clubs de fútbol

El inventor de los números (2ª parte)

La maravillosa creación de Herbert Chapman tuvo recorrido hasta 1993. Ese año la Football Association (FA) tuvo la ocurrencia de hacer permanentes los números de las camisetas. Así pues, un futbolista, independientemente de ser o no ser titular, conservaría la misma cifra toda la campaña. El portero ya no era el ‘1’ ni el extremo derecho el ‘7’. Ahora el ‘8’ podría no jugar en todo el año y el ‘17’ ser el jugador estrella del equipo. No fue casualidad que la FA escogiese un encuentro de copa entre el Arsenal FC y el Sheffield Wednesday como el primer partido con la nueva numeración. Se trataba del mismo encuentro disputado el 25 de agosto de 1928, sesenta y cinco años atrás, cuando la idea de Chapman de numerar a los futbolistas del 1 al 11 se hacía convertido en realidad.

En los siguientes cinco años las ligas de todo el mundo adoptaron el nuevo sistema a lo que inmediatamente se le añadió el nombre en la parte de atrás de la zamarra. Los 90 culminaron con el cambio anual en el diseño de la camiseta por parte del suministrador deportivo y la aparición de una segunda y hasta una tercera equipación donde los colores habituales del club pasaron a mejor vida. Los números y los colores ya no están pensados para el que va al campo. De hecho, hay combinaciones tan asquerosas que dañan la vista del más avispado. Los números hoy se diseñan para vender y para ser visibles por televisión. Lo vimos con el Covid o con el Mundial de Qatar. El respeto a las camisetas deja lugar al negocio. El aficionado que va al campo ha dejado lugar al forofo a distancia.

Aquel desastre del Athletic…

Volvamos atrás en el tiempo. Aunque en los 90 los números dejaron de ser sagrados desde 1954 ya habían dejado de serlo cada cuatro años. En el Mundial de Suiza 1954 la FIFA estableció que cada selección eligiese un número fijado entre el 1 y el 22 a cada uno de los seleccionados de forma inamovible. Por entonces no existía el marketing y las situaciones que la historia nos ha dejado pueden ser calificadas, al menos, como curiosas.

En 1958 la selección brasileña se olvidó de enviar la lista numerada de los jugadores a la FIFA en tiempo. Esto hizo que se escogiesen los números al azar desde la sede del máximo organismo. En la Brasil campeona en Suecia estaba el portero Gilmar ‘3’, Garrincha jugó con el ‘11’ en vez de con su clásico ‘7’ y Pelé fue el ‘10’ por una simple cuestión de azar, dado que, antes del Mundial, era un chico de 17 años muy conocido en Brasil, pero desconocido en el resto del mundo. No hay que olvidar que empezó el campeonato como suplente.

Más surrealista fue la decisión tomada por Argentina. En 1966 decidieron colocar sus tres primeros números a los porteros para luego seguir con el mismo orden con defensas, medios y delanteros. El arquero Hugo Gatti llevaba el ‘3’, el lateral zurdo Silvio Marzolini el ‘7’, el pivote defensivo Antonio Rattin el ‘10’ y el goleador Luis Artime el ‘19’. Si la decisión tomada en 1966 fue surrealista la escogida para las siguientes ediciones fue igual de racional que de rocambolesca. Desde 1974 a 1986, la época gloriosa de Argentina que incluyo dos victorias del Mundial, los jugadores fueron ordenados alfabéticamente. Los centrocampistas Beto Alonso y Osvaldo Ardiles fueron campeones mundiales en 1978 portando el ‘1’ y el ‘2’ respectivamente. El portero Ubaldo Fillol llevó el ‘5’ y el capitán y defensa central Daniel Passarella lució el ‘19’. Al igual que había sucedido con Pelé, quiso la casualidad que el delantero del Valencia CF y estrella de la selección Mario Alberto Kempes portase el número ‘10’.

La AFA (Asociación del Fútbol Argentino) no quiso volver a tentar a la suerte y aunque siguió usando el orden alfabético en los siguientes campeonatos mundiales decidió hacer una excepción. A Diego Armando Maradona se le dio el número ‘10’ por decreto. Eso suscitó envidias. A Daniel Passarella, el hombre que levantó la copa de 1978, se le permitió llevar su querido número ‘6’ y a Jorge Valdano, un futbolista menor, pero con gran ascendencia sobre el grupo, se le otorgó lucir el ‘11’. Aun así, en el Mundial victorioso de 1986 el delantero Sergio Almirón era el ‘1’, el mediapunta Ricardo Bochini el ‘3’, el lateral izquierdo José Cuciuffo el ‘9’ y el guardameta Nery Pumpido el ‘18’.

Retornando a 1978 se dio la curiosidad de que la final del Mundial fue la más estrafalaria en cuanto a numerología se refiere. Las manías argentinas derivan del fracaso de no clasificarse para el Mundial 1958. Tras eso, la AFA decidió dar un volantazo en su metodología que incluía lo de pasarse de rosca eligiendo los números. Lo de Países Bajos no tenía razón de ser. En 1974 jugaron su primer Mundial. Fuese por lo voluble de la época o por un afán de rebeldía se optó por numerar a los jugadores en función de un sorteo. El delantero Ruud Geels lució el ‘1’, el mediocentro Ari Haan fue el ‘2’, el centrocampista Van Hanegem el ‘3’, el portero Jan Jongbloed el ‘8’ o el delantero Johnny Rep el ‘16’. Por supuesto Johan Cruyff escogió el ‘14’ y punto. El caso es que en 1978 se descartó el estrambótico método, pero, dado que en 1974 los neerlandeses llegaron a la final, muchos jugadores decidieron repetir método para 1978. Así en la final entre Argentina y Países Bajos de 1978 además de Ardiles con el ‘2’ también estaban el mediocentro Arie Haan con el ‘9’, el delantero Rob Resenbrink con el ‘12’ o el volante Johan Neeskens con el ‘13’.

Para el Mundial de 1990 tuvo lugar la última estrafalaria ocurrencia de una selección. Italia, que ejercía de anfitriona, copió la idea de los argentinos en 1966 con la salvedad de darle el 1, 12 y 22 a los porteros. La FIFA ya andaba con la mosca detrás de la oreja y años después declararía obligatorio que el ‘1’ fuese designado obligatoriamente a un cancerbero. El caso es que hubo sus cositas. Los defensas Paolo Maldini y Pietro Vierchowod llevaron el ‘7’ y el ‘8’ respectivamente, el centrocampista Carlo Ancelotti el ‘9’, el mediapunta Roberto Baggio el ‘15’ y el delantero Gianluca Vialli el ‘21’. La gota que colma el vaso en ese Mundial es la de Escocia. Exceptuando al portero y número ‘1’ Jim Leighton, los escoceses decidieron ordenar a los futbolistas en función del número de veces que habían sido internacionales. La rareza salió más o menos bien porque quiso la casualidad que los tres futbolistas con más participaciones fuesen defensas y a los delanteros titulares les tocase el ‘7’ y el ‘9’. En todo caso el central del Liverpool FC Gary Gillespie portó el número ‘11’.

Maldini….empezó siendo el ‘7’.

En el futbol los números retirados escasean. En las selecciones directamente no existen. En 2001 la AFA quiso retirar el ‘10’ de Maradona. La FIFA prohibió tal medida y, aunque Argentina envió una lista de 23 jugadores del 1 al 24 omitiendo el número ‘23’ para el Mundial de 2002, la FIFA no hizo caso a la propuesta y exigió un cambio en la lista. Finalmente, Ariel Ortega luciría el ‘10’ y la prohibición de la FIFA permitirá que en 2022 Argentina vuelva a proclamarse vencedor mundial con Lionel Messi de capitán y luciendo el icónico número ‘10’.

Como vemos lo de llevar números superiores al ‘11’ es una costumbre en el Mundial desde hace tres cuartos de siglo. Sin embargo, hay una limitación más allá del ‘23’. No ocurre lo mismo en el fútbol de clubes. Desde que se dio carta libre a los futbolistas para abandonar la numerología tradicional se les autorizó llevar cualquier cifra entre el 1 al 99. Dicho número, por cierto, no puede ser cambiado a lo largo de una temporada con la salvedad de cambio de club por traspaso o cesión.

Uno de los más estrambóticos es el del lateral Alexander-Arnold. Luce el ‘66’ porque fue ese el número con el que debutó. En el Liverpool FC a los canteranos se les da números muy altos al debutar con el primer equipo para que tengan la motivación de progresar y conseguir un número mejor. No es el caso Alexander-Arnold feliz y titularísimo con su ‘66’. Anteriormente John Terry tuvo una carrera legendaria de dos décadas con el Chelsea FC con el ‘26’ por la misma razón. Los hay aún más curiosos. El chileno Iván Zamorano se encontró con la imposibilidad de llevar el ‘9’ al fichar por el Internazionale por lo que decidió lucir un ‘18’ al que añadió entre ambas cifras un +. Jamás se ha vuelto a ver algo parecido salvo en el caso del colombiano Freddy Rincón que usó un ‘35’ con un + en el Santos FC al no poder llevar su clásico ’8’.

Igual Zamorano tuvo esa idea porque en Chile la normativa es más laxa. Porteros como Vitor Baia o Gianluigi Donnarumma lucen el ‘99’, pero es que en Chile se puede ir más allá. Sergio Vargas llevó el ‘188’ y el delantero Marco Olea, al ver que el titular Marcelo Salas portaba el ‘11’, no se cortó y solicitó el ‘111’. También inusual es el ‘01’ que lució el portero brasileño Rogerio Ceni , el ‘3’ del cancerbero argentino Roberto Vilar o el ‘9’ del mexicano Jorge Campos.

Zamorano 1+8

Lo que es más común es lo de escoger como número tu fecha de nacimiento. Bixente Lizarazu (69) o Angelo Peruzzi (70) iniciaron la moda. En el AC Milan lo hicieron Andrei Shevchenko (76), Ronaldinho (80) o Flamini (84). Ronaldinho subió la apuesta al portar el ‘49’ en el Atlético Mineiro conmemorando el año de nacimiento de su madre. El también brasileño Ronaldo llevó el ‘99’ en sus años en Milán al no estar libre el ‘9’ y el italiano Antonio Cassano también lo lució en varios equipos en su caso porque 9+9 son 18 y el ’18’ era su número fetiche. También hay delanteros que han lucido el ‘2’. Unos cuantos en España. Gaizka Toquero, Aruna Koné o Borja Mayoral lo han portado. Diego Forlán fue el ‘5’ en el Villarreal FC. Falcao llevó el ‘3’ en el Rayo Vallecano en honor a su padre.

Cuando Mesut Özil decidió fichar por el Fenerbahce apostó por el ‘67’. ¿Motivo? Es el número que en Turquía se le asigna a la matrícula de los coches de donde son originarios sus padres. El ‘0’ fue portado por el marroquí Hicham Zerouali que militaba en el club escocés del Aberdeen. Fue el primero y el último en hacerlo porque la FIFA prohibió el uso de la cifra que por sí misma no es nada. Y por último nos quedamos con Gianluigi Buffon, candidato a mejor portero de todos los tiempos. Su longeva carrera está ligada al número ‘1’ pero también lució el ‘99’ con el que debutó en la Serie A. En cierta temporada quiso sorprender al público y optó por el ‘88’ pero se armó un fuerte revuelo dado que es el número simbólico del nazismo. La octava letra del alfabeto es la h. Y el 88 se asocia a HH (Heil Hitler). Visto el revuelo decidió sustituirlo por el ‘77’ que, según dijo, le recordaba a las piernas de una mujer.

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El inventor de los números (1ª parte)

Se supone que en las cavernas a alguien le dio por contar el número de lobos, osos, rinocerontes o hipopótamos. Usarían los dedos. Supongo. O conchas. O piedras. O palos de madera. Suponemos. Pero el caso es que fueron los babilonios los que dejaron registro en tablillas de arcilla de unos símbolos que podríamos llamar números. Casi al mismo tiempo un pueblo próspero y comerciante necesitaba algo más que eso para plasmar las grandes transacciones que realizaban. Eran los egipcios. Y necesitaban escribir millones. Agruparon sus símbolos en base a diez y permitieron hacer grandes operaciones.

El tema es que tanto los egipcios, como luego los chinos, los griegos y los romanos usaban símbolos. Habían conseguido agrupar grandes cantidades, pero el sistema era complejo y farragoso. El método romano, aún usado hoy, se mantuvo en primacía en el mundo occidental para la contabilidad de las empresas hasta el siglo XVIII. Era simple y efectivo para sumas y restas, pero inabarcable para grandes operaciones con multiplicaciones o divisiones. Todos estos sistemas mantenían, eso sí, un símbolo común; el 1. Todas las civilizaciones representaron el 1 con un palo, pictograma universal. Pero, como comentaba, el fallo radicaba en que era un sistema farragoso para grandes operaciones. Y de ahí derivaba otro problema. La inexistencia del 0. Sin este número no existirían las operaciones algebraicas. Y no era lo único. Al colocarse el 0 a la derecha de la cantidad aumenta su valor sin tener que aumentar los grafismos.

Lo del 0 fue cosa de los hindúes. Allá por el siglo VII a los matemáticos de aquellas tierras les dio por utilizar el cero no sólo como cantidad nula sino como sumando de números positivos y negativos. Los árabes adquirieron el conocimiento y gracias a la yihad lo expandieron por los tres continentes. De este modo cuando Al-Juarismi (Alghoritmi en latín) lo introdujo en Europa a través de Al-Andalus en el siglo IX, los números, tal y como los conocemos en la actualidad, pasarán a llamarse arábigos. No obstante, tal y como señalé antes, los romanos mantuvieron su hegemonía hasta tres siglos más tarde. Fue entonces cuando Gerardo de Cremona tradujo al latín el libro matemático de Al-Juarismi y los números arábigos adquieren notoriedad. Y aun con todo, habría que esperar hasta la invención de la imprenta para que los números romanos claudicasen.

¡A contar!

El fútbol reglamentado, cuya fecha de nacimiento data de 1863, sufrió en la década de 1920 el que seguramente haya sido su cambio más trascendental. La regla del fuera de juego fue modificada pasando de ser tres los futbolistas que tenían que estar entre el atacante y la línea de fondo para señalar el fuera de juego a ser únicamente dos. Al ser uno de esos dos el portero en la práctica dejaba en uno contra uno el pitar o no pitar la infracción. La regla fue modificada para contrarrestar un juego que se había vuelto tedioso al pitarse decenas de fueras de juego por partido. Tan sólo uno de los defensores tenía que adelantarse para que el delantero cayera en la infracción.

Con la nueva regla el defensor tenía que pensarse muy y mucho en anticiparse dado que, si fallase, aunque sólo fuera por una décima de segundo, el delantero rival quedaría en un mano a mano contra el portero. La idea inicial de la FA (Football Association) era impulsar el juego ofensivo. En un primer momento lo consiguió aumentándose el número de goles por encuentro. No obstante, la alegría ofensiva tuvo su reverso tenebroso. Ante el pánico de encajar goles, varios técnicos decidieron retrasar a un mediocampista a posiciones defensivas. Por vez primera en la historia del fútbol se pasaba de luchar por la victoria a luchar por no perder. El cambio en la regla del fuera de juego le dio al balompié años de fútbol ofensivo (de 1925 a 1955 se incrementaron año a año el número de goles por partido) pero por otra parte impulsó la creación de sistemas defensivos, líberos, carrileros donde antes había extremos y cerrojazos que ya nunca nos abandonarán como teoría táctica.

El primer gran teórico defensivo que el fútbol parió fue Herbert Chapman. Hasta entonces no existían entrenadores. Eran ex futbolistas que funcionaban como preparadores físicos y que se limitaban a dar la alineación. Los jugadores eran autosuficientes y su objetivo era marcar el mayor número de goles posibles. Herbert Chapman era uno de esos ex jugadores, pero su mentalidad era distinta. Tras el fin de la I Guerra Mundial se convirtió en técnico del Huddersfield Town y pronto llamó la atención por sus innovadoras ideas que entonces eran consideradas estrafalarias. Propuso la instalación de luz artificial en los campos, se mostró a favor de que la radio entrara en los estadios de fútbol, programó partidos amistosos contra equipos europeos superando el aislacionismo inglés, introdujo los masajes en los entrenamientos y obligó a que el segundo equipo jugase con el mismo sistema táctico que el primer equipo.

Y fue lo del sistema táctico lo que cambió todo lo antes establecido. Fue el primero que dotó al fútbol de musculatura estratégica. Chapman detecta el agujero creado por el cambio en la táctica del fuera de juego y retrasa a un centrocampista pasando del 2-3-5 universal usado por todos los equipos a un 3-2-5. El sistema pasará a ser conocido como WM y cambiará de forma radical la manera de entender el fútbol. Aunque en la práctica es ofensivo, el 3-2-5 se convierte en un 3-4-3 en juego posicional y hasta en un 5-2-3 en fase defensiva. El sistema se caracterizaba por la incrustación de un central en la defensa para detener al delantero contrario, ampliando el espacio de actuación de los laterales, que podrían contener a los extremos rivales. Chapman advirtió la importancia de los espacios libres a la espalda y ensayó con la ocupación de los laterales en el mediocampo en fase de ataque y con jugar con los extremos a pierna cambiada para aprovechar los lanzamientos desde fuera del área.

La WM era rompedora, pero a ojos actuales era profundamente estática. Cada jugador ocupaba una zona determinada del terreno de juego y no podía actuar libremente fuera de ella. Por tal motivo, en Sudamérica rechazarán a la WM para primar el juego de regates y filigranas. Por ello Alfredo DI Stefano cambiará con lo conocido en gran parte de Europa al salir de su posición de delantero centro a cualquier parte del campo haciendo estallar en mil pedazos a la WM. Antes lo habían hecho austriacos o húngaros, pero con el altavoz de la Copa de Europa, Di Stéfano lo hará universal y firmará el acta de defunción de la WM.

Chapman (al centro)

Chapman gana dos ligas con el modesto Huddersfield antes de ser contratado por una millonada por el Arsenal FC en 1925. En el club londinense perfecciona sus ideas y da pábulo a alguna otras. Impulsa la instalación de un marcador en el estadio de Highbury, la dotación de megafonía en el campo o la creación de las distintivas mangas blancas que luce el Arsenal en su camiseta. Chapman consideraba que la gran mayoría de clubes jugaba de rojo (lo cual es cierto), por lo que quiso dotar al Arsenal de algo característico que los diferenciase de todos sus rivales.

Y Chapman hizo algo más. Una genialidad. Solicitó por activa y por pasiva serigrafiar números en las camisetas de los jugadores. Chapman consideraba que poner números en el dorso de las zamarras era una manera práctica y sencilla de que el espectador que acudiese al campo distinguiese a los jugadores fácilmente. Chapman se basaba en la facilidad de su sistema (sistema que ya todos imitaban desde que firmara por el Arsenal) para colocar a los jugadores en el campo. Los defensores tenían los números del 2 al 4 (central derecho, central izquierdo y defensa central), los centrocampistas el 5 y el 6 (centrocampista defensivo derecho e izquierdo) y los delanteros del 7 al 11 (extremo derecho, interior derecho, delantero centro, interior izquierdo, extremo izquierdo). El portero, lógicamente, llevaba el 1.

La FA dio su brazo a torcer para la temporada 1928/29. El 25 de agosto de 1928 el Arsenal FC se enfrentó al Sheffield Wednesday con los números bordados en la parte trasera de sus camisetas. Esa misma jornada, también en Londres, el choque entre el Chelsea FC y el Swansea City también contó con la misma innovación. Fue un éxito tremebundo. «Me imagino que la idea ha llegado para quedarse. Todo lo que se requería era un pionero y Londres lo ha suministrado”, se podía leer en el Daily Mail. En la temporada siguiente todos los clubes de la liga inglesa contaban con números en sus camisetas.

En honor a la verdad hay que hablar de otros pioneros. La primera vez que se tiene constancia del uso de los números en las camisetas de fútbol fue en un partido jugado en 1914 en un encuentro amistoso entre English Wanderers contra el Corinthians londinense. Después hay referencias de otro uso de los números en la selección argentina en un amigable en 1923 y en encuentros de una liga de Estados Unidos en 1924.

Todos ellos fuegos de artificio, banco de pruebas. Pero la revolución iba a ocurrir de manos de Chapman. Para 1930 era obligatorio en toda Inglaterra, aunque aún tardaría varios años en imponerse en el resto del mundo. En diciembre de 1932 el seleccionador Hugo Meisl rechazó portar números en un amistoso que Austria iba a jugar frente a Inglaterra en Wembley. Aquello fue visto como una descortesía en la Gran Bretaña. La FIFA recomendó el uso de números, aunque no lo haría obligatorio hasta años después. En el Mundial 1954 instauró la obligatoriedad de llevar un número fijo durante todo el torneo a los 22 seleccionados por cada equipo.

El hombre de las mil ideas aun tendría otra idea más. Entonces no existían los ojeadores. Los encuentros ante rivales se hacían muchas veces a ciegas, especialmente cuando el rival era foráneo. La mejor manera de saber cómo se organizaba tu rival era fijarte en los números. El que portaba el número 11 tenía que ser un zurdo rápido y habilidoso y el que llevaba el 2 un defensa diestro fuerte y que iba bien de cabeza. Así que Chapman decide cambiar el orden de los números de cuando en cuando para despistar al rival. Le da el 5 a un central y el 4 a un centrocampista o el 6 a un interior y el 8 a un centrocampista defensivo. De inmediato otros clubes ingleses como Everton FC y Manchester City adoptaron dicha estrategia e incluso, y en más tardías fechas, se verá hacer lo mismo al primer gran Real Madrid o a la selección de Brasil.

Los vestigios del sistema permanecen hasta el día de hoy. La formación 4-4-2, que tras la WM es la más repetida en la historia del balompié, generalmente enumera a los jugadores siguiendo el sistema estándar de derecha a izquierda. Sin embargo, mientras que en países como España, Italia o Alemania el 4 y el 5 obedecen al central en Inglaterra el 6 sustituye al 5 en la posición de central, rastro de las ideas de Chapman. Del mismo modo el 10 suele ser para uno de los delanteros, mientras que en la mayor parte de Europa el 10 es centrocampista y el delantero es el número 11.  

A partir de esa base cada país tiene sus particularidades. En Brasil triunfó el sistema 4-2-4 que acabará evolucionando en 4-3-3. El 6 en Brasil tradicionalmente es usado por un lateral izquierdo y el 3 por un defensa central. En Argentina el 4 es el centrocampista organizador. Lo que fue común a cada país fue el dar el número 12 al primer sustituto y el 13 al segundo. Esta excepción se da en los países católicos donde se considera maldito (el número de Judas) y el 13 le toca al portero suplente. Ese pobrecillo que nunca salta al campo.

Ballack…un 13 protestante

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One club man

El Athletic Club de Bilbao es un club especial. No es un club cualquiera. Cada uno de nosotros podríamos decir lo mismo del equipo de nuestros amores, pero estaríamos faltando a la verdad. El Athletic cuenta con una filosofía propia que trasciende más allá del rectángulo de juego. No por admirada es querida. El Athletic cuenta con unas cuantas legiones de rechazo a lo largo de los cuatro puntos cardinales de la geografía española. Son vascos. Y ya se sabe que lo vasco tiene más detractores que admiradores. Pero los odios también se ciñen a las fronteras de lo que ellos dan en llamar Euskalherria. El Athletic es un león que devora piezas menores y esquilma a base de talonario las canteras de los demás equipos vascos.

Las propias limitaciones del modelo hacen indispensable el dinero para mantenerlo en pie. El Athletic sobrepaga a sus jugadores con la única finalidad de retenerlos. Salvo Barça, Madrid o Atlético nadie paga tanto como el Athletic. Un suplente bilbaíno gana con facilidad el doble que cualquier chupabanquillos de otro conjunto de Primera. Sí, por el contrario, el Athletic decide fichar a un jugador conoce que debe pagar un sobrecoste extra a sabiendas de que su demanda es muy elevada y su oferta limitada. Muchos de esos gastos son sufragados con dinero público vasco, hecho que incita recelos y protestas de sus vecinos de San Sebastián y del resto de equipos de Euskadi.

Esa política, tan suicida como racista y tan valiente como romántica, hace del Athletic un club especial. A nadie le importa ganar un título con once futbolistas de origen más allá de los Pirineos y a nadie le importa que se equipo consiga ascender a Primera con once deportistas del otro lado del Atlántico. A nadie. Pero si tu sino es ver pasar los domingos con la única aspiración de entrar en Europa de tanto en cuando, de lograr la permanencia un año tras otro o de pasar una insulsa vida en Segunda per saecula saeculorum, siempre es mejor hacerlo con chicos de la casa. Con chavales que sabes que fueron criados en tu barrio, en tu ciudad o en tu comarca y que comparten un sentimiento de apego hacia el club al que con fervor sigues desde tu infancia.

Es digno de elogio lo que hace el Athletic y mucho más desde que a mediados de los 90 el fútbol abrió fronteras y se eliminaron las restricciones para la compra venta de jugadores. A pesar de que el Athletic paga generosos sueldos fuera de mercado es incapaz de retener a sus mejores futbolistas, en especial si son de corte ofensivo, los más demandados por los grandes equipos. Si antes Barça (Garay, Zubizarreta, Salinas, Alexanko, Goicoetxea, Iñigo Martínez…) y en menor medida Madrid (Alkorta o Karanka) echaban sus redes en Bilbao, ahora la pesca es de altura. Javi Martínez (FC Bayern), Ander Herrera (Manchester United), Fernando Llorente (Juventus), Kepa (Chelsea FC) y Laporte (Manchester City) son ejemplos de ello.

Dado que el Athletic no puede competir ni en sueldos ni en palmarés con semejantes transatlánticos, debe entonces apelar a los sentimientos. El Athletic hace mucho que ha dejado de ser un grande. Sí hoy, 5 de abril de 2024, me están leyendo sabrán que los leones llevan cuatro décadas sin sacar la gabarra. Sí me leen dentro de un par de días es muy probable que estén celebrando un título. Sería suceso extraordinario, porque el Athletic elogia un sentimiento y poco más que eso.

Por todo esto a la directiva del Athletic Club se le ocurrió en 2015 una feliz idea. Dado que solo pueden apelar a los sentimientos para que sus jugadores decidan hacer carrera en Bilbao se inventaron el One Club Man. Se trata de un premio que está cogiendo una cierta notoriedad a nivel internacional por innovador y por su carga simbólica. Anualmente se recompensa a un futbolista (masculino y femenino) ya retirado cuya longeva carrera siempre haya trascurrido en el mismo equipo.

El ganador recibe un homenaje, con entrevistas incluidas, durante un fin de semana y la entrega del premio se realiza en el descanso de un partido que el Athletic dispute en San Mamés. Ese día se invita al campo a todos los jugadores del Athletic, desde los del primer equipo, quienes ya están en el estadio, como a todos los integrantes de las categorías inferiores cuyos compromisos les permitan acudir. La idea es homenajear a esa estrella internacional que con su presencia da renombre al premio, pero, al mismo tiempo, la intención es que esos futbolistas comprendan que se puede tener una larga, feliz y exitosa carrera defendiendo únicamente al club de tus amores.

José Ángel Iribar, el futbolista que más partidos ha disputado con la camiseta del Athletic, y el niño más joven que forme parte de la cantera de Lezama, acompañan al homenajeado al centro del campo para hacerle entrega de su trofeo. A Iribar, por cierto, nunca le han dado el trofeo porque los futbolistas del Athletic están excluidos del mismo.

One Club Man Award

Futbolistas que hayan jugado en un mismo club toda su carrera no hay muchos. Según la Wikipedia su número ronda los 300. Y esa cifra tiene algunos matices. En primer lugar, muchos de esos jugadores son semiprofesionales y pertenecen a ligas menores que pueden ir desde Guatemala a Japón o a una categoría secundaria de una liga potente. Y en segundo, y más relevante lugar, muchos de esos futbolistas son de inicios del siglo XX cuando cambiar de equipo era una quimera. De esos los hay a patadas.

El Athletic cuenta con un buen ramillete de ellos. De esos de los que poco sabemos, pero retumban en nuestra memoria. Rafael Moreno ‘Pichichi’, José María Belauste (el de ¡A mí Sabino, que los arrollo!) o Piru Gainza son los más destacados. Sagi-Barba del Barça o Santiago Bernabéu, el tiempo después factótum blanco, pasaron su vida futbolística con la misma escuadra. Guillermo Eizaguirre, el segundo de Ricardo Zamora en la selección, pasó su carrera en el Sevilla FC y Antonio Emery, el abuelo del afamado entrenador, defendió toda su vida la elástica del Real Unión de Irún. Ya tras la II Guerra Mundial, contemporáneo a Gainza, Antonio Puchades pasó su carrera en el Valencia CF y José María Zárraga ganó cinco Copas de Europa con el Real Madrid. En el ámbito internacional Gianpiero Boniperti defenderá en más de 450 ocasiones la zamarra de la Juventus, Antonio Rattin sumará cerca de 400 partidos con Boca Juniors y Lev Yashin tendrá una larguísima carrera que inicia en 1949 para finalizar en 1971 a los 42 años protegido por el escudo del Dinamo de Moscú. Incluso podríamos destacar a Bob Paisley, leyenda de los banquillos con tres Copas de Europa con el Liverpool FC, pero antes de esos logros fue futbolista red entre 1939 y 1954.

Hay unos cuantos más de esos cuya grandeza ha sido magnificada por relatos heroicos en tiempos donde la pluma y el papel enaltecían hazañas y derribaban hombres. Jugadores como José Piendibene (Peñarol), Gyula Birö (MTK Budapest), Giampero Combi (Juventus), Frantisek Planicka (Slavia Praga), Angelo Schiavio (Bolonia FC), Fernando Peyroteo (Sporting Lisboa), Billy Wright (Wolverhampton), Jozsef Bozsik (Hònved), Bill Foulkes (Manchester United) o Max Morlock (FC Nuremberg) forman parte de la mitología. Si hay alguno de estos nombres que les suenen de oídas me daré por satisfecho. Eso querrá decir que han leído y han prestado atención a alguno de los artículos que llevo escribiendo desde el año 2017.

Lev Yashin (Dinamo de Moscú)

Si nos vamos a los tiempos modernos, considerando modernos el inicio de la década de 1960 cuando la televisión ya está asentada y las competiciones continentales de clubes recién creadas empiezan a volar, el número de futbolistas de un solo club es más limitado. Aun así seguimos encontrando fieles a un mismo escudo. En la cuna del fútbol hallamos un par de ejemplos que coinciden con los años gloriosos de los equipos cuyos colores defienden. Jack Charlton (1952-73) en el Leeds United o Billy McNeill (1957-75) en el Celtic de Glasgow. Lo mismo sucede más allá del Telón de Acero con Eduard Streitsov (1954-70) en el Torpedo de Moscú, el ganador del Balón de Oro Florian Albert (1958-74) en el Ferencvaros o con el héroe de la Alemania comunista Jürgen Sparwasser (1966-79) en el FC Magdeburgo.

Alemán, de los autodenominados buenos, fue Uwe Seeler (1953-72) leyenda del Hamburgo SV que goleó en cuatro mundiales, pero no ganó ninguno. Si triunfaron con Alemania el defensa del Borussia Mönchengladbach​ Berti Vogts (1965-79), el extremo del Eintracht Frankfurt Jürgen Grabowski (1965-70) y los futbolistas del gran Bayern tricampeón europeo Sepp Maier (1966-79) y Hans-Georg Schwarzenbeck (1966-80).

Tricampeón europeo también fue el Ajax neerlandés gracias a jugadores como Sjaak Swart (1956-73) o Piet Keizer (1960-75). Bicampeón fue el Inter milanés de Sandro Mazzola (1960-77) y Giancinto Facchetti (1961-78). Décadas más tarde también cumplió toda una vida en el Inter Giuseppe Bergomi (1979-99) al igual que su contemporáneo Franco Baresi (1977-97) lo hizo en el AC Milan. Por cierto, tanto Facchetti como Baresi fueron además de jugadores, directivos y presidentes, al estilo Santiago Bernabéu. Otros como Manuel Pellegrini (1973-86) hicieron carrera como jugador y entrenador en su club de siempre (Universidad de Chile), aunque alcanzaron la fama en otras latitudes.

En clave española encontramos jugadores que forman parte de la mejor época de sus equipos, sean éstos modestos o con pedigrí. Tonono (1962-75) y Joaquín (1976-92) formaron parte de la UD Las Palmas y del Sporting Gijón respectivamente. Pepe Claramunt (1966-78) ganó una Liga con el Valencia CF e Iribar (1962-80) y Txetxu Rojo (1965-82) vivieron los penúltimos coletazos de grandeza del Athletic. Mención especial merece la Real Sociedad campeona de Liga en 1979 y 1980. Su éxito se fomentó en un grupo de canteranos que permanecieron fieles al club durante más de una década. Su fidelidad es digna de admiración. Kortaberría (1971-85), Satústregui (1973-86), Zamora (1974-89), Gájate (1977-92), Górriz (1979-93), Larrañaga (1979-94) y el gran capitán y fenomenal guardameta Luis Arconada (1974-89).

Aquella Real gobernó el ámbito doméstico, pero fue incapaz de alcanzar el éxito internacional. Si lo hizo Ricardo Bochini (1972-91) con Independiente de Avellaneda, Jôao Pinto (1981-97) en el FC Porto, Michael Zorc (1981-98) con el Borussia Dortmund o Marcos Bode (1989-02) con el Werder Bremen. No lo consiguió Nené (1967-86), sucesor de Eusebio en el SL Benfica, ni Klaus Augenthaler (75-91) con el FC Bayern. Charly Rexach (1964-81) se tuvo que conformar con una Recopa con el FC Barcelona. A Chendo (1982-98) le dio para ganar al límite una Copa de Europa con el Real Madrid, mientras que Manolo Sanchís (1983-01) levantó un par de ellas en el descuento de su carrera.

Manolo Sanchís (Real Madrid)

Los especímenes más especiales son aquellos que han conseguido ser fieles a un mismo club en el siglo XXI, cuando es prácticamente imposible resistirse a los cantos de sirena de la globalización y del poder de persuasión del dinero. Cierto es que hay alguno de ellos cuyo nivel futbolístico estaba más que exigido. Desde Aitor Larrazábal (1990-04) o Carlos Gurpegui (2002-16) en el Athletic, a Xabi Prieto (2003-18) en la Real Sociedad, Paco Soler (1990-04) en el RCD Mallorca, Juanma López (1990-01) en el Atlético de Madrid, Bruno Soriano (2006-20) en el Villarreal FC, Lars Ricken (1993-09) o Marcel Schmelzer (2008-22) en el Borussia Dortmund, Ledley King (1999-12) en el Tottenham Hotspur o Igor Malafeev (1999-16) en el Zenit. Mención especial merece el teutón Thomas Schaaf (1978-95), quien tras ser futbolista en el Werder Bremen fue entrenador hasta 2013. Más de tres décadas ligado al Werder sumando tres de las cuatro ligas y cinco de las seis copas que tiene el club fundado en la ribera del río Weser.

Luego hay otro tipo de futbolistas que fueron fieles a unos mismos colores desoyendo cantos de sirena. El más emblemático es Matthew Le Tissier (1986-02) que vivió una cómoda vida en el Southampton FC ya que despreciaba el estrés de pertenecer a un gran club. Le Tissier no ganó nada en su carrera al igual que Julen Guerrero (1992-06) no ganó nada con el Athletic. La diferencia es que Guerrero tuvo pie y medio fuera de Bilbao, pero fue regado con una lluvia de millones para permanecer fiel a la causa. Lo mismo le pasó a Fran (1987-05) en el RC Deportivo o a Francesco Totti (1993-2017), aunque ambos lograron títulos con el club de sus amores. Totti incluso ganó un Mundial y si no fue Balón de Oro fue porque la AS Roma no es club de campanillas.

Por último, están aquellos que no podían haber estado en mejor sitio que en el que estaban. ¿Para qué cambiar de equipo si es el de mis amores y además es uno de los mejores del mundo? Eso fue lo que le sucedió a Tony Adams (1984-02) en el Arsenal FC o a Jamie Carragher (1997-13) en el Liverpool FC. Si aún encima tu carrera en el club de tus amores coincide con el dominio mundial de tu equipo, el éxtasis debe estar asegurado. Eso fue lo que le tuvo que ocurrir a Ryan Giggs (1991-14), Gary Neville (1992-12) y Paul Scholes (1993-13) en el Manchester United, a Carles Puyol (1999-14) en el FC Barcelona y, especialmente, a Paolo Maldini (1985-09) toda una vida de victorias en el intimidante AC Milan ganador de cinco Copas de Europa.

Paolo Maldini (AC Milan)

La lista irá agrandándose con el paso del tiempo, aunque las vicisitudes del fútbol actual harán cada vez más difícil sumar adeptos a la lista. A las puertas de ser One Club Man están, en el momento de escribir estas líneas, el barcelonista Sergi Roberto (improbable), el madridista Nacho Fernández (posible) o el castellonense Manu Trigueros (previsible). En el teatro europeo acabarán siendo One Club Man Igor Akinfeev con el CSKA de Moscú y, a menos que los cantos de sirena de algún país emergente no le hagan sucumbir, también formara parte del listado el mediapunta del FC Bayern Thomas Müller.

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Manuel de Castro ‘Handicap’

1909. Un escritor, profesor y guionista de origen zamorano, Miguel de Zárraga, decide fundar en Vigo la primera publicación gallega de carácter deportivo. Llevará por nombre ‘Letras y deportes’ y no alcanzará ni el año de vida. Su repercusión histórica es, sin embargo, extraordinaria. Serán veinte números semanales desde que el primero eche a rodar un 18 de enero de 1909. Allí escribirán Camilo Bernárdez ‘Thedy’ y Manuel de Castro ‘Handicap’, dos de los primeros periodistas que se dedicaron en exclusiva a la información deportiva. Como anuncia su cabecera hay literatura, también se escribe sobre aviación o tiro de pichón, pero, fundamentalmente, hay fútbol. Desde entonces ‘Handicap’ pondrá en marcha mil y un proyectos y será el jefe de deportes de ‘Faro de Vigo’ desde la creación de la sección en 1912 hasta su fallecimiento.

1885. Manuel de Castro González nace en Vigo. Será en el eje Atlántico formado por Coruña, Vilagarcía (donde se documenta el primer partido de fútbol de España en litigio histórico aun no resuelto con Huelva) y Vigo donde surjan las primeras competiciones deportivas en Galicia. Es la esquina noroeste periférica, mas no aislada, dado que las innovaciones vienen entonces de Gran Bretaña y son los puertos de mar los primeros lugares a donde llegan esas novedades. La pujanza de Vigo es extraordinaria. Pasa de 15.000 habitantes en la última década del siglo XIX a 83.000 al inicio de la Guerra Civil. Quintuplica su población, desarrollo que solo Barcelona puede igualar en esa época. Ese tejido social explica la aceptación y el éxito del fenómeno deportivo en la comarca viguesa y revela porque al adolescente Manuel acabará picándole el gusanillo del ‘sport’. Los beneficios sociales e higiénicos del deporte serán acogidos con efusividad por una población joven y urbana. A la altura de 1936 Vigo será la ciudad de España con más gimnasios por habitante.

1924. De la mano de su hermano, el ex-futbolista y atleta Fernando de Castro, Manuel funda la sección del Celta Atletismo. ‘Handicap’ había quedado prendado del espectáculo atlético de los Juegos Olímpicos de Paris a donde acudió como corresponsal tras 52 horas de viaje en tren. Ya había sido corresponsal en Amberes 1920 y lo será en Ámsterdam 1928. Escribió alabanzas sobre los estadios europeos, el juego de la selección de fútbol uruguaya y la capacidad de sacrificio de los atletas escandinavos y estadounidenses. Hubieron de pasar cuatro décadas hasta que en 1972 un periodista deportivo gallego fuese enviado nuevamente como corresponsal a unos Juegos Olímpicos.

1916. Nace ‘Vida Deportiva’, la primera publicación ‘sport’ con estética moderna. ‘Handicap’ está en la treintena, es administrador, redactor jefe y también es el cronista estrella en ‘Faro de Vigo’. ‘Handicap’ es la cabeza pensante de una publicación que apuesta decididamente por la fotografía y con un claro afán de expansión. ‘Vida Deportiva’ se vende en la calle Príncipe de Vigo, pero también en la Real coruñesa, en Santiago, Irún, Bilbao, Barcelona y Madrid y cuenta con una sección dedicada al deporte portugués. Es en ‘Vida Deportiva’ donde ‘Handicap’ reclama la creación de un Colegio de Árbitros. Sus deseos se harán efectivos en diciembre de ese mismo año. Por el colegio vigués se nombrarán a sus dos primeros miembros; Raúl López y Manuel de Castro. Porque ‘Handicap’, además de futbolista, directivo, periodista o seleccionador, también fue árbitro.

1922. Seleccionador, sí. Porque ‘Handicap’ fue seleccionador. La selección gallega de fútbol juega su primer partido. Será frente a Castilla (por entonces incluye a Madrid) y gana por 4-1. El partido se disputa en Vigo y se pretende que la selección esté formada por once futbolistas del Vigo FC dado que el presidente del club y de la federación gallega son la misma persona. ‘Handicap’, a la suerte seleccionador, se niega y exige que la totalidad de Galicia esté representada en tan magno acontecimiento.

1920. Es en Amberes. Juegos Olímpicos. Allí debuta la selección española de fútbol. Lo hará con notable éxito. Alcanzará una medalla de plata. No volverá a pisar el pódium hasta Barcelona 92. Aquel equipo estaba formado por 21 integrantes; 13 vascos, 4 catalanes y 4 gallegos, fiel reflejo de la pujanza del fútbol periférico en la España de entonces. En aquel tiempo había entrenador y seleccionador. El primero era una suerte de preparador físico. El segundo era quien decidía la alineación. Aquellos 21 muchachos fueron seleccionados tras una serie de pruebas y partidos amistosos celebrados en el campo de Coya de Vigo. Los responsables de la selección fueron Luis Colina, secretario de la Federación Española de Fútbol, Alberto Martín, periodista del madrileño ‘Eco de los sports’, y…Manuel de Castro ‘Handicap’.

Después, el 9 de octubre de 1921, España disputó su primer partido en territorio nacional en el Estadio de San Mamés ante un lleno de 10.000 espectadores. Fue frente a la entonces campeona olímpica Bélgica. La selección española venció por 2-0 con sendos goles del delantero del Barça Paulino Alcántara. España vistió de blanco para permitir que Bélgica jugase con su tradicional camiseta roja. El seleccionador fue Manuel de Castro. ‘Handicap’ fue seleccionador nacional en diferentes etapas entre 1920 y 1927. Fueron diez partidos saldados con nueve victorias y una derrota. Ni Aragonés ni Del Bosque ni ningún otro técnico tienen un porcentaje de triunfos tan elevado como el vigués. Lástima que su única derrota fuese contra Italia en 1924 impidiendo la presencia de España en los Juegos Olímpicos de Paris de ese verano.

Manuel Castro González | Real Academia de la Historia
Handicap

1939. Acaba la Guerra Civil. Había cerrado ‘Sprint’, la última gran idea de ‘Handicap’. Una publicación deportiva bajo el auspicio de ‘Faro de Vigo’ y que competía con ‘Sport’ de ‘El Pueblo Gallego’. En ‘Sprint’, con abundantes fotografías, especiales con portadas a color y llena de publicidad, ‘Handicap’ cultiva una sana rivalidad con A Coruña, consciente de que es en el enfrentamiento regional donde está el futuro. Desde sus columnas impulsaría la rivalidad entre Dépor y Celta, aunque siempre evitando «choques desagradables entre la afición de dos pueblos que no debieran ir más allá de los límites de una rivalidad deportiva”. Sin embargo, utilizaba el sarcasmo con frecuencia y suya es la frase de “cuando se quiere a un hijo, aunque se porte mal, hay que hablar bien de él”. Acabada la guerra, y con un ‘Faro de Vigo’ que a duras penas sobrevive con cuatro páginas diarias, todos estos sueños parecen saltar por los aires.

1903. Manuel de Castro figura entre los primeros futbolistas vigueses. Son los trabajadores del Cable Inglés los que se animan a jugar partidos de exhibición donde el Velódromo, en el muelle del malecón vigués. Manuel y sus hermanos son algunos de los nativos interesados en ese nuevo pasatiempo venido de Gran Bretaña. ‘Handicap’ cuando escribe, Manuel cuando juega, contará como había que llevar y retirar los palos que hacían de porterías en cada partido. Fue ‘Handicap’ desde joven también directivo y tesorero y así, cuando en 1903 se funde el Vigo FC (después Real Vigo Sporting) y pase a jugar sus partidos en el campo de Coya, ‘Handicap’ hará de jugador y directivo a partes iguales. Un par de años después, en 1905, en la cercana Bouzas, entonces a las afueras de la ciudad, se funda el Real Fortuna de Vigo.

1944. Ante la apertura de la I Exposición Industrial de Galicia en los jardines vigueses de Eijo Garay, ‘Handicap’ acude el día anterior de la inauguración para seguir de cerca las pruebas de iluminación de la misma. Cuando salía de uno de los pabellones, su pie quedó atrapado en las vías del conocido como tren del puerto, atropellándolo una locomotora que maniobraba en ese momento. Manuel de Castro fallece en el acto. Dos días después Vigo rendía pleitesía a uno de sus más valiosos hombres, a la persona que impulsó la creación del Real Club Celta de Vigo. La muerte le sobrevino inesperadamente a los 60 años.

1919. Ese año desaparece el Real Club Coruña incapaz de adaptarse a un profesionalismo incipiente. En la ciudad herculina la hegemonía va a ser para el RC Deportivo que tendrá capacidad para gobernar Galicia. A ‘Handicap’ ya le rondaba la idea por la cabeza por entonces, pero tras ese suceso lo tendrá meridianamente claro. No hay sitio en Vigo para dos equipos y es necesaria una fusión. A través de ‘Faro de Vigo’ comenzará una campaña con el título ‘Todo por Vigo y para Vigo’ que cristalizará cuatro años más tarde.

1956. Cristina tendrá unas palabras cariñosas hacia su padre. Recuerda que era un hombre callado al que le gustaba hablar a través de su pluma. Fumador empedernido, le encantaba quedarse escribiendo hasta tarde en un sillón instalado en el comedor de la casa familiar. Lagartija, que era el nombre cariñoso con el que fue bautizada por su padre, había hecho ese domingo el mismo ritual que realizaba cuando era pequeña y acompañaba a su padre a Balaídos. Visita a Pi y Margall, donde la familia tenía una pequeña huerta, paseo por calle Príncipe, con parada incluida en el fotomatón y comida en el Gran Hotel. Pero aquel día su padre no estaba. Hacía diez años que no estaba. Aquel día Cristina, acompañada por su hermano Manuel, había acudido a las afueras de Balaídos para inaugurar un busto con el nombre de su padre. Después vendrá el bautizo de la calle que lleva al coliseo celeste. Lástima que estas cosas siempre lleguen tarde.

1928. Balaídos. En marzo de 1923 ya había escrito ‘Handicap’: “La fusión de Vigo y Fortuna habrá de traernos un gran campo de fútbol capaz de llenar nuestras necesidades y con ello la visita de mayor número de equipos nacionales mejorando la forma de nuestro equipo. Con ese gran campo, apoyado por todo lo que vale y significa algo en el deporte local, ya podríamos traer como Barcelona, Bilbao y Madrid cuantos equipos extranjeros viniesen a nuestro país”. Con 22.000 asientos, en 1928 el sueño de ‘Handicap’ se hacía realidad. Se sentará en el palco el día de la inauguración de Balaídos en un sonoro triunfo del Real Club Celta ante el Real Unión de Irún por 7-0.

2011. El ferrolano Álex López recibe el primer premio a mejor jugador del RC Celta de la temporada. El galardón es escogido con los votos de los socios y aficionados celestes. El moañés Iago Aspas suma ocho entorchados hasta la fecha. Es llamativo que el trofeo no lleve el nombre de Pahíño, Manolo, Gudelj o Mostovoi. El trofeo al mejor jugador del RC Celta lleva el nombre de Manuel de Castro ‘Handicap’.

1923. A mediados de mayo, en la casa de un tal Bustelo, compartieron mesa y mantel Ventura Lago, a la sazón presidente del Real Vigo Sporting (antes Vigo FC), Pepe Bar, fundador del Real Fortuna y Basilio Poncet, presidente de la Federación Gallega de Fútbol. Los tres acordaron que ‘Handicap’ presentase un proyecto de fusión de ambos clubes vigueses delante de la Federación Española de Fútbol con sede en Madrid. Dicha argumentación fue elaborada por Manuel de Castro a finales de junio y se le dio de plazo hasta el 31 de agosto de dicho año para aportar toda la documentación necesaria.

Desde mediados de la década anterior ‘Handicap’ había comenzado a trabajar en la idea de una fusión del Real Fortuna y el Vigo Sporting, que fracasaría en su primer intento en 1915. Pero el 10 agosto de 1923 se llegaba al acuerdo entre las partes y el 23 de agosto de 1923 se fundaba el Real Club Celta. Fieles a las ideas del galleguismo desarrolladas por la Xeración Nós y perfeccionadas en las tesis del atlantismo y del celtismo de Vicente Risco, se escoge como escudo la Cruz de Santiago, los colores celeste y blanco de la bandera gallega y el nombre de Real Club Celta en una terna en la que también estuvieren presentes Breogán FC, Club Galicia, Real Club Olímpico o Real Atlético FC. Justo un mes más tarde, en el campo de Coya, el Real Club Celta de Vigo derrota por 8-2 al Boavista FC portugués dando inicio a una historia que a la hora de escribir estas líneas llega a la centuria.

Escudo Celta de Vigo: Historia, Significado y Heráldica
Real Club Celta

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El porsche de Paulo Futre

Como un trueno. Como un funambulista. Recibió el balón algo más allá de la línea del centro del campo, lo cosió a su pie izquierdo y se dispuso a bailar sobre el césped. Y es que Paulo Jorge dos Santos bailaba. Quizás porque cuando iba a entrenar a Lisboa desde su Montejo natal lo hacía tras un viaje en ferry en el que daba patadas a latas de refresco mientras intentaba mantener el equilibrio sobre la cubierta de la nave. El caso es que Kögl se le tiró a los pies sin suerte y, luego, fue el pequeño de los Rummenigge el que trato de salirle al paso. En un abrir y cerrar de ojos, Paulo hizo una pared con Magalhaes y dejó descolocado a Flick. Entonces Paulo decidió dejar la banda y adentrase en el área, donde le esperaba el temible Andreas Brehme. Con uno de sus aspavientos lo engañó y, mientras Brehme se tiraba al suelo, Paulo recortaba hacia su exterior y, antes de que llegase Plufgler, lanzar un suave disparo con la zurda al poste derecho de la portería defendida por Jean Marie Plaff.

La pelota deambuló por el área pequeña hasta que, tozuda, se escapó por la línea de fondo. Daba igual. El FC Porto vencía al FC Bayern por 2-1 y conseguía su primera Copa de Europa. Paulo no marcó ningún gol, pero su excelencia se vio premiada con el trofeo al mejor jugador de la final. No había hecho más que lo que estuvo haciendo durante toda la temporada. Deslumbrar a la Europa futbolística con poco más de 20 años. Ese año ganaría el Balón de Plata. Su nombre completo era Paulo Jorge dos Santos Futre. Paulo Futre.

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Cuando aquella jugada maradoniana un hombre pegó un respingo en el sofá de su casa. Era un tal Jesús Gil y Gil. Un empresario de la construcción, que en su día había pisado la cárcel por un delito de homicidio involuntario al desplomarse el comedor de un restaurante del cual era el promotor. A la altura de 1987 había rehecho su imperio con pisos turísticos y viviendas de lujo por todo el Mediterráneo. Son años de dinero en A y dinero en B, del pelotazo y del yuppismo con estudios y del yuppie que antes de traje y corbata mezclaba cal, arena y agua.

El caso es que apenas un par de meses antes de la celebración de la final de la Copa de Europa había fallecido Vicente Calderón, presidente del Atlético de Madrid durante dos de las décadas más gloriosas del conjunto rojiblanco. Habían de celebrarse elecciones a la presidencia y Jesús Gil decidió presentarse. No había motivos románticos. Gil había formado brevemente parte de la junta directiva de Calderón, pero sus exabruptos lo condenaron a la expulsión. No era aficionado al Atlético. Simplemente vislumbró que acceder a la presidencia de un club de fútbol era una forma de conseguir prestigio y notoriedad.

Así que Gil, que de fútbol no tenía gran idea, se levantó del sofá y decidió que ese era su hombre. Estamos a finales de mayo de 1987, a falta de un mes exacto para la celebración de las elecciones. Llamó a su hijo, Gil Marín, y a su mano derecha en la candidatura, el promotor cinematográfico Enrique Cerezo y fletó un avión privado para el día siguiente, entonces 28 de mayo, presentarse en Milán.

Y es que, aunque la final había tenido lugar en el Prater vienés y la comitiva del FC Porto volvía a Portugal a celebrar el increíble éxito, Paulo Futre estaba en otras cosas. Hubo de viajar a un hotel de Milán para cerrar su pase al Internazionale. Los italianos venían de una temporada gris en la que se había dado carpetazo a Karl Heinz Rummenigge, el excepcional mediapunta alemán que a los 32 años había iniciado una preocupante cuesta abajo en su carrera. El Inter consideraba a Futre uno de los futbolistas más decisivos del momento y candidato a mejor jugador del mundo al cabo de un par de temporadas.

Era entonces el Calcio la liga más poderosa del mundo. Y había dudas. Las había porque el gran Eusebio nunca salió de Portugal y ningún jugador luso había destacado fuera de su país. Fernando Chalana no pasó del Girondins de Burdeos y Fernando Gomes, ganador de dos Bota de Oro, tuvo una modesta experiencia en Gijón antes de volver al FC Porto a levantar la Copa de Europa. Futre era un excepcional futbolista, pero había que esclarecer las dudas en un fútbol de primer nivel como el italiano.

Así que allí estaban Futre y Pinto da Costa, presidente del FC Porto, para cerrar un acuerdo más bien humilde con el Inter. Futre iba a cobrar mucho menos que Rummennige e incluso menos de lo que el Inter pensaba ofrecerle a Enzo Scifo, el belga del Anderlecht que estaba en la recámara como segundo plato por si fuese necesario.

Fue entonces cuando Gil y Gil arribó en el hotel. Futre y Pinto da Costa compartían habitación. Cerradas las negociaciones dormían una siesta a la espera de volver a Oporto una vez finiquitado el acuerdo. Entonces Jesús Gil se presenta en recepción y exige ver a Paulo Futre. El astro luso se levantó de la cama al recibir la llamada en su habitación, pero no quiso bajar. Fue Pinto da Costa el que le pidió que se mostrase educado y que bajase a escucharlo.

Así que Futre y su presidente decidieron bajar al hall del hotel. En pantalón corto, con melena ochentera a lo ‘Miami Vice’ y unas chanclas en los pies, Paulo Futre se presenta ante Gil. El orondo empresario soriano solo acierta a preguntar a aquellos dos hombres donde está el famoso Futre y sólo cae en la cuenta de quien es el afamado futbolista cuando baja la cabeza y ve unas chanclas serigrafiadas con el nombre del astro portugués.

Futre, está entre molesto e incrédulo ante este desconocido que ni siquiera sabe quién es, pero decide escucharlo. Gil le habla de Madrid, del Atlético y de que va a ser el presidente que lleve a los rojiblancos al éxito. Son unos veinte minutos en los que Gil, tan tarugo como bonachón, utiliza su don de gentes para ganarse el afecto de Futre.

Pero Futre no lo ve claro. Acaba de ganar la Copa de Europa. El Inter es un grande que juega competición europea. El Atlético finalizó octavo en la Liga española. Duda. Por lo que pide a Gil un par de minutos en privado con Pinto da Costa y decide tirarse un farol. “Mira, si este tío ha cogido un avión privado para venir hasta aquí es que tiene mucho dinero. Yo le voy a pedir el doble para mí y tú el doble para el club”.

Dicho y hecho. Futre le espetó a Gil que quería el doble de lo que le daba el Inter y Pinto da Costa hizo lo propio. Eran 450 millones de pesetas por el fichaje (2,7 millones de euros) mucha tela para la época y mucho más para el Atleti.

Gil ni pestañeó. Habría acuerdo.

Entonces Futre, que además de gran futbolista era un tipo espabilado (y lo sigue siendo), decidió subir la apuesta. Tras un pequeño silencio se abrió la veda.

“Quiero una casa en Madrid”, le dijo Futre.

“Hecho”, contestó Gil y Gil.

“Una casa con piscina”, remató Futre.

“Hecho”, volvió a contestar Jesús.

“Quiero un coche”, fue la última petición del portugués.

“¿Qué coche quieres?”, preguntó Gil.

“Un Porsche”, reclamó Paulo.

“Hecho”, finalizó Jesús.

Fumata blanca. Hubo que ir al Inter con la contraoferta y los italianos dijeron que naranjas de la china. Activaron el plan B y viajaron a Bruselas para cerrar el fichaje de Scifo. Esa historia salió mal. Pero esa historia es otra historia.

Historias del fútbol: Gil presenta a Futre en la Sala Jácara (1987) - AS.com
Futre y Gil

Gil soló pidió una cosa. Futre tendría que subirse a su avión y trasladarse inmediatamente a Madrid antes de ir a Oporto. Quería presentar a su fichaje en sociedad y con eso asegurarse su victoria presidencial. Futre aceptó, pero a medida que el vuelo se acercaba a destino las dudas parecían corroerle. ¿Y si Gil y Gil no ganaba las elecciones? Pinto da Costa trataba de tranquilizarlo, pero Futre no las tenía todas consigo. Le había dicho a su padre que no tendría que volver a trabajar en su vida, pero lo que era un futuro asegurado en Milán se había convertido en un futuro incierto en Madrid.

Así que Futre volvió a tirar de pillería, se levantó de su asiento y se acercó a Gil y Gil. Le dijo que querría el Porsche nada más aterrizar en Barajas. Sino tenía el coche ese mismo día cancelaría inmediatamente el acuerdo.

Jesús nuevamente accedió. La idea de Futre era buena. Si Gil gana las elecciones, genial, y sino las gana por lo menos me vuelvo a Oporto con un Porsche. Así que nada más aterrizar, la comitiva se desplaza a un concesionario Porsche de la capital y preguntan cuál de los Porsche que hay allí se puede llevar Paulo al momento. El único disponible era un deportivo de color amarillo. Dicho y hecho, una vez más. Gil sacó la chequera y Futre salió de allí en un llamativo Porsche color pollo.

Jesús Gil y Gil ganó aquellas elecciones de calle. Y todo gracias a Paulo Futre. El empresario trilero se la había jugado todo a una carta. Los 450 millones del fichaje, la casa con piscina, el Porsche y el salario de Futre había corrido a cargo de su cuenta corriente. ¿Qué habría pasado si no hubiese ganado las elecciones? Nunca se sabrá. El caso es que Gil y Gil se mantuvo como presidente durante más de una década hasta que, acusado de estafa al club por simulación de contratos, acaben echándolo del Atleti, al igual que fue desalojado de la alcaldía de Marbella por corrupción.

El padre de Paulo Futre no volvió a trabajar. Futre se convirtió durante siete temporadas en un dios rojiblanco. Sólo ganó dos copas mientras que fracasó temporada tras temporada en Europa. Tampoco tuvo éxito con la selección portuguesa y acabaría apagándose antes de llegar a los 30 machacado por las lesiones. Pero todo eso da igual. Una de aquellas Copas del Rey fue lograda frente al Real Madrid en el Santiago Bernabéu, en lo que fue una inyección de orgullo mayúsculo para un club que vivió y vive atormentado y acomplejado por el enorme éxito de su rival capitalino. Con el tiempo Futre acabó pintando su Porsche de rojo para que no llamase tanto la atención y se asentó en Madrid donde sus dos hijos se han criado y en donde se ha convertido en la leyenda rojiblanca por excelencia, con permiso del finado Luis Aragonés.

“A nivel sentimental le doy tanta importancia a la Copa de Europa con el FC Porto que a aquella Copa del Rey con el Atlético de Madrid. Nunca he tenido un orgasmo como aquel gol”, Paulo Futre hablando sobre la victoria del Atleti ante el Real Madrid en la Copa de 1992.

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Cuando Di Stéfano jugó en el Espanyol

A Di Stéfano lo echó Bernabéu con nocturnidad y alevosía. Daria para otro artículo. El Real Madrid pierde la final de la Copa de Europa de 1964 ante el Inter milanés. Di Stéfano juega mal. En el descanso se lía a gritos con Miguel Muñoz, antaño compañero de aventuras y ahora entrenador blanco. Ambos se culpan de la derrota. Y la cuerda se rompe, aunque por el lado que nadie esperaba. Di Stéfano cuenta con 38 primaveras y una barriga asoma por debajo de su camiseta. Son otros tiempos y el cuidado físico no es el de la actualidad. Sigue la clase y la técnica, pero a Alfredo, un ‘10‘ que a veces es ‘6’ y a veces es ‘9’, le cuesta mucho subir y bajar.

Así que la expedición blanca vuelve a Madrid procedente de Viena, en donde se ha jugado la final, y al día siguiente Alfredo es citado a presentarse en el despacho de Bernabéu. El gran jefe no se anda con miramientos. Le dice que es el mejor, el más grande, el corazón del Madrid y le ofrece un puesto de lo que sea manteniéndole el sueldo. Entrenador juvenil, director deportivo, ojeador, directivo. De lo que sea. De lo que sea, menos en el campo vestido de corto. Di Stéfano explota. Ha jugado 24 partidos de Liga y ha anotado 11 goles. En Europa son cinco chicarros para nueve encuentros. No son los números de su época de esplendor, pero no dejan de ser formidables. Presidente y futbolista se dicen de todo. Será la última vez que ambos egos se dirijan la palabra. Di Stéfano deja de ser jugador del Real Madrid y abandona La Castellana por la puerta de atrás. Bernabéu implanta la norma no escrita de renovar año a año a cualquier jugador, por importante que sea, que rebase la treintena.

Despechado, Di Stéfano quiere seguir vestido de corto. Entonces tenía el RCD Español (hoy Espanyol) como vicepresidente (en breve futuro presidente) a Vilá Reyes, empresario de renombre durante el Franquismo y quien tenía entre ceja y ceja convertir en grande al Español. Gracias a su buen hacer estaba formando un interesante equipo que mezclaba veteranos con noveles. Firmó a Carmelo, leyenda de la portería bilbaína que había sido desplazado por el emergente Iribar, también al ex barcelonista Justo Tejada y a Rodilla procedente del Real Valladolid. La campanada la había dado un par de temporadas atrás con Kubala, quien para la campaña 64-65 parecía que iba a ejercer como jugador-entrenador. El hispano-húngaro había sido la otra gran estrella del fútbol nacional y, al igual que Di Stéfano, también había salido de malas manera del club de sus amores, en su caso el FC Barcelona. Resultaba que Kubala y Di Stéfano eran buenos amigos y el acuerdo se cerró rápidamente. Alfredo sería nuevo jugador periquito.

Di Stéfano fue presentado en la sala presidencial del estadio de Sarriá, en la avenida del mismo nombre donde se encontraba la casa del RCD Español. Como buen famoso que requiere atención llegó tarde a la cita, lo que no fue óbice para que miles de aficionados aclamasen al nuevo fichaje. De repente el Español, que la anterior temporada se había salvado del descenso en la última jornada, pasaba a ser candidato, quizás no al título por resultar excesivo, pero si a encaramarse a los puestos de privilegio de la Primera División.

Di Stéfano había tenido varias novias. El Real Betis en España y el Celtic de Glasgow y el AC Milan fuera de nuestras fronteras. Al parecer la oferta italiana era del agrado de ‘La Saeta’, pero cuando se entera que el AC Milan ofrece al internacional argentino Angelillo (joven figura mundial por entonces) el triple de lo que le ofrecen a él, su ego no lo puede soportar y decide cortar de raíz. Es entonces cuando da un volantazo y decide recalar en la Ciudad Condal.

Nostalgia Futbolera ® on Twitter: "Di Stéfano, presentado como jugador del  RCD Español (RCD Espanyol), 1964. https://t.co/HCyxpLKnaR" / Twitter
Di Stéfano perico

Di Stéfano debuta en un amistoso en Alemania en el que marca un gol y quiso el destino que su primer partido oficial sea el debut liguero en Sarriá…ante el Real Madrid. El acontecimiento es noticia nacional. A los aficionados merengues no les ha sentado nada bien la marcha de Di Stéfano. A fin de cuentas, el Madrid se había proclamado campeón liguero con cinco jornadas de antelación y el club había sido subcampeón de Europa. La mayoría de la gente se decantaba por la marcha de Miguel Muñoz y la continuidad de Di Stéfano. Nadie osaba culpar a Bernabéu, un tótem intocable, pero estaba claro que, o Muñoz empezaba ganando o su puesto iba a estar en entredicho desde muy pronto.

TVE, el único canal de televisión que había entonces, decidió emitir el encuentro que fue trasladado excepcionalmente a la mañana del domingo para no restar público al resto de partidos de la jornada vespertina. Sarriá presentó un lleno absoluto para ver a Di Stéfano vestido de blanquiazul y al Real Madrid con su blanco impoluto habitual. El Madrid jugaba con el mismo once con el que había cerrado la campaña anterior con la única inclusión del canterano Ramón Grosso con el ‘9’ en el centro de ataque en sustitución de ‘La Saeta’.  Comenzó entonces un partido en el que el Español se adelantó y Di Stéfano completó una gran primera parte en la que a punto estuvo de marcar de falta directa. Tras el intermedio, el Real Madrid remontó con dos goles del también veteranísimo Ferenc Puskás y se alzó con la victoria por 1-2. Las dos leyendas, Di Stéfano y Puskás, marcharon abrazados a vestuarios donde intercambiaron sus camisetas.

A Di Stéfano se le hizo largo el partido, como también se le haría larga la temporada. Fueron 24 partidos y 7 goles en ese primer año y 23 encuentros y 4 dianas en el segundo. Mantenía la clase y la técnica, pero se desfondaba sin remedio en las segundas partes. Nunca llegó a someterse a juicio público en Chamartín. Dos oportunas lesiones hicieron que nunca jugase como visitante en el templo blanco.

En la temporada 1965-66, su segunda campaña en el Español y la última como profesional, los periquitos juegan competición europea. Se trata de la Copa de Ferias, el antecesor de la Copa de la UEFA. En dieciseisavos de final pierde en Lisboa ante el Sporting por 2-1. Di Stéfano entonces es una sombra de lo que fue. Si en su primera temporada tiene destellos de grandeza, en la segunda lo más frecuente serán las actuaciones irregulares. No será así en el partido de vuelta. Aquel 24 de noviembre de 1965 no se esperaba mucho de Di Stéfano y menos cuando tras el descanso el marcador en Sarriá era de 0-3 a favor de los portugueses. Pero fue entonces cuando el Español vivió una de las noches más épicas de su historia. Di Stéfano, un ganador como pocos ha habido, apeló al orgullo de sus compañeros, toco arrebato, y los periquitos remontaron el choque para vencer por 4-3 con tantos de Rodilla (2), Miralles y José María. Como entonces no había valor doble de los goles, se tendría que jugar un partido de desempate en el que nuevamente saldría victorioso el Español para pasar a octavos de final.

En octavos el Español venció al Brassov rumano para luego caer en cuartos de final en un derbi ante el FC Barcelona. Por entonces Di Stéfano ni estaba ni se le esperaba. Se comentaba que sus hijas le reñían y le decían que si no le daba vergüenza jugar al fútbol estando tan calvo y tan gordo. Papá Di Stéfano les replicaba que, si querían comer, tocaba trabajar. Di Stéfano dijo adiós al fútbol frisando los 40. Aquellos chavales a los que tutelaba darían un paso al frente y en la siguiente temporada firmarán un tercer puesto en la Liga. Era el conocido como equipo de los Cinco Delfines (Amas, Pina, Re, Rodilla y José María).

Alfredo di stéfano fichó por el espanyol en 1964 | Marca.com
El ‘9’ blanquiazul

Verano de 1967. Alfredo Di Stéfano es entrenador. Su primera experiencia es en Alicante. Entrena al Elche CF. Un día Raúl Cancio y Rafael Marichalar cogen un coche desde Madrid y se presentan por sorpresa a orillas del Mediterráneo. Son dos amigos de Alfredo. El primero, Raúl, es entonces un joven fotoperiodista y hoy, jubilado, es leyenda de la fotografía deportiva española. El caso es que los amigos llegan a Elche y se encuentran a Di Stéfano cenando sólo en el restaurante del hotel donde se hospeda.

Los tres toman un café y Cancio le dice a Di Stéfano que por qué no van a Santa Pola a ver a Don Santiago. En Santa Pola veranea el eterno presidente blanco. De Elche a Santa Pola no van más de quince kilómetros. Alfredo calla y mira a Cancio con ojos firmes y ceño fruncido, como si estuviera a punto de tirar un penalti. Le da un abrazo, no dice nada y se dirige al coche.

Madrugada. Noche cerrada. Timbran en la puerta. Timbra Di Stéfano. Los otros dos esperan agazapados en la retaguardia. Continua el silencio. Continua la penumbra. Tras un rato que parece una eternidad un hombre orondo abre la puerta. Va descalzo y lleva un mandilón de pescador. Es Santiago Bernabéu. Di Stéfano mira al infinito y no abre la boca. Uno de los celestinos, inquieto por la tensión, saluda a Don Santiago y anuncia que vienen a tomar una copa. Otro silencio de los que imponen. De los que acojonan más que una sarta de gritos. El gran hombre calla, hasta que finalmente hace un gesto con su mano para que Di Stéfano y compañía entren dentro del chalet.

Hablaron hasta el amanecer y se despidieron dándose un fuerte abrazo. Meses después el Real Madrid y el Celtic de Glasgow disputaron un partido amistoso como homenaje a ‘La Saeta’ en el Santiago Bernabéu. Di Stéfano jugó el primer cuarto de hora y fue despedido con sonora ovación cuando fue sustituido por Ramón Grosso. Luego, al acabar el homenaje, Santiago Bernabéu le otorgó la insignia de oro y brillantes del Real Madrid a su jugador más famoso. Uno que pasó once temporadas vestido de blanco, pero que tuvo que jugar las dos últimas portando camiseta blanquiazul.

“Si no me acerqué a usted fue porque no quería que creyera que quería un puesto regalado. Lo que gané fue siempre con esfuerzo. Usted como padre me falló. Ahí se ve que nunca tuvo hijos, porque los padres siempre perdonan”. Carta de Alfredo Di Stéfano a Santiago Bernabéu una vez hicieron las paces.

Hemeroteca RMCF on Twitter: "Santiago Bernabéu a bordo de su barca en Santa  Pola, cuyo nombre hacia referencia a Alfredo Di Stéfano.  https://t.co/f58z9nXDdd" / Twitter
‘Saeta Rubia’, el barco de Bernabéu

Otras historias del Real Madrid

Cuando Puyol secó a Figo (la vuelta al Camp Nou del Judas portugués)

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Cuando Jopie conoció a Gento (el día que un adolescente Cruyff conoció a su ídolo)

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La final de los García (un Madrid de entretiempo llega a una histórica final de Copa de Europa)

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El cromo de Bustingorri (el incunable del lateral del Osasuna que nunca fichó por el Real Madrid)

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Perder para ganar (Barça vs DiBuffala)

Lo de la Kings League se inventó mucho tiempo atrás. Donde Ibai Llanos y Gerard Piqué estaban José María García y Amancio Amaro. Allá por 1977 el fútbol sala se establece en España a través de una liga de exhibición con el fin de obtener réditos para obras benéficas. Todo gira en torno al equipo creado por el periodista y que se dio en llamar Hora XXV en honor al programa que García dirigía en la Cadena SER. La iniciativa tuvo un éxito esplendoroso avalado por la fiebre de construcción de polideportivos por todos los rincones de España. El Hora XXV se convirtió en Interviú por el patrocinio de la célebre revista y con ese nombre ganó la primera liga oficial de la historia. Con el tiempo aquel bebé se convirtió en un gigante que pronto paso a ser conocido como Interviú Boomerang y luego como Inter Movistar. En aquel primer equipo el buque insignia era Amancio Amaro, recientemente retirado del Real Madrid, y que junto al ex del Atlético José Ufarte daba lustre a un deporte semidesconocido.

Porque el fútbol sala nació entre Uruguay y Brasil en algún momento de la década de 1930. Años después los brasileños estandarizan sus reglas, crean competiciones y lo convierten en fenómeno de masas. En 1982 crearon el primer Mundial oficioso de la categoría que ganarían con solvencia, repetirían título en 1985 y, cuando en 1989 se dispute en Ámsterdam el primer Mundial oficial auspiciado por la FIFA, también resultarán vencedores al derrotar a los anfitriones por 2-1.

Digo todo esto porque entrada la década de 1990 el dominio de Brasil en el fútbol sala era atronador. Hoy no es así. A Brasil se le ha subido a las barbas España, Portugal o Argentina. Son todos países donde la técnica y el rápido pensamiento en espacios reducidos es primordial en las escuelas, tanto de fútbol once como de fútbol sala. Mas también países como Rusia, Ucrania o Kazajistán se han especializado en un deporte del que salen beneficiados al jugarse en polideportivos en los que los niños pueden escapar de los rigores del invierno.

Decía que hoy no es así. Al igual que Inglaterra dominó el fútbol con mano de hierro desde su nacimiento hasta entrada la I Guerra Mundial, Brasil dominó el fútbol sala desde sus inicios hasta que el siglo XXI hizo su aparición.

Era así en 1997. El año que nos ocupa. Brasil primero y luego todos los demás.

En 1997 se iba a celebrar la primera Copa Intercontinental de Clubes de la historia. Tendría lugar en Porto Alegre y el Internacional, club local, partía como indiscutible favorito. Si vencer a un club inglés en 1897 era una quimera para cualquier otro club del resto del orbe, lo mismo sucedía ante la posibilidad de vencer a un conjunto brasileño de fútbol sala en 1997. Y mucho menos en su propia casa.

El formato que la FIFA designó era el de dos grupos de cuatro equipos. Los dos primeros de cada grupo se cruzarían en aspas en semifinales para dar lugar a la gran final. En el grupo A estaban el FP Genk (Bélgica), FC Barcelona (España), DiBuffala SC (Estados Unidos) y CA Peñarol (Uruguay). En el grupo B militaban el Boca Juniors (Argentina), Bunga Melatti (Países Bajos), Universidad (Chile) y el archifavorito Internacional de Porto Alegre (Brasil). Lo esperado era una final entre el Barça y el Internacional.

El Barça. Hablemos del Barça de fútbol sala.

Cuando aquello del Interviú se puso en marcha el Barça también quiso formar parte de ello. Si de algo se vanagloria el FC Barcelona es de ser una entidad polideportiva. Y lo es con gran éxito. Compite con laureles y de forma profesional en deportes tan variopintos como fútbol, baloncesto, balonmano, hockey o fútbol sala, donde, entre unos y otros, acumula cerca de medio centenar de entorchados europeos. La región de Cataluña es un hervidero deportivo de primera magnitud y el Barça ha sabido explotarlo en su beneficio con clarividencia y un éxito indiscutible resumido en el famoso eslogan ‘mès que un club’.

Historia -
Barça futsal. Los inicios

Sin embargo en el caso del fútbol sala la cosa costó lo suyo. El Barça formó parte de la primera Liga en 1980 pero al cabo de un par de temporadas el equipo se disolvió. Años después se refundó y se instaló definitivamente en la máxima categoría, aunque siempre ocupando posiciones modestas. Todo cambió cuando en 2006 se hizo profesional la sección. Desde entonces los títulos son habituales. Pero en 1997 el Barça era un paria en este pequeño mundillo.

El caso es que el Barça de fútbol sala podría ser un paria, pero la marca FCB tenía un prestigio centenario que lo avalaba. Por entonces no había Copa de Europa y aquellos que acudieron en marzo de 1997 a Porto Alegre lo hacían por invitación. El FC Barcelona es el FC Barcelona. Y su nombre era respetado. Así que allí se fue la expedición azulgrana en busca de un imposible. El objetivo era quedar campeón de grupo y así evitar al Internacional hasta una hipotética final.

Sucedió entonces lo imposible.

El Internacional (Ulbra por motivos de patrocinio) humilló sucesivamente al Universidad de Chile (16-1) y a Boca Juniors (8-1), pero luego, relajados y con uso y abuso de los suplentes, cayeron de manera inaudita ante el Bunga Melatti (5-7) neerlandés. Los favoritos pasaban a semifinales como segundos de grupo y los europeos como cabezas de serie. Todo lo preestablecido saltaba por los aires.

El Barça había vencido a Peñarol (9-1) y al Genk (4-2). Mientras, el DiBuffala vencía al Genk (3-2) y empataba con el Peñarol (1-1). Quedaba el choque entre españoles y estadounidenses. El Barça contaba con cuatro puntos y el DiBuffala con tres. Al Barça le valía el empate para ser primero de grupo, mientras que al DiBuffala sólo le valía la victoria.

El problema es que nadie quería quedar primero de grupo. Nadie quería enfrentarse al Internacional de Porto Alegre en semifinales.

Lo que iba a suceder a partir de entonces tendría el calificativo de bochornoso.

El partido comenzó con los dos equipos jugando al gato y al ratón. Bailando pasodobles sin entrar a matar. Al poco llegó el gol de falta de los norteamericanos. Digamos que el portero catalán estuvo lento de reflejos por ser generosos. Nadie se escandalizó por su falta de agilidad. En el pabellón el eco era el sonido más característico.

La segunda parte sería mucho más chabacana. No se sabe bien como, pero el Barça logró empatar el partido. Ese resultado lo dejaba como primero de grupo. Y eso no era lo deseado. El Barça tocaba y tocaba en su propio campo ante un rival que no tenía ganas de robar el balón, hasta que a un iluminado se le encendió la bombilla.

Aprovechando un pase hacia atrás, a Juan Silva, portero azulgrana, le dio por salir de su propia portería. Con un sutil gesto de cabeza le suministró el visto bueno a un compañero para que diera un precioso pase a la red que ponía el 1-2 en el marcador. Fue un hermoso y vergonzoso autogol. Pero aún habría más. Aprovechando el shock, el Barça sacó de centro (eran a los que le habían metido el gol). Se toca el balón en el círculo central, se envía un pase atrás hacía la portería defendida por Silva…y la pelota entra mansamente en la red con ayuda incluida del meta catalán. Dos autogoles. 1-3. Y el segundo puesto asegurado.

Indignados ante lo que estaba ocurriendo los futbolistas del DiBuffala iban a tomar cartas en el asunto. ¿Abandonar el pabellón como protesta ante lo sucedido? No. ¿Plantar una denuncia ante la FIFA? Tampoco. ¿Liarse a mamporros contra los futbolistas del Barça? Jamás.

Heridos en su ¿orgullo?, los jugadores del DiBuffala lo tuvieron claro.

Si ellos pueden meterse goles en propia meta, nosotros también podemos.

Acto seguido ocurre lo más bizarro jamás visto en una pista de fútbol. El portero norteamericano intenta pasarle el balón a sus compañeros para que lo introduzcan en su propia portería. Serán incapaces de hacerlo. ¿Por qué? ¡Porque son los propios jugadores del Barça los que impiden que los goles suban a su propio marcador! Las imágenes son grotescas. En un momento dado todos los jugadores están dentro del área del DiBuffala. El portero norteamericano lanza el balón con la mano hacía su propia portería y un futbolista del Barça saca el balón desde la raya. En otra ocasión es el propio Juan Silva el que impide que el portero del DiBuffala se meta un autogol. El meta americano acabará expulsado tras meter dos autogoles con sus propias manos.

El Barça perdió por 1-3 pero ganó la tan ansiada segunda plaza del grupo. Aquello no tuvo excesiva repercusión porque el fútbol sala todavía era un deporte muy minoritario y aquella edición de 1997 aún tenía un carácter experimental. No obstante, aquel choque entre el Barça y el DiBuffala es el epítome de todo aquello que atenta contra los valores del respeto, la competición y el deporte.

Maquiavelo dejó escrito aquello de que cuando el fin es lícito, también lo son los medios. Al Barça le salió bien la jugada. Derrotó al Bunga Melatti en semifinales por 7-5 y alcanzó la final. El DiBuffala cayó estrepitosamente por 0-11 ante el Internacional y lamentaría durante días su nula capacidad de meterse goles en propia puerta.

Por supuesto el Inter de Manoel Tobias (quizás el mejor de todos los tiempos) logró la victoria ante el Barça (4-2) en la final, aunque con más sufrimiento del esperado. El Barça volvió a Europa con un ¿honroso? subcampeonato.

Quizás el karma castigó a los catalanes cuando una serie de catastróficas desdichas tenga su culminación en el descenso a segunda división al final de esa temporada de 1997/98. Y es que también lo dejó escrito Maquiavelo: “Cuando se hace daño a otro es menester hacérselo de tal manera que le sea imposible vengarse”.

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Mánchester

El infierno. Eso era Mánchester en el siglo XIX. Esa era la Inglaterra de Oliver Twist. La Inglaterra de David Copperfield. La Inglaterra de Dickens. Un país que afrontaba unos cambios inmensos donde la corrupción y la hipocresía crecían en la misma proporción en que lo hacía la desigualdad y la pobreza. Charles Dickens bien lo sabía porque antes de afamado escritor había sido un niño que deambulaba por calles angostas, sucias y oscuras, llenas de miseria y dolor, mientras corría para llegar a tiempo a su trabajo en una fábrica de betún. Los domingos los pasaba vagando alrededor de la cárcel londinense donde su padre, un oficinista encarcelado por las deudas, malvivía en una minúscula celda a ras del Támesis tosiendo por culpa de la humedad y durmiendo en un lecho de paja.

Dickens fue el cronista de la grandeza y de la desdicha de la Inglaterra victoriana. Del ‘Brittania Rules’. A menudo una simple calle dividía una vida acomodada y sin preocupaciones de un paraje lleno de ratas, cólera y humillación. Cientos de miles de personas se instalaron en barracas construidas con toda celeridad para trabajar en fábricas apestadas de humo, calor y jornadas agotadoras sin apenas descanso para devorar un mendrugo de pan. Dickens pondría voz a esos seres anónimos y servirá de conciencia para alertar de los males de la Revolución Industrial.

Y pocos lugares representaban con más fuerza la penumbra que Mánchester. Leeds, Sheffield, Hull, Blackpool o Preston eran algunas de esas ciudades infestadas de carbón, hierro y acero. Sin embargo, el principio y el fin de todo estaba en el Gran Mánchester. Bueno, entre Liverpool y Mánchester. 50 kilómetros al oeste de Mánchester está el mar. Está el estuario del río Mersey. Está Liverpool. Allí está el puerto por excelencia de la Gran Bretaña de la Revolución Industrial. Allí, para agilizar el envío de carbón u algodón entre la capital interior y la portuaria, se construyó un gran canal para unir el Mersey con el Irwell. Allí, entre Liverpool y Mánchester, se inauguró en 1830 la primera línea férrea del mundo. Allí, a finales del siglo XIX, se construyó el primer polígono industrial planificado de la historia. Una amalgama de empresas, fábricas y estructuras con decenas de kilómetros de extensión. “De esta sucia cañería fluye oro puro”, diría de Mánchester Alexis de Tocqueville.

SCUTTLERS: LOS PANDILLEROS DE LA SEGUNDA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL (I) | Blog  de Carles Viñas
Mánchester. Siglo XIX

Eso era Mánchester. Un pueblo de 10.000 habitantes en 1800 y que sólo medio siglo después era hogar de 400.000 almas que malvivían como suerte de esclavos. Pasarán los años, se conquistarán derechos y se rebajarán calamidades. Nacerá la cultura del ocio. Las relaciones sociales urbanas. La identidad grupal posmoderna. El concepto de Estado como garante social. Nacerá el fútbol.

Al calor de un meandro del río brotará en 1878 el Newton Heath LYR Football Club. Era un club obrero fundado por los trabajadores del ferrocarril. Se ubicaba en el barrio de Old Trafford, zona al oeste del ayuntamiento y que, aún hoy, integrada perfectamente en la ciudad, está considerada una de las mayores zonas industriales del mundo. Unas calles más arriba, en el hotel Midland, se fundó Rolls Royce. El caso es que el equipo entró en bancarrota en 1902 y fue comprado por un empresario de la cerveza que lo refundó con el nombre de Manchester United y cambió su indumentaria original verde y oro por una en blanco y rojo. Habían nacido ‘Los Diablos Rojos’ y en 1910 lo haría el icónico Old Trafford situado en Warwick Road, en una parcela de tierra ganada al canal marítimo que une Mánchester con el puerto de Liverpool.

El United era el dueño del norte y del oeste de Mánchester, pero con el cambio a Old Trafford se asentaba en el corazón de la ciudad. Rápidamente fue considerado el club de los ricos. John Henry Davies, el magnate cervecero y ahora también presidente, gastó grandes sumas de dinero y pronto el equipo fue conocido como Moneybags United (sacos unidos de dinero). En 1908 vino el primer título, antesala de muchísimos más.

Al sureste surgía otro club de fútbol. Nacía con fines humanitarios. En el barrio de West Gordon. Violencia, robos, suciedad, prostitución o alcoholismo. Eso era lo que en ese humilde barrio obrero sucedía día tras día. Es por eso que Arthur Connell y su hija Anna decidieron fundar un club de fútbol con sede en la iglesia de Saint Marks con el objetivo de que el deporte alejase a los niños y a los adolescentes de las calles. El West Gordon FC se instituyó en 1880 y años después trasladó su campo de juego a los aledaños del vertedero de Ardwick, un poco más al sur de la ciudad. El ahora Ardwick FC llegó a la segunda categoría del futbol inglés y pasó, en 1894, a renombrarse como Manchester City. Cuando en 1922 el club se mude a Maine Road, al sur de la ciudad, ya Mánchester estará divida en dos fogosas mitades.

El escabroso significado oculto detrás de los escudos del United y City: la  investigación que abrió un debate en Manchester - Infobae
City & United

Y es que, si bien el United es el club más seguido de Inglaterra, no ocurre lo mismo en la ciudad de Mánchester (véase la película Billy Elliott). Al igual que sucede en Italia con Juve y Torino, la victoria en casa ajena no valida la de la casa propia. El United domina la ribera del río Irwell, el norte, el oeste y el centro de la ciudad. En Deansgate, donde se corta el bacalao, el rojo es mayoría. La tradición lo identifica con la élite. Por su parte, el City es dueño del este y del sur, de los antes arrabales y hoy barrios de la ciudad. El City es, paradojas del destino, el club del populacho.

Paradoja porque hoy el City es el nuevo rico. Lo es en la ciudad del fútbol por excelencia. No en vano el National Football Museum, el museo del fútbol inglés – que es lo mismo que decir del fútbol mundial -, está en Mánchester y no en Londres. En el Mánchester proUnited, por supuesto. El United de Best, Charlton y Law. De Cantona y Beckham. De Rooney y Cristiano. Del Teatro de los Sueños. El del diablo con el tridente y el barco que simboliza la Revolución Industrial (esclavista según los revisionistas).

El City también tiene en su escudo el ahora apestado barco y la rosa de Lancashire sobre los tres ríos que bañan la ciudad rumbo al canal que desemboca en el puerto de Liverpool. Y poco más que eso. Ni la Santísima Trinidad ni el pedigrí. Pero eso está cambiando. O ya ha cambiado. Se mudaron al norte, vendieron su alma al oro negro, pero a cambio van siete ligas en once años. Con lo que sumaron el siglo anterior, mientras eran pobres, más la porrea de éxitos que llevan desde que son ricos, ya son el cuarto club inglés en el palmarés histórico sólo por detrás de United, Liverpool FC y Arsenal. Si mañana (a la hora de escribir estas líneas) ganan la Copa de Europa no habrá más que decir. Será grande. Y vendrá la duda.

¿Y si el grande de Mánchester es el City?

Hoy las fronteras son más laxas. United y City celebran los títulos en el mismo lugar, en Picadilly Gardens. Se dice que Green Ancoast Street (el pedazo más al este de la M-30 mancuniana) divide la ciudad entre rojos y azules. Pero los azules ganan terreno. El City ya es una marca global y los jóvenes se identifican con ella. Hoy Mánchester ha dejado de lado el pasado siderúrgico y es fuerte centro cultural. Su museo, su biblioteca, la cocina internacional y sus fábricas reconvertidas en centros tecnológicos han dado paso a un nuevo Mánchester. Se ha recuperado incluso la Mamacium romana ocultada durante siglos.

En ese nuevo Mánchester el rey es el City. Y su reinado será continental si la vieja guardia y la tradición del Internazionale milanés no lo impiden este 10 de junio de 2023.

“Me gustaría vivir en Mánchester. La transición entre Mánchester y la muerte sería imperceptible”. Mark Twain, escritor estadounidense.

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Cuando Arsenio estuvo en Maracaná

Entonces no existía Arteixo. Eso es moderno. Sostenida por la AC-552, a un lado y al otro de la carretera se asentaron construcciones deficientes en la loca carrera en busca del urbanismo que llevó a miles y miles de aldeanos en pesquisa del progreso. Mas tarde llegó el polígono industrial, luego Inditex y hoy Arteixo es una caótica y pujante ciudad dormitorio de A Coruña.

Seguramente los más jóvenes y los no tan jóvenes no sepan que antes de Arteixo estaba A Baiuca. En un mapa o en un atlas de los 90 aun encontraremos el topónimo de A Baiuca donde hoy topamos Arteixo. En A Baiuca estaba y está el balneario y estaba y está el ayuntamiento. Hoy sobrevive como un barrio, alejado del ajetreo de los camiones, de los vehículos y de la carretera principal. Perdura como la zona más bella de la villa, con su río, su paseo verde y alguna que otra casa señorial, la del médico, la del abogado, la del profesor o la del dueño de la sala de fiestas y del balneario.

Y allí, en A Baiuca, está todavía la casa familiar de Arsenio Iglesias. Hoy imponente y bella, antaño una ‘sobeira’, pequeña, húmeda y escasa de luz, rodeada de barro y charcos en invierno y de arena y piedras con el buen tiempo. Allí nació en 1930 Arsenio Iglesias Pardo.

Menor de nueve hermanos, Arsenio pasó horas trabajando en el agro y otras tantas corriendo detrás de pelotas de trapo. Horas y horas descalzo por las leiras y fochancas de A Baiuca. Con 16 años tuvo la fortuna de llamar la atención de periodistas coruñeses y ojeadores del RC Deportivo. Por entonces el club herculino cubría de cuando en cuando los 15 kilómetros que van desde la capital hasta a A Baiuca y se entrenaba en las instalaciones del balneario. Ficha entonces Arsenio por el Ciudad Jardín, club modesto de la ciudad mientras empieza a trabajar en los trolebuses de Coruña. Al año siguiente es contratado por el Bergantiños de Carballo que militaba en la tercera categoría nacional e inicia los estudios de perito industrial al mismo tiempo que trabaja en la línea de montaje de los trolebuses.

De ahí fichará por el Fabril. Es un interior fuerte, técnico y con carácter. Pasa del juvenil al segundo equipo como una exhalación y tras apenas seis partidos le llega la oportunidad con el primer equipo. Temporada 1951/52. Camp Nou. Barça vs Dépor. Ganan los de casa por 6-1, pero Arsenio marca el gol deportivista. A partir de ahí fueron 13 años en Primera en una época donde había menos equipos y menos futbolistas por escuadra, lo que hace más meritorio el registro que en la actualidad. Arsenio Iglesias llegó a ser internacional B, jugó partidos de Copa de Europa con el Sevilla FC, fue leyenda en el Granada CF, donde logró un subcampeonato de copa, y disputó su última temporada con el Real Oviedo al que salvó del descenso con un gol en la última jornada en San Mamés.

Pero Arsenio es deportivista. Es coruñés. Su ídolo era Juan Acuña. Porque Arsenio quería ser portero. En 1945, cuando Arsenio aun soñaba con ser futbolista, la selección española disputó un partido amistoso en Coruña. El motivo era la inauguración del estadio de Riazor. Se concentraron en el balneario de A Baiuca. Y allí estaban todos. Acuña. Eizaguirre, César, Gaínza, Zarra…ahí supo Arsenio que quería dejar de trabajar la leira y pisar el césped.

Muere a los 92 años el exrojiblanco Arsenio Iglesias | Ideal
Arsenio (agachado, primero a la derecha)

Pero para triunfar Arsenio hubo de emigrar. Y no fue el único. Cerca de un millón de gallegos probaron fortuna en América tan sólo entre 1945 y 1960. Hubo muchos más antes y aun habría cierto goteo en años posteriores. No era para tanto extraño que el RC Deportivo fuera llamado a gritos por esos miles de gallegos para jugar unos cuantos partidos en tierras sudamericanas.

El 14 de junio de 1954 un autocar puso rumbo a Lisboa desde el centro de A Coruña. Viajaban 16 jugadores, entre ellos dos veteranísimos. Uno era Ángel Zubieta, un colosal mediocentro internacional que había hecho carrera en Argentina tras escapar de España con 18 años al iniciarse la Guerra Civil. Tras tres lustros de exilio había vuelto a España para finalizar su carrera en el Dépor. El otro era Pahíño, un delantero centro de tronío que hubo de abandonar el Madrid ante la llegada de Di Stéfano. El joven Arsenio también iba rumbo a Portugal. Que aquel niño descalzo de A Baiuca fuese a subirse a un avión solo era un milagro de los que el fútbol sabe cumplir. Iban también los periodistas Orestes Vara, el masajista, el tesorero del club y Antonio Martínez Rumbo, presidente del RC Deportivo. A base de empanadas y entonaciones más o menos afortunadas de la Rianxeira llegaron a Lisboa, donde el día 16 tomaron un avión con destino a Montevideo, con escalas en Recife y Rio de Janeiro.

El día 20, en el colosal estadio Centenario de Montevideo, el Club Nacional iba a enfrentarse al RC Deportivo. El partido fue suspendido por fuertes lluvias y se jugó el 4 de julio con victoria local por 2-1. Días después el Dépor empató en el CA Peñarol (2-2) con gol de Arsenio e igualó (1-1) con Rampla Juniors. Por el camino actos, ofrendas, homenajes y comidas. Luego derrota por 2-1 en Buenos Aires ante River Plate y empate a dos goles contra San Lorenzo de Almagro.

Pero el plato fuerte es el día 25 de julio. El día de Galicia. Santiago Apóstol. Flamengo vs RC Deportivo. Maracaná. El más legendario de los estadios. Allí iba a estar aquel chaval de A Baiuca. 40.000 espectadores, la inmensa mayoría gallegos, vieron la derrota blanquiazul por 4-1. Eso era lo de menos. Otero; Ortega, Rodolfo, Tomás; Moll, Lechuga; Corcuera, Sara, Pahíño, Arsenio y Moreno fueron los elegidos. Tres días después fue el Fluminense el que venció a los coruñeses por 3-0.

El breve paso del legendario Arsenio Iglesias por el Sevilla
Arsenio (1957/1958)

El Dépor no venció en Maracaná. Ni en ninguno de los siete partidos de la gira. La oportunidad de romper el maleficio no tendría lugar hasta cerca de cuarenta años después. Hasta el 24 de marzo de 1993.

Por entonces Arsenio Iglesias era el entrenador del Dépor. Del Superdépor. Tras años de sufrimiento en Segunda, Arsenio había ascendido a los coruñeses a Primera y por entonces eran la revelación de la temporada al ocupar la tercera posición de la tabla. Lo hacían gracias a Mauro Silva y Bebeto, dos internacionales brasileños que habían sido fichados el año anterior.

Antes de tomar rumbo a Europa, Bebeto jugaba en el Vasco da Gama, club por el que había firmado para cubrir el ocaso de Roberto Dinamite, la leyenda vasquense que sumaba 711 goles en 1140 partidos. Dinamite había tenido un fugaz paso por el FC Barcelona, sin embargo el grueso de su carrera se había desarrollado en Brasil. Aquel día de marzo tendría lugar su partido homenaje y su amistad con Bebeto fructificó en que los deportivistas fueran los invitados de honor.

La expedición partió del aeropuerto de Alvedro rumbo a Madrid tras ganar 5-0 al Burgos CF en partido de Liga. Iban todos y Mauro y Bebeto tenían la prebenda de viajar con sus familias. De Madrid llegaron a Río de Janeiro donde sorpresivamente fueron recibidos con fanfarria. Luego se supo que la fanfarria era por la selección sub-20 brasileña que también estaba en el aeropuerto carioca y que acababa de proclamarse campeona del mundo de la categoría.

Cuando la expedición llegó a Brasil se llevó un gran chasco. Había múltiples periodistas buscando declaraciones de Mauro y hasta había quien narraba los entrenamientos de Bebeto en directo, pero la expectación por el resto del grupo fue nula. Luego Aldana y Claudio tuvieron que hacer el camino inverso y volver a España porque acababan de ser convocados por la selección para jugar un trascendental partido contra Dinamarca clasificatorio para el Mundial 1994.

Pero la verdadera decepción tuvo lugar al arribar a Maracaná. Estaba tal cual lo recordaba Arsenio. Y eso no era bueno. Estaba viejo, abandonado. La hierba estaba alta, los accesos anticuados y desatendidos y las gradas necesitaban una mano de pintura. Pero era lo de menos. Era Maracaná. Arsenio prohibió la playa y los jugadores se quedaron sin chapuzón en Copacabana. Había que ganar el partido.

Ante 50.000 espectadores el RC Deportivo formó con Liaño; Mariano, Albisteguí, Djukic, Ribera, Nando; José Ramón, Mauro Silva, Fran; Marcos Vales y Bebeto. Por el Vasco da Gama también formo Zico, estrella del Flamengo y gran rival de Dinamite, quien por un día vestiría la camiseta blanquinegra de Vasco. El Dépor ganó con claridad el duelo por 0-2 con goles de Bebeto y Nando.

Tras el partido Roberto Dinamite regaló un reloj a cada uno de los presentes y tuvo lugar una fiesta en la discoteca Scala, un local propiedad de Chico Recarey, un empresario originario de Coristanco, un pueblo de la provincia de A Coruña. Fue una fiesta, un amistoso, un partido para recordar para un club modesto como el RC Deportivo. Para Arsenio Iglesias fue una segunda vez. La segunda vez que pisaba Maracaná. Y está vez quería lograr la victoria.

“Queríamos quedar bien, representábamos a Galicia. Yo no vine a Maracaná a tirar el prestigio”. Arsenio Iglesias, ex jugador y ex entrenador del RC Deportivo.

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El cromo de Bustingorri

El más conocido fue Zoco. Nacido en la montaña navarra, jugó tres temporadas en el Club Atlético Osasuna antes de hacer carrera en el Real Madrid donde lograría siete ligas y la sexta Copa de Europa de la entidad merengue. Alto, bregador, fuerte, jugaba de central o de mediocentro con el mismo acierto. Compañeros de Zoco en el éxito continental fueron Pachín o Serena, quienes también vistieron la camiseta rojilla. Andrés Sabido, duro defensa a caballo entre los 70 y los 80, y los delanteros Javier Portillo o Roberto Soldado, ya en el siglo XXI, también jugaron como locales tanto en el Santiago Bernabéu como en El Sadar.

Si el más conocido fue Zoco, el más mediático fue Pedrag Spasic. Serbio, entonces yugoslavo, había destacado en el Mundial de 1990 secando a Julio Salinas en un choque de octavos de final que finalizó con eliminación española. Ramón Mendoza, yuppie metido a presidente, lo fichó a regañadientes para el Real Madrid. ¿El motivo? Spasic era feo y calvo. Contaba con 25 años, pero aparentaba muchos más, su dentadura era descuidada y llevaba siempre una gabardina gris que lo hacía parecer un agente de la Stasi. Hoy sería carne de memes. El caso es que al agente Spasic le iba todo bien hasta que una noche de enero de 1991 le dio por meter un golazo en el Camp Nou…en propia puerta. Se convirtió en ídolo culé y en mofa recurrente en todos los campos de España. Tocado, entró en barrena. No era buena época. Koeman, Laudrup y Stoichkov eran los extranjeros en Can Barça. Spasic, Hagi y un Hugo Sánchez de 33 años eran los merengues. Había diferencia. Hubo que mal vender a Spasic en el siguiente verano y el yugoslavo firmó tres temporadas decentes en Pamplona. Hoy sobrevive en Belgrado gracias a una pensión que le fue otorgada por la Asociación de Veteranos del Real Madrid.

Pedrag Spasic compartió equipo con el protagonista del presente artículo; Eugenio Bustingorri. Lateral zurdo, pero también extremo o mediocentro. Futbolista polivalente, de los que corren por dos y jamás protestan ni tienen una mala cara. Navarro de pura cepa y capitán y leyenda del Osasuna donde militó durante doce temporadas. ‘Busti’ regenta hoy un bar en el centro de Pamplona donde despacha bocatas como antes despachaba pases y entradas.

Pero antes de todo ello Eugenio Bustingorri jugó en el Real Madrid.

¿O no?

Viajamos a la temporada 1989-1990. Se acaba de retirar José Antonio Camacho y el Madrid busca un sustituto en el lateral izquierdo que compita para el puesto con el veterano Rafa Gordillo. El elegido es Bustingorri, quien concluye una temporada estupenda con el Osasuna. Las negociaciones se inician con el jugador, el cual acepta de buen grado con el considerablemente aumento de sueldo adjunto, y finalizan con el acuerdo verbal entre presidentes de ambas entidades.

No obstante, al mismo tiempo que Bustingorri negocia su fichaje por el Real Madrid aparece en escena Sebastián Losada. Era Losada un delantero espigado de apenas 19 años forjado en el Castilla que el año anterior había estado cedido en el RCD Espanyol. Allí había explotado anotando 11 goles en Liga y dos de los tres tantos que los periquitos habían convertido en el partido de ida final de la Copa de la UEFA que los enfrentó al Bayer Leverkusen. Lástima que, en la vuelta jugada en Alemania, el Leverkusen igualase el tanteo de la ida (3-0) y en los penaltis Losada mandase a las nubes el penalti que hacía campeón a los germanos y subcampeones a los catalanes.

El caso es que el Madrid cuenta con recuperar a Losada para la nueva temporada en la que se tienen puestas grandes esperanzas en su desempeño. Es entonces cuando el Atlético de Madrid decide tomar parte del entuerto. Jesús Gil acaba de firmar como entrenador a Javier Clemente, quien el año anterior había sido técnico espanyolista. Clemente solicita una serie de fichajes y entre ellos está el de Sebastián Losada. Gil sabe que no tiene nada que hacer si pretende negociar con Mendoza por lo que decide tirar por la calle de en medio. Abonará la cláusula de rescisión.

Losada acepta y su futuro se encamina a la ribera del Manzanares pero, en un giro del destino, Ramón Mendoza corre a visitar al chaval a su casa. Lo convence de que está cometiendo un error y de que su futuro está en el Madrid. Tendrá oportunidades. Butragueño y Hugo Sánchez están por delante, pero la temporada es muy larga y el futuro es suyo. Losada da marcha atrás, llama a Gil y rechaza la oferta del Atlético de Madrid.

Y Gil y Gil monta en cólera.

Ojo por ojo y diente por diente. Gil se pone en contacto con Bustingorri y le dobla la oferta sin saber siquiera cual es la oferta. No le interesa para nada el navarro. Simplemente quiere dar por culo al Madrid. Convence a Fermín Ezcurra, el histórico presidente del Osasuna, para que acepte la propuesta colchonera. Ezcurra amablemente le dará largas al Madrid. Es un visto y no visto. Un frenesí de apenas 24 horas.

Eugenio Bustingorri jugará en el Atlético de Madrid.

Fue tal la celeridad de la operación que cuando la temporada esté a punto de rodar y las colecciones de cromos hagan su aparición, Eugenio Bustingorri no aparecerá en las páginas del Atlético de Madrid.

Tampoco en las del Club Atlético Osasuna.

Eugenio Bustingorri será jugador del Real Madrid.

Cromo Bustingorri. La verdadera historia del famoso cromo de Bustingorri  con la camiset...
Bustingorri merengue

Era tal el secreto a voces, estaba tan aceptado el fichaje de Bustingorri por el club de la Castelllana, que Ediciones Este decidió adelantarse a Panini, su principal competidor, y sacar un cromo de Bustingorri de blanco. Hoy la tecnología nos permite simulaciones realistas de todo tipo. Entonces la edición era artesanal. Se cogía una fotografía del jugador y se pintaba a mano la camiseta de su nuevo equipo. Bastante chusco, pero efectivo para la época. Luego, semanas después, se realizaba una foto, ahora real, vestido con su nueva equipación y paulatinamente se iba sustituyendo el cromo falso por el verdadero a medida que los niños y no tan niños iban gastando sus pesetas en los ‘sipis’ y en los ‘noes’.

El caso es que Ediciones Este sacó a la venta el cromo de Bustingorri antes de que el fichaje se formalizara. Durante unos breves días formó parte de la colección de unos cuantos niños que tenían en sus manos una suerte de incunable. Hoy el cromo de Bustingorri es objeto de coleccionistas. Lo he visto a la venta por internet por 80 euros. El de Maradona en el Barça, por ejemplo, lo encuentras por 15 euros.

Fiel a su fama a Gil no le duró mucho Clemente. Al vasco le sustituyó Briones y a este último Joaquín Peiró. Con ninguno de los tres tuvo excesiva suerte Bustingorri, quien apenas jugó 12 partidos como colchonero. Al finalizar la temporada regresó a las filas del Osasuna donde volvería como capitán. Peor suerte tendría incluso Sebastián Losada. El canterano tuvo pocas oportunidades en el Bernabéu y finalmente acabaría fichando por el Atlético de Madrid en 1991. Tuvo un mal año con los colchoneros para luego jugar en Sevilla FC y Celta de Vigo retirándose con apenas 27 años asqueado del fútbol profesional e iniciando una fructífera carrera como abogado.

En esos 12 choques a Bustingorri le dio por anotar un gol. Fue de falta directa. Y fue contra el Real Madrid.

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