mundial

Sallanches 1980

Sallanches. Alta-Saboya. Unos veinte kilómetros al sureste están los 4.800 metros del Mont Blanc, el punto más alto de Europa. A un lado Francia. Al otro Italia. Sallanches espera en el lado francés. Coqueta, risueña. Último paso en el llano antes de escalar rumbo a las alturas. Camino de estaciones de esquí que se colapsan en épocas invernales. En verano es tiempo de bicicletas. Chamonix, Le Colombiere, Morzine, Joux-Plane, Le Grand Bornand. Nombres que evocan al Tour. Todos a escasos pasos de Sallanches.

En este caso no era el Tour. Era el Mundial de ciclismo. Año 1980. 31 de agosto de 1980. Mundial de Sallanches. En el corazón del esquí francés la Unión Ciclista Internacional (UCI) había preparado un exigente trazado de 13,4 kilómetros que conformaba un triángulo en la zona norte de la estación de Chamonix al que había que dar un total de veinte vueltas. Resultado final: 268,4 kilómetros de esfuerzo. La trama se localizaba en mitad del recorrido donde estaba la subida a Domancy (2,7 km al 10%). En total era un desnivel acumulado que bordaba los 4.600 metros. Para ponerse en contexto era como cubrir una etapa del Tour de Francia en la que se ascendiese el Tourmalet cuatro veces seguidas.

El favorito era Bernard Hinault. El tejón era un competidor descomunal que ya sumaba en su palmarés Giro, Tour y Vuelta, así como alguna de las clásicas más respetadas del mundillo y aún no había cumplido los 26. Acabará su carrera con cinco Tours y es, hasta la fecha y hasta que se retire Tadej Pogacar, el único al que se le permite comparación con Eddy Merckx. No tiene el palmarés tan esplendoroso del que presume el belga, pero contaba con la misma brutalidad clínica para acabar con sus rivales y lograr la victoria.

Pero el caso es que había dudas con Hinault. No había podido vitorear en su tercer Tour consecutivo. Con problemas recurrentes en las rodillas, fruto de una forma de competir tan cerril que se acabará agravando con el paso de los años, Hinault tuvo que decir basta. Marchaba líder en la decimotercera etapa del Tour, pero no tuvo otra opción. Justo antes de iniciar el asalto a los Pirineos decidió poner pie en tierra. Las críticas fueron atroces. Nadie entendía que no compitiese e intentase aguantar a pesar de sus terribles dolores en la rodilla, pero Bernard lo tenía claro. No iba a pedalear para perder una minutada en el primer puerto del día. Se iba cuando quería y como quería. O todo o nada. No concebía el término medio.

Se le pone a parir. Hinault siempre había presumido de ser un supermán y ahora una tendinitis se interponía en su camino. En el futuro su cuerpo tomará cumplida revancha de los esfuerzos y de la ferocidad del bretón. En el presente lo que tenía era sed de venganza. Primero activaría el modo desgaste y luego concluiría con el modo destrucción.

Así entonces es que le recomiendan a Bernard Hinault pasar por el quirófano. Decide posponerlo. La única gran victoria que le falta es la de campeón mundial. Y el Mundial de 1980 es en Francia. Es en casa. Ha pasado poco más de un mes desde el fin del Tour e Hinault no se encuentra al cien por cien. Pero es Hinault. El día antes de la carrera le recomiendan reposo, pero él decide pasar tres horas encima de la bicicleta subiendo y bajando montañas. Es un tejón que se esconde ante la adversidad y que salta al cuello del agresor en cuanto ve la primera oportunidad.

Hinault

El director de la selección francesa era el legendario Jacques Anquetil. El que por cronología fue el primer quíntuplo vencedor del Tour tenía una relación de amor-odio con Hinault. El bretón había competido por vez primera en el Mundial allá por 1976 cuando finalizó sexto. En su opinión podría haber ganado, pero tuvo que trabajar para otro compañero y al final la división de fuerzas había resultado devastadora para el equipo francés. Luego, a partir del 77, apuntaba al palo año tras año, ya como jefe de filas galo, pero sin obtener el triunfo. Para Hinault, todo genio y fuerza bruta, se entraba en un sitio con una ametralladora y se lograba el objetivo cayese quien cayese. Para Anquetil, fino y metódico, los esfuerzos eran medidos y las victorias se contaban por segundos.

Para aquella edición de 1980 Hinault estaba herido. Habían apaleado al tejón y, agazapado y con fuerzas recobradas, estaba dispuesto a poner el mundo a sus pies. Anquetil lo sabía y lo dejó claro antes de que los jueces diesen la salida: “Aquí van a acabar quince”.

Lo clavó.

La carrera fue durísima. No se llevaban quinientos metros de recorrido cuando Hinault mandó a sus compañeros de selección poner un ritmo elevado en la cabeza del pelotón. Llovía a mares y, cuando se afrontó la primera ascensión a Domancy, el escalador francés Mariano Martínez (como es obvio se trataba de un gabacho hijo de españoles exiliados) tiraba del grupo bajo un manto de agua. Al siguiente paso, Hinault consideró que ya era más que suficiente y se puso él mismo a comandar el grupo para escapar de la confusión. Tan sólo el fortísimo equipo belga consiguió seguir la maniobra. De Muynck, incluso, intentó demarrar y se puso brevemente en cabeza. Aquello no gustó en absoluto a Hinault que ya tenía entre ceja y ceja montar una escabechina de aúpa.

A mitad de recorrido tan sólo permanecía sobre la bicicleta la mitad del pelotón. A 80 kilómetros para el final a Hinault sólo le aguantaban Pollentier, Marcussen, Baronchelli y Robert Millar. Hinault no miraba atrás. No pedía relevo alguno. Apretaba los dientes y golpeaba con fiereza los pedales.

Modo destrucción

El índice definitivo para clasificar los mundiales según su dureza no existe, pues no vale tan sólo contar el desnivel o la velocidad o el número absoluto de corredores llegados en menos de un minuto, ni tan siquiera el porcentaje de abandonos. Para la UCI el Mundial más duro de la historia fue el de Nürburgring 1966 donde se sumaron 5.844 metros de desnivel. El siguiente sería el de Duitama 1995 donde Abraham Olano superó 5.460 metros de desnivel positivo para proclamarse campeón del mundo en los Andes colombianos. Pero no es una ciencia exacta. Puede ser un desnivel escalonado o no. Con mucho llano o con subidas enlazadas. Y depende también del kilometraje.

La respuesta, como siempre, está en la vara de medir. Es difícil dirimir esta cuestión porque la dureza dependerá del ritmo que quieran o puedan poner los corredores, de la climatología y de muchas otras circunstancias de carrera.

Lo que es cierto es que no ha habido nunca un Mundial con un mayor porcentaje de abandonos. Fue un 86%. Llegaron a meta 15 ciclistas de 106 posibles. Hinault tiraba y la gente subía a ritmo, sin acelerones, retorciéndose en cada pedalada. A cada vuelta se quedaban unos cuantos ciclistas. En la escala de dolor era un diez sobre diez. No era el desnivel. Tampoco era el aguacero. Era el mejor ciclista del mundo, uno de los mejores de todos los tiempos, pedaleando a su máximo nivel durante siete horas consecutivas. No había ser humano capaz de resistir semejante locura.

A cinco vueltas del final tan sólo aguantaba Baronchelli a rueda de Hinault. En la subida la gente se quedaba y en las bajadas, con el suelo encharcado a costa de la fuerte lluvia, las frenadas y las caídas abundaban. Todos caían como fruta madura, vuelta tras vuelta, incluidos Moser o Jan Raas, el entonces vigente campeón mundial.

Llegando a la última ascensión, con Baronchelli haciendo un ejercicio de macabra agonía jugueteando con los cambios, a Hinault le da por poner más ruido sobre el asfalto. Apretó los dientes y golpeó los pedales con pura brutalidad para sacarle en la cima 200 metros a su perseguidor. Quedaban ocho kilómetros de bajada hasta la meta. La diferencia final superó con facilidad el minuto. Una vez vio que la cuerda se rompía, las piernas de Gianbattista Baronchelli se quebraron y dejaron de pedalear. Tercero fue el granadino Juan Fernández a más de cuatro minutos. Fernández había suplicado al seleccionador español abandonar a falta de tres vueltas para el final, pero fue obligado a continuar tras ser el último hispano que se mantenía sobre la bicicleta.

Hacía dieciocho años que un francés no se proclamaba campeón del mundo. Fueron siete horas y media de sufrimiento para todos y de disfrute para Bernard. Aquello fue el culmen de la carrera de Hinault. Más de 200 kilómetros tirando como un loco, sin pedir un relevo ni tomarse un descanso. Ganó por puro desgaste. Nadie fue nunca capaz de igualar sus excesos. Contaba Baronchelli que las pocas veces que Hinault giraba la cabeza y miraba para atrás tenía los ojos inyectados en sangre como si quisiese asesinarlo. Juan Fernández diría que cuando tras la carrera tuvo que subir a un segundo piso para pasar un control antidopaje lo hizo agarrándose a la barandilla como un anciano, mientras Hinault subía los escalones de dos en dos a la vez que le daba una palmadita en la espalda. Aquella tarde de agosto en Sallanches Bernard Hinault demostró que un campeón no lo es por su palmarés, sino por el respeto y el terror que infunde en sus rivales.

Unas barras de hierro curvadas forman un hombre sobre una bicicleta clavado en una rotonda al comienzo de la cuesta de Domancy. Más adelante hay otra esculpida en piedra. Hinault bautizó esta exhibición como su triunfo más bello. Hoy la subida a Domancy es conocida como la cuesta de Hinault. La carrera de la muerte. Se trataba de un triunfo brutal. De una belleza sin piedad. Victoria que se puede clasificar al mismo nivel que la Lieja-Bastogne-Lieja que ganó ese mismo año bajo la nieve y al borde de la hipotermia. Así era él, como la frase con la que se definía a sí mismo: “Corro para ganar, no para complacer al personal”.

Otras historias donde también sale Hinault

Cuando la Vuelta abandonó el País Vasco (ETA, la Vuelta y Bernard Hinault)

Escogiendo al mejor ciclista de la historia (Merckx, Hinault, Induráin y compañía a través de dos artículos)

Cuando Hinault ganó al sprint en los Campos Elíseos (el día que a Bernard le dio el capricho de darse un paseo vestido de amarillo por Paris)

Leer más

El milagro de Berna

Hungría, Turquía, Alemania y Corea del Sur. Esa era la composición del grupo B del Mundial de fútbol de 1954. El orden el que se ha escrito. Los cabezas de serie fueron escogidos a dedo por la FIFA. Húngaros y turcos lo eran. Germanos y coreanos eran los parias. Un inciso antes de seguir. El lugar de Turquía estaba pensado para España. Hubo victoria en la ida y derrota en la vuelta y en el desempate no se pasó de la igualada tras prórroga. No hubo cuarto partido y no existían los penaltis. Una mano inocente sacó una bola que llevó a Turquía al Mundial. Sí, han leído bien. Una mano inocente. Un niño italiano para ser más precisos. Franco Gemma era el nombre del bambino. Fin del inciso. Seguimos. El sistema estaba pensado para favorecer a los gallos. Los cabezas de serie no se enfrentaban entre sí, de modo que cada equipo jugaba dos partidos. En caso de empate a puntos se celebraría un desempate. Para Hungría fueron dos entrenamientos. En el primer duelo masacró a Corea del Sur por un 9-0, entonces la mayor goleada en la historia del Mundial. Luego le tocó como rival Alemania.

Y fue otra masacre.

Alemania Federal jugó su primer partido internacional en noviembre de 1950. Alemania era un país partido en dos y apenas contaba con futbolistas profesionales. Tras la II Guerra Mundial los aliados vetaron la presencia teutona en cualquier competición internacional. El nivel de los germanos estaba muy lejos de lo que hoy podríamos imaginar. Vencía en los amistosos ante Luxemburgo, Irlanda, Suiza o Yugoslavia, pero caía, y a veces con estrépito, ante Francia, Inglaterra, Italia o la Unión Soviética. Su balance entre partidos amistosos y clasificatorios para el Mundial en sus cinco primeros años de vida es de 16 triunfos, 3 empates y 11 derrotas.

Hungría era el mejor equipo del mundo. Sumaba 33 partidos consecutivos sin perder, incluyendo un apabullante triunfo en los Juegos Olímpicos de 1952 y el histórico 3-6 ante Inglaterra en Wembley que puso fin al mito de la superioridad inglesa. No sólo eran los triunfos. Era la manera de lograrlos. A través de un 4-2-4 con continuos movimientos, Hungría tenía un portero que jugaba el balón al pie, defensas que armaban y barrían y delanteros que bajaban a recibir el balón al medio campo. Era el fútbol total antes de que existiese el fútbol total. Por entonces era conocido como fútbol socialista, al estar implicados ataque y defensa y ser Hungría dirigida por Gustzav Sebes, un técnico de firmes convicciones políticas. Impactaba la subida de los laterales al ataque, pero, lo más extraño a ojos del rival, era el uso y abuso de Puskás jugando de enganche abandonando su posición de ‘9’ y las salidas al borde del área grande para jugar el balón del portero Gyula Grosics.

La masacre se cimentó en la segunda parte. En el descanso el marcador en Basilea era un decoroso 3-1. Tras el intermedio un huracán devastó a los germanos. El resultado final fue un 8-3, y eso que Alemania marcó un par de goles en los últimos doce minutos que maquillaban ligeramente la derrota. Sandor Kocsis anotó cuatro goles lo que, junto al hat-trick marcado frente a Corea, le hacía llevar siete tantos en dos choques. Ferenc Puskás sumaba tres. Era el mejor jugador del momento. Ese año promediaba entre todas las competiciones la escandalosa cifra de 1,34 goles por encuentro.

Hungría 54 (a la izquierda Puskás)

Quince días después de aquel encuentro Hungría y Alemania repetirían enfrentamiento en la final del Mundial. Los húngaros habían vapuleado a Brasil en cuartos y a Uruguay, vigente campeón, en semifinales. Fueron dos partidos apoteósicos. Ante Brasil el buen juego acabó convirtiéndose en una batalla campal iniciada por los cariocas frustrados ante la derrota. Contra Uruguay tocó jugar una prórroga extenuante. Enfrente las dos mejores selecciones del mundo. La final anticipada. Sería la primera derrota del bicampeón (1930 y 1950) en un Mundial. En el otro lado del cuadro Alemania, quien había eliminado a Turquía en el desempate del grupo B, tuvo fortuna en el sorteo al enfrentarse a Yugoslavia en cuartos. Lo insólito se daría en semifinales con un rotundo triunfo ante Austria (6-1) que sorprendió a propios y a extraños. Con todo, no existía duda alguna que el campeón seria Hungría.

A las 17:00 horas del 4 de julio de 1954 en el estadio Wankdorf de Berna tendría lugar la final del Mundial. Derribado a inicios del siglo XXI para ser levantado en su lugar uno de esos estadios techados y de trazos igual de perfectos que aburridos, el Wankdorfstadion era un campo con personalidad propia. Las 64.000 personas que lo humanizaban se posaban sobre bancos corridos de madera con una única grada cubierta y dos torres marcador en dos córneres que se convirtieron en el símbolo del estadio. Fue tal el éxito que aún hoy forman parte del atrezzo del nuevo Wankdorf rebautizado con el insulso nombre de Stade de Suisse. Lo seña de identidad eran los postes cuadrados que hacían que los disparos que tocaran la madera tuvieran más opciones de salir despedidos fuera de las redes que en los más habituales postes circulares. El Wankdorf acababa de ampliar su capacidad en 15.000 asientos para acoger el Mundial. En su reinauguración había acogido un Suiza-Hungría que finalizó con un 0-9 para los magiares. ¡0-9!

Repetimos. Hungría llegó al Mundial como archifavorito. 27 triunfos y 4 empates en sus últimos 31 encuentros.

Aquel 4 de julio de 1954 la ciudad de Berna amaneció nublosa y lluviosa. Seep Herberger apartó las cortinas de su habitación, echó un ojo por la ventana y sonrió. Sabía que jamás le podría ganar a la invencible Hungría sobre un césped seco y perfectamente cortado. Czibor, Bozsik, Kocsis, Hidegkuti y el gran Ferenc Puskás. Aquello era inabordable para Alemania. Hungría era una trituradora. Sin embargo, Herberger, un viejo zorro que había sobrevivido de pie tras la guerra a pesar de tener carnet del partido nazi desde el lejano 1933, sabía que Alemania sólo podía tener opciones sobre un campo encharcado y pesado que dificultase la circulación de balón.

Y es que Alemania contaba con dos armas para la gran final. La primera era Fritz Walter, el capitán germano. Se trataba de un centrocampista de corte ofensivo que ya entonces sumaba 34 años. Sus mejores años como futbolista y parte de su salud se los había comido la II Guerra Mundial. Paracaidista de la Wehrmacht, pasó dos años en un campo de prisioneros ruso donde contrajo la malaria. Aquello provocaba que cuando el sol y las altas temperaturas hacían su aparición su rendimiento fuese paupérrimo. Cuando el frío y los jarros de agua helada caían sobre sus hombros, Walter danzaba por el campo como uno de los talentos más asombrosos de la Europa futbolística de los 50. En Kaiserlautern, donde jugó 384 partidos y ganó dos ligas, aún hoy se dice ‘Hace un día Fritz Walter’ cuando el frío y la lluvia hacen su aparición.

La otra arma secreta teutona era Adi Dassler. La mente pensante de Adidas había inventado unos tacos atornillados que permitían cambiar de longitud según el agarre que necesitase el futbolista en función de las condiciones del césped. Eran tacos extraíbles de nylon, más largos y apropiados para terrenos de juego resbaladizos. Los germanos aún no los habían usado en el torneo ya que la lluvia no había hecho su aparición. Serán estrenados en la final y su éxito encumbrará a Adidas como factótum deportivo del siglo XX y creará un cisma familiar que acabará con el enfrentamiento de dos hermanos y la creación de Puma para competir con Adidas.

Pero esa es otra historia. Que además ya ha sido contada en este blog.

Las botas de Fritz Walter

La reputación húngara y su favoritísimo era superior al del Brasil del 70 y la admiración popular y su constelación de estrellas semejante al del Madrid de los Galácticos. Al cabo de diez minutos el marcador ya era 0-2 para los magiares. En el segundo Czibor se aprovechó de una indecisión entre el guardameta Turek y el defensa Kohlmeyer para anotar el tanto. El primero fue obra de Puskás tras un golpeo de larga distancia. Puskás estaba de vuelta. Se había lesionado el tobillo en el encuentro de la primera fase ante los germanos tras ser cazado por Werner Liebrich. Regresó para la final tras haberse perdido los cuartos y las semifinales. No estaba en condiciones de jugar y, de hecho, sus dolores serán acuciantes en la segunda mitad. Aun así, cojo, a Puskás le daba para marcar diferencias.

Aquello estaba visto para sentencia. Tenía pinta de masacre. Pero había una diferencia sustancial con el primer partido. Entonces Fritz Walter no había jugado. El termómetro rondaba los treinta grados. Ahora, quince días después, la temperatura había bajado a la mitad. Llovía y Fritz Walter estaba en el campo. Max Morlock recortó distancias en una jugada afortunada instantes después del 0-2 y Helmut Rahn (el mejor futbolista teutón, delantero de tronío de disparo fortísimo) igualaba el partido antes del descanso tras un saque de esquina botado por Walter. Los alemanes no lo sabían, pero había nacido ese espíritu inquebrantable que define a los teutones y que los lleva a ganar decenas de partidos de forma incomprensible.

En la primera fase Alemania jugó al tantarantán un partido que daba por perdido. Hungría estaba exhausta tras unas semifinales con prórroga. Y llovía y llovía y llovía sin parar. A inicios del segundo tiempo el campo ya era un patatal. El agua golpeaba con fuerza los cuerpos de los jugadores y el balón se asemejaba a una roca empapada cuyo golpeo destrozaba el pie de quien osase molestarla. Hungría salió con todo tras el descanso a sabiendas que el depósito de gasolina estaba quedándose seco. Hungría pasa como un avión por encima de Alemania. Un lanzamiento al poste de Kocsis, un paradón de Turek a tiro de Puskás, otro lanzamiento al poste de Hidegukti y otro paradón de Turek a cabezazo de Kocsis.  A base de ganas, orgullo y algo de suerte Alemania sobrevive y se mantiene en pie.

Se estima que en ese momento solo había unas 20.000 televisiones en todo el territorio germano. Los afortunados que vieron lo que iba a suceder y los millones que lo escuchaban por la radio estaban a punto de presenciar un milagro.

Avanzada la segunda mitad jugada a jugada los húngaros resbalaban o tropezaban mientras los teutones se mantenían en pie haciendo de oro a Adi Dassler. El partido pasó a ser un monólogo alemán comandado por Fritz Walter, quien ejercía de director de orquesta mandando pases con los pies y ordenando el resto con su cerebro. Mientras Walter jugaba con mocasines e indiferencia aristocrática, los centrocampistas magiares caminaban de puntillas para evitar resbalar. Más arriba Puskás era una sombra que deambulaba por el campo y que cada dos por tres se llevaba la mano al tobillo buscando un consuelo que no llegaba. Los húngaros eran conscientes que el naufragio estaba próximo.

Corría el minuto 84 de la final cuando Bozsik pierde un balón. Fritz Walter se le pasa a Schäfer quien centra al área y el balón es despejado por la defensa húngara. El balón le llega a Helmut Rahn quien se quita de encima a un húngaro con la derecha y dispara con la izquierda aprovechándose del resbalón de Grosics bajo palos para anotar el 3-2 definitivo.

Herbert Zimmermann, narrador para la radio alemana, entonó un ‘¡Tor, tor, tor!’ (¡Gol, gol, gol!) que según algunas crónicas fue más escuchado que la declaración del fin de la II Guerra Mundial. Los húngaros observaban fascinados lo ocurrido, pero aún les dio para un arreón final en el que un Puskás, visiblemente cojo, anotó el 3-3 que sería anulado por un fuera de juego muy dudoso. No dio tiempo para más. Segundos después finalizaba el partido.

Alemania era campeón mundial.

La racha de Hungría llegaría hasta los 51 encuentros entre 1950 y 1956. Tan sólo perdieron uno. El más importante. Eran tan favoritos que la embajada húngara en Suiza había organizado ya para el día siguiente de la final una gran recepción en honor de los jugadores. Se había invitado a personalidades y periodistas. En Hungría ya se habían impreso sellos especiales y en el estadio Nep de Budapest ya se habían colocado los pedestales para 17 estatuas que homenajearan a los campeones. Nadie podía figurarse que Hungría no se coronase campeón. No perdían desde el 14 de mayo de 1950. Kocsis, máximo goleador del Mundial con 11 tantos, no logró mojar en la final. Puskás no volvería a jugar un Mundial con su país. En 1958 ya estaba en España exiliado tras el aplastamiento soviético de la revolución húngara de dos años atrás.

En Alemania la gente se echó a la calle a cantar el Deutschland über alles, la primera vez que ingentes masas de ciudadanos entonaban el himno alemán en público desde los tiempos del nazismo. Meses después la región del Sarre solicitaba un plebiscito que se resolvía con la reincorporación de la región a Alemania, algo que apenas un par de años atrás se tornaba en imposible. La victoria en el Mundial tuvo un asombroso beneficio político y social. Alemania recuperó la dignidad, dejó de ser un paria y se reintegró en la sociedad recordando el papel clave del deporte en la representación simbólica de cualquier comunidad. La victoria mundialista dotó de vida y orgullo a una nación desolada por la guerra.

El territorio de Alemania había sido dividido arbitrariamente como botín de guerra y su pueblo había sido partido en dos. La identidad nacional era confusa, y el nacionalismo de cualquier tipo estaba prácticamente prohibido. Aun separadas en dos, a aquel Mundial Alemania aún se presentó como única nación (aunque los seleccionados pertenecían en su totalidad a la RFA, de ahí que el titulo sea considerado ‘Occidental’) con jugadores amateurs, falta de fondos y muy lejos del nivel de las potencias futbolísticas del momento. Aquella victoria, bautizada como Das Wunder von Bern (El milagro de Berna) supuso la unión de un pueblo dividido. Son dos los momentos en los cuales la nación germana se estremeció y se unió. Uno de ellos será la caída del Muro de Berlín. El otro lo ocurrido en un campo de fútbol suizo una lluviosa tarde de julio de 1954.

Alemania 1954

“El balón es redondo para los dos equipos”. El seleccionador alemán Sepp Herberger en la charla antes del partido.

“No nos creíamos estar escuchando el himno de la final como para poder imaginarnos que podríamos ganarla”. Helmut Rahn.

«Para cualquiera que hubiera crecido en la miseria de la posguerra, El Milagro de Berna se convirtió en una extraordinaria inspiración. Todo el país recobró la autoestima y de repente volvíamos a ser alguien». Franz Beckenbauer, dos veces Balón de Oro y por entonces un niño de nueve años.

“De repente nos dormimos. Cuando despertamos estábamos perdiendo por 3-2”. Ferenc Puskás.

Otras historias relacionadas

Cuando la trampa del fuera de juego cambió el fútbol para siempre (sobre como de la WM fue el primer paso antes del 4-2-4 que encumbró a Hungría en dos artículos)

Caín y Abel calzándose unas zapatillas (de cuando Adidas se hizo grande al darle botas de tacos a la Alemania de 1954 a través de dos artículos)

El puto amo (vida y obra de Franz Beckenbauer)

El partido del siglo (Alemania vs Italia en las semifinales de México 70 en dos episodios)

Der Bomber der Nation (los icónicos goles de Gerd Müller)

Leer más

El salto al vacío de Yago Lamela

Fue al amanecer. No era tiempo de smartphone. Fue al encender la radio. O al hojear el periódico de la mañana. 8’56 cm. Esa era la marca. Eran palabras mayores entonces y son palabras mayores ahora. Había ocurrido de madrugada en una ciudad japonesa que obedecía al nombre de Maebashi. Sucedió un 7 de marzo de 1999. Hace ahora un cuarto de siglo.

Un semidesconocido avilesino de 21 años de edad aparecía como fuerza desestabilizadora del orden atlético mundial. En la final de salto de longitud del Campeonato Mundial de Atletismo en pista cubierta había saltado 8’10 en el primer intento y voló hasta los 8’29 cm en el segundo, lo que significaba romper el récord de España que llevaba vigente desde 1980. La proeza se consumó en el tercer salto donde la marca registrada fueron 8’42.

Su rival para conseguir la medalla de oro era el cubano Iván Pedroso, uno de los mejores saltadores de longitud de todos los tiempos. Pedroso es el único ser humano que ha conseguido sobrepasar los nueve metros, aunque la marca le fue invalidada por saltar con el viento a favor. Era el archifavorito y el vigente campeón mundial, pero al llegar al sexto y último salto todos los pronósticos estaban a punto de estallar en mil pedazos. En el último vuelo Yago Lamela alcanza los 8’56 cm. Su cara al abandonar la arena reflejaba la emoción y la sorpresa por lo logrado. Sus manos en rezo denostaban inconsciencia, registro para el que su mente no estaba preparada. 8’56 era nuevo récord de Europa y virtualmente le daban el título de campeón del mundo.

Tuvo entonces el sexto y último salto Iván Pedroso. Un campeón lo es por sus títulos y sus marcas, pero esencialmente por saber competir en los grandes momentos. Pedroso realizó el mejor salto de la tarde y lograba 8’62. El cubano sería medalla de oro y el asturiano se conformaba con una espectacular presea de plata.

El recibimiento en Barajas fue apoteósico y los honores en Asturias se sucedieron semana tras semana. Yago Lamela pasó de ser un desconocido a un fenómeno popular. Es 1999. No hay Nadal, ni Alonso, ni Gasol. Induráin hace un par de años que está retirado y la selección española de fútbol sigue cayendo en cuartos de final. Lo de Yago es un logro espectacular. Nadie esperaba esa marca. Él tampoco. Es una disciplina con escasa tradición en España y tradicionalmente dominada por atletas de raza negra.

Ayuda además la imagen de Yago. Joven, fresca, siempre sonriendo. Es hijo de gente humilde, tiene carisma y luce una preciosa melena. Es un tío guapo. Empieza a aparecer en eventos, hace moda. Se convierte en el centro de atención. Algo que no le gusta. Confía en que sea suceso pasajero. No será así. El boom Lamela viene para quedarse.

Llega el verano. La pista cubierta deja paso a la pista al aire libre. Campeonato Mundial de Atletismo al aire libre de 1999. En Sevilla. La Cartuja. Aquel estadio que se había construido con la irreal pretensión de organizar unos Juegos Olímpicos hacía méritos para tener sentido de vida. Aquello fue una locura. Lamela era una de las escasísimas oportunidades que tenía España de lograr una medalla de oro. La expectación era terrible. Yago tuvo que acudir al estadio olímpico camuflado en un coche policial para que la horda de seguidores no lo reconociesen. En La Cartuja 70.000 personas golpeaban con sus manos sus asientos animando a Lamela cada vez que iniciaba la carrera hacia el salto.

Atenazado por los nervios, los dos primeros vuelos se saldaron con dos nulos. En el tercero se fue a los 8’40. Buena marca, pero no igualaba los registros logrados en Japón. Pedroso se iba hasta los 8’55 cm y con eso ya le daba para repetir triunfo mundial.

El balance era magnífico. Lamela tenía el futuro garantizado. Con 21 años era la única alternativa real de Pedroso, el cual enfilaba ya la treintena. Aquella bomba de energía que entrenaba saltando en la playa de Avilés, que sumaba marca personal año a año y que con 15 primaveras ya había sido campeón asturiano absoluto, iba camino del estrellato. Fortísimo, con cada pisada suya levantaba el tartán.

Pedroso y Lamela. 1999

El año 2000 era año olímpico. Sídney. Australia. La progresión es excelente. Se huele el oro. Pero semanas antes de viajar a las antípodas Yago se rompe al iniciar la carrera para un salto. No es nada grave. Lesión muscular en los isquiotibiales. Pero da por culo. Cualquier molestia es mortal para un saltador. Llega a Sídney con problemas, lejos de su mejor forma y no alcanza a superar los 7’98. Ni siquiera llega a clasificarse entre los ocho primeros y queda lejos de la final.

Al volver a España decide dar un cambio radical en su vida. Se marcha de Asturias rumbo a Madrid. Es incapaz de adaptarse. La gran ciudad no es para Yago. Sus resultados son pobres y resuelve dar otra vuelta de tuerca y establecerse en Valencia. Allí se pone en las manos de Rafa Blanquer, un antiguo saltador que entonces era considerado el mejor entrenador de España. Comienzan exhaustas dobles jornadas de entrenamiento y una cuidadosa y escrupulosa dieta diseñada para volver a llevar a Lamela a la élite. Los resultados vuelven a aparecer. En 2002 medallas europeas con registros modestos, pero en 2003 el gran Yago aparece. Se proclama subcampeón del mundo y firma un registro de 8’53 que lo acerca a su mejor marca.

Así pues, todos esperan que los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 sean los de Lamela. El propio Yago también lo aguarda. Así tendría que haber sido, pero el infortunio no entiende a razones. Meses antes de los Juegos Yago se lesiona el tendón de Aquiles. Volverá a acudir renqueante a una cita olímpica y nuevamente firma un insuficiente 7’98 que lo coloca en un triste undécimo puesto lejísimos de la medalla de oro firmada por el británico Dwight Phillips con 8’59.

Con miedo al ir a tabla, con el pie doliente, Yago decide marcharse a operarse a Finlandia, donde reside uno de los mejores especialistas en la materia. 2005 será un año en blanco que se agravará a finales del mismo cuando un accidente de tráfico corte su recuperación. Es entonces cuando Lamela decide volver a su Avilés natal y refugiarse en los suyos para intentar una epopeya en los Juegos de Pekín 2008.

Oficialmente Yago no está retirado, pero es como si lo estuviese. Lejos están las portadas de revistas y los campeonatos internacionales. Una lesión del tendón de Aquiles es letal para un saltador. Lamela es una sombra de lo que había sido. Alterna las idas y las venidas y es incapaz de superar los ocho metros. Es incapaz de conseguir la marca mínima necesaria para acudir a Pekín y en 2009, con apenas 31 años, anuncia su retirada. Retirada que ya era efectiva desde cuatro años antes.

Desamparado, Lamela comienza a abusar de la medicación que tiempo atrás le habían recetado para superar sus dolores en el tendón de Aquiles. Necesita apoyo psiquiátrico. Pasará una semana internado en un psiquiátrico de Oviedo. Esto se sabrá después. Entonces es tabú. Lo de la salud mental seguía siendo asunto de Estado. Sale medicado pero apto, pero con una fuerte advertencia de los médicos. La medicación es incompatible con el ejercicio físico. Aquello lo mata. No puede correr por la playa ni acercarse a su gimnasio de cabecera en Avilés.

Decide entonces retomar sus estudios de informática, aquellos que iniciara en Estados Unidos con una beca deportiva de la Universidad de Iowa cuando era un joven prometedor. Lo intenta, pero es incapaz de concentrarse e hincar los codos. Resuelve luego sacarse el título de piloto de helicópteros, algo incompatible con su historial médico. Desorientado, sus amigos le animan a que se convierta en entrenador. Que viaje a Madrid a sacarse el título nacional y que se dedique a buscar el potencial de jóvenes talentos.

En eso estaba. Decidido a viajar a Madrid. No llegó a subirse al coche. El 8 de mayo de 2014 Yago Lamela aparecía muerto en su casa de Avilés. Contaba con 36 años. La autopsia confirmó un infarto de miocardio por intoxicación medicinal.

Yago Lamela fue un atleta elegante y de una fiereza descomunal. Un deportista con luz propia. El mejor saltador español de siempre y uno de los dos o tres mejores saltadores de raza blanca del último medio siglo. Lo fue con apenas un par de años de brillo. El resto fue de total oscuridad. Con aquella marca de 8’56 lograda en Japón hace un cuarto de siglo Yago Lamela hubiese sido campeón olímpico en cinco de los últimos seis Juegos Olímpicos.

Una vida en la arena

“Pudo haber sido esto, pudo haber sido aquello, pero se le ama y se le odia por lo que es”. Rudyard Kipling.

Otras historias sobre el atletismo español

Tito Margaride (de como el infortunio se convirtió en un sueño olímpico)

Nueve años, nueve meses y nueve días (cuando Edwin Moses perdió su imbatibilidad)

Leña al moro (Cacho, Estévez, El Guerrouj y una portada de prensa de leyenda negra)

Leer más

Pau también juega

19.08.06. España vs Nueva Zelanda. La selección inició su presencia en el Mundial de Japón en la ciudad de Hiroshima. Lo hizo con el mismo patrón con el que ganará el resto de partidos. Ritmo alto, posesiones cortas y gran volumen de lanzamientos. El objetivo es que al llegar el tercer cuarto de los partidos el equipo rival cayese desfondado ante la sinfonía hispana. Garbajosa, Navarro y, especialmente, Pau Gasol martilleaban el aro rival hasta lograr el triunfo.

01.09.06. España vs Argentina. Semifinales. Minuto 5. Primera canasta en juego de España en el partido. Esto no era lo esperado. 2-13 arrancó el encuentro ante los argentinos. Comandados por Ginobili, los sudamericanos pusieron cloroformo al balón y a base de paciencia y defensa agresiva impedían que España corriese y jugase como le gustaba. A los ocho minutos el parcial era de 8-17 y Oberto y Scola sumaban más rebotes ofensivos que los que tendría la selección en toda la primera parte.

06.08.06. España vs Argentina (preparación). Que se podía hacer algo grande se intuía durante la preparación. Fueron nueve amistosos y nueve victorias, con, al menos, once puntos de ventaja. El más disputado se produjo ante Argentina cuando un golpe de Luis Scola a Felipe Reyes en el cuello provocó que el pívot cordobés tuviese que irse a los vestuarios con dolores en las lumbares. Reyes se perdería los primeros partidos y no se contaba con su presencia al menos hasta los octavos de final. Reyes y Scola, de hecho, se las tuvieron tiesas camino de los vestuarios tras aquel encuentro, aunque Felipe asegura que el que le había provocado la lesión había sido otro pívot, Gabriel Fernández. El caso es que España tendría que afrontar el inicio del campeonato con únicamente tres referencias interiores; Pau Gasol, Jorge Garbajosa y el discutido Marc Gasol.

01.09.06. España vs Argentina. Semifinales. Minuto 14. Calderón y Cabezas. Esa era la pareja de bases de España durante el Mundial. El tercero en discordia era un entonces jovencísimo Sergio Rodríguez, jugador de enorme talento, pero por entonces excesivamente irregular. Con Navarro naufragando en el triple (0/6) entró también en pista el mallorquín Rudy Fernández. Ambos, Sergio y Rudy, ambos sin apenas presencia durante el torneo, cambiaron el ritmo del partido. Un parcial del 13-1 ponía a España por vez primera delante en el partido (32-30). A partir de ahí el choque estaría marcado por la igualdad.

24.08.06. España vs Japón. 104-55. Primera fase. Ese fue el resultado del último encuentro de una primera fase inmaculada que otorgaba la clasificación como primero de grupo a los octavos de final. ¿El premio? Evitar al ogro estadounidense hasta una hipotética final. En octavos España vencería (87-75) a Serbia. Cuando acabe la final, aquel grupo de colegas se sentarán haciendo el corro de la patata mientras simulan jugar a la pocha en el centro de la pista. Ni Play ni farrapos de gaita. En ese día de espera antes de la llegada de las eliminatorias directas comprarán también unas bandanas con la bandera nipona que más tarde lucirán en su cabeza durante los festejos por el título.

01.09.06. España vs Argentina. Semifinales. 96 segundos para el final. España vence por 71-69. En un reverso por la línea de fondo, el pie izquierdo de Pau Gasol dijo basta y se rompió. Antes de que aquel gigante de barba descuidada abandonase entre lágrimas la pista le dio tiempo a anotar cojeando un par de tiros libres que ampliaban la ventaja a seis puntos (73-67). La final estaba cerca, aunque Pau no estaría en la final.

29.08.06. España vs Lituania. Cuartos de final. Aquella generación de estrellas había sumado medallas en Europeos, pero hasta entonces los cuartos habían sido el tope en Mundial y Juegos Olímpicos. El rival era la siempre respetable Lituania. Ese día el maleficio se rompió. Fue el mejor partido de España dentro de un campeonato que fue excelso en su totalidad. Del 11-0 al 28-11 y del 28-11 al 47-30.  Al final fue un 89-67 y con los bálticos maquillando el resultado en los minutos de la basura. Una actuación grupal dirigida por José Manuel Calderón y rubricada por Pau Gasol (25 puntos).

01.09.06. España vs Argentina. Semifinales. 77 segundos para el final. Un rápido triple de Pepe Sánchez acercaba a tres puntos a los sudamericanos (73-70). En la siguiente jugada el propio Sánchez hacía falta a Calderón. Era una mala idea. Registraba un 10/11 en el torneo. Era un fenomenal lanzador de libres. En la temporada 07/08 conseguiría el mejor registro histórico en la historia de la NBA sumando un 98,1% de efectividad. Parecía imposible que fallase un tiro. Pero lo hizo. Anotó únicamente uno de los dos y luego una acción rápida de Ginobili y un par de tiros libres anotados por Scola lograban que los argentinos ponían el empate en el marcador (74-74).

01.09.06 España vs Argentina. Semifinales. 19 segundos. Por extraño que parezca Argentina decide cometer una falta rápida para tener la última posesión y apuesta por hacérsela a Calderón. Aunque hubiese fallado un tiro libre instantes antes parecía imposible que repitiese error. Pero no. Calderón falló el primero, aunque anotó el segundo (75-74) ante la nerviosa y estupefacta cara de asombro de Pau Gasol que se mordía las uñas desde el banquillo. Argentina contaba con la última posesión. Aclarado para Ginobili que inició la penetración, defensa perfecta española y Manu, ante la imposibilidad de anotar, dobla a la esquina donde Nocioni espera abierto para el triple. Ejecución perfecta del ataque. Pero el balón rebota en el aro, Rudy coge el rebote y España por vez primera en la historia se clasifica para la final de un Mundial.

03.09.08. España vs Grecia. Final. Minuto 7. Pau Gasol se había lesionado y no podía jugar la final ante Grecia. Sus compañeros, sin decirle nada, salieron a calentar a la cancha con una camiseta que ponía ‘Pau también juega’, una idea en la que tuvo mucho que ver Manolo Rubia, delegado en aquel momento de la selección. Pau, apoyado en unas muletas, alucinó al ver a unos compañeros decididos a demostrar que eran mucho más que una estrella de la NBA. Pepu Hernández decidió suplir a Pau Gasol por Felipe Reyes para formar el quinteto inicial. El cordobés empezó el partido como un ciclón, con la misma agresividad con la que se había pegado con Scola en las semis de dos días antes, anotando los seis primeros puntos españoles de un partido que comenzó con numerosos errores por ambas partes. 10-9 era el marcador cerca de la finalización del primer cuarto.

06.08.2006. Concentración para el Mundial. Con fuertes dolores en la espalda, Fran Vázquez abandonaba la concentración de la selección española. Introvertido como pocos, el pívot gallego nunca llegó a encajar en un grupo del que solo formó parte en contadas ocasiones. Se relataba que el madridista Hernández Sonseca, preseleccionado anteriormente, sería su sustituto, mas el puesto fue otorgado para Marc Gasol. De vacaciones, el hermano pequeño de Pau tuvo que afrontar su primera convocatoria con España. Inteligente y con enorme presencia, apenas había contado con minutos en el Barça y lastraba continuos problemas de peso. La mayoría vieron en la elección de Marc una forma de rellenar la plantilla de doce elegidos y de paso tener contento a Pau Gasol.

03.09.08. España vs Grecia. Final. Descanso. 43-23. España ya se había encaramado a la cima del mundo. La segunda parte fue un dejar pasar el tiempo. Grecia, que en semis había doblegado a la todopoderosa Estados Unidos metiéndole más de cien puntos, se iba a quedar en la final con unos míseros 47. La victoria griega ante los yankis se había basado en una defensa zonal 2-3 y un juego de ‘pick and roll’ entre Papaloukas y Schortsianitis. Para pararlos en la segunda parte salieron los secundarios. Cabezas y Berni Rodríguez se deslomaron en defensa para frenar al genial base griego. Pero lo más memorable fue lo de Marc. El pequeño de los Gasol secó a Schortsianitis, conocido en el mundillo como ‘Baby Shaq’. El mastodonte griego de 150 kilos resultó un torbellino imparable para Estados Unidos, pero apenas pudo anotar dos puntos frente a España. Aquel Mundial, y esencialmente aquel partido, cambió la perspectiva de la carrera de Marc, quien con el tiempo acabará ganando el premio a mejor defensor de la NBA.

Mundial de Japón 2006, el oro de nuestras vidas
Campeones del mundo

02.09.08 (el día antes de la final). El seleccionador, Pepu Hernández, supo horas antes de la final que su padre hacía fallecido. Se lo comunicó al resto del cuerpo técnico y a los directivos de la FEB, pero les pidió que no dijesen nada a los jugadores para no afectar a su concentración. Él siguió como si nada y los jugadores a lo suyo. Juan Carlos Navarro había acabado la rueda de prensa con un categórico: “¿No hay más preguntas? Pues si no os importa me voy que tengo un torneo de pocha”. Nunca se sabrá quienes eran los vencedores de aquellas partidas maratonianas porque todos aseguran que eran los mejores con la baraja. Aquellos chavales de vieja escuela, de partida de cartas mientras escuchaban ‘Hombre despechado’ una canción ligera que hablaba de un tipo al que la novia lo abandonaba tras pagarle un implante de tetas, y que deambulaban por mercadillos japoneses en vez de frecuentar discotecas, contaban con proclamarse campeones del mundo la noche siguiente.

Otras historias relacionadas

La orgía de puntos de Navarro (la estratosférica actuación de ‘La Bomba’ en el Eurobasket 2011)

Felipe Reyes (el último pívot tradicional con sello europeo)

Iniesta y Navarro (dos formas distintas de despedir a dos ídolos del barcelonismo)

Gasol: Versión FIBA (una historia de Pau y su dominio con la selección española)

Lorenzo Brown (la inadmisible nacionalización de un jugador de baloncesto que nunca ha pisado España)

Leer más

Explicando a Pelé (1ª parte)

Se ha escrito tanto, se está escribiendo y se escribirá tanto sobre Pelé que poco o nada podré aportar. De hecho, yo ya he escrito sobre ‘O Rei’. Sobre su legendario partido ante el Benfica de Eusebio, sobre sus hipotéticos siete balones de oro, sobre el eterno debate acerca de quién es el mejor de todos los tiempos, en relación a aquel icónico equipo de Brasil en 1970 y hasta sobre su película con Stallone. Y se puede hablar de muchas más cosas. Del Mundial que ganó con 17 años, de sus no goles, de su aventura estadounidense o hasta de sus zapatillas Puma. De lo que ya he escrito tendréis referencia al final de este artículo. De lo que se puede escribir no sabemos lo que nos deparará el futuro. Pero de todo lo que se ha publicado a lo largo de esta semana me quedo con un video. El video que demuestra que Pelé lo inventó todo. Antes de que todos los demás lo hicieran, Pelé ya lo había hecho.

https://www.youtube.com/watch?v=iCbLUc-QKJw

Pelé era ‘O Rei’. El apodo se lo puso ‘France Football’ tras ganar el Mundial de 1958 con 17 años. Un garoto que empezó como suplente y anotó seis goles en cuatro partidos. Pero ya llevaba el ‘10’. Ojo. Ese año metió 66 goles en 46 partidos oficiales. Todo el mundo sabía lo que allí se cocía. Uno de los goles que anotó en Suecia fue antológico, con sombrero incluido. Lo curioso de Pelé es que sus goles más recordados son aquellos de los que no tenemos constancia. Cuentan que en 1959 hizo el más bello de sus más de 1.200 chicharros. Hizo hasta tres sombreros seguidos, el último de ellos al portero rival, antes de colocar la pelota en la red. No hay imágenes. Solo testigos. Como el que anotó ante Fluminense en el que cogió el balón en el área propia y regateó hasta a siete rivales a lo largo de 80 metros para anotar el tanto. Ese es ‘el gol de placa’, porque, a la falta de imágenes, una placa atestigua la proeza acontecida una tarde de 1961 en Maracaná.

Tenía entonces Pelé 21 años y estaba en el apogeo de su carrera. Entre 1957 y 1961 metió 355 goles. Era el futuro. Delicado y voraz. Frugal y hambriento. Tenía el talento y también la determinación. Era mágico. Luchaba por la pelota con la misma ansía con la que luchaba por el pan cuando era niño. Porque Pelé pasó hambre. Mucha hambre. Poseedor de toda clase de trucos, su fútbol no era espumoso sino concreto. Lo daba todo en cada partido y era valiente al contacto. Recibía, pero también daba. Alto, fuerte, era rata como Messi y león como Cristiano. Rehuía de marcar de penalti para aumentar sus estadísticas. “Es un gol de cobardes”, decía. Y era magnífico de cabeza, algo, que, en su opinión, ponía fin al eterno debate: “El único gol que marcó Maradona de cabeza fue con la mano”.

Pelé ganó el debate porque brillaba tanto dentro como fuera del campo. Era un encanto de persona, la alegría personificada. Jamás decía que no a un periodista, a un aficionado o a una foto. Y siempre, siempre, saludaba a todos y cada uno de los presentes en una estancia. Desde el gran ejecutivo hasta al que pasaba la mopa. Era un ídolo, un icono, y le encantaba. Pero nunca con soberbia, siempre con elegancia. “¿El mejor jugador del mundo? Para ser el mejor jugador del mundo habría que rendir bien en todas las posiciones, y eso es imposible”, decía. En cierta ocasión, en 1979, Pelé coincidió con Maradona. Entonces el ‘Pelusa’ era un adolescente prodigioso que tenía al brasileño como ídolo. Luego vendrían los desencuentros. El caso es que un retirado Pelé compartió unas horas con él y de paso le dio unos cuantos consejos. Maradona se grabó a fuego aquello de que negociase bien sus contratos porque la vida del futbolista era corta. A lo que no hizo mucho caso fue al otro gran consejo de ‘O Rei’: “Acepta los aplausos, pero no vivas de ellos. Nunca hagas caso cuando te digan que eres el mejor. El día que te sientas el mejor, dejarás de serlo para siempre”.

Murió Edson, pero Pelé es eterno. Lo es por sus no goles. Por aquellas tardes de México en 1970. Hastiado de tantas patadas, apenas tiene 26 años, pero ya es un jubilado. En el 66 le dieron tanto que Eusebio tuvo que regañar a sus propios compañeros de selección para que parasen. Fue cuando Portugal venció a Brasil. Los 60 se habían iniciado con el ‘jogo bonito’ y acabaron con el cénit del catenaccio. Nunca antes y nunca después como en los 60 se pegó tanto y con tanta impunidad. Antes porque el fútbol era caballeroso y después porque la televisión imposibilitó tales atropellos. Pelé no es el que era. Entre 1966 y 1969 es un ex futbolista. 11 goles en 29 partidos el año del Mundial. La FIFA decide cambiar el reglamento. Introduce las tarjetas. Por vez primera se protege al artista. Pelé vuelve en 1970. Con 29 años. Nadie cree en él. Nadie. Lo que hace es divino. Deja al menos una perla en cada partido. El goleador se convierte en hacedor. Sus no goles en México son obras de arte eternas. Tanto como un cuadro de Rubens o un poema de García Lorca. Porque Pelé lo que hizo es dotar al fútbol de belleza. Siempre jugó y compitió. Siempre por ese orden.

Pelé era un ‘10’. Al igual que Di Stéfano o Messi siempre rehusó de la etiqueta de delantero. Por muchos goles que anotase, Pelé era un facilitador del juego. Uno de esos seres que pululan por el campo como el león por la selva. Adormilado, pero despierto. Capaz de reinar, dentro y fuera del área, con balón y sin balón. “Cuando duermo nunca sueño en meter goles, siempre estoy corrigiendo a mis compañeros y pasándoles el balón en buena posición”, dijo en una ocasión. Siempre se debatirá quien es el mejor. Nunca quien porta la corona.

Fallece Pelé, el mito más grande del fútbol mundial - Prensa Latina
‘O Rei’

Pelé es ‘O Rei’ por unanimidad. Porque fue el primer futbolista universal. El origen. El primero que cautivó a aficionados de todo el mundo. Pelé surgió en un mundo donde la palabra claudicó por vez primera ante la imagen. Los 60 marcan la divisoria entre el fútbol antiguo y el moderno. Entre el antes y el después. No es extraño que tres de los cinco más grandes coincidieran en el espacio de una década. Cuando Cruyff debutaba, Di Stéfano se apagaba y Pelé reinaba. Entonces la imagen llevó el fútbol a los cinco continentes. Y fue en México, en 1970, cuando el color impregnó de emoción y discurso a la imagen. Y allí estaba Pelé. Para tomar posesión de todas sus tierras a lo largo y ancho del planeta.

En ocho años se han ido los cuatro fantásticos. Queda Messi, aun en activo. Luego, un escalón por debajo, están Puskás, Ronaldo, Zidane o Cristiano. Pero los cuatro bichos que dominaron el fútbol desde mediados del siglo XX, desde que el fútbol es global, ya se encuentran en el olimpo. Entonces, en el siglo pasado, Pelé era ‘O Rei’. Mas hoy hay escepticismo. Dicen que Pelé no jugó en Europa, que solo ganó dos Copas Libertadores con el Santos y que, si bien venció en tres Mundiales, en el segundo de ellos apenas jugó por culpa de una lesión. Que Brasil saliese campeona en Chile 1962 sin el concurso de Pelé es la muestra palpable de que su importancia está magnificada.

Pero lo que más chirria a los críticos son los amistosos. Por entonces no existía la liga brasileña. La inmensidad del país era tal que era imposible gestionar una competición semanal. El Santos de Pelé competía en el Paulistâo. Y era el Santos de Pelé, porque el Santos no era nada. Con Pelé lo fue todo. Pero no era suficiente. El Santos sabía que tenía a la gallina de los huevos de oro y durante más de una década programó cientos de partidos amistosos por todo el mundo para sacar la mayor rentabilidad a su estrella.

Hay quien dice que son esos partidos los que restan credibilidad al mito. Yo no estoy de acuerdo. A Pelé no se le entiende ni por los títulos, ni por sus goles. A Pelé se le entiende por la belleza de los mismos y por su inventiva sobre el césped. Pero, sobre todo, la mejor forma de explicar que fue y que es Pelé es a través de esos amistosos que movían millones de personas hastiadas por contemplar lo que un ángel podría hacer con una pelota.

Continuará…

“El futbolista más grande que ha habido es Di Stéfano. Me niego a calificar a Pelé como jugador. Estaba por encima de eso”. Ferenc Puskás.

“Pelé fue el único jugador que sobrepasó los límites de la lógica”. Johan Cruyff.

Pelé: El Rey que brilló en México 70 y 'deslumbró' al Estadio Azteca
Pelé

Otras historias sobre Pelé

Desglosando al mejor de la historia (sobre el eterno debate en relación al más grande en varios artículos)

Los siete balones de oro de Pelé (una corrección histórica sobre los balones de oro que ‘O Rei’ no pudo ganar)

Brasil del 70 (el equipo más hermoso que el fútbol haya parido a través de dos artículos)

¿Por qué los futbolistas brasileños tienen apodos? (Pelé, Ronaldinho, Zico, Bebeto y demás apodos que adornan a los ases del balón)

Benfica 2-5 Santos (Eusebio contra Pelé en una apasionante final de la Copa Libertadores)

Evasión o victoria (Stallone, Caine y Pelé en la película de fútbol más famosa de todos los tiempos en dos partes)

Leer más

Qatar 2022. Balance

La ONU acepta que los turcos cambien su nombre oficial de Turkey a Türkiye para que dejen de ser tomados por pavos (turkey). En Italia gobierna la extrema derecha y no pasa nada, al igual que tampoco pasa nada porque en Cuba se acepte el matrimonio homosexual o porque en Brasil gobierne el comunista Lula da Silva tras doce años fuera de la poltrona visita a la cárcel incluida. Tampoco pasa nada porque la III Guerra Mundial esté a la espera de una caída del sistema, un fallo humano o a un golpe de dron mal configurado. El presidente Joe Biden y el presidente Xi Jiping se conocen en persona, se dan la mano y declaran un tiempo muerto, mientras Vladimir Putin empieza a darse cuenta de que invadir Ucrania ha sido un error porque el ogro ruso da miedo en Europa, pero es un osezno ante las otras dos bestias que gobiernan el planeta.

Nieva en Egipto mientras que en Escocia se alcanzan los 37 grados centígrados. Se llega a un acuerdo de mínimos en la cumbre del clima, pero el silencio le gana por goleada a los aplausos. El silencio es lo que le espera a Twitter tras su compra por el archimillonario y excéntrico Elon Musk. Millonaria también es la inversión de Kellogg’s, que además de producir cereales quiere llevar al hombre a Marte. Por el espacio anda el telescopio James Webb que demuestra que hay dióxido de carbono más allá de nuestro universo.

Aquí, en la Tierra, los europeos dudan en darle armas a Ucrania, pero a cambio le dan los votos para que ganen Eurovisión. Sube el trigo, la soja, el maíz, el petróleo, la inflación se desborda y el mundo se da cuenta de que no todo puede ser ‘made in China’ y que no todos podemos vivir en ciudades. Putin habla de la Gran Rusia y los rusos se quedan sin Zara y sin McDonald’s mientras juguetea con armas atómicas. Con misiles nucleares también pasa el rato Kim Jong-un, pero da demasiado miedo como para echarle la bronca por sus jugueteos. Nuclear, pero fisión, es la panacea que nos anuncian, una energía libre e ilimitada que hará que pasemos de pobres y sucios a ricos y limpios.

Al presidente del Gobierno de España le da por decir que el Sáhara es marroquí tras medio siglo diciendo lo contrario. Tampoco es raro, porque dicen los expertos que decimos entre cuatro y veinte mentiras al día. A Pedro Sánchez le dan el Pichichi. Nicaragua elige por vez primera a una mujer presidenta y le da por cambiar el azul oscuro de su bandera por un azul turquesa. Novak Djokovic sigue ganando títulos a pesar de negarse a vacunarse de la Covid y a Gerard Piqué le obligan a retirarse para seguir siendo un hombre orquesta. En Hollywood le dan el Oscar a CODA, una película de sordos, plagio de un filme francés y que se estrena en Apple TV, el mismo día que a Will Smith le da por demostrar que pa chulo su pirulo. Descubren el origen del euskera la misma semana que estalla la burbuja de las criptomonedas, la enésima forma de hacerse rico sin pegar un palo al agua.

Fallece el primer ser humano al que se le había trasplantado el corazón de un cerdo. Fenece Dietrich Mateschitz, el culpable de que los adolescentes tripliquen su ingesta de azúcar y cafeína al abandonar la Coca Cola por la bebida energética que te da alas. También fallece Hana Tanaka a los 119 años, récord mundial absoluto. Muere Mijail Gorbachov en loor de multitudes, a excepción del lugar que lo vio nacer. Y sí, al fin muere Isabel II tras celebrar su jubileo como reina. A su entierro asistirá Liz Truss, tras sustituir a Boris Johnson, el loco del Brexit que se creyó Winston Churchill en patinete y que recitaba a Pericles mientras bebía pintas de cerveza. A la coronación del eterno Príncipe de Gales, hoy Carlos III, ya no acudirá Liz Truss, quien apenas aguantará 44 días en la silla eléctrica del número 10 de Downing Street.

En Qatar se disputa la XXII Copa del Mundo de fútbol. Participaron 32 países entre los cuales había un debutante; la anfitriona Qatar. Fueron 220.000 millones de euros, 500 fallecidos oficiales y 6.000 oficiosos en la construcción esclavista de unas pirámides (perdón, estadios) de politetrafluoretileno que protegen del viento cálido, el polvo y permiten que entre el sol al mismo tiempo que funciona el aire acondicionado. Todo eco, bio, orgánico y fantástico. Los de casa perdieron todos sus partidos, aunque evitaron el ridículo, mientras el presidente de la FIFA anunciaba que era el mejor Mundial de la historia y, de lo tan encantado que estaba, informaba que iba a trasladar su residencia a Doha.

No hubo incidencias con los hooligans. Ayudó que se construyeran unas carpas a kilómetros de los estadios para que allí se les pasara la borrachera. Budweiser reclamó daños y perjuicios a la FIFA al no poder vender cerveza dentro de los estadios, a lo que la FIFA contestó con una sonrisa y cientos de millones. Total, paga papá Qatar. Decía que ayudó a no haber incidencias la falta de alcohol y también el enésimo fracaso de Inglaterra, concretado cuando Harry Kane envió un penalti al espacio para que el balón vaya abriendo camino a la conquista de Marte.

Fue el primer Mundial en otoño que finalizó a las puertas del invierno. En Argentina encantados, porque fue en primavera y finalizó a las puertas del verano. En Alemania no gustó. Tanto que nunca antes se habían vendido tan pocas camisetas de la Mannschaft. ¿Quién se iba a poner de manga corta a cinco bajo cero? Tampoco ayudó que Alemania cayese por segunda vez consecutiva a las primeras de cambio.

A Alemania la echó Japón, que sorprendió tanto por su fútbol alegre como por la pulcritud de sus futbolistas a la hora de dejar limpio y ordenado un vestuario. Japón ganó a Alemania y a España, Corea del Sur a Portugal, Australia a Dinamarca, Irán a Gales, Marruecos a Bélgica, Túnez a Francia, Camerún a Brasil y Arabía Saudita a Argentina. A octavos pasaron por vez primera representantes de los cinco continentes. Australia lo hizo con un gol de un tipo que un par de años antes ejercía de fontanero. Al Dawsari no ejerció de fontanero, pero apenas le dio para jugar un partido de regalo con el Villarreal. Dio lo mismo. Su gol ante Argentina hubiese sido firmado por el propio Juan Román Riquelme.

Hubo lloros varios. Muchos fracasos. Lloró Luis Suárez. Lloró Son. De Bruyne no lloró, porque De Bruyne ni llora ni ríe. Luis Enrique no lloró, porque solo sabe reír. A Bale le dio para escuchar con orgullo el himno de Gales, marchar de Qatar y ahora, sí, al fin, poder irse tranquilo a jugar al golf. Podrá invitar a echar unos hoyos a Hazard, uno de los que dijo adiós al fútbol internacional, aunque ya hace tiempo que se había marchado. Pero sobre todo lloraron Neymar y Cristiano Ronaldo. El final de Cristiano es impropio para quien deja semejante testamento en el archivo del futbol. Empezó metiendo el gol que lo convirtió en el único ser humano capaz de anotar en cinco Copas del Mundo distintas. Pero eso fue todo. Jugó poco, mal, y acabó enfadado con los suyos y con el mundo. Neymar hizo música del cuerpo e hizo de su juego fiesta para nuestros ojos, pero claudicó ante la exigencia, algo intrínseco a su persona. Durante media hora Brasil homenajeo al moribundo Pelé, pero al final ‘O Rei’ tendrá que negociar con la muerte otros cuatro años si quiere presenciar en vida el hexacampeonato.

Fue el primer Mundial con fuera de juego semiautomático y con cinco cambios, dos de esas cosas que dicen que acercan el fútbol a los jóvenes, pero lo que hacen es alargar el tedio hasta el infinito. Aunque para tedioso los descuentos de diez minutos. Catorce llegó a ser el récord. Ahora los partidos duran 110 minutos. Fue un Mundial donde dos hermanos jugaron enfrentados, uno con España y otro con Ghana, aunque los dos jugarán juntos con la selección de Euskadi. Fue también el Mundial de Stephanie Frappaut, primer arbitra de la historia mundialista. Fue en un Alemania vs Costa Rica, el mismo día que Alemania quedó eliminada en fase de grupos, como ya dijimos, por segunda vez seguida. Gary Lineker ya se ha prestado a cambiar su máxima. Francia es ahora Alemania. Las hecatombes de Bélgica y Uruguay dejan secuelas irreparables. Dos generaciones de oro que afrontan su jubilación. No es el caso de Alemania que lleva dos Mundiales conviviendo con la vulgaridad. Neuer o Müller pasarán a mejor vida, pero la realidad es que Alemania está plagada de jóvenes extraordinarios que llevan años fracasando. Quizás apostar por la horizontalidad con posesión para ganar en 2014 finiquitó el modelo de verticalidad con aplastamiento que ahora tan echa de menos el corazón teutón.

Fue también el Mundial de Irán. Alemanes o ingleses anunciaron que llevarían un brazalete en honor al colectivo LGTBI. Alarmados por la amenaza de ser sancionados con una tarjeta amarilla, plegaron velas y se refugiaron en búnkeres temiendo por sus vidas. En un acto de vergüenza torera a los teutones les dio por taparse sus bocas en una foto oficial como símbolo de protesta. Fue como salir del búnker a buscar comida. Los de Irán decidieron salir de las trincheras. Comenzaron el Mundial negándose a cantar el himno en protesta por la teocracia islámica. En el segundo partido cantaron todos a viva voz una vez se supo que habían amenazado a sus familias con la muerte de seguir con ese acto de rebeldía. Eso sí que es ir a la guerra.

¿Y los nuestros? España ha hecho de un sistema una superstición. Si el patadón era genial para futbolistas malos, el tiki taka lo es para aquellos extraordinarios. Y en España no sabemos lo que es el término medio. Así que ni fue ni fa. Como dijo Valdano, lo que hizo España durante el Mundial fue masturbar la pelota sin llegar al orgasmo. Eso sí, jugamos con pantalón y camiseta roja porque a Luis Padrique le pareció que intimidaría más a los contrarios a expensas de aquellos padres que gastaron sus euros en comprar a sus hijos la indumentaria oficial. Mas debemos estar contentos, porque Twitchenrique se fue “muy satisfecho porque MIS jugadores han representado a la perfección MI idea futbolística”.

El gol del Mundial lo metió Richarlison, un tipo que llevaba meses sin meter uno y que en Qatar le dio por meter los dos más bellos de su carrera. También le fue de cine al insípido Giroud, que pasó de la nada al todo, luchando por ser máximo goleador tras no tirar a puerta en el pasado Mundial. La jugada del Mundial fue de Messi contra el defensa del Mundial. Un sprint de potro imparable con burreo al enmascarado Gvuardiol.

Croacia fue semifinalista tras derrotar a Brasil en cuartos de final. Los ex yugoslavos han exprimido el hueso del jamón durante años mientras que los cariocas no han tenido nada que exprimir a pesar de vivir en la abundancia. Fue el éxito de Modric, un pulmón entre dos costillas sostenidas por dos palos que bailan con la destreza de un trapecista. Decía que Croacia fue semifinalista como también lo fue Marruecos. Dalic y Regragui son sus técnicos. No tienen currículo, y ni aun teniéndolo tendrían el móvil lleno de WhatsApp. Otros filosofan, algunos apuntan mil fórmulas en roídas libretas, los hay que bailan en el banquillo y hasta hay uno que confiesa que lleva tanga. Todos fracasaron, pero todos tendrán igualmente suculentas ofertas.

Llegaron cuatro a semifinales. Nadie confiaba en Marruecos, Croacia se fabricó su propia confianza, Argentina fue creciendo en confianza y Francia derrochaba autoconfianza. La FIFA dijo que el mejor jugador del Mundial fue Lionel Messi, pero la realidad es que fue Sofyan Amrabat. Uno habría podido jubilar a sus bisnietos de hacer tal afirmación en una casa de apuestas antes de comenzar la Copa del Mundo. Ni siquiera la sonrisa de anuncio de Bono y los fans de Achraf hubiesen podido imaginar que Amrabat se pudiese haber convertido en un Hecantónquiro, aunque sustituyendo los brazos por múltiples piernas. Amrabat nació en Holanda, se formó y jugó en las categorías inferiores de la selección neerlandesa y llevaba años ejerciendo de excavadora y perforadora en la liga italiana. Con un par de días más en Qatar hubiese dejado sin arena el desierto.

La final la disputaron Argentina y Francia. Fue la mejor de los tiempos modernos. Fue en el estadio de Lusail. Diseñado por Albert Speer Junior, el hijo del arquitecto de Hitler. Mbappé marcó tres goles, el segundo de ellos un zarpazo de leopardo. Messi anotó dos, superó a Matthäus como futbolista con más partidos en un Mundial y ganó el gran título que le faltaba. Messi jugó el partido luchando por ser Maradona. Mbappé lo hacía para ser Pelé. Francia no se presentó a la final hasta el minuto 80 afectada por el virus del camello, pero no existe mejor preparador físico que el gol, y un tanto les hizo aparecer en escena. Le ha costado tanto a Messi ser Maradona que tuvo que ganar el partido en tres veces. La última le echó una mano el Dibu Martínez, que, en el último acto, en la tanda de penaltis, le birló el título de mejor arquero del Mundial a la araña Livakovic. Messi ha tenido dos carreras. La primera la hizo a toda pastilla con el Barça. La segunda la ha hecho andando con Argentina. Y todas triunfadoras. Un círculo victorioso inigualable.

El máximo goleador del Mundial fue Kylian Mbappé con ocho tantos. El delantero francés se llevó el Balón de Plata al mejor jugador del torneo, el ya citado Messi fue el Balón de Oro y Luka Modric el Balón de Bronce. Enzo Fernández ganó el trofeo al mejor jugador joven. Seis años antes, cuando contaba con 15 años, Enzo le escribió una carta a Messi pidiéndole que no se retirara de la selección argentina ante las criticas y fracasos con la albiceleste que sumaba el entonces jugador del Barça. Hoy Messi debe agradecerle buena parte de su éxito a un Enzo que empezó como suplente y acabó desnortando al centro del campo francés.

Argentina - Francia hoy en directo: Argentina gana la Copa del Mundo |  Resumen, goles y resultado del Mundial 2022 Qatar
La tercera estrella

“Como futbolista sabes que no hay muchas oportunidades de jugar el Mundial, por lo que debes tomarlas cuando puedas”. Lionel Messi.

Otras historias mundialistas

Argentina vs Francia (apuntes sobre una final inédita)

El escándalo Qatar (los tejemanejes para llevar el Mundial al emirato)

Cuando Roger Milla pasó de nadar con delfines a ser la estrella de un Mundial (la preciosa historia de Camerún en Italia 90)

Cuando Corea del Norte era noticia por el fútbol (cuando once desconocidos batieron a la poderosa Italia)

El partido del siglo (el agónico Alemania vs Italia del Mundial de México en dos artículos)

¡Ohne worte! (la caída de la fiable Alemania en Rusia 2018)

La hija aventajada de Yugoslavia (el buen hacer del fútbol croata desde que son una nación)

Rusia 2018 (Balance del Mundial)

Brasil del 70 (la mejor selección de siempre a través de dos artículos)

El asesinato de Andrés Escobar (drogas, mafia, fútbol y un autogol que derivó en tragedia)

La semana mágica de Paolo Rossi (como un apestado ganó un Mundial en apenas una semana)

Leer más

Apuntes sobre una final (Argentina vs Francia)

Para bien o para mal será el Mundial de Messi. Para saber si es o no es. Si el debate pasa a tener fin o se alarga ‘per saecula saeuculorum’. La vejez le ha tratado mejor que a Cristiano, con quien libró una batalla que acabó decantándose a su favor por el trono mundial. Fueron años de lucha, mas no son años, sino toda una vida, la que Leo lleva intentando ganarse el corazón de los argentinos para sustituir en el altar al d10s Maradona. Messi ha facturado dos temporadas de vacaciones, ahorrando físico, para reconciliarse con el fútbol y con su país en este último baile. Todos los jugadores que han estado en Qatar querían ganar el Mundial, pero sólo uno de ellos lo necesita.

Mientras Leo Messi exprime su fútbol porque no le sobra energía, Kylian Mbappé es todo exuberancia. Es una manada que baila sobre el césped. Le da tiempo a todo, incluso a cometer errores. Es arrogante, porque puede. Tiene más piernas que Messi, aunque menos fútbol en su cabeza. Si Messi abruma ambición atrapado por la necesidad de ser el más grande, Mbappé encara el triunfo de una forma mucho más lúdica. Lucha por ganar su segundo Mundial con apenas 23 años. Le quedan al menos otros dos y, salvo que una lesión destroce su carrera, la lógica dice que acabará siendo el máximo goleador de la historia de la Copa del Mundo. Por mucho que duela en Madrid podría retirarse sin ganar la Copa de Europa y no pasaría nada. Con dos Mundiales a sus espaldas Mbappé sería al mismo tiempo la Torre Eiffel, Juana de Arco y Charles de Gaulle.

Para Argentina será su sexta final de Mundial con, hasta el momento, un balance de 2/3. Cayó en 1930 ante Uruguay, en 1990 frente a Alemania y en 2014 de nuevo ante los germanos. Alcanzó el éxito en 1978 contra Países Bajos y en 1986 venciendo a Alemania. Argentina es la élite. Alemania ha jugado ocho (4 victorias y 4 derrotas), Brasil siete (5/2) e Italia seis (4/2) junto a los ya citados argentinos. Inmediatamente después en el escalafón estaría Francia, que con la de Qatar acumula cuatro finales en total. Salió victoriosa en 1998 contra Brasil y en 2018 frente a Croacia, mientras que perdió por penaltis ante Italia en 2006.

Será, pues, el tercer Mundial para cualquiera de las dos naciones. Lo será en el cuarto enfrentamiento mundialista entre estos dos países. La primera vez fue al inicio de esta mágica competición. Era 1930 y Argentina salió vencedora (1-0), ayudada por el hecho de que Francia jugó medio partido con un jugador menos al lesionarse uno de sus delanteros en una época en la que no existían cambios. Aquel triunfo permitió a los albicelestes clasificarse para semifinales. Volvería a ganar Argentina en 1978, en este caso para meterse en una segunda fase equivalente a los cuartos de final. Ganaron por 2-1 ante una Francia en la que emergía un joven Platini. La última vez fue en los octavos de final de Rusia 2018, donde la moneda cayó del lado francés al vencer por 4-3 en un impresionante partido que encumbró a Mbappé camino del triunfo en la Copa del Mundo.

Estaba Mbappé por aquel entonces, como también lo estaban Hugo Lloris, Steve Mandanda, Alphonse Areolá, Benjamin Pavard, Lucas Hernández, Antoine Griezmann, Ousman Dembelé y Oliver Giroud. Estos nueve jugadores pueden proclamarse bicampeones mundiales. Solo dos países han logrado repetir tal hazaña de forma consecutiva. Italia en 1934 y 1938 (cuatro italianos bicampeonaron, entre ellos Giuseppe Meazza) y Brasil en 1958 y 1962 (doce bicampeones entre los cuales estaban Garrincha o Djalma Santos). También son bicampeones Passarella (1978 y 1986) y Cafú y Ronaldo (1994 y 2002). Si bien es cierto que tanto Pasarella en el segundo como Ronaldo en el primero tuvieron una participación meramente testimonial. De igual modo tan sólo Lloris, Griezmann, Giroud, Mbappé y, en menor medida, Dembelé, podrían considerarse capitales en los dos posibles entorchados galos.

Por encima de todos ellos solo quedaría Pelé, el único ganador de tres Mundiales (1958, 1962 y 1970), siendo la figura más relevante tanto en el primero como en el último de ellos.

Decía que capital en los dos triunfos sería Oliver Giroud. El delantero que no tiró entre los tres palos en los siete partidos de Rusia 2018 y que en Qatar 2022 lucha por ser el máximo goleador de la competición. Su lugar tendría que haber sido ocupado por Benzema, jugador de tronío, que se retirará con al menos cinco entorchados continentales con el Real Madrid y con dos Mundiales ganados en su imaginación. ¿Hubiese sido el palmarés más extraordinario de un futbolista? Sin lugar a dudas. Pero eso, como mucho, es una historia contrafactual.

La realidad dice que el mejor es Messi. La corona ya la tiene. Ahora pretende colocarle el orbe. Son cinco mundiales. Son 16 años de espera. A Ronaldinho lo retiró, a Buffon lo humilló, a Xavi e Iniesta los eclipsó, con los alemanes no se presta la comparación y Mbappé aún está lejos en el retrovisor…siempre y cuando a Kylian no le dé por ganar su segunda estrella.

Comparativa entre Messi y Mbappé, las dos estrellas del Mundial de Qatar
Futuro, presente y pasado

Pero hay más que Mbappé y Messi. Es el Mundial de Antoine Griezmann. Un jugador principesco, con una carrera extraña, salpicada de toma de decisiones erróneas, pero que es faro y guía de su selección. Griezmann lleva una década manejando los hilos de Francia, con ingenio y con trabajo, sirviendo de continuidad a lo que antes hicieron Platini y Zidane. Nunca comerá en la mesa de los grandes y ni siquiera se le ha permitido llevar el ‘10’, pero su batuta es capital para entender el éxito francés de estos últimos años.

Capital también ha sido el trabajo de Lionel Scaloni. Si Deschamps lleva desde 2012 como seleccionador con un discurso que sólo los triunfos y el fondo de armario francés ha mantenido en pie, Scaloni es un advenedizo con el que nadie contaba. Su tranquilidad frente al histrionismo argentino al caer el primer día ante Arabía Saudí hizo saltar un clic en la opinión pública. Su gestión del vestuario, su apuesta por Enzo Fernández y Julián Álvarez y en especial el virtuosismo táctico que ha mostrado en las rondas eliminatorias, lo ha encumbrado como técnico con enjundia.

Es pues una final inédita, pero que confronta a dos elegidos. Al presente y al pasado. Al presente y al futuro. A Argentina y a Francia. Junto a los uruguayos, los argentinos fueron la vanguardia del fútbol en sus orígenes. A orillas del río de la Plata se cultivó una forma de jugar que combinaba la garra con la técnica. Así Argentina cayó ante Uruguay en 1930, en el primer Mundial de la historia. Hasta 1978 no volvería a una final, pero no por eso decayó el fútbol argentino. Pedernera, Moreno, Sívori, Carrizo, River, Boca, Racing, Independiente…todos forman parte del acervo cultural del fútbol. Tres de los llamados cinco grandes son argentinos y, con mayor o menor suerte, Argentina siempre es referente en cualquier competición a la que se presente.

Para Francia el pasado es borroso. Eclipsado por el ciclismo y el rugby, el fútbol no tuvo en sus inicios la preponderancia que tiene en el presente. Sin embargo, su evolución es sorprendente. Ganó su primera Eurocopa en 1984 con Platini de maestro de ceremonias y alcanzando dos semifinales mundiales. Era algo excelente. Pero desde 1998 Francia acumula dos trofeos y una final. Son cuatro finales de las últimas siete. Apabullante. Donde antes estaban Italia y Alemania ahora está Francia. No enamora y es terriblemente conservadora, pero es exitosa. Es el equipo más mestizo de Europa y sabe aprovecharse de eso. Son fuertes, rápidos y técnicamente prodigiosos. Los italianos daban pánico por su control del tempo del partido, virtud a la que los alemanes le añadían un poderoso despliegue físico. Francia hoy lo es todo. Ese equipo que puede hacer un partido horrible pero que igualmente se llevará el triunfo. Francia es hoy la nueva Alemania.

Francia-Argentina: La final inédita... y, sobre todo, la final de Messi -  Eurosport
¿Quién ganará?

Otras historias mundialistas

El escándalo Qatar (los tejemanejes para llevar el Mundial al emirato)

Cuando Roger Milla pasó de nadar con delfines a ser la estrella de un Mundial (la preciosa historia de Camerún en Italia 90)

Cuando Corea del Norte era noticia por el fútbol (cuando once desconocidos batieron a la poderosa Italia)

El partido del siglo (el agónico Alemania vs Italia del Mundial de México en dos artículos)

¡Ohne worte! (la caída de la fiable Alemania en Rusia 2018)

La hija aventajada de Yugoslavia (el buen hacer del fútbol croata desde que son una nación)

Rusia 2018 (Balance del Mundial)

Brasil del 70 (la mejor selección de siempre a través de dos artículos)

El asesinato de Andrés Escobar (drogas, mafia, fútbol y un autogol que derivó en tragedia)

La semana mágica de Paolo Rossi (como un apestado ganó un Mundial en apenas una semana)

Leer más

Cuando Roger Milla pasó de nadar con delfines a ser la estrella de un Mundial

Marruecos ha tocado el cielo. Es la primera nación árabe que llega a los cuartos de final de un Mundial. Eso al menos. Ahí es donde está Marruecos a la hora de escribir estas líneas, a la víspera de su histórico partido ante Portugal. Quizás, estimado lector, cuando lea esto ya habrá roto Marruecos el techo de cristal y se convierta en la primera nación africana en alcanzar unas semifinales mundialistas. O quizás no. Lo lógico es que caiga en cuartos de final y ponga fin a un sueño que inició con Croacia, se hizo realidad con Bélgica y cristalizó frente a España.

El caso es que es la tercera vez que un equipo africano llega a cuartos de final de un Mundial. Pero es éste un equipo africano diferente. No es una nación del corazón africano. No es una nación negra. Es una nación árabe. Una comunidad de seres humanos que rivalizan conforme a distintas fronteras, pero que tienen un acerbo cultural común desde Mauritania a orillas del Atlántico hasta Irán a las puertas del Océano Índico. Aún así el triunfo de Marruecos es el triunfo de África. El triunfo de un fútbol técnico y físico a partes iguales que lleva años evolucionando gracias a los nietos e hijos de los que buscaron en Occidente una vida mejor. De la plantilla marroquí de 26 convocados un total de 14 nacieron lejos de suelo marroquí, incluidos sus futbolistas más destacados; Bono (Canadá), Achraf (España), Boufal (Francia) y Amrabat, Mazraoui y Ziyech (Países Bajos).

Marruecos da el campanazo, hace historia y elimina a España para avanzar a  Cuartos de Final de Qatar 2022 - Los Angeles Times
Éxtasis marroquí

San Paolo. Nápoles. Junio de 1990. Camerún 0-1 Inglaterra. Descanso. Son los cuartos de final de la Copa del Mundo. Roger Milla entra al campo con el ‘9’ en la espalda sustituyendo a Emmanuel Maboang. Milla va a revolucionar el partido. Eléctrico, móvil, perspicaz, alborota la defensa inglesa y en dos fogonazos Camerún se pone por delante. A falta de ocho minutos para el fin del partido Camerún gana por 2-1. Roger Milla tiene 38 años. Es la primera vez que juega los cuartos de final de un Mundial. Es la primera vez que un país africano juega los cuartos de final de un Mundial.

Un penalti anotado por Gary Lineker condujo el partido a la prórroga y otra pena máxima anotada en el tiempo extra por el entonces delantero del Tottenham daba la victoria a los británicos por 2-3. África no volverá a estar tan cerca de la gloria hasta que la selección de Ghana caiga en la tanda de penaltis ante Uruguay en los cuartos del Mundial de Sudáfrica de 2010. Aquello también fue de traca. Con Luis Suárez expulsado por hacer de portero a escasos minutos del final y con Abreu marcando el tanto de la victoria con un penalti tirado a lo Panenka. Doce años después ha tocado la epopeya de Marruecos en suelo qatarí. Pero la primera vez fue aquella de Camerún. Con un Roger Milla desatado. Anotó cuatro goles en cinco partidos y con 38 años fue elegido en el mejor once del Mundial. Su nombre brillaba junto a los de Matthaüs, Baresi, Maldini, Klinsmann o Maradona.

Cameroon legend Roger Milla regrets they lost to England at Italia 90 | The  Sun
Roger Milla

Camerún es una nación brillante situada en un lugar privilegiado. Desiertos, playas, sabanas y montañas adornaban a un país que se abre al golfo de Guinea. Fueron los portugueses los que bautizaron a esa zona como río de camarones, pero serían los alemanes los que en el siglo XIX explotaron esas tierras a su antojo como fructífera colonia. Tras la I Guerra Mundial lo que desde 1960 será el Camerún independiente fue dividido entre ingleses y franceses. En la parte británica destacaba la fe musulmana, mientras que, en la parte francesa, mucho más numerosa, la facción católica.

Es conveniente hacer esta distinción cuando nos adentramos en los años 70 del siglo pasado. El fútbol africano era ignorado por los medios y los ojeadores europeos. Pero entonces, además de hombres de negocios, eran los misioneros católicos quienes seguían manteniendo los lazos con las antiguas colonias. Así que un joven delantero de potencial inmenso y futuro brillante llamado Roger Miller no podría ni imaginarse lo que sería jugar en un grande de Europa. Por suerte para Milla (con la independencia de Camerún se africanizó el apellido) los lazos religiosos con Francia seguían presentes tras la descolonización.

Fue así como el boca a boca hizo que un club francés se atreviese a apostar por Roger Milla. Pero no era un grande. Ni mucho menos. Quien apostó por el camerunés fue el Valenciennes, escuadra modesta recién ascendida a la Ligue 1. Allí estuvo dos temporadas donde anotaba prácticamente gol por partido. Había llegado a Francia con 25 años y su hambre de gol e instinto asesino lo hicieron brillar de inmediato. Era un delantero de larga zancada, regate a golpe de cadera y disparo certero al primer toque. No era un rematador al uso, pero si un alborotador, un tiburón del área que acechaba a su presa y disparaba tras el primer movimiento. Su valía no se cifraba solo en goles, porque su entusiasmo y su personalidad le hacían echarse encima al equipo en los malos momentos y fabricarse goles por sí mismo si fuese necesario.

Milla firmó entonces por el AS Mónaco, pero ahí su estrellato pronto pasó al olvido. Los monegascos ya eran un grande del futbol galo y por entonces tirar la barrera psicológica que separaba a africanos de europeos parecía inabordable. No consiguió ser titular, se acercaba a la treintena, y los ramalazos de genio que mostraba con su selección eran tildados de frivolidades cuando se ponía la camiseta del AS Mónaco.

Así que hubo que dar otro paso atrás y fichar por el SC Bastia. Y allí fue la explosión. Fueron cuatro temporadas de éxitos, incluyendo un gol histórico que le dio una copa al pequeño club de Cerdeña. Fueron años de champán. Fue elegido jugador africano del año y en 1982 junto a M’Bida o N’Kono disputó el Mundial de 1982 con Camerún quedando eliminados en primera ronda, pero por culpa de la diferencia de goles y sin perder ningún partido.

La carrera de Roger Milla era exitosa para ser un futbolista africano, pero seguía siendo un don nadie. Un completo desconocido. En 1984 lideró a Camerún a la victoria en la Copa de África y repitió hazaña en 1988 añadiendo el título de máximo goleador. Contaba entonces con 36 años y jugaba en el Montpellier HSC al que ayudó a ascender a la Ligue 1 para luego clasificarlo para la Copa de la UEFA. Al año siguiente, en 1989, decidió retirarse dejando una media de nueve goles por temporada en máxima categoría y dieciséis en segunda tras doce temporadas en Francia.

Olympia di Twitter: "Roger Milla. #Bastia https://t.co/dtehngBwmx" / Twitter
Milla en el SC Bastia

A sus 38 años Roger Milla iba a gozar de un retiro dorado. Y decidió hacerlo en la Isla de Reunión, un idílico departamento de ultramar francés situado en el Océano Índico. Firmó por un equipo de la isla y decidió meter unos goles mientras disfrutaba de placenteros baños en parajes de ensueño.

Y mientras, ¿qué pasa con Camerún? Los leones indomables son los grandes favoritos para ganar la Copa de África de 1990. Se disputa en marzo, a escasos cuatros meses del Mundial de Italia. Y el fracaso es absoluto. Son superados por Zambia y Senegal y ni siquiera son capaces de pasar de primera ronda. La conmoción en el país es absoluta. Se trata de un equipo joven y con talento, pero en el que, exceptuando al portero del Espanyol Tommy N’Kono, no hay demasiada experiencia en el fútbol europeo.

Urge una solución inmediata.

¡Roger! ¡Roger! ¡Tienes una llamada! Así fue como avisaron a Milla. Y no era para menos. La llamada tenía carácter oficial. Pero tendría que esperar. Milla tendría que dejar su equipo de submarinismo en el barco, antes de cambiarse y poner pie en tierra. Había estado nadando y buceando en aguas cristalinas acompañado de bancos de coral y pequeños delfines. El sempiterno sol brillaba cuando entró en la casa y fue acompañado hasta el teléfono.

Roger escuchó y se cuadró. Al otro lado del teléfono estaba Paul Biya, presidente de la República de Camerún desde hacía una década. Biya y Milla tenían una buena relación y compartían convicciones religiosas. Hablaron durante largo rato y Biya le pidió a Milla que volviera a calzarse las botas, aunque fuese únicamente para ejercer de referente moral. No importaba que jugase o no, pero su sola presencia en el equipo resultaría beneficiosa. Realmente aquello no era una conversación. Era una súplica. Pero procedía de un ser superior. En la psique africana eso era una orden dada por un rey que el noble debía de cumplir.

Roger Milla dejó la arena fina y el agua cristalina bañada por delfines para coger un avión rumbo a Camerún. Su primer movimiento fue hablar con Valery Nepomnyashhchy, el técnico ruso de apellido impronunciable que había fracasado en la Copa de África. El acuerdo fue fácil de conseguir. Milla iría al Mundial como suplente y el ruso salvaría su cabeza. Podría dirigir a los leones indomables en Italia 90.

Pero no todos estaban contentos. Milla podría ser un mito, pero su presencia en Italia era la de un advenedizo. Quien peor se lo tomó fue François Omar-Biyik, delantero fuerte, poderoso, que veía peligrar su puesto en el once titular. Milla lo tranquilizó y le dijo que no se preocupara, que su intención era tan solo apoyar desde el banquillo al equipo.

Y así fue. En el primer partido Camerún se convirtió en la primera selección que derrotaba al vigente campeón en el partido inaugural. La Argentina de Maradona caía ante los africanos gracias a un solitario gol de Oman-Biyik, que fue fervorosamente aplaudido por Milla desde el banquillo.

En el siguiente choque Roger Milla saltó al campo a los 15 minutos de la segunda parte. Camerún vs Rumanía. Lo hizo distraído, con aquella camiseta verde roída del pegote amarillo como escudo. Sin aliñar, con la zamarra mitad por dentro mitad por fuera, Milla anota dos goles. El primero es pillería. Golpe al defensa, salto a destiempo y golpeo seco con la izquierda. El segundo es un tiro áspero con la diestra tras un buen gesto técnico. Camerún se clasifica para octavos con dos goles de Miller, porque sí, a los 38 años, y tras una vida en Francia, Miller sigue siendo un desconocido en los rótulos de la televisión italiana.

Ya clasificado, Camerún se relaja y cae por 0-4 ante la URSS antes de enfrentarse a Colombia en octavos de final. Guiados por Valderrama los sudamericanos dominan el partido mientras los africanos esperaban agazapados para lanzar contragolpes. Se llega así a la prórroga donde el suplente Milla recibe cerca del área grande, se saca de encima a dos colombianos, y anota el primer gol del partido. Luego vendrá la gran locura de Higuita, quien intentará ser un Maradona con guantes cerca del círculo central, lo que aprovechará Roger Milla para anotar el segundo de Camerún. Su baile de celebración con el banderín del córner también pasará a la historia. Los leones indomables estarán en cuartos de final.

Luego vino el histórico partido de cuartos ante Inglaterra, donde el hasta entonces comedido y defensivo Camerún se convirtió en una escuadra agresiva y ofensiva que puso contra las cuerdas a los ingleses. Milla saldría del banquillo para forzar un penalti y dar la asistencia para el segundo gol camerunés. Camerún acabará cayendo, pero llegará más lejos de lo que nunca antes (con permiso de Marruecos) ha llegado una selección africana.

Roger Milla había descolgado las botas y fue aclamado como un héroe a su vuelta a Camerún. Dejó los baños con delfines para su jubilación y firmó por el Tonerre Yaoundé de su ciudad natal. Allí estuvo hasta 1994, cuando con 42 años acudió al Mundial de Estados Unidos y consiguió anotar otro tanto. Por supuesto sigue siendo el futbolista más veterano en anotar un gol en un Mundial.

Por entonces los jugadores de la África negra ya eran más que respetados. Abedi Pelé es estrella del Marsella campeón de la Copa de Europa, Nwankwo Kanu es el delantero del futuro en el Ajax y George Weah gana el Balón de Oro con el AC Milan, en reconocimiento histórico al hasta entonces siempre menospreciado fútbol africano.

Roger Milla colgó las botas en 1996, a los 44 años. Hay quien dice que realmente tenía más y que su pasaporte fue falseado. Sea cierto o no, lo hizo con el reconocimiento de la FIFA como el mejor jugador africano del siglo XX, dos Balón de Oro africanos con 14 años de diferencia (1976 y 1990) y con cinco goles en diez partidos mundialistas. Hoy es embajador de Unicef en África y aspira a ser presidente de un país al que en su día ayudó a poner en el mapa.

Otras historias mundialistas

Croacia (la desmembración de Yugoslavia y el éxito futbolístico de Croacia)

El partido del siglo (el icónico Italia-Alemania de México 70 en dos reportajes)

¡Ohne worte! (Como Alemania perdió su inefabilidad en Rusia 2018)

De la gloria al ridículo (cuando Inglaterra e Italia fueron incapaces de clasificarse para el Mundial)

Cuando Corea del Norte era noticia por el fútbol (la histórica victoria norcoreana ante Italia en el Mundial de Inglaterra)

Rusia 2018 (un balance del Mundial 2018)

¿Por qué Uruguay lleva cuatro estrellas de campeón del mundo en la camiseta? (los dos mundiales oficiosos que los uruguayos ganaron en los años 20 del siglo XX)

El asesinato de Andrés Escobar (mafia, apuestas, droga y tragedia en Estados Unidos 1994)

Brasil del 70 (el equipo más antológico de la historia de los mundiales a través de dos artículos)

La semana mágica de Paolo Rossi (como el proscrito Rossi emergió de la nada para darle a Italia un Mundial)

Leer más

El escándalo Qatar

La FIFA decidió que, en diciembre de 2010, de una tacada, se eligiesen los países candidatos para el Mundial 2018 y el Mundial 2022. Para el primero se presentaron España y Portugal por un lado y Bélgica y Países Bajos por el otro en pretensiones conjuntas. De forma independiente también estaban Inglaterra y Rusia. Dado que se daba por hecho que el Mundial volvería a Europa y que la UEFA apoyaba abiertamente la candidatura anglosajona se contaba con que el Mundial tendría lugar en Inglaterra. Sorprendentemente el vencedor fue Rusia.

Para 2022 los elegidos eran Estados Unidos, que, con Clinton y Obama como embajadores, eran los archifavoritos, así como Australia, que jugaba la baza de llevar por vez primera el Mundial a Oceanía. No contaban las candidatas asiáticas las cuales eran Japón, Corea del Sur (ambas con escasas opciones porque en 2002 ya habían organizado un Mundial de forma conjunta) y Qatar.

Y ganó Qatar.

Si. Ganó Qatar.

La pregunta es; ¿cómo narices ganó Qatar?

Former FIFA president Sep Blatter says Qatar hosting the World Cup is a  'mistake' - ABC News
The winner is…

Para lograr ser país organizador de un Mundial debes convencer a una mayoría de miembros del comité ejecutivo de la FIFA. Dichos miembros son un total de 24. Son los 24 dioses del fútbol. Ni Pelé, ni Messi ni Zidane. Esos 24 son los verdaderos dioses. La familia de la FIFA es como la familia de ‘El Padrino’, pero con peores personas.

Uno de esos miembros del comité ejecutivo era Chuck Blazer. Neoyorkino, hombre de negocios, en 1989 accedió al cargo de presidente de la Concacaf (Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de fútbol). Fue el impulsor y creador de la Copa de Oro de selecciones, así como de la Liga de Campeones de la Concacaf. Blazer también instaló las oficinas de la organización en una planta de la torre Trump de Nueva York, la decoró con mármol e hizo alquilar una habitación a la orden de 5.500 dólares al mes a cargo de la Concacaf para cobijo de sus dos gatos. Pronto se convirtió en uno de los brazos derechos del suizo Joseph Blatter, quien en 1998 fue designado como presidente de la FIFA.

En Zúrich, en una fastuosa sala de juntas situada dos pisos bajo tierra, en el edificio de la FIFA, al menos dos veces al año esos 24 hombres, quienes se alojaban en hoteles impecables y degustaban comidas extraordinarias, se debatía sobre como expandir el fútbol por todo el planeta para seguir lucrando el negocio. Blazer, que acabaría siendo confidente del FBI, declararía que cada uno de los allí presentes salía de esas reuniones con al menos 20.000 dólares de la caja fuerte de la FIFA en metálico.

Pero no adelantemos acontecimientos.

Los 24 miembros de la FIFA tienen como cometido la obligación de viajar por el mundo adelante visitando los países candidatos a albergar el Mundial y debatir con los posibles organizadores el plan de actuación. Las dádivas y agasajos forman parte del ritual. Cuando la expedición futbolística arribe en Moscú reparará en que todos los ministros rusos harán un corrillo y colmen de aplausos al personal mientras Vladimir Putin espera al otro lado de la fastuosa sala con los brazos abiertos. En Inglaterra sería la reina Isabel II la que expanda sonrisas y abandone, en cierto modo, el estricto protocolo, dejando que aquellos hombres de negocios se lleven una taza de té del Palacio de Buckingham a modo de souvenir.  

En Qatar no había paseos por museos extraordinarios ni visitas a monumentos de cientos o miles de años. En Qatar lo que había era un calor insoportable que rondaba los 50 grados en verano, kilómetros y kilómetros de arena, ausencia total de estadios de fútbol y el único monumento digno de ver eran los pozos petrolíferos. No obstante, lo que si había era dinero. Mucho dinero. La candidatura de Qatar no tenía ningún tipo de límite monetario.

La persona encargada de manejar ese fondo ilimitado era Mohammed Bin Hammam. El presidente de la Federación de Futbol de Qatar ya había logrado convencer a los asiáticos de apoyar la candidatura de Blatter a la presidencia de la FIFA en 1998, pero eso era ‘pecata minuta’ en comparación con el ingenioso proyecto que ahora tenía en mente. A través de diez testaferros diferentes se encargó de dirigir diferentes pagos para asegurarse de que la candidatura de Qatar 2022 fuese la elegida.

Bin Hammam se resigna a que FIFA lo declare culpable
Bin Hammam

En primer lugar, viajó a Angola. Era enero de 2010. Faltaban once meses para la elección de la sede mundialista. Allí se celebraba el congreso de la CAF (Confederación Africana de Fútbol). Aquel año un benefactor había donado dos millones de dólares a la CAF. Era el emirato qatarí. Luego Bin Hammam dio órdenes a sus testaferros para que le diesen un millón de dólares en metálico a cada uno de los tres miembros de la CAF que formaban parte del comité ejecutivo de la FIFA. ¿Por qué un millón y no un millón y medio?, dicen que contestó uno de los dirigentes. Y así fue. Por 4,5 millones de dólares en total Qatar se aseguró los votos de los representantes africanos.

Luego viaje a Nueva Zelanda, a visitar al único representante del comité ejecutivo de la confederación más pequeña. Trato hecho. Y después más de los mismo con la Unión Caribeña de Fútbol. Aquí se contenta a los 25 miembros, que no tienen ni voz ni voto, pero que forman frente común en la Concacaf. El pago es irrisorio. 40.000 dólares en sobres individuales a cada uno y trabajo hecho.

Pero con esto no llegaba. Para decantar la balanza hacia falta el voto a favor de los representantes europeos, la delegación más numerosa. Y había un grave problema. Existía un acuerdo tácito de que los qatarís se encargarían de mover el voto a favor de Inglaterra en 2018 si los hijos de la Gran Bretaña hacían lo propio a favor de Qatar para 2022.

El problema es que por medio estaban los rusos. Y sí, ahora Vladimir Putin es el demonio con rabo y cuernos, pero entonces era íntimo de Angela Merkel y de las demás cancillerías europeas. Y los rusos también tienen dinero. Mucho dinero. Entre bambalinas Rusia hizo los deberes y se aseguró ser sede para 2018. Caída en desgracia Inglaterra, se daba por sentado que Estados Unidos sería el ganador para 2022.

Y allí se reunieron. En Zúrich. Un 2 de diciembre de 2010. Cada comité tenía quince minutos de presentación final ante una sala repleta de personalidades, desde miembros de familias reales a mandatarios y ex mandatarios como Bill Clinton o David Cameron. Luego habría una primera votación en la que el último en número de votos quedaría eliminado y así sucesivamente hasta que quedase un mano a mano del que saldría el vencedor.

Pero la decisión ya estaba tomada antes de que tuviesen lugar las presentaciones. Todo se había decidido una semana antes.

Por entonces el presidente de la UEFA era Michel Platini. Campeón de Europa con la Juventus y de la Eurocopa con Francia, tres veces Balón de Oro, había sido enormemente aplaudido al acceder al cargo. Se decía, y no sin razón, que era un soplo de aire fresco que un exjugador fuese directivo. Platini, además, era de la vieja escuela. Un hombre que había criticado duramente a la FIFA como jugador cuando se jugaba a casi 40 grados a los dos de la tarde durante el Mundial de México. Una de sus primeras medidas como dirigente de la UEFA había sido facilitar el acceso a las competiciones europeas de los países más modestos y posicionarse abiertamente contra el VAR.

Resultó que Platini recibió una llamada. Se trataba de Nicolas Sarkozy, entonces presidente de la República Francesa. Se le citaba a una cena en el Eliseo a la que también acudiría Hamad Al Thani, emir de Qatar. En la cena se habló de fútbol, pero esencialmente de economía. Se insinuó que si la UEFA apoyase la candidatura de Qatar quizás Francia se beneficiase en el futuro garantizándose suculentos contratos de infraestructuras en Oriente Próximo.

Platini, quien tenía idea de votar a Estados Unidos, se vio obligado a cambiar el sentido de su voto. Cuando el ídolo francés Zinedine Zidane forme parte de la delegación qatarí que se presentó en Zúrich aquel 2 de diciembre, la suerte estaba echada. Joseph Blatter abrió el sobre y los allí presentes quedaron en shock. Qatar, un país de apenas dos millones de habitantes y de casi 50 grados veraniegos, acogería el Mundial de 2022. Minutos más tarde Bill Clinton rompía de un puñetazo el espejo de su lujosa suite y exigía tener una conversación privada con Michel Platini.

El otrora astro francés declinó la invitación.

La caída del rey Platini se gestó en casa de Sarkozy junto al emir de Catar  | Vanity Fair
Sarkozy, Al Thani y Platini

Lo que después se supo es que Qatar compró Airbus fabricados en la ciudad francesa de Saint Nazaire a razón de 20.000 millones de euros. Luego hubo otros 50.000 millones invertidos en infraestructuras a cargo de empresas galas.

Quizás hoy, tras la bravuconada de Putin, no se entienda este cambio de aliados, pero es que hace apenas nada, hace simplemente un lustro, la política europea miraba con ojos golosos hacia el este. A Rusia al norte, Qatar al sureste y China a lo más lejos. Hoy parece un error colosal. Ayer era un acierto estratégico.

No solo eso. La familia real qatarí decidió invertir en el decaído fútbol francés, por entonces la sexta liga en importancia de Europa. Compraron una cadena de televisión, financiaron las ligas nacionales de baloncesto y balonmano y convirtieron al Paris Saint Germain en un gigante mundial. Fruto del acuerdo, Nasser Al-Khelaifi se convirtió en presidente del PSG y desde entonces el emirato qatarí ha invertido unos 2.000 millones de euros en el club parisino.

Todo esto fue consecuencia de aquello. Y es que aquello provocó un cirio. Pero esto se supo después. Antes hubo que tirar de la manta.

La garganta profunda fue Chris Eaton, jefe de seguridad de la FIFA durante apenas un par de años. Hombre recto, integro, presentó su dimisión en cuanto imaginó todo lo que allí se cocinaba. Se puso en contacto con el FBI estadounidense sin pruebas, pero si con fundamentos. Simplemente les dijo que siguieran el rastro del dinero y les sugirió quien de los 24 miembros del comité sería tan débil como para sucumbir a un par de preguntas.

Ese hombre débil era Chuck Blazer, aquel presidente de la Concacaf del que habíamos hablado. Nunca había pagado impuestos y se llevaba en crudo el 10% de todos los contratos que negociaba. El FBI lo tuvo muy fácil para sacarle un trato. Le colocaron un micrófono en un llavero, le dijeron que soltara el llavero en una de esas reuniones rodeadas de abundante comida y así tirase de la manta.

El lugar elegido fueron los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Allí estarían todos. Y lo harían en un ambiente distendido. En los JJ. OO hay fútbol, pero es un actor secundario del evento. No fue difícil que con unas cuantas copas de más unos cuantos se soltasen la lengua. Tuvieron que pasar tres años más para que en una redada del FBI en el Hotel Bar au Lac de Zúrich fuesen detenidos seis miembros del comité ejecutivo.

Acorralada, la FIFA contrató a un investigador interno. El Informe García (Michael García era el encargado de tan sucia tarea) admitía el fraude masivo en el seno de la entidad, aunque argumentaba que nunca se habían comprado votos, que todo eran regalos y que la FIFA había sido víctima de interferencias políticas. García sostenía que la FIFA había sido fundada por voluntarios que amaban y querían proteger el juego, mientras que en los últimos años su único objetivo había sido el de amasar dinero.

Cuando Blatter tuvo acceso al Informe García se negó a hacerlo público, pero, presionado por el Comité de Ética de la FIFA, se vio incitado a dimitir. Lo hizo en 2015. Y lo hizo tras ser reelegido. Se dio el gusto de ganar las elecciones internas para luego dimitir. Una muestra más de lo podrido del sistema.

Blatter vuelve a señalar a Sarkozy como responsable de que el Mundial se  dispute en Qatar
El tío Gilito

Joseph Blatter jamás entró en la cárcel, aunque sigue inhabilitado para ocupar cualquier cargo relacionado con la FIFA. Siempre ha negado la mayor y considera una tropelía injusta que el FBI llevase una operación anticorrupción en un país europeo como Suiza. Para Blatter todo se basa en una operación de envidia y venganza estadounidense por no haber sido elegida sede del Mundial 2022. Michel Platini tampoco piso la cárcel, pero tuvo que dejar la presidencia de la UEFA y también sigue inhabilitado para ocupar cargo alguno en el mundo del fútbol. En 2018 admitió que también hubo sobornos para designar a Francia sede del Mundial 1998.

A raíz de aquello el diario ‘Der Spiegel’ sacó a la luz que tanto en Alemania 2006 como en Sudáfrica 2010 los sobornos también formaron parte del pack mundialista.

La FIFA siempre había sido capaz de controlar su destino. Bin Hamman y la delegación de Qatar no inventaron nada. Fue la FIFA la que con sus corruptelas inventó la norma. Lo que hace la elección de Qatar diferente al resto es que las injerencias no se basaron únicamente en sobornos, sino en compromisos políticos de primer nivel.

A fin de cuentas, con o sin sobornos, Francia, Alemania o Rusia tienen capacidad y tradición para albergar un Mundial. Hasta Sudáfrica puede formar parte de este saco como una operación de justicia ante la olvidada y exprimida África. La corruptela por la elección de Qatar como sede mundialista salió a la luz porque es un sin sentido mayúsculo. Un país de apenas 11.000 km cuadrados (Asturias), con 2’5 millones de habitantes de los que únicamente el 15% son nativos, donde hubo que construir estadios de fútbol ex proceso y donde hasta el año 2008 no hubo una liga de fútbol profesional.

Y lo más sangrante. Un país que ha obligado a darle una vuelta al calendario del fútbol mundial para evitar el verano y competir en los agradables 25 o 30 grados del diciembre qatarí.

Y todo gracias a Nicolas Sarkozy. El único de los tres grandes personajes de esta historia que pisó la cárcel. Acusado de tráfico de influencias e intento de soborno a un juez. Fueron tres años de condena, aunque únicamente estuvo siete meses en la cárcel. Y lo fue por aceptar dinero libio para financiar su campaña política. No fue condenado por el ‘Qatargate’. A fin de cuentas, la FIFA sabe bien como proteger a los suyos.

“La corrupción es peor que la prostitución. La prostitución pone en duda la moral del individuo, mientras que la corrupción pone en peligro la moral de todo el país”. Karl Kraus, escritor checo.

“Lo que las leyes no prohíben, puede prohibirlo la honestidad”. Séneca, filósofo romano.

Otras historias rodeadas de injerencias

Auge y caída de Nikolai Starostin (como el aparato comunista quiso acabar con el padre del fútbol en Rusia a través de dos artículos)

Deportistas que se pasaron a la política (carreras de oradores de los que antes sudaban la camiseta)

Cláusula de rescisión (la historia de unos jugadores que eran propiedades de los clubes)

Lutz Eigendorf (el asesinato del Beckenbauer del Este)

Patrimonio del Estado (como a Eusebio no le dejaron salir de Portugal)

La gimnasta eterna Oksana Chusovitina (la lucha contra la leucemia de una madre coraje)

A propósito del despropósito de la vacunación (sobre el Covid y las prebendas de los deportistas)

Leer más

¿Por qué Lev Yashin es tan famoso?

Allá por diciembre de 2020, cuando el otoño fenecía y el invierno reclamaba su lugar, ‘France Football’ escogió el mejor once de la historia que haya parido el fútbol. Entre los elegidos estaban Beckenbauer, Messi, Maradona o Pelé. No hubo discusión. Si la hubo entre los que vieron con malos ojos que Matthaüs residiese en ese once, que Cruyff o Di Stéfano no lo estuviesen, o que Platini quedase relegado al tercer mejor equipo mientras Rijkaard ocupaba una posición de privilegio en el segundo. Para gustos colores. Todos, desde Garrincha a Cristiano Ronaldo, nos han dejado momentos para el recuerdo. Algunos más y otros menos, pero de todos hay testimonio audiovisual que atestigua sus logros.

El jurado de ‘France Football’ puso como punto de partida precisamente eso; el testimonio audiovisual. Un fútbol moderno que nació tras la II Guerra Mundial con el Mundial de Brasil y el inicio de la Copa de Europa. Quedaron en el camino Scarone, Andrade, Meazza, Sindelar o Josef Bican. Y, sin embargo, y aunque hay filmaciones que atestiguan su grandeza, resulta fascinante que uno de los 33 escogidos sea un completo desconocido para el gran público.

Ni siquiera es uno más entre los 33 escogidos. Forma parte del once ideal y, a pesar de la existencia de Buffon, Neuer, Casillas, Kahn, Banks, Zoff o Maier, su inclusión en ese equipo de leyenda fue prácticamente aceptada por unanimidad. Todos los componentes de estos tres onces históricos o bien han ganado el Mundial o bien la Copa de Europa. O mejor aún; ganaron ambos títulos. Tan sólo hay una excepción. Un futbolista que no pasó de un cuarto puesto en un Mundial. Un hombre que nunca disputó un partido de Copa de Europa. Un deportista que nunca jugó ni en una gran liga ni en un gran equipo. Un futbolista del que apenas se conservan partidos completos con su presencia, salvo los que disputó con su selección en cuatro Mundiales diferentes.

Y con todo, además de ser incluido en el ‘Ballon d’Or Dream Team’ por ‘France Football’, es considerado por la FIFA el mejor portero del siglo XX y es el único guardameta en la historia que ha sido galardonado con el Balón de Oro.

Es Lev Yashin. ‘La Araña Negra’.

Una leyenda.

Pero, ¿por qué es una leyenda? ¿Por qué Lev Yashin es tan famoso?

Como toda gran leyenda, Lev Yashin murió y resucitó en repetidas veces. En Chile, allá por 1962, Yashin acumuló pifia tras pifia. Acudía a aquel Mundial la Unión Soviética como gran ‘vedette’ tras haber salido victoriosa de la primera Eurocopa de la historia, pero la actuación de su gran portero fue más que modesta. En la primera fase un desconocido colombiano le clavó un gol olímpico. No fue lo peor. La URSS quedó eliminada en cuartos ante Chile con dos goles encajados desde fuera del área en los que dio la sensación de que Yashin pudiese haber hecho bastante más.

Los medios soviéticos culparon a Yashin de la debacle y pronto fue acusado de traición a la patria, una ligereza muy común dentro de las murallas del Kremlin. Las críticas traspasaban el Telón de Acero. ‘L’Equipé’ declaró que estaba acabado y en Inglaterra comentaban que la exageración de su fama era producto de la propaganda comunista. Presionado por las críticas, el camarada Yashin volvió de Chile decidido a retirarse. Se encontró con un grupo de aficionados que tiraban piedras contra su apartamento. Contaba con 32 años.

“Los goles sufridos acechan, siempre. Uno no recuerda los que salvó, sino los que le metieron. El guardameta que no tenga ese tormento interno, no tiene futuro”, diría Yashin en cierta ocasión.

Pasaron las semanas hasta que un día, aburrido en su casa de campo, se acercó el parque Petrovsky, al noroeste de Moscú, donde se encontraba el estadio del Dinamo. Saludó a sus compañeros, se puso los guantes y empezó el entrenamiento.

Al año siguiente Lev Yashin era elegido por ‘France Football’ el mejor futbolista del mundo por los mismos periodistas que el año anterior le habían dado por acabado. Ese mismo año ganó la Liga soviética, fue elegido mejor jugador de la URSS y, con el tiempo, los camaradas le harán entrega de la Orden de Lenin. Como colofón, fue seleccionado para formar parte del combinado mundial que se enfrentó a Inglaterra con motivo del centenario del nacimiento del fútbol.

Estaba muerto, pero resucitó. Aquella temporada disputó 37 partidos en los que únicamente encajó seis goles. ¡6 goles!

Fue esa la última ocasión en la que Yashin hubo de resucitar. Pero antes fueron muchas otras.

AS Historia on Twitter: "Lev Yashin, "La Araña Negra", es el único portero  agraciado con el Balón de Oro, fue en 1963. #FotografiAS  https://t.co/eZ9vWr599Z" / Twitter
Balón de Oro 1963

Yashin era ‘La Araña Negra’, un apodo que ejemplifica la sintonía que mantenía con el arco. Vestido de negro, de brazos infinitos, parecía un ser mitológico con seis extremidades superiores. Yashin era un personaje majestuoso que logró ser archivado en las memorias y en los libros como el primero, el mejor y el más singular e independiente. Lev Yashin no sólo paraba balones a ras de su portería, sino que definió biológicamente al portero ideal. Era grande, sobrio, sereno, ágil, potente y flexible. Un biotipo entonces poco común y que desde entonces es el canon del arquero perfecto.

Y además infundía respeto. Un gigante vestido de negro de manos enormes y elástico como un conejo que siempre tenía una sonrisa en la cara y felicitaba al atacante cuando le marcaba un fastuoso gol. Cuando el gran Eusebio, el delantero del momento, bata a Yashin en el Mundial de 1966, correrá presto a pedir disculpas al gigante soviético. Meterle un gol a Yashin será motivo de orgullo, pero también de dolor por mancillar la memoria de una leyenda. Gerd Müller, el cañonero de los 600 goles, nunca consiguió batir a Yashin. Lo decía con rabia, pero también con el alivio de no haber cometido un sacrilegio.

Durante una gira amistosa en el Cáucaso en 1950, sufrió un gol desgraciado del Traktor Volgogrado. Era su primer partido con el Dinamo Moscú después de destacar en la estructura juvenil. Tenía 21 años recién cumplidos. En una salida mal calibrada, colisionó con un defensa de su equipo, y la pelota le castigó al pasarle por un lado. Yashin soportó las bromas de sus compañeros Konstantin Beskov y Vasily Kartsev, los dos jerarcas de la plantilla. Pocas semanas después, debutó en partido oficial contra el Spartak Moscú y sufrió otra desdicha idéntica. Volvió a chocar con un compañero al salir a un centro, se tragó el balón y otro ridículo hizo su aparición. Después, un general de la NKVD, la policía secreta, entró en el vestuario y explotó: “Hay que borrar del equipo a este idiota”. Cuatro goles encajados en diez minutos en su siguiente partido, jugado a los tres meses, contra el Dinamo Tbilisi clavaron la daga definitiva en el alma de Yashin.

Yashin estaba muerto, pero se preparaba para su segunda resurrección.

Su actuación había sido tan lamentable que no es que lo mandasen al banquillo, es que directamente lo invitaron a dedicarse a otra cosa. Lev cambió los guantes por el stick y pasó a integrar la nómina del Dinamo en su modalidad de hockey sobre hielo. Pronto se labró una fama como excelente portero y tres años más tarde ganaba la liga soviética y era reclamado nuevamente para el equipo de fútbol. Lev obedeció y, de pronto, el Dinamo contaba con un portero de fútbol con una capacidad de reacción y de reflejos nunca antes vista. Habilidades motrices. Gracias al hockey agudizó la percepción del ojo, ganando una velocidad de reflejos que luego trasladó al fútbol. Con el hockey, pulió también su técnica, su cobertura de ángulos estrechos y se convirtió en un gigante de 190 centímetros de agilidad felina.

Lev Yashin, la leyenda de la "Araña Negra"
Una araña sobre el hielo

Pero la leyenda de Yashin no se basaba solo en unas condiciones físicas portentosas. Yashin comprendía y leía el juego. Ordenaba a sus compañeros donde y como colocarse en unos tiempos donde el portero era atrezo e incluso los entrenadores raramente salían del banquillo durante los partidos. Yashin añadió a sus condiciones innatas una reinterpretación de la labor del portero. Custodiaba los espacios, salía fuera del área y lanzaba contraataques antes de que ningún defensa pensase siquiera que existía esa posibilidad. Célebres eran sus despejes de cabeza fuera del área que primero aglutinaban murmullo del respetable y luego acalorados aplausos cuando Yashin se atusaba el pelo y se volvía a colocar la gorra.

Era un arquero diferente. Mientras la mayoría rechazaban los disparos, él fue pionero al empezar a atajar los balones cuando nadie lo hacía, cobijándolos entre sus brazos y denegando la opción al rebote. En aquella época los metas temían alejarse de su jaula y Yashin entendió que desligarse de aquellos tres postes reducía espacios y tiempo para pensar al delantero. Como también fue el primer valiente en atreverse a salir por alto a los balones aéreos y despejarlos con los puños, algo nada habitual por entonces. Y a todo eso, por si fuera poco, se le suma su condición de parapenaltis.

Hay autores que consideran que una figura como Yashin solo podría haberse dado en la Unión Soviética. El portero es alguien para el que lo más importante es la victoria del equipo. Es una figura anticapitalista que se sacrifica por los demás. Lo cierto es que todos los equipos soviéticos de cualquier deporte evitaban la búsqueda de estrellas y construían el juego en base a un orden milimétrico y automatizado que llevase a la victoria a través de la socialización de todos sus componentes. El portero es ese mito que siendo único e individual sólo tiene éxito si a través de su discreción es capaz de salvar al equipo. No es extraño que la URSS pariese grandes porteros (Yashin, Rudakov, Dassaev -todos ellos rusos-) y ningún gran ‘9’, el jugador egoísta por excelencia. Los grandes atacantes que hubo (Blokhin y Belanov) eran, y no casualmente, ucranianos.

En una sociedad tan uniforme, el portero era una de las escasas expresiones posibles y el objetivo era eliminarlo. Existía una canción, aun hoy cantada en muchos campos rusos, que decía: “Portero, prepárate para la batalla, detrás de ti esta nuestra frontera”. Es el último baluarte ante el extranjero. Como el as de la aviación o el astronauta, el portero es un ser individual al servicio de un todo. “La sensación de ver a Gagarin volar por el espacio solo es superada por parar un penalti”, diría Yashin en la cima de su éxito.

Porque ‘La Araña Negra’ es un hijo del comunismo. Nacido en 1929, huérfano de madre a los seis años, su infancia transcurrió entre las locuras sádicas de Stalin y la penumbra de la Gran Guerra Patriótica contra los nazis. Ahí Lev Ivanovich Yashin iba a experimentar su primera resurrección. Desde niño trabajó en una fábrica aeronáutica y sobrevivió a base de cigarrillos mostrándose como un adolescente trabajador y educado. Fumador empedernido lo será toda la vida (incluso en los descansos de los partidos) y defenderá el uso de la nicotina hasta su muerte, porque fue el tabaco lo que le salvó de morir de hambre cuando era pequeño. Aquellos diez cigarros diarios se complementaban con unos buenos vasos de vodka. Así se entiende que aquel niño acabase siendo un adulto con problemas de acidez que resolvía el bicarbonato y que falleciese con apenas 60 años por culpa de un cáncer de estómago.

Conoció el fútbol en la fábrica, jugando como delantero. Pero su imponente altura, sus largos brazos y su elasticidad en el salto sedujeron a los jefes de la planta y le impusieron la portería. En 1949, después del servicio militar, fue reclutado por el Dinamo Moscú. Nunca se quitaría esa camiseta, ni siquiera, en numerosas ocasiones, ni para jugar con la Unión Soviética, pues muchos partidos con la selección los disputó con la letra ‘D’ bordada en su imborrable jersey oscuro. Ese otoño, solo unos meses antes del salto a la escuadra principal, el nombre de Yashin se abrió hueco en el fútbol de la capital soviética cuando en su primera exhibición impulsó la victoria del juvenil sobre el primer equipo en las semifinales de la Copa Moscú.

Luego vino su caída y su exitoso paso por el hockey. Llegó a estar seleccionado para disputar el Mundial de la especialidad en 1954, pero renunció porque su intención era triunfar en el fútbol. Tenía cerca de los 25 años cuando a Yashin le permitieron volver a defender la portería del Dinamo en su versión 11 contra 11. Tardó solo unos meses en alcanzar la selección, en seducir a todo un país y en asimilarse como el rostro de una institución como el Dinamo Moscú. Jugó allí 22 temporadas; ganó las ligas de 1954, 1955, 1957, 1959 y 1963; levantó las copas de 1953, 1967 y 1970; fue internacional soviético 73 veces; ejerció de figura clave en el oro olímpico de Melbourne 1956 y en la Eurocopa de 1960; disputó los Mundiales de 1958, 1962, 1966 y con 41 años aún fue tercer portero de la URSS en el de 1970. Con el Dinamo dejó la portería a cero en el 48% de sus partidos. En más de 200 partidos. En total, una carrera de 813 encuentros (dos con la selección FIFA) y 150 penaltis parados.

Son sus portentosas actuaciones con la Unión Soviética lo que le convirtieron en un icono. Se dio a conocer al mundo en los Juegos de Melbourne de 1956 y dos años después ya era referencia en el Mundial de Suecia. Desde ese 1958 a 1961 Yashin vivió un trienio mágico coronado por la consecución de la Eurocopa de 1960 donde emergió como figura indiscutible de un equipo de orden mecánico. La final ante Yugoslavia junto al duelo de cuartos frente a Hungría en el Mundial 1966 perviven como sus dos mejores actuaciones internacionales. Por el camino su traspiés en 1962 y su tercera resurrección incluyendo un subcampeonato europeo en 1964. Por cierto, en aquella cruzada ideológica entre franquistas y comunistas de 1964 Lev Yashin saltó al campo con una sudadera que portaba el escudo de su tan querido Dinamo moscovita.

Lev Yashin, guantes para un Balón de Oro - Blogs - Fútbol Emotion
La Araña Negro a color

Para crear el mito Yashin ayudaron sus éxitos en la Eurocopa, pero en especial su gran actuación en el Mundial de 1966, el primero filmado a color. La URSS quizás no se dio cuenta de ello, pero Yashin era un subproducto capitalista tan potente como el Sputnik o los rifles Kalashnikov. En plena Guerra Fría Lev Yashin era conocido por la prensa occidental como “la cara sonriente del comunismo”.

Era “la cara sonriente del comunismo”, pero era, esencialmente, ‘La Araña Negra’. El negro galvanizó su postura y creó un estándar repetido hasta la saciedad, hasta que las marcas comerciales empezaron a introducir el color en la vestimenta del guardameta. Iribar o Zoff serían clones de Yashin, tanto por planta y elasticidad como por estética. La leyenda dice que jugó durante dos décadas de negro y que sólo usó un puñado de jerséis en su carrera. Lo cierto es que Yashin usaba los tonos oscuros porque consideraba que eran más efectivos ante los atacantes, pero no siempre eran negros. Uso el azul oscuro en múltiples ocasiones, pero tanto las fotos como las filmaciones en blanco y negro, se encargarían de oscurecer todos los recuerdos. Yashin es un uniforme oscuro invisible para el rival.

Quizá para que Occidente comprenda la grandeza de Yashin es necesario relatar una anécdota. Santiago Bernabéu quedó prendado de muchos de los futbolistas integrantes de la selección soviética, pero, sobre todo, del hombre encargado de evitar los goles rivales. En la celebración del título por la Eurocopa 1960, en un restaurante cercano a la Torre Eiffel, Bernabéu ofreció un cheque en blanco al gigante soviético. Para el pope merengue Lev Yashin no tenía precio. La oferta acabó en papel mojado, ya que en aquellos tiempos ver a un soviético traspasando el Telón de Acero para jugar en otro país era más complicado que llegar a la Luna.

Yashin era querido y amado. Todo lo que tenía de grande lo tenía de bonachón. Era accesible, desprovisto de arrogancia o altivez y no había niño al que no le firmase un autógrafo. Cuando le preguntaban si era el mejor siempre negaba con la cabeza y daba el nombre de Beara, guardameta de la selección yugoslava. También tenía palabras de cariño para Grosics o Sokolov, dos pioneros en las salidas fuera del área de los porteros (como Carrizo en Argentina). En sus días libres solía acercarse a charlar con los arqueros juveniles del Dinamo y les daba consejos siempre que le preguntaban.

Como decía falleció joven. Era 1990. Mas tarde vendrá su estatua de bronce, antes la Orden de Lenin o el bautizo con su nombre al estadio del Dinamo. Hasta será la imagen en los posters oficiales del Mundial de Rusia de 2018, fiel reflejo de la importancia del mito en el patrimonio de una nación. Contaba su viuda que cuando ganó el Balón de Oro un chef francés le obsequió con un balón de chocolate. Mandó conservarlo y allí se mantiene, sereno e imperecedero, como la leyenda del portero más famoso de todos los tiempos.

“El portero es un jugador, no un tercer poste”. Lev Yashin.

Otras historias sobre deporte soviético

Auge y caída de Nikolai Starostin (la increíble historia del hombre que introdujo el fútbol en la Unión Soviética en dos artículos)

¿Por qué en Lituania se juega al baloncesto? (como el basket ayudó a propagar el nacionalismo lituano)

Cuando Italia ganó una Eurocopa gracias a una moneda (como el azar dejó a la URSS sin jugar una final de Eurocopa)

La gimnasta eterna (la historia de Oksana Chusovitina, la gimnasta soviética que competiría por tres países diferentes)

El partido de la muerte (la epopeya del FC Start en medio de la ocupación nazi de Kiev)

Leer más