juegos olímpicos

Judy Guinness

Heather Seymour ‘Judy’ Guinness era hija del banquero y político irlandés Henry Seymour Guinness. Éste fue senador y director del Banco de Irlanda tras lograr la independencia y antes había sido pieza clave para dotar a los rebeldes de infraestructura económica para sostener la guerra contra el ejército británico. La familia Guinness poseía importantes activos a través de la banca, la política, la religión y, esencialmente, la fabricación de cerveza. El caso es que Judy era hija de este afamado prohombre irlandés.

Cosmopolita y aristocrática, Judy era un tanto rebelde. Más allá de prepararse para encontrar un marido adecuado gustaba de practicar deporte, hecho en su mayoría insólito a principios del siglo XX. Pronto destacó en esgrima y consiguió clasificarse como una de las favoritas para lograr la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1932. Judy Guinness tenía entonces 22 años y estaba ante un hecho extraordinario. Y es que tan sólo cuatro años antes se había abierto la autorización para que las féminas compitiesen en los Juegos Olímpicos. Entre la primera edición fechada en 1896 y los de París de 1924 tuvieron lugar siete ediciones en los que los únicos participantes habían sido hombres.

Guinness fue pasando eliminatorias hasta que se encontró en la final con la austriaca Ellen Preiss. Nacida en Berlin, Preiss vivía en Viena desde que tenía 18 años. Era una estrella de la esgrima e incluso acabaría siendo nombrado deportista del año en Austria por encima de futbolistas o esquiadores. Logrará tener el récord Guinness (curiosamente) de ser la deportista olímpica con la vida deportiva más longeva al haber competido en Los Ángeles 1932 y en Melbourne 1956. Por tanto, aquellos de Los Ángeles serían sus primeros Juegos Olímpicos. Quiso competir por Alemania, como era de recibo, pero le fue denegado el derecho. Lo haría siempre bajo bandera austriaca, incluyendo la edición de Berlín 1936 donde será una de las pocas deportistas judías que conseguiría una presea olímpica.

La final de esgrima individual femenina de 1932 tenía por tanto a Preiss como favorita frente a Guinness. Sin embargo, la trayectoria de Judy a lo largo de la competición había sido tan notoria como la de Ellen. De hecho, ambas llegaron a la final empatadas en número de victorias y en número de tocados, por lo que hizo falta un combate de desempate para dictaminar a la ganadora de la medalla de oro.

La modalidad en la que Guinness y Preis competían era la de florete. La esgrima consta de tres especialidades; espada, sable y florete y todas ellas tienen su propia reglamentación. En el florete se obtiene un punto cuando se toca el torso del oponente. Cualquier otro lugar atacado tanto por encima como por debajo de la cintura es inválido. Cada toque en el torso del rival otorga un punto ganando aquel que obtiene más toques en un determinado tiempo. La duración del combate y el número de tocadas ha ido variando con el transcurrir de los años.

Así pues, Judy Guinness iba venciendo por 4-3 en una final que ganaba la primera que llegaba a cinco tocados o cuando finalizase el límite del tiempo. Y es entonces, a un escaso espadazo de la medalla de oro, cuando decide parar el combate.

Se acerca a los jueces y explica que la victoria debe ser para Preis. Al inicio del combate hubo un tocado de la austriaca que no fue contabilizado. Un error de ese tipo era más que habitual. Estamos en 1932 y no hay tecnología suficiente para adjudicar puntos de forma automática. Práctica común eran fallos de los árbitros y minutos y minutos de deliberación, fundamentalmente en las carreras de velocidad del atletismo, para decidir los puestos en el pódium.

Guinness explica que no le dio importancia a ese error. Sabía que podía suceder y que seguramente el ‘favor arbitral’ le sería devuelto a Preis a lo largo del duelo. Sin embargo, no fue así, sino todo lo contrario. Al poco de acabar Judy Guinness notó como la espada volvía a impactar sobre su torso sin que los jueces lo apercibiesen. Habían sido dos veces. Dos errores a su favor. Si lo jueces se hubiesen percatado, el triunfo tendría que haber sido para Preis por 4-5.

Aquello fue un acontecimiento notorio. Algunos la tildaron de estúpida, de ingenua, de niña tonta. Pronto fue tachada de adolescente inmadura y muchos hombres criticaron el parco espíritu competitivo de las mujeres. Una muestra más de que debiera ser vetada la presencia de las féminas en la práctica deportiva. Otros clamaron por su sentido de la justicia, por su excelsa educación y por mostrar los valores del deporte olímpico, algo, que, para muchos otros, demostraba la excelencia moral de la mujer.

El caso es que Judy Guinness acababa de renunciar a la medalla de oro. Se auto conformaba con la presea de plata.

Judy Guinness, un noble gesto por el que pasó a la historia de los Juegos  Olímpicos - Libertad Digital
Preis (centro) y Guinness (derecha)

Con la medalla de plata al cuello Judy cumplió con lo que su padre y la sociedad le demandaba y pasó por la vicaría. Pero Judy no se iba a casar con un hombre al uso. El elegido fue un aristócrata, sí, pero no un aristócrata de traje de tweed y puro al calor de una chimenea. Judy se casó con un piloto de carreras. Así que si él podía disfrutar del deporte ella no iba a ser menos. Para los Juegos Olímpicos de 1936 habría un nuevo duelo entre Judy Guinness y Ellen Preis. Mejor dicho, entre Judy Hughes, que era su apellido de casada, y Ellen Preis.

Judy y Ellen se enfrentaron en los octavos de final de florete individual y la victoria fue nuevamente para la austriaca. Esta vez de forma rotunda. Ambas se dieron un fuerte abrazo y continuaron con sus caminos. Ellen Preis lograría el bronce y repetiría el tercer puesto en Londres 1948. Acabaría siendo catedrática de Artes Escénicas en la Universidad de Viena y dando gracias eternas a Guinness por su honradez. Sin ella, nunca habría sido oro olímpico.

Para Judy Guinness fueron sus últimos Juegos Olímpicos. Su temerario marido falleció en un accidente de avión y hubo de casarse en segundas nupcias con un hacendado. Estalló la II Guerra Mundial y pasó a ejercer de ama de casa en Rhodesia, hoy Zimbabue. Enfermó y falleció joven, a los 42 años de edad.

Judy Guinness by sara madinelli
Judy Guinness

Pocos años después del icónico gesto de Judy Guinness nacía en tierras ucranianas, entonces Unión Soviética, Boris Onishchenko. A la altura de 1976 había sido campeón mundial de pentatlón moderno y campeón mundial y olímpico por equipos. Los de 1976 iban a ser sus terceros Juegos Olímpicos y la última oportunidad de salir victorioso en la prueba individual de la mayor competición deportiva del planeta.

El pentatlón moderno consta de cinco pruebas; natación (200 metros), salto ecuestre, atletismo (800 metros), tiro con pistola y esgrima. Onishchenko marchaba detrás del británico Jim Fox cuando tendría lugar la prueba de esgrima en la modalidad de espada. Onishchenko ganó por un punto de diferencia, pero la delegación británica pronto emitió una protesta. Estamos en 1976. Ya existe tecnología. Cuando el cuadro de puntuación del traje nota una estocada con una fuerza superior a 750 gramos un interruptor salta y formaliza el punto. Cuando Onishchenko embiste con la espada se ve claramente como su estocada es al aire y, sin embargo, el interruptor de Fox se acciona. Aquello no tenía sentido.

Rápidamente se descubrió que la espada de Onishchenko había sido modificada ilegalmente para incluir un interruptor que le permitía registrar un toque sin hacer ningún contacto con su oponente. Aquel escándalo se resolvió con la expulsión del soviético de los Juegos Olímpicos tras uno de los actos de mayor mezquindad de la historia del deporte. A Onishchenko se le prohibió a perpetuidad practicar deporte de competición y le fueron retiradas todas las condecoraciones y privilegios que la Unión Soviética le hubiera otorgado.

Unos tanto y otros tan poco.

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Boris Onishchenko

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La más grande de todas las polémicas (USA vs URSS 50 aniversario) 2ª parte

En una caja fuerte de Lausana. En la sede del Comité Olímpico Internacional. En el anverso la diosa de la victoria con una palma en la mano izquierda y una corona de laurel en la derecha. En el reverso dos jóvenes desnudos, representando la pureza del cuerpo atlético. Son doce las medallas de plata que allí aguardan, en un frio recipiente chapado de acero de una ciudad suiza a la espera de ser recogidas. La larga espera suma 50 años y nadie le augura fin. Alguno de los doce componentes del equipo norteamericano de baloncesto ya ha dejado este mundo. Otros aun no lo han hecho. Pero tantos unos como otros han sido tajantes. Ni ellos, ni sus hijos, ni los hijos de sus hijos, podrán nunca recoger esas medallas. Así lo atestiguan sus testamentos. Y sólo el acuerdo unánime de esos doce hombres o sus descendientes podrían sacar esas medallas del letargo en el que están asumidas.

Esas doce medallas son el amargo recuerdo de los tres segundos más corrosivos que el baloncesto ha parido. Del partido más controvertible jamás celebrado. De la más grande de todas las polémicas.

Una vez Doug Collins ha sido arrollado por Sakandelidze se dispone a lanzar dos tiros libres. Quedan tres segundos para el final. Antes hubo que levantarlo del suelo, porque el golpe fue terrible. Anota el primero ante el rugir del público. 49-49. Respira hondo, lanza con seguridad el segundo y vuelve a encestar. 50-49. Es la primera ventaja de Estados Unidos en todo el partido y el público y el banquillo norteamericano comienza a celebrar la victoria.

Why The 1972 U.S. Men's Basketball Team Refused Their Olympic Medals
Toda la presión para Collins

En el momento en el que el segundo tiro de Collins vuela hacia el aro suena una bocina. Es el indicativo que confirma que Kondrashin ha solicitado un tiempo muerto. En la retransmisión televisiva el sonido se escucha claramente, pero no así en el pabellón donde la algarabía enloquece a los presentes.

El árbitro brasileño Renato Righetto se gira hacia la mesa para ver qué ocurre, pero el búlgaro Artenik Arabadjan pone el balón en manos de Alzhan Zharmukhamedov. En ese momento se puede ver a Kondrashin y sus ayudantes haciendo con las manos el gesto de tiempo muerto totalmente desesperados. Zharmukhamedov saca rápido de fondo y envía el balón a Serguei Belov que intentará un lanzamiento a la desesperada desde el centro del campo. Justo cuando cruza la línea del medio los árbitros paran el partido. La solicitud de Kondrashin ha sido aceptada y habrá tiempo muerto. Queda un segundo para el final del choque.

Por entonces no se contabilizaban las centésimas, pero es evidente que desde que Collins lanzó los tiros libres han pasado un par de segundos, y no es lo mismo jugarte el partido con tres segundos de posesión que con tan sólo uno.

Jugadores y cuerpo técnico de ambas selecciones rodean a los colegiados y a la mesa de anotación buscando una solución satisfactoria a sus intereses. El caos es colosal. Es la locura. La prensa salta a la pista y los miembros de seguridad se afanan por devolver a todos a sus respectivos lugares.

Según las reglas de aquel momento, el tiempo muerto debía pedirse antes de que se lanzaran los tiros libres, y podía ser concedido o antes de los lanzamientos, o entre el primero y el segundo, nunca después del segundo.

¿Fue el tiempo muerto pedido correctamente? Kondrashin asegura que el tiempo muerto fue pedido antes de los lanzamientos, con la intención de hacerlo efectivo entre el primer y el segundo tiro libre. El hecho de que la mesa hiciera sonar la bocina cuando Collins ya tenía el balón en sus manos indica un intento de evitar que se produjera el segundo lanzamiento. En cambio, Hans Tenschert, responsable de la mesa de anotación, explica que en aquel torneo se había dado a los entrenadores un aparato electrónico para señalar a la mesa la intención de pedir tiempo muerto. Según Hans, los soviéticos no manejaron bien el aparato y acabaron pidiendo el tiempo muerto demasiado tarde. Mas tarde, cuando todo esto haya concluido, se acabará reconociendo que el error había sido de la mesa. Pero no adelantemos acontecimientos. Falta mucha tela que cortar.

El milagro olímpico de la URSS ante Estados Unidos en Múnich 72 | Antena 2
El VAR de 1972

De repente, y tras esos instantes de tensión, un hombre con una fina capa de pelo blanco, sempiternas gafas y una pajarita que daba un cierto aire cómico a su aspecto aristocrático, baja haciendo aspavientos desde la tribuna presidencial hasta la mesa arbitral. Se trataba de William Jones, presidente de la FIBA desde su fundación en 1932. Jones no tenía autoridad alguna para influir en los árbitros, pero al mismo tiempo tenía toda la autoridad para hacerlo. Era el hombre que había logrado que el baloncesto fuese olímpico y era mando respetado en todo el orbe. Así que cuando Jones levantó tres dedos al aire indicando que se otorgasen los tres segundos y se concediese el tiempo muerto la discusión finalizó con rotundidad.

Lo cierto es que más allá de la tropelía de Jones había una prueba que quitaba toda la razón a los norteamericanos. Al sonar la bocina tras el segundo lanzamiento de Collins se había encendido una luz en la mesa de los jueces. Quizás se podía argumentar que no se había oído la sirena, pero la luz encendida era una prueba irrefutable.

Total, que hay un nuevo saque de fondo y la jugada vuelve a ser la misma. Los protagonistas no. En el alboroto, Edeshko ha entrado por Zharmukhamedov para sacar de fondo y Paulauskas era el escogido para intentar el tiro a la desesperada en lugar de Serguei Belov. Los árbitros deciden reanudar el choque, mientras en la mesa gritan que paren, que todavía no están preparados. Defendido por el pívot McMillen, Edeshko se la pasa a Paulauskas, que lanza el balón hacia el aro. La bocina suena en el mismo momento que el jugador lituano recibe la pelota.

¿Fin del partido?

En ese momento el reloj sigue anclado en un segundo para el final porque alguien ha sido tan cenutrio como para volver a poner el partido en juego sin haberlo arreglado. En las centésimas que van desde que el balón sale de las manos de Edeshko hacia el infinito alguien se da cuenta del error y pone el cronómetro en 50 segundos. Entendemos que su intención era dejarlo en 3, pero con los nervios no se sabe que botón fue a tocar. El caso es que un miembro de la mesa se da cuenta del disparate y toca la bocina para invalidar todo lo que está sucediendo.

El balón surca el cielo y toca el aro estadounidense y la fiesta hace su aparición. Era la segunda vez que los norteamericanos alzan las manos y festejan la victoria y también la segunda vez que el público monta el jolgorio e intenta entrar en la pista.

Aquí el guirigay ya es de traca. Los yankees celebran con lujuria y el desenfreno es absoluto. Mientras varios hombres con traje intentan calmarlos alzando las manos con tres dedos al aire. ¡Faltan tres segundos! ¡Faltan tres segundos!

¿Faltan tres segundos?

Claro que faltaban tres segundos. Pero convencer al Team USA del error humano será imposible. Lo fue entonces y lo sigue siendo medio siglo después. Para los allí presentes todo aquello no era más que un complot. Entendían que esa jugada se repetiría las veces que hiciese falta hasta que los soviéticos lograsen la victoria. Para aquellos que lo vieron por televisión, la duda siempre permanecerá en el aire. Es cierto que la bocina sonó antes de tiempo, como también es cierto que el reloj marcaba erróneamente 50 segundos. Pero la realización televisiva nos obvió lo que pasaba en la pista mientras enfocaba el marcador electrónico. Tras una polémica primera repetición de la jugada, hubo quien quiso, y sigue queriendo ver, una segunda mano negra en esta segunda ocasión.

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¿Victoria norteamericana?

¿Cómo pudo haber semejante error? Se dijo que fue un error de comunicación. En la mesa de anotación se hablaba solo alemán, y los árbitros Righetto y Arabadjan no tenían una lengua común. Los relojes eran de la marca suiza Longines que se había llevado el acuerdo para esos Juegos y para los de cuatro años más tarde. Como curiosidad, había un miembro de Longines en esa mesa de anotación de infausto recuerdo. Era Joseph Blatter, quien años más tarde sería nombrado presidente de la FIFA. Fuese como fuese, estaba claro que la actuación de la mesa era indignante. Hubieron de pasar unos cuantos minutos hasta que las aguas volvieron a su cauce y se pudieron disputar por tercera y última vez los famosos tres segundos restantes.

En esta ocasión Edeshko decide obviar el pase corto y enviar un pase de fútbol americano al otro Belov, a Aleksander, que espera bajo la canasta estadounidense.

Esta vez sí, el cronómetro se sitúa en tres segundos y el partido se va a reanudar de nuevo. Arabadjan entrega el balón a Edeshko. Y aquí hay otra polémica. El árbitro búlgaro parece hacer un gesto a McMillen para que se aleje de Edeskho y le permita sacar de fondo sin oposición. Fuese por cansancio o por falta de concentración por todo lo ocurrido, en vez de dar un paso para atrás McMillen directamente se va de la escena y permite que Edeskho saque con total comodidad. El balón vuela y es recogido por Aleksander Belov debajo de la canasta estadounidense. Recoge el balón en carrera, le gana la partida a Forbes y a Jones que salen despedidos en una posible falta. Con los dos americanos fuera de juego, a Aleksander Belov aun le da tiempo a amagar con una finta en un acto reflejo antes de anotar una fácil bandeja a tabla. Había encestado prácticamente en el mismo sitio donde había fallado antes de que Collins anotase los dos tiros libres que iniciaron todo el galimatías.

Suena la bocina. Belov alza los brazos y su imagen corriendo patillas al aire la pista quedará grabada para la eternidad. La Unión Soviética vence por 50-51. Es la primera derrota estadounidense en baloncesto en la historia de los Juegos Olímpicos.

Si el ajedrez era estadounidense, ahora el baloncesto era soviético. La Guerra Fría volvía a las tablas.

Edeskho podría haber lanzado ese mismo pase otras diez veces y el resultado nunca sería el mismo. La fría delegación soviética saltaba y gritaba en el centro de la cancha como si de mediterráneos se tratasen. Los estadounidenses se frotaban los ojos y clamaban al cielo por la injusticia mientras se formaba un tumulto en el que a Hank Iba le robaban su cartera con 370 dólares de la época.

Por supuesto la historia no acabó aquí. El equipo norteamericano firma el acta con protesta, alegando que el tiempo total transcurrido en el partido es de 40 minutos y 3 segundos. La protesta se eleva al jurado de apelación. Se reúnen a las dos de la madrugada y la discusión se extiende hasta las diez de la mañana. Entre altísimas medidas de seguridad los cinco miembros del comité seleccionado por la FIBA comenzaron a revisar las imágenes para dictar sentencia. Mientras los dos bloques movían hilos entre bambalinas para influir en la decisión. Al final se reafirmó la victoria soviética por tres votos a favor y dos en contra. El escándalo en Estados Unidos fue incluso mayor que el producido por el resultado del partido. Votaron a favor del triunfo de la URSS los representantes de Cuba, Polonia y Hungría, todos países pertenecientes al bloque comunista. Votaron en contra Italia y Puerto Rico, todos países miembros de la órbita capitalista. “Nos la han metido doblada”, declaró Richard Nixon. “Ahora sé que Dios existe”, exclamó triunfante Leónidas Breznev.

Y con todo este panorama tendría lugar la ceremonia del pódium. Allí la imagen era impactante. Si en el tercer cajón estaban los doce héroes cubanos y en el más alto los doce exultantes soviéticos, en el segundo escalón el vacío hacía acto de presencia.

El Team USA no se presentó. No pensaban recoger una medalla que según ellos no les correspondía.

Munich 1972: Tres segundos que marcaron la historia (y II) - BasketMe
Ni rastro de la plata

La protesta americana se extiende al comité olímpico, pero en febrero de 1973 dicen que eso es una decisión que atañe a la FIBA, dando carpetazo definitivo el tema. Al menos de manera oficial. Medio siglo después los jugadores americanos siguen diciendo que les robaron la medalla de oro y que no aceptan la medalla de plata. Para recibir la medalla de plata todos los miembros del equipo (o sus descendientes) deberían estar de acuerdo. Y eso nunca sucederá.

El resto es historia. Alzhan Zharmukhamedov relata que todo el equipo se quedó hasta las tres de la mañana en los vestuarios del pabellón, con la incertidumbre de si su victoria sería invalidada o si el partido se tendría que repetir. Lo cierto es que habían dominado el marcador durante 39 minutos, y de hecho deberían haber cerrado el encuentro antes de que se llegara al final de infarto.

La concentración de errores humanos fue grandiosa, pero todo indica que la victoria soviética fue justa. Hubo quien dijo que todo había sido orquestado por William Jones para acabar con el dominio americano. Pero que Jones, un aristócrata británico, simpatizase con los comunistas era tan poco probable como el matrimonio entre un elefante y un grillo. Deportivamente hablando, los soviéticos se podían considerar justos vencedores, pero también era cierto que, a pesar de los avances del baloncesto internacional, el equipo americano era el más flojo de cuantos habían presentado a los Juegos Olímpicos. La baja de Bill Walton mermó sensiblemente el poderío interior y privó al equipo americano de su jugador más diferencial. Y, aun así, la URSS solo había conseguido una victoria por un punto en el último segundo con muchísima polémica.

El reinado americano seguía vigente y desde ese momento estuvieron con el cuchillo afilado esperando a la revancha que tendría lugar cuatro años más tarde. Pero al igual que Anatoly Karpov recuperó el trono del ajedrez para los soviéticos con la amarga sensación de no poder batir a un retirado Fischer, el equipo de baloncesto de Estados Unidos recuperó el trono sin ganarle a la URSS. En los Juegos de Montreal 76 Yugoslavia derrotó a la URSS en semifinales impidiendo una revancha y los boicots norteamericanos y soviéticos en Moscú 1980 y Los Ángeles 1984 retrasaron el duelo por excelencia. Hubo que esperar a Seúl 1988 donde Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrentaron en semifinales con clara victoria de la URSS (82-76) y esta vez sin discusión alguna.

Fue entonces cuando Estados Unidos decidió llevar a los Juegos Olímpicos a sus figuras de la NBA, lo que cambiaría totalmente el ‘status quo’ del baloncesto internacional. La victoria de Estados Unidos en Barcelona 92 fue de una rotundidad pasmosa. Por entonces la Unión Soviética ya no existía y el mundo pasaba de ser bipolar a unidireccional. Ya hacía bastante más tiempo que no estaba Aleksander Belov, el legendario héroe con aquella canasta imposible. Había fallecido al filo de los 27 años víctima de un galopante sarcoma. Tras Múnich siguió militando en el Spartak de Leningrado a las órdenes de Kondrashin a pesar de las presiones para que firmara por el CSKA.

101 Greats: Alexander "Sasha" Belov - KOS magazin
Aleksander Belov

Si la victoria de Barcelona 92 de Estados Unidos fue una exhibición de poder, la de la Unión Soviética en Múnich 72 cambió para siempre la historia del baloncesto. Aquel deporte creado en Norteamérica pasaba a ser global. Con discusión o sin discusión, esa victoria demostró que Estados Unidos era batible. No fue solo un partido de baloncesto, sino que fue la más grande de todas las polémicas.

“Los estadounidenses tienen que aprender a perder, aun cuando creen llevar la razón”. William Jones

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Allá por 2017 el Gran Teatro de Moscú vestía sus mejores galas para presentar en sociedad la película ‘Going Vertical’. El estreno se aguardaba con premura en Rusia y las entradas se agotaron en todos los cines del país en cuestión de horas. Con el paso de las semanas ‘Going Vertical’ se convertiría en la película más taquillera del cine ruso. Aquella noche, dos bigardos imponentes, ya quebrados por la edad, fueron aclamados por la multitud que aguardaba a las puertas del Gran Teatro. Uno, el más carismático, presentaba un canoso bigote, gran sonrisa y repartía saludos por doquier. Se trataba de Ivan Edeshko. El otro, callado y camastreado, quebrado como débil junco, respondía al complejo nombre de Alzhan Zharmukhamedov. Ambos, juntos a los ausentes Modestas Paulauskas, por enfermedad, y Anatoli Polivoda, éste último por motivos políticos, son los únicos supervivientes de la más grande de todas las polémicas que el deporte haya parido. Los cuatro, bielorruso, uzbeko, lituano y ucraniano, respectivamente, portaban la camiseta de la selección soviética de baloncesto en los Juegos Olímpicos de Múnich 1972, cuando tuvieron lugar los tres segundos más impactantes que se recuerden en el mundo de la canasta.

Hace ahora medio siglo, tal día como un 10 de septiembre de 1972, la selección de Estados Unidos de baloncesto perdía por vez primera un partido tras 63 victorias consecutivas en el torneo olímpico. Y no era un partido cualquiera. Era la final de los Juegos Olímpicos.

En España la película fue comercializada con el título de ‘Tres segundos’. Pueden encontrarla. Es complicado, pero factible. Dudo mucho que logren localizarla en Estados Unidos. Y no por falta de calidad del filme, sino por lo tabú de su contenido. En Estados Unidos aquella final es una humillación que cincuenta años después aún sigue carcomiendo los cimientos del único deporte de repercusión mundial que fue inventado en Norteamérica.

Desde que en 1936 el baloncesto hizo su aparición en los Juegos Olímpicos de Berlín no ha habido nación que haya logrado más oros que Estados Unidos. Su balance en 2022 es de 143-6 y 16 medallas de oro. Su dominio del deporte de la canasta es tal que durante décadas lo hizo usando a jugadores universitarios que apenas superaban los veinte años, mientras el resto del mundo presentaba a sus mejores baloncestistas. Son cerca de 90 años de rotundos triunfos sólo cortados por las catárticas derrotas de 1988 y 2004. Tras la primera de ellas, Estados Unidos decidió llevar a los Juegos a baloncestistas profesionales de la NBA. El resultado fue tan arrasador que las estrellas de la NBA declinaron participar en ediciones posteriores aburridos por la facilidad de las victorias. Hubo una nueva derrota en 2004, y desde entonces el nivel del ‘Team USA’ se ha mantenido en un montículo de excelencia que es intocable para el resto del mundo.

La derrota de 1972 no existe para los Estados Unidos.

Y es ahí donde reside el quid de la cuestión. ¿Qué pasó durante esos tres segundos? ¿Quién fue el vencedor moral de la final olímpica de baloncesto de 1972? Lo que para unos es blanco para otros es negro. Lo fue, lo es, y siempre lo será. Esos tres segundos cambiaron la historia del deporte de la canasta.

¿Por qué un simple partido de baloncesto forma parte de la psique de una nación? ¿Por qué es humillante e injusto para los estadounidenses? ¿Por qué es capaz de inflar el orgullo ruso medio siglo más tarde?

En 1972 Estados Unidos y la Unión Soviética mantenían una batalla política, ideológica y económica que se dio en llamar Guerra Fría. Afortunadamente los conflictos militares se dieron en escenarios secundarios y jamás hubo un enfrentamiento a campo abierto entre las dos superpotencias. Durante unos días de octubre de 1962, el mundo contuvo la respiración ante una inminente guerra nuclear que finalmente se solucionó diplomáticamente en la isla de Cuba. Ese fue el clímax de la Guerra Fría. Sabiendo que un enfrentamiento derivaría en el fin de la humanidad, a partir de entonces dio comienzo una época de conflicto y relajación a partes iguales en que cada potencia quiso vencer a la otra a base de logros en el ámbito civil. A la larga, los costes de la carrera armamentística, la mejor disposición americana a la creación de bienes de consumo y la burocratización y falta de libertad de la economía soviética, daría como rotundo vencedor al bloque capitalista. Pero en 1972 la partida se mostraba todavía muy igualada.

Tres años atrás Estados Unidos había conseguido enviar al ser humano a la Luna. Aquello había sido un golpe de efecto sideral. Los americanos estaban enfangados en una guerra cruenta y costosa en Vietnam y en la URSS había una calma chicha. Su líder, Leónidas Breznev, ni hacia ni dejaba hacer. Sus casi dos décadas en el poder fueron completamente anodinas y cimentaron el estancamiento soviético. Mientras, Nixon, aun a salvo del escándalo del Watergate, se erigía en vencedor. Era el presidente lunar, había suprimido el servicio militar obligatorio, viajó a China para jugar al ping pong con Mao y fue el mandatario del primer viaje oficial estadounidense a Moscú. En dicho viaje firmaría el tratado Salt-I, el primer acuerdo de reducción armamentística entre la URSS y Estados Unidos.

El deporte era la plaza predilecta para la propaganda en la Guerra Fría. Desde que en 1952 la Unión Soviética se incorporó al redil olímpico hubo una lucha fratricida para ocupar el primer lugar del medallero. Si Estados Unidos quedó primera en 1952, 1964 y 1968, la Unión Soviética lo había hecho en 1956 y 1960. Invariable era la presea dorada en baloncesto que de antemano ya era otorgada a los estadounidenses. El torneo de baloncesto solía ser una lucha entre las grandes potencias que era ganada con enorme suficiencia por los capitalistas. Incluso en 1968 Yugoslavia fue capaz de arrebatarle la plata a los soviéticos.

Pero apenas cuatro días antes del inicio de los Juegos Olímpicos iba a ocurrir algo que hasta entonces se consideraba imposible. Tras dos meses de reñidas partidas el estadounidense Bobby Fischer derrotaba a Boris Spasski y se convertía en el campeón mundial de ajedrez. Era el primer norteamericano en lograrlo y el único no soviético en cuarenta años. Aquello fue tremendo. Nunca antes y nunca después una partida de ajedrez tuvo tal cobertura mediática. Los libros de ajedrez y los tableros proliferaron por las escuelas y las casas occidentales y en la Unión Soviética se silenció todo lo que se pudo semejante humillación.

Cap. 13: Spassky-Fischer (1972) "El duelo del siglo" + las voces de los  alumnos de la Escuela Municipal de Rincón de la Victoria - Ajedrez Social  de Andalucía
Spasski vs Fischer

No es de extrañar que días después, justo antes de la ceremonia de inauguración de los Juegos de Múnich, un par de miembros de la KGB aborden a Vladimir Kondrashin, técnico soviético, con un mensaje claro. Hay que devolver el golpe. Se debe vencer a Estados Unidos y lograr la medalla de oro en baloncesto. No hay marcha atrás.

Era un imposible, pero Kondrashin llevaba dos años preparando lo imposible. Había sido nombrado seleccionador dos años atrás tras el fiasco en el Mundial de 1970 y había preparado una revolución destinada a vencer a los norteamericanos. La tradición mandaba hacer el equipo en función de la plantilla del CSKA, el venerado equipo del ejército rojo. Kondrashin, que había destacado fuera de Moscú entrenando al Spartak de Leningrado, declinó convocar a los jugadores en función de los dictámenes de la cúpula y preparó una estrategia basada en el contraataque a sabiendas de que era inferior a los estadounidenses. La rotunda victoria de Kondrashin en el Europeo de 1971 le dio carta blanca para su revolución. Pero había algo más. Kondrashin tenía un hijo en silla de ruedas y contaba con la promesa del Politburó de costear su operación si lograba el triunfo olímpico. No necesitaba que ningún trajeado del KGB lo intimidase con charlotadas sobre patriotismo y socialismo. Estaba más que motivado para lograr el oro.

El seleccionador soviético en 1970 era Alexander Gomelsky, quien era venerado por sus chicos porque era capaz de mantener alejados a los burócratas. Se encargaba de organizar excursiones en el extranjero cuando el equipo salía fuera de la URSS y conseguía unos cuantos dólares extra para sus chicos a través del contrabando. Gomelsky es el ‘Pope’ del baloncesto soviético y cerrará su carrera ganando el oro olímpico en 1988, pero tras el fracaso de 1970 fue cesado del cargo oficialmente por haberle encontrado pantalones vaqueros en la aduana. Fue entonces cuando accedió al cargo Kondrashin. Éste era mucho mejor técnico que Gomelsky. Era técnicamente genial, estudioso del baloncesto y un obseso del trabajo físico y defensivo. Todos los jugadores consideraban a Kondrashin un genio, aun a sabiendas de que la fiesta con él estaba descartada. 

Kondrashin contaba con una generación extraordinaria, un grupo nacido en 1944-45, y que tan sólo sería superado por el bloque soviético conformado a mediados de los 80. Los exteriores eran el lituano Modestas Paulauskas y el georgiano Zurab Sakandelidze, los aleros eran el ruso Ivan Edeshko y el georgiano Mijail Korkia y los pívots eran el ruso Aleksander Belov y el uzbeko Alzhan Zharmukhamedov. Esos seis jugadores formaban el heterogéneo bloque que Kondrashin logró unir para formar una familia. Pero en el compacto grupo sobresalía una rutilante estrella. Se trataba de Serguei Belov, un finísimo escolta con un impresionante lanzamiento de a cinco y seis metros y que por entonces era el mejor jugador del Viejo Continente. Aun hoy, Serguei (que nada tiene que ver con Aleksander) mantiene el récord de medallas mundialistas (cuatro) y europeas (siete), así como suma cuatro medallas olímpicas y dos Copas de Europa con el CSKA Moscú.

Baloncesto | Muere el ruso Serguéi Belov, leyenda del baloncesto - RTVE.es
Serguei Belov

Muy diferente era el ambiente en el USA Team. El seleccionador era Hank Iba, doble campeón olímpico (1964 y 1968) y con más de tres décadas a los mandos de la Universidad de Oklahoma State. Pero Iba llevaba dos años retirado y estaba de vuelta de todo. Era un hombre de 70 años enfrentado con el desenfadado juego moderno y que mantenía una disciplina espartana acorde con otros tiempos. La elección lógica hubiese sido la de John Wooden, técnico de UCLA, que consiguió encadenar siete títulos universitarios consecutivos. Por entonces reinaba gracias a Jamaal Wilkes y, sobre todo, Bill Walton, un pívot de 213 centímetros con movimientos de danzarín que era el mayor proyecto deportivo del mundo. Walton, vegetariano y pacifista, al ver que Wooden no era el técnico escogido rehusó ir a los Juegos Olímpicos como protesta por la invasión estadounidense de Vietnam.

Julius Erving, el otro gran proyecto norteamericano, había accedido a jugar en la ABA antes de dar el salto a la NBA, por lo que al haber abrazado el profesionalismo no podía acudir a los JJ.OO. Swen Nater, la otra estrella de UCLA, acabó marchándose de la concentración estadounidense hastiado de la dureza de los entrenamientos de Iba. Así, el USA Team era un equipo cuyos hombres más destacados eran el base Tom Henderson, el alero Bobby Jones, el ala-pívot Dwight Jones o el pívot y futuro congresista Tom McMillen. La estrella del equipo era el escolta y futuro número 1 del draft Doug Collins, quien, siendo un buen anotador, no pasó de una aceptable carrera en la NBA. Sabedor de estas limitaciones, Iba decidió que su equipo se dedicase a ganar los partidos en la defensa extasiando a unos jugadores a los que por un lado se les exigía la victoria como un proceso natural, pero por el que por otro lado se les tachaba de limitados frente a sus antecesores.

Avery County Native Tommy Burleson's 1972 United States Olympic Men's  Basketball Team Nominated for Naismith Basketball Hall of Fame - High  Country Press
USA Team 1972

Todo esto sería genial de comentar si se hubiese hecho a calzón quitado, pero días antes del inicio de los Juegos estos análisis eran del todo secundarios. Ya podía Estados Unidos presentar un equipo más flojo de lo normal que la victoria estaría igualmente asegurada. De hecho, había quien consideraba que la Yugoslavia liderada por Kresimir Cosic podría incluso quitarle la plata a los soviéticos. Otros candidatos a las medallas eran Brasil e Italia.

El torneo de baloncesto de los Juegos Olímpicos se disputó entre el 27 de agosto y el 10 de septiembre de 1972. Lo hizo en el Rudi-Sedlmayer-Halle, conocido en la actualidad por cuestiones de patrocinio como Audio Dome. La sala, entonces de 7.000 asientos, formaba parte del espectacular complejo deportivos del Olympiapark, cuya magnifica cúpula de metacrilato con forma de carpa costó el triple que la entera organización de los Juegos de Roma de 1960. Los alemanes querían demostrar que el nazismo era un amargo recuerdo.

La competición constaba de 16 equipos divididos en dos grupos de ocho escuadras. Los dos primeros de cada grupo se clasificaban para semifinales. En el grupo B pelearían por las dos plazas la URSS, Yugoslavia e Italia. En el A podrían acompañar a Estados Unidos en la clasificación a semifinales Brasil, Checoslovaquia y quizás España. Los españoles habían logrado entrar en los Juegos Olímpicos tras clasificarse en el preolímpico de Groningen a última hora. Conformaban un equipo limitado en altura y donde destacaba el sempiterno base Nino Buscató y los nacionalizados Wayne Brabender y Clifford Luyk.

España hizo un torneo mediocre. Ganó a Australia y cayó con estrépito ante Brasil o Cuba. Luego se supo que el ambiente en la selección era tóxico, que hubo intento de motín y que veteranos y jóvenes andaban a la gresca. Diaz-Miguel salvó el puesto con una honrosa derrota ante Estados Unidos (56-72), quienes lograron con suficiencia el primer puesto del grupo. Causó sensación la victoria estadounidense ante Checoslovaquia, a la que dejaron en sólo tres canastas en la primera mitad. Aun así, a pesar de que las victorias eran claras lo eran con muy pocos puntos. Hank Iba cerró los entrenamientos a público y prensa en una decisión que se antojaba exagerada. Lo cierto es que el equipo ganaba por exuberancia física, pero era limitado en ataque.

El segundo puesto del grupo fue logrado por Cuba tras una sorprendente victoria ante el Brasil de Ubitarán tras fallo carioca en el último segundo. Los cubanos nunca jamás repetirían actuación igual y se tendrían de enfrentar en semifinales a la URSS, que ganaron su grupo invictos y con mayor promedio de puntos que los estadounidenses. El segundo del grupo B fue la Italia de Meneghin, Bison o Marzoratti, quienes lograron meterse en la ronda final por ‘basket average’ al empatar en victorias en el segundo puesto con Yugoslavia y Puerto Rico.

Múnich 72: La medalla olímpica del baloncesto cubano
Los sorprendentes cubanos

Antes de las semifinales el comando terrorista Septiembre Negro asaltó la Villa Olímpica y tomó como rehenes a una decena de atletas israelís a modo de chantaje a favor de la causa palestina. La patética actuación de la policía alemana derivó en una catástrofe que acabó con 17 muertos y un shock de dimensiones mundiales. Los JJ. OO estuvieron a punto de cancelarse pero, tras más de 24 horas de deliberación, se reanudaron en una decisión no exenta de polémica.

Por entonces Mark Spitz ya había sumado sus siete medallas de oro en natación y Olga Korbut sus cuatro medallas áureas en gimnasia. No había muchas más ganas de Juegos. Faltaban apenas cuatro días para el fin de fiesta y tan sólo la posibilidad de que Laase Viren sumase otro oro en 5.000 al ya ganado en 10.000 se antojaba interesante para el espectador. El otro momento cumbre tendría que ser la final de baloncesto entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

Mark Spitz en los JJOO de Munich 1972
Spitz. El Rey de Múnich

Antes tocaban las semifinales. Los norteamericanos cumplieron con creces. Pasaron por encima de Italia (68-38) y demostraron que estaban más que preparados para conseguir el oro. Los transalpinos fueron incapaces de superar la asfixiante defensa estadounidense y apenas sumaban 30 puntos a falta de dos minutos y medio para el final del encuentro. Estados Unidos llegaba a la final con una fascinante media de tan sólo 44 puntos encajados en el torneo. En la otra semifinal los cubanos llegaron a mandar hasta por siete puntos gracias a Ruperto Herrera y Pedro Chappé, pero finalmente la altura soviética se impuso por un ajustado 67-61. Como ya apuntamos, los cubanos nunca más volverían a tener un baloncesto de semejante nivel que coronaron con una sorprendente medalla olímpica al derrotar en el partido por el bronce a Italia tras un fallo transalpino en el último segundo.

El 9 de septiembre, un día antes de la celebración de la ceremonia de clausura, Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrentaban en la final de baloncesto en un abarrotado pabellón que simpatizaba con los capitalistas. Sin embargo, en los anuarios quedó grabado que la final fue el día 10. Lo cierto es que el choque dio comienzo el día 9 a las 23.30 hora local para adecuarse al ‘prime time’ televisivo estadounidense, aunque su resolución tendría lugar en la madrugada del día 10. No era solo un enfrentamiento deportivo. Era mucho más que eso. Eran dos formas antagonistas de entender la vida.

Munich 1972: Tres segundos que marcaron la historia (y II) - BasketMe
Empieza la fiesta

Desde que la selección de Estados Unidos compitió por vez primera en los Juegos de Berlín de 1936 su balance era de 63 victorias y ninguna derrota. Los números hablaban por sí solos, pero pronto se vio que la URSS estaba dispuesta a vender cara su derrota. A través de un claro dominio del rebote y un mayor acierto a media distancia los soviéticos se pusieron por delante desde la primera canasta. Estados Unidos no logra estrenar su casillero hasta que van cuatro minutos de partido. El marcador es de 11-21 por los soviéticos gracias a diez tantos de Serguei Belov, pero tras un arreón estadounidense la ventaja se reduce a cinco puntos en el descanso (21-26).

La segunda parte fue durísima y plagada de errores. Los soviéticos fueron siempre por delante hasta que faltaban seis segundos para el final. Llegaron a tener otra ventaja cercana a los diez puntos, pero Iba pidió un tiempo muerto y los norteamericanos salieron a morder. Desde ese momento abundaron los golpes y las faltas. El soviético Korkia y el estadounidense Brewer fueron descalificados por los árbitros que, como no podía ser de otro modo, representaban a los dos bloques, uno procedente de Brasil y el otro de Bulgaria. Los puntos se suceden a cuentagotas. Cada canasta es un sacrificio. A falta de seis minutos el marcador era de 36-44 para la URSS que se mantenía firme gracias a Serguei Belov, quien acabaría el partido con 20 tantos, 2/5 partes de los de su equipo.

Los últimos seis minutos se antojan ridículos a ojos del espectador moderno. Aquellos chavales de patillas algarrobianas, pantalones fardahuevos, calcetines invernales y camisetas de todo a cien, acumulaban pérdidas de balón, lanzamientos a destiempo y faltas fragantes sin ton ni son. Si eses eran los mejores jugadores de baloncesto del mundo, que baje Dios y lo vea. Aun así, la tensión agarrotaba más a los comunistas que a los capitalistas que poco a poco sumaban capital para llevarse el bote gordo. La defensa americana es tan brutal que en varias jugadas los soviéticos tienen que retroceder a su propio campo para tomar aire (por entonces no había campo atrás). Seis puntos seguidos de Kevin Joyce, hasta entonces un meritorio del banquillo, ponía al Team USA a uno de distancia (46-47) a falta de 1’49’’ para el final.

A partir de ahí no se juega al baloncesto sino al ajedrez. Como si de Fisher y Spasski se tratase, el partido se va a decidir en el tablero ficticio de los tiros libres. Han de pasar 49 larguísimos segundos para que los soviéticos se pongan tres arriba (46-49) con dos lanzamientos tras falta personal.

En la siguiente jugada, y tras un saque de banda, Jim Forbes anota una preciosa suspensión sin oposición a cinco metros y coloca el 48-49 en el electrónico. Quedan entonces 39 segundos para el fin del encuentro. La URSS tiene tiempo de sobra para anotar una canasta que sentencie el partido. Cumple recordar que entonces no había línea de tres puntos. Serguei Belov sube el balón, que pronto pasará por todos sus compañeros de equipo ante la incapacidad de acercarse a canasta por la férrea defensa rival. Nadie se atreve a lanzar. Cuando la posesión se está consumando la pelota le llega a Aleksander Belov que está debajo del aro. Se levanta para anotar, pero recibe un tapón de McMillen. La bola vuelve a Belov que intenta un pase atrás interceptado por Collins.

Quedan menos de diez segundos cuando Doug Collins corre a la desesperada hacia el aro soviético. Si anota, la victoria será para Estados Unidos. Encara el aro por su vertiente izquierda y cuando se eleva para anotar una bandeja es arrollado por Sakandelidze.

Hoy hubiese sido una falta técnica. Por entonces era una personal sancionada con dos tiros libres.

Quedaban tres segundos para el final.

Lo que pasará a partir de entonces quedará en los anales de la historia.

“El ajedrez es una guerra sobre un tablero. El objetivo es aplastar la mente de tu adversario”. Bobby Fischer

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Múnich 72: Operación Ikrit

Era la madrugada del 5 al 6 de septiembre de 1972. Hace ahora cincuenta años. El verano daba sus últimos coletazos y el clima invitaba al paseo nocturno. Se acercaban las cinco de la mañana cuando unos cuantos componentes de la delegación estadounidense volvían a la Villa Olímpica. Habían estado explorando la noche muniquesa, disfrutando de la exuberancia de la juventud y de los galones que le permitían su estatus de deportistas olímpicos. Entre risas y un par de copas de más se toparon con otros ocho chicos. No hablaban inglés, pero portaban bolsas de deportes y vestían con chándales, por lo que estaba claro que eran deportistas. No dudaron en ayudarles a saltar la valla que separaba el complejo olímpico del resto de la ciudad para que pudiesen volver a sus habitaciones.

Una vez adentrados en los pasillos que conducían a los apartamentos, los ocho desconocidos se acercaron al lugar donde descansaban los miembros de la delegación israelí. Se trataba de una delegación minúscula que ni ganó medalla en Múnich ni la había ganado nunca, y que no ganaría su primera presea hasta Barcelona 92. El caso es que aquellos ocho jóvenes se quitaron los chándales, se pusieron una ropa un tanto estrafalaria y sacaron de las bolsas de deportes diferentes objetos.

Fusiles semiautomáticos, pistolas y unas cuantas granadas.

El primero en caer fue Moshé Weinberg, entrenador de lucha del conjunto israelí. No fue solo el primero en caer, sino que se convirtió en héroe involuntario permitiendo que un total de 17 atletas lograsen escapar. Weinberg estaba despierto, preparando unas tostadas en la cocina. Al escuchar alboroto en el pasillo se acercó a la puerta y, cuando vio que alguien la abría, se abalanzó sobre la madera para impedir que la traspasasen. Poco podía hacer él sólo ante aquellos terroristas que usaban sus fusiles como palanca para acceder al interior del apartamento. Los gritos despertaron a Yossef Romano, quien consiguió arrebatar una pistola a uno de los asaltantes, pero resultó muerto de un disparo. A Weinberg también le pegaron un tiro, pero aun vivo fue obligado a conducir a los terroristas a los otros apartamentos. Weinberg los dirigió expresamente al recinto donde estaban los atletas de boxeo o de lucha, ya que pensó que al ser estos los más fuertes podrían reducir a la fuerza a los terroristas.

Fue en vano.

Todos estaban durmiendo. No opusieron resistencia. El único que lo hizo fue Weinberg, quien fue acribillado a balazos.

Hasta nueve atletas fueron tomados como rehenes. Pertrechados en el edificio, a las 6:00 de la mañana los asaltantes lanzaron por una ventana unos papeles con sus demandas. Si al cabo de tres horas no se cumplía con lo solicitado se acabaría con la vida de uno de los rehenes. Si pasasen otras tres horas más, se perpetraría la muerte de un segundo israelí. Y así hasta acabar con los nueve secuestrados. El comando solicitaba la liberación de 234 prisioneros palestinos alojados en cárceles israelíes, así como la de los alemanes Andreas Baader y Ulrike Meinhof, encarcelados en tierras germanas como miembros fundadores del RAF (Fracción del Ejército Rojo).

Los asaltantes decían hablar en nombre de la organización terrorista palestina Septiembre Negro. La maniobra en cuestión fue bautizada como ‘Operación Ikrit’.

Desde mediados de la década de 1960 los grupos terroristas campan a sus anchas por buena parte de Occidente. En gran medida es una respuesta cultural a un mundo nuevo, totalmente distinto al conocido hasta entonces. Por vez primera en la historia los hombres no tienen que perder su juventud en campos de batalla y por vez primera las mujeres son quienes de decidir su futuro por sí mismas. La sociedad de consumo ensancha sus objetivos a las clases media y apuesta por la juventud como reclamo, en una tendencia que ha llegado a límites insospechados en la actualidad y en la que no se vislumbra fin. La adolescencia ya llega hasta los 50 años y la vejez ha sido denostada.

Esa juventud se rebela ante todo aquello que sus padres y los padres de los padres de sus padres conocían. La cultura popular, comandada por la música, el cine y el deporte desbanca con rapidez a la tradición, el orden o la religión. Los cambios son rápidos y por lo general pacíficos, teniendo como cénit el llamado ‘Mayo del 68’. No obstante, hay grupos de jóvenes que quieren cambiar la forma de entender el mundo y apuestan por la violencia para cumplir con sus objetivos. Para ellos el sistema vigente está muerto y sólo a través de las armas podrán purificarlo. La inmensa mayoría de estos grupos serán marxistas y beberán de la utopía comunista para justificar sus crímenes, aunque algún otro abrazará la extrema derecha para reivindicar el orden tradicional. Lo cierto es que izquierda y derecha no forman una línea, sino más bien un círculo en el que los extremos acaban tocándose.

Entre esos muchos grupos que aterrorizan el mundo occidental destacan el IRA (Irlanda), las Brigate Rosse (Italia), Rote Armee Fraktion (Alemania Federal) o ETA (España), que comenzó a matar antes de que España se convirtiese en una democracia. Todas ellas mantenían lazos con los diferentes grupos armados de Oriente Medio que veían (y ven) la creación del Estado de Israel como una imposición de Occidente de la que no fueron consultados.

Desde que buena parte de Palestina se convirtió en Israel en 1948 como un intento de las democracias occidentales para resolver el conflicto judío y de paso limpiar sus conciencias sobre el Holocausto, la zona se ha visto alterado por continuas guerras, atentados y diferentes escaramuzas. En 1967 los israelís conformaron una de las campañas militares más espectaculares de la era moderna al derrotar a una coalición liderada por Egipto en apenas seis días. Ocuparon Gaza, Cisjordanía, los Altos del Golán y buena parte de Jerusalén. Más de medio siglo después esos territorios siguen en disputa y sin acuerdo internacional satisfactorio para su resolución.

Es entonces cuando tienen el germen la mayor parte de los grupos terroristas de Oriente Medio. De hecho, esas masacres a objetivos civiles y su poder sobre el petróleo, que tendrá su primer golpe de efecto en la crisis de 1973, conseguirá que Occidente tenga que mediar y buscar un equilibrio entre judíos y árabes por su propio interés.

Uno de esos grupos terroristas palestinos es Septiembre Negro. Fundado en 1970, reivindica la existencia del Estado de Palestina y la expulsión de los judíos. Forma parte de los grupos controlados por la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) una coalición política y paramilitar dirigida por Yasir Arafat que tiene como objetivo la destrucción de Israel. Tiene lazos con la RAF, también conocido como la Banda Baader-Meinhof, en honor a sus dos fundadores, un par de chicos que pretendían derrocar el capitalismo en Alemania a través de una guerra de guerrillas.

Conflicto israelí-palestino - Wikipedia, la enciclopedia libre
Israel & Palestina

Pero esta realidad no era más que un pequeño apéndice de un entorno sumido en la más absoluta felicidad. A la altura de 1972 Europa cabalgaba a gran velocidad por una era de gran prosperidad. Tras el fin de la II Guerra Mundial, el Viejo Continente sumaba dos décadas de increíble crecimiento económico. La locomotora de Europa era la hasta hace nada demoniaca Alemania. Concretamente la RFA, la parte Occidental de un país que había sido amputado, pero que no expresaba la menor queja por esa mutilación. En 1966 el COI seleccionó a Múnich como sede de los Juegos Olímpicos de 1972 y el país se preparó a conciencia para demostrarle al mundo que el nazismo era agua pasada.

El lema de aquellos Juegos era la felicidad. Se creó el inmenso Oympiapark con su fascinante cubierta de metacrilato, se apostó por vez primera por el reciclaje y destacaron Mark Spitz, Laase Viren u Orga Korbut.

Sin duda uno de los momentos cumbres tuvo lugar en la ceremonia de inauguración cuando la delegación israelí dio la vuelta al estadio olímpico bajo el atronador aplauso de 80.000 alemanes. Había sido Múnich la cuna del nazismo, el lugar donde Hitler había dado un golpe de Estado fallido en 1923. Y no había atleta israelí allí presente que no tuviese un familiar que no hubiese perecido en un campo de exterminio construido con el beneplácito de muchos de los padres de los que hoy estaban allí aplaudiendo tranquilamente sentados.

No es de extrañar pues que el secuestro de aquellos atletas israelís y la toma de la Villa Olímpica por parte de los terroristas causaran un shock mundial. Era una bomba mediática de la que todo el planeta se hacía eco. Millones de personas contuvieron la respiración durante horas. Y que fuese en Alemania, y que las víctimas fuesen judías, lo convertirían en algo catártico para la opinión pública germana.

Juegos Tokyo 2020: Septiembre Negro: El ataque terrorista que eclipsó los  Juegos Olímpicos de Munich 1972 | Marca
Horror en la Villa Olímpica

Un terrorista, con la cara untada de betún y sombrero, se erigió en portavoz de los asaltantes. Se hizo llamar a si mismo Issa y se encargó de negociar con el ministro de interior alemán. Hans-Dietrich Genscher, que así se llamaba, prometió a Issa una suma de dinero e incluso intercambiar su vida por la de los secuestrados, pero todo intento fue en vano. De hecho, resultó contraproducente, porque a juicio de los palestinos era una muestra más de la simplista retórica capitalista para resolver los problemas. Lo único que se consiguió fue alargar el límite de la respuesta hasta las 12:00 a.m.

Mientras todo esto sucedía medio mundo desayunaba con las imágenes del asalto. Casi tres décadas después de la caída del nazismo, Alemania se presentaba ante el mundo como garante de la paz y como país ferozmente opuesto a los nacionalismos. Deliberadamente las medidas de seguridad en los Juegos eran laxas y relajadas y los símbolos nacionales se mostraban a cuenta gotas. La idea era que todo deportista, periodista y visitante no asociase bandera o uniforme con un pasado del que querían escapar.

Pronto se iba a demostrar que las decisiones tomadas habían sido erróneas.

Poco después de las 11.00 Golda Meir, por entonces primera ministra de Israel, declaró tajantemente que no negociaría con terroristas. Israel daba carta blanca a los alemanes para tratar de liberar a los rehenes con todos los medios a su alcance. El negociador y jefe de policía de Múnich, Manfred Schreiber, consiguió alargar la hora límite hasta las 15.00 horas al anunciar a Issa que Baader y Meinhof, los cabecillas de la RAF, habían sido liberados y que se seguía negociando con el gobierno de Israel. Parcialmente satisfechos los asaltantes solicitaron comida para unas 20 personas.

Varios policías se disfrazan como cocineros y agachan armas en medio de la pitanza con la intención de subir a las habitaciones, pero Issa les exhorta a dejar la comida en el suelo y marcharse de allí bajo amenaza. El engaño no surte efecto y ahora los asaltantes saben que están siendo burlados. Uno de los policías es cosido a balazos. En ese momento todo está a punto de estallar, pero el repentino anunció del COI de cancelar los Juegos Olímpicos devuelve la calma a los terroristas. No hay televisión ni radio en el planeta que no hable de Septiembre Negro y de la causa palestina. Al menos uno de los objetivos se ha conseguido.

Alrededor de las 16:30 más de 70.000 personas rodeaban la Villa Olímpica mientras Issa y sus compadres hacían la señal de la victoria desde la azotea del edificio ocupado. Es entonces cuando Genscher ejecuta el mayor de los errores. Se decide acometer un asalto armado al edificio formado por un escuadrón de 38 miembros de la policía germana. Mal preparados e inexpertos, los policías visten ropa deportiva y se instalan en las azoteas de los edificios adyacentes. El ejército no puede participar en el asalto porque tiene prohibido operar en tiempos de paz debido a las sanciones derivadas de la II Guerra Mundial.

A nadie se le pasó por la cabeza romper esa estúpida restricción.

Total, que el asalto fue un rotundo fracaso. Entre la multitud agolpada, que con sus gritos anunciaban los pasos dados por la policía, y que todo estaba siendo retransmitido por televisión, con lo cual Issa y sus compinches seguían segundo a segundo los acontecimientos, la operación fue cancelada en el último instante. Los policías debieron bajar del edificio entre las risas de los terroristas.

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Genscher al teléfono

Si bien los alemanes daban palos de ciego, los terroristas también sabían que su suerte ya estaba echada. A escasos minutos del fin del plazo se llegó a una solución de compromiso. Los guerrilleros y los rehenes serían trasladados en helicóptero a una base área cercana a Múnich para luego viajar en avión a Egipto. Allí, en El Cairo, en territorio amigo, los terroristas se comprometían a liberar a los rehenes a cambio de que en el plazo de un mes fuesen liberados media centena de palestinos, supuestamente, injustamente encarcelados.

Previamente al traslado, Genscher exigió ver a los rehenes. Según dijo impresionaba la tranquilidad aparente de aquellos israelís de ojos perdidos que yacían sentados apoyados en un pared mientras el cadáver frío y la sangre seca de Weinberg regaba el suelo.

El plan consistía en atacar a los terroristas en el trayecto de unos 200 metros que los llevaría junto a los rehenes hasta los helicópteros. Issa exigió inspeccionar el camino y utilizó para ello a un par de rehenes como escudos humanos. Nervioso, uno de los policías que espera oculto detrás de un coche aparcado tropieza. El ruido alerta a los terroristas que vuelven sobre sus pasos para atrincherarse en los apartamentos.

En esos momentos la angustia se agigantaba mientras el mundo contenía la respiración a través del televisor. Los palestinos exigieron entonces un autobús para recorrer el escaso trayecto. Por entonces ya eran las 22.00 horas y por supuesto los terroristas demandaron que el vehículo estuviese vacío e inspeccionarlo antes de subirse a el y poner sus vidas en juego.

Hubo que pasar a un nuevo plan. En la base aérea esperaba un grupo de francotiradores dispuestos a matar a los terroristas en cuanto los dos helicópteros aterrizasen. Había un tercer helicóptero en el que viajaban los negociadores y varios policías que estarían esperando órdenes. Mientras, un Boeing 727, que pretendía viajar a El Cairo, estaba integrado por cinco policías armados que ejercían de improvisados miembros de Lufthansa.

El caso es que cuando los palestinos subieron a los helicópteros se pudo comprobar que los terroristas eran un total de ocho. Los francotiradores jamás llegaron a recibir esa información. Genscher había transmitido que no eran más de cuatro o cinco los que había visto al visitar a los rehenes. Para añadir un error más a la cadena de despropósitos, ninguno de los supuestos francotiradores era tal. Ninguno era militar por las restricciones a las que nos referimos párrafos atrás. Eran policías que habían sido seleccionados porque les gustaba practicar tiro los fines de semana. Tres se instalaron en el techo de la torre de control y otros dos se escondieron en tierra. Ninguno tenía equipo protector, radio, ni visor nocturno.

Y ya era noche cerrada. Las 22.30. Ya eran más de 18 horas de tensión acumulada.

Al momento de aterrizar los helicópteros, los miembros de Septiembre Negro tomaron como rehenes a los pilotos de los aparatos para acercarse con paso firme al Boeing. En ese momento los policías que hacían de tripulación del avión decidieron desdecirse de su juramento de honor y abandonaron el aparato. La incredulidad de la jefatura alemana era semejante a la de los palestinos que, al ver que el avión estaba vacío, pensaron que les habían engañado, por lo que corrieron de vuelta a los helicópteros.

Fue entonces cuando los francotiradores abrieron fuego. Y se desató el pandemónium. El cielo se ilumina de llamas y el humo recorre el horizonte. Trepidar de motores, sirenas y ráfagas de ametralladoras. En el intercambio de golpes, dos terroristas fallecieron así como un policía alemán. Los pilotos de los helicópteros consiguieron huir, pero no así ninguno de los rehenes israelís atados de pies y manos. Al cabo de unos minutos llegaron refuerzos por tierra e Issa, viendo que todo estaba perdido, fusiló a todos los rehenes. Después lanzó una granada en el interior del helicóptero y corrió por la pista de aterrizaje.

Fue masacrado.

Atentado a los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972: un trauma aún por  asimilar | El Mundo | DW | 25.08.2022
Una carnicería

Once atletas (nueve en el aeropuerto), un policía alemán y cinco terroristas palestinos fallecieron ese día. Los otros tres miembros de Septiembre Negro fueron capturados vivos. Los tres pasaron a ingresar en una cárcel de máxima seguridad teutona y tan solo una semana después la RFA creaba el GSG9, la unidad antiterrorista alemana. Los cadáveres de los otros cinco palestinos fueron enviados a Libia donde recibieron un funeral de héroes. Apenas un par de meses después Septiembre Negro secuestró un vuelo comercial de Lufthansa y exigió la liberación de los tres terroristas encarcelados para evitar el siniestro del avión.

Los mandos alemanes accedieron a todas las peticiones de los terroristas sin consultar a las autoridades israelís.

Israel sigue clamando en la actualidad por la incompetencia alemana a la hora de resolver el conflicto. El Mossad (servicio de inteligencia israelí) fue advirtiendo a los alemanes de los diversos fallos cometidos en la operación y todos sus consejos fueron rechazados. Tanto el ministro Genscher como el jefe de policía muniquesa Schreiber habían sido miembros del partido nazi y habían combatido en la II Guerra Mundial. Ninguno fue cesado de su cargo tras el fiasco de la operación de rescate. Para los israelís los alemanes no hicieron lo suficiente para salvar la vida de aquellos once atletas judíos.

Así que decidieron hacer la justicia por su cuenta. Golda Meir ordenó al Mossad que pusiera en marcha la operación ‘Cólera de Dios’. Se buscó y asesinó a los tres supervivientes, así como a decenas de activos terroristas y miembros de la OLP. Se bombardearon objetivos civiles en Siria y Líbano argumentando que ocultaban bases militares propalestinas y todo concluyó con una breve guerra en octubre de 1973 cuyo resultado, más allá de los muertos, fue el que los países árabes descubrieron que a través del petróleo podían fagocitar a Occidente y a Israel a su antojo.

Pero volvamos a Múnich. Al 6 de septiembre de aquel año. Los Juegos Olímpicos estaban cancelados.

Pero solo momentáneamente.

Se realizó una ceremonia de conmemoración al día siguiente ante 80.000 espectadores y 3.000 atletas, pero nunca un funeral oficial. Los familiares de las víctimas llegarían a pedir la construcción de un monumento conmemorativo, pero el COI tendría siempre un no como respuesta. La única muestra del duelo del COI fue izar a media asta la bandera olímpica hasta el fin de los Juegos. El COI, como organización independiente, prefirió no significarse políticamente. “Los Juegos deben continuar”, fueron las polémicas palabras del estadounidense Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico Internacional.

Fueron los últimos Juegos de Brundage, quien falleció tres años más tarde. Fue un feroz defensor del amateurismo, un racista empedernido al que desagradaba la proliferación de atletas de raza negra en su país y un defensor de la excelencia de los Juegos de Berlín de 1936 y la perfección organizativa de los nazis. Ese fue el hombre que dijo aquello de “los Juegos deben continuar”. El mismo hombre que meses más tarde se casó con una princesa alemana mucho más joven que él y que fallecería poco después en Garmish, una localidad no muy lejana de Múnich y su desgraciada Villa Olímpica, de la base aérea de Fürstenfeldbruck donde la sangre corrió a raudales una noche de septiembre, y tampoco no muy lejos de Berchtesgaden, donde Adolf Hitler tenia su búnker de verano, el fastuoso ‘Nido del Águila’.

 “La violencia engendra violencia”. Evangelio de San Mateo 26:52.

A 45 años del atentado de Munich 1972 en los Juegos Olimpicos
A media asta

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Paavo Nurmi

Ya pasaba con holgura los 60 años cuando Paavo Nurmi accedió a que le hiciesen una entrevista. Era harto extraño. Taciturno, arisco, serio, pesimista y sin amigos conocidos, Nurmi huía de los focos como de la peste. Una vez llegó a declarar que “la fama y la reputación son menos valiosos que un arándano podrido”. Así que conseguir una entrevista con el atleta más laureado de los Juegos Olímpicos, el hombre al que en 1996 la revista ‘Time’ nombrará el mejor olimpista del siglo XX, era una bomba mediática. Tras un repaso a su exitosa carrera, Nurmi declaró: “Cuanto mayor sea el nivel de vida de un país, peores serán los resultados en los eventos que piden trabajo y problemas. Me gustaría advertir a esta generación, a los países con mayor bienestar, que no dejen que esta vida cómoda los haga perezosos. No dejen que los nuevos medios de transporte maten sus instintos de ejercicio físico”.

La premonitoria entrevista data de tan temprana fecha como 1962. Paavo Nurmi había nacido en 1897 en Raunistula, una aldea costera del suroeste de Finlandia y hoy un barrio de la ciudad de Turku. Nurmi formaba parte de un mundo que en Occidente ya no existe. El mundo de la agricultura de subsistencia. La única alternativa al trabajo duro y mal recompensado estaba en los sueños que hace aflorar el deporte. En la Finlandia de inicios del siglo XX había que arrancar el sustento gracias a los muslos de un caballo para mantenerse vivo a base de sopas de cebolla y pescado seco a lo largo del duro y frío invierno. Como tantas otras familias, los Nurmi se trasladaron a la ciudad para malvivir en un diminuto apartamento con cinco hijos mientras compartían la cocina con otra familia.

Al igual que sus hermanos, Paavo hubo de abandonar la escuela para ponerse a trabajar tras la temprana muerte de su padre. Era un niño de piernas largas y unos ojos enormes. Era un crío famélico, delgado como el palo de una fregona y con la mirada del hambre siempre presente en su rostro. Nurmi se convirtió en repartidor y empujaba carretas por las empinadas cuestas de Turku a la vez que fortalecía sus piernas.

Por entonces los atletas escandinavos eran los favoritos en las pruebas atléticas de los Juegos Olímpicos. El ídolo del momento era el finés Hannes Kolehmainen y Nurmi decidió que su forma de salir de aquella vida era convirtiéndose en el nuevo Kolehmainen. Comenzó a realizar una serie de entrenamientos espartanos. Añadía pesos a sus botas para dificultar la zancada o se agarraba al parachoques trasero de los trenes obligándose a correr a su mismo ritmo. Su estoicidad llegó al extremo de desfilar con una mochila llena de piedras a la espalda por voluntad propia mientras ejercía el servicio militar.

Así pues, no era de extrañar que en los Juegos Olímpicos de Amberes 1920, Paavo Nurmi se alzase con tres medallas de oro (10.000 metros, cross campo a través -8.000 metros- y fondo por equipos) y una medalla de plata en los 5.000 metros). Un éxito sin paliativos que, a mayores de gloria y notoriedad, le permitió dotar de luz eléctrica la casa de sus padres y, esencialmente, obtener una beca del gobierno finés para poder estudiar.

Y así Paavo Nurmi debería estar feliz. Pero no lo estaba. Era incapaz de asimilar la derrota en los 5.000 metros. Si ya era un obseso del entrenamiento, ahora se iba a convertir en un exaltado.

A casi 100 años Paavo Nurmi sigue siendo el rey del atletismo de fondo |  Deportes Más Deportes | TUDN Univision
El rey de la media distancia

Si ya de por sí era callado, de un día para otro se convirtió en antipático. Nunca sonreía ni admitía entrevistas. Su metodismo creció hasta límites insospechados. Hasta entonces los atletas corrían a todo gas desde el pistoletazo de salida intentando aguantar su potencial hasta la llegada. Nurmi compró un cronómetro y desde entonces lo convirtió en un anexo de sus dedos. A partir de ese instante competiría siempre con un reloj en la mano, en una época donde no existía el paso por vuelta ni los tiempos por kilómetro. Empezó a entrenarse por intervalos utilizando para ello los postes telefónicos que encontraba en los caminos, combinando intensidad larga y series explosivas.

Todo lo hizo con una reserva desorbitada. Convirtió esa zancada harmoniosa y regular en el arquetipo del corredor de medio fondo que desde entonces ha llegado a nuestros días. Pero corría siempre solo y, en caso de que alguien fuera lo suficientemente atrevido para acompañarle, aumentaba su ritmo y rápidamente lo agotaba. Sus propios compañeros de la selección finesa admitieron que tenían poco más que espiarlo para aprender algo de él. “Nunca fue real ni para sus compañeros. Era enigmático, un fantasma, como un dios en una nube”, escribirían de él.

Así llegó a París para los Juegos Olímpicos de 1924 como el gran favorito y dispuesto a reventar todos los récords existentes. Y vaya si lo hizo. Fue un suceso sobrehumano. Obtuvo cinco medallas de oro olímpicas (fondo por equipos, 1.500 metros, 3.000 metros, 5.000 metros y cross campo a través -8.000 metros-) en seis días. Pero más allá de las preseas, lo que lo convirtió en un mito es cuando logró el doblete en 1.500 y 5.000 en poco menos de una hora.

Aquella semana de julio fue una de las más calurosas de la historia parisina con máximas que rondaron los 40 grados. Bajo ese sol acuciante Paavo Nurmi venció en la prueba de los 1.500 metros marcando un nuevo récord olímpico. Apenas una hora más tarde, exactamente 55 minutos después, tenía lugar la final de los 5.000 metros cuando el termómetro se acercaba peligrosamente a los 43 grados. Los rivales de Nurmi asumieron que estaría exhausto y corrieron a ritmo de récord del mundo desde el inicio para acabar con el finés. Viendo que sus rivales se distanciaban, Nurmi tiró su cronómetro al suelo, se dejó de pamplinas y protagonizó una remontada que lo llevaría a ganar el oro sumando un nuevo récord olímpico. «Todo reside en la mente. Los músculos no son más que piezas de un engranaje. Todo lo que soy, es gracias a mi cabeza», declaró poco antes de la ceremonia del pódium.

Pero es que al día siguiente el termómetro en París se fue hasta los 45 grados, que en una metrópolis y con alta humedad daba una sensación térmica cerca de diez grados a mayores. Era la jornada en la que tendría lugar la prueba de campo a través. De los 38 participantes tan sólo 15 consiguieron finalizar la prueba. Las crónicas dicen que hubo un atleta que, aunque logró terminar, cayó al suelo desmayado. La cantidad de colapsos que hubo entre espectadores y atletas hizo que el COI suspendiese por perpetuidad la prueba de campo a través del programa olímpico. Jamás se ha vuelto a disputar. Pero Paavo Nurmi ni se inmutó. Logró la victoria con una ventaja de más de un minuto sobre el segundo clasificado. Lejos del cansancio, clamaría más tarde que la eliminación de la disciplina era una injusticia inclasificable.

Paavo Nurmi, el atleta finlandés de oro - Michan en Finlandia
Campo a través

Pero ni así Nurmi quedó saciado. Quería uno más. Su intención era correr los 10.000 metros, pero ni el COI ni la delegación finesa estaban dispuestos a que la vaca sagrada del atletismo acabase enferma, por lo que se le prohibió competir. Furioso, Nurmi saltó a la pista del estadio olímpico de Colombes cuando ya era noche para correr en solitario los 10.000 metros. Según atestiguaron los pocos privilegiados que presenciaron el momento, Nurmi lo hizo en seis segundos menos que su compatriota Ville Ritola, quien horas antes se había proclamado campeón olímpico de la distancia.

Aquella exhibición, y su pasión por el cronómetro y el entrenamiento especializado y quirúrgico, lo convirtieron en un Frankenstein. En una época donde las máquinas se evangelizaron como el símbolo de la modernidad, Nurmi se convirtió en el fiel reflejo de la unión de máquina y ser humano.

Nurmi pasó a ser un icono y el mejor embajador posible de su país. Se embarcó en una gira internacional que le llevó a participar en diversas pruebas en Estados Unidos e incluso a trabar una buena amistad con el presidente Herbert Hoover. “Su célebre zancada era inconfundible para los espectadores. Cuando apareció, las oleadas de gritos aumentaron de un rugido a un trueno”, dirían sobre él en ‘Sports Illustrated’. Cuando una década más tarde Paavo Nurmi se convierta en la estrella de la delegación finesa que acometerá una gira por Estados Unidos buscando financiación para ganar la guerra contra la Unión Soviética, esa amistad se tornará en fundamental.

Antes, ya como celebridad, pero lejos de sus mejores años y plagado de lesiones musculares, Nurmi acude a los JJ.00 de Ámsterdam de 1928. Allí conquista otra medalla de oro en los 10.000 metros y un par de preseas de plata (5.000 y 3.000 metros). Su récord de nueve medallas de oro olímpicas tan sólo ha sido igualado por la gimnasta Larisa Latynina, el nadador Mark Spitz y el atleta Carl Lewis. Y hubo que esperar a 2008 para que el nadador Michael Phelps lo superase.

Pero a Nurmi aún le faltaba un reto que completar. Camino de los 35 años se propuso ganar el maratón en los Juegos Olímpicos de 1932. Sin embargo, una información periodística destapó que durante su gira por Estados Unidos había percibido beneficios económicos. Por entonces los atletas debían ser amateurs, y aunque se podía hacer la vista gorda si ejercían otros trabajos, lo que nunca era aceptado es que cobrasen por el hecho de su práctica deportiva. Medio mundo pidió clemencia para Nurmi, pero el COI no dio su brazo a torcer. No habría traca final. Paavo Nurmi decidió retirarse y cambiar las zapatillas por el traje y la corbata para convertirse en un promotor inmobiliario.

Su velocidad le hizo poseedor del apodo de ‘Finlandés volador’, pero su esquiva personalidad también le granjeó el seudónimo de ‘Finlandés fantasma’ y ‘El gran silencioso’. Sus métodos de entrenamiento y su estilo de zancada regular influenciaron a generaciones posteriores, como al checo Emil Zatopek, rey del medio fondo en la década de los 50 y que desde niño quiso emular a Nurmi coleccionando artículos e imitando el sistema de entrenamiento de su ídolo. Siete décadas más tarde el marroquí Hicham El Guerrouj proclamaría que se volvió atleta para repetir los logros del gran hombre del que su abuelo le hablaba. Fue El Guerrouj el hombre que igualó la hazaña del finés al vencer en 2004 en la prueba de 1.500 y 5.000 metros en los mismos Juegos Olímpicos. Desconozco si más impresionante fue igualar el récord o que desde el lejano Marruecos un niño que luego sería abuelo tuviese como referencia a un finés del que poco a nada sabría a comienzos del siglo XX.

Cuando en 1952 los Juegos Olímpicos tuvieron lugar en Helsinki el COI le exoneró de toda culpa por aquellos cobros en Estados Unidos. Por supuesto, Paavo Nurmi fue el elegido para entrar en el estadio olímpico con la antorcha. Era la primera vez en muchos años que aquel hombre taciturno volvía a estar en boca de todos. Cuando el héroe apareció en la pista, con menos pelo, más arrugas, pero con idéntica zancada y una forma física envidiable para un hombre de 55 años, los allí presentes entonaron un rugido atronador y una retahíla de pasos acompañó a aquella zancada legendaria.

Archivo:Paavo Nurmi sytyttää olympiatulen 1952.jpg - Wikipedia, la  enciclopedia libre
Nurmi en Helsinki 52

Falleció en 1973, a los 76 años, y fue despedido con un funeral de Estado. Hoy su figura, plasmada en una estatua, custodia el Estadio Olímpico de Helsinki. La estampa muestra a Paavo Nurmi exprimiendo su zancada. La zancada que convirtió en leyenda al ‘Finlandés volador’.

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El mágico All-Star de Magic Johnson

El 7 de noviembre de 1991 Earvin ‘Magic’ Johnson convocaba a los medios para una rueda de prensa en el centro de entrenamiento de Los Ángeles Lakers. Hacía un par de semanas que estaba de baja. Oficialmente por culpa de una gripe. Extraoficialmente el motivo era otro. Buena parte de la prensa sabía que esa mañana todo iba a cambiar, aunque nadie acertaba a saber el porqué. Tan sólo su mujer, su representante, el dueño del club y los doctores estaban al corriente de lo que sucedía. Horas antes de dar la noticia se enteraron David Stern, comisionado de la NBA, el cuerpo técnico y la plantilla de los Lakers. A falta de pocos minutos antes del inicio del acto, Magic decidió informar con una breve llamada a su ex entrenador Pat Riley y a sus amigos y megaestrellas de la NBA Isiah Thomas, Michael Jordan y Larry Bird.

“Buenas tardes a todos. A causa de haber adquirido el VIH tengo que retirarme de los Lakers hoy mismo. Quiero dejar claro que no tengo la enfermedad del sida. Soy portador del virus”.

Aquello fue un shock a nivel mundial. Se estima que la foto de Magic fue portada en unos 1.200 diarios de más de 140 países. En Estados Unidos de las 4.000 consultas diarias a la red telefónica preguntando por el sida se pasaron a 40.000 en apenas una hora. Al día siguiente del anuncio el presidente George Bush notificó un aumento en el gasto público para combatir el sida, una lacra que por entonces afectaba con igual fuerza tanto al corazón de África como al mundo desarrollado.

Y había algo más. Magic no era homosexual. No había sido castigado por la providencia por ser una oveja descarriada. Magic era un mujeriego de antología. Fornicaba en el jacuzzi del vestuario de los Lakers haciendo gala del amor libre para luego enrollarse una toalla y responder a las preguntas de los periodistas. Si de algo pecaba Earvin ‘Magic’ Johnson era de ponerle los cuernos a su esposa con toda mujer atractiva que se pusiese a su alcance.

La noche siguiente Magic Johnson fue de nuevo Magic. Apareció en un late-show por expreso deseo suyo y, fiel a su estilo, lo hizo con una sonrisa de oreja a oreja. “No os preocupéis por mí. Sí muero mañana, os aseguro que habré tenido la mejor vida que ningún ser humano pueda imaginar”. En Estados Unidos la audiencia de aquella entrevista fue superior a cualquiera de los partidos de las finales de la NBA que el base de los Lakers había disputado.

Tienes que llamar a Larry”: el VIH y el día que Magic Johnson conmocionó al  mundo - AS.com
El anuncio

Hoy sabemos que el sida no es sinónimo de muerte segura. Pero en 1991 el desconocimiento de la enfermedad era abrumador. Hoy Magic es un empresario de éxito y utiliza su magnetismo y su don de gentes para ganar millones donde antes ganaba partidos de baloncesto.

Pero en 1991 el VIH estaba al mismo nivel que la lepra. No sólo era la muerte en vida, sino que estigmatizaba socialmente. Aunque te llamases Magic Johnson y fueses la estrella de baloncesto más rutilante del momento.

Pasaron las semanas y el escaso conocimiento de la enfermedad daba a pensar en un paulatino empeoramiento de la salud de Magic Johnson. Pero bien por el buen funcionamiento de los fármacos, por su extraordinaria condición física o por su eterna actitud positiva, Magic se encontraba como siempre. Se convirtió en imagen pública de la investigación contra el VIH y siguió con sus rutinas de entrenamiento. Se había retirado por prescripción médica, pero tenía 31 años y se encontraba en plena forma.

Magic quería jugar, pero los médicos no le dejaban. No sólo eso. No tenía con quien jugar. Tan sólo Pat Riley se acordó de él. Riley había sido el arquitecto del ‘showtime’, un tipo de baloncesto ofensivo y pícaro que con él en el banquillo y Magic en la cancha le había dado a los Lakers cinco anillos en la década de los 80. Riley se encontraba entonces en la otra punta del país dirigiendo a los Knicks de Nueva York, pero no dudó en dar su tiempo y su amistad a Magic para que se siguiese manteniendo activo.

En febrero, como todos los febreros desde 1951, tiene lugar el All-Star de la NBA. Se trata de un partido amistoso a mitad de temporada en el que se enfrentan dos equipos con los mejores jugadores de la NBA. Tradicionalmente desafiaba a los mejores de la Conferencia Oeste con los de la Conferencia Este, aunque el sistema ha cambiado recientemente. Para seleccionar a los jugadores hay una mezcla de votos entre entrenadores, periodistas y aficionados.

Aquel fin de semana de febrero de 1992 el All-Star de la NBA se iba a celebrar en Orlando, la ciudad donde se halla Disneylandia, el paraíso terrenal de la imaginación. Fue un fin de semana mágico. Desde la fiesta de bienvenida de los jugadores hasta el alojamiento de los mismos tendría lugar en el mundo Disney.

Y en 1992 el jugador que más votos recibió por parte de los aficionados era uno que no había jugado ni un minuto en toda la temporada. Uno que se entrenaba en solitario y que no tenía con quien jugar.

Earvin ‘Magic’ Johnson. El más mágico de todos.

La NBA hizo los deberes. Se consultó a los mejores especialistas del mundo. Los eruditos comentaron que era imposible que hubiese un contagio. Tendría que ser entre una herida abierta y otra, y, aun así, las posibilidades eran escasísimas. Los facultativos hasta recomendaron la presencia de Johnson para dar visibilidad al hecho de que el sida no era sinónimo de fallecimiento. Hubo muchas llamadas de apoyo a la oficina del comisionado David Stern, pero hubo otras tantas llamadas amenazantes, incluidas de varios directivos que veían con preocupación que alguna de sus estrellas pudiese contagiarse con el VIH.

No todo iba a ser de color de rosa.

La pega más liviana era la ausencia de Larry Bird. El hombre junto al que Magic cimentó la leyenda de la NBA en la década de los 80 no iba a poder disputar el partido por culpa de sus sempiternos problemas de espalda. Mucho más duro para Magic fueron las declaraciones de Charles Barkley, al que consideraba un amigo. Barkley había pedido cambiar el número de su camiseta a mitad de temporada para llevar el 32 de Magic Johnson como homenaje a la estrella de los Lakers. No obstante, y fiel a su fama, Barkley comentó a los medios que le parecía injusto que un jugador retirado como Magic pudiese disputar el All-Star y que debería haber renunciado a hacerlo.

Pero todo eso eran nimiedades ante el hostil recibimiento que Magic iba a tener.

Magic fue el primer jugador que llegó a Disneylandia. Lo hizo junto a su mujer y junto a la responsable de su fundación contra el VIH, la cual se pasó el fin de semana tranquilizando a los demás jugadores y a sus familias sobre las opciones de contagio. Al parecer dio una charla sobre la enfermedad desmontado mitos, para lo que usó imágenes y declaraciones de varios enfermos que dejó a los presentes conmocionados. Pero no a todos. Otros arquearon las cejas. Cuando después de cenar Magic acompañó a su mujer al castillo de Blancanieves para ver los fuegos artificiales, sabía que al día siguiente se tendría que ganar a sus compañeros de vestuario.

La tarde posterior Magic entró el último en las dependencias de la Conferencia Oeste. Cuando hizo su aparición, los saludos fueron cordiales, pero distantes. Nada de abrazos ni carantoñas. Nada de apretones de manos. Muchos jugadores lo habían defendido en público, pero en privado tenían miedo. Magic se quedó petrificado. Por primera vez en toda la semana la sonrisa se desvaneció de su cara. Al fondo del vestuario estaba Karl Malone, la viva imagen de la virilidad, un excepcional jugador forrado de músculos y conocido por sus ideas ultraconservadoras.

Ni siquiera le miró a los ojos.

Minutos más tarde, y tras una atronadora ovación del público de Orlando a Magic, los jugadores de ambos equipos formaron dos filas en torno a la línea del centro del campo antes de iniciar la rueda de calentamiento. La tensión se cortaba con un cuchillo. Fue entonces cuando Isiah Thomas, miembro del equipo rival, rompió la línea de saludo y se acercó a darle un abrazo a su amigo mientras los flashes de los fotógrafos se hicieron eco del momento.

Se desata la guerra más sucia entre Isiah Thomas y Magic Johnson - MARCA.com
Johnson & Thomas

Fue algo catártico. Detrás de Thomas fueron todos los demás.

En ese mismo momento Magic recuperó la sonrisa.

El partido comenzó, pero en el ambiente flotaba la sensación de que el encuentro no era normal. Se había hablado, y mucho, si los jugadores se atreverían a dar codazos o a luchar por un rebote y buscar el contacto ante un seropositivo. Pero en la primera jugada del partido Magic se acercó a la canasta rival mientras era defendido por Dennis Rodman, el más malo de los chicos malos de la NBA. Éste rompió todas las reglas. Defendió con fiereza a Johnson, le metió el codo en la espalda y cuerpeó pecho con espalda. Magic anotó, y dos cosas quedaron claras. Que Magic no se había olvidado de jugar y que si Rodman iba a ser duro con él, los demás también lo serían.

Mickey, Donald y compañía habían hecho magia. Magic corrió, asistió, sudó, dio un par de pases prodigiosos y los demás se dieron cuenta de que era el de siempre. Magic hizo una finta, después una puerta atrás, lanzó un par de tiros imposibles de tres que entraron y facilitó unos cuantos pases sin mirar. Puro espectáculo. Ahí si hubo choques de manos, abrazos y carantoñas sin vacilación. El partido transcurrió con normalidad y la fiesta siguió su curso hasta la traca final.

Llegados a los últimos minutos y con el partido más que sentenciado por la Conferencia Oeste (la de Magic), Isiah Thomas invitó a su amigo Magic a un uno contra uno más allá de la línea del triple. Thomas jugueteaba con el balón entre las piernas mientras Magic le retaba con la mano a que se atreviese a encararle. No pudo. Magic era inquebrantable. Y Thomas tuvo que lanzar un desesperado tiro en suspensión que ni tocó el aro. Magic había salido victorioso. El público reventó el audímetro del pabellón.

En la jugada siguiente, y por aclamación popular, fue Michael Jordan el que se citó con Magic. La sucesión del trono en diez segundos de clímax. El público decidió ponerse de pie mientras el resto de los contendientes se abrían como el Mar Rojo ante Moisés para que los dos elegidos se citaran frente a frente. Jordan no se anduvo con chiquilladas. Fintó a su izquierda y comenzó una penetración hacia su derecha para lanzar una suspensión por encima de un Magic que llegó justó a tiempo para inhabilitar el lanzamiento. Agua. El tiro rebotó en el aro, pero no entró. Disneylandia volvió a rugir. Magic 2. NBA 0.

Ahora a Magic le tocaba atacar. Quedaban menos de veinte segundos para el fin del partido. Magic cuerpeaba a Isiah más allá de la línea de 7’25, hasta girar 180 grados y lanzar un tiro de tres puntos a una mano que finiquitaba el partido. Voltaire había dicho que la suerte sucede cuando la preparación y la oportunidad se encuentran y se fusionan. Aquel hombre era mágico. Pero no era cuestión de suerte. Había sido el mejor durante diez años y ninguna enfermedad por desconocida y mortífera que fuese iba a impedir que lo siguiese demostrando.

Magic saboreó todos y cada uno de los minutos de aquel partido. Todo lo que se vio allí fue la viva imagen de la vida. Abrazos, sonrisas, caricias y cientos de avalanchas de gestos de simpatía a todos los niños que se acercaban a saludarlo. Cada vez que veía una cámara de televisión Magic se aproximaba para hacer un chascarrillo. Cada vez que veía a un compañero allí estaba él para hacerle una carantoña. Aquel hombre era todo lo contrario a la definición de enfermo. Era el reverso brillante de la muerte.

El Oeste ganó con facilidad el encuentro ante el Este por 153-113. Magic fue declarado el mejor jugador del partido (MVP) por aclamación popular, pero también al haber sido el máximo anotador del choque con 25 puntos a los que añadió 9 asistencias.

Aquello fue un espejismo, hermoso, pero un espejismo. Justo una semana más tarde los Celtics visitaron a los Lakers en Los Ángeles. En el descanso del encuentro se aprovechó para realizar la ceremonia de homenaje de la retirada de la camiseta de Magic. Y, ahí sí, micrófono en mano, estaba su antagonista Larry Bird para decirle adiós, a pesar de que su espalda seguía martirizándolo. Bird hizo entrega a Magic de un trozo del parqué del Boston Garden, y, por vez primera, Magic entendió que todo había acabado. Johnson era un hombre emocionalmente destrozado. Él sabía que podía jugar, pero el mundo se empeñaba en enterrarlo.

The Magic Number: Los Angeles Lakers retire Magic Johnson's number in 1992  - New York Daily News
Johnson & Bird

—BARCELONA 92—

Aquel era año olímpico. Ya se había experimentado cuatro años antes en Seúl, pero en Barcelona 92 el amateurismo quedaba enterrado para la posteridad. Y no habría estrellas más rutilantes que las de la NBA. Tras la victoria soviética comandada por Sabonis en 1988, Estados Unidos quería demostrar al mundo que no existía ninguna nación baloncestística que pudiese competir con ellos.

Esa pléyade de estrellas fue conocida como el ‘Dream Team’. Estuvieron los mejores del momento, en una colección de talento que aún no ha sido igualada por h o por b en otras convocatorias olímpicas. El equipo estaba comandado por Michael Jordan, el cual ya había sido campeón olímpico en 1984. No obstante, había dos figuras en el ocaso de sus carreras que no habían participado nunca en unos JJ.OO. Una de ellas era Larry Bird. El alero de los Celtics no tenía muchas ganas de acudir. De hecho, había decidido retirarse.

El otro era Magic. Y Magic hizo de aquella convocatoria una cruzada. Persistió hasta convencer tanto a Jordan como a Bird. No veía mejor forma de despedirse del baloncesto que reuniendo a los mejores. Sin ellos tres el ‘Dream Team’ no hubiera sido tal. La federación estadounidense estaba encantada y dio el visto bueno a la presencia de Johnson. Magic seguía en plena forma y el All-Star de meses atrás había demostrado que el riesgo era cuasi inexistente.

Estados Unidos ganó el oro arrollando a sus rivales con una media de 43 puntos de diferencia. Ahora sí, Magic decía adiós.

Pero Magic no quería decir adiós.

Se sentía fuerte, joven y en plena forma y con el OK de los médicos se dispuso a retornar a las canchas para la campaña 1992/93. En una rueda de prensa multitudinaria declaró que, aunque infectado por el virus, no había ningún riesgo de contagio para con sus rivales. Pero con la pretemporada en marcha, un periodista le preguntó a Karl Malone que le parecía la vuelta de Magic a las canchas. El pívot de los Jazz señaló los cortes de sus brazos y de sus piernas y se limitó a arquear los hombros y señalar “que no hay ningún jugador de la NBA que no haya pensado en todos los riesgos”. Desatado y visiblemente molesto, Malone dio la sentencia definitiva: “Cuando haya que defenderlo mi instinto me pedirá ir a por él, pero me preocupan las consecuencias de lo que pueda ocurrir. Y yo estoy aquí para ganar”.

Karl Malone, el Cartero de Utah | Alley-oop!
Malone; el malo de la película

Que Karl Malone, uno de los jugadores más duros de la NBA y que acababa partido tras partido con múltiples cortes en su cuerpo, fuese tan taxativo fue muy duro para Magic. Peor aún. Magic y Malone habían compartido equipo olímpico en Barcelona. Aquello era puro rencor.

Quiso el destino que días después, en un amistoso disputado en Carolina del Norte, un pequeño reguero de sangre corriese del brazo de Magic tras un encontronazo. El silencio en el pabellón fue sepulcral. Cuando el médico de los Lakers se puso unos guantes para solucionar el corte con unas vendas y un poco de algodón, los murmullos se sucedieron de una punta a otra de la cancha.

Fue ver la muerte en vida.

“Pude ver el miedo en la gente tras aquel corte. Fue suficiente para mí”.

Magic no necesitó leer la prensa ni ver las noticias para darse cuenta de lo que aquellos murmullos significaban.

Sabía que, ahora sí, no habría más magia.

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Alberto Tomba

Cortina d’Ampezzo es un pequeño pueblo anclado en los Dolomitas, a medio camino entre Austria e Italia. Más allá de un majestuoso campanario, Cortina d’Ampezzo pasaría desapercibida en cualquier mapa de carreteras si no fuese por sus fastuosas pistas de esquí. Se trata de un pueblo de poco más de 5.000 habitantes que cuenta con más de 20 hoteles de cuatro o cinco estrellas y con dos aeropuertos internacionales a una hora de distancia. No en vano Cortina d’Ampezzo es destino invernal de la jet-set y fue sede olímpica en 1956, como también lo será en 2026.

En Cortina d’Ampezzo abundan las fiestas con coches caros, relojes obscenos, joyas prohibitivas, vinos de diseño y hombres y mujeres de cuerpos exorbitantes. Uno de esos cuerpos fabulosos cuenta ya con más de medio siglo de vida. Es alto y de anchas espaldas, pero la grasa se ha adueñado de su abdomen. Da igual. Con la ayuda del tinte conserva sus rizos azabaches y el paso del tiempo no ha podido doblegar el poder de su sonrisa. Es guapo, va impecablemente bien vestido y peinado y en algún lugar del imaginario hay una chimenea, una copa de Moët & Chandon y una mujer de campanillas a su lado.

Se llama carisma.

Cuando pasaba de la veintena los muslos de Alberto Tomba eran de granito armado. Fascinaban por igual a hombres y a mujeres. A Tomba le llamaban ‘La Bomba’ porque era igual de atrevido e inquieto con los esquís en los pies que con las mujeres en sus brazos. Tomba tiene cinco medallas olímpicas, pero sobre todo tiene el título del esquiador más seductor de todos los tiempos.

Alberto Tomba - Wikipedia
La Bomba

No hay fiesta que se precie que no cuente con Tomba justo antes de la medianoche. Sigue siendo un play-boy, un Don Juan, un Casanova, un hombre de innegable encanto y descomunal atractivo. Cuando Tomba aparece las bocas se callan, las cabezas se giran y ‘La Bomba’ hace el resto.

Cuando a finales de los 80 comenzó a deslumbrar por sus bajadas a tumba abierta, la prensa descubrió un filón que iba más allá del espectáculo deportivo. Tomba daba entrevistas a cambio de citas. No tenía reparo en declararse profundamente enamorado de cualquier chica atractiva que atravesase su mirada y pronto aparecía a buscarla en fiestas privadas que cruzaban Europa desde Londres a Atenas.

Pero no era sexo. O sí. Pero no. La fama de Tomba no se labraba en la cama, sino en el cortejo. En sus años de apogeo una corte de periodistas andaba detrás de él como si de la princesa Diana se tratase. En los Juegos Olímpicos de Lillehammer de 1994 ganó su última medalla olímpica, pero fue irrelevante. Lo trascendental fue cuando un plumilla le preguntó si prefería a Katarina Witt a Nancy Kerrigan o a Tonya Harding, tres excelentes y bellas deportistas. “Las tres juntas”, respondió mientras compartía sabanas con la top-model Elisabeth Ocko.

Alberto Tomba nació playboy. Hijo de una familia adinerada de las afueras de Bolonia, donde la nieve no se percibe en todo el año, conoció el esquí en una de las habituales escapadas de fin de semana de la familia. Practicó el fútbol y el tenis, pero fue la adrenalina del esquí lo que convirtió el deporte invernal en una selección natural para este ‘bon vivant’. Además, en el fútbol había que compartir honores con el resto del equipo y Tomba es hombre de ganar y perder por sí mismo. Alberto Tomba come, bebe, liga y se divierte. Es un macho, elogiosa y peyorativamente.

Tomba va camino de la vejez, pero hace malabares para evitarla. Ya no esquía. Cuando llega el verano corre y nada en la playa, porque en invierno se dedica a comer y a beber. “Me invitan a todas partes y simplemente no puedo decir que no porque no sería educado”, contesta cuando le preguntan, “y menos si hay mujeres”, apostilla con gracia. Por supuesto no hay un mini Tomba. Sería imposible escoger a una entre tantas. Ya hace tiempo que superó los 47, la edad que él consideraba ideal para casarse.

Alberto Tomba ganó tres oros olímpicos, más de 50 carreras de la Copa del Mundo, conducía un Ferrari Testarossa y cambiaba de Miss Italia cada año. Cuando perdía se le criticaba por vivir de noche y cuando ganaba se le admiraba por dormir de día. Durante buen parte de los 80 y de los 90 Alberto Tomba convirtió en religión ver el esquí por televisión durante las mañanas del domingo.

La carrera de Tomba fue corta, apenas de una década. Al pasar de la treintena colgaba los esquís ante la imposibilidad de mantener el físico asombroso y la concentración prodigiosa que requiere el slalom. Popular, mujeriego y juerguista, fue quizás el esquiador más famoso que jamás ha habido. No necesariamente el mejor, pero si el único capaz de aparecer día tras día en los periódicos bien por una colosal victoria, por una ruptura amorosa, por una pelea con periodistas o por problemas con el fisco.

Tomba fue también el primer campeón que no lo fue por obligaciones geográficas. Fue un esquiador urbano. Ayudó a su leyenda que a Tomba no le gustaba vivir en la nieve, ni ayudaba a su abuelo a apilar leña para el invierno ni sumaba kilómetros bajo el manto blanco para llegar a la escuela. Tomba creció en medio de atascos, con calefacción eléctrica y haciendo la compra en el supermercado. Italia, un país apuntalado por montañas al norte pero que vive de espaldas a la nieve, comprendía más al esquiador que pasaba su tiempo libre entre playas y discotecas que al que prefería perderse entre valles y ríos.

Su personalidad arrolladora y su capacidad agonística atrajo a espectadores de todo el mundo para ver sus carreras, en las que siempre estaba asegurada la lucha y la emoción hasta el final. Fue el rey del deporte invernal por excelencia desde 1986 a 1998. Primer atleta en vencer en la misma especialidad de esquí alpino (en su caso slalom gigante) en dos ediciones consecutivas olímpicas (1988 y 1992), ganó también la Copa del Mundo de esquí en 1995 participando solo en dos pruebas, slalom y slalom gigante, dado que no le gustaba competir en las pruebas de velocidad. Era tal su dominio en las pruebas técnicas y de habilidad que tampoco necesitaba mucho más.

Mitos del Esquí Alpino – Biografía de Alberto Tomba | Soloski.net La web de  la Nieve desde 1.997
Alberto Tomba

Y es que Tomba no sólo vivía del ligoteo. Su potencia natural y su habilidad para desafiar la gravedad y superar las puertas lo convirtieron en un prodigio técnico. El esquí no pasa de ser una afición turística en muchos países, pero Tomba lo convirtió en un deporte referencial. En su tiempo Alberto Tomba era tan conocido como Roberto Baggio o Marco Pantani.

Tomba consiguió interrumpir la transmisión de la RAI del Festival de San Remo para que toda Italia le viese ganar dos medallas de oro en los Juegos de Calgary 1988. También para que la vieran cortejar a la patinadora alemana Katarina Witt en directo. Intentos, que en directo fueron en vano, pero que entre bambalinas dieron sus frutos. Como no.

No solo de testosterona vivió la leyenda Tomba. Cuentan que llevaba un traje de carabinieri en el maletero de su Ferrari que no dudaba en ponerse cuando un atasco lo atrapaba en la ladera de una montaña. La luz intermitente que ponía sobre el techo era cortesía de la policía italiana encantada de ver a Tomba hacer zigzag con su Testarossa como si de los esquís se tratase.

En Calgary también se acercó a uno de sus rivales y le dijo que no tenía motivo alguno de que preocuparse, que tenía el segundo puesto asegurado. La medalla de oro era cosa de Tomba. Fue su primera gran actuación internacional. La última fue en Sierra Nevada en 1996 donde fue recibido con pitos por los granadinos al situar Granada en Marruecos.

Pícaro y despreocupado fue rebautizado como Alberto de Albertville cuando se llevó de calle a la afición francesa en los Juegos de 1992. “Supongo que las mujeres prefieren al que gana que al que queda segundo, ¿no?”, sentenciaba mientras su mirada cautivadora derretía la cámara.

Sus saludos a cámara. Una vez retirado confesaría que las sonrisas iban dedicadas a su entrenador y los besos a su ‘mamma’. Por el camino el centenar de novias que pensaron que aquellos cariños eran para ellas.

Una vez, presentándose como juez en el certamen de Miss Italia, reclamó el primer premio él mismo cuando dejó el evento para salir a cenar con la ganadora. Durante los Juegos Olímpicos de Invierno de 1994, se sugirió que su vida privada estaba interfiriendo con su entrenamiento. «Admito que solía pasar un rato salvaje con tres mujeres hasta las 5 de la mañana. Ahora estoy entrenando, son cinco mujeres hasta las 3 de la mañana». Aquel pijo loco nunca quería ser segundo. Como aquella vez en Lillehammer que acabó duodécimo la primera manga para remontar y acabar ganando la plata. Siempre arriesgaba y nunca ponía su físico por delante. Le llamaban domador, porque en una época donde los esquís eran más largos y rectos que los actuales, era capaz de curvarlos de tal forma que aunaba velocidad y potencia.

Le dio tiempo a fracasar como actor (interpretando a un detective ligón, como no) y a aparecer en diferentes programas de todo tipo. Ya no es tiempo de machos. Berlusconi hace tiempo que dejó de ser Papá Silvio y la televisión italiana ha dejado de mostrar descomunales mujeres semidesnudas. Pero hasta el día que se muera Tomba seguirá siendo ‘La Bomba’, tanto dentro como fuera de las pistas.

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Plata elevada a la cuarta

En la década de 1990 la selección sueca era la mandamás del balonmano mundial. Entre ese año y 2002 los suecos se coronaron cuatro veces como campeones de Europa y en dos ocasiones lograron el cetro mundial. Jugadores como Thomas Svensson, Staffan Olsson o Stefan Lövgren infundían terror entre las selecciones rivales. Pero sobre todo era Magnus Wislander quien impulsó a aquella generación dorada a las más altas cotas. No en vano Wislander fue escogido como el mejor balonmanista del siglo XX.

Wislander era un compendio de facultades físicas y técnicas que tanto jugaba como central como ejercía de pivote. Poseía virtuosísimo tanto en defensa como en ataque y acuñaba tanto efectividad como una lectura del juego extraordinaria. Wislander fue buque insignia y piedra angular de Suecia durante esos años prodigiosos.

Pero por muchos títulos mundiales o continentales que los suecos atesorasen todo palidecía ante la posibilidad de coronarse campeones olímpicos. Salvo la gloria en un Mundial de fútbol y, quizás, obtener un anillo en la NBA, no existe comparación con alcanzar la gloria olímpica. Obtener el oro en unos Juegos Olímpicos es el culmen de cualquier deportista que no de patadas a un balón.

Así que Wislander y compañía se plantaron en Barcelona 92 con la intención de lograr la eternidad olímpica. Se presentaban en la Ciudad Condal como vigentes campeones del mundo y favoritos para lograr el oro. Y la puesta de largo no pudo ser mejor. El torneo olímpico se dividía en dos grupos de seis conjuntos. Los dos primeros de cada grupo se enfrentaban en aspa en semifinales y de ahí rumbo a la final. Los partidos se celebrarían en Granollers, pequeña ciudad industrial y una de las capitales españolas del 40×20. La final tendría lugar en el entonces espectacular y moderno Palau Sant Jordi de Barcelona.

Suecia masacró a sus rivales en la primera fase y se clasificó para semifinales donde dejó en la cuneta a Francia. Se metía en la final con un registro de seis victorias y ninguna derrota. Mismas cifras que su rival, la CEI, un conglomerado de estados comandado por Rusia hecho de prisa y corriendo tras el desmembramiento de la Unión Soviética.

En una final defensiva, Suecia y la CEI intercambiaron golpes hasta llegar al descanso con empate a nueve tantos. En la reanudación, el buen hacer del portero Andrei Lavrov y del entonces kazajo, y después español, Talant Dujshebaev, decantaron la balanza a favor de los exsoviéticos que se llevaron la medalla de oro por 20-22.

Ölands idrottsgala får celebert besök på lördagen av handbollslegendaren –  numera folkracekungen – Magnus Wislander.
Magnus Wislander

Para 1996 Suecia era aún más favorita que cuatro años atrás. Rusia era un niño en comparación a lo que habían sido la Unión Soviética y el sucedáneo de la CEI. Tampoco existía ya Yugoslavia como gran potencia mundial. Sólo Francia y España aparecían como amenazas para lograr el oro en Atlanta. Así que Suecia volvió a arrasar en la fase de grupos y se presentó con cinco victorias consecutivas en semifinales.

Allí vencieron con suma comodidad a España (25-20), mientras que Croacia hacía lo propio ante Francia (24-20). Las tres medallas iban a ser continentales, algo habitual en un deporte al que le cuesta brillar cuanto más se aleja de la vieja Europa. Los españoles Ramón Gallego y Pedro Lamas iban a ser los colegiados de la segunda final consecutiva de los suecos. Sería también la segunda de Gallego y Lamas, hecho insólito que nunca ha sido repetido.

Croacia había vencido a los suecos en las semifinales del Mundial del año anterior, pero ambos conjuntos se habían enfrentado días atrás en la fase de grupos con abultada victoria (28-17) de los escandinavos. La final disputada en el Georgia Dome de Atlanta no tuvo nada que ver con aquel encuentro y fue dominada por los croatas y su fenomenal goleador Patrik Cavar. Suecia se acercó a un gol en el último minuto, pero acabó cayendo, una vez más, en este caso por 26-27.

La victoria croata está considerada una de las grandes sorpresas de la historia olímpica del balonmano y, por ende, el gran disgusto del balonmano sueco. En el descanso los ex yugoslavos ya vencían por 11-16, logrando la mayoría de los goles en segundas oportunidades.

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La celebración croata

Para Sidney 2000 el formato afrontó un pequeño cambio. Se introdujeron los cuartos de final, por lo que en cada grupo de seis equipos pasaron a clasificarse los cuatro primeros en vez de los dos primeros. Se podía levantar el pie del acelerador y afrontar de menos a más el campeonato. No sería este el caso de los suecos. Otra vez Suecia ganó los cinco partidos de la primera fase (15-0 en el total de los tres Juegos Olímpicos), para luego vencer de cinco a Egipto en cuartos de final y de siete a España en semifinales. Entre Barcelona, Atlanta y Sidney, Suecia sumaba entonces un balance de 19-0 sin contar las dos derrotas en finales olímpicas.

A través de una sólida defensa y una extraordinaria portería, Suecia volvía a acometer un campeonato impoluto. A Sidney llegó Suecia como vigente campeona europea y mundial y sabedores de que era la última oportunidad de unos jugadores próximos a la retirada. Para luchar por la medalla de oro tendrían como rival a muchos de los jugadores que tuvieron enfrente en la final de Barcelona, pero en esta ocasión jugando con Rusia. Pervivían los campeones olímpicos con la CEI de 1992 Dimitry Flippov, Vasily Kudinov, Pavel Sukosyan y el magnífico portero Andrei Lavrov. Por los suecos se mantenían como internacionales Magnus Andersson, Ola Lindgren, Staffan Olsson, Thomas Svensson, Pierre Thorsson y el gran capitán Magnus Wislander.

El duelo fue agónico, con continuos intercambios en el marcador y acciones que rozaban la violencia. Al descanso Suecia vencía por 14-13. Llegarían a vencer por 16-14, pero los fantasmas del pasado hicieron su aparición y en un visto y no visto los rusos hacían un parcial de 2-8 para adelantarse por 18-22. Otra vez Suecia tendría que contentarse con la plata, en esta oportunidad tras caer por 26-28. Fue la primera derrota de los suecos en 25 partidos, desde el Europeo de 1998 hasta, y ya por tercera vez, la dichosa final olímpica.

Doce años después de esa última final los suecos volverían a tener otra oportunidad. En esta ocasión Suecia no era favorita. No llegaban como campeones del mundo ni como vencedores continentales. La gloriosa generación de los 90 ya estaba retirada. A las órdenes del combinado estaba Staffan Olsson, quien esperaba conseguir como entrenador el oro que como jugador le había sido esquivo. Los suecos llevaban dos citas olímpicas ausentes (2004, 2008) y se habían clasificado para Londres 2012 a trompicones. Sin su generación de oro, pasaban a ser uno más del montón.

Por eso esta final fue mucho más dulce que las demás. Apelando a la solidaridad y a la defensa, alcanzaron con asombro la ronda final. Suecia pasó como tercera de grupo y fue una tremenda sorpresa que eliminase a Dinamarca en cuartos de final. No lo fue tanto derrotar a la sorprendente Hungría en semifinales antes de volver a tener la oportunidad de luchar por el oro olímpico.

Allí les esperaba Francia, los nuevos ogros, los vigentes campeones europeos, mundiales y olímpicos. Quizás por ello había esperanzas. Cuando fueron favoritos no ganaron…quizás…ahora.

No fue así. Suecia perdió de forma ajustada (21-22), pero el resultado es engañoso ya que a pesar de la corta diferencia Francia llevó la batuta del partido desde el pitido inicial. Era la cuarta plata olímpica. Si en los 90 Suecia había elevado la plata al cubo, tras Londres 2012 la elevaba a la cuarta.

“Es un disgusto acabar segundo en unos Juegos Olímpicos, pero te dan una medalla de plata. Si acabas segundo en la política es el olvido permanente”. Richard Nixon, presidente de Estados Unidos (1968-1974).

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La gimnasta eterna

Oksana Chusovitina y su marido estaban a punto de coger un avión que los llevase de vuelta a Uzbekistán. Acababan de terminar los Juegos Asiáticos donde Bahtier, el esposo de Oksana y renombrado luchador grecorromano, había perdido la disputa por alcanzar la medalla de bronce. Para Oksana había sido su despedida de la alta competición. Tres años atrás había decidido ser madre y, tras un enorme esfuerzo físico y mental, consiguió clasificarse para los Juegos de Sidney y cerrar su carrera con dos medallas en los citados Juegos Asiáticos de 2002 celebrados en Corea del Sur. Tenía entonces 27 años y había decidido dejar definitivamente el deporte profesional.

Cuando el matrimonio se disponía a embarcar, Oksana recibió una llamada de su madre. El tono de voz de la abuela era preocupante y los lloros pronto harían su aparición. A Alisher, el pequeño de la familia, le acababan de diagnosticar una leucemia linfocítica aguda.

Alisher contaba con tres años de edad.

Tras un vuelo infinito, Oksana pudo comprobar en primera persona la gravedad de la situación. Alisher había tosido sangre y decidieron trasladarlo al hospital en una ambulancia con sospechas de que podría tratarse de una neumonía. No lo era. Era algo mucho peor. Oksana supo inmediatamente que en Uzbekistán sería imposible salvar a su hijo. Los médicos aconsejaron a la familia trasladarse al hospital alemán de Colonia, donde Alisher recibiría el tratamiento adecuado.

El problema es que no había dinero para pagarlo.

El matrimonio mal vendió su apartamento de tres dormitorios y sus dos coches, pero con eso no consiguieron ni cubrir el coste de la mitad del tratamiento. Hubo que recurrir a la ayuda popular. Tantos años dando alegrías deportivas a sus compatriotas tuvo su recompensa y Oksana y su marido consiguieron recaudar el dinero necesario para cubrir la parte inicial del tratamiento.

Lo más difícil se había logrado, pero ahora el matrimonio debía iniciar una nueva vida en Colonia. Sin vivienda, sin trabajo, sin conocer el idioma y, sobre todo, sin un céntimo. Fue entonces cuando Shanna Brüggemann, entrenadora de la selección alemana de gimnasia, se puso en contacto con Oksana para ofrecerle competir por el país teutón. Eso era la salvación para la uzbeka, ya que los emolumentos por ser deportista en Alemania eran muy superiores a los percibidos en la antigua república soviética. Oksana tuvo que volar a Taskent y pedir entre lágrimas una autorización especial para obtener la nacionalidad germana. En Uzbekistán no gustó aquella decisión, pero al final dieron su brazo a torcer. Oksana Chusovitina sería alemana.

Uzbekistán liberó a Chusovitina para competir por Alemania en 2003. Sin embargo, debido a que la legislación teutona no otorga la nacionalidad hasta cumplir tres años de residencia, estuvo hasta 2006 entrenando y compitiendo a nivel local en Alemania, pero representando a Uzbekistán en los torneos internacionales. El esfuerzo era terrible. Oksana pasaba de los 30 años en un deporte donde las mejores no llegan a la veintena y siempre con el miedo a que una lesión acabase con su carrera y le impidiese seguir ganando dinero y sostener el día a día de su hijo.

Iba a continuar así una historia que había comenzado mucho antes, allá por 1991, cuando a sus tiernos dieciséis Oksana Chusovitina lograba la victoria en el ejercicio de suelo de los Mundiales de Gimnasia. Al año siguiente obtendría otra medalla áurea, en este caso por equipos, formando parte del conjunto de la CEI (la extinta Unión Soviética) que acudió a los Juegos Olímpicos de Barcelona. Tras el desmembramiento de la URSS, Chusovitina pasó a representar a la nueva república de Uzbekistán. Lo hará en Atlanta, Sidney y Atenas, pero, aunque logró múltiples medallas internacionales, jamás consiguió presea alguna representando a Uzbekistán en los JJ.OO.

Gymnast Oksana Chusovitina, 46, Got Standing Ovation at 8th Olympics
Oksana Chusovitina. Barcelona 92. 16 años y 11 meses.

Lo cierto es que las condiciones de entrenamiento en Taskent eran muy diferentes a las de Moscú. El material escaseaba y las instalaciones eran deficientes. Oksana tenía que poner de su peculio para competir a nivel internacional y todo esto sucedía mientras sus mejores años volaban sin remedio alguno.

Pero ese afán por contentar a su nuevo país y esa lucha titánica para ver a su hijo recuperado hacen que Chusovitina logre para Alemania una medalla de bronce en el Mundial de Gimnasia de 2007. Oksana tiene entonces 32 años y será la gimnasta más veterana en participar en los Juegos Olímpicos del año siguiente, donde logra una inesperada medalla de plata en la prueba de salto.

Ese inesperado éxito se unió en el tiempo con la feliz recuperación de su hijo. El tratamiento había dado resultado y la leucemia había sido superada. Oksana se planteó entonces dejar la gimnasia e iniciar una carrera como entrenadora, pero ahora estaba presionada por la federación alemana que la incitaba a seguir compitiendo. Dolida, pero agradecida, Chusovitina ganó unas cuantas medallas más a nivel europeo y mundial, batiendo siempre los registros de edad conocidos, hasta que, en 2012, en los que eran sus sextos Juegos Olímpicos, logró la quinta plaza en el concurso individual.

Tenía 37 años y, ahora sí, había decidido retirarse.

Pero algo rondaba la cabeza de Oksana. Sentía que había traicionado a su país. Sus compatriotas la habían apoyado cuando su hijo estaba enfermo y se sentía en deuda con ellos. Había ganado medallas olímpicas en su juventud defendiendo la bandera soviética y en una inesperada madurez bajo los colores alemanes. Y, sin embargo, durante su plenitud física, no había podido subirse al cajón olímpico defendiendo los intereses uzbekos.

Tras unas semanas de dudas decidió volver al ruedo. Solicitó permiso para cambiar una vez más de nacionalidad y poder competir nuevamente con Uzbekistán. En esta ocasión no hubo traba alguna. Tanto en Berlín como en Taskent estuvieron de acuerdo y el COI (Comité Olímpico Internacional) hizo la vista gorda y entendió la excepcionalidad del cambio.

Representando de nuevo a Uzbekistán, Chusovitina compitió en Río 2016, donde fue séptima en el evento de salto. Aquella prueba fue ganada por Simone Biles, 22 años más joven que Oksana y tan sólo dos años mayor que Alisher, antes niño enfermo y ahora un robusto adolescente. A pesar de no lograr una presea, Chusovitina tuvo que subir al pódium ante el clamor popular, mientras el video marcador del pabellón mostraba imágenes de sus mejores momentos. Era un más que merecido homenaje.

Pero había llegado demasiado pronto.

Seguía sin conseguir una medalla olímpica para Uzbekistán y seguía fija en su empeño. Atentando contra todas las leyes de la naturaleza, Oksana pretendía estar en Japón para los Juegos de 2020. Por entonces tendría 45 años, una edad asombrosa para cualquier deportista profesional e inaudita en gimnasia donde la flexibilidad es intrínseca a su dificultad. El Covid alejó su objetivo en doce meses, pero Oksana siguió entrenando hasta competir en Tokio a los 46 años de edad.

Aquel 25 de julio de 2021 saltó al tatami por enésima vez. No logró superar la ronda previa y no consiguió la nota necesaria para clasificarse para la final olímpica de gimnasia. Dio igual. Jueces, rivales, entrenadores y periodistas se pusieron en pie para dar una cerrada ovación a Chusovitina. Rodeada de flashes y de un mar de lágrimas tuvo que volver al centro del tartán para dar las gracias. Lástima de pandemia que impidió que el gentío se sumase a la fiesta.

Fiel a sí misma, y a pesar de haber declarado que tras Tokio se retiraría, actualmente Oksana Chusovitina apura sus opciones para clasificarse para los Juegos Asiáticos de 2022. A pesar de contar con dos medallas olímpicas y más de una decena en pruebas mundiales, Oksana Chusovitina no es una leyenda de la gimnasia por sus logros. Lo es por su infinita longevidad, por una capacidad de sacrificio espartana y por demostrar que la voluntad y el amor de una madre es una fuerza que mueve montañas.

Tokio 2020: la gimnasta Oksana Chusovitina demuestra a sus 46 que la edad  es solo un número
Oksana Chusovitina. Tokio 21. 46 años y 1 mes.

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Gasol (2ª parte): Versión FIBA

Fue en Roma. En 1960. Era la primera vez que la selección española de baloncesto lograba clasificarse para unos Juegos Olímpicos. Estados Unidos ganó el oro humillando a la Unión Soviética en la final. Walt Bellamy (2’11) pasó por encima del rey letón Janis Krumins (2’20). España quedó en penúltima posición. Los dos pívots de la selección, Juan Martos y Alfonso Martínez, medían 1’95 metros, lo mismo que Oscar Robertson, base titular estadounidense. Jerry West, la más rutilante estrella de aquellos Juegos, era un escolta de 1’88 metros. Nino Buscató, el mejor jugador español, medía 178 centímetros.

Medio siglo después España había parido a un chico de 216 centímetros coordinado, fluido, atlético, elegante y con una inteligencia para el juego paranormal. En los JJ.OO de Londres fue un martillo pilón que hizo parecer real una gesta imposible. Durante el tercer cuarto (15 puntos) bailó a sus defensores con una gracilidad y una fiereza no entendible para aquellos que conocimos el baloncesto del viejo testamento (A.G.). Sus 24 puntos, 8 rebotes y 7 asistencias no fueron suficientes para doblegar a Lebron James, Kevin Durant y Kobe Bryant, pero dio igual. Cuando toda la expedición estadounidense rindió pleitesía al vencido, comprendimos que el legado de Pau trascendía a lo universal.

Y es que España iba a por el oro. Gasol iba a por el oro. Ya en China, cuatro años atrás, España había querido hacer posible lo imposible. El francés George Eddy, más de 2.000 partidos comentados a lo largo de su exitosa carrera, declaró que aquella final olímpica de Pekín había sido “el mejor partido FIBA de siempre”. En Pekín se perdió de once puntos y en Londres de siete, pero en ambas ocasiones la sensación fue de miedo, de pánico entre las estrellas estadounidenses. Lo más extraordinario no es que España rozase la victoria, sino que Estados Unidos tuvo que jugar a su máximo nivel para lograrla.

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Curiosamente en Río la derrota fue más ajustada (seis puntos), pero la sensación de impotencia española afloró por vez primera en una década. Allí, a orillas de Copacabana, Gasol y sus pretorianos ponían el punto final a una escandalosa pléyade de éxitos. Es cierto que Pau quiso darse un homenaje cuasi póstumo en Tokio, como también lo es que Ricky Rubio lideró la victoria española en el Mundial 2019. Pero fue en Río 2016 cuando se clausuró una trayectoria de dominio absoluto en el baloncesto mundial, coronada por aquellas dos platas olímpicas irrepetibles ante un ‘Dream Team’ que, nunca antes y nunca después, sintió tal miedo contando con sus mejores jugadores en la pista.

Pau Gasol fue el alma de esa generación liderada por los llamados ‘juniors de oro’ que en el Mundial sub-20 de 1999 lograron, esta vez sí, derrotar a Estados Unidos. Unos chicos que se iban a comer el mundo hasta tal punto que Gasol sumaría once medallas (cuatro de oro -tres Europeos y un Mundial-) con la selección. 11 medallas en 16 años. A.G. España sumó 6 medallas en 65 años.

Si en la NBA Pau pecó de mordiente y entendió que debía adaptar su juego a un ente superior para conseguir el éxito colectivo, con España se erigió en dueño y señor del equipo. Todos los ataques empezaban con balón al poste bajo para que luego Pau decidiese que hacer con la jugada. Todos, Navarro, Felipe, Calderón, Rudy o Ricky, orbitaban alrededor de un rey Sol que durante más de una década fue un jugador que sembró el terror de Europa cada vez que se ponía la Roja. Con Gasol la selección española pasó de intentar derribar gigantes a ser EL gigante.

31 puntos ante la Alemania de Nowitzki para colgarse el bronce europeo en 2001 (17’3 puntos y 9’7 rebotes de media en el torneo). 31 tantos sólo en la primera parte ante Rusia en la semifinal europea de 2003 (12/14 en tiros) y 36 tantos y 12 rebotes ante Lituania en la final (máximo anotador del torneo con 25’8 puntos de media). Mejor jugador (21’1 puntos y 9’4 rebotes) en el Mundial 2006, en el que no pudo disputar la final tras torcerse el tobillo a 100 segundos del fin de la semifinal ante Argentina (19 puntos y 11 rebotes). Los dos últimos tras anotar un par de tiros libres cojeando.

Y con todo, su sensación de dominio, de ascendencia sobre la cancha, es difícil de expresar en palabras o en datos. Son pálpitos. Inquietudes. Sensaciones. Esa sensación que le hizo estar presente en el interior de cada uno de sus compañeros en aquella final ante Grecia en la que Gasol recibió la medalla de oro apoyado en una sola pierna con lágrimas en los ojos. Esa sensación, que solo tienen los más grandes, de hacer temblar la tierra con su sola presencia. Con cada gesto, con cada mirada, las piernas del adversario tiemblan y las dudas asoman en su cabeza.

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Rodeando al Cid

Gasol convirtió Europa en el patio de su recreo. Su dominio en el planeta FIBA también contó con las dulces derrotas olímpicas, pero fue en el Eurobasket donde cimentó la leyenda de inexpugnable. España fue el ogro. Lo que antes había sido la Unión Soviética y más tarde Yugoslavia. Una entelequia de talento coronado por el jugador más dominante que ha dado el baloncesto FIBA, el de los 40 minutos de partido y el del colectivo antes del individuo. Olvídense de Belov, Tkachenko, Spanoulis, Bodiroga, Sabonis, Petrovic o Kukoc, todos palidecen ante Pau. Y de los Nowitzki, Parker y todos aquellos de brillantes andanzas NBA que claudicaron cada vez que Gasol se vistió de Quijote y se puso España por bandera.

El cénit de ese dominio llegó en 2009 tras alcanzar su máximo apogeo gracias a la tortura mental a la que fue sometido por Kobe Bryant, su ‘hermano mayor’, en los Lakers. En aquel campeonato Scariolo decidió darle la titularidad a Marc Gasol como pívot inicial para que intimidase y tapase espacios. Pau iba a jugar de 4 por vez primera con España. Aquella propuesta no dejó indiferente a nadie y dio lugar a una fuerte discusión popular que amainó cuando se vio que, sin responsabilidades defensivas, Pau iba tener como único límite vencerse a sí mismo.

Su actuación fue imperial. Lideró a España desde el primer minuto del primer partido al último minuto del último encuentro. En octavos le dio por anotar seis triples para machacar a Polonia, en cuartos pasó por encima de Francia con 28 tantos y 9 rebotes y en la final sumó 18+11 ante Grecia. El triunfo de España fue de una suficiencia pocas veces vista y la exhibición al tran tran de Gasol no se recordaba en la vieja Europa. Inteligente, ambicioso, motivado y siempre pendiente de aprender, mejorar y competir, el resultado era un jugador de corte histórico.

Aquello de 2009, como lo del Eurobasket de 2011, fue de un dominio insultante. En 2013 Pau no estuvo presente, y España pasó del oro al bronce. Daba igual. Ese equipo de ensueño, siempre contó con Pau. Su éxito se basó tanto en su faceta de jugador como en su faceta de ser humano. Cuando los rigores y las exigencias norteamericanas le impedían acudir a la llamada de la selección, Pau siempre estaba ahí. Como comentarista, como amigo, entrenando, pero no jugando. En todos y cada uno de los torneos en los que no se puso las zapatillas, Pau estuvo presente. Siempre buscó la forma. Y siempre la encontró. La familia, dieron en llamar a la ÑBA. Y el cabeza de familia siempre fue él. Siempre fue Pau.

Gasol fue un artista, un talento y una figura portentosa que alcanzó cotas inimaginables. A sus cualidades se le unió una cabeza excepcional que le permitió estar a la altura que demandaban sus responsabilidades. Su apogeo y sus éxitos con la ÑBA coincidieron en el tiempo con unos años en los que desde Madrid y desde Barcelona se buscó la apropiación ideológica de su figura. Ha sabido defender con hechos y palabras ambas posturas y sólo los más nacionalistas recalcitrantes han querido incautarse de sus sentimientos.

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España (2001-2021)

Pau quiso despedirse en el parqué y no en una consulta médica. Lo hizo tras rozar con las yemas de los dedos la Euroliga, la única muesca que falta en su revólver, y tras disputar sus quintos Juegos Olímpicos con 41 años ¿Por qué? Porque quiso y punto. Su despedida real había tenido lugar seis años antes, cuando ya contaba con 35 primaveras. Quiso entonces Pau poner el broche de oro no a su carrera, pero sí a sus años de reinado. Cuando nadie lo esperaba, cuando sus años de gloria vislumbraban su fin, a Pau le dio por pintar su ‘magnus opum’, su obra maestra.

El feliz acontecimiento tuvo lugar en Lille, donde Francia pierde su nombre y pasa a ser Bélgica. Allí, ante 27.000 almas, Pau hizo lo que llevaba haciendo durante una década, con la salvedad de que nadie contaba con que lo hiciese en ese momento de su carrera. España había caído derrotada en el Mundial del año anterior ante Francia, ante lo que se dio a pensar que era el fin de una era dorada. Los franceses, más jóvenes y más grandes, eran el futuro.

En Lille, en el Eurobasket 2015, España llegó a semifinales con sufrimiento y con el depósito de gasolina en la reserva. El corderito estaba tierno para asar, pero a Gasol le dio por sacar los colmillos cuando nadie lo esperaba. Firmó 40 puntos (de los 80 de España) y 11 rebotes para un 52 de valoración. Gasol era King Kong. “El Imperio contraataca”, acertó a titular un diario. Pau bailó a un joven Gobert hasta sacarlo del partido por exceso de faltas. La imagen de Pau dándose golpes en el pecho tras machacar el aro francés simbolizaba un reinado. El reinado del ogro de Europa. Con aquel mate Pau ganó la semifinal y ya, de paso, la final ante Lituania.

Nunca fue cosa de títulos. Nunca fue cosa de números. Fueron las sensaciones. Lecciones y más lecciones de como jugar al baloncesto.

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“Gasol ha completado un partido colosal, el tercero consecutivo en el que supera la barrera de los 25 puntos en esta fase final. Ha estado monumental. Ha eliminado prácticamente él solo a Francia en la semifinal y nos ha hecho llorar (…) Su actuación ha sido absolutamente monstruosa, formidable, genial y sobrehumana. Ha estado gargantuesco.” Frederic Forte en el diario ‘L’Equipé’, en el análisis de la histórica victoria de España ante Francia en el Eurobasket 2015.

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