España

A los 20 años de la Copa de Gasol

Una vez se dé por vencido y admita que ante el tiempo no se puede luchar, Pau Gasol pondrá punto final a una carrera legendaria. Se supone que vivirá a caballo entre Barcelona y Los Ángeles, pero será en la ciudad californiana donde tendrá su cuartel general. En numerosas ocasiones ha manifestado que es un enamorado de la cultura norteamericana y es ‘vox populi’ que más pronto que tarde pedirá la nacionalización estadounidense (quizás para evitarse un futuro problema hispanocatalán). El caso es que en estas dos últimas décadas su vida ha estado en los Estados Unidos. Y lo cierto es que antes de comenzar su idilio con la NBA, hasta en tres ocasiones la nación más poderosa del mundo se cruzó en su camino hacía el estrellato ya fuese de una forma o de otra.

La primera de las veces fue en el verano de 1999. Meses antes un imberbe, rubio, y flacucho chico con la cara despedazada por el acné había debutado en la Liga ACB. Ese verano la selección española juvenil disputó en Portugal el Mundial de la categoría alcanzando la hazaña, por entonces alucinante, de vencer a los imbatibles estadounidenses en la final. Gasol era entonces un jugador de relleno, con un potencial inmejorable, pero débil y con notables carencias tácticas. Germán Gabriel, Raúl López o su íntimo amigo Juan Carlos Navarro llevaban la voz cantante de aquella generación.

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Felipe Reyes, Gasol y Navarro

En todo caso aquel verano triunfante hizo que Pau obtuviese el permiso de sus padres para seguir jugando al baloncesto y renunciar a matricularse en la facultad de medicina. La temporada 99/00 fue la primera de Gasol como miembro de derecho en la plantilla del FC Barcelona. Era habitual suplente pero presentaba unas magníficas prestaciones en los pocos minutos de los que disfrutaba. Mantenía una clara fragilidad defensiva, pero partido a partido gozaba con el ataque y aprendía a posicionarse. Aun así a finales de temporada seguía estando detrás de Rentzias y Alston en la rotación aunque, indudablemente, era el favorito de la afición.

Fue entonces cuando Estados Unidos se cruzó por segunda vez en su camino. Esta vez bajo el nombre de Johnny Rogers.

España acudía sin demasiadas expectativas a los Juegos Olímpicos de Sidney. El seleccionador era Lolo Sainz, veterano, de la vieja escuela, no propenso a los artificios. Se decantó por una terna de pívots intimidadores y confió el puesto de ala-pívot a un 4×4 como era Alfonso Reyes. Para rellenar el cupo, como jugador número 12, el clamor nacional era la convocatoria de Pau Gasol. Otros talentos de su generación como Raúl López y Juan Carlos Navarro iban a ser importantes y aunque Pau estaba verde, la opinión generalizada era que la experiencia sería positiva para ese niño de 2,16 al que no se le vislumbraba techo.

Sainz prefirió apostar sobre seguro y llamó como quinto pívot a Johnny Rogers. Nacido en California hacía ya 36 años, Rogers era un interior móvil con buen lanzamiento a 5 metros y que había aterrizado en España en 1988. Por entonces militaba en el Panathinaikos. Sus números eran mejores que los de Gasol pero su convocatoria fue una soberana sorpresa. Llevaba cuatro años nacionalizado pero jamás había sido convocado. Debutó aquel verano con la selección y apenas la mitad de sus 17 años en Europa los pasaría jugando en nuestro país.

El palo para Gasol fue duro, pero lo sería mucho más cuando al empezar la temporada 2000/01 el FC Barcelona contrate a Rony Seikaly. La tercera vez que Estados Unidos se cruzó en su camino antes de su explosión en dirección al estrellato.

Quiso el destino que Seikaly naciese en el Líbano, mas era un estadounidense de tomo y lomo. Conoció España en 1986 cuando formó parte de la selección de Estados Unidos que se proclamó campeona del mundo en tierras hispanas. Después fue número 9 del draft y sostuvo una sólida carrera con medias de 15 puntos y 10 rebotes por partido en una época donde era tan difícil como ahora triunfar en la NBA pero era mucho más complicado jugar. Al Barça llegó con 34 tacos, lastrado por las lesiones pero con vitola de estrella. Con 2 millones de euros de entonces en el bolsillo pasó a ser el jugador mejor pagado del momento.

Seikaly acompañaría a Roberto Dueñas formando un juego interior aterrador. En el banquillo quedaba el electico Efthimios Rentzias, un buen reboteador como Francisco Elson y el veterano Zoran Savic. Gasol tendría que luchar con éste último por arañar unos cuantos minutos en la rotación sabiendo que la experiencia gana en confianza al descaro cuando los nervios hacen su aparición.

Pero la tercera vez que, de una forma u otra, los Estados Unidos hacían aparición en la vida de Gasol su vida iba a dar un vuelco definitivo. Apenas cuatros partidos después de su debut, Seikaly decidió quedarse a pernoctar en Londres tras un partido de la Euroliga y no presentarse al entrenamiento del día siguiente en Barcelona. Aíto García Reneses, hoy entrenador venerado pero entonces técnico criticado por sargento inflexible, lo fulminó al instante. Seikaly dejó Cataluña y acabó su carrera como baloncestista profesional.

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Seikaly. Visto y no visto

—LA COPA DE GASOL—

La opción lógica era colocar a Rentzias junto a Dueñas, pero el ala-pívot griego era un jugador con sangre de horchata que combinaba grandes actuaciones con desconexiones antológicas. Tanto Savic como Elson eran pívots duros y fuertes pero se solapaban con Dueñas. Aíto había sido el primer entrenador que introdujo en España el alero alto cuando convirtió a Andrés Jiménez en un ala-pívot moderno a finales de los 80. Su gusto por el jugador alto capaz de amenazar desde fuera e intimidar debajo del aro le hizo fijarse en Gasol y darle la titularidad apenas un mes después de la fuga de Seikaly.

El resto es historia.

Gasol creció a pasos agigantados. Seguía presentando deficiencias en los tiros libres y en el rebote defensivo, pero su capacidad ofensiva y su comprensión del juego pasaron de la educación primaria a la universitaria en medio año. Fue escogido en el segundo mejor quinteto de la Euroliga disputando apenas seis partidos porque una inoportuna apendicitis le impidió jugar ante el Benetton de Treviso en una sorprendente y temprana eliminación del Barça. En la ACB asombraba su muy respetable 37% en triples con sus 2,16 de altura y con una movilidad para semejante tamaño que en Europa sólo se había visto en Toni Kukoc.

Llegó entonces la Copa del Rey. Un torneo de apenas cuatro días en el que ganas o te vas para casa. En un fin de semana los ocho mejores equipos de España (entre ellos 4 o 5 de los más potentes de Europa) se reúnen ante la atenta mirada de los ojeadores de la NBA. Gasol era el diamante más codiciado y se especulaba con que sería elegido en la primera ronda del draft.

El Barça pasó por encima del Fuenlabrada (98-76) en cuartos con Gasol en modo imperial con 16 puntos y 8 rebotes en apenas 20 minutos. Igual de contundente fue la victoria en semifinales ante el Pamesa Valencia (95-69) aunque más discreta fue la actuación de Pau (13+5). El Barça que empezó la temporada con un exceso de músculo y una clara ausencia de cerebro, había girado 180 grados con un quinteto formado por Jasikevicius, Hawkins (Navarro era su suplente), Karnisovas, Gasol y Dueñas, en el que únicamente este último vivía más de su físico que de su talento.

Pau Gasol fue un cambio total, un avance, un extraterrestre. E.T. como lo bautizó el fallecido Andrés Montes. El primer baloncestista español del siglo XXI. Llevaba varias semanas avisando, pero explotó de forma fugaz antes de cruzar el charco en aquella final de la Copa del Rey ante el Real Madrid.

Meses antes, cuando Barça y Madrid se vieron las caras en partido de Liga, Gasol ya había anotado 20 puntos con 8 rebotes, justo antes de alcanzar la cifra de 23 en un choque de Euroliga. Pero aquel clásico fue ganado de paliza por los catalanes (82-54) por lo que muchos vieron en la estadística un engorde natural producto de los minutos de la basura.

Sabiendo que en altura el Barça era muy superior al Madrid, Aíto se decidió por rotar continuamente a Karnisovas y a Pau Gasol en la posición de 3, lo que en el argot del baloncesto se considera alero alto, un jugador con buena mano en el triple y capaz de percutir en el rebote defensivo y de ataque. El Madrid, entrenado por Sergio Scariolo, contaba con una línea exterior de campanillas con Djordjevic (Raúl López de suplente), Lucio Angulo, Alberto Herreros e Iker Iturbe, pero en el que únicamente Eric Struelens podría ser considerado como un decente jugador interior. Era un equipo notablemente más bajo, en el que Iturbe (1,98 metros) jugaría de 4 y tendría que defender a Gasol (2,16 de altura).

En el citado partido de Liga había sido Alberto Herreros el encargado de emparejarse con Gasol en la posición de alero. Triplista descomunal tras recibir, magnífico saliendo de los bloqueos y lo suficientemente fuerte para postear, Herreros había sido máximo anotador del Mundial de 1998 y era el mejor jugador nacional del momento. Pero Gasol demostró ser lo suficientemente rápido como para aguantar al madridista en el uno contra uno. No perseguía a Herreros, sino que iba por delante de él abriéndose y sorteando rivales para entorpecer las líneas de pase.

Así que Scariolo, sabiendo de su déficit de altura, decidió apretar a media pista e intercambiar diferentes defensas en zona, mientras Iturbe y Milic (un alero esloveno con muelles en los pies) lidiaban con Karnisovas y Gasol de tanto en cuando. El experimento funcionó durante toda la primera parte (31-41) gracias a la sabia labor de dirección de Djordjevic y Raúl López y los puntos de Herreros que hicieron quedar en mal lugar las aptitudes defensivas de Navarro, otro por el que peleaban los ojeadores de la NBA y que quedó muy mal parado tras el torneo.

Llegó el descanso y fue tras la vuelta a la cancha cuando Gasol demostró un dominio pocas veces visto. Sacó del atolladero en el que se vio metido el Barça a medio partido, tiró de todo un equipo en frustración y decidió con una sangre fría “nunca vista desde los tiempos de Drazen Petrovic”, según claudicó Scariolo al término del partido.

Gasol dio un clinic. Recibía en la línea de tres y se llevaba por velocidad a Iturbe y sus 22 centímetros de eje gravitacional a favor. Recibía lejos de los 6,25 metros y anotaba con claridad a pesar de ser el tipo con mayor distancia entre los pies y la cabeza de toda la pista. Después corre zancada tras zancada a toda pista como un prestigiador antes de regalar una asistencia, para acabar su actuación con un mate a una mano ante la cara de un atónito Struelens.

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E.T.

Firmó 25 puntos, 6 rebotes, 3 asistencias y 3 robos en apenas 31 minutos. Ni siquiera falló en la línea de tiros libres con un magnífico 12/14 cuando en temporada regular arrastraba un flojo 65% de efectividad. El FC Barcelona se llevó la Copa (80-77) y Gasol recibió el trofeo de MVP. La entrega gozó de mayor influjo porque quiso el azar que el encargado de realizarla fuese el Rey Juan Carlos I un habitual en la finales coperas que llevan su nombre cuando de fútbol se trataba pero al que pocas veces se le ha visto en una cancha de baloncesto.

Meses más tarde Gasol repetiría MVP y actuación estelar al dejar una estela de grandeza en semifinales ante el Unicaja de Málaga y arrasar al Madrid en la final de la Liga ACB (3-0). Allí, en el tercer y definitivo partido jugado en la capital, Gasol dejó su imagen más icónica antes de dar el salto a la NBA. Con el Madrid cuatro puntos abajo y presionando a toda pista, Gasol pidió el balón y ejerció de base. Superó a Milic, al que le sacaba una cabeza, con un cambio de mano propio de Harlem y se lanzó a recorrer la pista de una punta a otra antes de dar una asistencia. El siglo XXI era una realidad.

A pesar de que Aíto decía que estaba verde para dar el salto a los Estados Unidos, lo cierto es que esas carencias defensivas de las que el técnico hablaba se compensaban con una ambición, una inteligencia y una excelencia ofensiva jamás vista anteriormente. Cuando aquel verano Gasol sea elegido en tercera posición del draft de la NBA las dudas serían enormes, pero el chico que eclosionó en aquella Copa del Rey de febrero de 2001 marchaba a Estados Unidos para no volver.

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Cómo de obsceno es el sueldo de un futbolista

El debate no es cuánto gana Leo Messi. No parece probable que los mandamases del FC Barcelona sean propensos al suicidio. Se supone que el sueldo de Messi está acorde a los beneficios que le genera al Barça (otra cosa es que el coronavirus haya puesto todo patas arriba). Un segundo motivo de discusión es saber cómo de lícito es ocultar un contrato cuando el Barça no es una sociedad anónima y sigue, aunque de soslayo, siendo propiedad de sus asociados. Al no haber público en el Camp Nou nos hemos quedado sin saber la opinión del respetable, aunque me aventuro a pensar que los aplausos ganarían en clara ventaja a los silbidos. Puestos a culpar a alguien por el cráter económico del Barça me da que el socio echaría más en cuenta excesos llamados Philippe Coutinho o Ousmane Dembelé que otros que obedecen al nombre de Leo Messi.

Lo que el diario ‘El Mundo’ aireó con clarines y timbales (con mucha diferencia la mejor redacción de investigación periodística de España, a pesar de cierto tufo a amarillismo) no fue el sueldo de Messi en sí (70 millones fijos anuales), sino unas disparatadas cláusulas que pueden hacer que el astro alcance los 140 kilos por temporada. Entre las más insólitas están los 39 millones que cobrará por fidelidad el día que se vaya del Barça (¿?), la posibilidad de quedar libre si Cataluña declarase la independencia o un bono por partidos jugados en el que se contabilizan aquellos que Messi no puede disputar por lesión (¿?).

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Solo faltan los céntimos

Decía que el debate no es cuánto gana Messi. Se supone que obedeciendo a la ley de la oferta y la demanda si llega a ganar 140 kilos al año es que al menos genera otros 140 al Barça. La pregunta y el debate es cuánto de obsceno es el sueldo de Messi. Y la respuesta es obvia. Es muy obsceno. Incontable e ilimitadamente obsceno.

Pero, ¿cuánto de obsceno?

Cuando en 1928 nace en España la Liga de Fútbol Profesional el sueldo medio de aquellos primeros asalariados rondaba los 40 euros (de la época) por temporada. Son los tiempos de Ricardo Zamora, la primera gran estrella del fútbol en España y el mejor portero del mundo en los años 30, por el que el Real Madrid pagó 900 euros al RCD Espanyol por su traspaso. Zamora firmó un contrato que le reportaba 215 euros al año.

Dada la relevancia futbolística, mediática y económica del Real Madrid, no existe mejor paño para apreciar la evolución del sueldo de los futbolistas. Entre la Guerra Civil, la inflación y la aguda crisis económica, la ficha de Zamora no fue superada hasta que en 1953 Alfredo Di Stéfano llegó a España. ‘La Saeta Rubia’ fue la comidilla en todo el país por un fichaje que se disputaron Barça y Madrid en el que finalmente los blancos salieron ganadores. Hubo desidia por parte azulgrana, pero también tráfico de influencias. El caso es que el Gobierno hubo de autorizar al Madrid a pagar la entonces escandalosa cifra de 4.000 euros anuales a beneficio de Di Stéfano. Para el año 1962 obtendría un contrato récord de 25.000 euros anuales, a lo que habría que añadir las correspondientes primas.

¿Eso era mucho? Pues sí. Di Stéfano cobraba 200 salarios mínimos anuales por temporada. Kubala, estrella azulgrana, cobraba menos que ‘La Saeta Rubia’, pero aun así  era un total de unos 150 salarios mínimos al año. Como veremos, aunque inmensas, son cifras ridículas si las comparamos con los sueldos millonarios de la actualidad.

Aunque Kopa, Puskás o Amancio superaron con amplitud los 10.000 euros por temporada, nadie se acercó al sueldo de Di Stéfano hasta que en los 70 el mercado internacional se volvió a abrir de par en par. Cruyff aterrizó en Barcelona con un traspaso que fue récord mundial y el Madrid contraatacó firmando a Gunter Netzer a razón de 115.000 euros anuales.

En 1979 Laurie Cunningham se convertía, además del primer negro en ser internacional con Inglaterra, en el fichaje más caro del momento. El Real Madrid le hizo un contrato de 78.000 euros anuales. Dicha cifra representaba un total de 48 sueldos mínimos anuales. Era mucho, pero era menos que en época de Di Stéfano.

Hubo que esperar a los 80 para el siguiente gran salto. En 1985 Emilio Butragueño fue el primer madridista en firmar un contrato de 100 millones de pesetas al año (600.000 euros) que llegaría a ser de 2 millones de euros tras diferentes renovaciones, misma cantidad que cobraba el croata Robert Prosinecki o el montenegrino Pedja Mijatovic.

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El Buitre. A 100 kilos de pesetas al año

—LA LEY BOSMAN—

En 1996 la llamada Ley Bosman permitió la libre circulación de jugadores europeos, por lo que el fútbol entró de lleno en el libre mercado de la oferta y demanda. Los clubes más poderosos aumentaron sus ofertas y los futbolistas vieron como su capacidad negociadora para obtener mejores contratos se ensanchaba exponencialmente. La Ley coincidió en el tiempo con la aparición del fútbol en emisión bajo pago y el desarrollo de internet. Ambos hechos llevaron a que las mejores ligas europeas formasen parte de la vida cotidiana en todos los rincones del planeta. La globalización es el motivo principal por el que cada vez más firmas comerciales centran hoy en día sus objetivos hacia las grandes estrellas futbolísticas como íconos de una juventud que, en buena parte, han dejado a un lado a los ídolos del cine y de la música (chicas incluidas).

Tras la aprobación de la Ley Bosman los sueldos se dispararon. Raúl fue el primer jugador merengue que firmó un contrato de 1.000 millones de pesetas por temporada (6 millones de euros), cifra igualada y luego superada (ya se sabe que las renovaciones siempre son al alza) por Figo, Zidane o Ronaldo. Kaká sería el primero en firmar por 10 millones de euros al año, misma cifra de un Cristiano Ronaldo que paso a paso llegó a cobrar 30 kilos antes de marcharse a Italia.

Florentino tuvo suerte de largarlo antes de que el coronavirus hiciese su aparición. O quizás no. Quizás mejor haberlos invertido en Cristiano que en Jovic, Militao, Mendy, Rodrigo y hasta Hazard, que inesperadamente oposita a Prosinecki.

La influencia y la locura que la Ley Bosman generó en el fútbol de cambio de siglo se puede observar en el precio de las contrataciones de los futbolistas. Desde que en 1893 el Aston Villa pagase unos 80 euros al WBA por el fichaje del escocés Willie Greaves, la progresión en aumento ha sido un fiel reflejo de la economía mundial. De Inglaterra se pasó a Italia previo paso por Argentina. Fue un argentino, Bernabe Ferreyra, el que mantuvo el récord de traspaso durante más tiempo, un total de 17 años entre 1932 y 1949 fiel reflejo de las vicisitudes de la II Guerra Mundial. Después, tan sólo el Barça con Cruyff y Maradona osó discutir el trono de los fichajes galácticos a Italia hasta la entrada de la Ley Bosman en 1996.

A partir de entonces un récord que solía durar unos años pasó a ser roto verano tras verano. Shearer (Newcastle) en el 96, Ronaldo (FC Barcelona) en el 97, Denilson (Real Betis) en el 98, Vieri (Inter Milan) en el 99, Figo (Real Madrid) y Hernán Crespo (SS Lazio) ambos en el año 2000, hasta que el Madrid rompió la banca fichando a Zidane en 2001 por 77 millones de euros. Otros lo superarían después, pero teniendo en cuenta la inflación, la contratación de Zidane fue el fichaje más caro de la historia hasta que el PSG pagó 222 millones por Neymar en el verano de 2017.

La burbuja estalló con la crisis financiera del 2008. A inicios del siglo XXI los sueldos estaban tan inflados que había futbolistas de Tercera División con salarios que les permitían vivir con holgura, y en Primera Autonómica se llegaban a pagar 1.000 euros mensuales. En la actualidad, hasta en Tercera División, hay jugadores que únicamente cobran bonos en función de los resultados y de los desplazamientos.

En la década de 2010 los salarios de los futbolistas volvieron a aumentar. Antes de la pandemia el sueldo bruto de un futbolista de Primera División se estimaba en 4 millones de euros anuales. Sólo entre 2013 y 2018 los sueldos de los jugadores habían crecido un 20% y representaban entre el 50% y el 70% del presupuesto de un club de fútbol. El salario mínimo de un futbolista profesional prepandemia era de 155.000 anuales por los 10.300 que representaban el salario mínimo de un trabajador. No es necesario señalar que en ninguna otra profesión ve aumentar sus ingresos fijos un 20% en un lustro. La pandemia ha roto con esa progresión. Siempre hubo y habrá cracks, pero para el futbolista medio, haber debutado en 1996 y retirarse en 2008 significa haberse hecho inmensamente millonario.

En los últimos 40 años mientras que el salario mínimo apenas ha aumentado un 10% el sueldo de los futbolistas se ha multiplicado cerca de un 200%. Netzer o Cruyff vivían muy bien, pero lo que ocurre en la actualidad es demencial. Contaba que Di Stéfano tenía 200 salarios mínimos anuales. Mucho, ¿verdad? Pues ni siquiera hablemos de Messi o de Cristiano, los Di Stéfano del momento. Se estima que Sergio Ramos, quizás el buque insignia del Madrid actual, cobra 15 millones de euros al año. Dicha cifra representa 1190 salarios mínimos anuales…y habría que añadir los contratos publicitarios.

Lo cierto es que la desigualdad entre los más ricos y los más pobres no deja de aumentar en todo el mundo. El directivo medio en Estados Unidos gana 104 veces lo que su trabajador, cuando esa diferencia era de 25 veces en los años 70 según ‘The New York Times’. Poco puede hacer el currante para que esto cambie. Pero cuando ese trabajador paga 300 euros para ir al Camp Nou o al Bernabéu está ratificando el sueldo de los 22 multimillonarios a los que luego critica por acaudalados cuando no juegan como a él le gusta.

Hoy en día Messi cobra unas 30 o 40 veces más que Di Stéfano en su época. Pero es que Messi cobra más que ningún otro deportista (según ‘Forbes’ solo es superado por Roger Federer, pero únicamente si se cuentan los ingresos por publicidad). Es normal. Es el mejor en el deporte más seguido. Leo Messi es producto de la globalización del fútbol. Ni siquiera los ídolos de la NBA llegan a establecerse por todas las esquinas del globo terráqueo como lo hacen los astros del balompié. Messi vende el 85% de las camisetas del Barça y es un filón turístico para Barcelona y Cataluña.

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Rey Midas

Pero para el forofo no existe la mercadotecnia ni las giras millonarias por Asia. Para el trabajador lo que gana Messi es obsceno, aunque los directivos del Barça digan que es rentable. Y es obsceno, ilimitadamente obsceno, porque aunque Lebron James sea archimillonario lo es por ejercer su trabajo en la nación más poderosa del mundo. Que Messi sea el deportista mejor pagado del mundo ejerciendo su trabajo en un país que no está entre los 15 más ricos del planeta y que pelea con Grecia por tener la tasa de paro más alta de la Unión Europea es obsceno. Irremediablemente obsceno.

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Cuando Sterbik cambió una copa de vino por una medalla de oro

Contaba España con un par de excepcionales porteros en la búsqueda de su primer título continental en balonmano. Uno, hijo de Castilla, obedecía al nombre de Gonzalo Pérez de Vargas. El otro, vástago de Galicia, respondía como Rodrigo Corrales. Ambos repartían con exactitud sus minutos en pista para exprimir al máximo unos cuerpos de baloncestista capaces de contorsionarse como si funambulismo practicasen.

La idea funcionaba a la perfección hasta que alemanes y españoles se vieron las caras buscando el pase a semifinales. España logró la victoria, pero por el camino se dejó a Pérez de Vargas, el abanderado de la portería. En balonmano es inviable afrontar dos partidos exigentes con un solo cancerbero disponible, por lo que urgía un remiendo. La organización lo sabía y por eso, por extraño que parezca, está permitido llamar a un jugador de repuesto en medio de la competición. La selección española tenía menos de 48 horas para buscar un sustituto. Menos de dos días para llamar a Arpad Sterbik.

Con 39 años a sus espaldas, Arpad Sterbik estaba disfrutando de sus vacaciones. Llevaba más de un mes sin jugar un partido y hacía ya unos cuantos más que había decidido abandonar para siempre la selección nacional. Nacido en Serbia a finales de los 70 (por entonces Yugoslavia) se encontraba en su residencia familiar de Skopje, a medio camino entre un buen vino, una bolsa de patatas fritas, un agradable sofá y unos cuantos paseos a ninguna parte.

Decía que Sterbik estaba viendo el Europeo en el sofá de su casa de Skopje, porque entonces (y hablamos de enero de 2018) su equipo era el RK Vardar, uno de los conjuntos más potentes de Europa con sede en la capital de Macedonia. Sterbik se había nacionalizado español en 2008 (jugó y triunfó en el BM Ciudad Real –donde cultivó su afición por los viñedos-), Atlético de Madrid y FC Barcelona) y desde entonces había sido buque insignia de los ‘Hispanos’, pero había dejado los compromisos internacionales para estirar al máximo su vida profesional. El caso es que recibió la llamada del seleccionador y presto cogió un vuelo rumbo a Ljubliana. Desde allí, coche de alquiler, y tras dos horas de carretera llegada a Zagreb.

Al día siguiente tocaba partido de semifinales ante Francia. La gran favorita. El equipo de Nikola Karabatic, sin discusión alguna el mejor jugador del momento y uno de los líderes en el ranking histórico de todos los tiempos.

Sterbik apenas tuvo tiempo para preparase, pero aprovechó lo poco que tenía al máximo. Durante el viaje en avión analizó jugadas claves de sus rivales y dispuso una chuleta con las características de todos los lanzadores franceses. Hincar los codos valió la pena, porque fueron tres penaltis parados en cinco intentos, y, aunque las felicitaciones fueron efusivas, Sterbik estaba cariacontecido por los dos que le colaron. Había hecho caso a sus anotaciones y se lamentaba por ello. Si hubiese prestado más esmero a su intuición hubiesen sido cinco las penas máximas atajadas. Tampoco hizo falta más. España venció por 27-23 y se plantó en la final.

“Qué va, a mí me gusta, no me molestan los balonazos. Me da mucha fuerza ver a mis compañeros felices cuando paro el balón. Nosotros jugamos un partido diferente a seis metros de distancia, y eso a mí me encanta”,  comentaba este bonachón, grande como un oso pardo pero dulce como uno de peluche. Ganador de todo y elegido mejor jugador del mundo en 2005, Sterbik confesó que con el paso de los años notaba que los jugadores tenían más miedo de él que él de ellos. A decir verdad su sola presencia intimida. Es uno de esos porteros que se conoce las cuatro esquinas de la portería y que es capaz de hacer cambiar el giro de muñeca de un lanzador para que falle un tiro fácil a siete metros y a 120 kilómetros por hora.

Y es que en el balonmano los cancerberos son tan o más importantes que los finalizadores. Un buen portero es capaz de aniquilar psicológicamente a un equipo rival. Sterbik llevaba diez años sin correr, pero poseía una agilidad, un salto y una colocación inigualable. “Bajo palos me puedes dejar 12 horas, pero si hay que levantar pesas o correr prefiero no hacerlo”, dijo en cierta ocasión. Sterbik lo hacía todo dando un par de pasos a derecha y otro par a izquierda, y, aun sí, era capaz de comerte la moral y poner el pie por encima de la cabeza como si de un recién nacido se tratase. Eran dos metros de humanidad y casi 125 kilos de agilidad.

Pero Sterbik no iba a interrumpir sus vacaciones para lograr una medalla de plata. Estamos en 2018, y aunque España ya sabe lo que es ser campeona mundial, acumula un total de cuatro finales perdidas en Europeos. Sterbik buscaba añadir una muesca más a un palmarés envidiable. Superaba con creces al de su padre, que fue quien le inculcó la pasión por el balonmano. No obstante a su padre le hubiese gustado que el hijo fuese lateral como lo fue él. De hecho, cuando Arpad se puso bajo palos por vez primera a los ocho años, el mayor de los Sterbik lo abroncó porque consideraba que ser portero era sinónimo de ser un mal jugador. Al hijo, tan bonachón como socarrón, le entusiasma ponerse bajo palos para recibir balonazos y poderse reír de los niños mayores que él que siempre le desafiaban.

En la final España se enfrentó a Suecia. La primera parte de los hispanos fue mediocre con Suecia dominando al contragolpe. Tras el descanso Jordi Ribera, el seleccionador, situó a Sterbik en portería y apostó por una defensa 5-1 para jugar al contragolpe, justo como le gustaba actuar a los suecos. Sterbik hizo dos paradas antológicas al poco de comenzar los segundos treinta minutos y a partir de ahí todo fue cuesta abajo. Del 11-14 al poco de finalizar la primera parte se pasó rápidamente al 20-15. El premio a interrumpir sus vacaciones fue una clara victoria (29-23) y el trofeo de mejor jugador de la final. “Me lo dieron porque pensaban que me iba a retirar”, comentó a los periodistas.

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En la final también fue decisivo otro veterano como Raúl Entrerríos (36 palos) y Aitor Ariño, un chico del fondo del banquillo que había relevado a Ángel Fernández tras una lesión de este último en el primer partido del Europeo. Su historia no es tan de ensueño como la de Sterbik, pero Ariño pasó de jugar los minutos de la basura en la primera fase a anotar cuatro tantos en cinco lanzamientos en la final ante los suecos.

Sterbik se retiró en 2020, pero no por culpa de la edad, sino del dichoso coronavirus que acortó una carrera que aún esperaba ser estirada. Tiene un terreno a orillas de Lago Balatón y ahí se dedica a producir vino. Es amante del tinto, aunque en verano se lanza a los rosados y a los blancos. Eso sí, cualquier bodeguero se tiraría de los pelos si se enterase que cuando hace calor rebaja el caldo con una pizca de gaseosa.

Considerado un mito de la portería como David Barrufet, Thierry Omeyer o Tomas Svensson, Sterbik explicó el día que anunció su retirada que no se veía capaz de ponerse a tono para la vuelta al trabajo una vez el virus dejase retomar las competiciones. “Necesitaría un par de meses de trabajo intenso para volver a estar a un nivel competitivo”.

Curiosas declaraciones para un hombre que apenas necesitó 48 horas para ganar un Europeo de balonmano.

Europeo Balonmano 2018: El can-can de Arpad Sterbik | Marca.com
El hombre elástico

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La semana mágica de Paolo Rossi

29 de junio de 1982. Barcelona. Estadio de Sarriá. 44.000 espectadores en las gradas. 18:30 horas. Alrededor del minuto 60 de partido. Paolo Rossi, el delantero centro de la selección italiana, recibe en solitario al contraataque, se interna en el área pequeña y es incapaz de levantar el balón por encima de Fillol, cancerbero argentino. Es un mano a mano clarísimo. Era el cuarto partido consecutivo en el que Rossi salía de titular en el Mundial y el cuarto consecutivo en que abandonaba el encuentro sin anotar un tanto. Italia triunfa, pero Rossi fracasa, titula la prensa transalpina. Italia venció a Argentina y se jugará el pase a semifinales ante Brasil, la indiscutible favorita del torneo.

Con 14 años Luciano Moggi lo captó para la Juventus procedente de la Cattolica de Virtus. Era un delantero oportunista, no exento de técnica, pero que destacaba por estar en el lugar preciso en el momento justo. Paolo Rossi era una prometedora estrella pero sufre tres lesiones distintas de menisco antes de los 18 años. Se recuperaría, pero a los 30 ya estaría retirado. El caso es que la Juve se deshace de él y lo manda al Vicenza que estaba en la Serie B. El primer año es el máximo goleador de Segunda y asciende a Primera. La segunda temporada repite ‘Pichichi’ en la Serie A y deja a su modesto equipo en puestos europeos. Pablito había renacido.

Va al Mundial del 78 y se sale. Italia alcanza las semifinales. Y llega el escándalo. El Perugia, un modesto, ofrece una millonada. La Juve se echa atrás. Entonces los italianos sólo podían salir del país con el equivalente a 65 euros de la actualidad. El fichaje de Rossi cuesta 5 millones de hoy, pero el sueldo de Rossi sigue siendo modesto. Los jugadores exigen cobrar más. Los equipos pagar menos impuestos. Se rumorea que se amañan partidos. Nunca se probó que Paolo Rossi cobrara ninguna mordida, pero al igual que a la hora de meter goles estaba en el lugar preciso en el momento justo, el escándalo del ‘Tottonero’ le salpicará de lleno. Un coloso como el AC Milan es castigado con el descenso a la Serie B y una figura como Paolo Rossi estará dos años sancionada sin jugar. Era 1980.

Archivo:Paolo Rossi Vicenza.jpg - Wikipedia, la enciclopedia libre
Pablito

Enzo Bearzot siempre creyó en su inocencia. El seleccionador ‘azzurro’ lo estimaba como futbolista y como hombre. Fue su medicina durante dos largos años. Creía en ese delantero oportunista. Tras sólo tres partidos jugados en dos largos años decide convocarlo para el Mundial 82. Le da la posibilidad de forjarse un destino. Rossi jugará la primera fase del Mundial como un futbolista encadenado. La prensa quiere a Roberto Pruzzo y no a un chico tramposo y falto de forma. Bearzot decide que ningún jugador hable con los medios. Sólo hablará él. Dice que pone a Rossi de titular “por una cuestión moral”. El escándalo está servido. Italia está a punto de irse a casa en la primera fase. Las críticas son duras. Pero Rossi, con el 20 a la espalda, seguirá siendo el 9 titular.

5 de junio de 1982. Barcelona. Estadio de Sarriá. 44.000 espectadores. 17:20. Minuto 5 de partido. Centro al área, Rossi arranca una décima de segundo antes que su defensor y de cabeza cruza el balón. Es el gol más importante de la carrera de Pablito. El que le abre las puertas del paraíso tras 365 minutos en el averno. Luego vendría el segundo en el que Rossi volvió a ser Pablito el oportunista al ganarle el balón a Toninho Cerezo y anotar un gol de pillería. En el tercero demostró que nadie era capaz de defenderlo. Aquella tarde sólo un hombre podía entrometerse entre Brasil y las semifinales. Rossi anotó un ‘hat-trick’ en el que fue el partido más hermoso de todo el Mundial.

https://www.youtube.com/watch?v=fser8knw8Ws

Brasil del 82 era como el Brasil del 70 pero no tenía ni portero ni gol. Era como bailar con tu hermana. Todo era hermoso hasta que llegabas al final. Rossi, el proscrito, el delantero que había jugado tres partidos en dos años, que no había marcado ningún gol en el Mundial, volvió a ser Pablito. En una época donde se marcaba al hombre, Rossi era el delantero que se escabullía, el pillo que se escurría y bailaba con el balón hasta llevarlo a la línea de gol.

8 de junio de 1982. Barcelona. Camp Nou. 60.000 espectadores. 17:15 horas. Italia contra Polonia. Semifinales. Italia ya no tenía a un delantero. Tenía a un héroe nacional. Paolo Rossi anotó otros dos goles tocando apenas un par de balones. No podía haber escogido un mejor momento para resucitar. Italia volvía a la final de un Mundial tras haber perdido ante Brasil doce años antes.

Cuando Enzo Bearzot llegó a la ‘Nazionale’ siete años atrás decidió apostar por algunos jóvenes que conocía de las categorías inferiores. Concretamente dos de ellos se mostraron indispensables. Antonio Cabrini en la defensa y Paolo Rossi en la delantera. Esos dos futbolistas eran innegociables. Bearzot era un hombre culto. No era un entrenador al uso, era como un pintor que sabía cómo combinar colores. Y Paolo Rossi era como el azul, el azul de Italia, el azul del cielo y del mar. Como ese color que permite enlazar con los demás.

11 de junio de 1982. Madrid. Santiago Bernabéu. 90.000 espectadores. 20:00 horas. Italia contra Alemania Federal. Final del Mundial. El sueño de una vida. Minuto 57 de partido. Tardelli abre a la derecha, Gentile recibe el balón y centra al área donde cayendo y todo potencia aparece Rossi que entre su cabeza y su corazón abre el marcador. Esta vez solo fue un gol, pero se dice que en una final el primero vale por tres. Alemania venía de una extenuante prórroga ante Francia, Rummenigge estaba tocado y los teutones bajaron los brazos. Italia acabaría ganando 3-1 y lograría el que hasta el momento era su tercer Mundial.

Paolo Rossi jugó 7 partidos en aquel Mundial y anotó 6 goles distribuidos en apenas 230 minutos. Fue el máximo goleador. En dos años disputó únicamente 10 partidos oficiales marcando 7 tantos. Al acabar el Mundial firmó por la Juventus, su amor de adolescencia, tuvo un par de años mediocres y se apagó. Paolo Rossi fue una estrella fugaz. Fue un héroe que entró en combustión durante una semana mágica para ingresar en el olimpo de los dioses. Es uno de los únicos 8 futbolistas que han ganado la Copa de Europa, el Mundial y el Balón de Oro. Un Balón de Oro, aquel de 1982, que es uno de los más baratos de siempre, porque a Paolo Rossi tan sólo le hizo falta una semana para justificar un año. Para justificar una carrera. Para justificar una vida.

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¿Qué futbolista ha sido más veces internacional con España? Una historia contrafactual

Sergio Ramos se ha convertido esta semana en el futbolista europeo con más partidos internacionales con su selección, con la nada desdeñable cifra de 178 choques. Acaba el año 2020 superando al italiano Gianluigi Buffon (177) y a escasa distancia del egipcio Ahmed Hassan (184) que es el plusmarquista mundial. Si ninguna lesión de gravedad lo impide, Ramos alcanzará dicha cifra durante la Eurocopa de 2021.

Los guarismos de Ramos son monstruosos y, por lógica aplastante, si es el futbolista europeo con más internacionalidades también lo tiene que ser vistiendo la elástica española. No obstante, Ramos ha formado parte de la época más gloriosa del fútbol nacional y ha crecido en un fútbol de fechas saturadas. ¿Qué hubiese pasado si en época de Zamora hubiese habido un torneo internacional cada par de veranos? ¿Qué hubiese sucedido si en tiempos de Gento los mundiales fuesen de 32 equipos? ¿Qué hubiese acaecido si en era de Arconada la selección disputase 15 partidos al año? ¿Hubiese sido Ramos el jugador con más partidos internacionales?

Toca una de mis historias contrafactuales.

Para aquellos principiantes en este blog conviene explicar que historia contrafactual es una historia alterna en la que se responde a la pregunta;  ¿qué hubiera pasado sí? Es un ejercicio de abstracción y ficción pero desde un punto de vista histórico. Se basa en datos, personajes y relaciones reales para crear una nueva realidad. No vale con decir que si en los 80 se hubiesen jugado más partidos Butragueño hubiese jugado más partidos que Ramos porque sí. Conviene explicarlo. En este blog ya lo hemos hecho en relación a los Balones de Oro que nunca ganó Pelé o a la realidad alternativa de la Copa de Europa si no existiese la Ley Bosman.

Bajo esta premisa considero tres diferentes variantes a la hora de dilucidar quién debería o podría ser el futbolista con más partidos jugados con la selección española:

A) Número de partidos disputados por el futbolista en porcentaje sobre el total de la selección:

Desde que debutó en Salamanca en un amigable ante China el 26 de marzo de 2005, Sergio Ramos ha jugado 178 partidos con la selección española. España ha saltado al campo en 207 ocasiones. Por lo tanto, Sergio Ramos ha jugado el 85,9% de los partidos posibles. Una salvajada en la que se demuestra tanto su fortaleza técnica como física, su longevidad en el tiempo y una confianza desmesurada de sus capacidades por parte de los distintos seleccionadores.

Gento jugó 43 partidos desde que debutó en 1955 en un amistoso ante Inglaterra en el Bernabéu hasta su retiro en octubre de 1969, en un histórico choque disputado en el 12 de octubre en La Línea de la Concepción. Futbolista longevo, el único hexacampeón europeo de la historia, sumó un total de 44 internacionalidades. Representa un discreto 53,7 % de los encuentros en liza.

Podemos irnos a un portero, a sabiendas que los guardametas suelen disputar más partidos. Ricardo Zamora debutó en Amberes en 1920 y jugó su último partido 16 años después ante Alemania en un amistoso en Montjuic. En total fueron 46 los encuentros disputados por Zamora en un total de 56 partidos internacionales posibles. Da un 82,1%.

Iribar (49 choques) debutó como internacional en 1964 ante Irlanda y lo dejó ante Alemania en 1976 durante la fase de clasificación para la Eurocopa de dicho año. Doce campañas. Menos que los antes citados. En teoría sus 49 partidos (récord en la época), que fueron comprimidos en 66 choques, tendrían que ser el récord. Y no es así. Nos quedamos en un 74,2%.

El problema de esta variable es el de las sustituciones. En un siglo de fútbol internacional hemos pasado de la ausencia de sustituciones a los cinco cambios del presente. Además, hace más de medio siglo era raro que los amistosos fuesen causa de rotaciones o probaturas. Es más, si una vaca sagrada (caso de Gento) no iba a jugar, se quedaba en casa. Raro era tenerlo en el banquillo y mucho menos en la grada.

Lo ideal sería comprobar el número de minutos jugados por cada jugador en cada partido y a partir de ahí dilucidar cuál ha sido el más utilizado. En todo caso conviene recordar que este blog es para mí un hobby y no una fuente de ingresos. No cobro por ello (se admiten donaciones) y no tengo tiempo ni ganas de hacerle el trabajo a unos cuantos periodistas de la redacción de ‘Marca’ para que mañana publiquen un artículo.

EQUIPOS DE FÚTBOL: SELECCIÓN DE ESPAÑA en la temporada 1965-66
Mundial 66

B) Partidos jugados por temporada:

Sergio Ramos ha jugado un total de 178 partidos en 15 años, lo que hace una media de 11,8 partidos por temporada. Una cifra extraordinaria, que está cerca de ser igualada por Gerard Piqué, durante muchos años compañero en el centro de la zaga española, con un total de 102 encuentros distribuidos en 9 años (11,3 por campaña).

Si tomamos como referencia los ejemplos anteriores, Gento únicamente disputó 3,1 encuentros internacional por temporada, Ricardo Zamora 2,8 e Iribar un total de 4,1. Incluso si llevamos el foco a un jugador más contemporáneo como Fernando Hierro, además inmediato antecesor de Ramos con España y el Real Madrid, el total es de 89 encuentros en 13 temporadas, o lo que es lo mismo son 6,8 por campaña.

Obviamente Ramos demuestra un historial vacío de lesiones y una desmesurada confianza de los técnicos, pero la variedad en el número de partidos hace que está variable sea errónea. Así, mientras que en la década de los 20 España jugó 33 encuentros, en los duros 40 únicamente fueron 18 choques, en la década de los 60 un total de 62, en los 90 se llegaron a los 97 partidos internacionales y en la gloriosa década para la selección que empezó en el años 2010 se han llegado a jugar un total de ¡130 partidos! Mientras Piru Gaínza sentaba cátedra pegado a la cal izquierda de San Mamés apenas contó con oportunidades de brillar en el enclaustrado mundo internacional de los 40 y comienzos de los 50. Un jugador mucho menor como Iker Muniain ha tenido infinidad de oportunidades para ser internacional. Concretamente lo ha sido en dos ocasiones y muy espaciadas en el tiempo, lo que habla de las facilidades logísticas actuales para vestir la absoluta.

GAINZA (Selección Española - 1950) Rev. Pulgarcito | Seleccion de futbol de  españa, Seleccion española de futbol, Equipo de fútbol
Gaínza. Leyenda de los 40-50

C) Ajustar el número de partidos internacionales anuales a los parámetros actuales:

Quizás el mejor método, para nada el más justo, es ver cuantos partidos ha jugado la selección anualmente desde que Ramos es internacional. Son un total de 13,8 por temporada. Aplicaremos un factor corrector que elevará la cifra a 14, cantidad que sería la real si el coronavirus no se hubiese puesto en nuestras vidas y se hubiese celebrado la Eurocopa el verano pasado.

Si aplicamos un factor de 14 partidos por temporada tendremos una situación más real de quien es el jugador que podría llevar con orgullo la bandera de ser el futbolista español con más internacionalidades.

El problema radica en que hay jugadores que despuntaron con rapidez para volver a la selección pasados unos cuantos años. Pongamos el ejemplo del citado Muniain. Son dos partidos con siete años de diferencia. Si aplicamos nuestro factor corrector sumaría un total de 98 encuentros, lo que es totalmente irreal porque en el caso de Muniain no han sido solo dos internacionalidades por falta de partidos, sino por defecto de cualidades. Existen también las lesiones, sin ellas, quizás Casillas hubiese llegado a los 224 partidos. Hasta Ramos de vez en cuando se lesiona o necesita un descanso, porque si no en vez de 178 llevaría más de 200 encuentros.

D) La ecuación de Misterdato:

Es por eso que he intentado realizar una ecuación que nos ayude a seleccionar los jugadores españoles con más internacionalidades en una historia contrafactual. Pero en primer lugar vamos con el listado real una vez finalizado el año 2020. He escogido a todos aquellos futbolistas con más de 100 partidos. Después he seleccionado a jugadores que por haber sido capitanes, haber ostentando en su día el récord de partidos o de goles o por haber sido bandera de la selección en su momento, son dignos de recordar. En total son 38 los jugadores:

1. Sergio Ramos 178   

2. Iker Casillas 167 

3. Xavi Hernández 133

4. Andrés Iniesta 131 

5. Andoni Zubizarreta 126

6. David Silva 125

7. Sergio Busquets 120

8. Xabi Alonso 114

9. Fernando Torres 110

10. Cesc Fábregas 110

11. Raúl González 102

12. Gerard Piqué 102

13. Carles Puyol 100

14. David Villa 98

15. Fernando Hierro 89

16. José Antonio Camacho 81

17. Rafael Gordillo 75

18. Emilio Butragueño 69

19. Luis Arconada 68

20. Carlos Santillana 56

21. José Ángel Iribar 49   

22. Ricardo Zamora 46    

23. Francisco Gento 43 

24. Amancio Amaro 42  

25. José Martínez ‘Pirri’ 41 

26. Juan Manuel Asensi 41 

27. Enrique Castro ‘Quini’ 35

28. Antonio Ramallets 35 

29. Piru Gaínza 33 

30. Luis Suárez 32 

31. Alfredo Di Stéfano 31 

32. Jacinto Quincoces 25 

33. Estanislao Basora 22 

34. Telmo Zarra 20 

35. Ladislao Kubala 19 

36. Ferran Olivella 18

37. Marcelino Martínez 14

38. Isidro Lángara 12 

Bien, vamos ahora con el listado contrafactual. Para ello he premiado la confianza y la longevidad. En primer lugar he calculado en 7 el número de partidos internacionales anuales jugados por España. Son un total de 710 partidos en 100 años desde el debut en los Juegos Olímpicos de Amberes. He multiplicado los años internacionales de cada futbolista por 7 y luego he aplicado una variable de calidad en función del % de partidos jugados del total de la selección multiplicado por 1.

Por ejemplo, Sergio Ramos sumaría 105 (15 años como internacional a razón de 7 choques por temporada) y ha jugado el 85,9 de todos los partidos posibles disputados por la selección durante estos cinco lustros. Dicha cifra ha sido multiplicada por 1 dando como total 1,859. Así entonces, en esta historia contrafactual Sergio Ramos suma 195 internacionalidades (105 x 1,859).

Con lo cual esta sería la lista de futbolistas con más partidos jugados con España en una historia contrafactual:

1. Ricardo Zamora 204 (112 x 1,821) 

2. Iker Casillas 200 (112 x 1,787)

3. Sergio Ramos 195 (105 x 1,859)

4. Andoni Zubizarreta 176 (91 x 1,933)

5. Xavi Hernández 170  (98 x 1,734)

6. Fernando Hierro 152 (91 x 1,672)

7. José Antonio Camacho 151 (91 x 1,669)

8. Francisco Gento 150 (98 x 1,531)

9. David Silva 150 (84 x 1,786)

10. Andrés Iniesta 148 (84 x 1,76)

11. Carles Puyol 147 (91 x 1,617)

12. José Ángel Iribar 146 (84 x 1,741)

13. Luis Suárez 143 (105 x 1,359)

14. Amancio Amaro 139 (84 x 1,656)

15. Sergio Busquets 137 (77 x 1,789)

16. Piru Gaínza 136 (70 x 1,942)

17. Raúl González 134 (70 x 1,91)

18. Xabi Alonso 133 (77 x 1,726)

19. José Martínez ‘Pirri’ 133 (84 x 1,585)

20. Fernando Torres 132 (77 x 1,714)

21. David Villa 132 (84 x 1,573)

22. Antonio Ramallets 130 (77 x 1,686)

23. Cesc Fábregas 122 (70 x 1,743)

24. Juan Manuel ‘Asensi’ 121 (77 x 1,577)

25. Rafael Gordillo 119 (70 x 1,669)

26. Enrique Castro ‘Quini’ 118 (84 x 1,406)

27. Carlos Santillana 114 (70 x 1,629)

28. Gerard Piqué 112 (63 x 1,784)

29. Jacinto Quincoces 108 (56 x 1,925)

30. Emilio Butragueño 106 (56 x 1,896)

31. Luis Arconada 104 (56 x 1,85)

32. Ladislao Kubala 85 (56 x 1,527)

33. Estanislao Basora 84 (56 x 1,5)

34. Ferran Olivella 83 (56 x 1,49)

35. Telmo Zarra 82 (42 x 1,952)

36. Alfredo Di Stéfano 56 (28 x 2)

37. Isidro Lángara 49 (28 x 1,75)

38. Marcelino Martínez 46 (32 x 1,437)

Según la historia contrafactual, tanto Casillas como Zamora superarían a Ramos en número de internacionalidades, aunque lo normal sería que al acabar el 2021 Ramos se convirtiera en el plusmarquista. Mención especial para Telmo Zarra y Alfredo Di Stéfano. El delantero del Athletic únicamente se perdió un partido internacional de los que pudo haber jugado en su día y acabó su carrera internacional con una media de un gol por encuentro. El caso del punta del Real Madrid es más extraordinario porque entre 1957 y 1961 jugó todos los partidos posibles con España. La pena para él es que una lesión le impidió acudir al Mundial de 1962 y que debutó con la selección a los 31 años. Hubiese pasado de los 200 choques en esta historia contrafactual si diez años antes, poco después de los 20, no hubiese defendido el escudo de Argentina.

Ramos mantiene el hambre y la exuberancia física para conservar la exigencia tanto en el Real Madrid como con la selección española. Hay genes, pero también trabajo y ambición. Son legión sus ‘haters’, a lo que contribuyen sus paletadas y desmanes varios como aquella vez que le se cayó la Copa del Rey de un autobús o aquel penalti que mandó al segundo anillo del Bernabéu. Pero Ramos es todo virtud, primero lateral y luego central, alma de delantero, y con derecho propio, uno de los mejores defensores que ha parido el fútbol mundial.

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¡A mí, Sabino, que los arrollo!

Para 1920 la selección española de fútbol iba a hacer su debut internacional. Por entonces aún no existía la Liga, pero se consiguió armar un equipo para disputar los Juegos Olímpicos de Amberes. El grupo que salió en tren desde la estación de Irún rumbo a Bélgica estaba formado por 21 futbolistas que representaban la realidad futbolística del momento. 15 vascos, 3 catalanes y 3 gallegos. Entre estos últimos destacaban los mediterráneos Ricardo Zamora y Pepe Samitier y entre los atlánticos Luis Otero. Todas las demás ‘vedettes’ eran vascuences entre ellos Rafael Moreno ‘Pichichi’, Sabino Bilbao y José María Belaustegigoitia, conocido por todos como Belauste.

Fue la primera vez de la selección. Se cumple ahora un siglo. Se escogió una camiseta roja con un león rampante en el escudo, pantalón blanco y medias negras con vuelta amarilla. El uniforme reserva estaba diseñado en azul, aunque España jugó su primer partido con pantalón blanco para no confundirse con Dinamarca, su primer rival. En Amberes no gustó mucho la indumentaria porque los belgas también usaban en su escudo un león dorado.

Para preparar el combinado nacional se realizó una pequeña concentración en Irún con probables y posibles, como se decía entonces. Una selección A y una selección B. El fútbol vasco era el hegemónico porque a través de sus puertos se mantenía una conexión constante con Inglaterra, aun por entonces dueña y señora en el desarrollo del fútbol. Además, mientras que en el norte se jugaba en hierba, tanto en Madrid como en el sur los campos solían ser de tierra. Por ello en un primer momento la idea era llevar a 21 vascos a Amberes, aunque al final algún que otro posible se convirtió en probable.

Como indicaba, la comitiva viajó en tren hasta Amberes en vagones de tercera clase. Eran tratados como segundones en comparación con los olímpicos del polo o del tenis. Mientras éstos eran señoritingos, la mayoría de los futbolistas eran falsos amateurs que tuvieron que pedir permiso en sus trabajos para disputar los JJ.OO. Ramón Eguizábal, que además de defensa era albañil, intentó entre partido y partido sacarse unas perras poniendo ladrillos en Bélgica. Al final, lograron una dieta de 67 francos por día. Alguno como Eguizábal usaba la mitad para comer y dormir y ahorraba el resto. Estrellas urbanitas como Samitier o Zamora gastaban toda la dieta en alojarse en el lujoso Hotel L’Industrie junto a los encorbatados del COI.

El torneo tenía un sistema cuanto menos peculiar. Había 14 equipos clasificados, por lo que primero hubo una fase previa para determinar las ocho selecciones que se clasificarían para los cuartos de final. Una vez ahí, el que ganase las siguientes rondas sería el campeón y medalla de oro. Sin embargo todos los perdedores, ya fuese en cuartos, en semifinales o incluso el perdedor de la final, tendrían que seguir luchando para obtener la plata o el bronce. Evidentemente el equipo que quedaba eliminado en cuartos de final debía disputar varias rondas eliminatorias y aquel que caía en la final tan sólo tenía que jugar un único partido con el bronce ya asegurado.

El debut, el primer partido en la historia de ‘La Roja’, es el 28 de agosto de 1920 ante Dinamarca. Y no será en Amberes, sino en la capital Bruselas. Para los anales una alineación formada por Zamora (Barcelona); Otero (Vigo Sporting), Arrate (Real Sociedad); Eguizábal (Real Unión de Irún), Belauste (Athletic), Samitier (Barcelona); Pagaza (Arenas de Getxo), Sesúmaga (Barcelona), Pichichi (Athletic), Patricio (Real Unión de Irún) y Acedo (Athletic). Ocho vascos, dos catalanes y un gallego. Belauste fue el capitán.

La plata, Sabino y el debut oficial | El Diario Montañes
Los once pioneros

España venció por 1-0 a Dinamarca, por entonces un rival con más pedigrí que el combinado español, pero caerá en cuartos de final ante Bélgica (1-3). Los anfitriones acabarían logrando el oro al derrotar posteriormente a Países Bajos y a Checoslovaquia. A España aún le quedaba la oportunidad de lograr la medalla de plata en el batiburrillo del torneo de consolación. Para ello tenía que derrotar por este orden a Suecia, Italia y Países Bajos. ¿Y por qué no tenía que jugar con Checoslovaquia? Los checoslovacos, tras perder la final, consideraron indigno luchar por la plata y se retiraron.

Cosas del ‘fairplay’ de entonces. No se puede juzgar el pasado con los ojos del presente.

El primero de esos choques tuvo lugar el 1 de septiembre de 1920 y enfrentaba a España contra Suecia. Los escandinavos se adelantaron mediada la primera parte gracias a un fútbol enormemente físico. Según las crónicas, los suecos practicaban un juego violento y eran mucho más altos y fuertes que unos españoles que, a inicios del siglo XX, tenían una talla raquítica en comparación con los bien alimentados habitantes del norte de Europa.

Comenzó pues la segunda mitad con España necesitada de remontar. A los seis minutos de la reanudación, el conjunto hispano avanzaba por la banda cuando Belauste se incorporó al ataque. José María Belaustegigoitia era un mediocentro del Athletic, quizás su primera gran estrella junto al delantero Pichichi. No existía la Liga, pero entre 1910 y 1923 consiguió siete títulos de Copa del Rey convirtiendo a los bilbaínos en el conjunto de referencia en España. Belauste era el capitán de la selección, un vasco imponente y un rara avis de 1,93 metros de altura. Podía retar de tú a tú a los suecos y jugaba siempre con un pañuelo en su cabeza que amortiguara los golpes con el balón y para, según se creía, evitar la alopecia.

Así que Belauste se incrustó dentro del área rival a la espera de que le llegase un centro.

Quien percutía por la banda era Sabino que tras levantar la vista vio como Belauste le pedía el balón. Y fue entonces cuando sucedió.

Según la primera de las versiones Belauste exclamó; “¡A mí el pelotón, Sabino, que los arrollo! Al parecer de otra versión el grito fue; “¡A mí, Sabino, que los arrollo! Fuese una la súplica o fuese otra, lo que sucedió después también cuenta con varias alternativas. Según unos Belauste controló el balón con el pecho y según otros lo hizo con la cabeza. Pero en lo que concuerdan todas las crónicas, y aquí viene lo realmente importante, es que Belauste se introdujo él mismo junto al esférico en la portería rival llevándose por delante a tres defensas suecos y al guardameta, los cuales no pudieron evitar, ni a base de patadas, que aquel gigante se metiese dentro de la portería.

Había nacido la ‘Furia Española’.

La mazeta deportiva: José María Belauste
Belauste. 193 centímetros de bilbaíno

Fiel a las crónicas de la época, fue el vigués Manuel de Castro el que dotó de costumbrismo, épica y pasión, la anécdota al momento. Conocido como ‘Handicap’, Manuel de Castro fue un verdadero ‘sportsman’ de inicios de siglo. Fue jugador, entrenador, árbitro, directivo, periodista y también seleccionador nacional. Su busto adorna la entrada del estadio de Balaídos, instalación que impulsó a levantar. El caso es que ‘Handicap’ describió aquel gol como “hercúleo”, apodó a Belauste como “el león de Amberes” y exclamó que aquella exaltación de cojones y españolía representaba “la furia española”.

Al éxito internacional del término ayudó que a un colega neerlandés de ‘Handicap’ le gustase la expresión y titulase de la misma forma en la portada de un periódico holandés, y, sobretodo, que Henri Desgrange, patrón del Tour de Francia y director de ‘L’Auto’ (antecedente de L’Equipé), usase el mismo enunciado.

Eso sí, no con el mismo propósito.

Fuera en Amberes donde en 1576 se hablara por vez primera de la ‘Furia Española’. Tras años de guerra en Flandes, las tropas españolas estaban exhaustas y acumulaban cerca de dos años sin cobrar debido a la ruina del gobierno de Felipe II. Exasperado, un ejército de 5.000 hombres comandado por Sancho Dávila ocupó diversas poblaciones entre las que estaba la importante ciudad portuaria de Amberes. Los nativos, indignados, exigieron la expulsión de los tercios y la confrontación acabó con el incendio de la ciudad y la muerte de 10.000 civiles. El saqueo de Amberes fue conocido como la ‘Furia Española’ y fue el detonante para la sublevación completa de Flandes y uno de los sucesos más conocidos de la leyenda negra española.

Así pues, un hombre ilustrado como Manuel de Castro aprovechó la coyuntura para darle una vuelta al significado histórico. El deporte, que siempre ha casado de maravilla con el patriotismo y el lenguaje bélico, iba a redefinir un concepto y dotaba al fútbol español de un ‘leitmotiv’ basado en el coraje y el pundonor que no sería puesto en tela de juicio hasta muchos años más tarde cuando las ideas de Johan Cruyff (un neerlandés -ironías de la vida-) calen en España.

Y lo cierto es la importancia del gol fue más bien escasa. La remontada no se culminaría hasta minutos más tarde e incluso los suecos pudieron empatar el partido poco antes del final gracias a un penalti que consiguió salvar Ricardo Zamora. España pasó de ronda, pero aún tendría que ganar a Italia (2-0) y a los Países Bajos (3-1) para lograr una histórica medalla de plata en su primera participación internacional.

Con el paso del tiempo, y ante la falta de testimonio sonoro, hubo quien afirmó que nunca se había dicho tal frase. Incluso hay quien sostiene que lo que dijo Belauste era “¡Sabino, aurrera!” (¡Sabino, adelante!, en vasco). Lo cierto es que fue el propio Belauste el que acalló todos los rumores cuando cerca de 20 años más tarde rememoró el suceso en un reportaje periodístico: “Estando yo en posición ventajosa para anotar, y viendo que Sabino avanzaba con la pelota, le dije simplemente: «¡A mí, Sabino, que los arrollo! Después, rodamos tres o cuatro por el suelo».

Belauste se convirtió en un icono del fútbol español y en el padre de la llamada ‘Furia Española’ a pesar de haber jugado únicamente tres partidos con la selección. El revisionismo histórico ha mostrado como irónico que un chico de familia acomodada y militante del PNV (su hermano mayor era íntimo amigo de Sabino Arana) represente la quintaesencia del nacionalismo español. La realidad es que hasta el primer tercio del siglo pasado pocas regiones del país fueron más representativas del auténtico españolismo y de lo más primigenio de la identidad española que la provincia de Vizcaya.

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La madre de todas las espadas

Allá por 1994 España vivía los mejores años de su historia reciente. 1992 había sido el ‘annus mirabilis’, según Nuñez Seixas “el año en el que España se reencuentra a sí misma”. Es un tiempo próspero ateniéndonos a criterios de riqueza y de cohesión social entre las diferentes sensibilidades que conforman la nación. El deporte ocupó un lugar destacado en este labor de orgullo y optimismo a partes iguales. En lo colectivo los Juegos Olímpicos de Barcelona pusieron a España en el mapa. En lo individual Miguel Induráin se convirtió en el español perfecto.

Durante cinco años (1991-1995) Miguel Induráin humilló a los franceses a golpe de pedal. Francia es el país más europeo de Europa y el que geográfica, cultural y políticamente a lo largo de los siglos ha impedido que España se sienta europea, dotándola de un complejo de inferioridad que se arrastra perennemente. Induráin rompía con unos cuantos estereotipos que del español se tenía más allá de los Pirineos. Era hijo del rural y vástago de agricultores, pero ni era bajo, ni débil, ni dicharachero, ni zafio ni vago. Era todo lo contrario. En esos cinco años instauró una dictadura en el Tour de Francia que aún no ha tenido réplica. Fue apodado ‘el extraterrestre’ por unos y ‘el campeón tranquilo’ por otros. Era El Cid. Y a El Cid hubo que buscarle una espada.

La ‘Espada’.

El récord de la hora era entonces una prueba alejada de la mano de Dios. Como no es muy difícil de comprender, consistía en recorrer el mayor kilometraje posible en el espacio de una hora. Se realizaba en el circuito ovalado de un velódromo y había tenido su apogeo a mediados del siglo XX con las victorias de Fausto Coppi, Jacques Anquetil o Eddy Merckx. Desde entonces había dejado de tener interés para los ciclistas de carretera.

Fue en 1994 cuando el inglés Chris Boardman batió por primera vez en una contrarreloj del Tour de Francia a Induráin. Su triunfo causó perplejidad. Nadie había osado batir al extraterrestre en su prueba fetiche. Eso causó sorpresa en Induráin que, de pronto, pasó a interesarle batir el récord de la hora. Era una forma de demostrar que si él también llevase una bicicleta de diseño, ni Boardman ni nadie podría discutirle el trono de mejor rodador del planeta.

Los contrarrelojistas como Induráin basaban su éxito en un extraordinario motor, en una fuerza física descomunal que permitía mover grandes desarrollos. Aun eran pocos los que comprendían que con desarrollos bajos, una posición aerodinámica perfecta y una bicicleta ultraligera se podían ganar preciados segundos. Fueron los británicos los primeros que comprendieron el poder de la tecnología en el ciclismo y Chris Boardman el hombre capaz de derrotar a Induráin en unas cuantas pruebas contra el crono. Una vez retirado, Boardman llegó a declarar que en aquel Tour de 1994 era como si él corriera con una bici profesional e Induráin con una comprada en una tienda Decathlon.

José Miguel Echavarrí, director del equipo Banesto, rediseñó el calendario de la temporada. Tras el Giro y el Tour, Induráin renunciaría a competir en los campeonatos del mundo con el único objetivo de batir el récord de la hora. La idea era que después de la finalización del Tour, a finales de julio, Induráin descansase, cambiase sus rutinas de entrenamiento para adaptarse a la pista del velódromo, y aprovechase su pico de forma antes de dar por terminada la temporada.

Pero hacía falta una bicicleta para batir el récord. Una tan aerodinámica como la de Boardman.

Hacía falta una ‘Espada’. La madre de todas las espadas.

Por entonces la empresa que suministraba las bicis a Banesto era la italiana Pinarello. En aquel tiempo los italianos de Treviso competían por la hegemonía en el mundo de las dos ruedas con la francesa Look o la norteamericana Cannondale. Giovanni Pinarello, el papá de la fábrica, contacto con Marco Giacchi, un ingeniero de los automóviles Lamborghini, para crear la ‘Espada’. Posteriormente hubo que echar mano de unas resinas especiales que usaban los deportivos ‘Bugatti’ para el chasis del casco de fibra de carbono. Todo ‘piu bello’.

A pesar de la fuerza monetaria de la entidad bancaria presidida por Mario Conde, el Banesto no contaba con un presupuesto muy elevado. Hubo que tirar de promesas y créditos para crear la Espada. A la sazón, los medios tecnológicos de sus rivales de la ONCE eran muy superiores. Manolo Saiz, director del equipo patrocinado por los ciegos, era un adelantado a su tiempo y contaba con los materiales más atrevidos del momento. Hay especialistas que consideran que si Induráin hubiese corrido en la ONCE hubiese ganado más Tours.

Supermán tuvo que aprender a adaptarse en apenas unas semanas a un entrenamiento innovador. Conoció lo que era el túnel del viento y las posturas aerodinámicas, pero nunca dio muestras de adaptarse a ellas. Induráin declinó la horquilla inicial así como un manillar lunar con forma de ala delta. Aún por encima, como el presupuesto de Banesto era limitado, Induráin tuvo que entrenarse con una ‘Espada’ de mentira. Pinarello no entregó la original hasta finales de agosto, por lo que al ciclista navarro no le quedó más remedio que utilizar un cuadro de contrarreloj estándar al que hubo que adaptarle tubos de otros manillares.

El peso total de la bici era de 7,2 kilos. El cuadro estaba fabricado por una sola pieza de fibra de carbono. Los pedales estaban concebidos para que encajaran en unas zapatillas especiales con un sistema de enganche que fue adaptado por todos los fabricantes poco después. Las ruedas eran lenticulares y también fabricadas en fibra de carbono y el sillín estaba adaptado a la forma de las posaderas de ‘Miguelón’.

En años posteriores se hicieron varias réplicas. En total hay 6 espadas perdidas por el mundo. Se estima que el valor de cada una es superior a los 100.000 euros.

Se pone a la venta la bicicleta más deseada de la historia del ciclismo |  Diario del Triatlón: Noticias sobre Running, Ciclismo, Natación y  Entrenamiento
El futuro sobre dos ruedas

Sobre el papel el récord era pan comido. El mejor ciclista con la mejor bicicleta. Pero Induráin no era un hombre del siglo XXI. Quizás ni del siglo XX. No tenía experiencia negociando las curvas peraltadas, no podía moverse prácticamente ni un milímetro de su posición y el hecho de estar encerrado dando vueltas al mismo sitio le agotaba mentalmente. Dicen que a Induráin jamás le preocupó ni le interesó ni la mecánica ni la tecnología. A él le daban una bici, se subía, pedaleaba entre llanuras y montañas y en paz. Se cuenta que una vez retirado fue hasta una tienda de Pamplona a comprar una bicicleta de competición como las que él usaba. Cuando le dijeron el precio le dijo al comerciante que aquello era demasiado dinero por una simple bicicleta y se marchó a su casa sin comprarla.

—EL RÉCORD DE LA HORA—

Batir el récord de la hora era una prueba exótica y mucho más para los españoles que tienen en el Tour, la Vuelta y las hazañas en puertos de montaña la única forma de entender el ciclismo. Pero si El Cid quería ganar una nueva batalla, toda España iba a estar con él. Canal Plus ofreció un escandaloso contrato de televisión para retransmitir la prueba. Medios como Antena 3 o el diario Marca siguieron durante todo el mes de agosto a Induráin mientras entrenaba en un tramo de carretera totalmente llano de cerca de 20 kilómetros en la planicie navarra.

El récord de la hora es como la Medalla de Honor del ciclismo. Su atractivo se basa en su simplicidad. Una persona en una bicicleta intentando ser más rápido que su rival sin la aparición de imponderables que puedan hacer surgir el dubitativo y sí. O se consigue o no se consigue. No hay caídas, ni pinchazos, ni lluvia, ni viento. El ciclista no tiene donde esconderse, por lo que la concentración de esfuerzos es constante. Ni hay curvas para dejar de pedalear, ni descensos para descansar, ni compañeros para ayudar.

Se estimó correr en el velódromo de Anoeta en San Sebastián, pero finalmente se optó por programar el intento en Burdeos para el viernes 2 de septiembre de 1994. Es todo tan moderno y tan ‘chic’ que hay que ir a Francia. Más de 1.500 personas viajarán desde Navarra con sus bocadillos en la mochila para ver a Induráin batir el récord. No pudieron entrar hasta minutos antes del inicio de la prueba para no comprometer la temperatura ni la humedad del velódromo. De hecho, miembros del cuerpo de bomberos de Burdeos estaban de retén dentro del recinto por si las condiciones de humedad no eran las adecuadas y tenían que echar unos cuantos manguerazos hacia el techo.

Todo esto era conocido para los que no teníamos ni idea de estas técnicas tan revolucionarias a través de los comentarios televisivos de Canal Plus. La cadena de pago preparó una superproducción al puro estilo futbolístico. Yo, como tantos niños, dejé la playa en busca del chiringuito. Con la ya icónica cabecera de la banda sonora de ‘Desafío Total’ vimos la entrada de Induráin y de la Espada en el velódromo. Un jovencísimo Carlos Martínez retransmitió vuelta tras vuelta como si de un partido de Liga se tratase, Pedro Delgado hacía uno de sus primeros comentarios técnicos y Josep Pedrerol recogía la impresión del público, incluidos los comentarios de la siempre callada esposa de Miguel Induráin, preocupada por lo que más tarde sabríamos que era una rozadura que Supermán tenía en el culo y que le impidió estar en plenitud de facultades.

Induráin había viajado una semana antes a Burdeos para realizar unos cuantos entrenamientos previos. El récord de la hora era entonces posesión del escocés Graeme Obree con 52,713 km/h. Induráin lo batió en pruebas cortas de apenas 20 minutos, pero Echávarri pronto se dio cuenta que el problema iba a ser que Induráin aguantase la hora entera en una posición aerodinámica.

Pero no hubo problema. A falta de 20 minutos ya se sabía que Induráin iba a batir el récord. Sólo perdió en la comparativa con Obree en la arrancada. A partir de ahí se puso a mover un bestial desarrollo de 59 x 14 alcanzando los 53,040 km/h tras una hora sobre la bicicleta. 5.949 pedaladas sobre la burra.

En las gradas el gran Eddy Merckx aplaudía la escena mientras Echávarri rompía a llorar ante la prensa. Los propios comisarios de la Unión Ciclista Internacional (UCI) comentaron que había sido una victoria física y mental de Induráin, a pesar del bombo que se le había dado a la ‘Espada’.

Total, que la ‘Espada’ e Induráin causan una conmoción en el mundillo ciclista. De repente una prueba que estaba olvidada pasa a un primer plano. Las casas comerciales deciden invertir en tecnología y crear bicicletas ultraligeras. Las marcas ciclistas comienzan a gastar dinero en ingenieros como si de la Fórmula 1 se tratase. Apenas unas cuantas semanas más tarde, Tony Rominger batirá también en Burdeos el récord de la hora. Un par de meses después Boardman conseguirá un nuevo récord con una bicicleta estrafalaria, hasta que en el año 2000 la UCI decida prohibir las bicicletas de diseño en las pruebas de velódromo cuyo objetivo sea batir el récord de la hora.

La UCI desechó el uso de ruedas especiales y de los cuadros y de los cascos contrarreloj. Se desecharon todas la marcas y dieron como última válida los 49,431 km/h de Eddy Merckx en 1971, al entender que había sido el último récord obtenido con una bicicleta convencional.

A partir de entonces tan sólo Chris Boardman y el checo Ondrej Sosenka lograron batir el registro de Merckx. Pero eran éstos ciclistas de pista y no de carretera. Los grandes dejaron de interesarse en el récord de la hora por lo que la UCI tuvo que dar marcha atrás y volvió a cambiar la reglamentación en 2014 permitiendo las bicicletas tecnológicas.

Hoy la marca supera los 55 km/h pero no es causa de desvelo de los Valverde, Nibali, Froome, Bardet, Bernal, Dumoulin o Evenepoel. No hay interés alguno en la prueba. No hay un Induráin que le de prestigio al récord de la hora. Y mucho menos hay una ‘Espada’ que le de prestigio a la bicicleta.

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La Liga de 22

Con una negligencia sanitaria por un lado y una chapuza deportiva por el otro, a la hora de escribir este artículo la Liga de Fútbol Profesional (LFP) está inmersa en un batiburrillo de dimes y diretes que inexorablemente acabaran en una decisión de compromiso y en un cúmulo de denuncias. En Fuenlabrada, bien por desidia o bien bajo extorsión, Alicante (Elche), Madrid (Rayo), Soria (Numancia) o Coruña (Deportivo) esperan con ansia una solución que pusiese fin a la liga de Segunda que todavía se mantiene en parálisis por culpa del coronavirus. Desde Coruña, con una pizca de pánico, un cuarto de cabeza y un lote de corazón, se solicita una Liga de 24 recordando a la famosa ‘Liga de 22’, la, hasta el momento, gran chapuza del fútbol hispano.

‘La Liga de 22’ no es más que, como su propio nombre indica, un campeonato regular de 22 equipos. La particularidad radica en que las grandes ligas europeas se manejan en una horquilla de equipos que van desde los 16 hasta los 20. Superar la veintena no entra dentro de lo estipulado. Mas durante dos campañas, 1995-1996 y 1996-1997, la Primera División de España contó con 22 conjuntos, tras un rocambolesco verano donde la presión popular y mediática quebraron el dictamen de las leyes.

Pero antes de revivir aquel tumultuoso mes de agosto de 1995 conviene alejar un poco más el foco. En 1990 el Gobierno de Felipe González lanzó el proyecto de la conversión de los clubes deportivos profesionales en Sociedades Anónimas Deportivas (SAD). Esto implicaba un plan de saneamiento (con dinero público, por supuesto) que salvaguardara a unos clubes que estaban en el colapso financiero. Por entonces los futbolistas tenían dos sueldos, el oficial (A) y el extraoficial (B). En la práctica, los Lopera, Lendoiro o Gil siguieron haciéndolo en los 90, pero hasta la creación de las SAD era práctica común a todos los clubes sin excepción. Paulo Futre, estrella del Atlético a caballo entre los 80 y los 90, llegó a afirmar que cobraba en B el doble de lo que ganaba en A.

Únicamente aquellos clubes que en el trienio 1989-1992 hubiesen presentado balance positivo podían negarse a convertirse en SAD. Esto implicaba que seguían siendo propiedad de los socios, o, lo que es lo mismo, podían –y pueden- seguir siendo opacos con sus finanzas y no presentar cuentas de resultados a un consejo de administración. Fue el caso de CA Osasuna, Athletic de Bilbao, FC Barcelona y Real Madrid, aunque en el caso de los blancos, y según todos los indicios, gracias al beneplácito gubernamental, ya que sus cuentas habían sido debidamente maquilladas.

Para julio de 1992 todos los clubes de Primera y Segunda salvo los cuatro citados eran SAD. Otros, caso del Real Murcia o el CD Málaga, no lograron reunir los avales necesarios y fueron descendidos administrativamente. Así pues, las cuentas comenzaron a ser auditadas y los pagos en B eliminados. Y eso dio lugar a problemas. A enormes problemas. Las cuentas no salían. Por lo menos, las oficiales no salían. Además, los clubes tuvieron que invertir cientos de millones en modernizar sus estadios para sustituir las plazas de pie por los asientos, y todo ello con un contrato televisivo que aún era incipiente y estaba a años luz de lo que depararía el futuro.

Este complejo proceso tenía prevista su finalización en 1995. Ese año la LFP exigió a todos los clubes presentar un aval del 5% de su presupuesto para posibles deudas futuras antes del 1 de agosto de aquel año. La noticia bomba saltaba cuando al comenzar el mes se descubre que ni RC Celta de Vigo ni Sevilla FC han presentado dicho aval. La norma es clara. Si no se presenta el aval el club de turno descenderá administrativamente a Segunda División B.

El shock en Vigo y Sevilla es brutal, y contrasta con la alegría desmesurada en Albacete y Valladolid. Y es que esos dos conjuntos castellanos habían descendido a Segunda por deméritos deportivos, pero tras la resolución de la LFP se decide que se mantengan en Primera en detrimento de gallegos y andaluces.

El Sevilla FC reaccionó con rapidez y al día siguiente envió el aval correspondiente. En caso del RC Celta la respuesta fue mucho más tibia. Abdujeron desde Vigo que el aval estaba en camino, pero la realidad es que el tiempo pasó y nunca llegó. En todo caso, la LFP no admitió el aval sevillano al estar fuera de plazo. A la causa no ayudó la actitud de Luis Cuervas, presidente sevillista, que aquel 1 de agosto espetó a la prensa: “No hay cojones para echarnos”.

A partir de ahí el caos.

Sevilla FC y RC Celta decidieron acudir al Consejo Superior de Deportes (CSD) el cual remitió a los clubes a presentar una denuncia en los tribunales. La estrategia era clara, primero acudir a los tribunales deportivos y luego a los ordinarios, pero era una estrategia lenta. En menos de un mes tenía que empezar la temporada 1995/96 y la LFP decidió ponerse de lado y esperar a que las aguas volvieran a su cauce.

Llegó el día 3 y miles de personas salieron a las calles sevillanas y viguesas a mostrar su indignación. En la capital andaluza se cifraron en 30.000 los manifestantes y en la ciudad olívica en 25.000. Fue la mayor manifestación que hubo en Vigo en toda su historia. Ni en la Transición, ni en los duros 80 de la reconversión industrial de los astilleros, ni cuando el desastre ecológico del Prestige. Nunca tanta gente salió a la calle como para defender al RC Celta. Esto da para una pequeña reflexión acerca de la importancia social del fútbol, el poder de la masa y los estómagos agradecidos.

Donde caben 20, caben 22 - Odio Eterno Al Futbol Moderno
Portugueses dando las gracias al rey de los turcos

En esas movilizaciones llamaron la atención el apoyo de aficionados del Dépor y del Betis, rivales enconados de celtistas y sevillistas. El clamor popular era tal que Pérez Rubalcaba, por entonces ministro de la Presidencia, llegó a afirmar que “no se puede castigar a la gente”. El Gobierno, a través del CSD, presionó para la readmisión de los morosos, por lo que a la LFP no le quedaba más remedio que recular y readmitir a ambos equipos. Pero, y ahí el gran inconveniente, eso implicaba redescender a Real Valladolid y Albacete Balompié.

El mes de agosto transitaba y la solución parecía lejos de producirse. Para mayor dificultad ni Real Madrid ni FC Barcelona eran partidarios de una ‘Liga de 22’, dado que llevaban un par de temporadas reclamando la reducción de equipos a 18. En esas estamos cuando la LFP anuncia una sesión extraordinaria y televisada para el 16 de agosto.

Poco después del anuncio, las fuerzas vivas de cada ciudad se ponen en marcha. En Vigo, el Ayuntamiento fleta autobuses gratuitos para que unos 5.000 gallegos estén presentes en la sede de la LFP y hagan fuerza ante la salomónica decisión. En Sevilla se habla de “humillación” y de defender “un legado de abuelos y de padres” y se solicita a Renfe, a la Diputación de Sevilla y a la Junta de Andalucía que abonen billetes gratis para acudir a Madrid.

Con miles de fanáticos a las puertas, los presidentes de los clubes de Primera y Segunda acudieron a una reunión que se tornaba maratoniana. A pesar de que el apoyo a la ´Liga de 22´ no era mayoritario, la amenaza de indemnizaciones millonarias por parte de los patrocinadores y de las televisiones ante la suspensión judicial del inicio de la próxima Liga hicieron rectificar a la mayoría de los clubes, incluidos Real Madrid y FC Barcelona, a los que no les quedó más remedio que aceptar un trágala.

La imagen de la asamblea es la de Ramón Mendoza y Joan Gaspart, presidentes de Madrid y Barça, votando al unísono a favor de la ‘Liga de 22’ tras encogimiento de hombros y mueca de desagrado. Pero la actuación estelar fue la de José María Caneda, el histriónico presidente de la SD Compostela, que afirmaría en su intervención: “Los señores del Gobierno y del CSD son unos capullos. El Compostela no acepta, pero traga, pero que no nos la envaine Cortés Elvira (presidente del CSD) ni ningún capullo por ahí”. Destacada también la sentencia de la matriarca María Teresa Rivero, presidenta del Rayo Vallecano: “Como mujer y madre de familia numerosa votaré una solución que traiga paz, orden, bien social y entendimiento para lograr alegría y satisfacción para todos los patriotas”.

Por votación unánime la LFP decidió que los cuatro equipos (Sevilla FC, RC Celta, Real Valladolid y Albacete Balompié) se iban a mantener en Primera División. Fue una sesión dura y compleja en la que se creaba la ‘Liga de 22’. Esta cantidad de equipos se mantendría durante la temporada 1995-1996 y la 1996-1997, pero en esta última se decretó que descenderían un total de cuatro clubes de forma directa mientras que ascenderían dos. Para la 97/98 se volvería a la normalidad, pero desde entonces sería la Segunda División la que se quedaría con el sambenito de ‘Liga de 22’, a no ser que la propuesta del Dépor prospere y el sambenito se eleve a 24 conjuntos.

Por cierto, de los cuatro clubes implicados en aquella ‘Liga de 22’, tan sólo el Albacete Balompié descendería a Segunda al finalizar la temporada. Fue también la última temporada con límite de jugadores comunitarios y la primera en la que los jugadores llevaron un dorsal fijo en las camisetas. Y, para los niños y los coleccionistas, hubo que añadir un suplemento en el álbum de cromos de Panini para acomodar en el libro a los futbolistas de los 22 equipos.

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La Liga del asterisco

Pues al final hay Liga. A la hora de escribir este artículo apenas faltarán seis días para que se inicie el primer partido de una de las once jornadas que se van a comprimir en apenas 40 días. Será la Liga del asterisco, porque, sea el que sea el campeón, siempre habrá un borrón en el historial. Al menos en el palmarés no habrá un vacío, suceso inaudito y mayoritario en buena parte de las competiciones deportivas, y que nos retrotraen a tiempos de guerra, miseria y hambre en los que el ser humano tenía que hacer lo indecible sólo para poder comer, dormir y vestirse.

La Liga del asterisco será la Liga de la nueva normalidad. Un fútbol distinto. Un fútbol para ciegos, donde el sonido recobra diversos matices. Los gritos de rabia, el golpeo de balón o el crujir de los postes. También las indicaciones de los técnicos. Se trata de un fútbol envuelto en papel de burbuja, frágil, pero agradable al tacto. Extraño, propio a estos tiempos extraños. Con los suplentes fuera del banco, expectantes en las trincheras, cubriéndose la cara con la mascarilla a la espera de que el capitán del batallón los mande al frente a lidiar en la guerra bacteriológica. La ausencia de los saludos chocando las manos o de los abrazos al celebrar un gol serán jueces de un fútbol con sabor a cloroformo.

Así es porque así tiene que ser. Después de todo simplemente es fútbol, lo más importante de lo menos importante. Y aun siendo extraño e insólito, seguirá habiendo pasión, disparos implacables, carreras meteóricas, goles imposibles, tensión en las áreas y pases milimétricos.

La Bundesliga nos ha dado varias pistas de cómo va a ser esta Liga tan distinta. El factor campo dejará de tener importancia. En Alemania sólo hubo tres victorias locales en las tres primeras jornadas tras el coronavirus. 3 triunfos caseros en 27 partidos. No existe ni el local ni el visitante. No existe el duodécimo hombre, ni el miedo escénico, ni los pitos ni los abucheos.

Tampoco los gritos racistas.

El fútbol fue el primer deporte que entendió que tener aficionados fieles era un filón deportivo y económico. Desde una posición salvaje a una acomodada, el número de seguidores ha ido creciendo de forma ininterrumpida durante siglo y medio. El factor campo hace décadas que dejó de ser trascendental, pero el templo aún conserva buena parte de su mística y de su importancia. En la Liga de la temporada pasada, FC Barcelona (59%) y Real Madrid (55%) sacaron más puntos al calor de su afición que en campo ajeno, y eso a pesar de que las dos transatlánticos del fútbol español hace mucho tiempo que vitorean con la misma eficacia en cualquier ruedo.

No era así cuando la Liga se puso en marcha en 1929. Había campos más anchos y otros más estrechos y había notable diferencia entre jugar entre el barro y las charcas del norte y los campos pelados y el polvo del sur. Aún en tan tardía fecha como 1960 los equipos de casa ganaban cerca del 70% de los partidos. Pero no sólo era el estado del césped. Por entonces los aficionados estaban encima de los límites del campo, saltaban a menudo al terreno de juego cuando había una jugada conflictiva y la masa se presentaba de pie y amenazante asustando a rivales y a colegiados. Y peor aún. Había que viajar. Hoy los traslados de ciudad en ciudad se han atenuado. A mediados del siglo pasado ir de Coruña a Barcelona o de Oviedo a Granada era una odisea de un par de días de suplicio, entre brinques de autocar, ausencia de entrenamiento y noches en vela en vagones de tren.

Ante la deserción del factor campo, es la hora de los campeones del mundo de los entrenamientos. Jugadores que hasta ahora nunca habían existido. Es el momento de genios desconocidos que no soportan la presión. La hora de jóvenes canteranos o imberbes fichajes que no acusaron gritos ni miradas de acoso.

En esta Liga del asterisco es de esperar que el sheriff gane y el forajido pierda. Los intangibles, la garra o la pillería desaparecen. En la Liga del asterisco la calidad marcará más que nunca las diferencias. Que un campo sea vertical y que haya poca distancia entre las gradas y el césped es irrelevante. Desaparecen los partidos importantes en los que cuando el cansancio llega toque el correr por vergüenza torera. No. No habrá excitación, solo silencio. La fuerza inspiradora que hace inmune al cansancio se sustituirá por la frustración.

La calidad brotará sin cortapisas. Amanecerá el futbolista vanidoso, el que no necesita valeriana para jugar sin estrés. Será difícil tomar conciencia de lo que se está jugando. Desaparecerán de la escena los futbolistas que apenas entrenan pero que salen al ruedo como toros, con la adrenalina hasta los topes al escuchar el rugido del público. Habrá más goles, más boquetes en el centro del campo fruto del cansancio y más errores defensivos al bajar la intensidad y la concentración. Será más divertido para los que hagamos ‘sillón-ball’.

Pero la ausencia de público no solo afectará a los jugadores. La nueva normalidad inquietará sobremanera a los árbitros. En la Bundesliga se ha comprobado que el número de infracciones se ha reducido notablemente. La ausencia de exaltación y la rebaja de revoluciones perturban por igual a los rugidos del público como a la intensidad de los futbolistas. El árbitro no saltará asustado por los truenos y aullidos del respetable. Y poco o nada podremos decir los periodistas sobre si tal o cual decisión ha estado influenciada por el ambiente.

En el momento de ponerme a escribir aún se estaba debatiendo si incorporar a los estadios aficionados virtuales o de si permitir el acceso a la carne y al hueso aunque con aforo limitado. Lo que si se ha aprobado es un plan de cánticos enlatados con una sesión ‘remember’ con los ánimos e ínfulas más entonados en cada estadio. Además de rellenar el silencio, el plan de gradas enlatadas permitirá remediar la ansiedad de los clubes ante la posibilidad de que el aficionado conozca los secretos de entrenadores y jugadores. Fue a mediados del siglo pasado cuando los productores televisivos idearon un conjunto de risas enlatadas para insertar en las series y así hacer más llevadera la soledad de quien ve la televisión en la penumbra de la noche o del invierno.

En definitiva, la Liga del asterisco será una Liga con menos disputas, menos ritmo, más creatividad, más estrategia y con una fuerte dosis de fortaleza mental. Será también un fútbol con cinco cambios. Para los que vimos un fútbol con límite de extranjeros, porteros amasando el balón para perder tiempo y rectángulos de juego de los que podrían salir unos cuantos kilos de patatas, se nos antojan demasiados. Pero para los que en vez de escudriñar el espejo para tapar las primeras canas se plantan delante del cristal recordando tiempos mejores, será el acabose. Pero es lo que hay en unos tiempos de miedo y precaución. Mucha precaución. Habrá que confiar que lo de los cinco cambios sea una de esas cosas de la nueva normalidad que dejen de existir cuando vuelva la normalidad.

¿Y por qué el fútbol sí y los demás no? La Liga mueve tal cantidad ingente de dinero, que la prosperidad del fútbol permite que de sus beneficios se detraigan cantidades significativas para el resto de federaciones. Pero es una respuesta políticamente incorrecta. La Liga tuvo que pagar un impuesto casi revolucionario al Consejo Superior de Deportes (CSD) y a la Federación Española de Fútbol (RFEF) para ponerse en marcha.

Pero la controversia es evidente. Un país como España envía a los Juegos Olímpicos unos 300 atletas y a eso habría que añadir unos 5.000 deportistas de élite nacional o internacional. No son muchos, y parecen aún menos, si tenemos en cuenta que entre Primera y Segunda División del fútbol hay alrededor de 1.000 futbolistas. O lo que es lo mismo. 1.000 tests diarios. Solo se ha salvado el baloncesto, con fuerte enraizamiento social en ciudades pequeñas, muchas de ellas sin fútbol de élite, y por el efecto arrastre de Real Madrid y FC Barcelona con sendos equipos en la ACB. Y por eso vuelve la Liga y la ACB y no así el voleibol, el hockey, el balonmano, o la Liga femenina, ésta última con fuerte crecimiento y patrocinio en el último lustro, pero sin arraigo social capaz de mover los cimientos de una comunidad.

Estos números refuerzan los clichés anti fútbol, los cuales tienen su verdad, pero muchos no son más que eso, clichés. Da la impresión de que el fútbol lo mueve todo, y a su rebufo esa suerte de hermano tonto y feo, el baloncesto. Pero urge intentar comprender la importancia de la Liga como fenómeno económico y social, como escape psicológico y como retorno a la normalidad.

Como ya tengo expresado en otras ocasiones, el fútbol fue (y a pesar de Gran Bretaña) una pata trascendental para la reconstrucción de Europa tras la II Guerra Mundial. Una Europa donde no había euro, ni becas Erasmus, ni vuelos de bajo coste ni permeabilidad de fronteras. Una Europa constreñida en la que había monarquías y repúblicas, democracias y dictaduras, capitalistas y comunistas y también católicos, protestantes, ortodoxos y musulmanes.

Digo esto para defender los efectos terapeutas del fútbol. Ahora que hay barra libre de test y de mascarillas (ya saben, antes no, ahora sí, antes de usar y tirar ahora reutilizables porque contaminan) la indignación se ha atenuado, pero hace tan sólo unas semanas era un clamor popular porque los dichosos futbolistas tenían acceso diario a los tests. Era inquietante, desde luego, pero también lo era que las grandes empresas españolas (Inditex, Seat, BBVA o Mercadona) los tuviesen, o que laboratorios privados hiciesen su agosto a cuenta del pánico general, pero, por ellos, nadie se rasga las vestiduras.

Sólo trasciende si hablamos de fútbol. Primero porque fue el primer deporte que se profesionalizó, generando la inquina de las otras disciplinas. Después, porque fue capaz de generar ingentes sumas de dinero. Y eso generó envidia. La envidia de ver como con algo tan primigenio y al alcance de cualquier persona unos pocos se hacen de oro. Y en segundo lugar, porque en la España cainita en la que vivimos aún perduran los rescoldos del Franquismo que eliminó de nuestro subconsciente la simbiosis entre deporte y cultura y convirtió al fútbol en el tonto útil de la dictadura.

Los anti fútbol ponen como ejemplo la racionalidad de Macron que ya hace semanas decidió cancelar la competición. Pero en Francia el fútbol es algo menor. En Europa hay cinco grandes Ligas de fútbol, en la que la quinta, y sin discusión, es la francesa. Las otras han bajado o subido posiciones en función de los designios del dinero y los acertijos de la historia, pero de los cinco grandes países es en Francia donde el fútbol es un pato cojo. Por eso Macron se bajó pronto del carro y dijo que en el país galo ya no habría más patadas a la pelota.

El fútbol en Francia es provinciano, banal, cosa de ciudades pequeñas o industriales. El fútbol pasa de largo por Paris por mucho que se empeñe el jeque, que heredó una idea nunca acertada de Canal + allá a inicios de los 90. Y no en todas las pequeñas urbes de provincias triunfa el fútbol, porque en muchas de ellas está arrinconado por el rugby. En Francia el deporte nacional es el ciclismo. El Tour es glamour, orgullo y la mejor guía turística existente. Es una cuestión de Estado, y por eso Macron se apresuró pronto en asegurarlo. El Tour se tiene que celebrar por lo civil o por lo criminal.

Al fútbol en Francia le ha sucedido lo mismo que al baloncesto a nivel europeo; que no es relevante. Si bien la ACB se retoma en España, no ha sucedido lo mismo con la Euroliga. Un sin sentido para algunos. Una lógica geopolítica aplastante para muchos. Ni en Inglaterra, ni en Alemania ni en Francia, el baloncesto es esencial. En Italia hace unos cuantos lustros que está sumido en un fuerte retroceso, por  lo que de los cinco grandes países occidentales tan sólo en España es ‘prima dona’. En el momento en el que Rusia (CSKA Moscú) expresó su temor por volver a la competición, los fanáticos, pero pequeños, países del Báltico y del Mediterráneo que luchaban por el retorno de la Euroliga, tuvieron que claudicar.

Así pues celebremos la vuelta del fútbol. Como dijo Winston Churchill tras la batalla de El Alamein, la primera en la que los británicos salieron victoriosos tras cerca de tres años de contienda, esto no es el fin, ni siquiera es el principio del fin, pero sí es el fin del principio.

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La Liga del Dépor

Una muchedumbre de 50.000 personas se amontonó en la Plaza de María Pita para festejar el título de Liga del RC Deportivo de La Coruña. Todos los futbolistas cargaban con una resaca formidable y un inmundo pelo color pollo, obra y gracia del peluquero de Djalminha. El día anterior algún futbolista llegó a temer por su vida. El citado Djalminha tuvo cerca de veinte personas encima de él. Según confesó, llegó a perder el aire durante unos segundos. Otros, como Makaay, tuvieron que regalar la camiseta a un aficionado para que ejerciera de escolta privado y lo llevase a base de patadas y empujones a los vestuarios. Y es que la fiesta de la Liga del Dépor fue de las gordas. Muy gorda. Fue una fiesta que sumaba seis años de espera.

Tras perder la Liga de 1994 con el penalti más famoso de todos los tiempos, el Dépor cosechó el título copero de 1995. Aquel modesto equipo que se dio en llamar Superdépor se habituó a las primeras plazas del fútbol español. Lo haría de forma casi ininterrumpida durante algo más de una década. Y digo casi, porque el último día del cierre de mercado veraniego de 1997 el FC Barcelona pagaba 4.000 millones de pesetas (24 millones de euros) y se hacía con Rivaldo, el eje insignia del nuevo proyecto blanquiazul. Esa puñalada a última hora provocó un cataclismo en el Dépor, que hizo de la campaña 1997/98 una temporada de transición.

Para remediarlo, en 1998 el Dépor nombraba como nuevo entrenador a Javier Irureta. El vasco, que había dirigido entre otros al Real Oviedo o a la Real Sociedad, acababa de sellar una gran temporada en el RC Celta, así que tras su fichaje por el Dépor se convirtió en persona ‘non grata’ en el sur de Galicia. Irureta, vivo ejemplo de escolarización jesuitina, fue elegido por Lendoiro con dos misiones. La primera convertir un vestuario que parecía la ONU en un grupo unido. La segunda revivir la mística de Arsenio. Tras los mediáticos Toshack y Carlos Alberto Silva, la idea de Lendoiro era contratar a un entrenador de perfil bajo, tranquilo y que tuviese mano izquierda.

E Irureta lo consiguió. Aunque no cómo él pensaba.

En los siete años que el vasco estuvo en el banquillo deportivista logró que todos los jugadores se uniesen contra él. Irureta mantuvo cohesionado al equipo porque nadie era capaz de aguantarlo. Las súplicas eran variadas. Djalminha, Fran o Molina manifestaron que su exceso de conservadurismo impidió que el Dépor lograse más éxitos. Makaay o el Turu Flores se quejaban de que nunca jugaban en su posición natural. Capdevila o Pandiani que los méritos de los entrenamientos no importaban. Y los que callaban en público criticaban en privado. Irureta no dejó amigos, pero logró lo imposible, conseguir la unión de un equipo a través del odio a su entrenador.

Y no conviene restar mérito al hombre que tuvo que lidiar con Diego Tristán y consiguió sacarle jugo durante un par de temporadas.

El caso es que Irureta clasifica al Dépor para la Copa de la UEFA en su primera temporada y las expectativas para la segunda son las mismas. Repetir clasificación europea. Para ello el Dépor vende a jugadores importantes como Ziani, Bonnissel, Manjarín o Armando y ficha entre otros a Víctor, un futbolista de banda que había destacado en el Real Madrid, Jokanovic, un pivote defensivo procedente del Tenerife, y especialmente al delantero holandés Roy Makaay. De 24 años de edad, y también ex futbolista del Tenerife, no era del agrado de Irureta. Y de hecho, nunca lo fue. Pero en el primer partido de Liga anotó un ‘hat-trick’ en la victoria por 4-1 ante el Alavés, convirtiéndose en uno de los favoritos de la afición y convenciendo al técnico vasco de su valía.

Los blanquiazules empezaron fuerte en casa y flojeando fuera. Fue un indicio de lo que iba a deparar la temporada. El Dépor ganó 16 de los 19 partidos que disputó en Riazor. Una bestialidad. Sólo el Numancia y el Racing de Santander salieron de Coruña con los tres puntos. O mirado desde otro prisma, el Dépor sólo ganó cinco partidos como visitante en la temporada 99/00. 21 triunfos en total. Cinco victorias menos de las que necesitó el Barça para proclamarse campeón la campaña pasada. Y le valió.

Aquella Liga se inició con un duelo por el liderato entre el FC Barcelona y el Rayo Vallecano. Sí, han leído bien. Los madrileños hicieron un primer tercio de campeonato excepcional para acabar desfondándose en la segunda vuelta. Pero a finales de octubre el Dépor fascinó con una prestigiosa victoria ante el Barça del odiado Rivaldo con dos goles de Makaay, un sufrido triunfo en el Carlos Tartiere de Oviedo gracias a un penalti transformado por Djalminha y una fácil conquista (5-2) ante el Sevilla en casa con tres goles de Pauleta. Era la jornada decimosegunda y el Dépor se colocaba en el liderato.

Y ya no lo abandonaría.

El Depor enganchó una racha de siete victorias consecutivas que le llevó a liderar la clasificación con un colchón de ocho puntos de distancia. La última de ellas fue ante el RC Celta, por entonces segundo clasificado, al que derrotó por 1-0 en un derbi gallego bronco y duro, que pasaría a la historia por una actuación teatral digna de Broadway.

Total, que el Dépor se presenta en la segunda vuelta como líder, amarrando en casa lo que pierde fuera. Entre las derrotas fuera se incluyó una dolorosa en Soria ante el Numancia con gol mal anulado a Songo’o, el portero deportivista, que subiera a rematar un córner a la desesperada en la prolongación. Los esquemas de Irureta son conocidos por todos de cabo a rabo. En Riazor sale con dos pivotes, Mauro Silva y Flavio Conceiçao, y coloca a Djalminha de enganche por detrás de Makaay. Si el partido se tuerce sitúa al delantero holandés en una banda y saca a Pauleta o al Turu Flores en la punta del ataque. En los partidos lejos de Riazor, o cuando toca amarrar el resultado, sacrifica a Djalminha para colocar un ‘trivote’ en el que el elegido suele ser Jokanovic. El famoso ‘trivote’ de Irureta será la piedra angular de la famosa unión del vestuario. La unión del odio común ante el entrenador irundarra.

Que al Dépor le sirviera ese plan tan conservador para ganar la Liga obedece a sus aciertos, pero también a los errores de los rivales. El RC Deportivo triunfó con 69 puntos y 11 derrotas (7 en la segunda vuelta). La diferencia entre el campeón y el sexto clasificado (Alavés) fue de tan solo ocho puntos. En la famosa Liga de los 100 puntos, el Real Madrid aventajó al sexto clasificado (Levante) en 45 puntos, más diferencia que entre el Dépor y el último de la 99/00 (Sevilla) que acabaron separados por 41 puntos. Esto no resta mérito a los herculinos. La clasificación tan sólo es la fotografía de su tiempo. Lendoiro, el mandamás de los coruñeses, siempre ha defendido que la Liga del Dépor tiene más mérito que las de la Real Sociedad o las del Athletic en los 80, porque el RC Deportivo la ganó en un mercado internacional de futbolistas expansivo.

Antes del esperado desenlace hubo varios momentos para el recuerdo. El primero tuvo lugar en Riazor ante el Real Madrid. Por entonces los coruñeses vapuleaban a los madrileños cada vez que se asomaban al Atlántico. Esos duelos solían emitirse en horario de máxima audiencia en Canal Plus, canal televisivo de pago que contaba con una infraestructura de cámaras fantástica que llevaba los lugares más recónditos del estadio al hogar del telespectador. Djalminha, igual de impresentable que de genio, lo sabía, y gustaba de hacer algo especial en esos partidos. Rodeado de cuatro jugadores del Real Madrid, a Djalminha se le ocurrió salvar el escollo con un disparate perpetrado con el tacón con el que pretendía realizar un autopase por encima de su cabeza y de la de sus defensores. El balón, por equivocación, acabó en Víctor y la jugada en intrascendente, pero el recuerdo ha pervivido con el nombre de ‘lambretta’.

https://www.youtube.com/watch?v=XjixZWxmuyw

Al acabar la primera parte Raúl, entonces uno de los mejores delanteros del mundo, se fue a buscar a Djalminha para preguntarle porque hacía tonterías. El brasileño contestó: “Tú metes goles, pero yo soy jugador de fútbol”.

Genio y figura.

Aquel choque ganado por el Dépor por 5-2 fue la primera vez que en Coruña se volvió a creer que se podía ganar la Liga. Faltaban todavía 15 jornadas pero el Dépor iba como un tiro. Y fue justo entonces cuando los fantasmas del 94 volvieron a aparecer.

El Dépor era incapaz de ganar fuera de casa y, mientras, el FC Barcelona apretaba el ritmo. Parecía un ‘deja vú’ del 94. Por detrás el Real Madrid se desfondaba y se centraba en la Copa de Europa que acabaría ganando por octava ocasión, y el Real Zaragoza ascendía a la tercera posición liderado por el serbio Savo Milosevic.

Las meigas salieron del armario en la jornada 35. El Barça pasaba por encima del Atlético en el Calderón (0-3) el mismo día que el Dépor visitaba Balaídos para enfrentarse al RC Celta. Los vigueses no se jugaban nada y hubo petición en los medios para un pacto de no agresión entre los gallegos. Pero no iba a ser así. Había muchas rencillas abiertas entre los dos equipos. Celta y Dépor no son Real Sociedad y Athletic. El partido se jugó a cara de perro y acabó con sufrida victoria viguesa por 2-1. Tras la catástrofe, sería la segunda y última vez que Lendoiro bajó a un vestuario a hacer una `’santiaguina’ para animar a sus jugadores. El presidente estaba reviviendo el agónico final de Liga de 1994 y sentía que la Liga se le escurría entre sus dedos.

Quedaban 3 jornadas. El Dépor aventajaba en dos puntos al Barça y en cinco al Zaragoza…y tenía que recibir a los maños en Riazor. Tocaba ayuda divina. Y la hubo. El Barça jugaba en el Camp Nou ante el Rayo Vallecano. Un trámite. Pero el mismo equipo que en la primera vuelta era un matagigantes y en la segunda un corderito, hizo la machada y silenció el coliseo azulgrana (0-2). Si el Dépor ganaba al Zaragoza era virtualmente campeón.

Todos los goles tuvieron lugar en la segunda parte. Los maños se adelantaron, pero el Dépor le dio la vuelta al partido primero con un gol de Makaay a centro de Fran y luego con un disparo raso desde fuera del área de Djalminha. Es el 2-1. El que escribe, por entonces quinceañero, se levantó junto a los otros 35.000 presentes en Riazor para celebrar no un gol, sino un título de Liga. Pero es entonces cuando aparece el diablillo en la oreja izquierda del brasileño. En la celebración del tanto Djalminha se saca la camiseta, recibe la segunda tarjeta amarilla y es expulsado. Gilipollas. Quedan 10 minutos y el Dépor se echa atrás. Muy atrás. El Zaragoza empata (2-2) y gracias. Hubo ocasiones para perder.

Llegamos así a la penúltima jornada donde el Dépor pone el trivote, el cuatrivote y lo que haga falta para amarrar un empate en Santander. Apenas cruza el centro del campo. Pero es suficiente. Éste Barça no es el de Cruyff y tampoco pasa del empate ante la Real Sociedad. Son tres de ventaja sobre catalanes y aragoneses. 

Para que el Dépor se proclamase campeón le bastaba un empate en casa ante un equipo que no se jugaba nada. Era un viernes. 19 de mayo de 2000. En 1994 el Dépor tenía que ganar, o al menos igualar el resultado del Barça. En el año 2000 al Espanyol no le interesaba el partido. En 1994 al Valencia tampoco. Pero a diferencia de los levantinos, los periquitos nunca iban a aceptar una prima procedente de Can Barça.

Pero el Dépor sí que lo propuso. Según se supo después, tres días antes del partido y tras una comida en el Playa Club – un restaurante de moda situado a escasos metros de Riazor -, cuatro pesos pesados (Fran, Donato, Mauro y Djalma –según la rumorología-) se subieron a un Mercedes con las lunas tintadas junto al presidente Lendoiro pidiéndole que le diera una prima a los periquitos para firmar el empate. Al parecer Lendoiro rechazó la idea y exigió a sus chicos que ganasen el partido.

La realidad es que el Dépor no sufrió. Cuentan que, fiel a su estilo, Irureta no realizó ninguna arenga antes de saltar al campo. No hizo falta. De eso ya se encargó Coruña durante toda la semana anterior. De hecho los jugadores hasta disfrutaron. El Espanyol se comportó con honor. Defendiendo ordenadamente y atacando cuando podía, pero sin mordiente, ánimo ni velocidad. A medio gas. Aun así, Riazor enmudeció a mediados de la primera parte cuando Naybet hizo un más que posible penalti sobre Tamudo que García Aranda no quiso ver.

Pero ni aun así se hubiese propagado el miedo en Riazor. Sólo se necesitaron cuatro minutos para que Víctor lanzara un córner y Donato buscando el primer palo peinara el balón y anotara el 1-0 que otorgaba infinita tranquilidad a los blanquiazules. Donato esbozó esa sonrisa que le hizo ganarse a los coruñeses que se mostraron escépticos cuando el Dépor firmó a un rechoncho defensa de 31 años al que no había renovado el Atlético de Madrid por sus continuas lesiones musculares. Aquel 19 de mayo Donato iba camino de los 38 años y aún aguantaría tres temporadas más como eje de la defensa del Deportivo más glorioso de todos los tiempos.

Riazor había explotado como si de la Bombonera se tratase. Una lluvia de papelitos cubrió el verde mientras Donato le dedicaba el gol a su amigo Orejuela, compañero en el Atlético de Madrid y que estaba ingresado por una delicada operación. Donato sabía que iba a marcar. Orejuela le había dicho que iba a anotar un gol. Esas cosas que siempre se dicen, pero pocas veces se cumplen. Pero esta vez sucedió. Lo cierto es que Víctor siempre sacaba los córners al primer palo. No necesitaba hacer ninguna señal. Donato sabía lo que tenía que hacer.

Pero es que luego ocurrió lo que nadie esperaba. El RC Celta se adelantaba ante el FC Barcelona en el encuentro que a la misma hora se disputaba en el Camp Nou. Nunca antes y nunca después se celebró con tal fuerza un gol celeste en Riazor.

Al fantasma de Djukic sólo le faltaban cinco minutos para fenecer. Manuel Pablo corre la banda, realiza un recorte en la línea de fondo y envía un centro al primer palo que Roy Makaay convierte en su vigesimosegundo gol de la temporada.

https://www.youtube.com/watch?v=_c1qb4plWfc

La segunda parte fue una fiesta. Un despiporre. Y hasta el Espanyol mantuvo su honra, porque atacó con ansía y tuvo un par de buenas ocasiones. Pero daba igual. El Dépor conseguía una Liga que la fortuna le debía. Una Liga que fue querida por toda España. Incluso, quizás, hasta en algún lugar de Vigo.

La victoria del RC Deportivo en la Liga 1999/00 es una hazaña difícilmente repetible. Desde que la Ley Bosman permite la libre circulación de futbolistas continentales no ha vuelto a haber un ganador liguero tan inesperado en una de las grandes ligas europeas. Tan sólo los triunfos del Kaiserlautern (97/98) o Wolfsburgo (08/09) en la Bundesliga o del Leicester en la Premier (15/16) puede comparársele. Pero a diferencia de estos conjuntos, el triunfo del Dépor no fue fruto de una gran temporada. Fue el resultado de una constancia de años de trabajo que no sólo le otorgó una Liga (2000), sino 4 subcampeonatos (1994, 1995, 2001 y 2002) y 2 copas del rey (1995 y 2002).

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