Estados Unidos

La maldición del Descalzo Jackson

El béisbol es la madre de los deportes estadounidenses. Para los que poco sabemos de gorras caladas y camisetas que parecen pijamas, retumban en nuestros oídos los nombres de los New York Yankees, los Red Sox de Boston o los Cubs de Chicago. En ésta última ciudad existe otro conjunto mucho menos conocido llamado Chicago White Sox. Los medias blancas (white sox) ganaron las Series Mundiales (la final) de la MLB en 1906 y 1917 y no conseguirían su tercer y, hasta la fecha, último triunfo hasta el año 2005. Cerca de un siglo de sequía achacado a un solo hombre, un tal Joseph Jefferson Jackson, bautizado por todos como ‘Shoeless’ Joe, o lo que es lo mismo, ‘Descalzo Joe’. Y éste individuo se hizo célebre hace algo más de cien años al ser el protagonista de un escándalo conocido como ‘La maldición del Descalzo Jackson’.

Justo al acabar la I Guerra Mundial el dinero y la corrupción corrían a espuertas por la ciudad de Chicago. Había diversas familias que controlaban la prostitución, el contrabando de bebidas y el tráfico de apuestas deportivas en todas las grandes ciudades del país, pero Chicago se llevaba la palma. El capo emblemático por excelencia es Al Capone, el cual prosperó gracias al alcohol, pero el mandamás en asuntos de estafas deportivas era el jefe del clan judío de Nueva York, un tal Arnold Rothstein.

Mobster & Gambler - "Mr. Big" Arnold Rothstein - YouTube
Rothstein. Murió a los 46 de un tiro en la cabeza

En 1919 los Chicago White Sox se iban a enfrentar a los Cincinnati Reds por el título de las Series Mundiales. Los de Chicago eran claros favoritos, y no solo porque dos campañas atrás habían ganado el título, sino porque en la temporada regular habían pasado por encima de todos sus rivales. Pero entre los jugadores de los White Sox estaba un tal Chick Gandil que era un ludópata empedernido. Estaba enfangado en deudas y se lo ocurrió dejarse perder el partido y apostar en contra de su equipo para obtener una gran ganancia.

No se sabe bien como, pero el caso es que la propuesta llegó a oídos de Rothstein que vio abrirse el cielo bajo sus pies. Por entonces los jugadores profesionales estaban muy mal pagados, ya que los beneficios de taquilla iban casi en la totalidad para la cuenta de los directivos. Por si fuera poco, el presidente de los White Sox incumplía los contratos que firmaba y sisaba buena parte del sueldo de sus jugadores, ya que muchos de ellos eran poco más que analfabetos. Los otros, aquellos con más cultura, callaban, por lo que había dos bandos enfrentados, una plantilla mal pagada y un odio visceral hacia la directiva. El caldo de cultivo perfecto.

Rothstein prometió 10.000 dólares por barba, cuando el mejor pagado de la plantilla alcanzaba los 6.000 anuales. Cobrarían la mitad de lo estipulado antes de la final y recibirían el resto una vez acabase la misma. Gandil reclutó a ocho compañeros, piezas menores, pero sobretodo reclutó a ‘Descalzo Jackson’, la estrella del equipo.

Joe Jackson era pobre de cuna y solo aprendió las cuatro reglas básicas a edad adulta. Le pusieron el apodo de ‘Descalzo Jackson’ porque en uno de sus primeros partidos decidió jugar sin botas porque éstas le hacían ampollas en los pies. Pronto se convirtió en el mejor bateador de Estados Unidos y, de hecho, su promedio en su año de novato fue del 40% de acierto, porcentaje aún hoy no superado.

Así, con ‘Descalzo Jackson’ en el ajo comenzaron las Series Mundiales al mejor de nueve partidos. Al poco de iniciarse el primer encuentro un lanzador de los White Sox arrojó la bola deliberadamente al cuerpo del bateador. Era la señal acordada con Rothstein para saber que el amaño había sido aceptado. Los White Sox perdieron los dos primeros partidos tras una serie de errores grotescos.

Por entonces los aficionados de los White Sox ya se barruntaban que algo extraño estaba sucediendo. La prensa comenzó a indagar y a hacer preguntas sospechosas y ‘Descalzo Jackson’ entabló a albergar remordimientos. Las casas de apuestas ya habían experimentado una extraña tendencia a favor de Cincinatti antes de comenzar la serie, pero tras el 0-2 inicial el volumen de apuestas se tornó en descontrolado.

Chicago ganó el tercero con cierta suficiencia en una muestra clara de potencial y también de pillería, para perder con contundencia tanto en el cuarto como en el quinto. Cincinatti llevaba una ventaja de 4-1 y con una victoria más se proclamaría campeón de la MLB.

Entonces la conciencia hizo su aparición.

“No he venido a llamar a justos, sino a pecadores para que se arrepientan.” Lucas 5:32.

‘Descalzo Jackson’ sintió que estaba deshonrando a sus padres y a la ciudad de Chicago y quiso devolver su parte del acuerdo. Había tenido una infancia pobre, pero era un hombre honesto y sus escrúpulos no le permitían seguir con el engaño. Según se supo, intentó hasta en dos ocasiones devolver los 5.000 dólares recibidos, pero la mafia no aceptó tal devolución. Más, con dinero o sin dinero, Jackson iba a hacer todo lo posible para que los White Sox remontaran. En el sexto y séptimo la actuación de ‘Descalzo Jackson’ fue primorosa, “la mejor de un jugador desde que existe el béisbol” según las crónicas, pero un solo hombre no podía luchar contra dos equipos.

Chicago perdió la final por un global de 3-5.

Al año siguiente los White Sox estaban a tres partidos de clasificarse para una nueva final, pero justo en ese momento el Gran Jurado de Estados Unidos citó a los protagonistas del supuesto amaño para esclarecer la corrupción en el llamado pasatiempo nacional. El escándalo era de proporciones bíblicas, pero tanto Rothstein como los demás negaron todo lo ocurrido y las pruebas no fueron suficientemente esclarecedoras. Tan sólo un jugador llamado Eddie Cicotte y ‘Descalzo Jackson’ admitieron haber recibido un soborno por dejarse perder. Fue inútil. La mafia hizo su trabajo y sospechosamente se perdieron documentos y desaparecieron un par de testigos claves.

A pesar del fracaso del juicio, el presidente de los White Sox y las autoridades de la MLB tomaron cartas en el asunto. Los jugadores implicados fueron expulsados de perpetuidad de las ligas profesionales estadounidenses y se les retiró de todos los libros de récords, como si nunca hubiesen existido. El suceso fue conocido como el escándalo de los Black Sox, en un juego de palabras, y para los rivales las medias blancas de Chicago han quedado para la posteridad como las medias negras.

Con todo, de los ocho culpables sólo la leyenda de ‘Descalzo Jackson’ ha sobrevivido al escándalo y a la memoria. Su nombre quedó en perpetuidad como el símbolo del ángel caído. Un judas que aceptó el dinero, pero que, luego, arrepentido, intentó devolver sus 30 monedas de plata. No lo consiguió, no obstante quiso demostrar que se fe estaba fuera de todas dudas jugando un par de partidos maravillosos en los que logró un récord de bateos que se mantuvo en pie durante 45 años.

Cuentan que a la salida de los juzgados un niño con la gorra de los White Sox se acercó a ‘Descalzo Jackson’ y le gritó; “Joe, dinos que no lo hiciste”. ¡Di que no es así, Joe! («Say it ain’t so, Joe!») Aquella suplica de desesperación y el silencio y la mirada perdida de Jackson aun retumba hoy en la memoria de los aficionados de los White Sox. Su amargo recuerdo perduró durante cerca de un siglo bajo el nombre de ‘la maldición del Descalzo Jackson’.

Cien años más tarde, ‘Descalzo Jackson’ sigue siendo una de las figuras más controvertidas del deporte estadounidense. Hay incontables libros sobre su vida, documentales y, de una forma más o menos explícita, su persona está presente en películas legendarias como ‘El Gran Gatsby’, ‘El Padrino II’, o en series de culto como ‘Boardwalk Empire’. Aún hoy sigue siendo uno de los jugadores de béisbol más queridos y publicitados de todos los tiempos y la leyenda de su maldición solo es comparable en Europa a la de Bela Guttmann y el Benfica.

La confesión del “Descalzo” Jackson
Shoeless Jackson

“Estoy por enfrentarme al más grande bateador de siempre y Él sabe que yo soy inocente”. Joe ‘Descalzo Jackson’ en su lecho de muerte.

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Nadie anima a Goliat. La historia de Wilt Chamberlain (2ª parte)

Cuando Wilt Chamberlain juega su último partido en la NBA cuenta con 36 años. Es el quinto y definitivo de la final de la NBA de 1973 que los Los Ángeles Lakers, su equipo, pierde ante los New York Knicks. Chamberlain juega los 48 minutos del choque sin descansar ni un mísero segundo al igual que había hecho en todos y cada uno de los partidos de las finales. En ese último choque anotó 23 puntos y capturó 21 rebotes. Durante la temporada apresó más de 18 rechaces por encuentro, siendo el líder estadístico de la NBA en la campaña. Era la undécima vez que lo lograba y tendrían que pasar dos décadas para que Dennis Rodman superase ese registro de 18 capturas.

Estaba claro que Wilt Chamberlain no estaba próximo a la jubilación.

Sin embargo acababa contrato con los Lakers y el club angelino no estaba por la labor de pagarle un sueldo a un hombre, que por muy superhombre que fuese, contaba con 36 años y, he ahí la cuestión, contaba con más derrotas que victorias en su palmarés. Así que el verano pasó y los Lakers no se movieron. Quienes sí lo hicieron fueron los San Diego Conquistadors de la ABA que le ofrecían a Goliat un mega contrato tres veces superior al que Chamberlain tenía (y, ojo, era de los mejores pagados en la NBA).

La ABA (American Basketball Association) se había fundado en 1967 en clara competencia hacia la NBA. En esos tiempos la población negra de Estados Unidos estaba en plena lucha por las libertades y toda institución creada y dirigida por blancos era mal vista. Y mucho más en el básquet, donde había una profunda grieta entre el baloncesto académico, encorsetado y de equipo promulgado por las elites, y el desenfadado, vibrante e individual que se practicaba en los barrios negros de las ciudades estadounidenses.

La ABA apenas sobreviviría durante una década antes de claudicar económicamente y ser absorbida por la NBA, pero en ese decenio le dio tiempo a reinventar el baloncesto. Surgieron la línea de tres puntos, los concursos de mates o el maravilloso balón tricolor. En esos años la competencia entre ambas ligas fue feroz y por ello un jugador no podía pasar de una liga a la otra sin el consentimiento y la renuncia de los derechos del equipo vendedor.

Y los Lakers no iban a permitir que Chamberlain se marchase a San Diego.

Total que Wilt se pasó el año en blanco. Retirado, aunque oficialmente no estaba retirado.

Al verano siguiente recibió una oferta de los New York Knicks, pero algo había cambiado. Durante ese año de asueto Wilt se había dedicado a la buena vida, a invertir en negocios dispares (entre ellos en la liga estadounidense de voleibol) y a relacionarse con el mundo del cine tras comprarse una lujosa mansión. No tenía intención alguna de marcharse de la soleada California rumbo al estrés invernal de la ciudad de Nueva York. Así que, entonces sí, con 37 años, Wilt Chamberlain anunciaba su retirada oficial del baloncesto.

Pero el portento más extraordinario que jamás ha pisado una cancha de baloncesto nunca podría alejarse demasiado de la rumorología del deporte de la canasta. No frecuentaba las pistas ni como espectador ni como invitado, pero sí que era un personaje con continuas apariciones públicas. Y cada vez que el periodista, impactado por una mole de 2,16 metros esculpida a base de músculos, le preguntaba si pensaba volver a la NBA, Chamberlain, entre halagado y egocéntrico, siempre contestaba con evasivas que no hacían más que alimentar el sueño.

En 1979 la rutilante estrella de la NBA era Kareem Abdul-Jabbar. Era éste un extraordinario pívot, grácil y de extraordinarios movimientos que, si bien dominaba por su físico, lo hacía más por su portentosa coordinación. En una entrevista empequeñeció a Chamberlain al considerar que él tenía que lidiar con hombres más altos y más físicos que los que había en la época de Chamberlain (algo de razón tenía). Aquello encendió a ‘Big Dipper’, que negó la mayor y declaró: “Pesó 13 kilos menos que en mi último año de profesional. No tengo duda de que si ahora volviese a jugar dominaría. Lo único que no quiero es volver a una rutina de entrenamientos”. Wilt Chamberlain tenía por entonces 43 años.

Se había abierto la veda. El primer equipo que apareció para intentar ficharlo fueron los Cleveland Cavaliers. Le ofrecieron un contrato por dos temporadas con cláusulas que le liberaban de los entrenamientos diarios y que le permitían jugar un máximo de 20 minutos por partido. Pero nuevamente Wilt no aceptó. No le entusiasmaban los inviernos de Ohio y Cleveland era un equipo perdedor.

Para la temporada 1981/1982, cuando Chamberlain ya contaba con 45 años, fueron los Philadelphia 76rs los que intentaron hacerse con Superman. La cosa era distinta. Philadelphia era uno de los candidatos a ganar la NBA. Chamberlain llegó a viajar a la ciudad de los cuáqueros mientras hacía unas declaraciones a la prensa propias de él: “Si quisiera podría volver a hacerlo. Sin ninguna duda lideraría la NBA en rebotes y tapones. Suena a ególatra, bueno, lo es”. Y sí que sonaba, pero cuando uno ve fotos de ese bicho andante parece increíble que tuviese 45 años. Pasaría por un chaval de veintitantos.

Las mejores frases de Wilt Chamberlain – El Gurú del deporte
Goliat bien entrada la cuarentena

Wilt era natural de Philadelphia y el acuerdo parecía inminente, pero había una discrepancia insalvable. A diferencia de lo que ocurría con los Cavaliers, los 76rs eran una franquicia ganadora y eso implicaba seriedad y compromiso. No habría problema en lo económico, pero si en lo referido a las ausencias de los entrenamientos. Wilt tenía que ser uno más.

Y el acuerdo se rompió.

Y mientras, Wilt seguía haciendo cosas propias de Goliat. Se inscribió en una liga nacional de atletismo para mayores de 40 años. Aunque la mayoría de los participantes eran atletas profesionales retirados, Chamberlain se llevó la victoria en lanzamiento de peso, triple salto, salto de altura y 200 metros lisos. Poco después, en 1984, a punto de cumplir las 48 primaveras, debutaba en la gran pantalla en la película ‘Conan, el bárbaro’ protagonizada por Arnold Schwarzenegger. El actor austríaco, entonces de 37 años y 7 veces campeón del mundo de culturismo, quedó alucinado con la fortaleza de Chamberlain: “No puedo creer que tenga cerca de 50 años. Tiene tanta fuerza que juguetea con una espada y amenaza con hacerte trizas”.

todoarnold+cine on Twitter: "#ConanTheDestroyer Behind the scenes. Wilt  Chamberlain, Anne Strick (unit publicist) and Arnold @Schwarzenegger.  http://t.co/yrtf7Ae9SX"
Y Schwarzenegger se convirtió en un mixiricas

Hubo que esperar a 1991 para un último intento. El más increíble de ellos. Los Ángeles Clippers hacían una nueva oferta a Chamberlain para volver a la NBA. El simple hecho de que un equipo profesional decida interesarse por un ex jugador de entonces 54 años y que llevaba 18 años retirado habla del increíble portento físico que era Chamberlain. Como en otras ocasiones, Wilt declinó la oferta aduciendo que no quería volver a una rutina de viajes y de entrenamiento, y, como de costumbre, tiraba de ego para afirmar que por físico estaría capacitado para jugar con gente que podrían ser sus hijos, y, rizando el rizo, hasta sus nietos: “A lo largo de estos años he tenido muchas más ofertas de las que se han publicado. Es fantástico para el ego que con 53 o 54 años los equipos sigan pensando que puedo jugar. Y personalmente creo que podría, pero no tengo ningún deseo”.

Menos de un año después Goliat ingresaba en un hospital de Los Ángeles debido a una presión arterial que se disparaba por momentos. Aquel corazón se rompería definitivamente el 12 de octubre de 1999 a los 63 años de edad.

El ‘shock’ fue inmenso. Wilt Chamberlain era un monumento humano, una estatua de piedra irrompible a ojos de seres humanos que veían como sus músculos se consumían con el paso del tiempo mientras los suyos permanecían inalterables. Chamberlain no era una leyenda retirada, era un monolito en camiseta de tiras y calzones cortos incapaz de envejecer. Que aquel gigante se derrumbase era una muestra de que la muerte no entiende de músculos.

Se iba el hombre que anotó más de 60 puntos en 32 ocasiones (el siguiente de la lista es Kobe Bryant con seis), el único que ha hecho un doble-triple-doble en un partido (22 puntos, 25 rebotes y 21 asistencias) y que en el total de su carrera promedió 30,1 puntos, 22,9 rebotes y 4,4 asistencias. Pero también el superhombre que tan sólo ganó 2 anillos de la NBA a pesar de su aplastante superioridad, lejos de los 3 de Bird, los 4 de Lebron y de O’Neal, los 5 de Duncan, de Kobe o de Magic, los 6 de Abdul-Jabbar o de Jordan, y, sobretodo, de los 11 de Bill Russell.

“Si pudiera cambiar algo de mi vida, me gustaría saber cómo vive alguien que mide 1,80. Todo el mundo apoya a David, nadie anima a Goliat”. Wilt Chamberlain.

https://www.youtube.com/watch?v=NRgFX3-rc2w
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Nadie anima a Goliat. La historia de Wilt Chamberlain (1ª parte)

Cuando el 12 de octubre de 1999 el sobrino de Wilt Chamberlain encuentre a su tío tirado en el sofá de su casa víctima de un ataque al corazón, se encontrará con una agenda con las llamadas pendientes para el día siguiente. El segundo en la lista era Bill Russell. Durante más de una década Chamberlain y Russell se pegaron en una cancha de baloncesto. A lo largo de más de un decenio ni se hablaron. Pero entonces, ya encarando la vejez, eran amigos. Bill Russell era el gigante bueno. El hombre que puso su físico al servicio de su equipo para crear una dinastía en la NBA. Chamberlain era Goliat. El hombre que según su propio recuento llegó a acostarse con más de 20.000 mujeres. El deportista que llegó a liderar la NBA en puntos, rebotes y asistencias. Pero también el hombre que fue incapaz de quitarse el sambenito de egoísta y de perdedor.

https://www.youtube.com/watch?v=FPXpGewsDyc

Wilt Chamberlain era un portento físico. El Stephen Hawking de la fisionomía. Era un armario empotrado de 2,16 metros de altura y 130 kilos. Un torrente de músculos desde las uñas de los pies hasta las cejas. Todo él era una gran espalda. Llegó a correr los 400 metros en 49 segundos, lanzar el peso a 16,27 metros o rebotar 1,98 metros en salto de altura. Un ser humano que por envergadura y coordinación estaba medio siglo adelantado a su tiempo.

Era un gigante de dibujos animados. De dimensiones deslumbrantes en una época donde las imágenes en movimiento escaseaban y todo había que fiárselo a las letras y a la fotografía. Se convirtió en un dios griego. Los niños hablaban de un King-Kong. Hay quien decía que tenía tornillos en la cabeza. Otros que no sabía hablar y que solo gruñía. Alguno comentaba que era Frankenstein con un balón de baloncesto. Un hombre que comía niños. Era fascinante. Era despreciable. El villano de un cómic de la Marvel.

Y es que Wilt jugaba entre niños. En el baloncesto de los 60 era Goliat entre lilliputs. Cuando debuta en la NBA y juega su primer ‘All-Star’, la diferencia de corpulencia entre él y el resto de los jugadores es demencial. En aquel partido entre las 24 estrellas más rutilantes del baloncesto mundial apenas hay otros cuatro jugadores que superen los 2 metros, algo inimaginable en la actualidad. Su descomunal planta hizo que ya en su época de instituto fuese una celebridad nacional. Recibió más de 100 becas universitarias, la gran mayoría de ellas con dinero bajo cuerda.

Wilt Chamberlain fue el primer baloncestista que dotó al deporte de la canasta del glamour de la celebridad. Mucho antes de que Lebron James cambiase su natal Cleveland por Los Ángeles con la mirada fijada en su posterior vida tras la retirada, Chamberlain ya había puesto la idea en marcha. ‘Big Dipper’ decidió abandonar Philadelphia (donde ganó un anillo) y mudarse a la soleada California. Al darse cuenta de su valor, no sólo como jugador sino como celebridad, Chamberlain comprendió que su futuro estaba en Los Ángeles, una ciudad con enormes posibilidades y el mercado más atractivo de Estados Unidos junto a Nueva York.

Chamberlain siempre fue un solitario. Era tremendamente egoísta y presuntuoso y siempre aprovechaba para mofarse de sus rivales. Nunca se le conoció pareja. Difícil promover cimientos con 20.000 mujeres de por medio. Lo cierto es que pocos hombres podrían competir con él, aunque sus más allegados, los pocos, consideraban que era una forma de autodefensa porque tenía miedo a que alguien le hiciese daño. Cierto o no, el caso es que siempre quiso profundizar, pero nunca intimar, con ninguna mujer.

Para Wilt el baloncesto nunca fue un juego de equipo. Por lo menos antes de llegar a los Lakers. Luego, también, aunque de forma menos acusada. Los partidos de Chamberlain eran conciertos de solistas. La gente sólo veía en la cancha a Wilt. La noche de 1962 en Nueva York en la que anotó la extraterrestre cifra de 100 puntos, un reportero que asistió al encuentro escribió: “Chamberlain les hizo sentir (a sus compañeros) su insuficiencia y pequeñez. Era grande, luminoso y ocasionalmente ruidoso (…) Él existía aparte de su equipo, orbitando en su propio reino brillante”.

En Los Ángeles, Wilt Chamberlain buscó la atención y el reconocimiento que merecía al ser enjuiciado como el mejor. Invirtió en inmuebles, restaurantes y caballos de carreras. Hasta compró una discoteca en Nueva York, en la época en la que Studio 54 era el centro del universo. Vivía feliz entre artistas y músicos engatusando y presentándose a diferentes mujeres. Le encantaba retar a otro hombre a jugar a cualquier deporte y tras su victoria revolotear cual pavo real delante de sus admiradas pretendientes.

La crítica baloncestística nunca lo trato bien. Para algunos Wilt Chamberlain ha sido el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos. Pero a pesar de su abrumadora superioridad (en 1962 promedió 50’4 puntos y 25’7 rebotes jugando todos y cada uno de los minutos de todos y cada uno de los partidos) nunca tuvo colmillo asesino. No fue Jordan, ni Bird, ni Magic, ni Lebron, ni Kobe. Y tampoco fue Bill Russell. Mientras Chamberlain coleccionaba récords individuales era derrotado una y otra vez en la lucha por el anillo de la NBA ante los Celtics de Russell. Éste, otro portento de 2,06 metros (con una media de más de 22 rebotes por partido en su carrera), posee la plusmarca de anillos de campeón con 11 en 13 temporadas, destacando como capitán y baluarte defensivo de un equipo en el que primaba la solidaridad. A ojos de todos Chamberlain siempre fue el malo de la película. Una estrella incapaz de hacer mejores a sus compañeros y un engreído que socavaba la autoridad de los entrenadores.

Su físico era tan deslumbrante que hubo que adaptar las normas para contenerlo. Cuando jugaba para la Universidad de Kansas al bueno de Wilt le dio por tirar los tiros libres haciendo mates. Es decir, saltar desde la línea a 4,60 metros del aro y machacar. Chamberlain promedió poco más del 50% en lanzamientos libres durante su carrera. Era su kriptonita. Así que vio buena esa solución. Al año siguiente se decretó que los lanzamientos libres se hicieran detrás de la línea de 4,60 prohibiendo expresamente saltar o introducirse dentro de la zona antes de que el balón tocase el aro. Tal y como lo entendemos hoy en día.

Algunos números que dicen que Wilt Chamberlain es el mejor jugador de la  historia de la NBA – Pio Deportes
Un hombre entre niños

La prensa lo retrató como un villano, una estrella meditabunda que destruyó la moral de sus equipos. Chamberlain representó la indulgencia y el individualismo excesivo. «Soy Wilt Chamberlain, una persona. Es mi individualismo lo que más valoro», dijo en una ocasión. Cansado de ser tildado de egoísta hubo un año en el que le dio por liderar la NBA en asistencias. No por compromiso con el equipo, sino para alimentar su egocéntrica personalidad. Sus 2,16 transformaron el baloncesto profesional para llevarlo a las alturas. Wilt Chamberlain hizo de la NBA una curiosidad. Una rareza antropomórfica que había que escrutar.

Tampoco ayudó a Chamberlain que no se significase políticamente. Al principio de su carrera su indiferencia ante la lucha por los derechos civiles de la población negra le granjeó la amistad de la elite blanca. Era un negro bueno. Al contrario, Russell, su némesis, fue portavoz de los deportistas negros que se negaban a alistarse para combatir en Vietnam. Así que cuando a finales de los 60 Chamberlain siguió escabulléndose de las cuestiones políticas, pasó de ser sospechoso a enemigo de la comunidad negra que no entendía que una persona de su relevancia no se implicara. Wilt siempre fue un hombre de ley y orden. Él sólo veía una diferenciación entre razas; el dinero.

Para los demás jugadores (que por entonces eran blancos en su mayoría) se convirtió en una amenaza. Acabará con el juego, decían los puristas. En realidad a lo que jugaba Chamberlain era a un baloncesto 2.0. Era una amenaza. Pero no por monstruoso, lo era por celos y fascinación. Cuando perdía o fallaba se le comparaba con un boxeador mediocre que intentaba entender el juego.

—UNA ORGÍA DE NÚMEROS Y UNA CATARATA DE DERROTAS—

Después de que los 76ers despilfarraran una ventaja de 3-1 ante los Celtics en las finales de la Conferencia Este de 1968, la prensa culpó a Chamberlain. Había llevado a los 76ers al título la temporada anterior, pero la realidad es que tras once temporadas con números monstruosos sólo había sabido saborear la victoria en una ocasión. Fue entonces cuando decidió firmar por Los Ángeles Lakers. A las razones anteriormente esgrimidas, había un par de ellas más profundas. Chamberlain solía acostarse con mujeres blancas, algo todavía tabú en muchas zonas de Estados Unidos, pero no así en la progresista California. Y además, su padre, residente en el Estado del sol, apuraba sus últimos meses de vida por culpa de un cáncer.

Los Lakers acababan de estrenar un fastuoso pabellón decorado con columnas púrpura y oro que obedecían a la disposición del foro imperial de Roma. En ‘The Fabulous Forum’ los Lakers construyeron el primer súper equipo de la historia antes de que Garnett se marchase a Boston, Lebron a Miami o Durant a San Francisco. Para la campaña 1968/69 Los Ángeles Lakers reunían a Elgin Baylor, el primer jugador en volar por encima del aro, a Jerry West, un tirador sublime que dio su imagen al logo de la NBA, y a Wilt Chamberlain. Con Goliat en plantilla los Lakers construían el mejor equipo de baloncesto de la historia.

Los Lakers pasaron como un ciclón en la temporada regular pero acabaron perdiendo en el séptimo partido de las finales ante los Celtics, sumando la que era su séptima derrota ante los de Boston. Wilt Chamberlain también contaba en siete las veces que había caído en un partido decisivo ante Bill Russell. El hombre de los 100 puntos nunca fue capaz de ganar un choque a vida o muerte ante el pívot solidario por excelencia. “Séptimo partido son las palabras más bonitas del baloncesto”, había dicho en una ocasión el bueno de Russell.

El camino de activismo social en la NBA y los inicios de la mano de Bill  Russell y Wilt Chamberlain | NBA.com España | El sitio oficial de la NBA
Russell (6) y Chamberlain (13)

En ese séptimo y decisivo encuentro, Chamberlain se pasó el último cuarto sentado en el banquillo discutiendo a grito pelado con su entrenador. Se dijo que estaba lesionado, pero la realidad es que Wilt no llegaba al 50% en tiros libres. Una vez que le prohibieron machacar el aro lo intentó de diferentes maneras, a cada cual peor. Sus tiros con cuchara espantarían a cualquier entrenador infantil. No era procedente mantenerlo en el partido en un momento caliente. Pero es que además, obsesionado como estaba con cincelar con números sagrados su legado, se había propuesto no ser nunca eliminado por faltas durante un partido. Esto hacía que en los momentos calientes bajara los brazos y su defendido tuviese pista libre para aterrizar en el aro.

Al año siguiente volvería a perder otra final, en este caso ante los Knicks de Reed, Frazier y Bradley. Más, por vez primera, el afecto y la ternura hicieron acto de presencia. Con 34 años y tras cerca de 900 partidos consecutivos, Goliat sufrió una lesión. Su rodilla dijo basta y tuvo que pasar por quirófano. Por vez primera Chamberlain dejaba de ser una bestia del Helesponto y se convertía en humano. “He hecho cosas que ningún hombre hará, pero la gente sigue esperando que me supere, y no puedo hacer eso”, comentó tras su vuelta en una muestra de dolor ajena al superhombre.

Finalmente, durante la temporada 1971-72, Chamberlain encontró la redención renunciando a ser Goliat. Se dedicó a rebotear y a defender dejando que Jerry West se centrase en anotar. Los Lakers se llevaron de una santa vez el campeonato y Chamberlain, por una vez, dejó de ser un perdedor. Para ello tuvo que renunciar a sí mismo. Tuvo que ser Bill Russell.

Pero más importante que el anillo fue la influencia de Chamberlain convirtió para convertir a Los Ángeles en un destino atractivo para jugadores y empresas que elevó a los Lakers al olimpo del baloncesto. “Mi impacto es eterno”, declaró al poco de retirarse.

Al dejar las pistas y al sucederse los años, se hizo ya de por si inevitable la comparación de Chamberlain con Russell, su eterno antagonista contemporáneo y con quien siempre hubo pugna por decidir quién de los dos era mejor. Y no había duda. Wilt siempre salía mal parado cuando se le comparaba con el portento de los Celtics de Boston, quien ganó 11 títulos de la NBA y nunca perdió una serie de playoff o de las finales con el hombre de los 100 puntos.

Y sin embargo Bill Russell estaba en aquella libreta que el sobrino de Chamberlain abrió el día de su muerte. Mucho antes, en aquel séptimo partido de 1969 en el que Goliat pasó el último cuarto en el banquillo supuestamente por una lesión, Russell le había sentenciado: “Para marcharse así de un séptimo partido de una final uno tiene que tener la pierna o la espalda rotas. Si no vas directo al hospital no tiene sentido que salgas de la cancha. Esas lesiones que se pasan a los tres minutos no son propias de campeones”. De todas las críticas que ha recibido en su carrera, esta es la que Chamberlain jamás va a perdonar. “Lo ha ganado todo y aun así sigue siendo un hombre infeliz”, contestará el superhombre.

Años después llegó la reconciliación y la devolución de visitas domiciliaras. Russell fue fiel a sí mismo, y tras una discreta carrera como entrenador se fue alejando de los focos hasta que la NBA lo recuperó para la causa hace poco más de una década. A Chamberlain el corazón se lo llevó poco después de los 60, pero por el camino se negó a envejecer y amenazó una y otra vez con volver a la NBA a impartir justicia.

Pero esa historia quedará para la próxima semana.

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¿Por qué nadie se acuerda de Bill Tilden?

Hace un siglo no existía tenista más dominante en el mundo que el estadounidense Bill Tilden. Por palmarés aún hoy está entre los mejores de siempre. Consiguió levantar 10 trofeos de Grand Slam (7 US Open y 3 Wimbledon) durante la década de 1920 así como ayudar a la victoria de Estados Unidos en hasta seis Copas Davis. Es uno de los ocho tenistas que ha alcanzado los dobles dígitos en triunfos de Grand Slam, el que más US Open ha levantado y el segundo tenista estadounidense con más grandes tras los 14 de Pete Sampras. Y sin embargo no hay ni una calle, ni una estatua o ni una pista de tenis que recuerde la memoria de Bill Tilden.

¿Por qué?

Bill Tilden hizo que el tenis pasase de ser un pasatiempo snob a un deporte de masas. Los tipos duros universitarios en Estados Unidos, los que boxeaban, jugaban al fútbol americano o al béisbol, pasaron a interesarse por el tenis. El US Open construyó su nuevo estadio con cerca de 15.000 asientos en Forest Hills cerca de Nueva York para satisfacer la demanda de los aficionados que querían ver a Suzanne Lenglen en el cuadro femenino y a Bill Tilden en el masculino.

Tilden era hijo de un empresario y de una pianista, la cual inculcó en él el gusto por la cultura. Era producto de una familia acomodada, pero perdió antes de tiempo a sus tres hermanos, a su madre cuando apenas había llegado a la quincena y a su padre al poco de cumplir los 19 años. Tuvo que irse a vivir con una tía, de marcado temperamento y desahogada económicamente, con la que seguiría viviendo hasta cerca de los 50 años haciendo gala de continuas depresiones y de un carácter retraído. Que un hombre de su fama y de su posición tomase esa decisión era cuanto menos inquietante.

Bill Tilden tardó en interesarse por el tenis. Fue su tía quien le habló del deporte de la raqueta como fórmula de encontrar un equilibrio mental. Ella ya sabía de las inclinaciones sexuales de su sobrino y de su tendencia a rodearse de recogepelotas que deslumbraban por su perfección. Pero más allá de la libido, descubrió que el tenis le apasionaba. Tilden tenía 27 años cuando ganó su primer US Open, una edad tremendamente avanzada para un tenista, y mucho más en aquellos años. Se iniciaría así una racha que duró hasta 1925 y que tendría su epílogo en 1930.

Se convirtió en dominador del tenis mundial gracias a una considerable planta que rebasaba el 1,90 de estatura. Sus brazos largos y sus anchos hombros le valieron el apodo de ‘cannonball’ porque convertía servicios que superaban los 250 kilómetros por hora, un hecho extraordinario con aquellas pesadas raquetas de madera. Y aun así no solía usar esa arma a menudo porque le aburrían los puntos cortos. Era un superclase que poseía además una sonrisa embaucadora que pronto le convirtió en el favorito del público estadounidense en rivalidad con otras leyendas de la época como el golfista Bobby Jones o el beisbolista Babe Ruth.

Bill Tilden, un grande del tenis irreverente, snob y provocador
Bill Tilden

Tilden fue pionero en la lucha psicológica. Hablaba cuando el árbitro solicitaba silencio y devolvía bolas lentas cuando tocaba lanzar una rápida. Consideraba la victoria como algo menor, y aunque era temperamental, era feliz tras una derrota si razonaba que el tenis de su rival había sido de más clase que el suyo. Soñaba con ser actor y le encantaba demostrarlo durante los partidos. Sus muecas de asombro y sus golpes de rabia estaban programados para satisfacer a la grada. Se dejaba dominar y permitía que sus rivales ganasen puntos fáciles, para luego exaltar al respetable con una remontada apoteósica.

Tilden era un bigardo de anchos hombros, pero no era ni duro en las formas ni le gustaba hacer exhibición de su fuerza. Se salía de la norma, en una época donde la norma era el éxito. Era ‘vox populi’ su inclinación por los hombres, pero eso era más que habitual en sectores progres como el hollywoodiense. Lo que más chirriaba de Tilden era su pasión por el teatro, la ópera y la literatura. Que un deportista leyese era inconcebible. ¡Pero es que Tilden escribía! Publicó varias novelas mediocres, un par de obras de teatro (hizo de Drácula en una de ellas) y un ‘best-seller’. El primer manual técnico sobre la técnica del tenis titulado ‘Match Play and the Spin of the Ball’, que hoy en día está considerado la Biblia del deporte de la raqueta.

Y no solo eso. Como todos los adelantados a su tiempo, Tilden fue uno de los primeros que diseñó su propio vestuario buscando la mayor comodidad y ligereza, así como tomaba notas sobre sus rivales y practicaba mediante repeticiones distintos golpes. Eso era demasiado para el americano medio, que lo único que pedía era un buen par de huevos y que el tenista se dejase el hígado en la pista. Los titubeos eran claros. Vivía con su tía, vestía con clase y elegancia, tenía ademanes dóciles y jamás sudaba. Blanco y en botella leche. Se le presionaba para que buscase una esposa, pero Tilden siempre contestaba con evasivas.

Irreverente y estrafalario, los gerifaltes de la federación estadounidense de tenis sabían de sus inclinaciones sexuales y de su vida hollywoodiense y siempre renegaron de él. Un año llegaron incluso a expulsarlo del equipo de la Copa Davis antes de jugar la final, pero sus compañeros intercedieron para readmitirlo. Por supuesto, con Tilden en el equipo, EE.UU. logró una nueva victoria. No sería hasta la aparición de los mosqueteros franceses cuando su reinado se derrumbe y la federación tenga la excusa perfecta para echar a Tilden de la selección.

Tilden, residente en Los Ángeles, era íntimo de los grandes de Hollywood. Fue inseparable de Mary Pickford, Greta Garbo, Errol Flynn o Charles Chaplin. Invirtió sus ganancias en diferentes proyectos cinematográficos e intentó ser actor, pero cuando el cine sonoro hizo su aparición quedó patente que, obviando su cara bonita, era una nulidad sobre el escenario. Daba igual. Tilden se divertía. Era un excéntrico que iba de fiesta en fiesta. Le encantaba jugar en Europa, especialmente en Alemania rodeado de hombres rubios de ojos azules. Allí se sentía libre. Era anónimo.

Todo cambió en 1946.

Una tarde de otoño una pareja de policías detuvo a un vehículo que zigzagueaba por las colinas angelinas de Beverly Hills. Al parecer un menor conducía, mientras un hombre de media edad se apoyaba en su hombro. El chico al volante llevaba la cremallera del pantalón abierta.

Bill Tilden fue arrestado.

El abogado de Tilden le recomendó que negase la evidencia ya que era su palabra contra la del chico, pero Tilden, en un gesto que le honra, asumió toda su responsabilidad. Bill Tilden afirmó que había contratado los servicios sexuales de aquel chico de 14 años, aunque dogmatizó que era la primera vez que lo hacía, lo cual, era una rotunda mentira. Gracias a su fama y a sus amistades se libró de la cárcel (su pena de siete meses no tuvo efecto) pero tuvo que someterse al escarnio público y a sesiones psicológicas para “curar su enfermedad” siendo definido como “un hombre mentalmente enfermo, impulsivamente débil y autista pasivo”.

A raíz del suceso sus amistades de Hollywood le dieron la espalda. Era pura hipocresía, ya que buena parte de la industria del cine ejercía prácticas parecidas. Uno de los pocos amigos que lo apoyó fue Charles Chaplin, otro asiduo de los prostíbulos aunque, en su caso, con carácter heterosexual. Tilden dejó de dar clases de tenis y de acudir a fiestas, pero aprovechó el tiempo para escribir su autobiografía y una nueva novela.

Los meses pasaban y parecía que las aguas volvían a su cauce. Nada más lejos de la realidad.

Apenas tres años más tarde, a inicios de 1949, un joven de 16 años hacía autostop en Los Ángeles. Tilden se apresuró a darle un asiento en su coche y a acercarlo a su destino. Pero Tilden, ya caído en desgracia, no pudo evitar abalanzarse sobre el muchacho y buscar su miembro mientras estiraba la mano. Empezó entonces un forcejeo entre ambos que acabaría con el chico expulsado del coche. Michael, que así se llamaba el adolescente, se acercó a una comisaría de policía y denunciaba el intento de violación.

Bill Tilden fue arrestado y tras un juicio tuvo que pasar diez meses en prisión. Fue su fin. Tras salir de la cárcel nadie quiso saber nada de él. No tenía amigos y había gastado su fortuna en financiar libros y obras de teatro sin éxito y en pagar desmesuradas minutas a abogados. Dejó de comer y de asearse y comenzó a deambular por las calles cual vagabundo.

En 1953 Bill Tilden murió solo y arruinado víctima de un ataque al corazón.

Fred Perry cuenta con una estatua a la entrada de las pistas de Wimbledon y una calle en Stockport, donde nació. Los mosqueteros franceses cuentan con su plaza en Roland Garros, la pista principal del Open de Australia se llama Rod Laver y en el US Open hace tiempo que hay honores por Billie Jean King, icono tenístico, feminista y homosexual.

De Bill Tilden, escogido el mejor tenista de la primera mitad del siglo XX, hay un tupido silencio.

Bill Tilden, la extravagancia del supercampeón - Diario Alfil
Chaplin, en horizontal, apoyado en Tilden
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Cuando Mark Spitz ganó siete oros, escapó en helicóptero y creó una marca de bañadores

Cuando Mark Spitz apenas contaba con doce primaveras ya se entrenaba seis horas diarias en la piscina de la Escuela YMCA, en Sacramento, en la soleada California. Al acabar cada sesión su padre le esperaba en la puerta del complejo acuático al volante de su coche para llevarlo a casa. Al salir del recinto, el progenitor siempre le preguntaba por el número de calles que tenía la piscina, a lo que Mark Spitz invariablemente tenía que contestar: “Tiene seis, pero sólo en una está la del ganador, que es la mía”.

El padre de Mark Spitz era húngaro y su madre era rusa. El patriarca de la familia era de origen judío y había escapado de la Europa cainita de la primera mitad del siglo XX. El nadador del bigote, el hombre de los siete oros olímpicos, aprendió a nadar antes que a caminar. Cuando tenía 18 años ya era considerado una estrella mundial. Era muy bueno, y él lo sabía. Su arrogancia hizo que sus compañeros lo marginaran. No era hombre de muchos amigos, ni de buenas conversaciones. Cuando se clasificó para los JJ.OO de México de 1968 quisieron eliminarlo del equipo de relevos. Pero Spitz era muy bueno, y con animadversión o sin ella, tenía que estar en ese equipo. Mark Spitz logró 2 oros (en relevos), 1 plata y 1 bronce. Un triunfo para muchos, pero no para él.

Aquel chico introvertido, egocéntrico, sobrado y prepotente que siempre soltaba aquello de “para mi nadar no lo es todo, sino ganar”, había quedado en entredicho. Un chico que nunca hizo pesas y que apenas media 1’76 metros, una estatura modesta para un nadador. Pero era un diamante en bruto que sólo había que pulir. Tenía por delante cuatro años para resarcirse.

Spitz se trasladó a la otra punta del país para entrar en el programa deportivo de la Universidad de Indiana bajo las órdenes de James Counsilman, el arquetipo de entrenador-sargento de hierro. Aquel equipo de natación logró entre 1968 y 1973 seis campeonatos nacionales de Estados Unidos seguidos, hazaña que aún hoy no ha sido superada. Por supuesto Spitz era la estrella, pero era un gran conjunto en el que también estaba el español Santiago Esteva.

Mark Spitz estaba dispuesto a arrasar con todo y con todos en los JJ.OO de Múnich de 1972. Pero lo haría a su manera. En contra de la opinión de su técnico, justo antes de coger el vuelo dirección a Alemania, decidió tomarse tres semanas de vacaciones. Counsilman se cansó de llamarle vago, amenazarlo e insultarlo. Pero todo fue en vano. Spitz se presentó en Múnich fresco, o, en opinión de su entrenador, en mala forma.

Firmó siete medallas de oro con sus siete récords olímpicos. Siete. Ganó en los 100 libres, 200 libres, 100 mariposa, 200 mariposa, 400 relevo, 400 combinado y 800 relevo. Un factor hace aún más especial semejante hazaña. Todos sus oros, los siete, supusieron un nuevo récord mundial. Había destrozado los límites del ser humano. Aquel mes de agosto de 1972 Mark Spitz llegó a la Luna y se convirtió en el gran tiburón de la natación hasta que décadas más tarde apareciese un extraterrestre con aletas llamado Michael Phelps.

Además, su éxito no sólo fue deportivo. Spitz se convirtió en el ídolo olímpico por antonomasia y en mito sexual de los 70. Su poblado bigote, su sonrisa y su moreno, luciendo las siete medallas entre el pecho desnudo y el bañador ceñido de barras y estrellas, pasaron a empapelar las paredes de las jovencitas y de algún que otro jovencito.

Leyendas de los Juegos Olímpicos: Mark Spitz: El torpedo humano ...
Sex bomb

Apenas tenía 22 años, pero fue la última vez que se zambulló para competir en una piscina. “Ya he ganado todo lo que podía ganar”, espetó. Y más si ya tenía el futuro asegurado.

Tras ganar en los 200 metros libres, en la que fue su tercera medalla de oro, Spitz se presentó en el pódium para recibir la presea con los pies desnudos y unas ‘Adidas Gazelle’ sujetadas de una mano. Conviene recordar que por entonces el falso amateurismo olímpico impedía cualquier tipo de patrocinio o remuneración en beneficio de los atletas.

Cuando los acordes del himno estadounidense comenzaron a sonar, Spitz dejó las Adidas en el suelo, pero al acabar la música volvió a recogerlas, y con ellas en la mano, se dispuso a saludar al público y a abrazar a sus compañeros en el pódium. Al cabo de unos minutos Spitz atendió a las preguntas de los medios y aseguró que las zapatillas eran suyas, que no recibía ninguna contraprestación por parte de Adidas y que si las llevaba en la mano era porque no le había dado tiempo a calzárselas.

adidas gazelle olympic
Puro marketing

La realidad era que Horst Dassler, hijo de Adi Dassler -fundador de Adidas- firmó un acuerdo con Spitz para que llevase las zapatillas en la mano de manera que los pantalones no las tapasen y se distinguiesen lo mejor posible. Los 70 fueron la década en las que los patrocinadores de ropa y calzado deportivo hicieron su aparición y Adidas era la empresa líder del sector. No obstante, Horst Dassler afirmaría que si escogió a Spitz no fue sólo por su categoría como deportista sino porque era el único nadador que llevaba bigote, por lo que era muy fácil de diferenciar para el público televisivo.

Según los estatutos del Comité Olímpico Internacional (COI) había motivos para sancionar y descalificar a Spitz, pero ante el éxito de sus siete medallas de oro a nadie se le pasó por la cabeza acabar con un mito por culpa de unas zapatillas. Justo un año después de aquello Dassler fundaba ‘Arena’ la marca líder en la creación de artículos de natación, waterpolo y triatlón y cuyo primer deportista de referencia fue, como no, Mark Spitz.

Pero aún existe otra intrahistoria a mayores de aquella hazaña de los siete oros. Horas después de lograr su séptima presea, el grupo terrorista ‘Septiembre Negro’ entró en la villa olímpica y tomó como rehenes a once atletas israelís. Este caso (que dará para otro artículo) acabó con un chapucero intento de rescate que se cobró un total de 17 vidas, la polémica continuación de los JJ.OO y un cambio radical en los sistemas de seguridad y control de aficionados en eventos deportivos de gran magnitud.

El caso es que el deportista más famoso de aquellos Juegos Olímpicos era judío. El Gobierno de Alemania puso un helicóptero y tres guardaespaldas a disposición de Mark Spitz, que fue sacado de Múnich en secreto para tomar de inmediato un avión que lo llevase a Inglaterra. Pasaron algo menos de 24 horas entre el asalto de los terroristas y el trágico final televisado. Cuando todo comenzó Mark Spitz dormía en su habitación de la villa olímpica. Cuando todo acabó estaba cenando en una suite de un hotel de Londres.

El posible secuestro de Spitz era causa de pánico para Alemania que estaba empeñada en usar los Juegos como muestra al mundo del poderío de su milagro económico y del lavado de cara llevado a cabo con su desnazificación. Nadie quería volver a hablar de matanza de judíos cuando apenas tres décadas antes, a unos 12 kilómetros al norte del estadio olímpico de Múnich, se situaba el campo de concentración de Dachau, donde se estima que fallecieron unas 40.000 personas.

Masacre de Múnich - Wikipedia, la enciclopedia libre
A pesar del funeral, los JJ.OO continuaron

P.D: Para los JJ.OO de Barcelona de 1992, sobrepasando la cuarentena, Mark Spitz disputó los preliminares estadounidenses sin bigote y con un bañador de la marca ‘Arena’. No logró clasificarse. Mejor. Para que clasificarse cuando para él lo único importante era ganar.

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Black Power: Anatomía de una fotografía

Antes de hablar de Tommie Smith y da la fotografía deportiva más icónica en la historia de los Juegos Olímpicos, hay que retroceder a 1865. Ese año la esclavitud es abolida en Estados Unidos tras una cruenta guerra civil. Podría parecer que una vez cerrada la caja de pandora llegaba la igualdad. Pues no. Justo ese mismo año los supremacistas blancos del sureste del país fundaban el Ku Klux Klan, una organización que intentaba, con frecuencia de forma violenta, mantener la subyugación de los negros. El poder blanco y los continuos enfrentamientos entre unos y otros hicieron que en 1876 se promulgasen las leyes de Jim Crow, que propugnaban la segregación racial en todas las instituciones públicas y daban pábulo legal el derecho de admisión en las privadas.

Había nacido el iguales sí, pero siempre separados.

Por supuesto esto se aplicaba a los deportes, con ligas de blancos en el beisbol (MLB), el fútbol americano (NFL), el hockey (NHL) o el baloncesto (NBA) y sus sucedáneas para gente de color. No sería hasta 1947 cuando un negro haga historia, no solo por ser el primero, sino por convertirse en un actor fundamental de una de las grandes ligas. Jackie Robinson, primera base de los Brooklyn Dodgers, fue el primer afroamericano en participar en la MLB y apenas dos años después de su debut fue elegido el mejor jugador de la competición (MVP).

Pero el deporte siempre ha ido un paso por delante de la realidad social. Robinson era un islote en un océano adverso. Poco o nada había cambiado desde la aprobación de las leyes de Jim Crown. Aun a finales de los 40 un ciudadano blanco del sur de Estados Unidos podía asesinar a sangre fría a un afroamericano sabiendo que si alegaba defensa propia jamás sería acusado.

Todo cambiaría cuando en 1955 Rosa Parks tomase un autobús para regresar a su casa tras una larga jornada laboral. Se sentó en la parte del medio del vehículo. La de delante era para los blancos, la de detrás para los negros, y en la del medio se podía sentar un negro siempre y cuando no hubiese un blanco que lo solicitase. Parks se acomodó y un chico blanco le pidió que se levantase para poder ocupar él el asiento. Parks, cansada, se negó a hacerlo, por lo que el chófer tuvo que llamar a la policía y Rosa Parks fue arrestada. Un joven pastor llamado Martin Luther King organizó una protesta en su apoyo y solicitó a la población negra que iniciasen un boicot a los autobuses públicos. Un año más tarde el estado de Alabama, de donde era Parks, abolió la ley de segregación entre blancos y negros en los autobuses.

Fue el inicio de una revolución. Comenzarían unos años de manifestaciones, disturbios y algún que otro fallecido, que concluirían felizmente en 1964 con la promulgación de la Ley de Derechos Civiles que prohibía la segregación y la discriminación racial. La ley establecía la desaparición de la discriminación en los centros públicos y privados, así como hizo ilegal la segregación de razas a la hora de contratar empleados. Eso decía la norma, pero sus efectos prácticos fueron lentos, y, aun bien entrado el siglo XXI, parecen lejos de acometerse por completo.

De ahí que cuando en abril de 1968 Martin Luther King sea asesinado por un supremacista blanco, parte del movimiento negro decida abandonar los postulados de igualdad de razas y de negociación pacífica (Luther King) y abrazar los de la lucha de clases y la superioridad negra (Malcolm X).

Ese es el Estados Unidos que le tocará vivir a Tommie Smith y a John Carlos.

Tommie Smith era uno de los once hermanos que crecieron en el seno de una familia algodonera del interior de Texas. Sus padres decidieron buscarse un futuro más halagüeño en la populosa California. De entre todos los hermanos, Tommie tenía unas piernas largas y fibrosas con las que consiguió una beca deportiva en atletismo para la Universidad Estatal de San José.

Eran tiempos de revueltas sociales, no sólo por los derechos de los negros, sino también por el de las mujeres, por el reconocimiento de las libertades sexuales o de la negación del patriotismo estatal. A finales de los 60, por vez primera en la historia de la humanidad, los jóvenes se revelan ante su destino y la madurez pasa de ser un valor a un demérito. Es en California donde esa contestación social, concretamente la de los negros, tiene mayor eco. Destaca sobremanera un profesor de sociología llamado Harry Edwards quien impulsó el Proyecto Olímpico para los Derechos Humanos (OPHR en sus siglas en inglés) en 1967.

El OPHR sostenía que a través de los deportistas negros de élite se podía concienciar a la humanidad acerca de la segregación racial de los Estados Unidos, del apartheid en Sudáfrica y sobre el racismo en cualquier deporte. El OPHR solicitaba a todos los atletas negros estadounidenses que no participasen en los Juegos Olímpicos de México de 1968 como protesta por las injusticias raciales. Para participar exigían que a Sudáfrica se le prohibiese participar en los JJ.OO, que Avery Brundage renunciara como presidente del COI (Brundage era un reconocido racista) y que a Muhammed Ali se le devolviese el título de campeón de los pesos pesados (se le había retirado al negarse a acudir a la Guerra de Vietnam).

El OPHR pasó a ser conocido coloquialmente como el movimiento del poder negro, el ‘Black Power’.

A la hora de la verdad pocas ‘vedettes’ optaron por renunciar a un sueño olímpico tras cuatro largos años de duro entrenamiento. La renuncia más pomposa fue la del baloncestista Lew Alcindor (más adelante Kareem Abdul-Jabbar). Otros como Tommie Smith y el también velocista John Carlos, optaron por una solución mucho más impactante.

Tommie Smith y John Carlos, ambos de raza negra, iban a competir en la final de los 200 metros lisos. Carlos era el favorito, ya que había sido el primer atleta en la historia en bajar de los 20 segundos en la prueba, pero el día de la carrera la victoria de Smith fue incontestable. Tras un cambio de ritmo brutal, Tommie Smith lograba la medalla de oro con un tiempo de 19’83’’ que era nuevo récord mundial. En segundo lugar quedaba el australiano Peter Norman y la medalla de bronce era para John Carlos. Pasarían once años hasta que el italiano Pietro Mennea rebaje el récord de Tommie Smith.

Mientras esperaban para subir al pódium para la entrega de medallas, John Carlos se acercó a Smith. Sigilosamente le entrega un guante mientras le susurra que el momento ha llegado. Aún habría algo más. En la solapa de la chaqueta del chándal de los Estados Unidos ambos atletas habían colocado una chapa del movimiento ‘Black Power’. Justo antes de ponérsela, John Carlos decidió ofrecer una insignia a Norman que aceptó a lucirla en su propia sudadera. No era esta una decisión sencilla, pues Norman, aunque blanco, representaba a un país que por entonces tenía silenciada a su población aborigen.

Los atletas salieron a la pista sin que todo esto fuera advertido por el ojo del común de los mortales y se subieron al pódium para escuchar el himno de los Estados Unidos. Cuando los acordes iniciales sonaron, Smith y Carlos bajaron sus cabezas, cerraron los párpados y ascendieron los brazos al cielo. Tommie Smith levantó el derecho y John Carlos el izquierdo, cerrando la mano y exhibiendo sus puños enfundados en un guante negro. Y no solo eso. Hoy ha quedado en el olvido, pero el impacto de los puños no tuvo entonces comparación con el de los pies. Y es que Smith y Carlos decidieron descalzarse y enseñar unos calcetines negros como símbolo de la pobreza de la población afroamericana.

Black Power. Peter Norman, el héroe olvidado de México 1968 ...
De izquierda a derecha. Norman, Smith y Carlos

La imagen, la fotografía que ha quedado para la posteridad, conserva muchos más detalles. Smith llevaba un pañuelo negro alrededor de su cuello que según dijo representaba el orgullo del ‘Black Power’. Carlos tenía la chaqueta de su chándal desabrochada como muestra de solidaridad con la clase obrera de Estados Unidos y acarreaba también un collar, según explicaría, en homenaje a las personas negras linchadas o asesinadas y para las que nadie nunca ha tenido una oración. Años más tarde también se sabría que John Carlos se había dejado su par de guantes en la villa olímpica y fue Norman quien les sugirió que compartiesen los de Smith y que cada cual llevase uno en cada mano.

Tommie Smith llegaría a confesar años más tarde que en ese momento esperaba que alguien le pegara un tiro en la cabeza. Y no era para menos. El violento silencio que conquistó el estadio es difícil de olvidar, pero aún más los abucheos cuando la música dejó de sonar. Eran otros tiempos. Brundage y los miembros del COI estallaron de indignación. Los tres atletas fueron expulsados de la villa olímpica y el COI decidió hacerles la vida imposible y acabar con sus carreras deportivas. Lejos de ser héroes, tanto el Gobierno de Estados Unidos como el de Australia decidieron ningunearlos y participaron del complot del COI para hacerlos pasto del olvido.

Aunque acabaron desterrados, hubo también defensores de Smith y de John Carlos, aunque sus voces quedaron apagadas. Si bien la carta olímpica prohibía y prohíbe los gestos políticos de todo tipo, muchos recordaron que el COI había permitido el saludo nazi durante los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. Brundage, que en su día había visto con buenos ojos el nacionalsocialismo, se defendió argumentando que el saludo de los nazis era el saludo nacional alemán de entonces y que había sido aceptado por la Sociedad de Naciones. Sin embargo, el saludo de los atletas Tommie Smith y John Carlos no era oficial ni en Estados Unidos ni en ningún otro país, por lo que era absolutamente inaceptable.

Tommie Smith, medalla de oro y récord del mundo, se pasó los siguientes años de su vida subsistiendo en un lavado de coches. Quizás se preguntaba si hubiese sido más sensato renunciar a ir a los JJ.OO como había hecho Abdul-Jabbar y continuar con su carrera deportiva.  Su vida se había convertido en un infierno. Aquel gesto había dignificado a los negros, pero a él le había destrozado la vida. Durante décadas Tommie Smith fue solo una fotografía en el recuerdo. Llegaría hasta vender sus zapatillas y su medalla de oro para poder pagar el alquiler de su casa.

La vida de John Carlos no fue mucho más sencilla a pesar de que consiguió un trabajo como preparador físico en un instituto. También proscrito, a la tragedia del olvido y de la ausencia de oportunidades, hubo de añadir el suicidio de su mujer. Había sido ella la que había tenido la idea de los guantes y quien decidió comprarlos. Para Norman la vida no fue tan difícil. Fue repudiado como atleta, pero pudo llevar una vida cómoda en el ámbito civil. Sus desvelos por lo sucedido se convertirían en continuos problemas de depresión y adicción al alcohol.

No sería hasta inicios del siglo XXI cuando la memoria de Smith y Carlos fuese reparada. Sería en el entierro de Norman, ocurrido en Australia ya en 2006. Durante el sepelio aquellos dos atletas negros estadounidenses portaron el féretro mientras sonaba la banda sonora de ‘Chariots of fire’.

«Si gano, soy americano, no afroamericano. Pero si hago algo malo, entonces se dice que soy un negro. Somos negros y estamos orgullosos de serlo. La América negra entenderá lo que hicimos esta noche». Tommie Smith.

Peter Norman, Juan Carlos, Tommie Smith 1968 Fotografía de stock ...
Black Power
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Steve Prefontaine y el origen de las zapatillas Nike

El 30 de mayo de 1975 Steve Prefontaine acudió a una fiesta universitaria. El día anterior había competido en una carrera y, como en él era costumbre, la había resuelto con una victoria. Cuando llegó al festejo era el amo del cotarro. Repartió unos cuantos abrazos, saludó a algunos amigos, departió con unos cuantos desconocidos y coqueteó con alguna chica. Pero estaba cansado y decidió retirarse pronto. Subió a su coche con el objetivo de volver a casa. A la mañana siguiente tocaba entrenamiento. Aquel día había chispeado, y entre eso y el calor primaveral, la noche se presentaba húmeda. La niebla baja afectaba a un camino sombrío dominado por la vegetación. Se sucedieron un par de malas curvas y en una de ellas un coche se cruzó en su camino. Prefontaine dio un volantazo para evitarlo y acabó estrellándose contra un abeto. Un par de días después se celebró en Hayward Field, el estadio de la Universidad de Oregón, su funeral. Bill Bowerman leyó un conmovedor panegírico alabando al chico que nunca se rendía, instantes antes de que el coche fúnebre diese la vuelta al estadio a la velocidad a la que Prefontaine solía acabar sus carreras. El público caminó esos últimos 400 metros en un profundo silencio.

Fue la única vez que Steve Prefontaine corrió en ese estadio sin el rugido de sus aficionados.

Tenía 24 años.

En los años 70 Estados Unidos estaba sumido en una profunda depresión. A la revolución por los derechos civiles de la minoría negra y al levantamiento juvenil que había aflorado en la década anterior, se le añadía la confirmación del desastre estadounidense en la guerra de Vietnam. Estados Unidos cambió de la noche a la mañana. Y entre esa nueva forma de entender la vida estaba el correr por correr. En las grandes metrópolis los yupis empezaron a hacer footing y el aficionado norteamericano comenzó a considerar suyos a los atletas de medio fondo.

Steve Prefontaine era el abanderado de su tiempo. Llegó a poseer al mismo tiempo todos los récords nacionales desde 1.500 a 10.000 metros. Era un icono de la juventud. Un icono de los 70. Ayudaba su imagen, sus piernas, su carisma y su aspecto desaliñado. “La gente compite para ver quién es más rápido, yo para ver quien tiene más agallas”, exclamaba con firmeza. Era diferente por su forma de pensar y de actuar. La gente le adoraba y en la Universidad de Oregón empezaron a circular por todo el campus sudaderas y camisetas con su nombre en lugar de con el nombre del centro. La gente cursaba sus estudios en la de universidad Steve Prefontaine.

Prefontaine había ingresado en la Universidad de Oregón en 1970. Situado en la región más lluviosa de Estados Unidos, el Estado de Oregón es uno de los que más fervientes aficionados al atletismo tiene en todo el país. El responsable del reclutamiento era Bill Bowerman, quien estaba convencido de que Prefontaine se iba a convertir en el mejor atleta del mundo. Bowerman era un ex militar que descubrió a Prefontaine en un campeonato infantil. Era un técnico estudioso, detallista y metódico. Un gurú. Tenía una máxima que rezaba; “Dios determina lo rápido que vas a correr. Yo me ocupo de la mecánica”. Adelantado a su época, diseñaba sus propias zapatillas en el garaje de su casa con la ayuda de su mujer. Estaba obsesionado con mejorar el rendimiento de sus discípulos, aunque para ello tuviese que adentrarse en terrenos insospechados.

Pero mientras seguía innovando con sus zapatillas caseras, Bowerman se dedicó a preparar a Prefontaine. Steve asombró en las clasificatorias estadounidenses y con sólo 21 años se veía favorito para los Juegos de Múnich. Aunque tenía varias marcas válidas en diferentes distancias, se decantó por correr los 5.000 metros. Empezó la final fiel a su estilo, a ritmo de mitin y con continuos cambios de cadencia que levantaban al público de sus asientos. Pero, como era de esperar, le acabó traicionando su carácter explosivo y su inconformismo. Fundido, acabó cuarto y sin tocar metal, en una prueba que concluyó ganando el finés Larse Viren.

Bowerman ya le había advertido de que sería necesario que se guardase fuerzas para el final, pero Prefontaine no le hizo caso. No se puede domar a un caballo salvaje. Cogía la cuerda de la pista y ya no la soltaba hasta el final. O eso, o moría en el intento. Se había convertido en una celebridad corriendo así y así lo seguiría siendo siempre.

Y a la gente le encantaba. Era todo corazón. Era puro arte.

A pesar del apoyo de la gente, a Prefontaine le costó superar aquel fracaso. Por entonces los atletas eran amateurs y a Steve le ofrecieron millones por disputar mítines en ciudades de medio mundo. Estuvo tentando a aceptarlo, pero finalmente no lo hizo. Con ayuda de Bowerman se propuso lograr el oro en los Juegos Olímpicos de 1976. Y para ello iba a tener el auxilio de unas zapatillas revolucionarias.

Por entonces la firma predominante en el tartán era Adidas. Las zapatillas alemanas eran el referente mundial y sus éxitos en los Juegos Olímpicos las convirtieron en la primera opción para cualquier deportista. De hecho, aunque Prefontaine usó alguna vez zapatillas Puma, en su victoria más celebrada en los clasificatorios estadounidenses para los Juegos de 1972 calzaba unas Adidas. En aquella celebre carrera en la que estableció un nuevo récord del mundo de los 5.000 metros acabó dando una vuelta de honor con una icónica camiseta que ponía ‘Stop Pre’, y que pronto se convirtió en prenda de culto en la cultura hippie.

Concretamente las zapatillas de Prefontaine eran unas ‘Adidas Tokyo’ que, como es fácil de deducir, fueron arrojadas al mercado en los Juegos Olímpicos de dicha ciudad. Como por entonces no se lanzaban nuevos modelos cada dos por tres, ese revolucionario diseño estuvo en vigencia desde 1964 hasta 1972. Eran unas zapatillas, hoy legendarias, con una lengüeta blanca y una X en el talón. Con alguna variación, es el modelo habitual de las barrigas cerveceras que sudan una vez por semana en las pistas de fútbol sala.

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Adidas Tokyo. Un clásico

Pero en 1973 Prefontaine iba a calzar por vez primera unas nuevas zapatillas. Se trataban de unas ‘Nike Pre Montreal’, pensadas y diseñadas para él, de ahí que llevaran el sufijo de ‘Pre’. Se trataba de unas zapatillas de una sola pieza y sin costuras que combinaban el verde y el amarillo, los colores de la Universidad de Oregón.

Por entonces las zapatillas eran un peso muerto contra el que los atletas tenían que luchar. No solo era el viento y los rivales, también había que pelear contra una enorme carga aerodinámica que se convertía en lastre para cualquier atleta. El objetivo era aligerar la zancada al golpear el pie con el suelo. El objetivo era buscar el dopaje tecnológico.

Para diseñar sus zapas revolucionarias, Bowerman había determinado que si conseguía quitar 28 gramos a la suela de una zapatilla los corredores se ahorrarían el esfuerzo de levantar 50 kilos de peso por cada milla recorrida. La pregunta era cómo hacerlo y fue su mujer quien le sugirió la idea una mañana mientras preparaba unos gofres. Bowerman esparció caucho líquido por la plancha de los gofres y el resultado fue una suela con forma de rejilla, más ligera y capaz de amortiguar las pisadas.

Bowerman tenía sus zapatillas y tenía claro quién iba a ser el primero que las probara. Steve Prefontaine las vio y frunció el ceño, pero tras dar una vuelta a la pista lo tuvo claro. Esas eran las zapatillas. Bowerman le diseñó unas exclusivas y adaptadas a sus pies que apenas pensaban 85 gramos cada una.

Mientras Bowerman le daba a la materia gris, un ex atleta suyo llamado Phil Knight se convirtió en representante de Estados Unidos de la, por entonces, modestísima marca japonesa de zapatillas Asics. Knight le pidió a Bowerman que le vendiera unos cuantos modelos a sus alumnos, pero la respuesta de Bowerman fue otra. Convenció a Knight para que se convirtiera en su socio y a través de la base de Asics crear una marca nueva y modificarla. Dicho y hecho, hicieron un primer pedido a Japón de 500 pares y tras introducir varias modificaciones con los diseños de Bowerman crearon la marca Onitsuka Cortez.

Era de esperar que Asics comenzara un litigio por los derechos de las nuevas zapatillas. Y así fue. Por lo que en 1972 los dos empresarios estadounidenses fundaron Nike. Escogieron el nombre en honor a la diosa griega de la victoria, capaz de volar y de correr a gran velocidad y cuya efigie aparece en el anverso de muchas de las medallas olímpicas.

Fue así como Prefontaine se convirtió en icono y en primer deportista patrocinado por Nike. Las zapatillas que Prefontaine popularizó llevaron el nombre de Oregon Waffle (gofre en inglés) y en los Juegos Olímpicos de 1976 ya eran mayoría entre los atletas estadounidenses. Quien no las pudo calzar fue el propio Prefontaine, que falleció en el referido accidente de coche que sesgó su vida con apenas 24 años mientras se preparaba para los que iban a ser sus Juegos. “Se ha muerto el alma de Nike”, sentenció Bowerman.

1974 Original Nike "Waffle Trainers" Sneakers.... Miscellaneous ...
Las primeras Nike. Todo a base de gofres.

Cuando la década de 1980 esbozaba sus inicios, las zapatillas deportivas pasaron de ser un objeto de deportistas a integrarse en la cultura urbana. Por entonces Nike seguía viviendo de la fama de Steve Prefontaine, pero sus competidores habían desarrollado sus propios modelos y se encontraban en una posición mucho mejor para afrontar el nuevo mundo de patrocinio y ventas que se les avecinaba.

Todo cambiaría cuando en 1984 Michael Jordan firme un contrato astronómico con Nike.

Pero esa es otra historia.

“Para mí el mejor ritmo es un ritmo suicida. Cualquier día de carrera es un gran día para morir.”, Steve Prefontaine.

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La perturbadora existencia de un gusano (vida y obra de Dennis Rodman) 2ª parte

Asustados ante el intento de suicidio, los Pistons actuaron como haría cualquier empresa anteponiendo la cabeza al corazón. En el verano de 1993 decidieron traspasar a Dennis Rodman a los San Antonio Spurs. El equipo de Texas era uno de los conjuntos más tradicionales en el mundillo NBA. Estaba liderado por David Robinson, un fenomenal pívot que además era marine de los Estados Unidos. Cuando el día del primer entrenamiento Rodman se presente media hora tarde y con una cresta y el pelo teñido de rubio, la plantilla de San Antonio lo sentenciaría sin apenas conocerlo.

El nuevo Dennis Rodman estaba preparado para gustar a todos. Nunca más se iba a sentir sólo. No quería volver a ser ese niño que no encaja en ningún sitio. Dennis Rodman decidió convertirse en un icono contracultural. Se convirtió en el bufón de la NBA. Un día el ‘gusano’ aparecía con el pelo teñido de verde y al siguiente de azul. Otro día se pintaba las uñas de rosa y al siguiente se ponía un piercing en la oreja. Comenzó a coleccionar tatuaje tras tatuaje, agujeros en cualquier orificio del cuerpo y aros en los lugares más insospechados. Por muy moderno que hoy todo esto pueda parecer, era toda una declaración de intenciones a mediados de los años 90.

Pero entre extravagancia y extravagancia Rodman seguía siendo un loco del rebote. Llegó a promediar más de 18 capturas por choque, unas cifras escandalosas en una época donde el número de lanzamientos por partido era muy bajo. Con apenas dos metros de altura se fajaba con tipos que le superan en 15 o 20 centímetros y en 20 o 30 kilos. Es cierto que acumulaba técnicas en numerosos partidos y que sufría desconexiones en los momentos claves de los partidos, pero para muchos analistas Rodman es el mejor reboteador de la historia de la NBA teniendo en cuenta su notable déficit en centímetros y en prestaciones técnicas.

Rodman era puro deseo.

Fue entonces cuando el adolescente tímido y de orejas de soplillo se convirtió en un icono de la cultura urbana. La leyenda cuenta que Madonna se acercó a ver un partido de los Spurs y exigió bajar a los vestuarios para conocer a Rodman. La estrella del pop, la mujer más deseada del momento, se lanzó a por su gusano. Madonna encontró a su ‘material boy’.

Fue entonces cuando Rodman perdió definitivamente la brújula.

Comenzó a frecuentar fiestas hollywoodienses, a saltarse los entrenamientos y a frecuentar lugares que como poco eran sórdidos. Viajaba en jet privado, follaba con Madonna, se enfadaba con Madonna y se reconciliaba con Madonna. Aparecía en televisión rodeado de mujeres y al poco lo hacía rodeado de unos cuantos hombres. Frecuentaba bares gais, se vestía como un transexual, afirmaba ser bisexual y al poco rato bromeaba de su virilidad. Era el caos hecho carne. Era un show. Pero gustaba a la gente y se gustaba así mismo. Era feliz, o al menos, él consideraba que era feliz.

Aquella tumultuosa aventura finalizó en 1996 al igual que su etapa en unos Spurs en los que nunca llegó a encajar. Al parecer Madonna le propuso tener un hijo a lo que Rodman se negó poniendo fin a la relación. Quizás aún se acordase de aquella chica que había conocido cuando estaba en Detroit y a la que dejó embarazada. Nunca quiso saber nada de aquel bebé y no le quedaron ganas de volver a repetir tan amarga experiencia.

Con 35 primaveras encima y una vida alocada a sus espaldas pocos contaban con que Rodman volviese a jugar en la NBA. De hecho en el verano de 1996 Dennis Rodman hace su primera aparición en una serie de televisión. Al año siguiente ganará el premio al peor actor del año por su pésima actuación en una película de acción con Jean Claude Van Damme. Pero en 1996 los Chicago Bulls deciden apostar por él para formar un quinteto de ensueño junto a Harper, Pippen. Kukoc y Michael Jordan.

Y la cosa funcionó. Vaya que si funcionó. En el primer año los Bulls arrasaron logrando el anillo de campeón con el mejor récord de la NBA hasta aquel momento (72-10). Rodman siguió aumentando el número de escándalos en su biografía pero fue capaz de controlarse. Hubo dos personas que tuvieron gran parte de culpa de ello. Por un lado Michael Jordan, que tras haber pulido a Kukoc, tendría que hacer lo propio con Rodman. Fue más sencillo de lo que imaginaba. Dennis idolatraba a Michael y cuando éste le pidió que estuviese centrado y se dedicase a coger rebotes fue como si Yahvé le pusiera en sus manos el destino de Israel. El otro hacedor fue Phil Jackson. El técnico de los Bulls era un hippy, un hombre contracultural que congenió de inmediato con Rodman. “Si hubiese nacido unos cuantos años antes hubiese ido conmigo al festival de Woodstock”, declaró a la prensa el jefe de los Bulls.

El experimento funcionó tan bien que los Bulls ganaron el título en 1996, 1997 y 1998. Pero a diferencia de los años gloriosos de Detroit, en Chicago Dennis nunca sintió formar parte de una familia. El ‘gusano’ iba por libre.

Y además en el último año todo se complicó un poco más.

En un choque de la temporada 1997/98 el padre de Dennis se presentó en un partido de los Bulls. Quería hacer las paces con su hijo. O más bien aprovecharse de su fama. Después de abandonar a su familia emigró a Filipinas donde se había convertido en una suerte de semental. El fenómeno contaba con cerca de 30 hijos. Y claro, había que mantenerlos. Mientras el padre captaba la atención de la prensa, Dennis se cortocircuitaba. Rodman hijo acumuló en la temporada 1997/98 seis partidos de sanción por darle un cabezazo a un rival y otros tantos por darle una patada a un cámara de televisión. El irrepetible Andrés Montes le pondría el apodo de Cruella de Vil por sus airadas reacciones ante el público rival cada vez que se acercaba a tirar un tiro libre.

El gusano se convierte en una parodia de sí mismo. El chico que tomaba un vaso de leche cuando bajaba a un bar ahora se convierte en el rey de las discotecas. De la cancha, al bar, del bar a la televisión, de la televisión a la discoteca. Todos los días. Todas las semanas. Sin excepción. Como en el día de la marmota. Dicen que no hay persona en Chicago a la que Rodman no haya invitado a un trago. Dicen que un día le retaron a tomarse 40 chupitos de Jagermeister. Lo hizo, y al día siguiente atrapó 11 rebotes en un partido de los Bulls. Era igual de portentoso ante la botella como cazando rebotes.

Tras ganar el anillo de 1998 los Chicago Bulls se deshicieron. Rodman intentó volver a la NBA en los Los Ángeles Lakers pero el experimento no cuajó. Si le sirvió para asentarse en California y casarse con la vigilante de la playa Carmen Electra, convirtiéndose en el hombre más envidiado de medio mundo. Por supuesto el matrimonio duró dos telediarios. Rodman decide montar un bar de copas en Los Ángeles, donde dilapidará su fortuna invitando a falsos amigos y teniendo un par de hijos con una nueva esposa que se pasará día sí y día también borracha junto a Dennis y a su grupo de aduladores. Cuando unos años más tarde ingrese en la salón de la fama del baloncesto, Rodman no parará de llorar y de pedir perdón a todos cuantos le conocieron.

Todo lo que a Rodman le ocurrió en la primera década del siglo XXI era todo menos sorpresivo teniendo en cuenta que su vida se asomaba a un precipicio.

Lo que nadie se podía imaginar es en quien se iba a convertir Dennis Rodman cuando comenzó la década de 2010.

En el año 2013 las televisiones de medio mundo informaban de que la ex estrella de la NBA Dennis Rodman iba a viajar a Corea del Norte para entrevistarse con el dictador Kim Jong-un. Al parecer el líder norcoreano es un fan de los Bulls de Jordan y no se sabe bien cómo alguien hizo las gestiones para que Rodman viajase al país asiático.

Rodman y Kim Jong-un se hicieron grandes amigos. Hubo un total de cuatro encuentros en los que compartieron comida y alcohol (incluyendo un celebérrimo Rodman borrachísimo cantándole el cumpleaños feliz a Kim Jong-un al estilo Marilyn Monroe) y en los que Dennis llegó a jugar un par de partidos de baloncesto de exhibición. Cuando en febrero de 2018 Donald Trump y Kim Jong-un se reunieron en Singapur para negociar la desnuclearización de Corea del Norte, Dennis Rodman también estaba allí.

Por increíble que parezca nadie en la CIA tiene tanta información personal sobre Kim Jong-un como la que tiene Dennis Rodman.

Y eso, da mucho miedo.

Michael Jordan: “Siempre pensé que Dennis no llegaría a los 40 años”

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La perturbadora existencia de un gusano (vida y obra de Dennis Rodman) 1ª parte

A mediados de los 90 un afamado jugador de la NBA, aún en activo, citaba a los medios y a los fanáticos en una librería neoyorkina de la Quinta Avenida. Los motivos eran dos. Por un lado la presentación de su biografía y por otro lado la celebración de su boda. A pesar de ser una archiconocida estrella de la NBA, nadie sospechaba quien podría ser la afortunada que pasaría por la vicaría. Dennis Rodman apareció vestido de blanco, envuelto en un precioso velo y sentado en un carruaje que arrejuntó a miles de personas por las calles más céntricas de Nueva York. Se había teñido de rubio, y para la ocasión acicaló su pelo con una media melena ligeramente rizada y una perfecta manicura de uñas.

Dennis Rodman se iba a casar consigo mismo.

Quizás esa estrafalaria idea le hubiese venido a la cabeza al recordar su lacónica infancia. Dennis Rodman fue un niño extremadamente tímido. No llegó a conocer a su padre y su madre malvivía para darle de comer a él y a sus hermanas. Rodeado de mujeres, Rodman se acostumbró a jugar con muñecas, a las cocinas y a vestirse con ropa de niñas. Lo que hoy va camino de ser aceptable, para un niño de finales de los 60 era sentencia de bullying. El que años más tarde sería un bigardo de dos metros de altura, era entonces un mocoso débil que tenía que acudir a sus hermanas mayores cada vez que recibía una paliza en el colegio mientras le llamaban maricón.

Además de tímido, Rodman no era muy agraciado. Tenía orejas de soplillo y una piel llena de manchas y pecas, algo no muy frecuente en un negro. Sus hermanas eran bastante más guapas y además unas excelentes deportistas que destacaban en el baloncesto. Por simple imitación, Rodman decidió apuntarse en el equipo del instituto. No destacaba en absoluto, pero era un nervio con patas. Era pura energía. Una vez jugando en los recreativos un paisano se quedó con ese movimiento continuo y le dijo que se movía como un gusano. A Rodman le gustó el apodo y se le quedó ‘in perpetuum’.

Sin amigos y sin aptitudes ni para los estudios ni para el baloncesto, Dennis se convierte en un ‘ni-ni’. Se pasa el día de la cama al sofá y del sofá a la cama. Es un bicho raro y su madre no aguanta más. Le dice que o se pone a trabajar o lo echa de casa. Dicho y hecho. Rodman tiene 20 años cuando pasa su primera noche a la intemperie.

Tardará cerca de una década en volver a ver a su madre. Y, a día de hoy, sigue resentido con aquel ultimátum.

El ‘gusano’ pasará cerca de dos años encadenando trabajos con despidos, multas con pequeños hurtos y durmiendo debajo de puentes y en estaciones de ferrocarril. Como buen gusano se arrastrará por la mierda hasta que el destino le prepare una sorpresa. En el plazo de un año Rodman crecerá cerca de 20 centímetros hasta sumar 2’01 metros de altura. Es una rareza asombrosa y más al suceder una vez pasada la adolescencia.

De vez en cuando, Rodman aparece en una cancha de baloncesto y pide jugar. Es entonces cuando un entrenador de la modestísima universidad estatal de Oklahoma del Sur le ofrece una beca deportiva. Aunque Dennis no había acabado sus estudios secundarios, el hecho de ser una universidad de tercera fila le permite jugar para ellos. En un principio Rodman no acepta, pero es convencido por sus hermanas para trasladarse a la OSU y jugar en su equipo.

Rodman aterriza en una de esas ciudades echas con escuadra y cartabón del medio oeste norteamericano. Es un negro en una tierra de blancos, ganado y escopetas. No tiene ni idea de las reglas básicas del baloncesto. Pero es pura pasión. Se convierte en el mejor anotador y en el mejor reboteador del equipo. Especialmente es en esta última disciplina donde destaca. Se convierte en un maníaco del rebote. Salta, saca los codos, mete el culo. Es la hiperactividad personificada.

Aun así sigue siendo un pobre chico tímido y solitario. Al poco de llegar conoce a un niño de 13 años fan del baloncesto que le invita a pasar la noche a su casa. Rodman, por entonces de 21 años, acepta sin dudarlo. Para él no hay diferencia de edad. Sencillamente es un amigo. Los padres del chaval tienen una plantación a las afueras de la ciudad con un total de 250 cabezas de ganado. Son un matrimonio blanco y tradicional. Quedan impactados cuando ven a aquel armario negro de dos metros de altura, pero acceden a regañadientes. 

Fue la primera de muchas noches. Durante los tres años que Rodman pasó en Oklahoma vivió con aquella familia, durmiendo y comiendo en aquella casa y ayudando como uno más en las tareas agrarias. Con el tiempo hasta llegó a pedir que lo adoptasen y aún hoy son para él su verdadera familia.

En su último año de universidad promedio más de 25 puntos y 15 rebotes y fue escogido como ‘All-American’ en su categoría. Cuando le dieron el premio Rodman tuvo que preguntar qué significaba porque no sabía que ‘All-American’ era un reconocimiento por ser el mejor en su deporte. Nunca había sido el mejor en nada. Fue escogido en el número 27 del draft de la NBA de 1986 por los Detroit Pistons. Tenía 25 años, tres o cuatro años más que la mayoría de los novatos que debutan en la mejor liga de baloncesto del mundo.

Por entonces los Pistons eran una fuerza emergente de la NBA después de años claudicando ante los Celtics de Larry Bird. Contaban con Isiah Thomas, Joe Dumars o Bill Laimbeer, tipos de gran clase pero muy duros. Mientras que la mayoría de equipos practicaban un juego alegre y ofensivo, los Pistons pregonaban el espíritu de equipo, la defensa y el control del ‘tempo’ del partido. Rodman llegó a un vestuario donde no encajaba. Era tímido, tenía miedo y apenas no hablaba. Era como una pieza de arcilla que había que moldear. A todo el mundo le daba pena porque parecía dulce e inocente. Dicen que cuando salía con los compañeros a tomar algo después de los partidos siempre pedía un vaso de leche.

En la Navidad de 1986, la primera de Dennis en Detroit, Chuck Daly, el entrenador de los Pistons, le ofreció pasarlas en su casa. Al igual que no vio diferencia de edad en el niño de Oklahoma tampoco está vez la vio con su entrenador. Daly se convirtió en su amigo, en su padre, en su general y en su confidente. A partir de entonces pasaría decenas de veladas con Daly y le juró fidelidad absoluta.

En un equipo donde había excelsos anotadores, Daly solo le pidió una cosa; que rebotease. El general mandó y el soldado obedeció. La NBA iba a conocer al ‘gusano’. Había nacido el estilo de juego Dennis Rodman. Consistía en salir del banquillo, correr toda la cancha, pelearse por los rebotes y agitar al público pidiendo su apoyo. Él contra el mundo. El juego de Dennis se disparó y cuando los Pistons ganaron su primer título de la NBA en 1989 él era uno de los favoritos del equipo.

Por primera vez en su vida se sentía querido. Se sentía parte importante de una comunidad. Dicen que estuvo tres días sin quitarse la camiseta de campeón de 1989. Pero a diferencia de sus compañeros, el motivo de la alegría de Rodman no era el título en sí, era el hecho de encajar dentro de un grupo. Cuando al año siguiente repita título y le den el premio de mejor defensor de la NBA, Rodman romperá a llorar de agradecimiento. Durante esos años, cada vez que la emoción de la victoria aflore, las lágrimas de Dennis estarán presentes.

Por primera vez encajaba. Por vez primera era feliz.

Dennis Rodman pensaba que la ciudad de Detroit era su casa y los Pistons su familia. Pero no era así. En el 91 los Pistons cayeron en playoffs ante los Bulls de Michael Jordan. El equipo envejecía, se realizaron varios traspasos y en el verano de 1992 Chuck Daly era cesado como técnico del equipo. Rodman, quien pensaba que aquello duraría para siempre, se derrumbó. Su padre adoptivo se marchaba y su familia se rompía. Es en aquel verano cuando el chico bueno y tímido, el que pedía un vaso de leche en las discotecas, se hará el primero de lo que luego serían muchos tatuajes.

Desnortado y desubicado, en la temporada 1992/93 el rendimiento de Rodman cae a proporciones mínimas. Él mismo declara estar desmotivado y sin ganas de jugar al baloncesto. Los aficionados de Detroit lejos de apoyarle comienzan a abuchearlo. La energía del ‘gusano’ pasa de los aspectos deportivos a los aspectos extradeportivos. Acumula rebotes y rebotes, pero también faltas técnicas, peleas con rivales, ausencias en los entrenamientos y lloros e insultos ante las cámaras de televisión.

Está a punto de estallar.

El 11 de febrero de 1993 Dennis Rodman se acercó al pabellón de los Pistons en una camioneta. Era noche cerrada y Rodman estacionó su vehículo en el aparcamiento principal. No había un alma alrededor. Vestido con camisa de cuadros, cogió una escopeta de la parte de atrás de la camioneta, apoyó la culata entre los pies, prescindió del seguro y colocó el cañón debajo de la mandíbula.

A la mañana siguiente unos trabajadores del club lo encontraron durmiendo en el asiento del conductor mientras agarraba la escopeta.

No hubo forma de tapar el intento de suicidio. Hubo que dar parte a la prensa y hubo que obligar a Dennis a acudir a un psicólogo. Rodman no paraba de sonreír y de decir que estaba bien cada vez que los periodistas le preguntaban. Pero no estaba bien.

Aquella noche había muerto el viejo Dennis. Aquella mañana había nacido el nuevo Dennis.

Y el mundo no estaba preparado para lo que el nuevo Dennis Rodman le iba a ofrecer.

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Kobe (2ª parte): Respeto

El respeto que Kobe Bryant llevaba años demandando tiene fecha de inicio. 22 de enero de 2006. La fórmula yo contra el mundo no había funcionado. El Kobe definitivo, el que emergió después del asunto de Colorado, era el dueño de los Lakers. Era su equipo. El equipo de Kobe. Pero los Lakers no carburaban. Así que decidió que si no podía destacar colectivamente lo haría de forma individual. En la temporada 2005-06 la bestia se iría hasta los 35’4 puntos por partido y aquella tarde de enero alcanzaría los 81 puntos, dejando la sensación de que habría superado los 100 si le hubiese dado la gana. Ese fue el partido. Pero hubo muchos más. Desatado, aquella campaña sumó 27 partidos con más de 40 puntos y hasta 6 superando los 50.

Aun así tuvo que esperar hasta el 2008 para lograr un merecido MVP de la temporada y ganarse el respeto definitivo del mundo del baloncesto. Aquel año sería el de la unión con Pau Gasol, una coalición gestada el verano anterior cuando coincidió con el pívot catalán en Barcelona. Fue entonces cuando Bryant tanteó su traspaso a los Bulls de su venerado Jordan harto de la incompetencia de los Lakers. Fue entonces cuando pidió el traspaso en una entrevista y horas más tarde rectificaba y juraba amor eterno a los Lakers. Fue entonces cuando por primera vez en su vida fue pitado por el público angelino, a lo que el angelito contestó con 45 puntos. Finalmente se quedó en Los Ángeles y en febrero de 2008 Gasol recalaba en los Lakers para ser pieza esencial en la nueva época dorada del club. En su primer partido en California Pau Gasol sumó un triple-doble de 24 puntos, 12 rebotes y 12 asistencias, ante un Bryant que inteligentemente se quedó en un segundo plano anotando 8 puntos, su puntuación más baja en mucho tiempo.

Tras la travesía por el desierto Kobe comprendió que si quería ser Batman necesitaba a un Robin. Habría dos anillos más en 2009 y 2010, éste último en una épica serie ante los Celtics. En el séptimo y definitivo partido de la final Kobe Bryant se fue hasta los 23 puntos y 15 rebotes y Pau Gasol sumó 19+18. Kobe jugó series de playoffs estratosféricas. Antes, en 2008 fundió a los Nuggets con fases de juego incontrolables y selladas con un partido de 49 puntos, 10 asistencias y un 66% en tiros de campo. En 2009 sumó en la final ante Orlando Magic 32’4 puntos, 5’6 rebotes y 7’4 asistencias por noche.

El Kobe Bryant de la primera etapa había sido definido por Phil Jackson, su entrenador – y, cómo no, el ex entrenador de Jordan – como “una piedra en el riñón porque no hay manera de que pase”. El Kobe Bryant de los anillos de 2009 y 2010 comprendió la importancia de no acaparar el balón más de lo necesario y de implicar a los demás compañeros en el juego si quería ser un líder que alcanzase la grandeza en virtud de sus triunfos colectivos. Para llegar al éxtasis Bryant había tenido que tirar de psicología. “Si me ves peleando con un oso, reza por el oso”, comentó en una ocasión. Tras perder la final de 2008, precisamente ante los Celtics, Bryant dejó colgada la medalla de oro que Estados Unidos había logrado ante España en la final olímpica de Pekín en la taquilla de Gasol, para así recordarle al catalán que ser segundo no valía para nada.

Como Jordan, el Bryant de la segunda etapa, el del número 24, se alejó del aire y potenció la tierra. Se hizo obsesivo y desterró la palabra imposible de su diccionario. Afinó el pase, se convirtió en un perro de presa en defensa, aprendió a devorar al rival en el poste y se acostumbró a gobernar el tempo de los partidos. Como Jordan, se convirtió en un experto en recibir de espaldas y buscar el contacto. Hizo del ‘fade away’ su seña de identidad, un demoledor tiro a 5 o 6 metros que los Warriors de Curry han hecho desaparecer de la faz de la tierra. Pero si Jordan realizaba el ‘fade away’ de manera académica con la espalda recta y con una suspensión angelical, Bryant lo hacía tras un ligero encorvamiento y una sensación de sufrimiento que lo hacía más imperfecto, pero al mismo tiempo más humano.

Después del odio y de la envidia vino la redención. Después de la explosión vino el respeto. En unos Lakers en decadencia y con un Bryant enfilando los 35 años el escolta angelino se rompió el talón de Aquiles. Se apostaba por su retirada, pero tras casi un año en blanco volvió y el respeto se convirtió en admiración. Con cerca de 37 años e infinidad de golpes y lesiones entre pecho y espalda promedió más de 22 puntos por partido, mismos números que firmó con 21 años cuando logró su primer título de la NBA.

El día que se retiró, Shaquille O’Neal, su mayor aliado y a la vez su mayor enemigo en un vestuario, le pidió que anotase al menos 50 puntos en un directo televisivo. Kobe sonrió y le dijo que eso era imposible. Llevaba meses dando vueltas de honor y agradeciendo cumplidos por todas las canchas de Estados Unidos, pero el depósito de gasolina estaba en la reserva.

Al final no fueron 50, fueron 60 puntos. La mayor anotación de un jugador en la temporada 2015-2016. El rival fueron los Utah Jazz. El mismo equipo contra el que en su primera visita a los playoffs en 1997 llegó a lanzar cuatro tiros sin tocar aro uniendo la palabra descarado con la de chupón a su carnet de identidad.

Antes de reclamar su lugar en la eternidad a Kobe le dio tiempo a ganar un Óscar hollywoodiense con un precioso documental que él mismo escribió y que acertó en llamar ‘Querido baloncesto’. Se había embarcado también en la literatura infantil y había cautivado a un genio como Paulo Coelho para escribir junto a él un libro sobre baloncesto para niños.

Todo no es más que el resultado del amor por el juego. “Cuando alguien te desafía es que se preocupa por ti. Cuando alguien te ignora es que no le importas”, acertó a decir. Kobe Bryant forma parte de la terna de los mejores de todos los tiempos y hasta el mismo Magic Johnson ha llegado a decir que es el “mejor jugador de la historia de los Lakers”. Y eso es mucho decir si además de Magic la camiseta de púrpura y oro la han vestido bestias como Baylor, Chamberlain, West, Abdul-Jabbar u O’Neal.

Kobe pasó de egoísta a chupón, de chupón a mal compañero, de mal compañero a sobrevalorado y de sobrevalorado a mal líder. Al final no es más que la búsqueda de la crítica a tipos que hacen cosas extraordinarias de forma tan sencilla que nos acaban pareciendo rutina. Casi solapados en el tiempo, Bryant quedó por detrás de Jordan en todos los medidores numéricos y fue incapaz de igualar su carisma y su aurea de imbatibilidad. Kobe ganó una tonelada de partidos con volúmenes de tiro imprudentes, pero también perdió muchos más de los que perdió Jordan. “Mi puesto es shooting guard (escolta). Lleva en su nombre la palabra shoot (tirar), así que no voy a dejar de hacerlo”, contestaba enfadado en una ocasión.

Pero la gran victoria de Kobe, el respeto que se ha llevado a la eternidad, es el ser Kobe. Hasta el encumbramiento de Lebron James, Kobe fue la imagen de la NBA durante el siglo XXI. Ha sabido dejar un legado que bebe del respeto y de la admiración hacia Michael Jordan, pero que tiene sello propio. El sello de Kobe Bryant. El sello de la ‘mamba negra’.

Quizás el discípulo no superó al maestro, pero ha conseguido ser el maestro de muchos otros discípulos.

https://www.youtube.com/watch?v=1vzBFmRYyE0

“Hay jugadores que son especiales por su deseo inquebrantable de ganarte. Kobe puede tener días malos, puede a veces obcecarse por ser egoísta (…) pero ese deseo que tiene de derrotarte es tan poderoso (…) En los últimos cuartos igualados se siente capaz de todo, no tiene miedo a nada. Ni a las mejores defensas colectivas o individuales, ni a dobles o triples marcajes… ¿Veis los tiros que mete? ¡Por favor! ¿Qué se supone que se puede hacer contra eso? Nada, sólo decir ‘bueno, lo ha vuelto a hacer’. Es un ganador, porque hay una diferencia entre jugadores con talento y jugadores ganadores”. George Karl, entrenador de Denver Nuggets tras caer ante los Lakers en los playoffs de 2012 con 43 puntos de Kobe Bryant.

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