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El portero es negro, los centrales gabachos, la estrella es un moro y el que mete los goles es un sudaca ¡Pero daría la vida por mi equipo!

Somos egoístas y vagos. Esto no lo digo yo, lo dicen los antropólogos y los biólogos. Si hubiese que calificar al ser humano con un adjetivo éste sería el de perezoso. Somos perezosos porque hemos alcanzado la excelencia y hemos superado al resto de especies gracias a nuestro cerebro. Batiremos récords mejorando el físico, pero el físico debe ser ayudado por la mente. Pero es este un bucle pernicioso cuando escudriñamos el bien común. Si un vago coincide con un trabajador, el primero se aprovechará del segundo, sobrevivirá, obtendrá todos los beneficios y pasará sus genes a la generación siguiente. Al cabo de unos cuantos cientos y miles de años quedarían en liza sólo los más perezosos.

Pese a ello, en la naturaleza vemos que la cooperación reina en todas las especies. Desde los depredadores que pueblan las selvas hasta en las liliputienses colonias de hormigas. Y lo mismo sucede con los seres humanos. Somos perezosos y egoístas, pero si hemos evolucionado y progresado es gracias a la cooperación. ¿Cómo puede ser esto posible? La respuesta de la ciencia es simple: es una cuestión genética.

Si ayudas a tus sobrinos les irá mejor en la vida, y si les va mejor en la vida les irá mejor a tus genes. Esta idea fue desarrollada por el biólogo William Hamilton en una regla que él denominó rb>c (r es la probabilidad de que compartas genes con un individuo, multiplicado por b que es el beneficio que obtiene dicho individuo al ayudarlo, dividido entre c que es lo que a ti te cuesta ayudarlo). Según Hamilton si compartes con tu hijo 1/2 de genes y con tu sobrino 1/4 significa que debes pasar el doble de tiempo ayudando al primero que con el segundo.

Por eso tenemos descendencia. “Cuando un padre da algo a su hijo ambos ríen. Cuando un hijo da algo a su padre ambos lloran”, dejó escrito Shakespeare.

Como todas las teorías, la de Hamilton choca con la realidad. Igual es mejor pasar tiempo con el hermano de tu mejor amigo que con la sobrina con que la que apenas te ha dirigido la palabra en veinte años. Pero dicha teoría sí que sirve para explicar porque nos ayudamos los seres humanos cuando por definición somos unos perezosos.

Los antropólogos consideran que nuestros ancestros nómadas luchaban en grupos para conseguir alimentos. Esa cooperación entre tribus les permitía minimizar riesgos y ayudar a los jóvenes a prosperar. En esos grupos los lazos familiares podían existir o no, pero lo que si existía era un sentimiento de comunidad, de tribu, que fue base para la evolución de la especie. Cuando la agricultura y la industria, pero sobre todo el sistema de seguridad y sanidad de los Estados modernos sustituyeron a la tribu, los lazos grupales se fueron perdiendo en una tendencia que parece imparable.

Empero, el instinto a colaborar sigue presente a través de la solidaridad (que es un resultante de la traslación de la bondad religiosa) y a que la pertenencia a una misma tribu sigue codificada en nuestros genes en pleno siglo XXI.

De todos los vencedores de Copa de Europa que ha habido y que habrá, ninguno alcanzará el clímax de orgullo que obtuvo el Celtic de Glasgow de 1967. La totalidad de los miembros del equipo habían nacido en un radio inferior a 50 kilómetros de Glasgow. Todos y cada uno de ellos compartían aficiones, recuerdos, religión, acento, humor, valores y alguno hasta era novio de la prima de la tía de su madre. Es poco probable que el Celtic vuelva a ganar la Copa de Europa, pero, si lo hiciese, jamás volvería a hacerlo de una forma tan especial.

Celtic, historia de un campeón autóctono | Negre Sobre Blanc
11 colegas

Cuando el Manchester United salió victorioso en la Copa de Europa de 1999 con los ‘Fergie Boys’ (Butt, Giggs, Beckham, Neville, Scholes) o cuando el Barça arrasó como las huestes de Gengis Kan en 2009 con chicos de La Masía (Puyol, Iniesta, Xavi, Busquets, Valdés, Pedro, Messi) se celebró como una victoria de la cantera. Realmente era algo excepcional, pero ni siquiera esos chicos conformaban más de la mitad de la plantilla de sus equipos. Más aún. Muchos de ellos procedían de distintos puntos del país (o de otro continente como Messi) y sus raíces distaban mucho de ser parecidas.

Pero estos cambios en el mundo fútbol, acentuados desde la existencia de la Ley Bosman, no consiguen que nos volvamos menos forofos de nuestro equipo. Al contrario. En un mundo hiperconectado y en el que los referentes tradicionales se evaporan, un club de fútbol funciona como el eje vertebrador de la tribu. Quizás como el único eje que permite sostener a una comunidad. Son nuestros chicos. Jueguen tres partidos con nosotros, sean vendidos al cabo de una temporada o hayan militado en un odiado rival. Representan una identidad. Son chicos que debemos cuidar. Sea el portero negro, los centrales gabachos, la estrella un moro y el que mete los goles un sudaca. Defienden lo nuestro. Con genes o sin genes.

El Chelsea FC fue el primer equipo que en el año 1999 firmó una alineación sin ingleses (no ya sin canteranos londinenses). El RC Deportivo, en las catacumbas de la Segunda B, cuenta con más de 17.000 socios que ni siquiera pueden acercarse a Riazor y todo con únicamente seis canteranos de 22 fichas profesionales. A mediados del siglo XX los portugueses iban a Inglaterra a trabajar en las obras y en los hoteles, ahora van a jugar a los Wolves donde ya son mayoría. Y si Ramos no está, el brazalete de capitán del Real Madrid, santo y seña del fútbol español, lo llevan por este orden Marcelo, Benzema y Varane. Ah! Y aunque Ramos lleva una vida en la capital, conviene recordar que no es canterano.

Ni siquiera el inquebrantable y excesivamente orgulloso Athletic puede mantenerse fiel a sus  principios. Lo que antes eran vizcaínos, luego vascos y más tarde navarros pasan a ser ahora cualquier muchacho que en edad de formación grite ¡Aupa Athletic! Nunca fue tan real que los de Bilbao nacen donde quieren.

Resulta ciertamente sorprendente como hemos pasado de defender a un equipo de canteranos para luego ampliar el foco y buscar, salvaguardando nuestro compromiso, un nuevo requisito en la nacionalidad y así aceptar que un futbolista forme parte de nuestra tribu. Y aun así, si el equipo rinde, y sigue dando éxitos a la tribu, la procedencia y las raíces son indiferentes, y es entonces cuando nuestro compromiso pasa a ser multicultural.

Los seres humanos no podemos evitar establecer relaciones entre nosotros, sin tener en cuenta factores como la raza, la educación o la religión. Pero al ampliarse nuestras interacciones también lo han hecho los lazos sociales. Sigue existiendo, y existirá, el racismo y el egoísmo, pero quizás no existe mayor forma de implicación y de respeto al que no es parecido que incorporándolo a tu tribu.

Incorporándolo a tu club de fútbol.

Un día como hoy en 1999 el Chelsea jugó con 11 extranjeros e inauguró el  fútbol moderno | Deportes Premier League | TUDN Univision
De todo menos ingleses

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Cuando Abdón Porte decidió suicidarse

“El día que no esté en condiciones de jugar para Nacional me pegó un tiro”. No fue una, sino varias, las veces que Abdón Porte dijo tal afirmación años antes de morir. Nunca nadie se lo tomó en serio. Para Porte no existía hecho mayor en la vida que jugar al fútbol. A medida que los años pasaban y el cuerpo se desgastaba, Porte percibía que su existencia no tenía sentido si no podía disfrutar de su más loca pasión. Abdón Porte avisó. No hizo más que cumplir con sus amenazas.

Pivote aguerrido, comprometido y fabuloso en el juego aéreo, Abdón Porte fichó por el Nacional de Montevideo en 1911 a los 18 años de edad. Pronto se afianzó como líder de los tricolores ayudándolos a ganar por vez primera tres títulos ligueros consecutivos en 1915, 1916 y 1917. Abdón Porte no sólo era el líder en la cancha, con su carisma y su entrega se convirtió en el favorito de la hinchada. Abdón Porte era el ídolo de Nacional.

Tenaz y combativo en un fútbol donde no se preguntaba antes de soltar la pierna, pronto comenzó su declive al no responder su físico a lo que pretendía su mente. Varias lesiones habían minado su despliegue. Para 1918 la directiva de Nacional ficha a Alfredo Zibechi, un centrocampista que actuaba en su misma posición y que poseía la misma garra pero mayor calidad técnica y que, a mayores, era titular indiscutible en la selección nacional. El presidente de Nacional se reunió con Porte y le explicó la situación. Le agradeció los servicios prestados y le conminó a buscarse un nuevo equipo. Era joven, apenas tenía 25 años, y mucho fútbol por delante. También le propusieron quedarse en Nacional, pero a sabiendas que sus oportunidades serían escasas.

Abdón Porte, la leyenda que se suicidó en el centro del campo - BeSoccer
Abdón Porte (1893-1918)

A Abdón Porte le dio igual. Nadie le iba a decir lo que tenía que hacer. Decidió quedarse en Nacional. Incluso comenzó la temporada de titular, aunque al poco dejó su sitio en el once a Zibechi. En una época donde no existían los cambios ser suplente era la nada. Aun así la situación no era tan mala como se esperaba y a Porte se le veía feliz. Tan feliz como siempre.

El 4 de marzo, tras una victoria por 3-1 ante Charley FC en la que Abdon Porte jugó como titular, la plantilla se reunió para comentar el triunfo rodeados de algunas bebidas. La cita se prolongó hasta avanzada la noche. Pocos se percataron de que Abdon Porte fue uno de los primeros que se marchó para tomar un tranvía que lo llevaría hasta su trágico final.

Se dirigió hasta el estadio Gran Parque Central (aun hoy en pie y sede de los partidos de Nacional) con dos cartas en un bolsillo y un revólver en el otro. Una vez bajó del autobús se aventuró a entrar en el estadio. Tenía una copia de las llaves de la verja principal. Se aproximó al círculo central y sólo Dios y sus pensamientos saben lo que le pasó por la cabeza para sacarse el arma de la chaqueta y pegarse un tiro a la altura del corazón.

A la mañana siguiente un operario del club encontró el cuerpo sin vida de Abdon Porte junto a las dos misivas guardadas debajo de un sombrero de paja. Una de ellas estaba dirigida tanto a su madre como a su novia, con la que apenas un mes más tarde pretendía casarse y nunca nadie supo de su contenido. La otra era para José María Delgado, presidente del Club Atlético Nacional de Montevideo.

Decía lo siguiente:

“Querido Doctor José María Delgado. Le pido a usted y demás compañeros que hagan por mí como yo hice por ustedes: hagan por mi familia y por mi querida madre. Adiós querido amigo de la vida (…) Nacional aunque en polvo convertido y en polvo siempre amante. No olvidaré un instante lo mucho que te he querido. Adiós para siempre”. Abdón Porte solicitaba en dicha carta ser enterrado junto a Carlos y Bolívar Céspedes, dos hermanos que habían fallecido con la misma edad que Porte años atrás víctimas de la viruela, y que también habían sido futbolistas de Nacional.

La conmoción en Uruguay fue brutal, en especial cuando los compañeros de Porte explicaban que en numerosas ocasiones había amenazado con suicidarse el día que dejase de jugar al fútbol. Ante la perspectiva de ser eliminado del equipo, optó por auto eliminarse. El entierro fue multitudinario y la directiva de Nacional decidió renombrar la tribuna principal del estadio Gran Parque Central con el nombre de Abdón Porte. Ya bien entrado el siglo XXI en cada partido que juega Nacional aún se puede ver una pancarta en la grada con un claro mensaje a sus jugadores: `Por la sangre de Abdón’.

De Abdón a Polti: historia de un mártir - Panenka
Gloria o muerte

No solo la afición de Nacional, sino buena parte de los uruguayos exaltan la figura de Abdón Porte como quintaesencia de la garra charrúa. Cuando se cumplieron los cien años de su muerte se presentó una camiseta conmemorativa de color sangre que causó admiración y repugnancia a partes iguales. Para unos es lamentable y preocupante semejante exaltación del suicidio. Para otros lo que hizo Abdón Porte es una estupidez, pero una estupidez sublime e inolvidable que lo convirtió en leyenda.

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Cómo de obsceno es el sueldo de un futbolista

El debate no es cuánto gana Leo Messi. No parece probable que los mandamases del FC Barcelona sean propensos al suicidio. Se supone que el sueldo de Messi está acorde a los beneficios que le genera al Barça (otra cosa es que el coronavirus haya puesto todo patas arriba). Un segundo motivo de discusión es saber cómo de lícito es ocultar un contrato cuando el Barça no es una sociedad anónima y sigue, aunque de soslayo, siendo propiedad de sus asociados. Al no haber público en el Camp Nou nos hemos quedado sin saber la opinión del respetable, aunque me aventuro a pensar que los aplausos ganarían en clara ventaja a los silbidos. Puestos a culpar a alguien por el cráter económico del Barça me da que el socio echaría más en cuenta excesos llamados Philippe Coutinho o Ousmane Dembelé que otros que obedecen al nombre de Leo Messi.

Lo que el diario ‘El Mundo’ aireó con clarines y timbales (con mucha diferencia la mejor redacción de investigación periodística de España, a pesar de cierto tufo a amarillismo) no fue el sueldo de Messi en sí (70 millones fijos anuales), sino unas disparatadas cláusulas que pueden hacer que el astro alcance los 140 kilos por temporada. Entre las más insólitas están los 39 millones que cobrará por fidelidad el día que se vaya del Barça (¿?), la posibilidad de quedar libre si Cataluña declarase la independencia o un bono por partidos jugados en el que se contabilizan aquellos que Messi no puede disputar por lesión (¿?).

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Solo faltan los céntimos

Decía que el debate no es cuánto gana Messi. Se supone que obedeciendo a la ley de la oferta y la demanda si llega a ganar 140 kilos al año es que al menos genera otros 140 al Barça. La pregunta y el debate es cuánto de obsceno es el sueldo de Messi. Y la respuesta es obvia. Es muy obsceno. Incontable e ilimitadamente obsceno.

Pero, ¿cuánto de obsceno?

Cuando en 1928 nace en España la Liga de Fútbol Profesional el sueldo medio de aquellos primeros asalariados rondaba los 40 euros (de la época) por temporada. Son los tiempos de Ricardo Zamora, la primera gran estrella del fútbol en España y el mejor portero del mundo en los años 30, por el que el Real Madrid pagó 900 euros al RCD Espanyol por su traspaso. Zamora firmó un contrato que le reportaba 215 euros al año.

Dada la relevancia futbolística, mediática y económica del Real Madrid, no existe mejor paño para apreciar la evolución del sueldo de los futbolistas. Entre la Guerra Civil, la inflación y la aguda crisis económica, la ficha de Zamora no fue superada hasta que en 1953 Alfredo Di Stéfano llegó a España. ‘La Saeta Rubia’ fue la comidilla en todo el país por un fichaje que se disputaron Barça y Madrid en el que finalmente los blancos salieron ganadores. Hubo desidia por parte azulgrana, pero también tráfico de influencias. El caso es que el Gobierno hubo de autorizar al Madrid a pagar la entonces escandalosa cifra de 4.000 euros anuales a beneficio de Di Stéfano. Para el año 1962 obtendría un contrato récord de 25.000 euros anuales, a lo que habría que añadir las correspondientes primas.

¿Eso era mucho? Pues sí. Di Stéfano cobraba 200 salarios mínimos anuales por temporada. Kubala, estrella azulgrana, cobraba menos que ‘La Saeta Rubia’, pero aun así  era un total de unos 150 salarios mínimos al año. Como veremos, aunque inmensas, son cifras ridículas si las comparamos con los sueldos millonarios de la actualidad.

Aunque Kopa, Puskás o Amancio superaron con amplitud los 10.000 euros por temporada, nadie se acercó al sueldo de Di Stéfano hasta que en los 70 el mercado internacional se volvió a abrir de par en par. Cruyff aterrizó en Barcelona con un traspaso que fue récord mundial y el Madrid contraatacó firmando a Gunter Netzer a razón de 115.000 euros anuales.

En 1979 Laurie Cunningham se convertía, además del primer negro en ser internacional con Inglaterra, en el fichaje más caro del momento. El Real Madrid le hizo un contrato de 78.000 euros anuales. Dicha cifra representaba un total de 48 sueldos mínimos anuales. Era mucho, pero era menos que en época de Di Stéfano.

Hubo que esperar a los 80 para el siguiente gran salto. En 1985 Emilio Butragueño fue el primer madridista en firmar un contrato de 100 millones de pesetas al año (600.000 euros) que llegaría a ser de 2 millones de euros tras diferentes renovaciones, misma cantidad que cobraba el croata Robert Prosinecki o el montenegrino Pedja Mijatovic.

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El Buitre. A 100 kilos de pesetas al año

—LA LEY BOSMAN—

En 1996 la llamada Ley Bosman permitió la libre circulación de jugadores europeos, por lo que el fútbol entró de lleno en el libre mercado de la oferta y demanda. Los clubes más poderosos aumentaron sus ofertas y los futbolistas vieron como su capacidad negociadora para obtener mejores contratos se ensanchaba exponencialmente. La Ley coincidió en el tiempo con la aparición del fútbol en emisión bajo pago y el desarrollo de internet. Ambos hechos llevaron a que las mejores ligas europeas formasen parte de la vida cotidiana en todos los rincones del planeta. La globalización es el motivo principal por el que cada vez más firmas comerciales centran hoy en día sus objetivos hacia las grandes estrellas futbolísticas como íconos de una juventud que, en buena parte, han dejado a un lado a los ídolos del cine y de la música (chicas incluidas).

Tras la aprobación de la Ley Bosman los sueldos se dispararon. Raúl fue el primer jugador merengue que firmó un contrato de 1.000 millones de pesetas por temporada (6 millones de euros), cifra igualada y luego superada (ya se sabe que las renovaciones siempre son al alza) por Figo, Zidane o Ronaldo. Kaká sería el primero en firmar por 10 millones de euros al año, misma cifra de un Cristiano Ronaldo que paso a paso llegó a cobrar 30 kilos antes de marcharse a Italia.

Florentino tuvo suerte de largarlo antes de que el coronavirus hiciese su aparición. O quizás no. Quizás mejor haberlos invertido en Cristiano que en Jovic, Militao, Mendy, Rodrigo y hasta Hazard, que inesperadamente oposita a Prosinecki.

La influencia y la locura que la Ley Bosman generó en el fútbol de cambio de siglo se puede observar en el precio de las contrataciones de los futbolistas. Desde que en 1893 el Aston Villa pagase unos 80 euros al WBA por el fichaje del escocés Willie Greaves, la progresión en aumento ha sido un fiel reflejo de la economía mundial. De Inglaterra se pasó a Italia previo paso por Argentina. Fue un argentino, Bernabe Ferreyra, el que mantuvo el récord de traspaso durante más tiempo, un total de 17 años entre 1932 y 1949 fiel reflejo de las vicisitudes de la II Guerra Mundial. Después, tan sólo el Barça con Cruyff y Maradona osó discutir el trono de los fichajes galácticos a Italia hasta la entrada de la Ley Bosman en 1996.

A partir de entonces un récord que solía durar unos años pasó a ser roto verano tras verano. Shearer (Newcastle) en el 96, Ronaldo (FC Barcelona) en el 97, Denilson (Real Betis) en el 98, Vieri (Inter Milan) en el 99, Figo (Real Madrid) y Hernán Crespo (SS Lazio) ambos en el año 2000, hasta que el Madrid rompió la banca fichando a Zidane en 2001 por 77 millones de euros. Otros lo superarían después, pero teniendo en cuenta la inflación, la contratación de Zidane fue el fichaje más caro de la historia hasta que el PSG pagó 222 millones por Neymar en el verano de 2017.

La burbuja estalló con la crisis financiera del 2008. A inicios del siglo XXI los sueldos estaban tan inflados que había futbolistas de Tercera División con salarios que les permitían vivir con holgura, y en Primera Autonómica se llegaban a pagar 1.000 euros mensuales. En la actualidad, hasta en Tercera División, hay jugadores que únicamente cobran bonos en función de los resultados y de los desplazamientos.

En la década de 2010 los salarios de los futbolistas volvieron a aumentar. Antes de la pandemia el sueldo bruto de un futbolista de Primera División se estimaba en 4 millones de euros anuales. Sólo entre 2013 y 2018 los sueldos de los jugadores habían crecido un 20% y representaban entre el 50% y el 70% del presupuesto de un club de fútbol. El salario mínimo de un futbolista profesional prepandemia era de 155.000 anuales por los 10.300 que representaban el salario mínimo de un trabajador. No es necesario señalar que en ninguna otra profesión ve aumentar sus ingresos fijos un 20% en un lustro. La pandemia ha roto con esa progresión. Siempre hubo y habrá cracks, pero para el futbolista medio, haber debutado en 1996 y retirarse en 2008 significa haberse hecho inmensamente millonario.

En los últimos 40 años mientras que el salario mínimo apenas ha aumentado un 10% el sueldo de los futbolistas se ha multiplicado cerca de un 200%. Netzer o Cruyff vivían muy bien, pero lo que ocurre en la actualidad es demencial. Contaba que Di Stéfano tenía 200 salarios mínimos anuales. Mucho, ¿verdad? Pues ni siquiera hablemos de Messi o de Cristiano, los Di Stéfano del momento. Se estima que Sergio Ramos, quizás el buque insignia del Madrid actual, cobra 15 millones de euros al año. Dicha cifra representa 1190 salarios mínimos anuales…y habría que añadir los contratos publicitarios.

Lo cierto es que la desigualdad entre los más ricos y los más pobres no deja de aumentar en todo el mundo. El directivo medio en Estados Unidos gana 104 veces lo que su trabajador, cuando esa diferencia era de 25 veces en los años 70 según ‘The New York Times’. Poco puede hacer el currante para que esto cambie. Pero cuando ese trabajador paga 300 euros para ir al Camp Nou o al Bernabéu está ratificando el sueldo de los 22 multimillonarios a los que luego critica por acaudalados cuando no juegan como a él le gusta.

Hoy en día Messi cobra unas 30 o 40 veces más que Di Stéfano en su época. Pero es que Messi cobra más que ningún otro deportista (según ‘Forbes’ solo es superado por Roger Federer, pero únicamente si se cuentan los ingresos por publicidad). Es normal. Es el mejor en el deporte más seguido. Leo Messi es producto de la globalización del fútbol. Ni siquiera los ídolos de la NBA llegan a establecerse por todas las esquinas del globo terráqueo como lo hacen los astros del balompié. Messi vende el 85% de las camisetas del Barça y es un filón turístico para Barcelona y Cataluña.

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Rey Midas

Pero para el forofo no existe la mercadotecnia ni las giras millonarias por Asia. Para el trabajador lo que gana Messi es obsceno, aunque los directivos del Barça digan que es rentable. Y es obsceno, ilimitadamente obsceno, porque aunque Lebron James sea archimillonario lo es por ejercer su trabajo en la nación más poderosa del mundo. Que Messi sea el deportista mejor pagado del mundo ejerciendo su trabajo en un país que no está entre los 15 más ricos del planeta y que pelea con Grecia por tener la tasa de paro más alta de la Unión Europea es obsceno. Irremediablemente obsceno.

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Maradona (2ª parte): Demonio

Diego Armando Maradona Franco era de ascendencia gallega. Algunos buscaron a los Maradona por Ribadeo, pero es el Franco (que deriva de los franceses que en el medievo se asentaron en Santiago y alrededores al hacer el Camino) lo que le delata. Ya se sabe que gallegos hay en todas partes. Y en Galicia triunfa un dicho para aquellos que deambulan por la vida con enfermedad perpetua. ‘Nunca gastou salud’, se dice. Maradona no es que no gastara salud. La tenía toda, pero la derrochó, la precipitó por el retrete y se encargó de tirar de la cadena. No hizo daño a los aficionados. Lo que hizo fue hacerse daño a sí mismo.

Maradona fue ángel, pero también fue demonio. Sin el balón todo en él fue pelearse con la vida. Mejor hubiese sido que se fuese joven. Ahora ya no habrá más noticias malas. El Maradona entrenador, el Maradona presentador, el Maradona directivo, el Maradona embajador. Todos fueron parodias. Ojalá no hubiesen existido. El ángel de cara sucia pasó a ser un demonio con rabo. Y sus tonterías y sus desmanes, que antes sólo le dañaban a él, pasaron a dañar a quienes le idolatraban.

Vergüenza ajena.

Arremetió contra gigantes y molinos. Llamó corrupta, mafiosa, loca y ladrona a la FIFA (lo peor es que tenía razón). Dicen que era izquierdista. Fue amigo de Chávez, de Maduro y de Fidel Castro. Del comandante cubano tenía un tatuaje en la pierna de meter goles. Se creía un caudillo, un guerrero del pueblo, un hombre venido del cielo. Digo que se decía izquierdista pero es harto dudoso ponerle dicho calificativo. Era un hombre perdido que iba a contracorriente y que tenía la mordacidad justa para la respuesta veloz.

Le han cantado Sabina, Manu Chao, Calamaro o Los Chikos del Maíz, grupo de cabecera del vicepresidente Pablo Iglesias. Son todos simpatizantes de izquierdas. Lo cual es normal porque todos, incluyendo Maradona, han defendido, con mayor o menor vehemencia, la igualdad social, el control estatal de la economía, el pacifismo o el anticonsumismo. Eso sí, resulta más que chocante esa oda al Maradona persona, cuando Maradona fue homófobo, misógino, corrupto y violento. Hasta era creyente. Mientras ellos creen en D10S, Maradona creía en Dios. “Y eso que sé que lo puteé”, dijo en una de sus últimas entrevistas.

De todas las habidas, la más célebre de las canciones dedicadas al Pelusa es una maravillosa cumbia de un tal Rodrigo, un joven cantante argentino que falleció antes de cumplir la treintena. La canción, como no podía ser de otro modo, se llama ‘La mano de Dios’.

El gol de la mano de Dios es una oda al rencor, a la falsedad y a la pillería. Es pura viveza criolla. Es el fin justificando los medios. “Me sentí como si le robara la billetera a los ingleses”. Ni ya fallecido podrán en la anglicana Inglaterra perdonar semejante desvergüenza. Maradona fue como el soldado que aparece en las películas con la bandera y la clava en medio del bombardeo. Arriba las Malvinas. Arrima el puño a la cabeza tan veloz y tan rápido que hubiese que haber tirado de VAR para que el demonio no su hubiese llevado por delante al ángel.

Con VAR no existiría la mano de Dios.

Al haber leído esto tú mismo has sentido una punzada en el corazón y te ha dado pena.

Somos ángeles y también demonios.

https://www.youtube.com/watch?v=M4nOe6P77kA

Sus amistades fueron fruto del interés. Chupópteros que se aprovecharon de un politoxicómano. Mafiosos que le pasaron el brazo por encima del hombro y acabaron clavándole un cuchillo por la espalda. Líderes de izquierdas que le pagaron una y otra vez su estancia en una clínica de rehabilitación a cambio de propaganda mundial.

No se sabe las veces que cayó y se volvió a levantar. Dicen que el Pelusa era un barrilete cósmico, que estaba gordo. La realidad es que los kilos nunca fueron carga para gambetear. La carga de Diego se llamaba Maradona. “Necesito que me necesiten”, dijo en cierta ocasión. Todos aquellos en los que confió le engañaron. Cuando era pequeño dormía abrazado al balón, no porque le gustara, sino porque tenía miedo a que se lo robaran.

Maradona es víctima, sí, pero sobretodo es culpable. Maradona es demonio. A veces porque fue incapaz de vencer a la tentación, pero en su mayoría porque quiso. “Tengo dos hijas legítimas, los demás son hijos de la plata o de la equivocación”. Media vida se la ha dejado como politoxicómano. La otra media se la llevaron los tribunales. Ha tenido litigios por culpa de sus hijos ilegítimos, por golpear a sus parejas, por un intento de violación, por compañías espurias con menores y por evadir impuestos. Hemos visto videos del Pelusa dormido, exaltado o borracho. Ha mandado a muchos a mamarla y nos ha enseñado un par de veces sus posaderas. Otras ha intentado hablarnos, pero no hemos entendido nada de lo que su boca se había propuesto contar.

“Me cortaron las piernas”, señaló cuándo dio positivo por cocaína en el Mundial de Estados Unidos. Jugó, venció, meó y perdió, dijo de él Eduardo Galeano. El mundo enteró arremetió contra la FIFA. En lugares tan lejanos como Bangladesh se enarboló la bandera argentina y hubo barricadas en las calles. Pocos recordaban que un par de años antes la FIFA había puesto dinero de su bolsillo para buscarle acomodo en Sevilla e intentar que el genio volviese a salir de la lámpara. Fue el primero de muchos e infructuosos intentos.

Tiempo atrás ya la había liado en Buenos Aires y en Barcelona. Antes de ser ídolo en Boca pisoteó la camiseta xeneize porque sus compañeros no se la pasaban. En Barcelona le pusieron un investigador privado y él les recompensó con unos cuantos regates, un puñado de goles inverosímiles y una parodia de Bruce Lee en una final de la Copa del Rey. “Cataluña es un gran lugar para vivir, pero no para ser futbolista”.

En Nápoles fue rey aunque antes fue proscrito. Su vida en Nápoles excedió el mundo de las celebridades. El recorrido de humano a mito lo dividió en dos, porque fue mito en vida, cumplió sus sueños, pero no fue dueño de su destino. Pero un rey no sólo es digno de elogio y de admiración, también tiene obligaciones y responsabilidades. Y Maradona las obvió todas.

Y es que Maradona fue un circo. Fue trapecista, acróbata, escapista, pero también elefante, payaso, tragafuegos y hasta hombre bala. Una vez acabó disparando con un rifle a un grupo de periodistas que le esperaban a la puerta de su casa. Por supuesto no fue detenido.

Maradona no es ejemplo de nada. Pudo tener un retiro feliz, rodeado de familia y de amigos y quizás con un cargo en Argentina para llevar el Mundial a Sudamérica o como embajador de la FIFA por el tercer mundo. Podría haber sido presidente honorífico de Boca o reinventarse como analista deportivo. Pero a la inversa ha sido un buen ejemplo. Es el ejemplo de como una adicción te hace sufrir a ti y a los tuyos y acaba quebrándote la vida. Maradona es el ejemplo de los males de la droga, de cómo te acorta la vida. Porque Maradona se fue a los 60, pero hacía 20 años que estaba muerto. Maradona había fagotizado a Diego.

También podríamos ser indulgentes. Desde niño fue una esperanza, desde adolescente fue estrella. No es fácil domar a semejantes leones, pero eso no lo exime de su culpa. Menotti dijo que Maradona fue como un gato al que subieron a un árbol y nadie le dijo como bajar. Puede ser verdad y quizás sea el más grande, pero su idolatría no puede, no debe, salir del rectángulo de juego.

La muerte no hace prisioneros, pero pronto se olvidarán las broncas, las peleas, los insultos o las detenciones y quedarán las rabonas, los caños y los goles. Porque cuando Maradona resuene volveremos a la brillantez y comprobaremos en cada vídeo que Maradona cada día juega mejor.

Con la muerte lo malo se olvida y lo bueno prospera. Queda el ángel y se olvida al demonio.

Lamentablemente. ¿O no?

Maradona en Sinaloa, la capital de la cocaína en América Latina; ¡atascado!  - Libertad Bajo Palabra
Demonio

“Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha. ¿Sabes qué jugador hubiera sido yo de no haber tomado drogas? Fui, soy y seré drogadicto”. Diego Armando Maradona.

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Maradona (1ª parte): Ángel

Se ha dicho, se está diciendo y se dirá tanto sobre Maradona que tejer un nuevo camino en una selva de conocimiento se antoja imposible. Para intentar comprender como un futbolista de una nación secundaria ha sido capaz de abrir informativos y copar portadas de periódicos generalistas de medio mundo quizá nada mejor que trasladarse a Rosario, una ciudad situada al noroeste de Buenos Aires. Allí, hace un par de décadas, se fundó la iglesia Maradoniana y ha ido creciendo hasta sumar más de 500.000 fieles que rinden culto a D10S, rezan el padrenuestro del Diego y siguen los diez mandamientos en los que el súmmum es amar a Maradona sobre todas las cosas.

De todo lo que he leído sobre D10S lo que más me impactó son unas palabras de Emilio Butragueño en un reportaje sobre México 86 que vi hace ya unos cuantos años. Butragueño, descollante estrella en aquella cita con un póker de goles ante Dinamarca, declaraba que la superioridad de Maradona era tan apabullante que hubiese sido campeón del mundo con cualquiera de las selecciones octavo finalistas. Parece una bravuconada teniendo en cuenta que en ese grupo de 16 selecciones estaban Paraguay, Bulgaria o Marruecos, pero si uno repasa los vídeos de aquel Mundial descubrirá que lo imposible se hizo carne. Maradona practicó un fútbol tan sublime que sus compañeros tuvieron que defenderse y pedir perdón por no ser lo suficientemente buenos.

Quizás Maradona es el más grande. Es cierto, no se debe comparar épocas distintas. Pero la grandeza del Pelusa, su mote favorito puesto por su madre debido a su frondosa mata de pelo, radica en que ganó él sólo. Ni en Nápoles ni en Argentina (por favor, echen un vistazo a la plantilla albiceleste de finales de los 80 y compárenla con la de inicios del 2010) tuvo acompañantes que al menos fuesen capaces de amamantar sus ubres. Pelé ganó con cómplices excelentes, Cruyff fue dueño de un estilo pero no sometió con su fútbol y tan sólo Di Stéfano convirtió en grande a un equipo. Pero es que Maradona lo hizo por partida doble. Lo hizo al sur de Italia y lo hizo convirtiéndose en prócer de una nación. Fue Di Stéfano, pero al mismo tiempo fue Carlos Gardel y Evita Perón.

Cuando se quiere comparar a Messi con Maradona en Argentina se llevan las manos a la cabeza. El principal axioma es que Leo es un pecho frío, gambetea, pero no enamora. Pero el problema de fondo es otro. Messi fue moldeado en una de las mejores escuelas futbolísticas del mundo y ha estado rodeado de los mejores jugadores del planeta. Maradona aprendió sólo, en un barrio privado de luz y de agua corriente y tuvo que cargar a sus espaldas con compañeros que sin él hubiesen naufragado. El debe del Pelusa es que su brillo fue efímero mientras que el de Messi es extraordinariamente longevo. Maradona tuvo 20 años de carrera. Siete fueron de crecimiento, cinco de esplendor y en el resto hubo más de demonio que de ángel.

Maradona tenía la pata izquierda más sensible que ha parido el fútbol. Le hemos visto dar toques a llaveros, bolas de papel de aluminio, botellas y, dicen, que hasta cartones de leche. Una vez se le contaron 79 golpecitos a una naranja. Decía Di Stéfano que el baloncesto no le interesaba porque no tenía nada de especial acariciar un balón con una mano. Maradona tenía en su pie siniestro más sensibilidad que la mayoría de los mortales en su mano derecha. Sus calentamientos son tan recordados como sus exhibiciones en los partidos. El deplorable año que pasó en Sevilla dejó pinceladas de su arte, pero quizá ninguna como una legendaria durante una tarde napolitana de 1989.

https://www.youtube.com/watch?v=s7ZjU-6iSwk

Maradona es D10S porque jugaba en un fútbol donde los entrenamientos se hacían con espinilleras, los partidos se bailaban alrededor del barro y los defensas en vez de piernas tenían tijeras. La colección de patadas que guardaba Maradona en sus tobillos es enciclopédica. Y no se caía. Seguía y seguía. Un pecho caliente. Era como Messi, pero más gordo (barrilete cósmico), más visceral, más humano. “Pelé es Beethoven, pero yo soy Ron Wood, Keith Richards y Bono, todos juntos. Porque yo soy la pasión del fútbol”, dijo el Pelusa en una ocasión.

Dejó goles increíbles. Seguramente el más famoso de todos los tiempos. Una carrera contra la historia bajo un sol abrasador donde un ser escuálido, diminuto y a la vez gigantesco durmió la pelota con su empeine hasta llevarla a las redes inglesas. Jorge Valdano diría que a medida que pasaban los segundos pasó de reclamar un pase a rezar para que no le llegara el balón, y así poder apreciar aquella sonrisa de un niño, aquella camiseta azul de un rey y aquel pantalón negro que tumbaba cinturas inglesas.

Maradona es Argentina, es Nápoles, pero también es Boca. Pocos recuerdan que se hizo famoso en Argentinos Juniors, primero como pibe que gambeteaba, hacía malabares en los descansos de los partidos de los mayores y anotaba tantos lanzando desde detrás de la portería. Después, de adolescente, como competidor y goleador implacable. Hugo Gatti lo llamó pequeño gordito y al domingo siguiente Maradona le metería cuatro goles en un partido. Fue su último año en Argentinos. La temporada siguiente Gatti le rendirá pleitesía cuando el Pelusa se convierta en el faro de Boca.

Era un genio salvaje, en palabras de Santiago Segurola. Fantasía con botas, pura imaginación. No ganó el Balón de Oro, de aquella no podías ganarlo si no eras europeo, pero ni falta que hizo. Platini, el chico perfecto, el otro ’10’ que le discutía su reinado en los 80 ha sido taxativo: “Zidane hacía con un balón lo que Maradona hacía con una naranja”. Conviene recordar que cuando Zizou se retiró Platini se apresuró a decir que Zidane había sido mejor futbolista que él. También es preciso acordarse que cuando Maradona y Platini se retaban en un rectángulo de juego el Calcio era, y con amplia diferencia, la liga más fuerte del mundo.

En Nápoles Maradona sustituyó a San Gennaro. Dio orgullo a los ‘terroni’, a los inferiores, a los olvidados del sur de Italia, y todo a pesar de cambiar las jornadas de entrenamiento por los días de fiesta. Los perros iban con pelucas del Pelusa y la estatua de Dante llevaba una camiseta del 10. Nos quedan sus vídeos, una colección de diferentes maravillas. Como aquella vaselina imposible ante el Estrella Roja o aquella parábola perfecta dentro del área en un duelo trascendental ante la Juve.

Su estela en el fútbol, en el deporte, es colosal. Elevó lo extraordinario a lo cotidiano y por vez primera lo hizo a color y con todos y cada uno de sus partidos televisados. Era fuerte, ágil, felino. Era un futbolista que hacía realidad los sueños. No sé si fue un napolitano o fue un argentino, pero alguien tuvo la fortuna de decir que a Maradona no se le juzga por lo que hizo en su vida, se le ama por lo que hizo en las nuestras.

La gente que quiere al fútbol quiere a Brasil. La gente que ama el fútbol ama a Argentina. Sus ojos maliciosos, su cabello descuidado y su sonrisa descarada lo convirtieron en un cara sucia. La gente lo adora igual que adoró a Lady Di. La gente lo quiso a pesar de sus defectos. Gracias a sus defectos. Porque era humano. Maradona es la perfección de la imperfección. En Argentina es el pibe lindo. El chico de la calle. Habilidad, picardía y diversión antes de que la responsabilidad matase al fútbol.

Una vez que los primeros europeos se asentaron en Sudamérica y soltaron amarras con la patria, los sudamericanos (los criollos) comenzaron a autogobernarse y a luchar por su prosperidad siguiendo sus propias reglas. En la psique del sudamericano nunca se va a confiar en las leyes como un código benigno que promete seguridad, sino como algo a evadir. Por eso Messi nunca será Maradona. Porque además de gambetear, hay que protestar, hay que luchar. Hay que ser un ángel con cara sucia.

Los 10 mejores goles de la carrera de Maradona
El Diego

“Sólo por lo que hizo en esos 100 metros por 70 le valió la pena la vida. A él y a la gente. Toda Argentina le llora y todo aquel al que le gusta el fútbol también. Hasta la pelota llora.” Jorge Valdano, compañero de Maradona en el Mundial de México 1986.

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PSG vs Bayern (reflexiones)

Desde que la familia real catarí adquirió el PSG en 2011 con el objetivo primordial de cimentar su prestigio a través de la victoria en la Copa de Europa, se ha esperado con ansia en París, y en buena parte de Francia, la cita que le medirá al Bayern este domingo en el estadio Da Luz de Lisboa. Con no poca razón, pensaron que a través de la chequera conseguirían su objetivo a la primera. Las estrellas llegaron a borbotones hasta el acabose de hace un par de veranos al pagar 180 millones por Mbappé y arrebatarle a Neymar al Barça por 222 kilos.

Por más que la colección de estrellas sea insultante, el PSG lleva años adoleciendo de un plan de juego. Una vez que Rabiot escapó de un vestuario lleno de egos, únicamente Verratti es capaz de darle un sentido a la circulación del balón. Cuando allá por marzo Emmanuel Macron soltaba aquello de “estamos en guerra sanitaria”, el cuerpo técnico del PSG perdió el contacto con todos sus jugadores sudamericanos hasta nuevo aviso. El único que tuvo a bien comunicarse con sus patrones fue Cavani, el cual acabó contrato el 30 de junio, decidió no alargar el compromiso y no estará presente en la primera final de la historia del PSG en la Copa de Europa.

Edinson Cavani se subió al transatlántico parisino en 2013 y es el máximo goleador de la historia del club. El club, que hace apenas una semana celebró su quincuagésimo aniversario, decidió ‘homenajear’ al delantero uruguayo excluyéndolo de un cuadro de honor con los mejores jugadores que han pasado por el Parque de los Príncipes.

Y es que el PSG puede convertirse en campeón de Europa, pero tiene harto complicado dejar un legado.

El Bayern representa a la aristocracia europea. A pesar de que su palmarés es notablemente inferior al del Real Madrid, es el único club al que le puede tutear en mística y pedigrí. Y a la par que el Madrid, es igual de amado que de odiado. Los bávaros son después de los madrileños el equipo con más participaciones en semifinales y finales de Copa de Europa, aunque su ratio de victorias es mucho menor. De lo que si puede presumir el Bayern es de ser el equipo más regular, ya que es el único conjunto que ha jugado al menos una final de Copa de Europa en todas las décadas desde 1970 (1974, 1975, 1976, 1982, 1987, 1999, 2001, 2010, 2012, 2013 y 2020), lo que demuestra una continuidad en proyectos y resultados.

El Bayern personifica el clasicismo. Un conjunto que creció a través de un grupo excepcional de canteranos, la construcción de un gran estadio y el reconocimiento social y económico de una ciudad y de un país. El PSG es un invento de una metrópolis que nunca necesitó del fútbol para brillar, pero que lo ha adoptado de manera virtual para irradiar modernidad en plena revolución tecnológica y global.

Algún lector podrá cuestionar esta afirmación. Uno se puede preguntar qué diferencia habrá entre el PSG y el Bayern si ambos conjuntos amasan fortunas y compran activos arrebatándoselos a equipos con menor músculo financiero. Para expresar esa diferencia entre los llamados ‘grandes’, los equipos que son conocidos por aquellos aficionados al fútbol y también por los que sólo se asoman al deporte rey de tanto en tanto, podríamos clasificarlos en cuatro tipos distintos:

1. Equipos que desde su fundación aglutinaron el gusto de la mayor parte de su comunidad, convirtiéndoles en hegemónicos en su ciudad y en su comarca. Con el transcurrir de los años, se convirtieron en clubes dominantes en su país y la globalización los convirtió en marca a nivel europeo o mundial. Ese proceso histórico está basado en la aparición de un elemento interno (jugadores/entrenadores/presidentes) que se cristianizan en la piedra filosofal de la idiosincrasia y de los valores del club.

2. Clubes de rango abolengo, con una gran masa social y con un pasado lleno de triunfos, pero que no han sabido ni adaptarse ni sobrevivir a las leyes de la globalización. A pesar de no mantener el nivel competitivo son capaces de aglutinar una ingente masa social y de penetrar en el acervo social de todo un país.

3. Escuadras de reciente aparición en la élite que gracias a la globalización se han abierto paso en un mercado complejo y prefijado. Hay dos subtipos. Equipos de grandes ciudades que han utilizado con inteligencia sus recursos financieros para dar un salto en sus posibilidades. Y por otro lado, equipos de suburbios o de ciudades pequeñas que a través de un buen programa de fútbol base y una cuidada selección de personal han conseguido instalarse en la élite.

4. Y por último los nuevos ricos. Escuadras con mayor o menor tradición, o incluso totalmente artificiales, que han sido comprados por un magnate para conseguir el éxito en el menor tiempo posible. La falta de masa crítica hace que sin éxitos y sin dinero su influencia se evapore.

Durante esta Copa de Europa exprés hemos visto a varios de esos nuevos ricos. A un RB Leipzig sin masa social y con apenas una década de vida, y al Manchester City, con fuerte implantación social pero de escaso valor añadido hasta que fue adquirido por un jeque casi al mismo tiempo que un empresario de bebidas austriaco hacía lo mismo con el Leipzig. El músculo financiero del City es mayor y su presencia en la élite más palpable, pero ambos conjuntos sustentan su crecimiento en una liga fuerte y una metrópolis moderna. Sólo el tiempo y el dinero dirán si su arraigo en la sociedad será permanente.

El PSG, del mismo modo que el City, tiene un pasado al que aferrarse, pero su crecimiento ha sido igual de artificial. La diferencia con el Olympique de Lyon, brillante semifinalista, es abismal. Cuando el PSG se fundaba en 1970 el gran equipo galo era el Saint Ettiene. Ésta era una ciudad orgullosa de sí misma, de extracción carbonífera y cuna de la industria armamentística francesa. El Saint Ettiene (‘el rayo verde’) llegó a jugar la final de la Copa de Europa de 1976 -precisamente ante el Bayern-, antes de iniciar su declive al mismo tiempo que se desmantelaba la industria pesada de la ciudad.

Fue entonces, a finales de los 80, cuando a 60 kilómetros de allí emergió la ciudad de Lyon. Con vestigios romanos, un gran legado cultural, importantes universidades y vaca sagrada de la gastronomía francesa, Lyon volvió por sus fueros y a inicios del siglo XXI es una ciudad luminosa que pisoteó el legado de su vecina Saint Ettiene. Una era sucia y oscura y la otra radiante y vigorosa. De igual modo el Olympique de Lyon ocupó esa sinergia y se convirtió en un poderoso club ocupando y mejorando el legado del Saint Ettiene. Así, el Olympique de Lyon es un claro ejemplo de equipo (3) y el Saint Ettiene es de tipo (2).

Pero volvamos a la final. PSG-Bayern. Francia contra Alemania. Ha sido una Copa de Europa extraña en tiempos extraños. A partido único, sin público y con una temporada alargada en el calendario hasta el infinito. Desde 1987 no había un ratio de campeones tan bajo entre los cuartofinalistas (2/8) y desde 1991 no se habían presenciado una semifinales sin escuadras italianas, inglesas o españolas. El Bayern puede lograr su sexto título, empatar con el Liverpool (6) y situarse por detrás de AC Milan (7) y Real Madrid (13). Si gana el PSG será un nuevo club al que añadir al palmarés desde que el también proyecto millonario del Chelsea se coronase en 2012 al vencer en los penaltis, precisamente -otra vez-, al Bayern.

Veremos cual equipo y cuales jugadores desencantan la balanza, pero los focos apuntan a tres. En Francia todos los ojos estarán puestos en el parisino Kylian Mbappé. Si Mbappé hace un doblete las mentes pensantes de ‘France Football’ se rasgaran las vestiduras, ya que hace apenas un par de semanas se pegaron un tiro en el pie al anunciar que este año se dejaría desierto el palmarés del Balón de Oro. Con la liga francesa parada desde marzo y sin Eurocopa en el horizonte, no contaban con ver a algún gabacho triunfar en Lisboa.

Lo cierto es que las excusas fueron peregrinas. Que si la Copa de Europa se completa a un solo partido, que si no hay Eurocopa y que si no sabemos aún si volverán las ligas cuando llegue septiembre. Pero el caso es que sigue habiendo fútbol, y si no es Mbappé quizás sea Neymar el que se quede sin balón dorado. Por hambre y ganas, no hay futbolista que más lo reclame en esta burbuja lisboeta que el brasileño. Su nivel de compromiso con la Champions es inversamente proporcional al que demuestra en la Ligue 1.

La lógica dice que tanto Neymar como Mbappé tendrán otra oportunidad de ganar el Balón de Oro. No será ese el caso de Robert Lewandowski.

Estrella de una selección menor sin opciones en Mundial o Eurocopa, Lewandowski ha completado la temporada de su vida. Con 31 años, el polaco es el heredero de Lato y Boniek, y tiene en esta final la opción de coronarse como el gran ‘9’ de la última década. Alto, fuerte y corpulento, es capaz de encimar a los centrales y crearse su propio espacio en el área. Ostenta un sublime juego de espaldas y posee el instinto depredador necesario para completar segundas opciones. Es un ‘rara avis’, un ‘9’ de los que no quedan, pero, y ahí su excelso nivel, sabe dejarse caer a la banda, dispara con las dos piernas, juega al primer toque, ha aprendido a jugar de falso ‘9’ y posee una estética y una flexibilidad sólo comparable con la de Ibrahimovic.

https://www.youtube.com/watch?v=IF29f_FuveI

El Bayern puede ser el primer equipo de siempre en proclamarse campeón ganando todos y cada uno de los partidos. Si lo hace lo hará fiel a su estilo. A la alemana. Como un pegador sin compasión. Monótono y molesto, a la espera de dar la estocada. El PSG buscará la gloria a la parisina. Con prisas, con ruido y con insolencia. Pero también con belleza, con arte y con harmonía. A lo parisino. A lo Neymar.

“Si mi teoría de la relatividad resulta exitosa, Alemania me reclamará como alemán y Francia declarará que soy ciudadano del mundo. Si mi teoría resulta equivocada, Francia dirá que yo soy alemán y Alemania declarará que soy judío”. Albert Einstein.

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Cuando la UEFA eliminó las semifinales de la Liga de Campeones

Ya está aquí la Copa de Europa. La Liga de Campeones. La Champions. En agosto. A partido único. Extraño. Extraño en tiempos extraños. Pero no es la primera vez. Cuando la Copa de Europa pasó a ser la Liga de Campeones, a las cabezas pensantes de la UEFA les dio por innovar y durante un trienio crearon un formato de competición que, cuanto menos, podríamos calificar de curioso. En la temporada 1991/1992 y en la 1992/93 no hubo semifinales y en 1993/94 se disputaron a partido único.

Y todo por culpa del Estrella Roja.

Cuando el sueco Lennart Johansson accede a la presidencia de la UEFA en 1990 lo hace con la promesa de una profunda remodelación de la Copa de Europa. Desde su creación en 1955 el máximo torneo futbolístico europeo se había basado en el formato de ‘knock-out’, eliminatorias directas a doble partido hasta la disputa de una final en campo neutral. Esto implicaba que según los designios de la diosa fortuna dos gallos podrían enfrentarse en una ronda inicial y un equipo menor acceder con dicha a una ronda definitiva. Quizás el caso más paradigmático sea el de los eslovacos del Spartak Trnava, que en 1969 cayeron ante el Ajax en semifinales tras haber batido a los terribles y temidos Steaua de Bucarest, Reipas Lahti finlandés y al AEK Atenas.

La UEFA fue dirigiendo el sorteo en años posteriores estableciendo una ronda previa y creando cabezas de serie en la primera eliminatoria, pero seguía siendo inevitable que los gallos se enfrentasen antes de tiempo. Cuando en 1988 la Copa de Europa se quede sin Maradona en dieciseisavos de final tras caer su Nápoles ante el Real Madrid un trueno recorre los salones de la jefatura de la UEFA. Pero cuando en 1991 el Nápoles vuelva a caer antes de tiempo y el vigente campeón (AC Milan) ni siquiera consiga llegar a semifinales la decisión está tomada. Aquel año ganaría la Copa de Europa el Estrella Roja de Belgrado, un equipo menor, con jugadores semidesconocidos y que, para más inri, venció en la final al Olympique de Marsella, otro conjunto novato en esas lides.

Era inaceptable que los campeones de UEFA (Inter de Milan) y Recopa (Manchester United) de 1991 tuviesen más pedigrí que el de la Copa de Europa.

El Estrella Roja de 1991, último triunfo europeo de Yugoslavia
29/V/91.Crvena Zvezda

Para la campaña 1991/92 se introdujo un cambio en el formato. Se modificó el original de eliminatorias directas introduciendo dos liguillas en las que los vencedores de esos hipotéticos cuartos de final se disputaban el liderato para designar los participantes en la final. Lo que se buscaba era mayores ingresos de taquilla y televisión al aumentar los partidos y asegurarse de la presencia de los grandes equipos en las rondas decisivas. Se reducían las posibilidades de sorpresa y los cruces entre equipos menores e insulsos.

Así pues, y tras una eliminatoria de octavos de final, se conformaron dos grupos con cuatro equipos. En el primero de ellos la Sampdoria de Pagliuca, Mancini y Vialli se clasificó para la final al superar a Estrella Roja (vigente campeón), Anderlecht y Panathinaikos. En el segundo grupo fue el FC Barcelona el vencedor al prevalecer con suficiencia frente a Sparta de Praga, Benfica y Dinamo de Kiev. La UEFA tenía su final soñada. El campeón español contra el campeón italiano. Sería la primera Copa de Europa del Barça, la del legendario gol de falta de Koeman y la del apogeo del ‘Dream Team’ de Johan Cruyff y su equipo de ensueño.

Visto el éxito del formato, la UEFA decidió repetir experiencia para el curso 1992/93. Lo haría con nueva denominación. La Copa de Europa fenecía y daba paso a la Liga de Campeones. Se repitió el sistema de liguillas, pero hubo que añadir varias rondas previas para separar a la paja del grano. La desmembración del bloque soviético hizo aparecer una docena de nuevos países en el mapa europeo cuyos campeones ligueros reclamaban su sitio en la nueva competición. Con el nuevo sistema de cabezas de serie ninguno de esos nuevos países logró clasificarse para octavos de final donde, eso sí, el no ya tan modesto CSKA de Moscú eliminaba al FC Barcelona.

La 92/93 trajo un nuevo campeón. Se enfrentaron dos proyectos millonarios concebidos por dos megalómanos. Por un lado el Olympique de Marsella de Bernard Tapie que lideró el primer grupo y por otro el AC Milan de Silvio Berlusconi que hizo lo propio en el suyo. Francia contra Italia. Otros dos grandes mercados frente a frente. Y sería la primera, y hasta la fecha, única vez que los franceses se alzarían con la Copa de Europa con un equipo plagado de grandes futbolistas entre los que destacaban Barthez, Desailly, Deschamps, Boskic o Rudi Völler.

A pesar del éxito no faltaban voces que criticaban el nuevo formato. Los defensores de la tradición clamaban por una vuelta a las eliminatorias directas. Esos críticos fueron rápidamente callados vista la aceptación popular de la Liga de Campeones. Sin embargo, lo que era un suspiro generalizado es que volviesen las semifinales. Se podía aceptar las liguillas, pero no la ausencia de esa última ronda previa con el calor de la afición y plagada de momentos y remontadas épicas. Sin ir más lejos, el AC Milan se había clasificado para la final de esa temporada a falta de dos partidos para la conclusión de la liguilla. Y eso, era inaceptable.

Es por eso que para la edición de 1993/94 volvieron a instaurarse las semifinales tras el sistema de liguilla. Pero, y aquí estaba lo novedoso, se jugarían a partido único en el campo del primer clasificado de cada grupo. En el primero de ellos, el FC Barcelona se clasificó como líder y el AS Mónaco como segundo, quedando fuera el Spartak de Moscú y el Galatasaray (que en octavos había dado la campanada eliminando al Manchester United). En el segundo grupo, el primero fue el AC Milan, seguido del FC Oporto y quedando descartados el Werder Bremen y el Anderlecht.

Así entonces a finales de abril de 1994 tienen lugar las que hasta ahora habían sido las únicas semifinales de Copa de Europa o de Liga de Campeones a partido único. Fueron un visto y no visto donde los primeros de cada grupo cumplieron con los pronósticos. En el Camp Nou el Barça derrotó al FC Oporto (3-0) en una exhibición de carácter y juego de Hristo Stoichkov. En San Siro el AC Milan firmó idéntico resultado ante los monegascos en otra lección de seriedad y contundencia de los italianos. Semanas más tarde los ‘rossoneros’ barrieron al Barça en Atenas (4-0) y conquistaron su quinta Copa de Europa en una final que significó el punto y final del lustro legendario con el que el ‘Dream Team’ asombró al mundo.

La final no sólo significó el fin del ‘Dream Team’ sino el final del experimento. Tras dos años sin semifinales y un último con semifinales a partido único, la UEFA acabó encontrando la fórmula mágica que aunaba tradición y renovación. Para 1994-95, tras una ronda previa, se establecerían cuatro grupos con cuatro equipos, cada uno de ellos con sus cabezas de serie en función de un coeficiente previo. Los dos primeros de cada grupo se clasificaban para los cuartos de final y, tanto esta ronda como la de semifinales, se disputarían con sorteo puro y con el tradicional formato de ida y vuelta. Fue un éxito morrocotudo y más cuando el vencedor fue el Ajax, un equipo perteneciente a la realeza europea, pero que, plagado de adolescentes de diferentes razas, parecía adelantarse al futuro.

Con los años y con la aparición de la Ley Bosman, la Liga de Campeones fue aumentando los grupos hasta llegar a un máximo de ocho. También se fueron ampliando los participantes permitiendo la inclusión de los mejores clasificados en las ligas más potentes y poniendo trabas a los campeones de los países más modestos. Pero con mayor o menor número de conjuntos, y con mayor o menor número de rondas, lo que se ha mantenido inalterable es tanto la ronda de cuartos de final como la de semifinales.

Tan solo el extraño experimento de principios de los 90 y la pandemia del coronavirus han alterado la esencia y la belleza de la vaca sagrada del planeta fútbol.

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La Liga de 22

Con una negligencia sanitaria por un lado y una chapuza deportiva por el otro, a la hora de escribir este artículo la Liga de Fútbol Profesional (LFP) está inmersa en un batiburrillo de dimes y diretes que inexorablemente acabaran en una decisión de compromiso y en un cúmulo de denuncias. En Fuenlabrada, bien por desidia o bien bajo extorsión, Alicante (Elche), Madrid (Rayo), Soria (Numancia) o Coruña (Deportivo) esperan con ansia una solución que pusiese fin a la liga de Segunda que todavía se mantiene en parálisis por culpa del coronavirus. Desde Coruña, con una pizca de pánico, un cuarto de cabeza y un lote de corazón, se solicita una Liga de 24 recordando a la famosa ‘Liga de 22’, la, hasta el momento, gran chapuza del fútbol hispano.

‘La Liga de 22’ no es más que, como su propio nombre indica, un campeonato regular de 22 equipos. La particularidad radica en que las grandes ligas europeas se manejan en una horquilla de equipos que van desde los 16 hasta los 20. Superar la veintena no entra dentro de lo estipulado. Mas durante dos campañas, 1995-1996 y 1996-1997, la Primera División de España contó con 22 conjuntos, tras un rocambolesco verano donde la presión popular y mediática quebraron el dictamen de las leyes.

Pero antes de revivir aquel tumultuoso mes de agosto de 1995 conviene alejar un poco más el foco. En 1990 el Gobierno de Felipe González lanzó el proyecto de la conversión de los clubes deportivos profesionales en Sociedades Anónimas Deportivas (SAD). Esto implicaba un plan de saneamiento (con dinero público, por supuesto) que salvaguardara a unos clubes que estaban en el colapso financiero. Por entonces los futbolistas tenían dos sueldos, el oficial (A) y el extraoficial (B). En la práctica, los Lopera, Lendoiro o Gil siguieron haciéndolo en los 90, pero hasta la creación de las SAD era práctica común a todos los clubes sin excepción. Paulo Futre, estrella del Atlético a caballo entre los 80 y los 90, llegó a afirmar que cobraba en B el doble de lo que ganaba en A.

Únicamente aquellos clubes que en el trienio 1989-1992 hubiesen presentado balance positivo podían negarse a convertirse en SAD. Esto implicaba que seguían siendo propiedad de los socios, o, lo que es lo mismo, podían –y pueden- seguir siendo opacos con sus finanzas y no presentar cuentas de resultados a un consejo de administración. Fue el caso de CA Osasuna, Athletic de Bilbao, FC Barcelona y Real Madrid, aunque en el caso de los blancos, y según todos los indicios, gracias al beneplácito gubernamental, ya que sus cuentas habían sido debidamente maquilladas.

Para julio de 1992 todos los clubes de Primera y Segunda salvo los cuatro citados eran SAD. Otros, caso del Real Murcia o el CD Málaga, no lograron reunir los avales necesarios y fueron descendidos administrativamente. Así pues, las cuentas comenzaron a ser auditadas y los pagos en B eliminados. Y eso dio lugar a problemas. A enormes problemas. Las cuentas no salían. Por lo menos, las oficiales no salían. Además, los clubes tuvieron que invertir cientos de millones en modernizar sus estadios para sustituir las plazas de pie por los asientos, y todo ello con un contrato televisivo que aún era incipiente y estaba a años luz de lo que depararía el futuro.

Este complejo proceso tenía prevista su finalización en 1995. Ese año la LFP exigió a todos los clubes presentar un aval del 5% de su presupuesto para posibles deudas futuras antes del 1 de agosto de aquel año. La noticia bomba saltaba cuando al comenzar el mes se descubre que ni RC Celta de Vigo ni Sevilla FC han presentado dicho aval. La norma es clara. Si no se presenta el aval el club de turno descenderá administrativamente a Segunda División B.

El shock en Vigo y Sevilla es brutal, y contrasta con la alegría desmesurada en Albacete y Valladolid. Y es que esos dos conjuntos castellanos habían descendido a Segunda por deméritos deportivos, pero tras la resolución de la LFP se decide que se mantengan en Primera en detrimento de gallegos y andaluces.

El Sevilla FC reaccionó con rapidez y al día siguiente envió el aval correspondiente. En caso del RC Celta la respuesta fue mucho más tibia. Abdujeron desde Vigo que el aval estaba en camino, pero la realidad es que el tiempo pasó y nunca llegó. En todo caso, la LFP no admitió el aval sevillano al estar fuera de plazo. A la causa no ayudó la actitud de Luis Cuervas, presidente sevillista, que aquel 1 de agosto espetó a la prensa: “No hay cojones para echarnos”.

A partir de ahí el caos.

Sevilla FC y RC Celta decidieron acudir al Consejo Superior de Deportes (CSD) el cual remitió a los clubes a presentar una denuncia en los tribunales. La estrategia era clara, primero acudir a los tribunales deportivos y luego a los ordinarios, pero era una estrategia lenta. En menos de un mes tenía que empezar la temporada 1995/96 y la LFP decidió ponerse de lado y esperar a que las aguas volvieran a su cauce.

Llegó el día 3 y miles de personas salieron a las calles sevillanas y viguesas a mostrar su indignación. En la capital andaluza se cifraron en 30.000 los manifestantes y en la ciudad olívica en 25.000. Fue la mayor manifestación que hubo en Vigo en toda su historia. Ni en la Transición, ni en los duros 80 de la reconversión industrial de los astilleros, ni cuando el desastre ecológico del Prestige. Nunca tanta gente salió a la calle como para defender al RC Celta. Esto da para una pequeña reflexión acerca de la importancia social del fútbol, el poder de la masa y los estómagos agradecidos.

Donde caben 20, caben 22 - Odio Eterno Al Futbol Moderno
Portugueses dando las gracias al rey de los turcos

En esas movilizaciones llamaron la atención el apoyo de aficionados del Dépor y del Betis, rivales enconados de celtistas y sevillistas. El clamor popular era tal que Pérez Rubalcaba, por entonces ministro de la Presidencia, llegó a afirmar que “no se puede castigar a la gente”. El Gobierno, a través del CSD, presionó para la readmisión de los morosos, por lo que a la LFP no le quedaba más remedio que recular y readmitir a ambos equipos. Pero, y ahí el gran inconveniente, eso implicaba redescender a Real Valladolid y Albacete Balompié.

El mes de agosto transitaba y la solución parecía lejos de producirse. Para mayor dificultad ni Real Madrid ni FC Barcelona eran partidarios de una ‘Liga de 22’, dado que llevaban un par de temporadas reclamando la reducción de equipos a 18. En esas estamos cuando la LFP anuncia una sesión extraordinaria y televisada para el 16 de agosto.

Poco después del anuncio, las fuerzas vivas de cada ciudad se ponen en marcha. En Vigo, el Ayuntamiento fleta autobuses gratuitos para que unos 5.000 gallegos estén presentes en la sede de la LFP y hagan fuerza ante la salomónica decisión. En Sevilla se habla de “humillación” y de defender “un legado de abuelos y de padres” y se solicita a Renfe, a la Diputación de Sevilla y a la Junta de Andalucía que abonen billetes gratis para acudir a Madrid.

Con miles de fanáticos a las puertas, los presidentes de los clubes de Primera y Segunda acudieron a una reunión que se tornaba maratoniana. A pesar de que el apoyo a la ´Liga de 22´ no era mayoritario, la amenaza de indemnizaciones millonarias por parte de los patrocinadores y de las televisiones ante la suspensión judicial del inicio de la próxima Liga hicieron rectificar a la mayoría de los clubes, incluidos Real Madrid y FC Barcelona, a los que no les quedó más remedio que aceptar un trágala.

La imagen de la asamblea es la de Ramón Mendoza y Joan Gaspart, presidentes de Madrid y Barça, votando al unísono a favor de la ‘Liga de 22’ tras encogimiento de hombros y mueca de desagrado. Pero la actuación estelar fue la de José María Caneda, el histriónico presidente de la SD Compostela, que afirmaría en su intervención: “Los señores del Gobierno y del CSD son unos capullos. El Compostela no acepta, pero traga, pero que no nos la envaine Cortés Elvira (presidente del CSD) ni ningún capullo por ahí”. Destacada también la sentencia de la matriarca María Teresa Rivero, presidenta del Rayo Vallecano: “Como mujer y madre de familia numerosa votaré una solución que traiga paz, orden, bien social y entendimiento para lograr alegría y satisfacción para todos los patriotas”.

Por votación unánime la LFP decidió que los cuatro equipos (Sevilla FC, RC Celta, Real Valladolid y Albacete Balompié) se iban a mantener en Primera División. Fue una sesión dura y compleja en la que se creaba la ‘Liga de 22’. Esta cantidad de equipos se mantendría durante la temporada 1995-1996 y la 1996-1997, pero en esta última se decretó que descenderían un total de cuatro clubes de forma directa mientras que ascenderían dos. Para la 97/98 se volvería a la normalidad, pero desde entonces sería la Segunda División la que se quedaría con el sambenito de ‘Liga de 22’, a no ser que la propuesta del Dépor prospere y el sambenito se eleve a 24 conjuntos.

Por cierto, de los cuatro clubes implicados en aquella ‘Liga de 22’, tan sólo el Albacete Balompié descendería a Segunda al finalizar la temporada. Fue también la última temporada con límite de jugadores comunitarios y la primera en la que los jugadores llevaron un dorsal fijo en las camisetas. Y, para los niños y los coleccionistas, hubo que añadir un suplemento en el álbum de cromos de Panini para acomodar en el libro a los futbolistas de los 22 equipos.

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La tardía juventud de Tony Book

Anthony ‘Tony’ Book nació en Bath, una preciosa ciudad inglesa de origen romano, en 1934. A los cuatro años dejó aquella localidad para moverse a otro lugar idílico como era la India gobernada por el Imperio Británico. Allí pasó su infancia mientras su padre combatía a los japoneses en la jungla de Birmania. Fue en tierras asiáticas donde comenzó a jugar al fútbol con balones hechos a base de retales y cosidos con cuerdas. Entre patada y patada aprendía a matar serpientes con tirachinas y a bosquejar un poco de birmano, hasta que, con 11 años, regresó con sus padres a Bath para seguir con sus estudios.

Fueron breves, los estudios, porque Tony Book no iba a ser disciplinado como su padre. Dejó la escuela y a los 16 años empezó a trabajar primero como minero y más tarde como albañil, a la vez que repartía patadas como defensa del equipo de fútbol de su ciudad. Bath puede ser Patrimonio de la Humanidad, pero en fútbol es un despojo humanitario. El Bath FC es un equipo amateur que suele deambular en categorías regionales. Allí estuvo Book durante una década con una aventura extravagante de unos meses en Canadá a donde fue a probar fortuna y encontrar un trabajo mejor y de paso fue elegido como mejor jugador de la modestísima liga canadiense de fútbol.

A su regreso a Inglaterra, con 30 años de edad, Tony Book firmó su primer contrato profesional con el Plymouth FC. Ojo. Que nadie piense que era la élite. Era la tercera categoría del fútbol inglés. Por vez primera Book iba a cobrar por jugar al fútbol, pero era una cantidad ínfima. De lunes a viernes Book seguía acumulando ladrillos y argamasa mientras se subía al andamio.

La suerte para Book es que el entrenador del Plymouth FC era Malcolm Allison, que un par de temporadas más tarde fue contratado por el Manchester City como nuevo técnico. El City, que no era ni la sombra de lo que es hoy, acababa de ascender a la Premier pero buscaba un nuevo entrenador y una revolución en su plantilla para afrontar el ascenso. Así pues Allison llegó al conjunto de Manchester y solicitó la incorporación de Book, por entonces con 32 años y sin ninguna experiencia en la élite del fútbol inglés. Para ello técnico y jugador tuvieron que urdir una treta; falsificar la partida de nacimiento de Book y restarle un par de años para que el City accediese a firmarle un contrato de larga duración.

Aun así, la directiva del City se negó a financiar el fichaje y Allison tuvo que poner su cargo a disposición del club si la contratación no se hacía efectiva. Finalmente en la temporada 1966/67 Tony Book debutaba en la Premier con 32 años y dejaba la paleta para siempre.

Al año siguiente, soplando las 33 velas, ya era el capitán del equipo.

El Manchester City ganó la Premier. La segunda en toda su historia. Book jugó como titular todos los partidos.

Para celebrarlo la directiva del City acordó una gira por Estados Unidos para el verano de 1968. Por entonces se creía que el fútbol en Estados Unidos era el nuevo Santo Grial y se estaban sentando las bases para crear una liga profesional. Tras un encuentro amistoso, los jugadores contaban con un día libre y Book se propuso explorar los encantos de Nueva York. Cogió un taxi y en mitad del trayecto oyó por la radio la noticia del asesinato de Bobby Kennedy, hermano del ex presidente y entonces candidato del Partido Demócrata a la presidencia de Estados Unidos. Al parecer el taxista, alarmado por la noticia, sufrió una conmoción y perdió el control del taxi que saltó de la carretera para empotrarse contra un camión de refilón y, tras el golpe, convertir en chatarra un semáforo.

Book salió ileso. Hacía tiempo que su ‘baraka’ había cambiado.

En la siguiente campaña, en la pretemporada 1968/69, Tony Book se fracturó el talón de Aquiles y el equipo naufragó estrepitosamente. Volvió para jugar los últimos cuatro meses de campeonato y ayudar a su equipo a ganar la FA Cup en el estadio de Wembley.

Fue nombrado jugador de la temporada. Y nunca fue internacional. Demasiado viejo, le decían.

George Best, el ‘bon vivant’ que acababa de ganar el Balón de Oro y la Copa de Europa con el Manchester United, definió a Book como el mejor defensa contra el que jamás se había enfrentado. Tony Book contaba entonces con 35 primaveras. Hacía escasamente un lustro seguía subido a un andamio.

La temporada siguiente el Manchester City disputó la extinta Recopa, una competición europea en la que participaban los equipos que habían ganado los torneos coperos en su país la temporada anterior. Para llevarse el título tuvieron que eliminar al Athletic o al Schalke 04 antes de superar al Gornik Zabrze en una de las finales europeas más descafeinadas de siempre. El City se convirtió en el primer equipo inglés en ganar un trofeo europeo y nacional (la Copa de la Liga) en la misma temporada. Book alzó ambos trofeos como capitán del equipo.

Book se retiró en 1974 a los 40 años de edad. Exprimió al máximo una carrera que había comenzado a los 32 años. Nada más retirarse se le ofreció el cargo de director deportivo del club. Apenas estuvo un puñado de temporadas en el cargo antes de dejarlo por aburrimiento. Nunca le gustaron ni los trajes ni los despachos. Aun así le dio tiempo a contratar a Kazimierz Deyna, extremo polaco de relumbrón y figura hollywoodiense en ‘Evasión o vitoria’.

Por entonces acometer la tarea de fichar a un futbolista de un país comunista era una ardua faena. Para empezar, el jugador de turno tenía que haber cumplido la treintena. Una vez que sus mejores años habían pasado, los gobiernos comunistas podían permitir aventuras al extranjero si los méritos a la patria del futbolista eran adecuados. Deyna, campeón olímpico y máximo goleador en Múnich 1972, y uno de los artífices de la fenomenal actuación de Polonia en el Mundial de 1974 donde alcanzaron las semifinales, cumplía a la perfección con estos requisitos. El otro inconveniente residía en que todos los futbolistas del Este eran miembros del ejército. Eran falsos amateurs y al no poderles darles un sueldo se les asignaba un cargo militar con el que accedían a diversos beneficios materiales.

Book hubo de negociar no sólo con el Legia Varsovia, el equipo de Deyna, sino con la cúpula del ejército polaco. Una vez se acordó el montante económico los polacos exigieron un moderno equipamiento tecnológico del que no disponían…fotocopiadoras… Por suerte Book seguía teniendo la ‘baraka’ de su lado. Apenas un par de años antes se había instalado en Manchester una filial de la empresa japonesa ‘Brother’. La multinacional que hoy produce impresoras o máquinas de realidad virtual, había nacido creando máquinas de coser y por aquel entonces lideraba el mercado de las primitivas fotocopiadoras. Book usó su don de gentes para cerrar el trato y logró el traspaso de Deyna a cambio de un importante suministro de material de oficina. Y no sólo eso. Fruto de aquel acuerdo ‘Brother’ se convirtió en el patrocinador principal de la camiseta del City durante más de una década cuando la FA permitió el establecimiento de la publicidad en la indumentaria deportiva.

Tras la marcha de Book de los despachos, el City se hundió y deambuló lejos de la Premier hasta que los millones del petróleo lo han convertido en el equipo de moda. Hoy aquel albañil nacido en Bath es un verdadero caballero inglés que camino de los 90 años sigue asistiendo a todos los encuentros de su equipo –coronavirus mediante- desde su asiento como presidente de honor del Manchester City.

Exclusive interview: Manchester City's 1969 FA Cup winner Tony ...
Book y su legendario 1969

Tony Book sigue disfrutando de su tardía juventud.

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La Liga del Dépor

Una muchedumbre de 50.000 personas se amontonó en la Plaza de María Pita para festejar el título de Liga del RC Deportivo de La Coruña. Todos los futbolistas cargaban con una resaca formidable y un inmundo pelo color pollo, obra y gracia del peluquero de Djalminha. El día anterior algún futbolista llegó a temer por su vida. El citado Djalminha tuvo cerca de veinte personas encima de él. Según confesó, llegó a perder el aire durante unos segundos. Otros, como Makaay, tuvieron que regalar la camiseta a un aficionado para que ejerciera de escolta privado y lo llevase a base de patadas y empujones a los vestuarios. Y es que la fiesta de la Liga del Dépor fue de las gordas. Muy gorda. Fue una fiesta que sumaba seis años de espera.

Tras perder la Liga de 1994 con el penalti más famoso de todos los tiempos, el Dépor cosechó el título copero de 1995. Aquel modesto equipo que se dio en llamar Superdépor se habituó a las primeras plazas del fútbol español. Lo haría de forma casi ininterrumpida durante algo más de una década. Y digo casi, porque el último día del cierre de mercado veraniego de 1997 el FC Barcelona pagaba 4.000 millones de pesetas (24 millones de euros) y se hacía con Rivaldo, el eje insignia del nuevo proyecto blanquiazul. Esa puñalada a última hora provocó un cataclismo en el Dépor, que hizo de la campaña 1997/98 una temporada de transición.

Para remediarlo, en 1998 el Dépor nombraba como nuevo entrenador a Javier Irureta. El vasco, que había dirigido entre otros al Real Oviedo o a la Real Sociedad, acababa de sellar una gran temporada en el RC Celta, así que tras su fichaje por el Dépor se convirtió en persona ‘non grata’ en el sur de Galicia. Irureta, vivo ejemplo de escolarización jesuitina, fue elegido por Lendoiro con dos misiones. La primera convertir un vestuario que parecía la ONU en un grupo unido. La segunda revivir la mística de Arsenio. Tras los mediáticos Toshack y Carlos Alberto Silva, la idea de Lendoiro era contratar a un entrenador de perfil bajo, tranquilo y que tuviese mano izquierda.

E Irureta lo consiguió. Aunque no cómo él pensaba.

En los siete años que el vasco estuvo en el banquillo deportivista logró que todos los jugadores se uniesen contra él. Irureta mantuvo cohesionado al equipo porque nadie era capaz de aguantarlo. Las súplicas eran variadas. Djalminha, Fran o Molina manifestaron que su exceso de conservadurismo impidió que el Dépor lograse más éxitos. Makaay o el Turu Flores se quejaban de que nunca jugaban en su posición natural. Capdevila o Pandiani que los méritos de los entrenamientos no importaban. Y los que callaban en público criticaban en privado. Irureta no dejó amigos, pero logró lo imposible, conseguir la unión de un equipo a través del odio a su entrenador.

Y no conviene restar mérito al hombre que tuvo que lidiar con Diego Tristán y consiguió sacarle jugo durante un par de temporadas.

El caso es que Irureta clasifica al Dépor para la Copa de la UEFA en su primera temporada y las expectativas para la segunda son las mismas. Repetir clasificación europea. Para ello el Dépor vende a jugadores importantes como Ziani, Bonnissel, Manjarín o Armando y ficha entre otros a Víctor, un futbolista de banda que había destacado en el Real Madrid, Jokanovic, un pivote defensivo procedente del Tenerife, y especialmente al delantero holandés Roy Makaay. De 24 años de edad, y también ex futbolista del Tenerife, no era del agrado de Irureta. Y de hecho, nunca lo fue. Pero en el primer partido de Liga anotó un ‘hat-trick’ en la victoria por 4-1 ante el Alavés, convirtiéndose en uno de los favoritos de la afición y convenciendo al técnico vasco de su valía.

Los blanquiazules empezaron fuerte en casa y flojeando fuera. Fue un indicio de lo que iba a deparar la temporada. El Dépor ganó 16 de los 19 partidos que disputó en Riazor. Una bestialidad. Sólo el Numancia y el Racing de Santander salieron de Coruña con los tres puntos. O mirado desde otro prisma, el Dépor sólo ganó cinco partidos como visitante en la temporada 99/00. 21 triunfos en total. Cinco victorias menos de las que necesitó el Barça para proclamarse campeón la campaña pasada. Y le valió.

Aquella Liga se inició con un duelo por el liderato entre el FC Barcelona y el Rayo Vallecano. Sí, han leído bien. Los madrileños hicieron un primer tercio de campeonato excepcional para acabar desfondándose en la segunda vuelta. Pero a finales de octubre el Dépor fascinó con una prestigiosa victoria ante el Barça del odiado Rivaldo con dos goles de Makaay, un sufrido triunfo en el Carlos Tartiere de Oviedo gracias a un penalti transformado por Djalminha y una fácil conquista (5-2) ante el Sevilla en casa con tres goles de Pauleta. Era la jornada decimosegunda y el Dépor se colocaba en el liderato.

Y ya no lo abandonaría.

El Depor enganchó una racha de siete victorias consecutivas que le llevó a liderar la clasificación con un colchón de ocho puntos de distancia. La última de ellas fue ante el RC Celta, por entonces segundo clasificado, al que derrotó por 1-0 en un derbi gallego bronco y duro, que pasaría a la historia por una actuación teatral digna de Broadway.

Total, que el Dépor se presenta en la segunda vuelta como líder, amarrando en casa lo que pierde fuera. Entre las derrotas fuera se incluyó una dolorosa en Soria ante el Numancia con gol mal anulado a Songo’o, el portero deportivista, que subiera a rematar un córner a la desesperada en la prolongación. Los esquemas de Irureta son conocidos por todos de cabo a rabo. En Riazor sale con dos pivotes, Mauro Silva y Flavio Conceiçao, y coloca a Djalminha de enganche por detrás de Makaay. Si el partido se tuerce sitúa al delantero holandés en una banda y saca a Pauleta o al Turu Flores en la punta del ataque. En los partidos lejos de Riazor, o cuando toca amarrar el resultado, sacrifica a Djalminha para colocar un ‘trivote’ en el que el elegido suele ser Jokanovic. El famoso ‘trivote’ de Irureta será la piedra angular de la famosa unión del vestuario. La unión del odio común ante el entrenador irundarra.

Que al Dépor le sirviera ese plan tan conservador para ganar la Liga obedece a sus aciertos, pero también a los errores de los rivales. El RC Deportivo triunfó con 69 puntos y 11 derrotas (7 en la segunda vuelta). La diferencia entre el campeón y el sexto clasificado (Alavés) fue de tan solo ocho puntos. En la famosa Liga de los 100 puntos, el Real Madrid aventajó al sexto clasificado (Levante) en 45 puntos, más diferencia que entre el Dépor y el último de la 99/00 (Sevilla) que acabaron separados por 41 puntos. Esto no resta mérito a los herculinos. La clasificación tan sólo es la fotografía de su tiempo. Lendoiro, el mandamás de los coruñeses, siempre ha defendido que la Liga del Dépor tiene más mérito que las de la Real Sociedad o las del Athletic en los 80, porque el RC Deportivo la ganó en un mercado internacional de futbolistas expansivo.

Antes del esperado desenlace hubo varios momentos para el recuerdo. El primero tuvo lugar en Riazor ante el Real Madrid. Por entonces los coruñeses vapuleaban a los madrileños cada vez que se asomaban al Atlántico. Esos duelos solían emitirse en horario de máxima audiencia en Canal Plus, canal televisivo de pago que contaba con una infraestructura de cámaras fantástica que llevaba los lugares más recónditos del estadio al hogar del telespectador. Djalminha, igual de impresentable que de genio, lo sabía, y gustaba de hacer algo especial en esos partidos. Rodeado de cuatro jugadores del Real Madrid, a Djalminha se le ocurrió salvar el escollo con un disparate perpetrado con el tacón con el que pretendía realizar un autopase por encima de su cabeza y de la de sus defensores. El balón, por equivocación, acabó en Víctor y la jugada en intrascendente, pero el recuerdo ha pervivido con el nombre de ‘lambretta’.

https://www.youtube.com/watch?v=XjixZWxmuyw

Al acabar la primera parte Raúl, entonces uno de los mejores delanteros del mundo, se fue a buscar a Djalminha para preguntarle porque hacía tonterías. El brasileño contestó: “Tú metes goles, pero yo soy jugador de fútbol”.

Genio y figura.

Aquel choque ganado por el Dépor por 5-2 fue la primera vez que en Coruña se volvió a creer que se podía ganar la Liga. Faltaban todavía 15 jornadas pero el Dépor iba como un tiro. Y fue justo entonces cuando los fantasmas del 94 volvieron a aparecer.

El Dépor era incapaz de ganar fuera de casa y, mientras, el FC Barcelona apretaba el ritmo. Parecía un ‘deja vú’ del 94. Por detrás el Real Madrid se desfondaba y se centraba en la Copa de Europa que acabaría ganando por octava ocasión, y el Real Zaragoza ascendía a la tercera posición liderado por el serbio Savo Milosevic.

Las meigas salieron del armario en la jornada 35. El Barça pasaba por encima del Atlético en el Calderón (0-3) el mismo día que el Dépor visitaba Balaídos para enfrentarse al RC Celta. Los vigueses no se jugaban nada y hubo petición en los medios para un pacto de no agresión entre los gallegos. Pero no iba a ser así. Había muchas rencillas abiertas entre los dos equipos. Celta y Dépor no son Real Sociedad y Athletic. El partido se jugó a cara de perro y acabó con sufrida victoria viguesa por 2-1. Tras la catástrofe, sería la segunda y última vez que Lendoiro bajó a un vestuario a hacer una `’santiaguina’ para animar a sus jugadores. El presidente estaba reviviendo el agónico final de Liga de 1994 y sentía que la Liga se le escurría entre sus dedos.

Quedaban 3 jornadas. El Dépor aventajaba en dos puntos al Barça y en cinco al Zaragoza…y tenía que recibir a los maños en Riazor. Tocaba ayuda divina. Y la hubo. El Barça jugaba en el Camp Nou ante el Rayo Vallecano. Un trámite. Pero el mismo equipo que en la primera vuelta era un matagigantes y en la segunda un corderito, hizo la machada y silenció el coliseo azulgrana (0-2). Si el Dépor ganaba al Zaragoza era virtualmente campeón.

Todos los goles tuvieron lugar en la segunda parte. Los maños se adelantaron, pero el Dépor le dio la vuelta al partido primero con un gol de Makaay a centro de Fran y luego con un disparo raso desde fuera del área de Djalminha. Es el 2-1. El que escribe, por entonces quinceañero, se levantó junto a los otros 35.000 presentes en Riazor para celebrar no un gol, sino un título de Liga. Pero es entonces cuando aparece el diablillo en la oreja izquierda del brasileño. En la celebración del tanto Djalminha se saca la camiseta, recibe la segunda tarjeta amarilla y es expulsado. Gilipollas. Quedan 10 minutos y el Dépor se echa atrás. Muy atrás. El Zaragoza empata (2-2) y gracias. Hubo ocasiones para perder.

Llegamos así a la penúltima jornada donde el Dépor pone el trivote, el cuatrivote y lo que haga falta para amarrar un empate en Santander. Apenas cruza el centro del campo. Pero es suficiente. Éste Barça no es el de Cruyff y tampoco pasa del empate ante la Real Sociedad. Son tres de ventaja sobre catalanes y aragoneses. 

Para que el Dépor se proclamase campeón le bastaba un empate en casa ante un equipo que no se jugaba nada. Era un viernes. 19 de mayo de 2000. En 1994 el Dépor tenía que ganar, o al menos igualar el resultado del Barça. En el año 2000 al Espanyol no le interesaba el partido. En 1994 al Valencia tampoco. Pero a diferencia de los levantinos, los periquitos nunca iban a aceptar una prima procedente de Can Barça.

Pero el Dépor sí que lo propuso. Según se supo después, tres días antes del partido y tras una comida en el Playa Club – un restaurante de moda situado a escasos metros de Riazor -, cuatro pesos pesados (Fran, Donato, Mauro y Djalma –según la rumorología-) se subieron a un Mercedes con las lunas tintadas junto al presidente Lendoiro pidiéndole que le diera una prima a los periquitos para firmar el empate. Al parecer Lendoiro rechazó la idea y exigió a sus chicos que ganasen el partido.

La realidad es que el Dépor no sufrió. Cuentan que, fiel a su estilo, Irureta no realizó ninguna arenga antes de saltar al campo. No hizo falta. De eso ya se encargó Coruña durante toda la semana anterior. De hecho los jugadores hasta disfrutaron. El Espanyol se comportó con honor. Defendiendo ordenadamente y atacando cuando podía, pero sin mordiente, ánimo ni velocidad. A medio gas. Aun así, Riazor enmudeció a mediados de la primera parte cuando Naybet hizo un más que posible penalti sobre Tamudo que García Aranda no quiso ver.

Pero ni aun así se hubiese propagado el miedo en Riazor. Sólo se necesitaron cuatro minutos para que Víctor lanzara un córner y Donato buscando el primer palo peinara el balón y anotara el 1-0 que otorgaba infinita tranquilidad a los blanquiazules. Donato esbozó esa sonrisa que le hizo ganarse a los coruñeses que se mostraron escépticos cuando el Dépor firmó a un rechoncho defensa de 31 años al que no había renovado el Atlético de Madrid por sus continuas lesiones musculares. Aquel 19 de mayo Donato iba camino de los 38 años y aún aguantaría tres temporadas más como eje de la defensa del Deportivo más glorioso de todos los tiempos.

Riazor había explotado como si de la Bombonera se tratase. Una lluvia de papelitos cubrió el verde mientras Donato le dedicaba el gol a su amigo Orejuela, compañero en el Atlético de Madrid y que estaba ingresado por una delicada operación. Donato sabía que iba a marcar. Orejuela le había dicho que iba a anotar un gol. Esas cosas que siempre se dicen, pero pocas veces se cumplen. Pero esta vez sucedió. Lo cierto es que Víctor siempre sacaba los córners al primer palo. No necesitaba hacer ninguna señal. Donato sabía lo que tenía que hacer.

Pero es que luego ocurrió lo que nadie esperaba. El RC Celta se adelantaba ante el FC Barcelona en el encuentro que a la misma hora se disputaba en el Camp Nou. Nunca antes y nunca después se celebró con tal fuerza un gol celeste en Riazor.

Al fantasma de Djukic sólo le faltaban cinco minutos para fenecer. Manuel Pablo corre la banda, realiza un recorte en la línea de fondo y envía un centro al primer palo que Roy Makaay convierte en su vigesimosegundo gol de la temporada.

https://www.youtube.com/watch?v=_c1qb4plWfc

La segunda parte fue una fiesta. Un despiporre. Y hasta el Espanyol mantuvo su honra, porque atacó con ansía y tuvo un par de buenas ocasiones. Pero daba igual. El Dépor conseguía una Liga que la fortuna le debía. Una Liga que fue querida por toda España. Incluso, quizás, hasta en algún lugar de Vigo.

La victoria del RC Deportivo en la Liga 1999/00 es una hazaña difícilmente repetible. Desde que la Ley Bosman permite la libre circulación de futbolistas continentales no ha vuelto a haber un ganador liguero tan inesperado en una de las grandes ligas europeas. Tan sólo los triunfos del Kaiserlautern (97/98) o Wolfsburgo (08/09) en la Bundesliga o del Leicester en la Premier (15/16) puede comparársele. Pero a diferencia de estos conjuntos, el triunfo del Dépor no fue fruto de una gran temporada. Fue el resultado de una constancia de años de trabajo que no sólo le otorgó una Liga (2000), sino 4 subcampeonatos (1994, 1995, 2001 y 2002) y 2 copas del rey (1995 y 2002).

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