historia

La decadencia de Europa (un primer comentario en relación a la Superliga)

Existe una corriente historiográfica que considera que la llegada del hombre a la Luna marca el cénit de Occidente, iniciándose a partir de entonces un periodo de decadencia en el que nos encontramos. Otros atrasan el inicio a 1973 con la crisis del petróleo y algunos a 2001 con el atentado de las Torres Gemelas. En Europa, el declive se torna en más acusado, a pesar de un paréntesis de optimismo desmesurado en los 90 tras la caída del Muro de Berlín. Conviene apuntar que decadencia no es desaparición. Decadencia es falta de crecimiento. Estancamiento. Desde que el Imperio Romano entró en decadencia pasaron cerca de cuatro siglos para qué implosionara y, realmente, su legado sigue presente en la actualidad.

Podemos considerar en cinco los factores que contribuyen a la decadencia de Europa:

1. El peso demográfico: La caída de la tasa de natalidad en Occidente (Europa, Estados Unidos, Asia Oriental) limita el futuro crecimiento del PIB y el encarecimiento de los programas sociales. La sociedad envejecida es más precavida, vive de rentas y el emprendimiento y el riesgo cae en picado. Se necesita mano de obra extranjera, generalmente poco cualificada y generalmente joven. Éstos chocan con los nativos envejecidos que, destrozados por el choque cultural, se frustran ante los cambios y observan como los beneficios del futuro serán aprovechados por los inmigrantes y no por esos hijos que no han tenido.

2. El exceso de endeudamiento: Irá a más a medida que los hijos del ‘baby boom’ envejezcan y haya que pagar las facturas sanitarias previstas. El déficit se convertirá en un obstáculo imperecedero para la inversión pública y el crecimiento será ilusorio y estará destinado a evaporarse por tipos de interés bajos. Europa pasará a ser controlada financieramente por fondos de inversión y por el nuevo imperio mundial; China.

3. Restricciones a la educación: Hace 100 años menos del 5% de la población occidental era universitaria y en el sur de Europa las tasas de analfabetismo se acercaban al 60%. Hoy las tasas de licenciados en la Unión Europea superan el 30% de la población. Esos cambios en la educación solo se pueden producir una vez. Cualquier mejora en materia educativa es un proceso arduo y además está condicionado por las propias capacidades humanas. De hecho, en el norte de Europa ya se está constatando que por vez primera el cociente intelectual se ha atascado y no aumenta generación tras generación, como ocurría antaño.

4. Las restricciones del medio ambiente: El desmesurado crecimiento de Europa en el siglo XIX, de Estados Unidos en el XX y el del Asia Oriental en lo que va de siglo XXI se debe al destrozo de la naturaleza y al aprovechamiento de terrenos improductivos. Ahora el medio ambiente es una prioridad. Todas las innovaciones referidas a energías renovables y sostenibles no suponen una innovación, sino que son un medio para mantener el nivel de vida actual. Los avances ecologistas del siglo XXI buscan conservar nuestra forma de vida, no revolucionarla. Revolución fue el automóvil y el motor de gasolina. El coche eléctrico no causará una revolución mundial.

5. El estancamiento tecnológico: Llevemos a una persona en un viaje en el tiempo de un hogar de clase media de 1900 a uno de 1960. Se quedaría de piedra al comprobar como hay luz y agua corriente, como una máquina mantiene la comida fresca en la cocina, otro artilugio lava la ropa o dentro de un aparato que está en el salón hay gente que habla y ríe. En el jardín un hombre subido a un vehículo sin caballos está cortando el césped. Dentro, aunque es invierno, se está caliente y eso que no hay ningún fuego encendido. También hay un tubo parlante desde el que se habla con otra persona a distancia. Son madre e hijo. El hijo dice que mañana estará en casa a pesar de que vive a 4.000 kilómetros de distancia.

Subamos a esa misma persona a la máquina del tiempo. Ahora de un hogar de 1960 a otro de 2020. Ve que avanzó 60 años, pero le parece imposible. Casi no ha habido cambios. El diseño se ha alterado, pero nada sustituye a la nevera, a la lavadora, al cortacésped o a la calefacción. Sí, el teléfono no tiene cable, y la gente parece mejor alimentada, con ropa más cara y es más alta. Pero poco más. Sí, en vez de ver una caja con gente en blanco y negro, puede entrar en Youtube y ver lo que le apetezca en el momento que quiera. Aparte de esto, poco más.

Se puede decir que estoy subestimando las maravillas de Internet (lo más importante es que madre e hijo pueden verse a kilómetros de distancia sin necesidad de avión). Y puede que estéis en lo cierto. Pero aunque Internet es lo más importante que ha sucedido en el último medio siglo, nadie (en su sano juicio) sacrificaría el agua corriente, la calefacción o la lavadora a cambio de tener acceso instantáneo a una enciclopedia, a una película, a un disco de música o a la posibilidad de no salir de casa para hacer la compra. A la espera de que en los próximos decenios la robótica y la genética cambien de arriba a abajo nuestras vidas, la sensación es que, aunque seguimos avanzado, se ha ralentizado la velocidad a la que cambiamos el mundo.

Traslademos estos cinco factores de decadencia europea al deporte. Concretamente al fútbol. Es interesante recordar que el fútbol es un invento creado, impulsado y explotado por los europeos. Es el eje vertebrador de la cultura de ocio nacida en la Revolución Industrial y el más global de los ‘inventos’ europeos. En parte, la decadencia del fútbol es una consecuencia de la decadencia de Europa:

1. El peso demográfico: La caída de la tasa de natalidad ha obligado a Occidente a hacer una llamada a la inmigración para paliar la falta de recursos humanos que ayuden a pagar los programas sociales. La inmensa mayoría de estos inmigrantes lo hacen sin estudios superiores y buena parte de ellos ni siquiera tienen formación básica. Para muchos de ellos el fútbol es la entrada más sencilla no sólo al mercado laboral, sino a la obtención del estatus social necesario. La libre apertura de fronteras a raíz de la creación de la Ley Bosman ha convertido el fútbol europeo en una amalgama de futbolistas de cualquier lugar del globo. Es un proceso imparable y en permanente crecimiento. El fútbol en África y en buena parte de Sudamérica es la única forma de ascender en la escala social. En Europa era cultura y entretenimiento. Ahora también es una forma de escalar.

2. El exceso de endeudamiento: Tan solo tenemos que irnos un par de décadas más atrás para ver clubes de fútbol con un puñado de empleados en los que uno de ellos tenía las llaves que daba acceso al campo de entrenamiento. Con el beneplácito de los contratos televisivos y la permisividad fiscal de los gobiernos de turno, los clubes de fútbol se han convertido en empresas gigantescas con multitud de empleados. A los consejeros, se unen cuerpos técnicos de tamaño desmesurado, plantillas con exceso de futbolistas carne de cesión y gastos variados en agentes y mercadotecnia. Al igual que ocurre con la deuda externa de los gobiernos europeos, la deuda de los clubs de fútbol está siendo asumida por inversores asiáticos, arábicos o estadounidenses.

3. Restricciones a la educación: Cualquier mejora en materia educativa es un proceso arduo y además está condicionada por las propias capacidades humanas. La evolución técnica del fútbol lleva décadas estancada. El último progreso ha sido el de los centrales que salen con el balón jugado. Todos los avances actuales y futuros del fútbol se sustentan en las capacidades físicas. De hecho, para muchos analistas, las excelentes condiciones de equipamiento (ya no hay barro, ni charcos, ni balones pesados) hacen que la técnica haya sufrido un retroceso. Además, el hecho de que los niños futbolistas estén codificados en escuelas deportivas ha dejado a un lado la inventiva y ha vuelto más predecible y aburrido el juego. El fútbol es hoy repetición. Como la música, el cine, el arte, la moda o la gastronomía, se ha vuelto repetitivo. No hay nada más que inventar.

4. Las restricciones al medio ambiente: El crecimiento del deporte en general y del fútbol en particular se ha sustentado en un avance de las infraestructuras. De descampados se pasó a coliseos romanos y de estos últimos a edificios multiusos que además de estadios también son salas de concierto, centros comerciales, museos y restaurantes. De hacer carreras campo a través se pasó a entrenar en instalaciones públicas y de éstas últimas se pasó a ciudades deportivas que son más ciudades que deportivas. Todas estas innovaciones han llegado a un punto muerto. Cualquier avance de este tipo ya no es aceptado por un aficionado que prefiere mantenerse fiel a unas tradiciones (estadios) y que está en contra de proyectos megalómanos (mundiales, juegos olímpicos) por responsabilidad económica, social y medioambiental.

5. El estancamiento tecnológico: Uno de los motivos del éxito del fútbol radica en su sencillez. Cuando en 1863 se creó el primer reglamento contaba con 18 artículos. Años más tarde sería reducido a 13 y para 1930 estaban establecidas 17 reglas básicas. Por el contrario, en las últimas dos décadas el número de reglas ha aumentado en más de un tercio. El número fijo para cada futbolista, el gol de oro, el gol de plata, el tiempo exacto del descuento, las manos voluntarias e involuntarias, el aumento en el número de sustituciones, los tiempos muertos en medio de los partidos…Son todo parches que no han producido avances. Desde que en 1992 se les prohibió a los porteros coger el balón con las manos tras el pase de un compañero, no ha habido ningún cambio en las reglas que haya hecho evolucionar al fútbol.

No sólo evolucionar, sino involucionar. A la deidad tecnológica de la modernidad y el progreso había que buscarle un lugar en el fútbol. Ese invento diabólico es el VAR. Se podrá decir que el VAR es una maravilla que reduce los fallos en los penaltis y en los fueras de juego. La realidad es que sólo lo hace en los errores de bulto y, a cambio, enmaraña más el juego, resta autoridad al árbitro principal y hace más soporífero el partido alargándolo innecesariamente. El VAR está alejando de los estadios tanto a los aficionados veteranos como a los millennials, a los que no les gusta un juego que cada vez es más lento y soporífero.

VAR: cuando ni la tecnología salva al fútbol de la polémica
El progreso…o eso dicen

—SUPERLIGA—

A través de todo este cóctel de tradición, decadencia, estancamiento y búsqueda de nuevas oportunidades, se puede comprender como un conjunto de pudientes dirigentes de los clubes más opulentos de Europa se han atrevido a lanzar lo que se ha venido en llamar Superliga. Una liga que comenzó con 12 integrantes y la promesa de ser 15, pasó a 6, luego a 4, más tarde a 3 y al final quedará, ironías del destino, en un acuerdo fallido entre Barça y Madrid.

Si llaman al Vasco de Gama, el Dépor hace un cuadrangular de aúpa. Un Teresa Herrera de los de antaño.

La bomba se ha desactivado, pero que nadie dude que acabará estallando. Han vuelto al redil, pero por poco tiempo.

Dicen los impulsores que el fútbol está arruinado. Es falso. Los arruinados son ellos. Los que en una espiral de gasto indecente pagan millonadas a intermediarios, agentes y futbolistas. Los que deciden pagar 23 kilos por despedir a Mourinho en mitad del mes de abril. “No hacen falta más ingresos. Hay que reducir gastos”. No lo dijo un aficionado de bufanda, lo dijo Karl-Heinz Rummenigge, dos veces Balón de Oro y director general del FC Bayern, cuarto club más rico del mundo, cuando le preguntaron por la Superliga.

Dicen que cuando se creó la Copa de Europa en los años 50 también se hizo de la misma forma. Es falso. Entonces se juntaron varios equipos y acordaron invitar a los campeones de todas las ligas. Una vez llegado el acuerdo, solicitaron a la UEFA su aprobación. Y sí, la UEFA vio la oportunidad y aceptó encantada. Bernabéu, al que tanto nombra Florentino, asumía que si el Madrid no ganaba la Liga española no podría jugar la Copa de Europa. Era un proyecto de construcción europea que buscaba el beneficio económico. Lo de ahora es una idea de un cártel de empresas para eliminar a la competencia.

Salvo los extraños casos de los equipos españoles y de la Juve, propiedad de la FIAT de Agnelli, el resto de equipos fundadores de la Superliga están regidos por capital estadounidense o asiático. De ahí la importancia de llegar a 5.000 millones de televidentes e internautas (Netflix, Amazon TV o Inditex TV, vete tú a saber) para que paguen la fiesta de los archimillonarios. Son éstos los clubes arruinados. Los que hace tiempo convirtieron el estadio en un teatro global donde sí se estornuda en Yakarta se coge un constipado en Londres.

Se dice que el fútbol es aburrido. Que los jóvenes no ven los partidos contra equipos menores. Es falso. Los jóvenes no ven nada. Ni los partidos importantes ni los insustanciales. Los millennials viven en la cultura de la inmediatez. Si algún millennial ha entrado en este blog habrá dejado de leer hace unos cuantos párrafos ante la falta de contenido audiovisual. Todos los deportes tradicionales están en crisis ante una juventud a la que le cuesta ver una competición que dure horas (y no digamos ya con el p*** VAR). Pero, aun así, es mucho más atractivo un Barça-Juve al año que uno cada dos semanas. Es de Perogrullo. Los millenials lo que harán es suscribirse a una plataforma de pago ‘low cost’ para ver los ‘highlights’ (sí es que no piratean la señal). Serán amplía minoría los que paguen decenas de euros para ver todos los partidos.

Se dice que el sistema es abierto, que habrá sitio para los campeones nacionales. Falso. El sistema se dice abierto porque faltaba el Bayern y el PSG. Las invitaciones libres serán al mejor postor (con preferencia para los magnates rusos o turcos). En la Euroliga de baloncesto la escisión se produjo hace unos años. Es cierto que hay plazas abiertas, pero año a año se van reduciendo. Lo que ahora es apertura de mano será cerrazón cuando la fuerza y la razón acompañen a los promotores.

Florentino se ha pasado de frenada. Los ingleses, tan ingleses ellos, no han contado con una plebe a la que repulsa todo lo que suene a Europa y minusvalore su querida Premier. Los magnates dueños del ‘Big Six’ se mueven en aviones privados, en establecimientos exclusivos y no han pisado la vieja Britania. Han tenido miedo. El miedo a la afición más fiel del continente. Si en España es el Madrid, en Italia la Juve, en Portugal el Benfica o en Alemania el Bayern, en Inglaterra es la nada. En Inglaterra eres del equipo de tu tierra, vas al campo a ver los partidos y te desplazas con tus chicos sea verano o invierno. Ganen la FA Cup o desciendan a la Championship.

La tropelía ha salido rana por un fallo de estrategia, de fondo, de forma y de contenido. No se entiende como el presidente de la Superliga sale a comunicar la noticia a las 00.00 horas en un canal minoritario español, en vez de hacer una rueda de prensa a media mañana convocando a medio mundo y junto a los otros 11 presidentes implicados. Laporta es igual de culpable que Florentino y saldrá de rositas de este jaleo. No se entiende que el responsable de comunicación del Real Madrid permita decir a su presidente “los clubes estamos arruinados” a los cuatro vientos. “Si no tienen pan que coman pasteles”, razonó María Antonieta.

Pero que nadie se confunda, tardará más o menos, pero la Superliga (o algo parecido) saldrá adelante. Boris Johnson, Emmanuel Macron y compañía ladran, pero no muerden. Los campeonatos regionales, las copas de verano, los campeonatos entre naciones limítrofes (Copa Latina, Copa Mitropa…) pasaron a mejor vida. La evolución del transporte y la apertura de fronteras hacen inevitable que unas competiciones mueran y otras nazcan. Los grandes clubes son avariciosos. La FIFA y la UEFA también. No son hermanitas de la caridad. Son un monopolio ¿Qué son sino la Liga de Naciones de la UEFA o el Mundial de Clubes de la FIFA? Nuevas y estúpidas formas de ganar más dinero. ¿Qué es sino la Supercopa de Italia en Qatar o la de España en Arabia Saudí?

Si bien la UEFA y la FIFA tienen un as en la manga. Dejar a los futbolistas sin jugar con sus selecciones. Y se lo pueden permitir. A pocos le interesaría una Copa de Europa sin Madrid, Juve o United, pero el Mundial seguiría siendo Mundial aún sin Cristiano o Messi. El Mundial de fútbol es una festividad deportiva que se celebra cada cuatro años donde, aficionado o no, el interés está en ver lo que hacen tus compatriotas. Seguimos la competición de judo de los Juegos Olímpicos donde participa un atleta del que no sabes su nombre porque defiende los colores de tu país. De igual modo, cualquier aficionado seguiría a su selección en un Mundial, jugase quien jugase.

Y ese es el futuro, guste o no guste (yo soy de estos últimos). Ahora mismo no hay Superliga porque las cosas se hicieron rematadamente mal y, ojo, porque Francia y Alemania (PSG y Bayern) no han querido. El día que se animen, se acabará el debate. Al igual que pasó con el baloncesto es posible que haya un año de transición hasta llegar a un acuerdo. Menos probable es que, como en el básket, veamos partidos de selecciones sin las grandes estrellas. Pero no es descartable. La solución de compromiso será sustituir la Copa de Europa y la Europa League por dos o tres ligas europeas que garanticen cerca de 40 partidos al año y en el que haya ascensos y descensos. Está claro que el Madrid o el Liverpool no iban a descender. Eso sería cosa de Ajax o de Tottenham. De este modo, veríamos como el Barça forma una plantilla de 35 o 40 futbolistas, con un equipo A para Europa y un equipo B para la liga nacional.

Ahora bien. Una pequeña advertencia a los millonarios. Al cabo de unos años -y no serán muchos- los futbolistas tendrán el control total del negocio, tal y como ocurre en los deportes norteamericanos. Habrá límite salarial, sí, pero también libre control de destino. Podrán declararse en huelga para reclamar más trozo del pastel y, sobretodo, podrán escoger donde y con quien jugar. Se empoderaran, se declararán en rebeldía y los agentes harán el trabajo. El Madrid tendrá músculo financiero para tener a Mbappé a Haaland o a Rita la Cantaora si le da la gana. Y ellos querrán jugar juntos. Como en la NBA.

Y aunque la NBA es una liga cerrada todo el mundo sabe que los Grizzlies nunca la ganarán.

La gente quiere jugar en los Lakers.

La gente sueña con jugar en el Real Madrid. Otros en la Juve. Menos en el Chelsea. Pocos en el Atlético.

Si yo fuese el presidente del Atlético, o del Tottenham, o del Arsenal, o incluso del actual AC Milan –que como los Celtics tiene mucho pedigrí pero poco tirón- me pensaría muy mucho entrar en la Superliga. Dentro de unos años captaran jóvenes jugadores a los que cuando les salgan los dientes estarán pidiendo el traspaso. Ganaran mucho más dinero, pero verán multiplicadas sus opciones de fracasar temporada tras temporada. Es mejor ser tercero en tu liga nacional y perder la final de copa que acabar undécimo temporada tras temporada en la Superliga.

Y esto sigue siendo la vieja Europa. Ya puede decir el presidente que el club ha ganado mucho dinero que como una turba de aficionados tome la Bastilla y se plante en el palacio real, al presidente de turno no le quedará más remedio que dimitir si no quiere acabar guillotinado.

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París-Roubaix. Guía de viaje

En abril de 1919, cuando la guerra había terminado pero la paz aún no se había firmado, la París-Roubaix se puso en marcha como si nada hubiese pasado. Los ciclistas deambulaban por caminos de tierra llenos de cráteres y vías de tren partidas en dos. La tierra estaba sembrada de sangre y el olor a muerte se inhalaba en cada pedalada. Cuando aquellos locos llegaron al velódromo de Roubaix un periodista decidió cambiar para siempre el nombre de aquella carrera. Donde era conocida como ‘La Pascale’ (La Pascua), al celebrarse el Domingo de Resurrección, pasó a ser el ‘Enfer du nord’ (El infierno del norte).

El nombre triunfó, porque aunque los cráteres se aplanaron y los campos se sembraron, la París-Roubaix es terriblemente dura. Un verdadero infierno. ‘La clásica de las clásicas’ es distinta a los demás monumentos del ciclismo. Aunque su trazado es incluso más llano que el de la Milán San Remo, sus cerca de 60 kilómetros de adoquines sobre un recorrido de unos 260 kilómetros la hacen totalmente distinta a las demás clásicas. Es la única clásica primaveral que discurre totalmente en tierras francesas pero, en su espíritu, es la más flamenca de todas las pruebas belgas.

Aunque París está en el imaginario, lo cierto es que hace tiempo que la carrera no sale desde la vieja Lutecia. En 1896 la primera edición partió desde el Bois de Boulogne, antes coto de caza ahora pulmón verde de la megalópolis. Fue punto de inicio durante más de medio siglo hasta que los automóviles fagocitaron París y hubo que llevar la prueba más cerca de la naturaleza. En los 60 se mudó a Chantilly (la del castillo y la nata montada con vainilla) y en los 70 a la pequeña Compiégne, lugar donde sigue establecida.

Lo de salir de París fue una innovación. Donde siempre era llegar a la ciudad de la luz, pasó a ser punto de partida. Más radical fue convencer a la Iglesia de que cambiase el horario de los oficios. Los organizadores pronto descubrieron que la gente no acudía a las cunetas y si a la misa del Domingo de Resurrección. Hubo que programar misas excepcionales hasta que la secularización hizo efecto y las cunetas se llenaron sin la acción del fervor divino. Hoy la prueba se realiza el segundo domingo del mes de abril, diga lo que diga el calendario católico, y siempre y cuando la guerra, bélica o bacteriológica, no dicte lo contrario.

Decíamos que la carrera nace en Compiégne. Preciosa y coqueta villa con una plaza y un castillo fastuoso, está situada en las confluencias del Aisne y del Oise, dos ríos que dan agua al Sena y que la historia ha teñido de rojo en innumerables ocasiones. En Compiégne está el famoso vagón de la rendición. O mejor dicho, la reconstrucción de la petulancia francesa que Hitler se encargó de pisotear.

Como el Tour de Flandes, la París-Roubaix es una clásica que no recorre grandes núcleos de población sino que se adapta al terreno y lo hace suyo. Discurre por la vieja Artois, entre Picardia y Flandes. Hoy Artois es el Nord, tras una burocratización sin corazón de la République en plena ola de austeridad tras la crisis de 2008. Artois es el granero y el descanso de París, lugar de majestuosos campanarios y de melancólicas miradas. Artois es orgullo de Francia, pero también es traición. Fue borgoñona cuando la Guerra de los Cien Años y española cuando los Austrias campaban a sus anchas por medio mundo. Luis XIV la convirtió en su jardín, mas su vasta e indefendible campiña ha sido víctima de las desdichas del tiempo y de la muerte desde que Prusia giró al oeste y pasó a llamarse Alemania.

La París-Roubaix es una ruta por el corazón de la Revolución Industrial. Los campanarios y las granjas conviven en una enorme cuenca minera hoy adormecida pero antaño poderosa y gigantesca. No es verde ni azul. Gris es el color que nos acompañará durante nuestro viaje. El gris del carbón y el gris de las nubes, porque una París-Roubaix sin lluvia no es una París-Roubaix. Barro, polvo y lodazales. Esa es la Roubaix.

Es esta una región de paso para las borrascas. La humedad es constante y la condensación insoportable. Las temperaturas no son bajas, pero el frío húmedo cala en los huesos hasta dejarlos sin alma. Es más llana que la Milán San Remo y tan frugal como el Tour de Flandes, pero es la humedad lo que la hace tremebunda. La humedad, la lluvia y el pavés. El dichoso pavés.

10 imágenes que demuestran que la París-Roubaix es un verdadero infierno
Enfer du nord

Los adoquines se agarran a las piernas de los ciclistas y trepan por sus músculos disparando un estallido de dolor. Es un ejercicio de equilibrista donde se debe combinar la fuerza de la juventud con la maña de la veteranía. El pavés no es más que una calzada de adoquines. No es más, pero no es menos. Es una zona de vibración extrema donde cada pedalada descarga un trallazo en los brazos que se traslada por todo el cuerpo. La rueda no tiene donde agarrarse y el impulso de las pedaladas se diluye entre los ojuelos del pedrusco. El pavés seco genera una niebla de polvo que se inserta en los pulmones y acaba con el más fogoso de los incautos corredores. El pavés mojado convierte la estela de adoquines en una demoniaca pista de patinaje.

Y el pavés en la Roubaix es siempre mojado. Es espantosamente húmedo. La bici patina, las caídas son frecuentes. La hierba crece entre las molduras. Las carreteras no existen. Los caminos son autopistas para vacas. En la Roubaix las asociaciones de vecinos se afanan para conservar los caminos adoquinados intactos. Sin artificios, ni arreglos. La París-Roubaix es el heavy metal del ciclismo.

Son tres los puntos clave de la París-Roubaix. El primer gran muro de adoquines se encuentra a 90 kilómetros de meta. La trinchera de Arenberg es el nombre de este estallido de dolor de 2.400 metros de duración. Se encuentra en la villa minera de Wallers de donde era Jean Stablinski, campeón del mundo y de la Vuelta a España. A finales de los 60 la París-Roubaix estaba perdiendo su esencia ante el continuo asfaltado de las carreteras por la popularización del automóvil. Hubo que buscar nuevos caminos y Stablinski encontró una enorme recta a la que se entra en bajada, a todo gas, como toro en arena, para encontrarse un deforme camino de grava comprimida y adoquines desfigurados y mal colocados. Una verdadera autopista para vacas en medio de un bosque.

A 50 kilómetros de la llegada está ‘Mons en pavele’, otra trampa de 3.000 metros de longitud donde el barro se convierte en un accesorio de la cara. Es un tramo completamente llano que acaba con un giro de 90 grados a la izquierda en una inmensa explanada. Es el lugar preferido por los fanáticos de la París-Roubaix para acampar y hacer noche a la espera del gran día.

Tras dejar a un lado el precioso ayuntamiento de Valenciennes, en la única aproximación a una cuidad de toda la carrera, (Lille, motor económico de la región, quedará al oeste), el momento cumbre de la París-Roubaix está a 15 kilómetros de meta. El ‘Carrefour de L’Arbre’ es una recta de 2.000 metros a campo abierto adornada por un restaurante de estrella Michelin. A golpe de riñones y relinchar de dientes los supervivientes de la prueba encaran el acto decisivo antes de llegar a Roubaix.

Los 29 tramos claves y el recorrido de adoquín de la París-Roubaix 2019
Carrefour de L’Arbre

Es una llegada apoteósica al viejo velódromo de la ciudad. Antes de levantar los brazos hay que cumplir con la tradición y dar una vuelta y media al óvalo. Antigua ciudad textil, Roubaix hoy presume de sus edificios Art-Decó y de su gran plaza, pero es el velódromo lo que hace a esta ciudad internacional. Los valientes que completan los 260 kilómetros pasan después a las viejas duchas del estadio con cajones de granito decorados con el nombre de los ganadores de todas las ediciones.

Nunca un español ha ganado en el infierno del norte. Son los belgas, clasicómanos por definición, los grandes triunfadores de la París-Roubaix. Tom Boonen y Roger de Vlaeminck cuentan con cuatro títulos en su palmarés. Con tres hay varios ciclistas, entre ellos, como no, el más grande, Eddy Merckx. El segundo en discordia, el francés Bernard Hinault, sólo ganó una vez en el ‘Infierno del norte’ (1981). A pesar de su carácter indómito, odiaba la París-Roubaix. El primer año que la corrió se cayó en hasta siete ocasiones. Furioso por las críticas recibidas, volvió la temporada siguiente y se llevó la victoria. Tras recibir el trofeo en forma de adoquín que se le entrega al vencedor, anunció que jamás volvería a disputar la prueba. “La París-Roubaix es una mierda”, soltó el más grande de los ciclistas galos en la única clásica de primavera que nace y muere en territorio francés.

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La copas vascas. Las dos finales de Copa del Rey de 1910

Athletic y Real Sociedad rememoran sus años gloriosos de los 80 y protagonizan en Sevilla las habituales finales vascas de Copa de la época anterior a la Guerra Civil. Será una final sin Aduriz o sin Zurutuza, dos leyendas a los que las mentes pensantes les birlaron la oportunidad de cerrar una sólida carrera para que la final se disputase en campo lleno con bufandas al viento. Doce meses después el público ni está ni se le espera, pero, por lo menos, las mentes pensantes se ahorrarán de escuchar una sonora pitada al himno, a la bandera y a Felipe VI. Para la Real es la final de las finales. Para el Athletic es la primera bala. Lo absurdo del momento le hará jugar dos finales coperas en quince días. “Una bilbainada insuperable” sentenció Alfredo Relaño.

Los jugadores vascos evolucionaron con más rapidez que el resto de sus contemporáneos peninsulares. En primer lugar, los norteños eran más físicos y tenían una talla media más elevada. En segundo lugar, los puertos éuscaros eran lugar de entrada de innovaciones procedentes del Reino Unido, y el Athletic, y demás conjuntos vascos, contaron desde sus inicios con técnicos ingleses de primer nivel. Por último, los jugadores del norte estaban acostumbrados a jugar en campos encharcados y bajo la lluvia, lo que en un fútbol donde el balón, las botas o las camisetas triplicaban el peso actual, era un plus importantísimo. El fútbol vino de Gran Bretaña donde como en Euskadi había verde, llovía y el barro era frecuente. Los trabajadores de los puertos y los altos hornos abrazaron con celeridad ese deporte que se veía bravo y temerario. Si en Sudamérica se desarrolló la escuela del ‘passing game’ y el regate gracias al influjo escocés, en el norte de España el ‘kick and run’ de juego directo fue introducido por los ingleses.

En tres décadas, desde la primera edición de la Copa del Rey en 1903 hasta 1933, únicamente en tres ocasiones no hubo un participante vasco en la final copera. Por entonces el Athletic sumaba 13 títulos, cuando en los cerca de 90 años posteriores apenas ha ampliado en 10 trofeos su palmarés. Pero asimismo Real Unión de Irún (4), Arenas de Guecho (1) y Real Sociedad (1) podían presumir de campeonatos, formando un selecto club que solo alcanzaban FC Barcelona (8), Real Madrid (5) y RCD Espanyol (1) -datos de 1933-.

Hoy olvidados, el Real Unión y el Arenas eran dos conjuntos potentísimos antes de que la profesionalización del fútbol los hiciesen languidecer ante sus gigantes rivales provinciales. El Arenas FC era un club burgués situado en el barrio del mismo nombre. Guecho era, y es, la zona residencial en la orilla pudiente del Nervión. Si el Athletic era el club de los trabajadores del puerto que comerciaban con Gran Bretaña, en el Arenas formaban los hijos de la burguesía que iban a estudiar a Inglaterra. El Arenas FC consiguió el título de Copa en 1919 y sigue siendo uno de los 14 conjuntos que poseen al menos un título liguero o copero.

Ciudad aduanera y nudo ferroviario a apenas 20 kilómetros de San Sebastián, en la pujante Irún convivían el Racing y el Sporting. El primero de ellos lograría la Copa de 1913 y contaba con Patricio Arabolaza como gran figura, delantero que pasó a la historia al ser el primer goleador de la selección española. En 1915 ambos conjuntos se fusionaron creando el Real Unión de Irún que conseguiría otros tres entorchados (1918, 1924 y 1927). Suma el doble de títulos coperos que el Betis o que la Real Sociedad, su rival por antonomasia.

Ambos equipos ya disputaron una histórica final vasca en 1927 tras eliminar a Real Madrid y FC Barcelona en semifinales y a los gigantes vascos en una ronda previa, ya que por entonces había eliminatorias regionales para clasificarse. El Real Unión venció por 1-0 al Arenas en la prórroga, en el que fue el canto del cisne de ambos equipos. Nunca jamás han vuelto a acercarse a tales logros. Ambos formaron parte de la creación de la Liga en 1928. Los irundarras aguantaron cuatro temporadas en la élite mientras que los de Guecho estiraron el sueño durante siete años.

Real Unión de Irun y Arenas de Getxo disputaron la última final vasca en la  Copa de 1927 | Kirolak | Naiz
Final 1927. Estadio Torrero de Zaragoza

Ya años atrás había habido dos finales vascas. En 1913 Irún celebró su primer título con un triunfo ante el Athletic (3-2) y en 1910 fue el Athletic el que se proclamó campeón tras derrotar al Vasconia (1-0) en la final. Pero estas dos finales y, esencialmente, la de 1910, cuando el Vasconia pasó a ser la Real Sociedad, merece comentario aparte.

—LA OTRA FINAL ENTRE ATHLETIC Y REAL SOCIEDAD. LAS DOS COPAS DE 1910—

La Copa del Rey es el motivo del nacimiento del Athletic. Si bien el club fuera fundado en 1898, convivía con el Bilbao FC a orillas del Nervión. Al anunciarse la celebración del primer torneo de fútbol nacional, ambos equipos se fusionaron dando lugar al Athletic Club de Bilbao. Durante esa primera década el éxito del Athletic se cimentó en su excelente nivel, pero también en una sucursal del club que estableció en Madrid, por lo que, en función del partido, podía optar por alinear a futbolistas del Athletic de Bilbao o del Athletic de Madrid. No sería hasta 1912 cuando el Atlético de Madrid obtenga su independencia. Por entonces el Athletic ya era un coloso que sumaba cuatro trofeos coperos.

El Athletic era el ogro de la época. Contrataba entrenadores ingleses cuando la mayoría de los equipos ni sabían lo que era un técnico.  En aquel tiempo los clubes se apuntaban a jugar la Copa sin más. Había que tener infraestructura y dinero suficiente para viajar a Madrid. Los participantes no llegaban a los dobles números y no existía club más organizado que el Athletic. Vencer a los leones no era tarea sencilla. Estaba Madrid y Barcelona, pero si una ciudad vasca podía competir con Bilbao tenía que ser San Sebastián.

El San Sebastián FC fue fundado en 1908 con la única idea de disputar la Copa de 1909. Legalmente no podía hacerlo porque entonces tenía que pasar un año para que un club pudiese inscribirse en el torneo. Así, el club llegó a un acuerdo con el Club Ciclista de San Sebastián, que era más antiguo, para bajo ese nombre poner a 11 futbolistas a disposición de aquel club velocípedo. Fue así como el Club Ciclista ganó sorprendentemente la final de Copa de 1909. Aquel título es hoy aceptado como de la Real Sociedad, porque realmente aquellos jugadores pertenecían al San Sebastián FC. Semanas más tarde de aquel inesperado éxito, el San Sebastián FC y el Club Ciclista se fusionaban, dejaban de lado las bicis, y se convertían oficialmente en la Real Sociedad que hoy conocemos.

A la sazón la final de la Copa siempre se celebraba en Madrid porque el organizador del torneo era el Real Madrid. Fue el club merengue el que ideó la competición para conmemorar la mayoría de edad de Alfonso XII obteniendo un trofeo de plata obsequio del Rey para poner en disputa. Pero en 1909 se fundó la Federación Española de Clubs de Fútbol (FECF). Dado que ahora el organizador del torneo era la FECF, se llegó a un acuerdo verbal para que la final dejase de disputarse en Madrid y se contendiese en el campo del vigente campeón.

Y aquí viene el meollo del problema.

A la hora de la verdad la FECF se negó a reconocer esa posibilidad y tanto la Real como el Athletic (se supone que por cuestiones de vecindad) se declararon en rebeldía. La bomba explotó cuando el Real Madrid también lo hizo y los tres conjuntos formaron la Unión Española de Clubes de Fútbol (UECF) junto al Racing de Irún. La posición del Real Madrid aún es hoy sujeto de debate. Pero lo cierto es que para los aficionados merengues sigue siendo la primera gran muestra de caballerosidad de un club que prefirió ceder el privilegio de jugar en casa porque consideraba que ganar una Copa sin la participación del Athletic no era un título que tuviese valor.

La Real organizó un torneo paralelo en San Sebastián. Sin embargo, aunque la UECF apoyaba llevar el torneo a Guipúzcoa tampoco podía reconocer a la Real como vigente campeona sino al Club Ciclista. Es más, dado que la Real había sido fundada en septiembre de 1909 y la final de la Copa de 1910 iba a ser en marzo, tampoco el equipo blanquiazul podría jugar la Copa, ya que no habían pasado doce meses desde su fundación.

El embrollo era colosal porque tampoco la Real podría jugar esta nueva edición de la Copa con su propio nombre. Otra vez tuvo que tomar prestada la licencia de otro club de barrio y acudir a esa Copa del Rey bajo la denominación Vasconia Sporting Club. Aquella Copa del Rey acabó deparando una final entre Athletic y Vasconia 110 años antes de la que se celebra estos días en Sevilla. Entonces los rojiblancos vencieron por 1-0. A pesar de que en los libros se recoge el nombre de Vasconia, los historiadores aceptan que la Real Sociedad nació con un título (1909) y un subcampeonato (1910) de Copa del Rey bajo el brazo, aunque ninguno de los dos hubiesen sido bajo su auténtica denominación.

Un par de meses más tarde, en un campo colindante al parque del Retiro madrileño, tenía lugar final organizada por la FECF en la que el FC Barcelona derrotó al Español de Madrid.

Ambos torneos, y ambos campeones, son hoy reconocidos.

La FECF decidió aplacar el cisma con una decisión salomónica dándole al Athletic la organización de la final de 1911 como campeón copero y al FC Barcelona la fase final de 1912 como el otro campeón copero. La solución de compromiso duró lo justo hasta que en 1913 la FECF programó una final en Madrid mientras la UECF hizo lo propio en Barcelona, dado que los azulgranas habían ganado la edición de 1912.

Otra vez el galimatías estaba montado. Para 1913 nuevamente habría dos campeones reconocidos en dos finales reconocidas (Racing de Irún en una y FC Barcelona en la otra). Tras el segundo desastre, ambos organismos se fusionaron y se creó la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) acordando el fin de la libre inscripción de equipos, el establecimiento de rondas eliminatorias regionales y la disputa de la final, fuese donde fuese, siempre en terreno neutral.

1910: Extasis en el primer gran derbi en rojo y blanco - IRATZAR - Athletic  Club Bilbao
Los leones de 1910

“Para mí, un equipo de fútbol perfecto siempre tiene que contar con algún vasco”. Johan Cruyff

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The Boat Race (Oxford vs Cambridge)

Charles Merivale y Charles Wordsworth eran muy buenos amigos. Ambos pertenecían a la élite inglesa del momento y ambos eran unos entusiastas de los deportes que se estaban desarrollando en las universidades británicas en la primera mitad del siglo XIX. Merivale declinó una prometedora carrera como alto funcionario en la India para acabar sus estudios de historia y teología en Cambridge y acabar siendo el capellán de la Cámara de los Comunes en el Parlamento británico. Wordsworth terminó sus estudios en Oxford antes de tomar el mando como obispo de la Iglesia de Escocia, cuestión que ya venía predeterminada por su familia, dado que su padre había sido un afamado sacerdote y erudito.

El caso es que Merivale y Wordsworth se habían hecho amigos en la infancia cuando estudiaban en Harrow, un internado londinense de los más pomposos del momento. Allí, en la adolescencia, ambos participaron en los primeros partidos de cricket de la historia que enfrentaron al citado colegio con los también elitistas Eton o Winchester. En Harrow uno y otro se convirtieron también en entusiastas atletas y organizadores de continuas carreras contra el cronómetro.

Si bien los dos amigos tenían pensado estudiar en Cambridge, Wordsworth se decantó por Oxford porque contaba con un centro exclusivo dedicado a la teología cristiana. Así, esta pareja de colegas entusiastas del deporte dejaron de verse a diario, por lo que maquinaron una forma de mantener su sana rivalidad deportiva.

En 1829 Wordsworth le propuso a Merivale organizar una competición de remo de ocho miembros entre las dos universidades. Merivale se mostró entusiasmado y aceptó el reto. Ambos colectivos comenzaron un duro entrenamiento y una dieta que hoy consideraríamos estrambótica. Durante las semanas previas al duelo los remeros ingirieron día tras día filetes de ternera o de cerdo a tutiplén. Se descartó la ingesta de verduras al considerar que éstas no aportarían energía.

El 10 de junio de 1829 cientos de estudiantes se agolparon en la ribera del río Támesis, a unos 35 kilómetros de Oxford, para ver la primera regata de la historia entre las universidades de Oxford y de Cambridge. La victoria fue para los primeros y con relativa facilidad ya que además de Merivale, la Universidad de Oxford contaba con varios remeros experimentados. En aquella primera prueba los de Oxford remaron vestidos de azul oscuro y los de Cambridge de blanco con una banda rosa. Para la siguiente edición sustituyeron el blanco y el rosa por el azul esmeralda que mantienen hasta la fecha.

When Was the First Oxford and Cambridge Boat Race? | History Hit
Merivale (I) y Wordsworth (D)

A pesar del éxito hubo que esperar a 1836 para que se celebrase una nueva regata y a 1839 para que se disputase de forma anual sin interrupciones hasta nuestros días (guerras mundiales y coronavirus mediante). El motivo de ese trienio de parálisis estribaba en el lugar de celebración de la regata.

El río Támesis, el más importante de Gran Bretaña, recorre el sur de Inglaterra de oeste a este pasando por Londres antes de desembocar en el Mar del Norte. En su tránsito discurre a través de un canal por Oxford, pero no así por Cambridge, que se sitúa unos 150 kilómetros al noreste. Cambridge recoge su nombre del río Cam (‘Cambridge’ significa ‘puente del Cam’) que es afluente del río Ouse, el otro gran curso fluvial de Inglaterra.

Total, que los de Cambridge querían alternar el Támesis con el Cam y los de Oxford se negaban.  Los de Oxford argumentaban que eran la institución universitaria más antigua (1096) y que eran los que había tenido la idea de hacer la regata. Los de Cambridge, institución que fue fundada en 1209 por antiguos estudiantes de Oxford, argumentaban que eran la más prestigiosa (aunque ambas son fijas entre las 5 o 10 mejores del mundo, Cambridge siempre supera a Oxford) y que para que hubiese una carrera justa tendría que haber paridad.

Para evitar problemas se dispuso que la regata se celebrase en Londres. Concretamente entre Putney y Mortlake, dos barrios del sur londinense por donde fluye el Támesis. Decisión salomónica, dado que tanto Oxford como Cambridge están a un par de horas en coche de la capital. La prueba consta de 6 kilómetros y 800 metros río arriba, y aunque antaño discurría entre prados y campos de labranza. Hoy lo hace entre adoquines y edificaciones de varios pisos de altura. Un total de nueve hombres o mujeres (desde 1927) ocupan las embarcaciones a razón de ocho remeros y un timonel. Antes del inicio se lanza una moneda al aire y el ganador escoge por cual lado del río va a remar. No es decisión baladí, y no sólo por como sople el viento, sino porque quien escoja el lado norte tendrá ventaja en la primera y última curva, mientras que el del lado sur tendrá ventaja en la curva más larga del recorrido.

Regata Oxford-Cambridge - Wikipedia, la enciclopedia libre
La carrera

A fecha de este artículo, Cambridge cuenta con 84 victorias y Oxford con 80 triunfos. Tan sólo se ha registrado un empate. En la prueba de 1877 el juez dictaminó paridad entre los dos contendientes. Aún no había cronómetros y John Phelps, que así se llamaba el árbitro, no fue capaz de decidir qué universidad había ganado. La mayoría de la gente presente aquella mañana pensaba que había vencido Oxford, pero Phelps, de 70 años y ciego de un ojo, no se atrevió a afirmarlo.

Ha habido también hundimientos, como cuando en 1912, y debido a un terrible temporal, tanto la embarcación de Cambridge como la de Oxford acabaron en el fondo del Támesis. En 1978 volvió a suceder lo mismo, aunque en esta ocasión mientras que Cambridge pasaba a mejor vida, Oxford se recomponía y se alzaba con la victoria.

El punto crítico de la carrera tiene lugar en la curva de mitad de recorrido (la gran curva del lado sur de la que hablamos antes). Es entonces cuando ambas embarcaciones suelen tocarse y rozan cuchilla con cuchilla buscando las mejores corrientes del Támesis. Se dice que quien sale de primero en dicha curva llegará vencedor al final.

Una vez que los remeros desembarquen en Mortlake se entrega el trofeo, conocido con el nombre de ‘Boat Race Trophy’, a la universidad ganadora. Según la tradición es entonces cuando la escuadra vencedora tira su bote al río para celebrar el logro. Y luego, como toda buena tradición británica, hay una cena en la que a los vencidos les toca aguantar las bromas y la flema inglesa de los vencedores.

La regata Oxford-Cambridge no está en la agenda habitual de los consumidores del deporte fuera del Reino Unido, pero es sagrada en territorio británico. La BBC lleva retransmitiendo la carrera desde 1927 (primero a través de la radio y luego gracias a la televisión) y es seguida por cerca de 500 millones de espectadores tanto del Reino Unido como de los países que forman la Commonwealth. Es, y con diferencia, el evento deportivo amateur más seguido del planeta.

The Boat Race: La regata de Oxford vs Cambridge - Tour Londres
Duelo en el Támesis

Universidad de Oxford: Clement Atlee, Margaret Thatcher, Tony Blair, Indira Gandhi, Lawrence de Arabia, Rupert Murdoch, Lewis Carroll, Oscar Wilde, J.R. Tolkien, Adam Smith, John Locke, Thomas Hobbes, Albert Einstein o Tim Berners-Lee. Y celebridades como Rowan Atkinson (Mr. Bean), Hugh Grant o Rosamund Pike.

Universidad de Cambridge: Isaac Newton, Charles Darwin, Francis Bacon, James Watson, Alan Turing, William Talbot, Stephen Hawking, John Keynes, Lord Byron, Oliver Cromwell, Niall Ferguson o Bertrand Russell. Y celebridades como Hugh Laurie (Dr. House), Emma Thompson o Sacha Baron Cohen.

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El portero es negro, los centrales gabachos, la estrella es un moro y el que mete los goles es un sudaca ¡Pero daría la vida por mi equipo!

Somos egoístas y vagos. Esto no lo digo yo, lo dicen los antropólogos y los biólogos. Si hubiese que calificar al ser humano con un adjetivo éste sería el de perezoso. Somos perezosos porque hemos alcanzado la excelencia y hemos superado al resto de especies gracias a nuestro cerebro. Batiremos récords mejorando el físico, pero el físico debe ser ayudado por la mente. Pero es este un bucle pernicioso cuando escudriñamos el bien común. Si un vago coincide con un trabajador, el primero se aprovechará del segundo, sobrevivirá, obtendrá todos los beneficios y pasará sus genes a la generación siguiente. Al cabo de unos cuantos cientos y miles de años quedarían en liza sólo los más perezosos.

Pese a ello, en la naturaleza vemos que la cooperación reina en todas las especies. Desde los depredadores que pueblan las selvas hasta en las liliputienses colonias de hormigas. Y lo mismo sucede con los seres humanos. Somos perezosos y egoístas, pero si hemos evolucionado y progresado es gracias a la cooperación. ¿Cómo puede ser esto posible? La respuesta de la ciencia es simple: es una cuestión genética.

Si ayudas a tus sobrinos les irá mejor en la vida, y si les va mejor en la vida les irá mejor a tus genes. Esta idea fue desarrollada por el biólogo William Hamilton en una regla que él denominó rb>c (r es la probabilidad de que compartas genes con un individuo, multiplicado por b que es el beneficio que obtiene dicho individuo al ayudarlo, dividido entre c que es lo que a ti te cuesta ayudarlo). Según Hamilton si compartes con tu hijo 1/2 de genes y con tu sobrino 1/4 significa que debes pasar el doble de tiempo ayudando al primero que con el segundo.

Por eso tenemos descendencia. “Cuando un padre da algo a su hijo ambos ríen. Cuando un hijo da algo a su padre ambos lloran”, dejó escrito Shakespeare.

Como todas las teorías, la de Hamilton choca con la realidad. Igual es mejor pasar tiempo con el hermano de tu mejor amigo que con la sobrina con que la que apenas te ha dirigido la palabra en veinte años. Pero dicha teoría sí que sirve para explicar porque nos ayudamos los seres humanos cuando por definición somos unos perezosos.

Los antropólogos consideran que nuestros ancestros nómadas luchaban en grupos para conseguir alimentos. Esa cooperación entre tribus les permitía minimizar riesgos y ayudar a los jóvenes a prosperar. En esos grupos los lazos familiares podían existir o no, pero lo que si existía era un sentimiento de comunidad, de tribu, que fue base para la evolución de la especie. Cuando la agricultura y la industria, pero sobre todo el sistema de seguridad y sanidad de los Estados modernos sustituyeron a la tribu, los lazos grupales se fueron perdiendo en una tendencia que parece imparable.

Empero, el instinto a colaborar sigue presente a través de la solidaridad (que es un resultante de la traslación de la bondad religiosa) y a que la pertenencia a una misma tribu sigue codificada en nuestros genes en pleno siglo XXI.

De todos los vencedores de Copa de Europa que ha habido y que habrá, ninguno alcanzará el clímax de orgullo que obtuvo el Celtic de Glasgow de 1967. La totalidad de los miembros del equipo habían nacido en un radio inferior a 50 kilómetros de Glasgow. Todos y cada uno de ellos compartían aficiones, recuerdos, religión, acento, humor, valores y alguno hasta era novio de la prima de la tía de su madre. Es poco probable que el Celtic vuelva a ganar la Copa de Europa, pero, si lo hiciese, jamás volvería a hacerlo de una forma tan especial.

Celtic, historia de un campeón autóctono | Negre Sobre Blanc
11 colegas

Cuando el Manchester United salió victorioso en la Copa de Europa de 1999 con los ‘Fergie Boys’ (Butt, Giggs, Beckham, Neville, Scholes) o cuando el Barça arrasó como las huestes de Gengis Kan en 2009 con chicos de La Masía (Puyol, Iniesta, Xavi, Busquets, Valdés, Pedro, Messi) se celebró como una victoria de la cantera. Realmente era algo excepcional, pero ni siquiera esos chicos conformaban más de la mitad de la plantilla de sus equipos. Más aún. Muchos de ellos procedían de distintos puntos del país (o de otro continente como Messi) y sus raíces distaban mucho de ser parecidas.

Pero estos cambios en el mundo fútbol, acentuados desde la existencia de la Ley Bosman, no consiguen que nos volvamos menos forofos de nuestro equipo. Al contrario. En un mundo hiperconectado y en el que los referentes tradicionales se evaporan, un club de fútbol funciona como el eje vertebrador de la tribu. Quizás como el único eje que permite sostener a una comunidad. Son nuestros chicos. Jueguen tres partidos con nosotros, sean vendidos al cabo de una temporada o hayan militado en un odiado rival. Representan una identidad. Son chicos que debemos cuidar. Sea el portero negro, los centrales gabachos, la estrella un moro y el que mete los goles un sudaca. Defienden lo nuestro. Con genes o sin genes.

El Chelsea FC fue el primer equipo que en el año 1999 firmó una alineación sin ingleses (no ya sin canteranos londinenses). El RC Deportivo, en las catacumbas de la Segunda B, cuenta con más de 17.000 socios que ni siquiera pueden acercarse a Riazor y todo con únicamente seis canteranos de 22 fichas profesionales. A mediados del siglo XX los portugueses iban a Inglaterra a trabajar en las obras y en los hoteles, ahora van a jugar a los Wolves donde ya son mayoría. Y si Ramos no está, el brazalete de capitán del Real Madrid, santo y seña del fútbol español, lo llevan por este orden Marcelo, Benzema y Varane. Ah! Y aunque Ramos lleva una vida en la capital, conviene recordar que no es canterano.

Ni siquiera el inquebrantable y excesivamente orgulloso Athletic puede mantenerse fiel a sus  principios. Lo que antes eran vizcaínos, luego vascos y más tarde navarros pasan a ser ahora cualquier muchacho que en edad de formación grite ¡Aupa Athletic! Nunca fue tan real que los de Bilbao nacen donde quieren.

Resulta ciertamente sorprendente como hemos pasado de defender a un equipo de canteranos para luego ampliar el foco y buscar, salvaguardando nuestro compromiso, un nuevo requisito en la nacionalidad y así aceptar que un futbolista forme parte de nuestra tribu. Y aun así, si el equipo rinde, y sigue dando éxitos a la tribu, la procedencia y las raíces son indiferentes, y es entonces cuando nuestro compromiso pasa a ser multicultural.

Los seres humanos no podemos evitar establecer relaciones entre nosotros, sin tener en cuenta factores como la raza, la educación o la religión. Pero al ampliarse nuestras interacciones también lo han hecho los lazos sociales. Sigue existiendo, y existirá, el racismo y el egoísmo, pero quizás no existe mayor forma de implicación y de respeto al que no es parecido que incorporándolo a tu tribu.

Incorporándolo a tu club de fútbol.

Un día como hoy en 1999 el Chelsea jugó con 11 extranjeros e inauguró el  fútbol moderno | Deportes Premier League | TUDN Univision
De todo menos ingleses

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Algunas curiosidades del tenis

Durante la Edad Media se practicaba en Europa un deporte muy popular entre las clases nobles, con cierta similitud a la pelota vasca, y que está considerado como predecesor de nuestro tenis. Para puntuar, aquellos participantes idearon un sistema de medición sexagesimal, el utilizado en la época. Al tomar con base el número 60 (para medir tiempos o ángulos) se asegura una gran cantidad de opciones divisibles. No existe número más pequeño que sea divisible por 1,2, 3, 4, 5 y 6.

Ese sistema sexagesimal seguirá vigente hasta finales del siglo XIX. De hecho, aunque el sistema métrico decimal fue creado en la Francia napoleónica, hasta 1884 no fue aceptado, y con muchas reticencias, por Gran Bretaña, por entonces primera potencia mundial. Y justamente con el transcurrir de aquel siglo la mano fue sustituida por la raqueta. Con ello, y con la aparición de la nueva cultura postindustrial del ocio, el tenis moderno nacería tal y como hoy lo conocemos.

He aquí el nacimiento del tenis y su peculiar forma de puntación para unos. Aquellos lores de flema británica tenían que establecer las reglas de su nuevo juguete. Y coincidió que esos jóvenes de rancio abolengo formaban en su mayoría parte de la Royal Navy. Contaban entre sus asuntos de debate establecer o no el sistema métrico decimal en la navegación o mantener la medición en millas náuticas.

Y, por supuesto, aquellos caballeros iban a defender la tradición y la idiosincrasia del Imperio Británico a capa y espada. Así pues, decidieron inspirarse en el sextante para establecer la puntuación del tenis. El sextante, por cierto, es un aparato inventado en Inglaterra en el siglo XVIII para medir la elevación del sol y conocer así su latitud. Hoy, con las satélites y el GPS, queda para los nostálgicos, pero durante cerca de dos siglos fue el utensilio más preciado de la imperial Royal Navy británica.

El sextante está dividido en cuatro partes que atañen a cuatro ángulos (15º, 30º, 45º y 60º) y corresponde con la sexta parte de una circunferencia, es decir, 360º; razón por la cual un set se divide en seis juegos. Posteriormente, los 45º fueron sustituidos por 40, porque su pronunciación inglesa (‘forty’ frente a ‘forty five’) hacía más fácil al árbitro cantar los puntos. Esta es la teoría más aceptada, pero hay muchas más.

Como producto snob y caballeresco, para los inventores del tenis la belleza del juego tenía que ser más importante que la victoria. Y en geometría pocas cosas hay más hermosas que una circunferencia. Símbolo de la perfección, una circunferencia tiene 360º y equivale a un set, el cual se divide en seis partes iguales (60º) que corresponden a cada juego del partido. Estos 60º se dividen en cuatro partes dando lugar a los diferentes tantos. El vencedor no sea el que consiga más puntos, sino el que antes llegue a la perfección.

Cabe señalar que el tenis es de los pocos deportes, sino el único, en el que el ganador no tiene por qué ser el que ha conseguido más puntos a lo largo de un partido.

Pero como las cosas a veces son mucho más simples, también deambula por los pasillos de la historia la teoría de que había un duque que no era muy ducho en matemáticas. Propuso contar de 15 en 15, pero como siempre sumaba mal, fuese la cantidad que fuese, al final la puntuación se quedó en los ya conocidos 15, 30 y 40.

Tenis proviene del francés ‘tenez’ y su uso deriva de que cuando el jugador ponía la pelota en movimiento gritaba ¡tenez!, que en castellano podríamos traducir por ‘¡ahí va! Luego los zapatos de corte deportivo que usaban los tenistas pasarían a ser conocidos como zapatos de tenis y así, como tenis, conocemos en buena parte del orbe a las bambas, zapatillas o playeras.

Antes de que se inventara la raqueta, los prototenistas golpeaban la pelota con un palo de golf. Ni que decir tiene que aquello era ardua tarea. No obstante, lo de sacudir a la bola con un madero común es la base del cricket. Mas es cierto que en el tenis el golpeo es constante y continuo y requiere de un utensilio con mayor área de recepción.

Al principio las pistas eran de hierba. De los cuatro Grand Slam tan sólo el parisino Roland Garros se disputaba sobre tierra batida. Podría parecer que mantener un cancha de hierba es más costoso que conservar una de polvo de arcilla, pero sucede justo lo contrario, y es la pista verde la más económica. Esto fue así hasta que aparecieron las pistas duras hechas a base de asfalto, plástico o cemento, y que hoy pueblan la mayoría de los torneos al ser las más baratas de construir y mantener.

Uno de los grandes problemas del tenis en el siglo XXI es la duración de los partidos. Para satisfacer a los ‘millennials’ se han ido ofreciendo modificaciones en los ‘tie-break’ para que los partidos no se conviertan en interminables. El objetivo es establecer un tope de puntos por el que no sea necesario ganar por dos de diferencia al rival para conquistar el ‘tie-break’. Experiencias de más de once horas de duración como las de John Isner y Nicolas Mahut en Wimbledon 2010 se antojan pavorosas (6-4, 3-6, 6-7, 7-6 y 70-68).

Las normas estandarizadas del tenis fueron probadas por vez primera en 1877 en el ‘All England Lawn Tennis and Croquet Club’, situado en Wimbledon, una pequeña y aristocrática población emplazada al suroeste de Londres. El torneo de Wimbledon es el alfa y el omega de la tradición tenística y sus ritos darían para un artículo por sí solo. En sus instalaciones sólo puede usarse el verde, púrpura y blanco. El blanco es el color obligatorio de la vestimenta de los tenistas y la tradición -o el machismo según se mire- se mantiene en el calificativo ‘Miss’ o ‘Mrs’ cuando el árbitro se refiere a una tenista. Al tenista, por supuesto, se le interpela por el apellido.

Y como no, si tanto en Francia, Estados Unidos y Australia al vencedor masculino y al femenino se les entrega una copa de campeones, en el torneo londinense a la copa de los hombres hay que contraponer una bandeja de plata que es concedida a las mujeres….

…para los que ven en esto connotaciones machistas, nada mejor que la historia de la ensaladera de la Copa Davis. Dicen que cuando Dwight Davis propuso crear una competición internacional entre los mejores tenistas de Estados Unidos y Gran Bretaña se olvidó de encargar un trofeo y tuvo que coger prestada una ensaladera de plata de casa de su abuela. No es más que una leyenda, porque la realidad es que Davis encargó a un joyero de Boston la confección de un trofeo de plata. Al parecer el orfebre, aunque residente en Estados Unidos, era un aristócrata británico. Quizás la bandeja de plata de Wimbledon fuera motivo de su extraña inspiración.

El trofeo de la Davis es uno de los más voluminosos del mundo. A su extraordinario tamaño contribuye un pedestal de madera que fue creado en 1932 para recoger el nombre de todos los campeones. Por ahora se le han añadido un total de tres pedestales y se espera que en 2036 haya que fabricar un cuarto pedestal.

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105 kilos de trofeo

Blancas, e incluso negras, eran las pelotas hasta la década de 1970. Fue entonces cuando la televisión pasó a interesarse por el deporte de la raqueta y obligó a pintar las bolas de amarillo o de amarillo verdoso, una tonalidad mucho más visible para el telespectador. La norma se hizo obligatoria en 1972, pero en Wimbledon, dónde sino, no lo sería hasta 1986.

Seguimos en Londres. A los afortunados que consiguen entrada o invitación para presenciar el torneo de Wimbledon se les invita a una taza de fresas con nata, ya que antes de que el Gran Londres arrasara con todo, las tierras de Wimbledon eran lugar de cultivo de una dulcísima variedad de fresas.

Sesudos estudios universitarios también se han preguntado porque los tenistas gritan. Los expertos concluyen que el tenista debe inhalar con la nariz y exhalar con la boca. A menudo, sin embargo, ocurre que el tenista, tras largos peloteos, ya no respira bien y emite gritos todavía más fuertes de lo habitual. Con esta técnica se imprime más fuerza al golpe y se relajan los músculos. Otros expertos, sin necesidad de estudios universitarios, sostienen que lo de los gritos es una técnica de intimidación y distracción ante el oponente a modo de hordas de bárbaros asaltando legiones.

Las primeras raquetas eran más pequeñas que las actuales y estaban fabricadas con cuerdas procedentes del intestino de una oveja y con carátula y mango de madera. Pronto lo de la oveja pasó a mejor vida, pero la madera siguió presente hasta finales de los 70. A finales del siglo XX tocó el turno del aluminio y en la actualidad las raquetas son de fibra de carbono y las cuerdas ultrarresistentes son sintéticas.

Los cuatro torneos más importantes (Open de Australia, Roland Garros, Wimbledon y US Open) configuran el ‘Grand Slam’. En categoría masculina conforman los únicos torneos donde se juega al mejor de cinco sets. El nombre proviene del bridge, un juego de cartas medieval y muy en boga entre las elites inglesas de inicios del siglo XX, y da nombre a una jugada victoriosa. Originalmente un tenista lograba el ‘Grand Slam’ cuando se alzaba con los cuatro torneos en el mismo año natural, aunque en la actualidad se acepta para el que lo consiga aun de forma alterna. Únicamente la alemana Steffi Graf ha logrado el ‘Golden Slam’, es decir, triunfar en el mismo año en los cuatro grandes torneos y lograr a mayores la medalla de oro en los Juegos Olímpicos.  

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Graf. Golden Slam 1988

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En Wimbledon se gana de blanco (otras curiosidades del torneo por excelencia)

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¿Por qué Uruguay lleva cuatro estrellas de campeón del mundo en la camiseta?

Camino del siglo del inicio del primer Mundial de fútbol, únicamente ocho naciones pueden presumir de ser campeonas mundiales. A la más reciente España (1), se le unen Inglaterra (1), Argentina (2), Francia (2), Alemania (4), Italia (4) y la plusmarquista Brasil (5). Falta uno en la lista; Uruguay. Tiene 2 Mundiales de fútbol (1930 y 1950) y sin embargo 4 estrellas están cosidas sobre el escudo que adorna su camiseta. Cualquier charrúa dirá que su país ha ganado 4 Copas del Mundo de fútbol. Y los más ‘frikis’ hasta argumentarán que tienen 5 títulos en su palmarés. De ser así, no habría nación más laureada en la historia del fútbol.

¿Cómo es que Uruguay tiene cuatro estrellas en su camiseta? Un viaje a la Wikipedia nos dará una rápida respuesta. Dos obedecen a sus títulos de la Copa del Mundo y las otras dos dan fe de sus triunfos en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928. Pero eso no es motivo suficiente. El fútbol fue por primera vez disciplina olímpica en 1908, repitió en 1912 (ambas con victoria de Gran Bretaña) y se refrendaría en Amberes 1920 con triunfo de la anfitriona Bélgica ante España. Así pues, ¿por qué se ha de reconocer las victorias de Uruguay en esos dos Juegos Olímpicos como victorias mundiales y no sucede lo mismo con las anteriores?

Debemos retroceder al año 1921. Por aquel entonces tuvo lugar el congreso de la FIFA en el que fue elegido presidente el francés Jules Rimet. Era Jules Rimet un hombre empecinado. Abogado de profesión y árbitro aficionado, nunca jugó al fútbol pero demostró unas dotes organizativas y políticas de primer nivel. Su deseo era crear una Copa del Mundo de fútbol. Pero era un deseo a medio plazo. Sabía que ante la negativa inglesa a participar y con un mundo en proceso de reconstrucción tras el fin de la I Guerra Mundial, debía esperar unos cuantos años. Apostó por una solución de compromiso. La decisión que tomó en aquel congreso de 1921 era que mientras ese momento llegara “la Federación Internacional reconocerá el Torneo Olímpico de Fútbol como un Campeonato del mundo amateur si éste es organizado conforme a los reglamentos”. Así entonces, la competición de fútbol de 1924 a celebrar en los JJ.OO de Paris iba a tener rango de Copa del Mundo.

En aquellos tiempos el fútbol sudamericano era un desconocido. Fueron escoceses los que llevaron el juego a los puertos de Montevideo y de Buenos Aires. Y este hecho es significativo, dado que a diferencia de los ingleses, los escoceses propugnaban un juego de pase y movimiento. Pronto los hijos de la inmigración italiana y española convertirían aquello en un fútbol dinámico donde la garra y el gambeteo iban de la mano.

La selección de fútbol de la República Oriental del Uruguay era la vigente campeona de América. Pero que un país del otro lado del charco viajase a Europa se antojaba harto complicado. Había que afrontar un largo y pesado viaje en barco y solicitar una ausencia de un par de meses en el puesto de trabajo para poder prepararse y competir. La competición sólo daba permiso a la participación de amateurs, aunque era por todos sabido que la mayoría de los futbolistas cobraban bajo cuerda.

Atilio Narancio, presidente de la federación charrúa, vio en los JJ.OO de 1924 la oportunidad de elevar el nombre de su país a los altares. Vendió varias de sus propiedades para sufragar una expedición que iba a convertir en el sueño de su vida. Convenció a los más escépticos con una serie de partidos amistosos para sacar cuartos y, esencialmente, prometió la gloria eterna a los jugadores que viajasen con él a Francia.

La selección uruguaya desembarcó en el puerto de Vigo el 6 de abril de 1924 con una calurosa bienvenida de los aficionados gallegos, la inmensa mayoría de ellos con familiares repartidos por el país sudamericano. Era la primera vez que una selección sudamericana de fútbol viajaba a Europa. Y causó sensación. Disputaron nueve partidos amistosos en España, para saldar el consabido balance de cuentas, y salieron victoriosos en todos ellos. Impresión causaron las contundentes victorias ante el Real Madrid y Athletic de Bilbao, los dos grandes equipos del momento. Habían viajado en tercera clase en un barco que tardó mes y medio en cruzar el Atlántico, pero ya se vislumbraba que volverían a casa con billete de primera.

Vigo, con la selección de Uruguay - Faro de Vigo
Vigo. 6-IV-24. Llegan los uruguayos

De Madrid a París serían unas 30 horas de tren y más de 3.000 espectadores (una cifra considerable en la época) verían la fácil victoria de los exóticos uruguayos ante Yugoslavia (7-0) en el primer partido del torneo. Después vencieron a Estados Unidos (3-0), Francia (5-1), Holanda (2-1) y a Suiza en la final (3-0). Uruguay había arrasado. El impacto fue tal que se estima en cerca del millón de mapamundis se vendieron en París y alrededores tras la victoria uruguaya, para poder así ubicar al pequeño país latinoamericano en el mundo. No era para menos, Paris contaba con más habitantes que la totalidad del Uruguay. En Montevideo se decretó fiesta nacional y se emitieron sellos conmemorativos. No era una victoria deportiva, era un éxito cultural y una prueba de que las jóvenes naciones sudamericanas podían competir con los viejos estados europeos.

Toda Europa, salvo los orgullosos y profesionales ingleses, celebró el triunfo uruguayo como un triunfo del refinamiento. Las imágenes de la época nos enseñan lo que hoy conocemos como estilo sudamericano. Pases al primer toque y decenas de gambetas. Con un ritmo y una velocidad notablemente inferior al fútbol del siglo XXI, pero muy alejado del prototipo inglés de fuerza, balón el aire y todos al área.

Fue tan extraordinaria la actuación de aquella selección charrúa, que al acabar la final el público parisino que abarrotaba el Estadio Olímpico de Colombes (ahora ya no eran 3.000 sino 45.000 almas) irrumpió con una sonora ovación. Pierre de Coubertin (presidente del COI) se dirigió al seleccionador uruguayo y le propuso dar una vuelta al campo para que los jugadores fuesen saludando al público. Había nacido la ‘vuelta olímpica’. No sólo eso. Un par de meses después, Uruguay disputó un partido amistoso ante Argentina para conmemorar el triunfo. Al cuarto de hora de partido, el delantero argentino Cesáreo Onzari anotaba un gol directo desde saque de esquina. Era el primer tanto que Uruguay encajaba tras ser proclamada campeona olímpica y aquel gol fue bautizado por la prensa como “el gol a los olímpicos”. De ahí nació la expresión ‘gol olímpico’ para referirse al tanto anotado directamente desde saque de esquina. Un término que surgió de la admiración por esa gran selección.

Juegos Olímpicos 1924 - AUF
«Campeones del mundo». 1924

Tal y como afirmé líneas atrás, los jugadores uruguayos eran amateurs, aunque por todos es sabido que los casos de profesionalismo encubierto eran evidentes en muchas disciplinas. Donde más en el fútbol, que había crecido de tal manera que hacía sombra a los propios JJ.OO. Esto fue notorio en Ámsterdam en 1928. Los uruguayos volvieron a lograr la presea de oro tras vencer sucesivamente a Holanda (2-0), Alemania (4-1), Italia (3-2) y a Argentina (2-1) en el encuentro por el título y tras un partido de desempate, en una antesala de la final de la Copa del Mundo de dos años después. Sin embargo, fue esta una victoria mucho más costosa, ya que los equipos europeos acudieron con los mejores jugadores de sus ligas, todos ellos falsos amateurs.

El COI, consciente de que era imposible controlar el amateurismo en el fútbol, prescindió de la disciplina balompédica en 1932. Recuperó el fútbol en 1936 bajo la estricta norma de prescindir de futbolistas profesionales la cual se mantendría vigente hasta 1988 imponiendo, eso sí, unas restricciones de edad, convirtiéndose el fútbol en los JJ.OO en una especie de Mundial sub-23. La FIFA se desmarcó de esa decisión, dejo de considerar los JJ.OO como competición mundial y pudo poner en marcha el proyecto que tenía en mente.

Fue entonces cuando Jules Rimet decide crear una competición propia a celebrar cada cuatro años, que se alternase con los JJ.OO y que llevaría el nombre de Copa del Mundo. La aprobación del primer Mundial tuvo lugar en un Congreso Extraordinario de la FIFA celebrado en el salón del Consejo del Ciento de Barcelona en 1929. Dado que Uruguay era la vigente campeona olímpica se dio por hecho que sería el país organizador, aunque Hungría e Italia también presentaron su candidatura. Al final el Mundial de 1930 se celebraría en el país sudamericano con tan sólo 13 países inscritos. Las naciones europeas (excepto Francia, Bélgica, Rumanía y Yugoslavia) se negaron a acudir esgrimiendo motivos económicos y de calendario.

El boicot no tuvo efecto. El Mundial de 1930 fue un éxito y detrás del primero vendrían todos los demás. La organización uruguaya fue ejemplar. Todas las fuerzas vivas de la nación y los cerca de 2 millones de habitantes que entonces tenía el pequeño país latinoamericano se volcaron en el Mundial y en la construcción del estadio Centenario, que fue bautizado con ese nombre porque en 1930 la competición futbolística iba a coincidir en el tiempo con los fastos por la celebración del centenario de la Independencia de Uruguay. Por cierto, las cuatro tribunas del estadio están bautizadas con los evocadores nombres de América, Colombes, Ámsterdam y Olímpica, un homenaje a los éxitos futbolísticos del país.

Uruguay ganó aquel Mundial de 1930 al igual que había vencido en los JJ.OO de 1924 y 1928. Pelé cuenta como el único jugador que ha ganado 3 Mundiales (1958, 1962 y 1970), pero es un dato no del todo cierto. Hasta 6 jugadores uruguayos fueron vencedores en las 2 ediciones de los JJ.OO y en el primer Mundial. El capitán del combinado era Jose Nasazzi, un fenomenal central apodado ‘El Mariscal’ y que era temido por los delanteros. La figura del equipo era Héctor Scarone, uno de los mejores puntas del mundo en la década de 1920 y que jugaría en Europa en el FC Barcelona y en el Inter de Milán. El acompañante de Scarone era Pedro Petrone, máximo goleador en los JJ.OO de Paris. El centro del campo era comandado por José Andrade, un mediocentro rocoso que está considerado por los historiadores como el primer gran jugador de raza negra. Y nos faltan dos extremos, ambos de origen español. Por un lado estaba Santos Urdinarán, apodado ‘Vasquito’. El otro extremo era Pedro Cea, uno de los jugadores más aclamados al desembarcar la expedición uruguaya en Vigo porque había nacido en el pueblo gallego de Redondela antes de emigrar con sus padres al país charrúa (también era nacido en Redondela Lorenzo Fernández, que fue campeón olímpico en 1928 y del mundo en 1930).

Pero aún hay más. Si el lector recuerda, en el primer párrafo de este artículo anunciaba que los más ‘frikis’ dan a Uruguay 5 títulos de la Copa del Mundo. Y éste último, además, vale doble.

Uruguay es el único país que cuenta con una Copa de Oro de Campeones Mundiales.

En diciembre de 1980, con motivo de los 50 años de la creación del primer Mundial, la FIFA organizó una competición a lo que solo podían acudir aquellos equipos que habían sido campeones mundiales (en aquel entonces eran Uruguay, Italia, Brasil, Alemania, Inglaterra y Argentina). Los ingleses, fieles a su legendaria flema, renunciaron a ir, por lo que la FIFA invitó a Holanda por haber sido subcampeona en 1974 y 1978. Se formaron dos grupos con tres equipos saliendo finalistas los vencedores de grupo. A la final se clasificaron Uruguay, que ejercía de país anfitrión, y Brasil. En la finalísima, disputada el 10 de enero de 1981, los uruguayos vencieron por 2-1 con goles de Barrios y Vitorino haciendo inútil el tanto del brasileño Sócrates.

He aquí el pentacampeonato uruguayo.

Según los estatutos de la FIFA en 2030 se debe celebrar una nueva Copa de Oro de Campeones Mundiales. El problema es que 2030 también es año de Mundial y el calendario internacional está mucho más saturado de lo que estaba en 1980. Veremos lo que Infantino y compañía inventan, pero mientras tanto, y a la espera de saber quién ganará el Mundial de Qatar, Uruguay puede seguir presumiendo de tener 4+1 Copa del Mundo de fútbol.

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Un Balón de Oro para los europeos (1995-2020). Una historia contrafactual

Clasificar. Desde pequeños tendemos a agrupar, ya sea por colores, por tamaños o por formas. Es algo innato a la especie humana y todo se lo debemos al desarrollo de nuestro cerebro. Desde hace miles de años hacemos listas y clasificaciones que nos permiten recordar y memorizar y, de hecho, el orden es de las cosas más humanas que existen. Clasificamos porque nuestra mente nos dice que dentro de nuestro ser hay un orden y nuestro cerebro lo necesita para ayudarle a facilitarnos la vida.

Por eso nos gusta tanto clasificar. Por eso hacemos y rehacemos historias. ¿Qué pasaría sí? ¿Y si hubiésemos hecho esto asá? ¿Y si ponemos esto otro aquí? Hacemos continuas clasificaciones y exploramos que hubiese sucedido si las decisiones fuesen otras. Hacemos historias contrafactuales.

Despedimos 2020 con buena parte del mundo en precario y empapados de una psicosis colectiva. En estos meses hemos cerrado fronteras, exteriores e interiores, y nos hemos puesto a mirar con aire de desprecio (con más si cabe) a aquellos que vienen de fuera. En Europa los duros muros de cemento de la construcción europea hace tiempo que dejaron paso al adobe y la pandemia no ayuda a revertir esta decrépita situación. Estamos a escasas fechas de que el brexit sea una realidad y los europeos vuelvan a ser extranjeros en el Reino Unido. A escasos días de que la Premier League vuelva a 1995.

Pero, ¿qué hubiese pasado si no hubiese existido la Ley Bosman? Ya en otro artículo trate de responder a esta pregunta y busqué unos vencedores de la Copa de Europa contrafactuales. Pero el motivo del artículo de este viernes no es grupal, sino individual.

Robert Lewandowski ha sido galardonado con el premio ‘The Best’ que la FIFA otorga al mejor futbolista en un año natural. Es el único premio que el delantero polaco ha ganado este año. Le han robado el otro. ‘France Football’ decidió hace unos meses no dar este año el Balón de Oro según explicaron “por las circunstancias excepcionales por la pandemia del coronavirus”. A cambio se han inventado una chapuza en la que buscan el mejor once de la historia obviando el propio historial del premio y recolocando a futbolistas en posiciones que no son las suyas para no solaparse con otros favoritos.

Y todo ello como si no hubiese habido fútbol profesional este año. Como si Lewandowski y compañía llevasen desde marzo encerrados en casa sin calzarse las botas de tacos.

Lewandowski, ganador del The Best 2020
The Best 2020

2020 es el año que en el que a Robert Lewandowski le han hurtado un más que merecido Balón de Oro. Sucedería en el trono a Leo Messi que, con seis trofeos, es el hombre récord. No obstante, si los jugadores no europeos hubiesen tenido libre acceso al trofeo desde 1956, año de su creación, el recordman sería Pelé con 7 entorchados tal y como expliqué tiempo atrás.

Pero en este caso la pregunta es otra. ¿Qué hubiese pasado si en 1995 las fronteras siguiesen cerradas y el Balón de Oro continuase siendo coto cerrado para los europeos? ¿Qué hubiese sucedido si Weah, Ronaldo, Rivaldo, Ronaldinho, Kaká o Messi no pudiesen haber ganado el Balón de Oro?

Vamos a ello entonces. Un Balón de Oro (1995-2020) en el que sólo puedan participar los europeos. En mayúsculas estarían aquellos que lo ganaron en la realidad. En minúsculas aquellos usurpadores del trono:

1995 Jürgen Klinsmann (Alemania) Bayern Munich

1996 MATTHIAS SAMMER (Alemania) Borussia Dortmund

1997 Predrag Mijatovic (Montenegro) Real Madrid

1998 ZINEDINE ZIDANE (Francia) Juventus

1999 David Beckham (Inglaterra) Manchester United

2000 LUIS FIGO (Portugal) FC Barcelona / Real Madrid

2001 MICHAEL OWEN (Inglaterra) Liverpool FC

2002 Oliver Kahn (Alemania) Bayern Munich

2003 PAVEL NEDVED (Chequia) Juventus

2004 ANDREI SHEVCHENKO (Ucrania) AC Milan

2005 Frank Lampard (Inglaterra) Chelsea

2006 FABIO CANNAVARO (Italia) Juventus / Real Madrid

2007 Cristiano Ronaldo (Portugal) Manchester United

2008 CRISTIANO RONALDO (Portugal) Manchester United

2009 Cristiano Ronaldo (Portugal) Real Madrid

2010 Andrés Iniesta (España) FC Barcelona

2011 Cristiano Ronaldo (Portugal) Real Madrid

2012 Cristiano Ronaldo (Portugal) Real Madrid

2013 CRISTIANO RONALDO (Portugal) Real Madrid

2014 CRISTIANO RONALDO (Portugal) Real Madrid

2015 Cristiano Ronaldo (Portugal) Real Madrid

2016 CRISTIANO RONALDO (Portugal) Real Madrid

2017 CRISTIANO RONALDO (Portugal) Real Madrid

2018 LUKA MODRIC (Croacia) Real Madrid

2019 Virgil Van Dijk (Países Bajos) Liverpool FC

Es interesante recordar que hay dos jugadores no europeos que antes de 1995 ganaron el Balón de Oro. Son los casos de Alfredo Di Stéfano (argentino nacionalizado español) y Omar Sívori (argentino nacionalizado italiano). El tercero en discordia sería Eusebio, que es el primer nativo africano que ganó el Balón de Oro. Sin embargo, el caso de Eusebio es sumamente controvertido. Nació en Maputo, que hoy es capital de Mozambique, pero en enero de 1942, cuando Eusebio vino a este mundo, era Lourenço Marques y pertenecía a Portugal. Eusebio nunca renegó de sus orígenes pero siempre se consideró así mismo portugués.

Sin Di Stéfano en la ecuación, el defensa inglés Billy Wright (1957) y el delantero francés Raymond Kopa (1959) hubiesen ganado el Balón de Oro. Sin Sívori (1961) el español Luis Suárez sumaría un nuevo trofeo al que había ganado el año anterior. Y una cosa más. Sin los dos delanteros argentinos en liza, Ferenc Puskás hubiese subido al pódium de un Balón de Oro que le llegó tarde y viejo, cuando años atrás el nombre de Puskás tronaba por el Viejo Continente.

Ampliemos ahora el foco. Primero, segundo y tercero. Nuevamente en mayúsculas los que ocupan un puesto real y en minúsculas los que representan un puesto contrafactual:

1995 Klinsmann / Litmanen / Del Piero

1996 SAMMER / Shearer / Del Piero

1997 Mijatovic / Zidane / Bergkamp

1998 ZIDANE / SUKER / Owen

1999 BECKHAM / Shevchenko / Figo

2000 FIGO / ZIDANE / SHEVCHENKO

2001 OWEN / RAÚL / KAHN

2002 Kahn / Zidane / Ballack

2003 NEDVED / HENRY / MALDINI

2004 SHEVCHENKO / DECO / Henry

2005 Lampard / Gerrard / Henry

2006 CANNAVARO / BUFFON / HENRY

2007 Cristiano Ronaldo / Pirlo / Van Nistelrooy

2008 CRISTIANO RONALDO / Fernando Torres / Casillas

2009 Cristiano Ronaldo / Xavi / Iniesta

2010 Iniesta / Xavi / Sneijder

2011 Cristiano Ronaldo / Xavi / Iniesta

2012 Cristiano Ronaldo / Iniesta / Xavi

2013 CRISTIANO RONALDO / Ribery / Ibrahimovic

2014 CRISTIANO RONALDO / Neuer / Robben

2015 Cristiano Ronaldo / Lewandowski / Thomas Müller

2016 CRISTIANO RONALDO / Griezmann / Bale

2017 CRISTIANO RONALDO / Buffon / Modric

2018 LUKA MODRIC / CRISTIANO RONALDO / GRIEZMANN

2019 Virgil Van Dijk / Cristiano Ronaldo / Mbappé

A lo que habría que añadir el trofeo que este año ‘France Football’ ha decidido no otorgar:

2020

Robert Lewandowski (Polonia) Bayern Munich Oro

Kylian Mbappé (Francia) PSG Plata

Manuel Neuer (Alemania) Bayern Munich Bronce

Así pues saldrían beneficiados de soslayo depuradas técnicas como las de Ibrahimovic, afamados fantasistas como Del Piero, tremendos goleadores como Suker o Van Nistelrooy, todocampistas como Ballack o Gerrard, cerebros privilegiados como Pirlo o un corazón soberbio como el de Thomas Müller.

Triunfadores saldrían defensas aseados como Virgil Van Dijk y delanteros de colmillo afilado como Klinsmann y Mijatovic. David Beckham sería el primer Balón de Oro inglés en dos décadas y Andrés Iniesta el primero español en media centuria. Oliver Kahn hubiese sido el segundo Balón de Oro bajo palos sucediendo al mítico Lev Yashin.

20/03/1999: Oliver Kahn establece un récord en la Bundesliga
Kahn, ¿Balón de Oro?

Pero el gran beneficiado sería Cristiano Ronaldo que sin Messi de por medio doblaría sus registros actuales y alcanzaría los 10 trofeos del Balón de Oro. Bien es cierto que durante un lustro el Balón de Oro tuvo una tumultuosa convivencia con el FIFA World Player en la que la entrada en las votaciones de capitanes y entrenadores de selecciones de todo el mundo desvirtuó la idiosincrasia del trofeo.

Así, para los puristas, 2012 (Iniesta), y, especialmente, 2013 con Frank Ribery y, quizás, aunque solo quizás, 2014 (Neuer), el trofeo no debería haber sido para Cristiano (ni tampoco para Messi). Pero sea como fuere, es indudable que Cristiano es uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, y, sin duda alguna, el futbolista europeo más dominante de la historia cuya longevidad es aún más extraordinaria que su capacidad futbolística.

Esta afirmación coge más vuelo si tenemos en cuenta que de los cuatro grandes (Di Stéfano, Cruyff, Pelé y Maradona) tan sólo hay uno que sea europeo y el que será quinto cuando se retire (Messi) también nació allende los mares. Que Cruyff sea más grande que Cristiano sólo se sostiene porque el mediapunta holandés es el fundador de un estilo, porque los números, el colmillo y la persistencia de Cristiano no tienen parangón en la vieja Europa.

https://www.youtube.com/watch?v=vUyXa1SOeXQ
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¿Qué futbolista ha sido más veces internacional con España? Una historia contrafactual

Sergio Ramos se ha convertido esta semana en el futbolista europeo con más partidos internacionales con su selección, con la nada desdeñable cifra de 178 choques. Acaba el año 2020 superando al italiano Gianluigi Buffon (177) y a escasa distancia del egipcio Ahmed Hassan (184) que es el plusmarquista mundial. Si ninguna lesión de gravedad lo impide, Ramos alcanzará dicha cifra durante la Eurocopa de 2021.

Los guarismos de Ramos son monstruosos y, por lógica aplastante, si es el futbolista europeo con más internacionalidades también lo tiene que ser vistiendo la elástica española. No obstante, Ramos ha formado parte de la época más gloriosa del fútbol nacional y ha crecido en un fútbol de fechas saturadas. ¿Qué hubiese pasado si en época de Zamora hubiese habido un torneo internacional cada par de veranos? ¿Qué hubiese sucedido si en tiempos de Gento los mundiales fuesen de 32 equipos? ¿Qué hubiese acaecido si en era de Arconada la selección disputase 15 partidos al año? ¿Hubiese sido Ramos el jugador con más partidos internacionales?

Toca una de mis historias contrafactuales.

Para aquellos principiantes en este blog conviene explicar que historia contrafactual es una historia alterna en la que se responde a la pregunta;  ¿qué hubiera pasado sí? Es un ejercicio de abstracción y ficción pero desde un punto de vista histórico. Se basa en datos, personajes y relaciones reales para crear una nueva realidad. No vale con decir que si en los 80 se hubiesen jugado más partidos Butragueño hubiese jugado más partidos que Ramos porque sí. Conviene explicarlo. En este blog ya lo hemos hecho en relación a los Balones de Oro que nunca ganó Pelé o a la realidad alternativa de la Copa de Europa si no existiese la Ley Bosman.

Bajo esta premisa considero tres diferentes variantes a la hora de dilucidar quién debería o podría ser el futbolista con más partidos jugados con la selección española:

A) Número de partidos disputados por el futbolista en porcentaje sobre el total de la selección:

Desde que debutó en Salamanca en un amigable ante China el 26 de marzo de 2005, Sergio Ramos ha jugado 178 partidos con la selección española. España ha saltado al campo en 207 ocasiones. Por lo tanto, Sergio Ramos ha jugado el 85,9% de los partidos posibles. Una salvajada en la que se demuestra tanto su fortaleza técnica como física, su longevidad en el tiempo y una confianza desmesurada de sus capacidades por parte de los distintos seleccionadores.

Gento jugó 43 partidos desde que debutó en 1955 en un amistoso ante Inglaterra en el Bernabéu hasta su retiro en octubre de 1969, en un histórico choque disputado en el 12 de octubre en La Línea de la Concepción. Futbolista longevo, el único hexacampeón europeo de la historia, sumó un total de 44 internacionalidades. Representa un discreto 53,7 % de los encuentros en liza.

Podemos irnos a un portero, a sabiendas que los guardametas suelen disputar más partidos. Ricardo Zamora debutó en Amberes en 1920 y jugó su último partido 16 años después ante Alemania en un amistoso en Montjuic. En total fueron 46 los encuentros disputados por Zamora en un total de 56 partidos internacionales posibles. Da un 82,1%.

Iribar (49 choques) debutó como internacional en 1964 ante Irlanda y lo dejó ante Alemania en 1976 durante la fase de clasificación para la Eurocopa de dicho año. Doce campañas. Menos que los antes citados. En teoría sus 49 partidos (récord en la época), que fueron comprimidos en 66 choques, tendrían que ser el récord. Y no es así. Nos quedamos en un 74,2%.

El problema de esta variable es el de las sustituciones. En un siglo de fútbol internacional hemos pasado de la ausencia de sustituciones a los cinco cambios del presente. Además, hace más de medio siglo era raro que los amistosos fuesen causa de rotaciones o probaturas. Es más, si una vaca sagrada (caso de Gento) no iba a jugar, se quedaba en casa. Raro era tenerlo en el banquillo y mucho menos en la grada.

Lo ideal sería comprobar el número de minutos jugados por cada jugador en cada partido y a partir de ahí dilucidar cuál ha sido el más utilizado. En todo caso conviene recordar que este blog es para mí un hobby y no una fuente de ingresos. No cobro por ello (se admiten donaciones) y no tengo tiempo ni ganas de hacerle el trabajo a unos cuantos periodistas de la redacción de ‘Marca’ para que mañana publiquen un artículo.

EQUIPOS DE FÚTBOL: SELECCIÓN DE ESPAÑA en la temporada 1965-66
Mundial 66

B) Partidos jugados por temporada:

Sergio Ramos ha jugado un total de 178 partidos en 15 años, lo que hace una media de 11,8 partidos por temporada. Una cifra extraordinaria, que está cerca de ser igualada por Gerard Piqué, durante muchos años compañero en el centro de la zaga española, con un total de 102 encuentros distribuidos en 9 años (11,3 por campaña).

Si tomamos como referencia los ejemplos anteriores, Gento únicamente disputó 3,1 encuentros internacional por temporada, Ricardo Zamora 2,8 e Iribar un total de 4,1. Incluso si llevamos el foco a un jugador más contemporáneo como Fernando Hierro, además inmediato antecesor de Ramos con España y el Real Madrid, el total es de 89 encuentros en 13 temporadas, o lo que es lo mismo son 6,8 por campaña.

Obviamente Ramos demuestra un historial vacío de lesiones y una desmesurada confianza de los técnicos, pero la variedad en el número de partidos hace que está variable sea errónea. Así, mientras que en la década de los 20 España jugó 33 encuentros, en los duros 40 únicamente fueron 18 choques, en la década de los 60 un total de 62, en los 90 se llegaron a los 97 partidos internacionales y en la gloriosa década para la selección que empezó en el años 2010 se han llegado a jugar un total de ¡130 partidos! Mientras Piru Gaínza sentaba cátedra pegado a la cal izquierda de San Mamés apenas contó con oportunidades de brillar en el enclaustrado mundo internacional de los 40 y comienzos de los 50. Un jugador mucho menor como Iker Muniain ha tenido infinidad de oportunidades para ser internacional. Concretamente lo ha sido en dos ocasiones y muy espaciadas en el tiempo, lo que habla de las facilidades logísticas actuales para vestir la absoluta.

GAINZA (Selección Española - 1950) Rev. Pulgarcito | Seleccion de futbol de  españa, Seleccion española de futbol, Equipo de fútbol
Gaínza. Leyenda de los 40-50

C) Ajustar el número de partidos internacionales anuales a los parámetros actuales:

Quizás el mejor método, para nada el más justo, es ver cuantos partidos ha jugado la selección anualmente desde que Ramos es internacional. Son un total de 13,8 por temporada. Aplicaremos un factor corrector que elevará la cifra a 14, cantidad que sería la real si el coronavirus no se hubiese puesto en nuestras vidas y se hubiese celebrado la Eurocopa el verano pasado.

Si aplicamos un factor de 14 partidos por temporada tendremos una situación más real de quien es el jugador que podría llevar con orgullo la bandera de ser el futbolista español con más internacionalidades.

El problema radica en que hay jugadores que despuntaron con rapidez para volver a la selección pasados unos cuantos años. Pongamos el ejemplo del citado Muniain. Son dos partidos con siete años de diferencia. Si aplicamos nuestro factor corrector sumaría un total de 98 encuentros, lo que es totalmente irreal porque en el caso de Muniain no han sido solo dos internacionalidades por falta de partidos, sino por defecto de cualidades. Existen también las lesiones, sin ellas, quizás Casillas hubiese llegado a los 224 partidos. Hasta Ramos de vez en cuando se lesiona o necesita un descanso, porque si no en vez de 178 llevaría más de 200 encuentros.

D) La ecuación de Misterdato:

Es por eso que he intentado realizar una ecuación que nos ayude a seleccionar los jugadores españoles con más internacionalidades en una historia contrafactual. Pero en primer lugar vamos con el listado real una vez finalizado el año 2020. He escogido a todos aquellos futbolistas con más de 100 partidos. Después he seleccionado a jugadores que por haber sido capitanes, haber ostentando en su día el récord de partidos o de goles o por haber sido bandera de la selección en su momento, son dignos de recordar. En total son 38 los jugadores:

1. Sergio Ramos 178   

2. Iker Casillas 167 

3. Xavi Hernández 133

4. Andrés Iniesta 131 

5. Andoni Zubizarreta 126

6. David Silva 125

7. Sergio Busquets 120

8. Xabi Alonso 114

9. Fernando Torres 110

10. Cesc Fábregas 110

11. Raúl González 102

12. Gerard Piqué 102

13. Carles Puyol 100

14. David Villa 98

15. Fernando Hierro 89

16. José Antonio Camacho 81

17. Rafael Gordillo 75

18. Emilio Butragueño 69

19. Luis Arconada 68

20. Carlos Santillana 56

21. José Ángel Iribar 49   

22. Ricardo Zamora 46    

23. Francisco Gento 43 

24. Amancio Amaro 42  

25. José Martínez ‘Pirri’ 41 

26. Juan Manuel Asensi 41 

27. Enrique Castro ‘Quini’ 35

28. Antonio Ramallets 35 

29. Piru Gaínza 33 

30. Luis Suárez 32 

31. Alfredo Di Stéfano 31 

32. Jacinto Quincoces 25 

33. Estanislao Basora 22 

34. Telmo Zarra 20 

35. Ladislao Kubala 19 

36. Ferran Olivella 18

37. Marcelino Martínez 14

38. Isidro Lángara 12 

Bien, vamos ahora con el listado contrafactual. Para ello he premiado la confianza y la longevidad. En primer lugar he calculado en 7 el número de partidos internacionales anuales jugados por España. Son un total de 710 partidos en 100 años desde el debut en los Juegos Olímpicos de Amberes. He multiplicado los años internacionales de cada futbolista por 7 y luego he aplicado una variable de calidad en función del % de partidos jugados del total de la selección multiplicado por 1.

Por ejemplo, Sergio Ramos sumaría 105 (15 años como internacional a razón de 7 choques por temporada) y ha jugado el 85,9 de todos los partidos posibles disputados por la selección durante estos cinco lustros. Dicha cifra ha sido multiplicada por 1 dando como total 1,859. Así entonces, en esta historia contrafactual Sergio Ramos suma 195 internacionalidades (105 x 1,859).

Con lo cual esta sería la lista de futbolistas con más partidos jugados con España en una historia contrafactual:

1. Ricardo Zamora 204 (112 x 1,821) 

2. Iker Casillas 200 (112 x 1,787)

3. Sergio Ramos 195 (105 x 1,859)

4. Andoni Zubizarreta 176 (91 x 1,933)

5. Xavi Hernández 170  (98 x 1,734)

6. Fernando Hierro 152 (91 x 1,672)

7. José Antonio Camacho 151 (91 x 1,669)

8. Francisco Gento 150 (98 x 1,531)

9. David Silva 150 (84 x 1,786)

10. Andrés Iniesta 148 (84 x 1,76)

11. Carles Puyol 147 (91 x 1,617)

12. José Ángel Iribar 146 (84 x 1,741)

13. Luis Suárez 143 (105 x 1,359)

14. Amancio Amaro 139 (84 x 1,656)

15. Sergio Busquets 137 (77 x 1,789)

16. Piru Gaínza 136 (70 x 1,942)

17. Raúl González 134 (70 x 1,91)

18. Xabi Alonso 133 (77 x 1,726)

19. José Martínez ‘Pirri’ 133 (84 x 1,585)

20. Fernando Torres 132 (77 x 1,714)

21. David Villa 132 (84 x 1,573)

22. Antonio Ramallets 130 (77 x 1,686)

23. Cesc Fábregas 122 (70 x 1,743)

24. Juan Manuel ‘Asensi’ 121 (77 x 1,577)

25. Rafael Gordillo 119 (70 x 1,669)

26. Enrique Castro ‘Quini’ 118 (84 x 1,406)

27. Carlos Santillana 114 (70 x 1,629)

28. Gerard Piqué 112 (63 x 1,784)

29. Jacinto Quincoces 108 (56 x 1,925)

30. Emilio Butragueño 106 (56 x 1,896)

31. Luis Arconada 104 (56 x 1,85)

32. Ladislao Kubala 85 (56 x 1,527)

33. Estanislao Basora 84 (56 x 1,5)

34. Ferran Olivella 83 (56 x 1,49)

35. Telmo Zarra 82 (42 x 1,952)

36. Alfredo Di Stéfano 56 (28 x 2)

37. Isidro Lángara 49 (28 x 1,75)

38. Marcelino Martínez 46 (32 x 1,437)

Según la historia contrafactual, tanto Casillas como Zamora superarían a Ramos en número de internacionalidades, aunque lo normal sería que al acabar el 2021 Ramos se convirtiera en el plusmarquista. Mención especial para Telmo Zarra y Alfredo Di Stéfano. El delantero del Athletic únicamente se perdió un partido internacional de los que pudo haber jugado en su día y acabó su carrera internacional con una media de un gol por encuentro. El caso del punta del Real Madrid es más extraordinario porque entre 1957 y 1961 jugó todos los partidos posibles con España. La pena para él es que una lesión le impidió acudir al Mundial de 1962 y que debutó con la selección a los 31 años. Hubiese pasado de los 200 choques en esta historia contrafactual si diez años antes, poco después de los 20, no hubiese defendido el escudo de Argentina.

Ramos mantiene el hambre y la exuberancia física para conservar la exigencia tanto en el Real Madrid como con la selección española. Hay genes, pero también trabajo y ambición. Son legión sus ‘haters’, a lo que contribuyen sus paletadas y desmanes varios como aquella vez que le se cayó la Copa del Rey de un autobús o aquel penalti que mandó al segundo anillo del Bernabéu. Pero Ramos es todo virtud, primero lateral y luego central, alma de delantero, y con derecho propio, uno de los mejores defensores que ha parido el fútbol mundial.

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¡A mí, Sabino, que los arrollo!

Para 1920 la selección española de fútbol iba a hacer su debut internacional. Por entonces aún no existía la Liga, pero se consiguió armar un equipo para disputar los Juegos Olímpicos de Amberes. El grupo que salió en tren desde la estación de Irún rumbo a Bélgica estaba formado por 21 futbolistas que representaban la realidad futbolística del momento. 15 vascos, 3 catalanes y 3 gallegos. Entre estos últimos destacaban los mediterráneos Ricardo Zamora y Pepe Samitier y entre los atlánticos Luis Otero. Todas las demás ‘vedettes’ eran vascuences entre ellos Rafael Moreno ‘Pichichi’, Sabino Bilbao y José María Belaustegigoitia, conocido por todos como Belauste.

Fue la primera vez de la selección. Se cumple ahora un siglo. Se escogió una camiseta roja con un león rampante en el escudo, pantalón blanco y medias negras con vuelta amarilla. El uniforme reserva estaba diseñado en azul, aunque España jugó su primer partido con pantalón blanco para no confundirse con Dinamarca, su primer rival. En Amberes no gustó mucho la indumentaria porque los belgas también usaban en su escudo un león dorado.

Para preparar el combinado nacional se realizó una pequeña concentración en Irún con probables y posibles, como se decía entonces. Una selección A y una selección B. El fútbol vasco era el hegemónico porque a través de sus puertos se mantenía una conexión constante con Inglaterra, aun por entonces dueña y señora en el desarrollo del fútbol. Además, mientras que en el norte se jugaba en hierba, tanto en Madrid como en el sur los campos solían ser de tierra. Por ello en un primer momento la idea era llevar a 21 vascos a Amberes, aunque al final algún que otro posible se convirtió en probable.

Como indicaba, la comitiva viajó en tren hasta Amberes en vagones de tercera clase. Eran tratados como segundones en comparación con los olímpicos del polo o del tenis. Mientras éstos eran señoritingos, la mayoría de los futbolistas eran falsos amateurs que tuvieron que pedir permiso en sus trabajos para disputar los JJ.OO. Ramón Eguizábal, que además de defensa era albañil, intentó entre partido y partido sacarse unas perras poniendo ladrillos en Bélgica. Al final, lograron una dieta de 67 francos por día. Alguno como Eguizábal usaba la mitad para comer y dormir y ahorraba el resto. Estrellas urbanitas como Samitier o Zamora gastaban toda la dieta en alojarse en el lujoso Hotel L’Industrie junto a los encorbatados del COI.

El torneo tenía un sistema cuanto menos peculiar. Había 14 equipos clasificados, por lo que primero hubo una fase previa para determinar las ocho selecciones que se clasificarían para los cuartos de final. Una vez ahí, el que ganase las siguientes rondas sería el campeón y medalla de oro. Sin embargo todos los perdedores, ya fuese en cuartos, en semifinales o incluso el perdedor de la final, tendrían que seguir luchando para obtener la plata o el bronce. Evidentemente el equipo que quedaba eliminado en cuartos de final debía disputar varias rondas eliminatorias y aquel que caía en la final tan sólo tenía que jugar un único partido con el bronce ya asegurado.

El debut, el primer partido en la historia de ‘La Roja’, es el 28 de agosto de 1920 ante Dinamarca. Y no será en Amberes, sino en la capital Bruselas. Para los anales una alineación formada por Zamora (Barcelona); Otero (Vigo Sporting), Arrate (Real Sociedad); Eguizábal (Real Unión de Irún), Belauste (Athletic), Samitier (Barcelona); Pagaza (Arenas de Getxo), Sesúmaga (Barcelona), Pichichi (Athletic), Patricio (Real Unión de Irún) y Acedo (Athletic). Ocho vascos, dos catalanes y un gallego. Belauste fue el capitán.

La plata, Sabino y el debut oficial | El Diario Montañes
Los once pioneros

España venció por 1-0 a Dinamarca, por entonces un rival con más pedigrí que el combinado español, pero caerá en cuartos de final ante Bélgica (1-3). Los anfitriones acabarían logrando el oro al derrotar posteriormente a Países Bajos y a Checoslovaquia. A España aún le quedaba la oportunidad de lograr la medalla de plata en el batiburrillo del torneo de consolación. Para ello tenía que derrotar por este orden a Suecia, Italia y Países Bajos. ¿Y por qué no tenía que jugar con Checoslovaquia? Los checoslovacos, tras perder la final, consideraron indigno luchar por la plata y se retiraron.

Cosas del ‘fairplay’ de entonces. No se puede juzgar el pasado con los ojos del presente.

El primero de esos choques tuvo lugar el 1 de septiembre de 1920 y enfrentaba a España contra Suecia. Los escandinavos se adelantaron mediada la primera parte gracias a un fútbol enormemente físico. Según las crónicas, los suecos practicaban un juego violento y eran mucho más altos y fuertes que unos españoles que, a inicios del siglo XX, tenían una talla raquítica en comparación con los bien alimentados habitantes del norte de Europa.

Comenzó pues la segunda mitad con España necesitada de remontar. A los seis minutos de la reanudación, el conjunto hispano avanzaba por la banda cuando Belauste se incorporó al ataque. José María Belaustegigoitia era un mediocentro del Athletic, quizás su primera gran estrella junto al delantero Pichichi. No existía la Liga, pero entre 1910 y 1923 consiguió siete títulos de Copa del Rey convirtiendo a los bilbaínos en el conjunto de referencia en España. Belauste era el capitán de la selección, un vasco imponente y un rara avis de 1,93 metros de altura. Podía retar de tú a tú a los suecos y jugaba siempre con un pañuelo en su cabeza que amortiguara los golpes con el balón y para, según se creía, evitar la alopecia.

Así que Belauste se incrustó dentro del área rival a la espera de que le llegase un centro.

Quien percutía por la banda era Sabino que tras levantar la vista vio como Belauste le pedía el balón. Y fue entonces cuando sucedió.

Según la primera de las versiones Belauste exclamó; “¡A mí el pelotón, Sabino, que los arrollo! Al parecer de otra versión el grito fue; “¡A mí, Sabino, que los arrollo! Fuese una la súplica o fuese otra, lo que sucedió después también cuenta con varias alternativas. Según unos Belauste controló el balón con el pecho y según otros lo hizo con la cabeza. Pero en lo que concuerdan todas las crónicas, y aquí viene lo realmente importante, es que Belauste se introdujo él mismo junto al esférico en la portería rival llevándose por delante a tres defensas suecos y al guardameta, los cuales no pudieron evitar, ni a base de patadas, que aquel gigante se metiese dentro de la portería.

Había nacido la ‘Furia Española’.

La mazeta deportiva: José María Belauste
Belauste. 193 centímetros de bilbaíno

Fiel a las crónicas de la época, fue el vigués Manuel de Castro el que dotó de costumbrismo, épica y pasión, la anécdota al momento. Conocido como ‘Handicap’, Manuel de Castro fue un verdadero ‘sportsman’ de inicios de siglo. Fue jugador, entrenador, árbitro, directivo, periodista y también seleccionador nacional. Su busto adorna la entrada del estadio de Balaídos, instalación que impulsó a levantar. El caso es que ‘Handicap’ describió aquel gol como “hercúleo”, apodó a Belauste como “el león de Amberes” y exclamó que aquella exaltación de cojones y españolía representaba “la furia española”.

Al éxito internacional del término ayudó que a un colega neerlandés de ‘Handicap’ le gustase la expresión y titulase de la misma forma en la portada de un periódico holandés, y, sobretodo, que Henri Desgrange, patrón del Tour de Francia y director de ‘L’Auto’ (antecedente de L’Equipé), usase el mismo enunciado.

Eso sí, no con el mismo propósito.

Fuera en Amberes donde en 1576 se hablara por vez primera de la ‘Furia Española’. Tras años de guerra en Flandes, las tropas españolas estaban exhaustas y acumulaban cerca de dos años sin cobrar debido a la ruina del gobierno de Felipe II. Exasperado, un ejército de 5.000 hombres comandado por Sancho Dávila ocupó diversas poblaciones entre las que estaba la importante ciudad portuaria de Amberes. Los nativos, indignados, exigieron la expulsión de los tercios y la confrontación acabó con el incendio de la ciudad y la muerte de 10.000 civiles. El saqueo de Amberes fue conocido como la ‘Furia Española’ y fue el detonante para la sublevación completa de Flandes y uno de los sucesos más conocidos de la leyenda negra española.

Así pues, un hombre ilustrado como Manuel de Castro aprovechó la coyuntura para darle una vuelta al significado histórico. El deporte, que siempre ha casado de maravilla con el patriotismo y el lenguaje bélico, iba a redefinir un concepto y dotaba al fútbol español de un ‘leitmotiv’ basado en el coraje y el pundonor que no sería puesto en tela de juicio hasta muchos años más tarde cuando las ideas de Johan Cruyff (un neerlandés -ironías de la vida-) calen en España.

Y lo cierto es la importancia del gol fue más bien escasa. La remontada no se culminaría hasta minutos más tarde e incluso los suecos pudieron empatar el partido poco antes del final gracias a un penalti que consiguió salvar Ricardo Zamora. España pasó de ronda, pero aún tendría que ganar a Italia (2-0) y a los Países Bajos (3-1) para lograr una histórica medalla de plata en su primera participación internacional.

Con el paso del tiempo, y ante la falta de testimonio sonoro, hubo quien afirmó que nunca se había dicho tal frase. Incluso hay quien sostiene que lo que dijo Belauste era “¡Sabino, aurrera!” (¡Sabino, adelante!, en vasco). Lo cierto es que fue el propio Belauste el que acalló todos los rumores cuando cerca de 20 años más tarde rememoró el suceso en un reportaje periodístico: “Estando yo en posición ventajosa para anotar, y viendo que Sabino avanzaba con la pelota, le dije simplemente: «¡A mí, Sabino, que los arrollo! Después, rodamos tres o cuatro por el suelo».

Belauste se convirtió en un icono del fútbol español y en el padre de la llamada ‘Furia Española’ a pesar de haber jugado únicamente tres partidos con la selección. El revisionismo histórico ha mostrado como irónico que un chico de familia acomodada y militante del PNV (su hermano mayor era íntimo amigo de Sabino Arana) represente la quintaesencia del nacionalismo español. La realidad es que hasta el primer tercio del siglo pasado pocas regiones del país fueron más representativas del auténtico españolismo y de lo más primigenio de la identidad española que la provincia de Vizcaya.

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