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La más grande de todas las polémicas (USA vs URSS 50 aniversario) 2ª parte

En una caja fuerte de Lausana. En la sede del Comité Olímpico Internacional. En el anverso la diosa de la victoria con una palma en la mano izquierda y una corona de laurel en la derecha. En el reverso dos jóvenes desnudos, representando la pureza del cuerpo atlético. Son doce las medallas de plata que allí aguardan, en un frio recipiente chapado de acero de una ciudad suiza a la espera de ser recogidas. La larga espera suma 50 años y nadie le augura fin. Alguno de los doce componentes del equipo norteamericano de baloncesto ya ha dejado este mundo. Otros aun no lo han hecho. Pero tantos unos como otros han sido tajantes. Ni ellos, ni sus hijos, ni los hijos de sus hijos, podrán nunca recoger esas medallas. Así lo atestiguan sus testamentos. Y sólo el acuerdo unánime de esos doce hombres o sus descendientes podrían sacar esas medallas del letargo en el que están asumidas.

Esas doce medallas son el amargo recuerdo de los tres segundos más corrosivos que el baloncesto ha parido. Del partido más controvertible jamás celebrado. De la más grande de todas las polémicas.

Una vez Doug Collins ha sido arrollado por Sakandelidze se dispone a lanzar dos tiros libres. Quedan tres segundos para el final. Antes hubo que levantarlo del suelo, porque el golpe fue terrible. Anota el primero ante el rugir del público. 49-49. Respira hondo, lanza con seguridad el segundo y vuelve a encestar. 50-49. Es la primera ventaja de Estados Unidos en todo el partido y el público y el banquillo norteamericano comienza a celebrar la victoria.

Why The 1972 U.S. Men's Basketball Team Refused Their Olympic Medals
Toda la presión para Collins

En el momento en el que el segundo tiro de Collins vuela hacia el aro suena una bocina. Es el indicativo que confirma que Kondrashin ha solicitado un tiempo muerto. En la retransmisión televisiva el sonido se escucha claramente, pero no así en el pabellón donde la algarabía enloquece a los presentes.

El árbitro brasileño Renato Righetto se gira hacia la mesa para ver qué ocurre, pero el búlgaro Artenik Arabadjan pone el balón en manos de Alzhan Zharmukhamedov. En ese momento se puede ver a Kondrashin y sus ayudantes haciendo con las manos el gesto de tiempo muerto totalmente desesperados. Zharmukhamedov saca rápido de fondo y envía el balón a Serguei Belov que intentará un lanzamiento a la desesperada desde el centro del campo. Justo cuando cruza la línea del medio los árbitros paran el partido. La solicitud de Kondrashin ha sido aceptada y habrá tiempo muerto. Queda un segundo para el final del choque.

Por entonces no se contabilizaban las centésimas, pero es evidente que desde que Collins lanzó los tiros libres han pasado un par de segundos, y no es lo mismo jugarte el partido con tres segundos de posesión que con tan sólo uno.

Jugadores y cuerpo técnico de ambas selecciones rodean a los colegiados y a la mesa de anotación buscando una solución satisfactoria a sus intereses. El caos es colosal. Es la locura. La prensa salta a la pista y los miembros de seguridad se afanan por devolver a todos a sus respectivos lugares.

Según las reglas de aquel momento, el tiempo muerto debía pedirse antes de que se lanzaran los tiros libres, y podía ser concedido o antes de los lanzamientos, o entre el primero y el segundo, nunca después del segundo.

¿Fue el tiempo muerto pedido correctamente? Kondrashin asegura que el tiempo muerto fue pedido antes de los lanzamientos, con la intención de hacerlo efectivo entre el primer y el segundo tiro libre. El hecho de que la mesa hiciera sonar la bocina cuando Collins ya tenía el balón en sus manos indica un intento de evitar que se produjera el segundo lanzamiento. En cambio, Hans Tenschert, responsable de la mesa de anotación, explica que en aquel torneo se había dado a los entrenadores un aparato electrónico para señalar a la mesa la intención de pedir tiempo muerto. Según Hans, los soviéticos no manejaron bien el aparato y acabaron pidiendo el tiempo muerto demasiado tarde. Mas tarde, cuando todo esto haya concluido, se acabará reconociendo que el error había sido de la mesa. Pero no adelantemos acontecimientos. Falta mucha tela que cortar.

El milagro olímpico de la URSS ante Estados Unidos en Múnich 72 | Antena 2
El VAR de 1972

De repente, y tras esos instantes de tensión, un hombre con una fina capa de pelo blanco, sempiternas gafas y una pajarita que daba un cierto aire cómico a su aspecto aristocrático, baja haciendo aspavientos desde la tribuna presidencial hasta la mesa arbitral. Se trataba de William Jones, presidente de la FIBA desde su fundación en 1932. Jones no tenía autoridad alguna para influir en los árbitros, pero al mismo tiempo tenía toda la autoridad para hacerlo. Era el hombre que había logrado que el baloncesto fuese olímpico y era mando respetado en todo el orbe. Así que cuando Jones levantó tres dedos al aire indicando que se otorgasen los tres segundos y se concediese el tiempo muerto la discusión finalizó con rotundidad.

Lo cierto es que más allá de la tropelía de Jones había una prueba que quitaba toda la razón a los norteamericanos. Al sonar la bocina tras el segundo lanzamiento de Collins se había encendido una luz en la mesa de los jueces. Quizás se podía argumentar que no se había oído la sirena, pero la luz encendida era una prueba irrefutable.

Total, que hay un nuevo saque de fondo y la jugada vuelve a ser la misma. Los protagonistas no. En el alboroto, Edeshko ha entrado por Zharmukhamedov para sacar de fondo y Paulauskas era el escogido para intentar el tiro a la desesperada en lugar de Serguei Belov. Los árbitros deciden reanudar el choque, mientras en la mesa gritan que paren, que todavía no están preparados. Defendido por el pívot McMillen, Edeshko se la pasa a Paulauskas, que lanza el balón hacia el aro. La bocina suena en el mismo momento que el jugador lituano recibe la pelota.

¿Fin del partido?

En ese momento el reloj sigue anclado en un segundo para el final porque alguien ha sido tan cenutrio como para volver a poner el partido en juego sin haberlo arreglado. En las centésimas que van desde que el balón sale de las manos de Edeshko hacia el infinito alguien se da cuenta del error y pone el cronómetro en 50 segundos. Entendemos que su intención era dejarlo en 3, pero con los nervios no se sabe que botón fue a tocar. El caso es que un miembro de la mesa se da cuenta del disparate y toca la bocina para invalidar todo lo que está sucediendo.

El balón surca el cielo y toca el aro estadounidense y la fiesta hace su aparición. Era la segunda vez que los norteamericanos alzan las manos y festejan la victoria y también la segunda vez que el público monta el jolgorio e intenta entrar en la pista.

Aquí el guirigay ya es de traca. Los yankees celebran con lujuria y el desenfreno es absoluto. Mientras varios hombres con traje intentan calmarlos alzando las manos con tres dedos al aire. ¡Faltan tres segundos! ¡Faltan tres segundos!

¿Faltan tres segundos?

Claro que faltaban tres segundos. Pero convencer al Team USA del error humano será imposible. Lo fue entonces y lo sigue siendo medio siglo después. Para los allí presentes todo aquello no era más que un complot. Entendían que esa jugada se repetiría las veces que hiciese falta hasta que los soviéticos lograsen la victoria. Para aquellos que lo vieron por televisión, la duda siempre permanecerá en el aire. Es cierto que la bocina sonó antes de tiempo, como también es cierto que el reloj marcaba erróneamente 50 segundos. Pero la realización televisiva nos obvió lo que pasaba en la pista mientras enfocaba el marcador electrónico. Tras una polémica primera repetición de la jugada, hubo quien quiso, y sigue queriendo ver, una segunda mano negra en esta segunda ocasión.

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¿Victoria norteamericana?

¿Cómo pudo haber semejante error? Se dijo que fue un error de comunicación. En la mesa de anotación se hablaba solo alemán, y los árbitros Righetto y Arabadjan no tenían una lengua común. Los relojes eran de la marca suiza Longines que se había llevado el acuerdo para esos Juegos y para los de cuatro años más tarde. Como curiosidad, había un miembro de Longines en esa mesa de anotación de infausto recuerdo. Era Joseph Blatter, quien años más tarde sería nombrado presidente de la FIFA. Fuese como fuese, estaba claro que la actuación de la mesa era indignante. Hubieron de pasar unos cuantos minutos hasta que las aguas volvieron a su cauce y se pudieron disputar por tercera y última vez los famosos tres segundos restantes.

En esta ocasión Edeshko decide obviar el pase corto y enviar un pase de fútbol americano al otro Belov, a Aleksander, que espera bajo la canasta estadounidense.

Esta vez sí, el cronómetro se sitúa en tres segundos y el partido se va a reanudar de nuevo. Arabadjan entrega el balón a Edeshko. Y aquí hay otra polémica. El árbitro búlgaro parece hacer un gesto a McMillen para que se aleje de Edeskho y le permita sacar de fondo sin oposición. Fuese por cansancio o por falta de concentración por todo lo ocurrido, en vez de dar un paso para atrás McMillen directamente se va de la escena y permite que Edeskho saque con total comodidad. El balón vuela y es recogido por Aleksander Belov debajo de la canasta estadounidense. Recoge el balón en carrera, le gana la partida a Forbes y a Jones que salen despedidos en una posible falta. Con los dos americanos fuera de juego, a Aleksander Belov aun le da tiempo a amagar con una finta en un acto reflejo antes de anotar una fácil bandeja a tabla. Había encestado prácticamente en el mismo sitio donde había fallado antes de que Collins anotase los dos tiros libres que iniciaron todo el galimatías.

Suena la bocina. Belov alza los brazos y su imagen corriendo patillas al aire la pista quedará grabada para la eternidad. La Unión Soviética vence por 50-51. Es la primera derrota estadounidense en baloncesto en la historia de los Juegos Olímpicos.

Si el ajedrez era estadounidense, ahora el baloncesto era soviético. La Guerra Fría volvía a las tablas.

Edeskho podría haber lanzado ese mismo pase otras diez veces y el resultado nunca sería el mismo. La fría delegación soviética saltaba y gritaba en el centro de la cancha como si de mediterráneos se tratasen. Los estadounidenses se frotaban los ojos y clamaban al cielo por la injusticia mientras se formaba un tumulto en el que a Hank Iba le robaban su cartera con 370 dólares de la época.

Por supuesto la historia no acabó aquí. El equipo norteamericano firma el acta con protesta, alegando que el tiempo total transcurrido en el partido es de 40 minutos y 3 segundos. La protesta se eleva al jurado de apelación. Se reúnen a las dos de la madrugada y la discusión se extiende hasta las diez de la mañana. Entre altísimas medidas de seguridad los cinco miembros del comité seleccionado por la FIBA comenzaron a revisar las imágenes para dictar sentencia. Mientras los dos bloques movían hilos entre bambalinas para influir en la decisión. Al final se reafirmó la victoria soviética por tres votos a favor y dos en contra. El escándalo en Estados Unidos fue incluso mayor que el producido por el resultado del partido. Votaron a favor del triunfo de la URSS los representantes de Cuba, Polonia y Hungría, todos países pertenecientes al bloque comunista. Votaron en contra Italia y Puerto Rico, todos países miembros de la órbita capitalista. “Nos la han metido doblada”, declaró Richard Nixon. “Ahora sé que Dios existe”, exclamó triunfante Leónidas Breznev.

Y con todo este panorama tendría lugar la ceremonia del pódium. Allí la imagen era impactante. Si en el tercer cajón estaban los doce héroes cubanos y en el más alto los doce exultantes soviéticos, en el segundo escalón el vacío hacía acto de presencia.

El Team USA no se presentó. No pensaban recoger una medalla que según ellos no les correspondía.

Munich 1972: Tres segundos que marcaron la historia (y II) - BasketMe
Ni rastro de la plata

La protesta americana se extiende al comité olímpico, pero en febrero de 1973 dicen que eso es una decisión que atañe a la FIBA, dando carpetazo definitivo el tema. Al menos de manera oficial. Medio siglo después los jugadores americanos siguen diciendo que les robaron la medalla de oro y que no aceptan la medalla de plata. Para recibir la medalla de plata todos los miembros del equipo (o sus descendientes) deberían estar de acuerdo. Y eso nunca sucederá.

El resto es historia. Alzhan Zharmukhamedov relata que todo el equipo se quedó hasta las tres de la mañana en los vestuarios del pabellón, con la incertidumbre de si su victoria sería invalidada o si el partido se tendría que repetir. Lo cierto es que habían dominado el marcador durante 39 minutos, y de hecho deberían haber cerrado el encuentro antes de que se llegara al final de infarto.

La concentración de errores humanos fue grandiosa, pero todo indica que la victoria soviética fue justa. Hubo quien dijo que todo había sido orquestado por William Jones para acabar con el dominio americano. Pero que Jones, un aristócrata británico, simpatizase con los comunistas era tan poco probable como el matrimonio entre un elefante y un grillo. Deportivamente hablando, los soviéticos se podían considerar justos vencedores, pero también era cierto que, a pesar de los avances del baloncesto internacional, el equipo americano era el más flojo de cuantos habían presentado a los Juegos Olímpicos. La baja de Bill Walton mermó sensiblemente el poderío interior y privó al equipo americano de su jugador más diferencial. Y, aun así, la URSS solo había conseguido una victoria por un punto en el último segundo con muchísima polémica.

El reinado americano seguía vigente y desde ese momento estuvieron con el cuchillo afilado esperando a la revancha que tendría lugar cuatro años más tarde. Pero al igual que Anatoly Karpov recuperó el trono del ajedrez para los soviéticos con la amarga sensación de no poder batir a un retirado Fischer, el equipo de baloncesto de Estados Unidos recuperó el trono sin ganarle a la URSS. En los Juegos de Montreal 76 Yugoslavia derrotó a la URSS en semifinales impidiendo una revancha y los boicots norteamericanos y soviéticos en Moscú 1980 y Los Ángeles 1984 retrasaron el duelo por excelencia. Hubo que esperar a Seúl 1988 donde Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrentaron en semifinales con clara victoria de la URSS (82-76) y esta vez sin discusión alguna.

Fue entonces cuando Estados Unidos decidió llevar a los Juegos Olímpicos a sus figuras de la NBA, lo que cambiaría totalmente el ‘status quo’ del baloncesto internacional. La victoria de Estados Unidos en Barcelona 92 fue de una rotundidad pasmosa. Por entonces la Unión Soviética ya no existía y el mundo pasaba de ser bipolar a unidireccional. Ya hacía bastante más tiempo que no estaba Aleksander Belov, el legendario héroe con aquella canasta imposible. Había fallecido al filo de los 27 años víctima de un galopante sarcoma. Tras Múnich siguió militando en el Spartak de Leningrado a las órdenes de Kondrashin a pesar de las presiones para que firmara por el CSKA.

101 Greats: Alexander "Sasha" Belov - KOS magazin
Aleksander Belov

Si la victoria de Barcelona 92 de Estados Unidos fue una exhibición de poder, la de la Unión Soviética en Múnich 72 cambió para siempre la historia del baloncesto. Aquel deporte creado en Norteamérica pasaba a ser global. Con discusión o sin discusión, esa victoria demostró que Estados Unidos era batible. No fue solo un partido de baloncesto, sino que fue la más grande de todas las polémicas.

“Los estadounidenses tienen que aprender a perder, aun cuando creen llevar la razón”. William Jones

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La más grande de todas las polémicas (USA vs URSS 50 aniversario) 1ª parte

Allá por 2017 el Gran Teatro de Moscú vestía sus mejores galas para presentar en sociedad la película ‘Going Vertical’. El estreno se aguardaba con premura en Rusia y las entradas se agotaron en todos los cines del país en cuestión de horas. Con el paso de las semanas ‘Going Vertical’ se convertiría en la película más taquillera del cine ruso. Aquella noche, dos bigardos imponentes, ya quebrados por la edad, fueron aclamados por la multitud que aguardaba a las puertas del Gran Teatro. Uno, el más carismático, presentaba un canoso bigote, gran sonrisa y repartía saludos por doquier. Se trataba de Ivan Edeshko. El otro, callado y camastreado, quebrado como débil junco, respondía al complejo nombre de Alzhan Zharmukhamedov. Ambos, juntos a los ausentes Modestas Paulauskas, por enfermedad, y Anatoli Polivoda, éste último por motivos políticos, son los únicos supervivientes de la más grande de todas las polémicas que el deporte haya parido. Los cuatro, bielorruso, uzbeko, lituano y ucraniano, respectivamente, portaban la camiseta de la selección soviética de baloncesto en los Juegos Olímpicos de Múnich 1972, cuando tuvieron lugar los tres segundos más impactantes que se recuerden en el mundo de la canasta.

Hace ahora medio siglo, tal día como un 10 de septiembre de 1972, la selección de Estados Unidos de baloncesto perdía por vez primera un partido tras 63 victorias consecutivas en el torneo olímpico. Y no era un partido cualquiera. Era la final de los Juegos Olímpicos.

En España la película fue comercializada con el título de ‘Tres segundos’. Pueden encontrarla. Es complicado, pero factible. Dudo mucho que logren localizarla en Estados Unidos. Y no por falta de calidad del filme, sino por lo tabú de su contenido. En Estados Unidos aquella final es una humillación que cincuenta años después aún sigue carcomiendo los cimientos del único deporte de repercusión mundial que fue inventado en Norteamérica.

Desde que en 1936 el baloncesto hizo su aparición en los Juegos Olímpicos de Berlín no ha habido nación que haya logrado más oros que Estados Unidos. Su balance en 2022 es de 143-6 y 16 medallas de oro. Su dominio del deporte de la canasta es tal que durante décadas lo hizo usando a jugadores universitarios que apenas superaban los veinte años, mientras el resto del mundo presentaba a sus mejores baloncestistas. Son cerca de 90 años de rotundos triunfos sólo cortados por las catárticas derrotas de 1988 y 2004. Tras la primera de ellas, Estados Unidos decidió llevar a los Juegos a baloncestistas profesionales de la NBA. El resultado fue tan arrasador que las estrellas de la NBA declinaron participar en ediciones posteriores aburridos por la facilidad de las victorias. Hubo una nueva derrota en 2004, y desde entonces el nivel del ‘Team USA’ se ha mantenido en un montículo de excelencia que es intocable para el resto del mundo.

La derrota de 1972 no existe para los Estados Unidos.

Y es ahí donde reside el quid de la cuestión. ¿Qué pasó durante esos tres segundos? ¿Quién fue el vencedor moral de la final olímpica de baloncesto de 1972? Lo que para unos es blanco para otros es negro. Lo fue, lo es, y siempre lo será. Esos tres segundos cambiaron la historia del deporte de la canasta.

¿Por qué un simple partido de baloncesto forma parte de la psique de una nación? ¿Por qué es humillante e injusto para los estadounidenses? ¿Por qué es capaz de inflar el orgullo ruso medio siglo más tarde?

En 1972 Estados Unidos y la Unión Soviética mantenían una batalla política, ideológica y económica que se dio en llamar Guerra Fría. Afortunadamente los conflictos militares se dieron en escenarios secundarios y jamás hubo un enfrentamiento a campo abierto entre las dos superpotencias. Durante unos días de octubre de 1962, el mundo contuvo la respiración ante una inminente guerra nuclear que finalmente se solucionó diplomáticamente en la isla de Cuba. Ese fue el clímax de la Guerra Fría. Sabiendo que un enfrentamiento derivaría en el fin de la humanidad, a partir de entonces dio comienzo una época de conflicto y relajación a partes iguales en que cada potencia quiso vencer a la otra a base de logros en el ámbito civil. A la larga, los costes de la carrera armamentística, la mejor disposición americana a la creación de bienes de consumo y la burocratización y falta de libertad de la economía soviética, daría como rotundo vencedor al bloque capitalista. Pero en 1972 la partida se mostraba todavía muy igualada.

Tres años atrás Estados Unidos había conseguido enviar al ser humano a la Luna. Aquello había sido un golpe de efecto sideral. Los americanos estaban enfangados en una guerra cruenta y costosa en Vietnam y en la URSS había una calma chicha. Su líder, Leónidas Breznev, ni hacia ni dejaba hacer. Sus casi dos décadas en el poder fueron completamente anodinas y cimentaron el estancamiento soviético. Mientras, Nixon, aun a salvo del escándalo del Watergate, se erigía en vencedor. Era el presidente lunar, había suprimido el servicio militar obligatorio, viajó a China para jugar al ping pong con Mao y fue el mandatario del primer viaje oficial estadounidense a Moscú. En dicho viaje firmaría el tratado Salt-I, el primer acuerdo de reducción armamentística entre la URSS y Estados Unidos.

El deporte era la plaza predilecta para la propaganda en la Guerra Fría. Desde que en 1952 la Unión Soviética se incorporó al redil olímpico hubo una lucha fratricida para ocupar el primer lugar del medallero. Si Estados Unidos quedó primera en 1952, 1964 y 1968, la Unión Soviética lo había hecho en 1956 y 1960. Invariable era la presea dorada en baloncesto que de antemano ya era otorgada a los estadounidenses. El torneo de baloncesto solía ser una lucha entre las grandes potencias que era ganada con enorme suficiencia por los capitalistas. Incluso en 1968 Yugoslavia fue capaz de arrebatarle la plata a los soviéticos.

Pero apenas cuatro días antes del inicio de los Juegos Olímpicos iba a ocurrir algo que hasta entonces se consideraba imposible. Tras dos meses de reñidas partidas el estadounidense Bobby Fischer derrotaba a Boris Spasski y se convertía en el campeón mundial de ajedrez. Era el primer norteamericano en lograrlo y el único no soviético en cuarenta años. Aquello fue tremendo. Nunca antes y nunca después una partida de ajedrez tuvo tal cobertura mediática. Los libros de ajedrez y los tableros proliferaron por las escuelas y las casas occidentales y en la Unión Soviética se silenció todo lo que se pudo semejante humillación.

Cap. 13: Spassky-Fischer (1972) "El duelo del siglo" + las voces de los  alumnos de la Escuela Municipal de Rincón de la Victoria - Ajedrez Social  de Andalucía
Spasski vs Fischer

No es de extrañar que días después, justo antes de la ceremonia de inauguración de los Juegos de Múnich, un par de miembros de la KGB aborden a Vladimir Kondrashin, técnico soviético, con un mensaje claro. Hay que devolver el golpe. Se debe vencer a Estados Unidos y lograr la medalla de oro en baloncesto. No hay marcha atrás.

Era un imposible, pero Kondrashin llevaba dos años preparando lo imposible. Había sido nombrado seleccionador dos años atrás tras el fiasco en el Mundial de 1970 y había preparado una revolución destinada a vencer a los norteamericanos. La tradición mandaba hacer el equipo en función de la plantilla del CSKA, el venerado equipo del ejército rojo. Kondrashin, que había destacado fuera de Moscú entrenando al Spartak de Leningrado, declinó convocar a los jugadores en función de los dictámenes de la cúpula y preparó una estrategia basada en el contraataque a sabiendas de que era inferior a los estadounidenses. La rotunda victoria de Kondrashin en el Europeo de 1971 le dio carta blanca para su revolución. Pero había algo más. Kondrashin tenía un hijo en silla de ruedas y contaba con la promesa del Politburó de costear su operación si lograba el triunfo olímpico. No necesitaba que ningún trajeado del KGB lo intimidase con charlotadas sobre patriotismo y socialismo. Estaba más que motivado para lograr el oro.

El seleccionador soviético en 1970 era Alexander Gomelsky, quien era venerado por sus chicos porque era capaz de mantener alejados a los burócratas. Se encargaba de organizar excursiones en el extranjero cuando el equipo salía fuera de la URSS y conseguía unos cuantos dólares extra para sus chicos a través del contrabando. Gomelsky es el ‘Pope’ del baloncesto soviético y cerrará su carrera ganando el oro olímpico en 1988, pero tras el fracaso de 1970 fue cesado del cargo oficialmente por haberle encontrado pantalones vaqueros en la aduana. Fue entonces cuando accedió al cargo Kondrashin. Éste era mucho mejor técnico que Gomelsky. Era técnicamente genial, estudioso del baloncesto y un obseso del trabajo físico y defensivo. Todos los jugadores consideraban a Kondrashin un genio, aun a sabiendas de que la fiesta con él estaba descartada. 

Kondrashin contaba con una generación extraordinaria, un grupo nacido en 1944-45, y que tan sólo sería superado por el bloque soviético conformado a mediados de los 80. Los exteriores eran el lituano Modestas Paulauskas y el georgiano Zurab Sakandelidze, los aleros eran el ruso Ivan Edeshko y el georgiano Mijail Korkia y los pívots eran el ruso Aleksander Belov y el uzbeko Alzhan Zharmukhamedov. Esos seis jugadores formaban el heterogéneo bloque que Kondrashin logró unir para formar una familia. Pero en el compacto grupo sobresalía una rutilante estrella. Se trataba de Serguei Belov, un finísimo escolta con un impresionante lanzamiento de a cinco y seis metros y que por entonces era el mejor jugador del Viejo Continente. Aun hoy, Serguei (que nada tiene que ver con Aleksander) mantiene el récord de medallas mundialistas (cuatro) y europeas (siete), así como suma cuatro medallas olímpicas y dos Copas de Europa con el CSKA Moscú.

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Serguei Belov

Muy diferente era el ambiente en el USA Team. El seleccionador era Hank Iba, doble campeón olímpico (1964 y 1968) y con más de tres décadas a los mandos de la Universidad de Oklahoma State. Pero Iba llevaba dos años retirado y estaba de vuelta de todo. Era un hombre de 70 años enfrentado con el desenfadado juego moderno y que mantenía una disciplina espartana acorde con otros tiempos. La elección lógica hubiese sido la de John Wooden, técnico de UCLA, que consiguió encadenar siete títulos universitarios consecutivos. Por entonces reinaba gracias a Jamaal Wilkes y, sobre todo, Bill Walton, un pívot de 213 centímetros con movimientos de danzarín que era el mayor proyecto deportivo del mundo. Walton, vegetariano y pacifista, al ver que Wooden no era el técnico escogido rehusó ir a los Juegos Olímpicos como protesta por la invasión estadounidense de Vietnam.

Julius Erving, el otro gran proyecto norteamericano, había accedido a jugar en la ABA antes de dar el salto a la NBA, por lo que al haber abrazado el profesionalismo no podía acudir a los JJ.OO. Swen Nater, la otra estrella de UCLA, acabó marchándose de la concentración estadounidense hastiado de la dureza de los entrenamientos de Iba. Así, el USA Team era un equipo cuyos hombres más destacados eran el base Tom Henderson, el alero Bobby Jones, el ala-pívot Dwight Jones o el pívot y futuro congresista Tom McMillen. La estrella del equipo era el escolta y futuro número 1 del draft Doug Collins, quien, siendo un buen anotador, no pasó de una aceptable carrera en la NBA. Sabedor de estas limitaciones, Iba decidió que su equipo se dedicase a ganar los partidos en la defensa extasiando a unos jugadores a los que por un lado se les exigía la victoria como un proceso natural, pero por el que por otro lado se les tachaba de limitados frente a sus antecesores.

Avery County Native Tommy Burleson's 1972 United States Olympic Men's  Basketball Team Nominated for Naismith Basketball Hall of Fame - High  Country Press
USA Team 1972

Todo esto sería genial de comentar si se hubiese hecho a calzón quitado, pero días antes del inicio de los Juegos estos análisis eran del todo secundarios. Ya podía Estados Unidos presentar un equipo más flojo de lo normal que la victoria estaría igualmente asegurada. De hecho, había quien consideraba que la Yugoslavia liderada por Kresimir Cosic podría incluso quitarle la plata a los soviéticos. Otros candidatos a las medallas eran Brasil e Italia.

El torneo de baloncesto de los Juegos Olímpicos se disputó entre el 27 de agosto y el 10 de septiembre de 1972. Lo hizo en el Rudi-Sedlmayer-Halle, conocido en la actualidad por cuestiones de patrocinio como Audio Dome. La sala, entonces de 7.000 asientos, formaba parte del espectacular complejo deportivos del Olympiapark, cuya magnifica cúpula de metacrilato con forma de carpa costó el triple que la entera organización de los Juegos de Roma de 1960. Los alemanes querían demostrar que el nazismo era un amargo recuerdo.

La competición constaba de 16 equipos divididos en dos grupos de ocho escuadras. Los dos primeros de cada grupo se clasificaban para semifinales. En el grupo B pelearían por las dos plazas la URSS, Yugoslavia e Italia. En el A podrían acompañar a Estados Unidos en la clasificación a semifinales Brasil, Checoslovaquia y quizás España. Los españoles habían logrado entrar en los Juegos Olímpicos tras clasificarse en el preolímpico de Groningen a última hora. Conformaban un equipo limitado en altura y donde destacaba el sempiterno base Nino Buscató y los nacionalizados Wayne Brabender y Clifford Luyk.

España hizo un torneo mediocre. Ganó a Australia y cayó con estrépito ante Brasil o Cuba. Luego se supo que el ambiente en la selección era tóxico, que hubo intento de motín y que veteranos y jóvenes andaban a la gresca. Diaz-Miguel salvó el puesto con una honrosa derrota ante Estados Unidos (56-72), quienes lograron con suficiencia el primer puesto del grupo. Causó sensación la victoria estadounidense ante Checoslovaquia, a la que dejaron en sólo tres canastas en la primera mitad. Aun así, a pesar de que las victorias eran claras lo eran con muy pocos puntos. Hank Iba cerró los entrenamientos a público y prensa en una decisión que se antojaba exagerada. Lo cierto es que el equipo ganaba por exuberancia física, pero era limitado en ataque.

El segundo puesto del grupo fue logrado por Cuba tras una sorprendente victoria ante el Brasil de Ubitarán tras fallo carioca en el último segundo. Los cubanos nunca jamás repetirían actuación igual y se tendrían de enfrentar en semifinales a la URSS, que ganaron su grupo invictos y con mayor promedio de puntos que los estadounidenses. El segundo del grupo B fue la Italia de Meneghin, Bison o Marzoratti, quienes lograron meterse en la ronda final por ‘basket average’ al empatar en victorias en el segundo puesto con Yugoslavia y Puerto Rico.

Múnich 72: La medalla olímpica del baloncesto cubano
Los sorprendentes cubanos

Antes de las semifinales el comando terrorista Septiembre Negro asaltó la Villa Olímpica y tomó como rehenes a una decena de atletas israelís a modo de chantaje a favor de la causa palestina. La patética actuación de la policía alemana derivó en una catástrofe que acabó con 17 muertos y un shock de dimensiones mundiales. Los JJ. OO estuvieron a punto de cancelarse pero, tras más de 24 horas de deliberación, se reanudaron en una decisión no exenta de polémica.

Por entonces Mark Spitz ya había sumado sus siete medallas de oro en natación y Olga Korbut sus cuatro medallas áureas en gimnasia. No había muchas más ganas de Juegos. Faltaban apenas cuatro días para el fin de fiesta y tan sólo la posibilidad de que Laase Viren sumase otro oro en 5.000 al ya ganado en 10.000 se antojaba interesante para el espectador. El otro momento cumbre tendría que ser la final de baloncesto entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

Mark Spitz en los JJOO de Munich 1972
Spitz. El Rey de Múnich

Antes tocaban las semifinales. Los norteamericanos cumplieron con creces. Pasaron por encima de Italia (68-38) y demostraron que estaban más que preparados para conseguir el oro. Los transalpinos fueron incapaces de superar la asfixiante defensa estadounidense y apenas sumaban 30 puntos a falta de dos minutos y medio para el final del encuentro. Estados Unidos llegaba a la final con una fascinante media de tan sólo 44 puntos encajados en el torneo. En la otra semifinal los cubanos llegaron a mandar hasta por siete puntos gracias a Ruperto Herrera y Pedro Chappé, pero finalmente la altura soviética se impuso por un ajustado 67-61. Como ya apuntamos, los cubanos nunca más volverían a tener un baloncesto de semejante nivel que coronaron con una sorprendente medalla olímpica al derrotar en el partido por el bronce a Italia tras un fallo transalpino en el último segundo.

El 9 de septiembre, un día antes de la celebración de la ceremonia de clausura, Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrentaban en la final de baloncesto en un abarrotado pabellón que simpatizaba con los capitalistas. Sin embargo, en los anuarios quedó grabado que la final fue el día 10. Lo cierto es que el choque dio comienzo el día 9 a las 23.30 hora local para adecuarse al ‘prime time’ televisivo estadounidense, aunque su resolución tendría lugar en la madrugada del día 10. No era solo un enfrentamiento deportivo. Era mucho más que eso. Eran dos formas antagonistas de entender la vida.

Munich 1972: Tres segundos que marcaron la historia (y II) - BasketMe
Empieza la fiesta

Desde que la selección de Estados Unidos compitió por vez primera en los Juegos de Berlín de 1936 su balance era de 63 victorias y ninguna derrota. Los números hablaban por sí solos, pero pronto se vio que la URSS estaba dispuesta a vender cara su derrota. A través de un claro dominio del rebote y un mayor acierto a media distancia los soviéticos se pusieron por delante desde la primera canasta. Estados Unidos no logra estrenar su casillero hasta que van cuatro minutos de partido. El marcador es de 11-21 por los soviéticos gracias a diez tantos de Serguei Belov, pero tras un arreón estadounidense la ventaja se reduce a cinco puntos en el descanso (21-26).

La segunda parte fue durísima y plagada de errores. Los soviéticos fueron siempre por delante hasta que faltaban seis segundos para el final. Llegaron a tener otra ventaja cercana a los diez puntos, pero Iba pidió un tiempo muerto y los norteamericanos salieron a morder. Desde ese momento abundaron los golpes y las faltas. El soviético Korkia y el estadounidense Brewer fueron descalificados por los árbitros que, como no podía ser de otro modo, representaban a los dos bloques, uno procedente de Brasil y el otro de Bulgaria. Los puntos se suceden a cuentagotas. Cada canasta es un sacrificio. A falta de seis minutos el marcador era de 36-44 para la URSS que se mantenía firme gracias a Serguei Belov, quien acabaría el partido con 20 tantos, 2/5 partes de los de su equipo.

Los últimos seis minutos se antojan ridículos a ojos del espectador moderno. Aquellos chavales de patillas algarrobianas, pantalones fardahuevos, calcetines invernales y camisetas de todo a cien, acumulaban pérdidas de balón, lanzamientos a destiempo y faltas fragantes sin ton ni son. Si eses eran los mejores jugadores de baloncesto del mundo, que baje Dios y lo vea. Aun así, la tensión agarrotaba más a los comunistas que a los capitalistas que poco a poco sumaban capital para llevarse el bote gordo. La defensa americana es tan brutal que en varias jugadas los soviéticos tienen que retroceder a su propio campo para tomar aire (por entonces no había campo atrás). Seis puntos seguidos de Kevin Joyce, hasta entonces un meritorio del banquillo, ponía al Team USA a uno de distancia (46-47) a falta de 1’49’’ para el final.

A partir de ahí no se juega al baloncesto sino al ajedrez. Como si de Fisher y Spasski se tratase, el partido se va a decidir en el tablero ficticio de los tiros libres. Han de pasar 49 larguísimos segundos para que los soviéticos se pongan tres arriba (46-49) con dos lanzamientos tras falta personal.

En la siguiente jugada, y tras un saque de banda, Jim Forbes anota una preciosa suspensión sin oposición a cinco metros y coloca el 48-49 en el electrónico. Quedan entonces 39 segundos para el fin del encuentro. La URSS tiene tiempo de sobra para anotar una canasta que sentencie el partido. Cumple recordar que entonces no había línea de tres puntos. Serguei Belov sube el balón, que pronto pasará por todos sus compañeros de equipo ante la incapacidad de acercarse a canasta por la férrea defensa rival. Nadie se atreve a lanzar. Cuando la posesión se está consumando la pelota le llega a Aleksander Belov que está debajo del aro. Se levanta para anotar, pero recibe un tapón de McMillen. La bola vuelve a Belov que intenta un pase atrás interceptado por Collins.

Quedan menos de diez segundos cuando Doug Collins corre a la desesperada hacia el aro soviético. Si anota, la victoria será para Estados Unidos. Encara el aro por su vertiente izquierda y cuando se eleva para anotar una bandeja es arrollado por Sakandelidze.

Hoy hubiese sido una falta técnica. Por entonces era una personal sancionada con dos tiros libres.

Quedaban tres segundos para el final.

Lo que pasará a partir de entonces quedará en los anales de la historia.

“El ajedrez es una guerra sobre un tablero. El objetivo es aplastar la mente de tu adversario”. Bobby Fischer

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Múnich 72: Operación Ikrit

Era la madrugada del 5 al 6 de septiembre de 1972. Hace ahora cincuenta años. El verano daba sus últimos coletazos y el clima invitaba al paseo nocturno. Se acercaban las cinco de la mañana cuando unos cuantos componentes de la delegación estadounidense volvían a la Villa Olímpica. Habían estado explorando la noche muniquesa, disfrutando de la exuberancia de la juventud y de los galones que le permitían su estatus de deportistas olímpicos. Entre risas y un par de copas de más se toparon con otros ocho chicos. No hablaban inglés, pero portaban bolsas de deportes y vestían con chándales, por lo que estaba claro que eran deportistas. No dudaron en ayudarles a saltar la valla que separaba el complejo olímpico del resto de la ciudad para que pudiesen volver a sus habitaciones.

Una vez adentrados en los pasillos que conducían a los apartamentos, los ocho desconocidos se acercaron al lugar donde descansaban los miembros de la delegación israelí. Se trataba de una delegación minúscula que ni ganó medalla en Múnich ni la había ganado nunca, y que no ganaría su primera presea hasta Barcelona 92. El caso es que aquellos ocho jóvenes se quitaron los chándales, se pusieron una ropa un tanto estrafalaria y sacaron de las bolsas de deportes diferentes objetos.

Fusiles semiautomáticos, pistolas y unas cuantas granadas.

El primero en caer fue Moshé Weinberg, entrenador de lucha del conjunto israelí. No fue solo el primero en caer, sino que se convirtió en héroe involuntario permitiendo que un total de 17 atletas lograsen escapar. Weinberg estaba despierto, preparando unas tostadas en la cocina. Al escuchar alboroto en el pasillo se acercó a la puerta y, cuando vio que alguien la abría, se abalanzó sobre la madera para impedir que la traspasasen. Poco podía hacer él sólo ante aquellos terroristas que usaban sus fusiles como palanca para acceder al interior del apartamento. Los gritos despertaron a Yossef Romano, quien consiguió arrebatar una pistola a uno de los asaltantes, pero resultó muerto de un disparo. A Weinberg también le pegaron un tiro, pero aun vivo fue obligado a conducir a los terroristas a los otros apartamentos. Weinberg los dirigió expresamente al recinto donde estaban los atletas de boxeo o de lucha, ya que pensó que al ser estos los más fuertes podrían reducir a la fuerza a los terroristas.

Fue en vano.

Todos estaban durmiendo. No opusieron resistencia. El único que lo hizo fue Weinberg, quien fue acribillado a balazos.

Hasta nueve atletas fueron tomados como rehenes. Pertrechados en el edificio, a las 6:00 de la mañana los asaltantes lanzaron por una ventana unos papeles con sus demandas. Si al cabo de tres horas no se cumplía con lo solicitado se acabaría con la vida de uno de los rehenes. Si pasasen otras tres horas más, se perpetraría la muerte de un segundo israelí. Y así hasta acabar con los nueve secuestrados. El comando solicitaba la liberación de 234 prisioneros palestinos alojados en cárceles israelíes, así como la de los alemanes Andreas Baader y Ulrike Meinhof, encarcelados en tierras germanas como miembros fundadores del RAF (Fracción del Ejército Rojo).

Los asaltantes decían hablar en nombre de la organización terrorista palestina Septiembre Negro. La maniobra en cuestión fue bautizada como ‘Operación Ikrit’.

Desde mediados de la década de 1960 los grupos terroristas campan a sus anchas por buena parte de Occidente. En gran medida es una respuesta cultural a un mundo nuevo, totalmente distinto al conocido hasta entonces. Por vez primera en la historia los hombres no tienen que perder su juventud en campos de batalla y por vez primera las mujeres son quienes de decidir su futuro por sí mismas. La sociedad de consumo ensancha sus objetivos a las clases media y apuesta por la juventud como reclamo, en una tendencia que ha llegado a límites insospechados en la actualidad y en la que no se vislumbra fin. La adolescencia ya llega hasta los 50 años y la vejez ha sido denostada.

Esa juventud se rebela ante todo aquello que sus padres y los padres de los padres de sus padres conocían. La cultura popular, comandada por la música, el cine y el deporte desbanca con rapidez a la tradición, el orden o la religión. Los cambios son rápidos y por lo general pacíficos, teniendo como cénit el llamado ‘Mayo del 68’. No obstante, hay grupos de jóvenes que quieren cambiar la forma de entender el mundo y apuestan por la violencia para cumplir con sus objetivos. Para ellos el sistema vigente está muerto y sólo a través de las armas podrán purificarlo. La inmensa mayoría de estos grupos serán marxistas y beberán de la utopía comunista para justificar sus crímenes, aunque algún otro abrazará la extrema derecha para reivindicar el orden tradicional. Lo cierto es que izquierda y derecha no forman una línea, sino más bien un círculo en el que los extremos acaban tocándose.

Entre esos muchos grupos que aterrorizan el mundo occidental destacan el IRA (Irlanda), las Brigate Rosse (Italia), Rote Armee Fraktion (Alemania Federal) o ETA (España), que comenzó a matar antes de que España se convirtiese en una democracia. Todas ellas mantenían lazos con los diferentes grupos armados de Oriente Medio que veían (y ven) la creación del Estado de Israel como una imposición de Occidente de la que no fueron consultados.

Desde que buena parte de Palestina se convirtió en Israel en 1948 como un intento de las democracias occidentales para resolver el conflicto judío y de paso limpiar sus conciencias sobre el Holocausto, la zona se ha visto alterado por continuas guerras, atentados y diferentes escaramuzas. En 1967 los israelís conformaron una de las campañas militares más espectaculares de la era moderna al derrotar a una coalición liderada por Egipto en apenas seis días. Ocuparon Gaza, Cisjordanía, los Altos del Golán y buena parte de Jerusalén. Más de medio siglo después esos territorios siguen en disputa y sin acuerdo internacional satisfactorio para su resolución.

Es entonces cuando tienen el germen la mayor parte de los grupos terroristas de Oriente Medio. De hecho, esas masacres a objetivos civiles y su poder sobre el petróleo, que tendrá su primer golpe de efecto en la crisis de 1973, conseguirá que Occidente tenga que mediar y buscar un equilibrio entre judíos y árabes por su propio interés.

Uno de esos grupos terroristas palestinos es Septiembre Negro. Fundado en 1970, reivindica la existencia del Estado de Palestina y la expulsión de los judíos. Forma parte de los grupos controlados por la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) una coalición política y paramilitar dirigida por Yasir Arafat que tiene como objetivo la destrucción de Israel. Tiene lazos con la RAF, también conocido como la Banda Baader-Meinhof, en honor a sus dos fundadores, un par de chicos que pretendían derrocar el capitalismo en Alemania a través de una guerra de guerrillas.

Conflicto israelí-palestino - Wikipedia, la enciclopedia libre
Israel & Palestina

Pero esta realidad no era más que un pequeño apéndice de un entorno sumido en la más absoluta felicidad. A la altura de 1972 Europa cabalgaba a gran velocidad por una era de gran prosperidad. Tras el fin de la II Guerra Mundial, el Viejo Continente sumaba dos décadas de increíble crecimiento económico. La locomotora de Europa era la hasta hace nada demoniaca Alemania. Concretamente la RFA, la parte Occidental de un país que había sido amputado, pero que no expresaba la menor queja por esa mutilación. En 1966 el COI seleccionó a Múnich como sede de los Juegos Olímpicos de 1972 y el país se preparó a conciencia para demostrarle al mundo que el nazismo era agua pasada.

El lema de aquellos Juegos era la felicidad. Se creó el inmenso Oympiapark con su fascinante cubierta de metacrilato, se apostó por vez primera por el reciclaje y destacaron Mark Spitz, Laase Viren u Orga Korbut.

Sin duda uno de los momentos cumbres tuvo lugar en la ceremonia de inauguración cuando la delegación israelí dio la vuelta al estadio olímpico bajo el atronador aplauso de 80.000 alemanes. Había sido Múnich la cuna del nazismo, el lugar donde Hitler había dado un golpe de Estado fallido en 1923. Y no había atleta israelí allí presente que no tuviese un familiar que no hubiese perecido en un campo de exterminio construido con el beneplácito de muchos de los padres de los que hoy estaban allí aplaudiendo tranquilamente sentados.

No es de extrañar pues que el secuestro de aquellos atletas israelís y la toma de la Villa Olímpica por parte de los terroristas causaran un shock mundial. Era una bomba mediática de la que todo el planeta se hacía eco. Millones de personas contuvieron la respiración durante horas. Y que fuese en Alemania, y que las víctimas fuesen judías, lo convertirían en algo catártico para la opinión pública germana.

Juegos Tokyo 2020: Septiembre Negro: El ataque terrorista que eclipsó los  Juegos Olímpicos de Munich 1972 | Marca
Horror en la Villa Olímpica

Un terrorista, con la cara untada de betún y sombrero, se erigió en portavoz de los asaltantes. Se hizo llamar a si mismo Issa y se encargó de negociar con el ministro de interior alemán. Hans-Dietrich Genscher, que así se llamaba, prometió a Issa una suma de dinero e incluso intercambiar su vida por la de los secuestrados, pero todo intento fue en vano. De hecho, resultó contraproducente, porque a juicio de los palestinos era una muestra más de la simplista retórica capitalista para resolver los problemas. Lo único que se consiguió fue alargar el límite de la respuesta hasta las 12:00 a.m.

Mientras todo esto sucedía medio mundo desayunaba con las imágenes del asalto. Casi tres décadas después de la caída del nazismo, Alemania se presentaba ante el mundo como garante de la paz y como país ferozmente opuesto a los nacionalismos. Deliberadamente las medidas de seguridad en los Juegos eran laxas y relajadas y los símbolos nacionales se mostraban a cuenta gotas. La idea era que todo deportista, periodista y visitante no asociase bandera o uniforme con un pasado del que querían escapar.

Pronto se iba a demostrar que las decisiones tomadas habían sido erróneas.

Poco después de las 11.00 Golda Meir, por entonces primera ministra de Israel, declaró tajantemente que no negociaría con terroristas. Israel daba carta blanca a los alemanes para tratar de liberar a los rehenes con todos los medios a su alcance. El negociador y jefe de policía de Múnich, Manfred Schreiber, consiguió alargar la hora límite hasta las 15.00 horas al anunciar a Issa que Baader y Meinhof, los cabecillas de la RAF, habían sido liberados y que se seguía negociando con el gobierno de Israel. Parcialmente satisfechos los asaltantes solicitaron comida para unas 20 personas.

Varios policías se disfrazan como cocineros y agachan armas en medio de la pitanza con la intención de subir a las habitaciones, pero Issa les exhorta a dejar la comida en el suelo y marcharse de allí bajo amenaza. El engaño no surte efecto y ahora los asaltantes saben que están siendo burlados. Uno de los policías es cosido a balazos. En ese momento todo está a punto de estallar, pero el repentino anunció del COI de cancelar los Juegos Olímpicos devuelve la calma a los terroristas. No hay televisión ni radio en el planeta que no hable de Septiembre Negro y de la causa palestina. Al menos uno de los objetivos se ha conseguido.

Alrededor de las 16:30 más de 70.000 personas rodeaban la Villa Olímpica mientras Issa y sus compadres hacían la señal de la victoria desde la azotea del edificio ocupado. Es entonces cuando Genscher ejecuta el mayor de los errores. Se decide acometer un asalto armado al edificio formado por un escuadrón de 38 miembros de la policía germana. Mal preparados e inexpertos, los policías visten ropa deportiva y se instalan en las azoteas de los edificios adyacentes. El ejército no puede participar en el asalto porque tiene prohibido operar en tiempos de paz debido a las sanciones derivadas de la II Guerra Mundial.

A nadie se le pasó por la cabeza romper esa estúpida restricción.

Total, que el asalto fue un rotundo fracaso. Entre la multitud agolpada, que con sus gritos anunciaban los pasos dados por la policía, y que todo estaba siendo retransmitido por televisión, con lo cual Issa y sus compinches seguían segundo a segundo los acontecimientos, la operación fue cancelada en el último instante. Los policías debieron bajar del edificio entre las risas de los terroristas.

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Genscher al teléfono

Si bien los alemanes daban palos de ciego, los terroristas también sabían que su suerte ya estaba echada. A escasos minutos del fin del plazo se llegó a una solución de compromiso. Los guerrilleros y los rehenes serían trasladados en helicóptero a una base área cercana a Múnich para luego viajar en avión a Egipto. Allí, en El Cairo, en territorio amigo, los terroristas se comprometían a liberar a los rehenes a cambio de que en el plazo de un mes fuesen liberados media centena de palestinos, supuestamente, injustamente encarcelados.

Previamente al traslado, Genscher exigió ver a los rehenes. Según dijo impresionaba la tranquilidad aparente de aquellos israelís de ojos perdidos que yacían sentados apoyados en un pared mientras el cadáver frío y la sangre seca de Weinberg regaba el suelo.

El plan consistía en atacar a los terroristas en el trayecto de unos 200 metros que los llevaría junto a los rehenes hasta los helicópteros. Issa exigió inspeccionar el camino y utilizó para ello a un par de rehenes como escudos humanos. Nervioso, uno de los policías que espera oculto detrás de un coche aparcado tropieza. El ruido alerta a los terroristas que vuelven sobre sus pasos para atrincherarse en los apartamentos.

En esos momentos la angustia se agigantaba mientras el mundo contenía la respiración a través del televisor. Los palestinos exigieron entonces un autobús para recorrer el escaso trayecto. Por entonces ya eran las 22.00 horas y por supuesto los terroristas demandaron que el vehículo estuviese vacío e inspeccionarlo antes de subirse a el y poner sus vidas en juego.

Hubo que pasar a un nuevo plan. En la base aérea esperaba un grupo de francotiradores dispuestos a matar a los terroristas en cuanto los dos helicópteros aterrizasen. Había un tercer helicóptero en el que viajaban los negociadores y varios policías que estarían esperando órdenes. Mientras, un Boeing 727, que pretendía viajar a El Cairo, estaba integrado por cinco policías armados que ejercían de improvisados miembros de Lufthansa.

El caso es que cuando los palestinos subieron a los helicópteros se pudo comprobar que los terroristas eran un total de ocho. Los francotiradores jamás llegaron a recibir esa información. Genscher había transmitido que no eran más de cuatro o cinco los que había visto al visitar a los rehenes. Para añadir un error más a la cadena de despropósitos, ninguno de los supuestos francotiradores era tal. Ninguno era militar por las restricciones a las que nos referimos párrafos atrás. Eran policías que habían sido seleccionados porque les gustaba practicar tiro los fines de semana. Tres se instalaron en el techo de la torre de control y otros dos se escondieron en tierra. Ninguno tenía equipo protector, radio, ni visor nocturno.

Y ya era noche cerrada. Las 22.30. Ya eran más de 18 horas de tensión acumulada.

Al momento de aterrizar los helicópteros, los miembros de Septiembre Negro tomaron como rehenes a los pilotos de los aparatos para acercarse con paso firme al Boeing. En ese momento los policías que hacían de tripulación del avión decidieron desdecirse de su juramento de honor y abandonaron el aparato. La incredulidad de la jefatura alemana era semejante a la de los palestinos que, al ver que el avión estaba vacío, pensaron que les habían engañado, por lo que corrieron de vuelta a los helicópteros.

Fue entonces cuando los francotiradores abrieron fuego. Y se desató el pandemónium. El cielo se ilumina de llamas y el humo recorre el horizonte. Trepidar de motores, sirenas y ráfagas de ametralladoras. En el intercambio de golpes, dos terroristas fallecieron así como un policía alemán. Los pilotos de los helicópteros consiguieron huir, pero no así ninguno de los rehenes israelís atados de pies y manos. Al cabo de unos minutos llegaron refuerzos por tierra e Issa, viendo que todo estaba perdido, fusiló a todos los rehenes. Después lanzó una granada en el interior del helicóptero y corrió por la pista de aterrizaje.

Fue masacrado.

Atentado a los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972: un trauma aún por  asimilar | El Mundo | DW | 25.08.2022
Una carnicería

Once atletas (nueve en el aeropuerto), un policía alemán y cinco terroristas palestinos fallecieron ese día. Los otros tres miembros de Septiembre Negro fueron capturados vivos. Los tres pasaron a ingresar en una cárcel de máxima seguridad teutona y tan solo una semana después la RFA creaba el GSG9, la unidad antiterrorista alemana. Los cadáveres de los otros cinco palestinos fueron enviados a Libia donde recibieron un funeral de héroes. Apenas un par de meses después Septiembre Negro secuestró un vuelo comercial de Lufthansa y exigió la liberación de los tres terroristas encarcelados para evitar el siniestro del avión.

Los mandos alemanes accedieron a todas las peticiones de los terroristas sin consultar a las autoridades israelís.

Israel sigue clamando en la actualidad por la incompetencia alemana a la hora de resolver el conflicto. El Mossad (servicio de inteligencia israelí) fue advirtiendo a los alemanes de los diversos fallos cometidos en la operación y todos sus consejos fueron rechazados. Tanto el ministro Genscher como el jefe de policía muniquesa Schreiber habían sido miembros del partido nazi y habían combatido en la II Guerra Mundial. Ninguno fue cesado de su cargo tras el fiasco de la operación de rescate. Para los israelís los alemanes no hicieron lo suficiente para salvar la vida de aquellos once atletas judíos.

Así que decidieron hacer la justicia por su cuenta. Golda Meir ordenó al Mossad que pusiera en marcha la operación ‘Cólera de Dios’. Se buscó y asesinó a los tres supervivientes, así como a decenas de activos terroristas y miembros de la OLP. Se bombardearon objetivos civiles en Siria y Líbano argumentando que ocultaban bases militares propalestinas y todo concluyó con una breve guerra en octubre de 1973 cuyo resultado, más allá de los muertos, fue el que los países árabes descubrieron que a través del petróleo podían fagocitar a Occidente y a Israel a su antojo.

Pero volvamos a Múnich. Al 6 de septiembre de aquel año. Los Juegos Olímpicos estaban cancelados.

Pero solo momentáneamente.

Se realizó una ceremonia de conmemoración al día siguiente ante 80.000 espectadores y 3.000 atletas, pero nunca un funeral oficial. Los familiares de las víctimas llegarían a pedir la construcción de un monumento conmemorativo, pero el COI tendría siempre un no como respuesta. La única muestra del duelo del COI fue izar a media asta la bandera olímpica hasta el fin de los Juegos. El COI, como organización independiente, prefirió no significarse políticamente. “Los Juegos deben continuar”, fueron las polémicas palabras del estadounidense Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico Internacional.

Fueron los últimos Juegos de Brundage, quien falleció tres años más tarde. Fue un feroz defensor del amateurismo, un racista empedernido al que desagradaba la proliferación de atletas de raza negra en su país y un defensor de la excelencia de los Juegos de Berlín de 1936 y la perfección organizativa de los nazis. Ese fue el hombre que dijo aquello de “los Juegos deben continuar”. El mismo hombre que meses más tarde se casó con una princesa alemana mucho más joven que él y que fallecería poco después en Garmish, una localidad no muy lejana de Múnich y su desgraciada Villa Olímpica, de la base aérea de Fürstenfeldbruck donde la sangre corrió a raudales una noche de septiembre, y tampoco no muy lejos de Berchtesgaden, donde Adolf Hitler tenia su búnker de verano, el fastuoso ‘Nido del Águila’.

 “La violencia engendra violencia”. Evangelio de San Mateo 26:52.

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Cuando la década de 1990 hace su aparición los triples ya forman parte de la mecánica del juego. Son años de baloncesto ultradefensivo, tráfico en las zonas y tediosos encuentros al límite de la posesión. Pero del mismo modo es un tiempo donde el triplista adquiere categoría de especialista y se le considera indispensable en cualquier conjunto que aspire a lo más alto.

Reggie Miller (1987-2005) será el arquetipo del ‘clutcher’, ese jugador indefectible en los finales de partido y el encargado de llevar a su equipo a la gloria o al desastre. Jordan o Petrovic también son ‘clutch players’, pero lo que hace a Miller especial es que todos sus lanzamientos sobre la bocina son más allá de la línea de tres puntos. La repercusión de Reggie Miller en los escenarios de mayor temperatura lo convierte en una leyenda atemporal que obliga a un visionado continuo de sus mejores jugadas y a encender la televisión aun sabiendo que la derrota es inminente, porque con él en la pista todo se antoja posible. Quizás no es el mejor tirador, pero si es el que hasta la aparición de Stephen Curry acumuló más actuaciones descomunales en momentos cumbres.

Para entonces, además de grandes tiradores que acumulan puntos y más puntos con lanzamientos de tres, ya hay jugadores que apenas suman 9 o 10 tantos por encuentro, pero son todos triples y todos en momentos decisivos. El más representativo es Steve Kerr, un jugador muy secundario en los Bulls de Jordan, pero que llegará a sumar un 52% en triples con alta frecuencia en el último cuarto de los partidos. Seguidores de Kerr serán Korver, J.J. Redick o el último Peja Stojakovic, que a pesar de una gravísima lesión de espalda conseguirá alargar años su carrera instalándose en una esquina del parqué y martilleando el aro rival.

El Stojakovic primigenio, como Allen de inicio a fin, representan al tirador perfecto. Quizás la mecánica de Jerry West y de Ray Allen (1996-2014) sea idéntica, pero lo que hace de este último excepcional – 40 años más tarde – es la velocidad de ejecución, lo que minimiza el éxito de las ayudas defensivas. Es abismal la diferencia de los tiradores actuales con los de antaño si nos centramos en la rapidez al armar el tiro y al soltar el balón.

Los Suns de Nash (1996-2015) cambian el ecosistema establecido. Lo que había sido un recurso pasó a ser una virtud. El tiro de tres puntos se convirtió en una exigencia. Los equipos más fuertes pasan a ser los que tienen más artillería y dejan arrinconados a los pívots. Los jugadores grandes son importantes por su movilidad y su amenaza exterior y los pequeños por la rapidez de la ejecución y por ser capaces de lanzar tanto por sí mismos (Klay Thompson) como tras liberarse tras un bloqueo (J.R. Smith). La intimidación y los hombros 4×4 han dejado de ser atributos indispensables de la defensa a cambio de la movilidad y la rapidez de piernas. Del mejor ataque es una buena defensa se ha pasado al mejor ataque es un buen ataque y la mejor defensa un mejor ataque. En los Warriors dos ‘pequeños’ de menos de dos metros como Draymond Green y André Iguodala funcionaban como una batería antiaérea capaz de tapar mil agujeros. De igual modo P.J. Tucker, un jugador de escaso talento e interés, es uno de los jugadores más demandados por la élite por su capacidad de cambiar de defensor.

En la NBA no se defiende, pero porque es imposible defender. Se ha pasado de buscar grandes cuerpos y largos brazos para la defensa a ir en la búsqueda de piernas cortas de excelente desplazamiento lateral que no caigan en el desaliento. El prototipo de jugador actual es un ser anfibio, capaz de hacer todo, desde proteger el aro a lanzar con éxito desde el parking.

Draymond Green Downplays Al Horford's, Derrick White's 3-Point Shooting
Green, base y pívot 2 en 1

Esa forma de jugar rápida y en la búsqueda constante del lanzamiento tiene su origen en 2004. Cuando a finales de los 80 los Pistons finiquitaron primero al perfecto juego coral de los Celtics de Bird y luego la excelencia ofensiva de los Lakers de Magic, entablaron una forma de jugar (y de ganar) basada en una asfixiante defensa llevada a los límites del reglamento. Aquella violenta forma de jugar se extendió por todo el mundo como la lepra llegando a su paroxismo en 1998 cuando en la final de la Euroliga el AEK de Atenas se quede en 44 puntos (en 40 minutos) y en la de la NBA los Utah Jazz firmen 54 (en 48 minutos). Una época en la que no se permitían bandejas y los partidos se ganaban en la línea de tiros libres.

Mientras Michael Jordan existió el juego sobrevivió. Cuando el ‘Jesús negro’ se echó a un lado, la NBA contempló como la gente escapaba de pabellones y televisiones asqueada por un juego del todo soporífero. La NBA lo comprendió con premura (siempre lo comprende con mucha más celeridad que la FIBA) y eliminó la defensa ilegal, prohibió postear más de tres segundos, se limitó a ocho segundos el tiempo para cruzar el medio campo y, esencialmente, se consideró falta el ‘hand-cheking’.

La regla del ‘hand-cheking’, fechada en el citado 2004, prohíbe tocar con la mano o apoyarse con ella ante el oponente a menos que éste esté de espaldas al aro. Traducido al román paladino. Sólo puedes tocar a tu rival si está pivotando. En caso contrario es intocable. Esa medida implicaba mucho más ritmo, dado que los jugadores exteriores podían penetrar gracias a su velocidad sabiéndose intocables. Del mismo modo, dado que el control de los partidos pasaba de los interiores a los exteriores, el juego de pases se ha visto gratificado y las esquinas exprimidas en busca de la mejor posición para lanzar.

Los ya citados Phoenix Suns dirigidos por Mike D’Antoni desde el banquillo y Steve Nash en la cancha (2004-2008) fueron los primeros en comprender esta revolución y lo harían de forma tan radical como los jacobinos la Revolución. En el ‘seven seconds or less’ (siete segundos o menos), los Suns se deshicieron de los pívots y rizaron el rizo al proponer un baloncesto de transiciones y de ausencia defensiva. Las ideas de los Suns derribaron los barrotes defensivos y calaron en la conciencia popular, pero su propuesta radical no obtuvo títulos y, al igual que le pasó a Robespierre, D’Antoni y Nash quedaron como el ejemplo de que el exceso es tan perjudicial como la escasez.

Y llegamos así a Stephen Curry (2009-), un extraterrestre cuya nave nodriza es capaz de lanzar desde cualquier lugar de la cancha. Curry es un excelente base tanto en labores de tiro como en el control del juego, como ha habido tantos otros a lo largo de las décadas, pero con el mayor y más sofisticado arsenal de tiro jamás existido. Nunca ha bajado del 40% en triples con picos de 45% anotando (a la hora de escribir estas líneas) más de 3.000. De los 50 tiradores con más triples de la historia no sólo es el que más ha anotado, sino el que mejor porcentaje tiene. Y los ha anotado en partidos durísimos, en momentos decisivos, en finales de la NBA y la mayoría de ellos más allá de los ocho metros de distancia. Nunca ha existido un jugador con semejante volumen de acierto con tal brutal volumen de lanzamientos.

Técnicamente es un tirador de canon, pero tanto su velocidad de ejecución como su parábola es superior a la de la mayoría. A diferencia de Bird, al cual el triple se la soplaba, Curry es un estajanovista de la línea de tres puntos. Su objetivo no es practicar tiros, sino anotarlos. Puede llegar a anotar 500 en un día si se lo propone. Y en sus series introduce lanzamientos desde 20 o 25 metros. Su excelencia es tal que considera erróneos los triples que son canasta tras haber tocado el aro. Talento, repetición y trabajo dan como resultado el tirador con la mejor coordinación ojos-manos que ha existido, según su técnico, y antes afamado triplista, Steve Kerr.

Sergio Llull intentó a muy menor escala hazañas similares, pero son Damian Lillard y, sobre todo, Trae Young los únicos capaces de acercarse a Curry, entre otras cosas porque éste último creció idolatrando al dos veces MVP de la NBA. Pero a día de hoy no hay nadie que pueda compararse con Curry. No existe arma defensiva capaz de frenarlo. Su autonomía como lanzador, sea tras bote o amasando el balón, y su capacidad para lanzar desde cualquier lugar y ante cualquier defensor lo hace indescifrable. Su binomio en los Golden State Warriors con Klay Thompson (2011-) los hicieron prácticamente indestructibles durante un lustro, hasta que las lesiones consiguieron lo que los rivales fueron incapaces de gestionar.

A Curry no se le considera un genio del nivel de Jordan, Bryant o Lebron James. No lo es porque no se come codos, no espanta rivales con las manos ni eyecta sus pies del suelo en dirección al aro. Instalado a nueve metros de la canasta parece que Curry vive ajeno al juego cuando lo cierto es que, desde que en 1954 se instauró el reloj de posesión, no ha habido un cambio tan profundo en el baloncesto como el que Curry ha liderado con su batería infinita de lanzamientos. Nadie antes de Curry había reducido la distancia a la menor expresión.

Y así llegamos a la tercera década del siglo XXI donde todo buen jugador tiene la obligación de ser un tirador. Los hombres de siete pies (por encima del 2’10) ya no utilizan el triple como recurso sino como amenaza propia de un especialista. Esta es la única innovación en relación al tirador que proviene de Europa. La mayor riqueza coral y táctica de Europa y el exceso de celo sobre los kilos y la altura en Estados Unidos hicieron que hombres como Arvydas Sabonis (2’21) fuesen aplaudidos cada vez que intentasen el triple y otros como Ralph Sampson (2,24) fuesen reprendidos cada vez que hiciesen lo mismo. De Sabonis se pasó a Kukoc (2,08) y de ahí a Dirk Nowitzki (2’13), jugador que abre por sí solo una categoría que permite estimarle como el mejor tirador alto de la historia.

Hoy todos los hombres altos, estadounidenses o no, se defienden en el triple o estrictamente son grandes tiradores. Pero cuando a inicios de este siglo Estados Unidos perdió la hegemonía mundial de la canasta lo hizo asediado por jugadores altos con buena mano en la larga distancia. Divac, Scola o Garbajosa abrieron el camino a gigantes actuales que usan el triple a diestro y siniestro como Danilo Gallinari, Nikola Vucevic o el dos veces MVP Nikola Jokic.

Dirk Nowitzki On His One-Legged Fadeaway: "I Made It Up On The Fly,  Honestly...." - Fadeaway World
Nowitzki fadeaway

Pasó poco más de un lustro desde que surgieron los Suns hasta que los Warriors de Curry comprendieron y mejoraron aquella radical propuesta. En 2010 el 20% de los puntos llegaban desde la línea de tres. Actualmente estamos a punto de rebasar el 50%. Comprendidos que los espacios son inmensos y que los jugadores grandes ya no son necesarios, hubo quien percibió que daba más rédito sumar de tres en tres que anotar bandeja tras bandeja. James Harden (2009-) es un apóstol de esta idea que llevó al paroxismo en unos Houston Rockets que llegaron a despreciar el tiro de dos puntos de forma inimaginable. Con varios pequeños en la cancha y moviendo el balón, cualquier jugador con buena mano liberado tendrá un porcentaje de éxito cercano al 50%. La suma es fácil. Anotar dentro de la zona ronda de media el 65%, la media distancia el 45% y el triple el 36%. Si un jugador olvida la media distancia y se centra en penetrar para obtener bandejas fáciles y en lanzar de tres con mayor asiduidad (lo que implica más práctica y a su vez mayor porcentaje de éxito) los puntos serán mayores. 45/100 en tiros de dos son 90 puntos. 36/100 en tiros de tres son 108 puntos.

Es este un nuevo baloncesto. Totalmente distinto al conocido durante más de un siglo. Igual que Mikan, Chamberlain, Kareem u O´Neal fueron dueños y señores del juego, Stephen Curry ha sido el arma nuclear definitoria para llevar el baloncesto a una nueva dimensión. Curry y sus Golden State Warriors consiguieron ampliar la pista sin tocar su anchura, desertizando amplias zonas del parqué y elevando el rango de tiro a distancias estratosféricas que van más allá de los diez metros. El tiro desde el logo es el cénit del tirador, una conjunción perfecta de técnica y fuerza.

Y algo nunca antes visto ni concebido por mente alguna.

VIDEO: Stephen Curry Hit a Half-Court Shot Against the Clippers
Desde su casa

Es probable que hayamos llegado al éxtasis definitorio del tirador. En el verano de 2020 la NBA introdujo una nueva regla que eliminaba las faltas tras tiro en las que el atacante exageraba el contacto tras lanzar. “Nos hemos olvidado del defensor y debemos ayudarlo”, comentó Adam Silver, el mandamás de la NBA. El número de tiros libres se ha visto reducido considerablemente y el defensor exterior tiene ahora un arma más para incrementar su defensa. En todo caso harían falta muchas más reglas regresivas para volver a un mundo donde el baloncesto se juegue cerca del aro. El triplismo ha fundido las tres posiciones altas del juego para convertir a los pívots en aleros multifunción que cubran tareas antaño destinadas al base, como si cada vez fuera más difícil distinguir unas de otras en un molde uniforme donde el lanzamiento lo justifica todo.

“Cualquiera puede encestar, pero no cualquiera sabe lanzar”. Stephen Curry.

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Origen, evolución y explosión del lanzamiento exterior (1ª parte)

El profesor James Naismith se aburria. Sus alumnos también. La nieve y el hielo eran comunes durante meses. La hierba se convertía en escarcha y las manos se entumecían al salir a la calle. Aquel profesor de educación física de Nueva Inglaterra, el estado más septentrional de Estados Unidos, necesitaba convertir los tediosos inviernos de gimnasio en tan atractivos como los veranos de fútbol americano. Con la ayuda de dos cestos de mimbre y una pelota ideó un nuevo juego. Colocó los cestos en el dintel de las puertas del gimnasio, las cuales estaban exactamente a 3,05 metros de altura, dividió a sus chicos en dos equipos y los invitó a intentar introducir el balón en el cesto rival.

Había nacido el baloncesto.

En aquel primigenio partido no se podía tocar al rival ni desplazarse con el balón. La clave del juego estaba en la asociación entre semejantes. El pase era la llave que abría el candado del baloncesto. Cuenta Naismith en su diario que en aquel primer partido celebrado en diciembre de 1891 hubo una única canasta convertida a unos siete metros y medio del aro (del cesto, para ser más precisos).

Hoy hubiese sido un triple. De aquella no. Faltaban más de ochenta años para que naciese el tiro de tres puntos.

Naismith concibió un deporte con unas reglas. Un deporte pensado en la solidaridad y el trabajo en equipo, pero sin teoría ni conceptos. La mecánica de tiro como concepto no existía en un principio. El lanzamiento se producía cuando el cerebro equilibraba la posibilidad de conseguir una canasta en función del espacio-tiempo. Al igual que hay quien escribe sin sujetar correctamente el bolígrafo o quien come sin poseer con eficacia el tenedor, cada cual lanzaba a canasta como buenamente podía. De hecho, hubieron de pasar décadas antes de que alguien considerase que era correcto y que no era para lanzar a canasta.

En un principio el lanzamiento más habitual era el de cuchara. Hoy sigue presente en los niños que se niegan a jugar a minibasket y aspiran a elevar la pelota a 3,05 metros del suelo. También a aquellos que por edad carecen de fuerza física para coger el balón o simplemente porque es la primera vez que se presentan ante tal reto. Para todos los demás hay carcajada asegurada. Pero en un principio ese era el lanzamiento estándar.

El tiro consta de tres partes bien diferenciadas. En primer lugar se coge el balón con las dos manos, bien sea tras bote o sea tras pase, lo que se da en conocer como ‘catch and shoot’. La teoría sostiene que colocar las manos en forma de ‘T’, siendo una la que sujeta y otra la que apunta, es la correcta. La práctica dice que lo importante es la comodidad del lanzador al sujetar la pelota.

Sea cual sea la forma elegida para coger el balón, será crucial para las dos siguientes fases del lanzamiento. El siguiente paso es la tracción y el impulso, donde tanto la fuerza como el arco del brazo determinarán el lanzamiento. Hay decenas de desarrollos distintos de la técnica, todos igual de válidos, que serán cruciales para la tercera parte que podríamos denominar terminal. Aquí es cuando además de las manos, adquiere importancia el resto del cuerpo, fundamentalmente las piernas, que sirven de contrapeso para equilibrar el lanzamiento. Luego hay jugadores que al despedir el balón de sus manos atentan contra la gravedad dejándolas al aire como una continuación del lanzamiento. Es este un recurso más mental que físico, del que solo se sirven los tiradores maestros que advierten con suma nitidez el acierto (Larry Bird).

Villanos: Larry Bird, el rubio que se cagaba en tu árbol genealógico
Larry Bird

Más allá de la teoría, es la práctica la que determina quien es un buen repetidor. Todos los grandes tiradores, sea cual sea su mecánica, lo son por una tremenda ética de trabajo. Si la comprensión del juego, la búsqueda de espacios para el pase, la posición defensiva o la técnica de colocación para atrapar un rebote se pueden estudiar, el tiro, aun teniendo una basta teoría, se basa en la repetición. Por ello hay múltiples formas de lanzamiento y todas son válidas mientras alcancen su objetivo.

Como cualquier otro deporte el baloncesto ha ido evolucionando (y mejorando) pero hay aspectos en los que lo ha hecho de forma más notoria que en otros. Si uno observa imágenes de archivo de tiempos pasados verá como la posición para defender o para alcanzar un rebote no dista mucho de la actual. Observará sin embargo una gran diferencia en el manejo del balón y en el lanzamiento. Acerca del manejo de balón hace años que se llegó a la cima y no hay más margen de mejora. Intrépidos jugadores con diabluras con derecha e izquierda existen desde hace medio siglo. Igualmente, poco más hay que inventar respecto a vuelos sin motor por encima del aro. Sin embargo, la explosión del lanzamiento exterior ha sido relativamente reciente y a unos niveles que se antojan inexplicables.

Desde aquella tarde de 1891 hubo de existir pequeños jugadores que prefirieron lanzar a cinco o seis metros del aro en vez de recibir golpes y codazos dentro de la zona. Debió haberlos, pero no los conocemos. Fue el historiador John Christgau el que estableció en la década de 1930 el nacimiento del tiro en suspensión. Hasta entonces el lanzamiento se hacía con los pies parados y sacando los brazos desde el pecho. No había necesidad de hacer más fuerza dado que los lanzamientos o bien eran bandejas (por parte de los pequeños) o cómodos tiros desde cerca del aro (por parte de los grandes). Christgau considera que es por entonces cuando dos pequeños llamados John Cooper y Kenny Sailors deciden tomar impulso con un salto para poder lanzar desde más lejos y evitar a los hombres altos rivales.

El primer tirador del que tenemos datos reales es Frank Selvy, al que le dio por anotar 100 puntos en un partido de la NCAA (la liga universitaria estadounidense) en 1954. Al menos una docena de sus 41 lanzamientos habrían sido triples de haber existido la línea, lo que da muestra de que hablamos de un lanzador con un gran rango de tiro. No es casualidad que 1954 sea el año en el que eclosione Selvy. En ese año se estableció la regla de los 24 segundos de posesión (30 en el mundo FIBA) que penalizaba el juego estático bajo el aro y favorecía la rápida circulación de balón. Hasta entonces los marcadores eran bajos, ya que el equipo que se ponía por delante solo tenía que administrar la ventaja manteniendo el balón en posesión de sus intocables hombres altos. George Mikan, un colosal jugador de 2,08 metros, lideró hasta a cinco campeonatos de la NBA a los Minneapolis Lakers antes de que el reloj de posesión acabase con su dominio del juego.

What to do next is problem for Lakers' Frank Selvy — Calisphere
Frank Selvy con el balón

Tras la norma de los 24 segundos de posesión los tiradores exteriores dejaron de ser una rareza para convertirse en un arma de ataque mortífera. En los 60 Paul Arizin representó al primer gran tirador del que se tiene constancia. Lo hizo no sólo por sus números, sino por ser la primera estrella en levantar los pies del suelo para pasar por encima del lanzador. Arizin (1950-62) fue el divulgador del tiro en suspensión que permitía lanzar con claridad al dejar las manos del defensor atrás durante unas décimas de segundo. Al calor de la innovación de Arizin surgirán leyendas como Bill Sharman, Elgin Baylor o Sam Jones ‘The Shooter’. Este último, ganador de diez anillos de la NBA con los Celtics (1957-69), convirtió el tiro en suspensión apoyándose del tablero en un arte precioso y efectivo, hoy, lamentablemente, en desuso.

Pero el primer gran tirador, el hombre que convertirá el lanzamiento exterior en un arma ofensiva sin parangón, será Jerry West. El ‘logo’, el hombre que con su silueta representa la NBA, fue durante 14 temporadas (1960-74) la vanguardia del lanzamiento en movimiento. West no contaba con puntuales aciertos, sino con una exhibición de tiros con un porcentaje de conversión altísimo. West es el primer exterior que se va más allá del 50% de acierto en tiros anotando entre 25 y 30 puntos por partido. Con él ya está modelada la mecánica de tiro estándar que ha llegado a nuestros días. Suspensión de pies, alzar el tronco y tiro frontal en un rango de seis metros. En tres décadas, el crecimiento de porcentaje de tiro en la NBA aumenta cerca de un 15% por ciento. No es de extrañar que los mejores reboteadores de todos los tiempos se citen en los 60. A partir de entonces el número de fallos desciende y con ello también el número de rechaces.

NBA Finals: Jerry West's fire burns as deep as ever with Warriors - Sports  Illustrated
Jerry West

Véase que me estoy adscribiendo únicamente al baloncesto NBA. Es cierto que jugadores como Emiliano o Manuel Raga fueron consumados tiradores, pero no será hasta el cambio de la década de 1970 con la de 1980 cuando el baloncesto del resto del mundo, concretamente europeo, pueda debatirle ciertos aspectos a la NBA. Hasta entonces los mejores jugadores del planeta jugaban sin discusión en territorio norteamericano. Armenak Alachachian, base armenio del CSKA, era a inicios de los 60 el mejor en su posición en competiciones FIBA. Asombraba a sus compañeros y a sus rivales lanzando el balón a tablero para luego coger el rebote y anotar. El truco de magia levantaba al público de sus asientos, pero evidenciaba la carencia de Alachachian para lanzar a canasta más allá de cinco metros.

Para los 70 el tiro exterior es un arma reconocible. El empleo de la muñeca para abrir defensas y minusvalorar el peso y la altura convierte en leyendas a David Thompson, Julius Erving, George Gervin y, más adelante, a Alex English o Andrew Toney. De igual modo lo hará al otro lado del Atlántico con Serguei Belov y años después con Juan Antonio San Epifanio ‘Epi’. Aun así, convivían estructuras del Antiguo Régimen con otras más propias de la modernidad. Rick Barry (1965-80), excepcional escolta que llegó a promediar 35’6 puntos en una temporada, combinaba una perfecta y refinada suspensión a seis metros con un preciso lanzamiento a cuchara de tiros libres con una efectividad superior al 90%.

En todo caso ya era tan común y estaba tan perfeccionado el tiro de larga distancia que era necesario romper una nueva frontera. Por ello la ABA (American Basketball Association) creó una competición más desenfadada y más pegada al baloncesto callejero que, entre otras innovaciones, planteó la creación de una línea de tres puntos a unos siete metros del aro (oscila entre 6’75 y 7’25 en función de si estamos enfrente de la canasta o lanzamos desde un lateral). Aquella liga feneció abatida por las drogas, las deudas y la falta de público, pero ideas como el triple o el concurso de mates no tardarán en llegar a la NBA.

La ABA era una competición que repugnaba al establishment blanco de la NBA. Así que tuvo que ser un blanco el que rompiera los códigos establecidos. Pete Maravich (1970-80) aún posee el récord de anotación en una temporada en liga universitaria (44’2 puntos sin triples). En su década en la NBA además de acumular jugadas inverosímiles también sumó lanzamientos de siete u ocho metros sin que existiera la línea de triple. En pleno debate sobre la conveniencia o no del triple, aquel blanco irreverente, que no fue más porque no quiso, acumula orgías anotadoras a distancia con lanzamientos a dos pies parados en movimiento que parecen varias décadas adelantadas a su tiempo.

Toda esta evolución en el lanzamiento desde que 80 años antes naciese este deporte dará como resultado el establecimiento en la NBA de 1979 de la línea de tres puntos. En el mundo FIBA hubo que esperar a 1984 para una modesta línea triple de 6’25 metros (corregida a 6’75 de la vertical del aro en la actualidad). La maniobra es concebida para descargar las zonas y hacer más interesante el juego, abriendo la pista ante el continuo aumento de talla de los jugadores y explorando un tipo de baloncesto más rápido y menos espeso.

No One Can Cap The Pistol: Twilight for Pete Maravich, hoops' most talented  loser - Sports Illustrated
Pete ‘Pistol’ Maravich

El experimento comenzó con mucha modestia. Surgieron jugadores que hicieron del tiro de tres puntos su modo de vida como Danny Ainge, Craig Hodges, Dale Ellis o Glen Rice en Estados Unidos o Vladimir Valters, Rimas Kurtinatis, Antonello Riva, Chicho Sibilio, Andrew Gaze o Danko Cvejeticanin en el resto del planeta, pero en general el triple seguía siendo un ‘rara avis’. Los porcentajes aun eran bajos (en torno al 25% general frente al cerca del 40% actual) y los grandes tiradores seguían prefiriendo la media distancia. Chris Mullin, Allan Houston, Drazen Petrovic, el ya citado Epi o el incombustible Óscar Schmidt son recordados como excelsos triplistas, cuando la mayoría de sus puntos provenían de la media distancia.

Quizás el caso más carismático de esta dualidad entre lo viejo y lo nuevo sea el del gran Larry Bird (1979-92). Al igual que en el caso del brasileño Óscar Schmidt (1977-96), la iconografía nos habla de francotiradores cuando la realidad es bien distinta. Cuando Bird estableció su récord personal de 60 puntos en 1985 apenas anotó 1/4 en triples. Pero ‘Larry Legend’ es la viva expresión del triplista, del tirador con rachas de acierto místicas e incomprensibles. Bird dotó de personalidad al triplista que dispone del último tiro para ganar el partido y contribuyó a definir las rachas de tiro como la mayor virtud, esencia y particularidad del tirador, cualidad a la que ningún otro jugador puede llegar. Bird lo hizo a golpe de partidos y títulos de la NBA, pero también gracias a los concursos de triple que él elevó a la categoría de arte al ganarlos con una elegancia y una suficiencia jamás repetida.

Con Bird se inició además una era en la que, paso a paso, el juego pasó a estar definido por los tiradores y no por los interiores. No tenían que ser necesariamente triplistas (Michael Jordan o Dejan Bodiroga), pero el eje del juego pasó de los hombres altos a los exteriores, hasta tal punto que obligó a los pívots a transformarse en tiradores, como veremos más adelante.

Larry Bird también es el tirador lateral más perfecto que nunca haya existido. Según el periodista y estudioso Gonzalo Vázquez (con el que nada tengo que ver) existen cuatro tipos de tiradores: frontal, oblicuo, elevado y lateral. Bird realizaba un lanzamiento lateral, el menos común pero también el más específico gesto de un tirador. Su característica reside en que en la formación del tiro el jugador desplaza el balón a un lado de la cabeza. Al colocarse de perfil la belleza geométrica es cuasi perfecta generando una hermosura para añadir al amplio arco del lanzamiento. Dirk Nowitzki es un genuino seguidor de Bird, y lanzadores laterales también fueron John Stockton, Derek Fischer o Jordi Villacampa.

El más habitual de los cuatro es el lanzamiento frontal. El factor de fuerza cae únicamente en un brazo mientras el izquierdo (si eres diestro) únicamente sirve de apoyo. Existen jugadores que ni siquiera necesitarían del brazo de apoyo para lanzar (Adrian Smith, Dejan Bodiroga), mientras que otros conseguirán unir ambos para lograr resultados excelsos (Allen Iverson, Lebron James, Alberto Herreros o Juan Carlos Navarro).

John Havlicek, como más adelante harán Charles Barkley, Scottie Pippen, Jason Terry o José Manuel Calderón, abría los codos y descargaba la fuerza del lanzamiento en los dos brazos. Este tipo de lanzamiento es llamado el oblicuo, quizás uno de los menos agraciados a la vista. Por último, nos queda el tirador elevado. Como su propio nombre indica en esta posición el balón se pone por encima de la cabeza usando mayor fuerza en los brazos y menos en la suspensión de las piernas. Este tipo de lanzamiento es muy habitual entre los pívots (McHale Olajuwon, Ewing, Duncan, Pau y Marc Gasol), aunque también es usado por jugadores pequeños especializados en lanzamientos de cuatro o cinco metros para sortear tapones del rival (Tracy McGrady o Nikos Galis).

FrontalARRASTRE
Tipos de lanzamiento

“Nunca practiqué el triple. La única vez que practiqué fue para el concurso de 1988. Danny Ainge cogía los rebotes y yo lanzaba desde el lugar correspondiente. Pero nunca en mi carrera me puse a tirar 100 triples después de cada entrenamiento. No sé el motivo por el que no me gustaba el triple. Sólo lo veía necesario en determinadas situaciones”. Larry Bird, un triplista que nunca tiraba triples.

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Tiranos olvidados por el paso del tiempo

Mayo es el mes de los campeones. Las vicisitudes de toda una temporada se resuelven cuando la primavera avanza hacia su esplendor. Tras semanas de alegrías y penas, es por estas fechas cuando el aficionado debe resolver si las unas o las otras son las que quedarán en su imaginario para concluir si ha sido una temporada para el recuerdo o una para el olvido. A veces la tragedia de todo un año se resuelve con un ‘rush’ final apoteósico. En otras ocasiones los gozos semanales se van al traste por una última fecha desventurada. Empero, tras 34, 38, o hasta 42 jornadas, poco se puede objetar sobre la justicia o la injusticia de una tabla clasificatoria.

Así pues, tenemos ya en solfa a varios de esos campeones. Ni siquiera hubo que esperar a mayo para certificar lo que era evidente hace ya unos meses. Es el caso del FC Bayern en Alemania o del Paris Saint Germain en Francia. Es el décimo título consecutivo de los muniqueses en la Bundesliga y el octavo en la última década de los parisinos en la Ligue 1. Rotundo y claro también ha sido el triunfo del Real Madrid en España (a la espera de saber si conecta el interruptor tras tres eliminatorias de pandemónium y logra su 14ª Copa de Europa -pero de eso hablaremos la próxima semana-) o del Porto FC en Portugal, mas en los últimos años han compartido laureles con otros equipos. Lo de muniqueses y parisinos es de una tiranía impropia en unas ligas que se presuponen competitivas y, es de tal autoridad, que no se vislumbra su fin.

Es por ello que me dio por pensar en aquellos equipos que en su día fueron tiranos y que hoy se encuentran en las tinieblas de la historia. Conjuntos que fueron los más grandes, o al menos los más exitosos, y que, o bien no supieron acceder a los nuevos tiempos, o bien fueron superados por otros que hicieron evaporar sus recuerdos. Son grandes campeones ligueros a los que considero adecuado rendir una pequeña remembranza.

Son magnas escuadras hoy perdidas en categorías inhóspitas y olvidadas por el común de los mortales. También los hay que fueron gigantes y que hoy mantienen compostura gracias a su histórico pasado. En la cuna del fútbol, con su vasta historia, hay un buen puñado de casos que referenciar. El más notorio es el del Aston Villa FC, todo un ganador de la Copa de Europa (1982) y el quinto club inglés en número de títulos. Es el Villa un club de élite, de frondoso pasado y buen presente, pero cuyos éxitos se retrotraen a tiempos pretéritos. El conjunto de Birmingham fue el primer gran club inglés, el tirano de la época victoriana. En 1900 sumaba cinco títulos ligueros y tres subcampeonatos en las 12 ediciones disputadas de Liga hasta entonces. Al estallar la I Guerra Mundial contaba con seis ligas y cinco copas y era, de largo, el club más laureado de Gran Bretaña. Hoy es un habitual de la Premier League, pero hace cuatro décadas que no levanta un trofeo.

El gran rival de que aquel Aston Villa era el Sunderland AFC. Hoy a caballo entre la primera y la segunda categoría del fútbol inglés, cuenta con seis ligas en sus vitrinas (las mismas que el Chelsea FC) pero no llega a los cielos desde 1936. Antes de la I Guerra Mundial las ligas inglesas solían ser un mano a mano entre los gatos negros de Sunderland y los villanos de Birmingham. También la I Guerra Mundial cortó la fabulosa trayectoria del Genoa CFC, ganador entre 1898 y 1904 de seis de las primeras siete ligas italianas. El club genovés reverdeció laureles en los años 20 pero desde entonces siempre ha estado a la sombra de la UC Sampdoria con la que mantiene una fuerte rivalidad. El Genoa CFC no gana un trofeo desde 1937.

Otros dos habituales de la Serie A son el Bolonia FC y el Torino FC, ambos conjuntos de renombre, pero ambos con pasado mucho más lustroso que presente. Desde la Emilia-Romaña el Bolonia FC se convirtió en la escuadra triunfadora del Calcio de los años 30. Son siete ligas en total, cuatro de ellas entre 1936 y 1941, así como las Mitropa de 1932 y 1934, una suerte de Copa de Europa de la época. Para la década siguiente el Torino FC cogió el testigo. Con cinco ‘Scudettos’ entre 1943 y 1949 el ‘Grande Torino’ se convirtió en el terror de Europa. Solo la tragedia aérea de Superga pudo acabar con aquel equipo. Desde entonces el dinero de los Agnelli y la FIAT hicieron poderosa a la Juve y dejó al Torino FC instalado como club de provincias.

De provincias también es el Real Unión de Irún, uno de los diez fundadores de la Liga española que no juega en la primera categoría desde 1932. Antes, a la altura de 1927, contaba con cuatro títulos de Copa, tan solo uno menos que el Real Madrid y cuatro veces más que la Real Sociedad, el rival vecinal que acabará fagocitándolo. También de provincias es el Stade de Reims. El club de la capital de la champaña fue dueño y señor del fútbol francés tras el fin de la II Guerra Mundial y hasta inicios de la década de los 60. Desde entonces no sabe lo que es alzar los brazos en señal de victoria. Quizá si Raymond Kopa no hubiese fichado por el Real Madrid y Just Fontaine no se hubiese partido la tibia y el peroné a los 27 años hoy el Stade de Reims sería tan grande como su afamado rival merengue.

En la época del Reims su gran rival era el Racing Club Paris (una liga y cinco copas), hoy un club amateur que nada tiene que ver con el gigante PSG. Pero el gran club francés de siempre es el AS Saint-Ettiene. El rayo verde era, hasta hace nada, la escuadra gala con más títulos ligueros, un total de 10 triunfos acuñados entre 1957 y 1981. A partir de entonces la nada. Ciudad industrial, el declive de Saint Ettiene está ligado al ascenso de la comercial y turística Lyon, situada a apenas 60 kilómetros de distancia.

Y para acabar con este breve repaso, dos contrapuntos procedentes de Alemania. A la altura de 1936 el FC Nuremberg contaba con seis campeonatos teutones. Era un club infinitamente más poderoso que el FC Bayern, su rival regional. Ciudad escogida por los nazis para sus exhibiciones de poder, solo el paso del tiempo ha conseguido eliminar ese estigma, mas su club de fútbol jamás consiguió reverdecer laureles y no gana una Bundesliga desde 1968. Hasta 1958 debemos retroceder para ver la última liga del FC Schalke 04. Tristemente para el club de Gelsenkirchen su época gloriosa va de 1934 a 1942, los años de auge del nazismo. Aún hoy lleva la carga de simpatizante nazi en contraposición a sus encarnizados rivales del Borussia Dortmund, club fundado por un judío gaseado en Auschwitz durante la II Guerra Mundial.

Deutscher Pokal 1940 - Fußball - Schalke 04
FC Schalke 04 en 1940

Pero como decía antes, todos estos clubes (salvo quizás el Real Unión de Irún y el Racing de Paris) son en la actualidad grandes clubes. No exitosos, pero si grandes clubes, conocidos por la amplia masa futbolera. Los diez que he seleccionado se apartan de este axioma. Fueron tiranos del balón y en la actualidad su fama es inexistente o apenas se huele en el interior de sus fronteras. Estos son, en mi opinión, los diez grandes clubes olvidados de la historia del fútbol:

10. Sheffield Wednesday FC (Inglaterra): A decir verdad, el Wednesday sí que es conocido. De hecho, en los 90 acostumbraba a jugar temporada si y temporada también competición europea. Pero cierra esta lista para hablar también del Sheffield United y del Sheffield FC. Este último, fundado en 1857, es el club de fútbol más antiguo del mundo y lleva más de siglo y medio sobreviviendo como institución amateur. Poco más tarde se fundaron el Wednesday y el United. El primero (cuatro ligas – la última en 1930 -) es el gran club de la ciudad. El segundo (una liga en 1898) puede presumir de tener el estadio en pie más antiguo del planeta. Todos ellos convierten a Sheffield en una de las cunas del balompié, en reflejo de la pujanza de los Midlands ingleses, el lugar donde emergió la Revolución Industrial y con ello ciudades, hoy decadentes y antaño transformadoras, que crecieron a dentelladas a base de carbón, acero…y mucho fútbol.

Sheffield Wednesday | Futebol, Logotipo de coruja, Logotipos
Sheffield Wednesday FC

9. Royale Union Saint-Gilloise (Bélgica): Ojo. A la hora de escribir estas líneas el recién ascendido Saint-Gilloise está a un paso de ganar la liga belga. No está nada mal para un club que en 2015 estaba en Tercera y que ganó su último campeonato en 1935. En caso de lograrlo sería el duodécimo entorchado, palabras mayores para el tercer club más laureado del país. ¿Qué pasó entonces? El club del extrarradio de Bruselas fue fundado por emigrantes italianos y españoles y se ganó la simpatía de buena parte de la clase trabajadora de la ciudad. Pero tras la II Guerra Mundial, Bruselas se convirtió en ciudad financiera y diplomática atrayendo a inmigrantes altamente cualificados. El RSC Anderlecht, hasta 1945 un equipo menor, pronto se ganó la simpatía de la ciudad, mientras que el Saint Gilloise pasó a ser el club de los acomodados y de la nueva clase dirigente de la ciudad.

Royale Union Saint-Gilloise
Royale Union Saint-Gilloise

8. Budapest Honved FC (Hungría): Aunque mucho más desconocido es el Ujpest Dozsa FC (20 ligas -la última en 1998-), considero relevante hacer una pequeña reseña del Honved FC. Es el equipo de Bozsik, Czibor, Kocsis y, sobre todo, el de Ferenc Puskas. La base de la increíble selección húngara de los 50 que en seis años solo perdió un partido, la fatídica final del Mundial de 1954. El Honved FC es un grande por lo que hizo entonces y por la leyenda de aquellos jugadores, pero lo cierto es que 13 de sus 14 ligas fueron logradas en el siglo XX. El citado Ujpest, el MTK Budapest y, esencialmente el Ferencvaros TC, cuentan con más palmarés y más masa social.

Budapest Honvéd, F.C. - La Soga | Revista Cultural
Budapest Honved FC

7. FK Dukla Praga (Chequia): Al igual que le ocurre al Honved FC, los recuerdos del Dukla Praga son vivencias en blanco y negro. El equipo de la horrorosa camiseta kétchup fue fundado por el ejército rojo en 1948. A partir de entonces fueron 11 ligas hasta 1982 gracias a leyendas como Josef Masopust, Balón de Oro en 1962. Tras la desmembración de Checoslovaquia y el fin del apoyo financiero del aparato comunista, el Dukla descendió a categorías amateurs por impagos hasta que en 2012 ascendió a la primera categoría donde intenta mantenerse a la sombra de los dos colosos de la ciudad y del país, el Slavia y el Sparta de Praga.

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FK Dukla Praga

6. HVV (Países Bajos): Mucho antes de que los melenudos del Ajax impartiesen cátedra en la década de los 70, el fútbol neerlandés era una minúscula realidad sin interés y atracción más allá de los canales. En aquel primitivo balompié triunfó entre 1890 y 1914 el HVV La Haya, el equipo de la capital administrativa de los Países Bajos y de la justicia europea. Fueron un total de diez ligas y el reconocimiento como el equipo del que es fan la familia real neerlandesa. Desde 1932 no juegan en la máxima categoría y se mantienen vivos como club amateur. Su lugar en la ciudad y en la cima del fútbol holandés lo ocupa el ADO Den Haag (ADO La Haya), un habitual del profesionalismo pero que nunca conseguirá igual el palmarés de sus vecinos.

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HVV

5. Dinamo Dresden EV (Alemania): Quien le iba a decir al Dinamo que la Copa de la Reunificación de Alemania que sorprendentemente la ganó al FC Bayern en 1990 iba a ser su último título. Desde entonces el club que dominó con mano de hierro la liga de Alemania del Este ha pasado por una bancarrota y por un continuo peregrinaje por las categorías inferiores del fútbol teutón. Antes, entre 1953 y 1990, el Dinamo había ganado ocho ligas y siete copas, alcanzó unas semifinales de la Copa de la UEFA y dejó para los anales una histórica y fratricida eliminatoria en la Copa de Europa de 1974 ante el FC Bayern saldada por un total en los dos partidos de 7-6 a favor de Beckenbauer y compañía.

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Dinamo Dresden EV

4. FC Sochaux (Francia): Cuando Armand Peugeot convierta una aldea en el pueblo con una de las mayores fábricas de coches de Francia hará también que su club de fútbol, fundado en 1928, sea de facto un capo de la liga gala. El músculo financiero de la casa Peugeot hará posible la disputa de la primera liga profesional francesa de fútbol en 1933 y el FC Sochaux pronto se convertirá en un asiduo de los primeros puestos ganando el título en 1934 y 1939. Tras el fin de la II Guerra Mundial, el FC Sochaux se mantuvo en la élite, pero fue incapaz de ganar un nuevo título. Luego la familia Peugeot paulatinamente dejó de interesarse por el fútbol en un proceso que culminó con la venta del club a un multimillonario asiático en 2014.

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FC Sochaux

3. Alumni AC (Argentina): Fundado por el escocés Alexander Watson Hutton en 1893, el Alumni AC es toda una institución en Argentina y considerado el equipo más legendario del Rio de la Plata. Hutton fue el que impulsó el ‘passing game’ escocés en Argentina dando pie a un fútbol de toque y regate que pronto llegó también a Uruguay y que haría de estos dos países latinoamericanos las vanguardias del fútbol en la primera mitad del siglo XX. El precursor de este movimiento fastuoso fue el Alumni AC donde convivían argentinos de primera y segunda generación con antepasados británicos. El Alumni AC ganó diez de las primeras doce ligas argentinas (entre 1900 y 1911) hasta que en 1912 decidió disolverse por no aceptar convertirse en un club profesional. Su legado sigue vivo en las camisetas rojiblancas del Club Estudiantes La Plata, cuyos colores rinden homenaje al primer gran campeón sudamericano.

Archivo:Escudo Alumni.png - Wikipedia, la enciclopedia libre
Alumni AC

2. SG Pro Vercelli (Italia): Ente Turín y Milán está Vercelli, un pequeño pueblo medieval dedicado al cultivo de arroz de poco más de 30.000 habitantes. Allí se fundó en 1892 uno de los más grandes clubs que ha parido Italia. Entre 1908 y 1913 el conjunto piamontés ganó cinco ligas y tras la I Guerra Mundial repetiría éxito en 1921 y 1922. Fue tal su popularidad que el Pro Vercelli realizó una gira por Brasil en loor de multitudes. Como ocurrió en tantas y tantas ciudades de provincia europeas, el auge del profesionalismo acabó con el Pro Vercelli ensombrecido por los colosos que al oeste acechaban en Turín y al este en Milán. En el Pro Vercelli jugó Silvio Piola, campeón del mundo y el gran goleador italiano de la preguerra, pero ni él pudo impedir que el equipo descendiese a la Serie B en 1935. A partir de entonces numerosos descensos y varias refundaciones para un equipo que deambula por las categorías menores de una liga que un siglo atrás era suya.

Football Club Pro Vercelli 1892 - Vercelli-ITA | Futebol, Esportes, Italia
SG Pro Vercelli

1. Preston North End FC (Inglaterra): Es tan vasta y tan rica la historia del fútbol británico que muchos grandes equipos se quedan en el camino. Uno de ellos es el Huddersfield Town AFC que dirigido por Herbert Chapman ganó tres ligas seguidas en los años 20. Es Chapman un hombre que merecerá un artículo por sí mismo como inventor, entre otras muchas cosas, de las retransmisiones televisivas o de los números en las camisetas. Pero el más reseñable de estos conjuntos olvidados es el Preston North End. Tanto Preston como Huddersfield son dos ciudades industriales que vivieron tiempos mejores. A diferencia de lo que sucedió en el resto de Europa, en Inglaterra no fue el amateurismo lo que mató a estos clubes. El profesionalismo existe en Inglaterra desde finales del siglo XIX. Lo que mató a estos clubes fue lo mismo que lo que mató a las ciudades que lo acogieron. El paso del tiempo. Solo aquellas que supieron reinventarse sobrevivieron a la era de la industria pesada. Blackpool, Blackburn, Preston, Wigan, Sheffield o Bradford son todas poblaciones en un radio de 100 kilómetros de nulo interés turístico, bastiones del Brexit y que en la actualidad sobreviven como satélites de las gigantes Liverpool y Manchester.

Los 100.000 habitantes de Preston pueden presumir de que su club de fútbol fue el primer vencedor de la Premier (1888-89). La hazaña se completó con un título de copa (por supuesto el primer doblete de la historia). Repitió galardón al año siguiente y acumuló varios subcampeonatos en años venideros. Llegó a ganar una FA Cup en 1938 y ahí se acabó la mística, porque desde 1960 no ha vuelto a militar en la máxima categoría nacional.

Esto es Premier - Fútbol inglés en español - Detrás de los símbolos: Preston  North End
Preston North End FC

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El último partido de la República

Camiseta roja, pantalón azul oscuro y medias sombrías. Con esa indumentaria dijo adiós España al Mundial de Italia 1934 tras caer en un partido de desempate ante los anfitriones y posteriores campeones. Aquel fue uno de los dieciséis partidos que la selección española de fútbol jugó durante la II República. No era más que el sujeto político de la nación que esos futbolistas representaban. Pero España es la España republicana. También en términos futbolísticos.

Del morado en aquella España solo se le conocen los ribetes de las medias. Por lo demás el rojo era el color nacional. El escudo republicano elimina la flor de lis borbónica y la corona real con crucifijo por una muralla almenada que simboliza el poder civil. España nunca jugó de morado. Por si alguien lo pensaba. Si lo hizo en un par de partidos de blanco y en otros de azul celeste, color que se recuperó efímeramente como segunda equipación para le Eurocopa de 2012.

Y fue de azul celeste y pantalón negro como España se enfrentó a Suiza en el estadio Neufeld de Berna el 3 de mayo de 1936. Coqueto estadio de coquetos bancos de madera y que aún hoy mantiene una preciosa pista de atletismo.

Aquel sería el último partido de la selección española de fútbol en época republicana. Habrían de pasar cinco largos años hasta que España vuelva a jugar un partido de fútbol internacional. De los presentes aquella tarde en tierras helvéticas tan sólo Guillermo Gorostiza volverá a enfundarse ’La Roja’.

Aquella mañana, flanqueando las ocho calles de ceniza para atletas y rodeado de vallas publicitarias que hacían de los relojes el producto nacional suizo, la selección española de fútbol formó con Blasco; Zabalo, Aedo, Zubieta; Muguerza, Roberto Arruti; Vantolrá, Luis Regueiro, Lángara, Lecue y Gorostiza. En la segunda parte entraría Vega en lugar de Muguerza por lesión de este último. Quien no disputaría el encuentro sería Guillermo Eizaguirre, guardameta suplente. España se llevaría la victoria por 0-2, tantos anotados en la segunda parte por el fantástico Isidro Lángara y por Simón Lecue con apenas un par de minutos de diferencia.

SELECCIÓN DE ESPAÑA contra Suiza 13/05/1936
El último partido de la República

En aquel equipo no estaba Gaspar Rubio, el delantero que firmó la primera derrota inglesa fuera de las Islas allá por 1929. Tampoco formaban parte del once Jacinto Quincoces y Ciriaco Errasti, la fabulosa pareja de defensores que había deslumbrado en el Mundial de Italia pero que, ya veteranos, no habían sido convocados para este amistoso. Quincoces había formado parte del once ideal de aquel Mundial en el que también brilló Ricardo Zamora, el mejor portero de su tiempo y que apenas unas semanas más tarde iba a jugar su último partido como profesional defendiendo la portería del Real Madrid ante el FC Barcelona. Disputada en Valencia será la última Copa del Presidente de la República, para ser luego del Generalísimo y ahora de Su Majestad El Rey.

En Berna tampoco estuvieron José Samitier, el hombre que había hecho grande al Barça, o el deportivista Chacho, el único futbolista capaz de meter seis goles en un partido con la camiseta nacional. Tampoco Campanal, máximo goleador de la historia del Sevilla FC y artífice de la única Liga que posee el club andaluz. Sirva estos apuntes para calibrar la enjundia futbolística de España, que era una de las candidatas a ganar el siguiente Mundial. Junto a Italia, Austria, y a la espera de saber si los uruguayos cruzarían el Atlántico, muchos apostaban por una victoria hispana en Francia 38.

El caso es que aquel 3 de mayo de 1936 la selección de fútbol jugaría su último partido bajo el escudo republicano. Apenas dos meses más tarde amplia parte del ejército se sublevaría y daría paso a una cruenta guerra que no finalizaría hasta cerca de tres años más tarde con la victoria del autoproclamado bando nacional.

Antes, en 1937, cuando el resultado de la guerra aún era incierto, José Antonio Aguirre organizó una selección para recaudar fondos para la contienda y de paso dar a conocer la situación política de Euskadi en el resto del mundo. Aguirre era entonces Lehendakari y en su juventud había sido jugador del Athletic Club de Bilbao. Aquel equipo se estrenó en Paris y viajó por buena parte de Europa hasta integrarse en la liga mexicana en la temporada 1938-39 bajo el nombre Club Deportivo Euskadi, para luego disolverse con el fin de la Guerra Civil.

La estrella de aquel equipo era Isidro Lángara, un fastuoso goleador del que ya hablamos en artículos anteriores. Lángara es el único delantero que ha conseguido encadenar tres ‘hat-tricks’ consecutivos en la Liga y fue pichichi tanto en España como en México y en Argentina. En América se labró una fama de leyenda y es recordado con devoción. Volvió a España en su vejez, olvidado y exiliado del recuerdo ante la falta de grabaciones que atestigüen su grandeza.

Junto a Lángara otros seis jugadores de Berna formaron parte de la selección de Euskadi. Gregorio Blasco, Serafín Aedo, Ángel Zubieta, Roberto Arruti, José Muguerza y Luis Regueiro. Todos lo hicieron por supervivencia más que por compromiso político. Serafín Aedo era un aldeano que abandonó por vez primera Barakaldo para enrolarse en el Betis al que lideró desde el centro de la defensa a su único título de Liga en 1935. Había firmado una millonada con el Barça para el verano de 1936, pero su ropa y sus enseres quedaron para siempre en una pensión sevillana. Aedo echó raíces en México donde falleció a los 80 años.

Idéntico viaje hizo Gregorio Blasco, tres veces portero menos goleado de la Liga con el Athletic. Como Lángara o Aedo, Blasco triunfó en el Real Club España mexicano donde fallecería también a una larga edad. Casi calcadas se podrían considerar las biografías de José Muguerza (Athletic) o Luis Regueiro (Real Unión de Irún y Real Madrid). Todos fallecerían en la capital federal mexicana en el marco temporal de una década.

No fue esta una decisión política. Fue una decisión deportiva que tuvo consecuencias políticas. O si se prefiere fue simple y pura supervivencia. Aquellos chicos llevaban ocho meses sin jugar al fútbol y el gobierno vasco les daba la posibilidad de escapar del horror de la guerra. Cuando la guerra avance y la victoria franquista sea más que evidente, bien fuese por miedo, por honor o por convicción, la posibilidad de regresar a España se había evaporado. Todos dejaron atrás a alguien. Padres, novias, hermanos. Y todos sabiendo que no era un hasta luego, sino un irremediable adiós.

De aquellos que integraron la selección vasca tan solo Roberto Arruti decidió volver. Una vez las tropas franquistas ocupen el País Vasco se expondrá una oferta de amnistía para que todos aquellos exiliados sin delitos de sangre vuelvan a través de Irún a territorio español. Solo Arruti y Gorostiza (del que hablaremos después) decidirán regresar a España. Arruti pasará a usar entonces su otro apellido, dejará el fútbol y vivirá una vida tranquila y anónima siendo conocido como Roberto Echevarría.

Pero volvamos a México. También allí echará raíces Martín Ventolrá, un fabuloso extremo catalán de fuertes convicciones nacionalistas e izquierdistas. Ventolrá también formó parte de una gira futbolística con fines recaudatorios y propagandísticos, en este caso la que el FC Barcelona hizo por América en 1937. Decidió quedarse en México donde, aparte de hartarse a marcar goles, hizo campaña a favor de la República, a lo que ayudó su matrimonio con una sobrina del presidente mexicano Lázaro Cárdenas. Uno de los hijos de Ventolrá jugará el Mundial de 1970 defendiendo los colores mexicanos. José Ventolrá fue 30 veces internacional azteca.

En aquella última selección de España en tiempos de la II República había también un andaluz y un gallego. Guillermo Eizaguirre era un portero sevillano que llegó a ser seleccionador español en el histórico cuarto puesto del Mundial de Brasil de 1950. Para Eizaguirre el fútbol se acabó al estallar la guerra al igual que para el gallego José Vega (Real Club Celta) que también decidió colgar las botas tras los primeros tiros. También se retiró Ramón Zabalo (nacido en Inglaterra, pero catalán de adopción) aunque este primero escapó a Francia para luego aprovechar la amnistía e instalarse en Viladecans.

Otro que volvió es Ángel Zubieta, pero en el caso de este descomunal centrocampista lo hizo para luego volver a marchar. Su historia es similar a la de Lángara, extranjero en España y español en el extranjero.

Con 17 años Zubieta era el más joven de aquella selección. De hecho, solo fue dos veces internacional con España, aquel día en Suiza y apenas dos meses antes en otro amistoso contra Checoslovaquia. Su récord de precocidad se mantuvo inalterable hasta que el barcelonista Gavi lo batió en 2021. Apenas 21 partidos había jugado Zubieta con el Athletic hasta el estallido de la guerra. Acabó en Argentina y será leyenda de San Lorenzo de Almagro, donde aún hoy es el tercer jugador con más partidos disputados. Celebérrima fue se gira con ‘el ciclón’ por España en 1946 aprovechando los fastos entre Perón y Franco. La gente redescubrió a aquel chaval que era la batuta de un equipo legendario. Zubieta regresó a España con 34 años para jugar cuatro temporadas en el RC Deportivo y luego entrenar a varios equipos con escaso éxito, hasta que decidió volver a Argentina donde falleció en 1985 como icono del balón.

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Ángel Zubieta (izq)

El otro prodigio de aquella selección que contaba entre las favoritas para el Mundial 1938 era Simón Lecue, el autor del último gol en tiempos republicanos. ‘El niño de oro’ era el Iniesta de la década de los 30. Estaba llamado a liderar a la selección en el Mundial. Tras ganar la Liga con el Betis firmó por el Real Madrid donde se esperaba que llevase a los blancos a la gloria. Cuando estalla la guerra Lecue pasaba el verano en su Arrigorriaga natal. Un directivo del Madrid lo trasladó en coche a la capital tras un rocambolesco viaje vía Barcelona, donde se le ocultó como buenamente se pudo. Allí jugó varios partidos benéficos y al acabar la guerra fue sancionado por seis años por “jugar donde no debía”. La pena pronto se rebajó a seis meses y Lecue recuperó su estatus de estrella futbolística en la depauperada España de los 40 tanto en el Real Madrid como en el Valencia CF. Falleció en Madrid en 1984 con tres ligas y una copa en su palmarés.

El único de estos 13 futbolistas que se mostró abiertamente franquista fue Guillermo Gorostiza. Irónicamente apodado ‘Bala Roja’, Gorostiza fue un extremo izquierdo profundo y goleador que formó parte de una delantera histórica del Athletic que lograría ganar tres de los primeros torneos ligueros que se disputaron. Gorostiza se unirá a la selección de Euskadi en 1937 pero, al poco tiempo y sin decirle nada a sus compañeros, resuelve abandonarlos y regresar a España. Es recibido por loor de multitudes por los gerifaltes del bando franquista y Gorostiza pronto se alistará en el requeté carlista. El que había sido dos veces Pichichi de la Liga poco hará más que posar con el fusil con fines propagandísticos, pero su compromiso con el llamado bando nacional era claro.

Al acabar la Guerra Civil volvió al Athletic, pero en la temporada 1940/41 fue traspasado al Valencia CF. Formó la llamada delantera eléctrica junto a Mundo o Epi, y con el apoyo del mencionado Lecue en el centro del campo, aquel conjunto che logró dos ligas y un título copero. Se marchó de Valencia con 37 años, pero estiró su carrera hasta pasados los 40. Acostumbraba a desaparecer durante días y regresaba borracho a los entrenamientos. No supo gestionar su fama y su dinero y acabaría sus días con graves problemas de alcohol. Murió antes de los 60, solo, en una clínica bilbaína, sin el apoyo y el agradecimiento de aquellos que en 1937 lo recibieron con el brazo en alto.

Gorostiza fue el único superviviente futbolístico de aquella tarde primaveral de 1936. Cuando el 12 de enero de 1941 España juegue un amistoso en Portugal (el único país con el que era viable jugar en medio de la II Guerra Mundial) Gorostiza formará en el ala izquierda del ataque español. Lo hizo con el Águila de San Juan en el pecho, incorporada al escudo por los Reyes Católicos y recuperada por el Generalísimo Franco. Lo hizo también sustituyendo los ribetes republicanos de las medias por las rojigualdas y lo hizo con una camiseta azul oscura sobre el torso. Porque al igual que Gorostiza dejo de ser una bala roja tras la Guerra Civil, España pasaría a vestir de azul falangista hasta 1947.

Guillermo Gorostiza of Athletic de Bilbao in 1935. | Athletic, Athletic  club de bilbao, Fútbol
Gorostiza: ‘Bala roja’

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Cuando los goles fuera de casa tenían valor doble

Laszló (Ladislao) Kubala es uno de esos grandes futbolistas que jamás han disputado un Mundial. Recientemente nacionalizado español, Kubala estaba llamado a ser la gran estrella del Mundial de 1954 junto a Ferenc Puskas, con el que curiosamente compartió dos nacionalidades en épocas distintas. Pero para disputar el Mundial la selección española debía superar a la inofensiva Turquía en una eliminatoria a ida y vuelta. En Madrid, los españoles vencieron por 4-1, pero en Estambul hubo sorpresa y los turcos lograron el triunfo por 1-0. Entonces lo que contaban eran las victorias y no la diferencia de goles por lo que se hubo de disputar un partido de desempate en Roma. Allí no pudo jugar Kubala por una protesta de los turcos sobre el pasaporte del que ya antes había sido internacional con Hungría y con Checoslovaquia, caso inédito en el fútbol mundial. El caso es que España y Turquía empataron (2-2) y hubo que recurrir al azar para ver quien acudiría a Suiza’54.

Con una venda en los ojos, un niño de ocho años llamado Franco Gemma hizo de mano inocente. Metió los dedos en una bolsa de tela y extrajo un papel con el nombre de Turquía. Kubala y España se quedaban sin Mundial. Doce años más tarde Italia pudo ganar una Eurocopa gracias a una moneda que salió cara. Lo de las manos inocentes o el ‘cara o cruz’ (‘cara o seca’ en Argentina o ‘águila al sol’ en México) era una injusticia deportiva recalcitrante. Era necesario buscar soluciones.

En los 60 surgieron una vorágine de ideas que trataban de hacer más ofensivo, más atractivo y más justo el fútbol. En primer lugar, se le dio valor al número de goles para desempatar eliminatorias con lo cual un 5-0 ya no era igual que un 1-0. Al final de la década la FIFA admitió el establecimiento de las tarjetas para sancionar las faltas agresivas. Con el mismo fin se permitieron dos cambios por conjunto, con la idea de que cada equipo pudiese reemplazar a futbolistas lesionados o agotados. Más años tardaría en entrar a funcionar la tanda de penaltis que en los 60 se estrenaría en el veraniego Ramón de Carranza, con notable éxito entre público y expertos. Quizás los penaltis no fuesen muy justos, pero eran mucho más que las manos inocentes y que las monedas al aire.

Pero el gran cambio se iba a producir con el valor doble de los goles en las eliminatorias a ida y vuelta. La gota que colmó el vaso se dio en los dieciseisavos de final de la Copa de Europa de 1965. Bolonia FC y RSC Anderlecht hubieron de disputar un partido de desempate en el Camp Nou tras sendas igualadas en la ida y en la vuelta. Tras los noventa minutos de juego persistía el empate sin goles por lo que el partido tuvo que ir a la prórroga. Tras la disputa de dos prórrogas (se disputaban tantas como el cuerpo aguantarse) se consensuó que el pase se decidiría con el lanzamiento de una moneda al aire. El colegiado español Zariquiegui hizo los honores y la moneda cayó de canto en la hierba. Hubo que lanzarla una segunda vez con feliz resultado para los belgas y airadas protestas por parte de los italianos.

El valor de los goles fuera | Deportes | EL PAÍS
Risas. La moneda cayó de canto

Así que la UEFA decidió poner en práctica un experimento para la campaña 1965-66. Lo haría en la Recopa, la entonces tercera competición continental. La norma establecía que, en caso de empate a goles en la eliminatoria, pesasen el doble los anotados como visitante. Se trataba, además de evitar polémicas, de estimular al conjunto de fuera a jugar al ataque en una época donde el ‘catenaccio’ reinaba por el mundo entero. Los goles fuera, eso sí, solo tenían preferencia cuando había empate sumados los dos partidos. Obviamente si tras un 0-0 se perdía por 3-2 uno quedaba eliminado. No es que los dos goles a domicilio valiesen cuatro.

El caso es que esa temporada no hubo ningún partido donde se pudiese aplicar la nueva norma, mientras que en la Copa de la UEFA hubo hasta dos que tuvieron que resolverse con el lanzamiento de moneda. Para la temporada siguiente (66-67) tenemos el primer caso que se resolvería favorablemente para el Standard de Lieja que perdió 2-1 en Leipzig e hizo bueno el gol fuera de casa al vencer 1-0 a los alemanes en el partido de vuelta disputado en Bélgica.

Para la temporada 1968-69 veremos el primer caso en la Copa de Europa, la reina de las competiciones de clubes. Quiso la fortuna que el primer perjudicado fuese el rey de la Copa de Europa.

Eran los octavos de final y se enfrentaban el Real Madrid y el Rapid de Viena. En la capital austríaca venció el Rapid por 1-0 ante un Madrid que acusó las bajas de Amancio y de Gento. En el Bernabéu, Velázquez adelantó a los suyos antes del descanso, pero justo tras la reanudación empatarían los centroeuropeos. A partir de ahí habría acoso y derribo por parte merengue pero que solo se concretaría con un gol de Pirri en el minuto 81. El Real Madrid había vencido por 2-1 pero caía eliminado por el valor doble de los goles marcados fuera de casa.

Con el valor doble de los goles, la prórroga de 30 minutos y los penaltis se estableció una norma que acotó el tiempo de los partidos, solucionó problemas de calendario y dio más emoción a las eliminatorias. Faltaba una duda por resolver; ¿el valor doble de los goles también tendría validez durante la prórroga?

Nada decía la norma sobre esta particularidad y como suele pasar hubo que esperar al caso práctico para la polémica y la posible resolución del conflicto. Seria en la temporada 1971-72 en una eliminatoria de Recopa entre Glasgow Rangers y Sporting de Lisboa. Ambos equipos vencieron por 3-2 como locales por lo que hubo que ir a una prórroga en el partido de vuelta. Era en Lisboa. Allí marcaron tanto portugueses como escoceses. 4-3 a favor del Sporting. 6-6 en el total. Hubo penaltis. Y en los penaltis salió victorioso el Sporting.

Pero el Rangers no estaba de acuerdo. Fue un periodista escocés el que puso el grito en el cielo. Si la prórroga forma parte del partido, ¿por qué no han de tener también los goles fuera de casa valor doble? La UEFA dio razón al Rangers e invalidó los lanzamientos de penaltis. El Rangers pasó de eliminatoria (por cierto, acabaría ganando el trofeo) y quedó establecido que los goles fuera de casa valdrían doble tanto dentro como fuera de los 90 minutos.

Historias del fútbol: El Rangers elimina milagrosamente al Sporting de  Lisboa (1971) - AS.com
Rangers vs Sporting

La regla del valor doble de los goles en campo contrario feneció en el verano de 2021. La temporada 2021-22 está siendo la primera con la nueva normativa. Ahora da igual vencer o perder por 1-0 que por 4-3. Se mantienen, eso sí, la prórroga y los penaltis, que con todo siguen siendo la forma más justa y rápida de resolver una eliminatoria. De la misma forma que en los 60 se consideró que ayudaba al fútbol ofensivo, en los últimos tiempos se había observado que en los encuentros de ida los equipos de casa se parapetaban defensivamente para evitar un gol que se había convertido en un tesoro para el visitante.

Según la UEFA, si a inicios de la década de 1980 la correlación entre victorias caseras y a domicilio era del 61-19%, en la actualidad es 47-30%. De igual modo la correlación de goles era 2,02-0,95 por los 1,58-1,15 del presente. Esta reducción de la importancia entre ser local o visitante hace inútil, en opinión del máximo organismo del fútbol europeo, beneficiar al que juega fuera de casa.

Es el fin de una regla que ha estado presente en la vida de todos los futboleros, desde los que han vibrado con Messi o Cristiano hasta los que vieron patear un balón a Pelé o Di Stéfano. Pero los tiempos cambian y las reglas con ellos.

“La mayor calidad de los terrenos de juegos, la estandarización de las dimensiones, la mejora de las infraestructuras, el arbitraje (el VAR), la mayor y mejor cobertura televisiva, las condiciones más cómodas de los desplazamientos de los equipos, un calendario comprimido que impone la rotación de las plantillas y los cambios en los formatos de las competiciones son los motivos del fin de la regla” Comunicado de prensa de la UEFA sobre el fin del valor doble de los goles a domicilio.

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La ambición de Europa

Cuentan que, cuando en la década de 1960 la NASA entrenaba a sus astronautas para llevar al ser humano al cosmos, se adentraron en parajes desérticos de aspecto lunar en el que habitaban comunidades de nativos americanos. Un anciano sioux observaba en silencio a aquellos hombres de trajes galácticos cuando uno de ellos se acercó a saludarlo. El anciano se le arrimó y le dijo: “La gente de mi tribu cree que en la Luna viven espíritus sagrados; ¿Le puedo dar un mensaje para cuando lleguen allí arriba?”. El astronauta asintió y el sioux pronunció unas extrañas palabras en su lengua nativa. El conductor espacial le preguntó que significaban, pero, sin suerte, ya que el anciano le dijo que era un secreto. Fue cuando llegó a las instalaciones de la NASA cuando un traductor, tras soltar una carcajada, le comunicó cual era el mensaje que el anciano sioux quería enviar a los espíritus de la Luna:

“No creáis ni una palabra de lo que os diga esta gente blanca. Solo han venido hasta aquí para robaros vuestras tierras”.

¿Por qué Europa conquistó el mundo? La historia de Europa es una historia de ambición y de expansión del conocimiento. Cuando en 1492 un grupo de intrépidos hombres al bordo de una carabela de nombre Santa María aviste tierra en el Caribe lo harán por el afán de obtener riquezas y poder, pero, mayormente, para obtener nuevos conocimientos. Quizás lo reos que poblaban el barco no pensasen así, mas la intención de Colón era aumentar su saber. ¿Qué hay más allá de ese punto? Comprender como el continente más pequeño en extensión y de escasos recursos naturales pudo dominar el mundo es entender un acervo de conocimientos jurídicos, culturales o religiosos. Las expediciones eran una forma de buscar respuestas.

Luego vino la Revolución Industrial y transformó los horarios convirtiendo el tiempo en patrón para todas las actividades humanas. En el medievo había un reloj en la plaza del pueblo. Ahora Greenwich dicta los designios de la vida. La cadena de montaje, los medios de comunicación y la familia son esclavos del reloj. El progreso lo hizo trastornando la sociedad. La urbanización, la desaparición del campesinado y aumento del proletariado, la atribución del poder al individuo, la democratización o la cultura juvenil. Pero todos estos trastornos quedan empequeñecidos ante el cambio más trascendental en la historia de la humanidad: el fin de la familia y la comunidad en sustitución por el Estado y el mercado.

Hasta tiempos no muy lejanos los humanos vivían en comunidades pequeñas y su vida giraba alrededor de una familia. Cuando una persona enfermaba, la familia cuidaba de ella. Cuando envejecía, la familia le asistía y los hijos eran el fondo de pensiones. Cuando uno moría, la familia se hacía cargo de los huérfanos. Si quería construir una casa, se le echaba una mano. Si quería montar un negocio, se le prestaba dinero. Si quería casarse, la familia daba el visto bueno. Y si el problema era tan grande que la familia no lo podía solucionar, era la comunidad la que se encargaba de ejercer de banco y policía sin pedir nada a cambio.

Se trabajaba en el negocio familiar o en el de un vecino. La familia constituía el sistema educativo, el de salud, el fondo de pensiones o la industria de la construcción. Y el banco o las noticias o la policía eran proporcionados por la comunidad en la que se vivía.

Hoy así solo viven los gitanos.

Había reinos e imperios, claro que sí. Construían carreteras y pedían impuestos. Pero era un ente lejano que no se metía en el día a día de la comunidad. No había excedentes y lo poco que se conseguía de más era dado al señor a cambio de protección. Pero los reinos no hacían de trabajadores sociales, médicos o profesores. Además, las dificultades logísticas y de transportes hacían inviable intervenir en asuntos que se consideraban entonces triviales.

Esto implicaba que una persona que perdiera a su familia o, simplemente, una familia que no fuese aceptada por su comunidad, solo tuviese como alternativa para sobrevivir emigrar o convertir a sus hijos en soldados y a sus hijas en criadas o furcias.

Todo cambió de manera radical hace apenas dos siglos, algo ínfimo en la historia de la humanidad. La Revolución Industrial proporcionó al Estado medios de comunicación y transporte y puso a disposición del gobierno un ejército de funcionarios. Al principio las familias y sus comunidades fueron reacias a que sus hijos fuesen adoctrinados por sistemas educativos nacionalistas, que se alistasen en el ejército o que se trasladasen a la deshumanizada ciudad. Pero, con una celeridad inusitada, esos cambios se hicieron efectivos.

El Estado enviaba a sus policias para solucionar las disputas familiares y el mercado ofrecía más y más productos que eliminaba las costumbres de las comunidades.

Pero la forma en la que el Estado derrumbó para siempre el concepto de familia fue cuando convirtió al individuo en un ser superior. En un dios por sí mismo. Se le dijo al ser humano que era libre de casarse o no, de conseguir trabajo en cualquier lugar y de vivir donde uno quisiera. Ya se encargaría el Estado de ejercer de sustento, refugio, educación y bienestar. Ya se encargaría el mercado en darte todo cuanto te puedas imaginar. Ni siquiera Dios era ya un impedimento real. Ni el sexo ni la apariencia (aborto, cirugía estética) están fuera de nuestro alcance.

Y todo esto surgió en Europa debido a un proceso evolutivo que llevó a buscar respuestas a las preguntas. A usar la lógica y la razón. A explorar nuevos horizontes por el simple hecho de saber.

Por qué no se han encontrado las carabelas de Cristóbal Colón? | National  Geographic
Rumbo a lo desconocido

Volvamos al inicio de esta historia. Cuatro siglos antes que las carabelas españolas arribasen en lo que hoy es la República Dominicana, dragones vikingos llegaron a tierras norteamericanas. Siete décadas antes que Cristóbal Colón perpetrase lo imposible el almirante chino Zhou Man exploró las costas sudamericanas. Quizás los escandinavos no tenían la tecnología adecuada para ir más allá de Terranova, pero los asiáticos contaban con los medios suficientes. ¿Por qué entonces el avance vino desde Europa? Porque para los europeos el objetivo era expandir su conocimiento y abrir nuevos mundos. La expedición de Zhou Man pretendía demostrar que se podía hacer. La de Colón tenía como objetivo hacerlo para comprender porque se podía hacer.

De igual modo el deporte contribuyó a unir diferentes culturas y hacer más fácil la comprensión entre los que llamamos colonizadores y colonizados. Facilitando la comunicación y la razón, el deporte une diferentes mundos y ayuda a romper barreras culturales e idiomáticas. Cuando en el siglo XIX los docentes británicos codifiquen los deportes, el rugby o el criquet servirán de quilla para penetrar en lo desconocido.

El carácter emprendedor está en la misma idea de deporte. Para los británicos la idea de récord deportivo o la idea de apuestas está intrínsicamente ligada a la obtención de beneficios. El mensaje social era el de que quien obtuviera mejores resultados tendría garantizada una mejor y mayor producción industrial. Para ello era esencial el reglamento o la figura del árbitro que, como las leyes o el juez, garantizaba una pelea socialmente justa por un bien mayor.

Se crearon clubes deportivos por todo el mundo que emulaban a los fundados en Europa (concretamente Gran Bretaña) para reforzar las redes sociales de la élite, pero, al mismo tiempo, para dar voz y presencia a lo desconocido. No existió mayor forma de integración y comprensión de nuevas realidades que a través de la expansión del deporte.

La culminación de este proceso es la creación de los Juegos Olímpicos modernos en la Atenas de 1896. En los Juegos sólo existen disciplinas de origen eurocéntrico. Tan solo con el transcurrir de las décadas los deportes norteamericanos (baloncesto, voleibol…) cuestionarán tal afirmación, aunque desde mediados del siglo XIX todos conforman lo que llamamos Occidente. Solo el paso del tiempo, y un largo paso del tiempo, hará participes de los Juegos a deportes no europeos como el judo (Japón) o el taekwondo (Corea).

Al igual que le paso a Zhou Man, al resto de los chinos nunca les interesó expandirse más allá de sus fronteras. En tan milenaria y rica historia tan sólo cuentan con las últimas tres décadas como experiencia en política internacional. Fueron los europeos los que establecieron comunicación e intercambio con los asiáticos que, con la excepción de los mongoles, jamás experimentaron la necesidad de expandir sus conocimientos y buscar respuestas más allá de sus fronteras.

Al igual que el fútbol, el tenis o el rugby surgieron en la Gran Bretaña victoriana, otros deportes nacieron en Asia en la época contemporánea. En Tailandia surgió el sepak takraw, un deporte parecido al voleibol en el que solo puedes pasar la pelota al otro campo con los pies o con la cabeza. El kaddadi, deporte nacional en Bangladesh, es una especie de balón prisionero que levanta pasiones en el Asia meridional. Luego hay otras disciplinas mucho más conocidas y expandidas como el judo (Japón), taekwondo (Corea) o bádminton (India), pero aun así de escasa relevancia fuera del continente asiático. El ping-pong, deporte nacional chino, es practicado en millones de plazas y parques de todo el país gracias a la extensísima red de tablas de tenis instaladas desde los años 60. Y, no obstante, el ping-pong fue inventado en Gran Bretaña.

Ninguno de estos deportes ha sido capaz de servir de ariete para la expansión cultural asiática o como acerbo de comunicación y de intercambio de conocimientos. Si los europeos fundaron clubes deportivos por todo el mundo y alentaron la presencia y la práctica deportiva de los nativos, los asiáticos nunca cultivaron esa necesidad. La apertura y el crecimiento de Asia en las últimas décadas se mide en términos económicos, nunca en culturales. Es más, la integración de las artes marciales (las disciplinas más cosmopolitas de Asia) se debe al interés y la curiosidad occidental, jamás a una ambición asiática de extenderse más allá de sus fronteras.

Sepak takraw - Wikipedia, la enciclopedia libre
Sepak tekraw

Son el tenis, el baloncesto y el futbol los tres deportes que podríamos catalogar como globales, con amplia red de consumo y práctica en los cinco continentes. El primero es un deporte individual y los otros dos grupales, pero tanto en el baloncesto como en el fútbol la búsqueda del ídolo es incesante.

El individualismo. El individualismo es un proceso que va más allá de la Revolución Industrial. Es la era del posconsumismo o del posfordismo. Una era donde la individualidad es religión. La autoridad de los padres era sagrada. Hoy es violada continuamente. Cada vez se comprende más que un hijo desobedezca a sus padres y que los jóvenes culpen a sus padres de todo lo que no funciona en sus vidas. El individualismo no es una realidad surgida en Europa. Es estadounidense. Estados Unidos es el hijo que desobedece al padre. Juntos, norteamericanos y europeos, conforman el dominio de la cultura occidental.

Pero la individualidad ha tenido un precio. Por sí mismo el individuo no es capaz de enfrentarse al Estado. Al perder la noción de familia, el individuo se siente alienado y amenazado. Ha perdido sus necesidades íntimas, ha perdido lo que se daría en llamar ‘el sentido de la vida’.

Un sentido que ahora le otorga el consumo. Porque no somos individuos, somos consumidores que afrontamos continuos cambios radicales que nos impiden ser intergeneracionales. Confusos y solos hemos abandonado la fe por la razón ya que, ¿para qué creer en una vida mejor si esta vida nos ofrece todo lo que se puede soñar? Pero la razón no lo es todo en la vida, porque la vida es por definición imperfecta, pero somos tan tercos, tan necios, que en vez de buscar refugio en lo que fuimos renegamos de ello y buscamos otros referentes que nos hagan ser felices.

Ahí es donde el consumismo gana adeptos. Cuanto todos pensamos, hablamos, vestimos o comemos como se nos manda. O en el nacionalismo, glorificando mitos, símbolos y personajes a los que hemos exprimido para hacer propios. Y es en el deporte donde estas dos nuevas religiones terrenales, el consumismo y el nacionalismo, confluyen para llenar los espíritus vacíos de le era postindustrial.

Fue en Europa donde surgió el deporte, el romanticismo, las ideas nacionalistas y el consumo de masas. Es la vieja Europa la de la cultura, los mitos, el amor, las pasiones nacionalistas y la que dicta los cánones de la moda. Y es la vieja Europa la que comprendió el poder del deporte para colonizar, para vislumbrar y para intercambiar conocimientos. Fue Occidente, y solo Occidente, quien tuvo la audacia, el ingenio y, mayormente, la inquietud y la curiosidad de buscar respuestas y rebasar los límites del conocimiento.

El fútbol femenino también es un deporte de masas
Deporte de masas

“Una comunidad política no se sostiene de la nada o por conveniencia racional. Si no hay un cuento común a todos sus miembros (un cuento se puede discutir, matizar y reescribir) no hay forma de que un país funcione. Pero si el cuento es demasiado rígido y unívoco, como ocurre cuando está en manos de nacionalistas y se impone por decreto, la comunidad política acaba también disgregándose por asfixia. Un país obsesionado por su mitología es una dictadura inhabitable. Un país sin mitología, en cambio, no existe. Encontrar el equilibrio es el reto del patriotismo constitucional reformulado que no desprecia los sentimientos, aunque sí el sentimentalismo”.  Sergio del Molino. “Contra la España vacía”:

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El partido de la muerte

A inicios 1942 gran parte de la Rusia europea estaba ocupada por la Alemania nazi. Uno de esos territorios era Ucrania, una inmensa y rica planicie industrial y agrícola del tamaño de España con capital en la esplendorosa Kiev. Para Occidente aquello fue, era y es Rusia. Nada más lejos de la realidad. Ucrania formaba parte de la Unión Soviética como una de sus repúblicas y, aunque sus vínculos con Rusia eran tanto reales como ficticios, tenía, y tiene, una autonomía histórica independiente de Moscú.

Fue en el siglo IX cuando una masa de escandinavos estableció, con epicentro en Kiev, un territorio que ocupaba buena parte de lo que hoy es Ucrania y atravesaba el río Dniéper hasta llegar al actual noroeste de Rusia. Ese territorio era conocido como Rus e iría creciendo de tal manera que acabaría teniendo dos ciudades principales, una al sur y otra al norte.

Tras la invasión mongola el Rus fue absorbido por los súbditos de Genghis Kahn. Cuando en el siglo XV los mongoles sean un recuerdo, la realidad a la que se enfrentará el Rus será muy diferente a la de sus orígenes. El Rus se habrá dividido en dos. El rus (los ucranianos) formarán un amplio territorio llamado Gran Ducado de Lituania. Al norte estará el Gran Principado de Moscú. Con el tiempo, unos y otros se irán enemistando dado que el Gran Ducado de Lituania procesará el catolicismo y el Gran Principado de Moscú la fe ortodoxa. Debido a que los ucranianos eran ortodoxos y los polacos (los otros integrantes del Gran Ducado de Lituania junto a los propios lituanos) católicos era cuestión de tiempo que la unión se rompiese. De este modo Catalina la Grande iniciará una serie de campañas militares que convertirán a Moscú (ya de facto el Imperio Ruso) en la potencia dominante de la zona y absorberá los territorios ucranianos.

Para entonces ya se hablaba de Ucrania y de Rusia. El problema es que para los rusos el territorio ucraniano era el corazón de su Imperio. No en vano la palabra ‘Rus’ tiene su origen en Ucrania. Es más, la única salida posible al Mediterráneo de los rusos estaba en Crimea, una península a los pies de Ucrania. Sin Crimea, los mercantes y los buques de guerra rusos estarían inmovilizados por culpa del hielo invernal y estarían a expensas de los alemanes y del embudo que forma el Mar Báltico en el estrecho de Kattegat. A finales del siglo XVIIII Catalina inició una política de rusificación que continuaron sus sucesores expulsando a los cosacos de Ucrania (sí, los cosacos son ucranianos) y a los tártaros de Crimea (si, los tártaros tampoco son ‘rusos’).

El mapa político de Ucrania - Mapas de El Orden Mundial - EOM
Ucrania

Así pues, cuando en 1917 triunfa la Revolución Bolchevique y la familia del Zar es asesinada, los ucranianos verán el cielo abierto y proclamarán su independencia. Será un movimiento efímero ya que, abandonados por Occidente, no les quedará más remedio que aceptar lo inevitable y Ucrania será una de las repúblicas autónomas que formarán parte de la URSS. Pero Rusia no olvidará la afrenta y Stalin mandará matar por hambre a más de cuatro millones de ucranianos en la década de 1930 al confiscar las reservas de cereales ucranianas para llevarlas a los territorios más dóciles de la Unión Soviética.

Volvamos pues a 1942. Decía que Ucrania estaba ocupada por Alemania. En un primer momento los ucranianos vieron a los alemanes como libertadores. Fue una ficción. Para Hitler todo aquello más allá del Oder formaba parte del ‘Lebensraum’. Para el pensamiento nazi tanto polacos como rusos o ucranianos eran lo mismo, subhumanos que había que eliminar o esclavizar para que los arios tuviesen el espacio vital que necesitaban para existir.

Tras la debacle de Stalingrado, y ante el más que probable colapso del Reich, los nazis enarbolaron banderas nacionalistas para intentar poner de su lado a la población autóctona. Nació así el Ejército Ruso de Liberación de Andrei Vlasov y la Organización de Nacionalistas Ucranianos. Los esfuerzos fueron en vano, dado que, aunque estos grupos querían librarse de los comunistas, también eran conscientes de que la alternativa no era ni la democracia ni la independencia, sino el exterminio nazi. El fracaso de estas iniciativas se contempla con los números. Apenas 300.000 soldados integraron la Organización de Nacionalistas Ucranianos, mientras que se estima que unos seis millones (muchos de ellos forzados) formaron las filas del Ejército Rojo.

kiev 1942 – Kiev Private Tours
Kiev. 1942

— EL PARTIDO DE LA MUERTE —

Entre aquellos chicos obligados a combatir en el Ejército Rojo estaban los futbolistas del Dinamo de Kiev. Fundado en 1927 como el equipo de la policía soviética, el Dinamo gozaba de gran reputación, aunque su nivel era inferior al de los equipos de Moscú. Cuando en septiembre de 1941 los alemanes ocupen Kiev varios de aquellos futbolistas acabarán en un campo de concentración, bien por servir al Ejército Rojo o bien por formar parte de la defensa civil de la ciudad.

Los meses pasaron, el invierno llegó y el hambre hizo su aparición. A inicios de 1942 Mykola Trusevych, portero del Dinamo, fue liberado de prisión y deambulaba por la ciudad en busca de un trabajo. En uno de esos días aciagos se tropezó con Iosif Kordik, un fanático del Dinamo de Kiev que lo reconoció enseguida. Trusevych estaba demacrado y extremadamente delgado por lo que Kordik no dudó en ofrecerle trabajo en la panadería que regentaba un par de manzanas más allá. Kordik había podido mantener su negocio intacto al ser de ascendencia alemana.

A Kordik se le cayó el alma a los pues cuando vio a Trusevych. Lo que antes era un hombre fornido y elástico era hoy un amasijo de huesos. Lo empleó como barrendero en la tienda, la mayoría de las veces sin sueldo, pero lo que nunca le faltaría sería que comer. Pronto Trusevych comenzó a ganar peso y a Kordik se le ocurrió la idea de formar un equipo de fútbol patrocinado por la panadería.

Trusevych se mostró encantado con la idea. Aquel panadero le había dado trabajo, pero sobre todo le había devuelto la dignidad. Comenzó a recorrer los barrios de Kiev puerta con puerta buscando a sus antiguos compañeros. No era tarea fácil. Alguno estaba preso, otros fallecidos y el resto estaban desperdigados por la ciudad.

Al cabo de unas semanas Trusevych había reunido a un grupo heterogéneo formado por ocho antiguos futbolistas del Dinamo de Kiev y tres jugadores del Lokomotiv de Kiev. Todos se reunían en la panadería estatal número 3, el establecimiento regentado por Kordik, para charlar de la vida, de fútbol…y para comer.

Aquellos chicos formaron el FC Start.

Su historia pasaría a ser legendaria.

Los nazis, en su intento por dar normalidad a la ocupación, organizaron un campeonato de liga en la ciudad. Participarían un total de seis equipos. Dos conjuntos alemanes y otros dos formados por las guarniciones rumana y húngara de la ciudad. Las otras dos escuadras serían el FC Start y el conjunto hecho con los colaboracionistas ucranianos. Éstos últimos serían los únicos que podrían jugar como locales en el antiguo estadio nacional.

El primer partido del FC Start fue contra los colaboracionistas ucranianos y se saldó con una clara victoria (7-2). La siguiente víctima fueron los húngaros que, al igual que los rumanos, eran aliados de los nazis y solían ocuparse de las zonas ya conquistadas, dado que el Alto Mando alemán confiaba poco de sus dotes en el campo de batalla. Decía que el FC Start se enfrentó a los húngaros logrando una fácil victoria (6-2). Más apabullante sería la siguiente ante la guarnición rumana (11-0) o la lograda ante los militares alemanes (9-1).

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La única foto conocida del FC Start

Por entonces la fama del FC Start ya era conocida en Kiev y en buena parte de Ucrania. Estaba claro que los rivales eran simples aficionados y que el FC Start estaba formado por futbolistas de verdad, pero cada pequeña victoria henchía el orgullo de los ucranianos, los cuales veían cada gol como una patada a la vanidad de los ocupantes.

Conscientes de que las victorias del FC Start podían inspirar a los ucranianos y disminuir la moral de las tropas del Eje, las autoridades nazis tenían la esperanza en que el Flakeif lograse vencer a esos rebeldes. El Flakeif era el equipo de la Luffwaffe, las fuerzas áreas, y allí era donde servían la mayoría de los antiguos futbolistas alemanes. Antes el FC Start volvió a vencer a rumanos y húngaros por 6-0 y por un ajustado 3-2 respectivamente. Cabe señalar que por entonces Hungría era una potencia futbolística de primer nivel, y aunque solo se tratasen de futbolistas aficionados, la victoria contaba con cierto prestigio.

Que aquellos futbolistas desarrapados humillasen al Reich era inaceptable. Y lo fue mucho más cuando el FC Start derrotó al Flakeif por un clarísimo 5-1. Mal equipados y alimentados, aquellos futbolistas ucranianos estaban poniendo en tela de juicio tanto el orgullo alemán como las teorías raciales nazis. Sin apenas tiempo para recuperarse, apenas 72 horas más tarde se programó la revancha entre el Flakeif y el FC Start. El partido se jugaría en el estadio nacional Zenit de Kiev, antes conocido como Estadio Rojo y en la actualidad renombrado Estadio Olímpico de Kiev. Se trataba de un coloso de cemento capaz de acoger a cerca de 70.000 espectadores a pesar de sufrir diversos desperfectos por culpa de varios bombardeos.

Ya no era un partido de campeonato. Era una revancha a vida o muerte.

Los días previos la comida comenzó a llegar en tropel a la parte de atrás de la panadería de Kordik. Junto a la carne o los huevos llegaban también mensajes de ánimo y lágrimas de orgullo ante lo que aquellos chicos estaban haciendo. Aparecieron también nuevas camisetas y hasta alguna bota de fútbol usada.

El 9 de agosto el FC Start y el Flakeif saltaron al césped del Olímpico de Kiev ante una multitud callada, pero con el pecho henchido de júbilo. En el palco varios gerifaltes alemanes. En el circulo central, el colegiado. Un oficial de las Waffen-SS, el cuerpo de élite del entramado nazi, sin más conocimiento del reglamento que el de ayudar lo máximo posible a los suyos. Los ucranianos sabrían que el arbitraje sería tendencioso y mucho más cuando minutos antes del partido reciban la visita de un miembro de las SS que les advertiría de las funestas consecuencias de una nueva victoria.

Como era de esperar el Flakeif hizo gala de su poderío físico ante la impasibilidad del árbitro. Así llegaría el primer tanto. Trusevych recibió una patada en la cabeza en un tumulto en el área, y mientras el portero ucraniano se recuperaba, los alemanes anotaron el primer gol a puerta vacía.

El partido transcurrió y las fuentes orales hablan de tirones de pelos, agarres de camiseta, puñetazos en el estómago y violentas patadas en la espinilla, todas con el beneplácito del colegiado. Aun así, el FC Start logró anotar tres goles antes del descanso, uno de ellos tras un precioso zig-zag entre varios defensores de Makar Goncharenko, seguramente el futbolista con mayores cualidades técnicas de los allí presentes.

En la segunda parte el FC Start acusó los golpes y el cansancio. Llegó a anotar dos tantos más, que rápidamente fueron contrarrestados por los nazis. El marcador señalaba un 5-3 a favor de los ucranianos cuando Kimilenko, defensa central de los locales, avanzó con la pelota, sorteó a varios rivales y se plantó delante del portero alemán engañándole con un golpe de cadera hasta encontrarse con la portería vacía. Fue entonces, cuando en lugar de anotar un gol, decidió darse la vuelta y pegar un pelotazo dirigido al público mientras alzaba los brazos en señal de victoria.

Los casi 70.000 espectadores rugieron como si no hubiese un mañana.

Faltaban aún unos minutos para el final del encuentro, pero el árbitro decidió pitar la conclusión antes de tiempo.

Aquello iba a tener consecuencias. Ya habían sido advertidos.

La afrenta resquebrajó la sonrisa hierática de los ocupantes nazis. Sí, el FC Start era un equipo de ex futbolistas. Pero eran seres humanos mal alimentados, con profundas cicatrices por la represión y con el miedo azuzando sus cabezas. Era subhumanos que habían vencido a la élite del ejército más poderoso jamás visto.

Una semana más tarde, el 16 de agosto de 1942, el FC Start venció a otro equipo alemán por 8-0. Al día siguiente los jugadores ucranianos fueron arrestados por orden de la Gestapo acusados de ser espías soviéticos. En realidad, todos eran miembros del Partido Comunista porque para jugar al fútbol en la Unión Soviética era obligatorio afiliarse al partido. Nikolai Korotkykh murió torturado mientras el resto de la plantilla fue enviada a un campo de concentración. Cuatro compañeros más acabarían falleciendo, entre ellos el portero Mykola Trusevych, el impulsor de esta epopeya.

A finales de 1943 los soviéticos liberarían Kiev de la ocupación nazi y la historia saldrá a la luz por vez primera. Lo hará con sordina, dado que serán acusados por Moscú de “confraternizar con el enemigo” por aceptar jugar partidos de fútbol contra los nazis. Los tres supervivientes tuvieron que callar hasta que tras la muerte de Stalin el régimen comunista decida abrir algo la mano. Fue entonces cuando gracias al esfuerzo de Makar Goncharenko, uno de los tres supervivientes, la historia pase a ser ‘vox populi’ debido a la publicación de un libro. Inmediatamente aquellos chicos del Dinamo de Kiev se convirtieron en héroes nacionales ucranianos y en héroes soviéticos en Rusia y en el resto de la Unión Soviética. Fue tal la fama que en 1981 se inauguró un grupo escultórico conmemorativo a las puertas del Estadio Olímpico de Kiev, que durante unos años fue rebautizado como Estadio FC Start.

Mitos y verdades sobre el "partido de la muerte": el día que un equipo  ucraniano venció a soldados nazis - Infobae
Estatua en los aledaños del Estadio Olímpico de Kiev

Por entonces ya Crimea formaba parte de Ucrania. Tras la muerte de Stalin en 1953 y la llegada al poder de Nikita Kruschev se inició un proceso de Desestalinización. Kruschev pidió perdón por el genocidio cometido en Ucrania durante los años 30 y, como medida de distensión, decretó que la península de Crimea formase parte de la República Soviética de Ucrania. Cuando la URSS se desmiembre en 1991 y Ucrania consiga al fin su independencia, aquella decisión se verá como errónea cuando Rusia y Ucrania peleen por el territorio más codiciado del Este de Europa. El desatino acabará con una guerra iniciada en 2014 y todavía inconclusa a la hora de escribir estas líneas.

Mientras, el Dinamo de Kiev se recompuso y en 1961 obtuvo su primera liga soviética. A partir de entonces se erigió en el equipo más importante de la Unión Soviética, practicando siempre un fútbol técnico y ofensivo. Al igual que los equipos lituanos sobrepasaron a los moscovitas en baloncesto, el Dinamo de Kiev hizo lo mismo en el deporte rey. En 25 años ganó 13 ligas de la URSS, se convirtió en el único equipo soviético en lograr títulos internacionales y parió al mejor entrenador que ha dado el Este de Europa (Valeri Lobanovsky) y a dos Balones de Oro (Oleg Blokhin e Igor Belanov). Sí, Lev Yashin, el jugador más legendario de la URSS, era ruso, pero si bien en la victoria soviética en la Eurocopa 1960 había siete rusos por tan sólo un ucraniano, cuando en 1988 queden subcampeones de la Eurocopa habrá tan sólo dos rusos en el once inicial frente a siete ucranianos. El influjo del fútbol ucraniano y del Dinamo de Kiev llegó incluso al siglo XXI, cuando Andrey Shevchenko y compañía siguieron demostrando la superioridad del balompié en el antiguo Rus de Kiev.

P.D: A Hollywood le dio por convertir la historia en una película. Stallone fue Trusevych y Pelé fue Goncharenko. En lo único en que se parecía ‘Evasión o Victoria’ al ‘Partido de la Muerte’ es en que todo estaba poblado de nazis. Todo lo demás es pura, y deliciosa, ficción.

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