Copa Intercontinental

Perder para ganar (Barça vs DiBuffala)

Lo de la Kings League se inventó mucho tiempo atrás. Donde Ibai Llanos y Gerard Piqué estaban José María García y Amancio Amaro. Allá por 1977 el fútbol sala se establece en España a través de una liga de exhibición con el fin de obtener réditos para obras benéficas. Todo gira en torno al equipo creado por el periodista y que se dio en llamar Hora XXV en honor al programa que García dirigía en la Cadena SER. La iniciativa tuvo un éxito esplendoroso avalado por la fiebre de construcción de polideportivos por todos los rincones de España. El Hora XXV se convirtió en Interviú por el patrocinio de la célebre revista y con ese nombre ganó la primera liga oficial de la historia. Con el tiempo aquel bebé se convirtió en un gigante que pronto paso a ser conocido como Interviú Boomerang y luego como Inter Movistar. En aquel primer equipo el buque insignia era Amancio Amaro, recientemente retirado del Real Madrid, y que junto al ex del Atlético José Ufarte daba lustre a un deporte semidesconocido.

Porque el fútbol sala nació entre Uruguay y Brasil en algún momento de la década de 1930. Años después los brasileños estandarizan sus reglas, crean competiciones y lo convierten en fenómeno de masas. En 1982 crearon el primer Mundial oficioso de la categoría que ganarían con solvencia, repetirían título en 1985 y, cuando en 1989 se dispute en Ámsterdam el primer Mundial oficial auspiciado por la FIFA, también resultarán vencedores al derrotar a los anfitriones por 2-1.

Digo todo esto porque entrada la década de 1990 el dominio de Brasil en el fútbol sala era atronador. Hoy no es así. A Brasil se le ha subido a las barbas España, Portugal o Argentina. Son todos países donde la técnica y el rápido pensamiento en espacios reducidos es primordial en las escuelas, tanto de fútbol once como de fútbol sala. Mas también países como Rusia, Ucrania o Kazajistán se han especializado en un deporte del que salen beneficiados al jugarse en polideportivos en los que los niños pueden escapar de los rigores del invierno.

Decía que hoy no es así. Al igual que Inglaterra dominó el fútbol con mano de hierro desde su nacimiento hasta entrada la I Guerra Mundial, Brasil dominó el fútbol sala desde sus inicios hasta que el siglo XXI hizo su aparición.

Era así en 1997. El año que nos ocupa. Brasil primero y luego todos los demás.

En 1997 se iba a celebrar la primera Copa Intercontinental de Clubes de la historia. Tendría lugar en Porto Alegre y el Internacional, club local, partía como indiscutible favorito. Si vencer a un club inglés en 1897 era una quimera para cualquier otro club del resto del orbe, lo mismo sucedía ante la posibilidad de vencer a un conjunto brasileño de fútbol sala en 1997. Y mucho menos en su propia casa.

El formato que la FIFA designó era el de dos grupos de cuatro equipos. Los dos primeros de cada grupo se cruzarían en aspas en semifinales para dar lugar a la gran final. En el grupo A estaban el FP Genk (Bélgica), FC Barcelona (España), DiBuffala SC (Estados Unidos) y CA Peñarol (Uruguay). En el grupo B militaban el Boca Juniors (Argentina), Bunga Melatti (Países Bajos), Universidad (Chile) y el archifavorito Internacional de Porto Alegre (Brasil). Lo esperado era una final entre el Barça y el Internacional.

El Barça. Hablemos del Barça de fútbol sala.

Cuando aquello del Interviú se puso en marcha el Barça también quiso formar parte de ello. Si de algo se vanagloria el FC Barcelona es de ser una entidad polideportiva. Y lo es con gran éxito. Compite con laureles y de forma profesional en deportes tan variopintos como fútbol, baloncesto, balonmano, hockey o fútbol sala, donde, entre unos y otros, acumula cerca de medio centenar de entorchados europeos. La región de Cataluña es un hervidero deportivo de primera magnitud y el Barça ha sabido explotarlo en su beneficio con clarividencia y un éxito indiscutible resumido en el famoso eslogan ‘mès que un club’.

Historia -
Barça futsal. Los inicios

Sin embargo en el caso del fútbol sala la cosa costó lo suyo. El Barça formó parte de la primera Liga en 1980 pero al cabo de un par de temporadas el equipo se disolvió. Años después se refundó y se instaló definitivamente en la máxima categoría, aunque siempre ocupando posiciones modestas. Todo cambió cuando en 2006 se hizo profesional la sección. Desde entonces los títulos son habituales. Pero en 1997 el Barça era un paria en este pequeño mundillo.

El caso es que el Barça de fútbol sala podría ser un paria, pero la marca FCB tenía un prestigio centenario que lo avalaba. Por entonces no había Copa de Europa y aquellos que acudieron en marzo de 1997 a Porto Alegre lo hacían por invitación. El FC Barcelona es el FC Barcelona. Y su nombre era respetado. Así que allí se fue la expedición azulgrana en busca de un imposible. El objetivo era quedar campeón de grupo y así evitar al Internacional hasta una hipotética final.

Sucedió entonces lo imposible.

El Internacional (Ulbra por motivos de patrocinio) humilló sucesivamente al Universidad de Chile (16-1) y a Boca Juniors (8-1), pero luego, relajados y con uso y abuso de los suplentes, cayeron de manera inaudita ante el Bunga Melatti (5-7) neerlandés. Los favoritos pasaban a semifinales como segundos de grupo y los europeos como cabezas de serie. Todo lo preestablecido saltaba por los aires.

El Barça había vencido a Peñarol (9-1) y al Genk (4-2). Mientras, el DiBuffala vencía al Genk (3-2) y empataba con el Peñarol (1-1). Quedaba el choque entre españoles y estadounidenses. El Barça contaba con cuatro puntos y el DiBuffala con tres. Al Barça le valía el empate para ser primero de grupo, mientras que al DiBuffala sólo le valía la victoria.

El problema es que nadie quería quedar primero de grupo. Nadie quería enfrentarse al Internacional de Porto Alegre en semifinales.

Lo que iba a suceder a partir de entonces tendría el calificativo de bochornoso.

El partido comenzó con los dos equipos jugando al gato y al ratón. Bailando pasodobles sin entrar a matar. Al poco llegó el gol de falta de los norteamericanos. Digamos que el portero catalán estuvo lento de reflejos por ser generosos. Nadie se escandalizó por su falta de agilidad. En el pabellón el eco era el sonido más característico.

La segunda parte sería mucho más chabacana. No se sabe bien como, pero el Barça logró empatar el partido. Ese resultado lo dejaba como primero de grupo. Y eso no era lo deseado. El Barça tocaba y tocaba en su propio campo ante un rival que no tenía ganas de robar el balón, hasta que a un iluminado se le encendió la bombilla.

Aprovechando un pase hacia atrás, a Juan Silva, portero azulgrana, le dio por salir de su propia portería. Con un sutil gesto de cabeza le suministró el visto bueno a un compañero para que diera un precioso pase a la red que ponía el 1-2 en el marcador. Fue un hermoso y vergonzoso autogol. Pero aún habría más. Aprovechando el shock, el Barça sacó de centro (eran a los que le habían metido el gol). Se toca el balón en el círculo central, se envía un pase atrás hacía la portería defendida por Silva…y la pelota entra mansamente en la red con ayuda incluida del meta catalán. Dos autogoles. 1-3. Y el segundo puesto asegurado.

Indignados ante lo que estaba ocurriendo los futbolistas del DiBuffala iban a tomar cartas en el asunto. ¿Abandonar el pabellón como protesta ante lo sucedido? No. ¿Plantar una denuncia ante la FIFA? Tampoco. ¿Liarse a mamporros contra los futbolistas del Barça? Jamás.

Heridos en su ¿orgullo?, los jugadores del DiBuffala lo tuvieron claro.

Si ellos pueden meterse goles en propia meta, nosotros también podemos.

Acto seguido ocurre lo más bizarro jamás visto en una pista de fútbol. El portero norteamericano intenta pasarle el balón a sus compañeros para que lo introduzcan en su propia portería. Serán incapaces de hacerlo. ¿Por qué? ¡Porque son los propios jugadores del Barça los que impiden que los goles suban a su propio marcador! Las imágenes son grotescas. En un momento dado todos los jugadores están dentro del área del DiBuffala. El portero norteamericano lanza el balón con la mano hacía su propia portería y un futbolista del Barça saca el balón desde la raya. En otra ocasión es el propio Juan Silva el que impide que el portero del DiBuffala se meta un autogol. El meta americano acabará expulsado tras meter dos autogoles con sus propias manos.

El Barça perdió por 1-3 pero ganó la tan ansiada segunda plaza del grupo. Aquello no tuvo excesiva repercusión porque el fútbol sala todavía era un deporte muy minoritario y aquella edición de 1997 aún tenía un carácter experimental. No obstante, aquel choque entre el Barça y el DiBuffala es el epítome de todo aquello que atenta contra los valores del respeto, la competición y el deporte.

Maquiavelo dejó escrito aquello de que cuando el fin es lícito, también lo son los medios. Al Barça le salió bien la jugada. Derrotó al Bunga Melatti en semifinales por 7-5 y alcanzó la final. El DiBuffala cayó estrepitosamente por 0-11 ante el Internacional y lamentaría durante días su nula capacidad de meterse goles en propia puerta.

Por supuesto el Inter de Manoel Tobias (quizás el mejor de todos los tiempos) logró la victoria ante el Barça (4-2) en la final, aunque con más sufrimiento del esperado. El Barça volvió a Europa con un ¿honroso? subcampeonato.

Quizás el karma castigó a los catalanes cuando una serie de catastróficas desdichas tenga su culminación en el descenso a segunda división al final de esa temporada de 1997/98. Y es que también lo dejó escrito Maquiavelo: “Cuando se hace daño a otro es menester hacérselo de tal manera que le sea imposible vengarse”.

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El objetivo primordial de la FIFA es ganar dinero. A través del Mundial obtiene la mayor parte de sus ganancias. Ese es el eje. Pero hay múltiples competiciones. Con la ayuda de ellas se obtienen réditos de derechos audiovisuales, patrocinios, entradas y hospitalidad. También se consigue una buena tajada con la licencia de productos, conocido en el argot como ‘branding’. Y es bueno que la FIFA gane dinero. Sin el dinero no podría llevar al fútbol a todos los rincones del planeta. La FIFA sostiene federaciones minúsculas, protege socialmente a ex futbolistas, construye escuelas y promueve el fútbol femenino.

La FIFA tiene seis hijos. Cuatro son pobres y necesitan a la FIFA para sobrevivir. Son mayoría, por lo que papá FIFA está siempre atento a sus súplicas y necesidades y, a cambio, cuando tiene algún problema sabe que siempre podrá contar con su apoyo. Esos hijos se llaman Concacaf (41 federaciones), CAF (54 federaciones), AFC (47 federaciones) y OFC (14 federaciones). Es decir, África, Norteamérica-Caribe, Asia y Oceanía. Tiene también la FIFA dos hijos rebeldes. Uno es contestario. No tiene muchos posibles, pero sus fieles son legión y su poder entre las masas es fascinante. Ese vástago se llama Conmebol (10 federaciones) y representa a Sudamérica. El otro hijo es rico y poderoso. Su fortuna es igual a la del padre y sueña con tomar las riendas de la empresa familiar para poder gestionarla a su antojo. Ese retoño responde al nombre de UEFA (55 federaciones) y representa a Europa.

Durante un siglo la UEFA y la Conmebol se consideraron dueños del mundo. No sin razón gestionaban el pasado y el presente del fútbol. Allá por 1960 crearon una competición que enfrentase anualmente a los campeones de América y de Europa para dictaminar cual era el mejor equipo del mundo. Era lógico. No había nada comparable fuera de ese marco. Aquel primer trofeo fue logrado por el Real Madrid al derrotar en dos partidos al CA Peñarol. Hubo empate sin goles en Montevideo y en Madrid el Real venció por un claro 5-1. Los merengues se proclamaron campeones de la primera Copa Intercontinental.

La FIFA, que ni pinchaba ni cortaba en ese trofeo, se negó a dar el título de campeón del mundo a los ganadores de la contienda. Era un torneo entre dos confederaciones. Nada más que eso. Aunque para los aficionados el vencedor de la Intercontinental fuese el mejor club del mundo, para la FIFA eso era irrelevante. Despechados, en 1980 la Conmebol y la UEFA firmaron un convenio con la empresa Toyota. La Intercontinental se disputaría a partido único en Japón aumentando considerablemente los premios y los beneficios. Mercedes que, por supuesto, no gestionaría la FIFA.

REAL MADRID Campeón de la Copa Intercontinental 1960
Real Madrid. Intercontinental 1960

Todo cambió a finales del siglo pasado. La FIFA se propuso sustituir la Copa Intercontinental por la Copa Mundial de Clubes de la FIFA. Durante diez días del mes de enero del año 2000 ocho conjuntos lucharían por conseguir el reinado del fútbol global. Estaban los seis campeones de las distintas confederaciones (Manchester United, Vasco de Gama, Necaxa, Al-Nassr, Raja Casablanca y South Melbourne) a los que se añadieron dos conjuntos a mayores para completar ocho escuadras y poder formar dos grupos de cuatro equipos. Los invitados fueron el Real Madrid, al que la FIFA reconoció como mejor club del siglo XX, y el SC Corinthians, por ejercer de anfitrión. Y es que el campeón brasileño tendría que estar presente en un torneo cuya final tendría lugar en el incomparable Maracaná.

El objetivo de la FIFA era eliminar la Intercontinental y ocupar su lugar. La FIFA debe apoyar la expansión del fútbol a nivel global, tanto por una cuestión moral, como política, como monetaria. Pero tanto la UEFA como la Conmebol se negaron a ello. La Copa Intercontinental seguiría en pie. Y así lo hizo. Apenas un mes antes el Manchester United había logrado el título de 1999 y en diciembre del 2000 sería el Boca Juniors el que vencería al Real Madrid. A ojos del gran público ambos conjuntos eran los reales campeones del mundo.

El caso es que la FIFA puso en marcha su Copa del Mundo de Clubes. Y el varapalo fue considerable. El torneo apenas tuvo repercusión fuera de Brasil. United y Madrid jugaron a medio gas y no lograron clasificarse para la final. Los ingleses tan sólo consiguieron vencer al South Melbourne en un duelo intrascendente. Los españoles no lograron disputar la final por diferencia de goles y perdieron el partido por el tercer puesto ante el Necaxa mexicano. El torneo fue ganado por penaltis por el Corinthians ante el Vasco da Gama tras un aburrido empate sin goles. Que el vencedor fuese un equipo invitado no daba demasiada credibilidad al torneo. En aquel Corinthians destacaban Dida, Vampeta, Luizao y un veterano Freddy Rincón.

Campeonato Mundial de Clubes de la FIFA Brasil 2000™
Corinthians 2000

Visto el fiasco, para 2001 la FIFA decidió llevar el torneo al verano. Los grandes clubes europeos habían protestado por lo apretado del calendario. Pero ese no era el problema. Las pérdidas económicas fueron terribles y la FIFA pensó que disputar el torneo a finales de julio, cuando las grandes ligas están paradas, le permitiría obtener la atención de los aficionados.

Así que la FIFA subió la apuesta. Serían 12 los participantes. Se formarían tres grupos de cuatro equipos. Los vencedores y el mejor segundo se enfrentarían en las semifinales. La final tendría lugar en el Santiago Bernabéu. Y es que España sería la anfitriona. La FIFA confió en la ambición de dos hombres. Uno era Florentino Pérez. Recién nombrado presidente del Real Madrid, tenía la intención de convertir al club blanco en una empresa capaz de generar ingresos a nivel global. El otro era Augusto César Lendoiro. Había llevado al modesto RC Deportivo a codearse con los grandes de Europa y soñaba con poder mantener eternamente ese estatus y llevarse un trozo del pastel.

Habrían de participar dos equipos por confederación. Los campeones de todas ellas y un segundo espada también victorioso. Por ejemplo, de la UEFA irían el Real Madrid (campeón de Europa) y el Galatasaray SK (campeón de la Copa de la UEFA). De la Conmebol estaba Boca Juniors (campeón de la Libertadores) y el SD Palmeiras (subcampeón de la Libertadores). A estos había que añadir a Los Ángeles Galaxy y Olimpia de Honduras (Concacaf), Jubilo Iwata y Al-Hilal (AFC) y Zamalek SC y Hearts of Oak (CAF). El representante oceánico sería el Wollongong Wolves australiano. Únicamente se renunció a un segundo club de Oceanía para dar entrada al RC Deportivo, que acudiría como invitado.

En marzo de ese año tuvo lugar el sorteo. El grupo A, liderado por Boca y RC Deportivo, jugaría sus partidos en Riazor (A Coruña) y San Lázaro (Santiago). El grupo B comandado por Palmeiras y Galatasaray, en el Vicente Calderón de Madrid. El grupo C, gobernado por Real Madrid y LA Galaxy, tendría como sede el Santiago Bernabéu. La final se disputaría el 12 de agosto de 2001 en el coliseo blanco.

Jamás llegó a disputarse el torneo. En medio del estallido de la burbuja de las .com y del crack de las televisiones de pago por visión, ningún medio audiovisual pujó por llevarse los derechos de la competición. En mayo quiebra ISL, la empresa que gestiona la organización del torneo. La FIFA pierde 5.500 millones de dólares y tiene un muerto encima de la mesa. Decide indemnizar a los participantes y posponer el torneo hasta el año 2003. En 2003 se pospondría ‘sine die’.

Mientras la Copa Intercontinental sigue con sus andanzas, aunque también está tocada. Desde que en diciembre de 1995 se abrió la libre circulación de jugadores en Europa las plazas para foráneos quedaron en exclusiva para los astros que venían de Sudamérica. Año a año los grandes equipos argentinos y brasileños ven como los adolescentes que formaron siendo niños escapan a Europa donde esperan forjar una próspera carrera. Solo Boca Juniors (2000 y 2003) pudo romper la hegemonía de Europa en un torneo que hasta había perdido interés entre los aficionados japoneses.

En 2005 llegaría el reemplazo. Ahora si la Copa Mundial de Clubes tendría la aceptación de UEFA y Conmebol. Se jugaría en Japón, no habría grupos y el número de partidos sería limitado. Mientras los campeones de otras confederaciones se enfrentan entre sí en rondas previas, tanto el campeón de Europa como el de Sudamérica esperan rival en las semifinales. Se mejoran los premios económicos y el asunto queda zanjado. Sao Paulo FC venció a Al-Ittihad (3-2) y Liverpool FC a Deportivo Saprissa (3-0) para luego luchar por un título que se decantó para los brasileños por 1-0. Hubo que esperar hasta 2010 para ver una final sin representante sudamericano. Aquel año el Internazionale milanés venció por 3-0 al TP Mazembe congoleño. Nunca un equipo europeo ha faltado a una final y desde 2012 no pierden una.

No sería hasta el año 2017 cuando la FIFA consideró a los 25 clubes que ganaron al menos una vez la Copa Intercontinental (1960-2004) como legítimos campeones del mundo. Así pues, en el palmarés conjunto iniciado en 1960 por el Real Madrid encontramos a dos campeones del mundo oficiales para el año 2000. Son Boca Juniors como campeón de la Intercontinental y SC Corinthians como ganador de la primera Copa del Mundo de Clubes.

Quien nunca será campeón del mundo es el RC Deportivo. Para 2001 hubo Copa Mundial de Clubes. Pero solo en nuestra imaginación.

UN DÍA COMO HOY EL DEPORTIVO SOÑÓ CON GANAR EL MUNDIAL DE CLUBS | Onda Cero  Radio
El Mundial que nunca se jugó

“¿Qué es la vida? Toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”. Calderón de la Barca.

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Cuando la Intercontinental era una carnicería

El Mundial de clubes de fútbol no es más que la evolución de un torneo llamado Copa Intercontinental que desde su primera edición en 1960 y hasta la última en 2004 enfrentaba anualmente al campeón de la Copa de Europa con el triunfador en la Copa Libertadores. A medida que el poder económico de los clubes europeos se multiplicaba el torneo fue languideciendo y reduciendo al mínimo las posibilidades de éxito de las escuadras sudamericanas. En todo caso, siempre fue una competición con mayor importancia en el Nuevo Mundo que en la vieja Europa.

La Copa Intercontinental tuvo en la década de 1980 su época de brillantez, cuando se decidió que la final se jugase en Japón a un único partido. Hasta entonces, la competición era de ida y vuelta, formato con cierto éxito pero no exento de polémica. De todos modos, y a pesar de las controversias, el torneo alcanzó prestigio con celeridad hasta que en 1968 apareció en escena el Estudiantes de la Plata y la Copa Intercontinental pasó de ser un torneo de fútbol a ser una carnicería. Una carnicería futbolística.

En 1965 llegó al banquillo del equipo argentino Osvaldo Zubeldia. Se trataba de un técnico innovador que ensayaba las jugadas de estrategia, los saques de esquina a pierna cambiada o el marcaje individual por todo el campo. Realizaba sesiones dobles de trabajo porque su máxima era que con esfuerzo y trabajo se podía conseguir la victoria. Dicen que un día citó a la plantilla a las 4 de la mañana para un entrenamiento y los llevó a una estación de tren para que viesen a toda la marabunta de gente que madrugaba y se sacrificaba para ir a su puesto de trabajo. “¿Veis? -les gritó a todos aquellos privilegiados futbolistas-. Y luego gastarán su mierda de sueldo en ir al estadio para ver ganar a su equipo”.

En aquel equipo destacaban Verón, Bilardo, Pachamé, Flores, Poletti o Aguirre Suárez. Estudiantes no era un grande de América, ni tan siquiera de Argentina, pero reunía un plantel que seguía ciegamente los idearios de su entrenador, de que se podía ganar a base de trabajo. De todo tipo de trabajo.

Las pérdidas de tiempo, las patadas a destiempo o los insultos al rival pasaron a ser tarea cotidiana. Bilardo se hizo famoso por pinchar a los rivales con alfileres en los saques de esquina. Los jugadores se sabían los nombres de las mujeres y de las novias de los rivales y alardeaban de haberse acostado con ellas. Dicen que en una ocasión se pasaron todo el partido llamando “asesino” a un portero que había matado en un accidente de caza a su hermano, hasta que el cancerbero se derrumbó y encajó una ristra de goles.

El caso es que aquel equipo ganó 3 Copas Libertadores consecutivas (1968, 1969 y 1970) por lo que también disputó sendas finales de la Copa Intercontinental. En la primera final, ante el Manchester United, ganaron en la ida y defendieron la renta en el choque de vuelta disputado en Old Trafford. Hubo de todo en ambos encuentros. En la ida, Charlton acabó con una brecha en la cabeza y Bilardo se lió a patadas con Stiles hasta que acabó rompiéndole las gafas. Como sería la cosa que Stiles, considerado en Europa el futbolista sucio por excelencia, acabaría aterrorizado y siendo de los primeros miopes en pasarse a una especie de protolentillas. En la vuelta, los argentinos fueron recibidos con gritos de “¡animals, animals!” y tras múltiples patadas George Best perdió los nervios y acabó siendo expulsado. Al final del encuentro hubo varias peleas en los vestuarios y los argentinos aún saldrían al terreno de juego a hacerse fotos de recuerdo provocando aún más al respetable.

En 1969 el rival fue el AC Milan. La ida se jugó en San Siro donde los rossoneros ganaron con un rotundo 3-0. La vuelta parecía un trámite, pero los jugadores de Estudiantes quisieron morir matando. El partido fue una batalla campal y lo que menos le importaba a Estudiantes era el resultado. Los italianos Prati y Rivera acabaron con fuertes contusiones y éste último confesó que necesitó ayuda psicológica para superar el miedo que pasó aquella noche. Lo peor lo sufrió el argentino Combin, que al militar en el AC Milan fue tildado de judas por los aficionados. Acabó saliendo del campo en camilla tras una fractura de pómulo y nariz. Fue tal la barbarie que los platenses Poletti, Aguirre Suárez y Manero acabaron siendo arrestados y pasarían un mes en calabozos como medida disuasoria para aplacar la indignación de la FIFA y del Gobierno italiano.

El 1970 el Feyenoord viajó a La Plata con la lección aprendida devolviendo golpe tras golpe y arrancando un valioso empate ante unos anonadados argentinos. En la vuelta el Feyenoord ganó, pero Estudiantes sacó a relucir las garras una vez más. Esta vez fue Pachamé el que arrancó y rompió las gafas del defensa holandés van Daele. A pesar de la victoria holandesa la indignación fue tal que en Europa ya se hablaba abiertamente de renunciar a disputar la Copa Intercontinental.

Y así fue. Entre 1971 y 1979 no se celebró el torneo en dos ocasiones (1975 y 1978) y hasta en otras 6 ediciones (1971, 1973, 1974, 1976, 1977 y 1979) el campeón de Europa renunció a participar.

—LOS DUROS AÑOS 70—

En 1971 el Ajax renuncia y su puesto pasa a ser ocupado por el Panathinaikos, subcampeón europeo. La ida se disputó en Grecia y nuevamente el juego duro hizo acto de presencia. Los griegos protestaron ante la FIFA por la violencia empleada por el Nacional que entre otras cosas dejó al griego Tomaras con una doble fractura de tibia y peroné. Las protestas fueron en vano y en la vuelta los uruguayos de Nacional de Montevideo lograron alzarse con el trofeo.

Tras ganarlo todo y asombrar a Europa con su juego, al Ajax no le quedó más remedio que disputar la edición de 1972. Fue ante Independiente de Avellaneda. La ida, jugada en Buenos Aires, tuvo a Cruyff como gran protagonista. Primero anotó un gol a los 5 minutos del inicio y poco después tuvo que abandonar el terreno de juego lesionado tras una brutal entrada de Mircoli. En el descanso, los jugadores del Ajax anunciaron que se volvían a su hotel hartos de aguantar insultos y patadas de los argentinos. Cuentan que hubo gritos y empujones entre directivos, técnicos y futbolistas en los vestuarios, pero finalmente, y con bastante retraso, los holandeses saltaron al campo ante una pitada monumental. Independiente llegaría a empatar el encuentro pero en la vuelta jugada en Ámsterdam, Cruyff y compañía sentaron cátedra con un claro 3-0.

El Ajax volvió a ganar la Copa de Europa en 1973, pero evidentemente no iba a repetir tan funesta experiencia. Tal ‘honor´ fue a parar a la Juventus. Los turineses se negaron a viajar a Argentina y exigieron jugar el partido en campo neutral. Independiente, nuevamente finalista, accedió a regañadientes y salió victorioso en duelo disputado sin mayores incidentes en la poco neutral ciudad italiana de Roma.

La exigencia europea de jugar el choque en un campo neutral pero, por supuesto, en Europa no gustó en Sudamérica, por lo que hubo que volver al doble enfrentamiento. Así que por enésima vez hubo renuncia, en este caso del Bayern de Münich, lo que permitió al Atlético de Madrid ganar la Copa Intercontinental de 1974 derrotando a Independiente.

Parecía que iba a ser costumbre que Europa enviase a la Intercontinental a su subcampeón, pero en 1975 ocurrió lo inimaginable. Ni el Bayern (campeón) ni el Leeds (subcampeón) quisieron jugar el torneo por lo que se tomó la drástica decisión de cancelarlo. El Bayern si accedió a jugar y a ganar la edición de 1976 y no es casualidad que aceptase porque su rival era el Cruzeiro brasileño, primera ocasión en muchos años en la que ningún equipo rioplatense se asomaba en la final del torneo.

Al año siguiente volvió a la final un club argentino y volvieron las renuncias. En este caso fue el Liverpool quien declinó participar dejando su puesto al Borussia Mönchengladbach. El rival era Boca Juniors y por primera vez en décadas un equipo argentino ganaba a uno europeo a base de buen fútbol. Los xeneizes humillaron a los germanos tras una gran lección de fútbol y sin ningún atisbo de violencia ni juego duro.

A pesar de todo, el Liverpool volvió a renunciar en 1978. La UEFA ordenó al subcampeón Brujas participar en la Copa Intercontinental, pero esto fue visto como una ofensa en Argentina. El finalista sudamericano era por segundo año consecutivo Boca Juniors, que auspiciado por su buen fútbol y su buen comportamiento del año anterior, exigía la presencia del Liverpool. Boca estiró la cuerda y finalmente se negó a jugar una final de consolación contra el subcampeón europeo, por lo que al igual que en 1975 se decidió suspender la Copa Intercontinental.

Llegamos así a 1979 cuando el Nottingham Forest se niega a jugar por lo que su lugar pasa a ser ocupado por los suecos del Malmoe. Éstos eran un club muy modesto que habían sido subcampeones de Europa de forma sorpresiva. Del mismo modo, el Olimpia paraguayo se había proclamado campeón de la Libertadores rompiendo todos los pronósticos. Fue una final sin incidentes entre suecos y paraguayos, pero fue también una final insulsa y sin un mínimo de interés con poco más de 5.000 espectadores en las gradas.

Fue entonces cuando la FIFA llegó a un acuerdo con Toyota para disputar la Copa Intercontinental a partido único en Japón en el mes de diciembre de 1980 como colofón al año futbolístico. De este modo, se conseguía una sede neutral aceptada por todos y se abría un melón para que el fútbol de primer nivel llegase a un mercado tan apetecible como el japonés. A partir de entonces la Intercontinental ganó en seriedad y recuperó la esencia que había tenido cuando fue creada en 1960. Luego, en 2004, la FIFA la democratizó por todo el globo, con igualdad de oportunidades en la forma, pero bajo dictadura europea en el fondo.

“No me arrepiento de nada. El fútbol era violento y si había que desestabilizar a un rival para ganar se hacía. Era otra forma de ganar”. Alberto Poletti, portero de Estudiantes de la Plata (1965-1970).

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Benfica 2 – Santos 5

Durante buena parte de la década de 1960 se discutía sobre quien podría rebatirle el trono a Pelé. Tan sólo un futbolista tuvo tal distinción. De hecho, era “O Pelé da Europa”, o “O Pelé de África”, teniendo en cuenta que aunque de nacionalidad portuguesa era nacido en Lourenço Marqués, o lo que es lo mismo, Maputo. De aquella la capital de Mozambique recibía tal nombre en honor del explorador luso que descubrió para Occidente aquellas costas.

El Benfica tenía un equipo tremendo basado en una columna vertebral formada por Germano en el centro de la zaga, el gran capitán Mario Coluna en el mediocampo y una delantera temible en la que destacaban Eusebio y José Aguas, un poderoso ariete (nacido en Angola) que se compenetraba fantásticamente con el mozambiqueño.

Los lisboetas eran bicampeones de Portugal y de Europa y lo habían logrado sin perder ningún partido en casa en esas dos temporadas. En la edición europea de 1962, en la que se habían coronado al derrotar al Real Madrid cinco veces campeón de Di Stéfano, habían vencido en el estadio de Da Luz a Austria Viena (5-1), Nuremberg (6-0) y Tottenham (3-1) sucesivamente.

El Benfica era el equipo de Eusebio, pero ganaba antes de él y ganó después de él. Era la estrella dentro del equipo. El Santos era un muy buen equipo con jugadores de la categoría de Pepe o Coutinho, pero era el Santos de Pelé. Era un equipo circense que se desplegaba en decenas de amistosos todos los años para mayor gloria del astro de Tres Coraçoes. Dependía en exclusiva de “O Rei”.

Por aquel entonces la Copa Intercontinental se disputaba a doble partido. La FIFA no le daba el título de torneo mundial al vencedor porque tan sólo competían los campeones europeos y sudamericanos. No será hasta este siglo cuando esta competición, rebautizada como Mundial de Clubes, gane en democratización pero pierda en competitividad e interés. En el partido de ida disputado en el estadio Vila Belmiro, el Santos derrotó 3-2 al Benfica, pero las sensaciones fueron mucho mejores para los portugueses. Dominaron el encuentro y remontaron el gol de Coutinho para dar la vuelta al marcador con tantos de Santana y del cañonero Eusebio. Pero dos fogonazos de Pelé en los últimos minutos otorgaron una pírrica victoria a los brasileños. El primero fue un golazo por la escuadra y el segundo una exhibición de recursos técnicos que remató con un par de benfiquistas por el suelo.

Pelé estaba en sus años dorados. En cinco partidos consecutivos había anotado 23 goles. Tenía 22 años y aunque su carrera se prolongaría por casi tres lustros más, nunca alcanzó el nivel de excelencia que tuvo a comienzos de esa década. Sin embargo, había un nubarrón que llenaba de niebla su corona. Se acababa de disputar el Mundial de Chile donde Brasil se proclamó campeón con la presencia testimonial de Pelé. Se lesionó en el segundo partido y la prensa (sobre todo la europea) se preguntaba si se le podía considerar el mejor teniendo en cuenta que la canarinha no necesitó de su concurso para triunfar.

El run run tardaría pocos meses en disiparse. El encuentro de vuelta se disputó en Lisboa el 11 de octubre. Las dudas, si alguna vez las hubo o hubiese, pronto se disiparon.

El partido fue precioso con dos equipos volcados al ataque, aunque con diferente tino a la hora de materializar las ocasiones. Al poco de comenzar Pelé hacía el 0-1. Pero lo magnífico sucedió sólo unos minutos después cuando Edson Arantes recibió el balón en el centro del campo y dejo tirados a cuatro defensores para fallar en el último momento una jugada de ensueño. A partir de ahí el partido fue de Pelé, que poco después anotó el 0-2 tras un doble regate y un latigazo al palo de la portería defendida por Costa Pereira.

El recital fue para enmarcar. Dominó el encuentro a su antojo mientras Germano, uno de los mejores centrales de Europa, lo perseguía y era abatido en cada cambio de ritmo. Dispuso de otra fantástica ocasión antes del descanso que arrancó los aplausos de la afición lisboeta que, muy a su pesar, se rendía ante lo evidente.

En la segunda parte el Santos acusó el esfuerzo físico y bajó el ritmo, pero el tempo del partido lo seguía poniendo Pelé que frenaba y aceleraba a su antojo. Al inicio de la segunda mitad Coutinho colocó el 0-3 en el marcador tras dejar Pelé a cinco jugadores en el suelo (incluido a Costa Pereira) y más tarde el propio Pelé hacía el 0-4. Entonces el Benfica tiró de orgullo y a pocos minutos del final redujo distancias con dos goles, uno de ellos del indomable Eusebio, que no estaba dispuesto a irse del encuentro sin dejar su sello. Aún tuvo tiempo Pelé de anotar el hat-trick en el descuento tras un lanzamiento de penalti.

En Sudamérica, exceptuando Argentina –obviamente-, se considera a aquella exhibición del Santos como el partido perfecto. Pepe, un extraordinario extremo izquierdo, sigue diciendo que fue el mejor jugador de aquel partido porque Pelé “vino de Saturno, no cuenta como ser humano”.

Costa Pereira, el legendario portero portugués, concluyó al acabar el encuentro; “Llegué con la esperanza de enfrentarme a un gran jugador, pero me voy convencido de que he sido derrotado por alguien que no es humano, que nació en otro planeta”. Pero quizás, el que mejor definió aquel partido fue José Augusto en una entrevista años después: “Éramos optimistas. Éramos campeones de Europa y contábamos con Eusebio en plena forma, el mejor jugador del momento”. Y luego remata: “Di Stéfano era el más completo, pero Pelé era espectacular, más emocionante. Siempre iba directo hacía el gol. Sólo podías mirar admirado”.

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