Alemania

El milagro de Berna

Hungría, Turquía, Alemania y Corea del Sur. Esa era la composición del grupo B del Mundial de fútbol de 1954. El orden el que se ha escrito. Los cabezas de serie fueron escogidos a dedo por la FIFA. Húngaros y turcos lo eran. Germanos y coreanos eran los parias. Un inciso antes de seguir. El lugar de Turquía estaba pensado para España. Hubo victoria en la ida y derrota en la vuelta y en el desempate no se pasó de la igualada tras prórroga. No hubo cuarto partido y no existían los penaltis. Una mano inocente sacó una bola que llevó a Turquía al Mundial. Sí, han leído bien. Una mano inocente. Un niño italiano para ser más precisos. Franco Gemma era el nombre del bambino. Fin del inciso. Seguimos. El sistema estaba pensado para favorecer a los gallos. Los cabezas de serie no se enfrentaban entre sí, de modo que cada equipo jugaba dos partidos. En caso de empate a puntos se celebraría un desempate. Para Hungría fueron dos entrenamientos. En el primer duelo masacró a Corea del Sur por un 9-0, entonces la mayor goleada en la historia del Mundial. Luego le tocó como rival Alemania.

Y fue otra masacre.

Alemania Federal jugó su primer partido internacional en noviembre de 1950. Alemania era un país partido en dos y apenas contaba con futbolistas profesionales. Tras la II Guerra Mundial los aliados vetaron la presencia teutona en cualquier competición internacional. El nivel de los germanos estaba muy lejos de lo que hoy podríamos imaginar. Vencía en los amistosos ante Luxemburgo, Irlanda, Suiza o Yugoslavia, pero caía, y a veces con estrépito, ante Francia, Inglaterra, Italia o la Unión Soviética. Su balance entre partidos amistosos y clasificatorios para el Mundial en sus cinco primeros años de vida es de 16 triunfos, 3 empates y 11 derrotas.

Hungría era el mejor equipo del mundo. Sumaba 33 partidos consecutivos sin perder, incluyendo un apabullante triunfo en los Juegos Olímpicos de 1952 y el histórico 3-6 ante Inglaterra en Wembley que puso fin al mito de la superioridad inglesa. No sólo eran los triunfos. Era la manera de lograrlos. A través de un 4-2-4 con continuos movimientos, Hungría tenía un portero que jugaba el balón al pie, defensas que armaban y barrían y delanteros que bajaban a recibir el balón al medio campo. Era el fútbol total antes de que existiese el fútbol total. Por entonces era conocido como fútbol socialista, al estar implicados ataque y defensa y ser Hungría dirigida por Gustzav Sebes, un técnico de firmes convicciones políticas. Impactaba la subida de los laterales al ataque, pero, lo más extraño a ojos del rival, era el uso y abuso de Puskás jugando de enganche abandonando su posición de ‘9’ y las salidas al borde del área grande para jugar el balón del portero Gyula Grosics.

La masacre se cimentó en la segunda parte. En el descanso el marcador en Basilea era un decoroso 3-1. Tras el intermedio un huracán devastó a los germanos. El resultado final fue un 8-3, y eso que Alemania marcó un par de goles en los últimos doce minutos que maquillaban ligeramente la derrota. Sandor Kocsis anotó cuatro goles lo que, junto al hat-trick marcado frente a Corea, le hacía llevar siete tantos en dos choques. Ferenc Puskás sumaba tres. Era el mejor jugador del momento. Ese año promediaba entre todas las competiciones la escandalosa cifra de 1,34 goles por encuentro.

Hungría 54 (a la izquierda Puskás)

Quince días después de aquel encuentro Hungría y Alemania repetirían enfrentamiento en la final del Mundial. Los húngaros habían vapuleado a Brasil en cuartos y a Uruguay, vigente campeón, en semifinales. Fueron dos partidos apoteósicos. Ante Brasil el buen juego acabó convirtiéndose en una batalla campal iniciada por los cariocas frustrados ante la derrota. Contra Uruguay tocó jugar una prórroga extenuante. Enfrente las dos mejores selecciones del mundo. La final anticipada. Sería la primera derrota del bicampeón (1930 y 1950) en un Mundial. En el otro lado del cuadro Alemania, quien había eliminado a Turquía en el desempate del grupo B, tuvo fortuna en el sorteo al enfrentarse a Yugoslavia en cuartos. Lo insólito se daría en semifinales con un rotundo triunfo ante Austria (6-1) que sorprendió a propios y a extraños. Con todo, no existía duda alguna que el campeón seria Hungría.

A las 17:00 horas del 4 de julio de 1954 en el estadio Wankdorf de Berna tendría lugar la final del Mundial. Derribado a inicios del siglo XXI para ser levantado en su lugar uno de esos estadios techados y de trazos igual de perfectos que aburridos, el Wankdorfstadion era un campo con personalidad propia. Las 64.000 personas que lo humanizaban se posaban sobre bancos corridos de madera con una única grada cubierta y dos torres marcador en dos córneres que se convirtieron en el símbolo del estadio. Fue tal el éxito que aún hoy forman parte del atrezzo del nuevo Wankdorf rebautizado con el insulso nombre de Stade de Suisse. Lo seña de identidad eran los postes cuadrados que hacían que los disparos que tocaran la madera tuvieran más opciones de salir despedidos fuera de las redes que en los más habituales postes circulares. El Wankdorf acababa de ampliar su capacidad en 15.000 asientos para acoger el Mundial. En su reinauguración había acogido un Suiza-Hungría que finalizó con un 0-9 para los magiares. ¡0-9!

Repetimos. Hungría llegó al Mundial como archifavorito. 27 triunfos y 4 empates en sus últimos 31 encuentros.

Aquel 4 de julio de 1954 la ciudad de Berna amaneció nublosa y lluviosa. Seep Herberger apartó las cortinas de su habitación, echó un ojo por la ventana y sonrió. Sabía que jamás le podría ganar a la invencible Hungría sobre un césped seco y perfectamente cortado. Czibor, Bozsik, Kocsis, Hidegkuti y el gran Ferenc Puskás. Aquello era inabordable para Alemania. Hungría era una trituradora. Sin embargo, Herberger, un viejo zorro que había sobrevivido de pie tras la guerra a pesar de tener carnet del partido nazi desde el lejano 1933, sabía que Alemania sólo podía tener opciones sobre un campo encharcado y pesado que dificultase la circulación de balón.

Y es que Alemania contaba con dos armas para la gran final. La primera era Fritz Walter, el capitán germano. Se trataba de un centrocampista de corte ofensivo que ya entonces sumaba 34 años. Sus mejores años como futbolista y parte de su salud se los había comido la II Guerra Mundial. Paracaidista de la Wehrmacht, pasó dos años en un campo de prisioneros ruso donde contrajo la malaria. Aquello provocaba que cuando el sol y las altas temperaturas hacían su aparición su rendimiento fuese paupérrimo. Cuando el frío y los jarros de agua helada caían sobre sus hombros, Walter danzaba por el campo como uno de los talentos más asombrosos de la Europa futbolística de los 50. En Kaiserlautern, donde jugó 384 partidos y ganó dos ligas, aún hoy se dice ‘Hace un día Fritz Walter’ cuando el frío y la lluvia hacen su aparición.

La otra arma secreta teutona era Adi Dassler. La mente pensante de Adidas había inventado unos tacos atornillados que permitían cambiar de longitud según el agarre que necesitase el futbolista en función de las condiciones del césped. Eran tacos extraíbles de nylon, más largos y apropiados para terrenos de juego resbaladizos. Los germanos aún no los habían usado en el torneo ya que la lluvia no había hecho su aparición. Serán estrenados en la final y su éxito encumbrará a Adidas como factótum deportivo del siglo XX y creará un cisma familiar que acabará con el enfrentamiento de dos hermanos y la creación de Puma para competir con Adidas.

Pero esa es otra historia. Que además ya ha sido contada en este blog.

Las botas de Fritz Walter

La reputación húngara y su favoritísimo era superior al del Brasil del 70 y la admiración popular y su constelación de estrellas semejante al del Madrid de los Galácticos. Al cabo de diez minutos el marcador ya era 0-2 para los magiares. En el segundo Czibor se aprovechó de una indecisión entre el guardameta Turek y el defensa Kohlmeyer para anotar el tanto. El primero fue obra de Puskás tras un golpeo de larga distancia. Puskás estaba de vuelta. Se había lesionado el tobillo en el encuentro de la primera fase ante los germanos tras ser cazado por Werner Liebrich. Regresó para la final tras haberse perdido los cuartos y las semifinales. No estaba en condiciones de jugar y, de hecho, sus dolores serán acuciantes en la segunda mitad. Aun así, cojo, a Puskás le daba para marcar diferencias.

Aquello estaba visto para sentencia. Tenía pinta de masacre. Pero había una diferencia sustancial con el primer partido. Entonces Fritz Walter no había jugado. El termómetro rondaba los treinta grados. Ahora, quince días después, la temperatura había bajado a la mitad. Llovía y Fritz Walter estaba en el campo. Max Morlock recortó distancias en una jugada afortunada instantes después del 0-2 y Helmut Rahn (el mejor futbolista teutón, delantero de tronío de disparo fortísimo) igualaba el partido antes del descanso tras un saque de esquina botado por Walter. Los alemanes no lo sabían, pero había nacido ese espíritu inquebrantable que define a los teutones y que los lleva a ganar decenas de partidos de forma incomprensible.

En la primera fase Alemania jugó al tantarantán un partido que daba por perdido. Hungría estaba exhausta tras unas semifinales con prórroga. Y llovía y llovía y llovía sin parar. A inicios del segundo tiempo el campo ya era un patatal. El agua golpeaba con fuerza los cuerpos de los jugadores y el balón se asemejaba a una roca empapada cuyo golpeo destrozaba el pie de quien osase molestarla. Hungría salió con todo tras el descanso a sabiendas que el depósito de gasolina estaba quedándose seco. Hungría pasa como un avión por encima de Alemania. Un lanzamiento al poste de Kocsis, un paradón de Turek a tiro de Puskás, otro lanzamiento al poste de Hidegukti y otro paradón de Turek a cabezazo de Kocsis.  A base de ganas, orgullo y algo de suerte Alemania sobrevive y se mantiene en pie.

Se estima que en ese momento solo había unas 20.000 televisiones en todo el territorio germano. Los afortunados que vieron lo que iba a suceder y los millones que lo escuchaban por la radio estaban a punto de presenciar un milagro.

Avanzada la segunda mitad jugada a jugada los húngaros resbalaban o tropezaban mientras los teutones se mantenían en pie haciendo de oro a Adi Dassler. El partido pasó a ser un monólogo alemán comandado por Fritz Walter, quien ejercía de director de orquesta mandando pases con los pies y ordenando el resto con su cerebro. Mientras Walter jugaba con mocasines e indiferencia aristocrática, los centrocampistas magiares caminaban de puntillas para evitar resbalar. Más arriba Puskás era una sombra que deambulaba por el campo y que cada dos por tres se llevaba la mano al tobillo buscando un consuelo que no llegaba. Los húngaros eran conscientes que el naufragio estaba próximo.

Corría el minuto 84 de la final cuando Bozsik pierde un balón. Fritz Walter se le pasa a Schäfer quien centra al área y el balón es despejado por la defensa húngara. El balón le llega a Helmut Rahn quien se quita de encima a un húngaro con la derecha y dispara con la izquierda aprovechándose del resbalón de Grosics bajo palos para anotar el 3-2 definitivo.

Herbert Zimmermann, narrador para la radio alemana, entonó un ‘¡Tor, tor, tor!’ (¡Gol, gol, gol!) que según algunas crónicas fue más escuchado que la declaración del fin de la II Guerra Mundial. Los húngaros observaban fascinados lo ocurrido, pero aún les dio para un arreón final en el que un Puskás, visiblemente cojo, anotó el 3-3 que sería anulado por un fuera de juego muy dudoso. No dio tiempo para más. Segundos después finalizaba el partido.

Alemania era campeón mundial.

La racha de Hungría llegaría hasta los 51 encuentros entre 1950 y 1956. Tan sólo perdieron uno. El más importante. Eran tan favoritos que la embajada húngara en Suiza había organizado ya para el día siguiente de la final una gran recepción en honor de los jugadores. Se había invitado a personalidades y periodistas. En Hungría ya se habían impreso sellos especiales y en el estadio Nep de Budapest ya se habían colocado los pedestales para 17 estatuas que homenajearan a los campeones. Nadie podía figurarse que Hungría no se coronase campeón. No perdían desde el 14 de mayo de 1950. Kocsis, máximo goleador del Mundial con 11 tantos, no logró mojar en la final. Puskás no volvería a jugar un Mundial con su país. En 1958 ya estaba en España exiliado tras el aplastamiento soviético de la revolución húngara de dos años atrás.

En Alemania la gente se echó a la calle a cantar el Deutschland über alles, la primera vez que ingentes masas de ciudadanos entonaban el himno alemán en público desde los tiempos del nazismo. Meses después la región del Sarre solicitaba un plebiscito que se resolvía con la reincorporación de la región a Alemania, algo que apenas un par de años atrás se tornaba en imposible. La victoria en el Mundial tuvo un asombroso beneficio político y social. Alemania recuperó la dignidad, dejó de ser un paria y se reintegró en la sociedad recordando el papel clave del deporte en la representación simbólica de cualquier comunidad. La victoria mundialista dotó de vida y orgullo a una nación desolada por la guerra.

El territorio de Alemania había sido dividido arbitrariamente como botín de guerra y su pueblo había sido partido en dos. La identidad nacional era confusa, y el nacionalismo de cualquier tipo estaba prácticamente prohibido. Aun separadas en dos, a aquel Mundial Alemania aún se presentó como única nación (aunque los seleccionados pertenecían en su totalidad a la RFA, de ahí que el titulo sea considerado ‘Occidental’) con jugadores amateurs, falta de fondos y muy lejos del nivel de las potencias futbolísticas del momento. Aquella victoria, bautizada como Das Wunder von Bern (El milagro de Berna) supuso la unión de un pueblo dividido. Son dos los momentos en los cuales la nación germana se estremeció y se unió. Uno de ellos será la caída del Muro de Berlín. El otro lo ocurrido en un campo de fútbol suizo una lluviosa tarde de julio de 1954.

Alemania 1954

“El balón es redondo para los dos equipos”. El seleccionador alemán Sepp Herberger en la charla antes del partido.

“No nos creíamos estar escuchando el himno de la final como para poder imaginarnos que podríamos ganarla”. Helmut Rahn.

«Para cualquiera que hubiera crecido en la miseria de la posguerra, El Milagro de Berna se convirtió en una extraordinaria inspiración. Todo el país recobró la autoestima y de repente volvíamos a ser alguien». Franz Beckenbauer, dos veces Balón de Oro y por entonces un niño de nueve años.

“De repente nos dormimos. Cuando despertamos estábamos perdiendo por 3-2”. Ferenc Puskás.

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Panenka

Hay una abundante literatura y articulista deportiva acerca del penalti de Panenka. No creo necesario explicar que es un penalti a lo Panenka. Hasta mi esposa, que escapa del fútbol como el sol de la noche, sabe que es un disparo un tanto ridículo que de cuando en cuando hace Sergio Ramos. Es tan famoso ese retazo de detonación que su fama incluso ha llegado al mundo del coaching motivacional. Existe un libro aclamado de marketing y comunicación personal que se titula El penalti de Panenka, y utiliza aquel gol calificado por Pelé como “la obra de alguien que solo puede ser un genio o estar loco” para dar las claves a la hora de triunfar en los negocios.

El libro considera a Antonín Panenka un ejemplo de creatividad aplicada con éxito en su negocio. Grosso modo saca cinco conclusiones válidas para cualquier profesión:

1. Hay que trabajar: Panenka llevaba meses practicando el lanzamiento en los entrenamientos y se preparó para ejecutarlo en el momento adecuado. Demostró frialdad y precisión para ridiculizar a Sepp Maier, el mejor portero del momento.

2. Cuestionemos siempre las cosas: Lo más fácil es seguir igual. Siempre hay que estar alerta y desconfiar de lo que nos dicen. Nadie hubiese considerado inteligente lanzar un penalti con un toque suave, elevado, por el centro de la portería.

3. Debemos estar preparados para las críticas: Panenka ensayaba en los entrenamientos frente a Ivo Viktor, guardameta de la selección checoslovaca. Como entretenimiento estaba muy bien, pero Viktor le había amenazado con retirarle la palabra si se atrevía a lanzar una pena máxima como lo hacía durante el adiestramiento.

4. La creatividad es rentable: Fue un gol que, como tantos otros, dio un triunfo en una tanda de penaltis, pero no era un lanzamiento a vida o muerte. Checoslovaquia ganaba 4-3 en la tanda por lo que de fallar aun habría opción de victoria para los bohemios. Pero ese disparo cautivó al mundo y pasó a la posteridad con mucha más relevancia que la victoria. La fama de Panenka es eterna.

5. Surgirán imitadores: Si tienes éxito y eres creativo crearás una marca que será imitada. Desde entonces cientos de futbolistas ejecutan las penas máximas al estilo Panenka.

Panenka

Antonín Panenka no era rápido ni agresivo, era creativo. Hizo algo irreverente e insólito. Aquel centrocampista que jugaba en el Bohemians de Praga hizo honor al nombre del club en el que pasó la mayor parte de su carrera obligado por un régimen comunista que le impidió aceptar las ofertas que le llegaron de Occidente. Panenka es un penalti. Lo es por su gracia y también a su pesar. “Me siento muy orgulloso de ser inventor de algo, pero también me siento preso por ese penalti”, dijo en cierta ocasión Panenka para una revista homónima.

A decir verdad, lo de Panenka no fue nada sorprendente. Llevaba un par de años apostando cervezas y tabletas de chocolate con Zdenek Hruska, arquero y compañero de equipo en el Bohemians, tras los entrenamientos. De las apuestas se pasó a los amistosos y de los amigables a los encuentros de la liga checoslovaca. Panenka calcula que lanzaría unos 30 penaltis con su peculiar estilo y que tan sólo una vez el portero logró adivinar sus intenciones. Pero eran tiempos de agendas y bolígrafos no de redes sociales y plataformas televisivas. La locura de Panenka no tenía un altavoz que lo hiciese universal.

La oportunidad le llegó en 1976 a los 27 años. Checoslovaquia se había clasificado meritoriamente para una fase final de la Eurocopa que por entonces estaba reservada para tan sólo cuatro equipos. Aquella Eurocopa estaba destinada a un postrero duelo entre Cruyff y Beckenbauer. Sería la última oportunidad del genio neerlandés y de muchos de su grupo de locos melenudos de convertir en un título su fastuoso fútbol total. Para la RFA, con sus mitos superando la treintena, era el fin de fiesta a un ciclo que los había coronado como campeones mundiales un par de años antes. Los teutones pasaron con trompicones a la final tras deshacerse de Yugoslavia. Los naranjas contaban con hacer lo mismo, pero cayeron en la prórroga ante Checoslovaquia. La sorpresa fue mayúscula. Los centroeuropeos contaban con Viktor, Ondrus, Nehoda, y especialmente con un fino estilista desconocido en Occidente. Un trescuartista llamado Antonín Panenka.

Si tocaba lanzar un penalti Panenka tenía decidido que esa Eurocopa sería el lugar indicado para hacerlo. Confesaría que estaba deseando llegar a los penaltis contra Países Bajos para poner en práctica su método revolucionario, por lo que a pesar de la victoria el desenlace tuvo un punto de decepción para el bigotudo centrocampista. Quiso el destino que la final tuviese un guion parecido al de la semifinal. Checoslovaquia se adelantó pronto y, aunque Alemania recortó al descanso, los checos vencían por 2-1. Como de costumbre los teutones iban a trompicones y como siempre pusieron el rodillo a funcionar doblegando a Viktor tras innumerables intentos gracias a un gol en el minuto 89 del marrullero Hölzenbein. Como en la semifinal tocaba prórroga.

En esta ocasión Panenka vio cumplido su deseo y tras otra media hora de dominio alemán el partido se iba a decidir en la tanda de penaltis. Panenka inmediatamente pidió lanzar el quinto de la tanda convencido de que su lugar estaba en el Olimpo.

El método del punto fatídico sustituía al mucho más cruel del lanzamiento de moneda que aún estuvo vigente en las competiciones internacionales hasta 1969. Checoslovaquia comenzó lanzando y acertando. Las transformaciones irían dándose hasta que en el cuarto intento le toque al alemán Uli Hoeness. No quería tirarlo. Mandó el balón al cielo de Belgrado. Panenka pondría en marcha su idea con red de seguridad sabiendo que de fallar el quinto y definitivo penalti Checoslovaquia aun seguiría por delante.

El silbato suena. Pequeña carrerilla. Antonín avanza. Maier dobla las rodillas hacía su izquierda. Panenka acaricia el balón. Su bota atrapa el esférico como cuchara en plato de sopa. En lugar de sacar un cañonazo de sus botas Panenka orientó su cuerpo hacia la derecha y lanzó un balón bombeado por el centro de la portería. Con un ligero toque el esférico realizó una parábola que se dirigía lentamente al centro de la portería. Maier, tirado en el césped, observaba incrédulo lo fácil que habría sido pararla. El balón no había llegado a la red cuando Antonín levantó los brazos. Sabía que sería gol. Lo sabía mucho antes de haber lanzado. Había pasado a la historia.

Fue un gol de truhan. Un gol de poeta. No es solo la caricia del golpeo. Es el golpe de cadera. La ojeada al firmamento. El espasmo, el gesto, la mirada que engaña al portero. Si Panenka hubiese fallado ese penalti hubiese sido tildado de tonto en Occidente. De traidor a la patria más allá del Telón de Acero. Sí, Pelé tenía razón, pero por partida doble. Panenka era igual de genio que de loco.

Media Europa trató de llevarse a aquel equipo por la vertiente capitalista de la vida, pero no hubo manera. A Panenka le dejaron marchar a los 32 años en la cuesta abajo de su carrera. Jugó cuatro años en el Rapid de Viena donde pudo ganar dinero y hasta un par de títulos, así como alcanzar una más que meritoria final de la Recopa de Europa.

Panenka sólo volvió a tirar un penalti suave con parábola una vez más. Fue tres años más tarde del archifamoso y también lo fue vistiendo la camiseta de Checoslovaquia. El rival era Francia y el partido clasificatorio para la Eurocopa de 1980. Panenka usó otra vez el guante de terciopelo para engatusar a Dominique Dropsy, meta francés.

Son tan sólo once metros. Once metros de responsabilidad donde el lanzador no tiene nada que ganar. Para el portero es todo vencer. Si no lo para no es su culpa. Si lo para es un héroe. Tan sólo el guardameta sale perdiendo cuando el gol es una afrenta. Cuando el lanzamiento es una afrenta. Cuentan que Maier no esquivaba la pregunta, pero si tu intención era tener una entrevista con el legendario portero alemán y no obtener monosílabos como respuestas mejor no nombrar a Antonin Panenka.

Sepp Maier (la víctima)

“Siempre que en una entrevista le preguntaban por mi gol, se lo tomaba un poco mal. Creo que yo soy una espina para él. Después vi que esta reacción era por culpa de lo que decían los periodistas occidentales. Decían que, Panenka, un don nadie, le había dejado en evidencia. Yo no le ridiculicé.» Antonin Panenka sobre Sepp Maier.

“La inspiración está muy bien, pero tiene que llegar trabajando”. Pablo Picasso.

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Un soviético, un alemán y un francés en la Carrera de la Paz

Una vez ganó un francés. Se llamaba Jean-Pierre Danguillaume. Era 1969. Cuando volvió a Paris sólo lo entrevistó un periodista del rotativo L’Humanité. Allí narra que la organización lo había tratado de forma excelente. Contaba con dos intérpretes, los llevaban a visitar fábricas entre etapa y etapa y en los hoteles, austeros, pero limpísimos, no había filetes, pero si salchichas y carne hervida. Danguillaume cuenta también que al final de cada etapa un niño se encargaba de darte ropa limpia, mantas y folletos que contaban con propaganda comunista, la misma que se encuentran pueblo tras pueblo y jornada tras jornada.

Y es que en 1969 Danguillaume ganó la Course de la Paix (Carrera de la Paz) una carrera ciclista creada en 1948 en el Bloque Soviético para competir con el capitalista Tour de Francia y que circulaba por Checoslovaquia, Alemania Oriental y Polonia, entonces todos países comunistas. Si ese era el caso no es de extrañar entonces que el único medio que se interesase por Danguillaume fuese L’Humanité, el órgano del partido comunista francés. La carrera se disputó por vez última en 2006, muchos años después de la Caída del Muro de Berlín.

El caso es que Danguillaume se vistió de amarillo y subió al pódium como vencedor en Berlín. En el llamado Berlín democrático. En el lado comunista. En el estadio olímpico se juntan más de 80.000 personas que escuchan en respetuoso silencio La Marsellesa. Era 1969. Esa gente, o sus antepasados para ser más exactos, habían invadido Francia tres veces en el último siglo. Esa tarde a Danguillaume le comentan que durante la cena de celebración le sentaran junto a una chica y luego su acento francés se tendrá que encargar de engatusarla. Jean-Pierre sueña con una modelo o una azafata, pero no habrá nada de eso. Será una trabajadora de una factoría quien le acompañe en la cena de gala. Una estajanovista con la que charlará de la lucha de clases y poco o nada sabrá de Chanel o de Dior.

Carrera de la Paz 1954

Puede parecer fácil pero la obra fue colosal. El nombre de la prueba ya era toda una declaración de intenciones. Checoslovaquia, Polonia y Alemania Oriental podían ser países comunistas, pero apenas tres años antes los alemanes aún se estaban cepillando a checos y polacos con la esvástica bordada en sus chaquetas militares. La idea inicial era la de una carrera que partiese de Praga rumbo a Varsovia. Fueron los soviéticos los que obligaron a incluir a los teutones para dar normalidad al asunto. Costó. Y aún costó más cuando los soviets pasen a enviar ciclistas a la Carrera de la Paz mejor alimentados, más entrenados y con la consigna clara de ganar a toda costa. Pero funcionó. La Carrera de la Paz fue un éxito más allá del Telón de Acero y unió a través del ciclismo a países que años antes estaban en guerra. Al final polacos, checos y alemanes acabarían encontrando en los soviéticos un enemigo común.

Aunque algún valiente como Danguillaume se atrevió con la prueba, la presencia estaba reservada para ciclistas del bloque soviético o para corredores del otro lado capitalista que fuesen amateurs y con filiación comunista. Así que con semejantes limitaciones el tema se redujo en una pugna germanosoviética. Eso sí, el plusmarquista fue un polaco que obedece al nombre de Ryszard Szurkowski del que aquí no sabemos nada pero que en Polonia es venerado como si de Juan Pablo II se tratase. El caso es que en esa burbuja de ideal proletario no se sabía si esos ciclistas podrían destacar en el competitivo y lucrativo ciclismo occidental. Si serían capaces de ganar el Tour. Para ser claros. Hubo dos ellos que, según los entendidos, al menos hubiesen tenido una oportunidad.

Rubio, melena al viento, disciplina militar y cuerpo robotizado. Así era Sergei Soukhoroutchenkov. Un ídolo de los ochenta. Gana todo lo ganable, en el mundo que era el otro mundo. Cuba, Rumanía, Yugoslavia. Pero como es amateur también compite al otro lado del Muro. Van a comenzar los 80. Hay cierta relajación. Las fronteras se abren con limitaciones. Y Sergei lo hace bien. Gana una carrera en Italia tras un ataque demoledor, pero el problema es que al ganar lo hace traicionando a un compañero de equipo. Eso no gusta en el Kremlin. Se acabó lo de viajar al paraíso capitalista. Se centra en los Juegos Olímpicos de Moscú donde se lleva el oro en solitario metiéndole una minutada al pelotón. Entre los derrotados hay un futuro ganador del Tour como Stephen Roche.

Por supuesto gana la Carrera de la Paz. En cuatro ocasiones. También ganó dos veces el Tour del Porvenir y otras dos quedaría segundo. Le ofrecen varios contratos. Uno de un millón de dólares anuales. No le dejan. Cuando le dan libertad es 1986. Apenas tiene 30 años, pero ha sido exprimido a kilómetros hasta la saciedad. Es el método soviético. Si no les impresionas en juniors, nadie se va a volver a interesar por ti. Tienen demasiado material humano a su disposición. Soukhoroutchenkov estaba quemado. Le dejan competir en la Vuelta a España formando parte de una selección soviética, pero Sergei no carbura. Vuelve a Moscú y firma su primer contrato profesional en 1989 con una escuadra italiana. Tiene 33 años. Apenas aguanta un par como profesional. Allí se acabó la carrera del que fue el Bernard Hinault de la Unión Soviética

Soukhoroutchenkov

El otro ídolo de masas era de la RDA. La Alemania Oriental era el ejemplo vivo del éxito del comunismo. No había colas de hambre. Había excedentes. Y se exportaban. No sólo a Polonia o a Hungría. También a Francia o a Italia. En los rankings económicos la RDA siempre estaba a la vanguardia mundial y su número de universitarios por habitante era el mejor del planeta. Y luego estaba el deporte. Luego supimos que era el dopaje de Estado, pero entonces era flipante. En los Juegos de Seúl de 1988 la RDA y sus 16 millones de habitantes superaron en medallas a los caudalosos Estados Unidos y sus 300 millones de almas.

En Seúl será medalla de plata Olaf Ludwig. Ocho años antes, con apenas veinte castañas, ya había sido oro en contrarreloj por equipos. Antes de Seúl había ganado la Carrera de la Paz (dos veces) y también el Tour del Porvenir. Moreno, miope, con abundantes entradas, Ludwig se niega a viajar a Ucrania para una carrera. Era la primavera de 1986. Decían que algo había pasado en la central nuclear de Chernóbil. Puede que en la RDA las cosas fueran bien, pero la libertad no era una de esas cosas.

A Ludwig le asaltan los periodistas. Es un deportista famoso. Y él contesta. Habla de ciclismo. También de otros temas. Lo censuran. El pueblo no sabrá lo que dijo. Pero los que mandan si lo saben. Al igual que le habían hecho a Soukhoroutchenkov a Ludwig también le hacen el vacío. Lo meten en el congelador. Pero el invento comunista se está acabando. Finaliza en el otoño de 1989. Olaf se convierte en profesional al año siguiente. Equipo Panasonic. Destaca. Vuelta a Andalucía. Debut. Tres etapas. Tres victorias. Etapas en el Tour de Francia, Gran Premio de Frankfurt, Amstel Gold Race y maillot de la regularidad en el Tour. Todo a partir de la treintena. ¿Qué hubiese sucedido antes? Vete tú a saber. En 1993 fue tercero y medalla de bronce en el Mundial de ciclismo. Por delante de él quedaron Lance Armstrong y Miguel Induráin.

Ludwig (drch)

De 1948 a 2006 fueron más de 700 etapas. Más de 100.000 kilómetros. Un maillot amarillo con el símbolo de la paloma de la paz y estadios llenos, cunetas atestadas y una carrera olvidada de un lado del mundo y añorada al otro lado del planeta.

“Si los alemanes bajan sus armas, los soviéticos, de acuerdo con el arreglo al que han llegado Roosevelt, Churchill y Stalin, ocuparán todo el este y el sudeste de Europa, así como gran parte del Reich. Una cortina de hierro caerá sobre este enorme territorio controlado por la Unión Soviética, detrás de la cual las naciones serán degolladas. La prensa judía en Londres y Nueva York seguirá aplaudiendo probablemente”. Joseph Goebbels, ministro del III Reich en febrero de 1945.

“Por cuanto he visto de nuestros amigos los rusos durante la guerra, estoy convencido de que nada admiran más que la fuerza y respetan menos que la debilidad. Es preciso que los pueblos de lengua inglesa se unan con urgencia para impedir a los rusos toda tentativa de codicia o aventura. Desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre Europa un telón de acero”. Winston Churchill, ex Primer ministro británico en marzo de 1946.

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El puto amo

Si. Lo sé. Cualquiera que me conozca o cualquiera que me lea estará en estos momentos arqueando las cejas. Menudo titular. No le pega nada. Si éste es como un boy scout y se lava la lengua con jabón a cada escupitajo que suelta. La verdad es que me ha costado decidirme por el titular, pero tiene un porqué que será desvelado. El caso es que podía resultar conservador, pero anda que no se habrán repetido por activa y por pasiva los titulares convencionales esta semana. El obvio es el de Káiser. Corría el año 1971. El FC Bayern jugaba un amistoso de pretemporada ante el Austria de Viena. Por entonces Beckenbauer, de 26 años, ya era la cara visible de un equipo respetable. Un elegante central, siempre con la cabeza alta y con una precisión milimétrica en el pase a 40 o 50 metros. Un fotógrafo le propuso hacerle una instantánea junto a una estatua del káiser Francisco José en el palacio Hofburg vienés. El artículo posterior comparó al káiser de la realeza con el káiser del fútbol. Si Pelé era el rey, Beckenbauer será el emperador. Será Der Káiser.

También podía haber titulado con un sencillo Beckenbauer. Era brillante, invencible. Jugaba con simpleza, buscando el dominio del partido e indagando en el pase perfecto. Su fama trascendió los límites habituales del futbol. En su época compartía fama con Emerson Fitipaldi, un excelente piloto de F1. Pronto se puso de moda entre sus contemporáneos tildar de Fitipaldi a aquel que corría en demasía por la carretera. Con el tiempo, una nueva generación vio las hazañas de Fernando Alonso y donde antes los padres insultaban a los Fitipaldi los hijos pasaron a increpar a los Alonsos. Con Beckenbauer no ha sido así. Baresi, Maldini, Puyol o Ramos. Sergio Ramos, de largo el mejor central de las últimas dos décadas, con un altavoz mediático gigantesco ha sido incapaz de tumbar al mito Beckenbauer. Y es que Beckenbauer sigue siendo a día de hoy sinónimo de fiabilidad y de organización, tanto dentro como fuera del terreno de juego. Ser un Beckenbauer aun hoy es un adjetivo usado en partidos de alevines cuando un niño corta una jugada sin dar una patada y levanta la cabeza para dar un pase al pie.

Otro titular más que aceptable habría sido el de Franz. El niño Franz. El niño que nació en un Múnich famélico nueve días después del fin de la II Guerra Mundial. Su juego era la calle. Su juguete un balón. Su sueño jugar en el TSV 1860 Múnich, el gran equipo de la ciudad. Tuvo una prueba con 13 años. El equipo cadete de azul del 1860 frente a once chicos de la calle muniqueses vestidos con peto. En medio del partido Beckenbauer le hizo un caño a uno del 1860 y éste se revolvió y le propinó una bofetada. Nadie del 1860 le reprochó al chaval el incidente y el niño Franz lo tuvo claro. Jugaría de rojo. Jugaría en el FC Bayern. Y aun así nunca pudo olvidar su infancia azul. En 2011 llegaría a ser imagen del TSC 1860 solicitando fondos para evitar la bancarrota del, ahora, segundo club de Múnich. Que Beckenbauer fuese imagen del rival ciudadano del Bayern ilustra la semejanza del personaje. Del puto amo.

Der Káiser

Pero no tendría que haber sido chabacano. Había más titulares. El hombre que inventó el puesto de líbero, podría haber escrito. El Mundial 1966 vio la puesta de largo en televisión por satélite de aquel veinteañero elegante que parecía llevar traje y pajarita sobre el césped. Contaba con las medidas perfectas para jugar al fútbol (1’82 y 77 kilos). Era apuesto, activo, tenía presencia, restaba con acierto, distribuía con destreza y llegaba al área rival con pericia. Jugaba de organizador y en aquel nuevo mundo de la televisión acaparaba todas las miradas y todos los minutos al estar presente tanto en defensa como en ataque. Marcó un par de goles de tirazos descomunales.

Cuatro años después Beckenbauer estaba en México. El hombre que admiraba a Di Stéfano y a Charlton, aunque quien más le impresionaba era Pelé, dio un paso atrás. Beckenbauer se convirtió en el defensa por antonomasia. Se convirtió en el líbero, pero no resguardado en defensa de cinco componentes. No. Beckenbauer jugaba de líbero con Alemania y en el Bayern sin red, en defensa de cuatro. Barria y luego marcaba el ritmo de la salida fuese en corto o en largo. Su desplazamiento era perfecto. Y no tenía dos que lo guardaran. Solo uno. Una elegancia y un trato del balón que alguien definió como empalagoso. En México jugo el partido del siglo. Alemania vs Italia. Brazo en cabestrillo. 40 grados de temperatura. No se quejó. No sudó. Nunca sudaba. Siempre estaba despeinado porque nunca se peinaba. Lo suyo era jugar y punto, aun cuando en los 70 la imagen ya importaba. Sin artificios. Era pura seda. El Bayern no jugaba bonito. Pero era bello desde la efectividad. Beckenbauer dotó de distinción la secuencia despejar, levantar la cabeza y pasar en largo. Ser defensa era sucio y feo. Bebía de los ecos del catenaccio. Beckenbauer le dio prestigio y lo convirtió en arte. Jugó de una manera que sólo se hizo común décadas más tarde como un hombre del futuro, solo que con balones y botas pesadas en campos encharcados.

Otra opción habría sido escribir Beckenbauer: míster Bayern. Y es que Franz es el Bayern. Junto a Gerd Müller y Sepp Maier convirtió a los muniqueses en un gigante. Cuando debutó los bávaros militaban en segunda. Se fue con tres Copas de Europa y convirtió al FC Bayern en el único equipo capaz de rivalizar en estatus de grandeza con el Real Madrid. Su impacto en el Bayern fue absoluto y abarca todas las facetas. En 1969 ganó su primera Bundesliga. Desde entonces el Múnich 1860 no ha ganado ninguna. El FC Bayern supera la treintena. No sólo inventó el puesto de defensa central elegante. Hoy el FC Bayern infunde respeto. Hoy Alemania infunde respeto. Los germanos son más grandes, más fuertes, más técnicos y ganan siempre. Desde Beckenbauer. Antes no era así.

Había más opciones. Suprema elegancia sería un titular literario. Beckenbauer era un jugador ofensivo que jugaba de defensa. De hecho, es su legado, pero también es su pero. Su paso atrás. ¿Por qué un jugador de su clase se refugió en la defensa? Tendría que haber sido castigado por ello. ¡Pero cómo castigarlo! Si los Peles hacen del engaño un arte, Beckenbauer hizo de la prevención del engaño una maestría. No existe futbolista con mayor colección de antelaciones ante ataques, regates y fintas. Su sentido de la anticipación eliminaba las tretas e interrumpía las embestidas rivales. Le bastaba una mirada, a veces angelical otras furtiva, para ordenar un avance o cuatro zancadas para vaciar la defensa y asomarse al mediocampo. Con un golpe seco y certero cortaba el centro del campo y unía su área con el área rival. Dicen que durante un partido de Bundesliga Franz le grito a Müller que ayudase a defender, a lo que el Torpedo respondió que lo haría cuando Franz metiese los goles. Un par de jugadas después Franz disparó un obús de 30 metros. No fue gol, pegó en el larguero. Müller echó una sonrisa, pegó un par de carreras hacia atrás para no contradecir al jefe y cinco minutos después recibió un pase de 40 metros al pie que convirtió en gol. Todos contentos.

Beckenbauer ganó en elegancia hasta el día del cabestrillo. Jamás se le vio una mueca desagradable. Ejecutaba sus jugadas gracias a un físico y una ética de trabajo intachable. Se movía al compás de la música que su cerebro diseñaba y hacia mover a sus compañeros de equipo como el ilusionista que mueve sus marionetas. “No daba patadas”, dijo de él Di Stéfano admirado ante un central que puso su talento y su imaginación al servicio de la contención. Siempre receptivo, durante el lustro que va de 1971 a 1976 convirtió en un desfile las victorias del Bayern y en una fuerza imparable las exhibiciones alemanas.

Die Mannschaft

Podía haber titulado también con un simple y sencillo el mejor defensa de la historia. Un defensa que lanzaba faltas con el exterior del pie, tan bello como funcional. Como un buen Mercedes. Contundente y técnico. No hacía amigos en el campo, muchos, muchísimos fuera del mismo. Un placer para la vista en sus movimientos. Era rápido con balón y lento sin él. Dominaba los tiempos y gobernaba los espacios. Su alter ego fue Johan Cruyff. “Johan era mejor, pero el campeón fui yo”, declaraba cuando habla de la icónica final del Mundial 74. Ajax y Bayern. Holanda y Alemania. Ideas enfrentadas, aunque ambas adelantadas en la concepción de que cada parte del juego estaba entrelazada entre sí.

En cualquier clasificación Franz Beckenbauer forma parte de los diez mejores jugadores de todos los tiempos. Sube más puestos si juntas elegancia, estética y eficacia. Es, sin discusión alguna, el mejor central de la historia. Pero es algo más que eso…y es por eso que es el puto amo.

Nadie influyo más en el futbol europeo en el medio siglo que va de 1960 a 2010. Cincuenta años de omnipresencia. Refundó el FC Bayern y fue símbolo de la reconstrucción y el poderío de la Alemania de posguerra, de la Alemania unificada y de la Alemania multicultural del siglo XXI. Campeón del mundo como jugador y capitán, campeón del mundo como entrenador y seleccionador y organizador del, hasta la fecha, único Mundial que se ha celebrado en Europa en el presente siglo (Putin mediante). Ningún futbolista ha traspasado más niveles ni en el plano deportivo, ni en el social ni en el político.

Es cierto que los pioneros ejercieron todas las facetas posibles en el mundo del futbol. Santiago Bernabéu fue futbolista, directivo, presidente y organizador de competiciones. Y como Bernabéu hubo muchos más a caballo entre el siglo XIX y el XX, pero lo de Beckenbauer sucedió en la época moderna y con un éxito extraordinario. Tras colgar las botas fue columnista del Bild en el Mundial de 1982. Sus acertados artículos lo auparon al cargo de seleccionador nacional en 1986. Al igual que Zidane, su ascendencia ante los jugadores era tal que importaba más su mano izquierda que sus conceptos tácticos. Y los hubo. Convirtió a la Alemania unificada en un conjunto prosaico, funcional y defensivo, pero los aficionados y los jugadores lo adoraban. Sacó a Lotthar Matthäus del centro del campo y lo convirtió en un ‘10’ que jugaba de líbero. Lo convirtió en un káiser cuando al káiser no le llegaba ni a la altura de los botines.

Fue así campeón de corto y tras la línea de cal. Sólo Zagallo y Deschamps pueden decir lo mismo y ambos son futbolistas menores en comparación con Beckenbauer. Sólo Cruyff puede tutear al Káiser tanto en palmarés como en influencia tanto dentro como fuera del terreno de juego. Si Cruyff dejó un legado de belleza que traspasó fronteras, Beckenbauer lo haría proyectando una imagen de superioridad, arrogancia y fiabilidad que ha acompañado al Bayern y a la selección alemana desde entonces hasta la actualidad. Una supremacía que genera odios y envidias, pero también la seguridad de sus compañeros y el orgullo de sus compatriotas. Y digo bien compatriotas y no aficionados, porque lo que hizo Beckenbauer por los alemanes va más allá del terreno de juego. Beckenbauer forma parte de la primera generación alemana inocente. La primera nacida tras la derrota. La primera desnazificada. Y la primera que hizo que Alemania se abriese al mundo.

Pero aún hay más. Y por eso Beckenbauer es el puto amo.

En 1991 es subcampeón de la Copa de Europa con el Olympique de Marsella. Falta dar el último paso, pero recibe una llamada. Es la DFB (Federación Alemana de Fútbol). Alemania es un país nuevo. Unificado. Pero no es feliz. Sangrantes diferencias económicas entre este y oeste. Desmantelamiento de empresas. Bolsas de emigración. La DFB pretende organizar un Mundial que unifique al país como hizo el de 1974. El de 1998 será en Francia por lo que hay que esperar a 2006 para que el Mundial vuelva a Europa. Beckenbauer acepta, pero antes tiene otro reto por delante. Necesita experiencia como gestor. Entra en la directiva del FC Bayern y de vez en cuando baja a los banquillos para hacer de apagafuegos. Gana la Copa de la UEFA de 1996. Primer título europeo en dos décadas. Y da el salto a la presidencia. El Bayern, cuyos años 90 son tortuosos, recupera el esplendor y con Beckenbauer de presidente gana en 2001 su cuarta Copa de Europa tras las tres ganadas en los 70 con el Káiser vestido de corto. Luego se centró en el Mundial y a base de carisma consiguió que Alemania organizase el de 2006. Un exitazo. Cuatro años después dejó la presidencia del Bayern y se convirtió en presidente honorario hasta su fallecimiento en enero de 2024.

Triunfador como jugador, entrenador, presidente y organizador de eventos deportivos. Cambió el destino del FC Bayern y dotó a la selección alemana de unas cualidades futbolísticas victoriosas que permanecen inalterables al paso del tiempo. Juntando todas las facetas, mezclando todo lo que ha hecho tanto dentro como fuera del campo y su influencia en las instituciones a las que perteneció, no existe futbolista más trascendental que Franz Anton Beckenbauer.

Der Káiser. El puto amo.

“Franz sabía exactamente cuándo podía pasar el balón con el interior o cuándo tenía que mandarlo a las gradas. Para ello, la cabeza tiene que dar la orden correcta. La de Franz era una cabeza que siempre dio la orden correcta”, Johan Cruyff, rival y coetáneo de Beckenbauer.

“Parecía caminar sobre las aguas”. Sepp Maier, compañero en el FC Bayern y en la selección alemana.

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Caín y Abel calzándose unas zapatillas (2ª parte)

Tras el exitazo del Mundial de 1954 Adidas se había convertido en la marca deportiva por excelencia. A Adi ya lo acompaña su hijo Horst, el cual decide ampliar el negocio fabricando balones de fútbol. Y en 1969 lo más de lo más. Adi y Horst ponen en marcha las Adidas Superstar, zapatillas conocidas como de pezuña de camello (camel toe) por su peculiar punta y que, a día de hoy, siguen siendo el calzado deportivo más vendido de todos los tiempos.

Adidas Superstar

La irrupción del nazismo, la guerra y la posguerra habían provocado una brecha insalvable entre los hermanos Dassler. Justo antes de la disputa del tan cacareado Mundial de 1954 Rudolf había decidido abandonar a su hermano y fundar su propia marca de zapatillas deportivas. La bautizó como Ruda, que era el apodo con el que era conocido entre sus amigos cuando era pequeño.

Cumple recordar que Adi era el cerebro, mientras que Rudolf era el relaciones públicas. Y Rudolf decide apostar a escalera de color. Se presenta ante Sepp Herberger, director técnico de la selección alemana, y le ofrece la posibilidad de que sus chicos porten unas Ruda durante el Mundial. Según dicen una diferencia de 100 marcos de la época hacen que Herberger rechace la oferta y la selección alemana calce zapatillas Adidas. Luego vendrá la histórica victoria ante Hungría, el llamado milagro de Berna, gracias a los famosos tacos extraíbles patentados por Adidas. El resto es historia.

Así que Adi era el triunfador y Rudolf era el perdedor. En Herzogenaurach, a un lado del rio Aurach, estaba la imponente y gigantesca fábrica de Adidas en continuo crecimiento. Al otro lado del río, a apenas 500 metros, estaba la modestísima sede de Ruma.

Herzogenaurach

Pero Rudolf no se iba a rendir. Llevaba años soñando con una venganza ante su hermano. En 1968 decide cambiar el nombre de la fábrica y rebautizarla como Puma. No es algo insustancial. El puma es un felino salvaje, feroz, veloz y fuerte. Es exótico, y su elección fomenta la imagen con la que Rudolf quería que fuese conocida la marca. Hablamos de finales de los 60. Época de revolución juvenil. Época de profundos cambios. La idea de Rudolf es que si Adidas es la marca del establishment Puma sea la marca de los rebeldes.

Adi ve el peligro y utiliza todas sus influencias para vetar la presencia de Puma en los Juegos Olímpicos de México 1968. Unta al Comité Olímpico Internacional y a los dirigentes mexicanos para que la marca de su hermano no tenga repercusión global. Aquello supondrá un antes y un después. Tras el suceso ambos hermanos se reúnen y deciden verbalizar un pacto de no agresión por el que ninguno de los dos entraría a competir en el mercado del otro. Nunca más volverían a verse las caras.

Evidentemente no era un pacto de iguales. Adidas era un tiburón y Puma un caballito de mar.

Pero que Rudolf hubiese aceptado no quiere decir que fuese a respetar el acuerdo.

El siguiente gran evento internacional era el Mundial de fútbol de 1970. México 70. El primer Mundial con televisión en satélite a todo color. Si querías ser alguien, tenías que estar ahí. Y Puma estaría ahí.

Edson Arantes do Nascimento era el jugador más destacado del mundo del fútbol. A sus 29 años Pelé era O Rei, aunque sólo en el campo de fútbol. Lo de los negocios y el patrocinio no llego hasta los 70 (en buena parte gracias a Cruyff) cuando Pelé se aproximaba a la retirada. Así pues, Pelé se presentó en México calzando unas botas de fútbol de la modestísima marca inglesa Stylo, que le reporta exiguos beneficios.

Con sus Stylo, Pelé dio recital tras recital hasta comandar a Brasil a una histórica final ante Italia que dirimiría que selección se proclamaría campeona del mundo por tercera ocasión. Fue entonces cuando Rudolf Dassler hizo un viaje relámpago a Ciudad de México para reunirse con Hans Henningsen, representante del astro brasileño. Rudolf le dio lo que no tenía. 24.000 euros por la final y 100.000 para los siguientes cuatro años. Tuvo que pedir un par de créditos. Era el todo o la nada. Hoy parece poco. Entonces eran cifras escandalosas.

Llegó la final. La del gol de cabeza de Pelé elevándose por encima de las nubes. La del pase al vacío para el tanto de Carlos Alberto. “Antes del partido, me dije a mí mismo que era de carne y hueso como todo el mundo, pero ero estaba equivocado», diría el defensa italiano Tarcisio Burgnich. Pelé fue dios aquel día sobre el campo. Y lo hizo con unas Puma en los pies. Y bien que se encargó de recordarlo. La cámara captó perfectamente como, en un momento dado, Pelé se agachaba y se ataba los cordones con parsimonia para que el logo de Puma fuese bien visto en los hogares de todo el planeta. Era una táctica pactada antes de la final con Rudolf Dassler.

Las Puma de Pelé

Desde entonces Puma creció y, si bien nunca ha alcanzado el volumen de ventas de Adidas, forma parte del olimpo junto a Nike, Reebok o Converse. Aquel día de calor mexicano de 1970 supuso también el fin de la ya entonces deteriorada relación entre Adi y Rudolf. Rudolf falleció en 1974. Adidas ni se dignó a emitir un comunicado sobre su muerte y Adi no se presentará al entierro de su hermano. Enviará a su hija como representante familiar. Cuando Adi fallezca en 1978 se mantendrá el desprecio, en este caso por parte de la familia de Rudolf. Adi será enterrado en una lápida situada justo en el extremo opuesto donde reposan los restos de su hermano Rudolf. Si alguien quiere visitar a ambos en el cementerio de Herzogenaurach tendrá que pegarse una pequeña caminata.

A Adi lo sucedería su hijo Horst, quien amplió el negocio y convirtió a Adidas en el mayor fabricante de artículos deportivos del mundo. Además, en 1973, ya había creado la compañía de fabricación de artículos para la natación Arena. Pero lo más señalado de su dirección fue cuando en la década de 1980 decida invertir en patrocinio para controlar el deporte internacional. A finales del siglo pasado Adidas manejaba entre bambalinas los mayores eventos deportivos del planeta, especialmente el Mundial de fútbol, relación cultivada a base de amistad y buenas dosis de dinero con el entonces presidente de la FIFA Joâo Havelange.

A Rudolf lo sucedió su hijo Armin, el cual cambió completamente el enfoque de Puma. Creó zapatillas a bajo coste, menos duraderas, pero donde el diseño rompedor captó la esencia del desenfado de la juventud. Se centró en el atletismo como banco de pruebas, pero decidió dejar la costosísima carrera de competir por los grandes eventos deportivos. Puma es agresividad, velocidad y transgresión. Y es, básicamente, la antítesis de Adidas.

Puma

A Herzogenaurach se le conoce como la ciudad de los cuellos doblados ya que lo primero que se hace cuando te encuentras con alguien es bajar la cabeza para ver que zapatillas calza. En los años más crudos de la rivalidad el matrimonio entre empleados de distintas fábricas estaba terminantemente prohibido. Los logos de ambas marcas se pueden ver hasta en las alcantarillas de la ciudad, diferenciando perfectamente en qué lado del río estás y con quien estás.

Hoy la sede de ambas multinacionales se ha trasladado a las afueras de la ciudad, pero unas marcas rojas en el suelo recuerdan donde estaban las fábricas originales y que barrios de Herzogenaurach (25.000 habitantes a unos 20 kilómetros de Nuremberg que supera el medio millón) pertenecían a cada bando. Al norte del río Aurach estaba Adidas y al sur de la corriente se localizaba Puma. Dado que el equipo del fútbol de la ciudad tenía su campo de juego al sur del río siempre ha sido patrocinado por Puma, quien le otorga todo tipo de material de forma gratuita. Adidas decidió entonces inyectar dinero en un club de colegio de la zona norte para potenciarlo y que rivalizase con su equivalente de la zona sur. Y, como no, el alcalde de Herzogenaurach no viste traje y corbata sino ropa deportiva. Tiene la obligación de alternar Adidas y Puma en sus labores diarias y, ha habido ocasiones, donde al alcalde de turno se le ha visto con una zapatilla Adidas en su pie derecho y una Puma en su pie izquierdo.

Como eran Adi y Rudolf. Como Caín y Abel. Como Adidas y Puma.

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Caín y Abel calzándose unas zapatillas (1ª parte)

Herzogenaurach, Baviera. A unos 200 kilómetros de Múnich. Adi Dassler era el diseñador. Cauto, inteligente y tímido. Rudolf Dassler era el relaciones públicas. Carismático, sonrisa perenne y bueno con los números. Eran como el agua y el aceite. Como el ying y el yang. Pero se querían ¡Claro que se querían! Eran hermanos. Adi (1900) era el pequeño y Rudolf (1898) era el mayor. Los dos eran amantes del deporte. Y los dos vieron una oportunidad de negocio. Fundaron Gebrüder Dassler Schuhfabrik (Fabrica de Zapatos de los Hermanos Dassler) en 1924.

No parece un año propicio para fundar una empresa. Entonces Alemania vivía sumida en la hiperinflación. En enero de 1923 una barra de pan valía 250 marcos. Nueve meses más tarde costaba 200 millones. Tampoco es que le fuera mucho mejor al resto del planeta. En 1929 los países avanzados se verían superados por el caos económico del crack de la Bolsa de Nueva York de 1929. En los siguientes meses las economías del mundo civilizado recibieron una hostia de realidad y la peste pronto se extendería entre los países menos favorecidos.

No fue así en Alemania. La década de 1930 es una década de esplendor para Germania. Trabajo para todos, bienes de consumo para un populacho que años atrás sufría horas de cola para obtener un mendrugo de pan. Pero no era sólo comer. Era alegría de vivir. Una sensación de pertenencia, de comunidad y un orgullo nacional que jamás ha sido igualado.

Claro. Si eras ario y no hacías muchas preguntas. Si fueses homosexual, gitano, judío, religioso, mujer o si simplemente estabas en contra del discurso oficial, la cosa cambiaba. Porque Herzogenaurach estaba en Baviera. Y Baviera pertenece a Alemania. Y en Alemania, en los años 30, gobierna el nacionalsocialismo. Los nazis.

Total, que la empresa empieza a rodar y marcha bien. Muy bien. La economía experimenta un fuerte crecimiento y la prosperidad lleva a los alemanes a gastar dinero en el deporte. Porque aún no le he dicho, pero los hermanos Dassler confeccionaban zapatillas y pantuflas sin marca adquirida, y también calzado con clavos para deportistas. Esa era la idea inicial, aunque en los primeros años se dedican al calzado convencional. Pero resulta que en 1931 el Comité Olímpico Internacional (COI) designa a Berlín como sede para los Juegos Olímpicos de 1936. Toca una carrera vertiginosa para calzar a todos aquellos alemanes que disfrutarán con los JJ. OO de la muestra más palpable del progreso de los nuevos tiempos. Toca hacer bambas, tenis, playeras.

Toca hacer zapatillas deportivas.

La fábrica original

Resultó entonces que Rudolf, el relaciones públicas, tiene una idea. El deporte es vigor, acción, peligro, juventud…velocidad. No existe prueba atlética que aúne todos estos conceptos con mayor exactitud que los 100 metros lisos. El recordman mundial era un chico negro, estadounidense, llamado Jesee Owens. Lo de que su raza no fuese blanca caucásica quizás no fuera del agrado de Hitler y sus secuaces. Así que, aunque Owens era el objetivo, Rudolf decide ofrecer sus zapatillas de forma gratuitas a todos los atletas que compitan en pruebas atléticas como cortina de humo para su verdadero objetivo. Calzar a Jesee Owens. Así la artimaña estaría fuera de toda duda.

Y Jesse Owens ganó cuatro medallas de oro. Y se ganó el corazón de todos los alemanes. Hasta el de unos cuantos nazis, los cuales siempre aborrecieron más a los eslavos y a los polacos que a los negros. Y Owens se enamoró de Alemania. «Sentí más racismo en mi vuelta a Estados Unidos que compitiendo en Alemania», diría el hombre que en la cena de celebración en Nueva York tras su éxito tuvo que entrar al restaurante por la puerta del personal de servicio.

El caso es que Owens triunfó y lo hizo con las zapatillas de los hermanos Dassler. Unas preciosas zapatillas negras de clavos con tres franjas oblicuas de color blanco. Unas zapatillas Adidas que aún no eran Adidas.

Las Adidas de Jesse Owens

Fue un boom. En los siguientes meses las zapatillas de los hermanos Dassler se vendieron como churros. Recordemos que no eran Adidas. Eran Gebrüder Dassler Schuhfabrik, nombre tan bávaro como poco comercial. Todo iba como la seda hasta que en 1939 da comienzo la II Guerra Mundial. Al principio las ventas no se resienten, pero pronto las zapatillas darán paso a los zapatos. Al cabo de un par de años los zapatos se cambiarán por botas militares. La empresa es requisada y transformada por los nazis en beneficio de la economía de guerra.

Lo peor viene después.

Viene después porque la guerra va mal. Va mal para los nazis, claro. La empresa deja las botas militares y comienza a fabricar panzerfaust, un lanzagranadas antitanque de fácil uso y que pronto se convirtirá en el arma portátil más icónica de la guerra.

Pasa algo más. Rudolf es movilizado y enviado al frente. Adi no. Adi se mantiene dirigiendo la fábrica.

Rudolf sobrevive a la guerra, pero jamás volverá a confiar en su hermano. Indaga, pregunta, observa e intuye lo que ha pasado. Adi ha negociado. El callado, el vergonzoso, es más listo de lo que parece. Y es imprescindible. Diseña los panzerfaust y vende su alma a los nazis a cambio de seguir con su vida civil y mantenerse como director de la fábrica. Y vende a su hermano. Rudolf, el relaciones públicas, el cual es fácilmente sustituible.

Total, que la guerra acaba y la fábrica está destruida. La fábrica, o mejor dicho lo que queda de ella, es requisada por los norteamericanos, dado que Baviera está en manos estadounidenses. Alemania es repartida en cuatro mitades por los vencedores con la feliz idea de colocar un bozal en el perro alemán para no dejarlo morder nunca más. Mas resultó que el lobo alemán daba menos miedo que el oso soviético y los estadounidenses decidieron rearmar (económicamente) a Alemania para convertirla en locomotora capitalista de Europa en su lucha contra el comunismo.

Y como resulta que los americanos eran y son unos fanáticos del deporte concedieron a los hermanos Dassler créditos a coste ínfimo para levantar una empresa que les fue devuelta y que, nuevamente, se dedicaría a fabricar zapatillas deportivas.

Y así es como en 1949 nacía una nueva empresa con nombre nuevo. Nacía Adidas.

Adi (izq) y Rudolf (dch) Dassler

El nombre de la marca de las tres rayas horizontales proviene del juego de palabras entre Adi (nombre del creador) y Das (del apellido Dassler). Porque sí, los dos hermanos eran los dueños de la empresa antes de la II Guerra Mundial, pero los americanos sólo se dignaron a hablar con el bueno de Adi. Rudolf ya no era nadie. Donde antes había una empresa de iguales, ahora había dos hermanos claramente diferenciados.

Y no sólo eso. Como cualquier pareja de hermanos que nace de una misma semilla, germinada y crecida, cada brote siguió su camino. Adi se casó y tuvo hijos, hijos a los que pensaba dejarles una empresa. Rudolf hizo lo propio. Cada cual miraba por sus intereses.

En esa estamos cuando llegó el Mundial de fútbol de 1954. A Alemania, por su pasado nazi, se le había prohibido competir en cualquier evento deportivo de corte internacional. El Mundial de Suiza de 1954 iba a significar la primera oportunidad de la Alemania democrática de brillar en la escena internacional. Sorpresivamente los teutones llegaron a la final donde se enfrentarían a la archifavorita Hungría de Hidegkuti, Kocsis y Puskás que llevaba dos años sin perder un partido y que en la fase de grupos había vapuleado a los teutones por 8-3.

El milagro de Berna, que daría para un artículo por sí mismo, acabó con victoria alemana por 3-2 tras remontar un 0-2 en contra. El choque se decidió gracias a las botas con tacos extraíbles. Así, tras comprobar que el césped del estadio Wankdorf de Berna se iba encharcando con el paso del tiempo, los alemanes jugaron la segunda parte con tacos más largos, más apropiados para ese tipo de terreno resbaladizo y embarrado. El portero húngaro resbaló en el momento del 3-2 final y Alemania ganó el Mundial.

Aquellas botas de tacos convirtieron a Adi Dassler y a Adidas en fenómeno global y catapultó de inmediato a Adidas en la marca deportiva por excelencia.

Por entonces Rudolf ya había abandonado el barco. Se preparaba para una dulce venganza.

Esa será otra historia. El viernes que viene…

Adidas

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Rukeli

Al pequeño Johann lo llamaban Rukeli. Con ocho años ya frecuentaba el gimnasio del barrio. Era alto y fuerte y crecía a lo largo como un junco, como un árbol joven, que no era más que lo que significaba aquel apodo de ‘Rukeli’. Rukeli es una palabra romaní, el idioma usado por millones de cíngaros a lo largo del mundo. Y es que Johann Wilhelm Trollmann era gitano.

Johann Trollmann nació en Alemania en diciembre de 1907. Tuvo un hogar ciertamente estable en Hannover lugar donde se aficionó a pegar guantazos en el cuadrilátero. Tenía buenas condiciones, era alto y frágil, pero de gran agilidad y rápidos movimientos. Decían que danzaba como un bailarín, dando pasos de ballet, pero que asestaba puñetazos con la fuerza de una yegua. Comenzó a ganar pequeños torneos regionales, hasta que al llegar a los 20 años su fama era reconocida por toda Alemania.

Trollmann no solo era un gran boxeador. Era un sex-symbol. De tez morena y negrura en la mirada, llamaba la atención entre las chicas acostumbradas a ver varones rubicundos y de ojos claros. Su carrera estaba destinada al estrellato y todo el mundo contaba con que volvería de los Juegos Olímpicos de Estocolmo de 1928 con alguna presea bajo el cuello.

Pero Trollmann no viajaría a Suecia.

En vez de llevar al campeón de los semipesados, la Federación Alemana de Boxeo decidió enviar a uno de esos deportistas a los que Trollmann había derrotado. El comunicado de prensa argumentaba que Johann había sido excluido de la convocatoria porque su estilo de boxeo “no era demasiado alemán”. Traducido al román paladino. Había sido excluido por ser gitano.

Querido lector. Hagamos un pequeño ejercicio de historia.

Estamos en el verano de 1928. El ‘Deutsches Reich’ es una república federal semipresidencialista con capital en Berlín. Ese periodo de la historia germana también es conocido como República de Weimar, porque fue en esta pequeña ciudad turingia donde en 1918 se había reunido la Asamblea Nacional para proclamar una nueva constitución. A la altura de este relato, diez años más tarde, el presidente de Alemania era el socialista Hermann Müller quien gobernaba a través de una coalición en la que se reunían tres partidos; los citados socialistas (153 escaños), los liberales del DNVP (73 escaños) y los centristas de Zentrum (61 escaños).

En la oposición destacaban los comunistas (KPD) con 54 escaños y los monárquicos (DVP) con 45 escaños.

El noveno partido, con un total de 12 escaños de 491 posibles, era el NDSP o, lo que es lo mismo, el Partido Nazi liderado por Adolf Hitler, con menos del 3% de los votos.

A Johann Trollmann no le dejaron ir a los Juegos Olímpicos por cuestiones racistas.

Era 1928. No había nazi alguno en el poder. Ni se les atisbaba.

Johann Wilhelm Trollmann - Wikipedia, la enciclopedia libre
Johann Trollmann

Así las cosas, Trollmann decidió hacerse profesional. Por entonces solo los atletas amateurs podían acudir a los Juegos Olímpicos. Visto que su sueño se había cercenado, Trollmann marchó a Berlín para competir en veladas donde se movía dinero, mucho dinero. Con su juego de pies, en una época donde el estándar era el de armarios empotrados sin cintura, pero con puños de acero, Rukeli se convirtió en el favorito del público a base de una ligereza de piernas que catalogaba como baile lo que era un combate de boxeo.

A finales de 1933 Trollmann se jugaba el título nacional de los semipesados frente a un tal Adolf Witt. Se habían enfrentado dos veces antes con igualdad de victorias para los contendientes. Eran polos opuestos. Witt era un pegador de manual. Trollmann un virtuoso con los pies. El combate se celebraría en la explanada de la cervecería Bockbrauerei de Berlín con la presencia de varias autoridades de renombre.

El gitano dominó desde el primer asalto. Mientras Witt lanzaba mandobles como panes, Trollmann los evitaba con facilidad para luego ir ganando terreno y golpear poco a poco a su rival. El público enloquecía con el púgil de Hannover quien, sin embargo, tenía la gracilidad para esquivar a Witt pero no la fuerza necesaria para noquearlo. Al cabo de los doce asaltos ambos púgiles estaban en pie, por lo que serían los jueces los que dictaminasen quien sería el vencedor.

La decisión parecía fácil. La victoria debería ser para Trollmann quien había dominado todo el duelo. Los jueces no lo vieron así. Declararon nulo el combate y sugirieron la celebración de una revancha. El público comenzó a abuchear indignados por la decisión. Hubo lanzamiento de objetos al cuadrilátero y una turba amenazó a los jueces con todo aquello que estaba en sus manos. Asustados, los árbitros dieron marcha atrás y declararon vencedor a Rukeli a los puntos. Trollmann, emocionado, se tiró al suelo y comenzó a llorar.

Era el campeón alemán de los semipesados del año 1933.

Un par de días después Johann Trollmann recibía una carta certificada en su casa. La Federación Alemana lo desposeía de su título por “comportamiento indecoroso”. La razón. Haber llorado en público.

Querido lector. Hagamos nuevamente un pequeño ejercicio de historia.

En marzo de 1933 el Partido Nazi (NSDAP) había conseguido una rotunda victoria con más del 43% de los votos y 298 escaños. Aun así, debía pactar para gobernar al no haber alcanzado la mayoría absoluta. El resultado fue decepcionante para Hitler porque solo unos días antes de las elecciones había acusado a los comunistas de prender fuego al Reichstag, suceso que acabó con 4.000 comunistas arrestados. Años después se sabría que todo había sido una farsa, mas entonces se consideraba que eso daría la mayoría a los nazis de forma holgada. No fue así. Hitler tuvo que pactar con los conservadores del DNVP (52 escaños) mientras que socialistas (120 escaños) y comunistas (81 escaños) lideraban la oposición.

En el plazo de unas semanas, y tras una serie de circunstancias que no vienen a cuento para el relato, los nazis consiguieron inhabilitar a socialistas y comunistas excusándose en el incendio del Reichstag para aprobar decretos leyes que les privaban de sus asientos parlamentarios. Así, seis meses después, tendrán lugar unas nuevas elecciones en las que el voto no será secreto y solo podrán concurrir el NSDAP y una serie de políticos de derechas no afiliados a los nazis para dar sensación de democracia. Hitler logrará más del 92% de los votos y afirmará “democráticamente” su dictadura aun a pesar de que más de tres millones de alemanes osaron votar en su contra aun a sabiendas de que estaban siendo vigilados.

Si en la Alemania democrática de 1928 Johann Trollmann no era bien recibido, imaginen lo que este boxeador cíngaro iba a sufrir a partir de ese funesto año 1933.

Siruela publica en España El campeón prohibido de Dario Fo | Todoliteratura
Rukeli

Con todo Trollmann seguía viviendo de su fama, por lo que los nazis organizaron un nuevo combate para acabar con su buena estrella. El rival era Gustav Eder, un peso pesado, una categoría superior a la de Rukeli. Trollmann recibió otra carta de la Federación justo antes del combate. En ella se decía que si no quería perder su licencia debía comportarse como un “verdadero alemán” y quedarse en el centro del ring sin hacer nada y sin intercambiar golpes.

Tenía que perder el combate.

Eder saltó al ring para luego hacerlo Trollmann. Ante el asombro del respetable quien allí apareció fue otro hombre. Otro Trollmann. Se había teñido el pelo de rubio y se había cubierto el cuerpo de blanco al echarse encima un saco de harina y arrojar un bote de polvos de talco sobre su cara.

Si los nazis querían un verdadero alemán, un producto genuino de la raza aria, allí lo tenían.

Trollmann no se movió. Como un Don Tancredo aguantó estoicamente durante cinco asaltos, mientras el estilo grave de Eder le soltaba una hondonada de hostias.

A partir de entonces Johann Trollmann siguió compitiendo, aunque los grandes escenarios le fueron vetados. Hubo de escabullirse y deambular por ferias y pueblos soltando puñetazos para ganar un puñado de marcos. No era gran cosa, pero mucho peor sería cuando en 1935 le quiten la licencia de forma definitiva. Al ser gitano se le prohíbe competir, una de las consecuencias de una ley que también prohíbe el matrimonio entre razas diversas y la descendencia para mantener la pureza del linaje ario. Trollmann, casado con una alemana de esas consideradas perfectas por los nazis y con una preciosa niña pequeña, decide divorciarse para que su familia sea libre. Él nunca más podrá tener hijos, porque tres años más tarde será esterilizado, tras otro decreto de higiene racial que pretendía acabar con la descendencia de razas inferiores, pero también de comunistas, homosexuales, delincuentes, enfermos mentales, discapacitados y también religiosos.

Y aun con todo, aun no siendo un verdadero alemán, los nazis no dudaron en usar aquel cuerpo que consideraron invalido en la vida civil pero apto para la vida militar. Fue reclutado por la Wehrmacht y enviando al frente oriental donde fue herido en 1941. En enero del año siguiente tuvo lugar la Conferencia de Wannsee donde se decretó la llamada ‘solución final’ cuyo fin era exterminar a judíos y demás razas catalogadas de inferiores. Rukeli fue expulsado del ejército, pero se libró del exterminio quizás por los méritos acumulados en el campo de batalla.

Lo destinaron al campo de concentración de Neuengamme, a las afueras de Hamburgo. Allí Trollmann se vio obligado a pelear por una ración de comida mientras se consumía día a día. Como un objeto de feria era retado por los guardias del campo, quienes bien alimentados, uniformados y con objetos punzantes en la mano, tenían todo a su favor ante lo que antes era un gran boxeador y ahora sobrevivía como saco de huesos.

A Trollmann también lo ponían a pelear contra otros prisioneros. Muchos de ellos eran espías, gente que vendía su alma a cambio de un mendrugo de pan y un par de salchichas para servir como ojos de las SS allí a donde sus zarpas no conseguían llegar. Parece que cierto día de 1944 uno de esos presos compinches de los nazis llamado Cornelius perdió un combate contra Trollmann. Cabreado, cogió un palo del suelo y lo golpeó como un perro hasta que la sangre corrió por su cabeza. Johann ‘Rukeli’ Trollmann fallecía a los 37 años ante la pasividad y las risas de los allí presentes.

Neuengamme | Holocaust Encyclopedia
Neuengamme

El prisionero 9841 del campo de concentración de Neuengamme fue olvidado como tantos otros de sus compañeros. Hubo que esperar al año 2003 para que la Federación Alemana de Boxeo le entregara a un sobrino-nieto de Trollmann el cinturón de campeón nacional de los semipesados que injustamente le fue negado en 1933. Años después una placa en su recuerdo fue colocada a los pies del Teatro Flora de Hamburgo, hoy lugar de referencia para los amantes de la música y antaño escenario de algunos de los mejores combates de aquel árbol joven al que llamaban Rukeli.

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Múnich 72: Operación Ikrit

Era la madrugada del 5 al 6 de septiembre de 1972. Hace ahora cincuenta años. El verano daba sus últimos coletazos y el clima invitaba al paseo nocturno. Se acercaban las cinco de la mañana cuando unos cuantos componentes de la delegación estadounidense volvían a la Villa Olímpica. Habían estado explorando la noche muniquesa, disfrutando de la exuberancia de la juventud y de los galones que le permitían su estatus de deportistas olímpicos. Entre risas y un par de copas de más se toparon con otros ocho chicos. No hablaban inglés, pero portaban bolsas de deportes y vestían con chándales, por lo que estaba claro que eran deportistas. No dudaron en ayudarles a saltar la valla que separaba el complejo olímpico del resto de la ciudad para que pudiesen volver a sus habitaciones.

Una vez adentrados en los pasillos que conducían a los apartamentos, los ocho desconocidos se acercaron al lugar donde descansaban los miembros de la delegación israelí. Se trataba de una delegación minúscula que ni ganó medalla en Múnich ni la había ganado nunca, y que no ganaría su primera presea hasta Barcelona 92. El caso es que aquellos ocho jóvenes se quitaron los chándales, se pusieron una ropa un tanto estrafalaria y sacaron de las bolsas de deportes diferentes objetos.

Fusiles semiautomáticos, pistolas y unas cuantas granadas.

El primero en caer fue Moshé Weinberg, entrenador de lucha del conjunto israelí. No fue solo el primero en caer, sino que se convirtió en héroe involuntario permitiendo que un total de 17 atletas lograsen escapar. Weinberg estaba despierto, preparando unas tostadas en la cocina. Al escuchar alboroto en el pasillo se acercó a la puerta y, cuando vio que alguien la abría, se abalanzó sobre la madera para impedir que la traspasasen. Poco podía hacer él sólo ante aquellos terroristas que usaban sus fusiles como palanca para acceder al interior del apartamento. Los gritos despertaron a Yossef Romano, quien consiguió arrebatar una pistola a uno de los asaltantes, pero resultó muerto de un disparo. A Weinberg también le pegaron un tiro, pero aun vivo fue obligado a conducir a los terroristas a los otros apartamentos. Weinberg los dirigió expresamente al recinto donde estaban los atletas de boxeo o de lucha, ya que pensó que al ser estos los más fuertes podrían reducir a la fuerza a los terroristas.

Fue en vano.

Todos estaban durmiendo. No opusieron resistencia. El único que lo hizo fue Weinberg, quien fue acribillado a balazos.

Hasta nueve atletas fueron tomados como rehenes. Pertrechados en el edificio, a las 6:00 de la mañana los asaltantes lanzaron por una ventana unos papeles con sus demandas. Si al cabo de tres horas no se cumplía con lo solicitado se acabaría con la vida de uno de los rehenes. Si pasasen otras tres horas más, se perpetraría la muerte de un segundo israelí. Y así hasta acabar con los nueve secuestrados. El comando solicitaba la liberación de 234 prisioneros palestinos alojados en cárceles israelíes, así como la de los alemanes Andreas Baader y Ulrike Meinhof, encarcelados en tierras germanas como miembros fundadores del RAF (Fracción del Ejército Rojo).

Los asaltantes decían hablar en nombre de la organización terrorista palestina Septiembre Negro. La maniobra en cuestión fue bautizada como ‘Operación Ikrit’.

Desde mediados de la década de 1960 los grupos terroristas campan a sus anchas por buena parte de Occidente. En gran medida es una respuesta cultural a un mundo nuevo, totalmente distinto al conocido hasta entonces. Por vez primera en la historia los hombres no tienen que perder su juventud en campos de batalla y por vez primera las mujeres son quienes de decidir su futuro por sí mismas. La sociedad de consumo ensancha sus objetivos a las clases media y apuesta por la juventud como reclamo, en una tendencia que ha llegado a límites insospechados en la actualidad y en la que no se vislumbra fin. La adolescencia ya llega hasta los 50 años y la vejez ha sido denostada.

Esa juventud se rebela ante todo aquello que sus padres y los padres de los padres de sus padres conocían. La cultura popular, comandada por la música, el cine y el deporte desbanca con rapidez a la tradición, el orden o la religión. Los cambios son rápidos y por lo general pacíficos, teniendo como cénit el llamado ‘Mayo del 68’. No obstante, hay grupos de jóvenes que quieren cambiar la forma de entender el mundo y apuestan por la violencia para cumplir con sus objetivos. Para ellos el sistema vigente está muerto y sólo a través de las armas podrán purificarlo. La inmensa mayoría de estos grupos serán marxistas y beberán de la utopía comunista para justificar sus crímenes, aunque algún otro abrazará la extrema derecha para reivindicar el orden tradicional. Lo cierto es que izquierda y derecha no forman una línea, sino más bien un círculo en el que los extremos acaban tocándose.

Entre esos muchos grupos que aterrorizan el mundo occidental destacan el IRA (Irlanda), las Brigate Rosse (Italia), Rote Armee Fraktion (Alemania Federal) o ETA (España), que comenzó a matar antes de que España se convirtiese en una democracia. Todas ellas mantenían lazos con los diferentes grupos armados de Oriente Medio que veían (y ven) la creación del Estado de Israel como una imposición de Occidente de la que no fueron consultados.

Desde que buena parte de Palestina se convirtió en Israel en 1948 como un intento de las democracias occidentales para resolver el conflicto judío y de paso limpiar sus conciencias sobre el Holocausto, la zona se ha visto alterado por continuas guerras, atentados y diferentes escaramuzas. En 1967 los israelís conformaron una de las campañas militares más espectaculares de la era moderna al derrotar a una coalición liderada por Egipto en apenas seis días. Ocuparon Gaza, Cisjordanía, los Altos del Golán y buena parte de Jerusalén. Más de medio siglo después esos territorios siguen en disputa y sin acuerdo internacional satisfactorio para su resolución.

Es entonces cuando tienen el germen la mayor parte de los grupos terroristas de Oriente Medio. De hecho, esas masacres a objetivos civiles y su poder sobre el petróleo, que tendrá su primer golpe de efecto en la crisis de 1973, conseguirá que Occidente tenga que mediar y buscar un equilibrio entre judíos y árabes por su propio interés.

Uno de esos grupos terroristas palestinos es Septiembre Negro. Fundado en 1970, reivindica la existencia del Estado de Palestina y la expulsión de los judíos. Forma parte de los grupos controlados por la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) una coalición política y paramilitar dirigida por Yasir Arafat que tiene como objetivo la destrucción de Israel. Tiene lazos con la RAF, también conocido como la Banda Baader-Meinhof, en honor a sus dos fundadores, un par de chicos que pretendían derrocar el capitalismo en Alemania a través de una guerra de guerrillas.

Conflicto israelí-palestino - Wikipedia, la enciclopedia libre
Israel & Palestina

Pero esta realidad no era más que un pequeño apéndice de un entorno sumido en la más absoluta felicidad. A la altura de 1972 Europa cabalgaba a gran velocidad por una era de gran prosperidad. Tras el fin de la II Guerra Mundial, el Viejo Continente sumaba dos décadas de increíble crecimiento económico. La locomotora de Europa era la hasta hace nada demoniaca Alemania. Concretamente la RFA, la parte Occidental de un país que había sido amputado, pero que no expresaba la menor queja por esa mutilación. En 1966 el COI seleccionó a Múnich como sede de los Juegos Olímpicos de 1972 y el país se preparó a conciencia para demostrarle al mundo que el nazismo era agua pasada.

El lema de aquellos Juegos era la felicidad. Se creó el inmenso Oympiapark con su fascinante cubierta de metacrilato, se apostó por vez primera por el reciclaje y destacaron Mark Spitz, Laase Viren u Orga Korbut.

Sin duda uno de los momentos cumbres tuvo lugar en la ceremonia de inauguración cuando la delegación israelí dio la vuelta al estadio olímpico bajo el atronador aplauso de 80.000 alemanes. Había sido Múnich la cuna del nazismo, el lugar donde Hitler había dado un golpe de Estado fallido en 1923. Y no había atleta israelí allí presente que no tuviese un familiar que no hubiese perecido en un campo de exterminio construido con el beneplácito de muchos de los padres de los que hoy estaban allí aplaudiendo tranquilamente sentados.

No es de extrañar pues que el secuestro de aquellos atletas israelís y la toma de la Villa Olímpica por parte de los terroristas causaran un shock mundial. Era una bomba mediática de la que todo el planeta se hacía eco. Millones de personas contuvieron la respiración durante horas. Y que fuese en Alemania, y que las víctimas fuesen judías, lo convertirían en algo catártico para la opinión pública germana.

Juegos Tokyo 2020: Septiembre Negro: El ataque terrorista que eclipsó los  Juegos Olímpicos de Munich 1972 | Marca
Horror en la Villa Olímpica

Un terrorista, con la cara untada de betún y sombrero, se erigió en portavoz de los asaltantes. Se hizo llamar a si mismo Issa y se encargó de negociar con el ministro de interior alemán. Hans-Dietrich Genscher, que así se llamaba, prometió a Issa una suma de dinero e incluso intercambiar su vida por la de los secuestrados, pero todo intento fue en vano. De hecho, resultó contraproducente, porque a juicio de los palestinos era una muestra más de la simplista retórica capitalista para resolver los problemas. Lo único que se consiguió fue alargar el límite de la respuesta hasta las 12:00 a.m.

Mientras todo esto sucedía medio mundo desayunaba con las imágenes del asalto. Casi tres décadas después de la caída del nazismo, Alemania se presentaba ante el mundo como garante de la paz y como país ferozmente opuesto a los nacionalismos. Deliberadamente las medidas de seguridad en los Juegos eran laxas y relajadas y los símbolos nacionales se mostraban a cuenta gotas. La idea era que todo deportista, periodista y visitante no asociase bandera o uniforme con un pasado del que querían escapar.

Pronto se iba a demostrar que las decisiones tomadas habían sido erróneas.

Poco después de las 11.00 Golda Meir, por entonces primera ministra de Israel, declaró tajantemente que no negociaría con terroristas. Israel daba carta blanca a los alemanes para tratar de liberar a los rehenes con todos los medios a su alcance. El negociador y jefe de policía de Múnich, Manfred Schreiber, consiguió alargar la hora límite hasta las 15.00 horas al anunciar a Issa que Baader y Meinhof, los cabecillas de la RAF, habían sido liberados y que se seguía negociando con el gobierno de Israel. Parcialmente satisfechos los asaltantes solicitaron comida para unas 20 personas.

Varios policías se disfrazan como cocineros y agachan armas en medio de la pitanza con la intención de subir a las habitaciones, pero Issa les exhorta a dejar la comida en el suelo y marcharse de allí bajo amenaza. El engaño no surte efecto y ahora los asaltantes saben que están siendo burlados. Uno de los policías es cosido a balazos. En ese momento todo está a punto de estallar, pero el repentino anunció del COI de cancelar los Juegos Olímpicos devuelve la calma a los terroristas. No hay televisión ni radio en el planeta que no hable de Septiembre Negro y de la causa palestina. Al menos uno de los objetivos se ha conseguido.

Alrededor de las 16:30 más de 70.000 personas rodeaban la Villa Olímpica mientras Issa y sus compadres hacían la señal de la victoria desde la azotea del edificio ocupado. Es entonces cuando Genscher ejecuta el mayor de los errores. Se decide acometer un asalto armado al edificio formado por un escuadrón de 38 miembros de la policía germana. Mal preparados e inexpertos, los policías visten ropa deportiva y se instalan en las azoteas de los edificios adyacentes. El ejército no puede participar en el asalto porque tiene prohibido operar en tiempos de paz debido a las sanciones derivadas de la II Guerra Mundial.

A nadie se le pasó por la cabeza romper esa estúpida restricción.

Total, que el asalto fue un rotundo fracaso. Entre la multitud agolpada, que con sus gritos anunciaban los pasos dados por la policía, y que todo estaba siendo retransmitido por televisión, con lo cual Issa y sus compinches seguían segundo a segundo los acontecimientos, la operación fue cancelada en el último instante. Los policías debieron bajar del edificio entre las risas de los terroristas.

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Genscher al teléfono

Si bien los alemanes daban palos de ciego, los terroristas también sabían que su suerte ya estaba echada. A escasos minutos del fin del plazo se llegó a una solución de compromiso. Los guerrilleros y los rehenes serían trasladados en helicóptero a una base área cercana a Múnich para luego viajar en avión a Egipto. Allí, en El Cairo, en territorio amigo, los terroristas se comprometían a liberar a los rehenes a cambio de que en el plazo de un mes fuesen liberados media centena de palestinos, supuestamente, injustamente encarcelados.

Previamente al traslado, Genscher exigió ver a los rehenes. Según dijo impresionaba la tranquilidad aparente de aquellos israelís de ojos perdidos que yacían sentados apoyados en un pared mientras el cadáver frío y la sangre seca de Weinberg regaba el suelo.

El plan consistía en atacar a los terroristas en el trayecto de unos 200 metros que los llevaría junto a los rehenes hasta los helicópteros. Issa exigió inspeccionar el camino y utilizó para ello a un par de rehenes como escudos humanos. Nervioso, uno de los policías que espera oculto detrás de un coche aparcado tropieza. El ruido alerta a los terroristas que vuelven sobre sus pasos para atrincherarse en los apartamentos.

En esos momentos la angustia se agigantaba mientras el mundo contenía la respiración a través del televisor. Los palestinos exigieron entonces un autobús para recorrer el escaso trayecto. Por entonces ya eran las 22.00 horas y por supuesto los terroristas demandaron que el vehículo estuviese vacío e inspeccionarlo antes de subirse a el y poner sus vidas en juego.

Hubo que pasar a un nuevo plan. En la base aérea esperaba un grupo de francotiradores dispuestos a matar a los terroristas en cuanto los dos helicópteros aterrizasen. Había un tercer helicóptero en el que viajaban los negociadores y varios policías que estarían esperando órdenes. Mientras, un Boeing 727, que pretendía viajar a El Cairo, estaba integrado por cinco policías armados que ejercían de improvisados miembros de Lufthansa.

El caso es que cuando los palestinos subieron a los helicópteros se pudo comprobar que los terroristas eran un total de ocho. Los francotiradores jamás llegaron a recibir esa información. Genscher había transmitido que no eran más de cuatro o cinco los que había visto al visitar a los rehenes. Para añadir un error más a la cadena de despropósitos, ninguno de los supuestos francotiradores era tal. Ninguno era militar por las restricciones a las que nos referimos párrafos atrás. Eran policías que habían sido seleccionados porque les gustaba practicar tiro los fines de semana. Tres se instalaron en el techo de la torre de control y otros dos se escondieron en tierra. Ninguno tenía equipo protector, radio, ni visor nocturno.

Y ya era noche cerrada. Las 22.30. Ya eran más de 18 horas de tensión acumulada.

Al momento de aterrizar los helicópteros, los miembros de Septiembre Negro tomaron como rehenes a los pilotos de los aparatos para acercarse con paso firme al Boeing. En ese momento los policías que hacían de tripulación del avión decidieron desdecirse de su juramento de honor y abandonaron el aparato. La incredulidad de la jefatura alemana era semejante a la de los palestinos que, al ver que el avión estaba vacío, pensaron que les habían engañado, por lo que corrieron de vuelta a los helicópteros.

Fue entonces cuando los francotiradores abrieron fuego. Y se desató el pandemónium. El cielo se ilumina de llamas y el humo recorre el horizonte. Trepidar de motores, sirenas y ráfagas de ametralladoras. En el intercambio de golpes, dos terroristas fallecieron así como un policía alemán. Los pilotos de los helicópteros consiguieron huir, pero no así ninguno de los rehenes israelís atados de pies y manos. Al cabo de unos minutos llegaron refuerzos por tierra e Issa, viendo que todo estaba perdido, fusiló a todos los rehenes. Después lanzó una granada en el interior del helicóptero y corrió por la pista de aterrizaje.

Fue masacrado.

Atentado a los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972: un trauma aún por  asimilar | El Mundo | DW | 25.08.2022
Una carnicería

Once atletas (nueve en el aeropuerto), un policía alemán y cinco terroristas palestinos fallecieron ese día. Los otros tres miembros de Septiembre Negro fueron capturados vivos. Los tres pasaron a ingresar en una cárcel de máxima seguridad teutona y tan solo una semana después la RFA creaba el GSG9, la unidad antiterrorista alemana. Los cadáveres de los otros cinco palestinos fueron enviados a Libia donde recibieron un funeral de héroes. Apenas un par de meses después Septiembre Negro secuestró un vuelo comercial de Lufthansa y exigió la liberación de los tres terroristas encarcelados para evitar el siniestro del avión.

Los mandos alemanes accedieron a todas las peticiones de los terroristas sin consultar a las autoridades israelís.

Israel sigue clamando en la actualidad por la incompetencia alemana a la hora de resolver el conflicto. El Mossad (servicio de inteligencia israelí) fue advirtiendo a los alemanes de los diversos fallos cometidos en la operación y todos sus consejos fueron rechazados. Tanto el ministro Genscher como el jefe de policía muniquesa Schreiber habían sido miembros del partido nazi y habían combatido en la II Guerra Mundial. Ninguno fue cesado de su cargo tras el fiasco de la operación de rescate. Para los israelís los alemanes no hicieron lo suficiente para salvar la vida de aquellos once atletas judíos.

Así que decidieron hacer la justicia por su cuenta. Golda Meir ordenó al Mossad que pusiera en marcha la operación ‘Cólera de Dios’. Se buscó y asesinó a los tres supervivientes, así como a decenas de activos terroristas y miembros de la OLP. Se bombardearon objetivos civiles en Siria y Líbano argumentando que ocultaban bases militares propalestinas y todo concluyó con una breve guerra en octubre de 1973 cuyo resultado, más allá de los muertos, fue el que los países árabes descubrieron que a través del petróleo podían fagocitar a Occidente y a Israel a su antojo.

Pero volvamos a Múnich. Al 6 de septiembre de aquel año. Los Juegos Olímpicos estaban cancelados.

Pero solo momentáneamente.

Se realizó una ceremonia de conmemoración al día siguiente ante 80.000 espectadores y 3.000 atletas, pero nunca un funeral oficial. Los familiares de las víctimas llegarían a pedir la construcción de un monumento conmemorativo, pero el COI tendría siempre un no como respuesta. La única muestra del duelo del COI fue izar a media asta la bandera olímpica hasta el fin de los Juegos. El COI, como organización independiente, prefirió no significarse políticamente. “Los Juegos deben continuar”, fueron las polémicas palabras del estadounidense Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico Internacional.

Fueron los últimos Juegos de Brundage, quien falleció tres años más tarde. Fue un feroz defensor del amateurismo, un racista empedernido al que desagradaba la proliferación de atletas de raza negra en su país y un defensor de la excelencia de los Juegos de Berlín de 1936 y la perfección organizativa de los nazis. Ese fue el hombre que dijo aquello de “los Juegos deben continuar”. El mismo hombre que meses más tarde se casó con una princesa alemana mucho más joven que él y que fallecería poco después en Garmish, una localidad no muy lejana de Múnich y su desgraciada Villa Olímpica, de la base aérea de Fürstenfeldbruck donde la sangre corrió a raudales una noche de septiembre, y tampoco no muy lejos de Berchtesgaden, donde Adolf Hitler tenia su búnker de verano, el fastuoso ‘Nido del Águila’.

 “La violencia engendra violencia”. Evangelio de San Mateo 26:52.

A 45 años del atentado de Munich 1972 en los Juegos Olimpicos
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Der Bomber der Nation

2011. Trento. Allí se encontraba el equipo primavera del FC Bayern en plena pretemporada. El sitio era perfecto. Temperaturas suaves alrededor de un paisaje bucólico en un profundo valle rodeado de descomunales montañas. Gerhard Müller formaba parte de la comitiva. Llevaba un par de décadas ocupando varios puestos en el organigrama juvenil del FC Bayern. Nunca como primer entrenador, pero siempre formando a los jóvenes delanteros del club bávaro. En un momento dado Gerhard decidió llamar a un taxi y dejar el hotel. Cerró la puerta, saludó al chófer y le pidió que lo llevase a la estación ferroviaria. Su intención era coger un tren que lo trasladase a Múnich. Nunca cogió ese tren. Durante más de trece horas estuvo deambulando por las afueras de Trento mientras la policía trataba de localizarlo. Tuvo que ser su mujer, trasladada de inmediato desde Múnich, la que, una vez encontrado, llevase a Gerhard de vuelta a casa.

1974. “Sin él no hubiéramos ganado nada de lo que ganamos, ni con el Bayern ni con la selección. Y por nada digo absolutamente nada”. Así de categórico se mostraba Paul Breitner cuando le preguntaban por Gerd Müller. En el verano de 1974 Müller llegó a la cima del mundo. Tiene 29 años. Gana la primera de sus tres Copas de Europa consecutivas con el FC Bayern. Besará la red en las dos primeras finales. Pero esencialmente gana el Mundial con Alemania. Lo hace en casa, en Múnich, y marcando el gol que de la victoria a los teutones. El tanto es fiel reflejo de quien es Gerd. Un tipo enjuto, contrahecho, paticorto, cuellilargo y de hombros caídos, pero con un don para el gol. El gol lo es todo. Éxtasis, liberación y droga. Mejor que un orgasmo, que diría Pelé. Müller sabía que jamás volvería a vivir un momento como ese. Quizás fue ese el instante en el que todo se vino abajo para rodar hasta el culo del infierno. Decidió retirarse de la selección. Oficialmente enfadado por la escasa cuantía de las primas por la victoria y por el impedimento de la federación a que las esposas de los futbolistas acudieran a la cena conmemorativa de la victoria mundialista. Extraoficialmente estaba embriagado de poder.

1981. Es el año en el que ‘Torpedo’ Müller decide colgar las botas. Lo de ‘Torpedo’ es una invención hispana. En tierras teutonas a Gerd se le conoce como ‘Der Bomber der Nation’ (el Bombardero de la Nación). El significado viene a ser el mismo. Mientras el que corta una jugada, da un buen pase, lanza un buen centro o realiza un precioso regate, cumple con su trabajo, el que mete la pelota dentro de la portería traspasa las fronteras de lo infinito. Mientras los demás hacen cosas que se pierden en el olvido de un cajón, Müller es una máquina eterna que da felicidad a los alemanes a base de meter goles. El caso es que se retira tras tres años en el Fort Lauderdale Strikers, conjunto de la MLS. Allí juega, golea, sufre una hernia de disco y monta un restaurante. Disfruta del sol de Florida y se hace íntimo de George Best, compañero de equipo. Ambos desparramaran botellas y botellas de alcohol por su cuerpo. Pero si Best supo sobrevivir con la caricatura de su persona, Müller iniciará una carrera que lo llevará al abismo.

Gerd Müller | FC Bayern München | | Bundesliga
Tor!

1964. 176 centímetros. Piernas cortas, muslos anchos, culo bajo rollizo, mente privilegiada. Gerd entró en la cantera del FC Bayern en 1964 y en su ficha se leía que en un partido con el equipo de su ciudad natal había marcado 22 tantos en menos de 90 minutos y que esa misma temporada llegó a los 180 goles. Entonces los bávaros estaban en Segunda. El gran equipo de la ciudad era el TSV 1860 München. Aquel año sería el primero de Gerd Müller, Sepp Maier y Franz Beckenbauer con el FC Bayern. El resto es historia. Pero no fue nada fácil para el ‘Torpedo’. Entrenaba a los muniqueses el croata Zlatko Cajkovski. Donde esperaba un centro delantero alto y fuerte se encontró con aquel chico que se acercaba a los 90 kilos. Le apodó pequeño gordito. “¿Cómo voy a poner a un elefante con mis purasangres? ¿Acaso nos dedicamos a la halterofilia?”, diría cuando lo conoció. “¿Qué pretenden que haga con ese gordo rechoncho?”, espetaría en otro momento. Müller tardó diez partidos en debutar. Acabó metiendo 33 goles en 26 partidos para asegurar el ascenso. Al año siguiente ganaba su primer título con el FC Bayern y bajaba hasta los 80 kilos.

1979. Fue en febrero. Concretamente el tercer día del segundo mes. Guyla Lorant, técnico húngaro del Bayern, decide sustituir a Müller. Es la primera vez en su carrera en la que no acaba un encuentro por decisión técnica. Ya no estaban ni Maier ni Beckenbauer y las críticas arreciaban contra Müller. “Es más lento que una cabina telefónica”, llegó a publicar un diario. Decide marcharse. La temporada anterior había logrado su séptimo y último título de máximo goleador de la Bundesliga. Ésta no la acabaría. Enfrentado con la directiva por lo que él consideraba falta de apoyo y, ante la ausencia de una oferta de renovación, da la espantada en pleno mes de febrero y se marcha a Estados Unidos a meter sus últimos goles y a disfrutar de la vida.

1968. Uwe Seeler renuncia a la selección con 32 años y Alemania no se clasifica para la Eurocopa de 1968 tras un humillante empate sin goles ante Albania. Seeler era el ídolo del país. Rápido y escurridizo, dominaba el juego aéreo con sus escasos 1’70. Era una máquina de hacer goles, de los pocos que han besado la red en cuatro Mundiales consecutivos. Su sustituto como ‘9’ teutón era Gerd Müller. Algo más alto, pero igual de estéticamente inoperante y de resuelto para el gol. En su primer envite de enjundia fracasó. Aquella eliminación, volvió a llevar a Seeler a las primeras páginas. Era necesaria su presencia para el Mundial de México 70. Se formó un debate terrible. Hamburgo o Bayern. Norte o Sur. Tradición o modernidad. Los goles de Seeler eran heroicos. Los de Müller ratoniles.

1991. Franz Beckenbauer, Sepp Maier y Karl-Heinz Rummenigge, tres leyendas bávaras y tres ex compañeros de Müller, vuelven a Múnich tras un viaje con el equipo. El trio pasa por delante de un bar y se quedan de piedra al ver a un hombre con barba larga, pelo desaliñado y en evidente estado de confusión. Casi no puede andar por culpa de una cadera y acumula cartones de vino a su alrededor. Parece un anciano, pero apenas suma 45 primaveras. Es Gerd Müller. Hacía años que los tres no sabían nada de su viejo amigo. En 1984 había vuelto a Alemania y se había instalado en el anonimato. Consiguen convencerlo para ingresar en una clínica de desintoxicación. Son cinco litros de vino diarios y una mujer que le espera con los papeles del divorcio bajo el brazo. Había montado un par de restaurantes y una tienda de deportes en Múnich, pero todo se había ido al garete. Vivió una temporada en casa de Franz (Beckenbauer) y otra en la de Uli (Hoeness). Recibirá continuas visitas de Uwe (Seeler) y de Berti (Vogts). Al año siguiente, ya rehabilitado, ingresará en el cuerpo técnico de los juveniles del FC Bayern.

1970. A México van los dos. Seeler y Müller. El primer dilema para Helmut Schön, seleccionador teutón, es decidir quien lleva el ‘9’. Siendo fiel a la tradición, es el veterano el que escoge y se lleva el número de los dioses. A Gerd le toca el ‘13’. Hay truenos, rallos y centellas. El ecosistema de la ‘Mannschaft’ está a punto de estallar. Schön lo resolverá con inteligencia. Colocará a Seeler más lejos del área en funciones de mediapunta y a Müller como delantero centro sin exigencias defensivas. “¡Gerd! No estaría mal si bajaras a darnos una mano en defensa”, dicen que le grito Beckenbauer en un partido. “Cuando tú vengas a ayudarme en el ataque a hacer algún gol yo bajaré en defensa a echarte una mano”, cuentan que contestó el ‘Torpedo’. El caso es que Müller, feliz y contento, anotará diez goles en el Mundial, una auténtica burrada. Seeler, veterano, comprenderá que lo de lo anotar es secundario si con ello se consigue el Mundial. Lo cierto es que Alemania cayó en una épica semifinal ante Italia, pero Müller ganó el Balón de Oro aquel año (por entonces Pelé no podía optar a él por ser sudamericano) y se convirtió en el hombre del momento.

El 'Torpedo' Müller, "gravemente enfermo": el histórico goleador alemán  padece Alzheimer
Der Bomber der Nation

1945. Gerhard Müller nació en Nordlingen. Se trata de una pequeña ciudad medieval bávara que da nombre a una de las batallas más famosas de la guerra de sucesión española, pero que se salvó milagrosamente de los designios de la II Guerra Mundial. Miembro de una familia numerosa, Gerd vivió las vicisitudes de la posguerra en un régimen extremo de pobreza. Creció acomplejado. Sabía las cuatro reglas básicas y mientras veía que los padres de sus amigos poco a poco iban rehaciendo sus vidas, observaba como los suyos seguían instalados en la mediocridad. Sus decenas de goles le llevaron a rechazar una oferta del TSV 1860 Múnich (el mejor club bávaro del momento) y a aceptar una del FC Bayern porque estos últimos le ofrecían un trabajo a media jornada en una tienda de muebles.

1971. La temporada 1970-71 se acaba y Gerd Müller no alcanza el nivel esperado. Sus registros goleadores siendo excelsos no llegan a los de la temporada anterior. Se habla de que en España van a abrir el mercado a los futbolistas extranjeros. Lo hará dos años después. Se dice que el Barça piensa en Müller, pero acabará fichando a Cruyff. Se dice que fue la federación alemana la que impidió su marcha amenazando a Müller con perderse el Mundial del 74. Son otros tiempos. Hoy el jugador está empoderado. Antes estaba esclavizado. Pero eso sucedió en 1973. Estamos en 1971. Ese verano Gerd se dedica a las pesas y se deja barba y bigote. Sigue siendo bajo y rechoncho, pero donde antes había grasa ahora hay músculo. “Müller era un depredador disfrazado de abuelita para el que la red era el encaje de novia de una niña irresistible”, escribiría Eduardo Galeano.

2021. Lo de Trento había sido un aviso. Desde entonces los momentos de desorientación crecen con la misma rapidez con que lo hace la angustia. En 2015 el Bayern lo hace oficial. Gerd Müller es apartado del staff técnico del equipo. Padece alzhéimer. Por el camino le pillará el encierro global por culpa del Covid. Todo se acelera. Donde antes decía que si o que no a través del brillo de sus ojos y saboreaba con su mujer un pedazo de vida comiendo un helado, ahora es un movimiento de pestañas mientras aguarda el paso del tiempo tirado en una cama. Uschi y Gerd llevaban juntos desde mediados de los 60, cuando ella era una chiquilla de 16 y el ya goleaba con 20. ‘Der Bomber der Nation’ falleció el 15 de agosto de 2021 a los 75 años. Lo hizo en paz, una vez sus recuerdos se deslizaron por un embudo camino de la nada y los puntos cardinales se hubieron perdido en algún lugar de su cerebro.

1972. Es la temporada de los récords. Gana el trofeo de máximo goleador de la Bundesliga con 40 goles en 32 partidos. Es el máximo goleador de la Eurocopa anotando dos tantos en la final que los alemanes ganan frente a la Unión Soviética. Anota 85 goles en todo el año 1972, récord inamovible hasta que el extraterrestre Messi firma 91 en un año natural. Ese es Gerd ‘Torpedo’ Müller. Autor de 365 goles en 427 partidos de la Bundesliga. Autor de 723 goles en 771 partidos oficiales. Ganador de 1 Balón de Oro, 1 Balón de Plata y 2 Balones de Bronce. 4 veces máximo goleador de la Copa de Europa. Máximo goleador de Mundial y Eurocopa. Ganador de ambos trofeos con Alemania y de tres Copas de Europa con el FC Bayern.

“Era feo de ver, con esas piernas cortas y gruesas y los hombros inclinados. Pero era veloz como un rayo y saltaba como una anguila. Con él no te podías distraer un segundo”. Franz Beckenbauer, compañero de equipo y de selección durante más de una década.

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El partido de la muerte

A inicios 1942 gran parte de la Rusia europea estaba ocupada por la Alemania nazi. Uno de esos territorios era Ucrania, una inmensa y rica planicie industrial y agrícola del tamaño de España con capital en la esplendorosa Kiev. Para Occidente aquello fue, era y es Rusia. Nada más lejos de la realidad. Ucrania formaba parte de la Unión Soviética como una de sus repúblicas y, aunque sus vínculos con Rusia eran tanto reales como ficticios, tenía, y tiene, una autonomía histórica independiente de Moscú.

Fue en el siglo IX cuando una masa de escandinavos estableció, con epicentro en Kiev, un territorio que ocupaba buena parte de lo que hoy es Ucrania y atravesaba el río Dniéper hasta llegar al actual noroeste de Rusia. Ese territorio era conocido como Rus e iría creciendo de tal manera que acabaría teniendo dos ciudades principales, una al sur y otra al norte.

Tras la invasión mongola el Rus fue absorbido por los súbditos de Genghis Kahn. Cuando en el siglo XV los mongoles sean un recuerdo, la realidad a la que se enfrentará el Rus será muy diferente a la de sus orígenes. El Rus se habrá dividido en dos. El rus (los ucranianos) formarán un amplio territorio llamado Gran Ducado de Lituania. Al norte estará el Gran Principado de Moscú. Con el tiempo, unos y otros se irán enemistando dado que el Gran Ducado de Lituania procesará el catolicismo y el Gran Principado de Moscú la fe ortodoxa. Debido a que los ucranianos eran ortodoxos y los polacos (los otros integrantes del Gran Ducado de Lituania junto a los propios lituanos) católicos era cuestión de tiempo que la unión se rompiese. De este modo Catalina la Grande iniciará una serie de campañas militares que convertirán a Moscú (ya de facto el Imperio Ruso) en la potencia dominante de la zona y absorberá los territorios ucranianos.

Para entonces ya se hablaba de Ucrania y de Rusia. El problema es que para los rusos el territorio ucraniano era el corazón de su Imperio. No en vano la palabra ‘Rus’ tiene su origen en Ucrania. Es más, la única salida posible al Mediterráneo de los rusos estaba en Crimea, una península a los pies de Ucrania. Sin Crimea, los mercantes y los buques de guerra rusos estarían inmovilizados por culpa del hielo invernal y estarían a expensas de los alemanes y del embudo que forma el Mar Báltico en el estrecho de Kattegat. A finales del siglo XVIIII Catalina inició una política de rusificación que continuaron sus sucesores expulsando a los cosacos de Ucrania (sí, los cosacos son ucranianos) y a los tártaros de Crimea (si, los tártaros tampoco son ‘rusos’).

El mapa político de Ucrania - Mapas de El Orden Mundial - EOM
Ucrania

Así pues, cuando en 1917 triunfa la Revolución Bolchevique y la familia del Zar es asesinada, los ucranianos verán el cielo abierto y proclamarán su independencia. Será un movimiento efímero ya que, abandonados por Occidente, no les quedará más remedio que aceptar lo inevitable y Ucrania será una de las repúblicas autónomas que formarán parte de la URSS. Pero Rusia no olvidará la afrenta y Stalin mandará matar por hambre a más de cuatro millones de ucranianos en la década de 1930 al confiscar las reservas de cereales ucranianas para llevarlas a los territorios más dóciles de la Unión Soviética.

Volvamos pues a 1942. Decía que Ucrania estaba ocupada por Alemania. En un primer momento los ucranianos vieron a los alemanes como libertadores. Fue una ficción. Para Hitler todo aquello más allá del Oder formaba parte del ‘Lebensraum’. Para el pensamiento nazi tanto polacos como rusos o ucranianos eran lo mismo, subhumanos que había que eliminar o esclavizar para que los arios tuviesen el espacio vital que necesitaban para existir.

Tras la debacle de Stalingrado, y ante el más que probable colapso del Reich, los nazis enarbolaron banderas nacionalistas para intentar poner de su lado a la población autóctona. Nació así el Ejército Ruso de Liberación de Andrei Vlasov y la Organización de Nacionalistas Ucranianos. Los esfuerzos fueron en vano, dado que, aunque estos grupos querían librarse de los comunistas, también eran conscientes de que la alternativa no era ni la democracia ni la independencia, sino el exterminio nazi. El fracaso de estas iniciativas se contempla con los números. Apenas 300.000 soldados integraron la Organización de Nacionalistas Ucranianos, mientras que se estima que unos seis millones (muchos de ellos forzados) formaron las filas del Ejército Rojo.

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Kiev. 1942

— EL PARTIDO DE LA MUERTE —

Entre aquellos chicos obligados a combatir en el Ejército Rojo estaban los futbolistas del Dinamo de Kiev. Fundado en 1927 como el equipo de la policía soviética, el Dinamo gozaba de gran reputación, aunque su nivel era inferior al de los equipos de Moscú. Cuando en septiembre de 1941 los alemanes ocupen Kiev varios de aquellos futbolistas acabarán en un campo de concentración, bien por servir al Ejército Rojo o bien por formar parte de la defensa civil de la ciudad.

Los meses pasaron, el invierno llegó y el hambre hizo su aparición. A inicios de 1942 Mykola Trusevych, portero del Dinamo, fue liberado de prisión y deambulaba por la ciudad en busca de un trabajo. En uno de esos días aciagos se tropezó con Iosif Kordik, un fanático del Dinamo de Kiev que lo reconoció enseguida. Trusevych estaba demacrado y extremadamente delgado por lo que Kordik no dudó en ofrecerle trabajo en la panadería que regentaba un par de manzanas más allá. Kordik había podido mantener su negocio intacto al ser de ascendencia alemana.

A Kordik se le cayó el alma a los pues cuando vio a Trusevych. Lo que antes era un hombre fornido y elástico era hoy un amasijo de huesos. Lo empleó como barrendero en la tienda, la mayoría de las veces sin sueldo, pero lo que nunca le faltaría sería que comer. Pronto Trusevych comenzó a ganar peso y a Kordik se le ocurrió la idea de formar un equipo de fútbol patrocinado por la panadería.

Trusevych se mostró encantado con la idea. Aquel panadero le había dado trabajo, pero sobre todo le había devuelto la dignidad. Comenzó a recorrer los barrios de Kiev puerta con puerta buscando a sus antiguos compañeros. No era tarea fácil. Alguno estaba preso, otros fallecidos y el resto estaban desperdigados por la ciudad.

Al cabo de unas semanas Trusevych había reunido a un grupo heterogéneo formado por ocho antiguos futbolistas del Dinamo de Kiev y tres jugadores del Lokomotiv de Kiev. Todos se reunían en la panadería estatal número 3, el establecimiento regentado por Kordik, para charlar de la vida, de fútbol…y para comer.

Aquellos chicos formaron el FC Start.

Su historia pasaría a ser legendaria.

Los nazis, en su intento por dar normalidad a la ocupación, organizaron un campeonato de liga en la ciudad. Participarían un total de seis equipos. Dos conjuntos alemanes y otros dos formados por las guarniciones rumana y húngara de la ciudad. Las otras dos escuadras serían el FC Start y el conjunto hecho con los colaboracionistas ucranianos. Éstos últimos serían los únicos que podrían jugar como locales en el antiguo estadio nacional.

El primer partido del FC Start fue contra los colaboracionistas ucranianos y se saldó con una clara victoria (7-2). La siguiente víctima fueron los húngaros que, al igual que los rumanos, eran aliados de los nazis y solían ocuparse de las zonas ya conquistadas, dado que el Alto Mando alemán confiaba poco de sus dotes en el campo de batalla. Decía que el FC Start se enfrentó a los húngaros logrando una fácil victoria (6-2). Más apabullante sería la siguiente ante la guarnición rumana (11-0) o la lograda ante los militares alemanes (9-1).

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La única foto conocida del FC Start

Por entonces la fama del FC Start ya era conocida en Kiev y en buena parte de Ucrania. Estaba claro que los rivales eran simples aficionados y que el FC Start estaba formado por futbolistas de verdad, pero cada pequeña victoria henchía el orgullo de los ucranianos, los cuales veían cada gol como una patada a la vanidad de los ocupantes.

Conscientes de que las victorias del FC Start podían inspirar a los ucranianos y disminuir la moral de las tropas del Eje, las autoridades nazis tenían la esperanza en que el Flakeif lograse vencer a esos rebeldes. El Flakeif era el equipo de la Luffwaffe, las fuerzas áreas, y allí era donde servían la mayoría de los antiguos futbolistas alemanes. Antes el FC Start volvió a vencer a rumanos y húngaros por 6-0 y por un ajustado 3-2 respectivamente. Cabe señalar que por entonces Hungría era una potencia futbolística de primer nivel, y aunque solo se tratasen de futbolistas aficionados, la victoria contaba con cierto prestigio.

Que aquellos futbolistas desarrapados humillasen al Reich era inaceptable. Y lo fue mucho más cuando el FC Start derrotó al Flakeif por un clarísimo 5-1. Mal equipados y alimentados, aquellos futbolistas ucranianos estaban poniendo en tela de juicio tanto el orgullo alemán como las teorías raciales nazis. Sin apenas tiempo para recuperarse, apenas 72 horas más tarde se programó la revancha entre el Flakeif y el FC Start. El partido se jugaría en el estadio nacional Zenit de Kiev, antes conocido como Estadio Rojo y en la actualidad renombrado Estadio Olímpico de Kiev. Se trataba de un coloso de cemento capaz de acoger a cerca de 70.000 espectadores a pesar de sufrir diversos desperfectos por culpa de varios bombardeos.

Ya no era un partido de campeonato. Era una revancha a vida o muerte.

Los días previos la comida comenzó a llegar en tropel a la parte de atrás de la panadería de Kordik. Junto a la carne o los huevos llegaban también mensajes de ánimo y lágrimas de orgullo ante lo que aquellos chicos estaban haciendo. Aparecieron también nuevas camisetas y hasta alguna bota de fútbol usada.

El 9 de agosto el FC Start y el Flakeif saltaron al césped del Olímpico de Kiev ante una multitud callada, pero con el pecho henchido de júbilo. En el palco varios gerifaltes alemanes. En el circulo central, el colegiado. Un oficial de las Waffen-SS, el cuerpo de élite del entramado nazi, sin más conocimiento del reglamento que el de ayudar lo máximo posible a los suyos. Los ucranianos sabrían que el arbitraje sería tendencioso y mucho más cuando minutos antes del partido reciban la visita de un miembro de las SS que les advertiría de las funestas consecuencias de una nueva victoria.

Como era de esperar el Flakeif hizo gala de su poderío físico ante la impasibilidad del árbitro. Así llegaría el primer tanto. Trusevych recibió una patada en la cabeza en un tumulto en el área, y mientras el portero ucraniano se recuperaba, los alemanes anotaron el primer gol a puerta vacía.

El partido transcurrió y las fuentes orales hablan de tirones de pelos, agarres de camiseta, puñetazos en el estómago y violentas patadas en la espinilla, todas con el beneplácito del colegiado. Aun así, el FC Start logró anotar tres goles antes del descanso, uno de ellos tras un precioso zig-zag entre varios defensores de Makar Goncharenko, seguramente el futbolista con mayores cualidades técnicas de los allí presentes.

En la segunda parte el FC Start acusó los golpes y el cansancio. Llegó a anotar dos tantos más, que rápidamente fueron contrarrestados por los nazis. El marcador señalaba un 5-3 a favor de los ucranianos cuando Kimilenko, defensa central de los locales, avanzó con la pelota, sorteó a varios rivales y se plantó delante del portero alemán engañándole con un golpe de cadera hasta encontrarse con la portería vacía. Fue entonces, cuando en lugar de anotar un gol, decidió darse la vuelta y pegar un pelotazo dirigido al público mientras alzaba los brazos en señal de victoria.

Los casi 70.000 espectadores rugieron como si no hubiese un mañana.

Faltaban aún unos minutos para el final del encuentro, pero el árbitro decidió pitar la conclusión antes de tiempo.

Aquello iba a tener consecuencias. Ya habían sido advertidos.

La afrenta resquebrajó la sonrisa hierática de los ocupantes nazis. Sí, el FC Start era un equipo de ex futbolistas. Pero eran seres humanos mal alimentados, con profundas cicatrices por la represión y con el miedo azuzando sus cabezas. Era subhumanos que habían vencido a la élite del ejército más poderoso jamás visto.

Una semana más tarde, el 16 de agosto de 1942, el FC Start venció a otro equipo alemán por 8-0. Al día siguiente los jugadores ucranianos fueron arrestados por orden de la Gestapo acusados de ser espías soviéticos. En realidad, todos eran miembros del Partido Comunista porque para jugar al fútbol en la Unión Soviética era obligatorio afiliarse al partido. Nikolai Korotkykh murió torturado mientras el resto de la plantilla fue enviada a un campo de concentración. Cuatro compañeros más acabarían falleciendo, entre ellos el portero Mykola Trusevych, el impulsor de esta epopeya.

A finales de 1943 los soviéticos liberarían Kiev de la ocupación nazi y la historia saldrá a la luz por vez primera. Lo hará con sordina, dado que serán acusados por Moscú de “confraternizar con el enemigo” por aceptar jugar partidos de fútbol contra los nazis. Los tres supervivientes tuvieron que callar hasta que tras la muerte de Stalin el régimen comunista decida abrir algo la mano. Fue entonces cuando gracias al esfuerzo de Makar Goncharenko, uno de los tres supervivientes, la historia pase a ser ‘vox populi’ debido a la publicación de un libro. Inmediatamente aquellos chicos del Dinamo de Kiev se convirtieron en héroes nacionales ucranianos y en héroes soviéticos en Rusia y en el resto de la Unión Soviética. Fue tal la fama que en 1981 se inauguró un grupo escultórico conmemorativo a las puertas del Estadio Olímpico de Kiev, que durante unos años fue rebautizado como Estadio FC Start.

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Estatua en los aledaños del Estadio Olímpico de Kiev

Por entonces ya Crimea formaba parte de Ucrania. Tras la muerte de Stalin en 1953 y la llegada al poder de Nikita Kruschev se inició un proceso de Desestalinización. Kruschev pidió perdón por el genocidio cometido en Ucrania durante los años 30 y, como medida de distensión, decretó que la península de Crimea formase parte de la República Soviética de Ucrania. Cuando la URSS se desmiembre en 1991 y Ucrania consiga al fin su independencia, aquella decisión se verá como errónea cuando Rusia y Ucrania peleen por el territorio más codiciado del Este de Europa. El desatino acabará con una guerra iniciada en 2014 y todavía inconclusa a la hora de escribir estas líneas.

Mientras, el Dinamo de Kiev se recompuso y en 1961 obtuvo su primera liga soviética. A partir de entonces se erigió en el equipo más importante de la Unión Soviética, practicando siempre un fútbol técnico y ofensivo. Al igual que los equipos lituanos sobrepasaron a los moscovitas en baloncesto, el Dinamo de Kiev hizo lo mismo en el deporte rey. En 25 años ganó 13 ligas de la URSS, se convirtió en el único equipo soviético en lograr títulos internacionales y parió al mejor entrenador que ha dado el Este de Europa (Valeri Lobanovsky) y a dos Balones de Oro (Oleg Blokhin e Igor Belanov). Sí, Lev Yashin, el jugador más legendario de la URSS, era ruso, pero si bien en la victoria soviética en la Eurocopa 1960 había siete rusos por tan sólo un ucraniano, cuando en 1988 queden subcampeones de la Eurocopa habrá tan sólo dos rusos en el once inicial frente a siete ucranianos. El influjo del fútbol ucraniano y del Dinamo de Kiev llegó incluso al siglo XXI, cuando Andrey Shevchenko y compañía siguieron demostrando la superioridad del balompié en el antiguo Rus de Kiev.

P.D: A Hollywood le dio por convertir la historia en una película. Stallone fue Trusevych y Pelé fue Goncharenko. En lo único en que se parecía ‘Evasión o Victoria’ al ‘Partido de la Muerte’ es en que todo estaba poblado de nazis. Todo lo demás es pura, y deliciosa, ficción.

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