historia

One club man

El Athletic Club de Bilbao es un club especial. No es un club cualquiera. Cada uno de nosotros podríamos decir lo mismo del equipo de nuestros amores, pero estaríamos faltando a la verdad. El Athletic cuenta con una filosofía propia que trasciende más allá del rectángulo de juego. No por admirada es querida. El Athletic cuenta con unas cuantas legiones de rechazo a lo largo de los cuatro puntos cardinales de la geografía española. Son vascos. Y ya se sabe que lo vasco tiene más detractores que admiradores. Pero los odios también se ciñen a las fronteras de lo que ellos dan en llamar Euskalherria. El Athletic es un león que devora piezas menores y esquilma a base de talonario las canteras de los demás equipos vascos.

Las propias limitaciones del modelo hacen indispensable el dinero para mantenerlo en pie. El Athletic sobrepaga a sus jugadores con la única finalidad de retenerlos. Salvo Barça, Madrid o Atlético nadie paga tanto como el Athletic. Un suplente bilbaíno gana con facilidad el doble que cualquier chupabanquillos de otro conjunto de Primera. Sí, por el contrario, el Athletic decide fichar a un jugador conoce que debe pagar un sobrecoste extra a sabiendas de que su demanda es muy elevada y su oferta limitada. Muchos de esos gastos son sufragados con dinero público vasco, hecho que incita recelos y protestas de sus vecinos de San Sebastián y del resto de equipos de Euskadi.

Esa política, tan suicida como racista y tan valiente como romántica, hace del Athletic un club especial. A nadie le importa ganar un título con once futbolistas de origen más allá de los Pirineos y a nadie le importa que se equipo consiga ascender a Primera con once deportistas del otro lado del Atlántico. A nadie. Pero si tu sino es ver pasar los domingos con la única aspiración de entrar en Europa de tanto en cuando, de lograr la permanencia un año tras otro o de pasar una insulsa vida en Segunda per saecula saeculorum, siempre es mejor hacerlo con chicos de la casa. Con chavales que sabes que fueron criados en tu barrio, en tu ciudad o en tu comarca y que comparten un sentimiento de apego hacia el club al que con fervor sigues desde tu infancia.

Es digno de elogio lo que hace el Athletic y mucho más desde que a mediados de los 90 el fútbol abrió fronteras y se eliminaron las restricciones para la compra venta de jugadores. A pesar de que el Athletic paga generosos sueldos fuera de mercado es incapaz de retener a sus mejores futbolistas, en especial si son de corte ofensivo, los más demandados por los grandes equipos. Si antes Barça (Garay, Zubizarreta, Salinas, Alexanko, Goicoetxea, Iñigo Martínez…) y en menor medida Madrid (Alkorta o Karanka) echaban sus redes en Bilbao, ahora la pesca es de altura. Javi Martínez (FC Bayern), Ander Herrera (Manchester United), Fernando Llorente (Juventus), Kepa (Chelsea FC) y Laporte (Manchester City) son ejemplos de ello.

Dado que el Athletic no puede competir ni en sueldos ni en palmarés con semejantes transatlánticos, debe entonces apelar a los sentimientos. El Athletic hace mucho que ha dejado de ser un grande. Sí hoy, 5 de abril de 2024, me están leyendo sabrán que los leones llevan cuatro décadas sin sacar la gabarra. Sí me leen dentro de un par de días es muy probable que estén celebrando un título. Sería suceso extraordinario, porque el Athletic elogia un sentimiento y poco más que eso.

Por todo esto a la directiva del Athletic Club se le ocurrió en 2015 una feliz idea. Dado que solo pueden apelar a los sentimientos para que sus jugadores decidan hacer carrera en Bilbao se inventaron el One Club Man. Se trata de un premio que está cogiendo una cierta notoriedad a nivel internacional por innovador y por su carga simbólica. Anualmente se recompensa a un futbolista (masculino y femenino) ya retirado cuya longeva carrera siempre haya trascurrido en el mismo equipo.

El ganador recibe un homenaje, con entrevistas incluidas, durante un fin de semana y la entrega del premio se realiza en el descanso de un partido que el Athletic dispute en San Mamés. Ese día se invita al campo a todos los jugadores del Athletic, desde los del primer equipo, quienes ya están en el estadio, como a todos los integrantes de las categorías inferiores cuyos compromisos les permitan acudir. La idea es homenajear a esa estrella internacional que con su presencia da renombre al premio, pero, al mismo tiempo, la intención es que esos futbolistas comprendan que se puede tener una larga, feliz y exitosa carrera defendiendo únicamente al club de tus amores.

José Ángel Iribar, el futbolista que más partidos ha disputado con la camiseta del Athletic, y el niño más joven que forme parte de la cantera de Lezama, acompañan al homenajeado al centro del campo para hacerle entrega de su trofeo. A Iribar, por cierto, nunca le han dado el trofeo porque los futbolistas del Athletic están excluidos del mismo.

One Club Man Award

Futbolistas que hayan jugado en un mismo club toda su carrera no hay muchos. Según la Wikipedia su número ronda los 300. Y esa cifra tiene algunos matices. En primer lugar, muchos de esos jugadores son semiprofesionales y pertenecen a ligas menores que pueden ir desde Guatemala a Japón o a una categoría secundaria de una liga potente. Y en segundo, y más relevante lugar, muchos de esos futbolistas son de inicios del siglo XX cuando cambiar de equipo era una quimera. De esos los hay a patadas.

El Athletic cuenta con un buen ramillete de ellos. De esos de los que poco sabemos, pero retumban en nuestra memoria. Rafael Moreno ‘Pichichi’, José María Belauste (el de ¡A mí Sabino, que los arrollo!) o Piru Gainza son los más destacados. Sagi-Barba del Barça o Santiago Bernabéu, el tiempo después factótum blanco, pasaron su vida futbolística con la misma escuadra. Guillermo Eizaguirre, el segundo de Ricardo Zamora en la selección, pasó su carrera en el Sevilla FC y Antonio Emery, el abuelo del afamado entrenador, defendió toda su vida la elástica del Real Unión de Irún. Ya tras la II Guerra Mundial, contemporáneo a Gainza, Antonio Puchades pasó su carrera en el Valencia CF y José María Zárraga ganó cinco Copas de Europa con el Real Madrid. En el ámbito internacional Gianpiero Boniperti defenderá en más de 450 ocasiones la zamarra de la Juventus, Antonio Rattin sumará cerca de 400 partidos con Boca Juniors y Lev Yashin tendrá una larguísima carrera que inicia en 1949 para finalizar en 1971 a los 42 años protegido por el escudo del Dinamo de Moscú. Incluso podríamos destacar a Bob Paisley, leyenda de los banquillos con tres Copas de Europa con el Liverpool FC, pero antes de esos logros fue futbolista red entre 1939 y 1954.

Hay unos cuantos más de esos cuya grandeza ha sido magnificada por relatos heroicos en tiempos donde la pluma y el papel enaltecían hazañas y derribaban hombres. Jugadores como José Piendibene (Peñarol), Gyula Birö (MTK Budapest), Giampero Combi (Juventus), Frantisek Planicka (Slavia Praga), Angelo Schiavio (Bolonia FC), Fernando Peyroteo (Sporting Lisboa), Billy Wright (Wolverhampton), Jozsef Bozsik (Hònved), Bill Foulkes (Manchester United) o Max Morlock (FC Nuremberg) forman parte de la mitología. Si hay alguno de estos nombres que les suenen de oídas me daré por satisfecho. Eso querrá decir que han leído y han prestado atención a alguno de los artículos que llevo escribiendo desde el año 2017.

Lev Yashin (Dinamo de Moscú)

Si nos vamos a los tiempos modernos, considerando modernos el inicio de la década de 1960 cuando la televisión ya está asentada y las competiciones continentales de clubes recién creadas empiezan a volar, el número de futbolistas de un solo club es más limitado. Aun así seguimos encontrando fieles a un mismo escudo. En la cuna del fútbol hallamos un par de ejemplos que coinciden con los años gloriosos de los equipos cuyos colores defienden. Jack Charlton (1952-73) en el Leeds United o Billy McNeill (1957-75) en el Celtic de Glasgow. Lo mismo sucede más allá del Telón de Acero con Eduard Streitsov (1954-70) en el Torpedo de Moscú, el ganador del Balón de Oro Florian Albert (1958-74) en el Ferencvaros o con el héroe de la Alemania comunista Jürgen Sparwasser (1966-79) en el FC Magdeburgo.

Alemán, de los autodenominados buenos, fue Uwe Seeler (1953-72) leyenda del Hamburgo SV que goleó en cuatro mundiales, pero no ganó ninguno. Si triunfaron con Alemania el defensa del Borussia Mönchengladbach​ Berti Vogts (1965-79), el extremo del Eintracht Frankfurt Jürgen Grabowski (1965-70) y los futbolistas del gran Bayern tricampeón europeo Sepp Maier (1966-79) y Hans-Georg Schwarzenbeck (1966-80).

Tricampeón europeo también fue el Ajax neerlandés gracias a jugadores como Sjaak Swart (1956-73) o Piet Keizer (1960-75). Bicampeón fue el Inter milanés de Sandro Mazzola (1960-77) y Giancinto Facchetti (1961-78). Décadas más tarde también cumplió toda una vida en el Inter Giuseppe Bergomi (1979-99) al igual que su contemporáneo Franco Baresi (1977-97) lo hizo en el AC Milan. Por cierto, tanto Facchetti como Baresi fueron además de jugadores, directivos y presidentes, al estilo Santiago Bernabéu. Otros como Manuel Pellegrini (1973-86) hicieron carrera como jugador y entrenador en su club de siempre (Universidad de Chile), aunque alcanzaron la fama en otras latitudes.

En clave española encontramos jugadores que forman parte de la mejor época de sus equipos, sean éstos modestos o con pedigrí. Tonono (1962-75) y Joaquín (1976-92) formaron parte de la UD Las Palmas y del Sporting Gijón respectivamente. Pepe Claramunt (1966-78) ganó una Liga con el Valencia CF e Iribar (1962-80) y Txetxu Rojo (1965-82) vivieron los penúltimos coletazos de grandeza del Athletic. Mención especial merece la Real Sociedad campeona de Liga en 1979 y 1980. Su éxito se fomentó en un grupo de canteranos que permanecieron fieles al club durante más de una década. Su fidelidad es digna de admiración. Kortaberría (1971-85), Satústregui (1973-86), Zamora (1974-89), Gájate (1977-92), Górriz (1979-93), Larrañaga (1979-94) y el gran capitán y fenomenal guardameta Luis Arconada (1974-89).

Aquella Real gobernó el ámbito doméstico, pero fue incapaz de alcanzar el éxito internacional. Si lo hizo Ricardo Bochini (1972-91) con Independiente de Avellaneda, Jôao Pinto (1981-97) en el FC Porto, Michael Zorc (1981-98) con el Borussia Dortmund o Marcos Bode (1989-02) con el Werder Bremen. No lo consiguió Nené (1967-86), sucesor de Eusebio en el SL Benfica, ni Klaus Augenthaler (75-91) con el FC Bayern. Charly Rexach (1964-81) se tuvo que conformar con una Recopa con el FC Barcelona. A Chendo (1982-98) le dio para ganar al límite una Copa de Europa con el Real Madrid, mientras que Manolo Sanchís (1983-01) levantó un par de ellas en el descuento de su carrera.

Manolo Sanchís (Real Madrid)

Los especímenes más especiales son aquellos que han conseguido ser fieles a un mismo club en el siglo XXI, cuando es prácticamente imposible resistirse a los cantos de sirena de la globalización y del poder de persuasión del dinero. Cierto es que hay alguno de ellos cuyo nivel futbolístico estaba más que exigido. Desde Aitor Larrazábal (1990-04) o Carlos Gurpegui (2002-16) en el Athletic, a Xabi Prieto (2003-18) en la Real Sociedad, Paco Soler (1990-04) en el RCD Mallorca, Juanma López (1990-01) en el Atlético de Madrid, Bruno Soriano (2006-20) en el Villarreal FC, Lars Ricken (1993-09) o Marcel Schmelzer (2008-22) en el Borussia Dortmund, Ledley King (1999-12) en el Tottenham Hotspur o Igor Malafeev (1999-16) en el Zenit. Mención especial merece el teutón Thomas Schaaf (1978-95), quien tras ser futbolista en el Werder Bremen fue entrenador hasta 2013. Más de tres décadas ligado al Werder sumando tres de las cuatro ligas y cinco de las seis copas que tiene el club fundado en la ribera del río Weser.

Luego hay otro tipo de futbolistas que fueron fieles a unos mismos colores desoyendo cantos de sirena. El más emblemático es Matthew Le Tissier (1986-02) que vivió una cómoda vida en el Southampton FC ya que despreciaba el estrés de pertenecer a un gran club. Le Tissier no ganó nada en su carrera al igual que Julen Guerrero (1992-06) no ganó nada con el Athletic. La diferencia es que Guerrero tuvo pie y medio fuera de Bilbao, pero fue regado con una lluvia de millones para permanecer fiel a la causa. Lo mismo le pasó a Fran (1987-05) en el RC Deportivo o a Francesco Totti (1993-2017), aunque ambos lograron títulos con el club de sus amores. Totti incluso ganó un Mundial y si no fue Balón de Oro fue porque la AS Roma no es club de campanillas.

Por último, están aquellos que no podían haber estado en mejor sitio que en el que estaban. ¿Para qué cambiar de equipo si es el de mis amores y además es uno de los mejores del mundo? Eso fue lo que le sucedió a Tony Adams (1984-02) en el Arsenal FC o a Jamie Carragher (1997-13) en el Liverpool FC. Si aún encima tu carrera en el club de tus amores coincide con el dominio mundial de tu equipo, el éxtasis debe estar asegurado. Eso fue lo que le tuvo que ocurrir a Ryan Giggs (1991-14), Gary Neville (1992-12) y Paul Scholes (1993-13) en el Manchester United, a Carles Puyol (1999-14) en el FC Barcelona y, especialmente, a Paolo Maldini (1985-09) toda una vida de victorias en el intimidante AC Milan ganador de cinco Copas de Europa.

Paolo Maldini (AC Milan)

La lista irá agrandándose con el paso del tiempo, aunque las vicisitudes del fútbol actual harán cada vez más difícil sumar adeptos a la lista. A las puertas de ser One Club Man están, en el momento de escribir estas líneas, el barcelonista Sergi Roberto (improbable), el madridista Nacho Fernández (posible) o el castellonense Manu Trigueros (previsible). En el teatro europeo acabarán siendo One Club Man Igor Akinfeev con el CSKA de Moscú y, a menos que los cantos de sirena de algún país emergente no le hagan sucumbir, también formara parte del listado el mediapunta del FC Bayern Thomas Müller.

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Un apunte sobre los colores nacionales

Formalmente los Estado-Nación se formaron tras la Paz de Westfalia que dio por finalizada la Guerra de los Treinta Años en 1648. Se ponía entonces coto al poder feudal y se daba paso a organizaciones territoriales fundamentadas en un gobierno que reconocía sus límites y su poder. En la práctica esta teoría no sería realidad hasta la Revolución Francesa de 1789 en la que el gobierno dejaba de estar integrado únicamente por el rey y los nobles para otorgar legitimidad al pueblo. En un Estado-Nación no hay periferias conquistadas ni subordinadas (como en el Imperio), abarca a un extenso grupo de ciudades (no es una Ciudad-Estado como las polis de la Antigua Grecia) y no es una liga confederada de Estados (como la Unión Europea). Tradicionalmente un Estado-Nación estaba dominado por una etnia concreta supuesto que, con el multiculturalismo actual, está en entredicho. No es extraño que sea ese el motivo principal de la actual decadencia de esta forma de gobierno.

El Estado-Nación tuvo que adoptar una ideología y un simbolismo. Ya no era el rey, aunque muchos estados han mantenido a la monarquía como fuente de legitimidad, sino un conjunto de reglas acordadas entre iguales las que fomentaban la unión. El traje, la comida, la moneda, la fiesta nacional, el idioma o hasta la mitología de una batalla fundacional forman parte del acervo cultural, de la argamasa que une a la sociedad.

Con todo ello, son tres los símbolos esenciales en los que se fundamenta el Estado-Nación. Importantes en la actualidad y trascendentales en el pasado cuando los niveles de analfabetismo rallaban lo obsceno. Se trata del himno, del escudo y de la bandera. Para el fútbol, instrumento notable de socialización y construcción del Estado-Nación, estos tres elementos son básicos en la simbología de sus selecciones nacionales. Si bien el himno sólo hace su marcial aparición al inicio de los encuentros internacionales, tanto el escudo como la bandera son intrínsecos a los colores con los que identificamos a ese país cuyas hazañas bélicas dieron paso a las deportivas, las cuales serán más banales, pero también menos sangrientas.

Como tantos otros equipos Italia comenzó vistiendo de blanco, simplemente por motivos económicos. Así ocurrió en el primer partido de Italia, una victoria por 6-2 ante Francia en Milán. El color nevado sigue siendo el identificativo de su segunda equipación. Pero el color representativo de la selección italiana es el azul, a pesar de que la bandera transalpina obvia el color del cielo en cada una de sus tres franjas. El motivo de tal elección es que el azul es el color identificativo de la familia real de Saboya, casa gobernante desde la unificación del país en 1870.

Es por ello que a Italia se le conoce como Azurra, aunque en realidad el color de la camiseta fue celeste hasta que en 1934 pasó a tener ese azul oscuro que hoy reconocemos con celeridad. En aquellos años, se cambió el blanco de la segunda equipación por el negro fascista por deseo de Mussolini. Habría más cambios con la camiseta suplente. En los años 50 se mudó el blanco por el verde en las categorías inferiores. La idea era que el verde (de tono aguamarina) era un color de transición antes de llegar al azul. De juvenil serás verde antes de convertirte en azzurro. Esa era la idea. Tal color es usado en la actualidad para alguna tercera equipación. Y el azul, el azul de los Saboya, sigue siendo el color de Italia a pesar de que desde 1945 los monarcas ni están ni se les espera.

Italia 38. Saboya + fasces

Motivos reales también son los que llevaron a Países Bajos a adoptar el naranja como el color de su selección a pesar de lucir una bandera roja, blanca y azul. Su primera camiseta fue blanca con una franja en diagonal con los colores de la bandera. Eso duró poco. Pronto se pasó al naranja. El origen se remonta a 1648 cuando los neerlandeses declararon su independencia tras derrotar a los Austrias españoles. El líder de la revolución fue Guillermo de Orange-Nassau y su casa la gobernante en la monarquía del país. La bandera de los Orange-Nassau está formada por dos franjas naranjas y una azul, de ahí que la primera equipación de los neerlandeses sea la naranja y la suplente sea, tradicionalmente, azul.

Otra legendaria selección traicionera con los colores de su bandera es la alemana. El rojo, negro y amarillo es cambiado por el blanco. Su camiseta color albo y pantalón negro es representativa del reino de Prusia, cuna de la patria alemana. La indumentaria alternativa está, como todas, sujeta a cambios mercadotécnicos, pero tradicionalmente es de color verde. El motivo es que la primera selección que se dignó a jugar contra Alemania tras la II Guerra Mundial fue la irlandesa, por lo que los germanos adoptaron el verde como agradecimiento en un momento en el que estaban excluidos de todo tipo de evento internacional. Desde que se adoptó, hace más de 70 años, las equipaciones han sido suministradas por la también alemana Adidas, en una relación que será rota en 2027 al claudicar ante los dólares de Nike.

En ocasiones no hay que complicarse tanto. Muchas otras selecciones nacionales simplemente adoptaron el color de la bandera y del escudo nacional. Es el caso de Irlanda, Austria, Turquía o Suiza. Otras no. Verde es el color que luce la elástica de Eslovenia y de Eslovaquia, aunque en este caso los motivos son mucho más frugales. Son ambos países de etnia eslava (de ahí la raíz de su nombre), lograron la independencia en tiempos recientes, de idiomas parecidos y con una extensión kilométrica y una geografía física similar. Ambos países lucen en sus banderas franjas horizontales con los colores azul, blanco y rojo (los de Rusia, el gran país eslavo) pero ambas han adoptado el verde en su camiseta nacional. ¿El motivo? Amor por la naturaleza. Nada representa más a ambos países que el verde de sus montañas, sus bosques y sus prados.

Tras la desintegración de la Unión Soviética los rusos adoptaron el color blanco con detalles en azul y rojo propios de su bandera. No son otros que los colores del Imperio Ruso establecidos siglos atrás por Pedro I en San Petersburgo. Sin embargo, los 90 fueron duros para los rusos, y no sólo en el ámbito futbolístico, por lo que en 2008 se decidió volver al rojo como primera equipación como una de las múltiples operaciones de vuelta a la grandeza impulsadas por Vladimir Putin. El impacto en resultados no ha mejorado, pero el rojo se ha quedado para no marchar.

España jugó su primer partido en los Juegos Olímpicos de 1920 con medias negras, pantalón blanco y camiseta roja. En el pecho lucía un león rampante de tonos amarillos. Se pasaría luego al blanco en la camiseta para volver definitivamente al rojo. Tras la Guerra Civil se adoptó el azul falangista. Desde 1947 La Roja siempre ha sido roja, aunque el desvarío ha tenido lugar con los pantalones. Blancos, azules, negros y rojos. La tradición dicta que sean azules, al igual que la segunda equipación, una reminiscencia del Franquismo, dado que el azul no forma parte de la bandera nacional.

Vamos ahora con los Estados por antonomasia de Europa. El republicano y el monárquico. Francia siempre ha jugado con su hermosa combinación de colores. En su primer partido internacional contra Bélgica en 1904 la camiseta era blanca, el pantalón azul y las medias rojas. Las medias han permanecido inalterables, pero en 1920 se tornaron los colores de camiseta y pantalón y así siguen hasta el presente. El escudo siempre ha estado adornado por un gallo, de lo cual se aprovechó durante muchos años la empresa suministradora de material deportivo Le Coq Sportif. Aunque no es símbolo oficial, el gallo galo es una raza de gallina salvaje que desde tiempos antiguos puebla el hexágono francés. No en vano los romanos llamaban a aquellas tierras Galia, por la cantidad de gallos y por el orgullo que mostraban tanto los animales como sus dueños.

En Inglaterra no hay mucho que contar. Es de las escasísimas selecciones que se ha mantenido inalterable con el paso del tiempo. Camiseta blanca desde 1872 con la única variación del calzón entre blanco y azul. Igualmente imvariable es el rojo de la camiseta suplente (el otro color de la bandera que conforma la Cruz de San Jorge). Lo más llamativo de la zamarra inglesa es lo que esconde su escudo. Tres leones como distintivo de Ricardo III (icono de caballería, monarquía y grandeza) rodeados de diez rosas de la Casa Tudor (para distinguirse del cricket que únicamente usa una) cada una de ellas en representación de una división regional del futbol inglés. Encima del escudo debería verse una estrella dorada en conmemoración del Mundial ganado en 1966. Sin embargo, no es así. La flema inglesa es de tal calibre que prefieren ocultar la estrella, ya que consideran que aquel Mundial no fue ganado en buena lid. Cabe recordar que Inglaterra venció a Alemania en la prórroga con un gol fantasma que no debió subir al marcador. Sólo los ingleses son capaces de resultar iguales de insoportables restregando un triunfo que ocultándolo.

Inglaterra…sin estrella

Como en el caso de Italia, la selección brasileña eligió el blanco por una cuestión económica. Al blanco se le añadió el azul para el pantalón, aunque el uniforme sería completamente blanco cuando Uruguay asalte Maracaná en 1950 y les quite el título mundial a los brasileños contra todo pronóstico. Fue tal el impacto del Maracanazo que se decidió eliminar para siempre el blanco de la camiseta. No sólo eso. Tal era el miedo a repetir todo lo hecho anteriormente que se decidió que el número de las camisetas para cada jugador fuese establecido por sorteo.

Se estableció un concurso público en el que el único requisito era que la camiseta tendría que combinar los colores de la bandera brasileña. Curiosamente el diseñador ganador del concurso era…un uruguayo…Su diseño fue azul y blanco para la segunda equipación y el verde y el amarillo para la primera. Desde entonces la Verdeamarela o Canarinha ha ganado cinco campeonatos mundiales. En el primero de ellos, en 1958, el portero Gilmar llevó el número ‘3’ y Pelé fue el ‘10’ por puro azar. Afortunadamente el amarillo sigue siendo el color de Brasil, pero lo de los números acabó desterrándose al poco tiempo.

Para los mexicanos el color rojo guinda de su primera camiseta era una forma de homenajear los orígenes españoles del país. Así jugaron hasta que a mediados de los 50 decidieron usar una camiseta verde más acorde con la bandera nacional. La Tricolor, como se conoce a los aztecas, no adoptarían el pantalón blanco y las medias rojas tan características hasta el Mundial 1986 en el que fueron anfitriones.

A Venezuela se le conoce como la Vinotinto, caso extraño en un país cuya bandera porta amarillo, azul y rojo. Esos eran los colores de la Gran Colombia surgida tras la Independencia de Sudamérica y que englobaba a las actuales Venezuela, Colombia y Ecuador. Estos tres países comparten colores nacionales, por lo que los dirigentes venezolanos decidieron modificar el amarillo de la camiseta por el vinotinto simplemente para diferenciarse, y con éxito, de sus vecinos.

Aunque a decir verdad Colombia no fue siempre amarilla. Antes de usar camiseta color pollo, con calzas azules y medias rojas, las primeras camisetas del país cafetero fueron azules con la bandera colombiana en el pecho. Pasó más tarde a ser blanca, dado que la base para el primer equipo que fue a una Copa América (1945) venía del Júnior de Barranquilla. Luego, en los años 70, usó un uniforme naranja con pantalones blancos porque la federación colombiana, en plena reconstrucción, quedó maravillada por el futbol total de la Naranja Mecánica. No fue hasta 1985 cuando se adoptaron los colores actuales y aun así sigue siendo de esos países que cada dos por tres le da una vuelta sinsentido a su uniforme.

Sigamos. Si las camisetas fueran fieles al diseño de la bandera, Argentina tendría una camiseta con más azul celeste, mientras que Uruguay jugaría con rayas blancas y azules. ¿Por qué es al revés?

Argentina y Uruguay tienen una de las rivalidades más enconadas en el panorama internacional. Quizás la más agreste. Son dos países separados por el Rio de Plata y la Banda Oriental del Uruguay no es un más que un bosquejo de lo que antaño había sido la Gran Argentina. Si solera tiene el enfrentamiento entre Inglaterra y Escocia no lo es menos el de uruguayos frente a argentinos. El primer torneo internacional que acuñaron fue la Copa Lipton, un torneo anual entre estos dos países que se inició en 1905.

Ni unos ni otros tenían entonces camiseta oficial. Solía usarse la del club que cedía el estadio para la disputa del partido. En la edición de 1910 celebrada en Montevideo se dio por usar las camisetas de rayas rojas y blancas del River Plate FC uruguayo (no confundir con su afamado tocayo argentino) y las también rojiblancas del Alumni Athletic argentino. Como ambos equipos usaban la misma camiseta, los argentinos les pidieron a los uruguayos que usaran otro color. El color de la camiseta alternativa era celeste con pantalón negro. Así pues, Uruguay jugó de celeste y ganó la Copa Lipton. Tal fue el éxito que se adoptaron dichos colores. El Alumni, abochornado por no haberse dado cuenta de la confusión, decidió salomónicamente cambiar las rayas rojas y blancas por azules y blancas. El Alumni, ganador de 10 ligas de 11 posibles, era entonces el club de referencia en el país, por lo que se tornó lógico que al año siguiente Argentina adoptase la camiseta albiceleste como la oficial.

Así es como tendría que ser Uruguay…

Demos para finalizar una breve vuelta por otros lugares del planeta. En el país más poblado del mundo el fútbol importa más bien poco. No así el criquet. Hubo entonces que escoger un color nacional. Pensaron pues en la bandera de la nación. Naranja (azafrán como es denominado), blanco y verde. Pasaba que los dos principales partidos políticos usan el azafrán por lo que decidieron descartarlo. El blanco simplemente no gustó y el verde era el color usado por Pakistán, país contra el que India tiene varios litigios fronterizos abiertos. Se decidió entonces usar una camiseta azul que representase tanto el cielo como el mar. Cuando la selección de fútbol de India hubo de escoger sus colores decidió imitar lo ya decidido por sus paisanos del criquet.

En África no existen cortapisas a la hora de usar los colores. Si llamativas son las banderas, también lo serán las camisetas. Existen un par de excepciones. Tanto Senegal como Ghana juegan con camiseta blanca a pesar de que ese color no forma parte de sus respectivas banderas nacionales. Camerún juega de verde, pantalón rojo y medias amarillas, siendo totalmente fiel a los colores de su bandera. Hace un par de décadas fue la primera selección en apostar por una camiseta de mangas de estilo baloncestístico. La FIFA decretó su prohibición ya que según argumentó no había espacio suficiente para que se viese el logo del máximo organismo del fútbol mundial.

Australia, con bandera británica y fondo azul, quiso olvidar su pasado colonial y apostó por los colores amarillos y verdes tan característicos de sus desiertos y de sus bosques. Japón, ya para concluir, podría parecer una fácil elección. Círculo rojo sobre fondo blanco dictamina su bandera. Rojiblanco. Rojo y de pantalón blanco. Estaría bien. No obstante, los nipones visten de azul tanto de camiseta como de pantalón. El motivo radica en que es el azul el color sobre el que más destaca su bandera, la cual lucen en el pecho. De todos modos, a finales de los 80 los nipones cambiaron su tradicional azul por un rojo intenso buscando clasificarse para su primer Mundial. Visto que los resultados fueron igual de mediocres que antaño volvieron a lo ya conocido y así siguen de azul impoluto.

Japón. Años 80

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Especial Navidad: Entrevista a JFK

Trigésimo quinto presidente de Estados Unidos, cuarto y último en morir asesinado, y el más joven en ocupar el cargo presidencial al llegar al mismo con 43 años. John Fitzgerald Kennedy pertenecía a la cuarta generación norteamericana de la familia irlandesa Kennedy que, con sus riquezas, su status y su glamour es conocida como La Familia Real de América. Alto, musculoso, elegante, eternamente bronceado y juvenil, de sonrisa perenne y dentadura perfecta, JFK fue el hombre que cedió a su orgullo para evitar una guerra nuclear, que se empeñó en llevar a la humanidad a la Luna, que se declaró berlinés, que puso los cimientos para igualar de derechos a negros y blancos, pero también fue el presidente que inició una costosa y larga guerra en Vietnam. JFK nos recibe en su espacioso y bien decorado despacho para iniciar esta entrevista.

Más guapo que Perrosanxe

Misterdato (P): Antes de nada, felices fiestas. Imagino que para un católico practicante como usted serán unas fechas señaladas.

John Fitzgerald Kennedy (R): Déjeme a mí también felicitar las fiestas a todos sus lectores. Y sí, efectivamente y como usted indica, para mí la Navidad es una época especial y me congratulo con que Estados Unidos vuelve a tener un presidente católico por segunda vez en su larga historia. Aun así, no se engañe, tanto yo como el presidente Biden velamos por el interés de todos y cada uno de nuestros conciudadanos independientemente de su credo, su sexo y su color de piel. Un presidente de Estados Unidos no adquiere esa responsabilidad para servir intereses de grupo o clase sino a la Constitución, al pueblo todo.

P: ¿Ha tenido tiempo en el otro mundo de charlar con Lee Harvey Oswald o es tema que le provoque dolor de cabeza?

John Fitzgerald Kennedy (R): …

P: Discúlpeme si le ha incomodado la pregunta. Me habían dicho que usted tenía un excelente sentido del humor.

John Fitzgerald Kennedy (R): Y lo tengo, pero en las distancias cortas y en la intimidad de mi casa o de mi despacho.

P: Retiro la pregunta. Usted se convirtió en presidente al derrotar en el primer debate televisivo, nunca antes jamás realizado, a Richard Nixon. Inauguró el poder de la imagen. Y, todo hay que decirlo, es usted bien parecido. Su mujer Jacqueline también lo era y, si me permite decírselo, su amante Marilyn Monroe también lo era.

John Fitzgerald Kennedy (R): Jackie fue el amor de mi vida, una víctima necesaria de mis ambiciones y mis deseos que veía y callaba. Marilyn era puro fuego, pero era inestable.

P: ¿Hubo que acabar con ella?

John Fitzgerald Kennedy (R): Al igual que hubo que acabar conmigo…pero la gente se centra siempre en Marilyn, ¡mis conquistas abarcan todo el planeta!

P: Vaya, pensé que no le gustaba bromear en público, que quería mantener un perfil presidencial.

John Fitzgerald Kennedy (R): ¡Pero esto es sexo! (ríe a carcajadas) ¡Bromee todo lo que quiera! ¿Sabe cuánto tarde en tirarme a mi primera empleada en la Casa Blanca? Cuatro días ¡Y perdí una apuesta con mi hermano Bobby por tardar demasiado! Luego pocas quedaron en pie. Entre usted y yo, aquellas que eran gordas y viejas.

P: Pues tengo entendido que una de esas viejas, como usted dice, no quedó muy satisfecha con su rendimiento.

John Fitzgerald Kennedy (R): ¿Esta me la tenía guardada por lo de Oswald?

P: Pues sí.

John Fitzgerald Kennedy (R): Bien jugado. ¿Quiere dedicarse a la política?

P: Si supiera cual es el que va a ganar…pero no me esquive la pregunta.

John Fitzgerald Kennedy (R): No se preocupe. Usted habla de Marlene Dietrich, la actriz alemana. Tenía unos quince años más que yo y ya había sido amante de mi padre. Dijo aquello de que yo no duraba mucho en la cama y que mi padre era mucho mejor amante. ¿Qué quiere que le diga? Acabo despechada al cambiarla por una más joven.

P: Vamos al tema, que en nuestro caso es el deporte. Usted ha sido un deportista consumado, según tengo entendido como toda su familia.

John Fitzgerald Kennedy (R): Tanto yo como mis otros tres hermanos jugamos al fútbol americano en la Universidad de Harvard. Yo llegue a formar parte del equipo en mis dos primeros años universitarios, aunque sin demasiado éxito. Ya desde adolescente tuve problemas en las lumbares. Aunque lo mejor de la universidad no es el deporte, son los estudios. No lo olvide nunca; un niño mal educado es un niño perdido.

P: De sus problemas lumbares viene su gusto por la natación.

John Fitzgerald Kennedy (R): Correcto. En el instituto comencé a practicar la natación porque un médico me comentó que era el mejor deporte para los dolores de espalda. Después abandoné el equipo de fútbol americano en Harvard para pasarme al equipo de natación y también me dediqué a practicar golf y tenis. La verdad es que durante mis años universitarios mi actividad deportiva fue frenética. Recuerde que cuando fui escogido presidente escribí un artículo en Sports Illustrated donde decía aquello de que mi objetivo no era que nuestros hijos fuesen una generación de espectadores, sino practicantes de una vida vigorosa. El deporte activo tiene que formar parte de la vida de todos y cada uno de los norteamericanos.

P: Tengo entendido que sus dotes de nadador ayudaron a salvar vidas durante la II Guerra Mundial.

John Fitzgerald Kennedy (R): El triunfo tiene muchos padres y a la derrota nadie la quiere. Aquello salió bien, como podía haber salido mal. Fue el 2 de agosto de 1943. Fuimos abordados por un destructor japonés mientras participamos en una misión nocturna en las Islas Salomón. Caímos de la lancha y ayudé a otros diez compañeros a ponerse a salvo en tierra. Mis años en la Marina son aquellos de los que me siento más orgulloso.

P: Aquel día se agravó aún más su lesión de espalda. Lo cierto es que ha cultivado una imagen de sex-symbol, fuerte, guapo, joven, hasta le crearon el sobrenombre JFK, algo modernísimo cuando nadie usaba iniciales. Y luego uno ve el parte médico, a la tierna edad de 40 años, y asusta. Úlcera de estómago, úlcera de colón, escarlatina, tosferina, una leucemia benigna, problemas crónicos de espalda…de hecho fue rechazado como voluntario en el ejército en 1940. Sólo pudo entrar en la Marina a finales de 1941 cuando Estados Unidos declaró la guerra a Japón y a Alemania.

John Fitzgerald Kennedy (R): Todas las madres quieren que sus hijos crezcan para ser presidentes, pero no quieren que se conviertan en políticos en el proceso, ¿verdad? Yo no estaba bien, y el cargo no ayudaba. Tenga en cuenta que durante la presidencia de Franklin Delano Roosevelt (1933-1945) la mayoría de los estadounidenses apenas sabían que estaba postrado en una silla de ruedas a causa de la poliomielitis; cuando lo llevaban con dificultad al estrado. Entonces la prensa no se metía en asuntos privados y se ocultaban este tipo de cosas. Ningún norteamericano conocía mis dolencias y para eso ayudaba mucho el deporte. Fotos mías jugando al fútbol, navegando por la bahía de Boston o cabalgando en la finca de Jackie en Virginia contribuían a silenciar mis dolencias.

P: Realmente no cabalgaba.

John Fitzgerald Kennedy (R): Un hombre inteligente es aquel que sabe ser tan inteligente como para contratar a gente más inteligente que él. Me rodee de los mejores, también en el asunto de la imagen. El doctor Jacobson me recetaba a diario anfetaminas, vitaminas, cortisona y tranquilizantes…. no me quedaba otra, me debía a mi país. Ya sabe usted; no se pregunte lo que su país puede hacer por usted, sino lo que usted puede hacer por su país.

P: Si tengo entendido que practicaba tenis.

John Fitzgerald Kennedy (R): Mi hermano Bobby era muy bueno, yo lo intentaba, pero la espalda me mataba. Como aficionado el tenis siempre me gustó al igual que el béisbol. Siempre fui fan de los Boston Red Sox, amaba el golf, la vela… en general valoraba el esfuerzo. Recuerdo una vez que critique en público al equipo nacional de hockey hielo por recibir una paliza en el Mundial. Si un buen marine puede recorrer 50 millas en 20 horas, ¿no se puede jugar duro a un deporte? El que no esté preparado es una nenaza.

P: Hoy no podría decir algo así, señor presidente. Su sex-appeal dejaría de funcionar.

John Fitzgerald Kennedy (R): Y lo respeto y me parece maravilloso. Fíjese lo que cambió América en los tres años que fui presidente. El cambio es la ley de la vida, y aquellos que solo miran al pasado o al presente seguramente perderán el futuro. Nuestro progreso como nación no puede ser más rápido que nuestro progreso en educación. La mente humana es nuestro recurso fundamental. Recuerde que el ser humano sigue siendo la computadora más extraordinaria de todas.

P: Volviendo al tema deportivo, creo que su madre era una excelente tenista.

John Fitzgerald Kennedy (R): Mi madre tenía un carácter fuertísimo y el tenis le ayudaba a relajarse. En nuestra mansión familiar teníamos una pista reglamentaria y allí aprendimos todos a jugar. Yo tenía un buen nivel en golf, pero no en tenis, no obstante, pronto me di cuenta de que el tenis era el deporte del futuro en Estados Unidos. Toda urbanización de los 50 contaba con su pista de tenis y sabía que era una herramienta económica fundamental. He cerrado muchos acuerdos tras un partido de tenis. La que era una fenomenal jugadora era mi esposa Jackie que me hizo contratarle un entrenador personal y crear un torneo anual para los funcionarios y trabajadores de la Casa Blanca.

P: Imagino que querrá volver con su familia y disfrutar de estas fechas. No le robo más tiempo. Han pasado sesenta años y sigue siendo un placer hablar con usted. Sigue siendo uno de los presidentes más valorados y sigue siendo el presidente que soñó en pisar la Luna.

John Fitzgerald Kennedy (R): Elegimos ir a la Luna antes de que finalizara la década de 1960 no porque fuese fácil, sino porque era difícil. La tecnología que ustedes tienen hoy es fascinante. El mundo es muy diferente ahora. Porque el hombre tiene en sus manos mortales el poder de abolir todas las formas de pobreza humana y todas las formas de vida humana. Necesitamos personas que puedan soñar con cosas que nunca han existido. Y debemos unirnos todos, ser todos uno. Como hombres libres, donde quiera que vivamos.

P: Ich bin ein Berliner.

John Fitzgerald Kennedy (R): Ich bin ein Berliner.

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Caín y Abel calzándose unas zapatillas (2ª parte)

Tras el exitazo del Mundial de 1954 Adidas se había convertido en la marca deportiva por excelencia. A Adi ya lo acompaña su hijo Horst, el cual decide ampliar el negocio fabricando balones de fútbol. Y en 1969 lo más de lo más. Adi y Horst ponen en marcha las Adidas Superstar, zapatillas conocidas como de pezuña de camello (camel toe) por su peculiar punta y que, a día de hoy, siguen siendo el calzado deportivo más vendido de todos los tiempos.

Adidas Superstar

La irrupción del nazismo, la guerra y la posguerra habían provocado una brecha insalvable entre los hermanos Dassler. Justo antes de la disputa del tan cacareado Mundial de 1954 Rudolf había decidido abandonar a su hermano y fundar su propia marca de zapatillas deportivas. La bautizó como Ruda, que era el apodo con el que era conocido entre sus amigos cuando era pequeño.

Cumple recordar que Adi era el cerebro, mientras que Rudolf era el relaciones públicas. Y Rudolf decide apostar a escalera de color. Se presenta ante Sepp Herberger, director técnico de la selección alemana, y le ofrece la posibilidad de que sus chicos porten unas Ruda durante el Mundial. Según dicen una diferencia de 100 marcos de la época hacen que Herberger rechace la oferta y la selección alemana calce zapatillas Adidas. Luego vendrá la histórica victoria ante Hungría, el llamado milagro de Berna, gracias a los famosos tacos extraíbles patentados por Adidas. El resto es historia.

Así que Adi era el triunfador y Rudolf era el perdedor. En Herzogenaurach, a un lado del rio Aurach, estaba la imponente y gigantesca fábrica de Adidas en continuo crecimiento. Al otro lado del río, a apenas 500 metros, estaba la modestísima sede de Ruma.

Herzogenaurach

Pero Rudolf no se iba a rendir. Llevaba años soñando con una venganza ante su hermano. En 1968 decide cambiar el nombre de la fábrica y rebautizarla como Puma. No es algo insustancial. El puma es un felino salvaje, feroz, veloz y fuerte. Es exótico, y su elección fomenta la imagen con la que Rudolf quería que fuese conocida la marca. Hablamos de finales de los 60. Época de revolución juvenil. Época de profundos cambios. La idea de Rudolf es que si Adidas es la marca del establishment Puma sea la marca de los rebeldes.

Adi ve el peligro y utiliza todas sus influencias para vetar la presencia de Puma en los Juegos Olímpicos de México 1968. Unta al Comité Olímpico Internacional y a los dirigentes mexicanos para que la marca de su hermano no tenga repercusión global. Aquello supondrá un antes y un después. Tras el suceso ambos hermanos se reúnen y deciden verbalizar un pacto de no agresión por el que ninguno de los dos entraría a competir en el mercado del otro. Nunca más volverían a verse las caras.

Evidentemente no era un pacto de iguales. Adidas era un tiburón y Puma un caballito de mar.

Pero que Rudolf hubiese aceptado no quiere decir que fuese a respetar el acuerdo.

El siguiente gran evento internacional era el Mundial de fútbol de 1970. México 70. El primer Mundial con televisión en satélite a todo color. Si querías ser alguien, tenías que estar ahí. Y Puma estaría ahí.

Edson Arantes do Nascimento era el jugador más destacado del mundo del fútbol. A sus 29 años Pelé era O Rei, aunque sólo en el campo de fútbol. Lo de los negocios y el patrocinio no llego hasta los 70 (en buena parte gracias a Cruyff) cuando Pelé se aproximaba a la retirada. Así pues, Pelé se presentó en México calzando unas botas de fútbol de la modestísima marca inglesa Stylo, que le reporta exiguos beneficios.

Con sus Stylo, Pelé dio recital tras recital hasta comandar a Brasil a una histórica final ante Italia que dirimiría que selección se proclamaría campeona del mundo por tercera ocasión. Fue entonces cuando Rudolf Dassler hizo un viaje relámpago a Ciudad de México para reunirse con Hans Henningsen, representante del astro brasileño. Rudolf le dio lo que no tenía. 24.000 euros por la final y 100.000 para los siguientes cuatro años. Tuvo que pedir un par de créditos. Era el todo o la nada. Hoy parece poco. Entonces eran cifras escandalosas.

Llegó la final. La del gol de cabeza de Pelé elevándose por encima de las nubes. La del pase al vacío para el tanto de Carlos Alberto. “Antes del partido, me dije a mí mismo que era de carne y hueso como todo el mundo, pero ero estaba equivocado», diría el defensa italiano Tarcisio Burgnich. Pelé fue dios aquel día sobre el campo. Y lo hizo con unas Puma en los pies. Y bien que se encargó de recordarlo. La cámara captó perfectamente como, en un momento dado, Pelé se agachaba y se ataba los cordones con parsimonia para que el logo de Puma fuese bien visto en los hogares de todo el planeta. Era una táctica pactada antes de la final con Rudolf Dassler.

Las Puma de Pelé

Desde entonces Puma creció y, si bien nunca ha alcanzado el volumen de ventas de Adidas, forma parte del olimpo junto a Nike, Reebok o Converse. Aquel día de calor mexicano de 1970 supuso también el fin de la ya entonces deteriorada relación entre Adi y Rudolf. Rudolf falleció en 1974. Adidas ni se dignó a emitir un comunicado sobre su muerte y Adi no se presentará al entierro de su hermano. Enviará a su hija como representante familiar. Cuando Adi fallezca en 1978 se mantendrá el desprecio, en este caso por parte de la familia de Rudolf. Adi será enterrado en una lápida situada justo en el extremo opuesto donde reposan los restos de su hermano Rudolf. Si alguien quiere visitar a ambos en el cementerio de Herzogenaurach tendrá que pegarse una pequeña caminata.

A Adi lo sucedería su hijo Horst, quien amplió el negocio y convirtió a Adidas en el mayor fabricante de artículos deportivos del mundo. Además, en 1973, ya había creado la compañía de fabricación de artículos para la natación Arena. Pero lo más señalado de su dirección fue cuando en la década de 1980 decida invertir en patrocinio para controlar el deporte internacional. A finales del siglo pasado Adidas manejaba entre bambalinas los mayores eventos deportivos del planeta, especialmente el Mundial de fútbol, relación cultivada a base de amistad y buenas dosis de dinero con el entonces presidente de la FIFA Joâo Havelange.

A Rudolf lo sucedió su hijo Armin, el cual cambió completamente el enfoque de Puma. Creó zapatillas a bajo coste, menos duraderas, pero donde el diseño rompedor captó la esencia del desenfado de la juventud. Se centró en el atletismo como banco de pruebas, pero decidió dejar la costosísima carrera de competir por los grandes eventos deportivos. Puma es agresividad, velocidad y transgresión. Y es, básicamente, la antítesis de Adidas.

Puma

A Herzogenaurach se le conoce como la ciudad de los cuellos doblados ya que lo primero que se hace cuando te encuentras con alguien es bajar la cabeza para ver que zapatillas calza. En los años más crudos de la rivalidad el matrimonio entre empleados de distintas fábricas estaba terminantemente prohibido. Los logos de ambas marcas se pueden ver hasta en las alcantarillas de la ciudad, diferenciando perfectamente en qué lado del río estás y con quien estás.

Hoy la sede de ambas multinacionales se ha trasladado a las afueras de la ciudad, pero unas marcas rojas en el suelo recuerdan donde estaban las fábricas originales y que barrios de Herzogenaurach (25.000 habitantes a unos 20 kilómetros de Nuremberg que supera el medio millón) pertenecían a cada bando. Al norte del río Aurach estaba Adidas y al sur de la corriente se localizaba Puma. Dado que el equipo del fútbol de la ciudad tenía su campo de juego al sur del río siempre ha sido patrocinado por Puma, quien le otorga todo tipo de material de forma gratuita. Adidas decidió entonces inyectar dinero en un club de colegio de la zona norte para potenciarlo y que rivalizase con su equivalente de la zona sur. Y, como no, el alcalde de Herzogenaurach no viste traje y corbata sino ropa deportiva. Tiene la obligación de alternar Adidas y Puma en sus labores diarias y, ha habido ocasiones, donde al alcalde de turno se le ha visto con una zapatilla Adidas en su pie derecho y una Puma en su pie izquierdo.

Como eran Adi y Rudolf. Como Caín y Abel. Como Adidas y Puma.

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Caín y Abel calzándose unas zapatillas (1ª parte)

Herzogenaurach, Baviera. A unos 200 kilómetros de Múnich. Adi Dassler era el diseñador. Cauto, inteligente y tímido. Rudolf Dassler era el relaciones públicas. Carismático, sonrisa perenne y bueno con los números. Eran como el agua y el aceite. Como el ying y el yang. Pero se querían ¡Claro que se querían! Eran hermanos. Adi (1900) era el pequeño y Rudolf (1898) era el mayor. Los dos eran amantes del deporte. Y los dos vieron una oportunidad de negocio. Fundaron Gebrüder Dassler Schuhfabrik (Fabrica de Zapatos de los Hermanos Dassler) en 1924.

No parece un año propicio para fundar una empresa. Entonces Alemania vivía sumida en la hiperinflación. En enero de 1923 una barra de pan valía 250 marcos. Nueve meses más tarde costaba 200 millones. Tampoco es que le fuera mucho mejor al resto del planeta. En 1929 los países avanzados se verían superados por el caos económico del crack de la Bolsa de Nueva York de 1929. En los siguientes meses las economías del mundo civilizado recibieron una hostia de realidad y la peste pronto se extendería entre los países menos favorecidos.

No fue así en Alemania. La década de 1930 es una década de esplendor para Germania. Trabajo para todos, bienes de consumo para un populacho que años atrás sufría horas de cola para obtener un mendrugo de pan. Pero no era sólo comer. Era alegría de vivir. Una sensación de pertenencia, de comunidad y un orgullo nacional que jamás ha sido igualado.

Claro. Si eras ario y no hacías muchas preguntas. Si fueses homosexual, gitano, judío, religioso, mujer o si simplemente estabas en contra del discurso oficial, la cosa cambiaba. Porque Herzogenaurach estaba en Baviera. Y Baviera pertenece a Alemania. Y en Alemania, en los años 30, gobierna el nacionalsocialismo. Los nazis.

Total, que la empresa empieza a rodar y marcha bien. Muy bien. La economía experimenta un fuerte crecimiento y la prosperidad lleva a los alemanes a gastar dinero en el deporte. Porque aún no le he dicho, pero los hermanos Dassler confeccionaban zapatillas y pantuflas sin marca adquirida, y también calzado con clavos para deportistas. Esa era la idea inicial, aunque en los primeros años se dedican al calzado convencional. Pero resulta que en 1931 el Comité Olímpico Internacional (COI) designa a Berlín como sede para los Juegos Olímpicos de 1936. Toca una carrera vertiginosa para calzar a todos aquellos alemanes que disfrutarán con los JJ. OO de la muestra más palpable del progreso de los nuevos tiempos. Toca hacer bambas, tenis, playeras.

Toca hacer zapatillas deportivas.

La fábrica original

Resultó entonces que Rudolf, el relaciones públicas, tiene una idea. El deporte es vigor, acción, peligro, juventud…velocidad. No existe prueba atlética que aúne todos estos conceptos con mayor exactitud que los 100 metros lisos. El recordman mundial era un chico negro, estadounidense, llamado Jesee Owens. Lo de que su raza no fuese blanca caucásica quizás no fuera del agrado de Hitler y sus secuaces. Así que, aunque Owens era el objetivo, Rudolf decide ofrecer sus zapatillas de forma gratuitas a todos los atletas que compitan en pruebas atléticas como cortina de humo para su verdadero objetivo. Calzar a Jesee Owens. Así la artimaña estaría fuera de toda duda.

Y Jesse Owens ganó cuatro medallas de oro. Y se ganó el corazón de todos los alemanes. Hasta el de unos cuantos nazis, los cuales siempre aborrecieron más a los eslavos y a los polacos que a los negros. Y Owens se enamoró de Alemania. «Sentí más racismo en mi vuelta a Estados Unidos que compitiendo en Alemania», diría el hombre que en la cena de celebración en Nueva York tras su éxito tuvo que entrar al restaurante por la puerta del personal de servicio.

El caso es que Owens triunfó y lo hizo con las zapatillas de los hermanos Dassler. Unas preciosas zapatillas negras de clavos con tres franjas oblicuas de color blanco. Unas zapatillas Adidas que aún no eran Adidas.

Las Adidas de Jesse Owens

Fue un boom. En los siguientes meses las zapatillas de los hermanos Dassler se vendieron como churros. Recordemos que no eran Adidas. Eran Gebrüder Dassler Schuhfabrik, nombre tan bávaro como poco comercial. Todo iba como la seda hasta que en 1939 da comienzo la II Guerra Mundial. Al principio las ventas no se resienten, pero pronto las zapatillas darán paso a los zapatos. Al cabo de un par de años los zapatos se cambiarán por botas militares. La empresa es requisada y transformada por los nazis en beneficio de la economía de guerra.

Lo peor viene después.

Viene después porque la guerra va mal. Va mal para los nazis, claro. La empresa deja las botas militares y comienza a fabricar panzerfaust, un lanzagranadas antitanque de fácil uso y que pronto se convirtirá en el arma portátil más icónica de la guerra.

Pasa algo más. Rudolf es movilizado y enviado al frente. Adi no. Adi se mantiene dirigiendo la fábrica.

Rudolf sobrevive a la guerra, pero jamás volverá a confiar en su hermano. Indaga, pregunta, observa e intuye lo que ha pasado. Adi ha negociado. El callado, el vergonzoso, es más listo de lo que parece. Y es imprescindible. Diseña los panzerfaust y vende su alma a los nazis a cambio de seguir con su vida civil y mantenerse como director de la fábrica. Y vende a su hermano. Rudolf, el relaciones públicas, el cual es fácilmente sustituible.

Total, que la guerra acaba y la fábrica está destruida. La fábrica, o mejor dicho lo que queda de ella, es requisada por los norteamericanos, dado que Baviera está en manos estadounidenses. Alemania es repartida en cuatro mitades por los vencedores con la feliz idea de colocar un bozal en el perro alemán para no dejarlo morder nunca más. Mas resultó que el lobo alemán daba menos miedo que el oso soviético y los estadounidenses decidieron rearmar (económicamente) a Alemania para convertirla en locomotora capitalista de Europa en su lucha contra el comunismo.

Y como resulta que los americanos eran y son unos fanáticos del deporte concedieron a los hermanos Dassler créditos a coste ínfimo para levantar una empresa que les fue devuelta y que, nuevamente, se dedicaría a fabricar zapatillas deportivas.

Y así es como en 1949 nacía una nueva empresa con nombre nuevo. Nacía Adidas.

Adi (izq) y Rudolf (dch) Dassler

El nombre de la marca de las tres rayas horizontales proviene del juego de palabras entre Adi (nombre del creador) y Das (del apellido Dassler). Porque sí, los dos hermanos eran los dueños de la empresa antes de la II Guerra Mundial, pero los americanos sólo se dignaron a hablar con el bueno de Adi. Rudolf ya no era nadie. Donde antes había una empresa de iguales, ahora había dos hermanos claramente diferenciados.

Y no sólo eso. Como cualquier pareja de hermanos que nace de una misma semilla, germinada y crecida, cada brote siguió su camino. Adi se casó y tuvo hijos, hijos a los que pensaba dejarles una empresa. Rudolf hizo lo propio. Cada cual miraba por sus intereses.

En esa estamos cuando llegó el Mundial de fútbol de 1954. A Alemania, por su pasado nazi, se le había prohibido competir en cualquier evento deportivo de corte internacional. El Mundial de Suiza de 1954 iba a significar la primera oportunidad de la Alemania democrática de brillar en la escena internacional. Sorpresivamente los teutones llegaron a la final donde se enfrentarían a la archifavorita Hungría de Hidegkuti, Kocsis y Puskás que llevaba dos años sin perder un partido y que en la fase de grupos había vapuleado a los teutones por 8-3.

El milagro de Berna, que daría para un artículo por sí mismo, acabó con victoria alemana por 3-2 tras remontar un 0-2 en contra. El choque se decidió gracias a las botas con tacos extraíbles. Así, tras comprobar que el césped del estadio Wankdorf de Berna se iba encharcando con el paso del tiempo, los alemanes jugaron la segunda parte con tacos más largos, más apropiados para ese tipo de terreno resbaladizo y embarrado. El portero húngaro resbaló en el momento del 3-2 final y Alemania ganó el Mundial.

Aquellas botas de tacos convirtieron a Adi Dassler y a Adidas en fenómeno global y catapultó de inmediato a Adidas en la marca deportiva por excelencia.

Por entonces Rudolf ya había abandonado el barco. Se preparaba para una dulce venganza.

Esa será otra historia. El viernes que viene…

Adidas

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Cuando la trampa del fuera de juego cambió el fútbol para siempre (2ª parte)

¡Cómo había cambiado el juego! Aquella carga ligera de caballería se estaba convirtiendo en un interesante juego colectivo. La brutalización daba paso a la sofisticación. Si antes el portero despejaba de puños porque si cogía el balón lo podían matar (literalmente), en 1912 el guardameta era intocable y sólo podía tocar el balón con las manos dentro de su propia área.

Con el 2-3-5 todo cambió, pero pronto hubo quien detectó que ese tercer mediocentro, con sus subidas y bajadas, iba dejando huecos en el centro del campo. Los más avispados, y los más avispados eran los futbolistas del Río de la Plata, comprendieron que moviendo posicionalmente a los cinco atacantes y acercando a alguno de ellos al centro del campo se originaba una superioridad que se tornaba en decisiva. El ataque en línea se convierte en ataque en abanico, donde los extremos retroceden o el delantero centro se cristaliza en mediapunta.

Es pues cuando los equipos, alarmados por ese agujero en el centro del campo, deciden reforzar su parcela defensiva. Para ello se valen de la táctica del fuera de juego. Recordemos que por entonces si tres defensores (dos zagueros y el portero) están por detrás del delantero rival ya hay fuera de juego. No era difícil que a alguien se le ocurriese levantar la mano para avisar al compañero, dar un paso al frente y usar el fuera de juego a su favor.

El inductor y referente del uso de la trampa de fuera de juego fue un norirlandés llamado Billy McCracken. Durante veinte años (1904-1924) fue el líder del Newcastle United y elemento estructural del centro de la zaga con sus más de 180 centímetros y sus 85 kilos de peso, medidas muy consideradas en la época.

Cuando observaba que el delantero rival iniciaba el desmarque, McCracken lanzaba un grito y corría en dirección al círculo central mientras su compañero en el centro de la defensa levantaba la mano para reclamar al árbitro (a imagen y semejanza de lo que muchas décadas después hará Baresi en el AC Milan) el fuera de juego. Dado que entonces los pases eran cortos y lentos y los jugadores no se podían mover de su zona asignada, no había profundidad, únicamente horizontalidad, por lo que no había forma de romper la trampa del fuera de juego. Cuando en un partido McCracken consiga que el árbitro sancione más de cuarenta fueras de juego en un mismo partido todo estallará. Al reanudarse las competiciones tras la I Guerra Mundial todos los clubes utilizarán la misma táctica, el número de goles se reducirá (2,95 por partido en 1908 a 2,43 en 1924), se culpará a McCracken de acabar con el fútbol y el número de aficionados en los estadios descenderá drásticamente.

Billy McCracken

El problema crecía como bola de nieve y no se atisbaba solución. El juego era monótono y los delanteros centros, grandes y lentos, caían sin remedio en la trampa. Y en Inglaterra entró el pánico. Y entraría mucho más cuando Uruguay gane los Juegos Olímpicos de 1924 arrasando a todos sus rivales (los británicos se autoexcluían de las competiciones internacionales). José Nasazzi, capitán uruguayo, observa que los europeos abusan del fuera de juego y decide instalarse en el centro del campo (2-4-4), descartando el juego directo y apostando por el pase para llegar a la portería rival. El fuera de juego de los rivales naufraga y Uruguay gana de forma bella con un estilo que se prolongará en el tiempo.

Así que la Football Association (FA) atisbó dos soluciones. La primera consistía en pintar una línea a 36 metros de la portería que marcase a partir de donde se establecía el fuera de juego (como en las categorías inferiores de la actualidad). La segunda consistía en limitar el fuera de juego a dos defensores (el portero más un zaguero) facilitándole así las cosas al delantero falto de calidad técnica. Se realizó una prueba en un partido en Highbury. Primera parte tirando la línea de 36 metros y segunda mitad reduciendo a dos el número de defensores para marcar el fuera de juego. Quizás fuese demasiado precipitado, pero la solución requería urgencia.

Gustará la segunda idea. A partir de entonces un futbolista estaría en posición de fuera de juego si está más cerca de la línea de meta contraria que el balón y el penúltimo adversario a menos que se encuentre dentro de su propio campo. Era abril de 1925.

El fútbol iba a cambiar para siempre.

Al cabo de una temporada el promedio de goles en la liga inglesa pasó de menos de 3 por partido a 4,5. La falta de profundidad de la línea de cinco quedaba descartada y los McCracken de turno, al no tener un compañero en defensa, se lo tendrían que pensar muy mucho antes de adelantarse y levantar la mano para reclamar el fuera de juego. Al ligero error dejaban a su portero vendido en un mano a mano frente al delantero rival.

Lo que en abril era una realidad en las Islas Británicas el 13 de junio de 1925 se cristalizó en cierto en el resto del mundo. La FIFA puso en marcha un tren que revolucionaría para siempre la forma de jugar y en la que, por vez primera, tendría más importancia la táctica que los jugadores.

Nacía la era de los entrenadores.

Y aunque nadie lo sabía entonces, nacía la parte defensiva del juego. Defender para ganar.

Y es que los árboles no dejaron ver el bosque. En las siguientes tres décadas el fútbol ofensivo campó a sus anchas por el orbe. Los goles aumentaron de forma radical. En el Mundial de 1954 se llegó a la cima de la excelencia ofensiva con 5,4 goles por partido, hasta que en los 60 arribó el boom defensivo que intentará ser contrarrestado con los cambios para oxigenar el centro del campo y las tarjetas para proteger a los delanteros. Pero el caso es que, sin que nadie se diese cuenta ni lo advirtiese, en ese 1925 estaba naciendo una forma de jugar que primaba lo defensivo antes que lo ofensivo.

Ante el pánico de dejar a un solo defensa ante el delantero rival, el pavor hace su aparición y hay una serie de entrenadores que deciden fortificar la defensa. Es importante resaltar que son entrenadores. Hasta entonces los equipos cuentan con un preparador físico, pero no existe la táctica. Las plantillas con cortas (a lo sumo 13 o 14 futbolistas) y las alineaciones son decididas por el capitán que las consensa con los compañeros. A partir de entonces los entrenadores (siempre ex jugadores) determinarán el estilo de juego y quienes deben saltar al campo. Uno de estos primeros gurús fue el inglés Herbert Chapman. Dirigiendo al Huddersfield Town decidió retrasar a uno de los medios para fortalecer la defensa. El 2-3-5 pasaba a ser 3-2-5. El sistema fue afiliado cuando en los años 30 Chapman pasó a dirigir con éxito al Arsenal FC. Era la WM de Chapman, el sistema imperante en el mundo desde entonces hasta finales de la década de 1950.

La WM permitía movilidad dentro de la limitación del juego zonal de entonces. Aunque sobre el papel el dibujo WM con los extremos super adelantados parezca ofensivo, la realidad es que se asemejaba más a un 3-4-3 o a un 5-2-3 en defensa. Los goles aumentaron, sí, pero porque aumentó el juego directo. Chapman hizo hincapié en el pase largo y el control del balón. Que un extremo controlase el balón de primeras tras un pase de treinta o cuarenta metros era un gol asegurado. Pero se hizo acosta de aumentar la precaución defensiva y el abandono del centro del campo. Ahora había dos trincheras. Una en defensa y otra en ataque. El centro del campo era yermo. Será tras la II Guerra Mundial cuando algún avispado acuñe la expresión zona ancha para referirse a ese centro del campo que quedaba desocupado.

La WM de Herbert Chapman

El concepto cambia. Hasta entonces el objetivo era marcar un gol más que tu rival, no obstante, ahora el objetivo era defender para no encajar goles, No es que antes no hubiese equipos defensivos. Sin echar la vista muy atrás en los ya citados JJ. OO de 1924 Uruguay solo tuvo dificultades en el partido de semifinales ante Países Bajos (2-1), Según las crónicas, viendo que sus opciones de vencer eran ficticias, los neerlandeses desplegaron un 5-5-0 sin intención alguna de ganar. La diferencia radicaba en que antes de la modificación de la regla del fuera de juego el acumular jugadores en defensa eran acciones coyunturales y tras la modificación de la regla se convertirán en estructurales.

Lo que era un estigma, una deshonra, un gesto de cobardía (recordemos que el fútbol nació como un deporte de caballeros) se convirtió en aceptable. Si en origen el fútbol funcionaba como carga ligera de caballería, ahora se aceptaba que los soldados cavasen una trinchera a la espera de una oportunidad. Un dato. Hasta 1925 el balance entre Escocia e Inglaterra en partidos internacionales era ligeramente favorable a los primeros. Tras la modificación de la regla del fuera de juego los escoceses abandonaron su tradicional juego de pases y aceptaron el juego directo y la WM masivamente. Desde entonces cayeron en picado ante los ingleses. Era la contrarrevolución.

Lo curioso es que fueron los ingleses victoriosos los que abrazaron con fuerza la modificación de la regla del fuera de juego y el establecimiento de la WM como patrón de juego. El resto del mundo exploró una vía alternativa, una que rompiese con el juego acartonado de usos y costumbres tan británico y que diese pábulo a las filigranas ofensivas para romper con el fuera de juego.

Así si la WM es la solución defensiva a la modificación de la regla del fuera de juego, la solución ofensiva pasará porqué los delanteros usen el cerebro. Si para contrarrestar la amenaza los clubes británicos transformaron un mediocentro en defensa con la instrucción de perseguir al delantero centro sustituyendo el marcaje zonal por el individual, en el resto del mundo hubo técnicos que decidieron mover a los atacantes. El italiano Vittorio Pozzo fue pionero al establecer cuatro líneas en el campo en vez de las tres tradicionales. En determinadas ocasiones usaba la figura del líbero (a semejanza de los uruguayos) para tener un defensor libre de cargas, pero fundamentalmente lo que hizo fue retrasar a los extremos obligándoles a regatear hacia dentro buscando el disparo en vez de pegarse siempre a la banda. Así los interiores, liberados de su función ofensiva, podían bajar al centro del campo para distribuir el balón. El 2-3-2-3 de Pozzo (3-4-2-1 sin balón) le dio a Italia dos Mundiales (1934 y 1938) desactivando por completo el problema del fuera de juego.

Los sudamericanos decidieron mejorar el juego al primer toque y el control con la idea de aumentar la velocidad del juego. Comprendieron que, si jugaban como siempre, pero a mayor ritmo, la lentitud de los defensas rivales sería impedimento total para que pudiesen poner en práctica la táctica del fuera de juego. Así, y al menos hasta finales de los 40, Uruguay, Argentina o la Escuela Danubiana (Checoslovaquia, Hungría o Austria eran los mejores países europeos hasta la II Guerra Mundial en parte gracias a las enseñanzas del inglés Jimmy Hogan – véase artículo escrito en este blog -) decidieron expresarse con el pase y el regate reforzando el centro del campo a costa de un delantero y siempre manteniendo los dos defensores. El 2-3-5 peleó por sobrevivir ante la WM importada desde las Islas Británicas.

La Italia bicampeona (34 y 38) de Pozzo

Tras la II Guerra Mundial la WM ya será el esquema habitual en todo el mundo. Para entonces el fútbol ya había cambiado para siempre. Había dejado de ser inglés. Los british eran todo piernas y pulmones y nada de cabeza. Cuando en 1950 caigan derrotados ante Estados Unidos el mito acabará por romperse. El resto del mundo, aun aceptando la WM, comprendió que la esencia del fútbol se basa en que la pelota corra y el rival tras ella.

Pero lo que había llegado para no marchar era la corriente defensiva del juego, quizás porque el fútbol hacía mucho que había dejado de ser un juego. Desde que en 1925 se modificó la regla del fuera juego el fútbol se dividió entre los que decidieron protegerse de la amenaza retrasando a un defensor y los que apostaron por potenciar el juego de pases para desde el mediocampo llegar hasta la portería rival.

Donde antes sólo había una forma de entender el fútbol, la ofensiva, ahora había dos. La ofensiva y la defensiva. Y todo había sido provocado por la modificación de la regla del fuera de juego.

¿Cómo ganar? Pocos pases a gran velocidad para llegar al arco contrario en el menor tiempo posible. El regate está en desuso. La pelota siempre viaja más rápido sin un jugador detrás de ella”. Helenio Herrera, factótum del Catenaccio.

“Al fútbol siempre ha de jugarse de manera atractiva y de manera ofensiva”. Johan Cruyff, factótum del Fútbol Total.

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Cuando la trampa del fuera de juego cambió el fútbol para siempre (1ª parte)

Yo estuve allí. Es una calle insulsa en el barrio de Covent Garden. No muy lejos del British Museum. Hoy mantiene la esencia. Poco iluminado, decoración cargante, amplia barra de bebidas y escasa oferta de comida. Pidiera sausage and mash. Es decir, salchichas con puré de patatas. Mi esposa pidiera fish and chips. Es decir, bacalao frito con patatas. Lo típico. Tampoco había mucho más para elegir. Pues allí, en The Freemason’s Tavern, una mañana de octubre de 1863 se reunieron representantes de los centros educativos más prestigiosos de Gran Bretaña para discernir sobre cuáles eran las reglas a seguir de manera uniforme en ese nuevo deporte de pelota que estaba desarrollándose y creciendo aceleradamente por todo el país. Los partidarios de jugar con pies y manos, liderados por los religiosos de la Rugby School, no fueron capaces de convencer a los allí presentes de las bondades de sus reglas. Así que un grupo de once disidentes, enderezados por Harrow School, firmaban, esa mañana en la The Freemason’s Tavern, un documento con trece reglas entre las que destacaba la prohibición del uso de las manos para trasladar el balón. Había nacido la Football Association. Había nacido la FA.

El fútbol pasaba a ser un ente propio y reglamentado.

Porque los ingleses no inventaron el fútbol (de hecho, tuvieron mucho más peso los escoceses, pero esa es otra historia ya contada en este blog). El fútbol surgió como hijo de la Revolución Industrial ante la necesidad de ocupar un tiempo de ocio instituido al sustituir el trabajo agrario de sol a sol por el mecanizado con horario de inicio y de fin. El fútbol triunfó por su sencillez y por su capacidad para aglutinar en torno al juego un compendio de identidades culturales y sociales que sirviesen de vía de escape a aquellos que se trasladaron del campo a la ciudad y vieron saltar por los aires todas sus convicciones tradicionales. Pero al fútbol se jugaba igual en Oxford, que, en el patio de una fábrica, en la cubierta de un barco o detrás de una iglesia. Lo que se hizo aquella mañana en la The Freemason’s Tavern fue reglamentar el juego, dotarlo de unas normas y un patrón común a todos sus practicantes. El reglamento del fútbol dice claramente como debe jugarse, cuáles son los códigos de actuación y cuáles las normas de conducta.

Toda norma condiciona. La Ley de Propiedad Horizontal determina que puedes y que no puedes hacer en tu vivienda, el Código de Circulación establece como conducir y la Constitución decreta que y que no puede hacer el partido político que está en el Gobierno de la Nación. El reglamento del fútbol, las trece reglas originales, condicionaron como se iba a jugar al fútbol desde entonces hasta el presente. Condicionó la orientación del juego (ofensiva, al ataque), limito el terreno de juego al 100 x 100 (hoy la horquilla va desde el 110 x 75 al 100 x 64) y estableció elementos fijos de finalización (porterías con medidas estandarizadas). Las reglas dictaminan que para ganar hay que meter gol, lo que sugiere que el juego se practica de medio campo hacia adelante. Con los años la táctica más extendida y con más durabilidad en el tiempo será el 2-3-5 que estimuló la ocupación del ancho del campo en la búsqueda de un eje vertical de actuación que lleve a la portería, auténtico referente del juego. Más adelante la portería será sustituida por un referente móvil (el balón) y mucho más tarde, en tiempos de Cruyff, el referente del juego serán los propios jugadores a través de su movimiento.

Durante un tiempo fútbol y rugby beberán de la misma agua. El caos en el juego, las melés, el patadón, lo más puro de la diversión, formarán parte del desconcierto inicial. El origen se parecerá y mucho al patio del colegio, a las vísceras del juego donde todos corríamos sin ton ni son en busca del balón. Esos inicios tienen que ver con las reglas, y las reglas las conforman unos individuos determinados por un lugar y un hábitat concreto. Hablamos del Imperio Británico. Del Britannia Rules. De la Inglaterra Victoriana. Lo que prima es el juego directo. El yo contra todos. El juego individual, pero también caballeroso. No hay centros, no hay pases. El que coge el balón vuela hacia el horizonte como la carga de la Brigada Ligera cabalgaba hacia el abismo en la batalla de Balaclava. Lo que importaba era el romanticismo, el héroe que luchaba ante todo y salía victorioso tanto en la victoria como en la derrota. El liderazgo y la proeza individual encarnaba todo lo que un futbolista tenía que ser. No es extraño que el primer gran equipo fuese el Old Etonians, de la prestigiosa y elitista Eton, donde, evidentemente, sus jugadores ni podían ni querrían ser profesionales.

Pasar el balón estaba mal visto. Era un acto de cobardes. Una dejación de funciones. Todo se basaba en el héroe, en el único responsable. Entre los primeros partidos de los que tenemos constancia hay muertos. Cuerdos y locos, valientes que cogían el balón y recibían la envestida de otros hombres a base de golpes. Fruto de todo aquello, de aquella locura pseudoheroica, en 1891, casi tres décadas después de la fundación del fútbol reglado, tiene lugar la primera modificación del reglamento. Se prohíbe golpear al portero (hasta entonces eso no era falta) y se crea el área pequeña, también llamada área de gol. Toda infracción dentro de ese rectángulo será sancionada con un golpeo directo sin barrera. Es el penalti. También conocido como disparo de la muerte.

El disparo de la muerte

Hasta entonces se podía hacer lo que te viniera en gana para derribar al portero. Desde entonces el arquero es intocable con la pelota en su poder. Mas también lo es el delantero que consigue ser tan audaz como para adentrarse en el área rival. La creación del penalti (1891), la modificación del fuera de juego (1925, lev motiv de este artículo), la introducción de los cambios (1967) y la aparición del VAR (2016), son los cuatro grandes cambalaches que han puesto patas arribas el fútbol en más de siglo y medio de vida.

¿Cómo era entonces el juego en sus inicios? La disposición táctica habitual era el 1-1-8. Era un juego simple, basado en el individualismo, el regate, la velocidad y el buen disparo desde lejos. Todo era un caos absoluto. Era un caos promovido por un reglamento que fomentaba patear, correr y driblar. Era el velocista con buen regate el jugador más demandado. Y no hay que caer en la simpleza. Uno piensa que con 1-1-8 los goles estaban asegurados. En realidad, había un defensa y un medio fijos. Los otros ocho delanteros lo que hacían era correr a por el balón. En el momento en el que uno de ellos lo controlaba, los otros siete se hacían a un lado para ver el espectáculo. Para ver como su compañero ejercía de loco y tocaba a corneta. Mientras, esperaban a que fuese abatido y así recuperar el balón.

El 1-1-8 era la táctica habitual en Inglaterra. No así en Escocia. Allí pronto se adoptó el 1-2-7, utilizando otro medio más a imagen y semejanza del tres cuartos del rugby. La idea básica seguía siendo el juego físico, de hombres fuertes y vigorosos camino a la portería rival. Sin embargo, desde Escocia ya se intuía otra sensibilidad. El juego era ofensivo, se practica de medio campo para adelante, pero tenía un freno. Y ese freno era la regla del fuera de juego.

La regla original del fuera de juego dictaminaba que un futbolista estaba en posición antirreglamentaria si tres oponentes se encontraban entre él y la portería rival. Esto hacía que el equipo defensor, al poner a dos defensores junto al portero, siempre estaría en posición de ventaja ante el rival. De este modo, aunque sobre el papel el 1-1-8 o el 1-2-7 pareciese un suicidio defensivo, la realidad era mucho más prosaica. De igual manera, dado que el fuera de juego quedaba desactivado si el pase procedía de la línea anterior al centro del campo, se promovía el kick and run y al delantero veloz capaz de cabalgar 40 o 50 metros detrás del balón.

Es en Escocia donde tiene lugar la primera gran revolución. Su psique es opuesta a la de los mandamases del Imperio. Los futbolistas ingleses son más grandes, están mejor alimentados. Cuando en 1872 Escocia e Inglaterra se enfrenten en el primer partido internacional de la historia, los ingleses tendrán doce kilos de peso medio más elevado que los escoceses. La necesidad hace que Escocia adapte un juego de equipo, un enfoque colectivo, un sistema de pases basado en la solidaridad y la colectividad. Si en Inglaterra el fútbol es un deporte de caballeros victorianos que sueñan con ser héroes, en Escocia el fútbol es lugar para obreros y gente de humilde condición. No es extraño, pues, que hasta 1888 las victorias de Escocia a Inglaterra se cuenten por goleadas. El primer gran club británico fue el Queen’s Park de Glasgow. El inglés Preston North End gana el primer doblete liga-copa en 1889 con siete escoceses en su once. El Liverpool FC contaba en 1892 con un once inicial entero de escoceses. Con el profesionalismo riadas de futbolistas de Escocia pasaron a jugar en la caudalosa Inglaterra, suponiendo el fin para el amateurismo de los elitistas colegios ingleses.

Fue ese el tipo de juego que llegó al Río de la Plata y a orillas del Danubio. El juego de pases importado por los escoceses. Rápidamente evolucionó en un 2-2-6, que fomentaba un juego de pases basado en triángulos y dejaba de lado la velocidad, la fuerza y el regate inglés. Ese segundo mediocentro inventado por los escoceses ejercía de enlace con los delanteros cuando tras una de esas alocadas cabalgadas el punta perdía el balón. Esa dicotomía marcará el futuro del fútbol desde ese momento en adelante. En España, por ejemplo, fueron los ingleses los que trajeron el balompié por los puertos del País Vasco. El fútbol español, representado por el Athletic Club, acogerá el kick and run, el juego directo inglés como propio (la furia española) desde entonces hasta inicios del siglo XXI.

Es entonces, rondando los últimos años de 1880, cuando el fútbol se exporta por buena parte del orbe por obra y gracia del Imperio Británico y cuando el establecimiento del profesionalismo y de una liga regular estandariza definitivamente lo que es el fútbol. Se produce entonces la última gran invención táctica, una, que, con matices, será patrón común durante cerca de medio siglo. Se trata del 2-3-5, la disposición táctica por excelencia que convirtió el fútbol en el deporte atractivo de masas que conocemos en la actualidad.

Fue el equipo de fútbol de la universidad de Cambridge el primer equipo de fútbol que apostó por el 2-3-5, de ahí que a esta disposición táctica se le conoce como La pirámide de Cambridge. Y así es. Una pirámide invertida donde por vez primera el juego está diseñado en su totalidad por triángulos y donde el pase es capaz de sustituir al kick and run a lo largo de los 100 metros de longitud del campo. El 2-3-5 fue el primer sistema universal, común a todos los equipos entre 1890 y 1930, posición en el tiempo que se alargó hasta el fin de la II Guerra Mundial en muchos más.

Pirámide de Cambridge (rojos)

La idea del 2-3-5 era la de juntar a dos defensores cerca del portero (para habilitar la trampa del fuera de juego) siempre defendiendo en zona y raramente en paralelo. Lo normal es que uno de los dos, generalmente el derecho, se quedase más cerca del guardameta. Los tres del centro del campo se dividían entre el mediocentro creativo y los dos interiores que ejercían de guardaespaldas, mientras que en paralelo cohabitaban los cinco atacantes. Era un fútbol de posiciones fijas, si bien es cierto que el 2-3-5 en realidad era un 2-5-3, dado que dos de los delanteros, el número 8 y el número 10, los dos que jugaban por dentro (de ahí lo del carril del 8, el carril del 10…) funcionaban como abanicos que subían y bajaban desde el centro del campo hasta el ataque. La función de todos ellos eran enviar el balón a los extremos (carril del 7 y carril del 11) para que, a través de un centro, el ariete (el 9) rematase de cabeza, ya que generalmente era el futbolista más grande y más fuerte del equipo.

Como vemos el juego, aun rudimentario para nuestra óptica, tenía todos los elementos clásicos y contemporáneos necesarios para hacerlo efectivo. La figura esencial de esta ruptura e innovación táctica era el mediocentro, el tercer centrocampista. Ejercía de policía, bajaba a defensa a recibir el balón si era necesario y tenía libertad de movimientos para avanzar con el esférico y acercarlo a la delantera. Ejercía de bisagra entre los dos mundos.

Era el punto fuerte del esquema y, sin embargo, al mismo tiempo, era el punto débil. El mediocentro no siempre llegaba a tiempo a las ayudas y, en una época donde la preparación física era escasa y no existían los cambios, su ausencia generaba un constante agujero y multitud de espacios. Ahí reside el motivo por el que entonces había tantos goles en los partidos y no por la impresión (falsa) de que se jugaba con cinco delanteros. Eran los interiores (el carril del 8 y el carril del 10) los verdaderos protagonistas del ataque dado que se aprovechaban de la ausencia del mediocentro rival para cabalgar en transiciones rápidas y dinamitar el juego en estático.

El primer gran mediocentro del que se tiene constancia es Ernest Needham, faro del Sheffield United entre 1891 y 1909 con 160 centímetros escasos de altura, inaugurando un perfil de jugador que nos lleva desde él hasta los Xavi Hernández del presente.

Como él hubo más, pero su hegemonía se iría diluyendo poco a poco.

Ernest Needham

A sabiendas de que ese agujero en el centro del campo debía de ser explotado, se empezó a desarrollar una nueva forma de distribución en el campo. Recordemos que entonces las posiciones son fijas, cada futbolista es encargado de ocupar una parcela del campo, ni una más y ni una menos, por lo que las ayudas o los desplazamientos son inexistentes. Lo que se propone es mover ligeramente a los cinco de arriba. En vez de estar en paralelo, los cinco delanteros pueden situarse en forma de abanico, se adelanta a los extremos o en algunos casos, como sucede en Uruguay, el delantero centro pasará a retrasarse y ocupar el centro del campo. Esa innovación, la del delantero falso (el falso ‘9’) hará que Uruguay domine el fútbol mundial (con permiso de los ingleses) en el primer cuarto del siglo XX.

Así pues, asustado, el mediocentro dejó de ser tan libre y de acercarse tanto al ataque para convertirse más en un elemento defensivo que ofensivo. De repente, cuando nos acercamos a 1920, el número de goles por partido baja drásticamente. Donde antes había dos defensores ahora hay dos y medio. Los medios piensan más en defender que en atacar, el centro del campo se va rompiendo y los delanteros quedan aislados. El kick and run vuelve a coger fuerza.

Y es entonces, viendo que el fútbol se adentra en el mundo de la oscuridad, cuando en 1925 aparezca la nueva regla del fuera de juego. La norma que lo cambiará todo.

Y sin embargo lo que no sabían los que la diseñaron es que aquello que se pensó hacer para favorecer al fútbol ofensivo, acabaría siendo el caldo de cultivo de una teorización defensiva que revolucionaría el futbol para siempre.

Continuará…

“Estoy orgulloso de que Inglaterra haya ideado estas leyes y que como resultado el fútbol se haya extendido por el fútbol como lo ha hecho. Las reglas no solo permiten jugar al fútbol, encarnan el espíritu y la herencia de nuestro juego”. Sir Bobby Charlton.

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Historia contrafactual del Balón de Oro español (1930-2023)

Volvemos con una de las secciones favoritas de mis pocos, pero fieles lectores. Las historias contrafactuales. Lo hacemos con nuestro tema fetiche, el Balón de Oro. En este blog ya le hemos dado los siete que merece a Pelé, hemos otorgado un Balón de Oro a porteros y defensas olvidados por la dictadura del jugador ofensivo o hemos dado un salto atrás en el tiempo para recordar a los mejores jugadores del mundo antes de que en 1956 se pusiese en marcha el trofeo individual más prestigioso del mundo del balompié.

En este caso vamos a barrer para casa. En esta historia contrafactual nos proponemos determinar quiénes han sido los mejores futbolistas españoles año por año. No es el futbolista hispano de los más reconocidos en el ámbito mundial. Es cierto que tras las victorias españolas en el Mundial 2010 y en las Eurocopa 2008 y 2012 el producto patrio se ha expandido por medio mundo, tanto futbolistas como entrenadores. Sin embargo, el buen desempeño colectivo ha impedido que España tuviese un jugador de referencia, una estrella, la estrella del planeta fútbol. La dispersión de votos hizo que Fernando Torres hubiese de conformarse con el Balón de Bronce (2008) al igual que Xavi Hernández (2009, 2010 y 2011) y Andrés Iniesta (2012). Lo más sangrante fue el caso del manchego que fue Balón de Plata tras ganar el Mundial 2010. Aquel año hubo cinco españoles entre los diez primeros, pero la victoria fue para el argentino Lionel Messi.

El único ganador del premio fue el recientemente fallecido Luis Suárez. Icono del Grande Inter. Durante una década fue considerado el centrocampista organizador más talentoso de Europa. El coruñés es también uno de los siete futbolistas que han ganado Oro, Plata y Bronce al menos en una ocasión. El áureo fue en 1960, el argento en 1961 y 1964 y el de bronce en 1965. Éste último también fue ganado por Amancio en 1964, mientras que Emilio Butragueño fue Balón de Bronce en 1986 y 1987.

Luis Suárez. Oro (60) , Plata (61, 64) y Bronce (65)

Como ya he indicado en otras ocasiones, la labor del periodista, del periodista deportivo en este caso, es contar, juzgar, verificar y explicar los sucesos que ocurren. Y para ello el receptor no necesita ver el partido. Y ni siquiera viéndolo, sea en vivo o a través de la televisión, tendrá una visión ecuánime, ya que le faltarán perspectivas que no alcanzará a poseer. Echar la vista atrás es una labor de investigación válida, aun sin YouTube en nuestras manos.

Obviamente lo ideal es que cada uno de nosotros leyese, escuchase y viese varias interpretaciones del mismo hecho, porque el periodista tiene un componente subjetivo intrínseco a la condición humana. Aunque haya un patrón común, hay diferentes sesgos. Eso sería lo ideal, pero nadie lo hace. Porque el receptor lo que quiere es leer, escuchar y ver su verdad, por lo que escoge cual es la información que quiere absorber.

Y como tampoco me voy a repetir (para eso están los enlaces a otros artículos que encontrareis al final de éste), sencillamente conviene aclarar para neonatos que una historia contrafactual es una historia alterna en la que se responde a la pregunta; ¿Qué hubiera pasado sí? Es un ejercicio de abstracción y ficción, pero desde un punto de vista histórico. Mi labor es devanarse los sesos, convertirse en una rata de biblioteca, navegar durante unas cuantas horas a través de la web, desempolvar unos cuantos libros de la estantería y comerse con la vista unas cuantas clasificaciones de revistas y de federaciones internacionales. No es decir voy a escoger a tal o a cuál como el mejor porque me sale de los mismísimos.

Para crear la historia contrafactual del Balón de Oro español he tenido que seleccionar un punto de divergencia. He tomado como inicio el año 1930, al igual que hice en otras ocasiones. ¿Motivo? Es entonces cuando se celebra el primer Mundial de fútbol, que marca el punto de inflexión de la globalización de un deporte inventado por los británicos a mediados del siglo XIX. Por otro lado, en 1930 la profesionalización ya es una realidad en gran parte de los países occidentales. De hecho, la creación del Mundial obedece a ello. Dado que los profesionales no podían competir en los Juegos Olímpicos, las victorias uruguayas de 1924 y 1928 se ponían en entredicho al no haber podido participar los mejores futbolistas de Europa.

Es importante resaltar un par de apuntes para los menos entendidos. Antes de que la Guerra Civil y luego la II Guerra Mundial hiciese estallar todo por los aires el fútbol español estaba entre los mejores de Europa. Después llegó una década oscura hasta que, capitaneados por las hazañas del Real Madrid, el fútbol hispano volvió a ser referencia mundial. En los 60 algunos futbolistas comenzaron a emigrar a Italia, liga que pronto se iba a convertir en la competición más fuerte del momento. Desde esa década y hasta finales del siglo XX tanto el futbolista español como la Liga tuvieron un perfil bajo, suceso corregido por el dinero de las telecomunicaciones en el segundo supuesto y por un incasable trabajo técnico en el fútbol base cristalizado en la consecución del Mundial 2010 en el primero de los casos. Hoy, con altibajos, tanto la Liga como el futbolista español (cada vez más emigrante) están entre los mejores considerados del planeta.

Para realizar este listado he tenido en cuenta clasificaciones oficiales de FIFA, UEFA y trofeos individuales o clasificaciones de prestigiosas instituciones como IFFHS, Balón de Oro, World Soccer o Don Balón. También consideraciones y premios de Marca, As, Mundo Deportivo o la Agencia EFE. Alguna licencia personal ha habido. Por citar un ejemplo en 1974 la línea oficial dictaminaría que el Balón de Oro español fuese Asensi. Sin embargo, he decidido apostar por José Eulogio Gárate, con mejores números individuales que los del alicantino y pieza primordial para que el Atlético de Madrid venciese al Celtic y se clasificase para jugar su primera final de Copa de Europa.

Gárate (Balón de Oro español 1970 y 1974)

Decía en párrafos anteriores que no se puede comparar épocas distintas, pero sí sujetos en el mismo espacio tiempo. Para el futbolista español hay tres edades de oro; la década de los 30, el periodo 1955-65 y los quince años que van de 2005 a 2020. Eso hace que fantásticos jugadores coincidentes en el tiempo como Cilaurren o Luis Regueiro no cuenten con ningún trofeo al concordar con Ricardo Zamora (1932, 1933 y 1934). Iconos de los 60 como Adelardo, Joaquín Peiró, Carlos Lapetra, Ignacio Zoco o Marcelino palidecen ante el ya citado Luis Suárez, Luis del Sol (1962), Manuel Velázquez (1969) o Amancio Amaro (1966, 1968 y 1972). Por último, los éxitos de Iker Casillas (2007), David Silva (2019), Sergio Ramos (2014, 2016, 2017, 2018) o del binomio Xavi e Iniesta impiden que podamos coronar a David Villa, Cesc Fábregas o Xabi Alonso, quienes en cualquier otra época hubiesen sido Balón de Oro español sin lugar a dudas. Es el caso del asturiano Villa, máximo goleador histórico de la Selección, el más injusto al coincidir en sus años de gloria con los antes citados y también con Carles Puyol (2006) o Fernando Torres.

Villa, máximo goleador español sin Balón de Oro

Así futbolistas históricamente menores como Jesús Garay (1956), Rubén Cano (1977), Dani (1983), Goicoetxea (1991) o Gerard Moreno (2021) cuentan con un Balón de Oro contrafactual por incomparecencia de rivales. Como se verá he dejado libre el año 1937 y 1938 por ser inhábiles por motivo de la Guerra Civil. No así ni el 36 ni el 39 ni los años de la II Guerra Mundial, pródigos en fenómenos españoles que destacaron en Sudamérica caso de Ángel Zubieta (1946) y, especialmente, Isidro Lángara (1935, 1936, 1939 y 1940).

¿Era mejor Raúl que Lángara? Más rápido, más flexible, estuvo mejor entrenado y desde niño estuvo preparándose física y mentalmente para ser un deportista de élite. Pero si Lángara no hubiese sido el primer delantero español de corte internacional no habría habido ni Butragueño, ni Raúl ni Lamine Yamal.

Para finalizar un par de puntualizaciones. He considerado Balón de Oro español a aquel futbolista de nacionalidad hispana. Alfredo di Stéfano (1957 y 1959) podría haber ganado más trofeos con anterioridad, pero de 1953 a 1956 compitió en la Liga con nacionalidad argentina. Lo mismo sucede con el extraordinario Ferenc Puskás, al que le he dado el trofeo de 1963, que seguramente merecería Luis Suárez, como un acto de justicia poética para un futbolista que no obtuvo la nacionalidad española hasta los 34 años, camino al ocaso de su carrera. También señalar que en 1993 premié al deportivista Fran antes que, a Julen Guerrero, Nadal o Zubizarreta, quizás barriendo un poco para casa.

Como último aporte aclaratorio quiero señalar el enorme mérito del Balón de Oro español que le he otorgado a Quini en 1976. Militaba entonces en el Sporting de Gijón que descendería a Segunda, pero Quini se coronaría como Pichichi de la Liga. A pesar de los éxitos de Santillana o de Pirri con el campeón Real Madrid, el año del goleador asturiano fue colosal. Y señalar también a futbolistas que no han logrado entrar en la lista como Basora, Acuña, Rexach, Sadurní, Juanito, Gordillo, Camacho, Maceda, Sanchis, Kiko, Luis Enrique, Valerón, Joaquín, Cazorla, Piqué, Jordi Alba, Sergio Busquets o la reciente aparición de Pedri.

Quini (Balón de Oro español 1976 y 1982)

Así pues, vamos con la lista de los ganadores del Balón de Oro español. Además de haber sido grandes futbolistas, muchos de ellos pertenecen a la época más romántica del fútbol, sin representantes, sin acólitos, sin millones y sin la saturación de los medios de comunicación. No son más que los ganadores de un trofeo. Pudieron tener un gran año, una gran trayectoria, pertenecer a un gran club o tener la suerte de no coexistir con otros grandes campeones. No es más que una lista. No es más que un trofeo. Pero son la fotografía de un instante. Una base que nos permite recordar a los grandes campeones del pasado.

Los ganadores entre 1930 y 2023 serían los siguientes:

1930 Guillermo Gorostiza (Athletic Club)

1931 Guillermo Gorostiza (Athletic Club)

1932 Ricardo Zamora (Real Madrid CF)

1933 Ricardo Zamora (Real Madrid CF)

1934 Ricardo Zamora (Real Madrid CF)

1935 Isidro Lángara (Real Oviedo)

1936 Isidro Lángara (Real Oviedo)

1937

1938

1939 isidro Lángara (San Lorenzo de Almagro)

1940 Isidro Lángara (San Lorenzo de Almagro)

1941 Martí Ventolrá (Atlante FC)

1942 Guillermo Gorostiza (Valencia CF)   

1943 Agustín ‘Piru’ Gainza (Athletic Club)

1944 Edmundo Trabancos ‘Mundo’ (Valencia CF)

1945 Telmo Zarra (Athletic Club)

1946 Ángel Zubieta (San Lorenzo de Almagro)

1947 Telmo Zarra (Athletic Club)

1948 Manuel Fernández ‘Pahiño’ (Real Madrid CF)

1949 César Rodríguez (FC Barcelona)

1950 Telmo Zarra (Athletic Club)

1951 Telmo Zarra (Athletic Club)

1952 Antoni Ramallets (FC Barcelona)

1953 Laszlo Kubala (FC Barcelona)

1954 Luis Molowny (Real Madrid CF)

1955 Agustín ‘Piru’ Gainza (Athletic Club)

1956 Jesús Garay (Athletic Club)

1957 Alfredo di Stéfano (Real Madrid CF)

1958 Francisco Gento (Real Madrid CF)

1959 Alfredo di Stéfano (Real Madrid CF)

1960 Luis Suárez (FC Barcelona)

1961 Luis Suárez (FC Barcelona)

1962 Luis del Sol (Real Madrid CF)

1963 Ferenc Puskás (Real Madrid CF)

1964 Luis Suárez (Internazionale)

1965 Luis Suárez (Internazionale)

1966 Amancio Amaro (Real Madrid CF)  

1967 José Martínez ‘Pirri’ (Real Madrid CF)

1968 Amancio Amaro (Real Madrid CF)

1969 Manuel Velázquez (Real Madrid CF) 

1970 José Eulogio Gárate (Atlético de Madrid)

1971 José Ángel Iribar (Athletic Club)

1972 Amancio Amaro (Real Madrid CF)

1973 Luis Aragonés (Atlético de Madrid)

1974 José Eulogio Gárate (Atlético de Madrid)

1975 José Martínez ‘Pirri’ (Real Madrid CF)

1976 Enrique Castro ‘Quini’ (Sporting Gijón) 

1977 Rubén Cano (Atlético de Madrid)

1978 Carlos Santillana (Real Madrid CF)

1979 Juan Manuel Asensi (FC Barcelona)

1980 Luis Miguel Arconada (Real Sociedad)

1981 Luis Miguel Arconada (Real Sociedad)

1982 Enrique Castro ‘Quini’ (FC Barcelona)

1983 Daniel Ruíz Bazán ‘Dani’ (Athletic Club)

1984 Luis Miguel Arconada (Real Sociedad)

1985 Miguel Bernardo Bianquetti ‘Migueli’ (FC Barcelona)

1986 Emilio Butragueño (Real Madrid CF)

1987 Emilio Butragueño (Real Madrid CF)

1988 Miguel González ‘Michel’ (Real Madrid CF)

1989 Miguel González ‘Michel’ (Real Madrid CF)

1990 Rafael Martín Vázquez (Real Madrid CF)

1991 Jon Andoni Goicoetxea (FC Barcelona)

1992 Andoni Zubizarreta (FC Barcelona)

1993 Francisco González ‘Fran’ (RC Deportivo)       

1994 Josep Guardiola (FC Barcelona)

1995 Fernando Hierro (Real Madrid CF)

1996 José Luis Pérez Caminero (Atlético de Madrid)

1997 Raúl González (Real Madrid CF)

1998 Fernando Hierro (Real Madrid CF)

1999 Raúl González (Real Madrid CF)

2000 Gaizka Mendieta (Valencia CF)

2001 Raúl González (Real Madrid CF)

2002 Raúl González (Real Madrid CF)

2003 Raúl González (Real Madrid CF)

2004 Santiago Cañizares (Valencia CF)

2005 Xavi Hernández (FC Barcelona)

2006 Carles Puyol (FC Barcelona)

2007 Iker Casillas (Real Madrid CF)

2008 Fernando Torres (Liverpool FC)

2009 Xavi Hernández (FC Barcelona) 

2010 Andrés Iniesta (FC Barcelona)

2011 Xavi Hernández (FC Barcelona)

2012 Andrés Iniesta (FC Barcelona)

2013 Andrés Iniesta (FC Barcelona)

2014 Sergio Ramos (Real Madrid CF)

2015 Andrés Iniesta (FC Barcelona)

2016 Sergio Ramos (Real Madrid CF)

2017 Sergio Ramos (Real Madrid CF)

2018 Sergio Ramos (Real Madrid CF) 

2019 David Silva (Manchester City)

2020 Thiago Alcántara (Bayern Münich)

2021 Gerard Moreno (Villarreal FC)

2022 Rodrigo Hernández ‘Rodri’ (Manchester City)

2023 Rodrigo Hernández ‘Rodri’ (Manchester City)

Ante lo cual, y según la historia contrafactual formulada, la lista del Balón de Oro español entre 1930 y 2023 sería la siguiente:

1. Raúl González (Real Madrid CF) (1997, 1999, 2001, 2002 y 2003) 5

2. Sergio Ramos (Real Madrid CF) (2014, 2016, 2017 y 2018) 4

2. Andrés Iniesta (FC Barcelona) (2010, 2012, 2013 y 2015) 4

2. Luis Suárez (FC Barcelona e Internazionale) (1960, 1061, 1964 y 1965) 4

2. Telmo Zarra (Athletic Club) (1945, 1947, 1950 y 1951) 4

2. Isidro Lángara (Real Oviedo y San Lorenzo de Almagro) (1935, 1936, 1939 y 1940) 4

3. Xavi Hernández (FC Barcelona) (2005, 2009 y 2011) 3

3. Luis Arconada (Real Sociedad) (1980, 1981 y 1984) 3

3. Amancio Amaro (Real Madrid CF) (1996, 1968 Y 1972) 3

3. Ricardo Zamora (Real Madrid CF) (1932, 1933 y 1934) 3

3. Guillermo Gorostiza (Athletic Club y Valencia CF) (1930, 1931 y 1942) 3

Raúl (Balón de Oro español 1997, 1999, 2001, 2002 y 2003)

Otras historias contrafactuales

¿Qué futbolista ha sido más veces internacional con España? (¿si Gento hubiese jugado tantos encuentros como se disputan en la actualidad superaría a Sergio Ramos?)

Historia contrafactual de la Eurocopa 2008 (¿y si España hubiese decidido seguir siendo toro en vez torero?)

Un Balón de Oro para los europeos (una historia alternativa entre 1995 y 2020)

Historial contrafactual de la Copa de Europa (una Champions con restricciones de fichas extranjeras y comunitarias entre 1996 y 2019)

Los siete balones de oro de Pelé (cuando ‘O Rei’ estaba vetado y no pudo ganar el trofeo)

Historia contrafactual del Balón de Oro (una historia alternativa que se inicia en 1930)

Historia contractual del Balón de Oro de los porteros (los mejores guardametas de todos los tiempos)

Historia contrafactual del Balón de Oro de los defensas (¿y si el Balón de Oro premiase a los destructores en vez de a los constructores?)

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Fratelli d’Italia

Lo primero antes que nada es explicar lo que es el irredentismo. En España, desde donde escribo, es un concepto en desuso. El nacionalismo lo abarca todo. Pero el irredentismo existe. El reclamo de Gibraltar como parte de España es irredentismo. Lo es también la proclama por unos Países Catalanes desde Barcelona. Del mismo modo irredentismo es cuando desde Euskadi se solicita la anexión de Lapurdi, Zuberoa y Nafarroa (Navarra). El irredentismo es, en definitiva, la corriente política que propugna la anexión a un territorio considerado como nación de otros territorios que se consideran propios de aquel por motivos culturales, históricos, lingüísticos o raciales. Irredento significa ‘no liberado’. Por lo tanto, hace referencia a aquellos territorios que deberían formar parte de la nación o estado reclamante.

Argentina (Malvinas), Bolivia (corredor de Atacama), China (Taiwán), Israel (Palestina), India (Cachemira) o Rusia (Crimea), son algunos de los movimientos irredentistas más conocidos a nivel global. Sin embargo, es en la Europa continental donde esto es común a cualquier nación. La implosión del Imperio Austro-Húngaro en 1918 y, anteriormente, el surgimiento del movimiento nacionalista vinculado al Estado-Nación en el siglo XIX, convirtió a Europa en una suerte de reino de taifas. Fue en ese siglo XIX cuando se fundaron dos entes esenciales en la historia europea que hasta entonces no conformaron una unión sólida. Se trata de Alemania e Italia, y ambas, curiosamente, cerraron fronteras reconocidas en 1871. Desde ese mismo año, desde el primer minuto de la unificación, Alemania reclamaba territorios en otros lugares. Fue el germen de una deriva que llevaría al nazismo a reclamar lo que se dio en llamar ‘Espacio Vital’. Hoy, mutilada, Alemania tendría motivos para contar con un fuerte movimiento irredentista, pero al ser una ideología ligada al nazismo no tiene apoyo alguno ni entre las elites dirigentes ni entre la sociedad.

Donde fue acuñado el termino irredentismo fue en Italia. Ligado al Risorgimento (Renacimiento) tiene hasta un museo en Turín, primera capital del nuevo Estado. Allí, en el majestuoso Palacio Carignano, donde se ubicó el primer parlamento italiano, un toro con los colores de la bandera italiana recibe a los visitantes que quieran enfrascarse en la historia del país de la bota. La reunificación italiana consiguió unir en un solo reino a territorios repartidos por dinastías extranjeras como los Habsburgo o los Borbones así como los Estados Pontificios. Pero había algo más. Algo que no se logró conseguir. Los territorios irredentos. Lugares donde los italianos eran mayoría. Trentino, Fiume y Dalmacia, provincias que entonces pertenecían al Imperio Austrohúngaro.

Italia unificada (1871) y sus reclamaciones irredentas

Antes de que Italia fuese una, la Península Itálica estaba divida en múltiples entidades territoriales. Uno de ellos era la Serenissima República de Venecia. Fundada sobre una laguna por ciudadanos romanos que escapaban de las invasiones de hunos y godos cuando el Imperio Romano tocaba a su fin, Venecia fue creciendo hasta convertirse en una pujante Ciudad-Estado durante la Edad Media. En el siglo XVI, en su época de máxima expansión, ocupaba Chipre, Creta, Líbano, Montenegro, múltiples islas del Mediterráneo y buena parte de lo que hoy conforma Grecia.

Eran esos territorios que podríamos tildar de coloniales. Extraterritoriales. Pero controlaba también las montañas del Trentino, la llanura del Fiume y la costa de Dalmacia (hoy Croacia). Todos lugares considerados geográficamente italianos y todos con fortísima presencia en la psique del pueblo italiano al ser parte esencial del Imperio Romano. Las dos costas del Mar Adriático, lo que hoy es Italia en una ribera y la ex Yugoslavia en la otra, construían para Italia un territorio propio.

Y no era para menos. Cuando la I Guerra Mundial estalla en 1914 se estima que en el Fiume habitan más de un 75% de italianos, mientras que en Dalmacia el porcentaje es de un 25%. En Split, por citar un ejemplo, existen dos equipos de fútbol. El Hajduk, fundado por nacionalistas croatas, y el Calcio Splato, fundado por nacionalistas italianos. Y esto es significativo de una realidad. Los tres territorios irredentos reclamados pertenecían al Imperio Austrohúngaro, Imperio que estaba a punto de estallar en mil pedazos.

Tras cuatro sangrientos años de contienda el Imperio Austrohúngaro desaparece. Italia, en el bando de los vencedores, recibe como compensación territorial el Trentino (capital en Trento). Sin embargo, el Fiume (Rijeka para los croatas) y la Dalmacia (Dubrovnik para los croatas y Ragusa para los italianos) pasó a formar parte del recién formado reino de Yugoslavia. Aquello es una afrenta para los irredentos italianos. Habían ganado la guerra, pero se sentían olvidados por Francia y Gran Bretaña, los dominadores del cotarro.

Será ese el germen del movimiento fascista liderado por Benito Mussolini.

¡El Adriático es italiano!

Es 1919. Época de afanosísimas convicciones nacionalistas de patria y honor. Doloroso es especialmente el caso del Fiume. Los leones venecianos de San Marcos adornan la entrada de ciudades como Zadar o Split. Ciudades que son yugoslavas (croatas) cuando tendrían que ser italianas. Fiume era una daga en el corazón de los italianos. No en vano, en 1919, meses después del término de la IGM, hubo un referéndum en Fiume cuyos resultados convertían la provincia en territorio italiano. No obstante, los efectos de la consulta no fueron vinculantes y Yugoslavia, con el apoyo de la Sociedad de Naciones (antecesor de la ONU), se mantuvo firme y conservó el territorio como propio.

Es entonces cuando aparece en escena Gabriele D’Annunzio. Duque, poeta, sex-symbol y militar, D’Annunzio sobrevoló Viena con su caza durante la I Guerra Mundial. Perdió un ojo durante una contienda en la que se convirtió en uno de esos héroes caballerescos, uno de esos ases del motor que al mando de su escuadrón eran venerados por militares y civiles a partes iguales. Amante de la tecnología, futurista, D’Annunzio fue uno de los primeros seres humanos que lanzó torpedos desde un avión. Tras la guerra se convirtió en parlamentario y en articulista destacado de ‘Il Popolo d’Italia’, el periódico dirigido por un tal Benito Mussolini. Con esos ideales no era de extrañar que en 1920 el comandante D’Annunzio, liderando a miles de militares, ocupase el Fiume y lo declarase provincia italiana. Aquello no estaba bien. No se podía permitir. El gobierno italiano, por entonces democrático, acabaría bombardeando (a regañadientes, porque en su fuero interno no querían hacerlo) en las navidades de ese año el Fiume, por lo que D’Annunzio se desdijo de lo dicho y proclamó la independencia del territorio como Estado Libre del Fiume. Luego, en 1924, ya con Mussolini y el fascismo en el poder, Italia se anexionaba el Fiume con el beneplácito de D’Annunzio y sus hombres. Yugoslavia, por cierto, dejó hacer. Bastante tenía con mantener la paz y el orden dentro de sus fronteras.

D’Annunzio

Esos cuatro años de mandato del ‘Duce’ D’Annunzio en el Fiume fueron cuanto menos curiosos. Prohibió la presencia de piratas o contrabandistas en sus costas bajo pena de muerte, anuló los divorcios y eliminó las drogas, fuesen blandas o duras, de las calles. Pero fundamentalmente lo que intentó fue italianizar al máximo posible la región.

Una de los métodos elegidos fue celebrar partidos de fútbol internacionales. Oficiosos, obviamente. Escogió como color de la camiseta del Estado Libre del Fiume el azul de la selección italiana, como no podía ser de otra manera. Por aquel entonces Italia vestía con una camiseta en cuyo pecho llevaba en escudo sobre fondo rojo con cruz blanca en representación de la Casa de Saboya, la casa reinante en Italia desde 1861. Pero claro, el Fiume era una cosa e Italia era otra. D’Annunzio no podía utilizar dicho escudo. Hubo de cambiar de idea. Decidió montar sobre el pecho una escarapela tricolor de franjas horizontales. Verde, blanca y roja. Los colores de la bandera italiana.

A eso se le llamó ‘Scudetto’.

La idea gustó. Y gustó mucho. Cuando en 1924 el Fiume pase a formar parte de Italia, la FIGC (Federación Italiana de Fútbol) decide adoptar el ‘Scudetto’ como propio. El 10 de octubre de 1924 se establece que el vigente vencedor de la liga italiana (Serie A) lleve en el pecho el distintivo del ‘Scudetto’ como símbolo honorífico del trofeo conquistado. Tras la II Guerra Mundial y la deposición de la monarquía, el ‘Scudetto’ también sustituirá al escudo de la casa de Saboya de la camiseta de la selección ‘Azurra’.

Como explicaba en el párrafo anterior, la idea D’Annunzio gustó, y gustó mucho. Para Italia, como nación de nuevo cuño, es imprescindible que los méritos se sepan y se reconozcan. Además, la simbología castrense era complementaria al nuevo ideario fascista. La escarapela no es más que un trozo de tela, pero su simbología es fascinante. Se emplea desde la Antigüedad como complemento del uniforme militar. La posibilidad de fabricarlo a gran escala en color resultaba ideal durante el siglo XIX en plena efervescencia de banderas nacionalistas. Lo que antes se colocaba en una bandera, gorra o sombrero, pasó a llevarse en la solapa o en la manga del uniforme castrense. En la Francia de la Revolución o en la Sudamérica independentista ya había hecho fortuna entre civiles como símbolo de libertad.

Scudetto

Fue el Génova FC el primer club que lució el ‘Scudetto’ en 1924 como vigente campeón nacional. Con el paso de los años gustó la idea de hacer lo mismo con el campeón copero. Sería en 1958 con la creación de la Recopa de Europa. La FIGC consideró que el representante italiano tendría que lucir una escarapela que lo distinguiera como campeón copero por el Viejo Continente. Nacía entonces la ‘Coccarda’, un distintivo circular formado por tres circunferencias siendo la exterior, y más grande, roja, la del medio blanca, y la interior, y más pequeña, verde.

Aún hubo algo más. En ese mismo 1958 la Juventus FC turinesa lograba su décimo título de la Serie A. Umberto Agnelli, presidente de la Juve, consideró que la efeméride debía ser recordada, por lo que solicitó a la FIGC un distintivo representativo. Tras un mes de deliberaciones se otorgó a la Juve la opción de colocar una estrella dorada de cinco puntas encima de su escudo. Hoy se otorga una estrella a cada club que consigue alzarse con una decena de títulos de la Serie A. La idea pronto fue copiada por otros países e incluso la FIFA la adoptó para las selecciones nacionales en reconocimiento a sus títulos en el Mundial de fútbol.

Juve (18/19). Scudetto, coccarda y estrella dorada

¿Y el Fiume?

Volviendo a la irredenta región del Fiume, en aquellos agitados años 20 se fundaron dos equipos. La Unione Sportive Fiumana, con los colores rojo, amarillo y azul del Fiume, llegó a competir en la Serie A en 1929 aunque, exceptuando ese año, militó en la Serie B hasta que en 1943 la liga hubo de suspenderse por culpa de la II Guerra Mundial. El otro club existente era el NK Rijeka, fundado en 1906 por nacionalistas croatas, y que pasó por diferentes vicisitudes hasta que en 1945 fue refundado por comunistas y pasó a integrar la liga yugoslava. En 2017 ganó su primera liga croata.

Desde 1945 el Fiume (Rijeka) formó parte de Yugoslavia y, tras la Guerra de los Balcanes iniciada en 1991, forma parte de Croacia. Hoy, anualmente, el estadio Marmi de Roma acoge un triangular irredento (triangolare del ricordo) que cuenta con la notable presencia de 5.000 o 6.000 espectadores. Son los hijos, nietos y hasta bisnietos, de aquellos italianos que hubieron de marcharse de los territorios irredentos. Compiten la Union Sportive Fiumana (Fiume-Rijeka), el Dalmacia Calcio (Zara-Zadar) y el Giovanni Grion Pola (Pola-Pula), todos conjuntos croatas con fuertes raíces italianas.

Otras historias sobre el fútbol italiano

Cuando un volcán derrotó al Barça (Mourinho, los aspersores, el volcán y Eto’o como lateral derecho)

Tommaso Berni (la curiosa carrera de un obrero del fútbol profesional)

Cuando Italia ganó una Eurocopa gracias al lanzamiento de una moneda (a falta de penaltis, el azar decidió una semifinal europea)

La semana mágica de Paolo Rossi (como un apestado le dio un Mundial a Italia)

Maradona (la historia de uno de los más grandes en dos mitades)

Una historia del catenaccio (oda a la defensa para ser un gigante del fútbol)

Antes de que Nápoles amase a Maradona (la difícil llegada del Pelusa a Nápoles)

La tragedia de Superga (el accidente de avión que acabó con el Grande Torino)

Italia, signora del calcio (el mágico 1990 del fútbol italiano)

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Manuel de Castro ‘Handicap’

1909. Un escritor, profesor y guionista de origen zamorano, Miguel de Zárraga, decide fundar en Vigo la primera publicación gallega de carácter deportivo. Llevará por nombre ‘Letras y deportes’ y no alcanzará ni el año de vida. Su repercusión histórica es, sin embargo, extraordinaria. Serán veinte números semanales desde que el primero eche a rodar un 18 de enero de 1909. Allí escribirán Camilo Bernárdez ‘Thedy’ y Manuel de Castro ‘Handicap’, dos de los primeros periodistas que se dedicaron en exclusiva a la información deportiva. Como anuncia su cabecera hay literatura, también se escribe sobre aviación o tiro de pichón, pero, fundamentalmente, hay fútbol. Desde entonces ‘Handicap’ pondrá en marcha mil y un proyectos y será el jefe de deportes de ‘Faro de Vigo’ desde la creación de la sección en 1912 hasta su fallecimiento.

1885. Manuel de Castro González nace en Vigo. Será en el eje Atlántico formado por Coruña, Vilagarcía (donde se documenta el primer partido de fútbol de España en litigio histórico aun no resuelto con Huelva) y Vigo donde surjan las primeras competiciones deportivas en Galicia. Es la esquina noroeste periférica, mas no aislada, dado que las innovaciones vienen entonces de Gran Bretaña y son los puertos de mar los primeros lugares a donde llegan esas novedades. La pujanza de Vigo es extraordinaria. Pasa de 15.000 habitantes en la última década del siglo XIX a 83.000 al inicio de la Guerra Civil. Quintuplica su población, desarrollo que solo Barcelona puede igualar en esa época. Ese tejido social explica la aceptación y el éxito del fenómeno deportivo en la comarca viguesa y revela porque al adolescente Manuel acabará picándole el gusanillo del ‘sport’. Los beneficios sociales e higiénicos del deporte serán acogidos con efusividad por una población joven y urbana. A la altura de 1936 Vigo será la ciudad de España con más gimnasios por habitante.

1924. De la mano de su hermano, el ex-futbolista y atleta Fernando de Castro, Manuel funda la sección del Celta Atletismo. ‘Handicap’ había quedado prendado del espectáculo atlético de los Juegos Olímpicos de Paris a donde acudió como corresponsal tras 52 horas de viaje en tren. Ya había sido corresponsal en Amberes 1920 y lo será en Ámsterdam 1928. Escribió alabanzas sobre los estadios europeos, el juego de la selección de fútbol uruguaya y la capacidad de sacrificio de los atletas escandinavos y estadounidenses. Hubieron de pasar cuatro décadas hasta que en 1972 un periodista deportivo gallego fuese enviado nuevamente como corresponsal a unos Juegos Olímpicos.

1916. Nace ‘Vida Deportiva’, la primera publicación ‘sport’ con estética moderna. ‘Handicap’ está en la treintena, es administrador, redactor jefe y también es el cronista estrella en ‘Faro de Vigo’. ‘Handicap’ es la cabeza pensante de una publicación que apuesta decididamente por la fotografía y con un claro afán de expansión. ‘Vida Deportiva’ se vende en la calle Príncipe de Vigo, pero también en la Real coruñesa, en Santiago, Irún, Bilbao, Barcelona y Madrid y cuenta con una sección dedicada al deporte portugués. Es en ‘Vida Deportiva’ donde ‘Handicap’ reclama la creación de un Colegio de Árbitros. Sus deseos se harán efectivos en diciembre de ese mismo año. Por el colegio vigués se nombrarán a sus dos primeros miembros; Raúl López y Manuel de Castro. Porque ‘Handicap’, además de futbolista, directivo, periodista o seleccionador, también fue árbitro.

1922. Seleccionador, sí. Porque ‘Handicap’ fue seleccionador. La selección gallega de fútbol juega su primer partido. Será frente a Castilla (por entonces incluye a Madrid) y gana por 4-1. El partido se disputa en Vigo y se pretende que la selección esté formada por once futbolistas del Vigo FC dado que el presidente del club y de la federación gallega son la misma persona. ‘Handicap’, a la suerte seleccionador, se niega y exige que la totalidad de Galicia esté representada en tan magno acontecimiento.

1920. Es en Amberes. Juegos Olímpicos. Allí debuta la selección española de fútbol. Lo hará con notable éxito. Alcanzará una medalla de plata. No volverá a pisar el pódium hasta Barcelona 92. Aquel equipo estaba formado por 21 integrantes; 13 vascos, 4 catalanes y 4 gallegos, fiel reflejo de la pujanza del fútbol periférico en la España de entonces. En aquel tiempo había entrenador y seleccionador. El primero era una suerte de preparador físico. El segundo era quien decidía la alineación. Aquellos 21 muchachos fueron seleccionados tras una serie de pruebas y partidos amistosos celebrados en el campo de Coya de Vigo. Los responsables de la selección fueron Luis Colina, secretario de la Federación Española de Fútbol, Alberto Martín, periodista del madrileño ‘Eco de los sports’, y…Manuel de Castro ‘Handicap’.

Después, el 9 de octubre de 1921, España disputó su primer partido en territorio nacional en el Estadio de San Mamés ante un lleno de 10.000 espectadores. Fue frente a la entonces campeona olímpica Bélgica. La selección española venció por 2-0 con sendos goles del delantero del Barça Paulino Alcántara. España vistió de blanco para permitir que Bélgica jugase con su tradicional camiseta roja. El seleccionador fue Manuel de Castro. ‘Handicap’ fue seleccionador nacional en diferentes etapas entre 1920 y 1927. Fueron diez partidos saldados con nueve victorias y una derrota. Ni Aragonés ni Del Bosque ni ningún otro técnico tienen un porcentaje de triunfos tan elevado como el vigués. Lástima que su única derrota fuese contra Italia en 1924 impidiendo la presencia de España en los Juegos Olímpicos de Paris de ese verano.

Manuel Castro González | Real Academia de la Historia
Handicap

1939. Acaba la Guerra Civil. Había cerrado ‘Sprint’, la última gran idea de ‘Handicap’. Una publicación deportiva bajo el auspicio de ‘Faro de Vigo’ y que competía con ‘Sport’ de ‘El Pueblo Gallego’. En ‘Sprint’, con abundantes fotografías, especiales con portadas a color y llena de publicidad, ‘Handicap’ cultiva una sana rivalidad con A Coruña, consciente de que es en el enfrentamiento regional donde está el futuro. Desde sus columnas impulsaría la rivalidad entre Dépor y Celta, aunque siempre evitando «choques desagradables entre la afición de dos pueblos que no debieran ir más allá de los límites de una rivalidad deportiva”. Sin embargo, utilizaba el sarcasmo con frecuencia y suya es la frase de “cuando se quiere a un hijo, aunque se porte mal, hay que hablar bien de él”. Acabada la guerra, y con un ‘Faro de Vigo’ que a duras penas sobrevive con cuatro páginas diarias, todos estos sueños parecen saltar por los aires.

1903. Manuel de Castro figura entre los primeros futbolistas vigueses. Son los trabajadores del Cable Inglés los que se animan a jugar partidos de exhibición donde el Velódromo, en el muelle del malecón vigués. Manuel y sus hermanos son algunos de los nativos interesados en ese nuevo pasatiempo venido de Gran Bretaña. ‘Handicap’ cuando escribe, Manuel cuando juega, contará como había que llevar y retirar los palos que hacían de porterías en cada partido. Fue ‘Handicap’ desde joven también directivo y tesorero y así, cuando en 1903 se funde el Vigo FC (después Real Vigo Sporting) y pase a jugar sus partidos en el campo de Coya, ‘Handicap’ hará de jugador y directivo a partes iguales. Un par de años después, en 1905, en la cercana Bouzas, entonces a las afueras de la ciudad, se funda el Real Fortuna de Vigo.

1944. Ante la apertura de la I Exposición Industrial de Galicia en los jardines vigueses de Eijo Garay, ‘Handicap’ acude el día anterior de la inauguración para seguir de cerca las pruebas de iluminación de la misma. Cuando salía de uno de los pabellones, su pie quedó atrapado en las vías del conocido como tren del puerto, atropellándolo una locomotora que maniobraba en ese momento. Manuel de Castro fallece en el acto. Dos días después Vigo rendía pleitesía a uno de sus más valiosos hombres, a la persona que impulsó la creación del Real Club Celta de Vigo. La muerte le sobrevino inesperadamente a los 60 años.

1919. Ese año desaparece el Real Club Coruña incapaz de adaptarse a un profesionalismo incipiente. En la ciudad herculina la hegemonía va a ser para el RC Deportivo que tendrá capacidad para gobernar Galicia. A ‘Handicap’ ya le rondaba la idea por la cabeza por entonces, pero tras ese suceso lo tendrá meridianamente claro. No hay sitio en Vigo para dos equipos y es necesaria una fusión. A través de ‘Faro de Vigo’ comenzará una campaña con el título ‘Todo por Vigo y para Vigo’ que cristalizará cuatro años más tarde.

1956. Cristina tendrá unas palabras cariñosas hacia su padre. Recuerda que era un hombre callado al que le gustaba hablar a través de su pluma. Fumador empedernido, le encantaba quedarse escribiendo hasta tarde en un sillón instalado en el comedor de la casa familiar. Lagartija, que era el nombre cariñoso con el que fue bautizada por su padre, había hecho ese domingo el mismo ritual que realizaba cuando era pequeña y acompañaba a su padre a Balaídos. Visita a Pi y Margall, donde la familia tenía una pequeña huerta, paseo por calle Príncipe, con parada incluida en el fotomatón y comida en el Gran Hotel. Pero aquel día su padre no estaba. Hacía diez años que no estaba. Aquel día Cristina, acompañada por su hermano Manuel, había acudido a las afueras de Balaídos para inaugurar un busto con el nombre de su padre. Después vendrá el bautizo de la calle que lleva al coliseo celeste. Lástima que estas cosas siempre lleguen tarde.

1928. Balaídos. En marzo de 1923 ya había escrito ‘Handicap’: “La fusión de Vigo y Fortuna habrá de traernos un gran campo de fútbol capaz de llenar nuestras necesidades y con ello la visita de mayor número de equipos nacionales mejorando la forma de nuestro equipo. Con ese gran campo, apoyado por todo lo que vale y significa algo en el deporte local, ya podríamos traer como Barcelona, Bilbao y Madrid cuantos equipos extranjeros viniesen a nuestro país”. Con 22.000 asientos, en 1928 el sueño de ‘Handicap’ se hacía realidad. Se sentará en el palco el día de la inauguración de Balaídos en un sonoro triunfo del Real Club Celta ante el Real Unión de Irún por 7-0.

2011. El ferrolano Álex López recibe el primer premio a mejor jugador del RC Celta de la temporada. El galardón es escogido con los votos de los socios y aficionados celestes. El moañés Iago Aspas suma ocho entorchados hasta la fecha. Es llamativo que el trofeo no lleve el nombre de Pahíño, Manolo, Gudelj o Mostovoi. El trofeo al mejor jugador del RC Celta lleva el nombre de Manuel de Castro ‘Handicap’.

1923. A mediados de mayo, en la casa de un tal Bustelo, compartieron mesa y mantel Ventura Lago, a la sazón presidente del Real Vigo Sporting (antes Vigo FC), Pepe Bar, fundador del Real Fortuna y Basilio Poncet, presidente de la Federación Gallega de Fútbol. Los tres acordaron que ‘Handicap’ presentase un proyecto de fusión de ambos clubes vigueses delante de la Federación Española de Fútbol con sede en Madrid. Dicha argumentación fue elaborada por Manuel de Castro a finales de junio y se le dio de plazo hasta el 31 de agosto de dicho año para aportar toda la documentación necesaria.

Desde mediados de la década anterior ‘Handicap’ había comenzado a trabajar en la idea de una fusión del Real Fortuna y el Vigo Sporting, que fracasaría en su primer intento en 1915. Pero el 10 agosto de 1923 se llegaba al acuerdo entre las partes y el 23 de agosto de 1923 se fundaba el Real Club Celta. Fieles a las ideas del galleguismo desarrolladas por la Xeración Nós y perfeccionadas en las tesis del atlantismo y del celtismo de Vicente Risco, se escoge como escudo la Cruz de Santiago, los colores celeste y blanco de la bandera gallega y el nombre de Real Club Celta en una terna en la que también estuvieren presentes Breogán FC, Club Galicia, Real Club Olímpico o Real Atlético FC. Justo un mes más tarde, en el campo de Coya, el Real Club Celta de Vigo derrota por 8-2 al Boavista FC portugués dando inicio a una historia que a la hora de escribir estas líneas llega a la centuria.

Escudo Celta de Vigo: Historia, Significado y Heráldica
Real Club Celta

Otras historias de fútbol gallego

El penalti de Djukic (el final más cruel para la epopeya del Superdépor)

La Liga del Dépor (la histórica liga conseguida en el año 2000 por una ciudad de apenas 250.000 habitantes)

¿Por qué Uruguay lleva cuatro estrellas de campeón del mundo en la camiseta? (los dos mundiales oficiosos ganados por Uruguay en los años 20 del siglo XX con varios hijos de Galicia en sus filas)

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