El objetivo primordial de la FIFA es ganar dinero. A través del Mundial obtiene la mayor parte de sus ganancias. Ese es el eje. Pero hay múltiples competiciones. Con la ayuda de ellas se obtienen réditos de derechos audiovisuales, patrocinios, entradas y hospitalidad. También se consigue una buena tajada con la licencia de productos, conocido en el argot como ‘branding’. Y es bueno que la FIFA gane dinero. Sin el dinero no podría llevar al fútbol a todos los rincones del planeta. La FIFA sostiene federaciones minúsculas, protege socialmente a ex futbolistas, construye escuelas y promueve el fútbol femenino.
La FIFA tiene seis hijos. Cuatro son pobres y necesitan a la FIFA para sobrevivir. Son mayoría, por lo que papá FIFA está siempre atento a sus súplicas y necesidades y, a cambio, cuando tiene algún problema sabe que siempre podrá contar con su apoyo. Esos hijos se llaman Concacaf (41 federaciones), CAF (54 federaciones), AFC (47 federaciones) y OFC (14 federaciones). Es decir, África, Norteamérica-Caribe, Asia y Oceanía. Tiene también la FIFA dos hijos rebeldes. Uno es contestario. No tiene muchos posibles, pero sus fieles son legión y su poder entre las masas es fascinante. Ese vástago se llama Conmebol (10 federaciones) y representa a Sudamérica. El otro hijo es rico y poderoso. Su fortuna es igual a la del padre y sueña con tomar las riendas de la empresa familiar para poder gestionarla a su antojo. Ese retoño responde al nombre de UEFA (55 federaciones) y representa a Europa.
Durante un siglo la UEFA y la Conmebol se consideraron dueños del mundo. No sin razón gestionaban el pasado y el presente del fútbol. Allá por 1960 crearon una competición que enfrentase anualmente a los campeones de América y de Europa para dictaminar cual era el mejor equipo del mundo. Era lógico. No había nada comparable fuera de ese marco. Aquel primer trofeo fue logrado por el Real Madrid al derrotar en dos partidos al CA Peñarol. Hubo empate sin goles en Montevideo y en Madrid el Real venció por un claro 5-1. Los merengues se proclamaron campeones de la primera Copa Intercontinental.
La FIFA, que ni pinchaba ni cortaba en ese trofeo, se negó a dar el título de campeón del mundo a los ganadores de la contienda. Era un torneo entre dos confederaciones. Nada más que eso. Aunque para los aficionados el vencedor de la Intercontinental fuese el mejor club del mundo, para la FIFA eso era irrelevante. Despechados, en 1980 la Conmebol y la UEFA firmaron un convenio con la empresa Toyota. La Intercontinental se disputaría a partido único en Japón aumentando considerablemente los premios y los beneficios. Mercedes que, por supuesto, no gestionaría la FIFA.
Real Madrid. Intercontinental 1960
Todo cambió a finales del siglo pasado. La FIFA se propuso sustituir la Copa Intercontinental por la Copa Mundial de Clubes de la FIFA. Durante diez días del mes de enero del año 2000 ocho conjuntos lucharían por conseguir el reinado del fútbol global. Estaban los seis campeones de las distintas confederaciones (Manchester United, Vasco de Gama, Necaxa, Al-Nassr, Raja Casablanca y South Melbourne) a los que se añadieron dos conjuntos a mayores para completar ocho escuadras y poder formar dos grupos de cuatro equipos. Los invitados fueron el Real Madrid, al que la FIFA reconoció como mejor club del siglo XX, y el SC Corinthians, por ejercer de anfitrión. Y es que el campeón brasileño tendría que estar presente en un torneo cuya final tendría lugar en el incomparable Maracaná.
El objetivo de la FIFA era eliminar la Intercontinental y ocupar su lugar. La FIFA debe apoyar la expansión del fútbol a nivel global, tanto por una cuestión moral, como política, como monetaria. Pero tanto la UEFA como la Conmebol se negaron a ello. La Copa Intercontinental seguiría en pie. Y así lo hizo. Apenas un mes antes el Manchester United había logrado el título de 1999 y en diciembre del 2000 sería el Boca Juniors el que vencería al Real Madrid. A ojos del gran público ambos conjuntos eran los reales campeones del mundo.
El caso es que la FIFA puso en marcha su Copa del Mundo de Clubes. Y el varapalo fue considerable. El torneo apenas tuvo repercusión fuera de Brasil. United y Madrid jugaron a medio gas y no lograron clasificarse para la final. Los ingleses tan sólo consiguieron vencer al South Melbourne en un duelo intrascendente. Los españoles no lograron disputar la final por diferencia de goles y perdieron el partido por el tercer puesto ante el Necaxa mexicano. El torneo fue ganado por penaltis por el Corinthians ante el Vasco da Gama tras un aburrido empate sin goles. Que el vencedor fuese un equipo invitado no daba demasiada credibilidad al torneo. En aquel Corinthians destacaban Dida, Vampeta, Luizao y un veterano Freddy Rincón.
Corinthians 2000
Visto el fiasco, para 2001 la FIFA decidió llevar el torneo al verano. Los grandes clubes europeos habían protestado por lo apretado del calendario. Pero ese no era el problema. Las pérdidas económicas fueron terribles y la FIFA pensó que disputar el torneo a finales de julio, cuando las grandes ligas están paradas, le permitiría obtener la atención de los aficionados.
Así que la FIFA subió la apuesta. Serían 12 los participantes. Se formarían tres grupos de cuatro equipos. Los vencedores y el mejor segundo se enfrentarían en las semifinales. La final tendría lugar en el Santiago Bernabéu. Y es que España sería la anfitriona. La FIFA confió en la ambición de dos hombres. Uno era Florentino Pérez. Recién nombrado presidente del Real Madrid, tenía la intención de convertir al club blanco en una empresa capaz de generar ingresos a nivel global. El otro era Augusto César Lendoiro. Había llevado al modesto RC Deportivo a codearse con los grandes de Europa y soñaba con poder mantener eternamente ese estatus y llevarse un trozo del pastel.
Habrían de participar dos equipos por confederación. Los campeones de todas ellas y un segundo espada también victorioso. Por ejemplo, de la UEFA irían el Real Madrid (campeón de Europa) y el Galatasaray SK (campeón de la Copa de la UEFA). De la Conmebol estaba Boca Juniors (campeón de la Libertadores) y el SD Palmeiras (subcampeón de la Libertadores). A estos había que añadir a Los Ángeles Galaxy y Olimpia de Honduras (Concacaf), Jubilo Iwata y Al-Hilal (AFC) y Zamalek SC y Hearts of Oak (CAF). El representante oceánico sería el Wollongong Wolves australiano. Únicamente se renunció a un segundo club de Oceanía para dar entrada al RC Deportivo, que acudiría como invitado.
En marzo de ese año tuvo lugar el sorteo. El grupo A, liderado por Boca y RC Deportivo, jugaría sus partidos en Riazor (A Coruña) y San Lázaro (Santiago). El grupo B comandado por Palmeiras y Galatasaray, en el Vicente Calderón de Madrid. El grupo C, gobernado por Real Madrid y LA Galaxy, tendría como sede el Santiago Bernabéu. La final se disputaría el 12 de agosto de 2001 en el coliseo blanco.
Jamás llegó a disputarse el torneo. En medio del estallido de la burbuja de las .com y del crack de las televisiones de pago por visión, ningún medio audiovisual pujó por llevarse los derechos de la competición. En mayo quiebra ISL, la empresa que gestiona la organización del torneo. La FIFA pierde 5.500 millones de dólares y tiene un muerto encima de la mesa. Decide indemnizar a los participantes y posponer el torneo hasta el año 2003. En 2003 se pospondría ‘sine die’.
Mientras la Copa Intercontinental sigue con sus andanzas, aunque también está tocada. Desde que en diciembre de 1995 se abrió la libre circulación de jugadores en Europa las plazas para foráneos quedaron en exclusiva para los astros que venían de Sudamérica. Año a año los grandes equipos argentinos y brasileños ven como los adolescentes que formaron siendo niños escapan a Europa donde esperan forjar una próspera carrera. Solo Boca Juniors (2000 y 2003) pudo romper la hegemonía de Europa en un torneo que hasta había perdido interés entre los aficionados japoneses.
En 2005 llegaría el reemplazo. Ahora si la Copa Mundial de Clubes tendría la aceptación de UEFA y Conmebol. Se jugaría en Japón, no habría grupos y el número de partidos sería limitado. Mientras los campeones de otras confederaciones se enfrentan entre sí en rondas previas, tanto el campeón de Europa como el de Sudamérica esperan rival en las semifinales. Se mejoran los premios económicos y el asunto queda zanjado. Sao Paulo FC venció a Al-Ittihad (3-2) y Liverpool FC a Deportivo Saprissa (3-0) para luego luchar por un título que se decantó para los brasileños por 1-0. Hubo que esperar hasta 2010 para ver una final sin representante sudamericano. Aquel año el Internazionale milanés venció por 3-0 al TP Mazembe congoleño. Nunca un equipo europeo ha faltado a una final y desde 2012 no pierden una.
No sería hasta el año 2017 cuando la FIFA consideró a los 25 clubes que ganaron al menos una vez la Copa Intercontinental (1960-2004) como legítimos campeones del mundo. Así pues, en el palmarés conjunto iniciado en 1960 por el Real Madrid encontramos a dos campeones del mundo oficiales para el año 2000. Son Boca Juniors como campeón de la Intercontinental y SC Corinthians como ganador de la primera Copa del Mundo de Clubes.
Quien nunca será campeón del mundo es el RC Deportivo. Para 2001 hubo Copa Mundial de Clubes. Pero solo en nuestra imaginación.
El Mundial que nunca se jugó
“¿Qué es la vida? Toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”. Calderón de la Barca.
Otras historias de la Copa Intercontinental
Benfica 2-5 Santos (Eusebio vs Pelé luchando por la hegemonía mundial en uno de los partidos más extraordinarios de todos los tiempos)
Dietrich Mateschitz estaba a miles de kilómetros de casa. En otro de esos cargantes viajes de negocios. Suerte que entre reunión y reunión siempre se podía sacar unas horas de asueto. Acabada la jornada decidió probar las aguas del Índico. Disfrutar de una de las playas paradisiacas de Tailandia. Allí, con los pies besando la arena, probó una bebida desconcertante. Se llamaba Krating Daeng. Era refrescante, pero sobre todo adictiva. Y, es más. Era mucho mejor que el café. Era ideal para superar el jet-lag de vuelta a casa. Una vez probó la primera, Dietrich ya no pudo parar. Preguntó, indagó, se informó y acabó consiguiendo una cita con un tal Chaleo Yoovidhya, el padre de la criatura. Pronto llegaron a un acuerdo. Yoovidhya vendió su receta a Mateschitz, quien únicamente añadió el dióxido de carbono a la composición original para hacerla más agria. Era 1987.
Acababa de nacer el Red Bull. La bebida energética por excelencia.
Apenas un cuarto de siglo después de aquello a Mateschitz le dio por enviar un hombre al espacio. Félix Baumgartner fue el primer ser humano en romper la barrera del sonido al tirarse en caída libre saltando a unos 40.000 metros de altura. Hubo tal cantidad de gente que vio el acontecimiento que los servidores de Youtube estuvieron a punto de romperse. El evento fue seguido por una audiencia quince veces mayor que la de unos Juegos Olímpicos y llevó a Red Bull a la cima de su fama. Aquella mezcla entra gesta y espectáculo fue el origen de la transmisión remota y móvil en las retransmisiones deportivas.
Quizás ese fue el cenit de Red Bull.
Pero, ¿cuál es el origen?
Antes de ese viaje a Tailandia Dietrich Mateschitz trabajaba para una empresa de cosméticos. Licenciado en marketing, se dedicaba a diseñar campañas publicitarias y era ampliamente reconocido en su mundo laboral. Cuando vuelve de Asia decide dejarlo todo e invertir sus ahorros para comercializar su nueva bebida. Su primera misión es conquistar el mercado de su Austria natal y para ello decide regalar el Red Bull como forma de darlo a conocer. Resuelve suministrarlo en las puertas de universidades e institutos y lo hace con rápido éxito. Dietrich no bebe alcohol y sabe que el Red Bull funcionará en un entorno estresante como el de los estudios. Lo considera ideal para mantenerse despierto en noches de exámenes o en madrugadas de fiesta, tanto para aquellos que beben alcohol como para quienes lo rehúsan.
Una vez conseguido el conocimiento entre los jóvenes lo siguiente es asociar el Red Bull con el riesgo, el vigor y la velocidad, ecuación perfecta para aquellos que rondan la veintena. Ahora ya se puede vender el Red Bull en discotecas, restaurantes y supermercados, pero hace falta un gancho que haga que la genta decida invertir su dinero en esa nueva bebida. Lo primero que hizo Mateschitz fue basarse en el guion habitual. Aquí no hubo improvisación, sino determinación. Decidió invertir una buena suma en Gerhard Berger, por entonces piloto austriaco de Fórmula 1 de la escudería Ferrari. Desde ese primer momento, velocidad y Red Bull harían un binomio inseparable. Las alas del toro rojo se incorporarán al casco de Berger y años después lo harán en el chasis de la escudería Sauber. Berger será la cara que hará al Red Bull popular primero en Austria y rápidamente en el resto de Centroeuropa.
El siguiente paso fue comprar una escudería. Se trataba de un camino mucho más ambicioso, pero Mateschitz, como buen hombre de negocios, sabia cuadrar con perfección el riesgo con el beneficio. En 2004 Ford decidió deshacerse de Jaguar ante una tremenda crisis de ventas. Hubo que despedir a miles de trabajadores de Estados Unidos y deshacerse del equipo de Fórmula 1 en tiempo récord. Mateschitz se hizo cargo de las deudas y compró la plaza de Jaguar por un simbólico e insignificante dólar. Inmediatamente bautizó al equipo como Red Bull y adquirió a mayores la escudería italiana Minardi para convertirla en Toro Rosso (Red Bull) y ser usada como captación de talentos y banco de pruebas. Con motores Ferrari alcanzaría la cima logrando cuatro títulos consecutivos con Sebastián Vettel y dos más con Max Verstappen, el último de ellos con motor propio fabricado en Austria, el último paso del ambicioso proyecto de la escudería de la bebida energética.
Red Bull F1 2022
Pero antes de eso hubo mucho más. Para expandirse y salir de las fronteras austriacas Red Bull necesitaba algo más cuantioso que un piloto de Fórmula 1. Por entonces, hablamos de mediados de los 90, el dinero gastado en Berger había vaciado las arcas del departamento de publicidad. Por lo que cumplía cambiar de estrategia. Así que Mateschitz decidió apostar por deportes minoritarios, baratos, en los que no habría que inyectar mucho dinero. La ecuación a seguir fue la misma: riesgo + juventud + velocidad. Se apuesta por deportes urbanos como el skateboard, el parkour o por el ciclismo de montaña del BMX, el windsurf o el snowboard. Red Bull se introduce también en el automovilismo de velocidad o en pruebas de parapente. El lema ‘Red Bull te da alas’ da la vuelta al mundo y es sinónimo de desenfado y juventud. La imagen pública es que Red Bull es algo guay, genial, ‘cool’. Luego se decide patrocinar eventos de lo más descabellados que pretenden ser récord Guinness y donde la velocidad, siempre, debe estar presente. En un momento donde se hace efectiva la prohibición de anunciar bebidas de alta graduación y la inmensa mayoría de países impiden el alcohol en la conducción de vehículos a motor, Red Bull es un soplo de aire fresco que tiene el éxito garantizado.
Red Bull te da alas
Se había logrado la internacionalización y estabilización del producto. Pero faltaba la caza mayor. El fútbol.
Como siempre Dietrich decidió empezar por casa para abrirse al mundo. Mateschitz es de Salzburgo y de pequeño animaba al SV Salzburgo, un modesto club austriaco que desde los 80 era patrocinado por la cadena de supermercados Casino. Desde entonces el Casino Salzburgo creció a nivel local y en 1994 llegó a la final de la Copa de la UEFA que perdió ante el Inter milanés. Era un pequeño éxito, pero mucho más lo será cuando en 2005 Red Bull compre el equipo. Fiel a su ideario, Mateschitz no se contentará con patrocinarlo, sino que al adquirirlo cambia la historia de un club fundado en 1933 que es finiquitado y rebautizado como Red Bull Salzburgo. Se renombra el estadio (Red Bull Arena), se modifica el escudo (dos toros rojos) y se cambian los colores del equipo, pasándose al rojo y blanco corporativos. A pesar de las discrepancias iniciales la ciudad se vuelca con su mecenas y su nuevo club que, desde entonces, ha ganado 13 de 16 ligas posibles y se ha convertido en un habitual de la fase de grupos de la Liga de Campeones.
El mismo año que se fundaba el Red Bull Salzburgo se ponía en marcha en Estados Unidos el Red Bull New York, el cual no ha tenido tanto éxito deportivo, pero es lo de menos. Lo que se buscaba al otro lado del Atlántico, abrazados por la ciudad más famosa del mundo, era conseguir respeto y resonancia para abrirse al mercado más goloso del planeta.
Ese era el primer paso. Pero, como siempre, era el preludio del siguiente. Mateschitz pone sus ojos en Alemania, donde por idioma y cultura, está el mercado más importante al que debe acceder un austriaco. Es Leipzig ciudad de tronío. Cuna de la imprenta y junto con Dresde el núcleo más importante de Alemania del Este. Allí estaba el Dinamo Dresde, imponente club en la época comunista y desde finales de los 90 escuadra que deambula entre la segunda y la tercera categoría. Cuando el Zentralstadion acoja varios partidos del Mundial 2006 el club más representativo de la ciudad era el FC Sachsen Leipzig, por entonces en la cuarta categoría del fútbol teutón. Aquel gigante de cemento con capacidad para 45.000 espectadores apenas conseguía, con suerte, ocupar una quinta parte de sus asientos.
Hasta que en mayo de 2009 se fundaba el Rasen Ball Sport Leipzig. Contrariamente a lo que se pueda pensar la R y la B no son las iniciales de Red Bull, aunque la intencionalidad está fuera de toda duda. El significado del nombre es “deporte de pelota y césped” y venía a sortear la normativa alemana que impide asociar un club con una casa comercial. Mateschitz adquirió la plaza del SSV Markranstädt, un club del extrarradio de Leipzig, y comenzó a competir en la quinta categoría alemana. Meses después le compró al ayuntamiento la propiedad del Zentralstation y lo renombró como Red Bull Arena. Tras cinco ascensos consecutivos el Red Bull Leipzig llegaba a la Bundesliga en 2016. Era el cuarto equipo de Alemania Oriental que lograba tal hazaña.
Desde ese año ha sido el tercer equipo que más ha invertido en fichajes tras el Bayern y el Dortmund y en 2022 consiguió su primer título al vencer en la final de copa al SC Friburgo. Ni aun así ha logrado la aceptación popular, ya que raras veces el estadio se llena para ver al Red Bull. El Dinamo Dresde sigue superando en abonados a un club que es visto con inquina tanto en la ciudad como en el resto de Alemania, al incumplir la norma no escrita de que la propiedad del club debe ser de los socios.
Hoy además del RB Salzburgo, New York y Leipzig también existe el Red Bull Bragantino, con el objetivo de captar a los jóvenes talentos del fútbol brasileño. No en vano, de la academia de fútbol de Red Bull han salido futbolistas de primer nivel como Lukas Klostermann, Dayot Upamecano, Naby Keita, Timo Werner, Joshua Kimmich, Sadio Mané y, especialmente, Erling Haaland.
El ultimo sueño de Dietrich Mateschitz fue conquistar la Copa América de vela. Puso a disposición toda la maquinaria de su equipo de Fórmula 1 para alinearse con el Alinghi suizo y formar el equipo Red Bull de vela con más de 100 personas a pleno rendimiento. Eso sería en 2024. Pero Mateschitz falleció víctima de un infarto antes de ver cumplido el objetivo. Hoy Red Bull cuenta con más de 13.000 trabajadores por todo el orbe y suma más de 8.000 millones anuales en ingresos. Su crecimiento y consolidación está ligado a una revolucionaria iniciativa de expansión comercial a través del patrocinio deportivo. Junto a las motos KTM y la joyería de Swarowski, en la actualidad no existe empresa austriaca más reconocida a nivel mundial que Red Bull.
Coruña 1959. Riazor. Junio. Trofeo Teresa Herrera. Partido único. Santos FC vs Botafogo FR. Pelé frente a Garrincha. Siete campeones del mundo sobre el campo. Se cuenta que había gente situada encima de la torre de maratón. Otros parecían gravitar sobre el voladizo de la grada de preferencia. 38.000 fue la cifra oficial. De 50.000 no bajaba según las crónicas. El Santos ganó por 4-1 incluyendo un soberano gol de Pelé deshaciéndose de varios contrarios. Fue lo nunca visto. El mejor partido de la historia del torneo. Días antes el Santos había colgado el cartel de no hay billetes en el Bernabéu en el que fue el único enfrentamiento entre Di Stéfano y Pelé y que acabó con victoria del Real Madrid por 5-3.
Paris 1960. Colombes. Junio. El Santos viene de jugar cinco amistosos en diez días. Está en Paris. Es un triangular. Los paulistas frente al Stade Reims y el Racing de Paris. Pelé está lesionado. No puede jugar, pero tiene que jugar. Su caché es el que le da vida al equipo. Dorval tiene una idea. Es joven y es negro como ‘O Rei’. Junto a Mengalvio, Coutinho y Pepe formaban la delantera del ballet blanco del Santos. Todos excelentes, pero sin Pelé el brillo del ballet se desvanece. El caso es que Dorval sugiere ponerse el ‘10’ pensando que la multitud será incapaz de reconocer a un garoto al que solo han visto en fotos. Dicen que hay 80.000 personas apiladas, el doble de la capacidad permitida. Dorval salta al campo, el juego se inicia, pero hay que pararlo. La pitada es demencial. No hay distrito de Paris que no se estremezca ante tales silbidos. Pelé salta al campo. El embuste es descubierto. Juega lesionado los noventa minutos. El Santos domina por 5-3. Dos días después vuelve a ganar, en este caso al Racing de Paris, por 4-1. Pelé juega ambos choques.
Era y es Paris capital del mundo. Lugar multicultural, brillante, vanguardista, donde el fútbol no es nada, apaciguado por la infinidad de ofertas que la megalópolis ofrece a los sentidos. Era Coruña ciudad pequeña, modesta, arrojada en una esquina del Atlántico para uso mundano, donde el fútbol es lo más importante de lo menos importante. Pero el efecto de Pelé fue el mismo, tanto en una ciudad como en la otra. Aquel atleta de velocidad sostenida, sonrisa perenne e ingenio máximo, ejercía la misma fascinación por grande o pequeño que fuese el escenario preparado para sostener su grandeza.
7 campeones del mundo en Coruña
Pelé era un circo. Desde que con 17 años fue coronado como ‘O Rei’ tras salir victorioso en Suecia, fue transformado en mito viviente. Para los brasileños Pelé es el summum. Es el hombre que hizo que un país pobre y olvidado pasase a ser conocido en todo el mundo. Pelé fue y será el embajador más trascendental del país del orden y el progreso. El fútbol en Brasil lo es todo, porque solo en fútbol puede presumir Brasil de ser vanguardia. Y lo es porque aquel chico de 17 años proclamó a Brasil campeón por encima de todos en 1958. Luego vendrían otras dos veces más. Y desde entonces Brasil es el rey del planeta fútbol. El rey del ‘jogo bonito’.
Pelé fue explotado hasta la saciedad. Llegó a jugar dos partidos en menos de 24 horas. Y no ocurrió en una ocasión aislada. Hasta nueve veces tuvo lugar tal aberración. Pero el culmen del paroxismo fue cuando se le contabilizaron tres partidos en 48 horas. En 1959 se le contaron 22 partidos amistosos con el Santos en 14 países diferentes en el plazo de seis semanas.
Y no eran partidos amistosos. Eran partidos a muerte. Partidos en los que había que salir a ganar. Pelé no jugaba en Europa. Pelé no jugaba la Copa de Europa. La oportunidad de ver a Pelé frente a Di Stéfano, Cruyff, Eusebio o Best era fascinante. Lo era para los aficionados, para el espectáculo, para el negocio y para los propios jugadores. Si Pelé quería demostrar que era el mejor, sólo tenía el Mundial y los amistosos para ejercer su dominio.
Y tenía que jugarlo todo. Todo. Los noventa minutos. No eran amistosos. Eran compromisos ineludibles. En todos y cada uno de los partidos que el Santos de Pelé jugó por medio mundo, en más de 300 partidos amistosos, siempre se colgó el cartel de no hay billetes. Perenemente. Pero siempre tenía que estar Pelé presente. Pelé no se podía permitir un descanso. Tenía que jugar y tenía que jugar bien. Ese chico que había ahorrado hasta el último céntimo para poder ver a Pelé no iba a tener otra oportunidad en su vida. Y Pelé lo sabía. Era una responsabilidad que llevaba grabada a fuego en su corazón.
Pelé forjó su leyenda sobre campos embarrados, secos o pelados. Con patatas redondas como balones, como leí acertadamente en la prensa en estos días. Y lo hizo cada cuatro años con la selección brasileña, pero también semana tras semana con el Santos. River, Boca, Benfica, Anderlecht, Sporting Lisboa, Inter, Real Madrid o Barça. Todos se midieron a Pelé, un abrepuertas de alcance internacional. En 1959 fueron hasta 36 los partidos amistosos con solo cuatro derrotas a cuestas. El Santos venció a la selección de Bulgaria (2-0), al Anderlecht (4-2), al Feyenoord (3-0) o al Inter (7-1). La victoria ante los italianos corregía una derrota acontecida apenas quince días antes. Aquel día a Pelé le dio por meter cuatro goles en apenas un cuarto de hora de juego.
Pelé había marcado en el Bernabéu, aunque había claudicado ante el entonces tetracampeón europeo. También anotó en el Camp Nou, donde el Santos bailó a un Barça sin Ramallets y Luis Suárez por 1-5. Como el caballo de Atila. Así pasaba Pelé por los campos europeos. La experiencia española se repitió en 1960. Aquí fueron menos amistosos, un total de 20, saldados con únicamente dos derrotas. Se venció a la selección de Polonia (5-2), a la de Bélgica (3-1) o a la Roma (3-2). Una de las dos derrotas tuvo lugar en el Camp Nou. En la revancha del año anterior el Barça se puso 4-0 al descanso con goles de Luis Suárez y Kubala. Era el cuarto partido del Santos en ocho días. Estaban muertos. El Camp Nou pitaba a los brasileños en una noche veraniega pasada por agua. ‘O Rei’ no podía consentir la afrenta y en la segunda parte descargó un torrente de fútbol que los más veteranos aun consideran de lo mejor que han visto en el coliseo azulgrana. Pelé cogió el balón y empezó a trazar jugadas imposibles. Le dio dos goles hechos a Pepe y metió el 4-3 a diez minutos del final. Solo los postes impidieron que el Santos empatase el partido. Pero daba igual. El Santos perdió, pero la ovación a Pelé fue escandalosa.
Durante el primer quinquenio de la década de 1960 Pelé fue de largo el mejor futbolista del mundo. Fueron unos años brutales donde Pelé jugaba cerca de noventa partidos anuales a razón de noventa minutos por choque. El caché de Pelé duplicaba al del resto del equipo y no podía ser sustituido salvo que hubiese lesión de por medio. El Santos era un equipo pequeño. Vila Belmiro, el lugar donde Pelé construyó su mito y donde fue velado en su entierro, apenas acogía a 20.000 almas, palideciendo ante bestias de hormigón y cemento como Morumbí, Porto Alegre, Mineirào o Maracaná. Ante Corinthians, Flamengo, Fluminense, Palmeiras o Botafogo.
‘O Rei’
Extenuado, Pelé duró hasta 1966. Ese fue el año en el que pensó en dejar el fútbol. Tenía 26 y había sido cosido a patadas en el Mundial de Inglaterra. Allí fracasó, pero con el Santos viajó por vez primera a Estados Unidos para jugar un triangular ante el Benfica y el Inter, los dos colosos europeos del momento. Salió victorioso. Pelé era ‘O Rei’.
A partir de entonces los amistosos pasaron de ser duelos a cara de perro a jornadas festivas. Pero tampoco podemos entender la magnitud de Pelé sin esos viajes por medio mundo. Fueron 72 países y 17 pasaportes distintos. En mayo de 1967 se fueron de gira por el África subsahariana para partir más tarde a Italia y Alemania. En 1969 regresó a África por una nueva gira en la cual estuvo esta vez en el Congo y Nigeria. Allí en Biafra llegó a parar una guerra. Hubo que decretar un día de tregua para que el Santos pudiese jugar. Rodeado de soldados, Pelé jugó un extraño partido en Lagos. Verlo jugar valía una tregua y mucho más. En otra ocasión fue expulsado por un árbitro en un amistoso en Colombia. Habían anulado un gol a Pelé y ‘O Rei’’, enfadado, insultó al trencilla. De repente hubo que parar el partido ante la cantidad de objetos que el respetable lanzaba al césped. Pelé salió de los vestuarios y volvió al campo. El colegiado hubo de marcharse del recinto. El partido continuó hasta el final sin árbitro de por medio.
En 1967 visitó Gabón, Congo y Costa de Marfil antes de volar a Alemania e Italia, para luego ir a Estados Unidos y regresar a Europa. En 1969 estuvo en Yugoslavia antes de volar a Marruecos. Fueron cuatro partidos en seis días. La locura era la misma. Pero el rendimiento no lo era tanto. Pelé era entonces un objeto de feria, pero seguía llenando estadios, colapsando aeropuertos y deslumbrando a rivales. No eran partidos colapsados de magia, pero siempre había un destello, una finta, un gesto, un gol, que cambiaba todo lo antes conocido. En esos años Pelé también ejerció de portero. Cuando el rival era débil, especialmente si era africano, a Pelé le daba por jugar un tiempo como guardameta. Y era excelente. El Santos nunca tuvo portero suplente. Pelé, que debe su ‘apelido’ a Bilé un arquero brasileño al que Edson idolatraba de niño, era un fantástico guardameta. Celebre es una semifinal de copa ante el Gremio en la que Pelé tuvo que jugar de portero por la expulsión de Gilmar. En la primera parte como delantero ‘O Rei’ metió dos goles. En la segunda como portero salvó un par de ellos al poco del final.
Por el camino llegó el gol 1.000. En otro elogiado encuentro. Santos vs Vasco. Maracaná. Penalti. Los compañeros de Pelé esperaban en el centro del campo para felicitarlo. A nadie se le pasaba por la cabeza que pudiese fallarlo. Nunca antes estuvo tan nervioso. Ni en un Mundial. El árbitro confesaría más tarde que pitó el penalti porque deseaba ser protagonista de la historia. Pelé no quería tirarlo. Quería que el gol 1.000 fuera mágico, que los defensas se dieran la vuelta y miraran a la red para contemplarlo. No quería que fuese desde el punto fatídico. Pero 100.000 personas se lo reclamaron. Se hizo silencio en el estadio más bullanguero del mundo. Fueron doce pasos eternos hasta que el mundo saltó de alegría.
El gol 1.000
Para la temporada del 73 Pelé acababa contrato con el Santos. Contaba con 33 años, y tras su advenimiento como leyenda a color en México, apuraba sus últimos partidos. El Santos se embarcó en su última gira. Durante esos últimos doce meses el Santos se propuso que ningún país del mundo se quedase sin ver a Pelé. Se viajó a Sudamérica, Caribe, Norteamérica, Europa, Asia y finalmente Australia. Volvieron a Brasil para jugar compromisos oficiales y luego vuelta al avión. Viajaron por el Golfo Pérsico, África, Alemania, Bélgica, Francia e Inglaterra. Luego cruzaron el Atlántico a Estados Unidos para jugar ante el Baltimore Bays. En ese partido Pelé anotó el único gol olímpico de toda su carrera. En otro encuentro un defensa alemán sacó un tiro de Pelé bajo palos. La afición local reprochó el desagravio. Pitado y hundido, el teutón pidió a su entrenador salir del campo apenado por osar contradecir a su majestad.
Luego vino el último partido en España. Trofeo Carranza. Barça vs Santos. Cruyff contra Pelé. Ganaron fácil los azulgranas por 4-1. Pelé anotó de penalti. Cuando era joven aborrecía tirarlos. El lanzador era Pepe, aquel fino volante bautizado como José Macia hijo de ourensanos. “El penalti es el gol de los cobardes”, decía ‘O Rei’. Ahora ya no lo era. Cansado, viejo, destrozado por viajes y patadas, Pelé debe aferrase al más cobarde de los actos para dar brillo a sus actos.
Pelé tenía 17 cuando se convirtió en rey. Una veintena cuando fue declarado tesoro nacional y se impidió su exportación. Ganó tres Mundiales. En su apogeo era un cuchillo y los defensas se perdían en los laberintos que su trazo dibujaba. “Antes del partido pensé que era de carne y hueso como yo. Luego comprendí que estaba equivocado”, diría Burgnich tras aquel gol ante Italia en México en el que Pelé se suspendió en el aire como si en una escalera se apoyase. Todo eso es Pelé. Pero si queremos entender como Pelé hizo universal su corona, no existe mejor forma que explicando el porqué de aquellas exhaustas giras del Santos por todo el planeta.
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“Pelé te hacía las tres. La fácil, la difícil y la imposible”. Roberto Perfumo, defensa argentino.
“Nunca habrá otro Pelé, porque mis padres cerraron la fábrica”. Edson Arantes do Nascimento ‘Pelé’.
Es relativamente habitual que cuando un licenciado estadounidense acabe su carrera cruce el charco y haga una tournée por Europa. Algunos visitan Londres, muchos Roma y todos Paris. Hablamos de gente de cierto nivel intelectual, cultural e incluso económico. Gente que admira el estado de bienestar europeo y ese gusto por trabajar por vivir y no el vivir por el trabajar tan propio de Estados Unidos. Ven Europa con ojos románticos, como una suerte de club de países pequeños con PIB extraordinarios. Un paraíso para disfrutar de una jubilación que se antoja de las más longevas y satisfactorias del planeta.
Y, sin embargo, todos esos jóvenes bien alimentados y bien educados que critican la venta de armas en Estados Unidos y admiran los hospitales públicos europeos, se echan las manos a la cabeza cuando ven que nadie tiene secadora.
Algo propio del tercer mundo.
El 90% de los habitantes de Estados Unidos tienen secadora. Así como casas más grandes, armas en el salón y multitud de problemas cardiacos. Dicen que eso sucede porque el alcohol protege de los problemas de corazón y como los europeos están siempre borrachos bebiendo vino en las comidas…Que un norteamericano tenga una secadora no es una cuestión geográfica, sino cultural. Tanto la tiene el habitante invernal de Wisconsin como el del verano perpetuo de Florida. Tender la ropa al viento es de pobres. Antiguamente era cosa de negros. Los blancos, los blancos más humildes y de casas húmedas del interior de Chicago, tendían la ropa al lado de la caldera. Desde que en los 50 la secadora se hizo accesible y popular a nadie, independientemente de su nivel de renta, se le ocurriría tender la ropa al viento.
En Europa no es así. La ratio de ventas de secadoras es de 1/9 en relación a la de las lavadoras. Sólo en las grandes ciudades, en pisos de metros cuadrados escasos, se le ocurre a alguien montar una secadora. Y no es una cuestión geográfica. Puede que en el sur de Europa el sol abunde, pero de los Pirineos para arriba el astro rey suele desaparecer con prontitud. La construcción de patios de luces, los recovecos de un ático o un sencillo sótano o trastero son válidos para tender la ropa. Incluso se puede colgar al aire libre en pleno invierno. En Manchester o en Oslo a las camisetas se les da la vuelta en el radiador como de un filete se tratase. Es, simplemente, una cuestión cultural. Incluso medioambiental en las zonas más progres del Viejo Continente.
Aunque a menudo Occidente se considera como un todo, la evolución histórica, geográfica y sociopolítica de sus diferentes lugares ha dado lugar a notables diferencias culturales. La amplia extensión de ambos mundos hace que cada región tenga sus particularidades. Con todo, la cohesión de Estados Unidos como única nación hace más fácil la homogeneidad que en Europa. Así un irlandés o un polaco tiende a parecerse más al prototipo americano que a buena parte de los europeos. Peso a lo cual, las secadoras escasean tanto en Dublín como en Varsovia.
Secado Made in Europe
Escasean las secadoras al igual que las distancias y el tiempo permanecen en dimensiones distintas. Si una iglesia del siglo XIX es moderna para un europeo es antigua para un estadounidense. Si una ciudad está de la playa a unos 100 kilómetros es lejos para un europeo, pero cerca para un estadounidense. Lo haremos en un coche manual y pequeño, frente a los automáticos y grandes de un norteamericano, los cuales no tendrán problema para aparcar en los parkings gigantes que abundan por Estados Unidos. Nuestra semana empieza el lunes, mes y año. La de ellos es mes, domingo y año. Sus colegios son de pago y nadie tiene la obligatoriedad de aprender otro idioma, cuando aquí en el sistema público chapurreas, al menos, tres hablas. Nuestras calles están llenas de historia y las suyas de números, al igual que sus nombres de pila suelen ser también apellidos y sus políticos han de servir en el ejército antes de dar el salto a la política.
Y el deporte. En Europa la historia deportiva se ha cimentado sobre el fútbol. A su alrededor pivotan multitud de disciplinas, pero ninguna de ellas forma parte del tronco central del deporte estadounidense. Tan solo el baloncesto ha conseguido penetrar en el acervo colectivo de ambos continentes. Pero fútbol americano, béisbol y hockey sobre hielo son elementos extraños para el común de los europeos.
Empero, no es la diferencia de gustos lo que separa a europeos y a estadounidenses. La diferencia radica en la forma de concebir que es el deporte. Podemos identificar hasta tres diferencias fundamentales en torno a dicha concepción: a) aficionados; b) sistema de competición; c) objetivos de los clubes.
A) Aficionados:
En Europa las simpatías tienen una dimensión cultural y geográfica. De lo local a lo nacional y de lo nacional a lo internacional. El conglomerado de ligas regionales, nacionales y europeas certifica y pone en valor los sentimientos de cada forofo. Esta distinción es irreal para un estadounidense. Para ellos el campeón de la NFL, la NBA, o la NHL o la MLB es el campeón del mundo. Solo los Juegos Olímpicos son considerados para los estadounidenses un verdadero test internacional en el que enarbolar la bandera nacional.
La densidad de población de Europa Occidental es enorme lo que unido a un número considerable de países hace fácil el desplazamiento de aficionados para ver a su equipo. Esto convierte un partido fuera de casa en una aventura y crea una identidad cultural social entre los aficionados y su equipo. La inmensidad de Estados Unidos (donde caben hasta 18 Francias) limita al televisor el seguimiento del deporte, por lo que hace poco permeable la identificación con los colores.
B) Sistema de competición:
El deporte europeo se basa en tres tipos de resultados: victoria local, empate y victoria visitante. De igual modo, cuando existe un torneo de eliminatoria directa se establece un sorteo. Dicho sorteo funcionaba como una lotería donde el azar hacía su aparición. Solo en tiempos modernos e, influido por la tendencia estadounidense, se establecieron los condicionantes y los cabezas de serie. Al otro lado del Atlántico toda liga sirve como un proceso de selección natural en el que los mejores se clasifican para un torneo final eliminatorio en el que los cabezas de serie se eligen por el porcentaje de victorias.
En la opinión del que escribe está diferencia radica en el concepto de justicia. Para un europeo el resultado de una liga regular demuestra quien ha sido el mejor a lo largo de un recorrido, Quien ha sido el más fuerte a lo largo de una temporada. Esto implica que los mejores ganarán, pero, por un sentido de justicia y caridad, deben existir otros torneos donde el débil tenga su oportunidad. En las eliminatorias (copas) el azar sirve como balanza de la justicia que demuestra que, aparentemente, todos somos iguales. Es como el pan de los pobres que mantiene la ilusión de la felicidad.
Para un estadounidense no existe sentido de la justicia que pueda hacer creer que los últimos clasificados de una liga merezcan tener alguna opción de victoria. Sin embargo, crean ligas que irremediablemente cuentan con ‘playoffs’ por el título para demostrar que la justicia es igual para todos. Los mejores siempre parten con ventaja, pero deben demostrarlo, tanto a la larga como en las distancias cortas. Aquí el que manda juega con las cartas marcadas, pero siempre tiene que jugar. La justicia es igual para todos. La incertidumbre del resultado, y he aquí el quid de la cuestión, es mayor en el deporte norteamericano, aunque la sensación para el aficionado es que es mayor en el deporte europeo.
C) Objetivos de los clubes:
El objetivo de cualquier club es lograr el éxito. En Europa existe un sistema de ascensos y descensos en el que los fondos económicos se distribuyen en función de la categoría y de forma solidaria entre clubes a través de entes nacionales e internacionales. Trepar en el escalafón, sea como sea, es el objetivo para lograr el éxito deportivo. En Estados Unidos un club es una franquicia, donde un propietario, a través de su dinero, mantiene a su equipo en una liga independientemente de sus resultados deportivos. Todo se basa en la solvencia y en el crecimiento económico, y solo a través de la financiación correcta se puede alcanzar el objetivo deportivo.
Este sistema repercute directamente en los deportistas. En Europa sus sueldos dependen de las vicisitudes de su equipo y son altamente variables. En Estados Unidos dependen de sus méritos deportivos y son intocables tanto a la baja como al alza hasta que vencen sus compromisos contractuales.
Esto lleva directamente a una forma frontalmente distinta de entender la captación del talento.
Fiesta universitaria
— ¿POR QUE LOS DODGERS NO SON EL MADRID NI MESSI ES LEBRON? —
Pocos conocerán a Randy Livingston. Normal. En doce años de carrera profesional jugó en infinidad de equipos. Concretamente en catorce equipos. En alguno de ellos de manera testimonial. Fueron dos los partidos que jugó con los Golden State Warriors y cinco en los que defendió la camiseta de los Chicago Bulls. En los Idaho Stampede de la liga de desarrollo de la NBA llegó a militar en cinco diferentes ocasiones en un espacio de ocho años. Y sin embargo Randy Livingston es un jugador de baloncesto venerado allí donde nació.
Porque en Nueva Orleans, en el estado de Louisiana, Randy Livingston es una leyenda viva. Asistió al instituto Newman de su ciudad natal con cuyo equipo de baloncesto logró el título de mejor jugador de secundaria de Estados Unidos en 1992 y 1993. Después logró una beca deportiva que le permitía ir a cualquier universidad del país. Decidió quedarse en casa y estudiar en la LSU, la Universidad Estatal de Louisiana. Que luego una lesión de rodilla cerciorase su carrera fue del todo inoperante. Randy Livingston es un icono de su comunidad.
Historia parecida es la de Herschel Walker. Nacido en Wrightswille, en el estado de Georgia, Walker compitió en el instituto de su pequeño pueblo donde logró la hazaña de guiar a su colegio a ganar el campeonato estatal de secundaria de fútbol americano en 1979. Al igual que Livingston, Herschel Walker decidió quedarse en casa y apostar por la Universidad de Georgia, donde también fue elegido mejor jugador del país y en 1981 ganó el campeonato universitario de Estados Unidos. Pero a diferencia de Livingston, Walker tuvo una carrera profesional fructífera que le llevó de Nueva Jersey a Dallas y de Dallas a Minneapolis, aunque jamás alcanzó los éxitos que logró como amateur en Georgia. Hoy Walker lucha por ser senador republicano por su Georgia natal.
Viajemos a Europa. Zlatan Ibrahimovic nació en Malmö, la ciudad más meridional de Suecia. De padre bosnio y madre croata, apenas jugó 40 partidos con el club sueco antes de firmar por el Ajax de Ámsterdam. Ahí inició una carrera antológica que le ha llevado a anotar más de 500 goles y a ganar títulos con algunos de los clubes más importantes del mundo, caso del FC Barcelona, el Manchester United, el PSG o las tres grandes escuadras italianas (Inter, Milan y Juve). Ibra es un dios del fútbol. Su carrera profesional es infinitamente superior a la de Walker o Livingston. Pero Ibra no es un dios en Suecia. Nunca ha tenido una actuación relevante con su selección. Es más. Ha renunciado sistemáticamente a defender la camiseta nacional y ha solicitado regresar cuando le ha convenido. Ni siquiera en Malmö es un ídolo. A la estatua de Ibrahimovic que daba la bienvenida a la ciudad de Malmö le fue amputada la nariz y fue tirada al suelo cuando Zlatan decidió entrar en el accionariado del Hammarby IF, club de Estocolmo y tradicional rival del equipo de Malmö. No, definitivamente Ibrahimovic no es un referente para su comunidad.
En Estados Unidos no existen las subvenciones estatales deportivas. Tan solo aportes económicos de la administración local. La economía del país obedece a la ley de la oferta y la demanda, y así funciona su sistema deportivo. Son los colegios los que tratan de captar talento en función de la disciplina, la productividad, el trabajo y el control. No se busca el modelo europeo de ‘fair play’ sino el modelo de excelencia. Ganar por encima de todo. A través de donaciones, publicidad y eventos financian los colegios su estructura académica. Del colegio se pasa al instituto (high school), donde se crea un vínculo con la sociedad. Esos deportistas llevan el nombre del instituto a lo largo del estado (o del país) y dan notoriedad a los mecenas que han llevado a esa institución al éxito.
Esos deportistas son captados por universidades que ofrecen becas deportivas para completar unos estudios que son prohibitivos para buena parte de los estadounidenses. A cambio, la universidad podrá obtener ingentes beneficios gracias a los ingresos televisivos, venta de mercadotecnia o control de derechos de imagen. Hay que tener en cuenta que los partidos universitarios reúnen a miles de espectadores en directo y a millones por televisión. Un entrenador universitario de fútbol americano o de baloncesto gana más dinero que el rector de la universidad.
Los más exitosos de estos atletas pasarán a la rueda del deporte profesional, mientras que la mayoría de ellos acabarán sus licenciaturas y entrarán en el mercado de trabajo. Suceda lo que suceda habrán formado parte de una comunidad. Quizás Michael Jordan sea el deportista más grande de todos los tiempos. Y lo es por sus hazañas con los Chicago Bulls, pero Jordan lo que es, es un ‘Tar Heel’ de la universidad de Carolina del Norte. Allí se formó como persona y como deportista. Fue allí donde decidió vivir una vez retirado y fue allí donde decidió invertir millones de dólares para comprar una franquicia de la NBA y no en el Chicago donde se convirtió en el hombre más famoso del mundo.
No sucede lo mismo en Europa. Aquí el deporte es diversión y formación. Está tutelado por los entes públicos, los cuales construyen los recintos deportivos. La idea es crear buenos hábitos, fomentar el compañerismo y desarrollar las capacidades psicomotrices de los niños. Salvo casos extraordinarios, solo cuando el niño se convierte en adolescente se empieza a pensar en su carrera profesional como deportista.
Y aquí estriba la gran diferencia. Ibrahimovic no jugó para un instituto ni para una universidad. Fue captado por un club privado quien lo formó en sus categorías inferiores y lo convirtió en profesional cuando consideró que estuvo preparado. No existió red de seguridad. Tuvo que escoger entre estudiar o dedicarse al fútbol. En Europa nadie es recordado por los goles que metió en la universidad. Simplemente porque esa opción no existe para el deportista de élite. Tomas el control de tu vida joven, seguramente excesivamente joven, y a cambio eres libre de decidir donde y para quien jugar. Quizás construyas un vínculo con una ciudad y su club de fútbol, pero lo normal es que no eches raíces ni edifiques vínculos e intentes labrarte una carrera de éxito por ti mismo sin tener en cuenta a tu comunidad.
Herschel Walker
Lionel Messi nació en la ciudad argentina de Rosario y se formó en las categorías inferiores de Newell’s Old Boys. Allí estuvo hasta los doce años, por lo que pocos tienen recuerdo de él. Es así porque las categorías inferiores fuera de Estados Unidos son objeto de divertimiento y recuerdo y solo en épocas recientes los datos y las estadísticas han tenido una razón de ser. Es el salto al profesionalismo lo que marca la diferencia en Europa. Es así que Messi se convirtió en profesional con el FC Barcelona a los 16 años. Es en Barcelona donde ha cosechado sus éxitos por todos conocidos y es en la Ciudad Condal donde se ha convertido en una figura imperecedera que traspasa los límites del deporte. Messi es argentino de corazón y de sentimiento y anhela ganar el Mundial con su país para sentirse querido y reconocido por los que lo vieron nacer. Pero por mucho que quiera y por mucho que lo desee Messi jamás será rosarino. Nunca será Maradona. Messi ha sido criado, modelado y tutelado por Can Barça. Messi es patrimonio catalán, a pesar de que nunca ha hablado catalán.
Lebron James nació en un barrio marginal de Akron, suburbio al sur de Cleveland. Estudió en el instituto católico de Saint Vicent y Saint Mary donde sus estadísticas fueron contabilizadas al milímetro y se convirtió en campeón nacional y mejor jugador del país. Declinó declinar formarse en una universidad y dio el salto al profesionalismo a través de los Cleveland Cavaliers. De inmediato se convirtió en el hombre del momento, aunque tuvo que marcharse a Miami para ganar su primer anillo de la NBA. En aquel instante se convirtió en un Judas, pero con el tiempo regresó a Cleveland para hacer campeones por vez primera a los Cavaliers. Hoy Lebron James es una de las pocas figuras deportivas que pueden hacer sombra a Leo Messi a nivel global, pero su impacto a nivel local es inimaginable para el bueno de Leo. Ha construido escuelas, orfanatos o museos en su ciudad natal y, sobre todo, se ha convertido en ejemplo y referente para la comunidad de Akron y de Cleveland, a la que siempre hace referencia en cada una de sus intervenciones públicas.
Al igual que en el caso de Lebron, es habitual que el deportista estadounidense devuelva parte de lo que le fue otorgado por su comunidad. Obviamente el sistema de bienestar europeo hace impensable que sea un mecenas quien tenga que construir una residencia de ancianos o una biblioteca. No solo eso. La existencia de un mecenas es criticable por cierta parte de la sociedad. La necesidad del mecenas en Estados Unidos es reflejo de un sistema social y económico opuesto. Pero en el caso que nos ocupa, la figura del mecenas deportista en Europa es difícil de ver debido a esa inexistencia de vínculos primigenios con la comunidad formativa.
Lebron King Caridad
El Real Madrid fue fundado en 1902. Camino de los 125 años de historia posee el palmarés más exitoso del fútbol mundial y en sus filas han militado alguno de los jugadores más famosos de todos los tiempos. Pero el Real Madrid podría estar un siglo sin ganar título alguno y su fama se mantendría inquebrantable. Su estadio es un museo en movimiento que se mantiene en el corazón de la ciudad desde tiempos pasados y su escudo y su camiseta apenas han sufrido pequeños cambios inapreciables para el aficionado medio. El club, aun profesionalizado y convertido en una empresa multinacional, sigue siendo propiedad de unos socios que con sus críticas y reproches pueden hacer cambiar el devenir de la entidad de una semana para otra. El Real Madrid es un club global, español, pero, sobre todo, es un club madrileño. No se entiende la ciudad de Madrid sin su Real.
Los Ángeles Dodgers son junto a los Yankees de Nueva York el club de béisbol más valioso del mundo. Son el buque insignia de una ciudad de cerca de cuatro millones de habitantes y un área metropolitana de 20 millones. Han ganado siete veces las Series Mundiales y su estadio es el de mayor capacidad del país. Pero los Dodgers no son de Los Ángeles. No lo son porque no son un club, son una franquicia. Los Dodgers nacieron en 1883 en la otra punta del país, concretamente en el barrio neoyorkino de Brooklyn. Allí estuvieron hasta 1957, cuando el propietario decidió trasladar al equipo a California. Por el camino hay títulos en Brooklyn como en Los Ángeles, al igual que los Lakers de la NBA poseen entorchados en Minneapolis como en Los Ángeles. Nadie duda que los Dodgers son el equipo de L.A, pero ni su historia ni si cultura ni, quizás, su futuro, están en la ciudad que vio nacer a Hollywood.
La emoción es una pauta filogénicamente aprendida que se desencadena por un suceso intenso. La pertenencia, la identidad y la identificación con unos valores agravan ese sentimiento. En Europa ser de un club de fútbol es sinónimo de ser habitante de esa ciudad. Las rivalidades entre clubes crean resentimientos entre ciudades, aunque los odios solo ocupen el plano deportivo. Pertenecer a un equipo de fútbol es pertenecer a una secta religiosa con tradiciones centenarias. Implica formar parte de una tradición y un legado en el que por lo general el árbol genealógico ha tomado parte.
De padres a hijos
“En Estados Unidos todo el mundo es de la opinión de que no tiene superiores sociales, ya que todos los hombres son iguales, pero no admitir que tiene inferiores sociales, ya que la doctrina de que todos los hombres son iguales sólo se aplica hacia arriba, y no hacia abajo”. Bertrand Russell.
“El ejemplo de Estados Unidos es absurdo. Si Estados Unidos estuviese en el centro de Europa no resistiría ni dos años la presión del resto de las monarquías”. Napoleón Bonaparte.
Antes de Mbappé existió Ronaldo. Y antes de Ronaldo existió Eusebio. Pero antes de ser Eusebio, Eusebio fue Magagaga. Magagaga era un velocista con recursos para la finta y para el regate y con una capacidad innata para golpear en seco desde cualquier parte del campo rival. Por eso Magagaga dejó Lourenço Marqués a los 18 años para probar fortuna en Lisboa. Con el paso del tiempo Lourenço Marqués pasará a ser Maputo, Mozambique un país independiente y Eusebio será considerado el mejor futbolista africano del siglo XX.
Pero Eusebio no es africano.
En Mozambique a Eusebio se le admira, pero no se le ama.
Eusebio es bandera de Portugal. Eusebio es Patrimonio del Estado.
En la década de 1960 la selección portuguesa de fútbol se hizo un hueco en el panorama internacional con un fútbol hermoso y ofensivo que tuvo su culmen al alcanzar el tercer puesto en el Mundial de Inglaterra. La base de aquel conjunto era el Benfica, bicampeón europeo y hasta tres veces subcampeón en el plazo de ocho años. En aquel conjunto destacaban varios futbolistas nacidos en las colonias portuguesas de África. Titulares eran Costa Pereira y Joaquim Santana, ambos angoleños, así como Mario Coluna y Eusebio, nacidos en Mozambique.
Todo el amor del que carece Eusebio en África es recogido con profusión por Coluna, el capitán y ancla organizativa de aquel Benfica. Una vez Mozambique declaró su independencia en 1975, Mario Coluna regresó a sus orígenes y se convirtió en el primer presidente de la federación nacional de fútbol. Después ostentaría el cargo de ministro de deportes antes de fallecer en 2014, tras cuatro décadas residiendo en Mozambique.
Eusebio estuvo veinte años sin pisar tierras africanas. Ni siquiera acudió al sepelio de su madre. Con un pánico atroz a los aviones y constantes problemas estomacales, evitó siempre que pudo el viaje hasta que se hizo inevitable. Eusebio falleció en Lisboa, apenas seis meses antes que Coluna, y el Gobierno de Portugal declaró tres días de luto oficial.
Eusebio es un icono portugués que trasciende el paso del tiempo.
Eusebio es Patrimonio Nacional.
Coluna (i) y Eusebio (d)
En el verano de 1964 la Juventus de Turín necesitaba dar un golpe de efecto para recobrar la primacía futbolística. Los turineses seguían siendo el equipo más laureado en Italia, pero tanto el AC Milan como el Inter habían ganado la Copa de Europa. Para más escarnio ambos conjuntos contaban con las dos figuras más rutilantes del país; Gianni Rivera en el caso de los rossoneros y Sandro Mazzola en caso de los neroazurros. Hacía falta una estrella para recuperar la primacía. Con Di Stéfano a punto de retirarse y Cruyff aun imberbe, no existía figura igual en Europa que Eusebio da Silva Ferreira.
Eusebio era un torbellino que alteraba con estruendo todo lo que le rodeaba. Con 19 años había tumbado al Madrid a base de latigazos en la Copa de Europa y con 22 discutía a base de goles el trono del rey Pelé. Era el delantero del momento y del futuro porque tenía años y años de dominio por delante. El Calcio vivía su primera edad de oro y cazaba jugadores de otras ligas con la misma suficiencia con la que las vacas cazan moscas con el rabo. Años atrás el Inter había batido todas las marcas al quitarle a Luis Suárez al Barça. La Juventus tiró de chequera y ofreció al Benfica una oferta irrechazable. Lo que se le daba a Eusebio tampoco era ‘pecata minuta’. El delantero portugués cuadriplicaría su sueldo.
Todo Portugal estaba pendiente de la confirmación del acuerdo, cuando Eusebio fue invitado a comer por el primer ministro Antonio de Oliveira Salazar. La oferta era irrechazable, entre otras cosas, porque lo de primer ministro era un eufemismo, ya que Salazar llevaba ejerciendo el poder de forma autoritaria desde hacia tres décadas atrás. Salazar era la cabeza visible de un régimen dictatorial y conservador, rancio, pero no sanguinario. Se sustentaba en lo que se dio en llamar las tres efes (fado, fútbol y Fátima), aunque, curiosamente, Salazar detestaba el fado y le era indiferente el fútbol.
Pero nadie echa tres décadas en la poltrona si no es astuto e inteligente. Apenas Eusebio se había sentado a la mesa que Salazar le espeta: “Usted no puede irse al extranjero. Entienda que usted es Patrimonio del Estado”. Eusebio, joven, pero con arrestos, alza los ojos y replica: “¿Y cómo es que siendo Patrimonio del Estado tengo que pagar impuestos?” Pero Salazar es perro viejo y rechaza la réplica con un una sonrisa y un par de aspavientos y empieza a hablar con él sobre fútbol como si la discusión no tuviera más de sí. Hablaron del Benfica, del sistema de juego de la selección o del Mundial de Inglaterra que iba a celebrarse un par de años más tarde. Eusebio lo pasó de cine, consiguió pagar unos cuantos miles de escudos menos en impuestos y, una vez retirado, rememorará la charla con afecto admirado ante los conocimientos futbolísticos de Salazar.
Como es de suponer Eusebio se quedó en Portugal.
Eusebio y Salazar
Eusebio siguió jugando con los encarnados y exhibiéndose por el Viejo Continente, llegando al cénit de su carrera en 1966 cuando quedó máximo goleador del citado Mundial de Inglaterra eclipsando al mismísimo Pelé. ‘O Rei’ no dudó en considerarlo su sucesor a pesar de que apenas era año y medio menor que él.
Tuvo entonces Eusebio una nueva oportunidad. En este caso era el Internazionale milanés quien apostó por su fichaje. El conjunto dirigido por Helenio Herrera era el mejor equipo del momento, aunque carecía de un delantero de campanillas. Los méritos en aquel Mundial le abrieron las puertas y Salazar dio el visto bueno a su marcha. Eusebio firmó por el Inter, le encontraron casa, pasó reconocimiento médico…y todo se fue al carajo. En ese mismo Mundial Italia hizo el ridículo al caer en la fase de grupos ante Corea del Norte. Los mandamases italianos respondieron al fracaso cerrando la entrada a los futbolistas extranjeros durante más de una década.
Así que la ‘Pantera Negra’ se quedaría en Portugal. Y esta vez sería para siempre. Aunque hubo algún que otro rumor las únicas dos ofertas en firme que tuvo fueron las procedentes de tierras italianas. Eusebio siguió rugiendo, pero sus gritos fueron ahogados con el paso del tiempo. Con su Benfica ganaría el Balón de Oro de 1966 y la Bota de Oro en 1968 y 1973, con 43 y 40 goles respectivamente, pero la gran generación portuguesa envejeció y los recambios no estuvieron a la altura.
Cuando por fin salió de Portugal para jugar en Estados Unidos, Eusebio ya superaba los 33 años. Era 1975 y contaba con seis operaciones en la rodilla izquierda y una en la derecha. Magagaga, aquel hijo de África, es Patrimonio del Estado portugués como lo es la Universidad de Coimbra, el Monasterio de los Jerónimos, la Torre de Belem o el Castillo de Guimarães. Hoy, una estatua suya, apoyado sobre una rodilla, con un balón entre una mano y el suelo y una hoja de laurel elevada al cielo con la otra, adorna la entrada principal del estadio Da Luz de Lisboa.
Por entonces Jair Ventura contaba con 36 años. Estaba de vuelta de todo. De una forma u otra llevaba cinco años deambulando como profesional. Hacía un lustro que no era convocado por la selección brasileña. Cambiaba de club cada año buscando un contrato que le permitiese alargar una carrera que tiempo atrás había sido espectacular. No en vano Jair Ventura Filho ‘Jairzinho’ era uno de los ‘cinco dieces’ que encandilaron al mundo en la espectacular victoria de Brasil en el Mundial de 1970.
Quizás Jairzinho era el más terrenal de los cinco (Pelé, Tostao, Gerson y Rivelino eran los otros fenómenos) pero, escorado en la banda derecha, posiblemente fue el que más a gusto estuvo de los ‘cinco dieces’, porque aceptó de buen grado la posición asignada. Jairzinho había tenido que sustituir a Garrincha tanto con el Botafogo como con Brasil, y eso hace terrenal a cualquiera. Era un huracán que se comía la banda a bocados y que tenía un disparo demencial que convertía a los porteros en mantequilla. Solía pegarse a la línea de cal y, tras una finta, disparar un fastuoso tiro cruzado a pierna cambiada. Jairzinho jugó tres Mundiales (1966, 1970 y 1974) pero sería en el segundo de ellos, el disputado en México, donde se convirtió en una leyenda del fútbol. Anotó siete goles, uno por cada partido contendido en un hecho aún no repetido, incluidos una espectacular carrera llevándose por delante a cuatro defensores checoslovacos o el tercer tanto de la canarinha en el 4-1 de la final ante Italia.
Lejos quedaban aquellas alhajas. A la altura de 1980 Jairzinho buscaba destino. Sería el séptimo en siete años, incluido un paso con más pena que gloria en Francia y viajes a lugares futbolísticamente estrambóticos como Sudáfrica o Venezuela.
Su siguiente destino también sería insólito.
El Club Deportivo Jorge Wilstermann es uno de esos clubes sudamericanos de nombre excéntrico y fuerte arraigo social. El club fue fundado en 1949 en Cochabamba, tierra fértil y de buen comer y cuarta ciudad en número de habitantes de Bolivia. De casaca roja y pantalón azul, el nombre de la escuadra se le debe a un piloto cochabambino hijo de alemán que se graduó como primer aviador del país hasta fallecer en un accidente aéreo tras ser héroe de la Guerra del Chaco. El caso de Wilstermann es similar al de Vasco da Gama, Godoy Cruz o Guillermo Godoy, clubes sudamericanos con nombre que sirve de homenaje a personajes que nada tienen que ver con el balón.
El caso es que Wilstermann poco ara en el planeta fútbol. El fútbol boliviano es un actor de reparto en el fútbol sudamericano y Wilstermann ni siquiera es el primer espada en Bolivia. Al amparo de sus cerca de 4.000 metros de altura es La Paz, la capital económica y política del país, la que da cabida a los dos grandes de Mamallaqta. Son el Club Bolívar y The Strongest. Ambos son cabezas de ratón (nunca han llegado a la final de la Copa Libertadores) pero son los ejes sobre los que gira el fútbol boliviano. The Strongest no sólo es eso. Es un símbolo nacional. Conocido como ‘El Tigre’ por sus colores negro y amarillo, el equipo da nombre a la única batalla ganada por los bolivianos ante los paraguayos en la Guerra del Chaco, donde decenas de jugadores y centenares de socios perdieron la vida en mayo de 1934. En el tercer escalón, como outsider de los grandes, se encuentra Wilstermann, y tras el club de apellido alemán aparecen otros conjuntos como Oriente Petrolero o Club Blooming, todas ellas escuadras desconocidas para cualquier aficionado europeo e incluso irrelevantes para forofos sudamericanos.
CD Jorge Wilstermann
Isaac Nogueira era el representante de Jairzinho. Se trataba de un empresario brasileño que también tenía negocios audiovisuales en Bolivia. Por entonces estaba llevando a varias artistas de su país a la entonces incipiente televisión boliviana. El caso es que aprovechó sus contactos para ofrecer a varios futbolistas brasileños desconocidos al semiprofesional fútbol del país andino. Todos totalmente anónimos, hasta que en ese listado apareció Jairzinho. Parece ser que un tal Joaquim Alencar se comprometió en hacer de intermediario entre Bolívar y Strongest, los Madrid y Barça bolivianos, para ver si estarían interesados en firmar a Jairzinho.
Podría parecer coser y cantar, pero no fue así. Primero se hubo de convencer a Jairzinho. Cobraría poco, pero sería un semidios. Le darían coche y alojamiento y viviría a cuerpo de rey. Podría jugar a medio gas, y aun así marcaría la diferencia. Con pantalón negro y camisa floreada y un espectacular pelo a lo afro arribó al aeropuerto de La Paz tras meses sin tocar un balón. Lo sorprendente es que llegaba a Bolivia con la promesa de firmar un contrato que aún no había sido redactado. Es más, ni siquiera se sabía en que equipo iba a jugar.
Primero se pusieron en contacto con Club Bolívar, pero sin obtener respuesta. El presidente, un tal Mario Mercado, estaba de viaje en Estados Unidos y en tiempos donde no existía la mensajería instantánea no había ni tiempo ni ganas a esperar una vuelta a casa. Luego se acercaron a departir con Jaime Pando, máximo dirigente de The Strongest. Hubo sonrisas, buena comida y buena educación, pero la respuesta fue negativa. Pando consideraba a Jairzinho un viejo fuera de forma.
Los dos mejores clubes del país habían rechazado, o bien por acción o bien por omisión, a todo un campeón del mundo brasileño. Toca el plan C. Toca llamar a la puerta de Wilstermann cuyo presidente, Alfredo Salazar, estaba a punto de presentar su dimisión, lo cual tampoco era de extrañar ya que por entonces el club cambiaba de dirigente prácticamente cada doce meses. Salazar ve el cielo abierto y acepta encantado la oportunidad que se le presenta ante sus ojos.
Jairzinho llegó a Cochabamba ciudad de la que, por supuesto, no sabía nada. A él le habían dicho que jugaría en La Paz y nada sabía de aquella ciudad de provincias (de cerca de millón de habitantes, eso sí). El recibimiento no fue acorde a lo esperado. Salazar podría estar muy contento, pero la prensa cochabambina no era tan entusiasta. Al contrario. Calificaron a Jairzinho de acabado, de viejo, de abuelete, y lamentaron el grave error del presidente. Consideraban que sería incapaz de aguantar el ritmo de los partidos en La Paz o en Potosí, donde los 4.000 metros de altura hacían incapaces a los más expertos futbolistas.
Nada más bajar del avión juega un amistoso ante un equipo brasileño de segunda fila. Se sale. La prensa le da cierto chance. Pasan un par de semanas, y Jairzinho se ejercita, pero poco, prefiere conocer la ciudad en la que le ha tocado vivir. Por entonces la liga boliviana se disputaba de mayo a noviembre. Así que, con algún que otro entrenamiento a medio gas y con la sensación de estar fuera de forma, a Jairzinho le tocó debutar. Y sería en Potosí ante Independiente Unificada. A 4.000 metros de altura, donde la presión del oxígeno es menor y la dificultad para respirar es hercúlea.
Y pasó lo que tenía que pasar. Que Jairzinho era lo mejor que jamás han visto y verán los modestos campos de fútbol bolivianos.
Sin despeinarse marcó un gol en su primer partido. Hubo lleno. Como en el siguiente encuentro. Y el siguiente del siguiente. Anotó un gol. En otro encuentro marcó otro. En otro marcó dos y en otro dio un par de asistencias. O gol o asistencia de Jairzinho, así acababan todos los partidos de Wilstermann. Quedan las fotos y las crónicas, porque la liga boliviana de 1980 no era televisada (existía torneo desde 1950 pero sólo era profesional desde 1977). Pero todo lo que se cuenta de su estancia en tierras andinas es legendario. En cierta ocasión dio tres asistencias de gol en apenas medio tiempo de un encuentro. En otra jornada decidió hacer huelga de brazos caídos alarmado por el horripilante viaje en carretera que tuvo que hacer en el autobús del equipo. Le prometieron viajar en avión y, una vez hubo volado, respondió con gratitud marcando un gol y dejando boquiabierto al respetable con una sarta de regates.
‘El rojo’ es campeón cuando nadie se lo espera y revoluciona todo lo antes conocido en Bolivia. Wilstermann ganó la liga con 22 victorias en 26 partidos y un récord de puntos jamás superado. Jairzinho anotó 17 goles y asistió en incontables ocasiones a sus compañeros entre ellos un tal Gastón Taborga, un chaval de 19 años surgido de la cantera y que con el tiempo se convertirá en emblema del club. Taborga acabará metiendo un póker de tantos en un partido, todos ellos a pase de Jairzinho.
Más alucinante fue la actuación de Jairzinho en la Copa Libertadores de la temporada siguiente. Wilstermann eliminó al Barcelona de Ecuador y a The Strongest para convertirse en el primer equipo boliviano en la historia que llegaba a la ronda semifinal de la Libertadores. Allí nada pudieron hacer ante el Flamengo de Zico, a la postre campeón, pero por entonces Jairzinho ya había abandonado Cochabamba. Había recibido la llamada del Botafogo que estaba atravesando un mal momento. Jairzinho no dudó en aceptar el socorro del club de sus amores donde disputó una última temporada antes de colgar las botas.
Jairzinho fue talento, pero también sonrisa, ingenio y compromiso. No fue a Bolivia a buscar su particular cementerio de elefantes sino a liderar y enseñar a base de generosidad y claridad con el balón. Dejó admiración, recuerdos y ansía de victoria en un grupo de jugadores que repetirían campeonato ya sin Jairzinho en sus filas. Pero Jairzinho lo que dejó sobre todo fue una retahíla de recuerdos imborrables que convirtieron a Cochabamba en una de las ciudades capitales del planeta fútbol durante unos legendarios meses.
Jairzinho
“Jairzinho había aprendido a desmarcarse cuando se buscaba la vida en el arrabal más duro de Rio de Janeiro”. Eduardo Galeano.
Por parte del Real Madrid jugaron: Agustín; García Cortes, García Navajas, Sabido, Camacho; Ángel, Del Bosque, Stielike; Juanito, Santillana y Cunningham. En la segunda parte entró Pineda. Formaron por parte del Liverpool FC: Clemence; Neal, Thompson, Hansen, Alan Kennedy; Lee, McDermott, Souness, Ray Kennedy; Dalglish y Johnson. En la segunda parte entró Case. Esas fueron las alineaciones que ambos conjuntos presentaron en el Parque de los Príncipes de París el 27 de mayo de 1981 con motivo de la final de la Copa de Europa. Para el Real Madrid, entonces hexacampeón, era su primera finalísima en 15 años. Para el Liverpool FC, entonces bicampeón, era su tercera final en un lustro. Los españoles contaban con los hados de la historia. Los ingleses con el favoritismo.
La temporada blanca no auguraba proeza semejante. Al contrario. Hacía estragos el sol del verano cuando en un amistoso en Múnich el FC Bayern le endosa un humillante 9-1 al Real Madrid. Es un amigable, pero escuece como pocas derrotas han escocido antes. Entrena a los merengues Vujadin Boskov, un hombre de verborrea simple, pero autor de algunas de las frases más recordadas de la historia del balompié. A su famoso ‘el fútbol es fútbol’ acuñado para esas acciones de difícil explicación, dejará otra sentencia para los anales al acabar el duelo de Alemania: “Mejor perder un partido por nueve goles, que nueve partidos por un gol”.
Mejor perder un partido por nueve…
Lo cierto es que el fútbol español no da para mucho más. Los setenta son una década horrenda en la que se escapan las clasificaciones para el Mundial de 1970 y 1974. La Liga apenas cuenta con estrellas y se abusa del fútbol de raza y defensivo. Son más famosos fuera de nuestras fronteras los defensas de pelo en pecho (el estereotipo es Goyo Benito) que los jugadores habilidosos. Ingleses, italianos y, esencialmente, alemanes, parecen cazas a reacción con coraza de acero cada vez que vienen a España. Son 13 años sin títulos internacionales desde la Copa de Europa del Real Madrid de 1966 hasta la Recopa del FC Barcelona de 1979. Es, sin duda, la época más oscura del fútbol español, no tanto por los títulos, sino por la sensación de impotencia ante el extranjero.
Y si hay club representativo de la fortaleza de España en Europa ese es el Real Madrid. Desde la consecución de la sexta Copa de Europa en 1966 el Madrid deambula por el continente como alma en pena. Sigue reinando en España, aunque en los 70 su rival vecinal será capaz de discutirle la hegemonía. De hecho, el Atlético alcanzará el subcampeonato europeo en 1974 algo con lo que el Madrid sólo podrá soñar. Más aún cuando a finales de esa década tanto Amancio como Pirri, últimos supervivientes del gran Madrid, se retiren. A la altura de 1980 el siempre resolutivo Santillana y el corazón de Juanito intentan mantener a flote a un grupo de meritorios.
A la pareja citada se unen dos extranjeros. El primero, Uli Stielike, es un internacional alemán de sólida carrera capaz de jugar tanto de libre como en el centro del campo. Sin embargo, al igual que Juanito o Santillana, aun siendo buenos futbolistas no eran para nada estrellas de categoría mundial. El otro foráneo es Laurie Cunningham, el primer jugador de raza negra en ser internacional inglés, una bellísima persona pero que no consiguió destacar sobremanera como extremo. El resto del equipo está formado por meritorios, jugadores de la casa, algunos mejores que los otros, pero la mayoría de ellos futbolistas de perfil bajo que en cualquier otra época no hubiesen pasado de jugar un par de partidos con el Real Madrid.
Buena parte de ellos tenían como apellido García. Es García el más común de los apellidos en lengua castellana. Ser un García es ser un ser desapercibido. Uno entre cientos. Y así eran aquellos meritorios del Real Madrid. Un equipo de desconocidos que todos juntos formaban un ente. Había hasta cinco (García Cortés, García Navajas, García Hernández, García Remón, Pérez García) y junto a otros comunes mortales como Ángel, Pineda, Sabido o Isidro estuvieron a punto de devolverle la grandeza al Real Madrid.
Y así pasaron a la historia. Si hubo un ‘Madrid de Di Stéfano’, un ‘Madrid-Yé-Yé’, una ‘Quinta del Buitre’, un ‘Madrid de los Galácticos’ o un ‘Madrid de Zidane’, también hubo un ‘Madrid de los García’.
En las dos primeras rondas el Madrid elimina con facilidad al Limerick FC irlandés y al Honved de Budapest recordando glorias pasadas. En esta eliminatoria (3-0 de parcial) destaca la actuación de Cunningham, en uno de sus mejores partidos con la camiseta blanca. En cuartos de final el Real Madrid viaja a Moscú para enfrentarse al Spartak. Allí sobrevive al asedio ruso con una actuación estelar de García Remón recordando a aquella de años atrás ante el Dinamo de Kiev que le valió el apodo de ‘Gato de Odesa’. En la vuelta, la entrada de Isidro por Del Bosque en la segunda parte cambiará el signo de la eliminatoria. Isidro batirá en dos ocasiones a Rinat Dassaev para darle a los blancos la clasificación para semifinales. ‘San Isidro goleador’ era un futbolista multidisciplinar al que Boskov colocaba tanto de lateral izquierdo como de delantero con el mismo aceptable rendimiento. Como un Lucas Vázquez de la actualidad, Isidro representaba a ese meritorio que nunca protesta cuando no juega y que siempre rinde cuando se le necesita.
Gol de Isidro
Por el otro lado del cuadro avanzaba el Liverpool FC. A diferencia de lo que le ocurrió al Madrid, la década de los 70 fue gloriosa por los ‘reds’. Desde que el escocés Billy Shankly cogió las riendas del club en 1959 cuando militaba en la segunda categoría inglesa, no hizo más que hacerlo crecer hasta llegar al estrellato europeo. Lo hizo identificando al club con una forma de jugar que se dio en llamar ‘passing Liverpool game’ basada en el juego de toque, muy al contrario de lo que se estilaba en la Inglaterra de entonces donde el ‘kick and run’ (lanzar y correr) formaba parte del ABC del fútbol. Eso, y una comunión casi sagrada con los socios y trabajadores de la ciudad (Shankly fue el que hizo colocar la placa de ‘This is Anfield’ en el túnel de vestuarios para enfervorizar a los suyos y hacer temblar a los visitantes) hizo del Liverpool FC un grande en pocos años.
A Shankly lo sucedió su segundo, Bob Paisley, en 1974. Desde ese año y hasta 1981 el Liverpool FC había sumado 4 Premier, la Copa de la UEFA de 1976 y las Copas de Europa de 1977 y 1978. El esqueleto del equipo estaba formado por el portero Ray Clemence, el lateral derecho Phil Neal, los centrales Alan Hansen y Phil Thompson, el pivote Terry McDermott y, esencialmente, los escoceses Graeme Souness y Kenny Dalglish. El primero era un oso con la delicia de un violinista. Era un ‘box to box’ capaz de morder a ambos lados del campo. El segundo era un estilista, pequeño y pillo, de gran técnica y no excesivamente goleador, pero si capaz de anotar en el momento preciso.
El Liverpool FC elimina en primera ronda al Limerick FC irlandés y al OPS (10-1 en el global) finés antes de jugar en cuartos ante el CSKA Sofía. Allí Souness firmó una actuación memorable con tres goles en una eliminatoria que se resolvió por 6-1 en el global a favor de los ‘reds’. En semifinales tocó el FC Bayern. En Inglaterra el partido acabó sin goles a pesar de las numerosas ocasiones del Liverpool FC. Quedaba la vuelta. Los muniqueses no habían perdido partido alguno en casa durante la temporada. Y así seguiría la cosa. Dalglish se lesionó al poco del inicio, pero el Liverpool FC se las apañó para aguantar el 0-0, hasta que a falta de siete minutos Ray Kennedy anotaba el 0-1. Poco antes del final Rummenigge empataba el encuentro, pero el valor doble de los goles en campo contrario daba el pase a la final a los ingleses.
Ray Kennedy (Liv) y Paul Breitner (Bay)
Al Madrid le tocó en suerte en semifinales el Internazionale milanés. En el Bernabéu los blancos barrieron al Inter con un monumental cabezazo de Santillana y un derechazo de Juanito. En la vuelta, el liderazgo de Stielike y una gran actuación del portero Agustín en su debut europeo darán el pase al Real Madrid a pesar de perder por 1-0. Agustín había debutado semanas atrás tras lesionarse García Remón y sería titular en la primera final de Copa de Europa para el Real Madrid en quince años.
El Madrid llegaba a París con urgencias históricas y también recientes. No hubo Liga ni Copa del Rey. Era todo o nada. El Liverpool FC también había fracasado esa temporada, por lo que sólo la Copa de Europa podía salvar su campaña. Jugarían Dalglish y Alan Kennedy, ambos recientemente recuperados de sus lesiones. Se especulaba con que el emergente Ian Rush sustituiría a Dalglish, pero no fue así. También Cunningham, que volviera a los terrenos de juego diez días antes tras seis meses de lesión, sería de la partida. Arbitraba el húngaro Palotai, quien ya dirigiera la final de 1976 y que es uno de los excepcionales casos de colegiados con notable carrera futbolística en el pasado.
El Liverpool FC dominó el partido y el Real Madrid se dedicó a defender y a salir a la contra. Aun así, las ocasiones fueron escasas, salvó un remate a bocajarro de Souness. En la segunda parte se mantuvo la misma tónica, pero el Madrid estuvo a punto de anotar en una cabalgada de Camacho que se marchó por encima del larguero. Llegó a tener alguna ocasión más, pero fue malgastada por Juanito, quien sería fuertemente criticado al finalizar el partido por exceso de individualismo.
Se llegó así al minuto 81, cuando un error al despejar un saque de banda de García Cortés dejó solo a Agustín ante Alan Kennedy que le fusiló. Los blancos reclamaron que el saque de banda les favorecía y Alan Kennedy acabaría confesando que su intención era centrar y no tirar. Lo cierto que es era el futbolista más tosco de los 22 que había el campo y tal sería su suerte que también anotaría el penalti decisivo en la tanda que en 1984 le daría al Liverpool FC otra Copa de Europa.
El Madrid de los García no pudo alzarse con el título, pero llegar hasta la final habla realmente bien de un grupo que igual era limitado, pero quizás menos de lo que se les atribuía por lo común de los apellidos con los que fueron bautizados. Fue la tercera Copa de Europa del Liverpool FC y un intento perdido para el Real Madrid. La revancha llegaría en 2018 con la consecución de la 13ª Copa de Europa blanca gracias a una prodigiosa chilena de Gareth Bale y una descomunal cantada de Karius. En 2022 toca el desempate.
Conocidos y admirados a partes iguales los Stielike, Del Bosque, Camacho, Juanito, Santillana o Cunningham, recordemos quien eran los García y sus allegados:
Mariano García Remón (1971-1984): Trece temporadas como portero alternando titularidad y suplencia. Es junto a Casillas el único guardameta nacido en Madrid con éxito defendiendo el arco blanco. Sus paradas ante el Dinamo de Kiev le valieron el mote de ‘Gato de Odesa’. Fue efímeramente entrenador del Real Madrid.
Francisco García Hernández (1978-1983): Habitual suplente, era un centrocampista multiusos utilizado con frecuencia por todos sus entrenadores. Canterano y madrileño, tras dejar el Madrid jugó cinco temporadas en el CD Castellón en Segunda División. Tras retirarse fue ojeador de las categorías inferiores merengues.
Rafel García Cortés (1978-1982): Lateral derecho y buen lanzador de faltas, pasó un año cedido en Burgos antes de afianzarse como titular. También madrileño, ganó una Copa del Rey con el Real Zaragoza y se retiró en el Rayo Vallecano a inicios de los 90. En la actualidad forma parte del organigrama de la Fundación Real Madrid.
Antonio García Navajas (1979-1982): Procedente de la cantera del Real Burgos, fue suplente habitual, aunque formó parte de la defensa titular en la final de París. Después militó en el Real Valladolid y en el Rayo Vallecano.
Ángel Pérez García (1979-1982): Lateral izquierdo canterano que saltó a la fama por un descomunal marcaje a Kevin Keegan en semifinales de Copa de Europa de 1980. Sin embargo, se diluyó como un azucarillo y pronto marchó al Elche CF antes de retirarse en el Real Murcia. Fallecido.
Andrés Sabido (1977-1982): El más conocido de los desconocidos. Un defensa de los que primero daban y después preguntaban. Madrileño y canterano, cerró su carrera en el CA Osasuna tras militar en el RCD Mallorca.
Isidro Díaz (1977-1985): ‘San Isidro Goleador’ es una de esas personas que sólo tiene amigos. Defensa, centrocampista, delantero…cumplía siempre que salía desde el banquillo. Nacido en Guijuelo y formado en la cantera merengue se retiró en el Elche CF tras pasar antes por el Racing de Santander.
Ángel de los Santos (1979-1985): A diferencia de los anteriores, el andaluz Ángel llegó al Real Madrid como futbolista consagrado. Tras destacar en la UD Salamanca se hizo fuerte en la sala de máquinas del Real Madrid durante varios años para colgar las botas en el Bernabéu en 1985 ya relegado al ostracismo del banquillo.
Francisco Pineda (1980-1985): También era García, pero no usaba su segundo apellido. Delantero voluntarioso que tras triunfar en el Castilla no lo pudo hacer en el primer equipo. Jugará también en el Real Zaragoza y se retirará en 1990 en el CD Málaga.
Como el caballo de Atila. Así se puede resumir la historia del Real Madrid de Di Stéfano. La historia del Madrid de las cinco Copas de Europa. Aquel huracán blanco arrasó a sus rivales. Sí, hubo eliminatorias igualadas contra el Rapid Viena o el Manchester United y hasta un partido de desempate frente al Atlético de Madrid, pero la sensación de superioridad era manifiesta. Es cierto que en tanto en la primera como en la quinta hubo de remontar goles iniciales del Stade de Reims y del Eintracht respectivamente, empero, salvo en la final de 1957 frente al AC Milan (3-2 en la prórroga), no existió nunca la sensación de que el Real Madrid podía ser batido.
Fueron los años en los que se formó la leyenda del Real Madrid. Una leyenda creada por dos hombres a cada cual con más carácter y más autoridad; Santiago Bernabéu y Alfredo di Stéfano. El primero había sido jugador, entrenador y secretario técnico del Real Madrid cuando el club merengue no podría ni concebir lo que es en la actualidad. Fue Bernabéu el que firmó a Samitier del FC Barcelona (una suerte de Luis Figo) y a Ricardo Zamora, una de las estrellas más rutilantes del mundo en tiempos pretéritos. Tras el fin de la Guerra Civil se empeñó en construir un estadio descomunal en el extrarradio madrileño para la modesta masa social que entonces tenía el conjunto blanco. Mas pronto que tarde ese estadio se bautizará como Santiago Bernabéu y pronto el Real Madrid se convertirá en el club más legendario de Europa.
Alfredo di Stéfano aterrizó en España en 1953. Por entonces el Real Madrid sumaba dos ligas en dos décadas. Con ‘La Saeta Rubia’ sumó ocho en un decenio amen de las cinco primeras Copas de Europa. Es ahí cuando nace el mito del Madrid. Ganar, ganar y volver a ganar, como bien explicó Luis Aragonés, un símbolo, pero un símbolo de la otra parte de Madrid. Ganar por encima de todo, pero siempre con señorío. ¿Y qué es el señorío? El señorío es actuar como Di Stéfano. Correr, encimar, protestar, defender y gritar durante 90 minutos. Ser igual de genio como de perro en el campo. Ser igual de admirado que odiado, pero, al finalizar el encuentro, ni regocijarse por la victoria ni mostrar rencor por la derrota.
Esas han sido las líneas maestras del Real Madrid desde entonces y con ellas se ha hecho grande y respetado hasta la saciedad. Pero la historia del Madrid no ha sido siempre una historia de éxito. Fueron 32 años sin ganar la Copa de Europa. Si el Madrid no llega a sumar la séptima un 20 de mayo de 1998 es probable que no fuese elegido por la FIFA como el mejor club del siglo XX. No hacía mucho que el Spartak de Moscú (1-3) o el desconocido Odense (0-2) habían eliminado al Madrid de Europa en el Bernabéu.
El caso es que hubo un tiempo en el que el Madrid acumulaba fracaso en Europa año tras año. Eso incluye también mancillar el sagrado coliseo de la Avenida de la Castellana. Desde que en 1962 el Real Madrid perdió por primera vez un partido en casa en Copa de Europa (fue ante la Juventus por 0-1) han sido muchos más. Y no hay que retrotraerse demasiado en el tiempo para ver actuaciones desconcertantes y humillantes. Ni siquiera hay que rememorar la década ominosa (2003-2013) en la que el Real Madrid caía una vez y otra vez en octavos de final. En los gloriosos años recientes el Madrid ha perdido en casa ante el Spartak Moscú (0-3), el AFC Ajax (1-4), y esta misma temporada ante el todopoderosísimo Sheriff Tiraspol (1-2).
Así pues, ni el Santiago Bernabéu es intocable ni su leyenda está ligada al Real Madrid victorioso de Alfredo Di Stéfano.
¿De dónde viene entonces la leyenda del Santiago Bernabéu?
Santiago Bernabéu. Año 1970.
En esa longa noite de pedra que vivió el Real Madrid durante más de tres décadas hubo momentos mejores y peores. A los blancos les tocó de cuando en cuando abandonar su tan querida Copa de Europa y arrastrarse por la segunda competición continental, la por entonces Copa de la UEFA. A decir verdad, la UEFA no tendría el prestigio ni la pomposidad de la Copa de Europa, pero su nivel era ciertamente superior. Si a la ‘Champions’ iban solo los campeones ligueros a la UEFA iban el segundo, tercero y cuarto de las ligas más potentes del continente.
Durante dos campañas consecutivas (84/85 y 85/86) el Real Madrid logró alzarse con la Copa de la UEFA. Hoy son dos títulos arrinconados en la sala de trofeos de la Castellana. Por entonces fueron un balón de oxígeno para un club que había perdido el respeto de Europa.
Fue entonces cuando se creó el mito de la indestructibilidad del viejo Chamartín. Cualquier derrota fuera de casa era levantada en el Bernabéu por un pandemónium inexplicable a través de unos futbolistas que, además de manosear con belleza a la pelota, corrían, encimaban, protestaban, defendían y gritaban en comunión con un estadio y con el apoyo y el patrocinio de una camiseta y un escudo predestinado.
Todo empezó con el RSC Anderlecht. Atlético de Madrid, Real Betis, Real Valladolid y Real Madrid. Esos eran los cuatro participantes españoles en la Copa de la UEFA 1984/85. A dieciseisavos de final solo llegaron los merengues. Su rival era el conjunto belga, que contaba con Morten Olsen, Scifo o Vercauteren en sus filas. En ida ganaron con claridad (3-0) y parecía imposible que remontaran. El público acudió escéptico al campo, pero en quince minutos ya iban dos goles y al descanso el Madrid ganaba por 4-0 (Valdano (2), Sanchís y Butragueño). Por entonces el Bernabéu ya era una olla a presión y luego sería un festival cuando el Buitre anote otros dos tantos en la segunda parte para un choque que acabó 6-1.
El nombre de Butragueño había sido coreado por vez primera en el Bernabéu en la eliminatoria anterior. El HNK Rijeka, hoy croata entonces yugoslavo, había vencido por 3-1 en la ida. En la vuelta el marcador al descanso era 0-0. Fue entonces cuando entró al campo Butragueño, por entonces un meritorio suplente de Santillana y Valdano. El madrileño fue el revulsivo para la remontada (3-0), empequeñecida por la que semanas después se perpetró ante el Anderlecht.
‘Revista de Occidente’ es la publicación de divulgación cultural más antigua editada en España. Fundada por Ortega y Gasset, en 2023 cumplirá un siglo de vida, tan solo apagada en las primeras décadas del Franquismo. Es ‘Revista de Occidente’ lugar de filósofos, ensayistas y eruditos, y fue un punto de encuentro político durante la Transición. Bajo ese paraguas académico llegará a escribir un artículo Jorge Valdano. Además de fenomenal delantero (gol incluido en la final de un Mundial), Valdano era, y es, un filósofo del balón. Tras colgar las botas, ha escrito varios libros y ha sido galardonado por sus artículos y su trabajo periodístico. Así entonces, que un futbolista de 31 años escribiese un artículo en ‘Revista de Occidente’ titulado ‘Miedo escénico’ era una rareza en el mundo del fútbol, pero que se torna en corriente conociendo al personaje.
Valdano cogió prestado el término ‘miedo escénico’ acuñado por el escritor colombiano García Márquez en un artículo escrito años atrás hablando sobre los diferentes miedos del ser humano. Márquez consideraba el escénico (hablar en público, relacionarse con los demás, encajar) como el mayor de los miedos. Para Valdano, lo que el Anderlecht había padecido en el Bernabéu era miedo escénico, y lo describía de la siguiente manera: «Cada miércoles europeo, un carnaval a destiempo, ruidoso y orgullosamente disfrazado de blanco, nos espera en nuestro feudo con una confianza casi irresponsable en nuestras posibilidades. Resultados escandalosamente desfavorables fueron superados frente a gloriosos representantes gracias a actuaciones poco menos que milagrosas, pero que son enteramente explicables apelando a elementos que van más allá de lo estrictamente futbolístico. Las razones técnicas, tácticas e incluso físicas que dan a un equipo su fisonomía, que hacen su estilo, responden, en primer lugar, a las peculiaridades de cada jugador y, en segundo término, a las pretensiones del entrenador (…) Pero un equipo es, sobre todo, un estado de ánimo, y el Real Madrid ha sabido cuajar un carácter tan peculiar y cimentado que ha terminado por convertirse marca registrada que el público exige, obligando al jugador, y que se va perpetuando en el tiempo. Así pues, aun entendiendo que los grandes equipos se hacen a partir de grandes jugadores, hay aspectos puramente emocionales de importancia trascendental en el desarrollo de un encuentro futbolístico. Sabemos que el escudo del Real Madrid no tiene el poder de las hadas para hacer ganar sin esfuerzo, capacidad y organización (…) Sacrificio, orden y un. equipo en tecnicolor son atributos indiscutibles de un grupo preparado para las grandes exigencias, que valora y utiliza la confianza de 90.000 entusiasmados deseos que, al mismo tiempo, cuelgan en cada jugador adversario una mochila cargada de inseguridad, timidez y miedo”.
El poeta del balón
El artículo fue acogido con entusiasmo en los mentideros del fútbol. Se había creado el sustrato que iba a sostener como parte del Madrid la magia del Bernabéu y el espíritu de las remontadas. Aún habría algo más. En cuartos el rival era el Tottenham. Aquí la ida tocó en casa. 1-0. Para la vuelta se esperaba una derrota. Se acusaba al Madrid de blandito. Contaba con veteranos como Camacho, Santillana o Stielike, pero también como imberbes como Sanchís o el citado Butragueño. El Tottenham salió a muerte en White Hart Lane. Al descanso el resultado era 0-0, pero era cuestión de tiempo que llegase el gol inglés. No fue así. En el intermedio Amancio, entonces técnico madridista, no dijo nada. Únicamente se bajó los pantalones y enseñó a sus jugadores las cicatrices y marcas de guerra de sus gloriosos años como futbolista.
Nadie se achantó. El Madrid aguantó el 0-0 y se clasificó para semifinales. Eso también es la grandeza del Madrid.
En semis tocaba el Inter. Los italianos eran muy favoritos. En la ida jugada en Italia hay un 2-0 en un horripilante partido madridista. Pero lo peor no fue la derrota. Butragueño acabó tocado y Amancio se acercó a la habitación del Buitre para ver cómo estaba. No había nadie. Pero escuchó jaleo en otra habitación. La sorpresa del técnico coruñés fue mayúscula al ver a Butragueño leyendo un libro mientras Juanito y Lozano intimaban con dos italianas. Habría sanción económica a los dos conquistadores por el escándalo y la injusta destitución de Amancio como técnico merengue. La realidad es que el equipo marchaba mal en la Liga y el núcleo duro (Salguero, Miguel Ángel, Juanito, Stielike, Camacho) lo culpaba de favorecer a los jóvenes.
Se le da las riendas a Luis Molowny, habitual apagafuegos. Toca otra machada. A diferencia del día del RSC Anderlecht ahora el Bernabéu si cree en la remontada. Hay pancartas que hablan del miedo escénico. Era un Bernabéu distinto al actual. Ya tenía la marquesina cubierta instalada un par de años antes con motivo del Mundial de 1982 y había reducido su aforo de los 120.000 espectadores originales a 90.000 para dotar de asientos al estadio. Pero era un Bernabéu donde las calvas eran habituales. Muchas familias se habían alejado del campo por culpa de la televisión (en color -un bombazo-) y por la creciente presencia de ultras detrás de la portería. Además, la instalación de vallas preventivas creaba una barrera de separación entre jugadores y aficionados que no favorecía la comunión del estadio.
Ese día no. Chamartín estaba a rebosar. El Bernabéu amedrentó a los italianos. Santillana en el 12 tras un rechace y luego antes del descanso con otro de sus cabezazos eternos igualaba la eliminatoria. El éxtasis llego al poco de iniciarse la segunda parte cuando un tiro cruzado de Michel bata a Walter Zenga. El público, en pie, gritaba ¡Así, así, así gana el Madrid! Al acabar el choque Collovati atiende a los medios y dice comprender como al Anderlecht le pudieron caer seis.
La final a ida y vuelta fue un paseo ante el Videoton húngaro que sorpresivamente había derrotado en los penaltis al Manchester United. Carlos Santillana ejercía como capitán y levantaba un trofeo tras años de sin sabores en Europa.
UEFA 84/85
A decir verdad, la primera hazaña del Real Madrid en Europa se había producido años atrás. Aun no estaban ni Valdano ni Juanito, pero si Camacho o Santillana. Eran los octavos de final de la Copa de Europa de 1976. El rival el Derby County. Por entonces el favoritismo no era lo abrumador que sería en la actualidad. Al contrario. El Derby County había vencido en la ida por 4-1 con una autoridad aplastante. Jamás el Madrid había remontado hasta entonces una diferencia de tres goles en Europa. Roberto Martínez anotó al poco de empezar a pase de Santillana, pero hubo que esperar a la segunda parte ver un 3-0. El Derby anotó un gol más y en un arreón final Pirri marcó el 4-1 de penalti llevando el partido a la prórroga, donde Santillana hizo el 5-1 que clasificaba al Madrid. Fue el éxtasis, pero fue efímero. El FC Bayern pasó por encima del Madrid en el que fue el último partido europeo de Amancio.
Para la temporada 1985/86 el Real Madrid repetía participación en la UEFA. El Barça había ganado la Liga y jugaría la Copa de Europa. Es un Madrid más fuerte. Ramón Mendoza es el nuevo presidente y firma a Maceda, Gordillo y Hugo Sánchez. Santillana y Juanito pasan a ser suplentes habituales y la ‘Quinta del Buitre’ da el paso definitivo hacia el estrellato. Esa será la primera de las cinco ligas consecutivas que ganará el Madrid. En la UEFA se plantará en octavos junto al Athletic Club que caerá ante el Sporting de Portugal. Al Real Madrid en octavos le toca jugar ante el Borussia Mönchengladbach. Será el primero de otro camino lleno de sobresaltos como visitante y de heroicidades como local.
Se pierde 5-1 en Alemania y el ‘miedo escénico’ debe hacer de nuevo su aparición en el Bernabéu. Un gol de Carlos Santillana en el último minuto desde el suelo y tras infinidad de rechaces, resume la fe, el corazón y los bemoles que dan cuerpo a las remontadas blancas. Antes de eso tocó arrebato y nueva clase magistral de pandemónium. Hay decenas de ataques en oleadas con Maceda ejerciendo de todocampista y con balones de área a área dejando inerte el centro del campo. En el minuto 19 Valdano ya había colocado el 2-0, pero no sería hasta los diez minutos finales cuando Santillana apelase a la épica para firmar el 4-0 definitivo.
Por entonces el ‘miedo escénico’ había calado en el madridismo, pero falta un aquel que llegara al corazón de los madridistas. Era una suerte de evangelio basado en las entrañas de la religión, pero su redacción había estado a cargo de un erudito. No solo Valdano tenía de todo menos pinta de futbolista. Había muchos chicos buenos y hasta a unos cuantos de ellos les dio por sacarse una carrera. Pero en el vestuario también los había de pelo en pecho, de esos que hablaban tanto con el estómago como con la lengua. Estaban Camacho, Maceda o Hugo Sánchez. Y para que el ‘miedo escénico’ llegase a las masas y se quedara en el acervo colectivo del madridismo hacía falta algo más.
Hacía falta que hablara Juanito.
Como Raúl, Juanito pasó por la cantera del Atlético de Madrid antes de convertirse en ‘pope’ blanco. Juan Gómez era un talentoso mediapunta de fuertísimo carácter y profundamente temperamental. Alguien dejó escrito que tenía el demonio de los extremos y, siendo diestro, la sensibilidad de un zurdo. Era un buen futbolista, pero palidecería en el vestuario del Real Madrid actual. Sin embargo, pocos podrán superar a Juanito en amor y lealtad merengue. Nadie representa como él a aquellos que ven en la camiseta del Real Madrid una segunda piel.
El ‘7’ maravilla
En semifinales vuelve a tocar el Inter. En San Siro ganan los italianos por 3-1. Al acabar el choque Juanito se retira con una sonrisa camino de los vestuarios y lanza una boutade para que sea escuchada al mismo tiempo por sus rivales y por la prensa, para que los plumillas se encarguen de difundirla a los cuatro vientos: “90 minuti en el Bernabéu son molto longo”.
Juanito sabía de italiano tanto como yo de arameo. Nada. Cero. Pero la frase resonó como un trueno durante la semana siguiente. Si Valdano había sido el erudito, Juanito había traducido su relato para que fuese entendido por la masa. El ‘miedo escénico’ pasó a ser ‘el espíritu de las remontadas’. Y cuando años más tarde un coche se lleve por delante al genio de Fuengirola, ‘el espíritu de las remontadas’ pasará a ser ‘el espíritu de Juanito’.
El partido fue de escándalo. Al descanso se llegó con 1-0 con gol de Hugo. Luego anotó Gordillo y recortó Brady, hasta que Hugo de penalti puso el 3-1. En la prórroga fue Santillana, suplente casi todo el año, el que anotó dos cabezazos poniendo el 5-1 definitivo y recordando porque años atrás era el mejor rematador de cabeza del mundo.
90 minutos en el Bernabéu habían sido ‘molto longos’, pero en la final la ida tocaba en casa. Fue un vendaval de juego. Una completa exhibición, quizás el mejor encuentro en dos años. Aquí no hubo testosterona, sino clase y calidad. Y hasta hubo remontada porque el FC Colonia se adelantó por medio de Klaus Allofs. Acabaría ganando el Madrid por 5-1 haciendo bueno el 2-0 de la vuelta donde Schumacher, Littbarski y compañía apretaron, pero un par de paradas formidables de Agustín cerraron el partido dándole al Real Madrid su segunda Copa de la UEFA consecutiva.
Siempre gol de Santillana
La temporada siguiente el Real Madrid volvía a la Copa de Europa. Se remontó al Young Boys en dieciseisavos (1-0 en Suiza y 5-0 en España) y al Estrella Roja en cuartos (4-2 en Belgrado y 2-0 en Madrid) pero en semifinales el FC Bayern ejerció de bestia negra y humilló al Madrid con el famoso pisotón de Juanito a Matthäus incluido.
Sería el último choque de Juanito en Europa y sería también el fin de la mística. Habría alguna que otra remontada, especialmente golosa una ante el FC Bayern en tiempos de Raúl, pero ni rastro de la magia del Bernabéu salvó a cuentagotas. No sería hasta esta temporada cuando las animaladas perpetradas por Benzema y compañía ante PSG, Chelsea y Manchester City hagan retraernos a los tiempos del ‘miedo escénico’ y a los del ’90 minuti en el Bernabéu son molto longos’.
Mayo es el mes de los campeones. Las vicisitudes de toda una temporada se resuelven cuando la primavera avanza hacia su esplendor. Tras semanas de alegrías y penas, es por estas fechas cuando el aficionado debe resolver si las unas o las otras son las que quedarán en su imaginario para concluir si ha sido una temporada para el recuerdo o una para el olvido. A veces la tragedia de todo un año se resuelve con un ‘rush’ final apoteósico. En otras ocasiones los gozos semanales se van al traste por una última fecha desventurada. Empero, tras 34, 38, o hasta 42 jornadas, poco se puede objetar sobre la justicia o la injusticia de una tabla clasificatoria.
Así pues, tenemos ya en solfa a varios de esos campeones. Ni siquiera hubo que esperar a mayo para certificar lo que era evidente hace ya unos meses. Es el caso del FC Bayern en Alemania o del Paris Saint Germain en Francia. Es el décimo título consecutivo de los muniqueses en la Bundesliga y el octavo en la última década de los parisinos en la Ligue 1. Rotundo y claro también ha sido el triunfo del Real Madrid en España (a la espera de saber si conecta el interruptor tras tres eliminatorias de pandemónium y logra su 14ª Copa de Europa -pero de eso hablaremos la próxima semana-) o del Porto FC en Portugal, mas en los últimos años han compartido laureles con otros equipos. Lo de muniqueses y parisinos es de una tiranía impropia en unas ligas que se presuponen competitivas y, es de tal autoridad, que no se vislumbra su fin.
Es por ello que me dio por pensar en aquellos equipos que en su día fueron tiranos y que hoy se encuentran en las tinieblas de la historia. Conjuntos que fueron los más grandes, o al menos los más exitosos, y que, o bien no supieron acceder a los nuevos tiempos, o bien fueron superados por otros que hicieron evaporar sus recuerdos. Son grandes campeones ligueros a los que considero adecuado rendir una pequeña remembranza.
Son magnas escuadras hoy perdidas en categorías inhóspitas y olvidadas por el común de los mortales. También los hay que fueron gigantes y que hoy mantienen compostura gracias a su histórico pasado. En la cuna del fútbol, con su vasta historia, hay un buen puñado de casos que referenciar. El más notorio es el del Aston Villa FC, todo un ganador de la Copa de Europa (1982) y el quinto club inglés en número de títulos. Es el Villa un club de élite, de frondoso pasado y buen presente, pero cuyos éxitos se retrotraen a tiempos pretéritos. El conjunto de Birmingham fue el primer gran club inglés, el tirano de la época victoriana. En 1900 sumaba cinco títulos ligueros y tres subcampeonatos en las 12 ediciones disputadas de Liga hasta entonces. Al estallar la I Guerra Mundial contaba con seis ligas y cinco copas y era, de largo, el club más laureado de Gran Bretaña. Hoy es un habitual de la Premier League, pero hace cuatro décadas que no levanta un trofeo.
El gran rival de que aquel Aston Villa era el Sunderland AFC. Hoy a caballo entre la primera y la segunda categoría del fútbol inglés, cuenta con seis ligas en sus vitrinas (las mismas que el Chelsea FC) pero no llega a los cielos desde 1936. Antes de la I Guerra Mundial las ligas inglesas solían ser un mano a mano entre los gatos negros de Sunderland y los villanos de Birmingham. También la I Guerra Mundial cortó la fabulosa trayectoria del Genoa CFC, ganador entre 1898 y 1904 de seis de las primeras siete ligas italianas. El club genovés reverdeció laureles en los años 20 pero desde entonces siempre ha estado a la sombra de la UC Sampdoria con la que mantiene una fuerte rivalidad. El Genoa CFC no gana un trofeo desde 1937.
Otros dos habituales de la Serie A son el Bolonia FC y el Torino FC, ambos conjuntos de renombre, pero ambos con pasado mucho más lustroso que presente. Desde la Emilia-Romaña el Bolonia FC se convirtió en la escuadra triunfadora del Calcio de los años 30. Son siete ligas en total, cuatro de ellas entre 1936 y 1941, así como las Mitropa de 1932 y 1934, una suerte de Copa de Europa de la época. Para la década siguiente el Torino FC cogió el testigo. Con cinco ‘Scudettos’ entre 1943 y 1949 el ‘Grande Torino’ se convirtió en el terror de Europa. Solo la tragedia aérea de Superga pudo acabar con aquel equipo. Desde entonces el dinero de los Agnelli y la FIAT hicieron poderosa a la Juve y dejó al Torino FC instalado como club de provincias.
De provincias también es el Real Unión de Irún, uno de los diez fundadores de la Liga española que no juega en la primera categoría desde 1932. Antes, a la altura de 1927, contaba con cuatro títulos de Copa, tan solo uno menos que el Real Madrid y cuatro veces más que la Real Sociedad, el rival vecinal que acabará fagocitándolo. También de provincias es el Stade de Reims. El club de la capital de la champaña fue dueño y señor del fútbol francés tras el fin de la II Guerra Mundial y hasta inicios de la década de los 60. Desde entonces no sabe lo que es alzar los brazos en señal de victoria. Quizá si Raymond Kopa no hubiese fichado por el Real Madrid y Just Fontaine no se hubiese partido la tibia y el peroné a los 27 años hoy el Stade de Reims sería tan grande como su afamado rival merengue.
En la época del Reims su gran rival era el Racing Club Paris (una liga y cinco copas), hoy un club amateur que nada tiene que ver con el gigante PSG. Pero el gran club francés de siempre es el AS Saint-Ettiene. El rayo verde era, hasta hace nada, la escuadra gala con más títulos ligueros, un total de 10 triunfos acuñados entre 1957 y 1981. A partir de entonces la nada. Ciudad industrial, el declive de Saint Ettiene está ligado al ascenso de la comercial y turística Lyon, situada a apenas 60 kilómetros de distancia.
Y para acabar con este breve repaso, dos contrapuntos procedentes de Alemania. A la altura de 1936 el FC Nuremberg contaba con seis campeonatos teutones. Era un club infinitamente más poderoso que el FC Bayern, su rival regional. Ciudad escogida por los nazis para sus exhibiciones de poder, solo el paso del tiempo ha conseguido eliminar ese estigma, mas su club de fútbol jamás consiguió reverdecer laureles y no gana una Bundesliga desde 1968. Hasta 1958 debemos retroceder para ver la última liga del FC Schalke 04. Tristemente para el club de Gelsenkirchen su época gloriosa va de 1934 a 1942, los años de auge del nazismo. Aún hoy lleva la carga de simpatizante nazi en contraposición a sus encarnizados rivales del Borussia Dortmund, club fundado por un judío gaseado en Auschwitz durante la II Guerra Mundial.
FC Schalke 04 en 1940
Pero como decía antes, todos estos clubes (salvo quizás el Real Unión de Irún y el Racing de Paris) son en la actualidad grandes clubes. No exitosos, pero si grandes clubes, conocidos por la amplia masa futbolera. Los diez que he seleccionado se apartan de este axioma. Fueron tiranos del balón y en la actualidad su fama es inexistente o apenas se huele en el interior de sus fronteras. Estos son, en mi opinión, los diez grandes clubes olvidados de la historia del fútbol:
10. Sheffield Wednesday FC (Inglaterra): A decir verdad, el Wednesday sí que es conocido. De hecho, en los 90 acostumbraba a jugar temporada si y temporada también competición europea. Pero cierra esta lista para hablar también del Sheffield United y del Sheffield FC. Este último, fundado en 1857, es el club de fútbol más antiguo del mundo y lleva más de siglo y medio sobreviviendo como institución amateur. Poco más tarde se fundaron el Wednesday y el United. El primero (cuatro ligas – la última en 1930 -) es el gran club de la ciudad. El segundo (una liga en 1898) puede presumir de tener el estadio en pie más antiguo del planeta. Todos ellos convierten a Sheffield en una de las cunas del balompié, en reflejo de la pujanza de los Midlands ingleses, el lugar donde emergió la Revolución Industrial y con ello ciudades, hoy decadentes y antaño transformadoras, que crecieron a dentelladas a base de carbón, acero…y mucho fútbol.
Sheffield Wednesday FC
9. Royale Union Saint-Gilloise (Bélgica): Ojo. A la hora de escribir estas líneas el recién ascendido Saint-Gilloise está a un paso de ganar la liga belga. No está nada mal para un club que en 2015 estaba en Tercera y que ganó su último campeonato en 1935. En caso de lograrlo sería el duodécimo entorchado, palabras mayores para el tercer club más laureado del país. ¿Qué pasó entonces? El club del extrarradio de Bruselas fue fundado por emigrantes italianos y españoles y se ganó la simpatía de buena parte de la clase trabajadora de la ciudad. Pero tras la II Guerra Mundial, Bruselas se convirtió en ciudad financiera y diplomática atrayendo a inmigrantes altamente cualificados. El RSC Anderlecht, hasta 1945 un equipo menor, pronto se ganó la simpatía de la ciudad, mientras que el Saint Gilloise pasó a ser el club de los acomodados y de la nueva clase dirigente de la ciudad.
Royale Union Saint-Gilloise
8. Budapest Honved FC (Hungría): Aunque mucho más desconocido es el Ujpest Dozsa FC (20 ligas -la última en 1998-), considero relevante hacer una pequeña reseña del Honved FC. Es el equipo de Bozsik, Czibor, Kocsis y, sobre todo, el de Ferenc Puskas. La base de la increíble selección húngara de los 50 que en seis años solo perdió un partido, la fatídica final del Mundial de 1954. El Honved FC es un grande por lo que hizo entonces y por la leyenda de aquellos jugadores, pero lo cierto es que 13 de sus 14 ligas fueron logradas en el siglo XX. El citado Ujpest, el MTK Budapest y, esencialmente el Ferencvaros TC, cuentan con más palmarés y más masa social.
Budapest Honved FC
7. FK Dukla Praga (Chequia): Al igual que le ocurre al Honved FC, los recuerdos del Dukla Praga son vivencias en blanco y negro. El equipo de la horrorosa camiseta kétchup fue fundado por el ejército rojo en 1948. A partir de entonces fueron 11 ligas hasta 1982 gracias a leyendas como Josef Masopust, Balón de Oro en 1962. Tras la desmembración de Checoslovaquia y el fin del apoyo financiero del aparato comunista, el Dukla descendió a categorías amateurs por impagos hasta que en 2012 ascendió a la primera categoría donde intenta mantenerse a la sombra de los dos colosos de la ciudad y del país, el Slavia y el Sparta de Praga.
FK Dukla Praga
6. HVV (Países Bajos): Mucho antes de que los melenudos del Ajax impartiesen cátedra en la década de los 70, el fútbol neerlandés era una minúscula realidad sin interés y atracción más allá de los canales. En aquel primitivo balompié triunfó entre 1890 y 1914 el HVV La Haya, el equipo de la capital administrativa de los Países Bajos y de la justicia europea. Fueron un total de diez ligas y el reconocimiento como el equipo del que es fan la familia real neerlandesa. Desde 1932 no juegan en la máxima categoría y se mantienen vivos como club amateur. Su lugar en la ciudad y en la cima del fútbol holandés lo ocupa el ADO Den Haag (ADO La Haya), un habitual del profesionalismo pero que nunca conseguirá igual el palmarés de sus vecinos.
HVV
5. Dinamo Dresden EV (Alemania): Quien le iba a decir al Dinamo que la Copa de la Reunificación de Alemania que sorprendentemente la ganó al FC Bayern en 1990 iba a ser su último título. Desde entonces el club que dominó con mano de hierro la liga de Alemania del Este ha pasado por una bancarrota y por un continuo peregrinaje por las categorías inferiores del fútbol teutón. Antes, entre 1953 y 1990, el Dinamo había ganado ocho ligas y siete copas, alcanzó unas semifinales de la Copa de la UEFA y dejó para los anales una histórica y fratricida eliminatoria en la Copa de Europa de 1974 ante el FC Bayern saldada por un total en los dos partidos de 7-6 a favor de Beckenbauer y compañía.
Dinamo Dresden EV
4. FC Sochaux (Francia): Cuando Armand Peugeot convierta una aldea en el pueblo con una de las mayores fábricas de coches de Francia hará también que su club de fútbol, fundado en 1928, sea de facto un capo de la liga gala. El músculo financiero de la casa Peugeot hará posible la disputa de la primera liga profesional francesa de fútbol en 1933 y el FC Sochaux pronto se convertirá en un asiduo de los primeros puestos ganando el título en 1934 y 1939. Tras el fin de la II Guerra Mundial, el FC Sochaux se mantuvo en la élite, pero fue incapaz de ganar un nuevo título. Luego la familia Peugeot paulatinamente dejó de interesarse por el fútbol en un proceso que culminó con la venta del club a un multimillonario asiático en 2014.
FC Sochaux
3. Alumni AC (Argentina): Fundado por el escocés Alexander Watson Hutton en 1893, el Alumni AC es toda una institución en Argentina y considerado el equipo más legendario del Rio de la Plata. Hutton fue el que impulsó el ‘passing game’ escocés en Argentina dando pie a un fútbol de toque y regate que pronto llegó también a Uruguay y que haría de estos dos países latinoamericanos las vanguardias del fútbol en la primera mitad del siglo XX. El precursor de este movimiento fastuoso fue el Alumni AC donde convivían argentinos de primera y segunda generación con antepasados británicos. El Alumni AC ganó diez de las primeras doce ligas argentinas (entre 1900 y 1911) hasta que en 1912 decidió disolverse por no aceptar convertirse en un club profesional. Su legado sigue vivo en las camisetas rojiblancas del Club Estudiantes La Plata, cuyos colores rinden homenaje al primer gran campeón sudamericano.
Alumni AC
2. SG Pro Vercelli (Italia): Ente Turín y Milán está Vercelli, un pequeño pueblo medieval dedicado al cultivo de arroz de poco más de 30.000 habitantes. Allí se fundó en 1892 uno de los más grandes clubs que ha parido Italia. Entre 1908 y 1913 el conjunto piamontés ganó cinco ligas y tras la I Guerra Mundial repetiría éxito en 1921 y 1922. Fue tal su popularidad que el Pro Vercelli realizó una gira por Brasil en loor de multitudes. Como ocurrió en tantas y tantas ciudades de provincia europeas, el auge del profesionalismo acabó con el Pro Vercelli ensombrecido por los colosos que al oeste acechaban en Turín y al este en Milán. En el Pro Vercelli jugó Silvio Piola, campeón del mundo y el gran goleador italiano de la preguerra, pero ni él pudo impedir que el equipo descendiese a la Serie B en 1935. A partir de entonces numerosos descensos y varias refundaciones para un equipo que deambula por las categorías menores de una liga que un siglo atrás era suya.
SG Pro Vercelli
1. Preston North End FC (Inglaterra): Es tan vasta y tan rica la historia del fútbol británico que muchos grandes equipos se quedan en el camino. Uno de ellos es el Huddersfield Town AFC que dirigido por Herbert Chapman ganó tres ligas seguidas en los años 20. Es Chapman un hombre que merecerá un artículo por sí mismo como inventor, entre otras muchas cosas, de las retransmisiones televisivas o de los números en las camisetas. Pero el más reseñable de estos conjuntos olvidados es el Preston North End. Tanto Preston como Huddersfield son dos ciudades industriales que vivieron tiempos mejores. A diferencia de lo que sucedió en el resto de Europa, en Inglaterra no fue el amateurismo lo que mató a estos clubes. El profesionalismo existe en Inglaterra desde finales del siglo XIX. Lo que mató a estos clubes fue lo mismo que lo que mató a las ciudades que lo acogieron. El paso del tiempo. Solo aquellas que supieron reinventarse sobrevivieron a la era de la industria pesada. Blackpool, Blackburn, Preston, Wigan, Sheffield o Bradford son todas poblaciones en un radio de 100 kilómetros de nulo interés turístico, bastiones del Brexit y que en la actualidad sobreviven como satélites de las gigantes Liverpool y Manchester.
Los 100.000 habitantes de Preston pueden presumir de que su club de fútbol fue el primer vencedor de la Premier (1888-89). La hazaña se completó con un título de copa (por supuesto el primer doblete de la historia). Repitió galardón al año siguiente y acumuló varios subcampeonatos en años venideros. Llegó a ganar una FA Cup en 1938 y ahí se acabó la mística, porque desde 1960 no ha vuelto a militar en la máxima categoría nacional.
En el verano de 2012 la selección española de fútbol completó un cuatrienio inigualable. Conquistó una segunda Eurocopa consecutiva para añadir al que había sido su primer Mundial. La victoria se fraguó en una redonda final en la que bailaron a Italia por 4-0 en, quizás, el mejor encuentro enarbolado por esa maravillosa generación de futbolistas. Tan magna exhibición fue perpetrada en Kiev, en un histórico estadio cercano al siglo de existencia, pero recientemente remodelado para exhibir la prosperidad y la pujanza de la moderna Ucrania. Se reconstruyó el anillo inferior, se techaron todas las gradas, se creó un palco de lujo y se edificó un hotel de 13 plantas adjudicado a la empresa Sheraton anexo al coliseo.
No fue tarea fácil semejante loor a la modernidad. Ucrania tuvo que organizar la Eurocopa de la mano con Polonia y vencer a Italia en la votación propuesta por la UEFA. Tras apenas dos décadas de existencia como nación independiente, para los ucranianos era una oportunidad única para demostrar al mundo que el comunismo era un asunto del pasado y para implorar a la Unión Europea un puente que les permitiese cruzar a Occidente. Hubo que gastar una ingente cantidad de dinero en acondicionar estadios, construir redes de transporte y crear plazas hoteleras, y hasta varios ministros acabarían dimitiendo ante el cataclismo económico creado por el shock financiero de 2008.
Con todo, la organización fue exitosa y, durante un mes, Ucrania (y Polonia) fueron el centro de Europa. Uno de esos lugares felices en aquel verano fue Donetsk, una ciudad de cerca de millón de habitantes y capital de la región del Donbass, comarca situada al este de Ucrania y de mayoría rusófila. En Donetsk se jugaron tres partidos de la primera fase (incluyendo dos derrotas ucranianas) y el partido de cuartos de final y la semifinal disputada por España ante Francia y Portugal, respectivamente. Era el colofón para un estadio en el que la celebérrima Beyoncé había dado un concierto para inaugurar la nueva era.
Apenas tres años de vida tenía el Donbass Arena, un coloso para 50.000 espectadores que emerge en el interior del parque Lenin, una imponente colección de naturaleza y escultura con reminiscencias del Parque Güell. Erigido como una copia a menor escala del Allianz Arena (como tantos muchos después) consta con un techo ovalado que se camufla con el paisaje y le da aspecto de platillo volante, mucho más acentuado cuando las tinieblas hacen su aparición y el milagro de la luz artificial ilumina la ciudad.
Donbass Arena
Cuando el Donbass Arena se inauguró se cumplían dos décadas de la caída del Muro de Berlín y cerca de nueve decenios desde la muerte de Lenin. El estadio, instalado en el parque bautizado en honor al hombre que hizo carne el ideal comunista, está rodeado por un entorno forestal donde cada árbol conmemora a un miembro fallecido en la Gran Guerra Patriótica. La Guerra Patriótica es como denominan los rusos a la II Guerra Mundial. Concretamente a los años que van desde 1941 a 1945, cuando la URSS y la Alemania Nazi utilicen los ideales y las ambiciones del pueblo para destruir millones de vidas humanas. El otro bienio, el que va de 1939 a 1941, es convenientemente borrado de la historia para hacer desaparecer el pacto de amistad que imperó esos años entre Stalin y Hitler.
Y es que el Donbass es una región eminentemente prorusa. Cuando en 2014 las tropas rusas ocupen Crimea tras la llamada revolución del Euromaidán lo harán certificando la clara división del país. Mientras el oeste de Ucrania vote a favor de los partidos proeuropeos (más del 85%) las regiones del este limítrofes con Rusia (tanto el Donbass como Crimea) apenas apoyarán en un 20% a los candidatos favorables a la integración con la Unión Europea.
Uno de esos ucranianos filorusos era el multimillonario Rinat Ajmetov. Rubio, de nariz aguileña y mirada firme, Ajmetov amasó su fortuna comprando sociedades mineras de la cuenca del Don, y su fama adquiriendo la propiedad del FK Shakhtar Donetsk en 1996. El Shakhtar había sido un equipo irrelevante durante el período soviético y su estatus tampoco hubo de mejorar con la independencia ucraniana. No será hasta 2002 cuando el Shakhtar gane su primera liga.
Rinat Ajmetov
Desde entonces el crecimiento será imparable. El Shakhtar ganará ocho ligas en una década y tocará el cielo al lograr la Copa de la UEFA de 2009 meses antes de la inauguración del Donbass Arena. Lo hará con Mircea Lucescu en el banquillo y con una acertada política de fichajes basada en cazar a jóvenes promesas brasileñas y ofrecerles el escaparate del Shakhtar para progresar en Europa. Fernandinho, Alex Teixeira, Fred, Douglas Costa, William o Luiz Adriano son algunos de los que portaron la zamarra naranja de los mineros del Donbass.
Tras la inauguración del Donbass Arena y la instalación perpetua en la fase de grupos de la Champions League, el objetivo del Shakhtar era asentarse en la élite europea y convertirse en el equipo referencial de Europa del Este. Pero los sueños de grandeza se toparon con la realidad política del país y con una guerra a punto de estallar.
La gloria europea
En 2013 se destapó una serie de escándalos de corrupción que hicieron tambalear a Viktor Yanukovich, presidente ucraniano. El problema de fondo es que Yanukovich era prorruso y había paralizado varios acuerdos económicos y de seguridad con la Unión Europea. Las manifestaciones y protestas fueron aumentando hasta convertirse en disturbios. Será en febrero de 2014 cuando estalle el llamado Euromaidán, una revolución ciudadana que hizo dimitir a Yanukovich, el cual, inmediatamente, buscó cobijo en la vecina Rusia.
El problema es que mientras en Kiev y buena parte de Ucrania Yanukovich era odiado, para los rusófilos del Donbass y de Crimea lo que se había cometido era una traición. Entre los dolidos estaba Rinat Ajmedov que había financiado generosamente las campañas electorales de Yanukovich. Alentado por ese apoyo rusófilo, Vladimir Putin ordenará a las tropas rusas ocupar Crimea y bombardear el Donbass ante la callada por respuesta de Occidente. Las democracias tardarán ocho años en darse cuenta de la realidad de una guerra que ya contaba con cerca de 20.000 muertos.
Desde ese verano de 2014 la vida se paraliza en el Donbass. Ese otoño los jugadores brasileños del Shakhtar aprovechan la disputa de un partido ante el Olympique de Lyon para huir y no volver a Ucrania. Días después dos bombas estallan en la entrada principal del Donbass Arena haciéndolo inservible. Las guerrillas acabarán también con el suministro de energía del estadio y quemando las instalaciones deportivas anexas al recinto.
Al Shakhtar no le quedó más remedio que exiliarse para continuar con su actividad deportiva. El equipo fijo su sede en Kiev. Allí se entrenaba a diario, pero debía desplazarse a Lviv (Leópolis) para jugar sus encuentros como local. Más de 1.000 kilómetros separan a Donetsk de Lviv. Pero la diferencia va más allá del kilometraje. Situada a apenas 70 kilómetros de la frontera polaca, Lviv es la ciudad más proeuropea de Ucrania. Desmoralizado, falto de apoyo en las gradas y con continuos abucheos y desplantes, los resultados del Shakhtar cayeron en picado. En 2017 decidieron mudarse nuevamente, en este caso a Járkov, a unos 45 kilómetros de Rusia y lugar de una de las batallas más inhumanas de la II Guerra Mundial. En Járkov el Shakhtar se encontró con mayores dificultades logísticas, pero con un público más dócil. En esas estaban cuando el Covid-19 hizo su aparición y la plantilla del Shakhtar tuvo que hacer un tercer y último traslado, en este caso a la capital Kiev.
Por entonces Ajmetov había comprendido la peligrosidad de aliarse con los intereses rusos. Por culpa de la guerra en el Donbass había perdido el control de varios de sus activos. Dejó de aparecer en público y optó por un perfil más bajo. Entre bambalinas promovió varios acercamientos entre el gobierno ucraniano y el ruso y, cuando percibió que el acuerdo era inverosímil, decidió apostar fuertemente por Ucrania.
Cuando el 24 de febrero de 2022 comience la ofensiva rusa el Donbass Arena pasará a ser un centro logístico para el ejército ruso. Ajmetov, que en el pasado llegó a financiar un golpe de Estado contra el gobierno ucraniano presidido por Zelenski, declaró que todo su poder financiero estaría enfocado a la ayuda a los desplazados, tanto para ayudar a los refugiados como para conseguir comida o medicamentos para aquellos que decidiesen quedarse en Ucrania, bien por compromiso, o bien por necesidad.
Ajmetov también anunció que se llevaría su poder industrial desde el Donbass hasta Mariupol, y si esta ciudad portuaria también era ocupada, no cejaría hasta encontrar un lugar desde el que seguir combatiendo la ocupación. Ayudó también a que los activos brasileños del club abandonasen Ucrania comprometiéndose a liberarlos de sus relaciones contractuales si lo considerasen necesario.
Ucrania en guerra a finales de febrero de 2022
Hasta trece futbolistas brasileños militaban esta temporada en el Shakhtar Donetsk. El día 24 se reunieron todos ellos en un hotel de Kiev junto a sus familias mientras pedían auxilio al embajador brasileño. Entre ellos estaba Maycon, futbolista carioca de 24 años que llevaba un lustro deambulando de un lado a otro de Ucrania defendiendo los intereses del Shakhtar. El caso más complicado fue el del delantero Junior Moraes que, nacionalizado ucraniano desde 2019, es internacional por su país de adopción. Según la orden del presidente Zelenski ningún varón ucraniano entre 18 y 60 años puede abandonar el país y tiene que estar dispuesto a combatir contra los rusos si es llamado a filas. Moraes tuvo que salir de incógnito por la frontera camino de Moldavia y desde allí tomar un bus hasta Paris y volar hacia la libertad a través del aeropuerto Charles de Gaulle. Para salvaguardar su honor hizo una donación de miles de euros para ayudar a las víctimas de la guerra.
A la hora de escribir estas líneas se antoja inverosímil ver al Shakhtar en la próxima edición de la Copa de Europa. Para los habitantes de Donetsk el concierto del Beyoncé en el Donbass Arena es un recuerdo en blanco y negro. O quizás no. Igual es en un vivida luz de colores que los retrotrae a aquel verano de 2012 cuando España bailó a Italia en la final de una Eurocopa que convirtió a Ucrania por unos días en el centro del planeta y la llevó en volandas a la modernidad y a la prosperidad.
“Con humanidad y democracia nunca han sido liberados los pueblos” Adolf Hitler.
«Crimea, Ucrania y Leningrado. Después, Moscú» Adolf Hitler.
¿Democracia? ¿Creen que quiero para Rusia la democracia que tiene Irak? Vladimir Putin.
«Aquel que no echa de menos a la Unión Soviética es que no tiene corazón» Vladimir Putin.
«La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre con excepción de todos los demás» Winston Churchill.
«Los fascistas del futuro se llamaran a si mismos antifascistas» Winston Churchill.