Alemania

El nazi bueno (1ª parte)

Antes, mucho antes, de Robinho, Tévez, Agüero, Gündogan, Silva o De Bruyne, el Manchester City era un paria. Un club modesto, a caballo entre la primera y la segunda categoría del fútbol inglés y siempre a la sombra de los diablos rojos del United. Tuvo sus años de gloria a finales de los 60 cuando conquistó la Premier de forma sorpresiva, pero la historia del club tiene más sombras que luces. Y, a pesar de todo ello, para todo buen hincha ‘citizen’ por muchos títulos y por muchas estrellas que los petrodólares se encarguen de llevar a orillas del río Mersey no habrá nunca un futbolista más admirado que Bert Trautmann, el nazi bueno.

En 1949 el Manchester City necesitaba un portero. Frank Swift, el cancerbero del club en el último lustro, se acababa de retirar y aunque estaban convencidos de que el elegido era mucho mejor que él, los directivos del City dudaban de que fuese aceptado por la afición. Bert Trautmann era un excepcional portero que llevaba varios meses destacando en el fútbol regional pero que aún no había dado el paso al profesionalismo. Y no por culpa de sus aptitudes, a ojos de todos excepcionales, sino por culpa de su pasaporte.

Trautmann era alemán. Era un soldado alemán. Un sargento de la Luftwaffe. Bert Trautmann se iba a convertir en el primer teutón que jugaría en la liga inglesa. En el primer alemán que iba a disputar la FA Cup, la competición de fútbol más antigua del mundo. Y todo ello apenas un puñado de años después del fin de la II Guerra Mundial.

Bert Trautmann nació en Bremen en 1923, días antes del golpe de Estado fallido conjeturado por Hitler y otros gerifaltes del partido nazi en una cervecería de Münich. Como todo chiquillo alemán de raza aria, Bert era un niño alto, fornido y rubio. Y como tantos otros niños altos, fornidos y rubios creció mamando la propaganda nazi, pasó su pubertad en los campamentos organizados por las Juventudes Hitlerianas y cuando la guerra estalló en 1939, y con apenas 16 años de edad, corrió a alistarse como voluntario para defender el Reich de los 1.000 años.

Trautmann había pasado una difícil infancia. Sus padres no tenían trabajo y él vivía de pedir en la calle y de los alimentos que le daban en los comedores comunitarios. Con apenas 10 años ya se unió a las Juventudes Hitlerianas, donde le proporcionaban comida, le enseñaron el oficio de mecánico y, sobretodo, le devolvieron la dignidad. Es fácil comprender como aquel chaval de 16 años estaba dispuesto a dar su vida por Alemania y por su Führer.

Intentó alistarse en la sección de inteligencia. Su idea era convertirse en operador de radio, pero suspendió el examen para intérprete de código morse. Finalmente fue reclutado por la Luftwaffe como paracaidista. Los ‘fallschirmjager’ eran unidades de élite, fuertemente nazificadas y claves para la ofensiva nazi. Los alemanes fueron los primeros que crearon unidades específicas de paracaidistas para asaltar las líneas enemigas, cortar comunicaciones y crear el caos en la retaguardia del enemigo. Los ‘fallschirmjager’ eran muy respetados en el campo de batalla y estaban armados con el fusil de asalto FG 42, un arma de combate ligera y plegable, sin paragón por entonces.

Tras un arduo entrenamiento Trautmann fue enviado a la Polonia ocupada, hasta que en el verano de 1941 fue movilizado para iniciar la ofensiva alemana contra la URSS. Pasaría tres años combatiendo en el frente del Este siendo uno de los 90 supervivientes de una división aerotransportada conformada por 1.000 individuos. Trautmann es uno de los pocos afortunados que entró en la guerra en 1939 y salió indemne de sus garras en 1945.

Primero luchó en Crimea y más tarde fue enviado al frente de Moscú. Allí, durante la contraofensiva soviética, una granada le estalló en los pies e increíblemente no sufrió rasguño alguno. Era el invierno de 1942 y poco después fue capturado por los rusos. Dicen quienes lo conocieron que era un soldado entusiasta y eficiente y que mantenía la compostura incluso encerrado en un campo de trabajo. Su fidelidad a Alemania se mantenía por entonces inquebrantable. A los pocos meses de ser capturado fue enviado junto a otros presos a reasfaltar y adecentar una carretera que había sido demolida en el transcurso de los combates. Mientras estaba trabajando, un escuadrón de cazas de la Luftwaffe atacó a las posiciones más avanzadas del flanco soviético. Aprovechándose del caos originado, Trautmann consiguió escapar de su cautiverio y emprender una larga huida para regresar a territorio alemán. Con motivo de su hazaña fue galardonado con una Cruz de Hierro, una condecoración militar alemana de origen prusiano, y aún vigente en la actualidad, que es concedida por actos de gran valentía. Tan sólo fue una más de las cinco condecoraciones que Trautmann recibió en los años de contienda.

Tras unas semanas de descanso en Bremen volvería a Rusia donde alcanzaría el grado de sargento, hasta que en 1944 fue desplegado sobre Bélgica para tratar de ayudar a detener la ofensiva de los aliados tras el desembarco de Normandía. Pero por entonces su visión de la guerra ya había cambiado. En Bremen había comprobado como parte de su familia había muerto y como la otra malvivía. Había sufrido en sus carnes como su ciudad era víctima de bombardeos aliados continuos, algo que la propaganda nazi se había encargado de ocultar. Pero no sólo eso. Años más tarde confesaría lo orgulloso que se había sentido cuando había logrado escapar de los soviéticos. Pero también explicaría que su nazismo se había visto diezmado cuando advirtió como un comando de las SS aniquilaba a los habitantes de un pueblo ruso al completo y los enterraba en una fosa común. “Si no hubiese sido tan niño entonces creo que me hubiese suicidado”, se sinceraría en un profundo reportaje.

En diciembre de 1944 participó en la batalla de las Ardenas, la última ofensiva alemana de la guerra. La ofensiva fracasó y Trautmann nuevamente fue capturado, en esta ocasión por un comando francés. Nuevamente consiguió escapar, en esta oportunidad sin mayores dificultades, pero en esta ocasión no habría tiempo para descansar. El ejército alemán estaba a punto de colapsar y no se podía escatimar en personal. Trautmann fue enviado al frente de nuevo, esta vez a defender la frontera del Rin, el último reducto antes de que los enemigos entrasen en Alemania.

La noche del 7 al 8 de febrero de 1945 la aviación inglesa convirtió en escombros gran parte de la ciudad medieval de Cléveris. Entre los cascotes emergió Bert Trautmann tras tres largos días y tres largas noches inmóvil debajo de las ruinas. Sólo, aislado de su división, sin pertrechos ni comida, deambulaba vestido de uniforme camino de Bremen usando la persistencia como su único método para sobrevivir. Un par de días después fue sorprendido por un par de soldados norteamericanos mientras dormía en un granero. Consiguió zafarse de ambos, pero mientras escapaba corriendo campo a través tropezó. Al levantar la cabeza vio a un grupo de soldados ingleses que le espetaron: “¡Eh! Fritz (así es como los ingleses llamaban a todos los alemanes), ¿te apetece una taza de té?”. Y Trautmann definitivamente se rindió. Su guerra había acabado.

“Fue una liberación. Estaba cansado de escapar y de combatir. Todo cambiaba demasiado rápido y era imposible soportar aquella sensación de que en cualquier momento todo podía acabarse”, declararía Trautmann años más tarde.

Los aliados primero le enviaron a un campo de prisioneros situado en Bélgica y, al acabar la guerra, fue trasladado a Essex, al noreste de Londres. Existían tres categorías de reclusos. Los negros eran considerados nazis impenitentes, los reclusos grises eran considerados simpatizantes pero no militantes y los convictos con distintivo blanco eran aquellos soldados alemanes que se consideraban antinazis.

Trautmann fue catalogado como recluso de distintivo negro. Fue clasificado como un nazi peligroso.

Durante más de medio año fue sometido a un plan de desnazificación. Fue reeducado en los valores democráticos, fue sometido a sesiones de vídeo con imágenes de los campos de exterminio de judíos y, en definitiva, se le hizo partícipe de todas las atrocidades que los nazis perpetraron durante la guerra y que él se encargó de defender al vestir el uniforme del ejército alemán.

En el verano de 1946 fue recalificado como prisionero de distintivo gris y fue enviado a un campo de trabajo en Ashton-in-Makerfield, un pueblo a caballo entre Manchester y Liverpool. Allí se convierte en conductor de un camión de reparto entre granjas y se entremezcla con los pueblerinos en labores de intendencia como el arreglo de tendidos eléctricos, el levantamiento de puentes, el traslado de enseres o la retirada de bombas que quedaron sin estallar.

El director del campamento era un general escocés fanático del fútbol que tan pronto como pudo organizó un equipo para competir en las ligas locales. Trautmann no había jugado nunca al fútbol y es utilizado como defensa central. Fuerte, robusto y con 1’89 metros de altura se convierte en un central leñero. Pero el azar le tenía destinado otra aventura. El portero del equipo se lesiona y Trautmann es enviado bajo palos. Aquel central mostrenco y bruto se convertirá en un portero seguro, ágil y de gran colocación. El boca a boca pronto hará efecto y los partidos del domingo del equipo del campamento de prisioneros número 50 pronto serán seguidos por miles de curiosos.

En las navidades de 1946 Trautmann, al igual que otros presos, pasará la Navidad con una familia de la zona en un intento de normalizar una situación anómala. Es entonces cuando conoce a Marion Greenhall, una chica de un pueblo cercano que pronto se quedará embarazada. Bert Trautmann, ya con 23 años de edad, había matado a cientos de hombres pero aún no sabía lo que era el sexo. Cuando en 1947 el Gobierno inglés repatrie a los presos a su país de origen, Trautmann decide rechazar el ofrecimiento. En Bremen ya no tiene ni familia ni amigos. En Inglaterra tiene una nueva vida.

La buena voluntad le dura apenas un par de meses. Antes de que Marion dé a luz a una niña que llamará Frida, Trautmann escapará víctima del miedo y de la responsabilidad. Hoy parecerá extraño, pero en los años de posguerra los hijos de madre soltera fueron pan de cada día. Hasta los años 60 Frida no sabrá quién es su padre biológico y tuvo que esperar a 1990 para conocerlo.

Bert malvive trabajando en una granja hasta que en abril de 1948 el Saint Helens Town, un equipo de regional contra el que había jugado en alguna ocasión, le ofrece un puesto como portero y un empleo en la fábrica local. Trautmann acepta y con sus paradas consigue con rapidez que el St. Helens ascienda de categoría.

Antes de que termine la temporada 1948/49 sus actuaciones han llamado la atención del Manchester City. Es evidente que Trautmann es un portero de primer nivel, pero una cosa es que un prisionero de guerra, un alemán, juegue en un equipo semiamateur y otra es que salte a los campos de la primera división inglesa.

Pero esa será la historia de la próxima semana.

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El experimento Nowitzki

Con toda la fastuosa y emotiva parafernalia del ‘show business’ estadounidense esta semana el mundo del baloncesto despedía a Dirk Nowitzki. Lo hizo tras un emotivo homenaje de los directivos, empleados y seguidores de los Dallas Mavericks, club en el que ha militado de forma ininterrumpida durante 21 temporadas, récord absoluto en la NBA. Lo hizo tras un soberbio partido con 30 puntos, uno de esos encuentros diseñados para el lucimiento del homenajeado. Nowitzki se retira con 1 título de la NBA (2011), 1 título de MVP de la temporada (2007. Primer y único europeo en lograrlo), 13 presencias en el All-Star, 4 presencias en el mejor quinteto de la NBA y entre otras muchas cosas como uno de los tres únicos jugadores en la historia que han sido capaces de promediar más de 25 puntos y 10 rebotes durante los playoffs, el momento en el que se separa el grano de la paja.

Se retira Nowitzki y se retira el primer jugador de baloncesto del siglo XXI. Nowitzki fue el primer jugador híbrido. Grandes que juegan por fuera, pequeños que juegan por dentro. El basket del siglo XXI. El baloncesto multiplataforma. Fue el primer siete pies (más de 2’10 metros) cuyo radio de acción se encontraba fuera de la zona. Jugador con excelso lanzamiento de tres puntos y soberbio tiro a contrapié a 5-6 metros, fue el primer jugador alto que huyó del poste para buscar el exterior. Indefendible para hombres altos y pesados por fuera e indefendible para hombres rápidos y pequeños por dentro. Nowitzki también fue el primer jugador de élite que triunfó sin pasar por ninguna universidad americana ni por ninguna cantera del baloncesto europeo. Nowitzki fue un producto de laboratorio, un chaval hecho a sí mismo que fue descubierto por el mundo en un torneo de verano y que fue modelado por un semidesconocido llamado Holger Geschwindner, que, como si de un plan quinquenal soviético se tratase, diseñó un método para convertir a aquel espigado chaval alemán en uno de los mejores jugadores de todos los tiempos.

En 1993, a punto de cumplir los 50 años, Geschwindner mataba el tiempo jugando en la tercera división alemana de baloncesto. Había llegado a disputar los Juegos Olímpicos de Münich con la selección germana, pero ni había sido un gran jugador ni Alemania era nada en el mundo de la canasta por aquellos tiempos. El caso es que en uno de esos partidos de tercera coincidió con Dirk Nowitzki, por entonces un flaco y larguirucho adolescente de 15 años hijo de un padre voleibolista y una madre baloncestista. Geschwindner engatusó a los padres de Dirk y los convenció de lo arriesgado de mandar a su hijo a una universidad estadounidense (California) o de ingresar en las filas de la cantera de un gran club (FC Barcelona). Según Geschwindner lo que iban hacer con los 2’13 metros de Nowitzki era enterrarlos debajo de la canasta, obligarlos a hacer pesas para ganar masa muscular y convertirlos en un tosco pívot.

Geschwindner tenía otros planes. Se ofreció a cuidarlo como si fuese su hijo y se propuso convertirlo en un jugador total. En algo nunca visto. Comenzó así una relación que ya dura un cuarto de siglo y por la que Geschwindner se ha negado siempre a cobrar ni un céntimo. Nowitzki tan sólo le paga la estancia y la manutención allá donde vaya.

El experimento de Geschwindner fue criticado hasta la saciedad. Comenzó a diseñar entrenamientos técnicos pensados en mantener el equilibrio. Nowitzki se pasaba horas tirando sobre una pierna y con un peso en la otra. Después era obligado a elevar el balón lo máximo viable a través de un arco imposible que alcanzara el cielo antes de iniciar su descenso hacia el aro. Le llamaron el tiro del arcoíris. Cuando al año siguiente el Wurzburg, equipo de segunda división de la ciudad natal de Dirk, intentó ficharlo, Geschwindner puso dos condiciones; él tendría que ser el entrenador y Nowitzki tendría que jugar de alero tirador, nunca como pívot.

El experimento se dio en llamar ‘Institute of applied nonsense’ (Instituto del sinsentido aplicado). En los ratos libres Nowitzki tenía prohibido hacer pesas. En los 90, tiempos del baloncesto ultradefensivo, de jugadores hipermusculados y de gemelos como rocas, Geschwindner se empeñó en pulir la técnica de Dirk y olvidarse de sus pectorales. Por las noches dormía sobre el parqué para adaptarse al tacto de una pista de baloncesto y por la mañana temprano cogía una barcaza y remaba por un lago durante horas mientras Geschwindner le daba lecciones de historia, música, filosofía y sobre todo física.

Amante de los ordenadores, de la física y de la tecnología, Geschwindner había calculado que el tiro perfecto tenía que tener un arco de 60 grados. Ya lo había establecido con papel y lápiz cuando él era un base de 1’92 metros, pero cuando pudo plasmar sus ideas en un programa informático y vio los 2’13 metros de Nowitzki se sintió como san Pablo cuando cayó del caballo y comprendió cual era el sentido de su existencia. Durante años pulió el lanzamiento de Dirk a capa y espada. Todo estuvo milimetrado, desde el roce con el balón, la resistencia del viento, la presión de los pulgares o la longitud de los brazos. Ese tiro, ese bello lanzamiento de arco imposible le dio el apodo a Nowitzki de ‘Robin Hood’, porque con aquellos enormes y largos brazos extendidos la plasticidad del lanzamiento se asemejaba a la de un arco del medievo en plenitud de su tensión.

La idea de Geschwindner era clara. Nowitzki tendría que lanzar decenas, cientos, miles, millones de tiros con la mano derecha. Cuando fuese capaz de tener un porcentaje de aciertos próximo a la perfección debería a empezar a hacer lo mismo con la mano siniestra. Su razonamiento era simple. Si no era capaz de anotar sin oponentes, ¿cómo iba a ser capaz de encestar rodeado de rivales en un partido? Por ello, cuando el tiro ya estuvo perfeccionado, Geschwindner obligaba a cambiar a Nowitzki el arco de su lanzamiento con continuos golpes, pisotones y empujones para que se adaptase a la realidad de un partido.

Lo de remar durante horas era asueto en comparación con otras pruebas a las que era sometido Nowitzki. En verano, Dirk trabajaba durante un mes en una granja de sol a sol con el objetivo de aprender el valor del sacrificio y fortalecer grupos musculares que no se ejercitaban en el baloncesto. Cuando un par de años más tarde llegó a Estados Unidos, Geschwindner llevó a Nowitzki a escalar el Gran Cañón del Colorado. Una vez en la cima le dijo que en vez de mirar hacia abajo mirase hacia la inmensidad del cielo. Era su forma de decirle que aunque estuviese en la NBA el sacrificio estaba lejos de finalizar. Siempre había más por lo que luchar.

Todo ese arduo entrenamiento dio como resultado un lanzamiento antológico que más que una técnica deportiva se asemejaba a un paso de baile. El apodo que triunfaría sería el de ‘Robin Hood’, aunque a mí siempre me gustó más el menos conocido de ‘Flamingo’. Y es que, tirando de imaginación, el icónico tiro a una pierna de Nowitzki es la viva imagen de la silueta de un flamenco. Como diría años más tarde el bicampeón de la NBA Kevin Durant: “Tiene muchísimos movimientos que intento robar, sobretodo su paso de baile del flamenco.”

Y es que Nowitzki bailaba sobre una pista de baloncesto. Según se cuenta, en el programa de Geschwindner había ideas tomadas prestadas de violinistas y de pianistas. Al parecer gustaba de que Nowitzki lanzara a canasta mientras por los altavoces sonaban piezas de jazz con el objetivo, según él, de “darle al baloncesto sentido científico para liberarlo de su belleza natural”. Años después Nowitzki tocaría la guitarra en la boda de su hermana. Geschwindner le había obligado a aprender a tocarla durante su entrenamiento. Entiende el baloncesto como una suerte de danza con música de fondo. Un paso hacia adelante y otro hacía atrás. Giros continuos, dribblings y lanzamientos quirúrgicos. Desplazamientos laterales y arranques verticales. El deporte como ciencia y como arte. “El baloncesto es música. Cinco muchachos pueden ser reyes en su instrumento pero deben hacerlos sonar juntos para tocar una pieza. Uno de ellos puede ser clave, pero si no escucha a los demás no conseguirá nada”, comentó el mentor en una de sus escasas entrevistas.

Las comparaciones con Larry Bird fueron constantes, aunque las diferencias entre ambos fueron siempre mayores que las similitudes. “Tira mejor que yo, rebotea mejor que yo, corre más que yo, pero no es mejor jugador que yo”, contestó el siempre irónico Larry Bird cuando le preguntaron por Nowitzki. Lo cierto es que el alemán fue un arma ofensiva imparable por su combinación de lanzamiento exterior y movimientos al poste. En lugar de ir al choque, ‘Robin Hood’ usaba su increíble capacidad de equilibrio para alejarse de su defensor y anotar con facilidad. Quizás adolecía de capacidad de pase y, según muchos críticos norteamericanos, de capacidad defensiva, si bien, para el mundo NBA, el arquetipo de jugador europeo blanco es una máquina de fundamentos ofensivos con fallos estructurales en defensa.

Nowitzki no fue Bird porque no fue una estrella, fue una antiestrella. Espécimen tímido, huidizo de los focos, de esos que a través del silencio cimentan su liderazgo. Nunca soberbio, querido por todos. Sin ser humilde, siempre respetuoso. Se ha convertido en un hombre respetado y respetable en Dallas. Integrado en la vida norteamericana es frecuente verlo en actos benéficos, apoyando luchas sociales e interesándose vivamente y no de palabra por el futuro de su ciudad. Cuando en 2010 acordó un nuevo contrato a razón de 20 millones de dólares anuales lo hizo con un simple apretón de manos y le dijo a Mark Cuban (presidente de los Dallas Mavericks) que no hacía falta firmar nada, que con su palabra era más que suficiente. Geschwindner también hizo un excelente trabajo en el aspecto humano.

Nowitzki se va. Y lo hace como el mejor jugador europeo por trayectoria NBA, como uno de los mejores ¿ala-pívots? de la historia, y, sobre todo, como el primer jugador del siglo XXI, como el Usain Bolt del baloncesto, el primer siete pies que gobernó el baloncesto siendo alto pero sin precisar de su altura para gobernar.

“Lo que más agradezco de aquellos tiempos es que Geschwindner me llevó un día a ver Parsifal de Wagner al festival de Bayreuth” Dirk Nowitzki.

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¿Por qué Alemania odia al Bayern?

Recientemente hemos presenciado el humillante derrumbe del Real Madrid. Lo han echado de su trono europeo después de una desastrosa semana donde ha sido barrido, no sólo por el Ajax, sino también por el Barça. Al mismo tiempo el faraónico proyecto del PSG ha vuelto a hincar la rodilla, mientras que el Bayern hacía lo propio en un paupérrimo partido ante el Liverpool. Los tres gigantes cayeron en casa y el dolor de sus derrotas se ha convertido en celebración y fiesta en buena parte del mundo. Al menos la mitad de España considera prepotencia el llamado señorío del Real Madrid. Algo parecido ocurre en Francia, donde la soberbia del PSG genera ojeriza y rencor. Pero si hay un país donde la cuasi totalidad de la población odia a un club ese es Alemania.

El Bayern de Múnich es el equipo más laureado y a la vez más odiado de Alemania. Mayor poder es sinónimo de más responsabilidad y más responsabilidad es sinónimo de más envidia. Es lógico que el Bayern, dominador con mano de hierro de la Bundesliga (ha ganado la mitad de los títulos 27/55) tenga miles de detractores, pero lo suyo es un fenómeno cuanto menos llamativo. Otros grandes caso del Real Madrid, Manchester United o Ajax cuentan con seguidores en todo el territorio de su país. Incluso algún otro como la Juventus o el Celtic son hegemónicos en su país, a pesar de ser la segunda preferencia dentro de su ciudad. En el Bayern su filiación alemana se restringe al länder de Baviera y por el contrario son millones los seguidores fuera de las fronteras germanas. ¿Por qué Alemania odia al Bayern?

Como de costumbre es necesario desempolvar el libro de historia para comprender de donde viene este odio. En 1618 lo que hoy es Alemania era un batiburrillo de principados, reinos y repúblicas divididas por la religión. El cristianismo en Europa estaba en medio de una crisis de proporciones bíblicas, mientras en el resto del mundo cumplía una labor de evangelización universal. Por supuesto que la religión era lo que hacía moverse a la plebe, mientras que a la élite lo que le preocupaba era el poder económico. Durante tres décadas las grandes potencias del momento se enfrentaron en lo que sería conocida como ‘La guerra de los 30 años’. Los protestantes de Sajonia, Prusia y la Liga Hanseática fueron apoyados por Países Bajos, Inglaterra o Suecia. Los católicos de Baviera fueron apoyados por el Imperio Español y Austria. ‘La guerra de los 30 años’ acabó con la derrota de estos últimos, una aceptación del protestantismo y, lo que a nosotros nos ocupa, un giro en la relación de Baviera con el resto de Alemania. Los católicos del sur pasaron a ser vistos como extranjeros.

‘La guerra de los 30 años’ forma parte de la identidad nacional de Alemania al igual que otras guerras civiles ocupan ese espacio en España o Estados Unidos o distintas revoluciones hacen lo propio en Francia o Rusia. Según los historiadores especializados en esa época, la Paz de Westfalia (1648) sentó las bases de la Unión Europea. Fundamentó dos principios esenciales; la libertad de religión (cristiana) dentro de unas fronteras y la negociación entre Estados soberanos (multilateralismo) antes de declarar una guerra. Estos dos principios hicieron posible que con el paso de los siglos Alemania fuese el único gran estado europeo con notable diversidad religiosa (cristiana) y que las decenas de reinos de taifas que la poblaban se uniesen pacíficamente en un Estado soberano en 1871.

Cuando en 1871 se constituyó Alemania los bávaros mantuvieron buena parte de su independencia. Primordialmente conservaron a sus embajadores en el extranjero, se encargaron de regular y construir su propio sistema de transportes y mantuvieron un ejército privado. Baviera era una región católica, eminentemente agraria y que mantenía fuertes lazos con la imperial Austria. Sí, había unión, pero Berlín y los industriales y militares prusianos y los protestantes comerciantes del norte del país eran poco menos que extranjeros con los que tan sólo se compartía el idioma. Tampoco era nada nuevo ni extraño. Cuando Napoleón conquistó Europa, Baviera se alió con el emperador y con otros länders fronterizos con Francia conformando la Confederación del Rin. Para Berlín y el resto de grandes ciudades industriales alemanas los bávaros eran unos traidores.

En Münich fue donde Hitler se dio a conocer e intentó un Golpe de Estado. En Münich y en el resto de Baviera fue donde más se impulsó la anexión con Austria durante la II Guerra Mundial. En Nuremberg, la otra gran ciudad de la región, tenían lugares los grandes desfiles nazis. Cuando la guerra acaba y toca hacer cuentas, Baviera era la cuna del nacionalsocialismo. Cuando se establece el sistema bipartidista entre socialdemócratas (centro izquierda) y democristianos (centro derecha), en Baviera se crea un partido propio de corte católica (CDU) que aún hoy se mantiene independiente del CSU, a imagen y semejanza de lo que ocurre en España con el PSOE y el PSC catalán.

Baviera era un lugar tradicionalista de cebada, vacas y misa dominical.

Como Alemania fue dividida en dos al finalizar la contienda mundial, Prusia quedó en el este comunista. Por lo tanto, tocaba buscar un centro gravitacional en el oeste. Baviera, eminentemente agrícola, recibió millones de dólares americanos y de marcos alemanes para crecer y modernizarse. Inteligentemente se apostó por la investigación y la industrialización. La tierra del lúpulo y de Wagner se convirtió en la tierra de Siemens, BMW, Allianz, Adidas o Puma. Así pues, en la década de 1960 Baviera se había convertido en la región más rica de Alemania Occidental gracias a la ayuda de unos länders que ahora miraban aún con mayor envidia a sus paisanos del sur.

—FC BAYERN—

La Bundesliga alemana no fue creada hasta 1963. Tiene esto que ver con la independencia de los länders y la falta de una idea nacional en el pueblo. Hasta ese año los campeones regionales se enfrentaban en un torneo final del que salía el vencedor del país. Cuando en 1963 se disputa la primera liga, el gran equipo de Baviera era el Münich 1860.

El Bayern de Münich se jacta de representar la forma de ser y la idiosincrasia de los bávaros (efectivamente Bayern quiere decir Baviera, sería algo así como si el Barça se denominara Catalunya Barcelona). De hecho, los 16 puntos de la filosofía del Bayern, que adornan las paredes del complejo deportivo y del estadio Allianz Arena, resumen lo que es Baviera para Baviera y lo que piensa de Baviera el resto del país: “Somos un club, un ejemplo, tradición, innovación, confianza en nosotros mismos, respeto, alegría, fidelidad, motor, patria, responsabilidad, familia (…) mia san mia FC Bayern!”. Para los que somos de fuera se asemejan a las líneas comerciales de Adidas o de cualquier otra multinacional. Pero el caso es que el Bayern no era nada hasta Franz Beckenbauer.

Beckenbauer fue rechazado por el Münich 1860, el equipo de su niñez, y recaló en el Bayern, por entonces un equipo de segunda. El ‘kaiser’ fue y será venerado porque apareció en el momento exacto y elevó a su equipo a la élite mundial. No es un caso extraño. Todos los grandes equipos tienen su bautismo de fuego, y si ese bautismo se encuentra en un momento del pasado donde la televisión, las competiciones europeas y la revolución juvenil se unen, hacen de ese equipo una leyenda eterna (Di Stéfano y el Real Madrid; Cruyff y el Ajax; Eusebio y el Benfica; Charlton y el United).

Maier, Müller, Beckenbauer y compañía elevaron la capacidad de un equipo que era ejemplo del milagro alemán. Concienzudo, cuadriculado, con unas finanzas de hierro y que funcionaba como un engranaje perfectamente engrasado. De repente el Bayern pasó a gobernar la Bundesliga y en poco tiempo se convirtió en tricampeón europeo.

Hasta entonces el gran club alemán era el Hamburgo, representante de la rica burguesía del norte. Pero no llegó a tiempo para los fastos europeos. El gran rival del Bayern en los 70 fue el Borussia Mönchengladbach. Los primeros representaban a los nuevos ricos del sur. Los segundos eran la imagen de una ciudad de provincias, textil y obrera. Los primeros eran aburridos hasta la saciedad. Los segundos hacían un juego que enamoraba a propios y extraños. Los primeros ganaban. Los segundos perdían finales.

Alemania ganó la Eurocopa de 1972 y el Mundial de 1974. El trofeo continental se ganó con una exhibición de fútbol coral. El título universal con una buena dosis de fortuna. No es casualidad que en el 74 el once inicial estuviese basado en el Bayern (Maier, Schwarzenbeck, Beckenbauer, Breitner, Hoeness, Müller). Los muniqueses se acostumbraron a ganar títulos en esa década a pesar de hacer un fútbol aburrido. En Alemania a eso le llaman ‘Bayern-dusel’, algo así como ‘la potra del Bayern’. Para los bávaros no es más que otra muestra de envidia.

‘Mia san mia’ es la frase de cabecera del club, que en dialecto bávaro significa ‘nosotros somos nosotros’. Es decir, nos da igual lo que piensen los demás. Para los seguidores del Bayern todo está claro, se les odia porque ganan siempre. Les odian porque son bávaros. Sus seguidores defienden que Baviera era pobre y que gracias a su trabajo han alcanzado el éxito. Consideran que el Bayern es un club familiar que con esfuerzo ha logrado ser millonario sin recurrir a bancos ni a jeques extranjeros. Es de los pocos clubes de elite europeos donde la presidencia y demás estamentos del club están ocupado por antiguos futbolistas.

En el resto de Alemania la visión es radicalmente opuesta. Critican la unión de grandes empresas como Adidas o Audi con el club. Reprochan que muchos de sus directivos sean accionistas de esas grandes corporaciones. Predican que los exjugadores que ocupaban la presidencia usan su fama y la fuerza de su leyenda para incidir en la Bundesliga y en la Federación Alemana de Fútbol.

Lo cierto es que raro es el año en el que el Bayern no fiche a la estrella de un club de la Bundesliga con el objetivo de reforzarse y de paso perjudicar a un posible rival. En Alemania no existen dos grandes. Ni existe un clásico. Dependiendo de la época el Bayern va cambiando de gran rival. El gran partido del año es cualquiera que se juegue contra los muniqueses. Viaje a Dortmund, Sttutgart, Hamburgo, Bremen o Genselkirchen, el Bayern es recibido con suma hostilidad.

“Los rivales nos respetan más de lo que nosotros los respetamos a ellos”. Uli Hoeness, presidente del Bayern.

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El récord imposible de Marita Koch

En el antaño majestuoso boulevard ‘Unter den linden’ (bajo los tilos) está el corazón de Prusia y el lugar de confraternización y encuentro entre lo que hasta hace apenas tres décadas eran dos Alemanias. Esa amplia avenida berlinesa que comienza en la Puerta de Brandenburgo cuenta con varios edificios de interés. Alguno de ellos consiguió milagrosamente sobrevivir a la II Guerra Mundial. Es el caso del edificio del Arsenal de Artillería que desde 1987 alberga el Museo de Historia de Alemania. Una de las secciones del museo está dedicada a la República Democrática Alemana (RDA), la parte oriental de un país que estuvo casi medio siglo separado por la Guerra Fría. Llama la atención que en una de las vitrinas de la exposición hay una pequeña caja de esteroides. Se trata de unas pastillas conocidas como Oral Turinabol. A través de ese blíster de píldoras se puede trazar la historia del deporte en la RDA. De hecho hasta se puede esbozar la misma historia de la RDA. Una historia de dopaje de Estado.

El legado más perdurable del socialismo de laboratorio no está en obras sociales, ni en colosales construcciones públicas, ni en la calidad de la enseñanza. Está en legendarios registros deportivos. El dopaje de Estado en la RDA está demostrado, comprobado, analizado y reprobado. Algo que en menor medida se verificó en todos los países comunistas, pero que en ningún lugar fue tan descarado y premeditado que en Alemania Oriental. La RDA, un país de 17 millones de habitantes, llegó a ser segundo en la tabla de medallas durante los Juegos Olímpicos de Seúl de 1988 con 102 preseas. Alemania, unificada, con cerca de 80 millones de habitantes, ni se ha acercado a esas cifras, descendiendo de las 82 logradas en Barcelona´92 a las 42 de los Juegos Olímpicos de Río de 2016.

El dopaje de Estado comenzó en la RDA en 1974 y se estima que en década y media unos 15.000 deportistas pasaron por el laboratorio del dopaje. La obra maestra de esta locura pseudocientífica tuvo lugar el 6 de octubre de 1985 en Canberra y estuvo protagonizada por la atleta Marita Koch.

La prueba de los 400 metros lisos está considerada la más agónica del atletismo. Se requiere mantener durante una vuelta al estadio la explosividad de una carrera de velocidad y resistir al déficit de oxígeno y al aumento del ácido láctico con la mentalidad de un fondista. Marita Koch llevaba años siendo la reina de la distancia, pero aquella tarde no sólo ganó, sino que humilló a sus rivales. Pocas veces se ha visto superioridad tan apabullante entre seres supuestamente iguales. La exageración del enunciado adquiere significado al ver la grabación de la carrera. Aupada por un vigoroso tren inferior, Koch sacó una ventaja excesiva a sus rivales desde la curva para marcar un inaudito 47’60’’.

Koch pulverizó el récord mundial de 400 metros femeninos con una facilidad pasmosa. Corriendo por la calle número 2 su suficiencia fue tal que hasta se consideró que no había hecho lo máximo, con la intención de batir el récord en una carrera posterior. Para comprender la magnitud de la marca es necesario señalar que el récord sigue vigente más de 30 años después y que campeonas olímpicas como Marie Jose-Perec, Cathy Freeman o Sanya Richards ni se han acercado a los 48 segundos.

El récord de España de Sandra Myers está en 49’69’’. Comparar la marca de Koch con la de Myers es como comparar el jamón de cebo ibérico con la mortadela siciliana.

Koch nunca dio positivo en los arcaicos controles antidopajes de aquellos años. Hoy, superados los 60, sigue negando la mayor. De sobra es conocido y reconocido por muchos de sus compañeros que el Oral Turinabol, los esteroides que aceleraban el crecimiento muscular sostenido, tenían barra libre en los campus de entrenamiento. El Turinabol, un medicamento diseñado y comercializado en la RDA, es el causante de que muchas de aquellas chicas hoy parezcan hombres e incluso hayan tenido que cambiar de sexo.

El Oral Turinabol era consumido mayoritariamente por mujeres. Era un esteroide anabólico-androgénico que fue creado por Jenapharm, una compañía farmacéutica con sede en Jena, ciudad de renombre gracias a Napoleón. La multinacional sigue en activo gracias a sus progresos en el campo de la fertilidad, algo, cuanto menos chocante, cuando desde hace años se sabe que a las atletas de Alemania Oriental se les inseminaba artificialmente para que la producción de hormonas aumentase durante el embarazo y, una vez alcanzado el rendimiento óptimo para la competición, se les obligaba a abortar.

Koch, como la mayor parte de atletas del bloque comunista, evitaba las competiciones menores para así sortear los controles, participando sólo en las dos o tres pruebas importantes del año logrando victorias cual Sputniks. Una vez logrado el récord del mundo Koch no tenía nada más que demostrar y mucho que ocultar. Alegó problemas en el tendón de Aquiles y se retiró a los 29 años.

Hoy repudiada, lo cierto es que a mediados de los 80 Marita Koch era una figura legendaria. Para el emergente movimiento feminista era una heroína que estaba demostrando que podía romper las leyes biológicas y superar las marcas de los hombres. Además, para sorpresa de machistas y misóginos, Koch no era fea. Se casó con su entrenador (que también era su camello), tuvo una hija, se dejó el pelo largo y pasó de marimacho a mujer atractiva.

Tan solo otra mujer, la checa Jarmila Kratochvilova, consiguió bajar de 48 segundos en los 400 metros. Kratochvilova tiene el otro récord prohibido en el atletismo los 1’53’28’’ en los 800 metros desde 1983, que si bien son estratosféricos parecen más reales que los 400 de Koch. Aunque es ‘vox populi’ que Kratochvilova era producto del doping, su caso se adscribe más al de hombre que nació con el cuerpo de una mujer. De aspecto andrógino, musculada y fisiológicamente hombruna, nunca pareció una fémina. Al igual que le ocurre a la sudafricana Caster Semenya (que en 2018 ha ganado 25 de 28 carreras sin el beneplácito de la IAAF) la controversia radica en su sexo.

Al caer el Muro de Berlín y pasar a ser públicos los archivos de la policía secreta de la RDA se descubrió la existencia del ‘Plan Estatal 14.25’ un programa sistemático de dopaje al que ningún deportista se podía negar y que dio a la RDA más de 400 medallas de oro en competiciones de atletismo y natación durante 15 años. Fue tal la vergüenza que la IAAF intentó en el año 2001 borrar todos los récords existentes en atletismo y empezar de cero, aunque tan controvertida idea no logró materializarse.

Marita Koch sigue diciendo que la única razón por la que se dedicó al atletismo era porque era la única forma que le permitía escapar de la RDA y conocer otros países. Siempre cuenta, medio en broma y medio en serio, que si en su primera competición internacional en vez de disputarse en Atenas hubiese tenido lugar en un sitio menos atractivo como Polonia hubiese dejado el atletismo. Sigue afirmando que nunca se dopó y que no sabe que es el Oral Turinabol.

Siguen siendo curiosas afirmaciones para alguien que además de una atleta voraz y fanática del atletismo es también licenciada en medicina.

“Me siento confuso, y, sin embargo, al término de mi vida, tengo la certeza de que la RDA no fue fundada en vano. Dejó planteado el hecho de que el socialismo puede existir y ser mejor que el capitalismo. Fue un experimento que fracasó. Pero la humanidad no ha abandonado jamás la búsqueda de nuevas verdades y caminos a causa de un experimento fracasado”. Erich Honecker, presidente de la RDA (1976-1989).

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México 70. El partido del siglo (2ª parte)

En el estadio Azteca, en la fachada principal, hay un muro en el que se concentran varias placas que recuerdan los hechos más significativos de uno de los recintos deportivos más señalados del planeta. Entre los recuerdos conmemorativos están el primer encuentro, el primer gol o del orgullo de haber sido sede de dos finales de la Copa del Mundo. No obstante, lo que más destaca es una placa que rememora que el 17 de junio de 1970 se disputó el partido más extraordinario jamás lidiado en un Mundial: “El Estadio Azteca rinde homenaje a las selecciones de Italia (4) y Alemania (3) protagonistas en el Mundial de 1970, del “Partido del Siglo”.

Alemania.

En Alemania los padres apuntan a sus hijos a la práctica de un deporte con la convicción de que obtenga la victoria. A diferencia de lo que ocurre en otras culturas, la finalidad de la práctica deportiva para los alemanes es trabajar el cuerpo y aprender a ganar como funcionamiento para el triunfo en la vida. Fue en Prusia donde se integró por primera vez la gimnasia como disciplina obligatoria en el ejército y donde mantener en perfecta forma física a la ciudadanía se convirtió en una obsesión tras las fulgurantes derrotas ante el ejército de Napoleón a comienzos del siglo XIX. Toda esa cultura de esfuerzo, de lucha, de organización y esa sensación de que los alemanes al final siempre acaban ganando, tiene su origen por aquel entonces.

Italia.

´Catenaccio´, algo así como cerrojazo, es la base del sistema futbolístico italiano. Está concebido para obtener la victoria por agotamiento, tras estrangular al rival y así aprovechar su impotencia física o mental. Para ello, Italia siempre cuenta con 2 o 3 jugadores de talento sideral y se ve ante la difícil tarea de escoger a sólo uno de ellos aguantando críticas internas y externas por privar al público de un auténtico espectáculo. Históricamente buenos financieros y comerciales, los italianos hacen gala de una extrema paciencia y de una explotación de sus virtudes aprovechando los defectos de los demás.

Alemania (la RFA para ser más exactos) combinaba en su selección la clase, el talento y el esfuerzo de varias generaciones, a pesar de que su Liga no tenía tal poder. Alemania se clasificó en la primera fase arrollando a sus rivales. Era un grupo asequible pero aun así sorprendió su suficiencia. Tenía un equipo descomunal línea por línea, empezando por Maier en la portería, Vogts en defensa, Beckenbauer o Overath en el centro del campo y una dupla increíble en punta formada por Uwe Seeler y Gerd ‘Der bomber’ (Torpedo) Müller. Lo mejor para ellos es que la columna vertebral era joven y además de un presente brillante también tenían un futuro esplendido.

En cuartos de final se enfrentaron a Inglaterra. Se repetía la final de cuatro años atrás en la que los ingleses salieron victoriosos tras una prórroga con varias jugadas polémicas. Ahora, en México, Alf Ramsey, seleccionador inglés, declaraba en la previa del partido: “Nadie debe dudar de nuestra victoria, porque Alemania nunca nos ganó ni en el fútbol ni en la guerra”. Cuentan que es una letanía muy habitual usada por la flema inglesa en este tipo de partidos y que también Bobby Robson apelaría a ella en la semifinal de 1990. Pero lo cierto es que, (por lo menos hasta 2018), quienes ganan son los alemanes.

Y los alemanes estaban sedientos de venganza.

Inglaterra se puso en franca ventaja con 2-0 en el minuto 70. Ramsey sacó del campo a Bobby Charlton en un error que pagaría caro. Alemania recortó distancias y Seeler empató a poco del final. En la segunda parte de la prórroga un remate acrobático de Müller concluía la remontada y la venganza. La RFA esperaba rival en la semifinal.

En 1970 Italia tenía un equipo fabuloso. Había tardado dos décadas en gozar de un plantel competitivo. En 1949 la plantilla del Torino (con 8 titulares de la selección abordo) había fallecido en un accidente de avión. Habían tardado mucho en recuperarse, pero la fantástica generación de los 60 ya les había dado un título, la Eurocopa de 1968. Lideraba la defensa el capitán Giacinto Fachetti, y contaban con dos extraordinarios mediapuntas, Sandro Mazzola (ídolo del Inter de Milan) y Gianni Rivera (ídolo del AC Milan). En cualquier otro país ambos podrían jugar juntos. En Italia eso era imposible. Es más, en la punta del ataque estaba Luigi Riva, un delantero con una zurda descomunal, pero que a menudo acababa desesperado ante la ausencia de pases dignos de ser convertidos en gol.

Italia consiguió el pase en la primera fase haciendo gala de un juego plomizo, en la que únicamente consiguió una victoria por la mínima ante Suecia. Valcareggi, seleccionador azzurro, ponía a Mazzola y Riva como titulares, mientras que Rivera era suplente colocando en su lugar al voluntarioso Domenghini. Cuando en cuartos de final Italia hubo de enfrentarse a la anfitriona México y los aztecas se adelantaron en el marcador, ni siquiera entonces Valcareggi cambió de táctica. Sustituyó en el descanso a Mazzola por Rivera, incapaz de juntar a los dos genios, pero dado que Italia arrolló a México tras el descanso con 2 tantos de Riva y otro de Rivera, el plan seguía dando los resultados previstos.

—El partido del siglo—

Italia-Alemania. Alemania-Italia. 17 de junio de 1970. 16:00 hora local. Fue un partido lleno de giros imprevistos. Un combate extenuante, sembrado de rachas de buen juego, errores clamorosos, lesiones, jugadas polémicas y un esfuerzo descomunal ante un calor abrasador. La fatiga provocó un desenlace en la prórroga que se tornó en inolvidable.

Italia formó con Albertosi; Burgnich, Rosato (Poletti), Cera, Facchetti; Bertini, De Sisti, Mazzola (Rivera), Domenghini; Boninsegna y Riva. Alemania alineó a Maier; Vogts, Patzke (Held), Schulz, Schnellinger; Overath, Beckenbauer, Grabowski; Seeler, Müller y Löhr (Libuda). El seleccionador transalpino era Ferruccio Valcareggi y el teutón Helmut Schön.

Durante la primera parte el encuentro se ajustó al guión previsto. Alemania dominaba y tenía varias ocasiones de peligro, mientras que Italia esperaba agazapada. Fruto de la legendaria paciencia azzurra, al filo del descanso Boninsegna cargó con velocidad y adelantó a Italia en el marcador con un fulgurante disparo desde 30 metros. Seeler, capitán alemán, pedía calma a sus compañeros. Inmediatamente los transalpinos se echaron aún más atrás si cabe esperando el fin del encuentro.

Pero aún quedaba toda la segunda parte.

Fue un bombardeo.

Liderados por Franz Beckenbauer, todavía por entonces un centrocampista con un excelente pase de larga distancia, los alemanes arrollaron la portería defendida por Albertosi. Bajo cerca de 40 grados y con la afición mexicana de su lado, los germanos estuvieron a punto de marcar en dos clarísimas ocasiones de Seeler y Grabowski , pero Italia siempre era capaz de apagar el fuego encendido. Se llegó al tiempo de descuento, y cuando todo parecía perdido, Alemania hizo gala de su fama y en la última ocasión del partido Grabowski envió un centro al área que fue empujado a la red por Schnellinger, que había abandonado su puesto defensivo para subir a la desesperada. Era gol. 1-1. Los italianos caían al suelo exasperados y alguno, caso de Boninsegna, vertía un par de lágrimas con el disgusto. La RFA celebraba el empate como un triunfo. Era el primer gol de Schnellinger con la selección y el único que anotó en sus 47 partidos internacionales. Alemania, una vez más, mostraba un absoluto dominio del tempo del partido.

Fin del partido. Descanso antes de la prórroga.

No hay cambios. Se habían agotado. Fiel a su rutina habitual, Valcareggi había introducido a Rivera por Mazzola en la media parte sin importarle nada más. Alemania había agotado los cambios cerca del minuto 75, justo antes de que en una internada espectacular de Beckenbauer, el central Cera cargara sobre él cual toro embistiendo a torero derribando al ‘Kaiser’ en el borde del área. Beckenbauer se levanta, pero visiblemente dolorido en su hombro derecho y, aunque renqueante, continua en el encuentro.

Ahora, antes de iniciarse la prórroga, y sin más cambios para realizar, Beckenbauer habla con los servicios médicos teutones, le vendan el brazo, y con una clavícula rota y el brazo en cabestrillo se dispone a jugar la media hora de la prórroga. Su estampa de valkiria sobre el abrasador sol mexicano se convertirá en icono de tan bello partido.

Comienzo de la prórroga.

En el minuto 95 del choque (5’ de la prórroga), Libuda envía un centro al área que es despejado por la defensa italiana. Sin embargo, en un error de coordinación entre un par de italianos, ‘Torpedo’ Müller aparece por detrás y en un escorzo tan característico del pequeño delantero, adelanta a Alemania. Los italianos dejaron las precauciones defensivas para otro momento y en tan sólo 4 minutos un balón bombeado al área enviado por Rivera es recogido por Tarcisio Burgnich (cuyo apellido dejaba bien clara la procedencia de su familia paterna) que con un disparo a bocajarro otorgaba el empate nuevamente para Italia. 2-2.

Poco después el cazagoles Riva bajaba el balón dentro del área, se libraba de Schulz con un precioso regate y con un zurdazo cruzado batía a Maier y ponía por delante a Italia. Para entonces las cámaras de televisión sólo tenían ojos para un Beckenbauer que con el brazo derecho en cabestrillo no paraba de pedirle a sus compañeros que mantuviesen la calma agitando con vehemencia el izquierdo.

Descanso de la prórroga.

El cansancio y los calambres iban a propiciar un espectáculo inolvidable. El árbitro solicita a los equipos que vuelvan al campo pero los masajistas se afanan por realizar estiramientos. El calor abrasador hace que las botellas de agua rieguen los cuerpos tanto por dentro como por fuera. Gemelos e isquiotibiales parecen a punto de estallar. Los cuádriceps dejan de funcionar.

Segunda parte de la prórroga.

Con el 3-2 a su favor, Italia empezó a perder tiempo de forma descarada, en una mezcla de lesiones simuladas y exhausto cansancio. Pero Alemania no estaba muerta. Nunca está muerta. Overath centra por enésima vez desde la banda izquierda y Seeler cabecea en picado obligando a Albertosi a un escorzo para desviar el balón por encima del larguero. Es saque de esquina. El propio Seeler cabecea en primera instancia y luego Müller demostró porque, con permiso de Pelé, era el mejor goleador del momento. Con su estilo aparentemente tosco, consiguió poner la puntera y desviar un tiro previo paso por varias piernas de defensores italianos batiendo a un desesperado Albertosi. Era el décimo gol del que iba a ser el máximo goleador del Mundial. 3-3.

En ese momento parecía que el partido iba a acabar en tablas. Ello implicaba otro extenuante partido al cabo de dos días, ya que por aquel entonces no estaba todavía implantado el sistema de penaltis. Sin embargo, en el minuto 116, a 4 minutos de final, la elegancia de Rivera surgió cerca del área para con un precioso disparo con el interior batir a Sepp Maier y dar una nueva ventaja, esta vez parecía que definitiva, de 4-3 para Italia. El cancerbero teutón cierra los puños y golpea con rabia el suelo mientras Rivera y Riva se funden en abrazo.

El marcador corre hacia atrás.

Ni siquiera los correosos alemanes fueron capaces de volver a marcar, e Italia se clasificaba para la final tras un majestuoso partido en el que se anotaron 7 goles, 5 de ellos durante la prórroga, tiempo extra al que se había llegado tras un gol alemán en el minuto 93. Colosal. Inolvidable.

Italia, totalmente extenuada, jugó la final ante Brasil físicamente destrozada. En otro partido para el recuerdo, Carlos Alberto, Tostao, Rivelino, Gerson, Jairzinho y Pelé arrollaron a los italianos por 4-1 convirtiéndose en campeones por tercera vez en su historia.

Para Italia fue el corolario de un lustro magnífico. No volvería a un Mundial hasta 1978. Para Alemania supuso un paso más para lograr el éxito que se le estaba resistiendo y que conseguiría venciendo en la Eurocopa de 1972 y en el Mundial de 1974.

Fue un partido al que se le agotaron todos los calificativos y que permanece y permanecerá en la memoria. La emoción de la prórroga afectó no sólo a alemanes y a italianos sino a todos aquellos buenos aficionados al fútbol. Los funcionarios de prisiones de la cárcel mexicana de Tixtla estaban escuchando el partido por la radio. Era tal la emoción que decidieron desplazarse al otro lado de la calle para ver los instantes finales del partido por televisión en un bar. Debió ser tal la premura de su marcha, que 23 presos aprovecharon la falta de vigilancia para escaparse de la cárcel. Habían ganado su propio partido del siglo.

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Ohne worte. ¡Alemania K.O!

Esta semana me tocaba escribir la segunda y última parte del artículo sobre el llamado ‘Partido del siglo’, el partido más bello de la historia de la Copa del Mundo. Pero la actualidad manda y toca hablar de Alemania, mas, y esto es lo sorprendente, toca hablar mal de Alemania. Muy mal. Lamentablemente mal. Humillantemente mal. Toca hablar de la mayor sorpresa en 21 ediciones de la Copa del Mundo. La eliminación de Alemania, del aún vigente campeón, en la primera fase de Rusia 2018.

Y es que la sorpresa es morrocotuda. No es la primera vez que un campeón del mundo queda eliminado en la primera fase. No hay que irse muy atrás en el tiempo. Le sucedió a España en 2014 tras ganar el Mundial en 2010, le aconteció a Italia en 2010 tras ser campeón en 2006 o le ocurrió a Francia en 2002 tras proclamarse vencedor en 1998.

Pero es que Alemania es sinónimo de FIABILIDAD. Así, en mayúsculas. Nunca había quedado eliminada en una fase de grupos. Y antes era mucho más difícil clasificarse. Había 16 selecciones en un Mundial. Los grupos eran terroríficos. Alemania, Argentina, España, Suiza (1966). Cuando se subió a 24 participantes también. Alemania, Dinamarca, Uruguay, Escocia (1986). Con 32 no hay tanto miedo. Equipos como Alemania pasan seguro. Alemania es el Real Madrid de los Mundiales. Llega a cuartos siempre. Eso es fehaciente. Y a partir de ahí ya veremos. Su peor resultado hasta la fecha había sido en 1938, cuando quedaron eliminados en octavos de final ante Suiza. Ni los más viejos del lugar. Pero incluso aquella vez tenía truco. La Alemania nazi acababa de anexionarse a Austria (por entonces una potencia futbolística) y 6 de los titulares eran austriacos… Digamos que no pusieron mucho interés en el partido.

Alemania es un ogro que poco a poco se va acercando y te acaba devorando. Siempre ha sido así. Siempre. Hasta ahora. Hasta Rusia. No ha sido ésta una tierra santo de devoción de los alemanes. Federico el Grande acabó rindiendo Berlín ante los rusos y la maquinaria de guerra del III Reich se quedó a las puertas de Moscú. Definitivamente Rusia no es nación amiga.

Tuvieron los alemanes hasta 9 minutos de tiempo extra. Y pensábamos que lo conseguirían una vez más. Pero no. Hay un país donde la eliminación de Alemania fue celebrada con suma simpatía. Brasil. Y no por evitar un cruce con los germanos en octavos. La guasa y los memes han sido legendarios (con ataúdes con la bandera teutona incluidos) y todo para intentar borrar o contrarrestar de la memoria la chufla alemana por el 7-1 del pasado Mundial.

No es una exageración. Alemania sólo ha ido por delante durante 15 segundos en este Mundial. Tiro de raza y de su tradicional buena suerte para derrotar agónicamente a Suecia en la prórroga del segundo partido. En el primero los alemanes eran sombras ante el huracán mexicano. Y en el tercero, cuando todos, TODOS, esperábamos que Alemania ganase, como ha hecho siempre, se vio incapaz de derrotar a Corea del Sur con un juego ramplón y soporífero y con una alarmante falta de gol. Acabaron perdiendo por 2-0, con un último gol grotesco tras paseo por el campo cual Caperucita de Neuer. Por cierto, el gol surcoreano fue de Son quien, quizás, pueda librarse del servicio militar, porque Corea habrá acabado eliminada del Mundial pero la fiesta por ganar a Alemania ha sido apoteósica.

En un Mundial que ya es el del VAR, la tecnología también tuvo su momento de gloria al aumentar la incertidumbre y el suspense en la eliminación teutona. El otro día leí en un artículo que ahora el fútbol parece una película de Hitchcock. Las caras de los alemanes mientras esperaban que la ciencia dictaminase si el primer gol de Corea había sido en fuera de juego mostraban resignación y conformismo. No había atisbos de furia ni de deseo. La selección alemana no tuvo finura, pero tampoco tuvo vigor. No tuvo gracia ni chicha.

Sólo se recordaba un fracaso alemán. En la Eurocopa del año 2000, Portugal masacró a Alemania e Inglaterra dio la puntilla quedando los teutones eliminados en la primera fase. Pero era esa una Alemania de entretiempo, ya retirados jugadores como Brehme, Reuter o Klinsmann, con otros ya muy veteranos como Matthaüs, Scholl o Bierhoff y sin ninguna gran promesa exceptuando a Ballack. Esta Alemania de 2018 no tenía mala pinta. Combinaba jugadores veteranos con jóvenes promesas. Alemania llevaba cuatro semifinales seguidas de la Copa del Mundo y es la actual campeona de Europa sub-21.

Tras el citado fracaso del año 2000, y a pesar de la sorpresiva buena actuación en el Mundial 2002, la Federación Alemana inició un cambio en su modelo formativo. Joaquim Löw, seleccionador desde 2006, copió el exitoso modelo de toque iniciado en España siempre acompañado del tradicional golpe de arrebato germano. No ha habido nada de eso en Rusia. No ha sabido o no ha querido sustituir a Müller, Özil, Khedira o Neuer, como España no supo hacer lo propio con Xavi, Alonso, Torres o Casillas. Otros colgaron las botas como Lahm o Klose, y a pesar de tanto talento no ha habido nadie que ocupase esos huecos. Lenta en el repliegue, fracturada en el medio y sin mordiente ni movimiento en ataque, teniendo que recurrir a la desesperada por un jugador semiretirado como Mario Gómez. Y es que con tanto cambio de mentalidad Löw buscaba en el banquillo y no había panzers que variasen la dinámica de juego. No hay sitio en esta Alemania para Klinsmann, Völler, Briegel, Stielike, Seeler o Breitner. Y hacían falta. Mucha falta.

El propio Breitner, hoy comentarista, declaraba tras la hecatombe ante Corea que “estaría encantado en prescindir de los 15.000 pases de Kroos si lograse aprovechar una sola vez el espacio que genera con sus movimientos”. Ahora empezará el debate. El debate de abandonar las triangulaciones y los pases cortos por las arrancadas abriendo brechas en el centro del campo.

Supongo que Löw dimitirá o lo obligaran a dimitir. Y habrá bronco debate. Si ser toro o ser torero. En España el debate está finiquitado porque sólo hemos sido campeones siendo toreros. En Alemania no. Han ganado con técnica, han ganado con cojones, y han ganado con técnica y cojones. Imagino que la vieja guardia abandonará la selección y entrarán ideas nuevas, y dentro de esas ideas aparecerán panzers 2.0. Panzers de nueva generación. Hombres de pelo en pecho en un mundo feminizado.

Nunca es fácil administrar el éxito. Es muy costoso descuartizar lo que ha funcionado. A los técnicos les ocurre por una cuestión de ego y al aficionado por una cuestión de lealtad. Y los jugadores…bueno, los jugadores forman una sociedad exclusiva de campeones y miran con recelo a aquellos advenedizos que quieren beber de las mieles de su éxito. Es cierto que Löw prescindió de Götze, el autor del gol de la victoria en la final de 2014, pero Götze era un joven prometedor que tuvo su día de gloria y que ha acabado lastrado por una serie de problemas psicológicos. Los otros eran vacas sagradas. Neuer ha estado un año lesionado, Müller exigía ser titular, Khedira está pasado de kilos y Özil ha presumido de raíces turcas en pleno conflicto turcogermano. Otros como Gündogan, llamados a liderar a la nueva generación, se han dedicado a hacer campaña electoral a favor de Erdogan una semana antes de que empezase la Copa del Mundo.

Al acabar el encuentro, Hummels manifestaba en zona mixta que el último buen partido que habían jugado había sido en otoño. Concretamente fue en septiembre cuando machacaron a Noruega por 6-0 en la fase de clasificación. Y es verdad que antes del Mundial habían perdido con Austria o con Brasil en partidos amistosos, pero, sinceramente, no creo que nadie, NADIE, se hubiese esperado esto.

“Yo veía a Alemania como favorita en este campeonato (…) Hay un viejo respeto a Alemania, cuya fiabilidad me impone, tratase de una lavadora, un coche o un equipo de fútbol (…) Cuando Alemania falla nos falla a todos los europeos, no hablo sólo de fútbol, y no quiero extenderme más. Ya vale que no esté Italia (un amigo solía decirme que el Mundial empieza cuando se juega el primer partido de Italia) como para que nos quedemos sólo con Francia, Inglaterra y España como selecciones europeas con estrella en el pecho (…) Caída Alemania, en cierto modo nos falta el hermano mayor”. Alfredo Relaño.

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México 70. El partido del siglo (1ª parte)

La Copa Mundial de Fútbol es la mayor expresión balompédica existente y junto a los Juegos Olímpicos es el evento deportivo más seguido del planeta. Su magnetismo radica en que consiste en una lucha comprimida en el tiempo entre naciones de cualquier lugar del mundo, que, sobretodo antaño, permite conocer culturas, costumbres y razas distintas a las cotidianas. Contribuye a la seducción del evento que es cuatrienal lo que aumenta su excepcionalidad y su atractivo incluso para el que no es un gran aficionado al fútbol.

Ha habido grandes partidos en la historia del Mundial de Fútbol. Obviamente entre ellos están todas las finales disputadas. La más conocida por su anomalía fue la victoria de Uruguay ante Brasil (2-1) en 1950, el famoso ‘Maracanazo’, pero también fueron dignas de recuerdo la de 1954 (RFA 3-2 Hungría), la de 1986 (Argentina 3-2 RFA) o la de 2006 (Italia 1-1 Francia) por citar algunos ejemplos. En las fases previas, se han dado auténticos espectáculos futbolísticos. El más próximo en el tiempo fue el desastre de Brasil ante Alemania en las semifinales de 2014 (1-7). Pero hay multitud de choques que han quedado para el recuerdo. Algunos de los más recientes podrían ser el Italia 3-2 Brasil (1982), RFA 3-3 Francia (1982), Argentina 2-1 Inglaterra (1986), Brasil 1-1 Holanda (1998), Italia 2-0 Alemania (2006) o España 1-0 Alemania (2010).

Pero, si en algo hay consenso en el mundillo futbolístico, es que el mejor partido jamás disputado en una Copa Mundial de Fútbol tuvo lugar el 17 de junio de 1970 en el Estadio Azteca de México Distrito Federal y enfrentó en una de las semifinales a la República Federal Alemana (RFA) contra Italia.

Ni fue el primero, ni fue el último, mas quizás fue de uno los más famosos encuentros calificados como ‘Partido del Siglo´, magnificencia que aún se mantiene en Italia (Partita del Secolo) y en Alemania (Jahrhundertspiel) cuando se habla de un choque que va camino de la media centuria de antigüedad.

Fue un partido único, en un Mundial único. Y es que México 70 es para buena parte de los especialistas la más bella Copa del Mundo jamás celebrada. Aquel Mundial representa el juego del fútbol más puro que se ha visto, por plasticidad y por ejecución de un nivel técnico superlativo. Especialmente Brasil, que desplegaba un juego que hoy en día sería considerado lento, pero con un nivel de desarrollo y confección de las jugadas estéticamente perfecto. A esto ayudó a que también fue el primer Mundial en el que se usaron las amonestaciones con el fin de acabar con el juego duro que había aflorado con éxito en la década de 1960. Consecuencia de ese tipo de fútbol y de las muchas lesiones, fue que por primera vez se permitieron realizar dos sustituciones que ayudaban a igualar los partidos, compensaban los cansancios y dotaban de una nueva arma a los entrenadores otorgando una mayor riqueza táctica al juego.

A nivel organizativo todo fue espectacular. Se utilizaron las infraestructuras desarrolladas para la organización de los JJOO de 1968 y México se volcó en un deporte que amaba poniendo en marcha todo el poder de una nación de 100 millones de habitantes que por entonces se encontraba en plena expansión económica.

Era el primer Mundial de fútbol que se retransmitía por televisión en color vía satélite y la final se iba a jugar en el Estadio Azteca, un coloso de 110.000 espectadores de capacidad. También fue la primera vez que se diseñó un balón de forma especial para el torneo, el bellísimo Telstar de Adidas, compuesto por hexágonos blancos y pentágonos negros, y que sustituyó para siempre los tradicionales balones marrones. Era tan hermoso, que cuando acababa en las gradas los espectadores se pegaban entre ellos para atraparlo y quedárselo como objeto de coleccionista. Era la primera vez que tal suceso tenía lugar.

Era un balón futurista (recogía el nombre del primer satélite de telecomunicaciones enviado al espacio, y, de hecho, haciendo un guiño a la histórica industria espacial soviética el del actual Mundial de Rusia fue bautizado como Telstar 18) y ahora es la base de cualquier pelota de fútbol actual. Pero aún más rompedor fueron los preciosos diseños de las camisetas de juego, los primeros proporcionados por marcas oficiales y que lucían resplandecientes con color y con la preciosa luz del verano mexicano.

La única pega que la comunidad internacional puso al país azteca en los meses previos al inicio del campeonato era la elevada altitud del país, ya que buena parte de las sedes rondaban los 2.000 metros de altitud. Además del Azteca, conocido coloquialmente como ‘El coloso de Santa Úrsula’ al estar ubicado en el barrio de dicho nombre, destacaba el estadio Jalisco de Guadalajara con capacidad para 60.000 almas. Los jugadores sufrirían en su capacidad pulmonar el inconveniente de jugar en altitud, pero, los encuentros estuvieron adornados de una épica irrepetible.

Participaron 16 selecciones encuadradas en 4 grupos. La ausencia más significativa fue la de Argentina. También falló Hungría (por entonces potencia europea) y por vez primera se reservó una plaza fija para un equipo africano, honor que cayó del lado de Marruecos tras batir en la eliminatoria definitiva a Egipto. Aunque seguramente el hecho más recordado de la fase de clasificación fue un encuentro entre El Salvador y Honduras al término del cual se producirían una serie de disturbios que sirvieron de chispa para iniciar una corta guerra entre ambos países que se saldaría con más de 2.000 muertos y que ha pasado a la historia como ‘La Guerra del Fútbol’.

Había dos grandes favoritos al título. El candidato principal era Brasil, que además contaba con el apoyo del público local. Sin embargo, meses antes del inicio del torneo, la prensa internacional se haría eco de un asunto que dejaría en nimiedad el reciente despido de Julen Lopetegui.

En 1970 Brasil estaba regido por una dictadura militar conservadora. El máximo dirigente era el general Médici, que como la gran mayoría de los brasileños era un fanático del fútbol. La Federación, tras su fracaso de cuatro años antes en Inglaterra, había designado seleccionador a Joao Saldanha, simpatizante comunista, aunque, cabalmente, prefería no manifestar sus ideas públicamente. Contaba Saldanha además con el apoyo de la afición, porque fue él el artífice de juntar en el mismo equipo y hacerlos funcionar cual reloj suizo a Pelé, Tostao, Gerson, Rivelino y Jairzinho, todos ellos números ‘10’ en sus equipos (mediapuntas) y que demostraron una coordinación y una capacidad de adaptación extraordinarias. Esa disposición táctica hizo que Brasil prescindiera de un delantero centro puro. A pesar de los éxitos, Médici quería echar a Saldanha. Necesitaba un buen motivo y pronto iba a conseguirlo.

En la temporada del Mundial el máximo goleador brasileño fue Darío, fenomenal delantero centro del Atlético Mineiro que superó en goles al mismísimo Pelé. Era el jugador favorito del general Médici pero Saldanha prescindió de él al no necesitar un delantero centro en su esquema de juego. Esa era la excusa que el general necesitaba para despedir a Saldanha antes de que diera la convocatoria para el Mundial. Fue sustituido por Mario Zagallo, técnico simpatizante de la dictadura y que, obviamente, convocó a Darío a pesar de que no llegaría a disputar ni un mísero minuto en la Copa del Mundo.

El otro gran favorito era Inglaterra, vigente campeona mundial. Y también tuvo su ‘caso Lopetegui’ particular. Una semana antes del inicio del torneo, Inglaterra jugó un encuentro preparatorio ante Colombia. Al término del mismo, Bobby Moore, capitán anglosajón, fue esposado y llevado a comisaría acusado de robar un brazalete de oro en una joyería. El equipo viajó a México, mientras que a su capitán se le impedía salir de Colombia a la espera de juicio. Estuvo a punto de estallar un conflicto internacional, y la diplomacia, e incluso se dice que la realeza inglesa, tuvo que intervenir para sacar a Moore de Colombia y así poder llegar al partido inaugural, aunque con unos cuantos kilos de menos. Finalmente se descubrió que todo había sido un montaje del joyero que había simulado el robo para su propio beneficio.

El sorteo deparó que en la primera fase se enfrentaran los dos favoritos. Saldría vencedor Brasil (1-0), gracias a un extraordinario Pelé. Fue un Mundial bellísimo que dejó algunas jugadas para la posteridad, y en todas ellas intervino ‘O Rei’, que con su actuación en México se ganó el título para la posteridad de rey de reyes. En ese partido, su perfecto remate picado de cabeza elevándose desde los cielos fue despejado por el guardameta inglés Gordon Banks en la que para muchos es la mejor parada de la historia. Es curioso, porque hasta tres impactos dejó Pelé para la posteridad y ninguno fue gol. Antes, en el encuentro inaugural, había lanzado un tiro desde el centro del campo frente a Checoslovaquia (4-1) aprovechando que Viktor no se encontraba bajo palos: “Desgraciadamente el balón no rozó el palo, pero el grito de aprobación del público lo compensó”, diría ‘O Rei’. En semifinales, ante Uruguay (3-1), amagó delante del portero dejando pasar el balón ante sus narices y volviendo tras sus pasos, pero tampoco consiguió marcar. Pelé hacia genialidades nunca vistas. Es probable que ya se hubiesen intentado antes, pero nunca en un escenario de tal magnitud.

Decía que en semifinales se enfrentaron Brasil contra Uruguay, dando la canarinha buena cuenta de los siempre defensivos y competitivos charrúas. Los primeros habían eliminado a Perú (4-2) en cuartos en un espectacular mano a mano entre Pelé y Teófilo Cubillas y los segundos habían derrotado a la URSS (1-0) con un gol agónico de Víctor Espárrago a pocos minutos del final de la prórroga.

Después de ganar a Inglaterra, Perú y Uruguay, Brasil esperaba rival para la final. El vencedor saldría del encuentro entre Alemania e Italia. Los dos equipos más laureados del Viejo Continente. El vigente subcampeón mundial contra el vigente campeón europeo.

Será el partido del siglo. Pero eso quedará para el siguiente capítulo.

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