juegos olímpicos

La gimnasta eterna

Oksana Chusovitina y su marido estaban a punto de coger un avión que los llevase de vuelta a Uzbekistán. Acababan de terminar los Juegos Asiáticos donde Bahtier, el esposo de Oksana y renombrado luchador grecorromano, había perdido la disputa por alcanzar la medalla de bronce. Para Oksana había sido su despedida de la alta competición. Tres años atrás había decidido ser madre y, tras un enorme esfuerzo físico y mental, consiguió clasificarse para los Juegos de Sidney y cerrar su carrera con dos medallas en los citados Juegos Asiáticos de 2002 celebrados en Corea del Sur. Tenía entonces 27 años y había decidido dejar definitivamente el deporte profesional.

Cuando el matrimonio se disponía a embarcar, Oksana recibió una llamada de su madre. El tono de voz de la abuela era preocupante y los lloros pronto harían su aparición. A Alisher, el pequeño de la familia, le acababan de diagnosticar una leucemia linfocítica aguda.

Alisher contaba con tres años de edad.

Tras un vuelo infinito, Oksana pudo comprobar en primera persona la gravedad de la situación. Alisher había tosido sangre y decidieron trasladarlo al hospital en una ambulancia con sospechas de que podría tratarse de una neumonía. No lo era. Era algo mucho peor. Oksana supo inmediatamente que en Uzbekistán sería imposible salvar a su hijo. Los médicos aconsejaron a la familia trasladarse al hospital alemán de Colonia, donde Alisher recibiría el tratamiento adecuado.

El problema es que no había dinero para pagarlo.

El matrimonio mal vendió su apartamento de tres dormitorios y sus dos coches, pero con eso no consiguieron ni cubrir el coste de la mitad del tratamiento. Hubo que recurrir a la ayuda popular. Tantos años dando alegrías deportivas a sus compatriotas tuvo su recompensa y Oksana y su marido consiguieron recaudar el dinero necesario para cubrir la parte inicial del tratamiento.

Lo más difícil se había logrado, pero ahora el matrimonio debía iniciar una nueva vida en Colonia. Sin vivienda, sin trabajo, sin conocer el idioma y, sobre todo, sin un céntimo. Fue entonces cuando Shanna Brüggemann, entrenadora de la selección alemana de gimnasia, se puso en contacto con Oksana para ofrecerle competir por el país teutón. Eso era la salvación para la uzbeka, ya que los emolumentos por ser deportista en Alemania eran muy superiores a los percibidos en la antigua república soviética. Oksana tuvo que volar a Taskent y pedir entre lágrimas una autorización especial para obtener la nacionalidad germana. En Uzbekistán no gustó aquella decisión, pero al final dieron su brazo a torcer. Oksana Chusovitina sería alemana.

Uzbekistán liberó a Chusovitina para competir por Alemania en 2003. Sin embargo, debido a que la legislación teutona no otorga la nacionalidad hasta cumplir tres años de residencia, estuvo hasta 2006 entrenando y compitiendo a nivel local en Alemania, pero representando a Uzbekistán en los torneos internacionales. El esfuerzo era terrible. Oksana pasaba de los 30 años en un deporte donde las mejores no llegan a la veintena y siempre con el miedo a que una lesión acabase con su carrera y le impidiese seguir ganando dinero y sostener el día a día de su hijo.

Iba a continuar así una historia que había comenzado mucho antes, allá por 1991, cuando a sus tiernos dieciséis Oksana Chusovitina lograba la victoria en el ejercicio de suelo de los Mundiales de Gimnasia. Al año siguiente obtendría otra medalla áurea, en este caso por equipos, formando parte del conjunto de la CEI (la extinta Unión Soviética) que acudió a los Juegos Olímpicos de Barcelona. Tras el desmembramiento de la URSS, Chusovitina pasó a representar a la nueva república de Uzbekistán. Lo hará en Atlanta, Sidney y Atenas, pero, aunque logró múltiples medallas internacionales, jamás consiguió presea alguna representando a Uzbekistán en los JJ.OO.

Gymnast Oksana Chusovitina, 46, Got Standing Ovation at 8th Olympics
Oksana Chusovitina. Barcelona 92. 16 años y 11 meses.

Lo cierto es que las condiciones de entrenamiento en Taskent eran muy diferentes a las de Moscú. El material escaseaba y las instalaciones eran deficientes. Oksana tenía que poner de su peculio para competir a nivel internacional y todo esto sucedía mientras sus mejores años volaban sin remedio alguno.

Pero ese afán por contentar a su nuevo país y esa lucha titánica para ver a su hijo recuperado hacen que Chusovitina logre para Alemania una medalla de bronce en el Mundial de Gimnasia de 2007. Oksana tiene entonces 32 años y será la gimnasta más veterana en participar en los Juegos Olímpicos del año siguiente, donde logra una inesperada medalla de plata en la prueba de salto.

Ese inesperado éxito se unió en el tiempo con la feliz recuperación de su hijo. El tratamiento había dado resultado y la leucemia había sido superada. Oksana se planteó entonces dejar la gimnasia e iniciar una carrera como entrenadora, pero ahora estaba presionada por la federación alemana que la incitaba a seguir compitiendo. Dolida, pero agradecida, Chusovitina ganó unas cuantas medallas más a nivel europeo y mundial, batiendo siempre los registros de edad conocidos, hasta que, en 2012, en los que eran sus sextos Juegos Olímpicos, logró la quinta plaza en el concurso individual.

Tenía 37 años y, ahora sí, había decidido retirarse.

Pero algo rondaba la cabeza de Oksana. Sentía que había traicionado a su país. Sus compatriotas la habían apoyado cuando su hijo estaba enfermo y se sentía en deuda con ellos. Había ganado medallas olímpicas en su juventud defendiendo la bandera soviética y en una inesperada madurez bajo los colores alemanes. Y, sin embargo, durante su plenitud física, no había podido subirse al cajón olímpico defendiendo los intereses uzbekos.

Tras unas semanas de dudas decidió volver al ruedo. Solicitó permiso para cambiar una vez más de nacionalidad y poder competir nuevamente con Uzbekistán. En esta ocasión no hubo traba alguna. Tanto en Berlín como en Taskent estuvieron de acuerdo y el COI (Comité Olímpico Internacional) hizo la vista gorda y entendió la excepcionalidad del cambio.

Representando de nuevo a Uzbekistán, Chusovitina compitió en Río 2016, donde fue séptima en el evento de salto. Aquella prueba fue ganada por Simone Biles, 22 años más joven que Oksana y tan sólo dos años mayor que Alisher, antes niño enfermo y ahora un robusto adolescente. A pesar de no lograr una presea, Chusovitina tuvo que subir al pódium ante el clamor popular, mientras el video marcador del pabellón mostraba imágenes de sus mejores momentos. Era un más que merecido homenaje.

Pero había llegado demasiado pronto.

Seguía sin conseguir una medalla olímpica para Uzbekistán y seguía fija en su empeño. Atentando contra todas las leyes de la naturaleza, Oksana pretendía estar en Japón para los Juegos de 2020. Por entonces tendría 45 años, una edad asombrosa para cualquier deportista profesional e inaudita en gimnasia donde la flexibilidad es intrínseca a su dificultad. El Covid alejó su objetivo en doce meses, pero Oksana siguió entrenando hasta competir en Tokio a los 46 años de edad.

Aquel 25 de julio de 2021 saltó al tatami por enésima vez. No logró superar la ronda previa y no consiguió la nota necesaria para clasificarse para la final olímpica de gimnasia. Dio igual. Jueces, rivales, entrenadores y periodistas se pusieron en pie para dar una cerrada ovación a Chusovitina. Rodeada de flashes y de un mar de lágrimas tuvo que volver al centro del tartán para dar las gracias. Lástima de pandemia que impidió que el gentío se sumase a la fiesta.

Fiel a sí misma, y a pesar de haber declarado que tras Tokio se retiraría, actualmente Oksana Chusovitina apura sus opciones para clasificarse para los Juegos Asiáticos de 2022. A pesar de contar con dos medallas olímpicas y más de una decena en pruebas mundiales, Oksana Chusovitina no es una leyenda de la gimnasia por sus logros. Lo es por su infinita longevidad, por una capacidad de sacrificio espartana y por demostrar que la voluntad y el amor de una madre es una fuerza que mueve montañas.

Tokio 2020: la gimnasta Oksana Chusovitina demuestra a sus 46 que la edad  es solo un número
Oksana Chusovitina. Tokio 21. 46 años y 1 mes.

Otras historias sobre gimnasia

Vitaly Sherbo (una historia de amor y desgracia en la gimnasia olímpica)

Hacerse un Biles (epónimos, presión y la exigencia de la alta competición)

Tokio 2020 ( un balance sobre Biles, Chusovitina y otras historias que ocurrieron en los Juegos Olímpicos de Tokio 2021)

Leer más

Gasol (2ª parte): Versión FIBA

Fue en Roma. En 1960. Era la primera vez que la selección española de baloncesto lograba clasificarse para unos Juegos Olímpicos. Estados Unidos ganó el oro humillando a la Unión Soviética en la final. Walt Bellamy (2’11) pasó por encima del rey letón Janis Krumins (2’20). España quedó en penúltima posición. Los dos pívots de la selección, Juan Martos y Alfonso Martínez, medían 1’95 metros, lo mismo que Oscar Robertson, base titular estadounidense. Jerry West, la más rutilante estrella de aquellos Juegos, era un escolta de 1’88 metros. Nino Buscató, el mejor jugador español, medía 178 centímetros.

Medio siglo después España había parido a un chico de 216 centímetros coordinado, fluido, atlético, elegante y con una inteligencia para el juego paranormal. En los JJ.OO de Londres fue un martillo pilón que hizo parecer real una gesta imposible. Durante el tercer cuarto (15 puntos) bailó a sus defensores con una gracilidad y una fiereza no entendible para aquellos que conocimos el baloncesto del viejo testamento (A.G.). Sus 24 puntos, 8 rebotes y 7 asistencias no fueron suficientes para doblegar a Lebron James, Kevin Durant y Kobe Bryant, pero dio igual. Cuando toda la expedición estadounidense rindió pleitesía al vencido, comprendimos que el legado de Pau trascendía a lo universal.

Y es que España iba a por el oro. Gasol iba a por el oro. Ya en China, cuatro años atrás, España había querido hacer posible lo imposible. El francés George Eddy, más de 2.000 partidos comentados a lo largo de su exitosa carrera, declaró que aquella final olímpica de Pekín había sido “el mejor partido FIBA de siempre”. En Pekín se perdió de once puntos y en Londres de siete, pero en ambas ocasiones la sensación fue de miedo, de pánico entre las estrellas estadounidenses. Lo más extraordinario no es que España rozase la victoria, sino que Estados Unidos tuvo que jugar a su máximo nivel para lograrla.

https://www.youtube.com/watch?v=erXOnAsT3-4

Curiosamente en Río la derrota fue más ajustada (seis puntos), pero la sensación de impotencia española afloró por vez primera en una década. Allí, a orillas de Copacabana, Gasol y sus pretorianos ponían el punto final a una escandalosa pléyade de éxitos. Es cierto que Pau quiso darse un homenaje cuasi póstumo en Tokio, como también lo es que Ricky Rubio lideró la victoria española en el Mundial 2019. Pero fue en Río 2016 cuando se clausuró una trayectoria de dominio absoluto en el baloncesto mundial, coronada por aquellas dos platas olímpicas irrepetibles ante un ‘Dream Team’ que, nunca antes y nunca después, sintió tal miedo contando con sus mejores jugadores en la pista.

Pau Gasol fue el alma de esa generación liderada por los llamados ‘juniors de oro’ que en el Mundial sub-20 de 1999 lograron, esta vez sí, derrotar a Estados Unidos. Unos chicos que se iban a comer el mundo hasta tal punto que Gasol sumaría once medallas (cuatro de oro -tres Europeos y un Mundial-) con la selección. 11 medallas en 16 años. A.G. España sumó 6 medallas en 65 años.

Si en la NBA Pau pecó de mordiente y entendió que debía adaptar su juego a un ente superior para conseguir el éxito colectivo, con España se erigió en dueño y señor del equipo. Todos los ataques empezaban con balón al poste bajo para que luego Pau decidiese que hacer con la jugada. Todos, Navarro, Felipe, Calderón, Rudy o Ricky, orbitaban alrededor de un rey Sol que durante más de una década fue un jugador que sembró el terror de Europa cada vez que se ponía la Roja. Con Gasol la selección española pasó de intentar derribar gigantes a ser EL gigante.

31 puntos ante la Alemania de Nowitzki para colgarse el bronce europeo en 2001 (17’3 puntos y 9’7 rebotes de media en el torneo). 31 tantos sólo en la primera parte ante Rusia en la semifinal europea de 2003 (12/14 en tiros) y 36 tantos y 12 rebotes ante Lituania en la final (máximo anotador del torneo con 25’8 puntos de media). Mejor jugador (21’1 puntos y 9’4 rebotes) en el Mundial 2006, en el que no pudo disputar la final tras torcerse el tobillo a 100 segundos del fin de la semifinal ante Argentina (19 puntos y 11 rebotes). Los dos últimos tras anotar un par de tiros libres cojeando.

Y con todo, su sensación de dominio, de ascendencia sobre la cancha, es difícil de expresar en palabras o en datos. Son pálpitos. Inquietudes. Sensaciones. Esa sensación que le hizo estar presente en el interior de cada uno de sus compañeros en aquella final ante Grecia en la que Gasol recibió la medalla de oro apoyado en una sola pierna con lágrimas en los ojos. Esa sensación, que solo tienen los más grandes, de hacer temblar la tierra con su sola presencia. Con cada gesto, con cada mirada, las piernas del adversario tiemblan y las dudas asoman en su cabeza.

De Japón a China, la historia que se repite: un Mundial sin EEUU y con  España en busca del oro
Rodeando al Cid

Gasol convirtió Europa en el patio de su recreo. Su dominio en el planeta FIBA también contó con las dulces derrotas olímpicas, pero fue en el Eurobasket donde cimentó la leyenda de inexpugnable. España fue el ogro. Lo que antes había sido la Unión Soviética y más tarde Yugoslavia. Una entelequia de talento coronado por el jugador más dominante que ha dado el baloncesto FIBA, el de los 40 minutos de partido y el del colectivo antes del individuo. Olvídense de Belov, Tkachenko, Spanoulis, Bodiroga, Sabonis, Petrovic o Kukoc, todos palidecen ante Pau. Y de los Nowitzki, Parker y todos aquellos de brillantes andanzas NBA que claudicaron cada vez que Gasol se vistió de Quijote y se puso España por bandera.

El cénit de ese dominio llegó en 2009 tras alcanzar su máximo apogeo gracias a la tortura mental a la que fue sometido por Kobe Bryant, su ‘hermano mayor’, en los Lakers. En aquel campeonato Scariolo decidió darle la titularidad a Marc Gasol como pívot inicial para que intimidase y tapase espacios. Pau iba a jugar de 4 por vez primera con España. Aquella propuesta no dejó indiferente a nadie y dio lugar a una fuerte discusión popular que amainó cuando se vio que, sin responsabilidades defensivas, Pau iba tener como único límite vencerse a sí mismo.

Su actuación fue imperial. Lideró a España desde el primer minuto del primer partido al último minuto del último encuentro. En octavos le dio por anotar seis triples para machacar a Polonia, en cuartos pasó por encima de Francia con 28 tantos y 9 rebotes y en la final sumó 18+11 ante Grecia. El triunfo de España fue de una suficiencia pocas veces vista y la exhibición al tran tran de Gasol no se recordaba en la vieja Europa. Inteligente, ambicioso, motivado y siempre pendiente de aprender, mejorar y competir, el resultado era un jugador de corte histórico.

Aquello de 2009, como lo del Eurobasket de 2011, fue de un dominio insultante. En 2013 Pau no estuvo presente, y España pasó del oro al bronce. Daba igual. Ese equipo de ensueño, siempre contó con Pau. Su éxito se basó tanto en su faceta de jugador como en su faceta de ser humano. Cuando los rigores y las exigencias norteamericanas le impedían acudir a la llamada de la selección, Pau siempre estaba ahí. Como comentarista, como amigo, entrenando, pero no jugando. En todos y cada uno de los torneos en los que no se puso las zapatillas, Pau estuvo presente. Siempre buscó la forma. Y siempre la encontró. La familia, dieron en llamar a la ÑBA. Y el cabeza de familia siempre fue él. Siempre fue Pau.

Gasol fue un artista, un talento y una figura portentosa que alcanzó cotas inimaginables. A sus cualidades se le unió una cabeza excepcional que le permitió estar a la altura que demandaban sus responsabilidades. Su apogeo y sus éxitos con la ÑBA coincidieron en el tiempo con unos años en los que desde Madrid y desde Barcelona se buscó la apropiación ideológica de su figura. Ha sabido defender con hechos y palabras ambas posturas y sólo los más nacionalistas recalcitrantes han querido incautarse de sus sentimientos.

Pau Gasol: los principales hitos de una carrera de 26.516 puntos - AS.com
España (2001-2021)

Pau quiso despedirse en el parqué y no en una consulta médica. Lo hizo tras rozar con las yemas de los dedos la Euroliga, la única muesca que falta en su revólver, y tras disputar sus quintos Juegos Olímpicos con 41 años ¿Por qué? Porque quiso y punto. Su despedida real había tenido lugar seis años antes, cuando ya contaba con 35 primaveras. Quiso entonces Pau poner el broche de oro no a su carrera, pero sí a sus años de reinado. Cuando nadie lo esperaba, cuando sus años de gloria vislumbraban su fin, a Pau le dio por pintar su ‘magnus opum’, su obra maestra.

El feliz acontecimiento tuvo lugar en Lille, donde Francia pierde su nombre y pasa a ser Bélgica. Allí, ante 27.000 almas, Pau hizo lo que llevaba haciendo durante una década, con la salvedad de que nadie contaba con que lo hiciese en ese momento de su carrera. España había caído derrotada en el Mundial del año anterior ante Francia, ante lo que se dio a pensar que era el fin de una era dorada. Los franceses, más jóvenes y más grandes, eran el futuro.

En Lille, en el Eurobasket 2015, España llegó a semifinales con sufrimiento y con el depósito de gasolina en la reserva. El corderito estaba tierno para asar, pero a Gasol le dio por sacar los colmillos cuando nadie lo esperaba. Firmó 40 puntos (de los 80 de España) y 11 rebotes para un 52 de valoración. Gasol era King Kong. “El Imperio contraataca”, acertó a titular un diario. Pau bailó a un joven Gobert hasta sacarlo del partido por exceso de faltas. La imagen de Pau dándose golpes en el pecho tras machacar el aro francés simbolizaba un reinado. El reinado del ogro de Europa. Con aquel mate Pau ganó la semifinal y ya, de paso, la final ante Lituania.

Nunca fue cosa de títulos. Nunca fue cosa de números. Fueron las sensaciones. Lecciones y más lecciones de como jugar al baloncesto.

https://www.youtube.com/watch?v=ebBIL-lSk5A

“Gasol ha completado un partido colosal, el tercero consecutivo en el que supera la barrera de los 25 puntos en esta fase final. Ha estado monumental. Ha eliminado prácticamente él solo a Francia en la semifinal y nos ha hecho llorar (…) Su actuación ha sido absolutamente monstruosa, formidable, genial y sobrehumana. Ha estado gargantuesco.” Frederic Forte en el diario ‘L’Equipé’, en el análisis de la histórica victoria de España ante Francia en el Eurobasket 2015.

Otras historias relacionadas con la carrera de Pau Gasol

Gasol: Versión NBA (primera parte del artículo dedicada a la carrera NBA de Pau Gasol)

Elogio desmesurado de Lebron James (el mejor jugador de la NBA en el siglo XXI)

La orgía de puntos de Navarro (cuando Navarro se vistió de superhéroe para ganar un Eurobasket)

Felipe Reyes; el último pívot europeo (la legendaria carrera de otro de los juniors de oro)

Los años de Jordan en Washington (cuando Jordan volvió a las pistas por amor al juego)

Bullying a Toni Kukoc (en dos partes la historia del ídolo de la infancia de Pau Gasol)

Los años negros de Estados Unidos (cuando Estados Unidos perdió la hegemonía del baloncesto mundial por culpa de Argentina, Grecia y España)

El experimento Nowitzki (la carrera de laboratorio del ‘Robin Hood’ de la canasta)

Kobe (vida y obra de Kobe Bryant en dos artículos)

A los 20 años de la Copa de Gasol (los inicios de Gasol en Barcelona y su explosión en la Copa del Rey de 2001)

Leer más

Tokio 2020. Balance

En Rusia se prohíbe enseñar un idioma extranjero en los colegios públicos ante el escándalo de una Unión Europea que permite que varios de sus miembros legislen con tintes homófobos. El Reino Unido celebra el brexit y proclama como día de la libertad el fin de las restricciones por Covid mientras baten récord veraniego de infectados. En España lo que se baten son récords de precariedad laboral, descrédito económico y pesimismo generalizado y aun así la calle solo arde para amparar la libertad de un rapero de pésimo gusto.

En Lyon se realiza el primer trasplante de hombros y brazos al mismo tiempo que un cacharro con cuatro ruedas se da un paseo por Marte. En Cuba siguen instalados en 1959 y siguen imaginando, como imaginó John Lennon hace ahora medio siglo. En Canadá mueren más de 700 personas por una ola de calor que supera los 50 grados mientras que en Alemania más de 200 fallecen por culpa de unas riadas en pleno mes de julio.

Media América celebra el bicentenario del fin del dominio español cuestionando la democracia, mientras la democracia más antigua del planeta echa democráticamente a un loco del sillón presidencial que alentó el asalto del Capitolio de Estados Unidos por un grupo de tarados.

Joe Biden, un anciano de 78 años, es elegido el hombre más poderoso del mundo. Putin tiene 69, Xi Jiping 68 y el desconocido presidente de India 76 primaveras. En Europa cuanto más joven e inexperto, mucho mejor. El drama de la belleza efímera ataca a Miss Universo por pasarse con los retoques virtuales. Virtuales son los youtubers, los blogueros, los instagramers y los bitcoins, que llegaron a cotizarse a 50.000 dólares al mismo tiempo que una empresa centenaria como Hertz se iba al carajo incapaz de menear sus más de 200.000 coches por culpa de la pandemia.

Fallece Larry King y Albert Roux, el hombre que convirtió el comer en un placer. Placenteras eran las caderas de Raffaella Carra que durante años demostró que para menearse había que viajar al sur. Mucho más lejos viajó Michael Collins, el desafortunado al que le tocó hacer de conductor mientras sus compañeros borrachos se pegaban un fiestón gravitando por la Luna. También falleció Felipe de Edimburgo. Lástima. Pero ese no era el que tenía que marcharse al otro mundo. El príncipe Carlos ya suma 69 años esperando para ser coronado Rey de Inglaterra.

Fueron los Juegos de la XXXII Olimpiada. Se iban celebrar en 2020 pero al final se pospusieron a 2021 coincidiendo con el 150 aniversario de los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna celebrados en Atenas. Fueron los Juegos del silencio. Japón quería erradicar, no mitigar el coronavirus. Pudieron ser los Juegos de la quiebra financiera. El gobierno nipón admitió que de cancelarlos no tendría forma de devolver el dinero ingresado por los derechos televisivos. Sin alcohol en los bares solo la borrachera de oros japonesa hizo fluir tickets de metro gratuitos para que la fiesta de la villa olímpica se trasladase a la noche de Tokio.

Quisieron ser los Juegos de la igualdad, desde Suecia a Arabia Saudí a pesar de que Brunei no pudiese llevar a una abanderada porque solo contaba con machos en su delegación. Hubo luces, drones y fuegos artificiales para disfrute del consumidor televisivo mientras los atletas saludan al vacío.

Fueron los Juegos de deportes sospechosos de considerarse como tales caso de la escalada (en rocódromo), el baloncesto (3×3) o el skate, gobernado por niños que gritan y ríen a ritmo de Foo Fighters o Pennywise cuando no tienen edad para estrenar las camas antisexo de la villa olímpica. Lo curioso es que para aquellos que consideran sospechoso el skate no lo es que un señor de 62 años gane una medalla de oro por subirse a lomos de un caballo.

Y es que el mundo está en continuo cambio. En Alemania se manifiestan contra el sacrificio de un caballo olímpico tras los servicios prestados. Gavin Hubbard, antes Laurel, se convierte en el primer transexual de los JJ.OO. La namibia Christine Mboma compite como mujer ante la duda de sus tasas de testosterona. El equipo germano de gimnasia estrena una equipación asexual para su concurso cuando las adolescentes de medio mundo se pasan el día en leggins y leotardos. Una lanzadora de peso estadounidense obtiene la plata, pero gana la medalla de platino por su peinado, sus mascarillas y sus declaraciones a favor del movimiento LGTBI. Una japonesa de tez oscura enciende el pebetero olímpico.

Tokyo 2020: Naomi Osaka fue la encargada de encender el pebetero olímpico -  Los Pleyers
Empieza la fiesta

‘The New York Times’ y la ‘NBC’ cambian el orden tradicional del medallero para que Estados Unidos supere a China y vuelven al original en la última jornada cuando los americanos dan el ‘sorpasso’ gracias a un último oro. Las parejas chinas de dobles mixtos de tenis de mesa y la masculina de bádminton tienen que pedir perdón públicamente por perder el oro ante los odiados taiwaneses y japoneses respectivamente. La orgía de oros de Japón hace dudar de la importancia del público para el anfitrión. Australia domina en la piscina, Italia es un cohete y Kosovo gana el doble de medallas de oro que la India con 1.000 veces menos habitantes. Rusia se convierte en el Comité Olímpico Ruso y cambia su himno por el concierto para piano número uno de Tchaikowsky.

Un atleta iraní gana la medalla de oro en tiro y Estados Unidos pide que se la retiren por estar en su lista de terroristas más buscados. Aditi Ashok gana la medalla de chocolate en golf tras cambiar a su padre por su madre buscando un caddie que no le gritase tanto. García Bragado compite en sus octavos JJ.OO en la misma prueba donde un español se pasa 49 kilómetros y 850 metros saboreando la plata para en los últimos 150 metros acabar fuera del podio. Se considera una oda al olimpismo que un italiano y un qatarí compartan medalla de oro en salto de altura y nadie se pregunta porque no compartieron la de plata.

Ninguno de los fondistas, velocistas o saltadores de Estados Unidos gana la medalla de oro en Tokio. Desaparecida Rusia, el atletismo ha recuperado a Europa para la causa tras décadas abandonado por la audiencia ante la ausencia de repercusión de sus atletas. Más de la mitad de los finalistas del 1.500 son europeos por vez primera desde tiempos inmemorables, y aunque muchos son hijos de africanos, parece que la Europa multiétnica le ha vuelto a coger el gusto al correr.

Italoestadounidense es Marcell Jacobs, el italiano que se convirtió en el primer europeo campeón de los 100 metros desde Barcelona 92. De origen etíope es Sifan Hassan la neerlandesa que logró doblete en 5.000 y 10.000 metros. Rubios y arios son Ingebrigtsen y Warholm, este último bajando de 46 segundos en los 400 vallas cuando reducir los 47 se consideraba ciencia ficción. De otro planeta también es el récord de Yulimar Rojas en longitud. Allyson Félix sumó 11 medallas en cinco Juegos superando la decena del Hijo del Viento.

La preparación y las suelas de fibra de carbono con tecnología Mercedes han ayudado a obtener buenas marcas y a batir unos cuantos récords con la proporción adecuada para que su excepcionalidad siga siendo su gran valor. No sucedía así con la piscina, donde en la época del poliuterano las marcas eran una fiesta y ha habido que esperar a Tokio para batir aquellos tiempos mentirosos.

Caeleb Dressel sucedió a Phelps con cinco oros en la piscina, pero su falta de magnetismo le impidió ser el rey de los Juegos. La reina abdicó por culpa de unos demonios que entraron en su cabeza y aunque Elaine Thompson, Sifan Hassan o Katie Ledecky reclamaron su trono atufan a republicanismo.

Jamaica sigue humillando a Estados Unidos en la velocidad y Kenia y Etiopía deben ponerse las pilas sino quieren perder la hegemonía del fondo en África. Un tifón aplaza la competición de vela para alegría de los surferos. El calor, la humedad y las cigarras hacen que una tenista tenga que volver a la villa olímpica en silla de ruedas. Djokovic lo hace en taxi tras dejar en la estacada a su compañera de dobles mixtos. Pau Gasol se va de sus últimos Juegos sin medalla en la enésima fiesta del baloncesto NBA.

Fueron los Juegos de las babas, de los test diarios de saliva. Los Juegos de las camas de poliéster 100 x 100% recicladas. De los platos de cartón y los vasos de papel reciclados. De los podios hechos con impresoras 3D fabricados con desechos plásticos. Fueron los Juegos de los coches eléctricos y de las medallas hechas con desechos de teléfonos móviles inservibles.

Fueron, en definitiva, los mejores Juegos de la historia. Los de 2020 celebrados en 2021. Hasta que dentro de tres años, en Paris, volvamos a tener los mejores Juegos de la historia.

Las mejores imágenes de la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos -  Infobae
Arigato

Otros balances y reflexiones grandilocuentes:

Desglosando al mejor futbolista de la historia (Di Stefáno, Pelé, Cruyff, Maradona o Messi)

Escogiendo al mejor ciclista de la historia (De Coppi a Froome con permiso de Merckx)

Escollendo ao mellor deportista de Galicia (os 10 mellores da nosa terra)

Rusia 2018. Balance (una reflexión sobre el último Mundial de fútbol)

Tottenham vs Liverpool (final inglesa de la Copa de Europa 2019)

PSG vs Bayern (nuevos ricos contra ricos de toda la vida en una final en año de pandemia)

Los nuevos yuppies (Chelsea vs Manchester City en la final de la Copa de Europa de 2021)




Leer más

Hacerse un Biles

Poseedor de una vasta hacienda, Cayo era uno de los consejeros más acaudalados y afamados de Octavio Augusto. Sin la presencia de este noble romano Augusto no se hubiese convertido en emperador, ya que fue su labor diplomática la que convenció al Senado de que la única forma de acabar con la guerra civil era finiquitar el triunvirato surgido tras el asesinato de Julio César. Ayudar a colocar la corona de laureles sobre la cabeza de Augusto tiene su aquel, mas no fue eso lo que hizo pasar a Cayo a la posteridad. Con su inmensa riqueza, Cayo apoyó y protegió a numerosos eruditos, siendo los más conocidos los poetas Horacio y Virgilio. Cayo Mecenas, como así era conocido, dio nombre a aquel que patrocina la cultura de forma desinteresada.

Cayo Mecenas es epónimo de mecenas y de mecenazgo. Los epónimos son usados desde hace siglos para nombrar pueblos, conceptos, descubrimientos o inventos. Entre los más conocidos epónimos de diferentes tipologías podríamos citar a Américo Vespucio (América), Cristóbal Colón (Colombia), Louis Braille (sistema Braille), San Cirilo (alfabeto cirílico), Mijail Kalashnikov (fusil Kalashnikov), Louis Pasteur (pasteurización), Karl Marx (marxismo) o Charles Darwin (darwinismo). Entre los epónimos a destacar también los hay irrelevantes para el desarrollo humano, pero ampliamente gratificantes como bechamel (Louis de Bechameil), jacuzzi (Cándido Jacuzzi) o sándwich (Conde de Sándwich). Pasar a la posteridad como un epónimo es dejar un legado imperecedero en la sociedad.

Simone Biles no solo es la gimnasta más laureada de todos los tiempos, sino que ha ligado su nombre a la historia a través de unos movimientos jamás antes practicados. En gimnasia a la ejecución se le añade la dificultad. El ‘Biles’ es un salto de extrema dificultad que Simone ejecutó en 2013 y que desde entonces ha ido perfeccionando. Se trata de un doble salto mortal o dos vueltas con el cuerpo completamente extendido, pero, en la última vuelta, se da un giro en el otro sentido, combinando los dos ejes de rotación. La extrema dificultad radica en que, en vez de caer mirando al suelo, uno lo hace hacía adelante a ojos ciegos.

“A veces me pregunto qué pensará mi madre biológica sobre todo esto”, acertó a comentar Simone Biles la primera vez que consiguió una medalla. Y es que la atleta afroamericana fue acogida por sus abuelos al poco de cumplir tres años. Inmersa en la droga y el alcoholismo, los servicios sociales no dudaron en quitar la custodia a la madre biológica de Biles.

Ahora, convertida en leyenda deportiva, Simone mantiene el contacto con ella por respeto a sus abuelos. El destino quiso que cuando Simone contaba con seis años el mal tiempo cancelase una excursión prevista en el colegio. Los profesores decidieron invertir la mañana en la visita a un centro deportivo cercano. Allí, aquella niña risueña quedó fascinada por los saltos y las piruetas que daban las gimnastas. A partir de ahí no hubo actividad que distrajese a Biles de su objetivo. Llegaría a entrenar durante cinco horas al día sin descuidar ni un ápice sus notas. No existieron otras actividades extraescolares, ni fiestas de cumpleaños con los amigos. En 2013, con 16 primaveras recién cumplidas, ya era campeona del mundo. Sólo entonces hubo vacaciones.

Simone Biles es la única gimnasta de la historia que ha sido tres veces consecutivas campeona del mundo en el concurso general de gimnasia (2013, 2014, 2015). Son 19 victorias mundiales y 25 medallas ganadas. Pero más allá de su creatividad, destaca su longevidad, extrema para una gimnasta. Si Nadia Comaneci era equilibrio y gracilidad, Simone Biles es un estallido continuo de potencia con una sonrisa en el rostro. SI la rumana era ballet, la estadounidense es rock and roll. Con una estatura que apenas supera los 140 centímetros, sus casi 50 kilos de puro músculo combinan la flexibilidad con la fuerza. Sus acrobacias son rapidísimas y sus aterrizajes seguros. Su centro de gravedad tan bajo la favorece en el ejercicio de suelo, pero dificulta sobremanera su ejercicio en el potro. Como Michael Jordan, Simone Biles tiene la capacidad de anular la ley de la gravedad.

Pero Biles quiso más. En el Mundial de 2019, Simone consiguió llevar a cabo una acrobacia que ninguna otra gimnasta femenina había conseguido hacer. Este salto en concreto se trataba de un triple-doble, o sea, un doble mortal hacia atrás con triple giro sobre sí misma en su ejercicio de suelo. Un salto sin precedentes. Tal fue el asombro y la admiración por ese movimiento que a partir de ese momento quedó bautizado como «Biles II». Su segundo epónimo.

https://youtube.com/watch?v=C6bLy43Qd4s

El secreto de Biles, como explicaban de forma fantástica en un especial olímpico del ‘The New York Times’, es su capacidad para incluir más movimientos en cada serie. Por ejemplo, cuando en el ejercicio de suelo Biles encara desde una esquina la diagonal del tablero, necesita correr menos para generar la misma potencia que el resto de sus competidoras. Así, puede pasar más tiempo en el aire, incluyendo más elementos y ofreciendo concursos más espectaculares. La complejidad de sus ejercicios la empuja a cometer errores en barra, pero la altísima dificultad de la que parte, y su capacidad para mantenerse constante durante el resto de sus series, hace que los jueces la coloquen de forma invariable por encima de los 15.000 puntos en todas sus intentonas.

Y así, esa mujer que ejecuta actuaciones que los hombres solo pueden soñar, se plantó en Tokio con la intención de lucir el ‘Biles II’ en los Juegos Olímpicos, y, según los rumores, con alguna que otra sorpresa en la recámara. Antes de los concursos individuales, la escuadra olímpica de Estados Unidos competía en la prueba de equipos. Minutos antes de enfundarse los leotardos, y ante el estupor general, Simone Biles anuncia que se retira de la competición. Lo que en un primer momento se anuncia como molestias en el tobillo acaba siendo un colapso mental. No participará tampoco en las pruebas individuales.

Biles acaba de hacer un ‘Biles’. El ‘Biles III’. Pero esta vez el epónimo no obedece a sus fastuosas actuaciones. ‘Hacerse un Biles’ quedará como epónimo del colapso mental del deportista de élite.

Biles, como otras hijas de la gimnasia, ha sido exigida, reprimida y explotada desde niña. Al igual que la rítmica, la gimnasia artística es un deporte de niñas, de niñas que son élite cuando no conocen la menstruación. Niñas que demuestran coraje y valentía, sacrificio y dedicación, y que son manejadas desde lo más alto por quienes ven en ella objetos con día presto para la caducidad.

¿Por qué Biles tardó tanto en comprender que su cabeza estaba llena de demonios? Con todo ganado, a lo que Biles aspiraba en Tokio era a la eternidad. Tras cuatro (cinco) años de preparación, imposiciones y obsesiones, Simone Biles tuvo miedo a perder. Se sentía como un hámster en la rueda, acertó a decir un periodista. A Biles se le cayó la capa de superheroína. Un dolor invisible, acrecentado por la pandemia, le ha producido un bloqueo mental. Pasó de tener una estructura ordenada al vacío por rutina. Su éxito está construido sobre un esfuerzo y un talento descomunal, pero también sobre lacras que ayudan a comprender su fragilidad. Es la imagen y fuente de ingresos de una federación que apoyó el terror físico y psicológico promovido por el matrimonio Karloyi, los mismos que hace casi 45 años atormentaron a una niña rumana que vendió su alma a cambio de ser la reina de Montreal.

Y es que la excelencia se cultiva en ambientes tóxicos, pero el deportista de élite hace poco por acotarlos. La niña Biles era voluble y manejable. La mujer Biles es una deportista empoderada, un icono racial y una voz capaz de crear estados de opinión. Por eso cuesta entender que no echara antes el freno. Es la presión, sí, de patrocinadores, de entrenadores, de directivos y hasta de aficionados, pero sobretodo es la autoexigencia. Fue ella la que quiso hacer el ‘Biles’, el ‘Biles II’ y coronarse en Tokio quien sabe si con un ‘Biles III’. Hay sargentos que deciden no ser tenientes, profesores que declinan ser directores, currelas que no quieren ser jefes. Nadie obligó a Biles ser leyenda. Lo quiso ella.

Simone Biles realizó una ejecución limpia y concentrada, aunque menos espectacular de lo acostumbrado. Y se mostró feliz de salir nuevamente al tabloncillo.
El Ángel domó al demonio

Fue Johan Cruyff el que se inventó lo de la presión externa. Cuando de adolescente saltó a la fama, decidió que un futbolista tenía que traspasar los límites del terreno de juego. Se convirtió en hombre anuncio porque quiso y abrió el camino del terror capitalista en el que se ha convertido el deporte de élite. Pero el propio Cruyff fue víctima de su ambición, porque el hombre que anunció su retirada a los 30 tuvo que estirar su carrera a disgusto hasta cerca de la cuarentena para cumplir con todo con lo que su ambición se había comprometido.

Sin presión no existiría el deporte profesional. Novak Djokovic lo dijo al ser interpelado por el caso Biles: “Si ansias ser el mejor en tu deporte debes aprender a hacer frente a la presión en la pista y fuera de ella”. Gestionar la duda debe formar parte del entrenamiento. Hay una asociación, quizás peligrosa pero muy real, entre la ansiedad y la alta competición, como la hay entre la ansiedad y un trabajo de éxito. Y como también la hay entra la ansiedad y el fracaso. O entre la ansiedad y la falta de trabajo. Todo es agotador, porque la vida es agotadora.

Puede que a Simone Biles, ante la soledad del dolor mental y la vergüenza al ser juzgada, se la hayan comido los demonios. De Tokio se lleva una medalla de bronce que siempre recordará como un oro. Su séptima medalla olímpica. De todas, la más brillante. La que le hizo recuperar la sonrisa. Quizás los demonios se hayan ido ya y una tarde cualquiera el ‘Biles III’ haga su aparición.

Quién sabe.

Otras historias de mujeres olímpicas:

El ama de casa voladora (La mujer que dejó a los niños en casa para convertirse en reina de los Juegos Olímpicos)

El récord imposible de Marita Koch (dopaje de Estado en 47’60’’)

La princesa de los pies descalzos (celos, zancadillas y geopolítica mundial en Los Ángeles 84)

Leer más

Cuando Geesink humilló al judo japonés

Cuando Tokio organizó en 1964 los Juegos Olímpicos, el mundo fue consciente de primera mano de lo que se dio en llamar ‘el milagro japonés’. Arrasado tras la II Guerra Mundial y ocupado por el ejército estadounidense, el gobierno nipón transformó su industria pesada de guerra en industria tecnológica y utilizó mano de obra barata que escapaba de países comunistas del entorno como China o Corea en su propio beneficio. En época de los JJ.OO, Japón crecía anualmente más de un 5% y estaba a punto de superar a todas las potencias europeas. (Querido lector, sí has leído mis dos últimos artículos ya estarás al tanto de ello).

Japón se preparaba para una fiesta. Y la fiesta iba a tener de todo. Como gesto de aprecio a la ciudad anfitriona, el COI permite añadir al programa olímpico un deporte con fuerte arraigo en la comunidad. Algunos no pasan de esa edición (por ejemplo el hockey a patines en Barcelona 92) y otros debutan para no marcharse (taekwondo en Seúl 88). Éste último caso fue el del judo, que apareció por primera vez en Tokio y que ahora es un clásico olímpico.

El judo, cuyo significado se puede traducir como ‘camino de la flexibilidad’, fue creado por un maestro japonés a finales del siglo XIX. ‘Grosso modo’ consiste en la traslación de técnicas medievales de combate cuerpo a cuerpo al ejercicio deportivo. Para los nipones es una disciplina cuasi sagrada. Es una muestra de respeto y de equilibrio entre mente y cuerpo. Es una filosofía de vida y una representación de los valores educativos del pueblo japonés.

El gobierno japonés diseñó un fastuoso pabellón para 15.000 espectadores conocido como ‘Nippon Budokan’. No hubo otras disciplinas que mancillasen el lugar. Se bosquejó únicamente para las competiciones de judo y sólo se ha permitido que otros deportes de contacto como el karate tengan cabida en sus instalaciones. Incluso, con el transcurrir de las décadas, se ha utilizado para conciertos, eso sí, con la protesta de los tradicionalistas y hasta con amenaza de bombas incluidas.

Nippon Budokan (日本武道館) | 3D Warehouse
Nippon Budokan

Pero volvamos a 1964. A la competición de judo. Había cuatro categorías diferentes; 68 kilos, 80 kilos, más de 80 y la categoría abierta, la reina de la competición, sin limitaciones. Por entonces sólo había competición masculina, así que eran cuatro las medallas de oro en juego. Japón contaba con ellas. Con todas ellas. Consiguió las tres primeras y faltaba la traca final. La categoría reina. El encargado de defender el orgullo nacional y subir al alto del pódium era Akio Kaminaga.

Akio Kaminaga Imagens e fotografias de stock - Getty Images
Akio Kaminaga

Kaminaga nació en la costera ciudad de Sendai tres años antes del inicio de la II Guerra Mundial. Privado de infancia, no comenzaría hasta la adolescencia tardía a practicar judo. Con celeridad se convirtió en un gran atleta y ganó tres campeonatos nacionales, algo que nunca antes se había hecho. Era el elegido para ganar la primera medalla áurea olímpica en la historia del judo.

Pero, como las cosas no suelen salir como están programadas, Kaminaga sufrió una lesión en el ligamento de su rodilla derecha poco antes de comenzar los JJ.OO. Kaminaga no estaba dispuesto a renunciar a los Juegos y ocultó sus molestias tanto como le fue posible. Su talento le permitió alcanzar la final olímpica yendo de menos a más. En semifinales venció a su oponente en apenas cuatro segundos, una victoria tan rápida que se grabaría en el libro de los récords durante tres décadas.

Parecía pan comido. Pero minutos antes, en la otra semifinal, el otro clasificado había vencido a su contrincante con un ippon en la nada desdeñable cifra de 12 segundos. El rival de Kaminaga sería Anton Geesink.

El neerlandés Anton Geesink era un veterano judoka que por aquel entonces acumulaba 21 medallas de oro en campeonatos europeos. Sobre el papel un rival formidable. Para la afición y los medios nipones un don nadie. Europa era al judo como el agua al aceite. ¿Cómo iba a perder un japonés una medalla de oro en judo?

En realidad Geesink había ganado el primer campeonato del mundo de la disciplina celebrado un par de años antes, pero los japoneses no se lo tomaron en serio. Al igual que hicieron los ingleses con el fútbol durante décadas, los nipones despreciaban los torneos mundiales. Se consideraban garantes de la pureza del judo y no veían interés en participar en torneos con otros países.

Los JJ.OO iban a servir para demostrar la hegemonía de Japón. Aquel 23 de octubre de 1964 se suspendió la actividad en el Parlamento, se paralizó la jornada en las fábricas y aquellos que no tenían aparato de televisión se agolparon en los escaparates de los comercios para ver el espectáculo.

Geesink era un armario empotrado de 111 kilos, frente a los 107 de Kaminaga. Además el tulipán le sacaba un palmo de cabeza al crisantemo. Geesink era una bestia en el suelo. Grande, musculado pero ágil, si te cazaba era implacable. Kaminaga era un relámpago, un dolor de muelas continuo con una técnica exquisita. El combate duró algo más de nueve minutos, hasta que Geesink inmovilizó con una llave a Kaminaga durante más de 30 segundos. Según las reglas si después de medio minuto el judoka no se da zafado de su rival se le da el combate por perdido.

Hubo un silencio sepulcral. Geesink reaccionó con prontitud y desde el suelo indicó a su equipo, extendiendo su mano derecha, que no saltaran al tatami para celebrar la victoria. El público se dio cuenta del detalle de respeto y los más de 15.000 espectadores se pusieron de pie para aplaudir al neerlandés. Fue una ovación emotiva, de profundo reconocimiento, pero irremediablemente breve. Y es que inmediatamente el público se sentó y las lágrimas hicieron su aparición en el pabellón. Los llantos y la pena invadieron el ‘Nippon Budokan’.

Kaminaga.
Respeto

Apesadumbrados por la vergüenza, Kaminaga y los suyos se retiraron a los vestuarios a llorar la derrota. Los cronistas olímpicos que presenciaron el histórico momento comentaron que nunca se ha celebrado ni se celebrará una ceremonia de entrega de medallas tan triste, y, a la vez, tan respetuosa.

Geesink se convirtió en un ídolo en Japón a la altura de las estrellas futbolísticas de hoy en día. Por su parte Kaminaga fue expulsado del equipo nacional y fue repudiado por sus compatriotas. Durante un tiempo se rumoreó que se había hecho el harakiri por vergüenza al haber fallado al emperador y al pueblo japonés. El cuchicheo desapareció unos años más tarde cuando fue rehabilitado por el Gobierno y fue designado el entrenador del equipo olímpico japonés para los Juegos Olímpicos de 1972.

No obstante sí que hubo un suicidio relacionado con esta historia. Por aquel entonces sólo podía ir a los JJ.OO un atleta de cada país en función de cada categoría. Kaminaga fue el elegido para la categoría abierta por delante de Isao Inokuma, un judoka que estaba en mejor forma, pero que pesaba unos 25 kilos menos que su compatriota. La frustración de Inokuma fue tal que se preparó concienzudamente para derrotar a Geesink en el mundial del año siguiente. Dicho enfrentamiento no llegó nunca a producirse, porque el neerlandés, conquistado el oro olímpico, estaba satisfecho con su carrera y anunció su retirada.

Dicen que Inomura siguió entrenándose año tras año con la esperanza de poder combatir algún día contra Geesink y devolver el honor a su emperador. Su tortura derivó en locura, hasta que en 2001 se hizo el harakiri y se quitó la vida.

Archivo:Akio Kaminaga, Anton Geesink, Ted Boronovskis, Klaus Glahn 1964.jpg  - Wikipedia, la enciclopedia libre
Geesink recibiendo el oro

“¿Qué siento al ver a toda esa gente llorando? Soy muy feliz. El judo ha salido de Japón y se va a extender por todo el mundo”. Anton Geesink.

Otros héroes olímpicos

El relámpago humano (Usain Bolt y sus récords sobrehumanos)

El ama de casa voladora (la heroína del atletismo mundial)

Frank Shorter (el hombre que hizo que el mundo corriese)

Vitaly Scherbo (alcohol, extorsión, secuestros, enfermedad y gloria olímpica)

La princesa de los pies descalzos (Guerra Fría, racismo y envidias en Los Ángeles 84)

Un camino iluminado por un gran relámpago (vida y obra de Jim Thorpe)

Black Power (John Carlos y Tommie Smith alzando el puño en México 68)

El rey de la milla (como El Guerrouj se citó con Alá para lograr el oro olímpico)

Tokio 64 (los JJ.OO de Geesink y Kaminaga en dos artículos)

Leer más

Tokio 64. Los Juegos Olímpicos de la ciencia ficción (2ª parte)

Los Juegos de Tokio de 1964 se recuerdan por ser los primeros emitidos en color y por las retransmisiones vía satélite por todo el mundo. Al menos por el mundo que sabía lo que era una transmisión televisiva. Fueron conocidos como los Juegos de la ciencia ficción en una época donde nada parecía imposible y el ser humano se disponía a asaltar el espacio. Quizás el recuerdo más vivido de aquellos Juegos sean las líneas futuristas del ‘Nippon Budokan’, donde por primera vez en la historia olímpica se celebraría la competición del judo, deporte nacional japonés.

Fueron también los Juegos de la descolonización. Hasta diez países de nueva aparición desfilaron por tierras japonesas y las banderas de naciones como Senegal, Níger o Malí fueron reconocidas en los cinco continentes. Fueron también los primeros Juegos en los que se vetó la presencia de Sudáfrica por culpa del régimen del ‘apartheid’. No sería hasta Barcelona 92, ya con Mandela en libertad, cuando los sudafricanos volviesen a tener representantes olímpicos.

Y aunque no lo parezca hubo deporte, mucho deporte. Fueron los Juegos de Don Schollander y de Larissa Latinina. El estadounidense se convirtió en el primer nadador en lograr cuatro medallas de oro en los mismos Juegos Olímpicos. La ucraniana (entonces soviética) sumó dos nuevas medallas en gimnasia haciendo el total de 18 en tres ediciones diferentes. Es la mujer más laureada de la historia olímpica (nueve oros, cinco platas y cuatro bronces) y su elegancia y su técnica la convertirían en el referente para las gimnastas que más allá del Telón de Acero dominaron esta disciplina durante décadas.

Las Mujeres del Olimpo: Larissa Latynina
Latinina. La reina de la gimnasia

Fue también la primera vez del voleibol. Inventado en Estados Unidos como un deporte veraniego, como todo lo que venía de Estados Unidos (otra sorpresa) fue aceptado con entusiasmo por los japoneses. La selección femenina, liderada por Masae Kanai, derrotó en la final a la selección soviética que llevaba una década sin perder un encuentro. Miles de personas se agolparon en los escaparates de los comercios para animar a aquel equipo que cautivó a los nipones. Compaginaban sus entrenamientos de 10 horas diarias con sus trabajos o sus estudios.

También destacó la actuación de Osamu Watanabe en lucha libre, que fue oro tras una trayectoria impoluta en la que acumuló triunfo tras triunfo. Takehide Nakatani también hizo historia convirtiéndose en el primer ganador de una presea dorada en judo en unos Juegos Olímpicos. Aquellos que siguieron los Juegos también recordarán al maratoniano Abebe Bikila que revalidó la medalla de oro de Roma 1960, esta vez con zapatillas, o al americano Billy Mills, que, a pesar de que no le gustaba correr, consiguió la primera y hasta la fecha única presea de Estados Unidos en 10.000 metros en unos Juegos Olímpicos. La historia de Mills es fascinante porque era un sioux que experimentó con el suicidio tras quedar huérfano y ser enviado a una reserva india. Diabético desde niño y discriminado durante su infancia, llegó a convertirse en un portento físico que acabó descollando en campeón olímpico.

Fueron también los Juegos de Ann Packer, primera británica en ganar un oro en los 800 metros y de Bob Hayes que firmó un 8’60’’ en su relevo del 4×100, una marca estratosférica que ni Usain Bolt logró alcanzar. Y fueron los Juegos de Tamara e Irina Press, dos hermanas soviéticas que fueron campeonas olímpicas en Japón. Tamara lo fue en lanzamiento de peso y de disco e Irina en pentatlón.

Sobre la actuación española poco que contar. A Japón viajaron 53 deportistas y no se logró medalla alguna. Uno de esos olímpicos fue Valentín Lorén, un chico zaragozano olímpico en boxeo en la categoría de peso pluma. En su segundo combate fue derrotado por un chino que respondía al nombre de Hen-Huang por doble amonestación. Ni corto ni perezoso, a Valentín le pareció tal injusticia la descalificación que le pegó un derechazo al árbitro del combate propinándolo un sonoro K.O. Lorén fue expulsado de la Villa Olímpica y vetado de perpetuidad en cualquier competición internacional.

— DICK ROTH —

Pero la historia más emotiva de los Juegos fue la protagonizada por Dick Roth. Era este un nadador estadounidense de rasgos marcados y amplia espalda que con 17 años iba a intentar subirse al cajón en los 400 metros estilos. Tras la ceremonia de inauguración Roth se encaminó a la Villa Olímpica para descansar, ya que al día siguiente tendría lugar la ronda clasificatoria de los 400 estilos.

Poco antes de acostarse comenzó a experimentar un fuerte dolor en el estómago. Arqueado con el malestar solicitó ayuda médica y al momento fue enviado al Hospital Militar de Estados Unidos, el cual estaba a una hora de distancia de la Villa Olímpica. Allí le fue diagnosticada una apendicitis aguda y el médico le instó a que se operarse inmediatamente.

Viendo que su sueño olímpico se desvanecía, Roth se negaba en ser operado. Al ser menor de edad hubo que localizar a sus padres. La suerte es que ambos estaban  instalados en un hotel de Tokio ya que se habían desplazado a Japón para animar a su hijo y de paso para disfrutar de sus primeras vacaciones en 20 años. Los padres, asustados, no dudaron en mandar a Dick operarse, pero el chico se mantenía en sus trece. Hubo de llorar y suplicar en una mezcla de dolor y desesperación para que sus padres le permitiesen evitar la operación.

Dick había salvado el primer escollo, pero su participación en la final de los 400 metros seguía siendo una utopía. Le suministraron analgésicos en tropel, pero el dolor seguía presente. Sin pegar ojo se presentó en la piscina olímpica para disputar las semifinales. En el hospital contaban con él al terminar ya que nadie esperaba que lograse clasificarse. Roth sacó fuerzas sabe dios de donde y logró clasificarse con el último tiempo para la final. Su marca empeoró en 15 segundos su mejor registro. Pero había sido suficiente.

Lo primero, pero no lo más difícil, estaba conseguido. Ahora tendría que aguantar 48 horas más el dolor para poder competir en la final. Los médicos le exigieron que estuviese en cama esos dos días y que no entrenase bajo ningún concepto. Además, un par de veces al día le hacían análisis de sangre y los calmantes seguían formando parte de su dieta diaria. Roth se propuso aguantar un par de días más antes de la gran final.

La fuerza mental tendría que ser mayor que el dolor físico si Roth pretendía conseguir una medalla. Antes de la inflamación del apéndice los pronósticos le daban la medalla de bronce por detrás de su compatriota Roy Saari y del alemán Gerhard Hetz. Ahora nadie contaba con que superase la última plaza entre los finalistas.

Roth comenzó a ritmo lento, manteniéndose heroicamente en torno al tercer y cuarto puesto en las vueltas a la piscina con estilo mariposa y con espalda. Después aumentó la velocidad en la tercera posta, cuando toca el estilo braza. La sorpresa vino en la última vuelta cuando en el estilo libre Roth imprimió un ritmo brutal que le llevó a la victoria marcando un tiempo de 4:45’4’’ logrando la medalla de oro y batiendo el récord mundial vigente.

The Pain and Joy of Pain: Dick Roth and the Gold that Almost Wasn't – The  Olympians
Oro y quirófano en el mismo día

Roth salió de la piscina, alzó los brazos y se hizo las fotos de rigor con la bandera estadounidense. Abrazó a su entrenador, saludó a sus compañeros y besó a sus padres. Después esperó pacientemente a la ceremonia de entrega de las medallas. Escuchó con mano en el pecho ‘The Star-Spangled Banner’ y agachó la cabeza para recibir su galardón en forma de esfera dorada.

Dos horas más tarde a Dick Roth le extirpaban el apéndice en quirófano. El apéndice ya no estaba inflamado. Ahora estaba roto. Roth tardaría una semana en volver a casa.

Otras historias de los Juegos Olímpicos de Verano

Tokio 64. Los Juegos de la ciencia ficción (primera parte del artículo)

Minuto de silencio en los JJ.OO (origen y prohibición de una bella tradición)

Una historia de agua y sangre en la Guerra Fría (puñetazos en la piscina de Melbourne 56)

El relámpago humano (Usain Bolt y sus récords sobrehumanos)

El ama de casa voladora (la heroína del atletismo mundial)

Frank Shorter (el hombre que hizo que el mundo corriese)

Carros de fuego (la emotiva historia de Paris 1924 que con maestría fue llevada al cine)

Vitaly Scherbo (alcohol, extorsión, secuestros, enfermedad y gloria olímpica)

El regalo de Reyes de Pierre (el viaje al futuro de Pierre de Coubertin)

La princesa de los pies descalzos (Guerra Fría, racismo y envidias en Los Ángeles 84)

Los años negros de Estados Unidos 02-06 (la decadencia de la selección estadounidense de baloncesto)

Un camino iluminado por un gran relámpago (vida y obra de Jim Thorpe)

Iñaki Urdangarín (su historia de amor con la Infanta Cristina en versión Twitter)

JJ.OO Berlin 1916 (los primeros Juegos Olímpicos cancelados)

JJ.OO 1940-1944 (la cancelación de los Juegos de Tokio y de Helsinki)

Steve Prefontaine (el origen de las zapatillas Nike)

Black Power (John Carlos y Tommie Smith alzando el puño en México 68)

¡A mí, Sabino, que los arrollo! (el nacimiento de la furia española)

¿Por qué Uruguay lleva cuatro estrellas de campeón del mundo? (las victorias charrúas en los Juegos de 1924 y 1928)

El rey de la milla (como El Guerrouj se citó con Alá para lograr el oro olímpico)

Leer más

Tokio 64. Los Juegos Olímpicos de la ciencia ficción (1ª parte)

En la mañana del 2 de septiembre de 1945 varios representantes del Imperio Japonés accedían al USS Missouri, un portaviones anclado en la bahía de Tokio. Allí les esperaba el Comandante Supremo Aliado Douglas McArthur para firmar la rendición incondicional y poner fin a la II Guerra Mundial. El emperador japonés dejaba de ser un dios. Quedaba prohibido ondear la bandera nipona durante el siguiente trienio. Se establecía una constitución diseñada a imagen y semejanza de la estadounidense. Japón tuvo que renunciar a su ejército y fue obligado a formar parte del libre comercio para mercadear con Estados Unidos. 350.000 soldados norteamericanos ocuparían durante una década un país desolado y arrasado, con más de dos millones de muertos a sus espaldas, con decenas de miles de personas sin hogar, con una reducción del 44 % del PIB y con seis millones de refugiados. Moralmente destrozados, los japoneses fueron catalogados, con justicia, como culpables de provocar una guerra en la que acabarían siendo arrasados inhumanamente por dos bombas nucleares.

Menos de 14 años después, exactamente el 26 de mayo de 1959, el Comité Olímpico Internacional (COI) seleccionaba a Tokio por delante de Detroit, Viena y Bruselas como ciudad organizadora de los Juegos Olímpicos de 1964.

¿Cómo narices fue posible?

Toda la disciplina japonesa y el poder de una industria bélica que llevó a un país diminuto y sin recursos naturales a desafiar a Estados Unidos y al Imperio Británico, fue reorganizada para el bien del país. La Guerra de Corea (1950-1953) permitió que Japón volviese a fabricar armas o misiles y, también, a reconstruir bases navales, en este caso, a beneficio de Estados Unidos. A finales de los 50 Japón pasó de depender comercialmente de los norteamericanos a invadirlos con productos mejorados y más económicos. Y había una cosa más. Llegada la década de los 60 más de la mitad de la población de Japón – y también de Alemania, la otra potencia agresora – comprendía de los 15 hasta los 50 años. El llamado milagro japonés hizo que en 1964, cuando los Juegos tuvieron lugar, Japón superase puntualmente a Estados Unidos en PIB mundial y se asentase plácidamente en una segunda plaza que tan sólo Alemania Federal osaba disputar.

Pero días antes de que los Juegos se iniciasen el mundo no tenía ni idea de lo que ocurría en Japón. A excepción de la gente de negocios estadounidense y de algún que otro académico europeo nadie sabía nada acerca de los nipones. Era un pequeño país asiático extraño y con un pasado terrible y belicoso. Muy pocos podían esperar la sorpresa con la que Japón obsequió al mundo.

Los Juegos de la ciencia ficción, como fueron bautizados por un periodista inglés, tuvieron lugar en 1964, pero en ciertas cosas fueron los últimos del siglo XX. Los primeros que anunciaron una nueva era tecnológica. Los primeros que rompieron con el mundo que existía antes de la II Guerra Mundial. Los Juegos que anunciaban una nueva era. Los Juegos que anunciaban el poder de la juventud.

El estadio olímpico no representó ninguna hazaña significativa ya que fue levantado en el Parque Meiji, en el mismo lugar donde tendría que haberlo hecho en 1940. Y es que Japón hubiese organizado los Juegos dos décadas antes si la guerra no lo hubiese evitado. El estadio es más conocido por los futboleros por ser el lugar donde se disputaba la Copa Intercontinental antes de ser derruido. Se trataba de un recinto ovalado con vistas a los rascacielos de la ciudad y con una única tribuna cubierta. Allí, más de 10.000 crisantemos, cientos de fuegos artificiales y cinco aviones, con sus estelas dibujando los aros olímpicos, dieron la bienvenida a los Juegos Olímpicos.

Si el estadio olímpico no representó ninguna hazaña, no sería este el caso del ‘Nippon Budokan’ (Estadio de artes marciales de Japón) una de las construcciones más bellas que nos ha dejado la arquitectura olímpica. Con una forma octogonal y con un techo que recuerda al monte Fuji, cuenta en sus instalaciones con su propia universidad y con una escuela de caligrafía japonesa. Es la casa del judo japonés (ahí se disputará también la competición de 2021 así como la de karate) y es un recinto casi sagrado en el que en todas sus estancias debe ondear una bandera nipona.

Los JJ.OO de Tokio 64 fueron los de la retransmisión en satélite a todo color (allá donde el color llegase). La NASA y el gobierno nipón lanzaron un satélite de comunicaciones al espacio pensado única y exclusivamente para llevar los Juegos a un tercio del planeta (básicamente al tercio que tenía aparato televisivo). Los Juegos tecnológicos aceleraron la ampliación de la línea de metro de la ciudad, así como la construcción de hoteles, parques y un sistema nuevo de alcantarillado. Fueron también los del monorraíl y los de los trenes balas que llevaban a público y atletas con precisión milimétrica a todos los puntos de la ciudad. No se conoció tren que sumase más de cinco segundos de retraso sobre su horario previsto.

Fueron los JJ.OO de las repeticiones a cámara lenta y de los micrófonos a pie de pista, que por vez primera permitieron acercar las sensaciones del deportista a todos y cada uno de los aficionados sin necesidad de la intervención del periodista. Fueron los JJ.OO de la informática, que consintió mostrar el tiempo de los atletas sobreimpresionado en pantallas que entonces eran futuristas. Se pudieron contabilizar las marcas en centésimas de segundo y se logró vincular el reloj de cuarzo a la pistola de salida en las pruebas atléticas de velocidad.

Tokio 1964 también fueron los Juegos del diseño gráfico. Se introdujeron los pictogramas que hoy son un elemento imprescindible para seguir la agenda olímpica de cada jornada. De hecho, Tokio 2020 ha llevado este legado aún más lejos al crear los primeros pictogramas deportivos cinéticos para los Juegos Paralímpicos.

Los pictogramas deportivos de las Olimpiadas desde Tokio 1964 a Río 2016 |  Creativos Online
Pictogramas Tokio 64

La combinación de modernidad y tradición resultó prodigiosa mezclando grafismos rupturistas con objetos cotidianos como el abanico o las camisetas. La simpleza y la vanguardia de los carteles oficiales recibieron infinidad de premios al combinar el blanco y el rojo presentes en la bandera japonesa con el cielo y el sol. La medalla olímpica diseñada para Japón estaría en vigencia durante casi cuatro décadas debido a su belleza y harmonía.

Una belleza y harmonía que fue otoñal, porque los Juegos se celebraron en otoño. La caravana olímpica se acercó por vez primera a Asia durante una quincena de octubre. Pero nunca otoño fue tan primaveral. Para Japón los Juegos de Tokio 1964 fueron el renacer. Como lo serían para Alemania en el 72 o para España en el 92. Pero Japón no sólo resucitó, sino que sorprendió. La antorcha fue diseñada en el entonces poco usado aluminio. Para elevarla a los altares se seleccionó a un chaval que respondía al nombre de Yoshinori Sakai, conocido como ‘el niño de Hiroshima’ por venir a este mundo el mismo día que la humanidad tocaba fondo y lanzaba la primera bomba atómica de la historia. El silencio del momento fue tan desgarrador que forma parte de la memoria colectiva japonesa.

Un Ceremonia de Apertura para los libros de historia
De Hiroshima al cielo

Tokio mostró un Japón nuevo y moderno y abrió a sus propios ciudadanos al mundo. Unos nativos que apenas un par de décadas antes consideraban a su familia real divina y que formaban (y aún forman) una de las civilizaciones más herméticas y más homogéneas étnicamente del mundo. Se compraron más de dos millones de entradas para los eventos, una cifra bestial en la época. Hubo que realizar cuatro recorridos diferentes con la antorcha olímpica ante la aclamación de las gentes del país del sol naciente hasta su llegada final a los pies del Palacio Imperial, donde fue recibida por el Emperador.

Japón proyectaba confianza, cultura y liderazgo tecnológico. Pero también éxitos deportivos. Japón logró 16 medallas de oro y quedó tercero en el medallero tan sólo por detrás de Estados Unidos y la Unión Soviética. Fueron 12 preseas doradas más que las logradas cuatro años atrás.

En 1964 Tokio fue sede de sus primeros Juegos Olímpicos. Supusieron un punto de inflexión para un país devastado y humillado apenas dos décadas antes. Desde entonces la comunidad internacional ve a Japón como un país pacifista, una potencia industrial global y un exportador de bienes tecnológicos de alta calidad. Para 2021 Japón buscará un nuevo renacimiento, esta vez de orden mundial, que de por zanjado año y medio de tristeza y que olvide para siempre la pesadilla del coronavirus. Casi 60 años después palabras como renacimiento y resiliencia vuelven a ser importantes.

Pero antes de ver y disfrutar de las hazañas de Tokio 2020 (en 2021) esperaremos a la semana que viene para hablar de las hazañas deportivas de Tokio 1964.

Otras historias de los Juegos Olímpicos de Verano

Minuto de silencio en los JJ.OO (origen y prohibición de una bella tradición)

Una historia de agua y sangre en la Guerra Fría (puñetazos en la piscina de Melbourne 56)

El relámpago humano (Usain Bolt y sus récords sobrehumanos)

El ama de casa voladora (la heroína del atletismo mundial)

Frank Shorter (el hombre que hizo que el mundo corriese)

Carros de fuego (la emotiva historia de Paris 1924 que con maestría fue llevada al cine)

Vitaly Scherbo (alcohol, extorsión, secuestros, enfermedad y gloria olímpica)

El regalo de Reyes de Pierre (el viaje al futuro de Pierre de Coubertin)

La princesa de los pies descalzos (Guerra Fría, racismo y envidias en Los Ángeles 84)

Los años negros de Estados Unidos 02-06 (la decadencia de la selección estadounidense de baloncesto)

Iñaki Urdangarín (su historia de amor con la Infanta Cristina en versión Twitter)

JJ.OO Berlin 1916 (los primeros Juegos Olímpicos cancelados)

JJ.OO 1940-1944 (la cancelación de los Juegos de Tokio y de Helsinki)

Black Power (John Carlos y Tommie Smith alzando el puño en México 68)

¡A mí, Sabino, que los arrollo! (el nacimiento de la furia española)

¿Por qué Uruguay lleva cuatro estrellas de campeón del mundo? (las victorias charrúas en los Juegos de 1924 y 1928)

El rey de la milla (como El Guerrouj se citó con Alá para lograr el oro olímpico)

Leer más

El rey de la milla

El año anterior, con apenas 22 años, ya se había proclamado campeón del mundo con tremenda autoridad tras superar a Fermín Cacho y a Reyes Estévez en la famosa carrera que en España pasaría a la posteridad como la de la ‘Leña al moro’. Pero cuando en el verano de 1998 Hicham El Guerrouj deje el récord mundial de 1.500 metros en unos perfectos 3’26’’00’’ se consagrará como el rey de la media distancia.

Ya en 1996 Hicham El Guerrouj había marcado la mejor marca mundial del año. Cumpliría con la tradición durante ocho años consecutivos bajando siempre de los tres minutos y veintinueve segundos salvo en el primero de esos años. Para hacerse una composición de lugar, solo trece atletas en la historia han logrado bajar en alguna ocasión de 3’29’00’’ mientras El Guerrouj lo hizo año tras año durante ocho temporadas.

El Guerrouj dominó con mano de hierro el medio fondo logrando cuatro títulos mundiales de 1.500 metros consecutivos (1997, 1999, 2001 y 2003) y sumando otros dos entorchados mundiales en pista cubierta (1997 y 2001). Ganó todas las grandes competiciones en las que participó incluyendo un increíble récord de imbatibilidad en 1997, 1998, 1999, 2000, 2001, 2002 y 2003 donde no perdió ninguna prueba de 1.500 por muy grande o pequeña que fuese.

Bueno, he mentido. Para ser más exactos entre 1997 y 2003 Hicham El Guerrouj sólo obtuvo una derrota en los 1.500 metros. Fue en la final de los Juegos Olímpicos.

Los malditos Juegos Olímpicos.

La victoria de El Guerrouj en los JJ.OO de Sídney 2000 se pagaba 1,1 a 1. Si había una medalla dorada que estaba predestinada era la del marroquí. Fue una carrera rápida. El Guerrouj fue siempre por delante, pero en los últimos 200 metros un sprint de Noah Ngeny le dio al keniata el oro con 3’32″07″, nuevo récord olímpico. Hicham fue plata por escasas centésimas, el segundo puesto más doloroso de siempre. La mayor sorpresa de la historia moderna del atletismo olímpico.

Ngeny outpaces stunned El Guerrouj - Olympic News
Segundo

Otros cuatro años de espera. Y no era la primera vez.

Casi un lustro antes, en Atlanta, al otro lado del globo, El Guerrouj aún no era favorito al oro pero entraba en todas las quinielas para subir al pódium. Se presumía un mano a mano entre Morceli y Fermín Cacho, con El Guerrouj como ‘outsider’. En la última vuelta estaba bien colocado, pero tropezó. Quedo último. No pasaba nada. Era joven. Tenía todo el futuro por delante.

Pero el futuro se desvaneció en Sídney.

Atenas 2004 era su última oportunidad. Por vez primera no era favorito. El keniata Bernard Lagat, que en Sídney había sido bronce, aparecía como su sucesor y lideraba el ranking mundial del año. Sabedor de que la derrota era una posibilidad, El Guerrouj decidió doblar y competir en 1.500 y 5.000 metros buscando asegurar la chapa. Había probado la fórmula en el Mundial de año anterior, logrando el oro en su prueba fetiche y la plata en los 5 kilómetros. Se contaba con que tocaría metal en las dos pruebas, pero tras un par de alarmantes derrotas a principio de temporada y problemas musculares recurrentes a semanas de cumplir los 30 años, no parecía el mejor momento para El Guerrouj.

Entre semifinales y finales, El Guerrouj debía hacer cinco carreras en menos de una semana. Era un esfuerzo titánico. Desde Paavo Nurmi en 1924 nadie había logrado el doblete olímpico en 1.500 y 5.000 metros. El Guerrouj precisaba ayuda divina.

La primera prueba en el calendario fue la de 1.500. La carrera fue lenta. Al llegar a la última curva Hicham iba primero pero el pelotón de favoritos estaba con él. Recta de meta. Bernard Lagat se abre y ataca por la calle exterior. Parece que Alá tampoco acudirá al socorro de El Guerrouj en estos Juegos. Lagat avanza. Se iguala a Hicham. Cuatro piernas al unísono. Meta….Al fin. Por milésimas. Pero las 18’’ de su 3’34” le dan el oro a El Guerrouj. Marruecos estalla de alegría.

Con el deber cumplido, El Guerrouj llega relajado a la final de los 5.000 metros. A diferencia del 1.500, en esta ocasión le interesa una carrera lenta, ya que está muy lejos de las marcas del recordman y gran favorito Kenenisa Bekele. El etíope también aspira al doblete; en su caso en 5.000 y 10.000. El Guerrouj quiere emular a Nurmi. Bekele quiere ser el nuevo Zatopek.

La carrera huele a leyenda.

La prueba es lentísima, sin más relato que el de la tensión comprimida en tan pequeño espacio de tiempo. Se llega así a la última vuelta. Bekele fuerza el ritmo. Detrás, Kipchoge -que será bronce y con el tiempo el hombre récord del maratón- y El Guerrouj. Son unos últimos 400 terroríficos. Llega la curva. Ahora Hicham intenta demostrar que procede de una distancia más corta. Esprinta. 100 metros. En ese momento Bekele vuelve a forzar. Parece que va a ganar. 50 metros. Es entonces cuando la ‘baraka’ decide aparecer por Atenas y darle a El Guerrouj lo que durante ocho años se le fue negado. Con un golpe de cadera monstruoso se produce el milagro. El Guerrouj vuelve al primer puesto. Victoria. Campeón. Doble campeón.

80 años después de que lo lograse Paavo Nurmi un atleta vuelve a vitorear en los 1.500 y en los 5.000 metros olímpicos. Y tuvo que ser en Atenas, donde le corresponde a un miembro del Olimpo.

Otras historias de atletismo

El relámpago humano (La velocidad sobrehumana de Usain Bolt)

El ama de casa voladora (Blankers-Koen y sus cuatro oros olímpicos)

Apuntes sobre el maratón (el esfuerzo de la prueba más icónica)

El récord imposible de Marita Koch (récords, atletismo y dopaje de Estado)

La princesa de los pies descalzos (la caída más famosa de los JJ.OO)

El día que Carl Lewis se pasó de listo (cuando el hijo del viento perdió la oportunidad de batir un récord del mundo)

El atletismo se asoma al abismo (tecnología y artesanía al servicio del atleta)

Leña al moro (El Guerrouj, Cacho y Estévez y el Marca frente a frente)

Steve Prefontaine (el primer fetiche de Nike)

Black Power (Tommy Smith y John Carlos con el puño en alto)

Leer más

Philip Boit: El esquiador que nunca había visto nevar

Como todo hijo del altiplano keniata, Philip Boit estaba predeterminado para correr. Desde niño lo hizo. El deber de hacerlo para ir al colegio o a la tienda o para acompañar a las vacas al verde, acabó transfigurándose en placer. El paso del tiempo hizo que esas piernas fortalecidas y endurecidas evolucionasen en las extremidades inferiores de un posible atleta olímpico. En uno de esos corredores de fondo que cada cuatro años convierten a Kenia en el centro del universo durante unos minutos.

Hijo de agricultores, Boit nació en Eldoret en 1971. Eldoret es una ciudad del oeste de Kenia de clima agradable y centro agropecuario de una extensa comunidad que se sitúa en el valle del Rift. En dicha comarca, un lugar de naturaleza fastuosa que supera los 2.000 metros de altitud, han nacido algunos de los mejores atletas de la historia como Kipchoge Keino, Bernard Lagat o Eliud Kipchogue.

Philip Boit corrió y compartió andanzas y rutinas con Henry Bitok, otro hijo de Kenia que buscaba en el atletismo el camino para salir del anonimato. Pero por mucho que corriesen y por mucho que lo intentasen, ambos amigos no pasaban de ser dos buenos atletas en un país donde sólo se premia a la excelencia. Philip llegó a sellar una muy respetable marca personal de 1:46.06 en los 800 metros. Con un registro sólo superado por cinco centésimas su tío Mike había ganado la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de 1972. Pero a mediados de los 90 esa marca no era suficiente para desbancar a los tótems del atletismo africano.

El azar llamó a la puerta de Boit en 1996 cuando estaba camino de los 26 años. Por entonces Nike estaba en plena campaña mundial de su eslogan ‘Just do it’ (solo hazlo). La frase, una de las más icónicas en la historia del marketing, había sido creada a finales de los 80 en Estados Unidos tomando prestada la historia de un asesino que enfrentado a su pelotón de fusilamiento no dudó en soltarla antes de ser cosido a balazos. El caso es que a mediados de los 90 el ‘Just do it’ competía con el ‘Impossible is nothing’ (nada es imposible) de Adidas para hacerse con la hegemonía del ego adolescente en todo el planeta.

Así que comenzaron las aventuras imposibles y los patrocinios más extravagantes. Y uno de ellos iba a estar relacionado con Boit y con Bitok. Nike envió a un emisario a Kenia y escogió a aquellos dos jóvenes atletas como ratas de laboratorio para uno de sus experimentos deportivos más singulares. Iban a ser llevados a Finlandia para someterse a un duro entrenamiento de dos años para hacer de ellos esquiadores olímpicos.

El objetivo de Nike era convertirlos en los primeros africanos en competir en unos Juegos Olímpicos invernales. Ya en 1984 el senegalés Lamine Gueye había participado defendiendo la bandera de Senegal, pero Gueye llevaba desde los cuatro años viviendo en Suiza. La hazaña a la que Boit se iba a enfrentar era sobresaliente. Después vinieron unos cuantos afortunados de Zimbabwe, Togo, Etiopía, Madagascar o Camerún, pero en el instante en el que Boit se colocó los esquís, que un africano fuese a unos JJ.OO de invierno era ciencia ficción.

Nike puso un entrenador personal a tiempo completo a disposición de Boit y de Bitok. En un primer momento empezaron el experimento entrenando por las llanuras de Kenia usando esquís sobre ruedas. Tras ver que la extravagancia no daba resultado, Nike mandó a los dos keniatas a Finlandia para que conocieran la nieve. La idea era que compitieran en la prueba de 10 kilómetros de esquí de fondo aprovechando sus innatas y extraordinarias condiciones para la resistencia. No se trasladarían de manera definitiva a Europa hasta bien avanzado 1996. Disfrutaban de poco más de un año para estar listos para los Juegos Olímpicos de Nagano que tendrían lugar en febrero de 1998.

Al principio no sabían ni ponerse las fijaciones de los esquís y las caídas se convirtieron en cotidianas. El primer día que Boit llegó a Helsinki el termómetro alcanzó los 17° bajo cero. En Eldoret, a pesar de estar a 2.000 metros de altitud, es asombroso bajar de los 10 grados positivos. Era un desafío inhumano. Además, la amistad y el buen rollo pronto se convirtieron en una lucha de egos. Kenia tenía una sola plaza de acceso a la prueba de esquí de fondo, por lo que sólo uno de los dos podría cumplir el sueño olímpico.

Del dúo, Philip fue el más rápido y consiguió el billete olímpico. Boit iba a viajar a Japón con poco más de doce meses de experiencia encima de la nieve, pero con más ilusión que el resto de competidores juntos.

—JUEGOS OLÍMPICOS DE NAGANO—

Como el único representante de Kenia, Boit fue el agraciado atleta que como abanderado lució la bandera de su país en el estadio olímpico, recibiendo la entusiasta ovación del público japonés. Sería la primera, pero habría más. Unos días más tarde 97 atletas iban a participar en la prueba de 10 kilómetros de esquí de fondo. Y por supuesto Boit llevaría el número 97 amarrado a su espalda. Nadie esperaba que su puesto no fuese ese mismo.

La noche antes de la carrera Philip fue incapaz de pegar ojo. Pero no por culpa de los nervios. Cuando el día se apagaba empezó a llover con fuerza, y las nubes siguieron rociando agua al amanecer de la siguiente jornada. Boit nunca había esquiado bajo la lluvia. No sabía lo que era ponerse los esquís sobre nieve húmeda. La lluvia hace que la nieve se vuelva fango y el caminar se hace más lento y pesado. Más difícil todavía. La dificultad de la prueba pasaba a ser hercúlea.

La carrera comenzó y pronto Boit dejó de emerger en las pantallas televisivas. Empezó de último y acabaría de último. Por el camino se cayó en innumerables ocasiones. El caos fue el común denominador de la carrera. “Cuando iba cuesta arriba me sentía como si me hubiesen puesto tacones”, manifestó Boit al finalizar el recorrido. Tardó más de 47 minutos en transitar los 10 kilómetros cuando Bjorn Daehlie, ganador de la medalla de oro, tardó veinte minutos menos.

NAGANO 1998 10 km klassisch 12.02.98, Philip BOIT OLYMPISCHE... News Photo  - Getty Images
Orgullo africano. Experimento norteamericano

Lo maravilloso iba a llegar ahora.

Los Juegos Olímpicos de invierno no son el mastodonte de deportistas, patrocinadores y periodistas que abruman a su hermano veraniego. Hasta el torneo de los cuatro trampolines mueve tanta gente como la cita olímpica de la nieve. Siguen siendo manejables y la parafernalia es mucho menor que la que rodea a los de verano. No se tardan muchos minutos entre el fin de cada prueba y la entrega de medallas. Es todo más liviano.

Bjorn Daehlie se dispuso a recibir la medalla de oro (por entonces su sexta presea dorada en los Juegos Olímpicos) por su victoria en los 10 kilómetros de esquí de fondo cuando Boit aún no había finalizado la prueba. De repente la multitud comenzó a rugir y Daehlie se dio cuenta que no era por él. La ovación iba dedicada a Boit.

Boit estaba entrando en el recinto olímpico y se disponía a acometer los últimos metros de la prueba. Daehlie no lo dudó. Abandonó el pódium, ordenó paralizar la ceremonia y se acercó a la línea de meta para esperar la llegada de Boit.

En latitudes meridionales el nombre de Bjorn Daehlie no significa nada, pero al norte de Europa es un semidiós con esquís. Daehlie es el esquiador de fondo más laureado de la historia pasando con holgura de las 20 medallas acumuladas entre Juegos Olímpicos y Mundiales. En su Noruega natal es reverenciado con tal aprecio que dejaría en evidencia a las más grandes estrellas futboleras. Retirado hace ya un par de décadas, Daehlie es ahora un referente cultural con su propia marca de ropa y con continuas apariciones en el papel cuché y en la televisión al más puro estilo David Beckham.

Sí Bjorn Daehlie manda paralizar una ceremonia de medallas, se paraliza.

“Todos habíamos oído hablar de aquel chico. Escuché por el sistema de megafonía que casi había llegado al estadio y me impresionó que pudiera terminar la carrera en estas condiciones tan adversas. Quería esperarlo, ver a este valiente atleta africano terminar la carrera”, comentó a la prensa el fondista noruego. Boit apretó los dientes y encaró la recta final de meta ayudado por una atronadora multitud japonesa al grito de ¡Kenya go! y ¡Philip go! y con el mejor fondista de la historia esperándolo tras la línea de meta para fundirse con él en un sentido abrazo.

Boit había quedado el último. Pero la eternidad era suya.

Philip Boit, un Kényan aux Jeux Olympiques d'hiver de Nagano
Daehlie (i) y Boit (d)

¿Sabías quién era Bjorn Daehlie? Esa fue la primera pregunta de la prensa noruega. Y no era tan descabellada. “Mi entrenador me había hablado sobre él y lo había visto en la televisión. Es un honor que el mejor esquiador de fondo del mundo me haya felicitado”, dijo Boit. Fue el inicio de una buena amistad. Boit retó entre risas a Daehlie para los siguientes Juegos Olímpicos y cuando meses después tenga a su primer hijo le pondrá el nombre de Bjorn Boit en homenaje al fondista noruego. 

Días después Philip Boit regresó a Kenia como un héroe. Una multitud le esperaba en el aeropuerto de Nairobi y le acompañó cantando y bailando caminó de su casa familiar. Había llegado el último, pero había sido el primero. No había necesitado ganar medalla alguna para convertirse en una celebridad.

Todo eran flores, aplausos y felicitaciones y el patrocinio de Nike parecía no tener fin. La marca estadounidense había conquistado primero el mundo del atletismo, luego el del baloncesto y ahora iban a dar el salto a los deportes de invierno. Al año siguiente se celebró en Austria el Mundial de Esquí y tanto Boit como Nike querían ver que lo que el año anterior había sido una anécdota ahora era un buen resultado. No fue así. Boit se esforzó como nunca pero los progresos fueron ínfimos. Volvió a quedar el último. Lo que el año anterior eran abrazos y congratulaciones pasaron ahora al más crudo silencio.

Boit ya no era un experimento y Nike decidió romper el contrato. Se habían acabado los recursos económicos, pero ahora su ilusión se había multiplicado. Boit se creía fondista, se creía esquiador. Sin dinero, tuvo que abandonar definitivamente la opulenta Europa y tomar un billete de vuelta a Kenia. Se presentó en Eldoret y pidió ayuda a su familia. Exigió a su padre su parte de la herencia y vendió todas sus tierras y sus vacas para poder seguir financiando su carrera. Montó una pista de esquí sobre tierra y siguió entrenando sobre seco.

Boit consiguió competir en dos ediciones más de los Juegos Olímpicos, siendo en ambas ocasiones el abanderado, ya que nuevamente fue el único representante de Kenia en la competición. En Salt Lake City 2002 consiguió escalar hasta la posición 64º dejando a tres participantes por detrás. En Turín 2006 participó en la prueba de fondo de 15 kilómetros batiendo su propia marca al conseguir quedar por delante de cinco esquiadores.

Kenya's Philip Boit overjoyed to pass torch to Simader
Abanderado y solitario

Boit tenía la idea de retirarse disputando sus cuartos Juegos Olímpicos en 2010. Pero no logró clasificarse. Tenía entonces 39 años. Decidió alargar un año más su sueño y disputar el Mundial de 2011 en Oslo, pero, aunque logró clasificarse, no pudo disputar la final de los 15 kilómetros de fondo al quedar eliminado en la calificación.

En todo caso aquel viaje a Oslo no fue en vano. A la capital Noruega viajó con sus cuatro hijos, incluido Bjorn Boit que pudo conocer entonces a su ‘padrino’ Bjorn Daehlie. Ambos fondistas no pudieron coincidir ni en 2002 ni en 2006 porque el noruego ya se había retirado. Fue la primera aparición pública de los dos ídolos de Nagano que desde entonces habían mantenido el contacto y que hoy en día participan juntos en diversos actos caritativos relacionados con los deportes invernales.

Philip Boit disfruta hoy de una tranquila jubilación. El esquiador que nunca había visto nevar es ahora miembro del Comité Olímpico de Kenia y es director de la única escuela de esquí que existe en su país. Posee además una tranquila hacienda con vacas. Mantiene la amistad con Bjorn Daehlie, aunque aún no ha conseguido que lo vaya a visitar a Kenia porque el noruego le tiene fobia a las serpientes. Cuando se lo dice Boit se echa a reír y le recuerda que él también le tiene pánico a la nieve.

Otras historias relacionadas

Los límites del ser humano (acerca de la genética de los hijos del altiplano keniata)

El atletismo se asoma al abismo (en relación al récord del mundo de maratón de Kipchogue)

El clásico de Año Nuevo (La tradición de los saltos de esquí)

Steve Prefontaine y el origen de las zapatillas Nike (De como Nike entró en el mercado)

Leer más

¿Por qué Uruguay lleva cuatro estrellas de campeón del mundo en la camiseta?

Camino del siglo del inicio del primer Mundial de fútbol, únicamente ocho naciones pueden presumir de ser campeonas mundiales. A la más reciente España (1), se le unen Inglaterra (1), Argentina (2), Francia (2), Alemania (4), Italia (4) y la plusmarquista Brasil (5). Falta uno en la lista; Uruguay. Tiene 2 Mundiales de fútbol (1930 y 1950) y sin embargo 4 estrellas están cosidas sobre el escudo que adorna su camiseta. Cualquier charrúa dirá que su país ha ganado 4 Copas del Mundo de fútbol. Y los más ‘frikis’ hasta argumentarán que tienen 5 títulos en su palmarés. De ser así, no habría nación más laureada en la historia del fútbol.

¿Cómo es que Uruguay tiene cuatro estrellas en su camiseta? Un viaje a la Wikipedia nos dará una rápida respuesta. Dos obedecen a sus títulos de la Copa del Mundo y las otras dos dan fe de sus triunfos en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928. Pero eso no es motivo suficiente. El fútbol fue por primera vez disciplina olímpica en 1908, repitió en 1912 (ambas con victoria de Gran Bretaña) y se refrendaría en Amberes 1920 con triunfo de la anfitriona Bélgica ante España. Así pues, ¿por qué se ha de reconocer las victorias de Uruguay en esos dos Juegos Olímpicos como victorias mundiales y no sucede lo mismo con las anteriores?

Debemos retroceder al año 1921. Por aquel entonces tuvo lugar el congreso de la FIFA en el que fue elegido presidente el francés Jules Rimet. Era Jules Rimet un hombre empecinado. Abogado de profesión y árbitro aficionado, nunca jugó al fútbol pero demostró unas dotes organizativas y políticas de primer nivel. Su deseo era crear una Copa del Mundo de fútbol. Pero era un deseo a medio plazo. Sabía que ante la negativa inglesa a participar y con un mundo en proceso de reconstrucción tras el fin de la I Guerra Mundial, debía esperar unos cuantos años. Apostó por una solución de compromiso. La decisión que tomó en aquel congreso de 1921 era que mientras ese momento llegara “la Federación Internacional reconocerá el Torneo Olímpico de Fútbol como un Campeonato del mundo amateur si éste es organizado conforme a los reglamentos”. Así entonces, la competición de fútbol de 1924 a celebrar en los JJ.OO de Paris iba a tener rango de Copa del Mundo.

En aquellos tiempos el fútbol sudamericano era un desconocido. Fueron escoceses los que llevaron el juego a los puertos de Montevideo y de Buenos Aires. Y este hecho es significativo, dado que a diferencia de los ingleses, los escoceses propugnaban un juego de pase y movimiento. Pronto los hijos de la inmigración italiana y española convertirían aquello en un fútbol dinámico donde la garra y el gambeteo iban de la mano.

La selección de fútbol de la República Oriental del Uruguay era la vigente campeona de América. Pero que un país del otro lado del charco viajase a Europa se antojaba harto complicado. Había que afrontar un largo y pesado viaje en barco y solicitar una ausencia de un par de meses en el puesto de trabajo para poder prepararse y competir. La competición sólo daba permiso a la participación de amateurs, aunque era por todos sabido que la mayoría de los futbolistas cobraban bajo cuerda.

Atilio Narancio, presidente de la federación charrúa, vio en los JJ.OO de 1924 la oportunidad de elevar el nombre de su país a los altares. Vendió varias de sus propiedades para sufragar una expedición que iba a convertir en el sueño de su vida. Convenció a los más escépticos con una serie de partidos amistosos para sacar cuartos y, esencialmente, prometió la gloria eterna a los jugadores que viajasen con él a Francia.

La selección uruguaya desembarcó en el puerto de Vigo el 6 de abril de 1924 con una calurosa bienvenida de los aficionados gallegos, la inmensa mayoría de ellos con familiares repartidos por el país sudamericano. Era la primera vez que una selección sudamericana de fútbol viajaba a Europa. Y causó sensación. Disputaron nueve partidos amistosos en España, para saldar el consabido balance de cuentas, y salieron victoriosos en todos ellos. Impresión causaron las contundentes victorias ante el Real Madrid y Athletic de Bilbao, los dos grandes equipos del momento. Habían viajado en tercera clase en un barco que tardó mes y medio en cruzar el Atlántico, pero ya se vislumbraba que volverían a casa con billete de primera.

Vigo, con la selección de Uruguay - Faro de Vigo
Vigo. 6-IV-24. Llegan los uruguayos

De Madrid a París serían unas 30 horas de tren y más de 3.000 espectadores (una cifra considerable en la época) verían la fácil victoria de los exóticos uruguayos ante Yugoslavia (7-0) en el primer partido del torneo. Después vencieron a Estados Unidos (3-0), Francia (5-1), Holanda (2-1) y a Suiza en la final (3-0). Uruguay había arrasado. El impacto fue tal que se estima en cerca del millón de mapamundis se vendieron en París y alrededores tras la victoria uruguaya, para poder así ubicar al pequeño país latinoamericano en el mundo. No era para menos, Paris contaba con más habitantes que la totalidad del Uruguay. En Montevideo se decretó fiesta nacional y se emitieron sellos conmemorativos. No era una victoria deportiva, era un éxito cultural y una prueba de que las jóvenes naciones sudamericanas podían competir con los viejos estados europeos.

Toda Europa, salvo los orgullosos y profesionales ingleses, celebró el triunfo uruguayo como un triunfo del refinamiento. Las imágenes de la época nos enseñan lo que hoy conocemos como estilo sudamericano. Pases al primer toque y decenas de gambetas. Con un ritmo y una velocidad notablemente inferior al fútbol del siglo XXI, pero muy alejado del prototipo inglés de fuerza, balón el aire y todos al área.

Fue tan extraordinaria la actuación de aquella selección charrúa, que al acabar la final el público parisino que abarrotaba el Estadio Olímpico de Colombes (ahora ya no eran 3.000 sino 45.000 almas) irrumpió con una sonora ovación. Pierre de Coubertin (presidente del COI) se dirigió al seleccionador uruguayo y le propuso dar una vuelta al campo para que los jugadores fuesen saludando al público. Había nacido la ‘vuelta olímpica’. No sólo eso. Un par de meses después, Uruguay disputó un partido amistoso ante Argentina para conmemorar el triunfo. Al cuarto de hora de partido, el delantero argentino Cesáreo Onzari anotaba un gol directo desde saque de esquina. Era el primer tanto que Uruguay encajaba tras ser proclamada campeona olímpica y aquel gol fue bautizado por la prensa como “el gol a los olímpicos”. De ahí nació la expresión ‘gol olímpico’ para referirse al tanto anotado directamente desde saque de esquina. Un término que surgió de la admiración por esa gran selección.

Juegos Olímpicos 1924 - AUF
«Campeones del mundo». 1924

Tal y como afirmé líneas atrás, los jugadores uruguayos eran amateurs, aunque por todos es sabido que los casos de profesionalismo encubierto eran evidentes en muchas disciplinas. Donde más en el fútbol, que había crecido de tal manera que hacía sombra a los propios JJ.OO. Esto fue notorio en Ámsterdam en 1928. Los uruguayos volvieron a lograr la presea de oro tras vencer sucesivamente a Holanda (2-0), Alemania (4-1), Italia (3-2) y a Argentina (2-1) en el encuentro por el título y tras un partido de desempate, en una antesala de la final de la Copa del Mundo de dos años después. Sin embargo, fue esta una victoria mucho más costosa, ya que los equipos europeos acudieron con los mejores jugadores de sus ligas, todos ellos falsos amateurs.

El COI, consciente de que era imposible controlar el amateurismo en el fútbol, prescindió de la disciplina balompédica en 1932. Recuperó el fútbol en 1936 bajo la estricta norma de prescindir de futbolistas profesionales la cual se mantendría vigente hasta 1988 imponiendo, eso sí, unas restricciones de edad, convirtiéndose el fútbol en los JJ.OO en una especie de Mundial sub-23. La FIFA se desmarcó de esa decisión, dejo de considerar los JJ.OO como competición mundial y pudo poner en marcha el proyecto que tenía en mente.

Fue entonces cuando Jules Rimet decide crear una competición propia a celebrar cada cuatro años, que se alternase con los JJ.OO y que llevaría el nombre de Copa del Mundo. La aprobación del primer Mundial tuvo lugar en un Congreso Extraordinario de la FIFA celebrado en el salón del Consejo del Ciento de Barcelona en 1929. Dado que Uruguay era la vigente campeona olímpica se dio por hecho que sería el país organizador, aunque Hungría e Italia también presentaron su candidatura. Al final el Mundial de 1930 se celebraría en el país sudamericano con tan sólo 13 países inscritos. Las naciones europeas (excepto Francia, Bélgica, Rumanía y Yugoslavia) se negaron a acudir esgrimiendo motivos económicos y de calendario.

El boicot no tuvo efecto. El Mundial de 1930 fue un éxito y detrás del primero vendrían todos los demás. La organización uruguaya fue ejemplar. Todas las fuerzas vivas de la nación y los cerca de 2 millones de habitantes que entonces tenía el pequeño país latinoamericano se volcaron en el Mundial y en la construcción del estadio Centenario, que fue bautizado con ese nombre porque en 1930 la competición futbolística iba a coincidir en el tiempo con los fastos por la celebración del centenario de la Independencia de Uruguay. Por cierto, las cuatro tribunas del estadio están bautizadas con los evocadores nombres de América, Colombes, Ámsterdam y Olímpica, un homenaje a los éxitos futbolísticos del país.

Uruguay ganó aquel Mundial de 1930 al igual que había vencido en los JJ.OO de 1924 y 1928. Pelé cuenta como el único jugador que ha ganado 3 Mundiales (1958, 1962 y 1970), pero es un dato no del todo cierto. Hasta 6 jugadores uruguayos fueron vencedores en las 2 ediciones de los JJ.OO y en el primer Mundial. El capitán del combinado era Jose Nasazzi, un fenomenal central apodado ‘El Mariscal’ y que era temido por los delanteros. La figura del equipo era Héctor Scarone, uno de los mejores puntas del mundo en la década de 1920 y que jugaría en Europa en el FC Barcelona y en el Inter de Milán. El acompañante de Scarone era Pedro Petrone, máximo goleador en los JJ.OO de Paris. El centro del campo era comandado por José Andrade, un mediocentro rocoso que está considerado por los historiadores como el primer gran jugador de raza negra. Y nos faltan dos extremos, ambos de origen español. Por un lado estaba Santos Urdinarán, apodado ‘Vasquito’. El otro extremo era Pedro Cea, uno de los jugadores más aclamados al desembarcar la expedición uruguaya en Vigo porque había nacido en el pueblo gallego de Redondela antes de emigrar con sus padres al país charrúa (también era nacido en Redondela Lorenzo Fernández, que fue campeón olímpico en 1928 y del mundo en 1930).

Pero aún hay más. Si el lector recuerda, en el primer párrafo de este artículo anunciaba que los más ‘frikis’ dan a Uruguay 5 títulos de la Copa del Mundo. Y éste último, además, vale doble.

Uruguay es el único país que cuenta con una Copa de Oro de Campeones Mundiales.

En diciembre de 1980, con motivo de los 50 años de la creación del primer Mundial, la FIFA organizó una competición a lo que solo podían acudir aquellos equipos que habían sido campeones mundiales (en aquel entonces eran Uruguay, Italia, Brasil, Alemania, Inglaterra y Argentina). Los ingleses, fieles a su legendaria flema, renunciaron a ir, por lo que la FIFA invitó a Holanda por haber sido subcampeona en 1974 y 1978. Se formaron dos grupos con tres equipos saliendo finalistas los vencedores de grupo. A la final se clasificaron Uruguay, que ejercía de país anfitrión, y Brasil. En la finalísima, disputada el 10 de enero de 1981, los uruguayos vencieron por 2-1 con goles de Barrios y Vitorino haciendo inútil el tanto del brasileño Sócrates.

He aquí el pentacampeonato uruguayo.

Según los estatutos de la FIFA en 2030 se debe celebrar una nueva Copa de Oro de Campeones Mundiales. El problema es que 2030 también es año de Mundial y el calendario internacional está mucho más saturado de lo que estaba en 1980. Veremos lo que Infantino y compañía inventan, pero mientras tanto, y a la espera de saber quién ganará el Mundial de Qatar, Uruguay puede seguir presumiendo de tener 4+1 Copa del Mundo de fútbol.

Otras historias relacionadas

¡A mi, Sabino, que los arrollo! (El fútbol en los JJ.OO de 1920)

¡No! Los ingleses no inventaron el futbol (Como los escoceses popularizaron el fútbol de toque)

Templos del futbol (3 parte) (El estadio Centenario y otros colosos)

Brasil del 70 (Sobre la hazaña de Pelé al ganar su tercer Mundial)

Leer más