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Gasol (2ª parte): Versión FIBA

Fue en Roma. En 1960. Era la primera vez que la selección española de baloncesto lograba clasificarse para unos Juegos Olímpicos. Estados Unidos ganó el oro humillando a la Unión Soviética en la final. Walt Bellamy (2’11) pasó por encima del rey letón Janis Krumins (2’20). España quedó en penúltima posición. Los dos pívots de la selección, Juan Martos y Alfonso Martínez, medían 1’95 metros, lo mismo que Oscar Robertson, base titular estadounidense. Jerry West, la más rutilante estrella de aquellos Juegos, era un escolta de 1’88 metros. Nino Buscató, el mejor jugador español, medía 178 centímetros.

Medio siglo después España había parido a un chico de 216 centímetros coordinado, fluido, atlético, elegante y con una inteligencia para el juego paranormal. En los JJ.OO de Londres fue un martillo pilón que hizo parecer real una gesta imposible. Durante el tercer cuarto (15 puntos) bailó a sus defensores con una gracilidad y una fiereza no entendible para aquellos que conocimos el baloncesto del viejo testamento (A.G.). Sus 24 puntos, 8 rebotes y 7 asistencias no fueron suficientes para doblegar a Lebron James, Kevin Durant y Kobe Bryant, pero dio igual. Cuando toda la expedición estadounidense rindió pleitesía al vencido, comprendimos que el legado de Pau trascendía a lo universal.

Y es que España iba a por el oro. Gasol iba a por el oro. Ya en China, cuatro años atrás, España había querido hacer posible lo imposible. El francés George Eddy, más de 2.000 partidos comentados a lo largo de su exitosa carrera, declaró que aquella final olímpica de Pekín había sido “el mejor partido FIBA de siempre”. En Pekín se perdió de once puntos y en Londres de siete, pero en ambas ocasiones la sensación fue de miedo, de pánico entre las estrellas estadounidenses. Lo más extraordinario no es que España rozase la victoria, sino que Estados Unidos tuvo que jugar a su máximo nivel para lograrla.

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Curiosamente en Río la derrota fue más ajustada (seis puntos), pero la sensación de impotencia española afloró por vez primera en una década. Allí, a orillas de Copacabana, Gasol y sus pretorianos ponían el punto final a una escandalosa pléyade de éxitos. Es cierto que Pau quiso darse un homenaje cuasi póstumo en Tokio, como también lo es que Ricky Rubio lideró la victoria española en el Mundial 2019. Pero fue en Río 2016 cuando se clausuró una trayectoria de dominio absoluto en el baloncesto mundial, coronada por aquellas dos platas olímpicas irrepetibles ante un ‘Dream Team’ que, nunca antes y nunca después, sintió tal miedo contando con sus mejores jugadores en la pista.

Pau Gasol fue el alma de esa generación liderada por los llamados ‘juniors de oro’ que en el Mundial sub-20 de 1999 lograron, esta vez sí, derrotar a Estados Unidos. Unos chicos que se iban a comer el mundo hasta tal punto que Gasol sumaría once medallas (cuatro de oro -tres Europeos y un Mundial-) con la selección. 11 medallas en 16 años. A.G. España sumó 6 medallas en 65 años.

Si en la NBA Pau pecó de mordiente y entendió que debía adaptar su juego a un ente superior para conseguir el éxito colectivo, con España se erigió en dueño y señor del equipo. Todos los ataques empezaban con balón al poste bajo para que luego Pau decidiese que hacer con la jugada. Todos, Navarro, Felipe, Calderón, Rudy o Ricky, orbitaban alrededor de un rey Sol que durante más de una década fue un jugador que sembró el terror de Europa cada vez que se ponía la Roja. Con Gasol la selección española pasó de intentar derribar gigantes a ser EL gigante.

31 puntos ante la Alemania de Nowitzki para colgarse el bronce europeo en 2001 (17’3 puntos y 9’7 rebotes de media en el torneo). 31 tantos sólo en la primera parte ante Rusia en la semifinal europea de 2003 (12/14 en tiros) y 36 tantos y 12 rebotes ante Lituania en la final (máximo anotador del torneo con 25’8 puntos de media). Mejor jugador (21’1 puntos y 9’4 rebotes) en el Mundial 2006, en el que no pudo disputar la final tras torcerse el tobillo a 100 segundos del fin de la semifinal ante Argentina (19 puntos y 11 rebotes). Los dos últimos tras anotar un par de tiros libres cojeando.

Y con todo, su sensación de dominio, de ascendencia sobre la cancha, es difícil de expresar en palabras o en datos. Son pálpitos. Inquietudes. Sensaciones. Esa sensación que le hizo estar presente en el interior de cada uno de sus compañeros en aquella final ante Grecia en la que Gasol recibió la medalla de oro apoyado en una sola pierna con lágrimas en los ojos. Esa sensación, que solo tienen los más grandes, de hacer temblar la tierra con su sola presencia. Con cada gesto, con cada mirada, las piernas del adversario tiemblan y las dudas asoman en su cabeza.

De Japón a China, la historia que se repite: un Mundial sin EEUU y con  España en busca del oro
Rodeando al Cid

Gasol convirtió Europa en el patio de su recreo. Su dominio en el planeta FIBA también contó con las dulces derrotas olímpicas, pero fue en el Eurobasket donde cimentó la leyenda de inexpugnable. España fue el ogro. Lo que antes había sido la Unión Soviética y más tarde Yugoslavia. Una entelequia de talento coronado por el jugador más dominante que ha dado el baloncesto FIBA, el de los 40 minutos de partido y el del colectivo antes del individuo. Olvídense de Belov, Tkachenko, Spanoulis, Bodiroga, Sabonis, Petrovic o Kukoc, todos palidecen ante Pau. Y de los Nowitzki, Parker y todos aquellos de brillantes andanzas NBA que claudicaron cada vez que Gasol se vistió de Quijote y se puso España por bandera.

El cénit de ese dominio llegó en 2009 tras alcanzar su máximo apogeo gracias a la tortura mental a la que fue sometido por Kobe Bryant, su ‘hermano mayor’, en los Lakers. En aquel campeonato Scariolo decidió darle la titularidad a Marc Gasol como pívot inicial para que intimidase y tapase espacios. Pau iba a jugar de 4 por vez primera con España. Aquella propuesta no dejó indiferente a nadie y dio lugar a una fuerte discusión popular que amainó cuando se vio que, sin responsabilidades defensivas, Pau iba tener como único límite vencerse a sí mismo.

Su actuación fue imperial. Lideró a España desde el primer minuto del primer partido al último minuto del último encuentro. En octavos le dio por anotar seis triples para machacar a Polonia, en cuartos pasó por encima de Francia con 28 tantos y 9 rebotes y en la final sumó 18+11 ante Grecia. El triunfo de España fue de una suficiencia pocas veces vista y la exhibición al tran tran de Gasol no se recordaba en la vieja Europa. Inteligente, ambicioso, motivado y siempre pendiente de aprender, mejorar y competir, el resultado era un jugador de corte histórico.

Aquello de 2009, como lo del Eurobasket de 2011, fue de un dominio insultante. En 2013 Pau no estuvo presente, y España pasó del oro al bronce. Daba igual. Ese equipo de ensueño, siempre contó con Pau. Su éxito se basó tanto en su faceta de jugador como en su faceta de ser humano. Cuando los rigores y las exigencias norteamericanas le impedían acudir a la llamada de la selección, Pau siempre estaba ahí. Como comentarista, como amigo, entrenando, pero no jugando. En todos y cada uno de los torneos en los que no se puso las zapatillas, Pau estuvo presente. Siempre buscó la forma. Y siempre la encontró. La familia, dieron en llamar a la ÑBA. Y el cabeza de familia siempre fue él. Siempre fue Pau.

Gasol fue un artista, un talento y una figura portentosa que alcanzó cotas inimaginables. A sus cualidades se le unió una cabeza excepcional que le permitió estar a la altura que demandaban sus responsabilidades. Su apogeo y sus éxitos con la ÑBA coincidieron en el tiempo con unos años en los que desde Madrid y desde Barcelona se buscó la apropiación ideológica de su figura. Ha sabido defender con hechos y palabras ambas posturas y sólo los más nacionalistas recalcitrantes han querido incautarse de sus sentimientos.

Pau Gasol: los principales hitos de una carrera de 26.516 puntos - AS.com
España (2001-2021)

Pau quiso despedirse en el parqué y no en una consulta médica. Lo hizo tras rozar con las yemas de los dedos la Euroliga, la única muesca que falta en su revólver, y tras disputar sus quintos Juegos Olímpicos con 41 años ¿Por qué? Porque quiso y punto. Su despedida real había tenido lugar seis años antes, cuando ya contaba con 35 primaveras. Quiso entonces Pau poner el broche de oro no a su carrera, pero sí a sus años de reinado. Cuando nadie lo esperaba, cuando sus años de gloria vislumbraban su fin, a Pau le dio por pintar su ‘magnus opum’, su obra maestra.

El feliz acontecimiento tuvo lugar en Lille, donde Francia pierde su nombre y pasa a ser Bélgica. Allí, ante 27.000 almas, Pau hizo lo que llevaba haciendo durante una década, con la salvedad de que nadie contaba con que lo hiciese en ese momento de su carrera. España había caído derrotada en el Mundial del año anterior ante Francia, ante lo que se dio a pensar que era el fin de una era dorada. Los franceses, más jóvenes y más grandes, eran el futuro.

En Lille, en el Eurobasket 2015, España llegó a semifinales con sufrimiento y con el depósito de gasolina en la reserva. El corderito estaba tierno para asar, pero a Gasol le dio por sacar los colmillos cuando nadie lo esperaba. Firmó 40 puntos (de los 80 de España) y 11 rebotes para un 52 de valoración. Gasol era King Kong. “El Imperio contraataca”, acertó a titular un diario. Pau bailó a un joven Gobert hasta sacarlo del partido por exceso de faltas. La imagen de Pau dándose golpes en el pecho tras machacar el aro francés simbolizaba un reinado. El reinado del ogro de Europa. Con aquel mate Pau ganó la semifinal y ya, de paso, la final ante Lituania.

Nunca fue cosa de títulos. Nunca fue cosa de números. Fueron las sensaciones. Lecciones y más lecciones de como jugar al baloncesto.

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“Gasol ha completado un partido colosal, el tercero consecutivo en el que supera la barrera de los 25 puntos en esta fase final. Ha estado monumental. Ha eliminado prácticamente él solo a Francia en la semifinal y nos ha hecho llorar (…) Su actuación ha sido absolutamente monstruosa, formidable, genial y sobrehumana. Ha estado gargantuesco.” Frederic Forte en el diario ‘L’Equipé’, en el análisis de la histórica victoria de España ante Francia en el Eurobasket 2015.

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A los 30 años de la Guerra de Yugoslavia (2ª parte)

Tras los incidentes de mayo de 1990 que dejaron cerca de un centenar de heridos en la conocida como ‘Batalla de Maksimir’ (véase primera parte), la siguiente cita de relevancia para el deporte yugoslavo era el Mundial de baloncesto de 1990. Tras ganar el Eurobasket del año anterior, el Mundial de Argentina fue un paseo militar para Yugoslavia, incluyendo una convincente victoria ante Estados Unidos que fue la causa definitoria para que los norteamericanos decidiesen reclutar a sus estrellas de la NBA a partir de entonces. Liderados por el croata Drazen Petrovic, el equipo se complementaba con los también croatas Dino Radja y Toni Kukoc, los serbios Vlade Divac y Sasha Danilovic, el esloveno Juri Zdovc y el montenegrino Zarko Paspalj.

Todas las decisiones importantes dentro y fuera del vestuario eran tomadas por Drazen Petrovic, el mejor jugador de aquella generación y, sobre todo, la personalidad más fuerte del grupo. El único que era capaz de alzar la voz y llevarle la contraria al llamado Mozart del baloncesto era el serbio Vlade Divac, un bigardo de 215 centímetros tan sobrado de talento como de malas pulgas.

Drazen Petrovic. La historia de sus 112 puntos - Respirando Basket
Petrovic

La final ante la Unión Soviética (92-75) fue tan plácida para los yugoslavos que comenzaron a celebrar la victoria antes de la conclusión del partido. Una vez finaliza y suena la bocina se produce una invasión de seguidores en el centro de la cancha. Es entonces cuando un aficionado se acerca a Petrovic para entregarle una bandera croata. Divac reacciona con rabia y le quita la tela de la mano para luego tirarla al suelo. Petrovic se gira y le grita a la cara “yo no soy yugoslavo”, a lo que Divac reacciona empujándolo y escapando de la delicada escena para buscar una bandera serbia. No la encuentra, pero sí un blasón yugoslavo. Inmediatamente se reúne con varios compañeros en el centro de la pista y celebra el título bajo el emblema yugoslavo, en una escena en la que no están ni Petrovic ni el resto de los croatas.

Serbia es Yugoslavia. Croacia no es Yugoslavia.

Los dos egos chocan y el grupo se rompe. Las amistades dejan de existir. El año 1991 fue el del derrumbe definitivo del Telón de Acero. A efectos deportivos significó la desmembración (y posterior desaparición) de dos gigantes: la Unión Soviética y Yugoslavia. Para el baloncesto es hacer tabla rasa. Un antes y un después. Entre la URSS y Yugoslavia acumulan 19 títulos de 23 posibles en los Eurobasket disputados tras la II Guerra Mundial.

Quedaba el acto final. En el verano de 1991 la selección de baloncesto de Yugoslavia iba a disputar el que sería su último Eurobasket.

Drazen Petrovic no estaría presente. Oficialmente renunció a jugar para centrarse en su carrera en la NBA. La realidad es que lanzó un órdago al seleccionador Dusan Ivkovic, quien decidió contar con Divac (compatriota y amigo) en lugar de con Petrovic. La decisión tuvo un efecto rebote. Hasta entonces Petrovic había vetado la presencia de Aleksandar Djordjevic en la selección. El talentoso base serbio había exteriorizado en más de una ocasión su desafecto hacia los croatas. Ahora tenía el sitio asegurado.

El campeonato fue otro paseo para Yugoslavia que arrolló a Italia en la final disputada en Roma el 2 de julio. Tres días antes de dicha final Eslovenia declaró su independencia de forma unilateral. El presidente esloveno, Milan Kucan, llamó a Juri Zdovc, base titular de los plavi, y le ordenó que no disputase ni la semifinal ni la final. No sólo eso, sino que le obligaron a quedarse encerrado en su habitación del hotel sin ni siquiera poder comunicarse con sus compañeros. Tanto él como su familia habían recibido amenazas de muerte por parte de los ultranacionalistas eslovenos si osaba disputar aquella final.

La ausencia de Zdovc fue muy lamentada por sus compañeros. El aplicado base esloveno era muy querido en el vestuario. A diferencia del resto de repúblicas, Eslovenia tenía una gran cohesión étnica y territorial. Los eslovenos prácticamente no sintieron los efectos de la guerra. En 1988 la selección estaba formada por siete croatas, tres serbios, un esloveno y un montenegrino. En 1991 por seis serbios, cuatro croatas, un montenegrino y un esloveno. Petrovic y los croatas habían perdido la hegemonía a favor de Divac y los serbios. Esa era la lucha. Tanto en el deporte como en la política como en el campo de batalla. Los eslovenos no hacían daño a nadie. Zdovc no hacía daño a nadie. De hecho, sus compañeros le dedicaron la victoria.

JURE ZDOVC - 101 Greats of European Basketball

No pasaron muchos días desde el fin del Eurobasket hasta el comienzo de las hostilidades entre serbios y croatas. Un periodista estadounidense acertó a entrevistar a Petrovic, el cual fue taxativo en la respuesta: “No competiré nunca más por un país que se dedica a bombardear nuestros hogares y matar a nuestros amigos y compatriotas”.

A Petrovic le resultaba terrible que le llamaran yugoslavo. En el primer partido de la temporada 1991-92 para su equipo, los New Jersey Nets, cogió un micrófono y exigió al speaker de los Nets que le llamase croata y nunca yugoslavo cuando anunciase al público el quinteto inicial. Durante esa temporada su rendimiento decrecería en algunos partidos. En cierta ocasión, tras encadenar numerosos fallos en el tiro, fue sustituido recibiendo pitos por parte del público. Sentado en el banquillo, Sam Bowie, su mejor amigo en los Nets, trató de consolarlo en ese momento difícil, a lo que Petrovic replicaría: “¿Situación difícil? Yo describiría como tal la escena en la que llamas a tu casa y tu madre te comunica que un amigo de la infancia ha muerto en la guerra”.

Mientras, en la otra punta de Estados Unidos, Vlade Divac haría campaña defendiendo los intereses serbios aprovechando el altavoz que le daba su presencia en Los Ángeles Lakers. A diferencia de Petrovic, Divac poseía una gran conversación y era capaz de sonreír bajo cualquier circunstancia. Evitó los comentarios incendiarios en los medios de comunicación y decidió, de forma inteligente, usar su imagen para conseguir fondos patrocinando numerosos actos y conferencias, ganándose ‘in saecula saeculorum’ una fama de gentleman.

Lakers Profile: Vlade Divac was more than the guy traded for Kobe - Silver  Screen and Roll
Un serbio en el equipo más famoso del planeta

De vuelta en Europa, durante esa temporada 1991-92, los equipos yugoslavos que jugaban competiciones europeas tuvieron que emigrar para disputar sus partidos como locales. Se dio la circunstancia de que los grandes transatlánticos del baloncesto yugoslavo eligieron España como su nueva casa. La Cibona de Zagreb (campeona de Europa en 1985 y 1986) escogió Puerto Real, el Partizán de Belgrado (campeón de Europa, precisamente en 1992) eligió Fuenlabrada, mientras que los ciudadanos de A Coruña tuvieron el placer de disfrutar de la Jugoplastika Split (tricampeona de Europa en 1989, 1990 y 1991).

Todo esto sucedía mientras las ligas deportivas yugoslavas dejaban de contar con representantes eslovenos y croatas para la campaña 92/93. Aquel verano de 1992 la selección yugoslava de fútbol fue excluida de la Eurocopa apenas unos días antes del inicio del torneo, exclusión que se tornó más dramática cuando se extendió a los Juegos Olímpicos de Barcelona. Para la 93/94 abandonarían la competición los macedonios y los bosnios (éstos últimos tuvieron que formar ligas bosnio-musulmanas, bosnio-croatas y bosnio-serbias durante esos trágicos años), hasta que en 2006 se produjo la última escisión al formar los montenegrinos sus propias ligas deportivas (en 2008 fue turno de Kosovo, aunque su liga no fue reconocida hasta el 2017 por la UEFA). Será entonces cuando Serbia, heredera de Yugoslavia durante los 90 e inicios del siglo XXI, pasé a ser simplemente Serbia.

Para los serbios todo aquel proceso fue un ultraje. Fueron excluidos de toda competición internacional entre los años 1992 y 1995, y no así los nuevos Estados ya reconocidos, a pesar de que la guerra aún no había terminado. Serbia siempre fue vista como agresora y Croacia y los demás países como víctimas.

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La nueva Yugoslavia

—LA PRIMERA VEZ TRAS LA GUERRA—

Serbia (y Montenegro) se enfrentó por vez primera a Croacia tras el fin de la guerra en el Eurobasket de 1997 celebrado en España. En el Palau Olímpic de Badalona un triple de Djordjevic en el último segundo dio la victoria a los serbios (64-62) en un partido en el que no hubo que lamentar incidentes gracias a unas fortísimas medidas de seguridad.

Pero el verdadero día D tuvo lugar en un partido de fútbol clasificatorio para la Eurocopa 2000 que se tenía que celebrar en Belgrado en marzo de 1999. Por entonces Yugoslavia ya se había desmembrado, pero Serbia mantenía el conflicto armado con Kosovo, una región autónoma de mayoría musulmana que no lograría su independencia de forma unilateral, aún no reconocida por diferentes países como Rusia, China o España, hasta 2008. En estas circunstancias Serbia y Croacia se iban a enfrentar en un duelo que trascendía lo deportivo.

“Este partido tiene una importancia especial y no podemos ignorarlo. Es inútil pretender que sea sólo deporte. Cada victoria de la selección croata es un triunfo de su pueblo. Si ganamos, dedicaré la victoria al pueblo croata, porque sé que estará con nosotros en cuerpo y alma”, manifestó el técnico croata Miroslav Blazevic. Éste, antiguo miembro del ejército yugoslavo, protagonizó un incidente en el Mundial de 1998 cuando en una conferencia de prensa se retiró cuando le fue asignada una intérprete serbia. Por su parte, Vujadin Boskov, seleccionador yugoslavo (serbio-montenegrino) indicó: “No quiero que esto se convierta en una cuestión política, pero las circunstancias han motivado que así sea. Se ha convertido en un asunto de orgullo nacional. Si ganamos, tendremos algo de lo que sentirnos orgullosos ante nuestro país”.                                               

El choque debió haberse disputado un 27 de marzo pero, ante la amenaza de un bombardeo de la OTAN sobre Belgrado, se decidió el aplazamiento hasta agosto. Por esas fechas, el secretario general de la Federación Yugoslava de Fútbol, Branko Bulatovic, y el ex líder de los radicales del Estrella Roja, Zeljko Raznatovic, estaban siendo buscados por la OTAN acusados de crímenes de guerra. Al final el encuentro se disputó días después, mas, a pesar de todo, el choque fue boicoteado por los ultras del Estrella Roja (el partido se disputó en el Crevna Zvezda de Belgrado) que lucieron pancartas contra los croatas y también contra el presidente serbio Slobodan Milosevic, al que culpaban de los reveses de la guerra: “Milosevic nos ha traicionado. Es un croata”, declaró un joven radical a las cámaras de televisión.

Para evitar incidentes se impidió el acceso a seguidores croatas y únicamente se pusieron a la venta la mitad de las 55.000 entradas disponibles. Jugadores como Boban (el de la célebre patada en el Maksimir), Jarni, Suker o Simic se relamían mientras escuchaban por vez primera, y de forma oficial, en Belgrado los acordes del himno croata. Enfrente tenían a Djukic, Mihajlovic, Stankovic o Stojkovic, con los que habían compartido selección apenas nueve años antes. Mas no todo era pureza étnica, como ambos bandos querían difundir. Entre los titulares del equipo croata estaba Mario Stanic y por parte de los serbios Slavo Milosevic. Ambos eran, y son, bosnios, pero declinaron jugar con Bosnia-Herzegovina, una nación minúscula en el panorama futbolístico, para tener opciones de disputar un Mundial. Stanic escogió Croacia porque es católico y Milosevic hizo lo propio con Serbia porque es ortodoxo.

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A pesar de la tensión no hubo que lamentar fallecidos, pero la UEFA tomó buena nota del asunto. Desde entonces cada federación puede vetar el enfrentamiento con otra federación. Es por ello que se tendrían que alinear todos los astros para ver un duelo entre Ucrania y Rusia o entre Dinamo de Kiev y CSKA Moscú, o entre Grecia y Macedonia del Norte o entre Kosovo y Serbia.

“La región de los Balcanes tiene tendencia de producir más historia de la que suele consumir” Winston Churchill, primer ministro británico (1940-1945 y 1951-1955).

“Nosotros, los ganadores de la II Guerra Mundial, creamos un país junto a los Aliados llamado Yugoslavia. Nuestros enemigos, los croatas y los musulmanes, perdieron la guerra junto a los nazis. Si países como Francia o Gran Bretaña están ahora a favor de la existencia de un Estado musulmán (Bosnia-Herzegovina y Kosovo), ¿por qué no darles la posibilidad de hacerlo en París o en Londres?”. Ratko Mladic, jefe del Estado Mayor de Serbia durante la guerra (1991-1995).

Otras historias sobre la guerra y el deporte

La Guerra de Yugoslavia (primera parte de esta historia)

Una historia de agua y sangre en la Guerra Fría (la invasión soviética de 1956 en Hungría en un partido de waterpolo)

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¿Por qué Israel juega en Europa? (de cómo el sentimiento de culpa convirtió a un país geográficamente asiático en deportivamente europeo)

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Cuando la Vuelta abandonó el País Vasco (de como ETA acabo con la presencia de la Vuelta en Euskadi)

De cuando se perdonó al rugby en Irlanda (una historia de muertes y tradiciones, de monárquicos y republicanos)

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El secreto de Gino Bartali (de como el Schindler de la bicicleta salvó a cientos de judíos de una muerte segura)

Auge y caída de Nikolai Starostin (vida y obra del introductor del fútbol en la URSS y su lucha contra Stalin en dos partes)

El nazi bueno (la increíble vida de Bert Trautmann en dos artículos)

Juegos Olímpicos cancelados (de como Berlín no pudo organizar los Juegos de 1916)

Juegos Olímpicos cancelados (de como Tokio y Helsinki se quedaron sin organizar los Juegos en 1940 y 1944)

Evasión o victoria (idea y ejecución de la película futbolera más recordada de todos los tiempos en dos partes)

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La orgía de puntos de Navarro

Para septiembre de 2011 se iba a celebrar en Lituania una nueva edición del Campeonato Europeo de Baloncesto Masculino. O dicho de otra forma el Eurobasket. Como en todos los torneos continentales que la selección ha disputado en lo que va de siglo, España era, sino la máxima favorita, una de las dos o tres selecciones candidatas a lograr el título.

Era el campeonato de Felipe Reyes. Su padre acababa de fallecer y la conjura entre ese maravilloso equipo, y sobretodo grupo de amigos, era dedicarle la victoria al cordobés. Sin excesivos problemas España solventó la primera fase con una única derrota ante Turquía con la primera plaza del grupo ya asegurada. En la segunda fase, con el rodillo en funcionamiento, avasalló a Alemania, Serbia y Francia. Ante los galos (96-69) la exhibición fue de época. Empezaba lo trascendental. Para cuartos de final tocaba la siempre incómoda Eslovenia.

Juan Carlos Navarro tenía por aquel entonces 31 años. Estaba en la plenitud física y mental en su carrera. Aquella temporada había sido elegido el mejor jugador de la Euroliga y de la final de la Liga ACB. Era una delicia verlo jugar. De la irrepetible generación dorada era el chico con mayor elegancia y calidad del grupo. Una delicia para la vista. Un icono baloncestístico. Uno de esos por los que vale la pena pagar la entrada.

A España le costó arrancar ante Eslovenia y tanto Pau como Marc Gasol no conseguían hacerse un hueco a la zona. Todo cambió tras el descanso. En un vendaval ofensivo, los españoles anotaron 36 puntos en un solo cuarto. Navarro dio un clínic y las metió de todos los colores. Esa frase hecha, muchas veces exagerada, aquí fue real y en toda su magnitud. Porque hubo canastas de decenas de formas distintas. Fueron 26 puntos con 7/8 en tiros de dos y 4/8 en triples.

¿De todos los colores? Sí, de todos los colores. Asistencias con bote. A una mano. A dos manos. Triple lateral con un defensor. Triple frontal con defensor. Triple a pie cambiado saliendo de bloqueo. Canasta de seis metros desde la esquina. Bandeja ante dos defensores. Bandeja a mano cambiada. Entrada a canasta corriendo a toda pista. Triple desde ocho metros con un pie en el aire. Triple desde ocho metros parando a pies juntos tras carrera. Canasta tras rectificado. Canasta tras fadeaway. Triple tras finta. Canasta tras amago de pase. Tiros libres (que también hay que meterlos). Asistencia entre las piernas. Y bombas. Muchas bombas. Una detrás de otra.

Un jugador pasa al recuerdo de una generación por su grandeza. Y la hay de dos tipos; la del palmarés y la de la excelencia. Si eres capaz de aunar las dos ya no estarás en el recuerdo de una generación sino que formarás parte del olimpo y de la leyenda. Traspasarás generaciones. Navarro tiene la suerte de contar con ambas características, pero aún sin títulos su lugar estaría gravado en la excelencia del baloncesto por un único movimiento. Kareem Abdul Jabbar popularizó y perfeccionó el gancho y le dio nombre propio; “skyhook” (gancho del cielo). Navarro no inventó el tiro con parábola ante el defensor más alto, pero lo popularizó y lo perfeccionó. “La Bomba” es tan bella y transmite tal sincronía entre el brazo, la muñeca y el balón, que no da nombre a un arte del juego, sino al propio ejecutor.

“La Bomba Navarro” dio el recital definitivo en las semifinales ante Macedonia. Anotó 35 puntos (5/9 en triples), de los cuales 19 fueron en el tercer cuarto. Al descanso España caía de un punto. Al inicio del último parcial vencía por nueve tantos. La demostración en el lanzamiento fue excepcional. En la final endosó 27 a Francia. Al igual que ante Eslovenia y Macedonia volvió a entrar en trance en el tercer cuarto, pero Batum y Parker ahogaron al escolta catalán con su marcaje. Bendito problema. Se dedicó a dar asistencias y a proporcionar canastas fáciles para Pau Gasol.

Navarro fue elegido mejor jugador del Eurobasket con un promedio de 29,3 puntos en los tres partidos decisivos (18,7 en todo el torneo) y un 50% en los lanzamientos de tres puntos. Compartió plaza en el quinteto ideal junto a Parker (Francia), McCalebb (Macedonia), Kirilenko (Rusia) y Pau Gasol. Nunca antes ni nunca después un jugador español que no fuera Gasol lidero a la selección en anotación estando el pívot catalán disputando un torneo.

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