Sara había estudiado taquigrafía, mecanografía y contabilidad y sólo la Guerra Civil le impidió realizar estudios universitarios. El caso de Sara era extraño. Una mujer formada y capaz en los lúgubres años 40, los del miedo y el hambre. Sara tenía una buena posición, pero era de todo menos una afortunada. Huérfana de padre desde que era un bebé, vio como la mitad de sus ocho hermanos fallecerían antes de la mayoría de edad. Una de sus hermanas era maestra y sería quien se ocuparía de enseñarle a leer y a escribir.
Cuando las tropas de Franco entraron en Bilbao, Sara fue escogida junto a otros cientos de chicas para una exhibición gimnástica en San Mamés. Era la primera vez que entraba en el coliseo rojiblanco. Tenía 12 años. De ahí surgiría un flechazo. Cuando con 19 años cobre la paga del 18 de julio pasará a ser abonada del Athletic. Eran los años de Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza. Años en los que el Athletic ganaba títulos por doquier y época donde los banderines del Athletic se exhibían con gran profusión en cafeterías y bares a lo largo y ancho de España.
848 goles entre los cinco
Y nótese el escogido uso de las palabras. Las pagas extras se denominan pagas del 18 de julio. Los hombres eran socios del Athletic. Las mujeres eran abonadas. Los socios, además de un asiento, tenían voz y voto en las decisiones concernientes al club. Las abonadas tan sólo podían ver los partidos. Ni mandaban ni opinaban.
Además del fútbol, a Sara le encantaba la radio. Al acabar su jornada matinal solía acercarse a Radio Juventud de Bilbao, emisora del Movimiento, para narrar cuentos infantiles en directo. Por entonces para trabajar en la radio no hacía falta titulación alguna ni formación específica. Tan sólo buena dicción, buen timbre de voz y ganas de comerse el mundo. La femenina y cadenciosa voz de Sara Estévez era ideal para llegar a los niños y a los no tan niños de Vizcaya.
Hasta que un buen día de 1952 alguien preguntó en redacción a quien le gustaba el fútbol. Fueron muchos los que levantaron la mano. La siguiente cuestión era conocer quien estaría dispuesto a ser cronista deportivo. Eso ya era otro cantar. El periodismo deportivo estaba muy mal visto. Era una profesión de segunda en la que a menudo se usaban pseudónimos para no ser reconocido por otros compañeros.
Tan sólo una persona levantó la mano. Era Sara Estévez.
Se acababa de convertir en la primera periodista deportiva de España.
Pero nadie lo sabría. Sara escogió como pseudónimo el nombre de ‘Maraton’ y con ese nombre escribiría sus textos. “El símil de una persona que había corrido hasta la muerte para entregar una noticia era la mejor imagen que se podía dar del periodista, que lo que tiene que hacer es precisamente eso: esforzarse para dar la noticia de la mejor manera posible”, explicaría ya retirada sobre el porqué de la elección.
Sara iba a los entrenamientos, hacía entrevistas y redactaba las crónicas de los partidos del Athletic. Pero jamás locutaba. Los textos eran narrados por un tal Paco Blanco que “colocaba bien la voz” como se decía en la época. Era frecuente que los redactores no leyesen sus propios textos si la emisora consideraba que el periodista no contaba con una voz radiofónica. Pero en el caso de Sara no habría esa disyuntiva. Era impensable que una voz femenina hablase de fútbol en antena.
Sara Estévez fue la voz sin voz del Athletic en Radio Juventud durante dos décadas. Su sueldo era tan exiguo que nunca pudo dejar su trabajo como mecanógrafa. El público de San Mamés veneraba a ‘Maraton’, pero nadie amaba a Sara. Ella ocupaba su asiento de abonada en el estadio y con una libreta en las rodillas se dedicaba a escribir lo que sucedía. Después Paco Blanco locutaba y Sara escuchaba como una radioyente más.
Con el tiempo a ‘Maraton’ le dieron un programa propio llamado ‘Stadium’. Información seria enfocada en el Athletic y un comentario editorial valiente firmado por el propio ‘Maraton’. A la gente le gustaba. ‘Maraton’ apostaba por tal o por cual chico de la cantera y, efectivamente, esos eran los que triunfaban. Fue Sara la primera que apostó por Iribar. Nadie sabía quién era ese tal ‘Maraton’. Era de sobra conocido que, aunque la voz de Paco Blanco daba las noticias, no era él el que las escribía. Pero se suponía que la mente pensante detrás de todo aquello era un hombre. ¿Quién podría pensar que fuese una mujer? Era lo de menos. La palabra de ‘Maraton’ iba a misa.
El programa se emitía todos los domingos poco antes de la madrugada y se hizo célebre por dar todos los resultados de las categorías regionales vascas. La tarea era hercúlea en aquellos tiempos. Para ello Sara reclutó una red de colaboradores con los que contactaba a golpe de teléfono la tarde del domingo. Para el colaborador Sara no era ‘Maraton’. Era la secretaria que le daba los resultados a ‘Maraton’.
El éxito llevaría a la expansión del programa a todos los días de la semana. El editorial de ‘Maraton’ también pasó a ser diario. El anonimato le permitía ser dura en tiempos donde ser dura era ir contracorriente.
Fueron dos décadas de secretismo hasta que el paso del tiempo permitió que ‘Maraton’ se sacase la máscara sin miedo a ser lapidada. Era 1973 cuando Sara Estévez habló por vez primera delante de un micrófono. Para entonces su programa se había expandido de tal forma que contaba con información polideportiva y hasta contenía una sección sobre deportes vascos que se permitía hacer en euskera. Arrastre de piedras y corte de troncos en la misma radiofrecuencia que acababa sus emisiones radiando el ‘Cara al Sol’.
La noticia supuso un shock para muchos, pero los tiempos cambiaban y había otras muchas cosas por las que preocuparse en aquellos años del tardofranquismo. Con la llegada de la democracia aquellas empresas alimentadas por el Franquismo desaparecieron. Radio Nacional de España absorbió a unas cuantas emisoras, entre ellas a Radio Juventud, y en 1983 decidió cancelar ‘Stadium’.
Fue una tragedia. Si hasta entonces la vida de Sara había sido discreta ahora iba a recibir todo el cariño que las vicisitudes de su época le habían negado. Las demás periodistas se solidarizaron con Sara y la gente escribía cartas a los periódicos exigiendo su vuelta. Todo fue en vano. Fue el fin para la mecanógrafa tras casi dos décadas de anonimato y una como Sara Estévez. Fue recolocada en redacción y pasaría sus últimos años informando sobre terrorismo y política, algo que le aborrecía.
Sara se jubiló a los 65 pero pasaría las siguientes tres décadas escribiendo una columna de opinión deportiva en ‘El Correo Vasco’. Por uno de esos textos cobraba más que por días de trabajo cuando en vez de Sara era ‘Maraton’. Hoy, a los 97 años, no hay bilbaíno que no reconozca su cara ni hay aficionado del Athletic que no venere su trabajo. Es hija predilecta de su ciudad y cuando la muerte decida llevarla a su lado tendrá un más que merecido homenaje en el nuevo San Mamés.
El partido de vuelta de cuartos de final de la Copa de Europa entre el Estrella Roja y el Manchester United llega a su fin. Es el miércoles 5 de febrero de 1958. Tras una cómoda ventaja de 0-3 al descanso, los yugoslavos fueron capaces de empatar el partido después de una segunda parte soberbia. Habían rozado la hazaña, pero el empate (3-3) era insuficiente para levantar el 2-1 en contra de la ida. La estrella del partido es el inglés Bobby Charlton, que en su tercer partido europeo marca dos soberbios goles. Charlton apenas tiene 20 años y juega de mediapunta. Sus espaldas están resguardadas por un mediocentro colosal, el estandarte de la selección inglesa. Se trata de Duncan Edwards, otro joven valor, en este caso de 21 años, con un presente esplendoroso y un futuro prometedor.
Nada existe por el azar al igual que nada se crea de la nada. Eso era el destino para los griegos. Decía Aristóteles que la naturaleza humana está orientada hacia un fin, y ese fin último es la felicidad. La pregunta que teólogos y filósofos de entonces, de después y del mañana se hacen es resolver el porqué. ¿Por qué no todos podemos disfrutar de ese fin? ¿Por qué si el destino no está prescrito, no es concebible y es vivible, se ceba en unos y no en otros? Supongo que preguntas como esta rondaron día tras día la vida de Bobby Charlton. Digo rondaron en pasado porque, aunque Charlton sigue vivo ya pasados los 80, el alzhéimer hace tiempo que se ha encargado de destrozar sus recuerdos. Esta leyenda del fútbol no lo hubiese sido si el destino no lo hubiese querido. Porque Bobby Charlton era bueno, muy bueno, pero dicen que no era tan bueno como Duncan Edwards.
Quiso el destino que Edwards dejara este mundo antes de tiempo.
Mucho antes de tiempo.
Al acabar el partido la plantilla del United y del Estrella Roja confraternizaron alrededor de unas cuantas botellas. Tras una noche de alcohol a la mañana siguiente tocaba coger un vuelo rumbo a Londres, previa escala en Múnich. Era un vuelo chárter, algo inusual en la época, porque el día 8 el United tenía que jugar en Inglaterra ante el Wolverhampton un encuentro liguero. Busby, técnico y factótum de los Diablos Rojos, trato de atrasar el partido, pero la Federación Inglesa se negó, por lo que tuvo que alquilar un avión para poder llegar a tiempo a Inglaterra tras jugar apenas 48 horas antes el citado encuentro europeo frente al Estrella Roja.
Edwards y Charlton se conocieron en el verano de 1956. Duncan Edwards había sido colegial en los cuarenta y era adolescente en los cincuenta. Pertenecía a esa generación feliz que dejó atrás la guerra. Edwards cumplía con todos los tópicos. Era honrado, superlativo, fuerte y simpático. Era la encarnación de las fantasías infantiles. El niño bueno que a base de trabajo, talento y esfuerzo había logrado su sueño siendo humilde y excelente persona. En el campo era un box to box. Un hombre que tenía tanto talento y estilo como fuerza y serenidad.
Tras la resaca, la expedición del United se dispuso a desayunar y a abandonar el hotel. Era la mañana del jueves 6 de febrero. Subieron a un autobús y pusieron rumbo al aeropuerto de Belgrado. Eran 44 personas entre futbolistas, técnicos, directivos y periodistas. Cuando llegaron al control de pasaportes tuvo lugar el primer inconveniente. Johnny Berry, un hábil extremo derecho, no encontraba su pasaporte. Buscaba y rebuscaba sin suerte en su maleta hasta que cayó en la cuenta de que el pasaporte había quedado olvidado en su habitación. Una hora después un empleado del hotel aparecía en taxi con el susodicho visado. El vuelo a Londres, con parada para repostar en Múnich, salía con una hora de retraso.
Como Robben, Bobby Charlton era tímido y eternamente calvo. Hijo de minero y de una madre de porcelana que hasta el matrimonio fue una fenomenal futbolista, Charlton combinaba elegancia y espectacularidad. Un trescuartista capaz de silenciar a una multitud a la espera de un pase, un cambio de dirección, un disparo o una decisión. Uno de esos futbolistas capaz de levantar del asiento a periodistas y aficionados de mirada triste.
El Airspeed Ambassador, que era el nombre de aquel pájaro de hierro, aterrizó en el aeropuerto de Múnich a eso de las 14.00 horas. Había una soberana capa de hielo en la pista y los copos de nieve caían sin cesar. Tras el repostaje el comandante intentó despegar, pero un extraño ruido en el motor y el asfalto helado le hicieron rectificar. Tras unos minutos hubo un segundo intento. Las sensaciones fueron las mismas y a los contratiempos hubo que añadir una fuerte ventisca. Se ordenó a los pasajeros tomar un café en la terminal mientras se revisaban los motores y se echaba sal a la pista de despegue.
Aquel equipo era conocido como los ‘Busty Babes’. Matt Busby había reclutado a unos adolescentes extraordinarios a inicios de los 50 que tocaron el cielo al ganar la Liga en 1956. Duncan Edwards lideraba un equipo que seguía la máxima de que el balón es redondo y debe rodar por el césped, algo poco frecuente en aquella Inglaterra. Jugaban a un toque y con un desparpajo sin igual. En 1957 aquellos imberbes habían caído ante el todopoderoso Madrid en las semifinales de la Copa de Europa, pero para 1958 el objetivo era ganarla. Edwards, que sumaba 18 internacionalidades con 21 años -un récord estratosférico de la época-, había acogido bajo su ala a Charlton, de 20 años recién cumplidos, y que aquella temporada se había ganado un puesto en el once titular tras dos años alternando la cantera y el primer equipo. “Deja de pedir un puesto en el equipo y robalo”, le había dicho Edwards a Charlton el verano anterior.
Por tercera ocasión, a las 16:05 del 6 de febrero de 1958, el comandante, que respondía al nombre de James Thain, se dispuso a intentar el despegue que creía definitivo. Por entonces el miedo ya estaba presente entre los pasajeros. La mayoría hubiese preferido hacer noche y esperar al día siguiente, pero el compromiso ante el Wolverhampton era ineludible si el United no quería hacer frente a una sanción y a la pérdida del partido. El caso es que el avión se deslizó por la pista incapaz de coger la altura suficiente. Se estrelló en una colina cercana en la que había una casa deshabitada. Pronto las llamas hicieron su aparición. El avión se había partido en dos.
Por entonces Charlton aún no había sido internacional. Lo sería meses más tarde, pero le costó alcanzar la madurez. Eres incapaz de meter la pierna, le decían. Un jugador al que se admira, pero al que los niños no deben imitar. La pelota puede rebotarle en el estómago que se mantendrá indiferente, se comentaba. Duncan Edwards llevaba desde los 18 siendo una estrella. “No recuerdo ningún jugador tan grande que se mueva a tal velocidad”, diría de él Stanley Matthews, el mito viviente, el primer Balón de Oro de la historia.
En el mismo momento en el que el avión se partió en dos las llamas comenzaron a brotar por todo el fuselaje. El horror hace su aparición. Muchos quedan calcinados en sus asientos, otros saltan por los aires con algún miembro partido. Alguno de los supervivientes es incapaz de soltar el cinturón de seguridad mientras agoniza a la espera de una ambulancia.
El infierno con alas
Fueron 23 los fallecidos. Hubo periodistas, técnicos y directivos. Entre los futbolistas perecieron Geoff Bent, Eddie Colman, Mark Jones, Bill Whelan, David Pegg, Roger Bryne y Tommy Taylor. Los tres últimos eran internacionales con Inglaterra. Todos ellos estaban comenzando a disfrutar de la vida.
Entre los supervivientes destacaba Bobby Charlton. Milagrosamente quedó intacto a pesar de que su asiento saltó por los aires hasta topar con la nieve. Impresionado y aturdido, fue incapaz de ayudar a sus compañeros. Quien sí lo hizo fue Harry Gregg, el portero del United, que ayudó a sacar del avión tanto a Matt Busby como a Duncan Edwards.
Aquello dolió lo indecible, pero la conmoción adicional de la tragedia la iba a traer Duncan Edwards. Justo una semana después, Matt Busby respondía, sin que se le esperase, a los estímulos de los médicos cuando horas antes le habían dado la extremaunción. Tendría que seguir hospitalizado en Múnich, aunque se recuperaría. Los futbolistas supervivientes también iban a poner rumbo a Londres con la excepción de uno. Duncan Edwards tenía un riñón perforado y había sobrevivido a un trasplante de urgencia hecho a través de uno artificial. Pero el invento no funcionaba y la sangre de Edwards se coagulaba.
Fueron quince días lo que el héroe de los tres leones estuvo luchando entre la vida y la muerte. Aquel gigante con pies de funambulista y corazón de león expiró a los 21 años causando un dolor nacional. 5.000 personas acudieron a su entierro en la pequeña aldea de Dudley, en cuyo cementerio su padre ejercía de jardinero. En la iglesia del pueblo una hermosa vidriera con su imagen mantiene vivo el recuerdo de un jugador brillante y con coraje que dejó una sensación de obra incompleta.
Días antes de volver a Inglaterra Jimmy Murphy, segundo técnico del United, visitó a Edwards obviando la verdad sobre su estado. En la charleta, Edwards le dijo a Murphy que estaría listo para jugar contra los Wolves, pero que si no conseguía llegar a tiempo tenía que ser Charlton el encargado de liderar al equipo.
Lo cierto es el partido ante el Wolverhampton se volvería a aplazar, pero el 19 de febrero, dos días antes del fallecimiento de Edwards y apenas 13 días después del accidente, el Manchester United tendría que jugar sí o sí ante el Sheffield Wednesday. La idea es no jugar, pero a las oficinas del United llegan miles de cartas y de sobres de dinero para que el club pueda seguir participando tanto en la Liga como en la Copa de Europa, en un tiempo en el que un futbolista tenía el mismo sueldo que un carpintero. Finalmente, un United plagado de juveniles derrota al Sheffield en un encuentro donde el programa del partido se dejó en blanco y en el cual no se nombró por megafonía a ninguno de los nuevos jugadores. Todos, juveniles y fallecidos, eran parte del United.
Bobby Charlton vería desde el palco aquel encuentro, Había decidido no volver a jugar al fútbol impactado por la tragedia y avergonzado por no auxiliar a sus compañeros. El United sólo ganaría un encuentro de Liga de los 14 disputados de ahí a final de temporada. Quedó eliminado de manera honrosa (2-5 en el global) ante el AC Milan en las semifinales de la Copa de Europa. Charlton no jugaría ninguno de esos encuentros. Tardó semanas antes de volver a calzarse las botas.
Matt Busby tardaría un lustro en recuperar a los Diablos Rojos. El United ganaría la Liga en 1965 y 1967 y al año siguiente se convertiría en el primer conjunto inglés en ganar la Copa de Europa. Por entonces una nueva generación comandada por George Best y Denis Law lideraba a un grupo maravilloso. De los supervivientes de la tragedia de Múnich de diez años atrás se mantenía el portero, entonces suplente, Harry Gregg, el defensa Bill Foulkes…y el por entonces capitán Bobby Charlton.
Bobby Charlton (sentado a la izq de Matt Busby)
Meses después de la tragedia de Múnich, Charlton debutó con Inglaterra y su trayectoria no tendría picos de sierra siguiendo una línea continua con un punto álgido en el Mundial de 1966. Quiso el destino que Charlton ocupase el lugar de Edwards como el futbolista más importante de la nación más importante del deporte más importante jamás inventado. Pocos como él pueden presumir de ser campeones de Europa de clubes, del mundo con su selección y tener el Balón de Oro.
Y ninguno de todo eso y de haber sobrevivido a un accidente de avión.
Y mientras todo esto sucedía Duncan Edwards acumulaba malvas en un pequeño cementerio de los midlands ingleses.
Duncan Edwards era mejor jugador que Bobby Charlton. «Era bueno con la derecha, bueno con la izquierda, con un extraordinario remate de cabeza y muy sólido en defensa. Era capaz de ponerte un balón a sesenta metros de distancia”, diría de él Charlton. “Tan sólo Edwards y Pelé me han hecho sentirme inferiores en un campo de juego”, contaría en otra ocasión. Quizás el recuerdo exagere el comentario, pero los hechos y los datos recogidos de aquel joven centrocampista reafirman lo pensado.
Quiso el destino que Edwards fuese un sueño y Charlton su realidad.
Con el capitalismo democrático como gran triunfador, atrás quedaron los tiempos donde las ideas eran defendidas con la vida. Quizás es mejor dejar de un lado el concepto derecha/izquierda y abrazar definitivamente el de conservador/progresista. Para los conservadores las respuestas suelen estar en el pasado. Todo aquello susceptible de cambio debe respetar la tradición y, antes de afrontar un nuevo proyecto, primero hay que probar a arreglar el ya existente. Para los progresistas no existe más allá que el futuro. Toda mejora está por venir y, romper con lo que no ha funcionado, se tiene como lo lógico.
El fútbol siempre ha estado en manos de los tradicionalistas. Hasta hoy. Las reglas básicas y todo lo que rodea al fútbol, desde las comunicaciones hasta la forma de entrenar o el diseño de los balones, se mantuvieron prácticamente inalterables hasta hace un par de décadas. El cataclismo al que se está enfrentando el fútbol para adaptarse al galopante avance tecnológico y a una nueva forma de ocio juvenil está removiendo sus cimientos.
Los conservadores mal se adaptan a estos cambios. Especialmente gravantes son las permutas en las indumentarias y en los escudos de los equipos. Ambos representan la identidad, la memoria y el sentido de pertenencia de la comunidad. Son el símbolo de una pasión. El escudo desempolva hechos del pasado para ponerlos en valor. Las nuevas formas de comunicar cambian la imagen para buscar distintas sensaciones impregnadas de modernidad.
Juventus FC (1897-)
Pero donde el insulto se convierte en sacrilegio es cuando se hace un cambio de diseño en la equipación. A fin de cuentas, es el club el que decide modificar el escudo, pero es una ambiciosa casa comercial la que decide cambiar el diseño de la camiseta.
Sacrilegio, ¿verdad? Mas, quizás, esos colores que tanto amamos igual no lo son tanto.
Cuando en 1872 Inglaterra y Escocia disputen el primer partido internacional de la historia lo harán con camisa de manga larga y pantalones por debajo de la rodilla. Las botas de cuero eran, por supuesto, negras, se llevaban calcetines largos y los guardametas solían usar gorra con independencia de que el día fuese soleado. Muchos futbolistas llevaban también una cinta a modo de protector en la frente para los remates de cabeza.
A principio del siglo XX las camisetas ya empezaron a asemejarse a las actuales. Se implantó el pantalón corto con las medias, ya eran más comunes las botas con tacos y las espinilleras sustituyeron a los calcetines largos como forma de protección. Durante esta primera mitad del siglo XX muchos equipos comenzaron a usar ropa con rayas y con variedad de colores. También se generalizaron los escudos en las camisetas y más adelante la serigrafía numérica para identificar a cada futbolista. Los porteros empezaron a abandonar la gorra, pero no una prenda de lana que les llegaba a las rodillas conocida como zamarra.
Tanto las zamarras como el resto de uniformes pesaban mucho y eran molestas. Las camisetas solían tener cierre de cuerdas o botones en los cuellos, hasta que en los 70 se produjo el gran cambio. Aparecieron las telas sintéticas y se empezaron a generalizar los cuellos de pico y los redondos. La mayoría de los clubes y de las selecciones adoptaron sus colores y diseños definitivos durante esa época.
Así que era normal que a inicios de los 80 las marcas deportivas decidiesen implantar su firma en la camiseta y, de paso, empresas ajenas al fútbol decidiesen utilizar a los jugadores como anuncios móviles. A partir de los 90 aparecerán los estampados y con el siglo XXI tecnologías textiles que absorben la humedad, protegen de los rayos ultravioletas, mejoran la comprensión de los músculos, y todo ello hecho con material reciclado. Se ha llegado al punto de que los jugadores del FC Barcelona visten esta temporada camisetas personalizadas, adaptadas personalmente a sus figuras tras realizar escáneres 3D a sus cuerpos.
Al gusto del consumidor
—CAMISETAS NO TAN SAGRADAS—
Al principio, por cuestiones de diseño, de logística y de sentido común, las camisetas solían ser blancas. No hay elástica color nieve más famosa que la del Real Madrid. La elección de dicho color obedece a la admiración de los madrileños por el Corinthian FC, quizás el club amateur inglés más famoso del siglo XIX (de ahí el nombre y los colores del Corinthians brasileño). Más de medio siglo después, Don Revie se hizo cargo del Leeds United y ordenó cambiar el azul y amarillo tradicional por el blanco para honrar al gran Madrid de Di Stéfano. Lo cierto es que el cambio fue para bien, porque de blanco llegaría la era dorada de la entidad de Yorkshire.
Igual de sorprendente es conocer que el Sevilla FC vestía en su origen de rojiblanco. Fue el retraso en un pedido lo que les obligaría a usar una camiseta totalmente blanca. Pero para sorprendente de verdad lo del Barça. Es de todos conocidos que el FC Barcelona viste con los colores del cantón de Ginebra por obra y gracia de Hans Gamper, su primer presidente. Lo que no es tan sabido es que hasta los años 60 la segunda zamarra era de blanco impoluto con la cruz de Sant Jordi en el pecho. No sería hasta bien avanzado el Franquismo cuando la inquina a todo lo níveo se extienda como un virus por toda Cataluña y el amarillo con tonos azulgranas sean los colores habituales para la segunda indumentaria.
De azulgrana juegan dos modestos españoles. Uno es la SD Huesca, en su caso por simple admiración hacia el gigante catalán. Más interesante es el porqué del azulgrana en la zamarra de la SD Éibar. Cuando en 1940 el cuadro vasco se fundó, recibieron por cortesía unas camisetas del Barça. El utillero decidió quitarles el escudo y coserles el de la SD Éibar. Por increíble que parezca la tradición duró hasta tan tardía fecha como 1987.
Sin marcharnos de la Ciudad Condal nos encontramos con el RCD Espanyol, que viste de blanquiazul en honor a los colores del blasón de Roger de Lauria, Gran Almirante de la Corona de Aragón. Lo que muchos periquitos desconocen es que durante su primer decenio de vida el RCD Espanyol vistió de amarillo. Caso inverso al del Villarreal CF, que se pasó al amarillo en 1946 tras tres décadas vistiendo con camiseta blanca y pantalón negro.
De rojiblanco viste el Athletic y el Atlético (en sus orígenes sucursal de los bilbaínos) por un malentendido. El Athletic vestía a cuadros blanquiazules como el Blackburn Rovers, pero en un pedido realizado a Inglaterra para la temporada de 1909 se encontraron con que no quedaban. Decidieron solicitar una remesa al Southampton FC que vestía de rojiblanco. Y es que el influjo británico es trascendental para buscar significado a los colores de los equipos españoles. Es el caso del Real Betis que sustituyó el azul por el verdiblanco cuando Manuel Ramos, capitán bético, viajó a Glasgow y se enamoró del Celtic FC.
Athletic Club (1898-1909)
Quizás los dos casos más estrambóticos sobre los orígenes de unos colores sean los del Rayo Vallecano y los del Granada CF. En sus inicios el Rayo era un modestísimo club que vestía totalmente de blanco. En 1948 ascendió a Tercera División y solicitó la cesión de varios futbolistas al Atlético de Madrid. A cambio los colchoneros pidieron al Rayo algún detalle rojo para que ese blanco impoluto no se pareciese tanto al Real Madrid. Había nacido la franja más famosa del fútbol español.
En el momento de su fundación la camiseta del Granada CF constaba de rayas verticales azules y blancas. Al finalizar la Guerra Civil, al no encontrar los colores originales del club, compraron unas camisetas rojas y blancas, pasando a ser estos los colores del club andaluz. Pero el caso es que, en 1973, ante la mala clasificación del club y para diferenciarse de la mayoría de equipos, Cándido Gómez, presidente nazarí, decidió pasarse a las rayas horizontales. Se formó un pollo considerable y las rayas horizontales aparecieron y desaparecieron como el Guadiana, hasta que en el año 2005 los estatutos reflejaron la horizontalidad de las elásticas ‘per saecula saeculorum’.
—CAMISETAS NO TAN SAGRADAS, UNA VUELTA POR EL MUNDO—
Si alguien bucea por Internet y encuentra un club llamado Everton Athletic que viste de azul y blanco y juega en Anfield, le disculparemos si lo identifica con el actual Everton FC. Lo cierto es que se trata del Liverpool FC, club fundado por una disputa sobre la propiedad del estadio de Anfield. Para evitar confusiones el Liverpool FC dejó de llamarse Everton Athletic y de paso se pasó a la camiseta roja y al pantalón blanco, hasta que en 1964 el rojo se extendió también a medias y pantalones.
Si bien no son los ‘Reds’, al Manchester United se le conoce como ‘Red Devils’. No obstante, durante su primer cuarto de siglo de vida el United vistió con camiseta amarilla y verde dividida en dos mitades iguales. Lo cierto es que el club tampoco se llamaba así sino Newton Heard Lancashire and Yorkshire Railway FC.
Manchester United (1872-1902)
De burdeos viste el Girondins por razones obvias. También lo hace el modesto Burnley FC que cambió su tradicional blanquiazul por el burdeos como homenaje al Aston Villa, por entonces el club más laureado de los campos ingleses. También como homenaje al Aston Villa viste de tinto el londinense West Ham. Inicialmente aquel equipo fundado por trabajadores del metal lucía el azul oscuro y pretendían combinarlo con el burdeos. La dificultad de entonces para mezclar ambos tonos hizo que se pasasen directamente al tinto en su totalidad. Y ya nos referimos antes al Leeds United que se pasó al blanco en 1960 para ensalzar al Real Madrid.
El Arsenal FC es otro de esos equipos que copió sus colores para honrar a otra institución, en este caso el Nottingham Forest. Sin embargo, hacia 1930, los londinenses decidieron eliminar el rojo de las mangas y convertirlas en blanco como un signo diferencial que permanece inalterable con el paso del tiempo. Más adelante el Sporting de Braga imitará al Arsenal FC e introducirá las mangas blancas en su camiseta. Por cierto, las estadísticas dicen que el rojo es el color más ganador y el azul el más usado entre los clubes de fútbol.
En Nottingham debemos parar si queremos encontrar el porqué de los colores de la Juventus de Turín. En este caso en Notts County, un modestísimo club inglés. La Juve lucía una llamativa camiseta rosa con una estrecha franja negra a modo de corbata. El caso es que el rosa se desteñía con facilidad. Resultó que solicitaron a una fábrica de Nottingham una nueva remesa (todas las camisetas entonces se pedían a Inglaterra) y el comerciante, al ver el original, pensó que era blanco desteñido. Envió a Turín unas camisetas de rayas blancas y negras como las que lucía el Notts County, que fueron rechazadas nada más llegar a Italia. Pero como la Juve tenía un compromiso inmediato y, no había con que vestir a sus jugadores, se aceptó aquella camiseta blanquinegra. Y hasta hoy.
El AC Milan siempre ha vestido de rojinegro, colores escogidos para infundir miedo entre sus oponentes por representar al diablo. No es el caso del Internazionale, que abandonó el azul y negro por el blanco con una cruz roja en honor a San Ambrosio, patrón de la ciudad, entre 1928 y 1945. De burdeos juega el Torino FC que suele utilizar como segunda equipación una zamarra similar a la de River Plate, en agradecimiento al partido homenaje que los argentinos disputaron para recordar a las víctimas de la tragedia de Superga de 1949. Del mismo modo la segunda de River suele ser color burdeos, mientras que la famosa franja de su camiseta titular es una honra al pasado genovés de la ciudad.
Más caótica es la historia de los colores de Boca Juniors. Empezaron de rosa, se pasaron al celeste y luego al blanquinegro hasta que, dice la leyenda, un barco con bandera sueca atracó en el barrio de Boca y el azul y amarillo quedó establecido para siempre. Seis años más tarde se instituyó la característica franja horizontal de los xeneizes (genoveses). Es tal la fuerza del azul y amarillo que en La Bombonera es uno de los escasos lugares del mundo donde ‘Coca-Cola’ debe renunciar al rojo (los colores de River) y buscar otras tonalidades.
El Santos FC de Pelé es asociado al blanco, por lo cierto es que sus colores originales imitaban las rayas blanquinegras de la Juve. El Olympique de Marsella combina el azul de múltiples formas cuando en sus estatutos de fundación pregonaban el blanco tanto en la camiseta como en el pantalón para imitar la pureza olímpica del Barón de Coubertin. De igual modo el Borussia Dortmund es asociado al amarillo y al negro, los colores del mono que llevaban los mineros de la zona, cuando lo cierto es que el azul y el blanco eran sus colores originales.
Pero si hay una indumentaria caótica por excelencia esa es la del FC Bayern. Los tonos originales de los muniqueses eran el azul y el blanco (los colores de Baviera). Por un fallo en un pedido se pasaron a la camiseta blanca y el pantalón negro. Tras absorber a un pequeño club de barrio que vestía de rojo, introdujeron esa tonalidad al pantalón y más tarde a la camiseta, que pasó a ser roja con rayas azules o blancas. Cuando Beckenbauer ganó su primera Copa de Europa el Bayern iba con rayas rojiblancas. Tres años después vestía de rojo. Desde entonces el rojo se ha impuesto, pero las rayas blancas (horizontales o verticales) e incluso el azul hacen su aparición de vez en cuando.
1970. El primer gran FC Bayern
Hablando de alemanes, ¿se han fijado que la selección teutona viste de blanco a pesar de ser un color que no luce en su bandera? Viste de blanco y negro, los colores de Prusia. De igual modo Italia (casa de Saboya) o Países Bajos (casa de Orange) hacen ascos a su bandera nacional para honrar los colores de sus respectivas casas reales. Japón (azul), Venezuela (burdeos) o Australia (amarillo), son otras selecciones que no respetan los tonos de sus banderas.
“De jugador no cambiaba la camiseta del Atleti. Me tenían que dar dos, la mía valía más”. Diego Pablo Simeone.
“No sé si lo entendéis; lleváis en la camiseta el escudo del Real Madrid”. Santiago Bernabéu.
Otras historias de fútbol en las que no se habla de fútbol
El primer club de fútbol que decidió vender una réplica de su camiseta de juego fue el Leeds United en 1973. Lo hizo por ocho euros de la época y abrió una ventana a lo que hasta entonces consistía en comprar una camiseta con los colores de tu equipo y decirle a tu abuela que te cosiese un escudo a mano. En la actualidad una réplica oficial ronda de media los 80 euros, con picos que llegan a los 130 euros cuando en el verano de turno los grandes clubes presentan sus nuevos diseños.
Sobre la segunda camiseta poco que decir. Consistía en no coincidir con el equipo que jugaba como local. Si uno tenía rayas, el otro no. Si uno vestía de azul, pues el otro de blanco. Ni siquiera se molestaban en trastocar los pantalones o las medias. Todo cambió cuando la televisión a color se hizo popular en medio mundo a mediados de los 70. Tocaba distinguir, pero distinguir con todas las de la ley. Para inicios de los 80 la segunda equipación era un producto de marketing de igual valor que la primera. Luego llegaron los 90 y la tercera camiseta, hasta que en la actualidad la cosa se ha desmadrado. Hay camisetas edición especial, conmemorativas y hasta se puede jugar ante tu afición con una cuarta indumentaria.
¿¿¿El Inter de Milán???
Conjuntamente las camisetas retro están en continuo auge. En un principio eran producidas por tiendas que hacían réplicas exactas, pero en las que no podía figurar ni la publicidad impresa ni la marca comercial por culpa de los derechos de imagen. Ahora son las propias marcas y los propios clubes los que sacan ediciones especiales calcadas rememorando sus grandes éxitos. Y todo ello a precios cercanos a los 150 euros. Y es que el enorme aumento del patrocinio de las camisetas conlleva, para refinanciarlo, que suban los precios de las réplicas para aficionados.
Tiempo ha, los equipos recibían la ropa deportiva gratuitamente para promocionarla. Los clubes más pequeños directamente tenían que pagarla, tal y como hacemos cada uno de nosotros. A partir de la explosión del marketing los patrocinadores solían comprar derechos para patrocinarlo todo, desde estadios hasta medias. Actualmente la mayoría de los acuerdos se centran en ceder al patrocinador el derecho a usar la propiedad intelectual del club, y, a través del club, los derechos de imagen de los jugadores. Así, el fabricante de las camisetas puede establecer el precio de las réplicas y su rediseño anual para obtener un retorno concreto de su inversión. Se trata de una estrategia distinta a calcular exclusivamente lo que obtendrían por algo tan difícil de cuantificar como el valor de la marca o la fidelidad del consumidor.
Lo que en un principio eran camisetas pensadas para el joven forofo se han convertido en ropa informal para jóvenes y adultos de todas las edades. Por ello muchos diseños apelan a la nostalgia y muchas camisetas sirven como complemento ideal para una tarde veraniega de entre semana.
Hay quien se pregunta si la fastuosa cantidad de dinero que las firmas comerciales gastan en los clubes se acaba recuperando. De hecho, es más que sabido que las plataformas audiovisuales suelen perder dinero con sus contratos televisivos. En el caso de las marcas deportivas se estima, por ejemplo, que Nike obtiene en un cuatrimestre el retorno de su inversión anual en sus principales equipos de fútbol en Europa. La distribución del precio de una camiseta suele clasificarse en un 59% para los costes de marketing, la distribución y el IVA, un 22% para el minorista, un 11% de beneficio para el fabricante, un 5% como coste de fabricación y un 3% de ingresos para el club.
Hasta aquí la teoría. Ahora viene la práctica.
Llevar la camiseta de un equipo de fútbol se ha normalizado. A nadie le chirría ver a un tipo de rojo Liverpool pavoneándose como si fuera el dandi del barrio. O visitar la Sagrada Familia con una camiseta de Neymar. O ver a una chica salir de una tienda de Inditex con una camiseta del Real Madrid (¿¡rosa!?). O vislumbrar a un musculitos embutido en una camiseta de la Juve con unos vaqueros Levi’s y un Tissot en la muñeca camino de una cita romántica en un restaurante italiano. Seguramente no es lo ideal. “Está bien que la moda baje a la calle, no que venga de ahí”, dijo Coco Chanel. Nadie dice que sea muy decoroso. Igual hasta es hortera. Pero es la realidad.
No se sabe muy bien cuándo empezó todo esto. Quizá podamos situar el arranque en la Inglaterra de los 80, cuando tras el desarraigo de la desindustrialización thatcheriana los chicos de barrio se entregaron al único símbolo de socialización que quedó en pie. Erradicada la fábrica, la socialización tenía lugar en el estadio. El resto de Europa asistiría al fenómeno a remolque. Uno de los primeros personajes públicos en tener la osadía de ponerse una camiseta de fútbol en un contexto civil fue Platini, en un palco, durante la final del Mundial del 98. ¡Y se la puso debajo de un traje! Nadie debería imitar nunca nada que haya hecho Michel Platini desde que abandonó los terrenos de juego.
Los críticos apuntan, y no les falta razón, que si da vergüenza llevar camisetas o gorras de propaganda es incongruente que aceptemos vestir una zamarra elástica llena de publicidad de casas de apuestas o de páginas web chinas. Es cierto que somos hombres-anuncio, como también lo es que lo que parece hermoso en seres humanos jóvenes y musculados resulta espantoso cuando las canas asoman y el cuerpo se vuelve flácido.
Quizás por ello las camisetas de baloncesto son ahora con mangas.
—LAS CAMISETAS DE FÚTBOL MÁS BONITAS DE LA HISTORIA—
Y aun sabiendo que están sobrevaloradas y que son un atentado contra la moda, a mí, personalmente, me encantan. Por ello va un listado, subjetivo, de las que son las 10 camisetas más bonitas que el mundo del fútbol ha parido:
10. TSV Múnich 1860 (2012/13): Para seleccionar estas 10 camisetas he tenido en cuenta su belleza, pero también su relevancia histórica en forma de grandes éxitos deportivos. Así, en esta lista no están la camiseta de Dinamarca en el 86, la del Hull City, la camiseta sin mangas de Camerún, la de Colombia de 1990 o la del Vasco da Gama, por citar unas cuantas. Para honrar a todas ellas he escogido la del TSV Múnich 1860, el segundo club de la capital de Baviera. Se trata de una camiseta celeste con la particularidad de un juego de cuadros y un cuello polo. Con estilo propio, está considerada una de las camisetas más elegantes jamás diseñadas.
TSV München 1860
9. Celtic de Glasgow (2012/13): También han sido descartadas en esta clasificación las segundas equipaciones y las camisetas conmemorativas. Obras de arte como la camiseta de la Ambrosiana del Inter, la de los centenarios de la Juve o del Arsenal, las zamarras con los colores propios de Cataluña o el País Vasco en Barça o Athletic, la blanca impoluta de los 100 años del Madrid o la del siglo cumplido por el AC Milan… De todas ellas me quedó con la camiseta conmemorativa del 125 aniversario del Celtic de Glasgow. Deja de lado las rayas blancas y verdes para honrar el blanco con un escudo celta de color verde a la altura del corazón.
The Celtic FC
8. París Saint Germain (2019/20): Desde su fundación en 1970 el PSG ha hecho gala de representar a la ciudad del glamour a través de sus camisetas. A eso ayuda la combinación de rojo, azul y blanco, los colores escogidos para crear la bandera francesa y que luego han sido base de múltiples jirones. Inspirados por el Ajax que campeaba por Europa por aquel entonces, el diseño consiste en un tono azul adornado por una franja central roja con ribetes blancos. El precioso proyecto de la temporada 19/20 se coronó con el título liguero y su primera final de la Copa de Europa.
Paris Saint-Germain FC
7. River Plate (2014/15): Las franjas diagonales siempre le han dado un toque fastuoso a las camisetas. Como el fajín de un general o las bandas de la realeza, la distinción es elegante y refinada. River Plate es quizás el club más prestigioso en lo que a franjas diagonales se refiere. Camiseta blanca y banda roja, la zamarra de la temporada 14/15 -con victoria en la Copa Libertadores incluida- es de las más hermosas. Incluso la publicidad de BBVA queda perfectamente insertada en el ancho de la camiseta.
Club Atlético River Plate
6. Juventus FC (1984/85): Poca gente sabe que la Juve comenzó vistiendo una zamarra de color rosa, hasta que por culpa de un error en un pedido cambió el rosa por unas franjas verticales negras y blancas. Hay camisetas preciosas de la ‘Vecchia Signora’, a lo que siempre ayuda la escarapela con el escudo de Italia que puede lucir el vigente campeón de la Serie A. La indumentaria de 1985 con cuello de pico es de las más recordadas. Entre otras cosas porque fue el año en el que la Juve ganó su primera Copa de Europa mientras decenas de personas morían en Heysel.
Juventus FC
5. Países Bajos (1974): Muy pocos conjuntos visten de naranja. El Galatasaray en parte y el Shakhtar Donetsk en su totalidad y la selección de Costa de Marfil entre los equipos nacionales. Pero el naranja es por excelencia el color de la selección neerlandesa. El color de la naranja mecánica. A priori no parece una tonalidad muy apropiada para lucir, pero Países Bajos la ha hecho propia. La camiseta de Holanda en el 74, cuando Cruyff y compañía asombraron al mundo, es de las más lúcidas. Naranja intenso adornado por las tres rayas negras de Adidas en los laterales y el escudo de la realeza neerlandesa en el pecho.
Nederland 1974
4. Sao Paulo (1991/92): La alegría del fútbol brasileño queda fielmente representada en sus camisetas. Colores vivos y combinaciones estrambóticas lucen en muchos de sus equipos siendo, quizás, la más llamativa la atrevida combinación de verde y rojo de Fluminense. El Sao Paulo es más regio, con una preciosa camiseta blanca adornada por una franja horizontal que semeja la bandera de Egipto. Esa zamarra y el ‘10’ de Raí finiquitaron al todopoderoso Barça en la Copa Intercontinental de 1992.
Sao Paulo FC
3. UC Sampdoria (1991/92): Confieso que esta camiseta es mi debilidad. Gusto de apreciar las líneas rectas y el orden visual. Similar a la del Sao Paulo, la camiseta de la Sampdoria de Génova luce un azul intenso adornado por una franja horizontal blanca, roja y negra. El club es fruto de la unión del Andrea Doria, que lucía camiseta azul adornada con la cruz de San Jorge, y la Sampierdarenese, que vestía de blanco, rojo y negro. La combinación resulta exquisita e incluso más en la segunda equipación, cuando el azul se invierte por el blanco. La cima de la ‘Samp’ tuvo lugar con el título de la Serie A en 1991 y la final de la Copa de Europa de 1992.
Unione Calcio Sampdoria
2. Francia (1984): Azul, blanco y rojo. La combinación de la libertad. De la Revolución Francesa. Siempre triunfante, dichos colores se mezclan perennemente con acierto y mucho más cuando hablamos de la camiseta de la selección gala. Adidas diseñó una obra de arte con motivo de la Eurocopa de 1984 que Platini y compañía ganaron con solvencia en el Parque de los Príncipes. Se trata de una camiseta azul con cuatro finas rayas blancas horizontales combinadas con una más ancha en un vivo rojo. Sobre ésta última aparece el símbolo de la marca alemana y un gallo dorado emblema de la orgullosa Francia. El diseño ha sido repetido hasta la saciedad, incluida la victoria gala en el Mundial de 1998, pero el original sigue sin ser superado.
France 1984 / France 1998
1. Alemania (1990): Aquí no hay subjetividad que valga. Todas las publicaciones futbolísticas y las diferentes webs especializadas en ropa deportiva lo tienen claro. No existe camiseta más bonita que la que los alemanes portaron durante la consecución del título mundial en 1990. Fue el torneo de la unificación. El primero de Alemania como una única nación en medio siglo. Adidas apostó por el clásico blanco de Alemania aportando una franja quebrada con los colores de la bandera teutona. Simbolizaba la caída de un muro y la unión de un pueblo. Tanto la camiseta como la sudadera a juego se vendieron, y se venden, como churros. La geometría perfecta de la ‘Mannschaft’ coronó a una máquina primorosa a la que el mismo Helmut Kohl calificó de indispensable para reunificar al país.
Deutschland 1990
Otras historias de fútbol en las que no se habla de fútbol
Tras los incidentes de mayo de 1990 que dejaron cerca de un centenar de heridos en la conocida como ‘Batalla de Maksimir’ (véase primera parte), la siguiente cita de relevancia para el deporte yugoslavo era el Mundial de baloncesto de 1990. Tras ganar el Eurobasket del año anterior, el Mundial de Argentina fue un paseo militar para Yugoslavia, incluyendo una convincente victoria ante Estados Unidos que fue la causa definitoria para que los norteamericanos decidiesen reclutar a sus estrellas de la NBA a partir de entonces. Liderados por el croata Drazen Petrovic, el equipo se complementaba con los también croatas Dino Radja y Toni Kukoc, los serbios Vlade Divac y Sasha Danilovic, el esloveno Juri Zdovc y el montenegrino Zarko Paspalj.
Todas las decisiones importantes dentro y fuera del vestuario eran tomadas por Drazen Petrovic, el mejor jugador de aquella generación y, sobre todo, la personalidad más fuerte del grupo. El único que era capaz de alzar la voz y llevarle la contraria al llamado Mozart del baloncesto era el serbio Vlade Divac, un bigardo de 215 centímetros tan sobrado de talento como de malas pulgas.
Petrovic
La final ante la Unión Soviética (92-75) fue tan plácida para los yugoslavos que comenzaron a celebrar la victoria antes de la conclusión del partido. Una vez finaliza y suena la bocina se produce una invasión de seguidores en el centro de la cancha. Es entonces cuando un aficionado se acerca a Petrovic para entregarle una bandera croata. Divac reacciona con rabia y le quita la tela de la mano para luego tirarla al suelo. Petrovic se gira y le grita a la cara “yo no soy yugoslavo”, a lo que Divac reacciona empujándolo y escapando de la delicada escena para buscar una bandera serbia. No la encuentra, pero sí un blasón yugoslavo. Inmediatamente se reúne con varios compañeros en el centro de la pista y celebra el título bajo el emblema yugoslavo, en una escena en la que no están ni Petrovic ni el resto de los croatas.
Serbia es Yugoslavia. Croacia no es Yugoslavia.
Los dos egos chocan y el grupo se rompe. Las amistades dejan de existir. El año 1991 fue el del derrumbe definitivo del Telón de Acero. A efectos deportivos significó la desmembración (y posterior desaparición) de dos gigantes: la Unión Soviética y Yugoslavia. Para el baloncesto es hacer tabla rasa. Un antes y un después. Entre la URSS y Yugoslavia acumulan 19 títulos de 23 posibles en los Eurobasket disputados tras la II Guerra Mundial.
Quedaba el acto final. En el verano de 1991 la selección de baloncesto de Yugoslavia iba a disputar el que sería su último Eurobasket.
Drazen Petrovic no estaría presente. Oficialmente renunció a jugar para centrarse en su carrera en la NBA. La realidad es que lanzó un órdago al seleccionador Dusan Ivkovic, quien decidió contar con Divac (compatriota y amigo) en lugar de con Petrovic. La decisión tuvo un efecto rebote. Hasta entonces Petrovic había vetado la presencia de Aleksandar Djordjevic en la selección. El talentoso base serbio había exteriorizado en más de una ocasión su desafecto hacia los croatas. Ahora tenía el sitio asegurado.
El campeonato fue otro paseo para Yugoslavia que arrolló a Italia en la final disputada en Roma el 2 de julio. Tres días antes de dicha final Eslovenia declaró su independencia de forma unilateral. El presidente esloveno, Milan Kucan, llamó a Juri Zdovc, base titular de los plavi, y le ordenó que no disputase ni la semifinal ni la final. No sólo eso, sino que le obligaron a quedarse encerrado en su habitación del hotel sin ni siquiera poder comunicarse con sus compañeros. Tanto él como su familia habían recibido amenazas de muerte por parte de los ultranacionalistas eslovenos si osaba disputar aquella final.
La ausencia de Zdovc fue muy lamentada por sus compañeros. El aplicado base esloveno era muy querido en el vestuario. A diferencia del resto de repúblicas, Eslovenia tenía una gran cohesión étnica y territorial. Los eslovenos prácticamente no sintieron los efectos de la guerra. En 1988 la selección estaba formada por siete croatas, tres serbios, un esloveno y un montenegrino. En 1991 por seis serbios, cuatro croatas, un montenegrino y un esloveno. Petrovic y los croatas habían perdido la hegemonía a favor de Divac y los serbios. Esa era la lucha. Tanto en el deporte como en la política como en el campo de batalla. Los eslovenos no hacían daño a nadie. Zdovc no hacía daño a nadie. De hecho, sus compañeros le dedicaron la victoria.
No pasaron muchos días desde el fin del Eurobasket hasta el comienzo de las hostilidades entre serbios y croatas. Un periodista estadounidense acertó a entrevistar a Petrovic, el cual fue taxativo en la respuesta: “No competiré nunca más por un país que se dedica a bombardear nuestros hogares y matar a nuestros amigos y compatriotas”.
A Petrovic le resultaba terrible que le llamaran yugoslavo. En el primer partido de la temporada 1991-92 para su equipo, los New Jersey Nets, cogió un micrófono y exigió al speaker de los Nets que le llamase croata y nunca yugoslavo cuando anunciase al público el quinteto inicial. Durante esa temporada su rendimiento decrecería en algunos partidos. En cierta ocasión, tras encadenar numerosos fallos en el tiro, fue sustituido recibiendo pitos por parte del público. Sentado en el banquillo, Sam Bowie, su mejor amigo en los Nets, trató de consolarlo en ese momento difícil, a lo que Petrovic replicaría: “¿Situación difícil? Yo describiría como tal la escena en la que llamas a tu casa y tu madre te comunica que un amigo de la infancia ha muerto en la guerra”.
Mientras, en la otra punta de Estados Unidos, Vlade Divac haría campaña defendiendo los intereses serbios aprovechando el altavoz que le daba su presencia en Los Ángeles Lakers. A diferencia de Petrovic, Divac poseía una gran conversación y era capaz de sonreír bajo cualquier circunstancia. Evitó los comentarios incendiarios en los medios de comunicación y decidió, de forma inteligente, usar su imagen para conseguir fondos patrocinando numerosos actos y conferencias, ganándose ‘in saecula saeculorum’ una fama de gentleman.
Un serbio en el equipo más famoso del planeta
De vuelta en Europa, durante esa temporada 1991-92, los equipos yugoslavos que jugaban competiciones europeas tuvieron que emigrar para disputar sus partidos como locales. Se dio la circunstancia de que los grandes transatlánticos del baloncesto yugoslavo eligieron España como su nueva casa. La Cibona de Zagreb (campeona de Europa en 1985 y 1986) escogió Puerto Real, el Partizán de Belgrado (campeón de Europa, precisamente en 1992) eligió Fuenlabrada, mientras que los ciudadanos de A Coruña tuvieron el placer de disfrutar de la Jugoplastika Split (tricampeona de Europa en 1989, 1990 y 1991).
Todo esto sucedía mientras las ligas deportivas yugoslavas dejaban de contar con representantes eslovenos y croatas para la campaña 92/93. Aquel verano de 1992 la selección yugoslava de fútbol fue excluida de la Eurocopa apenas unos días antes del inicio del torneo, exclusión que se tornó más dramática cuando se extendió a los Juegos Olímpicos de Barcelona. Para la 93/94 abandonarían la competición los macedonios y los bosnios (éstos últimos tuvieron que formar ligas bosnio-musulmanas, bosnio-croatas y bosnio-serbias durante esos trágicos años), hasta que en 2006 se produjo la última escisión al formar los montenegrinos sus propias ligas deportivas (en 2008 fue turno de Kosovo, aunque su liga no fue reconocida hasta el 2017 por la UEFA). Será entonces cuando Serbia, heredera de Yugoslavia durante los 90 e inicios del siglo XXI, pasé a ser simplemente Serbia.
Para los serbios todo aquel proceso fue un ultraje. Fueron excluidos de toda competición internacional entre los años 1992 y 1995, y no así los nuevos Estados ya reconocidos, a pesar de que la guerra aún no había terminado. Serbia siempre fue vista como agresora y Croacia y los demás países como víctimas.
La nueva Yugoslavia
—LA PRIMERA VEZ TRAS LA GUERRA—
Serbia (y Montenegro) se enfrentó por vez primera a Croacia tras el fin de la guerra en el Eurobasket de 1997 celebrado en España. En el Palau Olímpic de Badalona un triple de Djordjevic en el último segundo dio la victoria a los serbios (64-62) en un partido en el que no hubo que lamentar incidentes gracias a unas fortísimas medidas de seguridad.
Pero el verdadero día D tuvo lugar en un partido de fútbol clasificatorio para la Eurocopa 2000 que se tenía que celebrar en Belgrado en marzo de 1999. Por entonces Yugoslavia ya se había desmembrado, pero Serbia mantenía el conflicto armado con Kosovo, una región autónoma de mayoría musulmana que no lograría su independencia de forma unilateral, aún no reconocida por diferentes países como Rusia, China o España, hasta 2008. En estas circunstancias Serbia y Croacia se iban a enfrentar en un duelo que trascendía lo deportivo.
“Este partido tiene una importancia especial y no podemos ignorarlo. Es inútil pretender que sea sólo deporte. Cada victoria de la selección croata es un triunfo de su pueblo. Si ganamos, dedicaré la victoria al pueblo croata, porque sé que estará con nosotros en cuerpo y alma”, manifestó el técnico croata Miroslav Blazevic. Éste, antiguo miembro del ejército yugoslavo, protagonizó un incidente en el Mundial de 1998 cuando en una conferencia de prensa se retiró cuando le fue asignada una intérprete serbia. Por su parte, Vujadin Boskov, seleccionador yugoslavo (serbio-montenegrino) indicó: “No quiero que esto se convierta en una cuestión política, pero las circunstancias han motivado que así sea. Se ha convertido en un asunto de orgullo nacional. Si ganamos, tendremos algo de lo que sentirnos orgullosos ante nuestro país”.
El choque debió haberse disputado un 27 de marzo pero, ante la amenaza de un bombardeo de la OTAN sobre Belgrado, se decidió el aplazamiento hasta agosto. Por esas fechas, el secretario general de la Federación Yugoslava de Fútbol, Branko Bulatovic, y el ex líder de los radicales del Estrella Roja, Zeljko Raznatovic, estaban siendo buscados por la OTAN acusados de crímenes de guerra. Al final el encuentro se disputó días después, mas, a pesar de todo, el choque fue boicoteado por los ultras del Estrella Roja (el partido se disputó en el Crevna Zvezda de Belgrado) que lucieron pancartas contra los croatas y también contra el presidente serbio Slobodan Milosevic, al que culpaban de los reveses de la guerra: “Milosevic nos ha traicionado. Es un croata”, declaró un joven radical a las cámaras de televisión.
Para evitar incidentes se impidió el acceso a seguidores croatas y únicamente se pusieron a la venta la mitad de las 55.000 entradas disponibles. Jugadores como Boban (el de la célebre patada en el Maksimir), Jarni, Suker o Simic se relamían mientras escuchaban por vez primera, y de forma oficial, en Belgrado los acordes del himno croata. Enfrente tenían a Djukic, Mihajlovic, Stankovic o Stojkovic, con los que habían compartido selección apenas nueve años antes. Mas no todo era pureza étnica, como ambos bandos querían difundir. Entre los titulares del equipo croata estaba Mario Stanic y por parte de los serbios Slavo Milosevic. Ambos eran, y son, bosnios, pero declinaron jugar con Bosnia-Herzegovina, una nación minúscula en el panorama futbolístico, para tener opciones de disputar un Mundial. Stanic escogió Croacia porque es católico y Milosevic hizo lo propio con Serbia porque es ortodoxo.
https://www.youtube.com/watch?v=wUbKKxLsTjY
A pesar de la tensión no hubo que lamentar fallecidos, pero la UEFA tomó buena nota del asunto. Desde entonces cada federación puede vetar el enfrentamiento con otra federación. Es por ello que se tendrían que alinear todos los astros para ver un duelo entre Ucrania y Rusia o entre Dinamo de Kiev y CSKA Moscú, o entre Grecia y Macedonia del Norte o entre Kosovo y Serbia.
“La región de los Balcanes tiene tendencia de producir más historia de la que suele consumir” Winston Churchill, primer ministro británico (1940-1945 y 1951-1955).
“Nosotros, los ganadores de la II Guerra Mundial, creamos un país junto a los Aliados llamado Yugoslavia. Nuestros enemigos, los croatas y los musulmanes, perdieron la guerra junto a los nazis. Si países como Francia o Gran Bretaña están ahora a favor de la existencia de un Estado musulmán (Bosnia-Herzegovina y Kosovo), ¿por qué no darles la posibilidad de hacerlo en París o en Londres?”. Ratko Mladic, jefe del Estado Mayor de Serbia durante la guerra (1991-1995).
A mediados de los 80, Yugoslavia era una potencia mundial en dos deportes; baloncesto (campeón del mundo en 1978 y bronce en los mundiales de 1982 y 1986) y balonmano (subcampeón del mundo en 1982 y campeón en 1986). Contaba también con poderosas selecciones y equipos en disciplinas como el fútbol, el voleibol y el waterpolo. Esa fortaleza estaba cimentada en pies de barro. Tras la muerte del mariscal Tito, el hombre que había liderado la lucha ante los nazis, el partido comunista implosionó y se convirtió en un nido de corrupción en el que las hienas buscaban su pedazo de podredumbre.
Yugoslavia era un país complejo. Creado en 1918 para contentar a los diversos pueblos de los Balcanes, nunca contentó a nadie. Fue la lucha contra el nazismo lo que logró cierta unión bajo el auspicio de Tito a través de complejos equilibrios identitarios. Fue Tito el que estableció que las empresas nacionales (y las selecciones deportivas) estarían repartidas con “un 40% de serbios, 20% de croatas, 20% de bosnios, 10% de eslovenos, 10% de montenegrinos y algún macedonio”. Yugoslavia era un crisol de culturas y una coctelera de ideas, pero también era el país del bloque comunista más abierto y que menos dependía de Moscú. Fue el único país del Este que no necesitó ayuda externa para derrotar a los nazis. A diferencia de Bulgaria, Polonia, la RDA o Rumania, los yugoslavos podían realizar viajes al extranjero con afán turístico y a sus deportistas se les permitía fichar por un club de la Europa Occidental a los 28 años, una edad tardía, pero muy permisiva en comparación con el resto de países miembros del Pacto de Varsovia.
Josip Broz ‘Tito’
Las rivalidades no sólo eran nacionales, también existían dentro de una misma comunidad. En Serbia, Estrella Roja de Belgrado (Crevna Zvezda) y Partizán de Belgrado (FK Partizan) encarnan valores tradicionalistas y profesan sentimiento anticroata, a pesar de que el primero fue fundado por los comunistas y el segundo simpatiza con las derechas. Los seguidores del Estrella Roja adornaban los partidos con cánticos del tipo “Estrella Roja es Serbia, nunca Yugoslavia” y silbaban y abucheaban el himno yugoslavo cada vez que se presentaba la ocasión. Para los blanquinegros del Partizán la bandera yugoslava era válida, pero solo porque, según ellos, representaba a la Gran Serbia. Las pancartas a favor de las minorías serbias de Krajina y Kosovo poblaban el estadio, así como los cánticos de “esto es Serbia, no es Yugoslavia”.
A diferencia de lo que ocurre en Serbia, la rivalidad entre las potencias futbolísticas de Croacia no se da en una misma ciudad. En Zagreb, el equipo hegemónico por excelencia es el Dinamo, escuadra fundada por la policía comunista en 1945, tras la obligada fusión del Ha-K y el Grandanski, los dos clubes más populares hasta la fecha. Sus hinchas más radicales se autodenominan ‘Bad Blue Boys’ y se autodefinen como “defensores de Croacia”. A orillas del Adriático, en Split, se encuentra el Hajduk, el único de los grandes clubes pre-comunistas que sobrevivió a los dictámenes deportivos del nuevo régimen. Fundado en 1911 es el más apolítico de los grandes clubes y, de hecho, ni su estadio ni sus seguidores fueron foco de problemas antes del estallido de la Guerra Civil.
Los croatas del BBB
Esta tensión racial, cultural e ideológica encontrará en los estadios de fútbol un lugar privilegiado para manifestarse. Durante la década de los 80 se extiende por todo el mundo el movimiento hooliganista, que años atrás había surgido en Gran Bretaña como respuesta a un cóctel perpetrado por la crisis económica, los cambios de hábitos juveniles y la continua pérdida de identidad grupal. Los distintos grupos ultras ligados a movimientos extremistas, tanto de derechas como de izquierdas, iban a tener en la desmembración de Yugoslavia un papel protagonista.
—LA BATALLA DE MAKSIMIR—
El 6 de mayo de 1990 se efectuaron en Yugoslavia las primeras elecciones libres tras la caída del Muro de Berlín. Hubo victoria de los partidos nacionalistas en cada uno de los seis estados federados que componían el país. En Croacia venció la Unión Democrática Croata (HDZ), cuyo líder era Franjo Tudjman, el cual fomentaba abiertamente la independencia. Que Macedonia o Eslovenia votasen a favor de su independencia era irrelevante. Que Croacia lo hiciese era destrozar el ‘status quo’ existente. Eran Serbia y Croacia las dos naciones más industrializadas, con el mayor número de habitantes y además compartían frontera y reivindicaciones territoriales. Slobodan Milosevic, presidente de Serbia, encarnaba la visión de los serbios que consideraban a Yugoslavia una unión de repúblicas indisoluble bajo mando de Belgrado. Que Croacia se independizase era inconcebible para cualquier serbio.
Milosevic, primer presidente electo de Serbia
Apenas una semana después de la convocatoria electoral tendría lugar el duelo liguero entre el Dinamo de Zagreb y el Estrella Roja, con el título casi decidido para este último. Justo antes del partido, Javier Wimer, embajador de México en Yugoslavia, comentaba en el palco a sus allegados que la guerra era inevitable y que estallaría tarde o temprano. La declaración fue filtrada a la prensa de forma deliberada. Pública fue la declaración de Bora Milutinovic, afamado entrenador serbio presente en el estadio aquella tarde, que espetó en la televisión; “serbios y croatas son enemigos a muerte, pero fuera se muestran unidos porque les interesa para formar un Estado fuerte”. Para completar el cúmulo de declaraciones incendiarias, Dragan Djazic, ex jugador y en aquellos momentos director deportivo del Estrella Roja, declaraba: “Nuestra obligación no es sólo ganar, también humillar”.
No era de extrañar que el partido acabase en batalla campal. Los problemas comenzaron antes del pitido inicial cuando los jugadores del Dinamo Zagreb saltaron al campo con un chándal de cuadros blancos y rojos, los colores de la Croacia independiente. En las gradas, los 3.000 radicales del Estrella Roja lanzaban bengalas al campo y botellas de ácido a las vallas de contención para derretirlas y poder acceder al césped.
Apenas un cuarto de hora después del pitido inicial, los ‘Bad Blue Boys’ saltaron al terreno de juego con la intención de llegar al fondo contrario ocupado por los ‘Delije’. Dirigidos por Arkan Raznatovic (años después juzgado como genocida), los ultras del Estrella Roja llevaban desde el inicio del partido cantando lindezas como «Zagreb es serbia» o «Te asesinaremos, Tudjman», mientras arrancaban los asientos y las vallas publicitarias más cercanas y mostraban cuadros con la imagen de diferentes santos ortodoxos (los croatas son católicos y los serbios ortodoxos). Los ‘Bad Blue Boys’ eran mayoría, pero en medio del camino se encontraron con la policía, de amplia suma serbia, por lo que la contienda se igualó por momentos. Los gases lacrimógenos, las porras y los cañones de agua hacen frente a los cuchillos y a las bengalas en una desigual lucha entre los seguidores croatas y la policía, mientras los ‘Delije’ atacan a los aficionados que se agolpaban a su alrededor.
Tras una hora de disturbios, más de un centenar de heridos o intoxicados por gas yacen en el césped del Maksimir. Son 68 según las cifras oficiales. El partido finalmente no se llegó a jugar y el Estrella Roja ganó una liga que quedaría interrumpida antes de su jornada final.
La imagen que quedó de aquel enfrentamiento fue la de Zvonimir Boban propinando una patada a un policía que aporreaba a un ‘Bad Blue Boys’. El centrocampista croata fue sancionado con seis meses de suspensión y no pudo disputar con la selección de Yugoslavia el Mundial de Italia 1990. No pareció que le afectara en demasía: «No me importa arriesgar mi vida, mi carrera y mi fama por la causa de Croacia”. El agente que recibió su patada no era serbio, sino bosnio, y al cabo de los años le perdonaría. La llamada ‘Batalla de Maksimir’ es para los croatas el punto de inicio de la guerra. Muchos de los allí presentes volverían a coincidir con fusil en mano. Hoy, un monumento a las puertas del estadio recuerda a los aficionados del Dinamo que iniciaron la guerra de independencia en mayo de 1990. Para el Gobierno croata el 13 de mayo es el día del levantamiento popular.
La patada de Boban
Aún faltaba más de un año para que la guerra estallase, pero los ecos de Maksimir se mantendrían en el tiempo. El citado Raznatovic tutelaría la formación de los ‘Tigres’, batallones de paramilitares compuestos por ultras de Estrella Roja y el Partizán que cometerían atrocidades genocidas durante la contienda. Tal fue la influencia de este grupo paramilitar que el himno creado con motivo de la obtención de la Copa Intercontinental por parte del Estrella Roja en 1991 (‘Srbija do Tokija’ – Serbia hacia Tokio -) sería adoptado como canción oficiosa por los serbios antes de cada batalla.
En los festejos con motivo de la celebración del título mundial, un hito que difícilmente podrá ser igualado por ningún equipo de la ex Yugoslavia, los ‘Delije’ mostraron a los fotógrafos el letrero robado de una aldea croata cuya población había sido ocupada por los paramilitares serbios. Durante la guerra cada aldea bosnia o croata por la que pasaban los paramilitares tenía escrito en sus paredes dicho lema. Años después se ampliaría a ‘Srbija do Tokija al preko Milkovija’ (Serbia hacia Tokio pasando por Milwaukee) cuando en 1999 las fuerzas de la OTAN decidieron intervenir en Kosovo.
Un grito aún hoy presente
“Europa hoy es un barril de pólvora y sus líderes son como hombres fumando en un arsenal. Una simple chispa desatará una explosión que nos consumirá a todos. No puedo decirles cuándo tendrá lugar la explosión, pero sí puedo decirles dónde: alguna maldita estupidez en los Balcanes la desatará”. Otto von Bismarck, canciller de Alemania, en 1878, cuatro décadas antes de que estallara la I Guerra Mundial tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo.
Desde que nació sabía que tendría una vida plena, pero que nunca podría brillar. No era el pequeño, pero tampoco el primogénito de entre los cinco hermanos. Nunca sería emir, pero viviría a cuerpo de rey. Apenas una década antes de su nacimiento, tanto su vida como la de sus allegados cambiaría para siempre. Unos perforadores de petróleo habían descubierto reservas de crudo cerca de Abu Dabi. De producir dátiles y criar camellos se pasó a exportar oro negro. Las cabañas de barro y los caminos polvorientos dieron paso a oficinas bancarias e inmensos rascacielos.
Apenas un puñado de años antes, y a más de 4.000 kilómetros al norte, venía al mundo un niño que no lo iba a tener nada fácil para hacerse un hueco en la vida. Sus abuelos, judíos y de origen lituano, acabaron en Siberia víctimas de las purgas de Stalin. Sus padres terminaron asentándose en Saratov, a orillas del Volga, cerca de la martirizada Stalingrado. No duraron mucho. Cuando el pequeño tenía cuatro años ya era huérfano. Acabaría criándose con unos parientes lejanos al norte de Moscú.
Cuando creció, aquel joven de la realeza de los Emiratos marchó a Estados Unidos para licenciarse en comercio y política internacional. Ya estudiado, volvió a su país para ejercer diferentes puestos en el gobierno presidido por su hermano, así como para dirigir el banco más importante del país. No sólo eso, también logró el cargo de presidente del Consejo Supremo del Petróleo, lo que le convierte de facto en uno de los hombres más poderosos de Oriente Medio al controlar el 6% de las reservas mundiales de crudo.
Aquel pobre huérfano hubo de buscarse la vida en las calles de Moscú. Trabajó como mecánico y como vendedor ambulante, antes de comercializar con todo tipo de alimentos en el mercado negro aprovechándose de la desintegración de la URSS. Aquellas operaciones ilegales se convirtieron en legales de la noche a la mañana y pronto se interesó en poner en regla sus asuntos. Decidió investir lo ganado en el mundo del petróleo y al cabo de pocos años le comprará al Estado la principal empresa de crudo del país para crear Sibneft. Ya era inmensamente rico, pero lo será mucho más cuando una década más tarde el Estado ruso le devuelva estúpidamente el favor y adquiera la mayoría de acciones de la empresa. Lo que fue público y después privado pasaba ahora a ser nuevamente público. Hoy la empresa es la archiconocida Gazprom.
Sheikh Mansour, que así se llama nuestro protagonista arábigo, es un gran aficionado al deporte. Fue un reconocido jinete y es el responsable de que en los Emiratos se celebren distintos acontecimientos deportivos de repercusión internacional. Es también un fanático del fútbol.
A Roman Abramovich, que así se llama nuestro protagonista de las estepas, no se le conocía relación alguna con el mundo del deporte. Lo que sí se le presupone, como a todo nuevo rico procedente del Este, es fascinación por el glamour de Occidente. Pedro I fundó San Petersburgo para sacar a los rusos del oscurantismo y acercarlos a Europa. Desde entonces esa es la obsesión de la élite eslava. A Abramovich no le hechizaba el fútbol, pero le embrujaba Londres. Y cuenta la leyenda que sobrevolando el Támesis durante una tarde primaveral sus ojos se fijaron en un estadio de fútbol.
En 2008 Sheikh Mansour compraba el Manchester City por 210 millones de libras. La historia del club ‘citizen’ cambiaría para siempre. En apenas una década ha sumado más del doble de ligas que en los 125 años anteriores.
En 2003 Roman Abramovich compraba el Chelsea FC por 198 millones de libras. La historia de los ‘blues’ cambiaría para siempre. En cerca de dos décadas ha sumado cinco ligas mientras que en el siglo anterior sólo había sumado un entorchado. Sumó además una Copa de Europa en 2012, logrando convertir a Londres en una ciudad capital en el entramado futbolístico algo que ni París, ni Roma ni Berlín han conseguido alcanzar.
Chelsea 2012
En el momento de escribir estas líneas estamos a apenas unos días de la disputa de la tercera final inglesa en la historia de la Copa de Europa tras las de 2008 (Manchester United vs Chelsea FC) y 2019 (Liverpool FC vs Tottenham). Si gana el City sería el sexto club inglés tras Liverpool FC, Manchester United, Nottingham Forest, Aston Villa y Chelsea FC en coronarse como rey de Europa. Además, en el caso de salir perdedor, el City se sumará a Leeds United, Arsenal FC y Tottenham como clubes ingleses que han jugado una final de Copa de Europa. Más aún. El City y estos tres perdedores cuentan con algún título europeo (UEFA o Recopa) al igual que West Ham, Everton e Ipswich Town. En total son 12 conjuntos anglosajones con réditos europeos. Ninguna otra liga puede compararse con los éxitos de la inglesa, en un claro contraste con los continuos fracasos de su selección que, a pesar de haber ganado el Mundial en el que ejerció de anfitrión, acumula malos resultados cada vez que hay un torneo de selecciones.
El Manchester City ha sido siempre el patito feo de la ciudad. Nació como club de los trabajadores de una acería, su campo de juego estaba al lado de un vertedero y varios de sus fundadores fueron detenidos por estafa. Aun así fueron el primer equipo de la ciudad en ganar un título. El United lo solucionó fichando por una cifra récord a Billy Meredith, capitán del City y el mejor jugador inglés del momento.
Los inicios del Chelsea FC son aún más humildes. Que no es lo mismo que pobres. Los hermanos Mears compraron un terreno al oeste de Londres, en el barrio de Fulham. Era, y es, una zona bien de la capital y allí edificaron un estadio llamado Stamford Bridge, que era como se llama el puente que cruza el Támesis en el barrio de Fulham. Su idea era que el Fulham FC pasase a ocupar el nuevo estadio pero, ante su negativa, a los hermanos Mears no les quedó más remedio que fundar un club para amortizar su inversión. El Chelsea FC nació en un barrio rico pero se mantuvo como paria del fútbol londinense hasta que medio siglo después, en 1955, se alzó con el título de liga.
Manchester City y Chelsea FC son unos yuppies del fútbol. Cuentan con dinero, visten a la moda, están en la vanguardia tecnológica y tienen una marcada tendencia a valorar en exceso lo material. A pesar de que como buenos conjuntos ingleses tienen una larga historia a sus espaldas y que incluso contaron con una edad dorada de éxitos -curiosamente compartida a finales de los 60 e inicios de los 70-, estos nuevos yuppies son vistos por los demás como arrogantes e inmerecidamente ricos. Si Madrid, Bayern o United son asquerosamente ricos gracias a los designios del balón, el City o el Chelsea FC lo son con una falta total de escrúpulos.
Para aquellos que tenemos mucho fútbol acumulado a nuestras espaldas, ni la hipotética primera corona del City o la segunda del Chelsea FC cambiarán esta perfección de yuppies. Sólo el paso del tiempo y la aceptación de los que hoy son adolescentes colocarán a estas dos escuadras inglesas en lo alto del altar social que con ahínco persiguen.
El Chelsea FC está a punto de lograrlo. Partía de una base más sencilla. En Londres los equipos de fútbol se acumulan, pero los éxitos escasean. Los ‘blues’ sólo tienen la competencia del Arsenal FC y bocado a bocado se están comiendo a los ‘gunners’. El Chelsea FC partía de un suelo más alto que el del City porque en los 90 había reunido a un grupo apañado que había logrado asentarse en los puestos de privilegio de la Premier además de lograr una Recopa de Europa.
Para el City es mucho más complicado. Aunque consiga ganar la Copa de Europa seguirá siendo el segundo equipo de Manchester. Es visto como un impostor. Abandonó Maine Road para instalarse en el Etihad, un estadio situado en el extrarradio de Manchester rodeado de zonas comerciales. El United (al igual que el Chelsea FC en Londres) ocupa una coqueta e histórica parcela al lado del río y en el corazón de la ciudad.
Será el dinero y el paso del tiempo los que dictaminarán que la masa social del City crezca lo suficiente para volverse irreversible. Sólo así sabremos si el City se instalará para siempre en el Olimpo del fútbol o bien quedará en el recuerdo de los hoy jóvenes y mañana ancianos aficionados, irrumpiendo en el lugar que hoy ocupan Stade de Reims, Nottingham Forest, Parma o el Borussia Mönchengladbach, por citar varios ejemplos.
«El banco de inversión Goldman Sachs publicó un informe de 60 páginas en mayo de 2018 pronosticando que Brasil ganaría el Mundial venciendo a Alemania en el camino. No fue un ejercicio frívolo (…) analistas de riesgos y otras eminencias llegaron a la conclusión tras un minucioso examen de factores (…) Por si alguien no se enteró, Brasil cayó humillado por 7-1 ante Alemania. Los individuos más listos del mundo hacen el tonto cuando intentan comprender el fútbol (…) En un día, probablemente lejano, quizá se hará la revolución y aquellos que hoy se forran y a la vez se ríen de los demás mortales desfilaran cabizbajos mientras las multitudes les lanzan tomates podridos, pero mientras tanto tenemos el fútbol como refugio. Sí, por supuesto, el fútbol tiene sus putos amos, pero durante los 90 minutos que dura un partido la vida se vuelve imprevisible. El fútbol se escapa de los Goldman Sachs y de los Abramovich. Un consuelo mientras esperamos que llegue la revolución”. John Carlin en ‘El córner inglés’.
Otras historias del fútbol británico
L’Enfant terrible (El trueno Cantona resuena en la tradicional Britania)
Desde que Eden Hazard firmó un suculento contrato con el Real Madrid en el verano de 2019, el conjunto blanco ha disputado 96 partidos oficiales de los cuales el mediapunta belga apenas ha sumado 36 (la mayoría como suplente). Los motivos son los siguientes. Rotura muscular en el muslo izquierdo, fractura del tobillo derecho, fisura en el peroné, traumatismos varios, problemas musculares desconocidos y hasta coronavirus. Sin olvidarnos de unos supuestos kilos de más. La clase de Hazard es incuestionable e igual da un puñetazo en la mesa en el próximo partido, pero cada día que pasa su caso recuerda más a Kaká. Ya saben, un fichaje excepcional que con el tiempo se volvió cochambroso por culpa del pubis y del menisco. Como decía, a Hazard se le está poniendo cara de Kaká. El problema para él, y para el madridismo, es que la cosa vaya a peor y acabe poniéndosele cara de Robert Prosinecki.
En el verano de 2006, coincidiendo con la celebración del Mundial de fútbol, la firma francesa de coches Renault lanzaba una campaña de anuncios en televisión. Era un ‘spot’ cuanto menos curioso. No había vehículo. Renault lanzaba un nuevo modelo de ‘Kangoo’, típica furgoneta pequeña, combi, habitual de autónomos y pequeñas empresas. Pero de coche en pantalla nada de nada. La idea del anuncio era fidelizar al cliente diciéndole que, por descabellada que fuese su nueva empresa, Renault siempre le apoyaría. Para ello contrataron como empresario ficticio a Robert Prosinecki. El ex futbolista croata era el dueño de una empresa de muñecos infantiles. Estos tenían la particularidad de que se iban de fiesta, se lesionaban, se tiraban muertos de cansancio sobre el césped y tenían su propio jacuzzi (rodeado de Barbies).
El muñeco en cuestión era conocido como ‘Prosikito’. Se trataba del alter ego de Robert Prosinecki.
Que una persona sea capaz de reírse de sí misma siempre es digno de elogio. Pero aquello fue el súmmum.
Robert Prosinecki era el unicornio blanco. Un futbolista elegante, recio, con una planta espectacular y una depurada técnica. A los 18 años fue elegido el mejor jugador del Mundial sub-20 en el que lideró a una generación yugoslava irrepetible. A los 20 fue escogido el mejor jugador sub-21 de Europa. Con 21 primaveras ya era campeón de Europa con el Estrella Roja y fue elegido el quinto mejor jugador del mundo antes de firmar por una cantidad indecente de dinero por el Real Madrid.
Y ahí se acabó todo.
Como muchos antes y muchos después, Prosinecki fue descartado por el club de sus amores. Hubo de dejar el Dinamo de Zagreb para probar fortuna en el Estrella Roja, en la rival y vecina capital de Serbia. Por entonces el Estrella Roja estaba formando un conjunto imponente con chavales que antes eran yugoslavos y después fueron serbios (Savicevic, Jugovic o Mihajlovic) pero en el que el jefe en la sala de máquinas era Prosinecki, un croata que ya había fascinado en el citado Mundial sub-20 junto a otros compatriotas como Suker o Boban.
Liderados por Prosinecki, acumularon cuatro campeonatos ligueros consecutivos antes de ganar la Copa de Europa de 1991 derrotando al proyecto millonario del Olympique de Marsella. Lo hicieron tras eliminar al Dinamo de Dresde, al Glasgow Rangers y, esencialmente, al FC Bayern en una épica semifinal.
‘Prosikito’, Rey de Europa
Cuatro de aquellos campeones fueron elegidos entre los diez primeros en la clasificación del Balón de Oro de aquel año. Belodedici (8º), un aseado defensa que acabaría firmando por el Valencia, Pancev (3º), un goleador que no pudo mantener en el Calcio los registros que atesoraba, y, con más relieve, Dejan Savicevic (2º) y Robert Prosinecki (5º), con diferencia los jugadores con más talento de esa generación.
Estos dos últimos contaban con los mismos pretendientes; Real Madrid y AC Milan. Los merengues acababan de perder la hegemonía en España frente al Barça de Cruyff. Ante la evidente cuesta debajo de Hugo Sánchez, el Madrid buscaba un acompañante para Butragueño. La opción obvia era Savicevic, que si bien no era un goleador, era tan buen facilitador como rematador. Mientras, el AC Milan, que contaba con Van Basten aún sano, se inclinaba más por fichar a un creador de juego como Prosinecki para reforzar su centro del campo.
La disyuntiva, sin embargo, se resolvió en la citada semifinal ante el FC Bayern. En el encuentro de ida disputado en Múnich, Robert Prosinecki bailó a los bávaros con un recital de dirección y clase que ya había demostrado en anteriores ocasiones, pero nunca antes en un escenario tan majestuoso. Ramón Mendoza, presidente del Real Madrid, presenció el encuentro desde las gradas y lo tuvo claro. Su idea era firmar a Savicevic, pero cambió de caballo a mitad de carrera. Quizás Savicevic tenía más instinto asesino que Prosinecki, pero la clase del croata era inigualable. El Madrid iría a por Prosinecki.
Pero Silvio Berlusconi también había visto el partido desde el salón de su casa. El AC Milan también iría a por Prosinecki.
Los lombardos eran por entonces el equipo en boga. Habían hecho doblete en la Copa de Europa (1989 y 1990), contaban con Arrigo Sacchi, el entrenador del momento, y con una pléyade de estrellas lideradas por Maldini, Baresi, Gullit y Van Basten, seguramente cuatro de los diez mejores futbolistas del momento. Así que cuando a Prosinecki se le acercaron los mandatarios ‘rossoneros’ lo tuvo claro. Ficharía por el AC Milan.
Según se supo después, el croata se trasladó a Italia en secreto para pasar un reconocimiento médico. El acuerdo entre el Estrella Roja y el AC Milan aún estaba muy verde. Entonces los futbolistas de los países comunistas necesitaban el visto bueno de su gobierno para salir del país. Aunque con el paso del tiempo se fue ablandando la normativa permitiendo que cada vez se pudiese dejar el país a edad más temprana, que un joven de 21 años lo hiciese resultaba por entonces inconcebible.
Mientras la burocracia hacia su papel, Prosinecki llega a Milán. Y allí se revela la verdad. Tiene la mandíbula alargada y los incisivos salidos (podría pasar por Borbón) y prácticamente todos sus dientes cuentan con una muesca de caries. Los galenos italianos lo tienen claro; es candidato a continuos problemas musculares y de espalda. Se reúnen con Berlusconi y dan su veredicto. Fichar a Prosinecki es fichar a un futbolista propenso a las lesiones.
El fichaje se cancela.
Todo esto sucede sin que el Madrid lo sepa, por lo que Mendoza sigue con su propósito de firmar al croata. Antes de ser presidente blanco, Mendoza se había convertido en uno de los empresarios más influyentes de España y en uno de los pocos con excelentes relaciones más allá del Telón de Acero. Mendoza tiró de contactos y don de gentes, se aprovechó de que Yugoslavia estaba a punto de estallar en mil pedazos, y firma un acuerdo que oscila entre los 1.000 millones y los 1.500 millones de pesetas, según diversas fuentes. O lo que es lo mismo, tras un arduo tira y afloja, el Madrid tuvo que pagar entre 7 y 10 millones de euros. En 2021 equivaldría a más de 100 kilos.
Sólo tiene que convencer al jugador, pero es pan comido. Prosinecki está loco por la música. Todo lo ocurrido en Milán se mantiene en estricto secreto.
Es el fichaje del año. Pero saldrá rana.
Robert Prosinecki es presentado en el Bernabéu en el verano de 1991. No hay fichaje de mayor relumbrón en todo el planeta fútbol. Es el hombre que tiene que acabar con el nuevo Barça de Cruyff. El futbolista que tiene que devolver la exquisitez técnica al Bernabéu. La estrella que debe darle a la Quinta del Buitre su última oportunidad de ganar la Copa de Europa. Aquel rubio de pelo ensortijado, mirada perdida y mandíbula alargada tiró de guión y dijo sentirse radiante “por firmar por el club más grande del mundo”. El Real Madrid acababa de contratar al jugador que se suponía que iba a dominar el fútbol europeo y mundial en la década de 1990.
Únicamente jugó tres partidos en su primera temporada. 1991/92.
En total fueron tres campañas, y fue la última la mejor de todas ellas, donde las lesiones aún le permitieron disputar 23 partidos y anotar 6 goles. Fueron años negros para los blancos. Quizás, si aquellas ligas perdidas en el último partido ante el Tenerife hubiesen sido distintas, ni Cruyff sería el Mesías en Barcelona ni Hagi y Prosinecki (curiosamente los dos acabarían en el Barça) hubiesen salido del Madrid por la puerta de atrás. Quién sabe.
Pero la realidad es que la huella que dejó Prosinecki en Madrid y en la Liga española es la de una serie de motes que harían las delicias en la era del Whatsapp y el Tik tok. El más utilizado era ‘Lesionecki’, pero el que tenía más arte era ‘Marlboro, el paquete rubio más caro’. Y es que el rubio mediapunta croata era un fumador empedernido, y, porque no decirlo, no hacía afán alguno por ocultarlo. Fumaba un par de cajetillas al día y cuentan que en sus años de declive se fumaba un pitillo en el descanso ante el asombro y el beneplácito de sus compañeros.
Conviene ponerse las gafas de la historia y ver las cosas con perspectiva. Es cierto que desde finales de los 80 empezaron a profesionalizarse los entrenamientos y las comidas, pero aún entonces era bastante habitual ver a un futbolista fumando. Lo de beber, aún sigue sucediendo, pero a escondidas. Antes, era la normalidad. “La cerveza viene bien después del entrenamiento porque repones líquidos”, era una coletilla habitual de la época. “El 50% de los futbolistas fuman, pero no lo reconocen. A mí me relaja y nadie vive 100 años. Porque deje de fumar no voy a correr más. Mira a Romario en qué forma está. ¿Es que él no sale por las noches?”, comentaba el bueno de Prosinecki en una entrevista en su última temporada vestido de blanco.
Lo curioso es que aunque fue apodado ‘Marlboro’, Prosinecki era un despiadado fumador de ‘Chester’.
‘Lesionecki’
Prosinecki acumuló en su primera temporada hasta cinco lesiones musculares diferentes en nueve meses. Un récord que hasta el bueno de Hazard está lejos de igualar. Tras una de esas roturas, allá por el mes de enero, los servicios médicos del Madrid decidieron someter a Prosinecki a una intervención quirúrgica, y ¡voilà!, fue entonces cuando descubrieron aquello por lo que los galenos del AC Milan descartaron el fichaje. Tenía la boca llena de caries y una grave periodontitis. Lo enviaron de inmediato a un dentista.
Pero tampoco es que los médicos blancos fuesen unos incompetentes. Cuando Prosinecki llegó a Madrid sí que descubrieron que tenía las piernas hechas un cromo. Una colección de golpes y pinchazos. Pocos jugadores habían recibido tantos porrazos como él. Sus extremidades inferiores se asemejaban a los de un futbolista próximo a la retirada y no a uno que aún estaba empezando a forjar su carrera.
Se descubrió que el Estrella Roja llevaba un par de años explotando a Prosinecki. Jugaba partido si y partido también infiltrado. Tenía no sólo destrozados los cuádriceps o los tobillos, también se descubrieron infiltraciones en la rodilla. Aquella Europa del Este buscaba reconocimiento internacional destrozando a sus estrellas. Al acabar la temporada 1992/93, a los 24 años de edad, Robert Prosinecki acumulaba un total de dos decenas de lesiones musculares. Nunca pasó por el quirófano hasta llegar a España. En Yugoslavia acumuló infiltración tras infiltración.
Pero aun había un problema a mayores. El psicológico. Prosinecki llegó a Madrid mientras que muchos de sus familiares y de sus amigos sobrevivían a la guerra que estaba destrozando Yugoslavia. Como otros jugadores de la época, pasó por un torbellino de emociones. Mientras él lidiaba con una nueva vida acomodada, muchos de sus conocidos pasaban hambre o luchaban en el campo de batalla.
Y aunque psicológicamente estaba tocado y físicamente destrozado, de puertas para fuera Prosinecki era la alegría personificada. Quienes lo conocen dicen que era simpatiquísimo y que siempre tenía una palabra agradable o una sonrisa para cualquiera que se acercase a él. Podía echar horas en la cafetería de la ciudad deportiva del Real Madrid hablando con aficionados o con periodistas, mientras invitaba a cerveza y fumaba unos cuantos cigarros. Solo pedía una cosa. Que nadie le hiciese fotos.
El caso es que, tras tres temporadas catastróficas, el Madrid empaqueta el paquete de Marlboro y lo envía a Oviedo. El conjunto carballón estaba dirigido por el serbio Radomir Antic, que le obliga a cambiar de hábitos alimenticios a cambio de darle manga ancha con el tabaco y permitirle un par de noches locas al mes. Y Prosinecki se sale. Hace una temporada tremenda y lleva a los asturianos a la parte alta de la clasificación, incluyendo una victoria en casa ante el Madrid en la que Prosinecki da un recital.
Fue tan buena la conexión que, cuando al año siguiente Antic firme como entrenador del Atlético, intentará llevarse con él al croata. Pero en estas pasa por el medio Cruyff y Prosinecki decide fichar por el Barça, que lo compra por un tercio de lo que el Madrid había pagado por él. “Si hubiera ido al Atlético, no hubiesen ganado el doblete. Resultó mejor para Antic que fuera Milinko Pantic y yo me marchara al Barcelona», recordaba años después rememorando el fichaje frustrado y la victoria de los colchoneros en la Liga y la Copa de la temporada 1995/96.
El rubio contaba ya con 26 años y en el Barça iba a demostrar porque era el centrocampista con más talento de Europa. Tenía un regate en el que amagaba un tiro, hacía una finta y la pisaba. Siempre volvía loco al defensa. Sabías que venía, sabías que lo haría, pero era imparable. Y así fue durante 19 partidos… hasta que otra vez las lesiones dijeron basta. Fueron dos campañas en Can Barça y el resultado fue igual de catastrófico que en Madrid, tanto en lo personal como en lo colectivo. Y ya no volverá a resurgir. Tras un breve paso por Sevilla, vuelve a Croacia para jugar en el Dinamo de Zagreb. Tiene 28 años y está acabado. Alargará su carrera hasta los 35 jugando en ligas menores que le permitirán demostrar su increíble capacidad técnica escondiendo sus carencias físicas.
En 11 de sus 18 temporadas como profesional jugó menos de 30 partidos, contando encuentros ligueros, coperos y europeos. Y aun así, como la fortuna suele ser caprichosa, durante unas cuantas semanas del verano de 1998 Robert Prosinecki dio un clase magistral de como dirigir y organizar en equipo de fútbol.
En el Mundial de 1998 Robert Prosinecki fue el encargado de manejar la sala de máquinas de la selección croata. Visiblemente pasado de peso y olvidado en el Dinamo de Zagreb, el seleccionador dálmata lo llamó para la causa en la que fue la primera participación en un Mundial del recién creado país. Prosinecki marcó un par de goles (es el único jugador de la historia que ha marcado con dos selecciones – Yugoslavia en 1990 y Croacia en 1998- en un Mundial), pero sobretodo mostró como de clase iba sobrado.
Fue el coletazo final del arquetipo de futbolista bajo la exclamación de lo que pudo haber sido. Hoy Prosinecki es un entrenador obeso de escaso éxito que se ríe de sí mismo y que es igual de venerado como de querido en su Croacia natal.
Antes (d) y después (i)
Otras historias del Real Madrid
El caso Di Stéfano (como el Madrid se adelantó al Barça y cambió su historia)
Existe una corriente historiográfica que considera que la llegada del hombre a la Luna marca el cénit de Occidente, iniciándose a partir de entonces un periodo de decadencia en el que nos encontramos. Otros atrasan el inicio a 1973 con la crisis del petróleo y algunos a 2001 con el atentado de las Torres Gemelas. En Europa, el declive se torna en más acusado, a pesar de un paréntesis de optimismo desmesurado en los 90 tras la caída del Muro de Berlín. Conviene apuntar que decadencia no es desaparición. Decadencia es falta de crecimiento. Estancamiento. Desde que el Imperio Romano entró en decadencia pasaron cerca de cuatro siglos para qué implosionara y, realmente, su legado sigue presente en la actualidad.
Podemos considerar en cinco los factores que contribuyen a la decadencia de Europa:
1. El peso demográfico: La caída de la tasa de natalidad en Occidente (Europa, Estados Unidos, Asia Oriental) limita el futuro crecimiento del PIB y el encarecimiento de los programas sociales. La sociedad envejecida es más precavida, vive de rentas y el emprendimiento y el riesgo cae en picado. Se necesita mano de obra extranjera, generalmente poco cualificada y generalmente joven. Éstos chocan con los nativos envejecidos que, destrozados por el choque cultural, se frustran ante los cambios y observan como los beneficios del futuro serán aprovechados por los inmigrantes y no por esos hijos que no han tenido.
2. El exceso de endeudamiento: Irá a más a medida que los hijos del ‘baby boom’ envejezcan y haya que pagar las facturas sanitarias previstas. El déficit se convertirá en un obstáculo imperecedero para la inversión pública y el crecimiento será ilusorio y estará destinado a evaporarse por tipos de interés bajos. Europa pasará a ser controlada financieramente por fondos de inversión y por el nuevo imperio mundial; China.
3. Restricciones a la educación: Hace 100 años menos del 5% de la población occidental era universitaria y en el sur de Europa las tasas de analfabetismo se acercaban al 60%. Hoy las tasas de licenciados en la Unión Europea superan el 30% de la población. Esos cambios en la educación solo se pueden producir una vez. Cualquier mejora en materia educativa es un proceso arduo y además está condicionado por las propias capacidades humanas. De hecho, en el norte de Europa ya se está constatando que por vez primera el cociente intelectual se ha atascado y no aumenta generación tras generación, como ocurría antaño.
4. Las restricciones del medio ambiente: El desmesurado crecimiento de Europa en el siglo XIX, de Estados Unidos en el XX y el del Asia Oriental en lo que va de siglo XXI se debe al destrozo de la naturaleza y al aprovechamiento de terrenos improductivos. Ahora el medio ambiente es una prioridad. Todas las innovaciones referidas a energías renovables y sostenibles no suponen una innovación, sino que son un medio para mantener el nivel de vida actual. Los avances ecologistas del siglo XXI buscan conservar nuestra forma de vida, no revolucionarla. Revolución fue el automóvil y el motor de gasolina. El coche eléctrico no causará una revolución mundial.
5. El estancamiento tecnológico: Llevemos a una persona en un viaje en el tiempo de un hogar de clase media de 1900 a uno de 1960. Se quedaría de piedra al comprobar como hay luz y agua corriente, como una máquina mantiene la comida fresca en la cocina, otro artilugio lava la ropa o dentro de un aparato que está en el salón hay gente que habla y ríe. En el jardín un hombre subido a un vehículo sin caballos está cortando el césped. Dentro, aunque es invierno, se está caliente y eso que no hay ningún fuego encendido. También hay un tubo parlante desde el que se habla con otra persona a distancia. Son madre e hijo. El hijo dice que mañana estará en casa a pesar de que vive a 4.000 kilómetros de distancia.
Subamos a esa misma persona a la máquina del tiempo. Ahora de un hogar de 1960 a otro de 2020. Ve que avanzó 60 años, pero le parece imposible. Casi no ha habido cambios. El diseño se ha alterado, pero nada sustituye a la nevera, a la lavadora, al cortacésped o a la calefacción. Sí, el teléfono no tiene cable, y la gente parece mejor alimentada, con ropa más cara y es más alta. Pero poco más. Sí, en vez de ver una caja con gente en blanco y negro, puede entrar en Youtube y ver lo que le apetezca en el momento que quiera. Aparte de esto, poco más.
Se puede decir que estoy subestimando las maravillas de Internet (lo más importante es que madre e hijo pueden verse a kilómetros de distancia sin necesidad de avión). Y puede que estéis en lo cierto. Pero aunque Internet es lo más importante que ha sucedido en el último medio siglo, nadie (en su sano juicio) sacrificaría el agua corriente, la calefacción o la lavadora a cambio de tener acceso instantáneo a una enciclopedia, a una película, a un disco de música o a la posibilidad de no salir de casa para hacer la compra. A la espera de que en los próximos decenios la robótica y la genética cambien de arriba a abajo nuestras vidas, la sensación es que, aunque seguimos avanzado, se ha ralentizado la velocidad a la que cambiamos el mundo.
Traslademos estos cinco factores de decadencia europea al deporte. Concretamente al fútbol. Es interesante recordar que el fútbol es un invento creado, impulsado y explotado por los europeos. Es el eje vertebrador de la cultura de ocio nacida en la Revolución Industrial y el más global de los ‘inventos’ europeos. En parte, la decadencia del fútbol es una consecuencia de la decadencia de Europa:
1. El peso demográfico: La caída de la tasa de natalidad ha obligado a Occidente a hacer una llamada a la inmigración para paliar la falta de recursos humanos que ayuden a pagar los programas sociales. La inmensa mayoría de estos inmigrantes lo hacen sin estudios superiores y buena parte de ellos ni siquiera tienen formación básica. Para muchos de ellos el fútbol es la entrada más sencilla no sólo al mercado laboral, sino a la obtención del estatus social necesario. La libre apertura de fronteras a raíz de la creación de la Ley Bosman ha convertido el fútbol europeo en una amalgama de futbolistas de cualquier lugar del globo. Es un proceso imparable y en permanente crecimiento. El fútbol en África y en buena parte de Sudamérica es la única forma de ascender en la escala social. En Europa era cultura y entretenimiento. Ahora también es una forma de escalar.
2. El exceso de endeudamiento: Tan solo tenemos que irnos un par de décadas más atrás para ver clubes de fútbol con un puñado de empleados en los que uno de ellos tenía las llaves que daba acceso al campo de entrenamiento. Con el beneplácito de los contratos televisivos y la permisividad fiscal de los gobiernos de turno, los clubes de fútbol se han convertido en empresas gigantescas con multitud de empleados. A los consejeros, se unen cuerpos técnicos de tamaño desmesurado, plantillas con exceso de futbolistas carne de cesión y gastos variados en agentes y mercadotecnia. Al igual que ocurre con la deuda externa de los gobiernos europeos, la deuda de los clubs de fútbol está siendo asumida por inversores asiáticos, arábicos o estadounidenses.
3. Restricciones a la educación: Cualquier mejora en materia educativa es un proceso arduo y además está condicionada por las propias capacidades humanas. La evolución técnica del fútbol lleva décadas estancada. El último progreso ha sido el de los centrales que salen con el balón jugado. Todos los avances actuales y futuros del fútbol se sustentan en las capacidades físicas. De hecho, para muchos analistas, las excelentes condiciones de equipamiento (ya no hay barro, ni charcos, ni balones pesados) hacen que la técnica haya sufrido un retroceso. Además, el hecho de que los niños futbolistas estén codificados en escuelas deportivas ha dejado a un lado la inventiva y ha vuelto más predecible y aburrido el juego. El fútbol es hoy repetición. Como la música, el cine, el arte, la moda o la gastronomía, se ha vuelto repetitivo. No hay nada más que inventar.
4. Las restricciones al medio ambiente: El crecimiento del deporte en general y del fútbol en particular se ha sustentado en un avance de las infraestructuras. De descampados se pasó a coliseos romanos y de estos últimos a edificios multiusos que además de estadios también son salas de concierto, centros comerciales, museos y restaurantes. De hacer carreras campo a través se pasó a entrenar en instalaciones públicas y de éstas últimas se pasó a ciudades deportivas que son más ciudades que deportivas. Todas estas innovaciones han llegado a un punto muerto. Cualquier avance de este tipo ya no es aceptado por un aficionado que prefiere mantenerse fiel a unas tradiciones (estadios) y que está en contra de proyectos megalómanos (mundiales, juegos olímpicos) por responsabilidad económica, social y medioambiental.
5. El estancamiento tecnológico: Uno de los motivos del éxito del fútbol radica en su sencillez. Cuando en 1863 se creó el primer reglamento contaba con 18 artículos. Años más tarde sería reducido a 13 y para 1930 estaban establecidas 17 reglas básicas. Por el contrario, en las últimas dos décadas el número de reglas ha aumentado en más de un tercio. El número fijo para cada futbolista, el gol de oro, el gol de plata, el tiempo exacto del descuento, las manos voluntarias e involuntarias, el aumento en el número de sustituciones, los tiempos muertos en medio de los partidos…Son todo parches que no han producido avances. Desde que en 1992 se les prohibió a los porteros coger el balón con las manos tras el pase de un compañero, no ha habido ningún cambio en las reglas que haya hecho evolucionar al fútbol.
No sólo evolucionar, sino involucionar. A la deidad tecnológica de la modernidad y el progreso había que buscarle un lugar en el fútbol. Ese invento diabólico es el VAR. Se podrá decir que el VAR es una maravilla que reduce los fallos en los penaltis y en los fueras de juego. La realidad es que sólo lo hace en los errores de bulto y, a cambio, enmaraña más el juego, resta autoridad al árbitro principal y hace más soporífero el partido alargándolo innecesariamente. El VAR está alejando de los estadios tanto a los aficionados veteranos como a los millennials, a los que no les gusta un juego que cada vez es más lento y soporífero.
El progreso…o eso dicen
—SUPERLIGA—
A través de todo este cóctel de tradición, decadencia, estancamiento y búsqueda de nuevas oportunidades, se puede comprender como un conjunto de pudientes dirigentes de los clubes más opulentos de Europa se han atrevido a lanzar lo que se ha venido en llamar Superliga. Una liga que comenzó con 12 integrantes y la promesa de ser 15, pasó a 6, luego a 4, más tarde a 3 y al final quedará, ironías del destino, en un acuerdo fallido entre Barça y Madrid.
Si llaman al Vasco de Gama, el Dépor hace un cuadrangular de aúpa. Un Teresa Herrera de los de antaño.
La bomba se ha desactivado, pero que nadie dude que acabará estallando. Han vuelto al redil, pero por poco tiempo.
Dicen los impulsores que el fútbol está arruinado. Es falso. Los arruinados son ellos. Los que en una espiral de gasto indecente pagan millonadas a intermediarios, agentes y futbolistas. Los que deciden pagar 23 kilos por despedir a Mourinho en mitad del mes de abril. “No hacen falta más ingresos. Hay que reducir gastos”. No lo dijo un aficionado de bufanda, lo dijo Karl-Heinz Rummenigge, dos veces Balón de Oro y director general del FC Bayern, cuarto club más rico del mundo, cuando le preguntaron por la Superliga.
Dicen que cuando se creó la Copa de Europa en los años 50 también se hizo de la misma forma. Es falso. Entonces se juntaron varios equipos y acordaron invitar a los campeones de todas las ligas. Una vez llegado el acuerdo, solicitaron a la UEFA su aprobación. Y sí, la UEFA vio la oportunidad y aceptó encantada. Bernabéu, al que tanto nombra Florentino, asumía que si el Madrid no ganaba la Liga española no podría jugar la Copa de Europa. Era un proyecto de construcción europea que buscaba el beneficio económico. Lo de ahora es una idea de un cártel de empresas para eliminar a la competencia.
Salvo los extraños casos de los equipos españoles y de la Juve, propiedad de la FIAT de Agnelli, el resto de equipos fundadores de la Superliga están regidos por capital estadounidense o asiático. De ahí la importancia de llegar a 5.000 millones de televidentes e internautas (Netflix, Amazon TV o Inditex TV, vete tú a saber) para que paguen la fiesta de los archimillonarios. Son éstos los clubes arruinados. Los que hace tiempo convirtieron el estadio en un teatro global donde sí se estornuda en Yakarta se coge un constipado en Londres.
Se dice que el fútbol es aburrido. Que los jóvenes no ven los partidos contra equipos menores. Es falso. Los jóvenes no ven nada. Ni los partidos importantes ni los insustanciales. Los millennials viven en la cultura de la inmediatez. Si algún millennial ha entrado en este blog habrá dejado de leer hace unos cuantos párrafos ante la falta de contenido audiovisual. Todos los deportes tradicionales están en crisis ante una juventud a la que le cuesta ver una competición que dure horas (y no digamos ya con el p*** VAR). Pero, aun así, es mucho más atractivo un Barça-Juve al año que uno cada dos semanas. Es de Perogrullo. Los millenials lo que harán es suscribirse a una plataforma de pago ‘low cost’ para ver los ‘highlights’ (sí es que no piratean la señal). Serán amplía minoría los que paguen decenas de euros para ver todos los partidos.
Se dice que el sistema es abierto, que habrá sitio para los campeones nacionales. Falso. El sistema se dice abierto porque faltaba el Bayern y el PSG. Las invitaciones libres serán al mejor postor (con preferencia para los magnates rusos o turcos). En la Euroliga de baloncesto la escisión se produjo hace unos años. Es cierto que hay plazas abiertas, pero año a año se van reduciendo. Lo que ahora es apertura de mano será cerrazón cuando la fuerza y la razón acompañen a los promotores.
Florentino se ha pasado de frenada. Los ingleses, tan ingleses ellos, no han contado con una plebe a la que repulsa todo lo que suene a Europa y minusvalore su querida Premier. Los magnates dueños del ‘Big Six’ se mueven en aviones privados, en establecimientos exclusivos y no han pisado la vieja Britania. Han tenido miedo. El miedo a la afición más fiel del continente. Si en España es el Madrid, en Italia la Juve, en Portugal el Benfica o en Alemania el Bayern, en Inglaterra es la nada. En Inglaterra eres del equipo de tu tierra, vas al campo a ver los partidos y te desplazas con tus chicos sea verano o invierno. Ganen la FA Cup o desciendan a la Championship.
La tropelía ha salido rana por un fallo de estrategia, de fondo, de forma y de contenido. No se entiende como el presidente de la Superliga sale a comunicar la noticia a las 00.00 horas en un canal minoritario español, en vez de hacer una rueda de prensa a media mañana convocando a medio mundo y junto a los otros 11 presidentes implicados. Laporta es igual de culpable que Florentino y saldrá de rositas de este jaleo. No se entiende que el responsable de comunicación del Real Madrid permita decir a su presidente “los clubes estamos arruinados” a los cuatro vientos. “Si no tienen pan que coman pasteles”, razonó María Antonieta.
Pero que nadie se confunda, tardará más o menos, pero la Superliga (o algo parecido) saldrá adelante. Boris Johnson, Emmanuel Macron y compañía ladran, pero no muerden. Los campeonatos regionales, las copas de verano, los campeonatos entre naciones limítrofes (Copa Latina, Copa Mitropa…) pasaron a mejor vida. La evolución del transporte y la apertura de fronteras hacen inevitable que unas competiciones mueran y otras nazcan. Los grandes clubes son avariciosos. La FIFA y la UEFA también. No son hermanitas de la caridad. Son un monopolio ¿Qué son sino la Liga de Naciones de la UEFA o el Mundial de Clubes de la FIFA? Nuevas y estúpidas formas de ganar más dinero. ¿Qué es sino la Supercopa de Italia en Qatar o la de España en Arabia Saudí?
Si bien la UEFA y la FIFA tienen un as en la manga. Dejar a los futbolistas sin jugar con sus selecciones. Y se lo pueden permitir. A pocos le interesaría una Copa de Europa sin Madrid, Juve o United, pero el Mundial seguiría siendo Mundial aún sin Cristiano o Messi. El Mundial de fútbol es una festividad deportiva que se celebra cada cuatro años donde, aficionado o no, el interés está en ver lo que hacen tus compatriotas. Seguimos la competición de judo de los Juegos Olímpicos donde participa un atleta del que no sabes su nombre porque defiende los colores de tu país. De igual modo, cualquier aficionado seguiría a su selección en un Mundial, jugase quien jugase.
Y ese es el futuro, guste o no guste (yo soy de estos últimos). Ahora mismo no hay Superliga porque las cosas se hicieron rematadamente mal y, ojo, porque Francia y Alemania (PSG y Bayern) no han querido. El día que se animen, se acabará el debate. Al igual que pasó con el baloncesto es posible que haya un año de transición hasta llegar a un acuerdo. Menos probable es que, como en el básket, veamos partidos de selecciones sin las grandes estrellas. Pero no es descartable. La solución de compromiso será sustituir la Copa de Europa y la Europa League por dos o tres ligas europeas que garanticen cerca de 40 partidos al año y en el que haya ascensos y descensos. Está claro que el Madrid o el Liverpool no iban a descender. Eso sería cosa de Ajax o de Tottenham. De este modo, veríamos como el Barça forma una plantilla de 35 o 40 futbolistas, con un equipo A para Europa y un equipo B para la liga nacional.
Ahora bien. Una pequeña advertencia a los millonarios. Al cabo de unos años -y no serán muchos- los futbolistas tendrán el control total del negocio, tal y como ocurre en los deportes norteamericanos. Habrá límite salarial, sí, pero también libre control de destino. Podrán declararse en huelga para reclamar más trozo del pastel y, sobretodo, podrán escoger donde y con quien jugar. Se empoderaran, se declararán en rebeldía y los agentes harán el trabajo. El Madrid tendrá músculo financiero para tener a Mbappé a Haaland o a Rita la Cantaora si le da la gana. Y ellos querrán jugar juntos. Como en la NBA.
Y aunque la NBA es una liga cerrada todo el mundo sabe que los Grizzlies nunca la ganarán.
La gente quiere jugar en los Lakers.
La gente sueña con jugar en el Real Madrid. Otros en la Juve. Menos en el Chelsea. Pocos en el Atlético.
Si yo fuese el presidente del Atlético, o del Tottenham, o del Arsenal, o incluso del actual AC Milan –que como los Celtics tiene mucho pedigrí pero poco tirón- me pensaría muy mucho entrar en la Superliga. Dentro de unos años captaran jóvenes jugadores a los que cuando les salgan los dientes estarán pidiendo el traspaso. Ganaran mucho más dinero, pero verán multiplicadas sus opciones de fracasar temporada tras temporada. Es mejor ser tercero en tu liga nacional y perder la final de copa que acabar undécimo temporada tras temporada en la Superliga.
Y esto sigue siendo la vieja Europa. Ya puede decir el presidente que el club ha ganado mucho dinero que como una turba de aficionados tome la Bastilla y se plante en el palacio real, al presidente de turno no le quedará más remedio que dimitir si no quiere acabar guillotinado.
Athletic y Real Sociedad rememoran sus años gloriosos de los 80 y protagonizan en Sevilla las habituales finales vascas de Copa de la época anterior a la Guerra Civil. Será una final sin Aduriz o sin Zurutuza, dos leyendas a los que las mentes pensantes les birlaron la oportunidad de cerrar una sólida carrera para que la final se disputase en campo lleno con bufandas al viento. Doce meses después el público ni está ni se le espera, pero, por lo menos, las mentes pensantes se ahorrarán de escuchar una sonora pitada al himno, a la bandera y a Felipe VI. Para la Real es la final de las finales. Para el Athletic es la primera bala. Lo absurdo del momento le hará jugar dos finales coperas en quince días. “Una bilbainada insuperable” sentenció Alfredo Relaño.
Los jugadores vascos evolucionaron con más rapidez que el resto de sus contemporáneos peninsulares. En primer lugar, los norteños eran más físicos y tenían una talla media más elevada. En segundo lugar, los puertos éuscaros eran lugar de entrada de innovaciones procedentes del Reino Unido, y el Athletic, y demás conjuntos vascos, contaron desde sus inicios con técnicos ingleses de primer nivel. Por último, los jugadores del norte estaban acostumbrados a jugar en campos encharcados y bajo la lluvia, lo que en un fútbol donde el balón, las botas o las camisetas triplicaban el peso actual, era un plus importantísimo. El fútbol vino de Gran Bretaña donde como en Euskadi había verde, llovía y el barro era frecuente. Los trabajadores de los puertos y los altos hornos abrazaron con celeridad ese deporte que se veía bravo y temerario. Si en Sudamérica se desarrolló la escuela del ‘passing game’ y el regate gracias al influjo escocés, en el norte de España el ‘kick and run’ de juego directo fue introducido por los ingleses.
En tres décadas, desde la primera edición de la Copa del Rey en 1903 hasta 1933, únicamente en tres ocasiones no hubo un participante vasco en la final copera. Por entonces el Athletic sumaba 13 títulos, cuando en los cerca de 90 años posteriores apenas ha ampliado en 10 trofeos su palmarés. Pero asimismo Real Unión de Irún (4), Arenas de Guecho (1) y Real Sociedad (1) podían presumir de campeonatos, formando un selecto club que solo alcanzaban FC Barcelona (8), Real Madrid (5) y RCD Espanyol (1) -datos de 1933-.
Hoy olvidados, el Real Unión y el Arenas eran dos conjuntos potentísimos antes de que la profesionalización del fútbol los hiciesen languidecer ante sus gigantes rivales provinciales. El Arenas FC era un club burgués situado en el barrio del mismo nombre. Guecho era, y es, la zona residencial en la orilla pudiente del Nervión. Si el Athletic era el club de los trabajadores del puerto que comerciaban con Gran Bretaña, en el Arenas formaban los hijos de la burguesía que iban a estudiar a Inglaterra. El Arenas FC consiguió el título de Copa en 1919 y sigue siendo uno de los 14 conjuntos que poseen al menos un título liguero o copero.
Ciudad aduanera y nudo ferroviario a apenas 20 kilómetros de San Sebastián, en la pujante Irún convivían el Racing y el Sporting. El primero de ellos lograría la Copa de 1913 y contaba con Patricio Arabolaza como gran figura, delantero que pasó a la historia al ser el primer goleador de la selección española. En 1915 ambos conjuntos se fusionaron creando el Real Unión de Irún que conseguiría otros tres entorchados (1918, 1924 y 1927). Suma el doble de títulos coperos que el Betis o que la Real Sociedad, su rival por antonomasia.
Ambos equipos ya disputaron una histórica final vasca en 1927 tras eliminar a Real Madrid y FC Barcelona en semifinales y a los gigantes vascos en una ronda previa, ya que por entonces había eliminatorias regionales para clasificarse. El Real Unión venció por 1-0 al Arenas en la prórroga, en el que fue el canto del cisne de ambos equipos. Nunca jamás han vuelto a acercarse a tales logros. Ambos formaron parte de la creación de la Liga en 1928. Los irundarras aguantaron cuatro temporadas en la élite mientras que los de Guecho estiraron el sueño durante siete años.
Final 1927. Estadio Torrero de Zaragoza
Ya años atrás había habido dos finales vascas. En 1913 Irún celebró su primer título con un triunfo ante el Athletic (3-2) y en 1910 fue el Athletic el que se proclamó campeón tras derrotar al Vasconia (1-0) en la final. Pero estas dos finales y, esencialmente, la de 1910, cuando el Vasconia pasó a ser la Real Sociedad, merece comentario aparte.
—LA OTRA FINAL ENTRE ATHLETIC Y REAL SOCIEDAD. LAS DOS COPAS DE 1910—
La Copa del Rey es el motivo del nacimiento del Athletic. Si bien el club fuera fundado en 1898, convivía con el Bilbao FC a orillas del Nervión. Al anunciarse la celebración del primer torneo de fútbol nacional, ambos equipos se fusionaron dando lugar al Athletic Club de Bilbao. Durante esa primera década el éxito del Athletic se cimentó en su excelente nivel, pero también en una sucursal del club que estableció en Madrid, por lo que, en función del partido, podía optar por alinear a futbolistas del Athletic de Bilbao o del Athletic de Madrid. No sería hasta 1912 cuando el Atlético de Madrid obtenga su independencia. Por entonces el Athletic ya era un coloso que sumaba cuatro trofeos coperos.
El Athletic era el ogro de la época. Contrataba entrenadores ingleses cuando la mayoría de los equipos ni sabían lo que era un técnico. En aquel tiempo los clubes se apuntaban a jugar la Copa sin más. Había que tener infraestructura y dinero suficiente para viajar a Madrid. Los participantes no llegaban a los dobles números y no existía club más organizado que el Athletic. Vencer a los leones no era tarea sencilla. Estaba Madrid y Barcelona, pero si una ciudad vasca podía competir con Bilbao tenía que ser San Sebastián.
El San Sebastián FC fue fundado en 1908 con la única idea de disputar la Copa de 1909. Legalmente no podía hacerlo porque entonces tenía que pasar un año para que un club pudiese inscribirse en el torneo. Así, el club llegó a un acuerdo con el Club Ciclista de San Sebastián, que era más antiguo, para bajo ese nombre poner a 11 futbolistas a disposición de aquel club velocípedo. Fue así como el Club Ciclista ganó sorprendentemente la final de Copa de 1909. Aquel título es hoy aceptado como de la Real Sociedad, porque realmente aquellos jugadores pertenecían al San Sebastián FC. Semanas más tarde de aquel inesperado éxito, el San Sebastián FC y el Club Ciclista se fusionaban, dejaban de lado las bicis, y se convertían oficialmente en la Real Sociedad que hoy conocemos.
A la sazón la final de la Copa siempre se celebraba en Madrid porque el organizador del torneo era el Real Madrid. Fue el club merengue el que ideó la competición para conmemorar la mayoría de edad de Alfonso XII obteniendo un trofeo de plata obsequio del Rey para poner en disputa. Pero en 1909 se fundó la Federación Española de Clubs de Fútbol (FECF). Dado que ahora el organizador del torneo era la FECF, se llegó a un acuerdo verbal para que la final dejase de disputarse en Madrid y se contendiese en el campo del vigente campeón.
Y aquí viene el meollo del problema.
A la hora de la verdad la FECF se negó a reconocer esa posibilidad y tanto la Real como el Athletic (se supone que por cuestiones de vecindad) se declararon en rebeldía. La bomba explotó cuando el Real Madrid también lo hizo y los tres conjuntos formaron la Unión Española de Clubes de Fútbol (UECF) junto al Racing de Irún. La posición del Real Madrid aún es hoy sujeto de debate. Pero lo cierto es que para los aficionados merengues sigue siendo la primera gran muestra de caballerosidad de un club que prefirió ceder el privilegio de jugar en casa porque consideraba que ganar una Copa sin la participación del Athletic no era un título que tuviese valor.
La Real organizó un torneo paralelo en San Sebastián. Sin embargo, aunque la UECF apoyaba llevar el torneo a Guipúzcoa tampoco podía reconocer a la Real como vigente campeona sino al Club Ciclista. Es más, dado que la Real había sido fundada en septiembre de 1909 y la final de la Copa de 1910 iba a ser en marzo, tampoco el equipo blanquiazul podría jugar la Copa, ya que no habían pasado doce meses desde su fundación.
El embrollo era colosal porque tampoco la Real podría jugar esta nueva edición de la Copa con su propio nombre. Otra vez tuvo que tomar prestada la licencia de otro club de barrio y acudir a esa Copa del Rey bajo la denominación Vasconia Sporting Club. Aquella Copa del Rey acabó deparando una final entre Athletic y Vasconia 110 años antes de la que se celebra estos días en Sevilla. Entonces los rojiblancos vencieron por 1-0. A pesar de que en los libros se recoge el nombre de Vasconia, los historiadores aceptan que la Real Sociedad nació con un título (1909) y un subcampeonato (1910) de Copa del Rey bajo el brazo, aunque ninguno de los dos hubiesen sido bajo su auténtica denominación.
Un par de meses más tarde, en un campo colindante al parque del Retiro madrileño, tenía lugar final organizada por la FECF en la que el FC Barcelona derrotó al Español de Madrid.
Ambos torneos, y ambos campeones, son hoy reconocidos.
La FECF decidió aplacar el cisma con una decisión salomónica dándole al Athletic la organización de la final de 1911 como campeón copero y al FC Barcelona la fase final de 1912 como el otro campeón copero. La solución de compromiso duró lo justo hasta que en 1913 la FECF programó una final en Madrid mientras la UECF hizo lo propio en Barcelona, dado que los azulgranas habían ganado la edición de 1912.
Otra vez el galimatías estaba montado. Para 1913 nuevamente habría dos campeones reconocidos en dos finales reconocidas (Racing de Irún en una y FC Barcelona en la otra). Tras el segundo desastre, ambos organismos se fusionaron y se creó la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) acordando el fin de la libre inscripción de equipos, el establecimiento de rondas eliminatorias regionales y la disputa de la final, fuese donde fuese, siempre en terreno neutral.
Los leones de 1910
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