política

Paulino Uzcudun y el escándalo del estraperlo

En mayo de 1934 se reúnen en el hotel Ritz de Madrid los empresarios Daniel Strauss y Joachim Perlowitz con Joan Pich y Aurelio Lerroux, miembros del Partido Republicano Radical (PRR). Éste último es, además, sobrino de Alejandro Lerroux, presidente del Gobierno. La reunión obedecía a implantar en España un sistema de juego de apuestas basado en la ruleta, juego de apuestas prohibido en el medievo y que el Principado de Mónaco legalizó a mediados del siglo XIX iniciando un periodo de prosperidad en el pequeño país de la Costa Azul. Pich y Lerroux se comprometieron a gestionar la licencia, previo soborno, de un juego de casino fraudulento que daba la victoria a la casa y cuyo sistema se dio en llamar estraperlo, en un juego de palabras basado en la unión de los apellidos de los dos inventores.

Por entonces los juegos de azar estaban prohibidos en España al igual que en buena parte de Europa. La ruleta trucada del estraperlo pasaba a ser aceptada en los casinos de todo el país por los enormes beneficios que aquel ingenio iba a dar a sus promotores. Según el acuerdo, la plana mayor del PRR se llevaría un 10% de los beneficios, mientras que Alejandro Lerroux alcanzaría hasta el 25% de las mercedes. De esta forma, semanas después se constituye la sociedad explotadora del estraperlo en España que, y aquí viene lo interesante para este artículo, contará con tres socios a partes iguales; los citados Strauss y Perlowitz y el afamado boxeador Paulino Uzcudun.

Paulino Uzcudun era un mito viviente. Un vasco descomunal que desde niño había partido troncos a golpe de riñones y que prometía como aizcolari. Pero, en palabras de un cronista de la época, pronto demostró que “tenía más de árbol que de hombre”. Paulino aguantaba los golpes como un titán. Aunque en el País Vasco son frecuentes las hayas, Uzcudun se asemejaba más a un acebo, porque a su comedida altura (1,78) añadía más de 90 kilos de fuerza sobrenatural.

Uzcudun era un boxeador que no sabía boxear. Subía al cuadrilátero, recibía una hondonada de hostias y cuando el rival estaba agotado sacaba un par de heterodoxos guantazos que le daban la victoria. Como tantos boxeadores que lo fueron antes y como otros que lo serían después, Uzcudun era el boxeador tonto. El amansado. El que se subía al ring con la vitola de inútil y perdedor y acababa ganando por constancia y por echarle un par de huevos. Y como muchos antes y muchos después era el preferido del público que, como es bien sabido, siempre se alía con el más débil.

Paulino empezó a demoler hombres como quien derriba columnas de acero. Primero se convirtió en campeón de España de los pesos pesados y luego se alzó como campeón de Europa en tres ocasiones diferentes. En 1933 era el año de su asalto al título mundial. Se enfrentó a los estadounidenses Jack Delaney y Harry Willis antes de intentar la irrupción al trono que en aquel entonces tenía el italiano Primo Carnera. A pesar de que Carnera era el gran favorito solo pudo ganar a los puntos. Uzcudun aguantó una ristra de puñetazos durante los 12 asaltos sin caer al suelo ni una sola vez ganándose el respeto del público transalpino.

https://www.youtube.com/watch?v=nccFRh8cjC8

En 1934 Uzcudun comenzó la preparación de su segundo asalto al título mundial que tendría lugar al año siguiente ante Joe Louis. Perdería por K.O., la primera vez en toda su carrera y seguidamente anunciaría su retirada. Pero lo más relevante para nuestra historia es que en uno de esos duelos de preparación se enfrentaría en mayo de aquel año al alemán Max Schmeling en Barcelona.

Aquel combate había sido ideado por Daniel Strauss. Aunque alemán, Strauss sabía hablar español y, con chanchullos o no, estaba claro de que era un hombre de negocios. En 1929 se había celebrado en Barcelona la Exposición Universal y, como suele pasar en estas ocasiones, una vez acabada la fiesta nadie sabía qué hacer con las instalaciones. Strauss propuso crear una especie de ciudad del deporte y como muestra de buena voluntad se encargó de organizar el citado combate.

Así, entre idas y venidas, el empresario chabacano y el solícito púgil se hicieron amigos. Parece ser que el primero engatusó al segundo o sencillamente ambos se cayeron bien, pero el caso es que Strauss reveló a Uzcudun el funcionamiento del sistema del estraperlo y Paulino descubrió una forma más sencilla de ganar miles de pesetas que partirse la cara en un cuadrilátero.

Y luego, lo antes explicado.

La avaricia de los implicados iba a acabar pronto con el asunto. Rafael Salazar Alonso, alcalde de Madrid, viendo que sus compañeros de partido en el Gobierno se estaban haciendo ricos solicitó un aumento de la mordida. Al negarse los demás al chantaje, filtró información confidencial a la policía que se presentó en el Casino de San Sebastián precintando a punta de pistola las ruletas del estraperlo. Meses después sería otro ministro, en este caso Eloy Vaquero, el que haría lo propio en el de Pollença al no estar conforme con el reparto de comisiones.

Con este panorama, y al ver que los casinos eran clausurados, Strauss amenazó a Lerroux con sacar toda la verdad a la luz pública si seguían las clausuras de los casinos donde se había implantado el sistema del estraperlo. Lerroux decidió ignorar la extorsión y hacer la vista gorda, pero semanas más tarde Strauss escribía a Niceto Alcalá-Zamora, jefe del Estado, explicándole toda la verdad. El asunto rápidamente pasó a las Cortes y el 29 de octubre de 1935 Alejandro Lerroux se vio obligado a dimitir. Alcalá-Zamora tuvo que plantar al partido centrista y mirar más a su derecha, a los católicos de la CEDA, algo de lo que siempre renegó, por lo que tuvo la excusa perfecta para disolver las Cortes y anunciar unas elecciones anticipadas. El PRR, el único partido de masas que de verdad creía en la República se partió en mil pedazos en medio de un ambiente guerracivilista. Cuando en febrero del año siguiente tengan lugar las elecciones, el PRR pasará de los 102 escaños de 1933 a los 5 que logró en 1936.

¿Y Uzcudun?

Cuando el escándalo salió a la luz estaba en Nueva York preparando el combate contra Joe Louis. Al volver comunicó su retirada y se encerró en su casa, de donde sólo saldría meses más tarde para declarar en el juicio del estraperlo. Explicó que lo habían engañado, que no sabía nada de la ilegalidad de la trama y salió de rositas del asunto.

Y la gente se olvidó de él. Día sí y día también había disturbios, encarcelados o muertos en algún lugar de España. Y si Paulino Uzcudun era o no era un estafador no tenía la mayor importancia.

Y estalló la Guerra Civil. Y Uzcudun, un hombre que según decía tenía el hacha, el frontón y la iglesia como sus tres devociones, ya se sabía con qué bando iba a comulgar. Era un falangista de camisa vieja, afiliado número 785. Parece ser que miembros anarquistas estuvieron a punto de asesinarlo, pero unos militantes del Partido Nacionalista Vasco (PNV) lograron ocultarlo en un piso de Zarautz, cerca de San Sebastián.

El PNV acabaría lamentándose de dicha decisión.

Uzcudun pasó a liderar pelotones de fusilamiento en la provincia de Guipúzcoa sembrando el terror entre republicanos, nacionalistas y comunistas. Francisco Umbral decía, aunque no está verificado, que visitaba las cárceles para usar a los presos rojos como espárrines antes de ser ejecutados. Dicen, y esto sí que está demostrado, que formó parte de un comando que intentó liberar al líder falangista Primo de Rivera sin éxito de su presidio alicantino.

Al finalizar la guerra Uzcudun se estableció en Madrid y, aunque pasó los últimos años de su vida enfermo, vivió cómodamente en el barrio castizo de Chamberí hasta su fallecimiento en 1985. No obstante no gozó de todo el amor del Franquismo que esperaba recibir. Se da por probado que Uzcudun era homosexual (aunque se casó y tuvo cuatro hijos) y a pesar de su compromiso con la causa nunca fue aceptado del todo por las élites franquistas. Cuando a mediados de los 60 surja otro aizcolari vasco, rudo y fuerte llamado José Manuel Urtain sin el peso de la Guerra Civil a sus espaldas, Paulino Uzcudun pasará a ser un lejano recuerdo.

Ironías de la vida, la dictadura se sustentaría en sus inicios en un floreciente mercado negro. Unas prácticas ilegales, pero profundamente aceptadas, que se dieron a conocer con el nombre de estraperlo, palabra que desde entonces es sinónimo de chanchullo, intriga o negocio fraudulento. Así, por extensión, se denominó también estraperlo al comercio ilegal de los artículos intervenidos por el Estado franquista o sujetos a racionamiento entre 1936 y 1952. Aquello que un par de empresarios piratas, unos políticos corruptos y un boxeador pusilánime crearon en tiempos republicanos quedó asociado a los años del hambre del primer Franquismo.

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La historia de amor de la Infanta Cristina y de Iñaki Urdangarín (versión Twitter)

En el mes de julio de 1996, mientras se celebraban en Atlanta los Juegos Olímpicos, dos personas, quizás entre muchas otras, se enamoraron. Ella, de 31 años de edad, aunque había ganado unas cuantas pruebas nacionales gobernando un velero, se hallaba en Estados Unidos en una mezcla entre obligación y ocio. Se trataba de Cristina Federica Victoria Antonia de la Santísima Trinidad de Borbón y Grecia. Simplificando, la Infanta Cristina, en aquel momento tercera en el orden de sucesión de la Corona española. Él, de 28 años de edad, era bicampeón de Europa con el FC Barcelona de balonmano y en aquella cita olímpica se alzaría con la medalla de bronce defendiendo los colores de la selección española. Se trataba de Iñaki Urdangarín Liebaert, jugador de balonmano profesional e hijo del presidente de la Caja de Ahorros de Vitoria y Álava Juan María de Urdangarín.

Esta es una historia basada en hechos reales y adaptada a los tiempos que corren. Es la historia del enamoramiento entre la patricia y el plebeyo. Es la historia de la Infanta Cristina y de Iñaki Urdangarín. Versión Twitter.

Infanta Cristina @AltezaRealCristinaoficial ¿Quién es ese rubio? Menudo cuerpazo

Escolta núm 1 @tipodeincógnito Es un jugador de balonmano, Alteza. Se llama Iñaki Urdangarín. Es de los mejores del equipo. Juega en el @FCB. Igual lo tiene visto alguna vez cerca de @Caixabank

Infanta Cristina @AltezaRealCristinaoficial Quiero conocer a @7Urdangarínbalonmano cuando acabe el partido. Consígueme más información sobre él

Escolta núm 1 @tipodeincógnito Me cuentan que tiene novia en @BCN. Se llama Carmen Camí

Infanta Cristina @AltezaRealCristinaoficial Tu consígueme acceso a ese vestuario y ya me encargaré yo de todo

Rafa Guijosa @Guijosamejorjugadordelmundo1999 ¡Oye! ¿Cómo te fue la otra noche con @AltezaRealCristinaoficial? ¿Vais a volver a quedar?

Iñaki Urdangarín @7Urdangarínbalonmano Sólo tomamos un café. Cuando acaben los Juegos quedaremos en @BCN

Rafa Guijosa @Guijosamejorjugadordelmundo1999 ¿Pero vas en serio?

Iñaki Urdangarín @7Urdangarínbalonmano No sé. Ya sabes que a mí las relaciones no me van. Carmen y yo nos hemos dado muchos descansos. ¡Pero es la jodida @AltezaRealCristinaoficial! ¡No le puedo decir que no!

Alexia de Grecia @herederasintrono ¿Qué tal ayer por la noche con @7Urdangarínbalonmano? ¿Cómo fue todo?

Infanta Cristina @AltezaRealCristinaoficial Genial. Me dijo que cortó con su novia. Quedamos para cenar en El Mussol. Mañana necesito que te vayas con @tipodeincógnito y me dejes el piso libre

Alexia de Grecia @herederasintrono Uy, uy, uy, ¿Vais en serio?

Infanta Cristina @AltezaRealCristinaoficial Me dijeron @Guijosamejorjugadordelmundo1999 y @Porteroloco que no quiere nada serio, pero también que le va el poder. Y a mí a poder y a erótica no me gana nadie J

Iñaki Urdangarín @7Urdangarínbalonmano Esta noche voy a quedarme en casa de @AltezaRealCristinaoficial

Jesús Rollán @Porteroloco ¿Cómo vas a hacer? ¿Tienes claro que si te la tiras tienes que ir hasta el final?

Iñaki Urdangarín @7Urdangarínbalonmano Lo sé. Me gusta y ¡joder!, es un puntazo. Es la princesa. Imagínate. Me viene a buscar a casa @tipodeincógnito y tengo que ir tumbado en el asiento de atrás del coche para que no nos vea nadie

Infanta Cristina @AltezaRealCristinaoficial Lo de esta noche estuvo genial. ¿Te gusta @elreydelpop?

Iñaki Urdangarín @7Urdangarínbalonmano ¿A quién no le va a gustar Michael Jackson?

Infanta Cristina @AltezaRealCristinaoficial El 24 da un concierto en @Zaragozacapital. ¿Te apetece que vayamos juntos?

Iñaki Urdangarín @7Urdangarínbalonmano ¡Sería genial! Nunca he visto un concierto de @elreydelpop, pero hace meses que no hay entradas

Infanta Cristina @AltezaRealCristinaoficial Yo me encargo. Tengo mis contactos

Iñaki Urdangarín @7Urdangarínbalonmano Vale. Pero entonces este sábado vamos a cenar a El Pou. Es un restaurante que he abierto hace poco con @PorteroLoco. Tengo que pensar en mis negocios para cuando deje el balonmano. Quiero ser mi propio empresario

Infanta Cristina @AltezaRealCristinaoficial Lo serás cariño. Haremos lo que quieras

Alexia de Grecia @herederasintrono ¿Qué te pasa @AltezaRealCristinaoficial? ¿Por qué lloras?

Infanta Cristina @AltezaRealCristinaoficial Llevo seis meses con ese cabrón y me acabo de enterar por @PorteroLoco que todavía sigue con su novia

Alexia de Grecia @herederasintrono ¿Has hablado con @7Urdangarínbalonmano?

Infanta Cristina @AltezaRealCristinaoficial Sí, y el cabrón dice que es mejor así porque así nadie sospechará de que estamos juntos hasta anunciar nuestro compromiso. ¿Y sabes qué? @tipodeincógnito dice que está de acuerdo

Alexia de Grecia @herederasintrono ¿Lo sabe el tío @ElReycampechano?

Infanta Cristina @AltezaRealCristinaoficial Eso es lo peor. Lo sabe papá y también @ReinaSofíaoficial. Dicen que es mejor así. Pero @ElReycampechano me ha dicho que esté tranquila. Ya se encarga él de que @7Urdangarínbalonmano la guarde dentro de los pantalones

Jesús Rollán @Porteroloco ¿Qué tal? ¿Cómo lo llevas? Te has aficionado a las gafas de sol y a los jerséis de cuello alto. ¿Mucha presión?

Iñaki Urdangarín @7Urdangarínbalonmano Un poco sí. Pero esto es la leche. El otro día @AltezaRealCristinaoficial me dijo de ir a comprar algo de ropa. Hizo una llamada y nos abrieron @ElCorteInglés de la Diagonal para los dos a las 03.00 a.m.

Jesús Rollán @Porteroloco ¡Joder! Te voy a tener que tratar de duque a partir de ahora

Iñaki Urdangarín @7Urdangarínbalonmano Ya ves. El pasado fin de semana fuimos a un hotelito en Viladrau y la gente nos hacía reverencias y nos regalaron un montón de chorradas. No pagamos en ningún sitio

Juan Carlos I @ElReycampechano Ya está todo listo. Mañana, en los jardines de Zarzuela, haréis la presentación oficial del noviazgo

Infanta Cristina @AltezaRealCristinaoficial ¡Genial! Voy a llevar un traje de chaqueta y pantalón de color blanco. Creó que me dejaré el pelo suelto

Reina Sofía @ReinaSofíaoficial Te van a criticar. @7Urdangarínbalonmano es un simple deportista. Es demasiado moderno. Por lo menos hazte un moño

Juan Carlos I @ElReycampechano Deja a la niña en paz. No seas tocacojones. Además es vasco y del Barça. ¡Al final me va a hacer a mí republicano!

Jaime Peñafiel @Realezayglamour 3 de mayo de 1997. En directo, retransmitiendo la vulgarización de la Monarquía. ¿Qué será lo próximo? ¿Qué @FuturoFelipeVI se case con una republicana? ¿Con una divorciada?

Jaime Peñafiel @Realezayglamour Exclusiva. La boda de @AltezaRealCristinaoficial y @7Urdangarínbalonmano será el 4 de octubre en la catedral de @BCN

Infanta Cristina @InfantaCristinaoficial Me ha dicho papá que nos va a hacer duques de Palma. @InfantaElenaoficial se va a morir de envidia y el tonto de @trapicheosMarichalar mucho más

Iñaki Urdangarín @7Urdangarínbalonmano ¡De puta madre! ¿Pero podemos seguir viviendo en @BCN, no?

Infanta Cristina @AltezaRealCristinaoficial Claro, claro. Nosotros seguimos en nuestro pisito de Pedralbes a nuestro rollo

Iñaki Urdangarín @7Urdangarínbalonmano Ahora que somos duques habrá que subir un poco el nivel. Le tengo echado el ojo a un palacete que hay unas manzanas más arriba. Igual podías hablar con @ElReycampechano

Infanta Cristina @AltezaRealCristinaoficial Dalo por hecho. Tú sigue riéndole las gracias. Me dijo @ReinaSofíaoficial que le caes mucho mejor que @trapicheosMarichalar

Iñaki Urdangarín @7Urdangarínbalonmano Tres o cuatro hijos y que vayan al Liceo francés. Veranos en @Palma e inviernos en @BaqueiraBeret. Como la gente de bien de @BCN. ¿Te parece?

Jesús Rollán @Porteroloco ¿Sabéis algo de @7Urdangarínbalonmano?

Rafa Guijosa @Guijosamejorjugadordelmundo1999 Ya no se llama así. Ahora se llama @DuquedePalma

Jesús Rollán @Porteroloco Pues @DuquedePalma se ha olvidado de sus amigos. Hace meses que no sé nada de él

Rafa Guijosa @Guijosamejorjugadordelmundo1999 Me han dicho que ya no escucha favores y que anda con banqueros y empresarios. Que quiere ser miembro del @COI

Iñaki Urdangarín @DuquedePalma He conocido a un tío muy interesante. Se llama Diego Torres y me ha dicho de crear una asociación de eventos deportivos

Infanta Cristina @AltezaRealCristinaoficial Suena bien. ¿Cómo la vais a llamar?

Iñaki Urdangarín @DuquedePalma Instituto Noós

https://www.youtube.com/watch?v=gJE7zuK_Pmw
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De la final de las botellas al caso Guruceta (2ª parte)

Poco menos de dos años después de la llamada ‘final de las botellas’, Real Madrid y FC Barcelona volvieron a cruzar sus caminos en la Copa del Generalísimo. En este caso se trataba de una eliminatoria de cuartos de final que se resolvería en el encuentro de vuelta, un choque que pasó a la posteridad como el del ‘caso Guruceta’. En ese interludio de 24 meses ocurrieron un par de hechos sobresalientes. En una entrevista veraniega Santiago Bernabéu, presidente madridista, declaró sin pelos en la lengua: “No están en lo cierto quienes digan que no quiero a Cataluña. La quiero y la admiro mucho, a pesar de los catalanes. Y a quien admiro de verdad es a Vilá-Reyes. Ser presidente en Cataluña de un club que se llama Español es digno de admiración”. En esas mismas fechas, Narcís de Carreras, presidente azulgrana, acuñaría en un acto público una expresión que llevaría el significado del barcelonismo a una nueva dimensión: “El Barcelona es algo más que un club de fútbol, es más que un lugar de esparcimiento donde los domingos vamos a ver jugar al equipo. Más que todas las cosas es un espíritu que llevamos muy arraigado dentro”.

La Liga 1969-70 finalizó con el Real Madrid sexto. Era la primera vez que los blancos no iban a disputar la Copa de Europa. Hasta entonces lo habían hecho siempre al ser vigentes campeones europeos o vigentes campeones de Liga. La única opción que tenían de competir en el continente la siguiente temporada era ganar la Copa y así clasificarse para la Recopa. Al FC Barcelona tampoco le había ido mucho mejor, pero al menos finalizó cuarto (llevaba diez años sin conquistar la Liga) y se había clasificado para la Copa de la UEFA. La Liga la había ganado el Atlético de Madrid en dura pugna con el Athletic de Bilbao.

Total, que en cuartos se enfrentan los dos gigantes en el único torneo que les puede permitir salvar la temporada. En el Barça Manolo Reina había sustituido en la portería a Sadurní, Olivella se había retirado y en el centro del campo Pereda había dejado su lugar a Marcial. El principal cambio del Real Madrid era Sebastián Fleitas, un delantero paraguayo que no dio resultado, y la entrada en el once titular de Goyo Benito, un joven y duro central que haría carrera en la casa blanca. Con estos mimbres el encuentro de ida tiene lugar en el Bernabéu y el Madrid gana por 2-0 con mucha polémica. Desde Barcelona se reclama que el segundo gol, obra de Amancio, tiene lugar en claro fuera de juego.

La vuelta se disputa en el Camp Nou el 6 de junio de 1970. Como árbitro se designó al guipuzcoano Emilio Guruceta, un prometedor colegiado que esa temporada había hecho su debut en Primera División. Se trataba de un trencilla autoritario pero dialogante, que dejaba jugar al estilo inglés, a imagen de lo que hoy podría ser Mateu Lahoz. Cuando en 1987 fallezca víctima de un accidente de circulación el diario ‘Marca’ instaurará un premio que llevará su nombre para designar al mejor árbitro de cada temporada.

La primera parte no tiene gran historia, pero al filo del descanso un latigazo de Rexach pega en el poste y se cuela dentro. El FC Barcelona gana 1-0 y tan sólo necesita otro gol para empatar la eliminatoria.

El Barça sale en tromba en la segunda mitad y se suceden las ocasiones en el área defendida por Junquera. Pero en el minuto 14 de ese período el Madrid recupera el balón y lanza un contraataque comandado por Velázquez. Comienza una carrera que lo ha de llevar hasta el área contraria momento en el que es derribado por detrás por Rifé (el mismo que había centrado en el autogol de Zunzunegui dos años atrás). Guruceta pita penalti.

El problema es que el derribo había sido fuera del área. Pero no por unos escasos centímetros, sino por unos cuantos metros. La dificultad estriba en que la caída no es limpia. Velázquez se va trastabillando y acaba con el cuerpo dentro del área. Pero no es excusa. El error es de bulto, tanto desde la televisión como dentro del campo.

El Camp Nou estalla. Hay lluvia de almohadillas (ya no había botellas, pero sigue habiendo incómodos asientos de cemento que son aderezados por cojines) y los jugadores del Barça hacen amago de marcharse del campo, pero son frenados por el inglés Buckingham, técnico azulgrana, y que al llevar poco tiempo en España no sabe de qué va la película. La lluvia de almohadillas no cesa y entre una cosa y otra pasarán casi nueve minutos hasta que Amancio lance el penalti e iguale el partido (1-1). Es entonces cuando Eladio, capitán azulgrana, se acerca a Guruceta y le aplaude en tono de guasa. Guruceta saca la cartulina roja de su bolsillo y expulsa al catalán. Un trueno recorre el Camp Nou y a las almohadillas le siguen unos cuantos espontáneos que invaden el campo. Como sería el ambiente que hasta los jugadores del Real Madrid le piden a Guruceta que rectifique y no expulse a Eladio, pero será como predicar en el desierto.

El partido sigue jugándose a trompicones con continuos lanzamientos de almohadillas y continuos parones en el juego mientras el público grita con ironía “¡campeones, campeones!” a los madridistas. A falta de diez minutos para el final Rifé cae en el área pero Guruceta no pita penalti. Más abucheos y nueva entrada de hinchas al rectángulo de juego. Emilio Guruceta decide dar por finalizado el partido y dar por válido el empate que clasifica al Real Madrid. En el acta del encuentro el colegiado vasco especificará que cayeron “más de 30.000 almohadillas” sobre el césped del Camp Nou.

El postpartido es de traca. Miles de aficionados barcelonistas se concentran en el entorno de la Plaza Canaletas gritando consignas que mezclan el deporte y la política hasta que la policía disuelve a los manifestantes. Bernabéu, fiel a su estilo, declara; “ha sido un penalti como una casa”. Pero lo que avivará el fuego son las declaraciones de Antonio Calderón, gerente madridista: “Ha pasado lo que suele pasar en cualquier pueblo”. De traca. Con menos los CDR te montan una barricada en Barcelona. Agustín Montal, un joven de 35 años que apenas unos meses antes había sustituido a Carreras en la presidencia azulgrana, no entra al trapo, y bien asesorado se limita a pedir que el partido se repita a partir del minuto 59, eso sí, eliminando de la escena el penalti que considera “un robo”.

La RFEF quiere dar por finiquitado el partido e imponer una sanción al FC Barcelona por el lanzamiento de objetos. Pero la indignación en Cataluña es brutal. El asunto pasa directamente al Consejo de Ministros. Y se decide intentar contentar a todos. En primer lugar el partido se da por terminado con la clasificación del Real Madrid a pesar de que faltan diez minutos por jugarse. En segundo término se castiga a Eladio con dos partidos de sanción por menosprecio al árbitro, pero a cambio se decide no clausurar el Camp Nou. Y por último se suspende de empleo y sueldo a Emilio Guruceta durante seis meses “por alteración del orden público”.

Pero eso no bastó para aplacar la indignación catalana. Era 1970 y lo que antes era sumisión ahora es rebeldía. Hubo que pasar a la pela. En las semanas siguientes el Consejo de Ministros libera 50 millones de pesetas que sirvieron para que el Barça construyera el Palau Blaugrana y la pista de hielo.

El Real Madrid eliminó al Athletic en semifinales y se clasificó para la final a disputar ante el Valencia. El partido se celebró en el Camp Nou en medio de un ambiente terrible hacia los madridistas que aun así lograron alzarse con el título tras vencer por 3-1. Cuando Franco entregue el trofeo a Gento, capitán madridista, el estadio se tornará vacío salvo por la presencia de unos cuantos miles de aficionados merengues.

Guruceta no volvió a arbitrar al FC Barcelona en más de 17 años de carrera. Muchos años después de su muerte una investigación de la UEFA demostró que había recibido un millón de francos suizos para facilitar la victoria del Anderlecht ante el Nottingham Forest (3-0) en las semifinales de la Copa de la UEFA de 1984. La noticia fue portada en la prensa deportiva catalana e intensificó el dolor por el recuerdo del ‘caso Guruceta’.

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De la final de las botellas al caso Guruceta (1ª parte)

Ahora que parece que por fin se va a disputar el Barça-Madrid es sugestivo rememorar otros clásicos plagados de odio, vísceras y altas dosis de política. En este blog ya hemos repasado la relación entre el FC Barcelona y la identidad catalana a través de una trilogía de artículos que nos llevaban desde los albores del nacionalismo hasta la Transición. En toda esta epopeya histórica tanto Madrid como Barça representan a disgusto o por convicción los papeles de españolidad y de catalanidad. Mas a pesar de los niveles de exaltación patriótica de la actualidad aún no se ha superado el cataclismo del bienio 1968-70, cuando en plenos estertores del Franquismo a la ‘final de las botellas’ le siguió el ‘caso Guruceta’.

La llamada ‘final de las botellas’ no es más que el calificativo con el que la posteridad recuerda la polémica final de Copa (entonces del Generalísimo) que enfrentó a FC Barcelona y a Real Madrid en 1968. Por entonces la Copa se empezaba a disputar en mayo una vez consumada la Liga. En el torneo de la regularidad el Real Madrid había ganado con claridad liderando la tabla desde el inicio de la segunda vuelta. Era el séptimo título consecutivo de los merengues. En la Copa vencieron al Sevilla y al Zaragoza para arrollar al Celta de Vigo en semifinales y clasificarse con holgura para la final.

El Barça tenía puestas sus esperanzas en la Copa. En semifinales se enfrentó al Atlético de Madrid, por aquel entonces club con más enjundia que los catalanes. En la ida ganaron los rojiblancos por 1-0 pero acabaron el duelo indignados por lo que consideraban un mal arbitraje. En la vuelta el Barça ganaba 2-1 a escasos segundos del final, lo que conducía a la prórroga (no había valor doble de los goles en campo contrario), pero el colegiado del encuentro aplicó un tiempo de descuento excesivo que permitió a Zaldúa anotar al filo del minuto 99 y clasificaba al Barça para la final.

El árbitro de ambos encuentros fue el mallorquín Antonio Rigo, acreditado colegiado con fama de barcelonista. Había dirigido 11 de los 30 partidos del Barça en aquel campeonato y también los cuartos de final ante el Athletic. La prensa madrileña sacó el látigo y en medio de aquel follón se conoció que Rigo iba a ser el árbitro de la final entre el FC Barcelona y el Real Madrid. Por si la polémica fuese poca hubo que retrasar varios días la final por problemas de agenda de Franco, lo que hizo sino aumentar la vorágine escritora de los periodistas.

El partido se iba a disputar el jueves 11 de julio de 1969, único día posible en la agenda del Caudillo. El Madrid no estaba de acuerdo con la designación arbitral y el Barça mostraba su indignación porque el choque se tendría que disputar en el Santiago Bernabéu, una ofensa contra la neutralidad de la final.

El Madrid tiene a tres titulares lesionados, el lateral Calpe, el cerebro Velázquez y la leyenda Gento. El Barça cuenta con su once de gala incluido a Carles Rexach, un joven extremo que había debutado esa temporada y que estaba considerado la gran perla del fútbol español. El Bernabéu estaba a reventar con más de 100.000 espectadores en las gradas con lógica mayoría madridista. En el palco de autoridades las vacas sagradas del Franquismo junto a Bernabéu, el presidente que convirtió al Real Madrid en el club de fútbol más importante del mundo, y a Narcís de Carreras, el presidente que acuñó la frase ‘més que un club’ y que ha definido la trascendencia social del FC Barcelona hasta nuestros días.

Apenas seis minutos después del pitido inicial, el azulgrana Rifé se interna por la banda izquierda y centra al corazón del área blanca. Zunzunegui se prepara para despejar el balón con una fuerte volea, pero con tan mal tino que se trastabilla y proyecta un perfecto remate que se cuela en la portería defendida por Betancort. Gol en propia puerta. Silencio sepulcral en el Bernabéu y el Barça se adelanta por 0-1.

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Zunzunegui anotó el tanto más desafortunado de su carrera

El Barça se echa atrás y el encuentro se convierte en un monólogo madridista. Minutos después Pereda, con la pierna en alto, golpea al madridista José Luis que queda largo rato conmocionado en el terreno de juego. Hay protestas en el graderío. Un poco más tarde es Serena el que es cazado con dureza por Gallego. Aún no había aparecido Cruyff por Barcelona y no se sabía lo que era el ‘fútbol total’. El Barça era un equipo que daba mucha leña, tal y como mandaban los cánones a finales de los 60.

Minutos después el propio Gallego caza a Pirri que vuela por los aires y sufre una luxación de clavícula. Pirri acabaría el partido con el brazo doblado hacia arriba anticipándose a la icónica imagen de Beckenbauer con el brazo en cabestrillo del Mundial de 1970. Es entonces cuando caen las primeras botellas al césped. Los aficionados iban al estadio con botellas de cristal. A diferencia de lo que ocurre en la actualidad aquellas botellas estaban llenas de alcohol, el cual, tras pasar por el tubo digestivo y ser descompuesto a partes iguales por el intestino y el hígado, viaja a través de la sangre hasta el cerebro para convertir al brazo de un ciudadano ejemplar en un arma de destrucción masiva.

Entre tanta mala leche también hay tiempo para el buen fútbol, donde resplandecen los regates de Amancio, pero mucho más las extraordinarias paradas del azulgrana Sadurní. Poco después del inicio de la segunda parte se desata la locura. Serena enfila el área y la parte en dos cual cuchillo hasta que es cazado por Eladio. Rigo dice que no ha pasado nada. Que siga el juego. Las botellas llueven sobre el Bernabéu. A decenas. A cientos. A miles. Botellas de cristal. De tercio de litro. De cerveza y también alguna de Coca-cola y de Kas. Lo normal entonces era tirar almohadillas. Aquello de las botellas era lo nunca visto.

El juego se para, pero minutos después hay otra entrada de juzgado de guardia. En este caso el derribado es Amancio. Vuelven a llover las botellas. Montones de botellas. Sadurní decide meterse dentro de su propia portería esperando que la red le proteja de los impactos. Los jugadores del Madrid se dirigen al público pidiéndoles que dejen de lanzar objetos, pero la masa está extasiada y no cesan de arrojar todo lo que tienen a mano.

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Sadurní recibió un aluvión de botellas dentro de su área

A partir de entonces, y hasta el final del choque, cada vez que un jugador del Barça tenga que sacar de banda o lanzar un córner recibirá como obsequio unas cuantas botellas. En el último cuarto de hora apenas se juega al fútbol y el Barça consigue aguantar el chaparrón y proclamarse campeón de Copa gracias al tempranero gol en propia meta de Zunzunegui.

El capitán Zaldúa se dirige al palco para recibir el trofeo de manos de Franco y el estadio grita de forma unánime ¡Rigo, campeón! visiblemente disconformes con la actuación del árbitro mallorquín. Aun cuando el Barça se retira al túnel de vestuarios caerán unas cuantas almohadillas sobre la cabeza de los futbolistas, una vez que las botellas han pasado a mejor vida.

Pero el intríngulis de la ‘final de las botellas’ tendrá lugar en el palco. Entre los presentes está Camilo Alonso Vega, veterano de las guerras de Marruecos y por entonces ministro de Gobernación. Al parecer su mujer se acerca a Bernabéu y le dice: “¡Qué desgracia, hemos perdido!”. Alonso Vega la acerca a su lado, la reprende y le indica que felicite al presidente del FC Barcelona. Ella se vuelve hacía Narcís de Carreras y le espeta: “Felicidades. Porque Cataluña también es España, ¿verdad?”, a lo que éste replica: “Señora, no fotem”, expresión que no necesita traducción.

En Barcelona se espera una fuerte sanción para el Real Madrid. La federación no hace nada. No es el Real Madrid el que ha organizado el partido. Al ser la final de Copa la organización corre a cargo de la propia Federación. Si la Federación decide sancionar, tendría que sancionarse a sí misma. Por lo que va a ser que no. Barcelona estalla de indignación. La única decisión que toma la RFEF es prohibir la venta de líquidos en botellas de cristal dentro de los estadios de fútbol. Desde entonces los vasos de plástico se hicieron un hueco en los graderíos del balompié español.

Por su parte el Real Madrid decidió recusar a Antonio Rigo. Nunca más volvió a dirigir a los de Chamartín. El FC Barcelona contraatacó haciendo lo propio con Ortiz de Mendíbil, uno de los mejores colegiados del mundo pero simpatizante madridista que en 1966 había alargado un Madrid-Barça durante 11 minutos hasta que los blancos marcaron el gol de la victoria. Rigo siguió arbitrando al resto de clubes de la Liga hasta que en 1975 fue obligado a retirarse al aparecer su nombre en una trama de corrupción que la llegada de la democracia dejó en el olvido.

Para el Barça que el Madrid no fuese sancionado tras la ‘final de las botellas’ era un síntoma más del poder del Madrid. Para los merengues que aquella final fuese dirigida por Rigo no hacía más que demostrar que las protestas llegadas desde Barcelona no eran más que lloreras, y que gracias a esas lloreras conseguían lo que querían.

Una vez retirado Antonio Rigo admitió que tras la ‘final de las botellas’ se hizo profundamente antimadridista. Obviamente para los blancos ya lo era antes de esa final. Lo único cierto es que aquella imagen del césped del Bernabéu lleno de botellas dio la vuelta al mundo y que el Barça consiguió sumar un nuevo título en su palmarés en casa del eterno rival.

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Rigo, el gran protagonista de ‘la final de las botellas’

P.D: Hubo que tirar de fotografías en prensa y de las crónicas de los periodistas para comprobar que hubo ‘final de las botellas’. Tanto en el resumen del NO-DO como en la retransmisión de TVE se evitó mostrar imágenes que incitasen a la polémica y a la violencia.

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Cuando el rugby convirtió a Sudáfrica en un país

La bandera de Sudáfrica tiene una forma un tanto singular. Está constituida por dos anchas bandas horizontales, la superior de color rojo y la inferior de color azul, separadas ambas por una tira central verde que remata en forma de y. La y griega está plasmada en negro y la separación entre colores está representada con unas estrechas franjas amarillas y blancas. En total la bandera de Sudáfrica consta de seis colores. Esta rareza colorida, única en el mundo, data de tan temprana fecha como 1994 y simboliza la unión de dos pueblos. El afrikáner blanco de origen neerlandés (blanco, azul y rojo) y el zulú negro de origen nativo (negro, amarillo y verde).

En abril de 1994 Nelson Mandela arrasó en las primeras elecciones libres celebradas en Sudáfrica tras el fin del apartheid. Era la primera vez que el 80% de la población podía votar. La primera vez que los negros podían votar. Y Mandela, el líder de la ANC (Congreso Nacional Africano), logró una amplia mayoría. La ANC quería venganza y muchos contemplaron así el resultado de las elecciones. Pero Mandela no lo veía así. A pesar de transitar medía vida en una celda, ‘Madiba’ sabía que para que la paz triunfase debía buscar la reconciliación de los sudafricanos. Por eso escudriñó una nueva bandera. Una insignia que no destruyese y sí que integrase. Por eso solicitó un nuevo himno que conviviese con el antiguo. Mandela, de 76 años, quería ser el padre de la nueva nación.

El problema es que su política de apaciguamiento no contentaba a nadie. Los sudafricanos blancos seguían controlando el ejército y las fuerzas de inteligencia, y pronto surgieron grupos paramilitares que acometieron diversos atentados para soliviantar al nuevo gobierno. Mientras, la ANC clamaba contra Mandela por mantener en sus puestos a los funcionarios blancos y grupos armados promovían el fin de la supremacía blanca. Mandela sabía que su ascendencia sobre los negros podría con todo y que si él pedía paz, tendría paz. Lo que no sabía era como ganarse el cariño de los blancos, y, sobretodo, como conseguir que blancos y negros conviviesen juntos. Como comentó años más tarde; “tuve que apelar a los sentimientos y dejar de lado a la razón”.

Meses más tarde, en el verano de 1995, Sudáfrica iba a albergar la Copa del Mundo del rugby. Era un acontecimiento extraordinario…para la población blanca. Los afrikáners son unos fanáticos del rugby. El equipo, que viste una camiseta verde, es conocido como los ‘springboks’ apelativo que emana de la gacela dorada que adorna el pecho de los jugadores. Durante los años del apartheid los ’springboks’ fueron excluidos de los eventos internacionales por lo que no pudieron acudir ni a la Copa del Mundo de 1987 ni a la de 1991. Era la primera vez que Sudáfrica iba a participar en un Mundial y lo haría en casa.

Para la población negra el rugby representaba el dolor, la angustia y la represión. Para ellos el rugby no era más que tipos, altos, rubios, vestidos con camiseta verde y pantalón caqui que pasaban el tiempo bebiendo cerveza y humillando a los negros. A ningún nativo le interesaba el rugby, por lo que se celebraban con júbilo las derrotas del equipo nacional. Todo adolescente zulú o xhosa admiraba a los ‘All Blacks’ de Nueva Zelanda, un equipo formado por blancos, negros y mestizos, considerado una suerte de Brasil del rugby.

Un día a mediados de octubre de 1994 Nelson Mandela citó a François Pienaar a tomar un café al palacio presidencial. Aunque ambos eran hombres públicos no se conocían en persona. Pienaar era el capitán de la selección de rugby de Sudáfrica. Era un genuino representante afrikáner. Con 1’92 metros de altura llevaba sobre sus hombros con ligereza sus 120 kilos de peso. Rubio, de mirada seria y penetrante y parco en palabras, personificaba perfectamente al ideal del blanco sudafricano.

Pienaar no era más que un producto de su tiempo. Un niño de clase media que creció en la década de los 80 escuchando de boca de sus padres que el negro era el enemigo y que el afrikáner era franco, sencillo y trabajador en contraprestación a los ruines, zafios y vagos negros que pululaban el extrarradio. Pero Pienaar no era un afrikáner cualquiera. Al ser deportista profesional había visto más allá de las fronteras del Traansvaal. Era, además, licenciado en derecho y tenía más conversación que la que se le presupone a un deportista. Y mucha más que la que se le conjetura a un jugador de rugby afrikáner.

Pienaar acudió a la cita con ciertos nervios y tiempo después admitiría que cuando estrechó la mano del presidente sintió pánico. Esperaba encontrarse a un anciano de 76 años y se encontró un hombre más jovial que él mismo. Mandela se mantenía en gran forma. Había sido boxeador en su juventud y durante sus años de cautiverio no dejó de practicar deporte. Ya como presidente todos los días se levantaba a las 4 de la mañana para hacer carrera continua. Era, además, un bigardo de 1’85 que podía mirar de tú a tú a Pienaar.

Lo primero que le extraño a Pienaar es que los policías que custodiaban la estancia eran afrikáners. No vio a ningún negro a excepción de la secretaria de Mandela. Por supuesto los policías aprovecharon para charlar con la estrella, comentar las esperanzas que todos tenían en los ‘springboks’ y pedirle un par de autógrafos. Mandela sonreía agazapado y así continuó hasta que su secretaria dejó a Pienaar sentado en una sala contigua. ‘Madiva’ espero cinco minutos para entrar en la estancia mientras Pienaar empezaba a sudar su traje con continuas miradas a su reloj de pulsera.

Al cabo de esos cinco minutos Mandela ordenó a la secretaria que dejase a entrar a François a su despacho. Éste golpeó con los nudillos la puerta, pidió permiso y entró. ¡Ah, François, gracias por haber venido!, esbozó Mandela con una amplia sonrisa y al mismo tiempo estrechaba la mano de Pienaar con soberana fuerza, como si de un placaje se tratase. Luego ambos se sentaron de frente en unos cómodos sofás mientras el presidente servía un café con leche a su invitado.

Durante la siguiente media hora François Pienaar borró de su mente todos los prejuicios que su educación afrikáner tenía para con los negros. A través de sus anécdotas y de su eterna sonrisa, Mandela consiguió que aquel gigante de pies de barro se sintiera cómodo y seguro. La intimidad y la complicidad entre ambos surgió enseguida y Mandela consiguió lo que había hecho con tantos y tantos blancos y lo que pretendía hacer con todos los demás. Le habló de la importancia del deporte y de que lo necesitaba para conseguir la construcción y la reconciliación nacional.

A partir de ese momento siguieron seis meses frenéticos de paz y armonía en las que el rugby fue el motor que consiguió calmar revueltas, disturbios y profundos odios de tiempos inmemoriales. Como magistralmente relató John Carlín en el libro ‘El factor humano’ y perfectamente recreó en el cine Clint Eastwood en ‘Invictus’, los afrikáners aprendieron a respetar a los negros, y éstos a confiar en los blancos. Los ‘springboks’ viajaron a aldeas xhosas y zulús a enseñarle el juego a los niños, se adoptó un nuevo himno que se cantó no sólo en inglés sino en los diferentes idiomas nativos y se potenció la figura de Chester Williams, el único jugador de raza negra de la selección.

El resto de la historia es sobradamente conocida. Sudáfrica venció contra pronóstico a Nueva Zelanda por 15-12 y se proclamó campeona del mundo ante las más de 60.000 personas que abarrotaban el Ellis Park de Johannesburgo (en la película de Eastwood se omite deliberadamente ayudas arbitrales a Sudáfrica en la semifinal y una posible intoxicación de los neozelandeses antes de la final). El partido ya se había ganado mucho antes de empezar cuando Mandela asomó en el palco y saludó al público vestido con una gorra de los ‘springboks’ y una camiseta con el número 6, el número del capitán François Pienaar. Cuando la abrumadora mayoría blanca del estadio vio a Mandela portar la sagrada zamarra verde los gritos de ¡Nelson! ¡Nelson! atronaron en un recinto colmado de las banderas de seis colores de la nueva Sudáfrica.

Hoy el rugby es objeto de deseo para muchos niños negros, aunque el fútbol sigue siendo el deporte preferido de zulús y xhosas. Es cierto que el número de academias de rugby ha aumentado en los barrios de raza negra, pero la proporción de practicantes sigue siendo baja en un país donde los blancos sólo constituyen el 15% de la población. Si Chester Williams era el único negro de los 15 titulares del equipo campeón de 1995, hoy la cifra no es mucho mayor. Ciertamente un joven xhosa llamado Siya Kolosi es el capitán de los ‘springboks’, pero tan sólo 3 o 4 jugadores de raza negra son habituales en la línea de salida de la Copa del Mundo de 2019. Un total de 11 de los 35 jugadores seleccionados son de raza negra, aunque buena parte de culpa la tiene una tasa implantada el año pasado por el gobierno que obliga a seleccionar al menos a un 20% de jugadores negros o mestizos.

A pesar de todas las complicaciones en la Sudáfrica actual no hay atentados, ni disturbios ni asesinatos. Como dijo Mandela “el deporte tiene el poder de cambiar el mundo, de curar heridas y dar esperanza donde antes solo hubo desesperación.” Mas en 2019 sigue habiendo desigualdad de clases, corrupción y miedo entre razas, algo tan intrínseco a las entrañas del ser humano que erradicarlo es sinónimo de utópico. Pero lo cierto es que la Sudáfrica de hoy, la que Mandela creó a través de gente como Pienaar, es una Sudáfrica multicultural en la que blancos y negros han conseguido vivir juntos y aprender a respetarse.

“Si quieres hacer la paz con tu enemigo tienes que trabajar con él. Entonces se convierte en tu compañero.” Nelson Mandela.

“Nelson Mandela ha sido el ser humano más extraordinario e increíble que ha existido. Siempre será un ejemplo y le estaré profundamente agradecido por el papel personal que me dio en la unión del país.” François Pienaar, en el entierro de Nelson Mandela.

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El asesinato de Andrés Escobar

Corría el minuto 13 del partido cuando John Harkes avanzó por el carril central y armó la pierna izquierda para arrojar un centro al interior del área colombiana. El balón voló sin aparente riesgo, pero Andrés Escobar se deslizó a ras de césped para despejar el esférico con tan mal tino que introdujo el balón en su propia portería, pillando desprevenido a Óscar Córdoba. La selección colombiana no supo reponerse de tal desgracia y cayó por sorpresa ante Estados Unidos por 1-2 quedando eliminada del Mundial de 1994 en la fase de grupos. Antes de empezar el torneo Colombia era la tercera favorita para alzarse con el título para la mayoría de las casas de apuestas.

Era el 22 de junio de 1994. Apenas diez días después, en la madrugada del 2 al 3 de julio, Andrés Escobar era abatido a tiros dentro de su coche a la salida de una discoteca. El central de 27 años, capitán de la selección colombiana, fallecía minutos más tarde.

Hasta mediados de los años 80 el fútbol colombiano era secundario en América Latina. Falto de infraestructuras y recursos, los pocos jugadores de renombre emigraban a las más potentes ligas argentina y brasileña. Pero en esos años Colombia experimenta un fuerte crecimiento económico a través del narcotráfico. El más fiero exponente de los años de la coca es Pablo Escobar (sin ningún parentesco con Andrés), un hombre que se hizo archimillonario primero a través del contrabando y luego con la introducción de cocaína tanto en Estados Unidos como en Europa. Pablo llegó a crear un Estado paramilitar que se ganó el corazón de buena parte de los colombianos invirtiendo indecentes sumas de dinero en casas, alumbrado, carreteras o servicios sanitarios en los barrios más pobres de Colombia. Concretamente en Medellín, la ciudad que controlaba a su antojo.

Esas obscenas sumas de dinero tenían que ser ‘lavadas’ de alguna forma. Y que mejor forma que hacerlo que a través del fútbol. Antes de las tarjetas de crédito o de las compras online, las taquillas de los partidos se hacían con billetes. Con el fútbol se podía inflar al antojo del capo la recaudación de un partido. Es así como Pablo Escobar se convierte en el dueño del Atlético Nacional de Medellín o como Miguel Orejuela hace lo propio con el América de Cali.

El narcofútbol se encargó de comprar árbitros, pagar millonadas a jugadores que en condiciones normales emigrarían a otros países e invertir en infraestructuras. Futbolistas como Leonel Álvarez o René Higuita fueron formados en su juventud en campos de fútbol construidos con dinero donado por Pablo Escobar.

En esas circunstancias los Higuita, Álvarez o Arango, dirigidos por Pacho Maturana, logran con el Atlético Nacional el título de la Copa Libertadores de 1989, siendo el primer equipo colombiano en alzarse con el mayor honor futbolero de Sudamérica.

En aquel equipo destacaba un joven central de apenas 22 años llamado Andrés Escobar. Apodado ‘el caballero de la cancha’ era un chico formal, educado y serio, que a diferencia de la mayoría de sus compañeros no procedía de las clases más humildes de Medellín. Andrés era un joven de clase acomodada que no comulgaba con el narcofútbol.

Estos futbolistas junto a otros como Carlos Valderrama, Faustino Asprilla o Adolfo ‘El tren’ Valencia formaron una selección irrepetible que causó furor en el panorama internacional. Practicaban un fútbol imprevisible, con continuos cambios de ritmo y de velocidad que convirtieron a Colombia en la selección de moda a inicios de los 90, una época donde la defensa de cinco, el uso de la trampa del fuera de juego y el fútbol control reinaban en buena parte del mundo.

Entre 1991 y 1994 Colombia disputó 26 partidos internacionales encajando una sola derrota. Por el camino derrotaron en Buenos Aires a Argentina por 0-5 en un encuentro que aún hoy está considerado una hazaña en Colombia y una tragedia a orillas del Río de la Plata. La ovación de la afición albiceleste a los cafeteros al término del choque aún pone los pelos de punta a los seguidores colombianos.

Pero durante esos mismos años, mientras el fútbol colombiano daba una imagen de felicidad de cara el exterior, Colombia estaba sumida en una cruenta guerra civil. El índice de criminalidad en el país entre 1985 y 1995 fue el más elevado del mundo. Los cadáveres en las calles podían esperar días antes de ser retirados. Estados Unidos solicitó la extradición de Pablo Escobar, por lo que el capo de la droga decidió intervenir en política para blindarse. Se sucedieron los asesinatos de políticos, jueces, policías o civiles. Y el Estado contraatacó matando a soldados de Escobar y de otros jefes de la mafia, e incluso atacando a familiares del propio Pablo Escobar.

Escobar (el capo) llegó a estar encarcelado. Durante su cautiverio, jugadores como Higuita fueron a visitarlo con frecuencia. Pablo organizaba partidos en la cárcel e invitaba a futbolistas de renombre. Apostaba grandes sumas de dinero y pagaba millones a esos futbolistas para que jugaran delante de él. Incluso en una ocasión la selección colombiana fue hasta la cárcel para disputar un partido de exhibición delante de Pablo. Había futbolistas que iban encantados. Otros, como Andrés Escobar, lo hacían por obligación. Pero no había alternativa. El poder de la mafia era superior al del Estado. Además, Juan José Bellini, presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, tenía negocios en el mundo de la cocaína, por lo que era él mismo el que ordenaba a sus chicos que jugasen esos encuentros en la cárcel.

Como no podía ser de otro modo, Pablo Escobar sobornó a varios funcionarios y consiguió escapar de la cárcel para finalmente ser abatido en diciembre de 1993. El Estado había sobornado a otros capos para conseguir a la presa mayor.

Al entierro de Pablo acudieron miles de personas, pero aunque se había descabezado a la bestia el problema estaba lejos de haber finalizado. Durante las siguientes semanas se sucedieron las detenciones y, muerto el gran capo, dio la sensación de que en Colombia comenzaba una nueva era. A ello ayudó que a los pocos meses tendría lugar el inicio del Mundial de Estados Unidos donde Colombia partía como uno de los candidatos al triunfo.

Colombia estaba encuadrada en un grupo previo junto a Rumanía, Suiza y Estados Unidos. Los dos primeros se clasificaban para octavos de final junto al mejor tercero. Se daba por hecho la clasificación de los cafeteros. Andrés Escobar, con el número 2 en la camiseta, era el capitán y el líder de los sudamericanos. Contaba con un precontrato con el AC Milan para sustituir al legendario Franco Baresi al frente de la zaga del por entonces campeón de Europa. El acuerdo se haría efectivo al término del campeonato.

El primer partido enfrentaba a Colombia y a Rumanía. Los hombres dirigidos por Pacho Maturana dominaron el partido con autoridad y tuvieron numerosas ocasiones desde el inicio del choque. Pero en una jugada aislada, Florin Raducioiu aprovechó un despiste de la zaga para anotar el 0-1. A partir de ese momento Colombia entró en colapso y Hagi anotó después el 0-2 en un extraordinario lanzamiento lateral desde fuera del área. El partido finalizaría con un claro 1-3 a favor de los europeos.

Con una derrota en el casillero, Colombia estaba obligada a ganar en el siguiente partido a Estados Unidos para tener opciones de llegar a octavos de final. Ambos equipos se habían enfrentado en numerosas ocasiones en la última década y todos los encuentros habían acabado o en empate o en victoria colombiana.

Pero los de Maturana estaban psicológicamente muertos.

Viendo que el cerco sobre los narcos era cada vez más estrecho, los grandes capos decidieron apostar ingentes sumas de dinero en el Mundial para tratar de recuperar buena parte del efectivo perdido. Tras la derrota ante Rumanía muchos perdieron millones, por lo que amenazaron a varios miembros del equipo con la muerte si no ganaban a Estados Unidos. Maturana recibió una llamada anónima amenazante horas antes del inicio del choque y poco después entró llorando a los vestuarios para comunicarle a sus chicos la noticia. La mafia también ordenó que Barrabás Gómez, titular en el primer partido, no volviese a jugar en el Mundial, culpándolo de la derrota ante Rumanía.

Y por supuesto no volvió a jugar. De hecho, el encuentro ante los rumanos fue su último choque como profesional. Al acabar el campeonato decidió colgar las botas.

En estas circunstancias era de esperar que Colombia hiciese un partido espantoso ante Estados Unidos. Y así fue. Apenas tuvieron ocasiones claras y tras el ya comentado autogol de Andrés Escobar una nube negra se posó sobre la cabeza de los colombianos. Fue el primer gol en propia puerta de Escobar en toda su carrera. Se dice que su sobrino de nueve años, que estaba viendo el partido en casa junto al resto de su familia por la televisión, comentó; “por culpa de este gol van a matar al tío”.

Colombia, favorita a la victoria, había quedado eliminada a las primeras de cambio. Se ganó un último e intrascendente partido ante Suiza (2-0) y se tomó un avión de vuelta a Bogotá.

Al volver a su casa de Medellín a Andrés se le presentaba una disyuntiva. Mientras que el Mundial estuviese en liza el AC Milan no iba a dar el paso definitivo, pero quedarse en Colombia implicaba poner su vida en peligro. Su familia le imploró que se marchase a vivir a un hotel milanés a la espera de acontecimientos, pero Andrés no quería esconderse y decidió seguir haciendo su rutina habitual.

Diez días después, a la salida de la citada discoteca, los hermanos Gallón Henao se acercaron a Escobar y empezaron una acalorada discusión. Ambos eran conocidos narcotraficantes que habían perdido más de 3 millones de dólares por la temprana eliminación de Colombia en el Mundial. Andrés Escobar intentó calmarlos, a lo que los hermanos respondieron taxativamente; “no sabes con quien te estás metiendo”. Instantes después se acercó el lugarteniente de los hermanos Gallón, un pistolero llamado Humberto Múñoz, que descargó su revólver sobre el cuerpo de Escobar mientras gritaba: “¡Gracias por el autogol”. Minutos más tarde una ambulancia trasladaba a Andrés a un hospital cercano donde certificaron su defunción al poco de llegar.

Más de 120.000 personas acudieron al funeral de Andrés Escobar. Entre ellos sus compañeros de la selección colombiana que durante las siguientes semanas contaron con escolta policial proporcionada por el gobierno cafetero.

A partir de entonces el narcotráfico y el fútbol vivieron de la mano un lento declive. Miguel Orejuela, ex presidente del América de Cali, cumple hoy condena de 30 años en una cárcel de Estados Unidos. Juan José Bellini, ex presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, pasó presidio entre 1995 y 2001. Carlos Castaño, el hombre que sucedió como gran capo a Pablo Escobar tras su muerte, fue asesinado en 2004. Humberto Múñoz, el verdugo de Andrés, fue condenado a 30 años aunque ya salió de prisión por buen comportamiento. Y los hermanos Gallón Henao estuvieron encarcelados en Colombia y en estas fechas se está negociando su extradición a Estados Unidos.

Hoy, en buena parte de las ciudades de Colombia se pueden encontrar camisetas o libros sobre la vida de Pablo Escobar como un icono de la lucha de clases a imagen y semejanza del Ché Guevara. Junto a estas, en las tiendas de recuerdos y de mercadotecnia deportiva, se pueden localizar camisetas de Andres Escobar, ‘el caballero de la cancha’.

Pablo y Andrés. Dos Escobar. Dos países en uno.

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Bill Bradley (el hombre perfecto)

Bill Bradley nació en 1943 en Missouri, en una villa del Medio Oeste de Estados Unidos llamada Crystal City cuyo nombre proviene de la industria del vidrio pujante en la región. Desde pequeño destacó por su facilidad tanto para el estudio como para con el deporte y, además, con los 1’96 metros que llegó a desarrollar en la adolescencia se convirtió en celebridad tanto por su intelecto como por su físico. Tenía facilidad de palabra, era simpático, bien parecido, virtuoso, un buen ciudadano y su fama era conocida en kilómetros a la redonda. El hombre de Vitruvio hecho carne. A la hora de plantearse que estudiar y a que universidad acudir, Bill Bradley llegó a tener hasta 75 ofertas de universidades que buscaban su excelencia ya fuese en las aulas o en el baloncesto.

Y es que Bill había destacado en el instituto como un extraordinario alero. Eso le abrió las puertas de los más prestigiosos centros baloncestísticos del país como Duke, North Carolina, Kentucky o UCLA. Pero como sus notas eran tan o más extraordinarias que sus cualidades con el balón también fue tentado por los más prestigiosos centros académicos del país entre los que destacaban Harvard, Yale o Columbia. Al final se decidió por la universidad de Princeton a caballo entre Philadelphia y Nueva York y alma mater de presidentes de Estados Unidos como John. F. Kennedy o Woodrow Wilson y matemáticos como Alan Turing o John Nash.

Bradley comenzó su doble licenciatura en historia y políticas en el otoño de 1961 a la vez que compaginaba entrenamientos y partidos con el equipo de baloncesto y también con el de béisbol. En el verano de 1964 fue seleccionado para participar con el equipo de Estados Unidos en los JJ.OO de Tokio. Por aquel entonces acudían a la convocatoria los jugadores de último año antes de dar el paso a la NBA. Bill Bradley lo hizo a mitad del ciclo universitario siendo en aquel momento el jugador más joven en ir convocado con la selección. Como no podía ser de otra forma Estados Unidos ganó la medalla de oro en baloncesto en tierras japonesas.

La temporada siguiente llevó a Princeton a la Final Four de la NCAA algo inaudito para una universidad de prestigio académico pero sin peso en el baloncesto. Promedió más de 30 puntos por partido y fue elegido como ‘All American’, un galardón que premiaba a los cinco mejores jugadores de Estados Unidos y que ya había recibido en su época de instituto. En la Final Four la Universidad de Princeton cayó contra Michigan, pero Bill Bradley se llevó el trofeo de MVP a pesar de la derrota al haber anotado 58 puntos.

Por aquel entonces Bill estudiaba unas ocho horas al día y dedicaba otras cuatro a entrenar. Poseía una increíble visión periférica que le permitía contemplar el juego en toda su perfección y adelantarse a los movimientos de sus rivales a pesar de no ser demasiado rápido. Según contaba, entrenaba con pesos en las zapatillas para atenuar su lentitud y potenciar el uso de su cerebro y así poder ganar a rivales más dotados físicamente. Esa capacidad unida a una verborrea y una simpatía innata era la que aplicaba bajo los focos de un aula.

Ya licenciado Bradley se presentó al draft de la NBA donde los New York Knicks lo escogieron como su primera elección. Pero Bill tenía más alternativas al baloncesto para dirimir que hacer con su futuro. Ese verano es seleccionado y galardonado con una beca Rhodes que incluía gastos de viaje, estancia y manutención para realizar una tesis doctoral en la prestigiosa Universidad de Oxford.

Se le presentaba una disyuntiva entre mente y cuerpo. Y sabedor de que la segunda opción es finita, Bradley optó por la primera. Aparcó la NBA temporalmente y viajó a Inglaterra para hacer un máster sobre diplomacia internacional y una tesis sobre el ex presidente estadounidense Harry Truman.

Pero no abandonó el baloncesto. Un directivo del Olimpia Milano, que frecuentaba Estados Unidos buscando jugadores para el equipo, viajó hasta Oxford y convenció a Bradley para que se enrolase en el conjunto italiano. ‘Dollar Billy’, como empezaba a ser conocido por sus habilidades en los negocios, aceptó jugar únicamente con el Olimpia los partidos de la Copa de Europa. Bradley disputó un total de 12 partidos con los transalpinos. El día antes del encuentro cogía un avión en Londres, entrenaba un par de horas con sus compañeros y saltaba a la pista. En la temporada 1965/66 Bill Bradley se convertía en campeón de Europa de baloncesto como quien no quiere la cosa.

Para el verano de 1966 los Knicks no quisieron esperar más y exigieron a Bradley que se integrara en su plantilla. Pero Bill supo jugar sus cartas. Dado que tenía que hacer el servicio militar obligatorio pidió una excedencia especial para hacerlo en Inglaterra en una de las bases castrenses que Estados Unidos mantenía en Europa y de paso acabar su tesis y especializarse en diplomacia internacional. A los Knicks no les quedó más remedio que esperar un poco más, pero la espera valió la pena.

A mitad de su primer año con los Knicks, Bill Bradley era titular, al segundo ya estaba considerado el mejor especialista defensivo de la liga y en el tercero ya era un ‘All Star’ y ayudaba a los New York Knicks a ganar su primer título de la NBA en la temporada 1969/70. A la hora de escribir estas líneas Bill Bradley es junto al argentino Manu Ginobili el único baloncestista que ha ganado el oro olímpico, la Copa de Europa de baloncesto y la NBA.

En 1976, en el que iba a ser su último año en la NBA y ya con 34 primaveras a sus espaldas, Bill Bradley preparó su asalto a la política. Consiguió un puesto de ayudante del director de la oficina de oportunidades económicas de Washington, algo así como un secretariado de industria y de inversiones. Cuando al año siguiente cuelga las botas (con dos campeonatos y su camiseta retirada en el Madison Square Garden de Nueva York) ‘Dollar Bill’ anuncia su candidatura como senador por el Estado de Nueva Jersey para las elecciones de 1978. Consigue la victoria con más del 60% de los votos y mantendrá el cargo ininterrumpidamente hasta 1999.

Aunque demócrata, siempre fue un verso libre dentro del partido. Fue un izquierdista si se puede ser de izquierdas dentro del acérrimo capitalismo americano. Durante dos décadas fue un abanderado en la reducción del control de armas y tendió puentes con la Unión Soviética. Aprovechó sus contactos en Europa para estrechar lazos con la Unión Europea. Destacó por sus ingestas sumas de dinero en programas de fomento del deporte entre niños y fue uno de los adalides en la década de los 90 de la creación de un sistema de Seguridad Social. Sin embargo, fue siempre una mosca cojonera para los demócratas al apoyar a los republicanos en temas de defensa nacional y al rechazar la doctrina de partido.

A Bill Bradley, al hombre perfecto, le faltaba poco para llegar a la cima. Para las elecciones del año 2000, Bradley se enfrentó a Al Gore como candidato del Partido Demócrata. El vencedor buscaría la presidencia frente al republicano George. W. Bush.

Al Gore basó su campaña en el despertar del ecologismo y en el papel de Estados Unidos como garante de la paz y del bienestar económico mundial. Apoyado por el expresidente Bill Clinton y por el aparato del partido, contaba con el favoritismo de las encuestas. Bill Bradley hizo campaña abogando por el reforzamiento de las ayudas sociales y el derecho de las minorías. Contaba con el apoyo del voto de latinos y de negros. En unas primarias ajustadas, Al Gore consiguió el 56% de los sufragios y lograba ser elevado a categoría de presidenciable.

‘Dólar Bill’ comprendió entonces que su exitosa vida pública se había acabado. Se retiró a su casa de Nueva Jersey y se propuso disfrutar de su jubilación junto a sus recuerdos y a su familia, escribir sus memorias y dar conferencias en empresas de primer nivel y charlas en organizaciones deportivas. Y así fue hasta que en el año 2007 un senador de Chicago llamado Barack Obama lo llamó de su retiro para que lo apoyase en la campaña para las elecciones de 2008. Así fue como ‘Dollar Bill’, el alero de 1’96 metros de la poco baloncestística Universidad de Princeton, se recorrió de Oeste a Este el país pidiendo el voto para el que iba a ser el primer presidente negro de la historia de Estados Unidos.

“Convertirse en el número uno es más fácil que seguir siendo el número uno” Bill Bradley.

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La princesa de los pies descalzos

Los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984 se tornaban descafeinados. Bajo órdenes procedentes de Moscú, los países del bloque comunista decidieron no tomar parte de los JJ.OO repitiendo el mismo boicot que Estados Unidos y alguno de sus aliados habían protagonizado en los JJ.OO celebrados en Rusia cuatro años atrás. El deporte no era sino una mano más de la partida de póker que ambas potencias mantenían desde el inicio de la Guerra Fría. Hubo cientos de deportistas que vieron frustrados sus sueños e hicieron inútil un trabajo exhaustivo de preparación. Una de esas atletas era la sudafricana Zola Budd, conocida como la princesa de los pies descalzos.

Con sólo 17 años de edad Zola Budd había batido el récord mundial de los 5.000 metros (15’01’’) corriendo descalza, costumbre que mantenía desde niña emulando a la leyenda africana Abebe Bikila. La proeza de Budd se tornaba sideral. Los atletas suelen centrarse en su juventud en las pruebas de velocidad y sólo alcanzan la plenitud en las de fondo en torno a los 30 años, cuando el cuerpo humano está perfectamente formado para las disciplinas de resistencia.

El problema de Budd iba más allá de comunismo y de capitalismo, de boicots y de Guerra Fría. El problema para Zola Budd es que la IAFF (Federación Internacional de Atletismo) no reconoció su récord mundial. Por aquel entonces Sudáfrica llevaba un par décadas gobernada bajo el régimen del ‘apartheid’ (segregación racial). En un primer momento las grandes potencias, comandadas por Estados Unidos, hicieron oídos sordos a las voces que reclamaban libertad y democracia para Sudáfrica. Sin embargo, en la década de 1980, aprobados y aceptados los derechos civiles para la población negra en Estados Unidos, Sudáfrica estaba totalmente aislada internacionalmente y eso, evidentemente, incluía su exclusión de los eventos deportivos.

Esta situación beneficiaba a la estadounidense Mary Decker. Rubia, guapa, de brillante pelo cardado a la moda de entonces y de sonrisa arrebatadora, era una de esas deportistas que despertaba tanto interés compitiendo como en su vida privada. En aquel entonces ella y Carl Lewis eran los ‘novios de América’. El año anterior había logrado la victoria en los 1.500 y en los 3.000 metros en el Mundial de Atletismo. Su intención era repetir el doblete en Los Ángeles lugar de donde Decker era oriunda. En la prueba de los 1.500 tenía dura competencia con las rumanas Melinte y Puicâ. En los 3.000, y dado que las soviéticas se habían autoexcluido, la medalla de oro estaba virtualmente asegurada. Tan sólo Budd podría inquietarle, pero debido a que la sudafricana tenía vetada su presencia en los JJ.OO se daba por seguro el triunfo de Decker.

No obstante a Budd se le abrió un resquicio por una puerta de la que nadie conocía su existencia. El rotativo británico ‘Daily Mail’ publicó un reportaje en el que exponía que conforme a que el abuelo de Budd era inglés podría solicitar la ciudadanía inglesa y competir con Gran Bretaña en los Juegos Olímpicos. Hubo jarana en Westminster. Mientras que los laboristas denunciaban el pasteleo con el ‘apartheid’, los conservadores, liderados por la primera ministra Margaret Thatcher, resolvieron el papeleo en tiempo récord y Zola Budd adquirió con celeridad la doble nacionalidad.

Los ingredientes estaban en la mesa y sólo quedaba usarlos con tino para crear una epopeya deportiva. Pero aún había más. Zola Budd no se había planteado nunca ser atleta profesional. Tan sólo cuando un devastador cáncer se lleve a su hermana por delante decidirá descargar su rabia contenida corriendo campo a través, siempre descalza. Esa mezcla de rabia y pena la convirtió en una atleta de élite a la tierna edad de 17 años. Pero esa ternura también la convirtió en blanco fácil de un desalmado padre. Con el tiempo el señor Budd se aprovecharía de los éxitos de su hija y se apropiaría de todas sus ganancias. La infancia de Decker tampoco fue idílica. De pequeña fue víctima de abusos sexuales por uno de los tantos novios que una madre desarraigada le traía a casa de cuando en cuando. Sin padre y con su madre ausente, Mary Decker pronto se convirtió en una adolescente presa cómoda de hombres de bragueta fácil.

Así entonces, aquel 11 de agosto de 1984, Budd y Decker se presentaron en la línea de salida del estadio olímpico de Los Ángeles para disputar la final de los 3.000 metros femeninos. La primera defendía los intereses de Gran Bretaña y la segunda de Estados Unidos. La primera iba descalza, la segunda calzaba unas zapatillas de diseño.

La carrera fue extremadamente lenta, lo que en teoría beneficiaba a Decker que poseía un rush final imponente. Decker braceaba y corría pegada a la cuerda gastando la menor cantidad de energía posible. Mediada la carrera Budd decidió ponerse al mando y avivar el ritmo consiguiendo estirar el grupo y provocando la aparición de los primeros cadáveres. Decker, como una sombra, se coloca tras ella.

A falta de tres vueltas Decker, que se mantenía detrás de Budd, comenzó a dar pequeños golpes con sus zapatillas en los talones desnudos de la sudafricana. Sus defensores dirían que son roces habituales de las carreras. Sus detractores dirían que los golpes eran deliberados y que incluso llegó a clavarle los tacos premeditadamente.

El caso es que al tercer impacto Mary Decker tropezó y se fue al suelo.
Milagrosamente Zola Budd aguantó de pie y siguió corriendo.

Los 84.000 espectadores que abarrotaban el estadio olímpico enmudecieron mientras veían a Decker llorando desconsoladamente ante la oportunidad perdida. Cuatro años de entrenamiento se iban al carajo.

Pero la carrera no había terminado. Zola Budd miró hacia atrás y al instante perdió la concentración. Se había mantenido en pie y había conservado el equilibrio, pero su mente ya no estaba allí. El estadio comenzó a chillarle y a increparle. Al mismo tiempo Mary Decker se echaba a los brazos de su novio, el discóbolo olímpico Richard Slaney, alzaba la vista y cambiaba las lágrimas por la rabia y el odio desmedido. Totalmente descentrada, Zola Budd pasó de ir liderando la prueba a caer hasta la séptima plaza de forma incomprensible. El oro acabó en posesión de la rumana Maricica Puicâ.

Mary Decker acabó abandonando el estadio olímpico llorando y cojeando, recibiendo la ovación de un público que veía como su princesa se quedaba sin corona. En ese instante Decker cambió el dictado de su eternidad de ‘la novia de América’ a ‘la llorona de América’.

Zola Budd se marchó corriendo a vestuarios. La prensa americana la tildó de villana y de tramposa y pasó varios días en paradero desconocido pagando por un crimen del que no tenía culpa. Se abrió entonces una crisis internacional alimentada por los medios sensacionalistas de Estados Unidos e Inglaterra y que desencadenó en una crisis política sobre el apoyo al régimen racista sudafricano.

Tuvieron que pasar doce meses para que Decker y Budd se encontraran nuevamente en una pista de atletismo durante una competición en Londres y se estrecharan la mano.

Mary Decker nunca más volvió a ganar una competición de élite. Fracasó en los Juegos Olímpicos de Seúl donde no pasó del octavo puesto. A Budd todo parecía irle de cine cuando en aquella prueba disputada un año más tarde en Londres volvió a batir el récord del mundo de los 5.000 metros y, esta vez sí, la plusmarca fue reconocida por la IAFF, pero fue su canto del cisne. Tras renunciar a competir en los JJ.OO de Seúl víctima de una depresión, Zola Budd reapareció cuatro años más tarde en Barcelona como estrella de la nueva selección sudafricana unificada bajo mandato de Nelson Mandela y ni tan siquiera llegó a clasificarse para la final.

Solo años más tarde Mary Decker reconoció que la culpa había sido suya por no haber sabido situarse bien en el grupo.

Hubo que esperar a 2016, 32 largos años más tarde, para que Zola Budd confesara que, después del tropezón e intimidada por los abucheos del público, decidió perder la carrera aposta por miedo a subir al pódium. Temblaba de pánico al imaginar la pelotera que le podría caer al recibir una medalla de la que fue injustamente privada.

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El último baile de Supergarcía. Cuando José María García acabó con una huelga de Iberia (2ª parte)

José María García desembarcó en Onda Cero en el año 2000. Después de toda una vida contra lo que él llamaba “el imperio del monopolio” tenía ante sí la oportunidad de dirigir los deportes de un verdadero conglomerado mediático de radio, prensa, televisión e internet, bajo la titularidad de una multinacional como Telefónica. El hombre que había combatido contra molinos de viento en Antena 3 Radio y COPE (que como él bien se encargaba de repetir por activa y por pasiva había cogido en quiebra técnica) tenía la oportunidad de liderar un gran proyecto.

García seguía siendo el periodista más popular de España, pero ya no era el líder. José Ramón de la Morena le había superado y muchos chavales habían cambiado el tono guerrillero de García por la radio deportiva trivial y humorística que defendía de la Morena en los micrófonos de la SER. De hecho, lo que Telefónica quería para competir con Prisa era que García dirigiese desde los despachos, no que estuviese delante de un micrófono. Pero pedirle eso a Supergarcía era imposible.

Los resultados de audiencia no acompañaban. Le recortaron el programa en media hora. Algo inédito. Y empezaban los problemas que iban a convertir a Aznar y a García en enemigos confesos y que iban a dar al traste con la idea de crear un conglomerado mediático afín al centro-derecha. Pero lo peor para García es que, acostumbrado a ser el jefe de todo y de todos, ahora veía que era una parte minúscula de un proyecto gigante que se le iba de las manos.

De este modo, a inicios de 2002 lanzó un órdago a César Alierta, presidente de Telefónica, pidiendo plenos poderes. Obtuvo el silencio por respuesta. Por lo que el domingo 7 de abril de 2002 se emitiría el último Supergarcía de la historia.

Según han contado todos sus colaboradores cercanos, la etapa de Onda Cero tuvo dos fases bien diferenciadas. Los primeros meses García tenía la ilusión de un niño. Trabajaba a destajo y se afanaba por lograr exclusivas como siempre había hecho. Sin embargo, en su último año apenas pisaba la radio. Llegaba justo para comenzar el programa y nada más terminar se ponía la americana y se marchaba para casa.

Tuvo un último destello.

Era la noche del sábado 7 al domingo 8 de julio de 2001, y tal y como explicaba en la primera parte de este artículo, se iniciaba una huelga indefinida de trabajadores de Iberia que amenazaba con paralizar los aeropuertos de toda España. A las 00.00 horas sonó la sintonía de Simple Minds y José María García comenzó su programa junto a Javier Algarra, entonces director de informativos de Onda Cero. No obstante, salvo un par de comentarios en los primeros minutos del programa, Algarra estuvo de escuchante aquella noche.

El programa se inició con varias entrevistas a alguno de los pilotos que habían dimitido. Empezaron exponiendo sus demandas, pero García cortó por lo sano y comenzaron a tratar el tema de la seguridad ciudadana. Los pilotos dijeron que era todo mentira y que no había problema alguno de seguridad en las torres de control. Según ellos era falso que no pudiesen operar los servicios mínimos y los vuelos de otras compañías, y por ese motivo habían decidido dimitir.

Por supuesto García ordenó a sus reporteros que fuesen raudos a cada uno de los aeropuertos del país y aparcasen la información deportiva para otro momento. Los micrófonos de Onda Cero se llenaron de declaraciones de gente anónima que estaban pasando la noche en las terminales a la espera de una respuesta oficial.

Luego un miembro de la directiva del PSOE entró en el programa para pedir la comparecencia inmediata del presidente Aznar. Fue entonces cuando García dio el número de la central de Iberia por antena (cabe recordar que poca gente tenía acceso entonces a Internet) provocando el inmediato colapso de las líneas telefónicas de la compañía.

Aquello se semejaba a un minuto y resultado radiofónico. Sólo faltaban los anuncios de Terry, Seguros Finisterre y Ponche Caballero. Los corresponsales de deportes estaban en los aeropuertos de media España alertando de las cancelaciones y de los retrasos de las compañías que no eran Iberia. Y García dando paso a diestro y siniestro. Radio y directo en estado puro.

Es entonces cuando García conecta con Pedro J. Ramírez, director de ‘El Mundo´, y a dos voces pone en antena al ministro Cascos que afirma que pronto volverá la normalidad y que Iberia debe rectificar. “Por una vez, José María –dijo el ministro-, los pilotos tienen razón”.

Quedaba patente que esa noche no iba a haber información deportiva. García, ya de por sí una celebridad, había pasado a la historia colectiva de la nación cuando retransmitió el asalto de Tejero al Congreso el 23-F desde el capó de un coche como si de una retransmisión futbolística se tratase. Salvando las distancias, estaba haciendo lo mismo.

Cascos le había comunicado a García que el Ministerio había enviado unas cartas a la plana mayor de Iberia y a los pilotos (a través del sindicato SEPLA) instándoles a volver al trabajo para más adelante negociar un acuerdo.

Era la 01:00 a.m.

Entraba en antena un nuevo personaje. Ángel Mullor, vicepresidente de Iberia, le dijo a García que ni él, ni Irala ni ningún piloto había recibido ninguna de esas cartas de las que los medios estaban hablando. Inmediatamente García pidió comunicación con Cascos. No lo consiguió, pero en su lugar entró en directo Sanmartí (director general de Aviación Civil) como portavoz oficial de la versión del Gobierno. Este reiteró que las cartas habían sido mandadas y pidió al SEPLA y a los pilotos que no faltasen a la verdad y que dejaran de mentir.

Según parecía, los huelguistas, visto el cariz de los acontecimientos, querían dar marcha atrás, por lo que los pilotos (con el beneplácito del SEPLA) remitieron las cartas a Mullor y al resto de la plana mayor de Iberia, con la condición, eso sí, de que volverían al trabajo “sólo hasta que la dirección de la empresa encuentre a quien los pueda sustituir temporalmente”.

No obstante todo esto aún no era de dominio público. Ahora que el Gobierno estaba metido en el ajo y como la presión social era asfixiante, Irala y Mullor pretendían que la huelga siguiese para poder forzar un acuerdo favorable a sus intereses.

García seguía en antena y ni él ni nadie sabían lo que se cocía entre bambalinas. El programa deportivo estaba a punto de terminar. Tras García le tocaba el turno a Juan Antonio Cebrián y ‘La rosa de los vientos’, un espacio cajón de sastre que era líder de las madrugadas radiofónicas.

No era ni la primera ni la última vez que Supergarcía alargaba su programa para rabia del compañero que iba detrás de él. García comunicó a los oyentes que el directo mandaba y que había que solucionar la huelga y llamó al responsable del SEPLA. Tras varias preguntas incisivas, la mentira saltó por el aire y se descubrió que los pilotos estaban dispuestos a dejar la huelga.

Era turno del García en ebullición. Consigue tener al mismo tiempo a las tres partes implicadas, a Sanmartí (Aviación Civil, Gobierno), a Mullor (Iberia) y al representante de la SEPLA. Espectáculo y servicio social al mismo tiempo. Preguntas cerradas con respuestas obligadas. Puro García.

Consiguió arrancarles un acuerdo verbal del fin de la huelga. A los tres. Al mismo tiempo.

Eran cerca de las 02.30 a.m. Hacía más de una hora que el programa tenía que haber finalizado. Fueron 210 minutos de emisión. Cuando se despidió de sus oyentes García tiró de socarronería y egolatría para recordar que así es como se tienen que hacer las cosas.

A las 05:00 a.m. los aviones de Iberia surcaban los aires con total normalidad.

A la mañana siguiente, todas las cadenas de televisión destacaban el papel de García en el fin de la huelga. Periodistas de tan diverso pelaje e ideología como Matías Prats o María Teresa Campos calificaron aquella madrugada, seguramente de forma exagerada, “la otra noche de los transistores”. Pero tenía su punto de verdad. Fue José María García quien propició el acuerdo, los paros se suspendieron y, en reconocimiento a su labor, un par de meses después Supergarcía fue nombrado ‘piloto del año’ por el SEPLA.

P.D: Esa noche falleció Miguel Gila, el humorista más famoso de España. Nadie se enteró hasta la mañana siguiente.

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El último baile de Supergarcía. Cuando José María García acabó con una huelga de Iberia (1ª parte)

El sábado 7 de julio de 2001, con media España pendiente de una ola de calor y la otra media contando los días para empezar sus vacaciones, el SEPLA (Sindicato Español de Pilotos de Líneas Aéreas) anunciaba una huelga de carácter indefinido que comenzaría dos días más tarde. Iberia cancelaba más de 200 vuelos diarios (un 20-25 % del total) tanto nacionales como al extranjero.

En 2001 los vuelos baratos aún eran rara-avis. Era Iberia o la nada.

Iberia, creada como empresa privada en 1927, había sido la mayor parte de su vida una compañía de titularidad pública. El Gobierno del PP (1996-2004) decidió sacársela de encima ante la necesidad de conseguir dinero inmediato para aprobar las cuentas que permitirían a España entrar en la zona Euro. Ese proceso de privatización llevaría a Iberia a Bolsa en 2001 y amenazaba con acabar con los muchos privilegios que los empleados de la compañía aérea mantenían de cuando Iberia era de titularidad pública.

El presidente de Iberia era Xabier de Irala. Pretendía que el Gobierno solucionase el problema como en los tiempos de la propiedad pública. Como cuando existía el Sindicato Vertical, que no era otra cosa que la ley de la pirámide, donde el que está en la cima consulta pero si no hay acuerdo tiene potestad de imponer su voluntad sobre la base inferior.

El problema es que José María Aznar había nombrado a Irala presidente de Iberia en 1996 cuando la compañía aún dependía del Ministerio de Fomento. A pesar de que ahora era una empresa privada, Irala seguía pensando que el Gobierno era quien tenía que arreglar sus problemas.

Nada más lejos de la realidad. Irala tenía que responder ante un consejo de administración. Irala sabía que las pérdidas causadas por una huelga le podían costar el puesto.

Sindicatos y patronal no consiguen llegar a un acuerdo y surge la noticia bomba. El jueves 12 de julio, Xavier de Irala decide “suspender las operaciones de Iberia y forzar la intervención del Gobierno en el conflicto por el bien de la seguridad aérea”. Traducción: ni servicios mínimos ni farrapos de gaita. O el Gobierno obliga a los trabajadores a parar la huelga o en todo el verano ni un solo avión de Iberia surcará los vuelos. Para España, potencia turística mundial, era la hecatombe.

En un primer momento el Ministerio de Fomento no se tomó muy en serio la noticia. Álvarez Cascos (a la sazón titular del cargo) explicó a través de los medios que “no se puede mezclar la falta de seguridad con la paralización de la flota y con un conflicto de negociación colectiva”. El día siguió con relativa normalidad para los ciudadanos hasta que poco antes de los telediarios de la noche, a eso de las 20:30 h, llegaba la notificación oficial de la paralización total de la actividad aérea de Iberia.

Bomba.

Faltaba otra bomba.

Ante la decisión unilateral tomada por la dirección de Iberia, 99 de sus pilotos (casi la mitad de la plantilla) presentaban su dimisión.

Álvarez Cascos estaba volviendo de Córdoba a Madrid en AVE cuando saltó la noticia. Al llegar a Madrid se subió a un taxi y se instaló en su despacho. No saldría de allí hasta las 7 de la mañana del día siguiente.

Irala argumentaba que la huelga impedía que hubiese personal suficiente para poder efectuar vuelos con seguridad. Dado que entre el personal de Iberia seguía habiendo trabajadores en las torres de control de los aeropuertos, y siendo estos de titularidad estatal, Irala lanzaba la pelota al tejado del Gobierno para que zanjase el asunto por las bravas. Los técnicos de Fomento repudiaban ese argumento y sostenían que era una cortina de humo para que el Ministerio negociase con los pilotos y accediese a sus demandas con dinero público.

Pasadas las 23.30 h, un motorista fue hasta casa del presidente de Iberia con una carta sellada y firmada por Cascos, con el beneplácito de José María Aznar, entonces Presidente del Gobierno. En la misiva se instaba a Iberia a reanudar inmediatamente los vuelos. El contenido de la carta nunca salió a la luz, aunque Xavier de Irala manifestaría tiempo después que había sido “extremadamente dura”. Al mismo tiempo, Enrique Sanmartí, director general de Aviación Civil, hizo lo propio dirigiéndose a los responsables de SEPLA y encomiándoles a cambiar su actitud ya que “la seguridad también es responsabilidad de los pilotos y eso les obliga a reaccionar”.

De esta guisa nos acercábamos a las 00.00 horas, con los aeropuertos de todo el país inoperativos y con la programación deportiva radiofónica a punto de comenzar. Desde la década de 1970 esa hora intempestiva se había convertido en la hora fetiche del deporte en la radio española.

Todo había sido idea de un enjuto e incisivo periodista que acabó en deportes por accidente. En pleno franquismo, en los años 60, lo que él quería hacer era investigar y denunciar y el único lugar donde tenía manga ancha para hacerlo era en la sección de deportes. Cuando ese joven es enviado por el diario ‘Pueblo’ a los Juegos Olímpicos de México se convertirá en celebridad en toda Europa por sus crónicas sobre las matanzas estudiantiles en la plaza de las Tres Culturas. Aquel chaval desobedeció a sus jefes, abandonó a los deportistas que batían récords en el Estadio Olímpico de DF y se fue a cubrir las revueltas que junto a las de Paris y a las manifestaciones contra la guerra de Vietnam conmovieron a Occidente en 1968.

Décadas después era el líder de la radio deportiva en España y referente del periodismo de investigación.

Era hora de ‘Love song’ de Simple Minds.

Era hora de José María García.

Era hora de Supergarcía.

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