Guerra Civil

La desconocida historia de Perico Escobal

La década de 1920 no fue excesivamente positiva para el Real Madrid. La Liga no se constituyó hasta 1928 y, por supuesto, no había comenzado el idilio merengue con una Copa de Europa que aún no estaba ni en la mente de ninguno de sus creadores. Así pues, no había nada más glorioso por aquel entonces que vitorear en la Copa del Rey. Lo más cerca que estuvo de ganarla el Real Madrid en aquellos años fue en 1924 cuando cayó en la final con el entonces poderoso Real Unión de Irún. Militaba en aquel equipo blanco uno de los que puso las neuronas a trabajar para crear la Copa de Europa décadas más tarde. Respondía al nombre de Santiago Bernabéu. Ocurre que aquel Bernabéu futbolista no mandaba. El que dirigía el cotarro era un central enorme de los que primero pegaba y luego pedía perdón. Era el capitán del Real Madrid y obedecía al nombre de Patricio Escobal.

Patricio Perico Escobal había nacido en Logroño en 1903. Era de familia bien y fue enviado a Madrid para estudiar primero en los Jesuitas y después sacarse la carrera de Ingeniería Industrial. Sus 190 centímetros, exageradamente largos para la época, llamaron la atención del Madrid que lo incorporó a su plantilla en 1921 cuando contaba con 18 años. Digo incorporar, ya que entonces no se fichaba debido a que el fútbol era amateur.

Escobal fue pronto conocido en Chamartín como Faquir, por su fama de galán, buen conversador y por una cultura muy superior a la que por entonces tenían los futbolistas. Perico sería el capitán del Real Madrid prácticamente desde su llegada y a pesar de su juventud, debido a la ascendencia que tenía sobre sus compañeros. Será el capitán el día que se inaugure el estadio de Chamartín dejando atrás el Velódromo de Ciudad Lineal. Décadas después de su retirada los aficionados del Real Madrid aun gritaban “viva Escobal” cada vez que un central despejaba un balón con un punterazo hacia las gradas en recuerdo del bueno de Perico. Todo lo fino que era fuera del campo lo era de rudo dentro del rectángulo de juego.

Escobal cogería una enfermedad infecciosa en 1927 teniendo que dejar el fútbol la temporada siguiente, justo a tiempo licenciarse. Aún le daría pie para intentarlo una temporada en el Real Madrid para acabar sus días como futbolista en su Logroño natal. Es 1934. Ese año obtenía su plaza como funcionario de ingeniero en el ayuntamiento de Logroño donde también hubo de recibir un homenaje dado que diez años antes, en 1924, había sido el primer deportista riojano en disputar unos Juegos Olímpicos.

Perico Escobal

Antes de que la II República se hiciese con el poder en 1931, Escobal ya había demostrado su compromiso político. En 1928 había sido nombrado el presidente de la recién creada Asociación Profesional de los Trabajadores del Fútbol. El resultado fue el veto para acudir a los Juegos Olímpicos que ese año se celebraron en Ámsterdam. Luego, se afiliaría a Izquierda Republicana, el partido político de Manuel Azaña, y con el carnet del partido logró su plaza en el ayuntamiento de Logroño. Cuatro meses más tarde de obtener la plaza es echado de su puesto por los conservadores de la CEDA. Tendrá que pleitear para que le devuelvan lo que en verdad le corresponde, pero por el camino hará las maletas y regresará a Madrid en busca de trabajo.

Llegamos pues en esta historia a febrero de 1936. El Frente Popular, una variopinta coalición de izquierdas, gana las elecciones legislativas en España. Perico Escobal vuelve a su plaza en el ayuntamiento de Logroño no sin antes pasar un par de semanas en el calabozo por insurrecto. Es indemnizado por despido procedente y parece que podrá retomar su vida con total normalidad. Así sucederá hasta que llega el 19 de julio del citado año. El bando golpista, llamado también nacional, toma el control de Logroño y tres días más tarde el Gobierno Civil de Logroño lo va a buscar a su casa acusado de ser contrario al “Glorioso Movimiento Nacional”. Le abrieron un expediente para incautarse de sus bienes, le fue revocada una vez más su plaza de funcionario e inmediatamente fue puesto bajo arresto.

Sin comida, sin posibilidad de asearse y con las ratas deambulando por las celdas, a Perico le sería diagnosticada una tuberculosis que le acarrearía de por vida problemas de espalda. Y es que Perico (ojo viene spoiler) sobrevivió. Sobrevivió a las penurias de la cárcel. Y serían hasta tres presidios distintos con noches en vela a la espera de ser llamado por un pelotón de fusilamiento.

¿Por qué no fusilaron a Perico Escobal? La respuesta es la que todos los que ahora están leyendo esto se imaginan. Porque Perico Escobal había sido capitán del Real Madrid. El responsable de las ejecuciones en la Rioja Alta era Domingo Gómez-Acedo, un ex futbolista del Athletic quien formó parte de la primera selección española de fútbol, aquella que logró una histórica medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Amberes. “Insincero y fanfarrón, pero un gran jugador con el balón en los pies”, dejaría escrito Escobal sobre Gómez-Acedo.

Aquel primer golpe de suerte tendría continuidad. A los pocos meses recalaría en Logroño el general Gastone Gambara, quien procedente de la Italia fascista pasaría a ser alojado en un caserío propiedad de los suegros de Escobal. Al parecer Gambara habló con el también general y jefe de Propaganda Millán Astray en persona para conmutar la pena de cárcel de Escobal por un arresto domiciliario que le permitía a Gambara hablar de fútbol  con el ex capitán blanco cuando no estaba ocupado de mandar sus tropas italianas en ayuda de Franco y sus correligionarios.

Escobal estaría casi dos años recluido en su casa vigilado siempre por una pareja de guardia civiles. En 1939 terminó la Guerra Civil y a Gambara lo premiaron con el puesto de embajador de Italia en España. Pronto presionó para anular la condena de Escobal de cadena perpetua y tramitó la documentación para que Perico y su familia pudiesen poner rumbo al exilio.

Con bastón y un corsé para su maltrecha espalda, con la moral por los suelos y sin saber papa de inglés, Escobal acabó en Cleveland tras hacer escala en Cuba. Era 1940. Allí estaría un par de meses viviendo en la casa de un hermano de su mujer hasta que se asentó en Nueva York, donde comenzó a trabajar en una tienda de electrodomésticos.

Hubo de esperar década y media para conseguir convalidar su licenciatura en Ingeniería hasta que en 1957 empezó a trabajar en la oficina de Gas y Electricidad del Ayuntamiento de Nueva York. Será condecorado por su labor en la remodelación del alumbrado del barrio de Queens. Su hijo, reputado matemático, formará parte del equipo de la NASA que llevó al ser humano a la Luna. Perico volverá únicamente un par de veces a España. Una durante el Franquismo, cuando le permitieron un viaje con billete de vuelta para asistir al sepelio de su madre, y otra, ya en 1982, cuando viajó a Logroño y de paso acudió al Bernabéu para ver un partido del Mundial de 1982. Nunca más volverá a España y fallecerá en Nueva York en 2002, a los 99 años de edad. Un condenado a muerte que murió de viejo.

Escobal en sus últimos años

Y con todo, lo más relevante de la vida de este sufrido capitán del Real Madrid ocurrió sin que nadie en España fuese consciente de ello. En 1968 Perico Escobal publicó Death Row: Spain 1936 (El corredor de la muerte: España 1936). Escobal había empezado a escribir sus memorias durante su estancia en prisión, pero hubo de tirar sus notas por un retrete cuando vio que un soldado pesquisaba sus propiedades dentro de la celda. Al poco de llegar a Estados Unidos decidió retomar la escritura de un libro que causó un tremendo impacto en tierras americanas. Escobal hablaba con detalle de las condiciones inhumanas de las celdas y da nombre y apellidos de opresores y oprimidos. Lo desgarrador del relato y la notable calidad del texto hicieron del libro un superventas en Estados Unidos en un momento donde se cuestionaba muy y mucho la existencia de la dictadura franquista. El libro no sería traducido al español hasta 1981, seis años después del fallecimiento de Franco, pero pasará sin pena ni gloria por las librerías de un país que en aquel momento lo único que deseaba era olvidar y pasar página.

“Te sacaban al patio. El aire fresco de la noche entraba en tus pulmones abiertos. Oías voces y risotadas. Los ojos apagados. Salva amarga con hiel llena la boca. Mascaba la muerte. La resignación hace su aparición. De pronto un ruido. Un empujón. Uno de los guardias me empujó con violencia al suelo diciendo entre las risas de sus compañeros que hoy no tocaba, que mañana será otro día”. Perico Escobal describiendo una noche cualquiera en la que era sacado de la cárcel camino del pelotón de fusilamiento.

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El tío Benito

Benito Diaz nació en 1898 cuando España perdía los retazos que le quedaban de su Imperio y cuando los Borbones aun veraneaban en San Sebastián. Y es que Benito Díaz nació en Donostia. En una familia bien. Sus padres quisieron que estudiara Bellas Artes. También le dio por cantar en el Orfeón Donostiarra. Pero a Benito le iba otra cosa. Una moda importada de Gran Bretaña y que por entonces estaba mal vista en la mayoría de círculos sociales.

El fútbol.

Benito gustaba de lanzar unos tiros en la playa de la Concha y juega partidos en el velódromo de Atocha. Pequeño, bullicioso y de energía infinita, juega en varios equipos de la ciudad hasta que ficha por la Real Sociedad. Corría el año 1917. A Benito pronto le pondrán de apodo ‘rata mecánica’ por su estilo de juego rápido y bregador.

Allí estuvo hasta 1927. No hay mucho que contar de su etapa como jugador. Lo relevante es que por entonces la Real Sociedad era entrenada por un técnico húngaro que respondía a las señas de Lippo Hertzka. En esa época la vanguardia del fútbol europeo se cocía en las entrañas del antiguo Imperio Austrohúngaro. Ocurría que Hertzka era un referente de máxima autoridad. Benito pronto descubrió que los entresijos del juego le gustaban tanto o más que el propio juego. Se convirtió en la voz en el campo de Hertzka y lo acompañó a Hungría para aprender diferentes metodologías de entrenamiento relacionadas con el balompié. Con estos mimbres no era de extrañar que, en 1927, cuando Hertzka abandone Guipúzcoa, Benito Díaz se convierta en nuevo técnico de la Real Sociedad. Ni siquiera ha cumplido 28 años, pero cuenta con el beneplácito de su mentor quien recomienda a los directivos donostiarras que apuesten por Benito a pesar de su juventud.

Benito Díaz recibe una copa

Su primer año fue glorioso. La Real Sociedad llegó a la final de Copa. Será una final heroica ante el Barça que se resolverá en tres partidos tras acabar en empate los dos primeros (entonces no existían ni la prórroga ni los lanzamientos de penaltis). La finalísima dio también para un duelo epistolar entre los poetas Gabriel Celaya y Rafael Alberti. Acabada la final, a Benito lo llaman desde la Federación Española para ser segundo entrenador en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam. El torneo resultó un fiasco, pero parecía un pistoletazo de salida para una carrera legendaria.

No fue así. En 1929 una crisis bursátil dejó en bancarrota a negocios de medio mundo. Entre las empresas afectadas estaba Transportes Díaz. El negocio familiar. Así que en 1930 Benito hubo de dejar el fútbol y dedicarse a las exportaciones. Con ojo clínico vio un filón en la exportación de naranjas y demás cítricos a Francia y pronto el camino Valencia-Irún-Burdeos-Paris se hizo habitual en su vida. Tan habitual que cuando en 1936 estalla la Guerra Civil convertirá esa realidad temporal en permanente y se autoexiliará en Burdeos. Digo autoexilio porque, aunque Díaz simpatizaba con la causa republicana, no era militante. Decidió irse por sí mismo dado que económicamente se podía dar ese lujo. Eso facilitará que cuando quiera hacer el viaje de vuelta y cruzar la frontera y retornar a España en 1942 no tenga ningún tipo de problema para hacerlo.

Mas no adelantemos acontecimientos.

Dicen que un periodista francés lo reconoció y lo puso en contacto con la directiva del Girondins de Burdeos. Otros dicen que fue el propio Benito el que se dirigió a la sede del Girondins a buscar trabajo. Sea como fuese, el caso es que, tras ocho años alejado del fútbol, a Benito Díaz le ofrecieron el puesto de técnico del Girondins. Entonces el conjunto bordelés militaba en la tercera categoría del fútbol galo. Consiguió subir al equipo a Segunda en 1937 y dos años más tarde estaba en la Ligue 1. Díaz haría al conjunto bordelés campeón de Copa en 1941. Fue un campeonato sin brillo, dado que Francia era rehén de los nazis. Había una parte ocupada y una parte mal llamada libre, y los conjuntos del norte del país no compitieron. No obstante, el Girondins había pasado de ser un equipo amateur a establecerse como uno de los grandes de Francia. Pero la cosa iba de mal en peor, así que en 1942 Benito vuelve a San Sebastián, y no para exportar naranjas, sino para ser nuevo técnico de la Real Sociedad.

Benito inicia su segunda etapa en la Real con una innovación táctica debajo del brazo. Entonces la táctica común en todos los equipos era la WM creada por Herbert Chapman en la década de 1920. El 3-2-5 sobre el papel era en realidad un 3-2-2-3 en el que la importancia de los extremos era crucial y el balón largo en diagonal desde la defensa hasta el ataque un arma de primerísimo nivel. Pero en Francia había un técnico suizo llamado Karl Rappan que había diseñado un sistema que se conoció como cerrojo y que pasaría con notable éxito a Italia donde fue exprimido al máximo bajo el nombre de catenaccio. El sistema de Rappan sacaba a un pivote del centro del campo para colocarlo en la línea defensiva y ejercer la marca individual ante el delantero rival. El 3-2-5 se convierte en un 4-2-4 en fase ofensiva (dando lugar al nacimiento de los laterales) y al 4-4-2 en fase defensiva. Distintas evoluciones a lo largo de las décadas llevarían al catenaccio a acumular cinco defensores, pero, lo fundamental del asunto, es que a partir de entonces coexistirán dos formas de entender los partidos; la búsqueda del triunfo a través del ataque y del gol (la genuina) y otra a través de la defensa y el evitar encajar un gol (la nueva).

Estaba entonces la Real Sociedad en Segunda División y Benito Díaz decide apostar por el cerrojo como táctica innovadora. Le va bien. La Real sube a Primera, pero es tildado de técnico defensivo. A los jugadores no les importa. Están enamorados de sus métodos. Eduardo Chillida, entonces portero y después celebre escultor, se presentará a una prueba para entrar en la Real con traje y corbata por orden de Díaz. Tendrá que atajar varios disparos de semejante guisa ante el barro del área chica de Atocha. Una vez visto el poco interés de Chillida en mantenerse limpio y elegante, Benito Díaz dará su OK para incorporarlo a la disciplina de la Real.

La Real 2.0 llegó a otra final de Copa, aunque tocó volver a perder en el partido por el título nuevamente contra el FC Barcelona. Los éxitos de Benito Díaz no pasan por alto y vuelve a ser requerido por la Federación Española de Fútbol para ser entrenador nacional dos décadas después de su primera experiencia. Por entonces había dos cargos. Muñoz Calero, militar y presidente de la FEF, tenía la potestad de escoger un seleccionador y un entrenador. El primero decidía que jugadores iban al Mundial y concluía quienes eran los once elegidos en cada partido. Ese hombre, el seleccionador, era quien pasaría a la posteridad tanto en el triunfo como en la derrota. El entrenador era el que diseñaba la táctica y establecía las rutinas de entrenamiento. A ojos del gran público eran un Don Nadie.

El seleccionador nacional en 1948 escogido con la obligatoriedad de clasificar a España para el Mundial de Brasil en 1950 era Guillermo Eizaguirre. Además de exfutbolista (un excelente portero habitual suplente de Ricardo Zamora con la selección española), Eizaguirre era un voluntario de la Legión, hijo de juez y nieto de militar de alto rango. Contaba con heridas de guerra y portaba tres medallas ganadas durante la Guerra Civil. En Brasil sería el encargado de dar discurso, repartir elogios y salir bien guapo en las fotos con sus sombreros de ala ancha.

El entrenador era un vasco achaparradito que respondía al nombre de Benito Díaz. Siempre vestido de chándal y con txapela sobre la sien, Díaz obligó a que cada seleccionado se leyese un informe diario de 18 páginas sobre los rivales de España en el Mundial, prohibió el alcohol y la presencia de hermosas brasileñas en el hotel de concentración y fue el primero en obligar a que la ropa de entrenamiento fuera uniforme e igual para todos los futbolistas. El genio táctico de Díaz había llevado a España a las victorias en Paris ante Francia (1-5) y en Dublín ante Irlanda (1-4) en la fase clasificatoria.

En el Mundial la selección española alcanzó su cénit tras ganar a Inglaterra (0-1) con el famosísimo tanto de Telmo Zarra y obtener el cuarto puesto en el Mundial. En la foto de la victoria ante la pérfida Albión estaba Eizaguirre, pero no Díaz. Benito volvió de América sin el reconocimiento merecido y fichó por el Atlético de Madrid. La aventura por la capital de España concluyó en 1954 con un infarto que le obligó a dejar los banquillos por recomendación de su médico y obligación de su esposa.

España 1950

Tras unos años de reposo en 1960, con el beneplácito de la FEF, Benito Díaz puso en marcha la primera escuela de entrenadores del país. Donde antes un ex futbolista se sentaba en el banquillo para escoger a once futbolistas y animarlos en su búsqueda del triunfo, Díaz ofrecía unas clases de táctica, organización y entrenamiento que se tornaban en novedosas en España.

Desde su oficina madrileña Díaz fue el primer teórico reconocido de los banquillos españoles hasta que entrada la década de 1970 decidió dar un paso atrás y dejar que sabia nueva hiciese buenas sus enseñanzas. Entonces volvió a su querida San Sebastián y se convirtió en asiduo del palco del campo de Atocha donde disfrutó con la época dorada de su Real y sus títulos en los 80 gracias a Arconada, Satrústegui y compañía bajo la dirección técnica de Alberto Ormaetxea. Benito Díaz murió en 1990, a los 92 años de edad, y su legado permanece en la fenomenal escuela vasca de entrenadores que él inicio y que continuaron Maguregui, Ormaetxea, Clemente, Rojo, Azkargorta, Irureta, Mané, Lotina, Emery, Valverde, Imanol Alguacil, Arteta, Mendilibar, Arrasate, Arteta o Xabi Alonso.

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El último partido de la República

Camiseta roja, pantalón azul oscuro y medias sombrías. Con esa indumentaria dijo adiós España al Mundial de Italia 1934 tras caer en un partido de desempate ante los anfitriones y posteriores campeones. Aquel fue uno de los dieciséis partidos que la selección española de fútbol jugó durante la II República. No era más que el sujeto político de la nación que esos futbolistas representaban. Pero España es la España republicana. También en términos futbolísticos.

Del morado en aquella España solo se le conocen los ribetes de las medias. Por lo demás el rojo era el color nacional. El escudo republicano elimina la flor de lis borbónica y la corona real con crucifijo por una muralla almenada que simboliza el poder civil. España nunca jugó de morado. Por si alguien lo pensaba. Si lo hizo en un par de partidos de blanco y en otros de azul celeste, color que se recuperó efímeramente como segunda equipación para le Eurocopa de 2012.

Y fue de azul celeste y pantalón negro como España se enfrentó a Suiza en el estadio Neufeld de Berna el 3 de mayo de 1936. Coqueto estadio de coquetos bancos de madera y que aún hoy mantiene una preciosa pista de atletismo.

Aquel sería el último partido de la selección española de fútbol en época republicana. Habrían de pasar cinco largos años hasta que España vuelva a jugar un partido de fútbol internacional. De los presentes aquella tarde en tierras helvéticas tan sólo Guillermo Gorostiza volverá a enfundarse ’La Roja’.

Aquella mañana, flanqueando las ocho calles de ceniza para atletas y rodeado de vallas publicitarias que hacían de los relojes el producto nacional suizo, la selección española de fútbol formó con Blasco; Zabalo, Aedo, Zubieta; Muguerza, Roberto Arruti; Vantolrá, Luis Regueiro, Lángara, Lecue y Gorostiza. En la segunda parte entraría Vega en lugar de Muguerza por lesión de este último. Quien no disputaría el encuentro sería Guillermo Eizaguirre, guardameta suplente. España se llevaría la victoria por 0-2, tantos anotados en la segunda parte por el fantástico Isidro Lángara y por Simón Lecue con apenas un par de minutos de diferencia.

SELECCIÓN DE ESPAÑA contra Suiza 13/05/1936
El último partido de la República

En aquel equipo no estaba Gaspar Rubio, el delantero que firmó la primera derrota inglesa fuera de las Islas allá por 1929. Tampoco formaban parte del once Jacinto Quincoces y Ciriaco Errasti, la fabulosa pareja de defensores que había deslumbrado en el Mundial de Italia pero que, ya veteranos, no habían sido convocados para este amistoso. Quincoces había formado parte del once ideal de aquel Mundial en el que también brilló Ricardo Zamora, el mejor portero de su tiempo y que apenas unas semanas más tarde iba a jugar su último partido como profesional defendiendo la portería del Real Madrid ante el FC Barcelona. Disputada en Valencia será la última Copa del Presidente de la República, para ser luego del Generalísimo y ahora de Su Majestad El Rey.

En Berna tampoco estuvieron José Samitier, el hombre que había hecho grande al Barça, o el deportivista Chacho, el único futbolista capaz de meter seis goles en un partido con la camiseta nacional. Tampoco Campanal, máximo goleador de la historia del Sevilla FC y artífice de la única Liga que posee el club andaluz. Sirva estos apuntes para calibrar la enjundia futbolística de España, que era una de las candidatas a ganar el siguiente Mundial. Junto a Italia, Austria, y a la espera de saber si los uruguayos cruzarían el Atlántico, muchos apostaban por una victoria hispana en Francia 38.

El caso es que aquel 3 de mayo de 1936 la selección de fútbol jugaría su último partido bajo el escudo republicano. Apenas dos meses más tarde amplia parte del ejército se sublevaría y daría paso a una cruenta guerra que no finalizaría hasta cerca de tres años más tarde con la victoria del autoproclamado bando nacional.

Antes, en 1937, cuando el resultado de la guerra aún era incierto, José Antonio Aguirre organizó una selección para recaudar fondos para la contienda y de paso dar a conocer la situación política de Euskadi en el resto del mundo. Aguirre era entonces Lehendakari y en su juventud había sido jugador del Athletic Club de Bilbao. Aquel equipo se estrenó en Paris y viajó por buena parte de Europa hasta integrarse en la liga mexicana en la temporada 1938-39 bajo el nombre Club Deportivo Euskadi, para luego disolverse con el fin de la Guerra Civil.

La estrella de aquel equipo era Isidro Lángara, un fastuoso goleador del que ya hablamos en artículos anteriores. Lángara es el único delantero que ha conseguido encadenar tres ‘hat-tricks’ consecutivos en la Liga y fue pichichi tanto en España como en México y en Argentina. En América se labró una fama de leyenda y es recordado con devoción. Volvió a España en su vejez, olvidado y exiliado del recuerdo ante la falta de grabaciones que atestigüen su grandeza.

Junto a Lángara otros seis jugadores de Berna formaron parte de la selección de Euskadi. Gregorio Blasco, Serafín Aedo, Ángel Zubieta, Roberto Arruti, José Muguerza y Luis Regueiro. Todos lo hicieron por supervivencia más que por compromiso político. Serafín Aedo era un aldeano que abandonó por vez primera Barakaldo para enrolarse en el Betis al que lideró desde el centro de la defensa a su único título de Liga en 1935. Había firmado una millonada con el Barça para el verano de 1936, pero su ropa y sus enseres quedaron para siempre en una pensión sevillana. Aedo echó raíces en México donde falleció a los 80 años.

Idéntico viaje hizo Gregorio Blasco, tres veces portero menos goleado de la Liga con el Athletic. Como Lángara o Aedo, Blasco triunfó en el Real Club España mexicano donde fallecería también a una larga edad. Casi calcadas se podrían considerar las biografías de José Muguerza (Athletic) o Luis Regueiro (Real Unión de Irún y Real Madrid). Todos fallecerían en la capital federal mexicana en el marco temporal de una década.

No fue esta una decisión política. Fue una decisión deportiva que tuvo consecuencias políticas. O si se prefiere fue simple y pura supervivencia. Aquellos chicos llevaban ocho meses sin jugar al fútbol y el gobierno vasco les daba la posibilidad de escapar del horror de la guerra. Cuando la guerra avance y la victoria franquista sea más que evidente, bien fuese por miedo, por honor o por convicción, la posibilidad de regresar a España se había evaporado. Todos dejaron atrás a alguien. Padres, novias, hermanos. Y todos sabiendo que no era un hasta luego, sino un irremediable adiós.

De aquellos que integraron la selección vasca tan solo Roberto Arruti decidió volver. Una vez las tropas franquistas ocupen el País Vasco se expondrá una oferta de amnistía para que todos aquellos exiliados sin delitos de sangre vuelvan a través de Irún a territorio español. Solo Arruti y Gorostiza (del que hablaremos después) decidirán regresar a España. Arruti pasará a usar entonces su otro apellido, dejará el fútbol y vivirá una vida tranquila y anónima siendo conocido como Roberto Echevarría.

Pero volvamos a México. También allí echará raíces Martín Ventolrá, un fabuloso extremo catalán de fuertes convicciones nacionalistas e izquierdistas. Ventolrá también formó parte de una gira futbolística con fines recaudatorios y propagandísticos, en este caso la que el FC Barcelona hizo por América en 1937. Decidió quedarse en México donde, aparte de hartarse a marcar goles, hizo campaña a favor de la República, a lo que ayudó su matrimonio con una sobrina del presidente mexicano Lázaro Cárdenas. Uno de los hijos de Ventolrá jugará el Mundial de 1970 defendiendo los colores mexicanos. José Ventolrá fue 30 veces internacional azteca.

En aquella última selección de España en tiempos de la II República había también un andaluz y un gallego. Guillermo Eizaguirre era un portero sevillano que llegó a ser seleccionador español en el histórico cuarto puesto del Mundial de Brasil de 1950. Para Eizaguirre el fútbol se acabó al estallar la guerra al igual que para el gallego José Vega (Real Club Celta) que también decidió colgar las botas tras los primeros tiros. También se retiró Ramón Zabalo (nacido en Inglaterra, pero catalán de adopción) aunque este primero escapó a Francia para luego aprovechar la amnistía e instalarse en Viladecans.

Otro que volvió es Ángel Zubieta, pero en el caso de este descomunal centrocampista lo hizo para luego volver a marchar. Su historia es similar a la de Lángara, extranjero en España y español en el extranjero.

Con 17 años Zubieta era el más joven de aquella selección. De hecho, solo fue dos veces internacional con España, aquel día en Suiza y apenas dos meses antes en otro amistoso contra Checoslovaquia. Su récord de precocidad se mantuvo inalterable hasta que el barcelonista Gavi lo batió en 2021. Apenas 21 partidos había jugado Zubieta con el Athletic hasta el estallido de la guerra. Acabó en Argentina y será leyenda de San Lorenzo de Almagro, donde aún hoy es el tercer jugador con más partidos disputados. Celebérrima fue se gira con ‘el ciclón’ por España en 1946 aprovechando los fastos entre Perón y Franco. La gente redescubrió a aquel chaval que era la batuta de un equipo legendario. Zubieta regresó a España con 34 años para jugar cuatro temporadas en el RC Deportivo y luego entrenar a varios equipos con escaso éxito, hasta que decidió volver a Argentina donde falleció en 1985 como icono del balón.

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Ángel Zubieta (izq)

El otro prodigio de aquella selección que contaba entre las favoritas para el Mundial 1938 era Simón Lecue, el autor del último gol en tiempos republicanos. ‘El niño de oro’ era el Iniesta de la década de los 30. Estaba llamado a liderar a la selección en el Mundial. Tras ganar la Liga con el Betis firmó por el Real Madrid donde se esperaba que llevase a los blancos a la gloria. Cuando estalla la guerra Lecue pasaba el verano en su Arrigorriaga natal. Un directivo del Madrid lo trasladó en coche a la capital tras un rocambolesco viaje vía Barcelona, donde se le ocultó como buenamente se pudo. Allí jugó varios partidos benéficos y al acabar la guerra fue sancionado por seis años por “jugar donde no debía”. La pena pronto se rebajó a seis meses y Lecue recuperó su estatus de estrella futbolística en la depauperada España de los 40 tanto en el Real Madrid como en el Valencia CF. Falleció en Madrid en 1984 con tres ligas y una copa en su palmarés.

El único de estos 13 futbolistas que se mostró abiertamente franquista fue Guillermo Gorostiza. Irónicamente apodado ‘Bala Roja’, Gorostiza fue un extremo izquierdo profundo y goleador que formó parte de una delantera histórica del Athletic que lograría ganar tres de los primeros torneos ligueros que se disputaron. Gorostiza se unirá a la selección de Euskadi en 1937 pero, al poco tiempo y sin decirle nada a sus compañeros, resuelve abandonarlos y regresar a España. Es recibido por loor de multitudes por los gerifaltes del bando franquista y Gorostiza pronto se alistará en el requeté carlista. El que había sido dos veces Pichichi de la Liga poco hará más que posar con el fusil con fines propagandísticos, pero su compromiso con el llamado bando nacional era claro.

Al acabar la Guerra Civil volvió al Athletic, pero en la temporada 1940/41 fue traspasado al Valencia CF. Formó la llamada delantera eléctrica junto a Mundo o Epi, y con el apoyo del mencionado Lecue en el centro del campo, aquel conjunto che logró dos ligas y un título copero. Se marchó de Valencia con 37 años, pero estiró su carrera hasta pasados los 40. Acostumbraba a desaparecer durante días y regresaba borracho a los entrenamientos. No supo gestionar su fama y su dinero y acabaría sus días con graves problemas de alcohol. Murió antes de los 60, solo, en una clínica bilbaína, sin el apoyo y el agradecimiento de aquellos que en 1937 lo recibieron con el brazo en alto.

Gorostiza fue el único superviviente futbolístico de aquella tarde primaveral de 1936. Cuando el 12 de enero de 1941 España juegue un amistoso en Portugal (el único país con el que era viable jugar en medio de la II Guerra Mundial) Gorostiza formará en el ala izquierda del ataque español. Lo hizo con el Águila de San Juan en el pecho, incorporada al escudo por los Reyes Católicos y recuperada por el Generalísimo Franco. Lo hizo también sustituyendo los ribetes republicanos de las medias por las rojigualdas y lo hizo con una camiseta azul oscura sobre el torso. Porque al igual que Gorostiza dejo de ser una bala roja tras la Guerra Civil, España pasaría a vestir de azul falangista hasta 1947.

Guillermo Gorostiza of Athletic de Bilbao in 1935. | Athletic, Athletic  club de bilbao, Fútbol
Gorostiza: ‘Bala roja’

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El largo camino a casa de Isidro Lángara (2ª parte)

Con las tropas franquistas asediando Bilbao, el gobierno vasco del PNV (conservador pero aliado con la izquierda para preservar su independencia) programó una operación de propaganda. La idea fue del Lehendakari José Antonio Aguirre, quien había sido jugador del Athletic. Fletó un avión que puso rumbo a París con algunos de los mejores futbolistas del momento para defender la causa republicana. El objetivo era servir de altavoz para pedir ayuda internacional y, de paso, obtener dinero a través de la celebración de diferentes partidos amigables.

Lángara no era ni mucho menos un significado político. De hecho, como vimos, pasó de ser un héroe izquierdista a estar a punto de ser ejecutado acusado de fascista. Si lo eran varios de los componentes de aquel conjunto como Luis Regueiro o Tomás Aguirre, declarados independentistas. Así que Lángara se dedicó a lo suyo. Meter goles. El primer partido fue ante el Racing de París y acabaría con victoria del combinado vasco con triplete del delantero de Pasajes. Fue el mismo día del bombardeo de Guernica. Luego habría partidos por Checoslovaquia, Polonia, Noruega, Finlandia, Dinamarca o la Unión Soviética. En Moscú se llegó a parar un choque para que el árbitro examinase las botas de Lángara ante la incredulidad general por la violencia de sus disparos.

Los bolos terminaron y la expedición regresó a Paris. Por entonces ya pocos dudaban de la victoria del llamado bando nacional y aquellos futbolistas temían, no por su futuro futbolístico, sino por sus vidas. Roberto Echevarría y Guillermo Gorostiza decidieron volver a España (éste último un extremo rapidísimo del Athletic apodado irónicamente ‘bala roja’) a través de Irún, hacer borrón y cuenta nueva y seguir con sus vidas en la España franquista. El resto cogió un barco en Le Havre y puso rumbo a México.

Lángara | El Penalty de Panenka
Lángara, abajo en el centro

Era 1937 cuando la expedición de futbolistas errantes llegó a Ciudad de México tras desembarcar en el puerto de Veracruz. Una muchedumbre de personas, algunas españolas de nacimiento y la mayoría de origen hispano, esperaba en la estación capitalina la llegada del esperado convoy. Arrollando hasta a niños y policías, los forofos buscaron con ahínco a Isidro Lángara, lo alzaron en hombros y lo sacaron en volandas de la estación.

No diríamos mentira alguna si afirmásemos que ninguno de los allí presentes había visto jugar nunca a Isidro Lángara. Salvo alguna que otra fotografía que atestiguase lo contrario, jamás algún mexicano le había visto tocar un balón. Y sin embargo la fama de Lángara era tal que todo buen aficionado al fútbol sabía de la excelencia de aquel brutal delantero gracias a la infinidad de artículos periodísticos que lo alababan.

Tras unos partidos amistosos en México aquellos chicos pasaron a Cuba, y de las Antillas a Argentina. Para entonces el ‘Tanque’ ya era conocido como ‘El Vasco’. Y para entonces Francisco Franco ya estaba bastante asentado en el poder como para exigir que esos desertores no pisaran un campo de fútbol. Argentina claudicó ante el miedo a las represalias y los exiliados tuvieron que volver a México, el último país de habla hispana simpatizante con la República.

Era noviembre de 1938 y aquel equipo pasó a integrarse en la liga mexicana con el nombre de Club Deportivo Euskadi. Quedaron segundos y Lángara consiguió el galardón de máximo goleador con 19 goles en 11 partidos. Memorable fue un gol de chilena anotado ante Raúl Estrada, considerado por muchos el mejor portero de América. Lángara, veinte metros más allá del arco, vio pasar el balón sobre su cabeza, dio media vuelta y, de espaldas a la portería, se lanzó al aire y la pescó con el pie derecho. La esférica fue por los aires directamente al gol y se metió en un ángulo, sin que Estrada pudiera hacer otra cosa que observar impávido lo que ocurría.

Tras dimes y diretes y tras un duro debate en el seno de la FIFA, en 1939 aquellos exiliados son libres para firmar por el equipo que quieran. Lángara, junto a José Iragorri y Ángel Zubieta (otro que merece capítulo aparte), firman por el argentino San Lorenzo de Almagro. En su primer partido Lángara le marcará cuatro goles a River Plate. Un hincha de River de 12 años llamado Alfredo di Stéfano padeció con admiración los latigazos de aquel vasco. En las filas de San Lorenzo pasará Lángara cinco temporadas, siendo otra vez máximo goleador y disfrutando de la vida en la neutral Argentina mientras el mundo se desquebrajaba en mil pedazos.

Libre de muerte y destrucción, en Argentina se jugaba entonces el mejor fútbol del mundo. Hasta el NO-DO se hacía eco del asunto e imágenes de aquel fenomenal San Lorenzo invadían los cines españoles. Pero por muchas imágenes que del ciclón se emitiesen jamás aparecía en los resúmenes un gol de Lángara, vetado y censurado por el Régimen.

442 | Isidro Lángara, el vasco dueño de Boedo
Goleador en Argentina

En 1942 Lángara volverá por vez primera a México donde sigue siendo un ídolo. En una gira de diez partidos amistosos, San Lorenzo anota 42 goles de los cuales 23 son obra de Lángara, incluidos siete tantos en una victoria por 9-1. Aun así, Lángara nunca estuvo del todo cómodo en Argentina. El uso y abuso del regate y del manoseo del balón nunca fueron plato de buen gusto para el ‘Tanque’, un hombre de acción que disparaba y después preguntaba.

Los latigazos de Lángara volverían a resurgir en México tras regresar a la capital de Centroamérica en 1943. Será en las filas del Real Club España, club fundado en 1912 por emigrantes españoles y el más importante de México durante la primera mitad del siglo XX. En la campaña 43/44 el RC España ganó su última Liga con Lángara en sus filas tras un desenlace agónico resuelto en la última jornada ante el CF Asturias, cuyos orígenes son más que obvios. Lángara fue otra vez máximo goleador, y lo será nuevamente en la campaña 45/46 superando todos sus registros conocidos con 40 tantos en 30 partidos.

Fue esa su última campaña en México. Con 34 años fue reclamado por la Patria. Resulta que Felipe Polo, cuñado del Generalísimo, era un acérrimo simpatizante del Real Oviedo. Estuvo años detrás de Carmen, su hermana y esposa de Franco, para que le levantasen el veto a Lángara y le permitiesen volver. En la capital de Asturias no se habían olvidado del hombre que con sus más de 200 goles había llevado a los carballones a la cima.

El problema es que tras el fin de la Guerra Civil se había aprobado el llamado Decreto Ley sobre Responsabilidades Políticas que perseguía a los que, habiéndoles pillado la guerra en zona republicana y consiguiesen llegar al extranjero, no hubiesen decidido regresar a la zona nacional. En el caso de los deportistas el veto era por 12 años.

Lángara llevaba fuera diez años, pero Carmen Polo intercedió y se permitió que Lángara volviese antes de tiempo.

Sabido de la buena nueva, Santiago Bernabéu quiso tirar de contactos y adelantarse a las intenciones del Real Oviedo. Pero pinchó en hueso. El Real Madrid acababa de fichar a Luis Molowny y estaba empantanado en la construcción de un nuevo y colosal estadio en la Castellana. Con todo, encareció el precio de Lángara que firmó por el Real Oviedo a razón de 100.000 pesetas anuales, con diferencia el contrato más alto jamás firmado por Carlos Tartiere, presidente del club carballón.

Isidro Lángara llegó en barco a Bilbao y de ahí en tren a Oviedo. Era agosto de 1946. Lángara hubo de apearse en Colloto, última parada antes de arribar en Oviedo, para evitar el gentío que le aguardaba en la estación. Allí le esperaba Herrerita, compañero de antes de la Guerra, y el presidente Tartiere. Se subieron al coche de este último y allí mismo firmaron el contrato. Al día siguiente Lángara ya estaba entrenando.

Real Oviedo: Con Lángara en el recuerdo
Vuelta a casa

Así fue como Lángara regresó de México para estirar su carrera un par de temporadas. Con algún kilo de más, y abundantes entradas, había ciertas dudas sobre su regreso. Las disipó todas en su primer año con 18 tantos en 20 partidos. No así en el segundo, donde apenas pudo jugar por culpa de las lesiones. Sería su adiós al fútbol profesional.

Abandonó a los 36, en declive físico, pero sobre todo mental, decepcionado por la España que reencontró. Nada tenía el Régimen contra él, pero aquel Oviedo no se parecía en nada al que conoció. Además, día sí y día también, veía pasear por el centro de Oviedo a Nieves, su novia de antes de la guerra, ahora felizmente casada con otro hombre. Así que Lángara decidió volver al lugar donde había pasado los mejores años de su vida. Comenzó una carrera en los banquillos que lo llevó por Chile, Argentina y, por supuesto, por su querido y añorado México. Dicen los que lo conocieron que jamás hablaba de su pasado como futbolista. Que el silencio y la discreción eran su religión.

Viajó frecuentemente a España. Madrid, Oviedo, Andoain. Siempre el mismo recorrido. No tuvo hijos. Tampoco domicilio habitual. Cuando le atacó el alzhéimer, ya en 1990, se estableció en Andoain, en casa de su sobrina, hasta que la muerte le sobrevino en agosto de 1992, cuando España disfrutaba de la resaca de unos históricos Juegos Olímpicos.

Desconocido, primero por el exilio y luego por el olvido, Lángara ha sido injustamente enterrado. Su nombre pasaría desapercibido durante el Franquismo y nadie se preocupó de recuperarlo tras la vuelta de la democracia. Los tambores de la historia resuenan para Pichichi o Belauste, como recuerdos del glorioso Athletic y de la plata olímpica de Amberes. También retumban para Zamora o Samitier, ambos emigrados y retornados, y ambos iconos de Madrid y Barcelona. Para Isidro Lángara Galarraga quedó el silencio. Un silencio que es estruendo al cruzar el charco. Lo normal ante el mejor goleador español de la historia. Lo normal ante uno de los mejores delanteros que ha parido la historia.

El Oviedo publica la biografía en inglés del histórico delantero  guipuzcoano Isidro Lángara | El Diario Vasco
Homenaje a Lángara (d) en Andoaín

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El largo camino a casa de Isidro Lángara (1ª parte)

Celebraba México sus 125 años de Independencia, al igual que ahora celebra su Bicentenario, cuando ingentes masas de aficionados despedían a Isidro Lángara en el puerto de Veracruz. Estamos en 1946 y aún faltaban un par de años para que se inaugurasen los vuelos entre Ciudad de México y Madrid. Tras casi una década de exilio, Isidro Lángara volvía a España. Cercano a los 35 años, Lángara dejaba atrás una ristra de goles que lo convirtieron en uno de los mejores delanteros de todos los tiempos y, con diferencia, en el mejor futbolista que ha militado en la liga mexicana. Si Ricardo Zamora fue la primera gran estrella del fútbol en España, Isidro Lángara fue la primera estrella autóctona de corte internacional.

Isidro Lángara Galarraga anotó 525 goles en 403 partidos oficiales. Fue el primer jugador en ser máximo goleador en tres ligas diferentes (española, mexicana y argentina). Es con 1,42 goles por partido el futbolista con mayor promedio goleador de la selección española, con 1,16 el de mayor promedio goleador de la Liga y también es el único que ha anotado tres hat-tricks en tres partidos consecutivos de la competición española.

Ni Di Stéfano ni Cruyff. Ni Messi ni Cristiano.

Alto, bien parecido, con cara de niño, labios de mujer y orejas de elfo, Isidro Lángara nació en Pasajes, hoy Pasaia, a la entrada de San Sebastián. Flexible y atlético, Lángara disparaba tan fuerte que rompía redes y, dice la leyenda, reventaba largueros. Tenía 18 años y jugaba en el Tolosa, entonces en Tercera División, cuando un ojeador del Atlético de Madrid fue a echarle el guante. El directivo cumplió y firmó por 20.000 pesetas al delantero centro tolosano. Pero no fue Lángara el elegido. Aquel día Isidro jugó de extremo izquierdo y el Atlético se llevó gato por liebre.

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Isidro Lángara

Lángara compaginaba el fútbol con su trabajo en una fábrica algodonera y quiso el destino que semanas después el hijo del dueño de la fábrica marchase a Asturias por un asunto de negocios. Uno de sus clientes era el presidente del Real Oviedo y era cuestión de tiempo que el nombre de Lángara saliese a colación. Fue así como el Tolosa se llevó 7.000 pesetas (42 euros) y Lángara un contrato de 500 mensuales (3 euros de la época) y un bono por el fichaje que de inmediato entregó a su abnegada y viuda madre que, por supuesto, no contaba con que Isidro se ganase la vida con el fútbol.

Es 1930. El Real Oviedo está en Segunda. Narran las crónicas que Lángara era un desastre, es incapaz de dar dos pases bien dados. Si recibe el balón, o abre a la banda para que le envíen un centro o remata sin pensárselo. Pero es una bestia. Una bestia sin control. Los porteros ovetenses que comparten entrenos con Lángara dicen que nunca antes les había dolido tanto las manos al parar un balón. En su primer partido marcó dos goles. Y en el segundo también. Y así día tras día. Las crónicas cuentan todas lo mismo. Lángara pasó inadvertido hasta que…gol de falta, gol desde fuera del área, gol tras centro, gol tras saque de esquina, gol de penalti. Lángara era Gerd Müller, Hugo Sánchez y Van Nistelrooy. No hacía nada. Salvo lo más importante.

Para 1932 el Real Oviedo, que gracias a la República ahora era simplemente Oviedo, seguía en Segunda, pero eso no fue impedimento para que Lángara fuese convocado por la selección española. Fue un amistoso contra Yugoslavia. Por supuesto marcó. Con el hombro, en un barullo en un área embarrada por culpa de la lluvia. En 1933 ya estaba con los carballones en Primera. El primer año acabó ‘Pichichi’ con 27 goles en 18 partidos. Repitió galardón las dos temporadas siguientes. Fueron los años de la ‘delantera eléctrica’ formada por Casuco, Gallart, Lángara, Herrerita y Emilín, que llevarían al Oviedo a la tercera posición liguera en 1935 y 1936. Lo nunca visto.

Antes, en 1934, Isidro Lángara viajó a Italia con la intención de proclamarse campeón del mundo. Lo haría como delantero centro titular y estrella de una selección española formidable. El estatus de intocable se lo había ganado en la fase de clasificación anotando cinco de los nueve tantos que España le endosó a Portugal en Chamartín. En Lisboa, la victoria rojigualda fue más ajustada (1-2), pero ambos tantos fueron anotados por el mismo martillo pilón de siempre.

España le dio un meneo a Brasil en octavos (3-1) del Mundial con dos zarpazos de Lángara. Algún periodista extranjero acertó en apodarle ‘Tanque’. Años más tarde será ‘Vasco’. Pero aún estamos en 1934. En cuartos toca Italia. En Florencia. Los anfitriones con el brazo derecho en alto. Vencer o morir, les había dicho el ‘Duce’. La batalla acabó en empate. Y digo batalla porque hasta siete españoles acabaron lesionados y no pudieron jugar el partido de desempate programado para el día siguiente. Lángara fue uno de ellos. Sin Lángara en la delantera y sin Zamora en la portería, Italia venció a España (1-0) otra vez con polémica arbitral (se le anularon los dos goles válidos a España) y se clasificó para semifinales. Baert y Marcet, colegiados de ambos encuentros, nunca más volvieron a dirigir un partido internacional.

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‘El Tanque’

Y aun así y con todo, Lángara formó parte del once ideal de aquel Mundial junto a Zamora y Quincoces. Isidro Lángara, aquel chico de Pasajes, ya era una estrella internacional. Al año siguiente España viajó hasta Colonia para disputar un partido amistoso contra Alemania. En una época en la que los partidos internacionales eran poco más que tres o cuatro al año, un encuentro era amistoso, pero nunca amigable. Las imágenes que nos han llegado son las de un estadio enfervorecido con 80.000 banderolas nazis en el aire, alemanes con mentón al cielo y brazo en alto y unos españoles quietos, con cabeza gacha y brazos pegados al cuerpo. Noble imagen que contrastará con la de los futbolistas ingleses que, tres años más tarde, jugarán un amistoso en tierras teutonas brazo en alto para regocijo y orgullo de Adolf Hitler.

El caso es que España venció por 1-2 con un par de goles de, quien, si no, Isidro Lángara, pero el camarógrafo alemán no quiso dejarnos ese recuerdo para la posteridad. Los goles españoles fueron omitidos de la historia.

Lángara, héroe de España frente a la Alemania nazi | Real Oviedo - Web  Oficial
Nazis vs republicanos

Hay quien quiso ver en esta victoria tintes políticos. Y los hubo, por supuesto. Pero Lángara estaba a otras cosas. Derrotó con sus goles a la Alemania nazi y estuvo a punto de tirar al traste con los sueños mundialistas de la Italia fascista. Pero lo de nazi y lo de fascista, como lo de la España republicana, eran adjetivos pasajeros. Las selecciones de fútbol son estructurales. Los regímenes políticos son coyunturales.

Pero las pasiones no entienden de razón y, tras salir victorioso ante los alemanes, Isidro Lángara fue considerado un héroe izquierdista. Lo curioso es que apenas un año antes lo habían tildado de fascista. 

En octubre de 1934 se decretó una huelga insurreccional en buena parte de España, con gran éxito en la naval Ferrol, en toda Cataluña y, especialmente, en la cuenca minera asturiana. Aquella huelga acabaría convirtiéndose en un golpe de Estado encubierto promovido por la UGT, la CNT y los independentistas catalanes que obligará a la República a hacer uso del ejército para mantener el orden constitucional vigente. En Asturias el encargado de sofocar la rebelión será el general Franco, quien lo hará con mano de hierro y dejando tras de sí cerca de 2.000 muertos. Entre sus soldados cuenta con un joven al que la revuelta le ha cogido prestando el servicio militar.

Se trata de Isidro Lángara.

Lángara aparecerá días después entrevistado en el diario ‘AS’ con uniforme militar y contando el día a día de un futbolista que acude diariamente al cuartel para cumplir con sus obligaciones con la Patria. Lángara no pegó ni un tiro en Asturias. Estaba allí, cumplió con lo que le mandaron y no se metió en ningún lio. Pero aquella entrevista estuvo a punto de costarle la vida.

Real Oviedo: Los que vieron a Lángara, la leyenda
Lángara; fusil en mano

Cuando el 18 de julio de 1936 gran parte del ejército se rebele y ejecute un golpe de Estado contra la República, Isidro Lángara se encontraba disfrutando de sus vacaciones en Andoain, un pueblecito al sur de Guipúzcoa. En el País Vasco el golpe no tendrá éxito y se mantendrá la legalidad republicana. Pronto se corre la voz de que unos milicianos se dirigen a casa de Lángara para apresarlo, acusado de haber combatido contra los mineros en la Revolución de 1934. No se libra de la detención, pero sí de la ejecución, gracias al aval de dos chicos asturianos que afirmaron que Lángara era un soldado de reemplazo que tan sólo cumplía órdenes.

Pero el peligro seguía acechándole. De inmediato fue movilizado por el ejército republicano, pero con la ayuda de Eduardo Iturralde (árbitro y abuelo del también colegiado Iturralde González) fingió su arresto y ejecución. Le dieron por fusilado junto a otras 200 personas por fascista, mientras escapaba a Irún para cruzar a pie la frontera hasta Hendaya y de ahí coger un tren rumbo a París.

Aquel 18 de julio de 1936, cuando el general Francisco Franco tome un vuelo desde Las Palmas a Tetuán, la vida de 25 millones de españoles cambiará para siempre. También para Isidro Lángara, un delantero de fama mundial de tan sólo 24 años que tardará más de una década en volver a casa.

Pero esa será otra historia.

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A los 30 años de la Guerra de Yugoslavia (2ª parte)

Tras los incidentes de mayo de 1990 que dejaron cerca de un centenar de heridos en la conocida como ‘Batalla de Maksimir’ (véase primera parte), la siguiente cita de relevancia para el deporte yugoslavo era el Mundial de baloncesto de 1990. Tras ganar el Eurobasket del año anterior, el Mundial de Argentina fue un paseo militar para Yugoslavia, incluyendo una convincente victoria ante Estados Unidos que fue la causa definitoria para que los norteamericanos decidiesen reclutar a sus estrellas de la NBA a partir de entonces. Liderados por el croata Drazen Petrovic, el equipo se complementaba con los también croatas Dino Radja y Toni Kukoc, los serbios Vlade Divac y Sasha Danilovic, el esloveno Juri Zdovc y el montenegrino Zarko Paspalj.

Todas las decisiones importantes dentro y fuera del vestuario eran tomadas por Drazen Petrovic, el mejor jugador de aquella generación y, sobre todo, la personalidad más fuerte del grupo. El único que era capaz de alzar la voz y llevarle la contraria al llamado Mozart del baloncesto era el serbio Vlade Divac, un bigardo de 215 centímetros tan sobrado de talento como de malas pulgas.

Drazen Petrovic. La historia de sus 112 puntos - Respirando Basket
Petrovic

La final ante la Unión Soviética (92-75) fue tan plácida para los yugoslavos que comenzaron a celebrar la victoria antes de la conclusión del partido. Una vez finaliza y suena la bocina se produce una invasión de seguidores en el centro de la cancha. Es entonces cuando un aficionado se acerca a Petrovic para entregarle una bandera croata. Divac reacciona con rabia y le quita la tela de la mano para luego tirarla al suelo. Petrovic se gira y le grita a la cara “yo no soy yugoslavo”, a lo que Divac reacciona empujándolo y escapando de la delicada escena para buscar una bandera serbia. No la encuentra, pero sí un blasón yugoslavo. Inmediatamente se reúne con varios compañeros en el centro de la pista y celebra el título bajo el emblema yugoslavo, en una escena en la que no están ni Petrovic ni el resto de los croatas.

Serbia es Yugoslavia. Croacia no es Yugoslavia.

Los dos egos chocan y el grupo se rompe. Las amistades dejan de existir. El año 1991 fue el del derrumbe definitivo del Telón de Acero. A efectos deportivos significó la desmembración (y posterior desaparición) de dos gigantes: la Unión Soviética y Yugoslavia. Para el baloncesto es hacer tabla rasa. Un antes y un después. Entre la URSS y Yugoslavia acumulan 19 títulos de 23 posibles en los Eurobasket disputados tras la II Guerra Mundial.

Quedaba el acto final. En el verano de 1991 la selección de baloncesto de Yugoslavia iba a disputar el que sería su último Eurobasket.

Drazen Petrovic no estaría presente. Oficialmente renunció a jugar para centrarse en su carrera en la NBA. La realidad es que lanzó un órdago al seleccionador Dusan Ivkovic, quien decidió contar con Divac (compatriota y amigo) en lugar de con Petrovic. La decisión tuvo un efecto rebote. Hasta entonces Petrovic había vetado la presencia de Aleksandar Djordjevic en la selección. El talentoso base serbio había exteriorizado en más de una ocasión su desafecto hacia los croatas. Ahora tenía el sitio asegurado.

El campeonato fue otro paseo para Yugoslavia que arrolló a Italia en la final disputada en Roma el 2 de julio. Tres días antes de dicha final Eslovenia declaró su independencia de forma unilateral. El presidente esloveno, Milan Kucan, llamó a Juri Zdovc, base titular de los plavi, y le ordenó que no disputase ni la semifinal ni la final. No sólo eso, sino que le obligaron a quedarse encerrado en su habitación del hotel sin ni siquiera poder comunicarse con sus compañeros. Tanto él como su familia habían recibido amenazas de muerte por parte de los ultranacionalistas eslovenos si osaba disputar aquella final.

La ausencia de Zdovc fue muy lamentada por sus compañeros. El aplicado base esloveno era muy querido en el vestuario. A diferencia del resto de repúblicas, Eslovenia tenía una gran cohesión étnica y territorial. Los eslovenos prácticamente no sintieron los efectos de la guerra. En 1988 la selección estaba formada por siete croatas, tres serbios, un esloveno y un montenegrino. En 1991 por seis serbios, cuatro croatas, un montenegrino y un esloveno. Petrovic y los croatas habían perdido la hegemonía a favor de Divac y los serbios. Esa era la lucha. Tanto en el deporte como en la política como en el campo de batalla. Los eslovenos no hacían daño a nadie. Zdovc no hacía daño a nadie. De hecho, sus compañeros le dedicaron la victoria.

JURE ZDOVC - 101 Greats of European Basketball

No pasaron muchos días desde el fin del Eurobasket hasta el comienzo de las hostilidades entre serbios y croatas. Un periodista estadounidense acertó a entrevistar a Petrovic, el cual fue taxativo en la respuesta: “No competiré nunca más por un país que se dedica a bombardear nuestros hogares y matar a nuestros amigos y compatriotas”.

A Petrovic le resultaba terrible que le llamaran yugoslavo. En el primer partido de la temporada 1991-92 para su equipo, los New Jersey Nets, cogió un micrófono y exigió al speaker de los Nets que le llamase croata y nunca yugoslavo cuando anunciase al público el quinteto inicial. Durante esa temporada su rendimiento decrecería en algunos partidos. En cierta ocasión, tras encadenar numerosos fallos en el tiro, fue sustituido recibiendo pitos por parte del público. Sentado en el banquillo, Sam Bowie, su mejor amigo en los Nets, trató de consolarlo en ese momento difícil, a lo que Petrovic replicaría: “¿Situación difícil? Yo describiría como tal la escena en la que llamas a tu casa y tu madre te comunica que un amigo de la infancia ha muerto en la guerra”.

Mientras, en la otra punta de Estados Unidos, Vlade Divac haría campaña defendiendo los intereses serbios aprovechando el altavoz que le daba su presencia en Los Ángeles Lakers. A diferencia de Petrovic, Divac poseía una gran conversación y era capaz de sonreír bajo cualquier circunstancia. Evitó los comentarios incendiarios en los medios de comunicación y decidió, de forma inteligente, usar su imagen para conseguir fondos patrocinando numerosos actos y conferencias, ganándose ‘in saecula saeculorum’ una fama de gentleman.

Lakers Profile: Vlade Divac was more than the guy traded for Kobe - Silver  Screen and Roll
Un serbio en el equipo más famoso del planeta

De vuelta en Europa, durante esa temporada 1991-92, los equipos yugoslavos que jugaban competiciones europeas tuvieron que emigrar para disputar sus partidos como locales. Se dio la circunstancia de que los grandes transatlánticos del baloncesto yugoslavo eligieron España como su nueva casa. La Cibona de Zagreb (campeona de Europa en 1985 y 1986) escogió Puerto Real, el Partizán de Belgrado (campeón de Europa, precisamente en 1992) eligió Fuenlabrada, mientras que los ciudadanos de A Coruña tuvieron el placer de disfrutar de la Jugoplastika Split (tricampeona de Europa en 1989, 1990 y 1991).

Todo esto sucedía mientras las ligas deportivas yugoslavas dejaban de contar con representantes eslovenos y croatas para la campaña 92/93. Aquel verano de 1992 la selección yugoslava de fútbol fue excluida de la Eurocopa apenas unos días antes del inicio del torneo, exclusión que se tornó más dramática cuando se extendió a los Juegos Olímpicos de Barcelona. Para la 93/94 abandonarían la competición los macedonios y los bosnios (éstos últimos tuvieron que formar ligas bosnio-musulmanas, bosnio-croatas y bosnio-serbias durante esos trágicos años), hasta que en 2006 se produjo la última escisión al formar los montenegrinos sus propias ligas deportivas (en 2008 fue turno de Kosovo, aunque su liga no fue reconocida hasta el 2017 por la UEFA). Será entonces cuando Serbia, heredera de Yugoslavia durante los 90 e inicios del siglo XXI, pasé a ser simplemente Serbia.

Para los serbios todo aquel proceso fue un ultraje. Fueron excluidos de toda competición internacional entre los años 1992 y 1995, y no así los nuevos Estados ya reconocidos, a pesar de que la guerra aún no había terminado. Serbia siempre fue vista como agresora y Croacia y los demás países como víctimas.

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La nueva Yugoslavia

—LA PRIMERA VEZ TRAS LA GUERRA—

Serbia (y Montenegro) se enfrentó por vez primera a Croacia tras el fin de la guerra en el Eurobasket de 1997 celebrado en España. En el Palau Olímpic de Badalona un triple de Djordjevic en el último segundo dio la victoria a los serbios (64-62) en un partido en el que no hubo que lamentar incidentes gracias a unas fortísimas medidas de seguridad.

Pero el verdadero día D tuvo lugar en un partido de fútbol clasificatorio para la Eurocopa 2000 que se tenía que celebrar en Belgrado en marzo de 1999. Por entonces Yugoslavia ya se había desmembrado, pero Serbia mantenía el conflicto armado con Kosovo, una región autónoma de mayoría musulmana que no lograría su independencia de forma unilateral, aún no reconocida por diferentes países como Rusia, China o España, hasta 2008. En estas circunstancias Serbia y Croacia se iban a enfrentar en un duelo que trascendía lo deportivo.

“Este partido tiene una importancia especial y no podemos ignorarlo. Es inútil pretender que sea sólo deporte. Cada victoria de la selección croata es un triunfo de su pueblo. Si ganamos, dedicaré la victoria al pueblo croata, porque sé que estará con nosotros en cuerpo y alma”, manifestó el técnico croata Miroslav Blazevic. Éste, antiguo miembro del ejército yugoslavo, protagonizó un incidente en el Mundial de 1998 cuando en una conferencia de prensa se retiró cuando le fue asignada una intérprete serbia. Por su parte, Vujadin Boskov, seleccionador yugoslavo (serbio-montenegrino) indicó: “No quiero que esto se convierta en una cuestión política, pero las circunstancias han motivado que así sea. Se ha convertido en un asunto de orgullo nacional. Si ganamos, tendremos algo de lo que sentirnos orgullosos ante nuestro país”.                                               

El choque debió haberse disputado un 27 de marzo pero, ante la amenaza de un bombardeo de la OTAN sobre Belgrado, se decidió el aplazamiento hasta agosto. Por esas fechas, el secretario general de la Federación Yugoslava de Fútbol, Branko Bulatovic, y el ex líder de los radicales del Estrella Roja, Zeljko Raznatovic, estaban siendo buscados por la OTAN acusados de crímenes de guerra. Al final el encuentro se disputó días después, mas, a pesar de todo, el choque fue boicoteado por los ultras del Estrella Roja (el partido se disputó en el Crevna Zvezda de Belgrado) que lucieron pancartas contra los croatas y también contra el presidente serbio Slobodan Milosevic, al que culpaban de los reveses de la guerra: “Milosevic nos ha traicionado. Es un croata”, declaró un joven radical a las cámaras de televisión.

Para evitar incidentes se impidió el acceso a seguidores croatas y únicamente se pusieron a la venta la mitad de las 55.000 entradas disponibles. Jugadores como Boban (el de la célebre patada en el Maksimir), Jarni, Suker o Simic se relamían mientras escuchaban por vez primera, y de forma oficial, en Belgrado los acordes del himno croata. Enfrente tenían a Djukic, Mihajlovic, Stankovic o Stojkovic, con los que habían compartido selección apenas nueve años antes. Mas no todo era pureza étnica, como ambos bandos querían difundir. Entre los titulares del equipo croata estaba Mario Stanic y por parte de los serbios Slavo Milosevic. Ambos eran, y son, bosnios, pero declinaron jugar con Bosnia-Herzegovina, una nación minúscula en el panorama futbolístico, para tener opciones de disputar un Mundial. Stanic escogió Croacia porque es católico y Milosevic hizo lo propio con Serbia porque es ortodoxo.

https://www.youtube.com/watch?v=wUbKKxLsTjY

A pesar de la tensión no hubo que lamentar fallecidos, pero la UEFA tomó buena nota del asunto. Desde entonces cada federación puede vetar el enfrentamiento con otra federación. Es por ello que se tendrían que alinear todos los astros para ver un duelo entre Ucrania y Rusia o entre Dinamo de Kiev y CSKA Moscú, o entre Grecia y Macedonia del Norte o entre Kosovo y Serbia.

“La región de los Balcanes tiene tendencia de producir más historia de la que suele consumir” Winston Churchill, primer ministro británico (1940-1945 y 1951-1955).

“Nosotros, los ganadores de la II Guerra Mundial, creamos un país junto a los Aliados llamado Yugoslavia. Nuestros enemigos, los croatas y los musulmanes, perdieron la guerra junto a los nazis. Si países como Francia o Gran Bretaña están ahora a favor de la existencia de un Estado musulmán (Bosnia-Herzegovina y Kosovo), ¿por qué no darles la posibilidad de hacerlo en París o en Londres?”. Ratko Mladic, jefe del Estado Mayor de Serbia durante la guerra (1991-1995).

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A los 30 años de la Guerra de Yugoslavia (1ª parte)

A mediados de los 80, Yugoslavia era una potencia mundial en dos deportes; baloncesto (campeón del mundo en 1978 y bronce en los mundiales de 1982 y 1986) y balonmano (subcampeón del mundo en 1982 y campeón en 1986). Contaba también con poderosas selecciones y equipos en disciplinas como el fútbol, el voleibol y el waterpolo. Esa fortaleza estaba cimentada en pies de barro. Tras la muerte del mariscal Tito, el hombre que había liderado la lucha ante los nazis, el partido comunista implosionó y se convirtió en un nido de corrupción en el que las hienas buscaban su pedazo de podredumbre.

Yugoslavia era un país complejo. Creado en 1918 para contentar a los diversos pueblos de los Balcanes, nunca contentó a nadie. Fue la lucha contra el nazismo lo que logró cierta unión bajo el auspicio de Tito a través de complejos equilibrios identitarios. Fue Tito el que estableció que las empresas nacionales (y las selecciones deportivas) estarían repartidas con “un 40% de serbios, 20% de croatas, 20% de bosnios, 10% de eslovenos, 10% de montenegrinos y algún macedonio”. Yugoslavia era un crisol de culturas y una coctelera de ideas, pero también era el país del bloque comunista más abierto y que menos dependía de Moscú. Fue el único país del Este que no necesitó ayuda externa para derrotar a los nazis. A diferencia de Bulgaria, Polonia, la RDA o Rumania, los yugoslavos podían realizar viajes al extranjero con afán turístico y a sus deportistas se les permitía fichar por un club de la Europa Occidental a los 28 años, una edad tardía, pero muy permisiva en comparación con el resto de países miembros del Pacto de Varsovia.

La Yugoslavia de Josip Broz Tito - El Orden Mundial - EOM
Josip Broz ‘Tito’

Las rivalidades no sólo eran nacionales, también existían dentro de una misma comunidad. En Serbia, Estrella Roja de Belgrado (Crevna Zvezda) y Partizán de Belgrado (FK Partizan) encarnan valores tradicionalistas y profesan sentimiento anticroata, a pesar de que el primero fue fundado por los comunistas y el segundo simpatiza con las derechas. Los seguidores del Estrella Roja adornaban los partidos con cánticos del tipo “Estrella Roja es Serbia, nunca Yugoslavia” y silbaban y abucheaban el himno yugoslavo cada vez que se presentaba la ocasión. Para los blanquinegros del Partizán la bandera yugoslava era válida, pero solo porque, según ellos, representaba a la Gran Serbia. Las pancartas a favor de las minorías serbias de Krajina y Kosovo poblaban el estadio, así como los cánticos de “esto es Serbia, no es Yugoslavia”.   

A diferencia de lo que ocurre en Serbia, la rivalidad entre las potencias futbolísticas de Croacia no se da en una misma ciudad. En Zagreb, el equipo hegemónico por excelencia es el Dinamo, escuadra fundada por la policía comunista en 1945, tras la obligada fusión del Ha-K y el Grandanski, los dos clubes más populares hasta la fecha. Sus hinchas más radicales se autodenominan ‘Bad Blue Boys’ y se autodefinen como “defensores de Croacia”. A orillas del Adriático, en Split, se encuentra el Hajduk, el único de los grandes clubes pre-comunistas que sobrevivió a los dictámenes deportivos del nuevo régimen. Fundado en 1911 es el más apolítico de los grandes clubes y, de hecho, ni su estadio ni sus seguidores fueron foco de problemas antes del estallido de la Guerra Civil.

Una 'jaula' con dos facciones enemigas del Dinamo Zagreb - Estadio deportivo
Los croatas del BBB

Esta tensión racial, cultural e ideológica encontrará en los estadios de fútbol un lugar privilegiado para manifestarse. Durante la década de los 80 se extiende por todo el mundo el movimiento hooliganista, que años atrás había surgido en Gran Bretaña como respuesta a un cóctel perpetrado por la crisis económica, los cambios de hábitos juveniles y la continua pérdida de identidad grupal. Los distintos grupos ultras ligados a movimientos extremistas, tanto de derechas como de izquierdas, iban a tener en la desmembración de Yugoslavia un papel protagonista. 

—LA BATALLA DE MAKSIMIR—

El 6 de mayo de 1990 se efectuaron en Yugoslavia las primeras elecciones libres tras la caída del Muro de Berlín. Hubo victoria de los partidos nacionalistas en cada uno de los seis estados federados que componían el país. En Croacia venció la Unión Democrática Croata (HDZ), cuyo líder era Franjo Tudjman, el cual fomentaba abiertamente la independencia. Que Macedonia o Eslovenia votasen a favor de su independencia era irrelevante. Que Croacia lo hiciese era destrozar el ‘status quo’ existente. Eran Serbia y Croacia las dos naciones más industrializadas, con el mayor número de habitantes y además compartían frontera y reivindicaciones territoriales. Slobodan Milosevic, presidente de Serbia, encarnaba la visión de los serbios que consideraban a Yugoslavia una unión de repúblicas indisoluble bajo mando de Belgrado. Que Croacia se independizase era inconcebible para cualquier serbio.

Notorious leader Milosevic revived in the Slobodan Show - BBC News
Milosevic, primer presidente electo de Serbia

Apenas una semana después de la convocatoria electoral tendría lugar el duelo liguero entre el Dinamo de Zagreb y el Estrella Roja, con el título casi decidido para este último. Justo antes del partido, Javier Wimer, embajador de México en Yugoslavia, comentaba en el palco a sus allegados que la guerra era inevitable y que estallaría tarde o temprano. La declaración fue filtrada a la prensa de forma deliberada. Pública fue la declaración de Bora Milutinovic, afamado entrenador serbio presente en el estadio aquella tarde, que espetó en la televisión; “serbios y croatas son enemigos a muerte, pero fuera se muestran unidos porque les interesa para formar un Estado fuerte”. Para completar el cúmulo de declaraciones incendiarias, Dragan Djazic, ex jugador y en aquellos momentos director deportivo del Estrella Roja, declaraba: “Nuestra obligación no es sólo ganar, también humillar”.

No era de extrañar que el partido acabase en batalla campal. Los problemas comenzaron antes del pitido inicial cuando los jugadores del Dinamo Zagreb saltaron al campo con un chándal de cuadros blancos y rojos, los colores de la Croacia independiente. En las gradas, los 3.000 radicales del Estrella Roja lanzaban bengalas al campo y botellas de ácido a las vallas de contención para derretirlas y poder acceder al césped.

Apenas un cuarto de hora después del pitido inicial, los ‘Bad Blue Boys’ saltaron al terreno de juego con la intención de llegar al fondo contrario ocupado por los ‘Delije’. Dirigidos por Arkan Raznatovic (años después juzgado como genocida), los ultras del Estrella Roja llevaban desde el inicio del partido cantando lindezas como «Zagreb es serbia» o «Te asesinaremos, Tudjman», mientras arrancaban los asientos y las vallas publicitarias más cercanas y mostraban cuadros con la imagen de diferentes santos ortodoxos (los croatas son católicos y los serbios ortodoxos). Los ‘Bad Blue Boys’ eran mayoría, pero en medio del camino se encontraron con la policía, de amplia suma serbia, por lo que la contienda se igualó por momentos. Los gases lacrimógenos, las porras y los cañones de agua hacen frente a los cuchillos y a las bengalas en una desigual lucha entre los seguidores croatas y la policía, mientras los ‘Delije’ atacan a los aficionados que se agolpaban a su alrededor.

Tras una hora de disturbios, más de un centenar de heridos o intoxicados por gas yacen en el césped del Maksimir. Son 68 según las cifras oficiales. El partido finalmente no se llegó a jugar y el Estrella Roja ganó una liga que quedaría interrumpida antes de su jornada final.

La imagen que quedó de aquel enfrentamiento fue la de Zvonimir Boban propinando una patada a un policía que aporreaba a un ‘Bad Blue Boys’. El centrocampista croata fue sancionado con seis meses de suspensión y no pudo disputar con la selección de Yugoslavia el Mundial de Italia 1990. No pareció que le afectara en demasía: «No me importa arriesgar mi vida, mi carrera y mi fama por la causa de Croacia”. El agente que recibió su patada no era serbio, sino bosnio, y al cabo de los años le perdonaría. La llamada ‘Batalla de Maksimir’ es para los croatas el punto de inicio de la guerra. Muchos de los allí presentes volverían a coincidir con fusil en mano. Hoy, un monumento a las puertas del estadio recuerda a los aficionados del Dinamo que iniciaron la guerra de independencia en mayo de 1990. Para el Gobierno croata el 13 de mayo es el día del levantamiento popular.

Zvonimir Boban: el romántico nacionalista que con un golpe incendió los  Balcanes - LA NACION
La patada de Boban

Aún faltaba más de un año para que la guerra estallase, pero los ecos de Maksimir se mantendrían en el tiempo. El citado Raznatovic tutelaría la formación de los ‘Tigres’, batallones de paramilitares compuestos por ultras de Estrella Roja y el Partizán que cometerían atrocidades genocidas durante la contienda. Tal fue la influencia de este grupo paramilitar que el himno creado con motivo de la obtención de la Copa Intercontinental por parte del Estrella Roja en 1991 (‘Srbija do Tokija’ – Serbia hacia Tokio -) sería adoptado como canción oficiosa por los serbios antes de cada batalla.

En los festejos con motivo de la celebración del título mundial, un hito que difícilmente podrá ser igualado por ningún equipo de la ex Yugoslavia, los ‘Delije’ mostraron a los fotógrafos el letrero robado de una aldea croata cuya población había sido ocupada por los paramilitares serbios. Durante la guerra cada aldea bosnia o croata por la que pasaban los paramilitares tenía escrito en sus paredes dicho lema. Años después se ampliaría a ‘Srbija do Tokija al preko Milkovija’ (Serbia hacia Tokio pasando por Milwaukee) cuando en 1999 las fuerzas de la OTAN decidieron intervenir en Kosovo. 

Srbija do Tokija - Wikipedia
Un grito aún hoy presente

“Europa hoy es un barril de pólvora y sus líderes son como hombres fumando en un arsenal. Una simple chispa desatará una explosión que nos consumirá a todos. No puedo decirles cuándo tendrá lugar la explosión, pero sí puedo decirles dónde: alguna maldita estupidez en los Balcanes la desatará”. Otto von Bismarck, canciller de Alemania, en 1878, cuatro décadas antes de que estallara la I Guerra Mundial tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo.

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Paulino Uzcudun y el escándalo del estraperlo

En mayo de 1934 se reúnen en el hotel Ritz de Madrid los empresarios Daniel Strauss y Joachim Perlowitz con Joan Pich y Aurelio Lerroux, miembros del Partido Republicano Radical (PRR). Éste último es, además, sobrino de Alejandro Lerroux, presidente del Gobierno. La reunión obedecía a implantar en España un sistema de juego de apuestas basado en la ruleta, juego de apuestas prohibido en el medievo y que el Principado de Mónaco legalizó a mediados del siglo XIX iniciando un periodo de prosperidad en el pequeño país de la Costa Azul. Pich y Lerroux se comprometieron a gestionar la licencia, previo soborno, de un juego de casino fraudulento que daba la victoria a la casa y cuyo sistema se dio en llamar estraperlo, en un juego de palabras basado en la unión de los apellidos de los dos inventores.

Por entonces los juegos de azar estaban prohibidos en España al igual que en buena parte de Europa. La ruleta trucada del estraperlo pasaba a ser aceptada en los casinos de todo el país por los enormes beneficios que aquel ingenio iba a dar a sus promotores. Según el acuerdo, la plana mayor del PRR se llevaría un 10% de los beneficios, mientras que Alejandro Lerroux alcanzaría hasta el 25% de las mercedes. De esta forma, semanas después se constituye la sociedad explotadora del estraperlo en España que, y aquí viene lo interesante para este artículo, contará con tres socios a partes iguales; los citados Strauss y Perlowitz y el afamado boxeador Paulino Uzcudun.

Paulino Uzcudun era un mito viviente. Un vasco descomunal que desde niño había partido troncos a golpe de riñones y que prometía como aizcolari. Pero, en palabras de un cronista de la época, pronto demostró que “tenía más de árbol que de hombre”. Paulino aguantaba los golpes como un titán. Aunque en el País Vasco son frecuentes las hayas, Uzcudun se asemejaba más a un acebo, porque a su comedida altura (1,78) añadía más de 90 kilos de fuerza sobrenatural.

Uzcudun era un boxeador que no sabía boxear. Subía al cuadrilátero, recibía una hondonada de hostias y cuando el rival estaba agotado sacaba un par de heterodoxos guantazos que le daban la victoria. Como tantos boxeadores que lo fueron antes y como otros que lo serían después, Uzcudun era el boxeador tonto. El amansado. El que se subía al ring con la vitola de inútil y perdedor y acababa ganando por constancia y por echarle un par de huevos. Y como muchos antes y muchos después era el preferido del público que, como es bien sabido, siempre se alía con el más débil.

Paulino empezó a demoler hombres como quien derriba columnas de acero. Primero se convirtió en campeón de España de los pesos pesados y luego se alzó como campeón de Europa en tres ocasiones diferentes. En 1933 era el año de su asalto al título mundial. Se enfrentó a los estadounidenses Jack Delaney y Harry Willis antes de intentar la irrupción al trono que en aquel entonces tenía el italiano Primo Carnera. A pesar de que Carnera era el gran favorito solo pudo ganar a los puntos. Uzcudun aguantó una ristra de puñetazos durante los 12 asaltos sin caer al suelo ni una sola vez ganándose el respeto del público transalpino.

https://www.youtube.com/watch?v=nccFRh8cjC8

En 1934 Uzcudun comenzó la preparación de su segundo asalto al título mundial que tendría lugar al año siguiente ante Joe Louis. Perdería por K.O., la primera vez en toda su carrera y seguidamente anunciaría su retirada. Pero lo más relevante para nuestra historia es que en uno de esos duelos de preparación se enfrentaría en mayo de aquel año al alemán Max Schmeling en Barcelona.

Aquel combate había sido ideado por Daniel Strauss. Aunque alemán, Strauss sabía hablar español y, con chanchullos o no, estaba claro de que era un hombre de negocios. En 1929 se había celebrado en Barcelona la Exposición Universal y, como suele pasar en estas ocasiones, una vez acabada la fiesta nadie sabía qué hacer con las instalaciones. Strauss propuso crear una especie de ciudad del deporte y como muestra de buena voluntad se encargó de organizar el citado combate.

Así, entre idas y venidas, el empresario chabacano y el solícito púgil se hicieron amigos. Parece ser que el primero engatusó al segundo o sencillamente ambos se cayeron bien, pero el caso es que Strauss reveló a Uzcudun el funcionamiento del sistema del estraperlo y Paulino descubrió una forma más sencilla de ganar miles de pesetas que partirse la cara en un cuadrilátero.

Y luego, lo antes explicado.

La avaricia de los implicados iba a acabar pronto con el asunto. Rafael Salazar Alonso, alcalde de Madrid, viendo que sus compañeros de partido en el Gobierno se estaban haciendo ricos solicitó un aumento de la mordida. Al negarse los demás al chantaje, filtró información confidencial a la policía que se presentó en el Casino de San Sebastián precintando a punta de pistola las ruletas del estraperlo. Meses después sería otro ministro, en este caso Eloy Vaquero, el que haría lo propio en el de Pollença al no estar conforme con el reparto de comisiones.

Con este panorama, y al ver que los casinos eran clausurados, Strauss amenazó a Lerroux con sacar toda la verdad a la luz pública si seguían las clausuras de los casinos donde se había implantado el sistema del estraperlo. Lerroux decidió ignorar la extorsión y hacer la vista gorda, pero semanas más tarde Strauss escribía a Niceto Alcalá-Zamora, jefe del Estado, explicándole toda la verdad. El asunto rápidamente pasó a las Cortes y el 29 de octubre de 1935 Alejandro Lerroux se vio obligado a dimitir. Alcalá-Zamora tuvo que plantar al partido centrista y mirar más a su derecha, a los católicos de la CEDA, algo de lo que siempre renegó, por lo que tuvo la excusa perfecta para disolver las Cortes y anunciar unas elecciones anticipadas. El PRR, el único partido de masas que de verdad creía en la República se partió en mil pedazos en medio de un ambiente guerracivilista. Cuando en febrero del año siguiente tengan lugar las elecciones, el PRR pasará de los 102 escaños de 1933 a los 5 que logró en 1936.

¿Y Uzcudun?

Cuando el escándalo salió a la luz estaba en Nueva York preparando el combate contra Joe Louis. Al volver comunicó su retirada y se encerró en su casa, de donde sólo saldría meses más tarde para declarar en el juicio del estraperlo. Explicó que lo habían engañado, que no sabía nada de la ilegalidad de la trama y salió de rositas del asunto.

Y la gente se olvidó de él. Día sí y día también había disturbios, encarcelados o muertos en algún lugar de España. Y si Paulino Uzcudun era o no era un estafador no tenía la mayor importancia.

Y estalló la Guerra Civil. Y Uzcudun, un hombre que según decía tenía el hacha, el frontón y la iglesia como sus tres devociones, ya se sabía con qué bando iba a comulgar. Era un falangista de camisa vieja, afiliado número 785. Parece ser que miembros anarquistas estuvieron a punto de asesinarlo, pero unos militantes del Partido Nacionalista Vasco (PNV) lograron ocultarlo en un piso de Zarautz, cerca de San Sebastián.

El PNV acabaría lamentándose de dicha decisión.

Uzcudun pasó a liderar pelotones de fusilamiento en la provincia de Guipúzcoa sembrando el terror entre republicanos, nacionalistas y comunistas. Francisco Umbral decía, aunque no está verificado, que visitaba las cárceles para usar a los presos rojos como espárrines antes de ser ejecutados. Dicen, y esto sí que está demostrado, que formó parte de un comando que intentó liberar al líder falangista Primo de Rivera sin éxito de su presidio alicantino.

Al finalizar la guerra Uzcudun se estableció en Madrid y, aunque pasó los últimos años de su vida enfermo, vivió cómodamente en el barrio castizo de Chamberí hasta su fallecimiento en 1985. No obstante no gozó de todo el amor del Franquismo que esperaba recibir. Se da por probado que Uzcudun era homosexual (aunque se casó y tuvo cuatro hijos) y a pesar de su compromiso con la causa nunca fue aceptado del todo por las élites franquistas. Cuando a mediados de los 60 surja otro aizcolari vasco, rudo y fuerte llamado José Manuel Urtain sin el peso de la Guerra Civil a sus espaldas, Paulino Uzcudun pasará a ser un lejano recuerdo.

Ironías de la vida, la dictadura se sustentaría en sus inicios en un floreciente mercado negro. Unas prácticas ilegales, pero profundamente aceptadas, que se dieron a conocer con el nombre de estraperlo, palabra que desde entonces es sinónimo de chanchullo, intriga o negocio fraudulento. Así, por extensión, se denominó también estraperlo al comercio ilegal de los artículos intervenidos por el Estado franquista o sujetos a racionamiento entre 1936 y 1952. Aquello que un par de empresarios piratas, unos políticos corruptos y un boxeador pusilánime crearon en tiempos republicanos quedó asociado a los años del hambre del primer Franquismo.

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Especial Navidad: Entrevista a Franco

Acudo a la entrevista a la hora acordada. Me han dicho que es estricto con los horarios. Dicen que ha estado orando. Es tal y como me habían comentado. Bajito, rechoncho y débil desde su infancia, había compensado su fragilidad física con una fuerte determinación y un deseo de poder. Francisco Franco, veterano de la Guerra de Marruecos, general, caudillo, jefe del Estado, ganador de una guerra e instaurador de un régimen dictatorial tan personal que fue conocido como ‘Franquismo’, me recibe para esta entrevista.

Misterdato (P): Antes de nada, felices fiestas. Son sus primeras navidades lejos del Valle de los Caídos. ¿Cómo lo lleva?

Francisco Franco (R): Déjeme a mí también felicitar las fiestas a todos los buenos españoles. Me encuentro bien, la verdad. Es una humillación y un deshonor que me hayan sacado del lugar en el que merecía estar. Pero estoy en El Pardo, en mi casa, cerca de mi mujer, por lo que éstas son mis primeras navidades a su lado desde hace 45 años.

P: ¿Sin rencores entonces?

Francisco Franco (R): ¡Qué remedio! La Iglesia admite a los homosexuales, el ejército está infestado de mujeres y de sudamericanos y el sexo… ya sabe que yo nunca fui amigo del sexo. Para mí el mejor sexo era el campo de batalla. Y ahora lo único que veo son imágenes obscenas mire hacia donde mire.

P: Bueno. En todo caso esto es un blog de deportes y por eso lo hemos traído hasta aquí. ¿A usted le gustaba el deporte?

Francisco Franco (R): Sinceramente no mucho. No entiendo como a usted le puede gustar. Recuerdo cuando Adolfo Hitler montó aquellos Juegos Olímpicos. Siempre estuvo un poco loco, parecía que representaba una comedia. Yo sirvo a España. Me parezco más a Salazar, un hombre modesto e inteligente. No me gustan esos estadios llenos. Yo prefiero la sencillez de la naturaleza. Mis días de descanso eran para pescar y para cazar. Fíjese todos los récords que tengo y nunca he presumido de ellos.

P: Pero seguía la liga de fútbol todos los domingos. Creo recordar que le tocó una quiniela.

Francisco Franco (R): Era una afición, me ayudaba Carmencita. Otras veces era Vicente (médico personal del Caudillo). Pero el fútbol nunca me gustó. Tengo jugado al tenis o al golf, pero eran compromisos sociales. Yo era de echar la partida, cazar y sobretodo pescar. Me encantaba navegar con el Azor. Podía estar durante horas peleando con los salmones y con los atunes como si de rojos se tratase. Los mataba a palos. Bueno, ¡eran atunes rojos! (risas). Una vez estuviera cerca de una hora para pescar a uno de más de 80 kilos. A veces me cansaba, pero no podía decirlo. Un Caudillo de España ni suda ni se fatiga.

P: Se dice que le ponían las presas a tiro.

Francisco Franco (R): Envidias. Propaganda marxista. Yo cazando era tan feliz como un burro en un prado verde. Si he gobernado con mano de hierro España y ajusticiado a miles de personas; ¿de verdad cree usted que un mísero animal se me iba a resistir?

P: Hombre, visto así.

Francisco Franco (R): El Azor me encantaba. En verano tengo competido en alguna regata en la ría de La Coruña. Y era una maravilla porque tenía un teléfono a bordo desde el que podía hablar con mis ministros sin moverme del medio del mar. Con la caza había más problemas porque después de cazar a la fiera, había que comerla. En mis últimos años mi médico me prohibió la caza, porque cada vez que íbamos al monte volvía con unos cuantos kilos de más. Carmen me tenía que ampliar el fajín de Generalísimo cada dos por tres.

P: No quisiera importunarle Excelencia, pero seguimos sin hablar de deportes. Se lo digo porque liquidar animales en desigualdad de oportunidades no es deporte. Así que si me lo permite vamos a cambiar de tercio. Dice usted que no le interesa el deporte, pero en 1941 creó la Delegación Nacional de Deportes (DND) quedando todo club y competición deportiva subordinada a Falange a imagen y semejanza de lo que Mussolini había hecho en Italia.

Francisco Franco (R): Para los españoles no hay ninguna política extranjera que pueda funcionar. Mussolini moldeó una ideología original y poderosa. Pero nosotros nos guiamos por el espíritu, la inteligencia y el corazón. Recuerde que la Falange fue siempre un partido residual, lo que yo creé fue el Movimiento Nacional para aglutinar a todas las sensibilidades.

P: No sé si le gusta el toreo, pero me está toreando.

Francisco Franco (R): Le contesto, no se preocupe. Mussolini controlaba todos y cada uno de los clubes y asociaciones deportivas que había en Italia, que eran más de 1.500. Todos los grandes estadios de Italia, y muchos aún están hoy en pie como en Génova o en Turín, fueron pagados por el Estado. En Italia se construyó un estadio nacional con el nombre de Estadio Nacional Fascista. Creo que hoy juega allí la selección de rugby. Yo no puse ni una peseta en un estadio de fútbol. En Italia, en Francia, en Portugal o en Inglaterra hay un estadio nacional. En España nunca lo hubo. En España son los socios los que con su dinero levantan los estadios como pasó con el Atlético de Bilbao o el Real Madrid, y si no son los ayuntamientos con ayuda de mecenas locales como el del Deportivo de La Coruña. ¡Nosotros no teníamos ni dinero ni deportistas! ¿Ha visto usted alguna infraestructura que lleve mi sello? Yo me dediqué en cuerpo y alma a los pantanos.

P: Habrá quien diga que el estadio nacional de España es el Santiago Bernabéu. ¿Usted es simpatizante del Real Madrid?

Francisco Franco (R): Yo sabía que después de la II Guerra Mundial vendría la era de la concordia europea. Por eso no me dejé convencer por Adolfo y no entré en la guerra. Yo nunca fui del Real Madrid, pero entendí que el Real Madrid era un instrumento ideal para llevar el nombre de España por toda Europa y para que el resto del continente entendiese que nuestra lucha era la lucha de todos ante el contubernio judeomasónico.

P: Pero, ¿ese uso del Real Madrid como instrumento internacional no estaba preparado desde dentro? ¿Qué me dice de aquello de que las Copas de Europa del Madrid eran compradas por Franco?

Francisco Franco (R): ¡Qué me hace gracia! Es mejor que los chistes de Gila ¡Si yo no pintaba nada en Europa! Fíjese que Holanda, con tres veces menos habitantes, tenía un PIB superior al nuestro. Sencillamente aprovechamos la oportunidad. Lo único que hicimos fue favorecer la nacionalización de jugadores oriundos, hermanos de la España sudamericana. Aquel Real Madrid contaba con Domínguez, Santamaría, Rial o Di Stéfano u otros como Puskas que fueron rápidamente españolizados. Pero todo esto era cosa de López Bravo y sobretodo de Fernando Castiella, que fue un gran ministro de exteriores y también un gran madridista.

P: Mencionaba usted a Puskas. Su nacionalización fue exprés.

Francisco Franco (R): Era una cuestión humanitaria. Ese hombre escapó de la barbarie roja para poder vivir en paz con su familia en España. Pero también lo hicimos con Kubala y jugó en el Barcelona. Cualquier persona que estuviese en contra del comunismo era bien recibida. Esa es una lucha de la que nunca desfalleceré. Recuerde que se me conoció como ‘El centinela de Occidente’.

P: También como ‘Paquita’ o como ‘Cerillita’, aunque imagino que eso son apodos que prefiere no recordar. Aunque es cierto que usted fue un célebre azote del comunismo. Recuerdo que no permitió que la selección de fútbol jugase en Moscú los cuartos de final de la Eurocopa de 1960 quedando automáticamente descalificada. Tampoco dejó que el Real Madrid de baloncesto jugase eliminatorias europeas en la URSS a pesar de que el Madrid paseaba el nombre de España por el continente. Y sin embargo usted estuvo presidiendo el palco del Bernabéu cuando España derrotó a la URSS en la final de la Eurocopa de 1964, ¿cómo fue eso posible?

Francisco Franco (R): ¡Qué remedio! ¿Usted cree que en los 50 iba a permitir que se emitiesen películas subidas de tono o que las mujeres fuesen enseñando las piernas? Y en mis últimos años de mandato todas lo hacían. En 1939 todos los clubes deportivos saludaban con el brazo en alto y la selección jugaba con camiseta azul. ¡Hay que evolucionar! ¡Cómo si no iba a aguantar 40 años en el poder! No quería que jugasen en la Unión Soviética porque podían ser contaminados con ideas marxistas que acabaran con la pureza de aquellos muchachos. En 1964 era una final, y era en España, no me quedó más remedio que aceptarlo. Los rusos estuvieron vigilados las 24 horas del día y tengo que decir que tuvieron un comportamiento esplendoroso. Realmente nunca tuvimos ningún problema con ellos. Cada uno en su casa y Dios en la de todos.

P: ¿Era simpatizante de algún equipo?

Francisco Franco (R): Como ya le dije nunca he sido futbolero. Sí que es verdad que durante un tiempo simpatice con el Atlético Aviación, lo que hoy es el Atlético de Madrid, aunque sin mucho entusiasmo. Tenía ahí a muy buenos amigos como el comandante Luis Navarro o el alférez Salamanca. Además el entrenador era el ilustre Ricardo Zamora, una leyenda de nuestro fútbol, un poco rojillo, pero supimos enderezarlo a tiempo. Y luego, supongo que por afinidad con la patria chica, siempre me ha interesado lo que ha hecho el Racing de Ferrol, esa tan bella ciudad que lleva mi apellido.

P: A decir verdad ya no lo lleva –afortunadamente-, pero ya que habla del Racing podemos hablar de la primera final copera tras la Guerra Civil, la primera Copa del Generalísimo. Sevilla contra Racing de Ferrol y que usted obligó a que se celebrase en Montjuïc.

Francisco Franco (R): Como ya le comenté antes hay que evolucionar. Aquella final de Copa se celebró apenas un par de meses después del fin de la guerra. Sí, es verdad, hubo venganza. Pero hay que tener en cuenta el momento. Yo quise que aquel partido se jugase en Barcelona. Se escuchó el himno de España y luego el ‘Cara al sol’ y una multitud de catalanes alzó el brazo al cielo en señal de respeto. El partido lo presidió el General Moscardó, el héroe del alcázar de Toledo, y su hija fue quien hizo el saque de honor. Los futbolistas dejaron una corona de flores en un monolito en honor a los caídos por Dios y por la Patria. El monolito, por cierto, fue de obligada presencia durante unos cuantos años en todos los estadios de España sin excepción.

P: No me queda más remedio que preguntarle por el tema más candente del momento; Cataluña. Y si nos referimos al mundo del deporte hay que preguntarle por el FC Barcelona. Hay quien dice que todo lo que estamos a vivir en la actualidad tiene como origen y como culpable a Francisco Franco.

Francisco Franco (R): Eso es una gran mentira. El problema catalán viene de muy atrás, de las Guerras Carlistas y del desastre español del siglo XIX. Fue Espartero, allá por 1842, el que dijo que por el bien de España habría que bombardear Barcelona cada 50 años. No fue el Caudillo, fue el general Espartero, un político liberal, de esos que eran apreciados por la República y que nosotros siempre hemos odiado. A los dos años de mi fallecimiento en Barcelona borraron mi nombre del callejero. ¿Sabe cuándo le quitaron la calle a Espartero? En 2008. Ese sí que era un dictador, no yo. Eso es algo pueril. Tiene más poder el presidente de los Estados Unidos que él que yo tuve nunca. Cataluña es un problema y yo quise unificarla a través de la familia, los municipios y los sindicatos.

P: No vamos a entrar en vicisitudes políticas, ya le he dicho que este es un blog de deportes. Pero marchemos a varios hechos concretos. ¿Qué me dice del famoso 11-1 del Madrid al Barça en la Copa de 1943? Se dice que los jugadores catalanes recibieron órdenes de perder.

Francisco Franco (R): Rotundamente falso. Mi objetivo siempre fue que con el deporte todos los pueblos de España estuviesen hermanados. Seamos civilizados. ¿No se cantaba ‘Los segadores’ en el campo del Barcelona? ¿El estadio no se llama ‘Camp Nou’ en vez de ‘Campo Nuevo’? ¿Puse yo algún impedimento? ¿Sabe cuántas medallas me dieron? No una ni dos. Y la última en 1974 cuando el presidente era Montal, un catalanista acérrimo. Aquella eliminatoria fue una vergüenza para todo español. En la ida hubo un recibimiento espantoso con insultos y altercados a los madrileños (el Barça ganó 3-0) y en la vuelta pasó lo mismo con los barceloneses. Y no hubo más. Y fíjese de mi equidistancia con el tema que al acabar el partido cesé a ambos presidentes, tanto al del Real Madrid como al del FC Barcelona, por el mal comportamiento de la afición en ambos casos y por actos subversivos contra España. Gracias a esa decisión Bernabéu se convirtió en presidente del Madrid, ¿y sabe que fue lo primero que hizo? ¡Acusarme de beneficiar al Barcelona!

P: Pero no me negará que el catalanismo del FC Barcelona siempre ha sido mal visto por usted.

Francisco Franco (R): Pero lo que yo le digo es que Francisco Franco hizo todo lo posible para evitarlo. Fue Primo de Rivera el que cerró el campo de Les Corts cuando se pitó al himno nacional. ¡Yo nunca he cerrado el Camp Nou! Le reitero lo dicho, no existió lugar durante el Franquismo donde se hablara más catalán que dentro del estadio. Y nunca puse ningún impedimento a sabiendas de que sucedía continuamente. ¡Dejar hacer y callar! ¡Cómo Pedro Sánchez! ¡Somos tal para cual!

P: Humor negro, Excelencia.

Francisco Franco (R): Es lo que queda. Eso, y mis recuerdos.

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Día de la Hispanidad 1969

La conmemoración de un día de fiesta nacional es una consecuencia de la exaltación del nacionalismo en el proceso de construcción de los Estados-nación. Sea la festividad local, regional, nacional o supranacional, es intrínseco a la idea de un poder popular dirigido a través de un ente político que surge de unos ancestros comunes. Ese sentimiento debe estar enraizado en ideales patrióticos, que están originados por lazos culturales, étnicos, religiosos, históricos, afectivos y/o económicos.

Cuestionar la celebración de una festividad (en este caso nacional) es cuestionar también el propio Estado-nación, sistema de vida en el que la sociedad en mayor o menor medida lleva rigiéndose desde hace un par de siglos. Cuestionar el sistema es factible y legítimo, pero conlleva profundas consecuencias.

El Estado-nación ofrece un desarrollo social y económico que puede ir acompañado de libertades (democracia) o no (dictadura), pero que permite la creación de ciudadanos donde antes había vasallos. Todos los Estados-nación del mundo celebran su fiesta nacional y en todos ellos hay una parada militar. Hoy da la sensación de ser un desfile desfasado, pero debemos recordar que, a pesar de que asociamos al Estado con la sanidad y la educación, lo que primero proporcionó el Estado-nación fue libertad, y la libertad se consigue a través de la seguridad y de la ley. Y para que se cumpla la ley debe existir el contrapeso de la fuerza.

La mayoría de los países conmemoran la fecha de su independencia o de su unificación, algunos celebran una fecha de significado monárquico y los hay, caso de Portugal, que se lo dedican a Luis de Camôes, el escritor más célebre en lengua portuguesa. La festividad francesa del 14 de julio recordando la toma de la Bastilla es también día de celebración para toda la Humanidad.

En España la fecha a celebrar es el 12 de octubre. Fiesta nacional de España, llamada en su día Fiesta de la Hispanidad o Día de la Raza. Y, de acuerdo con los tiempos que corren, Día del Respeto a la Diversidad Cultural o Día del Encuentro entre Dos Mundos en múltiples países americanos.

A pesar de todas las connotaciones negativas que tienen los primeros términos citados, el 12 de octubre no fue un invento de Franco como muchos suelen creer. De hecho, durante el Franquismo la Fiesta nacional se celebraba el 1 de abril, homenajeando el fin de la Guerra Civil y la victoria del ejército sublevado. El 12 de octubre, el día en el que Colón y su tripulación desembarcaron en las Antillas y revelaron aquellas tierras para los europeos, siempre fue una festividad de enorme arraigo en Hispanoamérica.

Los actos ceremoniales de los Estados-nación occidentales (bandera, himno y día Nacional) tienen como punto de partida el siglo XIX y su aceptación está ligada al auge del romanticismo y de los ideales nacionalistas. En el Estado español, la primera vez que hay constancia oficial de festejos del Día Nacional fue el 12 de octubre de 1892, conmemorando el IV aniversario del Descubrimiento.

No obstante el quid de la cuestión tuvo lugar años más tarde. En 1913, en pleno apogeo de las ideas raciales, el ministro Faustino Rodríguez impulsó la institución del 12 de octubre como Día de la Raza en todos los países de habla hispana. Fue un exitazo en toda Latinoamérica, y a pesar de que desde 1958 en España se cambió por la expresión Día de la Hispanidad, en Colombia, Honduras o El Salvador se sigue empleando la denominación original.

Por lo tanto, el 12 de octubre de 1969 se celebró en España el Día de la Hispanidad. No era por entonces el día de la Fiesta Nacional, pero evidentemente era un día de gran importancia simbólica.

Aquel año sería una festividad muy especial para los ciudadanos de La Línea de la Concepción.

—ESPAÑA vs FINLANDIA. 1969—

Al acabar la II Guerra Mundial la ONU determinó que Gibraltar era un territorio pendiente de descolonización. Sin embargo, dado que España estaba regida por una Dictadura, Inglaterra hizo valer su peso internacional para que nunca se cumpliese esa resolución. Tras varios dimes y diretes no hubo ningún cambio de status, hasta que a finales de 1960 la presión española se recrudeció. Los ingleses contraatacaron celebrando un referéndum pseudodemocrático en Gibraltar que daba a los gibraltareños un Gobierno y una Constitución propia, por supuesto, dependiente de la corona británica.

Total que, envalentonado, Franco ordenó el 8 de junio de 1969 el cierre de la valla de Gibraltar, es decir, el corte de las comunicaciones entre España y el Peñón. Esto era un duro varapalo para los gibraltareños, pero también para miles de españoles de poblaciones limítrofes como Algeciras, San Roque y, fundamentalmente, La Línea de la Concepción. Para los que no conozcan la zona, Gibraltar y La Línea son poblaciones colindantes, siendo la primera escarpada y angosta y la segunda llana y abierta a la Península. En realidad, si no hubiese sido por la influencia económica de la colonia inglesa, La Línea no pasaría de ser un pequeño pueblo.

De un día para otro se estima que unos 5.000 españoles se quedaron sin trabajo, por no hablar de la fractura para muchas familias mixtas que surgieron con el paso de los años. Para compensar a la maltrecha economía de La Línea, el Gobierno decretó la urbanización (ilegal) de la zona neutral entre ambas poblaciones y programó un ambicioso plan de industrialización que sólo se llevó a cabo bajo mínimos. Quizás lo más impactante fue la creación de un trenecito turístico para ver todo el litoral linense.

Y, por supuesto, la construcción de un estadio de fútbol a edificar dentro de la Ciudad Deportiva Francisco Franco. El nombre del coliseo sería José Antonio Primo de Rivera. Se trataba de un descomunal campo de fútbol con capacidad para 21.000 espectadores, cifra monstruosa para albergar los partidos de la Balompédica Linense, club gaditano habitual en la Tercera División. Fue construido en poco más de dos años.

Sólo se llenaría en una ocasión. El día de su inauguración. El 15 de octubre de 1969 para presenciar un encuentro entre España y Finlandia.

Era el último partido de clasificación para el Mundial de 1970. España no se jugaba nada. La selección tuvo hasta 3 entrenadores diferentes en una fase de clasificación para el olvido en la que fueron incapaces de superar ni a Bélgica ni a Yugoslavia y en la que se cosechó una humillante derrota en Helsinki ante Finlandia. El último e intrascendental encuentro sería nuevamente ante Finlandia, pero esta vez en territorio español.

Iba a ser el primer partido como seleccionador de Kubala y también iba a ser el último como internacional de Gento. El extremo cántabro se retiraba con 43 encuentros internacionales en su haber, una cifra extraordinaria para la época.

Durante toda la semana el clima de exaltación patriótica fue inmenso. En toda España el 12 de octubre se vivió con una agitación emocional alta, fuese un sentimiento real u obligado. Desde Zaragoza a Huelva, pasando por Coruña o Tarragona, todos los actos del Pilar finalizaban con una reclamación de españolía del Peñón. Decenas de periodistas viajaron hasta La Línea y se hicieron múltiples reportajes para toda España sobre el día a día de los habitantes de la comarca del Campo de Gibraltar.

El día del encuentro estuvo lleno de actos simbólicos. Todos los hoteles, hostales y pensiones de la bahía de Algeciras estaban llenos. Por la mañana el complejo deportivo fue inaugurado por el ministro falangista José Solís, quien, por supuesto, fue nombrado hijo adoptivo de la ciudad. También fue inaugurado el nuevo palacio consistorial y un colegio infantil. Todo ello bajo la atenta mirada y la bendición del obispo de turno. Luego hubo una serie de pruebas y exhibiciones deportivas infantiles y juveniles mientras actuaba la banda de música de la Legión. A la hora del encuentro, además del citado Solís, también formaría cohorte en el palco Méndez Tolosa, ministro del ejército.

A las 17.00 horas tendría lugar el inicio del partido. El estadio estaba lleno, engalanado con varias rojigualdas y cientos de pancartas se esgrimían exigiendo la devolución del Peñón. “La dignidad de la Patria por encima de todo”, “Gibraltar con España”, “El Peñón es nuestro” o “Saludos de España a La Línea y su Peñón” rezaban varias de las inscripciones.

España venció con claridad por 6-0. Formó con Reina; Gaztelu, Barrachina, Pirri, Eladio, Violeta; Amancio, Velázquez, Gento (Quino); Gárate (Pujol) y Asensi. La selección jugó brillantemente dejando atrás las malas sensaciones de partidos anteriores. Muchos dijeron que todo había sido gracias al sentimiento patriótico. De hecho, coincidió que en la primera parte España atacó hacia la portería que tenía a sus espaldas el Peñón. En esos primeros 45 minutos se anotaron 5 de los 6 goles. “Parecía que el objetivo era Gibraltar y no la meta finlandesa”, se pudo leer al día siguiente en la crónica de ABC.

El público no se cansó de exclamar ¡viva España! durante los 90 minutos de juego y TVE (por entonces el único canal televisivo) concentró a todo un país unido por el fútbol y por la reclamación del Peñón de Gibraltar. Los jugadores recibieron una prima de 25.000 pesetas por la victoria y de otras 5.000 por cada gol de ventaja. Ya se sabe que el dinero siempre ayuda a aumentar el fulgor nacionalista.

Con el paso de los años se le suprimió el nombre de José Antonio al estadio y se redujo su capacidad al convertir varias localidades de pie en asientos, pero, aunque en 1984 volvió a acoger un encuentro de la selección española, ni el campo se llenó ni se volvieron a repetir aquellos sentimientos de exaltación patriótica de aquel 15 de octubre de 1969.

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