rangers-Celtic Ltd’ (Antigua empresa del Rangers-Celtic S.L.) por la sospecha de que los partidos importantes estaban arreglados desde siempre para que se repitiesen y así generar una nueva taquilla. Desde entonces al choque se le conoce como ‘Old Firm’ (Vieja Empresa).

Y lo cierto es que, aunque el odio que se profesan es atroz, en pleno siglo XXI siguen usando el ‘Old Firm’ en contra del resto de clubes escoceses. Ambos se benefician económicamente de la rivalidad que se profesan. Negocian juntos los patrocinios, los derechos de televisión e incluso han pedido conjuntamente ingresar en la Premier inglesa. Y habitualmente han compartido patrocinador, porque ninguna empresa es tan inconsciente como para invertir el dinero en uno generando inquina en los seguidores del otro.

El ‘Old Firm’ ha sido lugar de múltiples desgracias. En 1931, durante un encuentro entre Celtic y Rangers, John Thomson y Sam English fueron a por el balón al mismo tiempo y la rodilla de English chocó con la cabeza de Thomson. Éste, portero del Celtic de 22 años, salió peor parado y acabó con una fractura de cráneo falleciendo horas más tarde en el hospital. Hoy una canción en honor de Thomson es tarareada en todos los partidos del Celtic. Célebre por violenta también es la final de Copa de 1980 en la que el Celtic consiguió el título con un gol en el descuento originando una celebración por el título que acabó en una batalla campal en el césped de Hampden Park. Pero el ‘Old Firm’ más popular por aciago fue el disputado en Ibrox en 1971. Una avalancha de espectadores, también causada por un gol de última hora aunque en este caso del Rangers, acabó con 66 fallecidos, muchos de ellos menores. El siniestro provocó una remodelación de Ibrox que lo convirtió en uno de los primeros estadios del mundo con medidas de escape y de seguridad. 

Aunque la mayoría de los astilleros de Glasgow tenían vetada la presencia de trabajadores católicos, la convivencia entre los forofos de las dos religiones se mantuvo en calma hasta la década de 1920. Tras un trágico proceso que duró seis años (1916-1922) Irlanda obtuvo su independencia. Es entonces cuando en Glasgow la mayoría protestante comienza a hostilizar a la minoría católica, iniciando una inquina entre ambas comunidades que aún no ha sido resuelta.

La ferocidad de la rivalidad hace difícil que un jugador pueda defender los colores de las dos escuadras. Se cuentan con los dedos de las manos los futbolistas que han militado en los dos equipos a lo largo de la historia. Con la aprobación de la ley Bosman todo ha cambiado y los mercados a los que pueden acceder ambos conjuntos son enormes, pero hasta 1995 el mercado principal era el nacional. El caso más desgarrador para ambas aficiones fue el de Mo Johnston. Graeme Souness, técnico del Rangers, solicitó a la directiva el fichaje de Johnston, un fenomenal delantero internacional con Escocia que jugaba en la liga francesa pero que había triunfado años atrás en las filas del Celtic. Mo Johnston, además de ex estrella del Celtic, era católico, y se convirtió en el primero de ellos que jugó en el Rangers en más de medio siglo. De este modo Mo Johnston pasó a ser un traidor para la afición del Celtic, pero tampoco fue aceptado por la del Rangers. Muchos aficionados protestantes quemaron su camiseta y su abono de temporada hasta que en un ‘Old Firm’ jugado meses más tarde Johnston pasaría a ser amado por la afición del Rangers al anotar el gol de la victoria.

Y es que el Celtic representa a los irlandeses, católicos, republicanos y en menor medida a las izquierdas y a los trabajadores. El Rangers es el equipo de los protestantes, de los partidarios de la unión del Imperio Británico, de los monárquicos y de forma más rehusada de las derechas y de los burgueses. Celtic y Rangers son instituciones preponderantes en la vida escocesa con un grado de significación social y cultural inimaginable en cualquier otro club de fútbol del mundo. La rivalidad se cierne en una serie de conflictos políticos y en una competencia sectaria y en ocasiones racista y violenta. 

El Rangers puede presumir de ser el club de fútbol con más ligas (54) no sólo en Escocia sino en que cualquier otra liga en el mundo, si bien es cierto que con una condena en ese historial. El Rangers tuvo que refundarse en 2012 al caer en bancarrota. Desde entonces, el nuevo Rangers, aún no sabe lo que es un título liguero. La caída en desgracia de los protestantes será ‘in secula seculorum’ motivo de júbilo para los católicos, con menos ligas (50) pero que son el único club escocés triunfante en una Copa de Europa (1967). Además, para el sempiterno orgullo Celtic, su victoria ante el Inter (2-1) se logró con un once inicial de jugadores nacidos en Glasgow o en sus alrededores.

“Hay gente que insiste en que otras rivalidades futbolísticas pueden generar tanta intensidad como los choques entre Rangers y Celtic. Creedme, no hay nada comparable”. Alex Ferguson,  nacido en Glasgow, y uno de los entrenadores más exitosos de todos los tiempos dirigiendo al Manchester United.

P.D: Había decidido escribir sobre el ‘Old Firm’ porque era el único evento deportivo que quedaba en pie para este fin de semana. Se iba a jugar este domingo, pero escasamente un par de horas antes de publicar este artículo, el ‘Old Firm’ era suspendido hasta nueva orden.

En las próximas semanas seguiré hablando de deporte, aunque el deporte permanezca parado. Porque el deporte no es más que algo secundario. El puñetero coronavirus, que aún estamos empezando a sufrir, nos deja de momento dos reflexiones. La primera la importancia de la libertad. Nos podemos empeñar en obtener reconocimiento social y laboral, pero el bien más preciado de un ser humano es su libertad. El segundo es la salud. Este blog nada a contracorriente. Pone el ojo en el pasado. Cuenta historias, anécdotas y describe el porqué de las cosas, o lo intenta, de forma pausada y amena a través de la palabra. Nada a contracorriente porque el siglo XXI es el siglo de la inmediatez, del futuro, de la imagen y de la tecnología. El coronavirus nos recuerda que no somos dioses. Somos simples, insignificantes y frágiles seres humanos. Como siempre hemos sido y como siempre seremos, por muy rápido que queramos avanzar.

“Cuando las expectativas de uno se reducen a cero, uno aprecia realmente todo lo que tiene.” Stephen Hawking.

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